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Clara Bennett Las rosas del apocalipsis
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No obstante, pudo más la curiosidad que sus oscuras emociones y munido con el cortapapeles, rasgó el sobre y se dispuso a leer la carta.
«Giuseppe,
Han pasado muchos años y seguramente te sorprenda recibir estas líneas. Bien sabes que no lo haría si no fuera por alguna poderosa razón. Ambos, probablemente sentimos que es difícil considerarnos como hermanos luego de lo ocurrido.
De todas maneras, apelo a tu humanidad y al tiempo que alguna vez compartimos en familia, para que puedas comprender la situación en la que me encuentro.
Como bien sabes, hace varios años que falleció Antonio, quedándome viuda y a cargo de las niñas.
No sé si recordarás el nacimiento de mi segunda hija, Belén. Ella tomó los hábitos tiempo atrás y partió como misionera hacia medio oriente. Allí le fue asignado un lugar en Siria con las hermanas agustinas, para ayudar a los refugiados.
Tristemente, hace un par de semanas nos enteramos que la iglesia de San Agustín en la ciudad de Palmira, fue atacada y quemada por grupos terroristas.
Sabemos que es prácticamente imposible que nuestra querida Belén haya sobrevivido. Pero somos, ante todo, buenas cristianas y el Señor a veces obra milagros.
Es por eso que te molesto luego de tanto tiempo de silencio. Dada la autoridad que hoy posees en la Iglesia, quizás puedas obtener información respecto de lo sucedido con mi hija, que es también tu sobrina.
Apelo a la elevación espiritual que sustenta tu cargo, para que puedas considerar mi pedido, que no es otro, que el de una madre desesperada.
Cualquier gesto de tu parte lo agradecería infinitamente, formando quizás nuevos cimientos, para reconstruir nuestra relación y tal vez volver a transformarnos en una familia.
Ese era el mayor anhelo de nuestra difunta madre.
Recibe un fraternal abrazo,
Sara.
—¡Maldita sea! —rugió Baglione.
¡Otra vez su hermana irrumpiendo en el perfecto equilibrio que había instaurado en su vida sacerdotal! Nuevamente aquella metiche aparecía en su camino para reclamarle o pedirle algo. Ella, la misma que lo había descubierto y juzgado por su condición, era ahora quien venía a solicitarle que tuviera compasión por su sufrimiento.
Lo mejor sería que su hija estuviera en manos de los terroristas—pensó—. Así su hermana expiaría con su dolor lo que le había hecho vivir a él en carne propia.
¡No movería un solo dedo para evitarle el sufrimiento a esa mujer, que todavía tenía la osadía de escribirle como una hermana! Nunca le perdonaría su falta de sensibilidad, su mirada prejuiciosa y la escena nefasta que tanto había marcado su vida.
Si no hubiera sido por eso, tal vez se hubiera animado muchos años después a volver a declarar su amor. Pero la mirada de la mocosa, el llanto de su madre y la ira de su padre, al enterarse de su homosexualidad, lo habían degradado.
Tal fue su trauma, que luego de aquel incidente nunca más se sintió merecedor de amar o de ser amado.
Esa traidora había destrozado su autoestima y su juventud.
Quizás ese fuera el motivo por el cual ahora se conformaba con tímidos secretarios, a quienes manejaba como gato que juega con ratones. No obstante, aquellos «pasatiempos» estaban lejos de satisfacer sus necesidades afectivas.
¿Cómo olvidar a quien había sido su amor platónico? ¿Cómo perdonar a quien había sido su rival?
¡Su propia hermana! La que había ganado el amor de Antonio y se había casado con él formando una familia. ¡Nunca podría perdonarla! Tal vez si ella no hubiera existido, Antonio en algún momento hubiera reparado en él.
Quién sabe si las cosas entonces no hubieran sido distintas y si Antonio aún no estaría con vida a su lado. Él se hubiera encargado de cuidarlo y tratarlo como merecía. No hubiera permitido jamás, que viajara a aquellas tierras salvajes al otro lado del mundo, donde no había podido recibir el tratamiento adecuado.
