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:   ,       



 ,2020



ISBN978-5-0053-0402-5

     Ridero







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1.1


No era el hombre ms honesto ni el ms piadoso, pero era un hombre valiente. Se llamaba Diego Alatriste y Tenorio, y hab?a luchado como soldado de los tercios viejos en las guerras de Flandes. Cuando lo conoc? malviv?a en Madrid, alquilndose por cuatro maraved?es en trabajos de poco lustre, amenudo en calidad de espadach?n por cuenta de otros que no ten?an la destreza olos arrestos para solventar sus propias querellas. Ya saben: un marido cornudo por aqu?, un pleito ouna herencia dudosa por all, deudas de juego pagadas amedias y algunos etcteras ms. Ahora es fcil criticar eso; pero en aquellos tiempos la capital de las Espa?as era un lugar donde la vida hab?a que buscrsela asalto de mata, en una esquina, entre el brillo de dos aceros. En todo esto Diego Alatriste se desempe?aba con holgura. Ten?a mucha destreza ala hora de tirar de espada, y manejaba mejor, con el disimulo de la zurda, esa daga estrecha y larga llamada por algunos vizca?na, con que los re?idores profesionales se ayudaban amenudo. Una de cal y otra de vizca?na, sol?a decirse. El adversario estaba ocupado largando y parando estocadas con fina esgrima, y de pronto le venia por abajo, alas tripas, una cuchillada corta como un relmpago que no daba tiempo ni apedir confesin. S?.Ya he dicho avuestras mercedes que eran a?os duros.

El capitn Alatriste, por lo tanto, viv?a de su espada. Hasta donde yo alcanzo, lo de capitn era ms un apodo que un grado efectivo. El mote ven?a de antiguo: cuando, desempe?ndose de soldado en las guerras del Rey, tuvo que cruzar una noche con otros veintinueve compa?eros y un capitn de verdad cierto r?o helado, imag?nense, viva Espa?a y todo eso, con la espada entre los dientes y en camisa para confundirse con la nieve, afin de sorprender aun destacamento holands. Que era el enemigo de entonces porque pretend?an proclamarse independientes, y si te he visto no me acuerdo. El caso es que al final lo fueron, pero entre tanto los fastidiamos bien. Volviendo al capitn, la idea era sostenerse all?, en la orilla de un r?o, oun dique, olo que diablos fuera, hasta que al alba las tropas del Rey nuestro se?or lanzasen un ataque para reunirse con ellos. Total, que los herejes fueron debidamente acuchillados sin darles tiempo adecir esta boca es m?a. Estaban durmiendo como marmotas, y en sas salieron del agua los nuestros con ganas de calentarse y se quitaron el fr?o enviando herejes al infierno, oadonde vayan los malditos luteranos. Lo malo es que luego vino el alba, y se adentr la ma?ana, y el otro ataque espa?ol no se produjo. Cosas, contaron despus, de celos entre maestres de campo y generales. Lo cierto es que los treinta y uno se quedaron all? abandonados asu suerte, entre reniegos, por vidas de y votos atal, rodeados de holandeses dispuestos avengar el deg?ello de sus camaradas. Ms perdidos que la Armada Invencible del buen Rey Don Felipe el Segundo. Fue un d?a largo y muy duro. Y para que se hagan idea vuestras mercedes, slo dos espa?oles consiguieron regresar ala otra orilla cuando lleg la noche. Diego Alatriste era uno de ellos, y como durante toda la jornada hab?a mandado la tropa -al capitn de verdad lo dejaron listo de papeles en la primera escaramuza, con dos palmos de acero salindole por la espalda-, se le qued el mote, aunque no llegara adisfrutar ese empleo. Capitn por un d?a, de una tropa sentenciada amuerte que se fue al carajo vendiendo cara su piel, uno tras otro, con el r?o ala espalda y blasfemando en buen castellano. Cosas de la guerra y la vorgine. Cosas de Espa?a.



  1.1.,     .

