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Roberto Blatt Historia reciente de la verdad
Historia reciente de la verdad
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Roberto Blatt Historia reciente de la verdad

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The New York Times nace en 1852 evitando toda forma de sensacionalismo. Sin embargo, solo alcanza su apogeo popular cuando publica los detalles del hundimiento del Titanic en abril de 1912. Su cobertura de las dos guerras mundiales afianzó su prestigio y dio un salto cualitativo cuando publicó en 1971 los “papeles del Pentágono”, un estudio secreto sobre la intervención de los estadounidenses en Vietnam filtrado por funcionarios del estado. El supremo de Estados Unidos decidió que primaba el derecho de libre expresión constitucional sobre el secreto de estado.

Hoy la filtración anónima se ha convertido en un recurso fundamental de la prensa en países donde está permitida por la ley. Ese no es el caso, por ejemplo, de Gran Bretaña, democracia garantista de primera hora, donde rige una estricta “ley mordaza”. Cuando The New York Times filtró en 2017 informaciones secretas conjuntas de los servicios de inteligencia americanos y británicos sobre víctimas de un atentado en Londres, los británicos indignados amenazaron con interrumpir el intercambio de información entre las agencias de los dos países. Las filtraciones, son, sin duda excelentes fuentes, por lo demás inconfirmables, y resultan más baratas que el “periodismo de investigación”. Tienden, sin embargo, a establecer vínculos clientelistas entre políticos y periodistas, cuyos diarios, por necesidad y para conservar sus respectivas fuentes, se alinean cada vez más en una dirección partidista determinada.

verdad y opinión

Claro que nunca existió una prensa uniforme, sino que los diarios se fueron situando del lado liberal o conservador, a derechas o izquierdas del abanico ideológico, según la afinidad de sus dueños y redactores y, muy pronto, de sus estrategias de mercadeo. Pero ningún órgano de prensa de la época, excepto los oficiales de la iglesia, dudó nunca de la existencia de una realidad material única, objetiva y universal, y ninguna ideología moderna renunciaba a propulsar una utopía de justicia y prosperidad. El gran desacuerdo, ciertamente no menor en la práctica, se centraba en cuál era el camino para alcanzar ese ideal y qué periódico lo representaba mejor. Independientemente de cómo se interpretase, la verdad era indudablemente una sola y ciertamente muy diferente a la mentira.

La prensa, difusora de esta “descubierta” realidad, discrepancias aparte, en general dio un paso decisivo en el establecimiento de esa verdad literalmente revelada. Hasta hace muy poco, la noticia periodística ha gozado efectivamente de una especial credibilidad. El hecho de que una información apareciese en las páginas de un periódico confirmaba de manera inequívoca su veracidad, un atributo que luego se trasladó a la televisión.

Sin embargo, extraña que las noticias, flashes de realidades incontestables, hayan sido siempre de naturaleza perecedera, condición necesaria, claro está, para dar lugar a las del día siguiente. Se supone que no es el componente de veracidad de cada una lo que se difumina a diario, sino su relevancia o la oportuna aparición de una actualización, para finalmente dar con sus restos en los archivos, la hemeroteca, literalmente “memoria de los días”, que se va haciendo infinita en el espacio digital y presumiblemente indestructible (o especialmente vulnerable si por alguna razón se dispersa “la nube” digital que la cobija). La rápida pérdida de interés de una noticia se parece a cómo se desinfla un chiste una vez conocido su punch line. Frágil momento de sorpresa de una mini historia inmediatamente resuelta, como los spots publicitarios que pronto aparecieron y que, nacidos emulando a las noticias, se limitaban a aportar información factual sobre las características técnicas, coste y utilidad del producto.

Sobre la posible irrelevancia de las noticias, Chesterton, que como buen metafísico cristiano buscaba la verdad en otra parte, decía: “El periodismo consiste esencialmente en decir ‘Lord Jones ha muerto’ a gente que no sabía que Lord Jones estaba vivo”. “Por qué no habrá la eternidad querido abortar este engendro del tiempo”, se lamentaba Karl Kraus en ese mismo sentido. “No tener ideas, pero saber expresarlas, eso es periodismo” era otra de sus boutades, atribuyendo tácitamente a las ideas la perdurabilidad que no les concedía a los hechos notables, mejor dicho “noticiables”.

