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Clara Bennett Las rosas del apocalipsis
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Por otra parte, a pesar de sus magros conocimientos del idioma, Belén siempre había tenido un excelente oído para las lenguas extranjeras. Por lo que las palabras que iba aprendiendo diariamente, las podía repetir luego con gran naturalidad.
Sin embargo, lo que más había colaborado para mantenerse a salvo, era sin duda su actitud de silencio y recogimiento. La misma, generaba un halo protector y un manto de conveniente invisibilidad dadas las circunstancias.
Luego de varios días y noches en la motocicleta hasta agotar la gasolina y después caminando como tantos otros, la religiosa agotó sus reservas de agua y alimentos. No obstante, tal vez por gracia divina, pudo llegar hasta una pequeña aldea sobre el río Éufrates, donde aprovechó para aprovisionarse y descansar.
Mientras se refrescaba en el río, tuvo la fortuna de coincidir con un grupo de mujeres lavanderas. Decidió hablar con ellas mostrándose dispuesta a colaborar y ofreciéndose por si había alguna vacante de trabajo. Su petición fue bien recibida, lo que acrecentó su optimismo pensando que no iba a ser tan difícil encontrar un lugar donde guarecerse por las noches y reunir dinero extra para continuar su viaje hacia Tell Abyad.
«Lavanderas del Éufrates» era el nombre del emprendimiento que se dedicaba al lavado de ropa en forma artesanal. Allí se brindaba servicio a pueblos cercanos donde todavía no habían llegado los avances tecnológicos. En ese entorno, los lavarropas automáticos eran verdaderos artículos de lujo.
Con el correr de los días, Belén fue tomando confianza y estableciendo relación con las mujeres de la aldea. Así consiguió compartir mejores trabajos y obtener algo de dinero extra. De esta forma, obtuvo también un lugar donde dormir en un cobertizo cercano al lavadero principal. Aquello era mucho más de lo que se hubiera atrevido a imaginar cuando partió de la iglesia en ruinas. Pero el tiempo pasaba e iba siendo hora de comprar un boleto para conseguir un salvoconducto hacia Turquía y posteriormente un pasaje desde Roma a Montevideo.
Su segundo objetivo era encontrar a la madre y a la prometida de Tarik. Aquel hombre que vestía el ropaje del enemigo le había salvado la vida y ahora ella quería cumplir con su palabra.
El camino desde la aldea hasta la ciudad de Tell Abyad, se realizaba mediante un camión que llevaba trabajadores, familias y gente como ella que huía de las ciudades del sur. Pero aquel transporte, a diferencia de la peregrinación junto a las familias de refugiados, era peligroso para las mujeres solas.
Belén intuía que esa travesía no sería fácil, por lo que cuando una de las lavanderas comentó que iría hacia el norte con su familia, decidió consultarle para ir con ellos. La excusa de ser viuda y tener que encontrarse en Tell Abyad con la familia de su difunto marido, parecía haber bastado para ser bien recibida.
Kaela era una mujer joven y de personalidad fuerte, a la que Belén le había caído en gracia desde el día en que la vio en el río. Con el correr de los días habían hecho buenas migas, así que cuando Belén pidió unírseles en el viaje, ella accedió de buena gana. La musulmana pensó que era natural que una viuda buscara protección familiar en esas circunstancias.
No era bueno en aquellos tiempos que una mujer quedara sin marido, así que Kaela pensó que quizás, como ella tenía hermanos mayores, Belén pudiera ser de su agrado.
«¿Por qué no?», pensó la improvisada Celestina. Después de todo, Belén era joven, hermosa y respetable. Sus hermanos eran hombres justos y buenos musulmanes que cumplían la voluntad de Alá. Esas eran las bases de cualquier buen matrimonio.
A Belén no le gustaba mentir, de hecho, este asunto de hacerse pasar por la viuda de un musulmán, la torturaba casi tanto como el miedo a caer en manos de los terroristas. Pero confiaba en que su Dios misericordioso le perdonaría estos pecados, a fin de preservar su vida para ayudar a la comunidad cristiana en otro lugar.
