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Irene Klein El hábito del miedo
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—Mirta, podría pasar por favor un plumero antes de que vuelva mi marido —decía mamá como pidiéndole permiso. Y Mirta arremetía con un plumero de mango largo con visible malhumor:
—Veneno tiene que poner, señora Elena.
—¿A quién?
—preguntó mamá. Mirta se rió. Mamá no.
Tu risa, mamá, nos hubiera salvado.
Entre los libros de la biblioteca, que son muchos pero, calculo, bastante menos de la mitad de los que mamá tenía en la casa, hay fotos, casi todas sin enmarcar. En la mayoría está Boris. Algunas veces echado sobre la alfombra, otras corriendo por el jardín, las orejas al viento. En otras, mamá, de joven, en otras, yo, de chica. Parecen suspender el tiempo. Mamá no envejece, yo no me vuelvo adulta, Boris sigue junto con las cosas, los muebles de siempre. Tagesreste. “La fotografía es una pequeña muerte”, dice Barthes. Una esquirla de la realidad. En cambio para mamá olvidar es un alivio. Le permite vivir en un mundo evanescente, apenas sombreado en lápiz.
Mirta emerge en el comedor como un espectro.
—Me asustó, Mirta. ¿Ya volvieron de la plaza?
—Sí, va a llover… Las otras las tiene la señora Elena —Señala con la cabeza el estante de la biblioteca—. En las que está usted. La señora Elena las tenía en la mesa de luz y las miraba todas las noches. Para no olvidarse.
Enfatiza el tono de reproche entrecerrando los ojos.
—Cómo se va a olvidar de mí, Mirta. Qué dice.
—Usted no sabe.
—No, no sé nada —protesto.
—Cuando la señora Elena supo que iba a perder la memoria, me dijo: ¿y si me olvido la cara de mi hija?
—¿Por qué no me dijeron?
Sin decir una palabra, Mirta se da vuelta y se va. La frase me retumba adentro. Olvidar mi cara. Me muerdo el dedo pulgar con tanta fuerza que me lastimo. Hundo la cara en el sillón de pana en el que de chica enterraba los mocos que sacaba de la nariz.
7
Elena miraba con asombro cómo Nadia se comportaba como una adolescente rebelde. Rechazaba el caldo y la gelatina que le traía la mucama: —No es light —protestaba.
También se había portado así en el Fernández cuando la internaron con un coma alcohólico. El profesor de filosofía los llamó por teléfono a las tres de la mañana:
—Estamos llevando a Nadia al hospital, señora Miceli.
Nadia tenía 18 años recién cumplidos y apenas unas horas antes se había pavoneado en un vestido largo, de hombros descubiertos y sandalias altísimas frente al espejo del dormitorio y a Elena. Luego Marcos y ella la habían llevado a la fiesta de egresados del Nacional Buenos Aires.
Cuando la volvieron a ver, Nadia dormía en la guardia sobre una camilla, encogida. En la cama de al lado, detrás de un biombo, estaba acostado un hombre con una máscara de oxígeno. Un policía lo custodiaba. Nadia tenía barro en el pelo y agujeros en las medias. La habían tapado con una frazada corta que le dejaba los pies al aire. Estaba sin zapatos y nadie sabía dónde habían quedado. El médico preguntó si, además de alcohol, se había drogado.
Elena lo miró sin entender. Marcos se alzó de hombros.
Nadia despertó al rato. Arrojó la frazada al piso, sacudió brazos y piernas. Le pegó un puñetazo en la nariz a una enfermera. Marcos se dio vuelta y miró a Elena:
—¿Ves? Tu educación liberal. Una madre sin autoridad. Una hija sin límites.
El médico le pidió que bajara la voz. Sedaron a Nadia y volvió a dormirse. Elena la tapó.
—Siempre terminan así las fiestas en el Buenos Aires—dijo el médico y Marcos asintió con la cabeza.
Elena salió de la guardia. Cuando pasó junto al biombo, el policía levantó la cabeza y la siguió con la mirada.
Ahora, en el Policlínico, Nadia volvía a actuar de manera agresiva. La enfermera le volvió a colocar la cánula de la nariz que ella se había arrancado y ella le gritó “hija de puta”.
—Te voy a atar las manos —dijo la enfermera.
—Tiene carácter la señorita Nadia Miceli—sonrió Torrezi.
—¿Hacer pis ahí? —dijo Nadia cuando le sacaron la sonda.
