Cary Elwes Como desees
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Cary Elwes Como desees

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ROB REINER

Bueno, trato de escoger a gente que sé que puede interpretar el papel. No contrataría a amigos solo por contratar amigos. Pero si son buenos y pueden interpretar el papel, desde luego. El problema al que me enfrenté con La princesa prometida era que tenía que conseguir a un chico joven, apuesto e intrépido, y a una chica joven como coprotagonista. Oh, y un gigante. No es que tuviera un montón de amigos que dieran la talla. Creo que solo había una persona adecuada para cada uno de esos papeles. La película tiene esa especie de atmósfera formal inglesa de un cuento de hadas; ese aire de «antaño». Así que quería que tuvieran acento inglés. Al menos Westley y Buttercup…, el príncipe Humperdinck y el conde Rugen y demás. Había visto a Cary en Lady Jane, pero esa película no era una comedia. Pensé: «Definitivamente tiene el aspecto adecuado. Se parece a un joven Douglas Fairbanks júnior, es muy guapo y es un actor estupendo». Pero no sabía si era gracioso, y se trataba de un tipo de actuación muy especializado: tenía que ser muy auténtico y serio, pero al mismo tiempo, reflejar una ligera ironía. Tenía que haber un equilibrio. Así que volamos hasta Alemania, donde Cary estaba rodando una película.

~

Como sucede a menudo cuando se conoce a un director, sabía que me tenían en consideración, pero desconocía si era un favorito o simplemente uno de los muchos candidatos que competían por el papel.

Una voz con acento alemán salió del teléfono, procedía del mostrador de recepción:

—Hay aquí dos señorrres en el vestíbulo que prrreguntan porrr usted. ¿Los hago subirrr?

—Sí. Hágalos subir, por favor —dije, y colgué.

Al abrir la puerta unos minutos más tarde, me sorprendí al ver que me recibían dos de las sonrisas más amplias que he visto en mucho tiempo. Allí estaba: el hombre que había creado a Marty DiBergi y a Meathead, ¡en mi habitación de hotel! La otra sonrisa pertenecía a su mejor amigo y compañero de producción, Andy Scheinman, con la mitad del tamaño que la de Rob, pero con el doble de energía.

Lo que me llamó la atención de estos dos fue su hermosa amistad. Terminaban las frases del otro. De inmediato, me atrapó no solo su encanto personal, que era considerable, sino la pasión que mostraban por el proyecto. Además de bastante divertido (cosa que no es sorprendente, ya que su padre es Carl Reiner), Rob también era muy dulce y tenía una risa infecciosa que se oía hasta en Detroit, como me gusta decir. De hecho, el hombre que conocí estaba muy lejos del atribulado yerno de Archie Bunker. Y era sin duda un narrador nato. Era claramente muy inteligente y un lector voraz, pues así había conocido el trabajo de Goldman. Resulta que su padre también le dio una copia de La princesa prometida para que lo leyera de niño, tal y como había hecho mi padrastro conmigo.

Ahora bien, no es que eso nos hiciera exactamente únicos, pero sin duda inspiró una especie de alianza. Yo conocía la novela, y también parte de la historia detrás de los intentos de llevarla a la pantalla. Además, sabía que en las manos correctas tenía el potencial de ser realmente divertida y conmovedora. Por su obra y su sensibilidad, estaba convencido de que era el hombre adecuado para llevar a cabo el trabajo.

Les ofrecí a cada uno una botella de agua del minibar. Tengo un claro recuerdo de Andy, tan perturbado por la simple posibilidad de estar tan cerca de Chernóbil que no quería tocar nada, mucho menos beber agua.

—Bien, como probablemente sepas, estamos haciendo una película basada en La princesa prometida y creemos que serías un magnífico Westley —dijo Rob, después de acomodarse en una silla.

Rob tiene ese modo sencillo de ir directo al grano de una manera divertida. El «como probablemente ya sepas» sonó prácticamente lírico, casi como si lo alargara de manera cantarina. Creo que mi respuesta fue algo bastante inocuo, tipo:

—Sí, lo he oído. ¡Es genial!

En mi cabeza, estaba pensando: «Por favor, no me hagáis hacer una prueba».

