¡Viva Cataluña española!
José Fernando Mota Muñoz


Historia #188
Con la proclamación de la República, la extrema derecha españolista de Barcelona es borrada del mapa. En pocos días, los ultraespañolistas pasan de vivir en una Dictadura, a tener que actuar en una República que ataca tres de sus pilares: la monarquía, la religión y el Estado unitario. Ni el RCD Español tendrá ya la importancia que había tenido como vehículo de expresión política. Ya no levantarán cabeza hasta 1939. Esta obra estudia el devenir de esos colectivos reaccionarios, fascistizados y fascistas de la ciudad de Barcelona entre dos fracasos, el del 14 de abril de 1931 y su derrota en las urnas, y el del 19 de julio de 1936 y su derrota en las calles. Por sus páginas transitan alfonsinos, carlistas, albiñanistas, jonsistas, falangistas y un largo etcétera de militantes de la extrema derecha. Se analiza ese microcosmos ultra barcelonés, lo que permite conocer las trayectorias vitales de algunos de sus componentes, la historia de la miríada de grupos y grupúsculos españolistas que se hacen y deshacen alrededor de algún líder efímero y cómo actuaba esa minoría marginal en un contexto político y social adverso. Estamos, pues, ante una aproximación desde la historia al mundo de la ultraderecha barcelonesa durante la Segunda República.







¡VIVA CATALUÑA ESPAÑOLA!

HISTORIA DE LA EXTREMA DERECHA

EN LA BARCELONA REPUBLICANA (1931-1936)



HISTÒRIA / 188

DIRECCIÓN

Mónica Bolufer Peruga (Universitat de València)

Francisco Gimeno Blay (Universitat de València)

M.ª Cruz Romeo Mateo (Universitat de València)

CONSEJO EDITORIAL

Pedro Barceló (Universität Postdam)

Peter Burke (University of Cambridge)

Guglielmo Cavallo (Università della Sapienza, Roma)

Roger Chartier (EHESS)

Rosa Congost (Universitat de Girona)

Mercedes García Arenal (CSIC)

Sabina Loriga (EHESS)

Antonella Romano (CNRS)

Adeline Rucquoi (EHESS)

Jean-Claude Schmitt (EHESS)

Françoise Thébaud (Université d’Avignon)


¡VIVA CATALUÑA ESPAÑOLA!

HISTORIA DE LA EXTREMA DERECHA

EN LA BARCELONA REPUBLICANA (1931-1936)

José Fernando Mota Muñoz

Presentación de Joan Maria Thomàs

UNIVERSITAT DE VALÈNCIA


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© Del texto, el autor, 2020

© De esta edición: Universitat de València, 2020

Publicacions de la Universitat de València

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Coordinación editorial: Amparo Jesús-María Romero

Ilustración de la cubierta: José Antonio Primo de Rivera en Barcelona . 03/05/1935

Josep Maria Sagarra i Plana. Arxiu Nacional de Catalunya,

Diseño de la cubierta: Celso Hernández de la Figuera

Corrección: David Lluch Almenar

Maquetación: Celso Hernández de la Figuera

ISBN: 978-84-9134-590-9

Edición digital


ÍNDICE

PRÓLOGO DE JOAN MARIA THOMÀS (#u294d0aac-223c-544f-8e3d-135463ca56d8)

INTRODUCCIÓN (#udaed7dee-d437-5846-bec9-f90f4e370d61)

I. ORÍGENES (#u7d2b85bb-1967-5ca3-b5c9-4f08d982c5f3)

Disidencia y eclosión de la Unión Patriótica (#ulink_5119f4e5-c252-5c14-a793-7b657842d8fc), Españolismo protofascista: La Traza (#ulink_d9db72aa-9f5d-5b2c-9199-400cd13908eb), Identificados con el Directorio: España Nueva (#ulink_ecfb93f0-9c8c-5565-93e1-87dcd5f1f5fa), Carlistas disidentes y obreristas españolistas: los Sindicatos Libres (#ulink_1b7e1577-cbab-5ac0-8e09-925b64872528), La disgregación de la Unión Patriótica (#ulink_544f3cea-79b0-5ff2-9bd0-871213666871), Españolista en lo político y lo deportivo: José María Poblador Álvarez (#ulink_8f7e3fca-2d0f-5f47-b237-4fd4d94f67d2), Radicalismo, intransigencia, nobleza y sinceridad: Francisco Palau Rabassó (#ulink_3295c2e2-22ca-5aee-80fe-439462a18bfa), El fútbol, campo de batalla simbólico y real (#ulink_4a07152e-596e-5ed6-ae31-b77dc9c83021), Una pléyade de patriotas: la Peña Ibérica (#ulink_fd0ec7e0-280a-5087-b74b-fe35eaadb25f), Tradición, catolicismo, patria, monarquía: los mellistas (#ulink_00681a4d-94aa-5253-bfc5-90aef56ea30c), Recogiendo el sentir español de Cataluña: el Comité de Acción Española (#ulink_07a8d9d0-4a7d-5110-952c-e862763ea832), Hablan los hombres (#ulink_d9e8de3a-8e7e-5b20-88ac-f8271fea3846), El Fascio de las Ramblas (#ulink_ac629bbb-37bc-5b8f-80f3-c35b59038123), La extrema derecha ante las elecciones de abril de 1931 (#ulink_ba3004d2-682c-5b23-b55e-f77380f0a2e1)

II. RECONSTRUCCIÓN (#ue197ec65-d334-51fa-bb7d-f77fb91bbd93)

La hibernación de la extrema derecha (#ulink_36917019-b376-5a6c-9beb-cfb6422e7f4b), Celebrando la Inmaculada y paseando la rojigualda (#ulink_7a5470f8-7ad0-543a-950e-c27cc5254256), Nuevos carlistas y viejos modos (#ulink_2c4becd7-3ecb-509a-827d-93fbaedf133e), Gente bien y los que aspiran a serlo: la Peña Blanca (#ulink_f651fdab-b95f-5b76-a380-e6887c472f8e), Confabuladores y pistoleros contra la República (#ulink_0ca06536-50bf-5563-ab7b-d4143f7f9f9e), Ni repercusión, ni ambiente: la Sanjurjada en Barcelona (#ulink_8218d96e-b8ba-5579-b75e-3816d04371ce), Un fiel a Albiñana en Barcelona: el comandante Carlos López Manduley (#ulink_07f1d754-377a-5ecd-a306-f6acb98fcff1), Camuflando el albiñanismo: la Peña Nos y Ego (#ulink_0b90a8ae-ff1d-5be2-9b79-55b251bb87e8), España-República: Concentración Española (#ulink_e4887869-1a3e-577d-b23c-3e437bdc7d06), Monarquizantes y reaccionarios: Derecha de Cataluña (#ulink_7ce930a3-3d7c-5034-9957-65868837690e), El fascismo de moda: El Fascio y el Movimiento Español Sindicalista (#ulink_11552417-348e-57ef-bd59-e8e8ba3dfb3e), Puro y noble españolismo: la Juventud de Acción Española (#ulink_08b57c7f-8214-570f-a547-0ce4a8536831), El complot anarco-monárquico de julio de 1933, Un espacio unitario españolista: la Unión Social Hispánica, La tapadera ibérica: el Ateneo de Cultura Ciudadana de Barcelona, Un pequeño núcleo de incondicionales: las JONS catalanas, Barceloneses en el Teatro de la Comedia, José Antonio y la Ciudad Condal, Tanteando falangistas en Barcelona, El catalanista arrepentido: Juan Vidal Salvó, La tournée barcelonesa: decepciones y esperanzas, El buscado: Luys Santa Marina, Los primeros camaradas barceloneses, Vidal prefiere a los nazis, Culto y cerebral: Roberto Bassas Figa, Empresario y burgués: José Ribas Seva, Industriales falangistas, Los sindicalistas-nacionalistas del Bar Gardó, Triunvirato y obreros, la visita exprés de José Antonio, La USH se hace falangista o los falangistas se hacen con la USH, La unificación de falangistas y jonsistas: el Ateneo de Cultura Política y Social, El falangismo atrae españolistas, Por el Estado totalitario: las Juventudes Nacionalistas de Concentración Española, Las milicias falangistas «toman» Vallvidrera, La ruptura con Francisco Palau y la reorganización de la Unión Social Hispánica, El accidentado relanzamiento del Partido Nacionalista Español, Manteniendo el espíritu españolista: el Grupo Azul, Anticatalanista furibundo, católico y españolista: el agente policial Juan Segura Nieto, La Comissaria d’Ordre Públic contra falangistas y Requeté, El Palacio de Justicia, reducto del centralismo, El albiñanismo expulsa al Grupo Azul

III. OPORTUNIDAD (#uf7bc9815-aa28-51bc-bef3-d9bfc4b57fa1)

Reaccionando a los Hechos de Octubre, Defensa del orden: Acción Ciudadana Armada de Barcelona, La universidad, nuevo campo de batalla, Agrarios de ciudad: el Partido Agrario Español, El desembarco de la derecha española: la aparición de la CEDA, Amor a España: El Nacional y el Frente Españolista, Un frente nacional contrarrevolucionario: el Bloque Nacional, Un falangista asesinado: el misterioso caso Calero, Falangistas: pocos y divididos, España única, grande y libre: el Partido Español Nacional-Sindicalista, Religión, unidad y autoridad: la revista España, El mitin anticapitalista de José Antonio, Arriba, presencia falangista en las calles, Agrupando españolistas decididos: el España Club, Militares golpistas en busca de civiles facciosos, Conspiranoicos: antimasonismo y antisemitismo, Una milicia paramilitar bien estructurada: el Requeté, Los alfonsinos, más dinero que activistas, El renacimiento de los Sindicatos Libres, Provocadores a sueldo: la Agrupación de Juventudes Antimarxistas, El España Club bajo la suprema dirección de la Unión Militar Española, Españoleando en la universidad: el Sindicato Español Universitario, Obreros falangistas: la Confederación Obrera Nacional Sindicalista, La ansiada entrevista: José Antonio encuentra a Pestaña, Bassas apuntala su grupo, Estupor y desconcierto: Bassas y el catalanismo, Escarmientos y peleas, escuadristas y seuístas a la greña, La batalla del bar, El fracaso electoral del heterogéneo Front Català d’Ordre

IV. FRACASO (#u398f9479-1aab-5aa5-b8c2-593260efb705)

A matar entre ellos: desencanto, desmoralización y división, Falange ilegalizada, el jefe detenido, El asesinato de los hermanos Badia y la falsa pista ultra, Falange descabezada y desnortada, Los pacificadores: soldando la Falange barcelonesa, El declive del albiñanismo, Los golpistas se reorganizan, Falange se apunta al complot militar, Un retrato de la Falange de julio de 1936, Por una nación libre, fuerte y grande: Solidaridad Nacional, Provocación, contrainformación y terrorismo, El atentado contra el coronel Críspulo Moracho, Prevención y presión policial, Sobres y consignas, la trama civil en marcha, De los bares y los canódromos a los cuarteles, Fallo rotundo y absoluto del elemento civil, Represión y muerte

CONCLUSIONES (#udb6f9c94-18c2-5b8a-9e56-73aa9812f6ec)

ANEXO: Cuadro de organizaciones de la derecha y extrema derecha españolista en Barcelona (1923-1936) (#u39f2dfd0-290f-5e06-8676-a05ee8f71d8d)

FUENTES Y BIBLIOGRAFÍA (#u5ab24229-fcd7-51db-8b3f-b2c03a84385c)

      Fuentes 

      Bibliografía 

ÍNDICE ANTROPONÍMICO (#ude295709-22ed-5674-9a43-7aff8817e1d6)

ÍNDICE ONOMÁSTICO GENERAL (#ub5082b28-4871-535e-b718-4cc352e379aa)


PRÓLOGO

No eran fáciles las tareas que hace unos años se impuso el autor de este libro: desentrañar taxonómicamente el mundo de la extrema derecha españolista barcelonesa durante la Segunda República, biografiar a sus dirigentes y militantes más destacados, analizar las corrientes ideológicas y políticas en las que se basaron, explicar las actuaciones que protagonizaron..., y hacerlo todo con claridad conceptual y expositiva. Eran retos que José Fernando Mota Muñoz ha demostrado ser capaz de superar con brillantez.

Procedente profesionalmente del mundo de los archivos y las bibliotecas y conocido como historiador contemporaneísta por su coautoría, junto a Javier Tébar Hurtado, de un magnífico trabajo, La muerte del espía con bragas: falangistas, policías, militares y agentes secretos en la Barcelona de posguerra (Mota y Tébar, 2013), situado a caballo entre la investigación histórica rigurosa y la novela negra, así como de un artículo académico redactado durante la elaboración del libro que tiene el lector entre sus manos (Mota, 2012), la formación profesional del autor ha contribuido sin duda a la calidad de la investigación que presenta.

Ha sido capaz de seguir todos los hilos posibles, tal y como queda reflejado en el apartado de «Fuentes», al final del libro, trabajando archivos oficiales civiles y militares, institucionales, de entidades privadas y de particulares de personajes de la época, así como en su esfuerzo por localizar a una considerable cantidad de sus descendientes y recabar testimonios orales de memoria familiar. Ha podido igualmente suplir las entrevistas con muchos de los protagonistas que sobrevivieron a la Guerra Civil, pero que ya habían fallecido al iniciar él la investigación, utilizando transcripciones o archivos particulares de gran importancia anteriormente rescatados, entre los que se encuentran los de José Ribas Seva, Carlos Trías Bertrán, José del Castillo o José María Poblador, entre otros, que los historiadores hemos podido usar gracias a la generosidad y altura de miras de sus familiares.

Como resultado de todo ello y gracias a esta obra, ya podemos conocer, exhaustivamente y para Barcelona-ciudad y buena parte de la provincia, el mundo de la extrema derecha españolista de la etapa republicana. Conocimiento que, complementado con la reciente publicación de un estudio que incluye trabajos sobre la de tipo catalanista (Catalanisme, 2018), permite aproximarnos a un nivel de conocimiento de las ultraderechas barcelonesas/catalanas muy considerable.

En el libro, y a través de cuatro grandes apartados, se explican los «Orígenes» de la extrema derecha barcelonesa en la etapa previa a la Dictadura de Primo de Rivera, durante esta y en el periodo 1930-1931. Seguidamente, en «Reconstrucción», podemos seguir el impacto devastador que la llegada de la Segunda República tuvo sobre los ultraderechistas de la Ciudad Condal, pero también cómo se fue recomponiendo con la aparición de nuevos grupos y entidades, de entre los que destacó –más por su impacto fuera de Cataluña que dentro de ella– Falange Española. Después, en «Oportunidad» se explica el impacto positivo que para los ultraderechistas tuvo la suspensión de la autonomía catalana tras los Hechos de Octubre de 1934 y el desarrollo de sus grupos y entidades. Por último, en «Fracaso», se nos muestra cómo las victorias del Frente Popular en España y el Front d’Esquerres en el Principado cambiaron completamente la situación, debiendo afrontar los partidos, grupos y entidades de la extrema derecha española y barcelonesa un nivel de represión cuantitativamente desconocido; así como en la ciudad y de la mano de la Unión Militar Española fueron trabajosamente confluyendo en la urdimbre y colaboración del golpe del 19 de julio de 1936. Golpe que, como es bien sabido, fracasó en Barcelona y en Cataluña, con lo que sufrieron los ultraderechistas la represión posterior, hasta los meses de enero/febrero de 1939 de la «liberación».

Junto con esto, y con una escritura ágil y amena, muestra José Fernando Mota Muñoz una gran rigurosidad a la hora de enmarcar histórica y conceptualmente todos los grandes temas, y microtemas, que aborda. En cuanto a estos últimos, y son solo algunos ejemplos, nos muestra el por entonces novedoso mundo del fútbol –y deportivo de masas en general– en relación con el surgimiento de determinados grupos «esportivos» de la ultraderecha. E igualmente el de la Capitanía General, con sus largos tentáculos civiles y policiales. La Audiencia de Barcelona y las connivencias de algunos de sus jueces y fiscales con las derechas españolistas. El de los que denomina «conspiranoicos», los cazamasones, punteros en todo el Estado español y que, estos sí, tendrán una larga influencia tanto en su tiempo como posteriormente en la represión franquista. El mundo de las autoridades de Orden Público de la Generalitat de Cataluña de 1936, con los inefables hermanos Badia y sus métodos, que nada tenían que envidiar de los «españoles»; así como la principal cuestión represiva que involucró a FE de las JONS de Barcelona en ese año, precisamente la errónea atribución a esta del asesinato de los citados hermanos; entre otros muchos temas de gran interés.

Especial interés tienen las decenas de microbiografías que ha elaborado –complementadas con un útil listado de nombres al final del libro–, gracias a las cuales podemos conocer literalmente a todos los protagonistas mínimamente relevantes de la ultraderecha barcelonesa. No ya los Roberto Bassas, Mauricio de Sivatte, Luys Santa Marina (pseudónimo), José Ribas Seva, José María Poblador, Carlos Trías, Vidal Salvó, Wifredo Ricart, Luis Fontes, Vicente Lupo, Enrique García-Ramal, Juan Tusquets, Guiu y otros, más conocidos, sino a otros como Francisco Palau, Juan Segura, los Aguasca, Ildefonso Cebriano, Loscertales, los Chinchilla, Frouchtman, Hausmann, Lamúa, los Luque Recio, Domingo Batet, Francisco Eyré, los Ciscar, Lauro Clariana, Cunill Postius y decenas más.

En cuanto a las grandes cuestiones historiográficas, las aborda con soltura y claridad, y de su mano el lector conocerá las que el autor considera pequeñas diferencias doctrinales entre fascistas, monárquicos autoritarios alfonsinos, monárquicos neoabsolutistas ultracatólicos carlistas (y sus diferentes facciones internas como mellistas, jaimistas, etc.), cedistas, agrarios, albiñanistas, etc.; diferencias que, en algunas cuestiones, como el anticatalanismo, son sorprendentes a veces y que no conllevó ninguna aportación ideológica relevante desde la Ciudad Condal. Pero también conocerá la evolución de sus estrategias, en algunos momentos diferenciadas y en otros confluyentes.

Todo ello en general y, sobre todo, aplicado al mundo político barcelonés, en un complicado baile de siglas, dobles o triples militancias o cambios de partido o entidad y todo el mundo de rivalidades, resquemores, odios y animadversiones que se acabó generando hasta el mismísimo momento del golpe de julio de 1936. Y aún después, añadiría yo, como se vio durante la guerra en la llamada España Nacional primero, y en la Barcelona «liberada» de 1939 después. Un mundo, como concluye José Fernando Mota Muñoz, en el que muchos de sus protagonistas acabaron siendo perdedores entre vencedores.

Disfruten con la lectura.

JOAN MARIA THOMÀS

Universitat Rovira i Virgili


INTRODUCCIÓN

Con un ¡Viva Cataluña española! se presentaba el 30 de septiembre de 1932 el primer número de Concentración Española. Con un ¡Viva Cataluña española! acaba su intervención en las Cortes un 9 de marzo de 1933 el doctor Albiñana, jefe supremo del Partido Nacionalista Español (PNE). ¡Viva Cataluña española! proclamaba un manifiesto publicado por los falangistas el 15 de junio de 1934. Hasta hubo un partido que trató de denominarse Cataluña Españolista. Otros grupos gritaran: ¡Viva España una indivisible!, ¡Viva España única!, ¡Viva España grande e indivisible!

¡Viva Cataluña española! hemos titulado este libro que trata de acercarnos al mundo de esos grupos ultras, reaccionarios y fascistas de la Barcelona de la Segunda República. Por sus páginas transitan upetistas, tracistas, mauristas, alfonsistas, carlistas, mellistas, libreños, ibéricos, albiñanistas, jonsistas, falangistas, seuístas, antimarxistas, japistas, agrarios. Son los militantes de los colectivos reaccionarios, fascistizados y fascistas, de los que estudiamos su devenir entre dos fracasos, el 14 de abril de 1931 y su derrota en las urnas y el 19 de julio de 1936 y su derrota en las calles. Aunque para ello nos remontamos a unos años antes.

La palabra que más leeremos en el texto es España y sus derivados: españoles, españolismo, españolista, españolidad. El lema de la Traza era «España no morirá»; el de Acción Nacional, «¡Viva España! ¡Viva la unión racial, étnica y geográfica!»; el del PNE, «Sobre todas las cosas España, sobre España inmortal sólo Dios»; el de Concentración Española, «España-República»; el de las Juventudes de Acción Popular, «Ante todo, España, y sobre España, Dios». Algunos falangistas irán más allá, y como uno de los protagonistas de Fiel caballería, proclamarán «Lo primero, España. Y sobre España ni Dios». Porque esta es también la historia del ultraespañolismo barcelonés de esos años.

En el texto, para simplificar, cuando hablemos de españolistas nos referiremos siempre a grupos españolistas de derecha y ultraderecha, aunque en la Barcelona de esos años también existen grupos españolistas republicanos, como los lerrouxistas del Partido Republicano Radical o los azañistas del diminuto Partit Republicà d’Esquerra, e incluso mostrarán actitudes españolistas, sobre todo durante los primeros años de la República, una parte de los socialistas barceloneses, los adscritos al PSOE. Muchas veces, también para abreviar, hablaremos de ultras, nos referimos a ultraespañolistas, ultraderechistas, ultracatólicos y hasta a algunos ultras en lo futbolístico.

Proporcionalmente a su número, hemos dedicado menos espacio a los grupos mayoritarios dentro de la pequeña extrema derecha barcelonesa, como los carlistas y, a distancia de estos, los monárquicos alfonsinos. Son realidades más estudiadas. Hemos preferido dedicar más extensión a escisiones de estos grupos mayoritarios, como los mellistas, a las agrupaciones locales del PNE y Falange Española o a la miríada de grupos y grupúsculos españolistas que se hacen y deshacen en la Barcelona republicana. También, a los colectivos de paisanos impulsados por los militares golpistas y a toda la trama civil de la sublevación del 19 de julio. En nuestra incursión en el submundo de la extrema derecha barcelonesa, ponemos quizá más énfasis en la Falange por su posterior trascendencia histórica, más que por su importancia numérica antes de la guerra.

Se trata de una aproximación desde la historia al mundo de la ultraderecha de Barcelona, no de un ensayo político. En nuestro trabajo, tratamos de reflejar el pensamiento de estos grupos, sus discursos, su retórica, pero no nos hemos centrado en los debates doctrinales sobre ultraderecha, fascistización y fascismo, que ya han sido tratados a fondo y con acierto por otros autores y sobre los que existe abundante bibliografía; a ella remitimos al lector.

En nuestra investigación, nos hemos centrado en aspectos algo menos conocidos, saber quiénes eran las personas que militaban en este mundo, sus trayectorias vitales, lo que las llevó a militar en la extrema derecha, conocer cómo se organizaban, qué separaba a unos grupos de otros, qué los movilizaba.

Estudiar el microcosmos ultra barcelonés nos permite llegar al detalle, acercarnos más a quiénes eran y cómo actuaban esos ultraespañolistas que formaban parte de una minoría marginal y que desarrollaban su militancia en un contexto político y social adverso, en el que se enfrentan a la amplia hegemonía del catalanismo y a un dominio del sindicalismo y anarcosindicalismo entre la clase obrera.

Un reto a la hora de realizar esta investigación fue la falta de documentación. Los archivos de la mayoría de estas organizaciones españolistas fueron quemados por los propios militantes en julio de 1936 para evitar represalias. Otros desparecieron en los saqueos de sus locales. La documentación del posterior partido único, de Falange Española Tradicionalista y de las JONS de la provincia de Barcelona, según parece, también fue incinerada en la Transición.

Naturalmente hemos partido de la bibliografía existente, desde los hagiográficos libros publicados en la época franquista, hasta las aportaciones críticas más recientes. Hemos explorado a fondo el registro de asociaciones del abandonado Archivo de la Delegación de Gobierno en Cataluña, Subdelegación del Gobierno en Barcelona. Allí, a pesar de los arbitrarios cambios de normas de acceso, dictadas por el delegado del Gobierno de turno, conseguimos acceder a una trentena de expedientes de partidos y asociaciones.

Han sido básicas las declaraciones recogidas en la Causa General. Hemos utilizado sobre todo la pieza dedicada a esclarecer el «Alzamiento» en Barcelona. Son declaraciones realizadas entre 1940 y 1942, todavía cercanas a los acontecimientos. Evidentemente, en ellas se tiende a resaltar lo épico y ocultar los fracasos, a exagerar en el número y la importancia y, como todos los egodocumentos, a destacar el papel del propio declarante y minusvalorar el de los rivales. Pero, con todos sus problemas, estas declaraciones se han convertido en una fuente importante para nuestra historia. Evidentemente, contrastadas con la prensa de la época, utilizada a fondo, y otros documentos, cruzando los relatos entre ellos, sin concederle la veracidad absoluta que algunos autores falangistas le han dado, también recientemente.

Ha sido fundamental consultar la documentación que Joan Maria Thomàs había reunido para su tesis doctoral y a la que amablemente nos dio acceso. Encontré allí declaraciones recogidas por José del Castillo para su libro, documentación de José Ribas, Carlos Trías Bertrán y José María Poblador, notas de las entrevistas realizadas por el propio Thomàs o copias de informes del Archivo General de la Administración. También tuve acceso a algunos archivos particulares, entre los que hay que destacar, por la cantidad de información aportada, el de José María Poblador, que puso a mi disposición su hija Montserrat Poblador.

A falta de testimonios vivos de la época, han resultado esenciales las ya citadas notas de las entrevistas realizadas en su día por Joan Maria Thomàs y las que hemos realizado nosotros a hijos y familiares de los protagonistas. Después de un ingente trabajo de rastreo y de enviar más de un centenar de cartas y correos electrónicos, conseguimos concretar una veintena de entrevistas. Nos fueron muy útiles para obtener datos de algunos de los protagonistas y acceder a aspectos más íntimos de sus vidas. Para acercarnos a los protagonistas, también hemos recurrido a sus expedientes personales en la Universitat de Barcelona y, en el caso de profesionales, en sus colegios oficiales. También expedientes de la Modelo, conservados en el Arxiu Nacional de Catalunya, y algún expediente de militares y policías.

Se ha utilizado profusamente la prensa, tanto para situar hechos, como para conseguir datos biográficos. Hemos aprovechado a fondo la hemeroteca digital de La Vanguardia y los repositorios de la Hemeroteca Digital de la Biblioteca Nacional de España, la Biblioteca Virtual de Prensa Histórica, gestionada por la Subdirección General de Coordinación Bibliotecaria, y el Arxiu de Revistes Catalanes Antigues, impulsado por la Biblioteca de Catalunya. Hemos consultado «a mano» El Diario de Barcelona y El Correo Catalán, así como la irregular y dispersa prensa ultra, en muchos casos conservada de forma fragmentaria. Han sido útiles, en este caso, los fondos del Arxiu Històric de la Ciutat de Barcelona y la Biblioteca del Pavelló de la República. Para no cargar de notas el texto, solo hemos citado la prensa cuando utilizamos palabras textuales.

Quiero mostrar mi agradecimiento a todos los profesionales de archivos y bibliotecas que atendieron diligentemente mis peticiones y a todas aquellas personas que se prestaron a ser entrevistadas o contestaron mis cuestionarios, además de a los profesores Joan Maria Thomàs y Javier Tébar Hurtado, que apoyaron este proyecto de principio a fin y me aportaron interesantes apreciaciones. A todos ellos, gracias.


SIGLAS






El 15 de abril de 1931 Barcelona amanece republicana. Han pasado pocas horas desde que Francesc Macià haya proclamado «la República Catalana com Estat integrant de la Federació ibèrica».

Esa mañana, a las diez, transeúntes que pasan por la calle Fernando ven volar paquetes de periódicos, papeles y cuadros desde una ventana del entresuelo del número 57. Se trata de la redacción del semanario La Protesta, una publicación que era vehículo de expresión de carlistas disidentes ligados a los Sindicatos Libres. El semanario se había destacado por su virulencia españolista y su agresividad hacia la izquierda y los políticos catalanistas. La calle pronto queda cubierta de ejemplares del diario. La mayoría de los asaltantes son jóvenes.

El grupo se dirige después hacia la Rambla de los Estudios. Penetra en el número 8. Se trata de la sede de la Unión Monárquica Nacional, el antiguo Círculo Central de la Unión Patriótica. Los paseantes ven salir por el balcón documentos, retratos del rey depuesto, de Martínez Anido y del dictador Primo de Rivera. En la calle se hace una hoguera con lo lanzado, todo en medio del entusiasmo de los que se han arremolinado en el exterior. Dentro del local se ha destrozado un busto del rey que presidía la sala principal y han sido saqueados los ficheros. Los asaltantes colocan una bandera republicana en su balcón y se dirigen hacia la calle Pelayo. Allí asaltan el local de la Juventud Monárquica, en el número 11, quemando toda la documentación que encuentran en sus archivos.

El grupo avanza por la calle Pelayo dando gritos en favor de la República. También gritan contra los monárquicos, contra los fascistas. Se dirigen a la plaza Universidad. En la cabeza del grupo destaca el capitán José García Miranda, conocido como el Capitán Rojo, conspirador contra la Dictadura y reciente candidato del Bloc Obrer i Camperol. Al llegar al número 1 de la plaza se abren paso hasta el segundo primera. Abaten la puerta y entran en tropel en el piso. No encuentran a nadie. Repiten el ritual. Destrozan el mobiliario y lo arrojan por la ventana a la calle, donde otro grupo le prende fuego. La sede de la Peña Ibérica queda arrasada.

Lluís Companys, el nuevo gobernador civil, ha ordenado esa misma mañana la clausura de las entidades monárquicas alfonsinas y carlistas. Por orden de la Capitanía General, se han iniciado registros en algunas de ellas. Una de las primeras en recibir la visita policial es el Círculo Católico Tradicionalista de calle Boria. No se encuentra nada reseñable. Se decide dejar un retén de guardia para evitar que el local sea saqueado.

Un piquete de militares de artillería se ha personado a las seis de la mañana en la sede de los Sindicatos Libres, en la calle Unión, pues había rumores de que se habían descargado explosivos y armas. Todavía el día anterior se había celebrado en el local un acto con el sacerdote José Gafo, promotor de los sindicatos católicos que se habían fusionado en su día con el Libre. Nadie les abre. Llaman a un cerrajero y ocupan el local. A las doce llega policía para practicar un registro. Se hallan bombas y un centenar de pistolas Parabellum. La noticia se difunde por el barrio y la gente se congrega indignada a las puertas. Las fuerzas del orden no pueden frenar a la muchedumbre, que penetra en el edificio. La sede queda devastada.

Más grave fue el tiroteo entre miembros del Sindicato Libre y de la CNT, que se saldó con dos muertos del Único y cinco heridos. Ya el día anterior se había disparado en Sarrià contra una manifestación republicana. Unos decían que había sido un legionario de Albiñana, otros que el hijo del barón de Viver. Casi lo linchan.

Son episodios de violencia que se ceban en las entidades que días antes habían sido señaladas por la prensa como promotoras de un supuesto fascio local y en las monárquicas más cercanas a la Dictadura. Pero, en general, el día ha tenido un tono festivo y pacífico, con calles inundadas de gente agitando banderas republicanas y catalanas, cantando La Marsellesa y el Himno de Riego, celebrando la proclamación de la República.

El españolismo derechista, que hasta pocos meses antes se presentaba unido en un sólido bloque, la Unión Patriótica, y detentaba el poder municipal, provincial y estatal, es borrado del mapa político en dos días. Ya no levantarán cabeza hasta 1939. Se convertirán en marginales, ruidosos y vociferantes, pero irrelevantes políticamente. Vamos a estudiar su fracaso, conocer sus acciones, las biografías de algunos de sus militantes, la historia de sus organizaciones, de las provenientes de la Dictadura y de los nuevos proyectos que surgen desde la extrema derecha barcelonesa en el tiempo de la República. Vamos a saber quiénes eran esos ultras, esos reaccionarios y esos fascistas.


