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Clyo Mendoza Furia
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La muerte le crecía como una idea parecida a la del horizonte largo, desértico. Un gran espacio negro y cúbico, algo que no alcanzaban a dimensionar sus ojos. No entendía cómo podía caber el dolor dentro de su cuerpo. Era como si, para acoger el sufrimiento, su cuerpo se hubiera vuelto de la piel para afuera. Sentía que todo él se había invertido, que llevaba expuestas las vísceras. Que su cuerpo y su dolor lo abarcaban todo.
Las moscas volaban alrededor de las heridas de las frutas, chocaban contra las cosas, sus patas viscosas empezaban a posarse en el cuerpo del enfermo.
Juan se arrodillaba nuevamente sobre Lázaro.
Por favor, escúchame, tienes que aguantar otro poquito. No puedo ir a buscar a alguien que nos ayude si nos están buscando, y no sé quién podría ayudarnos. No tenemos a nadie, no conocemos a nadie. Por favor, Lázaro, resiste un poco. Cuéntame algo, anda, cuéntame algo para que no te duermas.
Las moscas se acercaban a la cara de Juan confundiendo sus lágrimas con agua, las moscas chocaban contra las manos heridas de esos hombres, contra el cuerpo de los caballos, las moscas chocaban contra las moscas.
Juan, dijo entonces Lázaro.
Algunas palabras inconexas empezaron a salir de su boca. También se escuchaba en algún lugar una gotera.
Juan, dijo otra vez Lázaro. Tengo miedo, Juan, ya vienen, ya vienen por nosotros los negros.
En eso gastaba Lázaro su última saliva: ya vienen, Juan, ya vienen por nosotros los negros. Tengo miedo, abrázame, ¿quién es esta mujer? ¿También van por ella los negros? Juan. Ven por mí, hace frío.
Las moscas confundían el espacio blanco entre sus pár pados con las heridas de la fruta.
Era una tristeza que justo mientras lo amamantaba se le hubiera muerto...
Otra vez está contando esa historia mi madre, pensó Lázaro. Hablaba de los perros que habían rescatado. Su madre les daba leche de las cabras con el meñique. Pobres perritos, le decía ella a sus amigas (estaban todas sentadas alrededor, dándole la espalda a Lázaro), yo pensé que los salvaría, aunque ya tenían larvas de mosca encima. Todos me dijeron: ya ni lo intentes, mujer.
Pero se quedaron conmigo cinco días, cinco días hice que me duraran los perritos. Me decían: si la hembra los dejó, pues fue por algo. Pero yo sí creí que iba a salvarlos, les sobaba la pancita por las noches, les daba más leche. Les llenaba unos cuenquitos con agua caliente y se los ponía al lado para que creyeran que ahí estaba su madre. Y mira que nosotros no tenemos nunca leche, pero hay que hacer lo que se puede por las criaturas. ¿O no, Lázaro?
Lázaro tenía la sensación de que algo estaba raro.
¿O no, Lázaro, que hay que hacer lo que se puede? ¿Lázaro, me escuchas? ¿Lázaro?
Lázaro no alcanzaba a ver a su madre, era como si una gota de leche le hubiera entrado en los ojos, una bruma blanca le crecía en el iris.
¿No es verdad, hijo, que una gota de leche de mujer que acaba de dar a luz es capaz de devolverle la vista a los ciegos? ¿Hijo? ¿Lázaro? ¿Me oyes?
Las mujeres que estaban sentadas alrededor de la madre voltearon a mirar a Lázaro. No tenían ojos. Abrieron la boca y no tenían dientes.
¿Lázaro, me escuchas? Lázaro, resiste, Lázaro. Lázaro, no me dejes aquí.
Lázaro recordó a un hombre, un hombre que le apuntaba al pecho con un arma, un hombre que lo miraba horrorizado. ¿Quién era ese hombre? ¿Qué hacía ahí?
Madre, dijo Lázaro, no puedo verte. Sólo veo a un hombre, ¿quién es él, madre?
Todo lo que sé de ti, lo sé porque me hablas de los otros. Nunca me has contado: me pasó esto. Cuentas una anécdota sobre alguien, sin referirte nunca a ti. Aunque yo te reconozco en to do lo que cuentas. Cuando me hablas, siento que tú siempre estuviste en tu propia vida como una sombra, observando como un espía a todos esos que estuvieron en tu vida antes que yo. Y ellos son fantasmas. Personas que amaste a las que nunca conoceré.
