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Knowledge house Mujercitas
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El «bosque tenebroso», según se describía en las acotaciones de la obra, estaba representado por unas pocas macetas con plantas, una tela verde en el suelo y una cueva improvisada al fondo. En el interior de la cueva, que tenía un tendedero plegable por techo y un par de burós por paredes, había un pequeño fuego encendido con una marmita negra sobre la que se inclinaba una vieja bruja, El escenario estaba a oscuras y el resplandor de la hoguera producía un efecto muy realista, reforzado por el hecho de que, al destapar la bruja la olla, saliese vapor de verdad. Esperaron unos segundos para que el público se calmase y, acto seguido, Hugo, el villano, apareció en el escenario con una brillante espada en un costado, un sombrero flexible, una barba oscura, una capa misteriosa y las citadas botas. Tras pasearse de arriba abajo, visiblemente inquieto, se golpeó la frente y entonó un desgarrado canto en el que proclamaba su odio hacia Rodrigo y su amor por Zara, y anunciaba su firme decisión de matar al primero para conseguir a la segunda. La voz ronca de Hugo, junto con algún que otro grito cuando la emoción se tornaba excesiva, resultaba conmovedora y el público aplaudió en cuanto hizo una pausa para tomar aliento. Hugo se inclinó como si estuviera acostumbrado al éxito y, después, avanzó con paso firme hacia la cueva y ordenó a Hagar que saliera con un imperativo: «¡Bruja, sal, te necesito!».

Entonces hizo su aparición Meg, con unas greñas grises de crines de caballo sobre el rostro, un vestido negro y rojo, un bordón y una capa con símbolos cabalísticos. Hugo pidió una poción para conseguir que Zara le adorase y otra para destruir a Rodrigo. Hagar prometió prepararlas ambas, e invocó al espíritu encargado de los filtros amorosos cantando en tono dulce y dramático:
Acércate, acércate desde tu morada, oh, etéreo espíritu, responde a mi llamada. Nacido de rosas, con rocío alimentado, tú, que sabes destilar pócimas y crear encantamientos, hazme llegar sin demora el aromático filtro que requiero. Haz que sea dulce, rápido y poderoso. Espíritu, ¡responde ahora a mi petición!
Sonaron unos acordes dulces y del fondo de la cueva surgió una pequeña figura vestida de blanco, etérea, con alas brillantes, cabellos dorados y una corona de rosas ceñida a la cabeza. Agitó una varita y entonó el siguiente canto:
Aquí me tienes, he venido de mi etéreo hogar, en la lejana luna plateada, para traerte este filtro mágico. Úsalo bien o perderá, enseguida, su poder.Dicho esto, dejó caer un frasco dorado a los pies de la bruja y se desvaneció. Con otro canto, Hagar hizo aparecer un segundo espíritu, nada hermoso esta vez, un diablillo feo y negro que surgió en medio de un estruendo, gruñó una respuesta incomprensible, arrojó un frasco oscuro a los pies de Hugo y se esfumó con una carcajada burlona. Cuando Hugo hubo cantado su agradecimiento, guardado las pociones en sus botas y abandonado el escenario, Hagar informó al público de que le había maldecido por haber matado a algunas de sus amigas en el pasado y que tenía previsto desbaratar sus planes para vengarse de él. El telón cayó y los asistentes descansaron y comieron dulces mientras comentaban los méritos de la obra.
Antes de que el telón se alzara de nuevo, sonaron martillazos durante un buen rato, pero, cuando el público comprobó que habían preparado una obra de arte, a nadie se le ocurrió quejarse del tiempo de espera. ¡Era una verdadera maravilla! Una torre se elevaba hasta el techo y, a media altura, había una ventana con una lamparilla encendida y una cortina blanca, tras la que surgió Zara, que, ataviada con un precioso vestido azul y plateado, esperaba a Rodrigo. Éste se acercó, magnífico con un sombrero de plumas, una capa roja, unos mechones castaños, una guitarra y, por supuesto, las famosas botas. Se arrodilló al pie de la torre y cantó una serenata enternecedora. Zara respondió y, tras un diálogo musical, convino en huir con él. Entonces llegó uno de los mejores momentos de la obra. Rodrigo sacó una escala con cinco peldaños, se la lanzó a Zara y la invitó a bajar. La joven descendió tímidamente desde la ventana con celosía, apoyó su mano en el hombro de Rodrigo y se dispuso a dar un último salto grácil pero, desgraciadamente —«¡Pobre, pobre Zara!»—, no tuvo en cuenta el largo de su cola y ésta se enganchó en la ventana haciendo caer la torre, que se desplomó con estruendo y enterró en sus ruinas a los infelices amantes.
