Bajo El Corazn De Amrica Latina
 


Me llamo M?a. Tengo tres nombres  y tres destinos. En casa soy Mimi. En la guerra, Juju. Y l va a llamarme Juli, en un susro, tan tierno que voy a olvidar todo, menos su voz.

Crec? en Crdoba, donde mi madre me ense? a morir, y mi padre, a matar. A los catorce dispar por primera vez. A los veintisiete me mandaron a matar a Dante Moretti  el jefe del clan enemigo, un hombre treinta a?os mayor que yo.

Pero Dante no es mi enemigo. Es el que me esper toda la vida. El que me salv cuando ten?a nueve a?os y estaba parada en un banquito con una soga al cuello. El que ve en m? no un arma, sino una mujer.

Entre la sangre de los clanes y la cancin que suena en m? desde que nac?, voy a tener que elegir: cumplir la orden de mi padre o escuchar a mi corazn.

Porque la cancin no miente. Y la cancin dice: l es m?o. Para siempre.





Bajo El Corazn De Amrica Latina













PRLOGO DEL AUTOR





Bajo el corazn de Latinoamrica


Querido lector,

Este libro no naci de la ficcin. Naci de la memoria. Del dolor ajeno que llev dentro tanto tiempo que se volvi m?o. De vidas ajenas que vi tan de cerca que dejaron cicatrices tambin en mis propias manos.

M?a Julieta Arenas no es una hero?na inventada. Ella vive. En cada mujer que intent morir y no muri. En cada nena que am al mundo tan fuerte que el mundo le respondi con crueldad. En cada hija que mir a su madre y vio en ella, al mismo tiempo, la verdugo y la v?ctima.

Escrib? este libro para contar una historia que me confiaron. La historia de los clanes Arenas y Moretti, de la sangre y el honor, de una cancin que suena desde debajo del corazn y no tiene fin. Del amor que llega cuando ests parada sobre el que tens que matar. Y no lo mats.

Este libro no trata sobre la mafia. No trata sobre la violencia. No trata sobre la venganza.

Este libro trata sobre cmo aprender a respirar de nuevo. Cmo amar un mundo que no te am. Cmo perdonar a los que te hirieron. Cmo encontrar dentro tuyo a esa nena chiquita que alguna vez crey que todo iba a estar bien. Y creerle de nuevo.

Vas a encontrar en estas pginas el olor del jazm?n y de la plvora. El gusto del vino y de la sangre. El sonido de las campanas y el silencio despus del disparo. Vas a encontrar Crdoba  no la de las gu?as de turismo, sino la que vive en el corazn de los que nacieron ah?. La que huele a miedo y a amor al mismo tiempo.

Vas a encontrar a Mimi. Esa que amaba al mundo. A pesar de todo.

Y si en alg?n momento te pesa leer  cerr el libro. Respir. Acordate de que no ests solo. Que en alg?n lado hay alguien que pas por lo mismo. Y sobrevivi. Y canta.

Cant con ella.

Porque la cancin no miente. Y la cancin dice: le hacs falta a este mundo. Aunque el mundo no lo sepa. Aunque vos mismo no lo creas.

Con amor y gratitud, Alex Akimoto

Crdoba  Mosc?,  08.08.2025












CAP?TULO 1. LA CHICA QUE AMABA AL MUNDO





Bajo el corazn de Latinoamrica


Mi madre intent matarme cuatro veces.

Lo s porque cont cada una de esas veces. Todas, me gustara o no, se clavaron como espinas profundas en mi corazn joven. S?, espinas, suene como suene, porque mi madre se llama Rosa. Y esas cicatrices son como los ptalos que lleva en la mu?eca de su mano izquierda: como un destino, como una obsesin que tuve que ver casi todos los d?as. Mi madre tra?a a muchos hombres y hac?a el amor cerca de m?. Los hombres adultos, mientras la acariciaban, tambin me tocaban a m? en mis partes ?ntimas. S?, era asqueroso. Pero la gente borracha, dominada por la pasin y la lujuria, comete atrocidades no solo contra s? misma, sino tambin contra los dems. Y yo no solo contaba las cicatrices del alma: contaba a esos hombres que ella tra?a a nuestra casa, a mi cama, creyendo que yo dorm?a. Pero no dorm?a. Lo vi todo. Lo viv? todo. Como la ceniza en el pelo de mis mu?ecas, como las colillas en mi taza, esa que estaba junto a la cama con agua para la noche, arrojadas por los que fumaban despus de acostarse con mi madre, tirados boca arriba.

Lo record todo. No porque quisiera morir, sino porque quer?a vivir con pasin. Y cada vez que mi madre intentaba matarme, yo entend?a: le hago falta a este mundo, aunque el mundo no lo sepa. Aunque mi madre no lo sepa. Y aunque yo misma lo dude, tengo que vivir. ?Soy necesaria! Si no, ?por qu el mundo me salvaba deteniendo su mano, sacando mi cabeza del agua? ?Por qu romper la soga, ese hilo del que podr?an colgar un toro entero?

Alguien me salvaba siempre, en el ?ltimo instante. No mi madre, no mi padre desalmado, ni siquiera el azar. Algo distinto. Algo que no ve?a, pero que sent?a con mucha fuerza en los momentos de pena y desesperacin. Dentro de m? empezaba a sonar una cancin, cuya letra y m?sica no entend?a y no pod?a reproducir, por ms que lo intentara. Esa melod?a me acompa?aba camino a la escuela, mirando las incontables picaflores por la ma?ana. Eran tan buenos conmigo  todos los pjaros, los gatos, los loros posados en las ramas de nuestro jard?n, gritando con esos sonidos extra?os. Y yo amaba mi dolor, porque era en los momentos de dolor y desesperacin cuando mi corazn reviv?a. Y ven?an las almas de los muertos, a veces asustndome, a veces confundindose. Y yo las dibujaba, las ve?a de pie, en multitud, en nuestro pasillo. Era extra?o, pero el mundo se me abr?a. Y yo me abr?a a l. No me gustaba ir a la iglesia, porque hab?a muchas mujeres viejas que quer?an agarrarme de mi pelo largo y rizado, de mis brazos desnudos. Y al llegar a casa ca?a agotada y pod?a dormir d?as enteros, porque esas mujeres viejas me robaban las fuerzas. Ve?an que les entregaba mi vida. Y yo no quer?a drsela, porque ellas hab?an tra?do mucho dolor a este mundo. Y yo lo ve?a.

S?, mi madre se llamaba Rosa. Hermoso nombre con espinas. Como ella misma: hermosa, espinosa, pero sola, hiriente y herida al mismo tiempo.

