Ante el silencio y la oscuridad
Carmen Orellana


Este libro es un homenaje a aquellas personas avanzadas a su época, que se unieron y conformaron un precioso proyecto de renovación pedagógica en España, que la guerra civil defenestró.Jacobo Orellana Garrido, protagonista de este relato, contribuyó de manera destacada a tal empresa. Con su trabajo y sacrificio, luchó para que este país pudiera salir del analfabetismo en el que se encontraba más de la mitad de su población.Trajo de Europa los métodos más innovadores para la educación de sordomudos y sordociegos. Una apasionante vida entre guerras (vivió tres), una vida de compromiso ante el silencio y la oscuridad, el silencio de los sordos y la oscuridad de los ciegos, una vida de sacrificio y valor, ayudando a los que habían silenciado y luchando contra aquellos que habían llenado el mundo de oscuridad. Una historia que merecía la pena ser contada. «La educación nos hará libres». Sin ella, lo que llega es el silencio y la oscuridad.




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ANTE EL SILENCIO Y LA OSCURIDAD

© Carmen Orellana

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ISBN: 978-84-18470-01-1

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CARMEN ORELLANA

ANTE EL SILENCIO Y LA OSCURIDAD


Para Miguel, Laura y Hugo

«Es importante saber de dónde venimos; puede ayudarnos a encontrar nuestro camino».




Sobre la autora


Carmen Orellana (Barcelona, 1948), nieta del protagonista de esta biografía, aficionada a la poesía, pertenece al Aula Poética de Cuenca y ha escrito algún ensayo y poesías, pero esta se trata de su primera publicación.

Su gran afición es la pintura y a ella se ha dedicado intensamente durante los últimos veinte años. Es una lectora incansable con una enorme curiosidad por temas relativos a la mujer y la historia, así como mitos, símbolos y arquetipos.

La vida de su familia, principalmente la de su abuelo, a quien conoció en Bruselas en 1960, le pareció digna de ser contada. Este libro es un homenaje a aquellos que lucharon por mejorar la educación y la cultura en España. Podríamos decir que se trata de un relato que pertenece a la memoria histórica, pero a la vez es una narración llena de avatares, intensa en su contenido.

Carmen se siente muy feliz por haberse decidido a contarla. No descarta publicar en un futuro alguno de sus ensayos relacionados con la mujer y la religión a través de la historia.




Prólogo


Una tarde del verano de 2018, a la salida de una exposición, tomando café con una amiga, empezamos a hablar de un ensayo que había escrito sobre la religión y las mujeres y, sin saber cómo, comencé a hablarle de mi familia paterna. Ella se iba entusiasmando con mi historia y nos encontramos charlando animadamente durante un tiempo, hasta que me invitó a que escribiera todo lo que le estaba contando. Al día siguiente mi hija Laura me dijo que ella también lo había pensado y que era algo que quería comentarme.

En el plazo de veinticuatro horas dos personas me estaban haciendo la misma proposición: que contara algo que se encontraba escondido en el almacén de mis recuerdos. Como suelo escuchar los mensajes de la vida, a principios de septiembre empecé a recopilar documentos y fotos, tratando de poner en orden mis archivos mentales.

La historia que sigue hace un recorrido por una serie de hechos que tuvieron una gran relevancia en España y en Europa, por no decir en el mundo entero. Mi abuelo, don Jacobo Orellana Garrido, es el protagonista. Vivió tres guerras en directo y otras, como la de Marruecos y la de Cuba, en la distancia. Toda la familia fue testigo de la peor pandemia de gripe conocida hasta ahora y de las turbulencias de una República a la que no se le permitió crecer. Como colofón, la guerra civil española.

Cuando alguien se arriesga a cometer la osadía de escribir sin ser un profesional, podría quedarse contemplando su ordenador con la página en blanco y no saber por dónde empezar. Pero esta historia ya estaba escrita. Se había iniciado en agosto de 1960, fecha en la que emprendí, junto con mi padre, un viaje a Bruselas y París. El objetivo del viaje era conocer a mi tío Daniel en París y a mi abuelo y mi tío Leandro en Bruselas. A la esposa de Leandro, Evelyn, y a Diego, mi primo, ya les conocía porque algunos veranos llegaban a Barcelona para embarcar hacia Mallorca, donde pasaban un mes de vacaciones acompañados por los padres de ella.

Era una familia rota por la guerra de España. Sus miembros se separaron en 1938 y mi padre no les había vuelto a ver. Llegamos a Bruselas y, por fin, conocí al abuelo Jacobo.

Nació en Antequera (Málaga) el día 8 de mayo de 1871. En aquellos momentos tenía, por lo tanto, 89 años. Poseía una mente muy lúcida, una memoria sorprendente y una salud que le permitió vivir diez años más.

La casa de mis tíos se encontraba en la rue Servais Kinet, ubicada en una zona que por aquel entonces se consideraba residencial, formada por viviendas unifamiliares con jardines en la parte posterior. Mi tío Leandro trabajaba en una compañía de seguros; el horario de oficina era de ocho a cinco, con un tiempo para comer. A las cinco y media llegaba y muchos días aprovechábamos para hacer algo de turismo. Los fines de semana realizábamos las excursiones importantes.

Hacía cuatro años mi hermana Feli había emprendido el mismo viaje. En aquella ocasión ella iba acompañada por mi tío Jacobo, hermano mayor de mi padre. El motivo de hacer el viaje separados era nuestra modesta posición económica. Ello era debido a la guerra y a las condiciones laborales en las que quedó mi padre como represalia por su condición de republicano.

Quedé impactada con la figura del abuelo. Me habían asignado el dormitorio de mi primo Diego, que era contiguo al de él —ambos situados en la planta baja—, lo que nos permitía tener largas conversaciones. Le veo en aquella habitación, sentado ante una hermosa mesa de despacho al lado de un gran ventanal que daba al jardín. Encima, su máquina de escribir Underwood portátil, que le había acompañado desde España. Un nuevo mundo se me abría, de la mano del abuelo. Y su tremenda personalidad, produjo una profunda huella en mí. Una impresión definitiva, para toda la vida. Allí, bajo ese ventanal, me enseñó su alianza de bodas con Carmen, mi abuela, y me dijo que el día que muriera sería para mí. Precisamente, en ella llevaba grabada la fecha de su matrimonio. Mi abuelo era una persona que se había implicado plenamente en la renovación pedagógica de España y en los aconteceres políticos con un único interés: su compromiso con la vida y con los tiempos en los que le había tocado pasar por ella.

