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Iuri M. Lotman La semiosfera
La semiosfera
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Iuri M. Lotman La semiosfera

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Algunas partes de la semiosfera, en diferentes niveles de la autodescripción, pueden formar distintos tipos de estructura: el de una unidad semiótica; el de un continuum semiótico delimitado por una simple frontera; el de un grupo de espacios cerrados, cada uno de ellos delimitado por su propia frontera; o, en fin, el de una porción recortada, uno de cuyos lados está delimitado por una frontera fragmentaria, mientras que el otro permanece abierto. La jerarquía de los códigos que activan los diferentes niveles de significación en el seno de la semiosfera global se adaptará a esas diferentes posibilidades.

Un criterio importante de ese sistema jerárquico se relaciona con la problemática del sujeto en un sistema dado: la del sujeto de derecho, por ejemplo, en los textos legales de una cultura, o la de la «personalidad» en el marco de un sistema particular de codificación sociocultural. La noción de «personalidad» solo se identifica con un individuo físico en ciertas condiciones culturales y semióticas. Puede, por lo demás, designar a un grupo en el que se incluyen o no los bienes, o estar asociada a cierta posición social, religiosa o moral. De esa manera, en algunos sistemas, la esposa, los hijos, los esclavos y los vasallos pueden ser incluidos en la «personalidad» del dueño, del patriarca, del esposo, del patrón, y no poseer ningún estatuto individual; mientras que en otros sistemas todos ellos son tratados como individuos separados. Los problemas y las rebeliones surgen cuando dos métodos de codificación se encuentran en conflicto; se presenta el caso, por ejemplo, cuando una estructura sociosemiótica describe a un individuo como parte de un todo, y esa persona se resiente como unidad autónoma, porque desea mantenerse como sujeto semiótico y no como objeto.

Cuando Iván el Terrible ejecutaba a los boyardos caídos en desgracia, asesinaba a su familia y a sus servidores; no solamente a sus domésticos, sino también a los habitantes que vivían en los pueblos que estaban en sus tierras (podía también exiliar a los campesinos, modificar los nombres de los pueblos y arrasar las viviendas). Sin perder de vista la crueldad patológica del zar, podemos explicar también esas ejecuciones no por una reacción de miedo (¡como si un siervo provinciano pudiera amenazar al zar!), sino por la idea de que todas esas personas no formaban más que una sola unidad y eran parte integrante del boyardo castigado; todos ellos participaban de la misma responsabilidad. Esa actitud no es evidentemente muy diferente de la de Stalin y de su psicología de tirano oriental.

Desde el punto de vista legalista europeo, que tiene sus raíces en el reconocimiento de los derechos del hombre, surgidos del posrenacimiento, la idea de que una persona debe expiar las faltas de otra es incomprensible. En 1732, la mujer del embajador británico en San Petersburgo, Lady Rondeau, comentó esa práctica rusa a una amiga europea (Lady Rondeau no era en absoluto hostil a la corte de Rusia, estaba incluso inclinada a idealizarla: en sus cartas alababa la «sensibilidad» y la «gentileza» de la emperatriz Ana, que era tan vulgar como un propietario terrateniente de provincia, y la «nobleza» de su cruel favorita, Biron). A propósito del exilio de la familia Dolgoruki, escribió: «Pueden ustedes ser sorprendidos por el exilio de las mujeres y de los niños; pero aquí, cuando el jefe de familia cae en desgracia, toda su familia es castigada con él» (Cartas de Lady Rondeau …, 1874, p. 46).

Esa misma noción de personalidad colectiva (en el caso presente, el clan), y no individual, se apoyaba en el principio de la vendetta, según el cual todo el clan del asesino era percibido como responsable. El historiador Soloviev ha sostenido con convicción que la práctica del miestnichestvo4 (que, para los adeptos de las Luces que creían en el progreso, no era sino un signo de «ignorancia») estaba estrechamente enlazada con una poderosa percepción del clan como personalidad única.

Debemos comprender que dada la fuerza del clan, así como la responsabilidad de todos sus miembros de unos para con otros, la importancia del individuo estaba inevitablemente reducida. No se pensaba jamás en Iván Petrov en cuanto tal, sino en Iván Petrov con sus hermanos y con sus sobrinos. Dada esa fusión de la persona con su clan, cuando uno de sus miembros recibía una promoción en su carrera, todo el clan quedaba promovido, y cuando un miembro era degradado, todo el clan lo era igualmente. (Soloviev, s. f., col. 797)

Y así, en el siglo XVII, bajo el régimen de Alekséi Mijáilovich Románov, el funcionario Matvei Puchkin, que pertenecía a una de las treinta y una familias más importantes de Rusia, rehusó participar en una misión diplomática como subordinado del hombre muy conocido y favorito del zar, A. I. Nardyn-Nashchekin, que era de un rango inferior al suyo; prefirió ir a prisión y soportó estoicamente la cólera del zar, así como sus amenazas de confiscar todos sus bienes, declarando con dignidad: «Señor, vos podéis ordenar mi ejecución, pero Nashchekin es más joven que yo y no tiene un nivel social como el mío» (Soloviev, s. f., cols. 681-682).

