Книга Los días ciegos читать онлайн бесплатно, автор Raúl Alonso Alemany – Fictionbook, cтраница 3
Raúl Alonso Alemany Los días ciegos
Los días ciegos
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Raúl Alonso Alemany Los días ciegos

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—Ya…, lo sé… Creo que había escuchado esa historia alguna vez. ¿Por qué me lo cuentas ahora? —le pregunté.

—No lo sé. Tal vez para que te des cuenta de que una vez que tu madre se muere te quedas solo en la vida. Y también para que conozcas de dónde vienes. ¿Porque sabes qué hizo tu abuela entonces?

Me encogí de hombros: no tenía ni idea de cómo terminaba esa historia que contábamos cada Navidad; era como el Satisfaction de mi familia, una anécdota que se ha de contar cada año, porque, si no, el público asistente al concierto no se va contento a casa. Pero todos reparábamos solamente en los acordes iniciales de la canción: nos escandalizábamos por la zafiedad del abuelo, bromeábamos sobre el machismo en blanco y negro, incluso algunos apuntaban que por fortuna los tiempos habían cambiado. Sin embargo, el subidón que a todos nos procuraba reconocer los acordes del hit más popular en la familia (I can´t get no satisfaction) no nos dejaba oír el final de la pieza, que se perdía en las mismas palabras, en la euforia desmedida del público de siempre (Cause you see I’m on losing streak). Nunca a nadie se le ocurrió preguntar: «¿Y qué hiciste tú, abuelita?». Quizá porque nos parecía obvio y habían pasado tantos años y palabras por aquella anécdota que ya casi era solo un ruido de fondo.

—No, no lo sé. Nunca lo habéis contado —respondí finalmente.

—Supongo que todo el mundo piensa que le cerró la puerta en las narices o que esperó al abuelo con un cuchillo o una sartén en la mano, para atizarle bien fuerte. La abuela tuvo esa fama, ¿no? —Sonrió y soltó un poco de aire por la nariz—. Pero ¿sabes una cosa? Nadie tiene idea de nada. Y, bueno, tu abuela hizo lo que hizo. —Acarició el ataúd—. Aquel tipo bajito llevaba un traje gris y un sombrero de ala ancha. Era la moda de aquella época. Y una escalera de color es mucho mejor que un trío. Tu abuela lo sabía. —Se rio—. Así que mamá esperó a que papá volviera mientras el hombrecillo aguardaba sentado en el salón. Cuando papá llegó, ella cogió al hombre de la mano y se lo llevó a su cuarto. No sé si después hubo cuchillos o sartenes, eso nunca me lo dijo. Lo que sí me contó es que no fue el mejor sexo de su vida, pero tampoco el peor.

Mi madre se echó a reír, pero con la risa de otra mujer, de alguien que había olvidado que su obligación era salvarnos a todos. Alguien llamó a la salita y nos interrumpió: el tipo de la funeraria asomó su cabecita y nos miró desconcertado.

—Disculpen, si están listos, deberíamos preparar a su familiar: la ceremonia empezará dentro de diez minutos —dijo en voz baja, apestando a colonia.

No le hicimos ni caso.

—¿Disculpen? —insistió él.

Pero mi madre no le respondió; me miró como si ahora que se había quedado sola en el mundo hubiera llegado mi turno.

—Sí, creo que la abuela ya está preparada para su último viaje —dije al cabo de diez segundos, en una de las frases más estúpidas de todos los tiempos, que rematé con un infecto—: Es que siempre fue muy coqueta y me ha dicho que está muy pálida y que esa no es forma de presentarse en un funeral.

Mi madre abrió mucho los ojos ante mi estupidez, pero el tipo de la funeraria se echó a reír dándose palmadas en los muslos.

—Ja, ja, ja… Qué bueno, qué bueno… ¡Nunca lo había escuchado!

Tanto se rio que por un momento pensé que me estaba tomando el pelo, algo que siempre me pasa cuando alguien me elogia más de cinco segundos o se ríe demasiado de una de mis bromas. Creo que es una cosa que les pasa bastante a los virgos, que son perfeccionistas pero inseguros, serios pero irónicos, fieles pero desconfiados. Aunque eso, claro, lo averigüé muchos años después, cuando los días ciegos. El tipo siguió mirándonos con gesto divertido mientras nos acompañaba hasta la puerta de la salita; sin embargo, antes de despedirse dijo con tono serio:

—Bueno, es verdad que no somos nada.

