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Sara Allegrini La Red
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Después de almuerzo se concedía una pausa, tumbado sobre el colchón o jugando con Minino. El bosque empezaba a hacérsele familiar, a pesar de estar lejos de gustarle. Tenía la impresión de que escondía algo amenazante, aunque en el día lograba ser casi bello, con sus colores y los pájaros que revoloteaban sobre su cabeza. Había dejado la honda colgada en el clavo: había concluido que, aun si lograba darle a alguno, después no habría tenido el valor de desplumarlo ni de cocinarlo. Ya era duro con los pescados; con los pajaritos hubiera sido aún peor.
En la tarde retomaba el arado, pero con menos ímpetu; su cuerpo ya estaba cansado. Cuando el cielo empezaba a ponerse rosado y naranjo, Daniel empezaba a sentirse ligero, pero seguía otro poco, porque había hecho una especie de desafío consigo mismo: cada día llevaba un poco más al límite sus fuerzas, para ver si resistía y hasta dónde podía empujar. Sentía que se había vuelto fuerte y resistente, capaz de soportar la fatiga. Lo notaba además por cómo habían cambiado sus brazos: así musculosos le gustaban mucho más. Se imaginaba cuando fuera capaz de salir del bosque: las niñas iban a hacer fila para ganárselo.
Luego en la noche dejaba el azadón, iba a lavarse, se ponía la ropa limpia y era como cambiar de piel.
Cenaba, se perdía desganadamente en algún pensamiento estúpido y acariciaba al gato hasta que los ojos se le cerraban solos.

EXCLENTE TRABAJO, GRACIAS.
PLANTAR, POR FAVOR.
¿Hacía cuánto estaba el nuevo cartel ahí? Imposible decirlo. Daniel salió de la casa seguido por Minino.
Detrás de la cabaña encontró una serie de cajas plásticas con plantas. No tenía idea de qué cosa fueran. Había también un dibujo, explicando cómo se hacía este trabajo: tenía que cavar y plantar distanciando las plantas de un palmo y medio. “Me hacen un dibujo porque dan por descontado que soy un imbécil que no sabe hacer un hoyo en la tierra y poner una planta dentro”, pensó.
A estas alturas, se sorprendió, ya se le hacía natural seguir las ordenes sin preguntar ni el cómo ni el porqué. Tanto más porque no había nadie ahí a quien hacer preguntas ni con quien pelear. No sabía cómo volver a su casa, y en cualquier caso era evidente que a nadie le importaba él: ¿a qué iba a volver? Estar ahí o en cualquier lado era lo mismo, después de todo, con la diferencia de que donde se encontraba ahora, paradójicamente, era menos agotador que su casa, con el colegio, las peleas con sus viejos y el trabajo de mantener alta la reputación en el grupo de amigos y entre los extraños. La vida era una larga y extenuante guerra y cada día había que sostener muchas batallas. En cambio, en el bosque, Daniel sentía una especie de tregua y concordó consigo mismo que cada tanto era necesario hacer una pausa.
Le tiró un pedazo de hígado a Minino, que lo devoró de esa forma suya tan graciosa y después fue a agradecerle, restregándose contra sus zapatos embarrados. Daniel miró el que estaba roto, que actualmente se mantenía cerrado con un pedazo de madera y cuerda que había encontrado en la cabaña. Estaba muy orgulloso de esa reparación. Minino se limpió las patas con la lengua y lo miró agradecido. Daniel sonrió: era un gato educado.
–Bien, Minino.
–Miau –respondió el otro.
–De nada.
Magdalena
Entreabrió los ojos, echó un vistazo al cielo raso y los volvió a cerrar. Se dijo que probablemente estaba todavía soñando. Se concentró en los ruidos y no sintió lo que se hubiera esperado. Abrió de nuevo los ojos para verificar. Sí, lo que tenía sobre la cabeza era decididamente un horrible cielo de tablas de madera. Insólito. Con dificultad se sentó y miró a su alrededor con el ceño fruncido; la única señal de vida era una estufa encendida que calentaba esa pieza demasiado chica, y nada más. Se tumbó de nuevo, distendida, con la frente arrugada por el esfuerzo de recordar cómo había ido a terminar ahí. Recolectó en su memoria los últimos recuerdos que tenía.