I. ORÍGENES

DISIDENCIA Y ECLOSIÓN DE LA UNIÓN PATRIÓTICA


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La República fue la puntilla a un proceso de desintegración del españolismo barcelonés que venía de unos meses atrás. La renuncia de Miguel Primo de Rivera hizo eclosionar a la Unión Patriótica que, al fin y al cabo, era un proyecto personal del dictador. Las diferentes corrientes que lo habían conformado rompieron con el hasta entonces partido único para lanzar sus propios proyectos políticos. Se preveía un cambio de régimen, quizás el retorno al turnismo. El anuncio del general Dámaso Berenguer, sustituto del dimitido Primo de Rivera, de una convocatoria de elecciones generales para marzo de 1931 hizo que las diferentes facciones empezaran a marcar terreno. Las elecciones finalmente se pospusieron tras la dimisión de Berenguer en febrero de 1931 y su sustitución por el almirante Juan Bautista Aznar, pero el fin del upetismo ya no tenía marcha atrás.

El españolismo barcelonés había participado mayoritariamente en la Unión Patriótica. En Barcelona el partido único consiguió agrupar en sus inicios a miembros de la Unión Monárquica Nacional (UMN), La Traza, los Sindicatos Libres, mauristas, mellistas, viejos liberales, regionalistas moderados y grupos menores como la Unión Española de Estudiantes en Cataluña o la Juventud Nacionalista Española –un grupo de estudiantes alfonsinos y carlistas unidos contra el «separatismo» que había funcionado en 1923–, así como funcionarios estatales y municipales y militares destinados en la Ciudad Condal.

La Unión Patriótica, impulsada en abril de 1924 por el propio Miguel Primo de Rivera y organizada desde el poder, «pretendía formar un partido oficial que controlara la movilización de masas y canalizara el respaldo de los ciudadanos a la Dictadura», además de convertirse en el medio para «adoctrinar al conjunto de la población en valores nacionalistas por medio de ceremonias patrióticas». Siguiendo el modelo fascista, el partido fue concebido para «conectar el discurso del dictador con el pueblo e integrar a las masas en un proceso de movilización política antidemocrática». El partido único incorporaba algunos de los nuevos planteamientos de la derecha autoritaria europea, como un fuerte nacionalismo, un discurso regeneracionista y el corporativismo como solución a los problemas sociales, pero pronto se demostró que la organización política estaba dirigida desde la Capitanía Militar y tenía un perfil conservador clásico. La presencia de los católicos y los alfonsinos de la antigua UMN en la dirección así lo confirmó. La Unión Patriótica adoptó el reaccionario lema de «Patria, religión y monarquía», un remedo del clásico carlista de «Dios, patria y rey».

Más que un partido, la Unión Patriótica era una organización de adictos al régimen que exigía una débil militancia y que sirvió de trampolín político y social a algunos de los que se acercaron a ella para medrar. La dirección aristocrática y la ascensión a la dirección de viejas caras del denostado pasado turnista alejaron de la Unión Patriótica a algunos de aquellos españolistas más exacerbados que habían apoyado el golpe de 1923 por su programa nacionalista y regeneracionista. No todos los partidarios iniciales se mantuvieron en sus filas. Algunos de estos ultraespañolistas pronto se alejaron. Ese fue el caso de La Traza.

ESPAÑOLISMO PROTOFASCISTA: LA TRAZA


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A las 9:23 horas del 8 de enero de 1924, con algo de retraso, hace su entrada en el apeadero del paseo de Gracia el expreso de Madrid. La expectación en el andén es máxima. A cola del convoy figura el break de obras públicas, el vagón de lujo en el que acostumbra a desplazarse el rey. En este caso lo ocupa el general Miguel Primo de Rivera, jefe del Directorio. El general, vestido de paisano, desciende del vagón. Le están esperando las autoridades de la ciudad. Allí están el capitán general de la región, el gobernador civil, el gobernador militar, el obispo de la diócesis, el rector de la universidad, diputados, concejales, generales y oficiales. Una vez cumplimentados los saludos, el general se dirige al exterior. Al pie de la escalera que conduce a la calle le espera un grupo de jóvenes uniformados con camisa y corbata azul. Profieren vivas a España, a Primo de Rivera, al Directorio, al Ejército. El general los saluda con condescendencia. Los recuerda del mes anterior, cuando lo habían recibido tras su visita a la Italia de Mussolini al grito de «¡Por España!, ¡Viva La Traza!».

La Traza había nacido en otoño de 1922 impulsada por un grupo de capitanes junteros que se reunían en la Graja Royal. Su líder era el capitán de Caballería Alberto de Ardanaz Salazar, juez instructor de Capitanía y sobrino del general Julio Ardanaz Crespo, gobernador civil de Barcelona. El grupo sumó algunos civiles a su proyecto, sobre todo estudiantes, y lanzó un manifiesto en marzo de 1923 en el que afirmaba que venía a recoger «del suelo la bandera española» y «terminar con el barullo y el escándalo político existente» porque, decían, «aspiramos, en nuestra ilusión de hombres jóvenes a que nuestra generación deje un rastro glorioso a su paso por la Historia». Se definían como «una unión sagrada de españoles que se agrupan dejando a un lado las pequeñas diferencias que los separan, sacrificando lo secundario por lo principal en aras de la Patria». Su lema es «España no morirá».

Naturalmente no eran los primeros españolistas que se enfrentaban, a veces de forma violenta, al creciente catalanismo. Ya antes lo habían hecho, y en algunos casos lo continuarán haciendo, los lerrouxistas y sus Jóvenes Bárbaros, y por la derecha sectores carlistas, mauristas y la breve, pero ruidosa, Liga Patriótica Española, que nacida en diciembre de 1918 actuará hasta febrero de 1919, cuando será «domesticada» por el Gobierno Civil. Miembros de la Liga se enfrentarán violentamente con catalanistas en las Ramblas y en el Teatro Goya, donde unos y otros se concentran para abuchear u ovacionar a la cupletista Mary Focela, convertida involuntariamente en un símbolo españolista por entonar una canción que acababa con la estrofa «Lucho como una leona al grito de viva España!».


 (#ulink_34f92383-0f01-53db-96e8-ee50e4b29416) La Traza recogerá el espíritu de ese españolismo combativo y bronco.

En septiembre de 1923 La Traza saluda entusiásticamente el golpe de Estado de Miguel Primo de Rivera. El programa con el que se presenta la Dictadura les seduce. En octubre se entrevistan con el dictador. Deciden transformar La Traza en la Federación Cívico-Somatenista. Tratan de convertirse en el partido del régimen o, al menos, en sus cuadros políticos. En noviembre de 1923 publican un manifiesto en el que explicitan sus coincidencias con el nuevo régimen:

Propugnábamos en nuestro programa, luchar contra el separatismo, y lo vemos seriamente combatido; contra el terrorismo, que ya no actúa; contra el caciquismo, que está siendo perseguido; contra el despilfarro, a que se pone remedio; contra la holganza, que se ha cambiado en diligencia y contra la inmoralidad, que nos consta, que sin difamación, ruido ni pasiones va cayendo sucesivamente bajo la acción de una justicia que se ha procurado hacer independiente y rápida [...] ante un gobierno así, no creemos que a los tracistas nos corresponda otro papel que el de apoyarlo... –y afirman– ... hemos dejado de ser tracistas para ser somatenistas [...] Aspiramos a formar un núcleo de ciudadanos cuyos dotes de inteligencia, moralidad y cultura nos sean conocidas y puedan ser avaladas por nosotros para constituir un plantel de aptos directores de la vida nacional futura.

Este entusiasmo se irá enfriando. De los mensajes regeneracionistas originales y la idea de unos nuevos políticos para esa nueva España, se está pasando al control de los puestos clave por los católicos y los monárquicos de siempre. El dictador no cuenta con ellos para dirigir el nuevo partido que está fraguando. Se lo deja claro en la entrevista que sostiene con ellos en enero de 1924, durante su visita a Barcelona que tanto habían celebrado los tracistas. La Traza no tenía arraigo fuera de Barcelona y el dictador busca una base más amplia para su partido. Cuando en abril de 1924 se oficialice la Unión Patriótica, serán los católicos sociales de Ángel Herrera Oria, con más proyección y «probada capacidad propagandística», los que se conviertan en el sostén del nuevo partido. Los tracistas han fracasado al intentar ser el partido de la Dictadura. Se repliegan a su vieja organización: La Traza.

Organizan unas juventudes, la Juventud Avanzada Tracista, y un ciclo de charlas. En ellas van depurando su ideario, cada vez más fascistizado. El 9 de agosto de ese año veía la luz su publicación, La Traza, que se editó hasta finales de 1925. En sus páginas plasman su desencanto con la Dictadura. En la revista se presentan como una «aristocracia moral» que formará los cuadros que salvarán a España. Afirman que «se unen como hermanos de espíritu y de sangre, aspirando a formar un grupo de fuerza e inteligencia que logre dominar y trazar el camino a seguir». Se preguntan «¿No habrá una minoría valiente, viril y sensata que sacuda a la masa española aborregada?» y tienen la respuesta: «La Traza será esa minoría».

Se reafirman en su antipoliticismo, abominando de la «carcomida política española», declaran que no son de izquierdas, ni de derechas, tratan a su máximo dirigente, Ardanaz, de jefe, apelan a la juventud, hablan de panhispanismo e imperialismo, de una «España grande». A pesar de estos mensajes afirman que «no somos un remedo del fascismo, ni una partida de alboroto» porque su «gesto es español, castizamente español», no imitan, «proponen crear un nuevo tipo de español».

La prensa republicana los tacha de grupo fascista, lo que no eran. Había cierta pose –saludan a la romana, forman militarmente y visten camisa azul–y cierto discurso elitista, nacionalista, antipolítico y regeneracionista, frecuente en la derecha radical, un discurso claramente fascistizado pero que no va más allá de un ultranacionalismo español ligado al militarismo. Se trataba de modernizar el conservadurismo tradicional para hacerlo más atractivo con «la adopción de estructuras organizativas disciplinadas, jerarquizadas y con vocación totalizante; unas formas de liderazgo “fuerte” legitimado por el carisma o el desarrollo de ideologías catastrofistas, excluyentes y rupturistas [...] adopción de estrategias de carácter marcadamente agresivo», haciendo frente al desafío fascista con las mismas armas de este: la movilización armada (González Calleja, 2000: 115). Su retórica, parafernalia, lenguaje, culto al jefe, militarización o nacionalismo extremo forman parte de esta fascistización. Lo veremos en muchos grupos en la etapa republicana.

Como había pasado con la Liga Patriótica Española y también pasará en los años de la República con otros pequeños grupos ultras, su fama vendrá más de su repercusión mediática y de sus acciones callejeras, amplificadas por la prensa catalanista y de izquierdas, que de su fuerza real.

En octubre de 1924, desde de la Unión Patriótica se afirmó que se habían adherido al partido único los 3.500 afiliados a La Traza. Evidentemente, ni de lejos, La Traza tuvo nunca tal cantidad de militantes y, además, los tracistas, cada vez más disminuidos, reducidos a una peña en torno a Ardanaz, siguieron manteniendo una actuación autónoma hasta su desaparición ya en época republicana, unos años en los que Ardanaz forma parte de la junta del Centro Cultural del Ejército y Armada. Por sus filas pasaron unos jóvenes a los que reencontraremos en nuestro relato: José María Poblador Álvarez y Juan Segura Nieto.

IDENTIFICADOS CON EL DIRECTORIO: ESPAÑA NUEVA

Los tracistas no fueron los únicos a los que pronto defraudó el rumbo que tomaba la Dictadura. Lo mismo les ocurrió a los jóvenes que se agrupaban en torno de España Nueva, un diario nacido el 12 de noviembre de 1924. En el subtítulo dejaban clara su actitud: «diario de la tarde identificado con el espíritu de justicia y patriotismo que inspira el Directorio Militar». No se trata pues de un órgano oficial, pero la mayoría de los que escriben son militantes de la Juventud de Unión Patriótica. En su primer número se presentan: «Nuestro programa: Viva España», y su propósito: «combatiremos sin descanso al separatismo como al más peligroso enemigo de la prosperidad de Cataluña, puesto que él es vocero funesto de odios fratricidas y males sin fin».

El director y alma del periódico era el periodista Camilo Boix Melgosa, que del sector más bronco e insurreccional de las Juventudes Radicales pasará al upetismo, con parada previa en las Juventudes Socialistas de Barcelona. Con el seudónimo León Roch había escrito en publicaciones del sector revolucionario de los radicales como El Insurgente o La Revuelta. En 1914 dirigirá el aliadófilo Los Aliados, para pasar cuatro años después a dirigir El Maximalista, financiado por los alemanes. En cuatro años de aliadófilo a germanófilo y de republicano revolucionario a partidario de la Dictadura. En esos momentos era vicepresidente de la juventud upetista de Barcelona.

En enero de 1925 publican el manifiesto Lo que es y lo que debe ser la Unión Patriótica, donde ya dejan claro su descontento: «lo decimos sinceramente: la Unión Patriótica tal como ha echado cimientos en Cataluña o en Barcelona, que no es lo mismo, no nos satisface, ni creemos que pueda satisfacer a nadie». Piden eliminar «los restos de la vieja política» y creen que ahora «todo se pierde en la penumbra y hoy mismo todavía no saben exactamente los ciudadanos donde deben dirigir sus pasos para encontrar el organismo vivo, que recoge aquel magnífico espíritu del golpe de Estado Militar».


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En las páginas del diario se leerán mensajes regeneracionistas, contra la corrupción, el caciquismo y los «viejos políticos», se habla de la necesidad de «hombres nuevos» y apelan a la juventud. La publicación hace gala de un exacerbado españolismo, «sentimos el orgullo de la Madre Patria Española: como si en el mundo no hubiera otra más grande: que no la hay», y se muestran virulentamente anticatalanistas. También defienden al Real Club Deportivo Español, al que la Federación Catalana de Fútbol, «una madriguera del separatismo catalán», margina «por Real y Español». Nada que no hayamos leído en otros grupos. La publicación cesará en abril de 1925. El grupo se dispersará.

CARLISTAS DISIDENTES Y OBRERISTAS ESPAÑOLISTAS: LOS SINDICATOS LIBRES

También los carlistas –en ese momento conocidos como jaimistas porque el pretendiente era Jaime de Borbón– habían colaborado en un primer momento con la Dictadura. Pronto se distanciaron. La lealtad del dictador a Alfonso XIII y el menosprecio con el que trató a los tradicionalistas hizo que en abril de 1924 don Jaime anunciara la ruptura con Primo de Rivera. El carlismo pasó a oponerse a la dictadura e incluso a participar en conjuras para derribarla. También sufrió la represión del régimen con la destitución de concejales y diputados provinciales, cierres de locales, multas a sus diarios y detenciones de dirigentes.

Pero hubo sectores procedentes del carlismo que se mantuvieron fieles al dictador. Unos pertenecían a un sector minoritario que ya se había desgajado antes del jaimismo. Su líder era Vázquez de Mella y eran conocidos como los mellistas. Los conoceremos más adelante. Otros habían nacido en octubre de 1919 en una reunión convocada en el Ateneo Obrero Legitimista. Sus fundadores procedían del carlismo. Eran los Sindicatos Libres y también se convertirán en entusiastas de la Dictadura.


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Los Sindicatos Libres nacieron pues ligados al carlismo. La mayoría de sus dirigentes procedían de esa tradición política, como su líder indiscutible, Ramón Sales Amenós, aunque pronto fueron más allá de ese mundo. Crecieron poco a poco. Durante los primeros tiempos practicaron claramente un sindicalismo amarillo. A partir de 1921 y durante un año estuvieron vinculados al gobernador civil Martínez Anido, que los utilizó en su lucha contra la CNT; es la época de mayor auge del pistolerismo. En esos años abandonaron su amarillismo, ejerciendo un sindicalismo que se decía apolítico y profesionalista.

Con el golpe de Estado de Primo de Rivera y la prohibición de la CNT llegó su momento. Los Sindicatos Libres se convertirán en la opción sindical mayoritaria en Cataluña e incluso darán el salto al resto de España, creando en 1924 la Confederación Nacional de Sindicatos Libres de España. Durante la Dictadura solo la UGT los superará en número de militantes a nivel nacional. Su apoyo al Directorio les llevó a romper con el carlismo oficial. Su apoyo a la política anticatalanista les fue decantando hacia el españolismo. Su acercamiento al sistema corporativo, diseñado por el ministro Eduardo Aunós Pérez, y su participación en los comités paritarios, que los del Libre monopolizaron en Cataluña, los convirtieron en defensores de un corporativismo estatista.

Se aproximaron así a los planteamientos de la derecha radical. Su retórica obrerista, el uso de la violencia, su nacionalismo, la mezcla de ideas conservadoras y revolucionarias, además de la simpatía que algunos de sus miembros habían mostrado por el fascismo italiano, habían llevado a la izquierda a calificarlos como fascistas. La dirección de los Sindicatos Libres lo negó. Las cosas cambiaron a partir de 1927. Hubo entonces contacto con sindicatos fascistas italianos y en 1930 algunos libreños no tuvieron inconveniente en proclamarse fascistas. Había más de provocación que de realidad, pues los del Sindicato Libre no pasaban de ser otra derecha radical fascistizada.

A partir de 1930, con la reaparición de la CNT, su estrella declinó; los obreros volvieron a las filas de la central anarcosindicalista. La proclamación de la República les dio la puntilla. Como hemos visto, el 15 de abril ya se había producido un tiroteo entre miembros de los Sindicatos Libres y de la CNT, con muertos y heridos. En los días siguientes serían asesinados hasta diecisiete libreños en Barcelona. El odio generado pasa factura.

Durante nuestro relato encontraremos a muchos de los dirigentes de los Sindicatos Libres embarcados en diferentes proyectos ultras, a periodistas ligados a este mundo encabezando proyectos editoriales de la extrema derecha y toparemos con muchos de sus pistoleros en las conspiraciones y los complots organizados para derribar la República.

LA DISGREGACIÓN DE LA UNIÓN PATRIÓTICA

De esos grupos no integrados en la Unión Patriótica, de los que ya hemos hablado, y de la miríada de grupos y grupúsculos que nacieron de su eclosión en 1930, que ahora conoceremos, se nutrirá de ideas y, en buena parte, de militantes la ultraderecha barcelonesa durante la República.

En Barcelona, la Unión Patriótica, bajo la dirección provincial de Andrés Gassó y Vidal, exdirigente del Centro Monárquico Conservador y exsecretario general de la Cámara Oficial de la Propiedad Urbana, se había organizado por distritos, e incluso en los más poblados se había dividido en subcomités, además de abrir centros culturales y formar secciones femeninas, juveniles y obreras, todo con el objetivo de acercar el partido a todos los barrios y sectores sociales. A pesar de esta moderna estructura y el gran esfuerzo propagandístico realizado, en el que colaborarán algunos personajes que conoceremos a fondo, la Unión Patriótica de la provincia de Barcelona decía tener 60.000 militantes, lo que no llegaba al 4 % de la población, cuando había provincias, como Huelva o Cáceres, que superaban el 20 %. En momentos puntuales, como durante la visita de Primo de Rivera a Barcelona en enero de 1926, el partido consiguió movilizar hasta 20.000 upetistas y llenar el Teatro Olympia para escuchar al dictador, con 7.000 asistentes. Pero a la altura de abril de 1929 la Unión Patriótica de Barcelona hacía aguas. En una carta de Andrés Gassó al dictador, el dirigente provincial le comentaba a Primo de Rivera que un 90 % de los militantes upetistas «se mostraban “indiferentes” o “desencantados” con el régimen», un 5 % iban a los círculos de la Unión Patriótica a leer la prensa o jugar a cartas y solo otro 5 % deseaban «actuar de buena fe, pero debido a la falta de asistencia de sus jefes, su entusiasmo no puede materializarse [...] Bien pudiera decirse que No hacer es el lema de la Unión Patriótica de Barcelona» (citado por Quiroga, 2009: 261). El upetismo barcelonés agonizaba; la dimisión del dictador le dio la puntilla.

En 1930 la Unión Patriótica desaparece como partido político. La mayoría de sus militantes, o al menos de sus dirigentes, ante su disgregación como partido, optaron por sumarse a uno de los grupos que habían resurgido de sus cenizas, la UMN, tal y como había recomendado la última Asamblea de Líderes Provinciales de la Unión Patriótica. Era el partido impulsado desde Madrid por el exministro Rafael Benjumea, conde de Guadalhorce, por José Calvo Sotelo y por el hijo del exdictador José Antonio Primo de Rivera.

La UMN estaba reagrupando a la derecha reaccionaria alfonsina. Recuperaba el nombre de la agrupación monárquica fundada por Alfonso Sala en Barcelona en 1919, el partido que aglutinó las diferentes opciones dinásticas no catalanistas en un momento de conflicto social y ofensiva autonomista. La originaria UMN acabó ingresando en la Unión Patriótica en 1925. Estaba formada por miembros de la aristocracia y la alta burguesía. En buena parte, son los mismos que relanzan la nueva UMN en Barcelona. Se convierten en los más acérrimos defensores de la labor desarrollada por la Dictadura y en críticos con el proceso de transición que impulsan Berenguer y Aznar. Piden regresar al sistema parlamentario consagrado en la constitución de 1876 pero realizando una reforma de esta en sentido autoritario.

En Barcelona inician su reorganización en febrero de 1930. El 10 de mayo los afiliados a la Unión Patriótica del Distrito IV y la Juventud de Unión Patriótica acuerdan transformarse en Casino Central de la UMN. En diciembre se elige su junta directiva. La continuidad con la Unión Patriótica es evidente; allí están los dirigentes de la antigua UMN y de la liquidada Unión Patriótica: José Enrique de Olano y Loyzaga, conde de Fígols; José María Milá y Camps, conde del Montseny; Darío Rumeu y Freixa, barón de Viver, o el propio Andrés Gassó.

Otros círculos de la Unión Patriótica de la ciudad seguirán su ejemplo. El del Distrito II se convierte en Círculo Cultural Monárquico. Los hubo que ni cambiaron de nombre, como el de Sarrià o el del Distrito V. Pero el paso de Unión Patriótica a UMN no estuvo exento de polémica en algunos distritos. Es el caso de Gracia. En mayo de 1930 el Comité Provincial de la Unión Patriótica había tenido que cerrar la agrupación «para evitar violencias», ya que las luchas intestinas lo estaban consumiendo.


 (#ulink_a280281c-8758-53a5-9468-3bed09e0c3c9) En noviembre de 1930 los upetistas de Gracia habían optado por unirse a la renacida UMN. Escogieron presidente al médico Carlos Comamala López del Pan, un madrileño que había destacado como goleador en el Fútbol Club Barcelona. Pasaría después a la comisión deportiva del RCD Español. También había destacado en otros deportes como el rugby y fue el primer presidente de la Confederación Catalana de Gimnasia. Militó en la Unión Patriótica, el Grupo Alfonso y era socio de la Peña Ibérica. Su trayectoria ultra seguirá durante la República.

Como vicepresidente figuraba René Llanas de Niubó, otro ultra de larga trayectoria. René Llanas había nacido en Barcelona en 1902 en el seno de una familia católica de ideas carlistas. Hijo de un aragonés, que moriría siendo todavía un niño, y de una francesa, Renato prefería utilizar su nombre en francés, lengua que dominaba. En 1917 había actuado en una función benéfica de Protectores de la Escuela San José Oriol, la obra era «El sueño de un niño patriota»; será premonitoria, se convertirá en un publicista del españolismo.

Llanas acabó su bachillerato en 1922. Parece que entonces ingresó en la alfonsina UMN, de donde pasaría a la Unión Patriótica. En 1928 era vicepresidente de su Comisión Hispanoamericana y secretario de la Comisión de Propaganda, y en 1929 vicesecretario de la Sección Escolar. Es un orador habitual en los mítines de las juventudes upetistas, en los que coincide con otros publicistas como Pompeyo Claret, Miguel Franco o Juan Porta Sarret. A todos los reencontraremos. Tras la eclosión de la Unión Patriótica, Llanas entró en la UMN y se convirtió en secretario de su Comisión de Propaganda. Ahora era también vicepresidente del Círculo de la UMN de Gracia.

Los dirigentes de esta agrupación graciense, como veremos, tratan de tejer lazos con otros sectores españolistas, pero la vida de la agrupación seguirá siendo conflictiva. No debía ayudar a la pacificación el mal carácter y la fama de pendenciero que tenía René Llanas, de la que él mismo se vanagloriaba.


 (#ulink_b8e47f36-43fe-5490-8ba7-bc170e5c5c01) La entidad será clausurada una vez proclamada la República y, aún en su reunión final, convocada en julio para liquidar la entidad, se reproducirán los enfrentamientos.

Los problemas internos de la UMN de Gracia provocaron la salida de algunos socios que crearon, en marzo de 1931, un grupúsculo españolista, monárquico y ultracatólico: Derecha Social.


 (#ulink_f911b425-a07c-5aeb-ae6e-2b71da2071a5) Su fundador y director consiliario era el sacerdote Melchor Pelegrí Palou, que había pasado por la Agrupación Obrera Española, la Unión Patriótica y la UMN. Era autor de Doctrina del bon català, obra apologética de la Dictadura. Su presidente es el abogado Alfonso Ibáñez Farrán, miembro del integrista y reaccionario Centro de Defensa Social de Barcelona, algunos de cuyos socios también participan en el proyecto. Este centro se había creado en 1903 para defender «los principios religiosos, patrióticos y de orden social». Tenía objetivos propagandísticos y estaba formado básicamente por aristócratas, propietarios y profesionales.

Derecha Social subsistirá algunos años durante la República. Se adherirá al régimen y pedirá la abstención en el referéndum del Estatut. En septiembre de 1933 se transformará en Concordia Ciudadana, que no aguantará ni unos meses. El padre Melchor Pelegrí recalará en 1934 en el PNE durante unos meses. Su presidente, Alfonso Ibáñez, se había acercado al carlismo. La mayoría de sus pocos miembros acabarán militando en Derecha de Cataluña.

Los más entusiastas defensores de la monarquía en Barcelona habían creado en julio de 1926 el Grupo Alfonso, una selecta entidad que pululaba alrededor de la Unión Patriótica. Había nacido con la pretensión de «reunir a todos aquellos amantes del Rey que, prescindiendo de su personal significación, estén dispuestos a laborar por él y la monarquía, al margen de todo partidismo político». La mayoría de sus socios eran «personas conocidísimas en la alta sociedad barcelonesa». Aparte de su ferviente alfonsismo, su otra seña de identidad es su españolismo, «somos los que sin vacilaciones, ni cobardía, ni rastrerismos de ninguna clase, hicimos ondear, después de un sin fin de años que no ondeaba, la bandera Española».


 (#ulink_9efd49aa-204e-598a-bd96-e851708042c8) Otro grupúsculo de este tipo era la Peña 13, que había tomado su nombre en homenaje a la fecha del golpe de Estado de Primo de Rivera.

Con la caída de la Dictadura aparecerá otro colectivo aristocrático de defensa de la monarquía alfonsina, muy ligado a la UMN. En enero de 1931 inaugura su sede en la calle Pelayo 11 la Juventud Monárquica, que se organiza en Barcelona a ejemplo de la entidad madrileña del mismo nombre y tratando de emular a la primera Juventud Monárquica de Barcelona, fundada en 1904. Se trata de una entidad que trata de dar «cabida a cuantos ideales políticos haya dentro del campo monárquico».


 (#ulink_c736be03-158c-517a-bcc9-bf3b45b58053) Su único objetivo es la defensa de España y del rey. La mayoría de sus miembros son jóvenes aristócratas. El presidente de la entidad, Luis de Foronda y Gómez de Uribarri, es un ejemplo de ello: primogénito del marqués de Foronda, abogado, secretario de diferentes consejos de administración, miembro de la Orden de Montesa, jugador de polo en el Real Polo Jockey Club y casado en 1931 con la hija de los Sentmenat, otros grandes de España.

En su Comité de Acción Política figuran algunos de los futuros dirigentes de las juventudes alfonsinas durante la República, personajes como José Bertrán Güell –hijo de Josep Bertran i Musitu, destacado dirigente de la Lliga Catalana–, Eduardo de Olano y Barandiarán, hijo del conde Fígols, o Enrique del Castillo y de Yurrita. También un antiguo catalanista, el abogado Juan Vidal Salvó, que dará que hablar más adelante.

Por su parte, el sector maurista que apoyó la Dictadura de Primo de Rivera, en contra del alejamiento que había aconsejado el propio Gabriel Maura, también reapareció en escena. Ya en 1925 habían creado Derecha Nacional, al margen de Unión Patriótica, previendo la convocatoria de unas elecciones que no se realizaron. Se reactivará en diciembre de 1927, cuando hacen público un manifiesto en el que se explayan en sus principios: monarquía, catolicismo, proteccionismo, solución del conflicto obrero recurriendo a los principios del amor cristiano y unidad nacional, aunque con «el respeto al espíritu y a las lenguas regionales, y a la legislación foral, rechazando empero cuanto tienda directa o solapadamente a la separación espiritual de lo que unió la Naturaleza y consagró la Historia». Los intentos de expandir el partido topan con la existencia del partido único. El Gobierno Civil los frena. Volverán a la carga en 1930 para «levantar la bandera de unión de todos los hombres que se agrupan bajo los lemas de Patria, Monarquía y Orden social».


 (#ulink_472ad924-2c99-525f-a093-659455973dbe) Su presidente es el abogado Juan Adolfo Mas Yebra, vicepresidente de la Cámara Oficial de la Propiedad Urbana y diputado provincial.

En febrero de 1930 la directiva viaja a Madrid para entrevistarse con Gabriel Maura, que les pide que se agrupen con el resto de mauristas barceloneses. Los ruegos del viejo líder no tienen éxito y a finales de ese mismo mes nace, al margen de Derecha Nacional, el Secretariado Maurista de Cataluña, que se constituye como comité regional del Partido Maurista. Derecha Nacional inaugurará un amplio local en San Honorato y los mauristas oficialistas un Centro Maurista en la calle del Carmen, pero, finalmente, los dos grupos se verán abocados a confluir en el Centro Constitucionalista, el partido creado por Maura y Cambó, que fracasará estrepitosamente en las elecciones de abril y se disolverá.

El último presidente del Centro Maurista fue el abogado Salvador Palau Rabassó,


 (#ulink_9b504789-b2e8-5718-aa21-0a2308a8d79a) nacido en El Vendrell en 1894 en el seno de una familia acomodada de ideas monárquicas y religiosas. Su padre, acaudalado propietario agrícola, había sido presidente del Sindicato Agrario y la Cámara Agrícola del Vendrell y cabo del Somatén local, además de padrino de Pau Casals. Salvador entró pronto en política. En su pueblo había fundado la Juventud Derechista y ya en Barcelona presidió la Agrupación Escolar Maurista en 1918. Licenciado en Derecho en 1919 y doctorado en 1920 con excelentes notas, fue diputado provincial por el distrito de Tarragona-Vendrell entre 1921 y 1924 y vicepresidente de la Diputación de Tarragona. Pasó por la UMN y en 1922 participó en Integración Maurista, un intento de refundar el maurismo en Barcelona. También fue presidente de la Unión Patriótica en El Vendrell. Como buena parte de estos mauristas, acabará en las filas de Derecha de Cataluña. Salvador Palau será uno de los hombres de Antonio Goicoechea en Barcelona. Su hermano Joaquín María será alcalde de El Vendrell en 1930 y candidato monárquico en abril de 1931, y su otro hermano, Francisco, será uno de los líderes de la Peña Ibérica, de la que también fue miembro Salvador. Nos reencontraremos con frecuencia a los hermanos Salvador y Francisco Palau Rabassó.

También resurgen en 1930 los estrambóticos socialistas-monárquicos. En 1916 se había creado Acción Protectora del Obrero Socialista Monárquico Español de Alfonso XIII, que en 1922 había cambiado su nombre a Partido Socialista Monárquico Obrero Alfonso XIII. Agrupaba entonces a algo más de un centenar de socios. Su impulsor y presidente era José Ferrando Albors. Su líder fue recibido en diversas ocasiones por el rey. En 1923 se adhieren al golpe de Estado y pronto ingresan en la Unión Patriótica. El partido será reorganizado en marzo de 1930, en julio inauguran su Centro de los Socialistas Monárquicos y en octubre firman una alianza con un pequeño grupo de liberales romanistas, las Juventudes Liberales, presididas por Joaquín Jiménez de Alcaraz Carreras. En noviembre Ferrando Albors es apartado de la dirección por irregularidades contables. Desaparecerán con la proclamación de la República. Su «socialismo» se concretraba en pedir cierta protección de los obreros al rey. Su programa lo explica así:

... engrandecimiento de la Patria y sus regiones. Mejoramiento y defensa de la salud pública. Mejoras para la ciudad, conjurando la crisis obrera que se avecina. Abaratamiento de las subsistencias. Construcciones de barrios obreros. Fundación de sanatorios y escuelas. Dignificación, protección y educación de la mujer en todos sus órdenes. Defender los intereses morales y materiales de las clases productoras y obreras para que sea un hecho el respeto y concordia entre el capital y el trabajo. Captar a la clase media, digna de nuestro cariño, por ser el factor más importante de la sociedad. Laborar con las autoridades, por el mantenimiento del orden, el respeto a la propiedad y a la libertad de trabajo.