El día del viaje por fin llegó, y tal como habían convenido, Belén se encontró con su amiga en la improvisada estación, donde los lugareños tomaban esos precarios medios de transporte.
El objetivo de la familia de Kaela era llegar hasta la ciudad de Kobane, aún más al norte de la que iría Belén. La religiosa sintió que Dios estaba de su parte allanándole el camino, pues esa era la compañía familiar que necesitaba para poder viajar protegida.
Las dos mujeres se saludaron afectuosamente. Kaela siguiendo la tradición presentó su familia a Belén, comenzando por su padre y luego siguió en orden de edad con sus tres hermanos mayores. Por último, le presentó a su madre y hermana menor, que observaron a la extranjera con curiosidad. Pero al mirar a los ojos del hermano mayor de Kaela, la religiosa sintió un escalofrío. Aquel hombre manifestaba demasiado interés hacia ella y lo que era peor, portaba insignias militares del Estado Islámico.
En ese instante, Belén comprendió que la idea de su viudez no había sido tan buena como había pensado. Por algo Tarik le había dicho que se presentara como una mujer casada. También se percató, que había olvidado ponerse los lentes oscuros, pero por fortuna, al menos llevaba el hiyab cubriendo sus cabellos.
Entre las mujeres musulmanas el color de sus ojos era extraño, pero no llamaba tanto la atención. No obstante, una mujer pelirroja era demasiado exótica para esos parajes.
Farid volvió a mirarla con interés. Aquellos ojos color del Éufrates, no eran comunes entre las mujeres de su raza. Él conocía a muchos hombres que pagarían buenos dinares por una esclava así. Lo único que salvaba a la amiga de Kaela de sus tenebrosos negocios, era que fuera una viuda musulmana. A pesar de que se trataba de una mujer extranjera por su fuerte acento, había códigos a respetar durante el luto.
—¿De dónde eres Belén? —preguntó el hombre de forma intempestiva.
Sorprendida y atravesada por aquella mirada oscura, Belén titubeó.
—Soy europea, más precisamente italiana —volvió a mentir la religiosa—. Vivía en Roma con mi familia, pero fui enviada para casarme con un joven musulmán.
—Qué extraño —discrepó el hombre, que no parecía conforme con la respuesta.
En Italia la población musulmana era una franca minoría, así que para hacer más consistente su historia, Belén agregó detalles a su mentira.
—Cuando llegué a la ciudad de Palmira me fue informado que mi marido había muerto en batalla contra los infieles o que tal vez había desaparecido —alcanzó a decir, aferrándose a la última posibilidad de ser una mujer casada.
Kaela meneó la cabeza pensando que su amiga debía abandonar la idea de que su marido aún estaba con vida. Tendría que aconsejarle bien si Belén quería volver a formar una familia. Después de todo, una viuda musulmana solo debía esperar cuatro meses y diez días para sentirse libre y volver a desposarse.
Farid hizo una especie de mueca que Belén interpretó como aprobatoria. No obstante, la sospecha continuaba alimentando aquella mente turbada.
La religiosa se dio cuenta de que cualquier error frente a la familia de su nueva amiga, sería el fin de su misión y seguramente de su vida. Pero era tarde para arrepentimientos, el camión ya estaba en marcha cargado de alimentos, hombres, niños y mujeres con velos oscuros, que viajaban rumbo a las lejanas tierras del norte.
CAPÍTULO 8
LA BÚSQUEDA
La desesperación invadía a las mujeres de la familia Pittameglio. Luego de la terrible noticia sobre el ataque terrorista a la iglesia de las agustinas, a todas les costaba seguir con una vida normal.
Por otro lado, por mayores que habían sido sus esfuerzos, no podían encontrar información que confirmara la suerte de la desaparecida. De nada habían servido las tratativas a través del consulado o la comunicación con la sede de la orden religiosa. Sara había comenzado a perder las esperanzas y cada vez era más difícil calmar el desasosiego de sus hijas.
Fue entonces cuando Pilar decidió hablar en privado con su madre. Había algunos asuntos familiares que por ser la mayor conocía sobre sus padres, pero que frente a lo delicado de la situación creía oportuno abordar. Así que esperó un momento de tranquilidad para poder acercarse a Sara.
