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John-Mark L. Miravalle Defensa de la belleza
Defensa de la belleza
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John-Mark L. Miravalle Defensa de la belleza

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LA NATURALEZA, ORDENADA Y SORPRENDENTE

Ahora intentaremos comprender el carácter objetivo de la belleza observando la estructura de la naturaleza como obra artística de Dios. Y lo que hallamos al observar la naturaleza es que es a la vez ordenada y sorprendente.

La naturaleza es ordenada: «Tú todo lo dispusiste con medida, número y peso» (Sb 11, 20). El Salmo 104 es un magnífico canto al plan divino de la naturaleza, a la organización divina de todas las cosas: «La hierba haces brotar para el ganado, y las plantas para el uso del hombre… Hizo la luna para marcar los tiempos, conoce el sol su ocaso… ¡Cuán numerosas tus obras, Yahveh! Todas las has hecho con sabiduría, de tus criaturas está llena la tierra» (Sal 104 14, 19, 24).

Stanley Jaki, entre otros, ha señalado repetidas veces que el reconocimiento cristiano de la racionalidad inherente al universo (creado por la Inteligencia divina) fue crucial para el desarrollo de la ciencia experimental:

La historia de la ciencia, con sus diversos abortos y sólo un nacimiento viable, muestra claramente que la única cosmología, o visión del cosmos en su conjunto, capaz de generar la ciencia, fue una visión cuyo principal propagador fue el Evangelio mismo. El Evangelio convirtió en convicción ampliamente compartida la creencia en el Padre, creador de todo lo visible e invisible, que creó todo en el principio y dispuso todo en medida, número y peso, es decir, con rigurosa coherencia y racionalidad[2].

La cuestión es que la naturaleza es entendible: se comporta según pautas coherentes que pueden ser reconocidas y usadas para las predicciones y la tecnología. Si no hubiera pautas coherentes que reconocer en la naturaleza, las predicciones y la tecnología estarían fuera de nuestro alcance, y todos los beneficios que trae la ciencia física serían imposibles.

Como veremos, la belleza siempre implica una pauta: un principio, un tema, una idea que puede ser reconocida por la inteligencia. A esta pauta se la llama a veces «forma». La naturaleza está repleta de pautas, formas y estructuras que pueden verse y comprenderse y, normalmente, expresarse numéricamente. San Agustín describe la magnífica racionalidad presente en el mundo natural:

Hasta es preciso que las armonías locales de los árboles estén precedidas por armonías temporales. Porque no hay entre los vegetales ninguna especie que, siguiendo los espacios de tiempo establecidos en favor de su simiente, no eche raíces y brote, y se alce al viento y despliegue su follaje, y se consolide con vigor y ora produzca su fruto, ora ofrezca de nuevo la fuerza de su semilla gracias a las muy secretas armonías de la propia planta. ¿Cuánto más llenarán este ritmo los cuerpos de los animales, en los que la simetría de sus miembros ofrece en mucho más alto grado a las miradas una regularidad pletórica de armonía?... ¡La tierra que posee, ante todo, la forma general del cuerpo, en la que se pone de manifiesto tanto una cierta unidad de la armonía como el orden![3].

Pero la naturaleza no es sólo ordenada. También es sorprendente.

El concepto de “sorpresa” (también “asombro”, “pasmo”, “admiración”, “maravilla”) es muy difícil de captar. Probemos una definición sencilla: Sorpresa es la respuesta atenta de la mente ante lo que no le resulta obvio. Basándonos en esa definición, podemos decir que hay dos maneras en que algo puede ser sorprendente[4].

Primero, algo puede ser subjetivamente sorprendente. En este sentido, nos sorprendemos siempre que algo excede nuestra comprensión o expectativa personal. Así, por ejemplo, podría sorprendernos la siguiente descripción de un billón:

Si firmases un billete de dólar por segundo, harías mil dólares cada diecisiete minutos. Tras doce días de trabajo sin descanso tendrías tu primer millón. Así, tardarías ciento veinte días en acumular diez millones de dólares, y mil doscientos días (poco más de tres años) en alcanzar cien millones. Pasados 31,7 años, tendrías mil millones. Pero tardarías 31709,8 años en contar el billete número un billón[5].

