Clara Bennett Las rosas del apocalipsis
Las rosas del apocalipsis
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Clara Bennett Las rosas del apocalipsis

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Las palabras de aquel hombre sonaban verdaderas, pero el temor que sentía era igualmente poderoso. Sin embargo, Belén entendió que gritar en ese momento solo empeoraría las cosas. Conocía lo que sucedía con las prisioneras católicas y los terroristas del Estado Islámico. Se le helaba la sangre de solo pensarlo.

Por fin decidió confiar, aunque fuera difícil de aceptar, ese hombre enemigo, parecía ser su única alternativa de permanecer con vida.

—Está bien, no gritaré, puedes soltarme —dijo sollozante.

—Muy bien, mejor para ti y también para mí. Tal vez no lo creas, pero ya no soporto más el peso de las almas que se han ido entre mis manos. No quiero seguir derramando sangre esta noche. Conmigo estás a salvo —replicó ese hombre joven, demasiado serio para su edad.

Los dos se miraron con desconfianza pero al mismo tiempo con un extraño sentimiento de piedad.

—Mira, extranjera —agregó él súbitamente—, no te conozco, no sé nada de ti y no quiero saber nada sobre tu vida, pero he visto ya demasiadas muertes y cosas terribles en estos días. Así que te propongo algo, que haré más por mí que por ti. Te traeré comida y armarás un atado con tus pertenencias para irte de aquí esta misma noche. Vete hacia el norte, hasta la frontera con Turquía e intenta llegar a Europa desde allí. Esa es tu única posibilidad de sobrevivir. ¿Me has comprendido?

Belén no salía del asombro, simplemente miraba como hipnotizada a ese hombre de piel moruna y ojos oscuros, intentando adivinar sus intenciones.

Viendo el horror en la mirada de la joven, Tarik decidió hacerla enterar en razones.

—¿De dónde eres? ¿Por qué has llegado hasta aquí? —preguntó el musulmán, encendiendo lentamente un cigarrillo.

—Soy uruguaya —respondió la religiosa—. Pero he sido enviada en misión especial desde Roma.

—¿Una misión católica aquí? ¿Para qué? —cuestionó él sin comprender por qué una religión, mandaría a un grupo de mujeres hacia una muerte segura.

—Nuestra fe es una fe de obras y ayudar a los refugiados cristianos en Siria, era el sentido de mi vida hasta ahora. —expuso ella, relatando su misión.

Tarik no tenía idea dónde quedaba el país de origen de la joven, ni tampoco conocía cuáles eran las bases de su fe, pero prefirió no preguntar nada más. Le daba vergüenza poseer escasa formación. En su familia nadie había podido brindarle buenos estudios y quizás por eso, la guerra había sido su única alternativa.

Por otra parte, a pesar de lo extraño de la situación y de la reacción inicial de la religiosa, lo que llamaba poderosamente su atención era ese halo de bondad que envolvía a la joven y eso lo incomodaba.

—Bien —dijo el guerrero sin más comentarios—, espérame aquí junto a estas ruinas y ve juntando tus cosas. Intentaré traer víveres y algún medio de transporte para que puedas movilizarte. Tienes pocas posibilidades de sobrevivir, pero en esta ciudad tomada por nuestro ejército ya no te queda ninguna.

Belén no contestó. Su deber era estar en ese lugar con la congregación de las agustinas, pero comprendió que tal vez, Dios estuviera hablándole a través de ese hombre, para que fuera a cumplir sus objetivos en otros lugares. Debía preservar su vida para continuar con la tarea que tenía encomendada. Algo en su interior le decía que podía confiar en el desconocido, aunque las apariencias indicaran todo lo contrario.

Aguardó cerca de dos horas a su regreso. Ya casi había desistido cuando divisó a lo lejos una figura montada en una vieja motocicleta con un par de alforjas a cada lado.