—Bueno, hemos empezado con los preparativos en Londres y nos gustaría hablar contigo sobre la posibilidad de que te unas a nosotros.

La situación mejoraba por segundos. Su semblante era informal y amable. Tenía una forma maravillosa de hacerte sentir cómodo, y mientras charlábamos, mi ansiedad desapareció lentamente. Rob se sorprendió al saber que había pasado un tiempo considerable en Estados Unidos y que estaba íntimamente familiarizado con el mundo de la televisión de los setenta. Allí estaba yo, un actor británico, que estaba trabajando en una película en Berlín, y nuestra conversación giraba mayormente en torno a lo que yo recordaba de mis episodios favoritos de Todo en familia. Pasamos a una charla más general sobre comedia y cultura popular. Entonces surgió Bill Cosby y, de algún modo, (no recuerdo realmente cómo) acabé imitando a Fat Albert, cosa que pareció gustarle a Rob. Les expliqué que había estudiado en el Sarah Lawrence College, así como en otras instituciones prestigiosas de Nueva York.

Hablamos de Saturday Night Live. De nuevo, Rob parecía satisfecho de que yo fuera un admirador de SNL. En aquel momento, no entendí por qué era tan importante para él, pero no pasaría mucho tiempo hasta que lo entendiera. Sabía que hacía falta tener un aspecto concreto para el papel de Westley, y supongo que, en ese sentido, daba la talla, pero, por otro lado, también la daban miles de actores jóvenes. Sin embargo, también buscaban a alguien con sentido del humor. Y tal vez tenía una oportunidad de hacerlos reír, cosa que sorprendentemente conseguí con mi imitación de Fat Albert. Aquello tenía buena pinta, hasta que llegó el momento trágico.

—Mira, la verdad es que creo que es posible que seas el tipo adecuado para esto —dijo Rob—. Pero ¿te importa que leamos un par de frases? Solo quiero oírlas.

¿Por qué? ¿Por qué tenía que hacerme leer? Iba todo tan bien hasta ese momento…

Vale, allá va… El momento de la verdad. La prueba. Lo cierto era que había conseguido más trabajos a través de ofertas directas que de audiciones. Pero no podía pensar en eso ahora. Tenía que echarle valor.

Rob buscó dentro de un sobre que había traído consigo y sacó una copia del guion. Lo abrió por uno de los monólogos de Westley, aquel en que le cuenta a la princesa Buttercup cómo se convirtió en su alter ego, el pirata Roberts, y me lo dio.

Me aclaré la garganta y leí lentamente. Me había pillado en frío y desprevenido, pero, por suerte, conocía la historia y el tono de la novela. También sabía que muchas de las mejores frases de la película tendrían que decirse con un guiño prácticamente imperceptible.

Después de apenas unas frases, Rob levantó la mano.

—Vale, ya es suficiente —dijo.

Me pregunté por un momento si ya había echado todo a perder. Apenas había leído media página.

—¿De verdad? ¿Estás seguro? —pregunté.

—Sí. Entonces, ¿cuánto te queda en esta película todavía? —contestó.

Respiré profundamente, en un intento de ocultar mi emoción.

—Un par de semanas, más o menos.

—Perfecto —dijo Rob—. Vamos a divertirnos mucho haciendo esta película, y con un poco de suerte, si el estudio está de acuerdo, nos gustaría que formaras parte de ella.

Respondí con un ligero tartamudeo, que básicamente quería decir:

—Sí, me encantaría. Gracias.

¿Era eso una oferta? Oh, Dios mío, ¡creo que sí!

Pero, por otra parte, había dicho «si el estudio está de acuerdo». ¿Por qué iban a cuestionar a Rob Reiner, un hombre que ya había mostrado su gran habilidad para escoger al reparto en sus otras películas de éxito? Cambié de tema rápidamente y traté de parecer lo más tranquilo posible. Les pregunté a ambos cuándo volvían a Londres. Tal vez conseguiría que se quedaran a cenar y convencerlos de que, aunque sabía que la prueba había sido un desastre, seguía siendo la persona indicada para el papel. Pero Rob respondió que, de hecho, salían para París esa misma tarde. Aquel era un viaje relámpago. Andaban detrás de un luchador mundialmente famoso para el papel de Fezzik. Eso era todo lo que podían decirme.