—¿Qué preferís, pañales? —dijo la enfermera.
—Me duele la cabeza. Váyanse a la mierda.
—Te voy a lavar la boca con jabón —dijo la enfermera.
—Voy al baño —dijo Nadia intentando incorporarse.
—¿Qué hacés?—gritó la enfermera.
—Si quiere levantarse, que lo haga —dijo Torrezi.
La enfermera salió de la habitación ofendida. Nadia se sentó al borde de la cama y deslizó la cola por la sábana hasta alcanzar el piso con los pies y se levantó. Aferrada al carro del suero, se tambaleó hacia el baño.
—Un milagro. Su hija puede caminar —dijo Torrezi.
Elena se dejó caer sobre el sillón. Nadia, con la bata levantada hasta la cintura, se sentó en el inodoro. Desde ahí miró a Torrezi. Él desvió la mirada.
Un mediodía apareció Johnny. En muletas, una pierna enyesada, como un héroe de guerra.
—Hola, Johnny. ¿Te dieron de alta en el Castex?
—Me escapé. ¿Dónde está Nadia?
—No es horario de visita, pero pasá.
Entró a la habitación a los saltos como un tero. Elena lo miró de reojo. La cabeza rapada a los costados, el pelo a lo cepillo en el centro, espaldas tan anchas. ¿Qué de él podía atraerle a su hija? Lo tomó del brazo.
—Decíme cómo fue.
Johnny apoyó las muletas en la pared —no quería asustar a Nadia, dijo —y le contó. Iban a poca velocidad y un coche los embistió de atrás. Cuando el conductor vio cómo la moto de ellos impactaba contra el poste, huyó.
—Ahora debe estar en La Rana. Ahí se esconden esos hijos de puta. Ahí no entra la cana.
Mentía. Corrían picadas con los amigos. Elena estaba segura. Uno de los que corrían había sido el que los llamó esa noche.
—Me duele la cabeza—dijo Nadia y miró a Johnny sin verlo. Él se acostó al lado de ella y le acarició los brazos.
—Johnny, estamos en un hospital—dijo Elena.
Él trató de abrazar a Nadia. La llamó mi escarabajito. Nadia repitió que le dolía la cabeza.
—¿Dónde está el baño? Me saqué la sonda y no puedo aguantar mucho tiempo —dijo Johnny.
Cuando volvió, Nadia dormía.
—Vuelvo mañana. Cuídela bien, eh —le dijo a Elena.
El sueño de Nadia era profundo y breve. Elena se sentó en el sillón y cerró los ojos. Se despertó al rato. Era de noche y había refrescado. Alguien, tal vez Torrezi o una enfermera, la había tapado con una frazada sin que ella se diera cuenta. Fue hacia la ventana. Se trepó al sillón para alcanzar las perillas que estaban muy altas y abrió una de las hojas. Una brisa trajo olor a flores. A magnolia o a dama de noche. Sobre el alféizar se apareaban dos palomas. Cerró la ventana y volvió a bajar. Nadia respiraba rítmicamente, la cara serena. Elena levantó las hojas que el viento había tirado al piso. Agarró la birome que el médico había dejado sobre la mesa y dibujó. Caras de mujer. Piernas. Cuerpos. Brazos y caderas ondulantes. Nadia con 16, un cigarrillo en la boca, bailando en medio del salón. Nadia sentada en las gradas del Buenos Aires tomando de una petaca.
Nadia durmió toda la noche y Elena dibujó durante ese tiempo. Casi sin levantar el lápiz. Como quien corre y no para de correr aunque se haya quedado sin aliento. Bajo todos los dibujos firmó Elena.
8
Inclinada sobre el tablero, la cabeza envuelta en el brillo cálido que entra por la ventana, mamá firma con su nombre bajo cada dibujo. Como una lagartija, corre el atril por la habitación persiguiendo los charcos de sol. Bajo la luz de la tarde, que es anaranjada, el trazo de la sanguínea adquiere una tonalidad más cobriza.
Ahora dibuja una mujer desnuda. Surge de un entramado de paños y cada pliegue parece una llama de fuego. ¿Cuándo le habrá aparecido esa manía de dibujar?
—¿Puedo sacarte una foto? —pregunto.