A diferencia del texto sagrado dueño de una verdad tan eterna como postergada, la noticia periodística conjura, es cierto, una realidad absolutamente presente pero efímera, eso que conocemos como “actualidad” en perpetua renovación. La experiencia personal ya solía volcarse en un diario íntimo y secreto. Por el contrario, el periódico es un diario de impacto público cuyas entradas son, salvo las columnas que firman los comentadores, por lo general anónimas, provenientes de agencias de prensa. Puntual o no, la noticia nace, no obstante, como sinónimo de información. Menos claros son los criterios “objetivos” para seleccionarla en un océano casi infinito y continuo de eventos. El concepto de “scoop” o “exclusiva” se refiere a hechos espectaculares y sorprendentes que destacan y se perciben como novedad. Claro que un factor editorial y el papel del redactor responsable son decisivos y responden a una variada amalgama de intereses comerciales, políticos, culturales y de estilo.

No todas las novedades sirven. Se ajustan a directrices oportunistas. Para empezar, la globalización de la información nació para cumplir con unas necesidades específicas surgidas de la difícil tarea de administrar las extensísimas colonias británicas, un punto de vista muy particular. Esto se hizo con extraordinaria eficacia, entre otras razones, gracias a la explotación correcta de la información periodística aportada por la propia prensa británica, que podría considerarse la versión civil de la “inteligencia militar”. Todo el subcontinente indio, que incluye los actuales India, Pakistán y Bangladesh, fue mantenido bajo ocupación con unos meros 4.000 soldados metropolitanos, en su mayoría escoceses, y mucha intriga para aprovechar las rencillas entre las comunidades locales. En segundo lugar, acorde con su rango inferior como imperio colonial, las publicaciones francesas inculcaron una mirada sobre el mundo, el de sus posesiones, sobre todo, convencidos de la relevancia universal de sus principios republicanos… y de sus intereses d’outre mer. Y digo “inculcaron” porque esa mirada no era neutra, estaba cargada de “civilización”, la propia. Poco prosperaron los periódicos alemanes, por ejemplo, y no por falta de medios, en ambos sentidos de la palabra, sino por llegar tarde al reparto colonial. En consecuencia, se vieron relegados a una cierta intrascendencia continental a pesar de haber comenzado a publicar diarios a comienzos del siglo xvii, gracias a la temprana adopción de la imprenta. Menciono el primero de todos, del que se conservan números de 1609, que se lanzó en la ciudad libre de Estrasburgo con el nombre de Relation aller Fürnemmen und gedenckwürdigen Historien, que en español significa nada menos que la “Colección de todas las noticias distinguidas y conmemorables”, ya entonces susceptibles de ser olvidadas de un día al siguiente.

A pesar del carácter universal de las nuevas ideologías terrenales, seguían primando los asuntos “nacionales”, ámbito entendido en su sentido más amplio, dependiendo de hasta dónde se perfilaba el horizonte de los intereses propios, que bien podían ser intercontinentales en el caso de las grandes potencias.

El relativo provincialismo de los periódicos estadounidenses, exceptuando los de la costa este y alguno en la del oeste, muestra su llegada igualmente tardía al proceso colonial, hasta que su dubitativa involucración en las dos guerras mundiales y la subsiguiente guerra fría, le legaron una vacilante posición hegemónica. A pesar de su liderazgo global, hasta hoy es muy amplia la profusión de medios locales que informan en grandes titulares “¡Extra!, ¡extra!”, como en las películas de los años cuarenta. Son pocos los estadounidenses que se informan sobre el resto del mundo, aunque se haya adoptado su modelo comercial y cultural de forma mayoritaria en todo el planeta.

Junto a las “exclusivas” puntuales, han jugado un importante papel en el periodismo las noticias registradas en el contexto de una narrativa continuada como el reportaje de guerras, largos conflictos y otros dramas humanos como los cataclismos naturales. También en esta categoría, con decenas de enfrentamientos violentos siempre activos en el mundo, desde un principio la prensa ha seleccionado algunos de ellos, como el ya citado caso de la guerra de Crimea, protagonizado por Gran Bretaña y verdadero estreno periodístico.

Hasta nuestros días destacan conflictos favoritos como el israelo-palestino-árabe, casi siempre presente en titulares, independientemente del número de sus afectados en un momento determinado. Un conflicto, como este mismo, puede cambiar de signo. Hasta la Guerra de los Seis Días el sionismo podía considerarse éticamente superior a la barbarie de los fedayún palestinos y sus aliados árabes, pero ante la superioridad aplastante israelí en esa guerra y la ocupación de territorios, los roles se fueron trastocando. Este giro evoca la inversión de los papeles de “buenos” y “malos” entre vaqueros e indios en los westerns desde la producción de las películas Soldier Blue y Bailando con lobos, que igualmente responden a cambios de percepción cultural e ideológica de la historia.

