Crimen y castigo
Fiódor Dostoyevski


Colección Oro
La obra del autor ruso Fiódor Dostoyevski (1821-1881) es sinónimo de un complejo desarrollo psicológico de los personajes, de historias sobre la profundidad de la naturaleza humana, de situaciones extremas y decisiones de vida o muerte. «Crimen y castigo» (1867) no es la excepción y es quizás su obra más reconocida y universal.La novela narra la historia de Raskolnikof, un estudiante de San Petersburgo que planea un espeluznante crimen con la excusa de solucionar sus problemas económicos. Pero las consecuencias de la fechoría resultan ser insoportables para el frágil equilibrio mental de Raskolnikof, sumiéndolo en una crisis que destruirá su mundo, afectando a todos los que lo rodean."Crimen y castigo" es una de las historias más celebradas de la literatura universal, traducida a casi todos los idiomas conocidos y adaptada en infinidad de formatos y medios, asegurando para siempre su lugar en la cultura popular de la humanidad.












© Plutón Ediciones X, s. l., 2020

Traducción: Alaric Dukass

Diseño de cubierta y maquetación: Saul Rojas

Edita: Plutón Ediciones X, s. l.,

E-mail: contacto@plutonediciones.com

http://www.plutonediciones.com (http://www.plutonediciones.com/site/)

Impreso en España / Printed in Spain

Queda rigurosamente prohibida, sin la autorización escrita de los titulares del «Copyright», bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares de ella mediante alquiler o préstamo públicos.

I.S.B.N: 978-84-18211-35-5


Estudio Preliminar

Fiódor Mijáilovitch Dostoyevski, fundador de la novela psicológica moderna nació en 1821 en Moscú y falleció en San Petersburgo en 1881. Es una de las mayores figuras de la historia literaria de todos los tiempos y de las personalidades más complejas de la vida espiritual rusa de la segunda mitad del siglo XIX.

Su padre, médico en un hospital para indigentes, alcohólico y muy violento, falleció asesinado por sus propios siervos incapaces de soportarle por más tiempo. Poco antes, había muerto su madre, mujer sensible y cariñosa, víctima de la tuberculosis, circunstancia que causó un trauma profundo en el joven Fiódor.

A instancias de su padre y para alejarlo de él, Fiódor fue enviado a la Escuela de Ingenieros Militares de San Petersburgo, hasta que libre de él por su violenta muerte (de la que siempre sentirá remordimientos por haberla deseado), se dedicó a lo que realmente le atraía, su vocación literaria.

Su primera novela La Pobre Gente (1845) alcanzó un gran éxito. Le siguió El doble (1846), en las dos hace patente la influencia de Gógol, a quien admiraba.

Se mezcló por entonces en la agitación revolucionaria de la juventud rusa. En 1849 fue detenido y sentenciado a muerte; pero le llegó el indulto cuando se hallaba ya ante el piquete de ejecución y le fue conmutada la pena por cuatro años de trabajos forzados en el penal de Omsk, a lo que siguieron seis de confinamiento en Asia Central. Los Recuerdos de la casa de los muertos, escritos durante este período, son una obra maestra.

De regreso a San Petersburgo en 1859 ya nadie se acordaba de sus libros y tuvo que recomenzar su carrera. Sus tendencias místicas y su extrema religiosidad le indujeron a romper con el socialismo, pero no con lo social, ni con los oprimidos. Fundó con su hermano la revista Vremia (El Tiempo) que fue clausurada por las autoridades que la consideraron subversiva.

En estos años sus obras no tuvieron una calidad relevante: El pueblo de Stépanchikovo y sus moradores (1859), Humillados y Ofendidos (reconocida posteriormente) y Memorias del subsuelo (1864), así como numerosos artículos de crítica literaria.

En 1863 apareció bajo su batuta una nueva revista, Epoja (La Época), pero al año siguiente sufrió una crisis por una serie de hechos adversos en su vida: el fallecimiento de su esposa, María Dimitrevna (se había casado cuando estaba en el ejército) y de su hermano, y a pesar de su éxito con Crimen y Castigo (1866), las dificultades económicas y su ludopatía que describió en El Jugador (1866), escrita para atender esas penurias, le obligaron a escapar al extranjero con su nueva esposa Ana Snitkina para evitar la cárcel.

En 1869 escribió El idiota (1869), una novela claramente influida por el Quijote cervantino. En Los endemoniados (1872) hizo patente a modo de denuncia, los vicios de que adolecían los jóvenes revolucionarios de la época, tema que volvió a insistir con El adolescente (1875).

Regresó a Rusia en 1873 convertido en un autor célebre. Completó su otra gran obra Los hermanos Karamázov (1879-1880), que puede considerarse su testamento literario.

En su última obra Diario de un escritor, que fue publicado cuando el novelista estaba a punto de morir (1881) expone sus opiniones acerca de los acontecimientos sociales y culturales de su tiempo.

La novela

Publicada en 1866 es una profunda novela psicológica. En ella el estudiante Rodion Raskolnikof pone por escrito la teoría de que es lícito asesinar a una usurera para demostrarse a sí mismo que es uno de los elegidos que están por encima de la masa vulgar que ha nacido para ser sometida por la leyes y de paso conseguir un dinero que no solo necesita, sino que indudablemente se merece.

Raskolnikof, después de cometer el crimen (que años antes había planeado en forma de filosofía social) se siente acusado por su conciencia y aunque su coartada le libra de la policía, acaba por confesar su delito ante el comisario que representa el papel de confesor.

Interpretaciones opuestas aseguran que de remordimiento nada de nada, que el protagonista con la cabeza llena de quimeras, proyecta y premedita el crimen y lo mismo vive como un sonámbulo antes y después de ejecutarlo. Quizás pueda admitirse que en uno de sus desvaríos intervenga la conciencia, pero lo cierto (según esta opinión) es que la confesión del protagonista se produce por consejo del juez de entregarse a la autoridad para disminuir la pena.

Interpretaciones aparte, Crimen y castigo es lo contrario de una novela policiaca, aunque tenga visos de ella. Es una novela teológico-judicial. Lo que importa en ella no es la coartada, sino el profundo dolor que experimenta Rodion por sus actos, por mucho que intente disimularlo y justificarse, que lleva a sí mismo la semilla de su reconstrucción moral.

Rodion es un extraño personaje. En él se encarna la lucha del ser humano que ambiciona evadirse de la sociedad y de sus normas. Es el típico caso del ser que pretende implantar por su mano la justicia y después, lógicamente, le falta el valor para mantener su postura. A partir del momento en que se convierte en un asesino cree que no hay nada reprochable en sus acciones. Se pregunta qué es crimen y asegura tener tranquila su conciencia. Pretende ocultar su tortura por la profunda fuerza de los sentimientos con divagaciones intelectuales. Crimen y castigo es una novela de tesis.

El tema era muy querido por Dostoyevski: él mismo vivió en el infierno de Siberia su propia liberación de los sentimientos de culpa que le afligían tras la muerte de su padre. El sufrimiento es para el escritor la gran fragua de la voluntad humana, el horno en que se cocina la personalidad, sufrimiento que en este caso, comparte con Sonia, la prostituta, que con su abnegado amor, es un lenitivo para las penurias del terrible destierro ruso.

En este gran personaje de Dostoyevski se encarnan los deseos de los humanos tantas veces manifestados, de liberarse de los convencionalismos y desafiar los principios, las normas establecidas, negando toda ética y montándose una ética particular en defensa de una conducta que se desmorona cuando interviene la conciencia.

Menos socialista que Tolstói, es más social. Su capacidad literaria llena todos los rincones de la prosa. Describe la vida rusa como nadie en su exterior y en su interior.







Parte 1

Capítulo I

Un muchacho, durante una tarde muy calurosa de inicios de julio, abandonó el estrecho cuarto que tenía alquilado en la callejuela de S*** y caminó hacia el puente K***, con paso indeciso y muy lento.

Tuvo la suerte de no encontrarse en la escalera con su patrona.

Bajo el tejado de un enorme edificio de cinco pisos se encontraba su cuchitril y, más que un cuarto, parecía un armario. Con respecto a la dueña de casa, que le había alquilado la habitación con pensión y servicio, esta vivía en un apartamento del piso de abajo; de manera que nuestro muchacho, en cada oportunidad que tenía que salir, se veía forzado a pasar frente a la puerta de la cocina que daba a la escalera y estaba completamente abierta casi siempre. Experimentaba en esos instantes, sin ninguna variación, una sensación ingrata de impreciso temor que le avergonzaba, le humillaba y le daba una expresión oscura y sombría a su rostro. Temía encontrarse con la patrona, porque le debía mucho dinero. No es que fuera un hombre abatido por la vida ni un cobarde. Al contrario, desde hacía algún tiempo se encontraba en un estado de tensión perenne y de mucha irritación, que rayaba en la hipocondría. Se había acostumbrado a vivir tan ensimismado, tan aislado, tan solitario, que no solamente sentía temor de encontrarse con su patrona, sino que evadía toda relación con otras personas. Lo agobiaba la miseria. No obstante, recientemente esta pobreza había dejado de ser una angustia para él. El muchacho había renunciado a todas sus tareas cotidianas, a toda labor.

Se burlaba, en el fondo, de la patrona y de todas las intenciones que pudiera abrigar en su contra, pero pararse en la escalera para escuchar estupideces y vulgaridades, reproches, amenazas, quejas, lamentaciones, y tener que responder con mentiras, evasivas, pretextos... No, era preferible deslizarse como un gato por la escalera para pasar inadvertido y esfumarse.

Esa tarde, el temor que sentía ante la sola idea de toparse con su acreedora lo llenó de sorpresa cuando se la encontró en la calle.

“¡Que me intranquilicen semejantes pequeñeces cuando tengo un plan de un negocio muy audaz!” —pensó esbozando una rara sonrisa—. “Sí, el individuo lo tiene todo al alcance de la mano, y como buen perezoso, deja que todo pase frente a sus propias narices... Ya esto es una máxima... Es chocante que lo que más miedo le produce a los hombres sea eso que los aparta de sus hábitos. Sí, eso es lo que más los perturba... ¡Pero esto ya es mucho divagar! No hago nada mientras divago. Y podría decir también que no hacer absolutamente nada es lo que me conduce a divagar. Tengo la costumbre, desde hace ya un mes, de hablar conmigo mismo, de estar durante días enteros acostado en mi rincón, pensando... Estupideces... Porque ¿yo qué necesidad tengo de dar este paso? ¿Soy realmente capaz de hacer... “eso”? ¿Es que, al menos, lo he pensado seriamente? De ninguna manera: todo ha sido una fantasía que me entretiene, un simple juego de mi imaginación... Un juego, sí; solamente un juego”.

Era asfixiante el calor. Era irrespirable el aire, la muchedumbre, ver los andamios, la cal, los ladrillos esparcidos por todos lados, y esa fetidez particular tan conocida por los petersburgueses que no poseen recursos para alquilar una casa campestre, todo esto incrementaba la tensión nerviosa, ya suficientemente excitada, del muchacho. El inaguantable olor de las cantinas, muy abundantes en ese barrio, y completaban el terrible y lastimoso cuadro, los borrachos que, a pesar de ser día laborable, a cada paso se tropezaban.

Por las finas facciones del joven pasó una expresión de amarga contrariedad. Era, dicho sea de paso, excepcionalmente bien parecido, de una talla que superaba la media, bien formado y delgado. Poseía unos maravillosos ojos oscuros y el cabello negro. Cayó muy pronto en un hondo desvarío o mejor, en algo parecido a un embotamiento y, continuó su camino sin mirar o con más exactitud, sin querer mirar absolutamente nada de lo que tenía alrededor.

Susurraba, de tarde en tarde, algunas palabras confusas, cediendo a ese hábito de monologar que, hacía unos momentos, había reconocido. Notaba que, a veces, las ideas se le enredaban en la mente y que estaba sumamente frágil.

Andaba tan pobremente trajeado, que ninguna persona en su lugar, ni siquiera un viejo pordiosero y errante, se atrevería a salir con esos harapos a la calle a plena luz del día. También es cierto que en el barrio en que nuestro muchacho vivía este espectáculo era normal.

En ese cuadro, la vecindad del Mercado Central, la multitud de obreros y artesanos amontonados en esos callejones y callejuelas del centro de Petersburgo ponían tintes tan singulares que a nadie podía llamar la atención ni la figura más chocante.

Por otro lado, de aquel hombre se había apoderado un desprecio tan atroz hacia todo que exhibía sus andrajos sin rubor alguno, a pesar de su natural vanidad un poco ingenua. Otra cosa habría sido si se hubiese topado con alguien conocido o algún antiguo compañero, algo que trataba de evitar.

No obstante, se paró en seco y, de forma nerviosa, se llevó la mano al sombrero cuando un borracho al que trasladaban, no se sabe por qué ni adónde, en una carreta vacía que dos enormes corceles arrastraban al trote, le gritó:

—¡Eh, tú, sombrerero alemán, escúchame!

Se trataba de un sombrero circular, de copa alta, circular, desteñido por el uso, con muchos agujeros, de bordes desgastados, lleno de abolladuras y cubierto de manchas. Pero no era la vergüenza, sino otro sentimiento muy similar al pánico, lo que se había posesionado del muchacho.

—Lo sabía, lo intuía —murmuró en su turbación—. No existe nada peor que esto. Todo el negocio se puede estropear con una pequeñez, con una insignificancia. Sí, este sombrero es tan excesivamente ridículo que atrae todas las miradas, llama demasiado la atención. El que viste estos harapos debe llevar una gorra, aunque sea muy vieja; no esta cosa tan espantosa. Ninguna persona lleva un sombrero parecido a este. Se me puede ver claramente a un kilómetro a la redonda. No te olvidarán. Esto es lo significativo: cuando pase el tiempo, se acordarán de él, y se convertirá en una pista... La verdad es que se debe llamar la atención lo menos posible. Los detalles minúsculos... Ahí se encuentra la esencia del asunto. Eso es lo que termina por perderle a uno...

No tenía que alejarse mucho; incluso conocía el número exacto de pasos que debía dar desde la puerta de su residencia; eran setecientos treinta. Un día los contó, cuando la concepción de su plan estaba todavía muy reciente. Entonces ni él mismo estaba seguro de su ejecución. Su ilusoria intrepidez, al mismo tiempo monstruosa y sugestiva, solamente servía para avivar sus nervios. Ahora, que había pasado un mes, comenzaba a ver las cosas de otra manera y, a pesar de sus agotadores monólogos sobre su fragilidad, su impotencia y su indecisión, se iba habituando lentamente, muy a su pesar, a decirle “negocio” a esa fantasía aterradora y, al considerarla así, la podría realizar, aunque continuara dudando de sí mismo.

Ese día se había planteado realizar un ensayo y a cada paso que daba, su agitación iba en aumento. Con el corazón extenuado y sacudidas las extremidades por un estremecimiento nervioso, llegó, finalmente, a un enorme edificio, una de cuyas fachadas daba a la calle y otra al canal. La inmensa casa se encontraba dividida en un sinfín de apartamentos muy pequeños donde vivían humildes artesanos de toda clase: cerrajeros, sastres... Allí había alemanes, cocineras, prostitutas, funcionarios de baja categoría. El ir y venir de las personas era incesante a través de las puertas y de los dos patios de la casa. Lo cuidaban tres o cuatro porteros, pero nuestro muchacho tuvo la satisfacción de no toparse con ninguno.

Traspasó el umbral y se metió en la escalera de la derecha, angosta y oscura como era propio de una escalera de servicio. No obstante, estos detalles eran conocidos para nuestro héroe y, por otro lado, no lo contrariaban: no había que tener temor por las miradas de los curiosos en esa oscuridad.

“Si tengo tanto temor en este ensayo, ¿qué sería si ejecutara realmente el “negocio”?”, pensó instintivamente cuando llegó al cuarto piso.

Allí varios antiguos soldados que estaban trabajando como mozos, le cortaron el paso mientras sacaban los muebles de un apartamento habitado por un funcionario alemán casado, eso lo sabía el joven.

El joven pensó: “Ya que este alemán se muda, en este rellano, durante algún tiempo, no habrá más inquilino que la vieja. Esto está muy bien”.

Tocó en la puerta de la vieja. La campanilla sonó con tanta debilidad que se podría pensar que no era de cobre si no de hojalata. Así eran las campanillas de los pequeños apartamentos en todos los enormes edificios similares a ese. Pero el muchacho ya no recordaba este detalle y el tintineo de la campanilla debió despertar en él, con total claridad, algún antiguo recuerdo, pues tembló. Era extrema la fragilidad de sus nervios.

Transcurrido un momento, se entreabrió la puerta. Por la angosta abertura, la inquilina miró detenidamente al intruso con notoria desconfianza. Solamente se veían sus pequeños ojos brillando en la oscuridad. Cuando vio que había personas en el rellano, se calmó y abrió la puerta. El muchacho cruzó el umbral y entró en un vestíbulo sombrío que estaba dividido en dos por un tabique, tras el cual había una pequeña cocina. La vieja se mantenía paralizada frente a él. Era una mujer de unos sesenta años, reseca, menuda, con unos ojos chispeantes de maldad y con una nariz puntiaguda. Tenía la cabeza descubierta, y sus cabellos, de un rubio descolorido y con solo algunas hebras grises, estaban untados de aceite. Su cuello, largo y esquelético como una pata de pollo, estaba rodeado por un viejo chal de franela y sobre los hombros llevaba, aunque hacía mucho calor, una pelliza, pelada y amarillenta. A cada instante la tos la agitaba. La vieja sollozaba. Los pequeños ojos de la anciana recuperaron su expresión de desconfianza, porque el muchacho debió mirarla de una forma algo extraña.

—Soy el estudiante Raskolnikof. Hace un mes vine a su casa —susurró apresuradamente, haciendo una inclinación a medias, ya que pensó que debía mostrarse muy amable y gentil.

—Sí, me acuerdo, joven, me acuerdo perfectamente —dijo la anciana, sin dejar de mirarlo con una expresión de desconfianza.

—Muy bien; pues vine para un pequeño negocio como aquel —dijo Raskolnikof, un poco aturdido y también asombrado por aquel recelo.

“Quizás esta anciana siempre es así y yo no me di cuenta la otra vez”, pensó, desagradablemente sorprendido.

La anciana no respondió; daba la impresión de que estaba reflexionando. Luego señaló al visitante la puerta de su cuarto, al tiempo que se hacía a un lado para permitirle pasar.

—Pase, joven.

El estrecho y pequeño cuarto donde entró el muchacho tenía las paredes tapizadas de papel amarillo. Ante sus ventanas, adornadas con macetas de geranios, colgaban cortinas de muselina. El sol poniente iluminaba el cuarto en ese instante.

De repente, Raskolnikof pensó: “Entonces, también, probablemente lucirá un sol como este”.

Y miró rápidamente todo el cuarto para grabar en su memoria hasta el más mínimo detalle. Pero la habitación no tenía nada de particular. Los muebles, decrépitos, de madera clara, consistían en un inmenso sofá, de respaldo curvado, una mesa ovalada situada frente al sofá, un tocador con espejo, algunas sillas adosadas a las paredes y dos o tres grabados, que no tenían valor y que mostraban a unas señoritas alemanas, cada una con un ave en la mano. Esto era absolutamente todo.

Una lamparilla ardía en un rincón ante una imagen. Todo estaba perfectamente limpio y resplandeciente.

“Seguro que esto es obra de Lisbeth”, pensó el muchacho.

En todo el apartamento, ninguna persona habría podido descubrir ni la más mínima partícula de polvo.

“Solamente en las casas de estas malignas y ancianas viudas puede verse una limpieza semejante”, pensó Raskolnikof. Y dirigió una mirada curiosa y soslayada a la cortina de indiana que escondía la puerta del segundo cuarto, también extremadamente pequeño, donde se encontraban la cama y la cómoda de la anciana y en la que él nunca había puesto los pies. En el apartamento ya no había más habitaciones.

—¿Usted qué desea? —preguntó con excesiva aspereza la anciana, quien, apenas había entrado en el cuarto, se había detenido frente a él para mirarlo frente a frente.

—Quiero empeñar esto.

Y extrajo del bolsillo un antiguo reloj de plata, en cuyo dorso tenía un grabado que simbolizaba el globo terrestre y del que colgaba una cadena de acero.

—¡Pero si aun no me ha devuelto la cantidad que le presté! Hace tres días finalizó el plazo.

—Tenga paciencia. Le cancelaré los intereses de un mes más.

—¡Soy yo quien decido tener paciencia o vender de inmediato el objeto empeñado, muchacho!

—Aleña Ivanovna, ¿por el reloj me dará una buena cantidad?

—¡Pero si usted me está trayendo una miseria! Mi buen amigo, este reloj no tiene ningún valor. La otra vez le di dos bellos billetes por un anillo que podía comprarse como nuevo en una joyería por solamente rublo y medio.

—Lo desempeñaré si me da cuatro rublos. Es un recuerdo de mi padre. De un instante a otro recibiré dinero.

—Le doy rublo y medio, y le descontaré los intereses.

—¡Rublo y medio! —dijo el muchacho.

—Bueno, se lo lleva si no le parece bien.

Y la anciana le devolvió el reloj. Él lo cogió e indignado se dispuso a salir; pero, de repente, recordó que la vieja usurera representaba su último recurso y que fue allí para otra cosa.

—Está bien, deme el dinero —dijo con sequedad.

La anciana extrajo unas llaves del bolsillo y pasó al cuarto contiguo.

El muchacho comenzó a reflexionar cuando se quedó a solas, mientras aguzaba el oído. Hacía conjeturas. Escuchó abrir la cómoda.

“El cajón de arriba, sin duda —dedujo—. Tiene las llaves en el bolsillo derecho. Un mazo de llaves en un anillo de acero. Hay una más grande que las otras y que tiene el paletón dentado. Probablemente no es de la cómoda. Entonces, hay una caja, quizás una caja de caudales. Las llaves de las cajas de caudales tienen esa forma frecuentemente... ¡Ah, todo esto es tan innoble!”.

Reapareció la anciana.

—Amigo mío, aquí tiene. A diez kopeks por rublo mensual, los intereses del rublo y medio son quince kopeks, que me tiene que pagar por adelantado. Además, por los dos rublos del préstamo de antes tengo que descontar veinte kopeks para el mes que comienza, lo que son treinta y cinco kopeks en total. Usted ha de recibir, por lo tanto, un rublo y quince kopeks por su reloj. Aquí los tiene, tome.

—Así, ¿todo se reduce a un rublo y quince kopeks?

