Inscritos en el libro de la muerte
José Calderero de Aldecoa


Inscritos en el libro de la muerte no es un título sugerente propuesto por un grupo de expertos en marketing para vender más ejemplares. Es lo que le sucedió literalmente a Osman Monterroso y a su familia, cuyos nombres fueron escritos en el libro en el que los pandilleros hondureños apuntan a quienes van a asesinar. Su delito fue ser testigos de un asesinato y en Honduras los sicarios nunca dejan a los testigos vivos. No era justo, pero ahora eso daba igual. Debían huir y debían hacerlo ya. De esta forma, la obra es a la vez una aventura trepidante por escapar de la muerte, un grito de denuncia ante un mundo regido por la violencia y la corrupción, y un canto a la esperanza protagonizado por todos aquellos que no se dejaron llevar por los prejuicios y tendieron la mano a Osman y su familia, en muchos casos sin conocer a priori la truculenta historia con la que cargaban a sus espaldas.







INSCRITOS EN EL LIBRO

DE LA MUERTE







JOSÉ CALDERERO DE ALDECOA

INSCRITOS EN EL LIBRO

DE LA MUERTE

EXLIBRIC

ANTEQUERA 2021


INSCRITOS EN EL LIBRO DE LA MUERTE

© José Calderero de Aldecoa

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ISBN: 978-84-18730-26-9


JOSÉ CALDERERO DE ALDECOA

INSCRITOS EN EL LIBRO

DE LA MUERTE


Índice

Índice

Introducción (#uad1720f0-dbab-56e5-9bfe-739b17b5f643)

Capítulo 1. Mi primer encuentro con la muerte (#u951028bc-8968-5632-a2ee-48c14a6162ea)

Capítulo 2. Los sicarios, los dueños del país (#uacee357e-164a-556d-9812-ef26f1b500a6)

Capítulo 3. Mi viaje a EE. UU. Primera Parte: por tierra, mar y aire (#u93dd7fe5-ab01-571a-abe1-eb2a5e468d53)

Capítulo 4. Mi viaje a EE. UU. Segunda parte: en manos de los Zetas (#u7a906997-249a-5be5-bb9e-30228ab15fae)

Capítulo 5. La muerte de Arvin (#u212038ae-b3bc-5ebb-bfd7-7b9e4234b55b)

Capítulo 6. Ser testigo es ser objetivo (#u8037cb4b-ac88-54a1-a840-81bfeb1bc13a)

Capítulo 7. Huida a la desesperada (#u3ebcb9fb-96a9-5c14-9b0c-3af8513986a5)

Capítulo 8. De Honduras a España (#u126af414-65b9-577e-95c0-4c431db8c069)

Capítulo 9. La confesión: el verdadero motivo del viaje a España (#ud5157459-0246-5e00-a100-17635a7e45cb)

Capítulo 10. España, empezar de cero (#u35246d22-5e89-51e4-a216-54cdfc49cff9)

Capítulo 11. Desembarco definitivo en Madrid (#u76fb49a0-d14d-55b5-af71-87fd85149753)

Capítulo 12. Denegación del asilo (#ucfba4030-2d5f-5244-a07b-d0d8450d4fe4)

Capítulo 13. La amenaza sigue vigente (#u703a0619-1dc2-5a36-ad74-d2603f0dec38)

Epílogo. Desterrar prejuicios y tender la mano al prójimo (#uea763125-2b59-595d-b800-2222478693a2)


Introducción

Áxel estaba con el balón en el patio de su casa. Ese día no había ido al colegio porque se encontraba mal. De pronto, el ruido de una motocicleta rompió la típica calma de un día laborable. Sobre ella viajaban dos jóvenes, sicarios de la Mara Salvatrucha. El conductor se detuvo en la casa contigua. No apagó el motor. El acompañante se bajó, sacó una metralleta y, sin mediar palabra, comenzó a disparar. El niño, de tan solo diez años, fue testigo de todo y a partir de entonces no volvió a ser el mismo.

Poco tiempo después su padre, Osman Monterroso, también tuvo un encuentro con los asesinos a sueldo de la banda criminal. Fue él mismo quien pidió audiencia a los sicarios para tratar de averiguar por qué habían obligado a su jefe a despedirlo. Pero la respuesta de uno de los jefes de la mara fue más una sentencia de muerte que otra cosa:

«Mira, semejante hijo de la gran puta, deja de andar averiguando mierdas. Anoche no le mataron con su familia, pero hoy soy yo el que lo voy a matar. Hijo de puta. Y no le digo a Nascat que lo mate ahora mismo porque me voy a dar el gusto de matarlo yo mismo junto con toda su familia. Así que usted y su familia, hijo de puta, ya están inscritos en el libro negro».

Osman se quedó en shock. La mara quería que lo despidieran y ahora encima querían matarle junto con su familia. Pero ¿por qué?