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Otro reaparecido es Acción Nacional, que no llevaba ni un año en la Unión Patriótica. Se trata de un grupúsculo formado en torno a Rafael Suñén Beneded, un aragonés afincado en Barcelona desde joven. Suñén había sido miembro de los Jóvenes Bárbaros de Lerroux, para pasar a partir de 1923 a colaborar con el Gobierno Civil como censor de prensa y quizás algo más. Suñén había tratado de reconstituir en julio de 1925, con elementos españolistas desencantados con el upetismo, la Juventud Nacionalista Española. El grupo irá mutando de nombre, siempre actuando con autonomía de la Unión Patriótica. Durante un tiempo funcionarán como Juventud Nacionalista Española (Tercio Unión Patriótica), luego como Juventudes Patrióticas y más tarde como Juventudes Recreativas Patrióticas. Con el tiempo algunas agrupaciones reingresarán en la Unión Patriótica y los grupos restantes se convertirán, en noviembre de 1926, en Acción Nacional. Suñén es escogido jefe de la nueva entidad, que tiene como lema «¡Viva España! ¡Viva la unión racial, étnica y geográfica!». Visita al dictador, que le muestra su disgusto por su actuación al margen de la Unión Patriótica. En 1928 publica su Ideario nacional. Sus partidarios no solo se dedican a cuestiones teóricas; en mayo de 1928 boicotean el estreno de la obra dramática La Dolorosa, de Ventura Gassol, por su mensaje catalanista. Finalmente, en octubre de 1929, Suñén dará su brazo a torcer e ingresará, junto con toda su organización, en la Unión Patriótica.

Será por poco tiempo. Tras la desaparición del partido único, Suñén volverá a reorganizar su Acción Nacional. En septiembre de 1930 brinda la colaboración del partido al gobernador civil «para la represión de las tendencias separatistas». Con la proclamación de la República, el partido desaparecerá y su jefe, Rafael Suñén, abandonará la política, dedicándose a buscar por Europa financiación para su invento, un supuesto petróleo sintético. Fue otro intento de organización con aparentes características fascistas: jefe carismático, españolismo, juventud y sin renunciar a la acción directa.


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Otro grupúsculo desgajado de la Unión Patriótica fue el que impulsó Eduardo Aunós, antiguo ministro de Trabajo de la Dictadura, que funda en febrero de 1930 el Partido Laborista Nacional, de corte corporativista. Su base la componían antiguos colaboradores suyos en el Ministerio, miembros de los comités paritarios y militantes libreños. A Aunós le costó desarrollar su partido más allá de Madrid. El Centro Laborista de Barcelona no se constituirá hasta abril de 1930 y en su comité figuran destacados dirigentes de los Libres como José M. Pons Escoda o José Baró Bonet, que habían sido concejales del Ayuntamiento de Barcelona, o los periodistas Feliciano Baratech Alfaro y Estanislao Rico Ariza, director de La Protesta y redactor de Unión Obrera.


 (#ulink_4d6dfa2f-1903-5626-9ce6-c2f7dc7a0ffe) El partido tendrá poco recorrido y desaparecerá sin pena ni gloria.

Otros recién llegados, separados también de la Unión Patriótica, presentarán pronto sus cartas españolistas en Barcelona. Un españolismo rudo y pendenciero, el del PNE y sus Legionarios de España, que se estaban organizando al margen de la UMN, a pesar de compartir con ellos su admiración por Miguel Primo de Rivera, su adhesión a la corona y su ultraespañolismo. En Barcelona, el PNE tiene su origen en un grupo de militantes españolistas, bronco y peleón, que había nacido durante la Dictadura y que se mantuvo en el tiempo, un grupo y unos militantes que darán mucho que hablar en este libro, los ibéricos, los miembros de la Peña Ibérica.

ESPAÑOLISTA EN LO POLÍTICO Y LO DEPORTIVO: JOSÉ MARÍA POBLADOR ÁLVAREZ

Domingo 23 de noviembre de 1924. Tarde de fútbol. Sexta jornada del Campeonato de Cataluña. Derbi en el estadio de Les Corts. Se enfrentan el FC Barcelona y el RCD Español. Máxima rivalidad y máxima tensión. La reventa está haciendo su agosto en noviembre. El campo se llena. La prensa habla de 30.000 espectadores. A las 14:50 h comienza el partido. El Barça sale en tromba. El público aprieta desde la grada. El ambiente está caliente y se caldea más cuando cae lesionado sobre el césped Paulino Alcántara, una de las estrellas culés. El juego se torna violento y esa violencia se traslada a las gradas, donde andan mezclados aficionados de los dos equipos. Una entrada del españolista Caicedo al azulgrana Samitier es respondida por este con una patada. El árbitro expulsa a Samitier. Revuelo en el campo. El público lanza monedas contra el árbitro –el partido pasará a la historia como el derbi de la calderilla– y contra los jugadores blanquiazules. El colegiado decide suspender el partido.

En las gradas hay puñetazos y garrotazos. Han de intervenir las fuerzas del orden para calmar la situación y vaciar el estadio. El encuentro se repetirá a puerta cerrada el 15 de enero de 1925. Fuera del estadio se reproducirán los enfrentamientos entre aficiones. Guardias civiles a caballo han de disolver el tumulto. El partido finalmente lo ganaría el Español por 0-1.

En estas peleas e incidentes entre grupos de hooligans avant-la-lettre, destacan por el lado culé los componentes de Penya Ardèvol, fundada por miembros de la Sección de Lucha Grecorromana del club azulgrana y capitaneada por el campeón catalán Emili Ardèvol. La Penya tenía un marcado carácter catalanista y había colaborado en actos de la Lliga Regionalista. Por el lado perico, los que más se emplean en la trifulca son miembros de la Sección de Rugby del club blanquiazul. Entre ellos destaca un joven alto y fornido, un firme españolista en lo político y en lo deportivo, se llama José María Poblador Álvarez y, como veremos, será, entre otras cosas, fundador de las JONS en Barcelona.


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José María Poblador procede de una familia aragonesa. Su padre, José María Poblador Vicente, originario de Codol (Zaragoza), se había licenciado en Derecho y era perito, profesor mercantil y maestro. Había pasado por diferentes ciudades opositando y ocupando diferentes puestos de funcionario y recaló como tenedor de libros en la Sala de Ultramar del Tribunal de Cuentas, para pasar después a la oficina de Obras Públicas de la provincia de Huesca, en donde conocería a su mujer, que procedía de una familia aristocrática de Boltaña, los Álvarez de Altabás. Parece que participó como oficial en la guerra de Cuba. Hacia 1900 emigró a Barcelona, donde fundó y dirigió la Academia Escuela Politécnica, especializada en la formación de alumnos para comercio, aduanas o Correos. En la Ciudad Condal se integra en asociaciones de aragoneses, siendo secretario del Centro Protector Aragonés. Se aficiona al fútbol y se hace socio del RCD Español. También se interesa por la política y se suma a la Juventud Tradicionalista, de la que se daría de baja en 1904 por considerarla tibia en su españolismo. Ese mismo año es detenido, junto con otros carlistas disidentes, por promover disturbios durante la representación de la zarzuela Patria nueva, que entendían que atacaba al rey Carlos. Parece que posteriormente se trasladó a Sos del Rey Católico, donde trabajará de asentador de granos. En 1912 lo encontramos en Zaragoza como director de la Gaceta Secretarial, publicación dirigida a los secretarios de ayuntamiento.

En la capital maña, entre 1910 y 1915, estudia bachillerato su hijo José María Poblador Álvarez, que había nacido en Huesca en 1899. En 1915 la familia se traslada de nuevo a Barcelona. El padre ejerce otra vez de director de una academia mercantil. José María hijo sigue sus estudios de secundaria en el Colegio San Miguel y parece que, una vez acabados estos, se matricula en la Universidad de Barcelona.

Poblador es testigo del auge del catalanismo en la universidad y las calles de Barcelona. Siguiendo a su padre, se ha convertido en un españolista cercano al tradicionalismo, aunque sin militar en sus filas. Se volverá anticatalanista visceral, de los que afirmaban que el catalanismo había tratado «de crear y hacer ver un hecho diferencial, que jamás existió», postura que nunca abandonará. Pronto participa en peleas y riñas callejeras y en 1918 es detenido por primera vez en una bronca en los claustros de la universidad con unos catalanistas que pretendían quemar una bandera española. El asunto, según explicaba, le valió tener que comparecer ante un tribunal disciplinario universitario. Su exaltado españolismo hizo que en 1923 se acercara a La Traza.

Como muchos jóvenes de la época, es aficionado al deporte y, siguiendo de nuevo a su padre, se hace socio del RCD Español. Poblador practica el fútbol con el equipo de Derecho, pero se decantará por el rugby. Cuando en abril de 1923 se cree la Sección de Rugby del RCD Español, Poblador será escogido presidente, siendo reelegido en 1924 y 1925; además, será uno de los jugadores destacados del equipo, actuando de medio tres cuartos, medio apertura y arrier. Jugará hasta 1928. En el mismo equipo estaban los hermanos Luque Recio, a los que con el tiempo reencontrará en Falange. En febrero 1925 es elegido vicepresidente de la Federación Catalana de Rugby. Además, a partir de 1926, actúa como árbitro.

En la defensa del españolismo y del RCD Español, Poblador no desdeña el enfrentamiento físico. Lo hemos visto en su actuación en los claustros y seguramente en el «derbi de la calderilla», y en esa pelea Poblador no era el único perico que repartió puñetazos y bastonazos, lo más seguro es que uno de los que le acompañasen fuese otro joven bronco: Francisco Palau Rabassó.

RADICALISMO, INTRANSIGENCIA, NOBLEZA Y SINCERIDAD: FRANCISCO PALAU RABASSÓ

Barcelona, 11 de noviembre de 1915, se celebra un mitin electoral de cara a las municipales en el local de la Juventud Radical del Distrito V, en la calle Hospital. Poco antes de empezar el acto, jóvenes jaimistas reparten a los asistentes el folleto Lerroux y su obra, un panfleto crítico con el líder radical. La provocación tiene efecto. Salen a relucir armas cortas y se inicia un tiroteo. Pronto los alrededores del local se convierten en escenario de una batalla campal. Radicales y jaimistas intercambian disparos y caen heridos un par de carlistas. Las fuerzas del orden consiguen ahuyentar a los contendientes. Entre los que han conseguido huir indemnes está Francisco Palau Rabassó, un joven jaimista de 14 años.

Francisco Palau hacía nacido en El Vendrell en 1901.


 (#ulink_653c0430-b382-5d6c-99c1-026621977e79) Como hemos visto cuando hemos hablado de su hermano Salvador, proviene de una familia pudiente de ideas monárquicas, católicas y españolistas. Francisco hacía pocos meses que se ha instalado en Barcelona para proseguir sus estudios. A diferencia de su hermano Salvador, adscrito al maurismo, Francisco milita en el carlismo y se ha dado de alta en el Centro Tradicionalista de la calle Puertaferrisa, la Agrupación Escolar Tradicionalista (AET) y en el Requeté, que es el nombre que ha adoptado la milicia paramilitar carlista.

En el primigenio Requeté barcelonés abundan jóvenes trabajadores acabados de llegar desde el campo que traían consigo la tradición de violencia rural del carlismo. En los círculos carlistas y en las excursiones aprendían tiro, boxeo y otras técnicas de lucha, y sus miembros acababan armados con porras y pistolas, las más populares de las cuales eran las Browning, desplazadas más adelante por las Star. En el Requeté conocerá Francisco Palau el culto a la violencia y las armas, el afán por la pelea y la acción directa, algo que le acompañará toda la vida.

Francisco Palau se acercará a los planteamientos del grupo de carlistas radicales que publicaban La Trinchera. Era un grupo que exaltaba la violencia, que menospreciaba las contiendas electorales –preferían las peleas en las calles–, que creían que la oposición conservadora y de casino que realizaba el carlismo oficial minaba la vitalidad y la combatividad que históricamente había tenido el tradicionalismo y que utilizaban cierta retórica obrerista, hablaban de solidaridad y abominaban del paternalismo empresarial y la caridad católica. Su lema era «radicalismo, intransigencia, nobleza y sinceridad». Miembros de esta corriente carlista darán cobertura intelectual a los Sindicatos Libres (Winston, 1989: 88-96).

Pero los carlistas de La Trinchera no se limitan a combatir a los lerrouxistas y sus Jóvenes Bárbaros, sus enemigos tradicionales; también se enfrentan a los catalanistas conservadores de la Lliga Regionalista, a los que motejan como «cerdos separatistas». La Lliga representa para ellos lo peor del capitalismo, un partido burgués, hostil al pueblo trabajador. Los de La Trinchera abominan de las frecuentes alianzas electorales del carlismo oficial con ellos, así que también están en su punto de mira.

Por ejemplo, el 22 de mayo de 1916 se celebra en el parque Güell un banquete que cierra la Festa de la Unitat Catalana, con la que la Lliga celebra sus buenos resultados electorales. Esa noche, un grupo de jóvenes jaimistas, entre los que se encuentra Palau, organizan una sonora pita delante de la casa de Cambó e intentan asaltar la sede del partido en la calle Cucurella.

Las desavenencias entre el sector más españolista del carlismo y los partidarios del acercamiento a los catalanistas conservadores se enconan y, en abril de 1917, carlistas españolistas agreden en la Puerta de la Paz a otros tradicionalistas que se dirigían al Mundial Palace, donde estaba previsto un acto del partido. El enfrentamiento continuó delante del Círculo Tradicionalista de Puertaferrisa, cayendo uno de los implicados desde el balcón. De resultas de esta pelea Francisco Palau fue expulsado del Círculo.

Ese mismo año inicia sus estudios de perito en la Escuela Industrial de Vilanova i la Geltrú. Allí rápidamente se hace un nombre. No rehúye los enfrentamientos físicos con los estudiantes catalanistas, justo en el momento de mayor auge de las campañas autonomistas. Organiza con otros estudiantes españolistas contramanifestaciones a las protestas catalanistas, y a los Visca Catalunya lliure! contestan con ¡Viva España una indivisible! Se enzarza en peleas con miembros del Casal Català y con los federales. El alcalde trata de expulsarlo de la población. En Vilanova traba amistad con un compañero de clase, Domingo Batet López, dos años más joven que él, hijo díscolo del general Domingo Batet. Se convertirá en su compañero de estudios, de militancia españolista, de peleas y de trabajo.

Palau no pierde el contacto con su pueblo y, en 1920, junto con una docena de amigos, funda la Juventud Jaimista del Vendrell. Desde entonces se ven envueltos en tiroteos con miembros del Sindicato Único y con republicanos; no hay fiesta mayor de los contornos que no acabe en trifulca política.

En 1922 continúa sus estudios de ingeniería industrial en la Escuela Industrial de Terrassa, donde de nuevo destaca como organizador de los estudiantes españolistas. Además, en la ciudad vallesana colabora en una publicación de título contundente, El Pistolero, con una línea editorial muy similar a la de La Trinchera, de la que reproduce su mismo lema, «radicalismo, intransigencia, nobleza y sinceridad». Asimismo, lleva como divisa aclaratoria «con varios pistoleros responsables y estacas detrás de la puerta».


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Ese año finaliza sus estudios y se instala en Barcelona. Junto con su inseparable Domingo Batet, se une a carlistas de acción próximos a los Sindicatos Libres, personajes como el periodista Estanislao Rico o el pistolero Nicanor Costa Duran, conocido como El Gravat. Con ellos, a principios de 1923 asiste a una conferencia de Martí Esteve, miembro de Acció Catalana, donde este último afirma que «los catalanes no debemos admirar a los irlandeses sino imitarlos». Es lo que esperaban para reventar el acto; a partir de ahí se organiza la trifulca y la veintena de alborotadores, armados con pistolas, obligan a algunos de los asistentes a proferir vivas a España. Como explica bravuconamente Palau: «Todos los presentes, venidos a buenas razones, gritaron Viva España; siendo desde luego, Ventura Gassol, Martí Esteve y Matons, los que más veces tuvieron ocasión de repetir tan altisonante y hermosa frase».

Francisco Palau también destacará como hombre de acción a la hora de defender al club de sus amores, el RCD Español, en cuyas gradas conocerá a otros jóvenes españolistas –en lo político y lo futbolístico–, como José María Poblador. Ambos serán fundadores de la Peña Deportiva Ibérica, donde acogerán a algunos de los carlistas disidentes y violentos con los que han trabado amistad.

EL FÚTBOL, CAMPO DE BATALLA SIMBÓLICO Y REAL

El RCD Español había sido fundado en 1900 por un grupo de universitarios aficionados a un deporte que hacía poco había aparecido en Barcelona de la mano de británicos, el fútbol. Para practicarlo se afiliaron a la Sociedad Gimnástica Española, fundada en 1897 y cuyo presidente era Rafael Rodríguez Méndez, catedrático de la Universidad de Barcelona, de la que sería rector en 1902, cargo desde el que se opuso a la catalanización de la universidad. Poco después se vincularía al Partido Republicano Radical, siendo elegido diputado en 1905. Su hijo Ángel Rodríguez Ruiz sería el primer presidente de la Sociedad Española de Football, nombre original del RCD Español, que se escogió para resaltar que, a diferencia de otros clubs de fútbol de la ciudad, con plantillas plagadas de ingleses y otros extranjeros, los componentes del equipo eran todos españoles. A partir de 1909 vistieron sus clásicos colores blanquiazules, en recuerdo del blasón utilizado por Roger de Llúria y sus almogávares.


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El fútbol se convirtió en un fenómeno de masas. El crecimiento urbano y la comercialización del ocio ayudaron a popularizar este deporte, que «desempeñó un papel clave en la formación de un lenguaje, de unos mitos y de unas narrativas vinculadas a las naciones». A ello se añadió la aparición de una prensa especializada y la creciente cobertura en la prensa generalista; «la escritura deportiva adquirió un carácter nacionalizador al atribuir aspectos patrios a los atletas y los equipos» y, sobre todo, el fútbol, convertido en una «comunidad imaginada», en la que «el concepto abstracto de comunidad nacional se vuelve más tangible cuando se “visualiza” a través de un equipo uniformado» (Quiroga, 2014: 23-25).

El deporte no fue, pues, inmune a la política, justo en unos momentos en los que aparecen propuestas ultranacionalistas catalanistas y españolistas. En Barcelona el fútbol se convirtió en otro campo de batalla entre españolistas y catalanistas –simbólico y real– y, aunque en la ciudad había otros equipos históricos, fueron el FC Barcelona y el RCD Español los que acabaron representando las aspiraciones catalanistas, los azulgranas, y españolistas, los blanquiazules.

En 1909, el presidente del club azulgrana, Joan Gamper, acudió a la Lliga Regionalista para que le dieran apoyo en su pretensión de aumentar la masa social del club. Ese año presidió el primer partido de la temporada Francesc Cambó. Joan Gamper sintonizó con el catalanismo de la Lliga y también trabó relación con el catalanista Centre Autonomista de Dependents del Comerç i de la Indústria (CADCI), en cuyo local se hacían las reuniones de junta. En 1916 se eligió presidente a Gaspar Rosés, militante de la Lliga. El Barça, de nuevo presidido por Gamper, se distinguió por apoyar oficialmente la campaña autonomista de 1918; La Veu de Catalunya, portavoz de la Lliga, afirmaba que «d’un club de Catalunya ha passat, el FC Barcelona, a ésser el club de Catalunya». El FC Barcelona adoptó el catalán como idioma oficial e izó la señera en su campo y, en 1919, participó en los actos de la Diada.

Tras el golpe de Estado de Primo de Rivera, el Barça sufre las medidas anticatalanistas del régimen; tiene que arriar la señera y redactar sus actas en castellano. Con los partidos y las entidades catalanistas prohibidas o perseguidas, el Barça se convirtió en un símbolo de ese catalanismo,


 (#ulink_e461a54d-9369-564d-a88c-8ab08048cfa3) que el 14 de junio de 1925 quedará patente. Ese día se disputaba en el estadio de Les Corts un partido entre el FC Barcelona y el Júpiter en favor del Orfeó Català. Se había invitado a una banda de música de la Royal Navy, de visita en la ciudad, a interpretar los himnos y cuando estaba ejecutando la Marcha Real el público la pitó y abucheó. El acto de rebeldía no pasó desapercibido para las autoridades militares y la Dictadura decretó el cierre del estadio durante seis meses y Gamper se vio obligado a exiliarse. Su identidad como club catalanista quedaba así consagrada.

Mientras, el Español construía otro relato. En 1912 recibía el título de Real y nombraba presidente de honor al rey Alfonso XIII. Ese año rompen relaciones con el Barça a raíz de un enfrentamiento entre jugadores de ambos clubs y en 1919 La Veu de Catalunya acusa a seguidores españolistas de estar detrás de unos panfletos repartidos en Madrid antes de la final de copa que jugaba el Barcelona, unos escritos en los que se tildaba al club culé de «madriguera de separatistas». El RCD Español se convierte en refugio de los españolistas barceloneses, diluidos en medio de la creciente hegemonía catalanista, y su estadio se convertirá en un lugar donde se podían dar vivas a España y ejercer de españolista, también en lo político, sin ser señalado. Forjó así su identidad. El RCD Español se convirtió para los nacionalistas españoles en el equipo «que sostenía la bandera españolista en Barcelona».


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Los enfrentamientos entre RCD Español y FC Barcelona irán más allá de una rivalidad deportiva. Las tanganas y peleas entre aficiones de los dos clubs ya venían de lejos. Los incidentes en los derbis eran frecuentes. Durante la Dictadura se recrudecerán y, a falta de partidos políticos, prohibidos por el Directorio, los dos equipos se convertirán en la representación de los enfrentados catalanistas y españolistas de la ciudad; no obstante, cuando llegue la República, con la legalización de los partidos, esta polarización se rebajará, perderá parte de su significado simbólico. El escritor Max Aub lo pone en boca de su protagonista en Campo cerrado: «Va a desaparecer la dictadura de Primo de Rivera; las contiendas Barcelona-Español no volverán a tener el frenesí de aquellos años» (1978: 49-50).

UNA PLÉYADE DE PATRIOTAS: LA PEÑA IBÉRICA


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Muchas veces los incidentes eran protagonizados por los sectores más ultras de ambas aficiones. Por el lado españolista destacaban los miembros de la Peña Deportiva Ibérica, que reunía a los hinchas más radicales en lo político –ultraderechistas, españolistas y anticatalanistas– y en lo futbolístico del RCD Español.

La Peña Deportiva Ibérica se había fundado en 1925


 (#ulink_fab2664c-f641-5f0e-af64-1d7fcf443a09) y algunos de sus primeros miembros ya tenían un pasado de acción, pues procedían de los Grupos Deportivos Iberia. Desde la primera década del siglo XX los círculos carlistas, así como otras opciones políticas, habían ido incorporando secciones deportivas. Los tradicionalistas llegaron a crear clubs de fútbol, como el Sport Club Olotí o el Flor de Lis FC de Manresa. El deporte servía para atraer a jóvenes, disciplinarlos, formarlos y adoctrinarlos, de manera que, muchas veces, la actividad paramilitar de los requetés se camuflaba bajo cobertura deportiva. Este es el caso de los Grupos Deportivos Iberia o Grups Esportius Ibèria, nombre bajo el que se ocultaba la actividad de los grupos de choque de la Juventud Tradicionalista, que habían sido organizados a partir de 1922 partiendo de las juntas de Sport y las secciones de tiro que existían en algunos círculos. Además de organizar actividades deportivas, se dedicaban a entrenar a jóvenes en actividades paramilitares; por ejemplo, en Madrid se crea un Grupo Deportivo Iberia en julio de 1923 con sede en el local de la Juventud Jaimista, y también se organizaron en Cataluña. Uno de los que participó en su estructuración fue Francisco Palau, a quien se le encargó así mismo que los fundase en su pueblo, El Vendrell, y en Terrassa, donde estudiaba. Con el golpe de Estado de 1923 y la inicial simpatía carlista por el dictador, los nuevos delegados gubernativos –militares encargados del control político, de difundir la doctrina primorriverista y de reorganizar el Somatén en el partido judicial bajo su mando– quisieron utilizarlos y movilizarlos en apoyo de la Dictadura.

Pero el carlismo poco a poco se alejó de la Dictadura de Primo de Rivera y estos grupos abandonaron la tutela de los delegados gubernativos, allí donde habían colaborado. En 1925, Joan B. Roca Caball, dirigente de las juventudes jaimistas y miembro del grupo La Protesta, formado por carlistas que conspiraban contra la Dictadura al margen de la dirección, trató de implicar a los Grupos Deportivos Iberia en uno de los complots. Según explica Palau, se le ordenó movilizar a sus grupos y trasladarse a Barcelona, pero «al recibir confidencias de que íbamos conchabados con Macià, Barriobero, la Lliga, Vidal y Barraquer», advirtió a Roca que si sus grupos salían sería para «pasar a degüello a los grupos de Macià». Pocos días después Palau abandonó, por segunda vez, la disciplina del partido carlista.

No fue el único que abandonó los Grupos Deportivos Iberia y el tradicionalismo, pues le siguieron algunos de sus compañeros, con los que fundó la Peña Deportiva Ibérica. Además de las divergencias entre los sectores españolistas y catalanistas del carlismo, otra circunstancia que pesó en la separación fue la acción directa, pues los carlistas disidentes que fundaron la Peña Deportiva Ibérica eran jóvenes de acción, que buscaban enfrentarse directamente a sus enemigos políticos, al catalanismo, el republicanismo y el sindicalismo revolucionario, y criticaban el apalancamiento de los viejos carlistas, refugiados en sus círculos, con una actividad más propia de casino rural que de una fuerza de combate por las ideas tradicionalistas. La Peña Ibérica se convierte, así, en un refugio de españolistas broncos e intransigentes con ganas de acción. El RCD Español se convirtió en el símbolo y el fútbol en un medio de expresión, captación y defensa de su españolismo de forma pública y notoria.

Entre los fundadores de la Peña encontraremos a ultras que ya conocemos, como Poblador, Palau o Batet, y a otros como Ramón López de Jorge, funcionario de prisiones, dirigente y hombre de acción del Sindicato Libre y del Somatén; los hermanos Enrique y José Cátala de Bezzi, este último dirigente de la Juventud de Unión Patriótica y miembro de la junta upetista del Distrito IV; al joven madrileño Antonio Correa Salvá, antiguo alumno del Orfeó Català; los hermanos burgaleses Ramon y Tomás Valderrama Bercedo o el lampista oscense Gaspar de la Peña Asó, miembro de la junta del intervenido CADCI y posteriormente presidente del Sindicato Libre de Productos Químicos y del de Metalúrgicos. A muchos los reencontraremos más adelante; la mayoría son entonces jóvenes veinteañeros.

También figuran, entre los promotores de la peña, antiguos jugadores del club, como el reusense Enrique Ponz Junyent, trabajador de Telefónica y miembro del Libre, que había jugado en el Español siguiendo los pasos de su hermano Ángel, un delantero que figuraba en la plantilla del equipo fundacional, autor del primer gol del club. Otro hermano, José Ponz Junyent, que trabajaba en la agencia Asociación de la Prensa Barcelonesa, era otro destacado ibérico. Otros jugadores miembros de la Peña serán el bilbaíno Patricio Caicedo Liciaga o Carlos Comamala, al que ya conocemos, o el barcelonés Manuel Lemmel Malo de Molina, que tras jugar en el Español había ejercido de árbitro y ayudante del seleccionador español. Precisamente Lemmel había sido agredido en 1921, tras arbitrar un FC Barcelona-Europa, por seguidores culés. Otro ibérico que había sido jugador, del FC Barcelona y del RCD Español, y en 1922 presidente del Colegio de Árbitros, era el navarro Matías Colmenares Errea, licenciado en arquitectura en Barcelona en 1910 y constructor el 1923 del campo del Español. Con estos mimbres se fraguó uno de los colectivos del españolismo bronco más activos de Barcelona durante los siguientes años.

A pesar del carácter político de muchos de los fundadores, en los primeros tiempos, la Peña Deportiva Ibérica mantuvo básicamente un perfil deportivo. Está dirigida por socios de más edad, sin una militancia tan marcada, aunque abundan los vinculados al tradicionalismo o la Unión Patriótica. Participaban en homenajes a jugadores y tenían incluso un equipo de fútbol que competía contra otras peñas; eso sí, en Can Rabia, como se conocía el estadio del Español, la Peña no pasa desapercibida. Se convirtieron en la facción violenta de la afición perica, protagonizaron peleas con aficionados rivales e incluso acosaron a algunos de los propios jugadores cuando creían que no lo habían dado todo en el campo.

El 18 de enero de 1926, día previo a un derbi Español-Barcelona, ve la luz La Lucha Deportiva, que lleva por subtítulo «nobleza, sinceridad», que ya conocemos como parte del lema utilizado por los carlistas radicales. Se trata de la primera incursión periodística de José María Poblador, que dirige la revista, y aunque no lo explicita, es portavoz de la Peña Deportiva Ibérica. Con un tono florido y henchido, tan al gusto del españolismo barcelonés, la publicación denunciaba los favoritismos con el FC Barcelona, amenazaba a periodistas e incluía crónicas de partidos de fútbol, rugby y otras secciones pericas. La publicación se muestra orgullosa de la fama que está adquiriendo la Peña: «donde juega el Español hay garrotazos [...] no falla para evitar coacciones de ciertos públicos fanáticos y chillones».

Pero no solo en el fútbol practican la acción directa. Un comando, del que forman parte Francisco Palau, Domingo Batet, Juan Gual Botines y una decena más de ibéricos, planea el derribo de la estatua de Rafael Casanova, símbolo catalanista por antonomasia. Lo tienen todo previsto para la noche del 2 de mayo de 1926, pero cuando se acercan a la ronda San Pedro, «los jóvenes de referencia no pudieron llevar a cabo sus propósitos, pues conocedora de ello la policía, se personó en aquel lugar, haciendo con su presencia, imposible el acto que se intentaba llevar a cabo».


 (#ulink_df338887-1c8d-571e-b391-1c391d1e075c) Parece que hubo un chivatazo.

En junio de 1926 es presidente de la Peña el agente de seguros Juan Cutillas Guerrero. Aficionado a la zarzuela y al boxeo, escribe poesía y es directivo del Boxing Sport Club. A pesar de ser miembro de los Sindicatos Libres, durará poco en la dirección pues, en mayo de 1927, saliendo al paso de los rumores que especulaban con una posible desaparición, la Peña elige nueva junta. El sector «político» cree llegado el momento de hacerse «con la Peña Deportiva Ibérica, cambiar el nombre en Peña Ibérica y extender a más amplios horizontes su actuación».

Es una renovación total. El nuevo presidente es José María Poblador. En la junta figuran Francisco Palau y Domingo Batet. Esto marca un punto de inflexión. A partir de ahora el ultraespañolismo y el anticatalanismo militante protagonizarán la actuación de la Peña; el tema deportivo irá perdiendo peso y se mezclará más claramente con la política. Los ibéricos tienen así una plataforma política, sin necesidad de crear un nuevo partido, prohibido en tiempos de partido único.

Igual que La Traza, donde algunos habían militado, los ibéricos habían visto con simpatía la implantación de la Dictadura, pero acabaron alejándose de ella cuando la Unión Patriótica fue copada por los «viejos políticos». Mantendrán con el partido único, donde algunos militan, una relación ambigua; ven con simpatía su política españolista y anticatalanista, su esbozo corporativista, pero la encuentran tibia. La Unión Patriótica, en palabras de Poblador, era «un partido falto de doctrina y de expansión de la juventud». Simpatizan con el dictador, pero no con su Gobierno, ni con el rey, al que nunca han tenido en mucha estima por el origen carlista de muchos de ellos. De hecho, abandonan el monarquismo. Saben que son pocos, pero lo defienden como una virtud. Se consideran, de nuevo como los tracistas, una élite.

