Aquí América Latina Josefina Ludmer "Leídas hoy, estas especulaciones tal vez resulten menos disruptivas que en 2010, lo que por fortuna nos permitirá apreciar su carácter visionario. Al mismo tiempo, esas rupturas tienen momentos que conservan toda su potencia respecto de la obra anterior de Josefina Ludmer. En este sentido, el encuadre fue audaz, destinado a despertar tanto rechazo como valoración diez años atrás." Matilde Sánchez, del prólogo del libro. En este libro, Josefina Ludmer deja de lado las categorías más habituales de la teoría literaria en busca de nuevas articulaciones e ideas que permitan entender la configuración política y social de los años 2000 en América latina. El resultado es una serie de esbozos teóricos que parten de un universo «sin afueras, real virtual», al que llama imaginación pública o fábrica de realidad. Un universo que diferencia entre realidad y ficción, y cuya lógica es «el movimiento, la conectividad, la superposición y la sobreimpresión de todo lo visto y oído». La literatura es el hilo conductor de la imaginación pública y la vía por la que la especulación entra en esa fábrica de realidad. Las temporalidades y los territorios que instalan las ficciones literarias latinoamericanas de los últimos años definen una forma determinada de «realidadficción». Un libro que a lo largo de estos últimos diez años se volvió un clásico imprescindible para pensar la América latina del siglo XXI. Josefina Ludmer AQUÍ AMÉRICA LATINA. UNA ESPECULACIÓN Leídas hoy, estas especulaciones tal vez resulten menos disruptivas que en 2010, lo que por fortuna nos permitirá apreciar su carácter visionario. Al mismo tiempo, esas rupturas tienen momentos que conservan toda su potencia respecto de la obra anterior de Josefina Ludmer. En este sentido, el encuadre fue audaz, destinado a despertar tanto rechazo como valoración diez años atrás. Matilde Sánchez, del prólogo del libro En este libro, Josefina Ludmer deja de lado las categorías más habituales de la teoría literaria en busca de nuevas articulaciones e ideas que permitan entender la configuración política y social de los años 2000 en América latina. El resultado es una serie de esbozos teóricos que parten de un universo “sin afueras, real virtual”, al que llama imaginación pública o fábrica de realidad. Un universo que diferencia entre realidad y ficción, y cuya lógica es “el movimiento, la conectividad, la superposición y la sobreimpresión de todo lo visto y oído”. La literatura es el hilo conductor de la imaginación pública y la vía por la que la especulación entra en esa fábrica de realidad. Las temporalidades y los territorios que instalan las ficciones literarias latinoamericanas de los últimos años definen una forma determinada de “realidadficción”. Un libro que a lo largo de estos últimos diez años se volvió un clásico imprescindible para pensar la América latina del siglo XXI. Aquí América latina Una especulación JOSEFINA LUDMER Prólogo de Matilde Sánchez PRÓLOGO CONTRA LAS MITOLOGÍAS DE ORIGEN Y llegó el libro del final, su último ensayo, aunque no sabíamos eso por entonces. Publicado en 2010, Aquí América latina. Una especulación reunía artículos que habían circulado de una forma u otra por distintos interlocutores y audiencias. Para quien lleva escritos un tratado sobre la patria, El género gauchesco, y un manual, El cuerpo del delito, matizar el siguiente libro bajo el signo de la hipótesis resulta un encuadre a tomar en serio. Se trata de una colección de artículos enlazados por una voluntad de intervención directa, casi con dedicatoria, contra voces de la academia que Ludmer juzga discurso crítico “congelado” –¿como se diría de una película detenida?–, doxa sustraída al flujo del tiempo y su presente continuo. Leídas hoy, estas especulaciones tal vez resulten menos disruptivas que en 2010, lo que por fortuna nos permitirá apreciar su carácter visionario. Al mismo tiempo, esas rupturas tienen momentos que conservan toda su potencia respecto de la obra anterior de Josefina Ludmer. En este sentido, el encuadre fue audaz, destinado a despertar tanto rechazo como valoración diez años atrás. Ante todo se aprecia su aporte en términos de autores y lecturas, lo cual reivindica y nos recuerda el derecho a cambiar, a disentir de uno mismo en el pasado. Pese a ser una polemista natural, cuya oralidad nunca dejó de cultivar el humor y el filo irónico, Josefina siempre se resistió a participar en los debates y, sobre todo, en las coyunturas. Me consta como editora, y después de hacerle numerosas invitaciones, que el paso de esa oralidad siempre lúcida y sorprendente a la escritura –ese deleite en la travesura que exigía intimidad, incluso el circuito del chisme– la llevaba a un tiempo de producción más afín al libro que a los artículos y el periodismo cultural. Aun así, en Aquí América latina la prosa y el estilo reflejan los cambios de inserción y lenguaje de la crítica, la adaptación que algunos teóricos debieron hacer en el tránsito a los medios masivos, a través del género de las columnas de opinión y la modernización de los suplementos y la gráfica en los años noventa. En el caso de Josefina, esa adaptación terminó de consumarse en este libro. En su formato y sus objetos de análisis, los artículos reunidos buscaron sincronizarse con el panorama de las revistas culturales de esos años, en todo el rango de publicaciones, con el fin de alterar coordenadas de debate inercial o cristalizado. Mientras avanzaba en su escritura, en una especie de prueba dialogada del ensayo final, muchos de los postulados de Aquí América latina fueron comentados por ella en diversas entrevistas y originalmente publicadas en Pensamiento de los confines, que dirigía Nicolás Casullo. Es el caso de “Territorios del presente. En la isla urbana” y “Tonos antinacionales en América latina”, todos ellos conectados al ensayo Literaturas postautónomas, que Josefina había compartido antes de manera informal entre amigos. Esas entrevistas son casi el único material que permanece subido a su blog, del que fueron eliminadas su biografía y CV, al parecer por ella misma. Se ha caracterizado a Aquí América latina como un manifiesto, como el reverso de lo que sería por definición el estilo provisorio encuadrado en una hipótesis. La primera observación, sin embargo, atañe a su momento histórico; estas líneas procuran recordar ese contexto. Ludmer identifica y documenta la primera década del siglo XXI, esos años de bisagra, el breve período en que las tecnologías de la palabra ya han comenzado a desmantelar los pilares del orden ilustrado, la industria del libro y la prensa, el diálogo que iba de uno a la otra y viceversa, y empiezan a reformularlo todo bajo los parámetros visuales en red. Evaluado hoy, a diez años luego de su edición y a dos décadas de su primer registro de la época –me refiero al 2000, el Año Cero de estos ensayos–, el panorama literario tal como ella lo describe ha acelerado muchas de las dinámicas descriptas, lo que da al texto una cualidad anticipatoria y diagnóstica, y al mismo tiempo retrospectiva, mientras otros acontecimientos parecen haber sido superados por ese mismo desarrollo, que no podía calcularse entonces, dado que no ocurrió al cabo de una evolución sino de saltos tecnológico-industriales. Así, hoy quedan en una era anterior algunas estrategias temáticas de las casas de edición, implementadas desde los años noventa en adelante en Argentina y analizadas aquí por Ludmer. Las colecciones de novela histórica, de las que Josefina toma algunos ejemplos, o las políticas de la lengua en España se estandarizaron, sufrieron reveses ante el ascenso de otras identidades lingüísticas; la creación de nichos de lectura ha sido vertiginosa. Si pensamos en las decenas de títulos publicados cada mes por las grandes editoriales globales –que sugieren que la industria asfixia a la literatura simplemente por spam, o que, mejor, esta parece capaz de spamizarla también por vía de la promoción–, si reparamos en las campañas y el lobby a favor de ciertos autores, en las maniobras de las agencias en el campo literario, el paisaje ya no se ajusta al que Ludmer describe. Propulsados por proyecciones comerciales más o menos simples y aleatorias –un título, tema o escenario, la fotogenia, los ecos fonéticos de un nombre–, los grandes factores activos de un libro ya se mueven solo a escala global, prescindiendo de la recepción crítica, adelantándose a ella y, por lo tanto, desactivando su impacto. Una afirmación recorre los artículos y es su fundamento maximalista: la era de la autonomía del arte, conceptualizada por la vanguardia histórica de los años veinte y que atraviesa el siglo pasado con discontinuidades y reconexiones, quedó clausurada al concretarse el imperio de la democracia liberal, con la caída del Muro. Transitamos de lleno la postautonomía del arte y la literatura. Se han liquidado así los debates grandes y pequeños del siglo XX, desde el “arte comprometido vs. arte por el arte”, “literatura vs. mercado”, “literatura de izquierda vs. literatura de derecha”. Y eso es así porque “todo lo cultural (y literario) es económico y todo lo económico es cultural (y literario)”. El segundo postulado es que, si la realidad se construye entera y sincronizadamente en los medios masivos, a fines de los noventa el proceso de convergencia digital hizo que la ficción ya no pueda distinguirse de la esfera real. Si desde los años sesenta sabemos de la construcción social de la realidad, el acceso masivo a la producción y distribución de contenidos hace que hoy estemos ante un nuevo régimen totalizante, al que Ludmer llama realidadficción. Se sigue que el valor intrínseco de la literatura ha caído y apenas se conserva, en su antigua formulación, en algunas narraciones, aunque a modo de rémora. Quienes se aferran a los parámetros y certezas de la autonomía, sugiere, están condenados al anacronismo crítico, pero también a un lector no contemporáneo, inercial y arcaico. Lo que da sentido a la literatura hoy es su capacidad de articular con otras narrativas y discursos participando de la “fábrica de presente”, en sintonía de temas y en tiempo real. Buenos