El viaje de Enrique José Fernández Díaz Es la primera vez que se cuenta el viaje de la vuelta al mundo desde la perspectiva de un esclavo.A lo largo de los once años que Enrique permanece al lado de Magallanes, va dejando de ser un esclavo para convertirse en su ayudante, su hombre de cofianza. Un intérprete que llega a dominar el castellano, el portugués, el tagalo y algún dialecto más.Acompañando a Magallanes, conocerá y será recibido por el rey don Manuel de Portugal y por el emperador Carlos V. Se entrevistará con el rey Hunmabón, de Cebú y con el rey Lapu-lapu, de Mactán.De la mano de Enrique, los lectores viajarán por la India, las costas de África, Sagres, Lisboa, Aveiro, las montañas de Tras Os Montes, Sabrosa y el Douro. Hablarán con los últimos Templarios, se adentrarán en los secretos conocimientos de sabios judíos, se relacionarán con los Oficiales del Alcázar de Sevilla y de las Reales Atarazanas, conocerán la Sevilla medieval y profunda. Y experimentarán la vida en los barcos del siglo XVI, las interminables navegaciones oceánicas y la implacable justicia de los inquisidores. EL VIAJE DE ENRIQUE LA PRIMERA PERSONA QUE DIO LA VUELTA AL MUNDO JOSÉ FERNÁNDEZ DÍAZ EL VIAJE DE ENRIQUE LA PRIMERA PERSONA QUE DIO LA VUELTA AL MUNDO EXLIBRIC ANTEQUERA 2017 EL VIAJE DE ENRIQUE © José Fernández Díaz © de la imagen de cubiertas: José Fernández Díaz Diseño de portada: José Fernández Díaz Iª edición © ExLibric, 2017. Editado por: ExLibric C.I.F.: B-92.041.839 c/ Cueva de Viera, 2, Local 3 Centro Negocios CADI 29200 Antequera (Málaga) Teléfono: 952 70 60 04 Fax: 952 84 55 03 Correo electrónico: exlibric@exlibric.com (mailto:exlibric@exlibric.com) Internet: www.exlibric.com (http://www.exlibric.com/) Reservados todos los derechos de publicación en cualquier idioma. 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JOSÉ FERNÁNDEZ DÍAZ EL VIAJE DE ENRIQUE LA PRIMERA PERSONA QUE DIO LA VUELTA AL MUNDO Índice de contenido Portada (#u45980aa5-35ed-5a59-a8d5-4b629dce322c) Título (#u16600f71-07d3-5bcd-9ef7-4a5a53bbc66c) Copyright (#u5f4569c2-cd22-566f-b9e4-fabcc8bd5551) Índice (#uc46317ab-418a-5f6a-a546-459c17390e09) Dedicatoria (#u67acf879-5823-542a-a0b6-81775ec34628) Agradecimientos (#ud5a2648a-cb5b-5a92-be46-b0d42b3f3c44) LA ESCUADRA DE ALBURQUERQUE (#ud01f8ec2-56e7-5401-892d-9c50e454d339) LA ISLA DE CEBÚ (#u076dbe3e-fde7-5f78-97d0-2f4ead2edf91) GOA, ENCUENTRO EN EL MERCADO DE ESCLAVOS (#u93d1f04e-dcb2-5309-8e39-68be30fcbbbc) EN LA MENTE DE MAGALHÃES (#ua8fd07a7-cf6f-5220-ba20-d7bbec4970bb) UN CORTO VIAJE (#u9ba042ed-15e6-5d8b-89bd-776cb0adb585) INICIO DEL VIAJE DE ENRIQUE (#u96c8973a-7e0e-5783-9806-dc48561828f2) ENRIQUE LLEGA A LISBOA (#u26b7031e-1dd3-59b2-a8d6-aa21735ce1da) DESPEDIDA DE LISBOA (#uad0724a7-fc74-5dce-bc4a-dff9dc21e2d0) EL CASTILLO DOS MOUROS (#u6e96ce5e-007b-5569-8177-390d8f98e15d) LA CARTA POLICROMADA (#uc5d04bc4-8139-5cfc-9cbd-ea032a239c20) LA CARTA SAGRADA (#ue2c9a324-d42a-5810-8748-280b5cfa4207) COIMBRA (#ueaa5fd3a-62df-5264-8fc4-a960d81ad70a) AVEIRO (#uaa54723b-49f6-5c8c-88ad-c74e94558874) SABROSA (#u95d8dbfc-a09a-548f-bf18-e1d56df42e91) COVILHA (#u0009cb14-a6df-5a10-a786-d81947147e9d) EL INTERCAMBIO (#ua27285d0-47bb-570a-ba7f-525f0e3f283a) ARRABALES DE SEVILLA (#ucb773d94-e734-5a94-afc2-5f17551db721) LA CASA DE LOS BARBOSA (#u53783238-f3c0-57cc-8475-89034db6574f) BODA EN LA CATEDRAL DE SEVILLA (#ue370c778-6999-5e78-9832-442f10f38d87) FIESTA JUDEO-SEVILLANA (#u45a11cae-db70-5dbf-a739-6d853b1e6e22) EL VIAJE A LA CORTE (#u8d0b238f-9155-5584-90ff-25a81397e82c) PREPARATIVOS DEL VIAJE (#u7c9cdec7-d943-51d6-9eea-f87e74e228c3) INTRIGAS EN EL PUERTO (#u2a68656e-c648-5297-9a55-fb93505deec7) LAS VÍSPERAS DE LA PARTIDA (#u43be0298-ba7c-56c1-ba07-e1367b846c1f) SALIDA TEATRAL DESDE SEVILLA (#ufda381f1-0fdf-574d-a634-686be8d42234) NO EXISTE MENTIRA HABIENDO FE (#uc58bfb1b-9ca3-5696-b4e2-b76ea90d48bf) DESPUÉS DE SEVILLA (#u5c32dc3e-298d-5b81-8325-87f2e2684fb1) SANLÚCAR DE BARRAMEDA (#ue3195c83-81b5-5eda-aefe-3fb7378c5b20) RUMBO A CANARIAS (#u1be10862-9704-52ee-8d46-60a8064706a1) EL ÁRBOL DEL AGUA (#ucb13cb2e-b245-5777-8982-f2e5be511f79) LA CALMA DE GUINEA (#u5ccbae4b-28be-5811-b5c1-4c474d178d1b) RÍO DE JANEIRO (#u8d6a5310-3926-5367-ad42-f132042571e1) EL VIAJE HACIA EL ESTRECHO (#u6fa95fa6-0439-5e4e-8afa-659d5af12e0c) LA NOCHE DE LOS TRAIDORES (#u7be98ba8-cbff-582f-9fa7-404a0546e210) EL MOTÍN DE SAN JULIÁN (#uf35059ae-0018-5405-8800-8310e8a24775) DERECHO DE SOGA Y CUCHILLO (#u95b17ef1-3d80-5829-b1b0-ae9f14b54f02) EL PASO DE LA VICTORIA (#ue0b8a75b-40b4-5a67-96ad-cc4a1566ea3b) LA TRAVESÍA DEL PACÍFICO (#ud9156784-d431-5100-ae82-da89108630d9) CRISTOVÃO REBELO, LA MANZANA DE LA DISCORDIA (#ua068e51b-41a0-57e1-898d-919d6bad4184) A Azahara y Norka mis hijas, a Cristina, mi mujer, a mi eterno amigo Rafael Lorente y a todos aquellos que han creído en mí. Agradecimientos Desde el primer momento, Cristina Muñiz Fernández, mi mujer, mi compañera y mi amiga, recibió la idea del viaje de Enrique como una aventura literaria digna de llevar a cabo. Enseguida pasó a papel los primeros folios para poder visualizarlos en cualquier lugar y ocasión. Esta acción la repitió una y mil veces hasta el final. Así me fue más fácil corregir los errores ortotipográficos, cambiar las expresiones, hacer anotaciones al margen mientras tomaba un café en un jardín, en el salón de casa o en la azotea. Ella, como Licenciada en Periodismo, hizo las primeras correcciones, y en su imaginación, viajó con Enrique hasta los confines del mundo. Agradezco especialmente a J. Julio Ruiz Benavides la atención que me prestaba cada vez que acudía a él para contarle y consultarle algunos aspectos de la obra. Durante el tiempo que empleé en escribir esta historia, Julio me puso muchos mensajes de WhatsApp. La mayoría de las veces era para preguntar: ¿por dónde va Enrique? Le agradezco también el ánimo que me infundió cuando me dijo: “habrá muchas personas que se sentirán identificadas con el protagonista, porque casi nunca se habla de las personas ocultas, que no resplandecen, los que trabajando en silencio aportan la contribución necesaria para la consecución de los objetivos, aquellos que nunca o casi nunca se mencionan, los que trabajan en las sombras de los laureados”. Comencé a escribir la historia de Enrique en Sevilla, la continué mientras navegaba por el mar Balear, mi espacio de trabajo en los últimos años. La parte que se desarrolla en Portugal, la escribí mientras recorría los espacios físicos que se supone que había pisado el protagonista. Desde Sagres hasta Sabrosa, traté de recrear en mi mente, los modos en que pudieron desarrollarse los acontecimientos. Había muchos escenarios compartidos, muchos elementos perpetuos hasta la fecha. Ellos me ayudaron a viajar al pasado. En Sabrosa, la tierra de Magallanes, tuve una acogida familiar y cariñosa, en una casa palaciega llamada Casa Dos Barros. Allí, entre espadas de la época, candelabros, cuadros antiguos de personajes cortesanos, clérigos y soldados de la corte portuguesa, pude escribir parte de la historia de Enrique a solo unos metros de la casa de Fernando de Magallanes. Agradezco a Teresa Canavarro y a su familia, el trato recibido. Ella hizo posible el encuentro en su casa con José Manuel de Carvalho Marques, Alcalde de la Ciudad de Sabrosa. Al día siguiente vino de nuevo, me invitó a acompañarlo a Oporto y juntos, visitamos las tierras de Tras os Montes, por donde discurre el Douro. De todos ellos, recibí el ánimo y la admiración por emprender la singular aventura de contar la historia desde la perspectiva de un esclavo. Debo hacer mención a la memoria de Joaquín Garrido, mi Maestre en la Nao Victoria. Durante los años 2004 y 2005 me dio la oportunidad de trabajar en la reconstrucción de la nave, y navegar con ella desde Sevilla hasta el Japón. La experiencia de navegar por el Océano Atlántico, el Océano Pacífico, Micronesia, Polinesia, el mar del Japón y el mar de Filipinas, me ha permitido acercarme de facto a valores muy aproximados de lo que pudo ser la vida a bordo de esos buques y la convivencia de Enrique y su señor don Fernando de Magallanes, en tan reducido espacio. A Inmaculada Pavía