Guillermo Sendra Guardiola Sepulcros blanqueados
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Guillermo Sendra Guardiola Sepulcros blanqueados

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—Justamente por eso, porque somos un mundo imperfecto —señaló Aurora.

—He visto demasiado horror como para considerar que somos el juguete roto de un dios caprichoso.

Ella optó por no responder, adoptando un gesto amable de condescendencia. Prefirió seguir escuchando.

—Ahora bien. —Velarde sustituyó su semblante sombrío por una sonrisa irónica—. No obstante mi condición de ateo empedernido, tengo previsto acercarme a Madrid para ver el musical ese..., ¿cómo se llama? Jesucristo Superstar, con Camilo Sesto y Ángela Carrasco.

—Está teniendo mucho éxito, pero creo que es una versión del martirio de Cristo bastante…

—¿Irreverente?

—Extravagante.

—Lástima que no la representen ahora en Valencia. Seguro que usted me hubiese acompañado —afirmó, con voz engolada.

—¡Quién sabe!

—¿Las monjas pueden ir al teatro o al cine?

—Claro.

—¿Con un hombre que, además, es un hereje?

Ella soltó una carcajada.

22

El comisario Ballesteros era un hombre de pocas palabras y peor carácter. Alto y corpulento, con una incipiente alopecia y un poblado bigote canoso que le confería cierta severidad. Rondaba los sesenta años, pero aparentaba bastantes más, quizá debido al exceso de ingesta de alcohol o por las múltiples ocasiones en que se extralimitó en sus funciones utilizando métodos violentos para sonsacar confesiones. Se autodefinía como un patriota modélico que guardaba fidelidad y servilismo a los principios fundamentales del Régimen. Compartía con los policías de la Político-Social su animadversión y desprecio hacia comunistas, socialistas, sindicalistas, homosexuales, universitarios y todo aquello que inspirase modernidad o progreso.

Palabras tales como «libertad», «derechos», «justicia» o «democracia» le producían urticaria. Convencido de que el único camino posible para perpetuar la dictadura era la represión inmisericorde de los opositores.

Todos los sábados por la tarde tenía dos citas ineludibles: la misa de ocho de la tarde, con toda la familia, en la parroquia de San Gabriel y, pocas horas después, a las once, con los amigos, en un burdel situado en la carretera de Alboraya, donde abundaba el alcohol y el sexo a costes pagados.

—¡Gálvez!

La grave voz de Ballesteros sobresaltó al subinspector, sentado en su escritorio.

—Dígame.

—En media hora vendrá una unidad móvil de la televisión a grabar varias tomas dentro de la jefatura.

—¿Es por la detención de los militares?

—Pues claro. Nos entrevistarán a Carmona y a mí para que expliquemos el operativo. También vendrá el Gobernador Civil a felicitarnos expresamente; no te quedes aquí dentro; le esperas fuera, con el resto de compañeros. Y después de las fotos, de nuevo al tajo.

—De acuerdo.

—Quiero que toda España sepa que nosotros hemos atrapado a esos cabrones. Colaboración total con los periodistas.

—Bien.

—En cambio —el timbre de voz del comisario devino aún más rudo—, quiero absoluto mutismo en el tema del obispo; que a nadie se le escape una puta palabra; díselo a Velarde cuando venga. ¿Entendido?

—No se preocupe; llevamos la investigación con total discreción.

Ballesteros dio media vuelta sin ni siquiera despedirse.

23

—Por fin, ¿dónde te habías metido? —espetó Gálvez cuando vio entrar a su compañero—. Te has perdido el circo propagandístico que ha montado Ballesteros.

—No me interesa.

—Ni a mí, pero el jefe ha pasado lista.

Velarde reaccionó con total indiferencia.

—No lo vas a creer, pero tengo la respuesta al enigma de la inscripción de la frente; se trata de un versículo del Antiguo Testamento: «Castigaré a los impíos por su iniquidad; acabaré con la arrogancia de los soberbios y abatiré la altivez de los despiadados» —leyó su bloc de notas.

—¡Joder! ¡Cuánta dureza!

—Sí, parece que simboliza la capacidad divina de impartir justicia y una advertencia expresa para quienes se alejan de los postulados cristianos.

—Tiene sentido. El asesino se ensaña con la víctima, evidenciando que se trata de una cuestión personal relacionada con su condición de sacerdote y, entre medias, un mensaje sobre el castigo. Para mí, que el asesino se ha tomado la justicia por su mano.

—Sí..., ante la pasividad de Dios.

—O un loco que se cree ser Dios.

—¿Un loco inteligente y calculador? No creo. La locura es instintiva y pasional. Aquí hay demasiada premeditación.

—Pues yo también tengo una novedad. —Gálvez sacó del cajón la pequeña caja color añil, depositándola sobre la mesa con sumo cuidado, como si se tratase de un artefacto explosivo.

—¿Que es eso? —exclamó, sorprendido, Velarde.

—Un regalo del mismísimo asesino; expresamente para nosotros.

El inspector abrió la caja sin más preámbulos y quedó absorto contemplando su contenido.

—Sácalo. Lo han procesado los de la científica y no han encontrado ni una sola huella —señaló Gálvez.

—¿Qué coño es? —Y Velarde lo sacó de la caja muy lentamente y con gesto de absoluta estupefacción.

—Lo que ves: un puto libro de poesía.

—Cementerio de Sinera, de Salvador Espriu.

—Ábrelo y verás que en la primera página hay escrito a mano un nuevo mensaje.