—Esto es todo lo que pude conseguir para ti —anunció Tarik bajando del vehículo—. Aquí tienes víveres y agua para dos semanas aproximadamente. Esto otro es un hiyab —agregó sacando del bolso un pañuelo negro—. El mismo atuendo que usan nuestras mujeres para salir de sus casas. Tienes que cubrir tu cabeza y tapar tus ojos con estos lentes oscuros y debes intentar, sobre todo, que nadie vea tus cabellos. Son de un color exótico en estas tierras y llamarías mucho la atención. En todo momento debes fingir que tu marido está cerca y vendrá a buscarte. ¿Me has entendido? Es importante que viajes en lo posible acompañada por otras mujeres e intenta siempre dirigirte hacia el norte —le explicó ese hombre extraño, señalando una estrella—. No te detengas hasta llegar a la ciudad de Tell Abyad cercana a la frontera con Turquía. ¿Comprendes?

—Sí, entiendo —alcanzó a responder Belén con un hilo de voz.

—Allí pregunta por la familia de Tarik Guala y cuando encuentres a mi madre, entrégale este sobre de cuero que grabé cuando era niño con mi nombre. Así sabrá que vas de mi parte. Dentro contiene una carta, ella podrá ayudarte.

Belén asintió todavía con temor, pero confiando en lo que parecía ser su única alternativa de supervivencia.

—También debo pedirte un favor personal, extranjera. —Dijo Tarik sacando una pequeña bolsa de terciopelo azul—. Lleva este regalo a mi prometida. Su nombre es Aisha Amin Bigdabi, mi madre sabrá cómo hacer para encontrarla. Es importante que cuides esto que te entrego. Se trata de un objeto muy delicado que ni siquiera mi propia madre debe abrir para verlo. ¿Entiendes?

—Comprendo —repitió Belén—. No te preocupes, me has ayudado y tienes mi palabra de que haré todo lo posible para retribuir tus favores. No sé por qué haces todo esto, pero rogaré a Dios por el bien de tu alma. Que la paz sea contigo, Tarik Guala —Deseó la chica de ojos transparentes como el agua de un oasis.

—Salam aleikum, extranjera —replicó él, entrecerrando los ojos más negros que ella hubiera visto en su vida.

CAPÍTULO 5

EL SALÓN OVAL

En el ala oeste de la Casa Blanca, frente a un escritorio adornado con el escudo del águila calva, se encontraba ella. Esa mañana habría una importante reunión con el Consejo de Seguridad Nacional. Tenían poco tiempo y muchas cosas para resolver, pues la vida de una nación y de buena parte del mundo occidental dependía de sus decisiones.

Desde la asunción de la presidencia, cada día había sido un desafío como primera mujer al mando de la nación más poderosa del mundo. Pero nunca como ese día sentía la responsabilidad pesando sobre sus hombros.

Margaret, su secretaria, la llamó por el interno.

—Ya han llegado todos —anunció.

—Que pasen entonces —invitó ella—. Estoy pronta.

Tres hombres de traje oscuro, dos generales y cuatro mujeres de aspecto ejecutivo componían el grupo de consejeros que abordarían los principales asuntos de seguridad nacional. De ellos dependía la respuesta al último ataque terrorista que se había activado contra los aliados occidentales, entre los que se encontraban los Estados Unidos.

La meta estaba clara. Había que hacer desaparecer al Estado Islámico y a los terroristas, aunque en un principio ellos mismos hubieran alentado la formación de aquel monstruo.

Sin embargo, ahora esos grupos estaban totalmente fuera de control y tenían bajo amenaza bases estratégicas e importantes reservas de petróleo de los americanos. Por otra parte, la extensión de los dominios del Estado Islámico y su poderío económico y militar ya había crecido demasiado. Era el momento de ponerle fin.

Washington y el bloque occidental europeo habían creído que estos terroristas no serían más que una cuadrilla de asesinos a sueldo, manipulables como tantos otros en el pasado.

Históricamente, la superpotencia había aprovechado estas situaciones y, quizás por eso, alimentaron el poder militar de aquellas tropas realizando negociaciones por debajo de la mesa, procurando utilizarlos para sus propios intereses. Pero el Estado Islámico había dejado de ser un simple grupo de guerrilleros. Actualmente tenían moneda propia y comenzaban a autoabastecerse militar y económicamente, conquistando nuevos territorios y extendiendo sus dominios.

