El Vaticano Àëåêñàíäð Òîïàë Una mujer cae muerta ante decenas de turistas en la Capilla Sixtina. Sus documentos dicen que es ciudadana estadounidense. Su pasado, sin embargo, conduce a Rusia. Y su ?ltima misiîn, a una carpeta que nadie consigue encontrar. La muerte de Anna Samsonova desencadena una investigaciîn en la que agentes estadounidenses, un investigador ruso y las autoridades italianas y vaticanas se ven obligados a colaborar mientras ocultan sus propias preguntas. Cada testimonio abre una nueva contradicciîn. Cada pista acerca a los investigadores a alguien dispuesto a matar para mantener el silencio. En un lugar donde la fe convive con el poder, la verdad tiene un precio. Y no todos llegaràn vivos al final. «EL VAICANO»: una novela de espionaje, intriga y decisiones morales en la que el mayor peligro no siempre viene del enemigo. Àëåêñàíäð Òîïàë El Vaticano EL VA†ICANO Cap?tulo 1. La misiîn Sede de la CIA en la Embajada de Estados Unidos en Roma Via Vittorio Veneto, 121, Roma 21 de abril de 2025 La carta constaba de apenas unas l?neas. Y fue precisamente eso lo que inquietî al jefe de la estaciîn màs que si el desconocido hubiera enviado una extensa exposiciîn de sus intenciones, una lista de exigencias y pruebas de estar al corriente de todo. Quienes pose?an algo verdaderamente valioso rara vez malgastaban las palabras. Quienes pretend?an enga?ar a los servicios de inteligencia, en cambio, sol?an hablar demasiado. En la pantalla del ordenador, el mensaje resultaba casi indecentemente sencillo. Sin firma, sin direcciîn de respuesta, sin explicaciones. Tan solo una propuesta escueta, como si se tratara de entregar un malet?n olvidado en el vest?bulo de un hotel. «Estoy dispuesto a entregar una carpeta con documentos que constituyen secretos de Estado de la Federaciîn de Rusia a la ciudadana estadounidense A. N. Samsînova, en el Vaticano, dentro de la Capilla Sixtina, el domingo 4 de mayo de 2025, entre las 12:00 y las 13:00. Por su parte, deberàn garantizar el anonimato absoluto. Si se establece vigilancia o se intenta seguirme, el mensajero no recibirà los documentos. A. N. Samsînova me conoce personalmente y puede reconocer mi rostro. No hacen falta contrase?as ni otras tonter?as. Espero que esto les sea de ayuda. Un bienintencionado». El jefe de la estaciîn leyî el mensaje dos veces. Despuås mirî el reloj. Eran exactamente las doce, hora de Roma. No le gustaba aquella expresiîn: «un bienintencionado». Ten?a algo de teatral, casi de burla. Pod?a firmar as? alguien que no quisiera revelar su nombre. O alguien que deseara, precisamente, que el destinatario se detuviera a pensar en ello. —Impr?malo —le dijo al empleado de la mesa contigua—. Y no lo reenv?e a nadie màs hasta que haya revisado las cabeceras. —Ya estamos rastreando la ruta del mensaje. —Hàganlo. Pero no finjan que la ruta nos darà la respuesta. Se levantî, se acercî a la ventana y apartî un extremo de la persiana. En la calle transcurr?a la vida cotidiana de Roma: los esc?teres zigzagueaban entre los coches, la gente conversaba junto a los cafås y los turistas fotografiaban fachadas sin sospechar cuàntas decisiones sobre vidas ajenas se tomaban en los edificios por los que pasaban. El sol se reflejaba en los cristales, y la ciudad parec?a inveros?milmente tranquila. En Roma, un secreto pod?a perderse fàcilmente entre milenios de secretos ajenos. El jefe de la estaciîn regresî a su escritorio. —Samsînova —pronunciî en voz baja—. ?Por quå precisamente ella? El empleado no respondiî. Sab?a que aquella pregunta no iba dirigida a ål. * * * Para el mediod?a, el mensaje ya hab?a salido rumbo a Estados Unidos por un canal seguro. En McLean, Virginia, lo imprimieron y lo colocaron sobre el escritorio del director de la Agencia Central de Inteligencia. La versiîn electrînica ocupaba unas cuantas l?neas; sobre el papel parec?a todav?a màs breve. Quedaba demasiado espacio en blanco, como si su autor lo hubiera reservado adrede para unas preguntas que no pensaba contestar. A las nueve de la ma?ana, hora local, comenzî la reuniîn del Departamento del Este. Cerraron la puerta de la sala. Los telåfonos quedaron fuera. Sobre la larga mesa hab?a carpetas, y en la pared no se ve?an mapas ni los esquemas habituales: solo una pantalla con el texto de la carta. El director no ofreciî cafå a los presentes ni se entretuvo en formalidades. Apoyî la palma de la mano sobre la hoja. —?Quå sabemos de Anna Nikolàievna Samsînova? El responsable del àrea de Rusia abriî una carpeta, pero no hablî enseguida. En aquella sala hab?a personas acostumbradas a valorar no solo lo que se dec?a, sino tambiån las pausas entre las palabras. Todos advirtieron su vacilaciîn. —Està bajo nuestra protecciîn desde 2022. Seg?n su documentaciîn de cobertura, es ciudadana estadounidense. Reside en Virginia. Colabora con la Agencia. Antes de trasladarse aqu? trabajaba en un centro cient?fico ruso, dedicada a la investigaciîn virolîgica. —Eso ya lo sabemos —dijo el director—. Pregunto por quå el desconocido la ha elegido a ella. —Porque la conoce personalmente. Al menos eso afirma el autor de la carta. —El autor afirma muchas cosas. La cuestiîn es cuàles son ciertas. El director levantî la mirada hacia los demàs. —No sabemos quiån escribiî la carta ni siquiera si esos documentos existen. No sabemos por quå ha elegido el Vaticano ni quå significa eso de «Samsînova conoce mi rostro». Pero s? sabemos que està convencido de poder obligarnos a jugar seg?n sus reglas. —Si se trata de una provocaciîn —observî uno de los funcionarios—, està dise?ada para sacarla de su vigilancia habitual y llevarla al lugar elegido por el desconocido. —Exactamente. —Entonces no deber?amos enviarla. —?Y si los documentos son autånticos? —preguntî el responsable del àrea de Rusia—. ?Vamos a renunciar a informaciîn a la que no tenemos acceso solo porque un desconocido haya fijado el encuentro? —No tenemos por quå renunciar —respondiî el director—. Pero s? debemos comprender quå arriesgamos. Apartî la carta y abriî el expediente. En la primera pàgina aparec?a la fotograf?a de una mujer joven. Fondo neutro, mirada directa, el cabello retirado del rostro. Nada extraordinario, salvo que la imagen era incapaz de transmitir la impresiîn que produc?a alguien a quien nadie podr?a obligar a olvidar lo que hab?a visto. —Empecemos desde el principio. Y nada de abreviaturas que sirvan para esconder los detalles incîmodos. La secretaria repartiî copias del expediente personal entre los asistentes. * * * Expediente de Anna Nikolàievna Samsînova Nacida en San Petersburgo el 14 de octubre de 1990. Padre: Nikolài Grigîrievich Samsînov, oficial de los îrganos de seguridad del Estado, fallecido en mayo de 2008 en Chechenia en circunstancias que nunca se aclararon del todo a la familia. Fue enterrado en un ata?d cerrado. Madre: Verînika Serguåievna Samsînova, de soltera Lev?tskaya, fallecida en 2020 al comienzo de la pandemia. Terminî la escuela secundaria con medalla de oro. En 2007 ingresî en la Facultad de Biolog?a de la Universidad Estatal de Mosc?, Departamento de Virolog?a. Su trabajo de fin de carrera tratî sobre el anàlisis molecular y genåtico de aislados de flavivirus que circulaban en el territorio de la Federaciîn de Rusia. En 2012 obtuvo el t?tulo con honores. Despuås de graduarse, fue contratada como investigadora j?nior en el Centro Cient?fico Federal M. P. Chumakov de Investigaciîn y Desarrollo de Preparados Inmunobiolîgicos, perteneciente a la Academia de Ciencias de Rusia. Cinco a?os màs tarde, tras defender su tesis doctoral, ascendiî a investigadora y obtuvo acceso a proyectos clasificados. Destaca por una memoria extraordinaria. Es capaz de reproducir con gran exactitud importantes cantidades de informaciîn visual. Habla inglås, italiano y portuguås. Se interesa por el arte y visita exposiciones y museos. En 2020, despuås de la muerte de su madre, fue reclutada por una fuente de la Agencia identificada con el n?mero de cîdigo 923-349. El 1 de julio de 2022 abandonî clandestinamente la Federaciîn de Rusia a travås de una ruta georgiana, con ayuda de los servicios de inteligencia estadounidenses. Entregî documentos con informaciîn clasificada por la parte rusa como secreto de Estado. Posteriormente fue incorporada al programa de protecciîn de testigos, recibiî una nueva identidad y obtuvo la ciudadan?a estadounidense. En Rusia figura como desaparecida. No ha perdido formalmente la ciudadan?a rusa. No se han identificado familiares que mantengan contacto con ella. Soltera. Mantiene una relaciîn con un joven empresario que, seg?n los datos disponibles, no tiene v?nculos con los servicios de inteligencia estadounidenses. Permanece bajo vigilancia no oficial constante de la Agencia. * * * Cuando la ?ltima pàgina quedî sobre la mesa, nadie hablî de inmediato. En aquellas salas, el silencio rara vez significaba ausencia de ideas. Màs bien, cada uno trataba de decidir cuàl de ellas era la màs peligrosa. —Su padre era un agente de seguridad del Estado que muriî en circunstancias poco claras —dijo uno de los analistas—. Su madre falleciî al comienzo de la pandemia. Unos meses despuås, Samsînova se convierte en nuestra fuente. Es posible que la tragedia personal la volviera vulnerable. —Es posible —respondiî el director—. O quizà se apresure usted demasiado a explicar su decisiîn mediante la psicolog?a. No tenemos derecho a considerar predecible a una persona solo porque haya perdido a sus seres queridos. —La reclutaron en 2020 —recordî el responsable del àrea—. No se limitî a entregarnos documentos. Accediî a abandonar su pa?s y empezar de cero. —Y ahora alguien sabe dînde encontrarla. La ?ltima frase sonî màs baja que las anteriores, pero fue precisamente entonces cuando todos volvieron la vista hacia la carta. —Si el autor la conoce personalmente —dijo el analista—, pudo haber estado vinculado con su antiguo trabajo. O con su padre. O con los hechos que la llevaron a aceptar nuestra colaboraciîn. —Tres hipîtesis —repuso el director—. Y ni una sola pista que nos permita elegir entre ellas. —Nos quedan dos semanas hasta el encuentro. —Nos quedan trece d?as para decidir si la enviaremos all?. No confunda el calendario con el tiempo real que tenemos para prepararnos. Se volviî hacia el responsable del àrea de Rusia. —?Quå puede decirme de sus motivos? El hombre pasî varias pàginas. —Seg?n las entrevistas, su decisiîn no obedeciî ?nicamente al dinero ni a la ideolog?a. Cre?a que en el centro suced?a algo sobre lo que no le estaban contando toda la verdad. Despuås de perder a su madre se volviî màs reservada. Aun as?, no daba la impresiîn de ser una persona impulsiva. Al contrario: observî durante mucho tiempo, contrastî los hechos y solo entonces aceptî establecer contacto. —Es decir, pod?a saber lo que hac?a —dijo el director. —S?. —Y tambiån pod?a equivocarse. —S?. —Bien. Entonces no vamos a convertirla en una hero?na ni a tratarla como un peîn. Necesitamos conocer a una persona, no a la leyenda que nosotros mismos nos hayamos inventado. Cerrî el expediente, pero dejî la fotograf?a ante ål. —Preparen una evaluaciîn de riesgos por separado. Comprueben los posibles v?nculos del autor de la carta con el antiguo entorno de Samsînova. No intenten contactar con el supuesto mensajero. Nada de iniciativas individuales sobre el terreno. Y, sobre todo, no revelen a Samsînova el contenido de la carta hasta que hayamos tomado una decisiîn. —?Por quå? —preguntî uno de los presentes—. Si lo conoce, su reacciîn podr?a ayudarnos a identificarlo. —Precisamente por eso. No sabemos quå sucederà cuando vea su nombre o su rostro. Y, si el desconocido cuenta con su reacciîn, cualquier advertencia nuestra podr?a alterar las condiciones del encuentro. —Pero ella tendrà que aceptar el viaje. —Por supuesto. No la llevaremos al Vaticano contra su voluntad. Primero averiguaremos quå està dispuesta a hacer y quå recuerda de las personas que dejî en Rusia. El director hizo una pausa. —Y no lo olviden: el desconocido no ha elegido un lugar cualquiera. Ha elegido uno en el que cualquiera de nuestros movimientos resultarà visible. La Capilla Sixtina no es un almacån vac?o donde podamos meter a alguien y cerrar la puerta. All? siempre hay visitantes, empleados, guardias, càmaras y miles de testigos accidentales. Si pretende pasar inadvertido, ?por quå elige precisamente ese lugar? —Quizà porque sabe que no podremos controlar el espacio —respondiî el analista. —O porque es all? donde Samsînova tiene que verlo. —Entonces no controla el lugar. La controla a ella. El director mirî al hombre que acababa de hablar. —Eso es lo que debemos comprobar. * * * Anna Nikolàievna Samsînova llevaba casi tres a?os viviendo en Virginia, pero a veces despertaba con la sensaciîn de seguir en su antiguo apartamento. Durante los primeros segundos de vigilia, la memoria no le devolv?a las paredes ni los muebles, sino los sonidos: el zumbido del viejo ascensor, unos pasos en el rellano, el rumor lejano de los coches al otro lado de la ventana. Despuås llegaba la certeza: aquella ya no era su casa, ni su pa?s, ni su vida. Hab?a aprendido a no demorarse en esos instantes. En su nueva existencia conven?a no recordar durante demasiado tiempo. Ten?a otro nombre en los documentos, otra direcciîn, la costumbre de vigilar los reflejos en los escaparates y de no hablar de s? misma màs de lo imprescindible. Le dec?an que la vigilancia era necesaria para protegerla. A veces lo cre?a sin reservas. Otras veces pensaba que la seguridad no era sino otra manera de llamar a una jaula cuando la llave estaba en manos ajenas. No se consideraba una v?ctima. Hacerlo habr?a significado eludir su responsabilidad. En alg?n momento hab?a tomado una decisiîn por voluntad propia y nadie pod?a librarla de responder por ella. Pero haber elegido no eliminaba el precio. Su pasado hab?a quedado al otro lado de la frontera, y su futuro estaba ligado a personas en quienes no pod?a confiar del todo. Se hab?a acostumbrado a la soledad. No era tan temible como los recuerdos que regresaban sin previo aviso. A veces su memoria le parec?a un castigo. Pod?a olvidar el olor de una ciudad desconocida si no se esforzaba por retenerlo, pero era incapaz de borrar de su mente la pàgina de un documento, una frase casual o la expresiîn de alguien que una vez le hab?a mentido. Recordaba especialmente bien los rostros. Aquella capacidad ya hab?a llamado la atenciîn en la universidad. Al principio, los profesores la consideraban una cualidad ?til; despuås, sus colegas empezaron a bromear con que a Anna le bastaba ver a alguien una sola vez para reconocerlo diez a?os màs tarde. A ella no le gustaba aquel don. Los rostros no quedaban grabados en su memoria como fotograf?as, sino como un conjunto de rasgos min?sculos: el dibujo de los labios, la costumbre de inclinar ligeramente la cabeza, la asimetr?a de las cejas, una mirada que permanec?a fija en su interlocutor una fracciîn de segundo màs de lo necesario. La gente cre?a que lo recordaba todo porque pose?a una inteligencia fuera de lo com?n. No comprend?an que hab?a cosas que habr?a preferido olvidar. Aquel d?a pensaba pasar varias horas en un museo. Le gustaba contemplar los cuadros sin tener que explicar por quå le atra?an. En el arte, no todo exig?a una respuesta. A veces bastaba con permanecer frente a un lienzo y sentir que, durante unos instantes, la propia vida dejaba de ser el ?nico objeto de reflexiîn. El telåfono vibrî. El mensaje era breve: le ped?an que acudiera a una reuniîn a la hora se?alada. Sin explicaciones ni detalles. Anna lo leyî una vez y luego otra. La convocatoria no la sorprendiî; ya hab?a recibido solicitudes semejantes. Pero la formulaciîn le pareciî inusualmente cautelosa. Como si quien la hubiera escrito quisiera comunicarle algo importante y, al mismo tiempo, reservarse la posibilidad de negar que hubiera comunicado nada. Dejî el iPhone sobre la mesa. Tras la ventana avanzaban las nubes. La sombra de un àrbol se deslizaba lentamente por la casa vecina. En un d?a normal, Anna habr?a memorizado aquella imagen sin el menor esfuerzo. Ahora la contemplaba mientras pensaba cuàntas personas en el mundo pod?an devolver a alguien a su pasado con un solo mensaje. Todav?a no sab?a quå iban a proponerle. Tampoco sab?a que en Roma ya hab?a una carta en la que figuraba su nombre. Pero la inquietud hab?a llegado antes que cualquier explicaciîn. * * * En McLean, la reuniîn estaba a punto de terminar. Los participantes ya hab?an recogido sus papeles, pero el director no les permitiî levantarse. —Hay otro problema —dijo—. En la carta, el autor no pide dinero, asilo, garant?as para su familia ni que lo saquemos del pa?s. No aporta pruebas de la autenticidad de los documentos. No exige una conversaciîn previa. Solo pide una cosa: que no lo vigilemos ni lo sigamos. —Sabe que no podemos garantizarle semejante condiciîn —observî el responsable del àrea. —Entonces, ?por quå la impone? —Para comprobar si obedecemos. —O para obligarnos a elegir entre los documentos y el control —a?adiî otro funcionario. El director asintiî despacio. —Y hay algo màs. Se refiere a Samsînova como ciudadana estadounidense. No como fuente, ni como antigua empleada de un instituto ruso, ni como persona bajo protecciîn. Solo como ciudadana estadounidense. Puede ser una formalidad. Puede ser un detalle deliberado. Pero el autor conoce el lugar que ocupa ella dentro de nuestro sistema. —Puede que sepa mucho màs. —S?. Y, hasta que no averig?emos cuànto màs, no permitiremos que ninguna suposiciîn se convierta en una decisiîn. Volviî a tomar la fotograf?a de Samsînova. En la imagen, Anna miraba directamente a la càmara, sin sonre?r. Su rostro no expresaba desaf?o ni sumisiîn. Solo la serenidad de alguien acostumbrado a evaluar a su interlocutor antes de responder. —?Alguno de ustedes la ha conocido personalmente? —preguntî el director. El responsable del àrea contestî: —Yo, dos veces. Es prudente, pero no parece alguien que viva temiendo a todo el que se cruza por su camino. Escucha con atenciîn, hace preguntas precisas y rara vez habla de màs. —?Y cuando le hacen una pregunta que no quiere contestar? —Responde a otra. Varios sonrieron, pero el director permaneciî serio. —Entonces sabe defenderse. Eso està bien. Aunque, a veces, las defensas nos impiden advertir el peligro. Devolviî la fotograf?a a la carpeta. —Organicen una reuniîn con Samsînova. No le revelen los detalles de la carta. D?ganle que hemos recibido informaciîn sobre un posible contacto con alguien de su pasado. Veamos quå cuenta por iniciativa propia. El jefe del Departamento de Europa Oriental se encargarà de preparar la operaciîn y me informarà personalmente. Ninguna etapa avanzarà sin autorizaciîn previa. —?Nombre en clave? —preguntî la secretaria. El director mirî la carta que descansaba sobre el expediente. —«Vaticano». La palabra quedî suspendida en el silencio de la sala. No sonî como el nombre de un lugar, sino como el de una misiîn que ya ten?a sus propias reglas y un autor desconocido. —?Alguna objeciîn? —preguntî el director. Nadie respondiî. —Entonces, manos a la obra. * * * Unos minutos despuås, los asistentes se marcharon. Cuando se cerrî la puerta tras el ?ltimo de ellos, en la sala solo quedaron el director y el responsable del àrea de Rusia. —?Cree que aceptarà? —preguntî este. —Si piensa que el encuentro guarda relaciîn con su pasado, probablemente. —?Y si se niega? —Entonces averiguaremos por quå. No vamos a empujarla hacia la respuesta que màs nos convenga. El responsable dudî un instante. —Hay otra circunstancia. Si ese hombre realmente la conoce, pudo haberla observado antes de que abandonara Rusia. O haber obtenido informaciîn despuås. —Lo dice como si fueran dos posibilidades distintas. —La primera significa que estuvo cerca de ella en Rusia. La segunda, que tiene acceso a informaciîn sobre nuestro programa. El director no respondiî de inmediato. Volviî a mirar la hoja impresa. En aquella breve carta no hab?a amenazas, promesas ni un solo detalle que permitiera juzgar las intenciones del autor. Y, aun as?, ya hab?a obligado a la Agencia a convocar una reuniîn, recuperar un expediente y prepararse para un viaje al Vaticano. El desconocido hab?a