—Madre, sé que han pasado muchos años desde aquel episodio que llevó a distanciarte de tu hermano, pero dada la gravedad de las circunstancias y el cargo que nuestro tío ocupa actualmente, la única esperanza de dar con el paradero de Belén o confirmar su muerte es que el tío Giuseppe tome cartas en el asunto.
Sara se puso pálida. La misma idea había estado martillando su cabeza desde hacía días, pero prefería apostar por cualquier otra alternativa.
—Lo sé, Pilar, ya lo he pensado, pero son tantos años sin saber de él y sin hablarnos, que no sé qué tanto podemos adelantar si nos comunicamos con tu tío.
—¡Pero así no podemos continuar, madre! ¡Estamos desesperadas y confundidas! No sabemos si es posible mantener la esperanza o tenemos que llorar la muerte de nuestra hermana.
—Es cierto, pero tú sabes cómo han sido las cosas.
—Sí, lo sé, pero más allá de lo que haya sucedido entre ustedes, creo que habría que dejar esos asuntos de lado. Hay que hacer todo lo posible para saber qué ha pasado con Belén. Después de todo, él también es de nuestra familia.
Sara sabía íntimamente que su hija tenía razón, pero con su hermano siempre habían sido el agua y el aceite, incluso cuando eran niños. Luego de aquel sórdido suceso a raíz del cual ella y Antonio habían decidido abandonar Italia y radicarse en Uruguay, pensó que nunca más tendrían contacto con su hermano.
A partir de ese momento, Sara juró que nunca más le dirigiría la palabra y así lo había cumplido incluso luego de la muerte de su madre.
Giuseppe era un hombre ambicioso e inteligente que gracias a sus habilidades sociales y capacidad histriónica, había avanzado rápidamente en su carrera. Primero como sacerdote, luego como obispo y por último había llegado al grado de cardenal, siendo en la actualidad nada menos que el camarlengo de la Santa Sede.
Por lo tanto, y a pesar de su resistencia, su hija Pilar estaba en lo cierto. Tal vez él fuera la única posibilidad de saber sobre el destino de Belén. Su corazón se resistía, pero la practicidad de su hija mayor la devolvió a la realidad. Su hermano Giuseppe era su única alternativa.
—Está bien —accedió finalmente Sara—. Veré cómo ponerme en contacto con tu tío. Realmente luego de tanto tiempo no sé cómo voy a hacer, pero si hace falta viajaré yo misma hasta el Vaticano.
—Será lo mejor, mamma. Ya no podemos seguir esperando con esta angustia y, además…
En ese momento, Pilar emitió un quejido de dolor que interrumpió la conversación.
—¿Qué sucede hija?
—Me siento mal, estoy mareada. Me duele mucho, madre, creo que…
Sara miró a su hija y al observar el agua que brotaba bajo sus vestidos, comprendió que la hora de trabajo de parto había comenzado.
—No hay tiempo que perder, ya mismo llamaré a tu marido y con tus hermanas te acompañaremos al hospital. ¡Alabado sea Dios!
Pilar la miró con una extraña mezcla de asombro y ansiedad; se acercaba el esperado y temido momento. Solo deseaba que David, su esposo, pudiera llegar a tiempo para acompañarla.
CAPÍTULO 9
EL CAMARLENGO
Giuseppe Baglione había quedado desconcertado. Luego de la muerte del cardenal Hailler que era el favorito para ser electo como nuevo pontífice, muchas preocupaciones rondaban su cabeza. Parecía que de un tiempo a esta parte sus vínculos afectivos, espirituales e intelectuales, iban desvaneciéndose por distintas razones.
Sin previo aviso, un frío recorrió su espalda y el desasosiego le invadió por completo. Temió por su vida. Intuía que el caos reinante con respecto a la nueva designación de un papa, tenía origen dentro de la propia casa vaticana y, después de todo, él también formaba parte del «núcleo duro», como se denominaban a los cardenales más conservadores.
Por otro lado, era comidilla en los corredores de la Santa Sede que las facciones de los «modernos» habían amenazado a su grupo tras la muerte del papa anterior a Pedro II.