En este caso, nuestra sorpresa se debe a una falta de familiaridad con los números en general y, en particular, con números tan grandes. Pero en realidad, estas fórmulas en sí mismas nada tienen de sorprendente. Sólo la limitación de nuestra destreza en cálculo mental hace que esto sea menos evidente que el hecho de que dos más dos sean cuatro.

Pero las cosas también pueden ser objetivamente sorprendentes. Algo es sorprendente en sí mismo cuando no tiene por qué ser como es. Si algo es diferente de lo que podría haber sido, entonces la forma en que es no es evidente. Es obvio que un octógono tiene ocho lados, pero no tiene nada de obvio que la señal de Stop sea octogonal. Nuestras señales de Stop podrían haber sido triangulares, o redondas. Entonces podríamos preguntarnos: ¿Por qué hicimos octogonales las señales de Stop?

La naturaleza es sorprendente (maravillosa, admirable, pasmosa, arrebatadora) en ambos sentidos.

Es sorprendente para nosotros porque excede nuestra comprensión y nuestra expectativa. Caminemos por el bosque un día de otoño, y miremos los árboles sin sus hojas. Aunque cada uno de los árboles sigue una pauta coherente (todos comparten una naturaleza común y tienen la misma estructura básica), observemos la expresión abrumadoramente diversa de esa pauta, las formas infinitas que adoptan las ramas, las distintas direcciones que señalan, los distintos dibujos entrecruzados que se ven al mirarlos desde distintas perspectivas. Es tan complicado que llega casi a marear, demasiado para absorberlo todo.

Y sentirse abrumado ante la complejidad de la naturaleza no es exclusivo de los científicamente analfabetos. La naturaleza excede la comprensión y expectativas de los propios científicos. Por eso siguen investigando: porque no importa cuánto descubren, siempre hay más cosas de la naturaleza que intentan comprender.

Probablemente la mejor imagen bíblica de la imponente majestuosidad de la naturaleza sea la que aparece al final del Libro de Job, cuando Dios enumera maravilla tras maravilla, y va preguntando a Job: ¿Lo hiciste tú? ¿Entiendes cómo lo hice? ¿Has dominado los entresijos de la naturaleza, mi creación? Y si no es así, ¿cómo te atreves a cuestionarme?

Y Job responde al Señor: «Sí, he hablado de grandezas que no entiendo, de maravillas que me superan y que ignoro» (Jb 42, 3). Job no ha entendido la naturaleza en toda su hondura, y mucho menos a Aquel que lo hizo todo. No puede comprender; sólo puede maravillarse.

La naturaleza es también sorprendente en sí misma porque no tiene por qué ser como es. Se puede imaginar una naturaleza construida de distinta manera. La fuerza de la gravedad no es evidente: ¿por qué no se podrían repeler los objetos, en lugar de atraerse? La hierba no es evidente: ¿por qué tiene que ser verde, y no roja? Y lo más importante: su propia existencia no es evidente. No tiene obligatoriamente que ser como es. Dios era libre cuando la creó, cuando «llama a las cosas que no son para que sean» (Rm 4, 17).

Entonces la naturaleza no es obvia: ni para nosotros, ni en cómo existe, ni siquiera en su misma existencia. Por eso podemos decir que la naturaleza es verdaderamente sorprendente.

LA EXISTENCIA DE DIOS Y LA BELLEZA DE LA NATURALEZA

Hemos dicho que la inteligencia de Dios se expresa en el carácter ordenado de la naturaleza y que Su libertad se expresa en el carácter sorprendente de la naturaleza. La belleza de la naturaleza consiste precisamente en esto, en que expresa la inteligencia y la libertad de Dios.

La naturaleza es la obra artística de Dios, y revela al Artista Supremo. Por eso la reflexión sobre la belleza de la naturaleza debe conducir la mente a comprender que Alguien lo creó todo.

San Pablo deja claro que el no reconocer a Dios sólo puede deberse a la ignorancia de la verdad inherente a la naturaleza: «Lo invisible de Dios, desde la creación del mundo, se deja ver a la inteligencia a través de sus obras: su poder eterno y su divinidad, de forma que son inexcusables» (Rm 1, 20).

