
Полная версия:
Dioni Arroyo El último de la fiesta
- + Увеличить шрифт
- - Уменьшить шрифт
—Vale, venga, no te daré más la tabarra, vete ya, que no quiero que te retrases.
La tarde discurrió con normalidad, con las aburridas matemáticas, con sus incomprensibles reglas absurdas que no conseguía comprender, y luego el inglés, un tostón insufrible; les obligaban a memorizar verbos de carrerilla para luego dar paso a la gramática, formada por un cúmulo de normas abstractas que bailaban en su cabeza como cuando se tragaba el humo del tabaco. Le daba rabia porque luego, aunque aprobase, nunca sabía hablar en aquel idioma, no les enseñaban a desenvolverse, a aprender las frases corrientes y útiles para la vida diaria. Solo repetían una y otra vez como papagayos. El instinto le advertía que aquella no era la forma de aprender un idioma, pero es que su sabio instinto le decía demasiadas cosas que él no podía cambiar. Ese instinto le hacía perder demasiado el tiempo, le planteaba preguntas y más preguntas. ¿De qué le servían a un adolescente tantas preguntas sin respuesta? Solo podía aceptar las certidumbres que llegasen hasta él, renunciar a cuestionar y dejar que su interior fluyera con mansedumbre o, ¿acaso lo más importante no sería atreverse a imaginar buenas preguntas? ¿No consistiría en eso el secreto de la vida? Su instinto le adelantó que jamás tendría una respuesta, y que tal vez eso significaba la madurez, el aceptar hacerse mayor resignado a no saber nada.
El asunto del caballo le había afectado, y supo que padecería pesadillas durante muchas noches, que le afectaría de una u otra forma. ¿Por qué había sido el único en vivir esa experiencia? ¿Qué mensaje le intentaba transmitir el animal? ¿Era esa la mejor manera de morir? ¿Escogiendo tu propio final en el momento elegido? Se golpeó la coronilla con el lápiz intentando dejar de darle vueltas a la cabeza, intentando no pensar y concentrarse en la tediosa lección del profesor, pero su cabeza ardía de pensamientos que se amontonaban uno tras otro.
Ausente de cuanto le rodeaba, intentó aterrizar para lamentar de nuevo que en clase fueran cuarenta y cinco chavales amontonados como en una lata de sardinas y que, para más desgracia, apenas le llegase la luz natural a su pupitre. Sin dejar de mirar el reloj de la pared, sintió verdadera ansiedad porque llegasen las seis de la tarde. Aquella jornada se había convertido en un puro hastío.
Sonó el timbre y suspiró aliviado. Todos se levantaron sin esperar a que el profesor terminase su aburrido discurso, en el que protestaba porque, mientras los niños del centro disfrutaban de las partidas de ajedrez por ordenador, los de su barrio perdían el tiempo vagabundeando por las calles, lo que les auguraba un destino poco halagüeño. Sin darle tiempo a concluir, salieron en tropel al angosto y lúgubre pasillo. Entre las sombras corrieron pisándose unos a otros, hasta alcanzar la puerta de salida y abandonar el pabellón, bajo unos cielos grises y la mortecina luz del crepúsculo. Él disimuló alejándose de Luis y de los demás, buscando a las chicas que salían del otro edificio, hasta que su vista encontró a quien buscaba. Sus pupilas se dilataron y el corazón pareció despertar. Ella salía sonriente, con la mochila a su espalda y su enorme melena rubia y lisa cayendo sobre los hombros. Cuando se le aproximó otra compañera, ambas rieron con placidez. Observó cómo varios profesores les escoltaron hasta el final de las escaleras, y allí se mezclaron con el resto, saliendo todas con la típica algazara estudiantil. Demasiado lejos de su posición, pero lo suficiente para que no la perdiera de vista y disfrutase de aquella cándida sonrisa. Aquel era el mejor momento del día.
Fuera del Centro Educativo, en la misma acera paralela a la calle y como ya empezaba a ser habitual, les esperaba una numerosa comitiva de adultos sin intención de darles la bienvenida. En esta ocasión eran más que otros días, y gritaban encolerizados. Marco y el resto de su clase se vieron absorbidos por aquella turba, una manifestación desordenada de adultos con los rostros indignados, y entre ellos, los profesores, que a empellones y a duras penas, intentaban pedirles que se marchasen. Marco tuvo la impresión de que las imágenes que se veían por la tele eran idénticas a lo que se vivía en la realidad; hasta qué punto el mundo de los mayores era un caos en el que todos parecían cada vez más enojados.