~

ANDY SCHEINMAN

Bueno, hemos vivido algunas situaciones incómodas. Hubo una mujer que ni siquiera tuvo que hacer una prueba para el papel, ya que se trataba de una actriz muy conocida. Se reunió con nosotros y dijo: «Estoy preparada, dejadme que haga una prueba». Y después de que se marchara, Rob dijo: «Oh, no. No puede hacerlo». ¡Pero ya le había ofrecido el papel!

~

—Cuando regresemos, nos pondremos en contacto con tu agente, y si todo va bien, ya veremos cómo lo arreglamos —dijo Rob—. Si te parece bien.

¿Si me parece bien? Claro, sí, me parece bien. No me podría haber parecido mejor.

—Por supuesto —tartamudeé.

Nos estrechamos las manos afectuosamente y nos despedimos. Y estoy bastante seguro de que estaba hablando por teléfono con mi agente antes de que su ascensor llegara al vestíbulo.

—Creo que lo he conseguido —dije sin aliento, por la emoción.

—Vale —contestó Harriet—. Tú espera. Los llamaré.

Tan pronto como colgué el teléfono, tuve un ataque de ansiedad. ¿Hablaba Rob en serio? Tal vez les ofrece papeles a todos los actores con los que se reúne para hacerlos sentir mejor. Sentía que era un hombre al que se podía tomar al pie de la letra. «Mejor no malgastar energía preocupándome», pensé. Pronto llegaría otro papel. Pero no puedes engañarte a ti mismo. En el fondo de mi corazón sabía que este era diferente. Lo quería de verdad.

~

ROB REINER

Cary era muy divertido. Hizo una imitación de Bill Cosby. No le pedí que lo hiciera. Simplemente, era un tipo gracioso, y pensé: «Guau, este tío podría hacerlo de verdad». Fue el único al que vi que pensé que podía interpretar el papel. Lo mismo me pasó con Buttercup y Fezzik.

ANDY SCHEINMAN

El casting fue interesante. Para muchos de los papeles no teníamos una segunda opción. No había nadie más a quien escoger. No teníamos una segunda opción para Buttercup, sin duda no teníamos una segunda opción para Fezzik. Y no teníamos una segunda opción para Westley. Si no encontrábamos a esas personas (creo que el último de los candidatos era Cary), la película no saldría. Decir que Cary fue la última pieza del puzle no sería del todo cierto. Cary era el puzle. Quiero decir, André era muy importante, pero Cary era la película, ¿sabes? Y no teníamos a nadie. Queríamos a Errol Flynn, y tenía que ser gracioso, cosa que no creo que Errol Flynn fuera. No es que necesitara ser gracioso, pero debía tener sentido del humor. No se trataba de ser desternillante, pero el papel debía interpretarse con un pequeño brillo en los ojos, y a Cary eso le salía estupendamente.

Recuerdo que nos sentamos, Cary abrió el guion, leyó tal vez cuatro palabras y nosotros dijimos: «Bueno…, este es el tío». No recuerdo exactamente cuánto duró la reunión, pero fue simplemente ¡bum! ¡Es él! Rob hace esto a veces, y es genial. No ocurre a menudo, para ser sincero. Pero de vez en cuando alguien hace una prueba, o viene y se ha pasado toda la noche preparándose para esta gran audición, y está ahí a mitad de la segunda línea de una escena de cuatro páginas y Rob dice: «Ya es suficiente. No necesito oír más. Lo tienes. Es tuyo».

~

A la mañana siguiente, Harriet volvió a llamar.

—¿Estás sentado?

—Sí.

—¡Lo has conseguido! —dijo—. Te han ofrecido el papel.

Me quedé sin palabras. Esto era un gran voto de confianza por parte de Rob. A duras penas era famoso. Podrían haber contratado a muchos actores británicos reconocibles y más rentables, que probablemente habrían sido «adecuados» para el papel, con facilidad. Pero me habían escogido a mí. En retrospectiva, casi me pareció demasiado fácil. Desde luego, las audiciones no siempre salen tan bien. Y, en ocasiones, una reunión es solo eso. A veces consigues el papel y otras no. Nunca lo sabes. Supongo que Rob sabía lo que quería, y yo fui lo bastante afortunado como para estar en su campo de visión.

