Heredera por sorpresa
Diana Ma


Detrás de toda gran familia se esconde un gran secreto… Gemma Huang acaba de llegar a Los Ángeles desde Illinois para cumplir su sueño: convertirse en una estrella de cine. Pero, de momento, las cosas no están saliendo como esperaba. Va de casting en casting y vive en un cuchitril. Así que cuando le proponen el papel protagonista de

M. Butterfly, una película que se rodará en Pekín, no se lo piensa dos veces y hace las maletas, a pesar de que eso implica desobedecer la principal regla de la familia Huang: nunca, bajo ningún concepto, pongas un pie en China. Decidida a labrarse una carrera en la industria del espectáculo a toda costa, Gemma vivirá un verano de increíbles revelaciones y aventuras, y descubrirá la verdad de la que su familia ha intentado protegerla durante toda su vida… Para los lectores de

A todos los chicos de los que me enamoré, una comedia romántica fresca que aborda temas como la identidad y los prejuicios culturales









Heredera por sorpresa

Diana Ma

Traducción de Iris Mogollón










Contenido


Página de créditos (#ud13d4b83-832d-58b1-8f01-5e66e5358be8)

Sinopsis (#u67d7347a-4b7c-55ad-9701-8c96b443f9ef)

Capítulo 1 (#u333e3d6a-a2e8-5198-af70-fab02ec2b5be)

Capítulo 2 (#u6de59d22-4526-5f38-a20d-737ea178076d)

Capítulo 3 (#ucf1eb1ea-959b-5941-bf4c-99b9d678da06)

Capítulo 4 (#uc604441c-5faf-5e99-be07-2a96d68412e6)

Capítulo 5 (#ue196b428-0df5-5d0b-ba5b-174aac218d5a)

Capítulo 6 (#u19bc0620-47b8-54e6-b1f1-a8a0688fdf7b)

Capítulo 7 (#ud93b6625-d096-5b82-ab30-f7eef77a33c8)

Capítulo 8 (#uf5173240-1a0c-588a-acd6-f28baa30cbd6)

Capítulo 9 (#ub0b76f0b-2ab7-5374-9c6d-55e06ebd22e9)

Capítulo 10 (#ub3f36307-9efa-5695-9f85-6873c7fde238)

Capítulo 11 (#u109dcdfa-235d-551c-a693-e2697e15bc82)

Capítulo 12 (#u72edfc8a-7f1a-5a2a-b325-1f0560a98b48)

Capítulo 13 (#u9f84301f-7457-5f71-b85a-f6e66795cb90)

Capítulo 14 (#ubc93300a-93c5-5494-968c-07b360ca92dd)

Capítulo 15 (#ud9d8fb01-1821-5dd1-90f3-6ebda6f61d72)

Capítulo 16 (#ude28d931-a62c-54cc-a8e6-4a31acc6802c)

Capítulo 17 (#ue1f4dfd2-594f-5f3b-93b1-eb4a40cf2c46)

Capítulo 18 (#u281600b5-5d20-5592-807d-ab182ad4d71b)

Capítulo 19 (#u513a0586-bf55-5d9b-bd4d-73a701ed260b)

Capítulo 20 (#ue1099963-1a09-5ac5-8eee-5a0539eb14d5)

Capítulo 21 (#uf4dde41d-0f3f-59cc-b61f-ce45cc534f4c)

Capítulo 22 (#u50ee2f03-737b-5f9b-bd0e-a77dd311e33a)

Capítulo 23 (#u89154069-622a-57aa-8d5b-411e0a577346)

Capítulo 24 (#u596c2cf0-227f-5fd0-9244-8bbd939c8bbd)

Capítulo 25 (#u82378cd4-c173-5d9c-9b68-00e2d6f4b30f)

Capítulo 26 (#ue7ba7f36-c28a-5fde-930c-f487470c9fc6)

Capítulo 27 (#uc43b4e23-55c9-5da7-95c9-d5f951973649)

Capítulo 28 (#u7d8ec8e8-22fb-5d6b-9735-ddc55925b6e3)

Capítulo 29 (#u71636136-5ee6-5132-9313-0af0634d012d)

Capítulo 30 (#u95aade55-0a38-533e-8eed-6cca04e81683)

Capítulo 31 (#u4819dccf-7af3-54fa-8c6f-9d64aabbe617)

Capítulo 32 (#u66498ae8-e103-5f97-bfea-08ed5332e2fc)

Capítulo 33 (#uaad7cbe6-4a23-562a-aae4-b0de7441edce)

Capítulo 34 (#uc70efb97-e092-5f36-ba6b-3c34ccc990f8)

Capítulo 35 (#u9c678f61-9c5d-5eda-9592-64413de68055)

Capítulo 36 (#ufba4bc72-9bb2-5d21-a8e3-6955e7885349)

Capítulo 37 (#u7940b48b-ba96-53e1-aabf-d08683e0de92)

Capítulo 38 (#u2111a48b-7d02-58d8-afe8-d929e2dc7065)

Epílogo (#u1fb6ea42-14a2-5c3c-b3d1-db011fba4409)

Nota de la autora (#u9f54ec07-ca21-5fe0-a31c-df613449c032)

Agradecimientos (#udf885982-f6a7-5709-b631-0dd3a4b18a5f)

Sobre la autora (#ub07c673c-a357-5a82-82de-8c6bed512e77)




Página de créditos

Heredera por sorpresa


V.1: septiembre de 2021

Título original: Heiress, Apparently

© del texto, Diana Ma, 2020

© de la traducción, Iris Mogollón, 2021

© de esta edición, Futurbox Project, S. L., 2021

Todos los derechos reservados.

Publicado originalmente en inglés en 2020 por Amulet Books, un sello de Abrams, Nueva York bajo el título Heiress Apparently. (Todos los derechos reservados mundialmente por Harry N. Abrams, Inc.)

Diseño de cubierta: © Inma Moya

Corrección: Isabel Mestre

Publicado por Wonderbooks

C/ Aragó, 287, 2.º 1.ª

08009, Barcelona

www.wonderbooks.es

ISBN: 978-84-18509-22-3

THEMA: YFM

Conversión a ebook: Taller de los Libros

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra sólo puede ser efectuada con la autorización de los titulares, con excepción prevista por la ley.





Heredera por sorpresa

Detrás de toda gran familia se esconde un gran secreto.


Gemma Huang acaba de llegar a Los Ángeles desde Illinois para cumplir su sueño: convertirse en una estrella de cine. Pero, de momento, las cosas no están saliendo como esperaba. Va de casting en casting y vive en un cuchitril.

Así que cuando le proponen el papel protagonista de M. Butterfly, una película que se rodará en Pekín, no se lo piensa dos veces y hace las maletas, a pesar de que eso implica desobedecer la principal regla de la familia Huang: nunca, bajo ningún concepto, pongas un pie en China. Decidida a labrarse una carrera en la industria del espectáculo a toda costa, Gemma vivirá un verano de increíbles revelaciones y aventuras, y descubrirá la verdad de la que su familia ha intentado protegerla durante toda su vida…

Para los lectores de A todos los chicos de los que me enamoré, una comedia romántica fresca que aborda temas como la identidad y los prejuicios culturales. 



«Ambientada entre Los Ángeles y Pekín, Diana Ma saca a relucir los problemas a los que se enfrentan las personas de origen asiático, entre ellos las expectativas familiares, la identidad, el sacrificio y el honor.»

School Library Journal

«Un debut magnífico con giros melodramáticos dignos de una telenovela que entrelaza la narración con sucesos contemporáneos de la historia china.»

Kirkus Reviews

«Mucho más que la típica comedia romántica. Esta novela destaca los derechos LGTBI+, la historia de China, los prejuicios étnicos de Hollywood y el orgullo por la cultura y la familia.»

Booklist

«Una historia sobre los sueños y la familia que desafía los estereotipos negativos de la gran pantalla.»

The Candid Cover







#wonderlove


A mis padres, Ma Ching Shu y Ma Chao Chang,

por compartir sus historias conmigo.




Capítulo 1


Esta noche voy a romper dos reglas de oro. La primera: nunca salgas con alguien con quien compites por un papel como actor; la segunda: nunca planees para una primera cita algo relacionado con deportes competitivos. Así que ¿por qué estoy en la bolera en una primera cita con un chico que conocí en un casting para un anuncio de pasta de dientes?

La respuesta es sencilla: hace dos días, Ken Wang entró en la sala de espera del casting, como en esa escena de Quizá para siempre cuando Keanu Reeves entra al restaurante, a cámara lenta mientras se agita el pelo y con música de fondo.

Todas mis reglas se esfumaron.

No fui la única que se quedó mirándolo, pero sí a la que Ken se acercó ese día. Tal vez porque no había otra asiática en la sala aparte de mí, pero ese no fue el motivo por el que me invitó a salir diez minutos después. Aquello tuvo más que ver con las intensas chispas que saltaban entre nosotros mientras hablábamos. Entonces, en un estado de enamoramiento de los que te dejan sin aire y hacen que te flaqueen las rodillas, acepté su invitación a la bolera.

Ahora llevo unos zapatos alquilados para jugar a los bolos que huelen a ultratumba y estoy estirando el cuello para calentar, porque soy demasiado competitiva. Por algo tengo esas dos reglas sobre las citas y la competitividad.

Ken me dirige una lenta sonrisa que muestra sus relucientes dientes blancos mientras se prepara para lanzar la bola. «Con una sonrisa como esa, seguro que le dan el rol». Ni siquiera me molesta que vayamos a por el mismo papel, eso demuestra cuánto me gusta.

—¡Strike! —grita, triunfante, por encima del choque de la bola contra los bolos—. Ya puedes rendirte, Gemma.

Entrecierro los ojos. Tal vez haya perdido un anuncio de pasta de dientes contra el chico con la dentadura más perfecta del mundo, la clase de sonrisa que hace que me cosquilleen hasta los dedos de los pies, pero no me va a ganar en una partida de bolos. Negativo.

—¿Crees que te dejaría ganar en nuestra primera cita? —Finjo que le doy un puñetazo en el hombro que en verdad es una excusa para tocarlo—. Te estaría malacostumbrando.

Ken me sonríe de nuevo y una oleada de puro placer me recorre el cuerpo. «¿Es posible volverse adicta a una sonrisa?». Las mariposas de mi estómago revolotean como locas mientras me acerco al estante de las bolas para escoger una. No hay mucho donde elegir. Todas las bolas están rayadas, arañadas y sin brillo, y parece que a la mitad de ellas les falta poco para ser reemplazadas.

Es domingo por la noche y solo unas pocas pistas, además de la nuestra, están ocupadas. Sin duda, el Bowled Over Alley ha visto días mejores. La iluminación es tenue y, aunque en Los Ángeles está prohibido fumar en espacios cerrados, las décadas de humo se han filtrado en las paredes y en la moqueta, que ahora están grises y sucias. Me encanta que Ken me haya traído aquí para nuestra primera cita; está siendo él mismo, no trata de impresionarme, y eso me gusta.

Levanto una bola de cinco kilos que quizá fue rosa neón en algún momento, aunque es difícil saberlo. Independientemente del color, el peso de la bola es agradable y se acopla a mi mano.

—¿Seguro que puedes con eso? —Ken señala la bola de cinco kilos.

—Pregúntamelo de nuevo cuando te haya dado una paliza —respondo con dulzura.

«Quizá no debería fanfarronear». Paul, mi exnovio del instituto, se quejaba de lo competitiva que podía llegar a ser a veces.

—Creo que quien te va a dar una paliza soy yo. —Ken arquea las cejas y su gesto se vuelve sugerente y provocador—. Pero no te preocupes, no seré duro contigo.

Me resulta tan sexy que la respuesta que tengo en la punta de la lengua casi se me escapa. Casi…, pero no permito que Ken se mofe así de mí sin contraatacar. No importa lo distraída que esté por el calor que se aviva en mi interior.

—Por mucho que se diga, el tamaño no importa tanto como la gente piensa, así que, cuando pierdas, porque lo harás, no quiero que te excuses en que mis bolas son más grandes que las tuyas. —¿Me he pasado?

Paul no soportaba las bromas subidas de tono. «No es propio de ti», decía, lo que demuestra que no me conocía en absoluto. No fue ninguna sorpresa que solo duráramos tres meses.

—¡Ay! —Ken se lleva una mano al pecho con dramatismo a la vez que sus ojos se iluminan—. Guau, tienes respuestas para todo.

Sonrío sin parar, absorbiendo su admiración. Quizá jugar a los bolos en una primera cita no sea tan mala idea. Y, tal vez, debería dejar de preocuparme por las reglas estúpidas sobre citas y ser yo misma. Lo cierto es que no tengo un gran historial de citas, y no quiero estropearlo con Ken. Los tres meses con Paul fueron mi única relación. Los chicos del instituto al que asistía en las afueras, en su mayoría blancos, tenían una imagen concreta de mí: la de una chica asiática inocente y buena. Y los chicos blancos como Paul, a quienes les gustan ese tipo, siempre se llevaban un chasco conmigo. Pero ahora que he dejado atrás el instituto y el estado de Illinois, espero que las cosas cambien.

—No quiero darte una impresión equivocada. —Coloco la bola en el retornabolas—. Así que deja que te advierta que juego para ganar.

—Sí, se nota. —Ken me da un lento repaso con la mirada, como si le gustara lo que ve.

Un cosquilleo, similar a una descarga eléctrica, me recorre el cuerpo. Tengo la sensación de que las cosas van a ser diferentes. Creo que no me equivoqué al mudarme a Los Ángeles tras graduarme en el instituto hace unas semanas. De hecho, no había nadie a la altura de Ken en Lake Forest, Illinois. De no ser por el constante olor a humo y los zapatos usados por no quiero saber ni cuántos pies antes que los míos, pensaría que estoy en un sueño.

Durante la siguiente media hora, Ken y yo no dejamos de tontear y chocar accidentalmente a propósito el uno con el otro. Aun así, cuando me toca lanzar la bola, no presto atención a los amistosos abucheos de Ken y vuelvo a centrarme en la partida. Como ya he dicho, soy competitiva.

Cuando le toca a él, nos intercambiamos los papeles. Trato de distraerlo con bromas, pero él mantiene la mirada fija en la pista. Por lo visto, los dos somos competitivos.

Al final, gano por los pelos.

—¡Y ahora a saborear la victoria! —anuncio con alegría.

El rostro de Ken se ensombrece y la ansiedad me recorre el estómago. Oh, no. Por favor, que no sea como Paul, que no soportaba perder. Soy competitiva, pero no una mala ganadora. Las bromas amistosas son parte de la diversión, aunque algunos no piensen lo mismo, sobre todo, cuando han perdido.

Sobre la marcha, convierto mi puño al aire en un encogimiento de hombros.

—La suerte del principiante.

Al instante, me arrepiento de haberlo hecho. Así era yo con Paul, siempre preocupada por su ego, y es una de las razones por las que rompí con él. Me juré a mí misma que nunca volvería a tener otra relación así.

La sombra desaparece del rostro de Ken.

