﻿Autobiografía de mi padre
Damián Noguera B.


Mis memorias las escribió mi hijo. Son muchas voces distintas las que recuerdo. Son muchos los pensamientos. Con él intenté encausar mi memoria, modularla, que las transformara en un relato, casi como una ficción más, rodeada por un mundo de otras ficciones. Es un relato a dos voces. La voz de mi hijo y la voz de este personaje que ahora soy yo a ratos desdoblada en las voces de otros personajes. Él tenía en mí afán casi religioso de encontrar una cierta permanencia en el arte más fugaz de todos. Hacer memoria para encontrar la razón por la cual decidí ser actor. Intentar rescatar algo que no sé si se puede rescatar.

<br/>

Este libro relata la vida de un actor. Lo que siento cuando me expongo al público frente a las cámaras o desde un escenario. En el presente de la actuación se unen muchos pliegues de pensamiento. Por una parte está la ficción, por otra, la manera en que esa ficción se entreteje con mi vida y con el país. Pasa a veces que la escena supera los acontecimientos de mi vida y también ocurre que los acontecimientos de mi vida son la escena.

<br/>

Héctor Noguera









Damián Noguera B.

Autobiografía de mi padre

Héctor Noguera:

Memorias actorales








Noguera B., Damián

Autobiografía de mi padre

Héctor Noguera: Memorias actorales

Santiago, Chile: Catalonia, 2022

ISBN: 978-956-324-920-0

ISBN Digital: 978-956-324-921-7

BIOGRAFÍA

920.71

792 REPRESENTACIONES ESCÉNICAS



Diseño de portada: Gbuarulo & Aloms

Fotografía de portada: Marcela Montecinos

Corrección de textos: Darío Piña

Diseño y diagramación eBook: Sebastián Valdebenito M. (mailto:valdebenitose@gmail.com) Dirección editorial: Arturo Infante Reñasco

Editorial Catalonia apoya la protección del derecho de autor y el copyright, ya que estimulan la creación y la diversidad en el ámbito de las ideas y el conocimiento, y son una manifestación de la libertad de expresión. Gracias por comprar una edición autorizada de este libro y por respetar el derecho de autor y copyright, al no reproducir, escanear ni distribuir ninguna parte de esta obra por ningún medio sin permiso. Al hacerlo ayuda a los autores y permite que se continúen publicando los libros de su interés. Todos los derechos reservados. Esta publicación no puede ser reproducida, en todo o en parte, ni registrada o transmitida por sistema alguno de recuperación de información. Si necesita hacerlo, tome contacto con Editorial Catalonia o con SADEL (Sociedad de Derechos de las Letras de Chile, http://www.sadel.cl (http://www.sadel.cl)).

Primera edición: diciembre, 2021

ISBN: 978-956-324-920-0

ISBN Digital: 978-956-324-921-7

RPI: 2021-A-10862

© Damián Noguera B., 2022

© Editorial Catalonia Ltda., 2022

Santa Isabel 1235, Providencia

Santiago de Chile

www.catalonia.cl (http://www.catalonia.cl) – @catalonialibros (https://twitter.com/catalonialibros)


Índice de contenido

Portada (#u999a8b2d-e883-517b-ba41-b00b75b757ef)

Créditos (#uf3283ca4-b691-5e7a-bc4a-96e6424d52c3)

Índice (#ubbec2b71-8e15-58d5-b4f8-5bcc5c5ab447)

1. Olvidar quién soy (#ud3866d3c-5456-5181-aff5-8b8521ff3379)

2. La ciudadela (#u4b483490-350e-5826-9e6c-c472cdf3a22f)

3. Ver y ser visto (#u97b12c4d-05e9-52de-8fbb-6025fd689454)

4. Reconocer y ser reconocido (#udd9511fa-01f0-5c25-970f-1d7de33bc9c5)

5. Frases nuevas (#u0a2e7906-62b7-500e-8138-9d8f63641a07)

6. La memoria no es una batalla que podamos ganar (#ufad227c6-9ade-5db3-b518-e1cd406739e3)

7. Lejos de la magia (#u3e1f95e0-040d-5d99-801e-978235165154)

8. Todo viejo es un rey Lear (#u9fd160cb-bad7-59ac-98c3-0853fc6a9535)

Agradecimientos (#u598f056b-64c6-56a8-83a0-012802020ad5)


Para mi papá



1.  Olvidar quién soy




1


«¿Alguien de los presentes me reconoce? ¿Camino así? ¿Hablo así? ¿Dónde están mis ojos?», me responde un bufón a lo alto de un muro escalonado azul. Me dice: «Eres la sombra del rey Lear».

Yo sé lo que vive y también sé lo que muere. El dividido reino de Bretaña es un telón de papel de diario sobre una malla de gallinero con colores desérticos y terrosos, como si acaso esta isla fuera el desierto de Atacama y nosotros una tribu andina que escribió las primeras leyendas. Camino junto a mi séquito de caballeros y pajes sin poder ni dote entre las haciendas de mis dos hijas mayores. Llevo un collar con cuatro colmillos embadurnados que encorvan mi espalda. Entrecierro mis párpados. Muestro una mirada vaga, perdida, que se mira a sí misma y no deja espacio para mirar nada más.

Me arrodillo y miro hacia el cielo. Estoy atrapado a medio camino entre el gesto y el pensamiento. Veo dos focos cenitales con una pantalla blanca y una pantalla azul. Eso es el cielo. Una pantalla blanca y una pantalla azul. Escucho el crujir de las butacas, los murmullos ahogados en la sala del Teatro de la Universidad Católica en plaza Nuñoa. Alguna que otra tos distante contenida por el sonido casi quirúrgico de este edificio. Siento el peso de cientos de miradas sobre mí, un peso que nada tiene de silencioso. Son miradas impacientes. Miradas que se mueven y se acomodan. Miradas que esperan ver algo que no van a ver, que esperan saber algo que nunca van a saber de mí. La mayoría son estudiantes de secundaria. Veo pasar las botellas de pisco debajo de las butacas. Vivo en ese momento de los años noventa en donde es mejor que los piscos pasen debajo de las butacas.

Recuerdo que estaba sentado en mi corte entre dos escaleras azules, un mapa y un báculo entre el blanco de los vestuarios de lino, el rojo cobrizo de los telones andinos y el azul marcial de la corte. Decido heredar mi reino para que la muerte me arrastre libre. Divido mis tierras según el amor que me profesan mis hijas y conservo el título de rey. Goneril, la mayor, se arrodilla frente a mí y me dice que me quiere más allá de toda valoración, me quiere más que a sus propios ojos, más de lo que se puede expresar en palabras y aun así, ocupa las palabras para expresar su amor, y tan solo por eso le doy un pedazo generoso de mi territorio. Ahora es Reagan quien se arrodilla con una mirada codiciosa que no puedo percibir, y me dice que no considera otra alegría que el cariño que una hija profesa por un padre. «Para ti y tu descendencia», le respondo, «vaya para siempre este vasto tercio de nuestro reino», y con mi báculo delimito un nuevo territorio del mapa que yace en mis pies. Y ahora, al fin le toca a la más querida, la menor, la más frágil, Cordelia, la única que no tiene un delineador negro bajo los ojos y ella se me acerca y de su bella juventud recibo lo que entiendo como la peor de las indiferencias. «Mi cariño por vuestra majestad», me responde, «es el que dicta nuestro grado de parentesco, ni más ni menos». Y en ese momento, el báculo que divide la historia de mi reino se me cae de las manos y Cordelia, que no puede expresar lo que no siente, que no tiene la altanería de sus hermanas, será la víctima de todo el peso de un orgullo herido. «Tan joven y tan poco cariñosa», le digo con odio, mientras acomodo una de mis togas. «Tan joven y tan verídica, señor», me responde, con la entereza de una hija que le dice a un padre que tan solo lo puede amar como padre. Ahora tengo que tomar la decisión equivocada y seguir el desquiciado camino de ese error durante las tres horas que dura este montaje. «Que la verdad sea tu dote entonces», le respondo, y luego me acerco a ella con lo poco que queda de un cuerpo anciano a maltraer por el peso de un reino que se desvanece. Respiro y digo: «Por la diosa maldita de la luna y la noche, por el flujo y reflujo de los mundos que determinan la vida y la muerte, aquí dejo de ser el padre de esta hija, desconozco todo tipo de vínculo, todo grado de consanguinidad o parentesco». Me aproximo a ella aún más y frente a sus ojos jóvenes y asustados, frente a su frágil e insegura sinceridad, me acerco a centímetros de los ojos verdes de Claudia Di Girolamo y le grito: «De hoy en adelante y para siempre, tente por una extraña a mi persona y a mi corazón». Y luego siento que algo muere en mí, y no sé si acaso es Lear o soy yo, y noto en mi cuerpo que ahora empieza el gran desvarío que es esta obra y veo la cara de Cordelia, su dolor, su miedo, su cuerpo ahora roto, y pienso que por muy ficticio que sea todo esto, cuando lloro, cuando grito, eso es lo que mi cuerpo hace. Mi mente lo sabe. Mi cuerpo lo siente. El amor de Cordelia puede más que su lengua, pero eso yo no lo puedo saber y por eso le quito todo, por no honrarme lo suficiente con palabras, por no poder mostrar su corazón por la boca. Siento el peso de mi cuerpo como nunca lo había sentido antes, mis manos, mis ojos, mis hombros. ¿Podré acaso levantar mi mano izquierda otra vez? ¿Podré sostener este báculo?

Sé todo lo que tiene que suceder. Todo significa algo. Cada uno entiende algo que va más allá de mí. Cada movimiento se lee como parte de una historia más grande. Todo porque cientos de perspectivas distintas se centran en un mismo foco óptico. Salgo de escena. Me miro en el espejo de uno de los camarines del teatro. Me llamo Héctor Noguera Illanes. No me reconozco con esta barba que llega hasta mi pecho. Mi pelo desgreñado y desteñido en un color todavía cobrizo por el montaje de Theo y Vicente hace un semestre atrás. Una corona de espigas y trigo. Mi cuerpo embadurnado en un barro ahora seco y envuelto en capas de lino. Escucho la voz de Kent y el bufón a lo lejos en el proscenio. Qué diría mi papá si me viera así, sin saber si acaso voy a poder levantar mi mano izquierda, sin saber si va salir de mi cuerpo el sonido de mi voz, sin saber si voy a tener la energía suficiente para vivir lo que tengo que vivir ahora.

Entrecierro mis párpados. Me muestro una mirada vaga, perdida, que se mira a sí misma y deja poco espacio para lo que sucede afuera. Abro mi boca. La abertura más grande posible. Encorvo mi espalda y susurro en un mismo suspiro y exhalación: «¡Ingratitud! Un corazón de mármol un demonio / Más siniestro que monstruo submarino / cuando se muestra bajo la forma de un niño». Que los pensamientos pasen. Que todo lo que estoy viviendo, pensando, sintiendo, que todo eso venga pero no se quede, no ahora. Que todo pase. Pero pienso otra vez. Quiero que el mundo se acabe. Pienso que me quiero ir de aquí, que todo está en mi camino, que no sé dónde dejé mis llaves y mi billetera, que todo lo que me llevó a este lugar fue un error, y de pronto camino y me miro en un espejo distinto al cual no sé cómo llegué. Reviso mis bolsillos. La billetera no está ahí. Tampoco las llaves. Quizás las dejé adentro del auto. Siento el peso de mi cuerpo como nunca antes. Pienso en el texto una última vez. Levanto mi mano izquierda y ejercito mi voz. «Enero, febrero, marzo, abril…». Expando las vocales de cada mes para aclarar mi garganta. «Mayo, junio, julio…». Con cada vocal intento evitar esos zarpazos de consciencia que me dicen que no sé nada del texto que viene. «Agosto, septiembre…». No lo logro. No sé nada del texto. «Octubre, noviembre…». Alberto Vega a mi lado se maquilla mientras tararea una canción con una calma que envidio. «Diciembre, enero…». Existe acaso alguna solución definitiva a este nerviosismo que no se transforma, que solo persiste función tras función. Cómo voy a liberar fuerzas cercanas al delirio noche tras noche y salir vivo de todo esto. Alfredo Castro quiere de mí una entrega que no me atrevo a dar, no con este personaje. Siento el hedor de mi vestuario que ha acumulado los sudores de casi toda una temporada, y así los años pasan.

Mi discernimiento desfallece. Soy un anciano que perdió la cabeza, que decidió destruir todo lo que construyó por no recibir de una de sus hijas la entrega de un amor verdadero. Pero qué es el amor verdadero. Entrecierro mis párpados. «Es un espanto ver al pobre viejo destartalado». Empiezo a mover mi cabeza. Intento soltar mi cuello, y a la vez, me pliego en mí mismo para mostrar a una persona que no puede escuchar, que no puede entender, que solo ve agresión a su alrededor, que siente una constante revolución dentro de su cuerpo. Empiezo a tambalear. Intento purgar de mi mente lo que se supone es actuar bien, el sonido que se supone que debería tener mi voz, la imagen que tengo de mí mismo. La tempestad se abalanza: «Que el agua de mis ojos sirva para fraguar la arcilla». Esto es lo que soy ahora. Mi cuello empieza a responder. Soy un ser destartalado que lo único que quiere es el amor incondicional de sus hijas. Esto es lo que soy ahora. Cordelia me quiere de la manera en que una hija puede querer a un padre y eso tiene límites que no estoy dispuesto a aceptar. Esto es lo que soy ahora. Soy muy viejo y por el deseo que honren mi obra pierdo lo que está más cerca de mí. Sí. Esto es lo que soy ahora. Respiro. El texto es un recuerdo otra vez. Estoy atrapado dentro de mí y todo me agrede. Me miro al espejo y finalmente puedo decir: «Todo viejo es un rey Lear».