Un grito general recorrió la sala, las botas rojas se agitaban como si saludasen desde los cascotes y una cabecita rubia emergió exclamando: «¡Te lo advertí! ¡Te lo advertí!». Con gran presencia de ánimo, Don Pedro, el padre despiadado, apareció presuroso, sacó a su hija de los escombros y le dijo en un aparte: «No te rías, haz como si no hubiese pasado nada». Luego ordenó a Rodrigo que se levantase y le desterró del reino con enojo y desprecio. A pesar de lo conmocionado que estaba tras haber recibido el peso de la torre sobre él, Rodrigo desafió al anciano caballero y se negó a partir. Su valeroso ejemplo inspiró a Zara, que también plantó cara a su padre, el cual ordenó que ambos fuesen encerrados en las mazmorras del castillo. Entró en escena un sirviente pequeño y fuerte, los encadenó y se los llevó. Parecía más asustado de lo debido y era evidente que había olvidado su parlamento.
El tercer acto tenía lugar en el salón del castillo. Hagar hace su aparición, dispuesta a liberar a los amantes y destruir a Hugo. Le oye acercarse y se oculta; desde su escondite, ve cómo sirve las pociones en dos copas de vino y ordena al siempre tímido criado: «Llévaselas a los cautivos a sus celdas y diles que iré pronto». El criado toma a Hugo del brazo, lo aleja para contarle algo y Hagar aprovecha la ocasión para cambiar las copas por otras sin filtro. Fernando, el criado, las lleva como le han ordenado, y Hagar deja a la vista la copa con el veneno destinado a Rodrigo. Hugo, tras un largo canto de venganza, siente sed, bebe de la copa y pierde el conocimiento. Ya en el suelo, muere, no sin antes convulsionarse y retorcerse mientras Hagar le explica lo que ha hecho con una canción melodiosa y llena de fuerza.
La escena era de una gran tensión dramática, aunque algunos de los asistentes consideraron que la súbita aparición de una larga cabellera restaba espectacularidad a la muerte del villano. Los aplausos del público le hicieron salir a saludar y apareció de la mano de Hagar, cuyo canto alabaron todos como lo mejor de la representación.
En el cuarto acto, Rodrigo está desesperado hasta el punto de querer suicidarse clavándose su puñal en el pecho porque le han dicho que Zara le ha abandonado. En el instante en que se dispone a hacerlo, oye una dulce canción bajo su ventana en la que se le informa de que Zara le es fiel pero se encuentra en peligro y que él puede salvarla si quiere. Le lanzan una llave con la que abre la puerta de su mazmorra, y en un arrebato de emoción se libera de sus cadenas y corre al rescate de su amada.
El quinto acto arranca con una tormentosa discusión entre Zara y Don Pedro. Él pretende encerrarla en un convento; ella se niega a cumplir el deseo de su padre y, tras unas conmovedoras palabras de súplica, parece a punto de perder el conocimiento, pero en ese momento llega Rodrigo a pedir su mano. Don Pedro alega que no es rico y no se la concede. Ambos gritan y hacen grandes aspavientos, no consiguen llegar a un acuerdo, y cuando Rodrigo se dispone a llevarse a la exhausta Zara, el criado tímido entra para entregarle una carta y un saco de parte de Hagar, que ha desaparecido misteriosamente. En la misiva, la bruja explica que lega a la pareja su inmensa fortuna y advierte a Don Pedro que, si se opone a su felicidad, le espera un destino atroz. Abren el saco y cae sobre el escenario una lluvia de monedas doradas que llenan de resplandor el suelo. La visión del oro ablanda al «severo padre», que finalmente da su consentimiento. Todos cantan a coro, los amantes se arrodillan para recibir la bendición de Don Pedro y, en medio de esa escena romántica llena de gracia, cae el telón.