Sánchez, porque me ayudó a sortear los elementos adversos que existen en el mundo de la edición. Al Archivo General de Indias por su continuada y excelente labor en la conservación de los documentos relativos a los descubrimientos, a los que he podido acceder desde 1984, cuando me concedieron la tarjeta de investigador. Por último, mi agradecimiento a Aisha Rubió, estudiante en Londres, su interés por las novelas históricas, su preciosa juventud y su especial insistencia en conocer la historia de Enrique, me hizo recordar en varias ocasiones que estaba escribiendo para todas las edades. LA ESCUADRA DE ALBURQUERQUE La nao navegaba con viento del sureste por el mar de Célebes, hacía poco tiempo que habían abandonado las costas de Ternate. Su capitán tenía prisa por alejarse de allí con el resto de la flotilla. El papa había dividido el mundo en dos partes y esas aguas correspondían a los españoles, aunque jamás habían visto nave alguna de ese país surcar sus aguas. De pronto paró el viento, el cielo, que hasta ese momento era azul brillante, se fue llenando en lo más alto de pequeñas nubecillas y en el mar se fueron deshaciendo las pequeñas olas, que a modo de rizos habían estado acompañando a las naos. El calor se fue apoderando de los tripulantes hasta que se hizo sofocante. Así estuvieron durante todo el día, quietos sobre la superficie del mar, esperando la brisa que le llegara por ventura. Para cuando llegó la noche, el cielo se había cubierto de una miríada de nubes en forma de borreguillos. Ya entrada la madrugada, grandes nubarrones se fueron acercando mucho más bajos y el manto de borreguillos, poco a poco, fue desapareciendo en la lejanía. De repente apareció el viento, entró por el suroeste, hinchó las velas y las naos se pusieron en marcha. Eran cuatro, y formaban parte de la escuadra de Alburquerque que el rey de Portugal mandaba a la India para reforzar la presencia del virrey Francisco de Almeida. Al principio los hombres se pusieron contentos, porque en el mar nunca es buena la situación de estar parado y las calmas agotan los víveres, el agua y la paciencia de los navegantes, que en esa situación dejan de serlo. Pero conforme fueron avanzando hacia el norte y se fueron adentrando en el mar de Sulu, el viento fue arreciando y empujó las naves peligrosamente hacia la costa. Pasaron cerca de Zamboanga, el capitán que mandaba la flota decidió alejarse de tierra todo lo que pudo, y gritó: —¡Arriar las velas, trinqueta y mayor! El contramaestre Pereira reunió a unos cuantos hombres y dirigiéndose a los cabilleros buscó la driza de la mayor, la redirigió a la cornamusa de barlovento y cuando la tuvo retenida en ella, mandó deslizarla suavemente. El racamento, envuelto en cueros engrasados, protegía a la verga de la mayor del irremisible rozamiento con el mástil. Entretanto hacían esa operación, eligió rápidamente a cuatro hombres que se prepararon para desenganchar la boneta, en cuanto la vela mayor hubiera bajado lo suficiente como para que los hombres alcanzaran la costura. Los hombres mantuvieron la vela mayor a un metro y medio aproximado de la cubierta. Rápidamente la boneta fue descosida de la parte inferior de la vela mayor. Mientras unos la doblaban, otros fueron recogiendo el paño de la mayor y aferrándolo a la verga, al tiempo que los que aguantaban y regulaban el deslizamiento de la driza continuaban bajándola. Por fin y una vez aferrado el paño, terminaron de deslizar la driza de la mayor hasta que la verga quedó descansando sobre la tapa de regala. Luego comenzaron la misma operación con la vela del palo trinquete, mientras que el barco avanzaba trabajosamente con la vela de mesana, la única vela que no era cuadra y que por lo tanto permitía aprovechar el viento que les llegaba por la amura de estribor. Durante todo ese tiempo el capitán había mandado cuatro marineros jóvenes y diestros a las cofas de ambos palos. Desde allí, manejando drizas, amantillos y apagapenoles, consiguieron amainar y aferrar la gavia de la mayor y el velacho. Por medio de faroles encendidos, comunicó la maniobra al resto de naos que a duras penas seguían su estela. No era esa la dirección que deberían seguir, pero en naves de velas cuadras no hay a veces mucha elección y esta ocasión era una de esas. Todas las naves llevaron a cabo la misma maniobra. Horas después amaneció, pero apenas se veía la diferencia entre el día que acababa de llegar y la noche que había pasado. Una enorme y espesa cortina de negras nubes rodeaba los barcos. Un tifón sin nombre los había alcanzado y zarandeaba las naves como enormes cáscaras de nueces. Con las velas amainadas, salvo la cebadera y la mesana, fueron capeando el temporal. Muchas provisiones que iban en cubierta habían sido arrastradas por la tormenta y con ella, los grandes odres, donde transportaban el agua desde la última aguada. Así estuvieron tres días más, hasta que en la mañana del cuarto y cuando el tifón se hubo alejado definitivamente, vieron la costa de Cebú. El capitán mandó izar de nuevo las velas, mayor y trinqueta. Se acercaron a la isla para recomponer la armada. Llegaron al anochecer y aunque fondearon entre Cebú y Lapu-Lapu, no fueron a tierra hasta el otro día, para evitar las posibles emboscadas de los nativos. LA ISLA DE CEBÚ Con las primeras luces del día, el capitán Lustau manda arriar dos esquifes. Los marineros colocan los pesados remos en las chumaceras y comienzan a bogar hacia tierra. A proa de cada embarcación se han colocado sendos alguaciles con sus arcabuces por si se presenta algún indígena en actitud hostil. En principio no les parece probable como primera intención. El capitán sabe por experiencia que los indígenas suelen ser amables hasta que sus hombres se confían. Eso casi siempre lleva varios días, por ello, el Capitán Lustau, piensa hacer aguada, tomar algunas provisiones y no volver por el lugar en algún tiempo. Cuando las quillas de los esquifes tocan el fondo arenoso de la orilla, los primeros hombres saltan a tierra. Miran en derredor buscando vestigios, pistas, señales que les indiquen la presencia del agua. Para aquellos hombres acostumbrados a buscarla no es muy difícil descubrir los indicios. Observan que en la ladera de una cercana colina la tierra presenta heridas, honduras hendidas de las que afloran enormes helechos, salpicados de flores violetas y amarillas. Está claro que semejante construcción necesita como herramienta la acción y la presencia del agua. —Allí —dijo el oficial que mandaba el grupo—, está todo mucho más verde que lo demás. Traed los toneles y los odres. Apostados los arcabuceros en lugares estratégicos, los marineros se acercan a la umbría. Conforme se aproximan, reconocen el sonido inconfundible, universal, del agua discurriendo entre las piedras. Un arroyo claro, tapizado en su lecho por suave musgo de un verde amarillento, aparece ante ellos. Pero también la niebla. El capitán Lustau también ha desembarcado y apremia a su gente para que hagan la aguada. No está seguro de ese lugar, su amigo Francisco Serrao le ha advertido de la belicosidad de algunos nativos de la zona. La agradable existencia que llevan los portugueses en algunas islas no es extensible a todas las del Pacífico. Cuando los hombres se acercan al manantial sorprenden a dos nativos. Se trata de un joven que aparenta adolescencia, apenas ha cumplido los quince años, y una mujer algo mayor que lo acompaña. Les hacen transportar los odres de agua hasta el barco, en compañía de los marineros. Esta operación la repiten una y otra vez. Les hacen regalos de espejuelos y cascabeles y así se van ganando su confianza. En el último acarreo de agua, levan anclas y se marchan con ellos. Los chicos aún no lo saben, pero ya son esclavos. Hacer esclavos o matar hombres era una práctica habitual en el siglo XV y XVI. Hasta tal punto que muchos soldados llevaban consigo algunos grilletes para someter a los nativos capturados. Sin embargo, en esta ocasión no los han ajorrados ni han empleado método violento alguno. Pigafetta escribe así, una década después, navegando por estas mismas aguas: «Matamos a siete hombres para coger por la fuerza un biguiday, que es una