Clara Bennett Las rosas del apocalipsis
Las rosas del apocalipsis
Las rosas del apocalipsis

4

  • 0
Поделиться

Полная версия:

Clara Bennett Las rosas del apocalipsis

  • + Увеличить шрифт
  • - Уменьшить шрифт

—Mi nombre es Befrin Guala, hermana de Tarik. No tengo noticia de que mi hermano se haya casado en ningún momento. Así que si valora su vida, dígame ya mismo quién es usted y qué está haciendo aquí —terminó de decir la mujer guerrera, sacando un arma y apuntándole directamente al pecho.

—¡Espera! —exclamó Belén—. Te pido disculpas, no soy esposa de Tarik, pero fue lo que él me sugirió que dijera para protegerme de los peligros que corren las mujeres que viajan solas por estas tierras.

Befrin no dejaba de apuntarle sin pestañear.

—Tu hermano me dio esta carta. Dijo la extranjera extendiéndole el sobre de cuero que tenía en la mano—. Me pidió que se la entregara directamente a tu madre. Pero pienso que dadas las circunstancias, contigo será lo mismo.

Befrin tomó el sobre que pareció reconocer inmediatamente. No obstante, antes de abrirlo, le indicó con un gesto que se sentara en uno de los bancos de la improvisada oficina. Mientras tanto, la guerrera leía la carta mirándola por el rabillo del ojo.

La nota aparentemente era breve pero poderosa, pues acto seguido la expresión de la joven cambió por completo.

Entonces le pidió amablemente que la acompañara.

—Ven conmigo. Iremos donde mi madre. Será mejor que le entregues esta carta tú misma con el sobre que traes. Ella te ayudará.

Belén asintió. Nuevamente debía hacer acto de fe en personas desconocidas, pero no le quedaba alternativa.

Caminaron durante varios minutos entre casas semidestruidas, calles sucias y veredas rotas. Hasta que en un lugar apartado, sobre un pequeño montículo, encontraron una choza de paja y adobe donde Befrin pidió que la esperase en la puerta.

Al cabo de unos minutos, una mujer de cabello cano y piel curtida por el sol, extendía las manos en alabanza y se arrodillaba besando sus pies frente al absoluto desconcierto de la religiosa.

—Soy Estere Guala, la madre de Tarik —se presentó —. Por años he rogado por el alma de mi hijo, para que recapacitara acerca del camino que había tomado y se diera cuenta de la locura que estaba cometiendo al unirse al ejército del Estado Islámico. No hubo forma de hacerle comprender en aquel entonces, el infierno en el que iba a convertir su vida. No sé qué has hecho para abrir sus ojos y su corazón extranjera, pero lo que haya sido te lo agradezco infinitamente. Has salvado el espíritu de mi hijo y ahora sé que donde quiera que esté, ha regresado a casa.

Belén seguía estupefacta. Sus ojos se encontraron con la agradecida mirada de una madre, que creía ver en ella a una salvadora.

«Nada más alejado», pensó para sí misma. Era Tarik quien le había salvado la vida y brindado lo que tenía a su alcance, para que pudiera escapar de una muerte segura.

—Estere —replicó Belén—, no tiene nada que agradecerme. No tengo idea qué fue lo que su hijo le contó en esa carta, pero si algo lo ha transformado, le aseguro que no he sido yo, sino Dios —concluyó la religiosa.

Ambas mujeres se abrazaron frente a la mirada atónita de Befrin, que no alcanzaba a comprender la magnitud del milagro.

—Quédate en mi casa —le rogó Estere—. Ésta es también tu morada hasta que quieras permanecer en Tell Abyad.

—Muchas gracias—contestó Belén, todavía sorprendida—. Agradezco enormemente su hospitalidad y reconozco la bondad en su alma, pero aún debo continuar con mi promesa para con su hijo. Él también quería entregar un presente para la que era su prometida. ¿Sabe Ud. dónde podría encontrarla?

—Nuestra querida Aisha hace unos meses ha partido con la Peshmerga kurda, que está acampando en las afueras de Kobane. Según las últimas noticias, está desempeñando una excelente labor allí como enfermera y ahora también como militar. Ella es una joven muy inteligente, ha recibido una excelente educación en los mejores colegios de Inglaterra —informó Estere, quien sin duda, hubiera estado orgullosa de poder tener una nuera así.

