Se necesita vigilante Acisclo Manuel Ruiz Torrero Rafael ha dejado atrás su primera juventud. Mas maduro, comienza a plantearse un futuro junto a su novia Diana que se le antoja difícil, con pocas perspectivas de progreso. De manera fortuita, decide probar suerte en un mundo tan desconocido para él como es la Seguridad Privada, un hecho que le cambiará la vida. Una historia plagada de experiencias nuevas, dramáticas y anecdoticas, en la que nuestro querido Rafa intenta sobrevivir en constante controversia consigo mismo. Su entorno, sus miedos y su propia lucha interna, hacen de este relato «Se necesita Vigilante» un reflejo social de la época ( 1987-1993), donde el amor y la amistad se convierten en la piedra angular del protagonista. Se necesita vigilante Acisclo Manuel Ruiz Torrero ISBN: 978-84-19042-90-3 1ª edición, enero de 2022. Editorial Autografía Calle de las Camèlies 109, 08024 Barcelona www.autografia.es Reservados todos los derechos. Está prohibida la reproducción de este libro con fines comerciales sin el permiso de los autores y de la Editorial Autografía. Dedicado a todas las personas que en su constante lucha por forjarse un futuro, de una forma u otra recalaron en esta noble profesión. En especial a aquellos que se dejaron la vida vistiendo un uniforme de Vigilante.” CAPITULO UNO A la mayoría de los críos les gusta que sus padres les lean algún cuento antes de dormir, sin embargo, al hijo de Rafael, desde pequeño, le gustaba que su padre le contara historias y anécdotas relacionadas con su trabajo de Vigilante. Quizá por la manera de narrárselas o simplemente por su forma de interpretarlas, casi siempre provocaba en el pequeño un interés que, a todas luces, agradaba sinceramente a su padre. Unos días tocaba comedia, provocando verdaderos momentos de risas, en otras ocasiones se convertía en una película de acción o misterio, naturalmente adaptadas a la mente de un niño, pero sin tener aún la más mínima idea de que esas historias que oía estaban más cerca de la realidad que de la ficción. Jamás hubiese pensado Rafa que durante cuatro décadas ejercería una profesión que en innumerables ocasiones renegó y en otras tantas se alegró de pertenecer; sentimientos tan dispares que le acompañaron todos esos años en los que vistió el uniforme. Su hijo como de costumbre, le hacía preguntas, primero como niño y más tarde como adulto. Preguntas que le hacían pensar sobre las decisiones que había tomado en el pasado, aunque fue una en particular, sentados en el porche de su casa, mirando el mar al atardecer (poco después de su jubilación), la que puso a prueba su memoria. “Oye papá, ¿Por qué te hiciste Vigilante? “. Durante un momento se quedó sin palabras, sin saber contestar, quizá porque esa cuestión nunca se la había planteado o simplemente porque hacía tanto tiempo, que lo había olvidado. Le alegró aquella iniciativa de su hijo pues intuía que no tendría muchas oportunidades para repetir lo que tantas veces había hecho, aquel niño se había convertido en un hombre y lógicamente su interés por las historias de su padre habían menguado. De nuevo se activó su memoria, una virtud envidiable a pesar de su edad, retrocedió en el tiempo y una vez que puso orden en sus recuerdos comenzó a relatarle aquella fase de su vida de la misma forma que siempre le gustó, como si de una película se tratase. A mediados de los años ochenta el paro seguía siendo un importante problema, sobre todo para los más jóvenes. Rafael era uno de esos jóvenes afectados por la profunda crisis y formaba parte de esas estadísticas. Después de enlazar trabajos con contratos precarios y mal remunerados, se encontraba como tantísima gente, cobrando el subsidio de desempleo. Era una situación que le irritaba, luchaba por revertirla, pero por mucho esmero que ponía no conseguía salir del bache. Con su novia Diana hablaba de futuro, de un futuro que a corto plazo no veían claro, aunque le echasen imaginación. Ambos se encontraban en la misma vía muerta, él cobrando el paro y ella con su carrera recién terminada e intentando hacerse un hueco en el mundo laboral, lo que significaba que hablar de futuro en esas condiciones sonaba casi a ciencia ficción. Su espíritu de lucha les hacía ser optimistas (a veces con esfuerzo extra), necesitaban serlo, cada amanecer pensaban que ese sería el día que les cambiaría su suerte. Por otro lado, la escasa ayuda que cobraba Rafael lo entregaba obligadamente en casa, pues la situación financiera de su familia era bastante frágil y toda aportación económica era bien recibida. Salían menos de lo que les hubiese gustado, cuando lo hacían estiraban como el chicle el poco dinero que tenían. Entrar en un bar a tomarse algo era casi un lujo, cuando lo hacían, una caña solía durar horas encima de la mesa, con la ayuda de un palillo que de vez en cuando lo removían en el vaso para que la espuma reviviese. Las tardes en las que acompañaba el tiempo, se limitaban a dar un paseo y charlar sobre esto o aquello. Cuando llovía o hacía frío se quedaban en casa de Diana o como posible alternativa visitaban a algún familiar, generalmente a sus hermanas mayores. El verano se limitaba a disfrutar algún día de la piscina municipal, o en el mejor de los casos, pasar unos días en el pueblo de sus futuros suegros. Definitivamente, no era una situación cómoda y mucho menos agradable para una pareja joven. Uno de esos domingos de primavera, en los que de forma habitual Rafael iba a buscar a Diana a su casa para dar un paseo mañanero, pasaron por un kiosco para coger el periódico que todas las semanas compraban, el típico dominical donde solían ofertar puestos de trabajo. Ya sabían que por lo general no había muchos anuncios que merecieran la pena, aunque de vez en cuando aparecía alguno que les llamaba la atención. – ¿Te has fijado Rafa, la cantidad de ofertas de trabajo que hay para Vigilantes Jurados? - Algo sorprendida, por el número de anuncios. – Si, alguna he visto. ¿Qué tipo de trabajo es ese? – Totalmente desconcertado. – Deben de ser las personas uniformadas que vemos en los bancos. – Seguramente, pero de cualquier manera no creo que sea un trabajo para mí. — Obviando las ofertas. – ¿Por qué lo dices? – Hombre, más que nada porque esa gente va armada y yo en mi vida he usado un arma de fuego. Además, te recuerdo que tampoco soy Vigilante Jurado. — Contestando con cierta ironía, sin prestar atención al anuncio. – Ya sé que no eres Vigilante, pero aquí pone que ellos se encargan de tu formación. — Replicando de forma contundente a la ironía de Rafael. – Los anuncios que he visto no pone nada de eso, solo que necesitan Vigilantes Jurados, nada más. — Reforzando su postura. – Pues mira este que ocupa una hoja entera. “Se necesitan veintitrés Vigilantes Jurados, para incorporarse a importante empresa líder en el sector, formación a cargo de la empresa”. — Reafirmándose en sus argumentos. – Pues llevas razón, pero sigo sin verlo como una opción para mí. No tengo ni idea de que va ese tipo de trabajo – Encogiéndose de hombros. – Bueno, puedes probar, además los requisitos que piden se ajustan perfectamente a ti. Si quieres te ayudo a redactar la carta y la enviamos hoy mismo, creo que tengo sellos en casa. Lo primero es que te llamen, luego ya decidirás. Al fin y al cabo no tienes nada que perder. — Convenciéndolo fácilmente. – Hombre, viéndolo así llevas razón, vamos, como siempre. — Sonriendo, a la vez que la besaba. Ese mismo día, tal y como lo habían pensado, redactaron la carta y la depositaron en un buzón de correos cercano a su casa, con la esperanza de que surgiera la posibilidad de conseguir un trabajo. Los días siguientes seguían con su rutina, juntos iban por diferentes empresas con una carpeta repleta de currículums de ambos. Diana los entregaba en los lugares que solicitaban personal que se ajustaba a su recién terminada carrera y Rafael abrió el abanico a empresas de seguridad una vez descubierto la demanda existente en este tipo de compañías. En alguna ocasión, al presentar la solicitud le recibían inmediatamente, incluso tuvo alguna entrevista improvisada que se quedó en eso, en entrevista. En otras ocasiones ni siquiera le abrían la puerta para simplemente dejar el papel, motivo suficiente para que su mala leche se le disparara. Cuando había pasado un plazo lo suficientemente amplio para obtener una contestación a la carta que envió por correo y no recibir respuesta, decidió enviar una nueva carta, haciendo gala a su testarudez. En ella pedía por favor, que le contestaran de forma positiva o negativa, pero que le contestaran. A Diana no le terminaba de convencer la redacción que usó Rafael en esa segunda carta, pero ante la obstinación de su novio terminó aceptando que lo hiciese a su manera, al fin y al cabo como había dicho unos días antes, no tenía nada que perder. En el fondo comprendía a su novio, ella también estaba un poco harta de que por todos lados por donde iban, solo recibían la típica frase “ya le avisaremos”, algo que nunca se producía, porque avisar o llamar nadie lo hacía. La sorpresa para Rafa fue que tres días después sí llamaron, y no para dar largas o entrevistarse con alguien, sino para entrar directamente en un proceso de selección. El aviso llegó en forma de “telegrama” que recogió su madre y de forma inmediata, picada por la curiosidad, le preguntó a su hijo sobre ese tipo de trabajo al que estaba optando. Poco le pudo explicar, simplemente porque ni él mismo tenía información que pudiese contar, no obstante solo hizo falta que le nombrara la palabra uniforme, para que se activaran todas las alarmas en ella. Automáticamente, intentó convencer a Rafa para que desistiese buscar ese tipo de trabajos que tan malos recuerdos le traía. Para su madre todos los uniformes representaban lo mismo, de nada servía que su hijo le hubiese explicado la diferencia que pudiese existir. – ¿Por telegrama te avisaron, papá? – Algo sorprendido, intentando ubicarse en ese momento. – Sí. ¿Sabes qué es?— Con tono algo burlesco. – Claro que sí, pero me suena a algo casi prehistórico. — Siguiendo el tono burlesco de su padre. – Claro hijo, es que tu padre es casi prehistórico. — Ofreciéndole una sonrisa. – No te quejes, que estás hecho un chaval. — Devolviéndole la sonrisa. – Gracias por lo que me toca. Hay que decir que tu generación no es muy consciente de cómo ha cambiado el tema de las comunicaciones en poco tiempo. — Aprovechando la coyuntura para hacer un pequeño repaso histórico. – La verdad es que cuando me empiezas a hablar de cartas enviadas por correo, sellos, telegramas etc. tengo que hacer un esfuerzo para ponerme en situación. — Con interés, reflexionando sobre lo que había avanzado las comunicaciones en tan poco tiempo. Rafael se dirigió al día siguiente a la dirección indicada en el telegrama, con ropa deportiva tal y como le señalaron. “Bastante temprano para tener entrevistas”— pensó—, con gran dosis de curiosidad por lo novedoso que le resultaba ese tipo de oferta laboral. No tardó en encontrar el lugar, ya que era bastante llamativa la inmensa cola que se había formado en la calle, una cola que se encontraba pegada a la acera y que comenzaba en el número de la calle que buscaba. Todos eran hombres, también iban todos vestidos con ropa deportiva o con bolsas de deporte en la mano, lo que confirmaba que estaba en el lugar correcto. A pesar de llegar muy pronto, le impactó el gran número de personas esperando, a su modo de ver demasiada gente. Empezó a ver aquello con escepticismo, un escepticismo que se agravaba paulatinamente al no dejar de llegar candidatos. – Hola, me llamo Rafa, supongo que todos estamos aquí para lo mismo. — Intentando establecer conversación con el chico que había delante. – Hola, soy Luis. Sí, vamos a ver qué tal se me da esta vez. — Con aspecto nervioso y ausente. – Ah, ¿Pero ya has estado antes? – Sorprendido al comprobar que no era la primera vez que se seleccionaba personal en esa empresa. – Sí, es la tercera vez este año. — Mirando al infinito. – No sabía que esta empresa hubiese ofertado antes más puestos de Vigilante. Entonces ¿Ya tienes experiencia? - A la espera de conseguir algún tipo de información adicional del veterano. – La verdad es que sí, pero no consigo hacer los tiempos que exigen. — Sonriendo pero sin dejar de estar nervioso, sin parar de moverse. – Yo vengo por primera vez y no tengo ni idea de lo que va esto. — Esforzándose en sacarle algo más de dos palabras. – Pues nada, ahora nos llevaran a una sala grande y nos lo explican. Lo habitual es salir a una explanada, aquí cerca, donde tenemos que correr varias distancias en unos tiempos marcados. Si las superas, pues a hacer otras cosas. — Muy agitado y sudoroso. – ¿A qué otras cosas te refieres? – Con curiosidad, intentando aprovechar la dinámica conversacional de Luis. – Pues no lo sé, porque en la carrera de fondo siempre me tiran y me marcho a casa. — Esbozando una sonrisa absurda. Un tipo extraño - pensó Rafa—, sin llegar a entender cómo lo habían llamado en tres ocasiones. De forma evidente se veía un chico con un sobrepeso bastante llamativo, sin mencionar una capacidad intelectual que resultaba como mínimo sospechosa. Rafa, al darse cuenta de la incomodidad que le producía hablar, decidió hacerle un favor y dejar de conversar con él. No dejaba de crecer la fila, perdió de vista la cola al dar la vuelta a la esquina, “seguramente habrá más de doscientas personas”— mascullaba Rafa—, y solo veintitrés plazas, por mucho que lo pensaba no le salían las cuentas. La estadística le estalló cuando escuchó hablar a un grupo justo detrás de él, donde uno de ellos explicaba que ese viernes era el último día que citaban candidatos, pero durante toda la semana había estado igual de concurrido. Lo que le faltaba a Rafa después de oír aquello, si pensaba que sus opciones eran bajas, en ese momento lo veía como algo prácticamente imposible. A punto estuvo de marcharse, pero se acordó de Diana y decidió continuar para ver qué pasaba, total, no había nada que perder. Al rato los hicieron pasar a una especie de gimnasio donde había dos personas que se ocuparon de organizar e informar sobre el proceso de selección. De forma resumida, explicaron que se trataba de realizar una serie de pruebas físicas, unas pruebas que consistían básicamente en correr varias distancias, realizar una serie de saltos, además de un número determinado de flexiones en suelo. Por último (si se superaban las pruebas anteriores) se les tallaría, exigiendo una estatura mínima de 1,75 m. Tras exponer ese último requisito, Rafael observó cómo unos cuantos de los presentes abandonaron la sala y aunque no les prestó demasiada atención, saltaba a la vista que no cumplían con el último requisito. Una vez que salieron de la sala y el grupo menguó levemente, continuaron informando de forma sencilla y rápida sobre el proceso de selección. En pocas palabras y sin dejar de mirar el reloj, les hicieron saber que a los que superaran las pruebas se les volvería a llamar en el plazo de una semana para realizar una serie de exámenes culturales y psicotécnicos, a su vez, los últimos seleccionados también en el plazo de una semana, se les citaría de