—Has ganado de forma honesta, así que nada de falsa modestia, ¿vale? —Abre una lata de refresco y me la ofrece.

Aliviada, acepto el refresco y nos sentamos en el banco de vinilo negro.

—Mis amigos de toda la vida me acusan de ser demasiado competitiva —admito—. Me han prohibido jugar al Monopoly por petición popular.

Ken se ríe.

—Yo también soy competitivo. Es la consecuencia de tener padres chinos. —Entonces empieza a imitar a sus padres—: ¿Has sacado un nueve en ese examen? ¿Cómo han sido el resto de notas? ¿Alguien ha sacado un diez?

—¿A que sí? Una vez obtuve un sobresaliente bajo y mi madre me obligó a hablar con mi profesor de inglés sobre ello. —Para ser justos, solo lo hizo una vez, y fue porque pensó que merecía más nota.

—Bueno, ¿qué esperabas? —se burla—. ¡Después de todo, sacaste un «suficiente asiático»!

Me río a carcajadas y me siento muy a gusto. Nunca me río de este tipo de cosas con mis amigos occidentales, que no entenderían la broma. Pero con Ken puedo compartir un chiste interno en lugar de ser el blanco de una broma.

—Padres estrictos, ¿eh? —pregunta Ken.

—No —admito—. Me presionaban mucho para que diera lo mejor de mí en el colegio, y tenía un toque de queda, pero eso es todo.

Levanta las cejas.

—¿Así que tus padres dieron el visto bueno para que te mudaras a Los Ángeles para ser actriz?

Me río.

—No exactamente. —No les hizo demasiada ilusión que aplazara mi ingreso en la UCLA para perseguir mi sueño—. Quiero decir que no se enfadaron ni me amenazaron. Fue mucho peor que eso. —Bajo la voz en un susurro melodramático—. Estaban decepcionados.

Seguimos hablando de nuestros padres durante un rato, y entonces Ken se acerca un poco más a mí. Se me tensan los hombros por la emoción. «¿Va a besarme?». En lugar de eso, me pregunta:

—Oye, ¿quieres ir a comer algo?

Me trago mi decepción y me convenzo a mí misma de que en realidad es bueno que quiera pasar el rato conmigo y conocerme en lugar de intentar meterme la lengua hasta la garganta.

Salimos de la bolera y vamos a la cafetería que está al lado. Ken me habla de conducir un Uber y de ser asistente de grip


 (#ulink_d3bf4daf-daf3-50a6-b686-a31c1e1e8d97) en el plató de una comedia romántica de bajo presupuesto, aunque lo que realmente quiere es lo que todos deseamos: ser actor a tiempo completo. Me planteo contarle que me han llamado hace poco para un papel que quiero de verdad, pero no me gustaría gafar mi suerte, así que me lo guardo para mí, de momento. En su lugar, hablamos de nuestras posibilidades de conseguir el papel para el anuncio de pasta de dientes.

—Lo vas a conseguir —le digo.

—Estoy seguro de que estuviste genial en el casting, Gemma. —Suena totalmente sincero, como si quisiera este papel para mí tanto como para sí mismo.

—Debo admitir que me costó mucho hacer que la pasta de dientes pareciera emocionante. —Pongo un tono de voz más sensual—. Ahora en menta fresca y canela caliente.

Ken se ríe.

—Si dijiste las frases así, ¡seguro que te darán el papel! —Se acerca a la mesa y se desliza hacia mi lado del banco corrido de forma que quedamos casi cadera con cadera—. Déjame intentarlo. —Con la mirada fija en la mía, dice en voz baja y áspera—: Pasta de dientes con un frescor intenso para esos encuentros especiales.

Se me seca la garganta de golpe. Ken me coloca la mano en la nuca, lo que provoca que se me ericen los pelos del cuello, y me atrae hacia él despacio. Me besa la mejilla y levanta una de las comisuras ante mi suspiro involuntario. Entonces, sus labios se encuentran con los míos.

Nuestro beso es lento y dulce, como debe ser en una primera cita.

De pronto, mi cerebro se descontrola. «Lo cierto es que sabe lo que hace. ¿Ha besado a mucha gente? ¿Dónde debo poner las manos? ¿Le estoy devolviendo el beso con suficiente ímpetu… o no?». Un. Tío. Bueno. Me. Está. Besando. «Cállate, cerebro, y déjame disfrutar de esto».

Justo cuando por fin me he centrado en el beso, Ken se aparta y mi interior se derrite por completo. Decepcionada, me prometo a mí misma que la próxima vez me permitiré disfrutar de verdad. Si es que hay una próxima vez, claro.

—Entonces, ¿puedo volver a verte? —pregunta con otra sonrisa de lo más atractiva.

Es un milagro que no me caiga al suelo de alivio, y es todavía más sorprendente que suene casi tranquila al responder:

—Claro.

* Mecanismo de soporte para las cámaras que se emplea en las tomas con secuencias desde diferentes ángulos. (N. de la T.) (#ulink_81fb30b3-15b0-59a0-a4bd-e98ca14739a2)




Capítulo 2


Unas semanas más tarde, soy la chica más feliz del planeta. Tanto que necesito que alguien me pellizque porque creo que esto debe de ser un sueño. Ken y yo estamos juntos, y hemos salido a celebrar que ha conseguido el papel para el anuncio de pasta de dientes. No menciono que me han vuelto a llamar para una segunda audición para el papel que estoy intentando conseguir. De hecho, no se lo he dicho a nadie. A pesar de lo increíble que es llegar a la tercera y última fase del casting, conseguir este papel no deja de ser una posibilidad remota, así que intento no hacerme ilusiones.

El coche se dirige al oeste, pero Ken no me dice adónde vamos.

—Es una sorpresa.

Me encanta lo espontáneo y divertido que es, aunque sus rasgos cincelados y su cuerpo espectacular tampoco están de más.

Veinte minutos después, llegamos a la playa. Salgo de un salto casi antes de que Ken haya aparcado.

—¡Esto es perfecto! Quiero decir, me encanta el lago Míchigan, pero la playa es tan… —Extiendo los brazos y contemplo la arena dorada y las olas blancas que se adentran en el horizonte bajo el sol abrasador—. ¡Maravillosa!

Mientras sonríe, Ken rodea el coche para acercarse a mí.

—Me alegro de que te guste.

Durante las siguientes dos horas, me siento como si estuviéramos en un vídeo musical asiático de esos que salen de fondo en la pantalla de las salas de karaoke, sin importar qué canción hayas elegido. No me refiero a la parte en la que la chica deambula triste bajo la lluvia, sino al flashback en el que juguetea en la playa con un vaporoso vestido blanco junto al chico de sus sueños.

De repente, nos encontramos de pie frente al espumoso oleaje, agarrados de la mano y bajo un cielo convertido en una sublime salpicadura de naranjas y rosas. Si alguien me hubiera descrito este momento…, me habría burlado sin piedad de lo cursi que suena. Pero aquí estoy, con el hombre más atractivo del mundo mirándome a los ojos, y no me parece para nada cursi.

—No quiero estar con nadie que no seas tú, Gemma —dice.

Siento que se me derriten hasta los huesos de la alegría.

—Yo tampoco. —No me creo que, a pesar de todas las chicas con las que Ken podría salir, quiera estar solo conmigo. Sonríe ante mi ferviente acuerdo.

—Así que supongo que ahora eres mi novia.

—¡Y tú eres mi novio! —Es demasiado tarde para hacerse la dura.

Ken me besa justo cuando el sol se pone sobre el océano. Y es perfecto.

* * *

Cuando Ken me deja en mi apartamento del centro de Los Ángeles estoy de muy buen humor. Tengo novio. ¡Y es guapo e increíble! Ahora solo necesito conseguir un papel que me permita pagar el alquiler de este mes y no podré ser más feliz.

Mi papel como extra en una adaptación teatral de bajo presupuesto de El mago de Oz acaba de terminar y, aunque no me entristece dejar de interpretar a un pequeñajo (mido casi un metro sesenta y tres, no soy tan bajita), me gustaría saber de dónde saldrá mi próximo cheque. Es deprimente la rapidez con la que desaparecen los ahorros que conseguí mientras trabajaba en el museo de mi madre. Tal vez debería hacer un turno de noche en UPS como Glory o trabajar de camarera, igual que Camille. Todas intentamos triunfar como actrices, pero, de las tres que vivimos en este minúsculo apartamento de dos habitaciones, soy la única que no tiene un trabajo fijo a tiempo parcial. Por suerte, soy la que paga el alquiler más bajo, ya que estoy dispuesta a dormir en el sofá cama del salón.

Se me hunde el pie en la moqueta de la entrada como si una ciénaga húmeda lo estuviera absorbiendo. Juraría que algo se mueve por debajo. El resto del apartamento no es mucho mejor: las paredes de yeso están agrietadas y los muebles los consiguieron mis compañeras de piso a través de un grupo de Facebook del centro de Los Ángeles que se llama «No compres nada». Aun así, me siento agradecida de tener este lugar.

Mis dos compañeras de piso no suelen estar en casa al mismo tiempo que yo, pero, cuando entro, ahí están. Camille está tirada en el sofá repasando un guion. Ha tenido la suerte de conseguir un pequeño papel en una obra de teatro. Glory está sentada con las piernas cruzadas en la moqueta desnivelada, desde donde revisa las convocatorias de casting en su teléfono, ya que ahora mismo no tiene ningún papel que preparar. La conocí cuando actuamos juntas en algunas obras de teatro en Chicago. Es unos cuantos años mayor que yo, pero congeniamos enseguida y seguimos en contacto cuando se mudó a Los Ángeles el año pasado. Glory fue la primera persona a la que llamé en cuanto decidí mudarme aquí, y me dejó dormir en su apartamento muy generosamente. Y, cuando mi búsqueda de un hogar permanente en Craigslist no tuvo éxito, Glory me dejó, todavía más generosamente, mudarme con ella y Camille.

Me estremezco al pensar que podría estar compartiendo habitación con algunas de las personas con las que me entrevisté. Como la chica que me aseguró que Los Ángeles era diferente de «donde yo vengo». Le conté que procedía de un barrio periférico de Chicago, y me contestó: «Oh, me refiero a de donde vienes en realidad».

—¿Cómo ha ido tu cita con Ken? —pregunta Glory, que deja el teléfono y estira los brazos por encima de la cabeza.

Ella nunca me preguntaría de dónde soy en realidad. De hecho, a ella le hacen una pregunta aún más incómoda: «¿Qué eres?». Es japonesa, samoana y blanca, y es una chica musculosa cuya gran estatura te deja sin aliento, con una voz sexy y profunda y un humor ácido. Todo el mundo que conozco está, al menos, un poco enamorado de ella. Yo incluida.

—¡Ha sido increíble! —Eso es quedarse corta: nunca he conocido a un chico mejor que Ken y aún no me creo que sea mi novio.

—¿Cuál era el destino sorpresa? —Los ojos de Camille brillan con interés. Con su aspecto de reina de la belleza rubia, es muy posible que sea la primera de nosotras en triunfar, pero es tan simpática que ni siquiera puedo estar resentida con ella por eso.

Glory trae unos bocadillos de la cocina mientras yo me acomodo en el sofá junto a Camille cuando me piden que se lo cuente todo.

Les resumo la tarde y pronto nos reímos e intercambiamos historias sobre citas anteriores. Camille nos habla de un tipo que, al final de una cita espantosa, le pidió que lo calificara en una escala del uno al diez.

Cuando Glory asegura que no recuerda haber tenido nunca una cita mala de verdad, Camille y yo nos quejamos y le tiramos patatas fritas.

—¡Vale! —exclama mientras se cubre la cabeza para protegerse del aluvión de patatas—. ¡He tenido rupturas épicas por lo mal que han ido, si eso cuenta!

Camille y yo nos miramos.

—Oh, sí que cuenta —añado mientras Camille asiente con energía—. ¡Ilústranos, por favor!

Glory nos cuenta que salió con una compañera de piso que se volvió una acosadora tras la ruptura.

—Lo peor es que, como era mi compañera de piso, tenía que vivir con ella. Un día fui a su habitación porque no encontraba mi sudadera favorita y pensé que tal vez se la había llevado. No la encontré, pero sí una bolsa hermética de plástico con mechones de mi pelo en su cómoda. Al parecer, mi exnovia había recorrido el apartamento, ¡y había recogido mi pelo en secreto!

—¡Qué mal rollo! —dice Camille.

Estoy de acuerdo.

—Glory, tu exnovia era blanca, ¿verdad?

Glory asiente:

—Sí.

Pongo los ojos en blanco.

—No entiendo la obsesión que tienen los blancos por el pelo de las asiáticas. —Miro a Camille con preocupación—. Sin ánimo de ofender.

—No me ofendo —responde tranquila—. En nombre de mi gente, me disculpo.

Admitimos que, sin lugar a duda, Glory gana por la peor ruptura.

—He perdido demasiadas compañeras de piso por liarme con ellas —admite Glory con tono sombrío—. Por eso ninguna de nosotras se enrolla con las demás.

Camille tiene una mirada un poco melancólica. La entiendo. En la escala de orientación sexual, soy en gran parte heterosexual, aunque también tengo inclinaciones no heterosexuales, y creo que a Camille le ocurre lo mismo. Para mí, eso significa que me gustan los chicos, pero las chicas como Glory también me ponen. Al fin y al cabo, no soy de piedra. No si se trata de Glory.

No he tenido muchas citas, y nada a la altura de las historias de mis compañeras, pero aporto lo que puedo. Les hablo del hijo del primo del médico de un amigo de mis padres, a quien acepté enseñarle los alrededores cuando vino de visita desde Taiwán. No teníamos ningún contacto directo en común y, aunque todo el mundo fingió que no había sido planeado, yo sabía que sí.

—No estoy intentando reproducir ningún estereotipo de chico asiático empollón —advierto a mis compañeras de piso—, pero este chico lo era. —No quiero que Camille piense que todos los chicos asiáticos son unos empollones.

Glory se ríe porque sabe que es una advertencia que a veces se debe hacer en compañía mixta.

Camille asiente:

—Por supuesto. —La sinceridad de esta chica está haciendo que se gane mi corazón.

—La cita estuvo bien —digo—. No saltaron las chispas entre nosotros, pero era un tipo bastante agradable. Luego, al final, me dijo que me había traído algunos regalos. Abrió la mochila… —Hago una pausa para conseguir un efecto dramático y bebo un sorbo de agua—. Y empezó a sacar, uno por uno, el tipo de recuerdos horteras que tus padres podrían traerte de un viaje… cuando tenías ocho años. —A decir verdad, a mí eso no me pasaba. Mis padres apenas viajaban sin mí, y mucho menos a otros países como Taiwán.

Glory se ríe tanto que le brotan lágrimas de los ojos.

—¿Como qué? —Camille abre unos ojos como platos por la fascinación.

—Como un llavero con una frase hortera en inglés en un corazón de plástico. Creo que era algo parecido a: «Two hearts make one love». —Alzo una mano cuando Glory se atraganta con el agua por la risa—. Espera, que todavía no he llegado a la mejor parte.