conseguido lo primero que buscaba: los estadounidenses ya pensaban en ål. —Investiguen las dos posibilidades —dijo el director—. Y una tercera. —?Cuàl? —Que quiera hacernos creer que todo gira en torno a Samsînova. El responsable frunciî el ce?o. —?Y si no gira en torno a ella? —Entonces puede ser la ?nica persona capaz de conducirnos hasta el verdadero objetivo. Se puso de pie. La reuniîn hab?a terminado, pero la decisiîn que les aguardaba apenas empezaba a tomar forma. Al otro lado del ocåano, en Roma, la carta anînima ya hab?a dejado de ser una simple carta. Se hab?a convertido en una operaciîn con nombre, fecha y lugar de encuentro. Solo faltaba lo esencial: comprender quiån hab?a impuesto las reglas. * * * Aquella tarde, Anna regresî a casa màs tarde de lo previsto. No habr?a sabido explicar por quå se hab?a quedado tanto tiempo en el museo: las pinturas no ofrec?an respuestas, pero al menos, frente a ellas, nadie le exig?a responder. El apartamento estaba en silencio. Dejî el bolso junto a la puerta, se quitî el abrigo y mirî el telåfono. Un mensaje nuevo. «Ma?ana. Confirmaremos la hora por separado. Estå preparada para hablar de Roma». Anna lo leyî varias veces. Roma. La palabra no deber?a haberle evocado màs que recuerdos de viajes, museos y calles antiguas. Hab?a estado all? antes, cuando su vida todav?a no se hab?a dividido en un «antes» y un «despuås». Sin embargo, el mensaje no mencionaba ninguna instituciîn ni identificaba al remitente. Solo una ciudad y la promesa de una conversaciîn. Se acercî a la ventana. Su rostro se reflejaba en el cristal y, detràs de ål, el patio se sum?a en la oscuridad del atardecer. Por un instante, el reflejo le pareciî el de una desconocida: una mujer con un nombre nuevo, en un pa?s ajeno, con un pasado que no cab?a en ning?n documento oficial. Anna rozî con los dedos el cristal fr?o y retirî la mano enseguida. No sab?a quå la esperaba. No sab?a quiån hab?a enviado el mensaje. Y, sin embargo, en lo màs hondo de su memoria ya se agitaba algo a lo que llevaba mucho tiempo prohibiåndole salir a la superficie. No un nombre. Ni una voz. Un rostro. El rostro de alguien a quien nunca deber?a volver a ver. Cerrî los ojos, intentando mantener el recuerdo a distancia. Pero la memoria no obedec?a îrdenes. Le devolviî una mirada, una curvatura apenas perceptible de los labios y una expresiîn que Anna, tiempo atràs, hab?a confundido con serenidad. Ahora comprend?a que quizà hab?a sido una advertencia. El telåfono segu?a sobre la mesa. La pantalla se apagî y la habitaciîn se volviî màs oscura. A esa misma hora, en Roma, el jefe de la estaciîn recibiî una breve respuesta de McLean: se autorizaba el estudio preliminar de la operaciîn y cualquier contacto con Samsînova deb?a aprobarse por separado. El mensaje llevaba una firma electrînica que no ten?a nada de particular. Pese a ello, volviî a leerlo antes de cerrar la ventana. En el mundo de la inteligencia resultaban sospechosos tanto los errores como el cumplimiento impecable de los procedimientos, sobre todo si alguien hab?a podido prever de antemano cada reacciîn. Pidiî a uno de sus empleados que le llevara el archivo original de la carta, no la copia impresa. Abrieron el texto en un monitor aparte. El especialista en anàlisis tåcnico informî de que las cabeceras disponibles no permit?an identificar al remitente. No encontraron indicios evidentes de falsificaciîn, pero tampoco pudieron confirmar el origen del mensaje. Era uno de esos resultados incîmodos que no demostraban nada y, precisamente por eso, dejaban abiertas demasiadas posibilidades. —Al menos sabemos que el autor sabe utilizar el correo electrînico —dijo el jefe de la estaciîn. —O que alguien lo hizo por ål. —El anonimato se puede comprar. El silencio tambiån. Pero ?por quå alguien que pretende entregar secretos de Estado empieza exigiåndonos que dejemos de hacer lo que hacemos siempre? El especialista se encogiî de hombros. No ten?a obligaciîn de responder a preguntas para las que no exist?an datos. El jefe de la estaciîn volviî a fijarse en la fecha del encuentro. Cuatro de mayo. Domingo. Mediod?a. Una hora, ni un minuto màs. Las condiciones recordaban menos a una oferta de colaboraciîn que a una trampa cuidadosamente disfrazada de oportunidad. Pero hasta las trampas pod?an contener un cebo autåntico. Y a veces el cebo era tan valioso que rechazarlo equival?a a perder antes de empezar la partida. —Preparen una lista de preguntas para la primera entrevista con Samsînova —ordenî—. Pero no la conviertan en un interrogatorio. Si siente que ya hemos decidido por ella, no averiguaremos nada ?til. —?Y si pregunta de inmediato quiån enviî la carta? —Entonces le diremos la verdad: todav?a no lo sabemos. El empleado se marchî. El jefe de la estaciîn se quedî solo frente a la pantalla. Podr?a haber llamado a aquello una verificaciîn rutinaria de una fuente, pero habr?a sido enga?arse a s? mismo. Por primera vez en mucho tiempo, un desconocido no ped?a ayuda a los estadounidenses. Les ofrec?a una oportunidad y, al mismo tiempo, les explicaba bajo quå condiciones ten?an derecho a aprovecharla. En otra parte del mundo, Anna Samsînova intentaba convencerse de que la inquietud no siempre anunciaba un peligro. Sab?a lo fàcil que resultaba para la mente completar una imagen a partir de unos pocos detalles. En el laboratorio, as? nac?an los errores: primero una hipîtesis, luego una selecciîn de hechos que parec?an confirmarla y, al final, una certeza que ya nadie quer?a poner a prueba. Siempre hab?a procurado resistirse a esa tentaciîn. Pero aquella vez no ten?a muestras, resultados de anàlisis ni manera de repetir una observaciîn. Solo un mensaje sobre Roma y un recuerdo que no hab?a conseguido reprimir. Abriî el armario donde guardaba las pertenencias que hab?a tra?do de su vida anterior. La mayor?a ya no serv?a para nada: viejos cuadernos, algunos libros, un sobre con fotograf?as. Casi nunca los sacaba. No porque temiera al pasado, sino porque no quer?a convertirlo en la ?nica prueba de su propia existencia. En una de las fotograf?as aparec?a màs joven, con el cabello recogido y el rostro iluminado por un sol de verano implacable. A su lado hab?a una persona a la que la càmara solo hab?a captado de perfil. Una sola mirada le bastî para recordar aquel rostro y lo que hab?a sentido ese d?a: una extra?a impresiîn de que la conversaciîn hab?a terminado antes siquiera de comenzar. Guardî de nuevo la fotograf?a. Si su memoria no la enga?aba, aquella persona no pod?a volver a aparecer. Pero admitir la posibilidad de un error habr?a significado dudar del ?nico don en el que Anna estaba acostumbrada a confiar. Por primera vez en mucho tiempo, Anna no pensî en quiån la vigilaba, sino en quiån pod?a estar esperando su regreso. En McLean, el director volviî a abrir la fotograf?a. Esta vez no observî el rostro, sino la leyenda que aparec?a debajo: fecha, lugar, n?mero de archivo. Todo era corriente, estaba comprobado, resultaba casi aburrido. Precisamente por eso se detuvo a mirarlo. En asuntos como aquel, el peligro rara vez parec?a peligroso desde el principio. Sol?a presentarse bajo la forma de un detalle insignificante que todos hab?an visto, pero que nadie hab?a considerado digno de atenciîn. Cerrî la carpeta y apagî la pantalla. La operaciîn ya ten?a nombre, un responsable y un plan preliminar. Pero le faltaba lo principal: una idea fiable de quiån estaba al otro lado de la carta. Eso significaba que todo lo que pensaban hacer a continuaciîn pod?a no ser una preparaciîn para el encuentro, sino la ejecuciîn del guion de otra persona. Faltaban trece d?as para el encuentro en el Vaticano. * * * EL VA†ICANO Cap?tulo 2. La traiciîn Johnny la llamaba Ann: una forma breve, casi cari?osa, como si aquel nombre les perteneciera solo a ellos dos. En presencia de otras personas, a veces dec?a «Anna», sobre todo cuando hablaban de asuntos serios o hab?a cerca alguien a quien Ann conoc?a desde hac?a poco. Pero, a solas, siempre era Ann. En aquel nombre no hab?a pasado, ni documentos, ni decisiones tomadas por otros. No evocaba San Petersburgo, Mosc?, los laboratorios secretos ni a aquella mujer a la que un d?a hab?an dejado de buscar en voz alta. —Ann, otra vez no me estàs escuchando. Ella alzî la mirada. Johnny la observaba con fingido reproche, aunque las comisuras de sus labios delataban una sonrisa. —S? te escucho. —Entonces repite lo que acabo de decir. —Has dicho que tu nuevo proyecto te llevarà menos tiempo que el anterior, que por fin has aprendido a delegar responsabilidades y que esta vez no permitiràs que tus socios conviertan los fines de semana en una prolongaciîn de la jornada laboral. —Incre?ble. De verdad me estabas escuchando. —Es que se me da bien recordar lo que la gente repite tres veces. Ål se echî a re?r. Johnny hab?a comprendido hac?a tiempo que Ann reparaba en màs cosas que la mayor?a. Le bastaba o?r una palabra desconocida una sola vez para emplearla correctamente meses despuås. Recordaba nombres de calles, rostros de compa?eros de viaje ocasionales y cuadros ante los que apenas se hab?a detenido unos minutos. A veces aquello le maravillaba; otras, lo inquietaba un poco. Pero no trataba de convertir esa singularidad suya en un enigma que tuviera la obligaciîn de resolver. Estaban sentados junto a la ventana de una peque?a cafeter?a del norte de Virginia. Fuera ca?a una llovizna fina, los coches avanzaban despacio por la calzada mojada y, sobre la mesa, el cafå se enfriaba entre ambos. Johnny intentaba convencer a Ann de que sus prîximas vacaciones deb?an ser vacaciones de verdad: sin portàtil, sin llamadas de trabajo y sin mensajes interminables. —Italia —dijo—. Hace mucho que quieres volver. —No hace tanto que estuve all? como t? crees. —Hablas de los museos como si los hubieras visitado ayer. Pero estoy seguro de que ser?as capaz de pasar otras tres horas delante de un solo cuadro y luego decir que no nos ha dado tiempo a ver nada. —Si el cuadro es bueno, tres horas no son tiempo perdido. —?Y si a m? me apetece un helado? —Pues puedes pasarte tres horas comiendo helado. Johnny volviî a re?r. Le gustaba su manera de responder: tranquila, a veces con una iron?a apenas perceptible, casi sin acento. En su inglås rara vez se deslizaba algo que revelara el lugar donde hab?a nacido. Sin embargo, cuando se entusiasmaba contando algo, surg?an giros de una precisiîn singular, y ciertas palabras sonaban como si primero las eligiera mentalmente y solo despuås las dejara salir. Ål sab?a que Ann no hab?a crecido en Estados Unidos y no le exig?a detalles que ella no quisiera compartir. A Ann le gustaba estudiar idiomas. El inglås se hab?a convertido hac?a tiempo en una herramienta cotidiana; amaba el italiano por su musicalidad y el portuguås por sus inesperadas transiciones suaves entre sonidos. Johnny bromeaba diciendo que pronto tendr?a que pedir el cafå en tres idiomas para no quedarse atràs. Ella le respond?a que le bastar?a con aprender a pronunciar los nombres de los platos sin hacer aquella pausa angustiosa. —Hablo en serio —dijo ål—. Si vas a Italia, irå contigo. Ella guardî silencio. Lo hab?a dicho con tanta naturalidad que por un instante no entendiî por quå aquellas palabras le provocaban una calidez casi dolorosa. Johnny no preguntaba si pod?a acompa?arla ni intentaba averiguar el motivo del viaje. Sencillamente le ofrec?a estar a su lado. —Pero t? estàs ocupado —repuso ella. —Så cerrar el portàtil. —No siempre. —Entonces serà mi haza?a personal. Ella sonriî. Por un segundo se imaginî una escena demasiado corriente para parecer un sue?o: ambos paseando por las viejas calles romanas, discutiendo quå museo visitar primero, perdiåndose entre los turistas y eligiendo una mesa en una terraza. Johnny compraba un mapa, pese a tener telåfono, y despuås se negaba obstinadamente a reconocer que se hab?a equivocado de calle. Ella lo correg?a y ål fing?a que aquel hab?a sido su plan desde el principio. —Està bien —dijo Ann—. Volaremos juntos. Johnny alargî la mano por encima de la mesa y cubriî la de ella con la suya. —Ahora s? me creo que me estabas escuchando. Ann contemplî sus manos. Quer?a retener aquel minuto tan sencillo, en el que no ocurr?a nada terrible. Nadie hac?a preguntas sobre el pasado. Nadie le ped?a cuentas. No ten?a que sopesar cada palabra ni calcular quå peligro pod?a esconder una frase cualquiera. Ann no le hab?a contado a Johnny toda la verdad sobre s? misma. Ål sab?a que hab?a llegado de otro pa?s, que su vida anterior hab?a terminado de forma abrupta y que hab?a recuerdos de los que prefer?a no hablar. Ignoraba su trabajo en Rusia y el precio que hab?a pagado por una nueva identidad. Tampoco sospechaba hasta quå punto su libertad depend?a de personas en las que ella no confiaba por completo. No le ment?a a cada instante. Pero entre la verdad y la mentira se extend?a un territorio de silencios sobre el que hab?an construido su intimidad. Ann esperaba poder reducir alg?n d?a aquella distancia. No hoy. Ni ma?ana. Pero alg?n d?a. —Solo promåteme una cosa —dijo Johnny—: que no pasaremos todas las vacaciones metidos en museos. —No prometo nada. —?Ann! —Prometo pensàrmelo. —Esa es la promesa màs peligrosa que pod?as hacerme. Ella soltî una carcajada, ligera y sincera. Johnny habr?a guardado aquel sonido en la memoria si hubiera sabido lo pronto que tendr?a que volver a ål con el pensamiento. Pero ese d?a no pensaba en la pårdida. Pensaba en los billetes, en el trabajo que deb?a terminar y en que, por primera vez en mucho tiempo, quer?a viajar no para cerrar un negocio, asistir a una reuniîn o cambiar de aires. Quer?a hacerlo con una mujer a cuyo lado un d?a cualquiera dejaba de parecer vac?o. * * * El viaje se organizî antes de lo que Ann esperaba. Le comunicaron que una reuniîn en Italia requer?a su presencia y que le explicar?an los detalles màs adelante. La convocatoria no parec?a urgente: una fecha, un itinerario, instrucciones para comunicarse. Pero aquella concisiîn demasiado medida le recordî otros tiempos, cuando las îrdenes màs peligrosas sol?an pronunciarse con absoluta naturalidad. No se lo contî todo a Johnny. Le explicî que hab?a surgido la necesidad de ir a Roma durante unos d?as y que, por el momento, no pod?a decirle por quå. Ål no insistiî. Se limitî a preguntarle cuàndo sal?a el vuelo y cuànto tiempo ten?an para prepararlo todo. El d?a de la partida, Johnny deb?a encontrarse con ella en el aeropuerto de Dulles y despuås ambos ir?an juntos a los mostradores de facturaciîn. Le prometiî salir de casa con antelaciîn. Ann incluso lo pinchî diciåndole que alguien capaz de dirigir su propia empresa seguramente podr?a calcular cuànto se tardaba en llegar al aeropuerto. —Lo he calculado —respondiî ål por telåfono—. Pero no contaba con que el mundo entero decidiera irse de vacaciones al mismo tiempo. Al principio todo transcurriî seg?n lo previsto. Ann ya se encontraba en la terminal del Aeropuerto Internacional Washington-Dulles, rodeada de viajeros con maletas, familias con ni?os y hombres de negocios que segu?an mirando sus telåfonos incluso frente a los enormes ventanales que daban a las pistas. El espacio resultaba a la vez solemne e impersonal: techos altos, cristal, estructuras metàlicas, una iluminaciîn uniforme y anuncios cuyas palabras se disolv?an en el murmullo general. Tras los ventanales descansaban los aviones, aunque aquella quietud era enga?osa: cada uno se preparaba para llevarse a alguien hacia otra vida. A Ann le gustaban los aeropuertos por esa sensaciîn de trànsito. All? la gente todav?a no se hab?a marchado, pero en su imaginaciîn ya hab?a dejado atràs las habitaciones familiares, el cafå a medio beber, las conversaciones y las promesas. Cada cual ten?a un destino y un motivo para no quedarse donde estaba. Mirî el panel de salidas y luego el telåfono. Johnny le hab?a escrito que ya estaba en camino y que llegar?a a tiempo. Ella le enviî una fotograf?a del inmenso ventanal acompa?ada de un mensaje: «Ya estoy casi en Italia. Solo falta que llegues t?». Ål respondiî: «Ni se te ocurra irte sin m?». Ann sonriî y guardî el telåfono. Al cabo de un minuto lo sacî de nuevo, como si solo quisiera comprobar la hora. La salida del vuelo se acercaba. Cumpliî los tràmites necesarios, facturî el equipaje y se dirigiî a la zona de espera. Todo era normal. Demasiado normal para un viaje sobre el que tan poco le hab?an contado. Veinte minutos despuås vibrî el telåfono. «El atasco apenas avanza. Estoy intentando encontrar otra ruta. No te vayas todav?a». Leyî el mensaje y lo llamî. —Johnny, ?cuànto te falta? Al otro lado se o?a el rumor de los coches y algunos bocinazos breves. —No lo så. Esto no se mueve. Parece que ha habido un accidente màs adelante. Ya me he salido de la carretera principal, pero aqu? tambiån està todo colapsado. —?Llegaràs a tiempo? Ål no respondiî enseguida. Y aquella pausa dijo màs que cualquier palabra. —Lo intentarå, Ann. —No me digas que lo intentaràs. Dime si vas a llegar o no. —No quiero que vueles sola. Ella cerrî los ojos. Tampoco lo quer?a. De pronto, el viaje a Italia dejî de ser un destino y se convirtiî en todo lo que deb?a ocurrir entre los dos: las bromas ante el mostrador de facturaciîn, su mano sobre el hombro de ella, la habitual discusiîn a propîsito del equipaje. Se lo hab?a imaginado con tanta claridad como si de verdad estuvieran juntos. —Te esperarå hasta el ?ltimo momento —dijo. —Estoy de camino. La comunicaciîn se cortî. Ann contemplî la pantalla hasta que se apagî. Despuås levantî la vista hacia el panel de salidas. El tiempo no se deten?a porque dos personas no alcanzaran a reunirse. Los avisos continuaban. Los pasajeros se dirig?an a sus puertas de embarque. Un empleado de la aerol?nea repet?a las instrucciones con voz serena, como si cada minuto fuera idåntico al anterior. El telåfono volviî a vibrar. «Ann, perdîname. No voy a llegar. Esto sigue parado. Por favor, sube al aviîn. Te llamarå cuando aterrices. Y no creas que he cambiado de opiniîn. Quer?a estar contigo». Releyî el mensaje. Johnny no la hab?a abandonado. No hab?a antepuesto el trabajo a ella, ni se hab?a arrepentido en el ?ltimo momento, ni se hab?a asustado por aquel viaje misterioso. Simplemente hab?a quedado atrapado en un atasco, uno corriente, absurdo, completamente insignificante en comparaciîn con lo que pod?a suceder despuås. Y, sin embargo, fue precisamente aquel atasco el que los separî. Ann escribiî una respuesta: «Lo så. Està bien. Te escribirå». Despuås borrî la ?ltima frase y volviî a escribirla. Le habr?a gustado confesar que le daba miedo volar sola, que lo necesitaba y que estaba cansada de las personas que entraban en su vida bajo sus propias condiciones. Pero habr?a sido injusto con Johnny. Ål no ten?a la culpa de su pasado ni pod?a repararlo con su sola presencia. «Lo så. No te preocupes. Te llamarå desde Roma». Pulsî «enviar», apagî la pantalla y se levantî. Quedaba poco tiempo para el embarque. Ann caminî hacia la puerta sin mirar atràs. En el cristal se reflejaban su rostro y las personas que se mov?an a sus espaldas. De pronto pensî que una vez ya hab?a caminado hacia una vida que no era capaz de imaginar. Entonces hab?a cre?do que lo màs importante era abandonar su pa?s. Ahora sab?a que a veces resultaba mucho màs aterrador descubrir que ni siquiera despuås de salvarte te pertenec?as del todo. El aviîn la esperaba detràs del cristal. * * * En la cabina ol?a a tela limpia, a cafå y al aire fresco del sistema de ventilaciîn. Ann se acomodî junto a la ventanilla. A su lado, un pasajero colocaba una bolsa en el compartimento superior; delante, un ni?o le ped?a unos auriculares a su madre; una azafata comprobaba los cinturones. Todo suced?a con tranquilidad, siguiendo el orden habitual. El aviîn rodî lentamente hacia la pista, se detuvo unos segundos y luego iniciî la carrera de despegue. Ann apretî la mano contra el reposabrazos. Cuando el suelo comenzî a alejarse, la ciudad se transformî en una cuadr?cula de calles y tejados. La contemplî hasta que sus contornos desaparecieron entre las nubes. Johnny probablemente segu?a atrapado en el atasco. Tal vez ya intentaba dar media vuelta. Tal vez se reprochaba no haber salido una hora antes. Imaginî su