especie de prao». En esos días navegaban por el mar de Célebes. Con motivo de encontrarse inmersos en una tempestad parecida a la que se encontró el capitán Lustau once años antes, Pigafetta dice haber visto reflejado en los palos de las naos, las luces de San Telmo y ante el temor que a los hombres les produce el mar negro y encrespado, ofrecen a sus santos los bienes materiales más preciados: dinero y esclavos. «Costeábamos Biraham Batolach cuando nos sorprendió una terrible tempestad. Rezamos a Dios y amainamos todas las velas y, de repente, se nos aparecieron nuestros tres santos, que disiparon la oscuridad. San Telmo estuvo más de dos horas en el palo mayor como una antorcha, San Nicolás en el de mesana y Santa Clara sobre el trinquete. A cada uno de los tres santos le prometimos ofrecerle un esclavo y una limosna». Se ha dicho en muchas ocasiones que los esclavos se compraban a los árabes y que eran éstos los que llevaban a cabo el tráfico. Ello, aunque no deja de ser cierto, no lo es menos que tanto los portugueses como los españoles practicaban la esclavitud de manera asidua, en cuanto se les presentaba la ocasión. Hay que tener en cuenta el momento histórico en que tenía lugar el hecho de apoderarse de un individuo por la fuerza. El código civil actual al referirse a las personas dice en el artículo 29 que, “el nacimiento determina la personalidad”. Al decir esto, está atribuyendo la condición de persona a todo aquel que tenga un cuerpo humano. No era así en el tiempo en que Enrique lleva a cabo su viaje, por cuanto que en ese momento no está equiparada la condición entre hombre y persona. Será muchos años después, siglos después, cuando desaparezca la esclavitud, que esta equiparación tomará cuerpo, pero hasta entonces los hombres y mujeres que se van encontrando los descubridores serán considerados, en su mayoría, meros objetos de intercambios. Y esa es la suerte que corre nuestro protagonista, que junto a la mujer, han sido tomados como mera mercancía susceptible de cambio. «Dusawong, Dusawong Dugos sa nawong» repite la mujer señalando al chico mientras llora y forcejea. Dugos sa nawong está quieto. El muchacho está viviendo el momento, la aventura que supone estar a bordo de una nao, un barco negro, robusto, impresionante. Comparado con un prao, es un artefacto extraño. En la mente del chico (los esclavos también alucinan), los acontecimientos van colocándose al antojo de su imaginación. Y en su mundo de adolescente, sueña ya con un viaje tan atractivo como desconocido. GOA, ENCUENTRO EN EL MERCADO DE ESCLAVOS Cuando las naos del capitán Lustau llegan a Goa, son recibidas por un enjambre de personajes deseosos de comerciar con todo aquello que suponga algún valor. Trae especies de Ternate comercializadas en origen por Francisco Serrao, verdadero adelantado de Indias, que en la práctica maneja los mecanismos del comercio por esas tierras. De hecho, Serrao manda cartas con los barcos de Lustau para un tal Fernao de Magalhães, que ha participado en la conquista de Goa y este al recibirlas se fija en el adolescente y la mujer que lo acompaña. El capitán Lustau observa la escena y no pierde la ocasión de sacar provecho. Inmediatamente pone precio a los indígenas y los oferta a Magalhães. —Bienvenido seas señor Fidalgo de Magalhães. Si el muchacho le interesa no lo exhibiré al público, pero deberá pagarme su valor. «¿Por qué no?» Debió pensar Magalhães. Al fin y al cabo, el origen de su linaje estaba en De Magalhãis, un cruzado francés del siglo XI, al que con frecuencia hacía referencia su padre, don Rodrigo de Magalhães. Por si fuera poco, durante la convivencia con su padre, Fernão, lo recuerda como gobernador del puerto de Aveiro, donde era bien reconocida su nobleza y donde se hacía rodear de plebeyos. Tal vez todo eso despierta el deseo de tener uno o más esclavos. Y los compra. —Me quedo también con ella —dijo señalando a la joven que habían capturado junto al muchacho. Inmediatamente se plantea como llamarlo. Magalhães es un hombre avispado, además de culto, así que sabe que Dusawong, esa palabra que pronuncia la mujer cuando se dirige al chico, debe ser su nombre real. Pero le llamará Enrique en honor a su admirado Infante, ya fallecido, su majestad Enrique el Navegante. Fernão no marca a Enrique con el carimbo, un hierro candente que se aplicaba a los esclavos en el rostro. No desea estropear la belleza natural de un adolescente de piel oliva. Enrique, aunque comparado con un blanco es de piel oscura, no es negro, ni siquiera mulato. Es un nativo original de las Islas Orientales, no proviene de África y no es hijo de blanco y negra. A partir de ese momento, Magalhães va instruyendo a su esclavo para convertirlo en criado fiel a su servicio. En los días siguientes le sigue a todas partes, mitad porque así debe de ser y mitad porque Dusawong se siente atraído por todo aquello que rodea a su señor. Aunque viene de una isla perdida al final del Pacífico, conoce lo que es la sumisión. En esa parte del mundo también hay señores a los que otros les prestan obediencia. Él no lo ha visto, pero ha oído hablar del rey de una pequeña isla cercana al que llaman Lapu-Lapu, dicen que es temible y que a veces subyuga a los que de manera voluntaria o fortuita arriban a su isla. De todas formas esos pensamientos van quedando lejos, porque ahora está conociendo la bulliciosa vida de Goa, Calicut y demás lugares que va visitando mientras acompaña a su señor. Poco a poco, va dejando de ser Dusawong para convertirse en Enrique. Al mismo tiempo y mientras se va sumergiendo en la nueva cultura que le rodea, va dejando de ser indígena para convertirse en el criado de Magalhães. Cuando el capitán Lustau lo capturó, no recibió buen trato, pero ahora Fernão, su dueño, lo trata de forma más amable. Quiere saber si sabe algo de las especies, así que le va enseñando algunos clavos, canela, nuez moscada, etc. y observa la reacción del niño. Porque eso es lo que es en estos momentos Enrique, un niño. Más de un tripulante de la escuadra que lo capturó habría tratado de seducirlo. De no ser porque el pecado nefando está castigado con penas muy severas, Enrique ya habría pasado por esa experiencia, pero para bien o para mal lo ha comprado Fernão de Magalhães, si esa relación ha ocurrido, ocurre o si en algún momento ocurrirá, deberá ser de forma muy oculta y cuidadosa. Cuando tal relación se lleva a cabo, el capitán, los alguaciles o las autoridades religiosas, acaban por condenar a los participantes descubiertos, a durísimos castigos, incluidos la muerte. EN LA MENTE DE MAGALHÃES Paralelamente, en el nuevo mundo que han descubierto los españoles, Juan Ponce de León, gobernador de la isla de Santo Domingo, ha autorizado que se lleve a cabo el reparto de los indios capturados. Como el contacto con los nativos lleva a estos a unos elevados índices de mortandad, el rey Fernando autoriza el empleo de esclavos negros. Esos esclavos los pide a la Casa de la Contratación, que se ha creado en las Atarazanas Reales de Sevilla, siete años antes. Son los funcionarios de la casa quienes se encargan de gestionar la adquisición de los esclavos y enviarlos a los nuevos territorios. Toda esa información va corriendo como la pólvora. Han pasado cuatro años desde que un tal Américo Vespuccio, puso en marcha una escuela de navegación en dicha casa y Magalhães sabe que pronto tomará las mismas dimensiones y categoría que la de Portugal. Además, Américo Vespucio ha guiado en los primeros años del siglo una expedición portuguesa que se aproximó a las costas americanas muy cerca del Río de la Plata. Aunque Portugal lleva muy en secreto todo lo concerniente a la navegación y la geografía del momento, Magalhães sabe que pronto habrá muchos marinos dispuestos a navegar a donde sea, con tal de descubrir nuevos territorios y sus posibles riquezas. El portugués piensa que, tarde o temprano, alguno acabará descubriendo un nuevo camino para llegar a las islas de donde procede su criado. Le llegan noticias de que los españoles están creando el “Padrón Real”, una especie de mapamundi con los territorios que se conocen y al que van sumando los nuevos descubrimientos. Pero