Jesucristo, divino y humano
Atilio René Dupertuis


Este libro presenta de forma clara y amena un estudio de la doctrina de Jesucristo, basado en una diligente investigación bíblica. Es un libro que ofrece consuelo, esperanza y gozo. Conocer a Jesucristo en sus dimensiones divina y humana traerá a todo creyente sincero un aliciente, y la plena confianza de que el día de la redención está cerca. La Biblia, de manera inconfundible, clarifica que la esencia de la vida cristiana es más que la aceptación intelectual de ciertas doctrinas, implica una relación personal e íntima con Jesucristo. ¿La razón? Porque Él es el centro de la teología y de la experiencia cristianas. La pregunta que Jesús hiciera: «Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?» se ha convertido en la pregunta más importante que todo ser humano debe contestar.









Jesucristo divino y humano


Temas de cristología y salvación

Atilio René Dupertuis






Gral. José de San Martín 4555, B1604CDG Florida Oeste, Buenos Aires, Rep. Argentina.


Índice de contenido

Tapa (#u8b459aa8-1373-5a7a-9008-06156e39c765)

Dedicatoria (#ulink_ec3a3e4a-4601-5892-80bf-cb57bb579b63)

Prefacio (#ulink_21f5e266-24cc-52c4-a24c-022a3f8881f5)

Introducción (#ulink_f75a8a38-bce6-5c31-97cc-ce2813edcb38)

      PRIMERA PARTE - LA PERSONA DE CRISTO 

      1 - Panorama contemporáneo 

      2 - Jesús, el centro de la Escritura 

      3 - Controversias cristológicas 

      4 - La encarnación 

      5 - Jesús, divino-humano 

      6 - Semejante a sus hermanos en todo 

      7 - Tentado en todo 

      8 - Cristología en la Iglesia Adventista 

      SEGUNDA PARTE - LA OBRA DE CRISTO 

      9 - El pecado y sus consecuencias 

      10 - La justicia de Dios 

      11 - Teorías de la Expiación 

      12 - La fe de Jesucristo 

      13 - La centralidad de la Cruz 

      14 - La obediencia de Cristo 

      15 - ¿Qué fue clavado en la Cruz? 

      16 - La función de la Ley 

      17 - Reconciliación 

      18 - Justificación por la fe 

      19 - Justificación por la fe, en la Iglesia Adventista 

      20 - Novedad de vida 

      21 - Lucha interna 

      22 - La gracia y la Ley 

      23 - Pablo y Santiago 

      24 - ¿Religiosos o cristianos? 

      25 - Perfección cristiana 

      26 - Un mandamiento nuevo 

Conclusiones (#ulink_d13c2361-dbf0-563f-bf8a-34f604c60573)

Apéndice: La soberanía de Dios y el libre albedrío (#ulink_db54dded-46ae-53e2-978a-fb260805ce4b)


Jesucristo, divino y humano

Temas de cristología y salvación

Atilio René Dupertuis

Dirección: Pablo Partida Gómez (GEMA)

Diseño del interior: Carlos Schefer

Diseño de tapa: Andrea Olmedo Nissen

Ilustración de tapa: Goodsalt/ysas

Libro de edición argentina

IMPRESO EN LA ARGENTINA - Printed in Argentina

Primera edición, e - Book

MMXXI

Es propiedad. © 2015 GEMA EDITORES. © 2016, 2021 Asociación Casa Editora Sudamericana. Publicado con permiso de los dueños del Copyright.

Queda hecho el depósito que marca la ley 11.723.

ISBN 978-987-798-391-3




Publicado el 26 de marzo de 2021 por la Asociación Casa Editora Sudamericana (Gral. José de San Martín 4555, B1604CDG Florida Oeste, Buenos Aires).

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Dedicatoria


Dedicado con profundo afecto y gratitud a la memoria de mi madre, quien ejemplificó para mí, en su propia vida, el amor y la ternura de Jesús.




Prefacio


Cristología, o el estudio de Cristo, es el centro de la Escritura, no solo del Nuevo Testamento, sino también del Antiguo. Pocas horas después de su resurrección el domingo por la mañana, Jesús se unió a dos viajeros que se encaminaban a la aldea de Emaús. Al tratar de explicarles el significado de lo que había sucedido durante el fin de semana y que los tenía muy turbados, Jesús, “partiendo de Moisés, y siguiendo por todos los profetas, comenzó a explicarles todos los pasajes de las Escrituras que hablaban de él” (Luc. 24:27).1

El Antiguo Testamento presenta a Cristo más bien en símbolos, en tipos, como “el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (Juan 1:29). El Nuevo Testamento lo presenta ya en persona, entre los hombres, en el cumplimiento de su misión, como el único nombre “bajo el cielo, mediante el cual podamos alcanzar la salvación” (Hech. 4:12).

No es de sorprenderse que esta doctrina central, más que ninguna otra de la Escritura, haya sido objeto de mucha oposición y distorsión. En el momento mismo en que Jesús nació, ya hubo una conspiración en contra de su vida que lo obligó a refugiarse con sus padres en Egipto. A través de la historia de la iglesia, ha habido numerosos intentos por desvirtuar la persona y la misión de Jesús. Ha sido, y es todavía, muy común negar su divinidad para dejar a un Cristo solamente humano, aunque tal vez con mayor sensibilidad espiritual que el resto de los hombres, por lo que bien podría servir de ejemplo. Siempre que de alguna manera se minimice la persona de Cristo, también se afecta su obra, porque lo que él hizo lo hizo en virtud de quién era. Naturalmente, en la medida en que se limite la persona de Cristo, en esa proporción aumenta el papel que el hombre juega en su propia salvación.

Hoy se ha hecho bastante común, en algunos sectores de la iglesia, promover a un Jesús que en algunos sentidos difiere muy poco del resto de los hombres. Se lo presenta como a un hombre con una naturaleza pecaminosa prácticamente idéntica a la del resto de los hombres. En esa naturaleza, sin ninguna ventaja sobre el hombre, Jesús vivió una vida de perfecta obediencia a la Ley de Dios; y siendo que él lo logró, es posible que el hombre también lo logre. La preocupación, en este caso, es principalmente con la doctrina de la salvación, no con la persona de Cristo. El énfasis en el ministerio de Jesús se centra en su ejemplo más bien que en su función de redentor.

La verdad es que nadie puede vivir a la altura de lo que el Señor Jesús vivió. Por eso la salvación es por la gracia de Dios recibida por fe, lo que mueve al hombre a llevar una vida de obediencia a la voluntad de Dios, consciente siempre de que sus mejores esfuerzos nunca alcanzarán el ideal, porque “el ideal que Dios tiene para sus hijos está por encima del alcance del más elevado pensamiento humano” (E. G. de White, La educación, p. 18). Jesús es un ejemplo, el mejor y más elevado ejemplo, para quien lo ha aceptado como Salvador, siempre en ese orden.

Atilio René Dupertuis

Mayo de 2015

1 (#ulink_d8e7f2cf-823c-5966-b289-29e55c8fb283) Los textos bíblicos utilizados en esta obra han sido extraídos de La Biblia, versión Reina-Valera Contemporánea, excepto donde se indique otra versión.




Introducción


Leíamos hace tiempo la historia de un inspector que trabajaba en una planta nuclear, a quien se le había encargado una tarea muy especial. Debía vigilar la puerta de salida de la planta para que ninguno de los empleados se llevara algo, especialmente algo que pudiera contener elementos radiactivos. Tenía un detector manual de metales, y fielmente revisaba a cada empleado cuando salía.

Una tarde notó que uno de los empleados se acercaba empujando una carretilla llena de aserrín. Sospechó que podría estar ocultando algo debajo del aserrín. Lo detuvo, lo revisó cuidadosamente y, al no encontrar nada fuera de lugar, le permitió seguir su camino. Curiosamente, al día siguiente y aproximadamente a la misma hora, el mismo empleado se aproximaba otra vez a la puerta de salida llevando una carretilla llena de aserrín. La revisó otra vez con todo cuidado y, al notar nuevamente que todo estaba en orden, lo dejó salir. Lo mismo sucedió por varios días, hasta que finalmente, movido más por la curiosidad que por sospecha, comenzó a interrogar al empleado que salía con la carretilla. Eso lo llevó a una investigación más detallada, y finalmente el empleado confesó: ¡Había estado robando carretillas! El inspector estaba tan preocupado por examinar el aserrín, para ver si había algo escondido allí, que lo más grande pasaba sin que él se diera cuenta.

Esta historia contiene una amonestación para nosotros, como estudiantes de la Biblia. Muchas veces nos preocupamos más por los detalles, por cosas pequeñas, tal vez secundarias, y perdemos de vista lo central, el cuadro mayor. No quiere decir que no haya cosas pequeñas que no sean importantes. En realidad, la Biblia nos amonesta a tener cuidado con “las zorras pequeñas”, porque ellas pueden ser las que destruyan la viña (Cant. 2:15), pero eso no implica que debamos poner toda nuestra atención en las zorras pequeñas. Debemos concentrarnos en lo esencial, en lo más importante. Lo primero debe ponerse primero y a aquello central debe dársele la importancia que le corresponde. El tema central de la Escritura es el Señor Jesús y su misión redentora. Por lo tanto, la doctrina de Cristo es el tema principal al cual deberíamos darle la importancia primordial.

La doctrina de Cristo, o cristología, incluye el estudio de la persona de Cristo y de su misión: quién era y qué hizo. A veces suele usarse la palabra cristología exclusivamente para el estudio de la persona de Cristo; y soteriología –la doctrina de la salvación–, para referirse a su obra. Pero una distinción tal es hasta cierto punto artificial y académica. La persona de Cristo y su obra están estrechamente relacionadas. En realidad, son como las dos caras de una misma moneda y no pueden separarse; no puede estudiarse una sin que de alguna manera afecte a la otra. La obra de Cristo está inseparablemente unida a su persona. Lo que él hizo fue en virtud de quién era él.

A manera de ilustración, citaremos un par de pasajes de la Escritura. En primer lugar, Mateo escribió, al anunciar el nacimiento de Jesús: “María tendrá un hijo, a quien pondrás por nombre JESÚS, porque él salvará a su pueblo de sus pecados” (Mat. 1:21). Este texto hace referencia a Jesús y al mismo tiempo a su misión; Jesús, el hijo que nacería de María, tendría como misión única salvar a los seres humanos. En el Evangelio de Lucas encontramos otra vez esta verdad afirmada de la siguiente manera: “El Hijo del hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido” (Luc. 19:10). Quién es el Hijo del Hombre y cuál es su obra es el tema de la Escritura.

Podríamos muy bien decir que, en primer lugar, el propósito central de la Escritura es en realidad presentar a Cristo. En cierta oportunidad el Señor Jesús, al hablar con los judíos, les dijo: “Ustedes escudriñan las Escrituras, porque les parece que en ellas tienen la vida eterna; ¡y son ellas las que dan testimonio de mí!” (Juan 5:39). El propósito de la Escritura, según el Señor Jesús, es dar testimonio de él. En segundo lugar, su propósito es soteriológico. Pablo escribió a Timoteo: “Desde la niñez has conocido las Sagradas Escrituras, las cuales te pueden hacer sabio para la salvación” (2 Tim. 3:15). Las Escrituras dan testimonio de Cristo para que el hombre pueda encontrar en él la salvación: “No se ha dado a la humanidad ningún otro nombre bajo el cielo mediante el cual podamos alcanzar la salvación” (Hech. 4:12).

En realidad, cuando nos remontamos a las primeras páginas de la Escritura y encontramos la primera mención que se hace del evangelio, de las buenas nuevas del plan de la salvación después de la caída de nuestros primeros padres, se notan estos dos aspectos centrales de la Escritura en el mismo versículo. En ese texto conocido como el protoevangelio, se menciona que Cristo, la simiente de la mujer, sería herido en el calcañar para que el hombre, necesitado de rescate divino, pudiera ser otra vez traído al favor de Dios (Gén. 3:15).

