El aprendiz de doma española
Francisco José Duarte Casilda


Estilo de vida
Juan es un joven amante de los caballos cuyo máximo deseo es vivir y aprender de ellos. Lo que nunca podía imaginar es que por avatares del destino iba a entrar a trabajar en una ganadería propietaria de una de las mejores yeguadas de la zona. El señor Luis, el capataz, lo toma como alumno, sin saber este hasta dónde podían alcanzar los conocimientos de aquel de la más antigua y tradicional doma española.Trabajando de un modo metódico, racional y constante con los caballos, el señor Luis y Juan forjan un fuerte vínculo de amistad y juntos van ejerciendo y aplicando paso a paso, aprendiendo y enseñando respectivamente, el noble oficio de caballista y la doma española. La curiosidad del alumno y sus numerosas preguntas son atendidas de manera exhaustiva por el maestro que, desde su sabiduría y experiencia, va aclarando todas las dudas en cada fase del aprendizaje.De forma magistral, esta novela narra el método completo de adiestramiento de un caballo tal y como se viene realizando desde el Siglo de Oro en España hasta nuestros días. El lector se enganchará desde el primer momento a la historia, sintiendo a veces que está leyendo a lomos de un caballo o soñando con ese ejercicio que todo aficionado tiene en mente.La presente obra es un maravilloso manual que cuenta paso a paso todo el proceso de doma española desde sus inicios para sus dos modalidades, doma vaquera y alta escuela, un valioso legado cultural único de nuestra patria que merece ser preservado y transmitido intacto a las generaciones futuras.







El aprendiz de doma española

Memorias de un caballista



paco duarte









Título original: El aprendiz de doma española. Memorias de un caballista



Primera edición: Julio 2021

© 2021 Editorial Kolima, Madrid

www.editorialkolima.com



Autor: Francisco José Duarte Casilda

Dirección editorial: Marta Prieto Asirón

Maquetación de cubierta: Sergio Santos

Maquetación: Carolina Hernández Alarcón

Colaboración: Francisco Javier López Melgarejo

Fotografía de portada: Rafael Lemos. Jinete: Manuel Carvajal. Caballo: Majito V. Retrato de la pintora argentina Margarita Stremel Bonilla



ISBN: 978-84-18811-12-8

Impreso en España



No se permite la reproducción total o parcial de esta obra, ni su incorporación a un sistema informático, ni su transmisión en cualquier forma o por cualquier medio, sea este electrónico, mecánico, por fotocopia, por grabación u otros métodos, el alquiler o cualquier otra forma de cesión de la obra sin la autorización previa y por escrito de los titulares de propiedad intelectual.

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Este libro te lo dedico a ti, ya que, como imagino, si lo tienes en tus manos es porque eres un amante del caballo y un gran aficionado a la doma.

A ti, pues deseo que al final de su lectura hayas aprendido un poco más sobre el adiestramiento de nuestra doma española. Y si no es así, que al menos te haya aclarado algunas dudas. Sea de un modo u otro, si te ha aportado algo positivo me sentiré realizado.



Pero a quienes va especialmente dedicado es a esos grandes jinetes que, sin faltar a nuestras costumbres y tradiciones, doman en silencio y desde el anonimato, sin pretender ser reconocidos popularmente. Va por ellos.


Prólogo



Existen muchos libros de autoayuda sobre cómo crear riqueza, cómo mejorar nuestra forma de pensar o de ser, cómo superarse, etc. Este libro podría encajar perfectamente entre ellos, ya que es un libro escrito para que sea de autoayuda para el amante del caballo y de su doma.

Recordemos que aquellos que no quieren conocer las técnicas de la equitación correctamente difícilmente llegarán lejos en el mundo del caballo.

Este libro va dedicado a todas aquellas personas que quieren acercarse al mundo del caballo y su doma, y por eso he querido recoger momentos y situaciones técnicas y psicológicas del día a día de la doma de un caballo contados de forma amena, haciendo reflexionar, refrescando conceptos, costumbres e ideas de la rutina diaria, a veces difuminadas por el hábito adquirido.

Quienes comiencen a trabajar en el mundo de la doma –o aunque no lo hagan de forma profesional y tengan el deseo de conocerla desde dentro y sentirla– descubrirán que tienen que domar utilizando siempre un punto de vista educativo y profesional.

Los que llevan tiempo dedicándose a ello, me gustaría que tomasen conciencia de que la doma no es solo una ocupación como tantas otras, sino que es una actividad profesional de la que deben sentirse orgullosos. En este libro de doma se habla desde un punto de vista diferente, aclarando conceptos ecuestres de forma reflexionada.

Con este libro lo que he pretendido es recopilar toda nuestra tradición de doma española, de principio a fin, incluyendo su historia y las actividades que se pueden desempeñar.

Toda la parte técnica expuesta sobre la doma está basada en mi propia experiencia, contada de forma novelada. Estoy convencido de que serán muchos los que se encuentren identificados con los personajes, pues lo cierto es que todo ha sucedido, o puede suceder perfectamente; de hecho, se han cambiado los personajes y lugares para que el lector pueda situarse en el tiempo libremente.



Paco Duarte


1. Toma de contacto






Yeguada Dehesa de Cabeza Rubia.



Me encontraba parado y sin trabajo. Toda mi ilusión era trabajar con caballos; me pasaba todo el día pensando en ellos, en cómo cuidarlos, limpiarlos, y sobre todo aprender a domarlos, pero por el momento lo único que tenía eran diferentes libros y revistas sobre caballos que llenaban la estantería de mi habitación.

Siempre que tenía oportunidad, cuando era feria me acercaba a ver los paseos a caballo que se realizaban en mi pueblo. Miraba a los caballos soñando que algún día podría poseer uno para disfrutar y conseguir hacer con él lo que en los libros de equitación leía.

Me llamo Juan López. Soy un joven de dieciocho años, moreno, de mediana estatura y complexión atlética, de familia humilde pero con saber estar cuando trato con gente de distinta clase social.

En una boda familiar coincidí con mi tío Rubén. Este me preguntó:

–¿Qué tal andas de trabajo, sobrino?

–Mal. En todas las entrevistas de trabajo me dicen lo mismo, que no tengo experiencia. ¿Cómo quieren que tenga experiencia si no me dan una oportunidad?

–Tienes razón. La cosa está mal. En la empresa donde trabajo, mi jefe está buscando un joven para trabajar de pastor. ¿Te interesaría ese trabajo?

Me quedé pensativo. Cuidar ovejas no estaba en mis pensamientos, pero no tenía otra opción, así que contesté:

–Probar y ver las condiciones no estaría mal.

–Lo único que te puedo decir es que te tienes que quedar en el campo; está a más de trescientos kilómetros de aquí. Y ayudar cuando haga falta en las tareas a los otros empleados, como ellos te ayudarán a ti cuando sea necesario.

–Por eso no hay problema; ya sabes que me gustan tanto las ovejas como los cerdos o las vacas.

–No, Juan, me refiero en las tareas de la yeguada que hay dentro de la finca.

Al oír que allí había una yeguada se me abrieron los ojos tres cuartas, por la alegría que me daba el poder estar cerca de caballos.

–¿Sabes, tío Rubén, que mi pasión son los caballos? Por probar no se pierde nada; dime qué tengo que hacer.

Mi tío me escribió la dirección de la finca ganadera junto con un número de teléfono.

–Este es el número de mi jefe. Llámalo y le dices que vas de mi parte, pero dile que es por el empleo de pastor; mira que este hombre tiene muchas cosas en la cabeza y lo mismo te dice que te has equivocado.

–Muchísimas gracias, tío. Mañana lo primero que haré será llamarlo. Hoy es domingo y estando de boda, como que no es plan.

–Sí, es mejor mañana; no creo que en estos dos días haya encontrado a nadie.

Intenté pasar el día en familia lo mejor que pude, pero no era capaz de quitarme de la cabeza la idea de encontrar trabajo y además estar cerca de caballos.

A la mañana siguiente me levanté, desayuné y, sin decirles nada a mis padres, salí a dar un paseo. Cuando me sentí mucho más relajado me decidí a llamar al jefe de mi tío.

–¿Don Gregorio Pérez? Hola buenas. Mire usted, mi nombre es Juan y le llamo de parte de Rubén López. Es mi tío.

Desde el otro lado del teléfono me contestó una voz ronca y segura. Solo de escucharlo sentí un gran respeto hacia él.

–Sí, dígame de qué se trata.

–Mire usted, ayer estuvimos de boda juntos y me comentó que necesitaba un pastor.

–Cierto. ¿Tienes experiencia con ovejas?

–En casa siempre hemos tenido ocho o diez ovejas para que se comieran las malas hierbas de un pequeño campo que tenemos.

–A ver, lo primero que quiero saber es si sabes de ovejas, después si estás dispuesto a quedarte en el campo, y si tienes familia. Claro, y si te conviene el sueldo, evidentemente.

–Tengo dieciocho años y no tengo ni novia, no me importa quedarme en el campo y, sobre saber de ovejas, nadie nace aprendido, pero le pondré empeño y ganas. En lo referente al sueldo, usted dirá.

–Bien, parece que puedes reunir las cualidades que necesito. ¿Sabes dónde está la ganadería?

–Sí, señor. Mi tío me lo apuntó.

–Bien, entonces ¿qué te parece si mañana quedamos sobre las doce en el cortijo y concretamos mejor personalmente?

–Me parece buena idea. Muchas gracias, don Gregorio. Mañana estaré allí.

Tras acabar la conversación no sabía qué hacer, era un manojo de nervios. Solo pensar en que tendría trabajo era motivo para estar muy alegre. Corrí a mi casa y les conté todo lo sucedido a mis padres.

Mis padres estaban muy contentos y orgullosos por mi posible nuevo empleo y me felicitaron y desearon mucha suerte.

Era el primer viaje largo que hacía después de sacarme el carnet de conducir. Cogí mi viejo coche, uno que me había comprado con unos ahorros que tenía guardados.

Desde mi tierra natal (situada entre el norte de Cáceres y el sur de Badajoz) a la finca de don Gregorio había una distancia de unos trescientos kilómetros. La mayor parte del trayecto lo hice por autovía, pero a unos cincuenta kilómetros de mi destino cogí un desvío por una carretera secundaria. El paisaje cambió por completo; estaba todo muy poblado de encinas y las fincas se dividían perfectamente por unas paredes de piedras donde pastaba tanto ganado vacuno, como cerdos y ovejas.

Sobre las once de la mañana ya me encontraba en la puerta de la finca. Mereció la pena madrugar. Al no conocer la carretera ni el lugar no quería hacer esperar a mi entrevistador.

No cabía duda: estaba en la puerta de la finca. Era la entrada más grande, bonita y recién pintada de todas cuantas había visto desde la carretera. Entré por un ancho, llano y limpio camino que llegaba hasta las puertas del cortijo. Habría recorrido no más de quinientos metros cuando paré mi coche junto a otros que había estacionados y me bajé a ver si encontraba a alguien que me pudiese informar de dónde se encontraba don Gregorio.

Se me acercó una persona mayor, de estatura mediana y piel curtida, declarando por su aspecto que su vida había transcurrido a la intemperie, en el campo.

–Hola, joven. ¿En qué puedo ayudarle? –me dijo, mientras se acercaba a mí.

–Hola, me llamo Juan López y he quedado con don Gregorio para una entrevista de trabajo.

–Yo me llamo Luis García –me dijo mientras me extendía la mano derecha para saludarme–. Don Gregorio le está esperando en el patio del cortijo.

Me dirigí al patio del cortijo y allí se encontraba don Gregorio. Era un hombre alto de complexión algo gruesa y mirada seria que imponía respeto.

–Buenas, don Gregorio. Soy Juan López. Hablamos ayer por teléfono y quedamos a esta hora.

–Sí, recuerdo; te estaba esperando. ¿Qué tal el viaje?

–Muy bien, la verdad. Es que había poco tráfico y como no conocía esta parte de Extremadura venía contemplando el paisaje y se me ha hecho corto.

–Me alegro, bien. Esta es la finca donde necesito un pastor. Son unas pocas ovejas de raza merina que he adquirido hace poco y con los dos pastores que parecían interesados no acabé entendiéndome por dos razones: el primero no quería quedarse en la finca y el segundo no quería ayudar a Luis con sus tareas. Creo que ya le has conocido, estaba en la puerta.

–Por mi parte, quedarme no es ningún inconveniente, siempre que la casa sea modesta, y en lo referente a ayudar al señor Luis, ¿en qué consistiría?

–Consistiría en ayudarle en las tareas que tiene que realizar con los caballos. Por su edad no quiero que le suceda nada cuando tiene que llevar a cabo ciertas labores.

Al escuchar que ayudar al señor Luis significaba estar con los caballos no pude ocultar una emoción tal que don Gregorio se dio cuenta y me preguntó:

–¿Te gustan los caballos?

–Mire usted, don Gregorio, si le soy sincero, el elegir el trabajo de pastor fue porque mi tío me dijo que en esta finca había una yeguada, y para mí el estar cerca de estos animales ya es motivo suficiente para aceptar el trabajo.

–Me alegra tu sinceridad, y por eso, si lo prefieres, te ofrezco a que pases a trabajar directamente con los caballos bajo las órdenes de Luis. ¿Qué te parece?

–Me parece genial. Pero ¿y el puesto de pastor?

–No te preocupes; para ese trabajo se me ofrecen a diario varias personas; alguno encontraré.

–Muchas gracias. ¿Qué debo hacer?

–Mira, este es el contrato. Échale un vistazo y si te parece correcto lo firmas y pasas a presentarte a las cuadras y ya me irás contando.

–Perfecto, eso haré.

Leí el contrato y al ver que todo estaba perfecto, lo firmé y se lo entregué a don Gregorio. Seguidamente me dirigí a las cuadras, donde se encontraba don Luis García, el mayoral de la yeguada.

–¡Hola! He estado conversando con don Gregorio y al final me ha destinado con usted para colaborar en el trabajo diario de la yeguada.

Don Luis García se dirigió a mí con un carro de mano y una horquilla, que me entregó diciéndome:

–Me parece perfecto. Lo primero: no es para colaborar conmigo, sino para estar bajo mis órdenes. Aquí tienes esto y empieza limpiando el estiércol de las cuadras. Y segundo, me alegro de tenerte conmigo; ya era hora de que me mandasen a alguien. Este no es un trabajo para una persona sola.

Cogí el carro y empecé a quitar el estiércol que había en algunas cuadras. Eran espaciosas por dentro, de cuatro por cuatro metros cuadrados. Eran todas contiguas. Eran diez cuadras perfectamente ventiladas y bien orientadas para que en invierno no fuesen muy frías y en verano fuesen lo suficientemente frescas, todas bajo un mismo techo con un pasillo de tres metros de ancho. Cuando acabé de limpiarlas, me dirigí adonde estaba el Sr. Luis y le dije:

–He acabado, señor Luis. ¿Puedo hacerle una pregunta?

–Desde luego que sí,

–No quiero que se ofenda, pero ¿no está usted en edad de estar jubilado más que de estar trabajando?

Don Luis García, el señor Luis, me dijo con mirada seria y sin hacer ningún movimiento brusco, recordándome a los maestros que solía ver en las películas de artes marciales dijo:

–Mira, joven, para empezar te diré que estoy jubilado. Si sigo en esta finca es por varias razones: la primera es porque no tengo adónde ir. Me he criado en estas tierras y el estar junto con estos caballos es lo que me hace sentirme vivo y útil. Me quedo a dormir en esa casa que ves a continuación de las cuadras. Por tanto, a lo que hago no se le puede llamar trabajar. ¿He respondido a tu pregunta o tienes alguna duda más?

–Creo que me ha quedado bastante claro. Usted dirá, señor Luis, qué debo hacer.

Me indicó con su mano que le siguiese y caminando tras él nos dirigimos adonde se encontraban las yeguas, unas veinte en total.

Era un cercado donde las yeguas estaban muy confortables, con una pradera verde y mucha agua corriente en varias fuentes, unidas por pilares. Uno podía verse en ellas como si de un espejo se tratase por hallarse el agua cristalina.

Las yeguas eran de distintas capas. Abundaban las tordas, seguidas de las castañas y tres negras, pero todas tenían las mismas hechuras, alzadas y parentesco, como pude averiguar posteriormente. Todas eran familia por línea materna de una yegua fundadora que don Gregorio adquirió en una subasta de la yeguada militar hacía más de cuarenta años.

Tras revisar que se encontraban en perfecto estado y alimentadas nos encaminamos a las cuadras, donde estaban los potros y sementales de la yeguada.

–Pero estas no son las cuadras que he limpiado esta mañana –le dije viendo que se trataba de otras dependencias.

–No, aquellas eran las cuadras de las parideras, donde encerramos a las yeguas que están a punto de dar a luz cuando las inclemencias del tiempo son malas por agua, frío o viento. Además están más protegidas y al cuidado nuestro por si algún parto viene dificultoso.