Aquel otro pontífice era demasiado liberal, hasta transgresor. Quería que la Iglesia se reformara aceptando a los divorciados como parte de sus feligreses. Buscaban flexibilizar las normas de la moral cristiana y lo que era peor, querían igualar a los hombres con las mujeres dentro de la Iglesia, hasta el punto de que pudieran celebrar misa y ocupar cargos más altos dentro del clero.
Estas ideas habían sido un verdadero escándalo para el núcleo duro cardenalicio, por lo que luego de la muerte del «papa moderno» y gracias a la divina providencia, había sobrevenido el mandato de su admirado Pedro II.
Su amigo Carlo había devuelto a la Iglesia una sana normativa moral, acorde con las tradiciones del canon. Por ese motivo, tanto Hailler como él, lamentaron su pérdida. Más allá de ser amigo personal de ambos, era también un referente en cuanto a los dogmas religiosos y morales a seguir.
La Iglesia no precisaba cambiar, pensaba Baglione, eran los seres humanos quienes tenían que acercarse a Dios para salvar sus almas de las tentaciones y así alcanzar la vida eterna.
Lo positivo, dado el alto cargo que ahora ocupaba, era que las decisiones fundamentales en los aspectos económicos y administrativos, dependían exclusivamente de su persona. Aun así, si bien esto le agradaba, al mismo tiempo le amargaba la idea de que siendo camarlengo su gobierno tenía los días contados. Cuando el cónclave eligiera un nuevo papa, él volvería a quedar entre las sombras.
Giuseppe Baglione estaba cansado de los segundos puestos. Por diversos motivos sentía que siempre había sido relegado de la mano de Dios. Por eso pensaba aprovechar al máximo ese poder que ahora detentaba, aunque fuera transitorio. Sería necesaria toda su agudeza mental para jugar bien las piezas de ajedrez del futuro.
Si todo salía acorde a sus planes, existía la posibilidad de calzar las sandalias del pescador. Esa era su máxima e inconfesable aspiración.
—Buenos días, excelencia —saludó con una tímida sonrisa su joven secretario, tras golpear la puerta.
—Buenos días, Mario, pasa, per favore —le animó Baglione.
—Disculpe el apuro, eminencia, pero tengo algunas consultas sobre asuntos de gobierno y la posición que tomará la Iglesia al respecto.
—Dime, Mario, ¿cuáles son las de mayor urgencia?
—La prensa nuevamente nos está hostigando y debemos dar una versión oficial acerca de la extraña muerte del cardenal Hailler. Se están elaborando conjeturas que no son convenientes para el Vaticano —explicó nervioso el secretario.
—¿Y cuáles son estas conjeturas y de quién provienen, caro Mario? —increpó el camarlengo alzando la ceja izquierda.
—A decir verdad —continuó el secretario—, es algo que escuché decir a los nuncios apostólicos. No sé si tiene mayor relevancia, pero se comenta que el cardenal Hailler fue asesinado, más concretamente envenenado por alguien perteneciente a la Santa Sede. Esa es la hipótesis que maneja la policía y algunos medios de prensa. Todo ha empeorado con el incendio del laboratorio del cardenal, colocándonos en una posición no solamente sospechosa e incómoda, sino además peligrosa.
—¿A qué te refieres concretamente, Mario?
—Como Ud. sabe, excelencia, la falta de credibilidad en nuestra Iglesia debido a los escándalos de corrupción, sumado a las denuncias de pedofilia, nos están costando caro. Por otra parte, el tema de las acciones del Banco Vaticano en fábricas de armamentos, tampoco es algo que hayamos podido blanquear.
—Caro mio, vayamos resolviendo los temas por partes —apuntó con un suspiro de hastío el camarlengo—. En cuanto a las sospechas de corrupción, como bien sabes, no existen pruebas contundentes para incriminarnos. Respecto al tema de la pedofilia y las acusaciones sobre distintos obispos y sacerdotes, es un asunto que está encaminando el cardenal Petteri y, por el momento, es mejor no pronunciarnos fuera de su discurso. En conclusión, no creo que estos rumores sean algo de lo que debamos preocuparnos. Tal y como está el mundo debido a los últimos atentados, estos asuntos pasarán a un segundo plano, ya lo verás.
