La ira del embaucado Efrén Matallana La ira del embaucado es la historia de un guardia civil cuya desaforada probidad y sentido del honor —honor inmaculado— le lleva a emprender un camino de ilegalidad y acción, un desfile por el filo de la navaja hacia un sueño… de sangre y locura.
La fuerza de esta obra reside en su ritmo vibrante, en la evolución psicológica del personaje y en que no existe ninguna otra novela en la actual narrativa española cuya temática y tratamiento hayan sido abordado antes: el mundo de la Guardia Civil contado desde dentro, con sus heroicidades y mezquindades, lejos de exaltaciones y degradaciones preconcebidas o politizadas, a la par que nos muestra la ominosa articulación de una banda terrorista con sus no menos héroes, rutinas y vilezas. LA IRA DEL EMBAUCADO La correría de un guardia civil por el filo de la navaja Efrén Matallana © Efrén Matallana © La ira del embaucado Octubre 2021 ISBN ePub: 978-84-685-6305-3 Editado por Bubok Publishing S.L. equipo@bubok.com Tel: 912904490 C/Vizcaya, 6 28045 Madrid Reservados todos los derechos. Salvo excepción prevista por la ley, no se permite la reproducción total o parcial de esta obra, ni su incorporación a un sistema informático, ni su transmisión en cualquier forma o por cualquier medio (electrónico, mecánico, fotocopia, grabación u otros) sin autorización previa y por escrito de los titulares del copyright. La infracción de dichos derechos conlleva sanciones legales y puede constituir un delito contra la propiedad intelectual. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47). A mis chicas: Mady, Nerea y Araya. Por mi mala cabeza yo me puse a escribir Otro por mucho menos se hace Guardia Civil. Por mi mala cabeza creí en la libertad. Otro respira incienso las fiestas de guardar Por mi mala cabeza contra el muro topé Otro levantó el muro con los cuernos tal vez Por mi mala cabeza siempre digo verdad. Por mi mala cabeza me descabezarán. MALA CABEZA. José Agustín Goytisolo Índice Primera parte (#ue61113a8-2521-5ce6-a541-4abbc925b139) I. EL SUEÑO (#u74f4edc5-3244-587f-aab5-600d9bca56b4) II. DIANA: EL CORREDOR EN SU LABERINTO (#ubb020e22-c964-5909-bf9e-fad6743581f1) III. DISCIPLINA Y FAJINA (#ubadb3272-aba2-5352-b435-718ce1f3f198) IV. ORDEN ABIERTO Y CERRADO: LA VIDA ES MILICIA (#u24d56ff9-a9f8-5348-a4eb-8e8170299a96) V. RETRETA: IMAGINARIA SIN SUEÑO NI ENSUEÑO (#u072d9021-0e4f-5858-9c9c-7151b5cf1134) VI. LA OTRA CARA DEL ESPEJO (#u3d12f515-1f30-5b6f-8285-2e675b694325) VII. DESPACHO A UNA MANERA DIFERENTE DE VIVIR (#uf24ef1a9-5c53-56c2-a180-19f16d23e965) VIII. Y HACIA UNA MANERA DIFERENTE DE VIVIR (#uab790662-4914-59ac-9cab-8f2050b32737) IX. LA REALIDAD SUBYACENTE (#ue162691b-7d10-550e-b690-955fea796293) X. SIN PENA NI GLORIA (#u0ed84cdb-9ff6-577b-96c7-87cfc2db8cc0) XI. COMO UN JARDÍN SIN FLORES (#u62f57e36-5cf1-5009-80a8-2102b656a85b) XII. EN EL FULGOR (#u8e437140-5405-5d34-b6f0-19ee8353e8c0) XIII. EL PIPIOLO NO SE ENTERA (#uee38631b-07aa-5ef6-967e-fb3c45d3f3dd) XIV. EN EL PRINCIPIO ES LA ILUSIÓN QUE TODO LO CIEGA (#uadef6fae-6e21-5c9e-a10a-2f0705684c42) XV. DESTELLOS EN LA OSCURIDAD (#u4af5d5fc-7f73-5825-9aaa-ef7e912e62d8) XVI. COMIDA PARA DOS MÁS (#u83d1410d-529c-53fc-bd8d-e203954ca47b) XVII. EL BADULAQUE Y LA BESTIA O EL JODIDO JACOBINO (#u4b817aa6-7419-58d2-9d46-a9fad81164da) XVIII. UNA CANCIÓN SIN NOMBRE (#u719e35c9-fe2b-5cae-b8e3-9b8817ec684e) Segunda parte (#u26f77e68-5153-50d3-8b80-ff544d5ced72) XIX. INCIDENTE ALFA: PRIMERA ESCARAMUZA (#u044de58e-3654-5f5c-a4ca-1882ba35aa8c) XX. LOS ÁNGELES DE ESPAÑA (#u4a6ef675-de9a-5f48-bcf7-106c9d3cf87b) XXI. LA GRAN CALABAZADA (#u75639ce1-0732-5cbf-af30-d3c72333c721) XXII. PASO CORTO, VISTA LARGA Y MALA LECHE (#uecfb70e5-7785-544b-b5d4-403c62b76b78) XXIII. EN BUSCA DEL TRUENO (#uc7cea3fd-4ea5-5a13-b07d-9634686c0bd5) XXIV. EN EL OJO DE LA TORMENTA (#uef0e5b42-eaca-52ca-8a97-f9033e5f8e84) XXV. LAS FLORES DE METAL Y LAS FALTAS DE SIGILO (#u4f4686c1-8076-5109-894b-226e5d7610df) XXVI. EL PESO DEL OLVIDO (#u5703b31b-91a2-50e0-a64c-8204792a05e3) XXVII. PATRONA INOLVIDABLE (#u790f44cd-0076-5b9d-9dba-e9dbece489dc) XXVIII. DÍA DE AUTOS O BOJIGANGAS AL BORDE DEL ABISMO (#u782e7586-f66e-57a4-933c-c4a703950926) XXIX. REVOLVERSE ES EVOLUCIONAR (#u5c280026-00ff-5cbb-ac8e-f1adcd8683a4) XXX. (MÁS) ALARIDOS EN EL VACÍO (#u96486f61-0497-5684-a5c4-4b1876ab3967) Tercera parte (#u9d8cc184-4629-5bfe-9aba-109ada73fb68) XXXI. LOS VIEJOS VICIOS (#u0e73d615-4f32-5b2f-ac34-3f3ef869128f) XXXII. OPERACIÓN RASTRO DEL AMANECER (#ueb34e9db-1ecc-584f-9dd2-a6495e0072c9) XXXIII. AGITACIÓN, VIENTO Y FUEGO (#uec6587f5-024d-55cc-b82c-e682307c20eb) XXXIV. UN SUEÑO QUE VUELA A OTRO. LUCHAR Y PERDER (#u21d55bdf-c011-5e81-b770-2a88b82d1e4c) XXXV. DEJA QUE LAS ESTRELLAS NOS GUÍEN (#u0a60c58f-22a4-583b-9292-0756fa989d92) XXXVI. PROYECTO ESCARMIENTO (#u6a72a2b0-c325-5eb4-b333-fcfb254aed9d) XXXVII. JEKILL Y HYDE. SALVA O EFRÉN (#u87751507-c639-57ac-8948-7548f4348dba) XXXVIII. ESENCIA DEL DEBER O LA PIRÁMIDE INVERTIDA (#ue6c4ef82-ce13-552e-89e6-7d164b4703cf) Cuarta parte (#u6b09887d-b9a2-5d14-a3c8-e275ef8f6bfc) XXXIX. POPPER Y VELOCIDAD. LA OTRA CARA DE LA MONEDA (#u3dc5c47f-29f6-591b-ae5d-78ffb1eec7be) XL. VIVA LA AMISTAD (#uaecfbe3a-6ce3-5f6e-a23e-75f6a732aa72) XLI. EL ARTE COMO JUSTIFICACIÓN (#u1186578d-a37c-592b-ad73-2c5a5c3edfe0) XLII. FUROR BENEMÉRITO (#uebb0b655-4851-5dd9-8043-6901853f0c0f) XLIII. EL ESTRIBILLO DE LOS APRENDICES DE CAUDILLOS (#u0ef798e2-5a67-5677-8939-c9ec6586a1de) XLIV. ELEGIDO UNO DE LA PANDILLA. LUCHAR O PERDER (#u9bc94a6d-4b20-55c5-9c3d-281c407923f0) XLV. PARADA DE DINOSAURIOS (#u83757dc2-2fff-5aa7-8204-b3dc60897724) XLVI. UN PASEO POR EL AEROPUERTO Y OTRO POR EL CAMPO (#ua84a2350-349e-50ff-9975-902475d69b4a) XLVII. DESCARTADO POR AMOR (#ua964ba0f-b70f-5bdd-b749-462ca4796804) XLVIII. LA LLAMADA DE LA PRINCESA O VIVIR Y MORIR EN LA LUCHA (#udc2f31b0-57d7-52d9-a097-27a2ab2699ab) XLIX. UN COMBATE MUY IGUALADO Y UN REFRÁN (#u74ee4ed0-7872-5a16-a38f-5b2d7333ee0e) L. APALEADO, ENCARTADO Y DESVALIJADO: HACIA LA COMPRENSIÓN TOTAL (#ube0a907f-0c79-598f-a164-a56469f11f34) LI. EL IMPERDONABLE PECADO DEL EXCESO DE PIEDAD (#uda46054c-f2e7-5485-9e3f-6ab709f10a30) LII. POR FIN EL TÍTULO DE LA CANCIÓN (#u50eacd4a-86ba-589e-aa3a-5cb7b326780f) Quinta parte (#u801a163d-da27-5a7d-acb7-e15ce26b94f9) LIII. AUTOPISTA AL INFIERNO (#uf425f3e3-7e05-54b9-b496-1bb2fdd4e2c7) LIV. DEL DONOSO ESCRUTINIO SOBRE UNA LIBRERÍA Y OTRAS RECRIMINACIONES (#u94ec8298-26ea-5205-aea7-82746913f7f7) LV. RITMO REVOLUCIONARIO (#ue4ef7bcb-d383-5ab1-8856-9fdd29c3c1de) LVI. EL PERNICIOSO EFECTO DE LA POESÍA (#u95fe0ea5-ba6e-50a1-9c02-5b8127966943) LVII. CAÑA (#ufd8520c1-634a-5c65-84c0-964d53dfc271) LVIII. MÁS CAÑA O JO TA KE. FUROR Y FUEGO (#ucf13a0bb-88e7-5014-bb41-ef6513fc2dbe) LIX. EPÍSTOLA A LOS ROMANOS (#u4654b91f-a294-5261-b4f0-a7c1f079b2b7) LX. EL EXTRAÑO PODER DE LA PALABRA VISTA (#u3caee32d-a94f-556b-aa4e-763826ad97ad) LXI. FUEGO PURIFICADOR I (#u69b126f7-6b51-54b3-a7c5-1890ea8109da) LXII. LA SOLEDAD DEL HÉROE (#u8965499c-01de-559d-87ff-66a8168df888) LXIII. RASTREA MI SUERTE (#u1a29ac94-4e22-5026-a824-2ee0d9c38902) LXIV. GIMNASIA REVOLUCIONARIA Y OTRAS HISTORIAS DE MUCHO SABOR Y CONTUMACIA (#u238e7a68-6d01-5c04-8b14-26845e1509d7) Sexta parte (#ub620db8a-578b-52f9-af75-3919111c1851) LXV. POR HONOR (#ueec9f42f-81b4-55a6-9521-3d5cc35fd81c) Séptima parte (#u48d5ba83-a56a-525b-9e26-c021a2bb8485) LXVI. HACIA EL OCASO (#ue0c2722d-f4cc-5712-a045-b1630f83fa3b) LXVII. UNA VOZ SIN ALMA (#ub5c95f55-4773-5d3c-9a57-864394041b11) LXVIII. ÚLTIMA ESCARAMUZA. RENACER DEL FUEGO PURIFICADOR II (#u0baac6cb-b0b6-521a-b4fb-9712c4408384) LXIX. LA ARRUGA NO ES BELLA. LA REPÚBLICA SÍ (#u449abec3-d953-5a53-956d-194a06d09028) LXX. FINAL DE UNA FUENTE (Y DE OTRAS COSAS) (#ude646999-25e5-597a-be4b-c12dc07a5b91) Epílogo (#u3302aafa-a815-56e8-a604-a0319eb1fe4c) THE GAME IS OVER. IS THE GAME OVER? (#u48ca14eb-e949-5dda-9573-c5266b1976cc) Primera parte Aquí la más principal hazaña es obedecer y el modo cómo ha de ser es ni pedir ni rehusar. ... fama, honor y vida son caudal de pobres soldados; que en buena o mala fortuna la milicia no es más que una religión de hombres honrados. P. Calderón de la Barca I. EL SUEÑO 1 Cuándo llegará el día. Dejaba caer sus fatigados brazos pendiendo de las argollas, para, de inmediato, en un esfuerzo límite, apurar todas las repeticiones. Una y otra vez. Sabía que sólo así lo estaría haciendo bien y el entretenimiento —ya no tanto el entrenamiento— valdría la pena. Mantenía la sublime idea de que las cosas que se empiezan deben concluirse, al menos hasta agotar todas sus posibilidades. Y machacarse como lo hacía en sus ratos libres, exigía no desfallecer mientras tuviera aliento o pundonor. Acabada la serie, se dejó caer exhausto y satisfecho. Descansaría un minuto. Como la pausa la hacía activa, se puso a dar vueltas por la larga pieza enrasillada que era la cámara de la casa. Pero sobre todo porque no podía dejar de pensar en lo que de verdad le obsesionaba. ¡Cuándo llegará el día! Iba y venía agitando los brazos, procurando mantener la temperatura corporal. Excepto la rodilla, que le dolía con un tañido agudo y pulsante (una herida muy querida, a pesar de todo), se sentía en plena forma. El deporte era toda su distracción. Apenas si le apetecía salir por ahí, aunque fuera sábado por la tarde. Tenía en mente un sólo deseo; uno cuyo pensamiento le llenaba el día y la noche, desde hacía días, semanas, meses. Suspirado con los cinco sentidos. Cuándo llegará… De soslayo al reloj —un orondo despertador de manecillas onduladas, coronado por dos campanas tan grandes como la propia esfera—, controlaba el tiempo; la flecha del segundero volaba. El exótico reloj era parte de su particular gimnasio, que, entre alpacas de paja, se componía, además, de una vieja radio en la que a menudo rastrea el dial en busca de música alentadora —o sea, rock—, de un par de mancuernas, un tensor de gomas, una barra de torsión, y las anillas: dos argollas forradas con esparadrapo que cuelgan paralelas de una traviesa del techo. Aún oscilaban éstas cuando, de una ojeada al artefacto Made in Taiwan, advirtió que el minuto de reposo expiraba. Antes de volverse a colgar, dio volumen a la emisora, por la que bufaba una guitarra acústica con mucho ruido de fondo: el único punto de la FM que a esas horas emitía rock; la mejor música para entrenarse. A la cuarta flexión de bíceps oyó a su madre que lo llamaba desde la planta baja. Le requería de un modo acuciante, jovial. Terminó la serie y, soltándose con un impulso extenuado, bajó los escalones más bien complacido por tener una excusa válida que le indultara de repetir aquella sesión infernal. En la puerta de la calle su madre conversaba con alguien. A medida que se acercaba, reconoció las voces. El corazón se le disparó como si acabara de completar una serie de cien repeticiones, preguntándose cuál sería el mensaje. ¿Llegó el día? Aceleró el paso, y cuando los tuvo de frente ni siquiera les saludó: mudo de ansiedad, sólo quería oír la respuesta definitiva que Cristóbal y Raimundo, los dos conocidos guardias civiles que tanto le habían alentado para que se convirtiera en un nuevo compañero cada vez que se lo encontraban corriendo y haciendo flexiones por el campo, venían a traerle. Por sus graves expresiones, no supo qué colegir. —¡Felicidades, Salva, que lo has conseguido! —exclamó de súbito el guardia Cristóbal, al tiempo que le tendía la mano en ademán de enérgica y cordial congratulación. Salva se sintió levitar. Permaneció un instante suspendido de gozo y de incredulidad, y luego alargó la mano con reserva, resistiéndose a reventar. —Pásate por el cuartel y le firmas al cabo comandante de Puesto la notificación oficial de tu incorporación a la Academia de Guardias de la Guardia Civil —informó el guardia Raimundo—. ¡Que ya casi eres del Cuerpo, hombre! —agregó, y Salva ya no pudo aguantar más. Dio un salto y un grito. Sin saber qué decir ni cómo comportarse, recorrió el trío, abrazándose convulso de júbilo a su madre, a los gratos visitantes de uniforme, su madre, los visitantes y… Tenía que ir al cuartel. Con un rápido adiós entró a la casa y al poco tornó a la calle, por el portón, arrastrando una bici desnuda, la bici con la que había pulido sus entrenamientos para ser guardia civil. Blandió el puño, eufórico, en respuesta a las reiteradas felicitaciones de los virtuales compañeros, y salió de estampía, echando chispas, de felicidad. Parecía mentira. Se iría a vivir a un sueño, a su sueño. Se había preparado con perseverancia insomne y por fin su empeño y su ambición fructificaban. Durante meses había hollado caminos, unas veces polvorientos, otras esquivando lagunajos, impasible a la meteorología o la altura del sol, empeñado en superar las pruebas físicas de acceso más allá de los mínimos exigibles. Había saltado toda clase de vallas porque erróneamente creyó que una de las pruebas era el salto de altura y en su rodilla perduraban las consecuencias del arrebato unido a la falta de técnica. Pero eso fue al principio. Porfió y no tardó en pasar por encima de ciento cuarenta centímetros, infalible e incólume. Luego resultó que tal prueba no figuraba en las oposiciones. Quiso asegurarse y nunca dejó nada al azar. De igual modo se condujo con los temarios de preparación, de los que supo su contenido con tanta precisión que tuvo que complementarse con otros mejor desarrollados. Y ahora su recompensa. Un desiderátum visto como una luz remota al fondo de un largo y negro túnel. Iba a la luz. ¿Y si fuera un error? Aquella inopinada y violenta conjetura le sobrecogió de tal manera que dejó de pedalear. Cuántas horas imaginando aquella noticia… ¡Para que se tratara de una errata o una equivocación! Se inclinó sobre el manillar de la esquelética bicicleta e imprimió a sus piernas un pedaleo frenético, impaciente, apasionado, ¡brrrrrrrrr!, hacia el objetivo, del que ya distinguía las desconchaduras del vetusto caserón que servía de cuartel de la Guardia Civil. Al llegar, se arrojó en marcha; la bici prosiguió unos metros en difícil equilibrio, perdió velocidad, se bamboleó como un borracho y se acostó en el suelo sin estrépito, en tanto su propietario transponía la entrada, por encima de la cual un cartel de madera, repintada con los colores nacionales, rezaba: TODO POR LA PATRIA. Debían de tener más de 100 años, el cartel y el edificio. Le recibió el guardia de servicio en la puerta, quien, al reconocerle, se apresuró a felicitarlo. Al oírlos salió el cabo de la oficina. Se trataba de un hombre joven, no gordo pero de recia apariencia, de amplio pecho y brazos musculosos. Sus grandes y redondos ojos le daban un aspecto de bonachón y buena persona. Nada que ver con lo que Salva había escuchado acerca de aquel guardia civil por parte de otros individuos que se lo habían cruzado; desde luego por razones muy distintas a las que a él lo conducían en aquel momento. —¡Enhorabuena, chavalote! —le saludó con un entusiástico apretón de manos. —Gracias, cabo —acertó Salva a responder. —Qué coño, cabo: llámame Rafa. Ya te hartarás de decir cabo y sargento y teniente, y a lo mejor teniente coronel. Nunca se sabe dónde puede uno acabar. Depende de lo que te dejes dar. Pero eso es otra historia. Al fin puedes respirar tranquilo, ¿eh?; después de esas carreras y esos saltos campestres. (¿dar?) —Sí, al fin —exhaló Salva—. No habrá ninguna duda… Que se hayan equivocado o algo así… —Por supuesto que no —risoteó el cabo al fijarse en el semblante de Salva, revuelto de angustia y beatitud. Penetró en el cuartucho que era la oficina y volvió con un Boletín Oficial del Cuerpo del que sobresalía un folio; tiró de éste y leyó—: «Se remite relación personal esa Zona que ha sido seleccionado para realizar fase de presente en la Academia de Guardias de la Guardia Civil». Aquí estás —le señaló con su rechoncho dedo un nombre tachado de amarillo fosforescente en mitad de un listado de más nombres. Salva acarició el papel. Lo leyó; y lo releyó. No había error alguno. Era el suyo, joder. —¡Lo conseguí! —gritó, estirando los brazos por encima de la cabeza, bajándolos y volviéndolos a subir, bajándolos y volviéndolos a subir… Impregnó de hilaridad a los dos guardias civiles que le contemplaban y a intervalos apretaba los puños en tanto que recibía consejos que, por lo visto, le serían muy importantes en el futuro dentro de la Institución… Pero él sólo sentía el calado del tricornio. El cabo Rafa le entregó una copia de la notificación, la cual debería presentar a su incorporación a la Academia. Salva recogió el importante papel, agarrándolo con fuerza para que nada ni nadie se lo hiciera perder: en ese salvoconducto iban ilusiones, esperanzas, sueños repetidos en sueños, noches sin dormir. Sus inconmensurables, fervientes anhelos por ser guardia civil. Se marchó corriendo y cuando se había alejado como un kilómetro, ya metido en el pueblo, echó en falta la bicicleta. Volvió por ella, zanqueando, dando brincos, regocijado y efusivo con todo perro y gato. Y es que el día de la gran noticia, había llegado. ¡Brrrrrrr! II. DIANA: EL CORREDOR EN SU LABERINTO 1 La voz, aunque hosca y excesiva, pareció retumbar únicamente en el sueño. Pero no. Al momento se repitió verídica y exasperante para todo bicho durmiente, al tiempo que los fluorescentes lapados al techo parpadeaban anegando de luz blanca y dura la inmensa nave en la que se ordenaban cien literas con doscientas camas y otras tantas taquillas de chapa. Por cada dos camaretas —compartimentos de cuatro taquillas enfrentadas dos a dos— había altos ventanales, cuyas viejas maderas alabeadas sostenían vidrios arcaicos y polvorientos, muchos de ellos remendados por burdas piezas de cartón, a través de cuyos secretos intersticios penetraba el aire del invierno frío de la serranía, sajando los rostros de los infortunados de la cuarta Compañía. Salva era uno. Ocupante de una cama superior, venía a yacer cada noche en la perpendicular de un juego de rendijas misteriosas, que por más que había pegado o tapizado con celofán no lograba eximirse por completo de la gélida y regular caricia desde que llegara dos meses atrás. —¡Compañía, Diana! —volvió a gritar el cuartelero con desesperada vehemencia y cierta inflexión de histerismo, un canario de cuerdas vocales aterciopeladas; demasiado para lo que los mandos de la Academia esperaban de un guardia civil integral. De un salto aterrizó Salva. Con presteza, casi con impaciencia, empezó a cambiarse de ropa: el pantalón del pijama por el de los grandes bolsillos de faena, los pies adentro de las botas de hebillas, al hombro la toalla… Tan eficaz alacridad fatigaba al ocupante inferior de la litera. Como éste conocía el siguiente paso con que sería importunado, impetró con voz pastosa: —Deja la cama para luego, ¿vale? Y como si Salva no hubiera oído nada, se encaramó a la cencha y con un ritmo de hierros dislocados atacó su catre. La litera entera traqueteaba como un andamio mal ensamblado. Y es que tenía bien aprendida la lección: nada de remolonear o el instructor de turno tomaría nota de los rezagados para llevarlos al parte de Arrestados. Y él nunca había sido fichado por tardón. No así su vecino de abajo. —Despega la oreja, Malagueño, que es la hora. Pero el otro no le respondió; continuó hecho un gurruño amodorrado, en tanto que Salva hacía su cama, esmerándose en no dejar arrugas debajo de las mantas y éstas extendidas —perfectamente extendidas. De la otra litera de la camareta, talmente que zombis, se erguían el Cántabro, que plantaba pies en el suelo, y el Gallego, que dejaba colgar sus largas piernas, sin que ninguno se decidiera a más. —¡Vamos, fuera! —Les apremió, y zarandeando barrotes contra el insensato remolón, que ni se removía—: Si te pilla el Instructor, acabarás en el Parte, y no podrás salir este fin de semana. —Cómo Diana —gruñó el afectado—. Si apenas hace un rato que nos hemos acostado. ¿No tendrá el turuta el reloj chungo? Avísame si viene el Instructor. Y no pares, que me estás poniendo cachondo. —Que te den —replicó Salva—. Me largo que no pillo lavabo —agarró su neceser y se alejó deslizándose con las botas sin abrochar, adelantándose ágil por entre siluetas entumecidas. El cuartelero bramó —ahora sí— histérico: —¡COMPAÑÍA, EL SARGENTO! Un instantáneo ajetreo se elevó por toda la nave. Los todavía aletargados botaron a los dos pasillos medulares, impunemente acusados por los chirridos de sus respectivos catres militares. Entrando en los aseos, Salva se vio alcanzado por el Malagueño. —Entre lo del fin de semana y la llegada del sargento, me habéis convencido —farfulló consternado, arrastrando las chanclas y también los párpados, con las perneras del pijama enrolladas a la altura de las rodillas. Era viernes. El día más importante en que uno debía proteger el número de su chapa, una placa que prendida al pecho identificaba al portador sin necesidad de abrir la boca. Sólo los fines de semana estaba permitido abandonar la Academia. Acontecimiento imperdonable para el Malagueño. —Saldrás mañana, ¿no, pisha? —le sondeó, afeitándose con ojos entornados. —Depende de cuándo pongan el examen —objetó Salva. —Bah, no seas pringao —protestó el Malagueño, dejando caer una legañosa mirada de soslayo—. Marino dice que está listo y Piñeiro también se apunta. Ya sabes que mi tía nos presta su casa para que nos podamos quitar el uniforme y rular de paisano. De puta madre, pisha. —Conque Marino… Otro que está bien jodido de puntos. Más os valdría a los dos quedaros a estudiar. Y en cuanto a lo de cambiarse de ropa, ya sabéis que eso no me gusta. —La cabronada de anoche exige venganza —apoyó Marino dos lavabos a la izquierda. —¡Lo ves! —le incitó el Malagueño—. El Cántabro está de acuerdo. Anda, pisha, dile al manchego algo filosófico para que se convenza. —Los fines de semana son para desintoxicarse —respondió Marino, con un aplomo que el Malagueño tomó por mera sátira; de ahí que lo buscara para celebrarlo chocándose las palmas de las manos. —Muy agudo, pisha, muy agudo. Salva se echó el agua helada a la cara, que, abotargada y con grandes ojeras, no difería mucho de la de sus compañeros, ni tampoco de las del resto de alumnos: daban cuenta de no haber dormido un mínimo de horas. Esa noche se habían acostado mucho más tarde de lo habitual. Todo por culpa de un quídam anónimo que después del toque de Silencio y amparado en la oscuridad, berreó con pronunciación sicalíptica que si alguno quería hablar con la novia, él tenía «línea». Alguien le respondió con un sonoro pedo. De inmediato, el alcohol pimplado en la cantina durante las horas libres de la tarde desató innúmeras lenguas en una sarta de baladronadas porno-jocosas, que indefectiblemente llamó la atención del oficial de guardia. No dieron la cara los alborotadores y la cuarta Compañía en pleno formó en el patio de Armas… Hasta que el reloj de la explanada marcó la una y media y el teniente consideró expiado el quebrantamiento de las normas de régimen interno. Muchos rajaban ahora con los más diversos títulos despectivos. Menos Salva. Él era así. Salva creía en sus mandos, en la disciplina, en los Reglamentos. En la Guardia Civil como Institución sin hipocresía. —Tenía razón —se ratificó, de vuelta a la camareta—. Debieron dar la cara. El Malagueño, doblado dentro de su taquilla, refunfuñaba porque no encontraba el pantalón de faena en aquella leonera. —Tú estás chalado —le replicó sin mirarle, interrumpiéndose un instante para atornillarse a diestro y siniestro el índice sobre la sien, y a continuación soltó un grito de triunfo porque había dado con la prenda. Salva se abrochó las relucientes botas —las cuales semejaban moldes empavonados—, se ajustó el cinturón, camisa, guerrera, se encajó el gorro cuartelero; todo ello con una celeridad que en sus primeros días como novicio le hubiera parecido imposible. Repasó en torno de sí por última vez: el interior de la taquilla en orden; por el suelo nada de papeles u objetos extraños; y él, afeitado y cabalmente uniformado. Y, por último, acorde con su fe en el régimen, repasó la geometría de su cama: que el embozo de la sábana discurriera paralelo y tirante a la almohada, que la colcha estuviera bien remetida, que el escudo amarillo del Cuerpo cayera con exactitud equidistante en el centro… No sólo quedaba bien hecha, sino que cualquier protuberancia parecida a una arruga —mucho menos una real y notoria— era indetectable por inexistente. Y es que en el caso de la cama no muy bien hecha, sería motivo más que probable de verse reflejado en el Parte de Arrestos del día siguiente, por Falta de policía en el material adjudicado. Quizá 0,10 o 0,20 puntos de penalización. Un descuento leve para una falta leve. Por cada 0,10 un día de arresto. Lo que significaba que las escasas horas libres había que pasarlas en las aulas de estudio. El desastre sucedía si a uno le tomaban el número a las puertas del fin de semana. Para Salva lo preocupante no era el arresto en sí, sino la reducción que le supondría en su nota media final. Sus miras estaban puestas en un destino que le seducía y desvelaba, un destino en una comandancia la cual solía tener siempre demasiados peticionarios. Una puntuación alta resultaba, por lo tanto, imprescindible. Por el momento no había sido fichado por ninguna falta. De los 10 puntos iniciales del baremo los conservaba todos. Eso le llenaba de una profunda satisfacción, que no se atrevía a declarar; primero porque aún faltaba mucho para terminar el curso, y en segundo lugar porque los «vírgenes de coeficiente» no estaban bien vistos. Llegar a un descuento de seis puntos implicaba que el caso sería estudiado por la Junta de Profesores; es decir: repetición del curso o la expulsión de la Academia. En su imaginación no cabían tales posibilidades: él creía en el sistema, lo respetaba, lo enaltecía. Lo gozaba. —Daos prisa —les acuciaba—. Que el teniente ya debe de andar por las aulas. —Tranquilo, asfixiado —replicó el Malagueño. Marino empezaba a hacer la cama. Salva y el Gallego salieron a la carrera: la única forma de llegar con puntualidad a la quinta planta del edificio al otro lado del patio de Armas, donde tendrían la primera clase del día: media hora de estudio antes de la de Gimnasia. Pasadas las seis treinta, el incauto que no hubiera hecho su comparecencia delante del oficial encargado de recoger los partes de Novedades, tendría muy difícil no aparecer en la próxima edición de arrestados. Él nunca permitiría que ese fuera su caso. Matizados por las farolas moribundas, la premura y el sueño, los alumnos cruzaban la explanada en silenciosa y turbia agitación. Llegó, para no variar, de los primeros. Tras un vistazo al tablón de anuncios, se puso en la cola para ser revistado: lo ordenado antes de entrar al aula. Lo ordenado que para él era sagrado. Flemático, escrupuloso, puntual y estrábico, apareció el teniente Yuste. Ordenó que fueran pasando bajo su ubicua y escudriñadora mirada. El Malagueño le apodaba el «bizco bebes». Marino sencillamente le desestimaba sin aspavientos. A través de las grandes ventanas, la noche persistía, quebradiza… En uno de sus confines despuntaban trazos lívidos. Sólo faltaban ellos dos. Quien más le preocupaba era Marino. Un día más el número de su chapa se reproduciría en el temible Parte. De los diez puntos del coeficiente, había —o le habían— agotado tres. Demasiado para transitarse por la cuarta parte de un curso académico cargado de pretensiones y minuciosidades inapelables. El teniente Yuste, meticuloso hasta la intimidación, no perdonaría. —Su uniformidad es incorrecta: lleva el chándal debajo de la guerrera —paró en seco al alumno que le precedía. No le permitió excusarse; echó mano al bolsillo de su guerrera y extrajo un bolígrafo verde botella, cuya áurea pinza tenía la forma de un hacha y una espada cruzadas en aspa. Le anotó el número y se dedicó al siguiente. Y el corredor que continuaba despejado. Escuchó adelante y prosiguió con paso indemne a sentarse en la mesa que compartía con Marino al fondo del aula. El oficial entró a recoger el parte de Novedades del alumno jefe de Clase, un tipo rechoncho y formal que en la mili había sido cabo 1º de las COE. Por esa razón y porque era el de mayor edad, había recibido el peliagudo y desamparado cargo. Una responsabilidad que al principio le halagó y de la que al poco habría abjurado si se lo hubieran permitido: ejercer la autoridad sobre sus propios compañeros, bajo la amenaza de aparecer él mismo en el Parte si no ataba corto, debía de resultarle una servidumbre cruel y pérfida; especialmente durante las horas de estudio y con cierta clase de gente alborotadora y descarada, como el Malagueño. El oficial estaba a punto de anotar las ausencias, cuando dos golpes secos en la hoja metida en el aula giró todas las cabezas hacia la entrada. Era Marino. —¿Y tú de dónde vienes? —inquirió el teniente. —De la Compañía. El teniente miró su reloj. Salva también el suyo. Pasaban catorce segundos de la hora en punto. Catorce segundos o catorce horas, para aquel oficial lo mismo daba. Salva lo veía rodar rápido hacia la expulsión. Y no se lo merecía. Marino era un tío noble, buen compañero y, a pesar de todo, pertrechado de una personalidad y una inteligencia superior a la de la mayoría de los compañeros que componían aquel Batallón de futuros guardias civiles. Tal como preveía, el superior dijo: —Llega tarde. Deme su número. Marino se lo dio; pero el oficial no pudo entenderlo: el retumbe de pasos atropellados del Malagueño se lo impidió. El teniente se quedó atónito. —¡Otro! —exclamó; y al instante y con sarcástica pesadumbre—: Bueno, qué le vamos a hacer. Dígame su número. En vez de eso, el Malagueño, enhiesto como un blandón al lado de Marino, cuyo firmes estricto contrastaba casi con impertinencia, profirió con acento campanudo: —¡A sus órdenes, mi teniente! Permítame decirle que por un principio de cólico, me encuentro indispuesto. El oficial le clavó su ojo peregrino. —Conque «indispuesto», ¿eh? —repitió con dejo de ironía y decidido viaje de la mano al boli benemérito—. Pues en principio te voy a recetar 0,20 por llegar tarde a un acto académico. Se oyeron risas por lo bajini. El Malagueño no había dicho su última palabra. —Mi teniente, es que la cena me sentó muy mal anoche. No obstante lo anterior, he venido a clase… El teniente le interrumpió: —Cállate o te meto medio punto por Réplicas desatentas a un superior —se expresó en tono hosco, pero de tuteo—, y este fin de semana te lo pasas arrestado, y encima me lo agradeces porque te ahorro mil duros. —Lo repasó con un barrido lento y dispar, y añadió—: Sus zapatos no tienen brillo de betún. Aquello se complicaba; de pronto, había dejado de tutearle. El Malagueño tenía en juego la ansiada fuga del sábado, y presumiblemente la del domingo. Levantó el mentón con gravedad calculada y declamó, muy serio: —Es que les han caído agua y al limpiarlos se han vuelto mate. El oficial apuntó el bolígrafo a los dos estáticos alumnos, y dijo: —A uno 0,20 por llegar tarde, y a ti —se suponía que miraba al Malagueño—, te voy a recetar 0,20 para curarte el achaque, y 0,10 por ese mate-agua que usas. En total son… La clase entera rio con breve descaro. —¡Silencio! —gritó el oficial, desistiendo de la anotación—. Es hora de estudio. Pasad y no me toquéis los «bebes» tan temprano. —¡A la orden, mi teniente! —estalló el Malagueño, cuadrándose histriónica y contundentemente. El teniente asintió con expresión adusta y complacida, y se marchó. El Malagueño y Marino ocuparon sus sillas; el primero delante de Salva y el segundo a su lado. Salva aprovechó para reconvenir a uno y a otro. Pero sobre todo a Marino. —Podías darte más prisa. Esta vez te has librado por la labia del Malagueño. Te recuerdo que vas muy mal de puntos. Marino arrugó la frente en un gesto entre pesaroso y despectivo. —La puta cama tiene la culpa —maldijo. —Es verdad —se giró el Malagueño—. No hay modo de que quede hecha como a estos cabrones les gusta. Lo importante es que, con un poco de suerte, mañana nos largamos. —Yo no pienso salir —manifestó Salva, en voz baja. —No jodas, tío —se cabreó Marino—. Si ya han pasado los exámenes. —Vosotros no habéis visto el tablón de anuncios, claro. —¿Qué pasa con el tablón? —preguntó Marino, con fastidio, como si esperara oír un argumento absurdo. —Que el lunes hay examen de las Reales Ordenanzas. —¡Otra vez! —Se alarmó el Malagueño sin moderación—. Pero qué manía con los artículos. —Lo siento, pero no puedo confiarme —adujo Salva en susurros, percatado de las severas miradas del jefe de Clase al trío cuchicheante—. Yo necesito sacar un buen número de promoción y así poder elegir el destino que quiero. —Lo dicho: eres un asfixiado —se ratificó el Malagueño, escurriéndose en la silla, a fin de eclipsarse del jefe de Clase y de la siempre imprevisible entrada de los Instructores que desde el pasillo vigilaban el silencio de las horas de estudio. Marino estuvo de acuerdo y pasó a largar: —Mi tío dice que sin padrino no tienes nada que hacer aquí. Te advierto que yo tengo enchufe. La mujer de otro pariente es sirvienta de un general del Cuerpo y me ha prometido un destino chollo. Seguro que será mejor que el tuyo con tanto estudiar. —Si es que sales —replicó Salva, corrosivo—. Además, eso sí que no me lo creo —añadió, herido de lleno en su devoción—. Me parece que te has buscado un consuelo bastante pobre. ¿Qué dice al artículo 47 del Reglamento para el Servicio? —Ni idea. Pero como sé que estás deseando, suéltalo. Musitando, Salva le recordó: —«Se prohíbe a todo individuo del Cuerpo el uso de recomendaciones —Marino comenzó a oscilar la cabeza con burla—, para lograr la resolución favorable de sus peticiones oficiales… —Vamos a contar mentiras, tralarí —canturreaba Marino. —»… lo contrario implica una provocación a la Justicia. —Vamos a contar mentiras, tralará… Salva, no obstante, terminó de recitar: —»… El que tal intente, será severamente castigado». —Este tío se lo estudia todo —masculló el Malagueño, asombrado, descaradamente vuelto a ellos. El jefe de Clase no les quitaba ojo. Salva era el primero en no tolerar semejante falta, pero en discusiones de ese tipo no podía evitar entrar al trapo y tratar de rebatirlas. Tampoco Marino, quien desplegaba la misma férrea certidumbre en sentido contrario: —Reliquia propagandística. Soy hijo del Cuerpo y he vivido muchos años en cuarteles. Tú no puedes saberlo. Mira a tu alrededor y piensa: alumnos incapaces de hacer la «O» con un canuto y gordos que es evidente que no han pasado las mismas pruebas físicas que tú y que yo. Un cuadro de médicos y psicólogos imparciales no los habría dejado pasar nunca: a unos por tarados y a otros por sociópatas. Algunos hasta son yonquis —Salva frunció el entrecejo. Marino se enardeció—: Pero no seas gilipollas, hombre. Tú no fumas y no tienes ni idea de cómo se lo montan esos mendas: yo los he visto esnifar mientras los demás les hacíamos corro echando un cigarro en la explanada del comedor. Y todos ellos, a poco que indagues, resulta que son hijos o sobrinos de jerarcas. De auténtica oposición, estamos tú y yo y cuatro más. Y sobre los artículos, no te líes: son un laberinto de distracción, la coartada de la vieja guardia. Si fueras capaz de leerlos con serenidad, verías dos cosas clarísimas: tiranía y feudalismo. No lo olvides: por muy malas que sean mis notas, tendré mejor destino que tú. Pero Salva no estaba dispuesto a dejarle encima y, contra su voluntad de hablar en clase, le arremetió en plan filosófico. —Confucio decía que en la vida hay que fijarse una meta lejana, y aunque nunca la alcancemos, al menos nos servirá de faro. —Ese Confucio no tiene ni idea de lo que es la Guardia Civil —refutó el Malagueño sonoramente. Aquello irritó a Salva, pero sobre todo al jefe de Clase. —¡SILENCIO! —voceó, poniéndose en pie detrás de la mesa encaramada a la tarima, la destinada a los profesores que él ocupaba en ausencia de aquéllos—. La próxima vez van al Parte los que están hablando al fondo. ¡Malagueño: date la vuelta ahora mismo o te apunto! —amenazó, o suplicó. El Malagueño se revolvió afectando sorpresa. —¿Yoooo? —Sí, tú —espetó el jefe de Clase—. Y si no te callas, en cuanto pase el primer Instructor le doy tu número. —Jefe, eres un cabrón —replicó el Malagueño en voz alta y guasona. Saltaron risas generales y el jefe de Clase simuló que le tomaba el número. Por voluntad de Salva, la charla cesó del todo y el Malagueño dejó de girarse y Marino de vilipendiar tan alegremente. Un cabo-instructor hizo una rápida y sigilosa incursión. Los alumnos respondieron con un silencio funeral, acentuado por toses y roces de páginas. El jefe de Clase no abrió la boca. Sin nadie que llevarse al Parte, regresó a su paseo vigilante por el corredor. En un cuarto de hora, la fatiga la impondría la clase de Gimnasia en el cuadrangular vasto patio de Armas. Salva lo estaba deseando; posiblemente era el segundo con tal disposición (se permitía conceder el beneficio de la duda a algún otro). Se distrajo con los cristales de las ventanas, empañados por la calefacción: allende, la alborada delineaba el flexuoso horizonte de todos los amaneceres. Al contraluz, las suaves cumbres de los cerros en lontananza se perfilaban como ondulantes masas carbonizadas… No disponía de tiempo para la lírica: clavó los codos en la mesa, se llevó las manos a las orejas y se dio a empollar las Reales Ordenanzas de las Fuerzas Armadas. Marino, por su parte, rematadamente ajeno a toda erudición militar, había sacado un cuaderno de crucigramas y rellenaba casillas, unas veces en horizontal, otras en vertical. El Malagueño coloreaba un cómic porno. Al cabo de unos minutos, Salva reparó en la impresionante quietud de su compañero de mesa. Con la cabeza apoyada sobre el brazo extendido, que arrojaba por delante del pupitre, Marino dormía con inverecunda placidez. Qué imaginación tenía el tío. Siguió memorizando. Con el rugido de la corneta en el corredor, se alzó un ajetreo de estampida. Marino, que había sido despertado por Salva un segundo antes, le siguió con farfulladas imprecaciones contra el instrumento supuestamente musical. De nuevo en infernal carrera. A las camaretas, cambiarse, meterse en el chándal, correr a formación… Salva más deprisa que ninguno, con ilusión salvaje remontando el agobio vertiginoso. Si en las horas de estudio apenas se permitía entregarse a la distracción —excepto que Marino le diera por contarle batallitas—, tampoco lo haría en las de gimnasia, una de sus grandes aficiones. Se enfundó el chándal azul, reorganizó la taquilla, revisó su cama y su parte de suelo; de hecho, el de la camareta entera: Marino nunca doblaba el espinazo y lo más que hacía con respecto a su lado era darle una patada, así viera un fajo de billetes. Agarró el cetme y desfiló con prisa y sin pausa; sólo se ralentizó para reconvenir al Malagueño. —Eh, tú, cachazas. Aún tienes que cambiarte y te queda un minuto para formar, y ya sabes que a los últimos les suelen tomar el número. El Malagueño exageró una mirada de reojo. —Hoy no. Tengo un plan. —Sí, ya sé: ir al Botiquín —dijo Salva, caminando de espaldas—. Pero recuerda que no te has apuntado en la lista del jefe de Clase, y hoy está el subteniente, el que te quitó 0,40 por simular tos. El Malagueño se clavó, pensativo: asomar sin genuina tos por el Botiquín y toparse con el ladino del subteniente médico, sería tanto como afiliarse al listín de arrestos diarios. Adiós fin de semana. Se llevó las manos a la cabeza y se arrancó a contracorriente. Salva lo vio chocarse contra todo y todos. —¡Y que no se te olvide el cetme! —le recordó a gritos. Encaró su ruta y echó a correr. Arañado por el viento helado de la madrugada, que despejaba caras modorras y apenas el cielo tiznado, Salva ocupó su sitio en la formación, rodeado de bostezos, toses y tiritonas. En pleno recuento, llegaron Marino y el Malagueño, alocados, a medio vestir, el rostro rojo como chivatos de temperatura. —Qué, calentando —tiró Salva. —Muy gracioso —jadeó Marino, sin aliento, poniéndose la chaquetilla del chándal, que había traído en la mano. El Malagueño ni respirar podía. Se arrastró hasta su sitio, en la cola de la Sección, con los cordones de las zapatillas a medio atar mientras estallaba una orden de firmes seco, lejano e inexcusable. Comoquiera que el zapateo del entero Batallón sonara con un estrépito apocado y asíncrono, algo así como un redoble de tambor hecho por un principiante extenuado, el profesor de Educación Física, el teniente Garrido, un oficial bisoño y puntilloso para el que Marino tenía un abstruso y despectivo alias, ordenó que se repitiera. —Ya empieza a dar la nota el Millanito Astray de los cojones —rezongó Marino. Salva no opinó, pero otros alumnos sí añadieron comentarios de apoyo y de irritación. —¡¡Muy mal, muy mal!! —voceaba el oficial detrás de un megáfono—. En descanso otra vez. —Verás la que nos da, verás —gruñía Marino. Y Salva exasperado con aquel infatigable contumaz y el grupito que le hacía de comparsa. Curiosamente, al que no escuchaba rajar era al Malagueño. Lo captó de soslayo. Indistinto por mor del alba todavía tímida, se debatía a la pata coja por atarse con disimulo —rodilla al pecho— las deportivas. De pronto se le cayó el cetme al suelo y las risas precedieron a la aparición de varios Instructores, llegados como moscas. —¿Quién ha sido? ¡Número, número! El Malagueño trató de decir algo, pero el cabo le mandó callar. —¡¿ESTÁIS DORMIDOS?!… —se encrespaba el profesor. Las circundantes luces de vatios tasados del patio de Armas incitaban a ello y no a taconear precisamente. Fue a la undécima cuando le debió de parecer militarmente correcto, porque cambió el firmes por marcha. El Malagueño se deslizó entre Salva y Marino. —¿Es que quieres que te tomen el número otra vez o qué? —le recriminó en voz baja, pese al in crescendo zumbido general. —¡Puta mala suerte! —maldijo el otro—. Le comeré el tarro y le haré que me lo quite. —Y para librarse de dar otras explicaciones más explícitas, recurrió a Marino—: Hay qué ver cómo le gusta dar la nota al lechuguino este, ¿eh? —Está claro que bastante mejor que la clase de gimnasia —apoyó Marino. —Pues, hombre, no estábamos muy finos que digamos —contradijo Salva, si bien estaba de acuerdo con su amigo en lo de las escasas cualidades como profesor de educación física del oficial; pero se negaba a reconocérselo por que no se le envaneciera. —¡Tú eres tonto! —replicó Marino con menos miramientos—. No ves que lleva tres días con pasado mañana fuera de su academia y que recrea sus ilusiones de caudillo con nosotros. —Si tú lo dices… —concedió Salva, sin ánimo de controversia. —Hay ganas de marcha, ¡¿eh, muchachos?! —rugió la voz hueca y carrasposa del megáfono—. Pues nada: cetme en prevengan, y ¡paso ligero! El bullicio subió de nivel una décima de segundo y luego se disipó, absorbido por un clac-clac simultáneo y trepidante. —¡Eh, pishas! —siseó el Malagueño, reclamando de nuevo la atención—. Mirad qué truco para llevar el chopo —y retiró las manos del fusil terciado a la altura de la cadera, el cual, milagrosamente, no se cayó con la prontitud que la ley de la gravedad depara a un peso de cuatro kilos y pico a un metro del suelo. Lo retomó y dijo—: ¿A que es la hostia? —¿Y cómo lo haces? —preguntó Marino con vivo interés. Salva, en cambio, sólo le movía la mera curiosidad. El Malagueño se subió con ademán triunfante la chaquetilla del chándal. En la penumbra amarillenta, Salva acertó a distinguir el ceñidor de lona sobre el cual descansaba, incrustada, la empuñadura del cetme. —Qué cerdo, el tío —le reprochó Marino—. Y lo dice ahora. —Como te lo descubran, te follan cero treinta —repuso Salva. —No; si eres un poco listo —aseguró el Malagueño, boqueando por el esfuerzo de la carrera y a pesar del ardid. —No me parece bien; las cosas hay que hacerlas como nos dicen —insistió Salva—. A eso hemos venido aquí. —¡Y una leche! Vengo por la paga, como todos. Menos tú, por lo que veo… ¡Joder! El puto lechuguino me va a matar. ¡Ya no puedo más! —y se calló, falto de aliento. —¡Un, os, un, os…! —se desgañitaba el oficial por encima de los acerbos recordatorios de unos cuantos a su más directa familia. Salva sostenía el cetme con tesón y pulso, como si alardeara de no engañar a sus Instructores. Aquel chopo representaba un sueño ganado. Además, él no necesitaba ninguna ayuda extra: lo empujaba un viento de entusiasmo que lo llevaba en volandas. Sin hielo en el pavimento, debido a una noche de moderado rigor invernal, la galopada se prolongó hasta el final de la clase de Gimnasia y al grito de ROMPAN FILAS las Compañías, estiradas en Secciones, se desbandaron como pájaros escopeteados. El orto extendía sobre los cerros trazas de un reavivado incendio descomunal. Y como de una quema, huían todos. Los últimos se ducharían con agua fría. No sería el caso de Salva. Y en esta clase de vicisitud, tampoco el de sus amigos; aunque es posible que esa mañana sí lo fuera con el Malagueño, que volaba hacia el cabo que le había cogido el número. Un día menos que comenzaba. III. DISCIPLINA Y FAJINA 1 A la mayoría de los alumnos el acatamiento de las pautas académicas les sonaba a mera tradición, un celo que fuera del cuadrilongo recinto militar no tendría repercusiones posteriores, ni tampoco que el incumplimiento de las normas de régimen interior pudiera conllevar consecuencias negativas en sus futuros como guardias civiles. Excepto Salva, seguro de todo lo contrario. Eran sus creencias y nadie le engañaba. En espera de la llegada del profesor, algunos alumnos apuraban el estudio. Otros, como el Malagueño, tenían sus propias inquietudes. —He conseguido «material» de calidad para la tarde —anunció, retorciéndose en su silla. —¿A qué te refieres? —preguntó Salva, con indiferencia. El Malagueño se volvió un instante a su pupitre y tornó con un fajo de cómics, que desplegó como una baraja sobre las mesas de Marino y Salva. En todas las portadas se apreciaban mujeres despampanantes y lascivas. —¿Qué os parece, pishas? Esta es buenísima —dijo, empujando la primera del montón. Leyó—: «Vampiresas virginales». —Y explicó—: Tienen que follar sin perder el virgo, si es que quieren vivir eternamente. Los tíos alucinan. Yo sí que voy a alucinar en las tres horas de estudio. —¡Y yo! —se apuntó Marino—. Tienes que pasármelas. —Por supuesto. Entre colegas, lo que haga falta. —Si os pillan, iréis al Parte, os quitarán puntos, y, sobre todo tú, Marino, os veréis en la cuerda floja —les recordó Salva, sin fuerzas, cansado de repetirse. —Gracias por darme ánimos, hombre. —¡En pie! —prorrumpió el jefe de Clase. El capitán Roeda entró bajo un gran tricornio, acompañado de su inseparable bastón negro coronado por una estatuilla del duque de Ahumada. «Hecha a mano y chapada en oro de seis micras», solía alardear como muestra de lo que consideraba su bienaventurada pertenencia al Cuerpo. —A sus órdenes, mi capitán. Sin novedad en la clase —participó el excabo de las COE, en férrea posición de firmes. El oficial se cambió con parsimonia el cetro de mano y, llevándose la punta de los dedos a las sienes, compuso un saludo no menos ortodoxo. —Gracias, jefe de Clase —dijo con el usual y benigno acento con el que atendía a superiores e inferiores. Acto seguido, se quitó el tricornio, que, junto con el maletín, depositó con esmero y simetría en la mesa, y recuperando su bastón, con un elegante vaivén, indicó al alumno más próximo a la puerta que la cerrara y a los demás que tomaran asiento. Subió a la tarima y se fue para la pizarra. —A ver por dónde nos sale hoy el santurrón este —le cuchicheó Marino. —Pues a mí me parece un gran oficial. —Tu problema es que sólo sabes ver con los ojos. Estuvo implicado en el 23-F de teniente, y ahí lo tienes: de capitán perdonavidas. Y tan apreciado por sus compadres que es casi un héroe. —Y tu problema es que se te dispara la imaginación —replicó Salva en susurros, atento a los números que escribía el profesor. Sin embargo, en esa cuestión Marino no andaba desencaminado. Por semejante aventura aquel oficial levantaba admiración incluso en sus superiores. El teniente coronel Jefe de Estudios hablaba de él no sin cierta fascinación por lo que llamaba «Una vida de compromiso dedicada al Cuerpo, más envidiable por cuanto ha pasado por circunstancias difíciles, incomprensibles para quienes no aman la Institución». Había algo improcedente en el paladino elogio. Pero Salva consideraba que sentar opiniones demasiado serias, a las que tan dado era su amigo, suponía una temeridad extravagante y posiblemente antirreglamentaria, pues no eran guardias profesionales y sí novatos de nula experiencia. —Mi tío Esteban me tiene al tanto: a estos o les sigues la corriente o te joden vivo —añadió Marino, con una naturalidad audible que irritó mudamente a Salva. El profesor no se dio por enterado. Por si acaso, Salva había girado la cabeza hacia las ventanas. La mañana era de una claridad turbia. En su fondo, la serranía que rodea el promontorio de la Academia se dejaba entrever velada de la misma pigmentación neblinosa que el cielo, donde el sol apenas se adivinaba. Nada que ver con sus sentimientos, por mucho que Marino insistiera. El capitán se volvió. —Estos son los artículos que deben estudiarse para mañana. Son artículos que hablan del sacrificio por la Patria. Permaneció un rato en silencio; luego adelantó el bastón y, apoyándose en él mientras descendía de la tarima, arrancó la lección, llevando en la otra mano un largo cabo de tiza que sostenía a modo de cigarrillo. —De la Patria y del Ejército. Hoy hablaremos de nuestra Patria y de nosotros: el Ejército. Aunque la mayoría de ustedes son unos desertores del arado, ya va siendo hora de que se impregnen de la gloriosa tradición que nos ampara. Pronto serán militares profesionales y, por lo tanto, deben darse cuenta de por qué somos necesarios, absolutamente necesarios —recalcó internándose por uno de los dos pasillos que resultaban del reparto de pupitres—: Pues porque tenemos que defender la Patria, ¿verdad? —derramó con dulzura eclesiástica sus palabras, y en el mismo tono—: ¿Y por qué tenemos que defender a España, nuestra Patria? Llegado al final del aula, se giró en redondo. —Ya solamente esta pregunta debe ofendernos. Es como si te preguntaran por qué tienes que defender a tu madre. Pues porque no eres un mal nacido, porque los insultos a ella dirigidos te queman las entrañas y tú y todo lo tuyo sois la misma cosa. Por eso la Patria, ¡la Patria! —alzó la voz con un temblor de cuerdas vocales—. La Patria tiene el derecho de exigirnos a todos sacrificios, desvelos y hasta la propia vida —blandió el bastón con el puño tembleque, lo asestó encima de una baldosa, que cloqueó, y plantando la otra manaza encima, trituró el cabo de tiza, uno de cuyos trozos salió expelido como una vaina por el cetme—. Hasta la propia vida —repitió, bajando los ojos al par que levantando la mano. Se contempló estupefacto la palma espolvoreada, y al advertir que la empuñadura del cetro también lo estaba, trastocó en un visaje de infinita repugnancia. Se dilató en limpiar y soplar con exquisito tesón la preciada estatuilla. Acabada la tarea, remontó a la tarima y, barriendo con una mirada afable a los alumnos, el bastón delicadamente asido con ambas manos clavado delante de sí, continuó con sosegado fervor: —Si siempre ha de existir el peligro contra la Patria, ¿será menester organizarse? Pues en todas las encrucijadas de la Historia las miradas de salvación convergen hacia encuadramientos militares. Dos ejemplos: El dos de mayo es uno. Los ejércitos de Napoleón entran traidoramente en España. Unos oficiales del Ejército Español, Ruiz, Daoíz y Velarde, haciéndose eco del sentir del pueblo, y ¡ojo!, que esto es muy importante —exigió máxima atención con un par de golpecitos del bastón a la tarima—, ya que el Ejército ha de ser quien represente las ansias del pueblo cuando éste no tiene otra forma de hacerlo; pues bien, como os decía: haciéndose eco del sentir del pueblo, lanzan su rebeldía por las calles madrileñas y escriben con su sangre sublimes gestas. ¡Mas nunca fue la valentía cualidad que faltara al soldado español! Llega la noticia a Don Andrés Torrejón, alcalde de Móstoles, quien inflado de ardor patriótico arenga a España con su proclama: «¡La Patria está en peligro! Españoles, ¡acudid a salvarla!». Y acudieron. ¡Vaya que sí! Y es que España había necesitado de su Ejército para devolver el trabajo, la paz y el honor robado a sus hogares que unos extranjeros habían profanado. Hizo una pausa, estimativa de cómo calaban sus palabras. Prosiguió con expresión conforme: —El otro ejemplo llegaría el 18 de julio del glorioso año 1936. Son los últimos años de la República: reina un cuadro desolador en todas las familias españolas: hoy cae un hermano, mañana es asesinado el padre o el esposo. La ruindad moral se apodera de los resortes del poder. La situación anárquica desborda todo límite y el pueblo sano y bueno llora lágrimas de sangre. ¡Pero aún hay un reducto que no cede! —percutió de nuevo el bastón contra la madera: un único golpe que sonó como un disparo. Los cuellos se alargaron—. ¡Es el Ejército!, reserva y relicario de las virtudes de la Patria. Y un 18 de julio… ¡Ah!, un glorioso 18 de julio, el Ejército español encuadra en su castrense disciplina a todo un pueblo que se niega a ser esclavo de mandatos extranjeros. Y riñendo duras batallas toda la juventud española, derrochando heroísmo, se desangra. Nuevamente, el Ejército salvaba a la Patria. ¡La Patria! Recuperó el aliento, y dejó en el aire una pregunta en tono reposado, no exento de emoción —o conmoción: —¿Quiénes son, en consecuencia, los enemigos del Ejército? Silencio total; por lo cual pasó a explicar: —Pues bien, sólo los que se oponen al robustecimiento de la Patria; sólo las aves de rapiña que desean que sus futuras presas sean débiles para mejor devorarlas sin temor alguno; sólo lo más bajo y despreciable de la sociedad teme la acción represiva de los tribunales de justicia. Sólo a quien piense ofender a España puede preocupar nuestra fortaleza como Ejército. No escuchéis cuando os hablen de desmilitarización y otras majaderías. Quienes lo hacen buscan desprestigiar y destruir. En las inmaculadas creencias que os enseñamos y en el nervio que se espera de vosotros están puestas nuestras esperanzas, los viejos guardias civiles que sabemos del pasado, del presente y sospechamos el futuro. Ciertamente, vivimos tiempos desdichados… El oficial jadeaba como si descansara de un inspirado discurso ante una multitud enardecida. —Sé que estoy despabilando —agregó casi sin voz— esa llamita que duerme en las honduras de vuestros espíritus apocados, donde anida la furia del soldado heroico que todos los españoles llevamos dentro y que, incluso vosotros, desertores del arado, estoy seguro, también abrigáis. En la clase flotaban caras netamente obtusas. Consultó la hora; resollaba poderosamente. —¿Qué te había dicho? —refunfuñó Marino. Salva no respondió: tenía los pelos de punta. —Bien, esta fue la clase de hoy. Ahora preguntaré los artículos de las Reales Ordenanzas para las Fuerzas Armadas. Los de la Obediencia ¿no? Veamos —caminó hasta su mesa, donde tomó un librito. —No tengo ni idea, tíos —murmuró el Malagueño, ladeando la cabeza. —Ni yo —dijo Marino, empero mirando al profesor—. Pero me sé un truco que aprendí allá por Cantabria, en la escuela. Salva levantó las cejas en señal de