Capítulo 1

Mi primer encuentro con la muerte

Osman Monterroso tenía solo seis meses cuando su padre se fue de casa. Como su madre no podía mantener al niño, lo dejó al cuidado de los abuelos paternos, que no cobraban ningún tipo de pensión


 y sobrevivían gracias a la venta ambulante.

Para ayudar en el sustento familiar, Osman empezó a trabajar siendo todavía un niño. Con tan solo siete años, después de salir del colegio, cargaba sobre sus hombros la responsabilidad de llevar a casa el dinero con el que su familia salía adelante. También cargaba los productos que cocinaba su abuela: pan casero, dulces, tabletas de coco, de azúcar…, que vendía por las calles del pueblo. Era el único ingreso que entraba en casa.

A las ocho de la mañana comenzaban las clases en el colegio, que solo duraban cuatro horas. A las 12:30 comenzaba su horario laboral como comerciante, labor a la que dedicaba el mismo tiempo que había pasado en la escuela. Así se pasó los siguientes siete años de su vida y ya con catorce se graduó en la escuela y se puso a trabajar


 de cobrador de autobuses.

Osman entró como ayudante en el autobús de Lucio, un veterano conductor, que le encargó abrir y cerrar la puerta de emergencia para que los pasajeros pudieran subirse en las estaciones. En el vehículo también trabajaba Néstor (nombre ficticio por problemas de seguridad), que ejercía de cobrador.

Una pistola en el río

A los ocho días de empezar a trabajar (corría el año 1990) Osman tuvo su primera experiencia cercana a la muerte. Las lluvias torrenciales de aquellos días habían provocado el desbordamiento del río, que había anegado gran parte del pueblo. Los trabajadores de los autobuses se habían reunido y esperaban a que bajara el caudal para poder iniciar el recorrido de sus respectivas líneas. Pero la naturaleza se resistía a deponer su demostración de poderío e iban pasando las horas sin que los vehículos pudieran emprender la marcha.

Como la espera se alargaba, algunos trabajadores decidieron pasar el rato agarrados a una botella de alcohol. Otro, sin embargo, pensó que la mejor manera de divertirse mientras esperaban era disparar a los peces que poblaban las aguas, para lo que había ido a casa y se había enfundado su 22 escuadra, una pequeña pistola


.

Después de disparar varias ráfagas contra el agua «se suponía que ya no quedaban balas en la pistola», explica Osman. También se había acabado parte del alcohol, que ya estaba haciendo estragos y eran varios los que se encontraban en estado de embriaguez.

Obnubilado por la bebida, uno de los trabajadores le pegó un puñetazo a un compañero, lo que provocó un revuelo entre todos los presentes. Néstor, que era el que portaba en ese momento la pistola, se acercó al grupo, diciendo: «Tengo ganas de matar a alguien». En ese preciso momento apareció Saúl, un chico del pueblo muy deportista, con muchas cualidades para jugar al fútbol y que, de hecho, iba a fichar por un equipo de la liga nacional. Venía de ver a su novia. «Néstor, ¿para qué vas a matar a otro? Mátame a mí, que soy tu mejor amigo», le dijo Saúl de broma. Néstor continuó con el embuste y colocó la pistola en la sien de Saúl. Osman estaba contemplando la escena en primera persona y solo unos pocos centímetros le separaban de los dos amigos.

De pronto, Néstor accionó el gatillo y un ruido seco salió de la 22 escuadra junto con una bala, la última del cargador, que atravesó la cabeza de Saúl. A pesar de ser una pistola de pequeñas dimensiones, el disparo a quemarropa levantó a más de un metro el cuerpo inerte de Saúl, que era de complexión fuerte, y se empotró contra el suelo ante la estupefacción de todos los jóvenes que allí estaban reunidos, incluido el propio Néstor.

Como el pueblo estaba en alerta por las inundaciones, el alcalde y un policía se encontraban cerca de la escena del crimen. «Fue el mismo Néstor, que estaba en estado de shock por lo que acababa de suceder, el que fue al alcalde a decirle que en las inmediaciones había un herido de bala», asegura Monterroso.

Alertados por el regidor, los servicios de emergencia acudieron al lugar de los hechos y se llevaron a Saúl al hospital. Por su parte, la policía arrestó a Néstor y lo mandó a la cárcel, donde solo estuvo seis meses.

Las dos familias eran muy amigas y la madre de Saúl no quiso presentar cargos, cosa que sí hizo la fiscalía. Los allegados de Néstor contrataron a uno de los mejores abogados de la zona y medio año después quedó en libertad sin cargos.

Los hermanos de Saúl no se tomaron la «broma» tan bien y buscaban a Néstor para matarlo. Lo buscaban, lo buscaban y lo buscaban, así que el que fuera compañero de trabajo de Osman y cobrador en el autobús de Lucio decidió irse a Estados Unidos, desde donde lo deportaron dos décadas después.