—Sí, exactamente.

El muchacho tomó el dinero. No deseaba discutir. Veía a la anciana y no mostraba ninguna prisa por irse. Daba la impresión de que deseaba hacer o decir algo, aunque ni él mismo sabía con exactitud qué.

—Quizá, Aleña Ivanovna, le traiga otro objeto de plata muy pronto... Una hermosa pitillera que le presté a un amigo. En cuanto me la devuelva...

Se interrumpió, aturdido.

—Amigo mío, cuando la traiga ya hablaremos.

—Bueno, entonces, adiós... ¿Usted siempre está sola aquí? ¿Jamás está su hermana con usted? —interrogó en el tono más impasible e indiferente que le fue posible, al tiempo que pasaba al vestíbulo.

—¿Y a usted qué le importa?

—No lo dije con ninguna intención... Usted de inmediato... Adiós, Aleña Ivanovna.

Presa de una consternación que iba en aumento, Raskolnikof salió al rellano. Cuando bajó la escalera se detuvo en varias ocasiones, dominado por súbitas emociones. Finalmente, ya en la calle, dijo:

—¡Dios mío, qué repulsivo es todo esto! ¿Cómo puede ser posible que yo?... No, todo ha sido una estupidez, un absurdo —afirmó decididamente—. ¿Cómo llegó a mi espíritu algo tan inhumano, tan atroz? No pensaba que yo era tan miserable. Todo esto es repulsivo, espantoso, innoble. ¡Y yo fui capaz de estar durante todo un mes pen!...

Pero para expresar su consternación ni palabras ni exclamaciones eran suficientes. La sensación de hondo malestar que le ahogaba y oprimía cuando caminaba hacia la casa de la anciana ahora era simplemente inaguantable. No sabía cómo librarse de la angustia que lo atormentaba. Como embriagado caminaba por la acera: no miraba a nadie y chocaba con todos. Hasta que llegó a otra calle no se recuperó. Cuando levantó la mirada vio que se encontraba frente a la puerta de una cantina. Una escalera partía de la acera y se hundía en el subsuelo, llevando directamente al establecimiento. Dos borrachos salían de él en aquel instante. Apoyados el uno en el otro e insultándose ascendían por la escalera. Sin vacilar, Raskolnikof bajó la escalera. Nunca había entrado en una cantina, pero en ese momento la sed lo quemaba y la cabeza le daba vueltas. El deseo de beber cerveza fresca lo dominaba, en parte para llenar su estómago vacío, debido a que atribuía su estado al hambre. Tomó asiento en un rincón sucio y muy oscuro, frente a una sucia y grasienta mesa, pidió cerveza y con mucha avidez, se bebió un vaso.

Rápidamente sintió un profundo alivio. Parecieron aclararse sus ideas.

Y, reconfortado, pensó: “Todo esto son estupideces. No había razón para perder la cabeza. Simplemente fue un trastorno físico. Un pedazo de galleta, un vaso de cerveza, y ya se encuentra firme el espíritu, y se aclara la mente y renace la voluntad. ¡Cuánta insignificancia!”.

No obstante, a pesar de esta triste y amarga conclusión, estaba alegre como el hombre que se ha librado de repente de una carga aterradora y con una mirada amistosa, recorrió a las personas que estaban alrededor. Pero en lo más profundo de su ser intuía que su animación, ese renacer de su esperanza, era algo enfermizo y simulado. La cantina estaba casi solitaria. Un grupo de cinco personas, entre ellas una joven, que llevaban una armónica, habían salido detrás de los dos borrachos con que se había cruzado Raskolnikof. Después de su marcha, el establecimiento quedó en silencio y se veía más amplio.

Solamente había tres hombres más en la cantina. Uno de ellos estaba un poco embriagado, era un pequeño burgués, si se juzga por su aspecto, que estaba apaciblemente sentado frente a una botella de cerveza. Junto a él tenía un amigo, un hombre grueso y de mucha estatura, de barba gris, que totalmente ebrio, dormitaba en el banco. Se agitaba en pleno sueño de vez en cuando, extendía los brazos, comenzaba a chasquear los dedos, al tiempo que movía el pecho sin levantarse de su silla, y empezaba a entonar una burda tonadilla, esforzándose para recordar las frases.

Acaricié a mi mujer durante un año entero... a... ca... ricié a mi mu... jer.

Duran... te un año entero.

Me he vuelto a topar con mi antigua en la Podiatcheskaia...

Sin embargo, ninguno daba muestras de compartir su excelente humor. Su entristecido amigo miraba estas manifestaciones de felicidad con actitud casi hostil y recelosa.

El aspecto del tercer cliente era el de un funcionario retirado. Se encontraba sentado alejado de ellos, frente a un vaso que de vez en cuando, se llevaba a la boca, al tiempo que lanzaba una mirada alrededor de él. Este hombre también parecía presa de una conmoción interna.


Capítulo II

Al trato con las personas Raskolnikof no estaba habituado y, como ya hemos dicho recientemente, incluso evadía a los demás. Sin embargo, ahora, repentinamente, se sintió atraído hacia ellas. Algo parecido a una revolución acababa de producirse en su ánimo. Sentía la necesidad de mirar personas. Se sentía tan cansado de las angustias, de los sufrimientos y de la sombría exaltación de ese extenso mes que acababa de vivir en la más completa soledad que tenía la necesidad de fortalecerse en otro mundo, cualquiera que fuese, y aunque solamente fuera por unos momentos. Por eso se encontraba a gusto en esa cantina, a pesar de la inmundicia que reinaba en ella. El cantinero se encontraba en otra estancia, pero aparecía frecuentemente en la sala. Al bajar los escalones, lo primero que se veía eran sus botas, sus elegantes botas bien pulidas y con anchas vueltas rojas. Usaba una camisa y un chaleco de satén negro muy sucio y no tenía corbata. Su cara parecía tan llena de aceite como un candado. Detrás del mostrador se encontraba sentado un joven de catorce años; otro más joven todavía atendía a los clientes. Pedazos de cohombro, rodajas de pescado y panecillos negros se exhibían en una vitrina que despedía un hedor pestilente. Era insoportable el calor. Tan cargada de vapores de alcohol se encontraba la atmósfera, que parecía que en cinco minutos, podía embriagar a un hombre.

En ocasiones nos sucede que gente a la que no conocemos nos inspira un interés repentino cuando por primera vez la vemos, incluso antes de hablar con ella. Fue precisamente esta impresión la que provocó en Raskolnikof el cliente que se mantenía alejado y que tenía apariencia de funcionario retirado. Después de un tiempo, cada vez que recordaba esta primera impresión, Raskolnikof la atribuía a algo parecido a un presentimiento. Él no dejaba de mirar al supuesto funcionario, y este no solamente no cesaba de mirarlo, sino que daba la impresión de que estaba ansioso de iniciar una charla con él. A los otros hombres que se encontraban en la cantina, sin excluir al cantinero, los veía con un gesto de desagrado, con arrogante desdén, como a gente que considerara de una educación y de un nivel muy inferiores como para que merecieran que él les hablara.

Era un individuo que había pasado los cincuenta años, robusto y de talla media. Sus pocos y grises cabellos coronaban una cara de un amarillo verdoso, abotagada por el alcohol. Dos pequeños ojos encarnizados, pero llenos de vivacidad, resplandecían entre sus abultados párpados. Lo que más sorprendía de ese semblante era la vehemencia que manifestaba —y quizá también cierta finura y un brillo de inteligencia—, pero por sus ojos cruzaban relámpagos de demencia. Vestía con un desgarrado y viejo frac, del que solamente quedaba un botón, que tenía abrochado, con el deseo, indudablemente, de guardar las formas. Un chaleco de nanquín permitía ver una pechera ajada y manchada. No tenía barba, esa barba distintiva del funcionario, pero hacía tiempo no se había afeitado, y una capa de pelo azulado y recio invadía sus mejillas y su barbilla. Sus gestos tenían una seriedad burocrática, pero parecía hondamente agitado. En la mugrienta mesa tenía los codos apoyados, metía los dedos en su cabello, lo despeinaba y con las dos manos, se oprimía la cabeza, dando evidentes muestras de desesperación y angustia. Al fin miró directamente a Raskolnikof y en voz alta y firme, dijo:

—Señor: ¿me puedo permitir dirigirme a usted para charlar de buena manera? A pesar de la sencillez y humildad de su apariencia, me incita mi experiencia a ver en usted una persona culta y no uno de esos hombres que van de cantina en cantina. Siempre yo he respetado la cultura vinculada a las cualidades del corazón. Yo soy consejero titular: Marmeladof, consejero titular. ¿Le puedo preguntar si usted también forma parte de la administración del Estado?

—No: yo soy estudiante —contestó el muchacho, un poco asombrado por ese lenguaje grandilocuente y también cuando se vio abordado por un desconocido de manera tan directa, tan a quemarropa. A pesar de sus deseos recientes de estar acompañado por seres humanos, fuera cual fuere, a la primera palabra que Marmeladof le dijo había experimentado su acostumbrado y desagradable sentimiento de rabia y repulsión hacia toda persona extraña que tratara de relacionarse con él.

—O sea, que usted es estudiante, o quizá lo ha sido —dijo con vivacidad el funcionario—. Precisamente lo que me había imaginado. Señor, aquí tiene el resultado de mi experiencia, de mi amplia experiencia.

Con un gesto de halago para sus virtudes intelectuales, se llevó la mano a la frente.

—Usted es hombre de estudios... Pero déjeme...

Se puso de pie, vaciló, tomó su vaso y se fue a sentar junto al muchacho. Hablaba con mucha soltura y vivacidad, a pesar de que estaba embriagado. Solamente se le trababa la lengua y decía frases incoherentes de vez en cuando. Cualquiera habría dicho que también él tenía un mes sin desplegar los labios al verle arrojarse sobre Raskolnikof tan ávidamente.

—Señor —continuó diciendo solemnemente—, no es un vicio la pobreza: esto es una realidad irrefutable. Pero también es verdad que la embriaguez no es una virtud, algo que lamento. Señor, ahora bien, la miseria sí que es un auténtico vicio. Uno mantiene la nobleza de sus sentimientos innatos en la pobreza; pero nadie puede mantener nada noble en la indigencia. Con el indigente se emplea la escoba, no el bastón, ya que de esa manera se le humilla más, para lanzarlo de la sociedad de los hombres. Y esto es totalmente justo, ya que el indigente se ultraja a sí mismo. Señor, he aquí la raíz de la embriaguez. El señor Lebeziatnikof, el mes pasado, le pegó a mi esposa, y mi esposa, señor, no es como yo en forma alguna. ¿Entiende? Déjeme preguntarle algo. Solo simple curiosidad. ¿Usted ha pasado alguna noche en una barca de heno en el Neva?

—No, jamás me he encontrado en un trance así —contestó Raskolnikof.

—Pues bien, yo sí me he encontrado. Ya llevo durmiendo en el Neva cinco noches.

Nuevamente llenó su vaso, lo vació y permaneció en una actitud soñadora. Efectivamente, briznas de heno se miraban aquí y allá, en sus cabellos y sobre sus ropas. Desde hacía cinco días no se había desnudado ni lavado, a juzgar por las apariencias. Sus gruesas manos, rojas, de uñas negras, estaban llenas de mugre. Aunque con mucha indiferencia, todos los presentes lo oían. Detrás del mostrador, los chicos reían. El cantinero había bajado especialmente para escuchar a aquel hombre. Tomó asiento algo apartado, bostezando indolentemente, pero con aire de gente muy importante. Marmeladof, al parecer, era muy conocido en la cantina. Indudablemente, ello se debía a su hábito de iniciar una conversación con cualquier desconocido que hallaba en la cantina, costumbre que se transforma en auténtica necesidad, particularmente en los alcohólicos que en su propia casa se ven juzgados con severidad, e incluso maltratados. De esa manera, intentan justificarse ante sus compañeros de vicio y además, atraerse su respeto.

—Pero contesta, so fanfarrón —dijo el cantinero, con voz fuerte—. Si eres funcionario, ¿por qué no te encuentras en una oficina del Estado? ¿Por qué no trabajas?

—Señor, ¿que por qué no me encuentro en una oficina? —dijo Marmeladof, hablándole a Raskolnikof, como si este le hubiera hecho la pregunta—. ¿Usted dice que por qué no trabajo en una oficina? ¿Cree usted que para mí no es un sufrimiento esta impotencia? ¿Usted cree que no sufrí cuando el señor Lebeziatnikof le pegó a mi esposa el mes pasado, en un instante en que yo estaba ebrio perdido? Contésteme, muchacho: ¿usted no se ha visto en la circunstancia... en la circunstancia de tener que solicitar un préstamo sin ninguna esperanza?

—Sí... Pero, ¿usted qué quiere decir con eso de “sin ninguna esperanza”?

—Pues, cuando digo “sin ninguna esperanza”, quiero decir “sabiendo que uno va directo a un fracaso”. Usted, por ejemplo, está seguro por anticipado de que cierto caballero, un ciudadano íntegro y útil a su nación, jamás le prestará dinero y por nada de este mundo... Dígame, ¿por qué se lo ha de prestar? Él sabe perfectamente que yo nunca se lo devolvería. ¿Por misericordia? El señor Lebeziatnikof, que siempre está al corriente de las nuevas ideas, el otro día decía que la misericordia está prohibida a los hombres, incluso para la ciencia, y que así sucede en Inglaterra, donde la economía política impera. Dígame, ¿cómo es posible que me preste dinero este hombre? Pues bien, incluso sabiendo que nada se le puede sacar, uno se dirige hacia allá y...

—Pero ¿por qué se dirige hacia allá? —le interrumpió Raskolnikof.

—Porque uno no tiene adónde ir, ni a nadie a quien acudir. Todas las personas necesitan saber adónde ir, ¿no? Pues siempre llega un instante en que uno siente la necesidad de ir a algún lugar, a cualquier parte. Por eso, cuando mi única hija fue por primera vez a la policía para inscribirse, yo fui con ella... (ya que mi hija está registrada como... ) —agregó entre paréntesis, mirando al muchacho con expresión algo intranquila—. Señor, eso no me importa —se apuró a decir cuando los dos chicos se rieron detrás del mostrador, e incluso el cantinero no pudo evitar sonreír—. De verdad eso no me interesa. No pueden turbarme los gestos de desaprobación, pues esto lo conoce todo el mundo, y no hay enigma que no termine por ser descubierto. Y yo veo todo esto no con desprecio, sino con conformismo... ¡Sea, sea, pues! Ecce Homo. Escúcheme, muchacho: ¿usted podría?... No, hay que buscar otra expresión más significativa, más fuerte. ¿Usted se atrevería a afirmar, mirándome a los ojos, que no soy un cerdo, un ser repulsivo?

El muchacho no respondió.

—Bien —dijo el orador, y aguardó con un aire sereno y digno el final de las carcajadas que acababan de estallar de nuevo—. Bien, yo soy un cerdo y ella una auténtica dama. Yo soy una bestia, y Catalina Ivanovna, mi mujer, es una dama bien educada, hija de un oficial superior. Demos por sentado que yo soy un granuja y que ella tiene un corazón enorme, una perfecta educación y sublimes sentimientos. No obstante... ¡Ah, si ella hubiera sentido compasión por mí! Y es que los hombres necesitamos que alguien nos compadezca. Pues bien, Catalina Ivanovna es muy injusta, a pesar de su grandeza de alma..., aunque yo entiendo perfectamente que cuando me tira del cabello lo hace solo por mi bien. Muchacho, te repito sin vergüenza, ella me tira del cabello —volvió a insistir en un tono más digno todavía, al escuchar las risas nuevamente—. ¡Ah, Dios mío! Si ella, solo una vez... Pero, ¡bah!, inútiles palabras... No charlemos más de esto... Pues es la verdad que, más de una vez, mi deseo se ha visto satisfecho; sí, en más de una ocasión me han compadecido. Pero mi temperamento... Soy un bruto irremediable.

—Muy de acuerdo —dijo el cantinero, bostezando.

Marmeladof dio en la mesa un puñetazo muy fuerte.

—Sí, un bruto... Señor, sepa usted que hasta sus medias me he bebido. No los zapatos, compréndame, pues, en medio de todo, esto sería algo en cierta forma lógico; las medias, no los zapatos. Y también me bebí su chal de piel de cabra, que le pertenecía, ya que se la habían obsequiado antes de nuestra boda. Entonces habitábamos en un gélido cuartucho. Ahora es invierno; ella se enfría mucho; comienza a toser y escupe sangre. Tenemos tres pequeños hijos, y Catalina Ivanovna trabaja de sol a sol. Lava a los niños, lava la ropa, friega. Desde su más tierna infancia está habituada a la limpieza... Y todo esto con un pecho delicado y frágil, con una predisposición a la tuberculosis. Realmente yo lo siento. ¿Piensan que no lo siento? Sufro más cuanto más bebo. Me entrego a la bebida por eso, para sentir más, para sufrir más. Para sufrir más hondamente, yo bebo.

Con un gesto de desesperación inclinó la cabeza.

—Muchacho —siguió al tiempo que se erguía nuevamente—, en su semblante creo leer la manifestación de un sufrimiento. Tuve esta impresión apenas lo vi entrar. Por eso he buscado hablar con usted. Si le narro la historia de mi vida no es para entretener a estos holgazanes, que, además, ya la saben, sino porque quiero que me oiga un hombre educado e instruido. Mi mujer, sepa usted, se instruyó en un pensionado aristocrático e ilustre de la provincia, y que el día en que regresó bailó la danza del chal ante el gobernador provincial y otras altas y distinguidas personalidades. La premiaron con un diploma y una medalla de oro. Hace mucho tiempo se vendió… la medalla. Con respecto al diploma, mi mujer lo guarda en su baúl. Hace poco se lo enseñó a nuestra patrona. A pesar de que estaba a matar con esa mujer, lo hacía porque sentía la necesidad de vanagloriarse ante alguien de sus triunfos pasados y de recordar sus épocas dichosas. Yo no se lo critico, ya que solamente tiene estos recuerdos: todo lo demás se ha esfumado... Sí, es una mujer intratable, enérgica, orgullosa. Ella misma friega el suelo y come pan negro, pero de nadie toleraría la más mínima falta de respeto. Aquí tiene usted la explicación del porqué no permitió las insolencias y groserías de Lebeziatnikof; y cuando este para vengarse, la golpeó, ella tuvo que guardar reposo, no por los golpes que recibió, sino por razones de tipo sentimental. Cuando contraje matrimonio con ella, era viuda y tenía tres hijos pequeños. Fue por amor su primer matrimonio. El esposo era un oficial de infantería con el que se escapó de la casa paterna. Catalina adoraba a su esposo, pero él se entregó al juego, tuvo problemas con la justicia y falleció. Él la golpeaba en los últimos tiempos. Ella nunca se lo perdonó, lo sé con toda seguridad; no obstante, aun ahora, cuando lo recuerda, llora, y entre él y yo establece comparaciones poco halagadoras para mi amor propio; pero yo se lo permito, porque de esa manera ella se imagina, al menos, que ha sido algún día dichosa. Tras el fallecimiento de su esposo, se quedó muy sola con sus tres pequeños hijos en una zona distante y salvaje, donde entonces yo estaba. Vivía en una miseria tan aterradora, que yo soy incapaz de describirla, aunque he visto los cuadros más dolorosos y tristes. La habían abandonado todos sus familiares. Era orgullosa, excesivamente orgullosa. Entonces, señor, fue entonces, como ya le dije, cuando yo, también viudo y con una hija de catorce años de edad, le extendí mi mano, ya que no podía verla sufrir de esa manera. El hecho de que aceptara contraer matrimonio conmigo, siendo una dama educada, instruida y de una excelente familia, le permitirá entender a qué punto llegaba su miseria. Dijo que sí retorciéndose las manos, llorando, sollozando; pero dijo que sí. Y es que no tenía adónde ir. Señor, ¿usted se da cuenta exacta de lo que implica no tener dónde ir? No, usted todavía no lo puede entender... Durante un año completo cumplí honestamente con mi deber, sana y santamente, sin ni siquiera probar eso —e indicaba con el dedo la media botella que tenía frente a él—, debido a que yo soy un hombre sentimental. Pero no logré conquistarla. Mientras tanto, quedé destituido, no por mi culpa, sino debido a algunas transformaciones burocráticas. Me entregué entonces al licor... Hace ya año y medio que, después de mil sinsabores y peregrinaciones permanentes, nos instalamos en esta capital maravillosa, engalanada bellamente por innumerables monumentos. Aquí hallé un trabajo, pero lo perdí rápidamente. ¿Entiende, señor? En esta ocasión yo tuve la culpa: el vicio de la bebida ya me dominaba. En este momento habitamos en un rincón que Amalia Ivanovna Lipevechsel nos alquila. Pero, ¿cómo pagamos el alquiler? ¿Cómo vivimos? Eso no lo sé. Viven otros muchos inquilinos en la casa: eso es un auténtico infierno. Mientras tanto, ha crecido la hija que tuve de mi primera esposa. Y prefiero obviar todo lo referente a lo que su madrastra la ha hecho sufrir. Catalina Ivanovna, aunque posee sus sentimientos magnánimos, es una mujer irascible e incapaz de dominar sus impulsos... Sí, ella es de esa manera. Pero ¿para qué hablar de estas cosas? Ya usted entenderá que Sonia no ha recibido una esmerada educación. Traté de enseñarle hace muchos años geografía e historia universal, pero como yo no me encontraba muy fuerte en estas materias y, además, no poseíamos buenos libros, ya que los libros que hubiéramos podido tener..., pues..., ¡bueno, ya no los teníamos!, las lecciones se terminaron. Nos detuvimos en Ciro, rey de los persas. Luego leyó unas novelas, y recientemente Lebeziatnikof le prestó La Fisiología, de Lewis. Usted conoce esta obra, ¿no? A ella le pareció sumamente interesante, e incluso, en voz alta, nos leyó unos pasajes. A esto se limita su cultura intelectual. Señor, ahora me dirijo a usted, por iniciativa propia, para realizarle una pregunta de orden privado. Una joven pobre, pero honrada, ¿se puede ganar bien la vida con un empleo honesto? Señor mío, no ganará ni quince kopeks diarios, y eso trabajando hasta el agotamiento, si es honrada y no tiene ningún talento. Le digo más: el consejero de Estado Klopstock Iván Ivanovitch..., ¿ha escuchado usted hablar de él...?, no solo no ha cancelado a Sonia media docena de camisas de Holanda que le encargó, sino que la despidió cruelmente con la excusa de que le tomó mal las medidas y le quedaba torcido el cuello.

