Las lágrimas de Tánato
Gladys Liliana Abilar


Joaquín Benito de la Fuente (alias Tánato), catedrático de la Facultad de Filosofía y Letras, es un hombre correcto, metódico, de firmes convicciones morales y muy enamorado de su esposa y de su pequeño hijo. Una tarde, al volver a casa antes del horario habitual, encuentra a su mujer revolcándose en la cama con un hombre y enceguecido por la ira, manotea un revólver y lo descarga sobre ellos.

Ya en la prisión escribe una suerte de diario en el que, entre amargas reflexiones y recuerdos de su vida anterior, se van acumulando episodios y anécdotas del mundo carcelario. Por las páginas desfilan convictos de diversa catadura, algunos ruines y perversos, y otros que, como él, llegaron al delito como resultado de una desgracia fortuita.

Desde su dramático comienzo hasta la página final, esta novela impresiona por la vigorosa descripción de un espacio y una atmósfera siniestra así como por la sucesión de situaciones cuya violencia e intensidad mantienen una tensión que no decae a lo largo de todo el relato. Las historias están marcadas por un realismo sobrecogedor y por los variados rasgos psicológicos de los personajes que la autora revela con insoslayable eficacia.

Gladys Abilar, considerada como una de las realidades más promisorias en el panorama de la nueva narración argentina, exhibe una destreza narrativa y excelencia literaria poco comunes.

&quot;Las lágrimas de Tánato" promete al lector un conmovedor desenlace y la sensación de haberse involucrado en una historia que, no por sórdida, deja de estar impregnada por una estremecedora humanidad.









GLADYS ABILAR

Las lágrimas de Tánato


Novela







Abilar, Gladys Liliana

Las lágrimas de Tánato : memorias de un convicto / Gladys Liliana Abilar. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Autores de Argentina, 2021.

Libro digital, EPUB

Archivo Digital: descarga y online

ISBN 978-987-87-2140-8

1. Narrativa Argentina. 2. Novelas. I. Título.

CDD A863



EDITORIAL AUTORES DE ARGENTINA

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Queda hecho el depósito que establece la LEY 11.723

Impreso en Argentina – Printed in Argentina




Prólogo


Por Fernando Sánchez Sorondo

El libro de Gladys Abilar narra, con un dramatismo verbal lujoso y acorde con el contenido, las tribulaciones, miserias, solidaridades y asesinato, incluso, de alguno de los presidiarios y su mancomunada iniciativa de fuga. Pero de una cárcel que no es solamente esa cárcel. Es la cárcel de la vida cotidiana en un mundo rehén de su desquicio. Son todas las cárceles.

Y también las nuestras. A medida que recorremos sus páginas para el insomnio, para ser leídas sin interrupción, hasta por la calle, riesgosamente, tal es su urgencia, su modo, estilo emboscada, de atraparnos.

“LAS LAGRIMAS DE TANATO” tiene una condición singular. Es uno de los libros más victoriosamente onomatopéyicos que he tenido la suerte de leer: su contenido es su forma y su forma es su contenido, tan imbricados que están. Una novela que puede oírse con el sonido de lo que narra, aspirarse a través del olor al miedo que despiden tantas escenas, el hedor del pozo carcelario; una novela rayada –como la ropa de sus protagonistas– por una violencia límite y pegajosa, que se nos contagia e instila en nosotros una imperiosa sed de venganza.

Cuando lo leí, más de una vez me olvidé que estaba frente a una mera ficción e interrumpí la lectura parándome como un resorte para hacer justicia por mano propia, como el propio Tánato frente al descubrimiento de la deslealtad de su mujer que provocó el crimen que lo llevó a la cárcel.

En la Argentina sólo conozco un precedente literario contemporáneo con tanta carga sangrienta y es la novela que más admiro: “Una sombra donde sueña Camila O´Gorman”, de Enrique Molina.

Así como en ella Molina expresa esa unidad en la diversidad de la violencia argentina que caracterizó a nuestro país desde siempre, en esta novela la autora logra una vuelta de tuerca en la expansión, de lo particular a lo universal, de esa caracterología idiosincrática hacia la condición humana.

La escritura de Gladys Abilar hace lugar, en esta novela, al humor aún en medio del drama y del horror. Y a ese humor que queda a apenas una letra del amor. La ternura en medio de la crueldad de varios de sus más peligrosos personajes, su amistad y su respeto entre sí, la lealtad a los valores humanos inclaudicables de que son capaces, da cuenta de una perspicacia novelística y filosófica que se traduce en un relato atrapante también por lo verosímil. Y que, como ocurre con los grandes libros, nos permite identificarnos tanto con los “buenos” como con los “malos”; ya que, como decía Marechal, todos están dentro de nosotros “en potencia”… cuando no directamente en acto.

¡Qué bien maneja la autora el idioma según su procedencia! Un realismo criollo muchas veces descarnado y puteado pero nunca chabacano nos remite a la mejor habla rioplatense.

Realismo y picaresca criollos. Hay en la novela y en varios de sus pasajes y momentos, de la mejor picaresca, argentina y universal.

Las lágrimas de Tánato promete al lector un conmovedor desenlace y la sensación de haberse involucrado en una historia que, no por sórdida, deja de estar impregnada por una estremecedora humanidad.




I


La pasión provoca sensaciones difíciles de explicar:

la náusea es gozo, el vértigo es estímulo, el dolor es placer, el odio es revancha.

El tiro sonó en la quietud de la tarde y un revoloteo de pájaros asustados oscureció el cielo. Me aferré a la reja de la ventana y hundí mi cara entre dos barrotes; quería escaparme del encierro. ¿Qué estaba pasando allá afuera? Permanecí suspendido en el aire hasta que las fuerzas me abandonaron. Me dejé caer sobre el piso y abracé mis piernas.

El tiro sonó igual a aquel otro. Un tiro, o dos, o mil. ¿Qué importa cuántos? El primero marcó la diferencia entre antes y después. Sí; yo había sido un tipo de laburo. Docente que cumplía horario, del trabajo a la casa y de la casa al trabajo. Un poco de deporte y mi colección de estampillas. Mi vida, un lugar común. Necesaria y feliz rutina. Y de pronto me sucedió lo que a millones de hombres: un día volví a casa antes del horario habitual, hasta con un ramito de flores, de esos que venden en los semáforos, y encontré lo que menos esperaba: mi mujer revolcándose en la cama, en “mi” cama, con otro. Así de simple. O de complejo. Lo que nunca llegué a saber, porque el shock me borró todo indicio de recuerdos, es cómo apareció el arma en mi mano. Pero apareció. Y cumplió con la misión que toda arma carga: disparar. Debo de haber ido a buscarla en total inconsciencia. Sí recuerdo a mi mujer desnuda, manoseada por manos que no eran las mías. Verla así me provocó náuseas, un vacío en el estómago y la cabeza se me dio vuelta como una media.

Luego perdí la conciencia…



El tiro. No supe responder a la policía cuánto tiempo medió entre mi aparición en la escena y el desenlace. No lo pude precisar; podría haber sido una eternidad o una décima de segundo. Aunque logré responder que en ese trance había otro tipo metido dentro de mí, que hacía y deshacía sin preguntarme si yo estaba de acuerdo. Pero me gustaba eso que hacía el otro mientras usurpaba mi lugar. Yo lo dejaba hacer, lo gozaba, lo necesitaba. Él me rescataba de mi propia muerte. Eran ellos o yo.

Cuando me encontraron en ese paisaje de sangre no me podían arrancar la pistola de la mano. La tenía enquistada; el dedo enredado en el gatillo.

Un cataclismo de imágenes difusas venía a mi mente. El llanto de un niño en la cuna me taladraba el cerebro. Los gritos de una mujer histérica traspasaban los muros y se metían en mis sienes. Esa mujer quería arrancarme los ojos. Gente extraña se movía por la habitación. Voces, voces, voces; se entremezclaban; se superponían. Me condenaban. Había sangre. Sangre en el piso, sangre en las paredes, sangre en la cama. Cara, manos, ropa; todo mi cuerpo estaba ensangrentado. Dicen que vacié el cargador. Yo no recuerdo. Un dedo índice crecía desmesuradamente y me señalaba, culpándome. Me apuntaba como si fuera a disparar una bala. Dos tenazas metálicas me anudaron las muñecas en la espalda. Aún recuerdo nítidamente el “clic” del cierre. El “clic” del fin de mi libertad.



Si he de ser sincero, ¿para qué quiero la libertad? Estoy bien aquí. Ya no tengo nada afuera. Es increíble cómo se pasa de ser un hombre correcto, responsable, laburador, a criminal, más rápido que un suspiro. O más rápido que un balazo. Aunque hayan sido varias las balas que disparé, la primera marcó mi destino. Yo era un tipo querido, respetado, tenía un montón de amigos. Los perdí con la misma velocidad del balazo. Así, simplemente, los perdí. Tal vez nunca los tuve. Ahora que me sobra tiempo, pienso en todas esas cosas. Si estuviera allá, en la calle, con los libres, con los buenos, no se me ocurrirían. Es tan poco lo que media entre la libertad y el encierro, entre lo malo y lo bueno. Apenas una bala.

La gente se cree buena porque nunca disparó un arma contra nadie. Error. Estoy seguro de que no disparó porque no tuvo la oportunidad. Quisiera ver a esos que condenan, señalan, ajustician, en mi lugar; burlados, traicionados. ¿Cuántos de ellos podrían sustraerse a la tentación de meterles un balazo a los traidores y vengar ese dolor que desgarra? ¿Cuántos de ellos lograrían privilegiar la sensatez al arrebato? ¿Acaso la condición humana nos da tregua entre pensar y hacer? A veces sí. A veces no. Esa misma condición humana con sus diferentes componentes nos hace distintos a unos de otros. Estoy seguro, el hombre, cualquier hombre, puede llegar a ser tan criminal como un reo que purga condena en la cárcel. Sólo necesita esa mínima fracción de tiempo, la que demanda una desgracia, un arrebato, para convertirse en el más vil asesino que jamás pudo imaginar. No sólo un culpable, todos llevamos un asesino adentro. Un asesino dormido; con el sueño más liviano o con el sueño más pesado. No es preciso ser villero, tumbero, delincuente, estafador. Podemos actuar en caliente, como yo, o matar con la cabeza más fría que un pescado. Castel, el asesino de “El Túnel”, manejó el auto durante cuatro horas, de noche, solo, por los campos de Dios, mientras maceraba la idea de liquidar a María (se llamaba María, igual que mi mujer) con el puñal latiéndole la muerte, como se dice. ¿Tuvo tiempo de recapacitar, de arrepentirse? Quién sabe. Y era un puñal, no una bala. Hay que domar un puñal, meterlo y sacarlo tantas veces de la carne como alcance el dolor-odio, el amor-odio, la rabia-odio, sin que se acabe el impulso.



La vida nos cambia. Poco queda de lo que fui, comparado con ésto que soy: un hombre solo, más parecido a este mundo al cual pertenezco ahora. A lo largo del tiempo me fui mimetizando, para no desentonar, digamos. Algunos opinan que, en el fondo, uno nunca deja de ser quien es. No estoy seguro. Es imperiosa la necesidad de parecerse al otro, al entorno para hacer menos doloroso el dolor, menos penosa la pena y creer que las diferencias se anulan, las distancias se acortan y los seres se asemejan. Ahora hablo desde el otro lado; una reja separa el mundo de afuera del mío. Esa diferencia, la que marcan los portones de la cárcel cuando se cierran, esa sí es bien real.

Desde este lugar que me gané a costa de un arrebato, espero que alguien se apiade de mi dolor y entienda que no soy un monstruo. Nunca quise dañar a nadie. Yo adoraba a mi esposa, toda mi vida y mi felicidad estaban en ese hogar que logré constituir con esfuerzo y mucho trabajo. Tuve buenos y nobles sentimientos. Cometí homicidio por amor, por pasión, por error y sin querer. Soy incapaz de matar una mosca. Cuando María me pedía que matara una araña, yo me apiadaba y la dejaba libre en el jardín. No está en mí matar. Y cuando pido piedad no me refiero a que venga un piadoso, me saque de la cárcel y me deje libre. ¡No señor! De aquí no me quiero ir.



Yo recibí la mejor educación, pero nadie me dijo “preparate, hermano; un día te vas a encontrar con tu mujer encamada con otro tipo, en tu propia casa, en tu misma cama. Empezá desde ahora, forjá tu ánimo, tu espíritu y controlá tus impulsos, porque matar parece ser cosa de locos o de criminales, nada más. Y resulta que no, también es cosa de cualquiera”. Es cierto. Sólo es cuestión de que llegue el momento, que lo agarre a uno desprevenido, y ahí descubre lo fácil que es. Ni siquiera hay que romperse la cabeza pensando si lo hago, no lo hago; lo mato, no lo mato. De pronto aparece un arma en la mano, metemos el dedo en el gatillo y en simple gesto, descargamos. Y quedamos aliviados. Aliviados por unos segundos nomás, es lo que dura el desahogo. Después se derrumba el planeta. Cualquiera que tenga sangre en las venas y le toquen a su mujer es candidato al crimen. Me pregunto si la historia sería diferente sin una pistola en la casa. No puedo imaginar dónde se depositaría la bronca ni cómo se canalizaría el odio y el arrebato. Quizá partiéndole al tipo una silla en la cabeza; clavándole un cuchillo. O estrangulándolo. En cualquier caso el fulano tendría más chances de seguir vivo que escapar de la muerte por un balazo.



Es cosa muy complicada estar enamorado. El amor te condena. De una u otra manera, al final, el amor te condena. Así como dulcifica, humaniza y domestica, de igual modo y con peor furia, pervierte, deprava, corrompe, y el que diga lo contrario que me lo demuestre. Porque el amor también es vulnerable, como cualquier sentimiento está sujeto a cambios, y en algún punto de su pureza se contamina y pone en marcha el peligroso mecanismo de la pasión; se mimetiza con ella y ahí entran a tallar los bajos instintos. La pasión hace nido en las vísceras, provoca sensaciones difíciles de explicar: la náusea es gozo, el vértigo es estímulo, el dolor es placer, el odio es revancha. Cóctel que se bate en las entrañas. Un rompecabezas de piezas blancas y negras, el bien y el mal; el yin y el yan; partes que se oponen, pero encastran a la perfección. El corazón -proverbial, por supuesto-, el alma, el espíritu, pertenecen a otras dimensiones donde la pasión no cabe. Los dramas más grandes que ha gestado la humanidad fueron por pasión. Y sino revisemos la historia, las tragedias griegas, los escándalos y asesinatos perpetrados por reinas, reyes, faraones, emperatrices, cleopatras y nerones. O basta leer a Shakespeare. Ficción o no ficción. La línea divisoria que separa ficción de realidad nunca nadie la pudo precisar. Es etérea, ilusoria, intangible. Y tramposa. Es una cuestión, sin duda, subjetiva. El drama pasional nació con el hombre, es parte de su naturaleza, lo lleva en la sangre, está escrito en su código genético. El caudal de amor-pasión es directamente proporcional a la magnitud del daño que ocasiona. Si a esto se le suma el sentido de pertenencia, de posesión, el dolor se multiplica y la reacción puede ser fatal.

Sufrir por amor no tiene parámetros. Una maldición árabe dice: “ojalá que te enamores”.



