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Roberto Badenas Frente al dolor
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El término ‘sufrimiento’ tiene en muchas lenguas un doble sentido que incluye a la vez el padecimiento, la sensación de infelicidad o desagrado y la pena o sentimiento de congoja. Si en el placer disfrutamos de las sensaciones del cuerpo, en el dolor nos resultan un indeseable fastidio. En la dicha nos sentimos exultantes, frente al dolor nos sabemos impotentes. Ante el placer el ser entero se abre ávido de nuevas vivencias, mientras que ante el dolor el organismo se repliega sobre sí mismo, como para protegerse de un intruso. La salud da por sentado “el silencio de los órganos”: el dolor físico se experimenta, al contrario, como “un grito del cuerpo”.1 Si la salud es un estado que permite vivir de manera autónoma, alegre y solidaria, tanto en lo biológico como en lo psíquico y lo social, el dolor perturba este estado en todas sus dimensiones.
Los contornos huidizos del dolor humano han hecho verter mucha tinta para intentar definirlo, sin resultados convincentes. El filósofo Spinoza definió el dolor en el siglo XVII como «una emoción fundamental, contraria al placer». La Asociación Internacional de Estudio del Dolor lo definía en nuestros tiempos como «una experiencia sensorial desagradable, asociada a una lesión tisular, real o potencial, o descrita en términos que evocan tal lesión».2
Pero ya nadie limita la definición del dolor a los efectos de lesiones. Esta definición ha sido revisada, y hoy se habla del dolor como «una experiencia emocional (subjetiva) y sensorial (objetiva) desagradable asociada con daño potencial o total de tejidos».3 Y ni aun esta definición resulta satisfactoria para todos.
Dolor y sufrimiento
Hay quienes distinguen dolor y sufrimiento como dos realidades diferentes. Argumentan que el dolor es orgánico, mientras que el sufrimiento sería más bien de índole psíquica. Según esta tesis lo que duele es el cuerpo. El sufrimiento afecta más bien al espíritu, a nuestra capacidad de reflexión. En ese sentido «el dolor inunda el ser, el sufrimiento lo enfrenta. [...] El carácter concreto del dolor hace asequible la vivencia y facilita la acción terapéutica. El sufrimiento, en cambio, se expresa en forma oscura y su núcleo íntimo queda en tinieblas, incluso para el que lo padece…»4
La ciencia dispone de medios para combatir el dolor orgánico-fisiológico pero el sufrimiento es una realidad más compleja que puede, aunque no necesariamente, incluir la presencia del dolor, y cuya terapia requiere otros tratamientos. Así, una paraplejia no tiene por qué doler, pero el paciente puede padecerla hasta más allá de lo imaginable.
Cicely Saunders, fundadora del movimiento Hospice,5 acuñó la expresión “dolor total”, que incluye, además de las molestias físicas, el sufrimiento moral, mental, social y espiritual porque todos estos aspectos están relacionados entre sí. El sufrimiento está ligado a circunstancias que afectan a la persona en su ser total y en ese sentido resulta más global que el dolor propiamente dicho.6 Pero el uso popular de los términos dolor y sufrimiento los hace prácticamente intercambiables. Son conceptos que, a menudo, se entrelazan y confunden. Aquí nos referiremos a ellos a menudo de modo indistinto.
Fisiólogos, como Sherrington o Szasz, describieron el dolor como un reflejo de protección destinado a alertar a la persona para evitarle otros daños peores. Según ellos, se trataría, en primer lugar, de una señal de alarma mediante la cual el organismo indica que algo no va bien, avisa de alguna forma de agresión7 o advierte que un peligro acecha. La sensación de ardor que nos aparta del fuego evita que suframos quemaduras más graves. El pinchazo hace que nos apartemos de las espinas y no suframos heridas mayores. Etcétera.
Aunque esta definición positiva del dolor es válida en muchos casos, no es aplicable a todos. Si por una parte el dolor es capaz de protegernos de la destrucción (por ejemplo, apartándonos del fuego), por otra es capaz también de destruirnos. El famoso cirujano francés René Leriche8 ya señaló que: «Para los médicos que viven en contacto con los enfermos, el dolor no es más que una contingencia, un síntoma perjudicial, angustioso y nocivo […]. El dolor a veces hace todavía más penosa y desdichada una situación que ya es irrevocable […]. Debemos descartar la idea de que ese dolor es beneficioso. El dolor es siempre un regalo siniestro. Envilece al hombre y lo enferma más de lo que realmente está. El médico tiene el deber ineludible de prevenirlo, si puede».9
Amigos o enemigos, dolor y sufrimiento necesitan tomarse siempre en serio.