Sara era la culpable. Ella lo había hipnotizado, lo había embrujado como hacían todas las mujeres con los hombres que eligen de presas. Él había visto cómo ella se arreglaba por las tardes para esperarlo, resaltando sus encantos femeninos y hablándole con palabras almibaradas.
Desde entonces, Giuseppe Baglione odiaba profundamente a su hermana y, en general, a todas las mujeres. Pero a Sara la detestaba más de lo que su corazón quería recordar.
Aquella traición había sido también el origen de su ingreso al seminario, en la que luego de una larga carrera sin vocación, había tomado los hábitos. Poco a poco fue superándose, hasta que comprendió que quizás esa era la única manera de alcanzar un lugar de destaque y reconocimiento. El de entonces era un mundo hostil para aceptar su condición y vivirla abiertamente.
No obstante, nada ni nadie podía ahora arrebatarle la posición que detentaba.
Era imposible perdonar a quien había sido su peor enemiga. Su hermana, un ser deleznable como la mayoría de las mujeres, excepto su querida madre. La única santa, además de la Virgen María.
Todo aquello debía permanecer en el olvido y en el más absoluto secreto—reflexionó—, mientras encendía una cerilla para quemar la carta. Su íntimo deseo era que al hacerlo, estuviera quemando también las esperanzas de su hermana de encontrar a su hija con vida.
Sonrió ante el espejo pensando en las vueltas del destino. Si de él dependía, la joven jamás aparecería. Si no la hubieran matado los terroristas, buscaría la forma de que tuviera algún accidente para que no pudiera volver a los brazos de su familia.
Su Dios era el del Antiguo Testamento y sabía que eso no era bien visto por otros clérigos. Pero él creía en la venganza y en la justicia divina.
CAPÍTULO 12
DECISIONES
«No entiendo a mi madre, realmente no la comprendo —pensaba Fátima—. Lo más importante es encontrar a Belén, pero ella está corriendo detrás de esa niñita. La pequeña es muy bonita y simpática, pero no es momento para sensiblerías. Encontrar a mi hermana Belén está primero y si todavía no tenemos noticias de nuestro tío, quizás somos nosotras las que tenemos que ir al Vaticano a encontrar respuestas —se decía a ella misma—. Isabella siente que Belén todavía está viva. Mi hermana es un poco fantasiosa, pero debo admitir que en algunas de esas “intuiciones” a veces le acierta. Posee una especie de cualidad extrasensorial para ver o sentir cosas. Yo lo único que quisiera es volver a ver a mi hermana Belén con vida. Porque, aunque no creo en ningún Dios, ella es la persona más buena que conozco y la única en quien podía confiar mis sentimientos». Esto cavilaba Fátima cuando decidió romper el silencio, que ahora reinaba en los almuerzos familiares.
—Mamma, realmente ya no podemos esperar más —explotó repentinamente la hija menor—, Isabella y yo estamos dispuestas a viajar al Vaticano y hablar con el tío Giuseppe—continuó—. Tú prometiste que este año íbamos a viajar a Italia para conocer el resto de la familia, por eso, si ahora no puedes ir por tener que acompañar a Pilar y a la pequeña, Isabella y yo podemos hacerlo por nuestra cuenta.
—¡Hija mía, yo soy la más interesada en saber de nuestra querida Belén! Es tan solo que tanto dolor es difícil de asimilar y la alegría del nacimiento de mi primera nieta, ha sido como un bálsamo para mí.
—Lo entiendo, madre, pero ni Isabella ni yo creemos que Belén esté muerta. Y si lo estuviera, no descansaremos hasta confirmarlo. Así no podemos seguir. No es posible para nosotras disfrutar de otras cosas con tanta incertidumbre.
—Lo entiendo, hija, pero si tu tío no ha contestado es porque lamentablemente no hay novedades.
—No conozco personalmente a ese tío, madre, pero si no ha respondido es porque es un hombre insensible —sentenció la menor de las Pittameglio.
—¡Fátima! ¡No hables así de alguien que no conoces! Han pasado cosas entre él y yo que explican este silencio.
—Lo sabemos, madre. Pilar nos lo ha contado todo. Pero no nos interesa ahora entrar en esos asuntos familiares del pasado. Lo que no podemos es quedarnos aquí, de brazos cruzados, temiendo cada llamada telefónica que recibimos.