Esto es lo que soy ahora. Y luego salgo otra vez.




2


Sostengo un nudo en mis manos. Una cuerda que no puedo desatar. Las escaleras azules se superponen a la terrosidad rota de los telones. Camino perdido como un huésped inoportuno en la hacienda de mi hija mayor, con un bufón riéndose de mí y Kent, mi fiel servidor, desterrado y obligado a aparentar alguien que no es. Ahora todo el escenario es tierra, el color grisáceo del lino, los vestuarios y las capas de Marcos Correa que arrastran el polvo del escenario. Estamos en la corte de la mayor de mis hijas, y ella se atreve a acusar mis desvaríos y con la falsa elegancia y manierismos de la corte me pide prudencia, describe los malos modales de mis caballeros que han hecho de su casa un prostíbulo. Me dice que la vergüenza motiva medidas inmediatas, que si no hago lo que me pide ella misma va a tomar la iniciativa de despedir a mi séquito de su hacienda. «¡Ingratitud!», le respondo. «Un corazón de mármol un demonio / más siniestro que monstruo submarino / cuando se muestra bajo la forma de un niño». Mi propia hija me da órdenes. Me han mentido. Me han despojado de mis bienes. Me siento un huésped en mi propio reino. El bufón a lo alto de las escaleras me da la espalda y Kent, camuflado y ungido en barro, me mira con una mezcla de amor y lástima. No estoy dispuesto a resignarme a la poca autoridad que me queda, a la que renuncié por mi propio desvarío. Empiezo a enrojecer. Todos me miran asustados como esperando a que me invada la locura, y yo no quiero enloquecer. Grito fuera de mí: «¡Demonios y tinieblas! ¡Ensillad mis caballos! ¡Reunid a mi séquito! ¡Bastarda depravada! ¡Todavía me queda otra hija!». Estoy al borde de perder mi voz. Camino en círculos. El calor es insoportable. Alfredo Castro me exige el más absoluto paroxismo. ¿Cuán abyecto puedo llegar a ser? ¿Cuán abyecto quiere Alfredo que sea? Grito otra vez: «¡Ay del que se arrepiente demasiado tarde!». El duque de Albany me pide paciencia. Le respondo diciéndole que es un buitre execrable. Ramón Núñez como el bufón se sigue riendo desde la altura del muro con un gallo petrificado como corona. Kent, al otro extremo inferior, se agacha asustado. Una tempestad se abalanza. Me lamento, con una voz aguda y quebrada me golpeo la cabeza con mi mano. Digo: «¡Oh, Lear, Lear, Lear! Golpea a la puerta / que permitió pasar a la locura / y dejar a la intemperie a la cordura».

Se puede maldecir a los padres, pero no a los hijos, y ahora tengo que maldecir a mis hijas. Eso es lo que tengo que hacer. «Tumores purulentos. Furúnculos pestilentes. Achaques de mi carne». No quiero decir lo que tengo que decir. Empieza el vértigo. Los silencios involuntarios. El crujir impaciente de las butacas. No sé si olvidé lo que tengo que decir o simplemente no quiero decirlo. El sudor frío en mi espalda, las tensiones de mi cuello, la posición de mis hombros, el espacio que ocupa mi diafragma. La manera en que me muevo hoy no es la misma manera en que me moví ayer. No puedo parar de pensar. Esto es lo que soy ahora, un ser tambaleante y destartalado que lo único que quiere es un amor incondicional, como si acaso necesitara la confirmación de que su gran pasado no fue inútil, que todo lo que construyó es importante ahora que ya no tiene nada. Soy el rey Lear momentos antes de maldecir a sus hijas. Y al fin, me atrevo a mirar a Goneril y decirle:

Escucha naturaleza escuchaDe ese vientre maldito no salga jamásUn hijo que la honre con el nombre de madre.Y si llegara a salirSea un hijo del tedioUn tormento continuo de la mañana a la noche.Que imprimaPrematuras arrugas en su frenteY en sus mejillas macilentas surcos profundosPor donde corran lágrimas de sangre.Sus afanes y dolores maternosTórnalos en motivos de mofa y desprecioPara que experimente en carne propiaLos dolores agudosQue nos causan los hijos ingratos.El diente de la víbora no se le compara¡Adiós, adiós!

Y luego salgo y mientras lo hago, pienso que quiero llorar, pero el rey Lear no llora. No todavía. «Ustedes creen que me voy a poner a llorar. Se me va a romper el corazón en mil pedazos antes que yo me ponga a llorar». Se escucha el sonido reverberante de gotas que caen y que anuncian la tormenta. Prefiero combatir la hostilidad del viento que quedarme en las haciendas de mis hijas. Tengo que ser el terror de la tierra. Tengo que creer en lo que estoy diciendo, debo creer en su vida escénica, y esa es una vida que en este momento no quiero creer. Alfredo me pide que busque en mí. Lo que pasa es que no quiero ver eso que hay en mí. Por qué quiere acaso mostrar mi verdad. Qué quiere que la gente vea en mí. En qué momento el teatro se supone que tenía que mostrar la verdad. Cómo memorizar esta maldición paterna. No lo logro recordar. No lo quiero entender. Me enfrento a mi propia moral. Hay miles de personas mirándome y estoy aún solo con mi propia moral. Yo sé que Cordelia va a morir, pero el rey Lear no puede saberlo, no todavía.

Empieza la tormenta. Tercer acto. Escena cuarta. Qué refugio vamos a encontrar. Miro a Ramón Núñez. El gallo emplumado en la punta, su lengua bufonesca hacia fuera, sus labios remarcados en rojo, los colores de sus telas se sobreponen a la oscuridad. Lo miro a los ojos, le digo: «Quiero olvidar quien soy». Ramón me toma en sus brazos como si acaso fuera un niño despojado, apenas aguanta el olor de mi vestuario y mira hacia los camarines con cara de asco. Puedo ver las pequeñas resquebrajaduras de su maquillaje blanco, como grietas que surcan su cara. Mi cabeza no da más. Salgo hacia los camarines y me miro en el mismo espejo una última vez. Lear renuncia a sus hijas. A quienes he renunciado yo por todo esto. No quiero ser un mueble más en este teatro. Eugenio Dittborn está muerto. Cuando termine esta temporada, voy a renunciar. He trabajado treinta años en este teatro y voy a renunciar.




3


Al final Cordelia muere. La sostengo en mis brazos mientras miro un cielo que titila y emito un sonido continuo, bajo y agónico. Cuánto tiempo ha pasado en estas tres horas. La escalera es ahora un semicírculo horizontal azul que se balancea como un péndulo al frente de un puente levadizo. Se me nubla la vista. Miro mis manos. Yo sé lo que vive y también sé lo que muere. Si su aliento humedece el espejo, significa que vive.

Descanso mi cabeza en su pecho y me pregunto: «¿Por qué motivo ha de vivir un perro, un caballo, una rata, y en ti ni el más mínimo aliento?». Detrás mío persisten los dos telones de colores terrosos y andinos que son el desierto de este mundo. Ya no cuelgan sobre mí las pesadas capas de lino, tan solo una toga que es la desnudez de un anciano que lo ha perdido todo y una horca sobre mi cabeza que es el final de Cordelia, asesinada por una orden que como siempre, como en cada función de esta maldita obra, no fue cancelada a tiempo.

La miro imbuido en un largo y hermético silencio, un silencio que ya he sentido antes, la luz es fría y distante, salen de mi boca cuatro palabras. Digo: «Mi pobre loquita estrangulada».

Yo pude haberla salvado. Estoy seguro que pude haberla salvado. Miro su cuerpo roto y en este presente que se siente a ratos distanciado de la vida pienso en mi hija, en mi hija que murió poco después de nacer, en mi real hija, una cosita azul que vi sobre una cama clínica rodeada de médicos que corrían desde un pasillo hasta un ascensor que se cerró para no verla nunca más. Una cosita azul como el azul de esta escalera. Onfalocele suena como una palabra inconclusa, como un estómago que no alcanzó a cerrar. Y me pregunto asustado por qué la pena del rey Lear se siente más fuerte que mi propia tristeza. Yo sé lo que vive y también sé lo que muere. Yo sé lo que vive y también sé lo que muere. Me subo al semicírculo roto que es el último estertor de mi reino y digo que nunca la voy a volver a ver, repito:

Nunca.

Nunca.

Nunca.

Nunca.

Y el péndulo poco a poco se desequilibra y balancea con cada palabra y yo me desequilibro con él. El péndulo de este mundo. Recuerdo estar solo junto a un ataúd blanco camino al Cementerio General y no entiendo la situación, no entiendo por qué estaba tan solo, quizás por la extraña ambigüedad que rodea la muerte de algo que acaba de nacer. Con los pocos estertores que me quedan de voz me dirijo a Kent y le digo que mire a mi hija, que miren sus labios, que de verdad la miren, y me sigo balanceando y les digo que miren su cuerpo muerto otra vez, y siento que mi cabeza ya no puede más, me acuesto en el péndulo y grito: «¡Reviéntate, corazón…, explota de una vez, por favor!», y mi corazón al final explota y me muero, y el doctor Ricardo Franck se me acerca y me dice que la niñita murió, que es mejor así, que de lo contrario su vida hubiera sido un tormento, y tiene razón, Ricardo siempre tiene la razón, pero esa es una ecuación que no puedo aceptar y mis hijas, la María Piedad y la Amparo, están junto a mí y mi cuerpo se balancea de un lado hacia otro en el azul de una escalera rota. Pienso que mi historia no es nada comparado con las tragedias que tengo que vivir en este escenario, no he vivido guerras, no me han torturado, no he traicionado a nadie, no he hecho absolutamente nada, entonces, por qué Alfredo Castro insiste que busque dentro de mí, qué ve él que no estoy logrando ver yo, qué estoy sintiendo aquí que no puedo sentir en otro lado.

Era de noche cuando volví a mi casa. Volví a un nido vacío. La Claudia y yo. Los estudiantes en el público ya no dicen nada. No dicen nada porque ya no pueden más de aburridos y borrachos, y abandono la vida a la cual Lear ya no tiene derecho de existir en la más total de las abulias, y por alguna razón la gente aplaude, porque creen que el teatro es un deber que hay que resistir. La gente aplaude su resistencia, no me aplaude a mí.

Una de las enfermeras me dijo que la había bautizado poco antes de morir, que la llamó Claudia como su madre. Yo le digo Claudita. Y eso me calma, porque solo algo que tiene un nombre puede morir de verdad.

Tendré que volver mañana. Siempre hay que volver mañana. Salgo a saludar y, entre gritos y vítores, hago una última reverencia, la reverencia de un muerto, para poner fin al rey Lear de Shakespeare. Y en ese preciso momento, el momento en que mi cabeza se inclina, en que pienso que esta temporada no va a terminar nunca, me pregunto asustado si acaso voy a poder nacer de nuevo.



2.  La ciudadela




1


Despierto con el cántico de los monjes franciscanos. Me asomo tras el visillo de la ventana de la pieza de mis papás y veo la procesión salir de la iglesia San Francisco camino a la intersección que une Londres con París. El despunte del sol acentúa las sombras de los edificios, las cruces a lo alto de San Francisco y las torres del San Ignacio. El sonido de las campanillas de los monaguillos se une a los gritos de las pergoleras que ofrecen ramos a los fieles en el bandejón central de la Alameda. La imagen de la Virgen es transportada a un paso lento sobre los adoquines aún húmedos de la calle Londres, avanza a través de las curvas estrechas que a ratos pareciera que giran en sí mismas, y todo esto ocurre a metros de mi vista, protegido por la ciudadela de tres pisos que es la casa de la familia Noguera.

La penumbra persiste en la pieza de mis papás. Todo es silencio aquí. Incluso cuando hay más de cincuenta personas, entre tíos y familiares lejanos, esperándome al otro lado de la puerta. Solo a ratos se escucha el sonido de los autos sobre los adoquines de la calle Londres, el deambular de la procesión franciscana y las campanas del reloj de pie de mi abuelo. Mi ropa recién lavada tiene el olor a humo que deja las estructuras de mimbre sobre la ceniza caliente. En la cómoda de madera, junto a la imagen de la Virgen que decoraba el altar mayor de la iglesia San Francisco, hay un espejo ovalado en el que no me alcanzo a ver. Trato de escalar la cama de mi papá. Yo sé que su cama es una montaña de hielo blanco y azuloso que deforma las proporciones de esta pieza color sepia. Yo sé que su cama nada tiene que ver con los tapices de las sillas o los muebles de encina. También sé que si miro el espejo sobre esta montaña que poco a poco escalo voy a aparecer en el reflejo, y en esa certeza se sostiene todo lo que soy. Pero de pronto irrumpe una luz: mi mamá me sorprende en la mitad de mi escalada. Veo su sombra alargada por la luz ámbar que se filtra desde la puerta ahora entreabierta. Mi mamá se acerca. Me toma en brazos y me deposita en el suelo. Me mira a los ojos. Veo su silueta en contraluz. Y luego salimos.