Al entrar en esas nuevas cuadras quedé sorprendido por su belleza y lo bien trazadas que estaban. Los sementales estaban a un lado y los potros a otro. Bien ventiladas, sencillas para el manejo en su interior y con un espacioso pasillo donde se podía trabajar un caballo perfectamente. Contaban con idéntico trazado que las cuadras de las yeguas, siendo estas algo más pequeñas, de tres por tres metros cada una. Estaban ocupadas por tres sementales y seis potros de entre tres y cuatro años dispuestos para la venta.

Pasadas unas semanas ya conocía a todas las yeguas y sus potros, de qué sementales eran hijos y con qué semental parecía que la yegua había parido mejor a la cría en comparación a otros años. Estos detalles hicieron que don Luis se fijara en mí como un buen aficionado y me cogiera cariño. Tengo que decir que el cariño era mutuo. Era una persona muy amable conmigo, y me trataba como a un hijo. También podía ser porque al no tener familia viera en mí a ese familiar que nunca tuvo. Yo también, al estar solo en la ganadería sin más compañía que la suya, me apoyé mucho en él.

Me quedaba a dormir en una casa que había al lado de la suya, pero cenábamos todas las noches juntos; era increíble lo que sabía de caballos. Un día le dije que me perdonara y me dijese si le molestaban mis preguntas, pero él, al contrario, se sentía alegre y sin reparo me explicaba todo lo concerniente a la yeguada. Una noche le pregunté:

–Señor Luis, ¿aquí no se doman los potros que están en las cuadras? Solo los sacamos al caminador junto a los sementales.

–Juan, aquí siempre se ha domado a los potros, a los sementales y, lo que es mucho más importante, a las yeguas. Todas esas que ves en el prado están domadas y probadas para saber si son aptas como madres en la yeguada. Lo que sucede es que desde que me jubilé don Gregorio no quiere que los trabaje solo para no tener ningún percance. Tienes que comprender que son animales cerreros, es decir, que a pesar de que tú los veas mansos eso no quiere decir que se dejen hacer lo que queramos a nuestro antojo, y se necesita un proceso en el que los animales a veces se defienden de forma bruta, y a mi edad no tengo la misma agilidad que cuando era joven.

–Pero ahora me tiene a mí aquí. Yo podría realizar ese trabajo bajo su supervisión.

–No es nada fácil; tendría que enseñarte a ti a la vez que a los potros, y eso es cosa complicada. Recuerda una cosa: para domar potros se requiere personal con experiencia, y para adquirir experiencia lo ideal son caballos más viejos y muy domados –me respondió el señor Luis pensativo.

–¿En qué piensa? Parece como si no viese en mí a la persona adecuada para aprender.

–No es eso. Te seré sincero. El tiempo que llevas en la ganadería no ha sido otra cosa que una prueba. Don Gregorio te asignó a mí para saber si podrías ser la persona adecuada para sustituirme en la yeguada y ser yo quien lo aprobara.

–¿Y bien? –le dije sorprendido esperando una respuesta. Su cara pensativa me hacía ponerme más tenso y nervioso que cuando había entrado a trabajar .

–De momento has pasado la primera prueba con éxito. Te felicito. Tienes afición, eres trabajador y aprendes rápido. A partir de mañana empezaremos la segunda prueba: será la de empezar como mozo de cuadra y potrero. Ahora no se hable más y hasta mañana.

Con esas palabras me retiré a mi habitación muy contento, sin querer presionarlo con más preguntas. Deseé dormirme pronto para despertar en un nuevo día y empezar las primeras lecciones de mi aprendizaje en serio. Pero la cabeza me daba muchas vueltas. No era capaz de conciliar el sueño; a la mente me venían las imágenes de esos jinetes que tantas veces veía y leía en los libros y revistas de equitación que tenía en casa de mis padres.







2. Mozo de cuadra






Felipe Galindo, jinete aficionado.



El despertador sonó a la hora de siempre, pero me levanté más cansado que nunca por no haberme quedado dormido hasta pasadas unas horas después de acostarme. Me levanté, me vestí, me lavé la cara, me peiné y desayuné como siempre. Me dirigí a las cuadras de los sementales y don Luis no estaba, pero no tardó ni cinco minutos en aparecer.

–¿Qué tal, Juan? Buenos días. Vengo de repasar a las yeguas y todo está en perfectas condiciones. ¿Preparado para la primera clase sobre cómo ser mozo de cuadra?

–Buenos días, don Luis, preparado. Pero perdone, tengo una pregunta.

Se llevó el dedo índice de la mano derecha a los labios y me indicó que me callase para hablar él.

–Quiero decirte que desde este momento y en adelante toda duda que tengas me la preguntes en el acto. A veces las dudas se disuelven en el momento y quizás después sea tarde. Yo estoy aquí para enseñarte todos mis conocimientos, y te aseguro que no son pocos. Además, otras vivencias las tendrás que resolver tú mismo, ya que nadie mejor que tú, y solo tú, podrá resolverlas. Pero eso lo irás aprendiendo más adelante. Y si me ibas a preguntar que si ser mozo de cuadra no es ser potrero, que es lo primero que se tiene que ser para llegar a jinete, te equivocas.

–¿Cómo sabía que le iba a preguntar eso precisamente? –le dije sorprendido.

–Querido amigo, todos hemos sido jóvenes y aprendices en algún momento de la vida –me dijo mirándome y, sonriendo cariñosamente, continuó–: Te diré que muchos desean ser jinetes y no saben domar un potro; están más interesados en alardear de sus habilidades y sorprender a los aficionados profanos en la materia que conocer la base de la buena equitación. Para ser potrero se tiene que conocer la herramienta de trabajo, que no es otra que el mismo potro, y para ello tenemos que saber cómo vive, cómo reacciona, cómo piensa, cómo actúa, y todo eso lo podremos averiguar siendo mozo de cuadra, limpiando su cuadra, cuidando su alimentación, cepillándolo y limpiándole los cascos.

Empezamos repartiendo la ración de pienso a cada uno de los animales que se encontraban en las cuadras. Normalmente suele ser un pienso compuesto, variando según el animal la cantidad y la de los cereales naturales, según sean sementales o potros; es decir, si están de descanso o en cubrición, son potros más adelantados en doma base o que se están preparando para alguna competición donde necesitan más energía. Todo esto me lo explicó el señor Luis según le ponía el pienso a cada uno. No siempre había en las cuadras los mismos animales, por lo que tenía que saber qué ración había que aplicarle a cada uno, ya que los potros eran vendidos según aparecía un comprador y se llegaba a un acuerdo en la negociación.

–Mira, Juan, observa cómo reacciona este potro; es celoso de la comida, guiña las orejas y les enseña los dientes al resto. Si le castigas alzando la voz y obedece es que no es malo, pero si por el contrario colea y te pone la grupa es señal de falta de docilidad y esos detalles saldrán más adelante cuando llegue el proceso de la doma.

–Cierto y además es feo para cuando venga gente a comprarlos, ¿verdad?

–Correcto. Mira este otro. Parece que no hay potro en la cuadra. Entras y sales y él a lo suyo; solo piensa en comer, sin importarle lo que le rodea. Mira, paso por todos lados y él se gira para hacerme espacio y no molestar. Esto es síntoma de confianza y a tener en cuenta cuando tengamos que empezar el adiestramiento. También es importante el trabajo diario, que les hará familiarizarse mucho con nosotros hasta que se den cuenta de que es una cosa normal cuando te vean con la horquilla quitarles el estiércol y lo mojado por los orines y reponer la cama con paja nueva y limpia. La paja será la suficiente para que coma hasta saciarse y lo que sobre será la reposición para la cama. Esta se echará en el suelo para que los caballos no pierdan nunca su hábito natural de comer en el suelo y que, por estar encerrados, les tendremos que proporcionar nosotros. También es importante porque al realizar el ejercicio de levantar y bajar el cuello para llevarse la paja a la boca están fortaleciendo el cuello y eso evita muchos problemas como son los cuellos vencidos y músculos contraídos.

–Maestro, es increíble lo que voy a aprender con usted.

–Si sigues todos mis consejos y me escuchas detenidamente, a la vez que observas cómo se trabaja a los caballos en esta casa, puedes llegar a ser un gran caballista, créeme.

Según me estaba explicando el trato con los potros me dijo que mientras se comían el pienso los ataba a una argolla para que se acostumbraran a estar atados y aprendieran a no tirar. Pero esto todos los potros ya lo tenían aprendido desde el destete, porque cuando llegaba el momento de separarlos de sus madres los ataban hasta que volviesen a ser soltados. A esa edad no tienen fuerza para tirar fuerte y lastimarse; aunque después los soltaran y los cogiesen a los tres años y medio para la doma o venta, jamás se les olvidarían esas primeras lecciones.

Sacamos a un potro de su cuadra. Yo le tenía cogido por la cuerda para que cabestreara detrás de mí, y mi maestro colocado detrás lo animaba a que me siguiera. Me acerqué a una argolla y lo amarré con un nudo que me enseñó don Luis, de tal forma que si por algún motivo tenía que soltarlo, solo con tirar de la punta de la soga el potro sería liberado.

–Mira, Juan, lo primero que tienes que hacer a la hora de acercarte a un potro que está atado es hablarle para que no se sorprenda y te espere. Si te acercas mudo y el potro te ve sin esperarte, con el susto podría darte una patada o dar un tirón del cabezón, o cualquier cosa que podría provocarle un resabio. Ten siempre presente que posee una memoria extraordinaria, tanto para lo bueno como para lo malo, y desgraciadamente lo malo les suele marcar mucho más. Por eso siempre hay que hablarles mucho, y sobre todo con buen tono de voz; eso los relaja y les da confianza a la vez.

–Este potro se ve dócil y noble, pero parece que le falta nervio; no creo que valga para la doma. ¿Usted qué dice?

–Estás equivocado, muchacho. No confundas nervio con miedo, o nervio con clase. Un potro puede aparentar ser fogoso y realmente estar con temor por falta de confianza, o bien no aparentar ser temperamental y tener clase. Es decir, los potros no tienen que ser nerviosos; ellos tienen que ser obedientes y escuchar a la persona que los trata diariamente y dejarse emplear en el trabajo, que no pierdan el deseo de ir hacia delante y querer agradar. Normalmente el miedo de los potros jóvenes no es otra cosa que el temor a lo desconocido. Para eso está la buena base, para que en un futuro no tengamos que retroceder y volver a tener que repetir el camino andado, con el inconveniente de perder el tiempo.

–¿Quiere decir que este potro, al ser dócil y noble, puede llegar a ser un gran caballo para la doma? –le dije no estando del todo convencido de la explicación.

–No es eso exactamente. Se puede ser dócil y noble y tener cualidades limitadas. En realidad son muchos los factores que debe reunir un buen ejemplar, pero ya los irás descubriendo con el paso del tiempo.

Desatamos al potro para enseñarle a andar detrás de mí, con tan solo el cabezón de cuadra puesto y una cuerda de unos cuatro o cinco metros. Yo tiraba del animal para que me siguiera, pero se quedaba parado y rehusaba seguirme. Entonces don Luis se colocó detrás de él y a una distancia prudente lo arreó con un chasquido en la boca y una vara haciéndola sonar para que se decidiera a seguirme.

El potro no solo anduvo, sino que de un salto me adelantó cogiéndome por sorpresa y de milagro no me arrolló. Gracias a que tenía soga de sobra pude sujetarlo e impedir que se me escapase.

–Bien, muchacho, has actuado correctamente; eso es lo que se debe hacer –me dijo don Luis–. Que sepa que le tienes sujeto y no se puede escapar. Si en ese momento la cuerda llega a ser mucho más corta no te hubieses quedado con él y se hubiese escapado. Las consecuencias habrían sido muy malas, ya que podría haber aprendido a escaparse y repetir la jugada más veces. Por eso y de aquí en adelante quiero que sepas que en todo el proceso de doma de un potro, cuando sea la primera vez, esa primera vez que hay para todo, hay que ser muy cuidadoso, y no se trata de ser miedoso. Si alguien te ve reaccionar de esta manera debe ver que es por precaución. El tener que resolver problemas que en un futuro pueden tener graves consecuencias, donde aparecen los malos vicios y los resabios, obliga a ser prudente.

Continuamos un poco más y el potro quiso intentarlo de nuevo, pero esta vez fue mucho más suave y al final me seguía como un cordero. Justo en ese momento, mi maestro me dijo que tenía la lección aprendida y me ordenó llevarlo de vuelta a su cuadra.

–Bien, aquí es donde el potro se encuentra mucho más relajado, ya que es donde pasa la mayor parte del tiempo. También donde más confianza nos tiene, ya que es el lugar donde diariamente le echamos de comer y le hacemos la cama; por tanto también es un buen lugar para limpiarlo y que se deje acariciar por todos lados. Toma cepillo y rasqueta.

Me acerqué como me había dicho, hablándole. El potro me miraba con recelo pero a la vez inmóvil. Justo cuando le puse la mano en el dorso, mi maestro me mandó parar rápidamente. Yo me quedé como el potro, inmóvil, sin saber el porqué.

–Mira, Juan, a los potros se les acaricia siempre con la palma de la mano, nunca presionando con las puntas de los dedos como tú ibas a hacer, ya que eso les genera cosquillas y podría encogerse o darte una patada, porque es su forma de defensa ante una situación desconocida. La limpieza es algo que le proporciona placer si es bien realizada, algo muy importante para familiarizaros mutuamente. No se trata de hacerle una limpieza muy exhaustiva; eso vendrá más adelante. Este proceso no es otro sino una parte del adiestramiento: de nada sirve tener este potro montado si en la cuadra está con miedo al jinete, no da la cara y pone la grupa, o es reacio a seguirte al salir y entrar. Por tanto, todo lo que ganemos en confianza en este proceso lo adelantaremos posteriormente.

Acabamos esa primera lección sobre los primeros contactos con un potro y quedé gratamente sorprendido de la gran importancia que supone tener un maestro como don Luis García; de otra forma es imposible adquirir conocimientos. Comprendí que ser mozo de cuadra es el primer eslabón de la larga cadena que es el adiestramiento de un caballo.

Posteriormente soltamos un potro en el picadero circular para que retozara un poco, un precioso ejemplar de la mejor estampa de raza española, de capa torda. A cierta distancia parecía negro por su pelaje oscuro, pero, como me dijo don Luis, era por su juventud. Todos los caballos tordos nacen oscuros y mueren blancos, si es de viejo, claro. Me comentó que era uno de los mejores potros que habían nacido en la yeguada. La selección que se hacía era muy rigurosa. Su madre, la abuela materna y su bisabuela materna las había domado él, según me comentó, haciendo elogios extraordinario de todas ellas. Me confesó que un buen semental es muy importante, pero no más que una buena yegua. Me puso el ejemplo de que la yegua era la tierra y el semental la simiente: si la tierra es mala de nada sirve tener la mejor simiente del mundo; y, por el contrario, si la tierra es buena, con una simiente decente se puede criar algo bueno si las condiciones climatologías acompañan, como puede ser una buena alimentación en este caso hablando de yeguada. Evidentemente si el semental es extraordinario, no cabe duda de que es lo mejor, pero en la cría dos y dos no son cuatro; también influyen el que liguen los padres para que el resultado sea satisfactorio. En este punto don Luis me dijo que la parte que más le emocionaba de la cría era la expectación de saber qué saldrá de los nuevos cruces y experimentos.

Me explicó que para realizar una buena obra de arte se requiere tener las mejores herramientas, y en ese caso la herramienta es el caballo, por lo que la selección y la genética son primordiales para llevar a cabo la labor.

Todo esto me lo contó observando al potro, que no dejaba de dar botes de alegría al verse suelto en el picadero circular. Mirándolo fijamente me dijo:

–Los productos que se crían en esta casa, por su clase y funcionalidad suelen ser de carácter fuerte pero con mucha nobleza. Tienen fuerza y a veces quieren imponerse, pero siempre sin perder las raíces de la auténtica raza española. Quiero decir que muchos ganaderos se dedican a criar caballos para domingueros, paseos y romerías, animales que son dóciles para aficionados con poca experiencia y después pretenden que rindan en la pista como estos –dijo señalando al precioso potro que se había acercado a olernos después de haber respingado a sus anchas.

Cogimos el potro y lo cepillé como me había ordenado, para quedar en perfectas condiciones, cepilladas las crines y la cola, de tal manera que al cepillar las cerdas estuviesen finas, sedosas y limpias, sin arrancar y traerme los pelos enredados en el cepillo, porque con el día a día podría quedar el animal sin pelos y estas forman parte de su belleza. Pasada la rasqueta a contrapelo y el cepillo para quitarle el pelo viejo y sacar costra, acabé por frotarlo con un trozo de trapo humedecido para quitar el polvo y darle brillo a todo el cuerpo.

