El color de los sueños
Juan José Castillo Ruiz


Años 30. Teresita y Paulino han desaparecido. Emprenden un viaje rumbo al sur, sin destino fijo. Lo hacen en unos días en los que el desconcierto se apodera de los vecinos que habitan las aldeas castellanoleonesas en los meses previos al inicio de la contienda. En aquellas poblaciones de gente humilde donde todos se conocen, cualquier cambio o movimiento es detectado. Los rumores sobre lo ocurrido corren como la pólvora. Algunos piensan que han huido, otros que los han matado. Así arranca El color de los sueños, una novela en la que la verdad se esconde tras un camino teñido de grises por la crueldad de una guerra que se torna sangrienta para gentes pacíficas y austeras, fieles y leales. En esa España que cambia de color y sonido, con la armonía rota y que se dividía palmo a palmo, día a día, se forma el golpe que ocasiona la separación de Teresita y Paulino en tierras andaluzas, territorio aún desconocido para ellos.







EL COLOR DE LOS SUEÑOS







JUAN JOSÉ CASTILLO RUIZ

EL COLOR DE LOS SUEÑOS

EXLIBRIC

ANTEQUERA 2017


EL COLOR DE LOS SUEÑOS

© Juan José Castillo Ruiz

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Iª edición



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JUAN JOSÉ CASTILLO RUIZ

EL COLOR DE LOS SUEÑOS


Desde que el hombre fijó su mirada en el cielo, comenzó a soñar despierto, y de eso hace ya mucho tiempo.

Soñar despierto es tan necesario como respirar, dejar volar tu

espíritu en el infinito, sin temor a tropezar con obstáculos que

rompan tu fantasía, enriquece tu ser.

Cuánta belleza alberga nuestra alma y qué poco creemos en ella.




CAPÍTULO I


Las familias de Paulino y Teresita estaban emparentadas de alguna forma, aunque nunca supieron decir cómo. Algún primo lejano, casado con una pariente del tío abuelo, o quizás un sobrino de la bisabuela, que se casó con la hermana de su cuñado... bueno, lo cierto era que no sabían decir de qué modo, pero la convivencia entre ambas familias no podía ser mejor, y al estar unidos puerta con puerta, el roce era aún mayor.

Eran campesinos, y como tales, trabajaban solo y para el campo. Maravilloso campo leonés, duro, pero hermoso a la vez, austero y leal, y en aquel silencioso pueblecillo en la provincia de Valladolid, donde habitaban, a veces la vida era monótona, y a los chicos y chicas, ya desde muy temprana edad, los progenitores les obligaban a que dejasen de acudir al colegio, si se podía llamar como tal, donde un anciano maestro, les enseñaba algo de leer y escribir; y por el contrario, comenzaban un trabajo en las labores de casa o en las faenas del campo. Tanto era así que, cuando Teresita apenas había cumplido diez años, doña Mercedes, la madre, aún joven, andaría por los treinta y cuatro, necesitó la ayuda de su hija, para así poder atender todos los quehaceres del hogar. Había parido la señora dos varones y una hembra, y Teresita era la menor de todos.

Don Fabián, el padre de Paulino, era un hombre recio, algo tímido, quizás al enviudar y no tener la ayuda y compañía de su mujer, a la cual adoraba y con la que tuvo tres hijos, dos hembras y un varón, siendo estos aún pequeños, sintió un vacío enorme, y una torpeza aún mayor, al no saber de qué modo podría seguir adelante, sobre todo, poder mantener la casa para que no les faltase a sus hijos nada de a lo que estaban habituados, que, aunque no era mucho, nunca faltaba el pan en la mesa. Labrar la tierra de sol a sol era agotador y aún más, estando solo. La tan apreciada ayuda de su esposa ya no la tenía, de modo que, apenas Paulino cumplió los once años, con pocas palabras, y de la mejor forma que pudo expresarse, le hizo ver la necesidad que tenía de su ayuda en las duras faenas del campo. Paulino, a su forma, entendió la situación en que se encontraba su padre, aunque nunca comprendió muchas cosas, y así, al igual que Teresita, dejó de aprender a leer y escribir.

Paulino era un niño sensible, soñador, desde muy pequeño solía caminar por los senderos de aquellos campos sin rumbo fijo, escuchando el cantar de los pájaros. Con frecuencia se arrodillaba a oler el perfume de las hierbas y flores, observaba cómo las hormigas recorrían largo camino, el cual el seguía hasta que desaparecían bajo sus pies, bajando a sus hormigueros por un agujero hecho en un montoncito de arena fina; acechaba en charcas el salto de alguna rana y el canto de ellas lo imitaba; le fascinaba ver volar a las mariposas de tantos colores y el brinco del saltamontes, ¡le hacía reír tanto!, nunca sabía donde iría a caer, claro que todo esto dejó de ser para él uno de sus grandes placeres, desde el día en que empezó a faenar con su padre en el campo.

Al fin de la jornada de trabajo, en los días más calurosos del verano, y al caer la noche, cuando el silencio inundaba el lugar, Paulino se retiraba a su alcoba y, antes de acostarse, se acercaba a la ventana, y apoyando sus codos en el borde de esta, con las manos en sus mejillas, escuchando un concierto de grillos, miraba al cielo cuajado de estrellas que iluminaban con intensa luz aquel manto infinito. Así permanecía un buen rato, y antes de irse a dormir, pensaba perdiéndose en lo más profundo del universo, que su madre lo estaría mirando desde algún punto luminoso. Rezaba y se acostaba.



Pasaron ocho años, y en la aldea, algo había cambiado. ¡Gran acontecimiento! La luz eléctrica ya era común verla en algún hogar, el agua potable también se recogía dentro de las casas, aunque no en todas, por lo que aún había que ir a la fuente a por ella. El maestro don Genaro se jubiló y fue sustituido por un joven alto y delgado de tez pálida, procedente de Valladolid, pero lo que más gustó en la aldea, fue cuando en el corral de un vecino llamado Blas, se instaló una especie de telón construido con sábanas blancas, donde se proyectaban películas en verano, y alguna tenía algo de color. Aquello era una gozada. Teresita y Paulino, y prácticamente toda la aldea, los sábados por la noche y por el precio de un real, podían ver una película, con derecho a poder comer, si así lo deseaban, su buen melón o sandía.

Eso sí, cada uno tenía que llevarse su asiento. Rara era la vez en que la proyección terminaba sin cortes, porque las roturas de las cintas eran frecuentes. Cuando Blas encendía la única bombilla que colgaba de un alambre en el centro del corral, se sabía que la función había terminado, con su correspondiente bronca y la devolución del dinero.

Recién cumplidos los diecinueve años, era Paulino todo un hombre, robusto y de buena planta, trabajador y responsable, aunque nunca amó la labor de campesino.

Su padre, que con tanto ahínco había trabajado las tierras de aquel lugar, iba perdiendo poco a poco las fuerzas de antaño, cosa que preocupaba a Paulino, dado que caería sobre él, el peso del trabajo.

La posibilidad de comenzar una nueva vida lejos de allí, y desarrollar una labor diferente, cada vez la veía más lejana, y eso le preocupaba. Cuántas veces faenando de sol a sol, se detenía y despojándose de su sombrero de paja, miraba a su alrededor, y pensaba que nunca saldría de aquel lugar. Le entristecía tanto, que con los ojos clavados en los surcos que iba haciendo su arado, al ritmo del lento caminar marcado por las mulas, alguna lágrima mezclada con el sudor de su frente caía en la tierra de aquel campo leonés.

Teresita, a sus dieciocho años, estaba espléndida. Había aprendido a bordar tan bien que, aunque no sabía cuándo, ni dónde, ni con quién, se casaría algún día, dedicaba parte de su tiempo libre a confeccionar su ajuar. Tenía decenas de pañuelos bordados, mantelerías, sábanas y una cantidad de objetos guardados, que había perdido la cuenta de cuántos eran. Solía decir, que cuando se casara, lo haría en La Colegiata de San Antolín, en Medina del Campo.