Camille casi da saltitos en el sofá.

—Cuéntanos —exige.

—Una caja de música con figuras de Blancanieves y los siete enanitos en la parte de arriba.

—Ay, por favor, dime que la melodía que sonaba era «Mi príncipe vendrá» —suplica Glory.

—Por supuesto que sí —respondo—. La puso para mí y luego me miró con ojos de cachorrito durante toda la canción. Fue muy incómodo.

Glory ha acabado en el suelo y Camille jadea entre risas.

—Lo mejor fue la reacción de mi madre.

Mamá examinó el plástico barato de colores brillantes que había sobre mi cama y luego dijo:

—¿Esto es lo que te ha traído de Taiwán? ¿Por qué bai fei qian en esto?

Me río al recordarlo y añado:

—Ella no entendía por qué malgastaba su dinero en baratijas. Pensó que debería haberme traído pasteles de piña de Taiwán en su lugar.

A mamá le encantan los dulces. Siempre le pide a su mejor amiga, que también es china, que le traiga pasteles de piña de Taiwán. Una vez le pregunté por qué nunca había ido allí o a China. Me dio una respuesta imprecisa, pero yo sabía que ocultaba algo.

En cuanto Camille recupera el aliento, pregunta:

—¿Taiwán forma parte de China? ¿Tus padres son de allí? —Esta es la clase de preguntas que no me molestan. Camille no lo pregunta porque mi condición de asiática me convierta en extranjera a sus ojos, sino porque es una nueva amiga que quiere conocerme de verdad. Sin embargo, la respuesta a su pregunta sobre Taiwán es complicada. Desde que el bando perdedor de la revolución comunista china huyó a Taiwán a finales de los años cuarenta, la China continental considera que Taiwán forma parte del continente, pero estos no están de acuerdo. Mi padre diría que eso es demasiado simplificado, pero yo no soy capaz de explicar la geopolítica china como él.

—Taiwán es un país aparte —explico—. Mis padres no son de allí, sino de China.

Luego cambio de tema, porque sé cuál es la siguiente pregunta inevitable. Y no es ofensiva, pero tampoco fácil de responder: «¿Alguna vez has estado en China?».

La respuesta es no. Pero no me resulta fácil explicar por qué. Mis padres no solo no han vuelto nunca a China, sino que me han prohibido ir.

Y no sé por qué.




Capítulo 3


Me siento en una silla de plástico rígido en la sala de espera del casting y observo con disimulo a las otras candidatas, sentadas frente a mí. En la primera audición la sala estaba abarrotada y, cuando me llamaron por primera vez, estaba medio llena. No obstante, ahora que me han llamado por segunda vez, solo hay otras dos mujeres, ambas asiáticas. Una de ellas tiene la cara bonita y redonda y la otra tiene una belleza elegante. Si el director está buscando a una chica guapa, elegirá a la primera; pero, si lo que quiere es alguien con glamur, elegirá a la segunda. «¿En qué posición me deja eso a mí?». Con el pelo recogido en una coleta y el mínimo maquillaje, describiría mi estilo como el de la «vecina de al lado», excepto que las asiáticas nunca son la «vecina de al lado». O somos exóticamente guapas o exóticamente glamurosas.

Aliso la hoja de papel que me ha dado la recepcionista al registrarme; espero tener una oportunidad con este rol. «Sonia Li, exnovia». Eso es todo. Supongo que será una lectura en frío de nuevo. Las dos últimas veces también lo fue: una escena con Sonia en medio de una pelea con su exnovio Ryan.

Rápidamente, repaso todo lo que sé sobre Butterfly, la película para la que estoy haciendo la prueba. Es un cortometraje de presupuesto medio cuyo estreno está previsto en todo el país y la producirá un estudio pequeño, pero de buena reputación. También es una versión de M. Butterfly, y, por lo que sé de la obra de teatro y de la adaptación cinematográfica de los años noventa, supongo que Sonia Li es la versión moderna del personaje secundario Helga, la esposa que al final es abandonada.

Tanto en la obra de David Henry Hwang como en la versión cinematográfica original, Helga es blanca, pero supongo que en esta versión es asiática. El único otro personaje femenino que se me ocurre también es secundario: la camarada Chin, pero se supone que es una mujer mayor. Miro a las otras dos mujeres y ambas aparentan mi edad, por lo que lo más posible es que no vayan a presentarse para el papel de la camarada Chin.

Trago saliva y voy a por un vaso de agua del dispensador. Las otras dos chicas siguen mis movimientos con la mirada. La que tiene la cara redonda se sonroja cuando nuestros ojos se encuentran y vuelve a centrarse en su propio folio, aunque mirar fijamente la única línea que debe decir no va a ayudarla mucho en la prueba. Aun así, es justo lo que voy a hacer yo también.

La otra mujer me sonríe con fría confianza. Ella no lleva ninguna hoja.

—¿Te han llamado para el papel de Sonia Li? —Se echa el pelo largo por encima del hombro y la melena se extiende como tinta sobre su blusa blanca—. Soy Vivienne.

—Eh, sí. Para el papel de Sonia Li. Yo soy Gemma.

Me bebo el agua de un largo trago y, sin querer, derramo algunas gotas sobre mi camisa. Genial. Basta con que mi competencia se presente para que yo me convierta en un manojo de nervios. Con cuidado, vuelvo a sentarme en la silla.

La mujer que se ha ruborizado levanta la vista y se presenta como Julie.

Vivienne se inclina hacia delante y dice de forma confidencial:

—Me encantaría conseguir este papel. Trabajar con Eilene Deng sería un sueño hecho realidad.

Me quedo boquiabierta. Eilene Deng es mi ídolo. He visto toda su filmografía, incluso la única y horrible temporada de su fallida comedia.

—Bromeas. —Resoplo sorprendida.

—¿Qué papel interpreta? —pregunta Julie con los ojos muy abiertos.

Vivienne se ríe.

—Oh, no actúa en esta película. La dirige.

Frunzo el ceño, con la emoción empañada por la sospecha de que Vivienne nos está tomando el pelo.

—En la primera audición, el director de casting reveló que el director es Jake Tyler.

Jake lleva años en la industria del cine y tiene fama de tener poca paciencia y de ser muy exigente.

—Sí, es cierto —confirma Vivienne—. Pero cuentan con Eilene como codirectora.

Ah. En realidad, tiene sentido que el estudio contrate a una codirectora asiática, pues el director principal es un hombre blanco.

—¿De dónde has sacado esa información? —pregunto.

—Oh, ya sabes cómo funciona este mundo. —Vivienne hace un gesto con la mano—. Uno de los negocios de mi madre es un restaurante de fusión vietnamita que a Eilene le encanta, y se le escapó algo sobre la codirección de esta película durante un evento que el restaurante organizó.

No, no sé cómo funciona este mundo. Mi madre es directora de arte en un museo y mi padre es profesor de ciencias políticas, así que somos una familia de clase media, pero eso no significa que yo me codee con la misma gente que Vivienne. Es decir, venga, que se tutea con Eilene Deng y uno de los negocios de su madre es un restaurante de fusión de lujo. Aun así, los cotilleos de Vivienne no parecen mezquinos, por lo que le pregunto:

—¿Sabes algo más sobre la película?

Entrecierra los ojos.

—No, la verdad es que no.

No la culpo por ser esquiva. Al fin y al cabo, estamos aquí para competir por un papel, no para hacernos amigas.

—Julie Chu —anuncia la recepcionista en voz alta—. Le toca.

Julie se pone de pie nerviosa y Vivienne y yo le deseamos suerte.

Permanecemos en silencio mientras Julie entra en la sala de casting y Vivienne se pone los auriculares para escuchar algo en su teléfono. Es una decisión inteligente; esforzarse por fisgonear lo que sucede en la sala de casting a través de las finas paredes nunca es una buena idea, así que la imito.

Treinta minutos después, Julie sale. Nos sonríe con valentía, pero noto que no le ha ido tan bien como esperaba. Me siento mal por ella, pero al mismo tiempo aumenta mi confianza en mis propias posibilidades. Me quito los auriculares con la esperanza de que me llamen a mí a continuación.

Poco después, la recepcionista pronuncia el nombre de Vivienne y se traba cuando llega a su apellido, al decir algo como «Na-goo-yen» en lugar de pronunciar «Nguyen» como una palabra de una sola sílaba sin «g» ni «y» sonoras.

Vivienne me susurra:

—«Nguyen» es el apellido vietnamita más común, pero parece que los blancos no lo entienden.

Sonrío. Es mi competencia, pero me cae bien, aunque intente evitarlo.

Vivienne tarda más tiempo que Julie y, cuando vuelve a la sala de espera, está radiante. Me quito los auriculares a tiempo para escuchar cómo me desea «¡Buena suerte!» con alegría, alto y claro antes de salir de la estancia entre pequeños saltitos. Está claro que no es una buena señal para mí.

Me quedo sola en la sala de espera y, en el momento en que me dispongo a volver a ponerme los auriculares, oigo un murmullo de voces al otro lado de las paredes. Oh, oh. Debería colocármelos ya. Mis dedos revolotean indecisos cerca de mis oídos. «Nunca ha salido nada bueno de escuchar a escondidas en la sala de espera de un casting». Aun así, dejo caer los auriculares sobre mi regazo, de manera que los cables blancos forman una maraña desordenada.

—¿Qué importa eso? —dice una voz masculina en respuesta a una frase que no he entendido.

—¿Acaso no estoy aquí para eso?, ¿para decirte lo que importa? —responde una voz femenina.

—Hermosa y serena, es perfecta. —No me cabe duda de que se refiere a Vivienne. El estómago me da un vuelco.

La mujer habla demasiado bajo para que pueda oír su respuesta.

La del hombre, sin embargo, no es difícil de escuchar; suena casi enfadado:

—¿De verdad quieres discutir sobre esto?

—Ya veremos —responde la mujer—. Tenemos una opción más.

—¿Para qué vamos a molestarnos? ¡Si ya sé a quién quiero!

En ese momento, la recepcionista me llama desde su escritorio:

—Gemma Huang, la están esperando.

Cuando me levanto, me tiemblan las rodillas. «¿Para qué vamos a molestarnos?». ¿Para qué voy a entrar si el director ya ha decidido elegir a Vivienne? Respiro hondo y me digo a mí misma que no he venido hasta aquí para rendirme antes de entrar siquiera en la sala de casting. Con el corazón desbocado, abro la puerta y entro en la sala.

Al igual que las dos primeras veces, hay un cámara listo para grabar la escena del casting. Detrás de una larga mesa hay dos personas atractivas de mediana edad: un hombre blanco y una mujer asiática. El hombre debe ser Jake Tyler, el director, pero yo solo tengo ojos para ella.

Eilene Deng. Es imposible no reconocer ese rostro de huesos finos y el arco sarcástico de sus cejas negras.

Se me humedecen las manos y se me seca la garganta. «Es ella de verdad». Supongo que, en realidad, no me había creído del todo que Eilene Deng codirigía la película. La impresión de encontrarme cara a cara con mi ídolo hace que me maree. Una voz en mi cabeza balbucea con entusiasmo: «¡Soy una gran fan tuya! Eras lo mejor de Danger Hospital, ¡es una pena que la serie se cancelara después de una sola temporada! Dios mío, ¡no me creo que vaya a conocer a Eilene Deng!». Parpadeo por el asombro y me doy una colleja mental. «Cálmate, Gemma». Eilene Deng no quiere que una fan desquiciada se ponga como una loca delante de ella.

Eilene sostiene mis frases para la lectura en frío con una sonrisa amable, pero Jake ni siquiera me mira. Cojo las hojas que me ofrece con la esperanza de que no se percate del sudor de mis manos y echo un vistazo rápido a la escena: Sonia se aleja a toda prisa de Ryan después de una pelea y él corre tras ella bajo la lluvia. Parece que esto tiene lugar justo después de la escena que he leído las dos últimas veces.

—Vamos a hacer la primera toma sin las cámaras, ¿de acuerdo? —anuncia Eilene.

—Vale —digo, ansiosa.

Jake pronuncia las primeras frases de Ryan:

—Sonia, espera. Debes de estar calada hasta los huesos.

El guion indica que Ryan se quita el impermeable y envuelve a Sonia con él, que tiembla y se acurruca en su abrazo.

—Mi pequeña mariposa, aunque ya no seas mía y no tenga que preocuparme por ti, te voy a cuidar siempre.

«¿En serio? ¿Quién dice este tipo de cosas? ¿Y por qué Sonia no le tira el chubasquero a la cara?».

La frustración me recorre el cuerpo mientras intento meterme en el personaje.

—¿Y quién cuidará de ti, Ryan? —Se supone que tengo que decirlo con nostalgia, pero me sale sin sentimiento—. Cuando era tuya, habría ido hasta los confines de la tierra por ti.

Madre mía. Este diálogo cada vez va a peor.

Jake lee las siguientes frases como si estuviera adormilado.

Las gotas de sudor se me acumulan sobre el labio superior. Según el guion, Sonia empieza a coquetear y a mirar de forma seductora a Ryan a los ojos, pero me parece una tontería que haga eso, así que me salto la indicación. «Seguro que Vivienne ha hecho una interpretación perfecta con un solo movimiento de pestañas».

—Cuidado, Ryan. Puede que te lleves una sorpresa. —Mi voz suena tan forzada que parece que esté leyendo un manual de instrucciones de IKEA en lugar de tontear con mi exnovio.

Eilene me interrumpe:

—¿Qué piensas de tu personaje, Gemma?

—¿Perdón? —La miro confusa y parpadeo. Que Eilene me interrumpa tras haber leído apenas unas pocas líneas debe ser una mala señal. Las rodillas me flaquean por el pánico.

—¿Podemos continuar? —Un ceño petulante estropea la escultural belleza de Jake.

Eilene lo ignora y repite su pregunta con paciencia.

Me siento como si hubiera vuelto al instituto y me hubieran enviado a la oficina del director para dar explicaciones por alguna falta que desconozco. Nunca me llegaron a enviar al despacho del director, pero todavía sueño con ello a causa de la ansiedad.

—Sonia parece poco… —Me detengo porque no encuentro una manera correcta de terminar la frase—… ¿realista? —termino con voz ahogada.

Jake resopla.

—¿A qué te refieres con poco realista? —me anima Eilene.

—Eh… —Siento la lengua como si estuviera envuelta en lana que pica; sería una locura señalarle a un director que el personaje para el que están haciendo el casting es un estereotipo—. Bueno, primero parece muy débil e insegura… y de pronto… está… ¿seduciéndolo? —Parece que Eilene me está escuchando de verdad, así que continúo—: Quiero decir, si yo fuera Sonia, estaría enfadada porque mi exnovio está actuando de forma deshonesta y posesiva. No trataría de recuperarlo como una desesperada, sino que intentaría…, bueno, intentaría hacerme la dura.

Eilene se ríe, pero Jake no. Da la impresión de que querría estar en cualquier lugar menos aquí.