Aires, Año Cero Los artículos se organizan en dos secciones: las “Temporalidades” y los “Territorios” de esta América latina. “Temporalidades” se abre con Ludmer en modo cronista urbana. Parte de un diario fragmentario: la bitácora personal del año 2000, la ciudad vista en sus augurios de apocalipsis. Corresponde, en términos biográficos, al diario de un año sabático, preludio de su regreso definitivo al país al cabo de su período de docencia en Yale. Preparatorio de la vuelta, es un reconocimiento del terreno a escala ampliada. ¿En qué tiempo está escrito? El relato reclama que se lo piense como testimonio de un paisaje cultural de cierre. En los años siguientes, Josefina vuelve a esos diarios y su revisión motiva esta temporalidad aplazada, de pasado reciente revisitado y corregido, el registro de un ocio dedicado a la amistad en la cultura compartida. Josefina, espectadora de teatro y televisión. O mejor, lectora de TV y espectadora de la literatura, en un intercambio de perspectivas. Lo que ve y estudia ocurre en el tiempo de un corolario preciso, el desarrollo al cabo de los años de recesión económica, que han ido profundizándose y conducen al estallido. Propone ese año 2000 como fin del ciclo comenzado en la recuperación democrática y cerrado a diez años de la caída del campo socialista. Ese “tiempo neoliberal en América latina”, con la temporalidad vertiginosa del mercado, tiene una marcha acelerada respecto de los tiempos de la política en el siglo XX, que son de lentitud institucional. Asimismo, su Año Cero evoluciona en el estado de memoria de una Buenos Aires más obsesiva que cualquier otro sitio del mundo, dado que en ella se superponen la memoria nacional y la global –la memoria de los setenta y el horror de los desaparecidos, reelaborado en los procesos judiciales, luego abortados y clausurados por la amnistía, y la de los noventa, con los atentados de 1992 y 1994 a las instituciones judías–. Según Ludmer, estos marcan el prólogo vernáculo del duelo que llegará pocos años después con los atentados a las Torres Gemelas. La ciudad de los ataques antiisraelíes es “un ensayo de futuro o memoria del porvenir”, el precio pagado por la sincronía con las campañas bélicas de la globalización. “Temporalidades” pide ser leído bajo el código del diario personal, si bien la demora en la edición también lo acerca al género epistolar tradicional, con su retraso en la lectura. ¿A quién está destinada esta crónica de un tiempo en común? ¿A interlocutores que residen en otras latitudes, o bien a los coetáneos olvidadizos? Por momentos, la desmemoria cae sobre la cronista, quien no se halla en Buenos Aires a pesar de haber vivido toda una vida aquí, al punto de que Héctor Libertella le recuerda, en una síntesis oral durante un paseo, los hitos urbanos de la ciudad transfigurada hasta lo irreconocible por la modernización privatizadora del menemismo, hasta que en ella ya no se puede leer el pasado. En verdad, esa desmemoria parece obedecer al cambio de foco, al salto de perspectiva de quien debe graduar la visión otra vez a la escala local. Cinco años después de ese sabático, en 2005, Josefina regresó definitivamente a Argentina. Su diario revisado no abandona la interpretación de su mirada cotidiana. Entresaca de las entradas originales lo coyuntural que se haya vuelto poco relevante, compone su memoria corregida en tiempo especulativo. En este sentido, también Josefina, como el ánimo social que describe, va de la memoria al presente absoluto –describiendo ese tiempo complementario o de parábola que estudió el citado François Hartog, ese péndulo que va de una al otro, de la memoria a la fugacidad de la experiencia–. Sin embargo, tampoco se limita a aquello que tuvo continuidad en la década siguiente. Es el testimonio de un momento decisivo, la mirada de una observadora excepcional, y resultaría interesante cotejarlo con otro diario de tráficos culturales desplazado en el tiempo, fechado antes y después de 2001, me refiero a La intemperie, de Gabriela Massuh. Sus ficciones nocturnas conforman un archivo personal de cine, teatro y libros; ve ficciones nacionales en series televisivas. Es un ejercicio de asombro volver a este inventario. Primer anatema, el reunir narraciones híbridas en un continuo de sentidos y relato, contra el dogma de la especificidad. No podrá pronunciarlo sin antes postular que su “sistema literario no implica jerarquías ni valoraciones. No tiene centro ni periferia ni arriba ni abajo porque es un sistema hecho de tiempos y de visibilidades”. El hecho de aparejar literatura y series televisivas en la imaginación pública borra lo establecido por décadas de protocolo inmanente. Lo que Josefina ve de Argentina en ese año sabático preexiste a las novelas. Estas vienen a completarlo, articulándose con otros discursos en la fábrica de presente. Un secreto para Julia, Letargo, El mandato, Lesca diseminan y multiplican la obsesión memorialista argentina en sus principales planos, a la vez espacios públicos y privados: la familia y una colectividad judía que se superpone a la totalidad del país debido al estado de duelo. De hecho, el componente judío es el diferencial argentino en América latina, según Ludmer, la fracción que se superpone al todo nacional constituyendo al fin la singularidad por vía de otra identidad inmigratoria, como si solo lo judío pudiera ser identificado del país hacia adentro en coincidencia con lo percibido desde el exterior –su tradición ilustrada, junto a una memoria luctuosa destinada a internalizarse como presente perpetuo y recargada cíclicamente por el fracaso de la pesquisa y el escándalo judicial–. La muerte de Alberto Nisman, que Josefina no vio, actualizaría la secuencia, frustrando una vez más el cierre y la reparación simbólica. Se hacen cargo de esa memoria un puñado de novelas que subrayan las omisiones del gusto académico. Los juegos de Josefina con el malditismo –maldito es quien “dice en voz alta verdades feas”, citando a Christian Ferrer sobre Barón Biza– se extienden a sus propias omisiones. Son páginas en las que abunda en yuxtaposiciones llenas de ironía, irritantes algunas, que avecinan en un mismo renglón a autores que, podemos imaginar, por entonces se despreciaban entre sí. El contrapunto de un orden posible emparenta al Jorge Asís de Lesca, el fascista irreductible con José Pablo Feinmann y su novela El mandato, yendo de uno al otro como quien lleva y trae, igualando al alto funcionario del menemismo en el sistema internacional con el ensayista y profesor investido como intelectual emblemático del gobierno kirchnerista. El Feinmann novelista es también el contemporáneo de Ricardo Piglia, y su primera novela, Últimos días de la víctima, fue opacada al coincidir con Respiración artificial, mientras Flores robadas en los jardines de Quilmes se imponía como best seller y encarnaba la tradición de la crónica de época, con su oralidad actualizada y poscortazariana –entre su colección de ironías, le atribuye a Feinmann “el universo Beatriz Guido”, con sus burgueses en decadencia, en un toque de sarcasmo que alcanza a ambos–. Estas páginas del artículo son un flashback directo a las polémicas de los años ochenta para liquidarlas… Son autores y relatos a los que el lectorado académico –y su propia comunidad de lectores– no habría leído así por afinidades electivas ni por la inercia de los circuitos de lectura prefijados. Asís-Feinmann, analizados en un voluntario paréntesis de neutralidad, ajenos al subrayado ideológico de la toma de posición, gracias a que ha dejado de regir la oposición política-literatura. El efecto es liberador, repone las obras, amplía el debate sin dejar de recordar la historia de esos debates. Antes de todas estas maniobras, Ludmer ha tenido que desactivar la prerrogativa del juicio para determinar qué es “buena” o “mala” literatura. Se trata de un giro de la razón crítica y sus protocolos –obligándose a sí misma, incluso descartando el gusto personal, según dice, ¿para sentirse más contemporánea?–. Ha dejado atrás el tejido “literario” como pertinencia de lo que merece ser apreciado devaluándolo como “culturoso”–un etiquetado que emplea con ánimo de “desenmascaramiento” y que causó y causa irritación–. Porque, ¿no sería esa densidad referencial “literaria” una de las características aún perdurables de la literatura argentina? Es indudable que esta característica, todavía observable, es la que más rápido ha perdido su masa crítica de lectores –en el sentido de una cantidad “necesaria” o funcional para cierto consenso de lectura–. ¿Pero basta ese rasgo para indicar que pertenecen a un pasado anacrónico, que excluiría a esas obras de participar en la fábrica de presente? ¿Por qué no interpretarla como resistencia a la homogeneidad del presente? Por otra parte, ¿cómo es leído –y eventualmente traducido– ese rasgo en otras latitudes, dentro de la misma lengua, sobre todo porque es un rasgo que todavía produce ficción? Y además, ¿debería importarnos ese readership mínimo, vital y móvil cuando un solo lector puede constituir “un mercado”? Como en El árbol de Saussure, la novela “vanguardista” de Libertella. Ese lector, que porta en sus hombros la carga funesiana de la literatura argentina y logra la supervivencia, ¿no se sobreentiende en la obra proliferante de César Aira?: en un panorama superatomizado, una literatura a la carta, una novela para cada lector. Territorios Esta sección presenta el corolario de las indagaciones de Josefina Ludmer en el último tramo de su estadía en Yale. Esa cátedra latinoamericana, cuyo alumnado reúne bajo la universidad del imperio a todas las nacionalidades al sur de su frontera, es determinante como escenario de este corpus de narraciones. El recorte de lo global llamado Hispanic, esa categoría inmigratoria, se multiplica en los lectores a los que apela, que también los sobredetermina en sus edades. Entendiendo que esa sí es una división de las más insalvables, recorre todos los artículos la voluntad programática de acercarse a generaciones más jóvenes, en lugar de obligar a estas a atender al maestro. En contraste con sus libros anteriores, en los que examina las