Matrimonio de conveniencia

En el ínterin, «mi madre se había casado con un hermano de Saúl» y cuando Néstor volvió a Honduras «enamoró a mi hermana y se casó con ella. Estaba buscando un acercamiento con la familia del que fue su mejor amigo, al que mató veinte años atrás. Como sabía de la boda de mi madre, creía que si se casaba con mi hermana todo quedaba en familia y los hermanos de Saúl dejarían de buscarle para matarle», recuerda Osman. Y funcionó. En parte por los enlaces matrimoniales y porque había pasado tanto tiempo que incluso uno de los hermanos de Saúl, Beto, había muerto de una enfermedad.

Osman no fue a la boda de su excompañero de trabajo y de su hermana. «No me parecía un chico de fiar. No me caía bien. Aquí, en España, un tatuaje puede ser un arte. En mi país no. Los tatuajes son sinónimo de delincuencia», explica. El tiempo le dio la razón.

«Mi hermana era empleada del ayuntamiento, donde llevaba doce años trabajando». Al casarse, su madre prestó dinero al nuevo matrimonio para ayudarles en su nueva vida, cosa que hacía cuando alguna de sus hijas se casaba.

Con el dinero Néstor se fue a vivir a Europa, donde encontró trabajo en un barco turístico. «Antes de partir, mi hermana cobró una indemnización de 190.000 lempiras (moneda de Honduras) por su trabajo durante más de una década en el consistorio del pueblo». Además, Néstor obligó a su mujer a contratar un seguro de vida por valor de 150.000 lempiras.

«Luego supimos que este hombre maltrataba a mi hermana y que sus planes para con ella eran macabros», asegura Osman. «Néstor quería matar a mi hermana, cobrar el seguro de vida y quedarse también con el dinero que ella había recibido del ayuntamiento», añade. En total 240.000 lempiras, es decir, unos 9.500 euros.

La doble vida de Néstor

Néstor mató a Saúl. Fue su primera muerte, pero no la única. «Después de casarse con mi hermana mató a dos importantes políticos. Uno era diputado del Parlamento Centroamericano y el otro diputado del Congreso Nacional. Eran padre e hijo», asegura Osman.

El suceso fue recogido, entre otras publicaciones y sin citar la autoría de los hechos, por la agencia de noticias Europa Press el 11 de abril de 2015. En el artículo, bajo el titular «Tiroteado el expresidente de la Corte Suprema de Justicia de Honduras»


, la agencia española relata cómo Eduardo Gauggel Rivas y su hijo, diputado del Congreso Nacional por el Partido Liberal, fueron asesinados a balazos en San Pedro Sula.

«Ambos se vieron sorprendidos por desconocidos cuando ingresaban a su vivienda en su vehículo. Según información preliminar, varios hombres a bordo de una camioneta blanca y otro vehículo tipo turismo les cerraron el paso y abrieron fuego contra el vehículo. Gauggel hijo sacó una pistola de la guantera e intentó sin éxito defenderse, hiriendo a uno de los atacantes, que ha sido detenido», escribió Europa Press.

Néstor había vuelto de Estados Unidos convertido en sicario «y no nos dimos cuenta». Cuando se produjo el asesinato de los dos políticos, «una cámara cercana al lugar del crimen captó la matrícula de uno de los coches que utilizaron los sicarios. La policía fue a detener al dueño, un tal César. Pero este les dijo a los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado que Néstor, que era su amigo, le había pedido varias veces el coche y que la noche del asesinato lo tenía él», cuenta Osman.

Pero Néstor no es el único sicario de su pueblo. Esta es una realidad que afecta a muchos jóvenes hondureños y que ha sumido al país en la violencia y el narcotráfico.

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1. El Instituto Hondureño de la Seguridad Social inició sus operaciones en 1962.

2. En Honduras la mayoría de edad se alcanza, al igual que en España, a los dieciocho años, pero en el país centroamericano no existe ningún impedimento legal efectivo para el trabajo infantil. De hecho, hay miles de niños que a los siete u ocho años abandonan el colegio y se ponen a trabajar.

3. Tener armas en Honduras es ilegal, pero «en manos de la gente hay un arsenal que ya lo quisiera la policía», asegura Osman.

4. https://www.europapress.es/internacional/noticia-tiroteado-expresidente-cortesuprema-justicia-honduras-20150411030824.html (http://www.europapress.es/internacional/noticia-tiroteado-expresidente-cortesuprema-justicia-honduras-20150411030824.html)


Capítulo 2

Los sicarios, los dueños del país

El asesinato de Saúl en el río no fue, por desgracia, la única muerte violenta de la que Osman fue testigo. No podía serlo. Las maras


 «son las dueñas del país y, por lo tanto, también de mi pueblo», asegura Osman.