Mientras Harriet repasaba los detalles de mi contrato, yo estaba deslumbrado. Recuerdo decirle que aceptara la oferta de inmediato, antes de que cambiaran de opinión.

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BILLY CRYSTAL

Recuerdo que Rob regresó de Alemania y dijo: «Espera a ver a este tío. Es Douglas Fairbanks júnior, pero también es superdivertido y hace imitaciones». Cary es un tío muy enérgico. Está muy alerta. Y me encanta eso de él. Siempre está tan en armonía con lo que está pasando en el momento. Cuando lo conocí, tuve la misma sensación que Rob: está al mismo nivel que Fairbanks júnior, un joven Errol Flynn; era ese protagonista elegante y sensible que podría hacerte daño si fuera necesario.

~

2. Preproducción y mi encuentro con Buttercup

Londres, 2 de agosto de 1986

Unas pocas semanas después de finalizar Maschenka, estaba otra vez en casa, en Londres, que era también la base para la producción de La princesa prometida. Muchos de los miembros del equipo y algunos del reparto ya estaban reunidos. De hecho, la primera lectura previa del guion con el reparto se hizo al cabo de unos días. Poco después de mi llegada, recibí una llamada del despacho de producción. Me dieron instrucciones de que fuera a hacer pruebas de vestuario con la diseñadora, Phyllis Dalton, que había hecho un trabajo fantástico con uno de mis directores favoritos, David Lean, tanto en Lawrence de Arabia como en Doctor Zhivago, por la que ganó un Oscar. Una cosa que sabía con seguridad era que mis atuendos iban a ser de primera categoría. Tenía que encontrarme con ella en Angels, una de las casas de vestuario más antiguas de Londres y ganadora de muchos premios Oscar en esa categoría. Cuando entré en el recibidor, lo primero que vi fue un surtido de trajes ornamentados elegantemente colocados en maniquíes. Tras inspeccionarlos más de cerca, me fijé en que algunos de ellos parecían ser auténticos, del siglo xviii.

En pocos minutos me encontré en la oficina del piso de arriba, donde Phyllis, una modesta y encantadora dama, se presentó educadamente. Nos sentamos y bebimos té mientras charlábamos un poco sobre el papel. Luego, se inclinó hacia delante, agarró una carpeta que había en una mesita de café cercana y procedió a mostrarme algunos de los bocetos que ya había hecho para Westley y el resto de los personajes de la película. Todo estaba ordenado con mucho cuidado y cada boceto incluía muestras de las telas que quería usar. Desde el primer momento, vi que había dado en el clavo en lo que respectaba al tono y el estilo del libro de Goldman. Los colores, las texturas, y el aspecto de los materiales iban más allá de lo que había imaginado. Para Humperdinck y Rugen había finos jubones de terciopelo con intrincados bordados. Para el español, Montoya, una mezcla de arpillera marrón y cuero. El vestido principal de Buttercup sería rojo, holgado y largo, hasta el suelo, y contrastaba bien con el cuero, la gamuza y el algodón negros del hombre de negro.

Después de estudiarlos cuidadosamente, me volví hacia ella y dije:

—¡Guau, Phyllis! Son muy bonitos.

—Oh, gracias. Sabes, es gracioso… Lo cierto es que no me gusta hacer bocetos —respondió de forma inesperada.

—¿De verdad? Pero si se te da genial —dejé escapar, tratando de llevar la conversación hacia una de mis películas favoritas de todos los tiempos—. ¿Qué hay de Lawrence? Seguro que hiciste algunos para esa.

—¡Oh, aquello! —dijo—. Bueno, para esa tuve que hacer más bocetos de los que había hecho jamás.

—¿Por qué? —pregunté.

—Porque muchas de las prendas tenían que confeccionarse en Damasco y era difícil conseguir que los sastres de allí hicieran exactamente lo que queríamos.