Y los pequeños, con mucha hambre...

Catalina Ivanovna va y viene por el cuarto, retorciéndose las manos, las mejillas cubiertas de manchas escarlata, como es característico de la enfermedad que sufre. Dice:

—Comes, bebes, estás bien abrigado en esta casa, y lo único que haces es holgazanear.

Y yo le digo: ¿qué podía beber ni comer, cuando incluso los pequeños llevaban más de tres días sin probar nada? En ese instante, yo me encontraba tendido en la cama y totalmente borracho, no me importa decirlo. Pude escuchar una de las respuestas que mi hija (voz dulce, rubia, tímida, delgada, rostro pálido) daba a Catalina.

—Catalina Ivanovna, yo no puedo hacer eso.

Debe saber que Daría Frantzevna, una mujer malvada a la que la policía conoce a la perfección, había venido tres veces a hacerle propuestas a través de la dueña de la casa.

—Yo no puedo hacer eso —repitió Catalina Ivanovna, remedándola—. ¡Vaya joya para que la guardes tan cuidadosamente!

Pero, señor, no la acuse. No notaba el alcance de sus palabras. Estaba enferma, perturbada. Escuchaba los gritos de los pequeños con hambre y, además, quería martirizar a Sonia, no incitarla... Catalina Ivanovna es así. Cuando escucha llorar a los pequeños, aunque sea de hambre, se irrita y los golpea.

Eran casi las cinco cuando, de repente, miré que Sonetchka se ponía de pie, se colocaba un pañuelo en la cabeza, tomaba un chal y abandonaba el cuarto. Cuando volvió eran más de las ocho. Entró, caminó directamente hacia Catalina Ivanovna y, sin mover los labios, colocó frente a ella, en la mesa, treinta rublos. No dijo ni una sola palabra, ¿sabe usted?, no vio a nadie; solamente cogió nuestro enorme chal de paño verde (poseemos un inmenso chal de paño verde que es de todos), se cubrió con él la cabeza y la cara y se acostó en la cama, con el rostro hacia la pared. Sus frágiles hombros y todo su cuerpo eran recorridos por leves temblores... Y yo continuaba acostado, borracho todavía. De repente, muchacho, de repente vi que Catalina Ivanovna, también callada, se aproximaba a la cama de Sonetchka. Le abrazó los pies, los besó, y de esa manera pasó toda la noche, sin querer ponerse de pie. Finalmente se quedaron dormidas, las dos, las dos se durmieron enlazadas, juntas... Ahí tiene usted... Y yo... yo estaba ebrio.

Marmeladof se interrumpió como si le faltara la voz. Después de una pausa, llenó el vaso rápidamente, lo vació y prosiguió su narración.

—Señor, a partir de ese momento, a causa del desdichado hecho que le acabo de contar, y como consecuencia de una denuncia que provenía de personas malignas y ruines (Daría Frantzevna tomó parte activa en ello, ya que dice que le hemos mentido), desde ese instante, mi hija Sonia Simonovna está en el registro de la policía y se ha visto forzada a abandonarnos. Amalia Feodorovna, la dueña de la casa, no hubiera soportado su presencia, ya que ayudaba a Daría Frantzevna en sus artimañas. Y en lo que respecta al señor Lebeziatnikof..., pues... solamente le diré que su problema con Catalina Ivanovna fue por causa de Sonia. Inicialmente no dejaba de perseguir a Sonetchka. Luego, de pronto, su amor propio herido salió a relucir. “Un hombre de mi nivel y condición no puede habitar bajo el mismo techo que una mujer de esa clase”. Entonces, Catalina Ivanovna defendió a Sonia, y todo terminó como ya usted sabe. Sonia ahora acostumbra venir a visitarnos al atardecer y trae un poco de dinero a Catalina Ivanovna. En casa del sastre Kapernaumof tiene alquilado un cuarto. Este hombre es tartamudo y cojo, y toda su familia, muy numerosa por cierto, tartamudea... Su esposa es igual de tartamuda que él. Todos los miembros de la familia viven hacinados en un cuarto, y el de Sonia está separado de este solamente por un tabique... ¡Personas tartamudas y miserables! Me pongo de pie una mañana, me coloco mis andrajos, alzo los brazos al firmamento y voy a hacerle una visita a su excelencia Iván Afanassievitch. ¿Usted conoce a su excelencia Iván Afanassievitch? ¿No? Entonces usted no conoce al santo más santo de todos. Es una vela, una vela que se funde ante la imagen de Dios... Después de oír mi historia, desde el inicio hasta el final, sus ojos estaban llenos de lágrimas.

—Bien, Marmeladof —me dijo—. Una vez defraudaste las esperanzas que deposité en ti. Te tomaré nuevamente bajo mi protección.

Exactamente estas fueron sus palabras.

—Trata de no olvidarlo —agregó—. Ya te puedes retirar.

Hasta el polvo de sus botas besé..., pero solamente en mi mente, ya que él, funcionario de alto nivel y caballero imbuido de pensamientos modernos y esclarecidos, no me habría dejado que se las besara en la realidad. Regresé a casa, y no puedo describirle el efecto que provocó mi noticia de que volvería al servicio activo y a cobrar una mensualidad.

Hondamente conmovido, Marmeladof realizó una nueva pausa. En ese instante un grupo de bebedores, en los que ya había hecho efecto el licor, invadió la cantina. Las notas de un organillo sonaron en la puerta de la taberna, y una voz de infante, débil y temblorosa, entonó la Petite Ferme. Muchos ruidos llenaron la sala. El cantinero y los dos chicos acudieron rápidamente a atender a los recién llegados. Sin prestarles atención, Marmeladof prosiguió su narración. Parecía muy débil, pero se iba mostrando más abierto y efusivo a medida que se incrementaba su borrachera. El recuerdo de su último triunfo, el reciente trabajo que había logrado, le había reconfortado y daba a su rostro una especie de luminosidad. Con mucha atención, Raskolnikof lo oía.

—Hace cinco semanas de esto. Pues sí, cuando Catalina Ivanovna y Sonetchka supieron lo de mi trabajo, me sentí como trasladado al paraíso. Antes, cuando tenía que estar acostado, se me veía como a un animal y no oía más que ofensas e insultos; ahora caminaban de puntillas y hacían callar a los pequeños. “¡Silencio! Simón Zaharevitch trabajó mucho y está agotado. Tenemos que dejarlo descansar”. Antes de irme al despacho me daban café e incluso nata. Compraban nata auténtica, ¿sabe usted?, lo que no entiendo es de dónde sacaron los once rublos y medio que invirtieron en abastecer mi ropero. Soberbios puños, botas, todo un uniforme en excelente estado, por once rublos y cincuenta kopeks. Cuando regresé a casa al mediodía, en mi primera jornada de empleo, ¿qué es lo que vieron mis ojos? Catalina Ivanovna había cocinado dos platos: sopa y lechón en salsa, manjar que ni siquiera conocíamos. No tiene vestidos, ni siquiera uno. No obstante, se había arreglado como para realizar una visita. Incluso no teniendo ropa, se había arreglado muy bien. Con nada ellas saben arreglarse. Un cuello muy limpio y blanco, unos puños, un peinado bonito y gracioso, y parecía otra mujer; estaba más hermosa y mucho más joven. Mi paloma, Sonetchka, solamente pensaba en apoyarnos con su dinero, pero nos dijo: “Creo que ahora no es muy adecuado que los venga a ver frecuentemente. Los visitaré en alguna ocasión de noche, cuando nadie me pueda ver”. ¿Entiende, entiende usted? Después de comer me acosté, y entonces Catalina Ivanovna no pudo dominarse. Había tenido un violento altercado con Amalia Ivanovna, la dueña de la casa, hacía apenas una semana; no obstante, la invitó a tomar café. Dos horas estuvieron conversando en voz baja.

—Simón Zaharevitch —dijo Catalina Ivanovna— ahora tiene un trabajo y recibe un sueldo. Se presentó a su excelencia, y su excelencia salió de su despacho, extendió la mano a Simón Zaharevitch, les dijo a los demás que esperaran y, delante de todos, lo hizo pasar. ¿Entiende, entiende usted? “Por supuesto —le dijo su excelencia—, recuerdo sus servicios, Simón Zaharevitch y, a pesar de que usted no se comportó como debió hacerlo, su promesa de no reincidir y, por otro lado, el hecho de que aquí todo ha ido mal desde que usted no está (¿se da usted cuenta de lo que esto quiere decir?), me lleva a confiar en su palabra”.

—Vale decir —prosiguió Marmeladof— que todo esto lo inventó mi esposa, pero no por ligereza ni para presumir. Es que ella misma estaba plenamente convencida de ello y se reanimaba con sus propias fantasías, le doy mi palabra de honor. Yo no se lo recrimino, no se lo puedo recriminar. Y hace seis días, cuando le di mi primer sueldo completo, veintitrés rublos y cuarenta kopeks, me dijo cariñito. “¡Mi cariñito!”, y tuvimos un diálogo íntimo, ¿entiende? Y dígame, se lo suplico: ¿yo qué encanto puedo tener y qué papel puedo hacer como marido? No obstante, ella me pellizcó el rostro y me dijo cariñito.

Marmeladof se quedó callado. Trató de sonreír, pero su mentón comenzó a temblar. Pero logró dominarse. Esa cantina, esa cara de hombre acabado, las cinco noches transcurridas en las barcas de heno, esa botella y, vinculado a esto, la dulzura enfermiza de ese hombre por su mujer y su familia, tenían desconcertado a su oyente. Raskolnikof estaba pendiente de lo que decía, pero se arrepentía de haber entrado en ese sitio y experimentaba una sensación penosa.

—¡Ah, señor, mi apreciado señor! —exclamó Marmeladof, algo recuperado—. Quizás a usted, como a todos los demás, todo esto le parezca muy gracioso; probablemente lo estoy aburriendo con todos estos pequeños pormenores, estúpidos y miserables, de mi existencia cotidiana y doméstica. Pero le puedo asegurar que yo no tengo deseos de reír, ya que siento todo esto. Todo ese día inolvidable y toda esa noche estuve forjando en mi mente los sueños más maravillosos y fantásticos: soñaba en cómo planificaría y reorganizaría nuestra existencia, en los trajes que pondrían a los pequeños, en la calma y serenidad que iba a tener mi mujer, en que sacaría a mi querida hija de la vida de degradación y vergüenza que llevaba y volvería a ocupar su lugar en la familia... Y soñé todavía muchas cosas más... Pero, caballero, he aquí —y Marmeladof tembló repentinamente, alzó la cabeza y miró fijamente a su oyente—, he aquí que al siguiente día a ese en que toqué todos estos sueños (hace exactamente cinco días de esto), por la noche, concebí un engaño y, como un vil ladrón nocturno, le quité, sin que se diera cuenta, la llave del baúl a Catalina Ivanovna y robé el resto del dinero que le había dado. ¿Cuánto había allí? Se me olvidó. Pero... ¡mírenme todos! No he puesto los pies en mi casa desde hace cinco días, y mi familia me busca y he perdido mi trabajo. Cambié el uniforme por este traje en una cantina del puente de Egipto. Ha finalizado todo.

Se dio un golpe en la cabeza con el puño, cerró los ojos, oprimió los dientes y, pesadamente, se acodó en la mesa. Su semblante, poco después, cambió y, viendo a Raskolnikof con una especie de perversidad intencional, de cinismo simulado, soltó una carcajada y dijo:

—Hoy estuve en la casa de Sonia. Le fui a pedir dinero para beber. ¡Ja, ja, ja!

—¿Y ella te lo dio? —interrogó uno de los que habían entrado recientemente, soltando también una carcajada.

—Con su dinero pagué esta media botella que ve usted aquí —prosiguió Marmeladof, dirigiéndose únicamente a Raskolnikof—. Me dio todo lo que tenía: treinta kopeks, los últimos; lo vi con mis propios ojos. Ella no me dijo absolutamente nada; solamente me miró en silencio... Fue una mirada que pertenecía al cielo, no a la tierra. Solamente allá arriba se puede sufrir de esa manera por los hombres y sin condenarlos, llorar por ellos. Sí, sin condenarlos... Pero es todavía más doloroso y amargo que no se nos condene. Treinta kopeks... ¿Es que acaso ella no los necesita? Mi apreciado señor, ¿a usted no le parece que ella ha de mantener una atractiva limpieza? Y cuesta dinero esta limpieza; es una limpieza muy especial. ¿No cree? Necesita enaguas almidonadas, cremas, elegantes zapatos que engalanen el pie en el instante de brincar sobre un charco. ¿Entiende, entiende usted la importancia y el significado de esta limpieza? Pues bien; entonces yo, su propio padre, le he quitado los treinta kopeks que poseía. Y me los bebo, ya me los bebí. Dígame usted: ¿quién puede compadecerse de un individuo como yo? Señor, dígame: ¿tiene usted compasión de mí o no la tiene? Señor, con sinceridad: ¿se apiada o no de mí? ¡Ja, ja, ja!

Trató de llenarse el vaso, pero estaba vacía la botella.

—Pero ¿por qué han de apiadarse de ti? —preguntó el cantinero, aproximándose a Marmeladof.

De risas mezcladas con insultos y ofensas se llenó la sala. Los primeros en reír y ofender fueron los que oyeron al funcionario. Los demás, los que no estaban prestando atención, les hicieron coro, pues con mirar el rostro del charlatán les era suficiente.

—¿Apiadarse de mí? ¿Por qué han de apiadarse de mí? —rugió de repente Marmeladof, poniéndose de pie y extendiendo los brazos con un gesto de exaltación, como si solamente aguardara este instante—. ¿Por qué han de apiadarse de mí?, me preguntas. Es verdad, tienes razón: no merezco que nadie se apiade de mí ni que me compadezca; solamente merezco que me crucifiquen, ¡Sí, la cruz, no la misericordia, no la piedad!... ¡Juez, crucifícame! ¡Hazlo y, al crucificarme, ten misericordia del crucificado! Yo mismo caminaré hacia el suplicio, ya que no tengo sed de alegría, si no de dolor y de lágrimas. Comerciante, ¿piensas acaso que la media botella me ha dado algún placer? En el fondo de este frasco solamente he buscado dolor, dolor y lágrimas... Sí, dolor y lágrimas... Y los he hallado, y los he saboreado amargamente. Pero de Aquel que ha sido piadoso con todos los hombres; de Aquel que todo lo entiende, del único, de nuestro único Juez, es de quien nosotros podemos recibir la piedad, de Él solamente. El día del Juicio, Él vendrá y preguntará: “¿Dónde se encuentra esa muchacha que se ha sacrificado por una madrastra tuberculosa y cruel y por unos pequeños que no son sus hermanos? ¿Dónde está esa muchacha que ha tenido compasión de su padre y no ha vuelto el rostro con espanto ante ese despreciable borracho?”. Y a Sonia le dirá: “Ven. Yo te perdono..., te perdono..., y en este momento te eximo de todos tus pecados, porque tú has amado demasiado”. Sí, a mi Sonia Él la perdonará, estoy seguro que Él la perdonará. Hace unas horas, cuando me encontraba en su casa, lo he sentido en mi corazón... Todas las personas seremos juzgadas por Él, las buenas y las malas. Y nosotros escucharemos también su verbo. Él nos dirá: “Acérquense, acérquense también ustedes, los bebedores; acérquense, frágiles y desvergonzadas criaturas”. Y, sin temor, todos caminaremos y nos detendremos ante Él. Y Él dirá: “¡Son unos cerdos, llevan el sello de la bestia y son como bestias, pero vengan conmigo también!”. Entonces, los inteligentes, los justos y los sobrios se dirigirán a Él y exclamarán: “¿por qué recibes a estos, Señor?”. Y Él contestará: “Los recibo, ¡oh educados y sabios!, los recibo, ¡oh gente sensata!, porque ninguno de ellos nunca se ha creído digno de este favor”. Y Él nos extenderá sus divinos brazos y nosotros nos lanzaremos en ellos, deshechos en lágrimas..., y lo entenderemos todo, entonces lo entenderemos todo..., y entonces todos entenderán... También entenderá Catalina Ivanovna... ¡Señor, venga a nosotros el reino!

Extenuado, se dejó caer en un asiento, sin ver a nadie, como si, en lo más hondo de su delirio, se hubiera olvidado de todo lo que tenía alrededor.

Sus palabras habían provocado cierta emoción. Hubo unos momentos de silencio. Pero rápidamente estallaron las risas y los insultos.

—¿Han escuchado?

—¡Anciano chocho!

—¡Burócrata!

Y otras cosas similares.

—¡Señor, vámonos! —exclamó de repente Marmeladof, alzando la cabeza y hablando con Raskolnikof—. Por favor, acompáñeme a mi casa... En el edificio Kozel... Me deja en el patio... Ya es hora de que regrese junto a Catalina Ivanovna.

Raskolnikof hacía un rato que había pensado en irse, ofreciendo a Marmeladof su apoyo y compañía. Marmeladof tenía las piernas menos firmes que la voz y se sostenía pesadamente en el muchacho. De doscientos a trescientos pasos tenían que caminar. La consternación y el miedo del borracho se iban incrementando a medida que se aproximaban a la casa.

—A quien temo no es a Catalina Ivanovna —murmuraba, en medio de su intranquilidad—. Lo que intranquiliza no es la expectativa de los tirones de cabello. ¿Qué es un tirón de cabello? Absolutamente nada. No tenga ninguna duda de que no es nada. Para mí es hasta preferible que me dé unos cuantos tirones. No, no es eso a lo que le tengo miedo. A lo que le tengo temor es a su mirada..., sí, a sus ojos... Y también a las manchas escarlatas de sus mejillas. Y su ahogo... ¿Se ha dado cuenta cómo respiran estos enfermos cuando una emoción fuerte y violenta los perturba?... También me angustia la idea de que encontraré llorando a los pequeños, pues si Sonia no les dio de comer, no sé..., yo no sé cómo habrán logrado..., no sé, no sé... Pero no me dan temor los golpes... Señor, le aseguro que los golpes no solamente no me hacen daño, sino que me dan un placer... Sin ellos no podría estar. Prefiero que me pegue... De esa manera se desahoga... Sí, es mejor que me pegue... Ya llegamos... Edificio Kozel... Kozel es un hombre rico, un cerrajero alemán... Acompáñeme a mi cuarto.

Atravesaron el patio y comenzaron a ascender hacia el cuarto piso. Cada vez más oscura estaba la escalera. Ya eran las once de la noche, y aunque en esa época del año no hubiera, por así decirlo, noche en Petersburgo, la verdad es que la parte alta de la escalera estaba sumergida en la más profunda oscuridad y llena de sombras.

Estaba abierta la ahumada puertecilla que daba al último rellano. Un cabo de vela le daba luz a un cuartucho miserable que de largo medía unos diez pasos. Con una sola mirada se le podía abarcar desde el vestíbulo. El más grande desorden reinaba en él. Por todos lados colgaban cosas, particularmente ropas de pequeños. Una cortina llena de agujeros escondía uno de los dos rincones más alejados de la puerta. Tras la cortina, indudablemente, estaba una cama. En el resto del cuarto solamente se podían ver dos sillas y un hule hecho jirones cubriendo un viejo sofá. Frente a él había una mesa de cocina, no menos vieja, de madera blanca.

En una palmatoria de hierro, sobre esta mesa, ardía el cabo de vela. Marmeladof tenía, pues, alquilado un cuarto completo y no solamente un rincón, pero comunicaba con otros cuartos y era como un pasillo. Estaba entreabierta la puerta que daba a los cuartos, mejor dicho, a las jaulas, del piso de Amalia Lipevechsel. Se escuchaban voces y diferentes ruidos. A cada instante estallaban las risas. Allí había, sin duda, personas que tomaban el té y jugaban a las cartas. En ocasiones llegaban trozos de frases groseras al cuarto de Marmeladof.

Inmediatamente, Raskolnikof reconoció a Catalina Ivanovna. Era una mujer espantosamente flaca, alta, esbelta y fina, con un cabello castaño, todavía hermoso. Sus pómulos estaban llenos de manchas rojas, como había dicho Marmeladof. Se paseaba por el cuarto con los labios resecos, la respiración rápida y entrecortada, y oprimiéndose el pecho de manera convulsiva con las manos. Había en sus ojos un brillo febril y sus ojos tenían una dura fijeza. Esa cara trastornada de tuberculosa provocaba, a la luz vacilante y mortecina del cabo de vela casi consumido, una dolorosa impresión.

Raskolnikof supuso que debía tener unos treinta años y que la edad de Marmeladof superaba mucho a la de su esposa. Ella no se dio cuenta de la presencia de los dos hombres. Daba la impresión de que estaba hundida en un estado de consternación que no le permitía mirar y escuchar.

Era absolutamente irrespirable la atmósfera del cuarto, pero la ventana se encontraba cerrada. Llegaban olores repugnantes de la escalera, pero estaba abierta la puerta del piso. En fin, la puerta interior, solamente entreabierta, permitía pasar espesas nubes de humo de cigarro que le producían tos a Catalina Ivanovna; pero de cerrar esta puerta ella no se había preocupado.

Una pequeña de seis años, la hija menor, estaba dormida sentada en el suelo, con la cabeza apoyada en el sofá y el cuerpo doblado. Su hermanito, que tenía un año más que ella, lloraba desconsoladamente en un rincón y el llanto estremecía todo su cuerpo. Probablemente su madre le acababa de pegar. Una niña de nueve años, la mayor de todos, alta y delgada como una cerilla, tenía una camisa agujereada y, sobre los hombros desnudos, una capa de paño, que indudablemente le quedaba bien dos años atrás, pero que en este momento apenas le llegaba a las rodillas. Estaba junto a su hermanito y, con su descarnado brazo, le rodeaba el cuello. Mientras, seguía a su madre con una mirada temerosa a través de sus grandes y oscuros ojos, que parecían todavía más grandes en su enjuto y pequeño rostro.

Marmeladof no entró en el piso: se puso de rodillas ante el umbral y empujó a Raskolnikof hacia el interior. Distraídamente, Catalina Ivanovna se detuvo cuando vio frente a ella a ese extraño y, regresando a la realidad momentáneamente, parecía preguntarse: ¿Este hombre qué está haciendo aquí? Pero indudablemente se imaginó de inmediato que iba a cruzar el cuarto para dirigirse a otro. Entonces iba a cerrar la puerta de entrada y gritó cuando vio a su esposo de rodillas en el umbral.