Magalhães está cansado y herido. Físicamente, por la agotadora vida que supone la participación en las continuas refriegas que sostienen las fuerzas portuguesas desde que fueran mandadas para reforzar la presencia del almirante Francisco de Almeida y su asentamiento como virrey de las Indias. Y moralmente, decaído por las continuas intrigas y desconfianzas que con frecuencia despierta su persona. Los portugueses llevan desde marzo de 1505 devastando las ciudades de la India, levantando fortificaciones, y haciendo todo lo necesario para controlar el naciente comercio de las especies. Magalhães ha participado en todo eso y aunque aún se mantiene en forma, tiene ganas de volver a Lisboa. Ha visto como ardían las enormes mezquitas como la de Mishkal, en la costa malabar y como era asaltado el templo de los Taludes o el saqueo y destrucción de la Munchundilalli. También ha tomado parte en la batalla de Cannanore, en Calicut, donde los portugueses hacen valer su supremacía sobre los malayos. Lo hace con la misma energía y valor con la que combatió en Sofala, al lado de Nuño Vaz Pereyra. Después de la batalla en Calicut, aún vinieron otras en la que los acontecimientos marcarán decisiones futuras y determinantes en la vida de Magalhães. Entre ellas, la que tiene lugar en Malaca. El rey de Portugal desea hacerse con el comercio de las especies sin tener que seguir destruyendo puertos de la India y al menor coste posible de vidas portuguesas. Manda entonces a Diego López de Sequeira para que vaya a Malaca, camuflado de pacífico y honrado comerciante. Llegan las naves portuguesas a la bahía y fondean frente a la ciudad. Aparentemente todo discurre en calma y los emisarios del sultán que llegan a recibirlos, le ofrecen llevar a cabo el comercio y el intercambio de mercancías que deseen. Además les comunican que son invitados personales del sultán y que le esperan en tierra para una cena-agasajo, a modo de recibimiento. En la mente de los dos grupos, allegados y anfitriones, están los sucesos de Calicut. Por eso, los dos, están jugando a las estrategias. Los primeros hombres de negocios, supuestos comerciantes de Sequeira, van a tierra y son bien recibidos por el sultán. Vuelven al barco con la noticia de que pueden llevar todos los botes y esquifes hasta la orilla, para cargarlos de mercancías procedentes del trueque, la compra y otras muchas cosas, que les regala el sultán como muestra de amistad futura. Aunque Sequeira manda efectivamente todos los botes a tierra, declina la invitación hecha a los oficiales y a su persona y ordena que todos los oficiales de guardia se queden en las naves. Pero hay una nave que no envía sus botes. La manda el capitán García de Souza y en ella va como oficial lugarteniente, el joven Fernão de Magalhães. Ambos son dos hombres bien curtidos en la guerra y en la relación con los malayos, de los que descaradamente no se fían. Observan que muchos jóvenes malayos están merodeando por las grandes naves portuguesas e incluso que suben y bajan a ellas, aparentando mera curiosidad juvenil. Comentan Magalhães y García Sousa que el ambiente tiene cariz de trampa y traición, entre otras razones, porque todos van armados con sus kris, que no son otra cosa que afiladas dagas. Por eso mandan poner vigías en la cofa y comienzan a echar de su barco a los malayos, con leves excusas y sin entrar todavía en confrontación con ellos. El vigía observa extrañas señales desde el palacio del sultán y es entonces, cuando Souza le dice a Magalhães que vaya corriendo a avisar al capitán de la flota, don Diego López de Sequeira, de la traición que se avecina. Magalhães rema rápidamente en un pequeño bote y sube a la nao capitana. Allí, rodeado de algunos oficiales y marineros de guardia, también hay muchos jóvenes malayos que observan una partida de ajedrez en la que participa el capitán Sequeira. Magalhães le comunica al oído la noticia de la posible trampa que está poniendo en marcha el sultán y Sequeira disimulando, sigue jugando como si nada. Magalhães va avisando con su bote a los oficiales de los demás barcos. Ya no habrá sorpresas, porque todos están con sus armas en el cinto. Muy poco tiempo después llega un griterío desde la orilla. Los botes que han llegado allí, están siendo atacados por los malayos y los marinos portugueses, que no han sido avisados, están siendo pasados a cuchillo. A bordo de las naves portuguesas no ha ocurrido igual, pues avisados como estaban por Magalhães, han repelido la traición del sultán, matando a la mayoría de los jóvenes malayos. El resto se lanzan por la borda, huyendo como pueden hacia la costa. Francisco Serrão se defiende en la orilla con su espada y Fernão de Magalhães sale en su ayuda. En poco tiempo recorre la distancia que hay hasta la orilla, donde se debate Serrão, dispara tres arcabuces que ha llevado y caen sendos malayos, espantando momentáneamente a otros. Desembarca y a mandobles de su afiladísima espada, corta varias cabezas, una, por cada tajo que manda sobre sus adversarios. Hasta Serrão ha quedado sorprendido y es el momento en que lo arrastra dentro del bote y remando con fuerza lo pone lejos del alcance de los malayos restantes. Será a partir de entonces que Serrao se sentirá en deuda con Magalhães. Al tiempo que se refuerza su amistad, crece una sincera y lógica admiración por él. Todo eso y más, lleva Magalhães en su bagaje de gran hombre curtido en la mar y en las batallas. Más tarde le servirá para llevar a cabo la idea que le obsesiona: navegar a las islas de las especies llegando por el este. Mientras en esos mismos años, otros se dedican a la vida placentera de la corte, la nobleza o llevando a cabo acciones que le convertirán en proscritos, Magalhães participa en acontecimientos que lo convertirán en ese personaje singular, sin cuya existencia, no hubieran sido posibles ciertos descubrimientos. Ni que decir tiene que su esclavo Enrique, convertido más bien en un criado, ha permanecido a su lado, sirviéndole desde el primer día en que fue adquirido. Pero algo está cambiando en Magalhães. Algo ronda su cabeza en torno a la forma en que Portugal está llevando a cabo la conquista de las Indias. El guerrero Magalhães, sin dejar de serlo en ningún instante, se dedica más y más al análisis de los acontecimientos y eso, que está llegando a oídos del virrey, se convertirá en un impedimento para continuar en la India. En los años que lleva en las colonias portuguesas, ha vivido cómo el imparable avance de su país está basado, muchas veces, en la traición, la mentira, el esclavismo y la muerte, de quien se oponga al virrey y en última instancia a la corona de Portugal. Ha aprendido mucho de los carpinteros de Baypore. En esa pequeña aldea, construyen barcos con muchas menos herramientas que los portugueses. Con esos barcos se mueven los comerciantes de Calicut por las islas de las especies, desde los tiempos de Marco Polo. El virrey de Portugal, Alfonso de Alburquerque, desconfía de Magalhães a pesar de que este ha participado en todas las contiendas importantes. Conoce su capacidad de observación y análisis, así que en el fondo no desea tenerlo más por allí. Por eso, cuando don Fernão cae herido en una de las batallas, no impide que vuelva a Portugal. Cosa que el marino hace en una de las muchas carabelas que asiduamente salen para Lisboa llevando correos y mercancías rápidas. Su estado, aunque satisfactorio, no es demasiado bueno para hacer la travesía de una sola vez, así que descansa en África para que terminen de cicatrizar las heridas recibidas en el último combate. Es la primera vez y será la única, que deja a su criado Enrique custodiando sus cosas. Eso le ocasiona una gran discusión con el teniente de alcaide de la casa del virrey. El esclavo debe quedar a las órdenes de algún oficial portugués, pero Magalhães no se fía y aparenta cederlo a un mercader. En realidad lo ha dejado en la casa de un constructor de barcos malayos a quien ha ayudado en varias ocasiones. Entre sus pertenencias, guarda documentos relativos a las islas, las rutas para navegar entre ellas y ciertas cosas de mucho valor que piensa utilizar en el futuro, cuando vuelva definitivamente a