Como presidente de la nación, ella sabía que para combatir estos grupos había que incrementar las alianzas internacionales, tanto las manifiestas como las ocultas, en aquellos territorios. Estas últimas, tal vez fueran las más valiosas frente a la posibilidad de una guerra global y el descubrimiento de nuevas tecnologías de armamentos.

Arabia Saudita y Turquía eran actores clave en oriente medio para los aliados occidentales, pero el mundo musulmán ya desconfiaba de ellos y eso los hacía poco útiles a sus intereses.

Unos aliados indirectos, mucho más efectivos para combatir a los extremistas islámicos, habían resultado ser los kurdos. Estos eran un grupo disperso por distintos países del mundo musulmán, que tenían su propio idioma y religión y que aspiraban hacía muchos años a la conformación de un país independiente. Esta situación de marginalidad y opresión, los convertía en necesitados de una alianza fuerte especialmente con los Estados Unidos.

Tanto en Irak, Siria, así como en Turquía, las comunidades kurdas conformaban fuertes organizaciones que resistían los ataques del Estado Islámico, pero los kurdos mantenían de todas formas sus intereses separatistas.

El objetivo estaba claro para los Estados Unidos. Había que desarticular el terrorismo de guerrillas y su expansión por el mundo, por lo tanto, era preciso buscar los aliados adecuados, fueran estos quienes fueran.

Lo que preocupaba últimamente a los consejeros de Estado americanos, era la amenaza de ataque de un terrorismo bioquímico interceptado a través de las redes secretas del Pentágono y la CIA.

Lamentablemente, frente a la primera señal de alerta en las denominadas «Marianas» de internet —el nivel más profundo de la deep web— se había tardado demasiado en responder y tomar medidas. Por eso ahora era necesario actuar sin demora.

El objetivo era desarticular una compleja red que tenía base en distintos países musulmanes y que, debido a su enorme crecimiento demográfico eran ahora una pesadilla.

La reunión comenzó con palabras de la señora presidente, quien fue breve y concisa:

—Señoras, señores, todos saben por qué han sido convocados y los motivos apremiantes que debemos resolver. Aguardo vuestra información y consejos estratégicos. Yo me encargaré de conseguir los respaldos políticos necesarios, tanto en nuestro país como a nivel internacional. Pueden contar con mi absoluto compromiso y dedicación para estos fines —concluyó.

A continuación, el primero en hacer uso de la palabra fue el ministro de Seguridad Nacional. El general Maclean era un veterano de guerra con años de experiencia en los conflictos con medio oriente.

Sin mayores rodeos, aquel hombre que ya peinaba canas expresó:

—Es momento de atacar, movilizar tropas e interceptar posibles contraataques. Los rusos, los chinos y todo el bloque oriental están tomando la delantera en este asunto. En cuanto a la amenaza de armas químicas y bacteriológicas, tenemos información clasificada del servicio secreto israelí, sobre la nueva pandemia en la que nos encontraremos si no actuamos a la brevedad.

Pese al informe adverso que presentó el consejo económico, todos los demás participantes de la reunión sabían que si no intervenían en Siria, la guerra en oriente medio se perdería y las consecuencias serían nefastas.

La potencia nuclear americana estaba siendo superada por alianzas del enemigo con socios estratégicos. Entre ellos financiaban experimentos de armamentos químicos, que estaban empezando a desestabilizar los servicios de inteligencia americanos.

Ya era hora de poner freno a las nuevas armas introducidas mediante la importación de alimentos, las cuales, por alguna extraña reacción química, generaban la muerte selectiva de cientos de miles de personas a lo largo y ancho del mundo.

La guerra estaba tomando dimensiones que afectaban a la salud pública internacional, de una forma tan sutil como mortífera. En algo tan corriente como la importación de aves desde medio oriente, había sido implantada la simiente del desastre y ahora la pandemia se extendía por todo el planeta.