nuevo para pasar una entrevista personal. Todo aquello para “cribar” a los veintitrés candidatos, futuros Vigilantes Jurados, que ingresarían en el Instituto de Formación propiedad de la empresa, para su adiestramiento. La cosa no parecía que fuese de un día para otro, había que andar un camino de semanas o meses, demasiado tiempo para el carácter poco paciente de Rafa. Algo parecido debieron de pensar casi un tercio de los allí reunidos, que de forma inmediata se marcharon. Rafael estuvo tentado de irse con ellos, pero después de pensarlo unos segundos, valoró todos esos filtros de forma positiva, pues si algo demostraba esa empresa era que le importaba la formación de sus futuros Vigilantes. Las dudas se desvanecieron en unos segundos, no porque de repente se llenara de paciencia, sino porque por encima de todo estaba su orgullo, un orgullo que impedía decirle a su novia que al menos no lo había intentado. Cuando le llegó su turno, se quitó el chándal y salió con su grupo para comenzar las pruebas. Le tocó en el mismo grupo que a Luis, aunque lo vio poco tiempo, lo justo para observar cómo desfallecía a los doscientos metros de carrera y los responsables le despedían como a alguien ya conocido, “seguramente sería algún amigo o familiar de alguien de la empresa”, - pensaba Rafa—, mientras corría la prueba de resistencia. No le supuso mucho esfuerzo superar las pruebas físicas, ya que estaba acostumbrado a practicar deporte de forma habitual. Al finalizar toda la fase, despidieron a los que habían superado las pruebas con la frase “ya os avisaremos”. Se marchó sin saber qué criterios usarían para llamar a unos u otros, ya que evidentemente muchos de los participantes habían superado las pruebas. En realidad le daba un poco igual, él había cumplido con el primer trámite y el resto no estaba en su mano. Como era habitual, fue directamente a casa de Diana para comer juntos. Mientras comían le fue contando las peripecias del día, con su particular toque de humor. Le habló de la cantidad de gente que optaba a las plazas vacantes, lamentablemente todas personas jóvenes, fiel reflejo del panorama laboral en esas edades. Le mostró su escepticismo cuando se refirió a los aproximadamente cien chicos, que al igual que él, habían superado las pruebas ese día. Se rieron al hablar del tal Luis, un poco “friki” (como así lo describió Rafa) al que se veía inapropiado para realizar funciones de Vigilante. Por lo que oyó, le permitían que fuese a cada convocatoria, ya fuese por amistad con alguien o simplemente porque el chaval vivía al lado y así se distraía un rato, a la vez que hacía algo de deporte que buena falta le hacía. Ahora solo quedaba esperar a que volvieran a llamar, aunque sinceramente no tenía mucha esperanza. Era realista, sabía que muchos de los que se habían presentado provenían del mundo militar o tenían experiencia en el sector de la Seguridad, algo que Rafael carecía por completo. Como si de una oferta laboral más se hubiese tratado, ellos siguieron con su rutina de buscar trabajo diariamente, de aquí para allá a la espera de que en una de esas sonara la flauta. La sorpresa fue que una semana después volvió a aparecer el cartero con otro telegrama, como un calco del anterior se volvía a convocar a Rafael en el mismo lugar y a la misma hora. Aquello empezaba a tener una continuidad que le sorprendió gratamente, al menos tenía una segunda oportunidad y aunque no quería forjarse ilusiones no pudo evitar que aflorara alguna que otra esperanza. De nuevo se presentó a la hora indicada, lo más llamativo era que el número de participantes había bajado considerablemente. Como mucho serian cincuenta personas, las que siguiendo indicaciones del responsable asignado por la empresa, montaron en un autocar que estaba estacionado en la puerta. Les llevaron hasta un edificio no muy lejano, una vez dentro fueron distribuyéndolos en dos aulas donde durante cinco horas realizaron todo tipo de exámenes escritos, pruebas culturales, test psicotécnicos etc. Al finalizar, los devolvieron al lugar de encuentro y de nuevo los despidieron con “ya os avisaremos”. En esa ocasión con tanto examen, Rafa terminó bastante más cansado que la semana anterior, aunque lo peor fue pasar otro con Diana, que le preguntaba una y otra vez sobre las respuestas que había dado sobre esta o aquella cuestión. Se empezaba a notar que afloraban los nervios por su parte, de nada servía que Rafa intentara quitarle los ramalazos ilusionantes por si acaso aquello no cuajara, le era imposible sobre todo porque él también estaba algo nervioso. Después de la segunda convocatoria, a diferencia de las anteriores, estuvieron pendientes de la tercera llamada, la importante y definitiva. La entrevista personal era la que alguien decidía, según su criterio, si entraba o no en el Instituto de Formación, de nada valía lo anteriormente realizado, todo dependía de una persona. Diana se ocupó durante esos días de instruir a Rafa, le corrigió defectos y se preocupó personalmente de prepararle a fondo sobre algo que controlaba bastante bien. A su novio, había veces que le sacaba de quicio, en otras ocasiones le entraba la risa, sobre todo porque lo más importante era que lo llamaran, una cuestión que no tenía nada claro. A su novia se lo repetía insistentemente, aunque poco efecto producía en Diana que dado su carácter previsor prefería tenerlo atado, por si acaso. A pesar de las dudas de Rafael, volvieron a convocarle, en esa ocasión con dos diferencias respecto a las anteriores, lo citaron a través de llamada telefónica y la entrevista seria por la tarde. Los nervios de Rafa se dispararon, nada más colgar el teléfono llamó a Diana para comunicarle la noticia. Aunque ella también se sentía algo nerviosa, intentó calmar a su novio dando apariencia de tranquilidad, le transmitió confianza, una confianza que solo ella conseguía que calara en ese carácter inquieto y vigoroso. Al día siguiente, después de comer se dirigieron a la oficina. Ambos montaron en el viejo Seat 124 que con muchas penurias acababa de comprar Rafa; aunque le salió muy barato, nunca habría podido sin la ayuda de su madre. Después de echar gasolina (gracias a la aportación económica que hicieron sus futuros suegros), salieron con mucho tiempo de antelación, sobre todo porque no confiaban demasiado en la capacidad de ubicación de Rafael y su brújula defectuosa de serie. Inexplicablemente, para él, consiguieron llegar a la primera sin perderse, seguramente por la importante ayuda que hizo Diana para no salirse en ningún momento del itinerario, lo que motivó que fuesen los primeros en entrar y esperar en una sala completamente vacía. Era lo que le faltaba para sus nervios, ni siquiera su novia podía tranquilizarlo, era imposible centrarlo en la entrevista o al menos que se mantuviese sentado o simplemente quieto. El mayor miedo que tenía Diana era que aflorara el “otro” Rafael, pues podía ser altamente contraproducente. Dependía ampliamente del carácter del entrevistador, de su percepción, pues podría verlo de una forma totalmente opuesta a lo que intentara demostrar su novio ante una espontaneidad descontrolada. De ahí su interés en marcarle un guion establecido, con respuestas al uso sin extenderse demasiado, cuestiones que sabía a ciencia cierta que no tenía controlados, pues si alguien conocía a Rafa era ella. Poco a poco fue llenándose la sala de espera, algunos venían acompañados de sus parejas, aunque la mayoría venían solos. Rafa por fin se sentó para contar los candidatos, quince en total, todos oscilaban en torno a los veinticinco años, año arriba o abajo, físicamente similares, de estatura media-alta, correctamente vestidos y de apariencia agradable. Al rato subió el primero, haciéndole pasar sin tener en cuenta el orden de llegada; no tardó más de cinco minutos en bajar, después otro y otro, con unos intervalos máximos de quince minutos, algo que escamó a Rafael. Se lo comentó a Diana, aunque ésta restó importancia al tiempo que dedicaban a cada uno. Volvió a centrarse en Rafael dándole unas últimas consignas, consignas que no escuchó. Cuando solo quedaban dos personas esperando, le tocó el turno, subió las escaleras y le dirigieron hacia una mesa donde le esperaba un señor de mediana edad, con cara algo cansada, gafas en la mano y rodeado de papeles. Le invitó a sentarse y comenzaron a hablar. En ese momento, Diana estaba más nerviosa que Rafa, sobre todo cuando veía pasar el tiempo y éste no bajaba, empezó a imaginarse a su novio cometiendo todos los errores que tanto había trabajado para evitarlos, sobre todo lo de hablar en exceso o establecer una conversación como si conociese de toda la vida a la persona que tenía frente a la mesa. Esta teoría iba tomando fuerza cuando pasaban los minutos, casi el doble que el candidato que más tiempo había estado. Por otro lado intentaba ver el lado positivo, quizá le había caído bien al ver en su salsa a Rafael, porque si algo tenía claro es que el “otro” Rafael, inevitablemente había salido a escena. Media hora después, por fin, aparecía por las escaleras, bajando los peldaños como si bajase de su casa, con aspecto tranquilo y media sonrisa en la cara, besó a Diana y se marcharon despidiéndose de los últimos candidatos que quedaban, así como de la señorita de recepción. Iban callados mientras se dirigían al coche, Diana expectante, esperaba que le contara como había ido mientras que Rafael seguía sumergido en sus pensamientos, con una sonrisa que ponía nerviosa a su novia. – ¿Bueno, qué, me vas a contar como te ha ido? – Visiblemente impaciente, después de dar un tiempo prudencial. – Bien. Me ha caído bien este hombre. — Con tranquilidad pasmosa, poco usual en él, lo que provocaba cierto desconcierto en Diana. – ¿Ya está? Algo me tendrás que contar después de media hora. ¿Qué te ha preguntado, que has contestado? – Perdiendo los nervios por momentos. – Hemos hablado de muchas cosas, de donde había trabajado antes, de mi opinión sobre ser Vigilante Jurado. — Comenzando a dar información ante el palpable nerviosismo de su novia. – ¿Y qué le has dicho? – Muy interesada sobre el desarrollo de la entrevista. – Le he hablado de mis anteriores trabajos. Sobre lo de mi opinión de ser Vigilante, le he dicho que no tengo opinión. — Sin dejar el impropio estado de tranquilidad. – ¿Cómo que no tienes opinión? – Extrañada, temiendo definitivamente sus peores augurios. – Sí, que no podía opinar porque no tenía ni puta idea de que va esta profesión. En realidad le he dicho que ni idea. — Con tono guasón, intentando relajar a su novia. – ¿Cómo le dices eso? Creía que había quedado claro lo que hablamos. Era una pregunta obvia, con decir que era una profesión con futuro, que estabas muy interesado en pertenecer a una empresa como ésta etc. etc., estaba contestada. — Cada vez más convencida de que no había servido de nada sus instrucciones. – No te preocupes, le ha gustado mi contestación. — Calmando a Diana a la vez que la sumergía en un estado de confusión. – Ahora sí que no entiendo nada. — Totalmente perpleja. – Me ha pedido sinceridad y se la he dado. — Convencido de haber hecho lo correcto. – Sinceridad te suelen pedir siempre, el problema surge cuando te pasas de sincero. — Más tranquila, escuchando atentamente a su novio, sin verlo claro aún. – Más que una entrevista ha sido una conversación amena. Se ha sorprendido cuando le he dicho que no tenía ni idea de cómo desarrollar este trabajo, pero por otro lado que confiaba en que me formaran, el resto lo ponía yo. Responsabilidad, trabajo, seriedad etc. era algo que tenían garantizado conmigo. — Con total seguridad en sus palabras. – Continúa. — Más relajada y con una visión diferente. – Me ha explicado por encima, las responsabilidades de la figura del Vigilante, las diferencias con otro tipo de profesiones, como trabajar a turnos, fines de semana, festivos etc. de alguna forma quería darme una visión de las cosas negativas, creo que para ver mi reacción. – ¿Y cómo le has contestado? – Le he explicado que tenía experiencia en trabajar de noche, por lo que no suponía un problema, ya que aguanto muy bien. Sobre lo de los uniformes, armas y todo lo que conlleva esta profesión, ya le he dicho que aprendo rápido y si otros lo han hecho, yo también. Parece que le ha gustado, más que nada por la cara que ha puesto. — Dando un enfoque más divertido ante la tensión que soportaba Diana. – ¿Qué cara ha puesto? – Más relajada y contagiada por el aire optimista de Rafael. – Pues no sé, la misma cara de satisfacción que pone mi madre cuando le contesto lo que quiere oír. — Soltando una sonrisa al imaginarse el símil. – De verdad, no dejas de sorprenderme. — Contagiándose del ambiente cómico que se había creado. – Y nada, hemos estado hablando de todo, hasta de música o de cine. – Ya veo, sobre todo por el tiempo que has estado arriba. – Finalmente, me ha preguntado, cuanto tiempo me gustaría estar en esta empresa. — Haciendo memoria. – Hombre, esa era una de las preguntas que podían salir y habíamos preparado. — Satisfecha de haber sido útil, al menos en algo. – Me he acordado de ti y le he dicho que veinte años o más, por decir un número. — Intentando agradar a Diana. – La respuesta habría sido, el máximo posible. Lo de los veinte años es de tu cosecha. — Matizando de forma sosegada. – Ya, pero ha puesto cara de sorpresa. ¡Eso son casi siete trienios! Me ha contestado. — Totalmente distendido. – ¿Y qué más? – Atenta y curiosa. – Poco más, que tal se me da el trabajo en equipo, la comunicación en general, esas cosas. – No creo que haya tenido dudas que esos aspectos son tu fuerte. — Sonriendo con tono irónico. – ¿Tú también te has dado cuenta? – Siguiendo el tono sarcástico de ella. – Bueno ¿Y cómo ha sido la despedida? – Satisfecha su curiosidad. – Pues como siempre, si soy admitido en el Instituto de Formación, en una semana me llamarían. Ya me he acostumbrado que todo se desarrolla de semana en semana. – ¿Y tú qué crees? – Volviendo a tomar un tono relajado y serio. – Yo creo que me van a llamar. — Contundente, haciendo gala de su característico optimismo. – ¿Por qué lo tienes tan claro?