Los entusiastas aplausos se vieron truncados al poco de empezar cuando la cama plegable que hacía de palco se cerró de improviso y se tragó a parte del apasionado público. Rodrigo y Don Pedro corrieron en su auxilio y todas las muchachas fueron rescatadas ilesas aunque algunas se reían tanto que no podían hablar. El entusiasmo no había disminuido cuando Hannah se acercó y anunció:
—La señora March me manda a felicitarlas y les ruega que bajen a merendar.
Las actrices se llevaron una gran sorpresa. Cuando vieron la mesa puesta, se miraron estupefactas. Esperaban que Marmee hubiera preparado algo especial, pero no imaginaban que verían algo así en aquellos tiempos de escasez. Ante ellas había dos bandejas de helados —uno rosa y otro blanco—, pasteles, fruta, unos tentadores bombones franceses y ¡cuatro ramos de flores de invernadero!
Las jóvenes se quedaron sin aliento y miraban incrédulas hacia la mesa y, luego, a su madre, quien parecía disfrutar de lo lindo la escena.
—¿Lo han hecho unas hadas? —preguntó Amy.
—Ha sido Papá Noel —apuntó Beth.
—Es cosa de mamá —explicó Meg con su más dulce sonrisa, a pesar de llevar todavía la barba cana y las cejas blancas.
—¡La tía March ha tenido un arranque de bondad y nos ha mandado comida! —exclamó Jo, a quien acababa de ocurrírsele la idea.
—Os equivocáis todas —intervino la señora March—. Todo esto lo ha enviado el señor Laurence.
—¡El abuelo del joven Laurence! ¿Cómo se le habrá ocurrido algo así? Ni siquiera le conocemos —exclamó Meg.
—Hannah comentó a su criada lo que había sucedido esta mañana, con el desayuno. Es un anciano de buen corazón y la historia le conmovió. Conoció a mi padre años atrás y esta tarde me ha enviado una nota muy educada en la que me pedía que le permitiese mostrar su aprecio por vosotras haciéndonos llegar unas golosinas en razón del día. No podía negarme, y aquí tenéis este festín que os compensará por el pan con leche de esta mañana.
—Esto es cosa del joven, ¡seguro que la idea fue suya! Es un muchacho extraordinario y me encantaría conocerle mejor. Parece que quiere que nos acerquemos a él, pero es muy tímido y Meg, que es una remilgada, no me deja saludarle cuando nos cruzamos con él —expuso Jo mientras el helado, que empezaba a derretirse en las bandejas, pasaba de mano en mano y era recibido con exclamaciones de satisfacción.
—Os referís a los vecinos de la casa grande, ¿verdad? —preguntó una de las jóvenes—. Mi madre conoce al viejo señor Laurence y dice que es muy orgulloso y que no le gusta relacionarse con sus vecinos. Mantiene a su nieto alejado del mundo y solo le deja salir para montar a caballo o dar un paseo con su tutor. El pobre no para de estudiar. Le invitamos a una fiesta, pero no fue. Mi madre dice que es un joven muy agradable pero que nunca le ha visto hablar con ninguna chica.
—En una ocasión, nuestra gata se escapó y él vino a devolverla. Nos pusimos a charlar junto a la valla, nos lo estábamos pasando muy bien hablando sobre críquet, hasta que vio llegar a Meg y desapareció. Quiero ser su amiga, porque necesita divertirse, estoy segura —afirmó Jo con resolución.

—Me gustan sus modales y parece un joven de bien, así que no tengo inconveniente en que le conozcáis mejor si surge la ocasión. Las flores las trajo él en persona y, de no ser por el lío que teníais organizado arriba, le habría pedido que nos acompañara. Parecía triste cuando se marchó, como si oír vuestro alboroto y vuestras risas le hiciese recordar la excesiva seriedad de su vida.
