La Pasión de los Olvidados:
Juan Manuel Martínez Plaza


Una vieja vagabunda y aparentemente medio chiflada deambula sin rumbo de un lugar a otro. Ignorada y despreciada allá donde va todo parece indicar que se encuentra al final de su vida, a buen seguro gris, triste e insignificante. Pero la anciana esconde un asombroso secreto que nadie conoce, un secreto que un niño, tan corriente como cualquiera de nosotros a esa edad, está a punto de descubrir. La indigente es acogida por sus padres, personas piadosas y caritativas siempre dispuestas a ayudar a cualquier necesitado. Es entonces cuando una relación muy especial surgirá entre la misteriosa vagabunda y el menor de los hijos de esta familia.

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La Peregrina, como así la llamarán a partir de entonces, se dispone a desvelar ante su nuevo y jovencísimo amigo la más fascinante de cuantas aventuras se hayan podido contar. La epopeya del Corazón Indomable, un periplo legendario del que ella formó parte mucho tiempo atrás y que la llevó a viajar hasta el mítico Planeta de los Dioses.

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Este es el punto de partida de «La pasión de los olvidados», primera entrega de la saga del Corazón Indomable, una aventura épica futurista a caballo entre dos mundos muy distantes entre sí, pero unidos bajo el signo de una misma amenaza. Y lo único que se interpone entre ellos y su fatal destino es una leyenda, un leve destello de esperanza en el que ya casi nadie cree. Dicho destello terminará tomando forma de la mano de una insospechada heroína llamada Evgine, a la que conoceremos dando sus primeros pasos a través de una Europa desolada por la interminable guerra que enfrenta a la humanidad contra los implacables y todopoderosos guiberiones.







LA EPOPEYA DEL CORAZÓN INDOMABLE

PRIMERA PARTE:

LA PASIÓN DE LOS OLVIDADOS

Juan Manuel Martínez Plaza


© Juan Manuel Martínez Plaza

© La epopeya del corazón indomable. Primera parte: La pasión de los olvidados

Enero 2021

ISBN ePub: 978-84-685-5630-7

Editado por Bubok Publishing S.L.

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C/Vizcaya, 6

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“… y eligió Dios la flaqueza del mundo para confundir a los fuertes…”

San Pablo (Primera epístola a los Corintios).


Índice

La Peregrina (#u92f72e94-7cf8-53b6-91f5-454a9ede6757)

Capítulo I (#ucab3360d-e812-54e7-8872-b5f6eb3fd11f)

1 (#u3682cc14-b146-5c06-bec3-3a886030a30c)

2 (#u1fa272d2-5f72-5942-9584-f1d0dd9220f4)

3 (#ubc575e8a-9bfa-50f0-afc7-d1f54a65d165)

Capítulo II (#u24cc38ae-bb21-59f3-b39e-55f809b41111)

1 (#ufb2e5b05-a2da-5df5-a89c-36d22e629502)

Capítulo III (#u22bb599d-f31a-5eb8-8ac0-7e25379563cf)

1 (#ubceeda40-2933-5230-a585-923309f5b561)

2 (#u675fd4a7-d893-50e4-b320-376218ba6561)

3 (#u3be56862-612a-53e8-862a-747d58d43c0b)

Capítulo IV (#uc8e96acf-9e45-576b-a83e-fcfd6439d30e)

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3 (#udd46b32a-9845-59a8-865c-31171eec7004)

Capítulo V (#u34404489-fa61-5a94-8ce9-5db81d813f2a)

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2 (#uc7fb0c25-708d-5ea9-9c62-1f56efbb98b8)

3 (#u83b97101-f1a9-5e60-a20e-459bdb09ed87)

Capítulo VI (#ucfc5c61d-7ae3-5a37-8271-89ec2cd212ad)

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2 (#u59fe38df-5b6d-5275-925b-09d5a1366da6)

Capítulo VII (#ubd134976-6077-5c05-a546-16469b40d555)

1 (#uc6a8e965-86cb-59a9-9fc7-75c9b538a97a)

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3 (#u2ad3e286-7ed9-5fa7-a28c-fae0192cc263)

Capítulo VIII (#u3f09d5c9-ff24-594c-a421-80e7693c0e78)

1 (#u21571d5f-e0e3-50d0-befe-7857b25f43c8)

2 (#ub890f8d9-1726-5d59-a278-22c90bc5d418)

Capítulo IX (#u8eeb5e63-5cd6-55c3-8f02-a94219ec0450)

1 (#u6d2eccb9-7cdc-597d-86eb-febc4a8c3296)

2 (#u23b418f6-1443-5a1b-978e-7ee9fd77065a)

Capítulo X (#ub364b773-9d61-528d-a581-9fb3dfa74d34)

1 (#u53d56d1d-2a8d-5eb1-967d-0122313c9059)

Una primera despedida (#u33760797-c71f-577d-a660-59eec32631f0)


La Peregrina

Nadie sabe muy bien cuándo fue la primera vez que aquella anciana indigente y chiflada se dejó ver, como surgida de la nada, por los alrededores del pueblo. Algunos dicen que ocurrió un soleado día de principios de otoño, otros que uno de esos días de perros de mediados del mes de Ocaso, según el dichoso nuevo calendario. Tampoco supimos jamás cuál era su nombre, a pesar de todo ella nunca lo dijo y, si así fue, no hay constancia de ello en ninguna parte. Tal era el misterio que la rodeaba.

Como tantos otros vagabundos parecía llevar como única indumentaria una sucia montaña de harapos superpuestos y empujaba un vetusto y oxidado carrito atestado de toda clase de trastos, cachivaches y cosas recogidas de la basura. A pesar de eso se la empezó a ver por los alrededores de la iglesia, registrando los contendores destinados a la caridad. Hablaba sola, a veces incluso a grito pelado, casi siempre cosas ininteligibles. Por eso todos pensaron que era una borracha o estaba ida, entre los de su clase aquello era habitual. No faltaban los que decían que su presencia resultaba molesta, pero tampoco los buenos samaritanos como el señor Simons, el propietario de la pequeña tienda de comestibles de producción local, que siempre se preocupaba de proporcionarle algo de comida. A pesar de las habladurías aquella pobre anciana no le hacía ningún daño a nadie, razón por la cual el inspector Wise y sus hombres decidieron no echarla del municipio.

Aquello sin embargo no evitó que acabara convertida en el objetivo prioritario de las pandillas de adolescentes, que deambulaban por las calles del pueblo a la búsqueda de nuevas diversiones. La vagabunda era la novedad en aquellos días y acosarla por puro entretenimiento pronto se convirtió en el deporte de moda. La mayor parte del tiempo podía parecer enajenada, pero cuando se la molestaba volvía en sí inmediatamente y reaccionaba de manera furibunda.

- ¡Fuera de aquí malditos mocosos! - amenazaba señalando con el dedo -. No sabéis con quién os la estáis jugando. Si lo supierais bien haríais en salir corriendo a vuestras casas para no volver a salir de ellas.

De joven debió de ser bastante alta y con buena planta, pero el peso de los años la había dejado menguada y encorvada. Además estaba medio ciega y sus movimientos distaban mucho de ser ágiles. Por más que gritara y agitara los brazos en señal de enfado no intimidaba a nadie, más bien al contrario despertaba lástima. Aunque no a sus habituales acosadores, que siempre trataban de robarle cosas de su carrito, lo arrojaban al suelo o la empujaban a ella entre risas y burlas. Había quien decía que los padres de algunos de esos muchachos les habían animado a martirizar a aquella pobre infeliz para que así se largara de una vez. Nunca pasó de ser un simple rumor, pero tampoco faltaban los que decían que, con respecto a la vagabunda, la policía local no estaba haciendo su trabajo. Tal vez los más jóvenes tuvieran que hacerlo en su lugar.

Hasta que un día la cosa pasó a mayores y papá se vio obligado a intervenir. Esa tarde un grupo de críos, y no tan críos, acorraló a la anciana en un callejón junto a unos cubos de basura. De las burlas y los insultos se pasó directamente a la agresión cuando ella intentó abrirse paso para escapar. Sobre su maltrecho cuerpo llovieron escupitajos, restos de comida, latas vacías y, finalmente, algún que otro objeto mucho más contundente. Por lo visto el impresentable de Andy, que siempre se las daba de duro y presumía de toda clase de fechorías, llegó a decir que iban a rociarla con un líquido inflamable y a prenderle fuego. Puede que sólo fuera una broma de mal gusto, pero a nadie en la situación de aquella desdichada le hubiera hecho la más mínima gracia.

Papá fue siempre una persona calmada y de temperamento afable, excepto cuando, por el motivo que fuera, se le terminaban hinchando las narices. Era entonces cuando parecía convertirse en un gigante, su voz un trueno anunciando tormenta, y ay de aquel que hubiera osado provocarle hasta tal punto. Al ver lo que aquellos chicos le estaban haciendo a la vagabunda no dudó ni un segundo. Andy se llevó un buen puntapié en su huesudo trasero y finalmente todos los gamberros se dispersaron. Su víctima había quedado tendida en el suelo y la herida sangrante que tenía en la frente no ofrecía muy buen aspecto. Papá la tomó en brazos y la llevó de inmediato al ambulatorio para que la atendieran. No recuerdo un mal gesto en su rostro a pesar del hedor que desprendía aquella mujer, más bien al contrario procuró tranquilizarla con palabras amables mientras ella regresaba a su ensimismamiento de murmullos incomprensibles.

En la consulta el doctor Stein la curó y le hizo un reconocimiento a fondo. Debió de encontrar algo extraño o realmente perturbador en ella. Si bien no hizo comentario alguno al respecto, papá dijo más tarde que eso lo pudo adivinar por el insólito estado de excitación en el que se encontraba Stein, un hombre habitualmente impasible, y por las preguntas que misteriosamente quedaron sin respuesta. El doctor indicó también que aquella mujer era realmente anciana, con toda probabilidad superaba los cien años y la vida que había llevado le estaba pasando la última factura. Sus riñones estaban empezando a fallar y padecía una neumonía que, si no se trataba debidamente, tendría consecuencias fatales. Aparte estaban sus problemas de visión, que más pronto que tarde la incapacitarían por completo. Se hallaba completamente sola y no sobreviviría al invierno si permanecía en la calle.

Fue entonces cuando papá, llevado por ese sincero sentimiento de caridad cristiana que siempre lo había guiado, tomó la decisión que cambiaría nuestras vidas, muy especialmente la mía. El pueblo era pequeño y no disponía de instalaciones para albergar indigentes y en el centro de acogida más próximo no quedaba ni una cama libre, pues en ese momento se estaban realizando reformas y la mayor parte del espacio no podía ser utilizado.

-Esta pobre mujer está muy enferma - afirmó -, si ha llegado su hora tenemos la obligación moral de hacer todo lo posible por ella, Dios así lo quiere. Nadie merece morir tirado en la calle como un animal. No, eso no puede ocurrir, no en nuestra comunidad. Somos gente civilizada.

Esa misma noche acondicionamos a toda prisa el viejo cobertizo del jardín trasero de casa. Hubo que vaciarlo de trastos y realizar una limpieza a fondo. Después llevamos la cama donde solían dormir los abuelos cuando venían de visita, además de una silla, una mesita de noche, una lámpara de pie y una estufa. Todas cosas que no utilizábamos y que habían estado guardadas en el sótano desde hacía años. El cobertizo era pequeño y un tanto espartano, pero aun así resultaría cálido y acogedor para la anciana, pues la mantendría a cubierto de las inclemencias del exterior. Papá ni siquiera se olvidó de su carrito. Podía parecer atestado de basura, pero sin duda era muy valioso para ella.

En un principio mamá manifestó sus dudas al respecto, en verdad no sabíamos nada acerca de aquella mujer, tampoco encontramos a nadie que fuera capaz de decirnos quién era. Sólo una vagabunda desconocida, sin pasado y sin nombre, que un día apareció como por arte de magia. Sin embargo mamá siempre había confiado en papá, lo consideraba el hombre más justo y más bueno sobre la faz de la Tierra, incapaz de hacer nada que pudiera perjudicarnos. Tras discutirlo durante más de una hora ambos acordaron que nos ocuparíamos de la anciana, pues estaban convencidos que no viviría demasiado.

Mi hermana mayor, Sandra, no se lo tomó nada bien. Estaba en esa edad rebelde en la que contravenir los deseos o imposiciones de los progenitores resulta casi una obligación, por lo que no tardó en manifestar su profundo descontento.

-¡Eres un bobo ingenuo papá! - protestó airadamente - ¿Qué diablos vamos a hacer con esa vieja chiflada? ¡Pero si tan siquiera tienes la menor idea de quién es! ¡A mí no me vais a liar en esto, no pienso lavarla, ni llevarla al baño ni ninguna de esas mierdas!

A lo que mamá contestaba con calma:

-No hables así de tu padre y haz el favor de ponerte en el lugar de los demás. Dios no quiera que un día acabemos como esa mujer. Es horrible terminar tus días completamente solo y sin hogar, sin tener a alguien a tu lado para que te eche una mano cuando más lo necesitas. Sentir compasión hacia el que sufre, procurar aliviar su dolor aun cuando sea un simple desconocido, es una de las cosas que nos hace humanos.

Siempre he dado las gracias por tener unos padres como los que tuve, a veces pienso que es casi imposible que existieran unos mejores. Supongo que muchos otros piensan eso mismo en relación a los suyos, después de todo te dieron la vida e hicieron lo imposible para que lograras salir adelante. Pero por aquel entonces yo no tenía forma de saber lo que me depararía el futuro y, al igual que mi hermana, de entrada no acepté de buen grado la decisión de acoger en casa a una extraña. Si no lo manifesté tan abiertamente como ella fue porque quise darle un voto de confianza a papá.

Confieso que la vieja vagabunda me daba miedo al principio. No me agradaba su olor a decrepitud, la fealdad de su vejez y de las cicatrices que surcaban su arrugado y consumido cuerpo, sus sucias ropas que finalmente terminamos quemando y mucho menos aquella mirada casi vacía y sus incomprensibles soliloquios. Tal vez me recordaba demasiado a las brujas malvadas de los cuentos infantiles, esas que encerraban a los niños en jaulas para cebarlos como marranos y después comérselos. Pero casi desde el primer momento pude percibir algo más en ella, algo misterioso, una fuerza ignota y al mismo tiempo irresistible. No era una chiflada sin hogar más, escondía numerosos secretos y, a pesar del temor, me moría por descubrirlos. Sandra se burlaba de mí cuando manifestaba estos presentimientos, asegurando que, como todos los mocosos de mi edad, dejaba volar demasiado la imaginación. No había misterios, sólo una vieja senil delirando al final de su vida.

Las semanas fueron pasando y, poco a poco, nos fuimos acostumbrando a la presencia de nuestra huésped en el cobertizo. Papá consiguió medicinas y, a pesar de que la anciana comía más bien poco, su estado de salud mejoró visiblemente. La atención médica, el reposo, un mayor higiene y tener un lugar abrigado en el que dormir, habían producido efectos casi milagrosos. Pronto comenzó a pasar más y más tiempo fuera de la cama, a dar pequeños paseos y a no necesitar tanta ayuda para asearse, vestirse o comer.

Pero lo más sorprendente de todo fue que la recuperación llegó también a su mente. De no saber dónde se encontraba y ser incapaz de reconocer a nadie, pasó rápidamente a estar bastante lúcida la mayor parte del tiempo. Todavía tenía bastantes lagunas, pero incluso así fue posible mantener conversaciones coherentes con ella. No tardó en agradecernos encarecidamente lo que habíamos hecho, aunque no sabía de qué forma podría compensárnoslo, a lo que papá y mamá respondieron que no suponía ninguna carga y que podía quedarse en el cobertizo todo el tiempo que quisiera. Bien sabían que aquella desdichada no tenía donde ir y que las almas caritativas no abundaban tanto como les gustaría.

Así fue como la fuimos conociendo un poco mejor al tiempo que ella nos conocía también a nosotros. Dejé de tener tantas reservas y me atreví a charlar con ella, al principio sólo de cosas banales y no especialmente interesantes. Comenzó a sonreír y a saludarme con cierto afecto cuando me veía aparecer y, sin que apenas me diera cuenta, un singular vínculo se estableció entre ambos. Yo seguía siendo un niño como cualquier otro del vecindario. Iba al colegio y tenía mi círculo de amigos, con los que jugaba al terminar las clases, asistía a la iglesia junto a mi familia todos los domingos y, al fin y al cabo, llevaba la vida habitual de alguien de mi edad. Pero ahora alguien más había entrado en mi vida, no era una sustituta de esos abuelos que perdí siendo mucho más pequeño o a los que nunca llegué a conocer, aquella relación prometía ser distinta y quizá también mucho más fascinante.

Papá y mamá no censuraron esta aproximación, más bien al contrario les sorprendió agradablemente que quisiera atender a una anciana necesitada. Ellos se debían a sus respectivos trabajos y obligaciones y muchos días apenas sí tenían tiempo para nada más. Conversaban con la mujer siempre que podían y, de forma un tanto poética, papá comenzó a llamarla la Peregrina, pues a pesar de todo seguíamos sin saber su verdadero nombre. Al intentar sonsacarla ella siempre replicaba desviando el tema de conversación o mostrando su agradecimiento con frases como:

-He sido realmente afortunada al dar con una familia tan maravillosa como la suya. Se encuentran además en un marco incomparable, esta villa parece como suspendida en el tiempo. Una escena costumbrista que bien podría pertenecer a otro siglo ya lejano.

A lo que papá respondía con una sonrisa e indicando que aquella era mayormente una comunidad sencilla compuesta por gente honrada y muy pegada a sus tradiciones. Sin duda la anciana era mucho más dura de roer de lo que aparentaba y guardaba los secretos de su pasado con el mismo celo que los viejos, y en apariencia inútiles, trastos de su carrito. A pesar de ello todos empezamos a sentir cierto afecto por ella. Todos salvo mi hermana Sandra, que siempre la miraba con desdén y apenas sí le dirigía la palabra. Nunca dejó de verla como una gorrona que había venido a aprovecharse del buen corazón de unas personas honestas y tal vez demasiado blandas.

***

Recuerdo perfectamente el día en que todo empezó. Fue poco después del fin de las vacaciones de Navidad, hacía muchísimo frío y la nieve lo había cubierto todo provocando un montón de complicaciones. La Peregrina, como así terminamos llamándola todos, se había sentido indispuesta unos días antes. Por ese motivo decidió guardar cama y yo acudía con mayor regularidad para atenderla en lo que pudiera necesitar. Por entonces ya me había acostumbrado a escuchar sus historias, eran entretenidas y extrañas y mamá solía decir que sólo eran cuentos que ella me relataba porque le agradaba mi compañía. La anciana aseguraba haber vivido toda clase de aventuras a lo largo de sus innumerables viajes, una larguísima vida recorriendo el mundo entero de país en país. De vez en cuando su ánimo se ensombrecía al recordar y regresaba temporalmente al ensimismamiento, como si una parte de su pasado fuera demasiado oscura, demasiado dolorosa, como para mostrarla a un niño de nueve años y a su amable familia.

Pero aquella mañana comenzó de forma distinta. Casi como si hubiera estado esperando el momento oportuno, la Peregrina tomó aliento antes de confesar que en una de sus aventuras, la más increíble de todas, había viajado a otro planeta. Y no a un planeta cualquiera, aseguró haber visitado el Perik Zaloum, el mítico Planeta de los Dioses. A diferencia de los demás yo solía creer lo que decía, pero aquello me pareció demasiado pues, por lo que se sabía, apenas un puñado de seres humanos había estado allí. Por eso le pregunté que cómo era posible que hubiera realizado ese viaje. En lugar de responder ella contraatacó con otra pregunta al parecer sin ninguna relación.

-Dime jovencito, ¿qué opinas de los guiberiones?

Aquello me dejó tan congelado como los carámbanos que colgaban de los aleros del tejado de casa. Había pronunciado esa palabra que, aún por entonces, casi nadie se atrevía a mencionar. Hacerlo era como invocar al mismísimo Diablo. Yo pertenecí a ese conjunto de generaciones que crecieron aterrorizadas por los relatos acerca de los innombrables, nunca los conocimos pero el traumático recuerdo permanecía en la memoria colectiva. Historias de horror que las madres contaban a sus hijos para asustarlos cuando eran desobedientes. En las programaciones de Red, en los noticiarios, en las lecciones de Historia que nos daban en el colegio, hasta en las conversaciones, el tema se trataba con suma delicadeza pues era considerado tabú. No obstante tarde o temprano todos acabábamos descubriendo la escalofriante magnitud de la verdad.

La Peregrina hubo de insistir varias veces en su pregunta antes de que yo alcanzara a responder inseguro:

-Que… qué opino de ellos. Pues… pues… que vinieron de muy lejos, de otro planeta, y conquistaron la Tierra. Entonces destruyeron todas las ciudades y mataron a millones de personas hasta que…

-Eso es un poco inexacto - interrumpió ella -. No atacaron todas las ciudades del mundo, sólo fueron a por vosotros, a por Europa y Norteamérica. Deberías saberlo.

Sí, tenía razón, en cierta forma lo sabía. En un principio los innombrables sólo atacaron Occidente, no el resto del mundo. El resto del mundo se puso de su parte y, al menos por un tiempo, colaboró con ellos de buen grado en sus planes de aniquilación, aunque más bien se diría que se plegaron a su voluntad y acabaron convertidos en sus siervos. Sin embargo por aquel entonces yo era demasiado joven como para entender esas cosas, todo resultaba demasiado confuso, demasiado complicado y para colmo la gente siempre era reacia a hablar de esos temas. Papá y mamá no lo hacían prácticamente nunca.

Antes de que yo lograra abrir la boca de nuevo para replicar la Peregrina hizo un gran esfuerzo para alcanzar uno de sus muchos “tesoros”, esos que había transportado en el viejo carrito durante años y que ahora se amontonaban en un rincón del cobertizo. Parecía tratarse de un viejísimo libro de apreciable tamaño, cubierto de polvo y con la encuadernación por completo desgastada, bien podría haber tenido casi mil años. Sin embargo aquello sólo era un engaño. El viejo libro resultó ser falso, pues no era un libro en sí, sino un recipiente camuflado con esa forma que en su interior ocultaba un terminal. Al abrirlo la pantalla, manchada y repleta de arañazos como consecuencia del trato recibido y el paso de los años, se encendía automáticamente. Resultaba un tanto sorprendente que una anciana indigente poseyera un dispositivo de esas características, mucho más que hubiera ideado aquel insólito camuflaje para ocultarlo y más aún que estuviera repleto de archivos y documentos de todo tipo. Otro misterio que añadir a la ya de por sí enigmática figura de la Peregrina.

Ajena a mi confusión la anciana trasteó con el terminal durante un buen rato, hasta que al fin dio con lo que buscaba. Acto seguido me tendió el falso libro indicando:

-Toma, lee este texto. Después de tanto tiempo sé cómo encontrarlos, pero mi vista está tan mal que apenas sí puedo leer alguno. Te agradecería que lo hicieras en voz alta.

Casi sin pensar hice lo que decía y me puse a recitar el párrafo que se mostraba en la descuidada pantalla. Rezaba así:

En el pasado nuestra querida tierra era rica y bajo su suelo albergaba grandes tesoros. Por eso gentes inmorales y codiciosas acudieron desde lejos para apoderarse de ellos. Los occidentales eran hombres, pero se comportaban como demonios impíos. Vinieron con sus ejércitos a destruir y saquear, nos robaron nuestras riquezas, quemaron nuestras ciudades, profanaron nuestros templos, mancillaron a nuestras mujeres y durante incontables años vivimos bajo su yugo sufriendo todo tipo de injusticias. A pesar de que por aquel entonces eran más fuertes nunca dejamos de luchar para librarnos de ellos. Y a cada nuevo intento de alzarnos respondían con mayor brutalidad. América era prepotente y nos daba lecciones de civismo y humanidad mientras masacraba a nuestros hermanos y nos condenaba a la miseria. Se creían los amos del mundo.