Luego se despidió con una ligera reverencia.

Antes de salir de la habitación, mi madre me acarició el rostro y me dijo:

—Qué hombre más mala pata, ¿no?

Se encogió de hombros y me sonrió.

Al salir nos recibieron familiares y amigos, que se reían y que hablaban, rezagados camino de la ceremonia final de la vida de mi abuela, donde se cantó el Virolai, sonó una cantata de Bach y un cura nos dijo a los allí presentes que una vez que empieza la muerte comienza la verdadera vida.

La otra vez que mi madre no fue mi madre sucedió en una tarde de mi infancia. No recuerdo ni el año ni el mes ni las circunstancias. Solo me acuerdo de estar en mi cuarto. Era de noche y oí unos sollozos de hombre en el salón. Salí de mi habitación tras bajar lentamente el picaporte. Recorrí el largo pasillo que llevaba de mi habitación al comedor con las puntas de los pies acariciando las baldosas, como si fuera un personaje de dibujos animados: me imaginé llevando mis zapatillas con el logo de Bugs Bunny en la mano, siendo yo de colores más vivos y doblándome con las esquinas.

—Lo siento —dijo mi padre, que se sorbió la nariz—. Solo es que… Todos estos años… Sé que no me creerás, sé que no me lo merezco, pero quiero que sepas que eres muy importante para mí —añadió.

Asomé la cabeza por la rendija abierta, tan pequeña que temí que la pestaña de mi ojo derecho quedara seccionada si me aproximaba un poco más. Mi padre vestía un traje que le venía grande: había perdido peso y llevaba barba de unos cuantos días. Olía a tabaco negro y colonia barata.

Ambos estaban sentados en un espantoso sofá de flores naranjas que sobrevivió décadas en nuestra familia. Ambos me parecieron mayores, aunque aún eran jóvenes.

—¿A qué has venido? —le preguntó ella.

El rostro de mi padre se iluminó durante unos instantes.

—He venido porque quiero que estemos juntos. He comprendido qué es lo importante. He decidido cambiar…

—Con tanto cambio, al final no te vas a conocer ni tú mismo —le cortó ella—. Quizá tu estado normal sea el de estar en un perpetuo cambio. Quiero decir que tu quietud sea el cambio… —añadió mi madre. Se pasó la mano por el pelo, negro y largo por aquel entonces. Sus propias palabras la habían confundido—. Quizá sea la única manera en la que te encuentras seguro: sin estar quieto… Siempre con un montón de sombreros y queriendo tener un lugar de donde marcharte. A veces, me gustaría ser como tú.

Papá se removió en la punta del sofá y juntó las manos formando un ángulo, rogando sin darse cuenta.

—Comprendo que estés enfadada —empezó a decir él, que en realidad no comprendía nada—. Yo ya no soy el que era… Lo que ha sucedido… —intentó seguir.

Pero mi madre lo interrumpió con un gesto: levantó una mano, miró en mi dirección y se dirigió hacia la puerta del comedor. Yo y mi ojo derecho retrocedimos con la torpeza con la que el coyote huía de la trampa que él mismo le había tendido al correcaminos. Corrí hasta mi cuarto. Salté sobre la cama, me metí entre las sábanas y cerré los ojos bien fuerte.

Durante unos segundos, esperé que la puerta de mi cuarto se abriera y sentir la mirada censora de mi madre sobre mí: no estaba bien espiar a los demás.

Pero mi madre no me había seguido por el pasillo.

Finalmente, cuando ya me estaba quedando dormido, oí el sonido de la puerta de la casa al cerrarse. Abrí los ojos de par en par, intuyendo que mi padre había vuelto a marcharse de casa. Era algo que se estaba convirtiendo en una suerte de tradición del Baix Llobregat. Me incorporé un poco sobre la cama, esperando oír algo más: un ruido en la cocina, el familiar arrastrar de los pasos de mi madre por el salón, un interruptor que se apaga.

Sin embargo, cuando la puerta de mi habitación se abrió y vi encendida la luz del pasillo, quien estaba ahí era mi padre, con los ojos bien abiertos y apestando a sudor. Esperé un reproche, pero no dijo nada. Cerró la puerta del cuarto, y yo no volví a ver a mi madre hasta al cabo de dos semanas, cuando regresó para cuidarnos a todos y que todo fuera bien.