Los terroristas habían descubierto la manera de hacer penetrar las armas químicas de forma silenciosa. Parecía el principio de un tipo de guerra que no se había planteado anteriormente y que coincidía con el aumento de la compra de productos con el rito halal, obligatorio para la alimentación musulmana a nivel internacional.

Por otra parte, aquella amenaza esbozada en la ONU de los años setenta, planteada por el argelino Houari Boumédiène de conquistar el mundo con el vientre de las mujeres musulmanas, parecía estar materializándose. La profecía no solamente afectaba la demografía, la cultura y la religión, sino la vida política y a la economía internacional. Si la población islámica radicalizada continuaba en franco crecimiento, era cuestión de pocos años para que dominaran el mundo e impusieran sus dogmas.

La estrategia terrorista era financiada en las sombras por los grandes poderes de las corporaciones y la denominada “Nobleza Negra”, quienes se beneficiaban históricamente del fanatismo religioso. En los países occidentales, se compraban alimentos con rituales halal para refugiados y emigrantes musulmanes, para conformar los valores de este tipo de población. No obstante, actualmente estos productos se habían transformado en bombas químicas de activación selectiva y esa era la gran preocupación.

Estados Unidos y Europa habían sido notificados y advertidos de la situación y ya estaban intentando deshacerse de estos alimentos. Pero en la actualidad, era difícil saber cuáles de ellos contenían potencial mortífero y cuáles no, pues en contacto con otros productos alimenticios transmitían estas nefastas capacidades. Debido a la expansión del comercio musulmán y al supuesto contagio entre los alimentos, había comenzado un tipo de guerra donde el caballo de Troya podía encontrarse en el plato de comida de cualquier familia. De esta forma, la mesa estaba servida para el desastre.

—Pues entonces, nos desharemos de las últimas importaciones de alimentos de medio oriente y volveremos a una política subsidiada de producción, mientras nos organizamos militarmente —propuso ella.

El general Maclean asintió agregando:

—No será sencillo, señora presidente, sobre todo por el crecimiento de nuestra propia población musulmana, que demanda este tipo de alimentos con el ritual halal. No obstante, junto a la dirección de salud y producción alimenticia, intentaremos que se realice ese ritual dentro de los Estados Unidos y con el control de nuestro gobierno.

Me parecen excelentes medidas, general, pero debemos pensar también en una estrategia de respuesta militar —expresó la presidente, acomodando su cabello detrás de las orejas.

—Por cierto —continuó Maclean—, en cuanto al contraataque, hemos pensado que podemos emular la estrategia kurda que parece estar dando buenos resultados.

—¿Los kurdos? Tenía entendido que eran un pueblo bastante atrasado militarmente con respecto a nosotros. ¿Cuál es esa estrategia, general?

—Las mujeres, Sra. presidente. Las mujeres armadas.

—No entiendo, general.

—«Todo hombre que muera en manos de una mujer en combate dejará de merecer el paraíso», recitó Maclean. Así lo dispone la sharía y la interpretación que le dan los extremistas a los suras del Corán.

Debido a estas creencias, las milicianas kurdas los están exterminando en algunos puntos de la resistencia, tanto en Irak como en Siria —añadió otro de los miembros de la comisión de seguridad —. Por lo tanto, tal como indica el general Maclean, las mujeres armadas en el combate cuerpo a cuerpo son una buena apuesta estratégica.

—¡Vaya! —Sonrió la presidente—. Parece que después de todo sí existe una kryptonita para estos terroristas desbordados —apuntó ella, mirando fijamente al general en jefe.

—Mandaremos nuestros propios ejércitos femeninos — concluyó Maclean—. Nos encargaremos de ello—acotó su subalterno, mientras el resto de los presentes asentía unánime.

CAPÍTULO 6

KURDISTÁN

—«El sueño de nuestro pueblo y sus máximas aspiraciones, es formar un Kurdistán libre y las próximas generaciones así lo merecen» —exclamó Samira a viva voz, para finalizar su discurso.