Era una joven inquieta y muy curiosa, sentía la necesidad de conocer todo lo que existía fuera de su entorno. Viajar era uno de sus sueños y, a veces, deseaba consultar a Nicanor, el nuevo maestro, todo cuanto quería saber, pero este joven, una vez terminada su clase, desaparecía de la aldea pedaleando su bicicleta, perdiéndose en el camino. Algún campesino dijo que le gustaba visitar la diminuta taberna de Ambrosio.

Teresita, cuando bordaba, recordaba las veces que unida a Paulino, cuando eran pequeños solían correr por el campo cogidos de la mano. Se detenían a orillas del río Adaja, que casi bordea la aldea, y sentados en la orilla se descalzaban hundiendo sus pies en aquel caudal de agua transparente. Se inclinaban hacia adelante y veían cómo sus rostros se reflejaban distorsionados, cambiando de figuras, por la continua corriente. Hacer esto les divertía mucho.

Paulino, en ocasiones, confeccionaba un ramillete de margaritas y flores silvestres y, arrodillándose ante ella, se las ofrecía, y Teresita sonriendo, le extendía su mano, la cual el besaba con un signo de reverencia. Esa escena la habían visto en una de aquellas películas que proyectaron en el corral de Blas durante el verano. ¡Fueron unos años maravillosos!

Cuando llegaba el invierno, eran muchos los días que la aldea estaba cubierta por un manto blanco. Los copos de nieve caían desde un cielo gris plateado, como bolitas de algodón, que empujados por el viento, los mecía a capricho, posándolos en la tierra, delicadamente.

En noches de luna llena, los campos blancos brillaban como espejos y el silencio lo rompía algún aullido de lobo o el ladrar de perros. Era costumbre después de cenar que ambas familias se reuniesen y, al calor del fuego de una chimenea prendida con leña, desgranasen mazorcas, pelasen castañas o rompiesen nueces, a la vez que alguien contaba alguna anécdota o cuento. El invierno era largo y muy duro, por eso era necesario que tanto los graneros como los pajares estuvieran bien repletos, ya que faenar, a veces, era muy difícil o imposible.

Una tarde de aquel mes de diciembre se iba a celebrar una matanza en la casa del padre de Paulino, y como de costumbre, Teresita y su familia fueron invitadas.

Una vez consumado el rito del matarife, y desangrado el cerdo, la tarea era ardua y lenta para embutir y salar las piezas del sabroso animal, ¡buen cerdo bellotero! En el recinto donde se llevaba a cabo ese trabajo, se encontraban Teresita y Paulino de pie uno frente al otro, alrededor de una mesa, donde trabajaban con alegría y ánimo, unidos a los demás familiares. Sus miradas se cruzaron y Paulino experimentó una extraña sensación. Le empezaron a sudar las manos y la boca se le secaba, sintió un calor que le subía hasta la frente y el corazón le latía con fuerza. A medida que bebía agua, su mirada se clavaba en los maravillosos ojos color castaño oscuro de Teresita.

Aquel año, la primavera llegó temprana, los campos rebosaban de color y un agradable aroma penetrante, que manaba de tantas flores y plantas, inundaba las praderas, donde todo era belleza y armonía.

Una mano extra que ayudase a Paulino a labrar las tierras, era necesaria Su padre, apenas faenaba y ¡había tanto que hacer!

Durante el mes de mayo, se celebra en Olmedo una fiesta medieval muy popular, a la cual acuden multitud de personas, y Paulino pensó que sería una buena ocasión visitarla, y así podría anunciar su oferta de trabajo.

Una vez que Paulino tomó la decisión de preparar la partida, pensó en invitar a Teresita, aprovechando que por esas fechas ella cumpliría diecinueve años y podría ser un día especial para salir de la aldea.

Casimiro y doña Mercedes aceptaron la idea de que su hija acompañase a Paulino, pero con la condición de que, junto a ellos iría su hijo Romualdo, que era el mayor de los hermanos. Esto a Paulino no le gustó, pero era la única forma de poder realizar ese viaje unido a Teresita. Tampoco a Romualdo le agradaba la idea de pasar un día en Olmedo, sirviendo de lazarillo. Ambos, Paulino y Romualdo, se encontraron para hablar, a fin de llegar a un acuerdo.

—Sabes Romualdo, Teresita... a mí me gusta mucho, y nosotros...

No le dejó terminar de hablar, cuando Romualdo le interrumpió diciendo:

—Ya, ya lo sé, pude observar en la matanza cómo mirabas a mi hermana.

Paulino se ruborizó, aunque no hubo necesidad de dar explicaciones, porque Romualdo aceptó la propuesta que le hizo y, de ese modo, tanto él como la pareja estarían solos y contentos.

Era aún temprano aquella mañana, cuando partieron con destino a Olmedo, en aquel desvencijado y ruidoso camión, con motor de gasóleo, dando tumbos por aquellos caminos estrechos y polvorientos. Les parecía que nunca iban a llegar a su destino, dado que el recorrido que hacía este vehículo era de aldea en aldea, recogiendo a los pasajeros que en determinadas fechas festivas iban a visitar las ferias, como la que se celebraba aquel día en Olmedo.

Llegaron a las puertas de Olmedo con el Ángelus del mediodía, y casi sin despedirse, Romualdo desapareció mezclándose entre la muchedumbre que abarrotaba aquel lugar. Teresita se sorprendió al ver que su hermano se separó de ellos, cuando lo acordado era estar unidos todo el tiempo.



—¿Sabes a dónde va mi hermano? —preguntó a Paulino.

Este, encogiéndose de hombros, le contestó:

—No.

Tanto insistió Teresita en saber qué estaba ocurriendo, que Paulino le reveló lo pactado entre él y su hermano Romualdo.

De regreso a la aldea, sellaron los tres un juramento, cuyo fin era no decir nunca a nadie lo ocurrido aquel glorioso día en Olmedo.

Lo de haber intentado Paulino contratar a alguien para que le ayudase en sus labores, quedó en el olvido.




CAPÍTULO II


Era un deshonor, un escándalo y una vergüenza para una familia, el que dentro de ella una hija pariese sin estar casada. En la pequeña comunidad de la aldea ocurrió años atrás, un caso en el que una menor quedó preñada de un forastero, y se cuenta que nunca se la volvió a ver, tanto a ella como a su familia. Desaparecieron sin dejar rastro hasta el día presente.

Fueron para Teresita los meses que antecedieron a su alumbramiento los más horribles y solitarios de su vida. Iba perdiendo la alegría que ella tanto derramaba y la sonrisa en sus labios desaparecía a medida que pasaban los días. Al aumentar su vientre, ella se lo fajaba fuertemente, para así poder disimular su volumen.

Según sus cálculos, le faltaban aún cinco meses para dar a luz. Los vómitos y el poco apetito, así como la palidez de su rostro, la delataban por momentos, hasta el punto de que la madre comenzó a sospechar y sin mediar palabra, una noche, cuando Teresita se retiró a su alcoba y comenzó a desnudarse, entró doña Mercedes sin pedir permiso, y descubrió lo que ya había imaginado, y tanto temía.

Era la madre de Teresita mujer de pocas palabras, sumisa y recta, y sobre todo fiel creyente de su religión católica, la que practicaba, y desde pequeños sus hijos aprendieron. Estrechó las manos de su hija entre las suyas, y sentándose las dos en el borde del lecho, comenzó a oír atentamente lo que Teresita le contaba.