Mis ojos se encandilan. Los murmullos se acallan. Veo solo piernas entre todo el fulgor. Siento las miradas lastimosas de mis tíos; mi mano izquierda en alto para sostener la mano de mi mamá que se contrae a medida que cruzamos el salón. Siento su sudor humedecer mi mano. El silencio se concentra en mi caminar, en mi gesto indeciso. Qué es lo que se supone que tengo que hacer. Mi mamá con una sonrisa me lleva a mi pieza. Veo desde mi ventana a la Virgen perderse en las sinuosidades de Londres, entremedio de las casas, todas distintas y extrañas, todas grandiosas a su manera. El repartidor de hielo, con su carretela a mi derecha, envuelve las barras en gangochos y espera que pase el último monaguillo que respira y exhala los rezos en un mismo susurro continuo. Mi mamá cierra la cortina de la ventana. Me toma la cabeza con sus dos manos para poder guiar mi mirada distraída. Me muestra un retrato colgado en la pared frente a mi cama. Hay un hombre muy joven en blanco y negro con una leve sonrisa. Mi mamá se agacha para mirarme a los ojos. Me dice: «Este es tu papá que ahora está en el cielo». Y luego me mira como esperando una reacción. Pero no reconozco a mi papá en esa foto. Nunca lo vi tan joven. Esta es la primera historia que me contaron. Sí. La historia de que mi papá alguna vez fue joven.




2


Soy un niño en un momento en donde los niños no existen. Tengo siete años y todo pareciera sostenerse en los márgenes de un silencio incómodo. Mi papá y mi tío Raúl han muerto en menos de un año. Mi abuela está recluida en su pieza del segundo piso vestida de negro, como si tuviera la necesidad de recordarnos todos los días que dos de sus diez hijos murieron, y mi mamá aún sirve un tercer puesto en la mesa del comedor. Soy el único niño que vive aquí. Los primos de mi edad pasan el tiempo en el fundo de Esperanza, cerca de Villa Alegre, con mi tío Alfredo, alejados del calor, del bullicio ciudadano y la severidad de los edificios oscurecidos por el esmog santiaguino.

La casa está de luto. Es un luto estoico, que no da cuenta de una calma, sino más bien de un hermetismo artificioso en donde todo se oculta y se desplaza. Es como si el silencio que sentí en la pieza de mis papás se hubiese quedado para siempre atrapado en la oscuridad de estas casas. Afuera las procesiones, las marchas del Frente Popular, los gritos del comercio central, el chirrido de los tranvías son el único contraste a este enclave de silencio inserto en pleno Santiago. Londres se siente como una interioridad exacerbada que se repliega a sí misma, como una isla que se refugia del bullicio en una mezcla de arquitecturas neoclásicas, barrocas y renacentistas. Londres estructura su fachada en dos. En un arriba de mis abuelos y mis tíos. En un abajo de los almacenes, de mi mamá y yo.

Juego con mis soldaditos de plomo sobre una cómoda con una superficie de mármol llena de grietas, como un puzle que no se puede desarmar. Tengo un batallón que va aumentando sus filas con cada Navidad que pasa. Escucho el golpe acentuado de sus botines sobre el pavimento de la calle Ejército que es el mármol roto, tal vez por culpa de algún bombardero que se fue volando a la Segunda Guerra Mundial. Construyo una gran batalla. Ilumino a los soldados muertos con la lámpara de la máquina de coser de mi mamá. Vivo en una casa que está dentro de otra casa más grande. La ciudadela de mis abuelos es la única que tiene tiendas en el primer piso: un almacén y una florería que parecieran aligerar un poco la severidad conservadora de la familia Noguera. Después del portón, hacia París, están las ventanas del dormitorio de mi mamá, luego una puerta con el número 28, más pequeña que la gran entrada. Ahí vivimos nosotros, rodeados de vidrios empavonados que nos ayudan a mostrar una estudiada formalidad cuando nos dirigimos a mis tíos y abuelos, porque después de todo somos advenedizos en un hogar que no es el nuestro.

Mi mamá al otro lado del pasillo intenta consolar el llanto de alguna de mis tías Illanes mientras prepara un desayuno que no voy a comer. Llevo meses sin comer. Y la porfía de mi mamá, que pasa horas frente a un plato recalentado, parece no ceder. A veces me inventa cuentos. Cada cucharada tiene un nombre, una expresión o una historia distinta. El interior de mi pieza es color crema, que es el color de las piezas oscuras. En el living hay un pequeño patio de luz de dos metros por dos metros que da a la terraza del tercer piso en donde viven mis tíos. Si acaso me pusiera en el ángulo adecuado podría ver el cielo y a mis tíos fumar en ese lugar. Ese patio es como un túnel hacia el sol. Pero no hay mucho más allí. Solo un triángulo de madera con una roldana en donde se cuelga la ropa para subirla hacia la terraza y secarla. Los saludo desde abajo a veces y ellos parecieran no querer devolverme el saludo, distraídos pensando en sus campos y la explotación agrícola del valle central y a su lado toda nuestra intimidad interior secándose en el sol. «Esa roldana la inventó tu pobre papá», me dijo mi mamá con una sonrisa orgullosa. Mi papá no es tanto una persona para mí como una serie de pequeños matices que pienso que debería recordar, pero que no recuerdo.

Al otro lado de la puerta hay seis cabezas de madera sobre una mesa de caoba oscura. Siento sus miradas que parecieran vigilar todo lo que sucede en el comedor. Los vidrios empavonados de la gran ventana bloquean la vista hacia el jardín común que compartimos con mis abuelos y tíos. Las cortinas siempre están cerradas. Mi mamá persiste en sus intentos de calmar los llantos de la tía Rebeca. Es una situación que se repite cada domingo por la mañana. Todas mis tías Illanes quieren ser más altas y bellas de lo que son. Lo noto en sus zapatos de terraplén, los trajes de sastre ajustados en la cintura, las chaquetas con hombreras, las cejas remarcadas con lápiz café, los sombreros grandes y tambaleantes, los aros pesados que alargan los lóbulos de sus orejas, los pelos repletos de horquillas y prendedores que recogen bucles y trenzas, el colorete en las mejillas y el rouge que parece desbordar sus labios y teñirles los dientes. Todas han sido maltratadas por sus maridos, todas han sufrido alguna decepción, y viven en el desamparo de pensiones baratas que parecen contrastar con el aparente cuidado que se dedican a ellas mismas.

Mi mamá va al living y saca un sombrero de una de las cabezas. Me mira rápido a los ojos con la reprimenda que merece un niño que aún no ha comido su desayuno. «Los niños que no comen se quedan chicos», me dice en un susurro rápido. «¿Qué diría tu papá?». No respondo. Los deseos de mi padre parecen converger con los intereses de mi familia, como si mi papá fuera el más Noguera de los Noguera. Mi mamá vuelve a su pieza rendida. Escucho decirle a mi tía que el velo le va a dar misterio a sus ojos, que el sombrero la hará parecer más alta. Para mi mamá las personas terminan en donde termina su sombrero. La tía Rebeca intenta con dificultad clavarse el sombrero en su peinado con un enorme alfiler adornado. Es como si se los enterrara en el cráneo. Se mira en el espejo ovalado sobre la cómoda intentando encontrar el misterio que menciona mi mamá. Asume un gesto de rubor, de risa tímida, de imaginación de una vida romántica. Contrae los pómulos y se chupa las mejillas. Camino hacia el comedor. Las cabezas me miran a lo alto de la mesa. «¿Supiste que el tío Genaro está botado a escritor?», dice la primera cabeza. «No te creo, qué horrible», responde la segunda. «¿Sabías que el ‘Bachicha’ Alessandri es de origen italiano?», dice la tercera cabeza. «Pero qué espanto», responde la cuarta. «Mira cómo camina el Titito», dice la quinta cabeza con un tocado a lo Greta Garbo. «Camina con las manos hacia atrás», responde la sexta cabeza. «Igual que su papá».




3


La primera palabra que se aprende en el silabario es la palabra ojo. La palabra ojo son dos ojos y una nariz. Es una O grande que es el primer ojo, luego algo que suena como una oclusión que es la nariz, y enseguida otra O que es el segundo ojo. Si uno junta esas figuras suena la palabra ojo. Estoy acostado en el suelo de mi pieza para sentir el terciopelo de la alfombra en mis mejillas. Miro las ilustraciones del silabario y me doy cuenta que cada cara es una palabra distinta.

Me duelen mis muelas. Siempre hay un momento del día en que me duelen las muelas. Mi mamá me grita a lo lejos que ya es hora de partir. Me incorporo. Abro un cajón de mi armario y escondo dos soldaditos de plomo en mi bolsillo para encontrar un refugio al aburrimiento que sé que viene con esa llamada. Salimos de Londres 28 camino hacia Londres 24, la entrada principal que da al segundo piso. Afuera la luz del sol encandila mis ojos. A mi izquierda está la plaza de la calle Londres y en un sitio eriazo, al otro lado de la calle, hay dos vacas para la leche de la mañana. Manifiesto mi enojo a través del silencio. Mi mamá no se da por aludida. Ya soy un niño silencioso.

La entrada se abre desde el segundo piso por medio de un cordón que va amarrado al pestillo de la puerta. Se escucha un sonido metálico y el portón al costado del garaje se abre solo y se siente su peso, como si el quicio de la puerta fuera empujado por todos los fantasmas de mis antepasados. Subimos la enorme y alfombrada escalera hacia el segundo piso de los Noguera. Hay una mampara que divide el pasillo principal: por un lado, la pieza; por el otro, los salones. En un recodo del largo corredor, al lado de la mampara, hay una Virgen rodeada de flores. Es el mes de María, el único acto oficial en el año en donde se comparte con el servicio de la casa. La blancura de esa instalación parece contrastar con la solemne y austera oscuridad de los salones de la familia Noguera.

La puerta que da a la pieza de mis abuelos está abierta. Rodeamos con cuidado las dos camas, pasamos por el balcón que da a la calle Londres y nos dirigimos hacia el gran ventanal que da a la pérgola y a uno de los costados de la iglesia San Francisco. La luz es distinta aquí, como un claroscuro difícil de definir. Ni las cubiertas de mármol de los veladores con sus bacinicas, ni los gansos de porcelana, ni el costurero de pie, parecen cambiar de lugar o ser afectados de alguna manera, todo se mantiene, como si el paso del tiempo no alterara esta zona de refugio enlutado. Alfredo Noguera Opazo, mi abuelo, está sentado en un enorme sillón leyendo el diario El Ilustrado. Al frente de él está Manuela Prieto Hurtado tejiendo en el extremo de un sofá abotonado. Los separa una pequeña mesa circular cubierta por un terciopelo verde para jugar solitario. Mi mamá me dijo que mi abuelo fue el primero en instalar una fábrica de leche condensada en el fundo de Esperanza, que a la inauguración fue el presidente Pedro Montt, y cuando me lo contó siempre me imaginé que sería muy distinto a la persona que miro ahora jugando aburrido con su bastón. Algunas veces lo veo caminar hacia el Club de la Unión al otro lado de la Alameda, con las manos cruzadas en la espalda, jugueteando con su bastón con una parsimonia altanera mientras saluda a las pergoleras. Es raro verlo fuera de la casa, siendo parte de la ciudad, entre otros transeúntes, a una persona considerada tan importante por mi mamá. Una vez me leyó el memorándum de mi bisabuelo, como para que quizás tome consciencia de quién soy y dónde estamos: «El doctor don Joaquín Noguera, natural de Barcelona y perteneciente a una distinguida familia española, vino a Chile a ejercer la profesión de médico el año 1842. Se casa con la igual de distinguida señorita chilena doña Pilar Opazo para así formar un respetable hogar. Dedicado muy joven a su profesión, lució con Pilar Opazo bastantes bienes y, por qué no, bastantes bienes hizo a sus semejantes. El carácter en extremo bondadoso, su corazón sano y bien puesto hicieron del señor Noguera un héroe de la humanidad». Mi mamá con una ensayada formalidad saluda a mi abuela. «¿Cómo está, misiá Manuelita?». Manuela interrumpe su tejido y en el momento en que levanta sus ojos, siento la silenciosa jactancia de su mirada que pareciera sostener la antigua nobleza, la aristocracia castellano-vasca, hija de la estabilidad portaliana. Es nieta del presidente José Joaquín Prieto, y esa es una genealogía que se manifiesta en cada gesto y actitud. Veo que mi mamá siente ese peso, mi mamá hija de los liberales Illanes de un pequeño pueblo llamado Villa Alegre. Ella la saluda con un cuidado que revela un sentido exacerbado del ridículo, como si en la manifestación más inocente pudiera escaparse algún error. Mi abuela juega con esa severidad, la ocupa a su favor, y le responde con una sonrisa.

Mi mamá se despide de misiá Manuelita. Ahora empieza la espera. Su enlutada sobriedad contrasta con la pluma del sombrero de mi mamá. Mimí sabe que ella va a salir esta tarde como tantas otras. Siempre pensé que mis estadías en el segundo piso de la familia Noguera eran más una necesidad de mi madre que una verdadera exigencia de mis abuelos.