Mi madre ten?a muchos tatuajes. No como los de esas mujeres que se los hacen en salones, tan bonitos, tan prolijos. ?No! Esos que se hacen en los callejones, en las crceles, en los stanos. Esos que ya no se borran nunca ms, que quedan como cicatrices en el casco de un barco que roz los arrecifes o las rocas de granito.

En la mu?eca izquierda, la rosa de la que hablaba. Negra, con espinas y sin ptalos. Como si le hubieran arrancado los ptalos y solo quedara el tallo con las espinas, con una gota de sangre en la p?a. Fue el primer tatuaje, hecho a los catorce. Lo hizo despus de que el primer hombre entrara en ella sin amor, tomndola por la fuerza.

En el antebrazo derecho, nombres. Cuatro nombres. Cuatro hombres. Cuatro hijos. Los nombres tachados, como con una rama en la arena, pero no todos. Y ella querr?a olvidarlos, arrancarlos con la piel, pero los nombres, como la piel, quedan para siempre, mientras respire y lata el corazn. Los nombres no se olvidan. Quedan en los ojos de los hijos que te miran con los ojos de esos hombres.

En el cuello, detrs de la oreja izquierda, una golondrina, peque?a, azul, con las alas abiertas en desesperacin. Como si quisiera arrancarse de all? y volar, pero no puede. Porque ya no es un pjaro. Es una marca.

En las costillas, debajo del pecho izquierdo, la fecha de mi nacimiento. No mi nombre, solo la fecha. Como si yo no fuera una persona. Como si fuera un acontecimiento. Que sucedi. Y que no se puede deshacer. Pero que se puede no nombrar, como un silencio que no se quiere espantar.

Yo ve?a ese tatuaje. Cada vez que mi madre me daba el pecho. Cada vez que me abrazaba. Y cuando intentaba matarme. Y hasta cuando gem?a debajo de otro hombre, con las piernas abiertas, esa golondrina se ba?aba en sudor, y las gotitas resbalaban por sus alas, como si llorara ella, ese pjaro asustado, y lloraba el cielo de dolor y de verg?enza.

A mi madre le dieron quince a?os cuando me tuvo.

Quince. Una ni?a que trajo al mundo a otra ni?a, una que todav?a quer?a correr y re?rse, enamorarse y sufrir de amor. De pronto pari a una chiquita prematura de cinco meses, a la que su propio cuerpo rechazaba. Mi madre tiene factor Rh negativo en la sangre, y yo, su hija, lo tengo positivo. Mi abuela se hizo cargo de todos mis cuidados. Y mi abuelo, al verme tan chiquita que cab?a en sus dos manos, se larg a llorar. Mi madre quer?a hacerse un aborto, pero mi abuelo y mi abuela insistieron en que no lo hiciera. Ya entonces fuerzas desconocidas me cuidaban, para que yo viviera. Nadie me quer?a. Y cuando mi mam dijo que iba a abortar, mi abuelo le puso las manos en la cabeza y dijo las palabras que la detuvieron: Rosa, yo voy a ser el padrino de mi nieta. No mates a mi nieta. Te lo pido por Jesucristo. Y Rosa me conserv la vida. ?Ser?a mi abuelo? ?O ser?a el mismo Cristo?




CAP?TULO 2. LA PRIMERA SANGRE





Bajo el corazn de Latinoamrica




Mi padre era un gilipollas hermoso de dieciocho a?os, con ojos color de noche en los que se ahogaron muchas chicas. Su sonrisa lo promet?a todo, como promete el diablo, que nunca cumple. Era del antiguo clan Arenas. Pero entonces yo no lo sab?a. Entonces solo sab?a una cosa: se fue despus de que yo naciera. Se fue sin decir una palabra. Sin dejar ni nombre, ni direccin, ni esperanza. Nada. Solo una criatura que lloraba a gritos al lado de la desdichada Rosa de quince a?os, con su rosa en la mu?eca, ya sin fuerzas para florecer alg?n d?a.

Siempre se iba. No solo de mi madre. De todas. De cada una. Se burlaba de las chicas inocentes. Las tomaba. Las dejaba. Se iba. Sin mirar atrs. Sin pedir perdn. Sin volver. Eso era su naturaleza. Como respirar, como el latido del corazn, como lo que no se detiene nunca. Y detrs de l quedaron por toda la Argentina muchas mujeres desgraciadas que abandon, y por supuesto hijos, que ahora resultan ser mis parientes.

Pero de vez en cuando volv?a a m?. Como un regalo prestado, que te lo quitan despus. Que solo te pertenece durante la fiesta, y luego ese regalo de uso temporal lo meten sin ceremonias de vuelta en la caja y se lo llevan. As? fue siempre conmigo. Las mujeres con las que viv?a siempre nos imped?an relacionarnos. Y una vez, un hombre sabio y grande me dijo: Si perdons a tu padre, vas a perdonar a tu futuro marido. Si pass por encima de tu padre, te vas a tropezar con tu marido.

Ven?a una hora. Dos. Una noche. Tra?a caramelos o un vestido, y a veces nada. Me miraba largo rato, con atencin. No como a una hija, sino como a una cosa que creci y se pareci a l. Y despus se iba con la misma facilidad. Pero hubo momentos en que lloraba, sin explicarme nada. Y yo esperaba la prxima vez. Aunque fuera sin amor, aunque fuera en silencio y sin palabras, me mor?a por ver a mi padre, que en el fondo era mi ideal. Ese del que todas las nenas se enamoran, como todas las nenas se enamoran de sus paps.

Ten?a siete a?os cuando me cort el brazo a propsito por primera vez.

No porque quisiera morir. Quer?a sentir algo parecido al vac?o y a la plenitud al mismo tiempo. Es como cuando grits con todas tus fuerzas, pero no te sale sonido. Como en un sue?o terrible y maravilloso del que no pods despertarte. Un sue?o en el que no me ven, no me notan. Y tambin quer?a asegurarme de que estaba viva, de que mi sangre corr?a, y de que cuando perds mucha sangre, el corazn empieza a latir ms fuerte y ms alto. Y tambin que no era un fantasma, que no era un sue?o, ni siquiera una sombra, sino esa a la que alg?n d?a van a querer y van a llamar mi amor, levantndome en brazos y protegindome de todo, sin soltarme nunca ms.

Agarr una hoja de afeitar, chiquita, angosta y flexible como mi cuerpo, y la pas por mi mu?eca, de piel fina y transparente, un poco plida por la anemia que me hace doler las piernas seguido, que me hace desmayar, y que me tiene siempre fr?a. Mis manos en mis bolsillos son como dos ranas fr?as, incluso cuando en Crdoba hace calor y todos tratan de no salir a la calle de d?a.