,        . Se llamaba Diego Alatriste y Tenorio, y hab?a luchado como soldado de los tercios viejos en las guerras de Flandes.   ,   ; ,  ,  , -   ,      : , ,   ,    ,         . Ya saben: un marido cornudo por aqu?, un pleito ouna herencia dudosa por all, deudas de juego pagadas amedias y algunos etcteras ms. Ahora es fcil criticar eso; pero en aquellos tiempos la capital de las Espa?as era un lugar donde la vida hab?a que buscrsela asalto de mata, en una esquina, entre el brillo de dos aceros. Ѡ     . Ten?a mucha destreza ala hora de tirar de espada, y manejaba mejor, con el disimulo de la zurda, esa daga estrecha y larga llamada por algunos vizca?na, con que los re?idores profesionales se ayudaban amenudo. , , 頖 , 頖 ,    . El adversario estaba ocupado largando y parando estocadas con fina esgrima, y de pronto le venia por abajo, alas tripas, una cuchillada corta como un relmpago que no daba tiempo ni apedir confesin.   , ,   . El capitn Alatriste, por lo tanto, viv?a de su espada. ,   ,    , . El mote ven?a de antiguo: cuando, desempe?ndose de soldado en las guerras del Rey, tuvo que cruzar una noche con otros veintinueve compa?eros y un capitn de verdad cierto r?o helado, imag?nense, viva Espa?a y todo eso, con la espada entre los dientes y en camisa para confundirse con la nieve, afin de sorprender aun destacamento holands.       ,    ,       ,     . El caso es que al final lo fueron, pero entre tanto los fastidiamos bien.  ..  ,   ,  , ,       ,             . Total, que los herejes fueron debidamente acuchillados sin darles tiempo adecir esta boca es m?a.           ,      , ,   ,    ,  ,  .

Lo malo es que luego vino el alba, y se adentr la ma?ana, y el otro ataque espa?ol no se produjo.   , -      . Lo cierto es que los treinta y uno se quedaron all? abandonados asu suerte, entre reniegos, por vidas de y votos atal, rodeados de holandeses dispuestos avengar el deg?ello de sus camaradas.   , ,   ,        . Fue un d?a largo y muy duro.    ,         . Diego Alatriste era uno de ellos, y como durante toda la jornada hab?a mandado la tropa -al capitn de verdad lo dejaron listo de papeles en la primera escaramuza, con dos palmos de acero salindole por la espalda-, se le qued el mote, aunque no llegara adisfrutar ese empleo.  ,  ,     ,       , ,    ,   . ,   ,  ., , .



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 1.2.   1.1.,     .

No era el hombre ms honesto ni el ms piadoso, pero era un hombre valiente.    --,    ,  ,. Cuando lo conoc? malviv?a en Madrid, alquilndose por cuatro maraved?es en trabajos de poco lustre, amenudo en calidad de espadach?n por cuenta de otros que no ten?an la destreza olos arrestos para solventar sus propias querellas.        ,         , -, ,      .    . Ahora es fcil criticar eso; pero en aquellos tiempos la capital de las Espa?as era un lugar donde la vida hab?a que buscrsela asalto de mata, en una esquina, entre el brillo de dos aceros. En todo esto Diego Alatriste se desempe?aba con holgura.     ,    ,     ,   ,       . Una de cal y otra de vizca?na, sol?a decirse. ,   ,        ,   -        , ,  ,  . S?.Ya he dicho avuestras mercedes que eran a?os duros. ,       . Hasta donde yo alcanzo, lo de capitn era ms un apodo que un grado efectivo.    ,                       ,  ,  ,    ,     !       . Que era el enemigo de entonces porque pretend?an proclamarse independientes, y si te he visto no me acuerdo.    ,   ,     . Volviendo al capitn, la idea era sostenerse all?, en la orilla de un r?o, oun dique, olo que diablos fuera, hasta que al alba las tropas del Rey nuestro se?or lanzasen un ataque para reunirse con ellos. ,  ,  , ,    . Estaban durmiendo como marmotas, y en sas salieron del agua los nuestros con ganas de calentarse y se quitaron el fr?o enviando herejes al infierno, oadonde vayan los malditos luteranos.   ,  :  ,  ,     ,      . Cosas, contaron despus, de celos entre maestres de campo y generales.  , ,         ,   堖  ,  ,     ,         . Ms perdidos que la Armada Invencible del buen Rey Don Felipe el Segundo.    ,  , . Y para que se hagan idea vuestras mercedes, slo dos espa?oles consiguieron regresar ala otra orilla cuando lleg la noche. Ƞ     , ,       ,    ,      -   , :   !     ,       . Capitn por un d?a, de una tropa sentenciada amuerte que se fue al carajo vendiendo cara su piel, uno tras otro, con el r?o ala espalda y blasfemando en buen castellano. Cosas de la guerra y la vorgine. Cosas de Espa?a.