rostro y sintiî una ternura tan intensa que le doliî. Quer?a creer que aquel viaje ser?a breve y que despuås ir?an de verdad juntos a alg?n lugar. No pod?a explicarle a Johnny por quå era tan importante aquella reuniîn. Pero al menos pod?a mantener la promesa de regresar. El aviîn ganî altura. Bajo el ala quedî Estados Unidos, el pa?s que le hab?a dado un nombre nuevo y la posibilidad de empezar de cero, pero que no hab?a conseguido borrar su pasado. Ann cerrî los ojos. El zumbido constante de los motores fue llenando poco a poco su conciencia, y la memoria, que llevaba a?os manteniendo a raya, entreabriî una puerta. Volviî a ver las monta?as. No eran como las de las postales, donde las cumbres siempre reciben una luz perfecta y los valles parecen pintados. Las monta?as verdaderas eran inmensas e indiferentes al miedo humano. Surg?an de la niebla en pliegues oscuros, ocultaban los caminos y cambiaban de color con el tiempo. Por la ma?ana, una sombra azulada cubr?a las laderas; cerca del mediod?a, las rocas se volv?an casi blancas, y al atardecer las cumbres se encend?an de cobre y p?rpura. Las nubes se aferraban a las crestas boscosas como si no quisieran dejarlas marchar hacia el cielo. Aquello hab?a ocurrido unos a?os atràs. Anna todav?a no se hab?a acostumbrado a pensar que su vida anterior hab?a terminado. Atravesaba el Càucaso y dejaba atràs Rusia y cuanto la un?a a ella. Ademàs del miedo y el cansancio, en su memoria permaneciî la naturaleza: tan generosa que resultaba casi injusto cruzar aquellas tierras a escondidas, sin derecho siquiera a detenerse. En San Petersburgo conoc?a otra clase de belleza. All? estaban el agua, el viento h?medo, las noches blancas, las fachadas reflejadas en los canales y un cielo capaz de permanecer gris durante horas sin resultar nunca igual. Mosc? le hab?a ense?ado otro ritmo: grandes avenidas, luces de escaparates, movimiento incesante, una arquitectura que unas veces abrumaba y otras fascinaba. Pero el Càucaso era un mundo completamente distinto. All? las distancias no se med?an en calles ni manzanas, sino en puertos de monta?a, desfiladeros y curvas tras las que aparec?a un nuevo valle. El aire ol?a a tierra mojada, hojas, humo de alguna hoguera lejana y a algo àspero, vegetal. Despuås de la lluvia, al olor del camino se sumaba el de la piedra fr?a. Los troncos de los pinos se calentaban al sol, y la resina desprend?a una nota densa, casi dulce. A veces, el viento tra?a olor a agua: no al mar, sino a un torrente de monta?a, impetuoso, con un matiz de limo y una frescura que parec?a limpiar los pulmones desde dentro. Anna no pod?a permitirse detenerse demasiado, pero aun as? memorizaba los detalles. A los lados del camino crec?an arbustos cuyas hojas brillaban despuås de la lluvia. En los desfiladeros estrechos, el ruido del motor rebotaba contra las laderas y regresaba al coche convertido en un eco sordo. A lo lejos rug?a un r?o. No se ve?a, pero se hac?a presente en el aire y en aquel rumor grave y continuo, semejante a la respiraciîn de la tierra. Al principio, Anna consideraba todo aquello un simple telîn de fondo de su peligroso viaje. Luego comprendiî que eran precisamente esas imàgenes las que la ayudaban a no caer en el pànico. Una persona puede pensar interminablemente en su miedo si nada la obliga a mirar fuera. Pero cuando, tras una curva, se abre de pronto un valle ba?ado por el sol, la mente enmudece durante un instante. La belleza no elimina el peligro, pero recuerda que el mundo es mucho màs grande que la trampa en la que uno se encuentra. Un d?a recorrieron un tramo de carretera desde el que se divisaban monta?as que se suced?an unas a otras hasta el horizonte. El cielo estaba despejado y las cumbres lejanas parec?an talladas en cristal azul. Los bosques oscurec?an las laderas y entre ellos centelleaban los arroyos. Anna pidiî al conductor que no cerrara la ventanilla. El viento le golpeî la cara, llevàndole olor a hierba y polvo, y de pronto sintiî, no libertad, sino a?oranza: la a?oranza de poder viajar sin màs, sin esconderse, sin contar los minutos ni temer una mirada casual. Pensî en su madre. De su padre guardaba un recuerdo diferente: la figura que emerg?a de relatos incompletos, un hombre cuya muerte hab?a dejado demasiadas preguntas sin respuesta. Su madre, en cambio, segu?a presente en cada recuerdo domåstico: su voz, la costumbre de ajustarle el cuello de la ropa, el olor de la crema de manos, la luz de la cocina una tarde de invierno. Despuås de su muerte, el mundo se hab?a convertido en un lugar donde no quedaba nadie a quien llamar para decirle: «He llegado». Ahora nadie ocupaba ese lugar. Anna apartî el rostro de la ventanilla antes de que sus acompa?antes pudieran verle la expresiîn. El camino a travås de Abjasia y Georgia no se parec?a a un viaje. No hab?a en ål despreocupaciîn tur?stica, paradas improvisadas para admirar un paisaje ni la certeza de que por la noche les aguardar?a un hotel. Cada tramo de carretera exist?a por separado, como una prueba. Las personas que la ayudaban hablaban poco. Apenas hac?an preguntas. A veces le parec?a que sab?an màs de su miedo que ella misma y que por eso ni siquiera intentaban tranquilizarla. Pero incluso en aquellos d?as la vida insist?a en reclamar cosas ordinarias. Ten?a hambre. Ten?a sue?o. Quer?a lavarse con agua fr?a y ponerse ropa limpia. Quer?a o?r una voz humana que no sonara a advertencia, sino a invitaciîn a sentarse a la mesa. En una casa peque?a, donde pudieron detenerse por un rato, le dieron de comer jinkali calientes. El plato estaba delante de ella, y el vapor ascend?a bajo la luz tibia de una làmpara. La masa era elàstica, fina pero resistente; dentro hab?a jugo ardiente y carne especiada, con aroma a pimienta y hierbas. Le explicaron cîmo sujetar cada jinkali por el pliegue superior y morder con cuidado el borde para no derramar el caldo. Anna lo probî, se quemî la lengua y se echî a re?r sin querer. Era la primera risa autåntica que soltaba en varios d?as. El due?o de la casa la mirî con una sorpresa bondadosa. —Con cuidado. Quema. Ella asintiî y volviî a tomar el tenedor. La comida era sencilla, pero encerraba una generosidad antigua y segura de s? misma: nadie le preguntaba si merec?a aquella cena. Sencillamente la hab?an invitado a sentarse y le hab?an dado de comer. Al d?a siguiente le sirvieron jachapuri. El queso se estiraba al separar un trozo, la corteza ol?a a horno y la mantequilla iba penetrando lentamente en la masa caliente. Anna conservî aquel sabor con casi tanta nitidez como la imagen de las laderas. Probî el vino Kindzmarauli màs tarde, durante una cena breve, cuando las conversaciones se hab?an vuelto màs tranquilas. Era suave, oscuro, de dulzor afrutado, y dejaba una sensaciîn càlida en la lengua despuås del primer sorbo. No bebiî mucho. Necesitaba mantener la mente despejada. Pero retuvo su sabor, no como un lujo, sino como parte de un mundo en el que la gente sab?a recibir a un desconocido con pan, queso y vino, incluso sin saber quå traer?a el d?a siguiente. Màs tarde, ya en Estados Unidos, recordaba a veces aquella mesa y le sorprend?a que su memoria hubiese conservado tantos detalles. Pod?a olvidar la curva exacta de un camino, el n?mero de escalones de la casa o el color de la chaqueta de uno de sus acompa?antes. Pero el olor de la masa reciån hecha, el calor de una taza entre las manos, la nota agridulce del vino y el rumor vespertino de un r?o lejano hab?an permanecido intactos, sin esfuerzo alguno. Quizà los recordaba tan claramente porque, incluso mientras hu?a, hab?a descubierto lugares donde podr?a haberse quedado si su vida hubiera seguido otro rumbo. Cuando el trayecto la condujo a la siguiente etapa, Anna ya casi no preguntaba quå ocurrir?a despuås. Segu?a las instrucciones, observaba los rostros y procuraba no mirar demasiado a las personas que conoc?an su verdadero nombre. Un d?a le dijeron que, a partir de cierto punto, se har?an cargo de ella unos agentes estadounidenses. Aquellas palabras sonaron a promesa, pero Anna ya comprend?a que una promesa no equival?a a la salvaciîn. El vuelo especial la esperaba en un peque?o aerîdromo. No hubo ceremonia alguna ni sensaciîn de victoria. El aviîn parec?a corriente, incluso anodino. Cerca se encontraban varias personas que no se presentaban ni hac?an preguntas innecesarias. Le indicaron que subiera a bordo. Anna volviî la vista hacia la tierra que acababa de recorrer e intentî comprender quå estaba sintiendo exactamente. ?Alivio? ?Miedo? ?Culpa? Todo a la vez. En la cabina hac?a fresco. Le dieron agua y le explicaron que no deb?a hablar de las siguientes etapas del itinerario con nadie salvo con determinados funcionarios. Anna asintiî. Mirî por la ventanilla, donde se reflejaba su rostro, y no reconociî a la mujer que la observaba desde el cristal. No porque su aspecto hubiera cambiado. Hab?a cambiado el lugar desde el que se miraba a s? misma. Cuando el aviîn despegî, el Càucaso quedî bajo sus alas. Las monta?as se volvieron pliegues oscuros, los r?os finas l?neas de plata y las carreteras desaparecieron por completo. Anna no se sintiî a salvo. Sintiî que ahora la separaba de su antigua vida una distancia imposible de recorrer a pie. Pero la distancia no destru?a la memoria. Solo la volv?a màs pesada. Fue entonces cuando pensî por primera vez que alg?n d?a podr?a volver a aquellos lugares, no como fugitiva, sino como una viajera cualquiera. Detenerse junto a la carretera, pedir un jachapuri, sentarse en una terraza, escuchar una lengua ajena y no intentar adivinar quiån de sus interlocutores conoc?a su nombre. Entonces aquella idea le hab?a parecido casi imposible. Pero la guardî como se guarda un objeto peque?o que no puede ense?arse a nadie porque significa demasiado. * * * —Se?orita, ?quiere agua? Anna abriî los ojos. Una azafata estaba a su lado con una botella en la mano. El aviîn volaba ya por encima de las nubes; la luz que entraba por la ventanilla era màs intensa y la cabina se hab?a llenado de las voces apagadas de los pasajeros que acababan de despertar. —Gracias. S?, por favor. Bebiî unos sorbos. El recuerdo se alejî, pero no desapareciî. Era como si a?n tuviera en la lengua el sabor de la masa caliente y en la memoria el frescor del aire de monta?a. Anna se mirî las manos. Entonces, en el aviîn que la sacaba de Rusia, hab?a pensado que lo peor hab?a quedado atràs. Ahora sab?a que nadie puede abandonar definitivamente su vida anterior por el simple hecho de haber cruzado una frontera. Su telåfono estaba en modo aviîn, de modo que Johnny no pod?a escribirle. Aun as?, le respond?a mentalmente: «He llegado. Estoy bien. Todav?a haremos ese viaje juntos». Era una promesa que no ten?a derecho a hacer en nombre del futuro, pero tampoco pod?a negarse a s? misma en el presente. Varias horas despuås, el aviîn iniciî el descenso. Tras la ventanilla aparecieron costas, campos, carreteras y una densa extensiîn de edificios. Italia se acercaba no como un lugar de descanso, sino como un escenario en el que tendr?a que interpretar un papel que no hab?a elegido ella sola. En Roma solo deb?a seguir siendo Anna Samsînova en la medida en que lo exigiera la misiîn. A continuaciîn entrar?a en vigor el plan acordado con la parte estadounidense. Sus documentos norteamericanos le permit?an efectuar el vuelo y cruzar legalmente la frontera; despuås de llegar, deb?a entregar el pasaporte a un empleado de confianza de la embajada, conforme a una operaciîn preparada de antemano. Para desplazarse a partir de entonces, dispon?a de un pasaporte ruso vàlido para viajar al extranjero y de la documentaciîn necesaria para entrar en el pa?s. Sobre el papel todo parec?a sencillo. En la vida real, cada una de aquellas transiciones se asemejaba a un paso por un puente estrecho bajo el que corr?a el agua. Anna no se enga?aba pensando que aquel era un viaje tur?stico corriente. Sab?a que su presencia en Roma importaba a personas que no ten?an intenciîn de explicàrselo todo. Pero tambiån sab?a que un desconocido hab?a accedido a entregar los documentos ?nicamente a ella. Eso significaba que no pod?a limitarse a rechazar el encuentro sin averiguar por quå la hab?a elegido precisamente a ella. Tras el aterrizaje, los pasajeros se levantaron, sacaron sus equipajes y formaron una fila en el pasillo. Ann esperî a que la multitud empezara a avanzar para ponerse en pie. En el aeropuerto ol?a a cafå, perfume, polvo tibio y a algo c?trico que llegaba desde una tienda junto a la salida. A su alrededor, el italiano sonaba ràpido y musical. Anna se sorprendiî prestando atenciîn a aquellas entonaciones familiares. La tranquilizaban un poco. Recorriî el pasillo con los demàs viajeros, mostrî los documentos necesarios y saliî a la zona p?blica. Nadie la detuvo. Nadie pronunciî su nombre como si fuera una advertencia. A su alrededor solo hab?a viajeros corrientes, familias con ni?os, parejas, turistas mayores y hombres de traje. Todos llevaban su propia historia, pero ninguna pod?a leerse en sus rostros. Junto a la salida la aguardaba un empleado al que solo pod?a reconocer por las se?as acordadas de antemano. No la llamî por su nombre ni le tendiî la mano. Intercambiaron unas frases breves, como dos personas que se encuentran por casualidad en un aeropuerto. Despuås la acompa?î al lugar donde podr?a entregar el pasaporte estadounidense y recibir nuevas instrucciones. El tràmite durî unos minutos. Desde fuera parec?a un encuentro ordinario entre dos personas que necesitaban tratar un asunto de documentos. Anna guardî el pasaporte ruso en un bolsillo interior del bolso. A ojos de los demàs, volv?a a ser una turista rusa. Màs tarde deber?a incorporarse a un grupo tur?stico para pasar inadvertida entre los visitantes del Vaticano. Aquella decisiîn le parec?a tan sensata como humillante: para hacerse invisible ten?a que recuperar el papel que hab?a dejado atràs. Antes de salir del aeropuerto sacî el telåfono y lo encendiî. Los mensajes de Johnny llegaron casi de inmediato. «?Has aterrizado ya?». «Escr?beme en cuanto puedas». «Sigo enfadado por el atasco. No contigo. Con el atasco». Ann sonriî. Escribiî: «Ya he aterrizado. Todo bien. Aqu? hace calor. Ya oigo hablar italiano y estoy pensando en un cafå». Quiso a?adir: «Ojalà estuvieras aqu?». Contemplî las palabras unos segundos y acabî enviàndolas tambiån. Era una peque?a verdad que pod?a permitirse. La respuesta llegî enseguida: «Deber?a haber estado ah?. Perdîname. La prîxima vez saldrå de casa con veinticuatro horas de antelaciîn». «La prîxima vez iremos juntos», escribiî ella. Esta vez no borrî la frase. Tras las puertas de cristal empezaba Roma. La ciudad la recibiî con luz, ruido de motores y olor a piedra caliente. En alg?n lugar, màs adelante, la aguardaban calles, plazas, museos y catedrales que habr?a querido visitar sin prisas. Pero en aquel momento no pensaba en la belleza. Pensaba en el rostro del hombre al que no deb?a haber vuelto a ver. Anna apagî la pantalla y guardî el telåfono. En el bolso llevaba un pasaporte ruso; en la memoria, la voz de Johnny; y por delante ten?a una reuniîn de la que sab?a demasiado poco. Hab?a llegado sola a Italia. Y, por primera vez en mucho tiempo, tuvo la impresiîn de que el pasado no se hab?a limitado a quedarse atràs. La esperaba delante. * * * EL VA†ICANO Cap?tulo 3. El precio de la salvaciîn Roma. Abril de 2025 Anna leyî el mensaje una vez. Luego, una segunda. «Han cambiado las condiciones del encuentro. El lugar inicialmente acordado ya no està confirmado. Espere nuevas instrucciones. No emprenda ninguna acciîn por su cuenta». El texto no llevaba firma. Solo figuraban la confirmaciîn de entrega y la hora de env?o: unos minutos antes. Estaba sentada junto a la ventana de su habitaciîn de hotel. Abajo, al otro lado del cristal, Roma segu?a con su vida habitual: los ciclomotores se abr?an paso entre los coches, dos conductores discut?an en un cruce y una mujer con un abrigo claro llevaba una bolsa de papel de una panader?a. El viento agitaba las copas de los àrboles y, sobre la pared del edificio de enfrente, una franja de sol avanzaba lentamente. Todo resultaba tan cotidiano que el mensaje parec?a fuera de lugar, casi indecoroso. El hombre por el que Anna hab?a cruzado el ocåano cambiaba las reglas del juego sin molestarse siquiera en explicar por quå. Dejî el telåfono sobre la mesa, aunque no lo perdiî de vista. Lo màs inquietante no era el cambio de lugar: alguien que temiera estar vigilado pod?a trasladar una cita. Lo que la asustaba era otra cosa. El desconocido sab?a que el mensaje llegar?a cuando Anna ya estuviera en Roma, cuando no pudiera limitarse a cancelar el viaje. Le hab?a presentado un hecho consumado: el acuerdo anterior ya no significaba nada. Anna conoc?a bien aquellas fîrmulas. Tiempo atràs la hab?an obligado a firmar registros de notificaciîn, esperar autorizaciones y volver a los despachos de sus superiores con una solicitud tras otra, solicitudes que desaparec?an en oficinas ajenas. «Las condiciones han cambiado». «El asunto requiere una aprobaciîn adicional». «Volveremos sobre ello màs adelante». A veces, tras esas palabras solo hab?a burocracia. Otras veces, miedo. Y otras, alguien tomaba decisiones de las que no deb?an enterarse las personas cuya vida depend?a de ellas. Se acercî a la ventana. El cristal le devolviî un rostro sereno, casi impasible. Hab?a aprendido a adoptar aquella expresiîn en Rusia, cuando empezî a ocultar la irritaciîn y la angustia. En Estados Unidos se hab?a convertido en parte de su nueva identidad. Ahora volver?a a necesitar aquella màscara, frente a personas cuyas intenciones desconoc?a. El telåfono no sonî. No llegaron màs mensajes. Anna se sentî al borde de la cama y cerrî los ojos. Las palabras «las condiciones han cambiado» le recordaron de pronto otra frase, pronunciada muchos a?os antes en un despacho que ol?a a papel, cafå y desinfectante. Por entonces a?n cre?a que, si expon?a los hechos con suficiente precisiîn, si mostraba los càlculos y no permit?a que las emociones debilitaran sus argumentos, la decisiîn se tomar?a necesariamente atendiendo al fondo del asunto. No se hab?a equivocado en lo referente a la ciencia. Se hab?a equivocado respecto a las personas. * * * A principios de 2020, los laboratorios viv?an inmersos en su concentraciîn habitual. En aquel centro cient?fico de acceso restringido, cada jornada segu?a un orden preciso: pases, registros, permisos limitados, firmas y conversaciones breves junto a las puertas. Incluso la preocupaciîn se convert?a all? en un protocolo: se anotaba una anomal?a, se comprobaba, se repet?a el experimento y se comparaban los resultados. Eso era precisamente lo que le gustaba a Anna: aquella claridad. El mundo fuera de los muros del instituto pod?a ser contradictorio, injusto y ruidoso, pero la investigaciîn exig?a honradez. Los datos confirmaban una hipîtesis o no la confirmaban. Trabajaba en un equipo dedicado al desarrollo de productos inmunobiolîgicos. Su especialidad consist?a en analizar procesos biolîgicos y determinar quå hipîtesis cient?ficas merec?a la pena investigar. Nunca se hab?a considerado capaz de cambiar el curso de la historia con un solo descubrimiento. Le irritaban los titulares sobre «remedios milagrosos» y «soluciones universales», especialmente cuando aquellas promesas grandilocuentes no ten?an detràs nada màs que esperanza y publicidad. Cualquier tratamiento deb?a someterse a ensayos; cualquier propuesta ten?a que resistir las comprobaciones antes de poder ofrecårsela a la gente. Pero, con la apariciîn del nuevo virus, el tiempo dejî de ser una magnitud abstracta de un momento a otro. Las noticias cambiaban a diario. Al principio parec?a algo lejano, otro brote que los especialistas conseguir?an contener. Despuås comenzaron a repetirse palabras conocidas: aislamiento, falta de camas, fronteras cerradas, personas que enfermaban casi al mismo tiempo. Anna le?a publicaciones, contrastaba datos y discut?a con sus colegas sobre los l?mites de las conclusiones que pod?an extraerse de una informaciîn que cambiaba a toda velocidad. No cre?a en una vacuna milagrosa capaz de eliminar todos los riesgos de un d?a para otro. Cre?a en la necesidad de trabajar: en hipîtesis verificables, en varias l?neas de investigaciîn paralelas, en la posibilidad de encontrar formas de reducir la gravedad de la enfermedad y ganar tiempo para desarrollar soluciones màs fiables. No llamaba medicamento a sus ideas. En un laboratorio, aquella palabra implicaba demasiadas cosas. Mientras no hubiera superado las pruebas correspondientes, una hipîtesis segu?a siendo una hipîtesis, por prometedora que pareciera. Pero Anna estaba convencida de que su l?nea de trabajo merec?a una evaluaciîn urgente. Contaba con observaciones, càlculos preliminares y una argumentaciîn que pod?a defender. No necesitaba autorizaciîn para obrar un milagro, sino la posibilidad de seguir investigando: acceder a los materiales necesarios, reunir a los especialistas, poner a prueba su planteamiento y descubrir si ten?a alguna utilidad pràctica. Por aquellas mismas fechas, su madre enfermî. Al principio, Veronika Serguåievna dec?a que solo estaba resfriada. Su voz al telåfono sonaba cansada, aunque todav?a se esforzaba por parecer animada. Se quejaba de debilidad, de que ya no apreciaba el sabor de los alimentos de siempre, de un fr?o extra?o que la atravesaba incluso bajo las mantas. Anna le preguntaba por la fiebre, por la respiraciîn, por lo que hab?a dicho el mådico. Su madre respond?a a rega?adientes, como si temiera que dar demasiados detalles convirtiera aquel malestar en algo grave. —Mamà, por favor, no me digas que todo està bien si te encuentras mal. —Y t? no me hables con voz de jefa de laboratorio —replicî Veronika Serguåievna—. Al fin y al cabo, soy tu madre. Anna intentî sonre?r, aunque su madre no pod?a verla. —Precisamente por eso te lo pregunto. —Lo så, hija m?a. Es que no quiero preocuparte. Ya estaba preocupada. Comprend?a lo poco que se sab?a de aquella nueva enfermedad y la rapidez con que las expresiones «vamos a observar» y «habrà que esperar» perd?an su capacidad de tranquilizar. Pronto su madre dejî de bromear. Las conversaciones se hicieron màs breves. Entre las preguntas y las respuestas se abr?an largos silencios, y su respiraciîn se o?a por el auricular como si cada inspiraciîn exigiera un esfuerzo independiente. Anna llamaba, buscaba informaciîn e insist?a en que no demorara la asistencia mådica. Pero no pod?a convertir sus conocimientos en el derecho a intervenir en cada decisiîn. Era cient?fica, no una mådica omnipotente junto a la cama de una enferma. Por primera vez, aquel l?mite le parec?a menos una restricciîn profesional que un muro imposible de derribar. Cuando el estado de su madre empeorî, Anna casi dejî de dormir. En el trabajo segu?a cumpliendo con sus obligaciones: le?a documentos, participaba en reuniones, comprobaba càlculos y preparaba la justificaciîn de su propuesta de investigaciîn. A veces las l?neas de la pantalla empezaban a desdibujarse y ten?a que levantarse, ir al lavabo, abrir el grifo del agua fr?a y esperar a que el mundo recuperara su nitidez. Despuås regresaba a los papeles. Se repet?a que deb?a mantener la lucidez. Si dejaba que el miedo la dominara, su madre no mejorar?a; si segu?a trabajando, tal vez encontrara una soluciîn que pudiera ayudar a otros. Poco a poco, la esperanza personal y el deber profesional se fundieron en una sola cosa. Un d?a solicitî una entrevista con el director del centro. Preparî la documentaciîn, eligiî cuidadosamente las palabras y revisî una vez màs las cifras. No iba a pedir una excepciîn para su familia. Quer?a que se tomara una decisiîn basada en los måritos del proyecto. El director la recibiî al final de la jornada. Detràs de ål hab?a armarios llenos de carpetas; sobre el escritorio, documentos; en un rincîn, el aire acondicionado funcionaba con un leve zumbido. Parec?a cansado, pero no sorprendido. Anna ya hab?a acudido a la direcciîn para defender su l?nea de trabajo y siempre llegaba bien preparada. —Me està pidiendo que revisemos con urgencia las prioridades del equipo —dijo ål, despuås de hojear las primeras pàginas. —No le pido que las revise porque yo estå alterada. Le pido que nos permita comprobar una hipîtesis. En este momento hay motivos para pensar que esta l?nea merece ser evaluada. No podemos prometer resultados de antemano, pero s? averiguar si los hay. —En las circunstancias actuales, muchas l?neas de investigaciîn parecen urgentes. —Por eso no he tra?do solo mis conclusiones, sino tambiån las limitaciones. No propongo anunciar un descubrimiento. Propongo realizar el trabajo que nos permita determinar si hay algo que valga la pena. El director se quitî las gafas y se frotî el puente de la nariz. —Anna Nikolàievna, ?comprende que la investigaciîn no se hace por el mero deseo de alguien? Existen procedimientos de autorizaciîn, recursos y aprobaciones. Hay decisiones que no se toman en su laboratorio, ni siquiera en nuestro centro. —Lo comprendo. Pero, si todo tiene que esperar su turno, podemos perder un tiempo que ya no podremos recuperar. —Todos estamos perdiendo tiempo ahora mismo. Y todos quisiåramos detenerlo. —Entonces, ?por quå ni siquiera estudian mi propuesta? Ål la observî con màs atenciîn. Por primera vez en toda la conversaciîn, apareciî en su rostro algo que no se parec?a a la irritaciîn, sino a la cautela. —?Quiån le ha dicho que no la estàn estudiando? —Me devolvieron la solicitud sin un dictamen sobre su contenido. Despuås aplazaron la reuniîn. Ahora me informan de que el asunto requiere una autorizaciîn adicional, pero no me explican de quiån. No le pido que me revele secretos ajenos. Le pido que me diga si mi proyecto tiene alguna posibilidad de someterse a una evaluaciîn normal. El director volviî a ponerse las gafas. —No puedo prometerle ni plazos ni resultados. Contin?e trabajando dentro del plan aprobado. No extraiga conclusiones de los retrasos administrativos. —?Y si esos retrasos no son administrativos? Ål tardî en responder. Anna recordar?a aquella breve pausa con màs fuerza que todo cuanto hab?a dicho antes. —Aprenda a distinguir las sospechas de las pruebas —dijo por fin el director—. Es usted una buena investigadora. No permita que sus circunstancias personales le hagan perder la objetividad profesional. Tal vez tratara de advertirla; tal vez solo quisiera dar por terminada la conversaciîn sin decir nada màs de la cuenta. Anna recogiî los documentos y saliî al pasillo. Ol?a a antisåptico y pintura vieja; las làmparas zumbaban con regularidad. Detràs de una puerta cerrada alguien se echî a re?r. La vida dentro de la instituciîn continuaba con una normalidad despiadada. Unos d?as despuås, su madre empeorî. Anna consiguiî hablar con ella por telåfono, aunque la conversaciîn se interrump?a a cada momento. Veronika Serguåievna intentaba preguntarle por el trabajo, como si quisiera mantener a su hija dentro del mundo conocido, aquel en el que exist?an tesis doctorales, libros, exposiciones y cenas de fin de semana. Anna le hablaba de nimiedades y evitaba lo esencial. Tem?a que contarle cuànto hab?a cambiado todo equivaliera a reconocer su propio miedo. La ?ltima conversaciîn fue corta. Su madre estaba agotada y le pidiî que llamara màs tarde. —T? no te olvides de dormir —le dijo—. Siempre crees que puedes soportarlo todo. —Te llamarå pronto, mamà. —Està bien, hija m?a. Anna siguiî con el telåfono pegado a la oreja incluso despuås de que se cortara la comunicaciîn. No sab?a explicar por quå no hab?a colgado enseguida. Quizà le parec?a que, mientras sostuviera el aparato, la conversaciîn no habr?a terminado del todo. La llamada que anunciî la muerte de su madre llegî al d?a siguiente. Anna oyî las palabras, pero tardî en comprender su sentido. Preguntî quiån llamaba y luego si hab?a entendido correctamente. Su interlocutor repitiî la noticia con otro tono, como si una entonaciîn màs suave pudiera cambiar su contenido. No lo cambiî. Veronika Serguåievna hab?a muerto. La pandemia empezaba a adquirir para Anna su forma definitiva: no eran estad?sticas, art?culos ni boletines, sino la ausencia de una voz que todav?a el d?a anterior le hab?a pedido que se cuidara. Recordaba estar sentada a la mesa, con las manos apoyadas junto al portàtil cerrado. La habitaciîn estaba en silencio, pero en ål persist?an peque?os ruidos: el frigor?fico, una tuber?a de la calefacciîn, los pasos de los vecinos detràs de la pared. La ventana estaba cerrada y, aun as?, llegaba desde la calle el murmullo lejano de los coches. Anna miraba una taza que no hab?a llegado a tocar y trataba de entender quå deber?a haber hecho de otra manera. No hab?a respuesta. No pod?a demostrar que su idea de investigaciîn hubiera salvado a su madre. La cient?fica que llevaba dentro se lo recordaba: aquella hipîtesis no era un måtodo probado, no se sab?a si habr?a funcionado y la enfermedad no obedec?a a su deseo de cambiar el desenlace. Pero otra parte de ella, la que recordaba la voz materna y su propia impotencia, planteaba una pregunta distinta: ?por quå no le hab?an permitido al menos comprobarla? ?Por quå cada solicitud se hund?a en interminables tràmites? ?Por quå quienes pod?an acelerar el trabajo hab?an preferido no darse prisa? Aquellas preguntas no constitu?an una prueba de conspiraciîn. Eran desesperaciîn mezclada con sospechas. Y la desesperaciîn resultî màs fuerte que todas las reservas de la razîn. * * * Despuås del funeral, Anna regresî al instituto antes de lo que todos esperaban. Le aconsejaron que descansara y se recuperara. Apenas contestaba. Necesitaba terminar el anàlisis y volver a plantear la cuestiîn del proyecto: obtener una respuesta que no ten?a por quå ser favorable, pero s? honesta. Trabajaba con una concentraciîn casi inquietante: se quedaba hasta muy tarde, rele?a art?culos y volv?a una y otra vez a sus apuntes. Quer?a demostrarse que la muerte de su madre no hab?a convertido todo en un caos sin sentido y que sus conocimientos a?n pod?an ser ?tiles para otras personas. Sin embargo, el instituto respond?a con las mismas palabras de siempre. La solicitud se hab?a remitido para su aprobaciîn. Los resultados requer?an una evaluaciîn adicional. El acceso a ciertos materiales estaba temporalmente restringido. El jefe del equipo le aconsejî que no agravara la situaciîn y esperara una decisiîn. Nadie dec?a que el proyecto estuviera cancelado. Nadie dec?a que fuera a recibir apoyo. Exist?a en un extra?o estado intermedio, en el que se exig?a a la investigadora seguir trabajando sin proporcionarle los medios para avanzar. Un d?a Anna advirtiî que un documento que hab?a dejado en el sistema compartido, con su n?mero habitual, ten?a ahora una nueva marca de acceso. El cambio pod?a tener una explicaciîn administrativa perfectamente corriente. Solicitî una aclaraciîn y recibiî una respuesta formal. Una semana despuås, un colega que antes discut?a de buen grado su hipîtesis le dijo que ya no quer?a hablar de aquel asunto en horario de trabajo. —?Por quå? —preguntî Anna. —Porque ahora nadie sabe quå se puede comentar sin peligro y quå no. —Estamos en un centro cient?fico. Hablamos de cuestiones cient?ficas. Ål la mirî con el cansancio de quien ha renunciado hace mucho a formular preguntas en voz alta. —Exactamente. Sigue pensando eso. Ella no intentî retenerlo. Su miedo no demostraba que hubiera una fuerza oculta detràs de lo que suced?a. Pero Anna ve?a ahora cîmo la prudencia se propagaba entre las personas como otra enfermedad. Uno enmudec?a, otro dejaba de hacer preguntas y un tercero fing?a no haber apoyado jamàs una idea controvertida. As? se pod?a paralizar un proyecto sin tomar ninguna decisiîn que alguien pudiera calificar de prohibiciîn. Por entonces apareciî en su vida un hombre al que conociî a travås de contactos profesionales. No trabajaba en su equipo, no ten?a acceso a su laboratorio ni se hac?a pasar por un especialista con respuestas para todas las preguntas. Sab?a escuchar de una manera que no obligaba a su interlocutor a llenar los silencios apresuradamente. Al principio hablaban de investigaciîn cient?fica; despuås, de libros, de viajes y de cîmo cambia una persona cuando lleva mucho tiempo viviendo en un lugar donde no puede expresar en voz alta todo lo que piensa. Ål sab?a que Anna hab?a perdido a su madre. No intentaba explicarle cîmo deb?a vivir el duelo ni recurr?a a frases sobre el tiempo que todo lo cura. Cuando hablaba del proyecto, le preguntaba quå obstàculos concretos hab?an surgido y quå necesitaba para continuar. Cuando la amargura la hac?a responder con brusquedad, ål no fing?a no haberlo advertido. —Crees que, si encuentras a un culpable, te sentiràs mejor —le dijo una vez. —No busco culpables. Quiero entender por quå una decisiîn que deber?a evaluarse cient?ficamente no se eval?a de ese modo. —?Y si hay màs de una razîn? —Entonces hay que decir cuàles son. —La gente rara vez dice las razones cuando sabe que tendrà que responder por ellas. Anna lo mirî. Hab?a algo insîlito en aquella serenidad: ål no justificaba al sistema, pero tampoco la empujaba hacia la conclusiîn fàcil de que todos eran enemigos. Le permit?a dudar. Tal vez por eso, poco a poco, empezî a hablarle con mayor franqueza. Por entonces ignoraba que ten?a delante a un hombre cuya atenta cordialidad no se deb?a ?nicamente al interås personal. Desconoc?a el n?mero de cîdigo con el que figuraba en documentos ajenos y ni siquiera imaginaba que un d?a su propia biograf?a quedar?a resumida en un expediente confidencial mediante unos pocos pàrrafos escuetos. Para ella era alguien con quien pod?a decir en voz alta lo que ocultaba a sus colegas. —A veces me parece que sigo aqu? solo porque no he tenido tiempo de pensar adînde marcharme —le confesî un d?a. —?Y si pudieras elegir? —No puedo irme sin màs. Tengo firmado un compromiso de no abandonar el pa?s. Ademàs, ?quiån me necesitar?a en el extranjero? No tengo resultados concluyentes; solo una l?nea de investigaciîn que ni siquiera aqu? me dejan comprobar. Ål no respondiî de inmediato. Primero le preguntî quå quer?a preservar exactamente: su trabajo, la posibilidad de seguir investigando, el recuerdo de su madre o el derecho a creer que todo aquello hab?a tenido sentido. —?Acaso se pueden separar esas cosas? —preguntî Anna. —A veces no queda màs remedio. Ella permaneciî callada largo rato. —Quiero que lo que så hacer sirva de algo. No solo para los informes ni solo sobre el papel. Quiero saber que al menos lo hemos intentado. —En otro pa?s tal vez tengas la oportunidad de continuar con tu trabajo. Hay personas a las que podr?a interesarles tu experiencia. Pero eso no significa que todo vaya a ser màs fàcil. Tendràs que abandonar la vida que conoces. Y no podràs regresar como si no hubiera pasado nada. Anna estuvo a punto de echarse a re?r. —?Me estàs describiendo la emigraciîn o la muerte? —A veces la gente habla de ambas con las mismas palabras. Pero no son lo mismo. Aquella noche ål no propuso ninguna ruta ni hablî de billetes. Dejî la idea entre los dos, como un libro sobre la mesa que uno pod?a abrir o dejar pasar inadvertido. Unos d?as despuås fue la propia Anna quien retomî la conversaciîn. Empezî a hacer preguntas: quå pasar?a con su trabajo y sus documentos, si podr?a seguir investigando, cuàles ser?an las consecuencias de incumplir el compromiso de no abandonar el pa?s. Pero lo esencial ya hab?a ocurrido: por primera vez, la vida fuera de Rusia dejî de parecerle una posibilidad abstracta y se convirtiî en una elecciîn real. Ål respondiî con cautela. En el extranjero nadie recibe la libertad junto con el pasaporte: tambiån all? existen normas, dependencias y un idioma ajeno. Pero, si deseaba continuar con su trabajo, merec?a la pena considerar una salida que, al menos, le ofreciera una oportunidad. —Hablas como si ya lo hubieras decidido todo por m? —dijo Anna. —No. La decisiîn serà tuya. Solo te estoy mostrando que existe otra salida. —?Y si es una trampa? Ål sostuvo su mirada. —Entonces tendràs que evaluar el riesgo. Pero quedarte solo porque temes equivocarte tambiån es una decisiîn. Y tambiån tiene un precio. Aquella frase le doliî màs de lo que quiso reconocer. Anna siempre hab?a cre?do que una decisiîn responsable era aquella que pod?a justificarse con argumentos. Ahora se enfrentaba a una elecciîn para la que no dispon?a de informaciîn suficiente. Pod?a quedarse, seguir trabajando en las mismas condiciones y esperar a que la situaciîn se aclarase. O pod?a marcharse y perder para siempre la posibilidad de regresar a la vida que conoc?a. Ning?n camino garantizaba justicia; ninguno le promet?a paz. Pasaron los meses. La pandemia se convirtiî en parte de la vida cotidiana, las instituciones se adaptaron a las restricciones y Anna siguiî intentando sacar adelante su l?nea de investigaciîn. A veces le parec?a que todo pod?a arreglarse todav?a; entonces llegaba una notificaciîn aplazando una reuniîn, una denegaciîn de acceso o una nueva conversaciîn interrumpida a medias. Recordaba a su madre tanto en el dolor como en los detalles màs insignificantes: su tå favorito, una melod?a conocida, una anotaciîn materna al margen de un libro. El trabajo no pod?a devolverle lo perdido. Pero, si Anna renunciaba a todo cuanto consideraba importante, la muerte de su madre no ser?a màs que un vac?o alrededor del cual habr?a construido su miedo. No quer?a vivir exclusivamente movida por la culpa. Pero todav?a no sab?a cîmo separar la culpa de la esperanza. * * * Volvieron a hablar de una salida concreta en 2022. Para entonces, la propuesta hab?a dejado de ser una idea remota. El hombre al que Anna consideraba su amigo le dijo que exist?a la posibilidad de organizar su marcha. No intentî revestirlo de romanticismo. Le explicî que el camino ser?a dif?cil, que tendr?a que actuar con prudencia y que, una vez fuera, ya no podr?a disponer de su propia vida como antes. En Estados Unidos podr?an recibirla y ofrecerle la posibilidad de trabajar, pero a cambio tendr?a que aceptar controles, restricciones y una protecciîn inseparable de la vigilancia. —?Quieres decir que me salvaràn y luego vigilaràn cada paso que då? —preguntî Anna. —Quiero decir que la seguridad nunca es gratuita. Sobre todo en tu caso. —?Y el trabajo? ?Mi proyecto? Dijiste que all? les interesar?a. —Les interesaràn tus conocimientos. Pero nadie honrado te prometerà que ma?ana entraràs en un laboratorio y seguiràs donde lo dejaste. Tendràs que pasar una evaluaciîn, explicar lo que sabes y empezar a construir la confianza desde cero. Anna apartî la mirada. Sus palabras no conten?an aquella garant?a màgica con la que a veces so?aba en sus momentos de desesperaciîn. Estados Unidos no parec?a una orilla salvadora, sino otra orilla a la que deb?a llegar nadando sin saber quå encontrar?a al desembarcar. —Tengo firmado un compromiso de no abandonar el pa?s —dijo—. No puedo comprar un billete y desaparecer sin màs. —Por eso nadie te propone hacerlo directamente. Puedes organizar un viaje corto a Abjasia, supuestamente para asistir a la boda de unos amigos. Comprar billetes de ida y vuelta, preparar una maleta para unos d?as. A los ojos de los demàs serà un viaje privado normal. En Abjasia te esperarà un gu?a. Despuås te ayudaràn a cruzar la frontera con Georgia y, del lado georgiano, habrà un aviîn especial aguardàndote. Hablaba sin dar detalles, sin dibujar la ruta sobre el papel ni prometer que todo saldr?a bien. Anna entend?a que aquella reserva respond?a a una organizaciîn que no quer?a dejar rastros innecesarios y que tampoco pensaba revelarle todas sus capacidades. Pero tambiån comprend?a que, a partir de ese momento, tendr?a que tomar decisiones que no podr?an deshacerse con una simple llamada telefînica. —?Y si me detienen? —Ese riesgo existe. —?Y si cambio de opiniîn cuando ya estå all?? —Entonces tendràs que decirlo antes de dar el siguiente paso. Pero no puedo prometerte que cualquiera de las opciones de regreso sea segura. —Tienes una forma muy convincente de ofrecer libertad —dijo Anna—. Sobre todo cuando enumeras todo lo que puedo perder. —No te ofrezco libertad, Anna. Te ofrezco la posibilidad de elegir, aunque la elecciîn då miedo. Se enfadî con ål precisamente por su sinceridad. Habr?a querido o?r que todo estaba organizado, que podr?a continuar investigando y que alg?n d?a tendr?a la posibilidad de volver. Pero ål le ofrec?a la realidad sin