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Mabel Cason El pecoso y los comanches
El pecoso y los comanches
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Mabel Cason El pecoso y los comanches

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Se dirigieron hacia el sur a través de praderas onduladas, sobre las que se recortaban, a la distancia, los perfiles de unos cerros azulados. El aire estaba impregnado del perfume dulzón de las florecillas silvestres que por kilómetros y kilómetros alfombraban el suelo de azul, dando la impresión de que se reflejaba el cielo. En otras lomadas, había grandes manchas amarillentas, formadas por miles de flores de ese color que se mecían airosas sobre sus largos tallos. Parecía una tierra inmensa y vacía, pero para Thad estaba llena de maravillas y sorpresas.

El sol subió alto y dejó caer sus rayos sobre las cabezas de los viajeros, pero pronto la huella se internó bajo la sombreada frescura de los árboles que bordeaban el arroyo. Por fin vieron un grupo de carretas en una vuelta del riacho, y a los vacunos de Branson que pastaban aquí y allá.

La señora de Branson las estaba aguardando, pues unos días antes Ben Atkins y Travis habían pasado por allí, avisándole de los planes de Luisa.

–¡M-m-m, comida! –exclamó Thad cuando percibió el olor de lo que se guisaba en el fogón al aire libre.

Una mujer de color, cincuentona y regordeta, atendía la cocina. Era la tía Dulcie, esposa del tío Wash. Ambos trabajaban para la familia Branson. Thad había visto al tío Wash una vez que arreaba ganado con otros hombres.

–Ya hace bastante tiempo que desayunamos –afirmó Thad mientras se aproximaban–, y me estoy muriendo de hambre.

Veinte kilómetros de cabalgata le habían abierto el apetito.

Deberías esperar por lo menos tres horas, Thad –le recordó su madre–. Apenas son las nueve de la mañana.

–Todavía vivimos en las carretas –se disculpó la señora de Branson, pero señaló hacia donde los hombres habían puesto los fundamentos para la casa y había una chimenea de piedra a medio construir.

Marcela de Branson era una mujer menuda y amigable, de ojos oscuros y llenos de vivacidad. Tenía el cabello ondulado recogido en un moño sobre el cuello. Hablaba queda pero rápidamente, con un acento fluido y suave que Thad no había oído nunca antes. Después supo por qué su manera de hablar era distinta de la de Ben Atkins, aunque ambos eran de Kentucky. La señora de Branson había sido maestra de escuela antes de casarse y cuidaba mucho su inglés. La mayoría de la gente de la región central de Texas no se tomaba esa molestia por aquellos días. Thad notó que el cuello blanco del vestido azul de la señora estaba asegurado por un prendedor con una hermosa piedra. En el borde inferior, tenía grabada la letra M.

Además de Beau, había en la familia otro niño de tres años llamado Stevie, de cabellos rubios y ojos castaños, como su madre. Parecía ser el mimado de toda la familia, especialmente de su hermana mayor y de la tía Dulcie.

Para Thad, los miembros más atractivos de la familia eran Melissa y Cecilia, a quienes llamaban “Lissy” y “Celie”. Eran dos niñas tan hermosas como Thad no había visto nunca y, pensaba él, nunca volvería a ver. Admitía que su trato con niñas era francamente escaso porque, fuera de las de Morton, que eran varios años mayores que él y vivían a más de veinte kilómetros hacia el norte, y algunas primas que había conocido en un viaje a Fort Worth, nunca había visto otras.

Él era un muchacho rudo de la frontera, criado en una hacienda, pero que gustaba de lo que fuera bello. Le costaba quitar los ojos de encima de las dos muchachas: Melissa, de cabello oscuro y ensortijado; y Cecilia, de cabello color de miel y ojos castaño oscuro. Sus vestidos eran iguales, con una diferencia de color: el de Celie era de una tela a rayas rosadas y blancas mientras que en el de Lissy las rayas eran azules y blancas.

–Vamos al arroyo, que te voy a mostrar algo–invitó Beau.