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1.4.   



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 1.5.        -     

 

  

  

 

   




2.1


En fin. Mi padre fue el otro soldado espa?ol que regres aquella noche. Se llamaba Lope Balboa, era guipuzcoano y tambin era un hombre valiente. Dicen que Diego Alatriste y l fueron muy buenos amigos, casi como hermanos; ydebe de ser cierto porque despus, cuando ami padre lo mataron de un tiro de arcabuz en un baluarte de J?lich -por eso Diego Velzquez no lleg asacarlo ms tarde en el cuadro de la toma de Breda como asu amigo y tocayo Alatriste, que s? est all?, tras el caballo-, le jur ocuparse de m? cuando fuera mozo. sa es la razn de que, apunto de cumplir los trece a?os, mi madre metiera una camisa, unos calzones, un rosario y un mendrugo de pan en un hatillo, y me mandara avivir con el capitn, aprovechando el viaje de un primo suyo que ven?a aMadrid. As? fue como entr aservir, entre criado y paje, al amigo de mi padre.

Una confidencia: dudo mucho que, de haberlo conocido bien, la autora de mis d?as me hubiera enviado tan alegremente asu servicio. Pero supongo que el t?tulo de capitn, aunque fuera apcrifo, le daba un barniz honorable al personaje. Adems, mi pobre madre no andaba bien de salud y ten?a otras dos hijas que alimentar. De ese modo se quitaba una boca de encima y me daba la oportunidad de buscar fortuna en la Corte. As? que me factur con su primo sin preocuparse de indagar ms detalles, acompa?ado de una extensa carta, escrita por el cura de nuestro pueblo, en la que recordaba aDiego Alatriste sus compromisos y su amistad con el difunto. Recuerdo que cuando entr asu servicio hab?a transcurrido poco tiempo desde su regreso de Flandes, porque una herida fea que ten?a en un costado, recibida en Fleurus, a?n estaba fresca y le causaba fuertes dolores; yyo, recin llegado, t?mido y asustadizo como un ratn, lo escuchaba por las noches, desde mi jergn, pasear arriba y abajo por su cuarto, incapaz de conciliar el sue?o. Y aveces le o?a canturrear en voz baja coplillas entrecortadas por los accesos de dolor, versos de Lope, una maldicin oun comentario para s? mismo en voz alta, entre resignado y casi divertido por la situacin. Eso era muy propio del capitn: encarar cada uno de sus males y desgracias como una especie de broma inevitable ala que un viejo conocido de perversas intenciones se divirtiera en someterlo de vez en cuando. Quiz sa era la causa de su peculiar sentido del humor spero, inmutable y desesperado.

