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José Luis Borrero González Operación Códice Áureo
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Tío Onésimo llegó a ser un buen jugador de ajedrez, gracias a las partidas e instrucciones recibidas del cura, se convirtió en uno de sus entretenimientos preferidos. Encajando jaques, don Amadeo agarraba tales cabreos que salían por su boca toda clase de improperios, que ante los ojos del mundo quien los pronunciará no visitaría el cielo, eso seguro.
El padre de Deolinda, sin embargo, siguió otro camino al ingresar en la Guardia Civil, por las influencias de la pareja que solía pasar de servicio de correrías[2] por el cortijo. Allí descansaban al abrigo del fuego y el abuelo les estampaba la cruz en una papeleta que le daban los guardias. Cuando ingresó en el Cuerpo, supo que la cruz era la firma de su abuelo y que servía para poder certificar ante los superiores el paso por la finca en su ronda de vigilancia.
Cierto día Benigno se atrevió a preguntar a uno de los guardias qué se necesitaba para entrar en la Guardia Civil. Le contestaron que saber leer, escribir, responder unas cuantas preguntas sobre cultura general, conocer de memoria algunos artículos de la Cartilla del Cuerpo, estar sano, superar unas pruebas y nada más. Sería una manera de salir de allí, porque, a decir verdad, no veía ningún futuro en el campo. Se apuntó a una escuela nocturna del pueblo y allá que iba todos los días, menos las fiestas de guardar. Le costó aprender, porque compaginar trabajos agrícolas con los estudios era difícil; si a eso se añadía tener que desplazarse tres kilómetros a pie hasta el pueblo, se le puso muy cuesta arriba la enseñanza.
Lo único bueno (aparte de aprobar) que obtuvo de aquellos desplazamientos fue habituarse a la oscuridad de la noche. Bien es cierto que en los primeros días le frenaba el miedo, por eso cogió como arma defensora un palo que le llegaba hasta el hombro, ¡por si acaso aparecía quien no debiera! Puesto que enemigos terrenales no tenía, temía a los espíritus del otro lado, quizá por la educación recibida de don Amadeo, pues cuando Benigno era pequeño a veces se dejaba caer por la cuadra y este lo atemorizaba diciendo con las venas del cuello ingurgitadas: «¡Tú vas a ir al Infierno, vas a arder en el fuego eterno!», cada vez que se hacía oídos de sus travesuras. Él, ¡claro está!, nunca se atrevió a contestar, y menos a preguntar por qué decía esas cosas. En cierta ocasión preguntó a su padre, quien le respondió algo que tardó mucho tiempo en comprender: «Los curas son así, algunos salen con muy mala leche». Y entre risas decía: «Debe de ser porque no vacían». Al final concluyó: «Como no vas a misa te dice esas cosas». Tú, para estar bien con todos, cada vez que te lo diga rezas un padrenuestro.
Y ahí que estaba su padre enseñándole a rezar el padrenuestro, rezo que aplicó en las situaciones difíciles o cuando el miedo nublaba su mente; como en los primeros días, cuando se desplazaba en la oscuridad al pueblo para estudiar y que más tarde repitió unas cuantas veces a lo largo de su vida, en otras partes de España, cuando la situación pintaba negra.
Los padres supieron desde que fue bien pequeña que Deolinda prometía. Cursó todos sus estudios con becas estatales y mientras estudiaba la carrera se sacaba dinerillo extra para sus gastos con trabajos esporádicos. Uno de los veranos, cuando apenas tenía 14 años, aprendió a escribir a máquina ella solita, en casa, con la Olivetti de su padre. Para ello pidió a la Academia Adams de Madrid el manual de aprendizaje. En apenas un mes rozaba las 150 pulsaciones por minuto, habilidad que aprovechó en la universidad para pasar apuntes a otros estudiantes, cobrando una peseta por hoja. Menos mal que con cuatro horas de descanso tenía suficiente. En época de exámenes pasaba las noches enteras estudiando, hasta conseguir la licenciatura en Historia y más tarde másteres en distintas universidades, a cuál más prestigiosa, y por último, cómo no, el doctorado. Su tesis fue sobre las sombras y luces de la Real Biblioteca del Monasterio de El Escorial, lugar por el que siempre profesó gran devoción y uno de los motivos por los que su cargo actual había sido la gran ilusión de su vida.