—Va bene —anotó el secretario, quien sacaba apuntes de las respuestas del camarlengo, para luego organizar la estrategia de comunicación del Vaticano—. Pero ¿qué hacemos con respecto a las habladurías sobre la muerte del cardenal y el laboratorio?
—La gran pregunta para esas lenguas ponzoñosas sería: ¿quién podría querer la muerte del favorito para ocupar el sillón papal, cuando la Iglesia necesita más que nunca un santo padre?
—Lo que se rumorea, excelencia, es que sería alguien que quisiera quedar en ese lugar de privilegio.
—Mario, tú sabes muy bien que no existe consenso para ningún otro candidato. Por el momento, el cónclave ha quedado nuevamente suspendido por tiempo indeterminado y absolutamente fragmentado. De hecho, como se sabe internacionalmente, han sido suspendidas todas las reuniones por ese asunto hasta que se calmen un poco las aguas. Es importante transmitir que nadie en su sano juicio hubiera querido matar al cardenal Hailler. Tal vez, eso sea lo que debemos expresar más claramente para quitarnos de encima cualquier sospecha. Ha sido un lamentable accidente que sume a la Iglesia en la más profunda tristeza. La prensa debe comprender que nos demos un tiempo de luto hasta superar lo ocurrido y tener mayor claridad sobre este lamentable incidente —concluyó Baglione, arqueando nuevamente una ceja—. ¿Alguna otra consulta?
—El resto no parece importante —manifestó el humilde secretario—. Bueno, tal vez haya algo que sí podría tener cierta urgencia, pero es relativo a su familia —indicó el joven tragando saliva—. Esta mañana ha llegado una comunicación desde el Uruguay.
—¿Uruguay? — Respondió Baglione, intentando esconder su perturbación.
—Sí, excelencia. He recibido primero un mail en el que solicitaban la dirección de su correo electrónico y, al no responder por ese medio, recibí esta mañana una carta certificada que dice provenir de su señora hermana. Disculpe por no haber comentado antes acerca del asunto, pero me ha tomado también por sorpresa que su hermana insistiera en comunicarse. Es decir, no pensé que su excelencia tuviera más relación con su familia de Uruguay.
Baglione palideció ante esos comentarios, pero en pocos segundos volvió a tomar control de sus emociones.
—No te preocupes, Mario, yo mismo había olvidado tener una familia luego de la muerte de mi madre. Deja por favor, esa carta en mi dormitorio. Luego del almuerzo la leeré, cuando me retire a descansar.
—Como Ud. prefiera, eminencia —afirmó el eficiente secretario, bajando nuevamente la mirada.
Hacía casi diez años que aquel muchacho ejercía como asistente personal al servicio del cardenal Giuseppe Baglione, pero pocas veces lo había visto turbado, excepto cuando algo se refería a su familia en Uruguay. Mario Porto conocía bien a ese alto clérigo de ojos pequeños y huidizos, que brillaban ante la intriga y la corrupción. Sabía incluso de algunos negocios «poco católicos» de su excelencia, que convenía llevar consigo hasta la tumba. Cada gesto de ese rostro tenía para el joven una interpretación sobre los deseos de su jefe. Sin embargo, tal vez lo que Mario conocía mejor, era esa boca de labios finos y lujuriosos, que temblaban de excitación en los momentos íntimos.
CAPÍTULO 10
EL NACIMIENTO
—Falta el último pujo, hija mía —avisó Sara emocionada.
—Tú puedes, querida —añadió David, admirado de la fortaleza de su mujer.
La sala de partos había sido transformada en un lugar íntimo. El padre de David era un reconocido obstetra, actualmente accionista principal de ese hospital, donde eran muy conscientes de la importancia del acompañamiento familiar al momento de dar a luz.
Por otro lado, era tradición en la familia de Pilar, que las mujeres tuvieran conocimientos como matronas y acompañaran los partos. Sara había ayudado a muchas parturientas y la mayoría de sus hijas habían asistido en alguna ocasión a algún alumbramiento.