—Tú, sí, tú, ¡mírame bien! ¿Eres un chico o una máquina? ¡Contesta!
Un hombre fornido de unos cincuenta años lo acababa de zarandear como a un muñeco; Marco levantó la vista para comprobar su mirada de odio, su rabia descontrolada que desencajaba la expresión, mientras con aquellas manos poderosas apretaban sus flácidos hombros con riesgo de partirle en mil pedazos. Le impactó su fuerte olor a sudor y a ajo, y fue incapaz de abrir la boca, había enmudecido por el temor a recibir un buen guantazo de aquellas manazas que, como arpones, lo sostenían igual que a un vulgar maniquí.
—Déjeme, que me hace daño —musitó entre dientes sintiendo que su corazón se aceleraba.
—¡Joder, no hay quien los distinga, son igualitos a nuestros hijos! —Otros adultos gritaron con frustración, mirando a la multitud de chicos que intentaban escabullirse de aquella marabunta.
—Tú qué eres, ¿una chica o una máquina? ¡Vamos, responde! —A Marco se le paralizó el corazón. Una mujer obesa y cincuentona se había dirigido a ella, y con una de sus zarpas le sujetaba la mochila para que se detuviese—. ¡Quiero que me lo digas!
Marco no estaba dispuesto a consentirlo, y a pesar de su fragilidad, avanzó decidido hacia ella, impulsado por las fuerzas de reserva que se hacen presentes en los momentos necesarios. Otros chicos le frenaban el paso, pero, entre empujones, consiguió tocar su hombro y sorprenderla. El escalofrío que sintió debió de ser contagioso, porque ella giró el rostro para saber quién acababa de poner una mano sobre su hombro, y cuando le vio, se asustó, pensando que quería agredirla.
—¡Señora, suéltela! —se escuchó a sí mismo gritar estas palabras, que nacieron de su garganta con voz estridente y desafiante; enfrentarse a un adulto era una actitud prohibida, pero nada de eso le importó tratándose de quien se trataba, y aunque sabía que se podía ganar un tortazo de campeonato, lo asumió sin el menor temor. Miró de refilón aquel rostro femenino y resplandeciente que le cautivaba a diario, y antes de que pudiera añadir algo más, su vista se nubló y sintió que la sangre le brotaba por la nariz—. No, no, ahora no, por favor…
Perdió el conocimiento y cayó al suelo como un fardo. Por lo menos esa acción no pasó desapercibida para el resto, que se alejaron como si tuviese la lepra, mientras alguno decía que si sangraba, era porque se trataba de un niño y no de una máquina. Los gritos se fueron apagando al tiempo que se dispersaba la muchedumbre. Algunos profesores corrieron para socorrer a Marco, creyendo que alguien le había golpeado; y ella, que se alejaba deprisa y asustada, volvió la cabeza para observar a ese chico que no había visto en su vida, confundida pero agradecida a un mismo tiempo.
Lástima que él estuviera ya inconsciente.
3
—A ver, majete, vamos a repetirlo una vez más. ¿Cómo te llamas?
—Marco, soy Marco… —musitó con la voz quebrada y sin saber dónde se encontraba.
—Muy bien, Marco. Has tardado en responder pero por lo menos has acertado. Acaban de llegar tus padres para verte. ¿Sabes dónde estás? —La incómoda luz de una linterna vacilaba entre sus ojos, y cuando por fin se apagó, a su alrededor se vio empapado por un deslumbrante fogonazo en el que el blanco era el color omnipresente.
—En el Centro, ¿verdad? Estoy en el Centro Educativo... saliendo de clase.
—Veamos, ¿y cómo se llama tu colegio?
—Se llama —titubeó unos instantes—: Centro Educativo Escritor Domingo Santos.
—Es normal que te encuentres desorientado, Marco. Verás, para tu información, ahora mismo te encuentras en el hospital municipal. Cuando recobres la memoria, recordarás que sufriste otro de tus ataques y no te dio tiempo a acudir al botiquín.