Muchos no lo creyeron, pero un día Dios, alabado y misericordioso sea, escuchó nuestras plegarias. Fue entonces cuando envió de las estrellas a los hermanos guiberiones, ángeles vengadores que vinieron a cumplir su divina voluntad. Con ellos llegaron también la justicia y la paz. Los occidentales fueron barridos de la faz de la Tierra, sus decadentes ciudades repletas de vicio y pecado ardieron como paja seca y, una vez derrotados, lo que quedó de ellos fue recluido en sus tierras de origen. Allí habrán de permanecer purgando sus pecados hasta la total purificación. Mas deberemos permanecer vigilantes y no descuidarnos, porque el Mal nunca descansa y siempre encuentra la manera de burlar a los hombres justos con el objeto de regresar.

Al concluir la lectura estaba tanto o más confundido que al empezarla. Lo único que pude decir fue:

-¿Qué… qué es?

-Es una redacción para un trabajo de clase que realizó hace cosa de cien años un muchacho no mucho mayor que tú - respondió la Peregrina -. A él y a sus compañeros el profesor les pidió que respondieran por escrito a una pregunta muy similar a la que yo antes te he formulado ¿Qué opinaban ellos de los guiberiones? Como ves la respuesta dista mucho de la que cualquier persona de por aquí podría dar. Y es tan distinta porque este jovencito, ahora con total seguridad ya fallecido, no vivió en Europa o en Estados Unidos. Su hogar estaba en una ciudad llamada Basora, en el oriente de la Unión Árabe - y después de una pausa añadió -. Este trabajo fue premiado incluso por los altos funcionarios de los ministerios de información y educación, en aquel tiempo lo hicieron muy famoso en esa parte del mundo. Pero habría de viajar muchísimo más lejos, ya que fue una de las muchas cosas que los guiberiones hicieron llegar hasta el Perik Zaloum como muestra de la labor que estaban haciendo en la Tierra. Las sinceras palabras de agradecimiento de un niño humano.

Nada de lo que había dicho sirvió para aclararme las ideas, más bien al contrario abrió un infinito abanico de preguntas. Y ése tal vez fuera el objetivo, despertar mi insaciable curiosidad. La habían tomado por loca, pero yo sabía que la anciana no era ninguna estúpida ni deliraba, de hecho puede que fuera la más sabia de cuantas personas había conocido. Y mis ansias de descubrimiento estaban a punto de abrirme una ventana a un universo de maravillas absolutamente increíble a la vez que desconocido.

-¿Por qué me has enseñado esto? - quise saber - ¿Qué significa?

-Significa que no sé cuánto tiempo más viviré - respondió ella enigmática como siempre -. Son tantas las cosas que me gustaría revelar, si no lo hago desaparecerán conmigo y sería una pérdida irreparable - después me miró fijamente con esos ojos medio velados que parecían pozos sin fondo -. Tú todavía eres puro, a causa de tu juventud la sociedad y la gente que te rodea no te han condicionado lo suficiente como para que cierres tu mente a determinadas cosas que otros ya no son capaces de aceptar o que, simplemente, ya no pueden ver. Por eso quiero que permanezcas a mi lado el tiempo que te sea posible.

Empecé a comprender que me había puesto a prueba. Lo del viaje al Planeta de los Dioses, la pregunta en relación a los innombrables, aquella redacción escrita hace un siglo por un niño árabe. Quiso sacarme de esa zona de confort en la que la mayoría de mis contemporáneos vivía, formular las preguntas que casi cualquier otro evitaba y comprobar mis reacciones. Y aun a pesar de que traté de mostrarlo pudo ver que no había rechazo en mi interior, sólo una irresistible y creciente curiosidad.

-¿Para qué quieres que esté a tu lado? - inquirí ingenuamente -.

-Para que pueda transmitirte una historia, la más increíble de cuantas puedan contarse.

-¿Cuál es?

-La verdadera aventura del Corazón Indomable - replicó ella alzando la voz en tono casi majestuoso -. Sé que vas a decir que conoces su historia, que te la han explicado en clase o que has visto películas y documentales acerca de ella en alguno de esos aburridos canales que llegan a todas vuestras casas a través de la Euronet. Pero todas esas versiones son historias vacías, sin alma, además de inexactas. No hay historia más próxima a la realidad de lo que sucedió que la que yo pueda contarte.

-¿Po… por qué? - una vez más estaba demasiado asombrado, quizá incluso aturdido por la revelación, como para manifestar algo más -.

-Porque yo la conocí en persona, ¿sabes muchacho? A mí no me lo contaron, yo lo viví.

-¿De verdad no me estaba tomando el pelo? Aseguraba haber conocido al Corazón Indomable, era de locos. Por su edad estimada era posible, pues debía de ser joven cuando todo aquello sucedió mucho antes de que yo naciera, antes incluso que mis padres nacieran. Sin embargo sonaba a pura fantasía, un delirio o una simple falsedad ¿Cómo podía ser que alguien que conoció al Corazón Indomable en persona hubiera terminado acogido en mi casa? Esas cosas no pasaban, no en la vida real. Además aquella anciana era una vagabunda sin identidad, de entrada alguien así no era demasiado de fiar.

-No me creo nada de lo que dices - me planté incrédulo -. Si de verdad la conociste demuéstramelo.

-De eso precisamente se trata. Lo tengo todo guardado en mi cabeza y, aquellos datos que me resultó imposible memorizar, están ahí en mi… libro - señaló al falso libro que escondía en su interior un viejo terminal -. Conforme vaya contándote más y más cosas comprobarás que es absolutamente imposible que mienta, tan solo tendrás que contrastar la información ¿Qué te parece?

-La verdad… la verdad es que no sé qué decir - algo que era totalmente cierto en aquellos momentos -.

-Pues para empezar dime si crees lo que te han contado acerca del Corazón Indomable.

-Bueno, pues… pues no sé. Todo el mundo dice que ella nos salvó. Hizo el viaje hasta aquel planeta en el que tú dices que también has estado y…

-¿Crees que fue así? - interrumpió ella de nuevo - ¿Crees que sucedió como te lo han contado? Nos salvó pero aun así ahora tenemos unos nuevos Amos del Cielo ¿No es cierto?

-Sí pero… pero ahora es diferente, ahora al menos nos dejan en paz. Prometieron respetarnos y dejarnos vivir nuestras vidas, prometieron también que impedirían el regreso de… de bueno… ya sabes.

-¿Y por qué habrían de hacerlo? Son incluso más poderosos que aquellos que les precedieron.

-No sé - aquellas eran preguntas demasiado difíciles para un niño -. Papá me explicó que al acabar la Guerra pusieron una serie de normas, mientras las respetemos el mundo vivirá en paz.

-Sí claro, las normas - se detuvo pensativa durante un rato -. Se las conoce como el Dayrnes o las Tablas de Compromiso, aunque mucha gente en Occidente también las llama Pactos de Sumisión - yo asentía con la cabeza porque todos esos términos me sonaban aunque no supiera muy bien qué significaban -. Yo estuve allí, en Nueva York, cuando todas las naciones decidieron suscribir las Tablas. Sí, aquel fue el año uno de la Nueva Era, todo había cambiado para siempre.

Pareció perderse en sus pensamientos, recuerdos de un tiempo lejano, aunque resultaba difícil averiguar si eran alegres o tristes. Al cabo reanudó:

-Yo estuve allí junto al Corazón Indomable cuando todo hubo acabado. Las multitudes la aclamaban, todos los dignatarios se daban codazos y empujones con tal de retratarse a su lado ¡Hasta la reina de Inglaterra se inclinó ante ella! Por mucho que hayan corrido ríos de tinta sobre ese asunto te puedo asegurar que no fue un gesto nada espontáneo. Y a pesar de todo, a pesar de la permanente adulación, de los interminables homenajes, de todas las muestras de gratitud y cariño recibidas, ya fueran sinceras o no, a pesar de que parecía tener el mundo a sus pies, ella no se mostraba feliz en absoluto. Se la veía por completo agotada, sola en medio de la multitud. La avasallaban con vítores, besos y abrazos, la colmaban de regalos que ella consideraba por completo inútiles, pero nadie era capaz de comprenderla.

-¿Por qué?

-Ésa puede parecer una pregunta sencilla, pero no lo es en absoluto. Para poder responderla habría que empezar desde el principio.

-¿Desde el principio?

Obviamente en aquel momento no tenía la menor idea de a qué se refería, ni tan siquiera daba excesiva credibilidad a su historia pero, ¡qué diablos!, resultaba un relato la mar de emocionante ¿A quién de pequeño no le gustaban los cuentos de aventuras? A mí personalmente me encantaban, más si incluían misterio, pasajes sombríos que te hacían estremecer, grandes batallas y viajes a mundos lejanos y fabulosos. La aventura del Corazón Indomable ofrecía todo eso, la historia más grande jamás contada, la leyenda de todas las leyendas. No parecía posible que algo así hubiera ocurrido de verdad.

Y sin embargo ocurrió, todo el mundo conocía la historia. Ahora yo tenía la oportunidad de descubrir una versión distinta, tal vez más próxima a la realidad, de manos de la persona más insospechada.

-¡Si sigues escuchando las estupideces de esa vieja chiflada se te terminará secando el cerebro y no serás más que un enano idiota! - vociferaba mi hermana a medio camino entre la reprimenda y la burla - ¿Cómo has podido ser tan ingenuo para tragarte eso de que fue amiga del Corazón Indomable? Cualquier vagabundo borracho es capaz de inventarse algo así, no creo que quede nadie vivo que la haya conocido. No deberías pasar tanto tiempo con esa bruja. Es más, papá y mamá deberían decidirse de una vez y echarla de casa.

Pero ellos seguían sin desaprobar mi reciente amistad con la Peregrina, tampoco el hecho de que pasara más y más horas en el cobertizo escuchando sus historias. No lo desaprobaron al menos al principio. Ahora bien, una cosa era atender y hacerle compañía a una anciana ciertamente desvalida y otra muy distinta creer todo lo que dijera y dejar volar demasiado la imaginación. Papá me advirtió al respecto desde el primer momento, estaba bien lo que hacía por ella pues la pobre no tenía a nadie, pero participar de sus delirios y hacerlos propios podía llegar a ser peligroso.

-Tranquilo papá - decía yo para justificarme -. No es que me tome en serio lo que dice, lo que pasa es que me divierten las cosas que cuenta y ella se siente a gusto haciéndolo. No creo que esté haciendo nada malo.

Visto así no lo hacía, pero en aquel momento oculté que mi escepticismo no era tan firme como pretendía hacer ver. Casi desde el primer instante deseé que todo aquello fuera verdad, era casi como volver a creer en la magia y pensar que había tenido la extraordinaria suerte de haber conocido a una persona que vivió la gran aventura de primera mano me hacía sentir alguien muy especial, un privilegiado. Tenía la oportunidad de elevarme por encima de los demás, de descubrir cosas que nadie más sabía, ya que la Peregrina me había escogido para ello. No es que me hubiera estado buscando durante toda la vida, simplemente aparecí en el lugar adecuado y el momento oportuno.

***

Y así fue como el Corazón Indomable y su leyenda entraron en mi vida y, en cierto modo, se convirtieron en parte de mi ser. Muchos años y esfuerzo he dedicado a esta tarea, algo que comencé siendo un niño casi como si de un juego se tratara, pero que a la larga terminó convertido en todo un proyecto vital. Habrá quien diga que esta historia, transcrita en el transcurso de incontables sesiones junto a la misteriosa figura de la Peregrina, no es más que una fabulación novelesca, una travesura que revisa ampliamente el relato oficial de uno de los personajes históricos más importantes de todos los tiempos. Y en parte lo es. Es mucho lo que ella interpretó a su manera porque no estaba físicamente presente en el momento en que ocurrió. Pero sin lugar a dudas, cuando la conocí y decidió transmitirme sus vivencias, aseguraba ser la última persona con vida que llegó a conocer en mayor o menor medida a todos los implicados. Yo por mi parte siempre la he creído y, conforme vaya avanzando en mi relato y se descubran más y más cosas, espero que vosotros también. Mi legado es el suyo, un sincero homenaje a la memoria de aquellos que son recordados como héroes, pero cuyas verdaderas vidas han sido olvidadas.

Y como todas las grandes historias, para comprender mejor ésta es necesario comenzar por el principio. No por el principio de todo, entendido esto como el día en que los distintos protagonistas nacieron, sino más bien por el momento en el que el destino comenzó a unir sus distintos caminos. Fue en ese preciso instante cuando la leyenda comenzó a tomar forma y cuando, de entre las tinieblas de un mundo desolado y miserable, surgió un débil destello de esperanza, apenas perceptible, que anunciaba un nuevo amanecer. He aquí cómo fue posible que llegara a suceder.


Capítulo I

La panspermia es la dispersión de la vida de unos planetas a otros a través del espacio. Normalmente se entiende como una forma mediante la cual microorganismos muy simples, pero extremadamente resistentes, son capaces de sobrevivir a prolongadísimos periplos cósmicos (de cientos de miles o incluso millones de años) viajando como “polizones” a bordo de fragmentos de roca y hielo como meteoritos o cometas (…). Hablamos de una dispersión por completo pasiva y aleatoria, restos de material que salen despedidos de sus sistemas de origen al espacio interestelar, portando consigo su particular carga biológica en estado de total animación suspendida, lo que se conoce como criptobiosis. En su día estos seres abandonaron el planeta que les vio nacer y el azar termina transportándolos a través de lapsos inconcebibles de tiempo y espacio, al menos esa es la teoría (…).

Puede que permanezcan para siempre en la nada, perdidos en mitad del vacío infinito, el más plausible de los destinos. Pero también puede que, ese mismo azar que los llevó a abandonar su hogar de manera accidental, los conduzca a un mundo nuevo en el que podrían asentarse, multiplicarse y evolucionar si las condiciones son favorables. No es más que una muy improbable lotería, algo que sucede en una de cada cien millones de ocasiones tal vez, pero que puede terminar sucediendo igualmente.

“Tercer tratado de Exobiología”. A. Chang.


1

Ethan y Samuel habían estado siempre muy unidos. Quizá era por la diferencia de edad, apenas dos años los separaban. Quizá era porque habían perdido a su padre siendo aún pequeños, o porque después de eso su madre se hundió en un profundo pozo de desesperación del que ya nunca más salió y tuvieron que arreglárselas ellos solitos. O tal vez fuera porque la necesidad los mantuvo unidos en un mundo sumido en la oscuridad y la barbarie, un mundo en el que habían sobrevivido hasta la fecha peor que bien. El caso es que, desde siempre, ambos habían sido uña y carne y habían compartido todas y cada una de las múltiples experiencias de la infancia, la adolescencia y la primera juventud. Los primeros duros golpes que les propinó la vida, las primeras correrías por las calles de Londres, los primeros trabajillos para ganarse el sustento, las primeras borracheras, las primeras experiencias con chicas. En todos aquellos recuerdos Ethan y Samuel eran siempre un todo, siempre juntos, nada en el mundo los separaría porque más allá de la inquebrantable confianza mutua que se tenían no había nada más, sólo el horror cotidiano de esa guerra interminable que ya había devorado a muchas generaciones precedentes y que con toda probabilidad devoraría también a la suya. Ambos eran el uno para el otro la única familia que les quedaba.

A pesar de ser el menor Samuel siempre había sido el más fuerte de los dos. Ethan nunca dejó de apoyarse en él para la mayoría de las cosas, una dependencia que, lejos de ir reduciéndose, aumentó incluso más con el paso de los años. Fue Samuel el que se las arregló para conseguir un certificado médico falsificado para que Ethan se librara del reclutamiento cuando cumplió los dieciocho, era siempre Samuel el que sabía contemporizar la situación cuando se veían en apuros, también era él el que evitaba que Ethan se metiera en más líos de los aconsejables a causa de sus problemas con el alcohol y las drogas y fue él quien finalmente logró trabar amistad con aquel pelirrojo grandote llamado Marcel Louis.

Desde el principio los dos hermanos se vieron en cierta medida absorbidos por Louis y su mundo. Un mundo en el los negocios apetecibles, y por supuesto ilegales, surgían a la vuelta de la esquina y donde la base del éxito era aprender a sacar provecho de una sociedad totalmente descompuesta. Hacerlo suponía la diferencia entre ser una miserable rata callejera que vive al día, lo que ambos habían sido hasta ese momento, y poder aspirar a algo mejor por mucho que se obtuviera de una forma en absoluto honrada. Qué más daba, pues al fin y al cabo en la Inglaterra de aquellos tiempos tan sólo una de cada diez personas, puede incluso que menos, se ganaba la vida sin delinquir de una u otra manera.

Pero entrar en el círculo de Louis también suponía innumerables riesgos, ya que había que tratar con toda clase de individuos nada recomendables. Gánsteres, matones, ladrones y maleantes de toda índole, busconas y policías corruptos, prácticamente la única clase de agentes de la ley que te podías encontrar por aquel entonces, se convertirían a partir de ahora en compañías habituales. Gente peligrosa y de la que no te podías fiar, que invariablemente sólo pensaba en sí misma y que no dudaría en eliminarte si veía que podía ganar algo con ello, pero que aun así estaba por encima de la informe masa de desdichados que se arrastraba por la ciudad. En cierto modo componían la aristocracia londinense de la época.

Y ésa era precisamente la esfera social a la que Samuel aspiraba llegar. Por pura inercia Ethan le seguiría, siempre lo había hecho, todo y que se movía con suma torpeza en aquel nuevo ambiente. Al principio Louis casi ni se fijaba en él, pues era el hermano menor el que se ganó su simpatía y también su confianza al concluir con éxito una serie de trabajos ciertamente delicados. Gracias a lo que se pudo ganar con ellos Samuel y Ethan empezaron a disfrutar de ciertos lujos impensables tan sólo unos meses antes. Ropa nueva, calzado, carne enlatada o frutas y verduras relativamente frescas, bebida de cierta calidad, preservativos. Si todo iba bien la suerte finalmente les sonreiría.

Pero esa nueva vida no apartó a Ethan de sus vicios y debilidades de siempre. Con gran esfuerzo y más de una buena bronca Samuel logró apartarlo de las drogas, pero hacerlo de su propensión a las malas borracheras era mucho más complicado.

Esa noche la había pillado bien gorda justo después de que Louis acudiera al local de Charlotte, sitio habitual de reunión, para ultimar los detalles del trabajo del día siguiente. Ethan quería demostrar que no era ningún cero a la izquierda, que se le podían encargar tareas de cierta responsabilidad, y finalmente el pelirrojo de metro noventa de estatura aceptó encomendarle un encargo bastante sensible. Así el mayor de los dos hermanos se ganaría al fin su respeto. Siempre era la misma historia y siempre acababa igual, cualquier cosa que supusiera una inyección de autoestima servía igualmente como pretexto para entregarse a una irresponsable ingesta de alcohol de dudosa procedencia. Con demasiada frecuencia Samuel cometía el error de confiar en él en ese sentido, aunque por otra parte tampoco podía estar detrás de su hermano todo el tiempo.

Las consecuencias eran de esperar. A pesar de la terrible resaca y del inminente desastre, Ethan acudió puntual al encuentro con Louis en la antigua parada de metro de Plaistow. Éste último, sonriente y fanfarrón como siempre, lo recibió dándole un sonoro cachete en la mejilla. Resultaba obvio que para él era un pardillo.

- ¿Qué pasa tío? - gritó Louis -. Veo que estás muy decidido ¡Mira, por ahí viene tu hermano!

Ambos se giraron y Samuel apareció por entre los montones de basura y escombros que había en un gran descampado al lado de la estación ahora abandonada. Bajito, de aspecto un tanto nervioso, con su pelo rizado y claro y una sonrisa de oreja a oreja en el rostro. Él siempre sonreía, por duras que fueran las circunstancias por las que estuvieran pasando encontraba el momento para hacerlo y con eso lograba que Ethan se sintiera mejor.

- Veo que habéis madrugado los dos, las horas que son y ya por aquí - anunció al aproximarse -.

- Quizá sea porque las jodidas alarmas de bombardeo no dejan dormir a nadie, tío - replicó Louis chocándole la mano -. Ya lo han tomado por costumbre, luego muchas veces no pasa nada.

Los tres miraron hacia arriba con gesto sombrío, lejanos resplandores verdosos se vislumbraban en el norte, estallaban y se desvanecían sin solución de continuidad. Siempre era así desde hacía meses. Aquella oscuridad que casi nunca dejaba ver el sol había gobernado sus vidas desde siempre, las suyas y las de muchos otros antes que ellos, pero a pesar de eso resultaba difícil acostumbrarse a permanecer bajo su opresiva sombra. Más acostumbrados estaban en cambio al paisaje de Londres en aquellos tiempos, un horizonte de ruinas ennegrecidas y cráteres de impacto sobre el que se multiplicaban toda suerte de chabolas y otras construcciones improvisadas. Cualquiera que hubiese vivido en la ciudad antes de la Guerra la habría encontrado por completo irreconocible.

- ¿Por qué no nos dejarán en paz de una puta vez? - Samuel lanzó la pregunta al aire -. Ya no les queda nada que destruir.

- Yo que sé, siempre ha sido así - respondió Louis con gesto de hastío -. De todas maneras no importa mientras sigamos vivos. Que les jodan y ya de paso también que se jodan esas putas sanguijuelas de Dublín - luego cambió de tercio - ¡Bueno, dejémonos de monsergas y vamos a lo que realmente importa! Toma Ethan.

Con un gesto rápido y disimulado le tendió un pequeño sobre, Ethan se lo guardó en el bolsillo de su raída chaqueta.

- Ahí van dos mil quinientos créditos en bonos de la Alianza - susurró -. No me jodas y escóndelos bien, no vaya a ser que te los levanten. Me ha costado mucho más de lo que imagináis reunirlos, pero no ha habido otro remedio, a causa de las falsificaciones esa gente no acepta libras convertibles. Ya sabéis - esbozó una medio sonrisa -, es la moneda de los primos.

- De acuerdo Louis, no te preocupes - respondió el mayor de los hermanos -.

-Si la jugada sale bien sacaremos al menos cinco veces más - dijo el pelirrojo en tono confidencial -. Habrá que repartir, pero si lo hacemos bien podremos embarcarnos en operaciones de más envergadura. Los de Watford verán que tratan con profesionales. Aunque ahora no vaya a ser demasiado dinero miradlo como un primer paso.

- Eso ya lo sabemos tío - cortó Samuel riendo -, no nos calientes la oreja con otro de tus discursitos de mierda, ¡ni que hubiéramos nacido ayer!

- ¡No me jodas Samie! ¿De buena mañana y ya tocándome las pelotas?

Al momento ambos empezaron a fingir que peleaban. Era típico de ellos, Louis cogía a Samuel por el cuello y hacía como si diera ganchos de derechas, éste por su parte le castigaba los riñones mientras forcejeaba. Así podían estar durante varios minutos riendo y haciendo el tonto mientras Ethan los contemplaba pensando que se comportaban como críos.

- ¡Vamos tío, suéltame de una puta vez joder! - terminó diciendo Samuel un tanto cansado ya, Louis era más grande y corpulento que él y eso se notaba -.

- Bueno, espero que esto te sirva de lección - respondió éste jadeando ligeramente, después se dirigió a Ethan -. Será mejor que muevas el culo, nunca se puede saber si las líneas hasta Watford van a estar en servicio o no.

- Es posible que los soldados no dejen pasar a nadie, últimamente suele ser así.

- ¡Razón de más para que te largues ya! - le gruñó Louis para luego añadir -. Bueno, yo también me tengo que ir para ocuparme de otros asuntos. Es algo que ya os contaré, primero aseguraos de haced bien esto. Y tú Samie no olvides pasarte por el antiguo estadio del Arsenal. De hoy no puede pasar, ¿vale? Ya nos veremos si eso esta noche en el local de Charlotte, ¡hasta luego!