La sigo amando. Sí. Debo estar loco pero la sigo amando. Me pasó casi medio siglo por encima y no la puedo olvidar. Si ella no me amaba, o me amaba a su manera, qué le voy a hacer, qué culpa tengo yo de que el amor sea como es: desparejo, desnivelado, rengo, no resiste el menor análisis. Hubiera preferido no tener la pistola en casa. Pero la tuve. Y con permiso de portación, como corresponde, por supuesto. Siempre fui muy bien mandado, muy correcto, todo al día, todo en regla, todo en orden, ningún vencimiento, ninguna deuda, nada fuera de lugar. Pero yo tenía esa pistola. La misma que la mayoría de los hombres compran para defenderse, para proteger a su familia de los delincuentes. También yo la tenía para eso. ¿Cómo me iba a imaginar que terminaría así? En mi ansia secreta de querer creer que todo estaba bien por los siglos de los siglos, me equivoqué. Mi hogar parecía perfecto, cada cual en su tarea, cada cosa en su lugar, armonioso, sincronizado, prolijo. Un paquete de regalo con el moño recién hecho. Alguien tiró del hilo y se desató la hecatombe.



Una noche, cuando mi mundo era perfecto, mi mujer me esperaba con la comida caliente, el bebé dormía en su cuna satisfecho de tanta mamadera, y mi vida era un edén, me detuve en un bar de San Telmo a tomar cerveza con unos amigos antes de llegar a casa y abrazar fuerte a mi mujer y llenarla de besos. Por aquel entonces acariciábamos los treinta años y, llenos de proyectos y el entusiasmo propio de la edad, nos pusimos a ironizar sobre ciertas temáticas peligrosas. No puedo olvidar el tema de nuestra conversación en aquella cervecería de Balcarce -donde un afroamericano aporreaba emocionado las teclas de un viejo piano tratando de arrancarle la queja de un jazz-, el caso hipotético de que alguno de nosotros fuera un potencial cornudo. Todo empezó con un chisme de Bellavista que trajo una picante noticia de la facultad: la mujer del decano le ponía los cuernos con un estudiante de quinto año de abogacía. El decano era profesor del muchacho; además lo había nombrado su ayudante de cátedra y lo tenía en alta estima por sus muchas y variadas virtudes. “¡Oh ironía!”, se mofaba Bellavista. La conversación se fue dando espontánea y quedamos enredados en el tema del adulterio, la infidelidad. Cada uno dio su parecer, con el mayor desparpajo, desfachatez y ese machismo insobornable que tenemos los hombres cuando hablamos de eso, casos presuntos, que les pasan a otros pero no precisamente a los susodichos. Vivimos convencidos de que los cuernos se inventaron para otro y no para uno, por supuesto, ni que estuviera vacunado contra ese flagelo. Y yo también opiné. Y dije cualquier cosa diferente a lo que me pasó en la realidad. El tema me parecía divertido; lo tomé casi con buen humor. Supuse, en mi imaginario vanidoso, a otro fulano burlado por su mujer. Entre cerveza y cerveza ironizamos hasta limitar con lo grotesco. Bourget declaró, mientras tiraba la ceniza de su habano y lo encendía por tercera vez, que él cerraría la puerta del dormitorio para que continuaran haciendo el amor y, mientras tanto, él llamaría a un abogado como testigo. Luego se divorciaría sin escándalos. Tomó la posta Ramiro; él aprovecharía la coyuntura para hablar de a tres, con su mujer y el amante, y plantearles su posición a favor de la relación abierta. Dicho esto vació alegremente el cuarto balón de cerveza en su garganta sedienta. Era obvio que estábamos bromeando. Sólo José Ignacio de Casasbellas, con la última seca de su Bensson & Hedges súper largo, antes de aplastarlo contra el cenicero, dijo algo sensato: “yo los reviento a tiros”. Hasta ahí llegamos, luego cambiamos de tema. No queríamos bucear en esos océanos profundos por temor a lo desconocido. Tal vez.



¡Qué tramposa es la vida! Y qué fácil es opinar desde la vereda de enfrente. A veces creo que el aire que respiro es mentiroso, y en mi certera imaginación descubro que tiene cianuro y caigo reventado como un sapo. Ya no creo en nada.




II


Son tan pobres los humildes, y tan humildes los pobres,

que hasta son capaces de agradecer la indemnización

por el error cometido.

La sigo amando. Sí, muerta y todo la sigo queriendo. Ojalá mi amor no fuera tan grande, de ese modo hasta le hubiera perdonado la vida. Desde que estoy en la cárcel pienso distinto. Ya sé, dirán que me volví un resentido. Digan lo que quieran, ahora tengo una lectura diferente de las cosas. No es lo mismo emitir un juicio desde afuera que desde adentro. Una vez que se conoce el mundo desde acá, las opiniones, y la aceptación de los hechos, son otras; se cae la máscara que impedía ver. Las respuestas, cuando las hay, son tan obvias como indignantes. ¿Quién se cree tan omnipotente como para condenar a un pecador sin tener la certeza de que esa misma mano juzgadora puede cometer igual, parecido o peor delito? ¿Acaso el juez que dictamina la sentencia no es carnada para sucumbir por lo mismo que condena? ¿Qué es la justicia? ¿Quién se atreve a enarbolar esa bandera? El hombre, por supuesto. El hombre, justamente, el ser más poluto y pervertible del universo. Paradoja, farsa, cachetazo. ¿Quién me condena? Un potencial asesino, un corrupto enmascarado tras el símbolo de la Justicia, un tipo que se disfraza de Ley, que pone cara de Ley, que baja el martillo en nombre de la Ley y que usurpa los beneficios de aquella y la transgrede, la traiciona, la burla, la usa para negocios, negociados y cuanta causa con olor a dinero se le cruce por el camino. Algunos jueces cumplen con la ley, son pocos, hay que buscarlos con lupa, y hay que cuidarlos muy bien, pues son incompatibles con el resto que delinque. Éstos intentarán denodadamente eliminarlos. O contagiarlos. Ese resto son mercaderes, gente que comercia con la suerte del otro, juegan a la ruleta con el destino ajeno, lo convierten a uno en reo, sin serlo, o liberan al más crápula y criminal de la cárcel, por imperiosa necesidad de tenerlo suelto. Son sicarios del Código Penal. Pero también son magos, eso está comprobado. Hay que ser mago para tergiversar la ley sin que se note el fraude y el fajo de billetes que pasa de mano por debajo de la mesa. La ley está en bancarrota. El hombre la llevó a la quiebra, la malversó, la vació. Y la prostituyó.



Jueces y políticos se pasan la vida colgándose de las buenas oportunidades o prendidos como garrapatas a algún cargo que les asegure el futuro y un buen pasar. Y ojo que yo no hablo así porque me hayan metido preso. No señor. Hablo así porque tengo la autoridad que me confieren los años que llevo guardado en esta prisión inmunda. He visto tanto, he oído tanto. Puedo asegurar, a ciencia cierta, que así como hay criminales y reos de verdad purgando sus culpas, también hay un centenar de inocentes, presos por error, por traición, por confusión, por elección, o por ser hijos de nadie. Y se vuelven carne de cañón para la ley que los “necesita” como pantalla. O, lo peor, muchos de ellos suelen echar raíces en el encierro esperando que algún abogado se digne desenterrar el expediente dormido, cubierto de polvo por años y años en algún cajón de escritorio. ¿Qué pasa si después de revisar el expediente se demuestra la inocencia del reo? ¡Se comió una década esperando su turno! Casos como éste hubo miles, y sigue habiendo. El condenado inocente se convierte en criminal de verdad, sin mucho preámbulo, sólo por bronca y ganas de desquitarse. Puedo comprender la necesidad imperiosa de vaciarle un cargador en medio de la frente al juez o al responsable que lo guardó en el agujero hasta nuevo aviso.

Aunque también sorprende otra realidad: son tan pobres los humildes, y tan humildes los pobres que hasta son capaces de agradecer la indemnización por el error cometido.



Estos piratas del estrado inventaron los chivos expiatorios. Es la única figura que no figura en los textos letrados pero es quizá la más usada, caballito de batalla de estos crápulas, comodines de los políticos. Deberían crear una nueva figura que se llame “chivo expiatorio”. Hay que blanquear señores, hay que blanquear. Viven modificando las leyes según los políticos y los jueces de turno. De igual modo deberían tener cojones para sancionarlas. Desde que se frecuentan con la mafia lo único que hicieron fue llenar las cárceles de estos chivos expiatorios. Los peces gordos siguen pululando por las calles, negocian con la prostitución y la droga y reparten las ganancias entre los que dan la cara jugándose la vida en los callejones o en los galpones abandonados de los puertos y los que se escudan detrás de la toga y el Código Penal, los protegidos por la inmunidad que les concede su rango de Diputado, Ministro, Senador o Presidente, sellan el acuerdo con un generoso sobre rellenito de fajos verdes, con la expresión más fría que un mármol en sus caras inmutables de magistrados “elegidos por el pueblo”.



El virus de la corrupción les caló hondo, tanto que lo llevan enquistado en los huesos, así como el parásito de la triquina; sólo que a la triquina se la puede combatir. La corrupción no, no hay fórmula que logre erradicarla, tal parece que se les metió en el código genético -parafraseando al código penal-, y de ahí a ese virus no lo saca nadie, ni las vacunas, ni los antídotos. No hay profilaxis que valga. Y así se lo van pasando de generación en generación. Se convierten en portadores insobornables del virus que determina la capacidad de malversar. La ecuación es simple, “lo robo yo porque sino viene otro y se lo roba igual, entonces, ¿qué mejores manos que las mías?”



Cuando yo tenía siete u ocho años, la cotorra de mi amigo Tito se había escapado de la jaula y salió a la calle chuequeando, con ese vaivén desnivelado que tienen los loros o las cotorras, como si tuvieran callos plantales. Se paró en medio del asfalto a otear al norte, al sur, al este y al oeste, de puro curiosa, como toda cotorra. Otro amigo, el Edgar, más chico que nosotros, la vio haciendo equilibrio sobre la línea de brea negra y no tuvo mejor idea que agarrar una piedra y aplastarla, ahí mismo, donde estaba. La dejó hecha puré, como se decía en el barrio. Cuando Tito, llorando desconsolado le pidió cuentas de su masacre, el Edgar le contestó, en su media lengua: “De la otra cuadra venía un auto, y como la iba a pisar…”.



Hay quienes se prestan al canje con un “se lo pago en especias”. Ahí encaja mi suegra, raro tipo de piraña humana, chupasangre. Esther se llamaba, o se llama. Su víctima era un juez de San Isidro. Con él usó su seducción para engatusarlo y el letrado limpió su caso. Le correspondía homicidio culposo en segundo grado. Alguien revocó la carátula y quedó en la nada. La cosa vino así: ella tenía un criadero de Dogo Argentino. Una tardecita de primavera, tibia y perfumada, totalmente compatible con la vida y no con la muerte, se le zafó un par de canes. Los sabuesos encontraron la puerta abierta, por descuido de mi suegra, y despedazaron a un pobre pibe, un canillita, en la entrada del propio jardín. Muerte instantánea. El chico, la víctima, había sido el hijo del jardinero del barrio, un paraguayo despatriado y viudo. Lo único que tenía en el mundo era ese hijo. Dicen los vecinos que, prendidos en las espinas del rosal, quedaron colgando jirones de ropa y partes humanas. Los perros las habían arrancado a dentelladas. Cuando intentaron quitarle al chico de sus fauces los animales se encarnizaron peor. Al final tuvieron que frenarlos a balazos. El jardín de mi suegra quedó enrojecido de sangre inocente. Y de la otra también.

Esther, la piraña, mi suegra, mujer bella y manipuladora, quedó libre de culpa y cargo por esos artificios que tienen los letrados capaces de tapar el sol con un dedo. Con sus habilidades naturales y sus mil recursos se tornaba imposible eludirla, mucho menos resistirse a los influjos de “femme fatal” que tan bien utilizó para hacer cambiar de opinión a la víctima de turno. Terminó convenciendo al juez de su inocencia. “Hacete amigo del juez”... aconsejaba el Viejo Vizcacha.



Mi reclusión perpetua también se la debo a ella. Lo huelo, lo sospecho y lo firmo. Nadie me lo dijo. Hasta ella misma lo negó. Pero me juego la vida a que en este barrunto estuvo la mano negra de Esther. Mi caso era para “emoción violenta”. Yo debería andar suelto por la calle –después de cumplir una penalidad lógica, por supuesto- como cualquier infeliz que haya sido víctima de un arrebato emocional. Pero en el juicio aparecieron dos testigos, muy bien armados, para decir que yo era consciente de la doble vida de mi mujer y que se la tenía jurada. En una palabra, que yo había proferido reiteradas amenazas. Ese dato, más otros detalles, pruebas falsas, funcionaron perfectamente como agravante. Tanto como para calificarlo de homicidio premeditado, y encima, agravado por el vínculo.

Mi suegra acababa de enterrar a su segundo marido, un año antes de perder a su única hija, mi finada esposa. Ante cada golpe que le daba la vida, Esther parecía reafirmar su fortaleza, su independencia y su capacidad de resurrección. No había modo de debilitar su ánimo. Ya estaba a la pesca del tercer marido, en el preciso momento en que aconteció la tragedia. Ella se enfrentaba a cada desgracia con inquebrantable rigor. Redoblaba energías y artilugios. Y traigo a colación a mi suegra porque es la responsable de que yo esté solo en el mundo. Creo que desde el principio ella no me quiso para yerno. Como yo tampoco a ella para suegra, aclaro. Siempre me resultó vulgar y tramposa. Nunca logré encuadrarla en un concepto que no fuera peyorativo, aún cuando ella intentaba, en vano, congraciarse conmigo, después de aceptar su derrota ante la definitiva elección de su hija.



Luego de transcurridos unos cuántos años de cárcel, la piraña vio la oportunidad de su vida para vengarse de mí. Definitivamente. Se las ingenió para darme por muerto y que hasta mi hijo así lo creyera. Me sacó en las necrológicas de Clarín y de La Nación. Me enterró vivo. Nunca nadie jamás preguntó por mí. Los primos que me quedaban prefirieron no averiguar demasiado. ¿A quién le importa tener un pariente asesino? Mejor que se muera. La noticia, inventada por mi suegra, les vino como anillo al dedo para aliviar sus conciencias, si es que algún pesar tenían por no venir a visitarme. Hábil y cizañera, la turra. Dueña de una imaginación prodigiosa, se aprovechó de una revuelta que había ocurrido en uno de los pabellones de la cárcel, la cual terminó en un voraz incendio que se tragó a todos los presos de aquel sector para, yo incluido, según ella, contarme entre las víctimas. La noticia cundió y tuvo gran difusión. Se publicaron listas de los fallecidos y se hicieron las exequias correspondientes. Nadie sabía que entre aquel fardo de muertos había, entremezclado, uno vivo: Joaquín Benito de la Fuente. Yo.

En todo el historial de la penitenciaría no se registraba catástrofe de semejante envergadura.

El destino, a menudo, suele ser generoso con quien no lo merece. Le permitió a Esther jugar su carta de revancha. La venganza es el placer de los dioses, dicen. Puedo imaginar su cara de felicidad mientras sellaba mi ataúd junto a aquellos infelices que quedaron atrapados en sus celdas y se achicharraron como grasa pella en un caldero. Lo que más me dolía, y me duele, es que mi hijo me cree muerto. Esto me genera sentimientos encontrados. Por un lado, mi sangre grita y reclama al hijo que traje al mundo. Por otro lado, la vergüenza me hace agachar la cabeza y en nombre del inmenso amor que le profeso prefiero las sombras, el anonimato, para no macular su honor. ¿Dónde estará? ¿Cómo será? ¿Quién será ahora? Lo imagino hombre grande, responsable, tal vez padre de familia, tal vez profesional. Una buena persona. Daría mi vida sólo por saber de él.