La piel se abri como un ptalo de rosa arrancado, ?tan rpido y tan de golpe! Estaba caliente, viva, brotando en un chorrito, y me largu a llorar de felicidad, entendiendo que estaba viva y no inventada. ?Era real! Y esa certeza fue ms grande para m? que entender que nac? de una madre y un padre.

Me cortaba despacito, casi todos los d?as a escondidas, tapando las marcas con las mangas largas de mis vestidos. No todos los d?as. Pero seguido. Cuando hab?a silencio. O cuando mi madre estaba con otro hombre en mi habitacin, incluso de d?a, y yo escuchaba sus gritos exaltados, sus sollozos fuertes, ya sin esconder nada, tanto que incluso cuando apareci el padrastro en nuestra familia, ella se permit?a andar completamente desnuda. Su cuerpo, despus de cuatro partos, del cigarrillo constante y del alcohol, ya hace mucho que no brilla de esbeltez ni de belleza. Pero sus pechos grandes y su cola latina son muy, pero muy atractivos para hombres de todas las edades.

Cuando mi padre no ven?a. Cuando mis hermanos dorm?an. Cuando la casa se callaba. Y yo me quedaba sola. Con la hoja. Con la sangre. Con el silencio, que era ms fuerte que un grito. Ms fuerte que el llanto. Ms fuerte que todo.

Cortaba. Y escond?a tan bien que nadie se daba cuenta. Y a todos, en el fondo, les importaba un carajo lo que me pasaba y cmo me iba en esa maldita escuela a la que odiaba ir.

Ten?a nueve a?os cuando intent ahorcarme por primera vez.

No porque quisiera morir, sino para que el dolor se acabara, para que el silencio se acabara. Para que dejara de esperar, para que dejaran de mirarme como algo absurdo y a la vez raro. Como un dinosaurio asombroso, cuyos restos se encuentran en un pantano: no le importa a nadie, pero tiene valor cient?fico para un c?rculo muy reducido de gente que construye su vida y su bienestar sobre sus huesos. Y, por supuesto, como quien rob la juventud, la infancia, y a quien no se puede amar por eso, pero tampoco odiar al mismo tiempo. Como un recordatorio vivo del dolor. De la traicin. De una vida personal que no cuaj.

Agarr una soga. No me acuerdo de dnde. Solo recuerdo que era spera. Ol?a a polvo de altillo y a diarios viejos que hac?a mucho que nadie tocaba. La at a una viga. Me sub? a un banquito y me pas la soga primero por la mano. No quer?a. No quer?a morirme para nada. Quer?a que alguien me frenara. Que alguien entrara y gritara fuerte: ?Mimi, no!. Y que me agarrara de mis hombros frgiles y se largara a llorar a gritos, con miedo de perderme. Y que llorara y me sostuviera mucho. Y yo quer?a sentir esa felicidad. Pero nadie entr. Nadie dijo nada. Nadie me abraz. Me qued parada en el banquito con la soga en la mano, esperando. Esperando un milagro que no lleg.

Y entonces escuch. Una cancin. Bajita y tan lejana. Como si viniera de debajo del piso. De debajo del corazn mismo de la tierra. Esa cancin no ten?a letra. No ten?a melod?a que los humanos pudieran o?r, y menos todav?a reproducir. Y era tan maravilloso que en la cancin escuch, no con la cabeza sino con todo mi ser: no hace falta, mi amor, no hace falta. Porque viniste a esta tierra a vivir. Y sos nuestro sol y nuestro arco?ris. Viv?, Mimi. Viv?.

No s quin cantaba. Y hasta el d?a de hoy no estoy del todo segura de que fuera real. Pero lo escuch. Y me baj del banquito, saqu la soga. Despus dej la soga en el piso y me fui a dormir, sin quejarme. Simplemente me fui, como si no hubiera sido conmigo. Dejando atrs el ?nico e inquebrantable deseo de vivir.

Ten?a diez a?os cuando mi madre intent ahogarme por primera vez.

Fue con una desesperacin que la romp?a por dentro, con ganas de vengarse de su marido y de mi padre. Por la juventud. Por la cuota alimentaria que l no quer?a pagar. Y porque yo le cont a mi padre que mi madre tra?a a la casa a otros hombres. Primero me tir al piso del ba?o y empez a patearme la panza, con una furia salvaje y gritos, tratando de pegarme en la boca del estmago y en mi pechito que recin empezaba a crecer. Y despus empez a saltarme en la cabeza. No ten?a miedo. Ni siquiera dolor. Me re?a de que no me doliera. Y Rosa, viendo eso, con furia buscaba que yo le pidiera piedad, que le suplicara clemencia, porque ella hab?a entregado su juventud a cambio de mi vida insignificante. Y al ver que eso no surt?a ning?n efecto, me arrastr hasta la ba?era, tirndome del pelo por el piso fr?o, empapado con la sangre de mis labios y mi nariz. Y era como en un sue?o o como en trance. Y ella misma se comportaba como alguien que no entiende, que no ve lo que hace, que no puede parar.

Llen la ba?era, y yo estaba en el piso, toda ensangrentada. Los mechones de pelo tirados por ah?, pisoteados sobre los cogulos de sangre seca, que parec?an jerogl?ficos japoneses raros, escritos con tinta roja sobre una bandera blanca que carga al ataque, bajo el ruido del agua que se llenaba en la ba?era. El agua no estaba ni tibia ni fr?a, como las lgrimas de mi madre, que ca?an sobre mi cara, escapadas de sus ojos, cuando inclinada sobre m? me ahogaba con las dos manos, mirndome a la cara, disfrutando de mi sufrimiento, pero no lo hab?a. Yo sonre?a y dec?a: no me vas a matar, porque me protege ms que solo Dios. Detrs m?o est la eternidad. Y cuando mi madre me agarr del pelo y mi cabeza, tomada de mi pelo esplndido de chica latinoamericana, se sumergi en el agua, con los ojos abiertos vi algo que me sonre?a y me envolv?a la cara de luz. Y en ese momento las manos de Rosa se abrieron, y ella cay desmayada sobre el azulejo blanco, manchado con mi sangre.

Y yo, sin resistirme, segu?a mirando eso que me sonre?a y que, como el sol, me regalaba el calor del amor, de la paz, de la alegr?a  todo eso que deseaba desde chica. Parada al lado de mi madre, apenas aprendiendo a caminar y con la cabeza levantada, miraba cmo se pintaba los labios frente al espejo, probndose ropa, sin verme para nada. A su hija.