Aisha la miró con esa admiración que se siente por alguien coherente con sus valores, que lucha por las causas elevadas de su pueblo.

Samira se había convertido en una guerrera reconocida y una líder querida por su gente, debido a las últimas batallas en las que había participado con el temple digno de una coronel. Ese era el rango militar que ocupaba actualmente dentro del escuadrón de mujeres y se había convertido casi en una leyenda para el pueblo kurdo.

Todos los presentes la aclamaron emocionados. Había sido un día de victoria gracias a la intervención del batallón femenino que integraba la Peshmerga, que en idioma kurdo significa lisa y llanamente «los que enfrentan a la muerte».

Con la conjunción de tropas mixtas y debido a una ingeniosa estrategia militar llevada adelante por Samira y el coronel Helmut Bonim, los kurdos habían reconquistado la ciudad de Kirkuk. Gracias a ello, ahora tenían acceso a varios pozos petroleros, que redituaban en mayores ganancias para el gobierno regional de Kurdistán, denominado usualmente con las siglas GRK.

Dicho gobierno, se había empobrecido por financiar la guerra contra los terroristas en suelo sirio e iraquí, pero sus intenciones últimas eran asentar el nacionalismo y generar los cimientos de lo que sería un nuevo país independiente.

El GRK había logrado instalarse en Irak luego del derrocamiento de Sadam Hussein y ahora estaban haciendo grandes avances en territorio sirio, gracias a la ayuda económica oculta de distintos gobiernos; entre ellos el de los Estados Unidos.

Esta superpotencia apoyaba al GRK para que los terroristas del Estado Islámico fueran exterminados en el propio nido de la serpiente y no llegaran hasta occidente.

Turquía, por su parte, siempre se había mostrado reacia hacia la independencia del Kurdistán, pero con las nuevas conquistas territoriales de la Peshmerga, finalmente debían aceptar que el ideal nacionalista del pueblo kurdo estaba por concretarse.

Por lo tanto, el Gobierno de Turquía consideraba mejor estrategia comenzar a ser amigable con los futuros vecinos. De esta forma, pacificaba a su propia población, pues existía una gran cantidad de kurdos dentro de sus fronteras que servían de dique de contención ante el avance de los terroristas islámicos.

Samira hacía muchos años que había sido reclutada en el ejército nacional de mujeres kurdas, siendo en ese entonces prácticamente una niña. Aquella mujer de rasgos arios, con ojos azules y cabello rubio como el trigo maduro, había ingresado en principio como un simple soldado raso. Pero debido a su arrojo e inteligencia, rápidamente había escalado posiciones logrando una participación relevante en la Peshmerga femenina.

Actualmente, también tenía un futuro prometedor en la Unión Patriótica de Kurdistán a nivel político, y para una joven de veintiocho años, esto era mucho más de lo que podría haber imaginado.

La guerrera kurda simplemente agradecía la oportunidad de poder luchar por su nación y vengar la muerte de su familia. La milicia ya era su forma de vida y la libertad de su pueblo su mayor anhelo.

El reclutamiento de mujeres para la Peshmerga a nivel internacional, estaba dando grandes resultados. La división femenina del ejército kurdo, se enorgullecía de ingresar cada día nuevas reclutas de Europa y Asia que venían a dar la vida por su patria.

Este pueblo estaba logrando sin habérselo propuesto, una meta social evolucionada que se reflejaba a nivel político en la igualdad de derechos entre hombres y mujeres, lo cual era un enorme avance en relación con siglos anteriores.

Asimismo, la sólida unión entre los dos sexos en la batalla, junto con el crecimiento del nacionalismo kurdo, estaba resultando en la mayor fuerza de combate opositor jamás imaginada por los ejércitos del Estado Islámico.

Los terroristas solo veían en sus huestes masculinas a los ejecutores y beneficiarios de una lucha sanguinaria, tratando a sus mujeres peor que a los animales. Esta situación provocaba divisiones y debilidad interna en sus batallones y en la sociedad civil.