Miro hacia la casa de enfrente a través del gran ventanal. Hay dos niñas allí con las que a veces juego a hacer morisquetas de ventana en ventana. Pero no hay nadie ahora. Me siento resignado en el suelo junto a «Topito», el perro setter de mi tía Toya, mientras recorro con mis dedos los dibujos de la alfombra. Saco un cañonero de uno de mis bolsillos y pongo uno de los cañones apuntando hacia el perro. Manuela vuelve a su tejido. A pesar de que le faltan dos dedos, su velocidad me asombra. Se viste de una manera tan distinta a las Illanes. Sin chaquetas acinturadas ni faldas angostas. Solo un largo traje negro y una faja interior que aplasta sus pechos que parecieran llegarle hasta el ombligo. Nunca la he visto reírse, tampoco hablar bien o mal de alguien, ni demostrar forma alguna de altanería. Jamás la vi menospreciar a nadie. Y aun así todos en este lugar le tenemos miedo.

Mis abuelos no hablan entre ellos. Pareciera que ya se dijeron todo lo que se tenían que decir. Tampoco me hablan, ni me abrazan, ni me regalan juguetes, como si acaso no estuviera ahora con ellos y eso exalta la lentitud del tiempo. Su indiferencia no la interpreto como una falta de cariño. Más bien hay una silenciosa pedagogía en esa distancia que, a pesar de mi aburrimiento, asumo sin reproche alguno. Mi presencia significa algo que nadie pareciera poder nombrar, como si evocara un recuerdo en ellos que yo no viví. Y en esa mirada siento el peso de una compasión que no entiendo. Como si me quisieran, pero al mismo tiempo nos estuvieran haciendo un favor a mi mamá y a mí. Un favor que nadie quiere asumir.

Se escuchan gritos en la Alameda. Una marcha más del Frente Popular. Mi abuelo se levanta y mira hacia la ventana mientras juguetea con el bastón entre sus dedos, con una nerviosa velocidad que evidencia la certeza de que Chile, tal cual lo conocía, se va a acabar. Mi abuela permanece sentada tejiendo sus mañanitas mientras los bajos retumbantes de los gritos y los pasos sobre la Alameda hacen vibrar los ventanales. La calle Londres se mantiene impasible. La ciudadela de mis abuelos se protege a sí misma como un invernadero de comedimiento y serenidad que nos resguarda de los vientos inesperados de las nuevas marchas radicales, de la carestía de bencina, del tifus exantemático, de los tísicos, de la peste blanca, del alcoholismo, del estrabismo, de las casas de tolerancia, del meretricio, de la sífilis, de los conventillos, del saqueo, de la mortalidad infantil; por eso mis tíos insisten que ya es hora de irse hacia Providencia. Es como si las paredes se construyeran a base de mistificaciones y olvidos y la calle Londres fuera tan solo el resultado de una serie de pactos implícitos que se transmiten en la forma de una advertencia. No le compren nada en la calle al niño. Los helados de bocado envueltos en papel encerado están hechos con las aguas estancadas del Mapocho. Si adentro todo se pliega, afuera todo parece desbordarse, y entre inflexiones, pliegues y estiramientos Santiago se siente como una ciudad cada vez más infinita, pero una infinitud que nada tiene que ver con el progreso. Siento la inflexión que conforma toda mi vida aquí. Veo la manera en que estas murallas separan lo legible de lo ilegible. Los palacios, las casas, son lo que quedó del sueño salitrero, la oligarquía después del primer centenario despertó en esta pesadilla séptica que es Santiago ahora. Y entre todo esto se yergue la iglesia San Francisco con una penumbra interior que contrasta con el ruido de la Alameda, y es como cruzar un umbral en donde la actitud y los gestos de las personas de pronto cambian y me enamoro de su sangrienta imaginería colonial, del relato de Cristo que es el único cuerpo roto y desnudo de todos los cuerpos rotos y desnudos que habitan la ciudad que me dejan ver. Todo lo que está fuera de la calle Londres es un gran cuerpo prohibido para mí. Nosotros somos la clase que tenemos que dar el ejemplo. Es una de las pocas frases que me repite mi abuelo. Tenemos que ser el ejemplo de algo que no me atrevo a ver.

Mi abuelo me contó una vez que toda casa santiaguina que se respetara tenía carruajes en la cochera. Mi papá y mis tíos partían rumbo al San Ignacio con sus caballos y en eso mostraban su alcurnia a través de los cascos y palafrenes en la plaza de Armas antes de que la remodelaran. Y detrás de ese cuento se esconde una misma afirmación, que es que vivimos tiempos inciertos, en tiempos del Frente Popular, en donde las noticias del día anterior son eclipsadas por las noticias del día siguiente. Siento la distancia que me entregan los muros de piedra, los salones, los pasillos, los ventanales gruesos, los duros quicios de las puertas, la enorme escalera de madera hacia mis abuelos, el frío atrapado en esta casa, los abrigos negros de mis tíos en el tercer piso, sus caras rasuradas, sus cuellos almidonados y rígidos. Casi puedo escuchar sus comentarios sobre la diferencia entre Santiago y la hacienda de Esperanza, porque allá siempre sobra lo que aquí falta. Y entonces las conversaciones son siempre las mismas: la nueva decadencia del parque Cousiño, la constante sensación de acechanza, la cursilería del Santa Lucía, la horrible remodelación de la plaza de Armas, las góndolas que bajan por la Alameda que parecen conventillos con ruedas, los vendedores de ropa usada, el confuso cambio de nombre de la Alameda por Bernardo O’Higgins, la inútil necesidad de ensanchar Ahumada, el caballo espantoso que monta Bolívar. Nadie parece conocer el valor constitutivo de su propia clase. Todo parece desbordarse. Los nuevos advenedizos, los nuevos profesionales, los nuevos técnicos, los nuevos liberales, los nuevos mesocráticos, los nuevos desarrollistas, y entre todo este mestizaje forzado lo único que queda en pie es el orgulloso atraso del agro chileno y la calle Londres como la última manifestación del deseo de la unión angloamericana. Mi mamá y yo somos un extraño puente que une ambos mundos. Pero ella no cree en su propio mundo, en su nombre Yolanda Illanes Benítez, en sus orígenes loncomillanos, en ser hija de un alcalde liberal de Trapiche. Quizás por esa razón siempre saluda a Manuela con el cuidado de alguien que siente que es una carga, una infiltrada Illanes cuyo marido, que justificaba su estadía aquí, acababa de morir.

Sigo recorriendo con mis dedos ahora nerviosos los dibujos de la alfombra persa. Yo sé que mis abuelos en poco tiempo más van a morir. Yo ya sé qué es lo que vive y qué es lo que muere. Lo sé porque son viejos y después de la vejez no queda nada más que el cielo. Mi papá no llegó a viejo. Eso también lo entiendo.

Mi abuela inicia la lenta transición de tejer a jugar solitario en la mesa de centro. Mi abuelo cierra las cortinas de los ventanales. Me levanto. Camino por el pasillo. Intento abrir la puerta que da al salón dorado, pero está cerrado como siempre. Sigo por el pasillo hasta llegar a la entrada del gran salón. La puerta está abierta. Busco dos tomos pesados de tapas de cuero rojiza que deberían estar en un escritorio en este mismo lugar. Dos tomos prohibidos. Tienen ilustraciones que muestran ríos infinitos de cuerpos humanos desnudos y apilados que serpentean en el aire de un paisaje desértico y montañoso. Entre toda esa masa se distinguen dos hombres en la ladera de una montaña. Uno de ellos parece proteger y guiar al otro. Son los únicos testigos de cada uno de estos paisajes circulares. Caminan por un bosque en donde los troncos de los árboles están compuestos por cuerpos humanos en agonía, como una mezcla inseparable entre piel y madera.

Las ramas parecen brazos contorsionados. Las raíces son cuerpos enterrados en la tierra. Entre rocas afiladas, un hombre desnudo y decapitado sostiene su propia cabeza desde la cabellera con una de sus manos. Los hombres cruzan un río en una barca guiada por un remero que navega sobre cuerpos ahogados. Uno de los sujetos alimenta a un monstruo de tres cabezas con una cola de serpiente. Hay lluvias de fuego. Todo se mezcla. Una masa confusa e infinita observada por estos dos hombres, que son los únicos seres íntegros de todos estos paisajes baldíos.

Paso mis dedos por el terciopelo de los sillones que están al frente de una chimenea. Los libros ya no están donde deberían estar. Esas pequeñas y torcidas excepciones, como accidentes que cuestionan este mundo que me rodea y al mismo tiempo lo afirman de una manera atractiva y terrible. Quizás mis tíos los escondieron. Afuera aún se escuchan lejanos los gritos. Camino a la usanza de mis tíos, como si acaso fuera un Noguera más en una reunión social, como si discutiera sobre explotación agrícola junto a Ramón Noguera Prieto y su mujer Luz Larraín a mi lado. Juego que soy un adulto. Inés Echeverría quizás fuma un cigarrillo con una larga túnica y un cintillo de terciopelo mientras le dice alguna frase irónica al cuerpo cuadrado y gordo de Arturo Alessandri Palma, y luego se ríe de lo arribistas que somos en comparación con la nobleza europea. Manuela, quizás, mira con sospecha a esta feminista intelectual. Tal vez mis tíos responden con críticas solapadas al gobierno caudillista del «Bachicha» Alessandri, a la nueva ostentación, al nuevo descreimiento, a la frivolidad, a las tesis higienistas, quizás hablan de lo raro que es el tío Genaro Prieto que decidió botarse a escritor, o hablan de los nuevos ricos que no viven en el casco histórico de Santiago, o tal vez, con una mezcla de desprecio y al mismo tiempo orgullo criollo, hablan de cómo el país poco a poco se ha ido descarrilando desde el advenimiento del centenario, o de los peones que en periodos de contracción vienen a una ciudad en donde ya simplemente no cabe más gente. Para eso está la Cruz Roja, por eso la tía Toya decidió unirse, porque es el refugio para los pecadores arrepentidos y atacados por el vicio.

Los gritos afuera se desvanecen. Pienso en las cabezas de madera y en mis soldaditos de plomo que están en el primer piso. Preferiría estar allí. Salgo del gran salón hacia el pasillo. Escucho que mis abuelos me llaman. Al final del corredor todos los sirvientes y mis tíos se empiezan a juntar al frente de una Virgen adornada con flores blancas. Me uno al grupo y empezamos a rezar en un mismo coro: «¡Oh, María, durante el bello mes a ti consagrado, todo resuena con tu nombre y alabanza!». Sobresale la voz de mi tía Toya. Elvira, la cocinera, vestida de carmelita para alguna manda desconocida, respira y exhala el rezo. Miramos todos juntos la palidez de la Virgen de Lourdes, sus flores blancas, su cinta celeste. Toda la casa en un mismo punto rezando una plegaria que no logro memorizar.

Mi mamá vuelve tarde. Hace un estudiado y formal saludo con la sonrisa aún intacta, como no acusando recibo del discreto reproche de mis abuelos. Me toma de la mano, bajamos las escaleras y salimos de la casa principal para entrar a Londres 28. Ya en su pieza la sonrisa se difumina. Se baja con un suspiro de alivio de sus tacos altos. Se saca el sombrero. Se desprende de los pinches y horquillas que sujetan su peinado. Se cambia con cansancio a una bata de casa ya raída que seguramente había sido parte de su ajuar de novia. Se lava la cara. Es un personaje entero el que se deshace. Hasta que aparece un gesto, aunque no sé si es un gesto. Es algo que se le parece, que se sitúa en el límite entre un gesto y un espasmo. Mi mamá desfigura su rostro con una tensión que emblanquece sus ojos, que deforma sus labios, que pone rojas sus mejillas. Actúa la cara más horrible que puede actuar. Pero no sé si está actuando. No sé si un espasmo es actuar. Mi mamá se da cuenta que estoy aquí. Observándola. Se acerca y me abraza. Me dice que yo tengo que ser su alegría, y luego me acuesta en mi cama.

«Ángel de la guarda / dulce compañía / no me desampares / ni de noche ni de día…». Mi mamá pone sus manos en ambos costados de su cara, estirando la piel hacia atrás para evitar las arrugas. «…Y que el papá nos mande salud y platita». Se ríe. Se tapa los dientes cuando se ríe. Y entonces su mejilla izquierda se contrae de nuevo y percibo la indecisión de su mano izquierda que no sabe qué es más importante tapar: sus dientes o sus arrugas. Se va a su pieza. Me quedo solo. Miro hacia el techo. En el techo hay una pirámide invertida. Sombras que son ríos de cuerpos en el cuarto círculo del infierno. Intento recordar quién es mi papá y tan solo veo matices que poco a poco se disuelven, detalles que no logran formar un ser completo, un ente distintivo de todo este fondo interminable. Un cuerpo igual de indistinto que todos los otros cuerpos que plagan el techo de mi pieza. Mis tíos dicen que camino como él. Esa semejanza me hizo sentir como un protagonista de una historia que no sabía que era una historia. Solo por caminar, solo por cruzar mis manos detrás de la espalda y trazar un camino, mi papá puede ser lo que yo quiero que sea, puede ser algo igual de infinito que las vetas del mármol de la cómoda de mi pieza. Miro el techo. Cuerpos apilados. Unos contra otros. Detalles que se van, que desaparecen, a veces por su extensión, a veces por sus pliegues, pero en toda esta confusión, en esta pesadilla séptica del Chile de principios de siglo, solo queda su caminar, que es ahora mi caminar. El techo es ahora una pared blanca y mi papá es un gesto que puedo imitar.