Me dijo entonces que ya había hecho algunas pruebas de los trajes para Westley y que le gustaría que me las probara para que la costurera hiciera los ajustes necesarios. Su asistente me condujo al vestidor, donde colgaba de un perchero el traje que se convertiría en icónico: un par de pantalones negros de ante, botas de cuero negro, un cinturón fino negro, un par de camisas negras con volantes y cordones, guantes negros y una máscara negra. Era todo muy elegante y sorprendentemente cómodo. Me probé la camisa ancha y de mangas enormes. Ya había llevado una muy similar para Lady Jane, así que me resultaba familiar. Luego, los pantalones ajustados de ante. Y, finalmente, las botas.

Una vez estuve completamente vestido, me miré en el espejo. Incluso sin la máscara, supe lo que debían de haber sentido Douglas Fairbanks o Errol Flynn al probarse sus trajes el primer día en cualquiera de sus clásicas películas de piratas. Un golpecito en la puerta me sacó de mi ensimismamiento.

—¿Se puede? —La voz de Phyllis atravesó la madera.

—Sí.

Abrió la puerta, me miró, y dijo:

—Aaah… No está nada mal. —Se detuvo a reflexionar—. Pero… hay algo que falta.

Entonces, llamó a su asistente y le pidió que fuera a buscar un poco de satén negro. Cuando esta regresó con la tela, Phyllis me ató un trozo alrededor de la cabeza y otro alrededor de la cintura como un cinto.

—Exacto —dijo—, ¡eso está mejor!

Luego me hizo probar unas máscaras provisionales que había diseñado, que, de hecho, no eran muy diferentes a las que llevó Fairbanks en La marca del Zorro. Pero ninguna de ellas quedaba del todo bien. Phyllis me explicó que, como la llevaría durante la mayor parte de la película, no solo tenía que encajar perfectamente, sino que, sobre todo, debía ser cómoda y que la única forma de conseguirlo era sacando un molde de yeso de mi cabeza. Este es un procedimiento bastante estándar en la producción de películas que incluyen acción, efectos especiales o superhéroes que llevan máscaras, aunque yo no lo había experimentado antes.

Apareció, entonces, una costurera, que colocó unos cuantos alfileres en los pantalones para que fueran todavía más ajustados. Le pregunté a Phyllis si podría ponérmelos sin dificultad una vez estuvieran listos. Me respondió que preferiría coserlos cada día una vez puestos, pero que no sería práctico dado que iba a hacer muchas escenas de acción con ellos. Y, siendo de ante, de todos modos, darían un poco de sí con el tiempo, me explicó. Yo bromeé sobre que ahora sabía cómo se debió de sentir Jim Morrison con sus distintivos pantalones de cuero ajustados.

Me probé un traje hecho básicamente de arpillera y algodón grueso, que serían las ropas de Westley como el famoso muchacho de la granja. Phyllis me dijo que se había inspirado en cuadros de N. C. Wyeth y Bruegel y, a mi parecer, eran muy auténticas, pero ella no estaba del todo satisfecha.

—No, volvamos con estas. Necesitas algún tipo de capucha.

Phyllis dijo que necesitaba un poco más de tiempo para resolverlo y que haríamos más pruebas de vestuario pronto. Después de sacar algunas fotos Polaroid para enseñárselas a Rob, volví a ponerme mis aburridos vaqueros y mi camiseta, le di las gracias a Phyllis, a su asistente y a la costurera, y me fui a casa. El hombre de negro comenzaba a tomar forma.

Al día siguiente, recibí otra llamada de la oficina de producción y me dieron instrucciones sobre dónde ir a que me hicieran un molde de la cara. Viajé hasta los estudios Shepperton, donde se encontraban nuestras oficinas de producción, y visité a la gente del departamento de efectos especiales (conocido como «FX»). Shepperton se encuentra en el condado de Surrey, más o menos a una media hora a las afueras de Londres, y en general está considerado como uno de los grandes estudios de cine europeos. Desde una perspectiva histórica, es el tipo de sitio que tiene un atractivo casi reverencial para la mayoría de gente del mundillo. Entre las películas que se han filmado allí figuran Lawrence de Arabia, ¿Teléfono rojo?, Volamos hacia Moscú, 2001: Una odisea en el espacio, El hombre elefante, Star Wars, Alien, Gandhi…, por nombrar solo algunas.