El dolor, experiencia personal
Aunque el dolor nos produce repulsa a todos, tiene efectos diversos en cada persona. No todos sufrimos igual. Se podría decir que más que “dolores” o “sufrimientos” existen personas que sufren. Mi dolor o el de cualquier otro es siempre una vivencia individual. Quizá no haya experiencia más personal que la del sufrimiento. Afecta al ser en su totalidad: al cuerpo y al espíritu. Sea físico o moral, el dolor nos recuerda la fragilidad de nuestra existencia, acapara nuestra atención en nuestro propio malestar y convierte su eliminación en la más urgente de las tareas.
El dolor y el sufrimiento son quizás las experiencias humanas que más nos aíslan de los demás. No importa cuánto hayamos leído acerca del tema o cuánto consigamos simpatizar con el que sufre, su dolor será siempre suyo, único e intransferible. No hay manera de compartir, en realidad, el dolor.10 Nuestros padecimientos constituyen un círculo cerrado al exterior. «No puedes sentir el dolor de cualquier otro, ni cualquier otro puede experimentar el tuyo [...]. Holocausto, hambre, pandemias… no importa. El sufrimiento siempre llega en lotes individuales».11
Nuestra dificultad para analizar el dolor se complica además con el hecho de que, al impregnar todas las dimensiones del ser, afecta en mayor o menor medida a nuestra objetividad. Sobrevenga de forma súbita en un accidente o se anuncie con anticipación en una enfermedad crónica, el dolor nunca nos encuentra preparados: perturba nuestra existencia y puede paralizarla por completo. Cada vez que irrumpe en nuestra vida, nos convierte de algún modo en víctimas pasivas de lo que nos acontece. No importa cuán responsables seamos de sus causas, siempre lo percibimos como un intruso que nos invade.
¿Cuánto nos duele?
El dolor es una sensación muy difícil de medir. La valoración de su intensidad es todavía muy aleatoria y difiere considerablemente de unos pacientes a otros y de unos médicos a otros. Las técnicas fiables para medir el dolor son muy recientes y aún no están ni generalizadas ni reconocidas del todo.
Tampoco es fácil comparar unas molestias con otras, y pronunciarse de modo válido para afirmar, por ejemplo, qué es peor, si un intenso dolor pasajero, como el de muchos partos naturales, un cólico nefrítico, etcétera, o el dolor arraigado, mucho menos agudo, pero mucho más persistente de ciertos tipos de cáncer o artrosis. El dolor crónico, aunque sea relativamente moderado, se puede volver insoportable precisamente por su duración. Este dolor afecta a un gran porcentaje de pacientes durante periodos muy variables, en los que les cambia radicalmente la vida.12 Impide conciliar el sueño, perturba la movilidad, reduce la capacidad de trabajo y afecta hasta a los gestos más cotidianos como levantarse de la cama, o subir y bajar escaleras. Incluso pasear puede convertirse en un suplicio. Padecer dolores persistentes sin conocer las causas o sin encontrar alivio, perturba la vida normal y llega a provocar cuadros graves de depresión y ansiedad.
Reacciones ante el dolor
Las actitudes ante el dolor son casi tan diversas como las personas que sufren. Es difícil generalizar sobre las dimensiones subjetivas del dolor, porque hay tantas formas y grados de sufrimiento como variaciones de los umbrales de sensibilidad. Ciertas dolencias consiguen ser increíblemente soportadas por algunos de los que más sufren y particularmente temidas por los que han sufrido menos. Por eso la evaluación del sufrimiento es muy relativa y varía según los pueblos, los individuos y los casos. En algunas guerras los soldados operados sin anestesia no parecían sentir más dolor que el de sus propias heridas. En ciertas etnias, hay mujeres que dan a luz y siguen trabajando casi como si nada especial hubiese ocurrido.