Y diciendo esto salió disparado como alma que lleva el diablo. En cuestión de segundos había desaparecido por entre el gentío que discurría por lo que una vez fue Plaistow Road, infinidad de almas errantes de aspecto miserable que parecían más muertas que vivas. Ahora Ethan y Samuel se habían quedado a solas, mirándose el uno al otro como no sabiendo quién debía hablar primero. Finalmente fue Ethan el que dijo:

- ¿Dónde estabas? Me he despertado y he dado una vuelta por el bloque, pero no te he visto.

- No podía dormir - repuso Samuel con voz queda -. A veces paseando por las calles de madrugada me siento mejor, no hay demasiada gente. Sólo las patrullas de mantenimiento y los rateros de siempre, aunque ahora al menos saben para quién trabajo y no se atreven a tocarme. Me he acordado de que habías quedado con Louis aquí, por eso me he pasado a ver qué tal.

- Tengo un problema bastante grande, Sam - se atrevió a decirle su hermano, pues no podía confiar en otra persona -. Menos mal que has aparecido.

- ¿De qué se trata hermanito? - preguntó Samuel, que siempre solía llamarle así a pesar de que él era el menor. Ya presuponía que tendría que solucionarle una vez más la papeleta de una forma u otra -.

- He perdido el puto papel donde había apuntado la dirección, el nombre del tío de Watford y todo eso - reconoció Ethan -. Tuve que dejarlo en algún lugar, pero lo he buscado por todas partes y no está. He mirado incluso en las habitaciones que ocupan los otros, pero ya sabes que aquello es una maldita pocilga donde es imposible encontrar nada ¡Estaba seguro de que lo tenía, joder, pero ahora no consigo recordar lo que había escrito!

- ¡Maldita sea Ethan! - escupió Samuel visiblemente irritado -. Siempre estamos en las mismas, ¿es que nunca puedes hacer nada bien, joder? No creo que fuera tan difícil, yo mismo vi como lo apuntabas todo en un papel bien grande. Y eso que primero perdiste el que Louis te había dado y tuviste que volver a preguntárselo ¡Si no te pusieras tan ciego siempre que paras por el local de Charlotte!

- ¡Oh vamos Sam, no… no creo que eso tenga nada que ver! Ha sido… ha sido cosa de puta mala suerte y…

Entonces su hermano le clavó una mirada incendiaria e inquirió:

- ¿Te metiste algo anoche?

- ¿Po… por qué dices eso? ¿Es que no confías en mí? Yo no…

- ¿Te metiste algo Ethan? - volvió a rugir Samuel - ¡Vamos contesta!

- Sabes… sabes que estoy limpio desde hace más de medio año ¡Lo sabes, joder! Sólo bebí un poco más de la cuenta, lo reconozco, pero tampoco perdí el control - hizo una breve pausa y adoptó un gesto lastimero -. Vamos Sam, sería incapaz de mentirte. No me metí nada anoche, lo juro, lo único que pasa es que la bebida que sirve esa condenada Charlotte parece más disolvente que otra cosa.

- Razón de más para no tomarla.

Ethan continuaba poniendo esa cara de cachorro desvalido que otras veces había dado resultado. Su hermano sabía que sin su protección estaría perdido, más bien parecía que nunca hubiera dejado de ser un niño.

- De verdad te prometo que nadie desea más que yo que este trabajo salga bien - manifestó -. Sé que puedo aportar algo, que soy capaz de llevar a cabo encargos importantes. No voy a pasarme el resto de la vida siendo el chico de los recados, al que sólo le dan las tareas más simples y peor pagadas porque nadie confía en él.

- ¿Y qué esperas, eh? - le increpó Samuel mirándole con dureza -. Esto debo arreglarlo yo otra vez, ¿no?

Una vez más aquella expresión de desamparo y un silencio que denotaba impotencia. Ya era la enésima vez que pasaban por algo así, era posible que Samuel se acabara hartando algún día de él.

- Yo…, yo Sam, no sé. Lo… lo siento, yo quería hacer… yo pensaba…

- ¡Está bien, está bien, no pienses nada! - lo cortó éste - ¿Estás seguro de que has mirado en todas partes? - Ethan asintió con la cabeza -. De todas formas da igual, no podemos regresar al bloque, perderíamos mucho tiempo buscando el maldito papel y se haría demasiado tarde. Por fortuna yo me acuerdo del nombre del tipo, se llamaba Anderson, y creo que podré encontrar el lugar. Si me doy prisa no se largará y podremos hacer el intercambio.

- ¿Estas… estás queriendo decir que vas a ir tú en mi lugar? - logró preguntar Ethan un tanto incrédulo -.

- ¿Acaso se te ocurre una idea mejor? - inquirió Sam -. Tú no conoces la zona, aquello es un puto laberinto. Yo me moví bastante por allí el año pasado y me podrá costar más o menos, pero sabré llegar al punto de encuentro.

- Me siento muy mal por esto, no sé qué decir - dijo Ethan apesadumbrado -. Siempre tienes que ser tú el que lo arregle todo, soy un maldito inútil.

- ¡Oh vamos hermanito! - trató de consolarle Samuel, su enfado inicial se había ido tan rápido como había venido -. Ya sabes que sólo nos tenemos el uno al otro, ¿para qué están los hermanos? Anda, dame el sobre sin que se note mucho, yo iré hasta allí y traeré la mercancía. Lo más importante de todo es que Louis no se entere de nada, puede que yo le caiga muy bien, pero si la cagamos nos joderá a los dos por igual.

- ¿Y qué coño haré yo? ¿Quedarme plantado sin mover un dedo mientras tú te ocupas de todo? - entregó a su hermano el dinero de Louis -.

- Puedes ocuparte de lo que tenía que hacer yo, ¿qué te parece? Al menos sabes llegar hasta el estadio del Arsenal y ya conoces al tío, hemos tratado con él otras veces. Dile que ha habido un pequeño cambio de planes y que tú vas a ser el encargado de lo del alquiler del local. Es algo bastante sencillo, ¿sabrás hacerlo?

- Cla… claro que si Sam - dijo Ethan, no podía negarse a hacer aquello -. Dalo por hecho ¿En qué parte del estadio habías quedado?

Samuel sonrió como siempre solía hacer y acto seguido cogió cariñosamente a su hermano por el cogote y lo zarandeó diciendo:

- ¡Ay hermanito, hermanito, siempre tan despistado! Dentro de un par de horas en lo que llaman el museo, ya sabes, los descampados donde siempre montan los puestos para hacer trueques. Verás a ese tío junto a uno de esos monumentos a los héroes del Sitio de Londres. Cuando hables con él hazle saber que toda la operación se hará con bonos de la Alianza, nada de libras convertibles, ¿entendido? Louis no quiere oír hablar de ellas en este caso. Y que ese cabrón no trate de subir el precio, a lo mejor intenta presionarte, pero dile que no estamos dispuestos a pagar más de cuatrocientos. Ya sabes que nos movemos en unos márgenes muy pequeños y cualquier metedura de pata nos la descontarán de nuestra parte ¿Te ha quedado claro?

- Como el agua. No te fallaré en esto Sam, te lo prometo.

- Dentro de poco vamos a tener un buen fajo en el bolsillo para poder pasarlo a lo grande - dijo Samuel dándole un codazo a su hermano con aire confidencial - ¡Ya lo verás!, los malos tiempos no van a volver, esta vez no, y tú y yo volaremos lejos de este maldito lugar.

Un trueno lejano retumbó haciéndose oír por encima del natural barullo de la ciudad, muchos transeúntes pararon en seco y miraron al cielo con preocupación. Los dos hermanos hicieron lo mismo y se quedaron callados durante unos segundos.

- Algún día toda esta puta mierda acabará - dijo al fin Samuel, esta vez estaba muy serio -. Acabará al menos para nosotros, por eso debemos arriesgarnos ahora trabajando para Louis. No nos queda otra, es la mejor forma de conseguir la mayor cantidad de dinero posible en poco tiempo.

- Lo sé Sam - respondió Ethan -. Será mejor que cada uno vaya donde tiene que ir ¿Estás seguro de que quieres hacer lo de Watford?

- No te preocupes hermanito, me las arreglaré - anunció éste -. Cuando tengamos la pasta seremos otros muy distintos, compraremos unos buenos trajes para lucirnos. Y entonces podremos quedar con esas dos gemelas tan cachondas, ¿te acuerdas de ellas Ethan? Roxanne y Annie se llamaban, no estaban nada mal, ¿eh?

Exhibiendo una sonrisa pícara Samuel le dio una palmada en la espalda a su hermano, él le devolvió la sonrisa más tímidamente.

- Sí, eso estará bien - replicó Ethan algo más animado -.

- ¡Estará mejor que bien! ¿Cuánto hace que no echas un buen polvo, eh? Esas dos se van a derretir, te lo digo yo. Nos montaremos una juerga como hace mucho tiempo que no nos la montamos.

Los dos se quedaron mirándose el uno al otro durante unos instantes, sonreían en un gesto de complicidad que sólo ellos tenían, que sólo ellos entendían. Toda una vida juntos había servido para que sus mentes conectaran de aquella manera. A pesar de todo Ethan no se sentía del todo bien, una vez más tenía que confiar en que su hermano solucionara lo que él no había podido hacer. Algún día todo aquello tenía que cambiar.

- Bueno, cada uno a su rollo - dijo al fin Samuel para despedirse -. Voy a ver si los jodidos cabezas cuadradas no han vuelto hacer de las suyas y encuentro una línea hasta Watford.

- Vale Sam, yo me dirigiré hacia el estadio - replicó Ethan -. Tengo tiempo, iré caminando.

- Hasta luego hermanito, cuídate, ¿vale? Nos veremos esta noche en el local de Charlotte como siempre. Y no te preocupes, todo saldrá bien.

- Sí, nos veremos esta noche. Hasta luego Sam.

Acto seguido Samuel se giró y embocó las sucias y deterioradas escaleras que descendían al paso inferior de Plaistow, una construcción supuestamente provisional que había sido levantada justo al lado de las ruinas del edificio de la estación antigua. En ese momento una sensación extraña embargó a Ethan, un estremecimiento, una repentina descarga de angustia que sacudió su corazón.

- ¡Sam! - gritó sin saber muy bien por qué -.

- ¿Qué quieres? - su hermano se detuvo a medio descender de las escaleras volviéndose hacia él -.

Un silencio enrarecido reinó mientras las miradas de ambos se cruzaban, finalmente Ethan dijo:

- No es nada, sólo una tontería. Ya hablaremos después.

- ¡De acuerdo tío! - y Samuel desapareció al fin dejando a su hermano con una extraña duda rondando en la cabeza -.

***

No había pasado ni una hora desde la separación en Plaistow cuando, una vez más, las alarmas de bombardeo resonaron por todo el ruinoso paisaje de Londres. Previamente la perturbación electromagnética descendió sobre la ciudad trayendo consigo voces siniestras que cabalgaban en el aire, voces de desesperación y muerte que acompañaban a las aterradoras descargas que golpeaban sin compasión. Era sin duda un espectáculo aterrador destinado a atormentar a la población, pero ésta había crecido con él y ya estaba acostumbrada. La gente había aprendido a reaccionar de manera casi instintiva, buscaban refugio allí donde podían y aguardaban, un día más, a que la desgracia se llevara a cualquier otro. Sencillamente no podían hacer otra cosa.

Finalmente el ataque se produjo hacia el mediodía y, como venía siendo habitual últimamente, no fue especialmente intenso. Sólo una dispersa lluvia de cargas que se prolongó casi hasta el anochecer. Los estallidos se sucedían a intervalos de unos pocos minutos y sonaban aleatoriamente en puntos normalmente alejados unos de otros. Al caer el día el paisaje estaba salpicado por columnas de humo ascendiendo hacia la eterna negrura del cielo y decenas de incendios, nada que ningún londinense de la época no hubiera visto ya, y la amenaza se marchó sin más, tal y como hacía siempre. El Enemigo no malgastaría energía y recursos en aniquilar a una masa de miserables, tan sólo quería demostrar que seguía estando ahí, sobre sus cabezas y controlando su destino.

Pero para Ethan aquel ataque iba a ser distinto a todos los demás. Esa noche, conforme la situación se fue tranquilizando, acudió al local de Charlotte para reunirse con su hermano y Louis tal y como estaba previsto. Pero Samuel no apareció, tampoco al día siguiente, ni al otro ni ninguno de los restantes de la semana. No era la primera vez que permanecían separados durante varios días, pero que no diera la más mínima señal de vida y, peor aún, que nadie conocido supiera de él, resultaba muy preocupante, incluso alarmante. Poco a poco un pavor primitivo y ciego se fue apoderando del ánimo de Ethan, casi como si de un parásito se tratase, consumiéndolo por dentro a medida que los días iban cayendo sin noticias de Samuel. Muchos le decían para tranquilizarle que esas cosas eran normales, en aquellos tiempos era frecuente que se le perdiera la pista a alguien durante semanas e incluso meses, la Guerra y las condiciones que había generado dificultaban a veces el poder establecer contacto cuando surgían determinados imprevistos. Pero en el fondo de su corazón Ethan supo casi desde el principio que aquel no era el caso.

Tal vez pasaran diez o doce días desde aquella lluvia ciega cuando una mañana Nancy, su madre, apareció junto a un desconocido en el portal del edificio de la calle Stock donde los dos hermanos solían encontrar refugio. Al toparse con ella Ethan comprobó que ofrecía la misma imagen deplorable que de costumbre, aquella que delataba a los adictos a la base. No obstante lo que lo turbó no fue su inesperada visita, probablemente hacía más de un año que no se veían, sino el aspecto de su acompañante. Resultaba evidente que no se trataba de otro de esos despojos humanos, tipejos a los que ella se entregaba sólo para obtener sus dosis. Aquel hombre llevaba un sobrio traje gris, viejo pero bien cuidado, y por su fría y medida actitud daba la impresión de ser un funcionario del gobierno. No era frecuente ver demasiados por allí. Además llevaba una UP en la mano.

- ¿Es usted el señor Ethan Sutton? - preguntó aquel hombre, su madre lo miraba sin decir nada -.

- Si… sí señor - afirmó él, sabía que la presencia de aquel desconocido y de su madre allí no presagiaba nada bueno - ¿Qué ocurre?

- Mi nombre es Roy Finnegan, soy inspector de la agencia gubernamental para daños de guerra - se presentó con frialdad -. Debo pedirle si es tan amable que identifique a través de una fotografía un cadáver. Me puse ayer en contacto con su madre, la señora Spencer - ahora ella había retomado su apellido de soltera -, para que lo identificara. Sin embargo ella ha preferido que le buscáramos a usted para que lo haga. Lo puedo entender, tenemos razones fundadas para creer que es su hermano Samuel.

De repente un abismo se abrió ante Ethan. Estaba paralizado, aquello que más temía, que más lo horrorizaba, se había hecho realidad ¿Cómo podría seguir adelante en la vida sin Samuel?

- ¿No… no han podido identificarlo ustedes? - alcanzó a preguntar -.

- El sujeto en cuestión no llevaba identificación alguna - explicó el inspector Finnegan -. Tomamos una muestra de ADN del cuerpo y la cotejamos con nuestras bases de datos, el resultado nos dio la identidad de Samuel Sutton. Pero, como imaginarán, nuestros sistemas de identificación se encuentran bastante limitados y existe cierto margen de error. Por eso debemos contactar con familiares y amigos para proceder a la identificación visual que se considera la más fiable. Lo lamento, pero siguiendo los procedimientos sanitarios el cuerpo que aparece en la fotografía fue incinerado a las pocas horas de su recuperación, dadas las circunstancias nos vemos obligados a ello.

El inspector operó rápidamente con su lápiz táctil sobre la pantalla de la UP y, acto seguido, se la tendió a Ethan. Éste tomó en sus manos temblorosas aquel objeto plano y liviano y, tratando de mantener la compostura, miró la fotografía que en él se mostraba. Al centrar su atención en ella el abismo terminó de abrirse definitivamente, el rostro hinchado, ensangrentado e inerte que se mostraba en la pantalla era el de Samuel, no había duda alguna. Su hermano estaba muerto. Sintiendo que su cuerpo estaba más frío que nunca, que su consciencia estaba a punto de desvanecerse en medio del repentino torbellino que se había apoderado de su cabeza, Ethan le devolvió la UP al inspector asintiendo levemente pero sin ser capaz de decir una palabra. No eran necesarias más confirmaciones.

- Lo siento mucho - anunció Finnegan con calculado tono de pésame -. Aunque no creo que les sirva de ayuda, imagino que les gustaría saber que el señor Samuel Sutton se encontraba en la zona de los campos de refugiados de Watford en el momento de su muerte. Un bólido solitario de gran potencia cayó allí a primera hora de la tarde. Hubo muchas víctimas, ya saben, los campos son áreas densamente pobladas. A pesar de todo han sido relativamente afortunados, tenemos una identificación positiva y se puede dar por concluido el procedimiento. Él se encontraba un tanto alejado del lugar del impacto, lo mató la onda expansiva, de haber estado mucho más cerca no hubiera quedado gran cosa que identificar. Es lo que ha sucedido con los restos de al menos otras doscientas personas.

El funcionario del traje gris decía que habían sido afortunados, al menos la incertidumbre dejaría de consumirles porque ya sabían lo que había sucedido. Sí, por fin Ethan lo sabía, y un tipo de angustia daría paso a otro muy diferente. “¡Estúpido, estúpido, estúpido, puto retrasado de mierda! Deberías haber ido tú, deberías haber sido tú el que cayera. Ahora Samuel está muerto y es culpa tuya”; esas palabras resonaban una y otra vez en su cabeza, carcomiéndole por dentro.

- Discúlpenme señores, debo marcharme - el inspector rompió una vez más el denso silencio reinante -. Créanme que lo lamento de veras, las noticias que estoy obligado a dar son aquellas que nadie quiere escuchar. Tengo más trabajo que hacer esta mañana, que tengan suerte. Buenos días.

Diciendo esto dio media vuelta y se marchó caminando pausadamente. Puede que el gobierno de la época, refugiado en Dublín como el resto de aliados europeos, hubiera abandonado a su suerte a la mayoría de los habitantes de Gran Bretaña. No obstante todavía concedía gran importancia a gestos como aquellos, en cierto sentido inútiles, para demostrar que seguía estando presente. De esta manera cientos, tal vez miles, de grises funcionarios como Finnegan recorrían el país llevando a cabo su lúgubre labor. Informaban de las pérdidas puesto que no podían evitarlas.

Ethan y su madre se quedaron solos uno frente al otro, callados y sin tan siquiera mirarse durante no se sabe cuánto tiempo. Ella mantenía un semblante inexpresivo, como si permaneciera en estado catatónico, como si todavía no fuera consciente de lo sucedido.

- ¿Cómo has logrado dar conmigo? - quiso saber Ethan al cabo. Como si aquello fuera lo más importante en esos momentos -.

A lo que la apagada voz de Nancy respondió con otra pregunta:

- ¿Qué hacía en Watford?

Entonces Ethan se lo contó todo, quizá no era lo más conveniente, pero al fin y al cabo era su madre y tenía el derecho a conocer la verdad. Así pudo descargarse, expulsar toda la rabia que tenía dentro, todos los sentimientos de culpabilidad y toda la frustración. Mientras él confesaba su madre apenas sí varió la expresión ¿No sentía nada al respecto? O tal vez la base la había insensibilizado hasta tal punto que ya era incapaz de sentir. Nadie imaginaría que la procesión iba por dentro.

Él era incapaz de recordar con claridad cómo se había llegado a aquella situación. Hubo un tiempo en que Nancy fue seguramente como debían de ser la mayoría de las madres, cariñosa, entregada al cuidado de sus hijos, siempre atenta y protectora. Si, Ethan apenas recordaba esa época, como apenas recordaba a Craig, su padre. A pesar de las enormes dificultades sabía que por aquel entonces llegaron a ser felices, una familia completa. Él sólo era un crío y Samuel un avispado retaco que apenas sí levantaba unos palmos del suelo. Pero la temprana desaparición de su padre supuso el inicio del descenso a los infiernos. Mamá dejó de ser mamá y se convirtió en Nancy, una sombra enfermiza y degenerada de lo que una vez fue. Aquella droga de consumo habitual en aquellos años, un variopinto cóctel de productos de fabricación casera conocido vulgarmente como base, podía tener parte de la culpa. Pero como a menudo suele suceder el mal ya estaba dentro antes de que un veneno externo lo amplificara. Ethan temía a ese fantasma más que a cualquier otra cosa, lo temía porque ya se había deslizado por la misma peligrosa pendiente. Él era como su madre y Samuel había sido como su padre. Si le retiraban aquel apoyo fundamental tal vez no lograra ponerse en pie nunca más.

Y viendo el proceso de autodestrucción en Nancy veía su propio futuro. Ambos lo sabían y se separaron sin más, sin apenas mantener una conversación. No hubo llantos, ni abrazos y mucho menos palabras de consuelo. Cada uno sabía muy bien dónde encontraría refugio para su dolor.

***

Tal vez a causa de esa sensación de deriva y confusión, de no saber muy bien qué esperar del futuro, Ethan fue en busca de su madre días más tarde. Engañándose a sí mismo quiso creer que no sabía por qué estaba haciendo aquello, pero en el fondo sus motivos estaban bien claros.

Nancy solía deambular por Beckton, una antigua barriada próxima a las inmundas y extensísimas explanadas donde antes se habían ubicado los antiguos muelles Victoria, Albert y King George junto al aeropuerto de Londres. El aeropuerto tampoco existía, como todo lo demás el Enemigo lo destruyó mucho tiempo atrás y las aguas de los muelles habían sido cegadas con sedimentos dragados del curso bajo del Támesis. Aquel lugar era ahora otro sucio agujero más de la ciudad donde malvivían toda clase de desheredados en cientos, incluso miles, de chabolas junto a la basura, las ratas y los perros y gatos callejeros. Allí se ubicaba también el gran mercado de Canning Town, en esos tiempos el mayor centro de trueque y compra-venta clandestina de todo Londres. La práctica totalidad de las transacciones que allí se realizaban eran ilegales, pero las autoridades carecían de la capacidad de acabar con dicha actividad, por lo que toleraban su existencia ya que además contribuía a la supervivencia de la población. Como en Canning Town se podía encontrar prácticamente de todo si podías pagarlo o tenías algo de valor con lo que intercambiarlo, sexo y drogas inclusive, era frecuente que Nancy se dejara ver por allí.

No obstante el mercado era inmenso y contaba con innumerables puestos alrededor de los cuales se arremolinaba una apretada, sucia y vociferante multitud. A Ethan le costó toda una mañana dar con alguien que supiera decirle dónde encontrar a su madre. Finalmente dio con el lugar, un edificio parcialmente derruido cuyos bajos se habían convertido en refugio de todo tipo de chusma. Pequeños pilluelos con aspecto de no haber tomado un baño en su vida correteaban por el interior en una incesante búsqueda, no dudaban en robar si alguien andaba despistado, razón por la cual los adultos los alejaban de un puntapié al verlos venir. Ethan estaba por otras cosas y, tras deambular por aquel lugar inmundo registrándolo de punta a punta, logró encontrar a Nancy en el interior de un pequeño habitáculo delimitado por placas de cartón-yeso que parecían a punto de deshacerse.

El sitio estaba atestado de basura, apestaba y, como flotando en toda esa inmundicia, un mugriento colchón constituía casi el único mobiliario. En él parecía descansar su madre, o más bien lo que quedaba de ella. Resultaba obvio que había pasado los últimos días fumando base sin descanso, la forma más segura de colocarse ya que encontrar jeringuillas que no estuvieran infectadas era por entonces tarea casi imposible. En ese estado difícilmente reconocería a nadie, pero además no estaba sola. Un sujeto sucio y de mirada torva permanecía a su lado, apenas vestido con unos cuantos harapos su aspecto era casi infrahumano y resultaba complicado estimar la edad que tendría. Como Nancy tampoco llevaba gran cosa encima no hacía falta ser un genio para adivinar lo que había estado haciendo con ella, pues a la hora de conseguir base cualquier cosa resultaba admisible. La irrupción de Ethan tal vez le había aguado la fiesta. Un tipejo como aquel únicamente podía aliviarse con yonquis a cambio de la pertinente dosis y, naturalmente, aquella interrupción no le hizo la menor gracia.