No me responde. Alza un poco la mirada, observa la cámara de reojo, con recelo y me arrepiento. Tal vez la incomode. Pero no. Se desabotona el chaleco de lana, se peina el pelo hacia atrás, lo recoge en la nuca con un lápiz a modo de pincho y posa. Apenas la enfoco, gira la cabeza.
La distrae la cortina de voile que ondea en el viento.
—No dejan de bailar en toda la noche —dice.
—¿Quiénes, mamá?
Saca el lápiz de la cabeza y señala el placard. El pelo se le desliza por la cara como una cortina de lluvia.
—Todos. Los vestidos, las polleras, las blusas de seda. Sobre todo las blusas de seda.
—¿Blusas de seda? No tenés blusas de seda, mamá.
—Me lo imaginé. Vienen de otro lado. De lejos, de cerca. Las escucho cuando voy al baño. Entran por debajo de la puerta, se deslizan por el piso y se esconden en el armario. Yo hago como que no las veo. Pero escucho el fru fru. Salen cuando apago la luz.
—Apagás la luz.
Me dijo Mirta que mamá deja el velador encendido.
También yo, de chica, tenía miedo.
—Si no la apago, no salen. Es un ir y venir sobre el piso, sobre los muebles —dice y mueve los brazos.
—¿Y cómo los ves si apagás la luz?
Mamá me mira, mueve la cabeza:
—Las luciérnagas brillan en la oscuridad.
Junta las palmas y me muestra la luz que ella imagina entre sus dedos.
Yo cazaba luciérnagas de chica, en el jardín de Olivos. Las atrapaba y las encerraba en mis manos. La luz atravesaba mis dedos como una linterna.
9
Mirta golpea la puerta de mi habitación.
—La cena está lista, señorita Nadia.
Me pongo una vieja bata de mamá que cuelga en el baño que debía ser blanca y ahora es de color sepia. Cuando entro, el comedor está en penumbra. Enciendo la luz alta y me siento. Solo hay dos platos. La que se sienta en la mesa conmigo no es mamá sino Mirta. Empuja hacia mí la fuente con carne y papas.
—La señora Elena no va a cenar. Le vino otra vez.
Lo dice con cara de circunstancia. La miro sin entender. ¿Mamá menstrúa? Mirta se da dos palmaditas en la cabeza:
—La migraña.
Le encanta esa palabra. La dice como si mamá estuviera bajo el efluvio de un eclipse. “Las migrañas empeoraron después del golpe”, me dijo Mirta. Sé de qué golpe se trata. Cuando —según mamá— se cayó de la mesa.
—Fui a llevarle un Migral. La señora Elena estaba medio dormida y le mojé la cara —me dice.
—¿Cómo va a hacer eso, Mirta?
Pone cara y yo me acuerdo. Su hijo se murió atragantado con una píldora. Me lo dijo ella misma un día cuando hablé por teléfono a casa de mamá:
—Mi hijo se murió.
Yo no supe qué decir y las dos nos quedamos en silencio. La que habló fue ella. Me contó lo que le dijo el marido, que era quien había estado con el hijo y le había dado la píldora. El chico tosió, se puso colorado y él le golpeó la espalda pero no pudo hacer nada.
El chico tenía un retraso mental y un problema neurológico que lo volvía agresivo. Gritaba sin parar, le pegaba a todo el mundo. Mirta no tenía con quién dejarlo cuando salía a trabajar y condenó a su hija a cuidarlo. Dos años menor que su hermano, la chica dejó de ir a la escuela para quedarse con él. Una vez, cuando volvió a la casa, Mirta encontró al chico tirado en el piso, inconsciente. La hermana se había cansado de los gritos y lo había empujado y la cabeza del chico había golpeado contra la pared. Eso nos lo contó Mirta a mí y a mamá un día mientras pasaba el trapo de piso a la cocina.
Mamá le preguntó por qué no lo había llevado a la salita y ella la miró como siempre cuando quería poner en evidencia la distancia que nos separaba.
—Si lo hago, señora Elena, me la meten presa a la nena por intento de asesinato —dijo mientras estrujaba el trapo en el balde.