—¿Ya estás aquí? —dijo, rabiosa—. ¿Ya has regresado? ¿Dónde tienes el dinero? ¡Monstruo, canalla! ¿En los bolsillos qué te queda? ¡Esta no es la ropa! ¿Qué hiciste con ella? ¡Habla! ¿Dónde tienes el dinero?

Ávidamente comenzó a registrarle. De inmediato, Marmeladof extendió los brazos, mansamente, para facilitarle la actividad de escudriñar en sus bolsillos. Encima no tenía ni un kopek.

—¿Dónde tienes el dinero? —continuó gritando la mujer—. ¡Señor! ¿Será posible que se lo haya tomado todo? ¡En el baúl quedaban doce rublos!

Cogió a su esposo por los cabellos en un arrebato de furia y lo forzó a entrar a punta de tirones. Marmeladof intentaba aminorar su esfuerzo arrastrándose, de rodillas, humilde y dócilmente tras ella.

—¡Para mí es un placer, no un sufrimiento! ¡Amigo mío, un placer! —exclamaba al tiempo que su esposa lo agarraba del cabello y lo zarandeaba.

Finalmente, su frente dio contra el entarimado. La niña que estaba durmiendo en el suelo se despertó y estalló en llanto. De pie en su rincón, el niño no pudo aguantar la escena: nuevamente comenzó a gritar, a temblar y, estremecido y lleno de pánico, se lanzó en brazos de su hermana. La niña mayor temblaba como una hoja.

—¡Se lo ha bebido todo, todo! —gritaba la pobre mujer llena de desesperación—. ¡Y este traje no es suyo! ¡Están muertos de hambre! —señalaba a los pequeños, se retorcía los brazos—. ¡Maldita existencia!

De repente se dirigió a Raskolnikof.

—¿Y a ti no te avergüenza? ¡Vienes de la cantina! ¡Estabas bebiendo con él! ¡Vete de aquí!

Callado, el muchacho se apresuró a irse. Acababa de abrirse la puerta interior y se iban asomando rostros cínicos y burlones, bajo el gorro encasquetado y llevando en la boca la pipa o el cigarrillo. Unos llevaban batas caseras; otros, trajes de verano ligeros hasta rayar en la indecencia. Unos tenían las cartas en la mano. Cuando escucharon a Marmeladof decir que los tirones de cabello eran para él una delicia se echaron a reír con todas sus ganas. Algunos entraron en el cuarto. Finalmente se escuchó una voz silbante, de mal agüero. Era, en persona, Amalia Ivanovna Lipevechsel que entre los curiosos se abrió paso para restituir el orden a su modo y apurar, por centésima ocasión, a la desgraciada mujer, cruelmente y con palabras ofensivas, a abandonar el cuarto al día siguiente.

Raskolnikof, antes de salir, tuvo tiempo de llevarse la mano al bolsillo, tomar las monedas que le sobraban del rublo que cambió en la cantina y dejarlas, sin que lo vieran, en el alféizar de la ventana. Luego, cuando estuvo en la escalera, se arrepintió de su generosidad y casi estuvo a punto de subir nuevamente.

Pensó: “¡Pero qué estupidez cometí! Ellos cuentan con Sonia, y yo no tengo nadie que me ayude”.

Después se dijo que ya no podía regresar a recoger el dinero y que, aunque hubiese podido, no lo habría hecho, y decidió volver a casa.

“Sonia requiere cremas —continuó diciéndose, con una risita irónica, al tiempo que caminaba por la calle—. Es una limpieza que cuesta mucho dinero. Sonia, quizá ahora está sin un kopek, ya que depende de la suerte esta caza de hombres, igual que la de los animales. Tendrían que apretarse el cinturón sin mi dinero. Igual les sucede con Sonia. Han hallado en ella una auténtica mina. Y se están aprovechando... Sí, se están aprovechando. Se han habituado. Inicialmente derramaron unas pocas lagrimitas, pero después se habituaron. ¡Miseria humana! A todo se acostumbra uno”.

Quedó absorto. De repente, instintivamente, dijo:

—Sin embargo, ¿y si esto no es cierto? ¿Y si los seres humanos no son unos miserables, o, por lo menos, todos los seres humanos? Entonces habría que aceptar que los prejuicios, los temores inútiles, nos someten y que, ante nadie ni ante nada, uno no debe paralizarse. ¡Lo que hay que hacer es actuar!


Capítulo III

Tras un sueño intranquilo que no le había proporcionado ningún descanso se despertó muy tarde al día siguiente. Abrió los ojos de muy mal humor y paseó una mirada hostil por su cuartucho. No tenía más de seis pasos de longitud y brindaba el aspecto más miserable, con su tapiz amarillo y cubierto de polvo, despegado a pedazos, y tan bajo de techo, que una persona que rebasara solamente en unos centímetros la estatura media no habría permanecido allí cómodamente, ya que habría tenido miedo de pegar la cabeza contra el techo. Los muebles armonizaban con la estancia. Eran tres sillas viejas, casi cojas; una mesa pintada, que se encontraba en un rincón y sobre la cual se podían ver, como tirados, unos cuadernos y libros tan llenos de polvo que bastaba mirarlos para sacar la deducción de que en mucho tiempo no los habían tocado, y, en fin, un largo y raro diván que llenaba casi todo lo largo y la mitad de lo ancho de la habitación y que se encontraba forrado de una indiana hecha jirones. Esta era la cama de Raskolnikof, que acostumbraba a acostarse totalmente vestido y con su vieja capa de estudiante como única manta. Usaba como almohada un pequeño cojín, bajo el cual ponía, para hacerlo algo más alto, toda su ropa blanca, la sucia y la limpia. Había una pequeña mesa frente al diván.

No era fácil imaginar una pobreza más grande y un mayor abandono; pero debido a su estado de ánimo y espíritu, Raskolnikof se sentía dichoso en esa cueva. Vivía como una tortuga dentro de su concha, se había aislado del resto del mundo. Lo ponía fuera de sí la simple presencia de la criada de la casa, que en ocasiones echaba una mirada a su cuarto. Así les sucede frecuentemente a los enfermos mentales sometidos por pensamientos fijos.

La dueña de la casa no le mandaba la comida desde hacía quince días, y ni siquiera le había pasado por la mente ir a pedirle explicaciones, aunque se quedaba sin ingerir alimentos. La cocinera y única criada de la casa, Nastasia, estaba fascinada con el comportamiento del inquilino, cuyo cuarto había dejado hacía tiempo de barrer y limpiar. Excepcionalmente entraba en la habitación solo a pasar la escoba. Aquella mañana ella fue la que lo despertó.

—¡Levántate ya! ¡Vamos! —le gritó—. ¿Te piensas pasar la vida durmiendo? Ya son las nueve de la mañana... Te traje té. ¿Deseas una taza? Hasta pareces un muerto.

El joven abrió los ojos, ligeramente se estremeció y reconoció a la criada.

—¿Me lo manda la patrona? —preguntó, incorporándose trabajosamente.

—¿Cómo se le ocurre algo tan absurdo?

Y colocó frente a él una tetera rajada, en la que todavía quedaba algo de té, y dos terrones de un amarillento azúcar.

—Escucha, hazme un favor, Nastasia; —dijo Raskolnikof, extrayendo de un bolsillo un puñado de calderilla, algo que pudo hacer porque, como ya era habitual, se había dormido con ropa—. Toma y cómprame un panecillo blanco y un poco de salchichón del menos costoso.

—En seguida te traeré el panecillo blanco, pero el salchichón... ¿No deseas mejor un plato de catchis? Está muy rico y es de ayer. Te lo había guardado, pero regresaste muy tarde. Está muy bueno, palabra.

Cuando trajo la sopa y Raskolnikof comenzó a comer, Nastasia se sentó junto a él, en el diván, y comenzó a conversar. Ella era una campesina que hablaba hasta por los codos y que llegó a la capital directamente de su pueblo.

—Praskovia Pavlovna quiere ir a la policía a denunciarte —dijo.

Él frunció el ceño.

—¿A la policía? ¿Pero por qué?

—La cosa no puede ser más evidente: porque no le pagas ni tampoco lo vas a hacer.

—Esto es lo único que me faltaba —susurró el muchacho, oprimiendo los dientes—. En estos instantes, esa denuncia para mí sería una perturbación. ¡Esa mujer es estúpida! —agregó en voz alta—. Hablaré con ella hoy mismo.

—Es estúpida, desde luego. Igual que yo. Pero tú, que eres tan inteligente, ¿por qué pasas todo el día tendido de esa manera como un saco? Y ni siquiera se sabe qué tonalidad tiene el dinero. Comentas que le dabas lecciones a los pequeños anteriormente. ¿Y ahora por qué no haces nada?

—Sí hago algo —contestó Raskolnikof con sequedad, forzadamente.

—¿Pero qué es lo que haces?

—Un trabajo.

—¿Y qué trabajo es ese?

—Reflexiono —contestó el muchacho seriamente, después de un silencio.

Nastasia comenzó a retorcerse. Tenía un carácter alegre y, cuando la hacían reír, se retorcía calladamente, al tiempo que todo su cuerpo era sacudido por las silenciosas carcajadas.

—¿Y con tus reflexiones has ganado mucho dinero? —preguntó cuando finalmente logró pronunciar palabras.

—Cuando no se tienen botas no se pueden dar lecciones. Además, detesto las lecciones: las escupiría de buena gana.

—El salivazo podría caer sobre ti, por lo tanto, no escupas tanto.

—¡Imagínate, lo poco que se paga por las lecciones! ¡Solamente unos pocos kopeks! ¿Yo qué haría con eso?

Continuaba hablando como forzadamente y daba la impresión de que respondía a sus propios pensamientos.

—Entonces, ¿intentas ganar una fortuna de una sola vez?

Raskolnikof la miró de forma rara.

—Sí, una inmensa fortuna —contestó con firmeza después de una pausa.

—Bueno, bueno; no pongas ese rostro tan espantoso... ¿Y del panecillo blanco qué me dices? ¿Lo busco o no?

—Haz lo que desees.

—¡Ah, se me iba a olvidar! Cuando no estabas en casa llegó una misiva para ti.

—¿Una misiva para mí? ¿De quién?

—Lo ignoro. Lo único que sé es que le di al cartero tres kopeks. Confío en que me los devuelvas.

—¡Por el amor de Dios, tráela! ¡Trae esa misiva! —dijo Raskolnikof, hondamente agitado—. ¡Dios!... ¡Dios!...

Tenía la misiva en la mano un minuto después. Era de su madre, como había imaginado, ya que provenía del distrito de R***. Estaba lívido. No había recibido ninguna carta desde hacía mucho tiempo; pero era por otra causa la emoción que agitaba su corazón en ese instante.

—¡Nastasia, márchate! ¡Márchate, por el amor de Dios! Toma tus tres kopeks, pero márchate de inmediato; te lo suplico.

En sus manos temblaba la misiva. No deseaba abrirla en presencia de la criada; quería quedarse solo para poder leerla. Cuando Nastasia se fue, el muchacho se llevó el sobre a su boca y lo besó. Luego permaneció unos instantes observando la dirección y contemplando la caligrafía, esa escritura fina y algo inclinada que tan conocida y querida le era; la letra de su madre, a la que él mismo, hacía tiempo, enseñó a leer y escribir. Demoraba el instante de abrirla: parecía sentir un poco de temor. Finalmente rasgó el sobre. Era extensa la carta. Muy apretada, la letra ocupaba, por ambos lados, dos grandes hojas de papel.

La carta decía:

Mi amado Rodia: ya hace dos meses que no te escribo y esto ha sido tan triste y dificultoso para mí, que incluso muchas noches no me ha dejado conciliar el sueño. Discúlpame este involuntario silencio. Ya sabes cuánto te amo. Dunia y yo solamente te tenemos a ti; para nosotras tú lo eres todo: toda nuestra ilusión, toda nuestra esperanza, toda nuestra confianza en el futuro. Solamente nuestro Señor sabe lo que sentí cuando me comentaste que ya hacía varios meses tuviste que abandonar la universidad por no tener dinero y que perdiste las lecciones y no contabas con ningún recurso para vivir. Con mis ciento veinte rublos al año de pensión, ¿cómo te puedo ayudar? Con la garantía de mi pensión le pedí prestados a un comerciante de esta ciudad, llamado Vakruchine, los quince rublos que te mandé hace cuatro meses. Es una excelente persona y fue amigo de tu padre; pero como yo, por escrito, le había autorizado a cobrar a mi nombre la pensión, tenía que tratar de devolverle el dinero, algo que ya hice. Ya sabes por qué no he podido mandarte nada de dinero en estos últimos meses.

Sin embargo, gracias a Dios, ahora creo que te podré enviar algo. Por otro lado, en estos instantes no podemos lamentarnos de nuestra suerte, por la razón que me apresuro a informarte. Querido Rodia, ante todo, tú no sabes que ya hace seis semanas que tu hermana está viviendo conmigo y que ya no tendremos que separarnos de nuevo. Gracias a Dios, sus sufrimientos y angustias han finalizado. Pero vayamos ordenadamente: de esa manera sabrás todo lo sucedido, todo lo que hasta este momento te hemos escondido.

Cuando me escribiste hace dos meses comentándome que supiste que Dunia cayó en desgracia en casa de los Svidrigailof, que la trataban con poca consideración, y me solicitabas que te lo explicara todo, no creí que era adecuado hacerlo. Si te hubiese relatado la verdad, lo habrías abandonado todo para venir, aunque hubieras tenido que hacerlo a pie, pues conozco tu temperamento y tus sentimientos y estoy segura de que no habrías permitido que ofendieran a tu hermana.

Yo estaba angustiada y desesperada, pero ¿qué podía hacer? Por otro lado, yo no conocía toda la verdad. El mal estaba en que Dunetchka, cuando entró el año pasado en casa de los Svidrigailof como institutriz, pidió por adelantado la significativa cantidad de cien rublos, comprometiéndose a devolverlos con sus sueldos. Por lo tanto, no podía abandonar el empleo hasta haber cancelado la deuda. Dunia (en este momento, mi amado Rodia, ya te lo puedo explicar todo) pidió esta suma únicamente para poder mandarte los sesenta rublos que entonces requerías urgentemente y que, en efecto, te enviamos el año pasado. Entonces te mentimos diciéndote que Dunia tenía ahorrado ese dinero. No era cierto; la realidad es la que te voy a relatar ahora, primeramente, porque nuestra fortuna ha cambiado repentinamente por la voluntad de Dios, y también porque de esa manera tendrás una prueba de lo mucho que te ama tu hermana y de la nobleza e inmensidad de su corazón.

El señor Svidrigailof comenzó a ser grosero con ella, dirigiéndole todo tipo de burlas y expresiones incómodas, sobre todo cuando se encontraban en la mesa... Pero sobre estos desagradables pormenores no deseo extenderme: no lograría otra cosa que irritarte sin ninguna necesidad, ahora que ya todo ha pasado.

La vida de Dunetchka era un tormento, en resumidas cuentas, a pesar de que recibía un trato afable, gentil y bondadoso de Marta Petrovna, la mujer del señor Svidrigailof, y de todas las demás personas que habitaban en la casa. Era todavía más difícil la situación de Dunia cuando el señor Svidrigailof bebía más de lo normal, cediendo a las costumbres adquiridas en el ejército.

Y esto no fue nada comparado con lo que finalmente nos enteramos. Imagínate que Svidrigailof, el muy demente, desde hacía tiempo sentía por Dunia una pasión que escondía bajo su comportamiento grosero y despectivo. Quizá sentía vergüenza y temor ante la idea de alimentar, él, un hombre ya mayor, un padre de familia, esas ilusiones involuntarias y licenciosas hacia Dunia; quizá sus groserías y sus ironías no tenían más finalidad que esconder su pasión a los ojos de su familia. Finalmente no logró dominarse y, claramente, le hizo propuestas deshonestas e indecentes. Le prometió a Dunia cuanto te puedas suponer, incluso dejar a su familia e irse con ella a una ciudad distante, o al extranjero si ella lo deseaba. Ya te puedes imaginar lo que esto significó para tu hermana. Dunia no podía abandonar su empleo, no solamente porque no había cancelado su deuda, sino por miedo a que Marfa Petrovna sospechara la verdad, lo que habría introducido la discordia en la familia. Además, incluso ella habría padecido las secuelas del escándalo, ya que demostrar la verdad habría sido muy difícil.

Todavía había otros motivos para que Dunia no pudiera abandonar la casa hasta después de seis semanas. Ya sabes que Dunia es una mujer inteligente y de temperamento muy firme. Puede aguantar las peores circunstancias y hallar en su ánimo la entereza suficiente para mantener la calma. Pese a que nos escribíamos frecuentemente, ella no me decía nada sobre esto para no entristecerme ni angustiarme. El desenlace ocurrió repentinamente. Por pura casualidad, Marfa Petrovna sorprendió un día en el jardín a su esposo en el instante en que estaba acosando a tu hermana, y lo interpretó todo al revés, culpando a Dunia. Después de esto surgió una violenta escena en el mismo jardín. Incluso, Marfa Petrovna le pegó a Dunia: no quiso escucharla y, durante más de una hora, estuvo gritando. Finalmente, la mandó a mi casa en una sencilla carreta, a la que fueron lanzados desordenadamente su ropa blanca, sus vestidos y todos sus objetos personales: ni siquiera la dejó hacer sus maletas. Para colmo de desgracias, en ese instante comenzó a llover, y tu hermana, después de haber padecido las más inhumanas y feroces ofensas y humillaciones, debió recorrer diecisiete kilómetros en una carreta sin toldo y acompañada por un mujik. Ahora dime qué podía yo responder a tu misiva, qué podía relatarte de esta historia.

Me encontraba verdaderamente angustiada. No me atrevía a contarte la verdad, ya que con ello solamente habría logrado entristecerte y provocar tu indignación. Además, ¿tú qué podías hacer? Perderte: solo eso. Por otro lado, Dunia me prohibió. Me sentía incapaz de llenar una carta de palabras vacías y frívolas cuando mi corazón estaba lleno de dolor.

Fuimos el tema favorito de los murmuradores e intrigantes de la ciudad desde que se conoció todo esto, y eso duró un mes completo. Ni siquiera nos atrevimos a cumplir con nuestras actividades y deberes religiosos, ya que nuestra presencia era recibida con miradas despectivas, cuchicheos e incluso comentarios en voz alta. Nuestras amistades se alejaron de nosotras, nadie se nos acercaba ni nos saludaba, e incluso sé de buena fuente que varios empleadillos planeaban contra nosotras la mayor ofensa y humillación: recubrir la puerta de nuestra casa con brea. A propósito, el casero nos había exigido que le entregáramos la vivienda.

Y la culpable fue Marfa Petrovna, que se había apresurado a difamar e injuriar a tu hermana por toda la ciudad. Casi diariamente visitaba esta población, en la que conoce a muchas personas. Es una habladora que se satisface en relatar historias familiares frente al primero que llega y, sobre todo, en criticar a su esposo públicamente, cosa que me parece mal. Así, no es raro que no le alcanzara el tiempo para ir divulgando el asunto de Dunia, no solamente por la ciudad, sino por toda la región.

Me enfermé. Dunia fue mucho más fuerte que yo. ¡Si hubieras visto la entereza y firmeza con que aguantaba su desdicha e intentaba reconfortarme y animarme! Es un verdadero ángel...

Pero Dios, en su divina misericordia, ha puesto fin a nuestra desgracia.

El señor Svidrigailof recobró la sensatez y la lucidez. Atormentado por el arrepentimiento e indudablemente condoliéndose de la suerte de Dunia, mostró a Marfa Petrovna las pruebas más categóricas y concluyentes de que tu hermana era inocente: una misiva que Dunia le escribió antes de que la mujer los sorprendiera en el jardín, para evitar las explicaciones de palabra y demostrarle que no quería tener ninguna entrevista con él. En esta carta, que quedó en poder del señor Svidrigailof cuando Dunetchka abandonó la casa, esta le recriminaba vivamente y con franca indignación la vileza de su comportamiento para con Marfa Petrovna, le decía que no olvidara que estaba casado y que era padre de familia y le hacía ver la indignidad que cometía persiguiendo a una muchacha indefensa e infortunada. Querido Rodia, en una palabra, que esta misiva respira tal nobleza y generosidad de sentimientos y está escrita con frases y expresiones tan emocionantes y conmovedoras, que cuando la leí no pude evitar el llanto, e incluso actualmente no puedo volver a leerla sin derramar unas lágrimas. Además, tu hermana pudo contar finalmente con el testimonio de los criados, que conocían más de lo que el señor Svidrigailof imaginaba.

Por segunda ocasión, Marfa Petrovna quedó atónita, como herida por un relámpago, según sus propias palabras, pero no dudó ni un instante de la inocencia de tu hermana, y al siguiente día, que era domingo, lo primero que hizo fue visitar la iglesia y suplicar a la Santa Virgen que le diera muchas fuerzas para aguantar su nuevo infortunio y para poder cumplir con su deber. Después vino a nuestra casa y, llorando con mucha amargura, nos comentó todo lo sucedido. En un arranque de arrepentimiento, se lanzó en los brazos de Dunia y le rogó que la disculpara. Luego, sin perder tiempo, visitó todas las casas de la ciudad y en todas partes, llorando y con las frases más halagadoras, rendía homenaje a la pureza, a la inocencia, a la nobleza de sentimientos y al comportamiento íntegro de tu hermana. No satisfecha con esto, mostraba y leía a todas las personas la misiva escrita por Dunetchka al señor Svidrigailof. E incluso permitía que le sacaran copias, algo que me parece exagerado. Empleó varios días en recorrer las casas de todos sus amigos.

Ello provocó que varias de sus amistades se molestaran cuando vieron que daba preferencia a otras, y creyeron que era una verdadera injusticia. Finalmente se estableció con toda precisión el orden de las visitas, de manera que cada uno supo anticipadamente el día que le correspondía el turno. Se sabía en toda la ciudad dónde y cuál día Marfa Petrovna tenía que leer la misiva, y el vecindario adquirió el hábito de reunirse en la casa beneficiada, sin excluir a esas familias que ya habían oído la lectura en su propio hogar y en el de las demás familias amigas. Yo pienso que en todo esto existe demasiada exageración, pero así es el temperamento de Marfa Petrovna. Por otro lado, la verdad es que ella ha reivindicado completamente a Dunia. Sobre el señor Svidrigailof cayó toda la vergüenza de esta historia, a quien ella muestra como único culpable, y de forma tan inflexible, que incluso me compadezco de él. En mi opinión, las personas son exageradamente severas con este hombre poco sensato.