–Bien, Juan, estas son algunas de las labores de un buen mozo de cuadra: saberle dar su ración de pienso a cada uno y a la hora convenida, hacerle la cama, quitarle el estiércol y los orines del día y reponer la paja nueva para que se encuentre cómodo, sacarlo al caminador o al cercado y recogerlo cuando sea conveniente, y la limpieza del animal, como también la de los cascos. Hoy no la hemos realizado pero en otra ocasión tendremos que ir cogiéndole las manos y las patas despacio con caricias y suavemente hasta que nos las vaya levantando. De esta forma, cuando llegue el día de ponerle las herraduras estará familiarizado, de modo que, con tan solo tocarle las extremidades, las alzará y no sufrirá cada vez que tenga que ser herrado. Se han dado casos de que nunca se les habían tocado las extremidades y cuando llegó el día de ponerles las herraduras fue todo un calvario, tanto para el herrador como para el animal. Esa es una buena labor del mozo de cuadra. Ten presente que esto es para los potros jóvenes, pero después, de por vida, siempre se les limpiarán los cascos del estiércol o la arena que se les acumula dentro pues estos les pueden producir enfermedades y cojeras que pueden dañar todo el proceso del aprendizaje. Los cascos y un buen herraje son como unos buenos neumáticos para un coche. Mantener limpias las instalaciones, como puertas, pasillo y el guadarnés, es otra labor del mozo de cuadra; tener siempre en perfecto estado de revista las cabezadas, monturas y el resto de arneses, limpiándolo todo antes de ser devuelto a su lugar de origen después de ser utilizado por un animal.

–Maestro, todo esto que me acaba de decir es trabajo suficiente para una persona sola. ¿Cómo podré trabajar en el proceso de doma?

–Buena pregunta, por eso quiero que lo aprendas. Si el día de mañana no estás en esta yeguada siempre podrías encontrar trabajo como mozo de cuadra, independientemente de que tengas conocimientos más amplios, pero lo que vayas a desarrollar que lo tengas bien aprendido. Además, todo aquel que se precie como jinete debería haber pasado por estos oficios, que no son para nada deshonrosos. Es más, si algún día llegas a ser un gran jinete profesional te darás cuenta de la gran utilidad que supone ser o tener un buen mozo de cuadra. Cuanto más alto llegues y más éxito tengas con los caballos más te darás cuenta de lo importante que es la base y el gran significado que tienen las cosas simples.







3. Origen de la doma española






Ezequiel León, jinete profesional. Caballo PRE «Cateto V».



Pasaban los días y yo progresaba adecuadamente en mis labores de mozo de cuadra según me indicaba mi maestro. Las noches de cena, como de costumbre eran largas y bonitas tertulias sobre el mundo del caballo. Uno de esos temas en una ocasión fue el de quién y de dónde sería el primer hombre que se subió a lomos de un caballo. Lo mismo ese detalle importa poco, pero mi maestro siempre me decía que para saber a dónde queremos ir es importante saber de dónde venimos, y esta fue su reflexión al respecto:

–Amigo Juan, me gustan tus inquietudes; eso es bueno, pero te diré que no alcanzo tan lejos. Tenemos que tener presente que no se sabe a ciencia cierta y con exactitud cuándo y en dónde se inició la domesticación del caballo. Cada territorio del planeta conocido tenía su propia forma de tratar al caballo a la vez. Todo esto data de entre los siete mil y los tres mil quinientos años antes de Cristo; por lo tanto tenemos un margen de otros tres mil quinientos años en los que nadie puede decir exactamente dónde se inició el proceso de convivir hombres y caballos. Los expertos, en base a los restos arqueológicos y las pinturas rupestres encontradas en cuevas, no se ponen de acuerdo en cuanto al lugar donde el hombre empezó lo que posteriormente podría llamarse «doma», teniendo en cuenta que al principio el caballo se utilizó como animal de carga, sustituyendo a los perros, y posteriormente para tirar de los carros cuando el hombre inventó la rueda. Hace miles de años que hombre y caballo conviven juntos. En esas épocas, todos los habitantes de la Tierra eran nómadas; por tanto señalar un lugar exacto de dónde fue el principio de la doma sería algo atrevido. Las tribus que habitaban la Península Ibérica cuando llegaron los romanos eran mayoritariamente de origen indoeuropeo. Estos se supone que traerían consigo caballos y se cruzarían con los que posiblemente existían ya en la península. Lo que sí está claro es que a los romanos los habitantes de estas tierras no se lo pusieron fácil, ya que eran hábiles jinetes expertos en defenderse en guerrillas bien organizadas. Sus caballos eran pequeños y ligeros, aparecían y desaparecían como por arte de magia, atacaban y se volvían en un palmo de terreno, lo que hacía que el enemigo se desorientara de tal forma que temía combatir contra los íberos que iban a lomos de sus afamados caballos.

–Pero al final fueron derrotados por los romanos, a pesar de que estos tenían un ejército prácticamente solo compuesto de infantería –le dije intrigado por conocer su versión.

–Cierto, pero esa es otra historia. Sabrás que muchas tribus prerromanas estaban enfrentadas entre ellas, lo que el enemigo romano supo aprovechar para debilitar a los habitantes de la Península Ibérica. Pero tampoco fue todo tan fácil; les costó casi doscientos años hacerse con el control de todo el territorio. Los íberos se enfrentaron a los romanos con una forma de montar similar a lo que con los siglos pasaría a llamarse «a la jineta», pero para sorpresa de estos, cuando quisieron expandir el imperio por tierras partas se encontraron con unos enemigos fuertemente protegidos por un ejército de caballos recubiertos con armaduras y mallas. Estos se llamaban en aquella época «catafracto», y su función, a diferencia de las encontradas en la Península Ibérica, era que entraban en combate directo arrollando a las fuerzas enemigas. He querido situarme en esta época de la historia para que no te líes mucho, ya que tanto una forma de montar como la otra ya se utilizaban en siglos anteriores, y esto sería hablar de antes de Cristo.

–¿Entonces la monta a la jineta es la nuestra y la monta a la brida importada? –pregunté queriendo saber si en España siempre tuvimos una forma propia de montar.

–Yo diría que sí, pero claro, después cuando nos invadieron los musulmanes del Norte de África también tenían una forma de montar similar y eso hizo que se afianzara más en nuestras raíces. Por eso no se puede calificar a una forma de montar como pura y propia, ya que todas a lo largo de los tiempos se han ido enriqueciendo las unas de las otras. Pero yo también tengo mi propia teoría, y es que lo mismo son los propios musulmanes los que se pudieron enriquecer de nuestra forma de montar y no nosotros la suya. En fin, eso lo dejo para que saques tus propias conclusiones.

–Lo de la jineta lo tengo medio claro, pero, ¿cómo llegó la monta a la brida a la península? –pregunté queriendo indagar y saber más.

–Medio claro; eso es tener más dudas que cuando empezaste. Mira, te lo aclaro. Recuerda que aquí se montaba a la jineta desde mucho antes de la llegada de los romanos; estos adaptaron su caballería para el imperio. El tener un caballo fino, brioso y temperamental es lo que hizo que se mantuviera este tipo de monta, ya que el jinete lo dominaba con las piernas y tenía las manos libres para la lanza, la espada, tirar flechas, o cualquier otra cosa que tuviese en sus manos. Eran jinetes independientes, por lo que tenían que valerse por sí mismos. Dominaban a sus caballos de tal manera que podían ponerlos a todo galope y pararlos para cambiar de sentido solo con las piernas y el gesto del cuerpo. En batalla contra otro jinete los caballos se volvían y revolvían con los toques de las piernas mientras el jinete podía deshacerse del enemigo con su espada y, si corría peligro, solo tenía que indicarle que salir era del campo de batalla y se ponían a salvo gracias a su eficaz forma de cabalgar. Generalmente, al carecer de estribos, su posición era con las piernas más recogidas y semidobladas, para poder de esta forma tener más sujeción sobre el animal. Con la llegada del estribo siglos más tarde mejoró el poder estar más equilibrado sobre el caballo al poder apoyarse en él.

–Duda aclarada, maestro. También le pregunté sobre la otra forma de montar, a la brida.

–La monta a la brida llegó al norte de la península con los visigodos. Con los siglos posteriores se fue incorporando al ejército cristiano para combatir a los musulmanes. También tuvieron una fuerte influencia con la llegada de las Cruzadas, donde esos ejércitos de la Edad Media eran arrolladores en el ataque. Sus caballos eran pesados y dirigidos con las manos, ya que las piernas las tenían estiradas por las armaduras que portaban y apoyadas en el estribo con espuelas muy largas por la dificultad que tenían en dar a los costados de sus cabalgaduras.

–Pero en toda esta historia que me ha contado no acabo de entender cómo acabaron incorporándose las dos formas de montar a nuestra actual monta española, si eran tan diferentes la una de la otra –exclamé, sorprendido de que mi maestro supiese tanto sobre nuestra historia ecuestre.

–Esto no se produjo de la noche a la mañana, sino que fue un proceso lento, aunque con pasos muy firmes y positivos. Mira, Juan, los Reyes Católicos conquistaron el Reino de Granada de la siguiente forma: Fernando el Católico tenía su arrolladora caballería montada a la brida, heredada del Reino de Aragón, también llamada monta «a la estradiota», o «a la guisa», nombre derivado de los reinos de Nápoles y Francia. La reina Isabel la Católica tenía transformada su caballería a la jineta, también conocida como «a la bastarda», un poco más refinada, introduciendo elementos ecuestres de la monta a la brida, por ser la mayoritariamente utilizada por el pueblo llano y los jinetes de la plebe tras conquistar el Al-Ándalus dos siglos antes. Con la conquista de Granada, no solo se unificó la actual España, sino que también lo hicieron las dos formas de montar que había en la península. Posteriormente, los caballeros cristianos eliminaron sus pesadas armaduras, pero no su forma de ir a caballo, mientras que los nobles aprendieron el arte de la equitación en las escuelas creadas para estos menesteres. Realizaban juegos y torneos como forma de diversión y estatus social. El ser caballero entre la nobleza se medía por sus habilidades ecuestres y para ello también se dedicaban a lancear toros y lidiarlos en las plazas de los pueblos, lo que requería una monta más específica como era la monta a la jineta. De esta forma se unificó lo que vendría a llamarse la famosa monta española en todo el continente europeo, ya que nuestros caballos y nuestra forma de montar se fueron expandiendo por todos los países, donde era requerida por reyes y nobles.

–Pero a día de hoy, ¡es difícil saber si la doma española tiene más de monta a la brida o a la jineta! –Quizás era una pregunta difícil para poder entender su respuesta, pero me lo aclaró de tal forma que según pasaba el tiempo y mi aprendizaje como jinete se afianzaba, como en la doma de un potro, fui comprendiendo sus palabras.

–Difícil es según como lo miremos. En un principio las cosas estaban muy definidas y bien fusionadas. La buena equitación es el resultado de la buena unión de ambas montas. Te diré que un caballo, para que esté presto y atento a las ayudas, tiene que tener una buena doctrina de las piernas. Aquí es donde aparece la monta a la jineta, con la diferencia de que la colocación de las piernas está modificada, es decir, van algo menos recogidas. Este tipo de monta se conserva en nuestros días en la doma de campo, el rejoneo y el acoso y derribo.

–Y la antigua monta a la brida, ¿dónde se conserva y se aprecia más hoy en día?

–Como te he contado, la monta a la brida era arrolladora; hoy en día se podría apreciar perfectamente en los caballos de los antidisturbios de la Policía. Estos están perfectamente protegidos y actúan en conjunto ante incidentes donde su participación es de gran utilidad, prestando un gran servicio.

–Ahora que usted lo dice, es cierto, pero, respecto a la doma, ¿dónde encaja la monta a la brida?

–Respecto a la monta a la brida te diré que un caballo, aparte de que esté presto a las piernas, que son las que mandan, tiene que estar en la mano, que es la que dirige, y ahí es donde aparece la otra variante, y de esta gran fusión surgió la monta española: a tener un caballo en los pies y en las manos del jinete se le conoció mundialmente como equitación española o alta escuela. La influencia que tuvo sobre la monta a la brida fue que la mano se suavizó, ya que estos eran jinetes que montaban caballos más pesados y tenían una mano muy dura; las piernas estiradas también se recogieron un poco, los bocados se redujeron en favor del animal y las espuelas a no tener necesidad de usarlas tan grandes. También el caballo que se utilizaba era el español, un animal fino, caliente y de temperamento dócil y presto a la doma. Los arneses, así como las cabezadas y las monturas, también tuvieron modificaciones, pero siempre en un alto porcentaje de monta a la jineta.

–Esta historia que usted me está contando supongo que la sabrán todos los jinetes que se dedican a la doma, porque yo de historia sí sabía algo por lo que aprendí en el colegio, pero estos detalles sobre el origen de la doma española me eran totalmente desconocidos.

–Amigo Juan, no todos los aficionados y caballistas que te encuentres a lo largo de tu vida sabrán muchas de las cosas que yo te cuente. Desgraciadamente tengo que decirte que en España, en lo que al caballo se refiere, se ha escrito poco y leído mucho menos. Todos los conocimientos han ido pasando de padres a hijos, o bien han sido comunicados por maestros a nobles y a los hijos de estos. Pero no quiero decirte con esto que no haya nada en las bibliotecas, que lo hay, y muy buenos tratados de equitación escritos por españoles, pero siempre fuimos muy amigos de lo extranjero y adaptamos lo de fuera como si no fuera nuestro, cuando fuera no se ha hecho otra cosa más que copiar nuestras raíces y costumbres ecuestres.

–Es una lástima que teniendo este tesoro único en el mundo y bebiendo todos de nuestras fuentes no sepamos exportarlo como se debe. Siempre he oído hablar de la monta a la inglesa o de la monta western, pero la monta española no se oye tal como usted, maestro, me la está explicando –le dije algo preocupado.

–El problema de saber historia y a la vez domar un caballo es que cuando cuentes algo muchos te dirán que más montar a caballo y menos explicar. Ese ha sido el problema que ha tenido la cultura ecuestre en España: nadie se ha preocupado en decir las cosas como son, y como lo típico era el «cada maestrillo tiene su librillo», no tenían la mente abierta para adquirir nuevos conocimientos de formas de montar de escuelas provenientes de otros países, o de compartir su sabiduría con los que estaban perdidos en las labores de su afición ecuestre. Los antiguos jinetes decían que el mejor libro era el caballo. No les faltaba razón, pero también leer es necesario. En los libros está reflejada la sabiduría de jinetes anteriores; en ellos se cuenta cómo deben hacerse las cosas y evitar cometer los errores que ellos en su día cometieron.

Dimos la tertulia por terminada. Era hora de irse a dormir. Al día siguiente, como de costumbre, empecé con la rutina de las labores de mozo de cuadra y a mover a los potros y a los sementales en el caminador. El día transcurrió con normalidad. Al caer la noche de nuevo, y como siempre, me dirigí a la casa del señor Luis para cenar juntos. En la mesa de la cocina encontré una nota que decía que esa noche tenía que ausentarse y que no le esperara para cenar.

Después de cenar me puse a dar vueltas por la cocina y a ver utensilios antiguos que colgaban de las paredes adornando el lugar. Me paré en una puerta que siempre estaba cerrada, pero con la llave puesta. Lleno de curiosidad la abrí y entré tras encender la luz. Mi asombro fue tan grande al ver lo que había en aquella habitación que tardé unos segundos en reaccionar y poder curiosear lo que lleno de telarañas y polvo allí se tapaba. Pude contemplar una estantería plagada de trofeos. Limpié un poco para leer lo que ponía en las placas. Un escalofrío recorrió todo mi cuerpo; trofeos y medallas de campeonatos y concursos nacionales de doma vaquera y alta escuela. Había medallas de oro, plata y bronce; predominaban las de oro. Los trofeos igualmente de primeros puestos. Por sus fechas pude sacar la conclusión de que eran de los comienzos de estas disciplinas. Las paredes estaban repletas de fotografías de caballos realizando diferentes números de doma; los había castaños, negros, alazanes y tordos en todas sus variedades de tonalidades, más oscuros, más claros, de diversas edades y niveles de doma. Pero lo más llamativo de las fotografías era que en todas ellas aparecía el mismo jinete: un hombre joven, alegre, delgado y que encima del caballo parecía una estatua, el centauro más perfecto que jamás había contemplado. En mi casa tenía muchas revistas donde aparecían jinetes a caballo, pero haciendo memoria ninguna de las fotografías se asemejaba a la de aquel jinete de estampa inigualable. Cogí un cuadro, limpié el polvo y acerqué la vista a la imagen para poder observar más de cerca al jinete, pues para mí era todo un misterio saber de quién se podía tratar. De pronto sentí que el corazón me explotaba. El cuadro se me escapó de las manos y cayó al suelo rompiéndose. Me agaché y recogí los trozos de cristal y los deposité en la basura para tirarlos. Después, sin el cristal observé de nuevo la imagen del jinete de la foto. No cabía duda: era don Luis García, mi maestro, en sus años de juventud. Me acerqué a la chimenea, aticé la candela para que no se apagara y le añadí otro trozo de leña de encina. Tenía decidido esperar a mi maestro; quería que me aclarara aquel descubrimiento y me dijese quién era realmente. Estaba eclipsado mirando la foto al calor de la lumbre cuando llegó.

–Hoy has descubierto más de lo esperado, ¿verdad, Juan? –me dijo una voz desde la puerta.

Miré sorprendido, pues no esperaba que alguien estuviese en la puerta y, con la fotografía en la mano, le pregunté:

–¿Usted no es un simple mayoral, verdad? Me dijo que se había criado en estas tierras. Esas medallas, trofeos y fotografías colgadas en la pared tienen muchas historias detrás.