En la primera parte de este trabajo trataremos de contestar la pregunta: ¿Quién era Jesús, cuál era su naturaleza, cuáles eran sus atributos y cuál es su relación con el hombre? En la segunda parte nos interesaremos en dar respuesta a otra pregunta fundamental: ¿Cuál fue su misión? En otras palabras, cómo nos salva Cristo. Estudiaremos el significado de su vida, de sus enseñanzas, de su muerte, de su resurrección y de su intercesión, ya que es en Cristo y solo en él que “tenemos seguridad” (Efe. 3:12).



PRIMERA PARTE



LA PERSONA DE CRISTO





Capítulo 1

Panorama contemporáneo


Durante los primeros cuatro siglos de la historia de la iglesia cristiana, el tema principal de discusión teológica fue en relación con la identidad de Jesús, su procedencia divina y la realidad de su humanidad. Cuando a mediados del siglo V la iglesia llegó a una conclusión y sostuvo que Jesús era verdadero Dios y verdadero hombre en una persona, las controversias cesaron y todo quedó en calma en la iglesia por más de mil años. Los reformadores, en el siglo XVI, encontraron que lo decidido en el concilio de Calcedonia a mediados del siglo V armonizaba con lo que se encontraba en la Escritura. Pero la tranquilidad teológica iba a ser sacudida en los siglos siguientes.

Últimamente, es decir, durante los siglos XIX y XX en forma particular, ha habido un renovado interés en cristología, y otra vez hay mucha especulación en cuanto a la identidad del Hijo de Dios. Una conocida revista cristiana, Christianity Today (4 de marzo de 1996), publicó un artículo titulado: “¿Quién dicen los eruditos que soy yo?”, y así como fue hace dos mil años, las opiniones varían. Algunos eruditos ven a Jesús como un gran profeta, un genio religioso, un buen hombre, un santo, un libertador, pero muy pocos expresan la fe de Pedro en aquel día memorable: “¡Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente!” (Mat. 16:16).

El Iluminismo, del siglo XVIII, fue un período de la historia intelectual de Occidente que cambió en forma permanente la manera en la que el hombre percibe a Dios, a sí mismo y al mundo. Esta filosofía enfatiza la primacía de la naturaleza y tiene un concepto elevado de la razón, pero muy pobre de lo que es el pecado. Inherente a esta filosofía se encuentra un prejuicio contra todo lo sobrenatural. Para el filósofo Immanuel Kant, el Iluminismo quería decir simplemente que el hombre había alcanzado mayoría de edad y no necesitaba más apoyarse en las muletas de la iglesia o de la Escritura. La razón ocupó el centro del escenario, desvirtuando todo tipo de autoridad externa, desplazando a Dios y a su Palabra a un segundo plano. Si bien es cierto, el hombre fue elevado al centro del escenario, al mismo tiempo fue devaluado. Desde entonces, el hombre es visto como parte del mundo natural en vez de una creación especial de Dios.

Kant escribió dos libros que tuvieron una influencia insospechada en la manera de entender la realidad. El primero, titulado Crítica de la razón pura, escrito en el año 1788, limita la posibilidad de conocimiento al mundo de la experiencia, lo que se puede probar. No negó la realidad metafísica, el mundo del más allá, solo que negó la posibilidad de conocerla por medio de la percepción. Trató de establecer que solo lo medible, lo razonable, puede considerase como real. En su segundo libro, Crítica de la razón práctica, escrito diez años más tarde, trató de establecer la religión sobre otra base; no la razón, sino sobre una razón diferente, práctica, en contraste con la razón pura. Según Kant, todo ser humano tiene conciencia del deber, de lo que está bien y lo que está mal; es algo universal. El deber, entonces, es el único motivo válido para la conducta humana, es un imperativo. Sin negar la realidad de lo trascendente, aunque es imposible “probarlo”, hace de la ética, basada en el sentido del deber, el centro de la religión.




El siglo XIX


No es de sorprenderse que el siglo siguiente, el XIX, sea conocido como el siglo del liberalismo protestante. En ese siglo, el liberalismo invadió la iglesia cristiana. La Biblia fue sometida a un estudio con las mismas herramientas del racionalismo que imperaba. El espíritu de la época manifestaba incredulidad y menosprecio hacia lo trascendente, lo sobrenatural; todo debía enmarcarse dentro de los límites de la razón. ¿Cómo afectó a la cristología este nuevo enfoque con respecto a la Escritura? Sencillamente, se despojó a Cristo de todo lo sobrenatural. Sin negar la existencia de Jesús, se argumentó que si los evangelios no fueron escritos inmediatamente después de la muerte del Señor Jesús, sino después de un par de décadas, lo que se encuentra en los evangelios no es historia propiamente, sino la creación de la mente fértil de los primeros cristianos. Durante este período, se argumentaba, entraron en el pensar de la iglesia mucha imaginación y mitos que no correspondían con la realidad.

Se hacía, por lo tanto, una diferencia bien marcada entre el “Jesús histórico” y el “Cristo de la fe”. El Jesús histórico era la persona que existió, que vivió en Palestina y que fue crucificada. El Cristo de la fe era el que se encuentra en los evangelios. El trabajo del erudito bíblico era podar el relato bíblico de todo lo sobrenatural para poder descubrir al Jesús histórico, quien vivió haciendo bienes y ayudando a los demás. De ninguna manera, sin embargo, podría ser considerado como divino; eso había sido una creación de la iglesia. Se favoreció una cristología funcional más bien que ontológica; es decir, había más interés en la obra de Cristo que en su persona. Interesaban más los beneficios de Jesús que su esencia.

Durante el siglo XX continuó en cierta manera la búsqueda del Jesús histórico. En el año 1958, Rudolph Bultmann, uno de los teólogos más influyentes del siglo XX, publicó un libro titulado Jesus Christ and Mythology, que ha cambiado en gran medida la mentalidad en un buen sector del cristianismo en cuanto a Jesús. Bultmann argumenta que la información que tenemos en los evangelios acerca de Jesús es de carácter mitológico, creada por la iglesia, y por lo tanto es necesario tratar de descubrir la esencia, lo histórico. En otras palabras, es necesario eliminar de los evangelios todo lo que, según él, es mitología, dejando solo lo que es puramente histórico.

John Hick, editor del libro The Myth of God Incarnate (1977), argumenta que en el siglo XIX se superaron dos conceptos equivocados en teología: que la Biblia es divinamente inspirada y que el hombre es una creación especial de Dios. Según este autor, la Biblia es un libro como otros libros religiosos y el hombre es parte de la naturaleza; es decir, participa de un desarrollo común con el resto de los seres vivientes. En el siglo XX llegó el momento, dice él, para dar un tercer paso: reconocer que Jesús no es un Dios encarnado, que la encarnación es un mito; que es una creación de la iglesia, de una mentalidad precientífica, y que Jesús fue nada más que un hombre privilegiado.

Según Hick, Jesús difiere en grado pero no en naturaleza de otras personas religiosas. Era un profeta que percibía más claramente la realidad que los demás y tenía la capacidad de amar más genuinamente, pero no era único. Insiste en que Jesús nunca pretendió tener la naturaleza de Dios. Uno de sus textos favoritos es donde Jesús mismo dijo: “¿Por qué me llamas bueno? No hay nadie que sea bueno, sino solo Dios” (Mar. 10:18). Jesús mismo, aquí, habría reconocido los límites de su humanidad. Los escritores del Nuevo Testamento, según este autor, no discutieron la naturaleza de Jesús en ningún sentido metafísico, sino que enfatizaron lo que él hizo. No estaban interesados en quién era Jesús, sino en su ministerio. Estaban más interesados en su función que en su naturaleza.

Según este libro, el cambio hacia una cristología ontológica no ocurrió durante el período bíblico sino cuando los escritores cristianos comenzaron a usar categorías griegas para explicar el evangelio. En cuanto a la relación entre el cristianismo y otras religiones, hay que reconocer que la iglesia pasó por tres momentos.

1. Exclusivismo. Hubo un tiempo cuando el cristianismo fue visto como el único camino para la salvación. Esta manera de percibir el cristianismo se encuentra especialmente enraizada en los dogmas de la Iglesia Católica: fuera de la iglesia no hay salvación. El gran movimiento misionero del siglo XIX se basaba en el mismo concepto equivocado y en la ignorancia de las virtudes de las otras religiones. Según Hick, todo esto proyecta un concepto distorsionado del carácter de Dios.

2. Inclusivismo. Con el tiempo, la iglesia abrió un poco más la puerta, y el cristianismo llegó a ser percibido como el mejor camino entre otras religiones que también tienen algo de bueno. Aun cuando la salvación es solo a través de Jesucristo, todos están incluidos en los beneficios de su misión redentora. La salvación se ve no como un pronunciamiento jurídico, sino como una transformación gradual de la vida que puede llevarse a cabo en variados contextos religiosos además del cristianismo.

En el año 1949, la Iglesia Católica habló incluso del “bautismo de deseo”. Hay personas que tienen el deseo sincero de hacer la voluntad de Dios, por lo que tienen una fe implícita. Karl Rahner escribió un libro titulado Cristianos anónimos, y dijo que alguien puede ser cristiano sin saberlo. Se habló de “paganos santos” en el Antiguo Testamento. El papa Pío XI, en el año 1954, mantenía que alguien que es presa de una “ignorancia invencible” de la religión verdadera como está revelada en la Iglesia Católica no es culpable a los ojos de Dios. El Concilio Vaticano II (1962-1965) fue lo que más claramente abrió las puertas para un tipo de inclusivismo, donde los protestantes dejaron de ser herejes para ser considerados como “hermanos separados”.

3. Pluralismo. En el año 1987, Hick publicó otro libro, titulado The Myth of Christian Uniqueness. Si Cristo no es único, tampoco lo es el cristianismo. Las distintas prácticas de las diferentes religiones reflejan la misma fe, en formas diferentes. Todas las religiones tienen un sentido de trascendencia; existe algo más allá que motiva a la reverencia y al compromiso. Es como subir una montaña por distintos senderos. Al llegar a la cumbre, todos descubren la misma realidad, aunque lo hicieron por distintos senderos. Todos encuentran a Dios. Se argumenta hoy que el cristianismo es un buen camino entre otros caminos igualmente buenos. Hick usa la parábola de los ciegos que tuvieron que describir un elefante después de haberlo tocado, y concluye que las distintas descripciones diversas no eran falsas, sino solo perspectivas parciales de la misma realidad. Así son las distintas religiones.




Posmodernidad


Durante la última parte del siglo XX, se produjeron importantes cambios sociales y culturales en los países desarrollados. A esta nueva cultura se la conoce como “Posmodernidad”. Esta época está marcada por una total desconfianza en la razón, la esencia de la Edad Moderna, que la precedió. La Modernidad puso fin a la Edad Media. Algunos eventos importantes que tuvieron que ver con este cambio son el Renacimiento, el descubrimiento de América y la Reforma protestante. Siguió la época de la razón, del Iluminismo y de la ciencia. El hombre alcanzó “mayoría de edad”. Frente al oscurantismo de la Edad Media, la Edad Moderna ofrecía importantes cambios en la relación del hombre con el mundo que lo rodeaba. Al respecto escribió Antonio Cruz, un erudito español: “La ética y el derecho modernos se fundamentarán exclusivamente en la voluntad del propio ser humano. La eticidad basada en el mandamiento divino y contenida en las páginas de la Biblia perderá credibilidad para dársela a la pura voluntad de ese ser que se considera a sí mismo como medida de todo” (Antonio Cruz, Posmodernidad, p. 25).

Así como la Modernidad desplazó para siempre las ideas de la Edad Media, la Posmodernidad eclipsó las esperanzas de la Modernidad. Hay una sensible pérdida de confianza en la razón. En el modo de pensar posmoderno, no hay verdades universales; cada persona descubre su propia verdad. “El optimismo científico y tecnológico de la Modernidad, que había imaginado paraísos de bienestar y felicidad, estalla por los aires en pleno siglo XX con la primera explosión de la bomba atómica. El fin de una guerra acaba también con la esperanza de una época” (ibíd., p. 59).