—Creo que en eso Fátima tiene razón —terció Isabella, con su aguda voz de cantante de ópera—. Nosotras podríamos adelantarnos e ir haciendo averiguaciones. Luego tú puedes unírtenos cuando Pilar se organice mejor con la pequeña. Ayer tuve otra de mis visiones —agregó la joven—. Yo sé que ustedes no creen en esas cosas, pero he visto a Belén caminando por el desierto hablando con mujeres vestidas de negro.
—¡Ay, Isabella! —exclamó Sara—. ¡Por favor, no sigas con eso, hija mía, es muy peligroso! Algún día te contaré más al respecto. Siempre temí que alguna de mis hijas tuviera ese tipo de visiones, que han tenido otras mujeres de nuestra familia.
—¿Así que a otras en la familia les pasaba lo mismo? ¿Quiénes? —cuestionó Isabella, complacida con aquella noticia.
—Pues no voy a decirte nada más de que son atributos muy difíciles de saber llevar, pueden causar desastres en la vida de quien los posea. Mi propia madre, tu abuela, era una de esas personas, y realmente no quisiera que lo desarrolles sin saber lo que implica—insistió Sara, con verdadera preocupación.
—Muy bien. ¡Entonces iremos a Roma con la pitonisa! —intervino Fátima con ironía—. Ella nos contará sus premoniciones mientras yo me encargo de investigar para encontrar a Belén.
—¡Fátima, no seas sarcástica! —recriminó Isabella.
—Sucede que ya no soy una niña a quien se puede callar como antes, soy mayor de edad y tengo ahorros de la herencia de nuestro padre. Por lo que de todas maneras, iré a Italia aunque sea yo sola.
—¡Fátima, no es así como se le habla a tu madre y a tu hermana! Comprendo tu desesperación, hija, pero créeme que no es más de la que siente Pilar, Isabella o yo misma. Cada una de nosotras lo manifiesta en forma diferente, pero todas compartimos ese dolor. Tienes mucho que madurar y debes empezar por controlar esa lengua—regañó Sara.
Fátima comprendió que de ese modo no iba a obtener nada de su madre, por lo que se apresuró a pedir disculpas y a mostrarse receptiva.
Por fin y luego de otro interminable silencio, Sara añadió:
—Está bien, creo que no es mala idea que vayan primero ustedes y consigan una entrevista con su tío en el Vaticano. Yo iré luego para encontrarme con Giuseppe y hablar personalmente con él. Mientras tanto, pueden quedarse en la casa de mi prima Sofía. Estoy segura de que estará encanta de recibirlas.
—Gracias madre. Ya mismo nos pondremos en marcha—afirmó Fátima con tono triunfal, mientras Isabella asentía con la cabeza.
El objetivo había sido logrado.
CAPÍTULO 13
PALMIRA
Ayman Al Said mandó destruir todo templo contrario a la fe musulmana en los territorios bajo su comandancia. Así quedaron reducidos a escombros monumentos y santuarios considerados patrimonio cultural de la humanidad y parte de la identidad de diversos pueblos y civilizaciones antiguas. Entre ellos cayó el histórico templo de Baalshamin y el hermoso santuario de Bel, dedicado a la deidad suprema de Babilonia, en la antigua ciudad de Palmira.
La bella ciudad de los siglos I a. C. a II d. C. que había sido uno de los centros más importantes del mundo, punto de encuentro de las caravanas de la seda, estaba desapareciendo entre las arenas del desierto.
De todo el antiguo esplendor no quedaba más que el recuerdo. Pero la mayor desgracia, era que junto a la caída de templos y monumentos, se derrumbaba también la cultura de pueblos avanzados, que ahora eran obligados a morder el polvo de una derrota brutal.
Parecía como si los hombres del Estado Islámico quisieran hacer que la historia volviera a escribirse a partir de su llegada. Pretendían provocar una amnesia colectiva, para perder cualquier tipo de referente contrario al régimen.
Tarik estaba consternado. Desde el encuentro con la religiosa católica, muchas cosas habían cambiado con respecto a su comprensión de la guerra santa. Le había impactado que alguien tan distinto a sus creencias fuera capaz de transmitirle tan profundamente la fe y el amor por un Dios desconocido.