Ensimismada en sus pensamientos, solo tenía en su mente una ideación, que se repetía continuamente en un vertiginoso torbellino que la abstraía. Por qué, por qué le había tenido que ocurrir a ella. Por supuesto no deseaba su situación a nadie. Aun así, era una gran fatalidad, debía mostrar un gran pesar, tenía que trasmitirlo a su entorno, ¡era de vital importancia!
Al guardia de puertas, al que se le notaba la inexperiencia, no obstante, no le pasó desapercibido el estado de ánimo de Deolinda. Sentada en la sala de espera, aguardando su turno para presentar denuncia; por eso, hasta en dos ocasiones le ofreció un vaso de agua, para tranquilizarla, a lo que respondió dando las gracias y haciéndole ver que no era necesario. Solo deseaba presentar la denuncia.
Esa misma mañana había recibido una inquietante llamada de uno de los vigilantes de seguridad que la trastornó. Le dio tal vuelco el corazón que parecía querer estallar, buscando salida a través de su garganta. A medida que oía su voz, un escalofrío le corrió el cuerpo. Decía una y otra vez en un eterno soniquete:
—Señora directora, el Códice Áureo no está.
Se produjo un atronador silencio. Cuando pudo y sin saber cómo exclamó:
—¿Qué quiere decir, Crisanto?
—Sí, señora, ya lo ha oído. Por más que lo he buscado, no está en su lugar.
—¡Eso no puede ser!
—No sé qué ha pasado, pero el códice no está en su sitio, señora. ¡Que lo han robado!
De pronto el guardia se dirigió a ella para indicarle que podía pasar a presentar la denuncia.
Respondió con un «Gracias» apenas perceptible. No le salía la voz, padecía frecuentes problemas de garganta que se acentuaban cuando estaba nerviosa. Hubiera ganado un concurso (si los hubiera) de quién habla más bajo. Estaba asustada. Había cosas para las que no estaba preparada, aunque pudiera exigirlo el puesto que desempeñaba.
Intentó acomodarse en la silla. A decir verdad, le costaba. Pensó que el asiento no solo la incomodaría a ella, sino a todo el que se sentara en él: no quieren tener a la gente aquí mucho tiempo. Mientras tanto, su interlocutor, también muy joven, le pidió el DNI, miró la foto y a ella, dándole la vuelta y fijándose en la fecha de nacimiento para comentar: «La fotografía no le hace mérito, ¡parece usted más joven!», halago que bien pudiera haber tenido en consideración si no fuera por las circunstancias que la habían conducido hasta allí. «¡Bah!, es el comentario de un chico joven que lo hace por complacencia», pensó. Habría observado su angustia y trataba de consolar y quedar bien. Comenzó a aporrear las teclas de la máquina, con ritmo constante y rápido, cosa que llamó su atención. No lo hacía con su rapidez, pero escribía al tacto, y eso se veía en muy pocos sitios.
La siguiente pregunta del guardia civil la sacó de sus pensamientos:
—¿Podría usted relatar el motivo de su denuncia?
—Sí, por supuesto. Se trata del Códice Áureo. Un libro, es decir, un manuscrito compuesto por varios fascículos sobre los cuatro evangelistas: San Mateo, San Marcos, San Lucas y San Juan, en letra carolingia.
El guardia le preguntó algo desaforado:
—Por favor, señora, ¿qué pasa con ese libro?
—¡Pues que lo han robado de la Real Biblioteca del Monasterio de El Escorial!
—Bien, bien, vale. Iremos poco a poco. Usted me va contando. He de plasmar cuanto me diga en el atestado y, francamente, aunque escribo deprisa, a veces los denunciantes no se dan cuenta y piensan que se escribe con la misma rapidez que se habla.
Aquel joven Guardia le estaba advirtiendo. Ella entendió el mensaje, por eso se disculpó ante él:
—Es producto de mi ansiedad, estoy tan nerviosa que no soy consciente de la velocidad de mis palabras. Repito, lo siento, trataré de narrarle lo sucedido más despacio. Como iba diciendo, se trata de un códice que data del siglo XI. Se hizo en el monasterio de Echternach, situado hoy en día en Luxemburgo. Realizado a mano por los monjes benedictinos, escrito en hojas de pergamino de 507 × 355 milímetros, compuesto por ciento setenta y un folios.