—¿Sangré por la nariz? Había… mucha gente gritando alrededor. —Su voz sonaba vacilante y débil, y se correspondía con su mente, que, entre tinieblas, iba despejando los recuerdos.
—Tranquilo, muchacho, no te dé vergüenza. —Al menos la voz, que procedía de alguien agradable con el rostro oscurecido por la luz de la ventana a su espalda, le resultó cariñosa y le produjo confianza. Por fin conversaba con un adulto inteligente y amable—. Esta vez no tuviste mucha hemorragia... pero perdiste el conocimiento y eso es lo que me preocupa. Ya conoces el protocolo, ¿verdad, Marco?
—Sí. Si se me nubla la vista y empiezo a sangrar, debo correr hasta la sala del botiquín para que me pinchen y se me pase.
—Claro, eso es, muy bien, muchacho. Una insignificante infiltración en la cabeza y enseguida se te pasarán todos los males. Buen chico. Ahora te dejo con tus padres. —Le atusó los cabellos y se marchó para dar paso a sus progenitores, que entraron con el gesto demudado y serio por la puerta.
—Menudo trompazo te has dado, pero estás hecho un toro y no tienes más que un insignificante rasguño en la cabeza. —La voz de su padre resonó profunda y gutural en aquella habitación, era una voz que siempre le asustaba, a la que nunca se llegaba a acostumbrar; una voz desconcertante y poderosa, como si fumase un paquete de tabaco negro cada día. Afortunadamente, su progenitor estaba ausente casi toda la semana, trabajando jornadas maratonianas, por eso siempre era un ser extraño y desconocido para él—. Estoy muy orgulloso de ti, Marco, pero tienes que estar pendiente y seguir las recomendaciones cada vez que sufras un ataque.
—Sí, papá, pero había mucha gente y no me dejaban retroceder, no me dio tiempo.
—Lo sé, hijo, lo sé. La culpa la tienen esas malditas máquinas que han metido en nuestras ciudades, hasta en los colegios. ¡Qué canallas!
—Ahora debes dormir y descansar un poco. —Su madre cambió de tema para evitar que su padre se indignara más aún y elevara el tono de voz—. Hablaremos con el médico y en cuanto te dé el alta, te llevamos a casa.
—Mamá, ¿me voy a curar alguna vez?
La madre le miró fijamente con el rostro inexpresivo, una manera muy evidente de confirmar que el mal que acompañaba a Marco jamás lo abandonaría. Hasta entonces, su estrategia había sido buscar un culpable, pero la situación no era la de antes: su hijo estaba a punto de cumplir los quince años y a esa edad es importante hablar sin florituras, o al menos eso es lo que Marco dedujo. La enfermedad que padecía no era culpa de nadie, ni era una maldición ni un castigo. No se curaría por el hecho de mejorar su comportamiento, o por ser un chico obediente. Nada ni nadie podría salvarlo. Los padres se miraron con complicidad y con un gesto enigmático imposible de desvelar; luego su madre le besó la frente y acto seguido salieron de la habitación. Marco cerró los ojos simulando cansancio, rememorando el lustroso cabello rubio de la chica, esos mechones brillantes, y cómo tocó su hombro, cómo rozó su cuerpo. Su estómago se revolvió pero no fue una sensación desagradable, al contrario, se imaginó hormigas acariciando su estómago y se erizó el vello de su piel. «Casi nos miramos, casi me ve».
Se volvió a dormir, soñando con caballos que saltaban para escapar del pilón y volver al pinar, a trotar salvajes y libres resucitando de manera milagrosa, y que antes de perderse entre los pinos, se detenían y le miraban a los ojos, y los ojos no eran tristes… Y con ella, también soñó con ella, que salía de clase con su mochila a cuestas, escoltada por los profesores que siempre la vigilaban, pero a pesar de todo, se imaginó que él se aproximaba y nadie se lo impedía.
En sueños disfrutó de los momentos que necesitaba vivir, y le embargó un sentimiento de felicidad. No había nada más placentero que alejarse de la realidad y refugiarse en los anhelos que mostraba la ingobernable imaginación; después solo restaba desear con todas las fuerzas que dichos sentimientos, algún día, se volvieran realidad.
