A. A. Carrizo El 3ro
El 3ro
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A. A. Carrizo El 3ro

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Al ver la hora, había perdido la noción del tiempo. Me di una ducha rápida, me cambié y salí corriendo del gimnasio rumbo al estacionamiento, para volver lo más rápido posible a casa.

Al llegar al garaje del edificio, un vecino salía y con sus luces me saludó. Yo levanté el brazo en señal de respuesta. Saqué el bolso, el maletín y me dirigí a la puerta del garaje que se comunica con el pasillo en el cual se encuentra la puerta del ascensor. Miré en mi maletín buscando la llave de mi departamento y al ver mis manos, me di cuenta de que mis nudillos estaban colorados de los golpes que le había dado a la bolsa.

Llegué al piso de mi departamento, ambas puertas del ascensor se abrieron, y caminé por el pasillo iluminado en medio de un silencio absoluto. Abrí la puerta y la cerré rápidamente con llave. Prendí la luz y fui directo a la mesa donde se encuentra el control remoto para prender el televisor y que comience a haber un poco de ruido en esa tarde-noche silenciosa.

Después me dirigí al dormitorio y me senté en la cama. Por primera vez en el día sentí algo de alivio al descalzarme. Volví al living donde se encontraba la televisión prendida, me desabroché el cinturón y me desplomé en el sillón. Cerré los ojos por un momento y al abrirlos miré la hora en la pantalla: eran las 22:10 y no tenía nada para cenar. Tuve una regresión a la infancia e hice lo que tenía que hacer. Agarré el pan y saqué la manteca de la heladera, me senté a la mesa mirando la televisión y comencé a partir el pan con el cuchillo para luego untarle manteca y le agregué azúcar, “este es un placer que nunca cambia”.

Cuando terminé de cenar, apagué la televisión y comencé a lavar lentamente el plato y el cuchillo; los dejé sobre la mesada para escurrir bien el agua para poder luego secarlos tranquilamente. Era tarde; fui al baño a cepillarme los dientes, volví al dormitorio y encendí la luz, volví a la cocina, sequé el plato y el cuchillo. Luego verifiqué que la puerta estuviera cerrada y apagué la luz de la cocina. La luz del dormitorio me sirve de guía para mi destino final de esa noche para finalizar este día de sorpresa y estupor.

La noche ya pasó. Es temprano y estoy en mi cama, mirando al techo, esperando que el maldito despertador suene para levantarme como todos los días (aunque mis pensamientos no me dejaron dormir tranquilo).

A las seis y media comienza el día, con la rutina diaria. Prendo el calefón y preparo ya la taza con el café; esta vez será de máquina y con azúcar, para despabilarme. Me dirijo al baño y abro la ducha, dejando que corra el agua fría recorra todo mi cuerpo, todo vale para despertarme. Busco la ropa para el trabajo y agarro una campera que espero que sea suficiente en el día de hoy.

Siendo las siete, tomo el café, lavo la taza y la dejo escurrir mientras voy de atarme los zapatos en el dormitorio. Busco mi maletín, las llaves y mi teléfono celular; creo que ya es tiempo de salir al trabajo. Me subo a mi SUV escuchando mi música y arranco un nuevo día de trabajo. Los veinte minutos de viaje son eternos, pero esta vez no me importaba si había cortes o protesta durante el camino, ni siquiera el tráfico me molestaba hoy. Llegué sin contratiempos a la oficina. Como siempre, unos minutos antes de las ocho, que es la hora de entrada.

Entro al edificio, paso la credencial por la recepción y camino hacia el ascensor, donde la buena gente que trabaja en el mismo edificio hoy no está. La sensación en el ambiente es diferente, algo cambió. Dentro del ascensor veo a una joven del bróker de seguros; estaba llorando mientras un compañero de trabajo trataba de consolarla.

Bajé del ascensor y al entrar me encontré con el mismo ambiente que se respiraba en la recepción y le pregunté a una telefonista qué había sucedido, que todos se veían tan decaídos.

—Nancy, una de las chicas del bróker, fue asesinada ayer a la noche —me respondió.

Me dirigí al escritorio, prendí mi computadora y mientras se iniciaba, tomé ese tiempo para mirar a mis compañeros y colgar mi campera en el perchero. Me acomodé y comencé con el trabajo diario. De a poco los sonidos característicos de la oficina inundaron el ambiente. Trascurrió una hora tras otra después de un comienzo de día laboral diferente, para intentar convertirse en un día, digamos, “normal”. Y como todos los días, llegó el horario en que comienza el desfile, quién come qué cosa y quién va a comprar.

Agarré mi campera antes de que me hicieran algún pedido de comida extraño y salí de la oficina con rumbo al ascensor. Apreté el botón, para mi suerte, se detuvo y se abrieron las puertas. Y, como todos los días, pienso para mi interior: “Horario de mucha gente… Y no pienso esperar otro”.

Ingresé al ascensor y solo estaba el muchacho del delivery. Mientras descendíamos, tomé mi teléfono celular para ver la hora y la temperatura. Al levantar mi cabeza, vi al muchacho mirarse al espejo. La señal sonora marcó que llegamos a planta baja; descendió primero él y después yo, como de costumbre.