El lector podrá comprobar que detrás de la historia de mi abuelo, lo que hay, es una gran motivación: la de colaborar en el desarrollo intelectual y la modernización de España. Todo desde la generosidad como principio y el tremendo respeto por la cultura casi como obsesión. También es una historia de amor. El profundo amor que profesaba el abuelo a los niños sordomudos y ciegos, le hizo dedicar toda su vida a investigar y desarrollar sistemas para poder hacerles crecer y desenvolverse como seres de pleno derecho.

Por las tardes Leandro tenía una ocupación extra en su domicilio, la de traductor jurado. Él dictaba a Evelyn las traducciones, ella tomaba nota en taquigrafía y al día siguiente las escribía a máquina. Evelyn dominaba el español perfectamente. Eso les permitía poder acabar de pagar aquella bonita casa.

En la misma rue Servais Kinet vivían los abuelos maternos de Diego, La Bobon y Guy Fontaine. Él era padrastro de Evelyn, un hombre afable dieciocho años más joven que su esposa. Gozaban de una buena posición económica debido a que él había patentado una microcámara de fotografiar ideal para el espionaje y los servicios secretos. Tenía cámaras de todas las épocas y a Leandro le transmitió su interés por la fotografía. Nos invitaron a comer y cenar en su casa. Recuerdo que le encantaba el buen vino. Cuando llegaron mis tíos a Bruselas en 1938, los Fontaine les acogieron en su hogar, ayudándoles a iniciar una nueva vida, que rápidamente se tornaría muy dura debido a la Segunda Guerra Mundial.

En París tuve la oportunidad de conocer a mi tío Daniel y disfrutar de una semana de turismo inolvidable, en la que la personalidad afable y cariñosa de mi padre y mi tío hacía que todo me pareciera encantador.

Resultó ser un viaje alegre y lleno de experiencias maravillosas para mí. Nadie sabía que a los pocos meses mi tío Leandro moriría, víctima de un accidente de tráfico cuando regresaba una noche, ya de madrugada, de ver a una amiga en su DKW SEDAN. Era el mismo coche en el que habíamos realizado excursiones fantásticas. El dolor de mi padre por la pérdida de su hermano menor le sumió en un silencio que duró meses. El cabello, hasta entonces de un negro intenso, empezó a blanquear. Era muy triste verle en aquel estado, sumergido en su duelo.

Durante el verano de 1961, el abuelo llegó a nuestro modesto piso del Poble Sec, en Barcelona. Mi tía Evelyn tenía que reestructurar la casa para poder alquilar la planta baja y ponerse a trabajar.

El abuelo tuvo que solicitar el perdón para poder regresar. Mantenía correspondencia desde hacía algún tiempo con Joaquín Ruiz-Jiménez hijo, que parecía representar una cara moderna y renovadora en el Gobierno de Franco. Fue nombrado ministro de Educación Nacional en 1951. El abuelo había conocido a su padre, Joaquín Ruiz-Jiménez, que fue ministro liberal en el Gobierno del conde de Romanones y alcalde de Madrid en cuatro ocasiones. Él seguía atentamente los pasos de cuanto acontecía en España, sobre todo en lo referente a la educación, y sabía que este ministro tenía ideas innovadoras.

Joaquín Ruiz-Jiménez medió para que se le otorgara una pensión en 1956 y más adelante le puso en contacto con Fraga Iribarne, ministro de Educación, Turismo y Cultura. Asimismo, en 1961 le instruyó en los pasos que tenía que seguir para solicitar dicho perdón. Se le concedió el regreso a España. No consideraron que el juicio en el que se le había condenado a veinte años y un día de cárcel era improcedente. Se le otorgó porque en aquellos momentos ya contaba noventa años de edad.

Al poco tiempo de su regreso, Fraga Iribarne se encargó de organizarle un homenaje de bienvenida en el Club Náutico de Barcelona. Allí se le entregó un diploma de honor de la Federación Española de Sordomudos de Madrid. Al parecer, desde su ministerio ya se le veía, no como un convicto, sino como una persona que merecía reconocimiento y honores.

Mi padre se vio obligado a acompañarle al homenaje. Lo hizo muy contrariado —él era un hombre muy firme en sus convicciones—, pues no podía soportar participar en un acto organizado por un ministro de Franco. La edad había cambiado a Jacobo; cuando era más joven tampoco hubiera aceptado esos honores. Al mismo tiempo se le reconoció al abuelo el derecho a una revisión de su pensión. Ahí comenzó mi relación intensa con él. En el transcurso de un año, poco a poco me fue narrando la historia de su vida.

ORDEN de 4 de febrero de 1956 por la que se jubila al Profesor del Colegio Nacional de Sordomudos, don Jacobo Orellana Garrido, por haber cumplido la edad reglamentaria.

Ilmo. Sr.: Visto el escrito de don Jacobo Orellana Garrido, Profesor que fue del Colegio Nacional de Sordomudos, depurado favorablemente, en trámite de revisión, por Orden ministerial de 6 de diciembre último, en el que solicita la jubilación forzosa por razón de edad.

Teniendo en cuenta lo preceptuado en los artículos 49 del Estatuto de Clases Pasivas del Estado, de 22 de octubre de 1926, y primero de la Ley de 24 de julio da 1941, este Ministerio ha acordado declarar jubilado al referido profesor con efectos desde el día 30 de mayo de 1941, fecha en que cumplió la edad reglamentaria. Lo digo a V. I. para su conocimiento y efectos.

Dios guarde a V. I. muchos años.

Madrid, 4 de febrero de 1956.

RUIZ-GIMÉNEZ

Ilmo. Sr. Director general de Enseñanza Primaria

BOE del 23 de febrero de 1956, en el que aparece recogida lajubilación otorgada por Joaquín Ruiz-Jiménez al abuelo






Carta del Consulado de España en Bruselas autorizando la entrada de Jacobo Orellana Garrido a España




Ante el silencio

y la oscuridad


Los recuerdos de su infancia transcurren en un hogar lleno de la luz esplendorosa de la bonita ciudad donde nació, Antequera. Su casa, blanca inmaculada, con un patio interior donde el murmullo de una fuente acompañaba sus juegos con sus hermanos.

