Книга Juan Bautista de La Salle читать онлайн бесплатно, автор Bernard Hours – Fictionbook, cтраница 3
Bernard Hours Juan Bautista de La Salle
Juan Bautista de La Salle
Juan Bautista de La Salle

5

  • 0
Поделиться

Полная версия:

Bernard Hours Juan Bautista de La Salle

  • + Увеличить шрифт
  • - Уменьшить шрифт

Era necesario darle al fundador una imagen irreprochable. Pero ¿por qué someter el manuscrito al hermano de Juan Bautista, notable anticonstitucionario, como se les llamaba entonces a quienes se oponían a la bula? Probablemente, los hermanos Timoteo y Juan no pertenecían al campo de los constitucionarios más celosos y no les molestaba consultar a un oponente, tanto más que ellos tenían en él a uno de los testigos más cercanos y aún vivos de la juventud de Juan Bautista. Entre los «muy pocos» de aquellos evocados por el hermano Juan, que deseaban la discreción sobre esos asuntos y sobre la posición adoptada por Juan Bautista, figura justamente el canónigo Guyart, quien había cometido:

un crimen [al

hermano Bernardo] hablándole de los asuntos del tiempo […] y dice que él creía que, para hacer el libro admisible por todas partes, era necesario decir solamente que el señor de La Salle había sido muy sumiso a las decisiones de la Iglesia y lleno de respeto hacia los soberanos pontífices.

El

hermano Bernardo, alegando que él estimaba preferible ser explícito, aceptó, «sin embargo, que debía cortar y endulzar varias cosas, lo que [él hizo] exactamente». ¿Cuál era, entonces, la posición de los superiores del momento para que hubieran temido aparecer como constitucionarios celosos y sospechosos de simpatías anticonstitucionarias?

Don

Francisco Elías Maillefer

La impaciencia del

hermano Juan podía tener su origen en un lugar diferente al fervor de los hermanos. Ellos pudieron estar informados de que otra biografía de Juan Bautista se preparaba bajo la pluma de un autor muy hostil a la bula, la cual podría resultar muy comprometedora para los proyectos del instituto.

Se trataba de otro sobrino de Juan Bautista, hermano menor de Juan Francisco, don Francisco Elías Maillefer, benedictino de la abadía de San Remí de Reims. Como su hermano mayor, Francisco Elías probablemente no conoció a su tío materno. Nacido el 6 de agosto de 1684, no tenía cuatro años cuando Juan Bautista dejó Reims el 21 de febrero de 1688 para después solo hacer allí cortas estadías. Entró a los benedictinos de San Mauro en junio de 1702; volvió a Reims en 1722, tras haber habitado en diversos monasterios, excepción hecha de una estadía de San Nicasio en 1716. En la abadía de San Remí ejerció varias veces las funciones de secretario del capítulo y fue maestro del coro durante unos cuantos años. A partir de 1723 tuvo la responsabilidad de la biblioteca hasta su muerte en 1761.

La vida del señor Juan Bautista de La Salle no fue su única obra, pero todas las otras parecen haber desaparecido en el incendio de la biblioteca a comienzos del año 1774. ¿Por qué la acometió? No hay razón para dudar de su afirmación: no hacía sino responder a la solicitud de «personas piadosas», que él calificaba también como «personas inteligentes». Se ha planteado la hipótesis plausible de que se trataba de miembros de su familia de La Salle y, en particular, del canónigo

Juan
Luis de La Salle. Este no estaría satisfecho con el manuscrito compuesto por el hermano Bernardo y se habría acercado a su sobrino, con quien compartía las posiciones hostiles contra la bula Unigenitus (Sauvage y Campos, 1980)8.

En efecto, Maillefer firmó el segundo llamado contra esta última el 15 de mayo de 1721, cuando era prior en Nogent-sous-Coucy (Aroz, 1966b, CL 27, p. 96; Nivelle, 1757, p. 434). Es probable que Juan Luis le remitiera entonces una documentación que incluía, entre otros, ese manuscrito y también las memorias. Y es poco factible que se tratara de aquellos de los que disponía el

hermano Bernardo, más bien debía tratarse de testimonios recogidos por su iniciativa. Sin duda,
Juan
Luis de La Salle desconfiaba del trabajo de memoria del instituto y quería promover un rostro más auténtico —por lo menos ante sus ojos— de Juan Bautista. Según Maillefer (1980), sus patrocinadores «querían que yo me limitara a dar una vida breve del señor de La Salle, pero suficiente para dar una idea su santidad» (p. 37). Él acabó la redacción, por tarde, en 1723, fecha en la cual remitió su manuscrito; sin embargo, la publicación se suspendió, dado que «la muerte se llevó a quien quería pagar los gastos»9.