Quienes tenían mayor destreza eran la propia Sara e Isabella, que, además, tenían conocimiento sobre hierbas y preparados caseros para facilitar esos procesos. Por este motivo, ambas estaban acompañando a Pilar, una a cada lado de la cama.
Isabella sonrió.
—Ya está coronando, hermana. Es el último esfuerzo, tú puedes, nuestra Señora te está acompañando —alentó en un susurro.
Pilar estaba como en un trance, pero la voz segura de su hermana con las indicaciones finales le hicieron reaccionar. Entonces, con fuerzas que hasta el momento desconocía, dio un último pujo que fue bendecido por el llanto de un recién nacido. Una hermosa niña había llegado al mundo y con ella, todas las bendiciones para los suyos.
David recordó en aquel momento, cuando rogó a su madre para poder casarse con Pilar. Tuvieron que hablar con un rabino amigo, para que instruyera a su futura esposa sobre lo que implicaba convertirse a la religión de su familia. Muchos obstáculos habían tenido que superar juntos, pero gracias al amor que sentían el uno por el otro, sobrellevaron las pruebas.
Quizás por esto, Pilar había cambiado su actitud con respecto a la espiritualidad. El rabino les había explicado acerca del Zohar y la Torá, la cual es muy clara con relación a los diferentes roles impartidos por Yahvé para el hombre y para la mujer.
—El hombre es un conquistador —había dicho el religioso—. Es a quien se le encarga enfrentar y transformar el mundo. Con ese fin, a los hombres se los ha dotado de una naturaleza extrovertida y agresiva, que debe aplicar constructivamente en la guerra cotidiana de la vida. La mujer, en cambio —señaló—, es su opuesto diametral. Su naturaleza intrínseca es la «de no confrontar», por eso debe ser humilde e introvertida —sostuvo. Mientras el hombre enfrenta a los peligros del mundo exterior, la mujer cultiva la pureza dentro de sí misma. Ella es el sostén del hogar, quien nutre y educa a la familia. Es la encargada de cuidar todo lo que es bueno y santo en la vida cotidiana. «Toda la gloria de la hija del rey de los cielos es interior». Pero «interior» no significa necesariamente entre cuatro paredes—agregó el rabino—. Algunas mujeres para los judíos de nuestra estirpe tienen un importante papel que se extiende más allá del hogar. Si esta fuera la misión de sus futuras hijas, ella tiene que llegar con su prédica a la más lejana de las tierras. La mujer que ha sido bendecida con la aptitud y el talento de influir sobre las demás, puede y debe convertirse en una «saliente», abandonando periódicamente el refugio de su hogar. Pero ha de hacerlo solamente con el objetivo de alcanzar y movilizar a quienes han perdido el rumbo en sus vidas.
Este era el legado de la rama femenina de la familia de David y la continuidad de la tradición que debía seguir su descendencia, Más allá de que Pilar no coincidía con muchos de estos postulados, había entendido que solo el amor podía salvar las diferencias entre sus familias.
Ahora, ambos padres estaban emocionados por la bendición recibida, mirando embelesados a la pequeña. Toda inocencia y dulzura, todo un proyecto de «mujer saliente» como las de su estirpe.
Sara y sus hijas también sonreían satisfechas. Ellas al igual que la familia de David, sentían haber cumplido con una larga tradición. Aquella que las unía como mujeres y las bendecía como alumbradoras.
Solo faltaba la presencia de Belén para que la felicidad fuera completa, pero desde el espíritu de la unidad universal, la sintieron presente en sus corazones.
CAPÍTULO 11
LA CARTA
Acabado el frugal almuerzo, el camarlengo se retiró a sus aposentos para tomar una breve siesta que acostumbraba a hacer por las tardes.
Baglione era un hombre de rutinas a quien no le agradaban los sobresaltos ni los imprevistos, en especial los que provinieran de su ámbito familiar.
Tras la muerte de su madre, pensó que ya no tendría más vínculo con el resto de sus parientes. Menos aún con su hermana Sara, a quien íntimamente detestaba. Por lo tanto, la llegada de aquella inesperada comunicación, no solo lo fastidiaba, sino que le inquietaba que algo pudiera arruinar sus planes.