literaturas argentina y latinoamericana asumiendo en cada caso el paradigma de un corpus específico y autocontenido, aunque enlazado a postulaciones teóricas, aquí la ambición monográfica se disemina al ensamblar los artículos en favor del panorama regional. En la segunda parte del libro, su lectura toma como unidad la región, inseparable del modo en que la academia estadounidense ha limado las singularidades nacionales volviéndolas no solo comparables sino homogéneas, casi equivalentes. A diferencia de sus libros anteriores, Josefina vuelve no solo a autores vivos; algunos de ellos están al comienzo o en mitad de su ciclo creativo. Es esta quizá su sección más perfecta, con ensayos independientes que articulan más de una docena de novelas, no para un contracanon, como en El cuerpo del delito, sino anticipando un paisaje de hiperatomización, sujeto a políticas editoriales y maniobras anabólicas de marketing. Héctor Abad Faciolince, Diamela Eltit, Antonio J. Ponte, Mario Bellatin, César Aira, Washington Cucurto son algunos de los autores que perfilan (y literalmente crean en tiempo real) las nuevas coordenadas de la “isla urbana”, en cuya unidad se conectan entre sí todas las nacionalidades. No se trata de una simple metáfora; recibe el tratamiento de una categoría crítica, hecha de subdivisiones topográficas, geopolíticas y de subjetividades que trazan un territorio. En su visión de las ciudades inminentes, priman estudiosos fundamentales de la urbe globalizada, autores como Saskia Sassen y Mike Davis, entre otros, pero su desafío es articular esas visiones del momento en que se ha consolidado ya ese “planeta de villas miseria” con las ficciones del territorio latinoamericano, el más vasto unificado por una lengua y por circunstancias históricas. Pertenecen al ordenamiento pasado todas “las divisiones y oposiciones tradicionales entre formas nacionales o cosmopolitas, formas del realismo o de la vanguardia, de la ‘literatura pura’ o la ‘literatura social’ o comprometida”. Se han contaminado las identidades literarias, que también eran políticas. Asimismo, como la literatura “ya no es manifestación de identidad nacional” tampoco puede entregar una utopía –aquel documentalismo de lo real en términos ficcionales que denunciaba y/o prefiguraba realidades–, sino apenas adelantar los bordes de cada apartheid. En sus relatos, la isla urbana precipita detalles, pasos y grados de segmentación: sus materiales son lo que por definición quedará fuera de la Historia. Más que como reflejo, define la literatura como oráculo y laboratorio de los acontecimientos. Es en “Identidades territoriales y fabricación de presente” donde se desarrolla el postulado central. Transitamos la postautonomía. Ludmer pone en esta noción el punto conclusivo de todas las oposiciones y polémicas que dominaron –y ordenaron– la literatura hasta los noventa. Atribuye al período de vigencia de la autonomía la potencia emancipadora y hasta subversiva de la ficción. Dado que se basaba en el postulado, siempre sometido a presiones, de que la “buena literatura” podía arrogarse el derecho de apelar a su propia racionalidad, esta ya no puede ejercer su autarquía ni maniobrar dentro del poder. Ahora el interés –así como en las artes reemplazó la noción de belleza, el interés reemplaza la noción de maestría incluso en el nivel artesanal– ya no está sujeto a una superioridad inmanente de la ficción, sino a su aptitud para conectar con lo real en un modo complementario novedoso, ni puramente ideológico ni ingenuamente documental, bajo el régimen de la realidadficción mencionada. Su capacidad mimética y utópica es desestimada en favor de esta inmediatez y plasticidad para contribuir al torrente de la imaginación pública. Está implícito en su magnífica lectura de los nuevos tonos antipatrióticos en América latina –entiendo que una de las primeras–, en la que examina un conjunto de novelas que pueden ser leídas como repudio al concepto de literaturas nacionales, en registros por momentos afines a la sátira o a la diatriba, contra el doble estándar de los discursos públicos en la región, independizadas de cualquier forma de corrección política o aspiración ideológica. Son novelas que se proponen narrar lo que consideran incorregible. En esta serie de Ludmer, los tonos antipatrióticos parecen una progresión de su propia obra, sobre todo de El cuerpo del delito. Estos nuevos “cuentos” de las ideologías nacionales pertenecen a las víctimas éticas, porque para de-sacralizar la patria primero han tenido que liberarse de los imperativos del compromiso político y la utopía, e incluso de la integridad subjetiva. Los tonos antipatrióticos, ese más allá que resistió a las maldiciones, solo son posibles cuando la figura del escritor como intelectual, ligada a las literaturas nacionales en América latina, lleva décadas malversada o extinguida. El escritor ahora puede denostar el propio origen, incurrir en la traición del lengua larga contra el Estado, porque ya no forma parte de ese nosotros. Ha sido excluido u optó por el soliloquio del exilio interior para conservar la integridad lejos de esas coordenadas, refugiándose en una identidad global en la que la extranjería implica un presente intensificado. A cambio del desarraigo, la libertad de esa lengua desatada: un megáfono para las “verdades feas”. Es posible cambiar de nombre –Vega–, como pronto será posible mudar de sexo; la voz ficcional puede construirse de espaldas a la tradición y la utopía. Sin su apreciación crítica temprana (Josefina hizo circular El asco con entusiasmo y de manera personal en una precaria primera edición), la lectura de estas novelas quizá habría sido subestimada, como un corpus antiprogresista. Se trata de ficciones que, por otra parte, confrontan parcialmente sus propios postulados sobre la postautonomía, dado que tienen una asimilación anómala en el naturalismo, al que por otra parte tributan. En ellas, las costumbres dejan de ser el fondo documental realista para saturar el primer plano, sometidas a distorsiones hiperbólicas en las que lo real aparece desfigurado por la subjetividad del desprecio. De hecho, las costumbres son la razón de ser de estas novelas, que invocan, con un gesto inaugural, la fuerza transformadora del odio. Malditismo supremo, hay en ese odio una valentía ligada al impulso de desenmascaramiento, que convierte al narrador en otra clase de héroe. En ambos, el odio/asco, como antes supo serlo la patria al calor de la utopía, resulta inseparable de la primera persona, esta vez del singular. En ellas, el repudio antipatriótico no conduce al asco por sí mismo, sino que redime de las pestes de la nacionalidad. Fernando Vallejo, Horacio Castellanos Moya, precursores de los haters. Entre los méritos de estos ensayos de Ludmer, se distingue su precisión para anticiparse a las dinámicas de estas décadas, la definición de los factores que acarrearon la erosión del encantamiento colectivo con la literatura (el poder de presentar mundos alternativos e incluso de cambiar la realidad, su sugestión utópica) y la disolución de la ficción en el océano de relatos que multiplica y disemina la comunicación en red. Ludmer describe con exactitud la realidadficción, el régimen en el que todo acontecimiento y reclamo de masas tienen su traducción artística inmediata: si Argentina acuñó el motivo de los Siluetazos, según José Burucúa, lo hemos visto hoy más que nunca en las performances y flashmobs de luchas sectoriales y partidarias, en el guionado Delacroix de la doble bandera en el monumento del general Baquedano, en Santiago de Chile a fines de octubre de 2019. Josefina hace un relevamiento del contexto preparatorio, cuenta “el futuro de un pasado” mientras este aún se transita, en calidad de vestigio no del todo extinguido. Es el presente en estado de recuerdo anticipado (en el que, por ejemplo, el desocupado se hace presente en imágenes ofrecidas en modo negativo, como se decía del clisé de una foto: en el pasado obrero y sus protocolos, creencias y rituales, de Boca de lobo, de Sergio Chejfec, hoy leemos una disección del orden patriarcal). Es que otro hecho está sucediendo y recorre estas piezas como una corriente subterránea: la certeza sobre el devenir de las ciudades está consumándose en esos precisos años, el mundo duplicado en la web (“desrealidad real que crea un mundo segundo llamado virtual, sin tiempo ni espesor ni resistencia, donde cada uno puede estar a la vez en todas partes y por lo tanto en ninguna”). Es allí, en la innovación tecnológica y en el mercado, que se aloja la única forma utópica con la autoconfianza y la agresividad necesarias para materializarse. Y es la caracterización que hoy se cumple, en ocasiones del modo más destructivo. En estos últimos años parece irrefutable que identificar utopía e innovación es un fósil de la velocidad de los avances, una de las ilusiones y optimismos de los precursores, clausurados al final del siglo XX. Ludmer escribe estos artículos durante el ciclo del gran salto en la convergencia tecnológica, que entre la masificación de Facebook, alrededor del año 2000, y el primer smartphone Android popular, en 2008, cambiará el mundo tal como lo habíamos conocido, extendiendo a millones la experiencia de producir y distribuir realidadficción. Toda forma de narrativa, tanto la literatura como la producción audiovisual, verá amplificada y redireccionada su distribución –con cuotas de autonomía ilusorias–, llevando la experiencia del tiempo hasta el vértigo. En la práctica, las revistas culturales y los medios gráficos, que tradicionalmente obraban como mediadores entre libros y audiencias, se convertirán en productores de contenido para los buscadores digitales. Ludmer no los menciona porque están ocurriendo en el mismo período de su revisión, pero parece darlos por sentado al anticipar sus efectos. Escribe y piensa la narrativa justamente en ese compás de giro decisivo, cuando las megaempresas tecnológicas pondrán a punto los dispositivos que harán migrar las palabras del papel a la fibra óptica, convirtiendo la tinta en luz, en esa estrecha pasarela de tiempo en que los buscadores todavía no se han monetizado