Maillefer no había escrito para los hermanos. Familia e instituto entraban en una competencia por el control de la memoria de Juan Bautista (Suire, 2001, p. 50). Esta implicación de la familia no era excepcional en sí, pero, por causa de las simpatías jansenistas de sus parientes, la rivalidad por la memoria escondía otras apuestas. Guardémonos, sin embargo, de una visión muy simplista y maniquea de las relaciones entre los promotores de sensibilidades teológicas o espirituales divergentes, incluso opuestas. En 1724 Maillefer acepta ceder una copia de su manuscrito al

hermano Tomás, ecónomo del instituto, que le envió el
hermano Timoteo, elegido superior el 7 de agosto de 1720. Este último decidió hacer redactar de nuevo otra biografía y quiso recuperar el manuscrito benedictino. ¿Cómo lo conocieron los hermanos? Maillefer afirma que ellos «descubrieron que [él] era el autor de la vida de su institutor»: si él dice la verdad, no se preocupó de informarlos sobre su trabajo.

Las negociaciones entre los hermanos y Maillefer (1980) parecen haber sido difíciles: «el hermano insistió tanto con sus solicitudes y sus impertinencias que le dejé mi manuscrito» (p. 38)10. Este manuscrito nunca se lo hubieran dado, si se interpreta en el sentido fuerte la expresión de Maillefer en el prefacio de la segunda versión que él realizó en 1740: «yo me contento de entregarlo inmediatamente para desagraviarme de ese que asaltó mi buena fe». Si se toma esta carta en su sentido literal, ella prueba que él había dejado al

hermano Tomás solo una copia de su manuscrito inicial. Pero se puede también comprender que Maillefer considera que lo engañaron: en contra de los compromisos adquiridos, su texto se utilizó haciéndole transformaciones.

El benedictino habría «entregado [su] manuscrito con la condición de que, si se le daba al público, no se cambiaría en nada sin [su] consentimiento». ¿Esperaba verdaderamente que se publicara? Esa no podía ser la estrategia de los hermanos. En un contexto envenenado por la querella de la Unigenitus11, era esencial para ellos que los contestatarios no acapararan la memoria de Juan Bautista. Ahora bien, Maillefer y

Juan
Luis de La Salle eran bien conocidos como sus partidarios. No sorprende que los hermanos hubieran desconfiado a priori del manuscrito del benedictino de San Remí: era el autor más que el contenido lo que podía perjudicar las negociaciones en curso con la Corona de cara al reconocimiento del instituto. Y este reconocimiento se otorgó por medio de las cartas patentes firmadas el 28 de septiembre de 1724. Un manuscrito titulado Vie de M. Jean-Baptiste de La Salle, instituteur des Frères des Écoles chrétiennes (Vida del señor Juan Bautista de La Salle, institutor de los Hermanos de las Escuelas Cristianas) se depositó en marzo de 1725 para la concesión de un privilegio general. No se sabe quién lo depositó. Quizás el instituto, quizás Blain, si él ya había sido contactado: esos son los mismos términos del libro que él publicó ocho años más tarde. Tal vez se trataba de adelantarse a toda tentativa de publicación por parte de Maillefer. Sea lo que sea, esta demanda no se concretó inmediatamente (Bernardo, 1965, CL 4, p. 24, n.º 4)12.

Maillefer no pudo entonces aprovechar los largos años de preparación del libro de Blain para editar su manuscrito, gracias a las redes jansenistas de la Champaña, particularmente activas en este periodo (Taveneaux, 1960, pp. 161-166, 442, 538, 563). Cuando en 1733 al fin apareció la biografía escrita por Blain, la que se puede llamar la «biografía oficial», no le quedaba sino rumiar su decepción. Eso lo condujo a retomar su primer texto para ponerlo al día haciéndolo preceder de un prefacio donde él podía denunciar al mismo tiempo la mala pasada que le había jugado el

hermano Tomás, el plagio al que se habría entregado el canónigo Blain, su «mal gusto y [su] escaso discernimiento» (Maillefer, 1980, p. 39). Pero esta segunda versión, realizada en 1740, también permaneció como un manuscrito y terminó en las colecciones de la biblioteca municipal de Reims13.