La MS (Mara Salvatrucha) controla desde el pueblo de Villanueva hasta La Lima: Villanueva, El Plan, San Manuel, El Porvenir, La Lima. La M18, por su parte, controla la colonia Planeta, la Satélite y todos sus alrededores hasta llegar a la capital industrial. Y ambas pandillas son rivales.

Pero cuando Osman se introdujo en el mundo de los autobuses la colonia Planeta estaba libre de las maras. Empezó trabajando en ella de ayudante; poco tiempo después le nombraron conductor.

Una de las primeras cosas que hizo al ser contratado como conductor fue dar algo de dinero a algunos de los chicos del barrio, que entonces tenían ocho años, «para que me lavaran el autobús». Les daba cinco o diez lempiras y se lo gastaban en chucherías en el colegio.

El tiempo pasó, a Osman lo cambiaron de barrio (empezó a trabajar en un territorio de la MS) y la M18 comenzó a controlar la colonia Planeta. El tiempo también pasó por los chiquillos que de vez en cuando limpiaban su autobús «y se fueron metiendo, como muchos otros, en las pandillas».

Al querer conducir por el barrio de la MS, «los pandilleros nos cobraban el impuesto de guerra. El dueño de la empresa pagaba 150 lempiras todos los lunes y yo, por ser el dueño del autobús, pagaba otras 150 lempiras», recuerda.

La M18 no cobraba el impuesto. Ellos estaban especializados en secuestros. «Pero cuando este negocio empezó a caer y a no ser seguro, entonces se pusieron a cobrar también el impuesto de guerra», explica Osman.

«Empezaron a llamar por teléfono a mi jefe para que les pagara también a ellos». El primer día les contestó el teléfono, pero a partir de ahí nunca más lo hizo. «Es práctica habitual en las pandillas matar a los conductores si los jefes se niegan a pagar y así meterles presión. Nosotros sabíamos que el jefe no les cogía las llamadas a los sicarios y trabajábamos con mucho miedo».

Los antiguos chiquillos que limpiaban el coche

Un día Osman, al que suelen llamar Chico, llegó a una parada del autobús cerca del río Chamelecón. Allí «me estacioné y veo a un muchacho que viene hacia mí, se me queda mirando y me dice:

—Chico.

—Sí, ¿quién eres?

—Hombre, ¿no te acuerdas de mí? Soy Carlos.

—¿Carlos?

—Sí, aquel que ponías a lavar el autobús de pequeño.

— Sí, ¿y qué tal? ¿Cómo estás?

—Si te contara a qué vengo…

—¿Qué pasó?

—Pertenezco a la pandilla 18. Hemos estado llamando a tu jefe para que nos pagara el impuesto de guerra y no nos quiere pagar —me dijo—. ¿Sabes quién es el jefe de la M18? Uno de los hermanos Guato —al que Osman también daba dinero de pequeño por limpiarle el autobús—. La orden que me han dado es matar al primer conductor de la TISMA (empresa de transporte interurbano San Manuel) con el que me encuentre en esta estación. Y te reconocí. Solo tengo orden de no matar a Julio, el Pitufo».

Pitufo es primo de Osman y también era conductor de autobús en la misma empresa. Los sicarios le conocían personalmente y por eso no querían matarlo. La M18 «no se había enterado de que yo también trabajaba en la empresa y, en teoría, yo no estaba exento de la muerte». Las órdenes eran claras: que a Pitufo no se le hiciera nada, pero que al próximo que apareciera se le matara para hacer presión al dueño de TISMA.

—No vayas a hacer eso conmigo —le dije. Entonces cogió el móvil y llamó al jefe de la pandilla.

—Aquí estoy con el conductor de TISMA.

—¿Y por qué no le has matado?

—¿Sabes quién es? Chico. —Se despegó el teléfono de la oreja y me dijo que el jefe quería hablar conmigo.

—¿No sabes quién soy?

—Soy de los Guato. Ahora soy el jefe de la M18. Yo di la orden de que mataran a un chófer porque Antonio Artigas — dueño de la empresa— no nos coge el teléfono y no nos quiere pagar. Ya matamos a uno de otra empresa.

El jefe de la M18 «se refería al asesinato de Tacamiche. Era amigo mío», asegura Osman. «Trabajaba en la empresa Salinas. Lo quemaron vivo enfrente del aeropuerto internacional de San Pedro Sula. Sacaron a los pasajeros del autobús y lo incendiaron con él dentro. Los dueños de la empresa tampoco querían pagar el impuesto de guerra», añade.

—Quiero que te reúnas con tus compañeros para que os pongáis de acuerdo y habléis con vuestro jefe.

«En ese mismo momento me fui a la estación a hablar con mis compañeros. Nos pusimos en huelga y paramos todos los autobuses hasta que vino un dirigente de la empresa y le dijimos todo lo que estaba pasando».