—Me alegro de que no le invitases en esta ocasión, mamá —exclamó Jo mirándose las botas—. Pero organizaremos otra representación a la que sí podrá venir. Tal vez incluso quiera actuar; eso sería fantástico, ¿no os parece?
—Es la primera vez que alguien me regala flores, ¡qué hermosas son! —exclamó Meg observando el ramo con gran interés.
—Sí, son preciosas pero para mí no hay nada como las rosas de Beth —afirmó la señora March mientras olía la flor medio marchita que llevaba puesta desde la mañana.
Beth abrazó a su madre y murmuró tiernamente:
—¡Ojalá pudiera enviarle un ramo a papá! Me temo que él no estará pasando una Navidad tan feliz como nosotras.

3
EL JOVEN LAURENCE

—¡Jo! ¡Jo! ¿Dónde estás? —gritó Meg al pie de la escalera que conducía al desván.
—¡Aquí estoy! —contestó una voz ronca desde lo alto.
Meg subió corriendo y encontró a su hermana comiendo manzanas mientras leía The Heir of Redcliffe con lágrimas en los ojos, envuelta en una bufanda de lana y acurrucada en un viejo sillón de tres patas junto a una ventana por la que entraba el sol. Era el refugio preferido de Jo; el lugar al que acudía con media docena de manzanas rojas y un buen libro para disfrutar de un rato de tranquilidad en compañía de un ratoncito que vivía allí y no se asustaba al verla. Al aparecer Meg, Scrabble, el ratoncito, corrió a esconderse en su agujero. Jo se secó las lágrimas con la mano y miró a su hermana dispuesta a escuchar lo que tuviese que decirle.
—¡Mira! ¡Qué emoción! ¡Una invitación de la señora Gardiner para la fiesta de mañana por la noche! —exclamó Meg, quien blandió la preciada nota y luego procedió a leerla en voz alta con alegría infantil—. «La señora Gardiner se complace en invitar a las señoritas Margaret y Josephine March al baile que ofrecerá en la noche de Fin de Año». A Marmee le parece estupendo que vayamos. Pero ¿qué nos pondremos?
—¿A qué viene la pregunta cuando sabes que llevaremos un vestido de popelina porque no tenemos otro? —contestó Jo con la boca llena.
—¡Ojalá tuviese uno de seda! —Meg suspiró—. Mamá dice que tal vez cuando cumpla los dieciocho años pueda tener uno; pero dos años de espera me parecen una eternidad.
—Nuestros vestidos de popelina no tienen nada que envidiar a los de seda, no necesitamos más. Aunque, ahora que recuerdo, el tuyo está como nuevo, pero el mío tiene un zurcido y una quemadura. No sé cómo arreglarlo. La quemadura se nota mucho y no tengo ningún traje más.
—Permanece sentada siempre que puedas, así no se verá la parte trasera de la falda; por delante el vestido está bien. Yo estrenaré una cinta para el pelo y llevaré un broche de perlas de Marmee; tengo míos zapatos nuevos estupendos y unos guantes que, aunque no son tan bonitos como quisiera, no quedarán mal.
—Los míos están manchados de limonada y no tengo dinero para comprar unos nuevos, así que iré sin ellos —explicó Jo, a la que el atuendo no le preocupaba demasiado.
—Tienes que llevar guantes, de lo contrario, no iré a la fiesta —sentenció Meg—. Los guantes son fundamentales, no debes bailar sin ellos y, si tú no bailas, yo pasaré el rato mortificada.
—Entonces me quedaré sentada. Los bailes de sociedad no me interesan demasiado; no le veo la gracia a dar vueltas por una sala, prefiero correr y hacer cabriolas.
—No le puedes pedir a mamá unos guantes nuevos; son muy caros y tú, demasiado descuidada. Recuerdo que cuando estropeaste los anteriores te advirtió de que no te compraría ningún par más este invierno. ¿Estás segura de que no puedes arreglarlos? —inquirió Meg ansiosa.