En otro libro, Cruz agrega:

“La exaltación del sentimiento sobre la razón que se observa hoy en los ambientes seculares ha hecho también irrupción en las congregaciones, dando lugar a una fe emocional y antiintelectualista. Se trata de una fe que necesita el momento efervescente, el frenesí espiritual, el carisma del líder, la manifestación corporal, los gestos y la emocionalidad fraternal […]. De ahí que cada vez, en el culto, aumenten más los períodos dedicados a la llamada “alabanza” y se reduzca el tiempo de la predicación –como si esta, el estudio bíblico, la lectura de la Palabra, la conducta personal o el trabajo diario no fueran también maneras de alabar a Dios. Las antiguas letras de los himnos clásicos, que constituían un fiel reflejo del ambiente moderno del momento, pues eran meditadas, estructuradas y en general con profundo contenido bíblico, han sido sustituidas, en las nuevas melodías cúlticas, por frases sencillas, repetitivas, con poco mensaje pero que permiten una mayor utilización del ritmo y la percusión” (ibíd., p. 16).

En este contexto cultural cambiante, donde no existen verdades universales, la misión de la iglesia no ha cambiado; estamos llamados a predicar el evangelio eterno (Apoc. 14:6), que es en esencia el Señor Jesús, quien es “el mismo ayer, y hoy, y por los siglos” (Heb. 13:8).





Capítulo 2

Jesús, el centro de la Escritura


La historia de la humanidad se divide en antes de Cristo y después de Cristo. El Señor Jesús es además el centro de la Escritura, de ambos testamentos. La diferencia fundamental entre el Antiguo Testamento y el Nuevo es un asunto de tiempo. El Antiguo Testamento mira casi exclusivamente hacia el futuro; todo apunta hacia la venida del Mesías. El Nuevo Testamento, por otro lado, se centra esencialmente en el pasado, confirmando que lo anunciado por los profetas ha encontrado su cumplimiento en Jesús de Nazaret. Al mismo tiempo indica que hay algo que aún debe completarse en el futuro, la segunda venida de Cristo. Pero existe una notable continuidad entre ambos testamentos.

El Evangelio de Mateo, en manera especial, se constituye como un puente que une los dos Testamentos: lo anunciado y su cumplimiento. Evidentemente, Mateo tuvo en mente una audiencia de mentalidad judía al escribir su evangelio. En el primer versículo menciona a David y a Abraham, el rey más querido de Israel y el padre de la nación judía. La expresión “para que se cumpliera lo que el Señor dijo por medio del profeta” aparece once veces en este Evangelio. Se pueden mencionar varios ejemplos específicos. Su nacimiento en Belén, su huida a Egipto, su rechazo por parte del pueblo, ninguno de sus huesos sería quebrado. Además, Mateo ve la vida de Jesús como una recapitulación de la experiencia del pueblo de Israel.

“Como el déspota Faraón oprimió a Israel en Egipto, también Jesús encontró refugio en Egipto de la mano del déspota Herodes. Así como Israel pasó por las aguas del mar Rojo, para luego pasar pruebas en el desierto por cuarenta años, también Jesús pasó por las aguas del bautismo de Juan en el río Jordán, a fin de ser probado en el desierto durante cuarenta días. Además, así como Moisés dio la Ley a Israel desde el Sinaí, también Jesús dio a sus seguidores la verdadera interpretación y ampliación de la Ley desde el monte de las Bienaventuranzas” (John Stott, The Incomparable Christ, p. 24).

Jesús subraya la relación entre las dos edades cuando dice: “Dichosos los ojos de ustedes, porque ven; y los oídos de ustedes, porque oyen. Porque de cierto les digo, que muchos profetas y hombres justos desearon ver lo que ustedes ven, y no lo vieron; y oír lo que ustedes oyen, y no lo oyeron” (Mat. 13: 16, 17). La realidad se había hecho presente. Juan el Bautista conecta el sacrificio de Cristo directamente con el sistema anticipatorio del Antiguo Testamento: “Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (Juan 1:29). Los profetas del Antiguo Testamento vivieron en el período de la anticipación, del anuncio; los apóstoles vivieron en el tiempo del cumplimiento. En el Nuevo Testamento hay conciencia de que el gran acontecimiento escatológico anticipado en el Antiguo Testamento ya se ha cumplido, mientras al mismo tiempo anuncia que hay otro acontecimiento escatológico importante que está todavía en el futuro. Todo se centra en Cristo, sus dos venidas: la primera y la segunda.

El Nuevo Testamento afirma estos eventos trascendentales, pero no entra en ninguna discusión detallada de ellos. A la iglesia le tomó casi cuatrocientos años llegar a una comprensión más o menos completa de la persona de Cristo. Hubo numerosos intentos de explicar lo que el Nuevo Testamento no explica en detalle: su origen divino y su total humanidad, una persona en dos naturalezas y la relación entre ambas naturalezas.

Cristo no habría podido hacer lo que hizo si no hubiera sido lo que fue: divino y humano. El propósito central de la Biblia es, en primer lugar, cristológico: revelar a Cristo. El Señor mismo dijo: “Ustedes escudriñan las Escrituras, porque les parece que en ellas tienen la vida eterna; ¡y son ellas las que dan testimonio de mí!” (Juan 5:39). En segundo lugar, su propósito es soteriológico; tiene que ver con lo que Cristo hizo para salvar al hombre. El apóstol Pablo escribió a Timoteo: “Desde la niñez has conocido las Sagradas Escrituras, las cuales te pueden hacer sabio para la salvación por la fe que es en Cristo Jesús” (2 Tim. 3:15).




La gran pregunta


El Señor Jesús había pasado varios días con sus discípulos junto al lago de Galilea. Mientras estaban allí, los fariseos y los saduceos fueron a tentarle exigiéndole que mostrara alguna señal para autenticar su pretensión de ser el Mesías. Jesús no hizo ninguna señal sino que les dijo que solo se les daría la señal del profeta Jonás. Este incidente afectó el ánimo de los discípulos. Ellos mismos tenían dificultad para poder entender ciertas palabras y actitudes de Jesús. ¿Por qué no hacer el milagro que los religiosos pedían, para satisfacer su curiosidad y, tal vez de esa manera ganar su respeto y apoyo? Pero, en vez de hacerlo, Jesús los llevó al otro lado del Jordán, y los amonestó para que se cuidaran de la levadura de los fariseos y los saduceos.

En su ofuscación, los discípulos no captaron lo que Jesús quiso decirles, por lo cual él los reprochó tiernamente diciéndoles que eran “hombres de poca fe”. Entonces, decidió alejarlos de aquella región de intrigas y sospechas, y llevarlos hacia el norte, a la región de Cesarea de Filipo. Los discípulos iban descorazonados. Notaban creciente hostilidad hacia Jesús de parte de los dirigentes religiosos. Muchos lo habían abandonado ya. Ellos mismos se sentían inseguros. Fue precisamente entonces, cuando estaban pasando por un momento de desánimo, cuando Jesús los confrontó con una pregunta de trascendencia sin igual, algo que ellos debían resolver antes de que otros asuntos pudieran ser resueltos:

“¿Quién dice la gente que es el Hijo del Hombre?” (Mat. 16:13).La pregunta era aparentemente fácil de responder. Ellos escuchaban a diario las opiniones de la gente en cuanto a Jesús, por lo que contestaron: “Unos dicen que es Juan el Bautista; otros, que es Elías; y otros, que es Jeremías o alguno de los profetas” (Mat. 16:14). Es notable que los discípulos hayan sido cuidadosos en sus respuestas. Ellos oían también a la gente expresarse en forma muy negativa de Jesús; por ejemplo: que era glotón, bebedor de vino, amigo de los pecadores (Luc. 7:34), pero nada de eso dijeron o por lo menos, no le habían dado importancia.

Después de escuchar por un momento lo que ellos decían, Jesús les hizo otra pregunta, ya no tan fácil de contestar. Les hizo la pregunta de los siglos: “Ustedes, ¿quién dicen que soy yo?” A lo que Pedro respondió: “¡Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente!” (Mat. 16:15, 16). Su respuesta fue sorprendente. Más a tono con su estado de ánimo hubiera sido: “No sabemos, no estamos seguros. ¿Por qué tú no nos lo dices claramente?”

Cuando Pedro articuló esas palabras memorables, Jesús comentó: “Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás, porque no te lo reveló ningún mortal, sino mi Padre que está en los cielos” (Mat. 16:17). Este incidente es muy significativo y quisiera detenerme en tres aspectos fundamentales que se desprenden de él, lo cual será la base de nuestra filosofía en este estudio. En primer lugar, no es suficiente y a la vez es inseguro depender de lo que otros dicen acerca de Jesús. La verdad acerca de quién es él no se encuentra en los comentarios de la gente ni en las expresiones eruditas de los teólogos.

Dos mil años más tarde, si hiciéramos la misma pregunta que hizo Jesús: “¿Quién dice la gente que es el Hijo del Hombre?”, obtendríamos respuestas muy variadas otra vez. Algunos dirían hoy que era un buen hombre, un maestro ideal, un genio religioso; otros, que era un fanático equivocado. Bajo el rubro de la Teología de la Liberación se oyó decir por un tiempo que Jesús era un revolucionario, que si las condiciones hubieran sido más favorables sin duda habría hecho estallar una revolución en Palestina en favor de los derechos de los pobres y lo oprimidos. No lo hizo porque no era el momento apropiado.

En segundo lugar, Jesús confrontó a los discípulos con la pregunta en forma personal: “Ustedes, ¿quién dicen que soy yo?” De igual manera, cada ser humano debe contestar por sí mismo ese interrogante, y la única respuesta que corresponde con la realidad es la que dio Simón Pedro: “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente”. Ningún concepto de Jesús inferior a este puede ser válido. Lo que dice la gente no es verdad a menos que se reconozca esta verdad fundamental. No solo reconocerla teóricamente, sino también en lo personal. En el fondo del alma, cada ser humano debe responder a la pregunta: “¿Quién es él para ti?” Es un asunto eminentemente personal, no asunto de grupo, de iglesia o de pueblos. En tercer lugar, ¿cómo se sabe que Jesús es el Hijo de Dios? ¿Cómo lo supo Pedro? Jesús dijo a Pedro que es un asunto de revelación. La confesión de este discípulo no estuvo basada en su propio razonamiento o especulación; había sido una revelación de Dios. Esto es muy crítico. El único lugar donde podemos encontrar la verdad acerca de Jesús es en la Revelación, en la Sagrada Escritura, en el “así dice el Señor”.

Frente a la revelación que encontramos en la Escritura, hay comúnmente tres actitudes posibles. Algunos la niegan, no creen en lo sobrenatural, como lo hemos notado más arriba. Todo se debería al proceso común de las leyes de la naturaleza, de causa y efecto. La Biblia es un libro como cualquier otro libro. Contiene mucho de bueno, mucho de valor, pero no es cualitativamente superior a otros buenos libros que se hayan escrito. Por lo que la Biblia debe ser estudiada como cualquier otro libro, eliminando todo aquello que sugiera algo milagroso o sobrenatural.

Hay quienes aceptan la Biblia como la Palabra de Dios, pero la cuestionan. La estudian a través del filtro de su propio razonamiento humano, de la competencia humana, y eso los lleva a seleccionar aquello que cuadra con sus razonamientos; son muy selectivos en el uso de la Escritura. Finalmente, otra actitud posible es aceptarla porque viene de Dios y entonces tratar de entenderla sometiendo nuestros juicios a su criterio. Aceptar la Biblia como la Palabra de Dios, como la revelación de su voluntad y estar dispuestos a someterse a sus veredictos no es popular hoy, ni aun en el mundo cristiano, pero es el único camino seguro.