compasión. —¡Usted! El bastón apuntaba con precisión inmisericorde a Salva. Éste se puso en pie. —Dígame el artículo que habla de la institución militar. Salva recitó: —«El orden jerárquico castrense define en todo momento la situación relativa entre militares, en cuanto concierne a mando, obediencia y responsabilidad.» —Muy bien. ¡Muy bien recitado! —exclamó el profesor, golpeando la tarima con el bastón, ahora para celebrar la consecución de aquel alumno ideal. El capitán preguntó a varios más, y unos lo sabían mejor o peor y en general se oían sentencias de papagayos, consecuencia de frágiles memorizaciones. Cuando la corneta tocó alto, el profesor puso a Salva como ejemplo de aplicación castrense y éste enrojeció un poco de vergüenza. Pero en su fuero interno se llenó de orgullo y vanidad: otro ladrillo al castillo de sus sueños. En el breve descanso hasta la siguiente clase, Marino no dejaba de zaherirlo. Pero Salva creía saber cómo defenderse. —Ya veremos cuando yo pueda elegir destino y tú tengas que conformarte con ir a un poblacho medio abandonado. —¿Acaso no te he hablado de que tengo una tía que trabaja para un general y que…? —Como cien mil veces —le cortó—. Cállate. Me aburres con tus fantasías infantiles. —¿Infantiles? Está bien, sigue en las nubes. Bueno, y de mi truco qué me dices. —¿Qué truco? —¡Cómo que qué truco! Ya lo has visto: a ti te han sacado y a mí no. —¿Y…? —Pues que cuando no me sé los artículos… —Que es casi siempre. —Bueno, sí —concedió Marino—, quiero decir ni pajolera idea, entonces miro directamente a los ojos de este profesor, como retándole a que me pregunte. Como ya le conozco, no me saca porque quiere pillar a alguno que cree que no se lo sabe. Bueno, ¿eh? —concluyó, jactancioso. —Lo que yo digo: infantil. Tremendamente infantil. ¿Y con Parterra también piensas repetir táctica? —le arrojó a modo de pulla. El capitán Parterra. Un oficial cortado por el mismo patrón que el profesor de gimnasia: lechuguinos espigados, ensoberbecidos. Arrogantes. —Otro Millanito de mierda —lo motejó sin ambages Marino, para añadir con lúgubre exasperación—: Bah, que le den. Y es que no era para menos. De los cuatro puntos que le habían volado ya del coeficiente, tres eran obra del capitán Parterra. Las notas con ese profesor eran casi el cien por cien de los suspensos que hasta la fecha arrastraba Marino. Su actitud de muda reluctancia durante sus clases tampoco contribuía a granjearle una posible clemencia. Cumpliendo sus órdenes, los alumnos aguardaban en posición de descanso. Lo que quería decir que no debían abandonar el círculo físico que a cada uno le correspondía en la posición de firmes, al lado de las respectivas sillas. El círculo del Malagueño era del tamaño exacto del aula: iba y venía como una pelota de frontón, correteando y repartiendo collejas. En un momento en que Salva no se lo esperaba, recibió una. El Malagueño lo festejó con una carcajada y el jefe de Clase dictó sentencia: —Malagueño, al Parte. —Jefe, eres un cabrón —replicó el Malagueño y, recuperando su sitio, dejó de armar jaleo. Cinco minutos después de la hora, engominado y con el tricornio en la axila, llegó el capitán Parterra. Pasaron al firmes y el jefe de Clase se cuadró para darle novedades… —¿Esa es la forma que tiene usted de dirigirse a un superior, a estas alturas del curso? —le interrumpió el oficial. —Perdón, mi capitán… —titubeó el alumno. —Digo que repita el cómo se tienen que dar las novedades. No ha ejecutado correctamente la posición de firmes y el taconazo no lo he oído. Hágalo bien, si no le importa. El jefe de Clase pareció meditar: efectuó un movimiento de abducción con la pierna derecha, la sostuvo en el aire medio segundo y la retornó al tiempo que se estiraba como si quisiera parecer diez centímetros más alto. Pese a tanto brío, el choque de talones sonó mínimo, lastimoso. —Vaya cagada —gruñó el profesor, guardándose el estadillo—. Al menos le has puesto ganas. Siéntese. Escaló la tarima, amontonó el tricornio y el maletín encima de la silla y, hojeando una libreta, fue a sentarse al pico de la mesa. La clase entera dejó de respirar… Hasta que se escuchó el nombre del Malagueño. Y éste que se alza con voz estentórea, casi jubilosa: —¡Presente! —A la palestra. El Malagueño se dirigió al entarimado, que atacó con singular audacia; ya en alto se cuadró dando cara al profesor con un estallido de tacones (inverosímil en un calzado de goma) que hendió el acongojado mutismo y reflejó a traición la complacencia del oficial. Tras un instante de caos por la inopinada feracidad de su instrucción, el capitán preguntó: —¿Qué sabe usted del funcionamiento combinado de los mecanismos del cetme? —Bueno… —carraspeó el Malagueño, que parecía no alcanzar a comprender a qué se refería con aquella extraña pregunta; si bien debía de recordar algo, pues Salva en más de una ocasión le había señalado como muy importante la página que hablaba de ello en el Petete, el nombre con el que habían bautizado al gordísimo libro de materias profesionales. No decía nada, y sin embargo no se le veía angustiado en exceso. —Bueno… Cuando el tiro sale… —Siéntese, guardia alumno —abrevió el oficial—. En mi asignatura tiene usted un ocho. Un ocho era la máxima calificación. —¡A sus órdenes, mi capitán! —contestó el alumno con un paso lateral y repitiendo la detonación; más fuerte si cabe, fastuosamente escénico. Una vez más, las artimañas del Malagueño le habían funcionado. De vuelta, guiñó un ojo a los pasmados colegas de camareta y fin de semana. —Ricardo Piñeiro —pronunció el profesor. —Presente. —A la palestra. Pero la salida del Galleguiño, el cuarto compi de camareta, no fue tan impresionante ni tan ruidosa y, a pesar del asaz detalle de las piezas internas del fusil de asalto, la nota no pasó de un seis. Preguntó a otro y luego a otro, cuyos modos militares, sin llegar a la teatralidad del Malagueño, le supuso de entrada un siete. El nombre que leyó a continuación fue el de Salva. —¡Presente! —A la palestra. Por desgracia, su presentación resultó demasiado concisa y el capitán Parterra pasó sin dilación a preguntar. —Partes del cañón. —Recámara, ánima y anilla del portafusil. —Rayas del ánima y sentido de las mismas. —Cuatro, constante dextrórsum, es decir, a derechas. —Muy bien. Cartucho del cetme. —Nato 7,62 x 51 milímetros. Lo componen bala ojival o proyectil, vaina y cápsula. —Particularidad de las balas dumdum. —También llamadas «explosivas». Son de ojiva descubierta por donde irrumpe y se expande el núcleo al producirse el impacto. —Zona en la que un proyectil no puede incidir nunca. —Zona desenfilada. —¿Y aquella por la que un blanco no puede marchar sin ser abatido? —Rasada. —Bien. Ahora hábleme del coeficiente balístico de la bala desde que abandona la vaina hasta el punto de impacto, así como las distintas tensiones de sus trayectorias. Salva se lanzó entonces en una exposición técnica y prolija que dejó al capitán embobado y conmovido. No obstante, no fue suficiente para que la nota subiera a un ocho. El escaso estruendo del taconazo no se lo perdonaba; alegó que su firmes dejaba mucho que desear, empero reflejando en sus palabras cierta desazón, como lamentando no poder anotarle más de un siete. Le ordenó que se sentara y siguió preguntando. Los alumnos se sucedían en un alarde de patética competición por dar los más fuertes taconazos y el firmes más firme, con todo lo que ello implicaba: los pies con los talones en una misma línea y unidos, las puntas vueltas hacia afuera hasta formar un ángulo de 45º, piernas extendidas sin forzar las rodillas, el peso del cuerpo a plomo sobre las caderas y el vientre recogido, quietos los labios y hasta los pulmones. Un ritual de calamitosa exhibición soldadesca cuya ausencia de naturalidad acusaba movimientos grotescos, delineando caras de descojone en los que ya habían salido y cuajando de angustia la de los que quedaban por ser nombrados. —Marino. —Presente. —A la palestra. Circunspecto, indómito, Marino desfiló por el estrecho pasillo. Como elevado por un empujón, se encaramó al cadalso, hizo un firmes escueto y aguardó a escuchar la pregunta. El capitán no dejaba de contemplarlo. —Tiene usted poco plante de guardia civil, me parece a mí —dictaminó—. Hábleme de las ventanas y taladros de que consta la caja de disparo. Marino tragó saliva, contrajo los puños pegados a los muslos. Era aquella una pregunta asesina, estimó Salva. No obstante, su amigo capeaba el brete. —Ranuras para paso de la palanca de seguridad y del expulsor… Taladros para pasadores de martillo, retenida —relataba con reflexiva lentitud—, expulsor, palanca de disparo, gatillo, eje de… —¡GATILLO!… —graznó el oficial, botando de la mesa; un afilado mechón de pelo le saltó al ceño contraído—. ¡Gatillo! ¡Gatillo! —repetía con las manos en las sienes—. Pero qué clase de guardia civil va a ser usted. ¡Dios mío! Ni siquiera conoce su herramienta de trabajo. Y además, la insulta. Siéntese. Ahora mismo le planto un cero, un gran cero. Siéntese que no quiero ni verlo. Mira que llamar «gatillo» al disparador —e inclinado sobre la libreta subrayaba febrilmente. —Fascista de mierda —masculló Marino, dejándose caer en su silla. —Dios mío, qué pocas satisfacciones me dais —se quejaba el capitán, yendo y viniendo por la tarima. Se paró. Se devolvió el mechón a la jaula de gomina y se dirigió al alumnado, entre consternado e iracundo—. Yo me desgañito, os repito las cosas que de verdad importan. Pero ustedes no se esmeran. Y yo les pregunto: ¿qué clase de soldados guardias civiles (sí: porque el guardia civil como sol-da-do ve-te-ra-no, que dice el Reglamento) van a ser ustedes si no toman conciencia de la sustancia militar que nos caracteriza? ¿A quién vitorean más en los desfiles militares si no es a nosotros? ¡Que mañana serán ustedes, coño! —rugió, y se dio a murmurar, sin dejar de menear la engominada cabeza—: Gatillo, le ha llamado gatillo. Arrojó la libreta al maletín y se llegó hasta el borde del proscenio. —En fin. Pasemos a la lección de hoy: Código de Justicia Militar —dijo, aún sofocado y con cierto aire meditabundo, enajenado—. La milicia es una gran colectividad con derechos y deberes muy particulares y nadie mejor que ella misma para conocer y solucionar sus propios problemas. La Constitución reconoce la jurisdicción militar… Se calló; buscó a Marino con los ojos. —¿Cuál es su número? ¡¿Cuál es su número?! —exigió frenético. El dichoso mechón se le disparó como un fleje. Marino se lo dio—. Voy a plantear en la Junta de Profesores que se le reste un punto, o quizás dos, por reincidencia en la falta de aplicación militar. Quiero que esté atento al Parte y cuando se le cite aparezca con más garbo ante el señor teniente coronel Jefe de la Junta, y ¡PÓNGASE EN PIE CUANDO UN SUPERIOR LE DIRIJA LA PALABRA! Marino se levantó con presteza pero sin amilanamiento. Aquello pareció ofuscar aún más al profesor. —Es usted un insolente, un faccioso. Siéntese. ¡Siéntese! El problema es gravísimo, sin duda. No me lo puedo creer. Les decía… Qué coño les estaba diciendo. A ver: jefe de Clase… El jefe de Clase le mencionó la palabra Constitución. —¿Qué…? —Y Jurisdicción Militar. Entonces el oficial retomó el hilo: —Eso, sí. —Se tomó unos segundos en peinarse y continuó—: Pues eso: que la Constitución reconoce la Jurisdicción Militar en el ámbito castrense y en los supuestos de Estado de Sitio. ¿Cuál es la regla para no obrar nunca en contra del CJM? —regresó, acicalado y agrio, al filo de la tarima—. Los preceptos y normas contenidos en él son muchos y difíciles de retener en todos sus matices; mas todos ellos se resumen magníficamente en AMAR A ESPAÑA por encima de todo, procurando ser justo, dar a cada uno lo suyo y viviendo disciplinada y honradamente: hacer el bien y evitar el mal. ¿Saben ustedes lo que significa disciplina? —repasó al alumnado—. ¿Eh? Nadie contestó. —¿Usted se sabe al artículo 97 del Reglamento? —apuntó con el índice en dirección a Marino, pero en realidad marcaba al compañero. —Sí, mi capitán —contestó Salva, poniéndose en pie. —Díganoslo, pues. —«La disciplina, elemento esencial en todo Cuerpo militar, lo es más y de mayor importancia en la Guardia Civil, puesto que la diseminación en que se hallan sus individuos hace más necesario en este Cuerpo el riguroso cumplimiento de sus deberes, constante emulación, ciega obediencia, amor al servicio, unidad de sentimientos y honor y buen nombre de la Institución. Bajo estas consideraciones, ninguna falta, ni aun la más leve, es disimulable.» —Riguroso cumplimiento de sus deberes, constante emulación, ciega obediencia, etcétera, etcétera. Sí, señor. ¡Muy bien, hombre! Siéntese. Parece que vamos aprendiendo. A ver si nos aprendemos igual de bien esta nueva definición de la disciplina. La dijo el Generalísimo Don Francisco Franco Bahamonde y es la más pulida y certera que se ha dado nunca. Ni Napoleón, que dijo delante del Coliseo romano aquello de «Veinte siglos de Historia nos contemplan» —Marino dejó escapar un susurro feroz y peligroso: «Cágate, lorito»—, tuvo el talento de concretar. ¡Tomar nota, coño! Un bullicio, como el paso de un torbellino, se alzó de golpe. —«¡Disciplina! Nunca bien definida ni comprendida. ¡Disciplina!, que no encierra mérito cuando la condición del mando nos es grata y llevadera. ¡Disciplina!, que reviste su verdadero valor cuando el pensamiento aconseja lo contrario de lo que se nos manda, cuando el corazón pugna por levantarse en rebeldía o cuando la arbitrariedad o el error van unidos a la acción del mando. Esta es la disciplina que os inculcamos. Este es el ejemplo que os ofrecemos.» Remarcando las severas arrugas en las comisuras de la boca, advirtió: —Sabedla siempre. ¡Todos! Y de memoria. Olvidaréis Leyes de Pesca, de Caza, Contrabando, Normativas Fiscales… No importa. Las leyes cambian y conceptos como este, la DISCIPLINA, por nuestro Generalísimo, ¡en la vida! Aulló la corneta. —Llenaros de este mensaje, porque de lo contrario, clavo que asoma, clavo que es golpeado. Mañana el que no me lo conteste punto por punto, irá al Parte. Jefe de Clase: nómbreme dos alumnos para Servicios Mecánicos. En cinco minutos los quiero en el comedor. Se echó el tricornio al sobaco y, al tiempo que resonaba un firmes con estrépito de sillas arrastradas, ganó la salida. Salva, electrizado, tardó en reparar en la desventura de su compañero. Marino permanecía sentado, y con aire abstraído pintarrajeaba objetos lanzados por una explosión: un cetro, una libreta —con un gran cero—, un maletín, estrellas, un rostro despeluznado… —Si hubieras puesto un poco de arte, seguramente se habría limitado a una simple amonestación… —No me doblegaré jamás —profirió Marino—. Atajo de fachas. Me echarán de aquí, pero será sin lavarme el cerebro. Atiendo mis propias reglas, como la gaviota que practica velocidad avanzada, al margen de la Bandada. A despecho del Consejo. ¡Que se jodan! Sólo que yo procuro que no se me note o se acabó el vuelo libertad. —¿¡De qué hablas!? —le espetó Salva—. Estás a punto de ser expulsado. No te hubiera costado nada hacer un poco el paripé. —Hablo de cosas mías. Y que me expulsen poco me importa. Yo soy un cimarrón. No pienso bajarme los pantalones ni hacer el capullo. Ya has visto que me tiene manía. —Cosas tuyas, cimarrón, bajarte los pantalones… Aquí el único jodido serás tú. Vas de mal en peor. —Y como Salva tenía sus propias ideas (¿O eran sólo opiniones?), afirmó con un aleteo de duda—: Todos esos conceptos disciplinarios sostienen al Cuerpo y lo mantienen a través de los años. Deberías creer en el fondo antes que en la forma. —Pues el fondo es peor, te lo digo yo. A mí no me engañan. Mi tío me tiene al tanto. —De lo que te cuenten no te creas nada y de lo que veas la mitad —argumentó Salva, recogiendo sus cosas—. Ni que tu tío fuera general. —Ya te he dicho que es un guardia primero, al que le han caído como veinte correctivos, pero no por eso deja de estar orgulloso. —¿Orgulloso? —Sí, porque nunca se ha dejado dar. (¿dar?) —¿Qué quieres decir? —Que eso de la disciplina es un cuento chino, el truco para que cierta élite anacrónica pueda seguir viviendo como señores feudales. Ya conoces lo de los «servicios mecánicos»: cargar el Land Rover, que luego le llevarán hasta su casa. O es que ya no te acuerdas de que la semana pasada estuvimos tú y yo cargando material de obra. —En la calle no será así —replicó Salva—. Nadie podrá obligarte a nada ilegal que tú no quieras. Aquí se trata de forjar gente con autodisciplina —sentenció a la desesperada. —Conque sí, eh —Marino, cantabronamente tozudo, volvía a la carga—. Mi tío dice que… —Oye —le cortó Salva—. Si no te gusta esto, no sé qué leches haces en la Academia. Ni tu tío ni tú parecéis muy conformes. Entonces, ¿por qué no os marcháis? —Ahí radica la estrategia —contraatacó Marino—: O pasas por el aro o te hunden. El caso es no alterar la tradición, la gloriosa tradición que tapa los trapos sucios y oculta la podredumbre. Salva no le entendía, no podía entenderle. —No sabes de lo que hablas —le dijo metiendo con cierto estupor los libros en la cajonera. Pero Marino, como ya le había contado una y otra vez, criado entre montañas primero y recorriendo después innumerables Puestos hasta que su padre pudo instalarse en una ciudad en la que dar a sus hijos un futuro mejor que la montaña y la Guardia Civil (empeño este último que evidentemente no había logrado), retenía en su memoria vívidas imágenes esculpidas con el cincel del trauma en la mente de un niño de nueve años. —Qué me van a contar, a mí, que toda mi vida la he pasado en casas-cuartel y he visto, entre otras cabronadas, cómo nos sacaban a la calle a las dos de la mañana. Para revistarnos el pabellón oficial, decían; y todo porque mi padre se había negado a pagar de su bolsillo cierta «aportación voluntaria» para la despedida del coronel del tercio. Te digo una cosa: no seré yo el que reivindique nada, ya lo ves. Sé lo que tengo que hacer. Te lo cuento para que te bajes de las nubes; te dolerá menos el batacazo. —¿Y tú te acuerdas? —preguntó Salva, incrédulo, aguardando a que el otro terminara de juntar los crucigramas; alrededor, las lenguas de los alumnos se sacudían viperinas por tanto artículo que estudiar. —¿De qué? —De la famosa revista. —Por supuesto. Me dan tiritonas cada vez que me acuerdo de aquella noche a la intemperie. —Su dicción se volvió amarga—. Y también de que lloré de miedo en los brazos de mi madre. —No puede ser —se irritó Salva—. Sería de otra forma. —Casi le duraba la piel de gallina por los discursos de los profesores. Se largó dejando a Marino con su monserga inextricable. —¡No te enfades conmigo, hombre! —Marino alzó la voz para que Salva pudiera oírle por encima de la bulla general—. Eres un ingenuo. —De un manotazo cerró el Petete con los útiles de escribir dentro. Uno de los lápices rodó al suelo. No quiso entretenerse a buscarlo. Pero cuando se percató de que su amigo no le esperaba, se volvió. Marino fantaseaba; de qué hablaba, ¿de una policía tercermundista? Había perdido demasiado tiempo en escuchar demasiados disparates. Él siempre acatará las órdenes. No importará el sacrificio: sólo «la íntima satisfacción del deber cumplido». Si se conduce con honor, ningún mando podrá nunca atropellar el desempeño de sus obligaciones. Quería ser guardia civil, y punto. Creía en la Ley, en la disciplina, en la jerarquización, en las Ordenanzas, en el valor de las cosas bien hechas y que lo que es bueno nunca puede venir de la subyugación, excepto que se mienta y él no tenía tiempo para mentiras. El toque de Fajina estaba a punto de mugir. Tocaba correr. Qué ritmo señor, qué fulgurante estilo de vida. Y él, encantado en su laberinto. IV. ORDEN ABIERTO Y CERRADO: LA VIDA ES MILICIA 1 Rachas de viento leve y aromatizado de olivares esquiaban desde el alto terraplén hacia la formación de tiro. Un ejercicio que ponía nerviosos a unos y a otros excitaba; como a Salva, quien con soltura y fruición se encaraba el cetme, apuntaba, y a partir del tercer o cuarto disparo ya no dejaba de agujerear el centro de la diana. Resultados muy similares a los obtenidos con pistola y subfusil. El Malagueño trataba de imitarlo y aun de superarlo. Pero durante el recuento se halló que su diana presentaba únicamente un impacto en el cinco y otros dos más desperdigados por la zona exterior a los círculos. —Lo que pasa es que yo meto la mayoría de las balas por el mismo agujero —profirió jocoso, dando la apuesta por perdida. En cuanto a Marino, éste había logrado un rosetón casi tan agrupado como el de Salva, lo que revelaba su empeño y calidad como tirador. Sin embargo, varios impactos salpicaban la diana. La suma total ponía de manifiesto que alguien había equivocado el blanco. Todos miraron al Malagueño. El Instructor gruñó: —Siempre igual. Continuando con el recuento, añadió: —Salva y Marino, muy bien. Y con el siguiente. —Piñeiro, tengo una duda contigo. ¿No sé qué haces peor, si llevar el paso o pegar tiros? El Galleguiño se encogió de hombros. —Pues esta vez no pago yo las cervezas —dijo con fuerte acento y mayor presunción. El Instructor se rio con el grupo y prosiguió su cometido. —Es que yo donde pongo la bala, pongo el ojo —bromeaba el Malagueño. Salva cambió de tono. —En un tiroteo podríais causar un verdadero desastre. —De todas formas, no sirve de nada —replicó Marino—. En un atentado lo más probable es que nos disparen por la espalda. Y en lo referente a ser el primero en disparar, yo jamás pienso hacerlo. ¿Te he contado lo que le pasó al cabo de un Puesto donde estuvo destinado mi padre, que tiroteó a un coche que se saltó un control? —Salva negó cansinamente con la cabeza—. Pues que el conductor se la pegó contra un árbol después de que una bala le abriera la cabeza. Los que ordenaron el control se desentendieron del caso y como el cabo no tenía para pagarse un abogado el juez le mandó a chirona por diez años. Digo yo, pues: ¿de qué le sirvió disparar? Cuánto había de verdad en las atroces anécdotas de Marino, era difícil saberlo; pero ponía tan íntegra y espontánea vehemencia que a Salva le costaba no creerlo. Se resistía. Tales relatos no tendrían cabida ni en una novela producto de un arrebato de vesánica inspiración. Marino era un tío francote, sin duda un amigo y porque escuchar es mejor que hablar, Salva se lo consentía y ya no se enfadaba con él. —Joder, cómo fabulas… —Y la mujer, como no tenía dinero para pagar la hipoteca de la casa ni tampoco para criar a sus tres hijos, se metió a puta —remató Marino. —¡Venga ya! —rechazó Salva, alzando los brazos: esta vez Marino se había pasado—. No me tomes el pelo, hombre. Hablamos de la Guardia Civil, no de un ejército bananero. —¿Sabes lo que me dijo un día mi tío? Salva resopló. —A ver: ¿qué te dijo? —Que esto es como el ejército de Pancho Villa, pero sin el «como». El Instructor dio a conocer los resultados del ejercicio de tiro. La mejor puntuación la de Salva. Para no variar. Él era así. Acabada la clase práctica, le seguía otra teórica, más aburrida pero no por ello menos importante, pues aspiraba a convertirse en un guardia civil integral. 2 Pegado a la pared, en la última silla de la última mesa, en el centro de un aula que había sido su salón de estar en los últimos meses, Salva se veía a sí mismo como un airoso guardia segundo de la Guardia Civil, como un afanoso cabo, un distinguido y joven sargento, un soberbio oficial de porte elegante y estrellas refulgentes… Miraba sin ver. Los ojos de su imaginación lo transportaban lejos del murmullo de verborrea insulsa con que un capitán y sus ayudantes se esforzaban en ilustrar el orden cerrado de Unidades. —… Así, la evolución es una acción compleja que realiza una tropa para modificar su formación, el intervalo o distancia entre sus fracciones o su dirección de marcha. Una evolución no se efectúa por todos los elementos o fracciones de la unidad en forma simultánea ni con la misma amplitud —forcejeaba el oficial consigo mismo y contra el maremágnum de definiciones militares que lo abrumaban después de una década destinado en la Academia, repitiéndose año tras año, condenado o gozoso de retirarse de capitán en aquella ciudad cercada de olivos, disuelto en la anonimia de un cuadro de profesores, todos ellos temerosos de verse en el Boletín Oficial del Cuerpo destinados a unidades operativas donde su irreflexiva sapiencia teórica tuviera que ponerse en práctica. En ese parecer coincidía con Marino, quien atendía con una especie de rítmica abstracción: tenía un auricular embutido en la oreja. Salva sonrió fascinado. Por su parte, el Malagueño se aplastaba la mejilla contra la palma de su mano, simulando interés; en realidad, dormitaba arteramente. La entrada de uno de los comandantes de la Jefatura de Estudios, encargados de la supervisión, alteró el soberano sopor. —¡EN PIE! —gritó el capitán. El Malagueño se llevó un susto de muerte. El comandante despachó con ademán mecánico las novedades del inmediato inferior y ordenó a los alumnos que abandonaran sus pupitres e hicieran corro a su alrededor. Encaramado a la tarima, mostró el puño y acto seguido disparó el pulgar y el índice: había montado una pistola. Con ella apuntó a un tipo alto que se apelotonaba hacia las ventanas: al Galleguiño. Para terror de éste, vio que era preguntado: —Usted: demuéstreme su espíritu militar y cuénteme cómo se abren filas sobre la del medio en una Sección. Piñeiro, que siempre se las arreglaba para salir con el paso cambiado, que no le cuajaba en la mollera la diferencia militar entre una fila y una hilera, ahora tenía que responder a una incógnita que llevaba sin despejar desde el primer día que, por la estatura, le habían colocado en cabeza de la cuarta Compañía. La pregunta incidía tan oculta a su conocimiento, que decidió hablar mucho, la mitad de las palabras en su lengua nativa; pero el truco no coló y el comandante le tomó el número, pasando a continuación a dilucidar lo que se suponía que el alumno había balbuceado acerca de los movimientos de marras. Al principio, imitando con burla el acento del Galleguiño en escarnio de éste; lo que levantó carcajadas y así el comandante creyó ganarse la simpatía de su medrosa audiencia. Marino fue uno de los que no entró en el juego: su fría atención traslucía un profundo fastidio, el desdén típico de los que creen estar de vuelta y que de ninguna manera va a colaborar en la venta de la moto. Finalmente, con el suyo propio, el oficial superior tampoco logró hacerse entender. —A ver cuándo os enteráis de que ya no sois paisanos. —Pasó a fustigar sin miramientos—. Que sois militares profesionales con deberes y obligaciones y que lleváis un uniforme de honor antiguo y tradición. Aprended de los guardias viejos de paso corto, vista larga y mala leche. Y por supuesto, de la Cartilla. Se aseó los pulmones y declamó, despaciosa y gravemente: —«Todo Jefe, Oficial o individuo de tropa (y vosotros sois tropa, ya lo sabéis) de este Cuerpo, queda obligado a sofocar o reprimir cualquier motín o desorden del que tenga conocimiento u ocurra a su presencia, sin que sea necesaria para obrar activamente la orden de la Autoridad». Y es que sois guardias civiles: no policías nacionales ni municipales. ¡Molero! —requirió al profesor de la materia—. Que sigan con la lección. Se suspende el examen de La Ley de Enjuiciamiento Criminal. Lo primero es lo primero. El comandante abandonó el aula a la voz de firmes. Una vez fuera penetró en la de enfrente y montando su pistola digital se le oyó exclamar: «Usted: demuéstreme su espíritu militar y cuénteme cómo se abren filas sobre la del medio en una Sección». Los futuros guardias civiles —que no debían parecerse a policías—, festejaron el librarse del examen de Leyes cruzándose puñetazos fingidamente fuertes. En su lugar y dada la ignorancia imperdonable, dos horas de instrucción en el patio de Armas. Todos encantados. Menos Salva. La LEC le había costado y le hubiera gustado recrearse delante de un examen. —Qué lástima —se quejó para sí. En su despecho llegó a conjeturar que desfilar no debería prevalecer sobre el conocimiento de leyes fundamentales ciudadanas. ¿Por qué esa obtusa pertinacia en la instrucción militar? Dejó de especular al acordarse de cuánto disfrutaba golpeando el suelo al redoble de los tambores, encendido como si se machacara los pectorales en las anillas de su casa a la par que brama un potente rock. Una letra que, en este caso, coreada a paso ligero, comenzaba: Aquí la más principal hazaña es obedecer y el modo cómo ha de ser es ni pedir ni rehusar… No estuvo seguro de que su contento fuera total, y del todo lo olvidó al ser alcanzado por una traidora colleja del Malagueño. —Ahora verás, cabrito —se lanzó tras él y no tardó en apresarlo, explayándose y correteando entre un jaleo de críos; hasta que el turuta puso en estampida a la promoción entera. 3 La Banda de cornetas y tambores atacó la marcha con sonido atronador: Salva sintió que se electrizaba, que se exaltaba. Engalanados con los flamantes trajes de paseo (al fin sin el latoso gorro cuartelero y sin los uniformes de campaña), los negros sombreros charoleando foscamente entre ristras de bocachas apagallamas, el Batallón se movilizó en casi perfecta sincronía a la orden del comandante. En casi perfecta sincronía, porque el Galleguiño, como de costumbre, había salido a contrapié, y durante la primera veintena de pasos tuvo a media Sección dando saltitos, confundiendo tanto a los que le imitaban como a los que atendían al ritmo de la Banda. Cuando por fin acopló el paso, afloró una plasticidad hecha de ardor mecánico y belleza conducida. El vocerío de los oficiales y el redoble de los tambores espoleaban a Salva de ímpetu y frenesí; y también un desprecio neto por los que, en plena marcha, denostaban en voz alta —si bien atentos a las idas y venidas de los Instructores— por las inacabables vueltas haciendo filigranas con el armamento. Qué otro acto podía enaltecer más a un guardia civil que la soltura exhibida en un desfile, insistía a voces el capitán Parterra. Y Salva, azuzado, arrojaba zancadas petulantes conviniendo en que aquellos futuros guardias civiles que renegaban como herejes, que apenas acertaban a distinguir un toque de corneta de otro, deberían ser expurgados. El retumbe cadencioso de las pisadas, la furia de los tambores, las erizadas columnas trasladadas al unísono, constituían parte de un todo alucinante que Salva, tras varios meses de fogueada instrucción de orden cerrado, seguía acatando con delectación. Reparaba en las palabras del capitán Parterra: «¿Es que acaso no se estudian en el colegio materias que nunca nos servirán a efectos prácticos y, sin embargo, con el tiempo, serán la base de muchos razonamientos y decisiones del vivir cotidiano y de las cuales pocos percibirán su influencia? Pues lo mismo ha de ocurrir con nuestra solera militar. Y si no, clavo que asoma…» Sí: expurgados por sediciosos. Vivía en su mito, confiaba en sus mandos, en lo que le enseñaban. Allá con los demás. Él era así. En ideas tan abstractas marchaba, cuando Marino le chistó desde la fila contigua —tenía la primorosa habilidad de girar la cabeza en la dirección que le apeteciera sin perder el paso. El pelotón acababa de hacer izquierda. —Eh, fiera, que vas mal. Mucha chulería, pero al revés. —¿Cómo dices? —preguntó Salva, temiéndose alguna broma. —Que llevas el paso cambiado, tío. —¡Mierda! —exclamó Salva, al percatarse de que pisaba al de delante. Contraatacó a Marino con cinismo: —No será que soy yo el único que sabe llevarlo… —Muy gracioso —dijo Marino—. Pero yo a quien maldigo es al tío que se va tirando esos pedos tan podridos. Me pregunto qué comerá el menda. Por delante de ellos, alguien reía sin rebozo ni contención. El oficial Instructor redobló su gritería: —¡ESE, ESE! ¡Que parece que va pisando huevos! —señalaba al Galleguiño—. A ver: el del centro de esa Sección. ¡QUE VA A PIÑÓN FIJO! —ahora se refería a Marino, y éste blasfemó contra el oficial por lo bajo—. Parecéis maderos, coño. ¡Un, os!, ¡un, os! ¡Menuda panda de gañanes! ¡Un, os!… Terminada la instrucción, el Batallón fue requerido para dirigirse al Aula Magna, donde el teniente coronel páter les daría una conferencia titulada «La vida es milicia: forja, mensaje y fe». La asistencia sería voluntaria, anunció el comandante, lo cual desató la algarabía entre el cien por cien de los alumnos, que al punto planearon los más diversos escaqueos. Pero en seguida se le oyó puntualizar, sarcástico: —A los que no asistan, se les tomará el número. No obstante, sigue siendo voluntario. Todos enfilaron al aula de marras. V. RETRETA: IMAGINARIA SIN SUEÑO NI ENSUEÑO 1 Iban cayendo las clases y los exámenes y gracias a que su coeficiente de conducta se prorrogaba intacto y a que las notas las mantenía altas, su optimismo no cesaba. Cada vez veía más probable la obtención de plaza en la comandancia de Madrid. Y no en la capital, sino en un pueblo donde tratar con los vecinos y sus problemas: un auténtico guardia civil. Marino, en cambio, tenía ya cinco puntos y medio descontados y estaba prevenido por la Jefatura de Estudios para que regulara su comportamiento o la expulsión sería decidida en cuanto alcanzara los seis. A Salva le apenaba que pudiera sucederle y por eso siempre que podía le echaba una mano: le inventaba y componía los casos prácticos, se arriesgaba a cogerle el examen y contestaba las preguntas que el otro dejaba en blanco, le prestaba prendas… Le advertía de faltas y riesgos. —No te brillan los zapatos lo suficiente —le reprochó, de reojo. De haberse dado cuenta antes, le habría obligado a cepillárselos, lo que el otro habría acatado sin celeridad pero también sin recusación. —Es que no hay manera, joder —se miró Marino con descaro y desaliento. —Yo casi no les doy betún —saltó el Malagueño por atrás—. Al loro, Marino —reclamó atención directa, y pasó a mostrar el truco en cuestión: restregándose el empeine contra la pernera, a la altura de la pantorrilla—. ¿Te das cuenta? —se jactaba. —Cállate, Malagueño. Que tú lo único que haces a lo largo de toda la semana es precisamente eso: lamerlos; además de «otras» cosas. Hubo un pequeño pique, que el firmes del comandante atajó. Sea por lo que fuere, la verdad es que los zapatos del Malagueño destacaban por una refulgencia sin par. Salva tenía que reconocer que en ese punto era superado. Comenzó la revista. Uno por uno. Era sábado. El comandante repartió a varios oficiales y suboficiales equipados con bolígrafo y papel: tomarían nota de aquellos que no superaran la inspección y a los que se volvería a revistar en una segunda vuelta; si es que se les permitía tal posibilidad. Para mayor desgracia, por su fila revistaba el teniente Garrido. Marino resopló. —Es el puto Millanito. La mismísima encarnación de Millán Astray, tan obsesivo éste con el brillo de las putas hebillas y chapas como aquél. —Y se abandonó a una laxitud patente. Lo cierto es que con el Millanito nadie estaba seguro. Ni el Malagueño. —Oh, mierda —lo oyó acojonarse—. Voy a hacer una promesa. —No digas nada que luego no puedas cumplir —murmuró Salva—. Como aquella vez que prometiste hacer el examen sin copiar. —¿Y no lo cumplí? —Sí; pero fue porque sabías que no nos sentarían juntos. —Pero no me copié. Así que cumplí mi promesa —replicó el otro—. Y hoy prometo no beber más de diez cubatas. —Eh, no fastidies. Paso de ir borracho contigo. Nos caería una buena. —Que es broma, pisha. Para un finde que sales en medio año… —Casi los mismos que tú no has sido arrestado —le largó por la esquina de la boca—; y cállate que se acerca. Marino permanecía impasible y mate. Al llegar a éste, el teniente lo inspeccionó de arriba abajo, como a todos. De inmediato se puso a copiarle el número, al tiempo que componía una mueca de asco para gruñir: —Quítese de mi vista antes de que lo fusile —y prosiguió la inspección; el Malagueño y Salva, inadvertidos. Acabado el acto, Salva prefirió quedarse a esperar a Marino y el Malagueño dijo que eso era perder el tiempo. —Marino es carne de cañón. Tú mismo, pisha. Nos vemos luego. Salva fue a la Compañía a buscar a su amigo. La revista de gracia, en tres horas. En efecto, por su culpa perdería un tiempo precioso. De todas maneras, ver cómo pimpla el Malagueño le resultaba mucho menos interesante que las estridentes polémicas con Marino. —Parece mentira que estés deseando «desintoxicarte». Marino, tumbado en su catre, con las manos en la nuca y los deslucidos zapatos hollando la colcha reglamentaria, chasqueó la lengua. —Siento que te quedes por mi culpa. No deberías. No voy a volver a tocar los putos zapatos. Nunca me quedan bien. Es superior a mis fuerzas. Creo que voy a pedir la baja antes de que me echen —conjeturó con indolencia—. No soporto por más tiempo tantas siniestras estupideces. Es una constante degradación, joder. Si cedo una vez, estaré perdido. —Esfuérzate, hombre —le alentaba Salva—. Nos quedan apenas dos meses para terminar. Con un poco de suerte, saldrás. Tienes que intentarlo. Así que haremos como otras veces: te dejaré mis zapatos y te presentarás con ellos al oficial de guardia. Entretanto, yo me daré una vuelta por el gimnasio. —¿Por qué haces esto? —Porque tú sí que eres ingenuo, más que yo: el doble por lo menos. Marino sonrió fraternal y alicaído. Se incorporó sobre los codos. —De acuerdo —se avino—. Voy a demostrarte que estás equivocado, aunque sea a largo plazo. Sé que al final te haré ver la funesta tela de araña en la que te estás dejando liar. Salva lo admiraba. Su obstinación de vivir al margen de las rígidas normas académicas o el hecho de poder infringirlas le simbolizaban un triunfo personal, como si haciéndolo se desquitara de las innúmeras putadas que les habían hecho a su padre y a su omnipresente tío. Su honor se reducía a la nómina. Harto paradójico se le antojaba que siendo hijo del Cuerpo tuviera un concepto tan negativo de la Institución. Lo juzgaba en exceso suspicaz y renuente, pero después de varios meses de convivencia contigua su franqueza y su lealtad no ofrecían dudas. A pesar de la diferencia de caracteres y de ideas, ambos congeniaban poderosamente. De hecho, Marino estaba a años luz del resto de aquella tropa de futuros guardias civiles. Durante meses se había entrenado sin desmayo, corriendo y saltando hasta lesionarse; empollado con fervor y desvelo. Y allí, con él, abundaban alumnos cargados de tantas dioptrías que a duras penas escalaban la litera sin gafas; o esos otros, zafios incapaces de correr cien metros sin detenerse debido a su gordura: pruebas médicas y físicas inconcebiblemente superadas. Luego estaban los que presumían de hurtos, otros que alardeaban de empinar el codo sin mesura ni vergüenza, otros que incluso habían huido de la Policía con coches robados… Oír semejantes cretinas osadías le desconcertaba. Ni siquiera eran astutos: mediocres, díscolos. ¿Delincuentes natos? La palmaria ineptitud de no pocos de ellos apuntaba a que Marino tenía razón en sus filípicas de enchufismo. Tan inequívoco que desmoralizaba. En eso no podía quitarle la razón. Aunque desde luego no se lo iba a reconocer abiertamente. Reparar en ese tipo de cuestiones le producía un atrevimiento impropio de un guardia alumno futuro guardia civil. —¡Ah, cómo le henchía el pronunciar aquel nombre y asociarlo a él mismo! Proclamaba el capitán Parterra que pensar era exclusivo de los oficiales y que los guardias civiles de tropa obedecen, y punto. Quería creer y obedecer. Entrando en la recta final del curso, su fascinación por el Cuerpo no se iba a corromper por bulos o infundios dimanantes de las mismas ignotas fuentes de las que radio macuto se proveía y propalaba, y que en especial esos días zumbaba como primicia la fecha exacta de la entrega de despachos y los subsiguientes días de permiso; primicia que se corregía o modificaba de un día para otro y a veces por horas, cuando no por minutos: tan pronto adelantaban la entrega de despachos como se posponía el evento a la espera de la reorganización del Cuerpo… Era un júbilo voluble, casi exasperante. Marino regresó antes de lo previsto. —El teniente pasaba revista a medida que íbamos llegando. A Salva no le costó imaginarse la escena: Marino exhibiendo su calzado apócrifo delante del oficial de guardia con templada petulancia, invicto al dogma, leal a sus principios indómitos. —Lo ves. No siempre son tan cabrones como te imaginas. —Pura arbitrariedad. Se devolvieron los zapatos y, con sus cabezas rapadas, cubiertas por los tricornios de la casa LLAVE —grandes como pilones—, cuya ostentación a él le colmaba de valentía y de vanidad y a Marino casi de oprobio, salieron a la calle primaveral, radiante de luz y de ilusión: la de verse armado guardia civil. 2 Gracias a que el Malagueño y los achispados de turno supieron contener, con una mezcla de temor y marrullería, sus vidriosas euforias, la retreta transcurrió pacífica y rápida. La efemérides de ese día fue: «Un día como hoy del año 1945 todos los componentes del Destacamento de Mesas de Ibor, con el comandante de Puesto a la cabeza, fueron fusilados por orden del teniente coronel primer jefe de la Comandancia de Cáceres, acusados de cobardía ante el maquis». Algunos alumnos mugieron conteniendo una risa inexplicable y vomitiva. Luego, tras el toque de Silencio, hubo un conato de agitación temulenta que Salva, vociferante y conminatorio, logró erradicar; eso sí, retrucado por una sucinta exhalación de abucheos e imprecaciones. Era el primer imaginaria. Su insólito acento de autoridad turbó a toda la Compañía. Fiel a mis convicciones, puedo alcanzar metas inaccesibles para esta chusma irreverente. Luego infirió que la inusitada indulgencia de los Instructores quizás tuvo algo que ver con su imponente dominio de la situación. Se vislumbraba el final. Los mandos empezaban a levantar la mano; el parte de Arrestados solía pincharse cada vez con menos nombres. Marino, ya fuera por astucia o resignación, había dejado de ser habitual. Dormía como siempre: indiferente a la ventura de coronarse guardia civil. Acordándose de la efemérides y del comentario despectivo de su amigo, en un lapso fugaz, ponderó: ¿digna de encomio o en puridad ominosa? Como ésta fue la calificación que le dio Marino, él se quedó con la primera. Un lapso fugaz. A través de los vidrios remendados, la noche se descolgaba cálida y halagüeña, sin parangón a la inclemencia de los albores cuando él llegó como un púgil contra las circunstancias, a la conquista de un sueño, ahora a punto de ser ganado. Una vigorosa confianza en sí mismo le acompañaba en el servicio de centinela. Estaba seguro de hacerlo mejor que nadie lo hubiera hecho antes o pudiera hacerlo en el futuro. Quizá por eso le sorprendió tanto percibir que había gente en los aseos. Excepto que se tratara de una emergencia, el hecho estaba totalmente prohibido. Enfiló con pasos presurosos. Empujando las portezuelas de los váteres, todas entreabiertas, fue en la del fondo donde descubrió el objeto de su exploración; y la visión le heló la sangre: un alumno con el torso desnudo y sentado sobre la tapa del inodoro, tiraba con los dientes de un extremo de la goma que oprimía su brazo a la altura del bíceps. Con los dedos de la mano libre se palpaba la vena, intentando dar con un punto idóneo entre las numerosas protuberancias que lo recorrían como una cordillera de cráteres en miniatura. En las rodillas sostenía una jeringuilla, cuya punta rezumaba un líquido marronuzco. Y como si no formara parte de los avíos del drogadicto, tirado en el suelo, un trozo de rechoncho limón al lado de una cuchara ennegrecida. Marcos —al que conocía por las juergas que solía montar después de retreta—, sin inmutarse, le subió una mirada mohína, tal que un beodo. —Ah, coño, eres tú —masculló—. Anda, cierra; no me vaya a ver algún Instructor y me joda el viaje. En aquel momento, una voz resonante, imperativa, volteó el atónito sobrecogimiento de Salva. —¡Ajá, conque de cháchara! —profirió marcialmente en jarras, desde el umbral, el teniente Garrido, esa noche de oficial de servicio. La portezuela se cerró con silenciosa instantaneidad. —Sí, sí. A ver esos numeritos —urgió, sarcástico, el oficial. Las conversaciones después del toque de Silencio se castigaban sin misericordia. —Sin novedad, mi teniente —participó Salva con voz apagada. Y a modo de estéril disculpa, añadió—: Soy el imaginaria. —Sin novedad, ¿eh? —avanzó el oficial. Inclinó la cabeza hacia la chapa del imaginaria y escribió. A continuación, alzó la voz en dirección al váter atrancado. —¿Cuál es tu número? Marcos dio el suyo; por la entonación gangosa es muy probable que aún estuviera tensando la goma con los dientes. Salva advirtió que alguien más se acercaba. Un desconocido que desde la penumbra del pasillo metió la cara como un espectro pusilánime, fisgó con sobresalto y desapareció inaudible. Ipso facto. El teniente, que anotaba con teatral esmero el concepto de la infracción, no se dio cuenta. Pero lo importante era: ¿debía contar lo que había visto? —Esto les va a costar medio punto —les profetizó—. Y el principal responsable es usted —se dirigió a Salva—. Y si no le aplico un arresto mayor es porque observo que sus correajes y chapas están como una patena, que si no… Pero, con todo, pienso volver en un minuto y si les encuentro de nuevo —advirtió agitando el índice y retrocediendo de espaldas— me los llevo al Parte con dos puntos. —Se giró raudo y se marchó. E inmediatamente Marcos empujó la portezuela y salió disparado como un tironero en pijama, aferrado a su inmundo y preciado neceser. Se oyó al fondo de la Compañía un ruido de muelles, y tornó el silencio. Salva permaneció solo, en medio de un gotear de grifos que percutían con resonancias de caverna. El incidente tenía visos o remanentes de alucinación. No podía apartar los ojos del menguante vaivén de la portezuela, como de salón de película del Oeste, hasta que se inmovilizó por completo. Le iban a quitar medio punto. ¡Medio punto! ¡Puaf!, medio punto no era nada comparado con saberse en la misma hornada que individuo tan aberrante. Se ordenó el gorro cuartelero y se clavó como una pica en el vestíbulo, esperando la vuelta del oficial. Se lo contaría tal cual lo vio, con serenidad y detalle, y sin apelar a su desvirgado coeficiente. Un tipejo así era inadmisible. Un tipejo, o varios, porque… ¿No era el que asomó uno de los colegas de Marcos? La reacción del drogadicto fue de sorpresa, pero no por ser descubierto, sino porque esperaba a otro… ¿De qué clase de futuros guardias civiles se hallaba rodeado? ¿Sería su actitud la de un chivato? 3 No volvió el oficial. A su hora fue relevado por el segundo imaginaria y él se acostó, perplejo, anonadado, sin sueño ni ensueño. ¿Sería verdad lo que fanfarroneaban tantos Marcos como pululaban en la promoción? Todos dormían. ¿Lo haría también Marcos o «viajaba» aún? La escena pasaba por su mente una y otra vez, y no obstante era como una especie de macutazo onírico increíble y esotérico soplado por un avieso duende —cuyo rostro se parecía al de su amigo Marino— que se refocilaba chillonamente, resquebrajando su pasmosa bonhomía benemérita con unas uñas como jeringuillas, en tanto que los oficiales sólo se preocupaban de que todos llevaran bien el paso. Fue un delirio críptico, tal vez resulta del insomnio tenaz. En los turbios ventanales rayaba el día. Al cabo de un eón, sonó la corneta. —¡COMPAÑÍA, DIANA! —bramó el cuartelero, y Salva le ahorró la molestia de pulsar el interruptor de las luces, al tiempo que se dirigía a los lavabos ya uniformado con el esperpéntico mono de faena y el gorro cuartelero militarmente aprisionado por el ceñidor de lona, cuyo extremo inferior le rozaba la entrepierna como una lengua obscena. El cabo cuartel entró dando noticias a voz en cuello: —¡En el descanso, al Aula Magna! VI. LA OTRA CARA DEL ESPEJO 1 Lo que el páter fuera a proclamar no sería importante. Lo sabían por otras veces. Hablaría largo y tendido, como sólo los curas son capaces de hacerlo: sin interesar a nadie. —Iglesia y militares parapoliciales obtusándonos. Una simbiosis de camanduleros para teñir de benevolencia una realidad inventada o perfeccionar otra intolerable: la inutilidad de ambos escalafones —refunfuñaba Marino con locuacidad inmoderada. Resumió—: unos cabrones. Tenerse que perder la partida de dominó, prevista con el jefe de Clase y el Malagueño, le tenía especialmente colérico. Salva no se molestó en replicarlo; el teniente coronel páter soplaba al micrófono y suplicaba silencio, insistiendo en que sólo le llevaría diez minutos el sermón. Y los cumplió. Tras musitar ruegos al cielo para que el terrorismo antiespañol no les alcanzara e implorar a la Gracia Divina profusos parabienes para todo aquel rebaño uniformado, concluyó diciendo que sentía no poder volver a encontrarse con ellos reunidos, pues la próxima semana recibirían los despachos… No pudo seguir sermoneando. Se alzó tal eufórico rumor que los altavoces quedaron neutralizados y desdeñados. Unos a otros se felicitaban… Y simultáneo con este regocijo, los jefes de Clase correteaban repartiendo un libro por alumno…, que relataba la vida de un santo…, que costaba dos mil pesetas. Era de obligada lectura. Pero sobre todo era de obligada compra. Poco a poco, sobre la comunal bulla, empezó a notarse un creciente murmullo de protesta, obligando a los Instructores a exigir calma bajo la amenaza de resucitar el parte de Arrestados. Nadie entendía el interés didáctico de un libro religioso, y más cuando todas las materias de estudio habían recibido carpetazo. Para Marino la expoliación estaba clara. —¡Vaya chorizada! —paró de ojearlo—. ¿O te sigues tragando el cuento? —A lo mejor tiene que ver con la preparación general —opinó Salva. Su amigo lo miró con grandes ojos. —Tío, vale ya. Nos están mangando. —¿Y si no lo cogemos…? —Nos lo descontarían igualmente de la nómina, y encima se ahorrarían ejemplares. Hagamos el gasto, aunque sea para quemarlo, como hacían ellos antes con las personas. Así, luego son «best seller», no te jode. —¿Y si hacemos una reclamación? Marino tornó a marcarlo con asombro. Salva desistió: —Vale; vale. Un rumor de cuchicheos mosconeaba en derredor, empero permitido como mitigación por el obligado gasto. Marino tiró el ejemplar al banco. —Mira, Salva —comenzó, titubeando, como si dudara de la comprensión de su interlocutor—: tengo dos años más que tú, y no es la diferencia de edad la que me hace ser tan escéptico; o insensato, como quieras. Ni tampoco que tenga más estudios. El caso es que soy hijo del Cuerpo y sé cómo funciona esto. Me temo que a ti te llevará meses, puede que años. No se trata de lo que mi tío me ha contado. Es lo que he visto y sentido. Abusos sistemáticos que no hay manera de frenar ni sacar a la luz. —¿Por qué estás aquí? —quiso saber Salva, con la homilía del páter de fondo, acerca de las grandezas del beato y su castidad ejemplar. Marino vaciló. Sin embargo, en sus ojos titilaba algo parecido a una lucidez irrebatible. Típico de osados novatos, se dijo Salva. ¿O sólo lo era él y no precisamente osado? Fue respondido con otra pregunta. —¿Cuáles son tus sueños? Para esa contestación, Salva no necesitaba reflexionar. —Un buen puñado —dijo en tono visionario—. Ante todo, quiero ser guardia civil entre los ciudadanos. Y sin dejar de serlo nunca, quisiera hacerme un curso de especialización; Submarinismo, me gustaría. Luego presentarme a la convocatoria de cabo, y ser sargento, oficial… Llegar a todo lo que pueda y, mientras tanto, disfrutar de nuestra profesión y —se echó a reír— enrollarme con una hembra que sirva para estar en casa y para salir de marcha. En fin: si tú no amas el Cuerpo, excepto en lo de las mujeres, no creo que lo consigas. —Y ni me importa —replicó Marino—. Yo seré siempre un cimarrón. No voy a prepararme para nada de todo eso que has dicho, porque no me gusta ni pienso arrastrarme. Quisiera ser lo que aparento, pero como sé que eso no es posible, me limitaré a cobrar. Quiero ser responsable de mis actos; no de los que me manden hacer. Porque si he de hacerlos, entonces la responsabilidad ya no es mía. No dejaré que me laven el cerebro. Pensar es un acto prohibido en este Cuerpo. Yo no quiero dejar de hacerlo. No quiero ser como mi tío, aunque esto no lo creas, ni tampoco quiero convertirme en un caimán: esa clase de guardias viejos, hartos de todo y resabiados que lo único que hacen bien es lamentarse y añorar lo que no hicieron en su juventud. Lo que de verdad deseo es poder terminar mis estudios, ahorrar dinero y salir a competir al viento libertad de la vida, donde no regalan nada pero la oportunidad de bregar con espíritu libre es posible. Este Cuerpo es una realidad fragmentada, un espejo roto cuyos pedazos están a punto de caerse. Cambia el punto de vista y verás cosas muy distintas. Y si le das la vuelta, descubrirás su brutal autenticidad. Es en esa cara de azogue donde radica la roña material y moral, lo siniestro y lo heroico, que aquí, como en cualquier ente fascista, van siempre unidos. ¡Joder, Salva! No te dejes deslumbrar por una de las caras mientras excluyes la otra. Cesó de perorar. Como Salva no le refutara, prosiguió: —Y otra cosa: si no seguí estudiando Derecho no fue por falta de aprobados o de voluntad, sino por la intervención del escaso sueldo de mi padre, por desobediencia y otras falacias con que la Cúpula resolvía los expedientes. Algún día terminaré la carrera y me largaré. De ahí mi obcecación por no ser contaminado. Rechazar el adoctrinamiento de esta Academia ha sido un modo de protegerme. Y he ganado. Ya ves que me he metido en la mitad de la promoción, y ni siquiera he malgastado un minuto de mi tiempo en empollar esa bazofia de Reglamentos. Sí, ya sé: en gran parte gracias a ti. Sin duda alguna. Y en mi pobre gratitud por devolverte el favor te cuento todo esto: para que no pierdas tus mejores años en un empeño vano, degradante, suicida para algunos… ¿No dices nada? Salva se encogió de hombros. La honda y serena convicción de aquel alegato, lejos del incansable resentimiento de su compañero, lo turbó de tal modo que se sintió fuera de combate. —Lo tendré en cuenta —dijo. La descarga del turuta, anunciando el fin de la marrullera presentación en sociedad del clerical cuentista, vino a reanimarlo. ¡Bah! —resolvió para sus adentros—, creo que los dos tenemos la cabeza llena de pájaros; y los míos son menos aprensivos. Invadiendo el Patio, la riada de alumnos topó con el teniente Garrido. Instintivamente, muchos se pusieron a correr. Pero tan pronto recordaron que el curso académico había terminado y que ya no existían notas ni coeficiente, se frenaban limitándose a saludarlo con visajes de mal disimulado recelo y afectada desenvoltura. El estirado oficial correspondía al saludo a cada pocos metros, se rozaba con las puntas de los dedos el horizontal tricornio —demasiado horizontal a su gusto— al par que esbozaba una sonrisa indulgente, vanidosa: la delirante vanidad del que advierte que el sello de su genio militar va impreso en aquellos pobres diablos sin verdadero amor por el Cuerpo, rendidos al duende de la élite: la estirpe de sangre azul. La suya. Su semblante radiaba marcial contento. —¡Eh, usted! —gritó sin detenerse, apuntando a Marino con el dedo índice al final de brazo extendido, como si fuera a ejecutar un fusilamiento sobre la marcha—. Póngase el sombrero a dos dedos por encima de las cejas. Era esta una de las pocas manías que elogiaba de Marino: la inclinación del tricornio hasta rozar las cejas; porte que disimulaba su apatía, o tal vez fuera ese gesto el que lo delataba. Delatar su amor-odio. Verdaderamente modificaba y ensalzaba su imagen. Y si él no se atrevía a imitarle era por el respeto absoluto que dedicaba a todas las normas. Una lástima. Acató Marino la orden con arrogante indiferencia y ambos prosiguieron a las taquillas, a cambiarse de ropa. Salva quemaría el resto de la tarde en el gimnasio, en tanto sus compañeros aventuraban faroles en su habitual partida de dominó y cartas con el jefe de Clase y compañía. Salva los animó a «desertar», por una vez, y a que lo acompañaran con las pesas y las barras. —Un día de estos lo haremos —aventuró Marino, antes de separarse. —Yo, si es para levantamiento de vidrio en barra fija, cuando quieras, pisha —se ofreció, ocurrente, el Malagueño. 