No le importó escuchar desde la distancia la conversación de sus padres con el médico. Hablaban de los resultados de la última resonancia magnética, y solo entendía palabras como neoplasia y tumor cerebral, que se repetían varias veces. Palabras que le llegaban en sordina, mientras una de las discriminadas y odiadas máquinas, un humanoide sintético con la piel marmórea y vestido con bata blanca inmaculada, le tocaba las mejillas con las yemas de sus dedos. Una forma rápida de conocer su temperatura y de inyectar los habituales nanobots para realizar un barrido por su cuerpo. Lo de siempre, saber que seguía con vida, en buen estado de salud pero sin capacidad de cura. La normalización de su estado anómalo, algo a lo que Marco ya se había acostumbrado.
El diagnóstico frío e insensible que concluyera con la habitual «estabilidad de la enfermedad crónica».
—Macho, has hecho el ridículo, te has metido una hostia impresionante delante de todo el mundo. Todos lo han visto, ha sido la leche.
—Luis, me dio de repente y no pude llegar al botiquín, fue todo muy rápido. —Los dos cargaban con sus mochilas franqueando la puerta del Centro Educativo, en una gélida mañana nublada y con la niebla a ras de suelo.
—Pues debes controlarlo, tío. Cada vez te pasa más a menudo. ¿Cuándo te vas a curar?
—Pronto, los médicos dicen que muy pronto.
—Jolines, siempre me cuentas lo mismo, pero todo sigue igual. Marco, ¿cuándo es pronto para los médicos?
—¡Yo qué sé! ¿Y si nunca me curo? ¿Y si va a más y me muero?
De repente se hizo el silencio. Luis intentó hablar, pero no encontraba las palabras oportunas. En su interior, comprendió que Marco lo estaba pasando mal, que lo que le sucedía era grave, y sintió una mezcla de compasión y solidaridad.
—Pues yo que tú me preocuparía de lo que te va a pasar ahora, cuando entres en clase. Todos se van a burlar de ti, todos creen que te da miedo la sangre. Tío, te vieron caer como una peonza después de sangrar por la nariz y se han partido el culo de risa haciendo chistes. —Con un gesto de advertencia se distanció de él—. No sabes lo que te espera…
Marco suspiró con gesto de paciencia, imaginando lo que le aguardaba, sin poder disimular su tristeza y el aspecto cansado y enfermizo, el estado normal que le causaba cuando sufría un ataque.
Pero para su alivio, dentro de la clase y por sorpresa, nadie se burló de él, como si a nadie le importase y hubiese asuntos más urgentes. Escuchó algunas risotadas a sus espaldas y cuchicheos en los que se le mencionaba, pero nada más. El hecho de pasar desapercibido también podría conllevar una cuestión dolorosa en la que no había recapacitado. Era la evidencia de que, salvo Luis, no tenía amigos entre aquellos rostros despiadados y ajenos con los que llevaba toda su corta vida. Prefirió creer que, en definitiva, nadie quería estar cerca de una persona enferma, con el rostro tan pálido como el suyo, que era mejor mantener una cierta distancia por prudencia y protección, como si el problema de Marco pudiera ser contagioso y se convirtiera en una epidemia; se avergonzaban de lo que le sucedía y nadie, absolutamente nadie, quería cargar con aquella responsabilidad, era comprensible. Suponía un compromiso incómodo acompañar a un chaval que se podía desvanecer en cualquier momento sangrando por las napias. Agradeció que le llegasen esos pensamientos, aunque echaba de menos alguna palabra reconfortante de sus compañeros, pero no había sitio para el consuelo.
Los profesores tampoco le dijeron nada. Sabían que Marco era el chico tímido que padecía una enfermedad de las calificadas como raras, que si sangraba y no le pinchaban en el botiquín, perdía el conocimiento y se metía un golpe de campeonato contra el suelo. Un cometido que no les hacía ninguna gracia, como si no tuviesen otros problemas más graves en los que pensar. La sociedad vivía momentos históricos críticos, y es en esa situación, cuando la moral general se inclina o bien por la solidaridad entre sus miembros, o por la más abyecta individualidad, bajo la premisa del «sálvese quien pueda»; y esta parecía ser la reacción mayoritaria de los adultos ante tantas amenazas sociales. Demasiados frentes abiertos como para estar pendientes de un insignificante mocoso.