No me has contado tu primer recuerdo, pero siento que conozco bien las cosas de las que sólo me hablas. Eres bueno para contar las cosas, Juan, te he creído todo. Y si yo tampoco he querido contarte demasiado es para seguir tu juego, quizá por eso hemos sido felices, si es que la felicidad es esto que se dio entre nosotros en medio del hambre y de la guerra. Hemos andado estos últimos años buscando los caminos donde no hubiera más revolución que la que ya teníamos en la cabeza y finalmente el mejor lugar para nosotros fue el desierto. Pero aquí también llegó la guerra. Quizá el amor no sea suficiente, Juan, por ejemplo: no puede contra la muerte. ¿De parte de quién estoy ahora? Siempre peleamos en el bando de quien más nos convino. Cuando te conocí ya no sabía a qué patria pertenecía, ya no sabía cuál era la verdadera justicia, ya ni siquiera sabía cómo había empezado esta maldita guerra. Ahora no sé si ha terminado, ni sé cuándo se supone que nosotros ganamos. Hemos sido muy hombres porque siempre hemos estado peleando, ¿no es eso lo que se les exige a los hombres? Hemos cumplido esa parte. Y además, hasta ahora hemos venci do porque no estamos muertos. Pero ya no puedo más. Te pido que me dejes aquí y que te vayas. No voy a curarme. Mírame bien, sé que puedes ver que lo que sigue es mi muerte. No estoy triste, Juan, te juro que no hay por qué estarlo. Fui feliz, aunque vine de una raza en la que todos murieron lamentándose. Tuve un compañero en el mundo, en estos tiempos en los que el humo de la guerra se nos metió por los ojos, nos ha dañado la cabeza y el cerebro ya no nos permite imaginarnos el futuro. Yo no necesito el cerebro, te lo juro, Juan. Siento que me estoy poniendo liviano. Pronto me iré, y me gustaría que supieras que a pesar del dolor, la vida fue buena conmigo. Tú fuiste bueno conmigo. Déjame aquí y vete. Sigue el camino de Las Ánimas, allá donde se mira la presa y sigue recto, sin cansarte. Antes había un corral de piedra guardando el camino, síguelo. Vas a encontrar en algún momento la casa de mi madre. Quiebra la chapa, si es que queda algo de ella. Las cosas aquí se mueren con más sosiego, pero se oxidan rápido los metales. Te bastarán un clavo grande y una piedra. No creo que nadie haya entrado, porque esa casa estaba maldita y todos le tenían miedo. Si alguien se atrevió a romper la chapa, mi madre la volvió a pegar con su saliva de muerta. Antes de que alguien pudiera saber que dentro había un tesoro, habría huido. Sé que mi madre escondió esa moneda en alguna parte, Juan, quizá bajo el altar a la Virgen o en un hueco. Rompe sus santos si es necesario, porque la moneda puede estar dentro. Cuando la encuentres tómala y vete. Yo no puedo seguir, estoy cansado, estoy muy cansado. Esa moneda la guardó mi madre para quien fuera mi esposa, eso me dijo. La vieja siempre tuvo la esperanza de tener un nieto y para la madre de ese nieto imposible guardó toda su vida una moneda de oro. Ni cuando tuvo hambre vendió esa moneda la vieja.
Tómala, Juan, tú eres mi esposa.
Juan miraba a Lázaro mover la boca pero la boca no decía nada. Luchaba por hablar y su frente rezumaba sudor. En esas pequeñas gotas brillaba el fuego de la vela, la flama se movía como si tuviera huesos. Lázaro tenía demasiada fiebre. Espera un poco, le dijo Juan, mañana volvemos a cabalgar y algo encontraremos. Trató de mojar su boca con una tuna ácida, pero Lázaro dejó caer su lengua blanca y entornó sus ojos como si se mirase hacia adentro.