2 Y contra todo pronóstico, justo el día de la víspera, Marino, en efecto, se apuntó. Y lo más sorprendente fue que el Malagueño también quiso agregarse. En un arrebato de confianza física en sí mismos, habían decidido renunciar a las fichas y demostrarle a Salva que ellos no serían menos en cuestiones de fuerza. Salva los condujo hasta su territorio, un mundo tan exclusivo y reconfortante que sospechaba sería lo que más echaría de menos de la Academia. Ellos miraban con cierto desdén a los tipos que corrían en círculo, saltaban sin sentido aparente, trepaban por cuerdas a ninguna parte, regateaban o driblaban solos pero sin cejar. —Qué capullos —criticaba el Malagueño—. Cómo si no hubieran tenido bastante con la que nos daba por las mañanas el Millanito. Encaramado a una espaldera, Novoa se afanaba piernas en alto. Salva los presentó. Novoa era su colega habitual en los entrenamientos, un practicante de diversas artes marciales al que servía de sparring y a cambio él recibía un pulido adiestramiento acerca de algunas técnicas de defensa personal, a base de golpes y luxaciones muy precisas. Lo curioso era que en la mayoría de los agarres, Salva se despachaba o bloqueaba al karateca con algún fantástico movimiento extremadamente ágil o poderoso, y Novoa —cinturón marrón— se cabreaba amistosamente desesperado. Salva y Novoa iban a su ritmo y daban recomendaciones a los neófitos. Pero tanto el Malagueño como Marino desatendían cualquier consejo de moderación. —¡Vaya mariconada! —profería el Malagueño—. Eso lo hago yo, pero con más peso y el doble de veces. Dejadme, dejadme —y quitándole la mancuerna a Salva, comenzó a fatigarse con ella como si respondiera a una penitencia jocosa. —No te esperabas esto de mí —jadeaba. Cuando hubo quedado exhausto, descansó un momento y luego resolló: —Como tú, y sin entrenarme. Marino, para no ser menos, calcaba al Malagueño, e incluso le sobrepasaba in extremis. —Vais a tener unas agujetas que os van a durar hasta el día de la incorporación a la comandancia —les advertía Salva, en vano. Acalorados, dándose ánimos mutuos, los nuevos adeptos echaban el bofe. En uno de los ejercicios estimaron que les sobraban ciertas protuberancias sexuales y retaron a Salva y a Novoa. El primero no aceptó, pero sí el segundo, harto de tanta fanfarronería. —Te estoy alucinando, ¿eh? —bufaba Marino, debajo de una barra en la que Novoa acababa de añadirle un par de discos, ya que Salva se negaba por compasión—. Al pulso me ganarás, pero aquí me tienes: que no me dejas atrás. ¡Joder, cómo pesa esto! Chisss, no te rías, que todavía no he terminado. ¡Uff! ¡Uff! Sólo consiguieron hacer el ridículo, un divertido ridículo con el que pasaron la tarde y estrecharon lazos. En prueba de gratitud por el buen compañerismo y amistad que les unía, Salva regaló a Marino su barra de torsión y al Malagueño su tensor de mano. VII. DESPACHO A UNA MANERA DIFERENTE DE VIVIR 1 —Salva, eres un cabrón. —Ya os lo dijimos, pero no quisisteis hacernos caso. Os está bien empleado, por cabezones. —Ag, Ag. Seguro que tengo algo roto —gemía el Malagueño—. Necesito pasarme por el Botiquín. ¿Qué tal estás, Cántabro? —Descoyuntado —exhaló el aludido, sin fuerzas ni para maldecir. —Sois los más capullos de todos. Justo el día en que nos largamos, vosotros no podéis levantaros. Tiene gracia. —Tío, es en serio. Ag, no te lo perdonaré nunca. —¿Te vienes, Cántabro? El Cántabro negó con un gruñido. —Os veré después del desayuno, inútiles. —Adiós… ¡Asesino! —gritó con entonación lastimera el Malagueño—. Y dile al jefe de Clase que esta vez estoy jodido de verdad. Por fin domingo. Por fin el irreversible y definitivo fin de semana. El derrotero para convertirse en guardia civil había concluido. Parecía mentira. Salva deambulaba por las calles de la Academia, imaginándose que lo hacía por la población a la que se incorporaría a la vuelta de veinte días, en la comandancia de Madrid-exterior. Un Puesto en el que pondría en práctica su impaciente acervo de intenciones, todas regidas por la fe y la dilección institucional, los Reglamentos y los innumerables artículos que le habían obligado a memorizar; los cuales llevaría hasta su más primorosa ejecución: levantaría la admiración de la general ciudadanía y, por ende, la de sus superiores, a los que pensaba respetar y obedecer con la prontitud y desvelo que exige el Reglamento y jamás les daría motivos de queja o reprensión. Bastaría con ser íntegro y profesional. Entró en la descabalada formación del comedor —la indulgencia del último día era asombrosa—, tomó el aguachirle denominado café con leche y de vuelta a la camareta se encontró con sus compañeros en cadavérico descanso supino. —¡Todavía estáis así! —y balanceó ambas literas con brutalidad; operación que en nada contribuyó a perturbar al durmiente feroz, el Malagueño. Marino, al menos, le lanzó un insulto desganado y salió del catre. —¿Es que no te alegras de que por fin nos marchemos o qué? —Ag, mi pobre cuerpo, maldito —farfulló Marino, atisbándose una espinilla en el espejo de la taquilla. Salva se despojó del mono de faena, y al poco, de súbito, mientras él se esmeraba en abrocharse la camisa blanca frente al espejo, surgió Marino por encima de su hombro, por entero ataviado para la ceremonia. —¡Joder! ¿Ya estás? —Pues claro. Cuanto más te encorsetes, peor para tu libertad. —Oh, vaya. Tú y tu barata filosofía. —De acuerdo, de acuerdo. Dejaré que disfrutes tu segunda comunión. Bueno, qué: ¿te queda mucho todavía? Media hora después salían de la Compañía. —Total, para el timo de traje que nos han colocado. Marino se paseaba como si lo hubieran disfrazado de guardia civil. —A lo mejor no es culpa del traje —apuntó Salva, estirándose de las hombreras en un intento por disimular tan palmaria irregular terminación. —¡A FORMAR A LA CARRERA! —rugió un sargento rechoncho y coloradote al observar la parsimoniosa marcha de los alumnos, fingiendo un enojo simpáticamente mal disimulado. Apenas levantó unos trotes. —¿Quieres decir que esto está bien? —se encendió Marino—. Tío, tu ingenuidad es inmortal, ¿eh? Mírate. ¿Son estos uniformes un «corte a medida»? Está claro: una chapuza entre compadres. Estos listos nos han vendido el manillar de la moto, te lo digo yo —y echó a correr por llevar la contraria. Salva sonrió a la medida de su ánimo: orgiástico. ¡Qué tío más de puta madre el Cántabro! Lo embargaba una ensoñación en cuyo fulgor se divisa encaramado en estrados donde autoridades civiles y militares le colman de felicitaciones, medallas, condecoraciones… Pues con honestidad y valor así le devendría de un modo indefectible. Se estiró las trinchas con prosopopéyico gesto de regocijo, y sólo porque iba solo: su amigo le habría sacado un rato largo de cachondeo por semejante íntima fanfarronería. En medio de aquel desplegado engalanamiento de banderas nacionales, estandartes del Cuerpo, tricornios y hebillas rutilantes, afinamientos de los cornetines, el redoble de algún tambor —cuyo ejecutante templaba así su ardor—, Marino resaltaba como la nota discordante y entretenida. Había que formar, y el suboficial parecía realmente cabreado. El viento de primeras horas de la mañana había dejado un terso cielo azul, y ya dentro de la formación, con el sol subiendo, algunas gotas de sudor le rodaban por la espalda. Con ellas se despediría de las paradas militares. Entonces recordó que soñaba con ser cabo, sargento, oficial, y que tendría que pasar por diversos centros de formación si quería parecerse al capitán Parterra. Claro que, si llegara a oficial, recrearía un estilo distinto al de imitar a correosos legionarios, por muy bien que se llevara el paso desfilando o se percutieran taconazos: no más importante que una lección bien aprendida de servicio a los ciudadanos, como las leyes del Código de la Circulación, la Seguridad Pública, Caza, Pesca, Investigación Judicial… Reparó, entonces, en que apenas habían tocado materias civiles, indispensables para moverse con soltura en una sociedad democrática… Tampoco Marino iba a desbarrar en todo. A voz en cuello, el teniente Garrido reordenaba las diagonales. —¡LAS BARRIGAS ADENTRO, LOS PECHOS AFUERA! —iba y venía, repartiendo supuestos afables sablazos que, aun envainada el arma, poco tenían de sentimentales. En la magnanimidad de la partida, Salva decidió indultarlo de su animadversión: la noche en que le tomó el número para llevarlo al parte de Arrestados cumplía con su deber. En cambio, no se quitaba de la cabeza la cara del yonqui Marcos, pinchándose, mirándole con ojos vitrificados, transidos de una extraña bulimia, y ahora un guardia civil como él. La idea de otros Marcos entregados a jeringuillas rezumantes a la altura de sus uniformes arremangados seguía sin cuadrarle. Pero lo importante es que él lo era. La suya era una adicción sostenida por un sueño hecho realidad: envolverse en el uniforme de la Guardia Civil. Y lo había conseguido. Se desbordaba de gratitud al destino o a la suerte. O tal vez a la obstinada voluntad de serlo a despecho y desafío de una podrida convocatoria que poco a poco había ido descubriendo entre las discordias con Marino y su creciente perspicacia. No tenía nada que agradecerle a aquéllos. Tantos Marcos como había en derredor, sí. Un público alegre y vitoreante circuía la explanada. El coronel-Director subió a la tribuna de Autoridades. Dio un par de golpecitos al micrófono, y comenzó: —Queridos ex alumnos, compañeros guardias civiles —Salva se estremeció de gozo—. Es esta mi última lección y quiero felicitaros por haber superado este aprendizaje que os ha de reconducir el resto de vuestra vida, la personal y la militar. El despacho que hoy os entregamos es un pasaporte a una manera diferente de vivir. Como afortunados españoles —el coronel dejó que la «s» reverberara por los altavoces como el paso de una bala de cañón—… que sois al ingresar en el Cuerpo, no debéis nunca olvidar que vuestra entrega como caballeros del Tricornio nos es indispensable para el mantenimiento de la tradición que nos ampara, y que afianzarla con espíritu abnegado y altruista es vuestro honroso deber. Y que desentenderos sería tanto como un acto de cobardía, y una de las cosas más horribles es vivir siendo un cobarde… Continuó el coronel-Director en tono paternal, a la vez conmiserativo y electrizante. Algunos destilaban lágrimas por sus caras en alto. Salva las contenía, pero algo embriagador se difundía por todo su ser y el vello se le erizaba en la piel y en la garganta se le hacía un nudo. Se le inflamaba el pecho y el sol le daba de lleno en la cara. El honor, el honor. Uno debía morir por sus mandos y por la Patria o de lo contrario uno era un cobarde y un traidor y no merecía ser digno del uniforme y ni siquiera de ser español. Alguien tres filas a la derecha se desmayó de la emoción o de la solanera. Tras el coronel-Director, el general de Enseñanza pronunció unas rápidas palabras de clausura. A continuación, sonaron los prevenidos toques de corneta, y las Compañías iniciaron por hileras la recogida de despachos. Los asistentes, en su mayoría familiares, aplaudían con el fervor de un público que desde las gradas de una plaza de toros presenciara soberbias faenas taurinas. La cuarta Compañía taconeaba subrepticiamente el pavimento. Marino, que nunca se terminaba de ver en posición correcta, se recolocaba una y otra vez sobre su propia ubicación, obligando al resto de la cola a moverse en un lánguido efecto látigo que en ocasiones acababa por dejar al último —el Malagueño— como un non que nada tuviera que ver con los precedentes; de ahí que los murmurados recuerdos a los muertos del Cántabro asociados a la defecación por parte del andaluz fueran constantes. Por su parte, en cabeza, el espigado Galleguiño levantaba los pies con penoso disimulo intentando coger el ritmo: nueve meses de enconado entrenamiento y el aprendiz de soldado, a un cuarto de hora para despedirse, ignoraba si al redoble tenía que pisar con el izquierdo o con el derecho; claro que tampoco distinguía el redoble en cuestión. El de atrás le tarareaba un misericordioso rataplán que lo aturullaba más aún. Su crónica desmaña era un descalabro a la lograda armonía alcanzada por la Cuarta. Marino gruñó que lo dejaran en paz. Llegó el turno… Y el Galleguiño, en cumplimiento de esa regla que dice que ésta siempre tiene su excepción, partió con precisión impecable. La hilera de Salva marchaba como un síncrono, recto y elegante ciempiés. El retumbar de la Banda lo tensaba ahora más que nunca, sobrecogedoramente. Pisaba y lanzaba el brazo con remedo de soldado veterano, victorioso: un paladín contemplado por hermosas damiselas. Un soñador enseñoreado sobre sus fantasías. Al llegar a la tribuna de Autoridades, Salva formó el primer tiempo del saludo delante del coronel-Director, quien casualmente le correspondía. Éste le devolvió el saludo y acto seguido le tendió la mano, que Salva estrechó con prudente alborozo; luego recogió el despacho, que se pasó a la mano izquierda, según protocolo, repitió el saludo, hizo izquierda, y aguardó la orden de marcha. El público no cesaba de aplaudir y exclamar vítores a España y a la Guardia Civil. Al toque de corneta, regresó a la formación. Cuando el acto hubo culminado, en un arrebato de exaltación, algunos de los ya números (¡números!, ¿números?) lanzaron sus tricornios —los feos y grandes LLAVE— al cielo, y Salva vio el suyo elevarse más que ningún otro… Tal como destacaba Marino a la cabeza de un grupo que había optado, en una especie de huida despavorida, largarse cuanto antes. Se agachó a recoger el aliquebrado sombrero —tenía una de las alas partida, que enderezó sin mucha ganancia— y se lo encasquetó con un volteo de sentimientos disímiles… (¿jactancia, desazón?) A través de una algazara de despedidas, enhorabuenas y congratulaciones, Salva seguía a la desbandada, empero con paso lento hacia las camaretas. Muchos corrían, volaban. Y esta vez el teniente Garrido no tenía la culpa. Él, sin embargo, quería disfrutar de la postrera contemplación del entorno, de los melancólicos edificios: el largo comedor con su gigantesca cocina; los grandes ventanales de las distintas Compañías, nebulosos de polvo viejo y mal fregoteado; las altas aulas, cuyas ventanas obturadas por estores inmovilizados unas, por persianas a medio bajar como párpados de soñolientos imaginarias otras, le recordaban, vistas desde la explanada, la faz de un sibilino sanatorio que él abandonaba idóneamente medicado para ejercer como servidor de la ley. La LEY. Y el gimnasio, ¡ah, el sitio más entrañable! Allí había conocido a la gente más veraz y más cordial —exceptuando a Marino— de aquel variopinto batallón de reclutas rectificados. (Él no; siempre creyó, aceptó y ensalzó el régimen.) Se preguntaba qué será de las convicciones de sus compañeros, a dónde arribarán tantísimas como se desafían, cuántas negarán o defenderán impíamente. De las suyas no se preguntaba nada: tan indudable se conducía; si acaso un poco conmovido por la vertiginosa rapidez con que se precipitaba el final. En toda aquella estampida intuía un vago barrunto de soledad y cierto extravío, una vuelta a empezar sin otro asidero que uno mismo con su entusiasmo o su experiencia. Del primero porta una buena carga; de la segunda se empapará emulando a los veteranos, subordinándose sin tacha a sus mandos, con la audaz perseverancia de un desertor del arado… Penetró en la nave, vadeando despedidas inconclusas. Las camaretas resonaban como saqueadas por piratas. Petates y bultos preñados de ropajes y ávidos propósitos pasaban a su lado en trepidante procesión. Marino arrojó un rollizo bolso a un tipo calvo, delgado y muy hablador, que repetía: «Esto no cambiará nunca». —Tu tío, seguro —dijo, saltando a su taquilla. El otro, que metido en la suya no lo había visto llegar, emergió exclamando: —¡Pues claro, quién si no! —y de inmediato requirió al pariente—. Tío Esteban: quiero que conozcas al guardia más legal de toda la Academia. El pariente descartó la cremallera con la que peleaba y se abalanzó a saludar a Salva. —Encantado, compañero. ¡Cómo me ha hablado de ti, mi sobrino! Le tienes impresionado. No le hagas mucho caso. Habla más de lo que hace. Ya me ha contado cómo os tratan estos ganapanes —y al punto se explayó en relatar cómo se había —o le habían— paseado por varios artículos del Régimen Disciplinario «como una mariposa de flor en flor». Tales episodios parecían tener una gracia densa y lujuriosa que Salva no alcanzaba a entender. —Y es que a estos cabrones o les sigue la corriente o te joden vivo. En Picolandia el servicio y tu vida personal es lo mismo. Pero yo los capeo bien. Ja, ja. Me acuerdo de cuando el cacique de la aldea por la que andaba entonces me dio cinco liebres recién matadas y peladas para el teco, que estaba de revista en el Puesto. Me quedé con dos y en su lugar le endosé un par de mininos. ¡Ja, ja, ja! Ahí no me pillaron, ¿ves? Era lo menos que podía hacer, después de pasarme todo el invierno vigilando las vacadas de aquel cabrón, que era un primo del primer Jefe. En fin, y ¿adónde vas destinado, chavalote? —A Madrid-exterior. —¿Y era lo que tú querías? —Justamente. —De puta madre, pues. Mi sobrino, como ya sabrás, va para Navarra, y excepto la raya con Guipúzcoa, buena gente los navarricos —oyó que le pitaba el reloj—. ¡Vaya! Se nos hace tarde, sobrino. Te deseo mucha suerte, chavalote —estrechó la mano de Salva con jovialidad, se cargó el fardo al hombro, luego a la cabeza y salió de la Compañía sepultado por el bolso. Éste y sólo éste volvió a verse cegando los cristales más bajos de los ventanales que daban a la calle, sobrevolando como un torpe misil, sin duda abrumando y divirtiendo al dichoso pariente. —Es tal cual me lo habías descrito —comentó Salva. —Ya ves que no exagero tanto como tú creías —se expresó Marino con tintes ya de nostalgia. Eran pocos los que quedaban en la nave. El Malagueño se les acercó, gritando: —¡Buena suerte, pishas! Nasíos pa’ganá, ¿eh, tíos? —Se chocaron las palmas al estilo americano y comenzaron a intercambiarse fogosas promesas de reencuentros, «pase lo que pase». En ese momento cruzaba el jefe de Clase, arrastrando una maleta enorme. —Marino, Salva y el Malagueño, al Parte —les entró muy serio. —¡JEFE, ERES UN CABRÓN! —contestaron los tres al unísono, y se engancharon en abrazos hilarantes. Se cruzaron adioses, se dilataron en desearse toda la suerte del mundo y se despidieron como hermanos a distintos frentes. Le siguieron Novoa y Piñeiro el Galleguiño y su pericia innata para llevar el paso al revés de todos. Quedaron ellos dos en la camareta y sus inmediaciones. Marino se cargó a la espalda la mochila; por una de las cremalleras descollaba la barra de torsión que Salva le había regalado. Se miraron. Se desearon suerte. Se fundieron en un abrazo. No se chocaron los pulgares ni se rebotaron palmas. Habían fraternizado hasta un punto que superaba la mera amistad y que aludía al encontrado ardor de sus peculiares credos. Un desenlace ya en gestación. —Que te vaya bien, Salva. —Igualmente. Marino le daba palmaditas en el hombro; no hallaba el modo de despedirse. Un cordón umbilical les ligaba con la fuerza de un anhelo compartido: el de llegar a saber el uno del otro, de cómo llegarán a realizarse en una servidumbre que ambos percibían tan contradictoriamente. —Ojalá que tus sueños se cumplan tal como los imaginas… Muchísima suerte, atleta. —Lo mismo te digo. Por mi parte, espero, además, que nos podamos ver muy pronto. —Que así sea —respondió Marino—. Por eso me gustaría que quedara entre nosotros una promesa inexcusable. —Tú dirás… —Que hagamos todo lo posible por vernos a la vuelta de un año, si es que no puede ser antes. Y de ningún modo que pasen más de tres años. Para intercambiar experiencias y comprobar cuánto nos hemos alejado de lo que imaginábamos. ¿Vale? —Vale —convino Salva—. Pero estoy seguro de que no tendrá que pasar tanto tiempo. —Por si acaso —insistió Marino—. No me gustaría que fuera una promesa más, de las que hemos repetido a tantos otros sin verdadera estimación. Entre nosotros, eso tiene que sucedernos. Ah, y antes de que se me olvide, quiero dejarte algo —y sacando un libro de uno de los bolsillos de la mochila, se lo ofreció—. Quien regala un libro como este regala libertad. Es mi novela favorita, una que he leído muchas veces: Juan Salvador Gaviota. Quizás encuentres coincidencias sugestivas, aparte de tu nombre, y puede que, como a mí, te inspire otros aires y otras ambiciones; y si no, un recuerdo por nuestros buenos ratos, y por tu muelle, que cada vez que lo veo me pongo enfermo —lo miró de reojo y simuló una mueca de exagerado dolor—. Confío en que algún día se me vayan estas agujetas. Ambos rieron apenados, melancólicos. —No es un simple muelle, es una barra de torsión —le corrigió Salva—. Lo que quiero decir es que deseo que todo te vaya bien. Que la suerte nos acompañe. —Hasta pronto, Salva. —Hasta pronto, Marino. De nuevo se abrazaron, se estrecharon las manos al más puro estilo tradicional, y Salva vio alejarse a Marino con la mochila a la espalda, tan liviana que no le resultó extraño, conociendo que iba más bien escasa de ilusiones profesionales. En el centro de la mochila destacaba una pegatina lengua a modo de aseveración invicta y ostentosa contra lo que habían tratado de inculcarle durante aquel embarazo castrense. Antes de transponer la puerta, para no verlo en algunas semanas —unos pocos meses a lo sumo, se dijo—, vio a su amigo que le volvía la cabeza, agitando el puño en el aire y que lo cerraba con simbólica fuerza. Salva le imitó el gesto. Y se quedó solo. Literalmente solo. En derredor, un naufragio de camaretas irreconocibles, taquillas abiertas de par en par, literas atravesadas, colillas y papeles y un montón de útiles académicos esparcidos por doquier: reglas, fotocopias, perchas, botes de champú, jaboneras, zapatillas de la ducha… Su cara se iluminó en medio de aquel celestial pandemónium. Acabó de recoger. Sus pasos hacia la salida tenían ecos de ovación. Apretó los puños y salió a saltos. —Eh, tú, loco —se chocó con uno que bajaba de la Sexta. —Perdona, tío. Durante el viaje tuvo tiempo más que suficiente para leer el regalo de su amigo. Cuando lo hubo terminado, se descubrió a sí mismo en su tocayo Juan Salvador Gaviota. Quería ser como esa gaviota y también un guardia civil como el coronel-Director. Él era así. ¿Sería compatible? Rodeado de familiares y compañeros, en un tren con destino a sus sueños, Salva se abandonó a un sentimiento de felicidad insuperable. VIII. Y HACIA UNA MANERA DIFERENTE DE VIVIR 1 Salva echó el último bulto al maletero. Para asegurarse, una vez más, de la ruta, sacudió las dobleces del mapa y fue directo a la cuadrícula en la que su destino, según la Jefatura de la 112 Comandancia de Madrid-exterior, aparecía marcado con letras muy pequeñas, proporcionales al tamaño de la localidad. Ubicado entre trazos ennegrecidos, en los confines de la provincia, tenía resaltado con rotulador: San Juan de la Sierra. Cientos de veces idealizando delante de aquella manchita rojiza, viendo en ella un vaticinio de promesas, logros indudables, una fuente de honor y fama en la que realizarse profesional y personalmente. ¡Cuánta impaciencia! Había confiado en que por su nota hubiera tenido el privilegio de elegir destino, uno con mejor ubicación, más cerca de la capital. Pero no le preguntaron. En ese punto sus notas no le sirvieron de nada, como predijo Marino. Le daba igual. Por encima de todo creía en su profesión, el servicio a la sociedad, el trabajo bien hecho, la disciplina, el honor, la imparcialidad. Ser guardia civil. Terminó de acoplar el uniforme dentro de la maleta, abrigando la pistola y el tricornio —al final había comprado uno nuevo, menos voluminoso que el académico, de alas consistentes y sin fracturas, como su ideal—: objetos emblemáticos de su epopeya y ahora nueva condición social, y la acarreó hasta la furgoneta de sus vecinos, quienes en viaje a la capital le harían el favor de acercarlo hasta la estación de autobuses que le convenía. Tras despedirse de su familia, partió a la búsqueda de San Juan de la Sierra. Un pueblo tranquilo; demasiado, conjeturó un tanto decepcionado. Durante el trayecto, sus paisanos le animaban en su nueva profesión. La señora Ramona refiriéndole ancestrales y desgarradoras tragedias de posguerra, del sufrimiento de generaciones de perdedores trillados por administraciones enconadas y denigrantes; y se extendió en relatos que de puro lejanos le parecían de una época perdida en la intemperie de la Historia y de la que no se le antojaba relación con lo que él iba a ser; o mejor dicho: ya era. Ramona concluyó con un lastimoso ruego: —Cuando te digan de reprimir a los pobres, hazlo poniendo más apariencia que ahínco. No olvides nunca de donde sales, quienes son tu gente, quien eres tú. Salva asintió sin objeción, con sonrisa condescendiente. Dio un beso a Ramona —la pobre tan despistada— y se bajó. Una hora más tarde se pegaba a la ventanilla de un largo y cascado autocar, en una de cuyas paradas se hallaba su localidad de destino. ¡Uf, qué nervios! Cuando dejaron la autovía, el viaje se convirtió en un incesante rebote por culpa del rosario de baches que la socavaban. Un cartel verde con la inscripción C-215, identificaba a la nueva carretera. Viejos y destartalados postes de teléfono se deslizan muy cerca de su semblante abstraído… Se ve subido en un coche del Cuerpo, en vigilancia de carreteras, caminos, propiedades particulares o del Estado. Va erguido por doquier y ni el viento logra encorvarlo. Es un servidor de la Ley —la LEY—, orgulloso de ofrecer a sus habitantes seguridad y apoyo, pues lo dice el Reglamento: «Siempre fiel a su deber, sereno en el peligro y desempeñando sus funciones con dignidad, prudencia y firmeza, el Guardia Civil será más respetado que el que con amenazas sólo consigue malquistarse con todos». No dejará que la buena gente no se sienta a gusto con él de servicio. Su gratitud será su recompensa. Promisorias perspectivas como de un grandioso tráiler de estreno… El suyo en la Guardia Civil. Alguien dijo que las aplastadas colinas que les recibían anunciaban a San Juan. Al poco, ramales de sierra venían a postrarse hasta la carretera por la margen izquierda, se zambullían a escasos metros del asfalto y resurgían por su derecha, suaves y crecientes, tras permitir una vega erizada de maizales, hacia un paisaje menos romo pero igual de estepario. Los maizales semejaban un desfile de compañías en formación. (¡Ah, la Academia, las clases, sus profesores…!) Sin duda, la recorría un río. Se divisaban sotos y pequeñas presas de las que partían acequias ramificadas, transportadoras de una modesta prosperidad agrícola. Los afanosos hortelanos le inspiraban un sentimiento de amparo y de intercesión que él atendería con lealtad perseverante. La serranía, en cambio, la imaginaba inexplorada, recóndita, infestada de salteadores a los que detendría con temerario valor. De ahí las medallas, las condecoraciones, cabo, suboficial… Un letrero oxidado, cuya lectura ya se le escapaba, le hizo parpadear y reubicarse: San Juan de la Sierra. Éste apareció tras una amplísima curva. Descendía apacible y prosaico por una ladera hasta concluir en la carretera. Por el otro flanco, la vega continuaba silenciosa y verde, fragante de humedad. Sentenció el lugar como una Arcadia insulsa donde sus audaces y probas ambiciones, sus intrépidos anhelos de aventuras beneméritas, apenas si tendrían cabida. Con una vaga impresión de fiasco, bajó del autobús: entonces, sin saber por qué, se sintió Robinson Crusoe. Preguntó por el cuartel de la Guardia Civil y, con el bolso al hombro y en la mano la maleta, echó a andar calle arriba. Diez minutos después se detenía al pie de una escalera de piedra, rematada por un poste de granito del que emergía un mástil metálico y cónico, al final del cual la bandera nacional colgaba lánguida y algo deshilachada. Salva, con la pierna doblada sobre el primer escalón y sin soltar su equipaje, se lentificó en contemplar a su izquierda el terraplén apaisado, alfombrado de césped y afianzado por rosales, extendido a todo lo largo de la fachada del cuartel, un edificio de tres plantas; y a su diestra, tras una verja moteada de orín, una rampa que conducía hasta la «cochera» —así rezaba un azulejo colocado en el lateral— con la puerta levantada; dentro se veía un Renault Cuatro con los distintivos oficiales del Cuerpo. Al fondo, disimulados por un sauce, unos tendederos enarbolaban una colada de camisas verdes, uniformes de campaña y sábanas blancas. Apretó los puños y se dio a ganar peldaños, lanzado de triunfo y sin aliento, como cuando resolvió los metros finales en la carrera de oposición. Un guardia que frisaría los cincuenta años, de unos ciento setenta centímetros de altura y casi otro tanto de ancho, salió a recibirle al rellano, junto a la bandera. Tenía entradas profundas en su pelo crespo y las mejillas encendidas por un intrincado cruce de capilares rojísimos. Salva se presentó: —Buenos días. Soy un compañero destinado a este Puesto. —¡Ihé! —exclamó el obeso guardia con la alegría de quien ve aparecer al Mesías, aunque sólo fuera Salvador—. Así que eres tú. ¡Estupendo! Uno más para hacer servicio, que falta nos hace. Yo soy el guardia primero Félix —y le tendió la mano, que Salva recibió con entusiasmo. Lo había oído perfectamente: le esperaban como guardia civil. Ahora estaba seguro de que no había ningún error en el papel que el cabo Rafa le entregara meses atrás. Un perro, en teoría blanco, salió de la cochera, seguido de un individuo menudo armado con un gran mostacho. —Es Rufo, nuestra mascota —informó el guardia primero—. Me refiero al perro, claro; el de la funda de mono es Goyo —se rio tan a gusto—. Aunque el brigada, no sabemos por qué, se empeña en llamarle Marqués, al perro, claro. Ja, ja. Espera aquí, que voy a avisarle —y se metió por la puerta coronada con una artística inscripción en arco, forjada en hierro: TODO POR LA PATRIA —¿Qué hay, chavalote? —dijo el guardia llamado Goyo. Exhibía un bigotazo tópico y típico: enorme, bucleado y de puntas retorcidas; y su figura enjuta daba cuenta de un trozo de chocolate. Después de presentarse, destacó la suerte que Salva había tenido, ya que, en su opinión, había ido a parar al Puesto menos conflictivo de toda la Comandancia. A continuación le explicó que las dependencias oficiales, incluida la vivienda del comandante de Puesto, se hallaban en la planta baja, y las dos superiores eran pisos, a los que llamaban pabellones, uno de los cuales pertenecía a los guardias solteros, precisamente el situado frente al suyo, en la primera planta. Le ponía al tanto de la clase de servicios que se prestaban en aquella demarcación —rutinarios y elementales—, cuando surgió el comandante de Puesto, un suboficial de pelo entrecano y cortado a cepillo, no muy lejos de la Reserva Activa. Salva, en pantalón vaquero, se cuadró con ademán enérgico entre su equipaje. —A sus órdenes, mi brigada —dijo, de repente azarado. —Gracias, muchacho —respondió el brigada. Le alargó la mano—. Pasa a mi oficina —le pidió sin dejar de observarlo de un modo penetrante, escrutador. Excitado por el estreno de tan fascinante etapa vital, Salva traspasó el umbral hacia una manera diferente de vivir. Lo había dicho el coronel-Director y él creía en lo que decían sus jefes. Él era así. IX. LA REALIDAD SUBYACENTE 1 Incorporado oficialmente el día anterior, Salva cumplía su primer servicio como guardia de Puertas en el Puesto de San Juan de la Sierra. Recurrió al artículo que refería esa clase de servicio y encontró que ponderándolo con la realidad, se le antojó un tanto ininteligible, anacrónico. «La Guardia de prevención es sustituida en las Casas-cuarteles de los Puestos, debido a la escasez de fuerza, por el llamado guardia de Puertas. Este cuidará: a)De impedir toda sorpresa a la fuerza acuartelada. b)De estar atento al teléfono, si su próxima instalación se lo permite. c)De cumplir, en general, para el mejor desempeño de su cometido, las obligaciones del centinela marcadas en las Ordenanzas del Ejército. d)De impedir la entrada en la Casa-cuartel a persona desconocida o de mala conducta, cuidando de que los que puedan efectuarlo se dirijan a la dependencia o pabellón que les interese. e)De impedir que la fuerza salga de la Casa-cuartel sin vestir el traje correspondiente. f)De abrir y cerrar la puerta a la hora prevenida; a partir de este último momento no franqueará la entrada a nadie sin previa autorización del comandante de Puesto o de quien haga sus veces e identificando a la persona que se anuncie. g)De hacer llegar rápidamente al Comandante del Puesto la correspondencia que reciba y noticia de cualquier novedad.» Ejército, centinela, Ordenanzas. ¿Impedir la salida sin que la fuerza salga sin vestir el traje correspondiente? Se consoló con la idea de que con el paso de los días y su consagración le revelarían lo incomprensible de tan extraña vigencia. Era sólo un novato. Se acordó de Marino. Sabía que había sido destinado a Pamplona y a partir de ahí nada más. Un día de estos tengo que localizarlo —se reiteró—. Tendrá problemas. No llegará muy lejos en el Cuerpo. Necesitarás mucha suerte, amigo. Ojalá la tengas. Él, por su parte, con muy poca le bastará. De la ansiosa abnegación por su servidumbre barrunta una ristra de éxitos de cuya reputación le devendría ser muy pronto cabo, sargento, oficial… Bien sencillo de lograr, tal como rezaba ese artículo que era el predilecto del capitán Parterra: La disciplina, elemento esencial… Riguroso cumplimiento… Ciega obediencia… Pasado algún tiempo (unos pocos meses, sin duda menos de un año), se reencontrarán, se contarán hazañas dispares, recordarán tiempos pasados nostálgicamente peores, y él abrumará a su amigo con un sinfín de buenos servicios. Creo que para entonces seré un especialista en Actividades Subacuáticas —se recreó—. Quizá a punto de hacerme cabo, y con alguna que otra felicitación en mi hoja de servicios. ¿Medallas? Sí, un par de ellas, por qué no. De pronto, sonó el teléfono; tenía un candado para evitar que se hicieran llamadas. —Cuartel de la Guardia Civil de San Juan de la Sierra. ¿Con quién hablo, por favor? —oyó su propia voz lejana y un tanto insegura. Un vecino solicitaba información acerca del trámite administrativo para la venta entre particulares de una escopeta de caza mayor. Salva, medio balbuceando, insistió con ciertas vagas inquisiciones. Comprendió que los nervios —o la incompetencia— le estaban jugando una mala pasada, y sólo gracias a la ayuda del brigada, que salió de su oficina a interesarse por el asunto, pudo remediar satisfactoriamente. —No debes preocuparte —le tranquilizó luego el suboficial—. Cuando no sepas algo, me lo preguntas a mí o al compañero que tengas más cerca, pero nunca permitas que alguien que nos requiera se quede sin respuesta. Recuerda que eres un Servidor de los Ciudadanos. Por desgracia, más importante que todo eso es contentar a los oficiales —agregó en tono sombrío—. Ellos tienen otras prioridades. Es la realidad subyacente. Pero bueno —intentó mostrarse animoso antes de dejarlo—, con estos consejos y poco más llegarás a donde quieras y a lo que quieras. —A sus órdenes, mi brigada —contestó Salva, poniéndose firme, extremando la ejecución del saludo, asombrando al suboficial… Y es que, con perfección insuperable, había ejecutado el gesto de llevarse la mano extendida a la sien a la par que estallaba un seco y sonoro taconazo, que le recordó la presentación fallida ante el profesor Parterra. Lamentó con absurdo disgusto lo que entonces no pudo conseguir, quedándose su nota en un inmerecido siete. El artículo concerniente era rotundo: «El saludo militar, fiel exponente de la instrucción de una tropa, exige que el Guardia Civil, como soldado veterano, se distinga al practicar con la máxima corrección y exactitud cuanto previene el reglamento táctico para saludar a las banderas y Estandartes, Jefe del Estado, Generales y Suboficiales de los Ejércitos de Tierra, Mar y Aire. El Gobernador de la provincia tendrá el mismo saludo que los jefes». Acababa de demostrar ante su superior cuán sobresaliente era su preparación profesional. Sin embargo, el semblante del brigada no fue ciertamente de admiración… Muy al contrario… ¿indiferencia?, ¿desencanto? ¿Qué había hecho mal? Entre la disculpa paternal por su incompetencia informativa y el lucido gesto militar que le había salido, mediaba una contrariedad inexplicable. Se recolocó el sombrero. Lo notó demasiado cerca de las cejas y, con gran pesar, se lo subió un par de dedos… Bueno, con uno bastaba, y continuó dando paseos por el rellano exterior en distraída soledad en la hora rayana al mediodía. Por el patio que separaba el edificio principal de la cochera, el perro llamado Rufo saltaba detrás de un pájaro que iba del sauce al suelo empedrado, una y otra vez. Una gruesa miga de pan parecía ser el quid de la cuestión. Un sol de paz fulguraba en torno. Muy lejos, sonaba una radio, un murmullo indiscernible, bucólico. Sí: destinado en Arcadia. No medio, sino entero sería ese día de inolvidable. Lo presentía. Como se debe de presentir cuando uno echa su primer polvo o se enamora la primera vez. Eso le llevó a reparar en que perdido entre aquella serranía le costaría enamorarse, al menos de forma tan arrebatadora como le había sucedido al guardia más novato en la Unidad hasta su incorporación: el guardia Montilla, al que por su procedencia del Colegio para hijos del Cuerpo llamaban «Polilla» o, más resumido, «Poli». Lo había conocido la noche anterior cuando el tal Poli regresaba de servicio, pero sólo de pasada, ya que después de presentarse y darle la bienvenida con simpatía y generosidad se despidió, pues le esperaba su «estupenda chica». Por lo visto, la Guardia Civil, un ordenador con el que componía música y la novia, polarizaban su vida. Le pareció un compañero franco, simpático y digno de confianza. Aunque más veterano, era un año más joven, y secreta y vanidosamente lo juzgó que por lo menos era cien más ingenuo que él…, por mucho que el brigada así le hubiera motejado, en tanto se volvía a su despacho: ese había sido su mascullado comentario, recordó con súbito enojo, de nuevo reparando en el comandante de Puesto y su inalabada actuación. Pero ¿por qué? ¿Contentar a los oficiales? ¿Que ellos tienen otras prioridades? Ser un Servidor de los Ciudadanos, por supuesto. Lo cierto es que su andadura profesional había comenzado de una manera bastante deficiente. ¿Era toda la culpa suya? Podía recitar de memoria innumerables artículos, pero nunca fue aleccionado a estudiar con semejante vehemencia la Legislación; el Reglamento de Armas, en este caso. El nimio incidente y su superior le habían atisbado una evidencia indiscutible, una realidad inopinada (¿subyacente?): sabía demasiado poco acerca de lo que en esencia debería. Un paisano que ingresó en la escalera del acuartelamiento, asiéndose con dramática languidez a la barandilla, acaparó todo su interés. —Buenos días. ¿En qué puedo servirle? —le recibió, efectuando el saludo militar con gallardía exacta y campechana. Un detalle que en nada contribuyó a variar la luctuosa expresión en los enrojecidos ojos del visitante. Con voz trémula de rabia, empezó a relatar cómo al llegar de mañana a la modesta granja de su propiedad se había encontrado con que le habían herido dos vacas y robado cinco terneros. Era todo lo que tenía para ganarse la vida. Quería denunciarlo. Quería morirse. Salva sintió de lleno el infortunio de aquel hombre. Trató de animarle diciéndole que seguramente los ladrones no tardarían en ser apresados y con ellos las reses. Pero el lugareño porfió de un modo irracional que eso no sucedería: otros robos similares habían ocurrido en la demarcación y en otras de los alrededores y ninguno había sido resuelto. Por una idea fantasiosa y filantrópica, Salva deseó ser el Superman de sus viejos tebeos, para desdoblarse en una entrada y salida vertiginosa al cuarto de Puertas y, mientras el brigada recogía la denuncia, volar, reconocer el lugar del delito, usar sus poderes y atrapar a los canallas asaltadores de ganado de gentes honradas y trabajadoras, llevarlos al juez, comunicar al comandante de Puesto que ya estaba solucionado el caso y al perjudicado que su granja volvería a producir para sustentar a los suyos… Formalizada la denuncia, el infeliz se fue con su desesperanza. La cruda existencia en el campo, la burocracia, el abuso de los poderosos: él como Servidor de los Ciudadanos se esmerará a las órdenes de sus superiores para neutralizar toda agresión contra la clase trabajadora. Y todo empeño audaz ha de comenzar por la información. Intrigado por la obstinada convicción del denunciante, Salva no pudo resistir preguntar al brigada: desconocidos que llevaban a cabo asaltos a los corrales de ganado con formidable barbarie y eficacia devastadora. Nada más se sabía. Ni sospechas ni indicios. Salva quiso insistir, pero otro vecino, un gitano de aspecto astuto, veraz y venerable, hizo su aparición y el suboficial se adelantó a recibirle. Se saludaron con afecto, y camino de la oficina fueron charlando de la caza mayor por la sierra de Los Varales. Cuando se hubo marchado, el brigada le explicó que en realidad se trataba de un furtivo-confidente del Puesto, más bien suyo. Entre ellos existía un pacto secreto por el cual Melquíades, el Calaíto, su nombre y apodo respectivo, le mantendría informado de los furtivos que tuviera constancia a cambio de hacer la vista gorda en cuanto al mismo tipo de actividad ilícita por parte suya, siempre y cuando la caza la destinara única y exclusivamente a consumo personal. Por el número de diligencias y las importantes aprehensiones el intrépido compromiso le compensaba y, por ende, a toda la fuerza. —Así que a este gran gitano no quiero que lo molestéis, ni aunque me lo pilléis «cortando limones redondos». Es lo que tengo dicho a todos, y el trato rinde. —Salva, cautivado, asintió—. Gajes del oficio, Salvador —declaró el brigada con acento de camaradería—. No en vano, somos uno de los Puestos en esta Compañía que más atestados instruye por esa clase de infracciones. Hizo un conato de retornar a su despacho, pero al ver que el guardia se movía en actitud de despedirlo repitiendo el bizarro saludo de antes, se giró a medias desde el escalón de la entrada y con sólo la cabeza vuelta, le dijo: —Gracias, muchacho. Pero no es necesario que… —vaciló— que repitas el aspaviento castrense. —Salva arrugó el entrecejo, y el brigada, quizá meditando acerca del tono empleado o quizá porque el fondo de la cuestión requería una más positiva aclaración, acabó por volverse del todo, se bajó y frente al guardia, con formalidad receptiva, explicó—: Quiero decir, que no acentúes en demasía el saludo. Ten en cuenta que una cosa es la Academia y otra muy distinta la calle, la que nos requiere como genuinos Servidores de los Ciudadanos… que habrás de ajustar con la realidad subyacente. En esta nueva etapa para ti nada de todo eso va a servirte; al contrario, podrías quedar grotesco. ¿Conoces el orden jerárquico por encima del Puesto? —Sí, mi brigada —respondió al punto Salva. Y recitó—: En primer lugar, está la Línea, de la que dependen varios Puestos y la manda un teniente, en este caso la Línea está en Dosarcos; después, la Compañía al mando de un Capitán, que actúa sobre las Líneas, la nuestra es la de Alcalá. Y, por último, la Comandancia, mandada por un teniente coronel, que dirige toda la provincia, y está en la capital —remató, ufano. —Muy bien, Salvador. ¿Y sabes de tus obligaciones como guardia de Puertas? Salva comenzó a recitar el artículo, que conservaba fresco en la memoria. Y mientras lo hacía, el suboficial no dejaba de mirarlo, atónito o conmovido por su extraordinaria sapiencia militar, asintiendo lentamente la cuadrada cabeza, cuyo grisáceo y espeso cabello cortado a eso del tres o el cuatro contribuía a darle un aspecto de cuadratura impugnación. Salva terminó con asaz menos arrebato del empezado. —Veo que lo sabes muy bien —alabó el superior, con un deje no exento de ironía—. Bajo el peso de esos escalones de mando nos movemos, sí. Incluso te has aprendido las respectivas localidades, y eso me alegra, Salvador. Sin embargo, aprehender la importancia real de tal organigrama te llevará tiempo —puntualizó grave pero cordial—. Toda esa teoría no te servirá de mucho aquí. No para resolver los problemas más graves de este Puesto, pese a que son pocos y casi triviales: algún que otro robo en los chalés, las periódicas amenazas de bomba en el colegio, unos graciosos que de cuando en cuando se van a cagar a la piscina, y los robos de ganado. »Por descontado, éste último el más importante. También el más oscuro y desalmado, como ya te he dicho. En general, nada que requiera proeza alguna, supongo —apostilló dudoso—. Me temo que los árboles te tapan el bosque. Recuerda siempre nuestra esencia del Deber, que, como dice don Quijote, «no es otra que favorecer a los desvalidos y menesterosos». En fin, intenta ver las palabras y mantén los ojos abiertos: los del espíritu —se calló; alguien bajaba—. En lo que se refiere al conocimiento de tus obligaciones durante el servicio de Puertas, bastará con que estés atento a las repentinas y, la mayoría de las veces, funestas presentaciones de los oficiales. Para lo demás, siempre podrás contar conmigo. Salva correspondió con una mueca de agradecimiento, no exenta de turbación. El brigada le dio la espalda y retornó a su oficina, con aire agobiado, como arrepentido de sus palabras. El que bajaba era el joven Montilla, alias Polilla o Poli. —Buenos días, novato —le saludó radiante y comunicativo, pasándose un pequeño peine por el rubio pelo cortado a cepillo, pero, a diferencia del brigada, de un modo presumido y primoroso. En realidad, el del suboficial recordaba más a un rastrojo que a otra cosa—. No te enfades por lo de «novato» —agregó, dándole una palmadita en el hombro—. Bueno, ¿qué tal llevas tu primer día? —Bien —contestó Salva, relegando del pensamiento el atroz brete con la pregunteja del ciudadano; al fin y al cabo, el interés del guardia Montilla era simple retórica—. De momento no va mal del todo —se retrotrajo, no obstante, porque no se lo perdonaba. —Bah, aquí en este Puesto no debes preocuparte por nada —le animó—. Alguna que otra situación-problema, pero poca cosa. Ya te acostumbrarás. Como mucho deberás cuidarte de algunos compañeros. En especial de Carrasco, el soltero que tiene la habitación al fondo del pabellón. Es un renegado, un borracho. Un rojete. Sí, de ese, cuídate. Está loco. Los demás son buena gente. Jorge, que es con quien compartes dormitorio, lo verás únicamente cuando suba a cambiarse de ropa: fuera de servicio siempre está en casa de su novia; anda preparando boda para final de año, con lo cual el cuarto es como si lo ocuparas tú solo. Velasco es el que vive a tu izquierda; un fantasma, pero también buen compañero. Y la puerta enfrente de la tuya es la mía. Ahí puedes entrar cuando quieras. Creo que congeniaremos —vaticinó. —Eso espero —dijo Salva. —Seguro. Y con respecto a los caimanes, ya sabes, los guardias más viejos del Puesto, son unos quejicas de mucho cuidado; aunque —y se le acercó bajando la voz— con el brigada tengo que advertirte de que tratará de comerte la cabeza con sus libros y sus parrafadas. Dile siempre que sí y no le hagas mucho caso. Es un poco raro, pero no se trabaja mal con él. Bueno, tengo que marcharme que me cierran la tienda. He de comprar viandas; es que la comida del mediodía me la hago yo: sopas de sobre, fritangas… —Se frenó, pensativo—: Oye, ¿qué te parece si la hacemos a medias? Un día la preparas tú y yo al otro. Salva, sin pararse a considerar la cuestión —sin reparar en sus nulos conocimientos culinarios—, aceptó de inmediato. —¡Entero y a base de bien! —lo celebró el Polilla—. Así tendré más tiempo para mi estupenda chica —suspiró, acariciándose el corte de pelo pincho—. Lo dicho, creo que nos vamos a entender. Por cierto: ¿quieres que te traiga algo de comida? Con la ilusión de su primer servicio, Salva se había olvidado del sustento y del hambre, que de golpe se notó. Le encargó, muy agradecido, un cartón de leche, pan y latillas de atún. Ya solo, Salva reparó: ¿y mi chica, andará por aquí? ¿El guardia Carrasco, un borracho, un «rojete»? Sonó el teléfono. De la oficina de la Línea participaban el itinerario de vigilancias a llevar a cabo por la pareja de servicio nocturno. Le pasó el telefonema al brigada, quien lo transcribió a la oportuna papeleta. Pasado el ajetreo (tenía la sensación de que estaba teniendo un servicio muy movido), encendió el transistor. Noticias: despidos, incremento de turistas; atraco de tres supuestos terroristas del FRAF, uno de ellos una mujer, a un banco de la capital. La radio podía distraerle. Prefirió apagarla y continuar con plena dedicación a su labor. Un chirriar de neumáticos en el exterior de la casa-cuartel le ayudó bruscamente. Se precipitó a la ventana. Un tipo alto y unos cinco o seis años mayor, bronceado, con el pelo demasiado largo para ser guardia civil, vestido con prendas de moda y gafas de esquiador, bajó de un deportivo ya un poco antiguo y jaspeado de pegatinas que simulaban churretes de pintura, nombres de mujeres, rayos de brillantina, y en el cristal trasero un tío horrendo limpiándose el culo con cara de exhibicionista. Atacó los peldaños de dos en dos. Salva salió disparado, dispuesto a darle el Alto como le habían enseñado: «Desde la retreta hasta la diana ¿Quién vive? a cuantos llegaren a su inmediación, y si contestan ESPAÑA preguntará: ¿Qué gente? y si estuviera en campaña ¿Qué regimiento? Si los preguntados respondiesen mal o dejasen de responder, repetirá el ¿quién vive? dos veces más. Si siguen sin contestar o contestan mal, llamará a la guardia para arrestarles. Si intentan huir, darán la alarma. Y puesto que tiene derecho a que se respete su Autoridad, si alguien le desobedeciere, le advertirá primero, pero si tiene fundada sospecha de que resulta amenazada su persona o la seguridad del Puesto, usará del arma». Intuyó que debía de existir una resolución más accesible (o menos rocambolesca), y sencillamente dijo: —Por favor, ¿podría identificarse? El dandi se paró junto al palo de la bandera y se subió las gafas ultramodernas. —¡Pero coño! —exclamó—. El pipiolo, está claro. Yo soy Velasco, el guardia orador de este Puesto. Encantado de conocerte, socio —le estrechó con ímpetu la mano. Lo felicitaba por la suerte que había tenido al caer en San Juan, sobre todo por lo mucho que iba a ligar gracias a él, cuando llegó Montilla cargado de bolsas. —Este es el fantasma del que te he hablado —resumió la presentación. —Muy gracioso, Poli —saltó el otro—. Pero desde que te han trincado ya no quieres saber nada de los compis. Montilla subió los dos peldaños de la entrada al acuartelamiento, torció al cuarto de Puertas y depositó sobre la mesa una de las bolsas; a la salida, desde el umbral, replicó: —Fanfarroneas con eso tanto como en el futbolín. El tal Velasco enfureció de pronto. —Eso no te lo crees ni borracho. —Cuando quieras. Arrearon los dos muy serios hasta un cuarto frente a la oficina del comandante de Puesto, el cual ostentaba en el dintel una vieja tabla, doblemente rotulada: SALA DE ARMAS, y debajo, cinceladas, góticas e inmemoriales: SI VIS PACEM PARA BELLUM En seguida restalló un toma y daca jubiloso entre ambos. Allí había un futbolín. No había manera de saber quién iba ganando. El estrépito del artefacto y el griterío burlón de los contendientes rebotaba por el pasillo y se perdía en la calle, por sobre los tejados, por la falda de sierra que mantenía el viejo y remozado cuartel en alto. Invadía su espíritu y lo levitaba. Ah, cuán grande ventura. Salva apretó los puños. Bajó el guardia primero Félix y echó a Velasco, pues salía con él de servicio y todavía no tenía puesto el uniforme. Se puso él en su lugar. Esta vez quedó clara la victoria del Polilla. —Pero en tripear os ganamos los veteranos —salió rezongando el corpulento guardia primero—. Buenas tardes, Salva —le saludó con la capa al hombro; el sol caía a plomo y el mercurio del termómetro rondaba los treinta y cinco grados. Se dirigió a la cochera y levantó la puerta. Junto al Renault 4 que Salva había visto el día anterior estaba un Land Rover—. Y este Velasco sin bajar —se quejó sin énfasis, salvo cuando le advirtió—: De lo que te cuente, no te creas nada. Es un gallito. Le habla a todas las mujeres que se encuentra de servicio, pero liga menos que el chófer del Papa, ja, ja —celebró su chascarrillo. Félix era el guardia más gordo y más antiguo en el Puesto. Todos lo apreciaban por su carácter alegre y sus ocurrencias. Viéndole preparar la salida, Salva no pudo contenerse una curiosidad: —¿Y en estas fechas la capa…, mi Primero? —¡Ihé! —replicó con un grito jovial—. No me vuelvas a llamar «mi Primero». Ya se sabe que en las academias no enseñan nada productivo, pero desde luego a mí me llamas Félix. Y referente a la capa —volvió a aullar—, tiene su mérito, chaval: la capa todo lo tapa, y en verano este jodido escay —asestó una palmada a los asientos del Land Rover— te empapa de sudor. Los veteranos tenemos muchas cosas que enseñaros a los jóvenes. La antigüedad es un grado —sentenció. —Ya veo. Velasco ha dicho que es el guardia «orador». ¿A qué se refería? El guardia primero repitió su alarido. Se disponía a contestarle entre risitas, pero como en ese momento bajaba Velasco, éste se adelantó: —Con hache, de horadar, de perforar chochitos; y, ahora que lo pienso, también sin hache, cuando me los como —se jactó—. Ya te presentaré alguno, qué leches. No se te resistirán. Es de lo poco gratificante que le podrás sacar al uniforme. —Te lo dije: es un gallito —exclamó Félix, palmoteándose la voluminosa panza. Metió una pierna dentro del Land Rover y dejó la otra fuera—. Tranquilidad con buenos alimentos es lo más parecido a la felicidad. Nunca olvides salir de faena con una comida y una siesta por adelantado. —Y cagao —agregó Velasco, bajando por la rampa. —Ya tengo ganas de salir de patrulla —dijo Salva. —La calle es una tormenta que hay que saber lidiar —resolló el guardia Félix, impeliendo el Land con el pie que apoyaba en el suelo, las manos una al volante y la otra sujetando la puerta. —Pronto te hartarás —avisó Velasco mientras abría la cancela. Acto seguido se ubicó en la acera, miró a derecha e izquierda, e hizo una señal. A partir de ahí, Salva presenció un sorprendente método de poner en