Llegó a España a manos del rey Felipe II, quien lo depositó en la Biblioteca del Palacio de El Escorial bajo la dirección del insigne e ilustre humanista, experto en exégesis bíblicas y en lenguas orientales, don Benito Arias Montano. Este, a su vez, se encargó de protegerlo para su traslado, adoptando una especial cautela, consciente del valor del códice y porque su rey le encargó traerlo a España en una auténtica aventura digna de una gran película.
Es algo excepcional por las características del texto, distribuido en dos columnas. No tiene en sus hojas tachaduras ni enmienda alguna, cosa, por otra parte, normal para la época.
Fue realizado a mano por los monjes, como antes le comenté, con la paciencia infinita de aquellos, su menesterosa, abnegada y callada laboriosidad, en la que no se permitía bajo ningún concepto un mínimo error. Como usted debe de saber, y si no gustosamente se lo explico, en aquella época se hacía todo a mano.
Ante el comentario fuera de lugar, el Guardia ni se inmutó, prosiguiendo su tarea tratando de escribir todas sus palabras: «De extraordinario valor ornamental, con gran variedad de marcos o encumbramientos en casi todos los folios o pergaminos».
—La caligrafía, al igual que la iconografía, son de oro, dibujadas a mano una por una, espacio por espacio: trabajo de chinos, como diríamos hoy, de sentir que se estaba haciendo algo que se proyectaría (como así ha sido) por los siglos de los siglos. Es sencillamente viajar con la belleza en el tiempo, válida para todas las épocas.
En la impresión se utilizaron los siete colores del arcoíris. No hay mezcla alguna, en esa época no se hacían, sobre todo en los libros religiosos.
En ese preciso instante, el joven escribiente pareció salir del aletargamiento de tantas notas de tipo descriptivo. Pensaba que era la primera vez que le denunciaban la sustracción de un objeto tan valioso y él no tenía que ir preguntado para sacar al denunciante los datos o descripción del objeto sustraído. Por otra parte, era gratificante, porque a la vez que copiaba iba aprendiendo cosas de las que desconocía su existencia. Comenzaba a encontrarse a gusto con la redacción de aquella denuncia. Seguidamente preguntó:
—¿Y dice usted que el libro en cuestión está escrito en letras de oro? Luego el libro, perdón, el códice, tendrá un gran valor económico. ¿Podría hacer usted una valoración de este?
—Para una valoración aproximada precisaríamos de un tasador especializado, aunque yo, por supuesto, puedo asegurar que se trata de uno de los ejemplares más valiosos del mundo. Como le digo está escrito con letras de oro, digamos que unos 300 gramos de oro por metro cuadrado de pergamino.
—¿Recuerda usted los folios o pergaminos que hay escritos?
—Pues eche usted mismo la cuenta, y recuerde que en una tasación de este tipo entran otros factores coadyuvantes que, incluso con mi alta capacitación, no puedo valorar. He de aclarar que realmente su valor no radica en el oro, eso es lo de menos. El códice en sí es una verdadera obra de arte.
—Sinceramente —comentaba Deolinda dirigiéndose al guardia—, no me explico cómo ha podido ocurrir.
Al pronunciar esta frase movía la cabeza de izquierda a derecha.
—Se ha revisado la sala concienzudamente una y otra vez, y definitivamente no está. Ha desaparecido. Vamos, que lo han robado —afirmaba de forma categórica—. ¡Dios mío, esto no ha ocurrido nunca y me tiene que suceder a mí, máxime cuando es el original!
Al oír esto el guardia perplejo, exclamó:
—Entiendo que usted me está hablando, desde el principio, del original.