He aquí una inferencia que brotó como devaneos de vigilia. Truenos y relámpagos, rayos y centellas azotaron el planeta en esa noche, víspera de una epifanía. La naturaleza con toda su furia parió un cataclismo de ribetes dantescos. Creí que la cárcel se derrumbaba. No recuerdo, en toda mi existencia, un viento de esas características. Era un tornado, y si no lo era se le parecía. Ni los desbordes de la naturaleza lograban arrancarme el pensamiento de donde lo tenía enquistado: en la parafernalia del aparato sociopolítico y el hombre. Con cierta carga de resentimiento, y también de autocompasión, me puse a analizar en las tinieblas del insomnio algo que había leído en un Tratado de Criminología, y con muchas ganas de apostarle todas las fichas: “Los crímenes y los criminales son producto de la sociedad y de las circunstancias -de las circunstancias principalmente-, y a la vez instrumentos y víctimas de esa misma sociedad. La sociedad criminal y delincuente culpa de sus crímenes y delitos a los criminales y a los delincuentes, y luego los castiga por los daños que, en la mayoría de los casos, la misma sociedad los indujo a cometer. Un crimen es lo que la sociedad escoge definir como tal. De aquí que la sociedad sea la que define al criminal y no el criminal quien se define a sí mismo”. Y yo pienso, a esta altura, que casi invariablemente la sociedad es la que hace al criminal porque los criminales no nacen así, en realidad, se vuelven tales. No sé muy bien dónde cuajó esta opinión mía. Yo la desconocía hasta este momento, lo que pasa es que tengo muchas ganas de endilgarle a otro las culpas que me pertenecen. Aunque guardo un crédito para la inmensa población de los que ya nacen así. Reconozco que todavía no tengo una postura definitiva, terminante, por eso me reparto entre una hipótesis y la otra. El tema es demasiado complejo; requiere un estudio profundo y minucioso; o, tal vez, el enojo que manifiesta el planeta en estos momentos me esté entorpeciendo el razonamiento.



Uno aprende a distinguir la verdad de la mentira; pero según otros parámetros. La semana pasada, por obra y gracia de una mano de afuera, sacaron del penal a un delincuente, el “Buitre” le dicen, peligroso como la rabia. La orden del juez llegó oportuna y las puertas de la cárcel se abrieron de par en par. Seguro que el tipo debe andar por sitios estratégicos cambiando valijas de las que ya se sabe. Es un experto en detectar la mejor droga. Nadie como él para distinguir la buena merca. Así como salió el Buitre entró un flaco, incapaz de matar una mosca, acusado de traficar con cocaína. Dice que se la pusieron para incriminarlo. Que él no le conoce ni el olor. Trabajaba de mozo en un restauran de la avenida Corrientes y una noche cayó la cana y lo revisó entero. Le hallaron droga en el bolsillo del saco. El pibe lo había dejado colgado en el cambiador mientras usaba la chaqueta de mozo. ¿Será así? Esta clase de víctima viene con la marca en el orillo. Son puntos fáciles de enganchar, inocentes apropiados para edificar la cadena de la delincuencia sin que se corte jamás. Son puntos que ya están elegidos. Les inventan un laburo, para calmarles la desesperación por ser eternos desocupados, aunque sea de repartidor de pizza. Y así, con la pizza calentita, tocan el timbre en la casa que, se supone, es de una familia lista para cenar. Ahí mismo se acaba el mundo cuando cae la policía y lo agarra “con las manos en la masa”. Descubre que la pizza no es pizza y que la familia lista para cenar no es tal. El repartidor va a parar en cana, un perejil que no tenía la menor idea de lo que estaba pasando. ¿Explicaciones? ¿A quién le va a dar explicaciones? A nadie le interesa escuchar.



La cárcel es una timba, la ley es una timba, la política es una timba.

Y nosotros somos las fichas que se juegan en la ruleta sin fin.




III


El sol es patrimonio de la libertad.

El ser humano es un bicho jodido. Tiene varias lecturas, según desde donde se lo mire. Y las circunstancias condicionan esa interpretación. El psicoanálisis dice que todos tenemos un monstruo, un criminal adentro, que permanece dormido mientras no se lo despierte. Algunos tienen la suerte de cuidarle el sueño eternamente, y así pasan la vida. Pero otros, como yo, estamos signados. El destino nos tiende una trampa mortal, mordemos el anzuelo, el monstruo despierta enardecido y nos traga como a cucarachas. El mío cometió asesinato en grado doble. Estoy seguro; fue ese monstruo que llevamos adentro quien cometió el homicidio. Sin él yo jamás hubiera reaccionado de esa manera. Soy demasiado cobarde para jugarme así. No entiendo por qué la furia no le alcanzó para meterme una bala en la cabeza y terminar también conmigo. Ojalá lo hubiera hecho y yo no sería un muerto que respira sino un muerto de verdad, de los que descansan bajo tierra. No seguiría atormentándome con el recuerdo de ella. Pero no, me jodió la vida. A los amantes los baleó, los liquidó. A mí me clavó un puñal para llevarlo siempre, sin permitirme morir. Vivo en agonía. En perpetua agonía. No hubo bala para mí.



María se llamaba. Todavía me emociono cuando la nombro. A veces no quiero hacerlo por temor a agrandar la llaga que no deja de sangrar. Pero ese nombre es tan bello; me estalla la garganta por gritarlo. María, María se llamaba. El nombre más hermoso que hizo la creación, el nombre de la virgen. Ella lo mancilló. María se llamaba. No logro borrarla de mi mente remoloneando entre las sábanas con sus muslos luminosos, sus nalgas blancas, redondas; pétalos de magnolia. Las manos libidinosas del intruso acariciaban su piel, esa boca que no era la mía probaba sus senos. Tuve que presenciar todo eso para despertar al monstruo que dormía su sueño de paz.



El cú-cú sobre el hogar inmortalizó la hora de la desgracia. Nos lo había regalado mi suegra, pequeño detalle. Cuatro veces cantó y luego murió. A partir de ese momento todo murió para mí. Incluido el pájaro. Hasta el instante más crucial de mi vida, mi suegra estuvo, de alguna manera, presente. Es un karma, una pesadilla. Una persecución. Ese bicho que nos regaló parecía una marioneta desahuciada. Entraba y salía ridículamente por la puertita y me despertaba en medio de la noche con su indiscreto cú-cú. ¡Tamaño susto me pegaba! A veces nos olvidábamos de cambiar la palanquita para silenciarlo. Confieso que ¡me tenía las pelotas llenas! Era el regalo de mi suegra; siendo ella alimaña peligrosa, no es detalle menor subestimar un obsequio suyo. Mueve a risa, pero siempre me pareció que el cú-cú cantaba en cordobés. Hacía un cuuu-cú como si alargara la primera sílaba. ¿Habrá sido la pila? El artefacto venía de Córdoba. Mi suegra lo había comprado en un paseo por las sierras, creo que en Carlos Paz, durante un viaje que había hecho junto a otras cotorras viudas como ella. Era menester ponerlo en un lugar importante de la casa, para que no se ofendiera. Ella misma se tomó el atrevimiento de elegir el frente del hogar a leña, para inmortalizar al pajarraco con su monótono canto dítono. Para llevar a cabo su proeza, me bajó de ese sitio un Pettoruti que yo había logrado comprar con todo el sudor de mi frente, como se dice. Me tuve que tragar el sapo y maldije “pajarraco bullanguero, pronto me tomaré mi revancha”. No quise contradecir a María. Ella estuvo de acuerdo con su querida mamá, siempre intentaba no contradecirla. Prefería andar en buenos términos con la vieja jodida.

La verdad, lo iba a desaparecer en cualquier momento, con cualquier excusa. No soy persona impulsiva. Tomo mi tiempo y luego actúo. Por eso muchos se confunden conmigo, me tildan de pusilánime. Es verdad, cualquier otro en mi lugar hubiera sacado a patadas a la suegra con cú-cú incluido sin esperar hasta el otro día. Pensé en aflojarle el clavo para que se cayera solito, sin ayuda, y apareciera reventado sobre el piso. Otra opción era simular un robo, pero hubieran debido desaparecer otras cosas, para hacerlo más creíble. No, muy sofisticado. Además nadie entra en una casa a robarse un estúpido reloj sin llevarse, por ejemplo, un televisor, un equipo de música, algunas joyas de María, su tapado de piel, esas cosas. Otra manera de bajarlo era simular un service con el relojero por un desperfecto mecánico. Luego el joyero sufriría un robo.

Estuve barajando posibilidades para no meter la pata ya que mi suegra es inengañable. Pero el tiempo fue pasando y el cú-cú permaneció en el trono.

Ahí estaba, en su tribuna de pájaro espía, único testigo de los fatídicos acontecimientos conyugales. Tanto dilaté esa erradicación que cualquiera podría haber supuesto que lo guardé como testigo. La bronca más grande es que no me di el gusto de rajarlo yo, y de devolverle a Pettoruti el lugar que, injustamente, le habían usurpado. Los cú-cú nunca me gustaron. A éste llegué a odiarlo por transferencia. Venía de mi suegra. Los rechazo tanto como a las cajitas musicales; me resultan macabras. Soy conciente de que es totalmente loco lo que digo. Pero es así. Las melodías que vomitan las cajitas musicales me traen reminiscencias diabólicas, como de casonas embrujadas, con amenazantes espíritus ocultos. O de niños perversos que encarnan el mal en las peores personificaciones; seres monstruosos, asesinos, endemoniados. ¿Hay algo más siniestro que un niño diabólico? No. Nada se le iguala. Y siempre la bailarina. Siempre ella girando, girando con su tutú y una patita levantada mientras la música repite hasta el hartazgo los mismos compases. Sólo falta Chuqui con su extraña cara emparchada y el puñal en alto, listo para el ataque.

“Tomá, les traje este regalito”, le había dicho mi suegra a María la tarde que se apareció de visita, no bien regresó de su viaje, “para que lo despierte al profesor”. Con esa ironía remató la entrega.



¿Por qué regresé antes? Dicen que cuando un suceso va a ocurrir se alinean varios factores o coordenadas; confluyen, coinciden para que eso suceda. Se dan cita en forma maléfica. Si uno de los factores no está en regla, o está fuera de orden, el proyecto aborta. No hay suceso. No hay desgracia. Tuve que poner en marcha, sin saberlo por supuesto, un mecanismo de relojería para que el asesinato ocurriera tal y como sucedió: había almorzado en el bar de la universidad junto a otros colegas, un sándwich de salchicha alemana. No tuve mejor idea que aderezarla con un poco de chucrut. Me encanta el chucrut. Antes me había caído mal, pero no me sustraje a la tentación de probar una segunda vez. Así me fue. Gran descompostura y permiso de retiro a casa. Increíble, ¡un ingrediente en la comida me cambió la vida! Ojalá le hubiera puesto mayonesa y mostaza, mi destino hubiera sido otro. Ojalá le hubiera hecho caso a Juan Pablo, lo hubiera acompañado a él con un churrasco a caballo. Ojalá hubiera compartido la fuente de espaguetis a los cuatro quesos de Julián Almada que era para dos personas. Pero no, me encapriché con el chucrut. Insisto, cuando las coordenadas se alinean no hay fatalidad ni factor suerte que modifique el mapa.

Si la barrera del tren se hubiese demorado unos minutos más de lo habitual, o trabado, es lo más común, yo habría llegado a casa cuando el amante de mi esposa tal vez ya se hubiera ido. Pero la barrera funcionó perfectamente, como pocas veces, y llegué a tiempo para convertirlo en difunto. También mi descompostura pudo haber sido tal, que en vez de ir a casa me hubiesen enviado a un hospital para ser asistido por intoxicación. Pero no, mi malestar no alcanzaba esa carátula ni mucho menos justificaba el envío de una ambulancia. Tuve que pedir permiso para ir a casa, tal como el destino lo tenía programado.

En el semáforo donde compré las flores para María ocurrió un incidente, bien podría haberlo protagonizado yo. Un hombre sin piernas, en silla de ruedas, mendigaba entre los autos. Me pregunté qué le habría sucedido. Seguro las perdió en algún accidente automovilístico, o bajo las ruedas de un tren. Su idoneidad para dominar la silla hablaba de años de ejercicio. Se movilizaba audazmente, maniobraba haciendo piruetas, parecía divertido. Jugueteaba con su silla como si estuviera en un rally. Sonreí ante lo insólito de la escena. Y me alegré por ver feliz, con tan poca cosa, a un inválido resignado a su suerte. Todo su mundo estaba suspendido en dos ruedas. Otros renegamos de lo que no tenemos, pues no sabemos ver lo que sí tenemos, -lo que tenía en aquel momento, no ahora-. De pronto una señora chocó la silla y el paralítico rodó por el suelo. La mujer se bajó de su auto presa de un ataque de nervios. Pidió disculpas y ofreció indemnizaciones a través de su seguro contra terceros. El disturbio continuó por largo rato. Yo tuve que seguir, el semáforo verde cedía el paso. Ésto sucedió justo al lado de mi coche, bien podría haberme pasado a mí y ese suceso habría demorado mi llegada a casa. Pero no. La mujer me robó el accidente y yo tuve que llegar en hora apropiada para cometer homicidio. El minuto y medio que dura la luz del semáforo, a veces, parece la eternidad, ¿no? Sin embargo fue sólo un minuto y medio. Me alcanzó para observar el incidente y comprar las flores. Tengo el vicio de comprar cada chuchería que se me cruza por el camino. Me gusta ayudar a la gente pobre.

Continué mi ruta, bastante incómodo por el malestar estomacal. Sintonicé la radio para distraerme. … “en este clima de virulencia política y, ante la aparición de grupos guerrilleros marxistas como el ERP, y otros peronistas de izquierda como Montoneros, Alejandro Lanusse proclama su intención de restaurar la democracia institucional y el reestablecimiento de los partidos políticos, incluyendo al Peronismo”… Cambié de estación, estaba fastidiado de tanto circo. El trayecto me pareció más largo que de costumbre. Busqué una FM donde promocionaban novedades discográficas. La voz de Nino Bravo deslumbraba con su nuevo hit “Te quiero, te quiero”; los Beattles presentaban “Let it be”. De pronto el locutor interrumpió la emisión para dar la noticia de la muerte de Jimy Hendrix. Ofreció un breve recorrido por su vida, su obra, su música. Luego un popurrí de temas nacionales de “Alta Tensión”, “Rubén Mattos”, “Los Iracundos”, “La Joven Guardia”, y no sé qué más. Me dolía la cabeza de tanto barullo. Bombardeado por sucesos de la década del ´70, sintonicé una emisora de música clásica que disfruté con deleite; me hizo olvidar, por un momento, de mi descompostura. Fragmentos de las “Polonesas” de Chopin, seguidas del “Revolucionario” y del “Impromptus”, daban cuenta del ciclo dedicado al gran maestro de Polonia.

El camino a casa se hizo eterno; miraba el reloj y las agujas parecían estáticas. Por un momento me distraje en otro semáforo; se podría escribir un libro con historias de semáforos. Contorsionistas y acróbatas hacían piruetas. Luego pasaban la gorra por las ventanas de los autos. Unos, solícitos, aportaban su moneda; otros se hacían los distraídos, miraban a otro lado, o hurgaban la guantera en busca de nada, para disimular. Volví de nuevo a la radio. Anunciaban los premios Nobel. Los primeros me los perdí en mi distracción pero regresé al escuchar “literatura”, lo había ganado un ruso, Alexandr I. Solzhenitsin. El de la Paz un alemán, Brandt no sé cuánto. En el último trayecto antes de llegar a casa me entero, por la misma emisora, que se acaba de estrenar la película “Verano del 42”. Una alegría súbita me asaltó de repente. Yo había escuchado el argumento en “La Tercera Oreja”, una radio chilena, narrada con tal lujo de detalles como sólo ellos pueden hacerlo. Llegué a amar a Dorothy, la heroína. Le puse rostro, figura, color; le puse alma. Ahora que lo pienso esa fue la última gran alegría que tuve, la imagen de la sexy Dorothy en bermudas, trepada en una escalera.