Cuando hubo terminado de hablar Teresita y explicarle lo que sucedió, doña Mercedes se alzó lentamente de aquel lecho y de pie ante su hija, la cual seguía sentada, la miró fijamente a los ojos y decidió en ese momento alejarla del pueblo lo antes posible.

Pensó en enviarla con una prima hermana de su padre, señora que vivía sola en un pueblo cercano, llamado Moraleja de las Panaderas, la cual, por ser muy mayor y con cierta incapacidad física (su visión era muy pobre), necesitaba ayuda, y si Teresita se desplazaba por algún tiempo a asistirla, el resto de la familia lo aceptaría sin levantar sospechas.

Ella no tenía otra alternativa, sino aceptar la decisión de la madre, pero lo que le rompía el corazón era el juramento que esta le obligó a hacer allí, en ese momento, de que una vez que diese a luz, se desprendería de su criatura y regresaría sola a Calabazas.

Doña Mercedes pensó en darle la noticia de la visita de su hija a la prima de su padre, por mediación de don Antonio, el párroco de la Iglesia del Rosario. En esos pueblos y aldeas, la obligación de oficiar misa en varios de ellos le pertenecía a un solo sacerdote, el cual recorría aquellos parajes a diario, y en el caso de don Antonio, le tocaba visitar Moraleja de las Panaderas, pueblo donde habitaba la señora Amelia (que así se llamaba la anciana señora).

Al cabo de unos días, estando una tarde confesándose doña Mercedes, don Antonio le comunicó que la señora Amelia estaría encantada de recibir en su casa a Teresita, se sentiría muy acompañada y podría quedarse el tiempo que ella deseara. No la veía desde que hizo la Primera Comunión.

Aún no había organizado doña Mercedes los preparativos del viaje de su hija, cuando una mañana, muy temprano, aprovechando que su esposo e hijos ya habían salido a faenar, y su hija dormía, con cautela y silenciosa, salió de su casa y se dirigió a las tierras donde ella sabía que Paulino estaría trabajando.

Efectivamente, Paulino comenzó a labrar las tierras antes de que amaneciera. Lo hacía casi en redondo, empujando el arado con fuerza y arreando a las mulas continuamente. El terreno estaba seco y era duro para los animales avanzar de una forma uniforme. Despuntaba el sol por el horizonte, cuando Paulino detuvo el arado en un recodo de la finca, donde los árboles de la vereda daban siempre una sombra agradable, y como acostumbraba a hacer, se sentó, empinó su bota de agua, y con la mirada puesta en el cielo, echó un buen trago antes de continuar faenando. Al bajar los brazos una vez satisfecha su sed, con sorpresa reconoció a doña Mercedes, que se acercaba hacia él, lentamente. Cuando estuvo cerca, esta levantó la mano y señalándole con el dedo pulgar, comenzó a hablarle en un tono agresivo sin dejarle pronunciar palabra.

—Señora Mercedes, verá... —decía Paulino a medida que se incorporaba.

—¡No hay nada que ver! —gritó doña Mercedes—. ¡Levántate y escúchame bien! ¡Te aseguro que no volverás a ver a mi hija por mucho tiempo, olvídate de ella, y jamás cuentes a nadie nada..., tu presencia en mi casa ya no es grata y deja de llorar como un niño perdido, cuando lo que tenías que haber hecho es pensar como un hombre responsable, antes de deshonrar a mi hija! ¡Ya me encargaré yo de mi hijo Romualdo, al que sobornaste y compraste con dinero sucio!

Hundió su mano en el bolsillo de su bata negra y sacó siete reales, los cuales arrojó a la tierra con fuerza, diciendo:

—¡Son tuyos, Judas!

Paulino no podía creer lo que estaba sucediendo, era una pesadilla, quería pensar que era un mal sueño, pero era consciente de la realidad y la responsabilidad de convertirse en padre. ¿Cómo podría ponerse en contacto con Teresita? Necesitaba verla, tenían que hablar. ¿Qué harían? ¿Cómo le había ocultado ella algo tan importante y tan serio?

Doña Mercedes dio media vuelta y al caminar, a cada paso que daba, su cuerpo se inclinaba hacia la derecha, por no poder asentar bien ambos pies, debido a un defecto que tenía a consecuencia de una caída que tuvo de una mula, cuando era pequeña.

Cuando Paulino la vio desaparecer al final del cañaveral, este sin pensarlo dos veces, y olvidándose de recoger sus reales, salió disparado, cortando camino por una trocha, la cual conducía a la aldea y la que tan bien conocía. Fueron muchas las veces en las que, él y Teresita cruzaron esa vereda cuando aún eran niños y jugaban por aquellos parajes. Llamó Paulino discretamente a la puerta de Teresita, sin dejar de mirar a su alrededor, temiendo que alguien lo observara. Ella apareció en el umbral, contaba con muy poco tiempo para conocer los detalles, ambos estaban muy nerviosos e inquietos, doña Mercedes podía aparecer en cualquier momento por la esquina, por eso lo más importante era saber qué planes tenía la madre. Abrazándola con todo su cariño, y acariciándole el cabello, la besó tiernamente, y mirándola a los bellísimos ojos llenos de lágrimas, le prometió que nunca la abandonaría. Ella sabía que la madre la enviaría a Moraleja de las Panaderas, pero no le había dicho cuándo, él debía de estar muy atento a su partida y observar en todo momento los movimientos de su casa, aunque sin duda alguna, la señora Mercedes le comunicaría a la familia de Paulino la

decisión que había tomado de enviar a Teresita por algún tiempo con aquel pariente, a fin de asistirla. Como así fue, habían pasado solo dos días desde que Paulino tuvo aquel encuentro con doña Mercedes, cuando estando su familia reunida durante la cena, el padre, don Fabián, describió con pelos y señales lo que habían decidido sus parientes, referente a Teresita, de enviarla por una temporada fuera de la aldea. Paulino, aparentemente, casi sin prestar atención a lo que su padre contaba, seguía comiendo con apetito un trozo de queso Cabral, unido a un exquisito pan horneado en casa y un buen trago de vino.




CAPÍTULO III


Habían pasado tres días después de los Santos en noviembre, cuando Paulino decidió ponerse en marcha hacia Moraleja, aunque en casa creyeron que se dirigía a la cercana aldea del La Zarza a contratar un peón, del cual le habían dado muy buenas referencias, y para la recogida de la cosecha de la remolacha le hacía falta una buena ayuda.

Se informó Paulino de que aquel día el párroco don Antonio se quedaría en la aldea, y eso lo tranquilizó, ya que todo lo que en esos pueblos y aldeas sucedía, era el párroco quien primero lo sabía, precisamente era el cura quien llevaba y traía noticias a Teresita, de su madre, porque esta nunca la visitaba.

Cruzaba Paulino aquellos campos solitarios, camino de Moraleja. El sendero estaba embarrado a consecuencia de la lluvia caída la noche anterior y la mula tiraba lentamente del carruaje, dando tumbos de izquierda a derecha. Cuando llegó a un cruce donde otro camino conducía a Olmedo, recordó aquel domingo inolvidable, en el que apenas recién cumplidos los siete años, fuertemente cogido de la mano de su madre, se dirigían a un lugar mágico. ¡Era un día especial! Llegaron desde muy lejos los payasos, los titiriteros, el circo! Lloviznaba, no quería mirar al cielo para no ver aquellos negros nubarrones que amenazaban una fuerte lluvia, necesitaba pensar que el sol saldría muy pronto.

—¿Verdad que dejará de llover mamá?

—Claro, hijo —respondió esta.

Fue una respuesta no muy convincente. Seguimos andando, la lluvia arreciaba, los zapatos que había estrenado ese día se hundían cada vez más en el barro del camino. Íbamos tan rápido, que mis calcetines desaparecieron dentro de ellos y mis pies se enfriaron, y mis mejillas deberían de estar muy rojas a causa del viento frío y la emoción.