Mirta y yo comemos en silencio. Miro como desmigaja el pan, la mirada en el plato. Hay tantas cosas que quiero preguntarle. Cómo es sobrevivir a un hijo, por ejemplo. Se sirve por segunda vez. Empuja la carne con el pan. ¿Seguirá apostando? Hasta el día en que me fui, la vida de Mirta se regía por números. Cada hecho tenía un correlato numérico. Lo jugaba a la quiniela y, por lo general, acertaba. Sin asombro. Contaba con esa plata como se cuenta con el aguinaldo. Jugaba para pagar un medicamento, para comprarse ropa. Para ella era lógico que saliera el número que había apostado porque era producto de un razonamiento casi científico. Si erraba, la culpa no la tenía el azar sino la lógica que ella había seguido. “Si ayer salió el 34, hoy salía el 38, cómo no lo pensé”, se lamentaba sin darme más explicaciones.
—Mirta, quiero saber de Elena.
—De su mamá —Mirta levanta la mirada del plato pero no me mira. Agarra el control remoto y lo proyecta sobre el televisor. Están por dar Lazos de familia, una telenovela brasileña. Quisiera saber cómo hace para pinchar la carne sin mirar el tenedor ni el plato.
10
Nadia se fue del hospital un 12 de enero, exactamente un mes después del accidente. La llevaron hasta el auto en silla de ruedas. El oído todavía sangraba. Sostenía con una mano la gasa con algodón que le había puesto la enfermera bajo la oreja. Parecía una toallita higiénica. Cuando llegaron a la casa, Elena le pidió a Marcos la historia clínica de su hija. Él le dio un sobre marrón en el que decía N. Miceli. Ella lo guardó en el armario del pasillo, junto a los boletines y los cuadernos de Nadia. La leyó varios días después. Estaba escrita a diferentes manos sobre hojas oficio con renglones.
Los primeros días, cuando Nadia volvió a la casa, el timbre sonó a cada rato. Vecinos, primos, amigos. Se habían enterado y querían ver a Nadia. Entraban a su cuarto en grupos de a dos o de a tres, para no agotarla, decían, pero Elena sabía que no querían quedarse a solas con ella. No los culpaba. Nadia, sentada en la cama, ni siquiera los miraba. Incómodos, ellos decían cualquier cosa. Entra mucho sol en esta habitación. Es un día algo fresco. Nadia los miraba, de reojo, y resoplaba.
A los pocos días el timbre enmudeció. Elena sintió alivio. Podía estar a solas con su hija al menos hasta la tarde cuando llegaba Johnny.
Al principio, él buscaba una silla y se sentaba junto a la cama, después se acostó al lado de Nadia y miraba la tele. Ella entrecerraba los ojos. La luz le hacía doler la cabeza, decía. Elena les llevaba jugo, galletitas, cualquier cosa para no dejarlos solos.
Una noche, Nadia le pidió un espejo y se estudió la cara. Tenía el párpado derecho algo caído. Una mancha azul como un moretón alrededor del ojo. Efecto de oso panda, había explicado Torrezi.
—Mi oreja izquierda está más baja que la otra.
—Todo se va ir acomodando, hija.
Nadia, con la espalda en la cabecera de la cama, dejó caer el espejo sobre la sábana:
—¿Si me duermo, puedo morirme sin darme cuenta?
Elena la abrazó.
A principios de marzo, cuando ya habían pasado tres meses del accidente y Nadia ya salía a caminar sola, despacio, por el barrio, les anunció durante la cena que al día siguiente se mudaba con Johnny.
11
Nadia se fue un sábado, a media mañana de un día otoñal. Con una mochila, un bolso, tres o cuatro bolsitas de supermercado. No parecía irse de la casa sino de excursión. No aceptó las ollas y platos que Elena le ofreció, solo el juego de toallas. Quiso llevarla con el auto pero Nadia se negó.
—Me busca un amigo de Johnny —dijo mientras pasaba el pie sobre las hojas secas en la vereda.
—Mamá, por favor —dijo Nadia cuando Elena empezó a llorar. Se soltó del abrazo, le dio una palmadas a Boris y subió a una camioneta en la que decía Fletes al instante y que había parado frente a la casa. El que manejaba, un muchacho con gorra de visera, saludó a Elena con la mano. El abrazo fue breve.
—Que nos llame cuando llegue—gritó Marcos desde adentro de la casa. No había querido salir a despedirla. Se sentía estafado.
—La cuidamos tanto y ahora se va con ese idiota.
Nadia saludó por la ventanilla, luego volteó la cabeza. Elena siguió agitando la mano aun cuando su hija ya era solo una nuca, un auto que doblaba en la esquina, una calle vacía.