El sufrimiento trasciende las circunstancias personales de sus protagonistas. Como alguien ha observado con sorna, «la corona real no quita el dolor de cabeza».13 De ahí que muchas preguntas teóricamente interesantes resulten, desde el punto de vista práctico, totalmente irrelevantes: ¿Quién sufre más, los hombres o las mujeres?, ¿los adultos o los niños?, ¿los jóvenes o los viejos?, ¿los mejor informados o los más ignorantes?, ¿los creyentes o los no creyentes?, etcétera. Al afectarnos de modo tan personal, cuando sufrimos tendemos a pensar que la adversidad que se abate contra nosotros es única, que nadie sufre así, o que nuestro dolor no es comparable a ningún otro. Y así es, en cierto modo.
Nuestras sociedades desarrolladas han combatido el dolor físico con innegable éxito. La medicina y la farmacopea están convirtiendo la experiencia del dolor en un problema técnico. De ahí que se les reproche, con razón, el riesgo de reducirlo a una mera disfunción de la maquinaria corporal.14 Pues el dolor es un problema más amplio, que afecta a la irrepetible singularidad del ser humano. De hecho, ninguna ley fisiológica puede dar cuenta por entero de esta experiencia.15 Los beneficiarios privilegiados de lo que se ha dado en llamar el “estado del bienestar”, recurrimos sistemáticamente a la asistencia sanitaria en nuestra lucha contra el dolor, como si se tratase de un derecho fundamental. Los médicos nos recetan fármacos que nos quitan las molestias físicas. Las terapias psicológicas apaciguan nuestras perturbaciones emocionales. Y si no, las drogas nos procuran una evasión, aunque sea momentánea, de nuestra realidad dolorosa.
Hoy en Occidente las cifras estadísticas del consumo de analgésicos y tranquilizantes no cesan de crecer. Otras sociedades y otros tiempos han asumido el dolor de maneras que a nosotros nos parecen excesivamente resignadas y crueles, atribuyéndoles dimensiones religiosas o espirituales que nos resultan cada vez más difíciles de entender. Sufrimiento y dolor se han enfrentado en ellas no como meras cuestiones sanitarias o médicas sino como problemas existenciales. Pero en nuestro mundo postcristiano, las curas han desbancado a los curas. Medicamentos y terapias han sustituido a ayunos y oraciones, y se han convertido en los sucedáneos modernos de lo que en otro tiempo dependía en gran medida de la fortaleza personal, del dominio propio o de la fe.16
¿Es verdad que nadie quiere sufrir?
A pesar de que, en teoría, todos buscamos el bienestar y cada uno se defiende a su manera contra el dolor, en realidad el sufrimiento también se cultiva. Es sorprendente comprobar con qué obstinación nos mantenemos en situaciones que nos hacen sufrir, y cuánta energía somos capaces de gastar alimentando precisamente las causas de nuestros problemas.
Veamos un ejemplo de menor importancia. Al niño se le mueve un diente de leche que se le va a caer, pero que apenas le duele si no se lo toca. Sin embargo, siente la necesidad de tocarse el diente sin parar (sea con la lengua o con los dedos), ¡como si quisiera asegurarse de que el dolor sigue allí!17 A un nivel mucho más serio, innumerables víctimas de dolencias que son directa consecuencia de malos hábitos (dieta, tabaco, alcohol, falta de ejercicio, etc.) quisieran dejar de sufrir pero sin cambiar su estilo de vida. En vez de atacar la causa de sus males cambiando de costumbres, prefieren recurrir a operaciones o a remedios milagro que los liberen de sus consecuencias indeseables.
Existen tipos de sufrimiento que adoptan formas cercanas al masoquismo. Son cultivados por quienes obtienen con ello alguna ventaja. Numerosas situaciones de dependencia, e incluso de autodestrucción –unas rápidas y otras lentas– “excusan” al paciente de tener que enfrentarse con problemas no resueltos, derivando hacia otros su propia incapacidad para resolverlos. Hay estados de enfermedad cuya gravedad frena cualquier crítica o reproche contra el que los sufre, independientemente de la causa de su situación. Eso hace que ciertos enfermos crónicos adquieran una especie de “dependencia” que los hace menos responsables de lo que serían si fuesen más autónomos. Con su manera de actuar consiguen, inspirando lástima, obtener la ayuda deseada sin tener que pedirla.18 En ciertos casos, su propio sufrimiento les proporciona el medio perfecto para castigar a alguien –cónyuge, hijos o padres– culpabilizándolo de forma solapada de sus propios problemas.