Muerto Lázaro, Juan monta en cólera y azota sus puños contra las piedras. Minutos más tarde, con jirones de carne colgando de sus nudillos, se preguntará si le serán necesarios para pelear con alguien. Si Lázaro hubiese muerto teniendo la razón, entonces la respuesta será sí: fue un grave error haber dejado los nudillos en las piedras. Si eso que Lázaro dijo antes de morir es cierto, habrá que luchar. Dos bandos enemigos se unirían sólo para torturarlo. Una vez muerto el perro se acabó la sarna, dirían. Los imagina atando la mitad superior de su cuerpo al torso de un caballo, la mitad inferior en una mula enloquecida que arde en deseos de salir disparada a colmar su hambre con el poco pasto verde que resguarda la sombra de las piedras. Imagina fuego en los pies, lajas de piedra abriéndole los costados, cuchillos sin filo haciendo torpes amputaciones. Un miembro cayendo en la tierra y haciendo un golpe seco de pájaro partido. Juan decide que tiene que irse. Por sí o por no, tiene que irse.
Entonces un fuerte sentido práctico se apodera de su mente.
Como si todo fuera mentira o una tenebrosa coreografía, guarda a Lázaro en una manta. Para que tarden en abrir su cuerpo los animales, se dice. Cuenta las monedas, prepara los trastos, se hace de agua suficiente para cabalgar sin descanso. Hay una gotera en algún sitio. Va con la veladora al fondo, donde Lázaro guardaba unos morrales. Es hora de deshacerse de todo en el fuego, de limpiar su rastro. Entonces encuentra un par de sacos de harina que nunca antes había visto. Dentro hay papeles, algunas cosas sin importancia, varios sobres.
Elige, Juan, lánzalos al fuego o abre los sacos.
Juan sabe que Lázaro tenía en aquellas bolsas lo que quedaba de su vida antes de ser soldado y antes de ser desertor. Una vida en la que Juan todavía no figuraba. La curiosidad lo domina, el sentido práctico desaparece. Date prisa, Juan, se dice a sí mismo, pero la voz del pensamiento se vuelve música torpe; tiene en la mente demasiadas preguntas. ¿A quién amó Lázaro antes que a mí? ¿Habrá rastro de él o ellos en estas bolsas? ¿Mientras venía conmigo pensaba en alguien más? Está tratando de mitigar un dolor con otro. Está tratando de odiar a Lázaro, de perderse en el rencor, trata de obligarse a pensar que antes de morir Lázaro, él ya había sido abandonado. Todavía siente que todo lo que sufre en el mundo, aunque suceda fuera de su cuerpo, le corresponde. Como esas liebres que abría haciendo un tajo justo del cuello al rabo y que al contacto con el fuego se iban doblando. Juan sigue sintiendo que su cuerpo, como el de ellas, ha quedado invertido. Si dentro de los sacos encontrase un indicio de que Lázaro no era quien decía ser, entonces sería liberado y todo volvería a su sitio. Lo dejaría ahí, sin más, se alejaría en su caballo pensando: había estado perdiendo mi tiempo.
Juan abre el saco.
Hay unas fotos humedecidas. Unas cartas. Un mapa. Le cuesta despegar una fotografía de otra, la humedad de la cueva las ha unido.
Al fondo por fin deja de sonar una gotera, esa agua quedará suspendida en la sombra durante eones; siglos, millares de años más allá de Juan y Lázaro, se volverá piedra.
Un pájaro entra en la cueva porque había escuchado agua, vuela guiándose con la luz de la lámpara que Juan sostiene. Le aletea tan cerca y tan deprisa, que Juan se sobresalta y las fotografías caen sobre sus botas sucias. No las recoge. Mira las cartas, pero no las lee. No sabe hacerlo. Se avergüenza al suponer que Lázaro sí sabía. ¿Cómo aprendió? ¿Quién era Lázaro antes de ser el Lázaro que conocía? La idea de la vergüenza se aleja y él se apura a recoger las fotos. En la que está sobre su bota izquierda hay una mujer sentada en un sofá, el fondo de la fotografía es el papel tapiz de un cielo. Juan despega la foto que está detrás: la misma mujer y un niño en sus piernas. Un hombre en traje pero con sandalias posa su mano sobre el hombro de la mujer que está sentada. No se distingue el rostro del hombre, pero no porque se haya estropeado por la humedad, sino por el gesto de alguien que ha borrado su imagen con una moneda o con las uñas.