—Podría llevarlos en la mano, sin ponérmelos, así nadie notará que están sucios; no veo otra solución. ¡Espera! Se me ocurre algo; ¿por qué no compartimos los tuyos? Podemos llevar puesto el guante en buen estado y sujetar el estropeado. ¿Qué te parece?
—Tienes las manos más grandes que yo y, si te presto uno, lo darás de sí —respondió Meg, para quien los guantes eran un asunto muy delicado.
—Entonces, iré sin ellos. Me da igual lo que opinen los demás —afirmó Jo, que volvió a coger el libro.
—¡Está bien! ¡Te lo prestaré! Pero no lo manches y compórtate como una señorita; no escondas las manos en la espalda, no mires fijamente a nadie ni digas «¡Por Cristóbal Colón!», ¿de acuerdo?
—No te preocupes por mí; estaré más tiesa que un palo y procuraré no meterme en líos. Bien, ahora ve a contestar la invitación y déjame acabar de leer esta espléndida historia.
Meg se retiró para «aceptar muy agradecida» la invitación, revisar su vestido y canturrear alegremente mientras planchaba el cuello de encaje. Entretanto, Jo terminó de leer el libro, comió las cuatro manzanas que le quedaban y correteó varias veces detrás de Scrabble.
En la noche de Fin de Año, el salón de la casa estaba desierto, pues las dos hermanas menores se divertían fingiendo ser ayudas de cámara y las dos mayores estaban enfrascadas en la importante misión de prepararse para la fiesta. Aunque los arreglos eran sencillos, hubo idas y venidas, risas y conversaciones. En un momento dado, un fuerte olor a cabello chamuscado se extendió por la casa. Meg quería que algunos rizos le cayeran sobre la cara y Jo se prestó a aplicar las tenacillas calientes sobre los mechones previamente envueltos en papel.

—¿Es normal que salga tanto humo? —preguntó Beth, encaramada en lo alto de la cama.
—Eso ocurre porque el cabello está húmedo y con el calor se seca muy rápido —contestó Jo.
—¡Qué olor tan desagradable! ¡Huele a plumas quemadas! —observó Amy, que se acariciaba los hermosos rizos con aire de superioridad.
—Ya está. Ahora retiraré los papeles y aparecerá una nube de hermosos bucles —dijo Jo dejando las tenacillas.
Retiró los papeles pero, en lugar de los anunciados bucles, encontraron cabello quemado adherido al papel; la horrorizada peluquera dejó los restos chamuscados sobre el tocador frente a la víctima.
—¡Oh! ¿Qué has hecho? ¡Qué desastre! ¡Ya no podré ir al baile! ¡Mi cabello, mi cabello! —gimió Meg mirando desesperada los rizos desiguales que le caían sobre la frente.
—¡Qué mala suerte! No tendrías que haberme pedido que lo hiciera, siempre lo estropeo todo. Perdóname, las tenacillas estaban demasiado calientes y por eso me ha quedado fatal —lamentó Jo mirando los restos quemados con lágrimas de arrepentimiento.
—Tiene arreglo; rízalo un poco más y ponte el lazo de modo que las puntas caigan un poco sobre la frente. Irás a la última moda. He visto a muchas chicas peinadas así —dijo Amy para animarlas.
—Me está bien empleado por querer arreglarme demasiado. ¡Por qué no habré dejado mi melena en paz! —gritó Meg malhumorada.
—Estoy de acuerdo, tenías un cabello liso precioso. Pero pronto volverá a crecer —dijo Beth, que se acercó a la oveja esquilada para darle un beso y confortarla.
Tras una serie de contratiempos menores, Meg terminó de arreglarse y Jo se peinó y vistió con ayuda de todas. Aunque los trajes eran sencillos, ambas tenían muy buen aspecto. Meg vestía de color gris plata, con un cintillo de terciopelo azul, cuello de encaje y el broche de perlas; Jo iba de granate, con un cuello de lino almidonado de estilo masculino y un par de crisantemos blancos por todo adorno. Se pusieron el guante limpio y sostuvieron en la mano el otro; a todas les pareció una solución sencilla y adecuada. A Meg, los zapatos de tacón le quedaban pequeños y le hacían daño, pero era incapaz de reconocerlo, y Jo sentía que las diecinueve horquillas de su recogido se le clavaban en la cabeza, lo que, lógicamente, no resultaba nada cómodo; pero, ya se sabe, para estar elegante hay que sufrir.