por completo. Comparada con el régimen actual, esa década todavía pertenece al ciclo utópico de idilio entre Internet y sus usuarios. El desafío de Josefina consistía en cartografiar los pasos de corte, radicales por su velocidad y extrañeza. En sus postulados, vibran el sinceramiento de cierto hartazgo personal y la búsqueda de una autenticidad renacida y juvenil, como cuando se pregunta si habrá novelas antinacionales en la literatura argentina que no hemos sabido leer, por simple desatención o comodidad. En esa breve biblioteca, podríamos incluir hoy algunos libros disidentes, entre ellos, Oración, de María Moreno, Las teorías salvajes, de Pola Oloixarac, y La dificultad, de Tomás Abraham. “Hoy vivimos una transformación de la experiencia del tiempo”, escribe al comienzo del libro. En su diario del sabático, en una entrada de noviembre, la descripción de esa nueva textura temporal, cuando “los días se superponen, las mañanas y las noches se fusionan y los órdenes temporales de las ficciones se fracturan en miles de imágenes y palabras en movimiento que entran en conexiones múltiples con otras miles de imágenes en todo tipo de espectáculos y acontecimientos públicos del 2000 en Buenos Aires”. Con los años, no me cabe duda de que Josefina intuyó el paisaje viral; este se desencadenaría con la masificación del smartphone. Por empezar, por primera vez para la humanidad, la ubicuidad se ha materializado, de modo que la palabra aquí, el aquí del título, el que anclaba la palabra, se ha vuelto un dato móvil. Es por eso también que el libro tuvo lecturas defensivas, bajo el signo de las literaturas nacionales amenazadas –el aquí como ancla de la voz y los relatos–. Reproches particulares despertó el empleo recurrente del prefijo post, para indicar ese tiempo inestable que sigue a la posmodernidad; como en todos los casos, el llamado postismo es empleado como fórmula subsidiaria de su original, para nombrar lo que aún no tiene nombre y está levando mientras se lo describe, tomado en su dimensión histórica pero ocurriendo en tiempo real. El libro tuvo algunas críticas de tono muy ácido. Entre ellas, Miguel Dalmaroni, en Bazar Americano, objetó que sacara conclusiones generalizadoras a partir de una antología personal, poco representativa de la diversidad de las ficciones latinoamericanas; en otras palabras, por desestimar los respectivos panoramas nacionales, cuando estos son lo que la especulación busca liquidar. En 2010, el libro fue juzgado en algunos casos en el contexto de creciente polarización política. A la fecha de edición, faltaban todavía tres años para que la palabra grieta fuera pronunciada, y ella toma el concepto de “gran división” en buena medida de Andreas Huyssen y en relación con la memoria, incluso ligada al territorio. Pero se le reprochó no valorar positivamente la ola de cambios antiliberales en la región, exigiéndole, en otras palabras, un pronunciamiento político acerca del proceso chavista: lo regional se ha convertido en un asunto partidario. Josefina mantuvo su distancia de reserva, una posición neutra, en el sentido de convivencia que le da Barthes, que no queda anulado por la postautonomía. Nadie está obligado a opinar. Josefina Ludmer no necesitaba ser desenmascarada. La lectura de Sandra Contreras, por el contrario, valoró aspectos del libro que, entendemos, son su motor: el rechazo visceral a sentir melancolía por una ficción que ya se encaminaba a dar un vuelco. (Cierto, melancólico era una palabra que Josefina empleaba con frecuencia y siempre en sentido peyorativo; al igual que antiguo o adorniano, en el sentido de apegado a la alta cultura, integraba su glosario de adjetivos lapidarios. También en esto hay un gesto de cruzar las generaciones). Otra sugerencia de Contreras fue uno de los aspectos deliciosos de la personalidad chinesca: la curiosidad a toda costa. Josefina Ludmer ejerció la perspectiva de género no solo en ensayos como “Las tretas del débil”, sobre Sor Juana Inés de la Cruz. Al mismo tiempo, apreciaba sin reserva a sus maestros de la universidad, a Tulio Halperín Donghi y a Ramón Alcalde (con quien se casó y tuvo a su hijo). A veces reivindicaba haberlo aprendido todo de David Viñas, quizá el último caudillo intelectual argentino, a quien el feminismo hoy podría plantear severos pies de página. En sus memorias, La comedia literaria, el catedrático peruano Julio Ortega, quien tan cerca estuvo en sus años en Yale, la evocó “entrecerrando los ojos, con una sonrisa china, de distancia dramática y complicidad irónica. Desconfiaba de las mitologías de origen”. Josefina portó ese apodo desde la infancia por su peculiar manera de achinar los ojos al reírse –y se reía muy a menudo y con malicia–. China, esa identidad ambigua, de doble faz, vernácula y global, ese orientalismo telúrico, a la vez tradicional y siempre en armas. Trabajó y maniobró en el interior de los complejos relatos patrióticos con un gesto de olímpica autarquía y, aun así, no sin cierto sesgo de sobreviviente, propio de una generación que llegó a inmolarse. Me tienta evocarla en los años en que volvió a vivir en Buenos Aires, recordar el gesto chinesco, una mueca de los ojos, y releer al calor de su biografía las astucias de su imaginación crítica, que tomaba los riesgos y las aventuras interpretativas como la mejor razón para ejercerlas. Ante cada prefijo post, no puedo dejar de leer ese doble antes y después que significó su emigración a la detestada New Haven, “la ciudad más racista”, a su criterio, “con una de las tasas más altas de criminalidad en los Estados Unidos”, en eco de esos tonos antipatrióticos aplicado a la ciudad de acogida. Emigración condicionada y parcial, la suya, de la que volvía cada verano, hasta su regreso definitivo al país y a los afectos, que cultivaba con dedicación pero que nunca la gobernaban de manera incondicional. El obsesivo postismo finalmente se revela como género de la despedida. En estos años de ausencia, la imagino sonriendo así ante esta intervención directa –tirando a táctica blitzkrieg– en las lecturas y debates, en el campo de batalla ampliado a la región, anticipándose a las condiciones de lectura que se impondrían por circuitos aún más serpenteantes. Los deleites de la patria, a los que no era insensible, rara vez se le presentaban de un modo simple o directo. Prefirió el albedrío que le entregaba una idea de la globalización desde un ángulo emancipador. A las extorsiones y malversaciones del discurso nacional –me consta que la Guerra de Malvinas no la hizo vacilar ni por un minuto–, respondió con El género gauchesco, que tuve la fortuna de reseñar, y El cuerpo del delito, por el que tengo gran admiración. Distancia dramática y complicidad irónica. China habría cumplido 80 años el 3 de mayo del año pasado. Ahora pienso en ella, no solo en este libro sino en el tiempo al que me llevan algunas imágenes compartidas en él. Este es el testimonio de un trabajo para quienes asistimos a sus grupos de estudio, durante la dictadura, y de una amistad decisiva para mí, de cuánto voy a seguir extrañando su conversación para siempre. Observa sobre Letargo que le encanta también porque en la novela de Perla Suez encuentra la prehistoria familiar en Entre Ríos, en las colonias judías (“el pasado de mi madre y mi familia materna, los Nemirovsky”). Josefina no dejó manuscritos. Todo indica que eliminó sus apuntes para un proyecto de memorias, del que sobreviven solo un par de páginas con nombres y fechas, más destinadas a su hijo, Fernando Alcalde. El nacimiento del padre, Natalio, en Moisés Ville, el de su madre, Bertha Nemirovsky, nacida en Manchester y criada en Basavilbaso, y una instantánea de la infancia en su San Francisco natal, en Córdoba. Dicen esas notas: “Para mí San Francisco era una ciudad dividida por las vías, que eran un espacio grande que separaba los bulevares 25 de Mayo de un lado y 9 de Julio del otro. No sé si las vías que cortaban la ciudad eran también sociales. Para mí los dos escenarios de San Francisco eran esas vías del ferrocarril y la biblioteca, que decidió mi futuro”. Leo esto y la veo, como a tantos chicos, en esas ciudades de provincia tan parecidas entre sí, fuera del tiempo o, mejor, perpetuamente ancladas en el tiempo del Centenario, caminando por grandes avenidas despobladas que llevan nombres de fechas patrias y próceres, con los rituales y el culto a una nación que festejará para siempre la independencia, cuando la literatura estaba del lado de los relatos compartidos. Alguna vez China me había contado que en su familia hubo una tía abuela novelista, muerta en Auschwitz. Mucho tiempo después, indagando en páginas de genealogías y árboles familiares, encontré que el padre de Irène Nemirovsky, León –cuya figura inspira al gran financista de David Golder, su primera novela publicada– era el hermano de Isaac, padre de Bertha Nemirovsky y abuelo materno de Josefina. En esa novela de iniciación, muy apreciada en la Francia de entreguerras, el padre es retratado como precursor y partero del capital financiero, el que se adelanta a los cataclismos europeos forzando la circulación de inversiones anónimas; hay allí una referencia a la parte de la familia que se ha ido a probar fortuna en unas colonias judías de Sudamérica. Al publicarse Suite francesa, cuando se conoció la historia completa de Irène Nemirovsky, llegué a mencionárselo. La respuesta de Josefina fue tajante y desdeñosa: “Sí, es esa misma; una escritora realista”. Josefina quería debérselo todo a sí misma y apenas un poco a la tradición judía y el culto argentino de las bibliotecas. En cualquier caso, solo a ese fragmento de las mitologías de origen. MATILDE SÁNCHEZ Buenos Aires, agosto de 2020 INTRODUCCIÓN El nuevo mundo Supongamos que el mundo ha cambiado y que estamos en otra etapa de la nación, que es otra configuración del capitalismo y otra era en la historia de los imperios. Para poder entender este nuevo mundo (y escribirlo como testimonio, documental, memoria y ficción), necesitamos un aparato diferente del que usábamos antes. Otras palabras y nociones, porque no solamente ha cambiado el mundo sino los moldes, géneros y especies en que se