—Su familia es muy rica, pero han hecho todo lo que tienen trabajando duramente. Su padre era muy amigo de mi difunto esposo. Siendo aún jóvenes ambos lucharon en la misma guerra, en la que falleció mi querido Abdulá—continuó Estere —. Quizás por eso, nuestros hijos están comprometidos desde tan pequeños. No obstante, a partir de que Tarik se enroló en el ejército del Estado Islámico hace cuatro años, Aisha y él dejaron de verse. Mi hijo pensó que entrar en la milicia era la única manera de hacer algo de fortuna y poder ofrecerle un futuro a su prometida. Por eso imagino lo que está sufriendo con lo que le toca vivir a diario. Tú has sido una enviada de los ángeles para hacerle ver la luz y cambiar sus pensamientos.

—No lo sé, Estere, Dios tiene extraños designios para todos nosotros. Lo importante es que Tarik está arrepentido y hay una nueva oportunidad para quienes lo hacen de corazón y abandonan el camino errado. Nuestro Dios es el Dios de la esperanza.

—El nuestro también lo es—terció Befrin —. Nosotras somos sufíes, la rama mística del islam, que se emparenta con el cristianismo antiguo de tu religión y la rama armenia de nuestra familia.

—¿Cómo sabes cuál es mi religión? —se sorprendió Belén, pensando que estaba siendo demasiado obvia a pesar de su disfraz de musulmana.

—Lo decía Tarik en su carta, no te preocupes, querida—la tranquilizó Estere—. Con nosotras estás segura.

—Eres muy valiente en haber viajado sola hasta aquí— agregó Befrin, a quien ya le caía bien aquella religiosa extranjera.

—Es cierto —confirmó Estere—. Una mujer enfrentando todos los peligros de estas tierras… es en verdad un milagro que hayas podido llegar con vida hasta nuestra casa.

—Supongo que estarás cansada y querrás alimentarte y refrescarte—propuso Befrin —. Mañana hablaremos de los planes para encontrar a Aisha y el viaje hacia las afueras de Kobane.

—Ahora es tarde, ve a dejar tus cosas —insistió Estere—. Ponte cómoda y si quieres descansa en mi cama —invitó aquella madre amorosa, que tanto le hacía recordar a la suya propia.

La religiosa aceptó y por primera vez luego de varias semanas, sintió que podía descansar segura y en paz. Por fin había encontrado el calor de un hogar, aunque fuera en un sitio lejano y desconocido.

CAPÍTULO 16

EL CAMPAMENTO

—¡Aisha! ¡Cuidado, detrás tuyo! —alertó Samira a su compañera, que rápidamente le disparó al terrorista. Este vio con horror cómo lo mataba una mujer, lo que para sus creencias era un pasaporte directo al infierno.

Los combatientes kurdos atacaban juntos. Hombres y mujeres mezclados en batalla, generaban temor e incertidumbre en sus adversarios.

El combate de ese día recién había comenzado, pero las milicias del Estado Islámico, al notar la estrategia mixta de los kurdos, decidieron emprender la retirada.

La marcha atrás de aquel ejército, fue festejada con vítores y zaghareet de algunas mujeres kurdas provenientes del norte de África.

Todos sabían que la guerra distaba mucho en acabar, pero los ejércitos kurdos habían encontrado un interesante talón de Aquiles para los terroristas. Solo era cuestión de saberse organizar, para incitar el espanto del enemigo. Sus creencias fanáticas también podían ser su propia destrucción.

Samira y Aisha se abrazaron, habían llegado a ser muy buenas amigas y la coronel le había permitido a la joven participar en algunas batallas.

A pesar de su juventud e inexperiencia, Aisha era una leal compañera y eso, a veces, era más importante que sus habilidades militares.

—¡Ha sido un gran día, Aisha! Te has destacado en el combate de hoy —la felicitó sonriente Samira.

—Gracias, mi coronel —contestó riendo en confianza la subalterna—. Pero tú me has salvado avisándome de ese hombre a mis espaldas.