El hermano Guato le dejó un número de teléfono y le dijo que solo le llamara para darle una respuesta. Acto seguido mostró una actitud parecida a la justicia o a la compasión. «Me dijo también que no me preocupara, que a mí no me iba a pasar nada». Como Osman les había tratado bien y les había ayudado de pequeños, ahora los Guato no le asesinarían. Tan solo acabarían con la vida de uno de sus compañeros.

«Hablé con mis compañeros y vino también el jefe de la empresa. Quedamos de acuerdo en que a la Mara 18 le pagaríamos los martes». Con el beneplácito de todos, Osman utilizó el teléfono que le había dado el jefe de los sicarios. «Les informé de que habíamos llegado a un acuerdo y que los dirigentes de la empresa se pondrían en contacto con ellos». El impuesto de guerra que acordaron ascendió hasta las trescientas lempiras. De este modo, los lunes pagan trescientas lempiras a la MS y los martes, otras trescientas a la M18.

Los sicarios

El encuentro de Osman con el sicario de los Guato revela varias cosas. La primera, que «son los mismos jóvenes del pueblo los integrantes de las maras», asegura Osman. Los mismos chavales normales a los que daba un poco de dinero por que le limpiaran el autobús son los que terminaron como sicarios y estuvieron a punto de matarle. «El cuarenta por ciento de la juventud está metida con los pandilleros». Las bandas se hacen con la juventud a través de las drogas. «Primero los hacen consumidores, regalándoles las drogas, y luego se adueñan de ellos hasta tal punto que les convierten en sicarios».

La segunda, el clima de terror que se vive en Honduras, uno de los países más peligrosos del mundo. Uno puede salir cualquier día a hacer su trabajo y puede acabar asesinado sin ningún motivo. A Osman casi le asesinan porque su jefe no quería pagar a las maras. «Las pandillas generan miedos, que la gente viva en zozobra. Ellos establecen las leyes. Si dijeran: “A las 19:00, todos a casa”, la gente a esa hora se iría a su hogar por miedo».

No se puede, por ejemplo, «ni siquiera hacer una comida familiar en el pueblo, porque si no te hostigan los sicarios lo hacen los ladrones». En Honduras «hay también muchísimos ladrones. No puedes dormir con la ventana abierta o dejar un pantalón fuera porque te lo roban».

Por eso «tratas de no cometer errores». Esto puede ser «mirar mal a alguien o decir una imprudencia». Con eso ya es suficiente «y pueden matarte». Sin embargo, «poco a poco te vas acostumbrando a la muerte». Esto último lo corrobora Osman con la expresión de su cara cuando habla de un amigo, «asesinado este mismo domingo. Estaba enganchado a las drogas. Cuando se casó se compuso y las dejó. Puso un taller de ebanistería. Pero lo mataron», cuenta sin inmutarse.

Inactividad de la policía

Ante esta situación, en cualquier otro país desarrollado la policía tomaría cartas en el asunto. Sin embargo, en Honduras «la policía no hace nada. En algunas ocasiones los agentes tienen tratos con los mareros». El soborno «está a la orden del día», aunque no solo en el estamento policial. «Es la llave que abre todo el país. Por ejemplo, puedes ir a sacarte el permiso de conducir en la estación de tráfico en cinco minutos. No hace falta que sepas conducir ni nada. Le pagas mil lempiras a una persona y en cinco minutos tienes el carné de conducir».

En otras ocasiones los policías «no actúan por miedo». Si de verdad se ponen a investigar un crimen, «los sicarios les amenazan con matar a toda su familia». Por eso el motivo más recurrente para la policía es «ajuste de cuentas entre las pandillas. Así es como se lavan las manos».

Por una cosa o por otra, al final el perjudicado siempre es el ciudadano. «Los policías saben cuándo van a ir a matar a alguien y no van al lugar del crimen hasta una hora después de que se hayan ido los sicarios. Si algún policía bueno quiere alzarse, lo matan a él y a toda su familia para que se acallen las voces de denuncia».

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5. Las maras son unas bandas criminales, formadas principalmente por jóvenes, que se dedican a todo tipo de actividades delictivas, desde el tráfico de armas y drogas hasta el secuestro y asesinato de personas.


Capítulo 3

Mi viaje a EE. UU. Primera Parte: por tierra, mar y aire

Cuando tienes que pagar a asesinos para poder hacer tu trabajo o has visto cómo quemaban vivo a un compañero, uno no puede vivir tranquilo. «Por eso hay tanta inmigración hacia los Estados Unidos. Se van familias enteras, incluso con bebés recién nacidos», asegura Osman. «En Honduras no se puede vivir». Solo se puede sobrevivir.

Él mismo emprendió el viaje hacia EE. UU., aunque por motivos bien distintos. Osman vivía cómodamente y a su familia no le faltaba de nada. Su trabajo en los autobuses le permitía tener un chalé de dos plantas con piscina, por lo que nunca ambicionó irse.

Pero un día Osman conoció a Cecilio, «que llevaba gente ilegal a los Estados Unidos», y se hicieron buenos amigos.