Levanto la barbilla.

—Pero también me aseguraría de que sepa lo que se pierde.

Jake vuelve a dirigirme una mirada dispersa.

La boca de Eilene se curva en una sonrisa.

—Bu cuo.

—¿Qué has dicho? —pregunta Jake a Eilene. Ahora suena un poco menos aburrido.

—Que no se equivoca —responde ella con calma.

Eso es lo que bu cuo significa literalmente en chino, pero en el uso común significa «no está mal», como una forma de elogio que se pierde en la traducción. Los padres chinos tienen la mala fama de ser escuetos con las alabanzas, pero, en realidad, un bu cuo chino mesurado vale más que cien «muy bien» estadounidenses casuales. Y eso es lo que hace que la esperanza se prenda en mi interior como una pequeña estrella ardiente.

Eilene se dirige a mí:

—Volvamos a hacerlo desde el principio. ¿Te parece bien, Gemma?

—Claro —exclamo, aterrada ante la idea de meter la pata de nuevo. ¿Cómo voy a interpretar a Sonia de forma convincente?

Jake se encoge de hombros y retoma sus frases. Cuando empieza de nuevo y llama a Sonia «pequeña mariposa», me viene a la cabeza una escena de M. Butterfly, quizá porque ya conozco la obra de memoria. Uno de los personajes asegura que solo un hombre podría interpretar a la perfecta mujer asiática de forma convincente porque ella no es real, sino un objeto de la fantasía masculina.

Bien. «Piensa en la fantasía, Gemma, no en la realidad». Interpreto mis líneas sobre ir a los confines de la tierra por Ryan y, esta vez, lo hago mejor. Al menos, no siento náuseas.

Jake lee las suyas:

—Este es mi hotel. Entra y nos quitaremos esta ropa mojada.

Me arde la cara cuando me come con los ojos por encima del papel. Incluso aburrido como una ostra, se las ingenia para mirar de forma lasciva; estoy segura de que es un acto reflejo.

He conocido a hombres como Jake y me sé sus fantasías: antiguos secretos eróticos y risitas tímidas, sexo y modestia, todo envuelto en un paquete imposible. Me había equivocado al evaluar a las otras mujeres en la sala de espera. Julie, Vivienne, yo… Ninguna de nosotras puede ser la mujer que esperan, porque no es real. Pero yo no tengo que serlo, solo tengo que interpretar ese papel, y ya es hora de que recuerde qué es ser una actriz. Mi voz suena aguda y entrecortada mientras miro de manera recatada a Jake por debajo de las pestañas.

—Cuidado, Ryan. Quizá te lleves una sorpresa. —Dejo que un leve tono de advertencia se filtre a través de mi voz.

Se endereza y sus ojos reflejan interés mientras pronuncia sus siguientes líneas.

Eilene me dedica una sonrisa de aprobación y se acomoda en la silla.

Termino la escena, ignorando las indicaciones de despedirme de Ryan con anhelo. Yo no me sentiría así si un exnovio se me insinuara con unas frases vomitivas, diciendo cosas como «pequeña mariposa» y que siempre estará pendiente de mí. En su lugar, leo las frases con aire descarado, como si quisiera echar de mi vida a mi ex.

Cuando termino, parece que tanto a Eilene como a Jake les ha gustado cómo he interpretado la escena. Me hacen repetirla, y esta vez las cámaras lo graban. Luego, rodamos otra escena. Para cuando los dos directores me dicen que se pondrán en contacto conmigo, llevo aquí tanto tiempo como Vivienne, lo cual es buena señal, ¿no? Mientras salgo de nuevo hacia la sala de espera, me siento bien con cómo ha ido la prueba.

Me despido de la recepcionista con la mano y, cuando estoy a punto de irme, oigo la voz de Jake al otro lado de esas finas paredes:

—Ha ido mejor de lo que esperaba. —Me siento esperanzada por un breve y alegre momento hasta que agrega—: Pero Vivienne sigue siendo la opción clara.

Siento un nudo en el estómago y dejo caer los hombros. «Bueno, adiós a otra oportunidad de pagar el alquiler». Al menos he conocido a Eilene Deng, algo es algo. Pero habría estado bien conocer a mi heroína en otras circunstancias, por ejemplo, no fracasando en un casting.




Capítulo 4


Mi teléfono suena justo cuando salgo del edificio del casting. Es mi madre. Supongo que su sentido arácnido le ha indicado que era un buen momento para llamar. Suspiro y respondo.

—Hola, mamá.

—Gemma, soy mamá —dice mi madre. No es que no entienda cómo funciona el identificador de llamadas, sino que cree que es necesario anunciar quién es al principio de cada llamada.

—Lo sé, mamá.

Hablamos un rato y me lo cuenta todo sobre los hijos de sus amigas, que están en la universidad forjando un camino hacia el éxito y, al parecer, pasando el mejor momento de sus vidas. «Qué sutil».

—Mamá, se llama año sabático. Mucha gente se toma uno antes de ir a la universidad. ¡No es para tanto que quiera descansar un año antes de empezar la carrera!

—¿Recuerdas lo que ocurrió el verano pasado? Dijiste que ya no querías trabajar en el museo, que ibas a buscar otro trabajo, pero no lo hiciste.

—¡Trabajé durante dos veranos en tu museo y los fines de semana durante el curso! Necesitaba un descanso. —Paseo por la acera y tengo que obligarme a parar porque estoy llamando la atención de la gente que pasa—. Además, el verano pasado participé en una obra de teatro.

Resopla tan fuerte que puedo oírla.

—Los ensayos y las funciones eran por la noche. Así que podrías haber conseguido un trabajo, pero te pasabas todo el día en el sofá viendo esa serie.

Hay que reconocer que la miniserie La emperatriz de China, de noventa y seis episodios, requiere una gran cantidad de tiempo y dedicación.

—Esa serie era un drama chino, que a ti te encantan, y la protagonizaba Fan Bingbing, tu actriz favorita —le recuerdo con rigidez—. Pensé que querrías verla conmigo.

En realidad, había contado con ello porque mi chino es tan básico que tendría suerte de entender la mitad de lo que pasaba sin ella. Al final, mamá aceptó verla conmigo, pero solo para criticarla. Cuando era pequeña, mamá, papá y yo hacíamos maratones de dramas chinos, pero eso era antes de que decidiese que quería ser una actriz de verdad. Ahora, cualquier cosa que alimente ese sueño, de repente, supone una pérdida de tiempo.

—¡Esa serie no representa para nada la vida de la emperatriz Wu Zetian!

Mamá tiene más conocimientos de la historia de China que una persona común gracias a su licenciatura en Historia del Arte y a su interés por la cultura china, pero, como Wu Zetian vivió hace miles de años, ni mamá ni cualquier otra persona pueden saber de verdad cómo era la emperatriz de verdad. Además, la inexactitud histórica nunca le ha impedido disfrutar de los dramas chinos sobre monjes voladores y doncellas guerreras mágicas.

—¡Creo que la serie hizo un buen trabajo! Al menos no retrató a Wu Zetian como una ramera de la corte sin corazón que mató a su propia hija para inculpar a una rival.

La mujer que pasa junto a mí en la acera me mira alarmada. Le dedico una sonrisa que dice: «De verdad, soy una persona totalmente normal que solo está hablando de rameras de la corte y de infanticidios en una calle pública muy concurrida». La mujer se apresura sin mirarme a los ojos. Bajo la voz:

—Pensé que apreciarías una representación de Wu Zetian como una madre que llora el asesinato de su hija en lugar de una emperatriz sedienta de sangre.

—Por favor —responde mamá con desdén—. ¡Hicieron que Wu Zetian pareciera una inocente enamorada que dejaba que todos la pisotearan! Esa chica no podría haber dirigido una casa, ni mucho menos un país entero.

Coincido con ella. La emperatriz Wu no fue la única mujer gobernante de China por ser la damisela en apuros que La emperatriz de China muestra. Aun así, la experiencia me recuerda que no debo darle la razón en una discusión.

—Mira, solo digo que Fan Bingbing nos mostró a una Wu Zetian mejor que la que nos dieron los historiadores masculinos de la corte.

—La serie solo cambió un detalle incorrecto por otro que también lo era, lo cual no la hace mejor. —Así que ¿ahora mi madre pretende saber lo que sucedió en la época de la dinastía Tang? Eso solo demuestra, una vez más, lo cabezota que puede llegar a ser. Mi madre es la persona con más fuerza de voluntad y determinación que conozco. Por eso habla un inglés casi perfecto, a pesar de que llegó a Estados Unidos ya en la edad adulta—. Además, no me gustan las ideas que te ha dado esa serie.

—¡Lo que realmente quieres decir es que no apruebas nada que me inspire a ser actriz! ¡Quieres que sea doctora, abogada o algo similar!

De acuerdo, reconozco que es una acusación injusta. Mi madre nunca me ha presionado para que me matricule en una carrera concreta. Además, tampoco se podría decir que su propia formación en Historia del Arte sea un camino convencional hacia el éxito.

—¿Quieres ser actriz? ¡Muy bien, sé actriz! Pero ¡actúa con cabeza y ve a la universidad primero! ¿Crees que llegué a ser directora de un museo porque vi un cuadro y me «inspiré» de la nada? —Toma aire de forma audible—. Pero no se trata de que quieras ser actriz. Es que no me gusta esa serie. ¡Luan qi ba zao! Te llena la cabeza de tonterías. ¡Kai wan xiao!

Ahora sé que no está diciendo la verdad. Acaba de utilizar sus dos insultos más mordaces. Luan qi ba zao, que significa «desordenado y caótico», y lo emplea en ocasiones para referirse al estado de mi habitación. Kai wan xiao, que quiere decir «tienes que estar de broma», está reservado para los precios demasiado altos. Nunca ha utilizado ninguna de las dos frases para describir algo artístico. Uno pensaría que mamá, como directora de un museo, sería una esnob en lo que a arte se refiere, pero es todo lo contrario. No le gusta criticar ningún tipo de arte, y mucho menos a sus queridos dramas chinos. Por eso sé que el verdadero problema está en que yo quiera ser actriz.

—¡La serie no es una tontería, y lo sabes! ¡Y tampoco lo es que aspire a ser actriz!

Ella ignora mi arrebato:

—¿Ya tienes un trabajo?

Mi silencio responde a su pregunta, y añade con tono suave:

—Podemos darte qian para el alquiler.

«Dinero». En el fragor de nuestra peor pelea, mamá juró que no me apoyarían si no iba a la universidad este otoño, pero debería haber sabido que al final se retractaría de su amenaza. Estoy segura de que no le ha resultado fácil dejar atrás su orgullo de esa manera, pero yo también tengo el mío.

—No, gracias.

Ella suspira:

—Tu padre creció en la pobreza, ¿sabes?

Parpadeo sorprendida. Mis padres nunca hablan de su pasado.

—Está muy preocupado por ti —admite mamá—. Delun —eleva el tono de voz—, ¡ponte en la otra línea y dile a nuestra hija lo mucho que te preocupa!

Mis padres son las únicas personas que conozco que todavía tienen un teléfono fijo además de sus teléfonos móviles.

—Mamá —gimoteo. Lo último que quiero es tener una conversación con papá sobre su preocupación por mí. Hablar de sentimientos siempre le hace sentirse incómodo.

De fondo, escucho que dice:

—Lei, no es necesario.

Mamá lo ignora y añade:

—No quiere que tengas que preocuparte por si podrás comer o encontrar un lugar en el que vivir como le pasó a él. Ahora se pone al teléfono papá.

«Vale. Allá vamos».

Papá coge el teléfono:

—¿Cómo va tu economía, Gemma?

Así es papá, directo al grano. Pero, en su idioma, «¿cómo va tu economía?» significa, más o menos, «te quiero». Además, a diferencia de mamá, él nunca hace amenazas de manera impulsiva que después vaya a contradecir. A él tampoco le gustó que aplazara mi acceso a la universidad, pero no me amenazó con quitarme la ayuda económica.

—Bien —miento.

—Hao.

—Estoy bien —repito.

Se produce un silencio incómodo.

Mamá interviene y me rescata:

—¡No está bien! —Bueno, más o menos.

—Lo estoy, mamá, de verdad. Papá y tú no tenéis que preocuparos por mí. —Hago una pausa—. No sabía que papá había crecido en la pobreza. ¿Tú también?

Mi padre hace un ruido ahogado y oigo el clic del teléfono que indica que ha colgado.

—No —responde mamá—, pero no tenía nada comparado con todo lo que he conseguido hasta ahora. ¿Sabes por qué? —«Aquí viene: porque trabajé duro y porque fui a la universidad». Pero mi madre es demasiado inteligente para hacerlo tan obvio—. Porque tu padre y yo nos tenemos el uno al otro, y te tenemos a ti. Solo quiero lo mejor para nuestro bao bei.

Ahora ha sacado la artillería emocional pesada. Cuando era pequeña, mi madre me llamaba bao bei, que significa «tesoro». Y, en caso de que eso fuera demasiado sutil, mi padre se refería a mí como «Gem» para abreviar. Soy su gema, su tesoro; lo entiendo. No me siento presionada en absoluto.

—Crees que irás a la universidad después de este año «sabático» —asegura—, pero sé lo que es ser joven e impulsiva. Es muy fácil distraerse de lo importante y, créeme, te arrepentirás durante el resto de tu vida si pierdes de vista lo que merece la pena de verdad.

Esta mujer está desaprovechada como directora de museo; podría impartir lecciones de teatro.

Alzo la voz para que se me escuche por encima del estruendo de los coches que circulan a toda velocidad a mi lado y digo:

—Sé lo que es importante para mí, y es actuar. No es una decisión impulsiva ni una distracción. ¡Es mi vocación!

—No te pido que dejes de actuar. ¡Solo digo que primero vayas a la universidad para que tengas otras opciones! ¿Cuánta gente se gana de verdad la vida con la interpretación?

«Es hora de cambiar de táctica».

—Sara Li se tomó un año sabático, y su madre no se lo echó en cara.

Esa pobre chica necesitaba un año sabático tras haber soportado interminables bromas sobre su nombre desde la escuela primaria. Hasta el día de hoy, Sara Li no puede mirar un postre helado sin estremecerse.

Por una vez, mamá permanece impasible ante la mención de la hija de su mejor amiga.

—No tienes que ser como Sara Li.

«¿De verdad?». Toda mi vida he oído a mamá hablar de la perfecta Sara Li, ¿y ahora me dice que no necesito ser como ella? (Si Sara no fuera mi amiga, la odiaría).

Luego, cae en su costumbre de adorar a Sara Li y añade:

—Además, Sara Li se matriculó en Harvard. —Es como si mamá no pudiera contenerse.

Aprovecho lo que acaba de decir:

—E iré a la universidad el próximo otoño, como hizo Sara después de su año sabático. ¿Estarías más contenta si hiciera lo mismo que Sara durante su año sabático? —«Oh, no, no vayas por ahí, Gemma», pero mi estúpida boca es más rápida que mi cerebro—. ¿Ir a Pekín?