—Por eso es importante pelear siempre entre dos—guiñó Samira—. La confianza en tu compañera, es parte fundamental de la estrategia en cualquier campo de batalla. Por otra parte, nuestros hombres también han hecho un excelente trabajo—agregó exultante la coronel—. A pesar de las bajas que sufrimos en el campamento de Kirkuk por los alimentos adulterados, hoy parecían mayores en número y este triunfo es compartido.

—Justamente de eso quería hablarte, Samira —señaló Aisha—. ¿Hay alguna novedad respecto al cargamento que mató a tantos de los nuestros?

—Hasta ahora no sabemos qué pudo haber sido, Aisha, yo no creo en las supersticiones religiosas que deambulan por el campamento. Opino que esto debe tener una explicación realista y científica —aseveró Samira preocupada.

—Seguramente la tiene, amiga—puntualizó la comandante—. Lo extraño es que todo sucedió luego de la entrega del cargamento de alimentos que venía desde el sur.

—Eso mismo le comenté al coronel Helmut, pero aún no logramos entender lo sucedido. Fue como una explosión en cadena, con muertes de combatientes en solo veinticuatro horas. Nunca habíamos visto nada igual, en todo esto hay algo para investigar en profundidad.

Samira hizo una pausa como evaluando si era el momento adecuado para hacerle un planteo importante a su compañera y luego prosiguió:

—Ya que has tocado el tema, Aisha, quería comentarte algo que me parece importante tanto para ti como para nuestro pueblo.

—Por supuesto, Samira. ¿De qué se trata?

—Estuve hablando con los coroneles y otros comandantes y si tú estás de acuerdo, queríamos proponerte que integres el equipo de investigación que va a formarse en torno a este asunto. En estos días, nos han comunicado que llegarán científicos de distintas partes del mundo a estudiar el fenómeno de los alimentos adulterados. Todos ellos serán enviados por Naciones Unidas, para investigar sobre este extraño caso, definiendo el por qué algunos alimentos se transforman en explosivos y otros no.

—¡Pero yo quiero seguir combatiendo a tu lado, Samira!

—Lo sé y te estás convirtiendo en una buena guerrera, amiga mía. Sin embargo, en este momento nos sería de mayor utilidad que te unieras al equipo de investigación y pusieras en práctica tus conocimientos científicos. Nadie desconfiaría de una chica tan joven que parece que no sabe de ciencias y eso sería una gran ventaja para nosotros —opinó Samira, quien respetaba la capacidad intelectual de su amiga, pero, secretamente, dudaba de sus cualidades militares.

—Comprendo —acotó Aisha con gesto preocupado.

—Se dice que habrá también gente enviada por la CIA y otras agencias de espionaje, por eso hay que ser muy precavidos con los miembros del futuro equipo de investigación—completó la coronel kurda—. Se supone que los científicos enviados son representantes de los aliados contra el Estado Islámico, pero con los occidentales nunca se sabe. Concluyó la coronel meneando la cabeza.

—Lo pensaré—contestó Aisha—. Aunque te confieso que no es mi idea en este momento. Hasta no reconquistar Kobane quiero seguir participando en la lucha. ¿Será posible que participe en ambas cosas?

—Creo que sí—concedió Samira guiñando un ojo—. ¡Para algo soy tu superior! —expresó risueña.

Las dos mujeres se acercaron entre charlas cómplices al campamento femenino donde había gran alboroto. Acababa de arribar otro cargamento de comida junto con medicinas para la Peshmerga.

Esta vez, los alimentos eran para la facción femenina del ejército, por lo que Samira y Aisha se miraron inquietas.

—Sabemos que necesitamos alimentarnos luego del combate, compañeras —se dirigió la coronel a sus soldados—. Pero antes de consumir nada de lo recibido, vamos a examinar este cargamento con un grupo de científicos que llegará mañana. La comandante Aisha se sumará a ese equipo de investigación —anunció a sus subalternas.

Aisha la miró desconcertada, acababa de decirle a Samira que lo iba a pensar, pero todavía no había dado su respuesta definitiva. No obstante, decidió que no era ocasión de discutir con su amiga.