lo dividía y diferenciaba. Esas formas nos ordenaban la realidad: definían identidades y fundaban políticas y guerras. Este libro busca palabras y formas para ver y oír algo del nuevo mundo. Para especular, porque ¿cómo se podría pensar si no desde aquí, América latina? Especular Literalmente y en todos los sentidos. Como adjetivo (del latín speculãris) con el espejo y sus imágenes, dobles, simetrías, transparencias y reflejos. Y especular como verbo (del latín speculãri): pensar y teorizar (con y sin base real, todo podría ser una pura especulación). Y a la vez maquinar y calcular ganancias. Tiene un sentido moral ambivalente. En este libro especular sería pensar con imágenes y perseguir un fin secreto. La ficción especulativa La especulación es también un género literario. La ficción especulativa (un género moderno global, y en este momento latinoamericano, que hoy parece ser más fantasy que ciencia ficción) inventa un universo diferente del conocido y lo funda desde cero. También propone otro modo de conocimiento. No pretende ser verdadera ni falsa; se mueve en el como si, el imaginemos y el supongamos: en la concepción de una pura posibilidad. La especulación es utópica y despropiadora porque no solo concibe otro mundo y otro modo de conocimiento, sino que lo postula sin dinero ni propiedad (como en la Utopia primera de Tomás Moro, 1516). Por eso toma ideas de todas partes y se apropia de lo que le sirve. A esta expropiación la llama “extrapolación”, según las tradiciones del género. El arte de la especulación consiste en dar una sintaxis a las ideas de otros y postular un aquí y ahora desde donde se usan. Aquí América latina Especular desde aquí América latina es tomar una posición específica y como prefijada, como un destino. Somos los que llegan tarde al banquete de la civilización (Alfonso Reyes, “Notas sobre la inteligencia americana”) y esta secundariedad implica necesariamente una posición estratégica crítica. No se puede no imaginar desde aquí algún tipo de resistencia y de negatividad; no se puede siempre perder. La especulación en América latina, en la posición estratégica que le corresponde, parte de lo que nos toca a todos, de algo común que nos iguala en tanto seres humanos. Parte de principios generales, de articuladores, de nociones que recorren todas las divisiones: la creatividad del lenguaje, la imaginación, el tiempo y el espacio. La imaginación pública La especulación inventa un mundo diferente del conocido: un universo sin afueras, real virtual (la virtualidad es el elemento tecnológico), de imágenes y palabras, discursos y narraciones, que fluye en un movimiento perpetuo y efímero. Y en ese movimiento traza formas. Lo llama imaginación pública o fábrica de realidad: es todo lo que circula, el aire que se respira, la telaraña y el destino. La imaginación pública sería un trabajo social, anónimo y colectivo de construcción de realidad. Todos somos capaces de imaginar, todos somos creadores (como en el lenguaje igualitario y creativo de Chomsky) y ningún dueño. Así especula la especulación desde América latina. En el lugar de lo público se borra la separación entre el imaginario individual y el social; la imaginación pública, en su movimiento, desprivatiza y cambia la experiencia privada. Lo público es lo que está afuera y adentro, como intimopúblico. En la especulación nada queda solo adentro: el secreto, la intimidad y la memoria se hacen públicas. La imaginación pública fabrica realidad pero no tiene índice de realidad, ella misma no diferencia entre realidad y ficción. Su régimen es la realidadficción, su lógica el movimiento, la conectividad y la superposición, sobreimpresión y fusión de todo lo visto y oído. Esa fuerza creadora de realidad, la materia de la especulación, funciona según muchísimos regímenes de sentido y es ambivalente: puede darse vuelta o usarse en cualquier dirección. Entrar por la literatura La especulación entra en la fábrica de realidad por la literatura, por algunas narraciones de los últimos años aquí en América latina. La literatura misma es uno de los hilos de la imaginación pública y por lo tanto tiene su mismo régimen de realidad: la realidadficción. Usar la literatura como lente, máquina, pantalla, mazo de tarot, vehículo y estaciones para poder ver algo de la fábrica de realidad, implica leer sin autores ni obras: la especulación es expropiadora. No lee literariamente (con categorías literarias como obra, autor, texto, estilo, escritura y sentido) sino a través de la literatura, en realidadficción y en ambivalencia. Usa la literatura para entrar en la fábrica de realidad. Temporalidades y territorios La especulación entra en la imaginación pública por los regímenes temporales y territoriales de las ficciones literarias latinoamericanas de los últimos años. Esas temporalidades y territorios son como los esqueletos de la fábrica de realidad. Los tiempos y los espacios: palabras o instrumentos articuladores abstractosconcretos y afectivos que nos tocan a todos (que todos compartimos y que nos unen), que son íntimos y públicos y que recorren todas las divisiones, nos llevarían a la fábrica de realidad de la especulación. Por eso el viaje desde Aquí al mundo de la imaginación pública a través de la literatura latinoamericana se divide en dos partes, que son dos modos de la crítica y las dos partes de este libro: las temporalidades y los territorios. El fin secreto de la especulación El sentido de la especulación es la busca de algunas palabras y formas, modos de significar y regímenes de sentido, que nos dejen ver cómo funciona la fábrica de realidad para poder darla vuelta. ¡El fin secreto, la ganancia y el beneficio perseguidos por la especulación es dar la vuelta al mundo! Porque la imaginación pública es un universo ambivalente sin afueras, el trabajo colectivo de fabricación de realidad podría ser al mismo tiempo su instrumento crítico. I TEMPORALIDADES IMAGINAR EL MUNDO COMO TIEMPO ¿Cómo especular desde “aquí, América latina”? ¿Qué palabras y formas usar para pensar o imaginar el nuevo mundo? El punto de partida podría ser una palabra que sirva para todo, que nos afecte a todos y que atraviese todas las diferencias y divisiones nacionales, de clase, de raza, de sexo. Una palabra-idea que sea a la vez abstracta y concreta, individual y pública, subjetiva y social, epistemológica y afectiva. Por ejemplo, el tiempo. El tiempo parece ser uno de esos universos simbólicos que niegan la separación entre lo social y lo individual y se mueven en la historia. Porque tiene la particularidad de que sus manifestaciones no solamente existen afuera, en el mundo exterior, sino que son a la vez rasgos estructurales del sujeto. El tiempo es un articulador que está en todas partes, recorre divisiones, pasa fronteras y hasta se aloja dentro de los cuerpos en forma de reloj biológico. Y nunca se detiene. En realidad o en la realidad el tiempo no existe: es una forma imaginaria para pensar el movimiento. El movimiento intensivo del alma (todos los procesos de subjetivación y de intensificación son temporales), y también el movimiento del poder (el ritmo con que se miden y se ordenan las acciones constitutivas del poder). El tiempo sirve para establecer relaciones entre posiciones que se mueven constantemente. Y él mismo es el movimiento. Imaginar el mundo como tiempo “aquí en América latina” para poder pensar las políticas del tiempo. Porque con el tiempo puedo diferenciar sociedades, culturas, historias, poderes, sujetos. Las culturas del tiempo o temporalidades son tiempo habitado e imaginado, diferentes en cada lugar: son diagramas y al mismo tiempo afectos. Cada una tiene su tiempo y por lo tanto su régimen histórico. Como cada cultura es una determinada experiencia del tiempo no es posible una nueva (un nuevo mundo) sin una transformación de esa experiencia. El tiempo podría ser una de las palabras que estoy buscando para pensar (o hacer imagen: especular) este mundo. Y la razón es que hoy vivimos una transformación de la experiencia del tiempo. Y las nuevas experiencias históricas producen nuevos mundos. Una nueva experiencia temporal e histórica El tiempo cero En los últimos años vivimos con Internet una nueva experiencia histórica global: el tiempo cero, la travesía del espacio en no tiempo, lo que se llama tiempo real. El resultado de la aniquilación temporal es la simultaneidad global, clave para los mercados financieros, que cambió la experiencia de la vida y la naturaleza del trabajo convirtiéndolo en trabajo inmaterial. El tiempo cero reorganiza el mundo y la sociedad y produce todo tipo de fusiones y divisiones. Borra la diferencia entre “lejos” y “aquí”, y libera el tiempo de la subordinación a la idea de espacio. Por un lado fusiona los opuestos y hace porosas las fronteras entre tiempo privado y público, entre presente y futuro, y también entre ficción y realidad. Y por otro lado divide la sociedad, la raya en mil bandas y zonas de tiempo que se mueven en todas las direcciones. Cuanta más velocidad más desdiferenciación; cuanta más velocidad más división social; cuanta más velocidad más grande es la intensidad de la fragmentación. El tiempo cero divide la sociedad de otro modo porque el acceso a la instantaneidad es crucial en las nuevas divisiones sociales. Las diferentes tasas de aceleración engendran diferentes temporalidades que implican un nuevo tipo de desigualdad que aparece en todas las escalas (mundo, nación, ciudad). Las instituciones se sitúan en diferentes zonas del tiempo histórico, y hasta los componentes de una institución pueden estar en diferentes zonas temporales. El tiempo cero, ese producto tecnológico, incluye experiencias instantáneas como el estallido, el accidente y el atentado: todos puntos sin tiempo o que cortan el tiempo. Y que son hoy universalmente buscados, tanto por los terroristas como por los artistas y los activistas contemporáneos. El tiempo cero no solo implica una nueva experiencia histórica sino también otra división del poder y por lo tanto podría ser crucial para nuestro destino latinoamericano, definido por el tiempo según una historia del capitalismo. BUENOS AIRES AÑO 2000 EL