—Ya estamos cerca —oí decir a mi madre, con su sonrisa llena de amor y ternura. Me apretó fuertemente a su falda, que también empezaba a mojarse.

Dentro de aquella enorme carpa de lona, una vez sentados mi madre y yo en unas gradas duras y húmedas de madera, de improviso y como por arte de magia, delante de mí, comenzó a pasar una cabalgata de animales, titiriteros, monos que saltaban haciendo piruetas, payasos y músicos, un espectáculo que nunca había visto antes. Mis ojos se abrieron y mi boca quedó abierta ante tanto colorido y sonido. Gritábamos todos al unísono. Mi madre, abrazándome, me miraba con una sonrisa de satisfacción, y en su rostro se reflejaba su cariño, y la alegría que sentía al verme tan feliz. Mi corazón latía con fuerza, cuando desde lo más alto de la carpa, unos hombres saltaban de un sitio para otro, dando vueltas en el aire, y sujetándose a una barra de madera atada a unas cuerdas, lo hacían una y otra vez. Mi madre me dijo que eran trapecistas. Estuvimos en aquel lugar hasta que el último enano desapareció detrás de una cortina roja, y al que recuerdo por su extraordinaria agilidad, saltaba y botaba como una pelota maciza. ¡Su figura diminuta en el aire era gigantesca!

De todo cuanto vi aquel día, lo que más se quedó grabado en mi mente, fue una figura maravillosa, era todo color, alegría y sonrisas, aun recuerdo su mirada, tan triste, y su boca tan grande, pintada de rojo y blanco. Me asombró su nariz, era como una bola de billar, sus grandes zapatos, ¡cuánto me hizo reír! Mi madre me dijo que se llamaba Coco, ¡el más payaso de todos los payasos!

Fue un día inolvidable.

El sonido lejano de una campana cascada de iglesia, en aquella fría y gris mañana, hizo que Paulino despertara del bello encanto de su sueño, rompiendo la burbuja de sus dorados recuerdos.

A la entrada de Moraleja, se encontraba ubicada la casa de doña Amelia, la cual vendía los mejores huevos de la zona, aunque en tiempos de antaño, se le conocía como la casa del mandil, y aun conservaba el nombre por encima del travesaño del portón, por ser donde cortaban los mejores delantales de cuero o tela, de aquella comarca. Romualdo le había indicado a Paulino con detalle dónde se hallaba dicha vivienda.

Se acercó Paulino al portalón y golpeó el picaporte con timidez. Al abrirse el postigo, apareció Teresita. Sin apenas poder pronunciar palabras, se encontraron frente a frente, sus manos se unieron fuertemente, Teresita bajó la cabeza con rubor, él extendió su mano y alzándole el rostro lentamente, la besó con ternura. Se escuchó una frágil y temblorosa voz que procedente del interior, preguntó:

—¿Quién es?

—A comprar huevos que vienen, tía Amelia.

—Pues dáselos frescos.

—Recién cogidos están —respondió Teresita.

Al girarse Teresita, pudo observar Paulino cuánto le había crecido el vientre, lo que le produjo una sensación extraña, al pensar que ella llevaba en él la criatura que le haría padre.

La cajita de huevos que Teresita le entregó contenía una nota escrita por ella.

Paulino, apenas dejó atrás el pueblo de Moraleja, se detuvo y abrió la cajita donde encontró la nota escrita, que decía:

“Cariño mío, ten paciencia, quizás te sea difícil volver de nuevo pronto, pero según mis cuentas, para la última semana del mes de febrero, daría a luz, arregla todo para unirte conmigo el dieciocho de ese mes, te esperaré al amanecer, junto al caserón que hay a la salida del pueblo. Ten mucho cuidado, te quiero”.

Era la segunda vez que Paulino regresaba a casa sin resultado positivo para lo que había salido, que era contratar un peón de ayuda. El padre comenzó a pedirle explicaciones de por qué no encontraba a nadie, después de todo era para que él se beneficiase, Paulino le respondió que no habían llegado a un acuerdo en el precio del jornal. Depositó la caja de huevos en la alacena de la cocina y, sin mediar palabra, se retiró a su alcoba a descansar.

A Paulino le parecía que el reloj no marcaba las horas, el tiempo se había detenido, los días eran interminables, fueron las Navidades más amargas de su vida.

Se acercaba la fecha en la que debería reunirse con Teresita, y Paulino ya había preparado el plan para partir de madrugada, y cuando se aseguró de que todos dormían, se alzó de su lecho, se dirigió a la parte trasera de la casa donde tenía preparada la bestia unida al carro, y apenas sin hacer ruido, con mucho sigilo, se alejó de la aldea, camino de Moraleja.

Apenas veía, porque era con un candil con lo que se alumbraba el camino. Aunque él conocía aquellos senderos muy bien, transitarlos de noche era algo peligroso. Paulino se ciñó al cuerpo la escopeta de caza de su padre.

Alejarse del hogar de aquella forma sería un gran golpe y preocupación para su familia. ¿Quién podría labrar el campo? Sus hermanas no eran capaces de hacerlo y su padre solo, tampoco. Esto le atormentaba, pero no podía volver atrás, dejó encima de su lecho un papel escrito, en el que les pedía que no lo buscaran y ser perdonado, ya que algún día, con la esperanza puesta en su regreso, sabrían la verdad de su huida.

Recorrió el camino sin ningún peligro, aunque el miedo que sintió fue grande y cualquier ruido o movimiento que surgía de entre la maleza, producido por algún animal nocturno, le sobresaltaba, hasta tal punto, de que hubo un momento en el que se echó la escopeta al hombro, y conteniendo la respiración, agudizó el oído, paró el carro, y ante sus ojos, apareció una familia de ciervos, que cruzó el camino.

Esperaba Paulino junto al caserón en el que debería reunirse con Teresita a la salida del pueblo, cuando distinguió a lo lejos una figura que se acercaba caminando lentamente bajo la espesa niebla matutina. Al reconocerla, salió a su encuentro, y abrazándola, la ayudó a subir al carromato. Sin perder tiempo, y antes de que despuntara el día, partieron hacia Medina del Campo.

Oscurecía y se avecinaba una tormenta que por el color que iba tomando el cielo, podría ser muy fuerte, de modo que, aunque no habían llegado a su destino, Paulino y Teresita pensaron en detenerse y descansar unas horas, hasta el amanecer, en una pequeña aldea situada en el camino a, más o menos, una legua de Medina.

Aquella noche el cielo lloró en abundancia, el agua caía a cántaros y con una fuerza imparable, apenas pudieron conciliar el sueño por el rumor que hacía la lluvia al golpear sobre aquel endeble tejado, y fue de madrugada, cuando pudieron conciliar el sueño al amainar la lluvia y retirarse la tormenta.

Rompía el alba, cuando Teresita despertó sobresaltada, sentía un fortísimo dolor de vientre y unas ganas enormes de vomitar. Tan intenso era el dolor, que no pudo evitar lanzar un grito, y que a raíz del cual, Paulino sobresaltado, se giró bruscamente y cayó al suelo desde aquel camastro donde apenas habían dormido. Teresita se hallaba desconcertada y por un segundo perdió la noción del lugar donde se encontraba. Paulino, alzándose, apretó fuertemente las manos de Teresita con las suyas, y sin apenas haber pronunciado una palabra, unos golpes en la puerta le hicieron reaccionar.

—¿Quién grita? ¿Qué pasa? —se oyó decir.

Paulino abrió la puerta, y ante sus ojos, apareció un hombre bajito, con poco pelo y desordenado, barbudo y ojos rojizos, que apestaba a carbón.