- ¿Qué coño quieres? - graznó agresivamente al ver aparecer a Ethan -.

- Soy Ethan, el hijo de Nancy. Me gustaría hablar un momento con mi madre.

El sujeto se aproximó a él y le sostuvo la mirada durante unos segundos, al momento avanzó hasta ponerse a su lado. Su hedor se elevaba incluso por encima de la pestilencia del ambiente.

- Cuando vuelva no quiero verte por aquí, ¿entendido? - dijo amenazante con su cara pegada a la de Ethan -.

Al cabo se largó sin más dejándole a solas con la narcotizada Nancy. Después de un rato ella volvió parcialmente en sí y se percató de que tenía visita, incorporándose dificultosamente y tratando de cubrirse en un mínimo gesto de pudor. Su aspecto era incluso peor que cuando les notificaron la muerte de Samuel.

- ¿Po… por qué has venido? - logró decir cuando descubrió que el que estaba allí era su hijo -.

- ¿Quién es ese que estaba aquí? - quiso saber él -.

- S, se… se llama Graham, Gregor o… ¿qué coño importa? - masculló ella en tono despectivo -.

- No importa nada Nancy - desde hacía tiempo Ethan la llamaba por su nombre de pila -, es como si todos esos tíos fueran el mismo.

- ¡Déjate de rollos y dime por qué cojones estás aquí! - escupió su madre con cierta furia al tiempo que lograba ponerse en pie con gran dificultad -.

- He venido a ver si tienes algo - repuso él -.

- ¿Algo de qué?

Ethan volvió a echar un vistazo todo alrededor, encontrando evidentes signos de consumo. Luego dijo:

- Sabes muy bien qué he venido a buscar.

- Me pareció oír por ahí que lo habías dejado - replicó Nancy -.

- Es cierto, pero ahora todo es distinto. Ahora ya nada importa y por eso lo necesito. Tengo cupones de comida, se pueden intercambiar por pan de molde, conservas o leche en polvo. Son tuyos si los quieres.

Ella permaneció en silencio durante un buen rato, todavía se la veía bastante desubicada. Al final dijo con voz áspera:

- No tengo nada para ti. Si tanto deseas volver a pillar vete a Canning Town, allí tus malditos cupones resultan más valiosos que un gramo de mierda.

Aquel escatológico apelativo era uno de los muchos sinónimos que se empleaban para referirse a la base. Nancy estaba en lo cierto, en el mercado él podría haber intercambiado sus cupones alimentarios por una cantidad apreciable de droga, siempre y cuando no se los hubiesen quitado previamente. Sin embargo no fue el temor a un robo lo que lo dejó allí plantado, mirando fijamente a lo que quedaba de su progenitora con gesto de desolación.

- No sabes lo que quieres Ethan - masculló ella al fin -. Lárgate de una vez.

- ¿Cómo hemos llegado a esto? - pareció reflexionar él - ¿Qué nos ha pasado?

- Lo mismo que a otros muchos, vivimos en un mundo de mierda y cada uno ha de buscarse su propio agujero. Cuando lo encuentras te acurrucas en él y te dejas llevar hasta que llegue tu hora - y después de este consejo gratuito concluyó -. Te repito que aquí no hay nada para ti, mamá y su hijito ya han charlado bastante, así que esfúmate y no des más por el culo.

- ¿Eso es todo? - replicó Ethan con rabia contenida -. Confieso que después de lo que ha pasado esperaba algo más de ti, pero he sido un iluso al imaginar que reaccionarías. Daría lo que fuera por comenzar de cero otra vez, por darnos una nueva oportunidad.

- Darías lo que fuera, darías lo que fuera, ¡bah! - la mirada de su madre se perdía mirando a un lado y a otro buscando vete tú a saber qué mientras se dirigía a él con dureza - ¡Ya no puedes arreglarlo Ethan!, además, ¿qué pinto yo en todo esto?

- ¡Eras su madre, maldita sea! - gritó él en un estallido de furia - ¿Cómo que qué pintas tú? Tuvimos que arreglárnoslas solos desde que éramos unos mocosos, un buen día tú desapareciste de nuestras vidas sin más y no tuvimos más remedio que aprender a sobrevivir por nuestra cuenta ¿Cuántas veces vamos a tener que seguir hablando de esto, hasta cuándo Nancy, hasta cuándo? Ya has perdido a un hijo y parece que no te importe lo más mínimo perder al único que te queda. Yo al menos soy consciente de mis errores.

- ¡Déjame en paz desgraciado! - rugió Nancy arrojándole a Ethan una lata vacía recogida del suelo de aquella pocilga, al momento apretó sus sucios dientes furiosa mientras emitía un sonido que casi parecía un gruñido. Luego prosiguió - ¿Quién coño te has creído que eres, eh? ¿Piensas que puedes aparecer por aquí y soltarme todo ese discursito sin más como si pretendieras juzgarme? Si quieres juzgar empieza por ti mismo, estás tan al cuello de mierda como yo.

- ¡Ya lo hago Nancy, ya lo hago! Ni tan siquiera sé muy bien por qué he venido. Sin Sam me siento… me siento tan perdido.

- Siempre has sido igual Ethan, nunca cambiarás - cargó de nuevo su madre -. Siempre lloriqueando, siempre lamentándote por las oportunidades perdidas, por lo que pudo ser y no fue ¡A la sombra de tu hermano menor! Sin él no hubieras llegado a ninguna parte, sin él tus despojos hace tiempo que estarían pudriéndose en cualquier montón de basura de esta puta ciudad. Yo al menos sé de qué va todo esto y he decidido terminar mi vida como yo quiero.

- Si tus planes pasan por acabar así - Ethan contempló una vez más aquel nauseabundo agujero -, es algo mucho más triste de lo que pensaba.

- ¡Ja, como si tú vivieras en un maldito palacio! - se mofó Nancy -.

Después de la repentina descarga de adrenalina todo había pasado, quedando únicamente un negro pozo de desesperación. Sabía que su madre tenía razón, él nunca había sido nada, tan sólo se había limitado a dejarse llevar por Samuel. Fue él quien los sacó adelante a los dos. Ethan quería pensar que también había hecho su contribución, pero en el fondo comprendía que sin el apoyo de su hermano ni siquiera hubiera logrado lo más mínimo, era ese apoyo el que siempre le había dado fuerzas y coraje. Ahora esas muletas habían desaparecido, se las habían arrebatado de repente y se sentía más tullido que nunca.

- ¡Lárgate de aquí, márchate ya! - escupió ella en tono aún más despectivo -. Déjame en paz, no necesito lecciones de nadie. Menos aún de alguien que es menos que nadie.

No supo por qué pero aquello le dolió especialmente. Quería creer que, muy en el fondo, su madre aún seguía queriéndole y que todo aquello sólo lo había dicho por el dolor y la rabia que la desgarraban por dentro, por ese sentimiento de pérdida que únicamente el consumo de base podía aliviar en parte.

- Creo que me he equivocado al venir aquí - reconoció al fin -. Tranquila Nancy, nunca volveré a molestarte ni a pedirte nada.

- ¡Sí eso, desaparece! Deberías haber sido tú el que cayera en Watford, ¿sabes? Hubiese sido mejor así, al menos con Samuel las cosas podrían haber cambiado. Pero ahora ya no queda nada, las oportunidades se acabaron.

- Lamento ser ese hijo que hubieses preferido ver muerto - la voz de Ethan era ahora dura, amarga -. Adiós Nancy, que tengas suerte.

Prefirió largarse de allí cuanto antes, poner tierra de por medio, eso lo sabía hacer mejor que nadie. Pero antes de perderse por entre los innumerables recovecos de aquella ruina aún alcanzó a oír como su madre gritaba:

- ¡Nada tiene sentido, nada tiene sentido! ¿Dónde coño está la mierda, joder?

En aquel momento Ethan reparó en que apenas sí había llorado a causa de la muerte de su hermano, incapaz de exteriorizar sus tormentosas emociones. Sentía que tenía ganas de llorar pero no le salían las lágrimas, se encontraba perdido, sin expectativas, sin saber a dónde ir o lo que hacer. Tal vez lo mejor fuera arrojarse al río y acabar con todo de una vez, pero ni tan siquiera tenía valor para eso. Tan solo deambuló y deambuló sin rumbo, tratando de olvidar la última y patética visión de su madre, tratando de contener el arrollador sentimiento de culpa que lo consumía. Samuel regresaba una y otra vez a sus pensamientos. Con él había muerto también una parte de Ethan, quizá la más importante de todas. Ahora sólo quedaba una fría carcasa vacía por dentro, restos de lo que podría haber sido un ser humano completo.

Y como él los restos de la ciudad todavía seguían ahí, después de innumerables ataques, después de los infinitos golpes recibidos. Londres subsistía como una mera sombra de su glorioso pasado, un pasado que ya nadie recordaba. Muchos decían que, en un tiempo anterior a la Guerra, aquella fue una metrópolis opulenta, dinámica, vibrante y orgullosa de sí misma. Ahora sólo quedaba un ruinoso fantasma habitado por una triste legión de figuras sin alma que ya no esperaban gran cosa. Una más vagando por lo que una vez fueron sus calles no importaba demasiado. De hecho ya nada importaba en aquella tierra maldita en la que nunca salía el sol.


2

La versión oficial cuenta que Ethan Sutton fue una persona íntegra, un buen chico como suele decirse, pero que realmente tuvo muy mala suerte durante la mayor parte de su vida. Perdió a toda su familia y, al caer en desgracia, terminó en manos de unos desalmados que desde el primer momento se aprovecharon de su vulnerabilidad y su buen corazón. Él jamás se hubiera metido en asuntos turbios, como tampoco deseaba terminar convertido en un ladrón o un criminal. Pero aquella gente lo embaucó, se hicieron pasar por sus amigos pues los conoció cuando Samuel todavía vivía y, mediante mentiras y falsas promesas, consiguieron arrastrarle a Edimburgo. Se ha dicho que Ethan nunca supo nada de los planes de Marcel Louis y su banda, que lo utilizaron haciéndole creer que viajaban hasta el frente para un trabajo por completo legal. Un pobre inocente destinado a cargar con todas las culpas llegado el momento. Así, cuando aquel chapucero intento de robo en los almacenes de la Cuarta División terminó en desastre, los demás pusieron pies en polvorosa dejando tirado al pobre Ethan, que por supuesto no tenía la menor idea de lo que se le venía encima. Si debía haber algún sacrificado en todo aquel asunto no podía ser otro más que él.

Así fue como comenzó todo según dicen o, más bien, según como nos lo han contado. A pesar de que Ethan se esforzó siempre por mostrar una actitud intachable en un mundo corrupto y degradado, fuerzas prácticamente irresistibles terminaban arrastrándole por el mal camino. No era culpa suya, tan solo las circunstancias de la época. Pero como todos los héroes han de encontrar al fin su recompensa, lo que en un principio parecía ser la mayor de las desgracias se convirtió en el punto de inicio de la gran aventura. Al fin y al cabo fue cosa del destino.

En realidad Ethan supo desde el principio de qué trataba exactamente el trabajo de Edimburgo. De hecho anduvo detrás de Louis durante semanas, suplicándole que lo incluyera en el grupo que viajaría hasta allí para perpetrar el gran golpe. Era la mayor oportunidad de su vida, la oportunidad que cualquier miserable que no tenía donde caerse muerto deseaba tener al alcance, pues cosas así rara vez se veían. Él no tenía ni idea de cerebros electrónicos para aplicaciones militares, ni mucho menos sabía cuál era su valor en el mercado negro, pero sí comprendía que participar en el robo de aquellos chismes le reportaría una suma de dinero con la que ni tan siquiera se había atrevido a soñar. Al menos eso era lo que decían. Si quedaba fuera de esto no merecía la pena seguir viviendo. Era algo así como el último tren que partía de la estación de la condena, si lo perdía ya no habría esperanza.

Sin embargo Louis tuvo muy claro desde el primer momento que no quería contar con Ethan para aquel trabajo. En realidad lo despreciaba, pues no veía en él más que a un torpe estúpido demasiado dado a intoxicarse con base o cualquier otra porquería que se pudiera encontrar en las calles de Londres. Alguien sin dignidad que incluso había llegado a rebajarse hasta extremos insospechados con tal de pagarse sus vicios. Tipos así los había a patadas y de entrada no los necesitaba para sus grandes planes. Si había tolerado a Ethan hasta ese momento era en cierto sentido para honrar el recuerdo de Samuel, que siempre le cayó bien y tenía un gran potencial. De haber vivido hubiera sido un buen socio en el que confiar, pero su patético hermano mayor en cambio sólo servía para tareas sencillas. A Louis le venía bien utilizarlo para ciertos recados, ya que lo tenía por un sujeto sin agallas y no especialmente avispado, razón por la cual sabía que nunca se atrevería a jugársela.

No, Ethan no entraba en los planes de Louis. Sin embargo una semana antes de partir para Edimburgo sus previsiones se vieron dramáticamente alteradas por un imprevisto catastrófico. El trabajo de aquella noche en los almacenes portuarios de Milwall era algo rutinario, ya lo habían hecho más de cien veces y nunca hubo complicaciones. Las patrullas de contención rara vez hacían acto de presencia en esa zona y mucho menos a esas horas, pero el caso es que en aquella ocasión sí lo hicieron. Tal vez alguien dio el chivatazo, tal vez sólo fue mala suerte, incluso se llegó a decir que aquello fue una trampa que los jefazos de la zona sur le tendieron a Louis, en respuesta a sus pretensiones de ir por libre para así controlar su propio territorio al otro lado del Támesis. Los motivos no importaron. Lo único que importó en ese instante fue que les pillaron con las manos en la masa y apenas quedó tiempo de reacción. Harold y Randall cayeron bajo los disparos de los soldados, que no dudaron ni un segundo a la hora de abrir fuego, Travis fue capturado y, en la confusión de la huida, el condenado Grabinsky desapareció y nunca más se supo de él.

De la noche a la mañana todo se había ido al carajo. Ahora el equipo de Louis había quedado reducido a tres personas incluyéndole a él, un número insuficiente para llevar a cabo el gran golpe en el frente. Necesitaban como mínimo a dos más si querían que aquello saliera bien. El trabajo no podía posponerse, pues el contacto que tenían en los almacenes de la Cuarta División en Edimburgo lo había dispuesto todo para la noche del dieciséis de octubre, fecha del antiguo calendario. El robo debía realizarse en ese momento o de lo contrario no habría otra oportunidad igual hasta el año siguiente y, como era de imaginar, nadie estaba dispuesto a esperar tanto. Sería como desaprovechar una oportunidad increíble y había demasiado en juego.

Por eso Louis adoptó medidas desesperadas. A menos de una semana para partir no había tiempo para buscar a gente experimentada en la que además se pudiera confiar. Tenía que tirar de lo que tuviera más a mano y, cómo no, ahí estaba Ethan arrastrándose tras él y suplicando formar parte de aquello. No era ni mucho menos la mejor opción, pero al menos sabía de su carácter sumiso, por lo que obedecería sin rechistar y no causaría excesivos problemas si se le encomendaba la parte más sencilla del trabajo. Además, si todo salía bien, podía darle una parte mínima de los beneficios, por no decir insignificante, y aquel pobre desgraciado estaría más que contento.

Así fue como Ethan terminó embarcado en todo aquello sin ser muy consciente de dónde se metía. El viaje había sido mucho más largo de lo que esperaba, pues en aquella época las infraestructuras del país estaban devastadas y el camino de Londres a Edimburgo, la frontera de la Guerra, presentaba numerosas complicaciones. A pesar de ello se sentía optimista por vez primera en mucho tiempo, su suerte parecía estar a punto de cambiar porque pensaba que participaba en algo grande, casi sentía que era alguien importante. Aun así los recuerdos de Samuel y el sentimiento de culpa no dejaban de atormentarle. Soñaba una y otra vez con aquel fatídico día que nunca debió llegar, con el rostro sonriente de su hermano despidiéndose en aquellas escaleras, con el espantoso momento en que le notificaron su muerte. Aquella noche no había sido una excepción y para colmo el sueño pareció ser más vívido, más real, que de costumbre. Tal vez era la excitación del momento.

- ¡Eh tú, capullo! - la voz cantarina de Fergie sonó detrás de Ethan - ¿Qué coño haces ahí encantado mirando esa mierda? Larguémonos ya de casa de estos putos viejos, Louis y los demás ya están junto a la cargo. Date prisa o te dejamos tirado.

- Vale, vale, perdona - se disculpó él -. Es que esta noche no he dormido bien porque he tenido problemas de vientre. He ido varias veces al baño y…

- ¿A quién cojones le importa que te vayas por la pata abajo? ¡Vamos joder!

Diciendo esto Fergie, un poco fiable mulato de ascendencia jamaicana, dio media vuelta y se apresuró a salir de la casa.

A decir verdad Ethan se había quedado ensimismado contemplando los retratos que había sobre la chimenea de la sala de estar del hogar de los ancianos Wallace. Fotos impresas, como las que se decía que la gente atesoraba mucho tiempo atrás, de rostros desconocidos posando en lugares igualmente desconocidos. Por lo visto algunas retrataban al hijo de aquellos dos viejecitos, fallecido hace años presumiblemente en combate. Otras no se sabía de quién eran, reliquias que los Wallace habían conservado como tesoros de un pasado lejano. Ethan nunca había visto nada igual, las fotografías sobre papel ya eran una auténtica rareza en aquella época y muy pocos las poseían. Aquellas en concreto mostraban un mundo muy distinto al que él conocía, posiblemente el que debió de existir antes de la Guerra y por eso lo cautivaron. En ese mundo gentes felices y despreocupadas disfrutaban de todo tipo de lujos, derrochaban y malgastaban como si no importara el mañana y desconocían por completo la escasez y la miseria que atenazarían a las generaciones posteriores. En algunas instantáneas se las veía retozar en playas paradisiacas que no parecían reales, en otras mostraban orgullosas flamantes casas y vehículos recién estrenados y aun en otras se entregaban a pantagruélicos banquetes donde se reunía más comida que toda la que Ethan había visto en su vida.

“¿Cómo era posible que las cosas hubiesen cambiado tanto?”, pensaba. Bien es verdad que aquellas increíbles fotos, bastante deterioradas y ya descoloridas, pudieron tomarse hace ya muchísimo tiempo. Era posible incluso que ni tan siquiera los abuelos de los, al parecer, octogenarios Wallace hubieran conocido esa época de infinita abundancia. Nadie lo sabía, pero daba la impresión que aquellas imágenes mostraban más bien la vida en otro planeta. No, sin lugar a dudas aquello no podía ser la Tierra.

- ¡Venga, maldita sea! - una irritada voz femenina resonaba procedente del exterior - ¡Vámonos antes de que los cabezas cuadradas vuelvan a cerrar los accesos a la ciudad!

Aquello era un claro aviso a Ethan, el rezagado del grupo. No quiso importunar más a los restantes miembros del equipo y salió presto de la casa para subirse a la cargo. La encantadora señora Wallace estaba también fuera para despedirles. Empujaba la silla de ruedas en la que iba su marido, que parecía más viejo incluso que ella, un hombre sombrío que apenas sí había abierto la boca desde que estaban allí.

- Que tengan un buen viaje - dijo la menuda ancianita, que para la ocasión se había ataviado un llamativo chándal color fucsia a buen seguro cortesía de anteriores huéspedes -. Y no desesperen, ya sé que el viaje desde el sur puede ser terrible, pero Edimburgo ya está a la vuelta de la esquina.

- Descuide señora y muchas gracias por todo - anunció Louis con fingida cortesía -. De no haber sido por su buen corazón no habríamos tenido más remedio que dormir una noche más en ese incómodo vehículo - señaló la cargo -. Ha sido todo un detalle por su parte que nos aceptara en su humilde hogar, nos ofreciera camas blandas, un baño y, sobre todo, que haya compartido su escasa comida con nosotros. Lamento muchísimo no poder compensar esta infinita muestra de hospitalidad, pero como ya dije ayer son tiempos de gran necesidad y apenas sí poseemos más que lo que llevamos puesto.

- ¡Oh por Dios no es necesario que me den nada! - repuso la señora Wallace -. Ustedes los brigadistas ya hacen bastante, son casi lo único que nos separa de la barbarie. Mi Henry y yo siempre tendremos la puerta abierta para todo aquel miembro del servicio que no encuentre cobijo por los alrededores. No es lugar este en el que la vida resulte sencilla, ¿saben ustedes?

- Razón de más para que, de parte mía y de mi grupo, mostremos nuestro más sincero agradecimiento así como un profundo sentimiento de admiración hacia ustedes - Louis se deshacía en falsos elogios y al final aquel discursito de despedida quedó excesivamente forzado -. Sólo unos auténticos héroes se atreverían a resistir fijando su residencia aquí, tan cerca de la amenaza del Enemigo.

- ¡Oh vamos tío, no te pases o al final la vieja se va a dar cuenta! - mascullaba Donna en voz baja desde el asiento del conductor en el interior de la cargo. Ella era la única mujer del grupo aunque, por su aspecto y maneras, más bien parecía un muchacho menudo y delgado que no hubiera cumplido los veinte -.

- Bueno, bueno, no sea usted tan adulador - sonreía la anciana con timidez repentina, pues parecía un tanto emocionada al tiempo que avergonzada por las palabras de Louis -. Márchense ya, no vaya a ser que luego tengan complicaciones.

- Eso, vayámonos - apremió Donna esta vez en voz más alta -.

Finalmente partieron enfilando el descuidado camino que moría en la vivienda de los Wallace. La anciana, empujando siempre la silla con su en apariencia inerte marido, se adelantó para despedir brazo en alto a los que ella consideraba unos valientes voluntarios que marchaban en pos de un abnegado servicio a la patria. La casa se fue alejando progresivamente, una vetusta y maltrecha construcción en medio de un paisaje inverosímil. Su mera existencia resultaba surrealista, allí junto a uno de los muchos baluartes del ejército en la retaguardia, un agujero infecto rodeado de desolación que al parecer se llamaba Gorebridge. Qué importaba, aquel anciano matrimonio vivía al borde del abismo como si nada y había logrado subsistir gracias a la caridad de los integrantes de las Brigadas de Salvación destinados al norte y seguramente también de algunos militares. Los Wallace eran el último y sorprendente residuo de una población que tiempo atrás habitó aquellas tierras, todo lo demás había desaparecido y sólo ellos quedaban. Pero tarde o temprano aquella casa y sus moradores también desaparecerían y serían olvidados.

- No entiendo cómo esos dos han logrado sobrevivir aquí durante todos estos años - confesaba Donna mientras tomaba el desvío que los llevaría hasta los accesos a Edimburgo -. Esto está demasiado cerca del frente y son lo suficientemente viejos como para haber vivido los tiempos más duros, cuando Ellos atacaban de verdad. A pesar de todo no huyeron al sur como los demás, decidieron quedarse aquí.

- ¡Qué más da! - espetó Rod, otro de los miembros del equipo y hombre de confianza de Louis -. Nos ha venido bien poder pasar una noche fuera de esta maldita cargo y comer algo de caliente. Por lo demás esa casucha estaba tan en las últimas como sus dueños, sin luz ni agua corriente. Nos hemos tenido que lavar con el agua fría de los bidones que les habían dejado los brigadistas.

- ¡Y que lo digas tío, ha sido una puta mierda! - le secundaba Fergie -. Esta mañana se me han congelado las pelotas, aquí es como si ya hubiera comenzado el invierno.

- Podéis quejaros todo lo que queráis, pero no habéis perdido la oportunidad de saquear la despensa de los viejos - manifestó Donna -. Un poco más y les dejáis sin nada.

