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Héctor de Mauleón La ciudad que nos inventa
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Vino una nueva historia de horror cuando una monja vieja y enfermiza, Marina de la Cruz, que antes de tomar los hábitos se había casado dos veces, las delató ante un confesor. Según Sigüenza, sus compañeras se vengaron, obligándola a que barriese los corrales, a que matase y desollase los carneros que la comunidad consumía; la tachaban de incontinente por sus dos matrimonios, la obligaban a purgar los lugares comunes y los vasos inmundos, y evitaban su presencia «con melindres». «Acompañaban esos desaires con risotadas, empellones, apodos y vituperios», escribe don Carlos.
Marina de la Cruz murió también en este claustro, empuñando una escoba, entre esas risotadas y esos empujones. Todo eso vieron estos muros negros y no sé cuánto queda.
Sigo ahí, en el piso, mirando ridículamente desde un agujero. En esta ciudad que todo lo abandona, a veces sólo así es posible pescar una historia.
1696
En el galeón de Manila
Estamos en medio del Océano Pacífico a finales de septiembre de 1696. El galeón de Manila ha atravesado mares inmensos, del tamaño de la mitad del mundo, entre vientos contrarios y tempestades sin cuento. La tripulación va arrojando al mar los cuerpos de los viajeros que no sobreviven a las exigencias del viaje. Una estela de enfermedades acecha a los sobrevivientes. En cada bocado que se llevan a la boca aparecen gusanos y gorgojos. Los peroles del caldo son un cementerio de moscas. El tasajo es tan duro que hay que golpearlo una y otra vez con un palo. Las chinches infestan las bodegas, las camas, los baúles de los pasajeros.
Los rudos y curtidos navegantes llorarán de felicidad, abrazándose como niños, el día en que el galeón divise el puerto de Acapulco, «primer mercado del mar del Sur y escala de la China», luego de una travesía de ocho meses. Para entonces, el mes de enero de 1697 se estará acercando a su fin.
Del galeón, que lleva el nombre de San José, desciende el primer turista de la historia, el doctor en derecho Giovanni Francesco Gemelli Careri. En Italia, su país natal, debido a que carece de linaje aristocrático, a Gemelli se le ha cerrado el acceso a los cargos públicos. Harto de recibir «vejámenes y humillaciones», el abogado decide completar una vuelta al mundo del mismo modo en que lo hacen los turistas de hoy: por sus propios medios, pagando su pasaje para ir de un sitio a otro –y no como lo hacían los aristócratas de entonces, moviéndose en carrozas particulares, con troncos de mulas y caballos propios.
En un viaje que mucho tiempo después inspirará la novela de Verne, La vuelta al mundo en ochenta días, Gemelli recorre Francia, Hungría , Alemania, Egipto, Constantinopla. Atraviesa la India, visita la Gran Muralla China, cruza Macao y recala en Filipanas. Ahí aborda el galeón que lo lleva hasta Acapulco. Gemelli no puede creer que aquella horrible aldea de pescadores reciba el nombre de «ciudad». Sólo encuentra «casas bajas y viles, hechas de madera, barro y paja» en las que, dice, «no habitan más que negros y mulatos».
En 1697, cada vez que llega la Nao de China, Acapulco se convierte en un mercado formidable. Pero luego de comprar, recibir o gravar las mercaderías codiciadas y exóticas que el navío ha traído en sus bodegas, los comerciantes españoles y los oficiales reales abandonan la aldea, dejándola enteramente despoblada y a merced de un calor infernal. Sólo los soldados que vigilan la bahía deambulan como fantasmas por las callecijuelas desiertas del puerto.
¡Acapulco a fines del siglo xviii! Las habitaciones, cuenta Gemelli, son calientes e incómodas; los alimentos, demasiado caros, pues «hay que llevar de otros lugares los víveres». En el libro de sus viajes –Giro del Mondo, publicado en 1700–, el abogado relata que el párroco de Acapulco se ha hecho rico porque se hace pagar muy cara la sepultura de los forasteros, que en ese clima caen a montones, y cuenta que las naves que conducen mercaderías prohibidas, en lugar de entrar a la bahía, van a desembarcarlas al cercano Puerto Marqués (el primer paraíso de la «piratería»).