La melod?a  eso que no era melod?a  segu?a sonando dentro m?o y diciendo: viv?, viv?, viv?.

Y cuando mi madre volvi en s?, me abraz a los gritos y llor amargo, fuerte, entendiendo que por la vuelta de mi padre hab?a estado dispuesta a matarme. Por los sentimientos que sent?a y sigue sintiendo por mi padre hasta hoy. Est dispuesta a entregar su propia vida, pero no puede confesrselo a s? misma, y mucho menos a l.

As? llor mi madre por primera vez. Y vi y escuch en ella a esa nena de quince a?os, a esa Rosa jovencita, que pronto tambin voy a ser yo.

 Perdoname, Mimi  susurr mi madre. Bajito. Casi inaudible. Como una oracin, como una maldicin, como algo que no deber?a decirse en voz alta pero se dice.  ?Perdoname! No quer?a. No s qu me pasa. ?Perdoname!

No le respond?. No pod?a. No quer?a. Me qued quieta, simplemente. Mi cuerpo mojado temblaba, pero no de miedo, sino de entender lo enorme que es el mundo que est detrs m?o, y lo fuerte que es mi deseo de vivir. Y la cancin segu?a manando de ninguna parte, siguindome llenando de vida  millones de aleteos de picaflores en mi pecho.

A pesar de sus ganas de pedir perdn aquella vez, a pesar de sus palabras apasionadas sobre el perdn, mi madre me ahog varias veces ms. No quiero enumerar cundo ni cmo fueron esas escenas. Solo recuerdo mi inmersin bajo el agua entre cada inhalacin antes de sumergirme y cada exhalacin cuando mi cabeza sub?a. Recuerdo todas las pausas. Y recuerdo sus manos, metidas en mi pelo rizado.








CAP?TULO 3. TRES NOMBRES





Bajo el corazn de Latinoamrica


Ten?a trece a?os cuando decid? ahorcarme el d?a de mi cumplea?os.

No quer?a festejo ni sonrisas falsas de invitados. Quer?a silencio y paz. El amor y los abrazos de mi abuela, las bromas de mi abuelo y, por supuesto, el calor del hogar. Pero mi fiesta se convert?a en un burdel cuando mi madre, borracha, se volv?a a tirar en mi cama con otro hombre y se pon?a a tener sexo.

Agarr esa misma soga del altillo, que ol?a a polvo y a diarios viejos. Despus at la soga a una viga en el galpn detrs de la casa, donde nadie pasa ni ve. Me sub? al banquito. Me pas la soga por el cuello. Pero esta vez no por la mano, sino por el cuello. Porque ten?a trece a?os y me parec?a que estaba cansada. Cansada de esperar y de tener esperanza. Cansada de amar un mundo que no me amaba. Cansada de ser la que no notan. Cansada de ser la Mimi invisible e innecesaria.

Cerr los ojos y escuch esa misma cancin sin palabras, que cantaba: no hace falta. Sos necesaria. Viv? para ese que vive inmortal dentro tuyo.

Y entonces vi una mano en llamas, extendida hacia m? desde el vac?o, suspendida en el aire. La mano era tibia y viva. Me toc la mejilla despacito y con cuidado, como se toca algo que podr?an romper y perder, pero que no deber?an hacerlo.

 Julieta  dijo la voz.  Hoy no. As? no. Ahora no. Viv?.

Y me baj del banquito, saqu la soga y la tir lejos de m?, como si fuera una serpiente venenosa.

No s quin era. No s si fue real. Pero lo escuch. Lo sent? y viv?. Y eso fue ms de lo que pod?a pedir, ms de lo que pod?a esperar. Ms de lo que pod?a so?ar. Viv?, a pesar de todo, gracias a algo. A eso que no me solt nunca.

Mi padre me llev cuando ten?a catorce a?os.

No por amor ni por alg?n sentimiento hacia m? que de pronto le ardiera en el pecho. Se muri el jefe del clan Arenas y hac?a falta un heredero. Mi padre no ten?a hijos varones en el sentido de poder continuar la obra de su linaje. Esos dos hijos, nacidos despus de m?, f?sica, o ms bien mentalmente, no pod?an ser candidatos a herederos. Tanto el mayor como el menor, nacidos de distintas mujeres, sufr?an autismo en alguna forma. En nuestra familia eso es hereditario por l?nea paterna. En algunos ms fuerte, en otros ms dbil. Yo capaz que ten?a o tengo autismo, pero los mdicos y psiclogos que me observaron y me examinaron no detectaron nada cr?tico, y por eso le dijeron a mi padre que su hija estaba sana. Pero que necesitaba s? o s? una alimentacin abundante en carne y verduras de manera regular, por los niveles muy bajos de hemoglobina en sangre.

Pap lleg a Crdoba, a nuestra casita, que nos hab?a dejado una argentina buena, que se fue de Crdoba para siempre despus de la muerte de todos sus seres queridos. Despus de vender la segunda casa y juntar todas sus cosas, se despidi de nosotros con mucho cari?o en la puerta de lo que ya era nuestra casa, nos dej para siempre, y ni siquiera sabemos nada del destino de esa mujer argentina maravillosa. Habiendo vivido mis a?os en mi ciudad hermosa, amo de verdad a mi pueblo, a los argentinos. Lo amo tanto que a veces me parece que me disolv? en l. Y donde sea que est, conmigo est mi Fernet querido, cuya patria es justamente mi ciudad, Crdoba. Y mi alfajor ms rico del mundo entero, sobre todo el que hacen las manos de oro de mi abuela Adriana. Abuela, mi ngel salvador, que camin a mi lado toda la vida, y agradezco de corazn que fuera justamente la abuela la que me cont lo maravilloso que es mi pueblo argentino. Y cunto dolor aguant este pueblo, lo dif?cil que fue para nuestras mujeres, que perdieron a sus hijos en guerras y levantamientos, hijos que no se pueden recuperar. Donde sea que est, muchas veces vuelvo con la mente a la Manzana Jesu?tica, que fascina con su belleza, y a esas vistas de ensue?o de las Sierras Chicas, ese gigante que hace de guardin de mi ciudad querida. Mi pueblo, al que pertenezco hasta la ?ltima gota de mi sangre, adems es muy inteligente y merece de verdad el nombre de La Docta, siendo el centro intelectual y espiritual de la Argentina a la par de Buenos Aires.