Pero antes Melissa trajo algunas galletitas para todos.

–Tía Dulcie dice que esto sostendrá el estómago hasta la hora del almuerzo –dijo.

Thad estaba seguro de que eso no le arruinaría el almuerzo, así que, masticando a dos carrillos siguió a los otros hacia unos cobertizos que el padre había levantado a poca distancia de las barrancas del arroyo.

Bajaron por una senda que atravesaba espesas formaciones de arbustos hasta que llegaron al arroyo, donde unos árboles enormes crecían entre ambas riberas. Allí había un remanso, formado en un sitio hondo que habían cavado los desagües de las lluvias de primavera. Un gigantesco álamo americano se inclinaba sobre el remanso, sombreando el lugar. En la orilla opuesta, otros árboles proyectaban sus ramas sobre el arroyo, entrelazándolas con las de este lado.

Era un paraje solitario y misterioso. Thad pensó que se trataba de un magnífico lugar para que un muchacho tuviera su escondite secreto, y eso era precisamente lo que Beau y sus hermanas habían hecho. Cuando Thad fue conducido a través de los tupidos arbustos, vio una senda apenas visible que corría por una de las barrancas, justo encima del remanso. Beau levantó una cortina de plantas silvestres y dejó al descubierto la entrada de una cueva.

Entraron y Beau dejó caer la cortina; todo quedó negro. Nadie habría sospechado la existencia de esa cueva porque estaba completamente fuera de la vista.

En un lado de la pared de la cueva, había cavado un estante. En él se veían algunas velas, y Beau encendió una. En el estante también había unas cuantas cajas de hojalata que llamaron la atención de Thad.

–¿Qué es eso? –preguntó.

–Es nuestra despensa –explicó Melissa–. Beau también nos deja jugar aquí; este es nuestro fuerte. Cuando jugamos a los indios, venimos a escondernos aquí.

–¿Qué tienen guardado en la despensa? –inquirió Thad.

Melissa abrió las cajas una por una. La primera contenía algunos trozos de carne desecada. Podía conservarse por mucho tiempo si no había humedad. En otra había bizcochos y trozos de pan. En la siguiente, el contenido era de duraznos y manzanas secos; y en la última, de varias clases de galletitas. Melissa aún tenía dos de las galletitas que había traído de las carretas; y Celie, una. Las pusieron en la última caja y tomaron algunas de las que allí habían estado guardadas.

–Estas las puse aquí la semana pasada –explicó Melissa–. Las comeremos ahora y guardaremos las nuevas para la próxima vez.

Thad rio.

–Nunca he visto ardillas tan buenas para almacenar provisiones –dijo.

Luego jugaron a los indios y a los pobladores hasta que oyeron que la señora de Branson los llamaba para almorzar. Thad nunca se había divertido tanto. Luego de la comida, Melissa, que a pesar de su aspecto delicado era bastante retozona, invitó a los demás:

–Vengan, vamos a mostrarle a Thad el nido de la codorniz.

A corta distancia de las carretas, bajo uno arbustos, estaba el nido. Thad se sorprendió cuando vio que en él había 18 huevos.

–No los toques –le advirtió Melissa–, porque de lo contrario la madre los abandonará.

–Ya lo sé –respondió Thad–. He descubierto uno cerca de mi casa, pero tiene solo doce huevos. Me guardaré dos pichones cuando nazcan.

–¿Cómo vas a hacer para cazarlos? –quiso saber Beau.

Thad se dio cuenta, entonces, de que Beau no había vivido mucho en el campo; de otro modo, no le hubiera hecho esa pregunta.

–Poco antes de que nazcan, pondré los huevos bajo una gallina clueca, y allí saldrán del cascarón.

En ese momento, su madre lo llamó porque debían regresar. Había sido uno de los días más felices de su vida. Hasta entonces, no había comprendido que había estado viviendo solo o, mejor dicho, que necesitaba la compañía de otros muchachos y niñas de su edad.