El señor Luis García se acercó a mí lentamente, se sentó a mi lado, de tal manera que el calor de la lumbre también le llegara, alargó una mano, cogió la fotografía, la miró fijamente, y me relató lo siguiente:

–No te mentí. En estos momentos soy un simple mayoral. Tú nunca me preguntaste sobre mi vida anterior, y es más, sí, me crié en estas tierras; mi padre era el guarda de la finca y mi madre el ama de llaves. En un accidente de tráfico murieron los dos cuando yo apenas tenía ocho años. El padre de don Gregorio me crió como a un hijo suyo y me enseñó a ser hombre realizando las labores ganaderas con las ovejas y los cerdos para aprender el oficio y a la vez pagar mi sustento y estudios. Pero mi gran ilusión eran los caballos. En el cortijo siempre había habido ganado caballar de raza indefinida, probado en el trabajo diario, que producía mulas para las labores agrícolas. Aprendí a arar, sembrar, trillar, y sobre todo a recoger los melones y las sandías con los serones, a recoger los haces de trigo con las cangallas para ser trillados en las eras y cuando era la época de las sacas del corcho, yo era, por mi juventud, el «aguaó», es decir, el encargado de ofrecer agua con una mula y unas aguaeras con cántaros llenos de agua fresca para calmar la sed a los corcheros. Estas labores, lo creas o no, me han sido de gran utilizad, labores que por cierto muy pocos caballistas de hoy en día conocen.

–¿Pero qué aportan esos conocimientos a la doma? –le dije a mi maestro, no encontrando encaje a todo eso.

–Más de lo que nadie se pueda imaginar. Ten presente que para poder realizar estas labores, el animal ha de estar la mayor parte del tiempo suelto, obedeciendo a la voz del arriero, que es como se llama la persona encargada de estar con estos animales. Los hombres de campo me enseñaron a tener a las yeguas y a las mulas quietas para aparejarlas, echarles sus cargas correspondientes, subir y bajarme de ellas, a que anduviesen mucho y bien por campos y veredas, a conocer cuáles eran trabajadoras incansables o cuáles protestaban en el trabajo; dicho de otra forma: a ser psicólogo, saber entenderlas, lo que actualmente se conoce con el nombre de etología, que es la ciencia que estudia el comportamiento de los animales en su medio natural, algo que parece que es importado, cuando realmente de siempre en la Península Ibérica el hombre y el caballo han tenido un vínculo especial, un vínculo de confianza mutua y fiel colaboración. Las yeguas que daban un servicio leal a su arriero y se veía que se empleaban con corazón eran destinadas a la reproducción, yeguas que estando sueltas en la manada nunca rehusaban a la presencia del hombre cuando se acerca a ellas con una jáquima en la mano y se la ponía. De un salto se montaba a pelo en su lomo y se la llevaba al cortijo sin renuncia ni protesta alguna. Yeguas que por su buena base de doma y confianza mutua nunca se rebelaban ni mostraban dificultad para abandonar a las compañeras de manada.

»Aquí quiero aclararte, Juan, que nunca subestimes a nadie. El que menos te imagines te puede dar una lección magistral, como puedan ser los arrieros, personas de clase humilde y trabajadora que heredan su sabiduría de padres a hijos desde siglos y que en sus conocimientos incluyen, no solo el trato con una recua de mulas donde se mezclan los animales y solo con nombrarlas por su nombre saben cada una a quién están llamando, sino que también tienen experiencia en hierbas medicinales haciendo de fenomenales veterinarios, y cómo no, también poseen conocimientos de talabartería, realizando buenas albardas y aparejos. En los principios de la doma vaquera en las pistas, las monturas eran grandes, bastas y pesadas, por ser realizadas por estos artesanos. Posteriormente pasaron a ser realizadas por guarnicioneros y fueron más livianas y cómodas, tanto para el caballo como para el jinete, ya que la función principal de las antiguas monturas no era el uso que se les dio posteriormente. Te he resumido un poco lo que aportan estos conocimientos, pero ten presente que es solo el principio para poder llegar a ser un buen potrero. Aunque esto te lo explicaré más detalladamente sobre el terreno cuando estemos trabajando un potro.

–Maestro, ¡pero estos trofeos y medallas no son de un arriero! –le seguí insistiendo señalando de nuevo la fotografía.

–Fue posteriormente, cuando me llegó el momento de realizar el servicio militar, y gracias a los contactos que don Gregorio tenía, que pude pasar tiempo en el Ejército rodeado de caballos, en la escuela de equitación militar, donde aprendí todo lo relacionado con las labores de un mozo de cuadra. Ningún oficial les decía a los soldados nada referente a la doma de los caballos; también es cierto que muchos soldados estaban solo para cumplir el tiempo reglamentario del servicio militar. Pero mi caso era distinto. Todas las tardes, en mi tiempo libre me acercaba a ver cómo los oficiales daban clases de equitación a los suboficiales. En un principio eran algo reacios a mi presencia, pero pensando que era solo un soldado aburrido no me dijeron nada. Pasaron los días hasta que un comandante se acercó a mí y me preguntó si me gustaban los caballos. Me cuadré para saludarlo como correspondía a su rango y le dije que mi ilusión era saber montar bien algún día y domar un potro como los que veía en aquellas sesiones diarias.

El señor Luis se quedó callado y, mirando cómo las llamas se apagaban por el consumo de la leña, cogió varios leños de la candela y los juntó para que ardieran hasta llegar a hacerse cenizas y continuó:

–El comandante me invitó a que fuese su ayudante, pero para mi asombro no fue lo que yo esperaba, que era trabajar un potro para adiestrarlo, sino montar un caballo viejo y retirado de la competición que él tenía para sus nietos. Según le dábamos cuerda con la montura puesta, estando yo siempre callado y con el respeto que se merecía al estar en el Ejército y ante un superior de aquel rango, me dijo: «Luis, lo primero que tienes que aprender es a montar bien; no se puede adiestrar un potro si tú no eres el primero en estar adiestrado. No solo tienes que conocer las herramientas para que un potro progrese adecuadamente; también tienes que saber montar y caerle bien al caballo, y eso no es otra cosa que una perfecta colocación de cuerpo, piernas y brazos, adquirir equilibrio y saber acompañar a tu cabalgadura en el movimiento». Y dicho esto estuve el resto del servicio militar adquiriendo un asiento correcto, realizando a veces ejercicios de volteo y montando sin estribos ni riendas.

»Cuando empecemos a adiestrar a un potro, tú tendrás que aprender a montar una de las yeguas que tenemos en la manada, que es ideal para que adquieras confianza y tu experiencia se vaya plasmando en el potro. De lo contrario, con tu inexperiencia provocarías que el potro no avanzase por culpa de tu tensión en el lomo del joven animal, al no haber adquirido el equilibrio que necesitas.

–¡Lo que me resulta extraño es que su comandante se prestara a enseñarle a montar bien a caballo!

–También yo se lo pregunté, y tuve la gran suerte de que me eligió para formar parte de un proyecto que él estaba desarrollando y quería saber si funcionaría antes de darlo a conocer a sus superiores. Él aprendió a montar con un profesor francés, maestro de una de las mejores escuelas de equitación de Francia. Después del éxito conseguido conmigo, y ver la utilidad para el Ejército, esta forma de montar se implantó en las academias militares.

–Pero una vez finalizado el servicio militar, ¿usted qué hizo?

–Le dije a mi comandante que lo que más me gustaba era la doma española en sus dos variantes: doma vaquera y alta escuela, y que los conocimientos adquiridos por él los pondría en práctica si algún día tenía oportunidad. Y esa oportunidad llegó. Cuando regresé a la finca de don Gregorio y le conté a su padre los conocimientos adquiridos en equitación se interesó por que su hijo aprendiese a montar, ya que también tenía afición por montar a caballo, él como disfrute y yo más interesado en lo profesional.

»Contrató a un viejo vaquero retirado de una de las más afamadas ganaderías bravas. Este vaquero me enseñó todos los entresijos de la auténtica monta a la jineta, que ya te comenté en su día, y que es como yo la interpreto y conozco. Fue en una época en la que se empezaron a realizar exhibiciones y ejercicios camperos en las ferias de los pueblos. Entonces unos pocos se reunieron para reglamentarla y poder hacerla como deporte y surgió la doma vaquera federada. Los conocimientos adquiridos de mi maestro de vaquera junto con el asiento y posición aprendidos en el Ejército fueron lo que hizo que ganase esos trofeos que has visto, pero sin perder el aire de montar a la vaquera. Eso nunca se debe perder, y es lo que quiero que tú aprendas. Si pones de tu parte empeño y dedicación, los frutos aparecerán como por arte de magia.

–Maestro, estoy deseando empezar, pero una cosa más, y finalizo para irnos a la cama; no quiero ser un pesado y es tarde, ¿cómo aprendió usted la alta escuela?

–La alta escuela, como la vaquera, es una variante de nuestra monta española, por lo que la base hasta cierto nivel es exactamente la misma, es decir, la baja escuela. No se puede realizar una buena alta escuela sin una buena base de baja escuela. Después las cualidades del animal son las que te hacen llevarlo hacia una disciplina u otra. Yo la baja escuela la tenía dominada por años de aprendizaje para alcanzar una buena doma vaquera, y los aires de alta escuela los aprendí de otro gran maestro de la equitación en España. Después de mis triunfos en las pistas de vaquera, este gran jinete me invitó a pasar un tiempo en su casa. Intercambiamos conocimientos, yo aporté mi vaquera y él su alta escuela, aprendida de unas de las mejores escuelas de equitación que existen en el mundo y que radica en la ciudad de Viena. Pero ten presente que en España hay muy buenos caballistas, algunos autodidactas y otros con conocimientos adquiridos en un sitio u otro, pero la mayoría tienen un denominador común, que es el arte. El arte que los españoles tenemos no existe en otro país. Aquí siempre ha habido y habrá grandes jinetes y maestros de equitación.

»Pasado un tiempo y habiendo cosechado todos los triunfos que has constatado tanto en una como en otra disciplina decidí regresar a la finca donde nací y, con el apoyo de don Gregorio, compramos la yegua que te dije y creamos la yeguada. Y esta es la historia. Aquí sigo, retirado de toda vida social.

–Perdone, maestro, pero tengo una duda y no me puedo ir a la cama sin preguntársela antes: ¿no cree usted que la doma ha evolucionado desde su retirada de la competición a como se realiza actualmente?

–Depende del punto de vista desde el que se mire; la tradición no está reñida con el progreso, pero evolucionar no es modificar. Me explico: la vaquera es arte y tradición. Se puede mejorar, porque todo es mejorable; es el progreso, pero siempre desde sus directrices. Cuando el arte se reglamenta y se modifican ciertos aspectos desgraciadamente pierde su sello de identidad, los jinetes pierden su personalidad y se convierten en meros imitadores. Si pasado un tiempo y adquiridos los conocimientos que yo te pueda transmitir decides participar en concursos, te encontrarás, por la forma de interpretar la doma, con ciertos jinetes y jueces que no estarán de acuerdo con tus actuaciones por desconocimiento o desuso. Pero ahora a la cama; mañana nos espera un largo y duro día.







4. La elección de un potro para la doma española






Yeguada el Lolo, ganaderos y tratantes.



Al día siguiente, después de acabar con las tareas diarias, el señor Luis me presentó a varios potros de tres años. Primero soltó uno en el picadero circular y me dijo:

–¿Qué te parece este potro?

Yo lo miré detenidamente como el que tiene experiencia en saber cómo debe ser un buen potro. Al estar esperando una respuesta, le dije:

–Me parece un extraordinario ejemplar. Es muy bonito y le entra por los ojos a cualquiera, me gusta.

–Eso es lo que esperaba que me dijeses. Bien, Juan, lo primero que te tienes que preguntar a la hora de comprar un potro es para qué lo quieres; si es para el trato y obtener a cambio un dinero, este podría ser el ideal. No digo que sea un mal potro, pero lo que estamos buscando es un animal con futuro para la doma en alta escuela. Por tanto tenemos que fijarnos bien en muchos otros atributos. No quiero decir que un caballo bonito sea malo, ni tampoco que tenga que ser feo el animal deseado. Te cuento: el que sea bonito es muy importante, pero es solo algo superficial. Lo que tenemos que pedirle es que además tenga corazón, ganas de trabajar, escuche al jinete, y sobre todo cualidades para desempeñar las funciones a las que lo vamos a dedicar, es decir, tres buenos aires naturales, paso, trote y galope. De estos tres, el más importante es el galope, y este o lo tiene bueno o no lo tiene. Se podrá corregir un poco, pero nunca llegar a lo deseado. Si el animal no lo tiene de nacimiento, los otros dos aires, el paso y el trote, aparte de que tengan que ser buenos, si no lo son tanto siempre serán mejorables con el trabajo diario.

–Entonces, maestro, si un potro galopa bien, ¿los otros dos aires no tienen por qué preocuparnos tanto ya que con el trabajo mejoran?

–No, no te confundas; me explicaré mejor. No he querido decir que puedan ser malos, sino que pueden no ser de igual calidad, aunque siempre de nota alta. Si el paso es malo, será malo siempre; se corregirá, mejorará, pero nunca será un animal con el que el jinete pueda demostrar su trabajo de horas, días, meses y años. Un potro con un paso o trote defectuoso por mala conformación genética o enseñado mal desde el principio, o que adquiere vicios, nunca llegará a ser un animal que alcance notas altas en la competición.

–Entiendo. En realidad, tener un potro que reúna todas las cualidades deseadas debe ser muy difícil.

–Lo es, más de lo que te puedas imaginar. También son una caja de sorpresas. He llegado a tener potros a los que les puse todo el empeño con un buen adiestramiento y solo se quedaron en belleza. Pero créeme, cuando trabajas un ejemplar de esos que todo lo hacen con desgana, protestando, que son flojos y les molesta todo lo que el jinete les manda con las ayudas, sinceramente no encuentro la belleza por ningún lado. Al contrario; también he tenido potros que, si bien no han tenido la mejor belleza del mundo, pasan desapercibidos por su forma de ser tranquila, su carácter noble, que no transmiten tanto estando sueltos, en cuanto los empiezas a trabajar se transforman por su deseo de aprender y agradar. Cuando realizan un ejercicio de equitación, al tener cierta calidad en su ejecución, al animal ya lo ves bello, porque la calidad del ejercicio hace que lo veas con mejores ojos y al final a la vista de todo buen aficionado será el que todos desearían tener.

–Según lo que usted me está diciendo veo en este potro que su galope está algo descompensado, bracea demasiado de los anteriores y los posteriores los arrastra un poco más, aparte de que sus manos pegan lanzadas hacia adelante a una mano y sus patas a otra. ¿Eso también quiere decir algo, señor Luis?

–Efectivamente; me alegro de que te hayas dado cuenta de ese detalle. El potro lleva galopando un rato y va desunido; eso quiere decir que galopa a la mano derecha pero con el pie izquierdo. Si fuese un potro con clase y cualidades, él solo se habría cambiado para su comodidad. Eso ya nos quiere decir que siempre tendrá dificultad a la hora de realizar los cambios de pie cuando llegue el momento, y esa falta ya se la habíamos visto en el galope. Esto no significa que el potro sea malo, nada de eso, sino que simplemente que lo desechamos por no reunir lo que deseamos de él. Sin embargo, puede llegar a ser un gran caballo de paseo, romería o incluso de enganche y lucimiento; todo animal tiene su sitio en algún lugar de este campo tan amplio que es la equitación. Algún día, cuando adquieras más conocimientos sobre la materia, sabrás reconocer y entender, cuando veas a un aficionado a caballo, que lo que para ti no vale para el dueño es lo mejor del mundo, porque el animal desempeña la función para la que su dueño lo quiere. Por eso nunca digas que un animal no sirve; piensa simplemente que puede no estar en el sitio correcto.

Seguidamente, el señor Luis me mandó sacar otro potro que ya conocía por meterlo a diario en el caminador. Lo solté en el picadero circular y, recordando la conversación anterior, vi en él todo lo referente a un potro tranquilo y noble. Sus tres aires naturales me parecieron, dentro de mi ignorancia, los más correctos y, mirando a mi maestro, dije:

–Señor Luis, este potro podría tener lo que usted me ha comentado que debe reunir un potro para la doma, ¿pero, no está falto de clase?

–Ese es otro gran error que cometen muchos aficionados: confunden clase y temperamento con nervios. Este potro tiene clase para dar y vender, lo que sucede es que no se la ves por su carácter noble y pacífico. Sin embargo, los que dices ver con clase, tienen un miedo histérico a todo lo que les rodea, y esos animales deben ser desechados porque solo te acarrearán problemas y disgustos. Ojo, debes saber diferenciar los nervios de ese potro, dependiendo del nivel de trato que tenga con el hombre, porque lo mismo es realmente miedo lo que tiene, pero miedo a lo desconocido por su estado salvaje y no por haber tenido contacto con el hombre. Ese miedo le hace tener nervios, pero unos nervios que con el trabajo diario se transformarán en calma y confianza.