Velarde levanta la tapa dura del libro.

—Isla 3 b – 331.

—Pues sí —exclamó, con sorna, Gálvez—. Un nuevo enigma. El asesino o los asesinos se burlan de nosotros.

—¿Tienes alguna idea de lo que puede significar?

Su compañero negó con la cabeza, con cierto semblante de resignación.

—Lo he hojeado por encima y solo contiene poemas sobre distintas materias. No parece que tenga nada raro.

—Ya. Pero esconde un mensaje.

—De nuevo necesitamos ayuda.

—Y creo que sé quién nos la va a prestar —añadió Velarde mientras pasaba inconscientemente las hojas de aquel poemario—. Tengo un amigo que imparte clases de Literatura en un instituto. Es un tío muy raro, poco sociable, pero un erudito en la materia, todo un ratón de biblioteca.

—Pues mañana, a primera hora, habrá que ir a visitarlo. ¿Cómo se llama?

—Héctor Capó, pero todos lo conocen por Hurón.

24

Sonó el teléfono.

Velarde lo descolgó y oyó la voz de la secretaria.

—Víctor, tengo en la línea dos a un hombre que insiste en hablar contigo. Dice que se trata de un tema particular.

—Gracias, Eugenia.

Y seguidamente pulsó el botón correspondiente.

—Buenas tardes, soy el inspector Velarde. ¿Con quién hablo?

La voz del interlocutor era pausada, sosegada.

—No me conoce, por lo que mi nombre no le dirá nada.

—¿Qué es lo que quiere?

—Hablar con usted; lo antes posible.

—¿Por qué motivo?

—Quiero facilitarle información de su interés.

—¿De mi interés?

—Sí, que atañe a su pasado.

—Oiga… —reaccionó enérgicamente el inspector.

—No me malinterprete, no pretendo sacar ningún trapo sucio. Solo contarle cosas que quizá desconozca.

—En la misma acera de la jefatura, a unos treinta metros en dirección al cauce del río, hay una cafetería llamada Merengue. ¿Nos vemos en una hora?

—Allí estaré.

25

Sentados en una cafetería, los dos policías recapitulaban sobre lo acontecido a lo largo del día.

—Y cuando he regresado a jefatura me he encontrado con el mogollón de periodistas y a Ballesteros sacando pecho por la detención de los militares «húmedos». Ha dado una rueda de prensa junto con Carmona, Ruiz y Ayala. ¡Gilipollas! —Y bebió de su vaso de tubo.

—Voy a pedir otro ponche Caballero con hielo. ¿Te pido otro gin tonic?

Velarde negó con la cabeza.

—No me has contado nada del ayudante que te ha asignado el canciller y que ha descifrado el versículo de Isaías. ¿Es otro cura hosco y malencarado?

Velarde sonrió.

—Te equivocas. Es una monja.

—¿Qué? Pero será una anciana de esas con hábito.

—Para nada. Es unos años más joven que yo; viste con sobriedad, pero sin el hábito de monja ni nada que le tape la cabeza. Y es muy inteligente.

—Vaya. ¿Habéis congeniado?

—La verdad es que en todo momento se ha mostrado desconfiada y distante conmigo; podría decirse que en ocasiones ha estado hasta borde. Pero después de comer se ha abierto mucho más y…

Gálvez le interrumpió.

—¿Habéis comido juntos?

—Claro, se nos hizo tarde.

—Hostia, ¿y si no te pregunto no me hubieses contado nada?

—Bueno, te he contado lo trascendente: que esta persona ha descifrado la inscripción gravada en la frente del obispo; pero si era un cura o una monja, pues no lo he considerado importante.

—¿Y que te has ido a comer con ella?

—¡Y dale Perico al torno! Hemos estado trabajando toda la mañana y lo normal era invitarla a comer. Lo cortés no quita lo valiente.

—¿Y es guapa?

—¿A qué viene eso? ¡Es una monja!

—Entonces es guapa; joven y guapa —sentenció Gálvez.

—Pues sí, es muy guapa, no lo voy a negar —claudicó Velarde—. Pero lo que más llama la atención es su personalidad arrolladora…, su conversación lúcida y perspicaz, la contundencia de sus principios.

—¿Una monja con criterio?

—Así es; te sorprendería gratamente.

Un camarero les interrumpió, trajo un nuevo ponche con hielo para el subinspector.

26

—¡Ahora tienes que marcharte! Acaba de entrar la persona que espero.

Gálvez giró la cabeza hacia la puerta del local; allí vio, de pie, a un hombre de unos cincuenta años de edad, corpulento, con barba prominente, pantalón vaquero, camisa de felpa azul a cuadros y, sujeto con la mano derecha, un maletín de piel marrón.

—Ya me contarás.

Y el subinspector se levantó de su silla.

El desconocido se acercó a la mesa y saludó a los dos policías.

Velarde le invitó a sentarse con un leve gesto.

—Bueno, mañana pasa a por mí.

Y Gálvez abandonó la cafetería.

—Es mi compañero.

—Lo he supuesto.

—Bien, empecemos. ¿Quién es usted?

—Me llamo Jerónimo Mengual, licenciado en Historia. Pero mi actividad profesional es la de investigador genealógico.

—¿Busca personas?

—Algo parecido. En ocasiones hay complejas herencias que se remontan a varias generaciones donde requieren de mis servicios para escarbar en los registros públicos y desgranar los lazos sanguíneos hasta llegar a los herederos actuales.

—Por desgracia, no creo que haya tenido esa suerte —ironizó, Velarde.

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