Su padre, don Jacobo Orellana Espejo, maestro y pedagogo, era un hombre serio y muy recto. La disciplina era constante en su forma de educar. Su madre, María Dolores, era una mujer dulce y alegre, que colaboraba para que su casa fuera un hogar luminoso y feliz. Mi abuelo recordaba a su padre con respeto y admiración y a su madre con un enorme cariño.

Allí, en Antequera, corría muchas veces a jugar cerca de los dólmenes del neolítico. Para él eran monumentos rodeados de silencio y majestuosidad, que lo transportaban a un mundo desconocido, invitándolo a soñar.




Antequera-Alameda

(1880-1887)


«Siempre me gustaba ir junto a aquellas moles y sumergirme en su silencio. Me sentía como si alguien me elevara y me sugiriera historias donde mi imaginación me hacía ver a seres legendarios y misteriosos que en el altar realizaran ceremonias y sacrificios. Otras veces pensaba que eran gigantes capaces de mover aquellas enormes moles sin apenas esfuerzo. Iba con mis hermanos y amigos a jugar, pero siempre intentaba quedarme solo. Sentía en mí la vida de aquellas piedras».

Pero lo que de verdad marcó su infancia y adolescencia fueron las vacaciones en el cortijo de sus abuelos, en Alameda, a treinta kilómetros de Antequera. Las esperaba anhelante. Cuando acababan sus clases se desplazaban hasta allí él y sus hermanos. Iban acompañados de su madre en un coche de caballos conducido por su abuelo, que iba a recogerlos. Su abuela, llamada también María Dolores, era pequeña y enjuta, de carácter muy alegre y una fuerte personalidad.

«Eran días de libertad. Solo había que pensar en jugar y experimentar en directo las labores del campo, que siempre me parecían de un enorme interés. Acompañaba al abuelo en sus tareas y me enseñaba con cariño y paciencia todo aquello que hacía que el milagro de la siembra se convirtiera en cosecha, que en el establo de las cabras naciera un hermoso cabritillo, que las mulas fueran lo más testarudo del mundo… A la hora de comer me metía en la cocina y allí la abuela, que siempre andaba canturreando, me contaba historias de bandoleros. Yo le pedía que me contara la historia de José María el Tempranillo, de cómo llegó una noche herido a su cortijo cuando ellos estaban recién casados. Iba acompañado de otros bandoleros; llamaron a la puerta casi de madrugada. Había una relación extraña de respeto y miedo. Aquel bandolero tenía una historia en la que se le relacionaba con la lucha al lado de los liberales y con la protección a los más humildes y desamparados. Le dejaron al cargo de la abuela, que fue quien lo cuidó hasta que pudo valerse. En ese momento vinieron sus hombres a recogerle, también de madrugada. Tenía un cortijo en Alameda, pero no podía acudir allí porque era el primer sitio donde le buscaban. No fueron la autoridad ni los militares los que acabaron con él. El rey Fernando VII concedió el indulto a todos aquellos que quisieran servir a la ley y ser libres, liquidando a todos los bandoleros que no se unieran a la propuesta. El Tempranillo habló con sus hombres, diciéndoles que si le seguían serían libres, pero que si no le seguían los buscaría y los llevaría al cadalso. Juan Caballero, el Venitas y el de la Torre se le unieron, pero el Veneno dijo que lo buscaran, que nunca dejaría de ser lo que era. Así empezó una lucha entre bandoleros bien urdida por el rey. En diciembre de ese año cayó el Veneno, siendo ajusticiado.

En plena lucha entre ellos, el día 23 de septiembre el Tempranillo, cerca de su hacienda en Alameda, se topó con una emboscada de un antiguo compañero, el Barberillo, quien le disparó mortalmente, poniendo fin a su vida con veintiocho años. Yo le hacía contar a la abuela siempre la misma historia. Me imaginaba a los bandoleros a caballo y los convertía en mis pensamientos en hombres gallardos e imponentes. Por la noche, cuando me iba a la cama, inventaba historias en las que los protagonistas eran los bandoleros de la serranía».

Actualmente en Alameda hacen una recreación todos los años de la vida y muerte del bandolero. Asimismo, hay un instituto que lleva el nombre del abuelo.

«Cuando anochecía intentaba escaparme a las afueras. Allí tenían el campamento los gitanos. Algunos ayudaban en las labores del cortijo y me conocían. Encendían las hogueras en el centro de los carromatos. Contaban historias: rencillas, celos, luchas por una mujer, agravios y muerte, siempre a navajazos. Pero también cantaban y bailaban.

Vivía intensamente aquellas noches, de las que muchas veces tenían que rescatarme y recibía las consabidas reprimendas. Era mágico el ambiente del fuego, de sus figuras, que reflejaban las sombras en el suelo y que parecían salidas de un teatro misterioso. Aquellas noches estrelladas, las hogueras, el cante jondo que cortaba el silencio con sus gemidos, casi llantos, llenaban mi corazón de sentimientos y emoción. Esas vivencias iban a acompañarme toda mi vida.

Eran diferentes y me gustaban; tenían algo que ver con lo que yo intuía. Era el lado primitivo del ser humano. Según ellos, procedían del Lejano Oriente y me los imaginaba en sus carromatos viajando y cruzando el mundo hasta llegar allí. Alguna vez, cuando ya era un muchacho, intervine para separar a algunos en sus reyertas. No tenía miedo de ser herido. Siempre había navajas de por medio, pero yo sabía que me querían y que harían todo lo posible por no herirme.

Cuando contaba dieciséis años de edad me dejó cautivado una gitanilla. Creo que tenía catorce. Era menuda, pero bailaba todas las noches con sus hermanas, al aire su melena negra y su falda, que hacía subir y bajar al compás. Se movía con gracia y duende. Yo no podía apartar mis ojos de ella. Se llamaba Remedios; era digna de la mano de un pintor como Julio Romero. Al año siguiente, cuando fui corriendo a ver a los gitanos, la habían casado. ¡Con quince años! A partir de ese momento dejé de frecuentar el campamento. Luego ya me trasladé a Granada a estudiar y atrás quedaron en mi memoria Remedios, el brillo de sus ojos, el campamento gitano, mis noches estrelladas y la fascinación por el cante jondo. Todo estaba dentro de mí y nunca lo iba a olvidar. Siempre que lo recordaba me producía un sentimiento profundo de nostalgia».