- No te sientas culpable por eso - intervino Louis, que iba a su lado en el asiento del copiloto - ¡Estábamos muertos de hambre, joder! Durante cinco días no hemos comido otra cosa que la bazofia enlatada que nos coló esa maldita bruja tramposa de Charlotte. Hoy es el día grande y necesitábamos reponer fuerzas después de un viaje tan duro ¡Vamos mujer, ni que lo hubiéramos hecho con mala intención!

- No me malinterpretes, a mí los viejos me importan un carajo - replicó ella -. Lo que pasa es que no me hace gracia llamar la atención más de la cuenta. Vamos a colarnos en un área de máxima seguridad con identificaciones falsas, si pretendemos hacernos pasar por brigadistas debemos parecerlo de verdad. No estamos en Londres, esto no es el barrio, si nos comportamos igual que siempre levantaremos sospechas. Eso es lo que realmente me preocupa.

- Tú di lo que quieras, pero de momento lo de las identificaciones ha funcionado - afirmó Rod sacando pecho -. Para los trabajos serios busco a auténticos profesionales y ya has visto que las falsificaciones son de primera. Hemos pasado ya por un montón de controles ¡Joder, hasta he perdido la cuenta! Y en todos, los putos cabezas cuadradas no han sospechado una mierda, ha colado sin problemas y en Edimburgo no va a ser distinto.

- Eso es cierto, pero no estaría de más hacerle un poco de caso a Donna - reflexionó Louis -. Esto no es el barrio, no es el territorio que conocemos, habrá que ir con cuidado y no hacer gilipolleces.

- Ahora dirás que debemos cuidar nuestros modales, ¿no? - sonría burlón Rod, un sujeto que podía ser cualquier cosa menos delicado -. Vas a decir que esto será como asistir a una de esas jodidas fiestas que dan los ricachones que se refugian en Dublín ¡Venga hombre! Lo único que diferencia Edimburgo de Londres es que está metido en Tierra de Nadie y por eso hay muchos más cabezas cuadradas, por lo demás es la misma clase de estercolero con el mismo tipo de cucarachas. Que lleven petos de brigadista o no es lo de menos, cada vez hay más reclutamientos forzosos porque los palurdos dispuestos a alistarse escasean en estos días. Lo único que nos diferencia de ellos es que, una vez terminado el trabajo, nosotros podremos largarnos y los demás seguirán encadenados al servicio.

- Te entiendo Rod - contemporizó Donna -, pero aun así procuremos ir con cuidado, ¿vale? Sólo será un día, si todo va bien mañana estaremos de vuelta con el mayor botín de nuestras vidas.

- Yo siempre voy con cuidado - respondió ásperamente éste -. Y nadie desea más que yo que este trabajo salga a la perfección.

- Todos estamos en lo mismo tío - habló ahora Fergie -. Y si nos hemos pasado un poco en casa de esos dos tampoco creo que sea para preocuparse demasiado. Esa vieja chalada no paraba de hablar, pero seguía sin enterarse de nada ¡Fíjate que no ha dejado de llamarme Francis en todo momento! - exhibió una sucia sonrisa amarillenta que más bien parecía una mueca grotesca -. Y el carcamal de su marido no era más que un puto vegetal, ahí en la silla de ruedas cagándose y meándose encima. Si ni tan siquiera recordaban bien nuestros nombres menos aún habrán sospechado nada.

- Pues mira tú que en lo del viejo no te doy la razón, listillo - indicó Rod -. Podía parecer que estaba en la Luna, pero a mí me daba mal rollo. No hablaba nada y era como si no nos quitara ojo, como si se oliera el pastel o algo así.

- Bueno, bueno, de todas formas no importa - intervino Louis -. Lo único que importa ahora es entrar en la ciudad y contactar con Sergey en el lugar convenido.

- Sí tío, eso… eso es lo único que importa - habló entonces Ethan tratando de sonreír -.

Siempre ocurría igual, las pocas veces que abría la boca tenía la sensación de que nadie lo escuchaba. Quizá fuera porque muchas de sus intervenciones no aportaban nada, si bien parecía pasar lo mismo dijera lo que dijera. En todo el viaje Donna y Rod no habían dejado de tratarlo con desdén, ni al él ni al liante de Fergie, pues eran los dos sujetos de última hora que no habían tenido más remedio que fichar.

Ethan miró a Fergie, que estaba a su lado en la parte trasera de la cargo. No es que lo considerara un gran tipo, ya que no era más que otro tirado como él que malvivía haciendo recados para Louis y que tenía tendencia a meterse en toda clase de líos. Como en su caso la base tenía mucho que ver en eso. Sin embargo a lo largo del viaje había tratado de mejorar su relación con Fergie, pues lo veía casi como un igual, aunque para su decepción el mulato no se había mostrado especialmente receptivo a dicho acercamiento. Trató de marcar distancias con él manteniendo una actitud no pocas veces despectiva, quizá porque lo consideraba el miembro más débil del grupo y no quería contagiarse de esa debilidad. A pesar de todo ahora ambos compartían un secreto, uno que ya no podía durar más y había que mostrar al resto.

- Lo llevas encima, ¿verdad? - quiso saber Ethan al cabo -. Anda, enséñalo.

Fergie dudó, como si no estuviera muy seguro. Después dijo:

- ¿Y tú, acaso no pillaste nada?

- No, como dijiste sólo eran baratijas. Nadie me daría gran cosa por ellas.

- ¿De qué cojones estáis hablando vosotros dos? - Louis se había vuelto y los miraba con el ceño fruncido. No sabía de qué iba aquella conversación y eso no le gustaba -.

El mulato mantuvo el suspense durante unos instantes. Tampoco resultaba sensato soliviantar en exceso al líder del grupo, así que metió la mano en uno de los muchos bolsillos de su pantalón estilo militar y extrajo un pequeño objeto redondeado y plano de color dorado.

- ¿Qué coño es eso, un maldito reloj de pulsera? - quiso saber Louis -. Ya no se ven demasiados.

- Sí tío, la vieja nos lo enseñó anoche mientras los demás os acostabais - intervino Ethan deseoso de algo de protagonismo -. No dejaba de hablar de lo maravillosos que son los brigadistas, de lo agradecida que estaba por la ayuda que le prestaban y todo eso. Entonces Fergie y yo fuimos a su habitación y ella sacó un cofre pequeño y lo abrió para mostrarnos todas las cosas que había guardado a lo largo de los años. Decía que eran joyas de su familia o algo así, aunque la mayoría no valían nada.

- Salvo este reloj - se adelantó a decir Fergie mostrando su amplia sonrisa amarilla -. Tengo ojo para estas cosas y en seguida vi que no era como el resto de la chatarra que había en el cofre. Os lo aseguro, esta mierda es mucho más valiosa de lo que parece. La vieja aseguraba que no era un reloj cualquiera, que se trataba de un Rolex.

- ¿Un Rolex? ¡Venga ya, esas cosas ya no existen!

Diciendo esto Rod se apoderó del reloj de un rápido zarpazo ante las airadas protestas de Fergie. Después de inspeccionarlo manifestó:

- No sé, no sé, esto tendría que verlo un especialista. Las falsificaciones de esta clase de antiguallas son casi lo único que queda en estos días. Pero si fuera auténtico…

- ¿Tú sabes de qué se trata? - Louis parecía intrigado -.

- Si fuera auténtico lo podríamos vender por una pequeña fortuna a unos tíos que conozco.

- ¡Lo veis, sabía que acertaría llevándomelo! - exclamó pletórico Fergie, recuperando de manos de Rod el preciado objeto que había robado -. Consideradlo como ingreso extra, aunque si nos dan un buen precio la mayor tajada me la quedo yo al haber tomado la iniciativa.

- ¡Eh, en esto vamos a medias! - saltó Ethan indignado -. Yo fui el primero que dije que debíamos cogerlo sin que la vieja se diera cuenta.

- ¡De eso ni hablar maldito capullo! Dudaste y después te entraron ganas de cagar y desapareciste. Yo fui el que arriesgó y terminó metiendo la mano en el cofre ¡El puto reloj es mío!

- ¡Pero la idea fue mía y quiero mi parte! - insistía Ethan repentinamente envalentonado -. De no haber sido por mí no se te habría ocurrido.

- ¡Eso es una puta gilipollez! - replicaba Fergie - ¿A quién no se le va a ocurrir aprovechar una oportunidad así? No vas a poner tus asquerosas manos en mi reloj. Nadie dijo nada de ir a medias.

- Sí lo dijimos.

- No desgraciado, estás tan podrido por dentro que te imaginas cosas. Y todo el mundo sabe por qué.

Se hizo el silencio después de aquella insinuación. Donna estaba a punto de explotar y no paraba de mirar de reojo a Louis. Robar un viejo reloj que ni tan siquiera parecía funcionar no entraba ni mucho menos en los planes de aquel día, si nadie decía nada al respecto ella terminaría haciéndolo.

- ¿Qué has querido decir con eso? - entretanto Ethan exigía que Fergie fuera más claro -.

- Sabes perfectamente a qué me refiero - replicó éste - ¿Acaso pensabas que no se enteraría nadie?

- ¿De qué habrían de enterarse?

- ¡Ja, este tío es más tonto de lo que pensaba! - se burló Fergie -. Todo el mundo sabe lo que eres y por eso no quiero tener nada que ver contigo, ¿me oyes? Nadie desea juntarse con un puto chapero come rabos.

- ¿Qué has dicho? - Ethan abrió los ojos como platos -.

- ¡Lo que has oído imbécil! No eres más que un maldito chapero come rabos. Todos saben que se la chupaste a ese cerdo seboso de Arnold porque andabas muy mal y estabas dispuesto a hacer cualquier cosa para poder pillar ¡Hay que tener algo de dignidad tío, yo al menos no me rebajo hasta esos extremos con tal de colocarme! ¡Joder, soy un hombre hecho y derecho!

A esas alturas el daño ya estaba hecho y poco se podía hacer para repararlo. Ni tan siquiera hubiera importado que aportara su versión, si bien no tenía ninguna. Aquella fatídica noche tocó fondo, iba tan puesto que apenas sí recordaba nada de lo sucedido, tan solo imágenes vagas y borrosas de verse por los suelos en el garito de Arnold. En ese estado cualquiera podría haber hecho con él lo que le diera la gana, habría sido casi como abusar de un cadáver. Sólo de pensarlo le entraban ganas de vomitar, pero si le obligaron a hacerle una felación a aquel puerco vicioso y grasiento poco pudo hacer para impedirlo. Al día siguiente se despertó tirado en un callejón y tan hecho polvo que no podía ni moverse, la noche anterior una prolongada y oscura laguna. Los rumores no llegaron a él hasta días más tarde y, una vez empezaron, fue como si tomaran vida propia y resultó imposible desmentirlos con argumentos creíbles. Si Samuel hubiera estado vivo aquello no habría ocurrido.

A pesar de todo Ethan estaba obligado a responder a aquel ataque, no hacerlo era mucho peor. No podía permanecer callado y, venciendo el estado de bloqueo inicial, gritó:

- ¡Eso es mentira Fergie, eres un hijo de puta! ¡Estoy harto de esa historia, no sé quién coño la inventó pero juro que algún día me las pagará!

- Lo que tú digas cretino, pero todos la hemos escuchado - se mofaba ahora Louis -.

Pero ni Ethan ni el pendenciero mulato prestaron atención a sus palabras, pues ahora se habían enzarzado en una patética pelea a manotazos, tirones y empujones, al tiempo que gritaban y se insultaban sin parar.

- ¡Puto bastardo mentiroso, quiero mi parte de lo del reloj! - exigía uno -.

- ¡Lo único que te voy a dar es un puñetazo en tu asquerosa boca de chupa pollas! - respondía el otro -.

Finalmente Rod, que iba detrás junto a ellos, se hartó del barullo y, haciendo valer una fuerza física muy superior, separó a ambos sin miramientos mientras amenazaba:

- ¡Basta ya retrasados de mierda! Como sigáis con esto yo mismo os tiraré de la cargo en marcha. No pienso arriesgar lo de esta noche por culpa de dos descerebrados que no saben cuál es su sitio, ¿ha quedado claro o tengo que moleros a palos para que lo entendáis?

Fue en ese momento cuando, indignada por el hecho de que nadie comprendiera exactamente la situación, Donna terminó explotando:

- ¡Maldita sea Louis, te advertí que no podríamos confiar en una basura como ellos, no digas que no había avisado de lo que sucedería! ¿Es que no lo ves? Ésta es precisamente la clase de mierda que puede terminar jodiéndolo todo ¿A qué santo se les ocurrió a estos dos putos yonquis anormales robar nada en casa de los viejos? Cuando se enteren de lo del reloj nos denunciarán y nos convertiremos en sospechosos en una ciudad militarizada ¡Eso es lo primero que debíamos haber evitado, dentro de poco tendrán nuestras descripciones y puede que nos estén buscando! ¿Cómo vamos a hacer el trabajo en esas condiciones? ¡A lo mejor esta noche no podemos ni entrar en el complejo de los almacenes!

- ¡Para que te enteres zorra de mierda, yo sé lo que hago y ando con pies de plomo! - contraatacó furioso Fergie - ¡Por el amor de Dios, pero si esos viejos no sabrán ya ni dónde tienen el ojo del culo! Fue un golpe seguro y dudo que puedan dar una descripción fiable de nosotros cuando hay miles de brigadistas trabajando en el frente. Te vas a arrepentir de lo que has dicho so guarra, yo te enseñaré a…

- ¡Un malnacido como tú no puede enseñarme nada!, ¿me oyes? - cortó ella, que no se amilanaba -. Y no puede porque no eres más que un yonqui descerebrado y apestoso que no tiene donde caerse muerto, deberías estar besando el suelo que pisamos por haber permitido que vinieras con nosotros ¡Sí, los dos deberíais besarlo, tú y ese otro chapero idiota que está a tu lado!

Ethan y Fergie hicieron el ademán de replicar, incluso dio la impresión de que éste último quiso incorporarse como para retorcer el pescuezo de Donna. Pero Rod intervino y los puso a los dos en su sitio.

- Una gilipollez más y os garantizo que no llegáis vivos a esta noche - volvió a amenazar agarrándolos con firmeza -. Ya ni tan siquiera me importa que no seamos suficientes en el equipo.

Donna y Louis no paraban de intercambiar miradas, la preocupación de ella era más que evidente. Él la tenía en alta estima, puede que por su aspecto no pareciera gran cosa, pero sin duda la consideraba una especie de genio de la informática. Aquella chica era un miembro imprescindible del equipo, sin sus conocimientos no podrían descifrar los códigos que daban acceso a la cámara donde los militares guardaban los preciados cerebros electrónicos y mucho menos podrían manipularlos para dejarlos en condiciones de ser vendidos en el mercado negro. Louis la necesitaba más que a nadie para aquel trabajo y no podía tenerla en su contra.

Además, en lo del reloj tenía toda la razón. En aquellos tiempos sustraer bienes ajenos era una práctica tan habitual, tan extendida, que la mayoría de la gente, lejos de considerarlo reprobable, lo tomaba por algo natural. Casi era de tontos desaprovechar la oportunidad de hacerlo, más si había un objeto de valor por medio, pues todo el mundo lo hacía. En la práctica cotidiana robar ya no se consideraba delito, por mucho que en teoría siguiera siéndolo, más bien era una forma más de sobrevivir. Precisamente por eso Louis no había concedido demasiada importancia al principio al incidente del reloj, cosas así se veían todos los días, no obstante ahora Donna le había abierto los ojos haciéndole ver el terrible riesgo que corrían.

- Escuchadme los dos - se giró muy serio hacia Ethan y Fergie -. Si estuviéramos en Londres incluso habría aplaudido que me hubierais traído esa cosa, si resulta ser tan valiosa como decís bien merece la pena robarla. Pero como ya hemos repetido mil veces nos encontramos fuera de casa y en un terreno que no conocemos. Si los viejos echan en falta su baratija nos habréis metido en un buen lío o, mejor dicho, en el peor de todos los líos. Tened por seguro que si esto se jode por vuestra culpa vais a tener que pagarlo.

- Yo personalmente me encargaré de cortaros en pedazos - añadió Rod más amenazante si cabe -. Y tened por seguro que no será una muerte rápida ¿Queda claro?

Ambos asintieron en silencio, no eran tan estúpidos como para no entender lo que significaban aquellas palabras. Bien sabían que Rod no tenía escrúpulos a la hora de ser el brazo ejecutor de Louis o cualquier otro para quien trabajara. Su cabeza rasurada al estilo de los matones de la zona sur, esa mirada fría pero al mismo tiempo fiera y su sólida figura atestiguaban que ya se había deshecho de otros en más de una ocasión.

- Bueno, creo que así está mejor - se dio por satisfecho Louis. Volvió a mostrar su habitual sonrisa socarrona, pues amenazar y andar cabreado no formaban parte de su temperamento, si bien en ocasiones como aquella se veía obligado -. Ahora que todos sabemos lo que se debe y no debe hacer este asunto irá sobre ruedas.

- Puede que sí o puede que no - concluyó Donna -. Sé que ahora ya es demasiado tarde porque estamos a las puertas de Edimburgo, pero no deberías haberlos traído.

Mientras tanto la cargo siguió avanzando por una descuidada carretera llena de baches y apenas distinguible, en pos de su destino. Sobre ella una negra cúpula de ciega oscuridad que convertía el día en noche. Ya estaban muy cerca, tal vez demasiado cerca.


3

Al igual que Londres Edimburgo ya no se podía considerar una ciudad, por mucho que la gente siguiera pensando en ella como tal. Más bien era algo así como el puesto más avanzado del reino, la última porción de lo que pomposamente se denominaba la Gran Bretaña Libre, rodeada casi por completo por Tierra de Nadie. Más al norte de ésta última lo desconocido, la Escocia ocupada por el Enemigo desde hacía más de un siglo. Eso era lo que decían, si bien nadie quedaba para recodar en qué fecha exactamente se perdió esa porción del territorio patrio. La Guerra lo devoraba todo, incluso también la memoria histórica de los pueblos.

Nada quedaba de lo que una vez fue la capital escocesa, sólo campos de ruinas calcinadas. Sobre ellas crecían ahora las instalaciones y fortines de las fuerzas destacadas en el frente, construcciones prefabricadas y terriblemente antiestéticas que se disponían sin orden ni concierto aparente. A decir verdad parecían poca cosa, si bien constituían la parte visible de un entramado subterráneo mucho más vasto, aquel que se conectaba con las posiciones de retaguardia mediante líneas férreas enterradas a más de medio centenar de metros de profundidad. En realidad Edimburgo era un puesto ocupado por hombres-hormiga, allí no era raro hacer la vida bajo tierra porque se consideraba más seguro y por eso ahora a la antigua ciudad muchos la llamaban coloquialmente el Hormiguero. Hasta ciertos términos guardaban relación con dicha denominación. Los militares empleaban la palabra “hormiguita” para referirse de manera despectiva a cualquier brigadista, algo que sea hacía extensivo al resto de civiles reclutados para hacer trabajos de todo tipo en esa parte del frente. Para los civiles por su parte los soldados eran los “cabezas cuadradas”, otro nombre despectivo que no era exclusivo de aquel lugar, ya que se empleaba en toda la isla y quién sabe si más allá.

Sí, allí en aquel escenario de pesadilla era preferible salir a la superficie cuanto menos mejor. Hacía mucho tiempo que el Enemigo no emprendía una ofensiva de envergadura, que el Terror no avanzaba desde las sombras del norte para llevárselo todo por delante. Al igual que ocurría en el resto de Gran Bretaña ni tan siquiera los ataques mediante lluvias ciegas eran especialmente intensos desde hacía años. Pero aun así el temor prevalecía, recuerdos traumáticos de un pasado que muchos no conocieron porque todavía no habían nacido. La Gran Oscuridad estaba ahí para recordárselo permanentemente, indisoluble, opaca, extendiéndose en todas direcciones como si no tuviera principio ni fin. Aquel eterno manto de negras nubes resultaba más opresivo y asfixiante allí en el frente, tanto que muchos no podían soportarlo a pesar de que ya lo conocían bajo múltiples formas. Pero no aquella, aquella sencillamente parecía demasiado.

Esa sensación opresiva terminó dominando a todo el grupo una vez superaron el último control y penetraron en el perímetro de máxima seguridad del área militarizada de Edimburgo. Hasta el momento las identificaciones falsas habían cumplido con su labor, tal vez no las necesitaran por mucho más tiempo, ya que gracias a ellas no habían dejado de tomarles por miembros de las Brigadas de Salvación. El disfraz se completaba con el clásico peto y brazalete grises al uso entre todos los miembros del servicio. Era para felicitarse, pero en aquel momento nadie se mostraba alegre. Puede que fuera por la proximidad del golpe, la hora señalada se acercaba y la tensión iba en aumento, pues no dejaba de ser un trabajo extremadamente arriesgado. Puede que fuera porque el condenado contacto en la Cuarta División, un tipo que utilizaba el sobrenombre de Sergey y que Louis no veía desde hace años, estaba tardando mucho más de la cuenta en presentarse. Hacía horas que lo esperaban en el punto de encuentro convenido y seguían sin noticias de él. O simplemente puede que fuera la Oscuridad, se decía que al principio a todos les pasaba lo mismo.

Donna no dejaba de mirar al cielo, en su rostro se podía ver la angustia contenida. A pesar de lo que pudiera parecer no era una mujer que se asustara con facilidad, pero el asunto del reloj había ensombrecido su ánimo desde primera hora de la mañana. Louis se acercó a ella.

- Aquí es más compacto, como… como un muro - comentaba Donna con la vista todavía puesta en lo alto -. Más bien parece que te vayas a estrellar contra esas nubes si intentas atravesarlas.

- No deberías obsesionarte con esa mierda, muchos han perdido la cabeza al hacerlo - replicó él - ¿Qué más da que sean más compactas o menos? Sí de acuerdo, son las tres de la tarde y es como si fuera de noche, aquí siempre parece de noche y eso debe de ser muy deprimente. No es peor que en otras partes, llevamos toda la vida bajo esas nubes y estamos acostumbrados. Si te sientes intranquila es porque esto es el frente, el límite del mundo, y parece un lugar muy peligroso. Luego está lo de esta noche, sería un idiota si no reconociera que a mí también me pone nervioso, pero si permanecemos concentrados y cada uno hace lo que tiene que hacer todo saldrá bien. Eso es lo único que debe importarnos, olvídate del cielo.

- También me ponen nerviosa esos dos - confesó ella señalando a Ethan y Fergie, que permanecían más apartados -. Lo de esta mañana ya es agua pasada, pero ahora el uno no puede mantener el pico cerrado y el otro se caga encima cada dos por tres. Ya se ha metido ahí dentro para aliviarse un montón de veces.

Diciendo esto indicó la negra abertura que era uno de los accesos al edificio abandonado junto al que permanecían aguardando la llegada de Sergey. Aquella era prácticamente la única construcción de carácter no militar que todavía quedaba en pie y relativamente intacta en varios kilómetros a la redonda, un rascacielos de siniestra apariencia compuesto por dos bloques gemelos de treinta plantas que en el pasado estuvieron conectados por una pasarela a media altura, cuyos restos todavía resultaban visibles. La construcción se ubicaba en el sector más meridional de Edimburgo y, dada su singularidad, resultaba imposible confundirla con cualquier otra cosa. Por eso el contacto les había citado allí.

- ¡Mira, ha sido hablar del cagón y vuelve su problemilla! - indicó jocoso Louis, al ver que Ethan sentía otro repentino apretón y regresaba de nuevo al interior de uno de los bloques -. Se ha descompuesto nada más entrar en Edimburgo, tanto lamerme el culo para conseguir venir hasta aquí y llega la hora de la verdad y parece a punto de venirse abajo.