En los últimos dos siglos ha habido un desplazamiento visible en la fe, de lo sobrenatural a lo natural, de la fe a la razón. El teólogo contemporáneo David Wells lo expresó muy bien cuando dijo: “En el pasado, la función del teólogo era aclarar, exponer y defender la fe cristiana. Ya no es así. Lo que es más común es que el teólogo cuestione, niegue y dude parte de lo que tradicionalmente se ha enseñado como esencia de la fe” (The Person of Christ, p. 2). Hoy hay mucho interés en la verdad, pero no en la verdad de la Revelación, sino en la verdad que puede ser descubierta, comprobada, manipulada por el hombre, aquella que armoniza con la ciencia y con la cultura. Nosotros confesamos nuestra confianza indivisa en la Escritura como la Palabra de Dios, como su Palabra inspirada, como su revelación.

Al proseguir el estudio de este tema, lo haremos tratando de descubrir la verdad de la Revelación. No quiere decir que podremos entender todo, aclarar todos los misterios, agotar su contenido. Más de una vez será necesario detenernos y confesar que el pozo es hondo y no tenemos con qué sacar el agua (ver Juan 4:11). Pero hay bendición en tratar de descubrir y entender lo que en su sabiduría Dios ha visto a bien revelar. La tarea del que estudia la Biblia no es fácil; es en realidad difícil, es contender con el Todopoderoso, conscientes de que los pensamientos de Dios no son nuestros pensamientos. Es tratar de explicar lo inexplicable, de penetrar lo impenetrable: los misterios de Dios. Es una experiencia única, una experiencia sin igual.

Estudiar la Biblia, tratar de entenderla, puede ser una experiencia similar a la que tuvo Jacob aquella noche memorable, cuando estaba por encontrarse con su hermano. Jacob necesitaba encontrarse con Dios. Necesitaba hallar respuestas para los interrogantes de su alma. En esas circunstancias, se presentó un mensajero celestial y se entabló una lucha. Aunque no sabemos todos los pormenores de esa lucha, sí sabemos que Jacob fue vencido; que como resultado de ese encuentro quedó herido ;y cuando le preguntó al mensajero celestial cuál era su nombre, para saber de él, le fue negado. Pero, como bien dijera Tomás de Aquino hace muchos siglos, en aquella lucha Jacob sintió debilidad, una debilidad que a su tiempo era dolorosa y deliciosa, porque ser así derrotado era en realidad una evidencia de que había luchado con un ser divino.

Por eso, al tratar de luchar con la Revelación, con el mensaje que viene de Dios, vamos a ser heridos: tal vez nuestro orgullo, nuestras ambiciones de entender todo, de tener en todo la última palabra. No podremos comprender a Dios en su totalidad. Si pudiéramos, lo perderíamos, habríamos construido un ídolo del tamaño de nuestra mente. Es muy posible que Jacob, después de aquel encuentro con el mensajero divino, supiera en un sentido tanto acerca de Dios como antes, pero ahora lo conocía en otra dimensión, no teológica, sino personal; y ese conocimiento llenó su alma, transformó su corazón, y recién entonces pudo hacer frente a su hermano y a la posibilidad de una vida en paz. Había sido tocado por la mano del Señor; ese es en realidad el objetivo perseguido en este estudio.





Capítulo 3

Controversias cristológicas


El Nuevo Testamento contiene ciertas afirmaciones cristológicas básicas, pero hay muy poca discusión en cuanto a su significado. Afirma, por ejemplo, que Jesús fue concebido por el Espíritu Santo; que su madre era una virgen. Además, nos dice que el niño que nació de María era en realidad Emanuel, Dios con nosotros; era Dios y era hombre, que nació sin pecado, como fue dicho en el anuncio del ángel: “El Santo Ser que nacerá” (Luc. 1:35). Vivió unos treinta años en relación diaria con sus semejantes. Su misión fue redentora: él vino a buscar y a salvar lo que se había perdido (Luc. 19:10). Vivió haciendo el bien. Fue crucificado. Resucitó de los muertos. Ascendió a los cielos, de donde volverá a juzgar a los vivos y a los muertos.

Los escritores del Nuevo Testamento se preocuparon más por enfatizar quién era Jesús que en explicar qué era; ellos habían sido testigos de su misión entre los hombres, por lo que escribieron primordialmente como testigos. El Nuevo Testamento no discute en ningún detalle la relación entre las dos naturalezas de Jesús. La necesidad de elaborar sobre las afirmaciones bíblicas no se hizo sentir al principio. Los apóstoles escribieron como testigos de los eventos que registraron, ya que habían convivido con Jesús durante varios años. Pedro escribió: “Como quienes han visto su majestad con sus propios ojos” (2 Ped. 1:16). El discípulo amado agregó: “Lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos contemplado, y palparon nuestras manos referente al Verbo de vida” (Juan 1:1).

Tan pronto como el evangelio traspuso las fronteras del judaísmo y entró en contacto con la mentalidad griega, que es más analítica, se hizo necesario dar explicaciones más detalladas en cuanto a la identidad de Jesús, qué era. El apóstol Pablo señala la diferencia entre las dos culturas cuando dice: “Los judíos piden señales, y los griegos van tras la sabiduría” (1 Cor. 1:22). Los intentos de explicar las afirmaciones bíblicas en este nuevo ambiente dieron origen a lo que conocemos como las controversias cristológicas, que se extendieron hasta mediados del siglo V.




Controversias cristológicas


Las controversias cristológicas de los primeros siglos pasaron por tres momentos definitorios. En primer lugar, fue necesario resolver el problema relacionado con la Trinidad. Si Jesús era Dios, ¿cómo evitar caer en el politeísmo? Se resolvió, después de mucho estudio, que las tres Personas participan de la misma esencia, pero desempeñan distintas funciones. En segundo lugar, había que aclarar también la humanidad de Jesús. ¿Era realmente humano? Se resolvió que sí lo era, era verdadero hombre. Finalmente, siendo que Jesús era divino y humano, ¿qué relación existía entre las dos naturalezas? ¿Eran dos personas distintas? Se decidió que Jesús era una persona con dos naturalezas.

El proceso no fue fácil. Duró aproximadamente cuatro siglos. Se hizo difícil porque se trataba de explicar algo que no tiene explicación lógica, que es una paradoja, un misterio. Algunos trataban de enfatizar la humanidad de Jesús a expensas de su divinidad, y viceversa. Las discusiones cristológicas tenían –y tienen– siempre como fin la soteriología. ¿Qué implicaciones soteriológicas se derivan de las diferentes cristologías? En la medida en que de alguna manera se minimice la persona de Jesús, también se devalúa su obra y en la misma proporción aumenta el rol que el hombre juega en su salvación. Daremos algunos ejemplos de estas controversias en los comienzos de la historia de la iglesia que pueden arrojar luz sobre la comprensión de la cristología en nuestros días.

1. Ebionitas

Ya en el siglo I de la Era Cristiana surgieron los ebionitas, un grupo de cristianos de origen judío a quienes les resultó muy difícil desprenderse de algunas enseñanzas y tradiciones del judaísmo. Su trasfondo judío se manifestaba en dos convicciones principales: en primer lugar, se aferraban a un estricto monoteísmo. Se mantenían inamovibles en relación con la declaración bíblica de que “el Señor es uno” (Deut. 6:4). Para ellos, el aceptar la divinidad de Cristo sería caer en el politeísmo; por lo tanto, Jesús no podía ser Dios.

Además, tenían una profunda convicción en cuanto a la eterna validez de la Ley de Moisés. La idea que Jesús era una nueva revelación, definitiva, estaría en conflicto con este ideal, por lo que les era inaceptable. Tenían un fuerte apego a la ley de Moisés, la cual tendría siempre prioridad para ellos. ¿Cómo vislumbraban entonces a Jesús? Decidieron que era humano, como cualquiera de los hombres, posiblemente hijo de José y de María. En algún momento, tal vez en el bautismo, fue adoptado por Dios y dotado con dones especiales. ¿Cómo afectó su soteriología este concepto de un Cristo devaluado, solamente humano? Mucho, naturalmente. Como humano, Jesús rindió una obediencia perfecta a Dios y, al hacerlo, nos dejó un ejemplo de cómo es posible vivir en total obediencia a la Ley de Dios. Veían la misión de Jesús como educativa y ejemplar más que redentora. El concepto de gracia no tenía cabida en este sistema. Su soteriología era un exagerado legalismo. La salvación se obtenía al duplicar la obediencia de Cristo. Tenían poca simpatía por los escritos del apóstol Pablo, mientras que la epístola de Santiago era su libro preferido. Creían que se puede llegar a ser justo y a merecer la salvación mediante la obediencia a la Ley, como lo hizo Jesús.

2. Docetistas

Un poco más tarde, todavía en el primer siglo, surgió otro grupo: cristianos de origen no judío, llamados docetistas. Esta palabra proviene del griego y significa “apariencia”. Estos cristianos no creían que Jesús hubiera sido realmente humano, sino que él aparecía como hombre para poder cumplir su misión entre los hombres, pero era solo divino. Debido a la cosmovisión dualista griega que sustentaban, creían que lo espiritual, el alma, existía en un plano superior, de pureza; mientras que lo material, el cuerpo, por ejemplo, era en sí negativo, malo. Ellos negaban que la humanidad de Jesús hubiera sido real. No podían aceptar que lo divino, de la esfera superior, se hubiera unido con lo terreno. Sostenían que Jesús era humano solo en apariencia. La apariencia humana de Jesús se explicaba como una teofanía, una aparición. Algunos afirmaban que, durante el bautismo, el Cristo divino, espiritual, descendió sobre Jesús de Nazaret, tomó posesión de él y partió antes de la crucifixión. Este concepto mutilado de la persona de Cristo también llevó a una soteriología defectuosa: la salvación era vista como la separación del alma del cuerpo. Se salvaba lo espiritual del hombre; afirmaban que el alma era inmortal y que sobrevivía separada del cuerpo. Se nota la presencia de esta herejía ya a fines del siglo primero. El apóstol Juan revela en sus escritos tener conocimiento de este grupo. En cambio, Juan es muy claro en su Evangelio: “La Palabra se hizo carne, y habitó entre nosotros” (Juan 1:14). Fue aun más específico en una de sus cartas:

“Amados, no crean a todo espíritu, sino pongan a prueba los espíritus, para ver si son de Dios. Porque muchos falsos profetas han salido por el mundo. Pero esta es la mejor manera de reconocer el Espíritu de Dios: Todo espíritu que confiesa que Jesucristo ha venido en carne, es de Dios; y todo espíritu que no confiesa a Jesús, no es de Dios” (Juan 4:1-3).

3. Monarquismo

A comienzos del siglo III surgió una nueva manera de tratar de explicar la relación entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Estos cristianos se referían a Dios como si fuese una monarquía, enfatizando la unidad de Dios. Eran conocidos como los alogoi. Esta palabra viene de la palabra logos, que se traduce como Palabra en el prólogo del cuarto Evangelio. Alogoi quería decir que se oponían a la doctrina del logos y también rechazaban el Evangelio de Juan. De este comienzo surgieron dos tipos de monarquismo: dinámico y modalista. La palabra “dinámico” deriva de la palabra griega dunamis, que significa poder, o fuerza, por lo cual veían a Jesús como un poder que emanaba del Padre.

La corriente modalista enfatizaba también la unidad de la Deidad sin negar la divinidad de Cristo, pero la identificaba con el Padre. En este sistema, también conocido como “sabelianismo”, se trataba de entender a la Deidad como si Dios fuera una monarquía, es decir, había un solo Dios, no tres dioses. Querían mantener la unidad de Dios sin negar la divinidad de Jesús. La distinción entre el Padre y el Hijo, insistían, era verbal, no numérica. Sabelio, un prominente maestro en Roma, enseñaba que Dios era uno: se manifestaba en tres operaciones o modos diferentes, pero era el mismo y único Dios. Usaba la analogía del sol para explicar este concepto. El sol, como un solo objeto, irradia luz y calor. Dios es uno, pero como el Hijo, irradia luz; y como el Espíritu, irradia calor. La misma persona divina se revela en tres modos: como Padre, es el Creador; como Hijo, es el Redentor; y como Espíritu, es el Dador de gracia, pero hay un solo Dios.