Granada, estudios y matrimonio

(1890-1899)


Mi abuelo estudió Magisterio y obtuvo una plaza como maestro en Granada. Él quería ampliar sus conocimientos, para lo cual era necesario sacarse el título de bachiller. Sin embargo, su familia no le apoyó en su deseo, posiblemente por problemas económicos.

Comenzó a estudiar francés porque tenía un gran interés en leer libros sobre la educación de sordomudos que se estaban editando en esa lengua. Y allí, en Granada, iba transcurriendo su juventud, dedicando siempre muchas horas al estudio y a la investigación.

«Sentía un gran interés por la Psicología, pero en aquellos momentos era una asignatura que formaba parte de la carrera de Filosofía y Letras y no se daba en todas las universidades. Por ese motivo comencé a estudiar primero francés y más adelante inglés e italiano. Había libros que no estaban editados en la lengua castellana y yo los localizaba en revistas francesas sobre todo. Los encargaba a través de la Sorbona, en París, universidad con la que empecé a mantener correspondencia.

La Pedagogía se podía estudiar en Granada. Se trataba de un curso que llevaba, como término medio, un año en sacarse. Mi ansia por estudiar no me impedía dedicar los domingos a descansar y alternar con compañeros; me gustaba acudir al casino de Granada, donde se encontraban las chicas más atractivas de la sociedad de aquellos tiempos. Me encantaba el juego de la seducción. Yo tenía veintisiete años y la verdad es que no me había planteado ninguna relación seria hasta que un día ocurrió algo que cambió mi vida.

Un domingo por la tarde, cerca de mí, sentada, jugando con su abanico, vi a una muchacha morena que me llamó la atención. Su cabello era de un negro intenso, recogido en un moño, con unos tirabuzones que le daban un aspecto encantador. Le solicité un baile temiendo que me lo negara, pero aceptó… y bailando, bailando, pisé el dobladillo de su falda, que se descosió. Lo que podía haber acabado en un desastre se convirtió en un feliz suceso. “Señorita, no me puedo perdonar semejante desatino. ¿Cómo puedo compensarla? Permítame que me presente: soy Jacobo Orellana y me pongo a sus pies de ahora en adelante. Sería el hombre más afortunado si usted aceptara que la acompañara a su casa en un coche de punto. No puedo consentir que vaya usted andando con su dobladillo descosido”.

Así es como conocí a Carmen, tu abuela. En realidad, se llamaba Leandra Carmen, pero ella odiaba su primer nombre y solo lo utilizaba en los documentos oficiales. Carmen era culta, elegante, tenía unos bonitos ojos negros y rápidamente nos enamoramos. Había nacido en Madrid y estudiado Magisterio en la misma ciudad. Más adelante consiguió plaza como maestra en Granada.

Me di cuenta de que algo especial estaba sucediendo. No podía dejar de pensar en ella y contaba las horas para volver a verla. Paseábamos cogidos del brazo, recorríamos los jardines de la Alhambra y tomábamos limonadas en los salones de té. A ella le encantaba que le hablara; me decía que le atraían mí simpatía y mi sentido del humor.

El primer apellido de Carmen, como ya sabes, era Moreno. Su familia procedía de Toledo y era de origen judío».

En un viaje que realicé a Estambul con mi esposo, Antonio, la guía era una judía sefardí y nos comentó que en Grecia y Turquía, en las colonias sefardíes, había bastantes personas con ese apellido.

«Tenía veintiséis años cuando nos conocimos, una edad en la que la mujer de aquella época ya se consideraba muy madura para contraer matrimonio. Nos casamos el 25 de marzo de 1898 en la iglesia del Salvador de Granada, con solo dos testigos que pasaban por la calle. No se lo notificamos a la familia. Era una mañana muy bonita, en la que la primavera ya empezaba a hacerse sentir. Aquel día fue realmente uno de los más importantes de mi vida. Carmen, tu abuela, iba a cambiar mi existencia. Además de ser una mujer moderna e inteligente, fue una compañera que siempre me apoyó en todos mis proyectos. Yo siempre he sentido un enorme cariño y admiración por ella».

Más tarde me enteré de que la abuela estaba embarazada de su primer hijo, Jacobo, que nació en Granada el 3 de julio de 1898. Me imagino el impacto que supuso ese embarazo en aquella época, en la que su respetabilidad como maestra estaba en juego y, por añadidura, en una ciudad en la que se encontraba totalmente sola.

«Ese año pasó a la historia por la pérdida de Cuba. En el Tratado de París de 1898 España cedió Puerto Rico, Guam y Filipinas a Estados Unidos, mientras que concedía la independencia a Cuba. La necesidad de obtener capital para mitigar aquel severo revés económico obligó a intentar reponer las arcas del Estado con la venta adicional a Alemania de las islas Palaos, Carolinas y Marianas. Esta guerra costó a España 55.000 vidas. Los periódicos no relataban la gravedad de la situación, pero la preocupación de los españoles era muy grande.

Debido a todo lo que estaba aconteciendo, hubo un resurgimiento intelectual muy crítico y apareció la famosa generación del 98. Yo no sabía que más adelante iba a conocer a muchos de los intelectuales que la integraban, como Miguel de Unamuno y Antonio Machado.

Nació tu tío Jacobo y Carmen siguió trabajando. Su primer gesto de compañera abnegada fue el de insistir en que yo dejara mi trabajo y me dedicara a estudiar para sacarme el título de bachiller, que tanto anhelaba. Obtuve mi diploma de bachiller el 6 de julio de 1899, justo un año después del nacimiento de tu tío».




Viaje a Estocolmo

(1921)


Yo salía del colegio a las doce y regresaba a las tres, después de comer. Estaba muy próximo a mi casa. Desde que había llegado el abuelo —¡una novedad tan importante en la familia!— no me entretenía con las amigas. Estaba deseando verle para que me contara sus historias. Siempre había algo que despertaba en mí un enorme interés. Me hablaba de un mundo desconocido.

Allí se encontraba, fiel a la cita, escribiendo en su máquina Underwood o leyendo. Ya no tenía mesa de despacho ni ventanal con vistas al jardín. Compartíamos la mesa del comedor. Yo hacía mis deberes a su lado.