A esa misma habitacin donde mi madre intent ahogarme, entr mi padre con cara de guardin sombr?o y, sin siquiera saludarme como se acostumbra entre argentinos educados, enseguida mir a mi madre con atencin y con un fr?o cortante. En la mirada hab?a distancia y el recuerdo incmodo del pasado, de su separacin de ella, que les trajo a l y a ella muchos momentos desagradables. Y entend?an que los dos eran culpables de todo, pero ya no hab?a vuelta atrs. Ella ten?a su hombre, o para ser honesta, una fila. Como l ten?a una fila de mujeres, y no de las mejores, por cierto. As? viven los adultos, as? les gusta. Despus se arrepienten, pero de eso se acuerdan solo cuando la prdida del pasado pesa ms que la prdida del presente. Y cada encuentro nuevo que se convierte en relacin, por alg?n motivo siempre es peor que el anterior. Rosa lo miraba con un leve desconcierto y con un metal fingido de indiferencia, y le pregunt: ?Qu quers? Y la voz le tembl. Temblaba de dolor del alma y de pasin por l. Quer?a tirarse a su cuello y gritar con todas sus fuerzas: ?Perdoname, te amo!, y largarse a llorar como esa nena de quince a?os que llevaba bajo su corazn latino joven una vida nueva y hermosa  yo.

 Me llevo a M?a  dijo mi padre, sin dejar que Rosa, todav?a confundida, reaccionara. En el clan Arenas nunca se preguntaba la opinin de los menores, y de las mujeres menos todav?a. Ah? las palabras del mayor eran una orden, no una opinin.

Mi madre no se opuso ni hizo preguntas. Al principio se qued confundida, sin entender por qu de golpe se le ocurri llevarse a Mimi a alg?n lado despus de tantos a?os de evitarla y de indiferencia. Como si Mimi no fuera de su sangre. Pero aun as?, mi madre, para su propia sorpresa, respondi:

 ?Llevala! Pero sab  sigui  que no es tuya y nunca va a ser tuya. Porque en ella est mi alma, y vos sos apenas el que tir la semilla. Y vas a estar maldito por lo que me hiciste  respondi mi madre con rabia.

Mi padre solo se ri por lo bajo y contest:

 Vos, mujer, conoc tu lugar. Yo decido como decido. Y me da lo mismo quin se me cruce en el camino, el diablo o vos. Ella era y es mi sangre. Y si la mantuve con dureza, yo sab?a para qu lo hac?a, incluso cuando ten?a que pisarme el cuello, viendo cunto le iban a doler mis palabras y mis decisiones. Vos, mujer, no sabs ver ms all de tu nariz de gallina. Por fuera es una chica, pero por dentro es un hombre, y yo lo vi. Por eso jugaba desde chica con armas y se peleaba con los varones como una igual. Y quin penss que fue su maestro, ?eh? ?Vos, acaso, veleta? Yo soy su maestro, yo soy su guardin, y yo la voy a guiar en nuestra familia como yo quiero y como quiere nuestra sangre Arenas.

 Aunque te la lleves. Aunque te la lleves lejos. Aunque le ense?es a ser un hombre. Ella es m?a para siempre  respondi mi madre ya con lgrimas en los ojos, a punto de estallar en un grito.

Lo que estaba escrito en mi sangre mucho antes de que yo naciera, no lo pod?a cambiar. Y, la verdad, ni siquiera se me ocurri pensar en eso. Y eso lo entend? en ese momento, cuando juntaba mis cosas modestas en un bolsito de viaje.

Al irme de la casa donde viv? tanto dolor y tanto sufrimiento, sent? por primera vez una angustia insoportable de separarme de mi madre y lo mucho que me importaba esa mujer. No por nada dicen que las hijas argentinas nunca traicionan a sus madres argentinas, ni a costa de su propia vida. Me di vuelta a mirar a mi madre, tratando de no mostrar mis lgrimas ni mi dolor. Mi madre estaba en el marco de la puerta de entrada, con la cara triste vuelta hacia un costado, tanto que detrs de su oreja vi otra vez esa golondrina, que se debat?a con desesperacin en un intento in?til de soltarse a volar, todos esos a?os que la vi y la conoc?. La golondrina, con cuya imagen est ligada toda mi vida en esta casa. Mam, perdoname, se me escap de los labios, y me largu a llorar. Llor como la lluvia cordobesa de primavera, que cae con gotas tibias y pesadas sobre los brotes jvenes de nuestro jard?n.

Mi madre volvi la cara hacia m?, y en sus arruguitas alrededor de la boca, apenas fruncida como la de una nena enojada con su amiga, apareci una sonrisa apenas perceptible. Si no hubiera conocido a mi madre, dif?cilmente lo habr?a notado. Y ella me respondi con el mismo susurro bajito:

 Hijita, perdoname por todo lo malo que te hice. Sos lo mejor y lo mejor que hubo y va a haber para siempre en mi vida pecadora. Perdoname por no haberte dado felicidad. Y ahora, en este momento de despedida, en este minuto en que entiendo todo lo que hubo entre nosotras, te pido: no vuelvas nunca ms. Porque tu felicidad es estar lo ms lejos posible de m?, lo ms lejos posible. Y que nuestro amor a distancia sea la bandera de tu felicidad, que te la merecs.

Despus mi madre se dio vuelta en silencio, sin dejarme decir ni una palabra. Y con el mismo silencio y despacito cerr la puerta de entrada detrs de ella.

Esa puerta, cerrada con el cerrojo oxidado que reson desde adentro, la dej en mi corazn para siempre.

Con mi llegada a la estancia Arenas, mi padre me ense?aba todos los d?as a disparar con pistola: primero a las latas, despus pasamos al blanco. Y despus mi padre sac de una caja de cartn un conejito joven, blanco como la nieve, y me lo puso en las manos diciendo: ?Mir qu amigo hermoso te traje, para que no te aburras! Y yo, encantada, tom en brazos a ese conejito. Era tan lindo, sus ojos anaranjados me miraban con una mirada tonta, y yo, dndole una hoja de lechuga, lo acariciaba con ternura, admirando su pelaje incre?ble y sus orejas largas, paradas para todos lados, que al tacto parec?an pedacitos de manta de terciopelo tibio, con los que yo tapaba a mi mu?eca querida, Maril?.

Media hora despus, mi padre, interrumpiendo mi juego con el orejudo, me orden llevar al conejito al jard?n para que comiera pasto fresco. Corr? con alegr?a y ganas, y traje al conejito que se debat?a y se resist?a un poco, y lo dej en el jard?n, sobre el pasto jugoso, que l sin demora empez a comer, moviendo las orejas largas de manera graciosa, masticando los pastitos con ruido. De debajo de su camisa, mi padre sac una pistola marca Ballester-Molina, con un gesto seguro carg la corredera y, pasndome ese pedazo de metal pesado que todav?a guardaba el calor de su espalda, con voz tranquila, llena de indiferencia, me pregunt:

 ?Te acords de la marca de esta pistola?