Portugal, pero por ahora piensa que el lugar más seguro está ahí, escondidas entre las cosas que custodiará Enrique. UN CORTO VIAJE Poco duró su estancia en Lisboa. Magalhães estuvo visitando a su amigo Faleiro, a quien conoció en sus visitas al archivo de la Tesorería Real. Le llevó datos precisos que obtuvo en sus navegaciones por los alrededores del archipiélago indiano y en las conversaciones con otros oficiales y marinos de la escuadra. Tanteó la posibilidad de buscar un puesto en el entramado social y económico que había en Lisboa, pero no lo encontró y además se dio cuenta que Portugal es un país que vivía en esos momentos mirando hacia las colonias y poco o nada necesitaban de él en la ciudad. Además y según los datos de Ruy de Faleiro, las islas de las especies estarían en la parte que corresponde a los castellanos, teoría que viene a reforzar lo que otras veces Magalhães había comentado con su amigo Serrao. Momentáneamente desilusionado con Portugal, vuelve a Malaca a bordo de otra nave de las que van y vienen del virreinato. Al llegar recupera de nuevo sus cosas y a su criado. Continúa momentáneamente como soldado y marino a las órdenes del virrey. Pero con un impulso irremediable, comenta en demasiadas ocasiones su teoría geográfica de las Molucas. El virrey Alfonso de Alburquerque termina por enterarse y comienza a hacerle la vida aún más difícil que antes. Por si fuera poco, Francisco Serrao, que después de aquella batalla junto a Magalhães se fue a navegar en la escuadra que mandaba Antonio de Abreu, ya no volverá a salir de Ternate. Allí se quedó cuando su barco naufragó mientras volvía de la Isla de Banda. En las últimas cartas que le envía con la escuadra del capitán Lustau, ha contado a su amigo Fernão, que ese suceso, que en sí mismo fue una desgracia, se ha convertido en fortuna y buena suerte, ya que la tal isla y la vida que en ella se puede llevar, está muy cercana a la idea de un paraíso en la tierra. Insta, una y otra vez a su amigo, a que se incorpore a esas islas, de las que él insiste en no volver a salir. Se ha casado con la hija del jefe local y no piensa cambiar esa circunstancia por sus antiguas batallas junto a Magalhães. Fernão toma nota y en su cabeza comienza a gestarse la idea de reunirse con él. Durante el tiempo que sigue en la India, intenta una y otra vez la forma de navegar hasta donde está su amigo y espera obtener el mando de algún barco. Pero el virrey se lo niega. Ama su doble profesión de soldado y marino y el modo de vida que lleva en las Indias Orientales, pero esta vez se ha cansado antes de tiempo. Tiene información precisa sobre la situación de las islas de las especies, tiene un criado nativo, conoce todo sobre la navegación y la construcción de las embarcaciones. Su amigo Serrao también le ha aportado importante información, aunque ha colocado a las islas de las especies un poco más al este de lo que en realidad están. Además, ahora y con más insistencia, el virrey Alfonso de Alburquerque, desea que vuelva a Portugal. Durante los dos últimos años le ha permitido estar allí, solo porque le es útil en las batallas. La estancia de Fernão de Magalhães en las Indias Orientales está llegando a su fin definitivo. INICIO DEL VIAJE DE ENRIQUE Enrique pasa la mayoría de su tiempo a la intemperie. Además de que el clima es propicio a ello, suele acostarse ante la puerta del recinto donde duerme su señor. Es por eso que está acostumbrado a ver salir y ponerse el sol. Jamás ha olvidado que su isla fue quedando atrás, por el lado en que el astro rey sale a diario y vio como el sol se escondía todos los días, por el lado opuesto a donde estaba su casa. Incluso cuando acompaña a su señor por los caminos o cuando se traslada a bordo de embarcaciones, recorriendo pequeñas distancias de la costa Malabar, Enrique lleva en su mente el giróscopo natural que le proporciona su cerebro, quien unido a su memoria, le transmite de forma inconsciente: tu casa está por allí, donde sale el sol. Magalhães continúa con sus pensamientos acerca de las islas de las especierías y de las posibilidades de apoderarse de ellas. En su cabeza va ordenando todos los datos que sobre ese asunto le han llegado desde diferentes fuentes de conocimiento. Muchos de esos pensamientos son consecuencia de haber tomado parte en las batallas más importantes que los portugueses han realizado en la India. Conoce perfectamente el carácter traicionero de los sultanes malayos, sabe que nunca podrán llegar a un acuerdo civilizado con ellos. Pero también comprende que no está en sus manos apoderarse de las islas de las especies. Nada tiene por lo tanto que hacer ahí. Es en Lisboa, donde se dirimen y se toman las grandes decisiones del estado, donde tal vez pueda convencer a alguien con el suficiente poder, pues él, es consciente de que no lo tiene. Decide marcharse definitivamente, poniendo punto y final a su dilatada vida en las Indias. Después de una corta espera y con el permiso del virrey Alfonso de Alburquerque, zarpa con destino a Portugal. Lo hace a bordo de una nao que lleva especies a Lisboa y se lleva a su criado Enrique. El muchacho, que ya está habituado al mar, está iniciando su gran travesía por el mundo. Es la segunda vez que navega en un barco de gran porte, parecido a aquel que lo trajo desde su isla. Al igual que entonces, ha cooperado en el embarque de las cosas necesarias para el viaje. No solo ha embarcado las cosas personales de su señor, sino que también ha embarcado los bastimentos generales y aquellas otras cosas necesarias para tan largo viaje. Desde el momento en que la carabela leva anclas y pone rumbo al suroeste, en la mente del muchacho, la isla donde nació y creció va quedando en el espacio imaginario de su mano izquierda, pero un poco más atrás. Duerme sobre la cubierta ante la puerta de la camareta que ocupa Magalhães, un pequeñísimo habitáculo que su señor ha conseguido del capitán de la carabela. No ha sido a cambio de los servicios prestados al reino de Portugal, sino a cambio de dos perlas que arranca a la empuñadura de un alfanje de plata. Magalhães sabe que el viaje desde las Indias Orientales a Lisboa es largo y penoso y que un espacio donde dormir es importante, pero aún lo es más, guardar sus cosas personales a buen recaudo y en lugar seco. Durante las semanas siguientes, Enrique hace sus turnos en la bomba de achique de la carabela. Esa es una labor que llevan a cabo los marineros de manera habitual, así como hacer girar el cabrestante cada vez que se iza o se arrían las vergas que mantienen las velas, o cuando se han acercado a los puertos y radas que Portugal mantiene operativos en la costa este de África y donde se fondean las anclas. Estos lugares de la costa, sirven de escalas obligadas en la ruta hacia Portugal. En todos esos momentos, Enrique no se comporta ya como un esclavo, sino como un marinero, aunque su esfuerzo y trabajo no está remunerado. Algunas noches, en los momentos en que no ha tenido algo especialmente que hacer, tendido sobre la cubierta, ante la entrada de la camareta de don Fernão, ve salir la luna. Observa que aparece sobre el mar. Es roja y grande. Como tantas otras veces la ha visto, cuando sentado en la orilla de su isla, comentaba con sus amigos y se extrañaban del mágico momento en que salía del agua, y de cómo iba cambiando de color, al tiempo que se elevaba lentamente en el cielo. También observa y recuerda que siempre, siempre, se esconde por el lado opuesto a donde salió, allí por donde está su isla. Así unas tras otras, las semanas van pasando. Uno de esos días la carabela hace escala en Sofala, es la costa de Mozambique. Enrique, después de atender a su señor y como en otras ocasiones, se ha tendido en cubierta y al amanecer, ha visto salir el sol por donde siempre, por la parte donde recuerda que está su isla. Así, que aunque la tierra está muy cerca y puede escapar a nado, tal idea ni se le ocurre porque en el mapa de su mente sabe y comprende que su casa está muy lejos, tan lejos, que jamás podría llegar en una canoa y mucho menos a nado. Después de unos días en la costa de Mozambique, la carabela ha vuelto a reemprender el viaje. Enrique está