Deolinda comprendió que se había expresado mal, o al menos debía matizar su comentario anterior:
—Sí —dijo—, el lugar donde habitualmente se expone el códice es en la biblioteca. Lo que exhibimos es un facsímil, precisamente por su valor, para evitar el robo o los daños que se le pudieran ocasionar. El bueno lo guardamos cautelosamente en la caja fuerte. Hace unos días decidí exponer el original para que pudiera ser contemplado por el público que visita la biblioteca solo por unos días. La decisión ha sido mía, y totalmente mía, porque creo que debe ser contemplado de vez en cuando. ¡Ha tenido que pasar por mi imprudencia, es terrible!
—Bueno, tranquilícese, ya ha sucedido. Las cosas pasan, a veces no podemos impedir que ocurran —dijo el guardia en un claro intento de consolarla—.
Deolinda percibió la manera rutinaria de hacerlo, como si estuviese acostumbrado a ello, quizá debido a las innumerables denuncias que pasaban al día por el teclado de su máquina.
—Quisiera preguntarle algo más. Supongo que la biblioteca dispondrá y nos podrá facilitar documentos gráficos del códice.
—Sí, sí, los que necesiten. Les puedo entregar fotografías, si así lo prefiere; no obstante, hay algún facsímil más.
Deolinda nunca había sentido tanta congoja. Entendía que quien, únicamente, podría resolver el caso sería la Guardia Civil (si es que podían, claro está). A ella no se le escapaba que esta desaparición era obra de gente especializada.
Incontroladamente, en voz alta sin poder evitarlo, desnudando su corazón ante aquel joven de veintitantos años que, probablemente por su juventud, no alcanzaría a entender la gravedad del caso y le daría tal vez menos atención de la que merecía (aunque hasta el momento no tenía motivos para quejarse), imploró:
—Por favor, pongan ustedes el máximo interés en la recuperación del códice, es algo que sobrepasa lo normal, una reliquia que la humanidad no debe perderse, un legado histórico, único e irrepetible, por el que tengo, digo, tenemos la obligación de preservar para las futuras generaciones.
—No se preocupe —respondió, como si tuviese la respuesta preparada—, por lo que veo, se trata de un caso muy importante, para el que tenemos competencia, por lo que de inmediato se ocupará nuestra Policía Judicial, quien lo derivará al equipo de especialistas: el Grupo de Patrimonio Histórico. Bueno, solo queda que le haga el ofrecimiento de acciones y firmar la denuncia amén de tener un poco de suerte para su recuperación. Por otra parte, he de decirle que se pasarán por la biblioteca para hacer la inspección técnica policial. ¿Estará usted?
—Por supuesto. ¿Me comunicarán el momento para acompañarles y asesorarles en la medida de lo posible?
—Tardaremos en ponernos a punto una hora aproximadamente.
Una vez en la calle, inhaló una gran bocanada de aire fresco procedente de la sierra, pero incluso eso le venía negado. No consiguió eliminar la pesadez que le oprimía el pecho hasta impedirle la respiración, se sentía cansada. El trámite de la denuncia no había sido muy complicado. Guardó en el sobre una copia firmada y sellada. A saber qué dirían los altos cargos, quizá le recriminasen la imprudencia de colocar el original en la exposición. Tendría que dar muchas explicaciones, era lógico y lo aceptaba.
Aurelio, bedel de la biblioteca y su conductor ocasional, lo notó y no pudo evitar decirle:
—Señora, usted no tiene la culpa. No sufra, de lo contrario va a enfermar, solo hay que verle la cara. Ha hecho lo que tenía que hacer, en primer lugar buscarlo, luego denunciarlo. No hay más, a partir de ahí entran estos señores —refiriéndose a los guardias— y la providencia, a la que habrá que encomendarse.
—Sí, Aurelio, agradezco que trate de consolarme. Son muchos los años que nos conocemos, pero la responsabilidad es solo mía, de nadie más. Esa es una parte de mi trabajo. Por favor, lléveme a la biblioteca.
Las campanas del monasterio anunciaban con cuatro toques la hora. Los nueve guardias civiles —el sargento primero Juan Ramírez, jefe del equipo de Policía Judicial de El Escorial; el cabo primero Perea y los guardias Ríos (fotógrafo), Gustavo, José (técnicos en reactivos), Cristina, Villalobos, Vega y Julio (hábiles interrogadores, conocedores del entorno de la población)—, con puntualidad inglesa, hacían entrada en el monasterio. El caso lo merecía, así que el sargento no dudó en desplazar al equipo al completo.