Aquella no era una mujer corriente, en esa mirada azul habitaba un espíritu especial que trascendía cualquier religión. Quizás por eso decidió ayudarla de forma tan inexplicable.
Todo ese episodio había generado un gran revuelo en el campamento. Cuando los hombres de Ayman se percataron de la falta de una motocicleta y algunos víveres, comenzaron las investigaciones y el ambiente se había tornado tenso. Pero con el fragor de la lucha y las últimas victorias obtenidas, el asunto había quedado en el olvido.
Poco después de la quema de la iglesia de San Agustín siguieron la de otros templos religiosos, sinagogas y santuarios de distintos credos. Cada una de esas destrucciones eran celebradas como triunfos en el nombre de Alá.
Pero él ya no podía sentir satisfacción en eso. Tarik percibía que algo no estaba bien en lo que allí sucedía. No sabía precisarlo exactamente, pues había sido adoctrinado durante años. Pero matar y torturar personas indefensas, solo por profesar una fe diferente, era algo para lo que aun con el duro entrenamiento militar no estaba preparado.
Tal vez, si hubieran sido solo hombres en combate, se hubiera sentido honrado y merecedor del paraíso junto a las setenta y dos huríes. Pero las muertes que veían sus ojos diariamente, eran mucho más de lo que un hombre como él podía soportar.
Su pensamiento nuevamente se perdió rememorando a su familia y los ojos azul noche de su prometida.
Cómo le hubiera gustado haber escuchado a tiempo las súplicas de su madre, cuando le decía que no podía seguir a una religión que glorificara la muerte y la guerra. Ella había insistido en que debía optar por el camino recto que tenían los cristianos armenios como parte de su familia o los yazidíes kurdos como ella, pero Tarik decidió abrazar la religión de su difunto padre.
Abdulá había dejado la vida en pos del ideal suní y Tarik quería ser su continuador.
Por eso, o quizás por su falta de conocimiento de la política y la historia, había decidido enrolarse en el ejército del Estado Islámico. De esta manera y casi sin percatarse, se convirtió en una marioneta de intereses muy turbios. No solamente para el ejército terrorista, sino funcional a otros poderes que ni siquiera podía imaginar y que distaban mucho de la religión musulmana tradicional.
Tampoco evaluó cuando decidió entrar en aquella milicia, que él era un joven demasiado sensible para enfrentar los horrores de la guerra. Y menos aún pudo considerar, que la religión de su madre, en cuyos valores había sido educado, era algo muy diferente a los intereses por los cuales estaría luchando. Esto ahora provocaba que se sintiera tremendamente dividido y mortificado.
Saber que su facción militar pasaba por las armas a cualquiera que pensara distinto, utilizando además los últimos avances científicos para eliminar a miles de personas, le hacía sentir un profundo desprecio por sí mismo. Todo esto iba mucho más allá de lo que hubiera imaginado como una guerra limpia, menos aún como una «guerra santa».
No obstante, en el ejército de Ayman Al Said nunca habían existido desertores. Todos los que estaban allí sabían que el enrolarse en esa milicia era para matar o morir, y el temor a ser considerado débil era demasiado fuerte conociendo los métodos destinados para ellos y sus familias.
Debido a esto, Tarik sabía que la decisión de haberse unido a ese ejército no tenía retorno y estaba condenado a vivir diariamente en aquel infierno.
Su única esperanza era que la religiosa católica que accidentalmente había conocido, pudiera cumplir con su promesa. Quería mantenerse con vida hasta recibir alguna señal acerca del cumplimiento de su pedido, esa era su única motivación para levantarse cada mañana.
En la carta para su madre y en el camafeo enviado a Aisha, iban el último intento de salvar los pocos afectos que había tenido e intentar colaborar con la causa independentista de los kurdos.
Parecía descabellado pensar que un simple soldado pudiera tener algún tipo de incidencia en esos acontecimientos, pero algo en su interior le decía que por primera vez en mucho tiempo, había tomado la decisión correcta. Ese era su mayor anhelo.