funcionamiento el coche policial. Tras botar al asiento, Félix pasó a controlar el descenso con los frenos, en punto muerto y motor parado; y siguiendo las indicaciones de paso libre que Velasco le hacía, invadió la calzada, en oblicuo, torció al centro y prosiguió pendiente abajo sin detenerse. Velasco se lanzó en su persecución, abrió la puerta del vehículo al trote y se introdujo de un salto. El Land continuó ganando velocidad. De súbito, tosió, expeliendo una nube de humo negro y denso que anubló, sin metáfora, hasta la bandera, obligando a Salva a salir de su asombro y correr a encerrarse en el cuarto de Puertas. ¡Joder!, verdaderamente increíble. Salva sintió ganas de apoyar las manos en la mesa y levantar los pies por encima de la cabeza. No supo deducir por qué una maña tan intolerable y peligrosa le excitaba tanto, pero se dejó arrebatar. El resto del día transcurrió como si estuviera de fiesta, con los pensamientos en el próximo servicio: el de correrías. Un nombre sui generis para una forma de trabajar fuera de la población. Pero la denominación es lo de menos si lo que prima es la eficacia. Ansiaba la tormenta. A punto de concluir, recibió dos telefonemas: uno sobre el robo de un taxi, pistola en mano, supuestamente por los FRAF; el otro, en el que la Plana Mayor de la Compañía exigía del comandante de Puesto la remisión de oficios por triplicado y «debidamente calcados». El segundo telefonema irritó al brigada más que el primero. Salva no preguntó. En una esquina de la oficina una bola de pelo se alzó sobre cuatro patas cortas y peludas. Dos discos color cuero se clavaron en Salva. —Es Bastet —informó el Brigada—. Mi gata persa. El nombre se lo puso Carrasco y con ese nombre casi nunca nos hace caso, pero nos mantiene libre de ratones las dependencias, y viene a ser mi alter ego. Le has caído bien. Lo sabía —añadió sin explicar por qué. El animal estiró las patas delanteras, hizo un amago de flexión, se enderezó y, con el rabo en escuadra (un amplio penacho de pelo gris y blanco), pasó al lado de Salva con elegante parsimonia—. Es cierto, va siendo hora de cenar —dijo, y salió detrás del rozagante felino hasta el pabellón situado al final del pasillo, que era su vivienda oficial. Allí, ambos entraron, la esposa dedicando toda su atención a la gata. En cuanto a él, vino a relevarlo el guardia segundo Nieves. Otro compañero que le deseó buena suerte. De nuevo la sensación reconfortante. Le transmitió todas las novedades y subió al pabellón de solteros. Un pabellón en el que se repartía una cocina básica, un salón, un baño y cuatro dormitorios. En uno de ellos, el ocupado por el guardia Jorge, el soltero que tenía previsto marcharse antes que los demás por su planeada boda, habían metido otra cama y otra taquilla. Esa sería su vivienda durante su estancia en San Juan, que suspiró no llegara al año o poco más. Las puertas carecían de cerradura, excepto la asignada al guardia Carrasco, la cual ostentaba un enorme y brillante candado. Se llegó a la ventana de su cuarto, que daba a la calle Mural, la calle por la que había sido lanzado el Land Rover, la misma por la que había llegado dos días atrás. La vista abarcaba parte del este de la población y la vega alrededor del río, que se deslizaba oculto entre arboledas y plantaciones de maíz. Más allá, una prolongada y suave ladera exhibía huertas, sembrados, barbechos, viñas; a continuación se alzaban bruscos taludes coronados por olivos, por encima de los cuales y al fondo se recortaban las crestas rocosas de Los Varales. Llamaba la atención, en el arranque del talud más escarpado, una vasta quintería pintada de blanco con tejados azulados y geométricos espacios y construcciones delimitadas en su interior. La ancha ventana del salón tenía idénticas vistas. Coincidiendo con su anchura, se ajustaba a la pared un vetusto y macizo diván; y en la pared opuesta, un reloj exento de números, con publicidad CÁRNICAS MOISÉS, daba la hora. Del reloj colgaba una banderola del cuerpo. Desistió del calentador cuando recordó que Montilla le había advertido que no funcionaba, ya que la Comandancia no se hacía cargo de gastos considerados «de menor importancia». No le quedaría más remedio que meterse en agua fría. Se miró en el deslucido y cuarteado espejo del cuarto de baño y se vio reflejado en las mil caras de un diamante. Lo refutara Marino o el hijo del alba. Ay, Marino, pobre diablo. Espero saber pronto de él. Ilusión a raudales. Se acordó de la otra cara del espejo y de la realidad fragmentada. ¿De la subyacente? Se arredró un poco; sólo un poco. ¡Bah! El cristal de su fe era fuerte, inquebrantable al resabio. X. SIN PENA NI GLORIA 1 Con la facundia falsamente jovial de un locutor que cacareaba lo sano que era madrugar, Salva abrió los ojos. Los grandes números digitales verdes del reloj de Jorge, quien tras conocerse lo había puesto a su disposición —«eso y lo que haga falta, tío»—, marcaban las 5:00. Estiró brazos, bostezó y arrojó pies a las babuchas. Desconectó al impostor. Tenía que estudiar. En su primer día de trabajo había descubierto con desagradable sorpresa cuán perdido andaba en materias con las que tendría que agenciárselas a diario. Ávido de conocimientos profesionales, pasó por el baño, se despabiló con unos manotazos de agua y, sentado en la cama, abrió el Petete a vuela hoja. ¡Cómo le recordaba los tiempos de Academia, de estudio furtivo en los váteres antes del toque de Diana! Al poco lo soltó, impresionado, atónito. ¡Pero si lo desconocía todo! Su formación hecha de cuña bélica y reales artículos se le reveló caduca, extraviada. Inútil. Volvió a la carga con ansia de enmienda. Empezaba a enfrascarse en la Ley de circulación de mercancías sujetas al requisito de Guía o Vendí, cuando en el silencio de la madrugada le distrajo el estruendo de un motor. Se incorporó y espió por la ventana abierta. Tuvo tiempo de ver pasar un pequeño camión con caja cubierta por una lona, adentrándose en la población. Quizás la cruzó o quizás no. La noche fluía serena y cálida. Hacia Los Varales las estrellas se sumían en un fondo violáceo. Reinstaurada la genérica insonoridad, tornó a repasar los vendís. Así, hasta que treinta minutos antes de la hora se despegó para uniformarse. Por un momento se alarmó al ver la cama arrugada y deshecha como un mar sólidamente tempestuoso. Eso no podía ser menos de cero treinta. Pero no estaba en la Academia. No obstante, estiró la colcha —igual de verdusca que aquélla, pero con el escudo tirando a un color cetrino desvaído—, se ajustó las cartucheras y salió presto a su segundo servicio con el cetme que le tenía reservado el comandante de Puesto. Bajó tanteando el arma larga, capaz de hacer con ella innumerables filigranas: sobre el hombro y cambio, firmes, descanso (hasta para el descanso había que aguantar una posición), prevengan, presenten… ¿De qué le serviría? Lo que tenía que saber, no lo sabía; tampoco tenía experiencia. Tenía que espabilar. En la oficina del brigada coincidió con el cabo, que regresaba del servicio nocturno. Afuera, Montilla limpiaba el coche a golpe de manguera. —A la orden, cabo —se cuadró delante del superior, llevándose los dedos extendidos a la clavícula, según correspondía al arma larga. —¿Qué tal, Salvador? —se expresó el cabo en tono soñoliento e hizo un gesto con la mano a fin de que abandonara la postura marcial—. ¿Decidido a comerte el mundo, supongo? —Haré lo que pueda, cabo —contestó Salva. —Eso está bien —dijo el superior—. Monti comenzó fuerte, hasta que un coño le ha enganchado y anda todo el día despistado. El aludido, que entraba a preguntar si el pepito, el apodo con el que habían bautizado al Renault-4, continuaría de servicio, saltó de inmediato: —Si lo dice por lo de esta noche, la culpa fue de la tartana esta, que no tiene frenos. El cabo relató cómo Monti, que iba de conductor, tuvo la ocasión de arrollar a una liebre que, aturdida por los faros, se puso a correr justo delante del R-4. A punto de alcanzarla, el animal viró hacia la negrura lateral y el pepito, escaso de frenos, pilotado por un guardia «que ha perdido la cabeza por un coño local», fue a clavarse en el barrizal de la cuneta. Hizo un rato de chanza a cuenta del suceso, deseó suerte al que pasaba a ser el novato de la Unidad y se marchó a dormir. —¿El Renault 4 no tiene frenos y salís con él? —preguntó Salva, incrédulo. —Es lo que hay —repuso con pasmosa serenidad el Polilla—. Para conducirlo hay que cogerle el truco. Pero no es difícil, ya lo verás. —¿Tú crees?… —Y si no: ¡ajo y agua! —profirió la voz áspera del guardia primero Barahona, entrando a la oficina. Excepto por el abultado vientre que echaba por encima del cinto y su cara larga como la de un caballo, su aspecto era casi normal. Conservaba una clareada mata de pelo negro —claramente reteñido—, que se peinaba o se aplastaba hacia atrás, lo cual resaltaba sus grandes orejas, así como su no menos grande y colgante labio inferior (una auténtica cara equina). Al igual que Félix, lucía el galoncillo rojo de guardia primero, pero a diferencia de éste, era de semblante grave, casi desabrido, lo que unido a su fealdad manifiesta confería a los ojos de Salva cierta indeliberada antipatía. —A joderse y aguantarse. Eso es este Cuerpo, Salvador. ¿Os ha vigilado el teniente? —inquirió del Polilla. —No. Hemos tenido suerte. Barahona murmuró una maldición mientras extraía un papel de la carpeta rotulada PAPELETAS PENDIENTES. Salva recordaba el artículo que aludía a aquel documento: «Todo servicio será ordenado bajo papeleta, que entregará el que lo nombre al encargado de realizarlo, quien la devolverá a su término con las anotaciones de las novedades ocurridas en el transcurso del mismo». En ella se pormenorizaban itinerarios y puntos a vigilar con sus tiempos exactos de permanencia. Salva se exaltó al verse inscrito: inscrito en la pista de salida de sus sueños. Al acabar de leerla, el guardia primero repitió la maldición. Luego dijo: —Saldremos con la estufeta —Salva sonrió por el apelativo, pero no preguntó—. Así que venga, pipiolos: aligerando. Monti y Salva salieron a rematar la limpieza del pepito. —Aquí te lo puedes pasar entero y a base de bien —le animaba el Polilla, según su expresión favorita de entusiasmo—. Este Barahona es un caimán ya viejo y un poco amargado, pero se le puede tratar. Menos Carrasco, cualquiera del Puesto es buena gente. —¿Y qué pasa con ese Carrasco, que tan mal te cae? —Ese es un jeta —dijo, metiendo el chorro al parachoques, del que se desprendían tacos de tierra, los cuales, vistos a la mustia luz de la cochera, semejaban una ración de callos gigantes—. Es un rojete cabrón. Apareció Barahona. —¿Tienes idea de cómo ponemos la estufeta en marcha? —le preguntó a Salva. —Algo he visto —respondió, recordando la maniobra del día anterior—. Vi que lo sacaban a pie y que lo arrancaban bajando en punto muerto. —Eso es porque anda mal de batería. Tu misión es bien sencilla: bajas, miras arriba y abajo y, si no viene nadie, me dices adelante. Luego tendrás que subirte a toda prisa. Si se te va, me esperas, que ya volveré a recogerte. Monti, anda, acompáñalo tú, que no me fío. Tras encerrar el pepito en la cochera, Monti le fue pormenorizando el método que Salva viera en el guardia Félix el día anterior: un pie fuera, otro dentro, una mano al volante y la otra en la puerta abierta. La pierna de fuera hacía el trabajo principal; un trabajo al que denominaban «hacer el Picapiedra». Tan pronto las ruedas delanteras pisaban la rampa, había que saltar al volante, aferrarse a éste y torcer con maña y fuerza —fuerza descomunal si uno no afinaba la salida y se quería evitar quedar atravesado en mitad de la calle, frenado en la acera contraria o, en el peor de los casos, estampado contra la pared. —Luego, calle Mural abajo, se arranca al tirón, y ya está —concluyó el Polilla, sin alterarse. —¿Y siempre funciona ese método? —Siempre —aseguró el Polilla—. Bueno, con este caimán, no siempre. Es al único al que le suele fallar. A veces llega hasta el STOP de la carretera sin haberlo conseguido. Y ahí se queda hasta que localizamos a Teófilo el mecánico intrépido, que baja con la furgoneta y las pinzas. Ah, y cuando te vayas a subir en marcha, ten cuidado de no resbalarte y acabes debajo de las ruedas. Es cuestión de práctica. Ya te acostumbrarás. Monti comprobó la vía. Libre. A su indicación, Barahona se impulsó con el pie hasta el borde de la rampa, brincó al asiento y descendió con lentitud, giró a la derecha con expresión tremebunda, se montó en la acera, recuperó la calzada y se abandonó a la pendiente. Salva no sabía qué pensar de todo aquel ritual ineludible y extravagante. El coche dio un tirón, vomitó un pedo negro, un amago de arranque, otro pedo negruzco… Nada. Salva observaba estupefacto. —¡Corre! —le gritó el Polilla. Salva salió de estampía. Con el cetme en suspendan y tratando de recordar todas las instrucciones de Monti, en virtud de un denodado juego de manos y pies, Salva alcanzó a abrir la puerta, encaramándose con arrojo suicida al asiento sin que el tricornio se le despegara de la cabeza ni el fusil patinara por el pavimento. La cosa tenía gracia. ¿Era gracioso o esperpéntico? Sacó la cabeza por la ventanilla para despedirse de su compañero. —¡Buen servicio! —creyó oír que le voceaba entre risas. Barahona volvió a intentarlo. Durante un largo trecho, la estufeta repitió, bajo la todavía parda madrugada, idénticas ventosidades; parecía que arrancaba definitivamente, cuando el motor enmudeció como un crío que berrea y de golpe le tapan la boca. El conductor bufaba congoja. —Mecagüendiez… Como no arranque antes de llegar al cruce —marcó con la vista, unos cien metros por delante, el paso de la Comarcal 215—, ya sé dónde nos vamos a pasar media mañana —y con reconcentrado gesto caballuno iba dejando que el vehículo ganara velocidad sobre la cada vez menor pendiente. Los faros del Land eran las farolas de la calle. Con un brusco encogimiento, retiró el pie del embrague; y esta vez el motor, después de traquetear y carraspear, como irresoluto, se puso en marcha con un horrísono y fatídico temblor. Salva calculó cinco metros o cinco segundos para que aquel trasto, un viejo Land Rover al que apodaban la estufeta, comenzara a desarmarse en pedazos, como en una escena de cine cómico. Sin embargo, llegaron a la señal de STOP, y ya con luces propias, prosiguieron por la carretera, con la máquina íntegra, incólume de sí misma. Salva respiró con intensidad y disimulo. Adherido a la guantera, un artilugio compuesto por una esfera que no paraba de dar vueltas (en teoría una brújula) y un reloj de temperatura — marcaba 20 grados—, oscilaban con una liviandad que Salva sospechó no resistiría otra ceremonia de arranque como aquella. Se percató de que su puerta zangoloteaba, e hizo ademán de asegurarla; pero Barahona le paró con un grito. —¡Quieto! —¿El qué? —Salva levantó las manos. —Cerrar la puta puerta. Hay que saber hacerlo o nos quedamos sin cristal. El guardia primero estacionó en el arcén, se echó por encima de Salva y, con una mano en el vidrio y con la otra en el tirador, dio un portazo. Vuelto al volante informó: —Si no se hace así, el junquillo se sale y el cristal se cae. Y como se rompa, este invierno se nos helarán hasta los güevos. —¿Y si se rompe el coche entero? —Te vas a hartar a andar. —Hombre, nos darían otro. Barahona lo miró con extraña mueca facial. —Sépate que esto es la Guardia Civil: si se funcionara con decencia, sería otro Cuerpo. Explicada la primera lección del día, el jefe de pareja reanudó la marcha, inaugurando para el novato una tibia y sugestiva correría matutina. Les separaban veintitantos años de antigüedad. Centenares de pericias, miles. ¡Qué vértigo! Ralentizó sus pensamientos y cambió de perspectiva: veintitantos años siendo lo mismo… Sintió una pizca de lástima o de menosprecio por una atrofia que a él no le incumbía. No obstante, aprendería de él todo lo que pudiera y luego sería cabo, sargento, teniente… Tras una vuelta rápida por las afueras, entraron al núcleo urbano. Barahona cruzó la plaza del ayuntamiento y se dispuso a doblar por una de las callejuelas de la que nadie, a simple vista, podría afirmar que permitiera el paso de un Land Rover. Salva no dudó en prever que quedarían aprisionados, estrujados entre las dos paredes como un emparedado de chatarra. Era a todas luces impracticable que el Land cupiera indemne y maldijo la suerte de aquel su primer servicio de calle. Pero el vehículo se deslizó justo y preciso como un pistón. —Todo bajo control —advirtió de soslayo el guardia primero—. Tú también pasarás cuando veas lo bueno del sitio al que vamos. —¿Y eso? —dijo Salva, sintiendo que recuperaba el color de la cara. —En seguida lo verás. A la altura de una churrería, el guardia primero se detuvo, maniobró con fatigosos pero indispensables giros, reculó a la trastienda del local y ocultó el Land de la vista del público que no fuera el que estuviera allí mismo. Salva lo miraba todo como si fuera un espectáculo. Aunque nunca hubiera imaginado tal precariedad de medios en una institución policial, se le antojaba mera anécdota, genuina abnegación. Allí estaba él, centralmente en su fantasía, sentado sobre ella, con saña, como un dictador en su poltrona. —Este es un punto estratégico —aclaró Barahona, tirando del freno de mano—. De noche, cuando la churrería está cerrada, es el mejor. El callejón está medio a oscuras y desde aquí se puede ver a todo el que pase por la plaza. ¿Ves la idea…? —Por supuesto: es una perfecta medida para el éxito profesional, al acecho de posibles delincuentes. Vigilar en secreto y apresar in fraganti —remató Salva, envanecido. ¡Había sorprendido a aquel veterano con su sagacidad! Su ilusión tenía cualidades adivinatorias. Pero el guardia primero, dejando en marcha el Land, se bajó componiendo un rictus despectivo. —No se ha enterado de nada, el pollito —le oyó mascullar. Salva conjeturó que aquel desaire se debiera a cierto resentimiento. El caimán había pretendido lucirse, pero no había contado con su entusiasmo perspicaz. Se llegó a hacerle compañía en la barra. Barahona le presentó al churrero, un tipo risueño flanqueado por brazos bestiales, especialmente los antebrazos. Claro que lo había captado. Sí, señor. Apretó la mano de Eufemio, que era su nombre, discurriendo: ¡menuda máquina para retarle a un pulso! Jugaba en la cancha de sus sueños. El churrero le dijo que San Juan era un buen sitio para la Guardia Civil. En particular, porque en ningún otro sitio podrían comer churros tan buenos. Y tan baratos: siempre eran gratis para los guardias. Tornó a su faena un instante y, girándose en redondo, les plantó delante de las narices una fuente de churros que despedían un olor tan suculento como irresistible. E inmediatamente un par de tazas de chocolate. Barahona atacó el desayuno con soltura y avidez. —Aligerando, que se enfría —le exhortó sin rebozo. Salva acabó el desayuno con deleite, y no sólo por la respuesta de su estómago, sino porque a una peculiaridad le seguía otra, y todas llenas de un sabroso encanto. Barahona se encendió un cigarrillo. —Muchacho, voy a darte un buen consejo —dijo, recogiendo el tricornio del mostrador—. Uno muy corto y largo a la vez —concretó con acento dogmático—: el mayor éxito profesional en esta empresa es pasar sin pena ni gloria. Aligerando, que nos toca Morratal. Morratal, una pedanía de trescientos habitantes censados, a 4,5 km de San Juan, también demarcación del Puesto. Dejaron atrás los últimos edificios —el de la Telefónica y el de la Cruz Roja— y por la C-215 llegaron hasta la pequeña localidad; visitaron la gasolinera, el único banco del pueblo y la oficina municipal, de la que sacaron fotocopias gratis para la burocracia del cuartel. Una hora después regresaron a los bancos de San Juan —dos, ambos situados en la plaza— donde hicieron plantón durante tres horas. A continuación le subió hasta el conjunto residencial Maracaibo-Park, un emplazamiento de chalés levantados sobre una colina en las afueras. —Esta es la parte de los nuevos ricos. La de los que en verano dicen a sus vecinos que se van a Benidorm de vacaciones y luego las pasan aquí metidos —le señalaba al irregular reparto de casas, levantadas al albedrío de cada propietario por algunas zonas y por otras en monótonas filas de adosados. Finalizado el tiempo ordenado de vigilancia, Barahona bajó a la C-215. Salva se encontró de nuevo pasando junto al puesto de la Cruz Roja. Enfrente, con la carretera de por medio, el edificio de la Telefónica. A la vera de éste, y en cumplimiento del itinerario ordenado en la papeleta, el guardia primero estacionó el Land Rover, siempre con el motor en marcha. Una alameda compuesta de árboles centenarios derramaba sobre ellos y un largo tramo de carretera una sombra densa y fresca. El rumor del río que les llegaba contribuía a hacer del paraje extramuros un punto inmejorable en aquellas horas de calor pasado el mediodía; treinta y cinco grados, según el panel electrónico de la Telefónica, y cuarenta cinco según la esfera de la estufeta. Tal apodo dejó en ese momento de serle un enigma. Charlaban de las obras que en el interior de la alameda se observaban, por las cuales el Ayuntamiento levantaba un paseo con parterres y fuente, cuando advirtieron que un pequeño deportivo descapotable, procedente de Maracaibo, se saltaba la señal de STOP sin ni siquiera reducir velocidad. Barahona invadió la calzada, exhibiendo la palma de la mano con nervioso ademán. El turismo se detuvo con una brusca frenada. En el asiento del acompañante una rubia con gafas negras y un mini suéter blanco se ponía el cinturón de seguridad. El conductor, que tampoco lo llevaba, ya ni se molestaba. Salva sintió una mezcla de intolerancia y satisfacción: había infracciones muy claras que debían ser denunciadas. No obstante, el tipo del descapotable gesticulaba con cinismo y despreocupación. El guardia primero y el conductor intercambiaban frases cortas. Salva no podía oírlos, tenía que dar protección a su compañero, lo decía uno de los cientos de artículos, que de ocho a doce pasos. La rubia teñida le miraba fijamente, escrutadoramente, tras sus gafas negras; el suéter, por efecto de las prominentes tetas, se le alzaba por encima del ombligo. Barahona no desenfundaba la libreta de denuncias. Y no sólo eso, sino que retrocediendo al centro de la vía, facilitó la reincorporación del infractor, quien, con cierta desfachatez, arrancó chirriando ruedas. Al pasar por delante de él, la blonda balanceó sus pechos lanzándole una intensa y analítica mirada. Desconcertado, Salva preguntó a su jefe de pareja qué extraordinaria razón le había empujado a no denunciar una infracción tan ostensible y peligrosa. —Es Moisés júnior, el hijo de Moisés Torcaces —contestó Barahona como si hubiera expuesto un argumento irrecusable. —¿Y qué tiene que ver eso con saltarse el STOP? —insistió Salva. —Moisés es un buen amigo del Cuerpo y uno de los hombres más influyentes de la demarcación, ya te enterarás. Algo en aquella renuente explicación hacía aguas. —Si nos aprecia tanto, comprendería que denunciáramos a su hijo por conducción temeraria —se atrevió a apuntar, y remarcó—: Podría haber causado un accidente. —No les des problemas y ellos no te los darán a ti —fue la huraña respuesta. —¿Ellos? ¿Quiénes? ¿Qué problemas? —Mucho preguntas tú —gruñó Barahona. Se alejó varios pasos del auxiliar preguntón, consultó el reloj y dijo que era la hora de «aligerar». Continuaron por la C-215, dejando atrás el pueblo; al poco, el guardia primero cambió la carretera comarcal por otra local, cuya señal anunciaba VILLARJO. —Cuando veas en la papeleta «cruce de Villarjo» —rompió el silencio el guardia primero—, sépate que es este. Y subiendo el puente del río, agregó: —Y este es el puente del molino. Lo llaman así por estar tan cerca de ese molino movido por agua —refirió de una casona asentada a horcajadas sobre el cauce. Dijo que era propiedad del diputado nacional señor doble R, y resumió con solemnidad: —También buena gente con nosotros. Dobló por un camino paralelo al curso del río y un par de kilómetros después paró a la sombra de un cañaveral. Se bajaron porque dentro el calor y el ruido resultaban insoportables. Salva inquirió por aquel lugar. —Este es el camino de la Vega —informó el guardia primero, y dudando de si continuar o callarse, añadió con sudorosa desgana—: Más adelante se divide en dos: un tramo tuerce hacia Los Varales, pasando por la meseta de los Zorros Muertos; y el otro sigue cerca del río, hasta la presa de los Castaños, en el límite de demarcación. De momento, nos quedamos aquí —concluyó con inequívoco acento de no prorrogar la conversación. Caía un sol plano y visceral. Debido al sudor, Salva sentía la camisa pegada a la espalda. A fin de airearse, optó por darse un paseo. Pero el jefe del servicio se mostró imperativo. —No te alejes —le advirtió, con los ojos fijos en un punto negro que flotaba por el camino, hacia ellos. De lejos y por causa del bochorno, el objeto (sin duda, una persona) semejaba una tilde ondulante, extraviada, sin letra—. Hay que estar atento a las transmisiones. En San Juan no entran bien. Y si el teniente sale, quizá escuchemos su indicativo, y así estar preparados. Ese cabrón no me va a joder. No, a mí no. Salva renunció. Se quitó el tricornio para enjugarse las sienes con un pañuelo. —Póntelo rápido —le amonestó el guardia primero—. Si te ven, me joderán igual que a ti. Salva obedeció con repentino rencor. La intransigencia del guardia primero empezaba a ser agobiante. ¿De qué tenía tanto miedo? La negra tilde, una mujer enlutada, a pie, de rostro prematura y exageradamente envejecido, cenceña, más bien sarmentosa, con un pañuelo negro liado a la cabeza y azada al hombro, pasó junto a ellos. No les dio los buenos días y siguió caminando mohína, levantando bufidos de polvo al contacto de sus negras botas de agua contra la tierra del camino. La apariencia de desdicha y suplicio que emanaba la hacía fantasmagórica. —¿Quién es? —preguntó Salva. —Es la viuda Desideria Velarde. Nos tiene tirria, la vieja. Hace años, una patrulla de Dosarcos ametralló al coche que conducía su marido. Dentro iban ella y dos críos pequeños. Murió el marido; y una hija, creo, perdió el brazo o algo así. Se habían saltado un control, de noche. ¿Qué querían que les dijeran: «Lleve usted buen viaje»? Nos tenemos que ir. Salva recibió aquella siniestra gracia con un ligero estremecimiento. No se le ocurrió hacer ningún comentario o tal vez tardó demasiado en reanimarse. Cuando se supuso capaz de exigir una más sensible o explícita aclaración, Barahona balanceaba el Land Rover a través de un repecho polvoriento, haciendo que en el interior del vehículo se sazonara una conjunción asfixiante, mezcla de tierra en suspensión —que penetraba por los agujereados bajos del vehículo— y el infernal hálito del motor al par que un ruido ensordecedor. Barahona ubicó el Land a guisa de atalaya en una pelada loma. En derredor no se apreciaba nada que fuera digno de ser vigilado, como no fuera una agostada huerta, donde unos pocos olmos de copas resecas resistían; lo demás eran terrenos baldíos y algún que otro rastrojo. Las granjas más próximas relucían al sol muy a lo lejos, como trocitos dispersos de cristales. Barahona sólo prestaba atención a la profundidad del camino, nítido hasta el puente, como si aguardara la revelación de una amenaza. Media hora después, con el compartimento del motor despidiendo calor como la boca abierta de un horno —las puertas abiertas apenas lo aminoraban—, sin un mísero sombrajo bajo el que mitigar la absurda y obstinada vigilancia, excepto los esqueléticos arbolejos a tiro de piedra, los cuales arrojaban una sombra pequeña pero alucinante, la contumaz posición decretada por el guardia primero se le hacía incomprensible. —Si la papeleta dice que la zona a patrullar es «la meseta de los Zorros Muertos», mejor sería que estuviéramos en algún otro sitio donde no nos diera tanto sol. Al fin y al cabo, las granjas que debemos vigilar, como tú mismo has dicho, están mucho más adentro. Barahona permaneció mudo, inalterable. De las sobaqueras se le expandían círculos de sudor que no tardarían en encontrársele en la botonada de la camisa. Contra todo pronóstico, movió la cabeza hacia los brillantes puntos enjalbegados que eran los corrales de ganado. Se quedó un instante como sorprendido de la evidencia de tal apercibimiento, y luego regresó a su terca postura. —No vayas de listillo, pipiolo. Yo sé muy bien lo que hay que vigilar. Salva salió de la estufeta, se alzó el tricornio un segundo y con el cetme a la funerala se entretuvo dando cortos paseos, cavilando. Cavilando que con una cuota tan escasa de riesgo o aventura su ardor policial de poco serviría. Había imaginado que le sucedería una persecución, o al menos que una patrulla tenaz desvelaría alguna secreta e importante vulneración de la Ley, y que tirando del hilo habrían dado con la solución del caso. (Naturalmente, al cabo de varios días; se sabía sagaz, pero a veces los delitos son más complicados de lo que parecen.) Pero con la perseverante indolencia de su compañero, acabarían por regresar a base sin un arresto, sin una denuncia, sin una miserable identificación de sospechosos, de esos que roban coches de lujo… o ganado. ¡Ah, joder! —se maldijo—, soy demasiado novato. —Perdona, Barahona —se llegó a su ventanilla—. Perdona por no haberme dado cuenta antes. De todas formas, deberías haberme dicho que lo que buscamos desde aquí es el posible paso de vehículos susceptibles de transportar ganado. El guardia primero sólo movió los ojos para mirarle. —¿Cómo dices? —El punto tan idóneo que has elegido. Al igual que el callejón del churrero, nos permite ver sin ser vistos. Esa es la idea, ¿a que sí? —No me lo puedo creer —dijo Barahona, tornando a mirar al frente. Salva no volvió a abrir la boca. Concluido el tiempo fijado en la papeleta, Barahona emprendió el regreso. Del Land o la estufeta bajaron como de una sauna; Barahona contento porque firmaba «sin pena ni gloria». Aunque para Salva había mucho más de la primera. 2 En el pabellón de solteros no deseaba otra cosa que clavarse bajo una fría ducha. —¿Qué tal la correría? —se interesó Monti, saliendo de su cuarto. Detrás de él parpadeaba el monitor de un ordenador; en una esquina, a ambos lados de un formidable altavoz, se alzaban sendos mástiles, uno con la bandera nacional y el otro con el escudo del Cuerpo. —Ya me ves. Dos horas a la solanera con el guardia primero, y sin saber el porqué. Monti se echó a reír. —Es que Barahona es un poco rancio. Ese lo único que vigila cuando está de servicio es la llegada de los mandos. Desde que consiguió pabellón, teme verse en algún jaleo de correctivos, y que lo larguen. Como ocurrió hace poco en Villarjo. Dice que es su premio después de toda una vida aguantando putadas. Es un típico caimán y no se diferencia mucho de los de su especie: astutos, escaqueadores, gruñones, y éste, además, de la familia de los acojonados. —Buscó la hora en el reloj de CÁRNICAS MOISÉS, y corrió a la cocina—. ¡El arroz se me va a pegar! Pues yo no seré nunca un caimán, se dijo Salva, metido en la ducha. Tales bellaquerías no le cuadraban. En cuanto saliera, discutiría el concepto abarcado por esa denominación. Pero cuando se llegó a la cocina, en chanclas y bermudas, exento de camisa, el Polilla, presuroso por largarse, se limitó a decirle que le dejaba un arroz «a la cubana» que había preparado, y le recordó todo sonriente y divertido que al día siguiente le tocaba a él, y que esperaba que no fuera tan mal cocinero como él al principio. De pronto dejó la faena de arrojar platos y cubiertos a la pila, y exclamó: —¡Eh, tío! ¿Haces pesas? ¿Eres karateca? ¡Vaya músculos! Parece que los tengas soldados. Y Salva, con una inmodesta vanidad a guisa de complicidad, tensó músculos. —¡Qué fibroso! —se admiraba el Polilla—. Vaya abdomen. Si parece mi tabla de lavar. Di, qué haces. —Bueno, pues tengo conmigo unas mancuernas, que trabajo de vez en cuando. También salgo a correr; natación y bici cuando puedo. En fin, me gusta hacer deporte. —Jo, tío, tienes que enseñarme —suplicó Monti—. Fíjate —se remangó el polo—: tengo un flotador alrededor de toda la cintura, que no rebajo ni aunque me muera de hambre —se agarró el modesto michelín con algo de grima. No estaba gordo en absoluto, pero ciertamente sus carnes poseían una flacidez excesiva para su normal corpulencia—. ¡Creo que me estoy «acaimanando»! —barruntó con guasa y terror—. A partir de ahora se va a acabar la cerveza, las comidas a base de bollos y batidos, el picar a deshora… Me harás un buen programa de entrenamiento, ¿no? —Claro que sí —le tranquilizó Salva. —Vale. A cambio yo te dejo mi ordenador y mis videojuegos —arrastró a Salva hasta su cuarto, donde de una caja de zapatos repleta de disquetes extrajo uno que introdujo en un ordenador llamado AMIGA. —Este te gustará —dijo, saltando en la pantalla una demo matamarcianos. Se giró con ansiedad—. Entonces, ¿no te importará que use tus pesas, verdad? —Por supuesto que no. Las dejaré en el salón y podrás cogerlas cuanto quieras. Y mañana mismo tendrás un programa de entrenamiento. —¡Entero y a base de bien! —festejó el Polilla. Se volvió al ordenador. Salva le atendía y a la vez repasaba con la vista, fascinado e intimidado por la abigarrada combinación de aparatos de música y de informática que se agolpaban por sobre la mesa, cruzados de cables serpenteantes, y todo ello salpicado de pegatinas y figuritas del Cuerpo: banderitas, emblemas, guardias de plomo, tricornios-llavero, un casco de moto de la Agrupación de Tráfico, otro con las siglas del Servicio de Protección a la Naturaleza… —Esta es mi especialidad favorita —dijo cuando la apartaba y ponía en su lugar un joystick—. Hacerme motorista todoterreno es mi máxima ilusión. ¿Cuál es la tuya? —Me gustan muchas; pero la que más, la de Especialista en Actividades Subacuáticas. El Polilla sopló y lo felicitó de antemano. —¡Jo!, con tu preparación seguro que lo consigues a la primera —se apartó y le ofreció la silla—. Prueba a echar una partida mientras me cambio de ropa. Salva no tardó en engancharse. A la segunda partida, apareció Velasco, y empezó a darle manotazos a la palanca, invitándole a salir a dar una vuelta en cuanto terminara el servicio de Puertas. —Con Monti, desde que se ha encoñado, ya no se puede contar. Por cierto, Poli, ya tengo lo que me pediste. Monti salió del baño. —¿Seguro que funcionará? —Seguro. Pero ten cuidado no te pases —le advirtió Velasco, mostrándole un tubito. —Cuidado de qué. —De que si te untas demasiado en el bálano, ja, ja, ja, le duermes el clítoris a la tía, ja, ja, ja; y entonces será peor el remedio que la enfermedad. Salva se volvió. —¿Se puede saber de qué habláis? —¿Puede saberse, Poli? —preguntó Velasco. —Me da igual, si luego no vas por ahí contando películas —concedió Monti. —Ya sabes que no tienes de qué preocuparte, Poli. ¡Hostia! —Velasco se dirigió a Salva—. Pareces un madelman. ¿Eres culturista? —No, pero hago bastante ejercicio. —¿Y alcohol tomas? —No. —¿Y yo podría ponerme como tú en un par de semanas, sin dejar de beber cubatas? —Ni aunque los dejaras. —Qué pena. Con un cuerpo así no se me resistiría ninguna piba. Pues bien —exhibió el frasquito—: esto es Topicaína. Un anestesiante para el dolor de muelas. Y lo mejor para los eyaculadores precoces: te pones unas gotas en la punta y te puedes pasar el día empujando, hasta que tu perica se desmaye de orgasmos, y tú sin correrte. Empuja que te empuja —explicaba y balanceaba la pelvis—. Recuerda: cinco minutos antes de meter. Ja, ja, ja. ¿Tú quieres, Salva? —De momento no lo necesito. —Eso es porque no te comes nada. A última hora saldremos de parranda reglamentaria y te presentaré a alguna lumi, amiga mía, que te va a poner las pilas. Y a ti no te digo nada —dijo para Montilla, entregándole el botecito—; que tú ya no quieres saber de los colegas. ¡Mira que dejarse cazar tan pronto! —Bah —rechazó el otro—, qué sabrás tú de lo que es llevarse bien con una mujer. —Todas son iguales —declaró Velasco—. Tu problema es que has follado poco. Además, créeme si te digo que esa chica no te interesa. Les va el uniforme, eso es todo. —Vete a la mierda —replicó Monti, fingiendo enojo. Y como si no hubiera escuchado nada despectivo contra su persona, Velasco interrogó: —A ver, socios. ¿A qué sabe echar un polvo? Salva sonrió; Montilla prefirió hacerse el distraído. Y cruzando el salón a la salida: —A poco, socios, SABE A POCO. Hasta luego. Y recuerda, Susaneguer —iba gritando por la escalera—: ¡ESTA NOCHE PIERDES EL VIRGO! —Ya ves que tengo razón, cuando te dije que es un fantasma —comentó el Polilla—. Se pasa el día contando historias de folleteo. Dice que todas las mujeres son unas golfas. Creo que es porque una vez tuvo una novia a la que pilló jodiendo con otro. Por lo demás, se puede confiar en él. —Eso me ha parecido —dijo Salva—. Oye, y Carrasco, ¿cómo es que te merece tan mala opinión? —retomó, curioso. —Ese es un majadero —comenzó con genuina animadversión—. Raro es el día que no está borracho; encima, es un rojete. A veces dice no sé qué de que la República es bella. No entiendo cómo le permiten seguir en el Cuerpo. Un día me dijo que él antes era como yo y que ahora le va mucho mejor. Un imbécil, te lo aseguro. De la calle subió un claxonazo. —Tengo que marcharme. Cuando te aburras, sacas el disco y lo apagas —señaló al interruptor y le abandonó. —Gracias, Monti. —Oyó los pasos del Polilla, alejándose, envidiándole por su sano amor al Cuerpo. XI. COMO UN JARDÍN SIN FLORES 1 Alternar con los compañeros era una recomendación que incluso emanaba de los Reglamentos: «Ha de procurar juntarse generalmente con sus compañeros y fomentar la estrecha amistad y unión que debe haber entre los individuos del Cuerpo, aunque también podrá hacerlo con aquellos vecinos de los pueblos que por su moralidad y buenas costumbres deban ser apreciados y considerados». Pero después de la mareante salida con el compañero Velasco, a Salva le habían surgido serias y bascas dudas: desde que se despertó no dejaba de aletearle en el estómago un vómito imposible. Y es que tras regresar la noche anterior y dialogar largo rato con la taza del váter, ya no le quedaba nada por largar. Tal como Monti le había prevenido, Velasco resultó ser un tipo cabal y algo tarambana. Y un farolero. Cómo iba a ser verdad que todas las chicas que le presentó, camino de la piscina, que fue el lugar elegido para iniciar la «parranda reglamentaria», se las hubiera tirado. ¡Una docena! —Aquí en este poblacho, a los picoletos, por la cara lo que haga falta —le puso en antecedentes después de que les franquearan libremente la entrada. El nombre dado para referirse al Cuerpo le produjo cierta cómica turbación, y aún no había salido de ésta cuando, ya tirados en la hierba, Velasco sacó de la riñonera una bolita verdusca a la que dio llama y luego mezcló con un cigarrillo que desgarró en canal de dos pellizcos. Aquello sí que lo sobresaltó. —¡Pero eso es un porro! —dijo, ahogando una exclamación de horror. —Tranqui, Susaneguer —replicó Velasco, esmerado en el enrollamiento. Salva no daba crédito. Zumbado por un temor pánico, empezó a recriminarle en susurros acerca de su ilegal comportamiento. ¡Tanto como asaltar un banco! Velasco le pegó una fuerte chupada y, alargando el brazo por encima del hombro de Salva, invitó a alguien a sus espaldas: —Eh, guapuras; ¿media caladita…? Dos chicas —dos despampanantes hembras—, que Salva descubrió al volver la cabeza, rieron afectando repulsa. Velasco las insistió con un guiño. —Pero sólo si es entera —rieron ambas, y gatearon felinamente hasta ellos. Acotado por curvas túrgidas, de prominencias sostenidas por triángulos precarios, simbólicos, enaltecedores, las dos como surgidas de algún papel satinado, hicieron que Salva se viera aspirando delirantes caladas al canuto. —Eh, colega, pasa, pasa —se lo quitó Velasco para ofrecerlo a las damitas. Y al oído le vaticinó—: Este par de pendones caen. Para mí la del pelo corto, y tú a por la de los rizos —deslindó con un codazo. La risa —franca, efusiva— que le entró a Salva admiró al trío. A partir de ahí se le nublaba la concreción del resto de la aventura. Apenas si podía recordar cómo había sido remolcado por Velasco hasta el cuartel. ¡Qué vergüenza! Su primera salida de paisano y casi la pifia. En una entrada fulgurante que Velasco hizo al pabellón durante su servicio, Salva se apresuró a interrogarlo. —Anda, jodío, que se te iban las manos. Les dije que éramos picoletos y que te fumabas el primer canuto de tu vida. Y, además, les conté que eras virgen. —¡Eso te lo estás inventando! —se indignó Salva. —Por supuesto que les dije eso, hasta tú te echaste a reír. La Rizos no te quitaba ojo. «¡Cómo está el cachitas!», babeaba la golfa, «cómo la tenga así…». Hablé con el de la piscina para que nos dejara revolcarnos hasta cuando hiciera falta. Se nos hizo de noche, rodábamos por la hierba, entre latas de cerveza… Te pusiste a hacer el pino; caminabas con las manos y los pies en alto. Luego la Rizos te llevó detrás de un seto y ya no volví a saber de ti; hasta que la pava volvió para decir que estabas vomitando. Pero dijo que te habías portado como un jabato. Que sí, que sí; que lo dijo. Si no te acuerdas, no es mi problema, socio. Tuve que traerte del brazo. ¿También me vas a negar eso? Naturaca que no. Menos mal que pude colarte por la puerta del patio sin mosquear al caimán de Puertas ni al brigada, que andaba por la oficina. —Gracias, Velasco. Pero sabes que no hubo ni la mitad de lo que has contado. Aunque no lo creas, no estaba tan mal y lo recuerdo casi todo. —Casi todo, ¿eh? —atacó Velasco, socarrón—. Y qué hay de cuando te aplastabas encima de la Rizos. —Creo que te refieres a un juego que propuso… —Sí, que por aquí se llama el «metesaca». ¡Ja, ja! Anda, Susaneguer, que porque decían que tenían que irse, que si no pinchamos por la cara allí mismo. Nos reímos, eso fue todo. Y te aseguro que nadie que nos pueda causar problemas nos vio. Respecto a las pericas, si te pasas esta noche por la discoteca Bordaluna, seguro que algo te comes. Dijeron que bajarían a eso de las doce y media. Yo, porque tengo nocturno… Y para colmo de mala suerte, el teniente nos ha mandado a Morratal. No podré escaquearme, que si no me pasaba por el garito, me sacaba a la pelona y me la tiraba en el cuatro latas, que no iba a ser la primera. Bueno, ya que estás mejor, irás, ¿no? Confío en que dejes el pabellón bien alto por los dos. —Pues no. —¿Cómo que no? ¿¡Eres maricón, o qué!? Lo requerían a voces por el hueco de la escalera y se alejó llevándose las manos a la cabeza. Sin duda, la extravagancia de Velasco había sido toda una aventura que sobrepujaba lo tangencialmente profesional para internarse de pleno en su andadura vital. Y era demasiado. Demasiado fuerte empezar a bandearse con semejante abrumadora suerte. Podría llegarse a la cita —supuesta cita—, hacer un poco el ridículo y después mentir como un bellaco. Pero tal argucia no encajaba en sus ambiciones. Aspiraba a vivir con veracidad. Veraz consigo mismo. No engañarse, reconocer las limitaciones de uno, no abandonarse al albur, conformaban sus fundamentos. O tal vez todo se reducía a un miedo inconfesable. Un conato de náusea se le alzó en el vacío estómago. Zozobró hasta la cocina, se hizo una infusión de manzanilla, y cuando empezó a sentirse mejor acometió los preparativos del almuerzo, en virtud del acuerdo guisandero alcanzado con Monti. Pidió socorro a la mujer de Goyo, sus vecinos de planta, la cual ejercía de manera atenta y maternal de pinche indispensable en los inciertos experimentos de condumio caliente del Polilla. La mujer se ofreció largo y tendido en explicaciones y Salva pasó toda la mañana oscilando entre el remordimiento por su deplorable conducta y su iniciática tarea de cocinero. Creo que estoy un poco verde en algunos asuntos —se dijo—. De todas formas, Velasco no está en mi línea. Tales frívolos comportamientos no se avenían con su talante. Se reconocía más cerca de Monti o de Jorge, a pesar de que los conocía menos. En ellos había entrevisto la noción de su trayectoria profesional. Por eso no bajaría al Bordaluna. De momento se entregaba con minuciosa y pulcra disposición al aderezo de los macarrones. Luego, con semejante ansia, a su inminente servicio con Gregorio. Se había comportado deshonrosamente y el hecho de que no hubiera trascendido apenas si aliviaba su herido pundonor. No volvería a sucederle. Velasco que no lo esperara. La olla olía bien. ¿Sabría igualmente? A él sí mientras los comía. Cuando Monti regresó de su servicio, no pudo resistir el salir al suyo sin antes saber de la degustativa opinión del Polilla. Y éste, primero con recelo y en seguida con agrado, reconoció con franqueza indubitable: —Pero esto está de vicio. Es decir: ¡entero y a base de bien! ¿Seguro que lo has hecho tú? Di, di la verdad. Monti ya no se levantó de la mesa para acabar de quitarse el uniforme. Atacó la pasta al tiempo que mascaba un «buen servicio» a un Salva que expiativo y ufano partía cetme en prevengan. Se esforzaba en acertar y complacer. Confiaba en sus facultades de aprendizaje, de intuición. Con ella supliría su falta de experiencia. Por ello ponía oídos atentos a cualquier enseñanza o aleccionamiento. Gregorio, o Goyo, como le gustaba ser llamado al menudo y bigotudo guardia segundo, le instruía con una especie de irónica sagacidad. —La miga de los mejores servicios está en cerrar papeleta dejando escrito SIN NOVEDAD. Cuanto menos te compliques, mejor. —Pero con esa actitud nunca apresaremos a los ladrones de ganado —objetó Salva. —Y qué, figura. Lo importante es cobrar a final de mes —empezó por rebatir Goyo—. Métete en un jaleo y si sale bien, alguien se colgará tus medallas, pero no tú. Y si sale mal… ¡Ah, amigo! El cuerno con el que te crujen les justifica, y a ti te hunden. Cuando veas una movida gorda, escurre el bulto. Te lo digo desde mis diecisiete años de antigüedad. Imagínate que topáramos con los asaltadores (Dios no lo quiera). Probablemente habría unos cuantos tiros (sabemos que actúan así por dos casos, uno en Villarjo, en donde el dueño, que vigilaba su granja, acabó con un brazo partido por una bala y ahora está manco. Y el otro caso ocurrió en demarcación de Dosarcos; allí, el mayoral tuvo más suerte, pero la ristra de culatazos y el susto que le dieron, creo que aún le dura). Como te decía: si las cosas nos salieran bien, los detenemos y en el atestado queda claro lo que hacían o iban a hacer, recibiríamos, a lo sumo, unas palmaditas y poco más. Otros se apuntarían el tanto. Pero si el servicio se tuerce, es decir, un balazo para nosotros o para alguno de ellos, prepárate a capear interminables expedientes disciplinarios. O la cárcel. —Se levantó las guías del mostacho y suspiró—: Te hundirían. Y si no que se lo pregunten a Carrasco. Tan apáticas pretensiones percutían en su cabeza al ritmo del traqueteante Land Rover. No tenía necesidad de que se las repitiera, pero sí de arrancarle cierto, intrigante pronunciamiento. —Entonces, ¿para qué estamos?