6

Me pidió perdón con la mano: anillo dorado, pelos negros y uñas mal recortadas.

Cuando la chica de la melena y el soldado ruso ya se habían ido de la cafetería, había empezado a caminar por los pasillos del aeropuerto sin rumbo fijo, hasta que me choqué con el hombre que no llevaba sombrero de ala ancha. Volví a no fijarme en su rostro: solo en su mano derecha y en sus zapatos. Tras topar con él agaché la vista inmediatamente, avergonzado por haber hurgado en su intimidad sin ni siquiera recordar su cara.

Me había levantado del asiento y había empezado a deambular. Debían de ser las cinco de la mañana. Me angustiaba pensar que a medida que pasaban las horas me hubiera ido separando más y más de la posibilidad de que mi gran viaje de amor tuviera un final feliz. Empezaba a tener claro que Masha estaría durmiendo plácidamente mientras yo tenía mis botas plantificadas en medio del insomnio del aeropuerto internacional de Sheremetievo, en pleno amor no correspondido.

No es lo mismo el desamor que el amor no correspondido. El primero tiene que ver con un material que se deshace lentamente, algo que se borra como una línea dibujada con tiza en la pizarra de una escuela: queda el rastro después de todos los borrados, pero cada vez más difuso y menos claro. El segundo, el amor no correspondido, traza la línea una y otra vez, cada vez con más fuerza, cada vez más clara la raya blanca sobre la superficie verde; esa línea que une los dos puntos y que no dejas de recorrer hasta casi horadar la superficie.

Y en eso andaba pensando, dándome importancia y revolcándome como un cochino en mi nostalgia, cuando me choqué con el hombre y sus zapatos.

La vida entera de alguien está en sus zapatos; suelen pasar desapercibidos, como lo sustancial. En las descripciones de los criminales jamás se habla de los zapatos. Suele hablarse del color del cabello, de la forma de la cara, del tamaño de los ojos. De la vestimenta, de si llevaba gafas o una gorra. Pero casi nunca de los zapatos. Y por tal razón allí debería buscarse una respuesta. ¿Cuántos crímenes se hubieran resuelto antes si el testigo de turno se hubiera fijado en el calzado y no tanto en lo más aparente? «Es culpable, señoría: llevaba unos zapatos marrones con unos cordones de color azul cielo». «Culpable: que le corten la cabeza». Y mazazo y a otra cosa.

Lo esencial radica en lo invisible. ¿No decía algo parecido Saint-Exupéry? Claro que él estrelló su avión en no se sabe dónde, quizá contra una montaña enorme que era lo opuesto a lo invisible, pero que sí que resultaba esencial.

Los zapatos del hombre sin sombrero de ala ancha eran negros, con un lazo estrictamente apretado en el centro. Rígido, el cordón era fino y tenía las puntas intactas; los extremos por donde a veces se escapa un hilo lo mantenían bien sujeto. Estaba todo atado y bien atado, me dije a mí mismo, al tiempo que intentaba averiguar algo de él a través de su calzado. Lo pulidos que estaban sus zapatos indicaban que, o bien eran nuevos, o bien los cuidaba mucho. Intenté ser listo, perspicaz y detectivesco.

Con la vista pegada al suelo, oí que el hombre tosió. En su tos no detecté ningún acento, ninguna peculiaridad que me dijera algo más de él.

—Excúseme —me dijo en un inglés que traduje inmediata y literalmente al español.

—No problema —le contesté yo mientras alzaba la cabeza para toparme con su rostro de cerca.

Sonreía, aunque no parecía estar riéndose de nada. Fue entonces cuando vi su mano peluda y un anillo que parecía de oro.

—¿Has perdido tú tu planeador? —me preguntó, poniendo a prueba mi inglés de aeropuerto.

—Sí, yo perder el planeador porque llegar tarde por cosas —le respondí, esbozando a mi vez una sonrisa boba.

El tipo asintió con la cabeza. En ese momento, hubiera sido perfecto que tuviera un sombrero de ala ancha, porque así se lo hubiera podido tocar con el dedo índice para despedirse cordialmente después de aquel intercambio en el lenguaje internacional auxiliar de compás de espera y pasillos de aeropuerto.