4. Arrianismo

El desafío más formidable, sin duda, para la ortodoxia bíblica apareció en el siglo IV con el surgimiento del arrianismo. La iglesia estaba entrando en ese tiempo en una nueva era: había pasado de ser perseguida a ser tolerada; y ahora, además, favorecida por el Imperio. La iglesia afrontaba nuevos problemas, como las conversiones en masa, por ejemplo, lo que significó menos profundidad en la vida moral; además, la protección imperial, que bien podía derivarse en interferencia en los asuntos de la iglesia. Los monjes en los monasterios tomaron el lugar de los mártires. En algunos sentidos, la iglesia iba cuesta abajo.

A principios del siglo IV, Arrio, un presbítero de Alejandría, sacudió a la iglesia con su doctrina decididamente antitrinitaria. Su punto de partida era un monoteísmo estricto, que no admitía ningún tipo de pluralidad en la Deidad. Para él, Cristo, el logos, es un ser creado, el primer ser creado. Solo el Padre posee los atributos divinos, que no pueden ser compartidos; si fuera posible compartirlos, dejaría de ser Dios. Argumentaba que si Jesús fuera igual al Padre, la Escritura debería haberlo llamado hermano, no hijo, porque el hijo es siempre posterior al padre. Para Arrio, el Padre era eterno, pero no Jesús. El arrianismo fue condenado en el concilio de Nicea en el año 325, pero nunca fue totalmente erradicado; su influencia es visible todavía hoy en ciertos rincones del cristianismo.

Cuando mencionamos “arrianismo”, lo primero que viene a la mente es la creencia de que Jesús es un ser creado, lo cual era central en ese esquema. Pero el interés ulterior de Arrio era más bien soteriológico; es decir, tenía que ver con la salvación. Tres pilares sostenían esta teología. En primer lugar, un estricto monoteísmo; una cerrada oposición a la idea de la Trinidad. Dios el Padre es la Fuente de la vida. Es trascendente, indivisible. Todo lo demás es creado. En segundo lugar, lógicamente para Arrio, Cristo es un ser creado. Es la primera y más grande de las criaturas, pero es una criatura. En tercer lugar, Cristo se constituyó en el gran Modelo para sus seguidores. Su vida de obediencia perfecta señaló el camino a la salvación para todo ser humano. Si Cristo, un ser creado, pudo obedecer perfectamente la Ley de Dios, el ser humano también puede lograrlo. Arrio, al igual que el ebionita que vimos más arriba, tenía muy poco que decir acerca de la gracia; ya que consideraba que la salvación era por obediencia, ejemplificada en la vida de Jesús. Al devaluar la persona de Cristo, naturalmente su obra fue afectada, y en esa proporción aumentó el papel que el hombre juega en su salvación.

En un detallado trabajo sobre el arrianismo, titulado Early Arrianism. A View of Salvation, de Robert Gregg y Dennis Groth, se lee lo siguiente:

“Concluimos que se entiende mejor el arrianismo cuando se lo percibe como un esquema de salvación. Preocupaciones soteriológicas dominan los textos e informan todos los aspectos mayores de la controversia. En el corazón de la soteriología arriana había un redentor, obediente a la voluntad de su creador, cuya vida virtuosa constituyó el modelo perfecto de lo que es una criatura y así señaló el camino de la salvación para todos los cristianos.

[…] Elegido y adoptado como hijo, esta criatura que avanzó en excelencia moral para con Dios, ejemplificó ese caminar en santidad y justicia que trae bendición a todos los hijos de Dios que hacen lo mismo. En este sentido, y con esta idea de salvación en mente, los arrianos predicaban acerca de su Cristo, y su predicación misma era un llamado a los creyentes a esperar y luchar para lograr igualdad con él” (pp. 10, 65; énfasis añadido).

5. Apolinario

Otro desafío a la enseñanza bíblica sobre la persona de Cristo surgió en el siglo IV, en la persona de Apolinario, obispo de Laodicea. La preocupación de este obispo era explicar cómo las dos naturalezas, divina y humana, podían haberse unido en Cristo. Si dos entidades perfectas se unen, habría como resultado dos, no una. Influenciado por la filosofía griega, basaba su teoría en una interpretación limitada de Juan 1:1 y 14, y entonces partía de una antropología tricótoma. Usaba 1 Tesalonicenses 5:23, donde el apóstol Pablo menciona “todo su ser, espíritu, alma y cuerpo”, como su texto base. En su interpretación, el cuerpo era la parte física; la mente [alma] era el principio vital, impersonal; y el Espíritu era el asiento de las facultades racionales, de la personalidad. Aplicando su filosofía a Cristo, concluyó que en Cristo el cuerpo y el alma eran humanos, pero que el logos tomó el lugar del espíritu. Como consecuencia, la humanidad de Cristo, en la cristología de Apolinario, era parcial y mutilada, era dos terceras partes humano, no era verdaderamente hombre. Naturalmente, la iglesia condenó esta posición en el año 381.

6. Nestorio

Patriarca de Alejandría, a principios del siglo V, trató de mantener completa la naturaleza humana de Cristo. Sostenía que en Cristo había dos sustancias distintivas, divinidad y humanidad, con características diferentes, completas en cada caso, aunque unidas en Cristo. En esencia, esta posición implicaba que Jesús tenía una doble personalidad; que era, en realidad, dos personas. Pronto la iglesia rechazó este concepto, y mantuvo firme la creencia de que en Cristo había una persona con dos naturalezas. Nestorio también rechazó el uso del término theotokos, que significa “madre de Dios”, atribuido a María, porque según él ninguna mujer puede ser la madre de Dios, que es eterno.

7. Eutiques

Este monje de Constantinopla, también del siglo V, fue el originador de lo que se conoce como monophysitismo (mono=uno, physis=naturaleza); es decir, que Jesús tenía solo una naturaleza. La iglesia estaba tratando de entender la relación entre las dos naturalezas en Jesús. Eutiques afirmó que después de la encarnación la naturaleza de Cristo era solamente divina, no humana. Abogaba por un tipo de fusión de las dos naturalezas, en la cual la humana era absorbida por la divina. La iglesia también rechazó este intento de explicar la encarnación. La resolución final en lo que tiene que ver con cristología fue lograda en el año 451 en el concilio de Calcedonia. En un lenguaje bastante filosófico, el Credo de Calcedonia reza así:

“Nosotros, entonces, siguiendo a los santos Padres, todos de común consentimiento, enseñamos a los hombres a confesar a Uno y el mismo Hijo, nuestro Señor Jesucristo, el mismo perfecto en deidad y también perfecto en humanidad; verdadero Dios y verdadero hombre, de cuerpo y alma racional; consustancial (coesencial) con el Padre de acuerdo a la deidad, y consustancial con nosotros de acuerdo a la humanidad; en todas las cosas como nosotros, sin pecado; engendrado del Padre antes de todas las edades, de acuerdo a la deidad; y en estos postreros días, para nosotros, y por nuestra salvación, nacido de la virgen María, de acuerdo a la humanidad; uno y el mismo, Cristo, Hijo, Señor, Unigénito, para ser reconocido en dos naturalezas, inconfundibles, incambiables, indivisibles, inseparables; por ningún medio la distinción de naturalezas desaparece por la unión, más bien es preservada la propiedad de cada naturaleza, y concurrentes en una Persona y una Sustancia, no partida ni dividida en dos personas, sino uno y el mismo Hijo, y Unigénito, Dios, la Palabra, el Señor Jesucristo; como los profetas desde el principio lo han declarado con respecto a él, y como el Señor Jesucristo mismo nos lo ha enseñado, y el Credo de los Santos Padres que nos ha sido dado. AMÉN”.

La resolución adoptada en este concilio ha sido considerada desde entonces como la ortodoxia en el cristianismo bíblico.





Capítulo 4

La encarnación


El estudio de la encarnación del Hijo de Dios va más allá de la comprensión humana, y no admite una explicación lógica. Es un misterio, como lo expresara el apóstol Pablo: “Indiscutiblemente, el misterio de la piedad es grande. Dios fue manifestado en carne” (1 Tim. 3:16, énfasis añadido). Es el milagro de los milagros. Nadie lo puede explicar. Lo creemos en virtud de la autoridad de la Escritura, porque está revelado. Cuando Pedro confesó su fe en Jesús como el Hijo de Dios, Jesús le respondió: “Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás, porque no te lo reveló ningún mortal, sino mi Padre que está en los cielos” (Mat. 16:17). Por eso, a pesar de que nunca podremos obtener una comprensión completa de este misterio, eso no nos limita para tratar de entender todo lo que está revelado.

La palabra encarnación no se encuentra en la Biblia pero se usa para señalar una verdad claramente contenida en la Escritura: que Dios se hizo hombre en la persona de su Hijo; que Emanuel, el niño que nació de la virgen María, era en realidad “Dios con nosotros” (Mat. 1:23). El discípulo amado comienza su Evangelio estableciendo la procedencia divina del Hijo de Dios: “En el principio ya existía la Palabra. La Palabra estaba con Dios, y Dios mismo era la Palabra. […] Y la Palabra se hizo carne, y habitó entre nosotros” (Juan 1:1, 14).

Esta doctrina no fue puesta en duda en la iglesia cristiana sino hasta mediados del siglo XVIII cuando el racionalismo comenzó a ocupar el centro del escenario teológico y como consecuencia la teología se tornó liberal. El siglo XIX es conocido como el siglo del liberalismo protestante, cuando la razón continuó ejerciendo su predominio. La diferencia fundamental entre “conservador” y “liberal” tiene que ver precisamente con la postura que se tome en cuanto a la Biblia: ¿es la Biblia la Palabra de Dios o es la palabra acerca de Dios? ¿Es inspirada por Dios o contiene en gran medida las reflexiones de los autores acerca de Dios?




Alta crítica


Fue en ese tiempo cuando se desarrolló lo que se conoce como la alta crítica: una metodología inspirada por el racionalismo de los siglos anteriores que niega la dimensión vertical de las Escrituras y tiene como una de sus presuposiciones principales que los milagros no corresponden a la historia humana. Pretende estudiar la Escritura con el mismo enfoque con el que se estudia cualquier otro libro, donde la razón tiene la última palabra. Algunos postulados básicos de esta metodología son:

Correlación. Ningún evento puede ser entendido a menos que sea visto en su contexto histórico. Existe un continuo no interrumpido de causa y efecto. No se puede aceptar una causa divina para un evento. Un milagro sería un evento cuya causa no está dentro de la historia. Es un principio que no admite lo sobrenatural.

Analogía. El presente y el pasado son análogos. El presente es la clave para entender el pasado. Nada ocurrió en el pasado que no ocurra en el presente. Este principio excluye todo lo que es único y particular, como, por ejemplo, la encarnación y la resurrección del Señor Jesús.

Crítica. Por medio de este principio se trata de descubrir lo que quiso decir el autor bíblico, pero además, si es posible, justificar su creencia. Los escritores bíblicos vivieron en un mundo precientífico, por lo que no tenían los elementos de juicio con que cuentan los eruditos de hoy. Sus escritos, por lo tanto, no deben ser aceptados sin una cuidadosa evaluación.

No hay que confundir la alta crítica con lo que se conoce como la baja crítica, o crítica textual. La baja crítica trata básicamente sobre asuntos lingüísticos, textuales, así como la historia de la transmisión de texto. Trata de rescatar el texto de los autógrafos, es decir, de los escritos originales, o acercarse lo más posible a ellos. No se posee hoy ninguno de los originales de los escritos bíblicos, y la baja crítica trata de restablecer lo más posible el texto a su condición original.