 ?S?, padre!  respond? con una sonrisa.

 Nombrala  sigui mi padre.

 ?HAFDASA, Hispano Argentina Fbrica de Automotores Sociedad Annima!  respond? con claridad y fuerte, como en el ejrcito.

 Bien, hija. ?Y cuntas balas tiene el cargador?

 ?Siete!  respond?.

 ?Calibre?

 ?Cuarenta y cinco pulgadas! Y en mil?metros, ?once cuarenta y tres! Largo doscientos diecisis, largo del ca?o ciento veintisiete.

 ?Y el peso cargada?

 ?Un kilo cero setenta y cinco gramos!

Mi padre me mir a los ojos con una mirada satisfecha, y sent? por primera vez en ellos el calor de un padre. Pero fue solo un instante. Un instante que se esfum igual.

 ?Ves ese conejito, Mimi?

 ?S?, pap! ?Es hermoso!

 ?Matalo! ?Ya!

 Pap, pero es un conejito, no le hizo nada malo a nadie.

 ?Dispar!

 ?No, padre!

 Entonces te voy a dar a elegir.

 Pap, no le voy a disparar.

 Est bien. Ahora te doy a elegir. En vez del conejito, vas a dispararte a tu pierna o a m?. Y esta es mi decisin final  agreg mi padre.  Tens derecho a decidir quin te importa. Y adems, acordate de cunta carne comiste en todos estos a?os de vida. Y la muerte de este conejito no va a cambiar nada, pero te va a templar. Porque sos mi sangre y vas a tener que resolver tareas que solo vos pods resolver. Y adems, un argentino sin carne, ya lo sabs, no puede vivir. Porque es un depredador, no una presa.

El conejito segu?a comiendo el pasto tranquilo, tirando las patitas traseras de manera graciosa en cada saltito por el pasto, agitando al comps de su cuerpo su colita esponjosa, tan blanca como l.

 ?Pap, ayudame!  Y mir a mi padre con los ojos llenos de lgrimas, entendiendo que esto lo ped?a la vida misma, que me da lecciones para algo que solo ella sabe.

Mi padre se arrodill a mi lado, apenas detrs m?o a la derecha, y, tomando mi mano que sosten?a la pistola, apunt el ca?o al cuerpo del conejito. Y despus, en un susurro apenas audible, dijo:

 Despacio, muy despacio apret el gatillo. La muerte es tan dulce como la vida. Sacsela al que se cruce en tu camino. Sacsela sin dudar, por nuestra familia y por vos. Sos Arenas. Sos una con nosotros.

Despacio, como en una niebla, tir del gatillo con el dedo ?ndice, y son un disparo ensordecedor. No como cuando tiraba a las latas o al blanco. Era el sonido de una vida cortada de un ser que yo mataba por primera vez en mi vida.

El conejito estaba herido y asustado. Le saltaba sangre por el pasto, y yo, shockeada por esa imagen, me qued parada con horror, sin entender qu hacer. Y otra vez en mi o?do son el susurro tranquilo de mi padre:

 No lo hagas sufrir, dispar. Rematalo ya  sigui sosteniendo mi mano con el ca?o apuntando al conejito.

Y de pronto sent? un gusto raro a sangre y a poder, as? que sin demora apret otra vez y otra vez, hasta que son el clic seco, casi mudo, del mecanismo del gatillo, que detuvo los disparos.

Aprend? a matar. Aprend? a matar con calma, como lo hac?a mi padre y todos los hombres de nuestra familia, si y cuando era necesario. Despus de la muerte, o mejor dicho del asesinato del conejito, tras a?os de templar mi eje interno, vinieron los asesinatos ya de personas de verdad. Sobre todo mataba hombres  los que eran jvenes y los que eran ms viejos, y ni la edad avanzada me daba lstima. Porque ellos tambin estaban listos para matarme, como lo hac?an antes con otras, iguales a m?.

Pero amaba y sigo amando a los picaflores, los amaneceres y atardeceres celestes argentinos sobre las Sierras. Amo tirarme en el pasto jugoso, como lo hacen los pjaros, los gatos, o simplemente, subida a un rbol, sentarme rodeada de loros que se r?en siempre, ya acostumbrados a m? y tan descarados que se me suben a la cabeza sin permiso, para hurgar en mi pelo como si fuera su propio nido. ?Qu maravilloso es el mundo de la naturaleza! ?Oh, mi Argentina! Mi Patria y mi alma, que vuela con las bandadas de palomas sobre la Plaza San Mart?n, sobre las cabezas de las mujeres viejas que venden flores junto a las iglesias y catedrales que derraman el plateado de las campanas. Y ese olor divino del caf, el caf ms lindo del mundo en El Jazm?n, tomado entre las risas de los chicos que corren y la m?sica. ?La m?sica de la calle, que mana de las ventanas y los restaurantes, y no importa qu sea  una chacarera alegre, una zamba sensual o una milonga con la guitarra argentina inconfundible! Esa es mi vida y mi destino.

Tengo veintisiete a?os.

Estoy parada en el balcn de la estancia alejada de los Arenas, en esas mismas Sierras de Crdoba. Al amanecer, las monta?as tienen los ms distintos tonos rosados y coralinos, que cambian con una paleta turquesa y pasan al naranja dorado justo antes de que salga el sol. Y recibir el amanecer con una taza de caf caliente en las manos es mi tradicin desde el d?a en que mi padre me trajo a esta casa. Y me hice, en honor a mi mayor?a de edad, un corte en la mu?eca con la hoja de la mquina de afeitar de mi padre. Lo hice en forma de rayo. Y tan parejo, tan hbil, que hasta admiraba esa cicatriz. Raro, ?no? Pero es verdad, me gusta lo que a la mayor?a no le gusta. Como, por ejemplo, matar personas  ahora tambin me gusta.

So?aba con el amor. Y me promet?: el nombre de mi primer hombre va a estar en un tatuaje en mi entrepierna. Le voy a ser fiel hasta el final de mi vida. Porque no quiero cambiar de hombres como hac?a mi madre. Como hac?an todas mis compa?eras de escuela y vecinas cuando sus maridos se iban a trabajar. Quiero mirarme al espejo con orgullo y saber que soy honesta conmigo y honesta con ese que va a entrar en m? primero, ?nico, como la letra A en el alfabeto. ?Lo juro!