12
Apago la luz pero no puedo dormir. El armario que estaba en Olivos ¿Estará acá? En la casa estaba en el pasillo, entre los dormitorios. Deslizo los pies de la cama hacia la alfombra. Salgo del cuarto descalza para no despertar a Mirta. El armario tenía hojas vidriadas, cortinas hechas a ganchillo. Hilvano el recuerdo por todas las puntas hasta volverlo nítido: en el armario, mamá guardaba juegos, libros. En uno de ellos, yo había descubierto la foto en la que decía, en lápiz rojo, “Para Elena”. Pantalones Oxford, una remera con el símbolo de la paz, pelo largo, un pañuelo a modo de vincha alrededor de la cabeza, los pies en el agua, mamá sonreía desafiante a quien la fotografiaba, cuya sombra, dos piernas, un torso largo se dibujaba sobre la arena. Yo tenía, en ese momento, casi la misma edad que tenía ella en la foto.
—Villa Gesell —me dijo mamá con forzada indiferencia.
Señalé la sombra:
—¿Papá?
—Walter. Iba con su Leica a todos lados.
—¿Un novio?
—Sí.
—¿Mucho antes que papá?
—En el ’76.
—¿Y qué pasó?
Hizo un gesto con la mano y salió de la habitación con la foto. No hubo más explicaciones, nunca más habló de Walter pero yo no me olvidé del nombre. De esa sombra en la foto.
Varios años después encontré, en ese mismo armario, la Leica. Fue una noche cuando estaba en casa, después de haberme escapado del departamento de Johnny y que no podía dormir. La casa y mamá eran un refugio cuando me faltaba el aire. Yo caminaba por el jardín, la cocina, el comedor. Deambular cuando todos duermen por la casa es hereditario. Mamá también lo hacía. ¿Qué buscábamos? ¿Tagesreste?
La Leica estaba entre dibujos, boletines, carpetas y cuadernos de la escuela, Barbies, osos, libros antiguos de papel biblia, álbumes de fotos, cajas de diapositivas, bolsas con agujas de tejer. Debajo de la Leica había carpetas con hojas escritas a máquina en la que decía OPFYL, Oficina de Publicaciones de la Facultad de Filosofía y Letras, Introducción a la Filosofía, 1973. Eran las clases del Profesor Walter Fischer, editadas por el centro de estudiantes de la facultad.
Saqué la Leica del armario. Me la llevé a mi cuarto y la escondí entre mi ropa.
Cuando me fui definitivamente de casa, la puse en el bolso. Nunca se lo dije a mamá. Tal vez si se la hubiera pedido, mamá me la habría dado, incluso, quién sabe, le habría alegrado que la quisiera. Pero yo tenía que llevármela así. Para que mamá no me contara nada y de esa forma, sin historia, se volviera mía. Mamá nunca supo cuánto tuvo que ver la Leica en el armario con mi decisión de dedicarme a la fotografía. Probablemente también de irme a Cuba.
Entro al comedor que está en penumbra. Un mundo de bultos que no me es familiar. Enciendo la lámpara del secretaire y los muebles van apareciendo en la oscuridad. El armario de puertas vidriadas está en una esquina, al lado de la ventana. Sonrío, aliviada. Paso la mano sobre la madera de roble. Intento abrirlo pero no puedo. Está con llave y la llave no está. Busco en los estantes del baiud, en los muebles de la cocina. ¿Dónde las guardará mamá?
“Si las llaves no están, es tu madre la que debe haberlas perdido”. Eso decía papá. ¿Realmente mamá perdía cosas? Lo que ella perdía era el hilo de una charla, la concentración, la mirada. Los objetos los perdía él.
Cuando se rompió el calefón llamamos a un plomero. Papá, para mostrarle algo en la salida de gas, se subió a la mesada de la cocina. Con un brazo se sostuvo del armario, con el otro señaló el caño que iba del calefón a la pared. Mamá dijo:
—Te vas a caer, Marcos.
Pero papá no se cayó. El plomero dijo que vendrían a arreglarlo a la mañana siguiente. Cuando se fue, papá no encontró sus llaves. Mamá dijo que estaba casi segura —ella nunca lo estaba del todo— de que ella había cerrado la puerta con el juego de llaves de ella, que estaban sobre la mesa de la cocina. Las llaves de papá no estaban por ningún lado. Buscaron hasta que se hizo de noche. Papá tiró algo sobre la mesa. ¿Un salero, una vasija de madera? No me acuerdo pero hizo un ruido seco. Y dijo:
—El plomero.