Es entonces cuando estrechan relaciones con otros carlistas disidentes bragados en la acción callejera, con libreños, la mayoría de los cuales, como los ibéricos, se encuentran fuera del carlismo oficial por su apoyo a la Dictadura y su línea españolista. No solo serán militantes de base los que se acerquen a la Peña Ibérica, también se afiliarán dirigentes del Libre como los periodistas Feliciano Baratech o Fernando Ors Martínez.

La vocación política de la Peña Ibérica se pondrá pronto de manifiesto. Ese mismo 1927 organizan un ciclo de charlas. Lo inaugura Salvador Palau Rabassó, el hermano maurista de Francisco, hablando de «Iberismo y deporte». El mes siguiente es el turno de José Baró, concejal y presidente de la Confederación Nacional de Sindicatos Libres de España, que se explaya sobre «los movimientos sociales ante el nacionalismo», arremetiendo contra los ideales internacionalistas de Marx y alentando «al espíritu patriótico de los jóvenes para que hagan de España una nación moderna y poderosa».


 (#ulink_83f2110c-b0c1-5481-adfd-c2991c6fb314) Apelaciones patrióticas a una juventud nueva y sana que ha de salvar España. Discursos con regusto fascistoide.

En 1928 lanzan una nueva publicación, de nuevo dirigida por Poblador. El 21 de enero, esta vez tras la celebración del derbi, sale La Verdad Deportiva. Según el propio Poblador era un «órgano de la juventud españolista disimulando la deportividad para hacer banderín de lucha españolista». En sus páginas, de nuevo, se denuncia el favoritismo del que disfruta el Barça con «ese nido de cucarachas que se llama Federación». Dejan claro que «el Español Deportivo alberga en su seno a los que por encima de todo ponen su amor a España», un «Club maltratado y zaherido por los ególatras y los judíos, por los tornadizos y los arribistas». Este será el tono de una publicación de la que se conservan pocos números. El último que hemos visto es de 1929. En la revista escriben militantes ibéricos, algunos con seudónimos tan llamativos como Armando K. Morra o T. Fustigo.

Por cierto, que el de 1928 había sido otro derbi movido. La revista deportiva Xut, en tono irónico, escribía que los de la Peña Ibérica habían celebrado un banquete en honor de su secretario –Francisco Palau– «amb motiu d’èsser qui va repartir més garrotades en el partit Barça-Español».


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A finales de ese año de 1928, el grupo decide legalizarse. Será el momento en el que decaiga el adjetivo «Deportiva» del nombre. La Peña, para entonces, «ya no era una agrupación de deportistas sino más bien, una pléyade de patriotas pletórica de energías juveniles, que proclamaban arrogantes las sublimidades de la santa idolatría a la Patria».

En septiembre, Poblador presenta los estatutos de la Peña Ibérica en el Gobierno Civil. En su artículo primero, dejan claro que su objetivo es «la exaltación de los prestigios patrios». Fieles a su visceral anticatalanismo, proclaman que la lengua de la Peña será el castellano y, nostálgicos del Imperio español, afirman que podrán ser miembros de esta los españoles o portugueses o los hijos de padres nacidos en España, Portugal, Cataluña o Vasconia francesa, Córcega, Cerdeña, Andorra, Gibraltar, Tánger, Filipinas, Islas Palaus, Marianas, Carolinas y repúblicas iberoamericanas. La Peña define su actitud como «patriotismo deportivo», no como política, y explica que «antes que deportivos somos españoles y por eso queremos y, si es preciso sabremos imponer, que todo lo que sobresalga en actividades en nuestro querido suelo ha de respirar el ambiente españolista».


 (#ulink_4f4ba37a-5a7b-58b1-add3-e93152ea513e) Ninguna mención se hace ya al RCD Español.

Pero esto no quiere decir que dejen de utilizar el fútbol políticamente. En mayo, en el banquete de homenaje que organizan al jugador Julio Kaiser, al que acuden más de doscientas personas, entre los que intervienen, además de dirigentes del club, hay viejos conocidos con un claro perfil político como Salvador Palau o José Baró.


 (#ulink_014f2dbe-496d-5d0a-8798-f598f0a625ce) Lo mismo ocurre el 30 de septiembre de 1928, cuando organizan una velada literario-musical en el Teatro Partenón en honor del RCD Español. Se trata de celebrar el inicio de la temporada y presentar el himno de la Peña. En el acto, además de ibéricos, se dejan ver miembros de la Unión Patriótica. Inicia la velada Fernando Ors Martínez, periodista deportivo, además de destacado dirigente del Libre, que presenta a los autores de la música y letra del himno. Seguidamente actúa la banda de música del Regimiento de Infantería Badajoz, bajo dirección de Luis Palanca, padre de dos futuros falangistas. La última pieza es el citado himno, por lo que Palanca cede la batuta a Luís Badosa, su compositor. Sigue un discurso de Salvador Palau «el cual fue un canto de amor a España y relato de virtudes ibéricas en pos de la fortaleza espiritual y material por medio del deporte». Después subió al estrado el poeta Pedro Luis de Gálvez, un bohemio de ideas ácratas, autor de la letra del himno, que leyó su poema dedicado a la Peña. El acto finaliza con los acordes de la Marcha Real y los consiguientes vivas a España, la Peña Ibérica y el RCD Español.


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En noviembre de 1928 la Peña tiene ya 82 socios, que eligen como nuevo presidente a Domingo Batet, pasando Poblador a la vicepresidencia. También figuran en la nueva junta históricos como Enrique Ponz y Ramón López de Jorge.


En esos años el RCD Español está viviendo un gran momento deportivo. En noviembre de 1928 gana al eterno rival, con lo que se proclama matemáticamente campeón de Cataluña. Este derbi no estuvo exento de nuevo de incidentes, pero esta vez fuera del campo. La bronca entre culés y pericos se produjo en el music-hall Eden Concert de la calle Conde de Asalto. Parece ser que la orquesta, por sugerencia de algún cliente, tocó alguna canción favorable al Barça y ahí empezó el jaleo, pues en local había público de las dos aficiones. El ibérico Antonio Ors Martínez, hermano del dirigente del Libre, sacó su pistola de somatenista y amenazó a la orquesta. Se generó un tumulto. Se oyó algún Mori Espanya! Finalmente tuvieron que intervenir las fuerzas del orden, que se llevaron detenido a Ors y al autor del grito antiespañolista.


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En febrero de 1929 el RCD Español se planta en la final de la Copa del Rey tras eliminar en semifinales al Barça. El rival es el Real Madrid. La final se juega en el estadio de Mestalla de Valencia. Se desplazan unos 4.000 pericos. Unos van en barco, otros en tren, los de la Peña Ibérica se desplazan en dos coches. Antes del partido pasean por la ciudad del Turia. Uno de los automóviles luce un curioso letrero: «La Peña Ibérica del Español saluda a Valencia y a su bellísima Reina de la Belleza Española». Los pericos que no han podido desplazarse se reúnen en bares, que instalan altavoces para la ocasión. En un partido poco lucido, por lo embarrado del campo y la lluvia persistente, el Español se impone por 2 a 1 y se proclama por primera vez en su historia campeón de España. A pesar del frío y la lluvia, grupos de seguidores españolistas pasean por Barcelona celebrando el triunfo. La crónica de la final en ABC parece redactada por un ibérico, dice:

... si se tiene en cuenta que el Real Club Deportivo Español ha sostenido durante muchos años una lucha deportiva, pero envenenada por cuestiones políticas, de manera que no había que contender solamente con los equipos contrarios, sino en muchas ocasiones con una gran parte del público, esto hace que el actual triunfo provocara entre los entusiastas del equipo un verdadero delirio.


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El histórico título es celebrado por la Peña Ibérica con fiestas y bailes. La Verdad Deportiva publica un poema dedicado a tan crucial momento, el cual finaliza así:

Ya estamos satisfechos en España.

Un equipo español venció en la liza.

No valió al renegado su artimaña

y han cobrado paliza tras paliza.


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La Peña se expande y en mayo inaugura sede en Terrassa. Participa en la vida social barcelonesa; asisten al homenaje al marqués de Foronda, director de la Exposición Internacional de Barcelona, y participan en un festival benéfico en favor de los dispensarios Acción Social. No olvidan del todo su faceta deportiva y ese mismo año montan un equipo de fútbol que reta a otras peñas del Español como la Zamora, Trabal y Vantolrá.

Poblador sigue ligado al periodismo, ahora de forma profesional. En 1929 había entrado en la redacción de La Razón, órgano oficial de la Unión Patriótica barcelonesa, que tras la desaparición del partido único fue adquirido por el Sindicato Libre, que le dio un tono más obrerista. También era redactor de La Protesta, semanario nacido en mayo de 1930 impulsado por miembros de los Sindicatos Libres partidarios de la Dictadura y disidentes del carlismo oficial, y, además, colaboraba en esos años en La Hoja Oficial del Lunes, en la que se destacaban todos los actos organizados por la Peña Ibérica. Poblador ingresó ese año en el Sindicato Profesional de Periodistas.

Y será Poblador quien dirija una nueva publicación deportiva aparecida en octubre de 1929, Furia Española. A pesar de su título, tiene un carácter menos político que publicaciones anteriores y trata de mantener un tono equidistante entre todos los equipos catalanes. Se trata de un semanario gratuito, financiado por la publicidad, que se repartía los lunes en peluquerías, hoteles, sociedades recreativas y deportivas. Se confeccionaba los domingos, por lo que no recogía crónicas de partidos, sino entrevistas y artículos sobre fútbol y boxeo, los dos principales deportes de masas en esos momentos. No parece que tuviera mucha vida. El último número que hemos localizado es el tercero, de 20 de octubre de 1929.

En febrero de 1930, bajo presidencia de Francisco Palau y en presencia del delegado gubernativo, se celebra la reunión general ordinaria de la Peña Ibérica. Asisten unos ochenta socios. El secretario, Poblador, da lectura a la memoria del ejercicio anterior. El discurso no tiene desperdicio; es una condensación de los ideales de la Peña expresados en el lenguaje rimbombante habitual. Con fuerza, arrancaba con un «aquí nos tenéis presentes enarbolando con orgullo nuestra Santa bandera y la representación directora de esta entidad, conglomerado de hombres de limpio ideal y de sanas condiciones, para laborar por el bienestar y el progreso de nuestra querida patria». Elitismo y virilidad, un clásico de la Peña. Insiste en ello: «Peña Ibérica no recolecta adictos, no tiene nuestra entidad bases de riqueza que sirvan de espejuelo para cazar hombres alucinados por el resplandor del favor y del otorgamiento de cargos y recompensas» no, ellos son «la cuna del españolismo, donde ingresan los hombres que buscan dar al alma lo que le pertenece, desechando por completo la podredumbre material [...] somos hombres desinteresados y batalladores respondiendo al ideal de Patria, Justicia y Libertad», por eso «siempre tropiezan con el mismo inconveniente, con la falta de medios económicos [...] A nuestros enemigos les sobra esta condición y les falta hombría para llevar acabo los planes; a nosotros nos sobra hombría y nos falta ese medio económico ejecutor». Avanza un tema que será habitual durante el periodo republicano; la falta de financiación será otro talón de Aquiles de la extrema derecha barcelonesa. Excepto los más numerosos carlistas y los pudientes alfonsinos, el resto de grupos y grupúsculos ultras no encontrarán una fuente de financiación continuada.

Además, Poblador hace referencia a la situación política: «estamos en vísperas de grandes acontecimientos y por ello debemos estar unidos» y ser «los cimientos fuertes y robustos de un nacionalismo sano, el día de mañana; que sin dudarlo ha de ser la única y legítima salvación de nuestra querida patria, indivisible y conquistadora [...] siguiendo nuestro camino fija siempre la mirada en esa palabra que es todo un compendio de dicha y felicidad: ESPAÑA».

A continuación intervienen algunos socios. Se lee la carta de uno de ellos, que pide su baja porque, siendo republicano, cree que la Peña se inclina por la monarquía. Se le aclara que la Peña Ibérica labora «por España indivisible y conquistadora, para alcanzar su legítima grandeza y prosperidad, no fijando en modo alguno la forma y dirección del Estado, por ser todo ello secundario a la idea de patria». Por último, se reelige a Francisco Palau como presidente y Poblador como secretario.

Los ibéricos no abandonan su presencia callejera. En febrero de 1930 le buscan las cosquillas a la Federación Universitaria Escolar (FUE). El día 11 el sindicato estudiantil, que se había destacado en su lucha contra la Dictadura, rinde homenaje a su presidente, el estudiante mallorquín Antoni Maria Sbert, represaliado por el Directorio. El acto se celebra en el Teatro Novedades y los ibéricos no dejan pasar la oportunidad de enfrentarse a unos opositores a su estimado dictador. A la salida del acto provocan y amenazan a los estudiantes. Se intercambian algunos golpes. Ha de intervenir la policía para pacificar el ambiente. Hay un detenido, pronto puesto en libertad.

El 29 de marzo miembros de la Peña Ibérica se desplazan a la estación de Francia para participar en la despedida del general Emilio Barrera, que tras siete años de capitán general de Barcelona ha sido depuesto en su cargo. En los andenes se alinean autoridades y admiradores de la labor represiva llevada a cabo por el general. No faltan monárquicos, upetistas, libreños y algunos personajes que conoceremos pronto, como Pedro Vives o el canónigo José Montagut. Tras la salida del tren, un grupo de jóvenes, entre los que destacan los ibéricos, con una bandera española al frente, tratan de organizar una manifestación. La fuerza pública se lo impide y les arrebata la enseña. Hay garrotazos de la secreta y espadazos de los guardias de Seguridad. Tras ser disueltos, una comisión de los manifestantes se desplaza al cercano Gobierno Civil para reclamar la devolución de la bandera. El gobernador se la entrega, pero les recuerda que no tienen autorización para manifestarse. A pesar de ello, a la salida del Gobierno Civil de nuevo tratan de hacerlo y tiene que actuar otra vez la policía.

En mayo de 1930 participan, junto al Grupo Alfonso, la Juventud Monárquica, los socialistas-monárquicos y otras entidades españolistas, en un homenaje a Carmen Laguarda, una joven estudiante de Letras que había resultado herida en un enfrentamiento con catalanistas en la universidad cuando «con su actitud impidió, en las recientes algaradas estudiantiles, que un grupo de fanáticos cometiesen desmanes con una bandera española».

Justo ese mes una delegación de la Peña Ibérica tiene previsto una visita a Madrid y esta vez no es por motivos futbolísticos. Toda esta actividad españolista, anticatalanista y de calle ha atraído la atención de un curioso personaje que está organizando su propio partido en Madrid, el doctor Albiñana.

***

El 4 de mayo de 1930, en un local céntrico de la capital, está convocado un ágape organizado por el doctor José María Albiñana Sanz. Se trata de un acto del PNE, la organización política que ha fundado y lidera este extravagante neurólogo, un partido que hace gala de un españolismo esencialista y se presenta como adalid de esa violencia que tanto atrae a la extrema derecha. Militares, antiguos upetistas, carlistas españolistas, monárquicos de base y miembros de los Sindicatos Libres nutren sus filas. Son nostálgicos de la Dictadura, antiliberales –que por tanto no se sienten atraídos por los partidos dinásticos– y que a su vez no pueden ingresar en otros grupos monárquicos por el elitismo de estos.

El 13 de abril de ese mismo año se había hecho público su manifiestoprograma: añejo nacionalismo español, defensa del catolicismo y la monarquía tradicional como factor de unidad de la patria, visión conspirativa de la historia –España como víctima de un complot judeo-masónico–, antiparlamentarismo y antiliberalismo. Es un partido que entiende «el uso de la violencia física como componente normal de la acción política y aún de la propia doctrina, a través de la actuación de milicias encuadradas en las propias filas del partido». Estas milicias de choque las constituyen los Legionarios de España, destinados a atacar a los enemigos de la patria siguiendo el modelo de los Sindicatos Libres o los jóvenes mauristas. Pronto pasan a la acción, con agresiones a republicanos y socialistas, asaltos a revistas y diarios y amenazas a periodistas. Se hicieron populares como una partida de la porra. Su fama eclipsará al partido.

Durante el acto se ha desgranado el programa político del PNE. Mediada la comida, es el propio Albiñana el encargado de anunciar a la concurrencia la llegada de los delegados de la «españolísima entidad barcelonesa de la Peña Ibérica que a tantos obstáculos ha de hacer frente en Cataluña». Aparecen en la sala José María Poblador, Manuel del Castillo Arechaga, Matías Colmenares y Pedro Pujol. Una atronadora ovación recibe a los barceloneses.

La delegación ibérica llevaba en Madrid desde el día 2, llegada «con el exclusivo objeto de conferenciar con el doctor Albiñana y recibir personalmente sus instrucciones». El día siguiente los ibéricos, acompañados del propio Albiñana, habían participado en el banquete mensual que organizaba el órgano primorriverista La Nación. Allí pudieron departir con su director, Manuel Delgado Barreto, y con José Antonio Primo de Rivera, principal accionista del periódico, que presidía el banquete. Ahora, día 4, son presentados ante los correligionarios de Albiñana.

El neurólogo ve en los ibéricos a unos españolistas viscerales que no rehúyen la violencia física y que además actúan en territorio hostil. Dan el perfil de esos Legionarios de España que está promoviendo. A la Peña Ibérica le ha atraído el discurso españolista y violento del PNE y se han puesto en contacto con ellos. Acuden a Madrid a confirmar su adhesión al proyecto y a estudiar con el líder su organización en Cataluña. Será la Peña Ibérica la plataforma que utilice Albiñana para extender su proyecto a territorio catalán. Se trataba de un refuerzo importante «por su peso en el conjunto de la derecha radical catalana y porque permitía al PNE dotarse sin esfuerzo de la colaboración de una organización ya consolidada».


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Albiñana está encantado con sus aliados barceloneses. En un artículo en La Nación afirma con su retorcido estilo:

Hay en Barcelona una fuerte agrupación españolista –¡Y no es poco tratándose de Cataluña!– llamada Peña Ibérica [...]. Los ibéricos, bravos campeones de pértiga, manejan tan gentilmente el Código Nacional, con nudos y contera, que siembran el pánico en las desatentadas hordas separatistas. Los jefes del separatismo, personas adineradas y que no quieren «líos», cuando presumen que van a perder, en vez de hacer frente a tan bravos españolistas han inventado un artilugio, cómodo y barato, para atenuar, ya que no anular la acción de los «ibéricos». Consiste en denunciar a las autoridades, «como agentes provocadores», a los patriotas de la Peña Ibérica [...] creen deshacerse de sus adversarios fichándoles como alborotadores.


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La alianza entre la Peña Ibérica y Albiñana acaba de sellarse con la visita del líder del PNE a Barcelona a finales del mismo mes de mayo de 1930. Albiñana conoce la ciudad, ha estado matriculado, siempre por libre, en diferentes ocasiones, en la Universidad de Barcelona. En el curso 1905/1906 se matriculó en cinco asignaturas de Medicina, en 1912/1913 lo hizo en cinco de Farmacia y en el curso siguiente en cuatro asignaturas de Filosofía y Letras, Sección Historia. Además, en 1913 y 1914 visitó la Ciudad Condal como presidente de la Federación Nacional de Sanidad Civil, la última vez pronunciando una conferencia en el Ateneu Barcelonès. Fueron estancias fugaces, para matricularse y realizar los exámenes, para conferenciar, pero seguramente le sirvieron para percibir el crecimiento de lo que para él acabará convirtiéndose en «el auténtico talón de Aquiles de la construcción nacional española», el catalanismo.

El día 27 llega al apeadero de Gracia. Lo espera una nutrida representación de ibéricos, que lo acompaña, entre vítores, hasta el local social en la calle Aribau. Allí pronuncia un discurso de agradecimiento en el que deja fluir toda su retórica demagógica. Afirma que el PNE «tiene como uno de sus primordiales fines rescatar Cataluña de las garras del separatismo», que no es más que «un fantasma explotado por unos cuantos negociantes para obtener directa o subrepticiamente todas las gangas del poder». No deja de utilizar tópicos anticatalanistas: «la moneda española tiene las armas nacionales, y a pesar de esto ningún catalán la rechaza» y, como es habitual en sus mítines, defiende la violencia, habla de virilidad, patriotismo, anticomunismo y en una misma frase hace gala de su antiintelectualismo y antisemitismo, criticando a esos «seudointelectuales, monopolizando las columnas de una prensa judía y sin entrañas para dar al mundo el timo de una España revolucionaria y decadente». Finalmente, como doctor, ofrece su diagnosis y da su receta: «España padece en estos momentos una forma de psitacosis, especie de verborrea fétida localizada en la región izquierda, que se cura fácilmente con jarabe de estaca legionaria, médicamente novísimo y activo, que viene a enriquecer la farmacopea nacional».


 (#ulink_42480033-f9bc-5110-aa06-7cd6e87ffd68) El público congregado no esperaba menos de él, palmas y vivas lo aclaman.

Albiñana pasa algunos días en la Ciudad Condal. Se desplaza a Terrassa, donde pronuncia un mitin en el local de la Peña Ibérica egarense y es agasajado por los ibéricos con una cena en el Hotel Metropolitano, de la avenida Tibidabo. Según la prensa afín, son trescientos los asistentes al banquete. En el comedor se coloca una enorme bandera española, que ocupa toda una pared y que es izada a los acordes de la Marcha Real. A la hora de los brindis toma la palabra el canónigo José Montagut Roca, que aprovecha para recordar «la inmensa obra de progreso espiritual y material que Cataluña debe a la Dictadura». Se escuchan los primeros vítores en la sala, resuena un ¡Viva Primo de Rivera, salvador de la Patria!

José Montagut Roca, originario de Mora d’Ebre, era un anticatalanista furibundo e integrista católico que, procedente del carlismo, había pasado por el mellismo y se había convertido en un reconocido propagandista de la Dictadura. Había sido uno de los oradores estrella de los círculos de la Unión Patriótica de Barcelona, además de consiliario de su Agrupación Femenina. También había tomado la pluma para ensalzar las bondades del régimen. En 1928 publicó El Dictador y la dictadura, donde se deshacía en elogios hacia Primo de Rivera y su obra. En 1930 había escrito una réplica al libro crítico con la Dictadura de Francesc Cambó y, a pesar de la caída de la Dictadura, seguía siendo un firme primorriverista, como el propio Albiñana.

Tras Montagut, toma la palabra el agasajado, «que pronuncia una oración grandilocuente, plena de masculinidad y patriotismo». Así lo escribe La Nación, que denuncia que la prensa regional ha ocultado la visita de Albiñana y «se ha conjurado para silenciar esta campaña de vindicación patriótica». En su discurso, Albiñana denuncia a la izquierda, que «pretende destruir los altos valores de España, poniendo la Religión, el Ejército y la Monarquía a los pies de un desvergonzado comunismo ruso, que avanza por Europa impulsado por el dinero judío», un comunismo que «se ha enroscado en Cataluña al separatismo, comenzando su obra con la ruptura de la unidad nacional». Afirma que «todo el esplendor actual de la magnífica Barcelona es debido a la gestión honrada y fecunda de la Dictadura» y finaliza entusiastamente: «¡Españoles! ¡Catalanes de Prim! i Los Legionarios de España, amos de la calle, al servicio de la Patria, conquistaremos el Poder para imponer la prosperidad y el engrandecimiento y el respeto a nuestra nación ¡inmortal!».


 (#ulink_e2e3696a-d228-5733-9aef-a6b8820e5063) El desatado ponente es aclamado por un público entregado.

Albiñana deja todo atado para la fundación de la delegación del PNE en Barcelona y Terrassa. En junio la Peña Ibérica queda autorizada por el Comité Central del PNE para organizar el partido en Barcelona. Sitúa su sede en Aribau 21, su propio local. En julio, una vez el PNE es legalizado en Madrid, se convoca asamblea general de la Peña Ibérica. La junta dimite «no por disensiones sino para que se designe nueva ahora que Albiñana los ha escogido para que organicen en Cataluña el PNE y Legionarios de España». Son designados «para que sean los que única y exclusivamente se encarguen de los trabajos de organización del PNE» Manuel del Castillo, Catalá de Bezzi y José María Poblador. La Peña Ibérica, a pesar de ser la base de la nueva organización, no perderá su personalidad y mantendrá su autonomía. Francisco Palau seguirá como su presidente.


 (#ulink_04ba245f-82a4-5ec7-803e-5c544e48a122)

A mediados de julio también se inicia la organización del PNE en Sabadell. «El enrolamiento de adeptos [...] es a base de momento de excombatientes de las campañas de África».


 (#ulink_022edba9-0e42-54bd-87a8-a401b37dfe14) Uno de los que se acercan al albiñanismo en Sabadell tiene este perfil; se trata del comandante retirado Carlos López Manduley, y pronto se convertirá en el nuevo líder.

El 16 de julio se realiza en Madrid la asamblea nacional del PNE, que aclama a José María Albiñana como jefe supremo. En su discurso fustiga a «los restos putrefactos de los partidos sin contenido y sin hombres, porque todos desaparecieron con Primo de Rivera» y afirma «que los legionarios no colaboraron con la pasada dictadura, pero que impondrán la próxima». Aprovecha para declararse «amante de Cataluña» y presumir de sus amigos barceloneses, «los diez mil afiliados de la Peña Ibérica de Barcelona, capaces de tomar la ciudad en 24 horas». La Peña Ibérica no llegaba al centenar de militantes.

Los albiñanistas barceloneses no descuidan sus relaciones con otros monárquicos. El 3 de agosto, miembros de la Peña Ibérica, en representación del PNE, asisten al mitin de la UMN en el Cine Reina Victoria que sirve de presentación en Barcelona del partido monárquico. Para ello han llegado personalidades de Madrid, como el conde de Guadalhorce, jefe del partido, o José Antonio Primo de Rivera, hijo del dictador. José Antonio no regresará a Madrid hasta dos días después. En la estación lo despedirán, con vítores y aplausos, la dirección de la UMN catalana, miembros de la Juventud Monárquica e ibéricos.

Los ibéricos, presentados ahora por la prensa como Legionarios de España, no olvidan su faceta más bronca. El 6 de septiembre de 1930 está anunciada la conferencia «El cas del Centre de Dependents», de Frederic Roda Ventura, miembro de la Lliga y secretario del Colegio de Abogados, en el local de la Joventut de la Lliga Regionalista en Gracia. El tema del CADCI se había ido envenenando. En 1926 los del Libre se habían hecho, gracias al apoyo del ministro Martínez Anido, con la dirección de esta entidad sindical de orientación catalanista. La junta usurpadora había sido nombrada a dedo saltándose los estatutos de la entidad. En ella estaban algunos ibéricos como Fernando Ors o Gaspar de la Peña. Para mantenerse en el poder, los libreños recurrieron a pucherazos en elecciones y a peleas y tiros en las asambleas. Los del Libre «españolizaron» el CADCI. La recuperación de la entidad se convirtió en objetivo del catalanismo y las fuerzas democráticas durante la «Dictablanda». Este acto, en el que se denuncia la ilegalidad en la que vive la entidad, forma parte de esa campaña. Entre el público se encuentran algunos ibéricos. No les gusta lo que oyen, gritan un provocador ¡Viva Martínez Anido! e interrumpen al orador. La conferencia acaba a silletazos. Tres ibéricos son detenidos. El CADCI no será devuelto a sus legítimos socios hasta febrero de 1931.


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En noviembre de 1930 la Peña Ibérica inaugura su nuevo local en el segundo segunda de la plaza Universidad número 1. Se sitúan, así, «en el mismo enclave de comunicaciones urbanas, en el mismo centro de Barcelona, donde los universitarios hacen su formación» y allí hacen «que ondee la bandera española». Para celebrarlo organizan una serie de charlas. Del ciclo programado destaca la conferencia pronunciada por Ramón López de Jorge, que lleva por título «Orientación nacionalista». En ella define a la Peña Ibérica como nacionalista, «fue formada por los que quizás, sin darse exacta cuenta de lo que el nacionalismo en sí significaba, lo sentían, quedando cristalizado en los estatutos de la entidad». Destaca que la

novedad en la política española la constituye el Partido Nacionalista Español que tiene muchos puntos de contacto con la Peña Ibérica, pero que no está identificado con ella. Peña Ibérica le interesa concretar en un programa sus ideales nacionalistas y ver cuáles son los partidos o grupos que aceptan el mismo programa. [...] Consiste la verdadera fuerza de Peña Ibérica en la íntima compenetración y hermandad entre sus componentes, que no sienten ambiciones personales de clase alguna; y así, es necesario que quienes se unan a Peña Ibérica lo hagan con el mismo espíritu de abnegación y sacrificio qué anima a los actuales componentes.


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En esta conferencia se hacen públicas, por primera vez, las discrepancias que están surgiendo entre ibéricos y albiñanistas. No todo ha ido como se esperaba. Los nuevos militantes que se acercan al PNE barcelonés no son jóvenes nacionalistas dispuestos a pelear por España, no casan con las ganas de acción de la Peña Ibérica. La mayoría son veteranos militares y acomodados profesionales, provenientes de la Unión Patriótica, que no quieren saber nada de peleas callejeras. Los ibéricos más antiguos creen que se están repitiendo las circunstancias que los llevaron a romper en su día con el carlismo, la oposición de casino, el abandono de la acción directa. Tampoco son entusiastas del discurso reaccionario que despliega el PNE, con su lema «Religión, Patria y Monarquía». Creen que el albiñanismo se está convirtiendo en un remedo de la Unión Patriótica. En el discurso de la Peña Ibérica, la religión y la monarquía han dejado de tener un papel central. Solo su ultraespañolismo y el elogio de la violencia los unen, el resto los separa.

Los ibéricos siguen cultivando sus relaciones con el españolismo barcelonés. En diciembre participan en un mitin de afirmación nacional, junto a otras entidades españolistas. Ese mismo mes, ante la sublevación republicana de Jaca, acuden a Capitanía General, junto con miembros del Libre, para ofrecerse a los militares. No los necesitan, la sublevación fracasa. En fin de año reciben la visita en su local de una delegación de la UMN; con ellos comparten la llegada del año nuevo, que celebran haciendo «flamear por vez primera en el balcón social el sacro santo emblema de la Patria. A las doce de la noche quedó izada la bandera española a los acordes de la Marcha Real y al sonoro grito de ¡Viva España!».


 (#ulink_418a1124-9e50-5858-8f4c-4822012f1cd3) En estos actos toman contacto con otros españolistas, tan reaccionarios como los albiñanistas, pero al menos más dispuestos al combate. Inician su alejamiento del PNE y la aproximación a ellos.

Como veremos, tras la ruptura con los ibéricos, el PNE prácticamente dejó de tener vida pública en Barcelona al menos hasta 1933. En cambio, la Peña Ibérica se embarcó en un nuevo proyecto, breve, pero ruidoso, el Comité de Acción Española. Allí confluyó con personalidades españolistas de Barcelona y con los mellistas del Círculo Católico Tradicionalista, con los que ya habían participado en octubre de 1930 en un acto conjunto en conmemoración de la Fiesta de la Raza. Hablaremos más a fondo de este acto, pero antes conozcamos a los mellistas.

TRADICIÓN, CATOLICISMO, PATRIA, MONARQUÍA: LOS MELLISTAS


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Unos doscientos comensales llenan el 7 de junio de 1921 el salón de actos del Hotel Majestic para escuchar a Juan Vázquez de Mella. Este concluye su intervención así: «Gracias a todos desde el fondo de mi corazón, y, para expresaros mi sincera gratitud, dos vivas que resumen mi pensamiento: ¡Viva la Religión! ¡Viva Cataluña!». Los asistentes aplauden y le contestan con más vivas a la religión, Cataluña y España. Desde la mesa presidencial el político saluda. Detrás de él una enorme bandera española. Está acompañado de la Junta Regional Tradicionalista de Cataluña, sus correligionarios en su nueva aventura política.

Juan Vázquez de Mella lleva ya tres días en Barcelona. Ha pronunciado un mitin en el Teatro Goya y tiene otro programado en el Centro del Ejército y la Armada. Ha venido de gira propagandística para defender su programa político. Su proyecto ha dividido a los carlistas. Ha roto con el pretendiente don Jaime y los jaimistas no se lo perdonan. En su llegada al apeadero de Gracia se dieron los primeros incidentes; las fuerzas del orden tuvieron que recurrir a mangueras de riego para separar a mellistas y jaimistas. Al día siguiente, durante el mitin, nuevas trifulcas entre jaimistas que habían entrado a reventarlo y mellistas que tratan de expulsarlos a patadas. El carlismo barcelonés muestra, una vez más, su perfil más bronco.