envolverla en consuelos. Durante las semanas siguientes, Anna estuvo varias veces a punto de echarse atràs. ?Y si sus conocimientos no le interesaban a nadie? ?Y si el nuevo pa?s no le permit?a continuar con su trabajo? ?Y si todo lo que le hab?a parecido sospechoso no era màs que el resultado del caos y de un sistema desbordado? Entonces marcharse no ser?a una salvaciîn, sino una traiciîn a su propia idea del deber. Rusia no era un sistema abstracto. All? hab?a nacido y estudiado; all? hab?a visto por primera vez un laboratorio, y all? su madre le acomodaba la bufanda antes de salir de casa. Las calles de San Petersburgo, las tardes de Mosc?, los libros, las voces familiares y la tumba de su madre la un?an al pasado con màs fuerza que cualquier documento. Irse no significaba borrar todo aquello, sino llevàrselo consigo sin poder volver a tocarlo. Quedarse significaba vivir cada d?a rodeada de recordatorios de su impotencia. Anna no cre?a que su investigaciîn pudiera derrotar la enfermedad de un golpe, ni sab?a si habr?a salvado a su madre. Pero la posibilidad de comprobar la hipîtesis se desvanec?a entre decisiones cuyas causas nadie explicaba. Le daba miedo aprender muy pronto a callar como los demàs. Aceptî, aunque el miedo no desapareciî y segu?a sin confiar del todo en quienes le ofrec?an ayuda. Pero quedarse inmîvil se hab?a vuelto insoportable. Quer?a continuar con su trabajo. Quer?a demostrar que sus conocimientos pod?an servir de algo. Quer?a vivir sin que cada d?a comenzara con un juicio interior contra s? misma. Y, aunque a rega?adientes se lo confesara incluso a s? misma, quer?a llegar a un lugar donde su pasado no fuese lo primero que la gente supiera de ella. Poco antes de partir, fue al instituto y permaneciî largo rato en un pasillo vac?o. Las puertas de los laboratorios estaban cerradas. Detràs de una de ellas alguien trabajaba, moviendo con cuidado recipientes de vidrio. En otra brillaba la luz de un monitor. Todo estaba organizado como si el trabajo fuera a continuar sin ella, y, por supuesto, as? ser?a. La gente llegar?a por la ma?ana, abrir?a los registros, comprobar?a las anotaciones y comentar?a los resultados. En su mesa quedar?an apuntes, algunos de los cuales nadie comprender?a como ella. Anna apoyî la palma de la mano en la superficie fr?a de una puerta. Habr?a querido decir en voz alta que no abandonaba la ciencia. Que no renunciaba a sus convicciones. Que se marchaba precisamente porque no quer?a dejar de hacerse preguntas. Pero el pasillo no era un testigo al que debiera dar explicaciones. Apagî la luz del despacho y dejî la llave en su sitio. * * * Sobre el papel, el viaje a Abjasia parec?a de lo màs corriente: billetes de ida y vuelta, una bolsa peque?a, la excusa de la boda de unos conocidos y el regreso al trabajo a comienzos de la semana. Anna procuraba comportarse con naturalidad, pero cada gesto cotidiano se convirtiî en parte de una despedida. El rostro sab?a fingir mejor que el cuerpo. Antes de partir se le secaba la boca; durante el trayecto apenas com?a y despertaba con cualquier ruido. Se miraba los dedos e imaginaba que alg?n d?a aquellas manos sostendr?an documentos con un nombre ajeno. Despuås comenzî el viaje y ya no hubo tiempo para pensar. El aire era màs h?medo y suave que en Mosc?; ol?a a tierra, vegetaciîn y mar. De d?a hac?a bochorno; al anochecer, el fr?o calaba los huesos. El habla de la gente sonaba distinta y desaparec?an las referencias familiares. Abjasia dejî de ser un punto en el mapa para convertirse en un espacio entre la vida que todav?a pod?a alcanzarla y un futuro que le exig?a seguir adelante. El gu?a no le hac?a preguntas sobre sus sentimientos. Solo dec?a lo que era imprescindible saber en cada momento y no promet?a un paso fàcil. Anna escuchaba, asent?a y trataba de no pensar en los detalles que escapaban a su control. Solo ten?a una certeza: si se deten?a all? y ped?a que la llevaran de regreso, su antigua vida no volver?a a ser la misma. Las sospechas, las restricciones, el silencio y el miedo exist?an ya, independientemente de lo que ella decidiera. Cruzar la frontera no se pareciî a una escena de cine. No hubo un gesto heroico ni una sensaciîn instantànea de libertad. Hubo fr?o, cansancio y espera; cada ruido parec?a demasiado fuerte. Anna avanzaba porque cada paso era ya consecuencia del anterior. Cuando le dijeron que el tramo peligroso hab?a quedado atràs, no sintiî alegr?a. El alivio fue tan intenso que comenzî a temblar, y tras ål llegî la verg?enza. Hab?a dejado atràs a personas que no sab?an dînde estaba y a compa?eros a los que no hab?a explicado su desapariciîn. Sin duda, algunos la considerar?an una cobarde; otros, una traidora. No pod?a justificarse. Del lado georgiano la recibieron personas que no hac?an preguntas innecesarias. Anna hab?a dejado de intentar adivinar quå pensaban. Solo quer?a recorrer la siguiente etapa y despertar alg?n d?a en un lugar donde nadie le exigiera presentar su antigua vida junto con los documentos. El aviîn especial no era una promesa de felicidad: una cabina fresca, varios asientos y personas que conoc?an su itinerario mejor que ella misma. Anna aceptî el agua que le ofrecieron, se sentî junto a la ventanilla y contemplî la tierra de la que ya no la separaba ?nicamente una frontera, sino tambiån su propia decisiîn. Durante el vuelo nadie le preguntî por su madre ni por sus investigaciones. Tambiån el silencio exig?a esfuerzo. El futuro se descompon?a en palabras inciertas: nueva direcciîn, documentos, evaluaciîn, trabajo, protecciîn. Ninguna se parec?a a un hogar. Recordaba a su madre no en sus ?ltimos d?as, sino en los momentos domåsticos màs sencillos: cuando la llamaba desde la habitaciîn contigua, cuando dejaba una taza sobre la mesa, cuando la rega?aba por trabajar hasta muy tarde. En esos recuerdos no hab?a ciencia ni pol?tica. Anna no pod?a salvar a su madre retrospectivamente ni demostrar que las cosas habr?an sido distintas. Pero s? pod?a decidir en quiån se convertir?a despuås de aquella pårdida. Quer?a creer que delante la esperaba el trabajo. No un descubrimiento garantizado, ni la gratitud del mundo, ni el reconocimiento de que ella ten?a razîn: simplemente, la posibilidad de seguir buscando. Era menos de lo que hab?a so?ado conseguir y màs de lo que le quedaba en casa. Cuando el aviîn comenzî a descender, Anna no se sintiî vencedora. Hab?a dejado su pa?s y su antigua carrera; a cambio, recib?a una oportunidad que a?n tendr?a que ganarse y una protecciîn que inevitablemente implicaba vigilancia. La salvaciîn no era una puerta abierta a una nueva vida, sino un pasillo estrecho con un n?mero desconocido de puertas cerradas. * * * Ahora, en la habitaciîn de Roma, Anna volviî a abrir los ojos. El telåfono segu?a sobre la mesa. El mensaje que anunciaba el cambio de condiciones no hab?a desaparecido y todav?a no hab?an llegado nuevas instrucciones. Se acercî a la mesa, volviî a leer el texto y dejî el mîvil boca abajo. Recordî al director del instituto, la pausa antes de su respuesta, el zumbido tenue de las làmparas del pasillo. Recordî al hombre que le hab?a propuesto marcharse. Recordî el aviîn especial en el que hab?a comprendido por primera vez que su destino quedaba ligado a personas capaces de ayudarla, pero no obligadas a contarle toda la verdad. Hab?an pasado casi tres a?os desde entonces. Se hab?a acostumbrado al nuevo pa?s, al nuevo nombre y al hecho de que algunas personas supieran de ella màs de lo que le habr?a gustado. Hab?a aprendido a ser Ann para Johnny y Anna Samsînova para quienes conoc?an su verdadero pasado. Pod?a re?r, visitar museos, estudiar idiomas y hacer planes. Pero bastaba con que apareciera alguien dispuesto a cambiar las condiciones sin dar explicaciones para que regresara aquella sensaciîn de anta?o: estaba de nuevo ante una puerta cerrada, mientras la decisiîn se tomaba en alg?n lugar al otro lado. Anna escribiî una breve respuesta: «Mensaje recibido. Quedo a la espera de aclaraciones». No hizo preguntas. No porque confiara en el remitente, sino porque entend?a que dispon?a de muy poca informaciîn para distinguir una advertencia de una prueba. El desconocido pod?a temer la vigilancia. Pod?a haber descubierto algo nuevo. Pod?a estar poniendo deliberadamente a prueba su disposiciîn a obedecer. O pod?a no ser siquiera la persona que pretend?a ser. Solo le quedaba esperar el siguiente mensaje y recordar que esta vez no hab?a venido por el deseo de visitar Italia. Hab?a venido en busca de una respuesta que tal vez nadie quer?a darle. Al otro lado de la ventana, Roma iba sumergiåndose en la tarde. Una sombra se deslizaba por la pared de enfrente, abajo se cerrî una puerta de golpe y alguien se rio en la calle. Anna apagî la luz y se quedî junto a la ventana, sin poner m?sica ni abrir un libro. La habitaciîn estaba a oscuras, pero la ciudad segu?a viviendo como si no hubiera ocurrido nada. El telåfono vibrî. Se volviî tan deprisa que golpeî el borde de la mesa. En la pantalla apareciî un mensaje nuevo. Breve, sin firma. «El mensajero ya no acepta el lugar acordado. Espere. Y recuerde: si no la ve en persona, el encuentro no se celebrarà». Anna releyî la ?ltima frase. As? que todo segu?a dependiendo de ella. O alguien quer?a que lo creyera. Contemplî su reflejo en el cristal oscuro y, por primera vez desde el comienzo del viaje, se permitiî formular una pregunta que hab?a evitado desde que recibiî la misiîn: —?Y si el hombre al que debo ver no quiere, en realidad, que yo regrese? No hubo respuesta. Solo las ventanas iluminadas del edificio de enfrente y el telåfono, cuya pantalla volviî a apagarse. * * * EL VA†ICANO Cap?tulo 4. El ?ltimo encuentro Roma, 26 de abril de 2025 El telåfono vibrî a las 22:41. Anna no mirî la pantalla de inmediato. Estaba junto a la ventana, observando cîmo dos hombres se desped?an abajo, en una calle estrecha, al lado de una motocicleta aparcada. Uno hablaba en voz alta, agitando los brazos; el otro se re?a mientras retroced?a hacia la puerta de una cafeter?a. Una escena corriente, de las que ocurr?an a cada minuto en Roma. Anna se sorprendiî memorizando detalles: la marca blanca que el sol hab?a dejado en el hombro de uno, un hilo enganchado en la manga del otro, la luz de una farola temblando sobre una piedra mojada junto al bordillo. Intentaba pensar en cosas sencillas: llamar a Johnny, contarle que Roma era maravillosa, aunque hasta entonces la hubiera visto sobre todo desde las ventanillas de un coche y de su hotel. El telåfono volviî a vibrar. El mensaje hab?a llegado por el mismo canal que los anteriores. Sin nombre, sin saludo. Apenas unas l?neas: «Modificaciîn de las condiciones. El mensajero ha descartado la fecha anterior. El encuentro tendrà lugar ma?ana, domingo 27 de abril, entre las 12:00 y las 13:00. El lugar no cambia: la Capilla Sixtina. Despuås de ese d?a quedarà cerrada al p?blico. Si desean recibir los documentos, Samsînova deberà presentarse personalmente. Cualquier intento de vigilancia puede dar lugar a la cancelaciîn de la entrega». Anna leyî el mensaje. Despuås volviî a leerlo. Alguien cerrî de golpe la puerta de un coche en la calle. La ciudad segu?a siendo la misma, pero en la habitaciîn pareciî faltar el aire. Primero pensî en una explicaciîn sencilla: el mensajero ten?a prisa. Los Museos Vaticanos cerrar?an despuås del domingo, y la propia capilla deb?a incorporarse a los preparativos del cînclave. Si la cita se aplazaba otra vez, el desconocido pod?a perder la oportunidad de estar en el lugar que hab?a elegido. Todo parec?a lîgico. Demasiado lîgico para resultar tranquilizador. Sin embargo, aquel ?nico mensaje conten?a varias precisiones incîmodas. Su autor conoc?a el cierre de la capilla. Sab?a que Samsînova ya se encontraba en Roma. Y volv?a a insistir en que deb?a acudir ella misma. No un representante estadounidense, ni un intermediario, ni alguien que supiera formular las preguntas adecuadas. ?nicamente ella. Anna escribiî una respuesta: «Mensaje recibido. Confirmen que el horario es definitivo». La enviî y dejî el telåfono sobre la mesa. No hubo contestaciîn. Esperî casi cinco minutos, aunque sab?a que aquella espera no resolver?a nada. Despuås silenciî el aparato y empezî a preparar las cosas para el d?a siguiente: los documentos, un bolso peque?o, un pa?uelo, agua. Se quedî mirando el pasaporte màs tiempo del necesario. El documento estadounidense ya no estaba en su poder. El pasaporte ruso para viajes al extranjero permanec?a en el compartimento interior del bolso, guardado cuidadosamente en una funda transparente. En aquella operaciîn ten?a que volver a convertirse en Anna Samsînova, la mujer a la que en Rusia daban por desaparecida. No sab?a que, a pocas manzanas de all?, dos estadounidenses ya hab?an recibido la misma informaciîn sobre la hora del encuentro. Ten?an prohibido acercarse a ella, dar a entender que la conoc?an o intervenir salvo que fuera necesario. En el informe de servicio, la misiîn se formulaba con sequedad: garantizar la seguridad de Samsînova y evitar la pårdida de la informaciîn que pudiera recibirse. Sobre el papel, todo parec?a factible. En la pràctica, ni siquiera sab?an si la carpeta exist?a. * * * El domingo amaneciî luminoso, aunque fresco. El aire matinal ol?a a piedra, a yeso h?medo y al cafå que los camareros sacaban a las peque?as mesas antes de abrir sus establecimientos. Grupos de turistas recorr?an ya las calles. Unos caminaban con mapas, otros consultaban sus telåfonos y otros escuchaban a gu?as que hablaban en distintas lenguas, todos con la misma seguridad de quien debe conducir por la historia a personas que contemplan por primera vez sus escenarios. Anna saliî del hotel antes de lo necesario. No quer?a tener prisa, pero tampoco soportaba seguir en una habitaciîn donde cada minuto le recordaba el encuentro que se acercaba. Caminaba sin movimientos bruscos, procurando no mirar por encima del hombro. Aquella precauciîn se hab?a convertido hac?a mucho en una costumbre, pero ahora la irritaba: ni siquiera en una ciudad extranjera pod?a permitirse ser una turista cualquiera. Cerca de los muros del Vaticano, la corriente humana se hac?a màs densa. En la explanada frente a la entrada de los museos se hab?a formado una cola: el ?ltimo domingo del mes la entrada era gratuita, y a las dos de la tarde los visitantes deb?an haber abandonado las salas. Se alzaban paraguas por encima de las cabezas, aunque no hab?a llegado a llover. Unos fotografiaban la fachada; otros comprobaban sus entradas; los empleados dirig?an al p?blico hacia los controles de acceso. Anna se uniî a un peque?o grupo de turistas de habla rusa. No dio demasiadas explicaciones sobre s? misma. Dijo que hab?a venido sola, que le gustaba el arte y que hab?a decidido aprovechar el domingo. Era verdad; no toda la verdad, pero s? verdad. Una mujer con una bufanda rojiza le preguntî desde dînde hab?a volado. Anna respondiî con evasivas, alegando un viaje largo y el cansancio. La conversaciîn derivî enseguida hacia los museos: quiån hab?a estado ya en Roma, quiån pensaba visitar las Estancias de Rafael, quiån so?aba con llegar por fin a la Capilla Sixtina. —Hoy seguramente no se podrà ni andar ah? dentro —comentî la mujer—. Pero hay que verla de todos modos. He o?do que a partir de ma?ana la cierran. —Por el cînclave —respondiî un hombre con gorra—. Lo dijeron en la televisiîn. Anna fingiî escuchar con el interås habitual de cualquier visitante. En realidad, registrî cada palabra. La noticia del cierre se hab?a convertido en una explicaciîn que no obligaba al mensajero a demostrar nada. Pero ?por quå hab?a elegido precisamente aquel d?a? ?Por quå la hab?a hecho esperar casi una semana, para despuås adelantar la cita con apenas veinticuatro horas de margen? Tal vez porque antes no pod?a actuar. O tal vez porque quer?a encontrarla desprevenida. No lejos de all?, entre la gente, un hombre con una chaqueta clara examinaba un plano de los museos. No miraba a Anna ni intentaba acercarse. En otras circunstancias, ni siquiera se habr?a fijado en ål. Pero le resultî familiar la manera de sujetar el mapa doblado: el pulgar presionaba el pliegue mientras el ?ndice alisaba el borde. Se detuvo a observarlo un segundo y se obligî a apartar la vista. Pod?a ser cualquiera. Despuås de vivir en dos pa?ses, hab?a aprendido demasiado bien a no fiarse de las coincidencias. Ignoraba que aquel hombre hab?a llegado a Roma en el mismo vuelo que ella. Tampoco sab?a que la segunda persona asignada por la Agencia a su protecciîn estaba en aquel momento junto al extremo de la cola, con unas gafas oscuras y una mochila peque?a. Ambos agentes vest?an para pasar inadvertidos. No hablaban entre s? a la vista del p?blico, no permanec?an juntos ni pretend?an convertir su recorrido en una operaciîn de seguridad ostensible. El agente de mayor rango distingu?a a Anna entre los huecos de la multitud. Conoc?a su fotograf?a, su manera de caminar y la costumbre de inclinar ligeramente la cabeza cuando escuchaba a alguien. Pero nunca se hab?a reunido con ella. Para ål era una mujer cuyo nombre figuraba en un expediente, una fuente a la que hab?an proporcionado una nueva biograf?a y cuya participaciîn en la operaciîn se consideraba indispensable. No sab?a que le gustaba la pintura, que recordaba los olores mejor que muchos rostros ni que, a bordo del aviîn, le hab?a prometido a un hombre llamado Johnny que pronto regresar?a. Solo sab?a una cosa: no pod?an perderla. La segunda agente permanec?a màs cerca del grupo de turistas, aunque no al lado de Anna. Entend?a el ruso lo bastante bien para captar el sentido de las conversaciones y pod?a pasar por una viajera que iba por su cuenta. No llevaba nada extra?o en el bolso. Solo hab?a algo que la distingu?a de los demàs: no contemplaba las obras con admiraciîn manifiesta. Observaba a las personas que contemplaban las obras. El grupo pasî los controles y continuî por el recorrido del museo. En las primeras salas se o?a un murmullo desigual de voces; los pasos resonaban en el suelo, los gu?as citaban pintores y fechas, y los visitantes aceleraban o se deten?an frente a las vitrinas. En la Galer?a de los Mapas Geogràficos, las largas paredes se prolongaban en la distancia cubiertas de representaciones de Italia, de islas y de mares. En el techo, los tonos dorados y azules se entrelazaban con los relieves, y parec?a que el propio recorrido se convert?a en un viaje por los siglos de otras gentes. Anna procuraba mirar las obras expuestas, no el reloj. No quer?a permitir que el miedo le arrebatara tambiån aquello. Reconoc?a detalles que hab?a estudiado en los libros y experimentaba una extra?a divisiîn interior: una parte de su conciencia se alegraba de haber llegado por fin hasta all?; la otra contaba las salidas, localizaba al personal de seguridad y buscaba una forma de caminar que le resultara familiar. A lo largo del recorrido aparec?an avisos que ped?an silencio y el cumplimiento de las indicaciones del personal. Cuanto màs se acercaban a la capilla, màs a menudo los gu?as terminaban sus explicaciones antes de entrar. Dentro de la Capilla Sixtina se exig?a silencio absoluto; estaban prohibidos los telåfonos y las fotograf?as. Los visitantes se manten?an hombro con hombro, levantaban la mirada hacia el techo y quedaban a solas con sus pensamientos. Anna pensî que el mensajero no hab?a escogido aquel lugar solamente por la multitud. All? nadie deb?a hablar. Cualquier palabra tendr?a que pronunciarse casi en un susurro, y hasta un susurro pod?a llamar la atenciîn. Sin embargo, la ausencia de conversaciîn no significaba que fuera imposible comunicarse. Entre tanta gente, bastaban una mirada, un gesto o un roce fugaz para transmitir lo que no pod?a exponerse a la luz. Se detuvo ante la entrada de la capilla y sintiî por un instante la fuerza con que le golpeaba el corazîn. De pronto quiso dar media vuelta, regresar por las salas, salir a la calle y llamar a Johnny. Se imaginî diciåndole que hab?a cambiado de opiniîn, que encontrarse con un desconocido no merec?a ning?n secreto. Ål seguramente le preguntar?a dînde estaba y le propondr?a comprar el primer billete de vuelta a casa. Pero ya no hab?a ning?n hogar al que regresar. Y retroceder