Fastidiado del «gran daño del calor intolerable y de los mosquitos», Gemelli decide viajar entonces «hasta la imperial ciudad de México».
¿Cómo es el viaje por la Autopista del Sol del siglo xvii? Sólo llegar a Chilpancingo toma seis días, «habiendo subido y bajado altísimos montes» en donde «me chupó allí la sangre una legión de moscos». Gemeli avanza bajo el sol calcinante. En el abrasador Cañón del Zopilote, sólo es posible reanudar la marcha en las tardes, cuando el aire refresca. El viajero cruza a nado el río Papagayo. En el camino sólo ha encontrado un puesto de guardias que revisan las «boletas» de viaje que deben llevar los caminantes. La ruta está llena de ecos que han llegado hasta nosotros: Zumpango, Mezcala, Amacuzac, Ahuacuotzingo, Cuernavaca, Xuchitepec, Huichilaque…
Más allá de Cuernavaca, el clima cambia. Gemelli emprende el ascenso por «una áspera montaña de pinos» en la que no hay «más que hierba seca que quemaban los aldeanos para abonar el terreno». El frío arrecia de tal modo que una mañana Gemelli encuentra su colcha de viaje cubierta de hielo.
Aparece por fin Tlalpan, que entonces se llamaba San Agustín de las Cuevas: los viajeros deben pagar al guardia que custodia la caseta de entrada un real por cada mula que lleven. Bajo un aguacero y fuertes rachas de viento, Gemelli es conducido «por una calzada o terraplén, hecho laguna», hacia el edificio de la Aduana. Allí le registran los baúles de viaje. Los oficiales advierten que es extranjero y tienen «la atención» de mirar sólo por encima lo que va dentro de ellos. Es el sábado 2 de marzo de 1697. La Aduana se encuentra entonces sobre la calle de la Monterilla, nuestra actual 5 de Febrero. La capital luciría desierta a causa de la lluvia, las mangas de agua dejarían a Gemelli adivinar apenas el contorno de los edificios.
Una vez cumplido el trámite, el viajero debe buscar dónde hospedarse: camina sólo unos pasos, supongo que a la inmediata calle de Mesones, en donde encuentra un hostal «muy mal servido».
Desde su salida de Manila, nueve meses atrás, no ha dejado de sufrir, de padecer, de esforzarse. Y sin embargo, las frívolas pinceladas que aquel hombre de 46 años plasma en su libro, están llenas de color.
Amanece el domingo 3 de marzo de 1697. Giovanni Francesco Gemelli Careri sale a la calle. Ese día hay función en la Catedral. Ese día conocerá el espectáculo que es la calle de Plateros. Caminará por Tacuba, se acercará a la Alameda, contemplará las acequias: se inmergirá en la ciudad que Bernardo de Balbuena llamó «centro de perfección, del mundo el quicio».
Si cierro los ojos, puedo saber lo que vio.
1722
Los dueños de la mañana
Durante los años en que dirigió Ovaciones, Jacobo Zabludovsky se impuso la costumbre de mostrar el primer ejemplar que salía de la rotativa a los voceadores que aguardaban la remesa del día a las puertas del periódico. Zabludovsky dice que podía saber si una edición iba a venderse o no con sólo observar la reacción de esos sinodales. Nadie como los voceadores para tomar el pulso de un encabezado o de una noticia: último eslabón de un ciclo que comienza con la redacción de una nota y llega a su culminación al momento de entregarla impresa a los lectores, los voceadores conocen a su público más que los propios periodistas. No en vano andan voceando cosas por la calle desde que en 1541 un impreso ofreció la «relación del espantable terremoto que agora nuevamente ha acontecido en las Yndias, en una ciudad llamada Guatimala».
Medio milenio después los voceadores pueden preciarse de haber acompañado el desarrollo de la prensa mexicana. Por sus manos manchadas de tinta han pasado todas las publicaciones editadas en el país, desde la fundación en el siglo xviii del primer periódico «formal», la Gazeta de México (1722), hasta la llegada de diarios como El Universal, Milenio y Reforma.