«¿Sabes que un día estuve a punto de ahogarme en el mar Báltico? Estaba en Dinamarca y tenía que coger el transbordador que me iba a llevar a Suecia. En Suecia tenía una entrevista con un mecenas. Era un sueco que contaba con una fortuna considerable. Ayudaba anualmente con sumas muy importantes a proyectos de desarrollo en la Escuela de Sordomudos. Lo había conocido a través de revistas dedicadas a proyectos educativos. Asimismo, en Holanda tenía otro mecenas, con el que he mantenido una gran amistad hasta su muerte, acontecida hace dos años. Precisamente, cuando vino tu hermana a Bruselas acababa de regresar yo de un viaje a Holanda; había ido a visitarlo y, tristemente, fue la última vez que le vi.

Pero volvamos al transbordador. Cuando este empezaba a separarse del muelle lancé la maleta y detrás fui yo. Al saltar resbalé y quedé colgado del borde. Rápidamente dos enormes brazos escandinavos me alzaron con fuerza. ¡Creí morir! No sé nadar y el mar creo que estaba a una temperatura heladora, ya que era el mes de abril y hacía todavía un frío considerable. Por un momento pensé que allí acababa mi vida. Fueron instantes intensos. Es una gran suerte que los vikingos sean una raza de envergadura.

Yo me comunicaba con todo el mundo en francés. En aquella época la Europa culta hablaba en esa lengua; de hecho, en Rusia, antes de la revolución, era el idioma de los aristócratas e intelectuales. El ruso solo lo hablaban los campesinos y siervos.

Para mí era muy importante conseguir ayuda económica para el Colegio de Sordomudos. En aquellos momentos empezábamos a colaborar con la Institución Libre de Enseñanza, que asimismo nos ayudaba. Te hablaré muy pronto de la Institución. ¿Sabes que conocí a Giner de los Ríos? Fue su fundador. Aquí tengo todos mis documentos, cartas y diplomas. Una vida entera llena de recuerdos…».




Burgos (1900)

Barcelona (1902-1904)


La abuela tenía mucho sentido artístico; dibujaba de maravilla y después reproducía sus dibujos en bordados. Mi hermana y yo tenemos bordados en seda natural, hechos con hilos de seda importados de China, de una finura extraordinaria.

«Estuvimos viviendo en Granada hasta 1900. Como yo había pedido excedencia para sacarme el título de bachiller, el único lugar donde conseguimos plaza los dos fue en Burgos y allí nos trasladamos. En nuestra vida volvimos a pasar tanto frío; se helaban por la noche los orines en la bacinilla. Encima de las mantas teníamos que poner mi capa, que era una prenda de mucho abrigo, confeccionada en paño de lana muy grueso. Jacobo se había quedado con mis padres en espera de que al siguiente año pudiéramos organizar mejor el trabajo y la atención de nuestro pequeño. Eugenio, tu padre, nació el 3 de abril de 1902. Habíamos ido a un cortijo de la familia en Córdoba.

Nuestro siguiente destino concedido a los dos fue Barcelona. Tu abuela era huérfana; por eso acudimos a Córdoba para estar acompañados hasta la toma de posesión de nuestras respectivas plazas. Tu padre nació ochomesino y delicado; en realidad, fue delicado toda su vida. Los calores de Córdoba le producían diarreas y tenía peligro de deshidratación. El médico nos aconsejó que anticipáramos nuestro traslado con un niño de tres años y otro recién nacido.

Los trenes de aquella época tardaban más de veintiocho horas entre Córdoba y Barcelona. Nunca se sabía cuándo llegarían. Carmen estaba verdaderamente angustiada por la salud de Eugenio y el viaje parecía que nunca iba a acabarse. Yo había ido un mes antes para buscar alojamiento y les tenía preparado lo que sería nuestro hogar hasta 1904, fecha en la que tu abuela aprobó la oposición para la Escuela Normal de Madrid. Viajó a Barcelona acompañada por una chica de servir, que le ayudaba con los pequeños: el cambio de pañales, la comida… Tenían que bajar en las estaciones para conseguir agua potable. Carmen lo recordaba como una terrible pesadilla. Pero al fin llegaron. Nuestro hogar se encontraba en el paseo de San Juan, próximo a la plaza de Tetuán.

Una vez en Barcelona, tuvimos que buscar un ama de cría para Eugenio, ya que la abuela no iba a poder compaginar el trabajo con la lactancia. Para poder acudir al trabajo dependíamos de la chica de servicio y del ama de cría. Carmen dejaba a sus pequeños en manos desconocidas. Muchos días bajaba la escalera llorando si, por un casual, Eugenio no había pasado buena noche, estaba indispuesto o tenía fiebre.

Así conoció a doña Josefina, la esposa de un conde inglés. Ella y su marido habían tenido un palacete en Mahón, pero se vieron obligados a venderlo porque estaban arruinados. Vivían de las rentas que les producía el edificio, que les pertenecía por completo. El conde había participado en safaris en África y en una ocasión le trajo a su esposa un tigre bebé. Lo cuidaron como un gatito y se comportaba como tal, pero un día que doña Josefina se encontraba sola quiso atacarla. Tuvo que encerrarse en una habitación y cuando llegó el conde logró reducirlo y se vio obligado a regalarlo al zoológico.

Doña Josefina no tenía hijos, era su gran pesar, y al ver llorar a tu abuela la tranquilizó. A partir de aquel momento, hasta que nos trasladamos a Madrid estuvo muy pendiente de los dos pequeños».

Mi padre le tenía un gran cariño. Yo recuerdo ir a visitarla con él de niña. Ya viuda, vivía con una hija que habían adoptado. Seguía residiendo en la misma vivienda donde la conocieron los abuelos. Sentada en un sillón, muy erguida, con un moño al estilo de principios de siglo. Era muy cariñosa y me permitía tocar su piano. Tenían un loro que no paraba de parlotear.

«Mientras tu abuela preparaba su oposición a la Escuela Normal, yo había iniciado mis estudios para especializarme en la educación de sordomudos y ciegos. A la vez estudiaba Pedagogía, Psicología e idiomas. Tuve la gran suerte de que ella se ocupaba de la organización de la casa para que ambos pudiéramos disponer de tiempo para estudiar, sobre todo yo. Le faltaban horas al día para conseguir ir sacando todos mis proyectos adelante.

Nos trasladamos a Madrid. Esta vez el viaje solo duró diecisiete horas. Los niños ya no eran tan pequeños. Yo me adelanté para procurar un alojamiento para la familia, pero en esta ocasión regresé a Barcelona para recogerles. No quería que tu abuela volviera a viajar sola.