Teresita se deslizaba de aquel lecho desaliñado, apoyando sus manos en el borde del camastro, y sin apenas fuerzas, pudo sentarse en aquel frío suelo. Con la mirada perdida y la cabeza inclinada levemente hacia atrás, continuaba quejándose de dolor. Sintió que un líquido tibio y pegajoso, le descendía piernas abajo.

Aquel individuo no necesitó tener una respuesta a su pregunta al ver aquel cuadro delante de sus ojos. Salió de aquel cuartucho inhóspito, y bajando las escaleras a toda prisa, se le oyó decir:

—¡Juana, Juana, prepara paños y agua caliente, la huésped va a parir!

Juana era una señora rolliza, de buenos colores, y aunque le sobraban algunos kilos, derrochaba agilidad y soltura en sus movimientos. Por aquellos lugares tenía fama de ayudar a las parturientas en ocasiones, cuando la comadrona no se encontraba cerca. Subió las escaleras a toda prisa, y apenas hubo entrado en la estancia, ordenó a Paulino que la desalojara y esperara en la cocina, donde hacía poco su marido había prendido la chimenea con carbón de leña, y entraría en calor, al mismo tiempo que este le ofrecería un buen tazón de café migado muy caliente. Obedeciendo a la señora Juana, este desalojó el cuarto sin mediar palabra.

Julián, dejando a Paulino junto al fuego, muy nervioso y temblando de frío, se apresuró a subir un brasero de lumbre para calentar la habitación, mientras en el hornillo puso a hervir agua en un gran recipiente de cobre.

Teresita dio a luz un hermoso varón al amanecer del diecinueve de febrero, día de San Eugenio, concebido con tanto amor aquel día inolvidable, durante la visita a Olmedo, donde celebraron unas fiestas medievales. Recordaba Paulino mientras esperaba en aquella cocina, la primera vez que acarició a Teresita, tembloroso viajó por su cuerpo, una y otra vez, se aceleró, la besó con amor y pasión, galopó como potro salvaje en terreno virgen, pisando fuerte, y sin poder detenerse en su carrera, desgarró sin darse cuenta la más delicada flor.

Al oír Paulino el llanto de la criatura recién nacida, se sobresaltó, y levantándose de aquel asiento, en dos zancadas se encaramó en la planta alta de la posada, dándose de frente con la señora Juana, la cual le dio permiso para que entrase en aquel aposento y conocer a su hijo, aunque eso sí, solo podría estar un momento.

Teresita se encontraba reclinada en aquel camastro, abrazando a su hijo junto a su pecho. Su hermosa cabellera le caía sobre el hombro derecho, el sudor en su rostro y el brillo de sus bellísimos ojos demostraban el esfuerzo y dolor que sintió al dar a luz. Tuvo miedo, y una gran tristeza y soledad le invadieron el alma al sentirse tan lejos de su hogar y de los suyos, se acordaba de su madre, y rompió a llorar con desconsuelo, pero aun así, al ver que Paulino se acercaba a ella, le sonrió. Este prendió su mano y apretándola entre las suyas se inclinó besando con ternura a madre e hijo.




CAPÍTULO IV


Pasaron más de diez días, durante los cuales, Teresita se fue recuperando poco a poco del daño que le había producido el parto. Aunque aún estaba débil, pensó que ya era hora de seguir el camino con destino a Medina, lugar donde la pareja había decidido ir y depositar en el torno de algún convento, al recién nacido, una decisión tomada por su madre, meses atrás en Calabazas, cuando supo que su hija estaba embarazada.



Al amanecer del primer día de marzo de mil novecientos treinta y seis, Teresita, Paulino y el pequeño varón se pusieron en marcha, camino de Medina del Campo. Desde la puerta les despidieron los posaderos, con cierta tristeza. Les aviaron pan, leche, un poco de tocino y queso. Paulino durante los días que estuvo hospedado en aquel lugar, al contar solo con cuatro cuartos, convino con Julián ayudarle en las tareas diarias del campo, y así pudo pagar la deuda contraída.

Una vez más, Teresita volvió a girar la cabeza, viendo como desaparecía la posada ante sus ojos. Casi oculta entre la arboleda que a ambos lados adornaba aquel camino, pudo leer en una tabla claveteada en un poste de leño, Pozal de Gallinas. Así se llamaba aquella aldea, que por cierto, según cuenta la historia de nuestra Península, hace casi cuatrocientos setenta años, se refugió en ese mismo lugar, huyendo de una sangrienta batalla celebrada en Olmedo, un rey castellano, apodado el Impotente. Aquel día se convertiría en la gallina más importante de Pozal.

Los siete kilómetros que distaban desde Pozal a Medina era la distancia de que disponían Teresita y Paulino, para tomar una decisión tan importante como la de depositar o no a su hijo en un convento y no verlo nunca más, o abandonar los tres aquellas tierras y formar una familia en otro lugar, lejos... muy lejos de allí.

La mañana era fría y triste, el cielo cubierto de nubarrones negros amenazaba lluvia. Tan cierto era que, apenas entraron en la ciudadela de Medina, comenzó a llover intensamente. Deambularon por las calles casi desiertas y sin rumbo fijo, pero el ver en la distancia las torres de algunas iglesias, les sirvió de guía. Decidieron acercarse a una de ellas, y casi sin esperarlo, se dieron de frente con el convento de Santa Clara. Con precaución y temor de ser vistos, se acercaron a la puerta del convento. Teresita se detuvo por un instante, miró a su alrededor, y asegurándose de que estaban solos, sosteniendo a su hijo en brazos, extendió la mano y alcanzando el tirador que haría sonar la campanilla para que el torno se abriese, inclinó la cabeza y besó a su pequeño, dulcemente. Paulino que sujetaba una manta de lona extendida por encima de sus cabezas, para protegerse de la lluvia, exclamó:

—No, no me lo perdonaría nunca, no puedo dejar aquí a nuestro hijo, me atormentaría toda mi vida... y tú también.

Con rapidez unió sus manos a las de Teresita, para impedirle que tirase de aquella cadenilla. Soltaron ambos aquel cordoncillo de hierro entrelazado, y se unieron en un tierno y largo abrazo.

Quizá la lluvia, quizás las lágrimas, o las dos cosas, resbalaban por sus rostros. Sabían que esa decisión significaba alejarse de aquel lugar durante mucho tiempo o para siempre. Teresita quiso que Paulino llevase una cruz, a la que tanto cariño le tenía, y desprendiéndose de ella, se la entregó, abrochándosela al cuello.

La desaparición de Teresita y Paulino creó en las familias de ambos una cierta desconfianza, y cuando se preguntaban entre sí que habría sucedido, no había respuesta concreta, todo eran suposiciones. La tía Amelia andaba desconcertada, y aunque fueron a visitarla en un par de ocasiones para obtener información, la anciana nunca aclaró nada, dado que ella tampoco la vio partir, ni le dejó nota alguna, desapareció sin dejar rastro.

La noticia de la desaparición de la pareja corrió por aquellas aldeas como la pólvora. Muchos los dieron por muertos, otros opinaban que se habrían fugado al estar ella preñada y alguien comentó que la chica tenía vocación de monja y se refugió en un convento, hubo comentarios de todo tipo, y algunos fueron casi ciertos, y aunque parte de la verdad era lo que la madre de Teresita sabía, esta la ocultó y confió siempre en el cura Antonio y su secreto de confesión. Nunca permitiría que el nombre de su hija y de su familia se mancharan y fuesen objeto de habladurías perversas y malignas, que tan comunes eran en ocasiones como esa.

Pasaron los días, las semanas y los meses, y en la aldea seguían sin recibir noticias de la pareja desaparecida. Ningún miembro de las dos familias, quiso denunciar el caso, con la esperanza de que en cualquier momento aparecieran, y con una explicación, todo se reduciría a un buen susto, y serían perdonados. Pero lo cierto era que aquella fría mañana de marzo, y cuando aún estaban delante de la puerta del convento de Santa Clara, Teresita y Paulino juraron no desprenderse jamás de su hijo, al cual decidieron llamar Andrés. Y sin pérdida de tiempo, acordaron comenzar un viaje que, aun sin saber dónde formarían su hogar, sí tenían claro que pondrían rumbo al sur.