Las clases discurrieron con la misma sensación evanescente de siempre, y cuando terminaron, y antes de que se pudiese escabullir, le rodeó su grupo para marchar juntos al pinar. Salieron en estampida corriendo calle arriba con sus pesadas mochilas a las espaldas. Dirigidos por Tomé, atravesaron calles abandonadas y guarderías transformadas en precarias viviendas de okupas hasta que llegaron dando voces a la acequia para fumar como descosidos.
Una vez más, hasta Óscar, el chico obeso que no podía con su tremenda barriga, ganó a Marco, que se lamentó porque no le apetecía vivir aquella situación; se sentía débil pero no podía confesarlo, se lo pondría muy fácil para que se riesen de él.
—Vamos, venga, unas caladas cada uno, ¡con ganas! —exigió Tomé encendiendo un cigarrillo—. ¡Y quiero que os traguéis el humo!
—¡Oye, a ver quién da más caladas en menos tiempo! —exclamó otro arengando al grupo.
—¿Os habéis enterado ya de cuántas máquinas hay entre las chicas? —preguntó Tomé con un brillo malévolo en los ojos.
—Nadie lo sabe, tío. Lo único seguro es que en las nuestras todavía no hay robots —sentenció Óscar con gesto maduro.
—Pues yo no estaría tan seguro —les hizo reflexionar Luis—. Igual a ellas les dicen lo mismo: que las máquinas están entre los chicos. ¡Igual todos somos máquinas sin saberlo!
—¡Anda ya! ¡Alucinas! Aquí todos somos de carne y hueso, y si hubiera una máquina, la desconectaríamos a hostia limpia. Mientras no haya chicas, no hay sospechas —sentenció Tomé calibrando la mirada de todos.
—Yo sangro por la nariz, ya lo sabéis todos. Así que soy un ser humano —reclamó la atención Marco, desviando así la atención sobre el tema de las chicas.
—¿Y por qué las máquinas no van a sangrar? Son igualitas a nosotros —le interrogó el líder con el gesto serio y los brazos en jarras.
—Pues lo que yo me pregunto a todas horas, es que, ¿para qué estudiamos tantas chorradas? Si al final las máquinas lo van a hacer todo mejor que nosotros, si ellas nos están sustituyendo —alertó Luis para que se olvidaran de Marco—. Cuando seamos mayores, ya no habrá trabajos para personas de carne y hueso, nos darán un sueldo bajísimo y nos internarán en zoológicos para que nos estudien las máquinas, estoy convencido.
—Claro, por eso han construido humanoides con nuestro mismo aspecto, por eso van a clase con nosotros, para aprender y vigilarnos —aseveró otro del grupo con el rostro rubicundo y tan tímido como Marco—. Pero lo que no sé es por qué dicen que todas las máquinas tienen el cuerpo de una chica.
—La profe de biología dijo un día que así se reduce el efecto del valle inquietante —sentenció otro con aspecto de mojigato, que ocultaba su mirada a través de sus gafas de culo de vaso.
—¿Qué coño es eso? —rezongó Tomé al escuchar algo que desconocía—. No lo he oído en mi vida.
—Que si sabemos que algo es artificial, nos provoca rechazo y nos repugna. Es algo instintivo. Por eso, si su aspecto es el de una tía buena, lo aceptamos sin reservas y con ganas. —Sonrió con seguridad sabiendo que había captado la atención del grupo, y decidió terminar la frase—: Esa es la razón de que a los robots los construyan como si fueran chicas, y encima, chicas buenorras.
—Vaya, te creerás muy listo con esa chorrada del valle inquietante —le espetó con desdén Tomé—. Y ya que lo sabes todo, ¿por qué los mezclan entre nosotros? ¿Para vigilarnos y luego darnos una patada en el culo?
—Bueno… —dudó el chico de las gafas adoptando una postura más humilde—. Tal vez las IA necesiten aprender igual que nosotros y cuando lo hayan hecho les dan un embalaje de adulto para que trabajen a nuestro servicio.
—Sí, el libro de tecnología dice que son como nosotros. Si comparten tantas horas entre nosotros es porque necesitan aprender para servirnos en el futuro —interrumpió Marco—. Pero no creo que les interese sustituirnos. Quizás si aprenden... es porque piensan.