Ramírez, uno de los mejores investigadores con que contaba la Guardia Civil de la zona, destacaba por su manera de redactar las diligencias. Su habilidad era innata, lo traía en la sangre, solo que sus ganas de trabajar se circunscribían a las ocasiones en que veía las cosas claras. Sabía retirarse de un asunto cuando no iba a sacar nada, era sumamente práctico, no perdía el tiempo e iba a lo seguro. Más de uno del Cuerpo lo seguía en esa forma de pensar. Hábil interrogador, sus preguntas, cuando convenía, eran claras y directas; cuando no, sabía cómo conducir hacia donde le interesaba.
El cabo primero Perea había visitado varias veces, acompañado de familiares, el monasterio de El Escorial y, cómo no, la famosa biblioteca. La sala era una especie de nave, un gran barco cargado de libros y belleza. Se sabía de memoria sus características. Sus dimensiones impresionaban a cualquiera: cincuenta metros de fondo por nueve de ancho y diez de alto. Decorada con pinturas al fresco. Imaginaba que el Paraíso, si existía, debía estar ornamentado al menos de esa forma, simplemente preciosa. De la misma manera la veían sus paisanos, por los comentarios que hacían cuando la visitaban. Nadie se cansaba de dispensar elogios a las pinturas del techo, de los laterales... Era una constante en las visitas al monasterio, no en balde había nacido a escasos ocho kilómetros del monasterio.
Ellos, como profesionales de la indagación, tenían una vez más la oportunidad de apreciar tanta belleza. Esta vez lo harían solos, todo un privilegio. Se veían obligados a llevar a cabo un trabajo acorde con el lugar.
No hacía falta que exteriorizaran nada, se entendían con la mirada. Habían realizado inspecciones oculares de toda índole: de cadáveres, de accidentes, de siniestros... Esta iba a ser especial, su trabajo sería evaluado.
El sargento se dirigió a Deolinda:
—¿Cómo es que siguen permitiendo la entrada al público, como si no hubiera pasado nada? Habrán desaparecido huellas o indicios incriminatorios, todo estará contaminado. Nuestro trabajo perderá eficacia, un gran inconveniente.
Deolinda se ruborizó tanto que, sin duda, tuvo que notarlo el sargento Ramírez.
—Bueno, hemos limitado y protegido con cinta, impidiendo el acceso al armario estantería donde se encontraba. No hemos tenido en consideración el resto de la sala, no pensamos que fuera importante preservar toda la biblioteca. Tendré que asumir también esa responsabilidad ya que he sido yo quien ha dado la orden de que se haga así, aunque he dejado, para que la barrera no sea rebasada, a dos bedeles. Debe entender que el monasterio es un lugar de visita diaria de cientos de personas; tampoco he querido asumir el escándalo que supondría cerrar la sala.
Cortándola y dando por zanjado el asunto, el sargento le dijo:
—Por favor, ordene que el público abandone la sala. No podemos trabajar así, hay que efectuar la inspección técnico-policial de manera minuciosa, para tratar de captar el más mínimo detalle —a la vez con la mirada indicaba a José, Cristina Julio, Vega y Villalobos que colaboraran en el desalojo.
Se disculpó con un «Lo siento, nunca nos ha pasado una cosa semejante; nadie nos dijo nada», y seguidamente, como si fuera un sargento del Ejército, tocó varias veces las palmas para llamar la atención a los bedeles de la sala y darles las correspondientes instrucciones para el desalojo.
—Indíqueme dónde se encontraba el objeto. Es un libro, según la denuncia.
Deolinda señaló dónde se encontraba el Códice Áureo. Su estado de ánimo iba bajando a medida que reconocía su error, al permitir el acceso de visitas, pensando que con ello se podría malograr la recuperación. Esto le generaba un sentimiento de culpa como nunca antes había tenido, por eso se atrevió a decir: —¿Me necesitan ustedes para algo más?
—Sí, por favor, quédese, usted no estorba; además, es la persona indicada para darnos la información especializada que no consta en la denuncia —y sin esperar la respuesta continuó—: Según nos indica, se encontraba en esta vitrina.
—Sí.