Todavía quedaban alimentos y medicinas que había enviado la Cruz Roja en un cargamento anterior. Por este motivo, Samira resolvió que ese día comerían frugalmente y dejarían los nuevos alimentos en un depósito, a escasos kilómetros del campamento. Al día siguiente, cuando llegaran los científicos, decidirían qué hacer con ellos.

Pasada la noche, en la mañana muy temprano, un soldado se presentó en el campamento de las mujeres.

—Los científicos han llegado, coronel —avisó el hombre uniformado.

—Perfecto —respondió Samira.

—Hay algo más, mi coronel—prosiguió el subalterno—. Ayer el personal a cargo de custodiar los alimentos en el depósito, murió de forma muy extraña. Aparentemente, a las pocas horas de organizar el cargamento, sus cuerpos literalmente empezaron a explotar y desintegrarse sin explicación. Estos hechos fueron funestos para el ánimo de nuestras tropas, que creen que tiene que ver con algún maleficio o designio divino.

Samira bajó la mirada.

—Gracias, soldado, veré de encargarme de este asunto a la brevedad. Aisha ven conmigo, no hay tiempo que perder.

Ambas se dirigieron al viejo vehículo que las transportó al campamento masculino. Allí les informaron que ya había llegado el grupo de científicos de Naciones Unidas y que las estaban esperando.

Dos americanos, tres chinos, dos rusos y un iraní conformaban el extraño grupo que había arribado esa mañana. Eran los encargados de investigar el origen de aquellas extrañas reacciones en cadena, que producían algunos alimentos que provenían del mundo musulmán y que luego se podían transmitir como por contagio a otros productos que estuvieran en contacto. Era realmente una situación peligrosa y desesperada, por lo que el mundo entero estaba en alerta.

—Buenos días, señores. Buenos días, coronel Helmut —saludó Samira a su igual en mando del batallón masculino—. Agradecemos su presencia, para tan importante investigación.

Samira esta vez buscó la aprobación de Aisha con la mirada antes de continuar hablando y como vio que asentía, prosiguió con su discurso.

—Déjenme presentarles a mi compañera de batalla, Aisha Amin Bigdabi. A pesar de su corta edad, la comandante ha sido una destacada estudiante de ciencias de reconocidos colegios, donde ha obtenido medalla de honor. —aseguró Samira, al ver la cara de sorpresa de los presentes—. No tenemos en el campamento en este momento otra persona que hable inglés y pueda ocupar un lugar como representante científico del pueblo kurdo. Por lo que, al menos momentáneamente, les pedimos que permitan a nuestra comandante acompañarlos en la investigación.

Los científicos veteranos en su materia, se miraron extrañados. Sin embargo, no ofrecieron resistencia a la compañía de una estudiante de ciencias. Después de todo, seguramente esa chica no iba a enterarse de nada, lo cual era una ventaja para todos los demás países allí representados.

—Pues muy bien, caballeros—agregó Samira—. Podrán utilizar nuestro campamento como base de operaciones. Justamente en el día de ayer, fuimos informados de la llegada de otro cargamento con alimentos, que ha producido la muerte de quienes lo custodiaban. Quizás este lamentable suceso sirva como punto de partida para vuestra investigación, pero no contamos con mayores detalles de lo ocurrido. Así es que, por favor, tomen las precauciones que estimen necesarias. Nosotros nos encontramos a vuestra entera disposición.

—Perfecto —sostuvo uno de los rusos, seguido por la anuencia del equipo chino—. Desempacaremos nuestros instrumentos y nos pondremos a trabajar de inmediato —finalizó.

—Esperamos a la comandante Aisha a mediodía para comenzar con las actividades —aclaró el científico americano, seguido por el asentimiento del iraní.

—Allí estaré —aseguró en perfecto inglés la joven kurda, ante la atenta mirada del resto del equipo científico.

CAPÍTULO 17

EL CAMAFEO

—Ya estamos llegando —advirtió Estere a Belén, mientras una gota de sudor se derramaba por su frente.

Ambas habían emprendido camino hacia las afueras de Kobane, donde se encontraba el campamento de la Peshmerga femenina. Allí les habían indicado que encontrarían a Aisha, la que había sido la prometida de Tarik.