— Escéptica por naturaleza. – No te puedo decir por qué, es una intuición, por la forma que me ha hablado, por cómo me miraba o porque creo que le he caído bien. Además, creo yo que ya nos merecemos que la situación cambie. — Invadido por un aire de esperanza. – Pues sí, llevas razón. — Contagiada por la ilusión de Rafa, a la vez que aparcaba su escepticismo durante un instante. – No te preocupes cariño, verás cómo todo va bien. — Mientras la miraba a los ojos con confianza. – Eso espero. ¡Ala!, vámonos para casa. — Sellando el tema con un beso. – Abróchense los cinturones, que nos vamos volando en el bólido. — Soltando una carcajada. De repente empezó a reinar un aire de entusiasmo en la pareja, sin fundamento claro y con las esperanzas puestas en una empresa y una profesión que aunque desconocida le garantizaran un futuro que hasta el momento no se vislumbraba. Al menos tenían un motivo para soñar, sueños humildes que se simplificaba en un puesto de trabajo estable, algo que por simple que pareciera era el sueño de muchos españoles de mediados de los años ochenta. El sueño se hizo realidad, como intuía Rafael. De nuevo, una semana más tarde, llegó el aviso a través de telegrama, donde se informaba su admisión en el Instituto de Formación. En esa ocasión fue con la notificación en la mano a casa de Diana, quería decírselo en persona, al fin y al cabo ella era la culpable de todo aquello, con una participación activa durante todo el proceso de selección y merecía escuchar la noticia con él presente y no a través de un auricular. Lo negativo era que en tres días tenía que ingresar en la academia y estarían una semana sin verse, no es que fuese algo terrible, pero para una pareja que estaba acostumbrada a verse muchas horas todos los días, les costaba separarse, aunque fuese durante ese intervalo de tiempo. Cuando se dieron cuenta, el domingo llegó y Rafael tenía que irse para dormir esa noche en lo que sería su nuevo futuro profesional. Después de despedirse de Diana, cogió su bolsa de viaje y se dirigió a la zona norte de Madrid, a un lugar que jamás había oído, teniendo como única referencia un famoso casino en las inmediaciones. Le llevó su cuñado Lolo en la moto por varias razones, principalmente porque su coche consumía más gasolina que dinero tenía y sobre todo porque con el sentido de orientación de Rafa no estaba garantizada su entrada en el horario marcado. A pesar del pequeño plano que disponía se perdieron, no obstante gracias a la maniobrabilidad de su medio de transporte y el sentido de orientación normalizado de su cuñado, consiguieron llegar con tiempo suficiente. Se despidió de Lolo y se dirigió a la zona de recepción donde habían llegado algunos chicos, entró en el hall para presentarse, inmediatamente se creó un clima cordial entre ellos, un buen rollo que perduraría durante toda la estancia. Una vez que llegaron los veintitrés futuros Vigilantes Jurados, el responsable de recepción distribuyó varias habitaciones donde se alojarían dos o tres personas en cada una de ellas. Informó del horario de la cena una vez estuvieran instalados a la vez que se les convocaba a una reunión previa para informarles sobre el curso. Rafael se dirigió a su habitación en la segunda planta junto al compañero que le había tocado, ambos se pusieron en seguida de acuerdo en la elección de cama. Dani se instaló en la cama más cercana a la puerta de entrada y Rafael junto a una ventana que abrió nada más llegar para observar el pinar que rodeaba el edificio. Era una habitación muy espaciosa, con mesa y silla de estudio junto a cada cama; sobre la mesa, una lámpara, varios temarios bastante voluminosos, cuadernos, bolígrafos, lapiceros, marcadores, grapadora etc. etc., todo muy bien organizado y enfocado para el objetivo principal, que no era otro que estudiar y formarse. El compañero de Rafa era un chico bastante callado, excesivamente reservado para su gusto, pero cordial y amable, ideal para compartir espacio con Rafael, pues para hablar ya estaba él. Terminó enseguida de colocar sus cosas, miro el reloj para comprobar que faltaba bastante tiempo para la reunión, dejó a su callado colega y se dio una vuelta para reconocer el entorno. Al parecer no fue el único que había tenido esa idea porque se encontró con varios compañeros que hacían lo mismo. Juntos recorrieron toda la finca completamente vallada, observaron con detalle el edificio central, un palacete rehabilitado, posiblemente de finales de siglo XIX, con un aparcamiento no muy grande pegado a la entrada. Un poco más separado se encontraba otro edificio de moderna construcción, donde se divisaban aulas y junto a él un gimnasio enorme. Siguieron andando hacia una edificación que contrastaba con el resto, compacto con una sola entrada. Rafael no adivinaba que podía ser, aunque uno de los presentes le sacó de dudas al comentarle que se trataba de una galería de tiro. Rafa se sentía impresionado por aquel entorno, por una parte le gustaba el lugar, se sentía bien en aquel enclave natural (superaba con creces todo lo que se había imaginado en los días previos); por otro lado sintió vértigo de lo que significaba aquello, un mundo totalmente desconocido al que iba a entrar en pocas horas, sin ningún parecido ni por asomo a sus trabajos anteriores. Se sentía fuera de lugar, le resultaba todo muy extraño, aquellas personas, aquel lugar, un temario que ojeó sin entender nada. Nada sabía, cómo le dijo a su entrevistador, aunque en buena medida empezaba a ser consciente de aquellas palabras. De repente sintió un bajón descomunal y la necesidad imperiosa de hablar con Diana para contarle todo lo que sentía. Sin más, se dirigió a recepción donde había unas cabinas de teléfono, no le hizo falta más de dos minutos de conversación con ella para recuperar la confianza de nuevo. Quizá era lo que en ese momento necesitaba con urgencia, oír la voz de su querida Diana. Como les habían indicado, antes de cenar reunieron al grupo, les dieron unas hojas para rellenar con sus datos e informarles del horario del día siguiente. Pronto comprobaron la gran actividad que tenían por delante, con una jornada que comenzaba a las siete de la mañana y terminaba a las ocho o nueve de la tarde. Después se les indicó donde estaba el comedor, les asignaron sus asientos para todo el curso, les sirvieron la cena unos camareros y se marcharon a sus habitaciones a descansar para que se prepararan ante la trepidante jornada que les esperaba al día siguiente. A las siete de la mañana sonaron unos timbres que a Rafael le despertaron desconcertado, sin saber bien donde estaba. Una vez que reaccionó y pudo ubicarse, recordó que disponía de diez minutos para bajar en ropa deportiva a la calle. Cuando todos llegaron, les estaba esperando un monitor con cara de pocos amigos, encargado de enseñarles defensa personal así como el manejo y utilización de defensa y grilletes, pero antes de eso tocaba correr por el campo y realizar una serie de ejercicios físicos. No era precisamente la mejor hora de Rafa y menos para realizar ejercicio físico, recién levantado y sin desayunar su cuerpo era un poema. Hizo de tripas corazón y se puso a trotar, no era cuestión de empezar a quejarse el primer día, sobre todo porque viendo la cara de algunos compañeros, comprendió que no era el único que tenía un lamentable cuerpo mañanero. Cuando le pusieron una defensa y unos grilletes en la mano sintió una sensación rara, como si aquello no le correspondiera llevarlo, lo vio como algo ajeno a él. Inevitablemente, pensó en las ocasiones que vio esos utensilios, en las manifestaciones que acudió en su juventud. No pudo evitar ver la cara de su madre,” ¿Qué pensaría en ese momento de su hijo?”, un pensamiento que no le hacía sentir especialmente orgulloso. La primera clase pasó rápido, con algún contusionado por golpes incontrolados o grilletes excesivamente apretados, pero nada que no se pudiese resolver con un buen desayuno después de la ducha. Con el estómago lleno se dirigieron a la zona de aulas donde les estaba esperando el director del instituto. Sin perder mucho tiempo hizo entrega del horario definitivo de la semana e informó de forma detallada sobre su desarrollo. Básicamente, se impartirían cincuenta horas de clase, teoría en su totalidad, al finalizar la semana, volverían a casa quince días donde estudiarían un temario correspondiente a cincuenta horas más, en total cien horas. Después volverían al instituto donde se impartirían cien horas solo de prácticas, todo con sus exámenes correspondientes. El que superara el curso les darían los diplomas con sus correspondientes certificados acreditativos, uno del curso realizado (y superado), y otro diploma de capacidad para trabajar en la Unión Europea. A Rafael le empezó a rechinar todo aquello, ¿Cómo el que superara el curso? ¿Y si no se supera? - Se preguntaba mentalmente —. De forma espontánea interrumpió al profesor. – Perdone, ¿Quiere decir que no basta con realizar el curso, sino que hay que aprobarlo? – Algo perplejo, siendo consciente de la estupidez de pregunta, justo después de realizarla. – Así es. — Tajante en su contestación. – Pensaba que se trataba de un curso de formación, o sea, de asistencia, no de examen. — Intentando disimular la pregunta anterior. – Efectivamente, se trata de un curso de asistencia, pero con demostración escrita, en el caso de las clases teóricas y de exámenes prácticos en el caso de la las clases prácticas. — Explicando las dudas colectivas que surgieron. – O sea, que si aprobamos, ya salimos como Vigilantes Jurados. — Convencido. – No, aquí se os prepara para hacer el examen para Vigilante. – Entonces ¿Cuándo salgamos de aquí, si aprobamos, de que vamos a trabajar? – Totalmente confundido. – Se os hará un contrato de Guarda de Seguridad. Una vez que vuestros superiores os vean capacitados, se os presentaría para el examen de Vigilante Jurado. – ¿Qué examen es ese? – Cada vez más confundido—. – En realidad son dos exámenes, uno teórico ante la Policía Nacional y otro práctico, de tiro ante la Guardia Civil. No os preocupéis, que de aquí saldréis totalmente preparados para superarlos. — Contestando de forma clara todas las dudas que surgieron. – ¿De qué va el trabajo de Guarda de Seguridad? – Haciendo hincapié en esa categoría que oía por primera vez. – Es muy parecido, pero sin tener el carácter de agente de la autoridad. Todas estas cuestiones las iremos viendo durante el curso. — Con un tono sereno. – Ya me deja mucho más tranquilo. — Sarcásticamente, lo que provocó risas generalizadas. – He de deciros también que este curso está subvencionado por el Inem, por lo que el coste del curso varía en función de vuestras retribuciones. – ¿Podría explicarlo mejor? – Es fácil, si no cobráis subsidio de desempleo el curso es gratuito, si por el contrario cobráis, dependiendo de la cuantía que cobréis, cuesta un precio u otro. Pero no os preocupéis, como esta cuestión es totalmente personalizada, en el primer contrato de seis meses que se os haga, se descontará la cantidad que corresponda a cada uno durante esos seis meses. — Claro y conciso. Una vez aclaradas todas las cuestiones, Rafa estaba en un estado lamentable, no solo había sido el proceso de selección, sino que seguía sumergido en un camino que no veía el final. Ahora tocaba aprobar todo para salir a trabajar como Guarda de Seguridad. Seguir pagando el curso durante seis meses (en su caso cobraba subsidio de desempleo) para después que le presentaran, en un tiempo sin definir, a Vigilante Jurado y claro, aprobarlo. El techo se le vino encima, cuando parecía que estaba llegando al final una nueva sorpresa aparecía, aunque por mucho que se calentara la cabeza no tenía más remedio que continuar. Por enésima vez recordó la misma frase recurrente que siempre le animaba, “total, no tengo nada que perder”. Al principio le saturó la cantidad de asignaturas que había, sobre todo por su desconocimiento absoluto. Deontología profesional, derecho penal, decisión de disparo, derecho procesal, técnicas de comunicación etc. Eran materias que ni por asomo había tocado nunca, no obstante con el paso de los días empezó a cogerles el gustillo y verlas mucho más cercanas y asequibles. Mucha culpa de ese cambio lo tuvieron los profesores, personas con amplia experiencia profesional que hacían las clases divertidas y llenas de anécdotas. A pesar de lo agotador que resultaba cada jornada, consiguieron que fuese impregnándose de aquel mundillo tan desconocido para él. Entre desayunos y cenas, carreras matinales, porrazos fortuitos, clases y estudio, la semana pasó volando. Lo que empezó siendo un camino cuesta arriba se fue allanando poco a poco, hasta el punto de irse de allí con algo de pena. No le hubiese importado alargar su estancia, pero estaba por encima sus ganas de ver a Diana, a quien echaba de menos a pesar de hablar con ella a diario para contarle sus andanzas por ese sitio. Ella por su parte, también estaba deseando verle, aunque supiera de antemano la evolución positiva que en tan poco tiempo había sufrido su novio. No hizo falta que fuesen a recogerlo pues casualmente había coincidido con un compañero que vivía en Torreón del Jarama y tenía su coche allí aparcado. El trayecto lo hicieron sin parar de conversar sobre el curso como tema estrella. Llegó bastante pronto a su casa, dejó la bolsa de viaje ante la mirada inexpresiva de su familia, quienes lo miraban como si hubiese regresado de dar una vuelta. Solo su madre le preguntó alguna cosa de pasada, poniendo especial interés en lo que había comido esos días. Cuando fue a ver a su novia se abrazaron y besaron como si hubiese estado un año fuera, algo lógico en una pareja que jamás se había separado un solo día . Las dos semanas siguientes se las pasó estudiando el amplio temario que le mandaron como deberes, unas veces en su casa, otras en casa de su novia, pero sin dejar de tener como conversación constante el nuevo mundo en el que se había metido. Con sus amigos empezó a reinar el cachondeo, en especial con Teo, haciendo éste referencia al trabajo al que Rafa se iba a dedicar o la perplejidad que le producía imaginarle como un represor con porra. Al fin y al cabo Teo no hacía otra cosa que practicar su deporte favorito, un deporte que consistía en picar a Rafael. Antes de darse cuenta habían pasado las dos semanas y ese mismo domingo tenía que volver al instituto, en esta ocasión mucho más animado. A pesar de no ver a Diana en unos días tenía ganas de volver a ver a sus compañeros, con los que había mantenido una gran relación. También le hacía ilusión comenzar con las prácticas, aunque igual de intensas que la teoría, eran mucho más amenas, según opinión de los profesores. El reencuentro con los compañeros estuvo plagado de apretones de manos y alegría al verse de nuevo.” Al parecer no era el único que volvía con ganas de seguir con la formación”— pensó Rafa—. De inmediato cotejaron los ejercicios que cada uno había realizado, llegando a la conclusión que era mejor dejarlo para el día siguiente y aprovechar el tiempo charlando animadamente con una cerveza en la mano. No pasó inadvertida la ausencia de uno de los compañeros a la hora de distribuir las habitaciones. Raúl no había aparecido, aunque fue el encargado de alojarles quien les sacó de dudas al informarles que no había aprobado la primera fase. Al parecer iba en serio lo de aprobar aunque pensasen lo contrario. De cualquier manera ese episodio les recordó que no estaban allí de vacaciones y tenían que ponerse las pilas si querían conseguir trabajar en Seguridad Privada. En esa ocasión, Rafael fue previsor y se llevó un despertador, sobre todo para tener unos minutos de margen antes de que sonaran los timbres y poder espabilarse adecuadamente. No tardaron en comprobar que tanto los ejercicios físicos como el aprendizaje de técnicas de defensa personal se habían incrementado notablemente, con un tratamiento mucho más profesional que la vez anterior. Siguiendo el protocolo una vez que desayunaron, el director del centro de nuevo les explico el calendario de esos días. Les informó lo que ya sabían, la ausencia del compañero que no había aprobado la fase teórica. Como ya les adelantaron, esa