Por otra parte, como ha demostrado la doctora Sylvie Galland, se da un elevado porcentaje de pacientes que reproducen modelos de relaciones sufrientes vividas en su infancia, las cuales serían a menudo evitables. Así, la hija de un alcohólico tenderá más fácilmente que otra a asumir un sufrimiento similar al que padeció su madre por causa de los problemas del padre, predisponiéndose inconscientemente a soportar los avatares de un marido… ¡preferentemente alcohólico! «Quizá nuestra sociedad competitiva tenga algo que ver con esto. Los honores y la gratificación corresponden solo a los que triunfan. Pero el afecto, la compasión y el favor públicos van naturalmente hacia los que sufren. Como es mucho más fácil en la vida fracasar que triunfar y ser desgraciado que feliz, la tendencia de algunos es preferir la facilidad».19
Por si fuera poco, hay dolencias que tienen para algunos de sus pacientes una dimensión cautivante, casi heroica, cuya intensidad jamás encontrarían en la rutina de sus vidas mediocres. Un amigo médico de urgencias me hablaba de un mendigo que “se accidentaba” con una frecuencia regular, hasta el punto de que el equipo médico creía que lo hacía por nostalgia del excelente trato que recibía en el hospital cada vez que era internado en sus periodos de recuperación. Evidentemente, se trata de un caso extremo, pero aun en grados menores la nostalgia del sufrimiento no es excepcional. Algunos pacientes se encierran en sus problemas como en una cárcel amada. Esta categoría de enfermos han resuelto de cierto modo su situación en la vida. Sanar significaría replantearse cuestiones laborales, personales o familiares que no se atreven a enfrentar. Su curación –o la de un hijo discapacitado, etcétera– les obligaría a buscar trabajo, o permitiría al cónyuge emprender por fin un divorcio al que no se atreve en las circunstancias presentes. Nada ayuda a sanar de una enfermedad con la que uno se lleva bien...
En estos casos cercanos a la patología, para iniciar su liberación el paciente tendría que llegar a la lucidez de atreverse a renunciar a ciertos “beneficios” presentes y reconocer que está prolongando de algún modo una situación que podría superar. Tendría que conseguir preguntarse seriamente qué pasaría si los problemas que sufre desaparecieran de pronto: ¿Cómo haría frente a su nueva situación?
¿Cómo lo tomarían sus seres más cercanos? Etcétera. Pero para llegar hasta esa lucidez ideal y a esa toma de conciencia liberadora se necesita algo más que madurez e inteligencia. La naturaleza humana es muy compleja. Asumir las responsabilidades de la propia autonomía nunca es fácil y aún menos para el enfermo. En general las personas que se quedan estancadas en este tipo de problemas necesitan mucha comprensión y ayuda profesional para superarlos.
1 . La Organización Mundial de la Salud (OMS) en su Constitución de 1946 define la salud como «un estado de completo bienestar físico, mental y social, y no solo la ausencia de afecciones y enfermedades». Véase el comentario de Eduardo Punset, El viaje a la felicidad, Barcelona: Destino, 2005, p. 109.
2 . Citado por Reinaldo Bustos, “Antropología del dolor”, en Diccionario latinoamericano de bioética (ed. Juan Carlos Tealdi), Bogotá: Unesco/Universidad de Colombia, 2008, p. 60.
3 . Lucilda Selli, “Cuidados ante el dolor y el sufrimiento”, ibíd., p. 62.
4 . Miguel Kottow, “Bienestar, dolor y sufrimiento”, ibíd., p. 59.
5 . Cicely Saunders inició en 1967 un movimiento revolucionario en favor del cuidado de los moribundos, en el Hospice St. Christopher, ubicado en una barriada de Londres. Hoy el movimiento ha cambiado el trato a los enfermos terminales en cientos de hospitales de todo el mundo, basándose en el principio del cuidado integral, atendiendo a las necesidades físicas, sociales, emocionales y espirituales del paciente. Su lema es: “Importas porque eres tú, e importas hasta el último momento de tu vida” (ver www.muertedigna.org/textos/euta285.htm) Consultado en febrero 2021.
6 . Lucilda Setti, “Cuidados ante el dolor y el sufrimiento”, en Diccionario latinoamericano..., op. cit., p. 62.