Sobre tu hermana llovieron en seguida ofertas para dar lecciones, pero ella no aceptó ninguna. Todos se han apresurado a manifestarle su estima y respeto. Yo pienso que a esto hay que atribuir, primordialmente, el suceso imprevisto que transformará, por así decirlo, nuestra existencia. Querido Rodia, tienes que saber que Dunia recibió una propuesta de casamiento y la aceptó, lo que me apresuro a informarte. Aunque esto se hizo sin consultarte, confío en que nos disculparás, ya que entenderás que no podíamos demorar nuestra decisión hasta que tú nos respondieras. Por otro lado, no habrías logrado juzgar acertadamente las cosas estando tan distante.

Te relato, entonces, cómo han sucedido las cosas:

Piotr Petrovitch Lujine, el novio de Dunia, es consejero de los Tribunales y familiar lejano de Marfa Petrovna. A través de ella, y después de intervenir de forma activa en esta cuestión, nos manifestó su deseo de conocernos mejor. Con mucha cortesía y gentileza lo recibimos, tomamos café y, al siguiente día, nos mandó una misiva en la que nos hacía su propuesta con expresiones muy delicadas y pedía una contestación rápida y definitiva. Es un caballero muy activo y que siempre está muy ocupado. Tiene que marcharse cuanto antes para Petersburgo y debe aprovechar el tiempo lo mejor posible.

Como entenderás, inicialmente nos quedamos estupefactas, ya que no esperábamos en forma alguna una petición de esta clase, y Dunia y yo nos pasamos todo el día analizando el asunto. Es un caballero muy digno y bien situado. Tiene una pequeña fortuna y en dos departamentos presta sus servicios. Es cierto que ya tiene cuarenta y cinco años de edad, pero su aspecto es tan agradable, que no tengo ninguna duda de que todavía le gusta a las damas. Es justo y sereno, aunque quizás algo arrogante. Pero tal vez esto último sea solamente una engañosa apariencia.

Querido Rodia, ahora te hago una recomendación: al verlo en Petersburgo, algo que sucederá muy pronto, no te apures a juzgarlo severamente, como acostumbras, si ves en él algo que te moleste. Te estoy diciendo esto en un exceso de previsión, ya que estoy completamente segura de que en ti provocará una favorable impresión. Por otro lado, para conocer a una persona hay que mirarla y observarla detenidamente durante mucho tiempo, para no dejarte llevar de prejuicios y cometer equivocaciones que después no se subsanan con facilidad.

Todo lleva a pensar que Piotr Petrovitch es un caballero respetable a carta cabal. Cuando nos visitó por primera vez nos comentó que era un espíritu realista, que en muchos temas compartía la opinión de las generaciones nuevas y que odiaba los prejuicios. Charló de muchas cosas más, ya que da la impresión de que es un poco presumido y le agrada que lo escuchen, lo que no se puede considerar como un crimen, ni mucho menos. Lógicamente, yo no entendí sino una minúscula parte de lo que dijo, pero tu hermana me comentó que, pese a que tiene una mediana instrucción, parece inteligente y bondadoso. Rodia, ya conoces a Dunia: es una joven razonable, paciente, generosa, sensata y enérgica, a pesar de que tiene (de esto estoy segura) un corazón muy apasionado. La razón para este casamiento, sin dudas, no es por ninguno de los dos lados, un inmenso amor; pero tu hermana, aparte de ser muy inteligente, es una mujer que posee un corazón muy bondadoso, un auténtico ángel, y prevalecerá el deber de hacer dichoso a su esposo, quien, por su parte, intentará corresponderle, algo que hasta este instante, no tenemos razones para dudar, aunque el casamiento, hay que aceptarlo, se concretó con cierta rapidez. Por otro lado, siendo él tan sagaz e inteligente, entenderá que su dicha matrimonial dependerá de la que brinde a Dunia.

En lo que respecta a ciertas discrepancias de caracteres, de hábitos arraigados, de criterios (cuestiones que se pueden ver hasta en los hogares más dichosos), Dunia me dijo que está convencida de que podrá impedir que ello sea razón para las desavenencias, que no hay que intranquilizarse por eso, ya que ella se siente capaz de tolerar todas las pequeñas diferencias, con tal de que sean francas y justas las relaciones con su esposo. Adicionalmente, en muchas ocasiones las apariencias engañan. Me ha parecido un poco brusco y seco a primera vista; pero esto puede provenir justamente de su integridad y solamente de su integridad.

Cuando nos visitó por segunda vez ya su propuesta había sido aceptada, y nos comentó, en el transcurso de la charla, que antes de conocer a tu hermana ya había decidido contraer matrimonio con una joven decente, honesta y sin dinero, que tuviera experiencia de los problemas de la existencia, ya que piensa que el esposo, en ningún caso, debe sentirse deudor de la mujer y que, en cambio, es muy adecuado que ella vea en él un benefactor. No hablo, indudablemente, con la gentileza y elegancia con las que él habló, ya que solamente retuve la idea, no las palabras exactas. Se expresó, además, sin premeditación alguna, dejándose conducir por la pasión de la charla, tanto, que él mismo después intentó suavizar el sentido de sus frases. No obstante, a mí me parecieron un poco duras, y así se lo dije a Dunia; pero ella me respondió un poco irritada que es muy distinto decir que hacer, lo que, indudablemente, es cierto. Tu hermana no pudo conciliar el sueño la noche anterior a su respuesta y, pensando que yo estaba dormida, se puso de pie y paseó por el cuarto durante varias horas. Al final se puso de rodillas frente a la imagen y rezó con mucho fervor. Me dijo, por la mañana, que ya había decidido lo que iba a hacer.

Ya te dije que Piotr Petrovitch se marchará muy pronto a Petersburgo, adonde tiene intereses muy importantes, ya que quiere instalarse allí y trabajar como abogado. Ejerce desde hace ya mucho tiempo y ganó un caso muy importante hace poco. Si tiene que irse de inmediato a Petersburgo es porque debe continuar atendiendo en el senado una cuestión trascendental. Querido Rodia, por todo esto, este caballero será para ti extremadamente útil, y tu hermana y yo hemos pensado que en seguida puedes empezar tu carrera y considerar asegurado tu futuro. ¡Oh, si esto llegara a llevarse a cabo! Sería una dicha tan inmensa, que solamente sería gracias a un favor especial de Dios. Tu hermana solamente piensa en esto. A Piotr Petrovitch ya le hemos insinuado algo. Evidenciando una sensata prudencia, él dijo que, no pudiendo permanecer sin secretario, para él era mejor, lógicamente, confiar este trabajo a un familiar que a una persona extraña, siempre y cuando aquel tuviera la capacidad de ejecutarlo. (¿Pero cómo tú no vas a tener la capacidad de ejecutarlo?) No obstante, expresó asimismo, el temor de que, motivado a tus estudios, no tuvieras el tiempo necesario para trabajar en su bufete. Por ahora así quedó todo, pero Dunia solamente piensa en este tema. Desde hace unos días vive en un estado febril y ha fraguado ya sus proyectos para el porvenir. Te ve trabajando con Piotr Petrovitch e incluso logrando ser su socio, y eso sin abandonar tu carrera de Derecho. Rodia, en todo yo estoy de acuerdo con ella y comparto sus planes y sus ilusiones, ya que creo que todo es perfectamente realizable, pese a las evasivas de Piotr Petrovitch, muy naturales, ya que él no te conoce todavía.

Tu hermana está completamente segura de que logrará lo que quiere, debido a su influencia sobre su futuro marido, influencia que está plenamente convencida de que llegará a tener. Frente a Piotr Petrovitch nos hemos cuidado mucho de dejar evidenciar nuestras ilusiones y esperanzas, sobre todo la de que, algún día, logres ser su socio. Es un individuo muy práctico y no le habría parecido nada bien lo que habría considerado como un inútil y superficial ensueño. No le hemos comentado tampoco ni una sola palabra de nuestra firme esperanza de que te apoye materialmente cuando te encuentres en la universidad, y ello por dos motivos. El primero es que él mismo decidirá hacerlo, y lo hará de la forma más simple, sin frases grandilocuentes. Solamente faltaría que hiciera un desprecio a Dunia sobre este asunto y más todavía si tomamos en cuenta que tú puedes llegar a ser su brazo derecho, su más fiel asistente y colaborador, por decirlo de esa manera, y recibir este apoyo no como una limosna, sino como un adelanto por tu labor. De esta forma es como tu hermana quiere que evolucione este tema, y yo comparto totalmente su opinión.

El segundo motivo que nos ha impulsado a quedarnos calladas sobre este punto es que quiero que puedas verlo de igual a igual en el próximo encuentro. Con mucho entusiasmo, Dunia le ha hablado de ti, y él ha contestado que, antes de juzgarlos, a los hombres hay que conocerlos, y que hasta que no te haya tratado no formará su opinión sobre ti.

Mi querido Rodia, ahora te diré una cosa. A mí me da la impresión, por algunos motivos (que por supuesto no tienen nada que ver con el temperamento de Piotr Petrovitch y que quizá son solo caprichos de anciana), a mí me da la impresión, repito, de que sería preferible que después del matrimonio, yo siguiera viviendo sola en lugar de vivir en la casa de ellos. Estoy plenamente convencida de que él tendrá la gentileza, la generosidad y la delicadeza de invitarme a no vivir alejada de Dunia, y estoy segura de que si todavía no ha dicho nada, es porque lo cree lógico; pero yo no aceptaré. En más de una ocasión me he dado cuenta de que los yernos no suelen tener afecto a sus suegras, y yo no solamente no deseo ser una carga para nadie, sino que quiero vivir totalmente en libertad mientras todavía me queden algunos recursos y tenga hijos como tú y como Dunetchka.

Trataré de vivir cerca de ustedes, ya que todavía, Rodia, tengo que decirte lo más grato. Justamente por serlo lo dejé para el final de la misiva. Querido hijo, debes saber que probablemente los tres nos reuniremos nuevamente muy pronto, y después de una separación de tres años, podremos volver a abrazarnos. Está totalmente resuelto que tu hermana y yo iremos a Petersburgo. No te puedo decir la fecha exacta de nuestra partida, pero te puedo asegurar que está muy cerca: quizás en salir hacia allá no tardemos más de ocho días. De Piotr Petrovitch depende todo, ya que nos informará cuando tenga casa. Por algunos motivos, quiere que el matrimonio se realice lo más rápido posible, y que lo más tarde sea antes de la celebración de la cuaresma de la Asunción.

¡Cuando pueda estrecharte contra mi corazón seré muy dichosa! Ante la idea de verte de nuevo, Dunia está loca de felicidad. Me dijo (bromeando, claro está) que esto habría sido razón suficiente para decidirla a contraer matrimonio con Piotr Petrovitch. Es un auténtico ángel tu hermana.

No desea agregar nada a mi misiva, debido a que tiene tantas y tantas cosas que comentarte, que desea empuñar la pluma, ya que escribir solamente unas líneas sería totalmente inútil en este caso. Me pide que te mande miles de abrazos.

Uno de estos días, hijo, te mandaré algo de dinero, la mayor cantidad que pueda, aunque esté muy próximo nuestro encuentro. Ahora que aquí todos saben que tu hermana contraerá matrimonio con Piotr Petrovitch, nuestro crédito se ha reafirmado de repente, y te puedo jurar que Atanasio Ivanovitch me prestará hasta setenta y cinco rublos, que devolveré con mi pensión. Te podré enviar, por lo tanto, veinticinco o, quizá, treinta. Y todavía te mandaría más si no me diera temor de que me faltara para irnos para allá. Pese a que Piotr Petrovitch haya tenido la generosidad de encargarse de varios de los gastos del viaje (de nuestro equipaje, incluido el enorme baúl, que mandará a través de sus amigos, me imagino), tenemos que pensar en nuestra llegada a Petersburgo, donde no podemos estar sin algo de dinero para atender a nuestras necesidades, por lo menos en los primeros días.

Tu hermana y yo lo tenemos ya todo totalmente calculado. No nos resultará costoso el billete. Solamente hay noventa verstas de nuestra casa a la estación de ferrocarril más cercana, y ya nos pusimos de acuerdo con un mujik que nos llevará en su carro. Luego nos alojaremos felizmente en un apartamento de tercera. Yo pienso que te podré enviar treinta rublos, no veinticinco como antes.

Ya es suficiente. Llené dos hojas y no tengo más espacio. Ya te he relatado todo, estás informado ya del cúmulo de sucesos de estos últimos meses. Mi querido Rodia, ahora te abrazo al tiempo que espero que nos veamos de nuevo y te mando mi maternal bendición. Ama a tu hermana, ama a Dunia, Rodia, ámala como ella te ama a ti; ella, cuya dulzura no tiene fin; ella, que te ama más que a sí misma. Ella es un verdadero ángel, y tú, toda nuestra existencia, toda nuestra ilusión y esperanza y toda nuestra fe en el futuro. Si tú eres dichoso, también nosotras lo seremos. Rodia, ¿sigues suplicando a Dios, crees en la infinita piedad de nuestro Señor y de nuestro Salvador? Me dolería en el alma que te hubieras contagiado de esa enfermedad de moda que recibe el nombre de ateísmo. Si es así, piensa que suplico por ti. Querido, recuerda cuando eras un pequeño; entonces, en presencia de tu padre, que todavía vivía, tú, sentado en mis piernas, susurrabas tus plegarias. Y todos éramos dichosos.

Hasta luego. Te mando muchos abrazos.

Mientras viva te amará,

Pulquería Raskolnikova.

En más de una ocasión, durante la lectura de esta misiva, las lágrimas bañaron la cara de Raskolnikof y cuando terminó estaba lívido, tenía el rostro contraído y en sus labios se podía ver una sonrisa cruel y amarga. En su miserable almohada apoyó la cabeza y permaneció largo tiempo meditando. Su corazón latía con fuerza, su espíritu se encontraba perturbado. Finalmente sintió que se ahogaba en ese cuartucho amarillo que más que cuarto se asemejaba a una alacena o a un baúl. Su mente y sus ojos pedían un espacio libre. Tomó su sombrero y se fue. En esta oportunidad no sentía temor de toparse en la escalera con la dueña de casa.

Ya no recordaba todos sus problemas. Camino de Vasilievski Ostrof, tomó el bulevar V***. Caminaba rápidamente, como urgido por un negocio apremiante. No miraba nada ni a nadie, como era habitual en él, y murmuraba algunas palabras sueltas, incoherentes. Las personas se volvían a verlo. Y pensaban: “Está ebrio”.


Capítulo IV

Lo había perturbado la misiva de su madre; sin embargo, Raskolnikof no había dudado ni un momento, ni siquiera cuando la estaba leyendo, sobre el tema principal. Con respecto a este asunto, ya había tomado una decisión que no aceptaba apelación: “¡Al demonio ese señor Lujine! Mientras yo esté vivo ese casamiento no se realizará”.

“No puede estar más clara la cuestión —pensaba, sonriendo con aire victorioso y malicioso, como si estuviese completamente seguro de su triunfo—. No, mamá; no, Dunia; no lograrán mentirme... Y todavía me piden disculpas de haber decidido el asunto por su propia cuenta y sin solicitarme consejo. ¡Claro que no me lo han solicitado! Piensan que es muy tarde para terminar el compromiso. Ya veremos si se puede terminar o no. ¡Buena excusa alegan! Piotr Petrovitch siempre se encuentra tan ocupado, que solamente puede contraer matrimonio rápidamente, como un ferrocarril andando a toda velocidad. No, Dunia, lo puedo ver todo muy claro; conozco muy bien qué cosas son esas que me debes decir, y también lo que pensabas esa noche en que caminabas incesantemente por el cuarto, y lo que confiaste, de rodillas ante la imagen que siempre se ha encontrado en la habitación de mamá: la de la Virgen de Kazán. Es dura la subida del Gólgota, muy dura... Dices que la cuestión está definitivamente concertada. Tú, Avdotia Romanovna, decidiste contraer matrimonio con un caballero de negocios, un individuo práctico que tiene cierto capital (que posee ya alguna fortuna: esto suena bien e impone más consideración y respeto). Trabaja en dos departamentos del Estado y está de acuerdo con las ideas de las nuevas generaciones (como comenta mamá) y, según Dunia, parece un hombre bondadoso. Este “parece” es lo que suena mejor: Dunia se casa movida por esta sencilla apariencia. ¡Maravilloso, realmente maravilloso!

“...Me encantaría saber por qué me habla mamá acerca de las nuevas generaciones. ¿Lo habrá hecho simplemente para describir al personaje o con el segundo propósito de que el señor Lujine me sea simpático?... ¡Las muy astutas! Algo que también me encantaría poder aclarar es hasta qué punto han sido sinceras una con otra ese día decisivo, esa noche y después de esa noche. ¿Charlaría con mucha claridad o ambas entenderían, sin tener que decírselo, que tanto una como otra tenían un solo pensamiento, un solo sentimiento y que las palabras no servían para nada? Me inclino por esta última suposición: es la que deja entrever la misiva.

“Le pareció algo seco a mamá, y en su ingenuidad, la pobre mujer se apuró a comentárselo a Dunia. Y Dunia, lógicamente, se enojó y contestó con cierta rudeza. Es natural. ¿Cómo no perder la tranquilidad frente a estas ingenuidades cuando la cosa está totalmente clara y ya es imposible volver atrás? ¿Y por qué me dice: Rodia, ama a Dunia, porque ella te ama a ti más que a ella misma? ¿No será que secretamente la atormenta el arrepentimiento por haber sacrificado su hija a su hijo? “Tú eres toda nuestra existencia, toda nuestra ilusión para el futuro”. ¡Oh madre!...”.

Por instantes su irritación iba en aumento. Si en ese momento se hubiera encontrado con el señor Lujine, estaba convencido de que lo habría asesinado.

“Es verdad —continuó, cazando al vuelo los pensamientos que atravesaban su mente—, es verdad que para conocer a alguien es necesario mirarlo de cerca y durante largo tiempo, pero el temperamento del señor Lujine es muy sencillo de descifrar. El calificativo de hombre de negocios y eso de que parece bondadoso es lo que me ha gustado más. ¡Por supuesto que sí lo es! ¡Estar encargado de los costos de traslado del equipaje, incluso del enorme baúl!... ¡Qué caballero tan generoso! Y ellas, la novia y la madre, acuerdan con un mujik para dirigirse a la estación en una carreta cubierta (yo también he viajado de esa manera). Esto no es importante: total, solamente hay noventa kilómetros de la casa a la estación. Luego se alojarán felizmente en un vagón de tercera para hacer una travesía de un millar de kilómetros. Esto me parece muy lógico, porque cada cual actúa en concordancia con los recursos de que dispone. Pero señor Lujine, ¿usted qué piensa de todo esto? Ella es su novia, ¿verdad? No obstante, usted no se ha enterado de que la madre ha solicitado un préstamo con la garantía de su pensión para costear los gastos del traslado. Usted, indudablemente, ha visto la cuestión como una simple transacción comercial establecida a medias con otra persona y en la que cada socio, por lo tanto, debe pagar la porción que le corresponde. Así lo señala el adagio: “Por partes iguales el pan y la sal; los beneficios, cada uno los suyos”. Sin embargo, usted solamente ha pensado en barrer hacia el interior: los billetes son mucho más costosos que el traslado del equipaje, y es muy probable que usted no tenga que cancelar absolutamente nada por mandarlo. ¿Es que acaso ellas no ven esto o es que no desean ver nada? ¡Y dicen que están alegres! ¡Cuando pienso que esto es solamente la flor del árbol y que todavía el fruto tiene que madurar! Porque lo más grave de todo no es la tacañería, la avaricia que evidencia el comportamiento de ese individuo, sino el carácter general de la cuestión. Su actuación da una idea de lo que será el esposo, una clara idea...

“¡Como si mi madre tuviera el dinero para lanzarlo por la ventana! ¿A Petersburgo con qué llegará? Con tres rublos, o dos pequeños billetes, como los que comentaba la otra vez la anciana usurera... ¿Cómo piensa que logrará vivir en Petersburgo? Por tanto es el caso que ya ha visto, por algunas señales, que no le será posible permanecer en casa de Dunia, ni siquiera los primeros días después del matrimonio. Ese caballero fascinante y encantador seguro dejó escapar alguna pequeña palabra que abrió los ojos a mamá, pese a que ella, con todas sus fuerzas, no quiera reconocerlo. Ella misma ha comentado que no desea vivir con ellos. Pero ¿qué posee? ¿Con qué cuenta? ¿Acaso piensa mantenerse con los ciento veinte rublos de la pensión, de los que tiene que descontar el préstamo de Atanasio Ivanovitch? Desgasta en nuestra pequeña ciudad la poca vista que todavía tiene bordando puños y tejiendo ropas de lana, pero yo sé que esto no agrega más de veinte rublos anuales a los ciento veinte de la pensión; lo sé con toda seguridad. Por lo tanto, y pese a todo, ellas basan sus ilusiones en los sentimientos bondadosos y generosos del señor Lujine. Piensan que él mismo les ofrecerá su ayuda y les rogará que lo acepten. ¡Sí, sí!... Esto es muy natural en dos espíritus bellos y románticos. Hasta el último instante les presentan un caballero con plumas de pavo real y no desean mirar más que el bien, jamás el mal, a pesar de que esas plumas no sean sino el dorso de la medalla; no desean llamar a las cosas por su nombre anticipadamente; la sola idea de hacerlo les resulta inaguantable. Con todas sus fuerzas no aceptan la verdad hasta el instante en que el caballero idealizado por ellas les da un golpe en el rostro. Me encantaría saber si el señor Lujine está condecorado. Estoy completamente seguro de que tiene la cruz de Santa Ana y se engalana con ella en los banquetes brindados por los empresarios y los grandes negociantes. No me cabe la menor duda de que también la lucirá el día del matrimonio... En fin, ¡que se vaya al demonio!