… —¡Yo, para sacar la hipoteca y mi familia adelante! —gritó Goyo—. Ah, y para que no se echen a perder mis melones. ¡Mis melones! Y, jodo, qué melones tengo. Luego te daré uno, hombre. Y lanzó la estufeta a través del puente del molino, anunciándola con un estruendo de excavadora y dejando una humareda como de meteorito. Pero esta vez no torcieron por el camino de la vega, sino que siguieron por el asfalto. —Nos dirigimos al límite con Villarjo —informó Goyo—. Diez minutos de presentación y luego, como es habitual, nos acercaremos a aquella finca —señaló a su izquierda, una larga y blanquísima edificación en pleno campo—. Es la granja Las Torcaces; por cierto, una de las pocas que no han tocado. Una docena de kilómetros después, el jefe de pareja daba la vuelta y se detenía en el arcén de un cambio de rasante. —Es por si se para la estufeta, para que podamos arrancarla al tirón. No te sonrías. Maldita la gracia que tiene. Que eres muy joven y aún no has visto nada… Ver, ver —canturreó con desazón—. Cada uno cuenta la feria como le va. Y a mí me ha ido de chasco en chasco. Dedicas tu juventud a poner toda la carne en el asador, y al final (cosa de diez años para los que hemos sido más torpes) te das cuenta de que otros se han ido colgando laureles a tu costa, y tú a verlas venir. Y lo que me jugaba era nada menos que mi vida. Recuerdo uno de los últimos casos, la detención de una cuadrilla de gitanos. Sí, ya lo creo que estoy vivo de milagro… —¿Y cómo fue? —preguntó Salva, de pronto ávido de pormenores verdaderamente sugestivos. —Fue un bonito servicio —Goyo se mesó el bigotazo—. Durante meses tuvimos una banda desvalijando chalés en Maracaibo. Como la mayoría sólo están ocupados los fines de semana, aprovechaban los otros días para trajinar a sus anchas. En el cuartel no nos enterábamos de los robos hasta que venían los dueños y lo denunciaban. A veces una semana o dos después. Nunca llegábamos a conocer el día exacto de la intrusión. Por más controles que montábamos, jamás obteníamos resultados positivos. Con el permiso del dueño, el brigada nos metió en una de las casas. Tuvo que pasar casi un mes de espera en balde hasta que una noche, casualmente, vinieron a meterse justo a la de al lado. Eran dos y a pie. Decidimos esperar y ver qué pasaba. Ya casi de madrugada una furgoneta vino a recogerlos, la misma que se paseaba muchas mañanas por San Juan voceando «el chatarrero». (Luego supimos que, más que a recoger hierros, a lo que de verdad se dedicaban era a tomar nota de posibles casas.) Se comunicaban por medio de una emisora de radioaficionado: amontonaban, avisaban, cargaban en un pispás y desaparecían. Irrumpimos en plena faena. Los teníamos de rodillas cuando uno de los calorros, todavía no sé de dónde, sacó una recortada y nos pegó dos tiros. Tres semanas estuve de baja y eso que sólo me alcanzaron unos cuantos perdigones en el muslo. Mi compañero, uno que ya no está en el Puesto, perdió un ojo y media oreja. Casi nos cuesta la vida, pero los detuvimos. Posteriormente se les hallaron efectos robados y denunciados en otras viviendas. Les confiscaron, además, furgonetas, maletines de dinero en metálico y una nave que les servía de almacén y desguace de vehículos. Ni una mísera felicitación me cayó. »Me jugué el pellejo por nada. Pero a otros sí les cayeron medallas, y bufandas, que son unas pagas extra que la Dirección General concede a los que han intervenido en esa clase de servicios. Desde entonces me he jurado que no volvería a pecar de capullo. Estos también caerán. Sólo que yo espero no estar de servicio ese día. No es mucho pedir. Que otros muerdan el polvo. O las mieles. No soy yo envidioso. A todo iluso le llega su escarmiento. Pero Salva volaba con su imaginación desde que Goyo había aludido a la ingeniosa idea de ocultarse y acechar a los noctívagos malhechores. Emboscado por la noche, se amaga o repta por el labrantío, toma iniciativas en pro de la eficacia, es silencioso como un gato, rápido como una serpiente cuando llega la hora «H». Recibe felicitaciones de sus jefes y un mando le deposita una medalla en su pecho inflado por el espectacular servicio. Su hoja se llena de auxilios «Dignos de ser tenidos en consideración». Al terminar el año, el jefe de la Comandancia le propone, en un escrito dirigido al Director General, para que borren de su ficha «Valor se le supone» y en su lugar sellen «Valor Reconocido». De golpe se retrotrajo. —¿Te jugaste la vida y ni siquiera te dieron una felicitación? ¿Hubo medallas y no fueron para ti? —Así fue. —¿Y por qué no reclamaste? —Pero, figura. ¡¿Dónde te crees que estás?! Salva recordó la interpretación de Barahona: «Si esto funcionara con decencia, sería otro Cuerpo». Compuso una mueca de incomprensión. —¿Vas cogiendo lo de «Sin Novedad»? —¿Quieres decir, sin pena ni gloria? —Más o menos. Mejor sin pena ni gloria que lisiado o muerto. Ah, estos caimanes, excepto en la forma, en el fondo eran iguales. Está claro que remontaré sobre todos ellos y sin reservas. Goyo miró la hora. —Nos toca Las Torcaces. Durante el trayecto de vuelta, el caimán le fue poniendo en antecedentes acerca de la finca. Un complejo ganadero y también de recreo en cuyo interior se repartían, convenientemente separados, un matadero, criaderos de cerdos y de vacas, cancha de tenis, piscina y un picadero de caballos. Un complejo muy goloso, pero, al parecer, inexpugnable. —Debe de ser por lo mucho que la vigilamos —apuntó Goyo. La resaca, el pertinaz vulturno del motor, el revoco del humo del tubo de escape —no dejaba de dolerle la cabeza— no bastaban para frenarlo de ensoñaciones triunfales. Se ve apostado en las cercanías de Las Torcaces, tirado en una zanja o encaramado a un olivo, inmune al frío y la soledad de la noche, al tedio y a la fatiga, en acecho ansioso de la llegada de la banda de cuatreros, para detenerlos al fin. Ojalá ocurriera con él estando de servicio. Su esfuerzo resultaría tan palmario y tan imprescindible que nadie podría escamotearle medalla ni recompensa alguna. Se bajó la visera del quepis —la única informalidad que se permitía—. La de su compañero apuntaba al cielo. El sudor que le escurría de la frente hacia el bucleado bigote infería a su rostro un folclórico fulgor. Refería las simpatías para con el Cuerpo del propietario, a quien llamaba respetuosamente «señor Moisés», cuando divisaron en el arcén del carril contrario un coche parado. Un individuo pugnaba bajo el capó. Goyo no parecía dispuesto a detenerse. —¡Tenemos que parar! —exclamó Salva. —Vamos un poco justo de hora —alegó Goyo, con inexplicable desasosiego. —Pero ese hombre necesita ayuda —insistió Salva. Entonces el conductor paró en el arcén. Dio marcha atrás y sin bajarse: —¿Algún problema, jefe? El hombre —en realidad un abuelete— se irguió, resoplando. —¿Problema? —jadeó alborozado—. Son ustedes mi salvación. Tengo una rueda pinchada y no hay forma humana de sacar la de repuesto. —Se le veía que no tenía fuerzas ni para sostener la llave de los tornillos. Salva se apeó en tanto Goyo parecía meditar con los ojos en el reloj; en seguida lo siguió, sin quepis y sin cetme. —No puedo aflojar esta maldita tuerca —palpó el pobre hombre una palomilla a la que le faltaban las aletas. De inmediato, Goyo se fue para la herrumbrosa pieza y con la ayuda de una llave inglesa y una prisa exagerada comenzó a forcejear y a golpearla. Pero al cabo de varios y vanos intentos cesó, tan extenuado como su propietario. —¡Jodo! —resolló—. Sí que está dura, sí —se retiró con gesto preocupado hacia la finca Las Torcaces, que desde aquel punto se avistaba parcialmente a la vuelta y declive de los taludes. La granja esplendía sin que revelara catástrofe alguna. —Será mejor que le llamemos a una grúa. Nosotros tenemos que seguir. Salva consideró que no todas las posibilidades estaban agotadas, e intervino: —Voy a intentarlo —y se puso manos a la obra. La rota palomilla ni temblaba. Se hallaba soldada a la rosca a modo de pieza única. Salva se lo tomó como si la vida le fuera en ello. Por fin, la tuerca giró; primero remisa; luego, entre chirridos, dócil y ligera. El anciano dio unos cómicos saltitos de alegría. —Ah, son ustedes lo más grande de España —intentó coger la rueda, pero Salva continuó con ella rodando hasta el neumático aplastado. Una alegría la de aquel hombre casi tan inmensa como la que sacudía a Salva. ¡Qué gratificante la coincidencia de los sueños con la realidad! Goyo sin dejar de mirar la hora. —Gracias al cielo que aparecieron ustedes —proclamaba emocionado, al tiempo que Salva apretaba tornillos a golpe de maña y gozo—. Estaba desesperado. Con este sol, sin fuerzas y a estas horas que no circula nadie, no sabía qué hacer. Pero la Guardia Civil siempre en su sitio. No es por dar coba, pero ustedes son de lo poco que vale en este país. Y es que ustedes pagan con sus vidas los errores de los políticos, y nadie se lo reconoce. Por eso quiero hacerles un pequeño regalo. —Se echó mano al bolsillo de la chaqueta y tendió a Goyo un billete—. Para que se tomen un trago y… —Por supuesto que no —rechazó el guardia, amablemente. El hombre se lo ofreció a Salva, pero en vista del poco éxito los colmó de alabanzas y finalmente consiguieron que prosiguiera el viaje, tan encantado como Salva se quedaba. Lleno de orgullo, se dio a recitar en voz alta: —«En ninguna ocasión ni bajo pretexto alguno, recibirá el guardia civil, regalos, bien sean en dinero, alhajas, ropas o manjares, pues estas demostraciones son siempre el precio a que se compra la infidelidad. —Goyo lo repasaba entre conmiserativo y atribulado—. El Guardia civil no hace más que cumplir con su deber, y si algo le es permitido esperar de aquellos a quienes favorezca, es sólo un recuerdo de gratitud.» —Fabuloso —resumió Goyo—. Ahora déjate de leches, que se nos ha echado la hora. Volvamos a la estufeta. Pero el jefe de pareja no completó su intención. Con un pie dentro y otro fuera del Land, quedó agarrotado en ese movimiento, escudriñando la vacía carretera… No: se aproximaba un coche. Uno pequeño… verde. —¡Mierda! —Goyo se palpó la cabeza, se abalanzó a por el quepis y tiró del cetme. —¿Qué pasa? —preguntó Salva. El coche portaba distintivos del Cuerpo. —Es el teniente de la Línea —farfulló Goyo—. Tranquilo, Salvador —añadió en un acongojado susurro, mientras del vehículo recién parado descendía un oficial joven, de mirada adusta e inquisitiva. Salva se sentía del todo tranquilo, de hecho, casi eufórico; tan sólo le preocupaba que en la precipitación la visera del quepis le había quedado demasiado baja, como más bien le gustaba y no se atrevía a contravenir por respeto a las órdenes o las indicaciones de sus mandos. Estaba tranquilo, sí, y también confuso; no alcanzaba a descifrar el espanto de Goyo. El teniente venía enfundado en una gabardina reglamentaria… de invierno, en cuyas hombreras dos estrellas despedían rayos de sol por sus seis puntas. El tricornio lo portaba un tanto inclinado sobre la frente y eso le gustó. —A sus órdenes, mi teniente. Sin novedad en el servicio —participó Goyo, golpeándose el pecho con el canto de la mano extendida. Salva le duplicó el gesto con vigor y expectación. —«¿Sin novedad en el servicio?» —retrucó el oficial, frente al mostacho del guardia; de soslayo, marcando al guardia joven. Del coche salió un guardia segundo con gafas de culo de vaso, detrás de las cuales sus pequeños y achinados ojos miraban al desgaire. Sacó un trapo y se puso a limpiar los cristales con exquisita solemnidad. —Nos hemos retrasado por culpa de un señor al que tuvimos que ayudar a cambiar una rueda pinchada… —¿Me cree idiota, guardia? —le cortó el teniente—. Desde hace diez minutos ustedes deberían estar prestando servicio en otra parte. —El oficial encerrado en la gabardina se estiró, le apuntó con el mentón y resolvió—: La papeleta es sagrada. Démela. Goyo suspendió momentáneamente el saludo para entregarle el documento. Inclinado sobre el parabrisas, el conductor les espiaba con una especie de mueca corrosiva. Tenía los labios contraídos y dejaba ver unos dientes tan desatinados que a Salva se le antojó una cara singularmente molesta. Aunque para molesto, la absurda permanencia con el cetme en el primer tiempo del saludo. Una ranchera que se acercaba redujo velocidad, quizás temiendo un radar. Salva captó a los pasajeros enredarse con el cinturón de seguridad. La niña, con la frente pegada al cristal trasero, les miraba sonriente y embobada. Y es que unos uniformados, rígidos como estatuas, la mano en el pecho, tenía que resultar harto llamativo. Ridículo. —Usted: no se mueva, y súbase la gorra de las cejas. Tal admonición fue proferida sin que el oficial despegara la vista de la papeleta. Pero Salva supo que se refería a él. —Y sus botas no están limpias —agregó con idéntica desatención. —Es por el trajín del auxilio prestado —repuso Salva con espontánea naturalidad. El oficial despegó los ojos del papel con lentitud teatral, hasta cuadrar al guardia. —¿Có-mo ha di-cho? —silabeó. Salva fue a comenzar su explicación, pero se lo impidió la irrefutable réplica del superior: —Cállese —y tornó a escrutar la papeleta tal que un criptograma interceptado el enemigo. Salva, menos apocado que aturdido, enmudeció. ¿De qué iba aquel oficial con un gabán de invierno a treinta y tantos grados de temperatura? ¿Acaso no era antirreglamentario semejante prenda en semejante estación del año, por no decir que era una sandez? ¿Por qué no les permitía bajar la mano? El sol rebotaba en el sombrero del oficial, cuya acendrada piel fosca daba la impresión de hallarse a punto de derretirse. —¿Por qué estaba usted sin el quepis? —alzó la cara, ahora marcando a Goyo: el efecto visual se disolvió con el cambio de perspectiva—. ¿O también me lo va a negar? Las caladas puntas del mostacho de Goyo oscilaron con laxitud. —Sólo fue un segundo, para secarme el sudor. —No me mienta. Le vi con los prismáticos, y sé que en ningún momento mientras estuvo fuera del vehículo llevó puesta la prenda de cabeza. Eso es una falta recogida en el Régimen Disciplinario. Voy a tomar medidas por su evidente incumplimiento del servicio. Las estrellas de la gabardina relumbraban como inmersas en una jovial escaramuza de sables. En cambio, el cuello de la prenda, rezumado de sudor, cresteaba oscuro y repulsivo. —Entienda la situación, mi teniente —se expresó Goyo en tono desesperado—. El paisano nos lo agradeció un millón de veces… La patética hipérbole del guardia hizo sonreír al oficial. —Cuando uno asevera tanto es que miente —dijo—. Lo que han hecho es Abandono de Servicio. La papeleta lo dice muy claro: «Vigilancia exterior de Las Torcaces». Y allí es donde tenían que estar, no en el arcén de una carretera. Para eso se les dan las órdenes: para que las cumplan; no para que tomen iniciativas. El chófer terminó de limpiar y se los quedó mirando con descaro de idiota: sacaba la punta sanguínea de su lengua y la escondía, la sacaba… como un juguete lascivo. ¿Se burlaba de ellos? —¿Cuántas denuncias han puesto? —Todavía ninguna, mi teniente —respondió Goyo. —Y usted qué hace moviéndose —pronunció el oficial, encarándose a Salva—. Está usted en el primer tiempo del saludo. —Yo sólo… —¡Cállese! —A la orden. —A la orden, ¿qué? —A la orden, mi teniente. —Ah, bueno. Estudiaré corregir tantas negligencias. Goyo volvió a la carga. —Si me permite, mi teniente, creo que no tiene razones para… —¿Cómo dice? —acercó el superior su rostro prepotente hacia el del contrito guardia, que, consciente de haber ofendido a aquel dios rocambolesco que tenía absoluto poder sobre el cuidado de sus melones, casi temblaba—. Has de saber que tengo dos muy claras —dijo, e inclinando el hombro izquierdo llevó los dedos índice y corazón de la mano contraria a golpearse sendas estrellas; acto seguido se enderezó agarrándose las muñecas a la espalda, para concluir con gravedad—: Estudiaré la providencia. El conductor, atento como un can fiel y grotesco, rodeó el utilitario, abrió la puerta con ademán sibilino al superior y, tras cerrarla con exquisito cuidado, trotó a su asiento. Dio media —e ilegal— vuelta en plena calzada y se alejó como boyando en el asfalto rielante. —Espero que no sea más de una semana —rogó Goyo con un temor ajeno—. Porque si no… Jodo, no podré bajar a regar. —Y aquí sí que se le descompuso el bigote sin que reparara en ello—. ¡Ay, Dios mío, mis melones! Salva se creyó por un instante sumido en un delirante sopor. Murmuraba y lo seguía creyendo porque nadie le respondía. —Me van a corregir, me van a corregir… Pero el manotazo de Goyo vino a corroborarle el golpazo de realidad. ¿Subyacente? —Baja la mano ya, chacho. Lo que tenga que ser ya se verá. Mira que me estaba temiendo alguna jodienda con Las Torcaces. Pues justamente ha aparecido el tontopollas este y nos acaba de dar la tarde. Un correctivo esta semana me va a joder, pero bien jodido. ¡Cómo que tengo una fanega a punto! Salva bajó la mano, pero no se subió la visera de los ojos. Sólo pensaba en que les habían dejado sin la papeleta de servicio. «Todo servicio será ordenado bajo papeleta…» Algo que recogía de forma taxativa el Reglamento, y sin embargo aquel oficial se permitía atropellar sin respeto ni pudor. Barahona tenía razón. En cuestión de segundos, su estado de ánimo había girado ciento ochenta grados, pasando bruscamente de la exaltación al estupor. Con pasos tambaleantes, entró en el Land. Forcejeando contra el cristal y un acceso de náusea, logró cerrar la puerta y que el vidrio siguiera por entero en su sitio. —Veo que ya sabes lo de la puerta. Con eso y lo de hoy y poco más, no tardarás en aprenderlo todo. —¡Pero qué hemos hecho mal, joder! —estalló Salva, entre dientes. Experimentaba su ánima escocida como la sentiría un cañón tras el disparo, si fuera un ser vivo—. ¿Cómo es posible algo así si cumplíamos con nuestro deber? ¿Y cómo es que no recuerda que en la Academia le mencionaran contingencias de ese calibre? Inmersos en un aliento de fuego, reanudaron la marcha. —Tranquilo, figura: un guardia civil sin un correctivo es como un jardín sin flores —refirió Goyo con simplicidad irritante. —¡Y una leche!… —se desesperó el guardia cuyo jardín iba a florecer—. No quiero que me arresten por una injusticia. Qué quería que le hubiéramos dicho a ese hombre: ¿que se las apañara solo o que nos teníamos que marchar a vigilar rutinariamente una granja? Y su mente siguió por su cuenta: ¿Cómo es que es tan importante ese lugar? ¿Qué tiene de especial? ¿Cómo es que no admite un retraso de minutos? ¿Qué pasa con el orden de preferencias de los servicios? Las Torcaces… Las Torcaces. —Salvador, voy a decirte lo que haré en cuanto llegue a casa: me quitaré la camisa, la pondré en la percha y le diré: anda la que te ha caído hoy, querida. Cenaré y después meditaré tirado en el sofá, frente a la tele, y mañana, si es que no estamos arrestados, iré a mi huerto a cortar melones. Eso es lo que cuenta. Torció por un camino entre cañaverales, y cuando llegó junto a una especie de obelisco o monolito de hormigón incrustado frente a un portalón, se apartó y se detuvo. Estaban en Las Torcaces. Ante la vista del oficial, que charlaba con el propietario Moisés Torcaces, Goyo renovó su cabreo: —¡Jodo, cómo no los pueda cortar! ¡NO! Yo no quiero ser así. Otra vez el eco en la calavera. El guarda les saludó de pasada; no tenía tiempo para atenderles: hacía señales a un camión cargado de reses, que partía con prisas. Salva se percató de la vehemente conversación entre el señor Moisés y el oficial. Aquél gesticulaba y éste asentía, quieto, mudo. ¿Cohibido? La patrulla continuó por el sendero perimetral. —Mierda de caciques —refunfuñó el guardia jefe de pareja. —Creí que ya no quedaban. —¿También crees que los niños vienen de París?… Bah, ya te acostumbrarás. Salva bufó desalentado. Goyo igual que el guardia primero Barahona. Le ardía la cabeza. Si sufría un correctivo, qué pasaría con su carrera de guardia civil, de cabo, sargento… Quizá no llegara ni a guardia segundo. Hasta cumplir el primer año sería un eventual, y en situación crítica. Conjeturas aciagas como trallazos al corazón de la ilusión. Sentía nublados los sentidos, revuelta las tripas. Se bajó en marcha. El coche del oficial abandonaba la finca. La desmesurada polvareda que levantaba era porque se llevaba una colosal carga de leales ambiciones. Las suyas. La furiosa estridencia del motor, el bochorno enervante, la sístole remanente de los canutos con Velasco, la sensación de estar de bruces en la dimensión del absurdo, le hicieron llevar las manos al circundante muro coronado de cristales rotos y vomitar. —¿Estás bien, figura? Salva afirmó con la cabeza. —Y es que primero son los amigotes de los jefes. Una costumbre sin papeles, ya ves. ¿Una costumbre caciquil inmune al fin del milenio y las transmisiones vía satélite?, discurrió Salva con un puntazo de vértigo, físico y moral. —Y ya que este mamón se ha despachado a gusto con nosotros, nosotros nos vamos de tripeo —marcó Goyo con acento de revancha—. Al Caballo Blanco, casualmente del Moisés hijo. Y así es como pasaron el resto de la tarde, para acabar en El Holandés, una cafetería de infinita mejor categoría que el garito del tal Moisés júnior, tal como el imberbe veinteañero se presentó ante Salva. En este segundo local, Goyo se apalancó en una mesa de mus, de la que no remontó los bigotes hasta cinco minutos antes de la hora en que finalizaban el servicio. —Total, nos ha dejado sin papeleta. Según el Reglamento, sin ella podríamos habernos marchado a casa si hubiéramos querido —exponía con supremacía moral, de regreso a la base—. Con mis compadres el Tripas y Juan el médico hemos ganado casi todas las partidas. Diez rondas por la cara, Salvador. Ves, es lo que yo digo: que no hay mal que por bien no venga. Salva consideró que semejante dicha tenía algo de innoble… Claro que, comparado con lo del oficial, lo de su compañero no pasaba de ser un mero y banal resarcimiento. El vozarrón de Velasco saliéndoles al rellano, colmó de escarnio la indeleble tarde. —Os acompaño en el sentimiento. Ha estado aquí vuestro teniente y os ha metido un cuerno de cuatro días a uno, y al otro ocho. Bigotes: adivina a quién le han metido los ocho —sonrió como si se le hubiera desgajado la boca. En el interior de las dependencias retumbaba el futbolín y los gritos de júbilo del Polilla. Había algo inconcebible en aquella realidad. Realidad fragmentada. Subyacente, sí. Goyo se mesaba el mostacho, se retorció las puntas hacia las mejillas. ¿Sonreía? Salva reparó en su futuro y se agarró la cabeza, y los dos guardias veteranos rieron ruidosamente. —Que no, Salva, que ha sido una verónica de acojone —terminó por aclarar Velasco. Goyo se echó mano a la entrepierna y prorrumpió: —Esto, pa’tu teniente. —Una leche —respondió el otro—. Si fuera mío ya lo habría tirado. Salva les miraba sin comprender. Goyo tomó la papeleta que le tendía Velasco; se apoyó en la barandilla y, con fruición y lenta caligrafía, escribió: Sin Novedad Para curarle del susto, Goyo le trajo un melón. —¡Eh, mariquitas! —gritó Velasco para los del futbolín—. Susaneger y yo contra vosotros dos. Los que pierdan se pagan unas latas de cerveza. —¡Os vamos a arruinar! —exclamó Jorge. Perplejidades, pasmos y rutina demencial. A jugar. XII. EN EL FULGOR 1 Sobrepuesto a la conmoción moral de los primeros días, Salva se esforzaba por asimilar con rapidez acerca del insospechado y peculiar entorno en que tenía que desenvolverse. Poco a poco iba conociendo a sus compañeros. Analizaba sus comportamientos y sus variopintos consejos de los que a toda costa procuraba extraer lecciones para su anhelante superación. Como una joven gaviota que prueba sus alas (poseída por «un devastador deseo de aprender a volar»), hacía salidas en busca de conocimientos, de pericia. De explicaciones. Y las imperfectas respuestas con las que topaba excedían con mucho las satisfacciones previstas. Era 18 de julio. Y su primer servicio con el comandante de Puesto: relaciones públicas. A esas alturas del rodaje ya tenía claras unas cuantas cosas, entre otras que de algunos compañeros tenía muy poco que emular. En cambio, del brigada, un hombre de carácter introvertido al que le quedaban pocos años para el retiro, cauto, sobrio, de mirada cansada y distante, al mismo tiempo que inteligente y comprensivo, uno de los que más. Desde hacía una hora, Salva tenía todo listo para la salida: uniformado con camisa sin guerrera, y tricornio y zapatos y cetme bruñidos como espejos; también el pepito, el cual había limpiado con entusiasmo y refocilo. Como solía expresarse Monti «entero y a base de bien». El R-4 o pepito era el coche de protocolo y de servicios nocturnos en los que no arrancaba el Land Rover. Pero entre uno y otro existía menos diferencia de la que pudiera suponerse a simple vista, a pesar de que uno arrancara haciendo uso de la llave y el otro no. En el Land el cierre de la portezuela trasera consistía en un cordel que se amarraba a los asientos posteriores. Cuando no quedaba más remedio que abrirla, había dos opciones: o se aflojaba desde dentro o se daba un tirón y más tarde se reponía otro cordel. El cristal de la ventanilla del acompañante requería de continuo atenciones malabares, sólo para quedar intacto a la hora de finalizar el servicio y no verse uno atosigado por un sinfín de papeles con los que defenderse de la acusación de «Negligencia en la prestación del servicio». Tenía vetas de herrumbre que horadaban los bajos con sazonada lentitud en memoria de su peregrino pasado costero en las provincias del Levante. Por el calor que metía en el interior le llamaban la estufeta —calificativo de verano, porque en invierno lo rebautizaban con el de locomotora o cafetera, una época del año en que, por lo que comentaban, atronaba como si las bajas temperaturas lo hicieran tiritar terriblemente—; carecía de luz en uno de los pilotos traseros y de noche a la placa de matrícula la iluminaba la luna, incluso la nueva. El pepito era otra cosa. Limpio pasaba por ser un coche seminuevo y a cierta distancia nadie podría sospechar qué pegas eran las que lo hacían impresentable. Sí: por fuera parecía otra cosa. El vehículo no habría pasado nunca una ITV ni por equivocación. Para empezar, los coches oficiales no estaban obligados a pasarla. Salva advertía en ello una paradoja más dentro del insospechado desbarajuste en que se movía la Institución. Con cerca de cuatrocientos mil kilómetros recorridos, hechos a base de trayectos cortos y constantes paradas y arranques, manejados por manos innúmeras, el enclenque motor aguantaba de milagro; el dibujo de los neumáticos —en coincidencia con los de la estufeta— apenas si se reconocía; el palier derecho chasqueaba en las curvas como un pato chiflado; la luz larga no funcionaba, tampoco las de frenado; gastaba 19 litros de media a los cien… Y el freno de pie no servía. Todos en la Unidad le aseguraban que semejantes anomalías carecían de auténtica importancia si lo comparaban con patrullar en el Land en invierno: ubicados sobre un base ingrávida y roída, exento de calefacción, ensordecedor, azaroso y temible si el motor se paraba en campo abierto, manejarse con él en épocas de bajas temperaturas suponía un riesgo tremebundo, no menos que embarcarse a merced del albur. El pepito, por lo tanto, era un lujo. Y es que a excepción de la luz larga, le funcionaban todas las demás, la batería solía responder a la llave de contacto y como la carrocería se conservaba decorosa, entonces pasaba por ser un coche policialmente decente. Algunas personas recelaban de su frágil apariencia y osaban insinuar que, siendo ellas muy agudas o suspicaces, en realidad conocían que se trataba de una soberbia artimaña a fin de confiar y confundir a los delincuentes, ya que debajo del capó seguro que se escondía un motor bestial al estilo de Mad Max. El panzudo y guasón Félix les contaba que, lamentablemente, se les había visto el plumero y que, en efecto, en las entrañas del vehículo podía, en un momento dado, rugir un biturbo con veintitantas válvulas capaz de lanzar aquella débil y falaz estructura como si fuera un cohete supersónico. Por supuesto, no lo mostraba porque era secreto de Estado, y los enterados asentían y otros se quedaban boquiabiertos, aunque algunos enarcaban las cejas, no del todo convencidos. Porque daba el pego y arrancaba con llave se le reservaba para actos de relevancia social. Como el de aquel día. El brigada correspondía a una invitación oficial cursada por un grupo de influyentes locales, en celebración privada, donde asistirían importantes autoridades, entre las cuales figuraban la Guardia Civil de San Juan de la Sierra y en cuya representación iba el comandante de Puesto, y Salva de acompañante: una especie de respetable y apuesto edecán sin otro objeto que ensalzar el uniforme. Y él se deshacía de ganas. Bajó el brigada y, sentándose al volante, le pidió que prestara atención: conducirlo era algo más que poseer un pertinente permiso de conducción. —Requiere oficio —dijo. Y lo alentó a no dejarse intimidar por tan nimio detalle, el de los frenos. Salva no terminaba de creerse que fueran a salir con un vehículo sin frenos. —Hombre, tampoco es eso; tiene el de mano. —¿Volveremos vivos? —Eso espero —dijo el suboficial muy serio, girando la llave—. A la vuelta lo conducirás tú. A Salva se le demudó el rostro. El coche bajó a la calle cuando el guardia de Puertas, el recio de Carrasco —que a Salva le recordaba al cabo de su pueblo: amplio pecho, musculosos brazos, ancha cintura sin barriga— les hizo una seña sobria y contundente con la mano en alto. Con la excepción de los más jóvenes —Velasco, Jorge y Monti—, era el único con el que aún no había salido de servicio. Nadie se lo recomendaba. Se conducía enigmático y taciturno, y salvo un par de frases de puro trámite cruzadas en el pabellón, no habían conversado. Dio paso al pepito con resuelta indiferencia y tornó a subir las escaleras sin dedicarles el habitual gesto de despedida que se intercambiaban el resto de compañeros. El pepito rodaba, en comparación con el Land, suave y silencioso. Que ambos vehículos tuvieran que partir del cuartel de la misma guisa era debido en el caso del pepito a que si éste tenía que frenar al invadir la Mural, la maniobra sería impracticable por causa de la pendiente y la ausencia de frenos. Funcionaba el de mano, pero se corría el riesgo de no detenerlo a tiempo o de hacerlo culebrear, para acabar restregándose contra la cancela. —Cuando quieras parar, pisas a fondo el freno de pie (que algo hace) y, a la par, el de mano —explicaba el brigada—. Suele funcionar. Salva tragó saliva. —Sin práctica, me temo que podríamos tener problemas… —dejó caer, intentando hacer ver al superior que debía reconsiderar su postura de ser él quien lo condujera al regreso. —Tú mira y aprende —fue la respuesta del comandante de Puesto, mientras se acercaban a la señal de STOP. Al llegar, redujo a segunda, aplastó el pedal del freno tres veces consecutivas, tiró del de mano y lo soltó al instante, como si quemara; a continuación metió la primera, repitió el trajín con los distintos frenos, y el pepito se detuvo dócil y preciso. —Lo ves: fácil —se ratificó—; peor están en Villarjo, que van a pie. Salva se maldijo por haber deseado conducirlo. Lo mejor que se le ocurría era no darle vueltas. Si los demás consideraban normal circular en aquellas pavorosas condiciones, no sería él quien diera la nota. De las deficiencias se habían cursado varias órdenes de trabajo en las que se daba cuenta de las averías y se solicitaban repuestos indispensables. Todas postergadas. —¡No las consideran urgentes! ¿Qué te parece, Salvador? Todas las órdenes, tan pronto les llegan, son indizadas en Pendiente. Y ahí se pasan las semanas, los meses y hasta los años. Y en lo del consumo me responden que acabada la partida presupuestaria, la fuerza saldrá a pie. —Pero a pie sería un servicio casi inútil —se atrevió a enjuiciar Salva. —Sí; pero a ver quién le pone el cascabel al gato. En lo del cascabel se perdió. El brigada no dilucidó al respecto. Había retrotraído la conversación a ciertas mañas en el manejo que rayaban en lo inverosímil y él no quería pasar por impertinente o necio. Dejando atrás el pueblo y la gran curva que lo ocultaba, el brigada torció a un camino perpendicular, de gravilla, flanqueado por dos hitos, en ambos de los cuales estaba escrito: CAMINO PARTICULAR. PROHIBIDO EL PASO. Penetraron en un túnel de arbustos, rosales y arcos de hierro recubiertos de hiedra y madreselvas, y medio centenar de metros después se hallaron frente a un chalé octagonal, cuya fachada aparecía protegida por una marquesina, talmente que la de un cine. Grandes eucaliptos lo envolvían en sombra. Media docena de casas independientes, con amplias parcelas valladas, componían aquella urbanización que el brigada mencionó como la colonia Machaquito. Y señalando al monte agrietado de zanjas y mondo como una calva que se alzaba por detrás, explicó: —Porque esa es la serrezuela de Machaquito. La misma que manda otra de sus estribaciones hasta la trasera del cuartel. Y esta es la casa de don Alfonso De Lasheras, dizque un veterinario de mucho prestigio, o eso dice él. El brigada paró el motor, y por un instante Salva experimentó la inquietud de que pudiera tratarse del Land. Pero era el pepito, que arrancaba con llave y por eso lo llevaban ese día de actos públicos. El brigada pulsó el timbre. En el borde de la marquesina descollaba una caja de alarma con un bulbo naranja. Un Nissan Terrano, personalizado con anchas ruedas y laterales decorados por un rayo irisado, relucía flamante a la sombra. Dicho veterinario, un cincuentón bronceado y tonsurado, les recibió con atentos saludos. Enseguida trabó animada charla con el brigada acerca del calor veraniego y los preparativos de la ceremonia. Tras las puertas de vidrio del salón, las aguas de una piscina con forma de riñón ondulaban salpicadas de resol por el paseo submarino de un robot acuático de limpieza. Recostado en una hamaca, tomaba el sol un muchacho al que el veterinario refirió como su sobrino «Nachito», aunque sin duda era bastante mayor que Salva. Cuando a los pocos minutos el brigada dio por concluida la visita, el veterinario le pidió un favor que tenía que ver con llevar a un tal Urbano un cachorro de perro que, al parecer, le tenía prometido. Aceptó el brigada sin afecto y sin reparos y ya en el pepito convinieron en que la misteriosa ceremonia sería, un año más, «una gran conmemoración de leales». Con el animalillo acurrucado en el asiento posterior, reanudaron el circuito protocolario. —A juzgar por la casa y el coche, no le deben de ir nada mal las cosas —comentó Salva, con los ojos en el espectacular todoterreno que se empequeñecía en los retrovisores del pepito. —No marcha mal, no. Este chalé lo utiliza en verano y fines de semana —entró en la C-215 y le siguió informando—: Pero los hay con más dinero. Por ejemplo, el que vamos a visitar ahora. Otro que ha tenido muchos negocios. Hasta hace poco fue constructor y antes tuvo ganado. Fracasó en ambos y ahora desconozco a qué se dedica. También está Moisés Torcaces, y Parra, el de las grúas. Gente de dinero en San Juan. Y mucho poder —resumió con críptica dicción. Poder, conmemoración de leales. Ah, gente importante. Y yo voy a lucirme, dedujo Salva, impaciente. Llegaron a la plaza por la Mural, cruzaron bajo un panel publicitario —tal que el reloj del pabellón de solteros: CÁRNICAS MOISÉS— y tomaron una calle empinada. En seguida se hallaron en las afueras, entre eras antiguas, desdentadas de cantos y erizada de yerbajos. El brigada fue a detenerse al único edificio extramuros en aquella parte del pueblo, un caserón rodeado por un zócalo de piedra agregado de setos y arizónicas. Frente a una verja ciega, hizo sonar el claxon. Respondieron ladridos, el cachorro humilló la cabeza. Engastada en una de las rocosas jambas, coronadas por artísticos faroles, una cámara de TV se puso en movimiento, silenciosa, secreta y ostensible a la vez. En la otra jamba y con letras doradas por sobre un buzón gárgola, se leía: LA PEQUEÑA ARTEAGA. La verja se desplazó lateralmente. Apareció un sendero enlosado en forma de Y. El ramal izquierdo conducía hasta un porche sostenido por tres arcos; el otro hacia un lateral de la vivienda donde se derramaba en una especie de elegante terraza de bar, tomada por sillas y mesas de hierro forjado pintadas de blanco. El tamaño de la casa, de una sencillez imponente y excelente estado de conservación, doblaba a la del veterinario. Entre árboles frutales, protegido por una caseta de madera, un BMW rojo de afilado morro asomaba como un hurón en la boca de su madriguera. En batín y babuchas surgió un individuo de cabello ralo —largos y escasos pelos le partían de una oreja, le cruzaban la calva esplendorosa y se confundían en la contraria con pelusa retorcida—, se apoyó sonriente en un busto que presidía el centro de la arcada y les blandió la mano con aspavientos un punto amanerados. —Urbano Arteaga —dijo el brigada, clavando el pepito con un suave tirón del freno de mano. El anfitrión se despegó del pulimentado busto —era del general Franco y tenía una inscripción en la que Salva, por una sensación de pudor, no quiso distraerse en descifrar—, pasando a enredar sus blancuzcas manos con el cinto del batín, cuyos faldones ondeaban tras él. —¡Mi casa para la Guardia Civil! —exclamó. A las espaldas de los recién llegados, el zumbido electrónico retabicando. El brigada le mostró el porte gratis, sin llegar a bajarse por temor a lo imprevisto de la manada de perros que, babeantes y frenéticos, se apiñaban en torno del pepito. —¡Ohi, ohi, muchísimas gracias! —celebró el anfitrión con dos palmadas, y se inclinó a la altura de la ventanilla de Salva; su rostro ovoide y abotargado brillaba de grasa. Salva contuvo un visaje de repulsión física—. El muy sinvergüenza prometió traérmelo hace tiempo y gracias a ti, brigada y… al pipiolo —precisó al percatarse del joven guardia—, al fin lo tengo. Porque es nuevo, ¿verdad? —Sí: Salvador, nuestro nuevo fichaje. —¿Y crees que habremos acertado? —Me da que sí —contestó el brigada en un tono de firmeza exento de retórica. El suboficial trasladó el animal a su dueño. —Cualquiera sabe —repuso Urbano—. Esta juventud no quiere más que música y cachondeo —depositó dos amorosos besos sobre la cabeza del animalillo—. ¡Ohi, ohi, qué lindo! —chilló y levantó una oleada de ladridos celosos en los otros perros—. Yo lo veo por mi hija Yénifer. Se pasa la vida de fiestas y las semanas enteras sin saber de ella. ¡Contentos nos tienen! Acunó al cachorro en los brazos y ordenó a los demás que se alejaran: ni caso. Se repitió con voces afectadamente severas, y como tampoco le obedecieron, se recalcó con un puntapié a un cocker. Los animales cogieron la idea y los guardias bajaron del pepito. —Joven, te daré un buen consejo —Salva supuso que le hablaba a él y apremió la zancada—: «Donde fueres, haz lo que vieres». Regla de oro para no meterse en problemas. ¿Verdad, Ramón? —consultó ladeando un tanto la cabeza, como poniendo el oído hacia el brigada, que les seguía. Éste no le contradijo. —Así es. —Bueno, ya verás como te va bien por aquí, joven —besuqueó al cachorrillo, que entornó los ojos, rendido a las caricias de su nuevo amo—. Ohi, ohi, mi chiquitín, que de no haber sido por la Guardia Civil todavía lo estaría esperando. Y es que la Benemérita es la gran tradición de este país —profirió pasando bajo el arco que coincidía con la puerta de entrada a la vivienda; de reojo, Salva leyó a su derecha la inscripción del busto: YO HICE UNA, GRANDE Y LIBRE—. Ahora que estos rojos de pacotilla se lo cargan todo. En fin: nos tomaremos un piscolabis; aunque con el fiestorro que hemos preparado en Las Torcaces nos vamos a hartar. Nada más poner el pie en el interior, Salva se vio bajo una grandiosa araña de cristal y ante un salón enorme, espléndido, estrambótico: un reparto de muebles rococós, graneado de ingenios electrónicos. Una barra de bar forrada de cuero, fosca y globulosa, se alargaba hacia una alta y gigante pantalla de televisión, la cual colgaba o partía la barandilla de una escalera; por debajo, un apaisado cuadro de caza salvaje —una jauría ensañada con un ciervo herido— se enmarcaba en una moldura ancha, profusa y dorada, y todo ello untado de luz por una lámpara ex professo. Y del suelo al cuadro se alzaba una cadena musical cuyo ecualizador gráfico danzaba al compás de unas sevillanas escandalosas. Pantalla, cuadro y cadena eran flanqueados por columnas de fuste retorcido rematadas en plantas de anchas hojas. El conjunto se le antojó a Salva un retablo de iglesia ultravanguardista. Por encima de las ventanas, que coincidían con los arcos del porche, se alineaban cuatro monitores en blanco y negro, encastrados en cajones tallados con motivos vegetales. La claridad de las ventanas se derramaba sobre un largo sofá y dos sillones de orejas, los tres alrededor de una sirenita, la cual, mineralizada en verde, aguantaba un grueso cristal ovoide. Un reloj de cuco dio la hora con horrísona cadencia junto a la escalera. A su lado, una bandera nacional enrollada resplandecía; por entre un pliegue asomaba, en un fino y oscuro bordado, la cabeza de un águila. Por detrás arrancaba una mampara plegable, especie de biombo chino con cristales en relieve, que aislaba o delimitaba parte del inmenso salón. El anfitrión flameó su bata y se colocó tras la barra. Espejos iluminados duplicaban copas y botellas. El suelo de oscura y brillante madera hacía lo propio con la fila de taburetes dorados y los allí presentes. Urbano enarboló un mando y el jaleo de sevillanas descendió drásticamente. —¿Un botellín, Ramón? —ofreció para el brigada, a quien volvió a llamar por su nombre. Éste aceptó, pero al ver que plantaba tres, le paró los pies: —Para nuestro nuevo fichaje, un zumo; es un deportista. Urbano, impresionado, exclamó: —¡Vaya! Qué bien. Le veo embobado con mis maquinitas. ¿Le gustan, joven? Salva confirmó reparando en los monitores: el primero de los cuales enfocaba la verja electrónica; el segundo, una panorámica general del pueblo —por efecto del desastroso contraste todo emblanquecido—; el tercero, como un testimonio de irreprochable inutilidad, su correspondiente soporte, ya que nadie se había preocupado de restituirla a la posición idónea. Y el cuarto subía y bajaba rayas. Con amanerada diligencia y sin desprenderse del cachorro, Urbano manipulaba una consola entre licores. —Nada. Que no funcionan bien. Si los conservo es más por simple placer que por propia seguridad. Y por el efecto disuasorio, claro. Están caducos, los pobres cacharros. Los años Ramón, los años, ¿verdad? —el brigada le respaldó con un gruñido—. Pero si tanto le gustan las nuevas tecnologías al joven, venid —los invitó a seguirle por las escaleras, chucho en brazos. A llegar al descansillo de la primera planta se metió en una habitación copada de cachivaches y de unos cuantos aparatos de radio. —Pasad. Esta es mi Sala de Transmisiones. ¿Qué os parece? —y se inclinó a girar un conmutador que puso a soplar un altavoz. —La leche —opinó el brigada con indiferencia. Salva no pudo evitar un suspiro de fascinación. —Esta fue la última emisora que compré —reveló Urbano Arteaga, manejándose con una mano mientras que con la otra sostenía y acariciaba al perrito. Dio un capirotazo al micrófono y probó a establecer comunicación. Pero algo le fallaba. En tanto que el señor Arteaga insistía, Salva se distrajo con la modesta colección de radios antiguas repartidas por las estanterías; una colocación tan caprichosa y abigarrada que resultaba imposible seguir un orden cronológico. Como la futilidad del operario se dilataba, reparó en un grabado de húsares y luego en una pata de ciervo de la que colgaban media docena de llaves con sus respectivas etiquetas, las cuales leyó con una concentración absurda sin otro beneficio que culminar algo enteramente trivial. De repente, el operario tumbó el micrófono con un manotazo. —Mala suerte —se hartó—. Pero el no va más es lo que tengo en la buhardilla. Seguidme, que eso, tú Ramón, tampoco lo conoces. Salva se sentía importante por conocer a un personaje tan original (hasta lo grotesco, pensó impíamente) y tan amigo del Cuerpo: no se le pasaron por alto un par de cuadros o metopas en relieve con escenas de guardias civiles. En esa otra planta lo primero que atrajo su atención fueron las innúmeras cabezas y cuernos clavados a las paredes. A continuación, el magnífico telescopio que el propietario arrastraba al centro de la pieza. —¡Vualá! —La leche —confesó el brigada, con tan aburrida dicción que un expositor inteligente habría interrumpido su despliegue de vanidad y olvidado el asunto con inmediata repulsa. Pero aquel tipo poseía una severa sandez que el brigada parecía conocer hasta el punto de saber que no corría peligro, y Salva atisbó en su superior una actitud de mero compromiso. No quiso penetrar más y se dedicó a acariciar el artilugio. —¿Qué le parece, joven? —Fascinante —respondió Salva, de corazón. —Lástima que no sea de noche. ¿No lo conocías, verdad, Ramón? — extendió la palma de la mano como si pidiera algo, para en el acto seguir manoseando al animal, el cual, dichoso y ajeno, adormecía en su pecho. —No —contestó el suboficial—. ¿Para qué sirve? Urbano Arteaga sonrió con suma pulidez. —Ay, Ramón, Ramón. Así no va el Cuerpo a ninguna parte. Es para ver las estrellas. —Oh —dijo o bostezó el brigada. —Una noche os pasáis, salimos al solárium —señaló a la azotea, luminosa tras la puerta abierta— y disfrutamos mirando el cielo. Salva se acercó a una vitrina donde destacaba un curioso artefacto con correas y forma de catalejo capado. Urbano se apresuró a ilustrarlos. —Tampoco tú has visto esto, Ramón: es un visor de infrarrojos. —La leche —contestó muy serio el brigada, confirmando que se la traía laxa. El propietario rio entre dientes, y refirió el invento. —Lo uso cuando voy de caza. Es un aparato para poder ver de noche, sin luz, pero con el que se puede ver como si fuera de día. El brigada murmuró, casi imperceptiblemente: —Lástima que no sea de noche. Urbano dijo: —Lástima que no sea de noche. Salva no dejaba de contemplar el fabuloso ingenio. Le parecía un invento dotado de una eficacia y un gozo casi sobrenatural. En letras góticas resaltaban las iniciales U.A. Sonó un timbre. Y el brigada, desde la terraza, adonde había salido a pasearse al sol, avisó al propietario de que se trataba de su esposa. Salva escoltó a Urbano, divertido por el trote con que éste se llegaba a la balaustrada de formas exuberantes y prorrumpía en un chillido bufo, al tiempo que alzaba el animal por encima de la cabeza, como si fuera a ofrecerlo en sacrificio. Abajo, al otro lado de la verja, dos mujeres levantaron las manos. —La esposa y la señora Carmela, la mujer encargada del cuidado de la casa cuando ellos se ausentan, que, al igual que Alfonso De Lasheras, es la mayor parte del año —le puso al corriente el brigada cuando bajaban. Salva no dejaba de admirar la sobrecargada decoración por toda la vivienda. Hasta el busto del Generalísimo presentaba un profuso acabado en la zona de la pechera. —Mirad lo que nos ha traído la Benemérita de parte de Alfonso —corrió Urbano hasta la bifurcación del sendero. La esposa agarró la animalada adquisición con una extraña ausencia de muecas, si bien con la cabeza aprobando complacida. —Es que acaba de hacerse la cirugía estética —le sopló el brigada. Se acercaron las mujeres y se saludaron. El suboficial presentó al guardia joven y acto seguido el perrillo recuperó el centro de atención. A la andanada de arrumacos, el cachorro respondió agitando una lengua pequeña y roja. —Puede que esté sediento —se alarmó la esposa, y ambas mujeres corrieron a buscar leche. Urbano las siguió; regresando con dos botellines y un refresco de naranja, uno tan malo como otro cualquiera, saturado de conservantes, azúcar y potenciadores de sabor, cuya diferencia sustancial radicaba en el color. —Pero este joven es muy raro —estimó Urbano, recogiéndose los picos de la bata con minuciosa delicadeza, para tomar asiento en la terraza, junto a sus invitados—. Quiero decir, que nunca he conocido un guardia que no tuviera buen «saque». —Cosa rara, sí —admitió el brigada—. Y además, le gusta leer. Los días de Puertas acostumbra a hacerlo. Y yo le tengo preparado una estupenda biblioteca —añadió con una especie de orgullo paternal. —¡Ohi! ¡Ohi! ¡No me digas! No me digas que no es de esos que oyen música todo el día. Salva recordó que unos días atrás había comprado una cinta recopilatoria con los éxitos de una banda de rock, que pensaba escuchar a volumen brutal, tan pronto acabara el servicio… después de haber asombrado a todos los asistentes al evento con su bien llevado uniforme, su porte atlético, su incansable gentileza… Mientras los dos viejos conocidos intercambiaban insulsa conversación acerca de amistades comunes, Salva se abandonó al promisorio lucimiento en el que dejaría bien alto el pabellón. Nadie como él para enaltecer física y espiritualmente las fasces pasantes en aspa con espada. El comandante de Puesto sería felicitado, murmurarían elogios… Un cocker vino a olfatearle. Salva lo acarició por deferencia a su dueño; los perros no le inspiraban gran simpatía. Una pelota que había cerca la usó para quitárselo de encima. La pelota fue a incrustarse entre un cúmulo de macetas exuberantes de flores rojas y blancas, y el animal, que había saltado lleno de contento, se quedó mirando a Salva con tristeza casi insoportable. Salva se levantó. La pelota se hallaba tras las macetas, pegada a una puerta de malla de hierro que, abrigada por los vigorosos setos, apenas si se distinguía. Corrió el cocker ahora en dirección al porche y el suboficial, en vista del anodino incidente, aprovechó para cambiar de tema. —¿Y esa puerta? —preguntó con la misma falta de interés que hasta entonces. Urbano explicó que fue construida en su día para facilitar el acceso a la trasera de la casa al objeto de recuperar las pelotas en la época en que la terraza era una pista de tenis. Llevaba años sin usarse. Regresó el can; Salva prosiguió con el juego. La pelota —un balón de goma desinflado— tres veces más lejos. Apuradas las bebidas, Urbano propuso traer más, pero el brigada alegó que le requerían otros asuntos. Se verían más tarde. Arteaga les acompañó hasta el pepito, musitando a la vera del suboficial una letanía en tono de quejumbrosa añoranza. —Qué malos tiempos estos, qué malos tiempos. Con un chillido alejó al perrerío; con otro asomó Carmela y al poco la verja ciega comenzó a deslizarse. Alargó las manos con ceremonioso ademán clerical en señal de despedida; gesto que repitió para con el novato y a Salva le pareció de un ascenso social inimaginable y elitista. Antes de emigrar para el fasto, el brigada se dio a callejear, poniéndole al tanto de lugares y personas: el Balilla, un delincuente habitual, enclenque y desarraigado, que vaga de día y de noche, en verano y en invierno, ataviado siempre con una cazadora tipo piloto. Varios robos de poca monta eran obra suya, con el «único motivo de costearse la droga». Eufemio, el churrero; el holandés, que se casó con una española y puso un bar con el nombre poco original de El Holandés; Julia, la farmacéutica, por la que Velasco se devanaba los sesos con tal de ligársela: «en vano»; Gómara, un borrachín vejete y simpático que siempre que se topa con los guardias se empeña en invitarles a vino peleón; Salustiano, el panadero, que vino de guardia civil al pueblo, se casó con la hija de la tahonera y cambió el tricornio por la masa… El brigada se detenía con todos y a todos presentaba a Salva. Cuando se cruzaron con un ruidoso minitractor, el brigada anunció a Matías el Sordo, con quien intercambió un efusivo saludo sobre la marcha. —Aunque bastante menos sordo de lo que aparenta —siguió detallándole—. Depende de lo que si escucha le interesa o no. Dado que más de la mitad de lo que se dice en la vida es producto de la tontería supina, es decir, no le sirve al hombre más que para preocuparse estúpidamente, Matías, que lo sabe, se conduce a su aire. Es el lugareño más feliz de todo San Juan. A poco que te descuides, te recita una poseía. Lo verás casi todas las mañanas yendo y viniendo a su huerta, lindante con la de la viuda del Sosa, Desideria. Al mencionar a esta viuda, Salva quiso saber más de la historia de esa triste y huraña mujer que cuando se va a cruzar con ellos cambia de acera y, si puede, de calle. —Es lógico —reconoció el brigada—. Perdió a su marido al saltarse un control del Cuerpo. Los confundieron con terroristas, o sabe Dios con quién; el caso es que saliendo una noche de Dosarcos les tirotearon el coche en el que iba toda la familia. Hará unos dieciocho años de eso. Viuda y con dos hijos, una chica y un chico, la pobre mujer los ha sacado adelante trabajando ella misma la huerta y algunos cerdos, que cría como puede. Hizo una pausa, como traspasado por empático dolor, y concluyó con un reproche impreciso: —Esperemos que sea verdad eso de un cielo justiciero y alguien llegue a resarcir a esa mujer por tanto penar, ya que en la Tierra nadie lo ha hecho. Y de ese caso tan luctuoso, el brigada pasó a relatarle otros de diversa índole, algunos rocambolescos, como los referidos a temas de cuernos, peleas entre vecinos irreconciliables, casas donde vivían personas con antecedentes penales recientes y no tan recientes y con los que, sin embargo, solía congeniar. Después de casi tres lustros destinado en aquella población, presumía de amistades en todos los estratos sociales. Hicieron parada en la plaza, en el Manola, un bar regentado por una simpaticona viuda, de curvas abultadas, la cual ponía cachondos a todos los guardias. Tras un par de cañas —invitación de la casa—, prosiguieron de paso por otros locales, como el restaurante y discoteca Bordaluna. O El Caballo Blanco, propiedad de Moisés júnior, el hijo del dueño de Las Torcaces, un garito brumosamente legal que Salva conocía, al igual que el bar El Holandés, por el desquite de Goyo. —Hay que andarse con vista con algunos de esos negocios: son de los caciques del pueblo. —Creí que ya no existían caciques —repuso Salva, inquisitivo en su eterna pregunta. —¡Cómo que no! —exclamó el brigada, conmovido—. Existirán siempre mientras unos tengan más que otros y la ley sea hecha y aplicada por los que más tienen. No es lo mismo cerrar el local de un hombre como Moisés Torcaces o su hijo, que el de un pobre diablillo sin influencias. Con el segundo te apuntas un tanto y con el primero te metes en líos. Si no al principio, a medio y largo plazo, a no dudar. Esta tarde verás algunos de ellos con nuestros jefes. Muy recios «patriotas» todos ellos —apostilló con ácida ironía. —Eso es bueno —dijo Salva. —Ten cuidado: un patriota es siempre un aburrido siniestro. —¡Ah, ya…! El brigada lo miró un instante, escéptico. —Es en serio, Salvador. Esta gente siempre acaba trayendo problemas. Mantente alerta, hijo, antes de que caigas en sus redes o te conviertas en su galeote. Se trata de la realidad subyacente. Y ya que te va a sobrar tiempo y oportunidades para comprobarlo no quiero dejar de recordártelo. En otros pueblos apenas si ven un teniente coronel al año; en cambio, aquí los tenemos muy a menudo. Demasiado a menudo. Y el que más nos frecuenta es el general jefe de la Zona. El Gran Jefe Monipodio, lo llamo yo. De Lasheras, Arteaga y otros que ya te iré diciendo, son sus íntimos. Caballeros de mohatra, truhanes modernos y majaderos antiguos, que bien podría hoy volver a referir nuestro don Quijote de la Mancha. Ya te acostumbrarás. Acostumbrarás, acostumbrarás… A Salva oír aquellas afirmaciones le trastornaban por lo que tenían de peregrino y de tópico. Pero él era un novato restringido a ver, oír y callar, donde fueres, haz lo que vieres, ya te acostumbrarás, todo está inventado… —Y ahí tienes la discoteca Bordaluna —le polarizó el brigada, invadiendo la 215—. ¿Has estado ya? —Salva contestó que no—. Pues baja y verás qué chicas más bonitas tiene este pueblo. Tomaron la carretera a Villarjo, pasaron el puente del molino: malos recuerdos le traía aquella ruta. Buen susto le había metido el histriónico del teniente. Tal vez para hacerle saber que no debía imitar al consuetudinario y remolón guardia Goyo. Dentro de unas horas le demostraría que su talante era bien distinto, irreprochable. Lo había relegado al trastero mental, y ya casi lo tenía olvidado. Torcieron al camino de Las Torcaces. —Pobre manolito —se lamentó el brigada, rodeando el monolito de hormigón, arropado por una bandera nacional y una corona de flores. Por el portalón de hojas abiertas de par en par entraron al corazón de la finca, un complejo con diversas instalaciones compartimentadas. La zona habitable y de recreo al principio, y al fondo la parte pecuaria: vacas, ovejas, caballos, cerdos… Estos últimos hozaban en gran número en un redil donde el capataz les arrojaba brazadas de dulces y pastelitos caducados, según le informó el brigada. —Tienen buena pinta, ¿eh? —Ya lo creo que sí. —Pues no son más que carnuza. Las apariencias engañan, Salvador. Gracias a que el viento soplaba de levante, el olor de los animales enfilaba el pueblo, aliviando sensiblemente la estancia del medio centenar de personas allí congregadas. Bordearon dos grandes depósitos de combustible y frente a las cuadras de caballos estacionaron entre el coche oficial del general, un Renault-21 de color gris sin distintivos, y un original camión Ebro, modelo 2000. Tan pronto se bajaron, el comandante de Puesto buscó al teniente para darle novedades. Entretanto, Salva debía aguardarlo con su respectivo armamento, cerca del pepito, por si se le requería, pero «reconociendo el panorama por tu cuenta». Salva reparó en la continua atención que el brigada le dedicaba. Él le correspondería con su empaque desenvuelto y buenos modales. No le defraudaría. Tampoco a sí mismo. Estaba en el centro del fulgor y no dejaría pasar su oportunidad. Después de admirar el camión —especie de vehículo ligero con grandes ruedas todoterreno y caja cerrada con lona—, dirigió su interés hacia los corros de gente, hombres y mujeres reunidos en animosa charla alrededor de las mesas mejor servidas. Tablones sustentados por caballetes, colmados de fiambres y bebidas, se empalmaban hasta componer un cuadrado, en cuyo centro, sobre un pódium recubierto de lustroso terciopelo rojo, se alzaba una lustrosa y enorme bandera nacional. Una ráfaga de viento la hizo ondear, y fue entonces cuando se percató del detalle: el escudo era el del antiguo Régimen. —… ondulando igual que el agua serena de un estanque agitada por el vuelo de una golondrina —captó que recitaba una voz remilgada, conocida. Envuelto en aplausos, Urbano Arteaga cabeceaba con ufana y dilatada sonrisa. Su numen era especialmente elogiado por mujeres peripuestas como de boda. —Es tan larga como la piscina lo es de ancha: seis metros —detalló una fémina que, sin advertirlo, se había situado a su lado. Salva se giró con un leve sobresalto. —Perdón, no la había visto —se disculpó; y no tardó en reconocerla. Tras ella, el busto del caudillo, que unas horas antes había visto en La Pequeña Arteaga, le cuadraba con severidad. —No te preocupes —le tranquilizó la rubia, con pronunciación melosa—. ¿Eres nuevo? —Salva afirmó con la cabeza—. Yo soy la que iba con el chico que tu compañero paró cuando bajábamos de Maracaibo, porque decía no sé qué de un STOP. ¿Lo recuerdas? —Sí, un descapotable que no respetó… —Ese mismo —confirmó ella con una risa breve—. Qué gracioso, el guardia viejo: nos quería denunciar; pero en cuanto nos conoció, nos dejó marchar. ¡Uy, si no me he presentado! Mi nombre es Marisa y soy la hija de Moisés Torcaces —se arrojó a las mejillas de Salva, estampándole sendos gomosos besos. Salva sintió que se ruborizaba formidablemente. —Bueno, y tú, ¿cómo te llamas? —continuó ella. El interpelado balbuceó: —Salva. Salvador. —Pero te gusta que te llamen Salva. ¿A que sí? —Me da igual. —Qué bien te sienta el tricornio. Salva no sabía qué responder. —Ven, Salva, vamos a tomarnos algo. —Le agarró con apabullante descaro de la mano libre (la otra la tenía agarrotada a la correa del cetme) y lo remolcó hasta la mesa más próxima. —¡Coge! —le alargó un vaso de sangría. Salva lo tomó con rapidez para disimular así su aturdimiento; y ella, que sin duda se daba cuenta, parecía gozar. ¿Criticarían su conducta? Si acaso el que pasaba cerca le dedicaba una fugaz mirada de simpática aprobación. Tenía que reponerse. Con donaire y creyendo que sería mínimamente original, dijo: —Después de haber conocido a la hija de Moisés Torcaces, no creo que me suceda nada mejor en todo el servicio. Ella risoteó el halago. —Tengo que atender a unos amigos y arreglarme estos pelos —pegó un sorbo al vaso y lo dejó—. Nos vemos luego, ¿vale? —y se alejó airosa, intrépida. Descocada. Marisa contoneaba las caderas ceñidas por una mini tan corta que Salva creyó ver que le asomaban las bragas entre los espesos muslos, y bajó los ojos con cierto sofoco que le sobrevino tontamente… Sí: sus zapatos brillaban como espejos, que reflejaban una inopinada e incontrolable fatiga. Se sujetó el sombrero con una mano y con la otra volcó el vaso de sangría en su boca hacia el cielo. Al punto, su estómago —su soma entero— se sublevó. Se había pimplado algo que en otras circunstancias jamás habría hecho. Ag. Era un uniformado de la Ley y el Orden. Un guardia civil cabal. Soltó el vaso como el asesino que de pronto se descubre el arma homicida en la mano, y con el pulgar trabado a la correa portafusa, se dedicó a observar los diversos corros: Urbano Arteaga, el brigada y el jefe de Línea y otros desconocidos charlaban animados en un mismo grupo; muy cerca, el odioso chófer del teniente bebía risueño y repulsivo con otros dos guardias a los que identificó como conductores oficiales. Supuso que dejaría de caerle tan mal si a lo largo de la tarde entablaba conversación. Los mandos que pululaban eran un general de caqui, y del Cuerpo un general y un coronel. Los veía beber y gesticular con gran desparpajo y, al recordar el Reglamento, con ademanes, a su modesto entender, más que descompuestos. Sólo era un novato. El brigada venía hacia él. —¿Cómo te va, Salvador? —Y sin dejarle responder—. Ya veo que has hecho amistad con la hija de Moisés, nada menos. Eso está bien —le incitó con un guiño—. Me recuerdas a mí. Te deseo lo mejor, qué puñetas. Bien, a lo que venía: el general de la Zona quiere que un guardia se encargue del control de los coches que entran al recinto, según este listado —le entregó un folio—. Quédate en la entrada y los mandas a estacionar por detrás de las cuadras de caballos. Creí que era un guardia civil, no un aparcacoches privado. —A la orden, mi brigada. XIII. EL PIPIOLO NO SE ENTERA 1 Pasados cien minutos, el cupo de la lista de convidados con coche se había cerrado. En el camino exterior se arremolinaban curiosos: niños con sus bicis, hortelanos camino del riego vespertino, gordas y fondonas en paseos de adelgazamiento y cotilleo… Salva se fue para el comandante de Puesto, y éste, a su vez, le fue a su encuentro empuñando una lata de refresco: era como si el brigada deseara absolverse y a él indemnizarlo simbólicamente de la degradación que suponía el haber sido tratado como un mero lacayo. No prestó atención a la cantinela de sin novedad y, tomándolo del brazo con campechanía, con un puntillo de ron en el aliento, le puso al tanto de los distintos personajes. El tipo achaparrado y frente oblicua —monoide— era Lucas Parra; dueño de la gasolinera de Morratal y de un negocio de