4


Estoy en algún teatro del centro de Santiago. Espero en silencio entre los murmullos del público y los cientos de cabezas tocadas por sombreros en una galería de oro falso y pisos alfombrados. Todos parecen esperar que ocurra algo al frente de ellos. Yo permanezco sentado mientras intento buscar un ángulo que me permita ver el escenario entre todos los sombreros. Las butacas están apenas iluminadas por una luz voluminosa y pesada. Los palcos, en cambio, permanecen oscuros. Las voces del público ocurren en el volumen en que ocurren los rumores. Veo el brillo metálico de los atriles de los músicos en el foso y los haces de luz que se filtran de entre las cortinas que separan la platea del foyer. Mi ansiedad se confunde entre mis expectativas de lo que va a suceder en el escenario, aún vedado por un gran telón púrpura, y mi nueva acompañante. Porque a mi lado está la reina de la primavera, mi prima Eliana Illanes, quien decidió hacerse cargo de mis huérfanos domingos.

Las luces de la sala disminuyen su intensidad. La diligencia de los acomodadores aumenta su intensidad. El telón empieza a abrirse. Se filtra en la sala la luz ámbar de las candilejas. El público que está en el teatro pasa de los rumores a un silencio que me permite escuchar incluso mi propia respiración ansiosa. El contraste entre la luz y la oscuridad de la sala se borra poco a poco y con él las barreras de mi casa, de mi familia, del estrecho mundo que conozco. Lo primero que comprendo no es una historia, sino la idea de una diferencia que existe entre ese espacio iluminado y la oscuridad que la rodea. Lo que veo no es tan solo un cuento, sino una diversidad de medios y sensaciones que me invaden a la vez. Veo telones pintados, veo cambios de luces, veo máscaras, templos que parecen de cartón, veo cuerpos vestidos de una manera distinta que los estrictos ternos abotonados de mis tíos, una desenvoltura que contrasta con la parquedad de mis abuelos. Son otras reglas. Otros los movimientos. Como un juego en el que por primera vez no estoy jugando solo. Ya había visto espectáculos antes: las procesiones, la parada militar, las marchas de la Cruz Roja, pero nunca algo así.

Soy un niño de seis años y pienso que toda la realidad que me rodea se construye para mí. Como si el tiempo y el espacio existieran solo en la medida en que me afectan y todo lo que excede mi percepción directa fuera simplemente una adultez soterrada que de forma secreta hace que las cosas sigan girando. Que sigan girando para mí. Pero el teatro parece sobrepasar los límites de esos adultos que pienso que me protegen. Le tengo miedo a la oscuridad porque las cosas existen en la medida en que puedo verlas, en la medida en que se estructuran como una forma que las separa del vacío. Pero las obras de teatro empiezan con un primer apagón de luz, no solo para orientar mi mirada, sino para que pueda ver que hay un mundo que se está construyendo al frente de mí, y eso lo hace un mundo aún más mío que mi propio mundo, y entonces siento que tengo un nuevo secreto que no puedo nombrar, un espacio y un tiempo que no construye mi mamá y que me da un poco de vergüenza decir en voz alta, porque esa dimensión de mi subjetividad es siempre una dimensión que tiene que mantenerse soterrada y a la cual este teatro, sin embargo, me obliga a enfrentar. Este secreto no es algo que me produzca confusión o dolor, pero sí me asusta sentir que el primer estímulo externo a la calle Londres que me afecta de verdad es esta creación que parece bordear la estridencia y la paranoia. Como si el impulso primordial fuera solo la existencia del mundo que ahora el teatro ofrece y que rebosa sentidos contradictorios que ni mi familia ni yo podemos controlar. Para mí la oscuridad no es el miedo a la acechanza de un ser desconocido, para mí la oscuridad es tan solo un mundo que deja de girar. Por eso cuando se avecina por primera vez el escenario en mí, cuando aparece esa primera luz que se creó para mí, este nuevo evento especial que espero religiosamente cada domingo, los actores, el maquillaje, los decorados, el vestuario, todo eso significa algo y entonces el tiempo de pronto se altera y yo me altero junto al tiempo, porque todos estamos aquí, sentados, atentos a un mismo sentir, con mi prima Eliana mirando algo que se siente estridente, un falso fuego que existe solo para que cada uno de nosotros pueda reafirmar en sí mismo la idea de un centro absoluto, la idea de una broma que no va a terminar nunca y que se ríe de ese otro mundo que creía firme y unívoco. El teatro no para de girar, y ese es un mundo que poco a poco me supera y me dice que la realidad que creía mía ya no lo es. Que nunca lo fue. Y creo que eso está bien.




5


Murió mi abuela. No sé si tengo que estar triste. Cuando mi mamá me dio la noticia lo único que pensé fue en esa indecisión.

Sí. Tal vez debería estar triste. Pero ahora siento curiosidad. Para mí la muerte no es algo definitivo aún, es solo un estado que, cuando pasa el tiempo, mi mamá se encarga de explicar.

Mis tíos se pasean nerviosos a lo largo del pasillo del segundo piso. Se preguntan, quizás, qué van a hacer con mi abuelo ahora que mi abuela no está y las casas de la calle Londres parecieran ser una carcaza de lo que alguna vez fueron. Se acaba de morir el único mito originario que los mantenía aquí, la imagen nostálgica de una edad dorada que parece desvanecerse. Mi mamá me toma de la mano y me saca a pasear para que no sienta la tristeza que parece invadir la casa de nuevo, o tal vez porque nosotros no deberíamos ser parte de las decisiones que esta familia va a tomar ahora que mi abuela ha muerto.

Caminamos por el parque Forestal a lo largo de una laguna que está al frente del Museo de Bellas Artes. Puedo intuir la tristeza de mi mamá y saber que esa tristeza nada tiene que ver con la muerte de mi abuela. Lo sé porque la he visto así antes, o quizás no es tristeza y es tan solo un contraste lo que logro percibir, el contraste entre la manera en que se comporta cuando está con mis abuelos y la manera en que se comporta cuando estamos nosotros dos solos. Quizás también se está preguntando a sí misma si acaso debería estar triste o no.

Volvemos a la calle Londres. Subimos las escaleras de la puerta principal y cruzamos el gran pasillo. Las puertas del salón dorado se abren por primera vez. Todos los muebles son dorados. Huele a una pieza que no se ha abierto en mucho tiempo, huele a humedad, a polvo atrapado en todo el terciopelo. Se desplazó el brasero de bronce y se colocó allí el ataúd con el crucifijo junto a los faroles de pie y las flores de la pérgola. Algún tío desconocido me toma de improviso de la cintura y me alza para ver el rostro muerto de Manuela.

Mis abuelos tenían la costumbre de rezar el rosario cada mañana aún acostados en sus camas contiguas. Cuando mi mamá está ocupada, voy al segundo piso y veo a mi abuelo solo. No me acostumbro a esa escena, como si algo en todo esto no calzara. Escucho el eco solitario de su voz cuando al final de cada plegaria dice: «Ya voy, Manuela».

Mis tíos se están mudando poco a poco del tercer piso para vivir con sus matrimonios en casas particulares en el sector oriente de Santiago. Toda la calle parece querer irse. Ya nos dimos cuenta que las frágiles razones que justificaban nuestra estadía en la casa de Londres se desvanecieron con la muerte de mi abuela. Mi mamá y yo nos mudamos a un departamento en Teatinos 20. Es uno de los edificios del barrio cívico que rodean el Palacio de la Moneda. Es un edificio moderno. Tiene ascensores. Nuestro departamento tiene un refrigerador. Se puede hacer hielo ahí dentro. Eso significa que también se pueden hacer helados.

Todas sus ventanas dan hacia un patio interior en donde se ven las paredes oscurecidas de los otros edificios que muestran cocinas o piezas de servicio. Por eso salgo hacia los pasillos comunes, me siento entre los pilares de la baranda de bronce que rodean las escaleras y miro hacia abajo desde el quinto piso. Veo mis piernas colgando y siento el vértigo en mi estómago. «A don Alfredo no le gustó el departamento», me dijo mi mamá cuando mi abuelo nos visitó. «No le gustó que no tuviéramos vista». Su presencia se sintió sorpresiva y extemporánea a pesar de que la calle Londres quedara solo a un par de cuadras. Quizás porque el mundo de mi abuelo, o mi percepción de su mundo, siempre lo sentí muy pequeño. Demasiado señorial en este entorno tan republicano.

Al final mi abuelo fue trasladado al barrio El Golf, obligado a habitar el mismo terreno que habitan los nuevos advenedizos. Falleció pocos meses después.

La calle Londres, a medida que pasaba el tiempo, empezó a llenarse de moteles parejeros y prostíbulos. A fines de los años setenta, cuando hacía clases de Historia del Teatro en la Universidad Católica, supe que una de las casas antiguas de la calle Londres, construida a principios de los años veinte, era ahora un centro de tortura.



3.  Ver y ser visto




1


San Ignacio, el primer general, me recibe con sus manos abiertas. El patio principal es una cancha de fútbol con piso de maicillo. Las dos torres de la iglesia ignaciana se asoman con una presencia temible y su fuerza escolástica parece contrastar con nuestro cansancio mañanero. Algunos compañeros se jactan de haber subido sus escaleras estrechas a pesar de que estuviera prohibido y haber visto toda la ciudad desde su cúpula más alta sobre los relojes de cuatro esferas. No hay nada que interrumpa ni el fútbol ni la devoción. Yo nunca me atrevería a subir esas torres de la misma manera en que nunca podría hacer un gol.

Un corredor de arcos cruza el patio y sostiene los dos pisos del nuevo edificio. Ocupo el antiguo abrigo de mi papá que me queda grande, pero que aun así mi mamá me obliga a ponerme cada mañana. Pongo mis pies paralelos a los cuadrados que forman las baldosas para estar en formación con mis otros compañeros, todos con nuestras chaquetas encima del overol. El padre Gunbayer, un alemán valdiviano, gordo, rubio y colorado, se pasea entre las filas con un pito chillón y un llavín que sirve para abrir puertas y repartir coscorrones en nuestras cabezas cuando la división no está bien alineada. El edificio antiguo persiste a mi izquierda, más lóbrego, más oscuro, el recinto en donde nos dicen con orgullo que estudió el padre Hurtado y nos omiten que allí también se formó Vicente Huidobro. Yo lo único que pienso es que son los mismos corredores en los que mi papá alguna vez fue niño como yo.

Nos toca media hora de estudio en los salones de las divisiones, en donde algún sacerdote, prefecto, subprefecto, decurión o delegado de birrete oscuro mira nuestras tareas. Marchamos hacia nuestras respectivas salas de curso en el edificio nuevo con Gunbayer liderando las filas, y tan solo se escucha el eco vivo de nuestros pasos cortos y arrastrados por los grandes pasillos y uno que otro pitazo de los curas con un pito en una mano y el breviario en otra. La sobriedad del inamovible plan de estudio escolástico de nuestras horas lectivas se pone de manifiesto en el edificio que nos rodea, en sus paredes sin adornos, en sus salones con muebles y escritorios ocupados por miles de alumnos antes y que serán ocupados por miles de alumnos después. Somos todos parte de la Compañía de Jesús, del gran ejército ignaciano, y por esa razón se nos exige el recogimiento propio, admitir y al mismo tiempo ocultar nuestras inclinaciones. Seguimos obedientemente el plan de estudios del San Ignacio, a veces cuestionado por algún profesor laico que miramos siempre con sospecha. Los pequeños exabruptos de la camaradería ignaciana, las burlas, los empujones, se cuelan a pesar del gran futuro que se espera de todos nosotros, los que tenemos que entender el mundo que aún no conocemos.

Soy un niño de trece años que se porta bien, que vive solo con su madre en un nuevo departamento de la calle San Martín. No estoy acostumbrado a lidiar con niños de mi misma edad. Asumo el ideario católico del San Ignacio. Me gusta cantar su himno en cada misa solemne. La Compañía de Jesús como un ejército que sin temor va «a la lid» en contra de «los negros pendones de Luzbel». Rezamos antes de cada clase y le pedimos a Dios la conversión de Rusia y la destrucción de los masones. Acepto el peso moral de ser parte de los ricos de Chile aun cuando los Eguiguren, los Undurraga, los Riesco y los García-Huidobro lo aceptan con mayor naturalidad que yo. Asumo ese destino severo que se transmite en la austeridad de sus grandes salones y galerías de techos altos y paredes vacías, en la sobriedad de las sotanas y birretes negros de los curas. Invento pecados que no eran pecados en los confesionarios de la iglesia: hoy contesté mal a mi mamá, hoy mentí, hoy me masturbé por primera vez. Acepto esa extraña mezcla de servicio y lucha de la Compañía de Jesús. Cuando algo es escandaloso para ellos hago lo posible para que sea escandaloso para mí.

Nos sentamos en parejas sobre unos bancos de madera viejos que se nos clavan en la espina dorsal. El aula huele a humedad y encierro como las páginas de una Biblia vieja. Mi compañero es Santiago Ureta Mackenna, un niño de tez morena un poco mayor que yo. Ambos tenemos un tintero y una pluma para escribir, pero Santiago tiene una lapicera Parker que miro con envidia. Yo espero con mi pluma de madera en la mano a que empiece la clase. Las cortinas se encargan de negar cualquier mirada hacia la ventana.