semana las clases eran totalmente prácticas, lo que no significaba que no tuvieran que seguir estudiando una vez terminada la jornada, había que seguir hincando los codos para seguir formándose pero sobre todo aprobar. Aparecieron nuevos profesores, profesionales que ejercían lo que enseñaban, como un oficial bombero, que sorprendentemente les enseño apagar un fuego de gran magnitud con un solo extintor, algo que Rafael, jamás hubiese pensado que era posible. Estaba emocionado, cada clase le parecía fascinante, ya fuese por su carácter curioso o simplemente por el manejo de aparatos que nunca se hubiese imaginado que utilizaría, hizo que disfrutara de cada momento y que se viera por primera vez capacitado para ejercer esa profesión. Quien le iba a decir que iba a saber hablar por un “walkie”, detectar un explosivo o descubrir las piezas que tenía un revolver. Palabras como volumétrico, infrarrojo o central de alarmas, pasaron a formar parte de su vocabulario. Hablar por teléfono correctamente, manejarse entre multitudes, adoptar posiciones idóneas, redactar informes o incluso saber dirigirse a cualquier persona de forma educada y profesional, fue parte de su aprendizaje. La primera vez que entró en la galería de tiro se sintió extraño, aunque para algunos compañeros con experiencia en el mundo militar no era novedoso, para Rafa, coger un arma de fuego era un hecho excepcional. Era todo un enigma para él, no sabía cómo se le iba a dar empuñar un revolver y mucho menos disparar, sin valorar en absoluto su destreza o puntería. No podía ocultar cierto nerviosismo el mero hecho de ver tantas armas juntas e inevitablemente volvió a pensar en su madre, tan reacia y miedosa hacia todo “cacharro” de matar, como solía describirlas. ¿Qué pensaría sobre que su hijo portara una?, antes de contestarse a sí mismo, se vio empuñando un calibre 38, sin saber qué hacer con aquello. De forma instintiva se dirigió al instructor y le confesó su total desconocimiento sobre armas de fuego. – Perdone Sr. Sevilla, pero no he disparado en mi vida. — Con cierto rubor ante la destreza del resto de compañeros. – Hombre, seguro que en la mili has cogido algún fusil. — Dando por hecho el paso por el ejército. – Es que salí “excedente”. — Con tono de disculpa. – Bueno hombre, no pasa nada, para eso estoy aquí. — Intentando relajarle al ver su cara de tensión. – No sé qué tal se me va a dar. — Más tranquilo al ver la reacción sosegada del instructor. – Tu tranquilo, solo tienes que hacer lo que te diga y verás cómo donde pones el ojo pones la bala. — Sonriéndole de forma amable. – Eso espero. — Demostrando su interés. – Cógela con las dos manos, sin miedo. Estira los brazos y haz que coincida el punto de mira en el centro del “alza”, ni más arriba ni más abajo, ni a la derecha ni a la izquierda, en el centro justo. Aprieta suavemente el gatillo y no esperes el disparo, que te sorprenda. Apunta al centro de la silueta. — Con paciencia y seguro de lo que decía. Rafael hizo todo lo que le fue diciendo el profesor, disparo a disparo fue agotando el tambor, cuando terminó, su sorpresa fue mayúscula al acercarse y comprobar que había tenido una puntería excelente. Ni él mismo se lo creía, llegó incluso a pensar que le habían gastado una broma y había sido otro el que había disparado en su lugar. La risa del instructor llenó el local ante aquella reacción, le guiñó un ojo y con cara de pícaro le dijo “no sé de qué te extrañas, con el pedazo de profesor que tienes”. Lo que creía que iba a ser lo más complicado resultó ser una de las cosas que mejor se le daba, jamás hubiese sospechado que dispararía tan bien. Aunque estaba disfrutando de todas las prácticas que realizaba, aquello le motivó más, lo que hizo que las horas y los días volaran literalmente. Todos aprobaron sin problema. El último día hubo ceremonia de entrega de diplomas, en la que no faltaron los discursos de cargos de la empresa explicando de forma general su funcionamiento. Incluido su Presidente que de forma casual fue quien le entregó los diplomas a Rafael. Un señor que le cayó muy bien y que abiertamente se interesó por la estancia y desarrollo del curso. Se dirigió hacia ellos como “sus chicos”, de una forma entrañable en el pequeño discurso que pronunció. Volvió con su compañero a casa, en esa ocasión de una forma ambivalente fueron hablando durante todo el trayecto, tristes por dejar definitivamente el Instituto, pero expectantes por cómo sería a partir de ahora la realidad de ese nuevo trabajo. Una realidad donde se veían como perfectos novatos por muy bien que se les hubiese formado. – Bueno papá, al menos salíais con una base importante. —Después de escuchar con atención todo lo que le había contado. – Eso es innegable hijo. — Dándole la razón. – Lo que no me has contado es lo que hacíais en vuestro tiempo libre. — Con cara de pícaro. – Poco tiempo libre teníamos. — Sin dar importancia al tema. – No me puedo creer que chavales de veinte pocos años fueseis tan disciplinados. — Intentando sonsacar información. – Poco se podía hacer allí. Bueno la verdad es que alguna partida de mus y de póquer amenizó alguna noche. —Entrando en el juego de su hijo. – ¿Quién vigilaba por las noches el instituto? – Había un señor que vivía allí y era el encargado de que nos portásemos bien. – ¿Y lo conseguía? – Con tono sarcástico. – No. — Soltando una risotada—. – Ya me imaginaba. – En seguida nos hicimos colegas de él y era el primero que estaba con nosotros jugando a las cartas y facilitándonos algo de beber. — Con tono melancólico. – Ya me extrañaba que te fueras pronto a la cama. — Riéndose. – La verdad es que no sé cómo aguantábamos el ritmo. Bueno si lo sé, que éramos muy jóvenes. – Aún no me has contestado por qué te hiciste Vigilante Jurado. – Pues está bastante claro hijo, por dos razones. La primera porque en ese momento lo veía como una salida laboral. – ¿Y la segunda razón? – La segunda está más clara todavía. Por tu madre hijo, por tu madre. — Riéndose abiertamente los dos. CAPITULO DOS El verano acaba de empezar y como de costumbre, los planes de vacaciones juntos se presentaban imposibles, aunque en esa ocasión el impedimento era mayor ante la inminente incorporación de Rafa a su nuevo trabajo. Aun así, aprovechando que los padres de Diana se encontraban pasando unos días en su pueblo, valoraron la posibilidad de ir con ellos y despejarse un poco de los últimos meses tan estresantes que habían tenido. Un cambio de aires fuera de la ciudad les vendría muy bien antes de afrontar la nueva etapa que se les presentaba, al menos para Rafael. Ante la incógnita de cuando le llamarían para firmar el contrato, decidió ponerse en contacto a través del teléfono que le dieron para cualquier tipo de información que necesitara, y preguntar el tiempo aproximado del que podía disponer antes de su incorporación. La respuesta por parte de la persona que atendió la llamada fue bastante clara, “como poco una semana”. Sin demora hicieron el equipaje, echaron gasolina en su flamante coche y marcharon al pueblo. Rafael avisó a su madre sobre la llamada que estaba esperando, acordó con ella telefonearla dos veces al día por si hubiese alguna novedad. Aunque hubiese preferido ir en autocar, Diana insistió en utilizar su coche a pesar de la poca confianza que mostraba su novio a la hora de ponerse al volante. Rafa intentó escaquearse argumentando su falta de experiencia, la capacidad que tenía para perderse o la poca fiabilidad del vehículo, de nada le sirvieron las excusas. Cuando echaron cuentas, vieron que el ahorro era considerable por lo que Rafael no tuvo más remedio que claudicar y conducir. A pesar de todas las taras que tenía, pudo comprobar que esa “tartana” corría como un diablo, siempre con la sensación de que en cualquier momento se iba a desintegrar, pero correr, corría. Poco después de dos horas (con su parada correspondiente), llegaron a la plaza del pueblo y como estaba establecido pararon para que Rafael hablara con su madre desde una cabina, en principio para informar de que habían llegado bien. La respuesta no se hizo esperar “vente para acá que te han llamado para que vayas mañana a firmar”. No se lo podía creer, por un momento se quedó bloqueado, entre enfadado y sorprendido se lo fue contando a Diana. – ¿Qué te pasa que traes esa cara? ¿Qué te ha dicho tu madre? - Intrigada, sin saber que ocurría. – ¿Te puedes creer que nada más salir me han llamado? – Asimilando la información. – ¿Pero no te dijeron que al menos tardarían una semana? – Tan sorprendida como Rafael. – ¡Pues eso digo yo! —Visiblemente enfadado. – No te preocupes, vamos a casa con mis padres y decidimos que hacer. — Con tono resolutivo. – Pues nada, me tendré que ir hoy porque mañana tengo que estar a las diez en la oficina. — Calculando los tiempos. – No pasa nada, tenemos tiempo. — Intentando ver el lado positivo. – Venga, vamos a ver a tus padres. Cuando se lo contaron a sus padres, en seguida le quitaron importancia, a pesar del cabreo momentáneo todos se dieron cuenta de que no se trataba de algo tan terrible, simplemente se trataba de volver, firmar y saber cuándo se incorporaba. Intentaron animar a Rafa para que volviera en coche, en esa ocasión se cerró en banda negándose a conducir solo tantos kilómetros. Finalmente, decidió volver en autocar esa misma tarde sin importarle el tiempo extra que tardara, “seguro que tardo menos que si voy en coche”-se justificaba a sí mismo—. Por el momento, parecía que todo seguía en la misma línea trepidante que últimamente le acompañaba y se negaba a separarse de él. Cogió el autobús, como era previsible llegó a su casa de noche, dedicó el tiempo justo para hablar con su madre unos minutos, meterse en la cama para no dormir prácticamente nada y levantarse temprano. Como de costumbre llegó a la oficina bastante antes de la hora que le habían citado, aunque para su agrado le hicieron entrar en el momento de su llegada. Le recibió un señor de mediana edad, alrededor de quince años mayor que él, bien parecido y de trato agradable, aunque con un ojo algo desviado que ponía nervioso a Rafael. Se presentó como su inspector, le puso el contrato encima de la mesa y le explicó el servicio donde se iba a incorporar en breve. A pesar de la amplia información recibida en el Instituto sobre la duración del primer contrato, la política de empresa sobre renovaciones, el coste del curso etc., su jefe se la volvió a repetir de forma detallada aportando como única novedad el descuento de cinco mil pesetas durante los primeros seis meses, como pago por el curso realizado, según los datos que le habían facilitado en el Inem. A continuación le habló sobre el lugar que prestaría servicio, ubicación, horarios y lo que mayor satisfacción le causó, se incorporaría en cuatro días. Le proporcionó su uniforme y con un apretón de manos le deseó buena suerte dándole la bienvenida a la empresa. Salió de la oficina con prisa, en cuatro horas salía el autobús hacia el pueblo y tenía que pasar antes por casa para dejar el contrato y el uniforme. De nuevo se despidió de su madre sin la incertidumbre de que le volviesen a llamar, al menos eso esperaba. Una vez que montó en el autocar solo pensaba que al menos podría estar cuatro días relajadamente con su chica, algo era algo. Los días pasaron como un suspiro, entre baños en el río, visitas a la sierra y largas conversaciones monotemáticas donde de manera palpable se observaba el nerviosismo reinante en Rafael. Ya no escondía su inquietud ante el nuevo futuro laboral que tenía en puertas, constantemente se hacía preguntas sobre su capacidad para estar a la altura, si pudiera ser que tuviese futuro en aquel trabajo o simplemente que todo resultase efímero. No quería defraudar a su novia, pero sobre todo no quería defraudarse a sí mismo, intentaba mantener una imagen de control sobre la situación, pero la realidad era que permanentemente buscaba alguna similitud con los trabajos anteriores para agarrarla y sentirse más seguro. Por mucho que buscaba no los encontraba, aquello no se parecía en nada a ponerse un mono y seguir las consignas del encargado, todo lo contrario, allí era él, quien tenía que velar porque se cumplieran las normas de seguridad, una situación que no controlaba y le causaba ansiedad. Diana lo conocía muy bien y actuaba de bálsamo, restaba importancia a los temas que Rafa le daba demasiada transcendencia, le animaba y le transmitía la seguridad que en ese momento necesitaba, pues si algo tenía claro era que todo lo que le ocurría a su novio simplemente era exceso de responsabilidad. En ese aspecto, tenía muy claro que una vez empezara a rodar, todas las dudas e incertidumbres se disiparían. Ese día empezaba a trabajar a las tres de la tarde, se levantó pronto para ir con tiempo a casa de su novia y comer con ella. Su madre ya le había planchado de forma impecable el uniforme, algo que no sorprendió a Rafa, al igual que oír sus consignas para que todo le fuese bien en su primer día de trabajo, muy típico en ella o en cualquier madre. Poco después de comer, se puso por primera vez el uniforme, se miró al espejo y se vio raro, a pesar de los piropos que Diana le regalaba, se sentía raro, como si fuese otra persona, sin embargo, en ese momento lo que más le preocupaba no era si el uniforme le sentaba así o asá, sino saber llegar al nuevo servicio. Se encontraba en la zona norte de Madrid y había que ir obligatoriamente en coche, ya que no había transporte público cercano. Lo que para cualquier otra persona normal no hubiese sido un problema para Rafael suponía un mundo, teniendo en cuenta su facilidad para perderse. En realidad, siendo sábado, en circunstancias normales no tardaría más de media hora en llegar, pero conociéndose no quería arriesgarse a llegar tarde el primer día, así que dos horas antes se puso en marcha. Hizo bien, a pesar del esmero y la concentración que puso dio más vueltas que una peonza, de nada sirvió que fuese previamente con su cuñado para aprender el camino, él se perdió igualmente. Al menos no se puso nervioso, pues iba con suficiente tiempo y se limitó a ir preguntando a los incautos transeúntes que tenían el valor de pasear en ese caluroso día de primeros de julio. Logró identificar la calle donde se tenía que dirigir dentro del polígono, al fondo podía ver su destino, algo que le hizo respirar aliviado pues había llegado media hora antes. Su compañero, el mismo que había coincidido en el instituto y que vivía en su misma población, se llevó una sorpresa al relevarle tan pronto, pero sobre todo al verlo ya con el uniforme puesto. – Que pronto vienes, y ya cambiado. — Con alegría de volver a verle y también de marcharse pronto. – Hombre Miguel, ya veo que también te han traído aquí. — Con la misma satisfacción de su compañero al ver una cara conocida. – Debe de ser un servicio para novatos. — Riéndose ambos. – ¿Cómo te ha ido el primer día? – Con mucha curiosidad, sin ocultar el nerviosismo típico de la primera vez. – Bien, la verdad es que poca cosa hay que hacer aquí, por ahora. — Encogiéndose de hombros. – ¿Quiénes son los que están dentro? – Al ver varias personas dentro de la nave. – Es personal de