—Algo similar sucede a mí —dijo—. Yo tener esperar toda la noche por coger el próximo planeador. Es mejor a pagar otra noche en hotel.

—Sí, esto es la verdad —le respondí.

Y lo siguiente fue el silencio incómodo de la lengua internacional auxiliar cuando ya no tienes ganas de seguir tirando de los tópicos que se me pasaron por la cabeza en una sucesión fulgurante «Esto es frío», «Hay muy gente durmiendo hoy aquí», «Yo estoy español».

—Mi nombre es David. Bonito conocerte —dije finalmente.

Y el tipo asintió, como si ya lo supiera o como si le importara un bledo.

Seguimos sonriéndonos como dos bobos hasta que oímos, a cinco metros de distancia, un golpe seco. Un golpe que, tremendo y pastoril, pensé que sonaba como el ruido del amor no correspondido: seco, duro, indiferente. Sin embargo, aquel golpe había sido el sonido de un hombre muerto cayendo al suelo: seco, duro e indiferente.

El tipo que no llevaba sombrero de ala ancha se dio la vuelta con una cadencia robótica. Ambos nos acercamos a donde había caído el hombre y, para mi sorpresa, reconocí al instante de quién era ese cadáver.

7

—¿Sabes lo que es un cadáver? —me preguntó mi tío Jesús.

Yo, que sí lo sabía, porque a pesar de ser un crío ya había averiguado hacía tiempo qué era la muerte, porque sabía que la muerte era la no vida (pues así solían definirse las cosas y las personas, por su contrario, por lo que se descartaba), me encogí de hombros al intuir que aquella no era la respuesta que me iba a dar mi tío, que siempre me miraba con sus grandes gafas de sol, en las que podías ver reflejado tu propio rostro, amenazante y curvo.

—Pues viene del latín —dijo él con satisfacción mientras pulía un rayajo de su BMW, que era verde, tenía una banderita de España al lado de la matrícula y dos botines cántabros de imitación colgados del espejo interior del coche—. Del latín, como los niños —aclaró, y se rio, mi tío Jesús, que era el dueño de una funeraria que le pagaba esos coches y esas gafas de sol con las que podías ver el mundo y te veías a ti mismo desde una perspectiva completamente distinta: oscura y deforme—. Pues, según cuentan, la palabra «cadáver» surge de la unión de tres palabras, como la Trinidad, ya ves, niño. ¿Sabes qué tres palabras? ¿No? Caro data vernibus —dijo, arrastrando aquel latinajo como si estuviera descubriendo el milagro no revelado de Fátima—. Ca-dá-ver. Esto es, niño: carne dada a los gusanos —añadió, antes de escupir sobre la superficie de su cochazo para limpiar una mota de polvo casi invisible y olvidar toda erudición.

Y eso era un cadáver, algo que se daba a los gusanos; algo que en una acumulación perfecta y estudiada pagaba automóviles de importación; algo que te encontrabas tirado en el suelo de un aero­puerto del este de Europa cuando habías ido persiguiendo una historia de amor.

Reconocí el tono rojizo de su nariz. Sus ojos todavía dejaban intuir ese aire vidrioso que le debía de haber acompañado en los últimos tiempos: los tenía abiertos, como si la muerte aún pudiera pillar por sorpresa a alguien. Hacía unas horas aquel hombre me había recordado cómo podía ser de terca la realidad. Yo, que me creía un Romeo redivivo, había recordado gracias al aliento de un hombre muerto que era un estúpido.

—¿Qué pasar? —le pregunté al hombre que no llevaba sombrero de ala ancha cuando llegué a su altura.

Pero no necesitaba respuesta. Un muerto. Pasaba un muerto, que es casi todo lo que puede pasar en esta vida.

—Este hombre ser muerto —me respondió él con la mirada fija en el tipo que hacía unas horas había soltado sobre mí su aliento de vodka.

Enseguida apareció más gente alrededor del cadáver, un montón de personas que se apelotonaron a mi espalda y frente a mis ojos. Los cuchicheos se agolparon a nuestro alrededor en varios idiomas: ruso, inglés, francés, italiano, chino y algún otro que no supe reconocer. El español sonaba solo en mi cabeza, completamente aislado en el este de Europa.