Nunca, jamás, hay que llegar a casa fuera de hora, sin avisar antes. Aunque sea un llamadito telefónico disimulado, breve anuncio de llegada, una señal de cualquier tipo, “querida ¿necesitás algo? estoy en camino, ¿compraste pan? ¿Hay vino? ¿Te llevo el Para Ti, el Vosotras?”. Eso evitaría toparse de frente con la desgracia, en cualquiera de las formas. A mí se me presentó de la peor manera imaginable: el adulterio




IV


Los muertos jóvenes son émulos de Dorian Gray.

Han pasado muchos años. Me salieron arrugas y algunas canas. Se ha opacado mi mirada. Se apagó la esperanza y el recuerdo de María sigue fresco. La memoria de mis dedos aún acaricia la seda de su cabello. Dibujo ondas en el aire y capturo su aroma a fruta. Como un loco enardecido persigo sus formas en la noche y mi piel germina en esa remembranza fugaz. La oscuridad es mi cómplice, me deja creer que ese delirio es real. Quisiera hallar una brocha, empaparla en brea bien negra, y embadurnar todo mi cerebro, apagarlo por completo hasta hacerla desaparecer a ella con toda su belleza y su juventud. Yo acompañaba esa juventud. Era un tipo más o menos bien parecido. Sin ser alto un físico esbelto me favorecía. Mi nariz, ligeramente aguileña, me otorgaba cierto aire señorial, -según María- compatible con el mentón firme y prominente. Tal vez mis orejas, un poco grandes para mi gusto, eran el punto de inflexión de lo que podría haber sido un complejo, aunque no recuerdo haber perdido el sueño por este detalle. Abundancia de cabello, cutis mate y buen gusto al vestir, conformaban mi envase, nada despreciable, tampoco era una atracción. Discreto, prudente, de mirada sensata, veraz. Tal vez demasiado. Pertenecía al tipo de hombre común, nada espectacular ni llamativo. Más bien pasaba desapercibido. Internamente me habita la sustancia que determina mi humanidad, y que no es previsible ni elemental, sino compleja, intensa, a veces contradictoria, amasada con infinitos elementos que cultivé en mi búsqueda de intelectual peregrino, introspectivo y severo, casi despiadado conmigo mismo. Pero nada de esto es advertible ni imaginable a los ojos de quien me mira. Luzco simple, casi naif. Sólo María pudo ver mi adentro.

Ahora camino hacia la vejez; veo día a día mi deterioro. No puedo detener los escarnios del tiempo, la venganza del tiempo, como yo le llamo. En cambio María siempre será joven y bella.

Los muertos jóvenes son émulos de Dorian Gray.



Llovía a cántaros cuando los maté. El temporal debe de haberse desatado en ese instante porque durante el trayecto de regreso a casa me acompañó el sol, con su mejor buena voluntad. Esta ciudad es loca, ni los cambios de clima se respetan entre sí. Hasta el clima se solidarizó con la tragedia. Llovía a cántaros. ¿Qué más da? Desde ese momento el sol no volvió a salir para mí. Nunca más. En la cárcel no existen días de sol, aunque raje la tierra y se seque el planeta, sólo son y serán días nublados, opacos, con lluvia, sin lluvia. El sol es patrimonio de la libertad.

“La Libertad no es una idea política ni un pensamiento filosófico ni un movimiento social. La Libertad es un instante mágico que media en la decisión de elegir entre dos monosílabos: sí y no”, decía el apotegma de Octavio Paz que yo le enseñaba a mis alumnos. Ahora no me alcanza. Mi libertad, esa que perdí, no encaja en ningún monosílabo.



Miro a través de la ventana de la celda y veo los pájaros volar. Se acercan y picotean las miguitas que les doy. Me alegran, al principio me amigo con ellos y hasta llego a creer que me vienen a visitar, que son mis amigos. Luego, con los años empecé a tener otra lectura de la situación. He llegado a pensar, con rencor, que no hay derecho a presumir de tanta libertad en las narices de un prisionero con un horizonte tan pequeño, que alcanza apenas hasta donde la mano puede tocar. Lo sentí como una burla, y para colmo, era un cuervo negro. Graznaba en mi ventana. En mi imaginario atormentado creí escuchar que me decía: “volá, volá, volá conmigo si podés”. Pajarraco malnacido, ¡ojalá te atraviese un rayo! Por si ésto fuera poco, de vez en cuando, venía un cura a darnos sermones y a enseñarnos a enfrentar la vida desde nuestro lugar. Con resignación y sumisión. El arrepentimiento nos iba a redimir, decía, y sólo por él íbamos a volver a estar en la gracia de Dios. Todo era por la voluntad de Dios, todo, todo, todo. Hasta mi tamaña desgracia era por voluntad de Dios. Le pregunté si los cuernos que me metió mi mujer eran por voluntad de Dios. Me dijo que el altísimo me había puesto a prueba para medir mi temple. Le respondí que le diera las gracias por el gesto de amistad. Bien se podría haber guardado su prueba, yo jamás se la pedí. Ojalá se hubiera metido con otro. Cosas por el estilo evidenciaban mi descreimiento y mi fastidio, mi desnudez espiritual y mi indefensión ante esa presencia lúgubre de hombrecito ensotanado y poco creíble.

Confieso que he renegado de Dios, muchas veces. Y encima me manda este emisario hipócrita a predicar lo que ni él mismo sabe obedecer. Recuerdo un pensamiento de José Ingenieros: “los predicadores de la moral son los seres más despreciables cuando no ajustan su conducta a sus palabras”. Qué oportuna es mi memoria. Nunca deja de asistirme. Igualita a mi suegra.

Los curas son antropófagos. Se alimentan de pecados humanos. Se excitan escuchando, con su oreja enviciada, por la ventanita del confesionario, los pecados de sus fieles, infieles ovejas descarriadas, cuanto más descarriadas más excitante se pone la cosa. El morbo es el leitmotiv de estos pajarracos negros; vedados al sexo, canalizan sus deseos por vías insospechadas, aunque ya no tanto. Se vuelven fetichistas, exhibicionistas, mirones. Se sabe de sus excesos, sus abusos, su homosexualidad y pedofilia. Puedo llegar a entenderlos; me pregunto, qué le pasó a la Iglesia en el momento de dictar sus propias leyes. ¿Por qué se condenaron así? ¡Privarlos de tener sexo! ¿Sabían acaso que con esa mezquina disposición se sentenciaban a cometer pecado indefinidamente? Por más crucifijos que se cuelguen, por más ropajes eclesiásticos que usen, por más horas de plegarias, penitencias y autoflagelación que se impongan, no escapan del pecado. Son pecadores igual que cualquiera. Mientras tanto, declaro: jamás vi un cura en la cárcel. También ésto merece espacio de reflexión.



Desde que estoy en el presidio hice un análisis de mis convicciones y puedo asegurar que la mayoría ha sufrido serias e irreversibles enmiendas. También la visión que tengo de los curas. A fuerza de oir testimonios aberrantes, empecé a mirarlos con desconfianza. No quiero sermones ni bendiciones de su parte. Por lo menos el que viene acá, no creo que me pueda convencer de nada. Él no es creíble. No lo puedo remediar, así lo veo, así lo siento. Es inútil. Jamás podrá convencerme de nada.

Para ser sincero y honesto -aunque esté encarcelado y sea un criminal pretendo ser honesto con mi testimonio-, recuerdo un sólo cura al que yo quería, digno de confianza y respeto: el Padre Armelín. Y pará de contar. El tipo era un fenómeno. Yo fantaseaba, cuando era chico, con la idea que él se había escapado de las páginas de Vidas Ejemplares, revista que mi madre me compraba para instruirme en la religión. Cuanto más conocía la vida de San Francisco de Asís, no me quedaban dudas que se había reencarnado en el Padre Armelín.

Por lo demás, recuerdo al que me dio la primera comunión, el Padre González; al poco tiempo de darme el sacramento dejó los hábitos y se fue detrás de una chica de un pueblito en el interior de La Rioja, llamado por la naturaleza del instinto. Se enamoró y se ennoviaron, y colorín colorado, el cura se ha casado. Y como él, tantos otros. Yo me quedé pensando que el ex cura se fue llevándose mis pecados. Sí, se los llevó junto con su equipaje. ¿Qué hará con ellos? ¿No me los devolverá? ¿Los usará para divertirse con su esposa? Entonces era un niño y me preocupaba. Ahora me muero de risa. Aunque mis pecados de aquella época hayan sido cosa de chicos, yo era propietario de mis propias culpas y me sentí traicionado cuando supe que el cura ya no era cura sino un hombre común y corriente que tenía una mujer e hijos. A ese hombre yo le contaba mis faltas, mis travesuras con absoluta confianza y admiración, como si guardara mis secretos en una caja inviolable. No puedo evitar imaginármelo en la sobremesa riéndose de los pecados más execrables de sus ciervos arrepentidos y de los centenares de Padre Nuestro y Ave María que nos encomendaba para alcanzar el perdón. Después de confesarnos -a través de esa ventanita misteriosa que divide el mundo del cura del nuestro, para que no se mezclara su pureza con nuestros pecados-, estábamos en condiciones de tomar la comunión.

Cuánta omnipotencia digo yo, perdonarme, en nombre de Dios, por mis errores, y uno se iba contento y aliviado, sintiéndose un ángel de la guarda más o menos. El sabor delicado de la hostia perduraba en la boca por un largo rato, sabor crocante a levadura y sal, y creer que, de veras te purificaba el alma. Estaba prohibido morderla o masticarla, no sé por qué. Yo obedecía. La digería despacito, concentrado en una sola idea: me lo estaba tragando a Cristo. Pero como un cristiano emocionado, no como un antropófago. Y esa lámina crujiente se me acostaba sobre el paladar, bien adherida. Yo trataba de despegarla, con delicadeza, con la punta de la lengua, y se desprendía en pequeños trocitos que yo tragaba con cuidado; mis muelas y dientes no debían participar del suceso. No fuera a ser cosa que el cuerpo de Cristo se viera agredido por mi dentadura. Esa sublimación del espíritu duraba lo que tenía que durar. Enseguida, nomás, nos juntábamos la barra de amigos y nos dedicábamos a pecar.



En la cárcel hablar de los curas era tema frecuente. A los presos les quemaba la cabeza el asunto del celibato; no lo podían entender, y tampoco se lo creían. Es curioso cómo los reos se aferran a la religión, tienen sus cábalas, creen en los milagros, son supersticiosos, cuelgan rosarios en las paredes, coleccionan estampitas, imágenes, les prenden velas, temen a Dios. Y al diablo. Hay otros que no, por cierto. No creen ni en su madre. Yo les contaba mis historias. Entre ellas, la del Padre González, que fue el primer audaz, en mis pagos, que se animó a colgar la sotana por una mujer. Después de él, unos cuantos lo imitaron. A varios miembros de la Curia les había atacado un entusiasmo súbito; sacaron a la luz una calentura guardada de años y decidieron dar la cara. Los presos, enardecidos, me prestaban atención y pedían más; curiosidad morbosa, picardía, vicio. Se regodeaban con las glorias del pecado.

También les supe contar otra historia que había tenido gran ingerencia en el ámbito religioso de aquella provincia del interior. Mi público se mantuvo en vilo a lo largo del relato. Yo le ponía intriga. Fui testigo de la transformación del cura en persona civil. Se trataba de un favorito del episcopado, también de la grey cristiana, padrino de un centenar de niños y de otros tantos casamientos, bautismos y confirmaciones. La gente moría por tenerlo de padrino, de lo que fuera, como si el virtuosismo de él les certificara la entrada al cielo. Había recibido innumerables lauros de la alta Curia, y hasta había sido invitado por el Santo Padre, un par de veces, al Vaticano. Era candidato seguro para acceder a la cúpula de la Iglesia. Pero un día se le cruzó un par de ojos azules, con largas pestañas y lo miraron con seducción. La fructífera carrera eclesiástica quedó trunca. Se puso de novio con esa bella mujer. En adelante ofició de Intendente de un pueblo del interior y se convirtió en un hombre igual que cualquier vecino, con familia, mujer, hijos. Y un cargo público. En vez de regresar al Vaticano a pelear por el puesto de Cardenal, resignó su futuro a vivir en un lugar anónimo convertido en un burgués más. Y tuvo su rúbrica: igual que a un cristiano común y corriente, también le pusieron los cuernos. Ni los curas se salvan.



Tengo el poder de dramatizar mis relatos. Había que ver la cara de mi platea, eufórica, lujuriosa; los presos pedían más. Entonces yo me divertía a rabiar. Enganchaba con otros casos hasta quedarme sin libreto. Les conté que hay quienes priorizan su banca en el Vaticano a los placeres del cuerpo y del alma (y ahí les mandé la novela “El Pájaro Canta hasta Morir”, con el Padre Ralph y Meggie Cleary); aunque en ese caso el cura tuvo placeres en módicas cuotas y en tórrido romance. El hombre no es infalible. El cura es hombre. Tampoco es infalible.

- Mirá, los curas… qué me decís. Éste fue vivo. Se la fifó a la Meggie y después siguió tragando hostia. – rubricó el Cabezón, con malicia.

- ¿Y vos qué te creés? ¿Que no se les para? – respondía otro.

- Shhh. Cállense, déjenlo seguir.

Motivado por el entusiasmo de los presos amplié mi repertorio. Les conté sobre los rusos, que han sabido ser más considerados con sus clérigos, al menos Tolstoi lo fue con El Padre Sergio, a quien le atribuyó infinitas virtudes. Por supuesto, toda regla tiene su excepción. Con Rasputín queda confirmado; para unos un santo, para otros, un demonio.

- ¡A ese lo conozco! –gritó uno por ahí- Dale, Joaquín, seguí.

- Está bien, sigo. Hombre de milagros varios, a gusto del consumidor -y de pecados a la carta-, supo atraer a hombres y mujeres con su incuestionable magnetismo; principalmente a estas últimas dispuestas a seguirlo y entregarse en cuerpo y alma, con premura ninfomaníaca para meterlo entre sus sábanas. Zares y zarinas, emperatrices, duques y duquesas daban la vida por una caricia de él. Una manera muy extraña de practicar la religión. ¿No lo creen? Ni su visita a Jerusalén logró cambiar su lema: “disfrutar de la vida para servir mejor a Dios”. “Si el Altísimo no condena al hombre por comer un trozo de pan para saciar su hambre, ¿por qué iba a condenarlo por satisfacer una necesidad natural como la de unirse carnalmente a una mujer? ¿Por qué lo que se le permite al estómago no se le permite al sexo?”. “¡Los sacerdotes lo complican todo!” -decía Rasputín. Yo pienso al menos que él era lo que era. Los curas, ¿son lo que son?

Mi público se ponía eufórico. Algunos de ellos, los más atrevidos, se pronunciaban a favor del monje ruso, aplaudían, se carcajeaban, hacían gestos alusivos al sexo y me pedían más y más.

- Sigamos recorriendo el planeta, los ingleses también tienen lo suyo, tal como lo muestra Chesterton en “El Candor del Padre Brown”. El escritor dibuja un inquietante protagonista religioso que excede las fronteras de la espiritualidad para convertirse en un personaje detectivesco.

- Che, Joaquín, ese no juega en primera. Ponete las pilas -me interrumpió Rudecindo López mientras se rascaba la cabeza llena de piojos.

- ¡Queremos a Rasputín! ¡Queremos a Raputín! –coreaban otros, enfervorizados.

Y no tuve más remedio que recrear las mismas anécdotas, con distintas palabras. Los reos, agradecidos. Pensándolo bien, deberían pagarme por mantener entretenidos a ese rebaño de malandras.