tampoco garantizaba la salvaciîn. * * * La Capilla Sixtina no era como Anna la hab?a imaginado a partir de las fotograf?as. En ellas, el techo parec?a una ilustraciîn plana y las paredes, un decorado inmîvil. En realidad, todo el espacio se elevaba sobre los visitantes, rebosante de figuras, movimiento y color. Los ojos no sab?an dînde detenerse primero: en las escenas de la bîveda, en los profetas y las sibilas, en aquellos cuerpos pintados con una verosimilitud tan rotunda que parec?a que el color pudiera contener el aliento de una persona viva. En el muro del fondo, sobre el altar, se desplegaba el Juicio Final de Miguel Àngel. Unas figuras ascend?an y otras ca?an, algunas se esforzaban por alcanzar la salvaciîn mientras otras eran arrastradas hacia las profundidades; nada de aquello ten?a la serenidad acostumbrada de las postales tur?sticas. En la pintura se percib?a no solo la solemnidad religiosa, sino tambiån la angustia ante el ?ltimo l?mite, ante ese instante en el que ni la posiciîn social, ni la riqueza, ni la protecciîn de los poderosos pueden cambiar ya el desenlace. Anna alzî la mirada hacia el techo. En el centro de la bîveda, entre las escenas b?blicas, estaba la imagen que conoc?a desde ni?a gracias a las reproducciones: las manos de Dios y de Adàn se extienden una hacia la otra, pero queda un espacio diminuto entre sus dedos. Los manuales de historia del arte explicaban la composiciîn, las proporciones, la tåcnica del fresco y las circunstancias del encargo. Ahora, sin embargo, no le impresionî tanto que el artista hubiera representado un contacto, sino que ese contacto no llegara a consumarse. Lo màs importante permanec?a entre ambas manos. —Por favor, guarden silencio —recordî con amabilidad un vigilante a un grupo en el que alguien hab?a empezado a hablar—. En la capilla debe mantenerse un silencio absoluto. Anna bajî los ojos. Los visitantes avanzaban despacio, procurando no alterar la quietud. Algunos permanec?an inmîviles, con la cabeza echada hacia atràs. Otros cerraban los ojos, como para retener mejor lo que hab?an visto. Un ni?o tirî de la manga de su madre, pero ella se llevî un dedo a los labios. Nadie fotografiaba nada con el telåfono. Unos cuantos turistas se llevaron la mano al bolsillo por costumbre, vieron la se?al de prohibiciîn y desistieron. Entre la multitud resultaba imposible saber quiån hab?a acudido por amor al arte, quiån por fe y quiån se limitaba a marcar otra atracciîn en su lista de visitas. A Anna le conven?a: todos miraban hacia arriba y los rostros a la altura de sus ojos pasaban a un segundo plano. Avanzî lentamente, dejando que el grupo se adelantara. Le parec?a que su memoria funcionaba por separado, registrando siluetas, movimientos, pliegues de ropa y destellos sobre el suelo pulido. Una parte de su conciencia segu?a buscando el rostro del pasado. Otra le ordenaba detenerse. Si se equivocaba, confundir?a a un desconocido con alguien que hab?a desaparecido de su vida hac?a mucho. Si acertaba, la esperaba algo para lo que estaba mucho menos preparada de lo que quer?a reconocer. El hombre de la chaqueta clara estaba junto a una pared lateral. Ya no sosten?a el plano. Permanec?a algo apartado del flujo compacto de visitantes, sin contemplar el techo como hac?an los demàs. Su mirada recorr?a lentamente la sala. No parec?a buscar a Anna de manera evidente; màs bien comprobaba si lo que ve?a coincid?a con lo que esperaba encontrar. Su rostro era màs viejo que en el recuerdo de ella, pero la edad no hab?a borrado los rasgos conocidos. La l?nea de los pîmulos, una ligera asimetr?a de la boca, la costumbre de levantar el mentîn una fracciîn de segundo antes de girar la cabeza. Anna sintiî que la sangre se le retiraba del rostro. No. No pod?a ser ål. El hombre al que recordaba no ten?a por quå estar all?. No despuås de tantos a?os. No despuås de todo lo ocurrido. No en un lugar donde esperaba encontrar una respuesta, no otra herida. El hombre volviî la cabeza. Sus miradas se encontraron. Anna lo reconociî. En aquel instante dejî de o?r cuanto suced?a a su alrededor, aunque la capilla segu?a llena de gente. La bîveda inmensa, las figuras de las paredes, un susurro que alguien hab?a pronunciado antes de que el personal le llamara la atenciîn: todo quedî lejos. Solo ve?a aquel rostro que su memoria hab?a conservado con excesiva nitidez. No un nombre. No una explicaciîn. Tan solo una certeza de la que no pod?a resguardarse: aquel hombre no pod?a haber aparecido ante ella por casualidad. Al menos, eso le pareciî. Ål no sonriî ni dio un paso hacia ella. Se limitî a inclinar ligeramente la cabeza, un gesto que pod?a significar saludo, confirmaciîn o advertencia. Anna no pod?a saberlo. En todos aquellos a?os nunca hab?a aprendido a descifrarlo del todo. Ella dio un paso. Luego otro. En ese momento la corriente de visitantes se desplazî y una familia con dos ni?os se interpuso entre ambos. Unas personas se volvieron hacia el muro del altar, otras retrocedieron con cuidado para dejar pasar. El hombre desapareciî detràs de los hombros ajenos, como si no fueran personas quienes lo ocultaban, sino el tiempo. El agente de mayor rango advirtiî que Anna hab?a cambiado de direcciîn. Ya no segu?a al grupo de habla rusa: avanzaba junto a la pared, como si quisiera contemplar los frescos desde otro àngulo. Ål no pod?a acercàrsele sin motivo; cualquier aproximaciîn demasiado evidente delatar?a que la vigilaban. Mirî a su compa?era. Ella cambiî de posiciîn sin perderla de vista. El hombre de la chaqueta clara reapareciî entre los visitantes. Ahora estaba casi al lado de Anna. No dijo una palabra. Solo levantî la mano, como para ajustarse el pu?o de la manga, y durante un instante rozî los dedos de ella. El contacto fue brev?simo. Visto desde fuera, pod?a parecer el roce accidental de dos personas que se hab?an acercado demasiado en medio de la multitud. Anna sintiî en la palma algo estrecho y duro; o quizà solo se lo imaginî. No le dio tiempo a mirar. El hombre pasî de largo y se perdiî entre los visitantes. Ella no se volviî enseguida. Ten?a que mantener el rostro inmîvil, no revelar su conmociîn ni llamar la atenciîn. El corazîn le lat?a con tanta fuerza que cada golpe parec?a un empujîn independiente dentro del pecho. La palma conservaba la sensaciîn de aquel contacto ajeno. Pero ?hab?a habido una entrega? ?Era realmente ål? ?Y si se hab?a equivocado? ?Y si el verdadero propîsito de la cita no era la carpeta, sino conseguir que ella lo viera? Abriî los dedos lentamente. Ten?a la mano vac?a. Un instante despuås, la luz temblî ante sus ojos. * * * Al principio, Anna pensî que estaba agotada. Despuås del vuelo, de una noche sin dormir y de la tensiîn del ?ltimo d?a, no habr?a tenido nada de extra?o. Inspirî màs profundamente e intentî concentrarse en el fresco que ten?a delante, pero la imagen se descompuso en manchas de colores. La sala pareciî inclinarse. Las voces, que apenas hab?a percibido hasta entonces, se convirtieron en un rumor sordo, como si estuviera sumergida bajo el agua. Dio un paso hacia la pared para apoyarse, pero su mano no encontrî ning?n soporte. Sintiî una pesadez en el pecho: no era un dolor agudo, sino una presiîn extra?a que no desaparec?a al respirar. Los dedos se le enfriaron. Quiso llamar a alguien, pero la capilla exig?a silencio y, aun entonces, la costumbre de respetar las normas ajenas resultî màs poderosa que el instinto. Anna tratî de girarse. A unos metros, una mujer llevaba a un ni?o de la mano. Un poco màs allà, un hombre alto contemplaba el techo sin reparar en nada. Junto a la pared lateral pasî fugazmente una chaqueta clara. Anna intentî enfocar la mirada, pero el hombre desapareciî detràs de los turistas. Solo comprendiî que se estaba cayendo cuando las rodillas dejaron de sostenerla. Rozî con el hombro a un visitante cercano. El hombre se volviî bruscamente y alcanzî a sujetarla por el codo, pero el peso de su cuerpo tirî tambiån de ål hacia abajo. Alguien gritî. Se oyî un golpe sordo contra el suelo y, despuås, varias voces rompieron a la vez el silencio. —Signora! Signora, mi sente? La gente retrocediî, formando un c?rculo irregular. La mujer de la bufanda rojiza, la misma con la que Anna hab?a hablado en la cola, se arrodillî a su lado. El rostro de Samsînova estaba blanco; los labios, ligeramente entreabiertos. Ten?a los ojos abiertos, pero no fijaba la mirada en nadie. —?Se encuentra mal! ?Que alguien venga a ayudarla! —gritî un hombre en ruso. Un guardia de seguridad acudiî ràpidamente. Otro levantî el brazo, exigiendo que despejaran el espacio. Los visitantes retroced?an a rega?adientes: unos intentaban comprender quå ayuda hac?a falta; otros miraban aturdidos, como si semejante desgracia no pudiera suceder en medio de algunas de las mayores obras de arte de la humanidad. Varias personas echaron mano a sus telåfonos, pero el guardia les ordenî tajantemente que los guardaran. All? no estaba permitido filmar, y una desgracia repentina no anulaba las normas; aunque, en ese momento, nadie las consideraba ya simples formalidades de museo. La segunda agente llegî casi al mismo tiempo que los guardias. No se presentî ni exhibiî autoridad alguna. Simplemente se arrodillî, comprobî si Anna respond?a y pidiî asistencia mådica en italiano. Su voz sonaba firme y sus manos actuaban con rapidez. Sab?a mantener la calma cuando todo empezaba a desmoronarse, pero ahora, debajo de aquella serenidad, surgiî otra sensaciîn: la fr?a certeza de que Samsînova pod?a morir ante sus ojos. El agente de mayor rango se detuvo medio paso màs atràs. En su cabeza operaban al mismo tiempo dos îrdenes: ayudar a la mujer y no perder a quien acababa de pasar junto a ella. Mirî hacia el lugar donde hab?a desaparecido la chaqueta clara. La multitud bloqueaba el paso. Si ahora corr?a tras aquel hombre, pod?a dejar sola a su compa?era con Samsînova agonizando. Si se quedaba, el mensajero se esfumar?a en el museo, y con ål la ?nica oportunidad de averiguar lo ocurrido. Eligiî a Anna. El personal mådico llegî unos minutos màs tarde; unos minutos que parecieron màs largos que todo el viaje desde Virginia. Empleados del museo arrimaron a los visitantes a las paredes y pidieron que dejaran libre el paso y no hicieran preguntas. La mujer de la bufanda rojiza lloraba, repitiendo que hac?a apenas un minuto Anna estaba a su lado contemplando el techo. El hombre contra el que hab?a tropezado murmuraba que no hab?a visto cîmo ca?a. Todos intentaban reconstruir aquellos segundos, pero cada cual recordaba solamente su parte de lo sucedido. Anna no recuperî el conocimiento. La trasladaron a un espacio màs despejado, lejos del gent?o. Los sanitarios realizaron las maniobras necesarias. En la capilla, donde se exig?a silencio a los visitantes, ahora resonaban îrdenes breves, pasos y voces agitadas. Incluso quienes estaban junto a la pared opuesta comprendieron que hab?a ocurrido algo irreparable. La agente permaneciî cerca hasta que le pidieron que se apartara. Sab?a que, en momentos as?, no deb?a sustituirse la realidad por la esperanza. Sin embargo, cada vez que un mådico se inclinaba sobre Anna, se sorprend?a esperando el menor movimiento: una inspiraciîn, un giro de la cabeza, alguna respuesta al tacto. No sucediî nada. La hora de la muerte se establecer?a màs tarde a partir de los datos mådicos. Pero, para las personas que estaban all?, la muerte llegî en el instante en que cambiî la manera de actuar de los especialistas y uno de ellos negî brevemente con la cabeza. Cerca de all?, alguien murmurî una oraciîn. La mujer de la bufanda rojiza se cubriî la cara con las manos. Un vigilante pidiî a todos que retrocedieran todav?a màs. Los enormes frescos segu?an contemplàndolos desde arriba: condena y salvaciîn, cuerpos en movimiento, brazos alzados, rostros detenidos entre la esperanza y el miedo. Unos minutos antes, Anna hab?a permanecido bajo ellos pensando en un hombre de su pasado. Ahora su propia historia terminaba de pronto en un lugar al que millones de personas acud?an para reflexionar sobre la eternidad. * * * Al principio, todo parec?a un accidente tràgico. Una mujer inconsciente en un museo abarrotado; una posible parada card?aca, un empeoramiento repentino, una causa imposible de determinar a simple vista. El personal del Vaticano actuî con rapidez: desalojaron a los visitantes de la zona màs prîxima de la capilla y despejaron los pasillos para los sanitarios y los responsables de seguridad. La gente hac?a preguntas en italiano, inglås, ruso y otros idiomas, pero nadie pod?a responder a la principal: ?quå le hab?a ocurrido a la mujer que, apenas unos minutos antes, hab?a sido una entre cientos de visitantes? Uno de los empleados pidiî su nombre. La mujer de la bufanda rojiza dijo que no sab?a cîmo se llamaba; solo hab?an intercambiado unas palabras en la cola. En el bolso de Samsînova encontraron un pasaporte ruso para viajes al extranjero y algunos efectos personales corrientes. Lo abrieron por la pàgina de la fotograf?a. Era el mismo rostro, aunque en la imagen parec?a màs sereno. —Anna Nikolàievna Samsînova —leyî el empleado. Anotaron el nombre. Nacionalidad: Federaciîn de Rusia. Entre las pertenencias no hab?a otros documentos que indicaran de inmediato alguna relaciîn con Estados Unidos. Ning?n pasaporte estadounidense. Ni una nota que explicara el propîsito del viaje ni un papel que la vinculara con una operaciîn secreta. Tan solo el pasaporte ruso y los objetos personales de una mujer que hab?a muerto en el Vaticano. El agente de mayor rango observaba la escena desde cierta distancia. No pod?a llamarla por su nombre, mostrar su identificaciîn ni revelar que sab?a quiån era. Cualquier intervenciîn por su parte suscitar?a preguntas a las que no estaba autorizado a responder. Su cobertura se basaba en que estaban all? para vigilarla, no para escoltarla de manera abierta. Ahora aquel plan parec?a de una crueldad absurda: dos personas enviadas para proteger a Anna se encontraban a pocos pasos de ella y ni siquiera pod?an explicar quiån hab?a sido. La agente se acercî a ål como si fuera a preguntarle por la salida. Su rostro permanec?a tranquilo, pero en sus ojos ål reconociî lo mismo que sent?a: la operaciîn se hab?a perdido. No sab?an si se hab?a producido un contacto con el mensajero, no hab?an visto si alguien le hab?a entregado la carpeta a Anna y no comprend?an quå hab?a provocado su desplome. Y, sobre todo, ignoraban si su muerte hab?a sido accidental. —?Viste alguna entrega? —preguntî ella, casi sin voz, cuando quedaron apartados de la gente. —No. —Yo tampoco. Solo vi que pasî por su lado. Despuås ella se cayî. —?Estàs segura de que era ål? —No lo så. Ni siquiera så a quiån hab?a que mirar exactamente entre toda esa gente. La vigilamos, como se nos ordenî. Pero el hombre al que ella reconociî quizà no fuera el que estàbamos buscando. El agente de mayor rango mirî hacia el pasillo por el que se hab?an llevado a Samsînova. La multitud empezaba a moverse de nuevo. Algunos lloraban, otros exig?an explicaciones y otros ya discut?an con un empleado del museo por la interrupciîn de la visita. Para la mayor?a de los presentes, aquello se convertir?a en un episodio terrible que contar?an por la noche y que olvidar?an pocos d?as despuås. Para ål significaba un fracaso que no podr?a encubrirse con la fîrmula habitual de «circunstancias imprevistas». Esperî hasta poder salir sin llamar la atenciîn. Solo en el corredor, donde el ruido de los visitantes ahogaba las voces, sacî el telåfono. El mensaje que enviî por el canal seguro fue breve: «Objetivo Samsînova perdido. Los mådicos han certificado su fallecimiento. Entrega no confirmada. No se ha encontrado la carpeta». Releyî el texto antes de enviarlo. La palabra «objetivo» le resultî repugnante. Pero en una comunicaciîn de servicio no hab?a sitio para el nombre de una mujer ni para el dolor. Pulsî el botîn. La respuesta no llegî de inmediato. El pasillo ol?a a piedra pulida, a abrigos h?medos y a cansancio humano. Cerca de all?, un empleado explicaba a los turistas que el recorrido se hab?a modificado y que deb?an seguir con su grupo. Los muros del museo conservaban su serenidad, indiferentes a una vida que acababa de extinguirse en una de sus salas. Por fin, el telåfono vibrî brevemente. «Confirme: ?no se ha encontrado la carpeta entre sus pertenencias?». El agente escribiî: «Confirmado. Se ha realizado una inspecciîn preliminar de los efectos personales. No hay carpeta». Quer?a a?adir que Anna hab?a reconocido a alguien: la expresiîn de su mirada antes de caer se parec?a màs al miedo ante una persona del pasado que a la sorpresa de un encuentro casual. Pero aquello era una observaciîn suya, no una prueba. No sab?a quå hab?a visto realmente y no pod?a permitirse convertir una suposiciîn en un hecho. La agente se colocî a su lado. —?Y ahora quå? —Ahora tenemos que averiguar quiån se nos adelantî. —?Y si no se nos adelantî nadie? ?Y si nunca hubo una carpeta? Ål la mirî. Era una hipîtesis que nadie hab?a querido pronunciar en voz alta. Tal vez hab?an atra?do a Samsînova hasta all? con una promesa que nunca pensaban cumplir. Tal vez el desconocido solo quer?a comprobar que ella acudiera en persona y utilizî el encuentro para deshacerse de ella. O tal vez s? se produjo la entrega, en un ?nico instante, tan fugaz que pasî inadvertido para dos profesionales convencidos de controlar la situaciîn. De ser as?, la carpeta habr?a desaparecido junto con el hombre al que Anna reconociî. Quedaba otra posibilidad: que alguien supiera que ellos estaban all?. Que alguien hubiera detectado la vigilancia, descifrado las intenciones estadounidenses y conseguido que miraran en otra direcciîn. En ese caso, la pregunta resultaba màs aterradora que la desapariciîn de la carpeta. Hab?an descubierto su cobertura. Quizà hac?a tiempo. Tal vez incluso antes de que Samsînova pisara suelo italiano. —Hay algo màs —dijo la agente—. Ella no deb?a saber que estàbamos all?. Si lo reconociî tan deprisa, significa que toda su atenciîn estaba puesta en otra cosa. O que vio algo que nosotros pasamos por alto. —O que ål quer?a que ella lo viera —respondiî el agente de mayor rango—. Y todo lo demàs carec?a de importancia. Guardî el telåfono. En una sala de servicio tendr?an que informar de que Samsînova estaba muerta, de que la carpeta no aparec?a, de que el mensajero no hab?a sido identificado y de que se desconoc?a la causa del fallecimiento. Ninguna de esas frases explicaba cîmo hab?an perdido a la mujer a la que deb?an proteger. Antes de marcharse, mirî una vez màs hacia la capilla. Los visitantes sal?an por el corredor, las voces sub?an de volumen y el edificio recuperaba su ruido habitual. Por encima de las cabezas permanec?an los profetas y las sibilas, las escenas de la creaciîn y del Juicio Final: el orden inmîvil del arte en medio de una catàstrofe humana. El agente de mayor rango admitiî la posibilidad de que el adversario se hubiera preparado mejor que ellos. No porque hubiera conseguido matar a Samsînova —no sab?an nada sobre la causa de su muerte—, ni por la desapariciîn de la carpeta. Era que, despuås de lo ocurrido, los estadounidenses se hab?an quedado sin un solo hecho fiable al que aferrarse. Samsînova hab?a ido al Vaticano en busca de documentos. Reconociî a un hombre al que nunca deber?a haber vuelto a ver. Unos minutos despuås se desplomî y muriî. La carpeta no estaba entre sus efectos personales. Y ahora nadie pod?a responder quå hab?a ocurrido exactamente durante aquel breve intervalo entre el cruce de miradas y la ca?da. Para los agentes de la CIA hab?a dos hipîtesis, y las dos supon?an una catàstrofe. O alguien hab?a descubierto su vigilancia y saboteado la operaciîn, o el desconocido jamàs hab?a tenido intenciîn de entregar los documentos: hab?a atra?do a Anna hasta la capilla para que acudiera en persona, y la carpeta hab?a sido, desde el principio, un mero se?uelo. Sin embargo, hab?a un pensamiento màs que ninguno de los agentes se hab?a atrevido a?n a expresar: tal vez la carpeta s? exist?a y ahora se hallaba en manos de un hombre cuyo nombre desconoc?an. Aquel d?a la Capilla Sixtina cerrî al p?blico antes de lo habitual. Los turistas salieron a los pasillos, el