Rafael Cardona los ha definido como «dueños de la mañana y señores de la última verdad». Tomando como punto de partida las montañas de papel que han delimitado su territorio histórico –Humboldt, Artículo 123, Donato Guerra, Iturbide–, los voceadores, dice Cardona, van clavando puñales en el corazón de la gente: no de otro modo distribuyeron los 385 mil ejemplares que en 1957 vendió la muerte de Pedro Infante; no de otra forma se agotó la edición que mostraba las fotos de un mundo en ruinas, en el ya lejano septiembre del 85.
¿Cuántas albas despertó la Ciudad de México con sus gritos? El investigador José Luis Camacho rescata uno de los más memorables: «¡La muerte del emperador de Alemania que está muy malo!».
Hace unos años, la Unión de Expendedores y Voceadores de los Periódicos de México presentó, con un centenar de fotografías exhumadas de los fondos Casasola y Nacho López , así como una veintena de artículos entresacados de diarios y revistas del pasado, un libro, Voces de la libertad, que traza a grandes saltos la historia de uno de los gremios más antiguos de la urbe. Lo mejor de ese libro, su recorrido visual, inicia con una imagen de 1895 en la que gendarmes porfirianos se lanzan contra un grupo de «papeleritos» a un costado del Zócalo. La imagen procede de unos días en los que el régimen porfirista había decidido prohibir el voceo en las calles, pues, cuenta Ciro B. Ceballos en Panorama de México, «para inflar noticias aquellos muchachuelos endiablados no había reputación que no hicieran añicos ni crimen que no elevaran al máximo horror».
El viaje prosigue con una extensa galería de niños voceadores de El Nacional y El Demócrata (1925), que parecen ajustarse a la estampa que en julio de 1893 hizo un redactor de El Siglo Veinte:
Aquí tienen ustedes al granuja
más simpático de la población.
Es una abeja que recorre la
ciudad en todas direcciones,
voceando su periódico.
Maltratado, hecho pedazos, con
la oreja saliéndose entre la copa
y el ala del sombrero. Alegre,
peleonero, decidor y más vivo
que una ardilla.
Las noventa fotografías que completan el libro narran la transformación de una urbe que se va poblando de autos y rascacielos y en la que «los granujas más simpáticos de la población» –niños en ruinas, arrollados siempre por la urbe– siguen voceando en los amaneceres negros «de un día que al cabo de las horas se transformará en ayer y después en Historia», como solía decir José Emilio Pacheco.
Entre 1823 y 1828 se prohibió varias veces el pregón de noticias en plazas, calles y lugares públicos. En esos años, los voceadores fueron reprimidos y algunos de ellos incluso asesinados. En 1853 se les ordenó «gritar» sólo el título de los diarios y no el contenido de las noticias; en 1895, cuando ya se desencadenaban los años crudos del crepúsculo porfirista, padecieron cárceles y persecuciones al lado de los redactores de El Diario del Hogar y El Demócrata. Voces de la libertad: este gremio «perjudicial, escandaloso e intolerable», asociado desde siempre a la vida de la urbe, sería una pieza clave en la libre circulación de ideas, en algunas de las conquistas que hoy nos resultan imprescindibles y naturales.
1754
Baños de vapor
En esta ciudad el baño de vapor fue durante siglos la ventana por la que se asomaban los domingos. Paredes de azulejo, mesa de masajes, toallas y sábanas percudidas, brillantinas, lociones, hojitas de rasurar: todo lo que habita en las crónicas que periodistas como Ricardo Cortés Tamayo dedicaron a estos establecimientos. La tradición del «vaporazo», forma suprema del baño público («Una restregadita con sal, por favor», «¡Ropa para el 9! ¡Jabón y zacate para el 12!»), comienza a extinguirse, sin embargo. De mil quinientos baños públicos a principios de los años ochenta, no quedan en la actualidad sino unos doscientos, en buena parte consagrados como centros de ligue de la comunidad homosexual.
Los baños públicos más antiguos de que se tiene registro estuvieron en las caballerizas del convento de San Camilo, ubicado en la calle de Regina. Nada de este edificio –construido en 1754– se mantiene en pie. En los años posteriores a la Reforma se levantaron sobre sus ruinas las instalaciones del Seminario Conciliar, en donde años después funcionó –y funciona hasta la fecha– la primera secundaria que hubo en el país (la secundaria 1, César A. Ruiz). Una parte del convento de San Camilo se conservó hasta hace poco tiempo, pero el gobierno de Marcelo Ebrard la demolió injustificadamente para entregar el predio a vendedores ambulantes.