—Osman, ¿por qué no te vas a Estados Unidos? —le dijo un día.

—¿Por qué me voy a ir si estoy muy bien aquí con mi familia?

—Porque no te voy a cobrar nada. Solo consígueme 10.000 lempiras —unos 360 dólares— y no te voy a cobrar nada más.

Los traficantes suelen cobran 6.000 dólares por cada viaje. Esta rebaja en el precio hizo que a Osman, a pesar de lo absurdo de la idea y de que tuviera una vida cómoda, se le metiera en la cabeza que quería irse. Con el viaje siempre podría hacer dinero en Estados Unidos, luego volver a Honduras y comprarse un autobús propio. La ambición de ser su propio jefe provocó que aceptara la propuesta de forma apresurada.

Tras los coyotes

El viaje comenzó a las cuatro de la mañana. Eran 98 personas las que iban a intentar cruzar de forma ilegal a los Estados Unidos. Al frente de la expedición iban tres coyotes (así es como se llama en Honduras a los traficantes de personas). El autobús, tipo copaneco, partió desde la capital industrial en dirección a Guatemala. El trayecto duró unas seis o siete horas. En la frontera la expedición cambió de autobús y recorrió otras cinco horas para llegar a la capital guatemalteca, donde comieron nada más llegar. Antes de que se hiciera de noche cogieron otra tanda de autobuses. El último trayecto del primer día les llevaría hasta Los Mangos, en la frontera entre Guatemala y México, a donde llegaron a las 22:00 horas.

Después de todo un día de trayecto estaban agotados, así que cuando los coyotes les llevaron hasta un hotel para descansar el cansancio tornó en alivio. Pero el cartel en el que se podía leer «hotel» no hacía justicia a las instalaciones que encontraron en el interior. «Lo único que tenía de hotel era el nombre. Dormimos en el suelo. Las habitaciones ni siquiera tenían ventanas». Tras dieciocho horas de viaje, el frío suelo acogió los extenuados cuerpos de los viajeros, que se levantaron algunas horas después con algo menos de sueño, pero con más dolores que el día anterior.

En la segunda jornada los barcos sustituyeron a los autobuses y el agua, al asfalto. Tras el desayuno la comitiva se subió a unas lanchas para cruzar el río que separa Guatemala de México. Al llegar a tierra firme la comitiva cambió de vehículo. Esta vez tocaba continuar en coche. Los guías les hicieron subir a unos cuatro por cuatro. Cada uno tenía capacidad para unas diez o quince personas. Las ruedas eran especialmente grandes, preparadas para transitar por mitad de la montaña a través de un sendero abierto por los coyotes. Los cuatro por cuatro tenían que utilizar la doble tracción para avanzar.

Cuando ya ni los coches podían continuar, Osman y el resto de sus compañeros siguieron a pie. La caminata se alargó durante algunas horas más. Sin probar bocado desde bien temprano (los coyotes no habían traído ninguna provisión), todos empezaron a sentir un hambre atroz. Al coronar la montaña, un pequeño pueblo ofreció algo de descanso a los caminantes y burritos de carne de mono, algo bastante desagradable, pero «que todos nos comimos sin protestar del hambre que teníamos».

Tras el frugal tentempié «nos tocó caminar unos diez kilómetros más para llegar a otro pueblo». En aquel lugar se divisaba un conjunto de casas, que eran usadas por los traficantes para hacer paradas en el largo trayecto hasta Estados Unidos. «Allí, por fin, pudimos comer». Y de nuevo, tras la comida, reemprendieron el viaje. Otros coches, más pueblos, hasta llegar a un lago «tan grande como el mar», al que no se le veía la orilla opuesta.

En el lago se vivió el primer momento de grave peligro. Los inmigrantes debían subirse a unas pequeñas canoas. En cada una de ellas debían entrar doce hombres. A las mujeres y los niños les colocaron en una lancha de motor, que arrastraba hasta tres canoas, en las que iban los hombres.

El lago estaba infestado de cocodrilos, que nadaban a escasos centímetros de las frágiles embarcaciones. Un movimiento brusco y decenas de personas caerían directamente en las fauces de los animales.

La ruta acuática les llevó primero por un canal, que era donde más concentración de reptiles había. A continuación las canoas se introdujeron en mitad del lago, donde estaban más expuestos a las inclemencias del tiempo. La travesía duró cerca de cuarenta minutos. «Pasamos mucho, mucho, mucho miedo», asegura Osman.

Los inmigrantes alcanzaron, al fin, la orilla. Pisaron tierra firme y los peligros acuáticos dejaron paso a los terrestres y a los provocados por la acción del hombre.

«Llegamos al otro lado y nos tocó caminar otros diez o quince kilómetros más. Estábamos en México, en un pueblo cerca de las vías del tren. Allí tuvimos que esperar tres días has-ta que apareció la primera locomotora». Tomaron el tren, que les llevó a una terminal ferroviaria todavía más grande, donde estuvieron otros tres días.