Se hace un silencio glacial al otro lado de la línea y se me seca la garganta.

A lo largo de los años, he elaborado un montón de teorías descabelladas sobre por qué mi madre no quiere que vaya a Pekín. Un pretendiente a quien rechazó convertido en acosador. Un pasado criminal. La mafia china (si es que existe tal cosa) le ha puesto precio a su cabeza. O, tal vez, solo piensa que el aire no es saludable. De vez en cuando, dejo caer una teoría con la esperanza de sorprenderla para que se le escape algún detalle, pero nada ha funcionado hasta ahora. Con el tiempo, aprendí a dejar de insistir. Para ser una mujer a la que le encanta hablar, a mi madre se le da increíblemente bien el «trato silencioso». Aunque no suele usarlo conmigo. Solo cuando le pregunto sobre Pekín o sobre su familia.

Sara Li tiene una hermana, abuelos por ambas partes y un montón de primos, tíos y tías. Algunos viven en Estados Unidos, otros en Taiwán y otros en China, pero lo importante es que los tiene. Lo cierto es que nunca he sentido envidia de sus notas ni de sus premios, pero sí que estoy celosa de su familia, llena de hermanos y parientes. Yo no tengo a nadie más que a papá y mamá, por eso sospecho que la razón por la que no puedo ir a Pekín no tiene nada que ver con acosadores, delincuentes, la mafia o la contaminación del aire.

Tiene relación con la familia de mamá.

Papá, al menos, habla de la suya… o de la ausencia de ella. Es huérfano. He intentado preguntarle a él por qué no puedo ir a Pekín, pero eso tampoco funciona. Papá no permanece en silencio como mamá, pero sí que me mira con los ojos muy abiertos, con pánico, y me otorga un confuso «habla con tu madre» mientras huye de mí.

Por fin, mi madre habla:

—Haz lo que quieras con tu vida —añade con frialdad—. Pero no pongas un pie en Pekín. No tienes ni idea de lo que pasará si lo haces.

Repite lo mismo en un chino lento y preciso. Luego cuelga.

Se me forma un nudo en el estómago. Aquí estoy, de pie, sola en medio del boulevard Washington después de haber fracasado en un casting.

Y ahora me siento aún peor tras haber hablado con mi madre. La ira se apodera de mí. ¿Por qué mencionar Pekín supone un problema? Me enfurece todavía más pensar en que volverá a llamar dentro de una semana y actuará como si no hubiera pasado nada, como si el tema de Pekín nunca hubiera surgido. Dentro de poco, volverá a recordarme lo que me estoy perdiendo por no ir a la universidad. Como si ella supiera a la perfección lo que es mejor para mí.

Sin embargo, lo cierto es que mi madre no me entiende. Cree que soy demasiado impulsiva porque todas las decisiones que ella ha tomado en su vida son muy lógicas. Incluso Sara Li tiene una vena rebelde, pero mi madre no. Ella nunca se ha desviado del camino convencional hacia el éxito. Estoy segura de que nunca ha tomado una decisión precipitada en su vida, y quiere que yo siga sus pasos. Sin embargo, no me parezco a ella en absoluto.

Los coches pasan a toda velocidad por la concurrida carretera, lo que subraya que soy la única que no tiene adónde ir.




Capítulo 5


La multitud a mi alrededor grita en una sala de conciertos con mala ventilación mientras el desaliñado cantante de un grupo indie del que nunca he oído hablar canta una canción a pleno pulmón. Ken, Glory y Camille se divierten. Sin embargo, no puedo decir lo mismo de mí, pero a estas alturas ya me he resignado a que mis amigos y mi nuevo novio me arrastren a pequeños y oscuros clubes que requieren que cuente con un carné falso. Al menos, la parte del carné fue sencilla. Para conseguir uno solo tuve que pedirle a Sara Li que me diera su viejo carné de conducir y conseguir uno nuevo; le reembolsé la tarifa de remplazo, y eso fue todo. El hecho de que no me parezca en nada a Sara no importa, el portero del club de esta noche ni siquiera ha parpadeado cuando ha comprobado mi identificación.

Camille dice que tengo «suerte», pero yo no lo veo así. Al fin y al cabo, la ignorancia de la gente blanca no suele beneficiarme.

Si ver a este grupo en directo supone una ventaja, genial. El chillido del vocalista desgarra el ambiente cargado del interior del club. Entonces, alguien me golpea por accidente y me derrama cerveza fría sobre el brazo. Hago una mueca de dolor e intento apartarme, pero no puedo moverme. Por una vez, me gustaría ir a algún lugar donde pueda moverme más de un centímetro sin tocar el sudoroso pecho de un desconocido, y tampoco me importaría escuchar a un grupo con letras inteligibles.

«Llévate tapones si vas a un concierto de rock, Gemma. Cuídate los oídos». Antes de salir de casa, mamá me ha atosigado a consejos, como si yo fuera un frágil jarrón al que hay que envolver en papel de burbujas antes de transportarlo. Aun así, es bueno saber que el hecho de que me quiten la ayuda económica no significa que se acaben los consejos parentales, aunque haya ignorado la mayoría de ellos, incluido el de cuidar mis oídos. No voy a ser la pringada que se lleva tapones a un concierto.

Pero ¿y si mamá me lo hubiera dicho en inglés para asegurarse de que lo entendía y me hubiera repetido exactamente lo mismo en chino para darle más énfasis? En ese caso, me estaría metiendo cilindros de espuma de color naranja en los oídos, sin importar lo que pensaran los demás. Parecer poco sofisticada no es nada comparado con ignorar ese tipo de advertencia. Porque eso es un DEFCON 1 para mamá. Vida o muerte.

Glory y Camille están demasiado inmersas en la música para darse cuenta de que una multitud de fans emocionadas que intentan acercarse al escenario me están apartando a codazos, pero Ken sí que se percata. Me rodea con un brazo de forma protectora, y el roce es tan agradable y me provoca tal hormigueo que no me quejo al sentir más calor y estar más pegajosa por la calidez de su cuerpo.

El grupo termina por fin, y la multitud empieza a alejarse de la pista y a dirigirse a la barra. Me zumban los oídos, así que, al principio, no me doy cuenta de que el teléfono, que está en mi bolsillo trasero, está sonando. ¿Quién me llama un sábado casi a medianoche? Saco el teléfono y miro la pantalla. Entonces el mundo se para y dejo de respirar: es mi agente.

Contesto a la llamada a cámara lenta.

—Hola, Laura —chillo.

Ken deja caer el brazo de mis hombros y Glory y Camille se apartan del escenario para mirarme. No saben lo del casting de Butterfly. ¿Para qué iba a hablarles de todas las audiciones con pocas posibilidades si luego todo acaba en decepción? Sin embargo, eso no impide que la esperanza se me acumule en el pecho.

—¿Estás sentada, Gemma? —pregunta Laura.

—Sí —miento, con las pantorrillas y los pies doloridos por haber estado bailando durante horas en el duro suelo de cemento. Ahora respiro con dificultad. Podría ser… Esta podría ser mi oportunidad.

—Bien. —La emoción se refleja en su voz—. ¡Porque tú, Gemma Huang, acabas de ser elegida para el papel principal de Sonia Li!

Se me para el corazón en el pecho y las rodillas me flaquean; ahora desearía estar sentada.

—Guau —susurro asombrada. Ken, Glory y Camille se acercan para escuchar, y yo doy un paso hacia atrás—. ¿Acabas de decir papel principal? —La incredulidad y la emoción me sacuden el corazón y hacen que me lata de forma dolorosa. Creía que Sonia era un papel secundario. La escena que leí me hizo pensar que era la exnovia del protagonista masculino blanco—. Te refieres a Butterfly, la nueva versión actualizada de M. Butterfly para la que hice la audición, ¿verdad?

Camille jadea mientras se lleva una mano al pecho con dramatismo y Glory hace un pequeño baile de la victoria, pero Ken no reacciona. Una punzada de inquietud me recorre la columna vertebral, pero, maldita sea, por fin me han ofrecido un papel, así que la reacción de Ken debería ser la última de mis preocupaciones.

—A no ser que haya algún otro casting del que yo no sepa nada. —Laura se ríe—. Sí, Butterfly, ¡y, sí, es el papel principal! —Hace una pausa, y oigo papeles moverse de fondo, quizás sean sus notas—. La productora necesita que envíes una copia de tu pasaporte para que podamos conseguirte un visado lo antes posible, el rodaje en China comienza en dos semanas.

La alegría que me recorre el cuerpo se congela de repente y un gélido pavor me apuñala el estómago… China. Estaba tan segura de que no conseguiría el papel que no presté demasiada atención al lugar donde se iba a rodar la película.

—¿Sabes en qué ciudad?

«Que no sea Pekín. Que no sea Pekín». La advertencia de mamá sobre no ir a Pekín ni siquiera se puede clasificar como un consejo materno, sino que sobrepasa todos los límites. Más que la vida o la muerte.

—En Pekín —responde Laura.

Me empiezan a sudar las manos y tengo que agarrar el teléfono con fuerza para que no se me escurra. Por supuesto que es Pekín. Después de todo, se trata de la capital.

—¡Esto es increíble! —Mi voz suena como si viniera de la lejanía. «¡Espera!». ¿Estoy aceptando el papel?

Parece que Laura está convencida de que sí:

—¡Genial! Te enviaré el contrato junto con una sinopsis del guion.

Cuelgo la llamada y miro a mis amigos.

—¡Acabo de conseguir el papel principal en una nueva versión actualizada de M. Butterfly!

No les cuento que mi madre me ha prohibido ir a Pekín, porque todavía no me lo creo. Y no quiero que Camille me eche una mirada cómplice y archive la información en la carpeta de «La madre tigresa de Gemma» que tiene en su mente. Quizá estoy siendo injusta con ella, Camille debería recibir algún tipo de reconocimiento por ser la única persona blanca en nuestro pequeño grupo de amigos.

—¡Genial! —A Glory se le iluminan los ojos—. ¡Ni siquiera sabía que habías hecho el casting!

Camille exclama con alegría:

—¡Me encanta esa ópera! ¿Eso significa que tienes que cantar?

—No es la ópera de Puccini, Madama Butterfly —le explico—. M. Butterfly es una obra de teatro y una película de David Henry Hwang que transgrede los roles de género. No tiene nada que ver.

—Por ejemplo, una mujer asiática no se suicida por un hombre blanco —apunta Glory con tono irónico.

Glory y yo nos identificamos como asiáticas, pero, cuando una película hace un casting para una actriz asiática, no piensan en alguien como ella, sino en alguien como yo: de complexión pequeña y rasgos delicados. Esa es la idea que tiene la industria cinematográfica. Scarlett Johansson tiene más posibilidades de ser elegida como una mujer asiática para una película que Glory. Al fin y al cabo, cuando la escogieron para protagonizar la versión de acción en vivo de la película de anime japonesa Ghost in the Shell, añadieron toda una intrincada trama para explicar por qué el personaje tenía el aspecto de una mujer blanca. Con esto quiero decir que podrían haber contratado a una actriz asiática. Es una auténtica chapuza. Glory está convencida de que su única oportunidad de actuar es con papeles en los que tanto el género como la raza sean «ambiguos». Una vez me enseñó un casting en el que se requería a una actriz «étnicamente ambigua». «Esa soy yo», dijo con una sonrisa irónica.

—Pero… —Ken toma la palabra por fin—, no hay ningún papel protagonista femenino en M. Butterfly.

Me tenso ante su tono seco.

—Ya os he dicho que es una versión nueva.

Sin embargo, Ken tiene razón. A mí tampoco me viene a la mente un papel protagonista femenino en M. Butterfly. Por eso, en un principio pensé que estaba haciendo una prueba para un papel secundario. Me pregunto si me han elegido para el papel interpretado por BD Wong en Broadway y John Lone en la versión cinematográfica. Y, si es así, ¿cómo voy a interpretar a una mujer que interpreta a un hombre que interpreta a una mujer?

—Una versión nueva. —La cara de Ken se vuelve inexpresiva. No hay muchos papeles para hombres asiáticos, y Song Liling, el cantante de ópera chino que seduce a un diplomático blanco al hacerse pasar por una mujer, es un papel que Ken habría matado por interpretar.

Se me incendian las mejillas de la indignación. Hay tan pocos papeles para mujeres asiáticas como para hombres. Ken lo sabe, así que no estaría de más que se alegrara por mí.

—¡No me digas que han hecho una historia heterosexual! —protesta Glory.

El estómago me da un vuelco. Oh, no. ¿Y si Glory tiene razón? Saco el teléfono. Laura ha dicho que me iba a enviar la sinopsis. Necesito saber en qué me estoy metiendo.

Camille nos mira a los tres asombrada.

—¿Cómo sabéis tanto sobre una película de la que nunca he oído hablar?

«Eso es fácil». Todos somos actores asiáticos. Por eso conocemos a todos los actores asiáticos que han triunfado y los papeles que han interpretado. Además, no hay tantos. Ken y Glory se lo explican a Camille mientras yo reviso la bandeja de entrada del correo electrónico. Cuando veo el correo de Laura el pulso se me dispara. Abro el archivo adjunto con la sinopsis y empiezo a leer:

«¡Se acaba de abrir una vacante para negociar contratos comerciales en el extranjero, el trabajo de los sueños de la extrovertida y vivaracha Song Li (todo el mundo la llama Sonia)! ¿El problema? Que Ryan Glenn, su exnovio, será su jefe. Y no se puede decir que fuese una ruptura amistosa. ¿Cómo lo convencerá de que la contrate… mientras evita que vuelva a encenderse la llama de la pasión entre ellos?».

Maldita sea. Glory tiene razón.

Ken entrecierra los ojos.

—Vi esa convocatoria de casting. No buscaban papeles de hombres asiáticos. —Su rostro, que suele estar tranquilo y despreocupado, se ha contraído—. Solo extras. Estoy seguro de que el interés romántico será un hombre blanco y que todos los tíos asiáticos de esa película serán empollones asexuados o chauvinistas dominantes.

«Y hay otro problema, el primer contrato de Sonia será para un acuerdo en China y los empresarios chinos no tomarán en serio a una abogada por ser mujer. No obstante, Sonia trama un plan para solucionar ambos problemas: se convertirá en Song Li. Discreto, reservado… y masculino. Lo contrario de todo lo que ella es».

Mierda. Ken también tiene razón.

Levanto la vista del móvil con una sonrisa forzada en la cara. Todos me están mirando y una gota de sudor frío se desliza por mi cuello. Ken tiene los brazos cruzados, pero me gustaría que, en vez de eso, me diera un abrazo y me asegurara que cuento con su apoyo.

Sin embargo, es Glory quien posa una mano sobre mi brazo y añade:

—Ve a por ello, Gemma. Es la oportunidad de tu vida y lo vas a hacer genial.

—Claro que sí —coincide Camille—. Es un papel protagonista. ¡Es el sueño de cualquiera de nosotros!

—Sí. —La sonrisa de Ken no se refleja en su mirada—. Felicidades, Gemma.