limpieza. Esta mañana ha venido el inspector, ha dejado unos libros de informes y el cuadrante, me ha dicho que acaban de terminar el edificio y el lunes empieza a venir personal para poner en marcha esto. Así que están limpiándolo todo para dejarlo preparado. — Informándole minuciosamente. – Ah vale, al menos estaré acompañado. — Prestando atención a lo que le decía el compañero. – ¡Que va macho! Esta gente se “pira” ahora, a las tres. Esta tarde te quedas “solateras”. — Expresándose en unos términos muy de barrio. – ¿Y qué es lo que tengo que hacer? – Más despistado que al principio de la conversación. – Pues no sé, cierra la verja y te das una vuelta para conocer el edificio. Pero ya te digo que poco hay que ver por qué está todo vacío. Ahí tienes una silla para sentarte. — Señalando el único mobiliario que había a la vista. – Vale, ya veré. — Sin salir de su confusión aunque aparentando tenerlo todo bajo control. – Bueno, me voy a cambiar que he dejado la ropa en uno de los despachos. Si sale ahora el personal de limpieza los apuntas en esta hoja. — Indicándole una hoja con la relación de personal que había trabajado esa mañana. – Vale, no te preocupes. – ¿No te has traído algo para leer, o al menos una radio? – Que va. — Sin ocultar su cara de despiste. – Pues, te vas a aburrir. — Mientras se alejaba para cambiarse. – Ya veo. — Resignado. Mientras que esperaba a que saliera su compañero, se quedó de pie inmóvil, ya relajado se dedicó a contemplar un entorno que hasta ese momento no había prestado atención. Observó que estaba al final de una calle donde era el último edificio, al menos de momento pues se apreciaba que era una zona en plena expansión, se podía divisar en frente como se levantaban nuevas naves. Al estar en un alto, se veía claramente cómo había tres niveles diferenciados dentro del recinto, se podía bajar por unas escaleras externas a cada nave, claramente independientes, cada una con su entrada exterior y sus puertas de acceso, una pequeña y un portón grande. Todo el perímetro estaba vallado, al menos lo que podía divisar, comprobó que por detrás no había ningún edificio colindante, solo campo. Se veía muy poca actividad en los alrededores, cosa que extrañó a Rafael, hasta que recordó que eran las tres de la tarde de sábado lo que explicaba aquel silencio. Al cabo de unos minutos salió su compañero, coincidiendo con el personal que había estado limpiando por la mañana. Cuando se fueron, cerró la verja de entrada y se quedó solo, una sensación que no podía describir le invadió todo el cuerpo; ¿Y ahora qué?, se preguntaba. De repente se acordó de su estancia en el Instituto donde en varias ocasiones hablaron los profesores sobre la soledad del Vigilante, una circunstancia habitual en muchos de los lugares donde se prestaba servicio. Una cosa era la teoría y otra sufrir esa soledad el primer minuto recién estrenado el uniforme, evidentemente nadie le habló de la soledad del Guarda de Seguridad, porque eso es lo que era en ese momento. No pudo reprimir un destello de desdicha al sentir que ni siquiera podía sufrir la soledad del Vigilante Jurado. Se quitó de encima todos esos pensamientos negativos que le emergían y decidió recorrer el edificio o mejor dicho, los edificios, al menos le serviría para familiarizarse con su nuevo, su primer servicio. En la entrada principal se podía ver de frente un muelle, con una pequeña escalera a la izquierda donde se entraba, tanto a la nave como a una oficina con una ventana exterior. Desde la oficina se podía observar cualquier movimiento que hubiese por la calle, dentro había una silla, bueno, la única silla que su compañero había llevado allí para cambiarse, junto a ella una pequeña mesita. Encima de la mesa estaba el cuadrante que había dejado el inspector junto a un par de libros de informes y varias hojas para controlar a las personas que entraran. Lo primero que hizo Rafa fue echar un vistazo al cuadrante, al primer cuadrante de su vida, donde pudo ver que aparte del compañero que había relevado, había otro Guarda de Seguridad y un Vigilante Jurado que trabajaba solo por las noches. Era bastante fácil de entender, un Guarda de Seguridad en los turnos de mañana y tarde, reservando las noches al Vigilante. Las pautas también muy claras, cuatro días de mañana, dos libres, cuatro días de tarde, dos libres y así sucesivamente. No le parecía mal a Rafael ese tipo de cuadrante, al menos no trabajaba en turnos de noche, algo bueno tenía no ser Vigilante Jurado; cogió una copia y se la guardó en el bolsillo de la camisa, a continuación ojeó los informes, aunque poco miró pues ya había redactado bastantes durante el proceso de formación. Leyó el del compañero y le pareció un calco de informe tipo que tantas veces habían escrito en la asignatura de “redacción de informes”, esbozó una sonrisa y empezó a recorrer el edificio. Aunque no había ningún tipo de máquinas o herramientas, en seguida le pareció familiar una de las zonas a la que entró, muy parecida a una sala de despiece de carne donde había trabajado anteriormente. El resto de las salas del primer nivel eran muy parecidas, de forma intuitiva imaginó que estaban destinadas a fabricar alimentos, con cámaras frigoríficas en cada una de ellas lo que le hizo suponer que se trataba de obradores de pastelería o algo similar. Poco después bajó al segundo nivel por fuera, ya que no había acceso de forma interna, solo había que bajar un tramo de escaleras para encontrarse con una explanada, no muy grande, lo justo para que pasase un camión de tamaño medio; había un portón que se encontraba abierto, con una puerta justo al lado que daba acceso a una oficina. Nada más entrar comprobó que se trataba de un almacén bastante grande donde no había nada, simplemente estanterías por todos lados y unos espacios con verjas, cerrados con llave. Al bajar al tercer nivel, la disposición era exactamente igual que en el nivel anterior, continuó alrededor del perímetro hasta completar toda la extensión del terreno sin descubrir nada relevante, solo unos cuartos, aseos y vestuarios. En una hora había visto todo lo que tenía que ver, volvió al despacho y se sentó en la única silla que había. Poco duró dentro de ese despacho, parecía un horno a pesar de tener la ventana abierta, hacía un calor de mil demonios cogió la silla y se colocó encima del muelle donde corría algo de aire. Desde esa ubicación podía divisar todo lo que circulaba por las cercanías, casi ningún coche y absolutamente nadie andando. El reloj lo miraba cada cinco minutos, pero las manecillas parecían estar atascadas. De repente se vio absurdo, allí sentado mirando al infinito, con un calor insoportable, sin nada con lo que entretenerse, solo sus pensamientos. Era demasiado para él, hasta ese momento los trabajos que había realizado eran mucho más dinámicos, pero aquello era desesperante. Le entró un bajón considerable, no sabía si por el calor o simplemente porque no valía para aquello, el caso es que llegó a la conclusión de que ese trabajo no era para él y cuando le saliera otra cosa se iría. Estaba tan pensativo que no se dio cuenta de que a lo lejos venían un camión y un turismo tocando el claxon de forma estridente, a gran velocidad. De repente, observó cómo frenaban bruscamente, justo en frente de la verja y se bajaban los dos conductores. El camionero con un palo en la mano (de unas dimensiones considerables), le propinó un estacazo en la espalda al otro conductor, éste a su vez, como si no le hubiese hecho nada, cogió un gran pedrusco y se lo lanzo al camionero impactándole en la espalda para, a continuación liarse a puñetazos y patadas. Estuvieron con la trifulca varios minutos, cuando se cansaron comenzaron a hablar sobre la “pirula que me has hecho”, “yo no, has sido tú”. Diez minutos después se dieron la mano, se montaron en sus respectivos vehículos y se marcharon. Rafael lo estaba flipando, le pareció tan surrealista que se limitó a ser un simple espectador, sin saber qué hacer se limitó a contemplar aquella escena tan grotesca. Por un lado recordó todo lo que le habían enseñado sobre la autoridad que ejercían y todos esos argumentos teóricos, pero por otro, lo único que pensó era que si iba para allá lo que podía pasar era que pillara él. No los vio muy dialogantes cuando llegaron, ni siquiera le vieron a pesar de estar en un sitio visible, como para meterse en medio; “cuando se lo cuente a Diana no se lo va a creer” —pensó de inmediato—. – Las veces que me lo habrás contado y siempre me hace gracia, papá. — Riéndose abiertamente ante los gestos de su padre. – Yo ahora me rio, pero en aquel momento pensé que se mataban. – Contagiado por la risa de su hijo. – Me hubiese gustado ver tu cara. — Sin parar de reír, imaginándose la escena. – Pues cara de tonto se me quedó. — Provocando con su cara una risa nerviosa en su hijo. – ¿No se te ocurrió llamar a la policía? – Más calmado después del momento simpático. – ¿Cómo no fuera a voces?— Con su clásica ironía. – ¿No tenías un teléfono? – Algo sorprendido. – Para nada. Lo único que había era una silla y una mesa. No creo que hubiese servido de nada llamar con la silla. — Estallando en una carcajada. – Madre mía papá, que cosas te han pasado. — Regalándole una mirada de cariño. – No lo sabes bien. Aquel episodio le sirvió a Rafael para salir del círculo negativo que había entrado, al pensar una y otra vez en lo ocurrido le ayudó que las horas pasaran más deprisa. La noche llegó y no tardó en oír un rugido de motor a lo lejos, muy estridente, poco después divisó unos faros que se dirigían hacia su posición. No tardó en comprobar que se trataba de su relevo, con satisfacción miró el reloj, también venía bastante pronto. Se trataba de un chaval con más experiencia que el resto de los compañeros, un Vigilante que llevaba unos años trabajando en la empresa y con el que Rafa pronto hizo buenas migas. Le dio las novedades, poca cosa, simplemente el episodio que había presenciado. Mientras que se ponía el uniforme, le preguntó sobre aquella profesión tan desconocida para él, aprovechando que contaba con cierta experiencia o al menos más que él. A pesar de lo poco hablador que a todas luces se veía que era, le contestó de forma contundente “aprovecha este tipo de servicios”. No sabía que había querido decir con esa frase, pero todo el camino de regreso estuvo dándole vueltas, un camino que para no perder la costumbre volvió a convertirse en el martirio particular de Rafa. De nuevo se perdió y aunque su compañero llegó pronto, de nada le sirvió, él llegó tarde a casa de Diana, pero al menos llegó. Ella le estaba esperando impaciente sin sorprenderle la tardanza, incluso esperaba que llegara más tarde pues conocía a su novio y tenía prevista la demora. Mientras que cenaban le contó las peripecias de su primer día, atenta le escuchó toda la narración que compulsivamente le iba contando su novio. Se rieron con el episodio surrealista, sin terminar de creer lo que le estaba contando, pero ante todo, entendió lo que pasaba por su cabeza, simplemente le aconsejó que esperara a que le saliera otro trabajo que fuera de su agrado y después decidiera, algo que agradeció enormemente Rafael. Diana como siempre en su línea cerebral y práctica despejaba todas las dudas que le surgían. El día siguiente lo afrontó con otro aire, algo más relajado al no tener que enfrentarse a la novedad de lo desconocido. Fue de nuevo con tiempo, en esta ocasión con menos margen, confiado en llegar a la primera, sin uniformar, con lectura y una radio que le dejó Diana. De nuevo se excedió en confiar que llegaría a la primera, volviendo a equivocar el camino pero con la buena suerte de retomarlo sin demasiada pérdida de tiempo y consiguiendo llegar dentro del margen aceptable. El segundo día fue bastante más ameno gracias a los entretenimientos que había llevado, lo que hizo que su mente no tuviese tiempo de tener pensamientos negativos, a pesar de no ayudar nada el calor aplastante que soportó. Los días siguientes todo cambió, el movimiento era trepidante, se incorporaron operarios, se descargó mucha mercancía y todo tipo de maquinaria para comenzar la actividad en la empresa. Como había imaginado, se trataba de un gran almacén central, así como de diferentes obradores donde se confeccionaban alimentos variados, desde helados o pastelería, hasta cárnicas de una importante cadena multiespacio. Poco a poco se fue integrando en la dinámica de su nuevo trabajo; descubrió una faceta nueva en su vida, un principio de autoridad innata que una vez puso en práctica pudo comprobar los buenos resultados con gran satisfacción. Aunque no era nada novedoso en su día a día, sí que pudo experimentar la vital importancia que suponía en el mundo de la Seguridad. Sin gran esfuerzo conseguía mantener el control de las situaciones que se iban produciendo, relajaba los momentos de tensión, pero por encima de todo lo que más le reconfortaba sin duda, era la sensación de respeto que le transmitían la gente con la que trabajaba. No tardó en hacerse con una imagen, la imagen que quería transmitir, amable, pero serio, correcto, pero profesional, estableció unas pautas de seguridad que se vieron recompensadas en menos tiempo de lo que había pensado. Transcurrido un mes, más o menos, se personó su jefe en el servicio como solía hacer de forma periódica, aunque en esa ocasión lo vio diferente. Notó que le observaba de forma mucho más detallada, le hacía preguntas sobre temas operativos que no solía hacer en otras ocasiones. La explicación sobre esa actitud la obtuvo antes de marcharse del recinto, cuando le preguntó si quería que le presentara a los exámenes para ser Vigilante Jurado. Tendría que esperar a que pasase el mes de agosto para comenzar a mover todo el papeleo, entre ellos un certificado de penales, a las que tenía que acompañar una serie de certificados, escritos y documentos varios. No podía ocultar su alegría pues todo había sido más rápido de lo que había imaginado, teniendo en cuenta la situación de otros Guardas de Seguridad, entre ellos uno de sus compañeros, que llevaba esperando un año para ser presentado. No tenía ni idea de los criterios que seguían en la empresa para elegir a sus candidatos, quizá, pensó, era cuestión simplemente de caer bien, aunque su intuición le decía que tenían en cuenta otros factores que en ese momento no podía descifrar. Después de la noticia, una vez integrado en la empresa donde prestaba servicio, con un cuadrante muy llevadero que le permitía tener tiempo libre para estar con su novia y amigos, se le antojaba un mes de agosto rutinario. La sorpresa no tardó en llegar, por contrapartida pudo ver otra de las caras de la Seguridad Privada, hasta ese momento desconocida para él. Le avisaron a través de la emisora de radio, recientemente instalada, sobre la necesidad de que cubriera otro servicio en sus días libres. De una forma sutil, a caballo entre la obligatoriedad y la voluntariedad, una situación que pilló desprevenido a Rafael. Se quedó algo bloqueado, con un contrato de seis meses, una antigüedad de un mes, en puertas para examinarse para Vigilante Jurado y sin haber superado el periodo de prueba, la contestación