Existe cierto magnetismo en esta raza de seres episcopales que despiertan la tentación, provocan curiosidad y encienden intriga. ¿Será porque están rodeados de un halo de misterio y prohibiciones? Quizás los tabúes les impiden asomarse a una vida común, convencional, como el resto de los mortales. Para las mujeres debe ser algo así como un reto a la conquista. Todo lo prohibido desata el mecanismo de la provocación, el desafío. No hay nada más irresistible que conducir al otro hacia el pecado, más aún cuando en ello están involucrados los encantos personales. Es una manera de ejercer poder, ¿quién domina sobre el otro?

En la historia de la humanidad los curas han dado más letra a los escritores que cualquier musa inspiradora.



¿Por qué será que la medida del pecado es la medida del placer?




V


Hay muertos que respiran.

Yo estaba muerto, y no se notaba.

No soy un tipo violento, nunca lo fui. Jamás me agarré a piñas en el colegio y pocas veces insulté a alguien en la calle. Los buenos modales me acompañaron a lo largo de mi vida. Mamá me los inculcó con redoblado esfuerzo. Ni siquiera sabía pelear, aquí en la cárcel tuve que aprender.

Era pelear o morir.



La violencia entró en mi vida de manera intempestuosa. Cometí una masacre. Pero nadie pensó que me masacraron el alma. Nadie pensó que yo volvía a casa con flores y con los brazos llenos de amor. Nadie pensó que yo llevaba un chupete nuevo y un sonajero para mi hijo. Nadie pensó que en ese simple y hondo gesto estaba puesta toda mi vida. Eso no le importa a nadie, menos a la justicia. Volvía del trabajo, descompuesto, con la presión baja, y saqué fuerzas para comprar flores. En el semáforo de Alvear y Alcorta, frente al Palais de Glace, en medio del despelote que armó el lisiado con la silla de ruedas, una niñita, como de ocho años, se me acercó a la ventanilla y me ofreció chupetes. Junto a ella una mujer madura, sería su madre, me vendió un ramo de jazmines. Se los compré, encantado, pensando en María y en el beneficio que les hacía a las dos. Manejé feliz, aunque mareado, hasta casa. Lo demás ya lo conté. La vida me dio un mazazo en la nuca, pero no me terminó de matar.

Me dejó viviendo en agonía perpetua.



No existe la condena para los muertos. Los muertos, muertos son, y se convierten en víctimas. Le pusieron la carátula “homicidio premeditado, agravado por el vínculo”, o “Drama Pasional”, viene a ser lo mismo. Si creen que sólo la pasión fue el móvil, me subestimaron con ese título. Es mucho más. Yo podía vivir la vida entera al lado de María sin privilegiar la pasión, porque en algún momento declina, se agota. El amor es otra cosa, me alcanzaba para suplir cualquier falencia. Menos la traición. Ésta clase de traición, el adulterio. La carátula, “Drama Pasional”, me hizo hervir la sangre. Nadie entendió nada. Y el amor, ¿dónde lo pusieron? Podrán discutir desde la a hasta la z, y tomar distintas posiciones. Sólo yo estuve ahí. Exterioricé el dolor como me salió y como jamás lo hubiera podido imaginar. El abogado, que es maestro del verso, en una charla mano a mano, me dijo: “un gesto de amor hubiera sido respetarle su derecho a la vida, comprender su debilidad y perdonarle el desliz. Eso es amor”. El abogado olvidó que no era él quien estaba ahí. Además, yo no elegí matar. De todas maneras, si decidía perdonarle el adulterio, -cosa fuera de mi razonamiento, que quede claro-, probablemente, con el tiempo, ella lo repetiría. Sí, estoy seguro. Iba a reincidir. ¿Acaso el padre de Desdémona no le advirtió a Otelo? Una mujer que engañó al padre podía engañar a cualquier otro hombre. María había engañado a su padre. Por supuesto, de otra manera, no poniéndole los cuernos. Recién ahora le doy la dimensión que en verdad tuvo ese hecho. Por aquel entonces, y con el afán de justificarla, minimizar su actitud, cuando ella me contó aquel engaño, yo lo tomé como una niñería. Si uno no quiere ver el defecto se tapa un ojo y ve la mitad. O no ve nada. La distancia y los hechos, devuelven la historia con su verdadero peso.



María estuvo engañando a su padre durante años. Se suponía que ella estudiaba medicina en una facultad privada. Cuando el tiempo de recibirse había caducado, no tuvo mejor idea que apoderarse de un diploma ajeno. Fraguó el nombre original, Carolina Buzzeti, y lo cambió por el suyo: María Ruiz de Arechavaleta. Dejó que su padre fuera feliz con esa mentira. Esas cosas extrañas hace el ser humano, a veces, para evitar a toda costa el dolor de alguien querido, sin sospechar que es peor esa medicina que la enfermedad. En poco tiempo el fraude se destapó. María quedó muy mal vista. A la bruja de su madre ni siquiera la incluyo. Tengo mis serias dudas si no habrá sido ella la mentora de esta patraña. María era tan dulce y hermosa que este vergonzante relato sonaba en su boca como gotas de lluvia sobre la fuente. Además lo contaba con picardía. Una travesura. Era divertida, jugaba con su sentido del humor. Y yo no estaba dispuesto a ver el incidente de otra manera.

El origen de ese fraude se remonta a una simple escena familiar. María, inoportuna y accidentalmente, escuchó una conversación entre sus padres. Era todavía muy chica como para darle el verdadero sentido a las palabras y se hizo cargo del asunto. Su padre hablaba sobre la felicidad que le daría tener una hija médica. Él no había podido acceder a la universidad. Considerando que el destino lo privó del hijo varón, puso sus expectativas en María. Ella quiso llenar ese vacío y se adjudicó, como obligación filial, el rol que hubiera cumplido si fuera ese hijo varón tan deseado. Decidió darle el gusto, pero el intento alcanzó características bochornosas. Yo creo que María, a partir de aquel diálogo entre sus padres, se sintió una intrusa ocupando el lugar del supuesto varón. Por eso su error me pareció perdonable.



A María la apodaban “la vasca”. Ciertos rasgos de su carácter lo certificaban y también su ascendencia. El bisabuelo de María, José Antonio Ruiz de Arechavaleta, oriundo de Guipúzcoa, tuvo varios motivos para sacar pasaje y emigrar a otras tierras. Era un hombre comprometido con la política turbulenta de su época. Hasta donde pudo, puso el pecho y arriesgó su cabeza. Las guerras carlistas tuvieron gran incidencia en el proceso migratorio vasco del siglo XIX. El triunfo de las ideas liberales creó amplio malestar en la sociedad vasca. Por primera vez la emigración vasca a Sudamérica en general, y a la Argentina en particular, se tiñó de una connotación política. Hecho que se acentuó, aún más, al término de la Segunda Guerra Carlista. Los fueros vascos fueron abolidos y se instituyó el servicio militar obligatorio de siete años. En los albores de la Segunda Guerra Carlista, José Antonio decidió abandonar su tierra natal. Las condiciones sociopolíticas y religiosas engendraron un clima enrarecido en Europa y, en particular, en la península. Había inquietud y desconfianza en los ciudadanos. Muchos decidieron salir en procura de algo mejor, para salvaguarda de sus familias. El futuro bisabuelo de María renunció a su compromiso patriótico; silenció el reclamo de su sangre vasca – de morir en ese suelo-, y se dejó llevar por su numerosa prole, esposa, hijo, hermanos, sobrinos, tíos. Luego se desperdigaron por Sudamérica, en tierras lejanas.

A José Antonio la ley del mayorazgo lo había dejado desposeído de bienes y de herencia familiar. Su hermano mayor fue el favorito, y allá quedó en custodia de las tierras. El bisabuelo de María no tuvo más remedio que buscarse la vida en otras latitudes. Decidió embarcar con su familia en un vapor. Tuvieron una travesía de cuarenta días por mar, a un nuevo mundo, a un país joven, rico y lleno de esperanzas para sus nuevos pobladores.

Desde la proa de un barco de pasajeros un niño viajaba de la mano de José Antonio, deslumbrado por la infinitud del océano: su hijo Ignacio, el abuelo de María. Cuando llegaron al puerto de Buenos Aires y caminaron con timidez sus calles, el señorío y la grandeza capitalinos los intimidó. Luego de peregrinar de un barrio a otro, durante el primer tiempo, se afincaron en San Telmo. Allí Ignacio creció y se educó. Infinitas dificultades, escasez de trabajo, de dinero, de amigos, de identidad, no fueron suficientes para que José Antonio bajara los brazos. Hombre luchador, para el que no existía el fracaso, logró su cometido con gran esfuerzo: darle educación a su único hijo, un título de Maestro. El inmigrante que vino del viejo mundo con un bagaje de sueños y esperanzas, jamás faltó a la iglesia los domingos. Los Ruiz de Arechavaleta constituían una familia de gran religiosidad. A su hijo lo habían llamado Ignacio por Ignacio de Loyola, fieles devotos del Santo Patrono de Guipúzcoa y Biskaia. Educaron al niño en las bases religiosas y morales de este hombre de Dios. Empecinados en conservar usos y costumbres, modos, cultura, y ritos religiosos de su tierra vasca, trasladaron a Buenos Aires la celebración de su fiesta patronal, cada 31 de julio. Ignacio hablaba el euskera con fluidez, lengua que su hijo se negó a aprender por razones incomprensibles.



En una fiesta de casamiento, en la Sociedad Vasca, Ignacio conoció a Francisca Lizarralde, con quien más tarde contrajo enlace. De esa unión nació Nicanor, el padre de María, el último de los hombres con el apellido Ruiz de Arechavaleta. Y el primero en romper la tradición familiar: casarse con una mujer de la colectividad vasca. En vez de aceptar los guiños seductores de Encarnación Elizagaray, muchacha codiciada y de cierto abolengo, con ascendencia en Navarra, Ignacio eligió a Esther Acuña, criolla anónima, descastada, de principios dudosos y master en manipulación.

María era única hija. Cuando pequeña, su madre, Esther, padeció una peritonitis aguda. La infección, por un momento fuera de control, había invadido su organismo. La rescataron de la muerte, literalmente hablando. Daños irreversibles inutilizaron las trompas de Falopio y nunca más pudo procrear. María fue única, para bien o para mal. Igual que yo. Suena profético, ¿no?

María, de niña, tuvo la suerte de transitar la infancia de la mano de sus abuelos paternos, Ignacio y Francisca. Ellos sembraron en su mente despierta, ávida de saber, fundamentos de la cultura vasca y el euskera. Esa etapa fue inolvidable para ella. Luego supo homenajear la memoria de sus ancestros con hábitos religiosos y conducta solidaria.

Superado el bache del diploma, y ya reivindicada con su padre, María inició la búsqueda de su propio camino. Bastante incierto en sus comienzos. Probó suerte con Economía, Psicología y Literatura pero sin éxito. En cambio con los idiomas mostró genuina facilidad. Accedió al traductorado de inglés y francés en el Lenguas Vivas, mientras impartía clases de euskera en la sociedad vasca. No conforme con este logro, continuó explorando su insaciable horizonte y descubrió que era buena para la jardinería. Se conectó con su faceta artística, la cual ignoraba tener hasta ese momento. Hizo la carrera de Paisajista en la facultad de Agronomía y luego tomó cursos paralelos en institutos privados de gran prestigio, conducidos por un staff de japoneses. Ellos supieron imprimirle a esa disciplina las delicias de la estética oriental. Técnica depurada y de buen gusto. Criterio y armonía se conjugan en un idioma de texturas, aromas, colores y formas. María era feliz.



Ella desarrolló una personalidad intensa, hacia dentro y hacia fuera. Era tan grande su mundo interior que cautivaba a quien se asomara. De hecho, yo me cautivé. Continué un largo camino de conocimientos que me fascinaban a cada instante. Tanto campo virgen para descubrir, me desafiaba, me provocaba. Yo iba en esa búsqueda insondable para llegar a una verdad. Era como descubrir una mujer infinita, coherente y contradictoria, locuaz y silenciosa. Parecía simple y no lo era. Amaba la diversión. Aunque se mostraba superficial y, a veces vana, descubrí que era un recurso para proteger su gran sensibilidad. Intolerante al malhumor, propio y ajeno, María reivindicaba la alegría como único camino hacia la felicidad. Asimismo noté que la enervaban los temas políticos. Mostró gran interés pero ninguna consideración. Me pareció extraño; no le daba el perfil para un compromiso de esa naturaleza. Pero no me sorprendió. Defensora enconada de los derechos humanos, dejó bien en claro cuál era su postura. De todos modos, nunca estuvo en sus planes participar activamente. Hablaba de nuestros futuros hijos con autoridad, parecía una matrona rusa. Firme, decidida, marcaba pautas de conducta.

María bella. María profunda. María seductora. El modo de manejar su figura, parecía en perpetuo movimiento, naves que se mecen en altamar; como si un felino hubiera invadido su cuerpo y lo meneara con esa cadencia gatuna que subyuga sin pausa. En este punto, consecuente con lo que digo, lo cautivante en ella superaba su hermosura. Su capacidad de embrujo la hacía única e irrepetible. Incluso su aire de autosuficiencia me mantenía pegado a ella sin poder dejar de mirarla, aunque no emitiera ni una palabra, seducía desde el pensamiento y el brillo de su inteligencia hablaba desde el silencio. Me fascinaba su mirada juiciosa y perspicaz. Yo era el intelectual, pero ella tenía el dominio absoluto. De pronto se erigía igual que una sirena, preciosa, inalcanzable, honda, rodeada de misterio y de secretos. Me costaba encontrar mi punto de inflexión en su desbordado universo. Recuerdo una vez, observando desde afuera, me impactó la percepción que tuve: conformábamos una extraña pareja, como si fuéramos de distinta especie, un potro y una pantera; dos seres muy diferentes, pero unidos por lazos invisibles e indisolubles.



Cedí mucho de mi tiempo y de mi voluntad a merced de María para que ella fuese feliz. La acompañaba a casi todos lo seminarios sobre paisajismo. Una vez, tras los pasos del célebre Burle Marx, fuimos a visitar los jardines de Brasilia y las veredas de Copacabana, para luego asistir a los cursos dictados por él en distintas ciudades del cono sur. Como consecuencia casi lógica -para María-, terminamos compenetrados con la estética paisajística de Marta Iris Montero, discípula predilecta del maestro. Ella llevó a cabo interesantes proyectos los cuales aún hoy persisten en Buenos Aires y en Copacabana. María era fanática de Marta Montero.

En una de las disertaciones de Marx, mientras mostraban audiovisuales, yo me abstraí; mucho no entendía sobre lo que se hablaba. No soy indiferente al arte, pero se enfocaban datos técnicos que me sacaron de tema y empecé a imaginar las infinitas expresiones de la belleza congregadas en la persona de María. Ella me llamó la atención:

- ¡Joaquín! ¿Dónde estás? ¡Mirá esas bellezas en la pantalla!

- Si la belleza está a mi lado, ¿para qué buscar más lejos? – le respondí.

- Te amo – dijo ella con ternura y me besó.



Dedicada con entusiasmo y compromiso al paisajismo, María demostró enorme talento. Me contaba cada detalle de su trabajo con verdadera pasión. Atendía jardines y parques de importantes casas. Residencias de la zona norte, y de otros lugares también. En la medida que el poder adquisitivo de sus clientes aumentaba, más se exigía ella en brindarles excelencia. María bregaba por su propia superación. Me aseguraba que no era lo mismo presupuestar un trabajo en Bernal que en San Isidro, donde las dueñas de casa piden setos de Boj, macizos de Thuja, borduras de Juníperus o algún Chamaeciparis, sin discutir lo onerosos que pueden llegar a ser. “Las orquídeas son una fiesta para los ojos”, decía con entusiasmo, lejos de reparar en la pila de apuntes que me esperaba sobre la mesa y que debía investigar para mi clase del día siguiente. Ella continuaba como si fuera el mismo centro del universo, y como para mí casi lo era, yo postergaba mis obligaciones para escucharla:

-Acabo de venderle a Bettina de Olaguer veinte Oncidium para intercalar entre los árboles; quedan preciosos en los alcanforeros.