Al menos lo está intentando, tal vez necesita tiempo para hacerse a la idea. Y, quizá, si acepto el papel, podré influir en la dirección del guion. «Sí, claro». Eso es tan probable como que a mi madre no le importe que acepte un trabajo en Pekín. Pero necesito este papel. Como ha dicho Glory, ¿cuándo volverá a surgirme una oportunidad así? Tendré que evitar que mi madre descubra adónde voy. Se me forma un nudo en la garganta mientras digo con tono alegre:

—Gracias, chicos. Espero que todo salga bien.




Capítulo 6


Estoy metiendo la ropa en la maleta de forma desordenada mientras marco en mi lista mental todo lo que he hecho y lo que me queda por hacer antes de partir hacia Pekín en dos días. «Unirme al sindicato de actores», hecho. «Quedar con Eilene Deng para cenar», eso será mañana por la noche. «Conseguir que mis compañeras de piso me cubran si mis padres se presentan en Los Ángeles sin avisar», hecho… más o menos. Glory aceptó de inmediato, pero Camille se mostró más reacia. Aun así, creo que puedo contar con ellas para que no me delaten. «Despedirme de Ken con la esperanza de que no conozca a alguien más mientras estoy a seis mil kilómetros de distancia». Tan pronto como ese pensamiento me asalta, el timbre de la puerta suena.

Trepo por encima de la maleta abierta y de varios pares de zapatos entre los que todavía me estoy decidiendo para llegar hasta la puerta. Ken está de pie en la entrada con un ramo de flores.

Lo rodeo con los brazos.

—¡Me encantan! Gracias.

Quizá estoy siendo demasiado efusiva, pero hemos estado un poco tensos desde que me dieron el papel en la película y las flores me dan esperanzas de que esa tensión haya desaparecido.

—De nada. Será mejor que las pongas en agua. Es posible que no duren mucho, aunque no estarás aquí para darte cuenta.

No. La tensión todavía sigue ahí.

Las cosas mejoran cuando salimos del apartamento. Conversamos un poco sobre el anuncio y sobre el paso tan importante que supone en la carrera de Ken. En el fondo, creo que estamos hablando más de su anuncio de pasta de dientes que de mi película, pero alejo esos pensamientos tan insignificantes. Él también tiene derecho a disfrutar de su momento.

Ken sugiere una película que le apetece ver, y suena bien, así que acepto. Esperaba que fuéramos a un lugar donde pudiéramos hablar, quizá a la playa otra vez, pero estar en el cine con Ken es más agradable de lo que esperaba. Nos damos la mano y compartimos palomitas en la oscuridad. Entonces, me doy cuenta de que esta es nuestra primera cita. Hace tan poco tiempo que somos pareja que todavía me emociono con nuestras «primeras veces». Cuando señalo que es la primera vez que vamos al cine, Ken me responde en un susurro:

—Hay una razón por la que he sugerido un cine oscuro para una cita.

Entonces me acaricia el cuello y eso hace que una corriente me recorra el cuerpo.

Después de la película, Ken me lleva de vuelta a casa, y tanto Camille como Glory están allí, así que los cuatro pasamos el rato juntos hasta que mis compañeras de piso deciden «acostarse pronto», ambas al mismo tiempo, y nos dejan solos en el salón —mi habitación—. «Voy a echar mucho de menos a estas dos».

Para mi sorpresa, Ken se levanta cuando mis compañeras de piso se van a sus habitaciones.

—Mañana tengo que madrugar, así que también debería irme.

Yo también me pongo de pie y oculto mi decepción.

—Oh, entonces supongo que esto es una despedida, hasta dentro de dos o tres meses.

Mueve los pies, incómodo.

—Mira, vas a estar fuera durante un tiempo y creo que deberíamos aclarar algunas cosas antes de que te vayas.

Mi cuerpo se tensa. «¿Ken está rompiendo conmigo?»

—Está bien…

Se hace un silencio que me parece una tortura.

—Quizá no deberíamos tener una relación exclusiva mientras estés en China. —De inmediato, añade—: No estoy diciendo que vaya a conocer a alguien, y por supuesto que no saldría en serio con nadie más, pero podríamos…, eh, abrirnos a otras opciones. Solo durante los tres meses que estés fuera.

Eso no parece… horrible. Siempre y cuando no sea un código para decir: «Quiero romper contigo, pero soy demasiado cobarde para verbalizarlo».

—Claro, me parece bien. —Como soy una actriz decente, suena ligero y despreocupado.

Ken parece aliviado por mi reacción.

—Oye, todavía eres mi novia, ¿de acuerdo?

—Ya lo creo. —Golpeo su cadera con la mía—. No pienses que soy fácil de reemplazar.

Por dentro, me estremezco. Intentaba sonar totalmente despreocupada por esto de la no exclusividad, pero solo le he recordado a Ken que podría conocer a otra persona.

Se ríe.

—Imposible. Eres única, Gemma Huang.

Me atrae hacia él para darme un beso.

Solo cuando se ha ido comprendo que ninguno de los dos ha considerado la posibilidad de que yo conozca a alguien más.

* * *

«No me creo que esté sucediendo». Estoy sentada frente a Eilene Deng en Nobu. Sí, Nobu es uno de esos restaurantes de moda y yo me siento totalmente fuera de lugar, pero no me importa. ¡Porque estoy con Eilene Deng! Podría llevarme a un restaurante de comida cruda orgánica y vegana en el que todo se sirve licuado o espumado en vasos de chupito y tampoco me importaría.

Eilene elige la comida. Comienza con el hamachi kama miso salt. No es la primera vez que voy a un restaurante japonés, pero no tengo ni idea de qué es. «¿Desde cuándo la sal es un plato principal?». A continuación, pide el toro spicy karashi sumiso caviar a precio de mercado (trago saliva porque los precios que aparecen en la carta ya son astronómicos) y después recita un montón de platos más. Tengo que admitir que los ingredientes que logro reconocer suenan deliciosos.

Mientras el camarero se apresura para que nos preparen nuestro pedido, Eilene se echa hacia atrás en el asiento y toma un sorbo de su cóctel.

—Háblame de ti, Gemma. ¿Cómo empezaste a actuar?

Una vez superados los nervios iniciales, resulta fácil hablar con Eilene. Incluso le cuento que en cuarto de primaria me presenté para interpretar a Blancanieves y que, en su lugar, me dieron el papel de un pájaro, con una sola frase: «Pío, pío». Pero no importó, el mero hecho de subir todos juntos al escenario para que la magia sucediera bastó para contagiarme del gusanillo de la interpretación. Cada vez que hago una pausa, consciente de que estoy hablando demasiado, me aborda con otra hábil pregunta.

Cuando Eilene se interesa por los papeles que me gustaría interpretar, respondo:

—De todo tipo. Quiero ser como Awkwafina, que fue una estafadora en una película de atracos femenina, la mejor amiga extravagante en una comedia romántica y una chica que descubre su identidad chinoestadounidense en una galardonada comedia dramática familiar. Sobre todo, esta última. The Farewell es una de mis películas favoritas.

Fui a verla sola y no estaba preparada para la forma en que esa película me rompió el corazón para volver a recomponerlo. Ni siquiera llevé pañuelos, lo cual fue un error por mi parte porque el tráiler ya me había hecho llorar. Por fortuna, dos simpáticas señoras mayores blancas de la fila de delante me dieron varios pañuelos antes de que empapara demasiado mis mangas.

Eilene sonríe.

—The Farewell también es una de mis favoritas. Esa película es una de las razones por las que creo que puedo ser directora y hacer las películas que yo quiera.

Awkwafina es buena en todo lo que hace, pero en The Farewell, como Billi, una joven estadounidense de origen chino que regresa a China con su familia para visitar a su abuela moribunda, está francamente brillante. Estoy segura de que una de las principales razones por las que la interpretación de Awkwafina fue tan buena fue por Lulu Wang, la cineasta chinoamericana que escribió, dirigió y luchó contra un Hollywood blanco para defender su visión de la película. Eilene dice que ese es el tipo de película que quiere hacer, y yo quiero participar en ella.

Entonces, formula la única pregunta que me hace titubear:

—¿De dónde es tu familia? ¿De la China continental? ¿De Taiwán o de algún otro lugar?

Trago el agua mineral demasiado rápido y empiezo a toser. Ella espera con paciencia mientras me seco los labios con la servilleta de tela.

—De la China continental.

La tensión me recorre la columna vertebral mientras espero a que Eilene pregunte de qué provincias y ciudades.

Me lanza una mirada penetrante y cambia de tema:

—¿Sabes por qué te han elegido para interpretar a Sonia?

Niego con la cabeza. Eso es justo lo que me he estado preguntando yo desde que me llamó mi agente, hace casi dos semanas.

—Pensé que se lo darían a Vivienne.

Es evidente que Jake Tyler quería que Vivienne interpretara a Sonia, y no creo que ella lo rechazara.

En la boca de Eilene se dibuja una sonrisa burlona.

—Las salas de espera de los castings tienen fama de tener las paredes finas.

—Si Jake quería a Vivienne, ¿por qué me he llevado yo el papel de Sonia?

—Para responder a esa pregunta, primero tengo que explicarte por qué me incluyeron en este proyecto. Los productores previeron una reacción negativa cuando contrataron a un guionista y a un director blancos para una nueva versión de M. Butterfly o, mejor dicho, se les indicó que previeran una reacción negativa por parte del público. —Esta vez, los extremos de su sonrisa resultan afilados—. Me trajeron para que tuviera… —Hace una pausa, como si estuviera buscando una frase políticamente correcta para describirlo.

—Una participación simbólica —termino la frase por ella—. Te trajeron para darle autenticidad a la película.

Hago un gesto en el aire con los dedos que imita unas comillas cuando digo la palabra «autenticidad».

Arquea las cejas.

—Ah, lo entiendes. Quizá también comprendas que quería una actriz estadounidense de origen chino para el papel.

Recuerdo que Jake le preguntó a Eilene: «¿Qué importa eso?» después de la audición de Vivienne, y ella respondió: «¿No estoy aquí por eso? ¿Para decirte lo que importa?». Todo encaja. Vivienne es estadounidense de origen vietnamita, y lo más probable es que Eilene le dijera a Jake que es importante que una actriz estadounidense de origen chino interprete a un personaje de los mismos orígenes. Y, por supuesto, Jake no entendió el porqué. Tal vez pensara que todos los asiáticos somos iguales.

—¿Fui la única actriz chinoestadounidense que consiguió una segunda prueba?

—No, de hecho —contesta Eilene—, de las otras dos actrices que se presentaban para el papel, una era vietnamita y la otra era china, como tú. Pero tú eras a quien yo quería. —Se inclina hacia delante y me mira fijamente—. Entiendes el personaje de Sonia.

Me remuevo incómoda en el lujoso sofá de cuero. De ninguna manera puedo confesar lo que de verdad pienso del personaje de Sonia.

—Ah, claro.

—Y, al entender a Sonia —continúa, sin apartar los ojos de los míos—, comprendes por qué necesita cambiar.

El camarero llega con una incesante procesión de platos pequeños. La comida que tenemos ante nosotras es magnífica, pero no puedo concentrarme en la impresionante variedad gastronómica porque todavía estoy asimilando lo que acaba de decir Eilene.

Cuando el camarero se marcha, le pregunto:

—Así que… ¿qué esperas que haga exactamente?

En lugar de responder, Eilene utiliza sus palillos chinos para deslizar en mi plato un trozo de pescado rojo brillante adornado de forma muy bonita.

—Las actrices asiáticas no lo tenemos fácil, a veces tenemos que comprometernos a ciertas cosas para conseguir papeles. —Hace una mueca amarga—. Quizá pensar que te estás vendiendo te haga sentir mejor.

Se sirve a sí misma.

—Y, aun así, una vez una actriz de Hollywood, de cualquier origen, no solo asiático, alcanza cierta edad, los papeles escasean.

—Todavía debe de haber roles para alguien como tú, alguien con tu talento. —Hago una mueca de asombro, porque eso es muy ingenuo y, en realidad, sé que no es así.

Eilene rechaza mi comentario con un gesto de la mano:

—De todos modos, ya era hora de pasar página. —Me hace una seña para que coma—. Siempre he querido dirigir, pero el problema es que nadie quería arriesgarse conmigo. Entonces llegó esta película, y necesitaban a un codirector chino para… lograr autenticidad…, como has dicho con tanta exactitud. —Deja los palillos sin probar bocado—. El problema es que Butterfly es una completa estupidez.

El sashimi es suave como la mantequilla y lo agradezco, , de lo contrario, me habría atragantado mientras comía al oír las palabras de Eilene.

—¿Estupidez? —repito en voz baja.

—Vamos, no finjas que no lo es —añade con una sonrisa—. Aunque entiendo por qué vacilas a la hora de decir lo que piensas. Yo también fui una actriz joven como tú. En esta industria no es fácil mantenerse fiel a una misma, en especial si eres una mujer asiática, pero es lo que hay que hacer para llegar a ser una gran actriz, de verdad.

Asiento y, a duras penas, consigo no comportarme como una empollona y tomar apuntes en mi teléfono sobre lo que está diciendo.

—Necesito que esta película salga adelante. Y, al paso al que va ahora, parece que no va a ocurrir —explica en voz baja—. Así que, con respecto a lo que quiero que hagas: quiero que te conviertas en una gran actriz.

Eso es fácil decirlo, pero no hacerlo. Además…, ¿a qué se refiere con eso?

Levanta su copa hacia mí.

—Juntas nos haremos con esta película.

Oh, mierda. No sé lo que esperaba, pero no era esto. Eilene Deng me está pidiendo que me «apodere» de Butterfly con ella.




Capítulo 7


En cuanto aterrizo en Pekín, desactivo el modo avión del móvil y aparecen las notificaciones de mensajes de texto. Ken, Glory y Camille me desean suerte, pero no tengo tiempo de responderles ahora mismo. En su lugar, reviso los correos electrónicos y mis sospechas se confirman. Solo he pasado trece horas en el avión y mis padres ya me han enviado tres correos electrónicos. El de mi padre contiene el enlace a un artículo sobre el amor y el dinero; me manda artículos aleatorios, sin contexto ni mensaje, por suerte, sin la esperanza de recibir una respuesta. Otro es de mi madre y anuncia que los dos quieren venir a visitarme la semana que viene. El pánico hace que se me nuble la vista y un sudor frío me cubre la frente.

La pasajera del asiento de la ventanilla, una mujer blanca estadounidense, se aparta de mí. No me molesto en aclarar que, si me fuera a marear, habría sido mientras estábamos en el aire y no cuando ya hemos aterrizado. Ahora que lo pienso, siento náuseas al pensar en la visita de mis padres. Tal vez la mujer tenga un motivo para preocuparse de que vomite sobre su bonita blusa de color pastel.

A mi otro lado, el señor mayor chino del asiento del pasillo sonríe de forma tranquilizadora. La mayoría de los pasajeros son estadounidenses como yo, pero este hombre es chino y solo habla un poco de inglés. Mi nivel de chino es mejor que el suyo de inglés, pero no podría calificarlo como fluido.