La teoría kenótica


En el siglo XIX ganó popularidad en Alemania una nueva forma de explicar la encarnación, conocida como la teoría kenótica, que trata de descubrir las limitaciones que Jesús aceptó al venir a esta Tierra. Esta teoría fue desarrollada por personas cristianas que creían en la encarnación pero querían hacerla comprensible para el pensar del momento, fuertemente influenciados por la nueva ciencia de la alta crítica. Tres factores motivaron la formulación de esta teología:

Un factor bíblico. Al venir a la tierra, el logos de alguna manera tomó sobre sí limitaciones. La Escritura dice que Jesús, aun cuando era igual a Dios, “se despojó a sí mismo y tomó forma de siervo” (Fil. 2:7). La palabra “despojó” también puede traducirse como “vació”; en realidad, así lo traducen la mayoría de las versiones en inglés: “He emptied Himself”. De ahí la pregunta: ¿de qué se vació? En otro contexto, la Escritura afirma que Jesús “siendo rico se hizo pobre” (2 Cor. 8:9). ¿En qué consistió su empobrecimiento? ¿En qué sentido dejó de ser rico?

Un factor lógico. ¿Cómo pueden lo infinito y lo finito coexistir en una persona? ¿Cómo puede una persona ser omnipotente, omnipresente y estar al mismo tiempo restringida a un lugar?

Un factor crítico. Este factor surgió como resultado del uso de la metodología crítica recientemente desarrollada. Jesús citaba con frecuencia el Antiguo Testamento y atribuía citas a ciertos autores, por ejemplo a Moisés. Pero la ciencia de la crítica histórica lo estaba cuestionando. Ponía en duda no solo las afirmaciones de estos autores, sino también a los autores mismos y aun la historicidad de los eventos. Parecía haber conflicto entre las conclusiones de los eruditos bíblicos y el dogma de la omnisciencia de Cristo.

Así, Gottfried Thomasius (1802-1875), teólogo luterano, introdujo en Alemania el concepto de la cristología kenótica. Basó su teoría en un análisis de los atributos divinos, los cuales, según él, pueden ser clasificados como inmanentes y relacionales (o espirituales y naturales). Los atributos inmanentes se refieren a lo que Dios tiene y es en sí mismo, independientemente de lo que hace en relación con la creación: Dios es poder, verdad, amor, santidad, justicia. Estos atributos son los que definen a Dios; no sería Dios si no los tuviera. Los atributos relacionales tienen que ver con la relación de Dios con la creación, pero no son esenciales para lo que define a Dios. Sería lo que es aunque nunca hubiera creado nada. Estos atributos son: omnipotencia, omnipresencia, omnisapiencia. Lo que el logos hizo al encarnarse, según este autor, fue abandonar los atributos relacionales mientras que retuvo los atributos inmanentes, por lo que Jesús era poder, amor, santidad, justicia, pero no poseía omnipotencia, omnisapiencia ni omnipresencia.

Es necesario distinguir entre el motivo kenótico, que es bíblico, y la teoría kenótica, que es una explicación humana, un intento de explicar el misterio de la encarnación. Es verdad que Jesús se vació, que se anonadó, que se hizo pobre, pero no hay justificación bíblica para que no haya sido, aun en la carne, verdadero Dios. El apóstol Pablo nos amonesta: “Cuídense de que nadie los engañe mediante filosofías y huecas sutilezas, que siguen tradiciones humanas y principios de este mundo, pero que no van de acuerdo con Cristo. Porque en él habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad” (Col. 2:8, 9).




Se despojó a sí mismo


Entonces, ¿de qué se despojó Jesús en su misión redentora? Su oración intercesora nos ayuda a contestar la pregunta. “Glorifícame tú al lado tuyo, con aquella gloria que tuve contigo antes que el mundo existiera” (Juan 17:5). Se vació, dejó a un lado la gloria que tenía junto al Padre, vino como un simple ser humano, vino de incógnito para poder cumplir con su misión. En armonía con el Padre, decidió no actuar como Dios; vino sin desplegar su divinidad. Su divinidad estaba velada. No se despojó de ninguno de sus atributos divinos; su vaciamiento consistió en que no los usaría, viviría como hombre entre los hombres en el cumplimiento de su misión.

Sin embargo, a pesar de las limitaciones que aceptó al venir, había muchas evidencias innegables de su divinidad. Era más que un hombre. Si no hubiera habido en él algo diferente, los judíos habrían tenido razón para rechazarlo. En el próximo capítulo exploraremos algunas de las evidencias bíblicas de su divinidad.





Capítulo 5

Jesús, divino-humano


A pesar de que la encarnación del Señor Jesús es un misterio, el más profundo de los misterios, la Biblia nos da suficiente información para tener un conocimiento seguro de quién era él. Un incidente registrado en tres de los evangelios arroja luz sobre este misterio. Según lo relata Marcos:

“Ese mismo día, al caer la noche, Jesús les dijo a sus discípulos: ‘Pasemos al otro lado’. Despidió a la multitud, y partieron con él en la barca donde estaba. También otras barcas lo acompañaron. Pero se levantó una gran tempestad con vientos, y de tal manera las olas azotaban la barca, que esta estaba por inundarse. Jesús estaba en la popa, y dormía sobre una almohada. Lo despertaron y le dijeron: ‘¡Maestro! ¿Acaso no te importa que estamos por naufragar?’ Jesús se levantó y reprendió al viento, y dijo a las aguas: ‘¡Silencio! ¡A callar!’ Y el viento se calmó, y todo quedó en completa calma. A sus discípulos les dijo: ‘¿Por qué tienen tanto miedo? ¿Cómo es que no tienen fe?’ Ellos estaban muy asustados, y se decían unos a otros: ‘¿Quién es este, que hasta el viento y las aguas lo obedecen?’ (Mar. 4:35-41).

“¿Quién es este?” Evidentemente, más que un carpintero, más que un hombre. La tormenta lo encontró durmiendo, cansado por las actividades incesantes del día: propio de la humanidad; era humano como sus hermanos. Pero de pronto, con el poder de su palabra, calmó el tempestuoso mar, al punto de que “todo quedó en completa calma”. Reveló su poder. El Creador tenía poder sobre la naturaleza; era en verdad Emanuel, Dios con nosotros.

Aunque nunca podremos entender en toda su amplitud y profundidad quién de veras era Jesús, la Escritura afirma sin lugar a dudas que era divino y humano, era Dios en carne humana, porque “la Palabra se hizo carne, y habitó entre nosotros” (Juan 1:14). La Escritura contiene abundante información con respecto a su divinidad. Hay una cantidad de textos que específicamente lo enseñan.




Textos específicos


Notamos ya que desde el mismo comienzo de la iglesia cristiana comenzaron a surgir filosofías que tendían a minimizar, de una manera u otra, la persona del Señor Jesús. Algunas negaban su divinidad; y otras, su humanidad. Los escritores del Nuevo Testamento estuvieron en guardia defendiendo la verdad bíblica. Un ejemplo lo tenemos en una de las cartas que escribió el apóstol Pablo:

“Cuídense de que nadie los engañe mediante filosofías y huecas sutilezas, que siguen tradiciones humanas y principios de este mundo, pero que no van de acuerdo con Cristo. Porque en él habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad, y en él, que es la cabeza de toda autoridad y poder, ustedes reciben esa plenitud (Col. 2:8-10).

Además del pasaje mencionado, donde el apóstol establece que en Cristo habita “toda la plenitud de la Deidad”, hay una cantidad de otros textos que enfatizan lo mismo. Por ejemplo: “El cual [Jesucristo] es Dios sobre todas las cosas. ¡Bendito sea por siempre!” (Rom. 9:5); “Dios mismo era la Palabra. […] Y la Palabra se hizo carne” (Juan 1:1, 14); “Del Hijo dice: ‘Tu trono, oh Dios, es eterno y para siempre’ ” (Heb. 1:8); “Este es el verdadero Dios, y la vida eterna” (Juan 5:20); “A Dios nadie lo vio jamás; quien lo ha dado a conocer es el Hijo unigénito, que está en el seno del Padre” (Juan 1:18); “Antes de que Abraham fuera, yo soy” (Juan 8:58); “Tomás respondió y le dijo: ‘¡Señor mío, y Dios mío!’ ” (Juan 20:28); “La gloriosa manifestación de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo” (Tito 2:13).




Evidencia indirecta


Además de los textos que en forma directa atestiguan de la divinidad de Cristo, hay otros pasajes que si bien no lo mencionan en forma tan directa, también corroboran la misma verdad. El Evangelio de Juan registra, por ejemplo, un episodio entre Jesús y los judíos. Jesús había sanado a un paralítico junto al estanque de Betesda, donde solían congregarse los enfermos. El hecho de que Jesús le haya ordenado al hombre sanado que se levantara, tomara su lecho y se fuera molestó profundamente a los judíos porque el milagro fue hecho en sábado, y según sus tradiciones el hombre no debía estar llevando su lecho en ese día. Él respondió que lo hacía en obediencia a quien lo había sanado porque él mismo le había indicado que llevara su lecho. Dice el relato que “los judíos lo perseguían y procuraban matarle, porque hacía esto en el día de reposo” (Juan 5:16). La respuesta de Jesús fue: “Hasta ahora mi Padre trabaja, y yo también trabajo” (vers. 17). Los enfureció a lo sumo. “Por esto los judíos con más ganas procuraban matarlo, porque no solo quebrantaba el día de reposo sino que, además, decía que Dios mismo era su Padre, con lo cual se hacía igual a Dios” (vers. 18).

¿Por qué las palabras de Jesús “Hasta ahora mi Padre trabaja, y yo también trabajo” enfurecieron tanto a los judíos? ¿Por qué vieron que con esas palabras se hacía igual a Dios? Según las tradiciones que habían desarrollado, Dios era el único que podía trabajar en sábado, y además debía hacerlo, porque él mantenía en su lugar la complejidad del universo. Además, a veces llovía el día sábado, y Dios es quien manda la lluvia; niños nacían en sábado, y Dios es quien abre la matriz; personas morían en sábado, y Dios es quien da la vida y quien la quita. Por eso, cuando Jesús afirmó que él trabajaba por la misma razón que su Padre lo hacía, ellos vieron claramente que se hacía igual a Dios. Aunque la evidencia aquí es, en un sentido, indirecta, es sumamente clara. Jesús quiso que los judíos entendieran precisamente eso, su procedencia divina. Si lo hubieran entendido mal, él muy fácilmente podría haberlo aclarado; pero no, habían entendido bien. Mencionaremos, sin mucho comentario, otros pasajes que afirman lo mismo.

La autoridad de su persona: “Les enseñaba como quien tiene autoridad, y no como sus escribas” (Mat. 7:29). Los profetas, como mensajeros de Dios, hablaban con autoridad, pero con frecuencia expresaban la Fuente de su autoridad, al decir: “Vino a mí la palabra del Señor”, o “Así ha dicho el Señor”. Pero a diferencia de los profetas, la autoridad de Jesús era inmediata, no derivada. Él podía decir: “Han oído que se dijo a los antiguos […]. Pero yo les digo” (Mat. 5:21, 22). “Pero si bien sus modales eran amables y sencillos, impresionaba a los hombres con una sensación de poder escondido que no podía ocultarse totalmente” (E. G. de White, El Deseado de todas las gentes, p. 111).