Fueron innumerables los pueblos y aldeas por los que cruzaron durante el viaje, y en algunos de ellos, como había hecho anteriormente, Paulino tuvo la necesidad de ayudar en las tareas de recogida de cosechas, a fin de que no les faltara el pan de cada día. La idea de continuar el camino hacia el sur era porque les ilusionaba poder vivir lo más cerca posible del mar, el cual aún no habían visto. Teresita no quería pensar en el pasado, y mirar hacia atrás le causaba mucho dolor, pensando en cómo estarían los suyos, creía que estar lo más lejos posible de su casa, le haría olvidar el pasado.

Corría el mes de junio y, ya en tierras andaluzas, el calor era insoportable para ellos, y sobre todo para el pequeño Andrés, que aún no había cumplido los cuatro meses.

Calcularon que sería mediodía cuando decidieron descansar, y al divisar una arboleda a poca distancia de la carretera, hacia ella se dirigieron por un carril tierra adentro. Poder tomar algo y beber agua fresca al resguardo del sol abrasador les vendría muy bien. Con un poco de dificultad, la mula coronó aquel repecho, y justo al llegar al lugar donde la buena sombra les esperaba, observaron que a poca distancia y en mitad del valle, se encontraba enclavada una casa de grandes dimensiones y pintada de blanco. Era un cortijo. La decisión de continuar el carril adentro y llegar a la casa fue mutua. No tuvieron que llamar a ninguna puerta, dado que alguien dio la voz de alarma de que un carro con mula se acercaba. Tan cierto era, que justo delante del caserón, les esperaba el capataz del cortijo, el cual les preguntó:

—¿A dónde se dirigen?

—Hacia el sur —respondió Paulino.

—Bueno, ya estáis en el sur.

—Sí, pero queremos ir junto al mar —respondió Teresita.

—Ya... Junto al mar, el mar no está lejos de aquí, yo nací junto al mar, en el Puerto.

—¿Qué Puerto? —preguntó Teresita.

—El Puerto de Santa María. ¿No ha oído hablar de él?

—Pues no.

—No está lejos de aquí... bueno si queréis pasad y descansad, podéis tomar algo y continuar vuestro camino, si así lo deseáis.

Una vez dentro de la casa, el capataz los llevó hacia el cobertizo trasero, cuya parra lo cubría a lo largo y a lo ancho, proporcionando una sombra que tanto se agradecía en aquellos días tan calurosos.

—Sentaos, os traeré algo de beber —dijo el capataz, entrando por una puerta de la que colgaba una persiana ruidosa de cuentas de cristal verdes y rojas hacia el interior de la casa.

Teresita, discretamente, se separó de Paulino, y en una de las esquinas del patio, y sentada en una silla de anea, comenzó a desabrocharse su camisón para poder así amamantar a Andrés, que ya empezaba a dar señales de tener apetito.

Apenas pasaron unos minutos, cuando apareció de nuevo aquel hombre, llevando consigo una jarra de agua y unos vasos. Los dejó sobre una mesa y preguntó:

—¿De dónde sois?... porque por la forma de hablar, no creo que seáis andaluces.

—Somos leoneses —respondió Paulino.

—Ya...

El capataz desenganchó un botijo blanco de grandes dimensiones, que se encontraba colgado en una de las ramas del parral, y alzándolo, comenzó a beber y no precisamente por el pitorro, sino por la bocana, y era tanto el caudal de agua que salía, que le resbalaba por la comisura de los labios, empapándole el cuello de su sucia camisa blanca.

—Sois jóvenes —comentó el capataz, mientras colgaba el botijo en la rama—. Aquí os puedo dar trabajo a los dos —dijo.

Al oír esto, Teresita giró la cabeza y cruzó su mirada con la de Paulino. Ella ocultó su pecho, abrochando los botones de su blusa. Con Andrés en sus brazos, se levantó de aquella silla y se acercó a la mesa. Paulino le ofreció un vaso de agua y bebieron los dos, apagando su sed.

Explicó el capataz cuáles serían las tareas de cada uno, así como el jornal que percibirían y cómo encajaban, por ser precisamente lo que ellos sabían hacer mejor, pues llegaron a un acuerdo, sin firmar ningún papel.

—Mi nombre es Manuel —dijo el capataz, extendiendo su mano a la de Paulino.

—Paulino es el mío, ella se llama Teresita, Andrés es nuestro hijo y la mula “La Gallega” que, por cierto, ¿podrían darle de beber? Debe de estar sedienta.

Aquel cortijo en la provincia de Cádiz pertenecía a un pueblecito llamado San José del Valle.

Les habilitaron a los tres un cuarto con derecho a cocina, y a la mula una plaza en las cuadras con derecho a pienso diario y agua. El jornal de Paulino, unido al de Teresita, cubrían más que suficiente los gastos y un sobrante siempre había para ahorrarlo.

Los jornaleros trabajaban en esos campos andaluces soportando en verano temperaturas muy altas, y cuando el sol de mediodía cae de pleno hay que resguardarse de él y buscar una sombra donde poder comer, beber y reposar un poco, pero no mucho, porque siempre están vigilados por un encargado, el cual controla el tiempo de descanso. A veces en esa hora de descanso, se unía a Paulino un joven más o menos de su edad, rondaría los diecinueve años, que decía llamarse José, y haber nacido en un pueblo cercano al cortijo llamado Alcalá de los Gazules, al que tanto quería, y decía que era tan blanco de noche como de día.

Siendo los dos labradores, y estando trabajando en la misma tierra durante todo el día, a la hora de almorzar, ambos se unían para comer, y entre bocado y bocado, mantenían conversaciones, de las que deducían que estaban muy de acuerdo en casi todo, y aunque era poco el tiempo que había pasado desde que se conocieron, descubrieron que tenían mucho en común.

Una tarde de aquel mes de julio, al terminar la jornada de trabajo, invitó Paulino a José a que se reunieran en la cena aquella noche, y así podría conocer a Teresita y a su hijo Andrés, a lo que José aceptó. Anochecía cuando terminaron de cenar, y Paulino sugirió tomar un refresco sentados en aquel hermoso patio, donde aun siendo una noche calurosa, se soportaba mejor la temperatura. Teresita prefirió quedarse dentro con su hijo, y así dormirlo.

José era un joven que desde muy pequeño ya conocía el sufrimiento y la soledad, el hambre y el frío. Le contaba a Paulino que desde los siete años quedaron huérfanos, él y sus dos hermanos pequeños, uno de cinco años y la chica de tres. Una tía, hermana del padre, recogió a los dos, pero a él le dijo que no tenía lugar y tampoco podía mantenerlo, de modo que tendría que buscarse la vida de cualquier forma. Y así fue como José comenzó a labrarse un porvenir que estaba lleno de sinsabores y miserias, mendigaba y pedía limosna por las casas, alguna que otra vecina le daba algo para comer cuando le hacía los recados, vendía agua, limpiaba las cuadras donde él dormía con mucha frecuencia entre los animales, y desde los nueve años comenzó a trabajar en un campo hasta el día de hoy. Nunca supo de su hermana, aunque sí de su hermano Francisco. Estaba José hablando, cuando escucharon disparos en la lejanía. Paulino comentó:

—Es muy tarde para cazar, ¿no crees?

—Creo que no son precisamente perdices lo que matan —respondió José.

—¿Qué puede ser entonces? —dijo Paulino.

—Me temo que es la caza del hombre —contestó José.