—Pasadlo bien, queridas —dijo la señora March mientras sus hijas recorrían con paso elegante el camino hacia la calle—. No comáis demasiado y volved a las once, cuando envíe a Hannah a buscaros. Al cerrarse la puerta, una voz exclamó desde una ventana:
—¡Chicas, chicas! ¿Lleváis unos pañuelos bonitos?
—Sí, sí los llevamos, y el de Meg está perfumado —contestó Jo a gritos, sin detenerse. A continuación añadió entre risas—: Creo que Marmee nos preguntaría eso mismo aunque estuviésemos escapando de un terremoto.
—Es propio de sus modales aristocráticos. A mí me parece muy bien, porque a una verdadera dama se la reconoce por su calzado, siempre limpio, los guantes y el pañuelo —afirmó Meg, que compartía con su madre muchos de esos «modales aristocráticos».
—Bueno, Jo, no olvides ocultar la quemadura de tu falda. ¿Llevo bien puesto el cinturón? Y el cabello, ¿tiene muy mal aspecto? —preguntó Meg, que dio la espalda al espejo del tocador de la señora Gardiner después de un largo rato de retoques.
—Mucho me temo que se me olvidará. Si ves que hago algo inconveniente, hazme un guiño, ¿de acuerdo? —respondió Jo mientras se colocaba bien el cuello del vestido y daba un retoque rápido a su peinado.
—No, una dama no debe guiñar el ojo; si haces algo mal, arquearé las cejas y, si lo haces bien, asentiré con un gesto. Ahora, endereza la espalda, camina con pasos cortos y si te presentan a alguien no le estreches la mano, no resulta nada apropiado.
—¿Cómo sabes tanto sobre lo que es o no es apropiado? Yo no tengo ni idea. ¡Qué música tan alegre!

Se dirigieron a la sala un tanto intimidadas, porque no solían acudir a fiestas y, por informal que fuese aquella reunión, para ellas era todo un acontecimiento. La señora Gardiner, una anciana muy elegante, las saludó afectuosamente y las dejó en compañía de la mayor de sus seis hijas. Meg ya conocía a Sallie y se sintió a gusto enseguida; pero Jo, a la que no le interesaban demasiado las chicas ni los cotillees, permaneció quieta, con la espalda pegada a la pared, sintiéndose tan fuera de lugar como un potro en un jardín con flores. En otra parte de la sala, media docena de muchachos joviales charlaban sobre patines, y a ella le hubiese encantado sumarse a la conversación porque el patinaje era una de sus pasiones. Cuando comunicó a Meg su deseo, ésta arqueó las cejas con tal vehemencia que la joven no osó moverse. Nadie iba a hablar con Jo, y las jóvenes que estaban a su lado se alejaron de ella poco a poco, hasta que se quedó totalmente sola. Como no podía ir a dar una vuelta por la sala para entretenerse sin que la quemadura de su vestido quedase al descubierto, se conformó con contemplar a los asistentes con cierta melancolía hasta que el baile dio comienzo. A Meg la invitaron a bailar enseguida; se movía con tal gracia a pesar de lo ajustado de sus zapatos que nadie hubiese sospechado el dolor que ocultaba su sonrisa. Jo vio que un joven alto y pelirrojo se acercaba a ella y, temerosa de que le pidiese un baile, se ocultó tras unas cortinas con la intención de observar la fiesta desde su escondite, a solas y en paz. Por desgracia, alguien igualmente tímido había escogido el mismo refugio antes, por lo que, al descorrer la cortina, se dio de bruces con el joven Laurence.

—¡Dios mío, no sabía que hubiese alguien aquí! —exclamó Jo, dispuesta a salir tan rápido como había entrado.