Y san Agustín vincula explícitamente la expresión divina de la naturaleza a la noción de belleza:

Pregunta a la hermosura de la tierra, pregunta a la hermosura del mar, pregunta a la hermosura del aire dilatado y difuso, pregunta a la hermosura del cielo… Pregúntales. Todos te responderán: «Mira, somos bellos». Su hermosura es su confesión. ¿Quién hizo estas cosas bellas, aunque mudables, sino el inmutablemente bello?[6].

Parece también que la relación lógica entre la existencia de Dios y la belleza de la naturaleza funciona al contrario. No sólo la belleza de la naturaleza (es decir, su carácter ordenado y sorprendente) revela la existencia de Dios, sino, a la inversa, la negación de la existencia de Dios oscurece la belleza inherente al mundo natural.

Fijémonos en la historia que cuenta el ateo Dan Barker, de una conversación con su tío Keith, cristiano:

Un día volvíamos al sur de California en coche, de regreso de una feria de informática en Las Vegas. Mi tío señaló una enorme formación rocosa, diciendo: «¡Qué hermoso!». La miré un momento y dije: «Sí que es hermoso. Se ve cómo los antiguos lechos marinos sedimentarios multicolores fueron empujados hacia arriba, tras millones de años de presión tectónica, y ahora están inclinados a un ángulo improbable». Se volvió hacia mí, airado: «¿Tienes que estropearlo todo?»[7].

¿Qué había ocurrido?

Keith intentaba apreciar una hermosa obra de arte, con un hondo significado; para eso hay que creer que el arte fue creado por un artista (en este caso, el Artista). Dan se negaba a aceptar que hubiera un artista, y por eso se veía obligado simplemente a enumerar la historia y cualidades físicas del paisaje. Es como si dos personas contemplaran El viejo guitarrista, obra de juventud (y profundamente emocionante) de Picasso: una reconoce y siente el sufrimiento del guitarrista, pálido, pobre, delgado y anciano, un sufrimiento que no interfiere con, sino que más bien inspira, la intensidad con que toca el instrumento. La otra persona simplemente habla sin parar de las propiedades químicas de la pintura utilizada. Aquella entiende la belleza del cuadro; esta, no. Porque para ver la belleza de las cosas materiales es necesario creer que esas cosas materiales han recibido de una persona un significado espiritual.

Entonces, ¿cuáles son las conclusiones clave?

La contemplación de la naturaleza nos ha acercado a la comprensión de lo que es la belleza y lo que es el arte, pues la belleza del arte de Dios, evidentemente, ha de servir de paradigma para otras formas de arte y belleza. Los filósofos, desde Aristóteles[8] hasta Kant[9], han dicho que las bellas artes han de imitar la naturaleza. Y los cristianos que reconocen la naturaleza como arte divino, inteligente y libremente creado, estarían naturalmente de acuerdo. Santo Tomás es muy claro: «La naturaleza no es otra cosa que cierta clase de arte, a saber, el arte de Dios»[10]. Dante destaca la relación entre el arte de Dios y el arte humano: «El arte imita a la naturaleza, como alumno al maestro; y vuestro arte es, por decirlo así, nieto de Dios»[11]. Cierto que santo Tomás y Dante usan el término «arte» en su sentido genérico, pero también es válido en el sentido más específico de las bellas artes.

Además, hemos visto que el arte divino de la naturaleza puede caracterizarse como ordenado y también sorprendente. Esto nos servirá de guía al incluir otros temas generales bajo el encabezamiento de «estética».

Más aún, si la búsqueda de la belleza es un requerimiento de nuestra existencia, estamos moralmente obligados a proteger y experimentar la belleza manifiesta en el mundo natural. Esto no significa solamente viajar para ir de acampada, o pasear por el bosque, o hacer senderismo en las montañas, sino también conservar la belleza natural como parte integral del entorno humano.

El papa Francisco lamenta que «hay barrios que, aunque hayan sido construidos recientemente, están congestionados y desordenados, sin espacios verdes suficientes. No es propio de habitantes de este planeta vivir cada vez más inundados de cemento, asfalto, vidrio y metales, privados del contacto físico con la naturaleza»[12].