Siempre vigilando... siempre vigilando, Manuel el capataz, siempre vigilaba. Aunque no le veías, él sí observaba en todo momento, oía las conversaciones, conocía las ideas políticas de cada cual, sabía lo que comían, incluso a veces, por la noche, cuando todo era silencio en el cortijo, apoyaba su oído en las paredes de los cuartos para así poder escuchar todo cuanto hablaban las parejas. Descubrió que tanto Paulino como José eran de ideas republicanas, claro que ni ellos mismos sabían lo que República quería decir, porque francamente lo que les importaba era que no les faltara un plato de comida a diario y un trabajo, y eso lo tenían con el gobierno de España, que les habían dicho que era republicano.

Al pronunciar José la caza del hombre, fue cuando Manuel, que estaba a la escucha desde una de las ventanas que daba al patio, sintió un escalofrío que le inundó el cuerpo. Sabía que había llegado el momento de actuar, y sin pérdida de tiempo, puso en marcha su plan.

Al día siguiente por la mañana, el capataz Manuel se ausentó del cortijo y se dirigió al pueblecito de San José. Su destino era una pequeña taberna situada a las afueras del pueblo llamada Candiles. Cuando entró, se acercó a la barra y el que se encontraba detrás del mostrador, le sirvió una copa de anís, aunque alguien observó que el recién llegado, fue servido sin aún haber pedido nada.

—Es Machaco —dijo el fulano de la taberna— el que le gusta a usted —agregó.

—Hoy, quizás me tome dos —dijo Manuel.

La señal estaba dada.

Charlaron unos minutos, y los nombres de Paulino y José, los pudo oír con claridad la persona que observaba con discreción. Manuel, al despedirse, le entregó al tabernero en la mano un sobre.

—Ahí van los nombres... ya sabes.

La persona que observaba no pudo distinguirlo con exactitud, pero lo que sí estaba muy claro, y así lo recogieron sus finos oídos, era que ese mismo día por la noche, dos personas serían apresadas en el cortijo de San José del Valle, y los nombres eran Paulino y José.

Serían alrededor de las doce del mediodía, cuando una figura apareció a lo lejos por el camino que conducía al cortijo, y acercándose a José, le susurró algo al oído, a lo que este sin mediar palabra, y una vez que abrazó y se despidió de aquel sujeto, con cautela, se acercó a Paulino, y estando junto a él, ambos inclinados con la mirada puesta en la tierra donde sembraban, le habló en voz baja.

Fue Francisco, el que aquella mañana en el campo advirtió a su hermano José que, al anochecer de aquel mismo día, irían a buscarle, y esto significaba que lo prenderían y lo que sucedería después, era difícil de saber, aunque quizás alguien lo hubiese identificado tirado en alguna zanja o acequia, cosido a balazos, como estaba sucediendo a menudo por aquellos entornos, donde jóvenes desaparecían, y al cabo de un par de días, sus cuerpos eran encontrados sin vida, al borde de alguna carretera o escondido en un cañaveral. Pero, ¿quién estaba detrás de aquellos crímenes?

Caía la tarde cuando regresaban al cortijo los labradores, y allí les esperaba el capataz para pagarles el jornal.

—¿Estás seguro de lo que me dices? —preguntó Paulino, caminando junto a José.

—Mi hermano Francisco estaba esta mañana en el bar, cuando alguien se entrevistó con el tabernero y escuchó con claridad nuestros nombres, y decir que hoy por la noche nos visitarían para darnos un paseo.

—José, por favor, me estás asustando, ¿qué mal hemos hecho? ¡Dime que no es verdad lo que dices!

—No tenemos tiempo que perder —dijo José—. Te espero en mi choza antes de que anochezca, no digas nada a Teresita, y no se te olvide traer tu escopeta, yo no esperaré. Apenas caiga la noche, me largo con o sin ti.

Entraron ambos en el cortijo, y en cola se pusieron, esperando su turno para cobrar, cuando les nombraron, entraron al pequeño cuarto donde Manuel, sentado, y con un bloc de notas sobre una mesa negruzca de madera, apuntaba los nombres y pagaba los jornales. José firmaba con una huella.

Apenas cruzaron las miradas capataz y jornaleros.

José se dirigió por el sendero que conducía a su choza a paso ligero, y Paulino, sin poder dar crédito a lo que estaba sucediendo, entró en la habitación donde se encontraba Teresita con su hijo en brazos. Besó a los dos a sabiendas de que quizá sería la última vez que los besara por mucho tiempo... o quizás... Depositó la paga en un cajón de la cómoda y despojándose de la camisa que traía toda sudada, se refrescó y se vistió de nuevo con camisa limpia.

—Antes de que caiga la noche, voy a ver si puedo traer algún conejo o liebre a casa, que mañana es domingo y me apetece un buen arroz —dijo Paulino, mientras sacaba del armario su escopeta. Metiéndose en el bolsillo una caja de cartuchos salió de la habitación sin mirar atrás.

Nadie, excepto Teresita, lo vio salir, y desde la puerta le dijo:

—No tardes.

Volvió la cara Paulino, y tímidamente la saludó alzando la mano.

Paulino se detuvo cuando caminaba para reunirse con José y dio la vuelta para regresar, pero estaba tan confuso y apenado, que no podía razonar con claridad, pensó: me esconderé en las montañas y regresaré en un par de días. Pero volver sería firmar su sentencia de muerte.

Para Manuel, que todo lo había planificado con maldad y cobardía, el campo le quedaría libre y así podría acercarse a Teresita, a la que tanto soñaba tener en sus brazos desde el primer día en que la vio llegar. Le ofrecería su apoyo y ayuda en todo, y según sus cálculos, ella tan joven, y con una criatura tan pequeña, lo más seguro era que aceptara su ofrecimiento, y que de alguna manera, poco a poco, ella al ver su buena intención, podría llegar a ser su compañera, o quizás su esposa. No era la primera vez que Manuel delataba a alguien y estaba seguro de que Paulino nunca volvería, como nunca volvieron los que él denunció en otras ocasiones.

Estaba anocheciendo cuando se presentaron en el cortijo dos personajes a caballo, vestidos de uniforme, desmontaron y se dirigieron hacía la puerta donde el capataz Manuel los recibió, y este, fingiendo asombro, les preguntó:

—¿En qué les puedo servir, qué se les ofrece por estas tierras?

Teresita, al escuchar a alguien hablando pensó que Paulino habría regresado. Salió de su habitación para recibirle, y cuál fue su sorpresa al darse de cara con dos guardias civiles que preguntaban por un tal Paulino y un tal José. Manuel se adelantó antes de que Teresita contestara, y le preguntó:

—¿Está Paulino contigo?

—No —respondió Teresita.

—¿Para qué lo quieren? —preguntó Manuel a uno de ellos.

—Es necesario que tanto él como José vengan con nosotros para regularizar unos documentos en el cuartel —respondió el del tricornio.

Teresita sintió que la sangre se le congelaba en el cuerpo. Los dos guardias comenzaron a interrogarla, queriendo averiguar el paradero de Paulino, a lo que ella negaba saberlo, una y otra vez, hasta que el del tricornio, sin más preámbulos, optó por invitarla a que les acompañara, y así, tranquilamente en el cuartel, podrían charlar, y seguro que obtendrían alguna información, porque los métodos que solían usar para que alguien declarara lo que ellos querían saber eran muy severos y contundentes.

Al negarse Teresita a acompañarles voluntariamente, ambos individuos, sin mediar palabra, la prendieron por los brazos y, aunque ella opuso resistencia, nada pudo hacer para evitar que acto seguido la esposaran y sacaran de aquel cuarto.

—¡Mi hijo! —gritó Teresita.

—Su hijo queda en buenas manos —respondió uno de ellos.

Manuel intervino en ese momento, y acercándose a Teresita, le dijo que no se preocupara por nada.