Ha pasado much?simo tiempo y me embrollo un poco con las fechas. Pero la historia que voy acontarles debi de ocurrir hacia el a?o mil seiscientos y veintitantos, poco ms omenos. Es la aventura de los enmascarados y los dos ingleses, que dio no poco que hablar en la Corte, y en la que el capitn no slo estuvo apunto de dejar la piel remendada que hab?a conseguido salvar de Flandes, del turco y de los corsarios berberiscos, sino que le cost hacerse un par de enemigos que ya lo acosar?an durante el resto de su vida. Me refiero al secretario del Rey nuestro se?or, Luis de Alquzar, y asu siniestro sicario italiano, aquel espadach?n callado y peligroso que se llam Gualterio Malatesta, tan acostumbrado amatar por la espalda que cuando por azar lo hac?a de frente se sum?a en profundas depresiones, imaginando que perd?a facultades. Tambin fue el a?o en que yo me enamor como un becerro y para siempre de Anglica de Alquzar, perversa y malvada como slo puede serlo el Mal encarnado en una ni?a rubia de once odoce a?os. Pero cada cosa la contaremos asu tiempo.



 2.1.   2.1.,     .

En fin.  ,       ,   . Se llamaba Lope Balboa, era guipuzcoano y tambin era un hombre valiente.

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sa es la razn de que, apunto de cumplir los trece a?os, mi madre metiera una camisa, unos calzones, un rosario y un mendrugo de pan en un hatillo, y me mandara avivir con el capitn, aprovechando el viaje de un primo suyo que ven?a aMadrid.         ,  .

Una confidencia: dudo mucho que, de haberlo conocido bien, la autora de mis d?as me hubiera enviado tan alegremente asu servicio.   , ,   ,   ,    ,   ,   . Adems, mi pobre madre no andaba bien de salud y ten?a otras dos hijas que alimentar.   ,    ,       .As? que me factur con su primo sin preocuparse de indagar ms detalles, acompa?ado de una extensa carta, escrita por el cura de nuestro pueblo, en la que recordaba aDiego Alatriste sus compromisos y su amistad con el difunto. ,     ,       ,    ,       ,  ,   ,  ,  ,  ,         ,      ,   .

Y aveces le o?a canturrear en voz baja coplillas entrecortadas por los accesos de dolor, versos de Lope, una maldicin oun comentario para s? mismo en voz alta, entre resignado y casi divertido por la situacin.             ,            -   . Quiz sa era la causa de su peculiar sentido del humor spero, inmutable y desesperado.

     ,       . Pero la historia que voy acontarles debi de ocurrir hacia el a?o mil seiscientos y veintitantos, poco ms omenos.          , ,      ,      ,  ,    ,   ,      .

Me refiero al secretario del Rey nuestro se?or, Luis de Alquzar, y asu siniestro sicario italiano, aquel espadach?n callado y peligroso que se llam Gualterio Malatesta, tan acostumbrado amatar por la espalda que cuando por azar lo hac?a de frente se sum?a en profundas depresiones, imaginando que perd?a facultades.      ,  ,      ,   ,  ,      -. ,   .



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, . Mi padre fue el otro soldado espa?ol que regres aquella noche.    ,       . Dicen que Diego Alatriste y l fueron muy buenos amigos, casi como hermanos; ydebe de ser cierto porque despus, cuando ami padre lo mataron de un tiro de arcabuz en un baluarte de J?lich -por eso Diego Velzquez no lleg asacarlo ms tarde en el cuadro de la toma de Breda como asu amigo y tocayo Alatriste, que s? est all?, tras el caballo-, le jur ocuparse de m? cuando fuera mozo.   ,     ,      ,        ,   젖       .

As? fue como entr aservir, entre criado y paje, al amigo de mi padre.

  , ,   ,   ,    ,   ,   . Pero supongo que el t?tulo de capitn, aunque fuera apcrifo, le daba un barniz honorable al personaje.    ,          . De ese modo se quitaba una boca de encima y me daba la oportunidad de buscar fortuna en la Corte. -  ,       ,    ,   ,        ,     ,    ,        

Recuerdo que cuando entr asu servicio hab?a transcurrido poco tiempo desde su regreso de Flandes, porque una herida fea que ten?a en un costado, recibida en Fleurus, a?n estaba fresca y le causaba fuertes dolores; yyo, recin llegado, t?mido y asustadizo como un ratn, lo escuchaba por las noches, desde mi jergn, pasear arriba y abajo por su cuarto, incapaz de conciliar el sue?o.