Todos sabemos que la naturaleza puede ser un recurso para la humanidad. Y todos sabemos que la naturaleza es el hogar de la humanidad. Pero tendemos a olvidar que la naturaleza es primordialmente un mensaje a la humanidad, un modo de comunicación entre nosotros y Dios. Y cuando atacamos la belleza de la naturaleza, socavamos ese mensaje. Eso ocurre cuando ensuciamos o talamos los bosques, o arrasamos zonas enteras para sacar sus recursos. También ocurre cuando instalamos indiscriminadamente tecnologías «ecológicas» como paneles solares o molinos gigantescos, de manera que echa a perder el paisaje.

Entonces, no importa lo impresionantes que sean nuestros proyectos industriales, hemos de comprender que la belleza de la creación es más importante. De nuevo, el papa Francisco muestra su temor: «Parece que pretendiéramos sustituir una belleza irreemplazable e irrecuperable, por otra creada por nosotros»[13].

No podemos (y nuestra sensibilidad estética permanecerá subdesarrollada) y no tendremos jamás una relación sana con la belleza o el arte, si no empezamos por la belleza del arte que Dios mismo ha creado para nosotros.

[1] Jacques Maritain, La intuición creativa en el arte y en la poesía.

[2] Stanley L. Jaki, The Origin of Science and the Science of Its Origin.

[3] San Agustín, La música, VI.

[4] Se corresponden exactamente con las dos maneras en que algo puede ser obvio, o evidente. Santo Tomás de Aquino, ST I, 2, 1.

[5] Bill Bryson, I’m a Stranger Here Myself. Notes on Returning to America after 20 Years Away (New York, Broadway Books, 1999), 53.

[6] San Agustín, Sermón 241.

[7] Dan Barker, Godless, How an Evangelical Preacher Became One of America’s Leading Atheists (Berkeley, CA: Ulysses Press, 2008), 62–63.

[8] Aristóteles, Poética, capítulos 1-3.

[9] Kant, Crítica del juicio, libro 2, párrafo 45.

[10] Santo Tomás, Comentario sobre la Física, II, 14.

[11] Dante, Infierno, canto XI.

[12] Papa Francisco, Laudato si’ n.º 44.

[13] Ibíd., n.º 34.

3.

ORDEN Y SORPRESA

BELLEZA Y ORDEN

Vimos en el último capítulo que la naturaleza, obra de arte original de Dios, tiene una belleza que se expresa en el orden o la regularidad. A lo largo de la tradición filosófica, desde la Antigüedad hasta la Edad Media, el orden se considera rasgo básico de lo bello.

El orden se suele describir como aquello que tiene cierta medida o proporcionalidad. Para Platón, todas las artes tienen que ver con la medida, con lo que es debido, o con lo que encaja con la norma[1]. Aristóteles enumera el orden, la simetría y la precisión como claves de la belleza[2].

Como ya vimos, san Agustín insiste especialmente en la regularidad y la coherencia con los principios numéricos: «De aquí pasando a los dominios de los ojos y recorriendo cielos y tierra, advirtió que nada le placía, sino la hermosura, y en la hermosura las figuras, y en las figuras las dimensiones, y en las dimensiones los números»[3]. En la misma obra, ilustra la belleza ordenada de la simetría contrastándola con un defecto arquitectónico:

Así, pues, cuando observamos bien en este mismo edificio todas sus partes, no puede menos que ofendernos el ver una puerta colocada a un lado, la otra casi en medio, pero no en medio. Porque en las artes humanas, no habiendo necesidad, la desigual dimensión de las partes ofende, en cierto modo, a nuestra vista… Hasta los mismos arquitectos llaman razón a este modo de disponer las partes; y dicen que las desigualmente colocadas carecen de razón[4].

En este caso, la simetría es un indicador de que algo se ha ordenado bien, y su ausencia se siente como falta de belleza.

Para entender el orden al nivel más fundamental, es importante comprender que el orden es en sí mismo resultado de las esencias interiores de las cosas. La palabra “esencia” significa simplemente, claro está, lo que algo es, y entenderemos la relación entre orden y esencia mirando dos sinónimos de “esencia”.