Finalmente vino el canónigo Blain

Era necesario que el instituto dispusiera de una biografía oficial y definitiva capaz de neutralizar toda tentativa de recuperación. ¿Por qué el

hermano Bernardo no perseveró? ¿Su texto no satisfacía al
hermano Timoteo? En 1733 aparecen en Ruan (ed.
Machuel) dos grandes volúmenes bajo el título La vida del señor Juan Bautista de La Salle, institutor de los Hermanos de las Escuelas Cristianas14.

No sabemos con certeza en qué fecha el hermano Timoteo se dirigió al canónigo Blain. Sin duda, la decisión se tomó con mucha rapidez, hacia finales del año 1724: bastaba con constatar que el texto preparado por el hermano Bernardo era insuficiente para contrarrestar el de Maillefer, si este último lograba hacerse editar. ¿Por qué escogió a Blain? La biografía de este último puede a posteriori aclarárnoslo (Lamy, 2014; Fouré, 1959, pp. 35-51). Aunque él era una generación más joven —nació en 1675—, es posible identificar en su itinerario numerosos puntos comunes con Juan Bautista. Como él, pasó por el Seminario de San Sulpicio, del cual conservó un recuerdo emotivo. Conoció a varias personalidades con las cuales Juan Bautista se relacionó en la misma época: los curas de la parroquia de

Bottu de la Barmondière y La Chétardie, y
Francisco Leschassier, quien sería elegido superior de la compañía en 1700 y la dirigió hasta 1725. Doctor de la Sorbona, lo que Juan Bautista habría probablemente sido sin la desaparición prematura de su padre, él permaneció como canónigo hasta el final de su vida, primero en Noyon, luego en Ruan, donde siguió a su obispo, monseñor
D’Aubigné, cuando Juan Bautista, después de haber experimentado la vida de canónigo, de 1666 a 1683, renunció a ella.

No solo su sumisión a la bula Unigenitus fue sin falla, al ejemplo de Juan Bautista, sino que se comprometió en el combate contra los jansenistas, en particular cuando, entre 1714 y 1716, tuvo la misión de sustraer a los seminaristas de San Nicaise de su influencia. La cuestión de las escuelas populares fue una de sus preocupaciones mayores: el Discurso preliminar a su biografía de Juan Bautista es quizás, en más de un centenar de páginas, una de las primeras tentativas para escribir la historia «de los maestros y maestras de las escuelas cristianas y gratuitas».

En Ruan las escuelas y la organización de congregaciones dedicadas a la enseñanza ocuparon una parte de su tiempo. De 1711 a 1735 fue superior de la Comunidad de las Hermanas de Ernemont, congregación diocesana educadora y hospitalaria establecida en 1690 bajo la protección de

monseñor Colbert. Él contribuyó a la redacción de sus reglas, inspirándose en
Nicolás Barré y Juan Bautista de La Salle. Con el modelo lasallista, la comunidad establecida en el barrio Cauchoise en 1712, que obtuvo en 1729 sus letras patentes, sirvió como seminario para la formación de maestras de escuela de la congregación. En la diócesis, Blain fue el promotor de la educación popular y en 1714
D’Aubigné lo nombró superior y protector de los Hermanos de las Escuelas Cristianas de la ciudad, función que él asumió hasta su muerte en 1751. En síntesis, se estaría casi tentado de ver en Blain lo que Juan Bautista habría podido ser si él no hubiera tomado la sorprendente decisión de renunciar a su prebenda de canónigo. Se adivina también en el canónigo de Ruan una fascinación por su hijo mayor, que supo hacer lo que él mismo no se atrevió.

El antijansenismo de Blain ha podido igualmente intervenir en su opción por el instituto, en un momento en que los hermanos querían distinguirse del «partido» y cuando la monarquía, después del registro de la bula Unigenitus como ley del reino el 29 de marzo de 1730, comenzaba el proceso de sofocación del movimiento. En fin, last but not least, Blain conoció muy bien a Juan Bautista. En su obra extrae de su propia memoria y reporta episodios en los cuales habla de él en tercera persona: evoca a un «canónigo», que presenta siempre como el «amigo del señor de La Salle», o a un «abogado de la inocencia del siervo de Dios» (Blain, 1733, t. II, p. 169).