era obvia, no le quedaba otra que cubrir los días que le dijeron. El servicio en cuestión no era ninguna bicoca, se trataba de un edificio que se encontraba en obras en el centro de Madrid. Una tienda de ropas de moda que solo se prestaba servicio en turno de noche, lo que significaba que algunos días trabajaba de mañana en su servicio habitual y por la noche en la obra. Esa situación duró el mes de agosto prácticamente entero, lo que en principio iba a ser un mes tranquilo se convirtió en agotador. De cualquier forma, siempre sacaba un rato para ver a su novia a la que contaba las peripecias que le surgían diariamente. Ella, como de costumbre, le quitaba hierro a las cuestiones que irritaban a su novio, le daba la vuelta a la tortilla animándole a que le contara las anécdotas que le ocurrían. Por lo general tenía éxito y lo normal es que terminasen ambos riéndose. En cierto modo, no dejaban de ser algo peculiares, como el episodio que tuvo con un vagabundo que se le coló a Rafael en la obra, al verse sorprendido saltó la valla sin casi rozarla. Fue la reacción de su novio lo que producía la risa incontrolada a Diana, cuando éste animó al sin techo a que se presentase a las olimpiadas ante tal despliegue físico. En otras ocasiones, no sabía si reír, preocuparse o ambas cosas, al menos cuando le contó su desliz al volver de trabajar y quedarse dormido en el tren durante dos horas en una vía muerta, a dos poblaciones de su residencia y tener que ser despertado por un operario de limpieza. A pesar de ganar más dinero que en trabajos anteriores, no terminaba de convencer a Rafa el sueldo de Guarda de Seguridad, sobre todo, si tenía en cuenta la cantidad de horas que realizaba. No lo veía claro, solo esperaba que su ascenso llegara pronto pues implicaba una subida salarial sustancial, lo que les permitiría hacer planes de futuro. Una vez empezado el mes de septiembre, de alguna manera volvió a la normalidad en cuestión de horarios. Pudo presentar en su empresa todos los documentos necesarios para optar a la siguiente convocatoria para ser Vigilante, solo quedaba esperar. Su servicio lo tenía totalmente controlado, era ameno, sin episodios graves lo que ayudaba a que cada día acudiese con buen ánimo. La cosa cambió cuando recibieron una comunicación del Director del centro, ordenando el registro de bolsas y mochilas de los operarios a la salida. El primero que tuvo que hacerlo fue Rafa, que pidió a uno de los empleados de almacén que le enseñara su bolsa al salir. El chaval más o menos de su edad, de buen carácter, le cambió el semblante cuando le descubrió un juego de vasos dentro de la mochila. Para Rafa fue un momento muy desagradable, a pesar de toda la formación que había recibido no supo qué hacer, sobre todo cuando el chico se le puso a llorar. Le imploró que le perdonase, argumentando éste que había sido una chiquillada y que lo pondrían de patitas en la calle. Después de unos minutos dramáticos, Rafa le pidió que dejase los vasos en su sitio, no sin antes avisarle que no habría una segunda oportunidad. Nervioso, le abrazó con lágrimas en los ojos sin parar de darle las gracias, suficiente para ablandar totalmente el corazón de Rafael. Ahí quedó todo, sin pasar el tema a mayores, pero para Rafa supuso un quebradero de cabeza ético cuestionándose si a nivel profesional había hecho lo correcto. Como de costumbre fue su novia la que de alguna manera le convenció de que había actuado en conciencia sin poner en cuestión su grado de profesionalidad. Le costó trabajo, pues si algo tenía en valor su novio era su alto concepto de la responsabilidad unida a una ética escrupulosa, dos factores que coincidieron en su primera intervención. Finalmente, pudo convencerle y se lo tomó como una experiencia, aunque también ayudó el hecho de que el chaval aprendió la lección y jamás, al menos con Rafa, volvió a coger nada que no fuese suyo. Por esas fechas, se incorporó una nueva secretaria, una chica espectacular de gran belleza física con la que Rafa congenió muy bien, tanto con ella como con su novio, quien iba a llevarla y recogerla a diario. Parecía una pareja ideal a los que se veía aparentemente enamorados, al menos eso es lo que pensaba Rafa, hasta que recibió una llamada del Director de almacén (una persona poco comunicativa, con la que simplemente había intercambiado saludos). Le pareció extraña la llamada aunque sus sospechas fueron en aumento cuando le pidió que acudiera a su despacho urgentemente. De inmediato se dirigió hacia el lugar expectante, cuándo llegó le esperaba el señor sentado y la secretaria de pie, a la que se veía claramente nerviosa. – Buenas tardes, se preguntará por qué le he llamado. – Con gran esfuerzo para conseguir empatizar con Rafael, sin conseguirlo. – Buenas tardes, usted dirá. — Totalmente despistado. – Supongo que el novio de la señorita está arriba esperándola. — Con tono frío, controlando la situación. – Sí señor, precisamente estaba hablando con él. — Con una confusión absoluta, sin saber exactamente el motivo de aquella situación. – Bueno, le voy a decir que la señorita y yo estamos juntos y simplemente le he llamado para que nos abra la puerta de abajo. Vamos a salir los dos en mi coche. — Claro y directo, con una gran frialdad y una actitud totalmente opuesta a la de la secretaria, a la que se veía pálida, sin pronunciar palabra. – No se preocupe, ahora mismo le abro la puerta. — Sin dejar de pensar en el novio que estaba arriba esperando. – Muy Bien. Por favor dígale al novio de la señorita que nos hemos ido ya. — Como si le hubiese adivinado el pensamiento. – No se preocupe. – Muchas gracias. Ambos montaron en su flamante Alpha Romeo y salieron. Rafael estaba literalmente alucinado, no podía creer que eso le estuviese pasando, una cosa era afrontar una cuestión profesional y otra que le involucraran en un tema de cuernos. “¿Qué le decía al novio?”, aquello le superaba. Su indignación iba en aumento en cada peldaño que subía por las escaleras, no dejaba de pensar en la cobardía de ambos. Ahora se tenía que comer ese marrón sin comerlo ni beberlo, ¿En qué parte del manual pone que tenga que realizar este trabajo?— Mascullaba—. Cuando llegó a la posición donde esperaba el novio (fuera del recinto, pegado a la valla) echaba chispas, no dejaba de pensar en la frialdad del Director, incapaz de pronunciar el nombre de su amante, o la cobardía de la señorita por preferir que un Guarda de Seguridad le dijese a su novio lo que ella no había tenido el valor de hacer. – Qué tal, ¿Ya has resuelto el problema? – Con tono despreocupado, hablando con la confianza que le daba ver a Rafael día tras día. – Pues el caso es que no. — Sin saber por dónde empezar. – No veas si tarda en salir hoy Almudena. — Mientras miraba el reloj. – No creo que la veas salir hoy. — Intentando encauzar la cuestión. – ¿Por qué lo dices? ¿Qué pasa, que se tiene que quedar más tiempo? – Con cara de extrañeza. – No, es que ya se ha ido. — Directo al grano. – ¿Cómo se va a ir si no ha salido por aquí? La hubiese visto. Anda no te quedes conmigo y dile que salga ya. — Sin ser consciente de la situación. – Te digo que se ha marchado ya. — Con semblante serio, intentando que poco a poco fuese encajando lo que le pensaba decir. – ¿Cómo que se ha ido? ¿Por dónde? ¿Andando? – Sin creérselo. – Te lo explico de forma rápida para que lo entiendas. Se ha marchado en coche con el Director de almacén. Me han dicho que te lo diga, no te puedo decir nada más. — Cansado de seguir dando vueltas al tema. – ¿Qué me estás diciendo, que están enrollados? ¿Mi novia con ese tío? Ahora mismo paso para ver donde se ha metido. — Haciendo amago de saltarse la valla. – ¡No hagas tonterías chaval! ¿No te das cuenta de que si saltas la valla te vas a meter en un lío? No tengo por qué mentirte. Te digo que ella se ha marchado. — Con tono autoritario haciéndole desistir de su intento. – ¡No me lo puedo creer! ¡Esto es increíble! – Entre rabia y tristeza. – De verdad que siento tener que decírtelo yo, pero las cosas son así. Anda, vete para casa e intenta hablar con ella, aquí no haces nada. – Con tono conciliador. – Me voy. Hasta luego, gracias. — Cerrando el coche de un portazo mientras que iniciaba la marcha derrapando a gran velocidad. Rafael se quedó mirando cómo se alejaba con un pellizco en el estómago, preocupado por el estado que iba conduciendo, pero sobre todo pensaba que pasaría al día siguiente. De alguna forma se había convertido en cómplice de algo que simplemente no le importaba, se sentía utilizado, algo que no terminaba de encajar. A pesar de lo que había pensado, la sorpresa fue mayúscula cuando en la jornada siguiente comprobó la gran naturalidad de ambos amantes con él. Todo era normal, como si nada hubiese pasado, el Director se limitó a dar los buenos días como de costumbre, mientras que la secretaria se portaba de forma rutinaria. Quizá empujado por una dosis extra de morbo o simplemente porque pensaba que merecía algún tipo de explicación, preguntó directamente a Almudena sobre el episodio del día anterior. Su explicación fue escueta, le narró brevemente que estuvo hablando con su novio haciéndole entender que su relación había terminado porque estaba enamorada de la otra persona. Con una sonrisa le dio las gracias por lo que había hecho y no se volvió a hablar del tema, tampoco volvió a ver a su exnovio por allí. Lo único que pensó Rafa en ese momento fue” que cosas tan extrañas me están pasando desde que estoy metido en el mundo de la Seguridad, y solo llevo un par de meses” CAPITULO TRES A pesar del cariño que Rafael tenía a su flamante 124, no tuvo más remedio que deshacerse de él, pues todos los días perdía alguna pieza por el camino. Cuando no era la ventanilla que de repente se le venía abajo, era un faro que cuál pajarillo salía volando. El consumo de gasolina y aceite era exagerado, no obstante, tenía un viejo motor que iba como la seda, principal motivo por el que retrasaba una y otra vez cambiarlo por otro más moderno. Evidentemente, necesitaba un coche de forma urgente a pesar de la robustez del motor, ya en cualquier momento podría dejarlo tirado, lo que le acarrearía un problema importante a nivel laboral por la imposibilidad de no poder llegar a su servicio por otro medio. El siguiente problema surgía a la hora de financiar el nuevo vehículo (no quería más coches usados), sin un contrato indefinido nadie le concedería un préstamo. Por otro lado, tampoco quería recurrir a la familia que ya estaba bastante lastrada económicamente. Decidió probar suerte y visitar el concesionario donde había trabajado anteriormente para hablar con su antiguo jefe. Sinceramente, no esperaba que le tratase tan bien como le trató, de forma sorpresiva le ofreció un vehículo nuevo sin ningún tipo de entrada o aval. Quizá lo que para Rafa fue una sorpresa, para su ex jefe era una forma de hacerle ver lo injusto que había sido con él, durante los cinco años que allí trabajó. Dos días después salía del concesionario con un resplandeciente Súper 5. Todo le gustaba, sus asientos ergonómicos, sus novedosos reposacabezas, pero por encima de todo su pedazo de radiocasete, donde por fin podía escuchar su colección de cintas de casete en estéreo. Como todo hijo de vecino lo pagaría a plazos, con mensualidades caras al no haber podido dar entrada ninguna a lo que había que sumar un seguro, también caro. Era la primera vez que Rafael se metía en préstamos, obviamente le producía cierto miedo tener un pago mensual durante varios años, pero tenía que hacerlo, no por capricho como así pensó su familia sino como una herramienta de trabajo. De nuevo fue la causa de fricción familiar por un tiempo, el tiempo justo que tardó su madre en disipar (una vez más). El barrio era otra cuestión que Rafael no paraba de dar vueltas, conocía perfectamente los personajes que merodeaban por allí y lo llamativo que era aparcar un coche nuevo. No tuvo más remedio que dar la cara ante aquellos indeseables que tan bien conocía, algo que odiaba profundamente. La primera noche esperó hasta que estuviesen congregados como de costumbre delante de su portal, una vez que observó a los sujetos que le interesaba, aparcó su coche justo en frente de ellos de una forma visible. – ¡Coño Rafita, “Buga” nuevo! – Tomasín, un chorizo muy conocido en la zona. – Pues sí. ¿Te gusta? – Con firmeza, sin dar impresión de miedo. – Está “to guapo”. A ver si me dejas dar una vuelta. — Con risa sarcástica, incitando a sus compinches a unirse a la burla. – Que va “tronco”, es solo para currar.— Intentando empatizar de alguna manera – Es verdad tío, que me he enterado de que te has hecho “madero”. — Balbuceando, claramente colgado. – Madero no, me he metido en Seguridad. — Hablando con él más tiempo que en los últimos diez años. – Qué más da, sabía que tú ibas a ser alguien en la vida. — A caballo entre el sarcasmo y la indiferencia. – Pues nada Tomasín, solo quería que supieras que ese es mi coche. — Directamente a la cuestión, sin ganas de estar allí. – Pues muy bien “tronco”, pues ya lo sé. — Mientras le daba una calada a un “peta” – Te lo digo porque nos conocemos hace mogollón de años. Ya sabes que entre colegas del barrio no nos vamos a putear. —Haciéndole recordar esos años que crecieron juntos y cada uno escogió un camino en la vida. – “Tranqui” Rafita, está “to controlao”. — Captando el mensaje, mientras le miraba de una forma parecida a la melancolía. – Venga, me “piro” a “sobar”. — Mientras denegaba con la mano el ofrecimiento del porro. – Adiós Rafita, cuídate colega. A pesar de la conversación mantenida, no lo tenía nada claro Rafa, conocía muy bien a esos chicos con los que en el pasado había jugado y sabía que no eran de fiar. Casi no durmió nada, se levantó mucho antes para ir a trabajar, impaciente por ver su coche. Por fin pudo respirar aliviado al comprobar que estaba intacto después de realizar un chequeo exhaustivo. Tranquilo, se dirigió a su servicio escuchando a todo volumen el nuevo disco de U2, satisfecho por haber conseguido superar una prueba que se le había antojado complicada. Los meses pasaban sin recibir noticias sobre sus pruebas para poder convertirse en Vigilante Jurado, cada llamada que hacía a la empresa siempre era la misa respuesta, “por ahora nada”. A pesar de las explicaciones que le daban sobre el tiempo que solían tardar en llamar a los aspirantes, Rafael no podía evitar una impaciencia natural cada vez que recibía la nómina a final de mes. No es que estuviera mal donde estaba, todo lo contrario, simplemente le urgía incrementar sus ingresos, algo que inevitablemente pasaba por su ascenso de categoría. Por otra parte, le ponía nervioso que llegado el momento olvidara todo lo aprendido en el Instituto de Formación, a pesar de tener los temarios y de vez en cuando dar un pequeño repaso. Con el paso del tiempo, los repasos se hicieron cada vez más distanciados, en cierta medida porque se pasaba el día trabajando y el poco tiempo que disponía le gustaba pasarlo con su novia y amigos. Las llamadas para cubrir este o aquel servicio eran constantes, seguía sin acostumbrarse, a no entender una profesión donde los días libres eran meramente