Estaba seguro (siempre lo estaba). Meses después, en uno de sus esporádicos ataques de limpieza, Mirta se subió a la mesada de la cocina para limpiar la grasa en la parte superior del armario. Desde las alturas, lanzó un grito triunfal:
—¡Las llaves!
—¿Usted tiene la llave del armario? —le pregunto a Mirta que aparece de pronto en el comedor con un camisón que le llega hasta los tobillos.
—Tenemos que preguntarle a la señora Elena.
Se da vuelta y avanza con pasos enérgicos por el pasillo hacia el dormitorio de mamá. La sigo. Mamá no está en el dormitorio sino frente a la biblioteca en el pasillo.
—Si fumás, abrí las ventanas —me dice.
—Ya no fumo, mamá.
Me mira sobresaltada. No es a mí a quien habla.
—Su hija quiere la llave del armario —dice Mirta.
—Pero que no salgan.
Se tapa la cara con las manos. Le hago un gesto a Mirta para que deje de insistir con la llave y acompañe a mamá a su habitación.
—Está colgada en la cocina —dice Mirta.
En el llavero de la cocina hay varias llaves. Llevo todas pero no hace falta que las pruebe, sé perfectamente cuál de todas es. Es pequeña y de bronce. Abro con la sensación de violar un cofre.
Lo que veo me deja sin aire. No encuentro ningún boletín, ninguna carpeta de OPFYL, ninguna Barbie, ningún osito, ningún juego de mesa sino un juego de lápices sin punta, un aparato de teléfono, llaves, bombitas de luz, un carretel de hilo, adaptadores, un frasco de vidrio con clavos, un martillo. Cierro la puerta del armario con la sensación de haberme metido en un recuerdo ajeno.
13
La memoria tiene su propio lenguaje. La de mamá es pura memoria desflecada. Dibuja en el aire. Trenza hilos imaginarios, desordena el mundo. Camina a tientas, sin atar cabos. Sentada en el sillón junto a la ventana, mamá elige entre la carbonilla y la tiza. El desayuno que le llevó Mirta sigue intacto en la bandeja. Las tostadas de pan negro se pierden entre las barritas de colores, los pasteles de tiza.
—Buen día, mamá.
Me escucha pero no levanta la cabeza. Inclinada sobre el block, dibuja. Las manos van y vienen sobre la hoja como si tocara un arpa. La cabeza ladeada, casi rozando el hombro, mamá parece atender al sonido que hacen los trazos sobre el papel. Elige los marrones, los ocres suaves, los bronces. Bañada en la luz cálida de la mañana, mamá tiene algo de ángel. Un ángel flaco, los omóplatos que se perfilan bajo el camisón son duros como las aletas de un pez.
No deja de asombrarme cómo con solo algunas líneas, que esfuma con la yema de los dedos —el índice para las superficies más extensas, el anular para sombrear o iluminar— mamá puede construir volúmenes, incluso movimientos. Adivino la redondez de los hombros, la curva sinuosa de los pechos, las nalgas, los muslos de las mujeres que dibuja; sus manos gigantes que ella colorea con una sanguínea rabiosa. En los borrones de sus caras, sobresalen los ojos. Me miran desde el fondo blanco de la hoja.
—El tacho de basura volvió a sus andanzas —dice.
Andanzas. Qué palabra. Mezcla de paso y de bailarín. Y a eso mismo se refiere mamá cuando me explica que el tacho no la deja dormir cuando de noche se desplaza a lo largo de la vereda.
—¿Otra vez? —digo y no sé si me refiero al tacho o a la manía de mamá de inventarle acciones a las cosas.
—Lo asustan los paraguas —dice y me señala la ventana con la mano izquierda para que vaya a mirar.
Veo solo las copas de los tilos, el camión de reparto del supermercado.
—¿Lo ves? —insiste.
Al lado del tacho anaranjado que está agarrado a un poste, hay un paraguas negro, despatarrado.
—Parece un pájaro —digo.
—Exacto, un cuervo —dice, triunfal.
14
Nadia se fue a vivir con Johnny y fue como si desapareciera. No les había dado la dirección, no les habló por teléfono, no atendía las llamadas. El contacto se limitó, en las primeras semanas, al mensaje por celular. Todas las noches, Nadia escribía: “Que descanses, ma” y Elena contestaba: “Gracias, hija, vos también”.