Juan Vázquez de Mella había destacado como diputado tradicionalista en las Cortes, en las que ocupó escaño desde 1893 a 1916. Tanto como parlamentario, como en los innumerables mítines en los que participó, destacó por su oratoria, acompañada de un tono de voz áspero y duro. Director de prensa y teórico del tradicionalismo, rompió en 1918 con el pretendiente don Jaime. Las primeras desavenencias habían estado motivadas por la postura ante el conflicto europeo. Vázquez de Mella, admirador de los imperios centrales, se mostró como un decidido germanófilo, frente a la defensa de los aliados que hacía el pretendiente. Esta fue una de las causas de la escisión, pero no la única.

En 1919 Vázquez de Mella presenta su nueva organización, un partido católico tradicionalista. Su programa político trata de dar una salida posibilista al carlismo, dotarlo de más realismo para conseguir su desarrollo político. Habla de monarquía tradicional, voto imperativo, representación por clases y regionalismo federativo. Se pone el énfasis en la unidad de la patria, pero respetando el foralismo y, en el tema social, se muestra partidario del corporativismo. A pesar de participar en las elecciones, aboga por una dictadura militar que acabe con el parlamentarismo liberal. La cuestión dinástica, fundamental para los jaimistas ortodoxos, se convirtió en algo secundario. El mellismo aspiraba a superar el enfrentamiento entre ortodoxia carlista y alfonsismo liberal. Añadían a su credo una defensa cerrada del catolicismo, una postura integrista respecto al tema religioso. Su lema era «Tradición, Catolicismo, Patria, Monarquía». Aspiraban así a liderar un gran proyecto contrarrevolucionario, una federación de extremas derechas, pues según su fundador la lucha había de ser con las extremas izquierdas, ya que los partidos moderados estaban condenados a desaparecer.

Es un proyecto político antiliberal y contrarrevolucionario con semejanzas a otros que surgieron en Europa tras la Primera Guerra Mundial. En suma, una derecha autoritaria que veía con buenos ojos el golpe de Primo de Rivera, convirtiéndose en firmes defensores de la Dictadura. Esto lo acercó a un reconocimiento de facto de la rama alfonsina.

En Cataluña, las ideas de Vázquez de Mella, ya antes de la escisión, habían seducido al sector más españolista del carlismo, opuesto a los acuerdos y las alianzas con la Lliga Regionalista. Además, este sector era el más clerical y ultraderechista del tradicionalismo catalán. Francisco de P. González Palou, fundador del Círculo Obrero Tradicionalista La Margarita y del Requeté en Barcelona, explicaba las razones que le llevaron a separarse del jaimismo y abrazar el mellismo: «la estrecha alianza con el catalanismo, la negativa de don Jaime a contraer matrimonio, la consagración de España al Sagrado Corazón de Jesús en el Cerro de los Ángeles en mayo de 1914 por el rey don Alfonso XIII [...] y el manifiesto de Don Jaime [...] desautorizando a los que durante la guerra mundial de 1914 se pusieron de parte de los imperios centrales». Españolismo, integrismo y germanofilia.

Los mellistas catalanes convocaron una asamblea regional en mayo de 1920 en el Círculo Tradicionalista El Loredán de Badalona para organizarse. Asistieron más de un centenar de delegados. Allí estaba su jefe regional, el abogado Teodoro de Mas, el también abogado Pedro Vives, el canónigo José Montagut o Ildefonso Cebriano, director de Monarquía Cristiana. Mella puso especial interés propagandístico en Cataluña, donde pensaba que sus ideas autoritarias y tradicionalistas podían encontrar eco en unos momentos de grave enfrentamiento social y político, donde ya existía un «partido militar» y una derecha que pedía mano dura. En junio de 1921 Vázquez de Mella se embarcó en la gira propagandística por Cataluña que hemos visto y que, además de a Barcelona, lo llevó a Badalona, Vic, Girona, Olot y Tarragona.

En Barcelona, los mellistas se habían agrupado en 1920 en el Círculo Católico Tradicionalista. En agosto abren la que será su primera sede, en Alta San Pedro, hasta entonces local de sindicatos católicos. En el momento de su inauguración no llegaban a la cincuentena de socios. Crecerán. Su presidente es el abogado Pedro Vives Garriga, un veterano carlista, ferviente germanófilo, sospechoso de espiar para los alemanes. Vives es, además, hombre de acción. Había estado implicado en peleas callejeras en sus años mozos, en 1909 fue detenido por atropellar a Santiago Gubern, diputado del Centre Nacionalista Republicà, y era acusado por los cenetistas de haber pagado a pistoleros del Sindicato Libre y de servirles de enlace y coordinador desde el Círculo. Durante el mitin de Vázquez de Mella en Barcelona, Vives no dudó en ir a buscar a los alborotadores jaimistas que habían silbado y pataleado al inicio del acto. De resultas de la trifulca resultó mordido en un dedo.

En Badalona, la escisión mellista se hizo durante unos años con la dirección del Círculo Tradicionalista El Loredán, la principal entidad carlista de la ciudad. De sus filas saldrán algunos de los fundadores de las Juntas de Ofensiva Nacional-Sindicalista (JONS). Pero eso es una historia que conoceremos más adelante.

Los mellistas del Círculo Católico Tradicionalista dieron un apoyo entusiasta a la Dictadura de Primo de Rivera. En noviembre de 1923 celebraron una asamblea para reorganizarse tras el golpe militar. Se nombró una nueva directiva y se aprobó «exteriorizar un aplauso fervoroso y una felicitación efusiva a la gestión purificadora realizada por el Directorio». Como premio por su apoyo, Pedro Vives será nombrado concejal del Ayuntamiento de Barcelona en 1924. En ese cargo se mantendrá hasta 1930. Disuelto el mellismo como organización política tras la muerte de su fundador en 1928, sus antiguos partidarios barceloneses se convirtieron en un grupo de apoyo a la Dictadura. Sus características, más ultraderechistas que tradicionalistas, las vieron reflejadas en el nuevo régimen. Vives siempre defenderá que «en el terreno político» debían cooperar con la labor de Primo de Rivera «ya que después de haber barrido a los partidos políticos que empobrecieron a España, nos libró de la anarquía, que amenazaba hundirnos en el caos, y ha resuelto el problema de Marruecos merced a su clarividencia y energía». A pesar de ello nunca se disolvieron dentro de la Unión Patriótica, como sí hicieron sus correligionarios de Badalona o Manresa.

El Círculo tiene juventudes, sección dramática y de Excursiones y Tácticas, que encubre actividades paramilitares. Pronto llegarían a ser dos centenares de socios. Además de por su españolismo, la entidad destaca por su integrismo católico. En 1925 son los principales promotores de un peregrinaje a Roma con motivo del Año Santo. Esos días, por las salas de la entidad atruena la voz del canónigo José Montagut, organizador de la expedición. Montagut, proveniente de la corriente integrista del tradicionalismo, se había convertido en un firme defensor del programa de Vázquez de Mella. Sus ortodoxos principios católicos y el decidido españolismo del mellismo casan a la perfección con el integrismo religioso y feroz anticatalanismo del padre Montagut. Para el canónigo está claro el objetivo de la peregrinación: «una manifestación de españolismo en la capital del cristianismo». Además, como sabemos, se convirtió en un fanático primorriverista y publicista de la Dictadura.

En octubre de 1926, el Círculo Católico Tradicionalista lanza su propia publicación, Plus Ultra. Su objetivo es «elevar en cada corazón español un altar de veneración perpetua a la SANTA MADRE ESPAÑA». El españolismo, el antiseparatismo y la defensa de la religión llenarán sus páginas, sin descuidar las loas al Directorio y al dictador. A pesar de salir con pretensiones de «semanario de batalla», solo publicaron seis números en su año y medio de existencia.

El mellismo barcelonés no estuvo exento de tensiones internas. En marzo de 1924 se organizó, al margen del Círculo Católico Tradicionalista, la Juventud de Acción Tradicionalista. La presidía Francisco de P. González Palou, al que ya conocemos. Duró poco, ya que un año después se disolvió cuando un sector cuestionó su colaboración con la Dictadura. El secretario era José M. Thió Rodés, que en 1920 había participado en la Unión Española de Estudiantes de Cataluña, y como bibliotecario figuraba Ildefonso Cebriano, al que conoceremos mejor.

Otros disidentes del Círculo Católico Tradicionalista crearon en febrero de 1927 el Círculo Social Tradicionalista de Barcelona. Estaba presidido por el médico Ramon M. Condomines. Tenían su sede en el local del Centro de Defensa Social de la calle Cucurella. Más que una organización política, se trataba de una entidad cultural dedicada a conmemorar la onomástica del rey, el aniversario del golpe de Estado y a organizar actos musicales y de exaltación católica.

RECOGIENDO EL SENTIR ESPAÑOL DE CATALUÑA: EL COMITÉ DE ACCIÓN ESPAÑOLA

El salón de actos del Círculo Católico Tradicionalista, sito desde 1922 en el principal de la calle de la Boria 17, junto a la plaza del Ángel, aparece ese 19 de octubre de 1930 engalanado para la ocasión con banderas y gallardetes. Es una amplia sala en la que se han celebrado veladas musicales y representado obras teatrales de carácter religioso. En una de sus paredes se encuentra fijada una imagen del Sagrado Corazón de Jesús, al que los mellistas, faltos de pretendiente real para su causa, hacían invocaciones monárquicas. Se ha convocado un acto en conmemoración de la Fiesta de la Raza y de afirmación españolista.

La Fiesta de la Raza, oficial desde 1918, había sido popularizada durante la Dictadura como forma de «propagar el discurso primorriverista contra la Leyenda Negra, destacar la supremacía del castellano frente a las demás lenguas españolas y exaltar el legado del imperio español». Se le dio un carácter militar y católico, ya que coincidía con la celebración de la Virgen del Pilar, patrona de España. El régimen organizó para ese día desfiles y marchas, ceremonias de santificación de la bandera y misas de campaña. Para ello movilizó a los delegados gubernativos, al Somatén y a la Unión Patriótica. Ese año de 1930, tras la dimisión de Primo de Rivera, «el gobierno de Berenguer eliminó las connotaciones militaristas de la Fiesta de la Raza y optó por una celebración más discreta» (Quiroga, 2009: 251-253). Los mellistas no quieren rebajar el tono de la celebración.

Dando los últimos toques se mueve nervioso por la sala Emilio Guiamet Borrás, que desde hace pocos meses es el presidente de las reorganizadas juventudes del Círculo, las Juventudes Tradicionalistas. Guiamet es un barcelonés de 27 años, trabaja de albañil y es miembro de los Sindicatos Libres. Es otro españolista que no desdeña el enfrentamiento directo con sus rivales sindicales. Tendrá una larga trayectoria en el mundo ultra.

El salón se llena. Preside el acto Pedro Vives, al que acompañan en la mesa representantes de entidades afines, como Carlos Comamala, de la UMN de Gracia, o José Ponz, de la Peña Ibérica. El acto pretende también ser un paso en la unidad de acción de los grupos españolistas barceloneses más lanzados. Toman la palabra Emilio Guiamet, el ibérico José Ponz y el abogado Juan Sabadell Mercader, que se había iniciado políticamente en las filas del tradicionalismo, para pasar después por el integrista Centro de Defensa Social antes de acabar en 1930 en el mellismo. Además, era socio de la Peña Ibérica.


 (#ulink_d0d62e91-6368-5a94-a51c-ec8f15c35fec) Pedro Vives resumirá los exaltados y entusiásticos parlamentos:

... estos ardores bélicos día llegará que la religión y la patria, necesite de ellos, y entonces tendremos ocasión de reverdecer pretéritas gestas que costaron dolorosos sacrificios; pero ello ha de ser aliento para emular a aquellos héroes, nosotros como ellos, hemos de levantar muy alta la bandera de España y no abatirla hasta que sea vencida la revolución y exterminado el separatismo que pretende alterar la vida normal; o perecer, si es preciso envueltos con sus sagrados colores.


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Este proceso de unidad españolista tendrá su continuidad. En enero de 1931 se formará un comité de acción política encargado de «reunir las adhesiones y la colaboración de todas las entidades constituidas que deseen ir a una acción común de intensa campaña españolista, que recoja y dirija el sentir español de Cataluña».


 (#ulink_06decba0-934f-5d47-8d22-8135883f4d30) Lo bautizarán como Comité de Acción Española. Un nombre que rememora el de Action Française y que se convierte en el reverso españolista de la que entonces se consideraba que sería la principal fuerza catalanista, Acció Catalana. Un nombre que evoca el irracionalismo nietzscheano y el maurrismo.

A la llamada españolista responde la Peña Ibérica, ya desligada del PNE, que nombra a José Ponz para el Comité, las Juventudes Tradicionalistas, representadas por Emilio Guiamet, y la UMN de Gracia, que envía a René Llanas de Niubó. Más adelante se sumarán los mauristas disidentes de Derecha Nacional. Acuerdan nombrar presidente a Pompeyo Claret Martí.

Pompeyo Claret se había licenciado en derecho en 1924


 (#ulink_843ec840-e998-58f0-8147-6f41c6a86aa3) y pronto había destacado como orador en actos españolistas. Interesado en la historia, había editado en 1927 la versión catalana de Obra dels alcayts e dels jutges, un texto del siglo XIII del Maestro Jacobo sobre derecho romano. Se había adherido al partido único. En 1927 era presidente de la Comisión de Propaganda de Unión Patriótica del Distrito III. Pompeyo Claret se convierte así en orador de referencia para los círculos upetistas de Barcelona. Un ejemplo de su tono lo tenemos en marzo de 1928, cuando habla en el Círculo de Unión Patriótica de la Derecha del Ensanche. Su conferencia, «Los sentimientos españolistas de Cataluña a través de la historia». Así lo explicaba La Vanguardia:

Empezó su disertación el conferenciante aportando datos históricos, desde el siglo XV hasta la época memorable de septiembre de 1923, haciendo resaltar de una manera especial en la forma que el canciller Casanova perdió la vida, siendo un verdadero patriota españolista y no un separatista, como lo pretenden demostrar los que así les conviene a sus fines. Citó la coincidencia de los movimientos separatistas registrados en Cataluña con los gobiernos débiles que han existido, terminando el doctor Claret su peroración, expresando que España se engrandará en breve, volviendo a su antiguo poderío y alentando a la fe en nuestro triunfo.


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Además, en 1927 Claret había sido nombrado presidente de la comisión encargada de organizar el Homenaje a los Mártires de la Independencia Española. Esta comisión se había puesto en marcha en 1909, coincidiendo con el centenario del fusilamiento de ocho patriotas barceloneses por las tropas francesas. A partir de entonces se institucionalizó un homenaje cada 3 de junio, fecha del ajusticiamiento. En 1911 se trasladaron los restos de los inmolados a la capilla de San Gabriel, en los claustros de la Catedral. Poco a poco el acto fue tomado tintes españolistas, sobre todo a partir de 1924, cuando se encarga de la organización la «domesticada» Liga Patriótica Española y la Junta Fe y Patria, que preside el coronel y reconocido anticatalanista Pío Berzosa Tablares. En 1927 toma el relevo en la dirección Pompeyo Claret.

Como ya hemos visto con la Fiesta de la Raza, la Dictadura había fomentado la celebración de fiestas y conmemoraciones patrióticas como forma de difundir el nacionalismo español entre la población, de construir «memoria colectiva nacional basada en mitos históricos». El fusilamiento de los patriotas barceloneses era un hito que no podían dejar pasar; «las fiestas, ceremonias y monumentos son utilizados para consolidar los mitos y símbolos nacionales en la conciencia de los ciudadanos y tienen como objetivo hacer que las masas se sientan parte de la nación» (Quiroga, 2009: 240). El impulso que se da a este homenaje tiene ese fin.

Desde los inicios, la comisión organizadora demanda la construcción de un monumento que recuerde a los patriotas. La oportunidad llegará en 1929. En 1928 el concejal Andrés Garriga Bachs compró dos casas en la calle del Obispo situadas frente a los claustros de la catedral para derribarlas. En su lugar se construyó una plaza –que llevará el nombre del concejal–con la idea de dar visibilidad a los claustros, a la iglesia de San Severo y al Palacio Episcopal. Fue entonces cuando se inició la construcción de un monumento a los Mártires de la Independencia. Se le encargó al escultor Josep Llimona, pero no la finalizó a tiempo. La plaza fue inaugurada por la reina en noviembre de 1929, con el pedestal, pero sin el conjunto escultórico. De hecho, este no se instalará hasta 1941. Como veremos, el homenaje decaerá en los primeros tiempos republicanos para ser recuperado a partir de 1935 como acto unitario de la extrema derecha españolista.

Con este bagaje, a partir de enero de 1931, Pompeyo Claret se convertirá en la cabeza visible del Comité de Acción Española, que fijará su sede en el local de la calle Boria.

La actividad del Comité es frenética porque se prevé la convocatoria de elecciones generales para marzo. A finales del mes de enero se reúne el Comité Político de la Peña Ibérica «para formar la candidatura que luchará en Barcelona en las próximas elecciones, con una tendencia exclusivamente españolista». El PNE anuncia que la apoyará. Son los últimos coletazos del pacto que les unía. Los ibéricos no olvidan su componente social y, a pesar de la situación política, no dejan de programar, como en los últimos años, bailes de carnaval en la Sala Capsir. Pero frivolidades aparte, siguen enfrascados en tratar de formar una candidatura electoral españolista que se enfrente a la Lliga y Acció Catalana.

Finalmente, renuncian a la suya propia y participan en las reuniones que, durante las primeras semanas de febrero, mantienen españolistas de la ciudad para fraguar una propuesta unitaria. En el local de la UMN se encuentran miembros de la entidad monárquica, mauristas de Derecha Nacional, integristas del Centro de Defensa Social, albiñanistas, socialistasmonárquicos, la Juventud Monárquica, el Comité de Acción Española y los ibéricos. Acuerdan una candidatura que no se presentaría como monárquica, sino como españolista y de orden. Como sabemos, tras la dimisión de Berenguer, estas elecciones no se celebrarán.

A pesar de ello, los del Comité de Acción Española continuarán su actividad proselitista. En las siguientes semanas programarán diferentes actos de «acción españolista». Los ponentes acostumbran a ser dirigentes del Comité, como Claret, Vives, Guiamet, Ponz o Llanas de Niubó, a los que se unen otros publicistas, como el abogado y periodista de origen segoviano Pablo Sáenz de Barés, autor de novelitas patrióticas y católicas, exdirector de la Gaceta de Cataluña y miembro del Secretariado de la Confederación Nacional Católico-Agraria, que había pasado por la UMN para acabar recalando en el PNE; Pablo Bayle, administrador del Banco Comercial de Tarrasa, que ejerce de presidente de la Comisión de Estudios Económicos del Comité; Alberto de Avilés, maurista y miembro del Grupo Alfonso, o Juan Vidal Salvó, exupetista y miembro de la Juventud Monárquica, un abogado al que conoceremos a fondo. Las conferencias sirven para enaltecer «el amor a España» y exponer los principios del Comité, que, sin elecciones a la vista, no esconden que han «nacido al calor de los tres grandes amores: Religión, Patria y Monarquía».

También pondrán el énfasis en defender a los maestros, muchos destinados a Barcelona desde otras provincias españolas. Los maestros nacionales serán uno de los colectivos proclives a escuchar los cantos de sirena del españolismo.

Los ibéricos, rotos sus acuerdos con los albiñanistas, se vuelcan en el Comité de Acción Española, pero sin renunciar a su autonomía política. A pesar del apoyo a la retórica reaccionaria del Comité, el discurso de la Peña Ibérica es diferente.

HABLAN LOS HOMBRES

La Sala Emporium, en la calle Muntaner, esa mañana del 5 de abril de 1931 no ofrece su habitual aspecto. Lo que acostumbra a ser una sala de baile se ha transformado en un auditorio. Está programado un acto de afirmación nacionalista, en este caso española. En La Protesta lo han anunciado como «Interesantísimo. La simpática entidad Peña Ibérica celebra un mitin el próximo domingo en que van a hablar los hombres. Ya era hora. Porque hasta ahora solo han cacareado gallinas y graznado grullas. ¡Interesante, interesantísimo!».


 (#ulink_d84b9d73-d163-5847-8514-58534e97a67b) Efectivamente, el acto lleva por título, de forma algo petulante, «Hablan los hombres».

Preside el acto Francisco Palau. La sala presenta bastantes claros. No han llenado. Abre el mitin José María Poblador. Explica que el acto tiene por objeto contrarrestar las campañas separatistas que están realizando las fuerzas políticas catalanistas de cara a las elecciones municipales. Critica el pacto de San Sebastián, que solo busca constituir una República separatista, y que al amparo del fuero universitario se haga política antipatriótica. Llama a la masa obrera a oponerse a estos manejos y acaba apelando a la valentía para luchar contra esta situación; se «precisa que vivamos un cuarto de hora como leones, para no ser toda la vida borregos», dice.

Seguidamente toma la palabra Domingo Batet. Comienza atacando a separatistas y comunistas y afirma que la «Peña Ibérica no está con nadie, ni con Monarquía, ni con República, pero estará siempre al lado de quien haga España grande». Pide protección para la clase obrera y ataca vehementemente a Macià, «el problema catalán no existe», afirma con contundencia. Tampoco se salvan de su diatriba los viejos políticos de la Monarquía. Realiza una apología de la Dictadura y acaba con un estruendoso ¡Viva España!, ¡Viva la Peña Ibérica!

Después sube al estrado Juan Sabadell. Se queja de que, en Barcelona, donde tantas veces se derramó sangre por la patria, se tengan que hacer actos de afirmación españolista. Critica duramente la campaña separatista y les advierte de que si quieren triunfar «habrán de hacerlo con sangre, no con votos».

Le sigue Enrique Catalá de Bezzi, que aclara el lema del acto. Afirma que en él hablan los hombres de la Peña Ibérica, que es española y democrática, pues en ella caben todos. Se extiende en críticas al alcalde de Barcelona y a Cambó y su nefasta política monetaria. Realiza una encendida defensa del marqués de Foronda y finaliza gritando ¡Todo por España y para España! ¡Viva España!

El siguiente orador es José Ponz, que inicia su parlamento lamentando los huecos que se ven en el auditorio; los achaca a la falta de valentía, a que es un país de pusilánimes y egoístas. Dedica un afectuoso saludo a las señoritas que sí se han atrevido a asistir al acto. La Peña Ibérica no busca popularidad, solo «salen a la calle a barrer las vergüenzas». Ataca a los trusts mundiales «que persiguen el hambre del proletariado para así, luego, poder alcanzar con el dinero cuanto se les antoje con miras al negocio». Remata con una llamada a trabajar «por una Cataluña grande dentro de España».

Después toma la palabra Ramón López de Jorge, quien afirma que «España no necesita de grandes tribunos ni de grandes oradores, solo precisa de hombres fuertes que creen riqueza y de hombres honrados que la distribuyan equitativamente». Pide políticas sociales para «evitar que haya quien sufra hambre» y afirma que «hoy hemos de pedir, mañana tal vez exigiremos, que todo español tenga asegurada su vejez». Acaba su inflamado discurso explicando que la Peña Ibérica «no es plante de chulo y sí amor y dolor» pero, a diferencia de Jesucristo, que murió en la cruz por amor a los hombres, «ellos morirán matando».

Cierra el acto el presidente Francisco Palau. En tono belicoso afirma «que para conseguir la paz deben prepararse para la guerra, y que en España no habrá paz mientras no desaparezcan los que viven y medran aprovechando los momentos tristes de la patria». Luego arremete contra el peligro comunista, contra Macià y contra los intelectuales, diciendo que la Peña Ibérica «se ofrece para luchar cara a cara y para el bien de España».

Según la crónica que seguimos, seguramente escrita por Poblador, «todos los oradores, que usaron lenguaje verdaderamente agresivo, fueron muy aplaudidos».

Una vez acabado el acto, los participantes se dirigen en manifestación hasta su local de plaza Universidad. No debían de ser muchos. La prensa catalanista se mofa de ello. Según La Rambla de Catalunya eran quince «comptant-hi la bandera, els agents de policia i dos guàrdies de seguretat a cavall que acompanyaven als manifestants». Durante el recorrido ondean una bandera con los colores rojigualdas. Al ser increpados, los ibéricos responden con puñetazos y golpes. Finalmente ha de intervenir la policía para separar a los contendientes.


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Los parlamentos escuchados resumen cuáles eran los planteamientos políticos de la Peña Ibérica poco antes de la proclamación de la República. De su carlismo disidente y su españolismo vehemente han ido evolucionando; ahora se presentan como un grupo cuasi fascista. En los temas desgranados en el acto podemos reconocer los lemas del fascismo: ultranacionalismo, elogio de la violencia y la virilidad, regeneracionismo, antiparlamentarismo, anticomunismo, antiintelectualismo, elitismo, todo ello trufado de un tono obrerista y retórica anticapitalista y con el añadido local del anticatalanismo y el recuerdo del añorado imperio. El monarquismo y la religión, temas clásicos de los grupos reaccionarios, no tienen cabida en el discurso. Para ellos no importa si el régimen es monárquico o republicano, lo importante es que sea español. Según Palau, ya en un artículo de La Verdad Deportiva, se declararon fascistas. No lo hemos encontrado, pero sus posicionamientos recuerdan a planteamientos netamente fascistas. Les falta, además de más seguidores, un líder carismático claro. Está Poblador, pero también Palau.

A pesar de que nunca pasarán del centenar, la Peña Ibérica será una auténtica cantera de la extrema derecha barcelonesa. De sus filas saldrán militantes y dirigentes de diferentes organizaciones ultras de los años treinta. Los reencontraremos a lo largo del texto.

EL FASCIO DE LAS RAMBLAS

Pero no solo es la Peña Ibérica la que endurece el tono; el lenguaje empleado por sus aliados del Comité de Acción Española no es menos belicoso. Pedro Vives, en un acto en febrero de 1931, afirma que «si un día, por desgracia, se viesen atacados los cimientos de la sociedad, que son la Religión y la Patria, no necesitarían ningún estimulante para que Acción Española descolgase sus armas para blandirlas libre de miras particulares y no pararse hasta ver restablecido el reinado de Cristo y sin mancha el estandarte español». En el mismo mitin Pompeyo Claret y René Llanas, que ahora es además vicesecretario de la Liga Social de Cristo Rey e imparte clases de historia en la Juventud Ciudadana Cultural, entidad ligada al reaccionario Centro de Defensa Social, se encargan de dar la visión histórica, mientras Guiamet apela a los jóvenes y escolares a adherirse a la organización y justifica «la organización militar de la juventud para defender la intangibilidad de la patria y poder titularse español, sin miedo a represalias». En marzo ya hablan de crear unas Escuadras de Acción Española. Vives afirma que «a España hay que servirla con el cerebro y con la fuerza».


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El Comité de Acción Española y la ensoñación de sus escuadras saltan a la luz pública con fuerza el 8 de abril. Ese día el diario madrileño El Liberal lleva a su portada una noticia con el título de «Fascio de las Ramblas». En ella se afirma que, en la Ciudad Condal, Acción Española estaría reclutando a militantes de organizaciones ultraderechistas para crear una milicia de 10.000 miembros que, uniformados con camisa negra y gorro legionario, estaría lista para desfilar por el paseo de Gracia a mediados de mes. Habla de libreños, upetistas, somatenistas, oficiales monárquicos e incluso de la Lliga. En días posteriores, otros medios añadirán al Grupo Alfonso, la Peña Ibérica y los Legionarios de Albiñana. La dirección técnica de la milicia estaría en manos de fascistas italianos. Agregan que financian la operación determinados grupos bancarios y que son dos generales los que organizan todo en reuniones secretas, con el visto bueno de algunas autoridades. El objetivo final sería organizar una marcha a Madrid como la de Mussolini a Roma. Incluso añaden que el Mussolini español será un civil, no ajeno a la dictadura.

El mismo día El Socialista se hace eco de la noticia, pero, con tono más realista, se pregunta «¿Será todo esto una fantasía o tendrá algún viso de realidad? Nosotros nos inclinamos más bien por lo primero». La Voz, también de Madrid, publicará un breve, «¡Qué risa señores! Conque camisas negras», donde se hará eco de la jocosidad que había provocado esta noticia, y finaliza: «La Peña Ibérica incubadora de este sueño fantástico pierde el tiempo. Y el que hemos empleado en este comentario es ya excesivo». Esta es la tónica con la que se recibe la noticia en Madrid y en Barcelona. Los principales diarios barceloneses no le dan ninguna credibilidad.

Pero en la prensa foránea continúa la campaña sensacionalista. El diario republicano valenciano El Pueblo publica en portada el día 11 una entrevista con un militar sobre el supuesto complot fascista. En ella se dan más datos. Se pretende crear varias legiones formadas por elementos de la extrema derecha local. Estarían organizadas en centurias con un capitán al frente. Los legionarios cobrarían 15 pesetas diarias y tienen la promesa de incorporarse a una milicia nacional si triunfan. Esperan reunir a 10.000 en Barcelona y luego trasladar el proyecto a otras regiones y organizar una gran marcha a Madrid.

También se desvela que los dos dirigentes de esta embrionaria milicia eran, en la parte civil, Pablo Bayle, al que conocemos como presidente de la Comisión de Estudios Económicos del Comité de Acción Española, y en la militar, el general Federico de Araoz, presidente del Casino Militar. El local de reclutamiento sería la sede mellista de la calle Boria y el nuevo partido se llamaría Legión Española. El apoyo económico lo recibirían del Banco de Tarrasa, Banca Arnús y Banca Arnús Garín. También habría ofrecido su apoyo la Federación Patronal de Barcelona. El Pueblo afirma que Bayle había hablado con el rey y con Martínez Anido en una reunión a la que asistió el general Barrera. En Italia confeccionaron los uniformes, por eso viajó Anido y por eso habían visitado Barcelona dos personalidades italianas. Además, citan como implicados a Cambó, el conde de Montseny, el barón de Viver, Albiñana y Ramón Sales.

Precisamente Ramon Sales echó más leña al fuego. Fue entrevistado ese mismo 11 de abril por La Razón, publicación cercana a los Sindicatos Libres. En ella afirmó que, como apolítico, el sindicato no tenía nada que ver con el Fascio del que se hablaba, pero que veía con simpatía una acción paramilitar anticomunista. Defendía que miembros del Libre participaran a título individual.


 (#ulink_e38c1c9b-0e66-569a-9dc2-73a49173537d) Esto daba cierta credibilidad a la noticia.

Pero la prensa de Barcelona sigue sin tomárselo en serio. Las Noticias afirma que es todo fantasía, que se han hecho algunos movimientos, pero no hay dinero para tirar adelante. Quien sí le da cierta credibilidad es Solidaridad Obrera, que afirma el 12 de abril que ese día estaba prevista la salida a la calle de 400 legionarios armados. Incluso informa del recorrido que tienen previsto y de su objetivo, promover algaradas para justificar un estado de excepción ante el posible triunfo republicano. Ningún legionario salió a la calle ese día.

Seguramente, lo que había detrás de estas noticias sensacionalistas era el intento del Comité de Acción Española de hacer ruido, hablando de unas escuadras que nunca pasaron del plano teórico. Pero la noticia le pasó factura a alguno de sus protagonistas. Como hemos visto, algunas de las entidades señaladas en estos artículos acabaron saqueadas el 15 de abril y Federico de Araoz, el supuesto cabecilla militar del Fascio barcelonés, será señalado por la prensa tras la proclamación de la República. Publicará un desmentido el 17 de abril, en el que afirma que nada había dicho porque consideraba la noticia ridícula, pero finalmente se verá obligado a dimitir de su cargo en el Casino Militar.

LA EXTREMA DERECHA ANTE LAS ELECCIONES DE ABRIL DE 1931


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La extrema derecha españolista no fue capaz de articular una única candidatura de cara a las elecciones municipales de abril de 1931. En Barcelona se presentaron candidaturas de esas características en diferentes distritos. Parece que hubo algún acuerdo tácito a la hora de repartírselos entre las distintas facciones ultras. En este contexto, algunos candidatos decidieron apostar fuerte por un perfil españolista como signo de identidad.