CAPÍTULO 14
TELL ABYAD
Belén estaba agotada, aquel era un viaje más incómodo y largo de lo que había imaginado. No tanto por la geografía, sino debido a la tensión que le generaba la familia de Kaela. Particularmente el hermano mayor de esta, que no apartaba su vista de ella en ningún momento.
Trataba de hablar lo menos posible, pero igualmente sentía la sombra de aquel hombre sobre sus espaldas. Desde el instante en que lo saludó, intuyó que en caso de que cometiera algún error, sería el último.
El grito del conductor anunciando la próxima parada la tranquilizó. Por fin el camión estaba arribando a la pequeña ciudad de Tell Abyad, que era su destino final.
Kaela lamentaba tener que separarse de su nueva amiga a quien le había tomado sincero afecto, por eso le decepcionaba que Belén se mostrara reticente a establecer conversación con sus hermanos. Íntimamente, la disculpaba pensando que todavía no había olvidado a su difunto marido o quizás albergaba la absurda idea de que estuviera vivo.
Cuando se encontraban en el último tramo del trayecto, le hizo señas a Belén para poder hablar con ella a solas.
—Amiga, te noto triste y callada. ¿Te sucede algo?
—No es nada Kaela, solo estoy cansada. Han sido muchos kilómetros y todavía no me acostumbro a usar este velo oscuro con tanto calor.
Kaela se sorprendió. ¿Qué tenía de extraño para una mujer musulmana usar un hiyab oscuro en el verano?
—No comprendo, Belén. ¿Es que en Europa no usaban burkas, niqabs o hiyabs, como mandan nuestras costumbres?
—Pues, la verdad es que no —contestó impulsivamente Belén, dándose cuenta en ese instante del error que estaba cometiendo—. Mis padres han sido más liberales para que pudiéramos adaptarnos mejor al medio europeo —puntualizó la falsa musulmana, intentando encontrar una respuesta lógica para salir del apuro—. Además, como tú sabes, esto no está prescrito en el Corán —agregó Belén, haciendo alarde de lo poco que se había informado sobre la religión musulmana con las mujeres de la aldea.
—Pues no lo manda el Corán, pero sí lo indica la sharía y nuestra tradición, amiga. Una mujer sin hiyab es vista como una esclava, no como una mujer libre. Está desprotegida y puede incitar a los hombres. Eso es pecado, es haram a los ojos de Alá.
—Sin duda, Kaela, por eso me mandaron aquí para casarme con un buen musulmán —concluyó Belén, angustiada por tener que decir tantas mentiras.
—Eso está muy bien, amiga mía. Justamente creo que lo mejor para ti sería casarte nuevamente. Nuestros hombres saben lo que es mejor para nosotras. Conocen más de cerca la voluntad del profeta Mahoma. Él tuvo varias esposas y enseñó cómo debían tratarnos para apaciguar nuestra naturaleza y hacer de nosotras mujeres virtuosas.
Belén intuía que no le convenía seguir hablando de temas religiosos o costumbristas. Conocía poco del islam y era muy probable que volviera a enredarse hablando de esos asuntos. Por lo tanto, decidió concentrar la atención de su amiga en su inminente matrimonio. El cambio de tema fue exitoso, Kaela comenzó a hablar sobre el valiente Hassan, que estaba en combate contra los kurdos en el norte del país. Estaba segura de que luego de esa victoria volvería con ella para que pudieran casarse. Su prometido era amigo de Farid, quien también iba a sumarse a la guerra en Kobane. Eso hacían en aquel momento todos los buenos muyahidines musulmanes.
Sin embargo, tras algunos minutos sumergida en sus propias fantasías, la romántica Kaela volvió al ataque con sus propósitos de celestina.
—Yo creo que le gustas —comentó repentinamente a Belén con una mirada cómplice, seguida de una risita nerviosa.
—No entiendo, Kaela. ¿Qué dices?
—Creo que tú le gustas a Farid —deslizó la esperanzada cuñada.
—No es momento para hablar de esas cosas —replicó Belén, poniéndose nuevamente tensa.
—Lo sé, habibti, pero pronto lo será. Alá conoce nuestro destino como mujeres y estoy segura de que desea que vuelvas a contraer matrimonio para tener gran descendencia.