«Para el tren no teníamos billetes», explica Osman. Pero eso no es problema para los coyotes, que «se ponen en las vías con varias lámparas para hacer señales al maquinista, con el que están compinchados y al que dan no sé cuántos miles de pesos mexicanos». El soborno surte efecto, el tren se detiene y la comitiva se sube a bordo de unos vagones vacíos, donde no levanta sospechas. «Nos bajamos en otra estación de trenes, donde cogimos el tren conocido como La Bestia».

Este tren, al que también se le llama el tren de la muerte, cruza México de norte a sur y ha sido utilizado por miles de inmigrantes para avanzar en busca del sueño americano. Son muchos los inmigrantes que perecen por su causa o sufren amputaciones. En 2013, por ejemplo, doce inmigrantes centroafricanos murieron cuando el tren descarriló a su paso por la localidad de Tabasco. También los viajeros clandestinos han sido víctimas de las maras mexicanas. En 2010 el cártel de los Zetas asesinó a 72 personas.

Viajar en este tren es jugarse la vida en un trayecto que, de hacerse de forma completa, dura de veinte a veinticinco días. «En La Bestia estuvimos todo el día. Yo no iba al aire libre». Osman pasó las veinticuatro horas del trayecto en el interior de unos vagones repletos de arena. Estos habitáculos llevan sellos federales. Son unas etiquetas que se colocan donde se abre el vagón para que nadie pueda abrirlas ni cerrarlas. Pero esto no es un problema para los coyotes. «Aquí todo es dinero y compran lo que haga falta». En este caso, «compran los sellos federales, los quitan de los vagones, los abren, introducen a los inmigrantes, cierran y vuelven a colocar los sellos. En mi mismo vagón nos metieron a treinta personas».

Las góndolas tienen en su parte superior unos agujeros, que son la única vía de contacto de los polizones con el mundo exterior y el único acceso por el que entra algo de oxígeno en los compartimentos. Los agujeros también son utilizados por la policía para revisar el tren. «Meten la linterna para comprobar si hay algo sospechoso». Pero Osman y sus compañeros estaban bien aleccionados por los coyotes y se situaron a varios metros de distancia de los agujeros para no ser descubiertos.

«Estuvimos dentro del vagón de arena hasta la localidad de Piedras Negras. Allí nos pasaron ya a unos vagones normales de carga que iban vacíos». Esto, según Monterroso, «tiene sus ventajas y sus desventajas». Hay personas que tiran piedras a los inmigrantes encaramados a La Bestia. «Son racistas y no quieren que los extranjeros pasen por ahí». Pero también existe gente buena. «Hay unas señoras que se ponen con bolsas de comida en las inmediaciones de las vías del tres. En las bolsas hay tortillas (como las llamamos nosotros), huevos, alubias… Son señoras de buen corazón. Aprovechan cuando el tren va por alguna subida y circula despacio para acercarse y entregar las bolsas con la comida».

La labor de estas mujeres les mereció una candidatura al Premio Princesa de Asturias de la Concordia y su quehacer solidario fue recogido en las páginas de los periódicos de medio mundo. El suplemento del diario ABC Alfa y Omega se hizo eco del trabajo de las patronas en un extenso reportaje firmado por Cristina Sánchez Aguilar y titulado «El amor amansa a La Bestia»


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Año 1995. Una tarde cualquiera. Bernarda y Rosa, dos de las hermanas Romero, fueron en busca de arroz y leche a la tienda de al lado. Pero tardaron más tiempo de lo normal en regresar a casa. Su salida coincidió con la hora en la que el tren de carga que une Centroamérica con EE. UU. atravesaba el municipio de Amatlán de los Reyes, en el estado mexicano de Veracruz. Tuvieron que esperar a que pasara el convoy, pero algo distinto las sorprendió esta vez: había polizones colgando de los vagones, y gritaban pidiendo comida. Las dos jóvenes no lo dudaron, y sin pensarlo lanzaron las bolsas de alimentos recién comprados a esos hombres «con acento raro, que no era mexicano». Ellas todavía no lo sabían, pero aquellos hombres eran los primeros inmigrantes que cruzaban México en el tren conocido como La Bestia. Ni tampoco que, desde ese momento, sus vidas no volverían a ser ya nunca más las mismas.

«Cuando mis hijas llegaron a casa, me contaron por qué venían sin compra. Toda la familia nos quedamos pensando qué podíamos hacer por aquellos hombres. Nos reunimos al día siguiente, a primera hora de la mañana, y decidimos hacer todas las raciones de más que nuestra economía nos permitía. Empezamos a embolsar el arroz, las tortillas y los frijolitos… y así comenzó nuestra labor. Dios nos puso al lado de ese tren para ayudar a nuestros hermanos».