ya habituado a la rutina de a bordo. Navegan casi en paralelo a la costa de África. En algunos momentos se ha confundido mucho, ha quedado totalmente desorientado, pero aún no se atreve a preguntar a Magalhães, quien no obstante se percata de su extrañeza. Uno de esos días su señor le pregunta. —¿Qué pasa Enrique?, ¿algún problema con la tripulación?, ¿alguien ha dicho algo sobre mi persona? Si es así debes decírmelo. Lo que sea. El muchacho guarda silencio y baja la cabeza. Magalhães es observador y tiene mucho mundo recorrido. Quiere saber todo lo que ocurre a su alrededor. «Mejor será que suelte lo que sea», piensa el muchacho, así que para no poner las cosas peor ni enfadar a su señor, lo suelta: —El sol ahora se esconde en la tierra y hasta hace unos días lo hacía en el mar. Magalhães lo mira intrigado y no sale de su asombro. Enrique, un esclavo, está cuestionándose el movimiento del sol y el espacio relativo de las cosas. Da igual si lo comprende o no, da igual si entiende lo que ocurre, si lo compara con análogos momentos y circunstancias ya observados en su isla, cada vez más lejana, o si lo atribuye a la magia. Lo importante es que lo está cuestionando como paso siguiente a la observación. —Volverás a ver como se esconde en la mar. Será dentro de unos días. Mientras tanto, sigue cuidando de mis cosas, que es eso lo que debe preocuparte, que ya estamos los hidalgos y oficiales para preocuparnos y observar el movimiento del sol. Enrique no se marea, ni siquiera cuando doblan el cabo de las tormentas. Allí se encuentran con olas encrespadas que les obligan a abrirse de la costa, que en esos momentos está envuelta en nieblas. Acercase a tierra es muy peligroso, así naufragan los barcos en su mayoría. Navegar en mar abierto tiene sus ventajas. Bajo el casco no hay rocas puntiagudas que puedan abrirlo en dos, pero las olas son más grandes y pueden engullir a una carabela. Enrique aguanta el tirón, está más pendiente de las necesidades de Magalhães que del estado de la mar. Come abundantemente y duerme en el suelo, cerca de su dueño, no tiene por tanto que bajar a las bodegas húmedas e inmundas, ni trabajar en aquello que no sea el cuidado de las cosas de su señor don Fernão de Magalhães y ayudar en las maniobras propias de un marinero, lo que le da cierto aire de responsabilidad y le aleja momentáneamente de la figura de un esclavo. Su señor Magalhães no le engañó, de hecho no lo hace nunca, no tiene necesidad. El sol ha vuelto a esconderse todos los días en el mar por la parte opuesta a donde está su isla. Pero Enrique observa que ahora ese lugar está siempre por su mano izquierda y a su derecha está la tierra de una isla que debe ser enorme, porque ya hace muchos días que la ven y la rodean. Así continua la carabela donde va Enrique, navegando hacia el norte, paralela a la costa de África. Es el camino habitual para los barcos portugueses que vuelven a Lisboa y también lo es para su señor Fernão, pero Enrique está llevando a cabo su viaje personal, alejándose de su tierra natal en las Indias Orientales. Doce días después de doblar el cabo, han llegado a Cabo Verde. Enrique va a tierra acompañando a su señor. En la isla hay un gran trajín de marinos y mercancías. Las naves de la escuadra del virrey Almeida hacen escala en la isla y allí, Enrique va tomando contacto con los portugueses. Aunque sigue pensando en su lengua, ya tiene cierta soltura al nombrar las cosas y las acciones en portugués. Don Fernão le ha enseñado muchas palabras prácticas y necesarias, para recibir de él un mejor servicio. Además cuando está con los marinos o hace recados para su señor, ya empieza a verbalizar los conceptos. En poco tiempo los gestos son sustituidos por las palabras. Va conociendo los nombres de las diferentes piezas que componen el ropaje de un hombre como Magalhães, las limpia, las guarda en los arcones y las prepara de nuevo cuando su señor las necesita. Magalhães ha llevado consigo cierta cantidad de especies. En Lisboa las cambiará por dinero, por eso necesita también que Enrique, su criado, las custodie. Veinte días después de salir de Cabo Verde, avistan el cabo de San Vicente. Un imponente farallón se alza ante ellos, el viento ha rolado de pronto al noroeste y hace imposible el avance de la carabela. Cuando las sombras del acantilado del cabo comienzan a oscurecer la cubierta, el capitán ordena virar a estribor. Ahora Enrique sí está impresionado y también Magalhães. En poco tiempo, el intenso viento del noroeste los traslada hacia la otra parte del cabo de San Vicente. Ante sus ojos aparece la impresionante fortaleza de Sagres y en su parte este, el mar se presenta tranquilo como un plato. Poco después, el capitán da la orden de fondear y largan un ancla de mediano porte. Han llegado al reino de don Manuel. Frente a ellos, hay una playa arenosa donde los faluchos pueden llegar con facilidad. Cuando el barco está asegurado, Magalhães obtiene el permiso del capitán para ir a tierra. Enrique se ha convertido ya en inseparable de su señor y ha alcanzado el nivel de confianza necesario como para que Magalhães le permita llevar un arma. Se trata de una daga oriental que lleva en la cintura, semiescondida entre el ropaje. Cuando el esquife se dirige a la playa, Enrique va en la proa, erguido, mirando hacia su señor y con la mano en el cinto. Otros marineros bogan y uno, el proel, va mirando hacia adelante. Pero Enrique mira hacia Magalhães. De ahora en adelante siempre será así. Una vez en la playa, ascienden por un camino arenoso y empinado hasta la plataforma que culminan los acantilados. A su izquierda y a menos de media legua, está la enorme fortaleza de Sagres. Hay un continuo ir y venir de soldadesca, sirvientes, vendedores, marineros, pescadores, carpinteros de ribera, mujeres que llevan cestos y otras apostadas en los caminos y ante pequeñas casas de madera y paja que venden especies, cilantro, ajos, sal y demás cosas necesarias para conservar alimentos o salar y secar pescados y pulpos. Magalhães se dirige a una gran posada que ya conoce. Al entrar en ella, las personas allí reunidas, se han parado. Momentáneamente inmóviles, reciben la presencia de los navegantes. La apariencia de Enrique y Magalhães, el ropaje y las armas de ambos, el reflejo del cansancio en sus rostros, la fortaleza de sus miembros y el profundo infinito de sus ojos, parecen proyectar cataratas de paisajes desconocidos e intuidos por los presentes. Un instante después, solo un instante, continúa la actividad normal de la posada. En esa posada se reúnen los marinos que van y vienen de las Indias Orientales, cambian impresiones, noticias, contratan tripulantes que esperan navegar hacia el norte o alcanzar la aventura de ultramar. Tres días permanece allí Enrique. Duerme en un jergón de lana a los pies de la cama de madera de su señor Magalhães, pero está a salvo del fortísimo viento del noroeste que azota el cabo, la fortaleza de Sagres y todo el promontorio que la rodea. Durante esos días, don Fernão habla y toma notas de nombres de carpinteros de ribera y abundantes datos de las navegaciones hacia las costas de África, que le proporcionan otros marinos. Enrique ha estado atento a todo. Aunque solo sea por la proximidad que le demanda su señor, se empapa de conocimiento como una esponja seca y ávida de saber cosas nuevas, inimaginables para él cuando estaba en el entorno de sus Islas Orientales. Al cuarto día rola el viento. Ahora es favorable y embarcan de nuevo para continuar viaje a su destino, el Puerto de Naos, en la margen izquierda del Río Tajo, frente a la Ermida do Restelo. Los correos de los veedores del rey don Manuel, que estaban en la posada de Sagres, llegarán por tierra y a caballo a Lisboa antes que la carabela. Al siguiente día, el viento del sudoeste los coloca rápidamente frente a Lisboa. Enrique está a punto de descubrir una parte importante de su viaje personal. La nave va entrando en Lisboa, una multitud de velas surcan las aguas en todas direcciones. En las orillas se oyen los martillazos y los golpes de escoplos de los carpinteros. Con su sonido cadente e incesante, los mazos de los calafates, indican que nuevos barcos