El escritorio del profesor está sobre una tarima de dos escalones, a la izquierda de una gran pizarra negra. «Yo soy Ramón Alegría y Toro. Soy descendiente de Mateo de Toro y Zambrano, para que sepan, aristócratas de mierda». Es un profesor laico de trabajos manuales, de esos que tienen sus propias historias e ideas, de esos que los avemarías al inicio de cada clase no les salen tan bien, que en el momento del rezo nos damos cuenta que esa oración no es parte de su vida como de la nuestra. No sabemos mucho de ellos. Si acaso son casados o solteros, si acaso les gusta lo que hacen, si acaso creen en un Cristo resucitado y en la pierna rota de San Ignacio. Los humillamos porque, a diferencia de los curas, son humillables. Como el maletín del profesor Cantarutti que algún alumno decidió tirar a una pileta, el dudoso origen del profesor Inostroza, las burlas por el fallido intento del profesor de Matemática, el señor Giunio, de cantar Pagliacci en una matiné en el Teatro Cariola.

«El matrimonio es santo», nos dice el padre Andrés Cox, «pero es más santo renunciar a él». Sí. Muchos están dispuestos a renunciar a sus aspiraciones por el santísimo futuro que San Ignacio nos ofrece. No quiero ese compromiso, aunque vaya a todos los retiros del padre Cox en el pueblo cercano de Marruecos, aunque tenga mi propia celda allí y rece creyendo en el silencio que me imponen, aunque él fuera la autoridad moral en el confesionario. Me aburre pensar en la idea de tener que leer el mismo breviario todos los días con el cual los curas se pasean por los pasillos, más concentrados en lo que leen que en lo que tienen al frente. No es Julio Verne, no es Walter Scott, no es Salgari, no es la revista Peneca, esos cuentos de aventuras que leo con mi primo Eduardo Carmona no en una celda, sino en el jardín de su casa estilo barco, bajo un árbol y con un vaso de agua con harina tostada y azúcar en el barrio El Golf. No quiero ser cura, no porque no crea en el oficio, sino porque me parece aburrido ser perfecto y escapo del sacrificio, escapo de ese destino que el San Ignacio impone con sus actividades extracurriculares. Formo parte de la academia de biología porque pienso que quiero ser doctor, y el laboratorio es una sala oscura y polvorienta con frascos de formol con materiales orgánicos misteriosos, tubos de ensayo, balanzas y péndulos que me interesan más cómo se ven que cómo funcionan, ver cómo el sulfato de cobre transforma las moléculas de agua en un azul intenso, ver al profesor de Biología diseccionar un gato, buscarlo en el techo del colegio, meterlo a la fuerza en un frasco de vidrio, ponerle unos algodones con cloroformo, sacarlo del frasco dormido, extenderlo en una mesa de espalda y con un bisturí abrirlo desde el cuello hasta la cola. Formo parte de la congregación mariana no tanto por devoción como por un deseo de exposición. Quiero llegar a ser monaguillo solo porque la luz más fuerte agigantada por el oro está en el altar del salón neoclásico de la iglesia, al frente de la Inmaculada Concepción. Quiero ser monaguillo para ser parte de la liturgia, del momento de Corpus Christi en que el cuadro de la Virgen desciende como un telón y revela un sol de oro en cuyo centro está el Santísimo y la hostia. No quiero usar el azul reglamentario para los días de misa que todos ocupamos, quiero ocupar las togas sacramentales de ese papel secundario que es el monaguillo y escuchar el sonido del latín un poco más cerca. Formo parte de las actividades extracurriculares del colegio, sin saberlo, por todas las razones equivocadas, porque me gusta ver en la academia de biología cómo las cosas se transforman y porque me gusta que me vean desfilando en la congregación mariana. Ver y ser visto es algo que el San Ignacio sin querer queriendo me ofrece.

Soy un niño obediente, pero que a ratos libra una guerra silenciosa ante las cosas que no me interesan. Si el profesor de Matemática dice que cerremos los libros de otras asignaturas para estudiar álgebra, mis libros de Castellano siguen abiertos. Si el profesor de Gimnasia anuncia que vamos a jugar fútbol como en casi todas sus clases, yo voy a la mitad de la cancha y decido no moverme. Las matemáticas me dan miedo. Los profesores de Matemática también me dan miedo. Valdebenito, flaco y encorvado, con la piel plagada de grietas y espinillas, nos repite en cada clase que a él no lo engaña nadie, mientras escribe en el gran pizarrón un problema que no puedo resolver. Es un lenguaje que me hace sufrir. Cuando recibo la libreta de notas cada semana, es un lenguaje que hace sufrir también a mi mamá. Las matemáticas me hacen mentir por primera vez, me hacen falsificar la firma de mi mamá para no mostrarle mi eterno fracaso cada semana. Empiezo de a poco a elegir y entender qué es lo que me importa y lo que no. Creo que soy distinto, quizás porque, a diferencia de mis compañeros, mi papá está muerto.

Sigo sentado en mi pupitre de madera, deseando la lapicera Parker de mi compañero. El cura Campitos entra a la sala. Su cuerpo encorvado camina a pasos cortos y cuidadosos. Su mirada siempre fija en el suelo. Nunca lo he visto enojado. Tampoco entusiasmado. Campitos nos dice que va a empezar a contar un cuento. Hace una pelotita de papel, levanta su brazo y nos advierte con tranquilidad que si escuchamos el papel caer, solo en ese momento va a poder empezar a contarnos la historia del último mohicano. Silencio. El papel cae al suelo. Campitos comienza. La Guerra de los Siete Años, las pieles rojas, las tropas francesas contra las norteamericanas. Su voz siempre calma. Ninguna inflexión exagerada. Ningún deseo de forzar algo que no necesita fuerza.

Campitos sabe cuándo terminar. Entiende cuál es el punto de tensión que permite el suspenso necesario para el capítulo y la clase siguiente. Apenas concluye se escucha un reclamo masivo de fondo, abucheamos, golpeamos las puertas de los pupitres, chiflamos, y un coro grita «¡Campitos, Campitos, Campitos!». En medio de ese griterío, que parece contradecir el espíritu severo del edificio que nos rodea, Campitos se va imperturbable, con apenas una notoria sonrisa.

En una clase muy aburrida de religión después de almuerzo, el calor de un día viernes nos tiene a todos adormilados. Uno de los padres comienza a hablar de los ángeles. En medio del sopor, uno de mis compañeros, Raúl Ariztía, levanta la mano y pregunta: «¿Es verdad, padre, que en el laboratorio del colegio hay un frasco con una pluma del arcángel San Gabriel?». Hay una carcajada catártica, imparable, y a Ariztía se le pide que se vaya de la sala.




2


Mi cuerpo empieza a seguir ideas propias que todavía no logro entender. Crece más rápido que yo, desea cosas que aún no sé que deseo. Abro y cierro mis manos, flecto mis rodillas y las estiro, miro mi cara, mis pelos en las axilas, mi sexo frente al espejo, respiro profundo y luego exhalo.

Todo empezó con un decaimiento. Los juegos de bolitas entre los arcos del pasillo del San Ignacio ya no me animan, me distraigo en las historias de Campitos, no me siento de la misma manera en que me sentía antes, como si tuviera que sostener ahora una nueva carga en mi pecho que transforma todo lo que veo, como si todo antes hubiera sido más fácil que ahora. Vuelvo cansado a mi pieza por razones que no logro entender.

Estoy en la consulta del doctor Sótero del Río. Tiene el pelo largo, un monóculo y un bigote negro sobre una barbilla mal afeitada. El médico nos muestra a mi mamá y a mí la radiografía de mi tórax. Mi columna se ve como una torre abandonada, envuelta en una oscuridad de sombras grisáceas y verdosas, protegida por costillas, cartílagos y la juntura expuesta de mis huesos. Veo una masa oscura y venosa que es mi corazón sobre otra masa oscura y venosa que son mis pulmones. Intento encontrarme en esa oscuridad. En qué parte de todo este laberinto de quince años estoy yo. Esto no puede ser un espejo. Abro y cierro mis manos otra vez. «Su hijo tiene complejo primario», le dice el doctor a mi mamá y lo que me asusta no es tanto el nombre de mi nueva enfermedad como la reacción de mi madre que es como si le dijeran que el complejo es suyo y no mío. Me doy cuenta que mi cuerpo es oscuro por dentro y me pregunto si todo esto es culpa mía. Hablamos tanto en el San Ignacio sobre la iluminación, sobre encontrar la luz que apunta hacia ese lugar que llamamos cielo y ahora me veo en esta oscuridad que se supone que es la verdad, y me da fascinación y miedo, y pienso que hay cosas a las cuales, por alguna razón secreta, no deberíamos ver, como si mi curiosidad como espectador de mi propio cuerpo fuera indiscreta; pienso en esa contradicción, que verse de verdad sea algo indiscreto. Pienso por primera vez en la muerte, de la manera en que un niño de quince años piensa en ella, como una breve ráfaga de realidad en mi pecho aún lejana que es mejor dejar pasar, de la misma forma en que las tormentas en algún momento amainan. Inspiro y luego exhalo. Abro y cierro mis manos. Me miro a los ojos y espero asustado que esta nueva tormenta se calme.

Tres meses de reposo total, dosis diarias de nicotibina y pérdida del año escolar es lo que me recetan. Después de la consulta, caminamos un silencioso trayecto tomados de la mano con mi mamá hacia San Martín. Vivimos en el tercer piso de un pequeño edificio de ladrillos que arrendamos a la familia Pérez Tupper, con tres ventanales que dan hacia el poniente. Cuando entro a mi pieza, pienso asustado el tiempo que voy a tener que estar allí postrado, envuelto por el calor claustrofóbico que rodea el último piso de este edificio, y tengo la consciencia que me separo del mundo que conozco, de mis compañeros de colegio, de la historia de Campitos que va a quedar inconclusa por un año entero. Me resigno a vivir día a día la extraña sensación de estar acostado en mi cama toda la mañana mientras el sol quema y el sudor humedece mis sábanas. Me resigno a escuchar las lejanas campanas de la iglesia San Ignacio desde mi pieza, un mundo ahora lejano para mí, mientras se infiltra el chirrido de los frenos de los tranvías que se detienen en la esquina de Moneda para luego volver a acelerar hacia la Alameda. Me resigno a pasar todo mi día en este mundo que ha creado mi mamá, su intento de transformar este departamento en un espacio que sea lo más Noguera posible; la alfombra persa, el jarrón chino, la radio de mueble, la lámpara con pie de porcelana, los sillones tapizados en felpa, todo es parecido al mundo que conocí cuando niño, a la formalidad exacerbada de la calle Londres, todo es igual, pero más apretado, más incómodo, como si los objetos que la habitan hubieran sido creados para un espacio más grande que este.

Mi pieza da hacia el patio interior del edificio, que no es más que un conducto de aire en donde el sol parece no encontrar un espacio para iluminar mi reposo. Siento la mirada inquisitiva de los vecinos al otro lado de mi ventana, como si fuera el actor principal de un escenario que no quiero para mí, un escenario en donde solo cabe mi sofá cama, mi escritorio y mi librero. Es importante poder mirar hacia fuera, no tener algo que mirar es el equivalente a estar encerrado. Pienso: por qué me da tanto miedo eso, estar encerrado. Extraño los juegos ocultos del San Ignacio, patear una tableta que se desliza por las baldosas frías y resbalosas hacia los arcos conformados por el ancho entre dos de las columnas de lo que hace poco fue mi colegio.

Mi mamá decide trasladarme a su pieza, que es más amplia y tiene una ventana que da hacia San Martín. No es mi paranoia la que la preocupa, sino la necesidad de que mis tíos puedan visitarme en un espacio que ella considera más amplio y decente. Las sábanas de hilo tienen bordado el monograma del matrimonio de mis papás. La Y de Yolanda, una I de Illanes y la N de Noguera. Hay algo tangible en estar acostado aquí, como si esta cama, sus sábanas de hilo más suaves que las mías, le diera un cuerpo al matrimonio de mis papás, como si fuera la prueba que alguna vez estuvieron casados y juntos en un matrimonio que nunca alcancé a conocer.

La conciencia de mi enfermedad la asumo más por mi entorno que por los síntomas mismos. Nunca escuché la palabra tuberculosis, pero eso es lo que tengo, y tal vez porque es una enfermedad asociada con la pobreza, con la mala alimentación, con el despojo. Mi mamá hace de mi enfermedad la suya propia. Lo veo en la manera en que decide sobrealimentarme para suplir la culpa. Litros de jugo de zanahoria y aceite de bacalao, una marraqueta con hígado molido en las mañanas y un vaso de leche con un huevo crudo batido y harina tostada. Los dos compartimos una culpa distinta: mi mamá, la de su hijo enfermo; yo, en cambio, la de albergar una sombra que no puedo controlar. Cuando nos tratamos de usted el uno al otro, amparados en nuestra propia cortesía, tengo la sensación que ninguno de los dos dice lo que quiere decir. Quiero tener un papá y al mismo tiempo no quiero que ninguno de los pretendientes de mi mamá sea mi padre. Quiero decirle que no me gusta que se vaya en las tardes con su nuevo novio, no porque me desagrade del todo, sino porque me da miedo estar solo. Quiero decirle que cuando atardece siempre prendo todas las luces y la radio para que la casa no se sienta vacía cuando la empleada se va apenas escucha el silbido de su novio desde la vereda. Los veo besarse desde mi ventana. Luego se toman del brazo y se van.