Las preguntas hacen fila. Es difícil para Juan adivinar si el niño en la foto es Lázaro. El niño regordete está vestido con una bata de cuello de encaje y no lleva zapatos. Su rostro no es el rostro de Lázaro, barbado, lleno de cicatrices, con esos ojos que siempre preguntaban. ¿Qué caso tiene vivir temiéndose uno mismo? Le preguntó una vez. Juan se burló de Lázaro, (¡Lázaro, qué tipo de pregunta pendeja es ésa!) pero no pudo dormir haciéndose a sí mismo esa pregunta. A Lázaro nunca le molestó tener dentro a una mujer, como él decía. Gozaba cuando, dentro de la cueva, podía ser él mismo, bailando con la música de una gotera y ese sonido extraño que hacía jugando su lengua en el paladar.
Quién era Lázaro en esa fotografía. ¿En algún momento había sido padre de un niño y había amado a una mujer? No puede creerlo. Lázaro, en todo caso, podría ser más bien esa mujer. Ni el niño, ni el hombre del rostro deshecho. Ninguno de los dos, eso imposible.
Juan ve al lado de su bota, sobre el piso, otra fotografía. Rápido, se inclina a tomarla.
En la fotografía aparece otra vez el mismo hombre, su rostro intacto. El niño ha crecido y la mujer no figura. El hombre le recuerda a alguien ¿A quién? No es Lázaro, pero si no es Lázaro, ¿de dónde lo conoce?
La mano que pesa sobre el hombro del niño lo inclina ligeramente hacia su lado izquierdo. Ese gesto, seguramente algo que el fotógrafo no pudo prevenir en el momento del disparo, es el gesto por el que reconoce que el niño sí es Lázaro. Siempre que alguien le incomodaba, el peso de su cuerpo se empeñaba en alejarlo y se quedaba inclinado. A Juan siempre le pareció que aquél era un movimiento que venía de su infancia. Y ahí estaba la constatación: en el reverso de la fotografía con una preciosa letra cursiva que empezaba a diluirse, se señalaba que Lázaro tenía seis años.
Mi padre vendía sus hilos por donde tú naciste, Juan, le dijo Lázaro un día. ¿Te imaginas que mi padre pudo conocerte antes que yo, cuando eras niño? ¿Te imaginas que mi padre le vendió a tu madre los hilos con los que cosía tu ropa? Ésa fue la única vez que Lázaro habló de su padre. Estaba borracho y mientras hablaba, jugaba a pasar sus manos sobre el fuego. Las pasaba tan rápido, que el aire que provenía de sus movimientos no lo dejaba quemarse. Mira, Juan, soy un brujo, le decía. La lumbre de la fogata ardía a sus pies y dibujaba en la pared de la cueva sus sombras descompuestas.
Cuando Lázaro era niño, su madre lo llevaba de la mano al panteón y la arena les quemaba las piernas, chisporroteaba en cada paso abrasando sus pantorrillas y sus muslos.
El desierto se alargaba al lado de los muertos, en el panteón no había más que piedras y algunos pastos; sólo la tierra se nutría con los cadáveres. Lázaro y su madre llevaban flores. Pocas, pero todavía medio frescas las flores. Y ese día, unos hombres cantaban en su idioma unos lamentos y tejían la palma del único techo que sombreaba el panteón. No voltearon a ver a Lázaro y a su madre entrar, porque no había puerta; el panteón era más bien un montón de cruces sin cerca, un panteón listo para crecer hacia todos lados, pero pequeño como había sido siempre el pueblo.
Los hombres nunca los miraron, tenían la cara sobre la palma como si la estuvieran oliendo. Sus sombreros cubrían sus orejas, sólo se veían sus manos negras saliendo de sus largos trajecitos blancos y esos dedos bordando, bordando a toda prisa.
La mamá caminó hacia la sombra del techo. Ella era grande, o así solía recordarla Lázaro, casi llegaba al cielo y aun así, más arriba, estaban los hombres que no dejaban de cantar sus lamentos. Lázaro nunca entendió lo que cantaban porque no había aprendido la lengua de su madre. Ella, muy seria, caminó escuchando atenta y se detuvo ante la tumba de Cástula, la muchacha que había muerto señorita.
Lázaro bajó la vista porque le quemaban las piernas y pensó que eran hormigas. Y en eso llegó el silencio. El silencio del desierto, atravesando sin parapetos toda la llanura. Lázaro miró hacia arriba para buscar a los hombres en el techo y ya no estaban. No había nadie, sólo su madre hablándoles a las flores y a Cástula.
Dijo: mamá, miré hacia arriba y ya no vi a los hombres que cantaban.