Su autoridad sobre el sábado: La manera en que Jesús se relacionó con el sábado revela mucho cuando se trata de entender su identidad. La santidad y la permanencia del sábado como día de reposo están claramente establecidas en la Biblia. Al finalizar la semana de la Creación, “Dios bendijo el día séptimo, y lo santificó” (Gén. 2:3). También, en el Sinaí, cuando Dios dio la Ley al pueblo de Israel poco tiempo después de que salió de la esclavitud en Egipto, quedó para siempre registrado: “Te acordarás del día de reposo, y lo santificarás” (Éxo. 20:8). Es muy claro que el sábado fue instituido por Dios. Por lo tanto, solo Dios tiene la autoridad para abrogarlo o modificar sus obligaciones; solo él tiene autoridad sobre su creación. Cierto día, al ser criticado por los fariseos porque sus discípulos recogieron espigas en el día de sábado al pasar por un sembradío, Jesús se defendió con las palabras bien conocidas: “El día de reposo se hizo por causa del género humano, y no el género humano por causa del día de reposo. De modo que el Hijo del hombre es también Señor del día de reposo” (Mar. 2:27, 28). Es que en tiempos de Jesús el sábado había dejado de ser “santo y glorioso del Señor” (Isa. 58: 13), y se había convertido en una carga con innumerables reglamentos de cómo debía guardarse, qué podía hacerse y qué estaba prohibido.

Recibe adoración: Los evangelios registran ocasiones en que alguien adoró a Jesús, ante lo cual él guardó silencio, no lo impidió (ver, p. ej.: Mat. 28:9). La Escritura es clara al afirmar que solo Dios es digno de adoración. El libro de los Hechos registra, por ejemplo, la historia de Cornelio, el centurión romano, que instruido por una visión celestial, mandó a buscar a Pedro para que le hablase del evangelio. Cuando Pedro llegó a su casa, Cornelio no pudo contenerse y se postró a sus pies para adorarlo, pero Pedro no se lo permitió; lo reprendió cortésmente diciendo: “Levántate. Yo mismo soy un hombre, como tú” (Hech. 10:26). Durante su primer viaje misionero, el apóstol Pablo llegó a Listra acompañado por Bernabé; allí fue sanado un paralítico. Al ser testigos de esta maravilla, los habitantes de la ciudad se entusiasmaron y quisieron rendirles culto. La reacción de Pablo y de Bernabé fue inmediata y decidida: rasgaron sus ropas en señal de desaprobación y corrieron ante la multitud para detenerlos, diciendo: “Nosotros somos unos simples mortales, lo mismo que ustedes” (Hech. 14:15).

El apóstol Juan relata un incidente interesante que ocurrió durante su estadía en la isla de Patmos. Recibió la visita de un ángel del Señor y Juan se dispuso a adorarlo. Dice el discípulo amado: “Yo me postré a sus pies para adorarlo, pero él me dijo: ‘¡No hagas eso! Yo soy consiervo tuyo, y de tus hermanos que retienen el testimonio de Jesús. Adora a Dios’ ” (Apoc. 19:10). Después de haber ayunado cuarenta días y cuarenta noches, el señor Jesús recibió la visita del tentador, quien en un momento le ofreció todos los reinos del mundo si lo adoraba. Jesús le respondió: “Vete, Satanás, porque escrito está: ‘Al Señor tu Dios adorarás, y a él solo servirás’ ” (Mat. 4:10). Así pues, es claro que el hecho de que Jesús aceptara adoración es una evidencia clara de su divinidad.

Sus requerimientos: La misión de los profetas y los apóstoles fue ayudar a la gente a elevar su mirada a Dios para que pusieran su fe exclusivamente en él. Eran solo instrumentos que con frecuencia confesaban sus limitaciones; el apóstol Pablo exclamó en cierta oportunidad: “Tenemos este tesoro en vasos de barro” (2 Cor. 4:7). Por otro lado, Jesús, sin tener jamás que confesar alguna limitación, instó a sus oyentes a creer en él de la misma manera que creían en Dios: “No se turbe vuestro corazón. Ustedes creen en Dios; crean también en mí” (Juan 14:1). A las entristecidas hermanas de Lázaro, les dijo: “Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá” (11:25).

Sus afirmaciones: Aunque los evangelios no registran ninguna ocasión en que Jesús haya dicho: “Yo soy Dios”, él hizo afirmaciones que serían totalmente inadmisibles si provinieran de alguien que no fuera Dios. La Biblia habla de “los mandamientos de Dios” (Apoc. 14:12), y Jesús se refirió a ellos como “mis mandamientos” (Juan 14:15). Habla de “los ángeles de Dios” (Luc. 15:10) y del “reino de Dios” (Rom. 14:17), y Jesús dijo: “El Hijo del hombre enviará a sus ángeles, y ellos recogerán de su reino [...]” (Mat. 13:41). Los ángeles de Dios y el Reino de Dios son los ángeles de Jesús y el Reino de Jesús.

Su relación única con el Padre: Los judíos quedaron atónitos cierto día cuando escucharon a Jesús decir: “El Padre y yo somos uno” (Juan 10:30). La blasfemia fue tan grande, según ellos, que Jesús se había hecho merecedor de la muerte, y ahí mismo comenzaron a recoger piedras para arrojarlas contra el irreverente profeta. Cuando Jesús les preguntó cuál era la causa de tal enojo, le respondieron: “No te apedreamos por ninguna buena obra, sino por la blasfemia; porque tú eres hombre, pero te haces Dios” (vers. 33). Lo notable es que Jesús no se disculpó, no les dijo: “Me entendieron mal; yo no quise decir eso”. Lo único fuera de lugar fue la reacción de ellos. En otra ocasión, Jesús afirmó que el que guardara su palabra no vería la muerte (8:51). Otra vez los judíos se ofendieron y señalaron a Abraham, el venerado padre de la nación judía, el amigo de Dios, quien al igual que los profetas había muerto, y le preguntaron si él se creía mayor que Abraham. Jesús les contestó: “Abraham, el padre de ustedes, se alegró al saber que vería mi día. Y lo vio, y se alegró” (vers. 56). La respuesta de Jesús los dejó aún más ofuscados; él no tenía aún cincuenta años, observaron, y el patriarca había vivido hacía un par de milenios, a lo que Jesús respondió: “De cierto, de cierto les digo: Antes de que Abraham fuera, yo soy” (vers. 58).

Es interesante notar que el idioma griego usa dos verbos diferentes en este versículo: antes de que Abraham fuera; es decir, antes de que él viniera a la existencia (el verbo es ginomai, que significa llegar a ser). Pero cuando Jesús dice: “Yo soy”, el verbo es eimi, que significa ser. En otras palabras: “Antes de que Abraham existiera, yo ya era”. La misma combinación de verbos se encuentra en la Septuaginta, una traducción del hebreo al griego: “Antes que naciesen [ginomai] los montes y formases la tierra y el mundo, desde el siglo y hasta el siglo, tú eres [eimi] Dios” (Salm. 90:2). Habla de la eternidad de Dios en contraste con el mundo natural, que fue creado. Este texto nos ayuda a entender las palabras de Jesús: “Antes que Abraham fuera, yo soy”. Leon Morris, un destacado erudito del Nuevo Testamento, comenta al respecto: “Juan comenzó su Evangelio al hablar de la preexistencia de la Palabra. Esta afirmación no va más allá de eso, no podría; sin embargo, resalta el significado de [su] preexistencia en la forma más notable” (The Gospel According to John, p. 473).

Juan 8:58 no es un texto fácil de interpretar; prueba de ello es la diversidad de interpretaciones que se han ofrecido. Una regla elemental de hermenéutica al estudiar un texto es tratar de descubrir lo que entendió la gente en el contexto original. Obviamente, para los judíos, lo que dijo Jesús era una blasfemia porque intentaron otra vez apedrearlo, pero Jesús “salió del templo” (Juan 8:59). La Traducción del Nuevo Mundo, de los Testigos de Jehová, quienes niegan la eternidad de Jesús, traduce este texto así: “Antes que Abraham fuese, yo he sido”, como si fuera un pretérito perfecto, para lo cual no hay ninguna justificación gramatical, porque el tiempo del verbo en el original es presente, y debe ser traducido “Yo soy”.

Su poder de hacer milagros: Si bien es cierto, el Señor Jesús en su misión terrenal no hacía milagros en beneficio propio, tenía el poder de hacerlos, y hay mucha evidencia en los evangelios de que en ciertos momentos los hizo. Dio vista a los ciegos, sanó a personas flageladas por la lepra, resucitó muertos, calmó tormentas. Con respecto al primer milagro de Jesús que registra la Escritura, cuando transformó el agua en vino en las bodas de Caná, dice el apóstol: “Este principio de señales hizo Jesús en Caná de Galilea, y manifestó su gloria; y sus discípulos creyeron en él” (Juan 2:11). En ese milagro, el Señor manifestó su gloria y lo hizo por sus discípulos, quienes creyeron en él.

En otra oportunidad, mientras enseñaba en una casa, algunos hombres trajeron a su presencia a un paralítico con la esperanza de que lo sanara. El Señor Jesús, movido por la misericordia y percibiendo cuál era la necesidad real del enfermo, le dijo: “Hijo, los pecados te son perdonados” (Mar. 2:5). Estas palabras de Jesús irritaron a ciertos escribas que estaban en la audiencia y que cavilaban en sus corazones: “¿Qué es lo que dice este? ¡Está blasfemando! ¿Quién puede perdonar pecados? ¡Nadie sino Dios!” (vers. 7). El relato dice:

“Enseguida Jesús se dio cuenta de lo que estaban pensando, así que les preguntó: ‘¿Qué es lo que cavilan en su corazón? ¿Qué es más fácil? ¿Que le diga al paralítico: Tus pecados te son perdonados, o que le diga: Levántate, toma tu camilla y anda? Pues para que ustedes sepan que el Hijo del hombre tiene autoridad en la tierra para perdonar pecados’, este le dice al paralítico: ‘Levántate, toma tu camilla, y vete a tu casa’ ”. Enseguida el paralítico se levantó (vers. 8-12).

Su vida inmaculada: La vida pura y sencilla del Hijo de Dios contrastaba incómodamente con el formalismo y la hipocresía del ambiente que lo rodeaba. Lucía como un blanco lirio en el fango. Comenta Elena de White: “No fue simplemente la ausencia de gloria externa en la vida de Jesús lo que indujo a los judíos a rechazarlo. Era él la personificación de la pureza, y ellos eran impuros. Moraba entre los hombres como ejemplo de integridad inmaculada” (El Deseado de todas las gentes, p. 210).




La humanidad de Jesús


Así como la Escritura afirma en forma definitiva la divinidad de Jesús, de igual manera afirma su verdadera humanidad, porque él era verdaderamente hombre. “También él era de carne y hueso” (Heb. 2:14), como el resto de los hombres. Era “semejante a sus hermanos en todo”, excepto en el pecado.

Su vida terrenal fue genuinamente humana. Fue concebido en forma sobrenatural por obra del Espíritu Santo, pero nació como nacen todos los niños. Nació cuando se cumplieron los días del embarazo de María (Luc. 2:6). Además, Jesús creció de acuerdo con las leyes de la naturaleza. Lucas menciona dos veces que el niño crecía (vers. 40, 52) y que durante su niñez estaba sujeto a sus padres (vers. 51). Asistía regularmente a los servicios religiosos (4:16); oraba en privado, a veces durante noches enteras (6: 12); y comía con quienes lo invitaban (Mat. 9:10). A veces hacía preguntas, no en forma retórica, como suele hacer un maestro como parte de su metodología pedagógica, sino como deseando obtener información. “¿Desde cuándo le sucede esto?” (Mar. 9:21), le preguntó al padre de un joven que estaba enfermo. No había algo “anormal” en Jesús: comía como los otros hombres, lloraba a veces y amaba. Aún los discípulos que tuvieron el privilegio de convivir con él y acompañarlo en su ministerio fueron impresionados más por lo que hacía que por su apariencia personal; se parecía a un hombre común.

Los evangelios lo presentan, además, como poseyendo toda la gama de emociones y necesidades de un hombre normal. “Jesús tuvo compasión de él” (Mar. 1:41); “Jesús los miró con enojo” (3:5); “Jesús se indignó” (10:14); “En ese momento, Jesús se regocijó” (Luc. 10:21); “Siento en el alma una tristeza de muerte” (Mat. 26:38); “Cuando Jesús volvió a la ciudad por la mañana, tuvo hambre” (21:18); “Jesús estaba cansado del camino” (Juan 4:6); “Tengo sed” (19:28). Su vida terrenal fue genuinamente humana. Era verdaderamente hombre.

