Emma León Conectados
Conectados
Conectados

3

  • 0
Поделиться

Полная версия:

Emma León Conectados

  • + Увеличить шрифт
  • - Уменьшить шрифт

[no image in epub file]

[no image in epub file]


Emma Leon

Conectados / Emma Leon. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Autores de Argentina, 2020.

Libro digital, EPUB

Archivo Digital: online

ISBN 978-987-87-1189-8

1. Narrativa Argentina. 2. Ciencia Ficción. 3. Novelas de Suspenso. I. Título.

CDD A863

Editorial Autores de Argentina

www.autoresdeargentina.com

Mail: info@autoresdeargentina.com

Ilustración de portada: Rabelt Mujica

Este libro esta dedicado a aquellas personas

que el tiempo los hace volar,

que la imaginacion penetra los pensamientos

y se sambuyen en un mar sin fin.

Parte I

Prólogo

Me sentía abrumada, sola, helada. Sentía que todo lo que me tocaba era hielo, pero no solo hielo, sino un hielo inmenso, donde no podrías ver el sol por más que quisieras, donde cada lágrima que llorabas dentro de tu ser se congelaba, donde cada persona gritaba y nadie la escuchaba. Era un desierto helado, al que jamás quisiera regresar, el cual me niego a recordar, pruebas, riesgos, hipotermia, muertes. Un desierto sin vida, sin esperanza al sobrevivir. Un desierto poco reconocido en el mundo, pero ¿qué mundo es un mundo?

Las personas con las que sueles cruzarte por la calle y las reconoces, pero no sabes de dónde, ¿estás seguro de que nunca estuviste con alguna de esas personas? ¿Estás seguro de que esa persona no te reconoce a ti también? ¿Estás seguro de que jamás estuviste en aquel desierto helado, luchando por sobrevivir con aquella persona?

Significado de conectados: más de un objeto o ser vivo encadenado entre sí a través de un suceso vivido o por vivir.

Capítulo I

El engaño

Pocos lo recuerdan o pocas personas quieren arriesgarse a recordar aquel 8 de septiembre. Recuerdo haber estado allí durante unos minutos antes que ellos llegaran. Un accidente en las calles de Washington, una explosión masiva que por poco acaba con una ciudad entera, sin prejuicios y con solo una ideología, jamás mirar aquella luz de explosión y correr lo más que puedas. Eso fue lo que hicimos varias personas que sentimos aquella explosión no tan lejos de nuestro alrededor.

Me encontraba con mi padre en el centro de la ciudad, contándonos anécdotas del pasado y riéndonos de ello. Disfrutaba cada momento con él. Lo que más me gustaba era ir a una tienda cerca de la calle 19th ST NW y tomar café, siempre que llegábamos a doblar la esquina se encontraba ese olor inmenso que inundaba toda una manzana a canela con café tostado.

Al momento de doblar por la esquina nos dimos cuenta de que nos encontrábamos cerca de una librería.

—¡Mira, está el último libro de la saga Connecticut!

—Sarah, ¿estás segura de que le quieres regalar ese? La última vez que leyó uno de esos tu madre no durmió en toda la noche.

Riéndome me dirigí hacia él:

—Vamos, ¿qué tan malo puede ser? Además, le encanta el suspenso.

Luego de comprarle el libro, salimos dirigiéndonos a nuestra casa, pero vimos una manada de aves alejándose y después una luz brillante que llegó a encandilar toda la ciudad, una luz que llegaba a quemar los ojos si la mirabas y en un parpadeo tembló la tierra de una explosión desatando pánico en la multitud.

Corrí. Sí, corrí como si el mismísimo infierno estuviese persiguiéndome, como si viniese una estampida esperándome a la vuelta de alguna esquina hasta que ya sentía que estaba a salvo, pero al correr jamás miré atrás, mi padre no se encontraba a mi lado, había solo personas desconocidas llorando y rogando por encontrar a salvo a sus seres queridos. Me encontraba frente a una tienda con un vidriado especial y veía a una persona a pocos metros de mí que me observaba. Ella quería acercarse, pero yo no quería. No quería que aquella persona vestida con un piloto negro, alta y con zapatos deportivos se me acercara. Yo solo rogaba porque todo aquello fuera una simple pesadilla y que me despertara de una vez.

Entonces corrí a una tienda cercana donde no había ningún incidente, aparentaba como si nada hubiese pasado. Asustada, sin ningún refugio para que me protegiera, una señora se me acercó.

—Niña, ¿te encuentras bien? ¿Te has hecho algún daño?