Mientras cabalgaba de regreso al hogar con su madre y Ellie, Thad se retrasaba, envuelto en sus pensamientos sobre los Branson. Llegó a la conclusión de que las chicas eran algo especial. No eran rudas como los muchachos, sino hermosas y gentiles en su comportamiento, al menos las chicas de Branson. Si no volvían pronto a realizar otra visita, se propuso buscar él la oportunidad para verlas otra vez. Su madre no podía salir muy a menudo, pero su padre o alguno de los peones con frecuencia hacían ese camino para ver el ganado. Su padre estaba escaso de gente para trabajar, por causa de la guerra, de manera que Thad ocupaba largas horas ayudando en las tareas de la hacienda. De alguna manera se las arreglaría para ir con los peones la próxima vez que tuvieran algo que hacer por el sur.

Habrían andado unos nueve kilómetros cuando, de pronto, Cosita irguió las orejas, y comenzó a resoplar y a tirar del freno. Mostraba señales de impaciencia y parecía querer alejarse de aquel lugar rápidamente. Thad comprendió lo que significaba. La espoleó, y en un momento alcanzó a su madre y a Ellie.

–¡Mamá, hay indios cerca! ¡Cosita los ha olfateado!

El caballo que montaba su madre ya reaccionaba de la misma manera, y ella le dijo a la compañera:

–Ellie, dame uno de los niños.

Tomó al pequeño Tommy Clark y lo sentó delante de sí. Thad empezó a oír enseguida los golpes sordos y lejanos de los tambores indios. Sus oídos eran tan agudos como los de un coyote. Las mujeres todavía no habían percibido el tum-tum.

–Mamá, ¿no oyes los tambores?

–¡Yo sí! –exclamó Ellie–. ¡Tambores indios!


La madre esforzó el oído un instante y luego asintió. Ahora también ella oía los golpes rítmicos de los parches distantes.

–¡Apuremos el paso! –gritó.

Nadie necesitaba que se repitiera esa orden. Los caballos galopaban desesperadamente. Esos tambores solo podían significar una cosa: que no lejos había un campamento indio, y los caballos presentían el peligro. Todo caballo que hubiera estado un tiempo en manos de los comanches conocía el trato cruel al que era sometido y temía a los indios.

Una flecha silbó cerca de la cabeza de Cosita, poniéndolos al tanto de que eran perseguidos. Thad quedó a la zaga del grupo y miró hacia unos árboles que bordeaban el arroyo. Inmediatamente desenfundó el Colt 45 que su padre siempre le recomendaba que llevara. Cosita casi rompía el freno por irse, pero Thad la sujetaba. Advirtió un movimiento apenas perceptible entre los arbustos que crecían junto a la arboleda. Apuntó hacia el lugar y disparó. Luego fue a reunirse con su madre y Ellie. No hubo más flechas. Después de un rato, aflojaron el paso. Los niños de Ellie no dejaron escapar un solo grito. Eran niños de la frontera.

Unos cinco kilómetros antes de llegar, se reunieron con el padre de Thad y con Ben Atkins, que venían a encontrarlos.

–Estábamos preocupados por ustedes –explicó el padre–, después de que Ben volvió de por ahí y dijo que había oído tambores indios.

–Sí, también nosotros los oímos –respondió la madre–. Corrimos un buen trecho luego de eso.

–También nos arrojaron una flecha –agregó Ellie–, pero Thad los amedrentó.

El padre miró a Thad con ojos de aprobación.

–Muy bien, hijo –expresó–; yo sabía que lo harías.

Thad se movió incómodo, como si le apretara la ropa, y respondió, algo incómodo:

–No fue nada...

–Sospecho que son muchachones los que nos persiguieron –dijo la madre–. Andarían a la búsqueda de cabelleras o caballos.

–No conviene que salgan solos otra vez–apuntó el padre–. La próxima vez, puede haber más que muchachones y quizás se los lleven. No es seguro.

Ellie se rio en voz baja.

–Por ningún lado que lo mire es seguro vivir en esta parte de Texas –le dijo a Conway–, pero no haremos otra vez lo que hicimos.