Alrededor de un millón de víctimas y la utilización de armas químicas en la guerra iraquí-iraní de 1980 a 1988 no bastaron para atraer la atención periodística y sus noticias no pasaban de una pequeña mención en remotas páginas interiores. Aparentemente, el tirano Sadam Hussein aprovechó la preocupación occidental por la Revolución Islámica de Jomeini para atacar Irán. Hubo que esperar a su improvisada invasión de Kuwait para concederle a Sadam un protagonismo diabólico que no lo abandonaría hasta su ejecución al cabo de las operaciones militares de la segunda guerra de Irak. Casi ignorada fue la esporádica guerra civil en Sri Lanka (entre 1983 y 2009) y sus más de cien mil muertos, consecuencia del enfrentamiento poscolonial entre la mayoría étnica local, los cingaleses, y una minoría separatista, los tamiles, en su momento traída por los ingleses del continente indio para someter al resto. Inglaterra ya no tenía intereses en la zona y nadie se preocupó de reportar o investigar las raíces de un conflicto sin clara definición moral ni entidad estratégica. Más atractiva resultó “la guerra del fútbol” entre El Salvador y Honduras de 1969, por lo estrambótico de su planteamiento.

Cuando no existe un interés nacional o estratégico, priman, aunque parezca disparatado, criterios de interés narrativo para decidir seguir determinada crisis. Clave es una asignación convincente de los roles del bueno y el malo en el conflicto, idealmente con final feliz. Por esta razón, la Segunda Guerra Mundial tuvo y todavía sigue teniendo (en documentales, series históricas y efemérides) un atractivo fatal, nunca mejor dicho. Combinó intereses vitales de las potencias occidentales con una clara distinción moral entre las partes –durante mucho tiempo indiscutible, ahora discutida por “revisionistas”–, que para nada era clara en la Primera Guerra Mundial, mal resuelta y, por lo tanto, antesala de la Segunda. La intervención de hombres y máquinas estableció récords y sus batallas fueron escenarios de espectacular teatralidad: Stalingrado, El Alamein, Monte Casino, Londres, la batalla del Río de la Plata, Pearl Harbor… Hiroshima, Nagasaki. Aún más impresionantes eran sus protagonistas “estrella”: Hitler, Stalin, Churchill, Roosevelt y, un poco menos, De Gaulle, excepto en su propia “liga”, donde ha servido para borrar la mancha de la Francia colaboracionista.

El Holocausto demostró las limitaciones de la información periodística. Episodio histórico de inmensa dimensión trágica, ciertamente de difícil acceso directo y disimulada como vasta infraestructura industrial convencional con una novedad no inmediatamente conocida: que su producción única era el genocidio. Precisamente, dada su monstruosidad, el fenómeno carecía de precedente, lo que lo convertía en inimaginable. Todavía cuesta entender cómo una patológica fantasía personal se tradujo en un racional frenesí asesino colectivo. La prensa se hizo eco del tema al final, cuando los campos de exterminio fueron liberados, y se publicaron las terribles fotos de supervivientes macilentos, de osarios y depósitos de cabello humano, dientes y gafas. Pero aquel material, carente de un contexto narrativo, era una exposición pornográfica del horror que acabó depositado en museos. Más tarde, cuando aparecieron testimonios como el de Ana Frank o fotos de niños aterrorizados del gueto de Varsovia, las historias abarcables empezaron a conmover al público. Hasta Primo Levi, Kertész o Applebaum, el tema también parecía intratablemente excesivo para la literatura. Prueba de la imposibilidad de informar sobre los grandes cataclismos que nos han asolado (Holocausto, Gulag, Revolución Cultural) en esta era de la razón es que acaban reduciéndose a un debate sobre cifras, insensato enfoque como bien resumía Stalin: “Un muerto es una tragedia, un millón es una estadística”. Ni lo uno ni lo otro es noticiable.

la necesidad de una narración

Ninguna información, por rigurosa que sea, deja de ser incompleta ya que posee raíces y consecuencias que se expanden en todas direcciones como ondas en el tiempo y el espacio; porque siempre se trata de una historia en evolución. Exige, para que se la considere una “unidad” informativa, poseer cierta estructura orgánica que, en parte, busca resumirse en un titular.

Partiendo de dicha indefinición narrativa, no es casual que el nacimiento de la prensa fuera contemporáneo de la popularización de la novela moderna de corte “realista”, así definida a pesar de ser producto de la ficción que, además, y mucho antes de establecerse las grandes editoriales, prosperó por entregas en los mismos diarios. Este tipo de literatura ha ofrecido al periodismo un modelo de unidad narrativa que sugiere que las noticias conforman capítulos o episodios de una novela en movimiento. En efecto, la literatura realista es la expresión de un mundo imaginable, que se ajusta a parámetros similares a los de la información propiamente dicha, relativos a eventos que podrían haber ocurrido y ser difundidos como verdaderos, pero redondeados para conformar una historia. Recordemos algunos de sus grandes exponentes: Stevenson, Hardy, Dickens, Balzac, Flaubert, Galdós, Büchner, Steinbeck, Scott Fitzgerald y los rusos de Gógol a Chéjov. En su versión extrema (Zola), el género naturalista, pretende, sin ornamento alguno y con prosa seca y puramente descriptiva emular “la vida real”, presentando un material que por su naturaleza tiene un potencial noticiable, en caso de llegar a realizarse.