Y ese va a ser el ?nico tatuaje en mi cuerpo. Y las cicatrices  las cicatrices son la crnica de mi infancia y mi juventud, y ahora tambin de mi mayor?a de edad. Y ese es mi secreto, que solo yo conozco, y solo yo.

Desde el fondo de las habitaciones, a travs de las cortinas que se mov?an, son la voz de mi padre:

 ?Mimi!

Y, dejando la taza con el caf todav?a tibio en la baranda de la terraza, fui hacia el llamado de mi padre.

 ?Voy!  le grit, bajando por la escalera ancha de piedra con escalones de mrmol, que enfriaban rico las plantas de mis pies descalzos.

Mi padre, al verme descalza y en bata larga de seda, sentado en un silln profundo junto a la chimenea con el diario en las manos, dijo:

 Hoy vas a ir a Crdoba, al caf El Jazm?n. Las instrucciones las vas a recibir despus, sobre la marcha. Preparate ya, Jul  agreg mi padre.

Rara vez me llamaba Jul. Y si lo hac?a, era solo cuando se preocupaba por m?. Y por lo general, era Mimi o simplemente Mi.

Me llamo M?a Julieta Arenas. En casa me dec?an Mimi, y en la guerra me van a decir Juju. Y l  ese que me va a llamar Juli, en un susurro, como nadie me llam todav?a y como nunca voy a dejar que otro lo haga. Porque eso va a ser el comienzo de eso que tem?a, que rechazaba, pero que deseaba con pasin, sin animarme a confesrmelo, ponindome colorada de mi propia indefensin ante mi deseo.

Voy.




CAP?TULO 4. CAF EL JAZM?N





Bajo el corazn de Latinoamrica


Mi padre nunca levantaba la voz. En el clan Arenas solo gritaban las mujeres. Mi madre gritaba. Y no encaj.

No es ni bueno ni malo. Es as?. Pero mi madre, con su carcter excntrico, dif?cilmente habr?a vivido mucho tiempo bajo el mismo techo que los Arenas. Ac los fuertes hablaban en un susurro. A veces solo con la mirada. Y eso bastaba. Siempre los escuchaban.

Estaba sentada frente a mi padre en su despacho, en el segundo piso de la estancia. La ventana estaba abierta. El viento de las Sierras tra?a el olor del jazm?n y del polvo. Sobre las rosas rojas revoloteaban bandadas de mariposas de colores. Los senderos serpenteaban como v?boras amarillas hacia el jard?n umbroso.

Sobre la mesa entre nosotros hab?a una copa de tinto. Espeso, como sangre coagulada. Italiano. La mesa era maciza, de caoba, con patas pesadas talladas en forma de vides entrelazadas. Mi padre prefer?a el tinto italiano. Y siempre dec?a:

 El blanco argentino es como el amor a una mujer. Y el tinto italiano es como el amor a un enemigo.

Mi padre acerc una fotograf?a hacia m?. En blanco y negro. Tomada desde lejos con un teleobjetivo. En ella, un hombre maduro saliendo de una iglesia. Alto. Saco oscuro. Pantalones claros, livianos, de corte libre, a la italiana. La calidad de la foto no era muy buena. La cara del sujeto, en sombra. La toma a distancia no logr lo que hac?a falta.

Mi padre me mir a los ojos. Con atencin. Y dijo:

 Es Dante Moretti.

El nombre son como un disparo. Como en aquel d?a fat?dico en que mataron al pobre conejito. El jefe del clan Moretti. Un siciliano de pura cepa. En esta foto tiene treinta y ocho a?os.

Yo miraba esa cara en la sombra. Como tallada en piedra. Y ense?ada a respirar.

Mi padre no not mi emocin. Dio un sorbito de vino. Sigui:

 Hace veintitrs a?os mat a mi hermano menor. Tu t?o Toms. No en combate. Por la espalda. Como a un toro que no espera nada. Contra el cdigo de honor. Y ese d?a, encima, era sagrado para nosotros. En la boda de su propia hermana.

Yo me callaba. Escuchaba. No le sacaba los ojos a la foto.

 Ma?ana. Plaza San Mart?n. Siete de la tarde. Caf El Jazm?n. Va a estar ah? solo. Sin custodia. Es informacin verificada. Del c?rculo cercano de Dante.

Mi padre dio otro sorbo. Se ri por lo bajo.

 Los traidores por plata siempre existieron. Ni bueno. Ni malo. Pero est muy bueno cuando los tiene el enemigo. Y no nosotros.

Levant los ojos.

 ?El jefe del clan Moretti va a estar solo? ?Ac? ?En Crdoba? ?En serio piensa que en Argentina puede aparecer as?? Sin custodia. Sin acompa?ante. Sin temer nada.

En la voz, una leve iron?a. Mi padre tom un sorbo de vino despacio. No por coraje. Por placer.

 ?Duds de algo, Mimi?

 Padre, pienso como vos me ense?aste. No creer ni en m? misma.

l se ri. Con significado. Entendiendo: su arma funciona mejor de lo que supon?a.

 Bien, Mi. Pens. A la reunin va a ir alguien de los nuestros. Alguien que sali en retiro. Por razones de salud. El que le vende nuestros env?os. Nuestros negocios. Nuestros pa?ses latinoamericanos. Y Moretti va sin custodia. Porque le cree. Y eso significa que estn juntos hace rato. O ac no es solo colaboracin. Ac hay una relacin cercana.

 A un italiano que viene de afuera, en Crdoba, es fcil distinguirlo de un local  agregu.

 Puede ser  respondi mi padre, seco.  O ac hay una estrategia que no entendemos. O Dante est completamente loco. Cegado por el poder y la impunidad. Si se aparece ac con tanta libertad, es que nos cree dbiles. Piensa que no estamos listos.

Dej la copa. El sonido del vidrio contra la madera. Bajo. Definitivo.

 Pero se equivoca. Estamos listos para la guerra. Siempre. Lo vas a matar, Mimi. Est decidido. Y vamos a cerrar esa maldita deuda de veintitrs a?os.

Yo miraba la foto. Esa cara en la sombra. Y no pensaba en el t?o Toms. Ni en la venganza. Ni en la sangre. Pensaba en que ese hombre se ve?a solo. Incluso entre los suyos. Tan solo como suelo estar yo.

 Padre. Puedo preguntarte. ?Por qu tengo que liquidar a este deudor? Tens gente. Los que lo conocen de vista. Los que lo har?an por plata. ?Por qu yo?

Mi padre se call mucho tiempo. Ms de lo habitual. Estir la pausa. Y despus respondi. Y esas palabras me tomaron por sorpresa.