–¿Podría ser este potro un futuro caballo de alta escuela?

–Podría ser, sí, pero eso no lo sabremos hasta que empecemos a trabajarlo y estudiarlo día a día. Son muchos los que prometen y pocos los que llegan; la mitad se quedan en el camino, pero eso lo averiguaremos echándole encima horas y profesionalidad.

»Aquí quiero aclararte un detalle que muchos no entienden, y es que algunos amigos te pedirán que los acompañes para comprar un potro y les ayudes a elegir. Nosotros podemos decir cómo es superficialmente, si tiene buenas extremidades, buen dorso, buen cuello, sobrehuesos en las cañas, vejigas en los corvejones, buen ojo, buen pelo, y sobretodo que no se le vean síntomas de enfermedad. Pero si es propenso a cólicos, por ejemplo, eso no lo sabe nadie; solo el dueño y el veterinario que lo trató. Nunca puedes afirmar con seguridad que será algo en el futuro porque las cualidades que ese animal lleva dentro solo se sabrán cuando empieces a trabajarlo en el picadero. Pero no es nuestro caso –dijo señalando al potro que estaba suelto en el picadero redondo– ya que este está criado en la ganadería y lo conozco desde que nació. Bien, ya tenemos un potro para enfocarlo en alta escuela. Ahora vamos a casa de un amigo que reside cerca; tiene unos potros muy buenos y puede que escojamos alguno para la vaquera.

Como dijo mi maestro, escogimos un potro español de la ganadería para la alta escuela, porque, según él, son los mejores para realizar los ejercicios de máxima reunión, y el potro escogido rozaba la perfección física, tenía una preciosa capa castaña, sus extremidades y tendones eran fuertes, finos y con unos cascos bien conformados y aplomados, el dorso corto, algo dulce, pero que es lo aconsejable, ya que estos suelen moverse bien y son cómodos. Los que lo tienen recto son muy rígidos y producen resistencia al trabajo y los demasiados hundidos, llamados ensillados, son muy flojos y tienden a tener dificultades a la hora de realizar los ejercicios en dos pistas. No sabía a qué se refería, pero eso me lo dijo en aquel momento y con el tiempo comprendí su explicación. También tenía un cuello arqueado como los cisnes, la garganta fina y la cara acorde a su volumen, orejas vivas y atentas a todo, la grupa fuerte y redonda con una pequeña caída en la cola, que según me dijo el señor Luis era síntoma de fuerza y le haría de buen eje y tener capacidad de equilibrio para soportar los ejercicios superiores cuando llegase el momento. También lo adornaba una bonita y espesa cola que junto con las crines le daban un toque de belleza.

A poco más de media hora de carretera con el coche llegamos a un lugar donde, según mi maestro, encontraríamos un potro para la vaquera. Era donde un tratante, un gitano de pura cepa. Al verse con mi maestro los dos se saludaron con un fuerte apretón de manos.

–¡Qué tiempo sin verte, amigo Luis!

–¿Qué tal, compadre Manuel? Parece que los años no pasan por ti, siempre estás igual –Y señalándome a mí, le dijo:

–Mira, te presento a Juan, un chico aficionado a los caballos y que ha entrado a trabajar en la yeguada. Juan, este es don Manuel Santos

–¿Qué tal, Juan? –me dijo a la vez que me tendía la mano para saludarme–. Me alegro de que al fin alguien haya sacado de su refugio al bueno de Luis. –Y volviendo al maestro, añadió–: ¿Y qué os trae de bueno por mi humilde casa?, si se puede saber; ya sabes que mi casa es la tuya.

–Muchas gracias, amigo Manuel. Mira, veníamos para ver si tenías un buen potro para la vaquera. Quiero que Juan aprenda y me he acordado de que tú siempre has tenido fama de tener los mejores potros de toda la zona por tu buen ojo clínico a la hora de comprar.

–Muchas gracias, Luis, se agradece. Mira, precisamente tengo tres potros y lo mismo te puede valer alguno de ellos. Vayamos a verlos.

Pasamos a la parte trasera de su vivienda donde pudimos contemplar tres potros de tres años cada uno. Estaban bien de carnes y cerreros; solo se dejaban tocar un poco la frente cogiéndolos por una cuerda que arrastraba de los cabezones.

–Llevan aquí una semana. Sueltos del campo los encerramos en una mangada y en el cepo les puse el cabezón con este trozo de cuerda para poder cogerlos, después los embarqué en dirección a mi casa y aquí están. Todos los días los cojo por el trozo de cuerda y les acaricio la cara; ya se dejan tocar un poco. Estaban cerreros del todo, pero no se les ven malas acciones. ¿Y bien, qué me dices de ellos? –dijo el señor Manuel con todo el entusiasmo de querer hacer un trato.

–Me gustan, son buenos potros. Me suenan sus hechuras, ¿puedo saber de dónde proceden?

–Claro hombre, se los he comprado a don Agustín Delgado. Creo que tú conoces la genética de estos potros; si no recuerdo mal, las madres le fueron compradas a don Gregorio Pérez, pero son cruzados. El padre es un anglo-árabe, pero no puedo decirte nada más, solo que son muy buenos potros y que no encontrarás otros así en toda la comarca.

Después de repasarlos detenidamente, y hacerles moverse de un lado para otro en sus tres aires naturales, ya que por su estado de cerreros no se les podía hacer nada más, el señor Luis dijo:

–Bien, ya están vistos. ¿Podría ver la documentación de los potros? –Y, mirándome, sin que el señor Manuel Santos se diese cuenta, me guiñó un ojo. Entendí en ese momento que alguno de los potros le había gustado y que no quería dar muestras de interés.

Cuando el señor Manuel se retiró a por los papeles, mi maestro me dijo que había uno que le atraía más que los otros dos, y quería comprobar la documentación para saber si coincidía con lo que él sospechaba. En ese momento me explicó, para darme una lección:

–Cuando vayas a comprar un potro nunca muestres demasiado interés o necesidad; es lo que suelen aprovechar los tratantes para sobrevalorar el producto. Has estado demasiado emocionado; debes controlarte y nunca preguntes al que va contigo si le gusta lo que ves, porque le obligas a hablar delante del propietario. Si son cosas negativas, a nadie le gusta que alguien hable mal de sus animales delante suyo. Y por el contrario, si es lo que buscas, no está mal decir virtudes, pero con moderación; el precio que tiene pensado pedir el dueño puede variar por una frase o una pregunta mal interpretada.

»Y, de estos tres potros ¿cuál te gusta más?

–Los tres me gustan, pero puesto a elegir, quizás ese –le dije señalando al más grande.

–Dentro de lo bueno es a mi parecer el más inferior. Fíjate, es largo de cañas, lo que se suele decir, lejos de tierra, y si buscamos un potro para la vaquera, tiene que estar pegado al suelo y los neumáticos ser firmes y sólidos; no me convence al lado de los otros. Pero mira ese, el castaño –me dijo señalando a uno de ellos–; la cruz la tiene muy destacada pero el nacimiento del cuello es bajo, el equilibrio nunca será bueno y siempre tenderá a volcarse y pesar en la mano; además, el dorso es un poco largo.

–Entonces nos queda el tercero, ese alazán.

–Sí, y es lo que quiero ver en la documentación. Es el que mejor constitución tiene; además, me recuerda a uno que tuve en mis comienzos.

Acercándose el señor Manuel Santos con la documentaciones de los potros, se la entregó a mi maestro, que seguidamente les echó una ojeada. Intercambiaban opiniones sobre quién era quién en cada documento y al final, entregándole los papeles al tratante Santos, le pidió precio por la compra de uno.

–¿Por cuál estás interesado, amigo Luis?

–Me interesa el más grande, ¿cuánto vale? –le dijo como manifestando deseos de comprarlo.

Yo me quedé sorprendido por la elección, ya que lo había descartado cuando estábamos los dos solos. El gitano le pidió una cantidad que de entrada parecía excesiva. El señor Luis le dijo que no estaba dispuesto a gastarse tanto dinero y seguidamente le pidió precio por otro potro, en este caso uno de capa negra y calzado de las cuatro patas.

–Por ese pido lo mismo; mira que su capa y sus calzas iguales son muy demandadas y obtendré buenos beneficios. No puedo quitarle nada al precio que te he pedido por cada uno de los dos.

–Entonces no me queda más remedio que quedarme con ese mediano y de capa alazana; se ve por su pelo largo y descolorido que ha estado mal alimentado y ha tenido parásitos. Eso sí, si me lo dejas a buen precio.

–Mira, amigo Luis, nos conocemos de toda la vida y sabes que no te engaño. Sé que eres un gran jinete y quiero que tengas un buen potro. Yo los he cogido a buen precio y por tanto este te lo dejo a la mitad del precio que te he pedido por uno de estos hermanos de camada.

–Está bien, me quedaré con este, pero con una condición: me lo tienes que dejar unos días en la finca para que lo pueda probar y ver si reúne las cualidades que espero de él. Si por lo contrario no nos gusta, te lo devolvemos. Tú ganarás el trabajo que le haya realizado al potro y el mantenimiento; mira que no es el que más me ha agradado.

–Trato hecho –dijo el buen tratante, y estrechándose las manos los dos, dieron el trato por cerrado.

De regreso a la finca le comenté a mi maestro si no hubiese sido mejor dejar una señal por la compra del potro.

–Amigo Juan, la palabra de un hombre va a misa, y el apretón de manos del señor Manuel tiene tanta validez o más que un papel firmado, aunque no te fíes nunca de otra persona. Hoy en día, las palabras se las lleva el viento; por eso siempre es mejor un documento firmado, y ante testigos para curarse en salud. Es una pena tener que llegar a estos extremos, pero hay muchos que se dedican a la picaresca y el engaño.

–Entonces, ¿cómo se asegura que mañana vengamos a por el potro y no se lo tenga vendido a otro cliente?

–Cuando dos personas se conocen y se respetan, esa palabra está por encima de todo el oro del mundo. Crearse una buena reputación y que la gente confíe en ti cuesta mucho; nadie se arriesga por un trato a echar a perder todo lo que ha costado una vida conseguir. Igualmente se conoce a los que van mal por la vida; esos se cierran las puertas ellos solos.

–Entiendo, maestro, pero lo que sí he aprendido ha sido la lección que me ha dado: cómo preguntó por los otros dos potros y dejó el que le interesaba para el final, haciendo como que no tenía interés por él. Y cuando revisó la documentación del potro se confirmaron sus sospechas.

–Es familiar de ese al que te dije que se parecía en hechuras. Hace años le vendimos unas yeguas a don Agustín Delgado. Esas yeguas no eran de procedencia española pura como las que tenemos actualmente en la yeguada; eran de las que anteriormente se encontraban en la finca y don Gregorio las quitó para introducir las puras con carta. Esas yeguas eran sufridas, duras, resistentes y con un carácter inigualable. Los potros que se trabajaron a la vaquera, cuando aprendí del vaquero que te conté, eran hijos de esas yeguas y de sementales árabes, ingleses y anglo-árabes. Los hijos de estos últimos eran los mejores a mi gusto, los famosos tres-sangres, predominando la sangre española por parte de las madres. Este potro es nieto materno de la que mejores productos dio, y su madre era hija de uno de nuestros mejores sementales, por lo que la madre debe ser buena, y el padre es un anglo-árabe que ya tiene productos contrastados en varios deportes, y eso es sinónimo de calidad. Además he visto en su genealogía un abuelo que fue padre de uno que yo domé y con el que obtuve mis mayores éxitos en vaquera. ¿Qué más quieres que te diga?

–Nada, maestro, si ya lo ha dicho todo. Estoy totalmente sorprendido, pero esto que usted ha hecho para comprar este potro, ¿lo hacen todos los jinetes de vaquera?

–Actualmente ya se están preocupando más por conocer los orígenes, pero falta mucho para que los ganaderos críen el auténtico caballo de vaquera. En otros deportes, como el salto y la clásica por ejemplo, se han utilizado ejemplares que dieron la talla en el deporte; en vaquera hoy en día se ve mucha variedad de razas y cruces, y eso también tiene dividida a la afición. Antiguamente se decía que el bueno era el que servía, pero eso era un error a medias; quiero decir que si después no se conservaban los genes de los productos que eran buenos se perdían, y vuelta a empezar. Mira, este potro que hemos comprado, si sale como espero, nos dará menos trabajo de lo que otro cualquiera elegido al azar hubiera podido ocasionar, porque su genética hará que colabore con nosotros en el adiestramiento.

–Veo que insiste usted mucho en el físico y la genética en el momento de elegir un animal para trabajar para la doma. Cuando yo vivía en el pueblo miraba a los potros y me imaginaba que todos podían valer si sabías domarlos. ¿Tan importante es?

–Te voy a dar una explicación de manera que lo entenderás fácilmente. Mira, la equitación es un arte, y en este caso el jinete es el artista. Cuando ves una escultura perfecta, piensas que es obra de un gran escultor, o sea de un artista, pero sin un buen bloque de mármol de calidad le hubiese sido imposible realizarla, es decir, contaba con la herramienta ideal para poder plasmar su arte. La equitación es un arte, donde el jinete es el escultor que a base de pequeños golpes de martillo y cincel va moldeando la figura que es el caballo. Sin un buen caballo, el artista nunca podrá plasmar sus conocimientos en el arte de la equitación por muchos conocimientos que tenga sobre la materia. Si pretendemos llegar a hacer una buena obra de arte, lo primero que necesitamos son los ingredientes apropiados. Tú tienes los animales adecuados y un maestro a tu lado para guiarte en el camino correcto, pero aún hay más: aparte de perseverancia y no tirar la toalla, tienes que tener cualidades, talento y capacidad suficiente para sentir al caballo y saber transmitir esas sensaciones. Si tú no tienes cualidades de artista, nada ni nadie hará de ti un gran jinete.

–¿Y cómo o cuándo sabré si tengo esas cualidades que dice que debo tener?

–Con mis explicaciones podrás llegar a ser un buen jinete, domar caballos, realizar exhibiciones y ser considerado un gran caballista por los de tu entorno. Pero ser un artista de la equitación requiere un gran tacto ecuestre, mucha sensibilidad e introducirse en la mente del caballo. Esas cualidades no serán alabadas por los aficionados al caballo, pero sí serán reconocidas y admiradas por los profesionales que te vean trabajar, por tu forma exquisita y natural de interpretar la equitación; esa naturalidad dentro de la calidad es donde destaca el buen tacto ecuestre, y solo lo sabrás cuando hayas alcanzado dicho nivel. Es algo que tienes que averiguar por ti mismo; es una sensación difícil de explicar que muchos buscan y pocos encuentran.

Llegamos a la finca y preparamos la cena en silencio. Mis pensamientos estaban en lo vivido ese día, en todo lo que el señor Luis me había contado, en lo complejo que es el mundo del caballo y lo simple que parece cuando se desconoce el oficio.









5. El trabajo de un potro a la cuerda






Edgar Guerrero, profesor de doma holística y experto en etología.



La tarde del día siguiente, teniendo todo el trabajo realizado y cumplido el horario, mi maestro me mandó sacar el potro español para empezar a darle cuerda como parte de sus primeras lecciones. Con su cabezón de cuadra y una cuerda de unos siete u ocho metros de larga, me dirigía al picadero circular cuando mi maestro me mandó parar.

–Lo primero que tienes que hacer antes de empezar a trabajar un potro es, o bien en su cuadra o bien amarrado a una argolla del lavadero, limpiarle la suciedad que tiene de acostarse y cepillarle las crines y la cola para que no tenga viruta ni paja enredada. Esa es la primera doma de un potro. Con ello se obtienen a la vez mansedumbre y confianza en el jinete. Con este potro no tendremos problemas porque tiene mucha doma de cuadra, por lo que tendremos mucho adelantado cuando le pidamos que aprenda las lecciones de picadero. No será lo mismo cuando recojamos y empecemos con el cruzado, que está cerrero.

Cepillé al potro y seguidamente me coloqué en el centro del circular. Mi maestro cerró la puerta y se situó a mi lado indicándome lo siguiente:

–Bien, coge al potro del lado diestro por la pared y con la mano derecha, yo, a distancia prudente, haré que te siga, pero sin abusar para que no se te adelante. Si llegara el caso, tú lo paras y le impides que se cuele delante tuyo. Bien, pasadas unas vueltas le vas cediendo cuerda y te vas acercando al centro pero como en una espiral, que el potro siga pegado a la pared, yo detrás de la grupa y un poco también más en medio de los dos.

Sin darme cuenta le di un pequeño tironcito de la cara con la cuerda y el potro se paró mirándome de frente. Quise ponerme detrás, pero él me encaraba. Mi maestro me corrigió:

–¿Ves?, ese tirón no estaba mal, pero hazlo más leve, para que el potro sepa que está cogido por la cuerda y la respete. Si tiras fuerte, sucede esto: el potro se para y te mira como diciendo ¿qué ha pasado? Le has quitado el deseo de ir hacia delante, que es lo que queremos. Empecemos de nuevo y repitámoslo varias veces a ambas manos hasta que tome el picadero solo.