—Perdóneme, señora, pero mis padres no me dejan hablar con extraños.

—Yo no veo a tus padres aquí y no soy una extraña, Sarah.

—¿Cómo sabe usted mi nombre? Jamás se lo he dicho.

—Pero conozco a tus padres y a ti, pero no me recuerdas porque eras tan solo un bebé. ¿Quieres un vaso de agua? Te ves pálida, mi niña.

—Sí, gracias.

Acepté tomarlo, pero aún estaba confundida… ¿Todo pasaba muy rápido o era mi imaginación nada más? Tal vez la desconfianza no ayudaba en estos casos, pero aún no encontraba una salida a un laberinto sin fin como ese día.

Al tomar aquel vaso de agua empecé a sentir que mis brazos me pesaban, que mi cuerpo no era mi cuerpo. Sentía que cargaba con un cuerpo de otra persona en mi espalda. Quería correr, pero mis piernas no respondían, mis ojos se cerraban poco a poco, y mi aliento se detenía como un suspiro en el aire, que se iba alejando de a poco, sin decir a dónde iba, con quién me encontraría, qué pasaría conmigo, y quién era aquella señora de aspecto pálido familiar que me sostuvo al caer.

Desperté en una habitación vidriada y desde donde podía ver a niños en camillas blancas como de hospital. Estaban conectados a máquinas que medían su temperatura corporal, unas máquinas que jamás pensé que existieran. Entonces miré a mi alrededor y vi que no me encontraba sola en aquella habitación de la luz blanca, mucha gente me rodeaba. Unas personas con mascarillas blancas bordeadas con un borde negro y un vidrio transparente a la altura de sus ojos. Como si tuviese un virus o como si estuvieran disecando a una pobre rana de la cual se aprovechaban porque era pequeña y no tenía fuerzas para luchar.

En ese momento me pusieron una mascarilla transparente y me dormí en un sueño profundo, un sueño en el que podía sentir que movía mi cuerpo, pero sentía dolor, un ardor que jamás podré explicar. Un sentimiento horrible que tuve dentro de mí. En aquel sueño despertaba dentro de un lugar completamente negro y con agua con plantas flotando a mi alrededor. Me encontraba con un camisón algo celeste de hospital, sin zapatos ni pantuflas y totalmente mojada. Podía escuchar voces diciéndome:

—Sarah, ¡corre!, ¡corre, por favor, no mires atrás!

Pero esa voz retumbaba una y otra vez en mi cabeza. Sin ver a mi alrededor me dejé caer como una niña a la que habían abandonado alguna vez. Temblaba, hacía frío y lograba erizarme la piel. Pero en ese cuarto vi luces que se acercaban a mí y otra vez las voces alejándose de mí y fue en ese momento en que decidí pararme y comenzar a correr. Corría lo más que podía hasta que en un momento iba a caer a un abismo lleno de niebla. Tomé una piedra del piso que se encontraba al costado de mis pies, pero sentía un ardor subiendo desde mi columna hasta la nuca y luego hasta la cabeza. Logré tirar aquella piedra luego de que cerré los ojos, me mareé y logré caer junto con ella en aquel agujero negro sin vida.

Luego de horas desperté, pero no me encontraba en ninguna camilla forrada de un blanco marfil ni en un agujero sin rumbo a nada, sino en mi habitación y en mi cómoda cama descansando como en cualquier día normal. Entonces pensé que solo fue una pesadilla al vivir tal accidente. Me levanté apresuradamente a buscar a mis padres, a contarles lo que me sucedió y allí estaban en la cocina tomando una taza de café negro sobre el mantel rosa viejo.

—Mamá, papá, ¿dónde estaban?

—Estábamos aquí, hija. –Mi madre y mi padre lloraban y sonreían al mismo tiempo que hablaban–. Pensábamos que jamás te volveríamos a ver, cariño.

—¿Por qué dicen eso?

Al decir esto, observé que mi madre estaba leyendo Connecticut y lo miré a mi padre paralizada. Como si el viento me hubiese llevado las palabras y quedé ahogada sin habla.

—Luego del accidente en Washington, no te encontrábamos. Por suerte el guardabosques te encontró un mes después en el bosque a kilómetros de aquí, pero ya no importa. Importa que estés a salvo ahora con nosotros y vamos a encontrar a aquella persona que te llevó allí. Acaso, Sarah, ¿tú lo recuerdas?

—No, no… Creo que aún estoy algo confundida –dije estas palabras con un aspecto de temor y curiosidad al respecto.