Hubo los que se presentaron como administrativos, como los antiguos upetistas Javier Girona y Jaime Maciá Panicello por el Distrito II. Hubo los que optaron por no camuflarse, como el mellista Pedro Vives y el maurista Alberto de Avilés, que se postularon por el Distrito IV como candidatura católico-monárquica con un programa dirigido «a todos los amantes del orden social, a todos los católicos, a los españolistas, y a los elementos sociales que simpaticen con el programa netamente derechista». Sus apoyos no eran menos reaccionarios. En su mitin de presentación, realizado en el Círculo Católico Tradicionalista, además de los candidatos, tomaron la palabra, para recordar los «siete años [de la Dictadura] que parecieron un sueño» y fustigar a reaparecidos viejos partidos, Pablo Sáenz de Barés, Pompeyo Claret, Llanas de Niubó y Emilio Guiamet.

Tampoco escondieron su perfil los candidatos del Distrito VI por el Partido Liberal Catalán, los abogados Francisco de P. Holgado Galofré, que había sido presidente de la Juventud Liberal Monárquica y del Círculo de Acción Monárquica del Distrito VI –donde coincidió con Salvador Palau–, y Eduardo Stern Castells, que también había pasado por la UMN y la Unión Patriótica. Se presentan como «patriotas amantes de España», considerándose «la única candidatura monárquica, de significación netamente española» del distrito. Los liberales romanistas se habían reconstituido en Barcelona en febrero de 1930 y pronto destacaron por su españolismo. Recibieron el apoyo de la Peña Ibérica, la UMN y Juan Rosich, antiguo secretario de la Liga Patriótica Española.

También se presentaban como españolistas y monárquicos los candidatos liberales por el Distrito V o Francisco Balañá, antiguo concejal y exupetista, que se presentaba por el VII. En el Distrito VIII, barrio de Gracia, se postulaba el tradicionalista Félix Oliveras Cots, expresidente del Requeté de Barcelona y dirigente del Círculo Obrero Tradicionalista La Margarita.

En el Distrito IX se presentaba como candidato el abogado y veterano maurista Manuel Casals Torres, concejal durante la Dictadura, presidente de la Unión Patriótica del Camp de l’Arpa e impulsor, en abril de 1930, de la Unión Nacional, un partido que se presentó como «el más adaptado a cuantos han militado en la Unión Patriótica, actuando bajo los lemas de Patria, Orden y Progreso», pero que a diferencia de la UMN y otros «no hace cuestión de principio la forma de gobierno». Abrió hasta seis delegaciones en Barcelona, pero no cuajó. A las elecciones acude como Coalición Española y «se presenta sin otro matiz político que el de su sincero y ardiente españolismo». En los pasquines de la candidatura, de color rojigualda, apelaba: «si te sientes español antes que monárquico o republicano y crees que el progreso y engrandecimiento de la ciudad querida solo es posible dentro de la paz pública y del orden social, constantemente perturbadas, vota esta candidatura de Coalición Española». Le apoyaron durante la campaña Llanas de Niubó, la Peña Ibérica y la UMN.

Los resultados de todas estas candidaturas fueron desastrosos. Solo el exupetitsta Javier Girona en el Distrito II y Pedro Vives y Alberto de Avilés en el IV llegaron a los mil votos. Todos quedaron muy lejos de los triunfadores, ERC, y de las candidaturas de la Lliga, radicales o Acció Catalana.



1 (#ulink_5119f4e5-c252-5c14-a793-7b657842d8fc) González Calbet (1987: 130-141); Quiroga (2008 y 2009: 239-245).

2 (#ulink_d9db72aa-9f5d-5b2c-9199-400cd13908eb) Ucelay (2004: 1394-1401); Saz (2004: 84-86); González Calleja (2011: 125-131); Thomàs (2011: 42-46); El Sol, 24 de marzo de 1923; La Vanguardia, 13 de agosto de 1924; ABC, 10 de octubre de 1924; España Nueva, 46 (6 de enero de 1925), y La Traza, 1 (9 de agosto de 1924) y 3 (31 de diciembre de 1924).

3 (#ulink_1e80851e-afbc-559f-bc5a-d3fb8a2a9d0c) González Calleja (1999: 346-352) y El Año Político (1918: 463-464).

4 (#ulink_825e9f04-348f-58d6-a4ec-c4e71487e9ee)España Nueva, 7 de enero de 1925.

5 (#ulink_3523fe6e-f2a5-5027-8839-b14486e87899) Para una historia de los Sindicatos Libres, véase Winston (1989).

6 (#ulink_258b129a-e56e-5c39-940a-7c9c4158d50c) Expediente de la Unión Monárquica del Distrito VIII, Registro de Asociaciones, Archivo de la Delegación de Gobierno en Cataluña, Subdelegación del Gobierno en Barcelona (ADGC).

7 (#ulink_668da0d2-49e8-569f-80af-ec8f3f8cba4f) Expediente de Renato Llanas de Niubó, Fons Col·legi d’Advocats de Barcelona, Arxiu Nacional de Catalunya (ANC).

8 (#ulink_cfad121f-3c61-56fa-8185-0104a619d8f6) Expediente de Derecha Social, Registro de Asociaciones, ADGC.

9 (#ulink_d8b1368d-cc69-51fc-87f9-63675b5f3893)La Vanguardia, 25 de julio de 1926, y Boletín del Grupo Alfonso, Sección del Clot, 2, septiembre de 1928.

10 (#ulink_7f4e5640-8d61-5694-91c3-c7a1121476e2)La Vanguardia, 10 de marzo de 1931.

11 (#ulink_2a6c063c-fb73-50e1-96ac-6c502bd8ad84)La Vanguardia, 16 de diciembre de 1927 y 1 de marzo de 1930.

12 (#ulink_243ad6cc-8104-5783-aefe-5260483fd647) Expediente de Salvador Palau Rabassó, Fons Col·legi d’Advocats de Barcelona, ANC, y «Palau Rabassó, Salvador», en Els diputats de la Mancomunitat de Catalunya. Disponible en línea: <http://diputatsmancomunitat.cat/mancomunitat/content/palau-rabassó-salvador>.

13 (#ulink_7fc67814-718e-5367-b44d-9081fc06213b)La Vanguardia, 15 de marzo de 1930.

14 (#ulink_29730f4e-08e1-52c3-be35-924f5115676d) Expediente de Acción Nacional, Registro de Asociaciones, ADGC. Rafael Suñén volvería a España. En 1936 residía en Madrid y no pasó desapercibido su pasado ultraderechista. Comenzada la guerra estuvo oculto, hasta que fue detenido. Sería fusilado en Paracuellos del Jarama.

15 (#ulink_ed6777f4-6c43-52bd-88b7-3f1d24c4e7f3) Expediente del Centro Laborista de Barcelona, Registro de Asociaciones, ADGC.

16 (#ulink_8c50e22b-f67e-57d9-82d3-6864b3c423aa) Archivo José María Poblador; Entrevistas a Montse Poblador Bordas, Barcelona, 4 de diciembre de 2013 y 4 de mayo de 2015; Declaración de José M. Poblador Álvarez, Causa General, Pieza segunda de Barcelona, Del Alzamiento Nacional, Antecedentes, Ejército Rojo y Liberación, Archivo Histórico Nacional (AHN) y Expediente de José M. Poblador Álvarez, Arxiu UB. En este expediente solo figuran sus estudios de bachillerato.

17 (#ulink_a27d7c5e-ec87-5753-982c-d7fa6ec04c80) Seguimos su propio relato, contrastado con la prensa y otras fuentes: Declaración de Francisco Palau Rabassó, Documentación de José del Castillo, Arxiu Joan M. Thomàs (AJMT), y Declaración de Francisco Palau Rabassó, Causa General..., AHN. La Vanguardia, 12 de noviembre de 1915 y 16 de abril de 1917.

18 (#ulink_3cc27a36-6758-5acb-b2ba-6584e1986ec5)El Pistolero, 2 (28 de enero de 1922). Este es el único número que hemos localizado.

19 (#ulink_bae17945-1a6f-5ad5-afe1-6f06e9991f1c) Sobre historia del RCD Español, Historial (1953), Segura (1974) y Casals (2007: 340-354).

20 (#ulink_3915a733-f2d7-5673-b675-d84af74fada0)La Vanguardia, 25 de noviembre de 1918; Història (1999) y Quiroga (2014: 48).

21 (#ulink_37c07440-c18e-57a2-ab82-baba55a0931c) Declaración de Juan Segura Nieto, Causa General... AHN.

22 (#ulink_fd0ec7e0-280a-5087-b74b-fe35eaadb25f) Declaración de Francisco Palau Rabassó y José M. Poblador Álvarez, Causa General... AHN; Declaración de Francisco Palau Rabassó, Documentación de José del Castillo, AJMT; Declaraciones juradas de antiguos socios de la Peña Ibérica, Archivo José María Poblador; Expediente de la Peña Ibérica, Registro de Asociaciones, ADGC; Castillo-Álvarez (1958: 119-122); Casals (2007: 340-354) y Anguera (1999: 120).

23 (#ulink_424d7e62-e99b-5f89-b277-0cf554b0b4fc) La fecha de fundación no está clara. En las declaraciones juradas del Archivo de Poblador hay quien cita 1924, marzo o agosto de 1925. Nos inclinamos por 1925, sin precisar mes, que es también cuando Palau sitúa la ruptura de los Grupos Deportivos Iberia.

24 (#ulink_ec19e41c-cd9b-54be-858a-729954a1dff3)La Noche, 4 de mayo de 1926.

25 (#ulink_01ea951d-78fc-5374-b690-895847e2830a)ABC, 16 de diciembre de 1927.

26 (#ulink_cf8d7914-7f72-5101-89ac-2ce36b409699)Xut, 7 de febrero de 1928. Siguiendo con ese tono irónico afirmaba que a Palau «li fou regalada una nova tranca, ja que la seva va quedar esbocinada». Francisco Palau también destacaba por esas fechas en actividades menos violentas. En 1927 se había proclamado campeón de ajedrez de su pueblo y participa en competiciones de ese deporte en Barcelona. El Baix Penedès, 9 de abril de 1927.

27 (#ulink_856a0b12-1998-5eb8-a7a7-142a169c7dd9) Expediente de la Peña Ibérica. Registro de Asociaciones, ADGC.

28 (#ulink_446da601-10dc-5ad4-b4a8-f6e8198286ec)La Vanguardia, 3 de mayo de 1928; Xut, mayo de 1928, y Mundo Deportivo, 4 de mayo de 1928.

29 (#ulink_446da601-10dc-5ad4-b4a8-f6e8198286ec)Hoja Oficial del Lunes, 24 de septiembre de 1928 y 1 de octubre de 1928.

30 (#ulink_a99cef33-594f-591d-9307-bb197c02aa96)La Vanguardia, 27 de noviembre de 1928.

31 (#ulink_ca4d186b-ba0e-5193-b952-d8b5051670f1)ABC, 5 de febrero de 1929.

32 (#ulink_35e319aa-0141-5010-b0c0-82077bbf1b11)La Verdad Deportiva, 38 (16 de febrero de 1929).

33 (#ulink_95cec884-0a5f-511b-8c7a-ce64cf119946) Gil Pecharromán (2000: 12, 53); La Nación, 1 y 5 de mayo de 1930; El Sol, 6 de mayo de 1930, y ABC (Sevilla), 17 de junio de 1930.

34 (#ulink_cea2c741-65cd-5eed-96c5-3766461585b5)La Nación, 20 de mayo de 1930.

35 (#ulink_2b9d1ee0-683d-514c-bba0-de96f1b564bc)La Nación, 28 de mayo de 1930.

36 (#ulink_7554eb92-fc19-588e-8706-e8202e616036)La Nación, 30 de mayo de 1930.

37 (#ulink_7b35747c-bcae-5e6c-ba32-ef536e538e79) Expediente de la Peña Ibérica, Registro de Asociaciones, ADGC.

38 (#ulink_aaa58fc3-0ec2-5b51-8eef-f9b69bda347d)La Vanguardia, 23 de julio de 1930.

39 (#ulink_c0ca86a1-14cc-5103-8751-f3d70fa1e0ee) Declaración de Francisco Palau Rabassó, Documentación de José del Castillo, AJMT; Winston (1989: 229-233, 273), y La Vanguardia, 7 de septiembre de 1930.

40 (#ulink_d8c82466-f803-5962-ac61-e9004b15443c)La Vanguardia, 11 de noviembre de 1930. Ramón López de Jorge aparece en esta conferencia como un teórico, pero, como buen ibérico, también tiene su lado pendenciero. En julio había tenido que pasar por el juzgado tras protagonizar una pelea en un bar con el también ibérico Juan Gual Botines. Durante el lance sacó su pistola del Somatén y disparó. El rebote de la bala hirió a una mujer. Fue detenido. Pronto sería puesto en libertad, aunque su pistola fue confiscada. En diciembre pasaría de nuevo por los juzgados, está vez por agredir en la calle Arco del Teatro a un obrero cenetista. De nuevo fue arrestado y al ser cacheado se le descubrió otro revólver, para cuyo uso ya no tenía licencia.

41 (#ulink_5f473c8f-d6fc-581a-9b67-4ce1f302bf38) Recogido de la prensa de UMN por La Publicitat, 3 de enero de 1931.

42 (#ulink_00681a4d-94aa-5253-bfc5-90aef56ea30c) Andrés (2000); Expediente Círculo Católico Tradicionalista, Registro de Asociaciones, ADGC; Declaración de Francisco de P. González Palou, Causa general... AHN, y La Vanguardia, 7 de junio de 1921, 6 de noviembre de 1923 y 1 de febrero de 1927.

43 (#ulink_bb61cf49-8e39-5ca0-bbcd-54fbcc8f894d) Expediente de Juan Sabadell Mercader, Fons Col·legi d’Advocats de Barcelona, ANC.

44 (#ulink_42ee8147-be20-54b9-b9ef-f93640360644)La Vanguardia, 21 de octubre de 1930.

45 (#ulink_d0af09b3-26ca-5f9b-be22-f98b867f17f3)La Vanguardia, 10 de enero de 1931.

46 (#ulink_4d91c510-8660-55ce-9a68-27caff512a30) Expediente de Pompeyo Claret Martí, Arxiu UB.

47 (#ulink_3967d993-ae1d-5513-bc55-b68b4a40c2bc)La Vanguardia, 8 de marzo de 1928.

48 (#ulink_62ebd8c1-f9d9-53c5-b51d-78ebda76f8fd)La Protesta, 4 de abril de 1931.

49 (#ulink_a2f522ce-5a29-59b0-b570-1a0c751f51fa)Hoja Oficial del Lunes, 6 de abril de 1931; La Razón, 7 de abril de 1931, y La Rambla de Catalunya, 6 de abril de 1931.

50 (#ulink_c3207642-cd4c-5070-9f0e-ceb45241187a)La Vanguardia, 22 de febrero de 1931 y 14 de marzo de 1931.

51 (#ulink_aaedf4dd-32e9-573c-b934-c1c98853a84e)El Liberal, El Socialista y La Voz, 8 de abril de 1931; La Veu de Catalunya, 9 de abril de 1931; La Publicitat, 10 de abril de 1931; La Razón y El Pueblo, 11 de abril de 1931, y Winston (1989: 270-271).

52 (#ulink_ba3004d2-682c-5b23-b55e-f77380f0a2e1)La Vanguardia, 29 de marzo de 1931, 5 y 11 de abril de 1931; Expedientes de Francisco de P. Holgado Galofré, Eduardo Stern Castells y Manuel Casals Torres, Fons Col·legi d’Advocats de Barcelona, ANC, y Fulls volander, Álbum 25, «Electores», 1 de abril de 1931, Arxiu Històric de la Ciutat de Barcelona (AHCB).


II. RECONSTRUCCIÓN

LA HIBERNACIÓN DE LA EXTREMA DERECHA




La proclamación de la República dejó en estado de shock a la extrema derecha españolista. Los partidos españolistas reaccionarios quedaron descolocados. La proclama de Francesc Macià de «la República Catalana com Estat integrant de la Federació ibèrica» acababa de un plumazo con tres de los pilares principales de estos grupos. Suprime la monarquía, inicia un proceso de autonomía que acaba con la España unitaria y se apunta una política de laicización que ataca los privilegios de la Iglesia católica.

Algunos ultras trataron de reaccionar. Parece que el día 14 se concentraron en la sede de los Sindicatos Libres algunos dirigentes y militantes que, al enterarse de la proclamación de la República, se ofrecieron al gobernador civil para actuar. El rápido desmoronamiento del aparato monárquico los dejó sin referentes.

Los de la Peña Ibérica, en esos primeros días de República, se pusieron en contacto con los radicales. Domingo Batet se entrevistó con Jerónimo Pascual Martínez, un ibérico que había sido secretario político del exalcalde radical Manuel Morales Pareja, aunque luego se había pasado a la Unión Patriótica. Se ofrecieron para asaltar la Generalitat si les acompañaban una cincuentena de radicales. El complot no fraguó.

Fueron los últimos coletazos. Los grupos ultras españolistas se invisibilizaron. Desaparecieron de la calle. Dejaron de convocar actos. Muchos de sus centros fueron clausurados por las nuevas autoridades, otros desaparecieron por decisión propia.

El día 15, tras el hallazgo de armas en su local, se clausura la sede de la Confederación Nacional de Sindicatos Libres y es disuelta la organización. En los días siguientes los sindicatos adheridos al Libre irían anunciando su desvinculación de dicha Confederación. Las nuevas autoridades republicanas los consideran una entidad subversiva. Algunos de sus dirigentes, como Ramon Sales, huyen al extranjero, otros son detenidos, algunos asesinados.

El día 17 fueron clausurados los locales del Grupo Alfonso en la calle Aldana y San Andrés. Los inmuebles fueron ocupados por centros republicanos. El mismo día los centros monárquicos alfonsinos contactaron con el gobernador civil para anunciar su disolución. En cambio, la Junta Regional Tradicionalista de Cataluña hizo público un comunicado el 16 de abril llamando a «una actitud expectante y desapasionada, rehusando la participación en cualquier movimiento que se apartara de aquella norma única» y recordando que «hoy por hoy, el supremo interés patriótico exige un respeto a la decisión del pueblo y una perfecta atención al desarrollo de los hechos que señalan una nueva etapa en la historia del país».

Para cuando a finales de mes el Gobierno Civil levantó la clausura a las sedes monárquicas, las que se reunieron, lo hicieron para confirmar su disolución. Así lo hizo, por ejemplo, la UMN de Gracia o el Círculo Católico Tradicionalista de la calle Boria.

El Comité de Acción Española desapareció, los grupúsculos que habían nacido de la eclosión de la Unión Patriótica lo mismo, la UMN, el Grupo Alfonso, la Juventud Monárquica, Acción Nacional, el PNE y el Centro Maurista se disolvieron, al igual que los mellistas. Los carlistas se replegaron a sus casales. La Peña Ibérica pasó a la clandestinidad y aconsejó a los suyos hacerse «socios de alguna entidad, ya sea política, cultural o de recreo, al objeto de extender nuestro radio de acción». Así lo hicieron, encontraremos ibéricos en casi todos los grupos ultras que se creen.

La extrema derecha está en una situación tal de debilidad que no es capaz ni de instrumentalizar la campaña que se había iniciado en defensa del castellano en la escuela, un tema en principio propicio para hacer proselitismo desde el españolismo ultra. Fue la Juventud Socialista de Barcelona la que impulsó la Comisión Escolar Pro Enseñanza en Castellano, que realizó una activa campaña entre octubre de 1931 y febrero de 1932, con actos públicos ruidosos donde eran frecuentes los incidentes con grupos catalanistas.

También fueron los socialistas los que impulsaron la Casa de España en octubre de 1931, para «estrechar vínculos que unan a todas las regiones españolas, en el mutuo apoyo, conocimiento y estimación». Se trataba de una plataforma contra la autonomía catalana que trataba de movilizar a los barceloneses nacidos fuera de Cataluña. Además de socialistas, había radicales y algún ultra. Dieron apoyo a la campaña pro enseñanza en castellano y llegaron a crear una Agrupación Escolar y una Sección Femenina. En enero de 1932 eran cuatrocientos socios. Pronto decayó. Un informe policial de octubre de 1932 afirma que «principalmente se dedicaron a desarrollar una activa campaña contra el Estatuto; una vez aprobado éste, la Casa de España entró en período de descomposición, desapareciendo de sus cargos los dirigentes primitivos». La entidad quedó en manos de españolistas de derechas, pero duró poco, ya que en diciembre de 1932 desapareció.

El último presidente de la Casa de España fue José Osés Larumbe, un maestro nacional destinado en Barcelona desde 1901. José Osés, aragonés de nacimiento, pero criado en el País Vasco, siempre había destacado por su oposición al bilingüismo en la enseñanza, como él escribía, contra la absurda «convivencia del idioma español en las escuelas con los idiomas y dialectos regionales». En los años veinte fue conferenciante habitual en centros republicanos y socialistas y era un laicista militante. Fue representante de los maestros en la Comisión Escolar Pro Enseñanza en Castellano y activo publicista de sus fines. Conoceremos más cosas de él y de su hijo. Al secretario de la última junta, Vicente Sainz-Calderón Arizmendi, lo reencontraremos como jonsista.

Solo alguna protesta aislada demostró que el españolismo ultra seguía existiendo. El primero de octubre un grupo de estudiantes dio gritos a favor de una Cataluña española cuando Macià salía de la Universidad tras inaugurar el curso académico. El grupo acabó siendo perseguido por otros estudiantes y se vieron obligados a refugiarse en dependencias policiales. También hubo manifestaciones estudiantiles a raíz de la ley de órdenes religiosas, convocadas por Federación Catalana de Estudiantes Católicos, que organizaron en noviembre un mitin con José María Gil Robles y José Antonio Aguirre como estrellas invitadas. Poco más se dejaron ver en 1931. Fueron los carlistas los que pronto reaparecerían con su habitual perfil bronco.

El 16 de octubre se celebra en la Catedral de Barcelona, organizado por la Junta Regional Tradicionalista, el funeral en recuerdo del recientemente fallecido Jaime de Borbón, el pretendiente carlista. Hay rumores de que grupos contrarios pretenden perturbar el acto. La jefatura tradicionalista organiza un servicio de orden. Grupos de requetés, distinguidos con boinas azules, se distribuyen por dentro y fuera del templo. Andan muy excitados ante una posible agresión.

Ya durante el acto, los requetés habían obligado a salir del templo, de malas maneras, a quien consideraban que no mostraba el suficiente respeto. Cuando estaba por acabar el funeral, se originó una trifulca en el exterior. Algunos requetés se lían a golpes con unos jóvenes que hacían chanza del acto. En medio de la reyerta, suena un disparo. Cae mortalmente herido al suelo Antoni Borrell Amich, un empleado de seguros de 26 años. Acuden policías que disuelven el grupo y practican una detención, la del requeté Luis Bellés Colom, conocido entre los suyos como El Tit, de 30 años. Han hallado a sus pies una pistola automática con señales de haber sido disparada. La prensa habló de represalias políticas. En realidad, el grupo de jóvenes que se burlaba del acto, aunque eran de ideas catalanistas, no estaba organizado políticamente. El muerto no militaba en ninguna organización. Como decía La Vanguardia «El ambiente, por lo que puede verse, estaba cargado de pasión». Seguramente esto es lo que llevó al fatal desenlace.




Serían también los carlistas los primeros en regresar a la calle y lo harían con motivo de la fiesta de la Inmaculada.

CELEBRANDO LA INMACULADA Y PASEANDO LA ROJIGUALDA




Es 8 de diciembre de 1931 y el mundo católico conmemora la Concepción Inmaculada de María. Tradicionalmente era un día no laborable, pero la República, en su política de laicización, lo había eliminado del calendario de festivos. A pesar de ello, hubo balcones que aparecieron adornados, algunas tiendas y talleres cerraron y se celebraron actos religiosos en la Catedral y la parroquia de la Concepción. Los sectores católicos, enardecidos por las protestas contra las nuevas leyes laicas, lo plantearon como un reto.

Los carlistas convocaron una «fiesta magna españolista» en la iglesia de San Agustín a las 12:30 h. Se trataba de una misa que venía a sustituir la que antes de la República celebraban los militares de Infantería, cuerpo del que esta virgen era patrona. A la celebración eucarística asisten algunos militares retirados, aristócratas alfonsinos y, sobre todo, tradicionalistas. Las banderas del Requeté, la Juventud Tradicionalista y la AET son sostenidas por militantes carlistas en el altar mayor. En el atrio de la iglesia aparece una bandera rojigualda. Tras el oficio religioso, numerosos jóvenes se congregan en la plaza cubiertos con sus boinas rojas. Y es que la Purísima era además la patrona de la Juventud Tradicionalista.

Cuando más gente estaba congregada en la plaza se levantan dos pancartas. En una se lee «Contra l’ateisme de l’Estat», en la otra «Els escolars tradicionalistes amb la Inmaculada [sic]», rematada con una flor de lis a cada lado. Se decide marchar en manifestación desde San Agustín hacia las Ramblas y subir hasta Puertaferrisa, donde se ubicaba el Círculo Tradicionalista de Barcelona. Además de las pancartas, los jóvenes carlistas ondean la bandera monárquica que han lucido en el templo. A los lados del cortejo, algunos requetés armados vigilan. Son dirigentes de las juventudes y la AET, entre ellos Lauro Clariana, al que conoceremos más adelante como jonsista, o Carlos Trías Bertrán, que veremos como falangista. La AET se había reorganizado hacía un mes. En febrero de 1932 se constituirán como entidad independiente del Círculo Tradicionalista. En ese mes son treinta socios, en marzo de 1932 han doblado; según la policía son ya sesenta.

Los incidentes con transeúntes republicanos no se hacen esperar. Imprecaciones, amenazas, alguna bofetada. Del lado carlista gritos de Mori la República, Viva Cristo Rey, Visca el Papa; del lado republicano Visca la República. A la altura de la calle del Carmen se ha formado una contramanifestación republicana. El choque es inevitable. Más golpes. Aparecen guardias de Seguridad que, sable en mano, cargan violentamente y disuelven el tumulto. A pesar de todo, el cortejo carlista consigue llegar a su local de Puertaferrisa. Pronto se congrega delante del local una multitud que los increpa. Mientras, desde el balcón de la sede tradicionalista, algunos jóvenes tararean la Marcha Real y enarbolan de nuevo la bandera rojigualda. Los guardias de Seguridad han de intervenir para evitar que se asalte el centro. Siguen llegando republicanos a protestar. Aparece entonces una sección de guardias de Asalto que penetra en el Círculo. Se realiza un registro y se cachea a los carlistas. No se encuentran armas, pero se confisca la bandera monárquica. Además, se carga en Puertaferrisa para disolver a los republicanos. Hacia las tres se consigue calmar la calle. Es entonces cuando salen detenidos del local carlista el jefe regional, el abogado, exsenador y exteniente de alcalde Miquel Junyent Rovira, y el presidente del Círculo Tradicionalista, Pere Roma Campí, acusados de organizar una manifestación monárquica. El Círculo Tradicionalista queda clausurado por orden gubernativa.

La manifestación, además de una demostración de fuerza del carlismo, era una protesta contra la Constitución republicana, que sería aprobada por las Cortes al día siguiente. Sobre todo, contra el laicismo que recogía el texto; de ahí la exaltación religiosa de la manifestación. La defensa del catolicismo es, en esos momentos, el banderín de enganche del carlismo y de la derecha en general. Ello unido, en Barcelona, al españolismo.

Esta protesta animó algo al decaído españolismo barcelonés. De hecho, «los núcleos patriotas dispersos de Barcelona» hicieron piña con los carlistas después de esta manifestación. El carlismo se convirtió en un centro de atracción para los contrarrevolucionarios barceloneses. Los carlistas vieron acudir a sus filas a nuevos militantes.

NUEVOS CARLISTAS Y VIEJOS MODOS




El 19 de junio de 1932 se inaugura la nueva sede central del carlismo barcelonés. La apertura estaba prevista para el 28 de mayo, pero la orden general de suspensión de toda clase de actos políticos decretada por el Gobierno Civil en esas fechas lo había impedido. El carlismo está creciendo en militancia y necesita una nueva sede. Ha abandonado el histórico y vetusto local de la calle Puertaferrisa, para abrir otro, más grande y suntuoso, en el paseo de Gracia, en su número 17, la misma elegante avenida donde han abierto local los alfonsinos y donde también tiene su sede la Lliga Regionalista.

El acto se inicia a las nueve de la mañana con una misa en la iglesia de las Madres Escolapias. A las once, los congregados se trasladan al local, donde se procede a su bendición. La inauguración continúa por la tarde. A las seis se ofrece un lunch. Llegan los discursos. Se han instalado altavoces en el jardín. Entre otros dirigentes tomaron la palabra el conde de Valdellano y Miquel Junyent, jefe provincial, quien dijo «que la sal sagrada que se había puesto en la puerta de entrada era para preservar de que pudiera penetrar en el local el liberalismo, ya que la casa era la de la tradición». También se felicitó «del aumento de afiliados que han experimentado en estos últimos tiempos los tradicionalistas». Todo es optimismo, todavía tienen reciente la exitosa Gran Semana Tradicionalista, celebrada entre el 2 y el 8 de mayo, durante la cual se han organizado multitud de actos propagandísticos en un centenar de pueblos de Cataluña.

Los jóvenes carlistas, enardecidos por los discursos, dan vivas al rey. Algunos transeúntes los oyen y se indignan. Se forman corrillos. Protestan contra los cavernícolas, que es como la izquierda denomina a los carlistas y reaccionarios en general. Desde el jardín y los balcones del Círculo, jóvenes carlistas responden subiendo el tono y entonando canciones monárquicas. Lanzan gritos contra los jabalís, como la derecha denomina a los republicanos más extremistas. De repente llega un grupo de manifestantes enarbolando banderas tricolores y dando vivas a la República. Pronto se pasa de las palabras a los hechos. Resuenan algunos disparos. Se produce una desbandada. No hay heridos, parece que los tiros se han hecho con pistolas de fogueo. Aparecen guardias de Asalto que tranquilizan la situación.

El Gobierno Civil decreta la inmediata clausura de la recién estrenada sede. A las 23 h se presenta la policía, procede al cierre y se llevan detenido al conserje. Además, van a buscar a su casa a Mauricio de Sivatte de Bobadilla, secretario del Círculo. Enterados los directivos carlistas, que estaban agasajando a los invitados foráneos en el restaurante Font del Lleó, se desplazan a la comisaría para pedir explicaciones. Son todos detenidos. Entre ellos está el conde de Valdellano, presidente de la entidad. Al día siguiente el gobernador informa «que los detenidos lo estaban por haberse negado a facilitar, alegando ignorar dónde se hallaba, el libro-registro de socios, lo cual significa resistencia a cumplir un requisito legal».


 Son liberados al poco tiempo. El nuevo centro carlista hacía su presentación al viejo estilo, con bronca, tiros y detenciones.

Hemos visto como el carlismo recibió la proclamación de la República con un manifiesto firmado por Jaime de Borbón en el que se pedía calma a sus seguidores y respeto al nuevo régimen. Ello a pesar del cierre de círculos y locales carlistas que se produjo con el advenimiento de la República, pero pronto el tono pacificador dejó paso a la belicosidad habitual de los tradicionalistas. Visto que la República se afianzaba como forma de gobierno, un mes después el pretendiente llamaba a organizarse en la lucha antirrepublicana. Ello no los aleja de la vida política y, en las elecciones constituyentes de junio de 1931, bajo la premisa de agrupar a todos los católicos, participan en Barcelona en una candidatura conjunta con la Lliga Regionalista.

El pacto de los tradicionalistas con la Lliga no fue bien recibido por su sector más españolista. Tampoco el apoyo a regañadientes de los carlistas al Estatut. Pero a pesar de ello el carlismo crecía. Tras la muerte de Jaime de Borbón en octubre de 1931, sustituido por su tío Alfonso Carlos, con un perfil más reaccionario, integristas y mellistas retornaron a las filas tradicionalistas. Esto dio un sesgo más ultra a la organización, que fue alejándose de la República por sus medidas laicistas y reformistas, que ellos consideraban anticlericales y revolucionarias. También llegaron «nuevos carlistas», gente bien que busca refugio en el tradicionalismo, aristócratas catalanes que recuperan su pasado carlista. Se abrieron nuevos círculos en la ciudad, llegando a tener trece repartidos por los distritos, y, como hemos visto, cambiaron la sede central.