En ese sitio victimizado por políticas clientelares del gobierno de la capital, los frailes camilos habían acondicionado un baño público, en el que además de practicar la natación era posible lavar las cabalgaduras. El negocio no debió rendir grandes dividendos, porque en ese tiempo el aseo personal era cosa que se postergaba tanto, o más, que el pago de los impuestos. De hecho, para sostener los gastos del convento, los frailes de la religión agonizante (se les llamaba de ese modo, pues su misión consistía en ayudar a bien morir a los enfermos) tuvieron que abrir, a un lado de los baños, un juego de pelota que se alquilaba por hora a los comerciantes vascos.
La historiadora Mónica Verdugo afirma que en 1856 existían en la Ciudad de México dos clases de baños públicos: los destinados a las personas «decentes», situados en las calles más céntricas y elegantes –San Agustín, Vergara, Coliseo y Betlemitas–, y aquellos destinados a cubrir las necesidades del pueblo, abiertos en las orillas y en calles de los barrios más tristes: Delicias, Jordán, Pescaditos, San Camilo, Perpetua y Puente Quebrado.
Antes de que el efímero gobierno de Francisco I. Madero inaugurara el servicio que llevó a los domicilios «el agua de la llave» (1912), quien deseara bañarse en su propia casa debía mandar por agua a las fuentes públicas o pagar a los aguadores el precio fijado por cada cántaro que transportaban. Los baños públicos cumplían entonces una función vital: eran opciones cómodas, rápidas, baratas.
En 1850, el empresario italiano Sebastián Pane introdujo en México una técnica para perforar pozos artesianos. En pocos meses dejó listos veinticuatro pozos para riego y ciento veinte para el servicio de casas particulares. Por primera vez en la historia de la urbe, algunas casas tuvieron agua al alcance de la mano. Pane se enriqueció. Para 1872 había amasado una de las grandes fortunas de su tiempo. Ese año, ofreció a los habitantes de la ciudad un mundo hasta entonces impensable: la Alberca Pane, un suntuoso balneario que se ubicaba en pleno Paseo de la Reforma (frente a la estatua de Colón) dotado con jardines, baños hidroterápicos, escuela de natación y alberca alimentada por fuentes brotantes. Agua para tirar para arriba: una orquesta «lisonjeaba los oídos de los bañistas», que podían elegir entre baño turco, vapor o regadera. Había además «terapia de choques eléctricos curativos» y se llevaban a cabo toda clase de concursos: «El que atraviese la alberca sentado en el toro respingón sacará un premio de diez boletos de baño», se leía en un anuncio publicado en El Siglo Diez y Nueve. No sólo eso: un sistema de tranvías de mulitas – pagado por el propio Pane– conducía a los clientes desde el centro de la ciudad hasta las puertas mismas del balneario.
Durante los treinta años siguientes, la Alberca Pane fue el polo de atracción de los fines de semana. Antiguas fotografías muestran la alberca a reventar. En una nota cargada de sarcasmo, Ángel de Campo recoge un puño de escenas características de aquel balneario:
–Gordos que nadaban de a muertito.
–Viejos que medían la temperatura del agua con la punta del pie.
–Padres que enseñaban a sus hijos «a hacerse hombres», lanzándolos de golpe a «las aguas procelosas».
–Venus que intentaban emerger arrobadoramente de las espumas.
–Individuos sofocados, que pataleaban hacia la orilla con los ojos abiertos de espanto.
La alberca cerró en 1906. Cuando Madero llevó el drenaje a los domicilios, los baños públicos padecieron la primera embestida. Muchos de ellos conservaron, sin embargo, una clientela alentada por los supuestos poderes curativos del vapor, «que expulsa las toxinas que nos achicopalan y taran el cuerpo». Esa aduana que hacía que los crudos regresaran al mundo, y contenía todo cuanto necesitaba «un sobreviviente de una noche de onomástico», ha sido cercenada, casi por completo, de la vida urbana.