—Los médicos del hospital te revisaron apenas te encontraron y no hay indicios de nada. Pero los policías se encargarán de todo.

Al oír lo del bosque, una extraña sensación me recorrió todo el cuerpo, una sensación que no podría explicar, como un nudo en el estómago de que me faltaba algo, como si algo o alguien hubiesen arrebatado algo de mí. Comencé a pensar: ¿por qué me encontraría en un bosque, si no recuerdo ningún bosque?

Pasaron días y la cabeza me daba vueltas, pensaba qué hacía yo allí, qué pasó realmente ese día, por qué me llevaron a mí y no a mis padres. Pero no podía seguir pensando en aquel suceso, tenía que olvidarlo o simplemente no tenía la certeza de querer recordarlo.

Después de cenar, me dirigí a mi cuarto. Pero no podía dormir. Esa extraña sensación me seguía recorriendo todo el cuerpo.

Tomé un vaso de agua algo agitada y perturbada. Por último tomé la decisión de recostarme y cerrar los ojos.

Al día siguiente regresé a mi escuela, una escuela normal, de la cual lo único que disfrutaba era estar con mis amigos, aunque no sabía si era bueno regresar… Parada frente allí me ocurrió la misma sensación de agobio o tal vez confusión. Era como la típica sensación de que algo no encajaba en todo esto, como si fuera un simple juego.

—Ey, Sarah, ¿cómo estás?

—Bien…

—Bueno, la próxima vez que te vayas de vacaciones avisa, así hacemos una fiesta previa.

—¿Vacaciones? ¿Acaso a nadie le han contado la verdad?

En ese momento, entramos al aula y, como era de suponerse, todos mis compañeros me alababan por haber regresado, hasta la profesora sonreía al verme nuevamente. Me resultaba algo muy incómodo.

Luego de la clase, decidimos con las chicas ir a almorzar al comedor. Al sentarnos tuve una sensación rara, que no pude evitar demostrar en mi rostro.

—Oye, Sarah. ¿Estás bien?

—No me siento muy bien, perdónenme, creo que iré a refrescarme y vuelvo.

—¿Quieres que te acompañemos?

—No, no se preocupen, aparte no creo perderme en la escuela. ¿Ustedes qué opinan?

—Ja, ja, ja, está bien. Cualquier problema que tengas llámanos al celular.

Me levanté sigilosamente y me dirigí al corredor a paso ligero.

Me encontraba en el baño lejos de todos. Intentando pensar qué me sucedía. Me encerré en el último baño, al cual no llegaba la luz de la pequeña ventana que alumbraba el pasillo. Intentaba respirar profundo y presionando mis uñas sobre mi piel abrazándome sentada en el piso como un niño de 8 años. La cabeza me empezó dar vueltas…

—Estoy bien, solo es la calefacción, me desacostumbré –me hablaba a mí misma, pero no sabía si realmente quería convencerme de algo o realmente pensarlo antes de suponer cosas. Decidí regresar donde estaban mis amigas y dejarme de locas tonterías.

Antes de girar la perilla del comedor, cerré fuertemente los ojos y respiré profundo. Pero al cerrarlos sentí que alguien me observaba en el fondo del pasillo. Rápidamente me di vuelta y no vi a nadie. Desconcertada giré la perilla y entré.

—¿Estás mejor?

—Sí. Sí, no se preocupen, solo fue la calefacción, me desacostumbré.

Luego de almorzar, sonó la campana y tuvimos que regresar a clases, en realidad, a entrenar. El básquet, mi deporte favorito. Me hacía salir más allá de cualquier pensamiento paranoico. Pero nuevamente la sensación horrible apareció dentro de mí y en mi pálido rostro reflejado hacia los demás al ver a un chico parado en la otra esquina mirándome fijamente.

—¿Lo conocen?

—No, es nuevo. Se llama John creo. ¿Por qué lo preguntas?

—No, por nada. Curiosidad –le respondí sonriendo a una compañera.

En ese entonces descubrí qué era, qué era lo que sentía, lo que no quería sentir, por qué tenía miedo a sentirlo, por qué quería mi ser que ese sentimiento se vaya para que no logre realmente descifrar qué era en realidad. La vigilancia de alguien desconocido.