Este crecimiento fue visto con cierta preocupación por los sectores más puristas y ortodoxos, que temían que se desdibujase el perfil del tradicionalismo. Uno de los denunciantes de este peligro y defensora de las esencias del carlismo era una nueva publicación que había visto la luz en julio de 1931, el semanario Reacción.

***

Ese 25 de julio de 1931 miembros del Requeté vocean por las Ramblas una nueva publicación: ¡Ha salido Reacción, semanario de lucha política! Los jóvenes miran a un lado y a otro; temen una agresión. De hecho, sobre la pila de ejemplares han colocado una boina roja para que se conozca la orientación del semanario, y debajo un cargador del nueve largo, para evitar que la pila se vuele y como elemento disuasorio. Si el título de la publicación ya era una declaración de principios, todavía lo era más su lema: «ningún enemigo a la derecha». En el editorial de su primer número dejaban claro el porqué de su nombre:

Reacción. Acción, afirmativa, vigorosa, fecunda, que resiste a la acción negativa estéril y destructora. A la acción demagógica, disolvente y corrosiva de todo aquello que construyó en largos siglos la vigorosa Tradición de nuestro pueblo, opondremos nuestra reacción.

A la acción del liberalismo exótico y postizo que intenta desvirtuar las verdaderas características de nuestra raza resistiremos con nuestra reacción.

A la acción demoledora del ateísmo que pretende aniquilar con saña feroz el cristiano contenido de nuestra conciencia, la combatiremos con nuestra reacción.

A la acción pertinaz y agotadora que conduce a borrar de nuestros hijos todo sano concepto de Patria y Familia, enfrentaremos nuestra reacción.




La publicación nacía impulsada por los dirigentes tradicionalistas Juan Soler Janer, Miquel Junyent y Mauricio de Sivatte, pero el auténtico responsable de la revista era un hombre miope, que gastaba gafas de culo de vaso, que cojeaba y que llevaba una sempiterna pipa en su boca: el periodista Estanislao Rico Ariza, al que conocemos de su breve paso por el Partido Laborista Nacional y el más largo por los Sindicatos Libres. Ahora ha regresado a las filas del carlismo, donde nunca será muy apreciado por los capitostes tradicionalistas, que lo consideran un resentido social, pero al que reconocen su valía y dinamismo a la hora de poner en marcha una publicación. Además, era redactor de El Correo Catalán. En mayo de 1931 había sido detenido y destituido como funcionario municipal por «haber actuado de instrumento de opresión al servicio de la dictadura». Rico buscará a un viejo colaborador suyo de La Protesta para situarlo como director de la publicación, alguien que también conocemos: José María Poblador.

Tras la proclamación de la República los periódicos en los que colaboraba Poblador habían desaparecido. Además, tras la desarticulación virtual de la Peña Ibérica, parece que Poblador se desvinculó de ella. Volvió a vincularse al carlismo, en el que se había formado en sus orígenes. No parece que lo hiciera orgánicamente, más bien buscó una nueva ubicación profesional, aunque el dinero familiar le permitía vivir desahogadamente, y un espacio de influencia política. Hacía tiempo que al Poblador del Dios, Patria y Rey solo le quedaba la Patria.

El semanario, recogiendo el tono polémico, beligerante y virulento que habían tenido otras publicaciones en las que había trabajado Poblador, ataca con saña a la nueva República, el Estatut, el separatismo, el liberalismo, la Lliga, la masonería..., todos los demonios del carlismo más cerril, mientras hace una fanática defensa de los principios tradicionalistas, del Ejército, la Guardia Civil. Se podían leer proclamas tan encendidas como esta:

Los demás a la derecha y a la siniestra se han definido. ¡Enemigos! Desde el católico liberal al comunista son nuestros enemigos. Tengámoslo bien en cuenta por sensible que sea, hemos de considerar enemigos peores a los de la derecha que a los de la izquierda, éstos son enemigos declarados, los otros, hipócritas y pretenden herirnos resguardándose detrás de la Cruz. Ya ha pasado el tiempo de la defensiva. No perdamos el tiempo. A la ofensiva. Organicémonos para la defensiva. Ni treguas ni prudencias suicidas. ¡Al ataque, por Dios, por la Patria y por el Régimen Tradicional!




Su papel era el de la provocación y el sensacionalismo. Con ello se contentaba a un sector del tradicionalismo, el más españolista, integrista y ultra, y a los jóvenes, que encontraban tibio El Correo Catalán, portavoz oficial. Lo único moderno que se podía encontrar en la publicación era su diseño y compaginación.

La venta callejera del semanario dio lugar a altercados, de ahí la protección por requetés, que no rehuían la pelea. Como veremos, esto será algo usual durante la República. De la venta de la prensa ultra se cuidaban los propios grupos, organizando un servicio de protección de los vendedores, ya que los quiosqueros, por convicción política o por miedo a represalias, se negaban a vender prensa ultraderechista.

Su vocación provocadora supuso diversos procesos a su director, José María Poblador. Sus incendiarios artículos lo pusieron en el punto de mira de las autoridades republicanas. Durante 1932, Poblador tuvo que hacer frente a tres juicios. El fiscal denunció algunos de sus artículos por injuriosos y calumniadores para con las autoridades, e incluso llegó a pasar encarcelado unos días.

En 1932 se dieron otros intentos de prensa ultra. En enero de 1932 apareció el semanario España Católica. Su título indica por dónde iban los tiros, religión y patria. Era plural dentro de lo reaccionario, con colaboradores que se conocían de la época upetista, ya que casi todos habían pasado por el partido único. Hay carlistas como René Llanas de Niubó, publicistas como Juan Porta Sarret, un profesor de los dominicos que colaboraba con entidades católicas como Acció Social Popular o la Academia de Jesús Obrero, está Julio Muntaner Roca, un teniente de complemento de infantería que pronto encontraremos en las filas albiñanistas, el ibérico Juan Sabadell o el maurista Manuel Casals Torres. Defendía una unión de las derechas monárquicas en torno a la defensa de la religión frente a los ataques laicistas de la República. Duró dos meses.

En julio apareció Hispanidad, «semanario defensor de la unidad de la patria». Su objetivo es atacar el Estatut que se debatía en las Cortes. Ahora se trataba de articular a las derechas barcelonesas en torno al españolismo, a la defensa de la unidad nacional frente al separatismo, contra la prensa «vendida al dinero catalanista y judío». Lo dirige Pablo Sáenz de Barés y colabora el sempiterno René Llanas de Niubó, además de albiñanistas y alfonsinos. Dura tres números. Son experiencias breves pero que van allanando el camino a la idea de un pacto entre carlistas y alfonsinos.

Para las elecciones al Parlament de 1932 los carlistas pidieron la creación de un frente antiesquerra. La Lliga se negó. Su programa clásico: defensa de la Iglesia católica, de la familia, el orden y la propiedad, unido a los resquemores de los sectores españolistas, los acercó a los alfonsinos. Los monárquicos de la otra rama borbónica hacía unos meses que habían empezado a reorganizarse.

GENTE BIEN Y LOS QUE ASPIRAN A SERLO: LA PEÑA BLANCA




Son las once de la mañana del 26 de mayo de 1932. Ante el número 86 del paseo de Gracia no paran de llegar taxis y coches particulares. Bajan de los vehículos atildados jóvenes, señoritas con sus mejores vestidos, elegantes padres de familia. Acuden a la inauguración del local social que la Peña Blanca abre en la parte noble de la ciudad. La misma señorial vía a la que hacía poco habían mudado su sede central los carlistas barceloneses. La misma donde está instalada la Lliga.

Las personas que acceden al piso tercero del inmueble son monárquicos, pero en este caso de la rama alfonsina. En el acto se da cita «lo más selecto de la sociedad barcelonesa», los apellidos que frecuentan los ecos de sociedad de la prensa: los Girona, Vidal-Quadras, Vilavecchia, Camín, Larramendi, Olano, Ros. Son recibidos por los miembros de la junta directiva de la Peña y por las damas que han formado su Sección Femenina. Algunos de los asistentes lucen corbatas verdes. El color verde se utilizaba por los alfonsinos como acróstico de Viva El Rey De España.

Son los mismos que habían impulsado en junio de 1931 la creación de una entidad que agrupase a los jóvenes alfonsinos, a los antiguos miembros de la Juventud Monárquica, el Grupo Alfonso y la UMN. Para legalizar la entidad no se habían presentado como una organización monárquica, sino como una entidad con «finalidad cultural y recreativa», como una peña, lo que en realidad también eran, pues no eran muchos, todos se conocían entre sí y frecuentaban los mismos espacios de sociabilidad. La fundación oficial de la Peña Blanca se produjo en octubre y hasta entonces se habían reunido en el Restaurante Mirza, en el número 32 del mismo paseo de Gracia. Lo de Blanca respondía a su ideología contrarrevolucionaria, como la de los rusos blancos. A decir de Enrique García-Ramal, uno de sus fundadores, se veían «como un futuro ejército de los zares, fuerte como una roca y blanca como sus uniformes» (Thomàs, 1992: 30). En esos momentos solo eran dieciséis socios. Ahora llegan a los dos centenares.

Entre los socios fundacionales encontramos a su primer presidente, Antonio de Otto Torras, a Ramón Ciscar Rius y su amigo el estudiante de ingeniería Enrique García-Ramal o a Manuel Valdés Larrañaga, un joven bilbaíno que estudia arquitectura en Barcelona y que poco después presidirá la Peña. En 1934 se trasladará a Madrid, donde pasará a militar en la Falange de su amigo José Antonio, siendo uno de los fundadores del Sindicato Español Universitario (SEU).

Los asistentes han podido pasear por las diferentes estancias del local: el salón-biblioteca «decorado con el mayor gusto», un salón de actos «amplio y severo», un salón de tertulia y otro de reunión para damas y señoritas, amén de la secretaría y las oficinas. La Peña Blanca ocupa un espléndido local que en el pasado había servido de estudio al pintor Ramon Casas.

El acto tendría que haber sido más sonado. En un principio se anunció la presencia del diputado Antonio Goicoechea, en esos momentos en Acción Nacional. Finalmente, problemas de agenda del político impidieron su presencia, aunque no tardaría en visitar la Ciudad Condal. El 3 de junio pronunciaría un mitin, invitado por la Peña Blanca.

Sin Goicoechea, el estrado presidencial lo ocupan Miguel de Gomis, presidente honorario de la entidad, María Flaquer, de la Sección Femenina, José Bertrán Güell, encargado de los cursos que organiza la entidad, y el conde de Valdellano, en representación del vecino Círculo Tradicionalista. En los parlamentos no entran mucho en política, saben que les pueden cerrar el local. Según recogía La Vanguardia, su objetivo era «la preparación de una juventud católica que pueda servir de base a una campaña cultural intensa que lleve a la conciencia ciudadana hacia derroteros de sana moralidad, haciéndola apta para que pueda cumplir los fines a que aspiran los partidos de derechas, defensores de la moral católica y de los principios cristianos que nos legara la religión de nuestros mayores».

Uno de los primeros actos organizados por la entidad monárquica contará con un viejo conocido, René Llanas de Niubó. Con la proclamación de la República, Llanas se ha aproximado al carlismo. Estudia medicina y milita en la AET. Sin dejar su militancia tradicionalista, ahora se acerca a los alfonsinos. Desde junio es presidente de la Sección de Estudios Histórico-Religiosos de la Peña Blanca. Ese mismo mes diserta en el local alfonsino sobre «Valores históricos del problema catalán». Se ha convertido en un propagandista de la causa españolista. Desde que se proclamó la República pronuncia conferencias allá donde le llaman, la Casa de los Castellanos, el Centro Social Católico de Terrassa, el Centro de Defensa Social –donde comparte escenario con Poblador– o Acción Católica. Además de su particular visión de la historia de España y Cataluña, en estas charlas se explaya sobre algunos de los demonios de la extrema derecha: judaísmo, masonería, comunismo o escuela laica.

A las elecciones catalanas del 20 de noviembre de 1932 los alfonsinos se presentaron con los carlistas en la candidatura Derecha de Cataluña o Dreta de Catalunya, pues también utilizan su denominación en catalán. Los dos grupos monárquicos han realizado un acercamiento. Sus programas reaccionarios se parecen. Los resultados fueron desastrosos. En Barcelona no llegaron al 4 % de los votos. Si nunca habían tenido mucho aprecio por un sistema basado en elecciones, ahora menos. Desde sectores carlistas, como Reacción, se habla de la violencia como respuesta para salvar al pueblo. Las divisiones internas entre los tradicionalistas se enconan. Los alfonsinos optan por seguir conspirando contra la República. A pesar del fracaso, la colaboración entre carlistas y alfonsinos continuó a nivel estatal, pero no en Barcelona, donde, como veremos, en las elecciones de 1933 no repetirán alianza.

A partir de 1933, bajo la presidencia de Julio Díaz Camps, que había sido miembro de la Comisión de Propaganda de la Unión Patriótica del Distrito IV, la Peña Blanca aumenta su actividad. Mantienen su oferta cultural, con veladas poéticas, teatro y bailes, e invitan a dar conferencias en su local a figuras del pensamiento reaccionario español como José María Pemán, Ramiro de Maeztu o el canónigo integrista José Montagut.

La ideología monárquica de la Peña Blanca no pasa desapercibida a las autoridades republicanas. En julio el Gobierno Civil había requerido el registro de socios, las actas y la contabilidad. Como veremos, en agosto de 1932, tras el fracaso de la Sanjurjada, les cerrarán el local y, hasta el 31 de octubre, no se les levantará la clausura. La sede será de nuevo clausurada el 23 de julio de 1933, a raíz de un supuesto complot, esta vez hasta finales de agosto. En septiembre mudan de local a la Rambla de Cataluña 86.

Ese año la Brigada Social, en un informe sobre la Peña Blanca dirigido al gobernador civil, explicita que eran 220 socios de «ideas monarquizantes y de acentuada actuación de extrema derecha tradicional» y que siguen las orientaciones de Derecha de Cataluña, el partido que formarán los alfonsinos. Está relación la dejarán clara en los nuevos estatutos que presentan a la autoridad en enero de 1934.

CONFABULADORES Y PISTOLEROS CONTRA LA REPÚBLICA




El elegante Café Restaurant Mirza, inaugurado en 1930 en el paseo de Gracia, se ha convertido en una especie de cuartel general de los alfonsinos, sobre todo hasta que abran su sede en el mismo paseo.


 En este distinguido local esperan, una noche de septiembre de 1931, tres monárquicos alfonsinos, el capitán aviador Alfonso María de Borbón y León, marqués de Esquilache y primo de Alfonso XIII, y dos dirigentes locales, José Bertrán Güell y el aristócrata, industrial y abogado Pedro Bosch-Labrús y Blat. Tienen una cita con otros personajes del mundo ultra. Pronto aparecen por el local el conde de Valdellano, representante del sector más ultra e integrista del carlismo, y los ibéricos Juan Sabadell y Francisco Palau. Se trata de una reunión conspirativa para estudiar cómo derribar la República. En ella se habla de crear las condiciones para que militares afines puedan realizar un pronunciamiento. Los ibéricos formulan tres condiciones para apoyar el supuesto golpe: que los paisanos salgan armados, que a los que intervengan se les dé a posteriori colocación y que a las familias de los que resulten heridos o muertos se les ayude económicamente. Todos se muestran de acuerdo y se emplazan para un nuevo encuentro.

No es la primera reunión de este tipo que mantienen alfonsinos e ibéricos. Los alfonsinos empezaron a conspirar contra la República desde los primeros días de esta. Su objetivo es ayudar a implantar una dictadura militar que permita la restauración monárquica. En Barcelona, los primeros aliados que encontraron fueron los ibéricos. A pesar de su evolución política criptofascista, los ibéricos solo encuentran compañía en el mundo reaccionario. Andan disminuidos, «han perdido las tres cuartas partes de sus efectivos» pero «conservan los más valiosos de estos».


 A finales de abril habían constituido un comité revolucionario formado por Francisco Palau, Antonio Correa, Enrique Ponz, José Catalá de Bezzi y Benito Belén Patricio, un tarragonés, de ideas monárquicas, empleado de Riegos y Fuerzas del Ebro, que acabaría militando en el PNE.

Francisco Palau seguirá liderando la Peña Ibérica. Está empleado como ingeniero en Cementos Sansón, una cementera situada entre Sant Feliu de Llobregat y Sant Just Desvern. Durante la semana laboral reside allá, pero también mantiene un piso en Barcelona. Seguramente había conseguido el trabajo gracias a su amigo Domingo Batet, gerente en la misma cementera, que a su vez había sido colocado por un tío suyo, consejero delegado de la fábrica. Se trata de una empresa con fuerte presencia del Libre; su delegado sindical había sido Fausto de la Peña Asó, dirigente catalán de la Confederación Nacional de Sindicatos Libres y hermano de Gaspar, destacado miembro de la Peña Ibérica. Todo queda en familia.

En mayo, José Bertrán Güell y Pedro Bosch-Labrús entraron en contacto con ellos. Uno de los primeros acuerdos fue intentar atraer a elementos obreros a la causa. Desarticulados y perseguidos los Sindicatos Libres, optaron por crear una nueva organización, la Federació Obrera Catalana (FOC). No se hará realidad hasta meses después.

En enero de 1932 haría su presentación pública la FOC. Se encarga de su organización Ángel Sabador Roldán, un propagandista y exdirigente libreño. Los alfonsinos son los encargados de aportar el dinero necesario para ponerla en marcha. La entidad obrera trató de disimular su cercanía a los Libres, aunque este hecho no pasó desapercibido para la CNT, que pronto los acusó de amarillismo. Hizo gala de un cierto catalanismo y su publicación FOC contenía artículos en castellano y catalán. En su manifiesto de presentación se definen como una organización de «tipo profesional que tengan desterradas de su seno las ideas políticas y las filosóficas, porque las confesionalidades y el politicismo actúan de fuerza disolvente, mientras el profesionalismo y la cuestión económica representan el aglutinante». Sobre la cuestión catalana afirman que «el anhelo autonomista es admitido por la organización como una exaltación de amor a la tierra nativa y de mejoramiento económico, pero sin que represente pérdida de la trabazón nacional». Pidieron el voto favorable al Estatut.

En la junta del nuevo organismo obrero figuran inicialmente ibéricos, pero seguramente sus manifestaciones catalanistas no fueron de su agrado. Acabaron presentando la dimisión «por la actuación equívoca de algunos de sus componentes». Las luchas internas consumieron el proyecto. En junio, Ángel Sabador sería sustituido en la dirección por Antonio Clavé Alvira, otro libreño, antiguo administrador de La Razón, con un perfil más ultra. La CNT lo acusaba de haber sido pistolero al servicio de la Catalana de Gas y de estar implicado en un intento de atentado a Azaña. El cambio se notó, volvió el tono violento, polémico y demagógico típico del Libre. Como presidente figuraba el monárquico Enrique Bieto Coll, que se presenta como ingeniero de Telefónica, un antiguo upetista que se pasará al albiñanismo. Otro de los dirigentes era el panadero Lázaro Casanovas Mas, otro exlibreño, acusado en su día de malversación de fondos del Comité Paritario de Panadería.

El proyecto fue un fracaso, atrajo a muy pocos obreros, algunos católicos y unos pocos carlistas; no salió pues del nicho habitual de la extrema derecha. Tras la marcha de Sabador, la actividad decayó. La FOC iría malviviendo. Los exdirigentes del Libre como Clavé y otros también la abandonaron. En 1935 sería duramente atacada por Ramon Sales y los suyos. Acabaría recalando en la católica Confederación Española de Sindicatos Obreros, de la que Sabador se convertirá en uno de sus dirigentes.

Mientras, las reuniones conspirativas siguen. Se ha formado una junta revolucionaria más amplia. La preside el aristócrata alfonsino Jesús María de Iraola y Palomeque y forman parte de ella Francisco Palau y Enrique Ponz por la Peña Ibérica, Bertrán y Bosch por la Peña Blanca, Llanas de Niubó y Poblador representando a los carlistas, aunque no oficialmente, y Juan Sabadell. A principios de 1932 los dos representantes de la Peña Ibérica se declaran incompatibles con Sabadell, que había empezado a poner en marcha Concentración Española, de la que pronto hablaremos.

De momento, los encuentros clandestinos no se han concretado en ninguna acción. Los ibéricos empiezan a tejer nuevas alianzas. Hartos de conspiraciones de salón optan por buscar personal más belicoso y aguerrido. Sin dejar sus contactos con los alfonsinos, contactan con antiguos dirigentes del Libre con los que no han perdido nunca la relación. Uno de ellos es Jaime Fort Santa, extrabajador del Banco de Barcelona que había participado en la reorganización del Sindicato Libre Profesional de Empleados de Banca y Bolsa y había sido miembro de la ejecutiva del Libre desde 1923. En 1926 era presidente del CADCI intervenido. En agosto de 1931 trabajaba en la delegación provincial del Ministerio de Trabajo. Otro es Basilio Bel Mateo, exdirigente del Sindicato Libre Profesional de Empleados y Obreros de La Catalana de Gas y Electricidad.

Ibéricos y exdirigentes libreños se encargan de ir recuperando a viejos pistoleros. Muchos malvivían sin trabajo porque eran objeto de boicot sindical por su pasado, algunos se habían pasado a la delincuencia común, otros vivían recluidos por miedo a la venganza del Sindicato Único y estaban los que se habían marchado de Barcelona por ese mismo motivo. Algunos pasaban el día en los círculos tradicionalistas jugando a cartas; allí se sentían protegidos y respetados. A veces les encargaban guardias en iglesias y conventos o los llamaban para hacer de esquiroles durante alguna huelga, también había quien hacía de guardaespaldas para personalidades de la derecha y de servicio de orden en mítines carlistas y de otras fuerzas ultras. A decir de los jonsistas, los Sindicatos Libres habían quedado pulverizados y juzgaban que «el desecho en él es considerable, menudean entre sus antiguos componentes los confidentes y los pistoleros mercenarios».




Son pistoleros como Pedro Rodríguez Sánchez, alias Sargento Malacara, que durante la República había sufrido diversos arrestos por atraco y por proferir gritos monárquicos. En enero de 1933 resultará muerto en un confuso tiroteo en el que también murió un guardia civil. O como dos manresanos implicados en el atentado contra Pestaña de 1923 y otros tiroteos, como eran Juan Pladevila Cucurull, alias Juan de la Manta, un ferroviario cuarentón, e Isidre Miguel Viñals, que había sido presidente de los Sindicatos Libres de Manresa. También rescataron a Juan Gascón Talón, con un largo historial desde 1921 de tiroteos, amenazas y agresiones, acusaciones de tenencia ilícita de armas y asesinatos e ingresos en prisión. Él mismo fue objeto de un atentado por pistoleros del Único en 1923, del que salió vivo por poco. Con la proclamación de la República huyó a Valencia, donde sería detenido en septiembre de 1931 por su implicación en el asesinato de Layret. Pasó una temporada en la cárcel, pero nada se pudo probar. Se quedó en Barcelona. Parece que trabajó en el gimnasio de Carlos Comamala, a quien tendremos ocasión de conocer, pero acabó mal con él y en diciembre de 1932 interpuso una reclamación ante los tribunales laborales contra el gimnasio.

Sería Jaime Fort el encargado de ir a Madrid para tomar contacto con una nueva conspiración en marcha, uno de los múltiples complots tramados en esos meses en el extranjero por monárquicos exiliados. Se pretendía atentar contra una alta personalidad de la República para producir un caos que sirviera de excusa para sacar el ejército a la calle y tomar el poder. Se piensa en asesinar a Niceto Alcalá-Zamora y Manuel Azaña, presidente de la República y del Consejo de Ministros respectivamente. Se forman dos grupos de acción, uno en Barcelona, liderado por el propio Jaime Fort, y otro en Madrid, encabezado por Miguel Lahoz Burillo, un señalado pistolero del Libre que había huido de Barcelona. En Madrid se había colocado de fogonero y fue tesorero del Sindicato Libre de Panaderos, siendo denunciado posteriormente por desfalco. En mayo de 1931 había sido detenido en el marco de investigaciones sobre las actividades del Libre. Lahoz es el encargado de repartir el dinero que personajes anónimos aportan al complot, seguramente alfonsinos y otros ligados al PNE.

El complot va cogiendo forma. Se ultima un plan. El lugar escogido es Valencia, donde ha de llegar el presidente Alcalá-Zamora el 6 de abril de 1932 desde Palma de Mallorca. Tiene previsto recorrer las calles. La idea es provocar algunos altercados al paso de la comitiva oficial para, aprovechando la confusión, atentar contra el presidente. Como el entierro se habría de realizar en Madrid, el resto de la banda de pistoleros aprovecharía la asistencia del Gobierno al sepelio para asesinar a Azaña.

El 4 de abril Palau baja de la cementera a Barcelona. Jaime Fort le ha convocado a una reunión urgente en casa de Feliciano Baratech Alfaro, periodista y viejo líder del Libre. Fort le comunica que cuenta con los ibéricos para actuar en 48 horas, coincidiendo con el atentado previsto. Palau critica la premura de tiempo y exige que se los arme con ametralladoras y granadas, como les habían prometido, y no con las pistolas oxidadas que ha visto que estaban limpiando la mujer de Baratech y Juan Gascón. Fort no está para réplicas, le contesta «arréglatelas como puedas, pero hay que asaltar la Generalitat tan pronto salgan las tropas a la calle». Le confiesa que las órdenes vienen del general Barrera, que será el que se pondrá al frente del movimiento en Barcelona.

También se apunta el carlista Rupert Lladó Oller, dependiente de comercio y fundador del Sindicato Libre, que promete aportar hombres y armas. Seguramente ha sido contactado por Palau, ya que Lladó vivía en Sant Feliu de Llobregat, municipio en el que trabaja Palau. Además, se movilizan algunos militares retirados. Los ibéricos quedan a la espera de órdenes.

Jaime Fort marcha a Madrid con un maletín cargado de pistolas ametralladoras que han conseguido en Barcelona. Las armas las ha suministrado un subcabo del Somatén que además se ha encargado de falsificar las guías. Según Palau, tres de las cinco pistolas del maletín eran suyas.

El día 5 de abril se confirma desde Valencia que todo está listo. Lahoz envía a la ciudad del Turia a un pistolero con dinero y el maletín con armas que ha traído Fort de Barcelona, pero a su llegada a Valencia nadie le espera, no puede contactar con los desplazados anteriormente; parece que se han rajado. Al día siguiente regresa a Madrid. Se frustra el atentado. La orden de salir a las calles no llegó nunca a Barcelona.

Los implicados esconden el maletín. No desisten. El día 12, en el Teatro Español está previsto el estreno de La Corona, obra de Manuel Azaña, y se piensa que también asistirá Alcalá-Zamora. Es un buen momento para intentarlo de nuevo. Se avisa a Barcelona. Llegan a la capital Basilio Bel y otro pistolero, el joven murciano José Ruiz Mateos. Puede que también Juan Pladevila y José Ferrer Grau, otro hombre de acción que había sido secretario del Sindicato Libre Profesional de Albañiles y Peones. El día 12 se reúnen con Miguel Lahoz en la plaza Santa Ana, cerca del teatro, pero se sienten vigilados y se retiran. Efectivamente la policía les sigue los pasos desde hace días. Esa noche detiene a Lahoz. En los días siguientes se producen más arrestos y registros. Se descubre el maletín con las armas. Algunos de los detenidos confiesan, otros amenazan con hacerlo si no reciben el dinero prometido. Las investigaciones llegan a Barcelona. Se detiene al pistolero Juan Pladevila y a algunos de los implicados en la adquisición de las armas. Días después son arrestados Basilio Bel y José Ferrer. Según la prensa, «en el complot intervenían cerca de diez pistoleros y se disponía de unas doscientas pistolas».




A pesar de este fracaso, las conspiraciones continuaron. Había otra más importante en marcha. El 9 de agosto de 1932 el comandante de Ingenieros César Gimeno Suñer, gentilhombre de Su Majestad, que en su día había sido responsable de la Unión Patriótica en Barcelona y presidente del Grupo Alfonso, avisa a José Catalá de Bezzi, bien relacionado con los alfonsinos, para que los ibéricos se concentren esa noche. Así lo hacen, se reúnen en el Mirza, junto con algunos monárquicos, pero la llamada que esperan no llega. Parece que no llega para nadie en Barcelona.

NI REPERCUSIÓN, NI AMBIENTE: LA SANJURJADA EN BARCELONA




La madrugada del 10 de agosto de 1932 estalla un movimiento militar. Es un intento de golpe de Estado. Es un absoluto fracaso. Solo en Madrid, Sevilla y Jerez tiene alguna repercusión. El golpe era un secreto a voces. A fines de julio ya se había detenido a algunos conspicuos conspiradores como los generales Emilio Barrera, Luis Orgaz y otros. A principios de agosto se había registrado la sede del PNE y de la revista Acción Española en Madrid y se había detenido a medio centenar de albiñanistas y carlistas, a los que se les habían confiscado armas.

En Barcelona, ya el día 7 de julio se había detenido al conde de Valdellano, presidente del Círculo Tradicionalista, y a Estanislao Rico en la imprenta de El Correo Catalán. Según informaba el jefe de la Policía «tuvo noticias de que por parte de determinados elementos se intentaba provocar una algarada» y añadió «que parecía se habían comprometido elementos de derecha y otros, quizá por aquello de que muchas veces los extremos se tocan». Además, los Mossos hicieron un despliegue extra en la plaza de la República, antigua de Sant Jaume, porque «habían tenido confidencias de que un grupo extremista se proponía hacer una manifestación contraria a la Generalidad». Se hablaba de una fantasiosa conspiración carlista-faista. El Gobierno sabía que algo se tramaba, pero daba palos de ciego.

El día 10 amaneció tranquilo en Barcelona. La Vanguardia informa que «La sedición no ha tenido en Barcelona repercusión ni ambiente. La ciudad hizo su vida normal, en un ambiente de expectación, pero a la par de serenidad y calma». En los cuarteles barceloneses hay calma total. El gobernador civil decreta la suspensión de El Correo Catalán y Reacción y anuncia detenciones, aunque descarta ramificaciones del movimiento en Barcelona. Por la tarde, una manifestación de adhesión al régimen republicano recorre las Ramblas. A la noche la Guardia de Asalto ha de cargar contra los manifestantes que tratan de asaltar el Círculo Tradicionalista del paseo de Gracia.

Esa misma tarde han empezado las detenciones. La Brigada Social realiza batidas en medios alfonsinos y carlistas. También son arrestados algunos militares retirados. Entre los que ingresan en el calabozo hay algunos clásicos del mundo ultra barcelonés, como René Llanas de Niubó, a quien encuentran un fusil, y el comandante retirado Carlos López Manduley, líder del ilegal PNE. Las detenciones siguen en los días siguientes.

No iba desencaminada la policía. La derivación barcelonesa del intento de golpe estaba dirigida por Jesús María de Iraola, al que ya hemos visto conspirando con los ibéricos, y formaban parte de esta «López Manduley [...], un hijo del general Despujol, Justo Sanjurjo, hijo del general del mismo nombre, y Sánchez Cañete, [...] el cual estaba designado para el cargo de gobernador civil de esta provincia y Julio de Lasarte Pesina [Pessino], quien habría de ser jefe de Policía y el cual murió la víspera», además de René Llanas de Niubó, que es quien lo explica. Seguramente no iba mucho más allá de este grupillo, aunque las detenciones se extendieron.

El día 20 es detenido José María Poblador, director de Reacción, a la vez que el Ministerio de Gobernación suspendía la publicación del semanario y lo multaba. Se le considera cómplice del «movimiento sedicioso». Junto a él es detenido otro periodista, José María Roura Guillamet, director de Defensa Patronal, carlista y antiguo militante de los Sindicatos Libres. Además, se ordena la clausura de la Peña Ibérica, que en realidad no tenía sede, la Peña Blanca y todos los círculos tradicionalistas de Barcelona.

Algunos de los arrestados salieron pronto a la calle, pero otros pasaron meses en prisión, detenidos a disposición del ministro de Gobernación. Fue el caso de Poblador. Ello a pesar de que intercedieron por él sus compañeros del Sindicato Profesional de Periodistas y los carlistas, que el día 29 piden al gobernador civil que autorice la reapertura de los círculos tradicionalistas clausurados y que ponga en libertad a Poblador y a Llanas de Niubó, que también seguía encerrado. Nada consiguieron.