7 . Cf. W. J. Roberts, “A hypothesis on the physiological basis for pain”, Pain, nº 24 (1986), p. 297-311.
8 . La chirurgie de la douleur, París: Masson, 1940, p. 39-40.
9 . Citado por Aquilino Polaino-Lorente, “Más allá del sufrimiento”, Atlántida, nº 15, julio-septiembre 1993, p. 301.
10 . «El dolor es personal, más privado que el pensamiento (tú puedes compartir el pensamiento pero no tu dolor), y por eso jamás ni uno solo de los miles de millones de habitantes de este mundo de enfermedad y muerte sufrió más de lo que cada uno, individualmente, podía» (T. S. Eliot, “El entierro de los muertos”, traducción de José Luis Justes Amador, http://poemaseningles.blogspot.com/2005/12/ts-eliot-burial-of-dead.html).
11 . Clifford Goldstein, Vida sin límites, Madrid: Safeliz, 2007, p. 106-107.
12 . Hay muchas enfermedades con alto porcentaje de enfermos con dolor crónico. Entre ellas destacan, además de diversas formas de cáncer, las diversas patologías osteoarticulares. El ácido acetilsalicílico, los compuestos de paracetamol, los antiinflamatorios y los opiáceos (morfina y otros estupefacientes) siguen siendo los remedios más efectivos y frecuentes.
13 . Frase atribuida a Herbert George Wells (más conocido como H. G. Wells, 1866-1946), autor de La guerra de los mundos.
14 . David Le Breton, L’adieu au corps, París: Métailie, 1999.
15 . Reinaldo Bustos, “Antropología del dolor”, en Diccionario latinoamericano..., op. cit., p. 60.
16 . Inmaculada De la Fuente, “Conjurar la tristeza con píldoras”, El País, 6.4.10, p. 28-29.
17 . ¡A no ser que lo que quiera es liberarse cuanto antes del diente para obtener una recompensa de parte de sus familiares! (Cf. Sylvie Galland y Jacques Salomé, Les mémoires de l’oubli, Ginebra: Jouvence, 1989).
18 . ¡Y no decimos nada del “enfermo tirano”, que no pide nada, pero no cesa de presumir de ello!
19 . S. Galland, “L’attachement à la souffrance”, Optima, nº 217, febrero 1992, p. 27-28.
2
Necesitamos expresar nuestras penas
«Dad palabras al dolor».
Shakespeare1
–No encuentro palabras para expresar el dolor que siento…
Así empiezan muchos de los mensajes de pésame que recibimos o enviamos. Ante el dolor, ya se trate de la pérdida inesperada de un bebé en gestación, o de cualquier otra desgracia, aunque fuera previsible, parece que nos quedamos sin palabras. No es fácil expresar lo que sentimos cuando nos enteramos de que a un amigo le han detectado un cáncer. O cuando un accidente estúpido deja mutilado a un joven vecino, o un conocido ha sido víctima de un atentado… Una necesidad imperiosa nos empuja a manifestar nuestros sentimientos de pena, en esa mezcla tan difícil de formular en la que nuestras emociones se confunden con los sentimientos de rabia o impotencia.
Si asumirlo no es fácil, aún parece más difícil callar el dolor. Se diría que tenemos una necesidad básica de expresarlo, aunque no sepamos hacerlo. Desde que llega al mundo, las primeras manifestaciones del recién nacido son gritos de protesta, de ruptura, de miedo, quizá. El que sufre, no importa su edad o situación cultural, tiende a decirlo, a quejarse o a llorar su dolor.
Contar sus penas o escribirlas para sentirse escuchado, hablar de sus enfermedades u operaciones, forma parte de una verdadera terapia. ¿Quién no ha reparado alguna vez en las expresiones de satisfacción o alivio que reflejan ciertas señoras mayores contándoles a otras sus operaciones, partos o enfermedades?
Sin embargo a muchos de nosotros nos han formado en el rechazo de los mejores cauces para evacuar el dolor. No nos han sabido decir a tiempo que las meras lágrimas son un innegable alivio. Y así son innumerables los que van por la vida sin atreverse siquiera a revelar sus penas a quien deberían hacerlo. Por su talante, por la educación recibida, creen que exponer a otros sus problemas es una debilidad. O, a causa de la naturaleza de sus dolencias, les da vergüenza revelarlas. Ignoran que compartir lo que se siente con alguien de confianza suele ayudar a ver más claro y a descargar la angustia. Sobre todo si se trata de un profesional, capaz de aportarnos soluciones para nuestra situación.