Como cada jueves les había dicho a sus padres que se iba a dormir donde Elisa; en lugar de eso, habían ido donde siempre a bailar hasta las cuatro de la mañana y luego habían tomado la micro hacia el centro. Ahí vagaron por dos horas en el frío, esperando a que abriera algún café para tomar desayuno. Después, estaba segura de haber llegado al colegio: se acordaba perfectamente del comentario de la profe de inglés, que le había dicho que tenía un aspecto terrible. Y de la mirada de desaprobación de sus compañeras de curso. Después, nada más. De lo que sucedió luego no tenía memoria. ¿Entonces por qué se sorprendía de encontrar sobre su cabeza un techo de madera? ¿Qué tenía que haber visto, dónde tenía que estar? De momento memoria y cerebro estaban desconectados. Cerró los ojos una vez más, esforzándose por encontrar otros detalles. Recordaba, pero como en un sueño, el olor y el calor del hospital, y con casi absoluta certeza el bip de las máquinas cerca de ella. Tenía que haber estado ahí, hospitalizada, pero ¿cuándo y por cuánto tiempo? ¿Qué día era y cuántos habían pasado desde el viernes?
Cayó de nuevo en una suerte de duermevela. No soñó nada. Solo sentía, como adherida, la oscura sensación de que algo no andaba bien en su cuerpo. Le parecía estar en un viaje al interior de sus venas; percibía, como si estuviera en su interior, ruidos singulares de fluidos en movimiento, tubos digestivos, vísceras que se contorsionaban como serpientes. Debían ser los restos de la pastilla que se había tirado en el local, junto con algún vaso de más. La sensación era la misma, conocida y desagradable, de no pertenecerse más, junto con la imposibilidad de poner un fin a todo esto. Con los sentidos potenciados, le parecía que la realidad, revuelta y distorsionada, le bombardeaba los sesos. La cabeza le daba vueltas sin parar, incapaz de elaborar ni comprender. El corazón se le aceleraba fuera de control. Parecía que iba a explotar. Negro.
Se despertó cubierta de sudor frío. A través de la niebla que le cubría los ojos, vio de nuevo el techo de madera. Entonces no lo había soñado: esta era la realidad. ¿Qué estaba sucediendo? ¿Qué le habían hecho? Le dieron ganas de llorar. Le faltaba el aliento y su cuerpo no le respondía; parecía hecho de piedra. No tenía voz en su garganta para llamar, ni un poco de fuerza para levantarse de esa cama horrible e irse. ¿Pero llamar a quién? ¿Y para ir adónde?
No lograba pensar, estaba agotada, consumida desde dentro. Se adormeció de nuevo y en el duermevela tuvo una especie de sueño, o un nuevo recuerdo que afloraba, finalmente, para dar luz sobre el presente. Estaba de vuelta en el hospital, despierta en la cama; pero tenía los ojos cerrados, porque no quería que nadie se diera cuenta de que estaba escuchando. Tenía terror de las preguntas, que antes o después de seguro llegarían. Los grandes querían saber siempre todo y, por lo general, era ese tipo de “todo” que no podía decirse porque ellos lo consideraban equivocado. No era la mejor mintiendo, por lo menos sobre ciertas cosas y en ciertas situaciones. Le salía súper bien decirle a su madre que se iba a estudiar a la biblioteca y en lugar de eso pasar la tarde en la cama de su pololo; pero, si las cosas se ponían feas, como por ejemplo ahora que estaba débil bajo las sábanas ásperas del hospital, no podía mirar a su padre a la cara y negar que se había tomado una pastilla.
Ahora también se sentía mal, porque escuchaba a alguien llorar y, aunque no la veía, reconocía el llanto de su madre. Detrás del rincón, ahí donde debía estar la puerta de la pieza, unas personas hablaban. Una era precisamente su madre, que lloraba y punto. Magdalena podía percibir su desesperación en los sollozos sofocados por el pañuelo. El que hablaba era un hombre, probablemente un médico. Tenía una linda voz, joven, pero el tono era muy serio y decididamente le molestaba.
–¿Están seguros? –preguntó el desconocido en su modo grave.
–La profesora Esperanza nos ha explicado todo –dijo la voz de su padre.
