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Melanie Scherencel Bockmann Locos por volar
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Gaby y Marcos dejaron de tirar y se miraron el uno al otro; entonces observaron el rostro esperanzado de Tim.
–¿Dijiste que tienes ahorrados como $ 100? –preguntó Gaby lentamente.
Tim asintió.
–Pensándolo bien, podría llegar a caber –dijo Marcos levantando los hombros–. No pesaría más que el cargamento.
–Es cierto –dijo Gaby calculando mentalmente la capacidad máxima de carga–. Podríamos poner un pequeño asiento para él en la parte del cargamento. Probablemente habría suficiente oxígeno allí para que sobreviva.
–Y hasta podríamos usarlo como táctica de distracción en caso de emergencia –notó Marcos–. Sabes, podría distraer a los funcionarios que puedan tratar de detenernos mientras nosotros nos escapamos por otro lado.
Gaby y Marcos soltaron las piernas de Tim, y él cayó al piso. Justo entonces la mamá se asomó por la puerta.
–¿Está todo bien? Tim, ¿estás molestando a tu hermano mayor de nuevo?
Tim miró a Gaby, rogándole con la mirada.
Gaby pensó con rapidez antes de responder:
–Está bien, mami. Puede quedarse aquí si quiere.
La mamá parecía confundida. Los miró y sacudió la cabeza.
–Estaba segura de que me habían llamado –los muchachos podían oír su voz alejándose por el pasillo.
–Está bien; estás adentro –dijo Gaby finalmente.
–¡Gracias! –dijo Tim arreglándose la ropa–. Iré a sacar mi mesada de la alcancía.
–Pero tendrás que ser un socio silencioso –susurró Gaby.
–¿No puedo hablar? –Tim no lo podía creer.
Marcos se rio.
–“Socio silencioso” quiere decir que contribuirás con tu mesada, pero Gaby y yo tomaremos todas las decisiones importantes.
Tim parecía satisfecho siempre y cuando fuera parte del plan. Buscó en un cajón hasta que encontró un frasco de plástico, lo abrió y vació sus ahorros en la pila.
Marcos frunció el ceño.
–Todavía estamos muy lejos de donde queremos llegar.
–Sí –replicó Gaby–. Tendremos que pedir un adelanto de nuestro dinero de cumpleaños, y de Navidad, y de la universidad. O podríamos pedirles un préstamo a nuestros padres.
Marcos se puso de pie.
–Sí, como si eso fuera a funcionar. Piénsalo y después me cuentas qué se te ocurre. Pasaré más tarde y podremos hacer una tormenta de ideas.
–Eso suena bien –dijo Gaby.
Cuando el papá llegó a la casa esa tardecita, Gaby le contó sobre el plan y le preguntó si tenía alguna idea de cómo podían obtener el dinero.
–¿Quizá te gustaría hacer una donación considerable a la causa? –le preguntó esperanzado–. ¿O tal vez un préstamo moderado?
El papá miró pensativamente las imágenes de la Super Cub en la revista.
–Bueno, Gaby, pienso que comenzar a ahorrar dinero ahora es un plan fantástico –dijo impresionado–. Me alegra que estés estableciendo objetivos honrosos y trabajando para lograrlos. Sin embargo –continuó–, en lugar de tomar prestado o suplicar por el dinero para la avioneta, me parece que apreciarías más tus logros si ganaras el dinero de la manera tradicional.
–¿De la manera tradicional? –repitió Marcos como si las palabras tuvieran un gusto extraño. Él y Gaby estaban caminando por la vereda.
–¿Qué se supone que significa eso?
–No lo sé.
Se detuvieron un poco después de la casa de sus nuevos vecinos, y Gaby empezó a hurgar el suelo con un palito.
–¿Qué ideas se te ocurrieron a ti?
–Traté de que mi mamá me aumentara la mesada. Dijo que pagaría mucho si mi dormitorio permanecía limpio.
Marcos hizo una mueca.
–Bueno... todos sabemos que esa opción no entra en consideración.
Ambos muchachos caminaban por la calle en silencio, muy pensativos. El sol había salido después de todo, y los charcos en las veredas se evaporaban lentamente, junto con el entusiasmo de los muchachos.
–Mira –señaló Marcos–. El Sr. Flores está haciendo una venta de garaje. Vayamos a ver qué está vendiendo.
Gaby y Marcos saludaron al Sr. Flores, su vecino, y se pusieron a merodear por las mesas, mirando las cosas en venta.
–¿Qué es esto? –preguntó Gaby levantando un artefacto de metal.
–Trampas para animales –dijo el Sr. Flores.
–¿Se refiere al modo en que los antiguos cazadores solían obtener pieles para vender?
Gaby giró una trampa en su mano y trató de abrirla.
–Así es –dijo el Sr. Flores.
–Ey –dijo Marcos tomando a Gaby del hombro–. ¿Sería esa una manera “tradicional” de obtener dinero? ¿Vender pieles de zorro a personas ricas?
–No estoy seguro de que a mis padres les guste que fuera a cazar –Gaby frunció el ceño y miró a Marcos.
–Sí, a los míos tampoco –Marcos estuvo callado por un momento, y luego se volvió a animar–. Solo que nosotros lo estaríamos haciendo por una buena causa. O sea, estamos recaudando dinero para ser pilotos misioneros, ¿cierto? Además de eso, recuerdo perfectamente haber leído en la Biblia que Nimrod fue un cazador poderoso delante del Señor. Si tienen alguna objeción, les diremos que estamos siguiendo el ejemplo de Nimrod.
–Me parece que tienes que atrapar algo antes de calificarte como “cazador”, pero también me parece que tienes un buen punto.
Gaby tomó las trampas y fue a negociar un precio con el Sr. Flores, usando parte del dinero de la avioneta como inversión. El Sr. Flores les mostró a los muchachos cómo armar las trampas y ponerle carnada.
–Probablemente tendrían que ponerlas en los bosques, lejos de las casas –dijo el Sr. Flores–. Deberían poder atrapar algún conejo.
Gaby sonrió cortésmente ante la sugerencia del Sr. Flores. Pensó que sería maleducado decirle que sus objetivos eran mucho más altos: atrapar zorros y vender las pieles.
El Sr. Flores los saludó con la mano.
–Buena suerte.
Justo entonces Gaby escuchó un silbido conocido.
–Oh, no. Es mi mamá. Tengo que ir a casa.
–Uf, no –dijo Marcos dejando caer los hombros y mirando las trampas con los ojos bien abiertos–. ¿Me estás diciendo que tendremos que esperar hasta mañana?
–Si no entro ahora, no habrá un mañana para mí. Estaré en problemas y tendré que desmalezar el jardín o algo por el estilo.
Gaby miró a Marcos a los ojos y esperó a que entendiera lo que dijo. Marcos asintió.
–Está bien. Encontrémonos mañana bien temprano. Nos vemos.
Gaby miró a Marcos alejarse por la calle Magnolias antes de dar la vuelta y entrar a su casa. Por el rabillo del ojo vio que algo se movía. Apiló las trampas en el garaje y miró detenidamente la casa de enfrente. Pensó ver el rostro de un muchacho en la ventana, pero cuando saludó, el rostro desapareció y las cortinas cayeron en su sitio.
“Bueno, si ese era el hijo de los nuevos vecinos, no es muy amigable”, pensó Gaby. “O quizá solo es tímido”. Abrió la puerta del frente y entró a su casa, pero tenía el sentimiento molesto de que el rostro en la ventana cruzando la calle todavía lo estaba mirando.
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