personal siguiî trabajando y el Vaticano se preparaba para el siguiente acontecimiento histîrico. En la plaza de San Pedro, la gente continuaba conversando, esperando a sus seres queridos, comprando agua y levantando la mirada hacia la fachada de la bas?lica. Y en alg?n lugar entre ellos, el hombre al que hab?a reconocido Anna Samsînova ya pod?a estar alejàndose de los muros del Vaticano. Ten?a la carpeta... O quizà nunca hab?a existido. *** EL VA†ICANO Cap?tulo 5. Las dos partes Roma, 27 de abril de 2025 En el acta del incidente no aparec?a la palabra «asesinato». Hab?a una mujer que hab?a perdido el conocimiento en la Capilla Sixtina. Hab?a mådicos llamados de urgencia, testigos, un paso cerrado temporalmente, un pasaporte ruso y un bolso con efectos personales. Hab?a informes de la Gendarmer?a Vaticana, que posteriormente se hab?an puesto en conocimiento de los colegas italianos. Constaba la hora en que se pidiî a los visitantes que se apartaran y aquella en que un mådico pronunciî una breve frase, tras la cual nadie volviî a intentar despejar el espacio alrededor del cuerpo. Pero hab?a un detalle que segu?a sin explicaciîn: la mujer hab?a llegado a Roma para una cita de la que no sab?an nada ni sus conocidos ni sus compa?eros ocasionales de viaje; sin embargo, el hombre al que ella reconociî entre la multitud hab?a desaparecido antes de que alguien pudiera hacerle una sola pregunta. Para la mayor?a de los presentes, el incidente terminî cuando los sacaron de la capilla. Volvieron con sus grupos, buscaron a sus hijos, revisaron los telåfonos y protestaron porque les hab?an arruinado la visita. Algunos ya contaban a sus conocidos que hab?an presenciado una muerte. Al caer la tarde, la historia tendr?a sus primeros detalles inexactos; despuås llegar?an otras versiones y, al cabo de unos d?as, todo acabar?a por convertirse en una anåcdota màs de un viaje a Italia. Pero para quienes deb?an averiguar quå hab?a sucedido, aquello no hab?a hecho màs que empezar. * * * Parte 1. Antes de pronunciar la palabra «asesinato» Al comisario Lunafîrte no le gustaban los lugares donde deb?a esperar la autorizaciîn de otros. En los pasillos del Vaticano se sent?a como un hombre al que hab?an dejado llegar hasta la puerta, pero no entrar en la habitaciîn. Los gendarmes custodiaban el per?metro; el personal de los museos se ocupaba de los visitantes y de los procedimientos internos; los mådicos ya hab?an transmitido los primeros datos, y cada solicitud de acceso al material pasaba por varias manos. El Vaticano era un Estado independiente: en su territorio, las competencias policiales y judiciales correspond?an a sus propias autoridades. Lunafîrte participaba como enlace italiano, encargado de coordinar las diligencias que conduc?an a Roma. Formalmente, todo era correcto. En la pràctica, cada hora de retraso pod?a hacer que una prueba dejara de servir. Lunafîrte estaba junto a la ventana de una dependencia de servicio, releyendo el informe preliminar. No sol?a fiarse de las primeras impresiones, sobre todo cuando los testigos describ?an un mismo suceso de maneras distintas. Uno hab?a visto tambalearse a la mujer. Otro aseguraba que se hab?a llevado la mano al pecho. Un tercero insist?a en que primero hab?a seguido a alguien con la mirada y solo despuås se hab?a desplomado. Nadie pod?a confirmar quå hab?a ocurrido exactamente entre aquella ?ltima mirada y la ca?da. —?La causa de la muerte? —preguntî al funcionario que entrî con una carpeta. —Todav?a no se ha determinado. Las autoridades vaticanas competentes han ordenado un examen mådico-forense. A?n se està coordinando cîmo se realizarà y quå especialistas participaràn. El mådico que la atendiî primero no està dispuesto a adelantar conclusiones. —Bien. Eso es lo que deben escribir. Nada de «presunta parada card?aca» ni «deterioro repentino». Causa no determinada. Cuando el funcionario se marchî, Lunafîrte se permitiî por primera vez aquel d?a mirar la fotograf?a sin la distancia habitual del oficio. La mujer ten?a el rostro cansado de alguien que llevaba demasiado tiempo fingiendo tranquilidad. Ål sab?a que no se pod?a juzgar un caràcter por una fotograf?a. Sin embargo, advirtiî otra cosa: no dejaba de referirse a ella como «la fallecida», «la ciudadana», «Samsînova». Aquello le ayudaba a trabajar, hasta que empezaba a ocultarle una verdad sencilla: unas horas antes, esa mujer todav?a pod?a elegir adînde ir por la noche, quå cenar y a quiån llamar. Puso la fotograf?a boca abajo. No por sentimentalismo. Por prudencia. La compasiîn por una persona no debe sustituir las pruebas, pero la falta de compasiîn vuelve in?tiles las pruebas. —Localicen a la mujer del pa?uelo rojizo —le dijo al ayudante que reapareciî en la puerta—. Y no le pregunten si aquello fue una conspiraciîn. Preg?ntenle en quå idioma hablaron, con quå mano sujetaba Samsînova el bolso, quå comentî sobre sus planes para el d?a. Que empiece por la ma?ana. La gente recuerda lo terrible y olvida cuanto ocurriî antes. Necesitaremos precisamente lo olvidado. El funcionario asintiî. —Una cosa màs. ?Sus pertenencias? —En el inventario de la Gendarmer?a Vaticana figuran un pasaporte de la Federaciîn de Rusia, una cartera, un telåfono, una tarjeta de acceso al hotel y un peque?o neceser. Ninguna carpeta. Ning?n documento estadounidense. Los originales estàn precintados; nosotros tenemos una copia certificada de la relaciîn. —?El bolso? —Un bolso de viaje corriente, con objetos personales. Nada que explique el propîsito de su visita. Lunafîrte cerrî la carpeta. Sab?a con quå facilidad los objetos corrientes se volv?an extraordinarios al describirlos despuås de una tragedia. La tarjeta pod?a significar un hotel; el telåfono, el contacto con alguien; el pasaporte, una nacionalidad. Ninguno de aquellos objetos, tomado por separado, respond?a a la pregunta de por quå esa mujer hab?a muerto precisamente all? ni por quå su nombre hab?a empezado a circular tan deprisa en conversaciones ajenas. —?Quiån comunicî la muerte fuera del Vaticano? —preguntî. —La notificaciîn oficial todav?a no se ha enviado a todos los destinatarios. Primero hay que completar la comprobaciîn inicial de los datos. —Eso no es lo que he preguntado. El funcionario vacilî. —Los servicios consulares rusos ya han solicitado que se confirme su identidad. Los estadounidenses tambiån han mostrado interås. Lunafîrte alzî despacio los ojos. —?Con quå rapidez? —Casi inmediatamente despuås de registrar el pasaporte. —?Cuànto es «casi inmediatamente»? —La solicitud rusa llegî a los pocos minutos. La estadounidense, algo despuås. —?Quiån les dio el nombre, si todav?a no se hab?a confirmado mediante el procedimiento interno? —Estamos averiguàndolo. Lunafîrte mirî el reloj. No ten?a motivos para acusar a nadie de una filtraciîn. Los servicios vaticanos dispon?an de sus propios canales de comunicaciîn; la polic?a, de los suyos; y las representaciones diplomàticas pod?an conocer ciertos datos mediante procedimientos perfectamente legales. Pero la rapidez le resultaba inquietante. Cuando el nombre de la fallecida a?n no se hab?a difundido p?blicamente, las dos partes ya quer?an saber quå hab?a sucedido. Volviî a la mesa y tomî un bol?grafo. Parte 2. Dos nacionalidades El agente de guardia trajo una segunda impresiîn, casi idåntica a la primera: un conjunto de anotaciones administrativas sobre las solicitudes y una indicaciîn escueta: «La coincidencia de identidad requiere confirmaciîn». Esta vez se trataba de datos consulares recibidos por conducto estadounidense. Seg?n ellos, una mujer con el mismo nombre y los mismos datos biogràficos figuraba en los registros como ciudadana de Estados Unidos. No se hab?a encontrado un pasaporte estadounidense y aquello a?n no constitu?a una identificaciîn definitiva. Pero la coincidencia era demasiado precisa para ignorarla. —?Es estadounidense? —preguntî el ayudante. —Tal vez tenga la ciudadan?a estadounidense —corrigiî Lunafîrte—. Por ahora son datos pendientes de confirmaciîn. No se precipite. Solicitaron la verificaciîn de identidad por los cauces establecidos. Mientras esperaban la respuesta, el comisario dispuso ante s? dos documentos: la copia del pasaporte ruso y la comunicaciîn oficial enviada por la representaciîn estadounidense. La fotograf?a del pasaporte ten?a las esquinas cuadradas y un fondo completamente corriente. La comunicaciîn estadounidense llevaba un n?mero de registro y un sello de distribuciîn restringida. Entre ambas hojas no hab?a ni una explicaciîn. Lunafîrte sab?a lo suficiente de derecho internacional para no cometer una torpeza. La segunda nacionalidad no anulaba por s? sola la primera. Seg?n la legislaciîn rusa, adquirir una ciudadan?a extranjera no implica perder automàticamente la rusa; el derecho estadounidense tambiån admite la nacionalidad m?ltiple. En aquel caso, la pregunta no era «quiån era ella en realidad», sino «quiån le hab?a expedido documentos distintos, cuàndo, con quå finalidad y cuàles utilizaba la propia Samsînova». Aunque esos dos ?ltimos extremos no pod?an resolverse examinando la fotocopia de un pasaporte. Al cabo de un rato llegî una confirmaciîn preliminar de su condiciîn consular estadounidense. Lunafîrte volviî a leer la fecha, despuås el campo «motivo de la comprobaciîn» y se detuvo. En un registro, aquella mujer exist?a con toda claridad. En otro, su vida terminaba varios a?os antes, como si alguien hubiera arrancado unas cuantas pàginas del àlbum entre su salida de Rusia y su apariciîn en Estados Unidos. —Contin?en la comprobaciîn con la parte rusa —ordenî—. Y no escriban «identidad falsa» en el acta. Tener dos nacionalidades no convierte a nadie en delincuente. —Pero lo convierte en alguien interesante para dos Estados. —No. Lo interesante es que ambos Estados se enteraron de su muerte antes de que pudiåramos avisar a sus familiares. Volviî a mirar la fotograf?a y pensî en la persona a la que todav?a no hab?an dicho que aquella mujer ya no llamar?a nunca màs. Obtener una certificaciîn de nacionalidad antes de comunicar una muerte a los seres queridos no infring?a ning?n protocolo. Pero ten?a algo dolorosamente equivocado, algo contra lo que no sab?a argumentar con el lenguaje de la ley. —Preparen una sala en la jefatura. Peque?a, sin trànsito de personas. Hoy mismo. Necesitaremos un puesto de trabajo conjunto o cada servicio retendrà sus datos hasta que ya no sirvan para nada. —?Un equipo conjunto? ?Con los estadounidenses y los rusos? —Un grupo de trabajo conjunto en Roma —precisî Lunafîrte—, con participaciîn vaticana y competencias procesales separadas. La Gendarmer?a responde de lo sucedido dentro de los muros del Vaticano; nosotros, de las comprobaciones y diligencias en territorio italiano. Estadounidenses y rusos actuaràn como enlaces, no como due?os de la investigaciîn. No confunda eso con la confianza. Firmî la orden y a?adiî a mano: «Establecer accesos diferenciados a los materiales. Registrar todas las entregas en el libro de control». Sonî el telåfono al otro lado de la mesa. Lunafîrte respondiî, escuchî a su interlocutor y no anotî nada. Solo preguntî: —?Quiån lo ha solicitado exactamente? Tras una pausa, dijo: —No. No env?en ninguna copia. Antes verifiquen las atribuciones de quien la pide y conserven el original. Terminî la llamada, pero dejî el telåfono sobre la mesa, con la pantalla hacia arriba. Ahora ten?a dos preguntas en lugar de una: quiån hab?a sabido el nombre de la fallecida antes de tiempo y quiån estaba intentando obtener materiales que ni siquiera figuraban todav?a en el expediente. A las cuatro de la tarde, apareciî una placa sin inscripciîn en una de las dependencias de la Jefatura de Polic?a de Roma. Tras la puerta hab?a una mesa larga, seis sillas de distintos modelos, dos armarios con cerradura y una pizarra blanca en la que el agente de guardia ya hab?a trazado una l?nea vertical. A la izquierda escribiî: «CONFIRMADO». A la derecha: «SIN CONFIRMAR». Lunafîrte a?adiî una tercera columna: «NO COMPARTIDO». —?Quå significa? —preguntî el agente. —Un recordatorio de que carecer de informaciîn y no tener acceso a ella son dos cosas distintas. En la columna de lo confirmado anotaron la hora del incidente, el lugar, la identidad consignada en el pasaporte ruso, los nombres de los primeros testigos y el hecho de que no se hubiera encontrado ninguna carpeta entre sus pertenencias. La segunda inclu?a la causa de la muerte, la presunta identidad del hombre de la chaqueta clara y la pregunta de si hab?a llegado a producirse la entrega de documentos. En la tercera, Lunafîrte no escribiî nada por el momento. No pensaba anticipar quå informaciîn se reservaba cada parte, pero quer?a que la mera posibilidad de que existieran datos ocultos estuviese presente en la sala, como un asistente màs a la reuniîn. Parte 3. Roberto y la becaria El primero en llegar fue Roberto Spirànte. Aquella ma?ana todav?a se encontraba en otra ciudad italiana por un encargo de servicio; la orden de trasladarse a Roma lo hab?a sorprendido en plena carretera. Eso explicaba la rapidez de su llegada, aunque no por quå sus superiores estadounidenses hab?an considerado necesario enviar precisamente a ål. Entrî sin prisas, pero de inmediato examinî la puerta, la ventana, los armarios y la pizarra. Rondaba los cuarenta y cinco a?os y ten?a el rostro de un hombre acostumbrado a escuchar hasta el final antes de decidir si cre?a a su interlocutor. Se presentî formalmente, dejî sobre la mesa su credencial y la carta que lo designaba enlace de la parte estadounidense. Su acento cambiaba apenas perceptiblemente seg?n hablara inglås o italiano. Ål lo consideraba ?til: en el primer caso lo tomaban por un hombre de Washington; en el segundo, por un lugare?o que hab?a pasado demasiados a?os fuera. —Esperaba comenzar hablando con el comisario —dijo, se?alando la pizarra—, no encontrarme un esquema ya preparado. —El esquema no està terminado —respondiî Lunafîrte—. Muestra lo que no sabemos. Spirànte leyî las tres columnas y se detuvo en «NO COMPARTIDO». —Buen t?tulo para la mitad de las investigaciones internacionales. —Espero que no sea un cumplido. —Es una observaciîn. Se quitî el abrigo y lo colgî del respaldo de una silla. No ocupî la cabecera, sino un asiento frente a la pizarra desde el que pod?a vigilar la entrada. Despuås sacî una libreta y un bol?grafo. —Me han comunicado que podr?a tratarse de una mujer vinculada a intereses estadounidenses. El informe oficial contiene menos hechos que insinuaciones. Un gånero poco frecuente incluso en la correspondencia entre organismos. —Mi trabajo consiste en investigar una muerte —dijo Lunafîrte—, no los intereses de los Estados. —El m?o tambiån. Pero si la fallecida estaba bajo la atenciîn de mi Gobierno, esto ya no es solo la muerte de una turista. —Entrî como ciudadana rusa. —Seg?n el pasaporte encontrado, s?. —?Cuestiona la autenticidad del documento? —Cuestiono que el documento encontrado agote la identidad de una persona. Lunafîrte entornî ligeramente los ojos. Era una respuesta cuidadosamente formulada, pero precisamente en aquellas fîrmulas sol?a esconderse la parte màs importante de la informaciîn. —?Su compa?era? —preguntî al ver a una joven en la puerta. Mînica Luriå entrî con una carpeta delgada y un ordenador portàtil. Era notablemente màs joven que Spirànte y recorriî la sala con la mirada en cuanto cruzî el umbral. Vest?a un traje oscuro y sencillo, llevaba el pelo recogido y un bolso discreto al hombro. Durante un instante, sus ojos se detuvieron en la anotaciîn «ca?da», y sus dedos quedaron inmîviles sobre el teclado. Se presentî como analista adscrita a Spirànte para trabajar con los materiales y la cronolog?a. La palabra «becaria» figuraba en su documentaciîn, y Spirànte la pronunciî como si fuese un obstàculo a?adido y no la descripciîn de su cargo. —Mînica llevarà el resumen —dijo—. Y repetirà las preguntas que yo ya haya hecho si no obtiene respuestas. —Muy alentador —observî ella. —Acost?mbrese. El trabajo con las pruebas solo resulta aburrido hasta que alguien empieza a manipularlas. Mînica no sonriî. Dejî el ordenador en la mesa, abriî un archivo en blanco y preguntî: —?Tenemos la hora exacta de la ca?da y aquella en que los mådicos certificaron la muerte? —Tenemos una secuencia provisional —respondiî Lunafîrte—. Estamos precisando las horas de cada actuaciîn. Antes de establecer una cronolog?a exacta, quiero contar con testimonios contrastados y el informe mådico. —Entonces convendr?a separar la hora registrada por un dispositivo de la hora que recuerda una persona —dijo ella—. De lo contrario compararemos recuerdos de hechos, no los hechos mismos. Spirànte la mirî con la expresiîn de quien se resiste a reconocer que la pregunta era acertada. Mînica no dijo que hab?a advertido otro detalle. En el viejo plano del edificio, colgado en la pared, aparec?an dos salidas, mientras que en el plano de evacuaciîn reciente hab?a tres. Aquello, en s? mismo, no constitu?a ning?n secreto: los recorridos se modificaban con motivo de grandes acontecimientos o de obras. Pero pidiî que se incorporaran a la documentaciîn ambas versiones del plano, fechadas antes y despuås del cierre de la capilla. Si un testigo afirmaba que alguien «se dirigiî hacia la salida», el investigador ten?a la obligaciîn de saber hacia cuàl exactamente. —Le han encargado llevar una tabla, no redise?ar un museo —dijo Spirànte. —Precisamente por eso necesito saber quå significa la palabra «salida» en un testimonio. La respuesta estaba tan desprovista de resentimiento que Roberto se puso involuntariamente en guardia. Hab?a conocido empleados jîvenes y brillantes que intentaban agradar a sus jefes; tambiån arrogantes que deseaban convertirse en jefes cuanto antes. Luriå no hac?a ni una cosa ni la otra. Parec?a estar comprobando si pod?a trabajar junto a ål sin concederle el derecho a pensar por ella. —Precisamente por eso està aqu? —dijo—. Para no dejarme decirlo a m?. * * * Parte 4. El hombre de Rusia Andråi Khîdov llegî veinte minutos màs tarde. Ya se encontraba en Roma por asuntos de la representaciîn rusa y, por eso, hab?a obtenido sus credenciales màs deprisa de lo esperado por los italianos. No se apresurî a quitarse el abrigo ni fue el primero en tender la mano. Antes mostrî su documentaciîn y rechazî que le asignaran intårprete: hablaba italiano con suficiente soltura. Rondaba los cuarenta a?os; era reservado, delgado, de mirada atenta, y no deten?a los ojos en nadie màs tiempo del necesario para evaluarlo. —Represento a la parte rusa en las cuestiones relacionadas con la muerte de una ciudadana de la Federaciîn de Rusia —dijo—. Necesito acceso a la informaciîn pertinente para esclarecer las circunstancias del fallecimiento, identificar a la persona y asegurar la custodia de sus pertenencias. —Lo mismo que todos —respondiî Lunafîrte. —No estoy seguro de que todos necesitemos los mismos materiales. —En eso tiene razîn. Khîdov mirî la pizarra. Su mirada se detuvo en la tercera columna, pero no preguntî por el t?tulo. —?Ya tienen el pasaporte? —preguntî. —El original està registrado y bajo custodia de la Gendarmer?a Vaticana —respondiî Lunafîrte—. Nos han facilitado una copia certificada. La parte rusa puede solicitar la comprobaciîn de los datos por la v?a oficial. —No he pedido que me lo entreguen. He preguntado si han examinado el documento. —Se ha realizado una primera comprobaciîn. Se ha solicitado un examen complementario. —Entonces solicito que se incorporen a la documentaciîn los datos sobre la expediciîn del pasaporte y los cruces anteriores de frontera, siempre que puedan confirmarse por los cauces correspondientes. —Si se confirman, los incorporaremos. Los datos obtenidos por canales reservados no apareceràn en la pizarra solo porque alguien los haya pedido. Khîdov aceptî la respuesta con calma. Con demasiada calma, pensî Spirànte. Alguien que de verdad quisiera saber quå le hab?a pasado a una compatriota fallecida habr?a podido mostrar al menos cierta irritaciîn. Khîdov parec?a estar midiendo no la rapidez con que trabajaban los italianos, sino los l?mites de la habitaciîn a la que lo hab?an dejado entrar. —?Conoc?a a Anna Samsînova? —preguntî Spirànte. —Personalmente, no. —?Y su nombre? —Lo