El silencio caía después de que hablaba, ni siquiera el viento hacía ruido.
Habló su madre: te voy a decir una cosa, pero no te me asustes, Lazarito, esos que viste eran los muertos construyendo una sombra.
Cuando salieron del panteón ya era de noche. Lázaro no lograba recordar si habían ido al panteón a la hora de la siriama, cuando el sol se pone y el cielo se tiñe de lila, o si aquella tarde habían estado cantándole a Cástula durante horas.
A su madre le gustaba cantarle a esa muchacha.
Cástula y su madre, que se supiera, nunca habían sido cercanas. Todos en el pueblo, incluida su madre, decían que Cástula estaba loca y le tenían miedo. Años más tarde del día del panteón y los muertos, a Lázaro llegarían los rumores de que su madre le había hecho una promesa a esa muchacha que, aunque era joven, parecía una anciana. Le había prometido que iría a cantarle cada día, si moría antes que ella y si guardaba un secreto. Nadie supo nunca qué secreto guardó Cástula, porque se lo llevó a la tumba. Lázaro ya buscaba por ese entonces un motivo para abandonar a su madre y cuando le llegó el rumor, algo dentro de él supo que tenía el plato servido, el gran pretexto. Decidió que resolvería el misterio porque, sin duda, lo que Cástula había ocultado le incumbía: él era casi todo con lo que tenía que ver su madre.
La madre, predecible como era, ingenua siempre, había escondido en el fondo falso de un cajón un par de sobres. Lázaro leyó las cartas que tenía dentro a escondidas. Durante varios años a él y a su madre les había enseñado a leer una extranjera muy anciana que se había quedado a vivir en el desierto en una extraña misión consigo misma. Su madre le pagaba con agua y comida. Por eso Lázaro supo leer esas cartas sin remitente. Todas eran breves y apenas se entendían:
Ayer vi a Vicente, iba de la mano con una niña y la besaba como si fuera una mujer, creo que viven en Boca de Perro. No está muerto, ni está en la guerra, el malnacido nomás te abandonó.
No puedo hacer lo que me pides porque va contra Dios. Si tanto te urge que esté muerto, ven tú a matarlo. Una eternidad en el infierno no vale unas monedas.
Creo que tuvieron una criatura. Acá abajo te apunto su dirección. No puedo hacer más por ti. Ya no me escribas. Piensa lo que vas a hacer, Sara. Dios castiga.
Lo único que le hubiera gustado evitar fue la sed que le dio antes de morir. Le hacía pensar en cuando llegó a Boca de Perro y bajó corriendo a buscar agua; golpeó, pateó, rogó, pero en el pueblo nadie salió a abrirle la puerta. La sed lo hacía dar vueltas alrededor de las mismas ideas: cuando la gente muere hay que esperar nueve días antes de enterrarla, para que el alma salga de su espanto y luego salga del cuerpo, para que no se pierda confundida. Nueve días, ése es el tiempo preciso.
La sed siempre le recordó la guerra. Empezó a hablar consigo mismo: hay que meter todos los cuerpos lo más pronto posible en una fosa. Hay que meterlos pronto.
Recordaba las fosas en el desierto que no se ven, porque están rellenas. De gente, de huesos que a veces el aire desentierra y que los animales mastican para limpiarse los dientes.
Yo también maté hombres. Y mujeres. Y niños. Quería honor. Quería comer. Quería encontrar a mi padre, dice para sí mismo Lázaro. Me habían dicho que era soldado y que se había ido a la guerra, pero un día encontré unas cartas y ahí una mujer que se llamaba Cástula le contaba a mi madre que mi padre nunca se había enlistado: vivía con otra familia en un pueblo que se llama Boca de Perro, lejos de donde nací. Cuando supe la verdad ya era tarde: me había unido al ejército. Pero decidí que antes de morir en esa guerra eterna que sólo cambiaba de nombre, tenía que encontrarlo, tenía que ver a ese hombre al que nunca olvidó mi madre.