-¿Tienen algo que ver con el alcanfor que mamá usaba para curar mis catarros?

-Por supuesto, amorcito. Me encanta que te intereses por mis cosas. El alcanfor tiene uso medicinal, entre otros. Igual que el Eucaliptus cinerea, aparte de fusionar su color plateado-ceniciento con el entorno, despide un aroma muy agradable. Seguramente tu madre habrá preparado nebulizaciones caseras con alguna de ellas. ¡Ay, de lo que me estoy acordando! Hace dos años le puse los Oncidium a los Pérez Ludueña, y me pasó algo tan desagradable… yo tuve la culpa por descuidada. Debí advertirle al inútil ése de qué se trataba. Me tuve que tragar el sapo nomás.

- ¿De qué hablás? ¿Qué te pasó?

- Resulta que estas plantas, las orquídeas, florecen durante dos, tres, o cuatro meses según la especie y luego queda sólo un tallo que parece muerto, pero no lo está. Hay que esperar hasta el próximo año que vuelva la floración. Pancho, mi asistente en aquel momento, desprendió todas las orquídeas que estaban adheridas a los troncos de los árboles como si fuera cosa muerta y las tiró a la basura. No te lo conté, pero tuve que reponer de mi bolsillo el daño causado por el inepto. ¡Qué bruto! Ese día lo eché a patadas.

Así era ella, apasionada y comprometida con su quehacer.

Poco y nada entendía yo de ese mundo que ella atesoraba, pero se había propuesto mostrármelo para que yo gustara de él. Acostumbrado como estaba a mirar mi universo hacia dentro, desde las páginas de los libros, siempre encerrado en mi escritorio entre parvas y parvas de volúmenes analizando el pensamiento del hombre, preocupado por los vericuetos de la mente y sus consecuencias, entendí que un abismo insondable me separaba de María. Ella también lo sabía. Intentó arrancarme del espacio casi abstracto de mi morada para conectarme con el suyo, más tangible. Y lo logró; de la ignorancia absoluta, en el reino vegetal, pasé a ser un buen alumno. Aprendí lo que jamás imaginé. Al principio me invitó a una de sus visitas-controles, para hacerme entrar en tema. Yo como intruso, por supuesto. Para darle el gusto me trepé a su camioneta cargada con bolsas de humus, turba, tierra, herbicidas y fertilizantes. Partimos hacia un country en Tortugas. Era fin de semana y a mí me venía bien alejarme de mi rutina. Yo seguía su desenvolvimiento con interés. Ella dirigía a los peones, daba órdenes con absoluta idoneidad, hablaba con la dueña de casa sobre las especies a elegir mientras recorrían el lugar:

- Pensalo bien, Costanza, el Acer atropurpúrea es muy bonito desde la primavera hasta el otoño. Luego, olvídalo, es caduco y se pela. Justo en este sector que es donde hace falta una covertura. Te entiendo, estás encapricahda desde que lo viste en lo de Carla, ya sé que es de los árboles más vistosos del jardín, pero tenemos que resolver el área desnuda que quedó pendiente. Además, ya tenés un Liquidámbar cerca y sus colores son similares, es más de lo mismo, ¿entendés? Yo te propongo unos buenos ejemplares de Phoenix canariensis, o Raphia. O alguna Copernicia de hojas flexibles, y perennes por cierto.

- Pero…nada que ver. Estaba convencida de otra cosa. Aunque, no es mala idea.

- Vos entendés de esto, no te voy a engañar. Mi consejo es que pongas palmeras, las que te nombré son de gran impacto visual y aseguran un follaje interesante, tanto en color como en textura. El movimiento suave de sus hojas genera un clima muy agradable. Tenés que tenerles paciencia ya que son de lento crecimiento, pero el jardín se va a destacar, te lo prometo. Si querés te las presupuesto. Son caras, eso sí.

- Bueno, averiguame precios. Confío en tu criterio, aunque me tomaste de sorpresa –aceptó la señora, resignada-. Voy a estudiar tu propuesta, me está gustando…

- ¿Qué le pasó a las clivias? ¡No me digas! Se escaparon tus dogos de Burdeos y se revolcaron encima. ¡Lo sabía! ¡Qué desastre! – enfatizó María, muy molesta.



La próxima parada fue en la residencia de Zulema Jalikán de Seranossian, esposa de un millonario armenio, quien se había instalado en el país durante la década del cincuenta, capo de una petroquímica abastecedora de los laboratorios de punta. Zulema era una señora de modales finos, gestos nobles y amabilidad permanente. María se preguntaba si en algún momento del día esa dulce señora: “¿pierde el control de su equilibrio?”. Para ella logró diseñar un macizo multicolor de anuales, perennes y gramíneas. Me mostró un cerco alto de Callistemon saligna, en plena floración. Belleza total. María supo dirigir la poda de una manera particular para que esa especie oficiara de seto. Delineado contra ese fondo de flores coloradas se dibujaba un decorativo gazebo octogonal por donde trepaban rosas blancas y rojas, luego se proyectaba en una pérgola en dirección a la laguna habitada por flamencos y cisnes. El parque de la armeña era un espectáculo.

En otra casa del country, al final de la avenida de las casuarinas, vivía la clienta más exigente. Su mansión se distinguía del resto por los metros cuadrados, la vegetación copiosa de sus árboles y el murmullo del agua de una cascada. Las oí discutir entre los arbustos:

- Ya te dije, Felicitas; las Ostas que querés no se consiguen fácilmente. Me costó mucho. Tené paciencia y esperá porque vas a lucir las mejores; las encargué en un vivero de Escobar y llegan, posiblemente, la próxima semana.

- Pero María, ¿cuánto hace que te las pedí? Mi amiga Mercedes, la de Lagartos ya las tiene. Armó un cantero de rocallas y ahí las puso. No sé si es el sitio más adecuado pero se ven hermosas. Yo quiero un cantero de rocallas, y bien importante. Lugar me sobra. Diseñalo, querida, y luego hablamos.

- Despreocupate, la semana que viene las tenés acá, y también te traigo un bosquejo del jardín de rocalla. ¿Contenta?

La tal Felicitas había sido no sólo exigente sino también envidiosa. De lo que tenían los demás, ella quería el doble. Además era entendida y de buen gusto. María se vio obligada a lidiar con sus extravagancias de ricachona y accedió a armarle un sotto bosque para que, en ese microclima, la peculiar señora cultivara exóticas orquídeas traídas de no sé qué rincón exótico del planeta.



Lo mejor que me pasó al recorrer el mundo de la mano de María fue descubrir la belleza como sólo ella supo mostrármela. Siempre miré a mi alrededor, sin ver ni oler. Una tarde María dijo: “¿sentís ese olor nauseabundo? Alguien cometió la equivocación de poner pies femeninos de ginkgos cerca de viviendas. Corresponde el pie masculino. Mirá la vereda. Todas esas son bayas reventadas. Liberan mal olor. ¡No lo puedo creer! ¡Y en la puerta de un colegio! Eso es ineptitud, querido”.

Ella me enseñó a deslumbrarme con el cambio de las estaciones y a interpretar el idioma de las plantas. Nunca antes me había detenido a observar un tulipanero, presagio de primavera, con esa rara costumbre de cubrirse de flores violetas sin ninguna hoja en toda su extensión. Descubrí que el otoño -siempre me pareció triste, desnudo, polvoriento-, guarda una belleza difícil de igualar, por su paleta de colores: liquidámbares fucsia, los rhus typhina atravesando una gama de colores increíbles hasta morir en el púrpura, ginkgosbiloba dorados, robles bronce, álamos amarillos, plátanos amarronados con sus hojas cobrizas que se extienden sobre el suelo como una gran manta crocante. Aprendí a caminar sobre esa crujiente alfombra de hojas secas que suena como una queja; lo que antes me sugería suciedad y abandono se convirtió en bello paisaje de manchas multicolores con invitación a transitarlo. Los esqueletos en que se transforman los árboles al perder sus hojas, resultaron verdaderas obras de arte. Observando una Tipa sin el celaje de tul de su copa o una sóphora péndula y sus retorcidos brazos oscuros, parecen esculturas escapadas del Guggenheim. Aprendí a apreciar el mágico ritual de la naturaleza en cada cambio de estación, desde la hinchazón de una yema en primavera hasta la luctuosa despedida de las hojas en otoño. María era la artífice de ese milagro. Me enseñó la sensata inteligencia del reino vegetal. La rítmica costumbre sin errores de repetir los ciclos con precisión. La conmovedora generosidad de las hojas que, antes de abandonar el árbol, se despojan hasta del último elemento nutritivo, útil para la planta, sin arrastrarlo consigo a su nueva etapa de transformación en abono.

Me gusta recordarla en su mètier, habla bien de ella, de su talento, su entrega, su compromiso. Mujer de bondades múltiples. Muchas veces me pregunté qué hacía ella con un hombre como yo. Todo mi virtuosismo iba por dentro. Soy de esos tipos que no se les nota lo que son. Ella me decía que le daba enorme trabajo sacar afuera las cosas buenas que yo disimulaba. También me decía que ella era la conquistadora, y la descubridora de mi alma y de mi corazón. Yo siempre me había negado a mostrarlos. Soy introvertido. Uno se reinventa en el otro. María hizo de mí un hombre diferente, sólo para ella. Yo me reeditaba en esa mujer. Con referencia a otras personas seguía siendo el mismo, obviamente no tenía por qué cambiar. En el nombre del amor que esta mujer supo despertar en mí, pude transitar una transformación, desde adentro, me hizo nacer de nuevo, a partir de ella. Para ella. María era un espejo donde yo me miraba. Me devolvía una imagen íntegra; me completaba.Yo no era yo sin ella.

No estoy seguro, y a las pruebas me remito, de si ella estaba conforme con el hombre que había hecho de mí, o de lo que yo interpreté que ella quería de mí. Pude haberle parecido aburrido, aunque no creo haberlo sido; tampoco lo soy. En realidad, ni cuentos sé contar. Cuando lo intento, lo echo a perder; pocos se ríen. Pero eso es otra cosa. Ser o no ser un tipo carismático no descalifica ni destierra a nadie de este mundo. Hay otras cualidades, otras virtudes que reivindican al hombre con mayor contundencia. Quizá mi forma de ser haya confundido a más de uno. Luego, tildarme de pusilánime, para quien no me conoce, es casi una obviedad. Sin modestia, para no tergiversar mi confesión, soy brillante en el campo intelectual, aclaro. Es una pedantería que lo diga así, pero no hay otro modo. Tal vez ella se aburrió de mí, aunque no se le notaba. No voy a justificarla en su actitud. Me puso los cuernos. Eso es lo único real y concreto.



Encerrado como estoy, solo con mi soledad, aturdido de tanto silencio, ensordecido por el cruel metal de los cerrojos, me pregunto reiteradas veces, dónde quedó mi raciocinio en aquel instante crucial. Como si alguien me lo hubiese arrebatado. Actué por puro instinto. Es cierto que la razón se nubla. La mía se borró. Me transformé en un ente, y no digo animal porque temo ofender a la especie. Paralizado como un poste y aferrado a mi pistola humeante continuaba, abandonado por mi razón, con la mente en blanco o gris o negro, no sé qué color ponerle a la desgracia. Me hablaban. Me interrogaban. Me escudriñaban. No sabían que yo estaba muerto. ¿A quién le importa un muerto en pie? Para estar muerto hay que estar bien muerto, caído, acostado, tumbado. No hay que respirar, no hay que mirar, no hay que sentir. No hay que sufrir. Yo era de lo peor en materia de muertos. Nadie me creía, y no lograba detener mi sangre fluyendo por todo el cuerpo, bombeando mis sienes, agolpándose en mi corazón como si quisiera hacerlo estallar. Y eso no sucedía. ¡Qué fracaso! Yo estaba muerto y no se notaba. Hay muertos que respiran. Créanme. ¡Yo estoy muerto!

Lo juro.




VI


Los que salen del pozo son

cuerpos que caminan pero no saben dónde van;

ojos que miran pero no ven.

En la celda 27 había un tipo medio loco, un chauvinista con síntomas de xenofobia. Era psiquiatra. Algunos decían que se había vuelto loco de tanto arreglar bochos. Gigantesco y macizo como el Torreón del Monje, se había beneficiado de todas las bondades que la genética le pudo legar; tan generosa con unos y tan mezquina con otros. Se llamaba Teodoro Topansky. Las características físicas acompañaban la contundencia del nombre. Su cuerpo, recio y esbelto, parecía tallado a martillazos; mirada de halcón cuando va a atrapar la presa, cabellera abundante, indómita, a lo Facundo Quiroga, labios dispuestos al diálogo o al monólogo, según el caso, aunque esto último era lo que mejor le salía. Ex hombre adinerado, estafado y de paciencia corta. De una bonhomía difícil de entender, generoso, pero irritable. En un arrebato visceral liquidó a su abogado y al ayudante. A quemarropa y sin anestesia. Los tipos se habían apoderado de sus bienes, varios millones de dólares. Una ingeniosa operación fraudulenta fue el puente que les permitió transferir a su nombre, el de los crápulas, una considerable fortuna: dos campos con vacas y tambo incluido en General Pringles, -cerca de noventa mil cabezas, Holando Argentino y Aberdeen Angus-; quince mil hectáreas con soja en Santa Fe, centenares de hectáreas de campo fértil en Entre Ríos y una decena de departamentos en Capital Federal que el médico había recibido como herencia paterna, otro poco de una tía abuela viuda y sin hijos. Y el resto se lo supo ganar él mismo. El tipo era multimillonario. Podía vivir el resto de su vida sin trabajar. ¡Qué digo! Podía vivir muchas vidas tomando sol en el Caribe, sin ninguna preocupación.

Pero él amaba la psiquiatría, y a ella se dedicó.

Lo dejaron en la calle. Una estafa maestra. Víctima de un engaño bien parido, el hombre estampó su firma en papeles comprometedores, sin saberlo. Legó a favor del letrado todos sus bienes. La cuantiosa fortuna cambió de dueño en el brevísimo tiempo que dura el sencillo gesto de firmar un papel. Paradójico, ¿no? El abogado, Pedro Rubinsky, era amigo de la familia, de toda la vida. Se había ganado la confianza absoluta de los Topansky. Teodoro no tuvo motivos para desconfiar, se habían criado juntos; juntos en el pre-escolar, juntos en la primaria, juntos en la secundaria. Hasta que el dinero los separó. El ave negra tenía muy bien diseñado el curro como para ser descubierto. El doc. –forma abreviada de doctor que usamos en la cárcel-, no tuvo manera de demostrar el fraude ante la justicia. La maniobra fue limpita y sin errores, imposible de revertir.



Increíble los estragos que puede hacer una firma puesta en el renglón equivocado. Ante la impotencia, no encontró mejor vía de escape para su indignación que hacer justicia por mano propia. Se presentó en el estudio y encontró, cafecitos de por medio, a los dos sátrapas, abogado y ayudante-cómplice, entre una pila de carpetas y documentos. No les dijo ni buen día. Sacó el arma y le pegó un tiro en la cabeza a cada uno.

Luego llamó a la policía y se entregó.