DIARIO SABÁTICO EL TIEMPO DEL DÍA Jueves 25 de mayo Yo pájaro A las aves migratorias se les desarrolla un agudo sentido del tiempo porque vuelan de un presente a otro y lo primero que perciben cuando llegan es el recuerdo del otro presente. Entro en la ciudad vacía. Wellcome back! Pertenencia, familiaridad. ¡Felicidad! Domingo 28 de mayo Estaba en Buenos Aires en el año 2000, un año clave para el género especulativo. Había superado la amenaza milenarista-tecnológica del Y2K, el error de software que podía anular el sistema de millones de computadoras cuando sus relojes internos intentaran pasar el 1º de enero de 2000 porque no estaban diseñadas para manejar esa nueva fecha. El fin del mundo era el fin del tiempo cero. Por suerte los técnicos hindúes arreglaron el problema y el mundo no había terminado. Lunes 29 de mayo Yo viajera del tiempo “Buenos Aires año 2000”, en la frontera misma entre siglos y milenios era, en realidad, el título de una posible utopía del siglo XIX o de principios del XX en Argentina. El sueño retro futurista del 2000 como el signo de modernidad y de igualdad que no se escribió acá sino en Brasil, como dice Rachel Haywood Ferreira (Science Fiction Studies, Nº 103, 2007). La utopía de Godofredo E. Barnsley, São Paulo no Anno 2000 ou Regeneração Nacional (Chronica da Sociedade Brasileira Futura), de 1909, imagina en ese o este año “la regeneración nacional”, la sociedad igualitaria y la ciudad como máxima modernidad en transportes, comunicaciones y ciencia. En el 2000 puedo viajar en el tiempo porque es un año reversible, que se abre en todas las direcciones. Puedo ser como Julian West, el millonario norteamericano del libro de Edward Bellamy Looking Backward from 2000 to 1887 (1888), que está por casarse y sufre de insomnio. Le dan una droga; lo duermen en 1887 y lo despiertan en el 2000. Se encuentra con una maravillosa utopía igualitaria y supermoderna ¡¡y es feliz!! Pero de golpe, en una suerte de doble hélice, se despierta en el siglo XIX junto a la antigua y atrasada novia... Por suerte ese “ahora” retrógrado resulta ser una pesadilla inducida por las mismas drogas y por fin, otra vez de vuelta en el 2000, puede casarse con la nieta supermoderna de su ex novia, la que no lo dejaba dormir. ¡Buenos Aires año 2000! Como Julian West y como Rachel Haywood Ferreira, podía hacer todo tipo de retrolabellings y dobles hélices (podía practicar “Kafka y sus precursores”): el 2000 era el año ideal para ir al futuro del pasado y al pasado del futuro sin moverme del presente. Podía vivir el 2000 como la utopía realizada del neoliberalismo en América latina (todo el poder a los mercados), y a la vez como el camino al apocalipsis del 2001. Sábado 27 de mayo Martes 30 de mayo Sensaciones de tiempo Sensación de que aquí hay otra temporalidad, otro código de tiempo. O que mi tiempo sabático es otro tiempo. Es posible que la ilusión de que en Buenos Aires hay otro tiempo provenga de mi posición en otro tiempo. La semana que viene parece ser el futuro y el pasado tiene una densidad mayor que la del presente porque se hace público todo el tiempo. Sensación constante de que el presente es memoria y déjà vu: una duplicación del pasado. Sensación de corte histórico, temporal, con la “modernización” neoliberal en la Argentina. En Buenos Aires año 2000 hay como un tiempo que se vino de golpe. Sensación de vivir en la utopía realizada de la comunicación universal y de la circulación universal de bienes. La ciudad está llena de locutorios y de negocios de computación. La gente anda con los celulares en la mano. Buenos Aires ya tiene un primer mundo interno en Puerto Madero, según el modelo global de “la ciudad creativa”, basado en la idea de que la innovación cultural es un motor de crecimiento económico. Sensación de que el tiempo es un problema público múltiple en Buenos Aires año 2000: económico, social, cultural y político-estatal. Económico: los vencimientos y plazos de la deuda externa tensan al límite el ajuste (en América latina la deuda es usada como instrumento de dominación). Un problema social, porque en Argentina la velocidad neoliberal produjo nuevas formas de diferenciación y exclusión que se sitúan en otros tiempos, diferentes de los del mercado y el estado. Aparecen nuevos pobres y excluidos que no existían antes. (En el 2000 comienza a aparecer la revista Hecho en Buenos Aires, que escriben y venden por la calle personas desocupadas). La velocidad y la distribución de trabajo y tiempo están en el centro de los debates. El tiempo es también un problema cultural por la cantidad de pasado, de memoria y de historia que hay en el presente. Y un problema político con cuestiones sobre leyes y decretos de necesidad y urgencia. También es un problema múltiple para los que me rodean. Aquí la gente está mucho más ocupada que antes, ¿o es mi tiempo sabático y el ocio lento que engendra? Decido escribir un diario para explorar el tiempo. Martes 20 de junio Jueves 27 de julio Los saltos modernizadores La laguna temporal como experiencia del tiempo Imaginemos que las modernizaciones latinoamericanas (los cambios en la historia del capital y los cambios de las políticas imperiales por internacionalizaciones de la economía) se producen por saltos o por cortes de tiempo, de modo que no se nos deja un desarrollo (económico, pero también político, social y cultural) “natural”, por así decirlo, “una historia” que sí han tenido los centros para llegar a ese punto global. De golpe se nos corta algo que podría seguir siendo y en un salto de transformación radical y forzosa (modernización o represión: dos modos diferentes de cortar el tiempo), por decreto, los latinoamericanos quedamos instalados en otra situación y en otra historia. El corte de tiempo como régimen histórico hace que América latina nunca esté completa, que su ser sea siempre enviado al futuro, y esa es una de las claves de nuestra posición global. Los cortes generan lagunas temporales, algo como el jetlag cuando se viaja en avión; Homi Bhabha (The Location of Culture) lo llama “time-lag”. En la laguna temporal se hace nítido el círculo de las políticas imperiales. Se nos corta el tiempo desde afuera y desde el estado, se corta algún proceso, y se nos define como temporalmente diferentes según una historia desarrollista, en etapas, que es la historia del capitalismo y del imperio concebidos como modernidad, civilización y continuo progreso. América latina, en esa cronopolítica, está siempre en una etapa temporal anterior, atrasada o “emergiendo” en relación con lo ya constituido, en un proceso que nunca acaba y que se reajusta con cada salto modernizador. Somos segundos en la historia del capitalismo y “llegamos tarde al banquete de la civilización” (Alfonso Reyes). La diferencia temporal que se nos produce y asigna nos lleva a pensar críticamente y también a pensar de otro modo. A imaginar cambios sin etapas, progresos y modernizaciones sin desarrollos. Desde aquí no podemos ver el tiempo en forma lineal, en términos de “atraso” o “adelanto”. No podemos aceptar la historia desarrollista del capital y su cronopolítica que nos pone en una anterioridad o atraso. Homi Bhabha dice que Frantz Fanon destruye los esquemas de tiempo: el negro se niega a ocupar el pasado del cual el blanco es el futuro. H. Bhabha critica la historiografía que plantea la sucesión de colonialismo, poscolonialismo y globalización. Las condiciones del colonialismo persisten dentro de las naciones independientes y también en la globalización, y producen pobreza y racismo. John Kraniauskas (en Boundary 2, Nº 32, 2005, p. 2) dice que la idea de desarrollo ha sido fundamental en la historia latinoamericana y que es una idea central no solo para la historia del mundo, porque le da una gramática y una dirección civilizatoria, sino también para la administración transnacional del capitalismo aquí en América latina. El desarrollo captura el tiempo histórico y lo despliega como sentido de progreso (civilizatorio). Está íntimamente ligado a las teorías de la modernización, como la conocida “teoría de los estadios” de Rostow, que fue importante para la Alianza para el Progreso de Kennedy. El desarrollo sería el tiempo del capital y del imperio que sirve para la administración biopolítica del tiempo aquí, en América latina. En América latina el salto modernizador produce tiempo no vivido: agujeros o lagunas de tiempo que quedan, a partir del corte, como estancadas en repeticiones y retornos. Esas lagunas temporales desafían una historia desarrollista como la del capitalismo. ¿Cómo especular o imaginar desde la laguna temporal, en el time-lag, sin etapas ni desarrollo desigual y sin modernidades alternativas en relación con una modernidad modelo o un desarrollo parejo? ¿Y cómo pensar sin los relatos historicistas e imperiales de la temporalidad del capitalismo con su imperativo de modernización emancipatoria? La laguna temporal producida por los saltos modernizadores nos lleva a pensar el problema del tiempo histórico latinoamericano, y también el problema de la relación entre los sujetos y el estado. En la historia latinoamericana no se puede separar a los sujetos del estado porque la laguna temporal es también una experiencia íntima del tiempo. Los saltos modernizadores transforman y alteran las vidas individuales en América latina, donde la relación entre experiencia personal y acontecimiento histórico aparece directa, sin mediación. La dictadura militar o la modernización forzosa no solo producen saltos de tiempo y rupturas políticas y económicas; penetran la vida de las personas, entran en sus casas, deciden sus destinos. Miércoles 21 de junio Jueves 22 de junio Temporalidad del mercado y temporalidad estatal El tiempo neoliberal en América latina: la temporalidad del mercado es mucho más rápida que la temporalidad política y puede aniquilarla. La velocidad del neoliberalismo aplasta el estado latinoamericano y lo reformula. En adelante, será otra la relación entre nación y estado. En el siglo XIX y sobre todo en el XX se instituyó una temporalidad estatal, poderosa y autónoma, que dominó sobre el tiempo del mercado actuando como lentificador social. Esta