La zona espacial que en un sistema de codificación forma una persona única puede, en otro sistema, ser un lugar donde varios sujetos semióticos se encuentran en conflicto.

Dado que el espacio semiótico está atravesado por numerosas fronteras, cada mensaje que allí se desplaza debe ser frecuentemente traducido y transformado, de tal manera que el proceso generador de nuevas informaciones construye bolas de nieve.

La función de toda frontera, de toda película [divisoria] (desde la membrana de la célula viva hasta la biosfera, la cual, según Vernadsky, es semejante a una membrana que recubre nuestro planeta, y hasta la frontera de la semiosfera), consiste en controlar, en filtrar y en adaptar lo externo a lo interno. Esta función invariante es realizada de diferentes maneras en distintos niveles. Por lo que se refiere a la semiosfera, eso implica una separación entre «mi bien» y el «bien de otro», la filtración de lo que viene de fuera, tratado como un texto que pertenece a un lenguaje diferente, y la traducción de ese texto a nuestro propio lenguaje. De esa manera, el espacio externo se convierte en espacio estructurado.

Cuando la semiosfera contiene características territoriales reales, la frontera es espacial en el sentido literal del término. El isomorfismo entre los diferentes tipos de establecimientos humanos —desde los campamentos arcaicos hasta las ciudades ideales diseñadas en el Renacimiento y hasta en la época de las Luces— y las concepciones vinculadas a la estructura del cosmos, con frecuencia, ha sido puesto de relieve. Eso explica la tendencia humana a colocar las construcciones culturales y administrativas más importantes en el centro de las ciudades. Los grupos sociales vistos como inferiores se encuentran relegados a la periferia. Los que se consideran al margen de todo valor social son expulsados a la frontera de la barriada (la etimología de predmeste, la palabra rusa para barriada, significa «ante la plaza», es decir, frente a la ciudad, sobre sus fronteras). Ese principio, aplicado a una escala vertical de valores, produce esas zonas domésticas «exteriores» que son los desvanes y los sótanos, y en la ciudad moderna, el metro. Si el centro de la vida «normal» es el apartamento, entonces, el espacio fronterizo entre la casa y la no casa está constituido por la caja de la escalera y la entrada. Y a esos espacios los grupos marginados los hacen «suyos»: los sin albergue, los toxicómanos, los jóvenes… Otras zonas fronterizas son los lugares públicos, tales como los estadios y los cementerios. Un cambio importante se produce en las normas de comportamiento establecidas cuando uno se desplaza de la frontera al centro.

Sin embargo, algunos elementos se hallan siempre situados en el exterior. Si el mundo interior reproduce el cosmos, entonces, lo que queda al otro lado representa el caos, el antimundo, un espacio subterráneo amorfo, habitado por monstruos, por potencias infernales o por sus ayudantes humanos [brujas, videntes, profetas, adivinos…]. En el campo, la bruja, el molinero y (a veces) el carpintero deben vivir en el exterior del poblado, lo mismo que el verdugo en una ciudad medieval. El espacio «normal» no está dotado únicamente de fronteras geográficas, sino también de fronteras temporales. El tiempo nocturno reside más allá de la frontera. En la noche se hacen visitas al brujo si él lo exige. El ladrón vive en ese antiespacio: su morada es el bosque (la antimorada), su sol es la luna («sol de los ladrones» es un proverbio ruso), él habla un antiguo lenguaje, su comportamiento es un anticomportamiento (silba ruidosamente, jura con indecencia), duerme cuando los otros trabajan, roba cuando los otros duermen, etcétera.

El «mundo de la noche» citadino se encuentra también en la frontera del espacio cultural, y más allá. Ese mundo «travesti» presupone un anticomportamiento.

Hemos evocado ya el proceso por el cual la periferia de la cultura se desplaza hacia el centro, y el centro es empujado hacia la periferia. La fuerza de esas corrientes opuestas es más fuerte aún entre el centro y la «periferia de la periferia», la zona fronteriza de la cultura. Después de la Revolución de 1917 en Rusia, ese proceso se manifestó directamente en múltiples formas y estructuras: los «pobres diablos» de los suburbios se instalaron masivamente en los «apartamentos burgueses», a cuyos ocupantes expulsaron o asesinaron para establecerse en su lugar. Un sentido simbólico animaba también la transferencia de un espacio perteneciente a la clase obrera. Las magníficas rejas de hierro forjado que antes de la Revolución rodeaban los jardines del Palacio de Invierno, en Petrogrado, fueron instaladas alrededor de una plaza, mientras que el jardín del zar quedó sin rejas y «al descubierto». Una idea recurrente aparecía en los planos utópicos diseñados a comienzos de los años 1920, con la meta de concebir la ciudad socialista del futuro: el centro de la ciudad debería estar ocupado por una fábrica gigante, «en vez de los palacios y las iglesias».