Le hicieron peritajes psiquiátricos, como hacen con todos en similares circunstancias. Médicos y abogados apostaban a la locura. O algo parecido. Me pregunto por qué siempre se asocia a la psiquiatría con la locura; tal vez por inercia. Topansky los defraudó a todos. Superó las pruebas como el más cuerdo ¿cómo lo hizo?, -gajes del oficio- y fue a parar a la cárcel común con perpetua certificada. Tal era su desencanto de la vida que ni siquiera le importó dar emoción violenta o insania mental para acceder a mejor suerte.



Teodoro estuvo aquí, cerca de mí. Teodoro, un nombre contundente, hecho a su medida. Hay personas que llevan el nombre justo. Otros tienen nombres impropios, como si fueran prestados; les quedan chicos. O grandes. Mi tío Cirilo, que murió de un aneurisma cerebral, merecía un nombre más robusto. Grandote, corpulento, de voz grave, cuando hablaba echaba ecos. Como si un pedazo de la muralla china hubiera cobrado vida en su espalda, y sin embargo, su nombre se asemejaba a un cabello de ángel flotando en la sopa. ¿Cómo se iba a llamar Cirilo un ropero como él? El polaco de la esquina se llamaba Godofredo, nombre germano, pero este señor parecía un vidrio soplado, una tenia saginata, flaco, escuálido, finito como una lámina, y de color amarillo pálido. Yo me imagino un Godofredo monumental, musculoso, tatuado hasta la nuca, con dibujos tribales, y bien bronceado por el sol del Egeo o del mar del Norte. El polaco Godofredo tenía más cara de Cirilo que mi tío.



Teodoro me eligió como amigo. El tipo era muy inteligente y de una vasta cultura. Fumador de puros solamente. Me decía que la fórmula perfecta para una sobremesa perfecta era un buen Cohiba con un trago del mejor scotch. Había empezado tarde a fumar, cuando ya era profesional y asistía a los simposios de psiquiatría en Cuba. Un colega lo invitó al primer habano y nunca aceptó otro que no fuera Cohiba. Recordaba con nostalgia aquellas tertulias en el “Bar Churchill” del Hotel Nacional de la Habana, al final de largas e intensas jornadas de trabajo, junto a su estimado colega Marún Antier. “¿Cómo podés fumar esa basura?” le decía Marún mientras Teodoro encendía cualquier otra marca; “sin duda porque nunca probaste un Cohiba”.

Afuera lo esperaba una linda familia con hijos, sobrinos, hermanos y etcéteras. Mujer, no. La había perdido durante el primer trayecto de un matrimonio accidentado, con más desencuentros que encuentros necesarios. Él no sabía qué le había pasado a su mujer. Al poco tiempo de casados “su amor se le había encogido como una prenda ordinaria después del primer lavado”; usó esa metáfora para explicarnos que lo había dejado de amar. Aún así habían tenido tiempo suficiente para traer al mundo cuatro hijos, en partida doble. Dos partos de mellizos. Teodoro dijo que intentó, denodadamente, recuperar el amor, -el de ella-, ese sentimiento tan indispensable para hacer del matrimonio una perpetuidad. Que le llevaba a su mujer cada día, un ramo de diamelas envueltas en tul y otras preciosuras. ¡Diamelas!, decía yo, ¡qué antigüedad! ¿todavía existen? ¿Quién las hace? ¡Envueltas en tela! Una extravagancia sin igual. “Para mí que te dejó por cursi”, le decía yo. Pero se trataba de Teodoro. Él no se parecía en nada a los demás. Al pobre no le alcanzó toda la creatividad para reconquistar el amor de su mujer. Y su mujer tuvo otro hombre.

Teodoro enfermó de celos. Y de amor.



Topansky era un tipo creativo. Su conversación saltaba de un tema a otro sin que se notara la discontinuidad. Todo lo que decía era importante. Al principio forcejeaba con las palabras, por desconfianza al medio, por inseguridad y luego, cuando ya se había acostumbrado, no hubo orador que lo igualara; fluido y transparente como agua de manantial. Nos enfrentábamos en duelos verbales, derroches de intelectualidad. De vez en cuando lo asaltaban festivos complejos de culpa. Festivos digo, porque jamás manifestó arrepentimiento por sus crímenes. Me atrevo a decir que presumía de ellos. La cuota de culpa pertenecía al dolor por tener lejos a su familia como costo del desagravio. Mientras exhibía su pensamiento maniqueísta me demostraba especial estima, más aún cuando supo que soy profesor de filosofía y letras. El doc. detestaba a los mediocres e ignorantes -tolerancia cero-, todo un problema considerando el ámbito. Aquí el término medio indica que ninguno pasó de la primaria, si es que tuvieron acceso.

De alguna manera me enriqueció su compañía y devolvió una parte de mí al mundo de los vivos que ya creía sin retorno. Los dos conversábamos largo y profundo. Cuando yo tenía que disentir cuidaba las palabras para no herir su terrible susceptibilidad.

Desde que conoció mi historia, Teodoro no paró de analizarme; se consideraba mi terapeuta. No podía entender por qué mi caso no llevaba otra carátula, para evitar la perpetua, por ejemplo, la tan afamada “emoción violenta”. Yo le expliqué que no cualquiera tiene una suegra tan hija de puta como la mía, capaz de meter en cana al mismo juez, si se lo propone. ¿Cómo no hacerlo con el yerno? Sus contactos y su poder eran considerables. Además su hermano, fiscal influyente y con buenas relaciones, le allanó el camino de la venganza.



A Teodoro le fascinaba mi caso, el componente de enajenación que no acompañaba la carátula, como hubiera correspondido, porfiaba, totalmente contrario de él. El doc. había actuado con absoluta certeza, conciente y convencido de lo que hacía. Un caso premeditado. “Esos tipos merecían un balazo. Lamento haber gastado balas en semejantes hijos de puta, pura bazofia”, acotaba. Me ponía la piel de gallina oírlo hablar con tanta frialdad y tanta distancia, como si fueran circunstancias ajenas, protagonizadas por otras personas. Narraba con detalle lo ocurrido, ni que estuviera haciendo la disección de un cadáver en la morgue de la facultad de Medicina. Le divertía dramatizar su propia historia. La disfrutaba, parecía ser su modo de exorcizar la frustración.

Actuaba desplazándose por el lugar. Primero ubicaba el escenario y en seguida se disponía a dibujar en el aire, con ademanes grandilocuentes, el escritorio, la parva de expedientes y carpetas, las dos sillas y los dos crápulas. Hasta dibujaba la ventana del estudio jurídico, la que nos recordaba su cruel ausencia en la viscosa ceguera del encierro. Luego se iba para dar comienzo a la función. Abría la puerta imaginaria, ingresaba dramáticamente y sacaba el arma del saco, apuntándome. El dedo índice que me encañonaba, junto con el pulgar vertical, repetían la forma del arma. Cerraba un ojo y ajustaba la puntería sobre el objetivo, igual que un francotirador, y decía pum, pum, pum. Lo que me faltaba.

Cuando los muchachos estaban aburridos, lo chicaneaban para que les hiciera la “obrita”, como le decían. Y Teodoro recreaba, una vez más, la obra de su vida.

Era interesante su conversación, aunque a veces entraba en cortocircuito y quedaba en outside. Loco -en el buen sentido-, excéntrico y vanidoso, vivía subyugado con el móvil de mi homicidio y le dedicaba tiempo al análisis. Quizá para matar las horas de ocio e inactividad, me había escogido como su conejillo de indias. Canalizaba a través de mi caso todo su potencial, que no era poco. Aparte, yo era el paciente perfecto; tranquilo y calmo, le hacía el aguante. Se sentaba frente a mí, me escrutaba con sus ojos inquisidores, profundos - ojos moros, como robados al desierto nómade en noches de epifanía-, y me obligaba a escucharlo atento. Hablaba desde su mirada oscura de negritud, y decía cosas que sólo podían brotar de una mente lúcida …“parece existir por lo menos dos clases de instinto –decía y me apuntaba con el índice-. La síntesis de las dos clases de instintos puede ser sustituida por la polarización del amor y el odio. No nos es difícil encontrar representantes del Eros, en cambio como representantes del instinto de muerte, únicamente podemos indicar el instinto de destrucción, al cual muestra el odio su camino. La observación clínica indica que el odio es el compañero inesperado y constante del amor, y muchas veces, su precursor. Bajo diversas condiciones el odio puede transformarse en amor, y éste, en odio. Aparece desde un principio una conducta ambivalente; sustrae energía al impulso erótico y acumula energía hostil”… Mi socio comulgaba con el pensamiento freudiano. Había encontrado en mí a un depositario de sus elucubraciones mentales. Y yo en él, el beneficio de quien me mantenía activa la gimnasia del pensamiento, no es poca cosa en un medio chato, repleto de vulgaridad y violencia.



Teodoro era amante de la literatura española. En virtud de ello, lo mejor que encontró en su cadena perpetua fue mi presencia inesperada, dócil, con los componentes intelectuales necesarios para entretenerlo por largo tiempo. Él hablaba entusiasmado de la Poesía del Siglo de Oro y andaba repitiendo, con clima de tragedia, siempre la misma estrofa. No recordaba el resto de aquel soneto que Luis de Góngora le escribiera a Quevedo: “Anacreonte español, no hay quién os tope, /que no diga con mucha cortesía, /que ya que vuestros pies son de elegía, /que vuestras suavidades son de arrope”. También se embelesaba con pasajes del Mío Cid. A diario me hacía recitar algunos. Y ni hablar de Bécquer, teníamos gastadas las rimas. Hasta el preso más bruto del penal se había familiarizado con ellas, y muchos otros aprendieron algún versito de memoria.

Así como el doc. era un librepensador cuyo razonamiento fluctuaba entre lo brillante y lo quimérico, también debo reconocer que, a mi parecer, acusaba cierto grado de esquizofrenia. Caminaba por los pasillos hablando solo, o dirigiéndose a personas inexistentes; sólo él las veía. Con voz teatral profería largos y confusos soliloquios y gesticulaba con ademanes excesivos. El epílogo era siempre el mismo: …”yo te agradezco, Abenámar/ aquesa tu cortesía/ ¿qué castillos son aquellos?/ ¡altos son y relucían!”... Parecía un personaje de ficción y, a la vez, me complicaba el diálogo. Exprimía mi intelecto. Era, sin duda, un demandante mental.



Una tarde estaba solo en mi celda leyendo a Alejandro Dumas -un texto viejo que hallé en la biblioteca-, cuando de repente, se me apareció Teodoro, con ese sigilo que sabía tener para desplazarse. Parecía el glaciar Perito Moreno, -no por lo frío sino por lo sigiloso- se deslizaba sin sonido. Sin decir ni buen día, largó, apuntándome con el índice:

-Joaquín, cuando salgas de aquí vas a hacer grandes cosas. Estás destinado para ello. Preparate y planificá bien, amigo mío. Que la vida no te tome por sorpresa una vez más.

-Creo que te equivocaste de celda, doc. O ¿te olvidaste que yo soy perpetuo? –es la forma simplificada con la que aludimos a la eternidad aquí en la cárcel, así cuando nos presentan un nuevo convicto simplemente decimos: mucho gusto el perpetuo de la 20-. De todas maneras, gracias por el consejo. Pero..., ¿te sentís bien, Teodoro?

-La perpetua no existe –insistía, haciendo caso omiso a mis palabras-; es decir, no se cumple. Porque el condenado se enfrenta a dos opciones, en la mayoría de los casos sin saberlo: o se muere antes de cumplirla, porque nadie es eterno y la perpetua sí lo es, o le achican la pena y lo liberan, que suele ser lo más frecuente. – Dicho ésto, dio media vuelta y continuó su camino.

Yo pensé que con ésto el pobre Teodoro certificaba su locura, pero igual me puse a barajar opciones, ¿qué prefiero? ¿Morirme en un lapso que se supone prudencial? ¿O que me liberen inesperadamente un día cualquiera? Me corrió un escalofrío. “No estoy listo para ir a ningún lado”. Al mismo tiempo, una agitación insospechada me tomó por sorpresa. Estaba eufórico, y la excitación me hacía palpitar la vena del cuello. Como me sucedía allá, en la libertad. Un chispazo de adrenalina. Pero la adrenalina de afuera, que no es igual a la del encierro, nada que ver. La de acá tiene otros componentes. Se gestan en el útero del miedo y la inseguridad y nacen en el medio hostil de la cárcel.



Las opciones de Teodoro se resumían a todo o nada. Yo estaba seguro de que no me quería morir. Al menos por ahora. Logré revertir esa situación después de la primera etapa de mi encierro. Sin querer, el psiquiatra me había dado tela para cortar durante un largo rato. No era fácil lidiar con ese tipo de presunciones. Se juega uno la vida, por decirlo de alguna manera.



El doc. era de espíritu agitado y, por ende, el encierro lo asfixiaba. Luego no tuvo mejor idea que organizar, con mi ayuda, talleres de enseñanza o de “culturización”, como él decía. Reunió a un grupo de presos, los más listos, y les impartimos información y conocimientos. Los candidatos más acreditados eran unos pocos convictos con ciertas condiciones básicas, algún estudio primario o secundario incompleto, o terciario, como el mecánico Mantovani; alguna leve incursión en la universidad con posterior abandono, un par de profesionales descarriados, como nosotros, gente a quienes les estimulaba el digno gesto de aprender. El resto, un puñado de valientes cuasi analfabetos que se sumaron contagiados del entusiasmo reinante, desentonaron desde el principio por el bache de la ignorancia.

Teodoro y yo teníamos acceso libre a la biblioteca. Nos habían adjudicado la organización y clasificación de los textos. Antes de que él llegara a la prisión, yo me pasaba todo el tiempo posible, el que me permitían, metido entre los libros, dedicado al ejercicio mental. Al principio el psiquiatra intentó sembrar en las mentes de nuestros alumnos -bastantes desacostumbradas al estudio después de tanto enclaustramiento y adormecidas por su sedentarismo intelectual-, nociones de psicología y otras yerbas de difícil explicación y más difícil comprensión. Esfuerzo inútil. Había apuntado demasiado alto. Sobreestimó sus capacidades en un gesto de generosidad típica de él, pensé. O de negación a la mediocridad reinante. Lo convencí de que cambiáramos la metodología y modificáramos el programa. Fue más fácil contar historias épicas y enfocar la enseñanza hacia áreas más tangibles, en la forma más simple y elemental. La poesía les pegó duro. Les gustó de entrada. Más aún si iba acompañada de la cosa gauchesca o erótica, según el caso. El Martín Fierro ganó por goleada. Nos conformábamos con que aprendieran estrofas sueltas o pequeños fragmentos. Así descubrimos que ese simple gesto les despertaba un inusitado entusiasmo, igual que a nosotros. Yo pasé a tener trabajo en el penal. Las palabras “compromiso”, “deber”, “proyecto” retornaron a mi vida y encendieron mis días de súbita, peligrosa felicidad. ¿Hay algo más noble que educar?

Causaba gracia, y a la vez asombro, escuchar a Juan Cruz y a Tachuela recitar a dúo, a la hora del descanso, mientras otros jugaban al fútbol o a los dados, el fragmentito de la “Casada Infiel”. Después de explicarles la metáfora del final se lo aprendieron más rápido que un rayo. Acto seguido, se agarraban las pelotas y decían: Aquella noche corrí/ el mejor de los caminos/ montado en potra de nácar/ sin bridas y sin estribos. O dale que dale con Abenámar, Abenámar, moro de la morería, el poema de Teodoro, con el que porfiaba el falopero de la 57 con cara de alucinado mientras presenciaba un duelo de cuchillos en las duchas del baño teñido con sangre. Y por ahí, algún bruto, sin la menor idea de la cosa, empalmaba con Setenta Balcones y ninguna flor/ Volverán las oscuras golondrinas/ a tu balcón sus nidos a colgar. Se le mezclaban los balcones.

Yo era feliz; aunque parezca un despropósito, era muy feliz. Se había despertado el docente que llevo adentro.