Blain, con toda evidencia, conocía bien el género literario al cual iba a hacer su contribución: las «biografías espirituales», género estudiado de manera especial por Jacques Le Brun (2013) en relación con las religiosas del siglo XVII. Lo atestigua su observación sobre las fuentes que tenía a su disposición y acerca de su posición con respecto al tema15. Con frecuencia, si no son directamente la obra del confesor o del director, esas biografías se redactan a partir de su testimonio, consignado en memorias escritas. También con mucha frecuencia ellas utilizan textos producidos por la persona biografiada: «informes de sus estados de conciencia, retratos candorosos de sus disposiciones más secretas conservadas por las manos de sus directores o […] papeles encontrados después de su muerte, de su puño y letra y depositarios de sus gracias» (Blain, 1733, t. I, p. 112). Ahora bien, Blain confiesa que ningún documento de esa clase se puso a su disposición para desvelar «el interior» de Juan Bautista:

los directores que mejor lo conocieron y con quienes tenía una perfecta confianza, habiendo muerto antes que él, sepultaron con ellos en la tumba todo lo que ellos hubieran podido revelar del interior de este hombre de gracia, si le hubieran sobrevivido.

No llegó a Blain ningún texto perteneciente a lo que los historiadores, bajo el nombre de «escritos del fuero interno», erigieron en un género de fuente que responde a sus propias normas:

ningún escrito de su mano nos ha hecho más sabios sobre este asunto. No se encontró nada después de su muerte que pudiera ofrecer una pequeña luz sobre su manera de oración, ni sobre sus comunicaciones con Dios, ni sobre los dones de gracia que recibía. Si él tenía en cuenta esto y lo escribía sobre el papel, tuvo cuidado de que ninguna de sus memorias llegara hasta nosotros. Nadie, por consiguiente, puede decir nada sobre lo que pasaba en su interior, puesto que, con excepción de sus directores, él fue un jardín clausurado y cerrado para los hombres.

Segundo tipo de fuente: «los reportes hechos por amigos después de su muerte y que tuvieron la confidencia de sus comunicaciones con Dios». Ahora bien, nos dice Blain, «nunca se le escapó tampoco una palabra que permitiera hacer conjeturas sobre lo que pasaba entre Dios y él […], no hablaba nunca de sí mismo o solo decía cosas malas». Así, las memorias recogidas desde su muerte solo pueden dar testimonio de su «exterior» y de sus «acciones». Blain las tuvo a su disposición y las cita: se trata de palabras reportadas de Juan Bautista y de cartas conservadas piadosamente. No debemos extrañarnos del crédito que él concede a priori a esos textos considerados por él «exactos»:

esos testimonios fieles reportaron lo que ellos vieron y lo que ellos vieron con sus propios ojos. Si su testimonio puede ser sospechoso, entonces nadie merece credibilidad. Si esta historia de la vida del señor de La Salle, compuesta sobre las memorias, recogidas cuidadosamente por el

hermano Bartolomé […] encuentra lectores incrédulos o desconfiados ante los hechos que allí se reportan, ¿cuál es el historiador que amerita autoridad del cual no se pueda sospechar la buena fe o la exactitud?

Dicho de otro modo, Blain no descarta por principio la posibilidad de que sus testimonios no sean siempre confiables, pero se deben creer porque él no dispone de ninguna fuente cuya fiabilidad sea más factible. No obstante, recordemos que los testimonios recogidos por el

hermano Bartolomé fueron probablemente objeto de una selección, hacia arriba (en la escogencia de los testigos solicitados) y hacia abajo (en la elección de los textos trasmitidos al
hermano Bernardo y luego a Blain), y que nosotros no conservamos huella de esas memorias sino solo según las citaciones parciales de los primeros biógrafos. Tampoco olvidemos que esas memorias trasmitieron primero la mirada de su autor sobre Juan Bautista.