El primer sinónimo es “naturaleza”. “Naturaleza” puede, naturalmente, significar simplemente el universo material y las leyes que lo gobiernan. Pero la palabra “naturaleza” puede significar también esencia; en este caso, la naturaleza de una cosa es simplemente lo que es esa cosa. Pero santo Tomás le da a la palabra “naturaleza” un giro particular: «El término naturaleza tomada de este modo parece significar la esencia de la cosa en cuanto está ordenada a su operación propia»[5].

Entonces, al hablar de la naturaleza de algo, hablamos no sólo de lo que es, sino de cómo actúa de manera determinada a causa de su esencia. La expresión escolástica agire sequiter esse (el obrar sigue al ser) significa que la forma en que algo actúa revela qué clase de cosa es. Las cosas tienen naturaleza estable: son siempre ellas mismas. Por eso tienen pautas estables de comportamiento. En otras palabras, las cosas se comportan de manera ordenada, regular, porque sus comportamientos son coherentes con sus naturalezas. Mientras el caballo sea caballo, se comportará como un caballo. Lo importante es que el orden natural de las cosas revela la esencia de esas cosas. Al reconocer este orden, accedemos al corazón de lo que son las cosas.

Otra palabra que a veces funciona como sinónimo de “esencia” es “forma”. “Forma” también puede significar simplemente esencia, pero normalmente tiene otra connotación: es la pauta organizativa de un ente material.

A ver: las cosas materiales no son sólo materiales. Las cosas materiales son más que la materia de la que están hechas. Una casa no es sólo un montón de madera: es madera que ha sido organizada de cierta manera. Un tigre no es sólo un montón de células: son células ordenadas según un patrón específico. El patrón, la disposición, la estructura de una cosa material es su forma.

Entonces, ver la forma significa simplemente ver cómo se ha dispuesto u organizado una cosa. Pero como la forma es más que sólo los materiales básicos, cuando miramos cómo está ordenado algo miramos más que los componentes materiales de esa cosa. Cuando vemos orden vemos la forma: algo inmaterial, ya que está presente sólo como el principio organizativo de un ente material.

Resumiendo, ¿por qué es tan importante ver orden en las cosas? Porque al encontrar orden percibimos: (1) la esencia que yace tras el comportamiento que manifiesta un ente y (2) la inmaterialidad que yace tras las manifestaciones físicas de ese ente. Ahora bien, como el orden emana de la esencia, hay una cosa más que decir en cuanto al orden y la esencia: a saber, que el orden requiere que un ente sea no sólo lo que es, sino también lo que debe ser. Si conocemos la esencia de un ente, sabemos no sólo lo que es sino también lo que se supone que es. Si sabemos qué es una linterna, sabemos que se supone que te ayuda a ver en la oscuridad. Si sabemos qué es un caballo, sabemos que se supone que tiene más de dos patas. Y si sabemos qué es un hombre, sabemos que se supone que es honrado y valiente.

Tradicionalmente, este aspecto del orden en la belleza se articula en términos de que el ente sea lo que se supone que es. Por eso, por ejemplo, santo Tomás dice que dos de los elementos de la belleza son la integridad (o perfección) y la proporción (o armonía)[6]. Algo es ordenado cuando tiene todo lo que ha de tener: cuando es perfecto. Y algo es ordenado cuando todas sus partes se juntan como han de juntarse: cuando es bien proporcionado.

El orden, pues, expresa no sólo la esencia del ente, sino la realización de esa esencia.

Pasemos ahora a la sorpresa.

BELLEZA Y SORPRESA

Como ya vimos, la naturaleza, la obra artística de Dios, es sorprendente no sólo en lo que es o en cómo se comporta, sino en el hecho mismo de que exista. Esto también ha de ser entonces una característica fundamental de la belleza.

Pero la sorpresa se asocia menos frecuentemente con la belleza que el orden. Primero, porque la tradición filosófica y teológica insiste mucho más en la idea de orden en la belleza que en la idea de la sorpresa. Segundo, el orden parece un elemento más objetivo de las cosas, mientras que la sorpresa parece referirse a nuestra respuesta subjetiva.