Esperanza era su profe de italiano. Magdalena se preguntaba a menudo cómo lo hacía, ella que parecía inteligente, para trabajar por años en esa especie de college exclusivo, donde iban los hijitos de papi con su hermoso futuro ya entero planificado. ¿Pero qué podría haberles dicho Esperanza a sus padres? Sus notas, a pesar de su escaso empeño, eran siempre altas, porque la profe apreciaba una cosa que en el colegio miraban en menos: el sentido crítico. “Magdalena sabe pensar”, decía en las reuniones de apoderados. Aunque ella lo consideraba más un defecto que una virtud. Los que no pensaban, como sus compañeros, parecían vivir mucho mejor. Era una persona gentil, Esperanza, al menos en apariencia, y comprensiva; resultaba hasta simpática, en ocasiones, pero de todas formas era una adulta, y como tal, aliada de sus padres, no suya. Magdalena no se fiaba. ¿Y qué tenía que ver la profe con el médico? ¿De qué estaban hablando? No lograba captar el nexo.
–Tienen que saber que una vez que se da inicio, no se puede volver atrás –agregó lapidaria la voz.
–Sí, lo sabemos.
Esta vez la voz de su padre sonó extraña, como si le costara mantener a raya la emoción. Los sollozos de su madre aumentaron en intensidad. Magdalena sentía vergüenza ajena. Después de todo, su hija estaba viva, ¿qué razón había para chillar de esa forma? ¿Por qué su padre no le decía que se calmara? Hubiera querido levantarse de la cama y gritarle que la cortara de una vez con la tontera.
–Ya no sabemos qué hacer. Ya está fuera de nuestro control –prosiguió su padre–. Los médicos dijeron que esta vez tuvimos suerte, y eso ya lo habíamos escuchado antes. No creo que haya una tercera. El cielo no va a esperar más, lo puedo sentir.
Qué exageración. “¿Por qué no la cortan?”, pensó Magdalena. Su padre le parecía sinceramente demasiado dramático. Y cómo lloriqueaba su mamá… En cualquier momento le daba algo: no podía seguir así.
Después hubo un momento larguísimo de silencio. Pensó que su mamá se había sentido mal de verdad. O se habían ido todos.
–Está bien –se oyó de pronto la voz del médico–. Intentémoslo.
Magdalena se estremeció y se despertó de golpe. Ahora estaba segura de que no había soñado: estaba ciertamente en una cabaña. Se sentía completamente privada de sus fuerzas, pero por lo menos había vuelto en sí. Seguro había estado de verdad en el hospital y revivir esos momentos le había quitado toda la energía. Los sollozos de su madre retumbaban aún en sus oídos. “Intentémoslo”, había dicho el médico. ¿Qué había querido decir? No lograba entender.
Se miró las manos y estaban pálidas, pero no tenía agujas ni curitas. Se tocó la cara, el cuello, los brazos. Le parecía que sí estaba despierta. Por las tablas de la pared se filtraban una luz y unos sonidos insólitos: como un rumor de hojas y pájaros. Se sentó en la cama y tuvo la desagradable sensación de tener un hoyo negro en lugar de estómago. Además de la estufa, notó, había una fea mesita y una silla. Y sobre la mesita, fuera de lugar como la mujer desnuda en ese cuadro de Manet, sobresalía un plato, con un pastel lleno de crema y chocolate que parecía observarla intensamente. Creyó que alucinaba: era seductor y perfecto, en completo contraste con la miseria y el abandono de aquel lugar. Por un momento pensó incluso en comer un pedazo. En lugar de eso, como hacía a menudo, se dio vuelta para el otro lado, hacia la pared.
Dio vueltas y vueltas en la cama dura e incómoda durante lo que le pareció una eternidad. Sentía la presencia maligna y opresora de la comida a sus espaldas.
–¡Ya, bueno ya! –le gritó de pronto al pastel, sentándose en la cama. Lo agarró con la mano y lo devoró en pocos segundos, engulléndolo, masticando apenas–. ¿Estás contenta ahora? –rugió.
Luego, con fuerzas residuales sacadas quizá de dónde, saltó de la cama, salió de la cabaña, se metió dos dedos a la garganta y vomitó todo.
Se puso a llorar sobre los peldaños de madera delante de la puerta. Lloró un montón, primero en silencio, después –¿qué le importaba?, no había nadie– a los gritos como una niña chica. Fue una verdadera liberación. Hacía un siglo que quería llorar así y quizá por qué no lo había hecho nunca, se preguntaba ahora. Se sacudía presa de los sollozos y ya no podía parar, pero se sentía indudablemente mejor. Tanto, que estalló en risa. También necesitaba reírse así, sin un motivo y a mandíbula batiente.