El viaje en aquel incómodo transporte atiborrado de personas y animales, había sido otra experiencia que convenía olvidar, sopesó Belén. Pero al menos, esta vez no sentía la inquisidora mirada del hermano de Kaela, analizando todos sus movimientos.

Estere le transmitía seguridad y Befrin, había resultado ser una muchacha simpática, que tenía bastantes similitudes con Fátima, su hermana menor.

¡Cómo extrañaba a su familia en ese momento! Sabía que todas estarían preocupadas, pero por ahora resultaba imposible comunicarse con ellas. Aquellos países en medio de la guerra, habían sido aislados de las comunicaciones tecnológicas más elementales y, por ese motivo, la vida en esos lugares parecía haber retrocedido en el tiempo y quedado aislada del resto del mundo.

«Pronto llegará la hora del reencuentro», razonó para sí, como auto consuelo. Después de todo, ya faltaba poco para poder terminar con las promesas pendientes y así llegar a Estambul y finalmente a Roma.

«Falta poco», se repitió mientras entrecerraba los ojos por el polvo y ese sol tan brillante y caliente, que formaba parte de la aridez del paisaje.

—Solo quedan unos pocos metros más —confirmó Estere—. Ahora tenemos que caminar hacia aquellas tiendas de campaña. Seguramente allí nos dirán si este es el campamento donde se encuentra Aisha o dónde podemos encontrarla.

—Bien —respondió Belén, intentando no gastar saliva en más palabras.

Unos pasos más adelante, se encontraron con una miliciana de la Peshmerga kurda, que las detuvo justo en la entrada del campamento.

—Identifíquense—ordenó la mujer, en aquel idioma que Belén apenas lograba comprender a pesar de sus esfuerzos.

—Mi nombre es Estere Guala de Tell Abyad. Esposa de Abdul Guala y madre de Tarik y Befrin. Ella es Belén, una amiga de la familia. Hemos venido a traer un recado para Aisha Amin Bigdabi, comandante de la Peshmerga kurda. ¡Viva el Kurdistán libre! —remató Estere.

Aparentemente, aquella era la contraseña indicada para presentarse como amigos en el campamento, pues la miliciana inmediatamente les permitió el paso, indicándoles a qué división dirigirse.

Eran tiempos confusos, por lo que según le había indicado Befrin, las contraseñas de entrada cambiaban diariamente y en ocasiones, hasta dos veces al día. Esa era una forma de evitar a los terroristas infiltrados, quienes no solo iban de incógnito hacia Europa, sino que también viajaban rumbo a ciudades que todavía no habían sido conquistadas por el Estado Islámico, para enrolarse en los ejércitos de la resistencia.

Era entendible que en aquellos tiempos, nadie se fiara ni de su propia sombra y los controles fueran extremos.

—Buenos días, oficial— volvió a saludar Estere presentando sus credenciales y contraseña a una mujer que estaba como guardia en la tienda de campaña—. Estamos buscando a la comandante Aisha Amin Bigdabi. ¿Sabe Ud. dónde podemos encontrarla?

—La comandante se encuentra en esa tienda que ve a mi derecha. Estaba a punto de salir hacia el campamento masculino, por lo que les recomiendo apurarse.

Belén y Estere salieron lo más rápido que pudieron en su búsqueda, pero a lo lejos vieron cómo un vehículo arrancaba en ese momento transportando a una joven de cabello oscuro que Belén supuso que sería Aisha.

—¡Aisha! —gritó Estere en el tono más alto que alcanzaba su voz.

El vehículo, sin embargo, no se detuvo. Por lo que ambas mujeres regresaron a la tienda de campaña, donde les convidaron con agua, indicándoles que debían esperar hasta la puesta de sol, cuando la comandante regresara al campamento.

Pasaron largas horas y, efectivamente, al atardecer vieron llegar el mismo transporte con la joven de atuendo militar, al lado de otra mujer que manejaba el vehículo.

La muchacha era de piel morena, ojos azul oscuro y largo cabello color azabache. En verdad, Aisha era de una belleza que contrastaba con las rústicas vestimentas de la milicia.

—Querida Aisha, soy Estere, la madre de Tarik. —Se acercó sonriendo la mujer de cabello de plata, al ver el gesto de desconcierto de la muchacha.