Cuando el potro hizo lo que señor Luis quería, una vez al paso y después un par de vueltas al trote a ambas manos, me mandó pararlo y dio por finalizada la lección. Entonces me dijo que tirase de la cuerda para que al sentir el leve tirón en el cabezón, el potro acudiese al centro, donde yo me encontraba. Fui a acariciarlo y el potro retrocedió, y entonces fue cuando mi maestro me dijo:

–Quieto, no te asustes. La culpa ha sido tuya; a los potros no se les puede acercar uno nunca «mudo». Hay que hablarles siempre, que ellos escuchen y entiendan el tono de voz; si esta es suave, dulce y sin un tono alto, a ellos les tranquiliza mucho, y si tus movimientos son suaves, nunca le cogerán por sorpresa.

Seguidamente le hablé «hola bonito, hoooolaaa, bien», y al estar a su lado lo acaricié con la mano suave y dándole una palmada en el cuello, que interpretó como un cariño. No fue un trabajo de más de quince o veinte minutos, cuando el señor Luis me indicó:

–Amárralo de nuevo en el lavadero; le echaremos un poco de agua fresca en las extremidades, nada más, porque no ha sudado para ducharlo por todo el cuerpo y tampoco hace calor suficiente para que se pueda secar rápidamente aunque le pasemos el fleje. Esto lo relajará y se irá acostumbrando a la ducha poco a poco.

–Maestro, ¿y solo en veinte minutos ya hemos trabajado al potro?

–Amigo Juan, los potros son como los niños: si lo cansamos y le obligamos a correr más de lo que puede, aparte de que no sabe qué es lo que está haciendo porque no estaríamos enseñándole qué es lo que queremos de él, corremos el riesgo de que el próximo día tenga miedo al trabajo. De lo que se trata es de que el animal sea el que nos pida estar en el circular y que cuando te vea con el cabezón en la mano ponga la cara y no se revuelva en la cuadra poniéndote la grupa por miedo a lo que le espera de nuevo.

Una vez hubimos terminado, cogimos el coche para ir a recoger al potro cruzado. El señor Manuel ya tenía la documentación preparada para poder traerlo a la finca.

A pesar de estar relativamente cerca de donde adquirimos el potro, el mejor medio de transporte era un van enganchado a un vehículo; este no es más que un carro o remolque perfectamente equipado para el desplazamiento de caballos.

Al potro, al estar relativamente cerrero y tener solo un cabezón de cuadra del que arrastraba una pequeña cuerda, mi maestro decidió ponerle una cuerda algo más larga para poder controlarlo y hacer que entrase en el van sin riesgo de que se lastimara.

Con un poco de paciencia, dejándolo solo en un corral y apartado de sus compañeros de manada, el señor Luis le puso la cuerda más larga y decidió darle unas vueltas en el corral.

–Cuando quieras lo entramos en el van –dijo el señor Manuel Santos.

–Esperaremos un poco, amigo Manuel. Cuando lo trajiste fue metido en una mangada y entró junto con sus hermanos de manada en el camión y posteriormente los bajaste por el embarcadero que tienes para los animales. Pero nosotros traemos este remolque, que por suerte es bajo, pero él se ve solo y apartado de los demás, y quiero que su primera experiencia no le traumatice, o de lo contrario siempre recordará la mala vivencia pasada y eso será un problema cuando tengamos que viajar con él. Estaré el tiempo que haga falta, el suficiente para que el potro decida entrar por sí solo.

Teniendo el van colocado justo en la puerta del corral con la puerta abierta, mi maestro, sin dejar de dar vueltas, le iba engañando de tal manera que teniendo cierta aproximación al van lo paró y dejó que lo oliese. Entonces le impidió que se fuese del lugar; lo más que hacía era retroceder. A mí me mandó ponerme detrás para que si retrocedía fuera solo lo suficiente, pero nada más. Al ser cerrero, mi maestro repitió el ejercicio varias veces; le daba para atrás y hacía que lo acompañase adelante hasta la puerta del van. El potro se paraba y olía. Pasado un momento, empezó a dar síntomas de curiosidad y querer ver qué era lo que había más allá de la puerta del van, ya que mi maestro entraba y salía de él con frecuencia y naturalidad.

Una de las veces, el señor Luis tiró del potro como dándole a entender que lo acompañara. El potro se resistió, pero a la presión se quedó inmóvil. Seguidamente mi maestro aflojó la cuerda y al verse libre de presión el potro dio un paso adelante, aunque se le impidió que diese más. Los potros son como los niños: a veces sienten curiosidad por algo, y si les impides ver lo que hay dentro, su curiosidad aumenta.

Sin dejar de hablarle y acariciarlo, mi maestro se acercó a él y dándole la espalda se introdujo en el van. El potro lo siguió, pero al poner el casco de su mano por primera vez en el van retrocedió; solo sintió un leve tirón de la cuerda para que retrocediera lo justo. Poniéndose cerca del potro de nuevo, el maestro repitió la jugada, pero en esta ocasión el potro entró hasta dentro; eso sí, tengo que decir que al otro lado del van había una ventana abierta para que viese luz; la claridad es importante.

Tardamos más de una hora en completar este proceso, pero, como decía mi maestro, las primeras experiencias, tanto si son malas como si son buenas, no se olvidan, y se trata de que tarde en subir al van lo mismo que en entrar en su cuadra.

De regreso a casa, pregunté:

–Estaba pensando que los potros no tienen nombre, ¿cómo los llamaremos?

–Los nombres siempre me ha gustado ponérselos por algún motivo o situación. ¿A ti cuál te gusta para este cruzado?

–Podría ser «Campero», ya que lo destinaremos a la doma vaquera, y es una doma de campo.

–Me parece buen nombre. ¿Y al español, cuál?

–Siempre soñé con tener un caballo español como ese. ¿Qué tal «Soñador»?, porque en realidad todo esto es un sueño.

–Genial, ya tenemos a los dos potros bautizados.

Llegamos a las cuadras y sin problema descargamos a «Campero» y lo metimos en la cuadra que ya le teníamos preparada. Parecía más grande y fuerte, por sus aires y movimientos rítmicos y elegantes, pero era debido a que los potros cerreros se crecen cuando se encuentran en sitios que desconocen. Mi maestro me dijo que pasados unos días y con la calma de haberse habituado a su nuevo hogar suelen menguar o aparentar su alzada real.

Llegó el momento de sacar a «Campero» de su cuadra para enseñarle su primera lección. Era totalmente diferente a «Soñador»; tenía mucho temperamento y vivo, se movía como un rayo. El señor Luis me ayudó a sacarlo de la cuadra y atado a la argolla del lavadero le pasamos un cepillo por las crines y el dorso, pero no por limpiarlo, sino para que aceptara ser acariciado y que el acercamiento del hombre no le diera temor, que viese en nosotros como que le estábamos protegiendo y no maltratando.

–Juan, desátalo y lo llevas al centro del circular; intentaremos repetir la misma lección que con «Soñador» pero con la diferencia de que este potro necesitará desahogarse, estirar las patas y respingar. Le cuesta más seguirte, ¿ves que se para y que cuando le enseño por detrás el látigo da una pequeña lanzada? Pues cuando te siga sin titubear y con decisión será cuando podamos decir que ha aprendido a ir de cabestro.

–Maestro, ¿toda la vista que se tenga es poca, verdad? Sus reacciones me descolocan a mí también y no sé si andar, parar o correr, ja, ja, ja, ja.

–Cierto, en cualquier descuido se puede tener un percance. Te diré que cualquiera que te vea pensará que lo que tienes es miedo al potro, cuando lo que tú estás haciendo es tener precaución, que no es lo mismo. Todo el cuidado que se tenga al principio en el adiestramiento de un potro es poco. Siempre hay una primera vez y esa primera vez es primordial para la evolución del ejercicio y el proceso de doma.

–Ya he aprendido que esto no es correr, pero ¿qué hacemos los tres aquí dentro dando vueltas con el potro?

–Él desconoce el terreno, es su primera vez. No nos conoce a nosotros tampoco. Si tenemos que perder unos días para que se familiarice con el ambiente, los perderemos, porque en realidad lo que estamos es adelantando terreno para cuando empecemos a pedirle algunas exigencias, como aprender a ir a la cuerda realmente.

Al cabo de unos veinte minutos, el potro nos buscaba e iba detrás nuestro. Nosotros hacíamos como que lo ignorábamos, pero sin perderlo la vista, ya que al ser un animal cerrero, al asustarse o asombrarse por cualquier cosa podría dar una lanzada y saltar por encima de nosotros, sin darnos tiempo a reaccionar.

Durante unos días repetimos la misma operación con ambos potros; eran buenos alumnos y aprendían rápido. Estando en el circular con «Soñador», le dije al señor Luis:

–Maestro, ¿cuándo les pondremos la montura?

–¿Te has dado cuenta, Juan, de que hoy junto al cabezón le hemos puesto también un serretón?

–Sí, pero la cuerda la sigue teniendo en la argolla del cabezón, y no en la anilla del serretón, que tiene colocada justo por encima de la nariz.

–Así es. Mira, el potro se está acostumbrando al cabezón, y ahora que nos encontramos en el centro del circular, le cambiamos el mosquetón y se lo ponemos en el serretón, para que empiece a saber respetar y caminar con la cuerda en la nariz, ya que será de donde se le domará. Estos animales por naturaleza respetan el serretón en la nariz porque está demostrado que cada cultura y forma de adiestrar está unida a la de sus caballos. Por ejemplo, a los caballos alemanes y americanos les cuesta más aceptar y ceder al mando del serretón; sin embargo, en esos países, el adiestramiento solo con filete les funciona mucho mejor que a los nuestros, aunque también hay que tener en cuenta que la finalidad de nuestra doma requiere el uso del serretón, por eso se ven pocos caballos en nuestra doma española correctamente domados, por no haber sido adiestrados con los principios de la equitación española, el desuso del serretón o el no saber utilizarlo correctamente.

El potro se puso más tieso y sin yo moverme del centro; el señor Luis le obligaba a emplearse enseñándole el látigo en el trote; según me dijo, era para saber si empujaba con los cuartos traseros y soltaba las espaldas en cada tranco; si esos trancos eran uniformes y cadenciosos, y a la vez con buen ritmo, no perdería el equilibrio.

–Me ha sorprendido el potro, parecía bobo pero ¡anda lo que tenía escondido! –le dije sorprendido de ver como se movía el potro a la cuerda.

–¿Ves, Juan? Hoy le he obligado un poco más, solo para que se entere de qué va esto y también porque el trabajo diario que le hemos realizado días atrás ha servido para que se ponga fuerte y la mente se centre en la educación.

Terminamos de trabajar a «Soñador» y no le volví a preguntar cuándo le pondríamos la montura. Sacamos a «Campero»; era sorprendente lo diferentes que eran los dos, pero el señor Luis sabía sacar provecho a cada potro, aplicando un programa de entrenamiento distinto a cada uno, pero con la finalidad de que los dos acabaran buscándolo pues se encontraban a gusto a su lado. Eso fue lo que más me sorprendió de todo, y me lo demostró con «Campero».

El potro se había entregado a nosotros, quiero decir que ya se dejaba acariciar por todos lados y permitía que lo sacaran de la cuadra al circular sin problema, iba a la cuerda, y cuando lo llamaba, se acercaba al centro, que era donde yo me encontraba. Eso sí, todo con el cabezón; al serretón no le había llegado el momento.

–¿Te das cuenta, Juan, de que el potro, cuando tenemos que sacarlo para que venga a la cuerda, se queda aquí quieto con nosotros? Eso es bueno, que no sea él el que se quiere ir como mecanizado. En la doma los animales tienen siempre que esperar las órdenes. Mira, lo voy a soltar del todo para que dé vueltas él solo y nosotros quietos en el centro dando vueltas como si una cuerda invisible nos uniera con él.

El potro, cuando se vio suelto empezó a correr y dar saltos de alegría: galopaba, trotaba, se cambiaba de mano cuando le parecía. Al poco, cuando se relajó, mi maestro empezó a trabajarlo como si tuviese la cuerda y de pronto me dijo:

–¿Te das cuenta? Quiere venirse con nosotros. Eso el primer día era impensable. ¿Qué te parece? Pero yo le insisto en que dé unas vueltas más, para que no se acostumbre a dar cuatro vueltas y a la cuadra. Cuanto más lejos esté de nosotros en el circular mucho mejor, porque si se cierra mucho las espaldas sufrirán y podría lesionarse; el equilibrio natural en los tres aires lo adquiere en libertad. Aquí, Juan, es donde se pasa la mayor parte del tiempo un jinete. Observando el comportamiento de estos animales se aprende mucho de ellos, y sobre todo a conocer los defectos que puedan tener. Por eso pedí traérmelo, para poder probarlo, y ahora te puedo decir que nos quedamos con él.

–Hasta hoy no lo había decidido. Pero ¿qué es lo que le ha visto para decidirse?

–He observado que no es tímido, defecto grave porque esos no atienden al trabajo y actúan a destiempo; no es cobarde, síntoma de que no le dan temor las adversidades; no es perezoso, lo que evita que tengamos que estar siempre obligándolo a realizar algún trabajo; no es impaciente, es decir, que no es inquieto y espera a que le mandemos, como al darle cuerda; no es vengativo: cuando le hemos corregido, él ha escuchado y no se ha rebelado contra nosotros; y sobre todo no se le ve malicia alguna, como es reservarse la fuerza y no emplearse. Aunque no te confundas: algunos se emplean, pero huyendo del trabajo, y se defienden mientras las fuerzas les aguanten.

–Entonces, ¿estas cualidades internas nos evitarán problemas en un futuro para una buena y bonita equitación?

–Espera, tranquilo, no corras tanto; durante la doma aparecerán problemas, eso está claro, pero con una buena base y un potro que colabore, los problemas se superan. De no ser así, es decir, si se salen con la suya, se pueden producir graves consecuencias.

–¿Cuáles son esas consecuencias?

–Es muy pronto para explicártelo pues esas cosas se dicen en el momento, pero te daré un adelanto. Por ejemplo, al salir al campo se pueden espantar de algo desconocido y negarse a pasar; si no pasa ya tienes un resabio. Si lo adquiere como vicio, se defenderá y al final acabará entablado, es decir, duro de un lado. Normalmente estos problemas suelen aparecer por dos motivos: por la inexperiencia del jinete y por falta de corazón y fuerza del animal.

–Por eso me dijo usted que siempre se debe ser muy cuidadoso las primeras veces que se realice algo con el caballo en todas las facetas de la doma.

–Exactamente; por un mal momento se puede echar por tierra el trabajo de un año. Recuerda esto que te voy a decir y que es muy importante.

El señor Luis cambió de mano al potro para que anduviere en sentido contrario; siempre procuraba que estuviese trabajando el mismo tiempo a ambas manos para que las dos espaladas se musculasen por igual y no una más que la otra, y siguió contándome.

–Cuando un potro hace algo mal es por tres motivos: porque no sabe, porque no puede o porque no quiere. Si no sabe, es sencillo: hay que enseñarle. Si no puede, es cuestión de no obligarlo más de lo que sus cualidades alcanzan. Pero si sabe y puede pero no quiere, amigo Juan, ahí es donde reside el éxito o el fracaso de un caballista.

–¿Y qué es lo que se debe hacer en estos casos?

–Amigo Juan, está feo decirlo, pero ahí es cuando un jinete se juega la vida. Los animales prueban siempre, a veces para no trabajar, y si se dan cuenta de que se salen con la suya, al día siguiente más, hasta que llega el día en que no quieren trabajar y se defienden. Eso les ha ocurrido a todos los jinetes del mundo; algunos progresan por repetición pero nunca sentirán la sensación de tener un caballo domado. Aquí es donde reside la grandeza de nuestra doma española: en ese sometimiento que es decirle al animal que es el jinete el que piensa y el caballo el que ejecuta, no hay más.

–¿Me está hablando de pegarle al animal?

–No, no es eso lo que he querido decir. Pegar es maltratar; yo me refiero a una corrección. Ten presente que el caballo posee una gran memoria; por lo tanto sabe cuándo, cómo, por qué y de qué manera le estás castigando. Le das a entender por qué le has castigado en el momento justo en que se lo ha merecido, lo paras y si lo acepta lo acaricias y seguidamente lo ignoras; verás cómo acabará aceptando. Si le castigas pasado el momento, todo será en vano, ya que él jamás comprenderá el porqué de ese castigo, lo que le ocasionará ciertos trastornos mentales que le afectarán en otros aspectos incluso ajenos al motivo principal.

–Maestro, ¿no cree que hoy nos hemos pasado de tiempo con «Campero»?

–¿Tú crees? Él está a gusto suelto; piensa que el resto del día está encerrado en su cuadra. Esto para él no es trabajar, sino un recreo, aunque en realidad forme parte de nuestro programa de entrenamiento. Él sabe que en estos momentos está mejor que en la cuadra, pero su instinto le dice que se quiere venir conmigo y que le lleve dentro, ya que es la rutina que le hemos inculcado estos días. Mira, verás.