Cuando desmontaban, el padre sacudió la cabeza, mientras decía:

–Mucho me temo que tendremos que hacer frente a unas cuantas incursiones de los comanches este verano. Demasiado pronto andan rondando las poblaciones.

Capítulo 3


Merodean los comanches

El padre de Thad era diferente de algunos de los hombres de la frontera de Texas. Era un devoto creyente en la Biblia y gobernaba su conducta por las enseñanzas del Libro. Cada noche a las ocho, antes de ir a la cama, reunía a la familia, incluyendo a todos los que vivían en la casa y a algunos de los peones que estaban dispuestos a acompañar a la familia en sus oraciones. Cada noche, con un acento de reverencia que conmovía el corazón de Thad, su padre leía un pasaje de la Biblia. Luego se arrodillaban y él oraba fervientemente a Dios. A Thad le parecía que su padre estaba seguro de que Dios lo escuchaba. Para finalizar, cantaban un himno.

Los pensamientos de confianza que allí se expresaban y el lenguaje sublime de la Escritura llenaban el alma del muchacho. Lo poético de algunos pasajes hacía vibrar su corazón como un poderoso trueno de tormenta, o la cálida belleza del otoño. En cuanto a literatura, era lo único que Thad conocía por entonces, y sus pensamientos estaban llenos del gozo y de la belleza de la creación.

Su mamá le había impartido todo el conocimiento escolar que poseía. Más tarde, tuvieron una escuela que distaba unos seis kilómetros y que funcionaba durante unos tres meses al año. Thad tenía buena memoria y su madre le hizo aprender muchos de los textos que su padre leía en los cultos vespertinos.

Una vez, durante los últimos diez días de julio, se celebró en la hacienda de los Conway una serie de reuniones. Era una especie de concentración a la antigua. Había venido el predicador Heston, de Waco, y se había invitado a los rancheros de los alrededores a que asistieran.

Se preparó un estrado adornado con guirnaldas y un auditorio compuesto de bancos rústicos cubiertos con colchas. Esparcieron paja silvestre bajo el estrado, y todo quedó listo.

Las familias llegaron de cerca y de lejos, a caballo o en carros, preparadas para permanecer allí durante una semana. Los hombres llevaban revólveres al cinto y de cada montura pendía un rifle.

Desde temprano por la mañana hasta el atardecer, había predicación y cantos. Thad sacó más provecho de su amistad con nuevos muchachos y niñas que de la predicación, pero el canto satisfacía cierta necesidad que sentía.

Por su parte, Conway padre decía:

–De una cosa estoy seguro. Todos estamos aquí bien alimentados, física y espiritualmente, con la comida que preparan las mujeres y con lo que nos da el predicador Heston.

Hubo algo que preocupaba a Thad y que el predicador repitió varias veces en su sermón: “Debemos amar a todos los hijos de Dios”, decía. Y Thad se preguntaba: “¿También a los comanches?” Luego de uno de esos sermones, Thad y Beau oyeron que uno de los rancheros, llamado Lafe Alien, discutía acaloradamente con el pastor Heston.

–Pastor Heston, ¿quiere usted decir que debemos amar a esos comanches viles y asesinos?

–No, yo no digo eso. Fue Jesucristo el que dijo: “Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen”.

Alien sacudió su cabeza con impaciencia.

–Bien, yo considero que un comanche no es un ser humano, y pienso que nunca podría amar a uno de esos bribones.

Sus sentimientos eran semejantes a los de Thad, por eso el muchacho y otros hombres y niños se agruparon para oír la argumentación.

–Cuando usted se relaciona con una persona, cualquier clase de persona –dijo el predicador–, y conoce sus dificultades y comparte sus alegrías, y comprende su manera de pensar, entonces puede amarla.

Otro ranchero, llamado Chet Owen, que había visto morir a su hijo, quemar su casa y desaparecer su ganado por obra de los comanches, dijo con amargura:

–Un hombre debería pasar por alto la maldad de un comanche para llegar a amarlo.