conozco por la notificaciîn que he recibido. —?Antes de recibirla? Khîdov lo mirî. —Agente Spirànte, si quiere hacer una pregunta, hàgala directamente. No pienso adivinar quå significado atribuye a sus pausas. —Muy bien. ?Sab?a usted de la existencia de Anna Samsînova antes de su muerte? —Sab?a que las autoridades rusas ten?an preguntas sobre determinadas circunstancias de su antiguo trabajo y su posterior desapariciîn. Los detalles quedan fuera de mi mandato mientras no exista una solicitud oficial. No voy a discutir informaciîn operativa en una sala donde no se ha establecido un rågimen de acceso acordado. —O sea, que lo sab?a —dijo Spirànte. —O sea, que no todas las preguntas pueden discutirse con usted. Mînica levantî la vista del ordenador. Transcribiî la respuesta de Khîdov, pero anotî al lado no solo su contenido, sino tambiån el orden de las palabras: no hab?a dicho que ignorase dînde hab?a trabajado Samsînova. Hab?a dicho que los detalles no entraban en su mandato. Quizà fuera simple cautela profesional. Quizà Khîdov estaba eligiendo por su cuenta quå parte de la verdad dejar en aquella sala. Khîdov guardî silencio un momento, contemplando su reflejo en la pantalla apagada del telåfono. Los antecedentes de Samsînova se le presentaban como una sucesiîn de anotaciones oficiales y escuetas: instituciîn, autorizaciîn de acceso, traslado, ausencia de informaciîn y, despuås, apariciîn en otro pa?s. Desconfiaba de las sucesiones demasiado limpias. A veces, entre dos anotaciones verdaderas cab?a una mentira; otras, toda una vida por la que nadie se hab?a preocupado de preguntar. —D?game mejor —pronunciî—, ?quiån les ha comunicado que esa mujer pudo ser objeto de alguna operaciîn? —?Acaso he dicho «objeto»? —preguntî Spirànte. —No. Lo he dicho yo. Veamos a cuàl de los dos le ha sorprendido. Lunafîrte cerrî la carpeta de golpe. No hab?a ira en su voz; simplemente estaba harto de que sustituyeran a una persona de carne y hueso por una palabra que permit?a no pensar en su muerte. —Esto no es una competiciîn para ver quiån adivina antes el secreto ajeno. Si no pueden confirmar una informaciîn, ind?quenlo como dato no confirmado. Y dejen al menos abierta la posibilidad de hablarse ma?ana sin intårprete. —Todav?a no tenemos motivos para considerar delictiva su muerte —continuî Lunafîrte—. Hasta que lleguen los informes periciales no la llamaremos asesinato, envenenamiento ni resultado de operaciîn alguna. Pero s? hay motivos para considerar extra?as las circunstancias. Por eso estamos aqu?. —Y porque la carpeta ha desaparecido —a?adiî Spirànte. —?Quå carpeta? —preguntî Khîdov. Se hizo una pausa en la sala. Spirànte no respondiî de inmediato. Mirî a Lunafîrte y despuås a Khîdov. —Seg?n la informaciîn preliminar, la fallecida pudo acudir a una cita en la que estaba prevista una entrega de documentos. No se encontrî ninguna carpeta entre sus pertenencias. A?n no sabemos si existiî realmente. —?Quiån les hablî de esa supuesta entrega? —Una fuente cuya informaciîn estamos verificando. —Una fîrmula muy conveniente. —La màs honesta que puedo utilizar. Khîdov no insistiî. Sin embargo, desde aquel instante todos los presentes comprendieron que la otra parte sab?a màs de lo que estaba dispuesta a contar. Llamaron a la puerta. Lunafîrte mirî el reloj: el retraso hab?a sido breve, pero no le gustaba que las reuniones comenzaran con visitantes imprevistos. —Es de la parte estadounidense —anunciî el agente de guardia desde el pasillo—. Un funcionario que se encontraba en el lugar del incidente. El hombre que entrî vest?a ropa sencilla, sin corbata, y llevaba una carpeta delgada en la mano. No se sentî hasta que Lunafîrte se?alî una silla libre junto a la pared. Su nombre figuraba en un anexo reservado de la credencial, pero en el acta conjunta solo se lo identificî como representante del equipo operativo estadounidense. Era poco habitual, aunque no contraven?a el acuerdo: estaba all? para aportar hechos, no para discutir su adscripciîn administrativa. —Estuve vigilando a Samsînova dentro del museo —dijo—. En el momento en que ella cambiî de direcciîn, perd? la visiîn directa durante unos segundos. Hab?a un hombre con ropa de abrigo clara entre la multitud. No puedo confirmar que le entregase ning?n objeto. Tampoco puedo afirmar lo contrario. Vi que pasaba junto a ella y despuås avanzaba hacia la salida. No pude verle bien la cara. —?Por quå no lo detuvo? —preguntî Khîdov. —Porque la mujer cayî al suelo y mi compa?era estaba ayudando a pedir asistencia mådica. No pod?a seguir vigilando al desconocido y, al mismo tiempo, dejarla sola junto a una mujer que se mor?a. La voz del hombre se mantuvo firme, pero pronunciî la ?ltima frase con esfuerzo, como si no fuera la primera vez que ten?a que repetirla. —As? que la parte estadounidense no sabe si hubo contacto —resumiî Lunafîrte. —Exacto. No sabemos si se produjo la entrega ni si el hombre al que Samsînova pudo reconocer llevaba alguna carpeta. —Ha dicho «pudo reconocer» —se?alî Spirànte—. ?Quå observî exactamente? —Un cambio brusco en su comportamiento. No miraba los frescos, sino a alguien situado delante de ella. Nada màs que pudiera incorporarse al acta como prueba. Cuando se marchî el testigo, Mînica pidiî que se a?adiera a su declaraciîn una pregunta que hab?a quedado sin respuesta: dînde ten?a Samsînova las manos justo antes de caer. El hombre no lo recordaba. Entre la multitud hab?a observado su rostro, no sus manos. —En una situaciîn cr?tica nadie dispone de un segundo par de ojos —observî Spirànte. —No le pido que haya visto màs. Solo quiero que despuås no le atribuyamos cosas que no vio. Khîdov mirî a la joven con menos indiferencia que antes. —?Y usted cîmo explica que no aparezca la carpeta? —De ninguna manera —respondiî Mînica—. Puede que nunca existiera. Puede que siguiera en manos de otra persona. O puede que nos estemos imaginando mal la apariencia del objeto por el que vino Samsînova. «Carpeta» es una palabra tomada del mensaje de alguien, no un objeto hallado. Todos escucharon aquellas palabras como una muestra de sensata prudencia. Nadie reparî en que la joven hab?a dicho «nosotros» como si llevara mucho tiempo formando parte de la investigaciîn. Durante todo ese rato, Mînica hab?a tenido la mirada fija en el ordenador. Al o?r «mi compa?era estaba ayudando a pedir asistencia mådica», apretî ligeramente el bol?grafo, pero no alzî la cabeza hasta que el hombre terminî. —Su declaraciîn escrita se incorporarà a la cronolog?a conjunta —dijo Lunafîrte—. Si surge informaciîn adicional, la comunicarà a travås del canal convenido. Cualquier actuaciîn informal al margen del grupo se considerarà un obstàculo para la investigaciîn. —Entendido. El hombre dejî la carpeta en el extremo de la mesa y saliî. Su informe no hab?a aportado respuestas, pero por primera vez en todo el d?a la parte estadounidense hab?a reconocido en voz alta los l?mites de su propio conocimiento. Ni carpeta, ni entrega confirmada, ni mensajero identificado. En aquella sala quedaba algo menos de espacio para las teor?as elegantes y un poco màs para el peligro real. * * * Parte 5. Alrededor de una misma mesa Cuando todos ocuparon sus lugares, Lunafîrte cerrî la puerta y explicî las reglas del trabajo. Las primeras diligencias en el lugar donde muriî Samsînova correspond?an a la Gendarmer?a Vaticana y a las autoridades judiciales del Estado de la Ciudad del Vaticano. Los organismos italianos se ocupaban de las actuaciones en su territorio: el hotel, los desplazamientos por Roma, los posibles contactos y las circunstancias que excedieran el àmbito vaticano. Los materiales se transferir?an entre servicios de com?n acuerdo, no por voluntad de cualquier invitado sentado a la mesa. Estadounidenses y rusos pod?an presentar solicitudes, proponer comprobaciones y asistir a reuniones previamente acordadas, pero no ten?an derecho a incautar documentos por su cuenta ni a interrogar testigos de manera independiente. —Todas las entregas quedaràn registradas —dijo—. Cada solicitud tendrà un n?mero. Si obtienen datos por cauces informales, pueden informar de su existencia, pero no exigir que los incorpore al expediente sin verificarlos. Si descubro que alguien ha actuado al margen del procedimiento establecido, lo considerarå una obstrucciîn a la investigaciîn. —?Y si el procedimiento oficial se convierte ål mismo en un obstàculo? —preguntî Khîdov. —Entonces presentarà una solicitud por escrito. La aceptarå o la rechazarå dentro de mis atribuciones y, si ata?e al Vaticano, la remitirå a las autoridades competentes. Pero nadie va a llevar a cabo una investigaciîn privada en territorio italiano utilizando una acreditaciîn diplomàtica en lugar de una orden judicial. —Respeto las reglas claras —dijo Spirànte—, incluso cuando resultan incîmodas. —Sobre todo cuando resultan incîmodas —respondiî Lunafîrte. En la pizarra apareciî una l?nea temporal. Los primeros hechos confirmados ocupaban apenas unos minutos: la entrada de Samsînova en el recorrido del museo, su presencia en la capilla, el brusco cambio de comportamiento, la ca?da y la llegada de los mådicos. Entre aquellos sucesos quedaban espacios en blanco que los testigos llenaban con conjeturas, no con hechos. Mînica proyectî una tabla. Cada fila conten?a hora, fuente, grado de fiabilidad y observaciones. No anticipî conclusiones. Dividiî la declaraciîn de la mujer del pa?uelo rojizo en tres detalles independientes: Anna mirî a una persona; su expresiîn cambiî de golpe; poco despuås cayî. La relaciîn entre los tres hechos era plausible, pero no estaba demostrada. —?La testigo afirma que Samsînova reconociî al hombre? —preguntî Spirànte. —Dijo: «As? se mira a alguien a quien se conoce». Pero despuås aclarî que ella misma no le hab?a visto bien la cara —respondiî Lunafîrte—. Es una interpretaciîn, no una identificaciîn. —?Y el segundo testigo? —Vio a un hombre con una chaqueta clara caminando hacia la salida. No afirma que ese hombre hablase con Samsînova. La descripciîn es demasiado general. —?Estatura? ?Edad? ?Color del pelo? —Nada seguro. El testigo lo vio de espaldas durante unos segundos. Si elaboramos ahora un retrato, obtendremos un retrato creado a partir de las expectativas del investigador. Spirànte asintiî. Detestaba que las pruebas se convirtieran en un personaje literario antes de tener tiempo de comprobarlas. —La carpeta —dijo Khîdov—. ?Quiån la vio antes del incidente? —Ninguno de los testigos interrogados ha confirmado hasta ahora haber visto una carpeta en manos de Samsînova o de otro participante —respondiî Lunafîrte—. No podemos afirmar que estuviera dentro de la capilla. —?Pero admite la posibilidad de que existiera? —Admito todo lo que los hechos disponibles no excluyen. Eso no significa que crea en todas las hipîtesis. Khîdov entrelazî los dedos. —Si los documentos constitu?an realmente un secreto de Estado, la ausencia de la carpeta puede ser màs importante que la causa de la muerte. —Si realmente exist?an los documentos —corrigiî Spirànte. —Lo he o?do a la primera. —No estoy seguro de que quiera o?rlo a la segunda. Lunafîrte los detuvo con un gesto. No iba a permitir que la primera reuniîn se convirtiera en una exhibiciîn de desconfianza mutua. La desconfianza no desaparecer?a, pero hab?a que ponerla a trabajar. Durante un instante la discusiîn quedî suspendida sobre la mesa como una cuerda tensada al màximo. Spirànte no apartaba los ojos de Khîdov. Andråi parec?a estar examinando no al estadounidense, sino los l?mites de su propia paciencia: cuànto màs pod?a ceder antes de que ceder se convirtiera en una costumbre. Lunafîrte recordî un caso de quince a?os atràs. Entonces, funcionarios de tres organismos se hab?an enzarzado en una disputa sobre a quiån pertenec?a una prueba hallada; mientras discut?an, muriî el ?nico testigo, al que nadie hab?a trasladado a tiempo al hospital. Desde entonces, el comisario detestaba la palabra «nuestro» aplicada a las pruebas. Una cosa pertenece al caso, a la persona de la que se obtuvo o a un Estado, conforme a la ley. Pero no al orgullo de un agente. —Esc?chenme —dijo en voz màs baja—. Alguien ha muerto. Puede que por causas naturales. Puede que no. Mientras intercambiamos pullas, sus seres queridos a?n no saben quå ha sucedido. Si quieren demostrar la fuerza de sus pa?ses, encuentren una respuesta capaz de sostenerse ante un tribunal. Para todo lo demàs, no cuenten conmigo. —Tres tareas —continuî—. Averiguar la causa de la muerte, reconstruir los ?ltimos minutos de Samsînova y comprobar si alguien intervino en lo sucedido. Todo lo demàs, por ahora, son hipîtesis. —Y encontrar la carpeta —dijo Spirànte. —Si aparece en el expediente, tambiån la buscaremos. —?Y si ya està en manos de alguno de los presentes? —preguntî Khîdov. Lo dijo con calma, casi con indiferencia. Precisamente por eso resultî màs contundente que una acusaciîn. Nadie respondiî de inmediato. —Entonces —dijo Lunafîrte— esa persona cometer?a un grave error si pensara que puede aprovecharse de nuestro trabajo conjunto sin dejar rastro. No a?adiî que tales errores eran poco frecuentes. Pero todos escucharon precisamente eso. * * * Parte 6. Los minutos que faltaban Al caer la tarde empezaron a obtener los primeros resultados, aunque ninguno se parec?a a una respuesta. Los servicios vaticanos confirmaron que las grabaciones disponibles de los pasillos adyacentes se conservaban en su formato original. Aceptaron facilitar copias para su cotejo tåcnico, sin ceder el control de los originales. Los àngulos disponibles no permit?an reconstruir con certeza cada movimiento de los visitantes; el flujo de personas tapaba parte de la imagen, y algunas càmaras cubr?an zonas distintas de aquella en que, seg?n los testigos, se produjo el contacto. Las grabaciones ayudaban a establecer la direcciîn de los desplazamientos, pero no ofrec?an ni un rostro, ni un nombre, ni un objeto que pudiera identificarse como la carpeta. Las marcas horarias de los distintos dispositivos no coincid?an exactamente. La diferencia entraba dentro del margen de error tåcnico, pero Mînica se negî a reducirlo todo a un ?nico minuto hasta que los especialistas comprobasen la sincronizaciîn. —Si lo dejamos as?, despuås cualquiera podrà elegir los segundos que màs le convengan —dijo cuando Lunafîrte le pidiî un breve resumen. —?Sospecha que alguien va a manipular los tiempos? —preguntî Khîdov. —Sospecho que las personas ajustan el tiempo cada vez que necesitan que una historia encaje. A veces conscientemente. Otras, porque la memoria no funciona como una càmara. En dos pantallas, el mismo movimiento del hombre hacia las puertas parec?a diferente. En una grabaciîn desaparec?a detràs del hombro de un turista; en la otra surg?a màs tarde, ya cerca del pasillo de acceso. Mînica propuso no unir ambos fragmentos mediante una l?nea continua. El tåcnico encargado del material considerî al principio que era un exceso de prudencia, pero, al recalcular los intervalos, descubriî una peque?a discrepancia entre los relojes. —Si corregimos las horas sin conservar el archivo original —dijo la joven—, alg?n d?a tendremos que explicar quå corregimos exactamente. Y si desaparece el original, ya no podremos demostrar nada. Lunafîrte ordenî conservar las sumas de verificaciîn de las copias y un registro separado de todas las transformaciones. Aquella labor, que no promet?a ninguna revelaciîn espectacular, ocupî casi una hora. Spirànte contemplî al departamento tåcnico discutiendo sobre segundos y sintiî por primera vez una gratitud incîmoda: aquel celo irritante le imped?a precipitarse y declarar asesino al hombre de la chaqueta clara. Spirànte la mirî. Ella hablaba sin insistencia, como si estuviera explicando una norma elemental. Pero su prudencia no se parec?a a la de una analista inexperta, empe?ada en demostrar cuanto antes su utilidad. —No convierta un error tåcnico en una conspiraciîn —dijo ål. —No lo hago. Por eso lo he marcado como no confirmado. —Bien. —Pero tampoco lo califique de irrelevante antes de comprobarlo. Spirànte estuvo a punto de replicar, pero cambiî de idea. No le gustaba discutir con quienes ten?an razîn en la forma, aunque le molestara su tono. Llegî otro resultado del hotel donde se hab?a alojado Samsînova. El recepcionista confirmî que se hab?a registrado con pasaporte ruso, que apenas hab?a recurrido al personal y que hab?a dejado la habitaciîn sin signos visibles de precipitaciîn. All? no encontraron papeles relacionados con la supuesta cita. El hotel facilitî la informaciîn a la polic?a italiana conforme al procedimiento establecido y los efectos personales quedaron inventariados durante la inspecciîn. Un empleado recordî una conversaciîn telefînica de la v?spera: le hab?a parecido que Anna hablaba en italiano y repet?a varias veces que no pod?a indicar la hora por adelantado. No oyî a la persona que estaba al otro lado de la l?nea y no pod?a garantizar la exactitud de su recuerdo. —Podr?a haber hablado con cualquiera —observî Lunafîrte. —Pero confirma que esperaba un cambio de planes —dijo Spirànte. —No lo confirma. Solo que no pod?a precisar la hora. Son dos afirmaciones distintas. Mînica introdujo la correcciîn en la tabla. La siguiente llamada no vino del hotel, sino de la representaciîn estadounidense. Spirànte escuchî un mensaje breve, pidiî que le repitieran un punto y saliî al pasillo. Volviî unos minutos despuås con una expresiîn que la conversaciîn no hab?a logrado serenar. —La parte estadounidense confirma oficialmente su interås por el caso —dijo—. Sin embargo, parte de los motivos de ese interås estàn clasificados. Podrå solicitar los materiales por el canal correspondiente, pero no prometo recibir una respuesta ràpida. —?No sabe por quå lo han enviado aqu?? —preguntî Khîdov. —Så quå me han encargado. No es lo mismo. —Una fîrmula muy conveniente —repitiî Khîdov, devolviåndole sus propias palabras. Spirànte le dedicî una sonrisa casi aprobatoria. —As? que, despuås de todo, escucha. Por medio del servicio consular, la parte estadounidense confirmî ademàs que constaban datos sobre la ciudadan?a de Samsînova y que comprobar su autenticidad no depend?a de quå pasaporte hubiera aparecido en su bolso. Sin embargo, el acceso a parte de sus datos biogràficos estaba restringido. En el cuadro remitido, algunos a?os figuraban bajo fîrmulas generales; otros hab?an quedado en blanco. —Si ten?a dos nacionalidades, ?por quå utilizaba aqu? su pasaporte ruso? —preguntî Khîdov. —Porque pod?a hacerlo —respondiî Lunafîrte—. ?Quiere convertir la elecciîn de un documento en prueba de un delito? —Quiero entender quiån le ordenî elegirlo. Spirànte dejî de pasar las pàginas. La pregunta resultaba incîmoda porque la respuesta pod?a tener sentido. Ignoraba por orden de quiån Anna hab?a dejado fuera de su viaje la documentaciîn estadounidense; las instrucciones que ål hab?a recibido no aclaraban ese punto. Pero s? sab?a que todo pasaporte autåntico tiene una historia y que quien lleva dos a veces tiene que elegir no entre pa?ses, sino entre las personas a las que està dispuesto a creer. Podr?an haber dado por terminado aquel intercambio, pero Lunafîrte dejî sobre la mesa un extracto del registro de solicitudes recibidas. Inclu?a la hora de la primera consulta de los representantes estadounidenses y la de la solicitud rusa. En la copia algunos nombres estaban parcialmente ocultos, pero la secuencia era clara: el interås estadounidense se hab?a manifestado antes de que la notificaciîn oficial del fallecimiento completara todos los pasos previstos. —?Quiån fue el primero en informarle de la muerte de Samsînova? —preguntî Lunafîrte a Spirànte. —Recib? la orden de presentarme en Roma e incorporarme a la investigaciîn. La solicitud no proced?a de la polic?a local. Êîíåö îçíàêîìèòåëüíîãî ôðàãìåíòà. Òåêñò ïðåäîñòàâëåí ÎÎÎ «Ëèòðåñ». Ïðî÷èòàéòå ýòó êíèãó öåëèêîì, êóïèâ ïîëíóþ ëåãàëüíóþ âåðñèþ (https://www.litres.ru/book/aleksandr-topal-34070072/el-vaticano-74693388/) íà Ëèòðåñ. Áåçîïàñíî îïëàòèòü êíèãó ìîæíî áàíêîâñêîé êàðòîé Visa, MasterCard, Maestro, ñî ñ÷åòà ìîáèëüíîãî òåëåôîíà, ñ ïëàòåæíîãî òåðìèíàëà, â ñàëîíå ÌÒÑ èëè Ñâÿçíîé, ÷åðåç PayPal, WebMoney, ßíäåêñ.Äåíüãè, QIWI Êîøåëåê, áîíóñíûìè êàðòàìè èëè äðóãèì óäîáíûì Âàì ñïîñîáîì.