ficticios. Este hecho le provocó una nueva crisis, de nuevo se planteó buscar otro tipo de trabajo más normal, pero claro, que trabajo iba a buscar si la situación no era nada halagüeña. La realidad era que se encontraba inestable, en pleno proceso de cambio e intentando asimilar ese sector que seguía siendo bastante desconocido. Un sector en el que debía tratar con jefes y normas del servicio de forma diaria, a la vez que con las normas y jefes de su empresa. La verdad era que jamás había tenido que tratar con tantos jefes en sus anteriores trabajos. A últimos de ese año, se convocó una huelga general en el país por parte de los sindicatos mayoritarios, como consecuencia de la situación laboral que reinaba en ese momento. Para Rafael surgió una nueva problemática después de recibir, de nuevo, una llamada para que fuese a trabajar ese día, a pesar de que lo tenía libre. Al parecer el compañero que tenía que trabajar, sospechosamente se puso enfermo cayéndole a él la responsabilidad de cubrir su turno. La conversación con su jefe fue bastante tensa a pesar de comenzar bastante suave, poco a poco fue subiendo de tono ante la negativa inicial de trabajar precisamente en una jornada que se presentaba bastante conflictiva. Rafael le mostró su interés por secundar la huelga, simplemente por principios aunque en varias ocasiones le recordó que ese día libraba. La respuesta por parte de su jefe fue tajante, o iba a trabajar o se olvidaba de que le renovaran el contrato. Rafael estaba afiliado a su sindicato desde hacía años, para él era su sindicato simplemente por tradición familiar, al ser la tercera generación que lo hacía. Se puso en contacto con la sede sindical a la que siempre había recurrido, a su vez, desde esa oficina le explicaron que al haber cambiado de gremio, tenía que ponerse en contacto con sus representantes sindicales. Era algo novedoso para él, pues hasta ese momento nadie le había explicado la diferencia de pertenecer a una pequeña o gran empresa a la hora de consultar dudas o problemas laborales y evidentemente no tenía ni idea de que existiese en su nueva empresa, un Comité de Empresa. No obstante y a pesar de que nadie se había puesto en contacto con él al incorporarse a esa nueva Compañía, intentó localizar a algún representante de su sindicato. Le costó trabajo contactar con uno de los delegados, con el que mantuvo una pequeña conversación telefónica. No solo no le resolvió sus dudas, sino que de alguna manera justificó la actitud de su jefe, aludiendo a los problemas que tenía el sector sobre la dificultad de secundar huelgas. Quedó perplejo con las explicaciones que recibió, no por su desinterés y mucha menos empatía, tampoco por el trato mediocre al ser novato sino por la última recomendación que despistó por completo a Rafa, “no seas tonto y acude al servicio”. No salía de su asombro, efectivamente no sabía casi nada de ese sector, pero había cuestiones obvias que le parecían intolerables, como alentar a un compañero a trabajar en una jornada de huelga convocada por su propio sindicato o justificar una amenaza de un superior. Por primera vez, a pesar de los años de afiliación y el profundo arraigo sindical que tenía, se sintió indefenso, sin apoyo por quienes deberían defenderle, cuestionando por primera vez su continuidad en ese sindicato. Salió de casa a trabajar sin ganas, preocupado por lo que podría encontrarse por el camino o a la entrada del polígono donde tenía que dirigirse. Se preguntaba qué podría hacer si se encontraba con algún piquete. “¿Qué les iba a decir? ¿Que habían sido sus propios colegas quienes le habían animado a ir a trabajar?” Sin ningún tipo de acreditación que justificara su presencia laboral se sentía abatido. Se veía a sí mismo traicionando sus propios principios, aunque era una nueva sensación lo que le preocupaba, era como si no tuviese vida propia, sin capacidad de elección ni decisión. Estaba a disposición de personas que podían hacer girar su vida de un día para otro, solo con decir no, la renovación del contrato volaba, daba igual el motivo que expusiese, si no seguía el juego estaba fuera, esa era la realidad. Aprendió una lección muy importante en esos cinco meses de experiencia, daba igual que trabajase bien, que cumpliese con horarios o normas, cuando el jefe tenía una emergencia la palabra que quería oír era sí. Por suerte, la jornada se desarrolló sin incidencias, la única diferencia respecto a otros días fue que casi nadie acudió a trabajar a su centro y nadie fue a visitarle. Ni siquiera le llamó ningún jefe para interesarse por él, al fin y al cabo solo era un Guarda de Seguridad novato. A pesar de los episodios que había sufrido, se sentía a gusto e integrado en su servicio, además, de cara a Navidad tenía un cuadrante bastante asequible para hacer planes con su novia y amigos, en aquellas fechas que tanto le gustaba disfrutar. Como si de una broma se tratase, de un día para otro (como era costumbre), le comunicaron que desaparecía la seguridad del centro, asignándole un nuevo servicio al que tenía que incorporarse de forma inmediata. El bajón que sufrió fue considerable, no solo por despedirse de la gente con la que había trabajado en los últimos meses, sino también por lo que implicaba ese cambio. Todos los planes que tenía se vinieron abajo otra vez. El cuadrante que recibió no se parecía en nada al de inicio de mes, sin hablar del nuevo o mejor dicho, los nuevos servicios a los que se le había asignado. Se trataba de los comercios multiespacio donde iban destinados los productos que se fabricaban en su anterior servicio. El nuevo no se parecía ni por asomo al anterior, con una diferencia por encima de todas, era cara al público. Sus horarios eran diversos, se rotaba por varios sitios en diferentes puntos de Madrid, la plantilla de Vigilantes Jurados y Guardas de Seguridad era amplia, el trabajo era en equipo con tareas múltiples; en resumen, un sinfín de cambios que ponía a prueba la capacidad de adaptación de Rafael. Lo que realmente le deprimió fue que tenía que trabajar el día de Nochevieja en turno de noche, el día de Nochebuena también tenía que estar hasta las once de la noche. A punto estuvo de marcharse, empezaba a estar un poco harto de tragar con todo por ser nuevo, no lo consideraba justo no solo por él, también por la gente que le rodeaba, en especial con Diana, a la que no quería saturar con sus lamentos pues era consciente de que su sufrimiento era también el de su novia. Después de pensarlo unas horas e intentar encajar todos los cambios que tenía por delante se lo dijo a su Diana. Antes de hablar con ella realizó un ejercicio teatral para intentar que no le notara su malestar. De nuevo, le dio una lección de templanza y serenidad, abrió su mente e intentó hacerle ver lo positivo de la situación. Aunque era consciente del cabreo de Rafa lo disimuló, se limitó a dar argumentos convincentes para su novio. Le quitó importancia a la Navidad, le hizo ver que en un mes le renovaban el contrato y sobre todo que cuando se hiciese Vigilante Jurado cambiarían las cosas. Cuando Rafael hablaba con su Diana le hacía cambiar completamente de actitud, con una visión diferente de la situación, tenía la facultad de abrir puertas que él no era capaz de abrir por sí mismo. Por muy enfadado que llegara siempre salía con un optimismo renovado, con la batería cargada y en disposición de afrontar los cambios. A veces se preguntaba si merecía tener al lado a una mujer de ese valor. Con su bolsa deportiva que se había convertido en su amiga inseparable, se presentó en su nuevo servicio donde la primera persona que vio fue a un compañero, Vigilante Jurado, que se encontraba en la puerta de entrada. Una vez que se identificó, le acompaño a un cuarto cercano para que se cambiara y dejara sus cosas. No era muy grande, se podían ver una gran cantidad de taquillas pequeñas, una mesa y una silla, informes, cuadrantes, diferentes hojas de filiación así como papeles varios. Le llamó la atención una caja de caudales que se encontraba en un rincón, sin darle mayor importancia porque en ese momento estaba demasiado pendiente de limpiar una de las taquillas para poder usarla sin riesgo de contraer ninguna infección. A todas luces se veía que por allí hacía tiempo que no pasaba ningún producto de limpieza ni se habían renovado las taquillas, visiblemente deterioradas. Aunque su horario de entrada era a las doce del mediodía, llegó con bastante tiempo de antelación a pesar de haber usado el transporte público. Un horario poco usual al que no estaba acostumbrado, aunque no tardó en comprobar mientras se cambiaba, que se trataba de un refuerzo, a tenor de lo que vio en el taco de cuadrantes que estaban encima de la mesa. No era el único horario extraño que observó, la mayoría eran horas de entrada y salida ajustadas al inicio y cierre del comercio, el cual también tenía horarios poco convencionales. Una vez que estaba preparado, salió ya cambiado para preguntar al compañero de la entrada que era lo que tenía que hacer; con tono serio, pero correcto, le comentó que en breve acudiría el responsable para presentárselo. Rafael se quedó a unos metros del compañero esperando, mientras tanto se dedicó a observar lo que podía visualizar desde allí. Era una especie de tienda, donde se podía apreciar libros, discos y regalos en general, con apartados para prensa, helados, pastelería etc. así como carteles indicativos de cafetería y restaurante. El Vigilante de la puerta se mantenía estático junto a unos detectores de alarma, que en un par de ocasiones comenzaron a pitar a la salida de algún cliente. Éste comprobó en ambas ocasiones la compra verificando el ticket con un aparato similar a los que llevaban los interventores del tren. Rafael se encontraba ensimismado, tanto es así que no vio llegar a otro Vigilante con un hombre al que invitó a entrar en el cuarto. Ante el gesto del compañero que se encontraba en la puerta, entró también, sin saber exactamente que hacer o para qué, solo se dejó llevar por las indicaciones que le dio su compañero. No tardó en comprobar que se trataba de alguien al que se le había sorprendido robando algún producto, un instante después, ante el requerimiento del Vigilante, puso encima de la mesa cuatro quesos de tamaño pequeño, que había ocultado en su cazadora. Rafa se sentía un poco descolocado, sin saber cómo comportarse, así que se dedicó simplemente a mirar la actuación del compañero al que veía muy ducho en la materia. Una vez que finalizó, se le presentó como uno de los responsables del centro, se interesó por cuestiones como experiencia en ese tipo de centros o el tiempo que llevaba en Seguridad. La impresión de Rafael fue buena, ya que se trataba de una persona afable, de trato tranquilo y ameno, algo rechoncho, superando claramente los cuarenta años y de estatura más bien baja. En poco tiempo le explicó de forma verbal las funciones que se realizaban, a continuación dieron una vuelta por todo el local. Le sorprendió a Rafael las dimensiones que tenía, bastante más grande de lo que a priori daba la impresión, con diferentes plantas inferiores a las que por un lado se accedía a un restaurante, o por otro a zonas administrativas. Le explicó muy bien cuál era su cometido, demostrando una experiencia palpable, sin sobrecargarle con demasiada información y haciéndole entender que al estar siempre con otros compañeros cualquier problema o duda se iría resolviendo sobre la marcha. Casi sin darse cuenta se vio recorriendo los pasillos con un “walkie” en la mano, hipnotizado por la cantidad de productos tan llamativos y atractivos. De vez en cuando salía de su hipnosis al recibir alguna llamada por la emisora para seguir a alguien que resultaba sospechoso. Una vez que se comprobaba la falsa alarma volvía por inercia a la sección de libros, discos o películas, unas secciones que instintivamente le cautivaban, le producía una atracción irresistible sin poder evitar parar delante ante aquel despliegue de títulos que tanto le atraían. Pronto se dio cuenta de que aquello nada tenía que ver con su anterior servicio, se sentía fuera de lugar, como en una nube. A pesar del buen trato que había recibido por parte de los compañeros que hasta ese momento había conocido, no se sentía como ellos, se miraba al espejo y veía a un extraño, un chico con un uniforme que aún no sabía muy bien cómo había llegado hasta allí. Las primeras horas fueron desconcertantes, sin saber exactamente qué hacer, deambulaba por los pasillos arriba y abajo limitándose a mirar nada concreto, con la cabeza dando vueltas a una idea reincidente, “no valgo para esto”. Sus altibajos emocionales se encontraban a flor de piel, con una lucha interna constante por encontrarse a sí mismo, por encontrar de una vez por todas, un futuro que ansiaba tener, pero no conseguía. Con unas esperanzas que había depositado en esa nueva etapa y que hasta la fecha solo le habían traído dolores de cabeza, cambios permanentes y una constante espera que ponía su paciencia al límite. Del primer día, no sacó nada en claro, simplemente se marchó con más dudas que llegó, con muchos kilómetros en sus piernas y demasiada incertidumbre en su cabeza, con unas ganas locas de irse a dormir e intentar desconectar. Cuando llegó a Torreón del Jarama decidió ir a tomar una cerveza al “Red” antes de ir a casa, sin su novia, necesitaba pensar tranquilamente en un ambiente distendido para intentar despejar el aluvión de dudas que le empezaba a pesar. Estuvo más tiempo del que pensaba, y lo que en principio iba a ser una cerveza se convirtió en una tertulia junto a Jose, el camarero y su amigo Teo. Quizá fuesen las cervezas o la especial forma de ver las cosas de Teo, experto en sacar conclusiones inimaginables para Rafa, lo que consiguió que saliera de allí con otro aire, no más optimista, sino como lo definió su amigo, “menos lloriqueo y más cojones”. – Ja, ja, ja, ¿Eso te dijo Teo, papá? – Imaginándose la escena. – Ya te digo. — Contagiándose de la risa de su hijo. – Un gran filósofo. – Ya conoces a Teo. Sigue igual que cuando le conocí, o peor. — Haciendo memoria. – Y ya hace un porrón de años. — Al ver el gesto melancólico de su padre. – Pues no sabría decirte cuanto tiempo, toda la vida. — Con pocas ganas de calcular. – Desde que lo conozco, he comprobado la capacidad que tiene para cabrearte – Sí, siempre he pensado que picarme es su deporte favorito. Aunque en esa ocasión, su pique me vino muy bien. – Hombre, digo yo que te lo diría para animarte. — Rompiendo una lanza en su favor. – De eso estoy seguro, pero claro, en su idioma. – Al menos te sirvió de algo. — Aportando una visión positiva. – No lo dudes, lo bueno de Teo es que siempre te daba un punto de vista diferente, por mucho que lo conociera, siempre me sorprendía. De hecho, sigue sorprendiéndome. – Y sospecho que lo hará siempre. — Mirando a su padre. – Desde luego, genio y figura. — Mirando hacia el mar. Posiblemente, fue un acierto pasarse por el “Red” donde de forma casual se encontró con su amigo de infancia, que como de costumbre terminó cabreándole, pero haciéndole cambiar de actitud, una actitud que fuese más en su línea. Quizá necesitaba