–No tanto, quizás –repuso el pastor–, como lo que el Señor ha pasado por alto de cada uno de nosotros para amarnos. Y el único camino que conozco para poner fin al odio entre los indios y los blancos es que nosotros, que conocemos al Señor, oremos para que ambos, ellos y nosotros, podamos tener su amor en nuestro corazón.

Thad no oyó el resto de la argumentación porque en ese momento vio que Bynum llegaba con las vacas.

–Ven aquí, Beau –dijo Thad–. Debo ordeñar y hacer algunas otras tareas.

Corrieron los dos a la cocina, buscaron los cubos de ordeñar y luego fueron al corral. En el camino, Thad comentó:

–Yo pienso como Alien. Nunca podría amar a un comanche y odio al que quiere robarme a Cosita.

Una tarde en que no había reunión, Travis invitó:

–Vamos a cazar mapaches.

Beau y Thad fueron en busca de sus armas y Thad, con un silbido, llamó a Whizzer, el perro viejo y fiel. Travis llamó a otros dos perros cazadores llamados Bugle y Lady Lou. Bajaron por el arroyo siguiendo a los perros. Ni se les ocurrió pensar que podría haber indios cerca, a esa hora del día.

Habrían andado quizás un kilómetro por el arroyo deslizándose bajo los arbustos de la orilla, cuando los perros dieron con la huella de un mapache. Thad sabía que se trataba de un mapache por la forma en que Whizzer ladraba. Los perros estaban en el lecho del arroyo entre barrancos de casi cinco metros de altura. Ladraban furiosamente alejándose por el arroyo. Los muchachos los siguieron tan rápido como podían hacerlo, descendiendo junto a la corriente, por donde se podía ir más fácil.

Solo había un pequeño caudal de agua, pero aquí y allá contra las raíces de algún árbol viejo, las aguas habían hecho socavones formando profundos remansos.

Corrieron otro medio kilómetro antes de alcanzar a los perros. Cuando llegaron, el mapache intentaba trepar por el tronco de un árbol de pacana, o nuez pecan. Whizzer dio un gran brinco y lo tiró abajo. Como un relámpago, los perros se le lanzaron encima. Luchando con entereza, el mapache se lanzó al agua.

Whizzer saltó tras él para continuar la batalla. Pero el mapache luchaba valientemente y no se entregaba. Al final, luego de varios ataques y contraataques, Whizzer optó por retirarse y vino quejándose a los pies de Thad.


En ese momento Thad, sin saber por qué, sintió como si alguien los estuviera observando. Se dio vuelta y allí, en lo alto de la barranca, vio tres caras bronceadas, dos de las cuales ostentaban restos de las marcas especiales para los casos de guerra. Habían estado contemplando la lucha entre Whizzer y el mapache, y se reían de buena gana.

Thad lanzó un grito:

–¡Miren, indios!

Los muchachos miraron al tiempo que empuñaban sus armas.

De las tres caras, una en particular quedaría grabada en la memoria de Thad. Los únicos indios que había tenido ocasión de ver eran unos pocos exploradores amistosos de los tonkawa y los escasos comanches pintarrajeados que aparecían de vez en cuando. Estos últimos tenían caras de pocos amigos. Pero el rostro que Thad no podía olvidar era el de un muchacho sin pintar, de mirada franca, que reía por las alternativas de la lucha entre el perro y el mapache. Se diría que, por un momento, casi le gustó a Thad. Los otros desaparecieron en el mismo instante en que gritó “¡Indios!”, pero ese, todavía sonriendo, se alejó despaciosamente.

Todos se olvidaron del mapache. Los muchachos se hallaban a kilómetro y medio de la casa y sin cabalgadura, mientras que los indios estaban en una posición ventajosa en lo alto de la barranca. Thad y sus compañeros no tenían idea de cuántos podría haber, pero los indios conocían perfectamente la situación de ellos.

Parecía que no eran mucho mayores que Travis, Beau y Thad. Pero ¿cuántos más habría ocultos en los bosques o en los vericuetos del arroyo? Whizzer salió husmeando tras los indios hasta que Thad, temeroso de lo que pudiera sucederle, lo llamó.