Belén asintió, entendiendo que esa era la única respuesta razonable dadas las circunstancias.
—Así será, Insh’Allah, amiga.
—Insh’Allah —repitió Kaela, realizando un gesto de alabanza al cielo con ambas manos.
Belén se estaba poniendo cada vez más inquieta, cuando por fin a lo lejos divisó un gastado y polvoriento cartel, con el nombre de la estación de Tell Abyad.
Rápidamente juntó todas sus pertenencias y saludó según la costumbre a los padres y hermanos de Kaela y a su nueva amiga. Ya casi estaba en la puerta del vehículo, cuando al levantar la mano para hacer un último saludo, uno de los atados de su equipaje se abrió dejando caer un pequeño cofre. Al golpearse contra el suelo, el alhajero arrojó un rosario de cuentas de nácar que quedó a la vista de todos.
Los ojos de Farid, quedaron prendados del objeto. Tan rápido como pudo, Belén lo recogió para guardarlo en su equipaje, pero aquel hombre enorme se lo quitó de un golpe de entre las manos.
—¡Yo sabía que eras una impostora extranjera! —gruñó el musulmán entrecerrando los ojos y haciendo una mueca aterradora.
Belén saltó del camión todavía en marcha y comenzó a correr tan rápido como le fue posible, arrastrando consigo sus pocas pertenencias. Quiso el destino que fuera tal la cantidad de polvo y arena que se levantó en ese instante, que Farid tuvo que cerrar los ojos y no pudo ver hacia dónde se dirigía esa mujer que desapareció como por arte de magia.
Después de unos minutos, por fin se escuchó el sonido del viejo motor del camión que volvía a ponerse en marcha. Poco a poco, las voces de hombres y mujeres que maldecían a la extranjera en fuga desaparecieron en la distancia.
Belén estaba milagrosamente a salvo, refugiada tras una derruida muralla a poca distancia de donde había saltado desde el camión. Esas ruinas, seguramente habrían formado parte de la fortaleza que defendía a la ciudad, pero en aquel momento le habían salvado su propia vida.
Instantes después, sintiéndose más segura y tranquila, cayó de rodillas, besó la medalla de la Virgen milagrosa que todavía llevaba bajo los atuendos musulmanes y agradeció al cielo por seguir con vida.
«Ten piedad de mí —suplicó—. Perdona mi cobardía y no poder entregarme como tu hijo lo ha hecho»—, dijo en silencio.
En aquel momento el sol pareció esconderse tras una nube, pero una leve brisa le acarició el rostro devolviéndole la calma. Jesús y su milagrosa madre, eran infinitamente misericordiosos con su rebaño. Ese era el dulce remanso de su fe.
CAPÍTULO 15
ESTERE
Tell Abyad era una localidad pequeña que había sido reconquistada por los kurdos de las manos terroristas. Si bien era relativamente poco poblada, Belén no sabía por dónde empezar para dar con el paradero de la madre de Tarik y cumplir su promesa con el guerrero musulmán.
La ciudad estaba destruida como todo lugar por donde pasaba el ejército del Estado Islámico. Esos hombres de negro reeditaban la leyenda del bárbaro Atila, de quien se decía que por donde pasaba su caballo no volvía a crecer la hierba. Tal era la capacidad de destrucción de esos feroces mercenarios.
Finalmente, Belén decidió acercarse a preguntar en lo que parecía un centro de información para refugiados.
Haciendo los mayores esfuerzos idiomáticos, se presentó esta vez como la esposa de Tarik Guala, que deseaba encontrar a su suegra pues tenía un importante recado para ella.
Quien la atendió era una suerte de funcionario administrativo que se mostró visiblemente sorprendido al escuchar el apellido que ella había mencionado. Le dijo que esperara allí unos minutos, pues él no conocía a esa persona directamente, pero había alguien que tal vez la podía ayudar.
El tiempo pasaba y Belén comenzó a ponerse nerviosa. Tener que seguir mintiendo era algo que ya se estaba volviendo parte de su vida y verdaderamente le atormentaba. Repentinamente, una muchacha con atuendo militar y rubios cabellos rizados, se le acercó con cara poco amistosa.