—Ríos, haz fotos de todos los ángulos, con testigos métricos. Luego que te acompañe Cristina y os vais al exterior para comprobar a dónde dan las diferentes ventanas y puertas de la sala.
Mientras tanto, Perea anotaba en su bloc de notas que la sala estaba dotada con dos cámaras de vigilancia, que captaban casi todos los ángulos, especialmente las vitrinas.
—¿Las imágenes se graban?
—No —respondió Deolinda—, solo permiten la visión del momento. Se ha aprobado un presupuesto para instalar un circuito más moderno, con innumerables prestaciones, entre ellas la que usted ha mencionado. Estas cosas, lamentablemente, en los organismos oficiales suelen ir muy lentas. Tal vez ahora con lo sucedido se den más prisa, pero, como siempre, es tarde.
—Sí, claro, ocurre como siempre, ya es tarde. ¡Pues vaya, eso y no tener nada es lo mismo! No obstante, habrá alguien pendiente de ellas, ¿no? —preguntó Perea.
—Sí, ¡por supuesto! Se ha contratado una empresa que se encarga de la seguridad del edificio, del arco de metales, de socorrer o auxiliar a los bedeles en caso de tener algún problema en las zonas de vigilancia. No sé si sabrán que el monasterio pertenece al Patrimonio Nacional y, por tanto, son ellos quienes custodian las dependencias y obras de arte que aquí se exponen, en evitación de actos vandálicos o delictivos sobre ellas, pues no todo el mundo valora las obras de arte. De noche, solo queda la vigilancia privada, situada en puntos de interés. Los vigilantes realizan recorridos cada hora más o menos y acceden con una llave que introducen en esa máquina, donde queda reflejada la hora y el vigilante que hace la ronda. También hay un vigilante que, en todo momento, controla las cámaras.
—¿Y está solo?
—Por regla general, sí; sin embargo, si tiene alguna necesidad, llama por radio y lo relevan. De cualquier manera, quien le puede dar toda la información es el encargado de la seguridad, el señor Peñafiel. ¿Quieren que le pase aviso?
—Sí, por supuesto. Si es tan amable, dígale que a última hora de la tarde se pase por el cuartel, que hay que tomarle declaración. ¿Puede acompañarme alguien hasta el centro de cámaras?
—Cómo no —y se dirigió a un señor mayor de los que custodiaban los armarios estanterías—. ¡Señor Gutiérrez!, ¿puede acompañar al cabo? —Enseguida respondió, dirigiéndose diligentemente a él: —Sígame.
El sargento le indicó a Gustavo que probara con los reactivos y viera qué podía sacar.
—La llave de la vitrina, ¿quién la tiene?
—Yo —respondió Deolinda—, la guardo colgada del cuello, en una cadena. —¿Puede abrirla?
—Sí, claro.
—No se aprecian señales de forzamiento de la cerradura. ¿Está segura de que lleva consigo la llave en todo momento?
Deolinda se ruborizó de nuevo.
—¡Por favor, si le he afirmado hace un momento que la tengo siempre en mi poder y el lugar donde la llevo!
—¿Solo existe esta llave?
A Deolinda le cambió el semblante, rallaba en la ofuscación, los ojos se les salían de las órbitas.
—Bueno, bueno, doña Deolinda, no se enfade, comprenda que tenemos el deber de hacer estas preguntas. Aunque no lo crea, para nosotros tampoco es agradable.
—Lo entiendo.
—¿Y quién dice que se dio cuenta de que faltaba?
—El jefe de vigilantes de la mañana, Crisanto.
—¿Podemos contactar con él?
—Sí, claro que sí, pasen por mi despacho y con mucho gusto les facilito su teléfono, al igual que el del jefe de seguridad.
—Gracias, lo citaremos en el cuartel y le tomaremos declaración. Prácticamente hemos acabado. Como le dije antes, el lugar está muy contaminado. Es difícil obtener alguna huella buena, ¡pero algo se sacara, hemos de tener confianza! ¿Y dice usted que la llave de la vitrina solo la posee usted?
—Ya se lo he dicho —respondió Deolinda.
—No hay señales de forzamiento. ¿Está segura de haber tenido las llaves controladas en todo momento?