El hombre que había vertido hacía unas horas la cruda realidad frente a mi cara de cordero degollado yacía a nuestros pies, como un charco que todos mirábamos sin atrevernos a cruzar por encima de él, por si salpicaba y nos mojábamos de arriba abajo, irremediablemente.

El murmullo fue creciendo, aunque yo permanecí en silencio. ¿Qué se podía decir delante de un hombre muerto que hacía apenas unas horas te había enseñado lo último que habías aprendido y lo primero que olvidarías? Otra vez comencé a pensar que todo hablaba de mí: las voces, las canciones, las miradas… Hasta los muertos hablaban de mí.

Un sonido gutural cortó poco a poco el murmullo de la gente. Cuando se hizo más evidente, arrancó de cuajo el ruido de las voces. Uno de los guardias, el más veterano, había empezado a gritar en ruso, tal vez a hablar en ruso, pero, como yo mismo había aprendido en la última semana, el ruso es un idioma que suena áspero y a gritos hasta cuando dices «te quiero».

Se había formado un círculo alrededor del muerto. En el centro: el cadáver, el soldado veterano y el soldado más joven. Era como si cada uno ocupara una posición estratégica en un escenario. Se me pasó por la cabeza que en cualquier momento el muerto se levantaría con un movimiento rítmico, saltaría por encima de los soldados y los tres empezarían a bailar al sonido de una kalinka.

Los espectadores, asombrados, romperían a dar palmas y sonreirían aliviados. Al terminar la actuación, el soldado más joven pasaría su gorro ruso, su ushanka, por entre el público, que iría dejando allí rublos, euros, dólares, yenes.

Pero no fue así.

El soldado joven acercó su oreja al pecho del muerto. Luego, el rostro a la cara. A continuación, pasó la mano sobre sus ojos, que se cerraron por última vez.

—Él ser muerto —dijo el hombre que no llevaba sombrero de ala ancha antes de salir del círculo que rodeaba al cadáver.

Fue el único que se alejó de aquel espectáculo. Los demás seguimos allí embobados con la escena. Podría habérsele tomado por un asesino que se recrea un momento en su víctima y después desaparece discretamente del lugar del crimen. Pero, como aquello era la realidad, supuse que era más bien como la famosa frase de los diarios de Kafka: «Esta mañana, Alemania ha declarado la guerra a Rusia. Por la tarde fui a nadar». Me di la vuelta y me lo encontré sentado en una silla: otra vez esperando el próximo avión que lo alejara de aquel lugar, con un vaso en una mano y un periódico en la otra.

Al cabo de un rato, cuando se había renovado aquel cuchicheo de voces (inglés, ruso, italiano, francés, chino…), aparecieron dos hombres vestidos con unos anoraks fosforitos y una camilla plegada entre las manos. En el ínterin, los dos soldados, con sus rifles en los hombros, habían comenzado a hablar con aire despreocupado. Lo hacía sobre todo el más veterano; el más joven se dedicaba a asentir y a pasear la mirada buscando algo que le interesaba más que las palabras de su compañero.

La gente aumentó el volumen de sus conversaciones: hubo quien incluso se rio; hubo otros que miraron sus teléfonos móviles; hubo gente que sacó unas fotos perfectas, a las que les pasaron ciertos filtros para amortiguar la luz demasiado intensa del lugar; un hombre tosió; una mujer cogió la mano de una anciana; un chico joven se sacó una espinilla que le había crecido cerca del labio.

Me estremeció la idea de que todos nosotros, al cabo de unos minutos, fuéramos como la frase del diario de Kafka: «Alemania ha declarado la guerra a Rusia. Por la tarde, me reí, miré mi teléfono, me hice una fotografía y filtré la luz, tosí, cogí la mano de una anciana, me saqué una espinilla muy molesta que me había crecido cerca del labio».

Un hombre ha muerto en el aeropuerto internacional de Sheremetievo.

Por la tarde fui a nadar.

Los enfermeros comprobaron de nuevo el pulso del cadáver. Y otra vez, como en la vida, lo que faltaba dijo todo lo que había que decir.

Obraron en silencio e intercambiaron tres o cuatro comentarios con los soldados. Al cabo de unos minutos, sacaron una bolsa de color negro que extendieron al lado del cadáver. El soldado más joven le enseñó a uno de los enfermeros una cartera raída que había extraído del interior de la chaqueta del muerto.