Quizás Blain pudo disponer del manuscrito del hermano Bernardo (¿con las anotaciones de

Juan
Luis de La Salle?) de la carta del 4 de mayo de 1723, escrita por el
hermano Juan. Como Bernardo, él utilizó la Mémoire sur les commencements (Memoria sobre los orígenes): cuando él evoca la recepción de cuatro órdenes menores por Juan Bautista, precisa que «las memorias de su vida no nos dicen nada» sobre lo que «Jesucristo realizó en su corazón durante una acción tan importante» (Blain, 1733, t. I, p. 129). Algunas páginas más lejos, él se refiere a las «memorias de su vida» para afirmar que Juan Bautista no estaba nunca distraído cuando celebraba la misa. En el momento en que él se justifica ante el
hermano Timoteo por haber empleado términos «horribles» sobre los primeros «maestros», remite a la «memoria que se encontró después de su muerte» y afirma: «usted tiene esa memoria» (Blain, 1733, t. II, p. 4). Él tenía también en su oficina el manuscrito de Maillefer, del cual toma prestado mucho sin decirlo, y el autor se quejó de ello en su segunda versión en 1740: «aunque en ciertos pasajes me haya copiado a la letra y sin escrúpulos, él no consideró un deber informar sobre ello» (Maillefer, 1966, CL 6, p. 17).

Se puede suponer que, durante los años consagrados a la redacción de su obra, él completó su información con los hermanos, como lo hizo con otros testigos, por ejemplo, en Ruan, con la

señorita de Mondeville y la hermana María Ana de Darnétal, interrogadas sobre la
señora Maillefer y
Adrián Nyel. Pero también recurrió a otras fuentes, auténticos vestigios de la acción de Juan Bautista, aunque no los mencione en Dessein de cet ouvrage (Intención de esta obra), en particular a los archivos autógrafos de su actividad de fundador: «el biógrafo se apoya sobre textos más autorizados aún: contratos o cartas de fundaciones, copias de actos diversos, memorias justificativas del señor de La Salle» (Hermans, 1965b, CL 4, p. 9). En fin, él dispuso de las obras impresas de Juan Bautista: las Reglas, la Guía de las Escuelas, los Deberes de un cristiano, el Tratado de la urbanidad, los Catecismos, el Libro de oraciones, las Meditaciones, la Colección de varios trataditos, la Explicación del método de oración.

La historia de la escritura de ese libro no es tan clara, como lo dejan ver los dos volúmenes de 1733. Ellos se componen de cuatro partes, las tres primeras consagradas a la historia de su vida, la cuarta a «su espíritu, sus sentimientos y sus virtudes». Está precedida por un «aviso al lector», en el cual el autor «confiesa francamente que [él] no hizo esta última parte de buena gana». Por «temor de repeticiones», él hubiera preferido detenerse en la muerte de Juan Bautista. Y fue bajo la presión de los hermanos que él habría emprendido redactarla. Se puede suponer que él escribió primero los tres capítulos iniciales y que, luego de haberlos sometido a sus patrocinadores, ellos exigieron esta síntesis final sobre las virtudes de su fundador. El primer trabajo de escritura se habría terminado a finales de 1730 (Lett, 1956, p. 313), después de cuatro o cinco años. La obra se habría finalizado entre finales de 1730 y el otoño de 1732 a más tardar. La larga duración de esta redacción pudo haber hecho creer que Blain tenía poco tiempo para consagrarse a ella, como el

hermano Bernardo en su tiempo.

Parece que él pensó en publicar y vender por separado las tres primeras partes. Si se le cree a Blain, los hermanos se acomodaron a esta opinión en un primer momento. Sin embargo, el conjunto se le presentó en dos tomos al censor, el

señor M. de Marcilly, para su relectura: el primero, con las dos primeras partes de la Vida, recibió su aprobación el 18 de noviembre de 1732; el segundo, con la tercera parte de la Vida y una cuarta parte sobre las virtudes, se aprobó el 11 de diciembre de 1732. ¿Impusieron finalmente los hermanos esta solución? Es posible pensar que el editor la prefirió por razones comerciales, por miedo a quedarse con muchos ejemplares sin vender. El resultado, en el fondo, no podía sino colmar a los hermanos que deseaban una obra en forma hagiográfica oficial: «¿por qué, me dijeron ellos, escribe usted la vida de nuestro padre? Es por sus niños, por nosotros, o por gente parecida a nosotros, simples y que solo buscan edificarse».

12345...16