Y sin embargo, si falta esta respuesta subjetiva, entonces, como ya vimos, no es posible realmente hablar de una experiencia estética. Como dice Plotino, «este es el espíritu que la Belleza siempre ha de inducir, asombro y una deliciosa inquietud, anhelo y amor y un temblor que es todo deleite»[7].

Plotino vincula así el asombro (o sorpresa) con el deleite[8]. Y tiene razón. Si nos acostumbramos al orden, entonces su realidad ya no nos parecerá hermosa, y no lo apreciaremos. Entonces podríamos decir que en la belleza la sorpresa impide que nos acostumbremos al orden (y a la forma o esencia que expresa ese orden).

Hay dos descripciones más de la belleza que refuerzan este concepto de la belleza como sorprendente: la novedad y el esplendor.

Las Escrituras asocian belleza y novedad cuando repetidamente animan a los fieles a «cantar un cántico nuevo», o describen a Dios como el Creador que «hace nuevas todas las cosas» y que hace cosas nuevas[9]. El concepto de creatividad, especialmente la creatividad estética, está ligado a hacer algo nuevo. Nuestra alabanza de la originalidad se hace a veces excesiva, pero muestra un deseo instintivo de novedad, de frescura en lugar de lo gastado, lo cansino, lo rancio. San Agustín se dirige a Dios en sus Confesiones como «Belleza tan antigua y tan nueva», como previniendo contra la malinterpretación de la eterna Belleza divina como «lo mismo de siempre». Santo Tomás, hablando de cómo el asombro causa placer, aporta esta cita de Aristóteles: «La mente se inclina más por el deseo a actuar intensamente en cosas que son nuevas»[10].

Otro descriptivo estético común encontrado en santo Tomás, y en la tradición neoplatónica anterior, es el atributo de esplendor o claridad. Santo Tomás incorpora esta tradición al incluir el esplendor, junto con la proporción y la integridad, como las tres características de lo bello.

Ahora, ¿qué significa que la belleza sea brillante, espléndida, luminiscente? La metáfora de la luz se aplica comúnmente a la facultad perceptiva, pues la luz es lo que nos permite ver. Pero en este caso no hablamos de ver con claridad abstracta; como ya dijimos, la belleza implica la inmersión en imágenes, no en ideas distintas. Así también, la belleza puede clarificar las cosas, y además nos puede hacer apreciar la abrumadora hondura de un misterio (como le ocurre a Job al final de su interacción con Dios).

Pero una cosa que hace ciertamente la luz es atraer la atención. Pensemos en los luminosos de neón, o en los vivos colores de los rotuladores fosforescentes: la luz existe para obligarnos a mirar. Por eso, dice santo Tomás: «Dícese que son bellas las cosas de brillante color»[11].

Habla Von Balthasar de la luz de la belleza como aquella que cautiva la mente: «Sólo aquello que tiene forma puede arrebatarnos hasta un estado de éxtasis. Sólo por la forma puede destellar el relámpago de la belleza eterna. Existe un momento en que la luz rompiente del espíritu, al aparecer, empapa completamente la forma externa en sus rayos»[12].

Para entender la relación entre belleza, luz y sorpresa, pensemos en la típica imagen del ciervo deslumbrado por las luces. El ciervo se ocupaba plácidamente de sus asuntos en la oscuridad, y queda sorprendido y también cautivado por la luz inesperada. Pero a diferencia del ciervo en la carretera, cuando el ser humano se ve sorprendido y arrobado por la belleza, podría salvarle la vida, no destruirlo.

UNA VIDA DE BELLEZA

En su pequeño libro On Beauty and Being Just, Elaine Scarry pregunta en qué deseamos convertirnos cuando buscamos la belleza en nuestras vidas. Cuando buscamos la verdad, nos asimilamos a ella adquiriendo conocimiento. Cuando buscamos la bondad, nos asimilamos a ella haciéndonos moralmente rectos. «Existe, en otras palabras, una continuidad entre la cosa buscada y los atributos de quien busca»[13].

Se deduce que quien busca la belleza asumirá los atributos de lo bello.

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