Lo cuenta Leonila Vázquez, la matriarca de una saga de doce hijos que, con 82 años, es la fundadora y alma del grupo Las Patronas —nombre tomado del barrio en el cual viven, La Patrona, que alude a la Virgen de Guadalupe—, 14 mujeres entre hijas, nietas y vecinas de Leonila, quienes dedican su vida a alimentar a los inmigrantes que cruzan su pueblo en La Bestia. «Adiós, abuelita, adiós me dicen al paso del tren. Que Dios me los bendiga, mijitos, respondo».

«Una llamada de Dios»

Una de sus hijas, Norma, visitó el lunes el salón de actos de Alfa y Omega, en el centro de Madrid. Allí compartió experiencias con miembros de otras asociaciones que trabajan con migrantes, en unos momentos marcados por los acontecimientos en las fronteras de Macedonia, Serbia y Hungría. Su visita a España ha coincidido además con el fallo del Premio Princesa de Asturias a la Concordia 2015, al que Las Patronas estaban nominadas —al cierre de esta edición, se desconocía aún la decisión del jurado—.

Ante decenas de personas que quisieron venir a conocerla, la patrona, una mujer humilde, resaltó que su trabajo no es heroico, sino que «solamente responde a una llamada de Dios. Mi familia llevaba tiempo buscando qué poder hacer para dar servicio al prójimo, y Dios nos dio la oportunidad de salir de nuestra casa, de nuestro trabajo, de nuestro bienestar, para servir al hermano migrante». Aquella tarde, después de que Bernarda y Rosa llegaran a casa, «mi madre nos dijo que teníamos que hacer lo que hacía Jesús: dar de comer al hambriento y de beber al sediento. Así empezamos a compartir lo que Dios comparte con nosotras».

Reparten 45 kilos de arroz y 20 de frijoles al día. Las mujeres se despiertan a las cinco de la mañana, «arreglamos nuestra casa, despedimos a nuestros maridos que se van al trabajo y a nuestros hijos que se van al colegio, y entonces nos ponemos manos a la obra», explica. «Cada día le toca a una cocinar, y el resto vamos a los mercados a recoger el pan y las verduras que nos donan». Esto ocurre ahora que su buen hacer se ha extendido como la pólvora. Hace 20 años, eran ellas mismas las que compraban la comida. «Durante siete años alimentamos a miles de personas sin que nadie más lo supiera. Hacíamos el arrocito, el frijol, cuando había verdura unos nopalitos con huevo… y también algo dulce, un pan y unos juguitos. Hacíamos 30 bolsas al día». Ahora, el volumen ha aumentado tanto que necesitan donaciones externas. «Repartimos más de 300 raciones por jornada, los 365 días del año. Gracias a la red de asociaciones que trabajamos con migrantes en México, y a las universidades, que hacen un gran trabajo de sensibilización, recibimos comida suficiente para alimentar a la mayoría».

El barrio, volcado con ellas

Mientras las mujeres hacen las bolsas, suenan gritos. ¡Madres, que silba el tren!, avisan los vecinos. Desde las diez de la mañana hasta las nueve de la noche, el barrio está atento a la llegada de los trenes. Las mujeres, apresuradas, cogen sus carretillas, las cargan de comida, y corren entre las piedras para llegar hasta las vías. «No solo se debe ser luz en casa, hay que ser luz en todos los lugares», dice Norma.

Los inmigrantes llevan días sin comer, hacinados en los vagones. Incluso haciendo sus necesidades en marcha, porque «si bajan, pueden perder su oportunidad. O morir». Se juegan la vida para extender su cuerpo y poder coger la bolsa de comida. Por eso, Las Patronas han ideado su propio sistema de lanzamiento. Llenan viejas botellas de plástico con agua, amarradas con una cuerda de dos en dos, para que sea más fácil cogerlas. «Hay maquinistas más amables, que cuando nos ven bajan la velocidad. Otros no lo hacen», cuenta Norma.

«Dejan su patria atrás, todo lo que han conocido hasta ahora, en busca de una vida mejor. Tienen una gran fe. Yo les admiro», reconoce la mexicana. Por eso, se muestra estos días especialmente entristecida por las declaraciones del candidato a la presidencia de EE. UU., Donald Trump. El multimillonario ha propuesto levantar un muro que separe México y la tierra estadounidense. «Me entristece que este hombre piense así. El hecho de que tenga dinero no significa que pueda despreciar al ser humano. Al revés, debería estar agradecido, porque Estados Unidos ha crecido mucho gracias a los latinos». Norma piensa que, si tiene dinero para levantar muros, «es mejor que se lo gaste en mejorar las vidas de las personas que tienen que emigrar, que no van a verle a él, sino a buscar una vida mejor. Ojalá aprendiera a compartir su dinero».

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6. https://alfayomega.es/27118/el-amor-amansa-a-la-bestia (https://alfayomega.es/27118/el-amor-amansa-a-la-bestia)




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