Teodoro, el doc. Había que aguantarlo al “psiquiatra” cuando se levantaba con delirios de psicoanálisis. Me agarraba de punto para el resto del día y me llenaba el bocho de extravagancias freudianas. Juan Cruz nos escuchaba con cara de preocupada concentración. Estoy seguro de que no entendía un rábano. Desde hacía mucho tiempo venía siendo mi ladero con claras intenciones de ganarse mi amistad. Después de oírlo atentamente al loco de Teodoro terminó poniéndome un apodo insospechado: Tánato, …”porque Eros y Tánato conviven en nosotros, y libran una eterna pulseada. Indudablemente fue Tánato quien ganó la partida, de lo contrario no estarías aquí. En el aparato psíquico del hombre conviven la pulsión de vida y la pulsión de muerte: Eros y Tánato respectivamente… es condición del ser humano transitar la vida con estas dos cargas que se repelen y se atraen justamente por su condición de opuestas, antagónicas, polares. Deben coexistir para que el hombre busque eternamente el equilibrio”.

“¡Eras Tánato cuando cometiste asesinato”!, profetizaba. Y los ojos, bajo un enjambre de pestañas negras, se le inyectaban de extraña locura. Las manos se le crispaban en su afán por dramatizar el discurso y yo caía en la cuenta, una vez más, de que el tipo estaba loco como un plumero, aún cuando hubiera superado la prueba de la cordura.

A partir de ese momento nunca más volví a ser Joaquín. El apodo de “Tánato” que me adjudicó Juan Cruz se impuso con fuerza arrolladora.



El doc. era un loco lindo, un loco culto, instruido, un loco que manejaba su locura como se le antojaba. Se divertía jugando al loco, y le salía mejor que a ninguno. También era un exquisito para las sutilezas del espíritu. Luego supe que formaba parte de la masonería. Sí, el excéntrico Teodoro era masón. Un buen día apareció en la pared lateral de su celda una lámina que rezaba: ...”siembra un pensamiento y recogerás un anhelo; siembra un anhelo y recogerás un hecho; siembra un hecho y lograrás un hábito; siembra un hábito y formarás un carácter; siembra un carácter y recogerás un destino”…. Recuerdo que me quedé embelesado, leyendo y releyendo ese adagio; un bálsamo, un oasis en medio de aquel desierto carcelario que nos fagocitaba. Una ráfaga de aire puro para el alma y para el cerebro. Esas palabras se me iban metiendo adentro y yo las saboreaba dichoso y nostálgico de tiempos mejores. También descubrí que Teodoro había escrito con un clavo, en la cabecera de su cama: “nil nulus nernus”, “nada ni nadie perturbará mi reposo”. Ese concepto pertenece a otro masón, el Doctor Joaquín Víctor González, riojano, del pueblo de Nonogasta; fundó la Universidad de La Plata, el pensador de Mis Montañas.

¡Cuánto talento! ¡Cuánto genio ha legado la humanidad! Y yo, encerrado como un perro, relamiéndome por alcanzar mis propios lauros, sin poder conseguirlos. ¡Frustración! Eso conseguí. Yo tenía grandes proyectos. Cuando me encerraron llevaba escrito ocho capítulos de un tratado sobre metafísica, qué existe y qué no. Un texto de significativo valor. Si por física se entiende todo lo existente, lo que queda fuera del existente no existe. Considerada de esta manera, la metafísica entra en el mundo de la imaginación, del delirio. De eso se trata: lo tangible y lo intangible. Delicada línea.

Esa asignatura pendiente, ese libro fallido, pude conversarlo sólo con Teodoro; su rico intelecto estaba a mi disposición. Navegando juntos las aguas incorpóreas de la metafísica descubrí su insondable espíritu. Gran ventaja llevaba él sobre mi achaparrada personalidad. Dúctil para expresar un pensamiento, fluido, dinámico, las palabras siempre lo precedían. Había una concordancia instantánea entre la idea y la expresión, sin baches, preciso. Oirlo exponer una idea era comparable a ver bailar un malambo, por la contundencia expresiva. Esta naturaleza de Teodoro, caudalosa, desnudaba mi desaforada prudencia, me hacía flemático, lerdo, precavido en demasía, temeroso de incurrir en error. A la par de él, desmenuzando una conversación, yo me veía casi preocupado en busca de la palabra justa; buceaba en el idioma, lupa en mano, para encontrar la expresión que me sostuviera a la altura de ese hombre casi infinito. Su verborragia hacía denotar, aún más, mi introversión, mis ausencias. Cada palabra mía quedaba exiliada en soledad hasta que, trabajosamente, le iba acercando los términos necesarios para armar la frase. El idioma siempre fue mi arma. Con Teodoro pasó a ser una dificultad, por el grado de exigencia que me impuse, no por otra cosa. Como guerrero que camina un campo minado, temeroso, esquiva el explosivo y elige el centímetro de suelo sano, de igual modo transité el lenguaje en busca de la expresión correcta. Difícilmente lograba que mi afuera correspondiera con mi adentro notable. Él siempre lo supo. Por eso me tenía estima. Ahí estaba, dándome pie, preparándome el trampolín para mi zambullida triunfal. De alguna manera yo era el espejo en el cual él se miraba, el eco de sus diatribas y digresiones.

Cuando logré ganarme su confianza, nuestra conversación trascendió los temas meramente intelectuales y entramos en terreno privado. Me animé a abrirme y mostrarle mis secretos, descubrirle mis recuerdos. Le conté de mi amor inefable por María. Le conté de mi universo embebido de María. Le conté de María y su belleza.

Él me dijo que la belleza es el arma del diablo.



El enano Hwang Kee, un coreano amarillento y resentido que llevaba tiempo confinado al pabellón de los peligrosos después de cortar en pedacitos a su enana -ésta le había puesto los cuernos-, y años antes, a su madrastra - por mencionar algunos de sus crímenes-, lo tenía marcado al psiquiatra. No había motivo aparente, pero en la cárcel no hacen falta los motivos. Si no hay, se inventan. Bien se conocían las habilidades pugilísticas del coreano. Alcanzaban para acobardar a más de uno. Lo llamaban el “enano karateca”, tenía amplios conocimientos de artes marciales, por eso se agrandaba el malparido. Tan corta su estatura como grande su coraje. Hay que decir la verdad completa: peleaba sucio el petiso. Desde que llegó Teodoro a la cárcel, Hwang Kee no perdió oportunidad de hostigarlo. Teodoro se manejaba con prudencia; evitaba toda provocación. Era loco pero no estúpido. Sabía que Kee era el protegido del guardia Efraín Cisneros; a cambio de favores sexuales era capaz de matar a quien se lo tocara. Aunque el psiquiatra no era ningún inocente. De alguna manera le hizo notar al pigmeo el irreverente desprecio a su inferioridad, no sólo de estatura sino también de raza.

- ¿Qué hago con el acondroplásico? –me preguntaba- ¿Se la doy nomás? Ya me tiene las bolas por el piso. Un día de estos me va a encontrar cruzado.

- ¡No, loco! Pará. Cisneros no te saca el ojo de encima.

Hwang Kee lo desafió de todas las formas posibles hasta que logró sacarlo de las casillas. Primer round, venció a la resistencia del psiquiatra. Yo llegué a pensar que el enano era un auténtico suicida, probarse con una mole semejante no entraba en la cabeza de nadie. Por más karateca que fuera. Midiéndolo con buena voluntad apenas le pasaba de la rodilla. ¿Cómo podía buscar roña con un tipo que lo triplicaba en altura y en robustez?

En dos oportunidades Kee se dio el gusto de hacerlo guardar a Teodoro en el pozo. La primera vez fue en el comedor; le derramó encima la bandeja con guiso de fideos hirvientes. Cuando el grandote se sulfuró, el enano sacó un punzón que llevaba escondido bajo la manga y se lo clavó en la mano; quedó pegada sobre la mesa. Ese día se armó un revuelo de grandes dimensiones. Todos los presos nos vimos involucrados en una guerra ajena. Volaban platos, cubiertos, bancos, fierros, trompadas y toda clase de elementos portátiles. El enano corría entre las mesas. Huía del amontonamiento con sus horribles pantorrillas en forma de paréntesis y batía sus bracitos como aletas de pingüino. En medio de silbatos y sirenas aparecieron los guardias munidos de armas. Nos molieron a palos hasta que lograron poner orden. Efraín Cisneros rescató a Hwang Kee entre el revoltijo. Conclusión, mi amigo, el doc., fue enviado al pozo por un largo mes.

El enano, bien, gracias.



Otra vez fue en el patio, durante un partido de fútbol. El enano karateca le había estado dando cabezazos en los testículos a Teodoro y estampándole la pelota en las pelotas, valga la redundancia. Éste se enfureció y le aplicó una trompada con toda la fuerza que tenía refrenada. Hwang Kee voló como un misil y se estrelló contra el alambrado. Los rombos del alambre le quedaron dibujados en la espalda. El enano camorrero parecía knock-out. Pero no estaba knock-out. Se levantó de golpe y se le fue encima a Teodoro y lo trepó. Enganchó sus piernas como pinzas de cangrejo entorno a la cintura y entró a descargarle una seguidilla de trompadas en la cara hasta hacerlo sangrar. El doc. lo tironeaba para desprendérselo. Era inútil. Estaba atenazado a su cuerpo, pegado como sanguijuela, haciendo de las suyas. La estrategia del enano era aturdirlo, no dejarlo pensar, tomarlo por sorpresa y no dar tregua. El psiquiatra logró apresarlo entre sus manazas y, de un violento tirón, se lo arrancó de encima. Lo arrojó lejos, como si fuera un cascote. Así sonó al chocar contra la pared. Mientras Teodoro se limpiaba la sangre que le nublaba la vista vio un bólido que se le venía encima. Era el coreano Hwang Kee, volvía a la carga. El doc. se puso en guardia. El pigmeo le saltaba alrededor elevándose del suelo como un resorte. Con agilidad inenarrable esquivaba todos los puñetazos y despedía patadas y golpes propios de las artes marciales. Le estaba llenando la cara de manos y pies, aunque insistía en dañarle los testículos; eso era lo que más enardecía a Teodoro. Impresionante la destreza del enano; lo tenía aturdirlo a golpes, o como se llame eso que hacen los karatecas, con sus energúmenos bracitos de vástago podado y sus pequeñas piernas en horqueta. Teodoro no lo podía pillar. Arisco y movedizo, la quijada partida, el ojo en compota, sin dientes y chorreando sangre, el hombrecillo que pertenecía a la fracción minoritaria de la raza humana, no le daba tregua al grandote. Hasta que el grandote logró agarrarlo. A puro trompazo borró los rasgos de su cara y le hizo tragar los pocos dientes que le quedaban. En ese momento apareció el guardia Cisneros, el novio de Hwang Kee. De un soberano garrotazo le partió la espalda a Teodoro, y se desquitó apaleándole todo lo que se llama humanidad. Los otros guardias tuvieron que sujetarlo para que no lo matara. Lastimado hasta la conmiseración, derrotado y dolorido, arrastraron su cuerpo hacia la periferia, como un fardo de cosa inútil. Parecía un toro vencido al final de la corrida, atravesado por las banderillas lo desalojaban del ruedo.

Esa fue la triste imagen que me quedó.

Hwang Kee fue a parar a terapia intensiva. Teodoro Topansky, luego de recibir magra curación, al pozo, por una larga temporada.



Del pozo regresan algunos. Otros dejan la vida. Los que vuelven son restos escuálidos, puñado de huesos informes; no hay carne, no hay músculo, no hay fibra. Sólo huesos, huesos, huesos. Y encima, como tapiz de osamenta, una piel quebradiza parecida al charqui. Entregan el alma, el espíritu, el sentido de la vida. Desorientados, deambulan como almas en pena. Seres fantasmales en los que eclosiona la locura. Una rara y necesaria locura les hace posible vivir sin meditar. Algo muere en su interior. Son cuerpos que caminan pero no saben dónde van. Ojos que miran pero no ven.

Teodoro volvió. Le llevó mucho tiempo ser quien era. Pero lo logró. Su naturaleza era casi sobrehumana. Festejé su regreso como un milagro de resurrección.



Estoy seguro de que el odio que le profesaba el enano Hwang Kee era una deformación de la envidia. El día que llegó Topansky al penal la cara del pigmeo se transfiguró. Lo vio venir desde lejos y no le quitó los ojos de encima. Ojos furiosos, sanguinolentos, envenenados, recorrían de arriba abajo la vasta anatomía del doctor. Realmente era para mirarlo sin pestañar. El coreano debe haberse calculado tres veces y media en ese físico atlético; se le habrán revuelto las tripas de celos. ¿Cómo pudo ser tan mezquina la naturaleza con él? ¿Qué cortocircuito se habrá interpuesto en el momento preciso de su concepción para condenarlo a tamaña pequeñez? ¿Qué batalla campal habrán librado sus padres en el momento de la gestación? Ese esperpento responde más al producto de la ira que del amor. Sus padres eran gente normal. Sus hermanos, también. ¿Por qué a él lo castigó la vida de esa manera? Apaleado por la fealdad, que desde la cuna se apoderó de su físico, y luego, también, de su espíritu, no halló mejor forma de renegar por su desdicha que suplantar la virtud por el vicio. Con enfrentarse a su mirada uno ya tenía la certeza del resentimiento; Kee miraba de un modo desagradable, terrorífico, con ganas de masticar al mundo, de triturarlo junto con sus habitantes y engullírselos golosamente. Sus pupilas no tenían brillo ni profundidad; sólo laberintos oscuros de intenciones perversas. El mínimo contacto visual obraba un efecto devastador; me sobrecogía el alma un temblor de pánico injustificado ante esa figura tan pequeñita que tenía el poder de intimidarme. Yo me mantenía a distancia, aborrecía a ese individuo despreciable que parecía regocijarse en su enferma estrategia de atraer el rechazo, el desprecio en todas sus formas. Se congraciaba polarizando el odio hacia su insignificante persona. Disfrutaba de su masoquismo irreductible.

Hwang Kee alimentó un espíritu cáustico, virulento, para tapar otra desgracia que lo corroía. En su pequeña humanidad cabía la mayor reserva de vileza que se haya visto jamás. No hay nada más nocivo que la envidia, capaz de corromper y destruir la esencia del ser humano. La envidia no se cura. Se retroalimenta. Se reinventa. Es imbatible, imperecedera, eterna. Y nociva. La víctima vive con ella. Y muere con ella y a causa de ella. Sufre el envidioso; sufre el envidiado. Siento gran compasión por los que envidian. Son seres que viven atrapados en su propia trampa, beben de su propio veneno y se cavan su propia tumba.

Cada cual elige un camino para purgar el dolor. Hwang Kee eligió el lado oscuro de la vida.



Ese loco desquiciado de Teodoro le dio color a mi existencia desde el día que puso los pies en la cárcel. Me olvidé del aburrimiento, de las horas muertas, del ocio de matar el tiempo con intrascendencias. Me olvidé de querer mimetizarme con lo peor de la cárcel, de flagelarme la mente y el espíritu con pensamientos autodestructivos. Me olvidé de hundirme en el pozo negro de la subestimación.

Teodoro fue un chorro de luz que entró en mi celda y me sacudió el polvo que sellaba mi resignación; él despertó en mí las luces del entendimiento y exigió la entrega de mi sabiduría en beneficio de los demás. Y de mí mismo. Me devolvió la autoestima perdida; tuve que desenterrarla de la tumba que le había levantado en el cementerio, junto a María. Teodoro le puso ritmo, color y fantasía a la vida, que era hueca hasta el instante en que él apareció.



A pocos días de su regreso del pozo su celda amaneció vacía. Dijeron por cambio de destino.




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