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Eso era muy propio del capitn: encarar cada uno de sus males y desgracias como una especie de broma inevitable ala que un viejo conocido de perversas intenciones se divirtiera en someterlo de vez en cuando.      - -?

Ha pasado much?simo tiempo y me embrollo un poco con las fechas.    ,     ,     - .

Es la aventura de los enmascarados y los dos ingleses, que dio no poco que hablar en la Corte, y en la que el capitn no slo estuvo apunto de dejar la piel remendada que hab?a conseguido salvar de Flandes, del turco y de los corsarios berberiscos, sino que le cost hacerse un par de enemigos que ya lo acosar?an durante el resto de su vida.      ,      ,   ,      ,      ,      ,      ,   ,     ,      .

Tambin fue el a?o en que yo me enamor como un becerro y para siempre de Anglica de Alquzar, perversa y malvada como slo puede serlo el Mal encarnado en una ni?a rubia de once odoce a?os. ,   .



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 2.6.        -     

  

 

 

 

 




3.1


Me llamo ??igo. Y mi nombre fue lo primero que pronunci el capitn Alatriste la ma?ana en que lo soltaron de la vieja crcel de Corte, donde hab?a pasado tres semanas aexpensas del Rey por impago de deudas. Lo de las expensas es un modo de hablar, pues tanto en sa como en las otras prisiones de la poca, los ?nicos lujos -y en lujos incluiase la comida- eran los que cada cual pod?a pagarse de su bolsa. Por fortuna, aunque al capitn lo hab?an puesto en galeras casi ayuno de dineros, contaba con no pocos amigos. As? que entre unos y otros lo fueron socorriendo durante su encierro, ms llevadero merced alos potajes que Caridad la Lebrijana, la due?a de la taberna del Turco, le enviaba conmigo de vez en cuando, y aalgunos reales de acuatro que le hac?an llegar sus compadres Don Francisco de Quevedo, Juan Vicu?a y alg?n otro. En cuanto al resto, y me refiero alos percances propios de la prisin, el capitn sab?a guardarse como nadie. Notoria era en aquel tiempo la aficin carcelaria aaligerar de bienes, ropas y hasta de calzado alos mismos compa?eros de infortunio. Pero Diego Alatriste era lo bastante conocido en Madrid; yquien no lo conoc?a no tardaba en averiguar que era ms saludable andrsele con mucho tiento. Seg?n supe despus, lo primero que hizo al ingresar en el estaribel fue irse derecho al ms peligroso jaque entre los reclusos y, tras saludarlo con mucha pol?tica, ponerle en el gaznate una cuchilla corta de matarife, que hab?a podido conservar merced ala entrega de unos maraved?es al carcelero. Eso fue mano de santo. Tras aquella inequ?voca declaracin de principios nadie se atrevi amolestar al capitn, que en adelante pudo dormir tranquilo envuelto en su capa en un rincn ms omenos limpio del establecimiento, protegido por su fama de hombre de h?gados.

Despus, el generoso reparto de los potajes de la Lebrijana y las botellas de vino compradas al alcaide con el socorro de los amigos aseguraron slidas lealtades en el recinto, incluida la del rufin del primer d?a, un cordobs que ten?a por mal nombre Bartolo Cagafuego, quien apesar de andar en jcaras como habitual de llamarse aiglesia y frecuentar galeras, no result nada rencoroso. Era sa una de las virtudes de Diego Alatriste: pod?a hacer amigos hasta en el infierno.