La carcajada fue monumental. El hecho de que pudieran pensar era inimaginable para todos, se suponía que pensar era una capacidad exclusiva de los humanos, que las máquinas actuaban respondiendo a unas órdenes prefijadas inscritas en sus algoritmos y con posibilidad de aprender, pero de ahí a pensar, había un recorrido imposible. Marco se quedó dubitativo, y en su cabeza apareció el rostro resplandeciente de ella. Estaba convencido de que ella sí poseía la capacidad de pensar. Y de sentir.
—Las máquinas son solo cacharros, ¡a ver si lo tenemos claro! Son tostadoras que están fabricadas para currar a lo bestia, tanto, que despedirán a todos los humanos porque lo hacen mejor que nosotros, pero nada más —soltó con desparpajo Tomé, provocando el silencio y la atención del grupo—. Son cacharros para el servicio doméstico de los ricos. Vosotros nunca tendréis uno de esos en vuestra vida, metéoslo en la mollera, ¡sois unos muertos de hambre y unos pringaos! —Terminó la frase inhalando una larga calada que consumió lo que le restaba de cigarrillo.
—Pues yo no sé si podría distinguirlas porque son muy parecidas…
—Vamos, Luis, ¿no ves que siguen siendo como la antigua Sophie, a la que dieron la nacionalidad en Arabia hace años? Con cara de niña mona pero con una sesera transparente repleta de cables de colores. Se nota que son trastos, ¡muñecos, cabezas parlanchinas! Habría que destruirlos antes de que nos condenen al paro —reivindicó Tomé para dejar clara su opinión y contagiarla al resto del grupo.
Marco, pesaroso, tragó una calada tan profunda, que tosió sin parar y de manera convulsa, por lo que todos volvieron a reírse, actitud que agradeció porque no le estaban gustando los derroteros de la discusión.
4
La bruma envolvía la contaminada ciudad. Marco decidió que su cuarto ya estaba suficientemente ventilado y cerró la ventana. La humedad le calaba los huesos y rezumaba por las paredes. Desayunó sus galletas con ColaCao mientras por la radio hablaban del fuerte incremento de suicidios de los últimos meses, y de cómo se había convertido en la primera causa de muerte en todas las franjas de edad. Un periodista exigía moderación a la hora de divulgar los datos, aludiendo a un supuesto «efecto llamada». Miró el reloj y dio un brinco al comprobar lo tarde que era, por lo que recogió su mochila y salió disparado al Centro Educativo.
Caminó con pereza, mientras por las calles avanzaban algunos coches conducidos por robots de asombrosa apariencia humana. En la parte de atrás, viajaban otros chicos como él, aunque más afortunados y de una clase social a la que era muy recomendable «no mirarles a los ojos». Marco caminaba cabizbajo, lamentando haber nacido en una familia humilde, y pensó que, al final, con el paso de los años, todo el mundo acabaría viviendo con su propio robot doméstico, salvo las personas como ellos, con pocos recursos; su madre siempre les recordaba los esfuerzos que llevaban a cabo para poder llegar a fin de mes, y asumió que lo más probable era que nunca pudiera poseer un aparato de aquellos en su casa, fiel a sus órdenes, y no le servía de consuelo lo que se decía, que al menos, podrían tener animales de compañía. Los ricos con robots y ellos con gatos o perros. Era frustrante.
Una vez más volvió a pensar en ella, y en que, cuando ya lo supiera todo de los chicos de su edad, cambiarían su embalaje por otro de mujer adulta, y la enviarían a una familia de ricos sin escrúpulos, para que trabajase noche y día. Deseó con todas sus fuerzas que fuera consciente de su esclavitud y que un día llegara a sublevarse y escapara con él, como en las novelas de ciencia ficción que tanto le apasionaban. Suspiró y detuvo sus pensamientos ante la entrada al Centro Educativo.
Franqueó las puertas y buscó en el pabellón de las chicas, entre tantos rostros anónimos, el de ella, el que le obnubilaba con su mirada perdida y sus ojos luminosos. No le importaba que llegase escoltada por un adulto, lo que confirmaría que era una IA. Era su secreto, algo que solo Luis podía intuir, la única persona en quien había confiado y que para su desgracia, de sobra sabía que no lo comprendería nunca. Por lo menos, saber que guardaría su secreto, le permitía dormir tranquilo.