estarán pronto a flote. Enrique está alucinado. ENRIQUE LLEGA A LISBOA El escenario que en la primavera de 1512 ofrece Lisboa, es impresionante incluso para Magalhães. Parece que el marino soldado ha estado fuera demasiado tiempo, porque ambos están asombrados. Enrique no había visto nunca una catedral como la que en ese momento se erige a la entrada en el barrio de Belén. Su señor, aunque la conocía, tampoco la había visto terminada en todo su esplendor. Cuando desembarcan, son rodeados por multitud de curiosos, corredores de comercio, buscavidas, espías y toda una cohorte de vendedores ambulantes. Enrique se siente atraído por unos puestos humeantes que ofrecen carapaus asados sobre fuego de leña. Fernão lo mira con cierto asombro frunciendo el entrecejo, Enrique entiende rápidamente el mensaje y se queda presto al lado de las mercancías de su señor. El esclavo muestra su cuerpo casi desnudo. La tela de algodón blanco formando pliegues que rodea su cintura, desciende entre sus muslos para subir y bajar de nuevo varias veces. Con el resto cubre su hombro izquierdo y parte del pecho. Al bajar, introduce ese último retal de la pieza en la cintura para que no caiga ni arrastre por el suelo, quedando así al capricho del viento. Magalhães desaparece entre la multitud y vuelve rápidamente con un carruaje. Trae demasiadas cosas para portearlas a mano. Dos hombres comienzan a cargarlo, mientras, Enrique entra y sale una y otra vez del barco con las vituallas, bastimentos y demás propiedades de su señor. Pero hay una carpeta de grueso cuero que Fernão de Magalhães no pierde de vista jamás. Contiene cartas, dibujos, derroteros y demás documentos relativos a las Indias. Ese es su verdadero tesoro, ahí están encerrados sus sueños de esperanzas y gloria. Aunque es un soldado al servicio de la corona de Portugal y del rey Manuel, él no ha llegado como capitán de nave alguna. No tiene por tanto que entregar lo concerniente a las derrotas seguidas, ni las anotaciones, ni portulanos, ni nada referente a la navegación. Además nadie lo espera. No obstante manda mensaje con un muchacho del puerto para que avise a su amigo Ruiy de Faleiro, de su llegada. Por lo demás, su presencia en las calles de Lisboa pasa inadvertida en una sociedad que ahora se presenta bulliciosa, cosmopolita, interesada e intrigante. Sin embargo, Enrique ha llegado a una tierra ignota para los suyos. Ninguno de sus familiares ni amigos, saben nada de la existencia de los lugares que él está descubriendo. Como cualquier ser humano racional, Enrique ve, se da cuenta, nota, que el sol sale siempre por el mismo lugar, el este, así llaman los portugueses a ese espacio del cielo. Y sabe también que su isla, donde lo han capturado se ha quedado atrás. Recuerda que el barco donde él navegaba con su señor Fernão, se ha ido moviendo hacia donde todos los días se esconde el sol. Sabe y recuerda que durante dos lunas completas, el sol salió de donde está su casa y pasando por encima de ellos se estuvo ocultando en el mar, como siempre, pero ellos en cierto momento dejaron de navegar hacia el sol y lo hicieron por el medio, hacia donde viene el frío. Así, un día llegaron a Lisboa, la casa de su señor Magalhães. Aunque él aún no ha visto esa casa. En los días sucesivos, Enrique acompaña a Magalhães por Lisboa. Aunque ha visto algunos grandes edificios coloniales portugueses, no había vivido el interior de las estancias civilizadas que suponen los grandes edificios de piedra de las instituciones portuguesas. Su señor Fernão visita a personajes influyentes de la corte, a navegantes y armadores que están triunfando en la carrera de Indias. Enrique ve y disfruta del entorno en el que viven estos señores. Magalhães no lo deja a la puerta de estas mansiones, ni tendido en el camino que conduce hacia ellas o en los alrededores. Magalhães es un señor y como tal, se hace acompañar por su siervo. Enrique suele estar presente en las visitas que don Fernão hace a sus amigos y conocidos. Está siempre atento a las indicaciones de su señor. A veces espera fuera de las estancias y en esos momentos disfruta de la especial arquitectura de Portugal en el recién iniciado siglo XVI. Con frecuencia tiene que esperar durante horas. En esas casas señoriales ve patios interiores, rodeados por columnatas de mármol envueltas en madreselvas y jazmines. El murmullo del agua de las fuentes, que hay en el centro de esos patios, es un sonido universal y le transporta a los espacios natales de donde fue capturado. Cualquier atisbo de naturaleza exuberante lo transporta momentáneamente a su tierra. Pero no por ello deja de disfrutar el presente. En uno de esos días, Enrique acompaña a su señor, se han levantado temprano y un carruaje los espera. Enrique carga con la carpeta de cuero donde su señor guarda los planos, cartas y portulanos de los puertos y ciudades que ha visitado, y otros que piensa visitar. Suben a una especie de tartana bien pintada y conservada. El coche se dirige hacia la costa, allí hay una pequeña ermita, la misma donde en años anteriores rezaron Vasco de Gama y sus hombres antes de partir. Al llegar, unos hombres con aspecto de artesanos les conducen hasta una habitación donde les recibe un señor. Enrique no entiende lo que dice, no está hablando la misma lengua de la que a duras penas él ya ha aprendido bastante. El señor está rodeado de papeles con dibujos y signos extraños. Luego su señor le dirá que es un arquitecto y que hablaba francés. El lugar se llama la Ermida do Restelo. Está prácticamente en la playa y al parecer el rey Manuel le ha encargado levantar en ese mismo lugar un monasterio y el francés lo está dibujando. Pero lo que a Magalhães le interesa son las explicaciones y enseñanzas que el arquitecto francés le puede aportar sobre la forma de realizar ciertos dibujos y las técnicas para que estos sean lo más imperecederos posibles. Manda a Enrique que abra la carpeta. De ella extrae algunas hojas que contienen dibujos y esos extraños signos que su señor suele hacer en ellas. Las extiende sobre la mesa y el señor Boitaca, que así se llama el francés, las examina. Magalhães le encarga hacer una copia de una de esas cartas. Después de discutir un rato sobre el asunto, el portugués se marcha en el mismo coche de caballos con el que ha venido, pero le ha dicho a Enrique que permanezca junto al pergamino y al señor Boitaca hasta que él vuelva. No es la primera vez ni será la última que el siervo de don Fernão estará a cargo de secretos valiosos concernientes a las Indias. Los últimos rayos del sol se han puesto en el horizonte del mar. El maestro Diogo Boitaca ha estado trabajando mientras había luz y las copias de las cartas ya realizadas, se terminan de secar, colocadas sobre una enorme mesa de madera. Enrique no ha perdido detalle de la elaboración y ahora permanece sentado en la puerta, viendo como el sol se marcha por el lado opuesto a donde está su casa. A lo lejos se oye un sonido melodioso y un tanto extraño para él. Está compuesto por chirimías, guimbris, una especie de guitarra portuguesa de origen árabe y la voz de alguien que canta apoyándose en los instrumentos. Recuerda haberlo oído en las islas de Cabo Verde durante el tiempo que permaneció en ellas. Allí lo llamaban lundum y aunque Enrique no sabe lo que significa, siente por un instante que ese místico y etéreo sonido lo llena de melancolía, luto, soledad y añoranzas. Envuelto en la música y transportado a su patria ausente, el criado de Magalhães está aún con la mente en su isla cuando el cochero para el carruaje delante de la Ermida do Restelo. No se ha dado cuenta, pero su señor Fernão de Magalhães ha llegado. Se dirige hacia Diogo Boitaca, que en ese momento guarda las tintas empleadas y limpia los instrumentos con los que ha estado trabajando. El arquitecto francés muestra cierta satisfacción en su rostro por el trabajo realizado y Magalhães recibe el mensaje gestual. Toma en su mano el documento gráfico y un semblante de felicidad asoma a su rostro, indicando así la aprobación del encargo. El secreto del paso hacia las Indias está ahora en sus manos, solo queda colocar el documento original en su sitio. La