temporalidad culmina en la mitad del siglo XX y hoy está fracturada. Un legislativo lento y un ejecutivo que se acelera con los decretos de necesidad y urgencia para responder a lo que los diarios del 2000 en Buenos Aires llamaban “los mercados”. La velocidad de los mercados subordina y pone a su servicio (y usa) la temporalidad política estatal, mucho más lenta (y no hablemos de la temporalidad judicial). El tiempo neoliberal transforma el estado en América latina: el presente eterno y a la vez la máxima aceleración hacen estallar la temporalidad estatal e impiden proyectos políticos. El efecto es la abolición de la política. La tradición económica y temporal del neoliberalismo (que nace con Adam Smith y culmina en los años 60 con los escritos de Friedrich von Hayek) trató de legitimar la supremacía del tiempo del mercado sobre el tiempo político. El pensamiento de Von Hayek coincide con la ideología neoliberal del fin del siglo XX. La economía del presente eterno de la sociedad de mercado trata de abolir la política: Von Hayek llevó al límite el rechazo del proyecto político negando toda idea de construcción fundada en el tiempo largo (un proyecto de nación, una reorganización social). Con esto puso en evidencia la tensión entre temporalidades del mercado y temporalidades políticas que se vive aquí en el 2000. Uno de los problemas es que no hay proyecto de nación, cuando el proyecto mismo es el que la define en tanto tal. El neoliberalismo no solo pone en cuestión el estado latinoamericano sino también la nación. Nos lleva a replantear la relación entre nación y estado, a dejar de usar la expresión estado-nación. Miércoles 26 de junio Domingo 2 de julio La velocidad neoliberal y lo popular en Buenos Aires año 2000 (el santito de la temporada) Me enteré de que el cantante Rodrigo (“El Potro”) existía el día de su muerte. Y en el accidente y en el estallido, en su cuerpo, pude imaginar (ver en imagen ) la temporalidad neoliberal y el negocio sin límites de la industria musical y discográfica. El 25 de junio, después de un show, se estrella en el camino a La Plata, iba sin cinturón: la vida al borde. El pueblo le hace un altar en el lugar del accidente y le reza. Rodrigo, un muchacho de Córdoba que tenía ojos celestes y atravesaba por lo menos dos clases y culturas, podría dejarnos imaginar (ver en imagen: especular) no solo la velocidad del neoliberalismo latinoamericano sino su forma misma. Rodrigo usa una forma musical rural, una alianza con “el interior” folklórico (el auténtico folklore cordobés, de origen campesino) y con los pasodobles y las tarantelas (de los inmigrantes españoles e italianos) y eso es lo popular, pero es hijo de un empresario de la industria discográfica, del sello CBS. No representa; es él mismo un tipo de formación populista (“popular”) neoliberal como la de Menem, caudillo de La Rioja. Y se lanza a toda velocidad para estallar y cortar el tiempo. En los tres días que siguieron a su muerte vendió 170 mil copias de su último disco. El más exitoso había vendido 300 mil copias. “La industria no pierde tiempo, por eso la velocidad y la autopista, y quizás por eso, también el golpe y el final”, dice Alejandra Dandan en Página/12 el domingo 2 de julio. La muerte de Rodrigo, que en julio acumuló otro millón seiscientas mil unidades totalizando dos millones desde que se mató hace un mes, me deja ver la velocidad neoliberal. Decido que este tipo de estallidos que cortan el tiempo (muertes no naturales, accidentes y atentados, crímenes y suicidios) son acontecimientos centrales del 2000 en Buenos Aires. Es “cuando la muerte habla”. Después registro el suicidio de Favaloro, el asesinato de Natalia Fratticelli y otras muertes. Lunes 29 y Martes 30 de mayo Jueves 1º de junio Lunes 5 de junio El comienzo del fin Trato de explorar ese tiempo otro que percibí cuando llegué. Ahora lo llamo “el misterio del tiempo otro” y viajo en el tiempo para descubrir su secreto. Leo los diarios de la mañana y tomo algunas notas. El país se hunde. Reducción brutal de gastos en el estado: quita de jubilaciones, sucesivos recortes salariales, impuestos. Cada paso en esta dirección produce inmediatamente un “impacto favorable en los mercados”: “Wall Street dice que es un paso en la dirección correcta”. Treinta por ciento de la fuerza laboral, subocupados o desocupados, 37% por debajo de la línea de pobreza. Voy entrando en el tiempo de la recesión, del ajuste, del desempleo, la miseria, la corrupción y la represión. En este tiempo apocalíptico puedo ver los primeros estallidos del estado latinoamericano. Miércoles 31 de mayo Veo por televisión la marcha contra el ajuste y el FMI: 40.000 personas. Hugo Moyano, el dirigente de la Confederación General del Trabajo, pone en paralelo la “dictadura militar” pasada con la actual “dictadura económica” y amenaza con la “desobediencia civil”. Paolo Virno (Gramática de la multitud) esboza una teoría política del futuro (una política potencial) que se funda en el éxodo como acción y en la multitud como sujeto. La desobediencia civil o el éxodo (por ejemplo, no pagar impuestos y no acatar ciertas leyes) no es una protesta sino un acto de imaginación colectiva: la defección en masa del estado. La desobediencia civil es una categoría prepolítica, el derecho a la resistencia, que autoriza el uso de la violencia cada vez que alguna prerrogativa positiva es alterada por el poder central. El éxodo del estado es para Virno la condición sine qua non de la acción política hoy. Una acción totalmente diferente de la que concibió la tradición liberal porque cuestiona el poder de mandar (leyes, impuestos) del estado. Con la “teoría política del futuro como acto de imaginación colectiva” estoy en el 2000 exactamente en el tiempo anterior: la desobediencia civil anunciada por Moyano en el 2000 se hace visible al fin del 2001. Primero hay que pasar por el fin de la creencia en la representación. Lunes 21 de agosto Fin de la creencia en la representación Escándalo del Senado: denuncia de sobornos para aprobar la ley laboral. La serie temporal: 3 de setiembre: encuesta de Equis: Imagen del Congreso: positiva 11%, negativa 88%; 7 de octubre: renuncia del vicepresidente Chacho Álvarez. Se quiebra el ejecutivo y la alianza que lo sostenía: primer estallido del estado. El sistema exhibe de un modo explícito sus nuevos mecanismos en forma de corrupción política. Cae una creencia, un proyecto político y un modo de gobernar. Es el fin de la confianza en la representación política, un fin de la política. Todo listo para la desobediencia civil y que se vayan todos. Jueves 31 de agosto Viernes 3 de noviembre Clarín-Landrú y el humor popular Una pareja en la cama, él dice: Ahora que estamos casados voy a revelarte un espantoso secreto, querida: soy senador. Un padre y un hijo, el chico dice: Sinónimos de dinero son plata, guita, guitarra, biyuya, cuerito, toco, vento, ventolina, morlaco, menega, piastras, patagón, mango, meneguina, sopardo, goman, luca, lucarda, mosca… Y el padre: ¡Muy bien! De grande vas a ser senador. Sábado 11 de noviembre Imposible gobernar sin represión Violencia en Salta y asesinato del piquetero Aníbal Verón, 37 años. Su nombre será el de uno de los movimientos piqueteros. Clarín, Política, p. 16 La situación social Durísimos enfrentamientos por los cortes de rutas Salta: violencia, saqueos y un piquetero muerto Era chofer mecánico y murió de un balazo al enfrentarse con la Policía en la ruta 34. Los manifestantes se enfurecieron, tomaron como rehenes a cuatro policías y arrasaron Tartagal. Miércoles 23 de agosto Estallidos del estado latinoamericano Me encontraba en un estado-nación del sur que había transformado sus estructuras estatales para reformular sus funciones dentro del nuevo orden global. Reformada la Constitución en 1994 para regular otro tipo de tiempos y turnos políticos (para acortar y acelerar los tiempos políticos), completa la desnacionalización (privatización, desregulación), solo faltaba la nueva ley del trabajo para cerrar el sistema. Y ese es el punto preciso donde se produce el primer estallido que abre la temporalidad apocalíptica para el estado. El 2000 fue al mismo tiempo la utopía realizada del sistema y el estallido en todas las direcciones, por eso es el año ideal para especular sobre la experiencia del tiempo. ¿Será ese tiempo a la vez utópico y apocalíptico uno de los hilos de la sensación de tiempo otro que sentí al llegar y que quería desentrañar escribiendo el diario sabático? Domingo 12 de noviembre Yo diario sabático Mi experiencia del presente es una conjunción y una yuxtaposición de temporalidades en movimiento cargadas de símbolos, signos y afectos. En Buenos Aires año 2000 estoy en el salto modernizador, en la aceleración temporal del neoliberalismo, en el presente eterno del Imperio (que no se define como un período histórico sino como la culminación de la historia), en la laguna temporal del sur, en la recesión y la represión, el llamado a la resistencia civil y en los primeros estallidos del estado. Y me encuentro también en una especie de déjà vu, donde el presente se duplica en el espectáculo del presente. Qué otra cosa hacer para pasar el tiempo sabático que explorar el tiempo del 2000 en Buenos Aires. Tratar de registrar en presente la travesía del futuro hacia el pasado; seguir los signos del tiempo en los relatos de lo cotidiano y en la repetición de lo empírico. Ver las tensiones entre secuencia y serie, ritmo y medida, extensión y simultaneidad. Matar el tiempo. Así fue como en el año 2000 en Buenos Aires entregué mi tiempo a los géneros del presente porque a la mañana leía los diarios y a la tarde escribía un Diario de lecturas: “el Diario sabático”. Allí registraba algunas noticias y otras experiencias del tiempo. El Diario era la puerta para entrar al tiempo otro que sentí al llegar. La meta del viaje: las temporalidades de Buenos Aires año 2000 en la fábrica de presente. Miércoles 18 de octubre El otro yo Encuentro con Marta Cisneros en Rosario. ¡Felicidad! Ella viene de Córdoba, yo de Buenos Aires. Tema: el tiempo. Me dice MC: Sí, ya sé que tu tema es el tiempo, pero vos seguís hablando