Cuando aquel largo momento de locura terminó, Magdalena quedó como atontada, mirándose los pies y luego a su alrededor. Estaba en un bosque y eso la sorprendió. Debía haber un montón de pájaros ocultos entre las ramas, porque hacían un barullo increíble. Era sorprendentemente bello y relajante. Su vómito, ahí en el suelo, disonaba con toda esa alegría. Se puso de pie y le dio la vuelta a la cabaña, siguiendo el olor intenso que por un momento había golpeado su nariz.
Había una construcción de madera, larga y estrecha, con el techo tan bajo que Magdalena tuvo que agachar la cabeza cuando quiso entrar. Estaba vacío, pero en el suelo había paja esparcida mezclada con excrementos. “Alguien debería limpiar esto”, pensó con asco.
Salió de nuevo al aire libre y el sol, por un rato largo, la encegueció. Se protegió con la mano hasta que se volvió a acostumbrar a la luz. No quería estar ahí. Se metió la mano al bolsillo y se dio cuenta de que faltaba la presencia tranquilizadora del celular.
Volvió a la cabaña a buscarlo, pero no encontró nada. El fuego en la estufa se estaba apagando; en un rincón había un balde fétido abandonado. En general, ahí dentro reinaba una miseria deprimente. “No quiero estar aquí”, pensó una vez más.
–Debo huir –esta vez en voz alta.
Salió como poseída, miró alrededor y cayó en cuenta de que en verdad no tenía ni idea de dónde estaba. Todas las direcciones eran iguales. Corrió a la derecha, en dirección del sol, como seguida por una horda de espíritus. Corrió hasta que sus pulmones ya no dieron más, zigzagueando entre los troncos. Se paró a recobrar el aliento, doblada en dos; la vista se le nublaba. Se puso nuevamente en marcha, pero sentía que las fuerzas la abandonaban cada vez más. Su cuerpo, Magdalena lo sabía, necesitaba combustible. Pensaba en el pastel transformado en una baba repulsiva en el suelo y casi se arrepintió de haberlo desperdiciado de esa forma. Sacudió la cabeza para sacarse ese pensamiento: estaba segura de que su voluntad era más fuerte y determinada que su estómago, y que como siempre, iba a lograr dominarlo.
Caminó obligando a sus piernas a seguir, arrastrando los pies por el suelo y apoyándose en los árboles. Debía mantener el sol delante suyo, se decía, así no perdería el rumbo, desperdiciando energías que no tenía. Cuando reconoció un árbol por el cual ya había pasado, se dio cuenta de que no es fácil orientarse. “Los árboles se parecen entre sí”, se dijo. Este, sin embargo, tenía un tronco extraño. Se acercó a mirarlo; sí, claro que era el mismo de antes, porque en serio parecía tener un rostro. Como en la película de Blanca Nieves, que de chica miraba con el alma en un hilo. Y el árbol la estaba mirando fijo, de una manera que revelaba cuán decepcionado estaba de ella. Parecía ceñudo, enojado, a punto de agarrarla con una de sus ramas.
Por un momento sintió una especie de miedo, no del árbol, sino de tener que quedarse ahí, sola, por mucho rato. Quien la hubiera llevado a ese lugar, lo había hecho por un motivo. Aunque ella no pudiera entender claramente cuál era.
Un silbido salió de la boca del árbol, sobresaltándola: por un momento le pareció oírlo pronunciar su nombre. Los bosques eran lugares ambiguos, pensó; bellos y amenazantes a la vez. Y en el silencio los árboles tomaban formas extrañas, casi humanas. Se sacó esa idea estúpida de la cabeza; tenía dieciséis años, desde hacía un rato ya no creía en cuentos. Para sacarse cualquier miedo de encima y demostrarse a sí misma que no había motivo para temer, se dirigió hacia el árbol y metió la mano en el hoyo. “¿Ves?”, se tranquilizó a sí misma, “no hay nada aterrador aquí”.