real biblioteca del rey don Manuel, a la que todos llaman Tesorería Real. Enrique ha oído hablar a su señor con Ruy de Faleiro, ambos están decepcionados con el monarca don Manuel. Parece que no les da permiso ni barcos para volver a las Indias. A Enrique le gustaría mucho. Su señor le ha prometido que lo llevará de nuevo a casa y que algún día volverá libremente a pasear por su tierra. También le ha oído decir que tiene poco dinero y que tal vez vuelva a ser un soldado al servicio del rey de Portugal. La soldada que recibe como tal, es mejor que la exigua paga con la que se mantiene ahora. Solo han pasado unos meses, cuando Magalhães se inscribe para formar parte del ejército que el rey de Portugal está enviando a Asemur. Allí deberá combatir contra el sultán, que se niega sistemáticamente a pagar las cuotas al rey. Al fin y al cabo, el poco dinero, que él y los demás reciben, también tiene su origen en las cantidades que desde muchos rincones de las colonias llegan al reino. Manda a Enrique que prepare sus pertenencias, ropas y armas. El resto de cosas que han traído de las Indias lo han dejado en una casa de Lisboa que su señor Fernão frecuenta. Allí lo ha visto hablar y jugar con un joven al que llaman Cristovão Revelo. Poco después embarcan para África. En el corto viaje que supone navegar desde Lisboa a Cabo Boujador, Enrique vuelve a observar el movimiento del sol y la luna. Sigue viendo que el sol que sale por el lado donde dejó su casa, se oculta tras el horizonte y el camino que antes hizo para llegar a Lisboa, ahora lo realiza al contrario. Por unos días piensa que ya vuelven a su isla. El frío se va quedando atrás de nuevo y conforme navegan hacia el sur, los días se hacen más calurosos. Su esperanza se ve truncada cuando la carabela en la que navegan arriba a puerto. No se trata de Cabo Verde y mucho menos de su isla. El lugar es seco y polvoriento, por todas partes se ve una especie de cabras con muchos pelos y unos caballos pequeños de grandes orejas, que también ha visto en Goa y en Lisboa. Enseguida Fernão de Magalhães se hace con un caballo, es grande y bonito, otro trabajo más para Enrique que a partir de ahora tendrá que cuidar de él. Lavarlo, cepillarlo y enjaezarlo se convertirá en una rutina. Todos los días le quita la jáquima, la silla y los atalajes, luego los limpia y los guarda. Al fin y al cabo es un escudero, más que un esclavo. De vez en cuando su señor desaparece con su montura mientras él espera en la retaguardia. Cuida de sus enseres y entre ellos, el manojo inseparable de documentos secretos que hablan del camino a su casa por un lado tan largo como desconocido. Uno de esos días su señor regresa herido. Trae un gran corte en la rodilla y aunque el cirujano le ha cosido y lavado la herida, no parece que se recupere del todo. No es la primera vez que su señor cae en combate, aunque esta vez es más grave que las otras. Cuando don Fernão se repone de sus heridas, le encargan un trabajo de intendencia. No está para trotes sobre el caballo, así que ahora controla esa especie de cabras con muchos pelos que los portugueses llaman corderos. Enrique comprueba que es una buena carne para comer y que de esos pelos, las mujeres bereberes hacen preciosas alfombras, mucho mejores que las esteras de palma que hacen en su isla. Pero algo ha debido de pasar, porque un día, al amanecer, han prendido a su señor. Le acusan de haber vendido un buen número de corderos para quedarse con el dinero. Enrique no tiene datos de ese hecho, ni le importa, es su señor y nada más le incumbe que estar a su servicio. Como consecuencia de ese incidente, Magalhães se presenta en la corte del rey Manuel para protestar por esas maquinaciones de las que es objeto y se hace acompañar por Enrique. Nuevamente, el criado ha navegado a lo largo de la costa africana. Parece, que de alguna manera, el mar forma ya parte de su vida. Todavía habrá de navegarla una vez más. Magalhães vuelve rápidamente a África por imperiosa orden del rey, pues no le ha gustado que abandone ese continente sin su permiso. Naturalmente lo hace acompañado de su inseparable sirviente. Aunque ha obedecido al rey Manuel, han estado poco tiempo en el continente africano, porque don Fernão consigue documentos probatorios no solo de su inocencia, sino de sus méritos como soldado. Esos documentos le han supuesto un ascenso reconocido a caballero y oficial de los ejércitos del rey Manuel I de Portugal. Y con ellos en la mano, nuevamente él y su criado hacen por última vez el camino a Lisboa. Ninguno de los dos volverá jamás a hacer ese viaje, aunque les quedan miles de millas náuticas por recorrer a lo largo del mundo. Enrique no entiende muy bien lo que le ocurre a su señor, pero sabe perfectamente que está triste y dolido. Sabe que se trata del deseo compartido de volver a las islas de las especies, su patria, pero aún no tiene muy claro todos los detalles. Igual que los reyes de esas islas tienen grandes praos, el rey don Manuel es dueño de esos barcos negros en los que tantas veces ha navegado y a estas alturas, Enrique también ha comprendido que para volver a su casa, es necesario que el Rey de Portugal le dé a su señor Fernão de Magalhães, barcos y permiso para ello. Es la tercera vez que Enrique entra a bordo de una nao por la bocana del enorme puerto de Lisboa, el bullicio cosmopolita de la ciudad le sigue sorprendiendo como el primer día. Esta vez no van cargados de grandes cantidades de equipaje. Magalhães comienza una última ronda por todos los lugares conocidos que tienen que ver con las navegaciones a las Indias. Sigue visitando a los pilotos y capitanes que han navegado las aguas del Índico y las del Océano Atlántico que se dispone a cruzar. Con todos los datos recogidos por Américo y los primeros navegantes portugueses que se encontraron con Brasil, más la carta secreta que ha mandado copiar al arquitecto francés, se dispone a buscar alguien que crea en su capacidad y financie su odisea. Una mañana llega el mismo carruaje que lo llevó hace un año a la Ermida do Restelo, en él viene su amigo Ruy de Faleiro. Esta vez le dice a Enrique que se quede en la casa cuidando de todo. El sirviente sabe que cuando su señor dice eso, se refiere exactamente a su carpeta de documentos y cartas de marear. Van a ver al rey de Portugal, pero Magalhães no lleva ni uno solo de sus documentos. A cambio, Ruy de Faleiro sí lleva un montón de ellos, con los que espera convencer al rey don Manuel, también lleva varios artilugios para calcular la altura de los astros. Ha perfeccionado los que hasta ese momento empleaban algunos navegantes árabes y ha elaborado unas tablas con datos que ayudarán a conocer, de manera más o menos precisa, la posición de las naves cuando estén en alta mar. Ruy de Faleiro ha contado a su amigo Magalhães la forma de obtener la latitud y que hay un maestro llamado Vizinho, en Covilha, que ha traducido del hebreo las tablas del cosmógrafo Zacuto y que son aún mejores que las suyas. Al mismo tiempo le confiesa las dificultades que está teniendo para precisar la longitud. No cuentan esta parte al rey Manuel, pero todo es en vano, una vez más, el rey los despacha con desdén. Esta será la última ocasión que el monarca tendrá para disponer del voluntarioso personaje de Fernão de Magalhães. A partir de ahora los derroteros del gran navegante se irán apartando de los intereses de Portugal, al menos de manera explícita, porque en la mente del monarca luso está la posibilidad y el deseo de que España descubra de una vez por todas, la existencia de las islas de las especies, ya que Portugal está comerciando con ellas a través de los viajes de algunas naves de la escuadra de Alburquerque y de los intercambios con los navegantes árabes que comercian en los alrededores de Malaca, Goa, Ternate y demás islas. Entre ellas está una de donde Enrique es oriundo y de donde fue, como sabemos, capturado a la fuerza. Конец ознакомительного фрагмента. Текст предоставлен ООО «ЛитРес». Прочитайте эту книгу целиком, купив полную легальную версию (https://www.litres.ru/jose-fernandez-diaz/el-viaje-de-enrique/) на ЛитРес. 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