grúas: las únicas que por orden del general se podían solicitar para el traslado de vehículos auxiliados durante el servicio. Moisés Torcaces, el esquelético anfitrión, ganadero y comerciante de carnes vivas y muertas, receloso y avariento con sus tratos; muy aficionado a montar a caballo, de ahí las carreras con piernas de jinete —ahuecadas— con que recibía a sus invitados. Los hermanos Berchina, ambos dedicados a la venta de turismos de importación. Los ya conocidos De Lasheras y Arteaga. El cura y Juan el médico del pueblo, Carmelo el alguacil, y un reparto de otros nombres que Salva no tardaba en confundir y olvidar. El elenco de autoridades militares, con sus respectivos uniformes y pasadores de medallas, lo componían el general Llopera, jefe de la Primera Zona del Cuerpo —Gran Jefe Monipodio— y sus compañeros de promoción: un general de división del Ejército de Tierra y el coronel Benito, éste destinado en la Dirección General en uno de esos gabinetes rotulados con pomposas siglas. —Estos andobas son los que menos nos pueden ayudar —le reveló el suboficial, como si de un tenebroso secreto se tratara—. Unos hijos de puta, vaya. —Salva contuvo un visaje de espanto—. Tienes que aprender que es más importante la confianza con los paisanos influyentes que con los propios mandos: los primeros te respetan y los segundos viven de joderte —se echó al coleto el poso de una copa y se fue a buscar otra. Salva lo esperó un minuto, en cuyo ínterin se distrajo con las rebuscadas poesías de Arteaga y los estribillos militares que un gorderas con una chapela roja expelía a voz en cuello. Regresó el brigada diciéndole que el general y el anfitrión, al parecer, habían quedado muy satisfechos con su excelente labor de aparcacoches. —Así que, ahora, a tu aire. Y si te «pierdes» con alguna muchacha, por mí no te preocupes. Je, je —se marchó cojeando un poco—. ¡Este principio de gota! —se quejó como para sí mismo. De gota espirituosa, pensó Salva, un punto azarado. La tarde expiraba quitando grados de calor al aire, pero no a las cabezas. Un tipo se paseaba cantando y brincando envuelto en una bandera nacional; si bien más pequeña que la del fúnebre pódium no menos anticonstitucional. Entre actitudes extrovertidas, bullía un jolgorio que le producía cierta desubicación, pese a hallarse en un servicio tan codiciado y pintoresco. Pintoresco. Era la palabra que se le ocurría, y sin embargo la exactitud categórica del entorno, en el que medraba una soterrada sugerencia de impudicia, le hacía sentir una compulsión incómoda, un paulatino deseo de deserción por algo de vergüenza ajena. Afuera patrullaban Jorge y Gregorio, abrasándose en la estufeta. Ellos sí que lo estarían pasando bochornoso, se consolaba errátil y vacilante, rehuyendo el meollo festivo, captando intemperantes brindis y vivas. Un corrillo comentaba la situación política —desastrosa, por unanimidad—; otros se referían al caluroso verano, como si todos los anteriores hubieran sido muy distintos. —Eh, joven —lo llamó alguien—. Tenga —el señor De Lasheras le alargaba un botellín de cerveza—. Y pique, pique —añadió solícito, invitándole a que se acercara a la mesa. No le apetecía, pero no quiso ser descortés. Con gesto grave se recolocó la correa portafusa del cetme y avanzó a por la bebida. —Gracias —dijo, llegándose al hueco que le ofrecía el veterinario. De Lasheras le dio una suave palmada y luego la espalda. Salva se vio solo, descartado. Absurdo. El veterinario escuchaba a un individuo grande y vocinglero que, en medio del corro, peroraba jactancioso. Vestía pantalón y camisa del Cuerpo en cuyas hombreras Salva alcanzó a distinguir el aspa del bastón y la espada con la estrellita de general de brigada en el centro. Era vuecencia, el general jefe de la Zona. El pecho lo exhibía alicatado de pasadores de medallas. En la mano sostenía un largo vaso, que se rellenó con una botella de Johnnie Walker. Salva experimentó un poderoso desasosiego. Estar tan cerca de su infinito superior acuciaron sus ganas de evaporarse. Podría reparar en él y llamarle la atención por entrometido. Pero extasiado en sus amigos y la priva, vuecencia seguía a lo suyo. No obstante, Salva agarraría un puñado de pistachos, se desprendería de la cerveza y se abriría. —Este Gobierno no para de jodernos —escuchó de un tipo rechoncho: Parra, el de las grúas. El general bufó desdeñoso. De pronto, la curiosidad ganó al deseo de escabullirse. —Os complicáis demasiado —dijo Urbano Arteaga, a quien por la voz reconoció en seguida—. Con dinero se arregla rápido. Estos políticos socialistas, que no son más que unos muertos de hambre, tienen tantas ganas de meter la mano que en cuanto trincan se callan. Ni tacto tienen. Su atropellada codicia es un insulto a la educación y a las formalidades inherentes a todo negocio. Pero estos tahúres tienen prisa y van directos al grano. Les suenas la bolsa y babean. —Pues no te está dando mucho resultado —comentó un puntazo malicioso el general—. ¿Qué me dices de los adosados de la segunda fase de Maracaibo-Park y Residencial Machaquito? —¡Bah, bah! —se expresó melindrosamente despectivo Arteaga—. Eso es porque a la otra constructora le sacaron más comisiones. Pero desde que se declaró en suspensión de pagos sólo me tienen a mí. Así que si quieren terminar las obras, tendrán que darme en exclusiva la Licencia de las nuevas recalificaciones. O de lo contrario se le arrima otra cerilla al monte de La Loba, y luego ya veremos. Y entonces se tendrán que joder, porque no les daré ni la mitad de lo que les ofrecí con lo de Maracaibo, al alcalde y al soplagaitas de Urbanismo. Los muy avariciosos de mierda quieren ahora el doce por ciento. Alegan que desde el partido se lo piden, pero que su parte es su parte. Y eso sí que no. Uno tiene sus principios. Les unto a ellos, pero engrasar un partido de rojos, eso es pasarse. —Apuró el vaso que sostenía en la mano y, con remilgada animosidad, continuó—: Y parecían tontos… Deberíamos montar algún guirigay como aquellos del 78, cuando llenamos de pintadas comunistas el Cristo del cerro de Los Ángeles. Aquello encendió mucho a nuestra gente. ¡Qué tiempos! Otra Cruzada es lo que está haciendo falta —sentenció. A su alrededor todos asintieron con diversos y patrios descalificativos de apoyo. También el general. —No sabemos a dónde vamos a llegar —intervino un desconocido—. No hay más que ver la facilidad con que se hacen atentados. Fue una desgracia lo del 23-F, ¿verdad, LLopera? —se dirigió a vuecencia—. A ti que te pilló de refilón debes de tener amargos recuerdos. —¡Ya lo creo! —exclamó el general—. Una desgracia, y grande. Tíos con pocos cojones que se rajaron cuando hicieron falta. Y así salieron las cosas. Pero he alcanzado el generalato y soy Dios —rio breve y colosal. —Lo que está claro es que no ocurrirían atentados como el asesinato de guardias en Vascongadas —intervino otro. El general esgrimió el vaso de güisqui. —Eso es lo de menos —respondió, cortante—. La verdad es que si nos dejaran, exterminaríamos a los de ETA en menos de un año. Como hicimos con el maquis. Pero para qué nos vamos a engañar, lo de los atentados es lo de menos: números muertos de vez en cuando son la única táctica que nos queda para evitar intromisiones de políticos y periodistas, qué hostias. Alzó el vaso en señal de brindis y todos los que le habían escuchado le siguieron en el ofrecimiento, entre ellos un tipo cejijunto que masculló: —¡Ay, qué perillán! Y, entretanto, Salva, conmocionado, ni gesticulaba. Como si hubiera recibido un fuerte golpe en la cabeza y la rueda dentada de sus nociones se hubiera desajustado para hacer coincidir inverosímiles causas-consecuencias-efectos, Salva, con mirada baja y huidiza, deseando no ser visto, depositó la asquerosa cerveza sobre la mesa y se dio a recular con disimulo. Era como si el altavoz de tan atroz maquinación hubiera sido él mismo y todos le señalaran aguardando la puntualización cabal de aquella apología inconcebible. La espuria bandera le izó los ojos; el águila okupa aleteaba recamada en primorosos hilos tornasolados. Necesitaba sustraerse de la maldad arrolladora de aquellas palabras. Las tiras de vivísimos colores flameaban a los rescoldos de la puesta de sol. No hubo puntualización. Nadie rebatió al uniformado con bastón y espada armado de alcohol y arrogancia. Hay estrategias que cuestan ser comprendidas y asimiladas, incluso por los de su propio cuadro político. Un cuadro abominable. Salva seguía lenta e imparablemente retrocediendo. El corro —atónito primero, luego sugestionado—, se reanimaba. Alguien azuzó a vuecencia para que se dejara de «mariconadas». El gordo de la chapela roja y Urbano Arteaga canturreaban con achispado compás un himno militar que disonaba broncamente por los megáfonos. De súbito, el dueto se arrancó en dirección al busto del Generalísimo: se clavaron a dos pasos, compusieron una grotesca reverencia y, ya erectos, brazo estirado al cielo, gritaron al unísono: —¡VIVA FRANCO! —¡VIVAAA! —se repitió un eco envuelto en aplausos febriles. —Es bonita, ¿verdad? —le frenó el palique de un viejo, glabro hasta lo patológico, rayado con un bigotillo hirsuto y cano, absorto en la rancia enseña como ante una manifestación divina. —Sí —contestó Salva—. Es bonita y siendo tan nueva, da gusto mirarla —añadió, perplejo, ignaro de cómo mantener una digerible conversación con tal argumento. —Es de raso y está bordada a mano —explicó, emocionado, el carcamal. A continuación zanqueó hasta el pódium, se cuadró y, levantando con exageración brazo y mentón, profirió con dicción clueca: —¡VIVA EL ALZAMIENTO! Emulando el saludo fascista rugió un coro espontáneo. —¡VIVAAA! —¡VIVA JOSÉ ANTONIO! —más rugidos, más vivas. Lo siguiente que Salva ve es al general LLopera que se encarama, en equilibrios malabares, sobre un taburete, la camisa desabotonada hasta el ombligo —la cual, debido al peso de los pasadores, le dejaba la tetilla al descubierto—, abre los brazos en cruz; en la izquierda aferra por el cuello una botella de Johnnie Walker y en la otra no tiene nada, es sólo una mano abierta, grande y adiposa como de obispo camastrón. Vocifera: —¡Y VIVA ESPAÑA! ¡UNA, GRANDE Y LIBRE! Una ovación cacofónica tembló los mofletes de la concurrencia. —¡VIVA LA GUARDIA CIVIL! —¡¡VIVAAAAA!! Vítores, aplausos, frenesí. Con la panza saltándole por sobre el caído cinturón, Llopera se arrancó monstruoso y vociferante: Cara al sol Con la camisa nueeeeeva Al punto se alzó un canto unánime y exaltado que le coreaba pero no le silenciaba: Que túuu bordaste En roojo ayeeeeer El general Llopera se retorcía en acrobatismos que le cortaban la letrilla, enlazaba al poco con un mugido grave, pero no tardaba en interrumpirse, braceando para no caerse. (De no haber sido por De Lasheras, que lo sujetó a tiempo, se habría estampado de bruces contra el suelo.) —Conmovedor himno, ¿verdad? —comentó el general de caqui, cuando hubo acabado la melopea. Parecía que el uniforme de guardia civil bien llevado fuera un imán para todo el que pasara a su lado. —Sí, mi general. Es tan… —repugnante. Pero rectificó a tiempo—: emocionante. —Ya lo creo que sí —celebró el importante mílite—. Para un español de verdad, así debe ser. Es una mierda, qué cojones. ¿Pero qué está pasando? Estuvo a punto de enjaretarlo, pero le cortó el retaco de la chapela al asirlo por el brazo. Con ojos inyectados de sangre y la nariz como un pimiento rojo —por tamaño y color—, tironeaba de él hacia la bandera inconstitucional con educada saña. Salva, anonadado, se dejaba arrastrar. El tipo aplacó a la berreante masa coral, que no se ponía de acuerdo en la nueva interpretación. —Con un Presenten Armas es otra cosa —dijo—. Venga, pipiolo, que empezamos otra vez. Una rolliza matrona, con la regordeta cara rojada por el entusiasmo, apoyó con delirio: —¡Eso, eso! Salva hizo un conato de retirada, pero al ver que sus jefes no mostraban desagrado, permaneció quieto. —Perdone, pero es algo que sólo tendría que hacer en actos oficiales y en formación… —osó objetar (balbucear), no obstante. El de la chapela torció la boca. —¡Qué actos oficiales y qué formación! —gritó—. ¿Acaso esto es una merienda de negros? Risas. Risas locuaces, furibundas. Miraba a sus superiores: caras santurronas de ojos acuosos, de muecas consentidoras. —Desde luego el pipiolo no se entera. Adelante con el Presenten. ¡Que estamos bajo los más bonitos colores del mundo! —señaló el de la chapela a la vasta y trasnochada bandera. Salva comenzó por bajarse el cetme del hombro; luego por ajustarse el tricornio que aquel majadero con sus tirones intolerables le había desnivelado. No sabía qué hacer: si negarse, salir de estampía, liarse a tiros… Se sentía una cagarruta. Con mirada risueña y beoda, el coronel Benito le instaba a cumplir. Sin saber si guardaba relación con él o no, el general, ya en el suelo, se desternillaba mancomunadamente apoyado en un paisano. Su crapulosa hilaridad trinchó su sentido del honor, le descuartizó el amor propio. Deseó meterle un tiro. —¡Venga ese Presenten Armas! —acució alguien. —¡Eso, eso! —cacareaba la mofletuda, quien escalaba una silla de plástico y desde allí, corpulenta y bamboleante, se aprestaba para acometer alguna oportuna tarea. Se estiró la falda, blandió al aire un tenedor con gesto filarmónico, y atacó el himno de la Guardia Civil: Institu-to ¡Gloooo-ria a tiiiii! Con horror, Salva advirtió que era el centro de atención. Pellizcó el guardamanos del cetme y, alzándolo, presentó el arma. Por las hojas entreabiertas del portalón fisgaban niños, hortelanos, gordas. Un rubor alzado de insufrible vergüenza —ahora propia—, lo teñía, lo oprimía. Lo reventaba… Por tu honor quieroooo vivir. Viva España. Viva Franco. Vi-va el Or-den y la Ley… ¿Era real u oficiaba en una tragedia onírica? La efervescencia paramilitar se propagaba como regueros de pólvora inflamada. Vigooooor, firmeeza y constancia, Rodeado de severos energúmenos, indiferentes a los indiscretos espectadores, Salva se esmeraba en la verticalidad del cetme con pulso trémulo de muda indignación. La mujer del tenedor lo blandía acompañándose de gallitos: valoooor en pos de la glo-ria … ¿Qué quedaba de los artículos del Reglamento? ¿Qué entendían sus mandos por «moralidad»? Por tiiii cul-ti-van la tieeerra: la paaatria go-za de cal-ma; por tuuuu conduc-ta en la gue-rra briiiilla airoso tu pendón. Acabado el cante, un fragor de aplausos restalló en Las Torcaces. Salva pudo descansar el arma, pero no su espíritu violentado. Inmóvil como sólo él era capaz de mantenerse en formación, dejó transcurrir largos segundos antes de lanzarse al repliegue; lo hizo tras convencerse de que nadie —nadie— se fijaba en él. De no ser porque se sabía, al menos hasta entonces, seguro de su cordura, se habría jurado víctima de una alucinación. Una envilecida naturalidad revoloteaba en derredor. Los altavoces retumbaban sevillanas. Una vieja rozagante zapateaba y levantaba los brazos delante del cejijunto y el general, quienes le batían palmas a dúo. La mujeruca que había dirigido el berrido recibía elogios. Se encendieron las luces. Bombillas y farolillos de colores compensaban la atezada fosforescencia de un cielo que cedía infinito y sublime. Encaramados al talud, como a las gradas de un evento deportivo, los más curiosos tomaban posiciones, atentos a la execrable celebración. —Parece que fue ayer —suspiraba un desconocido a Urbano Arteaga, quien le respondía: —¡Cuándo volverá ese día! Nadie lo miraba; todos se movían en ominosa conjura. Sobre el brocal de un pozo falso vio una cubeta de sangría. Necesitaba un trago de lo que fuera. Se llenó un vaso de plástico y prosiguió la furtiva fuga. De pronto, una mano pertrechada de anillos le frenó. —¿Me buscas? Salva se volvió sin apocamiento. —Hola, Marisa. —De las orejas le pendían dos grandes aros plateados y el aire se saturaba de su perfume. —Pues ya me has encontrado. —Perdona, no me había dado cuenta de que estabas aquí. —Bah, es culpa mía por no haberte avisado. ¿Paseamos? Y de inmediato echó a andar, y Salva la siguió porque le extraditaba de aquel desparrame anacrónico y disoluto. —Qué bien llevas la fiesta; te he visto muy emocionado. Pues que Dios te conserve el oído, querida. —¿Seguro? —Sí; ¿no? —Ah, sí —Salva dio un trago: le supo a alcohol puro—. No sabía que hoy fuera fiesta. Ningún calendario marca el día de hoy en rojo. —¡Muy bueno por lo de «rojo»! —Marisa se estremeció de risa como si le hubieran contado el chiste más gracioso del mundo—. Ven; quiero enseñarte una cosa —le cogió de la mano y con alguna que otra risotada, porque el chiste había sido precioso, franqueó una portezuela tirando de él. —¿Y estos caballos? —Uno es de mi hermano y el otro es mío. ¿Te gustan los caballos? —No entiendo mucho. Pero cuando los veo, sé si me gustan o no — contestó Salva, con los pensamientos en otra parte… a una decena de metros. ¿Actor secundario en un teatro del esperpento o el inmolado fortuito en un aquelarre de nostálgica depravación? —¿Qué te parece este? —le preguntó delante de un formidable ejemplar ceniciento. —Soberbio. —Sí; no está mal —repuso ella, sin júbilo—. Es de mi hermano. El mío es este —acarició el de al lado—. Es una yegua. —También soberbia —se reiteró Salva. —¿Tienes novia? —inquirió de improviso Marisa. —No. ¿Por qué? —Lo digo para que no te dejes liar por una de esas palurdillas del pueblo: son tontitas, sosas y bastante putitas. —Lo tendré en cuenta —contestó Salva con un trago. Las tetas de Marisa, sin sujetador, se balanceaban bajo la vaporosa prenda que los comprimía, un blusón anudado a la altura del ombligo. —Dime, ¿por qué no dejas la escopeta en vez de ir con ella al hombro constantemente? —No puedo hacerlo; lo dicen los Reglamentos. Además, no es una escopeta, es un fusil de asalto. Se llama cetme. —Bueno, si tú lo dices. ¿Te gusta mi yegua, entonces? Su pecho sí que le gustaba. Goloso, de fiesta debajo de la camiseta. —Maravilloso. Dan ganas de sobarlo —repuso a bote pronto. —¡Vaya! —exclamó Marisa, sorprendida. Deseando volatilizar lo que consideraba un torpe elogio, Salva se apresuró a indagar: —¿La montas mucho? —Los fines de semana, y sobre todo cuando vamos a la romería del Rocío en Sevilla. —El Rocío está en Huelva —la corrigió. —¿Seguro? —Sí, seguro. —No sé, no sé —dudó Marisa, como si después de tantos años sin perderse una romería tuvieran que decirle a estas alturas a dónde estaba yendo—. Se lo preguntaré a mis amigos de la Hermandad de Triana cuando vaya este año. ¿Qué tal si echamos un vistazo a la planta de arriba? Se ve toda la finca, el campo, el pueblo —y ya lo arrastraba alegre y decidida. Desembocaron en un largo corredor sin enlosar, umbrío y deslucido. Las ventanas daban a los depósitos de combustible, al exhausto pepito entre el bravo Ebro y el libertino coche del general. A la juerga. Salva se dejaba llevar. —Sabes: yo en invierno identifico a los guardias civiles que van a las discotecas porque casi todos van con cazadoras de cuero. A los policías los reconozco por las gruesas esclavas de oro. Dime: ¿por qué a los guardias les da por ponerse chupas de cuero negro cuando van de marcha? —preguntó con vivo interés y sin dejar de caminar. —¡Y yo qué sé! —jadeó el otro. Las ventanas que cruzaban eran como fotogramas de una irrealidad verosímil y surrealista. Opulentas señoras de espaldas carnosas y antebrazos enjoyados se bamboleaban al compás de pasodobles, guiadas por torsos militares. El general Llopera y el coronel Benito, ambos con las camisas del uniforme a medio abrochar, conducían a sus respectivas parejas con donaire y elegancia. El aspecto que lucían contrastaba obscenamente con la exhibición de sus habilidades. La conjunción, no obstante, era motivo de instigación y regocijo. Cambió la vista por otra camisa —también a medio abrochar— y otro baile: el de Marisa y sus tetas al ritmo del apremiante paseo. Eso sí era atractivo. Pimpló otro trago. Quedaban pocos. A veces el cargador del cetme le lastimaba el codo, pero ni lo notaba. El traje de invierno lo recibió grande, pero el pantalón de verano más bien ajustado; excesivamente ajustado en ciertas partes. Las tetas de la anfitriona se inclinaron delante de una puerta alabeada por el paso de los lustros y acaso la intemperie. —¿Qué hay en esta habitación? —¡Mierda! —contestó Marisa, y Salva quedó un instante pasmado hasta lo indecible; pero se recuperó al darse cuenta de que se refería a la cerradura. Relinchó un caballo. Marisa miró al fondo del corredor. —Calla —dijo. Aguzó el oído—: No es nada. —Extrajo la enorme llave de palas y la volvió a introducir entre sacudidas despiadadas. La puerta se rindió—. Ag, ag —resoplaba impetuosa. Agarró a Salva y lo metió dentro de un tirón. —Uff, creí que no podría abrirla nunca. —Se llegó a la persiana y la subió—. ¿Verdad que hace una bonita noche? A través de los sucios vidrios se captaba parte de la bacanal, alumbrada por ristras de brillantes farolillos. El infecto resplandor bastaba para iluminar la estancia, un cuarto plagado de trastos antiguos y ñaquería indescifrable o inservible. Tiznados cachivaches colgaban de las cuatro paredes, acentuados por cucharas y paletas de todas clases, materiales y tamaños. Un viejo aparador, a falta de las patas posteriores, se recostaba contra el desconchado tabique. La deslustrada luna del mueble, por efecto de su inclinación y la falta de claridad, reflejaba la parte que tomaba sin fidelidad ninguna. ¿Cómo iba a ser cierto que él tuviera aquella cara de congoja desquiciada? Una especie de aspillera daba a las cuadras de caballos. Se aproximó y miró sin ver. —Deja la escopeta, ¿vale? —oyó que le susurraba Marisa, pegándosele por detrás, envuelta en una empalagosa nube de perfume que en secreto debía de haberse reforzado. Salva exhaló sin fuerzas: —Se llama cetme. Marisa le alcanzó el vaso con una mano mientras le deslizaba la otra por la espalda. Había algo ridículo en su jorobada postura hacia el ventanuco. Un caballo de crines carmesí levantó la cabeza y se lo quedó mirando con augusta despreocupación, en tanto que dedos como culebrillas voluptuosas se le introducían por los fondillos del pantalón —advirtiendo que le costaba menos trabajo del que hubiera podido imaginar. Salva se irguió con refrenado temblor, distrayéndose en el escurrimiento de la correa portafusa desde el hombro y él que no hacía nada por impedirlo: la cantonera del cetme botó gomosamente en las sueltas losetas, la bocacha apagallamas incidió contra el frontal del aparador, resbalando, dibujando una trayectoria curva hasta acostarse con estrépito de metal en el suelo: un tañido vasto del cargador que no variaría por nada del mundo el curso de incontinentes advenimientos. Le fue vuelta la cabeza: para encontrase con un resuello de labios impacientes, al punto abalanzados en blanda, húmeda y fogosa incursión. Una lengua voraz —como un tentáculo pulposo— iba y le venía por su boca al par que era cacheado o esculcado. La picha le palpitaba como un apéndice indómito. Se vio rechazado o abordado con técnica ad hoc. Sus manos colgaban laxas y desocupadas. No se le ocurrió otra salida que retomar el vaso del aparador y apurarlo en un respiro; pero tal hazaña no la concluyó: el pantalón, desabrochado y por efecto del peso de los cargadores y grilletes, se le había caído y arremangado sobre los zapatos. Marisa lo tenía medio en bolas. Esta vez se sintió ridículo hasta la insoportable. Con precisión absurda, devolvió el vaso al círculo mojado del que lo había retirado. Creo que debería huir, se azogó, reparando en cómo su mano era aprestada por Marisa. Marisa no llevaba bragas, rezumaba. Se acabaron los «Reglamentos». La algazara reaccionaria zumbaba como una pesadilla flagrante al otro lado de la ventana. Retemblaba ésta y todo en derredor como sacudido por telúricas vibraciones. La cacharrería tañía rítmica y sordamente. Fue a quitarse el tricornio, pero Marisa se lo impidió. —¡No te lo quites, coño! Abajo, en la cuadra, una dama cursi monologaba al majestuoso equino, quien le prestaba idéntica atención que a la trabada pareja de arriba. Salva lo veía todo y no veía nada. Marisa gruñía de placer. La mujer ya no platicaba al animal: se echó mano debajo de las faldas, se despatarró y soltó una ruidosa y extensa meada. Aquello espoleó a Marisa que, apoyada hábilmente a algún sitio de alguna manera misteriosa, levitando contra la esquina, se abrió más de piernas, dejándolas en el aire. La mujer alzó la vista y el fornicador, asustado, retrocedió. El tricornio se le fue a un lado. El coitus quedó interruptus. Marisa, alborotada y disgustada, aterrizó; se precipitó a recolocarle el sombrero, se puso en postura de recoger moneda del suelo y, apoyando las manos en el vasar del mueble, mirándolo a través del espejo, clamó sofocada: —Fóllame pico; y por lo que más quieras: NO TE QUITES EL TRICORNIO. Salva trincó con enajenación y desmaña, y hallado o guiado al altar de Venus empaló a vida o muerte. Se oían rimas de salutación a la bandera y contra las diabólicas izquierdas a cuyas manos, por lo visto, habían fallecido tan buenos españoles. Marisa se contemplaba con ojos entrecerrados en el zahumado y convulso espejo del aparador. Un vapor polvoriento levantaba vuelo excitado por el tembleque, caía por los bordes de la luna y flotaba suspenso en el éter del cuartucho. Los aros en las orejas de Marisa aleteaban dispares y fatuos. La hija de Moisés dejaba escapar aullidos que aturdían momentáneamente a Salva. Pero también él era otro. De repente sintió que se derretía y se quedaba en el esqueleto… —Uuuug. —¡AAAAGGG! —bramaba Marisa sin moderación. Qué más daba. Derrumbado el mundo espiritual devenía ahora el de la materia. 2 Media hora más tarde, Salva se reincorporaba a la opresiva celebración. Casi como una cuestión de honor, le inquietaba que pudieran descubrirle briznas de pajas o sospechosos tiznajos. (Obviamente, sin cotejarse con la afrenta del Presenten Armas, a cuyo ultraje no se sobreponía, pero que al fin y al cabo no había dependido de él.) De todas formas, nadie le había visto. Se cruzó por casualidad con el brigada y éste, sonriendo socarrón, sin detenerse, le siseó: —Tú sí que sabes «aprovechar» la fiesta —y siguió la plática con el desconocido. Dominaba la noche. La luz lechosa de los tubos fluorescentes imprimía en los rostros de los celebrantes un aire de radiante palidez, espectral en las zonas de penumbra mientras carcajean. Proseguía la saturnal. Por una esquina del patio desfilaban tambaleantes figuras ante el busto del Generalísimo. Saludaban a la efigie con una mezcla de veneración y delirium tremens. Entre ellos, el abominable chófer del teniente con el brazo en alto. Le caería mal el resto de su vida, seguro. Con la noche, la orgía de alcohol y despropósitos se había multiplicado. Más obscenidad, más deshonor, más mierda. Todo del revés. Había sido descubierto. Prefirió pensar que no. Ahora era Marisa la que ofrecía un brindis al tío de piedra. De los nuevos huéspedes se enteró de la presencia del diputado señor doble R., casto y correcto como cualquier fascistoide antes de soltarse el pelo. —VIVA ESPAÑA —exclamó la follada. Y volviéndose para Salva—: ¡VIVA LA BENEMÉRITA! Conmovidos, la aplaudieron a rabiar. En primera línea, un tanto mohíno, se dejó ver el general. Ahora que todos estaban ebrios, él más que ninguno. Vestía de uniforme. O lo que quedaba de él: la camisa por completo abierta y el pantalón amarrado en precario por el reglamentario cinturón de cuero negro, cuya hebilla le relucía como un Febo cuadriforme, improbable y terco. Asimismo, portaba con exquisita corrección el tricornio; el tirante barbuquejo ceñido al mentón. Pero duró hasta que se tambaleó un par de veces y los que le rodeaban rieron las graciosas posturas del general por mantenerse en pie. Finalmente, perdió el equilibrio y se estabilizó en el suelo, despatarrado; hinchó sus grandes mofletes y vomitó con la fuerza de un surtidor: varios pies retrocedieron no librándose todos de salpicaduras verduzco-anaranjadas. Pareció mejorar. Se echó a gatear, rehuyendo de la vomitona, y se sentó sobre los talones. Y se fijó en Salva. —Eh, tú —gorjeó—. Ven a ayudarme. Que no pare la fiesta. Las carcajadas se dispararon. Con todo, esta vez ni él ni su superior supremo —se creía Dios— centraban la jarana: en otro punto del patio, un tipo con media melena canosa meaba sobre un cuadro del monarca. A su lado, Arteaga y uno de los Berchina entonaban insultos pareados, lo que reventaba de risa a la audiencia allí convocada. Pero eso a Salva no le importaba y por lo pronto había sido requerido. Fue a cogerlo por el brazo, pero se adelantaron el coronel Benito —con una cogorza gemela a la de su colega de promoción— y el teniente Miñón —parecía por entero sereno. Salva desistió. El general se liberó con un brusco tirón de brazos. —Que me dé novedades —rugió el acuclillado borracho—. Y… ¡salúdame! Quería levantarse por sí solo y rechazaba los hilarantes auxilios que se le ofrecían. Manoteaba como un jayán que se ahogara. Sus ayudantes no sabían por dónde cogerlo. Sujeto el tricornio por el barbuquejo, le botaba aquél en la nuca al modo de esos forajidos de las películas que huyen a galope tendido con el sombrero brincándoles en el cogote. Logró incorporarse, se sacudió los pantalones, se estiró el jayán benemérito los faldones de la camisa, y se puso firme; oscilando, esperando. Salva descansó militarmente el arma. No sabía si aplicarse para que lo dejaran en paz o pegarle una patada al fusil y salir corriendo zumbado de quijotesca sedición. Nada de estupideces. Hasta ahí llegaba su perspicacia. Pero si lo hacía con brío quizá le exigieran otros movimientos. Y si se operaba con anorexia marcial se lo harían repetir como una veta de descojone integral. Pegó la cantonera al pie derecho y ejecutó el primer tiempo del saludo. Energía y rapidez, la cabeza bien alta, la mirada severa. Se alzó un murmullo de admiración: de carnavalesca admiración. La sangre se le agolpaba en la cara sintiendo el irisado cambio de la gama hasta el rojo azafrán y luego al blanco-ira. —Vete —espetó la autoridad militar, y se desplomó sobre una silla como una marioneta a la que hubieran soltado los hilos. Salva ejecutó un segundo tiempo enérgico y contundente, con el que ansió elevarse y distanciarse. Pero tan pronto hubo concluido, comprendió que en medio de aquel oprobio de locura porfiaba con escrúpulos superfluos y que a nadie importaba ni su pundonor ni su gallardía. Les sostuvo la mirada con intrépido desafío: ni le miraban. Tanto si lo requerían de bufón como si le daban la espalda, Salva sentía desmoronarse en un acerbo ridículo del que no acertaba cómo reaccionar honrosamente. La eufórica indiferencia de aquella manada de miserables y su incapacidad para rebelarse, embotaba su espíritu y la noción entera que de sí mismo tenía. No estás hecho de la madera que pensabas, ¿eh?, pardillo. Circulaban siluetas por la parda cota del talud. Seguro que alguno le habrá reconocido y cuando cruce conversaciones tendrá que esforzarse en parecer lo que es; unos lo insinuarán con complicidad (nunca se sabe lo que puede pasar el día de mañana), otros fingirán no saber nada, pero no podrán velar su recelo cuando él refiera sus rectos sentimientos; y otros —los que no alternan con los guardias— le denotarán su mudo asco con miradas perdidas o bruscos giros hacia la socorrida meteorología. No engañará a nadie. ¡Todos le sabrán un hipócrita! OTRO IGUAL. El susurro melifluo de Marisa vino a cambiarle de agitación. —¡Vaya, quede! —No me he quedado con nadie: se han reído de mí… Son unos fachas. —¿Fachas? —ella se le acercó; apestaba a perfume—. Pues claro. Es justo lo que celebramos. Dime: ¿qué tal si te enseño otra habitación? — ronroneó lasciva. —Vayamos —concedió con menos fogosidad que deseo de evasión. Acrecía el trastero mental. XIV. EN EL PRINCIPIO ES LA ILUSIÓN QUE TODO LO CIEGA 1 —Creo que a quien mejor le ha ido la fiesta ha sido a ti —le felicitaba el comandante de Puesto, saliendo de madrugada de Las Torcaces con el imprevisible pepito. Por fortuna, no cumplió o había olvidado el anuncio de que a la vuelta lo conduciría él. —¿Por qué dice eso, mi brigada? —Me alegro de que siguieras las órdenes desde… un buen punto de vigilancia. Ya sabes… —remarcó de soslayo—, lejos del bullicio. Pasear con una chica es más divertido que arreglar el país o rajar del Cuerpo. ¡Quién pudiera volver a tu edad para corregir errores de por vida! Vosotros los jóvenes no debéis dejar pasar ninguna buena ocasión, y si te va bien con esa muchacha, no la desaproveches —lo alentó sin ambages—. Moisés tiene mucho dinero y si su yerno le cae bien, ese yerno no tendría de qué preocuparse en el futuro. —No es algo serio lo que tengo con Marisa —respondió Salva, procurando dejar claro que era poco probable que surgiera algo formal; en realidad, estaba seguro. —Lo sé, lo sé —se expresó el brigada, exhalando ron—. Pero me has recordado mi juventud, cuando yo estaba destinado en la costa de Gerona. Era muy joven, y amaba la Guardia Civil. Por encima de todo… —añadió con un puntazo de amargura—. Allí conocí a Marta. Nunca querré a una mujer como la quise a ella. Nunca. ¡Como si fuera posible que a mis años uno pudiera volverse a enamorar! —Un bote del pepito coincidió con el retorno a la nostalgia—. ¿Te imaginas? ¿Eran figuraciones suyas o los ojos de aquel hombre destilaban lágrimas? A Salva se le antojaron más allá de los efectos del alcohol. El brigada conducía muy despacio, y no sólo por aquel inseguro mecanismo con ruedas que era el coche oficial: daba la impresión de hallarse abstraído en penosos recuerdos. Tras un minuto de silencio, se pasó los dedos por el cuadrado corte de cabello y prosiguió: —Ella era maravillosa; ella fue lo más hermoso que me ha sucedido. Me quería. Nos queríamos. Y yo la abandoné. La abandoné por un fulgor. Creo que nos enamoramos el primer día de conocernos; a la semana de vernos, por descontado. Fueron sus preciosos ojos marrones, marrones como las hojas de otoño que recién caídas doran el suelo, los que me atraparon. Siempre que estaba triste se le oscurecían. Su pelo largo y su tez tenían el mismo color. El color de mi felicidad, que yo desprecié como un sandio —masculló y enmudeció, retractado o quizás avergonzado de desahogarse delante de un subordinado extraño. —A los dos años de novios hablamos de casarnos —reanudó con melancólica viveza—. Sus padres, dueños de un pequeño club náutico, lo aprobaron sin objeciones. Dado que era hija única, me ofrecieron participar en la dirección del negocio. A cambio tendría que dejar el Cuerpo. ¿Qué te parece, Salvador? —le volvió la cara. La exigua luz del cuadro de mandos infería a su apenado semblante un tintazo luctuoso—. ¿Fui o no un sandio, eh? Salva simplemente le escuchaba. El suboficial llevó los ojos a los dos metros de luz corta que los faros restregaban contra el camino. No se veía ni se auguraba elemento alguno. Si se aproximaran a un pozo, caerían. De pronto, dio un sereno volantazo. Entraban en el asfalto. —Yo no tengo pensamiento de dejar el Cuerpo por Marisa —afirmó Salva. —¡Válame Dios! —saltó el conductor—. Dejar el Cuerpo. ¡Qué falta de entendederas! Maldita sea mi suerte. Yo creía en la Guardia Civil. No veía otra cosa… Y me quedé sin ella. ¿Que cómo? —Embargado de curiosidad, Salva ni respiraba—. Por el curso de Unidades Fiscales me mandaron a Cádiz. Para mí era como cruzar el umbral de mis sueños. De mis sueños verdes, podríamos decir. Yo sí que estaba «verde». Y allá que me fui, tan recio, tan contento, tan gallardo, tan alborozado por verme ya armado guardia civil Especialista, que el gozo me reventaba por las trinchas del uniforme, cual moderno Quijote que saliera de la venta ya armado caballero. Suspiró con pesar. —El fulgor, Salvador, el fulgor no me dejó ver entonces la realidad subyacente. Ella me insistió, sus padres me insistieron. Todos me querían, y yo, un pipiolo iluso, no supe apreciar el valor de tener a la mujer que amaba, con nuestro futuro resuelto con el pequeño club náutico que daba tanto dinero que el padre no se atrevía a invertirlo porque le daría muchísimo más y no sabría qué hacer porque se sabía viejo. No viviré lo bastante para arrepentirme. Y no hablo sólo de dinero —declaró abandonando el tono afligido—; éste está bien, bien por lo que te da de independencia y libertad. Imagínate poseer el suficiente para no depender de nadie: a tus actos los llamarían extravagancia y a la espontaneidad de tus pensamientos, insolencia. Como dice Sancho Panza: «Sobre un buen cimiento se puede levantar un buen edificio, y el mejor cimiento y zanja del mundo es el dinero». No es cuestión de codicia, no, sino de subirte al tren (en mi caso al barco), cuando se te para en las narices. Era un barco de dicha… —retomó la hebra mustia—. Sentimos la vida si amamos, y si no, vamos a la deriva. Como yo. De sus pupilas de vidrio brotaron lágrimas que se deslizaron por las mejillas cuarteadas. Salva no quería mirarle. No le preguntaría por aquella etapa de su vida, qué hizo después, cuándo comprendió el error. Cómo pudo dejarla y olvidarla. —¿Y…? —se le escapó en un silbido. El brigada compuso una sonrisa, lúgubre. —Pues que vivo de su recuerdo. Los hay que beben para olvidar. Pero yo a la segunda o tercera copa es cuando la extraigo de mi memoria y del mar. Resplandeciente y renacida. Jamás la olvidaré y jamás me lo perdonaré. Quiero mucho a Dolores, pero primero quise a Marta y su perdición fue, es y será la mía. Los años, los infinitos lustros que ya han pasado, no han conseguido borrármela. Ahora mismo la estoy viendo —pronunció con morbosa delectación—, con esos gestos tan exclusivos y seductores que tienen las personas que han imantado nuestros cinco sentidos. La gracia con que me toma por el codo… En Cádiz iniciaría mi carrera —viró con repentina excitación—, para comerme el mundo. Porque al principio es la ilusión que todo lo ciega. Porque yo quería ser cabo y luego sargento y oficial. ¡Y he llegado a ser una puñetera mierda! —Su voz adquirió un matiz de furia impensable. Salva nunca le había visto ni imaginado así—. Soy un mierda con galones de brigada. A cambio de esto la perdí y me perdí de por vida. Cuando comprendí que mis ilusiones eran vanas, ya era tarde. Supe que lo lamentaría el resto de mi existir. Así ha sido. —En mi caso no hay ninguna propuesta de matrimonio —reiteró Salva, impresionado por la vívida narración. —Ya sé que los chicos de hoy no decís esas cosas así como así —respondió el brigada con afecto—. Pero es que tu experiencia me ha recordado la mía, y siempre que estoy en una celebración, aunque sea tan atípica como esta, no puedo evitar entristecerme un poco. No quisiera que te sucediera lo que a mí; sólo hacerte ver que las posibilidades de felicidad son perecederas y ninguna se repite. Debes jugar limpio con los sentimientos. —¿Se lo dirá al señor Moisés? El comandante de Puesto aleteó una mueca burlona. Salva se inquietó. —¡Por quién me tomas! —exclamó, mirándolo como si fueran amigos de la misma edad—. Cuando digo sentimientos me refiero a los de uno mismo. En lo que atañe a Moisés, él sabrá la clase de hija que tiene, y ese no es mi problema. Sólo espero que hayas dejado bien alto el pabellón. Ambos sonrieron como viejos camaradas. Aquel hombre que era su superior no tenía doblez. Hablaba de sueños rotos. Eso le interesaba. —¿Qué ocurrió con Marta? —tuvo el atrevimiento de inmiscuirse en lo personal. El brigada recuperó la sombría expresión. Escoró la cabeza hacia la ventanilla, como si buscara sentir la brisa que emanaba del río. —Este olor me recuerda los amaneceres mediterráneos, cuando se encendía el mar y el perfil de Marta. Que empiece el día. ¡Que empiece ya! —suplicó en un susurro atormentado—. Que venga la luz para yo saber que no sigo varado en aquel embarcadero donde quedaba con ella, viéndola marcharse, ella rogándome con sus ojos marrones oscurecidos, y yo que no hago nada, y me quedo solo, con mis dudas y mis tonterías, en medio de necias celebraciones en las que se grita Viva España y que la Guardia Civil muere pero no se rinde, cumpliendo correctivos amordazantes, viendo imágenes de guerra a dos mil y pico kilómetros de mi casa mientras mi mujer se enfada porque la cena se está enfriando —relataba con énfasis delirante. Salva apenas podía seguirle. —Me llama de vez en cuando… Me llamaba —se corrigió—. Pero yo nunca me ponía al teléfono, porque yo quería volar y no iba a permitir que me encerraran en un próspero y cómodo negocio familiar, porque yo quería realizarme en una Guardia Civil cuyo fulgor me cegaba: los árboles que tapan el bosque, dice el refrán, pero un día me di cuenta de mi equivocación y fue cuando me arrestaron por segunda vez, por no permitir que se pasara tabaco de contrabando para usía, y denuncié la trama y hubo juicio y no me callé ni cuando me amenazaron con expulsarme: no me importaba, ya no quería ser guardia civil, pues que sólo la quería a ella, y como toda persona arrastra singulares tribulaciones y salir de ellas representa la felicidad, pues para conocer ésta en toda su enjundia es imprescindible un mínimo sufrimiento, y así, cuanto mayor haya sido éste mayor será aquélla, yo imaginaba nuestro reencuentro con la mayor felicidad del mundo, y a San Feliú que regresé, para darme cuenta de que era demasiado tarde, y es que acababa de casarse, y el mayor mazazo fue que al verla paseando del brazo de su marido supe por el marrón oscuro de sus ojos, como hojas podridas, que no era feliz, y entonces en el juicio no pude demostrarlo, nunca se puede demostrar nada, pero fueron benévolos conmigo y no me expulsaron, me dieron a elegir Ceuta o Bilbao y me dio igual pues que me enteré de que el marido la maltrataba y le seguí la pista como un espía rastrero, esperanzado por los rumores de separación, deseando volver para alejarla de la tristeza y llevarla (llevarnos) a la felicidad, a la recia felicidad que da el reencuentro imprevisible, pero el orgullo juvenil me pesaba más de lo que yo estaba dispuesto a confesar, y cuando por fin me decidí resultó ser un día después de su funeral, pues que el hijo de la gran puta con el que se había casado había cumplido la promesa de que sólo la muerte los separaría: la ahogó tirándola al mar, atada a un motor fuera borda, es por eso que nunca he dejado de oír su chapoteo pidiéndome ayuda y es por eso que estuve por seguirla, pero una vez más me faltó valor, y la rabia y el dolor me oprimen desde entonces como un amago de infarto, un infarto que su padre apenas pudo superar una semana después, pero no al mes siguiente, y yo, treinta años después, sigo al borde. «¡Oh memoria, enemiga mortal de mi descanso!» —concluyó recitando (más bien farfullando) sin lirismo y sin quietud. En el puente del molino, el sempiterno clack-clack de las transmisiones del pepito se acrecentó hasta producir dentera, y por motivos diferentes, de lo viejo y de lo nuevo, de lo que fue y de lo que será, aflicciones voraces abatiendo a dos compañeros, infirió Salva. Y, olvidado de todo, se sintió a gusto. XV. DESTELLOS EN LA OSCURIDAD 1 No pensaba salir. Y de hacerlo, lo haría solo, por mucho que el Reglamento fomentara lo contrario. Después de todo, éste decía demasiadas cosas que nadie más que él pretendía querer cumplir. La conducta gregaria incitada por los Reglamentos se le antojaba anticuada y borreguil. No repetiría con Velasco. Rajar del Cuerpo y beber cerveza terminaba por ser aburrido, aunque se conocieran «pendones». Antes de cenarse el bocata de atún que tenía preparado, doblaría unas cuantas veces la barra de torsión, sudaría 400 abdominales y recorrería el diáfano salón del pabellón haciendo el pino, entreteniendo a sus impasibles espectadores: el diván y el reloj de CÁRNICAS MOISÉS, con su banderola añadida por Monti, para quien el Cuerpo debía impregnarlo todo. Rotaba articulaciones con pequeños saltos, cuando la puerta de Carrasco se abrió por sorpresa; en ningún momento había supuesto que su compañero pudiera encontrarse dentro. Pasó al baño en ascético silencio, se oyó el grifo, retornó ancho y sigiloso a su habitación, para reaparecer al poco, dedicado esta vez a echar el descomunal candado que atrancaba la puerta. Cerró con vueltas ruidosas y petulantes y luego cruzó el salón sin ni siquiera dirigirle un movimiento de cabeza. Un tipo raro el Carrasco. Raro de verdad. Caía mal a todo el Puesto, y a él ya empezaba a ocurrirle. ¿De qué se las daba? Sin duda, el que mejor le caía era Montilla. Lástima que no coincidieran en los salientes de servicio. Además, la chica con la que salía absorbía todo su tiempo libre, y según la áspera rumorología de la Unidad, más de lo que ella deseaba. Con el Polilla congeniaba no sólo por edad. Ambos coincidían en delectación profesional y amor sustancial al Cuerpo. Le superaba en antigüedad por pocos meses y hablaba y sentía la Guardia Civil con un entusiasmo acendrado y tenaz. Su cuarto por doquier era una muestra de variados emblemas institucionales: pegatinas —«SI ME NECESITAS, LLÁMAME» reza la más repetida, en la que un lechuguino vestido de guardia civil aparece en jarras con expresión jovial—; pisapapeles —una rechoncha figurilla con un desmesurado tricornio— y un montón de bagatelas como bolígrafos, camisetas, llaveros…, y en todos ellos el rombo con hacha y espada. Un banderín nacional —y constitucional— y otro de la Patrona del Cuerpo presidían su mesa. Montilla todo lo justificaba —las decepciones, el avasallamiento disciplinario, la increíble desfachatez de la superioridad— en pro de un futuro mejor, como si el hecho de ser guardia civil estuviera muy por encima de no ejercer como tal. En cambio, él, atento y desvelado por lo substancial del deber, sabedor de hallarse rodeado de actitudes en las que predomina un resignado conformismo, la astuta desidia o la pura apatía, se veía desfilar con el paso cambiado por los blocaos de la frustración. Una clase de frustración exasperante rayana a veces en una especie de ira imprecisa. Se veía como un estandarte —como un guiñapo— a merced de vientos —doctrinas— implacables. Sus ambiciones truncadas por la fanática rutina que todo lo rige en aras de un folclore rancio, banal, retrógrado… Le oyó subir las escaleras, saliente de servicio, urgido por la cita con su chica que le ponía cuernos. —¡Hola, musculitos! —exclamó, vadeando mancuernas como en un ejercicio de pista americana—. Tengo que cambiarme de ropa y me largo. Y tú qué, ¿es que no piensas salir un sábado por la noche? —Si acaso después de cenar —jadeó Salva, haciendo fondos entre dos sillas—. Por cierto, si quieres ahí tengo atún y pimientos morrones. —Gracias, pero hoy… «cenaré» otra cosa —y soltando una risita de sátiro, que más bien le quedó como un chirrido infantil, voceó desde su cuarto—: Tú ya me entiendes. Vente conmigo y te presento a una amiga de mi novia. Te advierto que está muy buena. Y están al caer. —Te lo agradezco —dijo Salva, ahora afanado en extensiones de tríceps con mancuerna tras nuca—. Pero antes quiero acabarme el entrenamiento, y luego ya veré. De la calle subieron dos toques de claxon. —Hasta luego, musculitos —Monti pasó raudo, sorprendentemente cambiado de ropa, el rubio cabello erizado por la gomina. A las órdenes del segundero de su reloj de campanas, alternaba ejercicios isométricos con la nueva barra de torsión. Extendió los brazos frente al pecho y la postura le evocó su presentación militar con el cetme el día de la patriotera conmemoración. Él en el centro de la infamia. El ritmo cardíaco se le disparó al margen del ejercicio físico. Doblaba frenético el muelle; hasta que el ácido láctico le bloqueó los músculos en brazos y pectorales y una de las empuñaduras se le escapó y a punto estuvo de partirle la cara. La barra se le escurrió y el muelle rodó por el terrazo con la visión de un sinfín insoportable. Cerró los ojos. Respiró abdominalmente. Se tendió en el diván para trabajar oblicuos. Llamaron a la puerta. Era el brigada, que quería anotar el número del calentador y otras anomalías: la undécima petición de arreglo dirigida a la Comandancia. Al marcharse le dejó una de sus poéticas recomendaciones: —Deberías salir, Salvador. El aire en esta esfera está viciado, más muerto que el de la Divina comedia. —Quizás lo haga. Trató de proseguir con la serie interrumpida. Pero el vuelo de su estampa haciendo el Presenten Armas al compás de una bacante sonrosada con un tenedor como batuta o dando novedades a un borracho con divisas de general y un uniforme igual al suyo, le aturdía, le impedía concentrarse. Lo asfixiaba. Lo violentaba. Tenía que salir. Este aire está muerto. Se daría una ducha. Fisgó por la ventana. Monti mantenía animosa charla con dos estupendas féminas. Una era su novia; la amiga valía la pena corporalmente. Vestía minifalda y le captó dorados y prietos muslos, como el resto de lo que se insinuaba por arriba. Cambió de opinión: bajaría. Pero ya se marchaban y él estaba en albornoz. No debió rehusar tan a la ligera la invitación de su amigo. Se acordó de Marisa. Tal vez la viera en la discoteca y pudiera repetir las furtivas y fogosas escapadas de Las Torcaces. Bajaría al Bordaluna. A pesar de la ducha con agua fría, se complació en imaginar que repetía la aventura esa misma noche en cualquier lugar. O a lo mejor no fuera con Marisa, sino con Paloma, que conduce coche propio y siempre va sin cinturón y a la que había parado en dos ocasiones. La reconvenía, se reían, ja, ja, y hasta otra. Sería alucinante poder subirse con ella y morrear sus labios carnosos, ambos restregándose en desenfrenada concupiscencia al amanecer, en las eras del pueblo o en el merendero de Los Varales o al lejano páramo de Matallana, y en cualquiera de ellos arrojados al vulturno del deseo, unidos por Príapo, bocas y sexos, fuego en la piel brillante, enajenados de lujuria y fricción, y de corrida acaso ella le bruñera el bálano como Marisa en la segunda tacada, rematando encajados, yéndose en espasmos extáticos, en medio de una coral de gritos, jadeos, convulsiones… Se recostó contra la pared, exhausto como un corredor de maratón. He de reponer fuerzas, se dijo, acordándose del bocadillo de atún. Se reduchó, cenó y a eso de la medianoche partió ansioso por ver cuánto de la calenturienta presunción se cumpliría. Camino de la discoteca se cruzó con el Land Rover. Dentro iban Goyo y Velasco. Les dijo a donde se dirigía y en el acto le previnieron de que podían cazarlo como a un pardillo. Goyo le recomendó que un buen braguetazo y adelante y Velasco dijo que sin su compañía se comería «el centro de una rosca». Y avisó: —Ten cuidado no te hagan una verónica. Que hay mucha cazapicoletos por ahí. Salva les deseó buen servicio y continuó su ruta al Bordaluna. No dejaba de obsesionarle lo visto y sufrido un 18-J salido de las páginas truculentas de la Historia. Era un número de la Guardia Civil; uno bien novato, y como recordaba del capitán Parterra, no se les pagaba por pensar, «sólo por obedecer», y Félix también pensaba así y añadía que cayendo la nómina todo lo demás era prescindible. Y con rumias tales, bajo un cielo tachonado de neón y una luna cuajada de brillantina, penetró en el garito. ¿Triunfaré? Ya veremos, suspiró, embestido por un retumbe tenebroso. Dio una vuelta exploratoria, y como no vio a nadie conocido fue a encaramarse a uno de los altos taburetes de la barra; allí saludó al dueño del local, que en cuanto lo reconoció como guardia civil le invitó a lo que quisiera. Pidió una tónica, conversaron a gritos un rato y luego se entretuvo con la máquina de videojuegos, una aventura de tiros llamada Thunderkiller. Se trataba de conducir un musculoso y armado héroe a través de un periplo mortal en el que una nube de guerrilleros surgía por doquier, disparando con ilimitada variedad de armas. Con milagrosa habilidad, superó la primera fase; en la segunda —un campamento enemigo que debía arrasar—, la puntuación se lentificó peligrosamente; y además, su nivel de reserva vital —una barra amarilla que de repente enrojeció— menguaba sin reposo. Francotiradores clónicos asomaban, disparaban y se escondían con descarada inmunidad. No daba abasto. Se extinguió la barra roja. Sobre la imagen congelada en la que había sido abatido centelleaba un aviso y una invitación: THE GAME IS OVER. INSERT COIN. Puso otra moneda y el resultado no pudo ser peor. Apenas hubo iniciado la partida, perdió los puntos y la energía del tirón, como si el insert coin nunca se hubiera borrado. O he tenido mala suerte o antes la tuve muy buena, se dijo sin más preocupación que toparse con Marisa y sobarse entero y a base de bien. Deambuló sin consistencia por la planta de arriba y bajó en seguida. Sin novedad. Se pegó a la barra con otra tónica y esperó… Apenas un minuto cuando la vio entrar con una falda tan corta y tan ajustada como la había imaginado. El escrutinio visual de los pechos sin sujetador bamboleándose sin recato le encendió. No sería tan mala la noche como empezaba a temerse. Salió a su encuentro y ella le ofreció su mejilla, al tiempo que formateaba un tenue beso al aire. —Hola, Salvi, ¿cómo te va? —le dijo con cierto alarde de timidez. —Bien, ¿y tú? —Ya ves, he quedado con un amigo y el muy cabrón sin venir —espetó toda ella muy fina, y muy reteñida: venía de platino. —Ah. ¿Y qué te parece si te olvidas de tu amigo y nos tomamos un cubata? —Bueno —concedió Marisa, sin dejar de mirar a la roja cortina de la entrada. Salva apartó con gesto de triunfo el refresco burbujeante y pidió un par de balumbas —que fue lo que ella sugirió; por lo visto, coñac con chocolate. A los cinco minutos de aburrida y escasa conversación, Marisa dio un bote de alegría, levantó la mano, la sacudió en el aire, y un tipo currutaco y relamido se le acercó. Se abrazaron y se mordieron la boca con un ahínco que desmentía un simple beso de bienvenida. Un descalabro humillante, advirtió con tirria y desesperación Salva, en tanto que aquellos dos estúpidos no se despegaban. —Es mi novio —acabó por informarle Marisa en un respiro. Farfulló las presentaciones, apuró el balumba con el meñique exageradamente estirado y, tirando del lechuguino, dejó a Salva compuesto y sin perspectivas: alelado como si le hubieran arrojado un cántaro de agua helada. Incluido el cántaro. Renegó del coñac; se le habían quitado las ganas de coger ese puntillo que le pudiera ayudar a desinhibirse. Lamentó la inversión del cubata y el polvo que no echaría, y cierto: se comería el centro de una rosca. Sin saber qué hacer —si irse a dormir o apalancarse en la barra con cara de idiota—, optó por entretenerse con otra partida al ThunderKiller. Alguien jugaba. Tornó al taburete y mitigó el plantón con la esperanza de que Marisa regresara y le dijera «Era una broma, ¿follamos?». Bueno, soñar es barato. Sabía que no sucedería. Vagamente seguía la música con el pie. Las almas que pasaban no requerían su interés. Tenía prisa por jugar, pero el que se lo impedía debía de hacerlo bastante bien porque ya duraba el triple del tiempo que él había empleado en las dos partidas. Atisbó la pantalla de vídeo. El soldado de la resistencia volaba a través de una nube de enemigos, que tan pronto asomaban, caían. Surcaba la tercera fase. Y Marisa que no volvía. De súbito, un foco purpúreo relampagueó en el contorno de la pista de baile, incidiendo de lleno sobre la cabeza del jugador… o la jugadora. El pelo pareció prendérsele, destellando en la penumbra como una salpicadura de fuego que se extinguió con