 Porque tiene que ver nuestros ojos. No los ojos de un mercenario. Los ojos de los Arenas. Tiene que entender a quin mat hace veintitrs a?os. Tiene que verlo en la cara del que aprieta el gatillo.

Entend? enseguida: mi padre me estaba mintiendo. l nunca dec?a la verdad si era ms fuerte que la mentira. Ni bueno. Ni malo. Simplemente es. Pero no discut?.

 S?, padre  dije.

En alg?n rincn profundo de la casa volvi a sonar esa melod?a. La que me salv tantas veces. La que me inspira a vivir. La escuch a travs de las paredes. A travs de las distancias. Ni siquiera el viento clido y racheado que silbaba en la chimenea pudo apagarla. Desde el jard?n lleg el jazm?n. La lavanda. El tomillo. Y algo dentro m?o se apret. Un presentimiento incontenible. Que desplaz el miedo. Que desplaz las dudas.

Todav?a no sab?a que ma?ana a las siete de la tarde no voy a matar a Dante Moretti. Voy a hacer algo todav?a ms terrible.

Voy a creerle.

A la noche, a pesar de la insistencia de mi madre de que no fuera, igual fui a su casa.

Rosa estaba sentada junto a la ventana. Fumando. El humo sal?a de sus labios. Sub?a en densas volutas hacia el techo de madera. Se disolv?a. Como sus a?os pasados. Como sus relaciones pasadas. Dejando solo el olor. Y el dolor.

Me recibi la misma rosa en la mu?eca. La misma golondrina detrs de la oreja.

 Vas ma?ana  dijo Rosa sin volverse.  A El Jazm?n.

No una pregunta. Una afirmacin. Al borde de la pregunta.

Me qued congelada en la puerta. Rosa no se dio vuelta. Segu?a mirando las monta?as. Los atardeceres rosados impresionantes. Esos que ning?n argentino se cansa de admirar.

 ?Cmo lo sabs?

 S todo lo que pasa en tu casa, Mimi.

Dio una pitada. Exhal. El humo subi hacia el techo.

 Te par?. Y s cundo y con qu respirs. Cuando qu quers. Cuando vas a abrir las piernas por primera vez. No solo me voy a enterar. Lo voy a sentir. Y ma?ana pods hacer algo de lo que no vas a querer volver a casa. Nunca.

Entr t?midamente. Me sent en la silla. Esa misma. Donde alguna vez estudiaba. Donde jugaba con mi mu?eca Maril.

 Rosa  dije. Rara vez la llamaba madre. Ms seguido, Rosa. Era ms honesto.  ?Por qu me tuviste?

Ella se dio vuelta despacio. Me mir. Fijamente. En sus ojos, la tormenta. El temporal. A pesar de toda su quietud exterior.

 En el fondo, hija, no te tuve por voluntad propia. Me obligaron. Yo tengo grupo sangu?neo negativo. Tu padre y vos, positivo. Los tormentos que pas no se pueden llamar llevar algo bajo este corazn de mujer latinoamericana. Fuiste un cuchillo para m?. Por dentro. Dolor. Una maldicin. Sinceramente quer?a matarte. Porque f?sicamente no te quer?a. No pod?a. Y todo se daba para que no nacieras. Naciste como un escupitajo. De cinco meses. Absurda. Fea. Y yo no quer?a eso.

Cruel. Pero honesto. Y la honestidad de Rosa val?a ms que cualquier mentira. La mentira en nuestra casa mataba. La honestidad solo her?a. Mi madre era ms honesta que mi padre. Me ense? el dolor y los tormentos. Y le agradezco. Porque entiendo su dolor. Porque yo misma pas por l. Y por eso mi madre me es querida.

 Pero no te ahogu  sigui. Bajito. Casi en un susurro.  Cuatro veces pude. Cuatro veces te sostuve la cabeza bajo el agua. Y cuatro veces algo me fren la mano. No s qu. Pero supongo que Dios, en el que creo, me fren cada vez.

Apag el cigarrillo. Despacio. Apret la colilla contra el cenicero. Mir sus manos. Esas mismas. Las que me ahogaban. Y me abrazaban despus de no ahogarme.

 Ma?ana vas a ir a matar. Y no te voy a decir que no vayas. No tengo derecho. Intent matarte cuatro veces. ?Quin soy yo para ense?arte a no matar?

Se levant. Se acerc despacio. Me puso su palma caliente en la cabeza. Con una delicadeza especial. Como se toca lo que se tiene miedo de romper. En ese toque suyo estaba todo de esa nena de quince a?os. Que me tuvo con tanto esfuerzo. Que no se quebr. Que no se muri en el torbellino de acontecimientos. Que no estaban a su alcance en esos a?os frgiles, de cristal.

 Pero te voy a decir una cosa, Mimi. Cant. Pase lo que pase. Cant con el corazn y con el alma. Cant siempre. Como canta en los a?os dif?ciles nuestra tierra argentina.

 ?Qu?

 Cant cuando te d miedo. Y oscuridad. Cuando ests parada sobre el que tens que matar y no puedas. Cant esa cancin que te cantaba yo. La que sonaba en los d?as en que te ahogaba. Y vos quer?as matarte.

Me qued parada. Aturdida. Con una pregunta:

 ?Vos tambin la escuchabas? ?Escuchabas esa cancin? ?Por qu no me dijiste nada?

Rosa se call un largo rato. No me sacaba los ojos. En ellos no vi nada. Ni sentimientos. Ni compasin. Solo un abismo quieto. Sin fondo.

 Porque esa cancin es ms vieja que yo. Y que todos nosotros juntos. Ms vieja que tu padre. Que esta casa. Que el clan desde su mismo origen. Me daba miedo escucharla. Me daba miedo cantarla. Porque ven?a de adentro. Pensaba que me hab?a vuelto loca.

Se call. Mir por la ventana. Al atardecer.

 Vas a escuchar el final. Y vas a entender quin sos. Y yo no quer?a que lo supieras. No entonces. A los quince. No en ese mundo donde pod?a ahogarte.

Sac la mano. Se dio vuelta. Hacia la ventana. Hacia las monta?as del atardecer.

 And a dormir a tu habitacin, Mimi. Ma?ana vas a necesitar todas tus fuerzas. Tu habitacin est a tu disposicin. Est todo igual que el d?a que te fuiste.




  .


   .

   ,     (https://www.litres.ru/book/raznoe/bajo-el-corazon-de-america-latina-74328463/)  .

      Visa, MasterCard, Maestro,    ,   ,     ,  PayPal, WebMoney, ., QIWI ,       .