Los tres muchachos aguardaron allí por espacio de media hora, de espaldas al grueso tronco de un árbol, pero no sucedió nada. Finalmente, Thad dijo:

–Intentemos llegar a casa. Pienso que no eran más que tres.

Escurriéndose de árbol en árbol, llegaron a la hacienda cuando caía la tarde y no podían contenerse en sus deseos de referir lo sucedido. La aparición de esos indios provocó una enorme curiosidad en los habitantes de las fronteras, y con razón. Apenas sí había algunas familias en las reuniones de la hacienda de los Conway que no hubieran perdido alguno de sus miembros en las incursiones de los comanches.

Desde ese día en adelante, los muchachos se cuidaron de aventurarse demasiado lejos de la casa sin la compañía de los adultos y sin caballos. Pero, desde luego, lo hicieron por un tiempito.

Capítulo 4


¡A perseguir a los comanches!

Lev Buchanan, que vivía en Windy Creek, estaba presente en la reunión. Había venido con Sally, su esposa, y sus dos nietos mellizos, Timmy y Tommy. El padre de los mellizos, Buck Buchanan, y su madre, Laurie, también se encontraban allí, pero los pequeños rara vez se desprendían de su abuela. Cualquiera se daba cuenta de que constituían los dos seres más importantes en la vida de la abuela Sally. La manera en que ellos la seguían le hacía recordar a Thad a dos cervatillos siguiendo a su madre.

Pero, para la gente joven, la abuela Sally era el miembro más interesante de la familia. En su niñez, la abuela Sally había sido secuestrada por los comanches. Cuando tenía alrededor de ocho años la rescataron los rangers, después de un combate en Possum Springs. Por entonces, solo hablaba la lengua de los comanches.

–Nadie sabía quién era yo –les dijo ella a los jóvenes–. Me enteré de que mi familia había sido masacrada cuando los comanches me robaron. De manera que los rangers me dieron a un ranchero, Bill Judson, y a su esposa.

–Y ¿cómo se casó con Lev? –preguntó Beau.

–Oh, Lev Buchanan trabajaba con Judson, y cuando cumplí 18 años nos casamos –dijo ella–. Eso fue todo lo que sucedió.

Thad nunca había visto a alguien que gozara tanto cuando cantaba, como la abuela Sally. Su padre solía describirla así: “La abuela Sally no tiene una pizca de oído, pero hace música dando golpecitos con el pie, echando hacia atrás la cabeza y chillando como un gato montés”.

A Thad le pareció una buena descripción. La abuela Sally era delgada, llena de arrugas en su piel curtida y tenía el cabello color de paja. A los niños les parecía que era una mujer vieja, pero probablemente no contaba con más de 45 o 50 años.

Su esposo, Lev, a menudo decía:

–Mi esposa, cuando habla, lo hace de tal manera que parece que estuviera llamando a los cerdos.

Thad y sus amigos la seguían a todas partes para oír de sus labios la historia de su vida entre los comanches. Solía ella repetirles algunas palabras en comanche que Thad aprendió a pronunciar.

–Muchachos –solía decir–, los comanches son seres humanos. Su forma de vivir está bien para ellos, pero a mí me gusta más la nuestra.

–Pero roban niños y los tratan mal –dijo Cecilia.

–Es verdad, roban niños –contestó la abuela–, pero una vez que los han conseguido tratan de convertirlos en buenos comanches. Les enseñan que los comanches son buena gente y que los blancos son malos. “Cuchillos largos”, llaman a los blancos.

–¿Se puso contenta cuando los rangers la rescataron? –preguntó Melissa.

–Te diré que no. Me defendí con uñas y dientes. Estaba hecha una comanche. Eso es todo lo que recuerdo. No, no temo ni un poquito a los comanches. Eso en cuanto a mí misma, pero temo por esos dos pequeños. Espero y ruego que nunca se los lleven. Los transformarían en comanches. Vez tras vez, he visto que lo han hecho.

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