Aunque fueron objeto de represión, los carlistas barceloneses no habían participado en el complot. El carlismo barcelonés tuvo contactos con la trama. Miquel Junyent, jefe regional, se había entrevistado con alfonsinos llegados de Madrid, pero el carlismo catalán recelaba, pues veían que el final previsto del golpe hubiera sido una república de corte autoritario o la restauración en el trono de la dinastía «usurpadora». Además, no les pillaba en buen momento, con parte de sus líderes desde julio en prisión y sumidos en una profunda crisis interna, con un crecido sector españolista, crítico con la dirección de Junyent y proclive a entenderse con los alfonsinos no solo en lo electoral, sino también para conspirar contra la República. Este clima enrarecido había hecho que la Junta Regional aplazara la asamblea prevista en Barcelona por miedo a la división.

La Generalitat no levantaría la clausura a los círculos carlistas hasta octubre. Ese mismo mes, el día 7, ponía en libertad a Poblador, aunque Reacción no sería autorizada a reaparecer hasta noviembre. También en octubre, el día 31, se levantó la clausura de la Peña Blanca. Con cierto cinismo, su presidente, Manuel Valdés, afirmaba que desconocían el motivo de la clausura y que les extrañaba porque la entidad nunca «se había salido de su espíritu de fomentar los estudios sociales y de cultivar los deportes».


 Todavía quedaban dos presos, René Llanas de Niubó y Carlos López Manduley.

El día 3 noviembre, una comisión formada por representantes de entidades estudiantiles, en las que incluso figuran las secciones escolares de organizaciones independentistas, se entrevistan con el rector para pedir la liberación de René Llanas de Niubó, que estudiaba Medicina.


 El rector les dio cuenta de las gestiones realizadas, que habían resultado nulas. Destaca que hasta organizaciones independentistas se preocuparan por un compañero, aunque fuera un ultraespañolista.

La situación de prisión de Llanas de Niubó fue aprovechada por la candidatura Dreta de Catalunya, que ya conocemos, formada por carlistas y alfonsinos de cara a las elecciones de noviembre. En la lista de candidatos de Barcelona-Provincia figuraba Llanas de Niubó, presentado como estudiante de Medicina, publicista y preso gubernativo.

Sería liberado poco antes de las elecciones. El día 10 de noviembre René Llanas de Niubó era puesto en libertad. Junto con él salía de la prisión militar de Montjuïc el comandante retirado Carlos López Manduley.

UN FIEL A ALBIÑANA EN BARCELONA: EL COMANDANTE CARLOS LÓPEZ MANDULEY

Tras la proclamación de la República, el PNE estaba desmantelado y su líder supremo desacreditado. La fama de violentos los aleja de las nuevas organizaciones monárquicas. El 12 de mayo Albiñana ha sido detenido por los desmanes de sus legionarios durante los primeros meses de 1931. Al día siguiente la Junta Suprema del PNE, sin informar a su líder, anuncia que «ha desaparecido totalmente el referido partido político». Albiñana no saldrá de la cárcel hasta diciembre de 1931. Es entonces cuando, con ayuda de antiguos seguidores y algunos aristócratas, inicia una campaña de relanzamiento del PNE, que no será legalizado hasta febrero de 1932; sin embargo, por sus virulentos ataques en la prensa y sus encendidos discursos subversivos será de nuevo detenido en mayo de 1932 y confinado en una remota aldea de la comarca de Las Hurdes.

En Barcelona la situación no es mejor; el partido no tiene ninguna visibilidad pública ya desde antes de la proclamación de la República. Aunque hubo ibéricos que se quedaron en el partido, como el arquitecto Matías Colmenares o el comerciante Manuel del Castillo, la ruptura con la Peña Ibérica los había dejado tocados. El PNE inició la captación de nuevos militantes sin mucho éxito. En febrero de 1931 afirmó tener 7.500 militantes en la provincia de Barcelona, cifra del todo exagerada. En Barcelona ciudad, ni en sus mejores tiempos, pasaran de 300 militantes.

Como habían afirmado los ibéricos al marchar, se trata de un grupo que hacía oposición de casino, formado básicamente por militares retirados y profesionales. Su líder local no da el perfil de «legionario de España». El comandante retirado Carlos López Manduley, que pasaba ya de la cuarentena, no era precisamente un ejemplo de hombre de acción. Tampoco era un buen orador, aunque sí respondía al perfil de españolista visceral y al de militar africanista retirado que tanto abundaba en el PNE. Eso sí, lo encontraremos implicado en todos los complots monárquicos y golpistas que se produzcan.

Carlos López Manduley


 había nacido en La Habana en 1887. Su padre era un coronel de artillería destinado en Cuba, donde casó con la hija de una importante familia de hacendados, los Manduley Salazar. Con la independencia de la isla caribeña la familia regresó a España. Este hecho debió de dejar huella en un Carlos adolescente. Siguiendo la tradición familiar, ingresó en 1906 en la Academia de Infantería de Toledo. El 1909 se licenciaba como teniente. Ese año tuvo su primer contacto con la Ciudad Condal, pues participó en el contingente encargado de reprimir la sublevación de la Semana Trágica. Su siguiente destino fue Melilla. Intervino en la defensa de Nador, lo que le valió una medalla. En 1911 se casó en Segovia con la hija de un médico militar. Pasa un año destinado en Madrid y en 1913 es enviado de nuevo a Barcelona, donde actúa como fiscal militar. En 1914 regresa a Melilla. En 1915 ya es capitán, siendo destinado de nuevo a Barcelona. Realiza trabajos administrativos y es profesor de la Academia de Cabos, Sargentos y Suboficiales. En 1917 participa en la represión de la huelga general. No descuida los negocios. En 1919 figura como delegado regional en Cataluña de La Previsión Agrícola, empresa de seguros de ganado constituida por importantes ganaderos y algunos militares.

En 1923, tras el golpe de Estado, es nombrado delegado gubernativo del partido judicial de La Bisbal, cargo desde el que es encargado de controlar los ayuntamientos y la vida política de su zona. Pronto se distingue por su política anticatalanista, obligando a las entidades del partido a redactar sus escritos en castellano. En 1924 es de nuevo enviado a Marruecos, en este caso a Ceuta, donde participa en algunos combates. En 1926 regresa con permiso a Barcelona. Se le declara de reemplazado por enfermedad. Recibe destino en Granollers. Tras realizar un cursillo se hace cargo de una compañía de ametralladoras en Barcelona. En 1928 es ascendido a comandante por antigüedad. En 1929 es nombrado jefe del Servicio Nacional de Educación Física, Ciudadana y Premilitar del partido judicial de Sabadell, un organismo creado por la Dictadura para adoctrinar militarmente a los jóvenes antes de ser llamados a filas. El comandante era el encargado de dirigir los programas de instrucción premilitar, de pronunciar conferencias patrióticas sobre temas «como los deberes del ciudadano respecto de España (amor a la Patria, al rey, disciplina, subordinación, obediencia, constancia, honor, lealtad, probidad, valor, exactitud y puntualidad en las obligaciones)». Se trataba de desarrollar entre los jóvenes de Sabadell una «educación moral», «la exaltación del amor a la patria» y «todo aquello que tienda a hacerles orgullosos de ser españoles». El Servicio pretendía «militarizar a la sociedad civil» creando un «nuevo ciudadano» y «mejorar la raza». Era una especie de Frente de Juventudes avant-la-lettre. Su actividad cesó en enero de 1931 con la caída de la Dictadura.


 En Sabadell, Manduley fue bien recibido por los partidarios de la Dictadura y junto con algunos empresarios locales fundó el Sporman Club, con objetivos parecidos a los del Servicio que dirigía. De hecho, en la ciudad vallesana pronto tuvo delegación el PNE. En abril de 1931, proclamada la República, se acogió a la ley Azaña y pidió su retiro.

De familia militar, repatriado de Cuba, combatiente en Marruecos, represor en Barcelona, adoctrinador españolista en Sabadell y firme anticatalanista, no importaba que no fuera hombre de acción, tenía perfil para dirigir a los albiñanistas en Barcelona.

Tras su participación en la Sanjurjada, el PNE tiene su local de Madrid clausurado, sus actividades prohibidas y a su líder supremo, el doctor Albiñana, desterrado. En Barcelona también está descabezado. Su organizador en la Ciudad Condal, el comandante López Manduley, no saldrá de prisión hasta noviembre de 1932. El albiñanismo no levantará cabeza hasta 1933.

CAMUFLANDO EL ALBIÑANISMO: LA PEÑA NOS Y EGO




El 11 de junio de 1933, en el segundo segunda de la calle Provenza 250, se han dado cita los socios de una nueva entidad, la Peña Nos y Ego. Se presentan dieciocho asociados que eligen presidente al abogado, periodista y escritor Pablo Sáenz de Barés, al que hemos conocido como promotor del Comité de Acción Española. La entidad, de «fines exclusivamente culturales y deportivos», afirma en sus estatutos que en caso de hacer alguna conferencia de carácter político «solo será consentida en el terreno puramente doctrinal, pero no en la lucha de partidos o de regímenes, cuyas discusiones estarán siempre prohibidas en el local social». Se trata de una absoluta hipocresía.

En realidad, la Peña Nos y Ego es una tapadera del PNE. Había presentado sus estatutos en el Gobierno Civil el 29 de mayo de 1933 y habían sido legalizados al día siguiente. El PNE no había tenido la misma suerte. Carlos López Manduley, por la Comisión Organizadora del PNE de Barcelona, había presentado la documentación en marzo de 1933. La Dirección General de Seguridad contestó que, dada la actuación del PNE, que ha obligado a clausurar su local en Madrid, «no procede aprobación de los estatutos». Como veremos, el partido albiñanista no será legal en Barcelona hasta noviembre. Ante la imposibilidad de legalizar el PNE en Barcelona, se optó por crear una entidad tapadera. En las paredes del local lucían pósteres con motivos deportivos y carteles de corridas de toros. Es la forma de disimular su actividad política. Las iniciales de la Peña Nos y Ego coinciden con las del PNE.

A partir de 1933, el PNE crece, también en Barcelona. El destierro en Las Hurdes del doctor Albiñana ha vuelto a poner en el foco de los medios a su histriónico líder. La derecha lo ha convertido en un mártir de la República. A pesar de ello no será liberado hasta agosto. Sus encendidos discursos y su actitud pendenciera atraen a admiradores de la Dictadura de Primo de Rivera, a exmilitantes de la Unión Patriótica y a ultras que buscan refugio en el PNE tras el fracaso de los proyectos en los que han participado.

Algunos de los que se suman son el reducido grupo barcelonés afín al Cruzado Español, organización clandestina que había creado en Madrid el teniente coronel retirado Emilio Rodríguez Tarduchy, un ferviente primorriverista, que con la Dictadura había sido instructor del Somatén y uno de los dirigentes de la Junta de Propaganda Patriótica y Ciudadana y ya con la República había dirigido La Correspondencia Militar, dándole un toque radical. La mayoría son militares retirados y somatenistas, pero también hay algún joven, como el barcelonés de 21 años José Fernández Ramírez. Hijo de padre zaragozano y madre valenciana, Fernández Ramírez se había convertido desde joven en un ferviente españolista y un virulento anticatalanista. Había militado en la Juventud de Unión Patriótica siendo un adolescente. Atraído por la milicia intentó ingresar en el Ejército, pero no pasó las pruebas. Trabajaba como ayudante del maestro Demetrio Rodríguez Andrés, que había abierto un colegio particular tras haber ejercido de director de las escuelas de la Agrupación Obrera de la Unión Patriótica. Se encargaba de acompañar a los alumnos a sus casas y de ayudarlos con sus deberes. Pronto se convertirá en el secretario de López Manduley.

También se acercan al albiñanismo comerciantes, abogados, funcionarios y trabajadores de empresas estatales. Por ejemplo, el vicepresidente de la Peña Nos y Ego, Santiago García Barbero, era comerciante, y el secretario, Enrique Bieto, al que hemos visto en la dirección de la FOC y que acabará en 1935 en Juventud de Derecha de Cataluña, trabajador de Telefónica. Según nuestros cálculos, sobre un centenar de militantes albiñanistas de los que conocemos su profesión, un tercio eran militares, la mayoría retirados, un 20 % provenían del sector comercial, un 15 % eran empleados y funcionarios, un 10 % profesionales liberales y otro 10 % industriales, comisionistas o agentes de bolsa. También hay policías y dos sacerdotes. Los obreros son anecdóticos.

Aunque la mayoría de la militancia tiene ya una edad, también se han acercado algunos jóvenes. En lo que coinciden los nuevos militantes del partido albiñanista es en su fanático españolismo y su feroz anticatalanismo. El PNE barcelonés hace de ello su principal bandera y seguramente ese es su principal atractivo. En ellos debía pensar el falangista Fontana cuando escribía: «Barcelona, como todas las ciudades españolas, tenían un sector de lo que yo llamaría “españolismo profesional”, chabacano y romo, que ofrecía blanco abundante para las divertidas sátiras del Be Negre» (Fontana, 1951: 20).

El PNE será un auténtico vivero para los grupos de extrema derecha de la ciudad. Muchos de los militantes españolistas que conocemos y conoceremos pasaron en algún momento u otro por el albiñanismo. A la vez se convirtió en partido refugio, recogió a militantes de proyectos españolistas frustrados. Por el partido pasarán, entre 1930 y 1934, más de trescientos militantes.

Tras el fiasco de la Sanjurjada, la derecha se dividió entre los que se decantaban por una vía sediciosa, por preparar un nuevo golpe de Estado, y los que planteaban una vía electoral y parlamentaria; un breve ejemplo de estos en Barcelona fue Concentración Española.

ESPAÑA-REPÚBLICA: CONCENTRACIÓN ESPAÑOLA




Carteles pegados en algunas calles de Barcelona anuncian un acto españolista en el Teatro Bosque para la mañana del domingo 16 de octubre de 1932. Se trata de la presentación en sociedad de un nuevo partido: Concentración Española. La afluencia de público es escasa. Ni de lejos se llena el teatro. El primero en tomar la palabra es el jefe del nuevo partido, el veterano periodista Antonio Bermejo Muñoz. Se trata de un antiguo anarquista, de origen madrileño, pasado al republicanismo radical. Hombre de acción, había sido detenido en diversas ocasiones en la primera década del siglo en manifestaciones y tumultos. Como periodista había dirigido en 1907 el semanario ¡Are més que may!, situado en el ala más españolista del lerrouxismo. Como sindicalista había figurado en la comisión de huelga de los tipógrafos en 1913. Se alejó de todo ello durante la Dictadura. Le siguen en el estrado el abogado Eduardo Stern, al que ya conocemos como upetista y excandidato monárquico en 1931, Manuel Palacio, otro antiguo militante radical, e Ismael Márquez Cubero, otro abogado, de origen cordobés y excombatiente en guerras coloniales.

En sus parlamentos exponen su programa: sostener el nombre de España por encima de todo, amor a Cataluña como la tierra en que viven o han nacido y unidad de la patria. Se presentan como republicanos, ni de derechas, ni de izquierdas, para «españolizar Cataluña». Su lema «España-República». Y para ello apelan a los, según ellos, 400.000 españoles nacidos fuera de la región que hay en Cataluña. Su objetivo es movilizar con un discurso españolista a los inmigrantes no catalanes de Barcelona de cara a las elecciones autonómicas de noviembre de 1932.

Los oradores se ven interrumpidos en diversas ocasiones por los gritos y pataleos que llegan desde la platea. Se trata de un grupo de nacionalistas catalanes que tratan de reventar el acto. A pesar de ello, el mitin prosigue, hasta que explota un petardo en el patio de butacas con la consiguiente confusión y alarma. El delegado gubernativo decide suspender el acto. Hay tres detenidos. No ha sido la presentación en sociedad que esperaban.

Los primeros pasos para formar Concentración Española se habían dado en septiembre de 1932. A partir del fracaso de la Sanjurjada, un sector del españolismo de extrema derecha trata de jugar la baza republicana y la vía electoral. Para ello busca aliados entre otros sectores españolistas de la ciudad: republicanos radicales desengañados con su partido y miembros de las casas regionales. De esta unión surgirá Concentración Española que, según sus estatutos, acata la República y nace para defender a los «no nacidos en Cataluña». Eligen como jefe del partido a Antonio Bermejo, al que acompañan en la dirección los abogados Ismael Márquez, Eduardo Stern y Juan Sabadell, del que ya conocemos su larga trayectoria ultra, del carlismo al integrismo para pasar en 1930 al mellismo y la Peña Ibérica, amén de colaborador de la publicación España Católica y conspicuo conspirador antirrepublicano hasta que rompió con los ibéricos. Tras su paso por Concentración acabará recalando, como otros, en el PNE. También figura como vocal en la junta el ebanista Rafael Martínez García, sindicalista del ramo de la madera, pero de firmes ideas españolistas, que más adelante, como tendremos ocasión de ver, se acercará a la Falange.

El 30 de septiembre de 1932 salía el primer número de su órgano de prensa con el original título de Concentración Española. La publicación se presentaba con un ¡Viva Cataluña española! Además de explicitar su programa, la publicación no hace ascos a cierto populismo cuando habla de eliminar impuestos o de podar los altos sueldos políticos. Se muestran muy críticos con «Esquerda» Republicana, como denominan al partido de Macià, y con la Generalitat, a la que acusan de estar creando un miniestado. Más virulentos son los artículos contra los partidos independentistas.

Aclaran que no es partido de castellanos, sino de españoles, y que defienden el castellano, pero no son contrarios al catalán. De hecho, publican algún artículo en catalán, en el que afirman «no som aquells espanyolistes d’Albiñana»; ellos se consideran españoles, pero no españolistas. Se consideran «la guardia montada para vigilar que Cataluña autónoma no se convierta en Cataluña separatista». Aceptan el Estatut, pero muestran su disconformidad con su aplicación.

Pero las divisiones habían empezado pronto. A los seis días de constituida Concentración Española un pequeño grupo disidente, impulsado por Daniel J. Hermosilla Torre, presidente de la fantasmagórica Confederación Interregional Hijos de Iberia, que curiosamente obtuvo una efímera fama «por la campaña que realizó defendiendo la causa del país catalán a raíz del plebiscito pro Estatuto», crea Confraternidad Española. Cuelga carteles en la ciudad en los que llama a los españoles de otras regiones a una reunión para el mismo día que Concentración tenía previsto su mitin de presentación.

Concentración publica un extra de su revista donde denuncia el confusionismo que pretenden crear los escindidos. Además, deciden aplazar su presentación para el día 16 de octubre, la que conocemos en el Teatro Bosque. Como hemos visto, el mitin no fue bien. Escaso público e incidentes. El día 24 de octubre volvieron a intentarlo. Se convoca otro acto en el Cine Triunfo. De nuevo poco público. En él insisten en la necesidad de «la unión de los no catalanes residentes en Cataluña, para presentar un frente único en las próximas elecciones». De nuevo se reprodujeron los incidentes, pero esta vez se pudo finalizar el acto. El día 29 volvieron a programar un acto de propaganda en Pueblo Nuevo.

Pero el confusionismo sembrado por Confraternidad seguía. El 9 de octubre se había constituido oficialmente el Partido Republicano Confraternidad Española, formado por «ciudadanos de las distintas regiones españolas no nacidos en Cataluña». No llegan al centenar. Pero la escisión, a su vez, pronto tuvo sus propios problemas internos y el 27 del mismo mes su presidente denunció en el juzgado por desfalco a algunos «individuos que habían pertenecido a la comisión organizadora del partido». Confraternidad Española ya no levantaría cabeza. Unos volvieron a Concentración y los restos del partido acabarán ingresando, en noviembre de 1934, en el Partido Agrario Español.

Para añadir desconcierto a la situación, paralelamente a estos partidos nació la Unión de Regionales de Cataluña. El 26 de octubre anunciaba su constitución. El primero de noviembre escenifican su presentación con un acto también en el Teatro Bosque. Los oradores afirman que su «única finalidad es defender los derechos y los intereses de los regionales que viven en Cataluña». La misma cantinela.

También los radicales contaron en estas elecciones en su candidatura con dirigentes de casas regionales que tradicionalmente habían sido cercanas al lerrouxismo. Además, en alguno de sus mítines utilizaron el argumento de que los no nacidos en Cataluña se podían convertir en ciudadanos de segunda y convocaron actos para aragoneses y gallegos en los que intervinieron diputados radicales de esas regiones.




Hubo sectores de las casas regionales que reaccionaron y criticaron duramente la utilización política que se estaba haciendo de los no nacidos en Cataluña. La Casa de Valencia, el Centro Cultural Gallego y cerca de un centenar de inmigrantes publicaron en la prensa un manifiesto en el que se quejaban de «que esta floración espiritual del sentimiento regional despierte al ruido de una cercana lucha electoral». Afirmaban que

contra ciertas propagandas anticatalanas, de quienes indebidamente sé dicen representar a los regionales no catalanes, todas las colonias de estos están plenamente identificadas con el pueblo catalán y por ello debemos pronunciarnos políticamente dentro de los partidos políticos dé arraigo en esta región, sin estar autorizadas agrupaciones que para fines personalistas llevan como banderín de enganche el nombre sagrado de nuestras tierras nativas.

Finalmente, Concentración y la Unión confluyeron en una lista electoral para las elecciones catalanas. Los resultados fueron ridículos. Bermejo, el más votado, se quedó en unos trescientos votos, el resto no llegaron ni a doscientos.

A partir de aquí, el partido, como tantos otros de la extrema derecha, fue languideciendo. Su publicación no volvió a ver la luz. Abandonaron el partido los sectores más derechistas. En septiembre de 1935 todavía subsistía un pequeño núcleo de Concentración, sin actividad alguna. Pero, como veremos, sus juventudes, creadas en noviembre de 1933, tendrán un carácter menos ambiguo.

Ismael Márquez y Eduardo Stern, sin renunciar a colaborar con el PNE y otros proyectos ultras, acabaron en otra fuerza reaccionaria, más numerosa y bien financiada, que se estaba reestructurando, la alfonsina Derecha de Cataluña.

MONARQUIZANTES Y REACCIONARIOS: DERECHA DE CATALUÑA




El salón de fiestas del Hotel Ritz, haciendo gala de su elitismo, está lleno ese 22 de enero de 1933 de miembros de la aristocracia barcelonesa y de gente bien de la ciudad. Aunque se trataba de un banquete íntimo, se han reunido unas doscientas personas, que han recogido sus invitaciones en la Peña Blanca, organizadores del acto. Se disponen a escuchar a una de las estrellas del alfonsismo político, el exministro y exmaurista Antonio Goicoechea.

Desde que llegó en el expreso de la mañana no ha parado. Misa, aperitivo en el local de la Peña Blanca, traslado al Hotel Ritz, donde recibe algunas visitas. Tras la comida asiste a una conferencia en el Círculo Tradicionalista del Distrito I en la que el publicista Gonzalo Pardo propugna la unión de todas las fuerzas monárquicas «por el lazo de las ideas y de las doctrinas y por el dolor, por el sacrificio y por el entusiasmo, dejando a Dios, en su sabiduría infinita, la resolución y esfumación» de las pequeñas diferencias. Requerido por los asistentes, Goicoechea tomó la palabra. Afirma sus coincidencias con lo planteado.

Ahora, tras el banquete de homenaje que ha recibido, Goicoechea se dirige a los comensales. Defiende a la Iglesia católica y la monarquía y afirma que

para lograr la consecución de sus ideales y obtener la federación de las derechas españolas propugna el establecimiento de un régimen de justicia entre los nacionales y revisar el texto constitucional, ligándose entre sí las derechas, pero las derechas auténticas, no las falsificadas y suplantadoras, porque dentro del régimen actual, no hay derechas ni posibilidad de haberlas.




Aquí está el quid de la cuestión; Goicoechea ha militado hasta entonces en Acción Popular, el partido católico dirigido por Gil Robles, ha liderado su ala monárquica y más derechista. Ahora, este sector ha decidido separarse de un partido que se ha declarado dispuesto a acatar la legalidad republicana. Consideran que Acción Popular, con su gradualismo, ha renunciado a derribar la República. En septiembre de 1932, en una reunión en París entre alfonsinos exiliados y del interior, se ha decidido la creación de un partido propio, el que será Renovación Española. Tienen la aquiescencia de Alfonso XIII. Goicoechea está en Barcelona para presentar el nuevo proyecto político y recabar adhesiones.

Al día siguiente Goicoechea sigue en Barcelona. Nueva misa y nueva visita a un círculo carlista, esta vez el de Sarrià. Goicoechea considera a los tradicionalistas sus aliados naturales en la nueva federación de derechas que quiere construir. Esa tarde se reúne en la Peña Blanca con los dirigentes alfonsinos. El objeto es dejar sentadas las bases del nuevo partido en Barcelona. Las propuestas de Goicoechea son bien recibidas por los alfonsinos barceloneses. Hasta ahora la vía conspirativa ha sido un fiasco y la electoral otro. Es el momento de reorganizarse. Esa misma noche regresa a Madrid.

El 9 de febrero de 1933 se constituirá oficialmente Renovación Española bajo la presidencia de Antonio Goicoechea. En su lema dejan claros sus reaccionarios objetivos: Religión, Familia, Orden, Trabajo y Propiedad. Se convierten en el partido de la aristocracia, de los terratenientes y los financieros, de los que aspiran a volver a mandar restableciendo la monarquía. Desde el primer día conspiran para derribar la República; serán los grandes financiadores de las tramas golpistas.

Ese mismo mes ya funciona una comisión organizativa del nuevo partido en Barcelona. A finales de marzo presentan la documentación en el Gobierno Civil. En Barcelona han decidido utilizar otro nombre; quizá Renovación Española es demasiado evidente, así que optan por recuperar la denominación que han utilizado en la candidatura conjunta con los carlistas en las pasadas elecciones. Se llamarán Derecha de Cataluña, o Dreta de Catalunya, ya que frecuentemente utilizan su denominación en catalán y acostumbran a publicar la propaganda electoral tanto en castellano como en catalán. En su escudo figurará san Jorge matando al dragón.

En su junta encontramos a dos antiguos miembros de la Comisión de Propaganda de la Unión Patriótica, dos publicistas de la labor del Directorio, como son Julio Díaz Camps y el abogado Santiago Torent Buxó, ligado desde joven al mundo católico y expresidente del Círculo de la Unión Patriótica del Distrito IV, además de secretario de diferentes consejos de administración. Estaba también José Bertrán Güell, al que ya conocemos, y Joaquín de Arquer. Pronto entrará en la junta Salvador Palau Rabassó.

Forman parte del partido elementos de la burguesía ennoblecida durante la Dictadura de Primo de Rivera, como el barón de Viver, el conde Montseny o Alfonso Sala, conde de Egara, pero, por su destacado papel durante la Dictadura, no en primera fila, además de destacados terratenientes como Ignacio Puig y de Pallejá o Javier de Ros y de Dalmases.

En sus estatutos aclaran su objeto: «divulgar y propagar el auténtico pensamiento español en el orden político y en el social, sobre la base inconmovible de nuestra tradición, plena de fe y de espíritu católico». Derecha de Cataluña tiene un comité de enlace con Renovación Española, en el que hay tres representantes de cada entidad. Por parte catalana son designados Javier Ros de Olano, Santiago Torent y Joaquín de Arquer. El 6 de abril hacen su constitución oficial en el local de la Peña Blanca y el 9 de mayo publican su manifiesto fundacional.

Según un informe policial de 10 de mayo, son treinta socios y la entidad tiene un «marcado matiz monarquizante y tradicionalista y de derechas». No tardarán en llegar las clausuras de la sede. El 26 de julio se cierra el local tras un registro en el que se encuentran manifiestos de Alfonso XIII. También se incauta el listado de socios. Esta vez el tema es leve, tres días después vuelven a autorizar la apertura del local. El partido monárquico está creciendo, en septiembre abandonan el local de la Peña Blanca y abren uno nuevo en Rambla Cataluña. Un año después se trasladarán a Vía Layetana, 57.

De cara a las legislativas del 19 de noviembre de 1933 los alfonsinos de Derecha de Cataluña y Peña Blanca impulsan la candidatura del Bloque Nacional de Derechas. Descartada la Lliga, que «no admite colaboración, sino supeditación absoluta», Julio Díaz Camps, presidente de la Peña Blanca y vicepresidente de Derecha de Cataluña, afirmaba que el «fuerte y sincero españolismo catalán siempre ha sido sacrificado por casi todas las derechas españolas a las conveniencias y oportunismo de la Lliga y este error trascendental, cuyas consecuencias estamos palpando, no puede repetirse ya más».


 Claman por la unidad de las auténticas derechas, pero esta vez no conseguirán sumar a los carlistas en la Ciudad Condal. A diferencia del resto de circunscripciones catalanas, en la de Barcelona-ciudad no ha sido posible el acuerdo. Los alfonsinos se presentarán solos.

La lista la encabezan dos figuras de reconocido prestigio en la extrema derecha, pero foráneas, son Antonio Goicoechea y el carlista José María Lamamie de Clairac, que, a diferencia de sus correligionarios barceloneses, sí estaba de acuerdo con el pacto y había destacado como crítico de la autonomía catalana. En la candidatura hay reconocidos alfonsinos como José Bertrán Güell, Ramón Ciscar Blasco, Juan Segú Vallet o Pedro Conde Genové y Jorge Girona Salgado, dos viejos amigos de José Antonio. También figura Alfonso Ibáñez Farrán, del integrista Centro de Defensa Social, y exmellistas como Ramon M. Condomines, que también había pasado por el PNE. La candidatura recibió el apoyo de la Juventud de Acción Española, Partit Agrari de Catalunya y Clase Media de Cataluña.

Para impulsar la campaña llegará Goicoechea, que pronunciará un mitin en el Teatro Bosque el día 12 acompañado de la plana mayor de Derecha de Cataluña. A pesar de la ruptura con Gil Robles, durante la campaña se reparten octavillas firmadas por Acción Popular, partido que no se presentaba en Barcelona, en las que se pedía el voto a la mujer católica o contra el marxismo o a favor de las derechas, con el marchamo del Bloque Nacional de Derechas grabado encima.




La campaña no está exenta de incidentes. Escamots de Estat Català acosan a los monárquicos españolistas. En el mitin final, Enrique García-Ramal, líder de las juventudes alfonsinas, denuncia «el incidente ocurrido a unos jóvenes, durante la madrugada anterior, qué al fijar unos carteles de las derechas, pistola en mano sé los arrebataron y pisotearon y que, según dijo, iban capitaneados por una personalidad del actual gobierno de Cataluña». El día de las elecciones Derecha de Cataluña solicitó protección policial para su sede. Además, se despliega un servicio de orden formado por jóvenes del partido que lucen en su brazo el distintivo de Renovación Española, una cruz de Santiago sobre fondo verde. Será el embrión de la diminuta milicia de Derecha de Cataluña.

El resultado electoral deja mal sabor de boca entre los alfonsinos. A finales de octubre, Díaz Camps había afirmado que en «Derecha de Cataluña se está concrecionando con aceleración vertiginosa, todo el españolismo catalán, católico y monárquico, latente en una gran masa de opinión catalana independiente». Pero parece que ese españolismo latente no era tan numeroso. En Barcelona ciudad la candidatura alfonsina cosechará unos 16.750 votantes, con un máximo de 23.000 votos para Goicoechea. Era un escaso 4,58 %. Mucho menos de lo esperado por el esfuerzo realizado.

A pesar de ello, durante 1934 el partido da pasos para consolidar su espacio. En marzo afirma tener en Barcelona 850 socios. Parece una cifra exagerada. El mes anterior, el día 7 de febrero, había visto la luz la publicación Guión.


 Aunque no explicita ser órgano de Derecha de Cataluña, entre sus redactores encontramos a reconocidos alfonsinos como José Bertrán Güell, Aurelio Joaniquet, Julio Díaz Campos o María Flaquer. Tendrá una vida breve. El número 3, que se anunciaba como dedicado al dictador Miguel Primo de Rivera, será secuestrado. Varios individuos, haciéndose pasar por policías, se presentan en la imprenta donde se edita y se llevan los ejemplares. No consiguen afianzar la publicación; su número 4, del 24 de abril de 1934, será el último.




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