del tiempo y hablás del pasado y del futuro como si todos tuviéramos la misma sensación del pasado o del presente… ¿Cómo la misma sensación? Claro, la misma sensación… porque cuando vos decís que en la Argentina la gente vive en el pasado, claro, vos generalizás para poder comparar pero te olvidás… sí, creo que borrás algunas cosas que por aquí todavía no se sabe a qué tiempo pertenecen… a ver… te voy a poner un ejemplo… el año pasado para la última elección presidencial unos amigos recibieron una citación para que el hermano mayor se presentara como presidente de una mesa electoral… ¿En qué tiempo creés que se sintieron? Porque hace veintidós años que lo dejaron de ver cuando lo desa-parecieron los milicos de la dictadura de Videla pero sigue existiendo en los padrones como ciudadano argentino, entre comillas, y ahora tiene en los papeles veintidós años más y seguramente lo van a multar por no presentarse a cumplir con sus deberes ciudadanos… Ah, bueno, pero ese es otro tema, si vos me querés hablar de la memoria… No, te equivocás, yo no estoy hablando del pasado de los recuerdos, por lo menos ahora no estoy hablando de la tan remanida memoria; es más elemental pero más complicado que eso… yo estoy pensando en una, por lo menos una madre que conozco que hace veintitrés años que está esperando que su hijo regrese y todos los días, desde que se lo llevaron los milicos de su casa, está esperando que vuelva porque como todavía no vio ningún cuerpo, no va a dejar de vivir en un… ¿cómo denominarlo con nuestras categorías del tiempo? ¿presente?… Bueno, vos perdoname que insista pero cuando yo hablo de futuro o de pasado no significa precisamente que me olvide de lo que me estás refrescando con tu ejemplo… Está bien… ahora voy a seguir ese otro hilo, ahora voy a hacer memoria… cuando también nosotros vivíamos en el futuro porque estaba ahí, “ahicito nomás” como decimos por aquí, vinieron los actuales dueños del futuro a cagarnos a palos porque el futuro no se comparte, querida mía, y ahí sí deberíamos ambas admitir que no estamos hablando del tiempo, ¿no?, ¿o no te enteraste de que si sacamos cuentas, por cada desaparecido de la Argentina nos “premiaron” con algo así como un millón de dólares? Lindo tema el de la deuda externa para pensar en términos de hipoteca, o sea, en términos de futuro, o sea… que podría seguir… Dos experiencias del tiempo “Dicen que soy aburrido…”. Fernando de la Rúa, presidente argentino en el año 2000. Yo aburrida Boredom: a State of Mind. Sábado 1º de julio Clarín, sección Policía Matar por matar. Un caso que conmueve a Italia Tres chicas asesinan a una monja para “matar el aburrimiento” Fue en un pueblo del norte de Italia donde desde hace 50 años que no ocurría un asesinato. Las acusadas tienen 16 y 17 años, son de clase media alta y están presas. Engañaron a la monja y le dieron 19 puñaladas. Eran tres chicas “normales” de clase media alta, estudiantes de la escuela comercial y del Instituto de Hotelería, dominadas al parecer por un enorme vacío existencial. Las tres habían intentado sacudir esta cultura de la nada acercándose al satanismo, al rock pesado, a elogiar a la “familia” Manson (que en los años 60 mató en un rito satánico en Los Ángeles a la actriz Sharon Tate, que esperaba un hijo del director Roman Polanski). “Queríamos matar a un cura o a alguien de la Iglesia”… “Había que matar a esa bastarda”… Las tres se comunicaban continuamente por medio de sus respectivos celulares. En Italia hay más de treinta millones de estos teléfonos y todos los chicos “bien” los tienen. “Las tres manejaron bien los tiempos”. Lunes 3 de julio - Jueves 6 de julio El aburrimiento como experiencia del tiempo A veces, en el 2000, me atacaba el aburrimiento. Es un agujero o un pozo de tiempo que altera el mundo, como en algunos estados semejantes del sueño. Parece sin fin y no distingue pasado, presente y futuro. El aburrimiento es una experiencia subjetiva del tiempo típicamente moderna; nació en la misma era que las ideas de ocio y de persecución de la felicidad. A diferencia de su más distinguido primo el ennui, el aburrimiento es considerado una afección tonta o reaccionaria. Dado el oprobio político y moral, de victimización y confinamiento, que algunos atribuyen al aburrimiento, muchos lo niegan para sí mismos mientras lo ven en los otros, de otro tipo: clase, sexo, edad. En el siglo XVIII las mujeres lo atribuían a los hombres; en el XIX, los hombres lo atribuían a las mujeres y la clase media a la aristocracia. El aburrimiento puede ser una intriga capitalista o el efecto inevitable de los avances tecnológicos. Repudiado, atribuido, pretendido, está en todas partes y cambia de forma según los tiempos. El aburrimiento se presenta como la forma negativa del deseo. Asegura a su víctima la incapacidad de desear o de realizar el deseo; esa sería la forma atroz del aburrimiento como pozo de tiempo. Hoy algunas alternativas al aburrimiento, además de especular y escribir, son la transgresión y el delito. Pero si ya no hay transgresión ni siquiera en el satanismo, o si la esfera de la transgresión se amplía hasta cubrirlo todo y perderse (no solamente abarca el adulterio y la cocaína sino también los cigarrillos, el café y el chocolate…) solo queda matar como única alternativa. El 8 de diciembre de 1991 The Washington Post titula: “Para luchar contra el aburrimiento, algunos en los suburbios se dedican a la bebida y al crimen”. Los miércoles a las 23 entre octubre y diciembre de 2000 La vida cotidiana como experiencia del tiempo Veo por TV Okupas. ¡Felicidad! Yo adicta En la televisión, en Okupas, en la realidadficción, encontré la temporalidad de lo cotidiano. Una organización de las horas del día (Max Weber la remonta a los monasterios y las reglas de ciertas órdenes religiosas que cultivaban la tierra); una organización del tiempo que no solo depende de la tecnología y los medios (reloj, radio, TV, diarios, blogs, e-mail, Internet) sino de una política de la representación y del sentido. La temporalidad cotidiana es una categoría tecnológica, capitalista, de la mercancía y de los valores. Imaginemos que la temporalidad cotidiana es la forma misma de la vida cotidiana. A la vida cotidiana se la define como en negativo, como lo otro y lo que no es… Lo cotidiano sería el concepto filosófico que designa lo no filosófico, el concepto literario que designa lo no literario, el concepto histórico que designa lo no histórico: lo que escapa a la historia, a la literatura, a la filosofía. La vida cotidiana fue un tema central para los surrealistas (de donde lo tomó Walter Benjamin para tratarlo como objeto privilegiado de una experiencia histórica). Y para Henri Lefebvre, que dijo en 1947 y en 1958: la vida cotidiana y las mercancías, papeles y discursos que la habitan, son la base de toda experiencia social y el verdadero ámbito de la crítica política. Y para los situacionistas: Guy Debord (La sociedad del espectáculo, 1967) dijo que la vida cotidiana es la medida de todas las cosas, de la realización (o mejor dicho, la no realización) de las relaciones humanas, del uso del tiempo vivido, de la experimentación artística y de la políti-ca revolucionaria. El ideal situacionista era que los medios técnicos se usaran para terminar con la pobreza de esta vida cotidiana que es la vida misma: la riqueza y la energía que nos faltan en el día a día del capitalismo y de la sociedad del espectáculo. Cada tiempo tiene su realidad. Para algunos el tiempo cotidiano es “la realidad”, no una realidad histórica sino uno de los grados de realidad de hoy: una realidadficción que hace porosas las fronteras entre vivido e imaginado. La temporalidad cotidiana (para algunos el puro presente y la realidad) traza un dibujo y parece tener un sentido y un sujeto específico. Es una temporalidad intimapública cortada en fragmentos o bloques de tiempo (instantes, horas, días, días de la semana) que incluyen una variedad de ciclos repetitivos. El tiempo cotidiano es un tiempo roto, hecho de interrupciones y fracturas, que se repite cada vez como lo mismo y lo diferente: comer, dormir, mirar TV, leer diarios… Los bloques fluyen en sucesión en una serie que nunca se unifica ni totaliza. Fluyen en tiempo presente. Esa compleja forma-temporalidad cotidiana es la de los medios y del melodrama, y una de las formas narrativas dominantes de la literatura del presente. La temporalidad de la TV, del melodrama y de la vida cotidiana (y de una forma de narrar) parecen ser casi las mismas; tienen el mismo diagrama de tiempo fragmentado y repetitivo en flujo sin totalización ni unificación. Esa temporalidad cotidiana y esa forma narrativa postulan un tipo de sentido y un tipo de sujeto. Un sentido. En el tiempo de la vida cotidiana (de lo que no es especializado), de la TV y del melodrama, el sentido de lo que se ve y vive es transparente, rápido y accesible a todos, a veces engañosamente simple o accesible: el sentido es lo que se da a ver explícita y espectacularmente. Como en Okupas. Y un sujeto. La subjetividad del tiempo cotidiano es privada y pública a la vez: el sujeto cotidiano es intimopúblico porque estoy compartiendo la experiencia con una cantidad de otros al mismo tiempo. Los miércoles a la noche con Okupas en el canal público me instalo en la familiaridad, en casa, en cama, en plena experiencia afectiva de habitar y pertenecer en un ahora público. La ficción de Okupas se integra en mi vida cotidiana de Buenos Aires año 2000, se incorpora a las rutinas de los miércoles, entra en la repetición. Y me constituye en sujeto cotidiano que contempla, adicta, el cuento de los chicos okupas que no eran verdaderos okupas sino la defensa contra los okupas. Конец ознакомительного фрагмента. Текст предоставлен ООО «ЛитРес». Прочитайте эту книгу целиком, купив полную легальную версию (https://www.litres.ru/josefina-ludmer-27880955/aqui-america-latina/) на ЛитРес. Безопасно оплатить книгу можно банковской картой Visa, MasterCard, Maestro, со счета мобильного телефона, с платежного терминала, в салоне МТС или Связной, через PayPal, WebMoney, Яндекс.Деньги, QIWI Кошелек, бонусными картами или другим удобным Вам способом.