El mero hecho de ser escuchados y descubrirnos reflejados en los relatos de sufrimientos ajenos, como ocurre en los grupos de apoyo, nos ayuda a sentirnos menos aislados y a comprender mejor nuestra situación. Al tomar conciencia de que otros comparten nuestro estado, e incluso sufrieron y lucharon tanto o más que nosotros, nos resulta más fácil relativizar el propio dolor y sobrellevarlo. En realidad, «las personas que no consiguen expresar su pena corren el riesgo de ser destruidos por ella [...]. Sin la posibilidad de comunicar con otros no hay cambio posible. Quedarse mudo, cerrarse a toda relación, es la muerte».2
Atreverse a llorar
Cuando las emociones nos embargan, a veces no podemos reprimir las lágrimas. Aunque la tradición nos recuerda en muchas partes que “los chicos no lloran” –como cantaba Miguel Bosé–, todos los seres humanos, incluidos los varones, sentimos en algún momento la imperiosa necesidad de llorar.
Es cierto que, en algunas sociedades, aquellos caballeros que no consiguen reprimir las lágrimas ante la pena son todavía tratados de blandengues y de poco hombres. Pero las actitudes están cambiando y hoy vemos cada vez más hombres que se atreven a llorar en público, cosa impensable hace solo unos pocos años. Ahí están, por ejemplo, algunos tan valientes y masculinos como los bomberos voluntarios en Haití al rescatar a un niño entre los escombros del terremoto (2010), el futbolista Iker Casillas al ganar el Mundial de Sudáfrica ese mismo año, el actor Javier Bardem al recibir la Concha de Plata en 1994, o el tenista Roger Federer al perder el Abierto de Australia en 2009. De dolor, de pena o de alegría, todos necesitamos llorar en algún momento. Unos se aguantan, otros no lo consiguen. Llorar es natural, y forma parte del lenguaje corporal para expresar nuestras emociones extremas. Nuestra reacción ante nuestra necesidad de llanto es cultural, y depende en gran medida de nuestra educación.
El lenguaje del dolor
El lenguaje del dolor es complejo y ambiguo. Si por una parte nos impulsa a quejarnos, se da la paradoja de que, a la hora de explicar el sufrimiento, pocos sabemos hacerlo, incluso los que más padecen. La respuesta al dolor es en gran medida aprendida. Depende en una buena parte del contexto personal y de la cultura. Así, el gran tenista Rafael Nadal, después de un partido épico contra el no menos famoso Novak Djokovic, declaraba haber «disfrutado sufriendo».3
Durante milenios el lenguaje del dolor estuvo teñido de connotaciones religiosas y filosóficas. Pero a partir del advenimiento de la medicina científica nuestra sociedad occidental se refiere a sus dolencias en términos cada vez más seculares. Ante la enfermedad, el dolor y la muerte un número creciente de nuestros contemporáneos ya no recurren a la espiritualidad, sino que se dirigen exclusivamente a la ciencia y a los servicios públicos, en los que han depositado la fe que les queda. Al auxilio espiritual innegable de la meditación o de la oración, prefieren soluciones técnicas inmediatas. De modo que la gestión de esas realidades tan personales está pasando del área existencial al área asistencial, como si incumbiesen en primer lugar a la seguridad social.
En otras épocas o latitudes todo el mundo tenía que convivir con viejos, enfermos y moribundos. En nuestro entorno la atención al que sufre se ha socializado y tecnificado tanto que la mayoría de nuestros conciudadanos casi no tienen contacto con las postrimerías de la vida hasta que no les afectan directamente. Hospitales y tanatorios mantienen a enfermos y muertos lejos de los vivos y sanos. Una de las consecuencias más inmediatas es que hoy muy pocos de nuestros contemporáneos están emocionalmente preparados para el encuentro personal con el sufrimiento, y aún menos poseen el lenguaje adecuado para expresar su dolor o para comunicarse con los que sufren. No sabemos qué decir en situaciones dolorosas, por la sencilla razón de que nunca nos hemos enfrentado a ellas, y no hemos aprendido de la tradición familiar qué hacer en esos casos.