Ropa para el 9, zacate para el 12. Los viejos anuncios de los baños públicos se caen como los dientes en la boca de una anciana: la ciudad díscola y aparatosa, del poema de Efraín Huerta.
1755
La fuente más antigua de México
La hallé, olvidada de todos, a las puertas del Metro Chapultepec. Los puestos ambulantes y el autotransporte urbano la habían invisibilizado; el Circuito Interior la mantenía aislada en el centro de un jardín seco y minúsculo. Tuve lástima de ella: la fuente más antigua que hay en la ciudad; más vieja que la fuente de la Victoria que Manuel Tolsá alzó en una de las glorietas de Bucareli– y hoy preside la plazuela de Loreto–; más antigua que cualquiera de las fuentes de la Alameda; más rancia que las que uno podría hallar en cualquier rincón del Centro.
Oculta por los vendedores de cepillos, de pilas, de mochilas, de gorras, de tacos, de hot-dogs, la fuente más vieja de la ciudad vuelve a ser visible los domingos, como un pariente decrépito que sólo sale de su habitación cuando no hay visitas en la casa.
La llamaría suntuosa y magnífica. Debió serlo así en algún tiempo, pero ahora su caja de agua está rajada en dos y luce chueca, rota, desgastada. Con rastros de graffiti.
En esta fuente comenzaba, hace siglos, el vistoso acueducto de Chapultepec. De aquí partían los 902 arcos coloniales que Porfirio Díaz hizo derruir en 1896, y que luego de correr cuatro kilómetros desembocaban graciosamente en el tazón de piedra del célebre Salto del Agua.
Si la fuente terminal del acueducto –la de Salto del Agua– se ha convertido en todo un referente urbano –fue uno de los motivos más retratados durante el siglo xix–, de la fuente inicial se desconocen detalles básicos como el nombre de su autor y la fecha de su inauguración (el autor de la otra es Ignacio Castera; comenzó a funcionar en 1779). Se cree que el virrey Agustín de Ahumada y Villalón, marqués de las Amarillas, debió inaugurarla entre 1755 y 1760; se sabe que en aquellos días la fuente se hallaba un poco más al poniente, a la entrada del Bosque de Chapultepec en donde surgían los manantiales que alimentaban de «agua gorda» a los habitantes de la metrópoli. (El «agua gorda» era más salitrosa que la «delgada» que llegaba desde Santa Fe por el acueducto de San Cosme: se usaba, por lo general, en labores de limpieza.)
Durante más de un siglo, esta vieja fuente surtió a los habitantes de San Miguel Chapultepec: algunas imágenes la muestran rodeada de aguadores que cargan sobre la espalda las tradicionales vasijas de barro conocidas como «chochocoles». En 1921, un arquitecto de moda, Roberto Álvarez Espinosa, autor de la estatua de la Corregidora que se halla en la plaza de Santo Domingo, la cambió de sitio para agrandarla y colocarle vertederos movidos por electricidad. Para entonces, el acueducto había sido demolido. Sólo quedaban, para el recuerdo, los veinte arcos que embellecen la avenida Chapultepec a las afueras de la estación Sevilla.
La fuente se convirtió en un simple elemento decorativo que pronto se vio alcanzado y devorado por esa forma de la equivocación que a veces llamamos modernidad.
En el último tercio del siglo xx, tras la acometida que significaron las obras del Metro, el Circuito Interior y los ejes viales, la fuente original del Salto del Agua fue rescatada y conducida a las huertas del convento de Tepozotlán; en su lugar se dejó una copia, tan bella y perfecta como la virreinal.
La fuente más vieja de la ciudad no corrió con la misma suerte. Los altorrelieves de niños con jarrones y motivos florales que la decoran se van desdibujando bajo el sol. En unos años serán manchones irreconocibles en una metrópoli que no conoce sus tesoros, que no sabe, muchas veces, qué demonios hacer con sus joyas.