“Esto lo puedo aceptar en mamá, que es de esa manera, pero en Dunia no tiene ninguna explicación. Mi querida Dunetchka, te conozco muy bien. Cuando te vi por última vez tenías casi veinte años, y sé perfectamente cómo es tu temperamento. En su misiva mamá dice que Dunetchka tiene tal entereza que es capaz de aguantarlo todo. Yo ya sabía esto: sé, desde hace dos años y medio, que Dunetchka puede aguantarlo todo. El hecho de que haya logrado aguantar al señor Svidrigailof y todos los problemas y dificultades que este individuo le ha provocado evidencia que, efectivamente, es una mujer de mucha entereza. Y ahora supone, como mamá, que de igual manera podrá aguantar a ese señor Lujine que defiende la teoría de la supremacía de las mujeres tomadas en la pobreza y para las que el esposo se transforma en un benefactor, algo que manifiesta (es un detalle que hay que recordar siempre) en su primera visita. Aceptemos que las palabras se le escaparon, pese a ser un caballero sensato (probablemente no se le escaparon, ni mucho menos, a pesar de que él lo dejara entrever de esa manera en las explicaciones que dio rápidamente). Pero ¿Dunia qué se propone? Se dio cuenta de cómo es este caballero y sabe que, si se casa, tendrá que compartir su vida con él. No obstante, es una mujer que viviría de agua y pan duro antes que vender su libertad moral y alma: no las cambiaría por todo el oro de la Tierra, no las sacrificaría a las comodidades ni a los lujos, y mucho menos, lógicamente, por el señor Lujine. No, la Dunia que yo conozco es diferente a la de la misiva, y estoy completamente seguro de que no cambió. Ciertamente, su existencia era muy dura en casa de Svidrigailof; no es nada agradable pasar la vida entera trabajando como institutriz por doscientos rublos anuales; pero no tengo dudas de que para mi hermana sería preferible trabajar con los negros de un hacendado o con los criados letones de un alemán del Báltico, que corromperse y perder la dignidad atando su existencia por asuntos de interés con un hombre al que no ama y con el que no coincide en nada. Dunia no accedería a ser su legítima concubina aunque el señor Lujine estuviera hecho de brillantes y oro puro. Entonces, ¿por qué lo aceptó?

“¿Qué enigma es este? ¿Dónde se encuentra la clave del misterio? Esto no puede estar más claro: ella nunca se vendería por sí misma, por su prosperidad, ni siquiera por librarse de morir. Pero lo está haciendo por otro; se vende por alguien a quien ama. Aquí se explica el enigma: está dispuesta a venderse por su hermano y por su madre... Al llegarse a esto, incluso estamos violentando nuestras convicciones más puras. La persona coloca en venta su serenidad, su conciencia, su libertad. “Muera yo con tal que las personas que amo sean dichosas”. Nos fabricamos, además, una casuística sutil y rápidamente nos convencemos a nosotros mismos de que nuestro comportamiento es insuperable, de que era necesario, de que la excelencia del objetivo justifica nuestra actuación. Somos de esa manera. Todo, como la luz, está muy claro.

“En este caso es innegable que solamente se trata de Rodion Romanovitch Raskolnikof: el primer plano lo ocupa él. ¿Cómo brindarle la dicha, dejarlo proseguir los estudios universitarios, relacionarlo, asociarlo con un caballero bien ubicado, asegurar su futuro? Transcurrido el tiempo, quizá llegue a ser un caballero muy rico, respetado, lleno de honores, e incluso puede finalizar su existencia en pleno renombre y popularidad... ¿La madre qué dice? ¿Pero qué ha de decir? Se está hablando de Rodia, de Rodia, el incomparable, del primogénito. Aunque esta hija sea una Dunia, ¿cómo no debe sacrificar al hijo mayor la hija? ¡Oh seres amados e injustos! Sin duda, aceptarían incluso el destino de Sonetchka, Sonetchka Marmeladova, la inmortal, la eterna Sonetchka, que durará tanto como lo hará el mundo. Pero ¿han medido bien el tamaño del sacrificio? ¿Saben lo que significa? ¿No es excesivamente duro para ustedes? ¿Acaso es útil? ¿Vale la pena? ¿Es sensato? Dunetchka, debes saber que el destino de Sonia no es más espantoso que la existencia junto al señor Lujine. Mamá dijo que este no es un casamiento de amor. ¿Y qué sucederá si, además de no existir amor, tampoco hay aprecio, ya que, por el contrario, ya existe el desprecio, la antipatía, el espanto? ¿A esto qué me dices?... Habrá que mantener la “limpieza”.

“Sí, eso es. ¿Entienden lo que significa esta limpieza? ¿Saben que para Lujine esta limpieza no es diferente en nada a la de Sonia? Incluso se puede decir que es peor, ya que, si se mira bien, en tu caso, Dunia, hay alguna esperanza de lujo, comodidades, de cosas superfluas, cierto resarcimiento, en fin, mientras que en el caso de Sonia, simplemente se trata de no fallecer de hambre. Esta “limpieza” es costosa, Dunetchka, muy costosa. ¿Y qué ocurrirá si el sacrificio es mayor a tus fuerzas, si sientes remordimiento por lo que has hecho? Entonces todo se convertirá en lágrimas derramadas secretamente, una amargura sin fin y maldiciones, porque tú no eres una Marfa Petrovna, a fin de cuentas. ¿Y, entonces, qué será de mamá? Ten presente que ya se siente intranquila y angustiada. Cuando vea las cosas con toda claridad, ¿qué será? ¿Y yo? ¿Qué será de mí? Porque, realmente, no han pensado ni un poco en mí. ¿Por qué? Yo no deseo tu sacrificio, Dunetchka; no lo deseo, mamá. Mientras yo viva este matrimonio no se realizará. ¡No, no lo aceptaré!”.

De repente regresó a la realidad y se paró.

“Dices que el casamiento no se llevará a cabo, pero ¿qué harás para evitarlo? Y ¿con qué derecho podrás impedirlo? Tú les dedicarás toda tu existencia, todo tu futuro, pero cuando hayas finalizado los estudios y estés situado. Eso ya sabemos lo que significa: solamente son castillos en el aire... En este momento, de inmediato, ¿qué harás? Por lo tanto es en este instante cuando debes hacer algo, ¿no entiendes? ¿Y entonces qué es lo que haces? Las estás arruinando, ya que si te han podido enviar dinero ha sido porque una pidió un préstamo sobre su pensión y la otra un adelanto de su sueldo. Tú, futuro millonario imaginario, Zeus de fantasía que te arrogas el derecho de disponer de su destino, ¿cómo las librarás de los Atanasio Ivanovitch y de los Svidrigailof? Tu madre, en diez años, habrá tenido tiempo para perder la visión bordando, cosiendo y llorando, y la salud a fuerza de privaciones, miseria y carencias. ¿Y de Dunia qué me dices? ¡Vamos, intenta imaginarte lo que, dentro de diez años o en el transcurso de estos diez años, será tu hermana! ¿Has entendido?”.

Haciéndose estas preguntas se atormentaba y, al mismo tiempo, sentía una especie de placer. No podían asombrarlo, porque no eran nuevas para él: eran antiguos asuntos familiares que ya le habían hecho padecer cruelmente, tanto, que su corazón estaba destrozado. Esta angustia que le atormentaba hacía ya mucho tiempo que había nacido en su alma. Después había ido creciendo, desarrollándose y recientemente daba la impresión de que se había abierto como una flor y adoptado la forma de una aterradora, fantástica y feroz pregunta que lo torturaba incesantemente y le exigía una respuesta de manera imperiosa.

Como un relámpago había caído la carta de su madre sobre él. Era notorio que ya no había tiempo para quejas ni sufrimientos inútiles. No era momento de razonar sobre su incapacidad, sino que debía actuar de inmediato y lo más rápido posible. Costara lo que costara, tenía que tomar una decisión, una cualquiera. Tenía que hacer esto o...

—¡Renunciar a la auténtica existencia! —dijo casi delirando—. Admitir el destino resignadamente, admitirlo tal como es y para siempre, asfixiar todas las aspiraciones, desistir de manera definitiva del derecho de actuar, de amar, de vivir...

“¿Usted entiende lo que significa no tener adónde ir?”. Estas fueron las palabras que había pronunciado Marmeladof la víspera y de las que Raskolnikof se acordó repentinamente, porque “todo hombre debe tener un sitio adónde ir”.

Se estremeció súbitamente. Una idea que el día anterior había atravesado su cabeza acababa de acudir de nuevo a su mente. Sin embargo, no era el regreso de este pensamiento lo que lo había hecho temblar. Sabía que la idea debía regresar, lo intuía, lo presentía, lo aguardaba. Pero no era exactamente la misma que la del día anterior. La diferencia consistía en que la de la víspera, igual a la de todo el último mes, solamente era un sueño, mientras que en este momento... en este momento se le manifestaba bajo una forma enigmática, nueva, amenazante. Lo notaba claramente. Sintió como si le golpearan la cabeza; ante su mirada se extendió una nube.

Miró rápidamente a su alrededor como si buscara algo. Tenía la necesidad de sentarse. Su mirada deambulaba buscando un banco. En ese instante estaba en el bulevar K***, y a unos cien pasos de distancia vio el banco. Apresuró el paso cuanto pudo, pero cuando iba caminando le ocurrió un pequeño suceso que, durante unos minutos, llamó su atención. Se encontraba viendo el banco desde lejos cuando se dio cuenta de que a unos veinte pasos delante de él estaba una mujer a la que inicialmente no le prestó más atención que a todas las demás cosas que, hasta ese instante, había visto en su camino. ¡Cuántas veces llegaba a su casa sin recordar ni siquiera las calles que había transitado! Incluso se había habituado a caminar por la calle sin mirar nada. Sin embargo, en esa mujer había algo raro que asombraba desde el primer instante, y lentamente fue captando la atención de Raskolnikof. Inicialmente, esto sucedió contra su voluntad e incluso lo puso malhumorado, pero de inmediato la emoción que lo había dominado comenzó a cobrar una fuerza que iba en aumento. De repente le asaltó el deseo de intentar descubrir lo que hacía tan rara a esa mujer.

A juzgar por las apariencias, debía ser, por supuesto, una joven, casi una adolescente. Llevaba la cabeza descubierta, sin sombrilla, pese al sol inclemente, y sin guantes, y al caminar balanceaba toscamente los brazos. Tenía un ligero vestido de seda, abrochado a medias, muy mal ajustado al cuerpo y con una rasgadura en el talle, en lo alto de la falda. A su espalda ondulaba un jirón de tela. Sobre los hombros llevaba una pañoleta y caminaba con paso indeciso e inseguro.

La atención de Raskolnikof acabó por despertar completamente con este encuentro. Cuando llegaron al banco alcanzó a la joven, y ella, más que sentarse, se dejó caer y, echando hacia atrás la cabeza, cerró los ojos como si estuviera muy agotada. Cuando la observó de cerca, se dio cuenta de que su estado era debido a un exceso de alcohol. Esto era tan raro, que Raskolnikof se preguntó en el primer instante si no habría cometido un error. Estaba viendo un pequeño rostro casi de niña, de unos dieciséis años, quizá quince, un rostro adornado de cabellos rubios, bello, pero algo abotagado y congestionado. La muchacha parecía estar totalmente inconsciente; cruzó las piernas, adoptando una posición desvergonzada, y daba la impresión de que no se daba cuenta de que se encontraba en la calle.

Raskolnikof no tomó asiento, pero tampoco quería irse. Se mantenía de pie frente a ella, indeciso.

Ese bulevar, siempre tan poco frecuentado, se encontraba totalmente solitario a esa hora: era casi la una de la tarde. No obstante, a unos cuantos pasos de allí, en la orilla de la calzada, había un hombre que por una razón u otra parecía sentir un gran deseo de aproximarse a la joven. También había visto, indudablemente, a la muchacha antes de que llegara al banco y la siguió, pero Raskolnikof le impidió ejecutar sus planes. Veía con rabia al muchacho, aunque disimuladamente, de manera que Raskolnikof no lo notó, y aguardaba impacientemente el instante en que el harapiento muchacho le dejara libre el camino.

Todo estaba totalmente claro. Ese hombre era un señor de unos treinta años de edad, fuerte, grueso y muy bien vestido, de piel roja y boca encarnada y pequeña, coronada por un bigote muy fino.

Raskolnikof sintió una violenta furia cuando lo vio. Repentinamente lo asaltó el deseo de insultar a ese presumido.

—Svidrigailof, dígame, ¿usted qué está buscando aquí? —dijo cerrando los puños y con una sonrisa sarcástica.

—¿Esto qué significa? —respondió el interpelado arrogantemente, frunciendo el ceño y al tiempo que su rostro adquiría una expresión de enojo y sorpresa.

—Esto lo que significa es: ¡Fuera de aquí!

—Miserable, ¿cómo te atreves?...

Alzó su fusta. Con los puños cerrados, Raskolnikof se abalanzó sobre él, sin darse cuenta de que su enemigo podía deshacerse fácilmente de dos hombres como él. Pero en este instante alguien lo sujetó por la espalda con mucha fuerza. Entre los dos rivales se interpuso un oficial de policía.

—¡Señores, tranquilos! En los sitios públicos no se permiten peleas.

Y al darse cuenta de su destrozado traje le preguntó a Raskolnikof:

—¿A usted qué le sucede? ¿Cuál es su nombre?

Con mucha atención, Raskolnikof lo observó. El policía tenía un noble rostro de soldado y tenía grandes patillas y bigotes. Sus ojos parecían llenos de inteligencia.

—Justamente usted es el hombre que necesito —gritó el muchacho tomándolo del brazo—. Yo soy Raskolnikof, antiguo estudiante... Digo que lo necesito por usted —agregó dirigiéndose al otro—. Guardia, venga conmigo; quiero que vea algo...

Y sin soltarle el brazo, llevó al policía al banco.

—Venga... Vea... Está totalmente ebria. Se paseaba por el bulevar hace un instante. Solamente Dios sabe lo que será, pero por supuesto, no tiene apariencia de mujer de la vida alegre profesional. Yo pienso que la hicieron beber y, para abusar de ella, se han aprovechado de su borrachera. ¿Entiende usted? Luego la dejaron libre en este lamentable estado. Mire que su vestido está desgarrado y mal puesto. Ella misma no se ha vestido, sino que la vistieron. Esto es un trabajo de unas manos inexpertas, de unas manos masculinas; es evidente. Y ahora mire para ese lado. A ese hombre con el que casi llegué a las manos hace un instante no lo conozco: es la primera vez que lo veo. Él la miró como yo, hace unos momentos, en su camino, se dio cuenta de que estaba embriagada, sin conciencia, y sintió el deseo de aproximarse a ella y llevársela Dios sabe adónde, aprovechándose de su ebriedad. Estoy completamente seguro de no estar cometiendo un error. No estoy errado, confíe en mí. Vi cómo la vigilaba. Yo destruí sus planes, y ahora solamente espera que me marche. Mire: se ha apartado un poco y está encendiendo un cigarrillo para disimular. ¿Cómo podríamos librar esta desdichada muchacha de él y acompañarla a su casa? Piense a ver si se le ocurre alguna cosa.

Al instante, el policía entendió la situación y se puso a analizar. Eran evidentes las intenciones del grueso hombre; pero tenía que conocer las de la joven. El policía se inclinó sobre ella para examinar su cara más de cerca y sintió una franca compasión.

—¡Qué pena! —dijo, sacudiendo la cabeza—. Es una pequeña. Es indudable que le han tendido un lazo... Escuche, joven, ¿dónde vive usted?

La chica alzó sus pesados párpados, miró a los dos hombres con una expresión de confusión e hizo un gesto como rechazando sus interrogaciones.

—Escuche, guardia —dijo Raskolnikof, buscando en sus bolsillos, de donde sacó veinte kopeks—. Tome, aquí tiene dinero. Busque un coche y acompáñela a su casa. ¡Si pudiéramos averiguar dónde vive!...

—Jovencita —dijo nuevamente el policía, tomando el dinero—: detendré un coche e iré con usted a su casa. ¿Adónde la llevo? ¿Cuál es su dirección?

—¡Déjeme tranquila! ¡Qué pesados! —dijo la joven, haciendo nuevamente el gesto de rechazo.

—Es terrible. ¡Qué vergüenza! —se dolió el policía, sacudiendo de nuevo la cabeza con un gesto de recriminación, de compasión y de rabia—. Ahí está el problema —agregó, hablando ahora con Raskolnikof y mirándolo rápidamente, por segunda vez, de arriba abajo. Le parecía raro, sin duda, que ese muchacho harapiento le diera dinero—. ¿Usted la encontró lejos de este lugar? —le preguntó.

—Ya le dije que ella iba por el bulevar delante de mí. Se tambaleaba y se dejó caer apenas llegó al banco.

—¡Mi Dios, qué cosas tan bochornosas se ven actualmente en este mundo! ¡Tan joven, y ya ebria! No hay ninguna duda de que la engañaron. Mire bien: su vestido está cubierto de desgarrones. ¡Ah, pero cuánto vicio existe hoy en la Tierra! Quizás es hija de casa noble y distinguida venida a menos. En nuestra época esto es muy normal. Da la impresión de que es una joven de buena familia.

Nuevamente se inclinó sobre ella. Probablemente él mismo era padre de muchachas bien educadas que habrían podido pasar por jóvenes de finos modales y de buena familia.

Agitado, Raskolnikof exclamó:

—Lo más importante, lo más importante es no dejar que caiga en manos de ese hombre perverso. Por segunda vez la ultrajaría; sus propósitos son transparentes como el agua. ¡Mírelo! El muy granuja no se marcha.

Decía esto en voz alta y señalaba con el dedo al desconocido. Este lo escuchó y daba la impresión de que iba a dejarse llevar de la rabia, pero se dominó y se limitó a mirarlo despectivamente. Después se apartó poco a poco una docena de pasos y se paró nuevamente.

—No dejar que caiga en sus manos —repitió, pensativo, el policía—. Por supuesto, eso se podría lograr. Pero tenemos que averiguar su dirección. De lo contrario... Señorita, escúcheme. Me puede decir...

Nuevamente se inclinó sobre ella. De repente, la joven abrió los ojos completamente, miró con atención a los dos hombres y, como si súbitamente la luz se hiciera en su mente, se levantó del banco y caminó hacia el lado contrario de por donde había llegado.

—¡No puedo quitármelos de encima! —susurró—. ¡Los muy insolentes!

Y, de nuevo, movió los brazos con el gesto de rechazo. Caminaba rápidamente, pero todavía con paso inseguro. El elegante extraño siguió persiguiéndola, pero por el otro lado del camino y sin dejar de mirarla.

—Tranquila —dijo decididamente el policía, ajustando su paso al de la joven—: ese individuo no la incomodará. ¡Ah, cuánto vicio existe en el mundo! —repitió, suspirando.

Raskolnikof, en ese instante, sintió un impulso incomprensible.

—¡Escuche! —gritó al noble de bigotes.

El policía se volvió.

—¡Déjela! ¿A usted qué le importa? ¡Deje que se entretenga! —y señalaba al perseguidor—. ¿A usted qué le importa?

El policía no entendía nada. Lo miraba con los ojos muy abiertos.

Raskolnikof lanzó una carcajada.

—¡Bah! —dijo el policía al tiempo que sacudía la mano con desdeño.

Y siguió la persecución del elegante hombre y de la joven.

Indudablemente pensó que Raskolnikof era un loco o algo peor.

Cuando el muchacho se encontró solo se dijo, furioso:

“Se está llevando mis veinte kopeks. Ahora hará que el otro también le pague y le dejará la joven: de esa manera finalizará todo. ¿Pero quién me mandó a meterme a auxiliarla? ¿Acaso esto es mi problema? Solamente piensan en devorarse vivos unos a otros. ¿A mí qué me interesa? Tampoco sé cómo me atreví a entregar esos veinte kopeks. ¡Y no son míos!...”.

Tenía el corazón oprimido, pese a estas raras palabras. Tomó asiento en el banco abandonado. Eran confusos e incoherentes sus pensamientos. Por otro lado, pensar, fuera en lo que fuere, para él era un tormento en ese instante. Hubiera querido no recordar nada, dormirse, después despertar y comenzar una vida nueva.

“¡Pobre chica! —pensó mirando el pico del banco donde estuvo sentada—. Cuando recupere la conciencia, llorará y su madre sabrá todo. Inicialmente, su madre la golpeará, después la azotará despiadadamente, como a un ser vil, y después, probablemente, la lanzará a la calle. Aunque no la eche, una Daría Frantzevna cualquiera terminará por oler la presa, y ya tenemos a la pobre joven rodando de aquí para allá... Luego el hospital (así sucede siempre a las que tienen madres honestas y se ven forzadas a hacer todo de manera discreta), y después... después... al hospital nuevamente. Y ya es un ser acabado a los dos o tres años de esta existencia; sí, ya es una mujer cansada, agotada, a los dieciocho o diecinueve años... ¡Cuántas he visto de esa forma! ¡Cuántas llegaron a eso! Sí, todas comienzan como esta... Pero ¡a mí qué me interesa! Un tanto por ciento anual termina así y desaparece. Dios sabe dónde..., indudablemente, en el infierno, para garantizar el sosiego de los otros... ¡Un tanto por ciento! ¡Qué expresiones tan delicadas, tan técnicas, tan alentadoras, utilizan las personas!... Un tanto por ciento; no existe, pues, motivo para intranquilizarse... Si se dijera de otra manera, todo cambiaría..., sería más grande la preocupación y la angustia...

“¿Y si Dunia se viera incluida en este tanto por ciento, si no el año que estamos viviendo, el próximo?

“Pero, a propósito, ¿adónde me dirijo? —pensó de repente—. ¡Qué extraño! Yo salí de casa para ir a algún sitio; apenas he finalizado de leer salí para... ¡Ahora recuerdo: me dirigía a Vasilievski Ostrof, a casa de Rasumikhine! Pero ¿para qué? ¿Por qué motivo se le ocurrió ir a visitar a Rasumikhine? ¡Qué cosa tan rara y fuera de lo común!”.

Ni él mismo entendía su comportamiento. Rasumikhine era uno de sus viejos compañeros de universidad. Hay que señalar que cuando Raskolnikof era estudiante vivía alejado de los otros alumnos, solitario, apartado, sin visitar la casa de ninguno de ellos ni aceptar sus visitas. Muy pronto, sus condiscípulos le volvieron la espalda. No participaba en las discusiones ni en las reuniones ni en los entretenimientos de sus compañeros. Todos lo admiraban, porque estudiaba con mucho empeño, con mucha pasión, pero nadie le tenía afecto. Era extremadamente pobre, arrogante, orgulloso y, como si escondiera un secreto, vivía encerrado en sí mismo. Varios de sus compañeros consideraban que los trataba como niños a los que superaba en conocimientos y cultura y cuyas ideas e intereses estaban muy por debajo de los suyos.