oír palabras que le activasen de nuevo, que le hiciesen salir de una dinámica negativa en la que sin quererlo, había caído. Su segundo día de aprendizaje en el nuevo servicio prometía novedades al ser de noche, ya que según le comentaron sus compañeros, ese turno era diferente, bastante más concurrido de gente y cuando se daba un mayor porcentaje de robos. Entró a las diez de la noche, conoció a nuevos compañeros, incluido a otro de los dos responsables que había. Se trataba de un Vigilante totalmente diferente al que había conocido el día anterior, de una edad similar, algo más alto y menos fondón, con un carácter fuerte y un lenguaje muy de barrio, conciso y directo, un tipo listo. A Rafa le cayó bien, a pesar del aire chulesco que emanaba, de la misma forma intuyó que el sentimiento era recíproco, lo que ayudó enormemente a su integración. Andrés estuvo enseñándole todos los rincones del establecimiento, los productos susceptibles de robo, los tipos de alarmas, los perfiles de personas que robaban allí y un sinfín de curiosidades que nunca hubiera imaginado. Prácticamente, estuvo con él todo el turno, al que acogió como su pupilo, enseñándole casi todo lo que sabía (que era bastante) en ese tipo de comercio, un comercio al que había pertenecido antes de pasar a su nueva empresa. Se percibía que era una persona con peso específico, al que todos los empleados le saludaban con cierto respeto, incluidos los tres encargados de seguridad de la casa. Aunque Rafa los había visto pasar de forma esporádica por su anterior servicio, Andrés se los presentó de uno en uno según fueron apareciendo por allí de forma diaria, al ser el edificio donde se concentraba la dirección de Madrid. En un par de ocasiones lo dejó solo en la puerta de salida para ver cómo se manejaba, con el objetivo de corregir inmediatamente los errores (muchos) sobre la marcha. – ¿Has visto el tío trajeado que al salir ha pitado? – Haciendo gala de su experiencia al haber observado la escena de lejos. – Si, le he mirado la bolsa y estaba todo correcto. — Convencido de haberlo hecho bien. – ¿Te has fijado que llevaba un abrigo colgado del brazo? – Haciéndole pensar. – Si claro. Era un señor bien vestido, con un abrigo en el brazo. — Sin saber muy bien lo que le iba a decir. – Pues debajo del abrigo llevaba dos libros. No me ha dado tiempo a decírtelo. – ¿Cómo va a robar dos libros? ¿Un señor de esa edad y con esa imagen? – Sin salir de su asombro. – No te fíes de las apariencias. Aquí vienen a robar gente que nunca te imaginarías que son ladrones. – Me dejas perplejo. — Con cara de asombro. – Si quieres conocer a las personas, fíjate en sus zapatos, no en la ropa. — Seguro de lo que decía. – ¿En los zapatos? ¿Qué tengo que mirar en los zapatos? – Cada vez más despistado. – Si son caros, si están limpios o sucios, si están desgastados, si van acorde a la vestimenta etc. — Haciendo un alegato sobre el calzado. – Muchas gracias por la información, lo tendré en cuenta. Nunca le habría dado esa importancia a unos zapatos. — Pensando en la información recibida. Se reflejaba en el rostro de Andrés cierta satisfacción cuando instruía a Rafael, quizá por el interés que éste mostraba, o quizá porque se le notaba la admiración que le suscitaba la experiencia de un Vigilante de la vieja escuela. En cierto modo, la mayoría de los Vigilantes que allí prestaban servicio le parecían buenas personas, con un trato ameno y correcto hacia todo el mundo, muy profesional. A diferencia de los Guardas de Seguridad, que pudiera ser por su afán de agradar a los propios Vigilantes o simplemente por demostrar su valía, actuaban con mucho más celo o incluso con cierta arrogancia, como pudo comprobar Rafa en algunas actuaciones. La relación con los Vigilantes le era muy grata, a los que veía con una afinidad que no conseguía tener con determinados Guardas. Aunque su relación con ellos era correcta, no conseguía conectar y mucho menos tener la confianza suficiente para preguntar por temas profesionales o personales No quiso dejar en el tintero esa apreciación y aprovechando el buen rollo existente con Andrés, no tardó en preguntarle sobre la cuestión. La explicación que le dio fue sencilla, “somos como una familia”. Le quitó hierro al asunto haciéndole ver que aquellos chicos no habían conocido otros servicios en el poco tiempo que llevaban trabajando en Seguridad, lo que motivaba esa actitud tan a veces, algo agresivo. Una circunstancia normal, a tenor de los enfrentamientos, agresiones o amenazas que habían sufrido, algo que Rafa todavía no había experimentado. La conversación con Andrés le hizo entender la actitud de sus compañeros, al referirse a la familia le dejó claro que llevarse mejor o peor con alguno, no implicaba que cuando había problemas todos hacían piña. Detalles como lo poco que duraban los Guardas de Seguridad en ese servicio, o que él mismo seguía a prueba a la espera de demostrar su valía cuando llegara la ocasión, le hizo avanzar otro pasito en el entendimiento de esa profesión, tan compleja y tan poco comprendida. Su actitud cambió (como de costumbre o blanco o negro sin existir el marrón), dejó de estar agarrotado, con una visión totalmente diferente, olvidó sus prejuicios y se centró en tener un comportamiento activo y colaborador. Aunque no lo dijera, no le gustó que se pusiera en duda su valía. De alguna forma esa frase le hizo sacar al chico de barrio, acostumbrado a luchar y al que nunca le habían regalado nada en la vida. Estaba ansioso por demostrar el material del que estaba hecho, a pesar de que su idea preconcebida sobre la seguridad no era esa, también se dio cuenta de que en determinados sitios la testosterona era la que mandaba y ese era uno de esos sitios. No tardó en llegar, algo fácil de prever en uno de los momentos más conflictivos del día, o mejor dicho, de la noche, pues era el momento del cierre. La hora de cerrar era sagrada, a las tres y media de la madrugada no se permitía el acceso a ninguna persona, colocándose dos compañeros en las puertas de entrada para canalizar la salida de clientes e impidiendo la entrada a nadie. Siempre había algún rifirrafe, sin llegar a mayores consecuencias a pesar de recibir algún insulto o amenaza de alguien que no entendía la prohibición. En uno de esos momentos le tocó estar a Rafa junto a otro compañero, como de costumbre recibiendo improperios y palabras mal sonantes a los que ya se iba habituando después de varios días. En esa ocasión llegó un pequeño grupo de chavales que se pusieron muy pesados, llamativamente pijos, pasados de copas o cualquier otra sustancia, en especial uno de ellos, quien no paraba de decir lo importante que era su padre. Aprovechando la salida de un cliente, se coló sin atender el requerimiento de Rafa para que saliera. Cuando se dirigió en su busca, éste salió corriendo por el pasillo; seguramente por el estado de excitación que se encontraba. Tropezó, yendo a parar a una estantería repleta de muñecos de peluche. Rafa intentó levantarle, pero lo que recibió a cambio fue un puñetazo que por suerte no llego a impactar, lo que si impactó en su cara fueron los dos guantazos que instintivamente le propinó Rafael. Después de contener a sus colegas y avisar a agentes de Policía, se lo llevaron detenido, no sin antes aconsejar a los agentes que detuviesen a Rafael por agredirle, a lo que uno de ellos simplemente le contestó, “algo habrás hecho”. A Rafa le agradó esa frase por su veracidad, aunque le fastidió que por culpa del pijo perdiese una pulsera que Diana le había regalado y por mucho que buscó jamás encontró. Seguramente sería por ese episodio lo que propició un acercamiento de compañeros que hasta ese momento se encontraban distantes, no obstante, aunque lo agradeció, Rafael continuó en su línea de trabajo, con tranquilidad, paso a paso y actuación tras actuación, fue integrándose sin darse cuenta. Empezó a disfrutar de su trabajo, al fin y al cabo una de las cosas que mejor se le daba era comunicarse con la gente, y allí gente había, y mucha. Le agradaba ver pasar por el establecimiento cantantes, actores, presentadores, deportistas, políticos y un sin fin de celebridades que hacia su trabajo muy ameno. De alguna forma, su opinión sobre los famosos cambió drásticamente al hacerles terrenales. Verlos de carne y hueso, con sus virtudes y defectos, hizo que su visión en algunos casos diese un giro, algunos para mejor, otros, sin embargo, le defraudaron notablemente. Aprendió formas diversas de cazar a los amigos de lo ajeno de una forma sutil, sin crear mucho revuelo ni ser llamativo, tal y como le habían enseñado sus formadores. Las consignas eran tan claras como no herir la dignidad de nadie, ni tan siquiera del delincuente, si quería evitar algún tipo de venganza posterior. Al fin y al cabo cada cual hacia su trabajo, unos robaban y otros prevenían el robo, unas veces ganaban unos y en otras ocasiones ganaban los otros, el truco consistía en no mezclar lo personal con lo profesional. Al hablar con asiduidad con compañeros con los que en principio no hubo fluidez, no solo de cuestiones del servicio si no de temas personales, Rafa descubrió que la mayoría de los Guardas de Seguridad que allí había, estaban como él, a la espera a ser llamados a examen para Vigilantes Jurados. Esa noticia le llenó de aliento, ya que no era el único con el que se estaban retrasando a la hora de convocarle. La noticia hizo desaparecer sus fantasmas y malos pensamientos; también suponía un tema recurrente de conversación, a la vez también servía para de alguna manera, repasar cuestiones que pudiesen preguntar en el examen o resolver dudas entre todos. Por otra parte, le sorprendió enterarse de que la mayoría de los que estaban allí pendientes de examen, eran casi todos de la misma quinta, semana arriba o abajo, incluso había dos o tres con algo menos de antigüedad que Rafa, una antigüedad que se limitaba a un mes a lo sumo. Toda esa información le llenó el pecho de aire, incluso se permitía bromear con alguno sobre su veteranía. Cuando los responsables tuvieron la suficiente confianza con Rafael, empezaron a pensar en moverlo por otros centros repartidos por la capital, donde en determinados momentos estaría solo. Era evidente que a Rafa nunca le gustaron los cambios, pero ya había aprendido que en el mundo de la seguridad era algo habitual, por lo que cuanto antes se habituara a ellos mejor le iría. Nunca se le hubiese ocurrido demostrar miedo de forma abierta, ante el hecho de estar solo en ese tipo de comercios, pero la verdad es que lo sintió, no de una forma incontrolada sino desde un punto de vista real ante su inexperiencia. El miedo en ese mundo no estaba bien visto, aunque se sintiera, era una palabra prohibida o al menos inmencionable, no hizo falta que nadie se lo enseñara, simplemente se palpaba en las conversaciones que tenía con los compañeros. Conversaciones empapadas en testosterona, donde de forma constante se contaban las hazañas de unos y otros, así como los logros personales de cada uno. No dejaba de sorprender a Rafa la ligereza con la que hablaban precisamente los que menos tiempo llevaban trabajando en ese sector, rivalizando entre ellos sobre las intervenciones que habían realizado, A veces, parecían conversaciones de chavales intentando demostrar quién era el más duro, pero quizá lo que escondía esa aireada arrogancia era precisamente la palabra innombrable. En el fondo no era extraño que hablaran de esa forma, no dejaban de ser chavales, muy jóvenes para enfrentarse en innumerables ocasiones a gente muy diversa, en determinados momentos, peligrosa. Para Rafael era su tercer servicio, sin embargo, la mayoría de los Guardas de Seguridad que allí había no habían conocido otra cosa que aquello, lógicamente su experiencia profesional se había basado en la seguridad de cara al público, siendo entendible ese particular punto de vista. Ese razonamiento le hacía empatizar con ellos y a la vez reflexionar sobre cómo sería él en unos meses ¿Cambiaría de algún modo su personalidad? ¿Se endurecería? En las pocas semanas que llevaba allí ya había presenciado episodios diversos, algunos para replantearse seguir en la profesión, como hicieron algunos Guardas de Seguridad a los que le tocó dar la bienvenida y enseñarles el funcionamiento del servicio. Algunos no llegaron ni a ponerse el uniforme, con solo ver el cuadrante se marcharon, otros duraron unas horas y los más atrevidos aguantaron un par de días. Pocos novatos eran los que terminaban adaptándose a ese tipo de servicios, y no era extraño, dado las características o las situaciones violentas que en ocasiones se vivían, independientemente a los hurtos que diariamente se producían. A Rafa no le preocupaba el pillar a alguien robando esto o aquello, esa fase ya la tenía medio superada, realmente su preocupación se basaba en la gente chunga que inevitablemente pasaba por ese tipo de comercios, y en cualquier momento podían crear problemas mayores. Delincuentes sin escrúpulos como el que casualmente detectaron intentándose llevar varias botellas de vino muy caro, y que gracias a la fortuna o el buen hacer del equipo, evitaron que sacara un arma de fuego que llevaba consigo y seguramente hubiese utilizado a tenor de la información policial que recibieron, ya que se trataba de un tipo en busca y captura con alguna muerte a sus espaldas. Yonquis que no le importaba ni su propia vida, enfrentándose a cualquiera que le hiciese frente, sin dudar en atacar a cualquier persona de seguridad que intentase frustrar sus intenciones de conseguir algún producto gratis. Aunque Rafael tenía práctica en el trato con este tipo de personas imprevisibles habituales en su barrio o simplemente por experiencias cercanas, en cierta ocasión se vio involucrado en un intento de rajar con un cúter a su compañero Andrés. Gracias a la habilidad que tuvo para esquivarlo o simplemente porque tuvo suerte, no le abrió en canal, de igual modo podría haber sido el propio Rafael el afectado si el susodicho, mientras que lo llevaban al cuarto de seguridad para cachearle, hubiese atacado a la persona que iba delante en vez de elegir a la de atrás, seguramente para quitarse el impedimento que le permitiera huir con facilidad. Sucesos de ese tipo hicieron que Rafael comprendiera el verdadero peligro al que se enfrentaban diariamente las personas que se dedicaban a ejercer labores de Seguridad. Daba igual si éstas se desarrollaban en un sitio u otro, el objetivo era el mismo, proteger bienes y personas, palabras que había estado oyendo desde el inicio de su formación, pero que hasta ese momento no le había dado forma. Empezaba a entender y valorar todo aquello que meses antes ni siquiera sabía que existía, pero ante todo empezó a sentirse orgulloso de pertenecer a un gremio que aportaba a las personas, a la sociedad en general, más cosas positivas de las que había imaginado. Solo faltaba que esa misma sociedad al igual que él, aprendiera a valorar lo positivo de esa profesión, aunque se le antojaba que iba a ser un camino largo y arduo. Конец ознакомительного фрагмента. Текст предоставлен ООО «ЛитРес». 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