Desde el siglo xix este tipo de ficción se diferenció radicalmente de la lírica, la tragedia, las antiguas leyendas y los relatos de contenido religioso, géneros que llamaremos “trascendentes” porque todos ellos están asentados en otra dimensión de la realidad, que no en la inmediata.

Si la literatura precedente reflejaba unos principios morales, ejemplares y para nada descriptivos, sino que por lo contrario informaban sobre un “debe ser”, la realista, aunque ficticia, valga la paradoja, pretende describir situaciones, conflictos y dilemas que representen los componentes esenciales de la realidad tal como es, o parece ser. Por ello a menudo se ha considerado que la literatura aporta una mirada más profunda sobre la realidad que la mera información documental, precisamente porque la organiza, preferiblemente sin adulterar su verosimilitud, de modo que puede considerarse una historia completa, esto es, dotada de información suficiente.

La aportación de la novela a la visión del mundo realista permitió ajustar la narración a un “argumento” central autónomo; convirtiéndose en una trama elaborada a partir de un fragmento limitado de una corriente de eventos que, como en la vida real, le sirven de trasfondo. De múltiples opciones, la narrativa selecciona aquellas que considera relevantes junto a detalles que estrictamente no lo son pero que definen “ambiente” y aportan credibilidad, como el papel de personajes secundarios, la descripción detallada de paisajes de fondo o de interiores. Una vez madurado, el género pudo manejar también el orden de los tiempos y echar mano del flash back, contar la historia del final al principio o en varios planos paralelos como lo han hecho Faulkner, Céline y Vargas Llosa. Independientemente de si la historia es narrada de forma lineal o no, el argumento realista que la subyace y le confiere unidad posee un comienzo, un desarrollo y un desenlace, junto a un número variable de relatos subordinados, o por lo menos fue así hasta la aparición del nouveau roman. Influenciado por ese modelo, el periodismo, a partir de sucesivas noticias en torno a un tema de interés, aspira a sugerirle al lector un argumento en construcción que, como en la novela, además de organizar el conocimiento, está llamado a provocar identificación, curiosidad y sorpresa.

Claro que los relatos de la literatura trascendente también tienen un comienzo y un final, pero con la importante salvedad de que no se construyen al extraerlos de una realidad heterogénea compuesta de conglomerados de situaciones dispares y esencialmente inconexas, sino que parten de la voluntad, o encargo, de describir diferentes aspectos de un mundo ideal, exclusivamente constituido por lo ocurrido en uno o en una sucesión de relatos libres de eventos triviales o nimios. Los mitos y las leyendas conjuran un mundo que carece de elementos superfluos: son tan completos y absolutos como irreales. La masa de detalles que ofrece la experiencia aportada por los sentidos es considerada mera ilusión. La Creación, por ejemplo, ya habría acabado con la situación primigenia de caos del cosmos y desde entonces no hay lugar para lo imprevisto, lo casual, lo accidental excepto en apariencia. Nada sobra ni se echa en falta en el Génesis, en el Bhagavad Gita o incluso en Antígona, ni siquiera los silencios, repeticiones u ocasionales contradicciones. Más bien por lo contrario, estos son considerados parte integral del mensaje, encerrando quizá su sentido más profundo. Los signos mismos del texto revelado, asegura la Cábala, están cargados de significado y es preciso descodificarlos para hallar las claves que revelan el secreto guion cósmico, tal como se manifiesta en las circunstancias más corrientes, aunque en sí mismas carezcan de toda importancia. Por evitar la ambigüedad de la mera experiencia percibida, las representaciones de todo tipo bien están prohibidas, como las imágenes humanas en el judaísmo, o bien deben cumplir convenciones formales muy ritualizadas, como las figuraciones genéricas, voluntariamente inexpresivas de Mahoma en el arte musulmán persa y otomano. La Ilíada describe sus batallas reduciéndolas a enfrentamientos y enfrentamientos singulares entre héroes y la suerte del combate atañe exclusivamente a estos y a los dioses. No hay cabida para errores (excepto en la previsión del humor de las deidades protectoras) y brillan por su ausencia el azar, los accidentes o el impacto mecánico de las evoluciones de la masa humana que compone a la simple soldadesca, que parece no existir a pesar de que su volumen era con toda probabilidad arrolladoramente decisivo.

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