No obstante, hizo amistad con Rasumikhine. Por lo menos, era con él más comunicativo, más sincero que con los otros. Y es que no era posible tratar a Rasumikhine de otra forma. Era un joven alegre, afable, extrovertido y de una bondad casi candorosa. Sin embargo, este candor no prescindía de los sentimientos hondos ni de la dignidad perfecta. Sus compañeros lo sabían, y por eso todos lo apreciaban. Se encontraba muy distante de ser torpe, pese a que en ocasiones se mostraba excesivamente ingenuo. Tenía un rostro muy expresivo; era delgado y alto, de cabello color negro, y siempre estaba mal afeitado. Cuando se presentaba la oportunidad hacía sus travesuras y se le consideraba un Hércules. Una noche que recorría las calles acompañado de sus amigos derribó de un solo puñetazo a un policía cuya estatura era, como mínimo, uno noventa de estatura. De la misma manera que bebía sin medida era capaz de mostrar la sobriedad más estricta. En ocasiones actuaba con una sensatez ejemplar, en otras hacía locuras inaceptables.

Otra característica importante tenía Rasumikhine: ninguna contrariedad lo desconcertaba; ninguna adversidad lo derrumbaba. Podría aguantar los fríos más feroces, el hambre más cruel y haber vivido sobre un tejado. Era excesivamente pobre, tenía que vivir de sus propios medios y jamás carecía de un medio u otro para lograr ganarse la vida. Conocía un sinfín de sitios donde obtener dinero..., trabajando, lógicamente.

Se le vio pasar toda una época invernal sin fuego, y él comentaba que esto era muy agradable, debido a que cuando se tiene frío se duerme mejor. Por falta de recursos también había tenido que abandonar la universidad, pero esperaba poder reiniciar sus estudios muy pronto, e intentaba, por todos los medios, mejorar su situación económica.

Raskolnikof no había ido a visitar a Rasumikhine desde hacía cuatro meses. Y Rasumikhine no sabía dónde vivía su amigo. Hacía unos dos meses, un día se toparon en la calle, pero Raskolnikof se desvió e incluso cruzó hacia la otra acera. Pese a que había reconocido perfectamente a su amigo, Rasumikhine, para no avergonzarlo, fingió que no lo había visto.


Capítulo V

Y pensó: “No hace mucho tiempo me propuse, efectivamente, ir a solicitar a Rasumikhine que me proveyera empleo (lecciones u otra cosa); pero ahora ¿él qué puede hacer por mí? Aceptemos que me encuentre unas lecciones e incluso que sus últimos kopeks, si acaso tiene alguno, los comparta conmigo, de manera que yo pueda adquirir unas botas y arreglar mi traje, ya que no me presentaré así a dar lecciones. Pero ¿después qué haré con unos pocos kopeks? ¿Acaso es esto lo que yo requiero en este momento? ¡Que vaya a casa de Rasumikhine es simplemente ridículo!”.

Le atormentaba más de lo que se confesaba a sí mismo el asunto de indagar por qué iba a casa de Rasumikhine. Con afán buscaba un significado siniestro a ese acto aparentemente tan fútil.

“¿Se puede aceptar que me haya imaginado que podría arreglarlo todo solamente con la ayuda de Rasumikhine, que en él podía encontrar la solución de todas mis graves dificultades?”, se preguntó asombrado.

Pensaba, se frotaba la frente. Y he aquí que de repente —algo que no se podía explicar—, después de estar atormentándose durante largo tiempo, una idea sorprendente y maravillosa surgió en su mente.

“Visitaré a Rasumikhine —pensó entonces serenamente, como el que ha tomado una decisión irrevocable—; visitaré a Rasumikhine, cierto, pero no en este momento...; lo visitaré al día siguiente del suceso, cuando todo haya finalizado y para mí todo haya cambiado”.

Raskolnikof volvió en sí súbitamente.

“Después del suceso —pensó sobresaltado—. Pero este suceso ¿se realizará, se llevará a cabo realmente?”.

Se puso de pie y caminó rápidamente. Casi estaba corriendo con el propósito de regresar a su casa. Sin embargo, cuando pensó en su cuarto sintió algo muy desagradable. Era en su cuarto, en ese miserable cuchitril, donde, hacía ya más de un mes, había madurado el “asunto”. Raskolnikof dio media vuelta y siguió su camino a la felicidad.

Se había apoderado de él un febril estremecimiento nervioso. Temblaba. Pese a que el calor era inaguantable tenía mucho frío. Hizo, cediendo a una casi inconsciente necesidad interna, un enorme esfuerzo para fijar su atención en las numerosas cosas que miraba, con la finalidad de poder librarse de sus pensamientos; pero el empeño fue inútil: a cada instante caía nuevamente en su delirio. Estaba abstraído unos momentos, temblaba, alzaba la cabeza, paseaba la vista a su alrededor y ya no recordaba lo que hacía unos segundos estaba pensando. Ni siquiera las calles por donde iba caminando las reconocía. De esa manera cruzó toda la isla Vasilievski, llegó ante el Pequeño Neva, atravesó el puente y llegó a las islas menores.

En el primer instante, la frescura del panorama y el verdor llenaron de alegría sus cansados ojos, acostumbrados a la blancura de la cal, al polvo de las calles, a los inmensos y aplastantes edificios. Aquí el ambiente no era pestífero ni irrespirable. No se veía ni una sola cantina... Sin embargo, pronto estas sensaciones nuevas perdieron su encanto para él, que cayó nuevamente en un enfermizo malestar.

En ocasiones se paraba frente a alguno de aquellos chalés incrustados en la verde vegetación graciosamente. Miraba por la reja y veía a la distancia, en balcones y terrazas, mujeres elegantemente vestidas y pequeños que jugaban mientras corrían por el jardín. Las flores eran lo que más le gustaba e interesaba, lo que atraía particularmente sus miradas. Veía pasar, de vez en cuando, jinetes muy elegantes, amazonas, maravillosos carruajes. Con la mirada los seguía con mucha atención y antes de que hubieran desaparecido, los olvidaba.

De repente se paró y contó su dinero. Le quedaban solamente treinta kopeks... “Veinte al funcionario policial, tres a Nastasia por la misiva. Por lo tanto, dejé ayer de cuarenta y siete a cincuenta en casa de los Marmeladof...”. Indudablemente, había hecho estos cálculos por alguna razón, pero apenas extrajo el dinero del bolsillo lo olvidó y no lo recordó de nuevo hasta que, cuando pasó poco después frente a una tienda de comestibles, más bien un tabernucho, se dio cuenta de que tenía mucha hambre.

Entró en la taberna, se bebió una copa de vodka y comió un poco de un pastel que se llevó para finalizarlo mientras seguía paseando. No había probado el vodka desde hacía mucho tiempo, y la copita que acaba de tomar le provocó un efecto fulminante. El sueño lo rendía y las piernas le pesaban. Se planteó regresar a casa, pero, cuando llegó a la isla Petrovski, se tuvo que detener: estaba totalmente fatigado.

Entonces salió del sendero, se internó en los matorrales, se dejó caer en la hierba y, de inmediato, se quedó dormido.

Los sueños de un hombre enfermo tienen habitualmente una claridad asombrosa y se parecen tanto a la realidad que hasta llegan a confundirse con ella. A veces, los hechos que se desarrollan son monstruosos, pero son tan creíbles el escenario y toda la trama y están llenos de pormenores tan inesperados, tan ingeniosos, tan logrados, que el que duerme no podría imaginar nada similar estando despierto, aunque fuera un artista del nivel de Turgueniev o Pushkin. Estos sueños no se olvidan con facilidad, sino que dejan una impresión profunda en el desbaratado organismo y el excitado sistema nervioso del enfermo.

Raskolnikof tuvo un sueño espantoso. Se vio nuevamente en el pueblo donde vivió cuando era pequeño junto a su familia. Pasea con su padre por los alrededores de la pequeña población, ya en pleno campo, y tiene siete años de edad. El calor es agobiante, está muy nublado, el paisaje es totalmente igual al que él mantiene en la memoria. Es más, su sueño le muestra detalles que ya no recordaba. El paisaje del pueblo se ofrece completamente a la vista. En los alrededores ni un solo árbol, ni siquiera un sauce blanco. Solamente a la distancia, en el horizonte, en los confines del firmamento, por decirlo de esa manera, se puede ver la mancha oscura de un bosque.

Hay una cantina a unos pocos pasos del último jardín de la población, una enorme cantina que provocaba una impresión desagradable al pequeño e incluso, cuando pasaba frente a ella con su padre, lo asustaba. Siempre estaba llena de clientes que gritaban, reían, se insultaban, cantaban espantosamente, con voces desgarradas, y muchas veces llegaban a las manos. En las proximidades de la cantina siempre deambulaban hombres borrachos de rostros aterradores. Cuando el pequeño los veía, temblaba de pies a cabeza y se apretaba fuertemente contra su padre. Un angosto sendero perennemente polvoriento pasaba no lejos de allí. ¡Qué negro era ese polvo! El sendero era tortuoso y, a unos trescientos pasos de la cantina, se desviaba hacia la derecha y rodeaba el camposanto.

Una iglesia de piedra, de cúpula verde, se levantaba en medio del cementerio. Dos veces al año, el pequeño la visitaba acompañado por su padre y por su madre para escuchar la misa que se celebraba por el descanso de su abuela, fallecida hacía ya mucho tiempo y a la que no pudo conocer. Siempre, en un plato cubierto con una servilleta la familia llevaba el pastel de los fallecidos, sobre el que, formada con pasas, había una cruz. Raskolnikof amaba esta iglesia, sus antiguas imágenes desprovistas de ornamentos, y también a su anciano sacerdote de temblorosa cabeza. Próxima a la lápida de su abuela había un pequeño sepulcro, el de su hermano menor, fallecido a los seis meses y al que no podía recordar, ya que no lo conoció. Porque se lo habían dicho era que sabía que había tenido un hermano. Y cada vez que visitaba el cementerio, se santiguaba piadosamente ante el pequeño sepulcro, se inclinaba respetuosamente y lo besaba.

He aquí el sueño.

Camina con su padre por el sendero que lleva al camposanto. Pasan por delante de la cantina. Dirige una mirada de terror al local sin soltar la mano de su padre. Mira una aglomeración de burguesas engalanadas, campesinas con sus esposos y todo tipo de personas del pueblo. Todos están borrachos; todos entonan melodías. Frente a la puerta hay un vehículo muy extraño, una de esas inmensas carretas de las que habitualmente tiran robustos corceles y que se usan para el traslado de barriles de vino y todo tipo de mercancías. Raskolnikof se extasiaba mirando estos bellos caballos de recias patas y largas crines, que, con paso cauteloso y natural y sin cansancio alguno, arrastraban auténticas montañas de carga. Incluso se diría que andaban con más facilidad enganchados a estos inmensos vehículos que libres.

No obstante —cosa rara—, entre sus varas la pesada carreta tiene un jamelgo de una delgadez deplorable, uno de esos caballos de aldeano que él ha mirado en muchas ocasiones arrastrando enormes carretadas de madera o de heno y que los mujiks desloman a golpes, llegando incluso a golpearlos en los ojos y en la boca cuando los desdichados animales se esfuerzan inútilmente por sacar el vehículo de un aprieto. Era un niño y este espectáculo llenaba sus ojos de lágrimas cuando lo presenciaba desde la ventana de su casa, de la que su madre se apresuraba a alejarlo.

De repente se escucha gran algarabía en la cantina, de donde se ve salir, entre gritos y cantos, un grupo de voluminosos mujiks borrachos, vistiendo camisas azules y rojas, llevando la balalaika en la mano y la casaca colgada de forma descuidada en el hombro.

—¡Suban, suban todos! —grita un hombre a un joven de cuello grueso, rostro regordete y piel de un rojo de zanahoria—. Los llevaré a todos. ¡Suban!

Estas palabras producen risas e insultos.

—¿Crees que ese esmirriado rocín podrá con nosotros?

—Mikolka, ¿perdiste la cabeza? ¡Enganchar un animalillo así a semejante vehículo!

—Amigos, ¿no les parece que ese caballejo tiene por lo menos veinte años?

—¡Suban! ¡Los llevaré a todos! —gritó Mikolka nuevamente.

Y es quien sube a la carreta primero. Toma las riendas e instala en el asiento su enorme cuerpo.

—El caballo bayo —dice en voz alta—, Mathiev se lo llevó hace poco, y para mí esta bestia es una auténtica pesadilla. Les juro que me gusta pegarle. El pienso que come no se lo gana. ¡Vamos, suban! Haré que galope, les aseguro que haré que galope.

Sujeta el látigo y con evidente placer, se prepara a azotar al pobre animalito.

—Ya lo escuchan: dice que harán que galope. ¡Arriba, ánimo! —dijo una voz burlona entre la muchedumbre.

—¿Qué dice? ¿Galopar? Este animal no ha galopado por lo menos hace diez meses.

—Por lo menos los llevará a buena marcha.

—¡Amigos, no lo compadezcan! ¡Tomen cada uno un látigo! ¡Eso, esta calamidad lo que necesita son muchos y buenos latigazos!

Entre bromas y risas, todos suben a la carreta de Mikolka. Ya se encuentran seis arriba y aun queda espacio libre. Debido a eso, hacen subir a una campesina de rostro rojizo, con muchas cuentas de colores en el tocado y con muchos bordados en el vestido. Entre risas burlonas, parte y come avellanas incesantemente.

La multitud que está alrededor de la carreta también ríe. Y, realmente, ¿cómo no reírse ante la sola idea de que tan esquelético caballo pueda llevar semejante carga al galope? Para ayudar a Mikolka, dos de los muchachos que están en la carreta toman los látigos. Se escucha el grito de ¡arre! Y, con todas sus fuerzas, el caballo tira. Pero no solamente no logra galopar, sino que apenas puede andar al paso. Gime, patalea, encorva el lomo bajo la lluvia de latigazos. En la carreta y entre la muchedumbre que la ve marchar se redoblan las risas. Mikolka se enoja y se ensaña con el pobre caballo, empeñado en verlo galopar.

—¡Hermanos, permítanme subir también a mí! —grita un muchacho, seducido por el feliz espectáculo.

—¡Sube! ¡Suban! —grita Mikolka—. ¡Nos llevará a todos! A fuerza de golpes yo lo forzaré... ¡Latigazos! ¡Muchos latigazos!

La furia lo ciega hasta el punto de que ya ni siquiera sabe con qué golpearlo para dañarlo más.

—Papá, papaíto —dice Rodia—. ¿Por qué están haciendo eso? ¿Por qué torturan a ese desdichado caballito?

—Vámonos, vámonos —contesta el padre—. Están ebrios... De esa manera se entretienen, los muy estúpidos... Marchémonos..., no mires...

Y trata de llevárselo. Pero el pequeño se suelta de su mano y corre hacia la carreta, fuera de sí. El infeliz caballito ya está extenuado. Se para, jadea; después comienza a tirar de nuevo... Ya está a punto de desfallecer.

—¡Péguenle hasta matarlo! —ruge Mikolka—. ¡Precisamente eso es lo que tenemos que hacer! ¡Yo los ayudo!

—¡Eres un demonio, tú no eres cristiano! —grita un anciano entre la muchedumbre.

Y otra voz agrega:

—¿Acaso dónde se ha visto enganchar a un pequeño animal así a una carreta como esa?

—¡Lo vas a asesinar! —grita un tercero.

—¡Váyanse al demonio! Este animal es mío y con él puedo hacer lo que quiera. ¡Suban, suban todos! ¡Lo haré galopar!

De repente, la voz de Mikolka es ahogada por un coro de carcajadas. Aunque casi muerto por la lluvia de golpes, el caballo perdió la paciencia y comenzó a cocear. Hasta el anciano, sin poder dominarse, participa de la alegría colectiva. Realmente la cosa no es para menos: ¡un caballo que apenas se puede sostener sobre sus patas dando coces!...

De la masa de espectadores dos jóvenes se distinguen, cada uno empuña un látigo y comienzan a pegarle al pobre caballito, uno por la derecha y otro por la izquierda.

—Péguenle en los ojos, en el hocico, ¡denle con fuerza en los ojos! —grita Mikolka.

—¡Compañeros, cantemos una melodía! —dice una voz en la carreta—. Todos tienen que repetir el estribillo.

Los mujiks entonan una melodía grosera haciéndose acompañar por un tamboril. Se silba el estribillo. La campesina continúa riendo con ironía y partiendo avellanas.

Rodia se aproxima al caballo y se sitúa frente a él. De esa forma puede ver cómo lo golpean en los ojos..., ¡en los ojos!... Llora amargamente. Se le oprime el corazón. Sus lágrimas ruedan. Con el látigo, uno de los verdugos le roza el rostro. Él ni siquiera lo nota. Grita, se retuerce las manos, corre hacia el anciano de barba blanca, que mueve la cabeza y parece condenar la acción. Una mujer lo toma de la mano y trata de llevárselo. Pero él se logra escapar y regresa junto al caballo, que, pese a haber llegado al límite de sus fuerzas, trata todavía de cocear.

—¡Qué te lleve el demonio! —grita Mikolka, consumido por la rabia.

Lanza el látigo, se inclina y toma un grueso palo del fondo de la carreta. Sosteniéndolo por un extremo con ambas manos, lo alza trabajosamente sobre el lomo del caballo.

—¡Lo vas a asesinar! —grita uno de los asistentes.

—Seguro que lo asesina —dice otro.

—¿Pero es que acaso no es mío? —gruñe Mikolka.

Y, con todas sus fuerzas, le pega al animal. Se escucha un ruido muy seco.

—¡Continúa! ¡Continúa! ¿Qué esperas? —gritan varias voces entre la muchedumbre.

Mikolka levanta el palo nuevamente y en el lomo del infeliz animal descarga un segundo golpe. El caballo se contrae; bajo la violencia del golpe su cuarto trasero se hunde; después da un brinco y comienza a tirar con todo lo que le queda de fuerzas. Su intención es escapar de la tortura, pero por todos lados halla los látigos de sus seis verdugos. Nuevamente el palo se alza y cae por tercera ocasión, después por cuarta, de una forma regular. Cuando ve que no ha logrado matar al caballo de un solo golpe, Mikolka se enfurece.

—¡Es muy duro de pelar! —dice uno de los presentes.

—Amigos, ya verán como cae: su última hora llegó —dice otro de los espectadores.

—¡Coge un hacha! —insinúa un tercero—. ¡Hay que terminar ya!

—¡No dicen más que estupideces! —ruge Mikolka—. ¡Déjenme pasar!

Lanza el palo, se inclina, busca nuevamente en el fondo de la carreta y, cuando se endereza, se puede ver una barra de hierro en sus manos.

—¡Cuidado! —dice.

Y propina, con todas sus fuerzas, un terrible golpe al pobre caballo. El animal se tambalea, casi se desploma, con un último esfuerzo trata de tirar, pero la barra de hierro cae de nuevo pesadamente sobre su lomo. Como si de un solo tajo le hubieran cortado las cuatro patas, el animal se derrumba.

—¡Terminemos con él! —gruñe Mikolka como un demente, brincando de la carreta.

Algunos muchachos, tan ebrios y congestionados como él, se arman de lo primero que hallan —estacas, látigos, palos— y se lanzan sobre el caballito agonizante. De pie al lado del animal torturado, Mikolka no deja de pegarle con la barra. El pobre caballito alarga el cuello, exhala un hondo resoplido y fallece.

—¡Listo, ya está! —dice alguien entre la muchedumbre.

—Se había obstinado en no galopar.

—¡Es mío! —dice Mikolka con la barra en la mano, los ojos muy rojos y como quejándose de no tener otra víctima a la que pegarle.

—Por supuesto, tú no crees en Dios —dicen varios de los que han presenciado el terrible espectáculo.

El pobre pequeño está fuera de sí. Gritando, se abre paso entre las personas y se aproxima al caballo fallecido. Toma el hocico inmóvil y lleno de sangre y lo besa; besa sus ojos, sus labios. Después da un brinco y corre hacia Mikolka apretando los puños. Lo encuentra en este instante su padre, quien lo estaba buscando, y se lo lleva de allí.

—Ven, ven —le dice—. Marchémonos a casa.

—Papá, ¿por qué mataron a ese infeliz caballito? —solloza Rodia.

Sus palabras, perturbadas por su respiración entrecortada, salen de su contraída garganta como gritos roncos.

—Están embriagados —contesta el padre—. De esa manera se entretienen. Pero no tenemos absolutamente nada que hacer aquí, vámonos.

Con sus brazos, Rodia lo rodea. Siente en el pecho una opresión espantosa. Hace un gran esfuerzo por recuperar la respiración, trata de gritar... Se despierta.

Raskolnikof se despertó bañado en sudor: se encontraba húmedo todo su cuerpo y sus cabellos estaban empapados. Se levantó jadeante, aterrado...

—¡Por Dios, bendito sea el Señor! —dijo—. Solamente fue un sueño.

Al pie de un árbol tomó asiento y respiró hondamente.

“Pero ¿qué me sucede? Debo tener fiebre. Lo demuestra este espantoso sueño”.

El cuerpo lo tenía acartonado; todo era turbación y oscuridad en su alma. Los codos los apoyó en las rodillas y entre las manos hundió la cabeza.

“Dios, ¿es posible, es verdaderamente posible que yo coja un hacha y la golpee con ella hasta romperle la cabeza? ¿Acaso es posible que sobre la sangre tibia y viscosa me deslice para violentar la cerradura, robar y esconderme con el hacha, lleno de sangre, estremecido? ¿Es posible, Dios?”.

Temblaba como una hoja...

“Pero ¿por qué pensar en esto? —continuó, hondamente asombrado—. Ya estaba seguro de que sería incapaz de hacerlo. ¿Por qué, entonces, torturarme de esta manera?... Cuando ayer mismo realicé el... ensayo, entendí perfectamente que esto estaba muy por encima de mis fuerzas. ¿Por qué tengo que regresar a lo mismo e interrogarme? ¿Qué necesidad tengo? Cuando descendía aquella escalera ayer, pensaba que el plan era ruin, odioso, terrorífico. Me sentía aterrado, con el corazón oprimido, de solo pensar en él... No, no tendría valor; no lo tendría aunque estuviera seguro de que mis cálculos son perfectos, que todo el proyecto fraguado este último mes tiene la exactitud de la aritmética y la nitidez de la luz... Jamás, jamás tendría valor... Entonces, ¿para qué continuar pensando en ello?”.

Se puso de pie, lanzó una mirada de sorpresa en todas direcciones, como asombrado de encontrase allí, y caminó hacia al puente. Estaba lívido y sus ojos resplandecían. Sentía que le dolía todo el cuerpo, pero comenzaba a respirar con más facilidad. Se daba cuenta de que se había librado de la terrible carga que lo había torturado durante tanto tiempo. Su alma estaba más ligera y en ella reinaba la paz.

“Dios —suplicó—, señálame el sendero que debo seguir y de inmediato renunciaré a ese sueño maldito”.