A veces con mi mamá pasamos largos ratos en silencio mientras miramos la calle San Martín desde el balcón y espiamos con una curiosidad disimulada lo que sucede en la casa de adobe del frente. En el garaje se instaló un zapatero corpulento con un bigote a lo Jorge Negrete. En la noche recibe amigos y se escuchan a través de la cortina metálica las risotadas, discusiones y amenazas.

Siento mi enfermedad no en un dolor, sino en la condescendencia de mis tíos que bajan del barrio El Golf para visitarme, como una formalidad que hay que acatar para que «Yolita», mi madre, no se sienta. Ella se ofende si estas visitas se distancian mucho en el tiempo, por tímida que fuera ante la solemnidad Noguera. Mis tíos se sientan en unas sillas a los pies de mi nueva cama matrimonial con las sábanas arregladas por mi mamá. Se ven aún más grandes en mi posición de reposo, sus voces suenan más fuertes, sus ropas se sienten aún más rígidas en contraste con mi pijama, e irrumpe un silencio que no sé cómo llenar hasta que entra mi mamá a la pieza justificando su tardanza por ir a la iglesia. Tanto mis tíos como yo sabemos que eso no es cierto.

Ahogado en mi propio aburrimiento en San Martín, entre el calor de mi departamento y los sonidos de la calle, empiezo a encontrar pequeñas excepciones que me ayudan a pasar el rato para evadir el tiempo muerto del reposo. Tengo una radio de baquelita con dos manillas de dial y volumen. Escucho música española, la samba brasileña, toreros, Carlos Gardel, Aníbal Troilo, el «Niño de Utrera». Sigo día a día «El gran teatro de la historia», de Jorge Inostroza, en donde cuentan la historia de Adiós al séptimo de línea. Las narraciones de Campitos las reemplazo con intrigas de amor y guerra con la voz galante de Justo Ugarte. Dibujo bocetos que imitan los cuadros de Salvador Dalí: objetos sin aparente relación unos con otros sobre un desierto vacío y una línea de horizonte. Eso es Salvador Dalí para mí, objetos sin sentido sobre una línea de horizonte, y eso me parece tan bonito y, al igual que mi nuevo cuerpo y mi nueva sombra, tampoco sé por qué.

En una bodega estrecha, apenas iluminada por una ampolleta colgante en el subsuelo de San Martín, encuentro los libros de mi papá. Están polvorientos y húmedos por el paso de los años. No son las aventuras de Salgari o Julio Verne, es El retrato de Dorian Gray de Oscar Wilde, Los monederos falsos de André Gide, Hojas caídas de Iris, libros para adultos que el San Ignacio nos dice que están prohibidos, pero parece que lo prohibido no es terrible, es solo más difícil de entender. Con cada libro que hojeo, el relato que mi mamá creó sobre mi papá como el más estricto Noguera de los Noguera empieza a desmoronarse. Ahora sé que le gusta leer, algo que nunca vi hacer a mis otros tíos. Veo su firma, clara y nítida en la primera página amarillenta de cada uno de estos libros, como la confirmación de que mi papá existe, que su mirada estuvo concentrada en las mismas hojas en las cuales estoy concentrado yo ahora. Quizás, mientras leo la primera descripción que hace Wilde del ruido confuso de Londres como notas graves de un órgano, estoy sintiendo algo no tan lejano a lo que sintió mi papá en un pasado tan distante al mío. Imito su firma en este subsuelo que ahora se siente como un mausoleo de libros húmedos y polvorientos. Que mi letra se parezca a la de él, que recitar en voz alta estos párrafos sea la perpetuación de su legado tan difuso y esquivo para mí.

Abro mis manos. Cierro mis manos.




3


El tiempo no ha afectado a este colegio de la misma manera en que me ha afectado a mí, ahora que he vuelto tras mi convalecencia. El eco de nuestras voces cada vez más graves aún rebotan en paredes austeras y cruces de madera, las manos del primer general siguen abiertas, la Unión Soviética no se ha convertido, los masones continúan merodeando en los alrededores. Las torres de la iglesia ignaciana son un poco menos altas ahora, pero siguen siendo inexpugnables para mí. Las pelotas de fútbol todavía rebotan en rodillas rasmilladas sobre el maicillo de los patios. Este colegio no crece como crecemos nosotros, no ajusta su austeridad con nuestra fantasía de desenfreno. Todo aquí tiene una función más alta que nosotros mismos. Lo único que sigue creciendo a nuestro ritmo son las historias de Campitos, o tal vez, en ese aspecto, aún queremos seguir siendo niños.

Sucede ese pequeño lapso entre el final de una clase y el principio de la siguiente. Un subterfugio dentro de la disciplina militar ignaciana en donde no hay un profesor a la vista. En este momento se escapa y revela algo antes contenido por las estrictas paredes de mi colegio. Una veintena de naranjas vuelan de un lado a otro de la sala entre las risas y gritos de mis compañeros. Soy un alumno repitente. Quiero hacer lo que todos los demás están haciendo. Intento sostenerme en rasgos y actitudes, como un explorador que busca referentes en una selva aún desconocida. De Raúl Ariztía me llama la atención sus ojos azules, de Enrique Contardi su nariz ganchuda y mentón pronunciado. Busco en mi bolsón y no tengo naranjas, solo un sándwich de dulce de membrillo. En un lado, Corea del Sur se defiende formando barricadas con los pupitres; en el otro, Corea del Norte saca naranjas de su colación y las ablanda para ser lanzadas.

En la línea fronteriza de todo este desastre, incólume, Claudio Bravo. Su pelo peinado, su espalda erguida, su cuaderno aún blanco que contrasta con el naranjo que parece invadir cada una de las paredes. Es como si estuviera en otro lugar, como si se situara un peldaño por sobre todos los demás, como si sus problemas y sus emociones fueran otros y esa aura de concentración lo protegiera de las naranjas que pasan volando por sobre él. No lo había notado más allá de su fama evidente y salidas extravagantes en clases. Claudio es famoso en los estrechos círculos que conforman el San Ignacio. Expone sus pinturas cada miércoles en la portería del colegio, dibuja las portadas de la revista escolar, ocupa sus cuadros para subir las notas en los cursos en que le va mal, es el solista del coro del colegio y se crea un conmovido silencio en la iglesia cada vez que canta el «Ave María» de Gounod.

Yo aún no sé lo que es el colegio para mí. No sé cuál es su función, aunque crea en sus enseñanzas y en sus principios. Claudio, en cambio, tiene la certeza que esta situación, estos compañeros, este colegio, estas naranjas, son tan solo un obstáculo pasajero para un destino mayor. Quizás por eso las naranjas parecen evadirlo de una manera casi mágica. Claudio se transforma en lugar seguro ante el pedregoso camino de conocer nuevos compañeros a los dieciséis años.

Sus facciones parecen acentuar esa línea fronteriza en la que se sitúa ahora. No es alto, pero sí da cuenta de una fuerza física que se expresa en su postura erguida y derecha. Se dice que es irreverente y a ratos impúdico en clases, sin embargo, el cutis estirado de su cara, su pelo castaño peinado a la perfección, y el cuidado y calma con los cuales expresa cada palabra le dan una elegancia formal a su impudicia. Su actitud afectada, fina, no parece frenar su éxito con mujeres que todos envidiamos, mujeres que, por lo demás, siempre son mayores que él. Una sonrisa irónica dibuja su rostro, pero al mismo tiempo no es un desafío agresivo, al contrario, es uno que te invita a ser parte de su mundo. Maneja otros ritmos, camina un poco más lento que todos nosotros. Claudio es un pintor, y él sabe que lo es y asume ese rol en lo que dice y en lo que hace. Es, de alguna manera, más viejo que todos nosotros juntos en su elegancia e ironía y también más joven que todos nosotros en su forma de mirar, en el entusiasmo que revela el movimiento frenético de sus manos cuando habla, en su ateísmo y su forma de cuestionar ciertos temas que son sagrados para nosotros y el San Ignacio.

El padre Dussuel, prefecto del colegio, entra a la clase y en segundos todos nos sentamos ordenados con la pulpa de las naranjas esparcidas en los overoles. El padre decide culpar al único alumno limpio que muestra una sonrisa lo suficientemente irónica como para asumir que él estuvo detrás de todo esto. Dussuel le pide a Claudio que se vaya de la sala, y él se levanta de su pupitre y se va lento y silencioso con la misma sonrisa. Cómo puede sostener en estas circunstancias esa lentitud.

Claudio es el único alumno que logra un estado de excepción que no deja de ser paradojal con la institución del San Ignacio, como si fuera una anomalía en relación a todos nosotros que el colegio está obligado a aceptar. El profesor de Química se niega a ponerle malas notas con la excusa de que no quiere ser recordado en la historia como el único docente que le puso un uno a Claudio Bravo. Es como si todo el colegio tuviera consciencia de su futura importancia y esa premisa le diera permisividades que el resto de los alumnos no tiene.

Nosotros pensamos que somos más grandes de lo que éramos antes. Pensamos que salir con las amigas de los Sagrados Corazones y el Villa María, que dejar de jugar a las bolitas entre los arcos de los pasillos durante nuestros recreos, son una prueba fehaciente de nuestra nueva adultez. Pero ante Claudio, esa sensación se relativiza al darnos cuenta que su rebeldía es tanto más real que la nuestra. Si nosotros provocamos a las autoridades, Claudio con una lenta calma simplemente afirma que la autoridad no es en realidad su autoridad. Nosotros somos rebeldes. Él es rupturista.

La situación con las naranjas le valió tres días de suspensión. Se rumorea en los patios que dijo que no iba a volver. Que solo volvería si lo va a buscar el padre Dussuel a su casa. Nosotros, en cambio, pediríamos disculpas. Diríamos perdón por ser demasiado jóvenes en una moral que exalta la sobriedad. Claudio no pide disculpas por su edad. Sus respuestas a los profesores de dibujo, su excomunión simbólica por haber asistido al cabaré Folies Bergère, sus ironías ante los preceptos religiosos del colegio, su defensa de la historia del Renacimiento por sobre nuestras tediosas clases de geometría, su desprecio ante aquello que no considera como relevante son momentos comentados por todos, eventos que contrastan con mi timidez. Sí. Soy silencioso y tímido porque creo que la culpa de la lejanía que siento con mi entorno no es del entorno, sino mía. Me gustaría ser como Claudio Bravo.

Tres días después, el padre Dussuel fue a buscarlo a su casa. Entraron juntos a la primera clase de la mañana.




4


Claudio dibuja un Cristo con lápiz grafito en un cuaderno de matemáticas. «Qué importa que les roben sus casas», nos dice el padre Andrés Cox. Le gustan las interpelaciones que no admiten respuesta. Claudio parece no acusar recibo y me muestra su dibujo debajo del pupitre. Es un Cristo reflexivo, algo quijotesco en la barba que dibujan sus cientos de trazos de grafito superpuestos.

«¿Acaso van a extrañar sus servicios de té de porcelana?», continúa el padre Andrés. Miro hacia la ventana que da al patio principal. El padre Hurtado, con su sotana arremangada, juega un partido de fútbol con algunos alumnos de las divisiones mayores. No parece ser de esos sacerdotes que se encorvan para leer el breviario. Cristo vive en los pobres y si usted quiere vivir con Cristo, tiene que vivir con los pobres. Mis tíos le tienen miedo porque su sonriente severidad los transforma en malos católicos.

Claudio comienza su segundo boceto. Me empieza a retratar a mí. «Ustedes se ríen de sus nanas cuando se visten el domingo para salir a sus casas», dice Cox. Exagera el largo de mis cejas. El porte de mi nariz. El pequeño bulto de mi labio inferior.

Mis compañeros al menos simulan escuchar, pero Claudio no se preocupa ni de disimular, como si tuviera un acuerdo tácito con los profesores de este colegio, como si su estatus de artista hiciera de sus distracciones algo no solo permitido, sino también necesario.

Miro hacia la ventana otra vez. «Mientras ustedes festejan, miles de niños se mueren de hambre en Latinoamérica», dice un cartel multiplicado en cada uno de los pilares de los arcos del colegio. Mis compañeros corren al lado del padre Hurtado en el patio para poder mantener el ritmo de sus pasos rápidos y largos.

«Porque están acostumbrados a ver a la nana con su delantal puesto. Porque les da risa verla vestida de señorita por primera vez», continúa el cura Cox.

Claudio sigue dibujando. Yo solo miro cómo dibuja, hasta que deja su lápiz de mina a un lado y levanta la mano. «Dios se equivocó», le dice al padre Cox. «Hizo a Adán y Eva sin ombligo». El sacerdote intenta reaccionar. «No se pueden dibujar», interrumpe de nuevo, «el ombligo es el centro de la figura humana».




5


La casa de Claudio Bravo en la esquina de Condell con Marín es distinta, por no decir contradictoria, como si su fachada dijera una cosa y su interior otra. Es elegante en su exterior, antigua, de pilares en la entrada, de grandes ventanas con celosías amplias, de puertas macizas con ventanas empavonadas, de manillas de bronce y un balcón central rodeado de balaustradas. Tiene una blancura neoclásica que tiene todos los indicios de ser heredada y, sin embargo, sus dos pisos albergan una decoración no pretenciosa, por no decir descuidada, que está lejos de la meticulosidad a ratos obsesiva de mi mamá. Una casa que, a diferencia de mis abuelos, se contenta con lo indispensable, como si acaso los herederos no tuvieran el tiempo ni los recursos para adornarla. Es la decoración de una casa habitada por una madre viuda y cinco hermanos, lo que, para un hijo único como yo, es más gente de la que podría contar.