1757
Arqueología del asfalto
La primera calle empedrada que hubo en la Ciudad de México fue la de los Cereros. Ahora esa calle se llama Monte de Piedad. Ahí estuvieron alguna vez las casas del conquistador Hernán Cortés, las cuales, según las crónicas, eran tan grandes y bien plantadas que parecían una ciudad dentro de la ciudad. Durante los primeros años de la Conquista, en los bajos de aquellas casas se establecieron talleres de guarnicioneros, silleros, espaderos y talabarteros. Como a las puertas de la residencia de Cortés había siempre una guardia, la calle se llamó, también, calle de la Guardia.
Hacia 1750 estaba ocupada por vendedores de cirios y de velas, y tal vez como una deferencia a los herederos del conquistador el gobierno virreinal había procedido a empedrarla. José María Marroqui localizó un documento fechado en 1757, en el que se habla ya de la calle del Empedradillo. Artemio de Valle-Arizpe afirma que el nombre surgió «desde que la vio la gente con su buen piso de piedra».
En los años anteriores a aquel instante fundacional, la ciudad se hallaba compuesta por calles de tierra en las que, sigue don Artemio, «el viento se daba amplio gusto alzando enormes polvaredas». En una crónica titulada «La pavimentación», Valle-Arizpe relata cómo aquella «trascendental mejora» fue tan bien recibida por el público, que el gobierno se puso a empedrar una calle tras otra.
Desde 1771, el empedrado se retiró de algunas avenidas principales, como Plateros y San Francisco –las niñas consentidas de la metrópoli–, a las que se adoquinó con piedra de recinto. Aunque este adoquín jamás volvió a ser repuesto, y al paso de los años en todos los rumbos de la ciudad existían hoyos, piedras sueltas y desniveles, durante un tiempo pareció que la capital del virreinato rivalizaba con las mejores ciudades españolas. Valle-Arizpe cuenta que, tras la llegada al virreinato del segundo conde de Revillagigedo, «hasta los más sórdidos callejones tuvieron su empedrado».
La literatura, los daguerrotipos y las primeras placas fotográficas muestran, sin embargo, una ciudad lodosa y polvorienta: calles donde han quedado impresas las huellas de los carruajes, las herraduras de los caballos. El escritor Ciro B. Ceballos relata que en los años más fuertes de la «europeización» de la Ciudad de México, el gobierno de Porfirio Díaz reemplazó los adoquines coloniales por maderos embadurnados de chapopote. Así se usaba en París y en Berlín: los carruajes parecían correr con tersura, se apagaba el chocar de las ruedas contra la piedra, y todo mundo se sentía habitante de alguna capital europea. Hasta que vino la primera lluvia.
La humedad provocó la dilatación del entarugado. Algunos maderos se abombaron y otros se desprendieron de su sitio, «echándose a nadar sobre las aguas como los restos de un naufragio» (Ciro B. Ceballos). Se afirma que Miguel Ángel de Quevedo remedió aquello, y trajo al país el asfalto. La fecha: 1901. Miguel Ángel de Quevedo era entonces regidor de Obras Públicas. Gracias a él, la «jungla de asfalto» de la que habla el cliché nació en las calles de Coliseo, Refugio y Tlapaleros. Hoy las tres tienen el mismo nombre, 16 de Septiembre.
El asfalto se había empleado por primera vez en París en 1824 (la primera calle pavimentada del mundo: los Campos Elíseos). En 1905, Micrós reportó en su columna de El Imparcial el arribo a la ciudad del asfalto laminado. Según él, los autos rodaban con gran facilidad, aunque el nuevo pavimento tenía el inconveniente de privar al peatón de piedras, útiles antiguamente en caso de riña o ataque de perro.
Acabo de escribir que debemos a Miguel Ángel de Quevedo el nacimiento de la jungla de asfalto, y sin embargo ahora debo desdecirme, porque la jungla de asfalto es obra, en realidad, del presidente Plutarco Elías Calles y algunos distinguidos miembros de su gabinete, Aarón Sáenz entre ellos.
Calles fomentó el que sería el gran negocio de los gobiernos postrevolucionarios: la concesión y construcción de obras públicas. En 1924 se hizo socio de las compañías cementeras Anáhuac y fyusa, a las que entregó contratos para que asfaltaran calles y caminos de México. Un ex secretario de Comunicaciones, Juan Andrew Almazán, confesó alguna vez que por órdenes de Calles visitó a representantes de la Standard Oil.