Apenas me había fijado en nada más que en su hedor a vodka y en sus ojos vidriosos. Ni siquiera me había planteado que pudiera tener un nombre. Había inferido automáticamente que estaba allí como algo que formaba parte del paisaje, como los bancos marrones o las cafeterías que abrían toda la noche. Simplemente, el típico borracho ruso vagabundo que se protege de la nieve en el interior de un lugar de paso. Hay gente que es solo el lugar que habita, pensé.

Me reproché por no haberme fijado mejor en él. Enseguida empatizaba con los perdedores y los versos sueltos, pero no lo había hecho con ese hombre. ¿Tan importante era su hedor? ¿Tan sumido estaba en mi fallida historia de amor? ¿Acaso me creía mejor que aquel tipo, que, como yo, se había extraviado esa noche en el aeropuerto de Moscú? Por ejemplo, una vez más, ¿cómo eran sus zapatos? ¿Por qué no me fijaba más en esos detalles?

Al final, lo subieron a la camilla, que se elevó sobre unas patas al cabo de un instante. Con el cadáver cubierto por la bolsa de plástico, los cuatro hombres (los soldados y los enfermeros) intercambiaron unas palabras que no fueron más que sonidos para mí. Presté atención para ver si comprendía algo, alguna palabra cazada al vuelo que recordara del poco ruso que había aprendido en los últimos días. Sin embargo, desgraciadamente, no dijeron nada que tuviera que ver con el amor, la belleza de tus ojos o tu forma de sonreír.

Me hubiera gustado saber de qué había muerto exactamente aquel hombre. Si había sido un infarto de miocardio o si había tropezado y se había golpeado contra el suelo de forma fatal; sin más: solo porque estaba borracho como una cuba y no se había tenido en pie. Pero el lenguaje y el idioma son los límites.

Me acerqué con cautela hacia donde los cuatro hombres seguían charlando. No parecían tener ninguna prisa por llevarse el cadáver.

Una vez que habían tapado el cuerpo con el plástico negro, la gente que pasaba aquella noche en el aeropuerto se había ido dispersando, de vuelta a sus maletas o a los bancos que ocupaban de tres en tres para tumbarse y echar una cabezada.

Carraspeé un par de veces para llamar la atención de los hombres. Uno de los enfermeros tenía una mano apoyada en la camilla, junto a la pierna derecha del cadáver.

Mirado con cierta perspectiva, no sé por qué lo hice. Y, sin embargo, yo, que no hablo por no molestar, no tuve otra idea que decir en voz alta con mi inglés de aeropuerto:

—¿Qué suceder? ¿Por qué morir el hombre? Este hombre. —Y señalé el cadáver.

Los cuatro tipos me observaron con cara de sorpresa y de los pocos amigos que uno puede tener cuando está trabajando a las cinco de la mañana recogiendo cadáveres. No miré mucho a los enfermeros, pues los sentía más lejanos que a los soldados, a los que había espiado en las últimas horas. Aunque ellos no eran conscientes, yo ya sabía muchas cosas de sus vidas (si bien es cierto que no eran más que conjeturas, pero ¿qué es todo lo que sabemos?). No podía considerarlos unos completos desconocidos, en especial al soldado más joven.

—Muerto hombre —me respondió el soldado veterano, con ese tono seco tan ruso que servía para decirlo todo: «eres lo más importante en mi vida; te quiero; los guisantes están sobre la encimera; quédate conmigo para siempre; el coche se ha averiado»—. Demasiado beber, incluso para un ruso.

Todos sonrieron, aunque ninguno se rio.

—¿Ser un hombre que vivir aquí? —preguntó uno de los enfermeros: pálido y flaco, con gafas y pelo moreno, con la cara chupada, la nariz morcillona.

Le agradecí la deferencia de hacerlo en inglés de pasillo de aero­puerto, para que fuéramos cinco, en lugar de que fueran cuatro.

—Ser usual del aeropuerto. A veces, cuando era frío, nosotros permitir que él dormir aquí. Solo haber una condición: no molestar los pasajeros. Y solo en la noche.

—Bueno, ahora no molestar más, este hombre —dijo el otro enfermero, el que tenía la mano apoyada en la camilla. Llevaba un gran anillo en su dedo anular, uno de esos con un sello de extraño dibujo. Alto, rubio, pálido, con una barba pelirroja poco convincente, añadió—: Ahora no más beber.

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