El 18 de mayo de 1908 nació Daniel y el 3 de diciembre de 1911, Leandro. En 1911 tu abuela contaba 39 años de edad y su vida transcurría entre la Escuela Normal por las mañanas y el hogar y la atención a nuestros hijos por las tardes. Eran tiempos felices; los pequeños llenaban la casa de alegría. El trabajo de la abuela era entonces más llevadero. Ella siempre necesitaba descansar después de comer y ahora se lo podía permitir. Ya no tenía que estudiar, por lo que se sentía relajada y feliz, sobre todo porque había conseguido un ama de cría para Leandro —cariñosa y responsable—, que vivió muchos años con nosotros hasta que regresó a Santander, a su aldea. Si uno de los niños se hallaba indispuesto, el ama de cría lo atendía con sumo cuidado. Estaba pendiente de todo y ayudaba a la chica en las labores domésticas. Además, ya no teníamos que depender de traslados.

Yo ya trabajaba en la Escuela de Sordomudos de Madrid y empezaba a tener contactos con la Institución Libre de Enseñanza. Comencé a pensar en la importancia de viajar a Francia para aprender nuevos sistemas de enseñanza».











Profesorado de la Escuela Normal de Madrid (1882-1939), donde figura la abuela con el nombre de Leandra, que era el que aparecía en todos los documentos oficiales.




Carmen de Burgos aparece en esta publicación como compañera de la abuela en la Escuela Normal desde 1909 —fecha en la que llegó a Madrid desde Almería— hasta 1932. A su llegada a la capital fue nombrada profesora especial de la Escuela de Artes y Oficios de Madrid para impartir elementos de Historia del Arte y ese mismo año fue nombrada profesora numeraria de la sección de Letras y Prácticas de Enseñanza de la Normal Central, en la que permaneció hasta su muerte en 1932.

La verdadera vocación de Carmen de Burgos fue la de escritora. Se incorporó al magisterio, como muchas mujeres de aquella época, por una salida profesional digna, la única que le garantizaba su independencia y le proporcionaría una pequeña renta económica que le permitiera escribir. Y escribió mucho: encargos periodísticos, traducciones, cuentos. También pronunció conferencias, lo que le facilitaba poder aumentar los precarios ingresos como profesora. Como amiga de Blasco Ibáñez, fue una estrecha colaboradora de la editorial Sempere, que él dirigía. Realizó numerosos trabajos de traducción: obras de autores como Max Nordau, Ruskin, Renán, Tolstói, Anatole France, Nerval o Salgari.

En el periodismo fue precursora: la primera redactora de un periódico y la primera mujer corresponsal de guerra. En Madrid comenzó colaborando en diversos periódicos. Escribió artículos para La Correspondencia de España, El Globo, El País, etc., hasta que en 1904 es contratada como redactora del periódico El Diario Universal, donde tenía una columna diaria en la primera página, titulada «Lecturas para la mujer». En esas fechas adoptó el que sería su seudónimo: Colombine. En abril de 1904 forma parte como periodista de la delegación que acompaña al rey Alfonso XIII en su viaje a Almería. Visita la Escuela de Artes, el hospicio y la cárcel y a su regreso a Madrid publica dos artículos sobre su estancia. En 1906 trabaja en El Heraldo. Como corresponsal de este periódico estuvo en 1909 en Melilla, cubriendo la guerra al norte de Marruecos, y también informó sobre la Primera Guerra Mundial.

Vitalmente feminista, fomentó el debate y la opinión en temas comprometidos para la época como el divorcio o el voto de la mujer. En 1904 realizó en su columna diaria de El Diario Universal una encuesta sobre el tema del divorcio. Entre enero y junio recogió las opiniones de intelectuales, políticos y personajes destacados de la época sobre este tema. Participaron personajes de la talla de Emilia Pardo Bazán, Miguel de Unamuno, Pío Baroja o Antonio Maura. En el plebiscito, como lo llama la propia Carmen, se recogieron hasta 2.000 opiniones, en su mayoría favorables al divorcio. En 1907, desde las columnas de El Heraldo, realiza otra encuesta sobre el voto femenino. Fue un debate público, antesala de la reforma legal que se aplicó en la Segunda República. Su actitud vital fue consecuente con sus escritos. Participó en innumerables actos y en 1921 salió a la calle para exigir el voto femenino a las puertas del Congreso. También se implicó en otras causas como sus campañas en pro de los sefardíes, su apoyo a la abolición de la pena de muerte o su defensa de la infancia, en clara actitud pedagógica sobre la mejora de las condiciones higiénicas y de salud.




A Carmen de Burgos se la reconoce como una de las mujeres que impulsó la masonería en España. Fue Venerable Maestra de una de las logias madrileñas, llamada Amor.


 He buscado esta información sobre Carmen de Burgos porque en su día el abuelo la nombró, haciendo referencia a la importancia de la lucha por la igualdad de muchas mujeres de su época. Ese era el ambiente que rodeaba también a la abuela. Ignoro la relación que tuvo con ella, pero es evidente que se conocían.






La abuela en Madrid durante el verano de 1911. Tenía 39 años



1 https://revistas.ucm.es (https://revistas.ucm.es) 〉 index.php 〉 RCED 〉 article 〉 viewFile de RM Sebastián-1998 (p.v.8-01-2020), pág. 184.

2 http://www.dipalme.org/Servicios/IEA/edba.nsf/xlecturabiografias.xsp?ref=69 (http://www.dipalme.org/Servicios/IEA/edba.nsf/xlecturabiografias.xsp?ref=69) (p.v. 07-01-2020).

3 https://www.educacionyfp.gob.es (https://www.educacionyfp.gob.es) 〉 cida 〉 guias-de-lectura 〉 escritoras 〉 b... (p.v.07-01-2020).




Defunción de

Don Jacobo Orellana Espejo


«En 1912 murió mi padre ¡Qué sensación de soledad!... Mi madre había fallecido dos años antes. Yo no les había podido dedicar apenas tiempo; solo mis cartas, que les llenaban de alegría. Mi hermana cuidaba de ellos. Era tal mi actividad en el colegio y en los proyectos pedagógicos que no disponía de vacaciones. Don Blas Zambrano, padre de María Zambrano, escribió una necrológica, que conservé hasta hace poco tiempo».