Pero algo peludo se movió en el hoyo rozándole la mano y Magdalena la sacó con un grito. El grito resonó por sobre los troncos y algunos pájaros ocultos entre las ramas volaron lejos en un rumor de alas. Magdalena se replegó sobre sí misma, instintivamente, protegiendo su cabeza, como si los pájaros pudieran volar hacia ella y picotearle los ojos. Con el corazón latiéndole como loco, se dijo que tenía que irse cuanto antes.
Se puso en marcha, pero ahora no podía dejar de pensar en esa cosa que le había rozado la mano. ¿Qué era? Se estremeció de asco. No podía percatarse bien de dónde estaba el sol ahora, había perdido lucidez. Los árboles parecían más altos, muy altos, y el cielo estaba lejos y casi invisible. Mirando hacia lo alto le vino una especie de vértigo. El cuerpo retomó la delantera sobre la voluntad y Magdalena cayó a tierra desmayada.
Tuvo un sueño.
Quizá era un sueño. Quizá no.
Lo que sí, era insólito, extraño, sin embargo, muy real. Estaba tirada en el suelo, esto podía percibirlo; sentía el olor a humedad de la tierra a través de la piel, bajo los dedos. Estaba segura de que habían transcurrido horas desde el inicio de la fuga. Un animal, quizá una ardilla, en un momento se le acercó; Magdalena sintió claramente su nariz estremecerse muy cerca de su mejilla. Esperó que no hubiera sido un ratón. Los ratones le daban demasiado asco. Una sensación de terror la estaba inundando; solo quería escapar de ahí antes de que esa bestia llamara a otras y todas juntas comenzaran a roerle la nariz y los dedos, pero era absolutamente incapaz de moverse. Por fortuna, después, el animal se alejó de su cara; Magdalena percibió las vibraciones en el suelo provocadas por sus saltitos. Después vino un rato largo de nada.
Un ruido de pasos avecinándose, seguros, sin prisa, reactivaron sus sentidos. Los pasos se detuvieron justo a su lado. La mente ausente de Magdalena intuía que el dueño de los pies la estaba mirando. Solo logró pensar que debía encontrarla extremadamente gorda y despeinada. Luego, inesperadamente, se sintió alzar del suelo por un par de manos robustas y seguras. ¿Cómo lo hacía, quien quiera que fuera, para poder levantarla, con lo pesada que era?
Debía ser casi de noche, porque a través de sus párpados cerrados no se filtraba luz. No abrió los ojos, porque no podía; además, era una sensación placentera, sentirse llevada de esa forma, como suspendida en el aire, pero a salvo. El desconocido que la llevaba de manera tan firme olía bien y emanaba calor. Debía ser bello, además de fuerte, imaginó, aún no queriendo mirar. Solo sabía que en su cuerpo no había ni un gramo de energía que invertir en abrir los ojos. Se dejó acunar por todo el tiempo que duró. Casi dormía, agotada, segura como en brazos de la mamá cuando era chica. El desconocido debía ser muy fuerte, para lograr caminar todo ese rato con ella en brazos. Sentía en su rostro el calor de su respiración, que comenzaba a hacerse ligeramente sofocada. Por el cambio de los sonidos que llegaban a sus oídos, comprendió que habían llegado a algún lugar cerrado. Sintió unos brazos que la acomodaban sobre la cama. Solo entonces, mediante un increíble esfuerzo de su voluntad, obligó a sus párpados a abrirse.
Estaba oscuro. En la oscuridad intuyó una silueta. Un rostro blanco por sobre ella, que la miraba sin expresión. No tuvo miedo ni por un instante. El hombre se quedó todavía un rato junto a la cama, con los brazos a los lados de su cuerpo y el aliento recobrando un ritmo regular. Magdalena cerró los ojos lo que dura un pestañeo y al abrirlos nuevamente, él ya no estaba. Si había estado verdaderamente ahí, ahora se había ido, sin el más mínimo ruido.
Al día siguiente, Magdalena se despertó trastornada. Por un momento tuvo miedo de habérselo imaginado todo: la carrera en el bosque, la criatura peluda e invisible en el hoyo, los pájaros que querían comerle los ojos, el desmayo y el tipo que la trajo de vuelta en sus brazos. Cuando abrió los ojos, tuvo la sensación de un déja vu: estaba sobre la cama, en la cabaña de techo bajo de madera, y el pastel con crema y chocolate estaba de nuevo sobre el plato, mirándola inmóvil. Por mucho que Magdalena se esforzaba, no lograba poner en orden los hechos ni distinguir el sueño de la realidad. Y era exactamente eso lo que necesitaba. Para convencerse de que el día anterior había sucedido lo que había sucedido, salió de la cabaña. Se tranquilizó: su vómito, ahora seco, estaba todavía ahí. Algo de verdad había, entonces.