El señor Luis se acercó lentamente al potro estando totalmente suelto y, haciendo el mismo gesto que cuando tenía la cuerda se acercó, lo acarició, se giró y dio unos pasos lentos. De pronto el potro, creyéndose atado por la invisible cuerda, lo siguió por todo el circular. Con una indicación, mi maestro me mandó abrir la puerta y, cuando estaba abierta, se dirigió a la cuadra del potro y este, sin dejar de seguirlo, entró tras él. Me quedé con la boca abierta; no sabía qué decir. El señor Luis, cerrando la puerta de la cuadra, me dijo:

–¿Te das cuenta, Juan, de lo que se consigue por las buenas con la confianza mutua y sabiendo hacer las cosas en el momento justo? Los caballos tienen su propio lenguaje y signos que muchos ignoran por no querer escucharlos. Ellos mandan señales y esas señales son las que yo he comprendido que me decía cuando estaba suelto.

–¿Me está tomando el pelo? ¿Cómo que mandan señales?

–Claro, mira, ellos mueven las orejas, señal de estar atentos; bajan la cabeza, como diciendo ya me quiero ir contigo; en el circular las vueltas cada vez se cierran más, señal de que espera que lo llames; y quizás la más importante de todas, chascan con la boca y sacan la lengua, señal de que esperan de nosotros la aprobación de que los protegeremos, ya que ellos, animales herbívoros, también son animales de manada y buscan nuestra compañía, que les brinda protección. Todo esto está muy bien, pero ellos no entienden eso de que tú te subas a su lomo y tengan que hacer lo que les pidamos; eso es otra historia que, aprovechando esta base, podremos conseguir con mucha más comodidad sobre la confianza mutua.

Pasaron varios días repitiendo la misma rutina, pero intercalando los trabajos. Un día suelto, un día de descanso, otro día cuerda con el cabezón y otro día con el serretón; ese día solía ser el más didáctico y donde más se presionaba a los potros, ya que, como me decía mi maestro, era la antesala a ponerles la montura. El alternar el trabajo hacía que trabajasen con alegría y no se mecanizaran por repetición pues les obligaba a fortalecer la mente y estar siempre pendientes de nosotros.

Fue entonces cuando el señor Luis me comentó que era el momento de castrar a «Campero». Le pregunté por qué y él me contestó:

–El potro tiene tres años, es joven y al ser cruzado y a la vez destinarlo a la vaquera es mejor tenerlo castrado. Es absurdo domarlo entero para castrarlo después. Si se castra ahora pondrá más atención, no se desconcentrará, como suele ser habitual en los sementales. Pero sobre todo su físico se transformará en la típica jaca vaquera. Se puede comparar con un toro y un buey: se feminizan, su cuello se pone más fino, al desaparecer las hormonas masculinas que se acumulan en ese lugar, y las grupas se les ponen más anchas y redondas. Incluso los movimientos suelen ser más cadenciosos y menos temperamentales.

–¿No perderá fuerza al castrarlo?

–Eso no es cierto, al contrario. Con el trabajo diario y la gimnasia acabará poniéndose tan fuerte como otro caballo cualquiera. Es más, me atrevería a decir que incluso más fuerte, ya que utiliza la fuerza cuando se requiere, al contrario que muchos sementales, que se desgastan por la influencia de otros animales a su alrededor.

Al día siguiente el señor Luis llamó al veterinario que realizaba los servicios en la finca y «Campero» fue castrado. Tras unos días de reposo, paseos, tratamientos medicinales y agua templada en la ingle para hacer bajar la inflamación, volvió a la rutina diaria en el circular.









6. El jinete a la cuerda






Jesús Domínguez y Marta Ariza, jinetes profesionales y jueces de monta española.



Durante el mismo tiempo que trabajábamos a los potros a la cuerda, mi maestro me daba clase con una de las yeguas que recogimos de la piara. Esta era muy mansa y estaba muy domada; iban a la cuerda correctamente, como los caballos de volteo, y por ello la eligió para enseñarme a tener asiento, posición y equilibrio, antes de subirme en los potros.

Teniendo a la yegua perfectamente equipada con todos los arneses en el centro del picadero redondo, el señor Luis me dijo:

–Amigo Juan, lo primero que debes hacer es revisar si todo está en perfecto orden de revista, es decir, si la montura está en su sitio correctamente, justo en el dorso del animal, ni encima de la cruz, ni en los riñones; eso es muy importante para poder obtener una buena posición, porque de lo contrario la yegua no ejecutará bien los aires por incomodidad y en consecuencia te desequilibrarás. Que la cincha esté en su justa medida de presión; no muy floja, porque se puede girar y acabar en la barriga, ni muy apretada, porque le puede cortar la respiración y puede tirarse al suelo y tú acabar preguntándote qué ha ocurrido; esto con el jinete arriba puede ocasionar un grave accidente. Lo mismo la baticola. Cuando la tengas puesta metes los cuatro dedos entre la baticola y los riñones del animal y si caben lo justo es que está correctamente puesta. Los estribos se miden poniendo la punta de los dedos de la mano en la hebilla y acercando los estribos a tu sobaco; esa es la medida estándar, aunque como mejor se sabe es una vez arriba y con ambos pies descansando en los estribos, apreciando la colocación de las rodillas un poco flexionadas, pero con las piernas ni muy encogidas, ni exageradamente estiradas.

–Maestro, ¡pero si la montura no tiene estribos!

–Pensé que no estabas poniendo cuidado –me dijo sonriente–. Es como se debe empezar a montar: sin estribos adquieres mejor posición y equilibrio. Aprenderás a dominar todo tu cuerpo, tener calma y paciencia, pero sobre todo a ser flexible y eliminar toda rigidez; de lo contrario te será imposible llegar algún día a ser un gran jinete.

Me dijo que me colocase paralelo a la yegua y mirando la montura. Mi maestro, de espaldas a mí, me pidió que le diese el pie izquierdo, para ayudarme de un salto a subirme en el animal. Este era muy dócil y no se inmutó, a pesar de que mi cuerpo cayó a plomo sobre la montura.

–Cuando realicemos esto varias veces verás con qué facilidad te alzas y te sientas en la montura con delicadeza y suavidad, o al menos es lo que hay que intentar. Para eso tenemos la famosa frase que dice «para jinete nuevo, caballo viejo y para jinete viejo, caballo joven». Te has dejado caer en la montura como el que no puede con su cuerpo, y eso que es una yegua domada; imagínate si lo haces sobre un potro cerrero.

–Tiene usted razón; seguro que hubiese provocado el que diese algún bote.

–Eso es lo menos que podría hacer, y además con la consecuencia de que cada vez que te arrimases a él ya le tendrías avisado. Por eso, te repito: en la doma todo es despacio, suave y con mucha calma, pero sobre todo, la doma es a puerta cerrada: nadie tiene que ver cómo se trabaja un potro, porque el animal se distrae y los curiosos dan conversación, lo que no te deja estar pendiente del trabajo. Desgraciadamente, hoy en día muchos domadores se toman la doma de un potro como un espectáculo, pero para eso ya están los circos.

–Entiendo, señor Luis; intentaré dejar caer mi cuerpo en la montura con más suavidad la próxima vez. Pero, ¿dónde están las riendas?

–Nada de riendas; como vas aprender a conseguir equilibrio, es para que no te sujetas a ellas.

»Mientras saco a la yegua para que dé cuerda al paso, tú intenta obtener el equilibrio con naturalidad. No encojas los dedos de los pies, señal de que estás tenso de la espalda. Con los brazos relajados y acariciando el cuello de la yegua con cada mano a un lado, intenta acompañar el movimiento de la yegua con tu cadera y de esa forma cogerás asiento. Tener asiento no es montar bien, también debes saber utilizar las extremidades: con los tacones del pie le das unos toquecitos para que aprenda a no ir rígida y mover un poco las articulaciones, igual que te he comentado con los brazos.

–Qué sensación más excitante, me gusta. ¿Qué tal si la echamos a trotar? –me atreví a decir.

–¿Y qué tal si te bajas ya, que mañana será otro día? Estas sesiones al paso las repetiremos varias veces, intercalándolas con riendas y estribos; he observado que estabas correctamente montado en el centro y no echabas tu peso a un lado.

Teniéndome en el centro del picadero y subido en la yegua me mandó bajar, pero esta vez lo hice con más suavidad, de tal manera que al saltar, por mi falta de equilibrio, rocé con mi pierna derecha la grupa de la yegua.

–Este es otro grave error, Juan; nunca toques a un animal con la pierna en la grupa. Domando a un potro, este se puede sorprender y dar una lanzada y al no haber acabado de bajarte puede recibir un fuerte golpe y producir un resabio. También es cierto que no todos los animales aceptan los errores de la misma manera. Los hay que te tiran y cuando te ven en el suelo se quedan mirándote como diciendo: «¿Qué haces ahí?», y otros, al contrario piensan: «¡Ah! pero así te caes, mañana antes». Cada animal es un mundo y la experiencia se adquiere trabajando a muchos potros de razas, cruces y edades diferentes, teniendo distintas finalidades. Algunos cerreros aceptan un método y otros no. También los hay con resabios de mil maneras, y algunos se corrigen y otros quedan marcados para toda la vida; depende del historial y de su forma de ser.

–Lo tendré en cuenta, señor Luis. Pero, ¿por qué hemos acabado en tan poco tiempo?

–Por tu juventud me quieres demostrar que aguantas mucho, pero en realidad te notaba algo cansado. Esto es muy duro y no quiero abusar; te quiero domar como a los potros, despacio. Además, ¿no sentías molestias en las piernas?

–A decir verdad, tengo que confesar que sí, pero solo en las piernas; en los brazos y en el cuerpo, no.

–Me alegra saberlo; eso es porque el trabajo ha sido correcto. En las piernas es normal, pero el resto del cuerpo si duele es porque el ejercicio no se ha realizado correctamente.

Aquella primera lección me quedó marcada para toda la vida. Durante los siguientes días repetimos el mismo trabajo. Ya teniendo algo mejor el asiento, empezaron mis clases con los estribos y las riendas.

Teníamos a la yegua en el centro del picadero con la montura, pero esta vez con los estribos puestos. Me quedé inmóvil esperando alguna orden por parte de mi maestro, cuando me dijo:

–Me he dado cuenta de que has aprendido la lección de poner la montura correctamente y de revisarla bien, pero la cabezada es tan importante como la montura. Tienes que observar si está en su sitio, que la frontalera esté derecha; si la tiene ladeada da la sensación de que el animal está borracho. También que el bocado no esté colocado muy bajo; aparte de no hacer efecto, le dañarías la boca al estar sobre los colmillos. Si está muy alto se aprecia porque la comisura del labio está muy arrugada; de ser así le producirá heridas y también dañará los asientos, y con esa molestia y malestar procederá a protestar y mover la boca constantemente.

Explicado todo esto, me mandó colocarme para poner el pie en el estribo. Sus indicaciones fueron las siguientes; las recuerdo como si fuesen hoy mismo:

–Sujeta el estribo izquierdo con tu mano derecha para poder introducir un poco tu pie izquierdo. Con tu mano izquierda agarras un poco de pelo de las crines del animal, o bien el pomo delantero de la montura; yo prefiero un poco de pelo y bien cerca del cuello. En un futuro, al montar en potros cerreros, llegarás a sentir ciertas tensiones, relajaciones o podrás anticiparte a movimientos bruscos que puedan hacer por su falta de confianza. Aprovecho que estoy delante sujetando a la yegua para darte la lección; igual sucederá cuando montes a los potros las primeras veces. Estaré sujetándolos también, pero con la diferencia de que estaremos más pendientes por lo que pueda suceder. La mano derecha, una vez introducido el pie en el estribo, la diriges al borren trasero y de un impulso te alzas hacia arriba, la rodilla izquierda debe estar siempre en contacto con la montura y colocada justo en la cincha, procurando no pinchar con la punta de la bota al animal. En ese momento, que es cuando tienes que pasar la pierna derecha por la grupa, es cuando más equilibrio debes tener, ya que justo cuando pasas la pierna derecha cambias la mano derecha del borren al pomo y entonces es cuando con ligereza y suavidad te dejas caer en la montura. Sin mirar el estribo derecho, y mucho menos intentar cogerlo con la mano para poder hacer entrar el pie en él, procurarás buscar la forma de introducir la bota. Al principio te costará un poco, pero con experiencia y habilidad no tendrás dificultad en introducir el pie en el estribo.

Me lo tuvo que repetir varias veces para poder enterarme y asimilar lo que me decía, pero lo más curioso de todo es que cuando me encontraba arriba me mandaba bajar de nuevo, como si de un ejercicio gimnástico se tratara, hasta dominar correctamente el subir y bajar. Ni que decir tiene que para bajar era exactamente igual, pero como si rebobinase la escena.

Realicé los mismos ejercicios que en días anteriores pero con estribos; solo unas vueltas a ambas manos al paso. Mi maestro me colocó los estribos en la medida justa y me mandó realizar unos ejercicios al paso para después hacerlos al trote. Los ejercicios eran sencillos a simple vista, aunque nada fáciles para un novato como yo. Giros con la cabeza y los brazos en varias direcciones. Mover las piernas hacia atrás y hacia adelante, pero solo de rodilla para abajo, sin variar de posición. Inclinar el cuerpo hacia atrás y regresar a la posición inicial. Esto lo repetí varias veces. Cuando ya lo ejecutaba con naturalidad, el señor Luis me dijo:

–Bien, Juan, estás cogiendo confianza, que es lo primordial para poder tener un progreso adecuado. Si tuvieses miedo el aprendizaje se atrasaría y acabarías desilusionado, porque esto es lento en principio, aunque en cuanto adquieras ciertas habilidades los pasos serán agigantados.

–Me alegra saber que soy buen alumno.

–Eres buen alumno porque tienes confianza en tu maestro y obedeces todas mis indicaciones sin poner en duda mi profesionalidad; de lo contrario esto sería un fracaso antes de empezar. La ignorancia es muy atrevida, y por eso quiero que seas inteligente y tengas la sangre lo suficientemente fría como para controlar la situación cuando sea necesario y actuar en el momento justo y preciso. Bien, ahora sujétate un poco más, que vamos a trotar un poco. Tenemos la suerte de que esta yegua tiene un trote muy cadencioso y reunido, por lo que te será más cómodo.

Efectivamente, al no tener más sujeción que mi asiento y mis piernas me sentía algo incómodo, pero a la vez, como era un movimiento agradable, acompañaba en él a la yegua. De pronto sentí que mi maestro estaba acelerando el ritmo de la yegua; trotaba un poco más ligera, lo que hizo que me descolocara un poco en cuanto a comodidad.

–Procura no dar botes en el asiento –me dijo el señor Luis–. Intenta trotar sentado, relájate y acompaña en el movimiento del trote a la yegua. Quiero verte seguro y que dominas la situación.

Fueron pocas vueltas, pero a mí se me hicieron muchísimas por mi falta de experiencia, por lo que acabé rendido, pero también acabé, por mi insistencia y afición, dominando la situación como deseaba mi maestro. Al final, cuando acabamos la lección, le dije:

–Maestro, ¿esto no es más sencillo si cojo las riendas?

–Para ti en estos momentos sí, pero para un futuro, no. Te cuento: si ahora que estás aprendiendo a obtener asiento y equilibrio, aparte de utilizar las piernas cogieses las riendas, al no tener un asiento estable todavía tu movimiento de manos haría que las riendas vibraran en tus manos, y eso la yegua lo recibiría en la boca como una sacudida, por lo que podríamos dañarle la boca y provocarle malestar, de tal manera que se movería irregularmente y eso produciría a la vez un trote sin cadencia que afectaría a tu posición y asiento. Quiero decir que todo estaría en correspondencia, pero a la inversa.

–Entiendo, maestro, que lo que me quiere decir es que una cosa lleva a la otra, todo está comunicado, y si entorpezco por un lado, eso influirá en otro.

–Exactamente. Además, cuando se está aprendiendo tampoco es aconsejable dar tanta información, solo lo justo para que puedas ir asimilándolo todo; ya te he dicho muchas veces que el aprendizaje de un jinete no varía con respecto al de un potro, teóricamente hablando.

Después de varios meses de entrenamiento con la yegua, ya dominaba los tres aires, paso, trote y galope, tanto con estribos como sin ellos; también mi asiento y equilibrio mejoraron considerablemente. Las riendas el señor Luis solamente me dejó cogerlas para realizar giros por mi cuenta, y, como decía, para que aprendiera a sentir la boca de la yegua en mis manos a través de ellas, pero con suavidad y temple. Pero estas clases me las tenía reservadas para cuando llegara el momento de emplearlas con los potros.







7. El Cinchuelo y la montura en el potro






Jaime de la Puerta, jinete profesional y ganadero.



Tocaba sacar a «Soñador» para trabajarlo en el picadero circular, como era habitual en los últimos días. Le quité el cabezón en la cuadra y sujeto por el cuello le puse un filete un poco grueso. Era algo grande y sin riendas; el objetivo era que se familiarizara con él en la boca y se fuese acostumbrando. El serretón se lo puse en su sito, correctamente ajustado, no flojo, porque al tener movilidad puede producir rozaduras y si está demasiado apretado produce tensión y dolor, y siempre debidamente forrado, de tal manera que el contacto con la nariz era suave.