Sin embargo, a pesar de la barrera del idioma, nos las hemos arreglado para mantener una pequeña conversación que básicamente ha consistido en enseñarme un centenar de fotos de su nieta la mayor parte del tiempo. Entonces, yo he exclamado: «¡Zhen ke ai!» con mi acento americano. «¡Qué mona!» es casi lo único que he dicho durante el vuelo. Aun así me ha felicitado por mi chino y ha dicho que es bastante bueno para una china nacida en Estados Unidos.

Ahora suelta un rápido torrente de palabras en chino, del que solo comprendo algunos términos y frases. Dao, que es «llegó». Fei ji significa «avión». Y mei shi es «no te preocupes». Contra todo pronóstico, mis hombros, tensos, por fin se relajan. No importa que este hombre de amables arrugas alrededor de los ojos no tenga ni idea de lo que de verdad me preocupa. Hay algo que me reconforta siempre que escucho mei shi, las mismas palabras que mis padres me han murmurado toda la vida y que me ofrecían consuelo para todo, desde una rodilla raspada hasta una pelea con una amiga.

—Xie xie. Wo mei shi. —Le doy las gracias y le aseguro que estoy bien.

Selecciono el último correo electrónico de mamá y vuelvo a tensarme de golpe. Quiere saber por qué no he respondido todavía y me envía un posible itinerario de viaje.

Empiezo a hiperventilar y jadear con la respiración entrecortada. El amable hombre frunce el ceño y tengo suerte de que no me ponga en las manos una bolsa de papel por si vomito. Las palabras que aparecen en la parte superior del itinerario me hacen aferrarme al teléfono con un miedo atroz. «Billete económico». Eso significa que no son reembolsables, por lo que, después de que mis padres los compren, hará falta un pequeño milagro para evitar que me visiten, porque ni de broma van a echar a perder dos billetes de avión. No es que no puedan permitírselo, sino que no malgastan dinero.

Esto no pinta nada bien. En absoluto. El corazón me late con fuerza mientras imagino a mi madre mientras le dice a mi padre: «¡Gemma no ha contestado! ¡Deberíamos comprar los billetes ya! Hay que averiguar qué está pasando». Si mis padres descubren que he roto la regla de oro de mi madre, no volverán a apoyar mis decisiones ni a creer en mí. Habré destruido su confianza para siempre. Siento una presión en el pecho. Tengo que evitar que se enteren de que estoy en Pekín. Mientras trago el aire rancio del avión, pierdo la cabeza por completo y escribo frenéticamente en el móvil: «¡No vengáis! Estoy enferma. Tendré que pasar unos meses en cuarentena».

Uf, no. Enviar algo así conseguiría que mis padres reservasen sin pensárselo dos veces el próximo vuelo a Los Ángeles… y que llamasen a todos los médicos chinos que conocen, que es un número sorprendentemente grande. Un sudor nervioso se acumula en mis axilas cuando pienso en cada médico chino en treinta kilómetros a la redonda de camino a mi apartamento de Los Ángeles. Borro el correo electrónico. Puf, acabo de evitar una pesadilla, pero todavía no sé cómo disuadir a mis padres de que me visiten. El avión se acerca a la puerta de embarque del aeropuerto de Pekín y, si no me doy prisa, voy a perder la oportunidad de enviar un correo electrónico a mis padres.

A toda prisa, escribo que he conseguido un trabajo y que el rodaje es largo. Les pregunto si pueden venir en invierno y les aseguro que me encantaría verlos. El emoticono de la cara sonriente es excesivo, pero no tengo tiempo para darle demasiadas vueltas. La gente avanza por el pasillo y el hombre chino se despide de mí. La mujer de la ventanilla suspira de forma sonora y da golpes en el suelo con un pie. Con la garganta seca por los nervios, envío el correo electrónico con la esperanza de que todo salga bien.

Me coloco la bandolera sobre el pecho, cojo la maleta del compartimento superior y me uno al flujo de gente que desembarca del avión. Con jet lag y temblando ante el posible desastre inminente que supondría que mamá descubra dónde estoy, atravieso la aduana aturdida y demasiado mareada para intentar hablar un chino elemental. Por suerte, los funcionarios de aduanas me entienden y hablan bien inglés.

Por fin termino y salgo a un vestíbulo con aire acondicionado y luces brillantes ordenadas en fila en el techo. Está repleto de gente, pero veo a mi amable compañero de asiento. Está acuclillado en el pulido suelo gris pálido para recibir a su nieta, que se lanza a sus brazos mientras grita «¡gong gong!». La madre los observa con una sonrisa cariñosa.

Sé que es su abuelo materno porque la niña se ha referido a él como «gong gong». Si lo hubiera llamado «ye ye», sería su abuelo paterno. Los términos chinos correctos para dirigirse a los parientes son demasiado confusos. Pero hay personas con rasgos similares a los míos por todas partes, a las que sus familiares reciben de una manera precisa que indica la relación que existe entre ellos. Todos hablan el idioma que siempre asociaré con la familia…, por muy mal que lo hable.

Los ojos me escuecen a causa de las lágrimas. El estrés que me ha provocado aceptar el papel, y encontrar la manera de que mis padres no se enteraran, me ha hecho olvidar un dato esencial: estoy en la tierra natal de mis padres, en la ciudad donde nació mi madre.

Había olvidado que volvía a casa.

Ni siquiera sabía que quería hacerlo. No es ninguna de las razones que pensaba que tenía para venir a China.

Mientras parpadeo para evitar el escozor en los ojos, busco a un chófer que sostenga un cartel con mi nombre entre la multitud, ya que no tengo abuelos ni familiares que vengan a recibirme. Aquí, en mi país de origen, nadie me conoce. Sin embargo, mientras estoy sumida en ese pensamiento, las personas a mi alrededor giran la cabeza, interrumpen sus conversaciones, abren los ojos de par en par y se susurran unas a otras. Me están mirando a mí. No creía que mi repentina oleada de emoción fuera tan visible. Me froto los ojos con una manga y miro hacia abajo para asegurarme de que no llevo la camisa desabrochada o algo así de bochornoso, pero parece que todo está en orden.

Hay un grupo de chicas jóvenes que se ríen emocionadas mientras apuntan sus móviles hacia mi cara. Los flashes se disparan y cada vez hay más gente que me mira. Ahora me señalan, los susurros resuenan lo bastante alto para que pueda distinguir palabras. «¡Shi ta!», que significa «¡Es ella!». Y luego palabras que no entiendo. Se disparan más flashes, el brillo cegador hace que me estremezca y la gente a mi alrededor se acerca. Se abren paso a codazos en su afán por llegar hasta mí y sus voces suenan cada vez más fuertes y alborotadas.

«¿Qué está pasando?».




Capítulo 8


Un hombre de unos treinta años aparece de repente junto a mi codo y me hace dar un respingo. Me relajo al ver que lleva un cartel con mi nombre. Debe ser el chófer que ha enviado el estudio.

—¿Señorita Huang?

—¡Sí!

Me agarro a su brazo. La multitud se acerca y, presa del pánico, les sonrío aturdida.

Las voces se elevan hasta convertirse en chillidos agudos y se disparan más flashes.

—Venga conmigo —me indica el chófer, que no tiene ningún problema en abrirse paso entre la multitud y llevarme hacia la salida. Arrastro la maleta detrás de mí y me apresuro a ir tras él, pero la multitud nos sigue a lo largo de todo el camino. Una ráfaga de calor húmedo me golpea en cuanto salimos fuera. Me resulta insoportable lo mucho que me pica el cuello y tiro de la camisa para ponerle remedio, pero ese no es mi mayor problema en este momento. Unos completos desconocidos me persiguen y me hacen preguntas demasiado rápidas para que pueda entenderlas. Me siento como en una olla a presión, a punto de estallar por el calor y el ruido.

Por fin llegamos al coche y el chófer me abre la puerta trasera. Entro a toda velocidad. De inmediato, un refrescante aire frío me envuelve. Por lo general, me horrorizaría que el chófer hubiera dejado el coche en marcha, pero el aire acondicionado me proporciona un alivio tan grande que envío una silenciosa disculpa a la capa de ozono y me acomodo contra las piezas lisas de la funda de bambú del asiento.

El conductor mete mi maleta en el maletero —he contratado un servicio de entrega para que lleve el resto del equipaje al hotel gracias a un consejo profesional de Sara Li— y sube al asiento delantero. En cuanto nos alejamos de la multitud que no deja de gritar, pregunto:

—¿Qué ha sido todo eso? ¿Qué he hecho?

Esto es una locura. Solo llevo veinte minutos en Pekín y ya me está acosando una multitud rabiosa.

El chófer me mira a través del espejo retrovisor.

—¿No lo sabe?

«Es evidente que no».

—No tengo ni idea de lo que pasa. —Mis hombros siguen tensos después de haberme encorvado para ocultarme de las miradas de todos esos ojos—. Por favor, dígamelo.

—Usted es exactamente igual que Alyssa Chua. —Lo dice como si yo debiera saber quién es. Acto seguido, toca el claxon y esquiva a otro coche en un movimiento que hace que me agarre al borde del asiento, aterrada.

—¿Quién? —pregunto en voz baja cuando recupero el aliento.

El chófer trata de meterse en el carril contiguo, pero vuelve adonde nos encontrábamos cuando nadie le permite incorporarse y esquiva por los pelos al coche que va detrás de nosotros. Se oyen más bocinazos por todas partes.

«¿Qué pasa?».

Sin embargo, parece que mi chófer está más concentrado en mi lamentable ignorancia que en el accidente que casi hemos provocado.

—¿No sabe quién es Alyssa Chua? —Su voz se eleva con incredulidad—. Solo tiene que mirar en Weibo.

Weibo es la plataforma de redes sociales en China, pero, como no tengo la aplicación, saco el móvil para probar suerte en Instagram. Antes de irme de los Estados Unidos, mi amiga Sara Li me sugirió que hiciera dos cosas: comprar una tarjeta SIM local en línea para evitar cargos adicionales por conectarme a internet en el extranjero y descargar una aplicación de red privada virtual. Con suerte, la RPV que descargué me permitirá superar el gran cortafuegos de China. Sin una RPV, las redes sociales occidentales como Instagram están bloqueadas en China. Escribo el nombre de Alyssa en Instagram y espero. Por suerte, la RPV funciona muy bien.

Ahí está: Alyssa Chua. Un par de millones de seguidores (quizás el doble en Weibo) y unos cuantos cientos de selfies (al menos el doble en Weibo) tomados en lugares que hacen que el restaurante al que me llevó Eilene en Los Ángeles parezca uno de pueblo. Cada una de las imágenes parece como si hubiera sido tomada en un estudio profesional, y en ellas Alyssa lleva una ropa preciosa, un maquillaje impecable y su caro corte de pelo le cubre la cara con gracia o descansa alrededor de sus hombros. Excepto por su estilo de alta costura, resulta perturbador cuánto nos parecemos.

—Oh —murmuro. Así que tengo una gemela perdida. Y resulta que tiene millones de seguidores y un estilo de vida de lo más glamuroso—. Entonces, Alyssa Chua es famosa por… ¿hacer qué, exactamente?

El chófer se encoge de hombros.

—Tiene la vida que todo el mundo desea —se limita a decir.

Entiendo. Alyssa es famosa porque tiene más dinero del que puede gastar y sale de fiesta con otras adolescentes famosas. Vuelvo a mirar su foto y pienso en las advertencias de mi madre para que me mantenga alejada de Pekín y en su negativa a hablar de su familia. ¿Podría Alyssa estar relacionada conmigo? Pero mis padres son hijos únicos. Entonces, ¿cómo podría tener un pariente de mi edad que se parece tanto a mí? No, estoy segura de que es solo una coincidencia.

Sin embargo, a causa de mi parecido accidental con Alyssa, ahora tengo que preocuparme porque dondequiera que vaya me acosan personas desconocidas. «Si no me muero antes». Con una brusca sacudida que hace que me preocupe por si vomito mi última comida, el chófer consigue adelantar al vehículo que va delante del nuestro por fin. Pero el coche del carril de al lado baja la ventanilla y mi chófer le imita. Vamos tan despacio que ambos conductores pueden tener una acalorada discusión. Entonces el tráfico vuelve a acelerar y mi chófer sube la ventanilla de nuevo como si nada.

—¿Es su primera vez en Pekín? —pregunta.

Siento un dolor en el pecho.

—Sí. Eh…, la gente parece agradable. —Si descarto el hecho de que me hayan acosado nada más llegar a Pekín. Y de que todo el mundo conduzca como si no le importara morir.

—Oh, sí —responde—. Disfrutará de su visita aquí.

Para mi alivio, llegamos al hotel de una pieza. Me pongo unas grandes gafas de sol oscuras que no me quito cuando hago el registro. Combinadas con mis vaqueros y mi camiseta lisa de algodón, son suficiente para que pueda llegar a mi habitación sin que nadie me confunda con Alyssa Chua.

Mi habitación, como todos los espacios interiores hasta el momento, tiene el aire acondicionado muy fuerte. Ahora que no estoy acalorada ni asustada porque me persiga una multitud, se me empiezan a entumecer los dedos por la incesante ráfaga de aire gélido. El mando a distancia del aire acondicionado tiene un montón de botones que no entiendo, todos etiquetados en chino, y, tras unos cuantos esfuerzos sin mucho entusiasmo, desisto en mi intento de bajar el aire y me pongo un jersey. Aparte del excesivo aire acondicionado, la habitación no está mal. Es bastante simple. Tiene una cama doble, un escritorio y un pequeño baño, pero todo parece limpio y cómodo.

«Bueno, ha sido un día intenso». La cabeza me da tumbos y el cuerpo me duele por el cansancio. Lo único que quiero es meterme en la cama y dormir unas cien horas. Pero lo primero es lo primero. Pongo el despertador a las tres de la mañana, que es más o menos la hora del almuerzo en Los Ángeles, y cuando llame a mis padres puedo fingir que estoy en mi pausa para comer en el plató de rodaje, que, por supuesto, no está en Pekín.

* * *

A la mañana siguiente, tengo los ojos arenosos y estoy mareada por la falta de sueño cuando llega el coche del estudio para llevarme al plató de Butterfly. Esta vez, las gafas de sol de gran tamaño que llevo son para ocultar los estragos del jet lag y una conversación nocturna con mi madre en la que me las arreglé para crear una trama semificticia de Butterfly que no implica que la película esté ambientada en Pekín de ninguna manera o forma. Sobra decir que volver a dormirme después de nuestra llamada telefónica no fue fácil.

Decidí sacrificar el lavarme el pelo en favor de dormir un poco más esta mañana, y por eso me he puesto un sombrero en la cabeza. Pensé que también resultaría útil para evitar que me confundan con Alyssa Chua otra vez.