Parece mentira. No recuerdo bien el a?o -era el veintids oel veintitrs del siglo-, pero de lo que estoy seguro es de que el capitn sali de la crcel una de esas ma?anas azules y luminosas de Madrid, con un fr?o que cortaba el aliento. Desde aquel d?a que -ambos todav?a lo ignorbamos- tanto iba acambiar nuestras vidas, ha pasado mucho tiempo y mucha agua bajo los puentes del Manzanares; pero todav?a me parece ver aDiego Alatriste flaco y sin afeitar, parado en el umbral con el portn de madera negra claveteada cerrndose asu espalda. Recuerdo perfectamente su parpadeo ante la claridad cegadora de la calle, con aquel espeso bigote que le ocultaba el labio superior, su delgada silueta envuelta en la capa, y el sombrero de ala ancha bajo cuya sombra entornaba los ojos claros, deslumbrados, que parecieron sonre?r al divisarme sentado en un poyete de la plaza. Hab?a algo singular en la mirada del capitn: por una parte era muy clara y muy fr?a, glauca como el agua de los charcos en las ma?anas de invierno. Por otra, pod?a quebrarse de pronto en una sonrisa clida y acogedora, como un golpe de calor fundiendo una placa de hielo, mientras el rostro permanec?a serio, inexpresivo ograve. Pose?a, aparte de sa, otra sonrisa ms inquietante que reservaba para los momentos de peligro ode tristeza: una mueca bajo el mostacho que torc?a ste ligeramente hacia la comisura izquierda y siempre resultaba amenazadora como una estocada -que sol?a venir acto seguido-, of?nebre como un presagio cuando acud?a al hilo de varias botellas de vino, de esas que el capitn sol?a despachar asolas en sus d?as de silencio. Azumbre y medio sin respirar, y aquel gesto para secarse el mostacho con el dorso de la mano, la mirada perdida en la pared de enfrente. Botellas para matar alos fantasmas, sol?a decir l, aunque nunca lograba matarlos del todo.



3.2.   3.1.,     

Me llamo ??igo. Ƞ   ,    ,  ,     ,   . Lo de las expensas es un modo de hablar, pues tanto en sa como en las otras prisiones de la poca, los ?nicos lujos -y en lujos incluiase la comida- eran los que cada cual pod?a pagarse de su bolsa.       ࠖ , ,   .

As? que entre unos y otros lo fueron socorriendo durante su encierro, ms llevadero merced alos potajes que Caridad la Lebrijana, la due?a de la taberna del Turco, le enviaba conmigo de vez en cuando, y aalgunos reales de acuatro que le hac?an llegar sus compadres Don Francisco de Quevedo, Juan Vicu?a y alg?n otro.         ,   ,        .

Notoria era en aquel tiempo la aficin carcelaria aaligerar de bienes, ropas y hasta de calzado alos mismos compa?eros de infortunio.

     ,  ,    ,     ,          :    .

Seg?n supe despus, lo primero que hizo al ingresar en el estaribel fue irse derecho al ms peligroso jaque entre los reclusos y, tras saludarlo con mucha pol?tica, ponerle en el gaznate una cuchilla corta de matarife, que hab?a podido conservar merced ala entrega de unos maraved?es al carcelero.     .

Tras aquella inequ?voca declaracin de principios nadie se atrevi amolestar al capitn, que en adelante pudo dormir tranquilo envuelto en su capa en un rincn ms omenos limpio del establecimiento, protegido por su fama de hombre de h?gados.

     ,     ,       ,   ,     ,     ,  !.. . Un cordobs que ten?a por mal nombre Bartolo Cagafuego, quien apesar de andar en jcaras como habitual de llamarse aiglesia y frecuentar galeras, no result nada rencoroso.   ,      젖    .

Parece mentira.  ,            ,  , ,    ,       .

Desde aquel d?a que -ambos todav?a lo ignorbamos- tanto iba acambiar nuestras vidas, ha pasado mucho tiempo y mucha agua bajo los puentes del Manzanares; pero todav?a me parece ver aDiego Alatriste flaco y sin afeitar, parado en el umbral con el portn de madera negra claveteada cerrndose asu espalda.




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   ,     (https://www.litres.ru/book/larisa-horeva/praktikum-po-domashnemu-chteniu-ispanskiy-yazyk-67820457/)  .

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