Sin salir de la cuadra, el señor Luis se acercó con una manta en la mano y me dijo:

–El potro está muy manso y acostumbrado a su cepillado diario. Puede que se sorprenda al verme la manta en la mano, pero la confianza que tiene en nosotros hará que nos observe con detenimiento.

Despacio, como si le pasara un trapo para quitarle el polvo del lomo, le pasó la manta, primero por el cuello, después por la espalda y al final por el dorso, todo con calma y sin brusquedad, siempre hablándole con buen tono de voz. Cuando el potro se dio cuenta tenía la manta encima cubriéndole todo el cuerpo; mi maestro se la quitaba y volvía a ponérsela varias veces y por ambos lados. El potro agachó la cabeza y cerró los ojos como si lo que sucedía en su entorno no fuese con él.

Acabando la lección mi maestro se retiró con la manta y me mandó que lo sacara a dar cuerda. Pasados unos minutos de trabajo al paso y trote, el señor Luis se acercó y me cogió la cuerda diciéndome:

–Desde este momento seré yo el que coja la cuerda para trabajar a los potros. Tú harás la función que he estado realizando yo, la de dar vueltas con el látigo, para que aprendas a medir la distancia y a saber colocarte según el aire en que se encuentre el potro.

–Maestro, ¡pero si dar vueltas para obligar al potro no tiene nada de difícil!

–Eso lo vamos a ver ahora mismo. De momento, el paso no es de la misma calidad que tiene cuando estoy yo detrás; rompe el ritmo y la fijeza. Mira aquí, se precipita y ahora disminuye el paso; dale que trote.

Al darle para que trotase tuve que hacer un gesto con el látigo, lo que hizo que el animal, en vez de salir tranquilo, diera un salto enérgico y precipitado.

–Dar cuerda, amigo Juan, es un arte. La cuerda y el trote son la madre de toda doma; sin estos ingredientes nada se conseguirá. En este caso, tu sitio es como el de un peón de albañil: tiene que estar siempre pendiente de que la mezcla esté en su punto, ni muy dura, ni muy blanda. Esto es igual: para que el potro adquiera equilibro, cadencia, ritmo, fijeza y soltura tienes que estar muy pendiente del trabajo y no descuidarte con una mosca que se te cruce.

–Esto no se sabe hasta que no se está dentro del circular y con un maestro como usted. Muchas gracias, le agradezco de corazón sus lecciones. –No supe cómo disculparme por mi ignorancia.

–Al paso puedes estar más cerca de mí, pero al trote, con separarte un poco y dar los pasos más ligeros es suficiente; a veces también se dan más ligeros y más cortos, y entonces el potro lo interpreta como que quieres que salga al trote. Nunca hagas el gesto de agacharte como si cogieses algo para que el potro salga a trotar, tampoco corras detrás de él; a la segunda vuelta se dará cuenta de que no le das y no se empleará y tú acabarás rendido. Si das cuerda solo, realiza un pequeño círculo y te mueves en el centro; debes permanecer como me encuentro en este momento, girando sobre tus pies.

–Me he dado cuenta de que era más importante saber activar al potro que sujetar la cuerda.

–No te confundas, ambas funciones son importantes; la una sin la otra es difícil ejecutarla correctamente. Por eso, la doma es cosa de dos: uno hace las veces de jinete y otras de ayudante, dependiendo de lo más efectivo que sea cada uno en cada momento. Al potro al principio solo con sujetarlo era suficiente, por eso yo no cogí la cuerda, porque hay que saber impulsarlo con el látigo para que rompa hacia adelante y no pierda el deseo de avanzar. Sin embargo, llegado este momento, donde el potro va a ser iniciado con el jinete arriba, es mejor que la cuerda la sujete yo, ya que tú serás el que te subas en él y yo debo hacerle la cara.

–Hacerle la cara, ¿qué es eso?

–Es sensibilizar al caballo de tal manera que ante cualquier imprevisto o defensa que quiera realizar pueda respetarme y así evitar que pase a males mayores, como defenderse o botarse.

–Y, ¿cómo se consigue eso?

–El serretón es muy criticado, pero por aquellos que desconocen su correcto funcionamiento. También es usado incorrectamente por muchos domadores, que es por lo que se ha creado mala fama ya que estos «domadores» tienen caballos con las narices dañadas. No es fácil de explicar cómo se consigue, ya que esto requiere tacto y muchos años de experiencia, y precisamente por eso he cogido la cuerda.

–¡Yo no veo que usted haga algo diferente a como yo tenía cogida la cuerda!

–¿Tú crees? Mira, cógela y dime qué sensaciones percibes en tus manos, y ten presente que solo la he tenido un momento.

Tomé la cuerda en mis manos y me situé en el centro intercambiándonos los puestos. Fue increíble, no me pesaba en la mano, el potro parecía suave; en otras ocasiones me habría tirado hacia fuera, pero en esta ocasión estaba fijo, y con un leve movimiento para notar su nariz en mis manos a través de la cuerda, la giró levemente hacia dentro sin perder el deseo de avanzar. Fue algo diferente, distinto y una sensación, como bien me comentaba mi maestro, difícil de explicar. Le entregué la cuerda al señor Luis con un gesto en el rostro que lo decía todo, entre no saber si reír o poner cara de asombro.

–El mismo tacto ecuestre del que muchos hablan se encuentra en el saber dar cuerda correctamente, igual que un masajista suavemente con sus manos te quita una contractura. Así se realiza esta técnica, sensibilizando al potro, haciendo que ceda a tu presión. La doma es todo presión-cesión, tú presionas y él cede; si esto no ocurre es porque el animal aún no está preparado, bien física o psicológicamente.

El saber que ese tacto y esa sensibilidad se aprenden con los años de experiencia me hizo sentirme más relajado, porque parecía magia.

Antes de finalizar, mi maestro dirigió al potro a una pared. Sujetándolo con la cuerda y colocándolo lateralmente me indicó que me acercase como cuando me montaba en la yegua, pero agarrando solo un poco de crines con la mano izquierda.

–Bien, Juan, quiero que des pequeños saltos con los dos pies juntos al lado del potro, pero suavemente al principio, que llames su atención pero que te mire con la confianza y la duda de no saber qué es lo que estás haciendo. Esto es para que cuando te eches encima suyo, el animal no se sorprenda. Empieza por el cuello y te vas desplazando suavemente por la espalda, para acabar teniendo la cruz del potro a tu izquierda, por lo que tendrás el dorso del animal junto a tu cuerpo.

Siempre hablándole y acariciándolo, fui alternando los saltos durante varias sesiones. Al ver al potro tranquilo, mi maestro dijo:

–Ahora intenta echar tu pecho sobre el dorso del potro, eso es; es normal que te resbales para abajo. Inténtalo de nuevo e intenta quedarte arriba dos o tres segundos, lo suficiente para que el animal se dé cuenta de tu peso y a la vez no le dé tiempo a reaccionar e intentar hacerte bascular por la incomodidad de algo nuevo sobre su lomo. Seguidamente te deslizas hacia el suelo refregándote contra su cuerpo; eso hace que le quites las cosquillas que pueda tener y a la vez el trabajo corporal lo relaja. Bien, como la lección ha sido positiva, por hoy es suficiente, mañana un poco más. Toma el potro, lo duchas, lo secas y a la cuadra.

–Maestro, ¿por qué lo hacemos sin la montura? ¿No sería mucho mejor con ella puesta?

–Este trabajo lo iremos haciendo intercalando ambas cosas, por un lado a pelo y por otro con la montura. Cuando acepte al jinete y la montura por separado todo será mucho más sencillo; la doma es como hacer un puzle, al final juntamos las piezas. Si el potro hiciese algo, sería mucho más fácil para ti deslizarte al suelo, y sobre todo, también nos da la posibilidad de saber qué ha hecho que se mueva. Si tuviese la montura y el jinete a la vez nos costaría más conocer el motivo de su asombro.

Igualmente intentamos el trabajo con «Campero». El filete y el serretón no me fue difícil ponérselos, pero cuando el señor Luis apareció con la manta en la mano fue tal su sorpresa que reaccionó tirando hacia atrás. Gracias a que estaba sujeto por el cabezón de cuadra por el cuello solo di un tirón seco y regresó de nuevo para adelante. Mi maestro se le acercó hablándole y acariciándolo. Le enseñaba la manta y dejaba que la oliese. Pero con gesto descarado, el potro no se fiaba de ella; parecía como si fuese a comérsela. Nos llevó un poco más de tiempo. El animal sudaba por la tensión producida al ver la manta, pero sumiso y confiado dejó que la manta se posase en su dorso. No dejaba de mirarla y sus orejas eran un continuo moverse a todos lados. A los pocos segundos mi maestro se la retiró, y sin hacerle caso al potro, se apartó y se fue.

–Maestro, este tiene genio. ¿Por qué se ha retirado del potro con la manta en la mano y dándole la espalda?

–Si te has dado cuenta, los dos potros son totalmente diferentes el uno del otro. Eso no óbice para que durante el proceso de la doma se igualen y que el que más atrasado esté ahora más adelante aventaje al otro. «Campero» se ha sorprendido de la manta, pero con paciencia y tiempo hemos conseguido que la acepte. Es normal, es algo desconocido para él; recuerda que su doma empezó aquí con nosotros mientras que «Soñador» tenía doma de cuadra desde el destete. Estos historiales marcan mucho a los animales y tenemos que tenerlo siempre presente.

»Le quité la manta y me retiré sin hacerle caso porque es el mismo gesto que hacemos cuando le echamos de comer pienso en el pesebre cuando lo cepillas; eso le hace pensar que es algo normal y natural de lo que no tiene que temer. Durante los próximos días repetiremos el trabajo y verás cómo acepta la manta como algo que forma parte de su cuerpo.

En la cuerda lo trabajamos igualmente. Como con «Soñador», el señor Luis cogió la cuerda y yo el látigo para activarlo y hacer que se empleara en el picadero. Le dimos durante poco tiempo, ya que habíamos empezado en la cuadra con la manta y a mi maestro no le gustaba abusar de los potros. Dirigimos al animal a la pared y repetí la misma jugada. El señor Luis me dijo que eso se llamaba «tantear un potro». Curiosamente, fue lo opuesto a lo ocurrido con la manta: no se movió y aceptó mis saltos y el echarme de barriga en su dorso.

–¿Y cómo es que no se ha movido al verme saltar a su lado y sentirme en su dorso?

–Los potros tienes estas cosas; lo mismo no se ha movido por la impresión producida por la manta, lo que le ha podido ocasionar lo que decimos «venirse abajo», como cuando a las personas les baja la tensión; o bien lo acepta sin más, y puede que pasados unos días se dé cuenta y reaccione como si fuese la primera vez. Eso desconcierta mucho a los jinetes, pero con los potros suceden estas cosas; por eso nunca debes bajar la guardia y confiarte.

–Es bueno saberlo. ¿Lo ducho, lo seco y lo entro en la cuadra?

–Sí, su trabajo ha terminado por hoy.

Durante unos días el trabajo fue el mismo, hasta que con toda naturalidad aceptaban que de un salto pudiese echarme de barriga sobre ellos y les hiciese andar un poco. Fue estando con «Soñador» cuando mi maestro me dijo:

–Hoy ha llegado el momento de que te subas a horcajadas, porque ya tienes habilidad con la yegua, y de lo que se trata es de hacer un trabajo corporal, igual que cuando te refriegas en el potro por el dorso. Suavemente le tocas con la pierna derecha la grupa, siempre hablándole, como le hemos hecho por los dos lados. Al ver tu pierna con su ojo derecho no debería asombrarse.

Una vez subido en el potro y sin dejar de acariciarlo y hablarle con buen tono de voz, mi maestro me mandó bajar y repetir la misma operación varias veces. Estando una de las veces arriba, me indicó que estuviese prevenido porque le haría andar unos pasos conmigo encima. Al principio le costó un poco y los pasos eran entrecortados. Cuando dio una vuelta entera al circular con mi maestro teniéndole cogido por la nariz, respetándole el animal perfectamente, lo paró justo donde me había subido y me mandó bajar. Una vez en el suelo lo acaricié y quiso restregarse en mí porque le picaba el sudor. Según mi maestro, eso era bueno, porque era síntoma de que estaba aceptando el trabajo con naturalidad y sin miedo.

El siguiente potro en trabajar fue «Campero». Repetimos la misma operación, siempre a pelo, aunque en esta ocasión la situación fue totalmente diferente. Cuando me subí a ahorcajadas en él, al sentir mi peso en su dorso se sorprendió de tal manera que dio unas encogidas. Yo me agarré como un gato para no caerme, lo que provocó que al sentirse presionado diese un salto de huida. El señor Luis lo sujetó con la cuerda por la nariz, dándole unos toques para que al tener que respetar la serreta la huida no fuese a más, y se puso delante impidiendo que se fuese del sitio donde yo me había montado. El potro hizo como una especie de quiebro y al descolocarme me descabalgó, pero me deslicé por su espalda sin soltarme de las crines.

–Quédate a su lado –me dijo mi maestro mientras acortaba la cuerda y se acercaba más al animal–. Pega otro salto y arriba de un bote; ahora es cuando se tiene que enterar de que el jinete se tiene que subir y él no moverse. Si se sale con la suya la próxima vez nos dará más problemas.

De un salto me subí en su dorso y el animal no se movió para nada; eso sí, el ojo lo tenía más vivo y atento que nunca, pero la gran habilidad del señor Luis con la cuerda hizo que no se moviese. Eso era tener la cara hecha, respetando y cediendo a la presión de la mano.

–Muy bien, acaríciale y agárrate, que va a andar contigo arriba. Eso es, ¿ves? Si llega a tener la montura y te caes no hubieras podido deslizarte a causa de los estribos. El potro prácticamente no ha hecho nada; otros se lían a botarse y eso sí que es peligroso, tanto para el jinete como para el proceso de doma. El animal ha estado pendiente de ti nada más. Si lo haces con la montura las primeras veces y sacas un pie del estribo, entre tu equilibrio, los estribos bailando en la montura y los toques míos de la nariz haríamos que el animal tuviera deseos de escaparse a toda costa. –Esto me lo estaba contando según el potro le seguía por el lateral del picadero al paso; yo no dejaba de acariciarlo y hablarle.

–Lo que ha sucedido hoy es un gran adelanto en su proceso de adiestramiento al no haberse salido con la suya y haber finalizado con el jinete dando una vuelta por el picadero.

Llegado al lugar donde me había montado, lo acaricié y me bajé. Lo paseé un poco y acabamos la lección.

Al día siguiente fue una repetición de lo mismo, como un resumen si los animales se portaban bien. Y fue lo que sucedió, fue una sesión de confianza.

Les dimos un día de descanso, repitiendo lo mismo, hasta que un día mi maestro dijo de poner el cinchuelo. «Soñador» parecía el más dócil y por eso siempre era el primero.

–Bien, Juan, sujeta al potro, de tal manera que él sepa que lo tienes cogido, mientras le pongo el cinchuelo. Observa que se lo ajusto cuando observo que él no tiene aire en los pulmones, ni muy flojo para que se le pueda mover, ni muy apretado para que la presión no le produzca encogidas provocándole algunos botes.

El potro dio cuerda con el cinchuelo perfectamente; ni se enteró de que lo llevaba puesto. Pero como mi maestro me decía, nunca bajes la guardia, porque lo que hoy no ha hecho puede que mañana lo haga.

Cuando le tocó el turno a «Campero», la cosa cambió. Al darle cuerda sintió la cincha y salió dando lanzadas. Mi maestro le dio un poco de cimbreo a la cuerda de tal manera que, al llegarle a la nariz, la respetase, pero sujetando y relajando alternativamente, ya que esa es una parte sensible, lo que provocó que estuviese atento a la nariz, desviando la atención de la cincha, y que acabase trotando de modo parejo, pero con más energía. Yo no dejaba de hablarle para calmarlo y una vez conseguida la regularidad en el trote, mi maestro dejó la cuerda que solamente utilizaba para que el animal supiese que tenía que respetarla.

Finalizó dando cuerda a las dos manos perfectamente, pero como por su forma de emplearse estaba sudando un poco más de lo habitual, el señor Luis me dijo:

–A veces no está mal que los potros tengan estas reacciones, pues sacan todo lo que tienen dentro. Ahora se le ducha, se le seca y a la cuadra. Este seguro que esta noche piensa en el trabajo de hoy. Los animales también tienen que saber que no todo es recreo; si de vez en cuando un día se aprietan en el trabajo no sucede nada. Son ellos; nosotros no les hemos obligado para nada, y eso los potros lo entienden bien.

No sé el tiempo que estuvimos alternando la cincha, la manta, montándome a pelo, cuerda con el serretón, cuerda con el cabezón, y en libertad. Pero el día que les pusimos la baticola, lo más que hicieron fue encogerse un poco. El pecho petral, la montura y las riendas de atar se los tomaron con naturalidad. Con los estribos también dudaron un poco, pero fue lo último que se les puso. Llega un momento en que aceptan todo. Los primeros arreos son siempre los más difíciles y es lo que les cuesta más aceptar y superar; una vez conseguido solo es cuestión de tiempo y constancia diaria.









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