—¡Estere! No puedo creerlo. ¡Qué gran alegría! —exclamó la comandante, mientras se fundía en un abrazo con la que alguna vez pensó que sería su suegra—. ¿Cómo están todos? ¿Qué haces por aquí? — Preguntó Aisha, mientras miraba de reojo a la extranjera que Estere tenía a su lado.

—Te presento a Belén, una amiga de la familia. Ella misma te contará el motivo de su visita y te entregará un presente de Tarik para ti.

Aisha no salía de su asombro, aún no comprendía el porqué de la inesperada presencia de Estere en ese lugar y mucho menos comprendía la presencia de aquella extranjera con un regalo de Tarik para ella. Pero confiaba en Estere y le tenía un profundo cariño. Por lo tanto, asintió a quedarse a solas con Belén, cuando esta se lo propuso para conversar en privado.

Entraron las dos a la tienda, pues tal como Belén había prometido a Tarik, solo le entregaría el presente estando a solas.

—Pues bien, tú dirás —comenzó Aisha, hablando en un inglés claro y sin acento. Idioma que Belén también comprendía muy bien.

—Antes que nada, quiero explicarte cómo y dónde conocí a tu antiguo prometido y por qué he viajado hasta aquí para entregarte su recado—declaró Belén.

La religiosa hizo un breve resumen de lo sucedido la noche que había conocido a Tarik y la situación en la que ahora se encontraba. También le contó sobre el mensaje que le había entregado a Estere y la reacción que ella había tenido al recibirlo.

Por fin acabó sin más rodeos:

—Esto es lo que Tarik me ha dado para ti—dijo entregándole una bolsita de terciopelo azul. Al abrirla, Aisha observó que contenía un camafeo con un extraño diseño grabado artesanalmente.

La comandante miró el bonito colgante intentando no desvelar sus emociones. En verdad, no le encontraba ningún significado especial a ese regalo, más allá de que fuera un bonito presente de quien había sido su gran amor desde la infancia.

En su fuero interno, todavía existía una lucha de lealtades entre su pueblo y los recuerdos junto a Tarik. Pero cada vez se inclinaba más por seguir sus ideales y sabía que no podía permitirse otras emociones.

—No sé qué decirte, extranjera. No veo en este objeto ningún significado especial para mí, ni puedo caer en sentimentalismos. Te pido que te lo quedes tú si es de tu agrado—propuso Aisha, devolviéndole a Belén el inoportuno presente.

—De ningún modo—replicó la religiosa apartándolo con la mano—. Me apena que este regalo no signifique nada para ti, pero jamás podría quedármelo —explicó—. Ha sido una promesa que hice a quien me ha salvado la vida y por eso he atravesado cientos de kilómetros pensando que tendría alguna importancia para ti. Supongo que si Tarik me lo ha dado y ha sido enfático en que fuera en privado, es para que lo tengas por algún motivo que desconozco.

—Está bien —indicó cerrando la conversación Aisha—. Lamento que hayas hecho este viaje en vano. Guardaré el camafeo, pero no siento deseos de usarlo. Han pasado muchas cosas que me separan de Tarik desde que se enroló en los ejércitos del Estado Islámico. Creo que nuestras vidas siguen caminos irreconciliables.

—Comprendo—manifestó Belén un tanto decepcionada—. Imagino que debe de ser muy difícil comprenderlo, pero me gustaría agregar que las palabras de arrepentimiento de Tarik sonaban sinceras. Tanto es así, que me ha ayudado a mí, una supuesta infiel, a escapar, por sentirse apesadumbrado.

Aisha no dijo más palabra, pero asintió con la cabeza y entonces Belén prosiguió:

—Su propia madre me ha dicho que la carta que le he entregado ha sido reveladora. Tal vez ella pueda decirte algo más, que pueda ayudarte a comprender la situación o a entender el regalo. Lamento no saber cuál era el objetivo de este presente Aisha. Tal vez tiene un significado que solo puede comprenderse con el tiempo.

—Quizás—murmuró Aisha—. Pero aún no ha llegado ese momento—cortó la joven guerrera—. Por eso, si no hay nada más para agregar, te pido le digas a Estere que pase. Me gustaría hablar a solas también con ella.

1...3456
ВходРегистрация
Забыли пароль