Boca de Perro era un pueblo horrible, polvoso, lleno de enfermos. Logré llegar después de un largo camino caliente, logré llegar pero tenía mucha sed, así que lo primero que busqué fue un poco de agua. Todos me habían advertido que no bebiera del agua de ese pueblo porque estaba maldita y quien bebía de ella ya nunca podía salir de ahí. Puras mentiras, ¿ves? Los viejos se inventan cualquier cosa para divertirse. Tenía mucha sed y en el pueblo no había ningún árbol más o menos vivo que indicara que había agua cerca. Entonces encontré un jardín, en medio de un terreno que era pura polvareda, un jardín que crecía con sus rosas y sus árboles de mango. Corrí hacia allá para alcanzar algo, intenté subirme al árbol desde la barda de biznagas coloradas, pero es una planta que cuida con sus espinas y cuando estaba a punto de llegar, el brazo de árbol donde estaba subido se quebró y yo me caí en las espineras. Rapidísimo salió una muchacha de la casa con jardín y en lugar de regañarme, me miró piadosamente y me quitó las espinas del cuerpo mientras yo me comía un mango, unas tunas y bebía mucha agua. Era muy bonita, como esas muchachas del norte que tienen los ojos alargados y las pestañas bien tupidas. El pelo negro, negro y muy largo, amarrado en una trenza. ¿Qué buscas por aquí, hijo? Me preguntó. No entendía por qué esa mujer me hablaba como si fuera mayor que yo. Antes de que pudiera contestarle, escuché el llanto de un niño y ella de inmediato entró en la casa. Salió con él en brazos y, cubierta con un rebozo, le dio de comer. Era un niño ya grande para ser amamantado, yo escuchaba su estruendo, cómo paraba de chupar para no atragantarse con la leche, vi cómo el vestido de su madre empezó a mojarse. Su padre está allá adentro, me dijo la mujer, con los ojos temerosos, tapándose nerviosamente los senos. Tenía miedo de cómo la veía, pero a mí no me gustaron nunca las mujeres, yo sólo veía al niño con un poco de envidia de ser tratado así. Pasé a lo importante: busco a un hombre, quizá usted lo conozca, se llama Vicente Barrera. Aquí vive, me dijo la mujer. No me lo esperaba, las patas se me hicieron de atole. Le pedí a la mujer que me dejara ver a mi padre, pero sin decirle que era mi padre. Ella me dijo: eso no es posible, qué quiere y para qué lo busca, ¿ha escuchado lo que se dice por ahí, verdad? Pero le dejo desde ahorita muy clara una cosa: mi marido no es ninguna bestia de circo, muchacho, así que hágame el favor de irse. Luego se despegó al niño del pecho y me dijo: por su culpa se me va a amargar la leche, ya váyase. Pero no me fui. Le mentí a esa mujer y le dije que Vicente había sido un buen amigo de mi papá, que yo deseaba escuchar una historia para recordarlo y que por eso había ido a buscarlo desde tan lejos. Fueron amigos en la otra guerra, ¿sabe? Y la muchacha, confundida, me dijo muy pensativa: así que Vicente sí fue soldado. No entendía de qué hablaba, así que moví la cabeza diciendo que sí. Luego le dije que mi padre nos había dejado a mi madre y a mí para ir a la guerra y que yo casi no lo había conocido pero quería saber de él. Lloré un poco, pero no fingía, porque en el fondo yo sí me había creído esa historia, aunque estuviera ahí frente a la verdad y mi padre fuera un hijo de puta que nos había dejado por otra. A la joven se le hizo blandito el corazón y me dijo: quizá mi esposo no esté en condiciones de contarle nada. ¿Por qué? Le pregunté y ella me dijo: venga a verlo por usted mismo.
En un cuarto oscuro hecho de tierra y caca de burro, estaba mi padre. Entramos despacio, creo que para no despertarlo. Ella alumbró con una vela. Sólo el fuego no le lastima los ojos, me dijo. Y entonces reconocí al viejo: el cabello canoso, la cara rajada, el cuerpo agarrotado. Sus manos estaban atadas y sus pies también. ¿Por qué lo amarran? Le pregunté con un grito a la mujer. Ella me contestó sollozando: es que está loco.
El viejo abrió los ojos. Me vio y empezó a gruñir como un animal rabioso. Sacaba espuma por la boca, se mordía la lengua y la saliva con sangre le escurría de la boca a goterones. Así que me fui y no le dije nada. No le escupí a la cara, no le reclamé. Dije: gracias por la fruta y el agua, señora, y me di la vuelta mientras ella cerraba la puerta con un candado, llorando y diciendo con una voz que apenas y podía oírse: se me va a amargar la leche, se me va a amargar la leche.
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