Necrológica de don Blas Zambrano, padre de la filósofa María Zambrano, a la muerte de don Jacobo Orellana Espejo, publicada en El Porvenir Segoviano el 12 de septiembre de 1912

«El 31 de Agosto pasado falleció en Alameda, provincia de Málaga, un hombre meritísimo, D. Jacobo Orellana Espejo.

Era D. Jacobo uno de aquellos viejos (ha muerto a los ochenta años de edad) que elevaron a gran altura el prestigio de la clase, hoy tan mal traída por unos y por otros; porque hay que reconocer que aparte de la representación del maestro famélico, infeliz por los cuatro costados, en muchos pueblos y ciudades y hasta en provincias enteras el maestro era, por méritos propios más o menos acentuados, altamente considerado y a veces respetado como nadie.

Literato de la buena y castiza estirpe, y no hay que decir que hombre cultísimo, era también D. Jacobo Orellana, por feliz y no muy frecuente consorcio, hombre bueno, funcionario probo y trabajador, espíritu recto, corazón sencillo, carácter afabilísimo y cortés.

Benévolo con la juventud y desprovisto en absoluto de soberbia alentada con su palabra, al par que fortalecía con su ejemplo, a los que comenzábamos a andar por el áspero camino, que unas veces asciende a la cumbre del éxito y otras, por ramales que se llaman necesidad, impotencia, mala suerte… bordea entre matorrales las alturas y conduce al llano.

¡Cuarenta y cuatro años en la escuela, un maestro como D. Jacobo Orellana!... ¿Puede calcularse, sospecharse siquiera, los beneficios que ese hombre ha deparado con su esfuerzo a los pueblos que sirvió? Écija, Antequera y Granada han tenido sucesivamente esa fortuna.

En la última de estas ciudades, en la Granada cuya ausencia nos hace comprender a los que hemos vivido en ella toda la amargura inconsolable del llanto de Boabdil, en la Granada que hace esclavo de su amor a quien la vive, conocí yo a D. Jacobo. Y en verdad que al recuerdo melancólico de Granada he unido siempre el de aquel viejo ilustre y venerable, que fue para mí tan bueno, porque era bueno.

Él descansará en la paz que merece, y en sus hijos, en sus amigos y en sus discípulos vivirá de continuo su recuerdo, también pacífico, con la suave y honda tristeza de esos atardeceres de los días espléndidos, más tristes porque recuerdan las alegrías de la cercana y ya extinta aurora.

Para los maestros jóvenes, unos engreídos, otros displicentes, modestos y cultos los demás, la memoria de los gloriosos veteranos, como don Jacobo Orellana y Espejo debe ser freno para los unos, para los otros estímulo y para todos, un bello ejemplo insuperable.

Segovia 8 septiembre 1912. B. J. Z.».

Esta necrológica la he transcrito siguiendo la ortografía del original que se utilizaba en la época. La localicé en el blog del sacerdote don José Antonio Espejo Zamora.

«Mi padre me transmitió el sentido del deber, la responsabilidad, la ética y la honestidad. Era un hombre que amaba profundamente su profesión. Sus alumnos lo recordaban con respeto y cariño. Fue como un inmenso roble que sujetaba la estructura familiar y a cuya sombra todos descansábamos. Yo sabía que mi vida tenía que seguir, recordando la herencia recibida y marcando nuevos destinos en mi camino, pero la sensación de soledad que deja la muerte de los padres se apodera de nosotros y nos acompaña toda la vida».




Guerra de

Marruecos (1922)


Cuando llegaba a casa procedente del colegio, siempre desde la puerta empezaba a llamar al abuelo. Allí estaba; le veo con sus gafas y su lupa. Tenía un problema de nacimiento en el ojo derecho, una atrofia que le impedía la visión de ese ojo casi por completo. Para leer se ayudaba de su lupa, que tengo aquí, en mi escritorio. Es uno de sus recuerdos. La miro, sonrío y siento que me acompaña.

«¿No te he contado cuando fui a Marruecos en busca de tu tío Jacobo?... España se encontraba inmersa en la guerra del Rif, también llamada segunda guerra de Marruecos, una guerra que enfrentó a las tribus rifeñas con las autoridades coloniales españolas y francesas entre 1911 y 1927. Fue una larga contienda, con numerosos altibajos, que marcó la historia de España en el primer tercio del siglo XX. En 1921 se inició definitivamente el comienzo del fin del largo conflicto.

Todo empezó cuando el 12 de febrero de 1920 el general Manuel Fernández Silvestre, que había sido jefe del Cuarto Militar del rey y que tenía una hoja de servicios llena de actos heroicos, fue nombrado comandante general de Melilla. En enero de 1921 decidió emprender una ofensiva para tomar la bahía de Alhucemas. Dejándose llevar por su arrojo, que al fin se mostró imprudente, prescindió de los mandos superiores y quiso hacer la guerra por su cuenta, con unas tropas poco preparadas y con problemas de suministros, enfrentadas a las duras tribus rifeñas, acostumbradas a las calamidades y conocedoras de un territorio muchas veces ingrato y siempre duro. Perdieron la vida 10.000 hombres entre oficiales profesionales y soldados de reemplazo. También cayeron heridos o prisioneros otros 10.000 en manos de Abd el-Krim. A punto estuvo de perderse Melilla.

Allí, en medio de esa masacre, se encontraba Jacobo, tu tío. En su servicio militar le había tocado Marruecos y se vio obligado a quedarse. Contaba veintitrés años de edad. Las noticias que llegaban a la Península eran muy alarmantes y algo me dijo que debía tomar rápidamente cartas en el asunto. No sabíamos si estaba vivo o muerto porque hacía mes y medio que no recibíamos noticias suyas. Después de debatir sobre la mejor solución con tu abuela, decidí que debía desplazarme a Marruecos; parecía lo más cabal. Estaba en periodo vacacional, así que empecé a mover contactos con amistades; acababa de hacerme socio del Ateneo y conseguí a través de un amigo una carta de recomendación para el Alto Comisario. Imposible iniciar este viaje sin unas credenciales. Viajé hasta Algeciras y allí embarqué en un carguero que admitía pasajeros.