Miró a su alrededor en busca del hombre misterioso, aunque estaba segura, sin saber por qué, de que no iba a volver a dejarse ver. Pensar en él le aceleró el corazón. No recordaba su olor, pero sabía que era bueno. No lo había visto bien, pero estaba segura de que era hermoso. La cuidaba y eso le daba una emoción. Le dejaba comida y, aunque no se dejara ver, la observaba desde no muy lejos. Asaltó el pastel. Estaba rico, indudablemente, pero no lo soportaba. Lo dejó después del segundo mordisco, apenas sintió la náusea. Muy dulce. Muy grande como para terminarlo.
El resto del día fue interminable. No tener nada que hacer era lo peor que podía pasarle: en estos momentos de pausa forzada corría el riesgo de que su mente comenzara a vagar peligrosamente. Los pensamientos salían de los rincones oscuros en los que los había relegado y la asaltaban desde todos lados. Por eso le gustaba la música a todo volumen, el caos de las discos, los días que pasaba hablando de nada con los amigos o flirteando con los cabros. Todo con tal de no pensar. ¿Pero qué se podía hacer en un lugar donde no había nada? Le dio una vuelta a la cabaña y sus ojos se posaron sobre el establo. Había un rastrillo y una escoba apoyados en el marco de la puertecita. Ok, como idea no era lo máximo, se dijo, pero la alternativa de quedarse sola con sus pensamientos era peor que la de ponerse a recoger caca. Sin pensarlo mucho, se amarró el pelo en un tomate, se puso la capucha del polerón, agarró los utensilios y entró.
El establo estaba oscuro, pero por los sutiles recuadros de luz que se dibujaban en la pared del fondo, Magdalena intuyó que tenía ventanas. Fue rápidamente a abrirlas para que entrara algo de aire fresco. Luego, con paciencia y como si no hubiera hecho otra cosa en su vida, empezó a rastrillar hacia un lado la paja sucia y el estiércol. No paró hasta ver aparecer la tierra. Lentamente, dedicando todo el tiempo necesario, arregló ese espacio abandonado. Su cabeza, se sorprendió, no pensaba en nada: el experimento había funcionado. De tanto en tanto canturreaba alguna melodía de cuando era chica, que quizá cómo le volvía a la cabeza. Sin experimentar el asco que se hubiera esperado, puso el estiércol dentro del balde que había encontrado en un rincón; luego lo llevó afuera del establo, vaciando el contenido en un único montón.
Quizá qué habrían pensado sus “amigos” aristócratas del colegio o sus compañeros de carrete viéndola trabajar de esa forma entre un montón de caca de animal… se habrían reído de ella, todos. Pero lo hermoso fue descubrir que en ese momento no le importaba nada. Que pensaran lo que quisieran. Hacía un montón de tiempo que no se sentía así. Relajada y casi ligera.
Cuando volvió a entrar en la cabaña, encontró un balde de agua limpia; se emocionó al pensar que el desconocido había estado de nuevo tan cerca: se le hacía como que estaban jugando una especie de excitante escondida. Se restregó bien la cara y las manos. La suciedad se había impregnado en sus dedos. A pesar del esfuerzo, no logró sacarse el olor a establo del pelo y la tierra de debajo de las uñas, de las cuales el esmalte se había descascarado casi completamente. No había espejo, pero no lo necesitaba para saber que tenía un aspecto horrible. Dejó intacto el plato de fideos que había encontrado junto al agua que el desconocido le había traído. No había comido fideos en años.
Por la tarde se concedió un paseo y terminó de arreglar el establo. Cuando volvió a la cabaña la esperaba una sorpresa: los fideos habían desaparecido, pero sobre la estufa habían puesto a asar un choclo. Dónde fueron a encontrarlo en esta época del año, era un misterio. Y sobre todo, ¿cómo había hecho el desconocido para saber que ella adoraba el choclo? La pieza estaba saturada del olor delicioso del maíz.