Claudio me invitó a su casa. No sé por qué. Quizás porque somos los únicos alumnos del colegio que no sabemos jugar fútbol. Quizás porque ninguno de los dos tiene un papá. En el primer piso hay una pieza de unos cuatro metros cuadrados, con una ventana que da a la calle Marín para su taller. Es el primer lugar al que me lleva, antes de presentarme a su mamá o a sus hermanos menores. El taller es tan pequeño que no me explico cómo Claudio encuentra la distancia necesaria para pintar cada uno de los cuadros que veo apilados ahora. El olor de los aceites y diluyentes que parecen ocupar cada rincón de este espacio me empieza a marear. Me siento con dificultad en un sofá con un forro roto de cretona. Cientos de pinceles de diferentes formas y tamaños están apilados en distintos jarros para flores. Un lienzo con las primeras líneas de un horizonte. Libros sobre Rembrandt y Velázquez. Pigmentos, óleos, botellas de aguarrás, pastas embotelladas. Es una pieza llena de objetos que entorpecen el caminar, que dan cuenta de un espacio propio, que hacen que cada movimiento tenga que ser cuidadoso.

La mamá de Claudio toca la puerta del taller. Lleva la once en una bandeja. Apenas se asoma en la pieza al otro lado de la puerta entreabierta, como si supiera que ese espacio no es suyo y Claudio estuviera fuera de su dominio. Hay algo verdadero en esa constatación implícita entre ellos. Lo trata como un adulto y Claudio se comporta como tal. Es muy estricto con sus hermanos, al punto en que toma un rol paterno y les exige cualidades que nunca ha exigido para sí mismo, como si fuera consciente que sus hermanos no tienen la genialidad suya y por esa razón necesitaran los estudios de los cuales él puede prescindir. Su madre deja la bandeja y se retira.

Estamos los dos solos en su taller.

«Quiero pintarte», me dice.

«Quiero pintarte a pesar de tu timidez. Siéntate en la única silla de este taller. Tienes el pelo castaño. Tienes cejas como de águila o de diablo. Tienes los ojos verdes. Eres muy flaco. Eso exalta el porte de tus hombros. Tienes un cuello largo. Tienes una pequeña protuberancia en tu labio inferior. Quiero exagerar tus rasgos. Siéntate con las piernas paralelas al respaldo. Una leve torsión de tu tronco para que tu codo se apoye en la parte superior del respaldo y el resto del brazo caiga hacia ti. Ahora descansa la cabeza sobre tu brazo. Descansa la cabeza sobre ti mismo. Eres una espiral. Esa es la composición de este cuadro. Ahora, con la cabeza apoyada mira hacia el horizonte, aunque ese horizonte sea este taller de dos por dos. Mira los colores, las luces, las sombras, la atmósfera, aunque esa atmósfera sea este olor a trementina. Piensa en la luz y la sombra como volúmenes que crean este espacio, piensa en los miles de relaciones complejas que forman la simple composición de una nube, piensa en los miles de líneas ascendentes y descendentes que crean ese árbol frente a la ventana de mi taller. Ahora piensa cómo la simple composición de un gesto puede crear redes infinitas en la persona que ve. Mira hacia al frente. Tu cuello en diagonal para apoyar tu cabeza en el brazo y, a la vez, tu brazo colgante te devuelve hacia ti mismo, eres una diagonal hacia el cielo tan solo para volver hacia ti. Eres una espiral. Mira hacia el frente y no te muevas por nada del mundo».

Hago lo que Claudio me dice que tengo que hacer. Pasan los minutos. Pasan las horas. Cada parte de mi cuerpo se comienza a transformar en algo dolorosamente consciente. Siento la circulación de mi pierna derecha. Mi leve torcedura se empieza a sentir en mis costillas. Mi brazo izquierdo resiente la dureza de la madera. Mi brazo derecho resiente no tener apoyo. El gesto empieza cada vez a profundizarse más dentro de mí, cada vez se transforma en una certeza física que tengo que controlar, en un cansancio que tengo que sostener. Espero y esperar es como repetir mil veces la misma palabra. En cada repetición la palabra va perdiendo su significado y se transforma tan solo en un objeto sonoro que de pronto empiezo a desconocer. Así me siento a medida que pasa el tiempo en esta posición y Claudio esboza los primeros trazos en una presencia inerte, como una forma consciente de sí misma, como redescubriendo cada parte de mi cuerpo en una acción inmóvil que fija en el papel. Cada parte de mí empieza a adquirir una existencia propia y despojada, una especie de caos disociado que tengo que sostener. Aparece la diferencia entre mostrar un gesto del cual soy consciente en cada milímetro y vivirlo. Aparece la certeza que mostrar es un lugar más seguro que vivir, un lugar en donde no tengo que ser hijo único, no tengo que ser tímido, no tengo que ser un niño que se porta demasiado bien. Estoy actuando por primera vez y no puedo moverme, y la postura, la pose, es la parte corporal que determina toda expresión y así me quedo, esperando, y me enredo en mis propios pensamientos porque exhibo algo y al mismo tiempo ese mismo acto niega esa exhibición. Estoy diciendo que soy algo, pero decir que soy algo es posar y si estoy posando ese gesto da cuenta que no soy lo que estoy mostrando, y en esa reciprocidad, en esa contradicción que gira eternamente por sobre sí misma, encuentro una nueva forma de libertad.

Claudio termina su primer boceto.

Ese que veo dibujado no soy yo: mi cuello es más largo, mis brazos más flacos, mis cejas más aguileñas, mi nariz más pronunciada, mis labios más abultados, mi cráneo más alargado. Una proyección propia a partir de los ojos de otra persona y así, cada tiempo libre, cada subterfugio en el San Ignacio, se transforma en una excusa para ser parte de un retrato nuevo. Soy un arlequín, o un santo, o un personaje mitológico, a veces en un lienzo, a veces en la hoja rasgada de un cuaderno.




6


A Claudio le gusta ser admirado y yo lo admiro. En esa dinámica en donde él es mi maestro y yo su discípulo formamos nuestra propia escuela. Intentamos olvidar los sermones de Cox y en cambio nos concentramos en nuestras nuevas lecturas diurnas. Miramos libros con reproducciones de Rembrandt, Velázquez y Dalí. Leemos a Gabriela Mistral, Pezoa Véliz y Vicente Huidobro. Nos juntamos con Adolfo Couve y Mauricio Wacquez para correr desde el colegio hacia el Teatro Municipal y ver quién gana el primer puesto de la galería. Vemos Cristóbal Colón, de Paul Claudel, con la compañía de Jean-Louis Barrault. Vemos a bailarines armar el barco de Colón mientras suena la música de Arthur Honegger cantada por el coro de la Universidad de Chile. Nunca antes habíamos presenciado que la escenografía de una obra de teatro se construyera frente a nosotros. Vemos Carmina Burana y bailarines como Lola Botka, Ernst Uthoff y Óscar Escauriaza. Vemos Porgy and Bess de George Gershwin. Vemos a una mujer negra por primera vez, sentada en una escalera de caracol cantando «Summertime».

Nos unimos al taller de teatro del profesor de Castellano Alfredo Peña. Siempre ocupa el mismo terno café como si quisiera ocultar su juventud. Debe tener unos veintisiete años. Escribe sus propias obras y también adapta novelas. Montamos en el salón neoclásico del San Ignacio Esos pasos que resuenan atrás, Él también supo triunfar, Corazón de Edmundo de Amicis, Tom Playfair de Francis J. Finn, obras sobre niños que experimentan situaciones que los hacen crecer y consolidar valores católicos que desconocían. Don Alfredo siempre se preocupa de nuestra dicción, de nuestra prolijidad gramatical en el momento de decir los textos que adapta.

Mi nueva amistad con Claudio Bravo implica una vida secreta a medida que nuevas personas empiezan a entrar en mi entorno por su influencia, y con ellas hay también un lenguaje distinto, hay nuevas ironías y subentendidos que me alejan aún más del mundo que siempre consideré conocido por mí. Me aleja aún más de mi mamá.

Claudio me presenta a Pancho Huneeus, su vecino de la calle Condell y conductor de un programa de radio sobre teatro que escucho cada sábado en la tarde. Se junta con él una vez a la semana junto a otros escritores y pintores que quizás secretamente desprecia. Me dice que me lo va a presentar, que las reuniones son durante el día porque Pancho se acuesta siempre a las ocho de la noche. Y así sucede que estoy en una tertulia en el living de su casa, que es como una extensión social de su programa de radio. Todos los intelectuales que escucho están aquí: Benjamín Subercaseaux, Luis Oyarzún, Marcela Paz y Jorge Délano. Claudio se desenvuelve en este grupo, cuya edad bordea los cincuenta años, como un integrante más entre las risas y los comentarios irónicos sobre el mundo artístico santiaguino. Habla como si fueran sus colegas, como si no supiera que tiene diecisiete años, incluso como si considerara eso una ventaja en relación a los demás. Se sienta en el sillón más grande y yo al lado de él, no como un artista, sino como un acompañante bajo su paraguas ante este grupo de personas con una obra ya realizada sobre sus espaldas y que miran a Claudio con una extrema curiosidad. No me atrevo a hacer una intervención por mínima que sea, me limito a asentir y ponerme al alero de Claudio mientras pienso cómo le cuento a mi mamá que me junto con estos viejos, personas de mala vida y bohemios.

Claudio les cuenta que somos parte de un taller de teatro. Les dice que leo bien y me sorprende que diga que leo bien. Pancho escoge un libro de su librero y me pide que lea «Marcha triunfal», de Rubén Darío, a él y sus amigos. Y entonces asumo el rubor correcto, dejo en claro una primera negación, una primera vergüenza, espero la insistencia con la cara aún enrojecida, y la insistencia llega y me incorporo, emito un primer carraspeo nervioso, mi mano izquierda es un puño cerrado, contraído, tenso y digo: «Cae al fondo del infinito / cae al fondo del tiempo / cae al fondo de ti mismo». Y me escucho decir el primer canto de Altazor de Vicente Huidobro, los fragmentos que alguna noche decidí memorizar, el autor proscrito, menospreciado, incomprendido, no ese Modernismo lleno de adjetivos de la marcha triunfal, no los «claros clarines» sino un «mar de estupor», y de verdad creo que leo bien y mientras lo hago me concentro en la musicalidad de las palabras que me escucho recitar en voz alta ante un público que siento por primera vez como un público real, que no son mis compañeros sino seres humanos reales y formados que existen fuera de mi mundo inmediato. Pancho graba mi declamación con una grabadora de alambre. Digo: «Quema el viento con tu voz / el viento que se enreda con tu voz». Intento ser consciente de lo que sale de mí como para controlarlo, amoldarlo, y entonces solo me escucho a mí mismo y ajusto mi decir y mi escuchar a lo que creo que el poema significa, o a lo que creo que el poema suena. Digo: «Soy yo Altazor el doble de mí mismo / el que se mira obrar…», reconocerme y ser reconocido, «el ritmo que hace nacer los mundos», y miro la sala que me rodea, el público que me escucha y entonces termino.

El rubor es ahora seguridad y mi puño sigue firme y tenso, y suenan los aplausos y estoy feliz. Miro a Claudio y Claudio no me devuelve la mirada, y Pancho decide encantado reproducir la grabación y de una nube de estática emerge mi voz fuera de mi cuerpo por primera vez, y entonces todo se viene abajo, todo se derrumba, y lo que era una expresión ahora es una disección; un objeto muerto, percibido, sin pulmones, sin cabeza, la deformación de algo que en un momento, hace no tanto tiempo, hace unos instantes, de hecho, sentí vital y propio, y pasa que me sigo escuchando, que no puedo parar y eso que suena, que, no obstante, a pesar de no tener cuerpo ni cabeza ni pulmones, me mira directo a los ojos como riéndose de la ingenuidad de haber siquiera pensado que soy escuchado de la misma manera en que yo escucho al mundo.

Así se siente verse. Así se siente escucharse. Como una rotura de lo que creía propio.

Es como si esa voz estuviera en abierta confrontación conmigo quizás por no reconocerla, por su delgadez, por su substracción o tal vez por reconocerla demasiado. Como si por escuchar esa vibración fuera de mí, a través de un amplificador inanimado, expresara más de lo que quería expresar y ese excedente me es solo una traición, porque es un excedente que no puedo dominar por medio de la actuación, como si actuar fuera una forma de controlar y unir la distancia entre cómo me percibo a mí mismo y cómo me perciben los demás, como si fuera acaso un puente para que esos dos mundos en ocasiones tan distantes se comuniquen por una vez. De mi voz se resbala algo que no debía salir. Y eso que sale se siente blando, incontrolable, como una imitación grotesca de mí.




Конец ознакомительного фрагмента.


Текст предоставлен ООО «ЛитРес».

Прочитайте эту книгу целиком, купив полную легальную версию (https://www.litres.ru/damian-noguera-b/autobiografia-de-mi-padre/) на ЛитРес.

Безопасно оплатить книгу можно банковской картой Visa, MasterCard, Maestro, со счета мобильного телефона, с платежного терминала, в салоне МТС или Связной, через PayPal, WebMoney, Яндекс.Деньги, QIWI Кошелек, бонусными картами или другим удобным Вам способом.