—Además, usted volverá aquí muy pronto —le aseguró el guardia cuando le ayudaba a subir al carro que esperaba a la entrada del cortijo, en cuyo interior dos guardias civiles escoltaban a un joven maniatado.

A la mañana siguiente de su detención, regresó Teresita al cortijo, y su semblante había cambiado de tal manera, que a Manuel le costó reconocerla. Estaba pálida, toda sucia y empapada en sudor, desgarrada la camisa, y su preciosa cabellera se había reducido a un corto y desigual severo rapado.

Manuel, abrazándola, le dijo:

—La Candelaria anoche le dio el pecho a tu hijo, sabes que ella es buena mujer, y que también tiene una hembra de meses, a la que amamanta.

Teresita, sin pronunciar palabra, se retiró de los brazos de Manuel. Quiso este saber lo que le habían hecho, a lo que Teresita se negó a contestar, moviendo la cabeza, y aunque era obvio, y a la vista estaba el resultado del trato recibido, él insistió en que se lo contara, y ella aceptó, creyendo en su buena fe y compasión.

¡Qué lejos estaba Teresita de saber que el que la abrazaba era el causante de tanto dolor.

Describir el lugar donde estuvo Teresita durante el interrogatorio que sufrió aquella noche en el cuartel de la Guardia Civil fue para ella lo más cruel y horrendo que podía recordar, ¡cuánta humillación! Lo que le rodeaba eran paredes salpicadas de sangre, negruzcas y húmedas, hacía mucho frío y sin piedad la desnudaron de medio cuerpo, las continuas preguntas de uno y otro queriendo saber dónde se encontraba Paulino, aún retumbaban en sus oídos. Al no obtener información alguna, decidieron primero, hacerle tomar a la fuerza un repugnante brebaje, que resultó ser un purgante de aceite, lo que le causó continuos vómitos, y como quiera que no obtenían la respuesta que querían oír, fue entonces cuando decidieron de cortarle su hermosa cabellera, de la que tan orgullosa estaba ella.

Manuel cubrió la boca de Teresita con su mano.

—¡Basta...!, ya es suficiente.

Lo que Teresita nunca le dijo fue la violación que sufrió.

Con dificultad y con miedo, atravesaban Paulino y José aquellos parajes inhóspitos, y al ser noche cerrada, agravaba aún más el caminar. José conocía aquellas tierras bastante bien, porque durante los años que fue cabrero, y siendo aún un niño, anduvo por aquella serranía, pastoreando el ganado. Paulino lo seguía como perro a su amo, no dudó en ningún momento del conocimiento de José sobre aquel terreno, así que anduvieron toda la noche. Atravesaron la sierra de Las Cabras, cruzaron el arroyo de Aljibe y al amanecer, se refugiaron cerca de un lugar llamado Las Cañillas.

—Tengo hambre —dijo Paulino.

—Y yo también —dijo José—. Come algunas bellotas de las que cogimos anoche, pero no muchas, porque te darán sed y no tenemos agua. Ahora de día, no podemos salir de este escondrijo, nos vería alguien y sería nuestro fin.

—Bueno, ¿y qué hacemos? —preguntó Paulino.

—Esperar a que anochezca, y entonces veremos lo que hacemos.

El día se hizo muy largo para ellos, y aunque en varias ocasiones pensaron en salir a buscar algo de comer y agua, se resistieron, pero apenas anocheció, salieron como conejos de su madriguera, y con cautela, prosiguieron, cruzando una sierra, la de Los Pinos.

José sabía que no muy lejos de allí, se encontraba un pueblo llamado Cortes, apenas cruzando la frontera de Cádiz hacia Málaga, y según él había oído, era en esa zona, donde podrían encontrar paisanos, firmes creyentes en la República.

Muy cerca del pueblo, y no muy lejos del río Guadiaro, encontraron una fuente entre piedras, de la que bebieron hasta no poder más. Siguieron el camino y, al entrar en Cortes, se cruzaron con un hombre al que saludaron diciendo:

—Salud, amigo —a lo cual él respondió de la misma forma.

Esto reconfortó a José, que sabía que ese saludo era el que normalmente se decía cuando alguien se encontraba con otro sin conocerlo. Si, por el contrario, le hubiese contestado “¡Viva España! ¡Viva Franco!”, era señal de que el pueblo habría caído en manos de los fascistas.

Aquel hombre resultó ser un vecino de Montejaque, lugar donde se estaban preparando milicias para poder defender y atacar, a los que ellos llamaban invasores.

Soplaban aires violentos en todas direcciones. Rumores iban y venían de norte a sur y de este a oeste de la Península. La España republicana sufrió un desequilibrio de tal magnitud que un dieciocho de julio de mil novecientos treinta y seis, hubo un golpe de Estado, de cuyo resultado surgió una guerra civil.

Aquella noche, después de haber comido algo caliente, pudieron descansar en una casa-fonda, donde los alojó aquel paisano que encontraron en el camino.

Ya en tierras donde la persecución era menor o casi ninguna, de momento, al amanecer del siguiente día, comenzaron a caminar rumbo a Montejaque. A medida que se alejaban del cortijo de San José, Paulino no podía ocultar su tristeza y su rabia, a la vez que un remordimiento le rompía el alma, cada vez que pensaba lo que podría estar sufriendo Teresita, el amor de su vida, y su hijo, ¿qué sería de su hijo? Se sintió cobarde y arrepentido, pensaba que el haber huido no era la solución. Volver atrás era impensable, no sabía dónde estaba, y eso sería un suicidio, buscar consuelo en José tampoco le serviría de nada. Continuó caminando paso a paso, y siempre detrás de José, atravesando aquellas montañas solitarias de sierra Blanquilla, donde solo el silbar del fuerte y cálido viento era lo que rompía aquel silencio estremecedor.

A media mañana divisaron un pueblo, y aunque les dijeron que los habitantes de aquella zona, eran republicanos, todas las precauciones eran pocas. José le aconsejó a Paulino que llevase la escopeta cargada. No estaba tan seguro José de que lo que acababa de avistar fuese un cuartelillo, aunque al ser un albergue pequeño, en mitad del campo, y a poca distancia del sendero que conducía al pueblo, pensó que alguien estaría vigilando o quizás escondido, y esperando a que algún desconocido, pasase por allí, y sin mediar palabra, poder sorprenderlo y cazarle como a un conejo.

Agazapados entre matorrales, José sacó de su pequeño morral una honda cabrera. La destreza con la que José manejaba aquella honda, que él mismo hizo de cáñamo durante sus años de cabrero, era impecable. Sin pensarlo dos veces, y de rodillas en la tierra, alzó la honda al aire y girándola varias veces alrededor de su cabeza, lanzó una piedra que salió disparada a velocidad de rayo. Al recibir aquel durísimo impacto, los cristales de la pequeña ventana de la casilla estallaron en mil pedazos, y varias palomas que anidaban en su interior, salieron volando despavoridas. Paulino, boquiabierto, felicitó a José, dándole un abrazo por tan formidable gesta.

Esperaron un poco resguardados en aquel matorral espinoso, y convencidos de que estaban solos, prosiguieron su camino.

Paulino y José llegaron a Montejaque ya entrada la noche. En la plaza del pueblo, junto a la iglesia de Santiago el Mayor, un puñado de jóvenes campesinos, alienados en formación militar, forjaban las primeras milicias, con el fin de luchar hasta la muerte en contra de los invasores y en nombre de la República.

Ambos se enrolaron al grupo, y al igual que el resto de ellos, el cabecilla del pelotón les informó de la ruta y los pasos a seguir.

La moral muy alta, el coraje, la valentía y la fe eran las armas más poderosas con las que contaban para defender sus posesiones, sus tierras y su patria, pues pocas eran las escopetas y municiones de las que disponían para combatir.




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