- ¡Oh sí, eso es fantástico Louis! - protestó Donna -. Ese bobo está cagado de miedo pero vamos a depender de él para sacar los putos chismes del complejo ¿No crees que es jugársela demasiado? Desde el principio se veía a la legua que no valía para esto.

- Tranquila, sé cómo canalizar ese miedo - contemporizó él -. Le haré saber que tiene mucho más que temer por lo que le haré si nos falla, que por lo que le harán los cabezas cuadradas si le pillan.

- No sé si colará, estos cabrones del frente tienen fama de ser una panda de jodidos salvajes. No me gustaría caer en sus manos.

- Pues dentro de unas horas estaremos en la boca del lobo, rodeados de ellos por todas partes.

- ¡Eso está muy bien, pero a mí me gustaría saber cuándo cojones se dignará en aparecer ese maldito ruso que dices que es amigo tuyo!

A Fergie se le veía especialmente nervioso, harto de esperar había decidido enfrentarse a Louis.

- ¡Que no es ruso capullo, utiliza un nombre falso para cubrirse las espaldas! - medió Rod - ¿Cuántas veces van a tener que repetírtelo?

- ¿Y eso qué más da? - replicaba el mulato -. Louis lo conoce, imagino yo que sabrá su verdadero nombre.

- Ya os dije que hace mucho que no lo veo, esto lo hemos organizado contactando de forma indirecta y los dos convenimos en mantener su identidad oculta hasta que todo haya pasado - explicaba el cabecilla del grupo -. Por seguridad, ya sabéis. Trabajé con él hace años, cuando todavía estaba en lo más bajo y no me había hecho un sitio. El caso es que lo cogieron y se vio obligado a alistarse para evitar una condena peor, fue una putada pero al menos ha servido para darnos esta oportunidad. Os repito que es un tío legal y por su parte no debemos temer nada.

- De verdad espero que tal y como dices no haya cambiado estando aquí - dijo Rod -. Hubiera sido mejor traer armas. Más vale tenerlas y no necesitarlas, que necesitarlas y no tenerlas.

- Ya sabes que eso habría sido demasiado arriesgado - replicaba Donna -. Los brigadistas no van armados, si en un registro nos las hubieran encontrado todo se habría ido a tomar por culo.

- Dirás lo que quieras, pero con un hierro en la mano yo me siento mucho más seguro - fanfarroneó Fergie, Donna lo miró con cierto desprecio y ni se dignó en contestarle -. Además, todo este asunto tiene algunas cosas raras. Tanto insistir en que tiene que ser esta misma noche, que no puede ser mañana ni pasado ¿No iban a estar los putos brigadistas haciendo inventario en esos almacenes durante quince días? Ese Sergey podría colarnos cualquier otra noche.

- Veo que la mierda que te metes ha dejado tu puto cerebro más atrofiado de lo que imaginaba, Fergie - se enfureció Rod -. No habrá más oportunidades aparte de esta noche hasta dentro de un año porque hoy es cuando entran los nuevos reemplazos. Los cabezas cuadradas más novatos tienen su primer día de curro en el complejo de la Cuarta División y los que van a ser sustituidos sólo piensan en lo poco que les queda para largarse. Será el mejor momento porque es cuando más descontrol hay. Unos que llegan, otros que se van y en medio de todo más de un centenar de brigadistas ayudando en los inventarios. Nadie sospechará cuando Sergey nos introduzca y, una vez dentro, tan sólo tiene que dejarnos en algún lugar cerca de la cámara del tesoro y hacer como si nos encomienda algún tipo de tarea.

- ¿Y los sistemas de seguridad? - Fergie seguía sin fiarse -.

- Si superamos los controles de acceso al complejo el resto ya no me preocupa - afirmó Donna -. Desde dentro y haciéndonos pasar por brigadistas todo será mucho más fácil, puedo ocuparme de la vigilancia electrónica sin problemas. Por mucho que digan los sistemas que emplean aquí no son muy distintos de los de otras partes.

El grupo pareció tranquilizarse por unos momentos, hasta que una serie de lejanos fogonazos verdosos sobre el horizonte y un rumor de tormenta les hizo recordar de nuevo dónde estaban exactamente. Una ráfaga repentina de viento se alzó llenando el aire de desperdicios flotantes.

- Estoy harta de todo esto - comentó Donna sin dirigirse a nadie en concreto -. Llevo toda la vida soñando con largarme de esta puta isla que no es más que un enorme cementerio. Aquí es como si estuviéramos muertos y enterrados en vida, si las cosas salen bien ganaremos lo suficiente como para hacer lo que nos dé la gana. Y yo pienso irme bien lejos.

- ¿A dónde? - quiso saber Louis -.

- Qué se yo, a Sudamérica por ejemplo. He oído decir que aquello es lo más parecido al paraíso que puede haber en la Tierra.

- No creas todo lo que dicen por ahí. También llevo media vida escuchando que llegará el día en que Ellos lancen su ataque final, aquel que lo destruirá todo, y que no dejarán vida tras su paso. Sin embargo nunca vienen, incluso aquí sólo se limitan a lanzar de vez en cuando sus lluvias de fuego o a enviar a esas malditas zorras dragón que acaban con todo aquel que se les pone por delante. Parece que se contentan con dejarnos como estamos porque así no suponemos una amenaza - Louis se detuvo como para reflexionar -. Mira, la vida que he llevado hasta ahora es lo único que conozco, Londres es para mí el único mundo que existe. Sé que es un maldito estercolero, pero al menos allí controlo la situación, en una tierra extraña ni tan siquiera sabría qué hacer o por dónde empezar. Con esos chismes en nuestras manos entraremos en las ligas mayores, nada de libras convertibles o tan siquiera bonos de la Alianza. Cualquier traficante que quiera introducirlos en el mercado continental estará dispuesto a pagarnos con la única moneda que realmente tiene valor, onzas de oro de veinticuatro quilates - ahora sus ojos brillaban de excitación y seguramente también de codicia -. La cosa es bien simple, cuantos más cerebros electrónicos consigamos esta noche más oro nos darán a cambio. Y con él compraremos poder y seguridad, al fin podré controlar mi propio territorio, reclutaré gente de confianza, nos armaremos, expandiremos nuestras actividades y ya nadie se atreverá a decirme lo que tengo que hacer. Tú dices que quieres largarte en busca de un paraíso que ni tan siquiera sabemos si existe, ¿quién sabe si el resto del mundo no está igual que nosotros? Yo construiré mi propio paraíso sobre las ruinas del lugar que me vio nacer.

En cierto modo aquel discurso sonó un poco como el cuento de la lechera, pero el caso es que pareció convencer al resto.

- Louis tiene razón - advirtió Rod -, aquello lo conocemos y es donde se encuentra nuestro futuro. Pero estoy con la mosca detrás de la oreja con un pequeño detalle, ¿de verdad son tan valiosas esas cosas? Ya sé que lo habéis repetido un montón de veces, pero suena demasiado bonito como para ser verdad.

- De bonito nada, primero hay que hacerse con ellas - respondió Louis - ¿Acaso olvidas lo que hemos tenido que pasar para llegar hasta aquí?

- Verás, el ejército utiliza esos cerebros electrónicos para equipar a sus drones inteligentes - explicó entonces Donna, que era quien más sabía de esos temas. De hecho el resto no tenía ni idea -. Aquí sólo les dan ese uso, pero son tan potentes y versátiles que, una vez desprogramados, sirven para casi cualquier sistema y no necesariamente para aplicaciones militares. Pero aquí viene lo bueno, más allá de las bases y cuarteles de la Alianza son unos chismes verdaderamente escasos porque sólo los cabezas cuadradas pueden importarlos. Se fabrican en la India y no hay ningún lugar en Europa que sea capaz de producir nada parecido. Ésa es la razón de que alcancen un valor tan elevado en el mercado negro.

- Visto así este trabajo es un auténtico bombón - reconoció Rod atreviéndose incluso a sonreír. No lo hacía muy habitualmente -. Sólo espero que cuando llegue el momento todos…

- ¡Eh escuchad, por ahí viene un vehículo! - interrumpió Fergie a grito pelado -. Nuestro amigo de los almacenes llega al fin.

No anduvo desacertado en su observación, pues alguien se aproximaba. No obstante de la sensación de alivio inmediata se pasó un segundo más tarde a la preocupación, ya que el vehículo que iba hacia ellos era un semioruga del ejército. Hasta donde Louis sabía Sergey no se iba a presentar de esa manera.

- ¡Maldita sea, una patrulla de superficie! - advirtió temiendo una visita no deseada -. Me da mala espina, escondámonos por si acaso.

Así lo hicieron en el interior del bloque abandonado con la esperanza de que la patrulla pasara de largo. Pero no lo hizo, el semioruga se detuvo al pie de la singular construcción y de él surgieron una decena de soldados. Iban armados hasta los dientes y con uniforme de combate, su sargento transmitió órdenes de inmediato y, antes de que el grupo hubiera sido capaz de asimilar lo que estaba sucediendo, la patrulla ya estaba peinando el lugar.

- ¡Joder, joder! ¿Qué coño vamos a hacer ahora? - exclamaba Donna alarmada pero en voz muy baja desde el parapeto donde observaban la escena -. Dentro de poco encontrarán la cargo y sabrán que estamos aquí.

- ¿Pero no la has ocultado dentro como te he dicho? - inquirió Louis -.

- Sí, pero si lo registran todo a conciencia terminarán dando con ella ¿Cómo iba a imaginar que tendríamos que esperar tanto y que para colmo unos cabezas cuadradas vendrían a husmear en este sitio desierto?

- Tú misma lo dijiste, estamos en un área militarizada, era de esperar que algo así pudiera suceder - convino el pelirrojo -.

- A mí esto me da muy mal rollo tíos - Fergie comenzó a ponerse muy nervioso -. Lo mejor sería largarse de aquí sin que se den cuenta.

- ¡Cállate imbécil! - lo reprendió Rod susurrando pero amenazante. Acto seguido se dirigió al resto -. Y vosotros dos dejaos de cháchara, los cabezas cuadradas se han dividido en parejas y peinarán todo este sitio. No pueden encontrarnos aquí escondidos, eso sería demasiado sospechoso ¡Movámonos y vigilemos a ver qué hacen!

Era imposible tener a la vista a todos los miembros de la patrulla, ya que se habían dispersado para completar el registro más rápidamente. El grupo fue hacia donde tenían escondida la cargo, tal vez con idea de escabullirse si les era posible. Pero para su desgracia dos soldados la descubrieron antes y en seguida avisaron a otros. Al momento ya eran cinco, sargento incluido, los que se disponían a registrar el vehículo.

- ¡Mierda, que poco les ha costado encontrarla! - maldecía Donna. Desde un nuevo escondite los cuatro eran testigos de lo que sucedía -. En los controles de acceso tienen la matrícula y estamos identificados como sus ocupantes, ahora ya saben que andamos cerca.

Después de meditar durante un instante Louis dijo:

- La cosa se ha complicado mucho, pero habrá que apechugar. Salgamos y presentémonos ante la patrulla, con suerte si les contamos cualquier milonga se la tragarán y nos dejarán tranquilos.

- ¡De eso ni hablar tío! - Fergie no se fiaba -.

- De normal no le daría la razón a este idiota, pero la situación ahora es bien distinta - confesó Donna -. Cualquier brigadista que llega a la ciudad ha de presentarse de inmediato en la Central de Servicios. Ése es el procedimiento y nosotros no lo hemos seguido porque imaginábamos que a estas horas ya estaríamos junto al puto Sergey ese, que será muy amigo tuyo y todo lo que quieras, pero nos ha dejado en la estacada ¿Cómo les vas a explicar a los cabezas cuadradas que hemos estado aquí escondidos durante horas? Algo así huele muy mal desde el principio. Nos van a obligar a ir con ellos y entonces todo se irá a la mierda.

- ¡Razón de más para esfumarse! - insistía el mulato -.

Aquello no pintaba nada bien. Aun así Louis no estaba dispuesto a tirar la toalla, no en aquel asunto que consideraba crucial para su futuro y en el que había arriesgado tanto. “Quien no arriesga no gana”, ése había sido siempre su lema y estaba dispuesto a seguirlo hasta las últimas consecuencias. Dispuesto a presentarse ante los soldados quiso hacer un gesto a los demás como para indicar que él no vacilaba ni tenía miedo.

Pero todo sería en vano. Antes de que pudiera hacer nada pudo comprobar horrorizado como uno de los miembros de la patrulla, una mujer en concreto, salía de la cargo mostrando con la mano izquierda en alto un pequeño objeto. Era redondeado y poseía un inconfundible brillo dorado.

- ¡Fergie, puto desgraciado de mierda! - las palabras salieron de su boca de forma casi automática - ¡Te has dejado olvidado el maldito reloj dentro de la cargo!

Pero Fergie ya no estaba, había puesto tierra de por medio ante lo que se avecinaba. Rod fue tras él, consciente tal vez de que todo estaba perdido, pero seguramente también con intención de hacerlo pedazos. Louis estaba paralizado, catatónico, de repente todos sus planes se habían derrumbado. Era como si toda una vida de lucha constante para hacerse un hueco en el mundo no hubiera servido absolutamente para nada.

- ¡Louis, Louis, maldita sea! - Donna tiraba de él para hacerle reaccionar -. Tenemos que largarnos de aquí antes de que nos encuentren, ¡vamos!

Finalmente le hizo caso y ambos huyeron justo a tiempo. Otros soldados peinaban los dos edificios y no hubieran tardado en atraparlos. Así acabaría la gran aventura de la banda londinense en Edimburgo. En la nada porque ni tan siquiera llegó a comenzar.

***

Se ha dicho que Ethan fue capturado en el momento del robo. Hasta el último momento creyó que no estaba metido en nada ilegal y, cuando todo salió mal y los demás se esfumaron sin avisarle, una patrulla de vigilancia en superficie cayó sobre él, desprevenido como estaba, y lo culpó de las fechorías del resto. No fue más que un inocente que tuvo que pagar por los delitos de otros, la versión oficial se ha repetido en no pocas ocasiones y nadie se ha molestado en cuestionarla.

Es cierto que Louis y los demás lo dejaron tirado, que aquello lo pilló desprevenido, pues dadas las circunstancias nadie se acordó de él y, de haberlo hecho, resulta más que dudoso que estuvieran dispuestos a arriesgar el pellejo para ir en su busca y advertirle. Pero la verdad es que ni tan siquiera llegó a haber intento de robo en la Cuarta División, todo acabó antes de eso. Ethan había pasado todo el día atormentado a causa de sus problemas intestinales, una mezcla de nerviosismo, puro miedo y una dieta nada recomendable, pues ni las conservas que se llevaron para el viaje, ni las varias viandas que ofreció generosamente la señora Wallace en su casa la noche anterior, se encontraban en el mejor de los estados para ser consumidas. Él siempre había sido delicado en esos asuntos y las gastroenteritis lo afectaban con relativa asiduidad.

Tal vez fuera la quinta o sexta vez que iba a hacer de vientre desde que estaban esperando junto a aquel condenado edificio. En su interior había agujeros oscuros y apartados más que de sobra para hacerlo y, en uno de ellos, lo sorprendieron dos soldados con los pantalones bajados y en indigna postura. Así fue como lo detuvieron. Ethan ni tan siquiera tuvo tiempo de asimilar nada, entre gritos salvajes, golpes furibundos y amenazas terribles se lo llevaron prácticamente a rastras y lo arrojaron fuera del bloque como si fuera un saco de arena. En el exterior, junto al semioruga, la mayor parte de la patrulla y el sargento que la dirigía ya se habían reunido. Muchos rieron al verlo tirado en el suelo, ya que nada más atraparlo la pareja de soldados le había atado las manos a la espalda con una brida y, a causa de ello, todavía llevaba los pantalones por los tobillos y el trasero al aire.

- ¡Levantad a ese gusano y traédmelo aquí! - rugió el sargento. Tras él continuaban las risas -.

- Lo hemos pillado cagando dentro del edificio, señor - informó uno de los autores de la captura -. Del resto no hay ni el menor rastro, habrán huido al vernos venir.

Acto seguido lo alzaron sin dignarse a subirle los pantalones, por lo que las vergüenzas de Ethan continuaron a la vista para mayor escarnio. Aquello hizo que las carcajadas aumentaran de volumen, pero él estaba tan aturdido por la situación y la rudeza del trato recibido que se vio incapaz de reaccionar.

- ¡Silencio! - tronó el oficial al mando, un hombre relativamente alto, enjuto y de semblante feroz. Los soldados callaron de inmediato y pudo dirigirse al prisionero para preguntar - ¿Cuál es tu nombre?

- E… Ethan s… su… Sutton - logró balbucear después de un rato -.

- ¿Dónde están tus amigos?

Yo… yo… no sé… no he hecho nada. So… soy u… un brigadista y…

Aquella respuesta no pareció ser del agrado del sargento, que rápidamente se aproximó más a Ethan y le propinó un contundente manotazo mientras los otros dos soldados continuaban sujetándole. Del golpe le había partido el labio y pronto comenzó a manar sangre. El terror y la confusión fueron en aumento, se encontraba en la peor de las situaciones imaginables.

- Con que brigadista, ¿eh? - de nuevo le dio en la cara, aunque no tan fuerte -. Veo que estás tan acojonado que casi no puedes ni hablar ¿Y sabes una cosa? Haces bien en estar muerto de miedo, porque esa historia de que eres brigadista apesta tanto como tu asqueroso culo lleno de mierda.

Otra bofetada más y continuó el interrogatorio:

- ¿Dónde están tus amigos?, ¡vamos contesta!

- ¡No sé… no… no lo sé, lo juro! - gemía Ethan mientras notaba el sabor de la sangre en su boca -.

Entonces vio que el reloj que Fergie había robado en casa de los Wallace obraba en poder de una mujer soldado que se encontraba justo detrás del oficial. Un pavor ciego lo invadió, estaba perdido.

- También he encontrado varias identificaciones en el interior de la cargo, mi sargento, entre ellas la del detenido - informó la soldado -. Pertenecen a las Brigadas de Salvación y parecen auténticas, aunque no sería la primera vez que unas buenas falsificaciones logran superar los controles. Inteligencia lo corroborará.

- A mí me da que ni este ni ninguno de sus amiguitos fugados son hormiguitas - habló uno de los hombres que sostenían a Ethan -. Apretémosle un poco y nos dirá la verdad.

El sargento volvió a centrar su incendiaria mirada en aquel patético individuo con los pantalones todavía bajados y que no se atrevía a alzar la vista. Tembloroso y rendido estaba claro que no había venido hasta Edimburgo para trabajar como voluntario en el servicio.

Entonces aquel oficial empezó a explicar el motivo que había llevado a su patrulla hasta allí. Como dejado caer sobre su silla de ruedas, el decrépito señor Wallace podía parecer más muerto que vivo, pero sin duda se había mostrado especialmente astuto. Sin decir apenas una palabra desconfió de los falsos brigadistas desde el primer momento y, una vez abandonaron su casa, exhortó a su confiada esposa a comprobar si echaba en falta algo. No era la primera vez que unos desaprensivos paraban por allí y trataban de aprovecharse de la aparente vulnerabilidad de unos ancianos que sobrevivían milagrosamente en los confines del mundo. Tuvo menos dificultades en denunciar lo sucedido de lo que cabría esperar ya que, si algo no faltaba en aquellas tierras, eran militares yendo y viniendo constantemente. Para desgracia de Ethan el anciano había dado una descripción de la cargo y el vehículo sospechoso fue identificado después aproximándose a los dos bloques en los que ahora se encontraba. Un par de patrullas de superficie acudieron a inspeccionar la zona y finalmente una de ellas dio con lo que buscaba. Sencillamente habían estado demasiado tiempo sin moverse del mismo lugar y eso iba a suponer su perdición, no la de los demás. Los demás habían escapado y ahora a él le harían responsable de todo.

- En otras condiciones un simple robo no nos importaría lo más mínimo - afirmó el sargento como para concluir su explicación -. Pero resulta que, aunque no sé si lo sabes, estamos en guerra. Ésta es el área más sensible del frente y no nos hace demasiada gracia que en ella se infiltre gente que se hace pasar por lo que no es. No sé si me entiendes.

Ethan no respondió, el pánico lo dominaba por completo y las palabras permanecían atascadas en su interior.

- Como parece que se te ha comido la lengua el gato te llevaremos al centro de detención de New Town - prosiguió el oficial -, a ver si allí te animas a hablar un poco más - ahora se dirigió a su gente - ¡Coged a este pedazo de basura y registrarlo a fondo, después subidlo al semioruga! Acabad ya con la cargo y dejadla aquí para que se ocupen de ella los de intendencia. No hay tiempo para seguir buscando al resto de la banda, ¡nos vamos!

Varios soldados obedecieron las órdenes de su superior y registraron concienzudamente al prisionero entre risas y algún que otro gesto de repugnancia, pues Ethan ni tan siquiera había tenido oportunidad de limpiarse. Finalmente hallaron una pequeña armónica que él ocultaba en uno de los bolsillos de su pantalón.

- ¡Eh mirad! - exclamó el autor del descubrimiento -. No sé si valdrá para algo, pero de momento la requiso.

- ¡No, mi armónica no!

- ¡Cállate puerco! - otro soldado lo silenció de un puntapié, haciéndole caer al suelo hecho un ovillo y sin respiración -.

Al momento un tercero estaba sobre él y, sin que nadie interviniera para impedirlo, se bajó la bragueta y comenzó a orinarle encima hasta dejarlo empapado. Mientras lo hacía exclamaba pletórico:

- ¡Bienvenido al Hormiguero hijo de puta! ¡Ya verás lo bien que te lo vas a pasar aquí con nosotros!

Finalmente lo arrastraron hasta el interior del semioruga con la misma falta de delicadeza que habían mostrado desde un primer momento. Como seguía con el trasero al descubierto y ahora además apestaba a orina fue objeto de innumerables muestras de desprecio mientras yacía en el frío suelo metálico del vehículo blindado. Allí lo dejaron después de cubrirle la cabeza con una capucha de privación sensorial al tiempo que se ponían en marcha.

Tal vez hubiera sido mejor relatar una historia distinta para el comienzo de la aventura particular de Ethan Sutton. Pero lo cierto es que, detalle más o detalle menos, así fue como seguramente sucedió. Nadie puede conocer su futuro con precisión, ni tan siquiera predecir lo que puede terminar ocurriendo al día siguiente. En aquellos momentos Ethan seguramente pensó que a él ya no le quedaba ningún porvenir. Había huido de Londres para escapar de sus muchas miserias, para escapar del doloroso recuerdo de Samuel, pero en lugar de esperanza había encontrado la peor de las condenas. Aquella aventura planeada por Louis tuvo visos de terminar en desastre desde un primer momento, casi todo había salido mal y a pesar de ello él no había sido capaz de verlo hasta que no fue demasiado tarde. Qué peligroso podía llegar a ser aferrarse ciegamente a vanas ilusiones.

Aquella fatídica tarde, mientras era llevado por la patrulla, a Ethan ya no le quedaba ninguna. Hubiera sido mejor morir allí mismo, ya que alguien como él, útil para nada, no merecía otra cosa. Y esos terribles pensamientos lo consumirían al tiempo que se sumía en un profundo pozo de desesperación. Tan oscuro, terrible y falto de esperanza como el cielo sobre Edimburgo.


Capítulo II

Durante mucho tiempo la panspermia no fue más que una suposición teórica que despertaba obvias suspicacias. Pero eso fue antes de la Gran Disrupción, antes del euzer (…). Sí, todo comenzó con el euzer, una forma de vida microbiana, o al menos eso dicen, de origen desconocido. De dónde procede es un misterio. Hay quien asegura que de fuera de nuestra galaxia, aunque eso es mera especulación y al respecto nadie hay que sea capaz de asegurar nada a ciencia cierta (…).