No tenemos información alguna en la Biblia de su aspecto físico. Evidentemente, no había nada en él que llamara la atención; se había despojado de su gloria al venir a vivir entre los hombres. Como dijera el filósofo Kierkegaard hace 150 años, si alguien se cruzaba con Jesús en la calle, nunca iba a decir: “Ahí va el Dios encarnado”. Era un hombre entre los hombres. Contrariamente a ciertas impresiones que algunos han tratado de proyectar acerca de Jesús: débil y pálido, los evangelios dan la idea de que Jesús era fuerte y saludable, y llevaba un programa de trabajo que pocos podrían soportar. Caminaba largas distancias bajo todo tipo de climas. Entre Capernaúm y Jerusalén había por lo menos 120 kilómetros, y Jesús recorrió esa distancia varias veces. Solía pasar la noche orando y temprano por la mañana salía a cumplir su misión. No hay ninguna evidencia en los evangelios de que haya estado enfermo. El profeta Isaías se había referido proféticamente al Mesías diciendo: “No tendrá una apariencia atractiva, ni una hermosura impresionante. Lo veremos, pero sin atractivo alguno para que más lo deseemos” (Isa. 53:2).

Estas palabras no significan que la persona de Cristo fuera repulsiva. Ante los ojos de los judíos, Cristo no tenía belleza para que ellos lo desearan. Buscaban un Mesías que viniera con ostentación externa y gloria terrenal; que hiciera grandes cosas para la nación judía; que la ensalzara sobre toda otra nación de la Tierra. Pero Cristo vino con su divinidad oculta por la vestimenta de la humanidad: modesto, humilde, pobre (Comentario bíblico adventista, t. 7A, p. 1.169).




La Trinidad


La doctrina bíblica de la Trinidad ha sido con frecuencia cuestionada, incluso desde el mismo comienzo de la iglesia. A veces se usa como argumento para negar esta doctrina el hecho de que la palabra “Trinidad” no se encuentra en las Escrituras. Es verdad que no se encuentra, pero eso no necesariamente la niega. La palabra “encarnación” tampoco se encuentra en el Nuevo Testamento, pero se usa para referirse a una verdad claramente revelada: “Dios mismo era la Palabra. […] Y la Palabra se hizo carne” (Juan 1:1, 14); es decir, se encarnó. Tampoco se encuentra en la Escritura la palabra “milenio”, pero simplemente se usa para designar un período de mil años del que sí habla la Biblia (Apoc. 20).

Más significativo, sin embargo, es el hecho que se trata de un misterio que va mucho más allá de la capacidad humana para comprenderlo. Al acercarnos a este tema, debemos recordar la experiencia de Moisés al acercarse a la zarza ardiente; la orden fue: “Quítate el calzado de tus pies, porque el lugar donde ahora estás es tierra santa” (Éxo. 3:5). Además, Dios no ha revelado en detalle todo lo que tiene que ver con su persona. Hay cosas que por alguna razón Dios ha mantenido en secreto mientras que hay otras que han sido reveladas (Deut. 29:29). Un estudio serio de la Escritura debe limitarse a lo que está revelado, porque todo intento de ir más allá de eso será sencillamente especulación.

El Antiguo Testamento dice categóricamente que hay un solo Dios: “Oye, Israel: el Señor nuestro Dios, el Señor es uno” (Deut. 6:4). El rey David expresó: “¡Cuán grande eres, Señor y Dios! ¡No hay nadie como tú! Tal y como lo hemos sabido, ¡no hay más Dios que tú!” (2 Sam. 7:22). Pero el Nuevo Testamento dice, también en forma categórica, que el Señor Jesús es Dios. El apóstol Pablo también dice que “Dios sí es uno” (Gál. 3:20), pero al mismo tiempo afirma también en forma categórica que Jesús es Dios. Notemos. “El misterio de la piedad es grande: Dios fue manifestado en carne” (1 Tim. 3:16).

La Deidad es un misterio, pero la Biblia sí dice que, en la encarnación, “Dios fue manifestado en carne”. En otro lugar afirma que “en él [Cristo] habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad” (Col. 2:9). Todo esto pareciera paradójico, contradictorio, hasta que leemos más cuidadosamente el Antiguo Testamento.




La Deidad en el Antiguo Testamento


Algo que llama la atención es el hecho de que en el Antiguo Testamento la Deidad es presentada a veces en forma plural. En el relato de la Creación, se lee: “Dijo Dios: ‘¡Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza!’ ” (Gén. 1:26). Luego del pecado de Adán y Eva, Dios dijo: “Ahora el hombre es como uno de nosotros” (3:22). En ocasión de la construcción de la torre de Babel, el Señor dijo: “Descendamos allá y confundamos su lengua” (11:7). Mucho más adelante en la historia, cuando Isaías recibió un llamamiento divino, Dios hizo la pregunta: “¿A quién enviaré? ¿Quién irá por nosotros?” (Isa. 6:8).

El uso del plural, especialmente en Génesis 1:26, “hagamos”, ha sido interpretado de diversas maneras. Pero evidentemente la que mejor corresponde con el resto de la Escritura es que se trata de un plural de plenitud, lo que sugiere una complejidad en la Deidad. Aunque no está dicho en forma específica, el plural sugiere o insinúa la idea de una pluralidad en la Deidad. “Este plural presupone que existe dentro del Ser divino una distinción de personalidades, una pluralidad dentro de la Deidad” (Gerhard Hasel, “The Meaning of Let Us in Gn. 1:26”, en Andrews University Seminary Studies, vol. XIII, primavera de 1975, núm. 1). Se trata, entonces, de una unidad compuesta; Dios es uno, pero hay tres Personas que lo componen.

Es difícil para la mente humana captar un concepto que no admite comparación con algo conocido. Algunos, tratando de ayudar en la comprensión de este misterio, han sugerido la idea de un triángulo: aunque está compuesto por tres lados, es un solo triángulo. O la conocida fórmula H2O. El agua está compuesta por tres partículas: dos de hidrógeno y una de oxígeno, pero es agua.

Hay quienes creen ver en el Antiguo Testamento, también en forma insinuada, una idea de pluralidad en el Ser divino en el uso repetido tres veces de la palabra “santo”. En el texto ya mencionado, en la visión de Isaías, se lee: “¡Santo, santo, santo, es el Señor de los ejércitos! ¡Toda la tierra está llena de su gloria!” (Isa. 6:3).

Es posible también ver insinuada la doctrina de la Trinidad en el evento del Éxodo, en la experiencia del pueblo de Israel al ser liberados de la esclavitud en Egipto. Aunque no es posible ni tampoco prudente tratar de determinar precisamente la función de cada una de las personas de la Deidad, se puede notar lo siguiente: cuando Dios oyó el clamor de los hijos de Israel, se acordó de su pacto y llamó a Moisés para encargarle la misión libertadora. Cuando Moisés le preguntó a Dios en nombre de quién debía presentarse en Egipto, Dios le dijo que les dijera a sus hermanos: “A los hijos de Israel tú les dirás: ‘YO SOY me ha enviado a ustedes’ ” (Éxo. 3:14). Esto sugiere la presencia del Padre, del Dios del pacto, de la primera persona de la Trinidad. La segunda, el Hijo, se identifica claramente con el cordero que fue seleccionado con cuidado y anticipación, que fue inmolado, y su sangre sirvió de amparo y protección para los primogénitos que estaban condenados a muerte. Finalmente, en la columna de nube y de fuego que apareció para guiar a los redimidos de la esclavitud en su viaje a la Tierra Prometida, puede verse representada la obra del Espíritu Santo. Dice al respecto la Escritura: “Durante el día, la columna de nube no se apartó de ellos para guiarlos en su camino; durante la noche, tampoco se apartó de ellos la columna de fuego para alumbrarles el camino que debían seguir. Les enviaste tu buen espíritu para instruirles” (Neh. 9:19). En este contexto, son notables las palabras de Jesús: “El Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, los consolará y les enseñará todas las cosas, y les recordará todo lo que yo les he dicho” (Juan 14:26).

Uno podría preguntarse: ¿por qué esta doctrina, tan básica en el cristianismo, está apenas insinuada en el Antiguo Testamento, cuando en el Nuevo se presenta con mucha más claridad? No debemos olvidar que el Antiguo Testamento, con la excepción del libro de Génesis, tiene que ver directamente con el pueblo de Israel, su esclavitud, liberación y vida posterior. Los israelitas vivieron por varios siglos en Egipto, sin duda el pueblo más politeísta de la antigüedad. Los eruditos calculan que los egipcios tenían aproximadamente ochenta dioses. El rey mismo era considerado un dios. El título “faraón”, que significa “casa grande”, se usaba originalmente para describir la casa del faraón, pero eventualmente fue aplicado al rey mismo.

Los egipcios consideraban sagrados los siguientes animales: el león, el buey, el macho cabrío, el lobo, el perro, el gato, el ibis, el halcón, el hipopótamo, el cocodrilo, la cobra, el delfín, diferentes variedades de peces, animales pequeños incluyendo la rana, el escarabajo, la langosta y otros insectos (ver John J. Davis, Moses and the Gods of Egypt, p. 87). Dios tuvo que tener esto en cuenta al relacionarse con los ex esclavos; ellos tenían que sacar de sus mentes la idea de una multitud de dioses como los que habían conocido en Egipto. Las plagas en sí mismas fueron un juicio contra los dioses de Egipto: “Esa noche yo, el Señor, pasaré por la tierra de Egipto y heriré de muerte a todo primogénito egipcio, tanto de sus hombres como de sus animales, y también dictaré sentencia contra todos los dioses de Egipto” (Éxo. 12:12).




La Trinidad en el Nuevo Testamento


Si bien, como ya mencioné, en el Antiguo Testamento no se encuentra evidencia clara en cuanto a una trinidad en la Deidad, sí hay evidencia que insinúa una pluralidad, una unidad compuesta especialmente expresada en el uso del plural para referirse a Dios, un plural de plenitud.

En cambio, al llegar al Nuevo Testamento, la evidencia es mucho más específica y abundante, como puede notarse en lo que ocurrió en torno al bautismo del Señor Jesús. Dice el Evangelio:

“Después de ser bautizado, Jesús salió del agua. Entonces los cielos se abrieron y él vio al Espíritu de Dios, que descendía como paloma y se posaba sobre él. Desde los cielos se oyó entonces una voz, que decía: ‘Este es mi Hijo amado, en quien me complazco’ ” (Mat. 3:16, 17).

Jesús, en quien habita toda la plenitud de la Deidad, estaba siendo bautizado en el Jordán; el Espíritu descendió sobre él al tiempo que se oyó una voz del cielo que habló de Jesús como su Hijo amado. El apóstol Pedro introduce su primera carta con una mención de las tres Personas de la Deidad:

“Pedro, apóstol de Jesucristo, saludo a los que se hallan expatriados y dispersos en el Ponto, Galacia, Capadocia, Asia y Bitinia, y que fueron elegidos, según el propósito de Dios Padre y mediante la santificación del Espíritu, para obedecer a Jesucristo y ser limpiados con su sangre (1 Ped. 1:1, 2).

El apóstol Pablo concluye su segunda carta a los Corintios con una mención similar: “Que la gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios, y la comunión del Espíritu Santo sean con todos ustedes” (2 Cor. 13:14). Se pueden mencionar, además, las palabras de Jesús al entregar la Gran Comisión a sus discípulos en momentos de su partida: “Vayan y hagan discípulos en todas las naciones, y bautícenlos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo” (Mat. 28:19). Es notable que, al mencionar a las tres Personas de la Deidad, no dice que el bautismo debe ser en “los nombres”, sino en el nombre, singular. Dios es uno en tres Personas.




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