el rayo inopinado. La instantánea electrificó su atención con la intensidad y pasmo de una supernova que explosionara en una noche de somnolienta patrulla. En efecto: una fémina. Una a cuya media melena el intermitente foco inflamaba a intervalos veleidosos. Olvidado de cualquier nimio o voraz desasosiego, Salva se deslizó del taburete y se aproximó, despaciosamente, alucinado, no por el desarrollo del juego —sin duda, espectacular—, sino por aquella silueta, esbelta, casi de su altura, deflagrada en gestos categóricos y precisos que la inferían un estilo autárquico capaz de intimidar a un perdedor como él esa noche. Alrededor del vertiginoso talle se le mecían los flecos de la liviana cazadora. Las manos sobresalían finas, largas, audaces. La caída de los vaqueros delataba unos glúteos respingones y proporcionados. Pero era su turbulenta desenvoltura —plasmada en el contundente zarandeo de los mandos—, a un metro de su absorto espionaje, lo que producía en él la irresistible fascinación. Debe de tener cara de bicha, conjeturó, retrocediendo, como avergonzado de su furtivo escrutinio. De pronto, ella se le volvió. —¿Tienes cambio? Se había retorcido como una serpiente, inquiriéndole algo con ¡cara de serpiente! Unas facciones angulosas y unos ojos un tanto rasgados que le interpelaban con apabullante indiferencia. —¿Qué…? —Cambio para la máquina. Necesito monedas —la oyó sisear, al lado de un bafle atronador. Y sin embargo, la había entendido: porque de repente tenía ante sí al ser más sugestivo del mundo. —Sólo tengo dos —acertó a responder. —Lástima —casi le gritó, y tornó a darle la espalda sin más. Salva adivinó que intentaba largarse y se movilizó. —No importa, tómalas —la rodeó, estorbándole la retirada—. A mí también me encanta este videojuego. Ella le dedicó una mirada impestañeante y Salva corrigió la apreciación de aquellos ojos hipnóticos: talmente que balas de cetme, calibre 7,62 nato. Por color y forma. Deseó ser su blanco. —La jugamos a medias, ¿vale? —añadió, y escorándose hacia la máquina deslizó sendas monedas. Seleccionó dos jugadores y la invitó a tomar los mandos. Ella vacilaba. Reculó un paso y la pantalla comenzó a rugir y a relampaguear. Como Salva preveía, la partida se desarrolló con desigual puntuación, siendo la suya la más desastrosa y patética, pues no bien arrancó la segunda fase fue aniquilado. Pero aun siendo un experto quién podría sustraerse de aquella mirada simultánea de enigma, conocimiento y alerta, consagrada a las partidas y que a él lo omitía con despiadada serenidad. Salva se sentía un agraciado en precario, de modo que si no quería pasarse la velada en penitente contemplación, saturado de ruido y gaseosa, tenía que arriesgar más. Que ella lo despidiera con un tamborileo de dedos en el aire fue un imprevisto de lo más previsible. Y de lo más descorazonador: enfilaba a la salida, esta vez sin hesitación. Cuando la interceptó de nuevo, estaba seguro de que en su intrépida y atolondrada actitud el seso prevalecía sobre el sexo. Lo guiaba un brío sumo, un fervor espontáneo y arrebatador. No obstante, no pudo evitar balbucear: —En vista de que la partida no nos fue demasiado bien, qué tal si nos tomamos algo. Por fortuna, el entorno estaba de su parte. El fragor del tecno distorsionaba su acento amedrentado y los reflejos corregían o justificaban su rubor. Ella sonrió displicente, abrumadora. Salva tragó saliva. —De acuerdo —accedió por segunda vez. Salva contuvo una apretada de puños y un salto. Se apoyaron en la barra. Que ella pidiera en primer lugar. —Una tónica. Tremendo augurio. Con los refrescos huyeron a una rinconera iluminada y de una estridencia menos insoportable. Le asaltó la idea de que el novio apareciera en cualquier momento y se la llevara quedándose una vez más descartado y humillado. No creyó que lo tuviera. Así que, después de presentarse mutuamente con un liviano apretón de manos —se llamaba Anabel—, se operó dispuesto a entrar en una charla lo más fluida posible, aun a costa de no ser original. —¿Estudias o trabajas? —Las dos cosas. ¿Y tú? —Trabajo por aquí. —No consideró oportuno decirle que de guardia civil. No tenía necesidad ni era importante. Velasco aseguraba que hacerlo sería como si la perica te bajara la cremallera de la bragueta. Él emplearía otra táctica. Y mientras la concretaba, respondió a su pregunta. —Oh, no; no soy de las colonias, si te refieres a los adosados de la urbanización Maracaibo. Se podría decir que estoy de paso y es la primera vez que bajo a esta discoteca. —Pues yo soy de aquí y esta es la segunda. —¿Y eso? —Paro muy poco por San Juan. —Bueno, ¿y qué estudias? —insistió él, irresoluto. Estudiante de químicas, y se sacaba unos duros para gastos trabajando como taquillera en unos multicines. Luego —y para dicha de Salva— Anabel dilató la conversación por derroteros que tenían que ver con las inquietudes y las ambiciones de alguien que ansía la salida del hoyo social, al que el Sistema arrastra a uno a poco que se abstraiga en filantrópicas pretensiones. Salva la atendía con doble fatiga; porque apuntaba sus opiniones con indecisión y porque no podía dejar de repasar su fisonomía: a su gusto era perfecta. Dotada de un físico moldeado y compacto, simétrico y estilizado —se había quitado la cazadora y quedado en camiseta de hombreras—, al par que una mente singularmente lúcida, Salva empezó a sentirse arañado por un inexplicable complejo de inferioridad. Aquel fortuito encuentro excedía lo accesible y hasta lo inteligible. Le revelaba sus aficiones por la lectura y la vida al aire libre, el deseo utópico de vivir en una casa lejos de la ciudad donde se pudieran ver o adivinar todas las constelaciones del cielo nocturno; y cuando mencionó la práctica regular del deporte, en especial de la natación, Salva se vio con soberanas posibilidades de diálogo. —¡Natación! Esa es precisamente mi especialidad favorita. También salgo a correr cuando puedo y en el pabellón tengo algunas pesas… —¿Qué pabellón? Salva quedó confuso. No tenía sentido ocultarle una verdad tan particular y anodina. —Soy guardia civil. Y estoy destinado aquí, en San Juan. Ella, que trocó a mirarlo con una especie de aprensión inquisitiva, repitió sin aliento: —¿Que eres guardia civil…? Salva indagó con temor: —¿Te disgusta? —Pues claro que no —repuso ella al punto—. Es sólo que… que no me imaginaba que alguien como tú fuera algo así. Pues sí, además de la natación, que practico durante todo el año en una piscina cubierta de Torrejón, hago aeróbic, patinaje, bicicleta —relataba un tanto nerviosa. Hizo una pausa. —¿Por qué te hiciste guardia civil? Salva la habló de su sueño. De cómo lo había logrado. Y de lo orgulloso que se sentía. Y que ahora aspiraba a remontar como cabo, sargento, oficial… —Llegar muy arriba. Y todo ello sin dejar de ser un genuino Servidor de los Ciudadanos. —¿Qué clase de ciudadanos? —A todos, por supuesto. Y lucharé por ello entero y a base de bien, como dice mi compañero Monti. Un día ayudé a un vejete a cambiar una rueda. Había que aflojar una tuerca que el pobre hombre no podía. Ni siquiera el jefe de pareja pudo conseguirlo. Pero yo, gracias a mi habilidad y a las ganas que puse, yo sí la quité. Fue una gran alegría para mí. Así haré con todos aquellos ciudadanos que nos puedan requerir: con valentía y honestidad. Salva se percató con inmenso agrado de que ella le escuchaba, si no con verdadera fascinación, sí con un interés profundo y minucioso. Aunque no tanto como para ser interrogado de aquella manera. —¿Cómo dices? —Que si tú no crees en la subordinación de los Ejércitos a las oligarquías dirigentes —repitió ella. No tenía el cerebro en esa onda —quizás nunca hasta entonces, conjeturó— y por eso tardó en contestar. —Bueno, tal vez —no quiso contradecirla—. Pero no será en mi caso. A mí, jamás, jamás —remachó ya seguro de sí— me doblegará nadie. No, si la Ley está conmigo. —La Ley. ¿Qué es la Ley? Y se trabaron en una charla trascendental, cíclica, baladí: de la existencia en San Juan de la Sierra, de la Vida, de la ambición honesta o costa de uno mismo, de lo duro que es bregar con dignidad en medio de una sociedad tan aviesamente competitiva. Ella sin dejar de asombrarse ante la fogosa decencia con que él se expresaba. No se acariciaron sus carnes sino sus intelectos y fue maravilloso y excitante. Curioso solaz para una noche de marcha. Pero esto a Salva se le reveló en el momento en que el reloj marcaba las tres y Anabel sentenció que tenía que marcharse, que no podía quedarse con él ni en la discoteca ni en ningún otro sitio, a pesar de que él insistió en acompañarla a donde fuera. En el exterior del local, quemó el último cartucho. —¿Cuándo volveremos a vernos? —suplicó, adivinándose más bien lamentable: lo que fuera con tal de arrancarle una cita—. Mañana por la tarde estoy libre y puede que por la noche. —De pronto se descubrió dispuesto a desertar. —Imposible esta semana. Pero si el próximo domingo estás en un sitio conocido como el rincón del viento, detrás de la iglesia, a las doce y doce, allí nos veremos. —Si no hay otro remedio —se resignó—. ¿Y por qué a y doce? —Simple puntualidad. Ofrezco lo mismo. Así, ninguno esperará en vano. Eso estaba garantizado. Cambiaría el servicio aunque tuviera que negociar con Satanás. La vio alejarse bajo el pálido fluorescente con el nombre de la discoteca y no por eso su pelo dejaba de arder. Una pura mata de fuego. Subió a un Ford Fiesta y esta vez sí el aéreo tamborileo de dedos junto a su nariz afilada fue inapelable. La belleza de ese, aparente fútil gesto, le anunciaba el comienzo de la semana más larga de su vida; aun así, era como si se hubiera rozado con toda la suerte del mundo. Las estrellas fulguraban aplausos a su ventura. Partió hacia el cuartel. Recordó el mensaje del brigada. El aire allí dentro estaba «muerto». Creyó entenderlo. Se desvió al centro de la población; quería disfrutar del silente caos de las calles, de la paz universal sobre su espíritu revivificado. El caso es que el alejamiento había sido un alivio inconmensurable con respecto a las sórdidas vicisitudes del servicio. Sus incipientes reveses profesionales disipados como por encanto. Ella. En cambio, ahora tenía por delante siete días de palpitante ansiedad. Marisa pasó en un descapotable, sobándose con su muñeco bonito, y él encantado de que se la hubiera llevado. Se llenó los pulmones con el cálido aire de la noche. Olía a ella, a Anabel. Una semana. ¡Oh, eternidad! A un trallazo de alegría le siguió otro de angustia: el primero por haberla conocido, y el segundo porque en realidad nada les unía, nada fuerte y consistente, aparte de un rato ameno: insuperablemente ameno. Pero efímero. Desembocó en la plaza del ayuntamiento. Se hallaba más solo que la una en el reloj municipal de números romanos, cuyas manecillas marcaban las cuatro. No tenía sueño, sólo ganas de trepar hasta las agujas y girarlas hasta haber transcurrido los siete días… Atravesaba el lugar mirando sin ver, como flotando, evocando el rostro de Anabel, su porte ágil, el modo en que se aparta el pelo fuego de sus mejillas y descubre sus ojos rayados de hechizo y de intriga hacia su vida y su profesión, luego estremeciéndole por cómo ella siente y anhela la suya propia. Un destello —otro muy distinto— y luego nada. Salva parpadeó y aterrizó. Escudriñó el escaparate de la mercería Palomo, una tienda enclavada en la esquina del callejón del churrero con la Mural a su paso tangente por la plaza. Y la fugaz visión volvió a repetirse. El fogonazo de una luz tapada aleteó en el techo, en las paredes —un maniquí se silueteó apenas—, en la puerta entreabierta. Se trataba de un robo. ¡Un robo! Agazapado entre vehículos, espiaba aguantándose la respiración. El corazón sería el que lo delataría si no aminoraba el martilleo torácico. La puerta de la tienda chirrió; alguien acechaba desde la negra rendija. En seguida se agrandó lo justo para vomitar un manojo de ropas con un par de piernas que las volaban en volandas. No había duda: se estaba cometiendo un delito, y ¡él era guardia civil! Debía intervenir. Reparó en que solo, desarmado y que si tenía que enfrentarse a dos delincuentes, si no eran más —contabilizó al de la linterna y al que acababa de salir—, poco podría imponerse. Dio media vuelta y voló. 2 Le abrió el brigada, en pijama, con la cara hinchada y los pelos de la cabeza tiesos como de susto; de haber sido en otra ocasión habría producido una buena carcajada, pero había que detener a unos amiguetes de lo ajeno. Le fue ordenado que se pusiera el uniforme y fuera abriendo cancelas. Había empezado por avisar a la patrulla nocturna. Pero las precarias transmisiones del Puesto no lo permitieron y, jadeante de impaciencia y de ardor policial, decidió pasar aviso inmediato al comandante de Puesto. Y junto a la puerta de la cochera en alto lo esperaba, listo para la misión, como en sus sueños de policía. El brigada pidió al guardia de Puertas que insistiera en localizar a la patrulla y luego subió al pepito, el coche de dotación que a veces se ponía en marcha con la llave. Pero una de esas veces no era aquel momento imprescindible: tan inerte como cualquiera de los tetrápodos amontonados en una esquina. El comandante de Puesto se bajó, trotó a su oficina y regresó blandiendo unas llaves. —Nos vamos con el mío —dijo, bajando por las escaleras. Lo siguió hasta el R-18 aparcado en la calle, a la caída del jardín, y enfilaron hacia el teatro de operaciones. A dos esquinas de la tienda, el suboficial paró en mitad de la calle. —Así les cortaremos el paso —pergeñó sobre la marcha—. Tú por esa acera y yo por esta. Continuaron avanzando a pie, con zancadas sigilosas, raudos en las zonas más iluminadas; lentificándose en las fracciones de sombra; escrutando ambos pistola en mano el escenario de intervención: sombras afanosas recortadas por las luces de la plaza iban y venían hasta una pequeña furgoneta que orientaba morro hacia ellos. El brigada le hizo una seña y Salva comprendió: revelarse en segundo lugar, exhibir el arma, proteger la intervención. Fácil. El suboficial se plantó bajo una farola. —¡ALTO A LA GUARDIA CIVIL! ¡No se muevan! ¡Están rodeados! Salva también surgió para hacerse ver. Los dos individuos, que en ese instante se cruzaban, se clavaron, se miraron como lelos, sin soltar uno la carga y el otro sosteniendo una cesta vacía de la que colgaba una media deportiva. El brigada les ordenó que se tiraran al suelo, pero sus últimas palabras las absorbió un estruendo como el de un avión aterrizando sobre sus cabezas, que bajando por la misma calle desde el otro extremo de la plaza venía hacia ellos. Era el Land. El Land, que, como un toro que sale enloquecido del chiquero, irrumpía distorsionando el escenario de intervención con la luz larga de sus faros. El manojo de ropas se deshizo en pedazos, la canasta volteó atravesada por mil rayos romboidales y al punto los dos seres catapultados a la furgoneta que arrancan como en las películas: rugiendo y chirriando. Y hacia ellos. —¡Alto! ¡Alto! —enronquecía el suboficial, tratando de entrever desde detrás de su mano estirada a modo de visera contra el furioso resplandor. Los faros del Land y los de la furgoneta se superponían. El brigada caería víctima de su ciego arrojo. Salva se abalanzó y ambos fueron a estrellarse contra un zócalo añil y rocoso. La furgoneta pasó con tal velocidad que Salva creyó sentir el efecto de succión que todo objeto veloz arrastra tras de sí. Se oyó un derrapar de neumáticos, una estrepitosa colisión y luego un aceleramiento que la pasada del Land —era todo ruido y lentitud— confundió. —¿Está bien, mi brigada? —Éste se tanteaba la cabeza, los brazos, las rodillas. —¿Qué? Pero… —Se apoyó en la pared y se levantó con más furor que agilidad—. ¿Por dónde han tirado…? Ah, ya —y se echó a galopar. La estufeta intentaba doblar la esquina con múltiples e ímprobos giros. El brigada continuó hasta su coche sin atender al arrugado morro. Casi al mismo tiempo, Salva se ubicó a su lado; el suboficial dio marcha atrás, encaró y aceleró rúa paralela a la de los fugitivos. Un ruido como de latas arrastradas rechinaba por los bajos. Ajeno a esta anomalía, el conductor vaticinó: —Los interceptaremos en la calle detrás del cuartel. Por donde han huido sólo pueden girar a la izquierda. Con un poco de suerte, llegaremos antes y les cerraremos el paso. Y así, al llegar al cruce, torció a la derecha. De frente, en avalancha, la furgoneta. La calle, sin aceras, se reveló de una estrechura espeluznante. El brigada frenó, restregándose contra la tapia de su lado. El turismo rechinaba como si una apisonadora le estuviera pasando por encima. Del mismo modo, la furgoneta se pegaba a la pared de enfrente. Y de milagro se evitó el impacto frontal: pero no el crujiente y horrísono encaje bilateral. Ambos vehículos quedaron contiguos, estrujados. Adosados y atrancados. Y dentro de sus respectivas chatarras humeantes, todos vivos. —¡Alto a la Guardia Civil! —gritó Salva, encañonándolos a quemarropa con su Star 9 mm parabéllum. Se sorprendió extraordinariamente templado. Sus ademanes y voz transmitían un dominio macizo y conminatorio. En su regazo, el cristal de la ventanilla descansaba hecho añicos. Apareció el Land Rover. Goyo y Velasco les rodeaban alarmados y asombrados de que los cuatro hubieran salido indemnes. XVI. COMIDA PARA DOS MÁS 1 El brigada retiró el pequeño candado del teléfono, enganchado a la ruleta del dial. —El rapapolvo no será pequeño —masculló mientras marcaba el primero de los números, el del Juzgado; a continuación tenía anotados el del Colegio de Abogados, el del médico y el de los familiares de los detenidos. Por último, participó los telefonemas a las Planas Mayores de los respectivos escalones jerárquicos, tras lo cual agregó, para sí: —Que se jodan, y si no que los detengan ellos. Como aprehensión figuraban géneros por valor de 250.000 pesetas, un vehículo robado con graves daños en la carrocería, la incautación de una pistola simulada y dos grandes navajas. En cuanto al R-18, los desperfectos eran tremendos: el capó levantado en forma de pirámide, sin faros ni rejilla, el radiador a rastras, las ruedas delanteras divergentes y los laterales machacados. El Land lo había remolcado —más bien arrastrado— hasta el cuartel, y allí seguía, comentado por todos: siniestro total. —Salvador, creo que nos hemos pasado —ponderó su dueño. Pegado a la ventana de su oficina, el suboficial contemplaba atribulado su descuajaringada posesión, soltada o arrumbada al pie del terraplén de césped en la zona PROHIBIDO APARCAR EXCEPTO GUARDIA CIVIL, donde unas horas antes descansaba incólume y ahora como un gurruño de chapas; excepto por su impoluto color blanco, el resto recordaba a uno de esos coches bomba después de que han hecho explosión. Salva, afanado en ordenar las diligencias en tanto llegaba el abogado de oficio, buscaba palabras de ánimo. ¿Qué podía decirle? —Al menos el servicio ha sido un éxito total. Hemos logrado una detención sin disparos y sin heridos. Quizás la medalla que le den pueda compensar, en parte, el desastre. Incluso es muy probable que le concedan una bufanda —remachó, alentador. El suboficial, sin dejar de darle la espalda, soltó una risita al cristal. —Conque una bufanda. ¿Te refieres a esos pluses arbitrarios que de cuando en cuando se conceden los oficiales y sus vasallos más abyectos? Salva dejó de trajinar. —Naturalmente —respondió, convencido—. Usted tiene derecho. Aquí están los resultados. Nadie podrá negarle su esfuerzo y su riesgo. Es obvio que ha hecho más de lo que debía. Sin duda, merece algo más que una simple felicitación. El brigada se dio la vuelta. —Ay, Salvador —se quejó con más ironía que pesadumbre—. Necesitas que te siente junto a un toro de piedra y recibas una gran calabazada. Yo días libres extras ni servicios de escaqueo te puedo dar; más avisos para sobrevivir en esta pizmienta milicia, muchos te daré —caminó hasta la puerta y la cerró—. Siéntate —señaló a la única silla de dotación de la oficina, un sólido armatoste de apariencia medieval, todo de madera, de bordes redondeados por el uso y la vetustez; él lo hizo en la suya, un raído sillón de ruedecillas chillonas el cual ocupó frente al guardia con la mesa de por medio. Bastet surgió de algún recoveco, cruzó la habitación, ralentizándose junto a Salva con el lomo curvado, y fue a enroscarse a la derecha del comandante de Puesto, entre la esquina y el aparador de puertas de cristal, traslúcido de lomos de libros. La cara chata del felino y sus orejas puntiagudas encuadraban a Salva. —Gracias al Todopoderoso que no ha habido disparos —prosiguió el brigada en tono abatido—. De haber ocurrido, siquiera al aire, lo más probable es que hubiéramos continuado el episodio en el juzgado de guardia, declarando como acusados por dudoso cumplimiento del deber y de la defensa propia, pues que sin apoyos morales y sin la asistencia letrada del Cuerpo nadie nos habría librado de caer en prisión, y nuestro caso se habría convertido en uno de tantos para saciar la mala conciencia de instituciones y elementos supervivientes del antiguo Régimen. Se pasó los dedos por el hirsuto pelo canoso, para continuar con resolución: —Aunque la sociedad ha cambiado mucho en los últimos años, no ha sido así en este Cuerpo, Salvador, pues a costa de nuestro sacrificio, es decir, del pundonor que nos mueve como Servidores, pervive una cúpula anacrónica, casi perversa. Ya es hora de que empieces a ver detrás del fulgor. No permitas que te arrastren a la manada, una manada que si estuviera unida haría pasar hambre al león, y pues que no es así, ándate con ojo: la realidad subyacente, ya sabes. Mi talento se ha embotado. Pero el tuyo posee el ímpetu de la juventud. ¡Ah, juventud, divino tesoro! Fijó los ojos —brillantes de revelación— en Salva: —He perdido mi coche. ¡Qué le vamos a hacer! Ya me ha ocurrido otras veces y siempre acabo arrepintiéndome. ¿Por qué lo hago? Esencia del Deber. Honor. Satisfacción moral. Nada más. Y nada menos. Merezco lo que me pasa. Y tú, pobre muchacho, arriesgaste el pellejo y un prometedor porvenir por un fracasado como yo… —se miró las manos, que abrió y cerró en un estallido de despecho—. ¡Ah, Marta! —Retomó la desconcertada mirada de Salva, y agregó con abstrusa vehemencia—: Sé que no me estoy equivocando contigo. Perdóname —rogó en un giro afligido—. Me has salvado la vida. Te estoy tan agradecido que ni aunque te pusiera libre todos los fines de semana que tienes por delante podría corresponderte… No tengo palabras. Sé que diciéndote gracias, lo entiendes. Porque tú eres especial. —Otro en mi lugar habría hecho lo mismo —respondió Salva, en un intento por aliviar la creciente carga emocional que parecía abrumar al comandante de Puesto. —Especial porque te he observado —continuó el brigada a su aire—, y veo en ti una aptitud superior a todos los compañeros que he conocido (y te aseguro que han sido muchos), y pues que respondes con emoción recia, quiero avisarte de que un talante tan claro como el tuyo puede llegar a ser un lastre. Te falta, cómo te lo diría… Una cortina de humo veladora y valedora de tus verdaderos sentimientos, y con ella sobreponerte a la felonía de los compañeros, que más que compañeros son coincidentes laborales. Para las cosas importantes, siempre estarás solo. Lidiamos en medio de una corrupción de necios. Y la peor de todas es la de la contemplación impasible: una clase de corrupción merecedora de un recio escarmiento y que sólo los menguados censurarían. Para mí es tarde. Tú, en cambio, dispones de tiempo. No lo malgastes absolutamente. Hablo de vivir siempre lúcido. Se retrajo; tomó las diligencias. —Pero ahora mismo lo que más falta nos hace es conseguir dinero para la manutención de los detenidos, pues el juez de Dosarcos, por cierto, compañero del mus y eterno adversario en el ajedrez (y aquí la palabra compañero está bien empleada) me ha pedido «por favor», que los tenga aquí hasta el lunes, cuando dizque podrá hacerse cargo de ellos. Quizá hoy sea distinto —se puso en pie, y Salva con él—, si es que localizo a alguno de los caudillejos de las planas mayores, que cuando se les necesita ninguno aparece. Por ahora releva a Goyo en la vigilancia de los detenidos. Al agarrar Salva el pomo de la puerta, el suboficial lo retuvo con una pregunta: —¿Cuántos de los libros que he puesto a tu disposición has leído? Salva lanzó una ojeada al aparador; Bastet dormía con la cabeza sobre las patas delanteras. Una visión irradiante de calma. —Dos. Y tengo empezado otros dos, uno a punto de terminar. Las pupilas del brigada reflejaron un destello de gozo. —Bien. No dejes de hacerlo; es la única manera de no acabar demasiado humillado ni ofendido. Siempre lúcido, no lo olvides. Vigila a los detenidos, pero mayormente a ti mismo. 2 Todos los muebles de la Sala de Armas habían sido arrinconados hacia la pared de las estanterías. En la otra mitad del cuarto, la despejada de enseres, los dos muchachos, de pie, recostados contra el tabique, las manos esposadas a la espalda, cuchicheaban jocosos. Goyo le había advertido de que prestara especial atención a que no se rompieran la crisma contra el futbolín, las estanterías o la pared, y aunque eso sí lo estaba consiguiendo, lo que no podía evitar era que no dejaran de moverse ni que permanecieran callados. —Que os calléis —repitió; pero no ganó mucho. Salva, desde el quicio, no les perdía de vista, y de paso repasaba los estantes abarrotados de papeles que cubrían las paredes: legajos polvorientos atados con cintas de color rojo, carpetas de plástico —también de color rojo— que estrujan mamotretos de oficios (de entrada, salida, enterados, recibís…); repetitivos partes consecuencia del agobiante recelo de los diversos escalones de mando, quienes, a pesar de la evidente atrofia que ello generaba en la operatividad del Puesto, exigían de modo irremisible y en los que jamás perdonaban que no constara de manera clara y pulcra: «Dios guarde a V., muchos años». Pilas como troncos de árboles que debieron de ser antes de convertirlos en celulosa para algo tan inane como aquel cúmulo de pejigueras burocráticas. Un gasto de material, tiempo y hombres, insuficientes ya de por sí, que resultaba deprimente a su idea de seguridad pública. Dedujo que el brigada, al que no terminaba de entender del todo, se expresaba con acierto cuando anatematizaba contra tamaña servidumbre que le constreñía a descuidar labores policiales, así tuvieran que investigarse cien delitos en serie contra las personas o la propiedad… Por ejemplo, los endémicos e infalibles robos de ganado que la superioridad desatendía, apreció tangencial, suspicazmente. Ciegos de algún estupefaciente, los escandalosos detenidos reclamaron toda su atención. —Que os estéis en silencio, y separados —se oyó demandando con afectada voz autoritaria. —Salvador, que te están chuleando —le canturreó Félix, seguido de Velasco, ambos entrantes de servicio. —Hola, Gordo —le saludó en confianza—. Tranquilo, que como me cabree se van a enterar… —Ni caso: los sujetos escupían y cuchicheaban, con hilaridad insolente, acerca del último tripi en chirona: «Mucho mejor que el pillado en la calle durante la provisional». A Velasco, que jugueteaba con Rufo en el pasillo, aquel cachondeo le llevaban los demonios; penetró rápido, agarró a uno por la pechera y cuando parecía que iba a abofetearlo, éste, que no se lo esperaba, se vio barrido por una contundente patada. Esposado y con los pies en el aire la culada fue mayúscula. Que el otro supiera lo que iba a ocurrirle no hizo que la sentada fuera menos sonora ni brutal. Despatarrados como borrachos, se mantuvieron callados… dos minutos; tras los cuales volvieron a soliviantarse con siseos y resoplidos de risa. Velasco hizo un conato de nuevo abalanzamiento, pero Salva le paró, y como los otros cerraron el pico, el guardia prosiguió la rebatiña con Rufo y el trozo de longaniza que, tironeándole, ora de las orejas, ora del rabo, le escamoteaba sin tregua. Por su parte, el brigada, atareado en contactar con los jefes de cualquiera de los escalones superiores (todos ausentes por «Comisión de servicio»), iba y venía ensimismado, considerando suposiciones que presagiaba desastrosas: las inexistentes dependencias para la permanencia de los detenidos, su manutención; y cuando escuchaba algún comentario acerca de su machacado auto, perdía su habitual serenidad en forma de masculladas maldiciones. ¿Se lo agradecía el Cuerpo? ¿Acaso tenía obligación de enfrentar sus medios particulares a los transgresores de las leyes? Salva estaba seguro de que alguien le echaría una mano, y aquel taciturno cascarrabias lograría una vez más, como mínimo, una estupenda anotación en su hoja de servicios. Su expediente personal debía de estar saturado de ellas. Si no cómo explicar que al cabo de tantos años de supuesta frustración profesional acometiera la captura de unos delincuentes con tan audaz revuelo. No le comprendía, pero le estimaba por cierta inexplicable afinidad. Cuando una llamada de la Jefatura requirió al suboficial, Salva no dudó en confirmarse estos vaticinios. Como las puertas de la oficina y de la Sala de Armas se hallaban una enfrente de la otra, Salva no tenía dificultad en oírle. —Sí, mi capitán, ya sé que en el siglo pasado eran los mismos guardias los que se hacían cargo del sustento de los detenidos… Sí, y que hasta los indigentes había que cobijar a veces… Pero es que los tiempos han cambiado… Perdón, mi capitán… Sí, sí, ya sé que vuelvo a molestarle, pero es que si no dispongo de presupuesto… Sí, dígame, le escucho… No, no quiero que lo ponga usted, por supuesto… ¿Que haga una colecta en la Unidad?… Y en lo que se refiere a mi coche, no es que quiera que la Comandancia me compre uno… Sólo he planteado la posibilidad de que el Taller me facilitara, siquiera, la mano de obra… Desde luego… Sí, sí que lo he entendido… —dejó de hablar; crujió el auricular y retumbó la campanilla. Se oyó un chillido: Rufo había acabado por morder al burlador de la longaniza. Saltaron risas, de todos, también de los detenidos, que se desataron en tísicas carcajadas. Velasco asomó con una mirada torva y la expresión de sus rostros se les mudó como si las tuvieran de plástico y las hubieran acercado demasiado al fuego. —Está bien; está bien. —Félix sujetó a Velasco, quien pretendía entrar a repetir el ataque. Y dirigiéndose a Salva—: Anda, déjame a mí —le reemplazó en ademán cordial. El guardia primero se aproximó con paso inapetente hacia los detenidos, y de súbito se inclinó para largarles sendos y consecutivos guantazos que los volteó hacia sendas y opuestas esquinas. —Así es como hay que tratar a estos pájaros —explicó dogmáticamente a Velasco. Éste acató la lección con gravedad socarrona. —¡Eh, joder! —gritó el comandante de Puesto, saliendo al pasillo—. El que me los marque va para adelante. Buscadles sillas y que se sienten. Un sentimiento de rabiosa conmiseración por aquel desvalido suboficial hizo que Salva se apresurara a cumplir la orden, en tanto lo veía renquear embargado por una desolación que sin duda superaba a la de aquellos desgraciados a los que ayudaba a incorporarse para que tomaran asiento. Requirió a sus hombres disponibles en la oficina. Insinuó la manutención por cuenta de todos y los belfos de Barahona relincharon al punto: —Mi brigada: yo lo siento mucho, pero no pongo un duro —expuso, mirándose las puntas de los zapatos y meneando con ostentoso pesar la renegrida cabeza—. Las mil pesetas que puse cuando el robo a los extranjeros, para que llamaran a Austria, porque la Comandancia no autorizó el uso del teléfono, todavía las estoy esperando. Y lo mismo pasó con los muchachos a los que les robaron la furgoneta en el parque de la Telefónica —continuó con nerviosa osadía—, que entre todos tuvimos que pagarles la comida. Nos tocó a quinientas; otras que no he visto. —Yo tampoco puedo poner nada —se sumó el guardia Nieves; Goyo y Félix componían significativas muecas—. Si el Cuerpo quiere que trabajemos, que sea con el dinero del Cuerpo. Pero no con el mío. Porque si Barahona puso mil para los extranjeros, yo, para dar de comer a los del accidente del autobús, puse… —Eh, eh, que no he contado lo del accidente —saltó Barahona—; que yo también… —¡Basta! —interrumpió el comandante de Puesto—. ¡Idos todos ahora mismo! Asomó al pasillo y llamó a su mujer. —¡Dolores! Rechinó una puerta. —Dime, Ramón. —Prepara comida para dos más. Sí: desvalido, y solo. XVII. EL BADULAQUE Y LA BESTIA O EL JODIDO JACOBINO 1 Los robos de ganado obligaban a las fuerzas del Puesto a intensificar controles e identificaciones en las carreteras y caminos de la demarcación. Dada la indigencia de medios de locomoción —entre otros—, no más que la suerte podría dar resultado positivo alguna vez. Pero sin cesar, eran negativos. Quienes los llevaban a cabo se movían con un prodigioso y expeditivo sigilo. El servicio de esa mañana incluía plantón en una carretera local, la cual atravesaba Morratal y la Comarcal 215. A juicio de Carrasco, que acababa de tomarse en la población una copa de Chinchón —la quinta en ayunas le llevaba contabilizado Salva—, no valía la pena preocuparse por los robos: tenían que ver con mafias y entramados internos que les teledirigían los movimientos. Aquello era muy grave a sus oídos, y Salva, desde el otro arcén, saltó en seguida. —¡Cómo puedes decir eso! Nuestra misión es detenerlos si los capturamos. Y si están involucrados mandos del Cuerpo, tendrán que responder ante la Justicia. —No seas badulaque, chico —le cortó Carrasco. De su altura pero más corpulento, con los brazos cruzados y las piernas abiertas, oteando al desgaire la despejada carretera, su porte adusto y su laconismo imponía y amedrentaba. A veces se tocaba en el gaznate un discreto colgante con el Ojo de Horus como un amuleto que lo reforzara o eximiera de explicaciones y sinsabores. Pero Salva no iba a permitirle ningún atropello. —Oye, que yo no soy ningún chico. Y como si su interlocutor no hubiera oído reproche o fastidio, continuó: —A la Bestia no hay quién la pare. Como mucho se la hiere y sólo para recibir un zarpazo del que no te recuperarás jamás —le hablaba sin mirarle y sus ojos erraban indescifrables hacia los riscos del monte de La Loba, un lugar de sierra arbolada del que acababan de llegar—. Y aunque lo hiciéramos, no serviría de mucho. Nos crearía problemas. Tú no puedes entenderlo, chico. ¿Aquel tipo estaba loco o borracho? —De qué hablas, si puede saberse —replicó Salva con áspera interpelación; no obstante, no le tomaría en serio, y puesto que el tráfico era escaso, le serviría como distracción. Me voy a divertir un rato con su sarta de renegadas incoherencias, se dijo sin la más leve traza de regocijo. Y en el desdeñoso silencio que su compañero prorrogaba a la defensiva, añadió, avanzando osado al centro del asfalto: —Yo sé muy bien cómo tengo que actuar. Por vez primera Carrasco lo miró directo a los ojos. —Chico, me das pena. Mucha pena —se remarcó menos conmovido que displicente—. Pon los pies en el suelo. Veo los riscos de La Loba y veo las iniciales de un muerto y un herido. Yo soy el herido. Y el muerto es mi amigo. Aún me silba aquella puta onda explosiva que me revolcó en el País Vasco. ¡Puaf! Y tú, pollito, crees saber. Saber, saber. Yo también era pollito entonces. Igual de badulaque que tú ahora. —Deshizo el cruce de brazos y en un ademán de prestidigitación y brusquedad exhibió su carpeta de denuncias, en cuya portada Salva captó una desvaída pegatina en la que se leía: TXAKURRAS KAMPORA. JO TA KE. Dio en ella un puñetazo y remachó—: Nunca los cogeremos, joder. Nunca. Es imposible. —¿Y en qué te basas para decir eso? —inquirió Salva, incontenible y desquiciado. —Años de servicio. Experiencia. Torturas —recitó el otro a modo de sosegada, ceñuda réplica—. En esta reserva del franquismo que se llama Guardia Civil, estamos dos grupos, uno subyugado por el otro: la camarilla militarra, los okupas, arriba; y nosotros, los trabajadores, abajo. Parece que nos movemos igual. Pero qué va, chico. No hay corporativismo de clase y esa es nuestra puta perdición. —Se tomó un respiro, para agregar con acento abstruso, solemne y fiero—: Y del Estado Actual de Cosas la culpa la tienen los prójimos corrompidos: esos putos vividores amorrados a la Bestia y convertidos en sus mamporreros. Unos por cobardes, otros por traidores y falsos, nos tienen bien trincados estos cabrones. Qué asco; con ka, chico: asko cuartelero. Y yo paso de toda esta mierda —concluyó sin más concreciones, o excreciones. Giró la cabeza y fijó la vista en el cruce con la 215, a unos quinientos metros. —¿Algo importante? —quiso saber Salva. —Nada que tú puedas arreglar —mugió el otro—. Y quítate del medio, que los espantas. Salva obedeció. No había duda: estaba con un borracho. No mantendría más discusiones. Las palabras de su compañero sólo eran exabruptos. Los viajes de Chinchón lo hacían desvariar. Si el teniente se presentaba no les salvaría de un correctivo a ninguno de los dos. Una mancha en su expediente lo consternaba sobremanera. Pero dependía de Carrasco, quien con una Falta Grave y otra que le tramitaban por acumulación de Leves, parecía importarle un comino. Tenía la irreverente costumbre de decir lo que pensaba y, al parecer, y por si fuera poco, rebatía sin complejos a los mandos: varios correctivos le habían caído por «réplicas desatentas». Lo malo, o lo bueno —no acertaba a distinguir—, era que en opinión de algunos compañeros sus quejas solían ser «demasiado legítimas». Con lo cual, los que desentonaban serían los otros. ¿Quiénes tienen la razón? ¿Cómo descubrirá la verdad? —Vamos a por ellos —dijo Carrasco, yéndose para el Land. Otra transgresión del servicio. Aún no había concluido la presentación y la siguiente no estaba en Morratal, sino en sentido contrario. —Cómo que nos vamos. La papeleta dice que debemos permanecer en este punto media hora más. —Al menos Carrasco le permitía ojearla cuando quisiera, vicisitud que otros no toleraban en virtud de su cargo de jefe de pareja. No le prestó atención. Tomó asiento al volante. —¿Subes o qué, chico? No tenía remedio. De nada serviría discutir. Otro con el que empezaba a hacer malas migas. Llegaron al cruce. Carrasco escrutó a derecha y a izquierda, más con el oído que con la vista. —¿Se puede saber qué pasa? —insistió Salva. De la gasolinera salió un Seat 600, sin techo y con ocho o diez adolescentes apelotonados que, al ritmo de un musicón increíblemente nítido, se agitaban en dirección a la patrulla. Se debieron de percatar y con un brusco giro torcieron hacia Morratal. —Qué perros —maldijo Carrasco. —Sigámoslos —dijo Salva, al ver que el otro a pesar de todo no movía el Land. —No hagamos el ridículo —desestimó Carrasco—. Con este trasto no les daríamos alcance nunca. Pero conozco a esos pijos y sé que tienen que volver. Después de meditar consigo mismo, Carrasco entró en la C-215, dejó la gasolinera atrás y a un centenar de metros se emboscó entre olivos. Un lugar idóneo para mitigar la espera y el calor. Un lugar como a tres kilómetros del punto ordenado en la papeleta. —Vuelvo en cinco minutos —dijo Carrasco, y se alejó a cruza barbecho, hacia la gasolinera. Salva, que no podía apartarse de la cabeza la falta en la que se hallaban incursos, se dio a esperarlo con cortos paseos, rogando que el otro volviera y lo llevara a donde debían estar. En una de las idas enfrentadas a la carretera, vio pasar un camión y, acto seguido, el coche oficial del teniente jefe de Línea. Clavado de espanto, tardó en reaccionar; sólo cuando estuvo seguro de que no le habían descubierto, se movilizó hasta un claro bajo las ramas que le permitía ver sin ser visto. El oficial rodaba a cierta distancia de un alto y enjuto camión con caja de lona —sin duda, cargado de animales—, a modo de convoy. Pasaron la gasolinera y desaparecieron tras una curva. —¡Ahí vienen esos capullos! —llegó Carrasco, resoplando de fatiga—. Sabía que volverían. Salva salió del coma. Detenido en el cruce, el estrafalario 600 rugía indeciso. Hizo un conato de darse la vuelta, pero enfilaron ruidosa e insospechadamente hacia ellos. Cuando Carrasco lo consideró oportuno, invadió la calzada con pasos decididos y, elevando el brazo por encima de la cabeza, les dio el Alto, mostrándoles la palma de la mano, abierta como una rapaz a punto de atrapar a su presa; la izquierda marcando con rigor y plasticidad el arcén. Una soltura policial que sorprendió, fascinó, y enojó a Salva: ¿cómo podía bandearse con tan resuelto estilo un tipo como aquel? El conductor se desvió al arcén de tierra frenando y derrapando. Se subió al asiento y se sentó en el respaldo, sacando medio cuerpo por el techo trepanado. —Hola, agente —saludó, palmeándose las rodillas al ritmo de la loca música. —Buenos días. Permítame su documentación y la del vehículo —requirió el guardia civil. —Pero ¿es que no sabes quién soy, hombre? —No —respondió Carrasco, imperturbable—. Pero en cuanto me dejes el Permiso, lo sabré. —¡Venga, hombre! Mi viejo es Parra, o es que me vas a decir que no le conoces; además, que nos llevamos de puta madre con los del cuartelillo. Carrasco le aplicó una estática, feroz mirada. —Haga el favor de no llamarme «hombre». Y ahora dame lo que te he pedido. De un puntapié, Parra hijo abrió la guantera, extrajo una mugrienta carpeta de plástico y se la entregó al guardia. —A alguien le van a meter un puro por malos tratos y amenazas —avisó a sus colegas de la parte de atrás. Unos gruñidos de apoyo fueron la respuesta. Enardecido, el conductor canturreó, mirándose las uñas que se mordía: —Denuncia, denuncia. Carrasco apartó la vista del embrollo de papeles y, encarando al desvergonzado jovenzuelo, al tiempo que cruzaba los brazos sobre el pecho —lo que tuvo el efecto de poner a la vista su densa musculatura—, le conminó con torvo semblante: —Cállese. Quite la puta música —le devolvió la sucia carpeta—. Y entrégueme la documentación preceptiva. El niñato se escurrió raudo y silencioso, excepto que balbuceó: —No llevo otros papeles que estos. —Entonces, voy a denunciarle por circular con un vehículo que no ha pasado la Inspección Técnica ni revisión en Industria por las modificaciones externas. También por ir subidas más personas de las plazas autorizadas, y también por… El coche modificado era una especie de aborto parido por aburridos chapuzas con mucho dinero. Montaba ruedas 190, llantas de aluminio (que con total seguridad costarían más que el resto del conjunto, exceptuando el equipo de sonido), asientos de cuero incrustados con el mal gusto típico de pudientes caprichosos; el techo arrancado a golpe de radial y disparate; y el capó deformado para dar cabida a un motor que perfectamente podría ser de un camión. Algo parecido a lo que Félix fanfarroneaba delante de los incautos que se escondía debajo del pepito y que podía surgir con sólo apretar un botón. Salvo que aquel armatoste ostensible y fantástico tenía la autenticidad de su exagerada apariencia. Carrasco escribía una denuncia tras otra. Salva empezó a notar cómo la repulsa que le inspiraba su compañero, a la vista de su firme comportamiento, se trocaba en paulatina admiración. Conductores como aquellos niñatos insensatos debían ser denunciados, por muy simpatizantes que sus padres fueran del Cuerpo. Es más: lo comprenderían. Realmente, Carrasco le estaba sorprendiendo. —Deme el recibo del Seguro Obligatorio —le oyó requerir. —No tengo —masculló el conductor. Y Carrasco arrancó otro impreso. Acabada la tarea, obligó a los ocupantes a bajarse del inaudito 600 y a que su propietario lo estacionara en la gasolinera, adonde lo escoltaron. Le entregó copia de un acta de Inmovilización por circular sin póliza de Seguro Obligatorio y se quedó con las llaves. La pandilla se encaminó al pueblo entre protestas y farfullados insultos. Uno de los niñatos, amparado en el anonimato, llegó a proferir que «el mejor guardia, el guardia muerto». Salva, no obstante, experimentaba la doble confortación de un servicio bien ejecutado y el horario de la presentación no verificada, la cual ya había concluido. —Oye, Carrasco. Mientras estaba solo vi pasar el coche del teniente, pero, por suerte, no tiró para donde se supone que debíamos estar, sino que continuó por la 215. —Déjalo. A ver si se pierde —espetó, concentrado en ordenar los numerosos impresos de denuncia—. Lástima que a los fascistas no se les pueda fusilar por esta clase de infracciones. Lo malo es que por ninguna —añadió para sí. Alejado de aquel tipo insolente y temulento, Salva repasó el derrotero del teniente, y ni mucho menos le pareció perdido o dubitativo… Precedido de un Ebro-2000; idéntico al del señor Moisés; que circulaba cargado y acelerado. No pensó nada más. Los pipiolos no piensan. —Es la hora de regresar —le llamó Carrasco—. Conduce tú. Salva mostró su sorpresa. —No lo he conducido nunca —adujo, más como advertencia que como pretexto. —Alguna vez tendría que ser. Ilusionado por el nuevo paso en su profesionalización, Salva se rebulló en el asiento, tanteó los pedales, y condujo de regreso a la base con decisión y entusiasmo. Con ciertos espectadores de circunstancias —el brigada, Barahona, Monti y Jorge—, Salva acopló el Land en la cochera, junto al pepito, que parecía ocuparla toda, a cien centímetros por hora. Hubo unos encendidos aplausos por la hazaña del novato y en cuanto pusieron pie en tierra, el brigada llamó a Carrasco para que entrara en su oficina. Intrigado, y entre felicitaciones guasonas, Salva siguió a Carrasco; lo cual, en el momento de entrar en el despacho, no resultó del agrado del comandante de Puesto; pero ya dentro, y tras un instante de vacilación, cerró la puerta. —Carrasco, parece mentira que estas cosas te pasen a ti —se dirigió el suboficial al aludido. —No sé de qué habla, mi brigada —contestó el guardia, resbalando una irónica ojeada a Salva. Se echó mano al bolsillo de la camisa y de una caja rotulada Lexatin extrajo una cápsula, que se llevó a la boca. —Claro que lo sabes —repuso, molesto, el suboficial. —Pues no —insistió Carrasco con solemne terquedad. —Me refiero a las denuncias que has puesto al hijo de Parra. —¿Al hijo de perra? —Déjate de bromas, Carrasco. ¿Cuántas han sido? —Ocho. —¡Válame Dios, con el andoba! —exclamó el brigada, casi con euforia—. En fin, Carrasco. Ya conoces los líos en que nos metemos si molestamos a Parra y su gente. Otra vez el gran sorprendido fue Salva, rendido al agudo pronóstico de Carrasco. Los poderes fácticos se habían movilizado a la velocidad del rayo. Carrasco lo percibía y se recreaba en su intransigencia. —Ya, y a Moisés y a los Berchina… Han cometido infracciones muy graves. Y si no que lo diga el chico —ladeó la cabeza hacia Salva, lo que puso a éste de uñas y a punto estuvo de saltar; pero le preocupaba más la cuestión de fondo—. No voy a romperlas —se ratificó. Con sordo fastidio, Salva reconoció un fogonazo de empatía por Carrasco. —Sabes que no depende de esta Unidad; de ninguno de nosotros —precisó el brigada—. Déjalo en una advertencia, y yo hablaré con Lucas Parra. Si no lo haces, te volverán los problemas; como cuando te empeñaste en parar los vehículos de Moisés: los camiones porque el ganado te era sospechoso, los turismos porque creías que usaban gasóleo agrícola… —Y así era. —… y luego lo del vertido ilegal que hicieron al río. Sabes que los expedientes que tienes abiertos son por todo aquello. Ya te he dicho que hay que lidiar más fino con esta caterva de malandrines. En la próxima revista el teniente podría buscarte las vueltas. —Ese conductor podría haber causado un accidente —intervino Salva en un arranque de compañerismo, honestidad e irritación—. Y además, tampoco tenían la documentación en regla. —Lo sé —le paró el comandante de Puesto—. Pero Carrasco sabe muy bien lo que… —¿Ordena alguna cosa, mi brigada? —acortó ahora Carrasco con aplomo incorruptible. El brigada se pasó varias veces los dedos por el pelo pincho, porfió balbuceante, y con claridad acabó por desistir: —Como quieras. Puedes marcharte. A solas con Salva, el brigada lamentó aquella situación que le venía asaz grande y que le hería en lo más profundo a lo que había sido su primer amor: la Guardia Civil. —Maldita inocencia —se quejó—. Válame Dios, si uno pudiera echar para atrás… Todo esto no hace sino agravar mi gota y mi desdicha. Pero órdenes son órdenes —se deploró marchándose, renqueante y elusivo, dejando a Salva con cincuenta mil refutaciones en la punta de la lengua. 2 Por eso, unos días después, cuando el comandante de Puesto dejaba el acuartelamiento y se paraba a charlar con él, animoso y receptivo, Salva no dudó en retomar la cuestión. —¿Pero cómo puede llamarse tener «mano izquierda» a pasar por alto el infringir la Ley, la LEY —alzó la voz— sólo porque sean gente muy relacionada con altos mandos del Cuerpo? —Por descontado que Carrasco actuó correctamente —reconocía el brigada—. Sin embargo, a quien nosotros rendimos cuentas no es a la Ley, como a ti te gusta tanto pronunciar, sino a nuestros superiores, que nos tratan como a peleles. Pero esto Carrasco no termina de enterarse. ¡Jodido jacobino! —le motejó, conmiserativo—. El pobre diablo se cree legítimo porque es ecuánime. No ve que se comporta mayormente como un temerario, con menos perspicacia que coraje. Si leyera a nuestro querido Sancho —suspiró—, que nos advierte de que «entre los extremos de cobarde y de temerario está el medio de la valentía». O don Quijote: «… que la valentía que no se funda sobre la basa de la prudencia se llama temeridad». Y él, comportándose como lo hace, a no dudar que está más cerca de ser sandio que valeroso. Se acercó a Salva, mirando con suspicacia a su alrededor. —Los militares que hacen de policías detentan la gracia del absolutismo, y lógicamente odian por instinto de supervivencia a los íntegros y a los autárquicos. No aprende. ¡No aprende este muchacho! —masculló con desesperación y recelo, como si temiera que alguien inoportuno le pudiera estar escuchando—. Le falta caletre, intuición. Cree que él solo se basta para resistir la inercia de este Régimen y su inconcebible despotismo—. Se acarició el tieso cabello, y divagó—: Bueno, no es tan difícil de entender si uno se fija en la desidia de estos gobernantes falazmente progresistas, encumbrados por elecciones democráticas, pero tan sólo codiciosos de las comisiones especulativas antes que del compromiso reformador por el cual han ganado. Esta digresión pareció deprimirlo. Salva, aún desorientado por la diatriba, no dejó de impugnar. —Carrasco no cometió nada ilegal. —No cuenta si lo que haces es legal o no —musitó el brigada en el tono de quien sigue en otra onda—: cuenta el grado de abyección que te atreves a quebrantar ante la dictadura de la Cúpula… —Encaró a Salva y pronunció—: Y dejémoslo aquí, que peor es meneallo. Estaré fuera el resto de la tarde, en el casino de Dosarcos, que allí tengo torneo de ajedrez y revancha de mus con el juez. El teléfono está en la libreta. Y no olvides que para aliviar el tedio de la Puerta tienes mis libros. Con ellos y con mis consejos tu caletre no se menguará de más. Adiós, Salvador. —A la orden, mi brigada. ¡Quebrantar la abyección! ¡Peleles, dictadura de la Cúpula! Cada vez entiendo menos a este pobre hombre, amargado y temeroso. Bah, para qué preocuparse de consejos tan extravagantes. Pero tiene razón en lo de distraerme con algo de lectura. Tomó un libro del aparador y lo abrió a voleo. «Porque la pena tizna cuando estalla.» El mañana era un enigma desconcertante. Pero no perdía la esperanza de la ventura. Y el mañana —sólo que el de veinticuatro horas más tarde— talmente llegó venturoso. 3 De nuevo se le requería para acompañar al comandante de Puesto en un acto de mero protocolo: la inauguración de una fuente en el parque de la Telefónica. Preparó el vehículo de ceremonias y, maqueado y ficticio, partieron los dos guardias civiles hasta el frondoso lugar que tanto le atraía. Pero al llegar sufrió una profunda decepción al fijarse en cómo la obra había supuesto el arrancamiento de una veintena de árboles viejos y sanos y en su lugar alzado un estanque ensartado por una especie de cuerno o trompa de pedruscos agarrados con hormigón, que de ningún modo podía exculpar semejante tala. Cerca del brigada, por exigencia de éste, Salva correspondía saludos maquinales a las autoridades locales a continuación de su superior. Mero protocolo. En derredor, una gran cantidad de público aguardaba la puesta de sol. Entonces la fea fuente sacaría a relucir su poder y su esplendor. Como el momento estaba al caer, el alcalde sopló el micrófono del estrado. —Queridos ciudadanos y ciudadanas. Nos hemos reunido aquí para celebrar, de nuevo, la política progresista que rige nuestro municipio. Con este evento democrático y ecológico —Salva reparó con amarga ironía en los tocones—, seguimos avanzando. Gracias a los ciudadanos y ciudadanas de San Juan, las mejoras de nuestro hermoso pueblo no se detienen. Esta fuente, que dedicamos a la libertad. ¡Libertad! —gritó, y se dilató en asentir a los aplausos que le ovacionaban—. Gracias, queridos ciudadanos y ciudadanas. Es, por supuesto, una obra de todos y todas. Como os decía: este monumento será a partir de ahora un signo de los nuevos tiempos… De repente, un grupo voceó acusaciones de electoralista, corrupto, ladrón y timador, y exigieron que explicara cómo era posible que para semejante construcción se hubieran destinado tantísimos millones, cuando resultaba patente que no podía haber costado ni una quinta parte. El alcalde miró a Carmelo, el alguacil que hacía funciones de policía municipal, hesitó con claro azoramiento, y recurrió con idéntico gesto al brigada. Éste se dirigió con Salva hacia los alborotadores, con paso tranquilo, para darles tiempo. En efecto, el grupo de opositores se alejó. El alcalde asintió con palmario regocijo a los aplausos del público, que un grupo lateral había azuzado ruidosamente. —¿Lo ven?, queridos ciudadanos y ciudadanas —profirió, altivo—. He ahí una muestra de la derecha reaccionaria y de las diferencias que mantenemos contra ellos, nosotros, el pueblo progresista. Gracias a la Benemérita y a la actitud democrática de nuestros ciudadanos y ciudadanas, podemos continuar con esta trascendental celebración popular brindada por las fuerzas progresistas. Y ahora —hizo una seña— admiremos esta obra del pueblo para el pueblo. Con el sol escondido, el alcalde descendió del estrado dispuesto a descorrer una pequeña cortina, y pidió a todos los que lo desearan que se hicieran una foto con él. Se acercaron muchas personas y, como en olor de multitudes, dicha autoridad congeló una sonrisa vasta y radiante, hasta el punto de parecer que en realidad retenía una carcajada. Luego descubrió la placa. Más aplausos, más fotos. El rito siguiente consistió en activar un interruptor, y unos chorros altos y sonorosos brotaron hacia la trompa o estatua amorfa que representaba la Libertad. Se encendieron luces acuáticas en el fondo del estanque y por los parterres las nuevas farolas. A medida que caía la noche, la gente expresaba su entusiástica aprobación, y Salva, después de contemplar los chorros alternativos y coloreados, en contra de su primera impresión, también se adhirió a la opinión general. E incluso se permitió expresarlo a algunas de las autoridades locales que acudían a felicitar al brigada y, por ende, a él. Fue una actuación breve que satisfizo todas sus esperanzas. Un actor secundario y admirado sin más participación que su porte y su templada gallardía al servicio del espíritu original: Servidor de la Ciudadanía. Como siempre había soñado verse. Creía y apostaba. Sin embargo, al regreso, el brigada barbotó un parecer menos entusiasta. —Cuadrilla de tartufos y falsarios. Definitivamente, aquel hombre vivía instalado en la amargura. Mejor no preguntar. 