En ese sentido, la transferencia de la capital a San Petersburgo, efectuada por Pedro el Grande, constituía un desplazamiento típico en dirección a la frontera. El traslado del centro político-administrativo hacia la frontera geográfica de Rusia era, al mismo tiempo, una transferencia de la frontera [cultural] hacia el centro ideológico y político del Estado. Los planes paneslavistas anteriores, que consistían en llevar la capital a Constantinopla, implicaban desplazar la capital más allá de sus fronteras [nacionales] reales.

Una evolución similar del espacio fronterizo se puede observar en las normas de comportamiento, de lenguaje, de estilo de vestimenta, etcétera. Consideremos el jean, por ejemplo: lo que antaño era vestimenta de trabajo, destinada a las personas que realizaban tareas físicas, se convirtió en vestimenta de la juventud, y eso en la medida en que los jóvenes rechazaban la cultura central del siglo XX y veían su ideal en la cultura periférica; a continuación, el uso del jean se extendió a la integridad del dominio cultural, es decir, llegó a ser neutro, o sea, «común a todos», lo cual es el rasgo más importante del sistema semiótico central. La periferia es brillantemente coloreada y definida, mientras que el núcleo es «normal», es decir, desprovisto de color y de olor; simplemente «existe». Así, la victoria de un sistema semiótico implica su desplazamiento hacia el centro y su inevitable «decoloración». Podríamos comparar este proceso con el ciclo «usual» del envejecimiento: el joven rebelde se convierte con los años en un hombre respetable, pasando de una «coloración» provocadora a la sobriedad.

En los espacios fronterizos, los procesos semióticos se encuentran intensificados porque allí tienen lugar constantes invasiones del exterior. La frontera, como ya lo hemos señalado, es ambivalente, y uno de sus lados mira siempre al exterior. La frontera es, además, el dominio del bilingüismo, que encuentra su expresión directa en la práctica lenguájica* de los habitantes de las zonas fronterizas, situada entre dos áreas culturales. Puesto que la frontera forma parte necesariamente de la semiosfera y dado que allí no puede haber «nosotros» si «ellos» no existen, una cultura no crea solamente su propio tipo de organización interna, sino también su propio modo de «desorganización» externa. En ese sentido, podemos decir que el «bárbaro» es creado por la civilización, y que este tiene necesidad de la «civilización» tanto como la «civilización» tiene necesidad de él. El borde extremo de la semiosfera es un lugar de diálogo incesante. Importa poco que una cultura dada considere al «bárbaro» como un «salvador» o como un «enemigo»; su influencia como sana y moral, o bien como perversa, tiene que ver con la construcción que ha hecho de su propia imagen inversa. Era altamente probable, por ejemplo, que la sociedad positiva y racional del siglo XIX europeo generase el concepto del «salvaje prelógico» o del inconsciente irracional, que encarna la antiesfera, la cual se mantiene más allá del espacio cultural racional.

Aunque, en realidad, ninguna semiosfera se encuentra sumergida en un espacio amorfo, «salvaje», sino que cada una de ellas se halla en contacto con otras que tienen su organización propia (si bien a los ojos de la primera pudieran parecer inorganizadas), siempre está en actividad un proceso de intercambio, la búsqueda de un lenguaje común, una koiné; de suerte que, a partir de sistemas semióticos acriollados (el espanglish, el criollo haitiano, etcétera), nuevas semiosferas ven la luz. Incluso para declararse la guerra se necesita hablar un lenguaje común. Es bien conocido que, en el curso del último período de la historia romana, soldados bárbaros subieron al trono de los emperadores romanos, y que numerosos jefes militares «bárbaros» habían efectuado su aprendizaje en las legiones romanas (Lattimore, 1962; Piekarczyk, 1968; Cardini, 1982). En las fronteras de China, del Imperio romano, de Bizancio, constatamos los mismos procesos: las realizaciones técnicas de la civilización sedentaria pasan a manos de los nómadas, que las usan en contra de sus inventores. Pero esos conflictos conducen inevitablemente a una igualación cultural y a la creación de una nueva semiosfera de un orden superior, en la cual las dos partes pueden ser incluidas con los mismos derechos, en igualdad de condiciones.

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