El día anterior, en aquel bar tradicional me sirvieron un café como hace tiempo no tomaba y quería volver a experimentar esa sensación. Caminé por la calle en sentido opuesto al tránsito en busca de esa infusión tan deseado. Mientras la puerta de vidrio se abría, sentí un escalofrío, al ver reflejada la imagen del otro ejecutivo que el día anterior había visto en el ascensor con aquella criatura.

De todos modos, entré al bar y busqué la misma mesa de antes, lejos de la puerta y con mi espalda dando contra la pared. El mismo mozo se acercó a la mesa y me consultó:

—¿Caballero, va a almorzar hoy?

—No, pero sí voy a querer un café doble bien caliente y rápido si puede ser, pero esta vez con tostadas, mermeladas y manteca. Pero por favor, que el cuchillo sea serrucho y no de los lisos —contesté.

El mozo se alejó caminando hacia la barra a encargar mi pedido y se quedó parado junto a la caja, hablando con alguien (supongo que debería ser el encargado del café). Mientras eso sucedía, yo seguía mirando fijamente la puerta de entrada, cuando de repente, se abrió lentamente y eran un par de mujeres que venían de comprar por la zona, sus bolsas de la tienda las delataban. Un hombre mantuvo la puerta abierta mientras ellas entraban, y unos segundos después, volví a ver el mismo rostro de aquella noche.

Esta vez no estaba solo, sino acompañado con su socio, y vinieron directamente hacia mi mesa. Mientras su socio se sentaba a la mesa en diagonal a la mía, esta criatura me dijo:

—Buenos días, ¿me permite? —con acento francés, señalando con su cabeza la silla que estaba frente a mí del otro lado de la mesa.

Con un gesto de mi mano le doy la aceptación para que se siente.

—Oh, ¿dónde quedó mi educación? Me presento: mi nombre es Jerome Merchant.

—Si vos sos Jerome Merchant —con mi mirada y con mi dedo índice señalándole a su socio, le dije: —entonces aquel caballero sería Pierre Fournier, supongo.

Ambos sonrieron al mismo tiempo. Jerome se reclinó hacia el respaldo de la silla y giró su cabeza para el lado de su socio, y le dijo:

—¿Viste? Te dije que me había reconocido… —Pierre asintió con su cabeza a lo que Jerome le decía.

—Caballeros, ¿lo van a acompañar con un café? —interrumpió el mozo.

Con toda una parsimonia, el mozo fue dejando mi pedido en la mesa. El café humeante, las tostadas con la mermelada, manteca y con el cuchillo de serrucho. No solo era mi supuesto almuerzo sino también eran todas mis armas defensivas.

—Gracias, pero nos retiramos en un par de minutos —aclara Pierre desde la otra mesa.

Mientras eso sucedía, Jerome y yo nos miramos fijamente. No podía demostrarle temor; yo ya no era aquel niño en el auto de mi padre.

—¿A qué se debe esta visita, después de tantos años…? —dije en tono de broma.

—Tú me reconociste, pero yo también te reconocí por tu olor, y te recordé también.

—Entonces voy a tener que cambiar mi desodorante, supongo…

—Veo que eres gracioso.

—Si no tomamos la vida con un poco de humor terminaríamos como vos, un viejo amargado.

Aunque esta criatura lucía igual que aquella noche, solo era diferente su ropa y su corte de cabello. Ante esta nueva realidad, le pregunté:

—¿Tu socio es igual a vos?

—Igual a mí… ¡No! —respondió en forma tajante. Pero continuó:

—Yo lo creé —expresó orgulloso—. Veo que te has quedado sin palabras.

—En este momento haría un comentario sobre tu sexualidad para que te sintieras incómodo —atiné a decir irónico—. Pero si los dos son iguales… bueno esa etapa la pasamos hace rato entonces... Yo intentaba por todos los medios hacer resurgir su orgullo, para poder seguir bromeando con esa criatura. Luego le seguí castigando el ego:

Estás igual… Aunque ya se te notan las canas, tendrías que pensar en teñirte. Y las entradas están más pronunciadas desde la última vez que te vi.

Pierre sonríe desde la otra mesa. Jerome, con un gesto de fastidio, me responde:

—Y yo veo que ya no eres aquel niño al que asusté dentro del auto.

Tomándose su tiempo, en forma de sentencia y mirándome fijamente a los ojos me susurró:

—Pero eso ya no importa. Te comento que ya visitamos a aquellos que viajaron con nosotros en el ascensor ayer... Aunque Pierre no llegó a tiempo con el muchacho del delivery, se lo adjudicamos a la violencia e inseguridad de tu sociedad.

Al momento de decir esto, Pierre se levantó y con su mano izquierda le tocó el hombro. Él me miró a los ojos, y me dijo sin ningún tipo de titubeo:

—Esta noche nos volveremos a ver por última vez.

Luego de esa amenaza, ambas criaturas se alejaron de mi mesa hablando entre sí, mientras buscaban la salida.

Ahora que estoy solo en mi mesa, pienso: “Creo que mi monólogo en esta situación lo llevé bastante bien; mis bromas y comentarios sarcásticos e irónicos salieron en forma fluida ante un público tan hostil. Lo único que ya me queda por hacer es tomar mi café y prepararme para el gran evento de esta noche”.

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