Gracias a las gestiones del Alto Comisario logré averiguar que Jacobo se encontraba en un hospital en Tánger. Por fin pude encontrarlo; se hallaba en unas condiciones deplorables. Tenía sarna y una afección intestinal que le hubiera costado la vida. Apenas podía andar. Conseguí sacarlo del hospital por la noche a base de sobornar al enfermero de guardia y lo llevé a un hotel donde las condiciones higiénicas dejaban mucho que desear, con camastros que no invitaban a acostarse. Quité los colchones y, como era verano, coloqué las sábanas —que aparentemente estaban limpias— encima del somier. Quería evitar como fuera las picaduras de pulgas y chinches. Era un lugar que nos aseguraba la clandestinidad que precisábamos. Allí nos hospedamos hasta la noche siguiente. Nos trasladamos en una carreta hasta el lugar donde íbamos a embarcar. Era principios de agosto de 1922. Nos llevó un día entero.

Viajaba lleno de tensión, preocupado por su extrema debilidad. Al día siguiente conseguí que un pescador accediera a cruzar el estrecho de Gibraltar gracias a una buena cantidad de dinero. Por fin llegamos a España tras una travesía en la que nos acompañó la suerte. Había luna llena, que nos iluminó el camino; sin embargo, se me hizo larguísimo. Siempre le tuve mucho respeto al mar y viajar de noche impresiona muchísimo. Una barca rodeada de agua oscura y profunda. Parecía que el pescador era un hombre seguro y experto, pero yo me sentía totalmente desprotegido, se me entumecían las piernas y no me podía mover. Tu tío apenas se enteraba de lo que estaba sucediendo.

En Cádiz alquilé un piso. Jacobo estaba en tan malas condiciones físicas que no podía emprender un viaje de retorno a Madrid. Un médico le visitaba todos los días y le dio un tratamiento que logró que poco a poco pudiera recuperarse. No figuró como prófugo porque eran tantos los cadáveres sin identificar y los prisioneros, unido al desastre de organización, que al poco tiempo pudimos regresar a la capital sin problemas.

A tu abuela le envié un telegrama desde Tánger cuando encontré a Jacobo y otro nada más instalarnos en Cádiz. Luego ya empecé a escribirle, poniéndola al corriente de nuestro día a día. Así transcurrieron mis vacaciones de aquel año.

Tu tío había estudiado Bellas Artes. La guerra de Marruecos interrumpió sus aspiraciones a continuar en la universidad. Una vez recuperado de los horrores y sufrimientos pasados, preparó unas oposiciones para funcionario de correos e inició su trabajo con veinticinco años de edad.

Eugenio, tu padre, padeció desde pequeño bronquitis asmática, que le impedía llevar los estudios con normalidad. Fue el único que no estudió una carrera universitaria porque pasaba temporadas en un sanatorio de Granada. Este hecho le liberó de hacer el servicio militar. Cuando acabó el bachillerato en el Liceo Francés preparó oposiciones como funcionario de telégrafos y ya estaba trabajando cuando Jacobo y yo regresamos de Marruecos».




Recuerdos de la posguerra en Bruselas (1944)


Yo estaba atenta a su relato, sin pestañear. Me parecía el héroe de una historia de aventuras. Presumía de abuelo con mis amigas.

Después de comer regresaba al colegio. Mi hermana Feli trabajaba en las oficinas de un taller de confección de trajes de caballero; su relación con el abuelo era escasa debido a su horario, que en aquella época era de 48 horas semanales. Además, tenía novio. Estaba plenamente integrada en otras historias.

Por la tarde hacía mis deberes y deseaba acabar rápidamente para poder volver a charlar con él. Estaba a mi lado, entretenido en sus lecturas.

«La Segunda Guerra Mundial fue terriblemente devastadora; hubo una población en Bélgica que fue bombardeada por los alemanes y nadie sobrevivió, solo un niño que había ido a visitar a sus abuelos y no se encontraba allí. Utilizaron las mismas bombas incendiarias que en Guernica. En realidad, fue precisamente en Guernica donde experimentaron para poder luego arrasar también Londres y muchas otras ciudades.

Una vez finalizada la guerra, hubo un acto en el que se colocó la primera piedra para reconstruir la ciudad. Fueron representantes de toda Europa, menos España. Allí me trasladé —vivía entonces en París—. Tus tíos Leandro y Evelyn se encontraban en Bruselas y aproveché el viaje para pasar unos días con ellos. Fue un acto en el que iban de la mano el dolor y la esperanza. El dolor y el sufrimiento latentes en los supervivientes. La esperanza de construir una Europa libre y alejada de nuevas contiendas».

En nuestro hogar mis padres hablaban muy poco de la guerra. Alguna vez mi madre recordaba a su hijo perdido y se notaba que comentarlo le hacía mucho daño. También nos hablaba de su querido hermano muerto, del terror y la angustia de vivir en Barcelona bajo los continuos bombardeos, del hambre, del frío y de su resistencia a vivir en una ciudad en la que había pasado las peores experiencias de su vida. Toda la información que me daba el abuelo era totalmente nueva para mí. En casa apenas se comentaba nada de Hitler ni de la Segunda Guerra Mundial.

Mi padre trataba de localizar con un transmisor de cascos la emisora Pirenaica. La Pirenaica fue la más importante en su momento entre las emisoras clandestinas. Se creó a instancias de Dolores Ibárruri, la Pasionaria, y comenzó a emitir desde Moscú el 22 de julio de 1941. El apelativo de estación pirenaica se utilizaba para eliminar la sensación de lejanía que podía significar para los oyentes de España el hecho de estar en Moscú. En ella se podía localizar una información que contrastaba con el «parte oficial» que se emitía en las emisoras españolas. Ese famoso «parte oficial» finalizaba de la siguiente forma: «¡Viva Franco! ¡Arriba España!», seguido del himno nacional. Ese final no se podía oír en casa; mi padre no lo soportaba. El que estuviera más próximo a la radio tenía que salir corriendo para apagarla. Era una norma de obligado cumplimiento.

Muy a menudo se hablaba en ese parte del peligro para la sociedad española de los conspiradores contra la patria: judeomasones, marxistas, leninistas y trotskistas. Como es natural, se trataba de propaganda de Estado. Otra cosa distinta es que nadie sabía con certeza lo que estaba sucediendo en Rusia. A raíz de la caída del telón de acero y la perestroika, con el libro Archipiélago Gulag, de Aleksandr Solzhenitsyn, empezó a conocerse el drama vivido en la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. Se le atribuyen a Stalin alrededor de cien millones de muertos entre los represaliados, los enviados a Siberia a unos campos sin retorno y los fallecidos por hambre.

Y el abuelo seguía relatando la historia de su vida.




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