El coche me deja a las afueras de Pekín, donde estamos rodando en una calle cortada y vigilada por guardias de seguridad, quienes comprueban mi identificación antes de permitirme la entrada al plató. Mi primera impresión es un caos. Decenas de ayudantes y asistentes personales corren de un lado a otro mientras montan la iluminación, los micrófonos y el atrezo. Hay un pequeño grupo de personas que parece que no tiene nada que hacer; los otros actores, quizás. Esquivo a los atareados asistentes personales para acercarme al grupo, y todos se presentan. Ninguno de ellos tiene un papel importante y, cuando les digo que voy a interpretar a Sonia Li, me miran con sorpresa. Un repentino ataque de inseguridad me invade. Está claro que soy la actriz más joven con diferencia. ¿Se estarán preguntando por qué me han dado el papel de actriz protagonista?

Tal vez yo también debería preguntármelo.

Mi mirada se dirige a Jake y Eilene, que se encuentran en el epicentro del bullicio y la acción del plató. «¿Y si he conseguido este papel porque me parezco a Alyssa Chua?». Todo mi cuerpo se congela y se entumece. Murmuro una excusa a los demás actores y me apresuro a acercarme a Jake y Eilene.

Con el estómago hecho un nudo a causa del miedo, levanto mi teléfono para mostrarles una imagen de Alyssa.

—¿Por eso he conseguido este papel? ¿Porque parezco la reina rica de las redes sociales de China?

Jake se encoge de hombros, y eso hace que se me caiga el alma a los pies.

—¿Por qué, si no, iba a aceptar contratar a una actriz adolescente sin experiencia? —Señala la pantalla—. Esa chica tiene millones de seguidores en las redes sociales y se parece a ti. Ese tipo de publicidad no tiene precio.

Me entran náuseas. «Así es como Eilene convenció a Jake para que me eligiera a mí y no a Vivienne». ¿Todo su discurso sobre cambiar la película era una mentira? Con la garganta seca, me dirijo a Eilene:

—¿Por eso me querías para el papel?

Una arruga se forma en el entrecejo de Eilene.

—Es cierto que me di cuenta del parecido cuando hiciste la audición —admite—, pero no es por eso por lo que te quería para el papel, Gemma. —Me sostiene la mirada—. Eres la actriz adecuada para interpretar a Sonia, y eso no tiene nada que ver con Alyssa Chua.

Quiero creerla. De verdad que sí. Pero es difícil saber la verdad cuando Jake todavía está mirando con avidez la foto de Alyssa. Después de todo, a Eilene se le olvidó mencionar mi parecido con Alyssa en su discurso sobre que «nos apropiáramos» de la película juntas.

Parece que puede leerme la mente.

—Lo siento, Gemma. Debería habértelo dicho.

—¿Decirle qué? —Jake resopla—. ¿Que yo no estaba de acuerdo en que ella interpretara el papel hasta que me dijiste quién era Alyssa Chua y lo mucho que Gemma se parecía a ella? Venga ya. Le hiciste un favor, Eilene. Sí, su prueba no estuvo mal, pero, aun así, tuvo suerte de conseguir este papel justo después de terminar el instituto.

Eilene frunce los labios.

—Ya está bien. Como he dicho, Gemma es la actriz adecuada para el papel, y por eso he luchado para que lo consiga.

Sus palabras me levantan el ánimo.

—Agradezco este papel. —Entiendo la suerte que tengo, pero, a pesar de ello, me fastidia saber que no he conseguido el papel por mí misma—. Aun así, me ganaré mi lugar aquí por mi actuación, no por a quién me parezco.

—No me cabe ninguna duda de que así será —dice Eilene.

—Bien —continúa Jake—. Ahora, si has terminado con tu discursito, ¿podrías, por favor, irte a peluquería y maquillaje? No tenemos todo el día.

Mientras aprieto los dientes, miro a mi alrededor porque hay una docena de tráileres preparados y no tengo ni idea de cuál es el de peluquería y maquillaje.

Eilene se compadece de mí y me indica la dirección correcta. Jake me pide que «no tarde mucho».

Sin perder un segundo, me dirijo al tráiler que Eilene ha señalado, todavía irritada por la actitud de Jake. Todo va a ser una mierda si el director me guarda rencor porque no soy la actriz que eligió en un principio.

La mujer encargada de mi peinado y maquillaje es estadounidense y se presenta como Liz. Es una mujer blanca y mayor que se queja angustiada de mis ojeras. Las dos mujeres que asisten a Liz y que se encargan de la limpieza general son chinas y ninguna de ellas se presenta. Parece que creen que no entiendo nada de chino porque hablan sobre mí con total libertad. Pero, como muchos chinos nacidos en Estados Unidos, lo entiendo mucho mejor de lo que soy capaz de hablarlo. Aun así, aunque no entendiera el idioma, su repetida mención de Alyssa Chua me habría dado una pista sobre el tema de su conversación: lo mucho que me parezco a la glamurosa estrella de las redes sociales. De su charla, deduzco que Alyssa es hija de una socialite y de un rico empresario.

—Xie xie —digo para darles las gracias en chino mientras una mujer me tiende una taza de té y la otra me quita la toalla del cuello.

Se miran con ansiedad y no dicen nada más sobre mí. Me habría gustado decirles que no me importa que hablen de mí, pero soy demasiado tímida para expresarlo en mi chino forzado.

Entonces Liz hace girar mi silla para que pueda mirarme en el espejo del camerino y me quedo boquiabierta ante lo que veo. No me extraña que las dos mujeres chinas no paren de hablar de mi parecido con Alyssa Chua. Me han cortado el pelo a capas con tanta elegancia y me han maquillado de forma tan profesional que… somos como dos gotas de agua.




Capítulo 9


Es más fácil tratar con Jake cuando vuelvo al plató. Lo cierto es que sigue comportándose como un capullo, pero al menos es un capullo que parece saber lo que hace. Por suerte, Aidan Keller, mi coprotagonista, no solo es profesional, sino que parece un ser humano decente de verdad. Eilene me dijo que es una rareza en Hollywood: todo el mundo sabe que es fiel a su esposa. De hecho, tuvieron que pagarle una cantidad obscena de dinero para que aceptara un papel que le obliga a estar tan lejos de su familia. En cuanto a mí… Yo no calificaría como obscena la cantidad que cobro, de hecho, es bastante modesta. No obstante, es mucho más de lo que jamás soñé que me fueran a pagar como actriz, así que no me quejo.

Cuando se lo comenté a Eilene, me dijo que tal vez tenía razón, ya que estoy empezando, pero que no debería esperar a avanzar mucho más en mi carrera para quejarme. «Créeme, estoy acostumbrada a la disparidad salarial», añadió en tono sombrío. No es la primera vez que me pregunto cuánto le pagan a Eilene por ser codirectora. No lo suficiente y no tanto como a Jake, seguro.

Jake nos hace ensayar a Aidan y a mí una escena varias veces antes de empezar a grabar. La escena que vamos a rodar hoy es una en la que Sonia no se hace pasar por un hombre. Se topa con Ryan mientras está disfrutando de una cena solitaria en un restaurante. Es la escena que hice para mi primera prueba, y, en lugar de estar nerviosa, lo que estoy es ansiosa por sumergirme en ella. Empezamos con el ensayo de la escena, y va bastante bien. De hecho, Aidan es un buen actor, e incluso hace fácil el rodaje de las escenas sentimentales.

Eilene deja que Jake tome la iniciativa y no hace ningún comentario mientras este hace una crítica rápida que empieza por la actuación de Aidan. Él no parece inmutarse lo más mínimo y acepta todas las indicaciones con una inclinación de cabeza o un «entiendo». Cuando me toca a mí, no estoy tan tranquila, pero tengo que admitir que todo lo que dice Jake tiene sentido, y el segundo ensayo de la escena transcurre sin problemas.

Son necesarias varias tomas para que Jake quede satisfecho. La única indicación que da Eilene durante el ensayo y el rodaje de la escena de la cena es «relájate, Gemma», con una voz tensa como un carrete de hilo. Lo extraño es que hasta ahora estaba relajada. Todo lo posible si tenemos en cuenta que es mi primer día de rodaje. Pero ahora ya no lo estoy. ¿Qué estará tramando Eilene? Asegura que quiere que la ayude a cambiar la dirección de la película, pero ¿cómo voy a hacerlo si no está dirigiendo nada?

Cuando nos tomamos el primer descanso, Jake me sugiere (de una forma muy casual) que dé un paseo cerca de la barrera que separa el plató del resto de la calle. Hay algunos curiosos a los que los guardias de seguridad disuaden de manera eficaz, pero está claro que Jake espera sacar provecho de mi parecido con la chica famosa.

Cruzo los brazos sobre el pecho.

—Ni hablar —respondo.

Puede que tenga que seguir las indicaciones de Jake cuando rodamos las escenas, pero no voy a permitir que me exhiba cual caballo ganador frente a los paparazzi.

—Déjala, Jake —le advierte Eilene con tono grave.

Para mi sorpresa, le hace caso.

Acabamos el rodaje antes de que termine el día, y Jake decide que vamos a ensayar la siguiente escena, la que hice para mi segundo casting. En esta, Ryan persigue a Sonia bajo la lluvia después de su discusión en el restaurante.

Cuando estamos en medio de nuestro ensayo para esta escena, Eilene interviene.

—No está saliendo bien. —Se levanta de su silla de director, que está junto a la de Jake.

Me pilla desprevenida y miro a Aidan con cara de tonta. Sin embargo, me enderezo inmediatamente y miro a Eilene. Tiene razón. Los dos nos esforzamos al máximo, pero esta escena no nos sale.

Aidan y yo tenemos suficiente química en pantalla, así que ese no es el problema. La cuestión es que estamos repitiendo las mismas líneas que leí hace dos semanas durante mi casting, y son igual de repelentes.

—¡Tienes que estar de broma! —Jake lanza las manos al aire—. ¿Cómo puedes decir que no va bien si ni siquiera han terminado la escena?

—¿A ti te convence, Jake? —pregunta ella de forma razonable.

—No —admite él enfurruñado—. Pero podemos arreglarlo.

—De acuerdo. —Eilene se sienta y cruza las piernas a la altura de los tobillos—. Entonces, arréglalo.

Jake le da a Aidan algunas indicaciones de blocking y le indica que tiene que «generar calor». Para mí, sus instrucciones se reducen a «sexualizar» la escena.

Genial. Si sexualizo esta escena todavía más, me enrollaré sobre Aidan como una envoltura de plástico con mi lengua en su oreja. Aidan y yo intercambiamos una mirada, pero ¿qué podemos hacer? Jake es el director.

Repetimos la escena y el resultado es incluso peor.

Mis hombros se encogen a la defensiva cuando Jake grita:

—¡Corten!

Espero a que explote, pero, en lugar de eso, se vuelve hacia Eilene y, para mi sorpresa, añade:

—Tienes razón. —Me quedo con la boca abierta. «¿El gran Jake Tyler está admitiendo que otra persona puede tener razón?»—. ¿Alguna idea? —«¿Y que alguien más pueda tener ideas?». Es oficial: el infierno se ha congelado.

—Me gustaría reescribir la escena —propone Eilene con calma. No hay regodeo ni pedantería, solo confianza. Mi admiración por ella, ya de por sí elevada, se dispara a la estratosfera—. A ver si podemos conseguir algo con lo que Gemma y Aidan se sientan más cómodos.

Jake echa un vistazo a Aidan.

—¿Qué te parece?

—Haré lo que tú decidas —dice Aidan con tono tranquilo.

Jake dirige su mirada hacia mí.

—¿Y tú? ¿Te sientes incómoda con esta escena tal como es?

—Bueno —me cohíbo—, la parte en la que le digo a Ryan que tenga cuidado no supone ningún problema para mí, pero hay otra justo antes…

—¿Cuál? —inquiere Jake.

A decir verdad, la mayor parte del diálogo hace que quiera que la tierra me trague. ¿Cómo puedo elegir solo una cosa? A espaldas de Jake, Eilene me hace un gesto de ánimo, así que tomo aire y digo:

—Como cuando Ryan me llama su pequeña mariposa.

—La película se llama así, Butterfly —señala Jake con tono sarcástico—. ¿O no te habías dado cuenta?

—Esa frase hace que Ryan parezca un idiota —indica Aidan de repente.

Le lanzo una mirada de agradecimiento y espero a que Jake lo fulmine con los ojos o diga algo sarcástico, pero se limita a encogerse de hombros. Se dirige a Eilene:

—Parece que nuestros dos protagonistas están de acuerdo contigo. Trabaja con Henry y haz una reescritura, pero rápido. Tenemos una agenda muy apretada. —Se vuelve hacia Aidan y hacia mí y añade—: En cuanto Eilene y Henry os den las nuevas líneas para esta escena, memorizadlas. Retomamos los ensayos mañana. —Coge su megáfono y, con voz resonante, anuncia—: ¡Esto es todo por hoy!

Mientras todo el mundo se dispersa para cerrar el plató, Eilene me lleva aparte.

—Gracias por tu sinceridad, Gemma —murmura.

Me sonrojo mucho.

—No ha sido nada.

—Claro que sí —me corrige con suavidad—. Es una oportunidad para sacar esta película adelante.

* * *

Al día siguiente, ensayamos la escena reescrita de Eilene bajo la lluvia, y estoy tan nerviosa por no estropearla que, por supuesto, fracaso en mi intento.

Jake grita mucho y mi estómago se tensa porque sé que tiene razón. Interpreté esa escena con tanta emoción como un fideo mojado.

Pero, por horrible que sea el enfado de Jake, no es tan malo como cuando Eilene me lleva aparte para decirme que confía en mí. Como si no lo supiera. Como si mi preocupación por decepcionarla no fuera precisamente la razón por la que he arruinado la escena.

Para el segundo ensayo, Jake me recuerda que debo interpretar a Sonia como una «gatita sexy con tacones». Uf, Jake es un completo idiota. Como si hubiera alguna duda. Para colmo, sus palabras me recuerdan mis empeines doloridos y el par de zapatos de charol que me están aplastando los dedos de los pies como si se tratase de una cámara de torturas.

—Recuerda que estás confundida. No has superado tu relación con Ryan, pero tienes miedo de quemarte. Es una atracción peligrosa a la que no puedes resistirte —añade Eilene.

Aliviada, sigo sus indicaciones. No puedo interpretar a Sonia a menos que cobre vida para mí. «¿Una gatita sexy en tacones?». Lo único que esa idea evoca es una imagen mental de una «gatita» que se tambalea con tacones de aguja y un corsé, y me distrae por completo. Pero… «¿Atracción irresistible? ¿Jugar con fuego?». Eso me gusta.

El segundo ensayo sale mejor. Y, después de un par de tomas, dejo de dudar de mí misma y empiezo a meterme en el personaje. Al terminar el día, siento que lo he logrado.

Jake farfulla su aprobación y Aidan me felicita por mi gran trabajo.

—Bu cuo —me dice Eilene con una sonrisa.

Me sonrojo por su elogio. Como ya he dicho, no hay nada como un «no está mal» en chino. ¿Y uno de mi ídolo? Aún mejor.

En efecto, bu cuo.




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