Capítulo II

El reencuentro

Pasaron días y días, y aquel chico seguía mirándome fijamente. Me observaba siempre de lejos, pero con una mirada cálida y algo abrupta. Como si quisiera lograr algo mirando. Como protegiéndome de algo o alguien, como si me conociera de algún lugar, como si en realidad me conociera de toda la vida. Me intimidaba. Esa noche empecé a dibujar como solía hacerlo cuando era pequeña. Solían agradarme las sorpresas que salían de mi mente. En ello después de encontrarme dibujando más de una hora, estaba descubriendo que no eran sorpresas, sino recuerdos sobre un paisaje umbrío y algo desolado. ¿Y si lo que dibujaba en realidad no eran sorpresas?

Fui hasta la alcoba de mi madre y comencé a buscar la llave del ático donde tenía todos mis recuerdos de niña. Apenas la encontré sin dudarlo subí a verificar mi hipótesis. Me paré frente a la caja de mis dibujos sentándome en cuclillas y comencé a verlo. Algunos eran sobre animales, sobre mi familia y había en el fondo una cajita roja con llave que logré abrir con uno de mis clips al no encontrar la llave. Había dibujos extraños. Unas personas totalmente negras sin rostros contándome cuentos en la cama o llevándome al parque, pasaba los dibujos con cautela hasta que escuché la voz de mi madre.

—¡Sarah, ven a cenar!

—¡Un segundo, ya bajo!

Me preguntaba a mí misma qué demonios era esto. Guardé las fotos y la caja. Apenas me dirigí a la puerta, escuché un sonido de un auto frente a mi casa, me asomé a la ventana y vi que era una patrulla que se paró frente a mi casa. Tocaron la puerta y mis padres fueron a atenderla, mientras yo bajaba las escaleras para poder ver qué sucedía en la entrada y quién tocaba a estas horas. Me pareció extraño. Al abrir la puerta con algo de cuidado vi la figura de dos oficiales reflejada en el espejo del frente.

—Oficiales, ¿qué desean?

Vi que en el momento de haber terminado esa oración los oficiales miraron fijamente a mis padres y les dispararon. Corrí rápidamente al cuarto, pero ya era tarde, ya había alguien esperándome detrás de la puerta. Un hombre que no tenía piedad de mí y del que jamás pude lograr ver su rostro. Comencé a gritar: “¡Ayúdenme!”, lloraba como si no hubiese mañana, aquel hombre sacó de su bolsillo una jeringa con un líquido verdoso.

“Por favor, señor. ¡No! No lo haga, se lo ruego”.

Pero sin piedad, me inyectó aquel líquido en el cuello que logró herirme y desmayarme sin tope alguno.

En aquel sueño podía sentirme recostada. Lograba escuchar un ruido similar al de un avión despegando y voces de a ratos hablando entre ellos, pero solo pude reconocer una voz femenina. No sé quién era, no sé si acaso solamente pensé escucharla, no sé si me conocía o yo a ella, pero lo único que sabía en ese momento era que alguna vez había oído hablarme a aquella voz, o yo le había hablado a ella.

Luego de escuchar aquella voz femenina, quise abrir los ojos para ver quién se escondía detrás de esa borrosa imagen que no podía lograr ver, pero al querer abrir los ojos, sentí un pinchazo fuerte en mi vena del brazo derecho y en ese momento mis ojos se cerraron bruscamente sin poder abrirse, mis oídos sentían un zumbido fuerte y ya no podía lograr tener pensamientos sobre lo que me sucedía en aquel momento tan frustrante de no poder estar consciente frente a los hombres que me querían hacer daño.

Capítulo III

Infierno helado

Sentía que el avión tocaba el piso y apenas podía lograr ver cómo me trasladaban en una camilla cerrada de cristal que se evaporaba rápidamente con el frío. Estaba rodeada de hombres de traje negro mirando al frente, pero allí no se encontraba aquella mujer con voz tan peculiar que pensaba reconocer.

Finalmente, pude despertar y abrir bien los ojos para observar qué me esperaría en aquel lugar que solía “soñar” desolado. Estaba recostada en una cama, pero no podía moverme, apenas abrí los ojos.

Estaba atrapada dentro de unos arcos gruesos metalizados sobre mi cuerpo que lograban brillar con mucha facilidad. Volteé mi cabeza muy suavemente para observar qué o quién me rodeaba, había una mujer vestida de blanco, como si fuese una enfermera sentada cómodamente en una silla a un lado de la puerta de salida a aquel corredor que recuerdo haber visto y ella me miró fijamente a los ojos.

—Veo que has despertado. ¿Cómo te sientes?

—¿Quién es usted? ¿Qué hago yo aquí? –le dije muy alerta.

—Quédate tranquila, no te haré ningún daño. Estás aquí por tu propio bien, ¿sabes?

—Si no me van a hacer daño. ¿Por qué estoy atada como una rata de laboratorio?