Trabajé como asistente de producción en mi adolescencia, así que sabía desenvolverme un poco en los platós de cine, pero estar allí, en los famosos estudios Shepperton, como protagonista de una gran película de Hollywood, era una experiencia totalmente distinta. Con el mapa en la mano, fui hasta una de las «tiendas» asignadas a nuestro departamento de FX en el set y me encontré con Nick Allder, nuestro supervisor de efectos especiales. Nick tenía una gran carrera: había trabajado ya en Alien (sí, es su criatura la que se escapa del pecho de John Hurt), El imperio contraataca (para los jedis que estéis leyendo esto, hay una fuerte conexión entre Star Wars y La princesa prometida, de la que hablaré más adelante), Conan el Bárbaro, y La joya del Nilo. Nick, un tipo muy afable, me presentó a su equipo, uno de los cuales estaba ya trabajando en un animatrónico sin terminar de un Roedor de Aspecto Gigantesco (RAG), el mismo que acabaría mordiéndome durante nuestra pelea en el Pantano de Fuego. Estaba hecho de gomaespuma blanca y no tenía pelo, lo que le daba un aspecto todavía más grotesco. Se veían todos los cables y roldanas unidas a los servomotores que permitían que el «titiritero» le moviera la boca. Incluso en esa fase parecía muy efectivo y estaban orgullosos de enseñármelo. Mientras miraba fijamente a los ojos muertos de la rata gigante, me pregunté si Bill Goldman se habría topado con las mismas ratas gigantes que yo me había encontrado cuando vivía en Manhattan; esas del tamaño de un gato y que te hacían detenerte en seco. Ese tipo de ratas que no se asustan de los humanos, caminan con ese contoneo y te miran de esa manera que parece que digan: «Venga, ¿qué vas a hacer?».

Nick me explicó que, mientras que el proceso de cubrirme la cara con yeso húmedo de París era relativamente indoloro, podía ser muy tedioso, ya que tendría que pasar mucho tiempo, tal vez una hora, sentado en una silla con la cara cubierta de dicho material. Me preguntó si sufría de claustrofobia, cosa que ya en sí misma me puso un poco nervioso, a lo que respondí: «No, la verdad es que no», sin tener ni idea de lo claustrofóbico que sería todo el proceso. Entonces, dijo:

—Vamos a cubrirte toda la cabeza, pero te daremos un par de pajitas para que te las metas en la nariz y puedas respirar.

Menos mal.

Él continuó:

—Si en algún momento te sientes incómodo, no puedes respirar o tienes algún tipo de ataque de pánico, simplemente haz un gesto con la mano como si te cortaras la garganta y te quitaremos el yeso.

—Vale —contesté, preguntándome cuántos actores habrían sufrido ataques de pánico antes.

—Solo para que lo sepas —añadió Nick—, si hacemos eso, tendremos que repetir todo el proceso para terminarlo.

Contesté que lo entendía.

—¡Genial! —dijo Nick—. Entonces, empecemos.

Él y sus colegas procedieron entonces a cubrirme la cabeza completamente con vaselina y, luego, con escayola, y me proveyeron de las ya mencionadas pajitas para que me las pusiera en las fosas nasales y respirara. Decir que era claustrofóbico sería quedarse corto, amigos. Era como si te encerraran la cabeza en una calabaza o un casco gigante, pesado y asfixiante, hecho de arcilla. Una hora después, acabaron, y el yeso finalmente se secó. Entonces, lo abrieron cuidadosamente, me lo quitaron de la cabeza, y el producto resultante se utilizó como molde.

Tenía que parecer un pirata. Y no solo un pirata cualquiera, sino el pirata Roberts (vagamente basado en el famoso corsario Bartholomew Roberts), el azote de los siete mares. Se suponía que su identidad debía ser un secreto. Y, mientras que era necesario dar un voto de confianza para asumir que los otros personajes de la película (sobre todo Buttercup) no notarían inmediatamente el parecido entre Westley y el hombre de negro, el público era libre de hacer la conexión (cosa que, por supuesto, hizo). Aun así, tenía que quedar bien. Pese a los muchos esfuerzos por crear docenas de máscaras perfectas, el departamento de maquillaje igualmente terminó poniéndome maquillaje oscuro alrededor de los ojos en algunas escenas para crear una transición sin interrupciones entre la máscara y la piel, de manera semejante a como entiendo que hacen con los actores que interpretan a Batman.

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