El mal trato hacia la mujer islámica por parte de estos hombres, si bien se escudaba en una particular interpretación del Corán y la sharía, era innegable que servía de pretexto para cometer los peores abusos a los derechos humanos. Los extremistas no solamente despreciaban a sus mujeres como «sexo débil» que no servía a sus fines militares, sino a todo aquel que profesara un credo diferente al islamismo sunita radical.

Estos hombres solo entendían de guerras violentas, aunque insistieran en denominarlas como «guerras santas», pero un ejército entrenado para matar formado por mercenarios, no estaba preparado para enfrentarse a mujeres guerreras que luchaban a la par de los hombres por su patria. Ellas no temían empuñar las armas y dar la vida por un valor superior como era la libertad de su pueblo.

El combate femenino y la perspectiva de lograr un Kurdistán independiente, iba absolutamente en contra de los intereses del Estado Islámico tanto a nivel político como religioso. Constituía un verdadero escándalo aquello de la igualdad entre hombres y mujeres en batalla, lo que empezaba a solidificarse también a nivel social en el pueblo kurdo.

Quizás por eso, los combates contra este pueblo eran cada vez más violentos por parte de los radicales, quienes en caso de vencer torturaban a la población civil de la forma más cruel, empalándolos y cortando sus cabezas o directamente matándolos de hambre y sed en el desierto.

—¡Aisha, ayúdame con el cargamento! —pidió Samira, a la recluta ingresada recientemente bajo su mando.

Aisha Amin Bigdabi, hacía pocos meses que había cumplido dieciocho años y se había enrolado para ingresar en la Peshmerga para combatir por la independencia.

La muchacha no tenía grandes cualidades para la lucha, pero destacaba en las ciencias y la medicina. Por ese motivo, en aquellos momentos actuaba colaborando con las enfermeras de la división que comandaba Samira.

Íntimamente, Aisha esperaba con ansias poder llegar a desempeñarse militarmente, pero su anhelo todavía parecía lejos de ser interpretado por la coronel.

Siguiendo las directivas de Samira, las mujeres fueron bajando los paquetes de víveres del camión que había llegado esa mañana desde el sur de Siria. Era importante clasificar el cargamento de alimentos y medicinas para racionalizar las demandas, tanto dentro de la población civil como en el ejército.

Las reclutas fueron ordenando los alimentos para ser distribuirlos primero en el campamento masculino, que era donde más se necesitaban. Mientras tanto, las medicinas quedarían en el campamento de las mujeres para que Aisha y sus compañeras las ordenaran.

Nadie en el campamento sospechaba, que en los alimentos que provenían de la ciudad de Palmira, pudiera estar escondida la semilla del desastre.

CAPÍTULO 7

LAVANDERAS DEL ÉUFRATES

Belén se encontraba exhausta, ya no sabía cuántos días y noches habían transcurrido en su peregrinar por distintos pueblos y aldeas de la Siria rural, siguiendo la estrella indicada por Tarik para no desviarse. Lo más difícil había sido la travesía nocturna por zonas desérticas, pero la gracia divina la había acompañado, y en ese trayecto no hubo de cruzarse con mayores peligros.

En aquel momento había muchas personas que viajaban solas o en pequeños grupos de «caminantes». Hombres, mujeres y hasta niños de diferente edad y religión, buscaban refugio del avance terrorista en las tierras del norte. El objetivo era poder llegar hasta Europa, la nueva tierra prometida para quienes huían de los horrores de la guerra en oriente medio.

Los más agraciados pasaban las fronteras e ingresaban en campos de refugiados. Allí recibían ayuda de organismos internacionales o eran acogidos por algún país que hubiera implementado ese tipo de políticas.

Sin embargo, la mayoría deambulaban en un incierto peregrinar hacia cualquier destino, que no fuera caer en manos de los extremistas fanáticos.

De ese modo, una silenciosa mujer entreverada en un grupo de familias, vestida con hiyab y lentes oscuros, no llamaba mayormente la atención. Había sido realmente muy buena la idea de Tarik de vestirse como musulmana para poder integrarse.

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