—Porque necesitamos hacerte unos últimos exámenes para que estés lista.

—¿Lista? ¿Lista, para qué? No me conoce, se equivocaron de persona, déjeme ir. ¡Auxilio! ¡Ayúdenme, por favor!

—Lista para el nuevo milenio que nos espera, una nueva generación, un nuevo mundo.

—¡Usted está demente y todos los que se encuentran aquí dentro y pertenecen a este complot! ¡Por favor suéltenme, ayúdenme!

Mi corazón se paralizó al ver entrar rápidamente por la puerta de la habitación a hombres queriendo ser doctores con guardapolvos blancos radiantes, como si estuviesen pintados.

—¿Por qué no me avisaron que despertó?

—Recién ha despertado, doctor, ya lo iba a mandar a llamar.

—Prepárela para la sala, por favor.

Yo me encontraba inmóvil, luchando para librarme de aquellos arcos que aplastaban mi libertad. La enfermera sacó de su bolsillo una jeringa con aquel líquido verde y se acercó a mí.

—Por favor, yo no he hecho nada, déjeme ir.

—Es todo por tu propio bien, ya lo verás.

Nuevamente sentí correr por mi sangre aquel líquido espeso, y una vez más lograron que me quede sin ninguna visión de nada de lo que sucedía.

Desperté, pero en una habitación distinta a las otras, era como una especie de laboratorio. Yo me encontraba en una camilla, como era de esperarse. Estaba conectada a varias máquinas, aunque reconocí solo una, que era el medidor de la temperatura corporal.

Al escuchar pasos, fingí estar inconsciente…

—Cuando despierte, hay que colocarle otra dosis, para que se duerma completamente y empezar con el proceso.

—Estoy de acuerdo.

—¿Cuándo crees que podrá despertar?

—No es sencillo, todavía no hicimos todos los exámenes correspondientes para conocer bien su cuerpo y cómo responde o responderá en otro caso, ante todo yo diría que debemos esperar.

Sentía cómo uno de aquellos hombres se acercaba a mí y tocaba suavemente los teclados de su computadora que casi ni se oía al hacerlo.

—Los niveles de toda la sangre están perfectos, no se alteró ninguna área de su cuerpo ante los pocos exámenes hechos. Así que no veo por qué prolongar los otros. ¿No es cierto?

—Tenemos que esperar la última palabra, no nos apresuremos aún.

—La jefa no lo dudará ni un segundo.

—Para ella es diferente este caso, y lo sabes.

—Está bien. Esperaremos su palabra final y le entregaré el informe.

Esas fueron sus últimas palabras, escuché aquellas pisadas alejándose cada vez más del lugar donde me encontraba. En ese momento me apareció una incógnita que realmente era la más grande de todas… “para ella es diferente este caso”. ¿Por qué vendría yo a ser diferente? ¿Acaso hay más personas en este sitio de mi edad sufriendo lo que yo estoy sufriendo?

Estas preguntas rondaban cada vez más por mi cabeza, pensando: “¿Ella?”. Entonces el jefe de todo esto es una mujer.

Entraron nuevamente al sitio donde me encontraba, pero no les temí. En realidad quería saber por qué estaba yo allí.

—¿Por qué estoy yo aquí? –Nadie me respondía, en realidad me ignoraban, y claramente ni me miraban a los ojos–. Yo sé que no les importo, pero tengo derechos. No soy un hámster, soy un ser humano.

—Por eso mismo estás aquí, todo va a salir más que bien, Sarah.

—Déjenme ir, ¿qué quieren de mí?

—Salvarte.

—¿Qué quiere decir?

En ese momento me sujetaron fuertemente la cabeza, me la pusieron a un lado y me inyectaron la última vacuna de la que hablaban cuando fingía.

—Ya los encontrarán, van a ver, ¡desgraciados!

Esas fueron mis últimas palabras al verlos a los ojos, pero esta vacuna fue diferente, verdaderamente sentía que jamás iba a despertar…

Конец ознакомительного фрагмента.

Текст предоставлен ООО «ЛитРес».

Прочитайте эту книгу целиком, купив полную легальную версию на ЛитРес.

Безопасно оплатить книгу можно банковской картой Visa, MasterCard, Maestro, со счета мобильного телефона, с платежного терминала, в салоне МТС или Связной, через PayPal, WebMoney, Яндекс.Деньги, QIWI Кошелек, бонусными картами или другим удобным Вам способом.

Купить и скачать всю книгу
ВходРегистрация
Забыли пароль