No sabemos cuándo se produjo el encuentro que habría de cambiarlo todo, si fuimos nosotros los que salimos a emprender una búsqueda o si por el contrario nos descubrieron como se descubre a una exótica especie de insecto en una apartada isla. De una u otra forma el resultado terminó siendo el mismo. Ese “algo” que llevaba millones de años dispersándose por la galaxia y puede incluso que más allá de ella, adquiriendo conciencia de sí mismo en el proceso, encontró un nuevo hogar en el que asentarse (…). Probablemente ya había sucedido miles de veces antes y, como en casi todas las demás ocasiones, ese “algo” sabía perfectamente lo que tenía que hacer. Eones de experiencia dan para mucho pues, como reza un antiguo refrán, más sabe el Diablo por viejo que por Diablo.

“Súper civilización”. S. Brooks.


1

- ¡Maldita sea, nos han endosado un blanco! ¡Un puto blanquito de mierda! ¿Cómo piensan que va a pasar desapercibido en este barco, eh? Tendrá que permanecer escondido en la bodega todo el tiempo, si El Ojo lo detecta estaremos perdidos ¡Esta gente cada vez piensa menos!

El teniente Aloysius McDonnahugh recordaba muy bien esas poco amables palabras de bienvenida. Lo curioso es que, como le venía sucediendo habitualmente, las recordaba como si su autor las hubiera pronunciado en inglés, lo cual no era el caso. A pesar de que ya habían trascurrido meses desde su partida de Estados Unidos, todavía no estaba acostumbrado del todo a emplear el inlingua y eso era un problema. Su acento y su torpeza lingüística lo delataban y, combinándolos con su aspecto, hacían de él un imán para los agentes y servidores del Enemigo. Si no había resultado tan peligroso hasta el momento era porque apenas sí había tenido que tratar con nadie desde que lo recogieron cerca de las costas de Cuba.

A decir verdad durante la travesía del Atlántico se había sentido poco más que como un mero paquete. Las embarcaciones que se arriesgaban a surcar aquellas aguas contaban principalmente con tripulaciones africanas, por eso los innombrables las toleraban. Se trataba de un tráfico increíblemente numeroso, incluso se podía decir que multitudinario, y hasta Ellos sabían quién se ocultaba en algunos de aquellos destartalados barcos. Todo formaba parte del juego y el teniente McDonnahugh lo sabía. Pero un hombre blanco y más con aquel aspecto de anglosajón que se veía a la legua, pelo claro, ya bastante cano, ojos azulados y piel escasamente bronceada, era tan descarado que casi sonaba a insulto. El Enemigo no estaba dispuesto a que le tomaran el pelo de aquella manera y siempre había un cupo de intercepciones en alta mar que se debía cubrir para que los aliados nunca dejaran de sentir la presión. El barco que lo llevaba tenía todas las papeletas de terminar abordado o incluso hundido y por eso sus anfitriones lo trataron casi desde el principio como si fuera una maldición. Como era habitual aquellos hombres también procedían del Continente Negro y muchos eran ciertamente supersticiosos.

- ¡Deberíamos arrojarlo por la borda! - llegó a decir incluso uno de ellos -. Todo el mundo sabe que un blanco a bordo durante una travesía trae mala suerte. Atraerá a los diablos de las profundidades ¡Al infierno con la recompensa!

Sí, cualquier persona que se echara a la mar en aquel tiempo temía a los diablos del abismo. Los innombrables los enviaron precisamente para eso, para anunciar que todos los océanos del planeta les pertenecerían a partir de ese momento y para siempre. Ninguna embarcación de fabricación humana, ya estuviera armada o no, se encontraba a salvo de aquella amenaza que patrullaba incansable los mares de polo a polo. Cualquiera que quisiera surcarlos estaba obligado a pedir permiso previamente.

Ése era el motivo de que a la Alianza no le quedara más remedio que usar aquel precario sistema para enviar a su gente de uno a otro lado del Atlántico. Los diablos del abismo destruyeron todas sus flotas de guerra mucho tiempo atrás, tanto que el teniente McDonnahugh jamás había conocido a anciano alguno testigo directo de aquellos sucesos. Ahora nada quedaba y debían depender de terceros para trasladar a sus agentes de enlace, como así llamaban a los abnegados hombres y mujeres que se jugaban la vida en aquellos inseguros viajes. Su utilidad era más que discutible pero el gesto, la intención, lo eran todo. Un puñado de personas más o menos de un lado del océano o del otro no cambiaría absolutamente nada, pero eran una demostración simbólica de la firme intención de los aliados de seguir en la lucha, de resistir hasta que no quedara un solo hombre en pie. Ése era el mensaje que se enviaba a través de aquellas, por otra parte, ridículas pero al mismo tiempo arriesgadísimas misiones. Desde luego lo eran para aquellos que debían cumplirlas.

Se podría haber dicho que, tras múltiples peripecias, Aloysius McDonnahugh logró arribar al puerto senegalés de Dakar con objeto de cumplir una importantísima misión a ese lado del océano. Después de todo eso es lo que la mayoría ha escuchado acerca de él. Un bravo guerrero señalado por el destino emprendió un largo y peligroso periplo que finalmente lo conduciría a la gloria. La suya es una historia de sacrificio heroico que ha de servir como ejemplo, pues el que habría de ser conocido como el capitán McDonnahugh antepuso el honor y la entrega a una causa justa a cualquier otro tipo de consideración. Los antepuso incluso al pretendido deber para con su país y, faltaría menos, también a su propia vida. Al fin y al cabo los héroes están hechos de una pasta especial distinta a la que compone el resto de seres humanos, nada temen y nada los desvía del camino fijado, porque ésa es su seña de identidad, lo que los hace diferentes y dignos de ser honrados y recordados por las generaciones venideras.

En realidad Al, como a él siempre le gustaba que lo llamaran, no tenía la menor idea de para qué iba a resultar útil en la otra parte del mundo. Ni tan siquiera portaba información de valor, como se decía que llevaban otros agentes de enlace, razón por la cual consideraba su destino como un destierro. El motivo de que lo seleccionaran para aquello sí que lo entendió desde el primer momento. Había sido un indeseado testigo de determinados sucesos que era mejor que no trascendieran y por eso gente de cierto poder consideró que si el teniente hablaba de ello con quien no correspondía sus intereses se verían seriamente comprometidos. A pesar de todo lo respetaban, les había sido muy útil y, en vez de eliminarlo directamente, le hicieron un ofrecimiento. Al siempre había sido alguien muy pragmático en ese sentido y aceptó convertirse en agente de enlace, de esta manera se deshacían de él de una forma ciertamente elegante y en principio todos contentos.

Qué importaba, a esas alturas ya estaba hastiado. Era tanta la sangre vertida a lo largo de los años que todo había dejado de tener sentido. En realidad nunca lo tuvo, tan sólo era un carnicero más en un mundo repleto de ellos, pero durante un tiempo creyó ingenuamente que llegaría el día en que todo aquello acabaría. Lo cierto es que no podía terminar nunca y, alejándose lo máximo posible de esa vida que era casi lo único que había conocido, era como si también se alejara de esa parte de sí mismo que tanto había llegado a odiar.

Pero por mucho que tratara de huir ese otro yo lo perseguiría hasta los confines de la Tierra. Durante la travesía había permanecido oculto, agazapado, lo mismo que él sin ver la luz del sol o las estrellas en esa sucia bodega en la que lo obligaron a permanecer día y noche. Al llegar a Dakar no obstante su lado oscuro terminó despertando a la menor oportunidad. Acababa de desembarcar y otra vez envuelto en la misma clase de situación que tanto se juró que no volvería a repetirse. Tal vez no podía evitarlo.

- No ha dicho ni una sola palabra desde que lo hemos cogido - comentaba en inlingua uno de sus captores -. Tampoco se ha movido, pero sé que está despierto.

- ¿Acaso piensas quitarle la capucha para comprobarlo? - quiso saber su compañero hablando en el mismo idioma -. Yo de ti no me fiaría por si acaso.

- No hay de qué preocuparse, está esposado.

- Esposado o no ya has visto lo que ha hecho en los muelles. Se ha cargado a dos tipos usando sólo sus manos y todavía no sabemos por qué.

- Es un agente de enlace que viene de América, seguramente lo han entrenado para ser un soldado de élite. Tal vez los del muelle eran agentes gessit.

- Podría ser, un blanco como él llama demasiado la atención. De todas formas a mí no me parece un soldado.

- ¿A no? ¿Y qué crees que es?

- Pienso más bien que es un asesino. Esa clase de gente es más adecuada para este tipo de misiones.

- Pues si deseaba pasar desapercibido no se puede decir que haya comenzado con buen pie. De milagro hemos conseguido sacarlo del puerto sin que nos detuvieran.

- Poco importa, debemos llevarlo ante Faruq y no hacer preguntas. Él sabrá.

Los dos permanecieron en silencio durante unos instantes, contemplando al singular hombre blanco que habían atrapado. Por seguridad en el momento de hacerlo lo dejaron inconsciente usando sus aturdidores y ahora lo mantenían esposado y con el rostro cubierto. No era un prisionero pero debían mantener las debidas precauciones, pues habían podido comprobar de qué era capaz. El hecho de que permaneciera inmóvil y callado como una estatua los ponía un tanto nerviosos.

- ¿Crees que entiende lo que decimos? - preguntó al cabo uno de ellos -.

- Estoy seguro de que sí ¿Cómo si no se las va a arreglar? Sin hablar inlingua no podrá ir a ninguna parte.

- Pero si no ha dicho absolutamente nada quizá es porque no sabe hablarlo ¿Conoces tú la lengua prohibida?

- No, no la hablo y si tú la conocieras tampoco deberías hacerlo. De todas formas si todavía no ha dicho una palabra no creo que sea porque no nos entiende.

Desde la parte delantera del vehículo alguien hizo una señal. Ya estaban llegando.

- Bueno hombre blanco, prepárate que ya estamos - anunció animado uno de los que lo vigilaba -.

El vehículo que lo trasportaba frenó bruscamente y con suma rapidez varias personas lo tomaron con firmeza haciéndole bajar del mismo. No había podido ver nada, pero sabía que había estado todo el rato en la parte trasera de un pequeño camión o algo parecido. Una vez en el suelo una voz profunda y potente le indicó también en inlingua:

- Escúchame, sé que es natural que desconfíes pero no queremos hacerte daño ¿De acuerdo? Tan solo te hemos traído hasta aquí porque alguien quiere hablar contigo. Ahora te quitaremos la capucha y las esposas. Repito que no tienes nada que temer de nosotros.

Tal y como había aprendido a lo largo de los años Al decidió no hacer nada hasta poder evaluar la situación. Aquella gente cumplió con lo anunciado y lo liberaron sin más, así que, ya sin la capucha, el teniente echó un vistazo rápido después de acostumbrarse al repentino aumento de luz. Comprobó que se hallaba rodeado por una docena de hombres, todos africanos de raza negra y algunos de ellos fuertemente armados. El vehículo lo había llevado hasta una especie de casa señorial que debía de estar a las afueras de la ciudad, el palacete parecía descuidado y un soberbio y extenso jardín lo rodeaba. Exóticos árboles de grandes dimensiones conformaban un pequeño bosque que a buen seguro ocultaba el lugar a ojos de los curiosos y, bajo ellos, crecía exuberante todo tipo de vegetación, por lo que daba la impresión que ningún jardinero se ocupaba de ella. Junto a la gran casa había incluso un estanque y los sonidos producidos por las aves tropicales y otras criaturas que se ocultaban en la arboleda inundaban el espeso y tórrido aire.

Al no estaba acostumbrado a aquellas condiciones ambientales, a aquel sol africano, cegador y ardiente. Había pasado buena parte de su vida en los fríos y desolados territorios del norte, allí donde la Oscuridad regresaba periódicamente para cubrir las tierras de sombra. El sofocante clima de los trópicos era algo por completo distinto.

- Ahora deberás acompañarme - dijo el hombre que había hablado antes, un sujeto grueso y de cabeza rasurada que vestía la indumentaria típica de la gente del lugar -. No queremos problemas contigo.

- No queréis problemas, pero esto es secuestro.

Después de un tiempo el teniente podía entender el inlingua bastante bien, pero hablarlo ya requería mucho más esfuerzo y era consciente de que su más que visible falta de soltura sería fuente de sospechas allá donde fuera.

- Si hubiéramos querido matarte ya lo habríamos hecho - afirmó el hombre obeso que al parecer era el líder del grupo -. En lugar de eso te hemos quitado las esposas porque confiamos en que serás razonable. Haz el favor de acompañarme.

- Información, eso queréis - replicó él escuetamente -.

- Sabemos que no tienes ninguna que pueda ser de interés - sonrió su interlocutor, otros hombres a su lado hicieron lo mismo -. Sólo te has traído a ti mismo - e insistió -. Vamos ven, no lo demoremos más. Te esperan y, cuando hayas terminado, podrás descansar en la casa hasta la partida.

- ¿Con quién hablar? - no era lo ideal pero al menos podía hacerse entender. El problema estribaría en su incapacidad de ir más allá de frases cortas -.

- No te impacientes, pronto lo verás.

Al decidió obedecer, después de todo eran doce contra uno y él iba desarmado. Además, tal y como había indicado su jefe asesinarle no parecía su propósito, al menos por el momento. De haber sido agentes del Enemigo seguramente no hubieran perdonado su espectacular llegada a Dakar, o bien lo habrían liquidado directamente o bien lo habrían entregado a las autoridades, que lo interrogarían para descubrir quién era y qué hacía allí. Nada de eso sucedió y, en su lugar, se lo habían llevado con diligencia y discreción, casi como si quisieran que no quedara ni el menor rastro de su presencia en la ciudad. Los dos fiambres en los muelles ya eran bastante.

Entraron en el viejo palacete, cuyo interior estaba parcamente decorado porque a buen seguro nadie residía en él de forma permanente. Subieron por las escaleras a la planta superior y lo condujeron hasta una amplia estancia. Como todo lo demás el lugar contaba con escaso mobiliario. Dispuestas junto a la pared de la izquierda, próximas a los ventanales, había extendidas varias alfombras persas sobre las que descansaban una decena de grandes almohadones rodeando un par de mesitas bajas. Allí aguardaban acomodadas otras cuatro personas tomando té al estilo árabe y disfrutando de un gran narguile o pipa de agua, casi como si hubieran montado todo aquello en unos minutos y se fueran a marchar una vez acabaran. Dos eran hombres ataviados con los ropajes propios del desierto, posiblemente tuaregs, un tercero era otro hombre negro y la última una mujer de la misma raza, relativamente anciana y que había perdido un ojo. No supo el motivo, pero a Al le pareció una especie de hechicera, todo y que nunca había creído en esas cosas.

- Gracias Kassim, tu gente ha hecho un buen trabajo - anunció también en inlingua uno de los hombres del desierto. Parecía el de mayor edad y exhibía una barba rala y totalmente encanecida -. Dejadnos a solas con el americano. No temáis, permaneced fuera por si surge algún imprevisto.

El tal Kassim hizo una leve reverencia y, sin decir una sola palabra, se retiró junto a los otros cinco hombres que había utilizado para escoltar al teniente.

- Vaya, vaya, parece ser que nuestro invitado ha causado más preocupación de la esperada - habló nuevamente el mismo individuo. Lo más curioso de todo es que lo hizo en inglés, idioma que parecía dominar perfectamente -. Acaba de llegar y ya cuenta con dos muertes a sus espaldas ¿Qué ha sucedido en el puerto?

Al se sintió ciertamente aliviado al descubrir que había dado con alguien con el que poder hablar en su propia lengua. De entrada el hecho no le resultó extraño y lo tomó como un gesto de cortesía.

- ¿Quiénes son ustedes y por qué me han traído aquí? - inquirió automáticamente, pues no debía hacer el esfuerzo de traducir mentalmente primero aquello que deseaba decir -.

- A mí puedes tutearme y mi nombre es Faruq - respondió afablemente el único que había hablado hasta el momento -. En realidad no me llamo así, pero es imperativo que usemos pseudónimos. Por lo demás y dadas las circunstancias puedes considerarnos como amigos. Te ocultarás en esta casa durante unos días, el tiempo suficiente para que descanses de la travesía y logremos equiparte para el nuevo viaje que habrás de emprender - se detuvo un instante -. Pero no te quedes ahí plantado, ven aquí a sentarte junto a nosotros a compartir un té y a fumar del narguile.

De entrada el teniente se mostró receloso, pero al mismo tiempo sentía curiosidad y quiso saber quién era aquella gente ¿Lo estaban ayudando realmente o querían ganarse su confianza con otras intenciones? Estaba totalmente solo muy lejos de cuanto había conocido, por vez primera en mucho tiempo se sentía increíblemente vulnerable y deseaba confiar en alguien. Al cabo se sentó sobre las alfombras con las piernas cruzadas y mostrando una forzada sonrisa. Faruq ya le había servido un vaso de té y se lo ofrecía amablemente. Los demás observaban en silencio y con semblantes serios, especialmente la mujer, cuyo único ojo útil parecía tener el poder de penetrar la carne.

- ¿Formáis… formáis parte de la estructura de la Alianza en esta parte del mundo? - Al fue al grano. No era hombre que se anduviera con rodeos, algo que muchos tomaban por una imperdonable falta de tacto -.

- Los aliados no tienen ninguna clase de infraestructura ni aquí ni en muchos kilómetros a la redonda, teniente McDonnahugh - informó Faruq -.

- Sabes mi nombre ¿Cómo es posible?

- No debería sorprenderte. Sabíamos que venías y también sabemos muchas más cosas.

Ante la expresión de perplejidad de su invitado prosiguió:

- Siendo poco más que un muchacho te reclutaron las milicias del TAM y te adiestraron para combatir a su lado. No era la más hermosa de todas las causas pero aprendiste muchas cosas útiles, aquello te hizo fuerte y te enseñó a sobrevivir a las circunstancias más duras. Son la clase de habilidades que viene muy bien poner en práctica si te conviertes en agente de enlace y has de cruzar el Atlántico y luego llegar hasta Europa prácticamente por tus propios medios. Más tarde te enviaron a Alaska, a los frentes del norte. Ahora servías directamente en el ejército de los Estados Unidos de América, pero pronto descubriste que no era muy distinto a continuar en las filas del TAM. La misma clase de oficiales, idéntica retórica, idéntica brutalidad y la misma guerra inútil contra enemigos que ya eran de muchas clases, tanto internos como externos. Decían que luchabais contra el Enemigo, pero rara vez os topasteis con él cara a cara y, cuando así ocurría, la mayor parte de las veces convenía huir y esconderse.

Y la perplejidad fue en aumento. No era tanto lo que decía, pues una experiencia de ese tipo podía ser común a otros muchos como Al, sino más bien la forma que tenía de hacerlo. Aquel enigmático hombre del desierto hablaba como si pudiera comprender lo que él había sentido tantas y tantas veces, como si comprendiera qué clase de vida había llevado y en qué se había convertido. Aquella sensación de asombro y confusión fue en aumento cuando Faruq continuó relatando:

- Sé que al final terminaste actuando por pura inercia, al fin y al cabo eres un superviviente y lo único que te ha importado siempre es seguir vivo otro día más. Pero hace tiempo que dejaste de creer en aquellos a los que servías. No crees en sus consignas y mucho menos en sus promesas, ésas que anunciaban el resurgir de una nación en ruinas convertida ahora en una mera sombra de la que una vez fue. También dejaste de creer en su dios. Rezabas o más bien fingías que lo hacías, sí, pero sólo para no terminar excluido aunque en el fondo te repugnaba toda aquella falsedad, toda aquella hipocresía. A pesar de todo te hiciste un hueco entre aquella gente, incluso muchos terminaron considerándote una especie de héroe; bien sabes que de vez en cuando se hace necesario ensalzar a alguno. El haber estado cerca de un guerrero edan y regresar con vida para contarlo bastó para que te condecoraran con dos estrellas de plata, una por no huir como todo el mundo hacía, la otra por ayudar a unos compañeros que quedaron atrapados y lograr ponerlos a salvo - parecía haber terminado su alocución, pero de súbito añadió - ¡Ah sí, lo olvidaba! También te concedieron un corazón púrpura por resultar herido en una refriega con vete tú a saber qué fuerza presuntamente enemiga. Qué más daba, los enfrentamientos accidentales entre el ejército regular y las milicias irregulares son algo habitual, después de todo hay demasiadas de estas últimas y muchas ya no sirven a nadie, más bien parecen simples bandas armadas ¿Me equivoco teniente? De todas formas aquel incidente no fue investigado, era mucho más importante condecorar a un herido en combate que sirviera como ejemplo para los novatos. De allí de donde procedes los incidentes rara vez se investigan, ¿no es así? Mucho menos aquel que te ha traído hasta aquí y del que será mejor que no hablemos.

El asombro se quedaba corto para definir lo que sentía Al ¿Cómo podían saber todo aquello? ¿De qué manera les había llegado la información? ¿Acaso es que eran capaces de leer la mente? Cualquiera que fuera un tanto fantasioso podría imaginar que, aquella anciana tuerta que permanecía impasible frente a él, era capaz de albergar una habilidad semejante. De pronto tuvo una extraña certeza en relación a ella y también a los otros. Faruq tampoco se libraba, su rostro curtido por el sol y su mirada serena y penetrante a la vez, ocultaban algo mucho más sorprendente o quizá incluso aterrador.

“No, no puede ser. Suena demasiado irreal como para ser verdad, sin embargo casi todo el mundo cree que existen y que algunos son capaces de adoptar forma humana. O puede que sean como las mujeres dragón, una especie de parásito dentro de un cuerpo humano”. El teniente discutía para sus adentros, aquello podía ser sin duda toda una revelación. Si se confirmaba tal vez fuera el primero en establecer un contacto de aquellas características.

- No te creas tan especial, teniente McDonnahugh - habló de nuevo Faruq. Y aquello sonó una vez más como si le hubiera leído el pensamiento -. No es la primera vez que nos dirigimos a un enlace, si bien tú te has mostrado mucho más perspicaz que la mayoría. Nos alegra comprobarlo.

- ¿Quiénes sois vosotros? - Al trataba de sobreponerse a la confusión -. Habéis afirmado que la Alianza no tiene ningún tipo de infraestructura en toda la región, por lo tanto concluyo que no trabajáis para ella. Sin embargo decís que queréis ayudarme ¿Por qué? ¿Para qué?

- Ésas son cuestiones complejas amigo mío. Para empezar dinos por qué has matado a esos hombres nada más desembarcar.

- No sé, he actuado casi sin pensar. El viaje por mar ha sido largo y complicado, los que me han traído casi me han arrojado del barco como si fuera una bolsa de basura, ya que llevaban semanas deseando deshacerse de mí. Lo único que esperaban era cobrar la recompensa por haber hecho su parte del trabajo. Por eso no me han informado acerca de nada, aunque tal vez no eran capaces de hacerlo, y de repente me he visto tirado en los muelles completamente expuesto. Un hombre blanco solo en una ciudad africana que no conoce lo más mínimo, sin apenas equipaje, dinero, amigos o cualquier cosa de la que poder valerse. Me he sentido una presa demasiado fácil y esos dos tipos, que en realidad no sé ni quienes eran, se han acercado a mí hablando en un idioma que no entendía. Puede que sólo quisieran robarme lo poco que llevaba encima, o a lo mejor sentían curiosidad y me estaban preguntado quién era o qué hacía allí, no puedo asegurarlo. El caso es que mi instinto, que muchas veces es más salvaje y oscuro de lo que desearía, ha actuado sin esperar a lo que pudiera ocurrir, fuera bueno o malo. Sí, me los he cargado a los dos y puede que haya hecho muy mal en hacerlo, lo reconozco. Pero como siempre suele suceder ya es demasiado tarde para remediarlo.

Rara vez se solía sincerar con nadie de esa manera, lo suyo no era abrir el corazón para exponer lo que sentía, más bien había tardado años en construir una inexpugnable coraza con la que evitar que nada de lo que sucedía a su alrededor llegara a afectarle. Pero aquel Faruq tenía algo que lo hacía distinto, era como si a su lado se pudieran expiar los pecados, como si tendiera en torno a sí una extraña aurea protectora.