4 —He de decir que las cosas no van como el jefe de la Comandancia quisiera. —Comenzó el teniente, sentado en el sillón del comandante de Puesto, con el busto erguido, tenso más bien, dirigiéndose al semicírculo de guardias civiles que rodeaban la vieja mesa de maestro escuela, cuyo mueble, le había informado el brigada, figuraba en inventario desde hacía cuarenta y cinco años. Por supuesto, el original ya no existía, pero como el inventario decía que sí, él había aprovechado la renovación del moblaje de la escuela local para hacerse con otra, que, aunque muy distinta, en bastante mejor estado. De eso hacía diez años y pronto la operación tendría que ser repetida: las oficinas que se remodelaban en el Ayuntamiento serán una buena oportunidad. «Esperemos que no se explaye con el sermón. Unas cuantas admoniciones y con viento fresco arree a otro Puesto con la monserga. Eso sí: dejando un rastro de firmas para que tan pronto caiga por su despacho remitir el formulario de dietas. Aquí no tenemos tiempo ni hombres para investigar delitos en la demarcación, pero para soportar dos horas de amenazas caciquiles ya verás como sí. Ay, si los delincuentes supieran… El miedo guarda la viña.» Y como si de una profecía se tratara, los vaticinios del suboficial se estaban cumpliendo. —Y si algo va mal en mi Línea, es por culpa mía —se enardecía el oficial—. Este Puesto no sigue mis recomendaciones: que no son mías, sino del jefe de la Comandancia, y de más altas instancias. —«Ahí comprenderás el porqué de mi postura». Lo iba entendiendo—. Y nosotros los oficiales tenemos la obligación de subsanarlo en aras del prestigio de nuestra gloriosa tradición —«Con la obstinación de los que o se esmeran con intransigencia o sus rutilantes futuros garantizados por la matemática de los ascensos correría peligro de ser omitida por el BOC». Increíble la clarividencia del comandante de Puesto—. Por eso tengo que hacerles saber, muy seriamente, que no se está trabajando con arreglo a las Instrucciones Particulares: se ponen pocas denuncias —detallaba con teatral mortificación—, y encima las que se ponen están mal. Carrasco, dándose por aludido, fue a intervenir; de inmediato, el oficial disparó su dedo índice y le cortó. —Hablaré con usted más tarde —dijo sin mirarlo—. Ahora quisiera saber qué razones existen para que no se proceda según lo ordenado —interpeló del comandante de Puesto. Éste, ubicado en una esquina del semicírculo, respondió: —En lo que va de trimestre tenemos varios atestados por delitos a la Ley de Caza. Y hace pocos días instruimos diligencias por robo con dos detenidos y la recuperación de los efectos robados —exponía con una voz monótona, fuera del presente, de este y de cualquier otro, y así concluyó con desazón—: Pero todo eso ya lo sabe usted. El oficial meneó la cabeza. —No es esa la legislación que me interesa —reveló con cierto sofoco, y era como si repitiera severas amonestaciones—. La estadística es lo que sirve. El señor teniente coronel lo ordena y yo he de supervisar el cumplimiento de sus órdenes. El cómputo final es lo que vale, y nada como denuncias al Código de la Circulación. Eso es lo que se les exige. —¿Y qué hay de las ocho que puse el otro día? —endilgó Carrasco, bronco, atrevido. Indomable. El teniente quedó en suspenso; compuso un entrecejo vibratorio y, con mal disimulada congoja, mientras se removía en el asiento, como dubitativo de si ponerse en pie o escurrirse debajo de la mesa, encaró —esta vez sí lo hizo— al intolerable porfiador. —Guardia: está usted faltando el respeto a un superior. Si vuelve a interrumpirme, procederé a corregirle disciplinariamente. Ya le he dicho que luego hablaré con usted —y apartó los ojos de aquellos otros intrépidos e imbatibles. Carrasco no modificó la expresión de su semblante para replicar, con dicción acre: —Lo que usted diga. Salva no tenía claro si le detestaba o lo admiraba. El oficial tosió gallardamente ante su puño, se estiró de las hombreras de la camisa (había tenido el detalle o la sensatez de presentarse sin la gabardina) y anunció: —Bueno, esto ha sido todo, señores. Confío en que las prevenciones aquí hoy señaladas no las olviden. El teniente se encerró luego con el brigada y con Carrasco, y éste, contra todo pronóstico, retiró las denuncias. Resultó insólito para la gente del acuartelamiento el ver cómo Carrasco se paraba a conversar con alguien de la Unidad. —Con ello he comprado mi libertad, chico. No te equivoques. Yo retiro las denuncias a los «forofos» del Cuerpo y a cambio me paralizan uno de sus putos expedientes disciplinarios. Les jode. Porque quizás este año en la Patrona sus asquerosas demostraciones de amor, a base de corderos y bebidas por un tubo, sea menor. Así revienten. He conseguido lo que quería, chico. Y por mí mismo. Ese brigada se cree que se lo debo a él. Más vale que espabile y se preocupe por él. Le tienen enfilado. El puto teniente anda acojonado por su carrera como futuro general. Que se joda, él y toda la maldita Bestia. Y tú, chico: a ver cuándo pones los pies en el suelo. ¡Pandilla de badulaques! —abominó genérico y con hastío, alejándose. Al ofrecimiento de Monti de reconfortarse con una partida al futbolín, Salva se apresuró. Incapaz de contenerse, comenzó a rajar por la falta de autonomía policial, doblegados a los caprichos del general por un lado, los del teniente coronel por otro, y en medio la inoperancia de los componentes del entero Puesto de la Guardia Civil de San Juan de la Sierra. Metió cadera y mandó la pelota al área de la otra portería. —Esto cada día es una mierda mayor —comentaba el Polilla, sin excesivo resentimiento—. Cada vez es más difícil levantar un servicio en condiciones. Hace unos meses Velasco y yo tuvimos una situación-problema con cuatro furtivos, a los que sorprendimos cazando de noche, en época de veda y con faros portátiles. Uno de ellos resultó ser Alfonso De Lasheras, el veterinario que vive en la colonia Machaquito —Salva percutió la pelota y tras un par de rebotes en los delanteros logró sacarla al centro del campo—. En vez de felicitaciones casi nos cuesta un correctivo. Tuvimos que romper todo lo escrito, y eso después de que estuvimos toda la noche persiguiéndolos. Incluso el que iba con el veterinario nos llegó a encañonar. —Por una serie de rebotes fatales, la ruidosa bola de madera fue a parar a los defensas del Polilla—. Lo que más me fastidió fue que Alfonso De Lasheras, un buen amigo nuestro, del Cuerpo, me refiero, se portara tan guarramente. —Contoneó la figurilla alrededor de la pelota y la impelió con efecto lateral a la portería de Salva, describiendo una parábola de gol que sólo la casual ubicación del portero evitó—. ¡Uy! —resopló con desatinado disgusto. —¿Y por qué no cursasteis la denuncia? —Salva imprimió un giro de molinillo al puño; pero la bola rebotó en el audaz delantero que gobernaba Monti, y de nuevo en su poder se concentró en afinar mejor técnica. —Lo mismo que ahora: amistades —contestó Monti, concentrado en el vaivén del trémulo defensa. —¿Aunque sea delito? —¡Y qué vas a hacer! Pero si yo entonces hubiera tenido un compañero competente, entero y a base de bien que no me habría rajado, ya lo creo. —Lo que me parece raro es que Carrasco haya retirado las denuncias —tanteó Salva, girando el muñeco alrededor de la pelota a fin de confundir al oponente. —Lo habrá hecho como moneda de cambio. Ese se las sabe todas. Monti lo intuía sin marrar. Poner los pies en el suelo. No era un insulto, sino una advertencia. —Pero todo esto parece una farsa —sacudió el defensa, pero la pelota fue rechazada una vez más y Salva comprendió el vigilante agobio del enemigo. —Sí…, bueno; un poco —admitió Monti—. Pero siempre hay infractores para mantener el cupo. Los más desgraciados, como en todos sitios —manifestó sin alterarse. Entonces Salva, impelido por una ira extraña, tocó lateral y posterior y la bola voló no siendo hallada sino dentro de la portería de Monti con un trastazo. —¡Joder! —exclamó el Polilla. Como la pelota tragada, Salva veía sus sueños rodando, no hacia metas ambiciosas y resonantes, sino por entre nauseabundas cloacas beneméritas. —¡Chamba, chamba! Echa otra, vamos —le acuciaba el Polilla, insensible a cualquier otro pesar trascendental. ¿Tendría razón Carrasco —el «jodido jacobino»— con sus teorías rechinantes? XVIII. UNA CANCIÓN SIN NOMBRE 1 La esperaba con avidez de macho en celo, una clase de celo más bien espiritual por tener alguien con quien despejarse del creciente extravío profesional. La segunda cita. Esta vez a y veintidós. La anterior fue tan fugaz que ella asistió por mero compromiso. Un cuarto de hora que pasó como un turbión de felicidad. El minutero marcaba y veinte. Anabel dobló la esquina de la iglesia, puntual, erecta, la melena cobre rayándole las clavículas al ritmo de sus pasos elásticos, la roja camiseta de tirantes resaltando su pulido talle, sus dorsales acentuados, su apostura desenvuelta, deslumbrante. Arrebatadora. Sus ojos nato le vinieron a los suyos como balas anhelantes. ¿Será posible que yo algún día llegue a solazar por entero y a base de bien tan conspicuo soma y psique?, suspiró mientras se estremecía de placer al sentir su beso en la mejilla. —Juntos otra vez —dijo ella, ignorante del contento que le producía, o tal vez no. —Me alegro por mí —contestó Salva. —¿Y eso? —Me habría muerto si no te hubiera visto. —Humm, ya será menos —brillaron sus ojos nato—. ¿Esperas desde hace mucho? —Lo justo. ¿Podrás quedarte hoy un poco más? —Sí, un poco más —fue su vaga respuesta. —¿Adónde vamos? Acordaron pasear por el rebautizado parque de la Libertad, deleitarse con el rumor del río y los chorros de la nueva fuente, bajo el palio de sombras netas de los grandes árboles, viéndose y sintiéndose después de otra larga semana. Estar juntos únicamente en domingo y a contrarreloj no era lo mejor que pudiera pasarle, pero de momento era todo lo que podía conseguir. —¿Qué tal tu trabajo? Trabajo. Le encantó. La palabra «servicio», tan oída a diario, empezaba a repugnarle. Palabras que hasta hacía bien poco eran parte de la magia con que levitaban sus sueños, infirió con despecho, y optó por mentirla. —Bien. Pero no del todo —añadió, sin poder evitarlo. —¿Y eso? Daba igual. No tendría mucha importancia referir sus inquietudes. A diferencia del otro suelo —el laboral—, con ella sentía que pisaba sin tambalearse. —Me pasan cosas que no llego a explicarme, pequeños problemas de adaptación a los que espero acostumbrarme. (ya te acostumbrarás, ya te acostumbrarás) —Por ejemplo… —Nada en particular; apreciaciones personales. —No poder confesarse sin ambages le oprimía como un firmes en el que se estuviera conteniendo unas furibundas ganas de mear. El pudor y frases machaconas como «los trapos sucios se lavan dentro», «el Régimen Disciplinario vela por la tradición», le impedían hacerlo. Él creía en la Institución, en lo que le decían sus jefes. —¿Algún desengaño importante…? —insinuó Anabel, sagazmente tangencial. —Sí, es algo de eso. —De pronto, Salva no pudo contenerse—: Tiene que ver con la veleidad de quien impone las Leyes y la sumisión injusta que los de abajo hemos de soportar. Se preguntó, aprensivo, qué debería contestarle si ella le inquiría por los de arriba. Pero Anabel habló segura de sí misma, dando por indiscutibles y claras sus palabras. —Siempre ha sido así. El salvaje hedonismo en que vivimos y el zarandeo implacable de la masa social ha arrasado con la crítica y el pensamiento. Y esto hace que las oligarquías de siempre sean hoy más fuertes que nunca. Nos engañan con sus pantomimas y sus apariencias honorables. Pero basta con fijarse en cómo la aplicación de las Leyes afecta de manera tan diferente según el poderío del encartado. También en cómo los políticos, en especial los que van de renovadores, vociferan antes de encumbrarse y luego el cinismo y la hipocresía con que se conducen. Eso significa que el Sistema está podrido. Rodeó una farola y prosiguió con sugestiva convicción. —La gente prefiere una chorrada electrónica o unas zapatillas de moda antes que el compromiso social. Esa desgana nos hunde, festivamente, pero nos hunde. Nada ha cambiado en relación con la opresión de los que rigen el rumbo político y abajo la mayoría acomodaticia y los falsos progresistas, marionetas de la mano antigua y fascista que nos sigue manipulando entre bastidores. Se calló ella, y él no supo qué decir. Entendía que comulgaba con aquella pelicobre de ojos balas nato, pero que no podía ni rebatir ni arrimar una idea propia, consistente y peculiar. Fue una sensación de pusilanimidad insoportable. Nunca seré digno de un ser tan preclaro y exquisito, se presagió angustiado. —¿No crees que sea fascista la mano que os trata como a marionetas en tu trabajo? —sondeó ella con perfecta confianza. Salva se sobrecogió. Definitivamente, se sintió sin ideas y sin aliento. Se acordó de Carrasco. —Creo que estamos dos clases de guardias civiles —y acabó por relatarle, según su pobre entendimiento, la abstrusa hipótesis de su compañero. —Naturalmente —aprobó ella, entusiasmada—. No hay forma eficaz de lucha excepto la estrategia radical. —¿Cuál? —se arredró él más que preguntó. —Crean leyes que luego no cumplen, pero se aseguran de que los demás queden sometidos. Fomentan una sociedad que sólo beneficia a ellos como clase privilegiada, basados en proyectos de supremacía y de influencia al servicio de la ingeniería financiera y las inversiones multimillonarias con las que coaccionan al poder democrático; luego éste no existe como tal, y en último extremo reorientan los códigos jurídicos para que se les impongan fianzas que siempre podrán pagar: es parte del riesgo inversor. Es un juego en el que la gente de a pie vamos de comparsa para cubrir las apariencias del sistema actual, que, por otra parte, no para de llenarse la boca con la palabra «democracia», repetida hasta el hartazgo para que no nos demos cuenta de que no existe verdadera participación popular y que votemos lo que votemos la línea de gobierno está decidida de antemano por las oligarquías que financian al partido de turno. Por debajo del puentecillo de madera al que habían llegado, el agua corría en regatos chispeantes e irregulares. Una minicascada exhumaba las raíces de un chopo. Entre ellas descubría Salva su intelecto en aquel momento. El de ella anidaba en la alta copa del árbol. —La culpa no es de quien crea la ley; más bien del que la incumple —apuntó, titubeante. —La tiene quien permite que suceda —dijo ella de codos sobre el pretil de maderos. Otro mutis. Al cabo de medio minuto de insacudible perplejidad, Salva estimó: —Así son las cosas, y nada puede hacerse. —Pero en el ínterin había cavilado algo singular: ¿Quién lo permite: el teniente jefe de Línea, el teniente coronel primer jefe de la Comandancia, el general crápula? ¿Quién?—. Quizás divagar sobre estas cuestiones no esté a nuestro alcance. —Esa es la táctica de los que defienden la tradición —rebatió ella al punto—: apocarnos, resignarnos. ¡Explotarnos! —Lo malo es que nosotros podemos hacer tan poco… —Claro que podemos: luchar. Luchar con todas las armas posibles. Revolverse es evolucionar. —Palmoteó el tronco de la pasarela—: ¡Mira que cargarse un árbol para hacer esto! —Desde luego —coincidió Salva, anonadado ante aquella propincuidad de vehemencia inaprensible. En cualquier caso, Salva disfrutaba discutiendo ideas afines, aunque fuera bordeando una excentricidad que desconocía si le afectaba como orientación vital o como agente de la autoridad, o en ambas. O en ninguna. —¿Vamos a El Holandés a tomar algo? —propuso. —No. Veamos la fuente. La estatua amorfa de la Libertad se bañaba bajo el chorro de su cúspide y el estanque circular recibía el torrente repartido en una docena de caños ruidosos que potenciaban la paz del entorno, y a ellos, además, la dicha. Una fina grieta dejaba escapar un tembloroso venero que, silencioso y afilado, buscaba el río. A él bajaron, saltando de piedra en piedra, insectos de flor en flor, soldados de trinchera en trinchera, contemplándose con disimulada excitación en los remansos de la corriente en los que reverberaban sus imágenes imantadas, ignaros del tiempo —el Tiempo—, deslizado, ingobernable, como el agua entre sus manos. Las piedras bajo sus pies componían arroyuelos y éstos murmuraban quién sabe si una queja o un agradecimiento. Ella no tenía ninguna duda. —Deberíamos sentir la naturaleza en todo momento, por su belleza y por su serenidad. ¿No te parece? —Pues sí. Como las palabras no le salían, se dejó llevar por los pies: vadeando, riendo, fantaseando que cruzaban tumultuosos rápidos en un lugar del paraíso. Inopinadamente —quizás subrepticiamente—, sus mejillas se rozaron en un impulso causal, y sus labios se tocaron y se separaron, sin violencia, sin atropello, deseando repetir. ¿Repetir cómo? Casualidad simulada o intención voraz. Milisegundos de consternación: que ella disolvió con un deliberado arrimo, una repetición húmeda y lenta, dulce y extática. Un suceso flipante y fugaz que precedió a la partida. —Déjame acompañarte. Ella lo desestimó con un gesto arrogante de la cabeza, la mirada calibre 7,62 nato rayada de complaciente desatención. Quedarían en el rincón del viento, a la vuelta de la iglesia y de otra semana. Otra interminable, desoladora semana. —Si no pudieras por la mañana, entonces por la tarde. Concretaron horas y minutos, y como garantía y concesión ella se despidió con otro beso. Un beso como un soplo de vida para siete días. La relación no dejaba de ser promisoria. Regresó al cuartel arreado de gozo y excitación. Ella era toda conmoción espiritual. Se arrojó a la cama. ¿Para qué estudiar? Mejor pasar el tiempo dormido y diluir con el sueño la conciencia de agente subyugado, de «prójimo corrompido». Retumbaron las paredes por un trallazo de música. Rodó al suelo. —Me distraeré con el Polilla. Después de llamar y escuchar adelante entró en el cuarto… Bañado por el lívido resplandor del monitor, el semblante de su amigo resaltaba cadavérico en medio del resto de cosas que por efecto del cambio de imágenes parecían dotadas de más vida que el propio Monti. Sólo los enrojecidos ojos y el fatigado pestañeo desmentían que no fuera un fiambre sedente. —¿Estás bien, Poli? El aludido, sin despegar la cara de la pantalla, balbuceó: —Pues claro —se inclinó para atraer una banqueta—. Venga, siéntate. —¿Qué estás haciendo? —se interesó Salva, aceptando el ofrecimiento, atónito por el estado del Polilla y su hacer, entre frenético y zombi. —Estoy componiendo música con un programa de ordenador. Junto al AMIGA se amontonaban, según le iba señalando, el teclado del sintetizador, un emulador de sonidos llamado Proteus, un digitalizador de imágenes y otros periféricos con botones giratorios y lucecitas parpadeantes, que Salva no retuvo. Una maraña de cables reptaba por entre todos ellos. En las salidas estereofónicas sonidos rítmico-digitales de continuo detenidos y retocados. —Intento acabar mi propia canción —explicó, recorriendo menús desplegables—. La música de los demás me sobra. Salva coligió un marcado resquemor sentimental. —Creía que a estas horas estarías con tu novia. Monti chasqueó la lengua. —La he mandado a tomar por saco. Mi novia es la Guardia Civil y mi música. —¿Quieres hablar de ello? No respondió el Polilla. Con ojos convexados en el fulgurante escalamiento de los caracteres alfanuméricos —que escrutaba como en un prospecto que contuviera el remedio a sus males—, le omitió con un abstraído desparpajo, que Salva estimó asaz elocuente. Monti enterraba una obsesión con otra. Las notas se peleaban o pugnaban por elevarse. Los grandes altavoces ubicados en las esquinas tiritaban hesitantes. ¿Era todo aquel fogoso talento consecuencia de los celos? ¿Precedía aquella impresionante tribulación del Polilla a su felicidad? ¿Acaso yo también tendré que pasar por cierto tormento? Poderoso como se sentía, lo desechó y pasó a confortarlo. —A mí tampoco me han ido las cosas como me hubieran gustado —intentó animarlo por el viejo dicho de «mal de muchos, consuelo de todos», su particular versión. —Escribo una canción para la que no tengo título —dijo el otro a su aire. Aire fantasmal. No logró sustraerlo del subyugante influjo de aquella canción sin nombre y Salva optó por retirarse a su cama de colcha verde y oficial. Con los pies encaramados al piecero metálico, absorto en el cielo rojizo que entraba por la ventana, se imaginaba fundiéndose con ella en la puesta de sol, sin límite de tiempo ni trabas, y los sonidos de la canción sin nombre —que flameaban innominados, fervientes, a veces luctuosos— no hacían sino lanzarlo como en un viaje inverso de tobogán hacia evocaciones menos agrias. Tres encuentros y todo parecía marchar a pedir de boca. Anabel no le había comentado la posibilidad de que tuviera novio o relación similar y él tampoco se había atrevido a zanjar tan temerosa curiosidad. De momento se conformaba con el beneficio de la duda. Los temas de conversación, en cambio, fueron cordiales y sin tapujos, y como remate magistral ese beso largo y dulzón como el mejor de los melones de Goyo. Tembló al conjeturar que sus ilusiones pudieran desvanecerse sin más y quedar disuelto en brutal desconsuelo, como ahora su amigo Monti. ¡Dios, qué tétrica melodía llena el pabellón y mis sentimientos! He de salir. Por grados ganaban el aire tercas notas graves, radiando… ¿desazón?, ¿rencor?, ¿agresividad? Acabó de abrocharse las zapatillas. Cenaría una hamburguesa, un vaso de leche, estudiaría un rato —a pesar de todo— y se acostaría temprano. Por si acaso, preguntó a Monti. Escuchó la negativa respuesta que suponía y bajó al cuarto de Puertas a enterarse del siguiente servicio: de seis a catorce, con el guardia Jorge. Una buena noticia. Se ofreció al guardia de Puertas por si necesitaba algo de la calle. Ocupado en tomar nota de un telefonema, referente el itinerario de la patrulla nocturna, Velasco negó con la cabeza. Se le antojó extraño que un mando foráneo dictara los puntos importantes a vigilar en una demarcación de la que no tenía un conocimiento puntual. Pero tenía más hambre que ganas de cavilar. Entró en el bar Manola y en vez de pedir una hamburguesa, decidió nutrirse entero y a base de bien —le había cogido gusto a la frasecita de su afligido amigo—: encargó una tortilla de patatas con pimientos fritos, y cenó como un maharajá, olvidado de preocupaciones. La vida sin éstas era maravillosa. ¿O sería todo lo contrario? Segunda parte —¿Por qué, Juan, por qué? —preguntaba su madre—. ¿Por qué te resulta tan difícil ser como el resto de la Bandada, Juan? JUAN SALVADOR GAVIOTA. Richard Bach XIX. INCIDENTE ALFA: PRIMERA ESCARAMUZA 1 A media mañana, el comandante de Puesto requirió a la fuerza en servicio para que lo condujeran hasta una de las parideras donde había sido denunciado un robo de ovejas. El modesto ganadero, que no dejaba de maldecir su suerte, repetía que si los hubiera pillado, allí mismo los habría matado. Los indicios del modus operandi eran escasos pero incontrovertibles, al menos a su cacumen policial: rodadas burdamente desfiguradas, de anchas ruedas todoterreno, y rastro de escalas y cuerdas. Por el escrutinio de las huellas, debieron de ser cuatro o cinco individuos. Por su parte, el dueño especulaba que habían usado anestesiantes, que eran expertos en el manejo de esa clase de animales y en vista del preciso trajín venía a corroborar el número de asaltantes. Finalizada la inspección ocular, regresaron al cuartel. Allí, el director del colegio público les aguardaba entre impaciente y divertido: había recibido una llamada telefónica anónima, amenazando de bomba las clases. El brigada ni se inmutó. La gracia residía en que esa mañana tocaba examen. Mandó llamar a Velasco y en unión de la patrulla se desplazaron a reconocer el más que reconocido centro escolar. La fiesta era completa entre los chavales. Como su curiosidad sobrepujaba al instinto de supervivencia, y además todos presumían el origen de la amenaza, buscaban la bomba por grupos, saludándose con sugerencias jocosas. El brigada ordenó la evacuación total, reclamó a Jorge y ordenó a Salva que fuera con Velasco, experimentado de anteriores incidencias. Salva se sentía policía. ¡Cómo le colmaba! Iniciaron el reconocimiento siguiendo las recomendaciones del brigada: de afuera hacia adentro, de abajo arriba, y si aparece algo sospechoso: no tocar, no mover. Dieron vueltas por más de dos horas, y al final, como se esperaba, el resultado fue negativo, y por ese día los alumnos se lo pasaron en grande. Y Salva. Luego retomaron el itinerario marcado en la papeleta. El puente del molino. —Venga, muchachos, dense prisa —les apresuró el comandante de Puesto—. No vayan a llegar tarde y algún oficial se les haya adelantado. Recuerden que tienen la alquería del señor doble R. Por fortuna, cuando llegaron nadie les esperaba ni acechaba, posibilidad esta que se aseguraron con sagacidad subrepticia. Ya más tranquilo, Jorge determinó derivar la presentación en un control aleatorio sobre los vehículos procedentes de Villarjo. —Se nos acaba el mes, y tú y yo somos los que menos denuncias llevamos —le recordó con preocupación—. A ver si aquí diéramos con algo, leches. Pero una hora después los boletines de denuncias continuaban tan cerrados como al principio. Y no por la ausencia de infracciones: ninguno de los dos quería denunciar a conocidos del pueblo por insignificancias legales, como conducir sin el cinturón de seguridad o meros formalismos en la documentación de los tractores. El último en pasar fue Matías el Sordo, quien detuvo su pequeño tractor por propia voluntad a decirles buenos días. Venía cargado de tomates, y Jorge dejó caer con zumba que lo que hay en España es de los españoles. Pero aquí Matías el Sordo se delató o quizá fuera cierto eso de que era capaz de leer los labios, y replicó a voces, contra el atronador Pascualli: —Lo que hay no. Pero lo que sobra sí debiera, como quien dice. —Se apeó con derrengado entusiasmo—. Os voy a referir lo que decía mi abuelo al ricachón de su aldea. —Se irguió con empaque contra su senectud: Yo he visto a un lobo Que de carne ahíto Dejó comer a un perro Los restos de un cabrito Deja tú, rico, comer Lo que te sobre Que algo más que un perro Será un pobre Y tú no querrás ser Menos que un lobo. —Y como a mí me sobran muchos, tomad. —Y volviéndose a la sera de tomates, comenzó a trasvasarlos a una esportilla—. Estos para vosotros, que sois muy majos. Jorge y Salva se precipitaron a detenerle en la faena. —Que no, señor Matías. Que era una broma —se desesperaba Jorge. Pero Matías el Sordo siguió echando tomates, asegurando que les dejaría el maletero del pepito lleno, y durante un rato la situación fue de lo más cómica y embarazosa. Al final, el único modo de hacerle desistir fue mediante la amenaza de multarle. Eso sí, se mostró inflexible y dispuesto a inmolarse si no le aceptaban un par de tomates cada uno. Cerrado el trato, Matías el Sordo montó en su tractor y prosiguió. Pasado el divertido suceso, lo comentaron y sintieron que se aliviaban y se distraían. Como la carretera no ofrecía novedades, decidieron atacar los tomates. Los tomates eran tan feos como sabrosos. El fortuito aperitivo, de sabor denso y genuino, les relajó y a la vez animó como una droga, una insólita degustación que a fuer de ingenuos o de fijarse nada más que en la apariencia de los productos casi habían olvidado; deduciendo de ese inopinado hallazgo si con las mujeres ocurriría lo mismo, si acaso la belleza y lo insulso van de la mano, y llegaron a la conclusión de que mirar sólo con los ojos de la cara constituía un craso error. Fue un delicioso paréntesis de diez minutos en la tribulación en ciernes. No podían dejar de pensar en que si no presentaban varias denuncias a final de mes, los burócratas de las diversas planas mayores volarían sacudiendo papeles de estadística hacia la faz de sus respectivos caudillejos, delante de los cuales acezarían acerca de cómo su impagable servilismo había detectado a ciertos insumisos guardias civiles que no cumplían las Instrucciones Particulares. Y usía se lo agradecería firmando complementos de Productividad y Peligrosidad, pues en las oficinas el cargo de número chupatintas estaba considerado en extremo arduo y arriesgado. —Quién pudiera pillar un destino de esos, coño —suspiraba Jorge—. Seguirías siendo tan guardia civil como ahora, sólo que sin riesgo ninguno. No me extraña que Félix esté loco por hacerse con la vacante del escribiente de la Línea. Sería la lotería de su vida. En cuanto me case, pienso largarme de la vida rural. ¡Qué harto estoy de ser un puto romano! ¡De este puto traje! Por primera vez en su vida militar, Salva no se turbó al escuchar semejante desaire. Jorge era un compañero algo taciturno, pero amable y sincero. —¿Por qué dices eso? —quiso saber. —Porque me pasa lo que a ti; que no soporto tener que denunciar a la gente del campo. Y otras infracciones por aquí no hay. Y no por eso dejamos de cumplir con nuestro deber. —Nuestro deber, que parece ser tan distinto al de ellos… Del camino de Las Torcaces entró al asfalto un camión con caja susceptible de transportar ganado… Un cernícalo se estrelló en apariencia contra una viña aledaña a la carretera; pero al punto levantó vuelo con una pequeña y chillona masa entre las garras… Salva vio en esos dos fenómenos concomitantes una abstrusa similitud, e hizo ademán de dar el Alto al Ebro y así identificar la carga, que, por penetración o exacerbado aburrimiento, a diferencia de la rapaz, se le antojó levantada contra naturam. Entonces Jorge le paró: —No te molestes. Es Moisés Torcaces, el de la granja. —¿No crees que deberíamos saber qué tipo de carga lleva y a dónde va? —Ya te lo he dicho: es un conocido. No pierdas el tiempo; además, te complicarías la vida. Conducía el camión Moisés júnior, quien les saludó con un efusivo pitido. —¿Lo ves? —repuso Jorge—. Buena gente. El vehículo rodaba grandes ruedas todoterreno… Tal como el usado en el asalto de la noche anterior… La propuesta de Jorge le sustrajo de suspicacias. —Mejor cambiemos de sitio. Se movilizaban, cuando un coche a gran velocidad, procedente de Villarjo, les llamó la atención. No hacía falta tener un radar para darse cuenta de que circulaba muy por encima de los ciento cincuenta. Otra cosa sería demostrarlo. No obstante, Salva resolvió que, al menos, debía conocer al alocado conductor. Comprobó que podía situarse en el centro de la calzada y le dio el Alto, con soltura afectada. Lo supo en su fuero interno y discurrió con rabia que le hubiera gustado parecerse a Carrasco. Un Alfa Romeo 164 Twin Spark se detuvo impecable y brillante en el desportillado arcén. Un tipo trajeado y con una formidable tira de pelo sombreándole los ojos bajó el cristal de la ventanilla y le dio los buenos días. Salva le devolvió el saludo y acto seguido pasó a pedirle la documentación. —La suya y la del vehículo, por favor. El conductor, reacio, asomó un risueño rostro y preguntó: —¿Algún problema? —Se trata de una identificación rutinaria, señor. —¿Pero hombre, es que no me conoces? —dijo sin perder la sonrisa, si bien mermándola. —Lo siento, pero no —respondió Salva con taimada pronunciación; era Berchina, el cejijunto colega de palmas del general LLopera en la fiesta conmemoración del 18-J—. ¿Me permite la documentación, por favor? Berchina trocó la graciosa mueca por un espasmódico culebreo de la larga ceja. Se apartó de la ventanilla y no tardó en volver, ahora sin la estúpida sonrisa. —Toma hombre, toma —alargó un fajo de papeles. Pero Salva no los tomó. —No me está usted entregando la documentación preceptiva. —Emuló a Carrasco, y sintió satisfacción. Y se dedicó a bordear el turismo para dejar así patente el inaceptable compadreo, pero también con la velada intención de tomar aire y reponerse del apabullado encuentro. Entonces reparó en algo curioso y extraordinario. —Observo que su vehículo posee matrícula sometida a Régimen Especial de Circulación, y que la fecha de caducidad expiró hace un mes —profirió absorto en la emborronada placa posterior, dubitativo, perplejo: exasperado por no dar de inmediato, a través del fárrago de conocimientos marciales que le habían atornillado, con el debido procedimiento ante aquella flagrante infracción civil. Pero en sus noches de insomnio sí recordaba haber leído algo. Agregó: —Es mi obligación instruir un acta de Aprehensión por el incumplimiento de la LITA, la Ley de Importación Temporal de Automóviles —precisó, del todo innecesario: los Berchina se dedicaban al negocio de la compraventa de automóviles de importación y, por lo tanto, sobraban las explicaciones. En cualquier caso, se trataba de un hecho denunciable. Pero ante todo quería calibrar el tipo de amistad de aquel individuo con sus jefes. —¡Pero qué dices! —se extrañó el Berchina, retrayendo la cejuda cara adentro del auto como una sabandija en su hura cuando de repente detecta un peligro. —Se trata de una infracción clarísima, señor, y mi deber es instruir un acta de Aprehensión, que es lo que dice la ley —se expresó Salva del tirón. No quería que el otro detectara, ni por sus gestos ni palabras, su azoramiento. Un azoramiento que empezaba a hacerse notar en el ligero temblor de piernas y que acreció cuando Jorge —que también había reconocido al popular simpatizante— se le acercó con gesto inquieto y disconforme. —Oye, ¿sabes lo que estás haciendo? —preguntó en un acongojado susurro. Por nada se volvería atrás. Aunque para ello tuviera que investirse de una superioridad que no le concedía la papeleta de servicio. —Sé cómo actuar —dijo, y Jorge no se atrevió a insistir. El conductor se apeó. Entregó a Salva un par de documentos acartonados, al tiempo que, torvo e hirsuto, anunciaba: —Soy Berchina, de Automóviles Berchina, de Dosarcos. Un buen amigo del Cuerpo. Voy a hacer un trato y me parece que estáis confundidos conmigo. Salva, omitiendo el cínico galanteo, le informó sin hesitación: —Tiene que acompañarnos hasta el cuartel para la instrucción del acta: este vehículo debe quedar a disposición del Administrador de Aduanas. Sólo el cejón se movió en la cara de Berchina. Aquello iba en serio. Barruntando que le chafaban el negocio, se desató en una rumia dialéctica a medio camino entre la indignación estupefacta y la súplica amenazante. —Pero si nunca he tenido ningún problema. ¡A qué viene esto ahora, coño! De verdad, aprecio vuestra labor. Pero os estáis equivocando. Venga, dejadme continuar y olvidaré esto. Salva lo escuchaba impasible. El otro se encendió. —Me parece, guardia, que no sabe lo que está haciendo, y el teniente coronel es amigo mío —fanfarroneó con descaro—. Estoy harto de circular con mis coches de esta manera, y es la primera vez que me paran tanto tiempo. Se te va a caer el pelo por esto, chaval. Chaval, ¿eh? Bravuconear sin razón era todo lo que le faltaba a aquel infractor para ser empapelado. Sin embargo, éste creía detentar un as infalible. —A ver si nos enteramos —continuó con esforzada calma—; y no me sea pardillo, por favor. Ya le he dicho que Alejandro, el teniente coronel de la Comandancia, es amigo mío. Salva, a lo suyo, seguía intentando descifrar los arrugados y sucios documentos. El Berchina quemó su último cartucho. Hiperbólico, espetó: —Y también el general, señor Llopera, jefe de toda la primera Zona de la Guardia Civil. —¿Va a acompañarme o no, señor? Al otro se llevó las manos a la cabeza. ¡¿Su negocio inmovilizado por un simple guardia?! —Un acta de detención, un acta de detención —mosconeaba, dando pasitos en torno de sí, una mano en el cejón y la otra en la cadera; no acababa de creérselo—. Un acta de detención… —De Aprehensión —le corrigió Salva. Era insoportablemente buena aquella escena en la que él ejercía de director. El resuelto acento del guardia civil hizo que el Berchina desistiera de replicar, pero no de ejecutar brinquitos y resoplos, los cuales, vistos por un observador accidental y ajeno, habrían producido, a no dudar, una grande sonrisa y divertimiento. Berchina entrecerró los cerdosos ojos. Miró a Jorge. Éste parecía estar a punto de soltar: Este tío está loco, se lo juro. Yo no tengo nada que ver con esto, dígaselo al teco. Salva optó por aminorar la virulencia del momento. —Comprenda que la matrícula con la que circula está caducada y la ley me obliga a proceder como ya le he referido. Quizá en el cuartel pueda solucionarse este pequeño incidente. Y dándose a repasar la documentación, advirtió que en realidad la caducidad no era del año en curso: sino del anterior. Se apresuró a añadir (y a impeler): —Hace más de un año que circula ilegalmente. Si no desea acompañarme, solicitaré ayuda y constará en el acta. 2 En el cuartel la situación no sólo no se aminoró, sino que encorajinado al no permitirle Salva el uso del teléfono para ponerse en contacto con alguna de sus amistades dentro de las altas jerarquías, el Berchina se dio a gruñir consigo mismo: —¡Será posible, el calzonazos del Alejandro! Y luego en la Patrona el güisqui que le llevo bien que se lo guarda. Que sea Reserva, dice el hijoputa, y resulta que un simple guardia me hace polvo el día. Desde cuándo manda un teniente coronel menos que un simple número. Ahora que, ya hablaré con el general Llopera. A más de uno se le va a caer el pelo, por mis santos cojones. —Si continúa expresándose así, le abriré diligencias por Insultos contra agentes de la Autoridad —reaccionó Salva con el acento que le confería ser un componente de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado; no quiso privarse, y más con razón. Por respeto, por derecho. Por justicia. Salva tenía a sus compañeros con la boca abierta. Sentado a la achacosa máquina de escribir, decidido y reconcentrado, redactaba un acta por Aprehensión de vehículo extranjero no acorde con el régimen al que se amparaba. Ni los veteranos recordaban una iniciativa igual. «Los graznidos y trinos de la cotidiana vida de la Bandada se cortaron… y ocho mil ojos de gaviota les observaron, sin un solo parpadeo.» Presagiando vitandos advenimientos, Salva adelantó por telefonema a la Aduana Central las diligencias, luego redactó el acta y finalmente participó los partes correspondientes a los escalones de Línea, Compañía y Comandancia. Aquel tipo podría tener algo más que amigos en la cúpula del Cuerpo, pero mangonear con los de Hacienda sería harina de otro costal. Ahora bailaría al son que él le tocara, por muchos favores que le debiera el jefe de la Comandancia o el mismísimo general Llopera, que no era Dios, ni mucho menos… ¿O sí? —La denuncia está terminada —anunció Salva al interesado cuando hubo firmado el último pliego—. Ya puede marcharse. Recibirá la oportuna comunicación en los próximos días. Berchina, exhausto, anonadado, tiró una mansa firma. Y cuando atravesaba el umbral a la calle, por lealtad a sus principios, exclamó: —¡Esto no va a quedar así! —La Autoridad competente decidirá —replicó Salva, un puntazo mordaz. Sabía que carecía de la autonomía necesaria, pero lo sustituía con el apoyo moral que da cumplir con la Ley. La LEY. La idea macizó su temeridad: —Ante ella podrá recurrir mi actuación. El cincuenta por ciento de Berchina S.L. abandonó el acuartelamiento con pasos furibundos en busca de su compinche hermano, a quien debería dar cuenta del inconcebible revés. Y es que la brusca alteración en el consuetudinario quebrantamiento de la Ley, gracias al corrupto favor de jefes militares con funciones de policía, lo había despertado a una realidad que oía a diario en los medios de comunicación, pero que estaba seguro no eran sino meras invenciones de infatuados legisladores. Algo no iba bien en el benemérito Instituto cuando a un «simple número» se le permitía conducirse con tamaña desenvoltura. Salva palpitaba de gozo y de terror. Las nefandas previsiones no se hicieron esperar. El teléfono sonó energúmeno o esa fue la vibración que le llegó. Preveía, si no el origen de la llamada, sí el mensaje. —Salvador, es para ti; de la Jefatura de la Comandancia —le comunicó el compungido guardia de Puertas: parecía que le diera el pésame. Salva descargó su escueta defensa, que no era otra que la desnuda y palmaria verdad. Y tras el sucinto relato, el explosivo final: —Ya he comunicado la novedad a la Aduana Central, que es la autoridad competente. La voz del encargado de la Jefatura replicó convulsionada: —¡Hostias, hostias, hostias! Dice que lo ha comunicado a la Aduana. ¡¿Pero con qué permiso?! Que se ponga el comandante de Puesto. —No se encuentra en la Unidad; está en camino. —Estos novatos hay que ver los problemas que nos dan. No quiero ni pensar cómo se va a poner el señor teniente coronel. (Pues que se joda, pensó Salva, con un ligero tembleque de piernas. Con tal de que no le fallara la voz, se daba por satisfecho.) ¡A qué tienes tú que parar un coche que circulaba tranquilamente! Un agente de la Ley. —Tranquilamente no: conducía a velocidad excesiva. —Volveré a llamar —y colgó. Salva tomó una gran bocanada de aire. Primer asalto sorteado. El siguiente sería el del teco primer Jefe. ¿Lo resistiría? Las rodillas le latían como corazones óseos. Encajado en la mesita de la desastrosa máquina de escribir —la tecla erre salía disparada de continuo—, detallaba datos y pormenores con el atribulado auxilio de Jorge. A medida que los compañeros iban teniendo conocimiento de la temible movida, que ya zumbaba en el Puesto como una osadía apocalíptica que arrastraría a todos sin exactitud ni mesura, se interesaban con una discreción compasiva y se abrían con muecas de condolencia. El pipiolo la estaba cagando. —Que no nos pase nada —murmuraban en retirada. Cuando el brigada llegó al cuartel, no pocos se lo imaginaban agarrándose la cabeza y gritando «¡Pero en qué lío me habéis metido!». Sin embargo, y para sorpresa de todos, excepto del propio Salva, el comandante de Puesto elogió el talante de aquel guardia a sus órdenes. —Un buen servicio, sí señor —lo felicitaba—. No tenía ni idea de la LITA esa. Pero confío en ti, muchacho, y sé que lo has hecho bien. De lo demás, me encargo yo. El cabal aval de su superior lo tranquilizó poderosamente, le hizo sentir el espíritu del primer artículo del Reglamento, ese que habla del Honor y que cuenta que una vez perdido ya no se recobra jamás; un fogoso eslogan que decora las casas-cuartel a guisa de troglodítico rótulo de neón y del cual él se negaba a refutar. —Peor para ti —le advertía el suboficial a solas en la oficina—. He aquí otra muestra de esa realidad subyacente de la que siempre te hablo. Has de saber que la férula del Régimen trabaja desde muchos y diversos frentes: desde las tablillas rotuladas hasta el martirio del Chato, ya sabes, el Régimen Disciplinario. En esta tu primera escaramuza contra la dictadura de la Cúpula te has conducido con bravura. Tú estás por encima. Lo sabía. Pero no bajes la guardia —le musitó con pasión—. Y ahora déjame lo del teco; a ver si la estira del berrinche, y uno menos. Transcurrió media hora, una entera y varias más, durante las cuales dos llamadas telefónicas del primer Jefe requirieron del comandante de Puesto explicaciones de por qué un guardia eventual tomaba iniciativas tan fuera de sus mismísimas Instrucciones Particulares. El brigada lo excusó diciendo que era un novato falto de «profesionalidad conveniente y mano izquierda». Pero ya no había remedio. La denuncia constaba en la autoridad competente y la jurisdicción del turismo competía a los funcionarios de Hacienda, quienes determinarían el lugar definitivo de depósito y confiscación. Hecho que se produjo al día siguiente. Había luchado contra la Bestia y había ganado. O eso creía. O quería creer. 3 Se transportaba colmado de orgullo y procuraba disimularlo mostrando indiferencia con sus compañeros, pero Anabel le caló de inmediato tras los saludos de rigor en el rincón del viento. —Pareces contento. —Será que vuelvo a verte —respondió él con deshecha franqueza—. ¿Qué tal si vamos a la capital y paseamos en barca? —No puedo. Sólo dispongo de dos horas libres antes de entrar al trabajo. —Vaya, siempre igual —no pudo evitar lamentarse de un modo tan sincero que ella pareció a punto de retractarse. Pero sólo fue un efímero gesto de compunción en la apabullante angularidad de su faz que quizás él tomó erróneamente, porque ella repuso sin vacilar: —Ojalá pudiera; pero no. —Déjame que por lo menos te acompañe. Tampoco se avino, pero agregó, receptiva: —Pero puedes darme el teléfono del cuartel, y te llamo cuando tenga libre. Y si coincidimos, nos vemos. Se lo anotó y acordaron, en vista del parvo tiempo disponible, charlar y tratar de conocerse mejor a la sombra de tan místico rincón. Sentados sobre un poyo, de respaldo el pretil a una honda calle a sus espaldas, ella le comentaba que no hay más fe válida que uno mismo, ni más dogma positivo que el ansia de vivir en libertad. Y esa ansia significa sacudirse de las cadenas del entorno cueste lo que cueste y luchar y morir por ello es felicidad bastante. Otra religión no hace sino deslavazar a la persona. Grandes personalidades así lo habían proclamado: «el opio del pueblo», «la involución de la humanidad», «el freno de la civilización», «el yugo de los oprimidos». Salva se atrevió a comentar que en verdad las iglesias contribuían a remachar ese yugo, pero estimaba necesario creer en alguien Superior al que recurrir cuando la desesperanza lo abate a uno en medio de los hombres. Anabel aseguraba que adorar algo que no se ve ni se experimenta denotaba un signo de ignorancia y, por lo tanto, de menoscabo personal. Las religiones sirven como remedio para dominar la locura y para sobrellevar la soledad y el tedio de vivir sin metas, pero sin más positivismo. Sí, en cambio, creía en la reencarnación. En el retorno a lo dejado. Morimos para volver. De ahí el afán por dejar un mundo lo menos paradójico e injusto posible, por si retornamos a un estrato social mísero o a una raza menospreciada. Le refería sus seguras opiniones acompañándolas del aleteo extasiante de sus manos, que en cierto momento se elevaron para declararle su pasión por el firmamento y la insondable infinitud que apenas confunde la prepotencia de los que miran al progreso en detrimento de la paz y el bienestar contemporáneo. Cómo puede creer alguien que estamos solos en el Universo o lo absurdo que sería diferir otros dos mil años la constatación de que somos reyes de nada y príncipes de utopías asesinadas por astutos congéneres cuyo derecho a la vida es más que dudoso por mucho que sus leyes dicten otra cosa. En todo caso, mirar las estrellas era la paz, la armonía turbulenta que rige distinta allá arriba o quién sabe si Dios jugando a los dados y abajo el no menos impredecible amor para contrarrestar la insignificancia de ser humano y efímero. Electrizado con el roce de su piel y rendido por las caricias filosofales de sus palabras y el magnetismo de su cosmos, Salva descansaba más que en el esconce de un templo en uno del Edén. Habían convertido aquel emplazamiento de débil alumbrado —un farol destartalado con medios cristales a la espalda de la iglesia— en un refugio donde intercambiaban sentimientos y sensaciones, no siempre cabalmente expresadas. Pero el tiempo corre veloz cuando es un enemigo, y con una mirada al reloj y un aviso lapidario, Anabel acarreó que Salva dejara de sentirse como un ingrávido cosmonauta. Otra semana de tormento. Quizás menos porque ella tenía su teléfono. Curiosamente, había olvidado el beso que tanto había fantaseado repetir. Ella y su aire de impasible sensualidad bastaron para contentar sus sentidos; no obstante, en la despedida Anabel se le arrimó para darle un piquito fugaz que le sorprendió y el efluvio a ella le embriagó y le desorientó, dilatándole luego una eternidad el camino al cuartel. ¿Enamorado —total y perdidamente— de la primera chica que había conocido, cazado en la primera verónica, como diría Velasco? Qué más quisiera, anheló echando pasos por sobre el bordillo de la acera como si anduviera por la cornisa de un pináculo: un delicioso vértigo allende la atracción física y notaba que le crecía con el paso de las horas. ¿Cómo lo sentiría ella? Otro día especularé, zanjó, entrando en el pabellón de solteros. Una armonía sin nombre retumbaba tras una puerta. Tenía que dormir. Dentro de unas horas salía de nocturno con Velasco. «Misión especial», había advertido el brigada. 4 Velasco dejó caer la mano y enterró la colilla entre la hierba. Se incorporó y escudriñó una vez más. Luego miró a Salva y negó con la cabeza. Llevaban así tres horas. —Creo que echaré un sueñecito en esta buena hamaca —murmuró, y volvió a tenderse. Salva, incansable y desvelado, dirigió un vistazo al inhollado césped, a la quieta luna reflejada como en un espejo fantástico en el centro de la cuadrilátera laguna, al perímetro intocado. No se movía ni una brizna. El rumor del río rasgueaba la noche. De cuando en cuando un vehículo rechinaba, y por lo demás todo era silencio y ansiedad. De la contigua alameda de la Telefónica se distinguía el negror de sus más altas copas, perfiladas contra el cielo estrellado, por entre cuyas ramas, al cabo de las horas, Salva predecía la aparición de astros que marchan encadenados a su destino, contraseñando su fría o ardiente soledad bajo códigos de fulgores trémulos —azul, blanco, rojo. Luego nadie hay más libre que el hombre. Lo que al hombre le ocurre, se lo debe a sí mismo. Un astro no puede dejar su órbita. El hombre sí. De pronto creyó percibir un crujido de pisadas… ¿O sería otra falsa alarma? Salva chascó los dedos y Velasco, que también lo oía, aguzó el oído sin levantarse. —Son ellos —siseó. Pegó un brinco de gato y se puso en pie en absoluto silencio. Salva notó que sus músculos se tensaban obedientes al instinto de supervivencia. De atacar y defender se trataba. —Cuando yo dé la voz de Alto, tú apareces por el otro lado. Salva asintió y se separaron tal como tenían planeado. Vio alejarse a Velasco en cuclillas, zanqueando con sus largas piernas como una araña en retirada, constriñendo su complexión al zócalo de carambucos que sostenía la alambrada. Salva admiró la eficacia de ese estilo ceñido, sigiloso y veloz. Lo vio confundirse con un seto y dejó de apreciarlo. No se les veía pero conocía el punto de intrusión por el ruido. Pugnaban ansiosos, imprudentes. Incautos. Por fin, uno coronó la tapia del bar. Su silueta se destacó nítida contra el resplandor de las farolas de la carretera; se sostuvo a cuatro patas y, farfullando algo, se descolgó al césped. Otro sujeto repitió el proceso con menos dilación. A zancadas se llegaron hasta el contorno del vaso; alguno acarició la superficie del agua y una onda suave fue a lamer las cuatro esquinas. La reflejada luna pareció sonreír. Y desde luego los intrusos sofocaban a duras penas tremendas risotadas. Ambos en cuclillas se giraron sobre sus talones, levantaron sus respectivas posaderas desnudas al aire y tomaron posición malabar al borde de la piscina. Cagaban a dúo. —¡Alto a la Guardia Civil, cabronazos! —rugió Velasco desde el fondo. Salva también se dio a conocer. —¡Arriba los brazos! —gritó, con una inflexión más bien chillona, se detectó con disgusto. Los dos individuos hicieron un conato de huida, pero Velasco cargó el arma gritando que dispararía; y así uno se enredó con las bermudas y el otro resbaló, quedando ambos sentados en la hierba, las manos en la cabeza y el culo al aire. Velasco les metió la linterna. —¡Pero si es el Balilla! —exclamó—. Tenías que ser tú. ¿Te crees muy gracioso? ¡Subíos los pantalones ahora mismo, guarracos! El que vestía bermudas y camiseta con las mangas arrancadas no era conocido por Velasco, pero el Balilla sí —el cual llamaba la atención por la raída cazadora tipo piloto que lucía a pecho descubierto—; y de ahí que el jefe de pareja le dedicara todas sus lindezas. —¡Cerdo, que eres un cerdo! Te vas a enterar, Balilla, por mis cojones. ¿Y este, quién es? —Es un coleguita de fuera. Pero no hemos hecho nada malo, agente, se lo juro. —Cállate. Eso lo diré yo. Desde su posición, Salva podía distinguirle a la espalda de la chupa el símbolo anarquista, una «A» llameante dentro de un círculo rojo. Velasco enfocó al agua. En la piscina flotaban en reposada deriva un zurullo oscuro y una pelota ovoide, agrietada. —¡Cerdos! —les pateó con menos tesón que asco. El Balilla se apartó la pelambrera de la cara y, dirigiendo a Velasco una mirada suplicante, se expresó en tono lastimero: —Oh, agente. Sólo queríamos divertirnos un rato. Pero le juro que no volverá a ocurrir. Velasco le estampó un pisotón en el pie. —¡Que te calles, cerdaco! ¿Qué hago contigo, so mierda? —Velasco vaciló—. Ponte de rodillas —ordenó, y el otro obedeció como impulsado por un resorte—. Las manos a la nuca. Velasco comenzó a cachearlo con grima. —¡Ajá! —profirió sacando algo de uno de los innúmeros bolsillos de cremallera—. ¿Y esto…? —Es una pelotita de hachís —admitió el Balilla. —¿De qué clase? —interrogó al punto Velasco. —De buten, tío —concretó el Balilla con una cordialidad extraña. —Humm. Sabes que esto sí es delito. ¿O no? El otro sacudió afirmativamente la pelambrera. —Estás de suerte hoy, Balilla. Te voy a requisar el costo y dejaré que te largues. Pero como los de la piscina se me quejen, una sola vez, de que han visto otra mierda, aunque sea de perro, te preparo un marrón que entonces sí que te vas a cagar, pero camino del trullo. ¡Humo! El otro salió de naja, pero el Balilla, aún de rodillas y sin volverse, se atrevió a implorar: —Agente: déjeme un cachito, que todas las pelas que tenía me las he dejado en eso… —Pero ¡cómo te atreves, cabroncete! —reaccionó Velasco blandiendo la pistola, y el Balilla huyó como un jabato. A solas de nuevo, Salva preguntó a su compañero por qué no los había detenido. —No habría servido de nada —respondió Velasco, enfundándose la Star. Tanteando la aprehensión, siguió explicando—: Sólo para hacernos perder el tiempo. El Balilla tiene antecedentes por tirones, robo de autorradios, hurtos en la consulta del médico, chalés reventados… Cagarse en una propiedad ajena no le habría afectado en absoluto. —¿Y qué piensas hacer con la droga? —Fumármela, no te jode; que este cabrón no sé de dónde la saca, pero siempre es de la mejor. Mañana hablaré con el dueño y le pondré al tanto. ¿Bajarás conmigo? —No creo que pueda. He quedado con una amiga. —Una amiga, ¿eh? Ten cuidado. Folla y corre. Todas las mujeres son unas golfas. Conjeturó que la actitud de Velasco para resolver la situación había sido la más inteligente, pero no supo explicarse el desencanto que lo coreaba. Конец ознакомительного фрагмента. Текст предоставлен ООО «ЛитРес». Прочитайте эту книгу целиком, купив полную легальную версию (https://www.litres.ru/efren-matallana/la-ira-del-embaucado/) на ЛитРес. Безопасно оплатить книгу можно банковской картой Visa, MasterCard, Maestro, со счета мобильного телефона, с платежного терминала, в салоне МТС или Связной, через PayPal, WebMoney, Яндекс.Деньги, QIWI Кошелек, бонусными картами или другим удобным Вам способом.