Entonces la certeza se acrecentó más si cabe. “¡Los kovery, sí, sin duda podrían ser ellos! ¿Quién más puede hacer algo así?”, aquellas palabras resonaron en su cabeza como un estallido. Pero hubo de refrenarse, no por lo disparatada que parecía la idea, que en realidad lo era, sino más bien porque intuía que debía ser precavido al respecto. Sea quien fuere aquella gente lo habían llevado hasta allí porque tenían una muy buena razón para hacerlo.

Al vivía en un tiempo dominado por el temor y la ignorancia acerca de muchas cosas. La superstición, los mitos y las historias fabulosas en relación a los incomprensibles y aterradores poderes procedentes de las estrellas, venían a llenar ese hueco antes ocupado por la razón. Los kovery no eran una excepción, para muchos fantasmas cuya existencia parecía imposible probar. Puede que no fueran reales tal y como los había imaginado la mayoría, puede que en realidad fueran otra cosa, aunque no por ello dejarían de cumplir el propósito por el que supuestamente habían venido a nuestro mundo.

- Lo sucedido en el puerto es en buena medida responsabilidad nuestra - se lamentó entonces Faruq -. Esos hombres no tendrían por qué haber muerto, pero si liberas a una fiera en un terreno que le es desconocido y la rodeas de extraños, inevitablemente se sentirá acorralada y reaccionará en consecuencia.

Acababa de compararlo con un animal salvaje, no por ofensiva aquella observación resultaba menos acertada.

- Tiempo hace que esos que todavía se hacen llamar aliados se dejan ayudar sin hacer preguntas - siguió el misterioso hombre del desierto ¿Había cierto tono de reproche en su voz? -. Es como si prefirieran ignorar lo que sucede más allá de sus ruinosas fronteras, ciertas cosas vienen dadas y ya les va bien que así sea. Mejor que nadie averigüe determinadas cosas porque siguen aferrados a la absurda idea de que los demás han de adaptarse a su visión del mundo. Es por eso que, aun en la situación actual, insisten en que todo ha de hacerse como ellos quieren, de lo contrario no ven ni tampoco escuchan - se detuvo un instante -. Pero el orden que todavía dicen preservar ya no existe, tan solo es una ilusión en sus mentes, lentamente languidecen con lo poco que queda de él perdiendo la oportunidad de atisbar una nueva esperanza. Mejor hundirse que reconocer toda una historia de errores y estar dispuesto a cambiar. Esto debe acabar y por eso, a pesar de todo, prestamos nuestro apoyo a gente como tú sin esperar que se abra línea de comunicación alguna.

- ¿Y qué es lo que queréis de mí? - ésa era la pregunta que había querido hacer desde el principio - ¿Por qué estoy aquí?

- Es evidente, para poder llegar hasta Europa en condiciones ¿Acaso pensabas echar a andar tú solo sin saber qué dirección tomar y sin apenas nada con lo que poder sustentarte? Allá en tu país te equiparon realmente mal para el viaje.

- La mayor parte de las cosas que llevaba al principio las perdí o me las robaron, puede que incluso antes de salir de América. Ya no lo recuerdo. Por lo demás no esperaba nada, tan solo salir de aquella maldita bodega dentro de aquel maldito barco. Mejor no hacer planes a más de unos días vista.

- No es esa la actitud que se espera en un agente de enlace - desaprobó Faruq -. Antes de todo nos gustaría saber si estás dispuesto a seguir adelante o si por el contrario aceptaste cruzar el océano únicamente para alejarte de todo aquello en lo que te viste envuelto. De ser esto último te dejaremos marchar y podrás tomar el camino que desees, aunque como comprenderás no esperes más ayuda por nuestra parte. Hemos de reservar nuestros esfuerzos y recursos para aquellos que estén dispuestos a comprometerse.

Al recapacitó en silencio. Tenía la oportunidad de ser enteramente libre, algo que no había experimentado en años, al tiempo que sentía que no le debía nada a nadie. Podría haberse largado sin más y buscarse la vida como buenamente pudiera, aquella gente no se lo iba a impedir. Pero por otra parte, ¿qué diablos iba a hacer él solo vagando por África? Tal vez no durara mucho de una pieza y, de hacerlo, puede que terminara convertido en una versión aún más espantosa de sí mismo. No, eso era precisamente lo que no quería que ocurriera. Si había viajado hasta tan lejos era para romper del todo con su pasado ¿Quién sabe?, a lo mejor era cosa del destino y le estaban brindando una oportunidad de redimirse.

- No tengo a dónde ir y me gustaría creeros cuando habéis dicho que me ofrecéis refugio y protección - reconoció al fin -. También creo imaginar quiénes sois en realidad, al menos estoy convencido de saber para quién trabajáis, pero no voy a hacer preguntas al respecto. Por lo que he entendido vuestro deseo es que viaje a Europa, así que estoy dispuesto a llegar hasta allí. Si he cruzado el Atlántico creo que también podré cruzar este continente.

- Nos alegra oírlo - sonrió Faruq mientras el perfumado humo de la pipa lo envolvía -. Te equiparemos y te daremos instrucciones para que al menos puedas servir de alguna utilidad, puesto que los que te enviaron no parecen haber pensado en ello.

- Los que me ofrecieron convertirme en enlace sólo pensaban en deshacerse de mí y que desapareciera cuanto antes - reveló él -, lo que hiciera o dejara de hacer una vez bien lejos no les importaba lo más mínimo - ahora abrió los brazos en señal de ofrecimiento -. Así que amigos, soy todo vuestro.

Hubo intercambio de miradas y susurros apenas comprensibles. Faruq parecía discutir con el resto de los allí presentes y daba la impresión que había algo que no era del agrado de la mujer tuerta.

- ¿Cómo me las arreglaré? - preguntó Al interrumpiendo la deliberación - ¿Me acompañará alguien para guiarme en el viaje hacia el norte?

- Eso sería demasiado arriesgado, como ya he dicho tendrás todo lo necesario, pero no podemos comprometer a ninguno de los nuestros en un trayecto así. Por tanto habrás de cubrirlo en solitario - indicó Faruq -. Tienes que alcanzar la ciudad de Argel, allí al menos la Alianza dispone de gente porque esa región acoge a muchos refugiados europeos y sus descendientes. Cuando llegues ponte en contacto con ellos.

- ¿Y cómo sabré quiénes son?

- Ellos te encontrarán a ti primero. Conocen mi nombre y seguramente pensarán que soy algo así como un agente de alto rango de la inteligencia aliada que opera en zonas remotas. Que crean lo que quieran, lo importante es que piensen que eres uno de mis hombres, elude a todo aquel que no te identifique de esta manera.

- ¿Eso es válido únicamente para cuando llegue a Argel o también debo seguir las mismas instrucciones si estoy en otra ciudad?

- Por tu bien será mejor que no haya más ciudades, es difícil que un hombre blanco pase desapercibido en ellas. Tendrás que sumarte a los convoyes que atraviesan el Sáhara, es mucho más seguro y, si te preguntan, decir que eres sudafricano. Con un poco de suerte nadie sospechará más de la cuenta. No puedes remontar por la costa, los Amos del Cielo disponen de numerosas bases por toda la zona y de una nutrida red de servidores, tarde o temprano te identificarían y te atraparían.

- ¿Los Amos del Cielo? - Al no estaba acostumbrado a oír aquella expresión, si bien la conocía -.

- Sí, les gusta que los llamen así - aclaró Faruq dejando entrever un gesto de mofa -. También son los Señores de la Luz, los Redentores o, si tienes la ocasión de dirigirte a ellos en persona, cosa que deberías evitar, los buenos hermanos. Para muchos simplemente son Ellos.

- Para mí siempre han sido el Enemigo - atajó el teniente -, aunque para otros son los innombrables.

- Es curioso, ya casi nadie los llama guiberiones, el nombre con el que se dieron a conocer en un principio.

De aquello hacía ya demasiado tiempo, tanto que casi nadie lo sabía con exactitud. Una época remota, posiblemente anterior a los abuelos de los abuelos de los que entonces vivían, en la que aquellos que terminaron teniendo tantos nombres se presentaron como los mejores amigos de las potencias de antaño. Habían venido desde muy lejos para ayudar a preservar el orden establecido e impedir que nuestra civilización colapsara ante la gran crisis mundial que se avecinaba. Nos entregarían su prodigiosa tecnología a cambio de encontrar refugio en nuestro mundo, pues decían ser proscritos injustamente perseguidos.

Resultaba difícil saber qué ocurrió exactamente, pues los registros del pasado se perdieron en su mayor parte en la indecible devastación que sobrevino al inicio de la Guerra. Muchos decían que los innombrables embaucaron a los poderosos de entonces, sellando así la perdición de todos. Otros aseguraban que fueron esas mismas élites las que nos abocaron al desastre, cegadas por sueños de ambición y codicia desmedidos, y que el Enemigo únicamente aprovechó la oportunidad de ocupar su lugar asestando un golpe letal en el momento preciso. En realidad para alguien como Al conocer la verdad de lo sucedido no importaba demasiado, si todo obedeció a un plan meticulosamente trazado siglos atrás por poderosas inteligencias no humanas o si simplemente fue el azaroso devenir de la Historia. Sea como fuere el resultado no variaba y a él, como a tantos otros, le tocó sobrevivir a sus consecuencias. No podía permitirse el lujo de entregarse a disertaciones, destinaba la mayor parte de sus energías a mantenerse con vida un día tras otro.

- Tengo muchas preguntas que haceros, pero descuidad, todas están relacionadas con el viaje - el teniente siempre se guiaba por su sentido práctico -.

- Y todas serán respondidas a su debido tiempo - le hizo saber Faruq -. Aunque no necesariamente por nosotros. Te dejaremos en buenas manos, Kassim y su gente ya han hecho esto otras muchas veces.

- Me llama la atención que digas nosotros cuando tú has sido el único que ha hablado - miró a los demás, enfrentando especialmente la penetrante mirada de un solo ojo de la anciana negra. Acto seguido quiso dirigirse a ella -. Tú por ejemplo, ¿quién eres?

- No necesitas saber quién soy, tan solo da gracias por el hecho de que esté dispuesta a ayudar a alguien como tú - replicó la mujer con hostilidad y empleando el inlingua -.

Al no supo cómo tomárselo ¿Era una advertencia para que no volviera a dirigirle la palabra o había algo en él que la irritaba de verdad?

- Este hombre es imprudente, nadie va a creer que procede de Sudáfrica - ahora la anciana se dirigió a Faruq -. Ha cambiado a la lengua prohibida sin tomar la menor precaución, si hace eso en cualquier otro sitio más le valdrá ser tan bueno matando como presuponemos. Aunque al final ni tan siquiera eso servirá.

- Es un recién llegado amiga mía - repuso éste también en inlingua -. Debemos darle la oportunidad de adaptarse.

- ¿Cuál es el problema? - Al persistía en el uso de su idioma materno -.

- La primera y más importante de todas las lecciones que has de aprender es ésta, a partir de ahora bajo ningún concepto vuelvas a emplear la lengua prohibida - le hizo saber Faruq sin volver a usar el inglés -.

El teniente no era estúpido y lo captó al instante. Bien sabía que de no seguir esas instrucciones podía buscarse problemas con extrema facilidad, aunque por otra parte regresar al inlingua era todo un fastidio y la verdad era que no se le daba especialmente bien.

- Vosotros u… usado conmigo mi propia lengua, por eso yo hablado en ella.

- Y tú confiadamente has continuado la conversación como si nada - replicó Faruq -. No vuelvas a hacer una cosa así aunque alguien vuelva a dirigirse a ti en tu propia lengua, porque casi con toda seguridad se tratará de una trampa para intentar descubrirte. En este continente ya son pocos los que la hablan y en un hombre blanco como tú resultaría más sospechoso que en ningún otro. Llevas la frase “soy un maldito agente de enlace aliado” escrita en la frente, así que hagamos todo lo posible por borrarla ¿Lo comprendes?

- Sí, perfectamente ¿Más consejos?

- Sabes lo básico, los detalles restantes te los facilitarán Kassim y los suyos - y antes de que Al abriera la boca su interlocutor interrumpió -. Sé que hay muchas más dudas, pero no nos necesitarás a nosotros para resolverlas. Aunque no lo creas en cierta forma te acompañaremos en tu viaje, será como un aliento para tu ánimo, te guiará, te dará fuerzas y te protegerá en la medida de lo posible de la mirada de El Ojo. Ahora descansa unos días antes de la partida, aquí estarás igualmente seguro porque tampoco pueden verte.

Las palabras resultaban enigmáticas, como casi todo en aquel hombre. No obstante dejaban entrever ciertas cosas, como que sus sospechas al respecto no eran infundadas. Aquella gente era mucho más de lo que aparentaba.

- ¿Ocasión habrá de hablar más contigo? - inquirió no sin torpeza -.

- Lamento decirte que no - le hizo saber Faruq -. No es que nos resultes antipático o desagradable, por mucho que alguno de los presentes haya dado esa impresión - inevitablemente se giró hacia su compañera -. Lo que ocurre es que nos vemos obligados a permanecer en constante movimiento, por seguridad, imagino que lo entenderás. Pronto nos marcharemos y será como si nunca hubiéramos existido. Nadie, ni siquiera Kassim con el que tanto hemos colaborado, ha de saber cuál es nuestro próximo destino. Así ha de ser para que todo funcione como es debido.

- Comprendo.

- ¡Pero vamos, disfruta un poco del descanso, ni tan siquiera has probado tu té! - lo apremió entonces -.

Al tomó un pequeño sorbo, ya se había enfriado y no quería ser descortés. Así que dejando el vaso dijo:

- Gracias, muy dulce para mí. Lo mío otras cosas - e incorporándose añadió -. Si nada más decir prefiero marchar para descanso. En barco mal dormía y ahora ya muy cansado. Gustaría dormir. Gracias, gracias.

- Disculpado estás - sonrió Faruq -. Descansa bien y reponte, aquí podrás comer cuanto desees y estrenar ropas nuevas que te resultarán mucho más cómodas y útiles que esos harapos que ahora llevas encima. Puede que la cocina local te resulte un tanto exótica, pero te puedo asegurar que es muy saludable. Te acabará gustando.

“Es imposible que sea peor que la bazofia que nos daban cuando servía en Alaska. Y eso que podíamos sentirnos afortunados, otros ni comían”, no pudo evitar pensar el teniente. Y así se fue despidiendo, mientras retrocedía saludando y sonriendo torpemente, como si considerara un insulto darle la espalda a aquel cuarteto ¿Por qué dos de ellos ni tan siquiera se habían dignado a decir una palabra? Suponía que no porque fueran mudos, si bien tampoco tenía una respuesta clara. No supo por qué, pero mientras abandonaba la estancia no dejó de sentirse ciertamente insignificante, hasta se diría que inferior a todos ellos. Y eso era algo que no tenía nada que ver con sus ropas de vagabundo, sucias y desgastadas como estaban al no haber tenido la ocasión de cambiarlas en toda la travesía.

- ¿Qué opinión os merece en realidad? - habló finalmente el otro hombre vestido al estilo de las gentes del desierto, una vez Al hubo desaparecido -.

- No es más que un asesino - respondió la mujer -. Alguien así es muy útil para realizar trabajos sucios, que es a lo que se dedicaba cuando estaba en Norteamérica. A pesar de eso lo tendrá realmente difícil para llegar hasta Argel, no digamos ya a Europa. No se pueden emplear blancos como agentes de enlace, es demasiado descarado. Lo habitual es que manden a afroamericanos, tal y como los llaman, asiáticos o incluso a hispanos. Pero un blanco… nos exponemos demasiado. Si lo relacionan con nosotros habrá complicaciones.

- Mucho tiempo llevamos haciéndole el trabajo a los aliados mientras ellos miran hacia otro lado como el que no quiere preguntarse quién diablos ayuda a su gente a cruzar el océano y llevarla a destino - expresó Faruq -. De una u otra forma han de saber que estamos detrás de esto aunque no quieran reconocerlo oficialmente ¿Quién sabe?, quizá envíen blancos para probar hasta dónde alcanza nuestra destreza.

- Tampoco se los puede culpar a ellos de todo - opinó el hombre negro, uno de los que tampoco había hablado hasta ahora. Y dirigiéndose directamente a Faruq añadió -. Tu gente no ha hecho demasiado por establecer un contacto formal y no será porque no lleváis mucho tiempo entre nosotros.

- Eso es algo que no se puede hacer siguiendo los procedimientos a los que la Alianza está acostumbrada - replicó él -. De actuar así haríamos precisamente lo que los guiberiones siempre han querido que hagamos, mostrarnos para que les resulte más sencillo acabar con nosotros.

- De todas formas es el momento, una nueva candidata pronto se revelará y deberá entregarse a las fuerzas aliadas antes de hacer su ofrecimiento. Tarde o temprano habrán de implicarse en nuestros planes quieran o no quieran. Aunque quizá nos rechacen tal y como ya ha sucedido en otras ocasiones.

- Si en el pasado nos rechazaron, Wadie, fue por miedo. Miedo a los cambios que están por venir - aclaró Faruq al compañero que iba ataviado igual que él -. Pero como bien dices es el momento, tengo depositadas muchas esperanzas en esta nueva candidata.

- Querrás decir en tú candidata - añadió la mujer remarcando el pronombre personal posesivo -. Aunque te ocupaste de ella personalmente no es la primera mentaith que enviamos.

- Esperemos que sea la última, pues de los errores se aprende y con ella tal vez lleguemos donde otras no pudieron.

La anciana tuerta le lanzó una mirada incendiaria con su único ojo útil. Era como si el comentario la hubiera ofendido en cierto modo.

- No te confundas, de verdad espero que ésta sea la definitiva - dijo -. Pero de ser así no atribuyas todo el mérito a tu labor y a lo que esa jovencita sea capaz de hacer. Antes que ella otras muchas abrimos camino y hemos sacrificado nuestras vidas en esta empresa que parece no acabar nunca. Yo he envejecido en la lucha y ni tan si quiera sé si llegaré a ver el final.

- Ningún mal ha de durar eternamente querida amiga - puntualizó Faruq en tono apaciguador -. Perdona si he dado la impresión de menospreciar vuestro sacrificio, al igual que tú llevo tanto tiempo implicado que ya me resulta difícil separar el deber de los sentimientos y afectos personales.

- Llevas librando esta batalla desde mucho antes que cualquiera de nosotros, hermano - aceptó de esta manera ella las disculpas -. Salvo quizá Wadie, que también estaba en esto antes de que yo sangrara por vez primera.

Éste hizo una leve reverencia en señal de agradecimiento y, mirando a Faruq, le hizo saber:

- Volvamos al tema del enlace americano, sé lo que estás pensando.

- Oh sí, supongo que coincidiréis conmigo en que su inlingua es espantoso, otros que hemos recibido parecían más preparados - ante la obviedad no hacía falta comentario alguno y dejaron que prosiguiera -. Sólo se maneja bien en la lengua prohibida porque apenas ha empleado ninguna otra durante toda su vida, así que el destino que deberíamos recomendar a la gente de Argel está bien claro. Que lo envíen a las Islas Británicas, más concretamente a la zona del frente, a Edimburgo. Al menos allí el idioma no supondrá ningún hándicap y además tal vez podamos emplearlo indirectamente para nuestros propósitos.

- ¿Estás seguro de lo que dices? - el tal Wadie dudaba -. No parece más que un bruto, no sé si será el más apropiado.

- ¿Vosotros qué opináis? - solicitó Faruq -.

- Podría ser tan bueno a tan malo como cualquier otro - indicó el hombre negro -. De todas formas no soy la persona más adecuada para decidir sobre esas cuestiones. Estoy aquí para servir igualmente de enlace.

Después de meditar unos segundos la anciana dio su veredicto.

- Ese hombre tiene las manos manchadas de sangre y el corazón repleto de veneno. Tiempo atrás tomó la decisión de no entregarse a causa alguna, de preocuparse únicamente de sí mismo, de entrada no parece alguien de fiar. Sin embargo en su interior he visto algo más, hay dolor, un dolor inconmensurable. Se podría decir que aceptó este destino para salvar el pellejo, a primera vista eso parece porque de haber permanecido en su país, o mejor dicho en lo que queda de él, habría terminado convirtiéndose en un hombre perseguido. Sabía demasiadas cosas y es alguien de recursos, lo que automáticamente lo convertía en un sujeto peligroso. Ese peligro se desvanece al enviarlo a la otra parte del mundo en un viaje sin retorno, pues todos los enlaces saben que lo es. Ha aceptado el destierro sin cumplir con los requisitos que se exigen a otros en su misma situación, en cierto modo es como si lo considerara una penitencia con la que lavar sus muchos pecados. Tal vez no crea en el dios de la cruz, pero toda una vida escuchando su mensaje deja un poso indeleble en la conciencia de cualquiera.

- ¿Qué pretendes decir? - quiso saber Wadie -.

- Pues sencillamente que, aunque no estoy segura, tal vez sí sea el apropiado. Sabemos que la nueva candidata está en Escocia y, si por casualidad llegaran a encontrarse, de alguna forma podría sernos útil.

- Deberías saber, querida amiga, que somos auténticos maestros en eso de provocar casualidades - afirmó Faruq no sin sonreír -. Sin ánimo de parecer presuntuoso predigo un encuentro antes o después y podemos condicionar a ese hombre sin que se dé cuenta para que esté preparado. Todavía tenemos tiempo de hacerlo antes de marcharnos.

- En realidad tampoco es tan difícil - aseguró su compañero -. El teniente McDonnahugh no será consciente de nuestra pequeña manipulación hasta que no llegue el momento. Entonces, sólo entonces, tomará su decisión. Esperemos no equivocarnos.

- Aquí hay algo que no entiendo - intervino de nuevo el hombre negro -. Por lo que he oído ibais a enviar a alguien ¿Acaso no está ya de camino?

- Claro que lo hemos enviado amigo mío - repuso Faruq -. Pero uno más no vendrá nada mal. De hecho ella va a necesitar toda la ayuda que seamos capaces de ofrecerle, porque la tarea a la que se enfrenta es algo que nadie puede afrontar en solitario. Un desafío como ese sobrepasa todo lo imaginable y aun así ella lo aceptó sin dudarlo.

- Lo aceptó porque confía plenamente en ti y es demasiado joven como para ser consciente de lo que significa - replicó la anciana casi a modo de reproche -. Con el dolor aprenderá el verdadero significado del camino que ha emprendido.

- Es una mentaith y ha convivido con el dolor desde que tiene uso de razón - dijo convencido Faruq -. Está preparada.

- No, te equivocas - concluyó ella -. Nadie puede estar preparado para algo así.


Capítulo III

La primera vez que oí hablar de las arcas de los derámicos era poco más que un mocoso que aún mojaba la cama. Todo sonaba tan fantástico, tan difícil de creer… y sin embargo parecía ser cierto (…). Como a menudo suele suceder la realidad poco tiene que ver con la (ciencia) ficción; nada de naves espaciales o platillos volantes. La única similitud se encontraba en esa capacidad, ciertamente mágica para la mayoría de nosotros, de viajar a través del espacio interestelar burlando las leyes físicas conocidas. Un logro extraordinario si pensamos que estamos hablando de algo no muy distinto a unos simples microbios venidos a más, o al menos eso es lo que dicen (…).

Y decían que las arcas de los derámicos eran como fabulosos asteroides autopropulsados, totalmente macizas por dentro. La esencia de aquellos seres impregnaba su interior como un imperceptible manto, viajando aletargada hasta llegar a destino. Así fue como los náufragos accidentales de una época increíblemente remota terminaron convirtiéndose en auténticos navegantes de las estrellas. Porque Navegantes les llamaron y ese habría de ser el nombre por el que iban a ser conocidos a partir de entonces.

De los Archivos Generales del Blaker

(Subsección IX, tomo 116)

Fragmento de un diario fechado aproximadamente

hacia finales del siglo XXI

(según el calendario antiguo).

Autor desconocido.




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