Contempló el Neva y la puesta del sol, bella y resplandeciente, cuando pasó por el puente. No sentía cansancio alguno, a pesar de sus debilidad. Se diría que el miedo que durante el último mes se había ido formando lentamente en su corazón de repente se había desvanecido. Se sentía totalmente libre, ¡libre! El embrujo se había roto, había cesado la acción del maleficio.

Tiempo después, cuando Raskolnikof recordaba esta época de su existencia todo lo ocurrido durante ella, minuto por minuto, punto por punto, experimentaba una combinación de sorpresa e intranquilidad supersticiosa ante un detalle que no tenía nada de asombroso, pero que decididamente había influido en su destino.

He aquí el suceso que para él siempre fue un misterio.

¿Por qué, incluso sintiéndose agotado, tan extenuado que debió volver a casa por el sendero más directo y más corto, dio un rodeo por la plaza del Mercado Central, donde nada tenía que hacer? Por supuesto, no alargaba mucho su camino esta vuelta, pero era totalmente inútil. Es verdad que en muchas ocasiones había vuelto a su casa sin saber qué calles había transitado; pero ¿por qué ese encuentro tan significativo para él, al mismo tiempo que tan fortuito, que tuvo en la plaza del Mercado (donde nada tenía que hacer), se produjo entonces, a esa hora, en ese minuto de su existencia y en esas circunstancias que todo ello había de ejercer la influencia en su destino más seria y decisiva? Era para creer que el mismo destino lo había preparado todo anticipadamente.

Cuando llegó a la plaza del Mercado Central eran casi las nueve. Los almacenistas, los comerciantes que tenían sus puestos al aire libre, los vendedores ambulantes, los cantineros, cerraban sus locales o recogían sus cosas. Algunos vaciaban sus cestas, otros sus mesas y todos guardaban sus mercancías y se preparaban para regresar a sus casas, al tiempo que los clientes se dispersaban. Una muchedumbre de vagabundos y de pequeños traficantes pululaba frente a las posadas que ocupaban los sótanos de los sucios y repugnantes inmuebles de la plaza, y especialmente a las puertas de las cantinas.

Raskolnikof, cuando abandonaba la casa sin rumbo fijo, visitaba frecuentemente esta plaza y las callejas de los alrededores. Sus harapos no atraían miradas despectivas: allí se podía presentar uno trajeado de cualquier manera, sin miedo a llamar la atención. En el callejón K***, en la esquina, unos comerciantes que eran esposos, vendían artículos de mercería exhibidos en dos mesas: pañuelos de indiana, carretes de hilo, ovillos de algodón... También se preparaban para irse. Su demora se debía a que se habían distraído conversando con una conocida que se aproximó al puesto. Se trataba de Elisabeth Ivanovna, o Lisbeth, como le decían habitualmente, hermana de Aleña Ivanovna, viuda de un registrador, la anciana Aleña, la usurera cuya casa visitó Raskolnikof el día anterior para empeñar su reloj y hacer un “ensayo”. Tenía noticias de esta Lisbeth hacía tiempo, y ella también conocía un poco a Raskolnikof.

Era una muchacha desgarbada, de treinta y cinco años de edad, y tan buena y tímida que rayaba la idiotez. Se estremecía frente a su hermana mayor, que la hacía trabajar noche y día, que la tenía esclavizada e incluso la golpeaba.

Parada ante el comerciante y su mujer, con un paquete en la mano, los oía atentamente y parecía mostrarse insegura e indecisa. Con mucha animación, ellos le hablaban. Cuando Raskolnikof vio a Lisbeth sintió algo extraño, una especie de profunda sorpresa, aunque no tenía nada de asombroso el encuentro.

—Lisbeth Ivanovna, usted y nadie más que usted debe decidir lo que tiene que hacer —decía el comerciante en voz alta. Puede venir mañana a eso de las siete. También ellos vendrán.

—¿Mañana? —dijo lenta y pensativamente Lisbeth, como si no se arriesgara a comprometerse.

—¡Cuánto temor le tiene a Aleña Ivanovna! —dijo la mujer del comerciante, que era una señora de voz chillona y muy desenvuelta—. Cuando veo que se pone de esa manera, me da la impresión de estar viendo a una niña pequeña. Esa mujer que la tiene sometida, al fin y al cabo es solamente su medio hermana.

—Le recomiendo que no le diga nada a su hermana —siguió el esposo—. Créame. Sin pedirle permiso venga a casa. Vale la pena el asunto. A su hermana no le quedará más remedio que reconocerlo.

—Quizá venga.

—De seis a siete. Los vendedores mandará a alguien y usted decidirá.

—Le entregaremos una taza de té —ofreció la vendedora.

—Está bien, vendré —contestó Lisbeth, aunque aun dudosa.

Y, con su serenidad característica, comenzó a despedirse.

Ya Raskolnikof había dejado tan atrás a los esposos y su amiga que no logró escuchar ni una palabra más. Insensiblemente había acortado el paso y había intentado no perder una sola sílaba de la charla. Al asombro del primer instante había sucedido lentamente un terror que le provocó escalofríos. De repente, y de la forma más inesperada, supo que al día siguiente, exactamente a las siete, Lisbeth, la hermana de la anciana, la única persona que le hacía compañía, saldría y por lo tanto, a las siete del día siguiente la anciana ¡estaría en la casa completamente sola!

Raskolnikof ya se encontraba cerca de la suya. Como un condenado a muerte entró en ella. No trató de razonar. No habría podido hacerlo, además.

No obstante, sintió repentinamente y con todo su ser, que ya no existían su libre albedrío y su voluntad, que todo terminaba de resolverse de forma irrevocable.

Aunque hubiera aguardado durante años completos una oportunidad favorable, aunque hubiera tratado de provocarla, no habría podido encontrar una mejor y que ofreciese más posibilidades de triunfo que la que de manera tan inesperada acababa de llegarle a las manos.

Y era menos indudable todavía que el día anterior no le habría sido sencillo indagar, sin hacer preguntas atrevidas y sospechosas, que al día siguiente, a una hora específica, la anciana contra la que proyectaba un crimen estaría en su casa y completamente sola.


Capítulo VI

Un tiempo después, Raskolnikof supo, por simple casualidad, por qué los esposos comerciantes invitaron a Lisbeth a visitar su casa. La cuestión no podía ser más inocente y simple. Una familia de extranjeros venida a menos deseaba ofrecer en venta algunos trajes. Y buscaban una vendedora a domicilio, porque esto no podía hacerse con beneficios en el mercado. A esta labor se dedicaba Lisbeth y poseía una clientela numerosa, ya que actuaba con mucha honestidad: siempre colocaba el precio más limitado, de manera que con ella no procedían los regateos. No hablaba mucho y era muy tímida y humilde, como dijimos antes.

Sin embargo, desde hacía algún tiempo, Raskolnikof era un hombre sometido por las supersticiones. Incluso no era difícil descubrir en él los signos imborrables de esta debilidad. En el tema que tanto lo angustiaba se sentía particularmente inclinado a ver coincidencias asombrosas, fuerzas raras y enigmáticas. Un estudiante amigo suyo de nombre Pokorev le había dado, el invierno anterior, poco antes de volver a Karkov, la dirección de la anciana Aleña Ivanovna por si tenía que empeñar algún objeto. Sin que necesitara ir a verla pasó mucho tiempo, ya que iba viviendo mal que bien con sus lecciones. Sin embargo, hacía seis semanas acudió a su memoria la dirección de la anciana. Tenía dos objetos para empeñar: un antiguo reloj de plata de su padre y un anillo con tres piedrecillas rojas que su hermana le había entregado en el instante de separarse para que la recordara. Tomó la decisión de empeñar el anillo. Aunque no sabía nada de ella, al ver a Aleña Ivanovna sintió una invencible repulsión.

Después de recibir dos pequeños billetes, Raskolnikof entró en una cantina que halló en el camino. Tomó asiento, pidió té y comenzó a analizar. A su mente acababa de acudir, aunque en estado embrionario, como el pollito dentro del huevo, un pensamiento que le interesó asombrosamente.

Un estudiante, a quien no recordaba haber visto jamás y un joven oficial ocupaban una mesa muy próxima a la suya. Estuvieron jugando al billar y se preparaban para tomar el té. De repente, Raskolnikof escuchó que el estudiante le daba al oficial la dirección de la casa de Aleña Ivanovna y comenzaba a hablarle de ella. Esto llamó la atención de Raskolnikof: hacía solamente un instante que la había dejado, y ya estaba escuchando hablar de la anciana. Indudablemente, esto no era sino pura casualidad, pero su espíritu estaba dispuesto a entregarse a un sentimiento obsesionante y para ello no le faltó ayuda. El estudiante comenzó a darle detalles a su amigo con respecto a Aleña Ivanovna.

—Esa mujer es única. Uno siempre puede obtener dinero en su casa. Es millonaria como un judío y de una sola vez, podría prestar cinco mil rublos. No obstante, las transacciones de un rublo no las desprecia. Con ella tenemos trato casi todos los estudiantes. Pero ¡es tan miserable!

Y comenzó a darle pormenores de su perversidad. Para que se quedara con el objeto empeñado era suficiente que uno dejara pasar un día después del vencimiento.

—La cuarta parte del valor de la prenda es lo que da, y de interés cobra el cinco y hasta el seis por ciento al mes.

El joven estudiante, que estaba muy comunicativo, también comentó que la usurera tenía una hermana, de nombre Lisbeth, y que la espantosa y pequeña anciana la maltrataba sin ninguna compasión, aunque Lisbeth medía un metro ochenta de estatura, aproximadamente.

—¡Sin duda, un mujer fenomenal! —dijo el estudiante soltando una carcajada.

A partir de ese instante, Lisbeth fue el tema de la conversación. Con un placer especial, y sin dejar de reír, el estudiante hablaba de ella. El oficial, que le oía con atención, le suplicó que le mandara a Lisbeth, porque necesitaba comprarle una ropa interior.

Raskolnikof no perdió una sola palabra de la charla y supo algunas cosas: Lisbeth era medio hermana de Aleña (tenían distintas madres) y más joven que ella, ya que tenía treinta y cinco años de edad. La anciana hacía que trabajara día y noche. Además de que cocinaba y lavaba la ropa para su hermana y ella, fregaba suelos y cosía fuera de casa y le daba a Aleña todo lo que ganaba. No se arriesgaba a aceptar ningún trabajo, ningún encargo, sin permiso de la anciana. No obstante, Aleña —Lisbeth lo sabía— hizo ya testamento y, según se decía allí, su hermana solamente recibía el mobiliario como herencia. Ni un céntimo del dinero: para pagar una serie perpetua de plegarias por el descanso de su alma lo legaba absolutamente todo a un monasterio del distrito de N***.

De la pequeña burguesía del tchin provenía Lisbeth. Era una mujer de talla desmedida, desaliñada, de piernas torcidas y largas e inmensos pies, como toda su persona, calzados todo el tiempo con zapatos muy ligeros. Lo que más sorprendía y entretenía al estudiante era que Lisbeth estaba permanentemente embarazada.

—Pero ¿no dijiste que no vale nada? —preguntó el oficial.

—Parece un soldado disfrazado de mujer y tiene la piel ennegrecida, pero no puede decirse que sea espantosa. Su rostro no está mal, y menos sus ojos. Gusta mucho, esa es la prueba. Es tan resignada, tan dulce, tan sencilla y humilde... No sabe decir que no a nada, la pobrecita: todo lo que le piden lo hace... ¿Y su sonrisa? ¡Ah, su sonrisa es fascinante!

—Ya me doy cuenta de que a ti también te gusta —dijo el oficial, riéndose.

—Sí, por su extravagancia. A esa maldita anciana, en cambio, la asesinaría y le robaría sin ningún arrepentimiento, ¡lo juro! —dijo el estudiante vehementemente.

Nuevamente, el oficial lanzó una carcajada y Raskolnikof se estremeció. ¡Todo aquello era tan raro!

—Escucha —dijo el estudiante, cada vez más exaltado—, deseo exponerte un asunto muy serio. Lógicamente, bromeaba, pero oye. Por una parte tenemos una mujer estúpida, anciana, enferma, tacaña, malévola, que a nadie le es útil, sino que, al contrario, es toda perversidad y ni ella misma sabe por qué está viviendo. Fallecerá de muerte natural mañana... ¿Entiendes? ¿Me estás siguiendo?

—Sí —dijo el oficial, mirando con atención a su entusiasta amigo.

—Sigo. Por otra parte tenemos fuerzas frescas, muchachas que se pierden, faltas de apoyo, a miles, por todas partes. Cien, mil obras útiles se podrían conservar y mejorar con esa cantidad de dinero que esa anciana lega a un monasterio. Centenares, quizá millares de vidas, se podrían conducir por el buen camino; gran cantidad de familias se salvarían de la corrupción, de la miseria, de los hospitales para enfermedades venéreas, del vicio, de la muerte..., todo con el dinero de esa vieja. Si uno la asesinara y se quedara con su dinero con la finalidad de destinarlo al bienestar de la humanidad, ¿no crees que los millares de buenas acciones del asesino compensarían considerablemente ese crimen, ese pequeño crimen? Miles de personas salvadas de la corrupción a cambio de una sola vida. Cien vidas por un solo fallecimiento. Es un asunto estrictamente aritmético. Además, la vida de una vieja imbécil, esmirriada e inhumana, ¿qué puede pesar en la balanza social? Seguro que no más que la vida de una cucaracha o de un piojo. Y yo agregaría que menos, ya que esa anciana es una persona dañina, llena de crueldad que mina la existencia de otras personas. Le mordió un dedo a Lisbeth hace poco y estuvo a punto de arrancárselo.

—Indudablemente —aceptó el oficial—, no merece vivir. Sin embargo, tiene sus derechos la Naturaleza.

—¡Detente! A la Naturaleza se le conduce, se le corrige. Los prejuicios, de lo contrario, nos destruirían. Ni siquiera tendríamos un solo gran ser humano. Se habla de la conciencia, del deber, y en contra no tengo absolutamente nada que comentar, pero me pregunto qué concepto tenemos de ellos. Ahora te haré otra pregunta.

—No, disculpa; yo también tengo algo que preguntarte, ahora me toca a mí.

—Te oigo.

—Muy bien, la pregunta es esta. Hablaste elocuentemente, pero dime: ¿tú serías capaz de asesinar con tus propias manos a esa anciana?

—¡Por supuesto que no! Hablo en nombre de la justicia. No habló de mí.

—Pues yo pienso que si tú no te arriesgas a hacerlo, no puedes hablar de justicia... Ahora juguemos otra partida de cartas.

Raskolnikof se sentía profundamente agitado. Realmente, aquello solamente eran palabras, una charla de las más corrientes y normales sostenida por personas jóvenes. En más de una ocasión había escuchado conversaciones similares, con una que otra variante y sobre temas diferentes. No obstante, ¿por qué había escuchado manifestar esos pensamientos en el mismo instante en que ideas iguales brotaron en su mente? ¿Y por qué, cuando acababa de abandonar la casa de Aleña Ivanovna con ese pensamiento embrionario en su cerebro fue a sentarse junto a unos jóvenes que estaban conversando sobe la anciana?

Siempre le parecía rara esta coincidencia. La intrascendente charla de café sobre él ejerció un influjo asombroso durante toda la evolución del proyecto. Realmente, la fuerza del destino pareció haber intervenido en todo ello.

Se dejó caer en el diván cuando regresó de la plaza y se mantuvo inmóvil una hora completa. La oscuridad, entre tanto, invadió el cuarto. No tenía velas. Por otro lado, ni siquiera pensó en encender una luz. Después, jamás logró recordar si había pensado algo en esos instantes. Finalmente, sintió de nuevo escalofríos febriles y satisfecho, pensó que sin tener que desvestirse, podía acostarse en el diván. Rápidamente se sumergió en un sueño pesado como el plomo.

Durmió prolongadamente y casi sin soñar. Nastasia entró en el cuarto a las diez de la mañana siguiente. No lograba despertarlo. Como el día anterior, le llevaba un poco de té en su propia tetera y pan.

—¡Eh! ¿Todavía durmiendo? —gritó, enojada—. ¡Lo único que haces es dormir!

Con mucho esfuerzo, Raskolnikof se levantó. La cabeza le dolía mucho. Dio una vuelta por la habitación y se echó en el diván nuevamente.

—¿A dormir de nuevo? —dijo Nastasia—. ¿Acaso estás enfermo?

Raskolnikof no respondió.

—¿Deseas té?

—Luego —contestó el muchacho trabajosamente. Después cerró los ojos y volvió el rostro a la pared.

Nastasia estuvo mirándolo un instante.

—Quizás está enfermo realmente —susurró al tiempo que se iba.

Nuevamente apareció con la sopa a las dos. Todavía él se encontraba acostado y el té no lo había probado. Incluso, Nastasia se sintió ofendida y comenzó a sacudirlo.

—¿Tanto letargo a qué viene? —refunfuñó, viéndolo con desprecio.

Él se sentó en el sofá, pero no dijo nada. Se mantuvo con los ojos fijos en el suelo.

—¡Bueno! Pero ¿te sientes mal, estás enfermo o qué? —interrogó Nastasia.

Igual que la primera, esta segunda pregunta quedó sin respuesta.

—Tienes que salir —dijo Nastasia después de un breve silencio—. Sería beneficioso para ti tomar algo de aire. Vas a comer, ¿sí?

—Después —susurró Raskolnikof con mucha debilidad—. Ahora márchate.

Y, con un gesto, reforzó estas palabras.

Ella se quedó todavía un instante en la habitación, viéndolo con un gesto de piedad. Después se marchó.

Después de unos minutos, Raskolnikof abrió los ojos, miró prolongadamente el té y la sopa, tomó la cuchara y comenzó a comer.

Mecánicamente y sin apetito, tomó tres o cuatro cucharadas. El dolor de cabeza se le había calmado. Al finalizar de comer, se acostó nuevamente en el diván. Pero no logró conciliar el sueño y se mantuvo inmóvil, de bruces, con la cabeza aplastada en la almohada. Soñaba, y su sueño era muy raro. Creía estar en Egipto, en África... Iba con una caravana que se había parado en un oasis. Los camellos se encontraban echados, descansando. Las palmeras que estaban alrededor balanceaban sus penachos tupidos. Los viajeros se estaban preparando para comer, pero Raskolnikof prefería tomar agua de un pequeño río que corría próximo a él con un murmullo cantarín. El viento era placenteramente fresco. Corría, sobre un lecho de piedras multicolores y arena blanca con reflejos dorados, el agua fría y de un azul magnífico...

De repente, en su oído resonaron nítidamente las campanadas de un reloj. Tembló, regresó a la realidad, alzó la cabeza y miró hacia la ventana. Entonces recuperó la lucidez completamente y se puso de pie rápidamente, como si lo desarraigaran del diván. Se aproximó de puntillas a la puerta, con mucha cautela la entreabrió y afinó el oído, intentando percibir cualquier ruido que pudiera provenir de la escalera.

Con mucha fuerza, su corazón latía. La calma más absoluta reinaba en la escalera; toda la casa parecía dormir... Lo asombró la idea de que había estado sumergido desde el día anterior en un sueño muy profundo, sin haber hecho absolutamente nada, sin haber arreglado nada: era incompresible y absurdo su comportamiento. Indudablemente, las que acababa de escuchar eran las campanadas de las seis... Repentinamente, una actividad sorprendente, desatinada y febril sucedió a su inercia y su embotamiento. No obstante, los preparativos eran sencillos y no requerían mucho tiempo. Raskolnikof trataba de no olvidarse de nada, de pensar en todo. Su corazón continuaba latiendo con tal fuerza, que entorpecía su respiración. Había que preparar, ante todo, un nudo corredizo y, en el forro del sobretodo, coserlo. Faena de un minuto. Debajo de la almohada introdujo la mano, extrajo la ropa interior que había colocado allí y eligió una camisa sucia y hecha harapos. Formó un cordón de unos cinco centímetros de ancho y treinta y cinco de largo con varias tiras. Lo dobló en dos, se quitó el sobretodo de verano, de un tejido de algodón sólido y tupido (el único gabán que poseía) y comenzó a coser el extremo del cordón debajo de la axila izquierda. Sus manos estaban temblando. No obstante, su labor fue tan perfecta, que cuando se puso nuevamente el sobretodo no se veía el menor indicio de costura por la parte exterior. Hacía tiempo se había procurado la aguja y el hilo y los guardaba en el cajón de su mesa, cubiertos en un papel. Ese nudo corredizo, destinado a sostener el hacha, constituía un detalle ingenioso de su proyecto. No se trataba de caminar por la calle con un hacha en la mano. Por otro lado, si se hubiese limitado a ocultar el hacha debajo del sobretodo, sosteniéndola por fuera, se habría visto forzado a mantener permanentemente la mano en el mismo sitio, lo que definitivamente habría llamado la atención. El nudo corredizo permitía que llevara colgada el hacha y, de esa manera, recorrer todo el sendero, sin riesgo alguno de que se le cayera. Además, teniendo la mano en el bolsillo del sobretodo, podría agarrar por un extremo el mango del hacha e impedir que se balanceara. Debido a la amplitud del traje, que era un auténtico saco, no había riesgo de que desde afuera se viera lo que aquella mano estaba haciendo.

Finalizada esta operación, Raskolnikof metió los dedos en una pequeña grieta que había entre el diván turco y el entarimado y sacó un objeto pequeño que desde hacía tiempo tenía allí oculto. No era ningún objeto de valor, sino simplemente un pequeño trozo de madera pulida de las dimensiones de una pitillera. Lo halló un día por casualidad, durante una de sus caminatas, en un patio adyacente a un taller. Luego le agregó una planchita de hierro, pulida y delgada más pequeña, que también, y ese mismo día, había hallado en la calle. Juntó las dos cosas, las ató con firmeza con un hilo y las cubrió con un papel blanco, dando al paquetito la apariencia más elegante posible y tratando que las ligaduras no se pudieran deshacer fácilmente. De esa manera alejaría la atención de la anciana de él por unos momentos, y él aprovecharía la oportunidad. La misión de la planchita de hierro era incrementar el peso del envoltorio, de manera que la usurera no tuviera ninguna sospecha, aunque solamente fuera por unos instantes, de que la supuesta prenda de empeño era un simple pedazo de madera. Raskolnikof lo escondió todo debajo del diván, pensando que, cuando lo necesitara, ya lo retiraría.

Después de un rato escuchó voces en el patio.

—¡Son ya más de las seis!

—¡Cómo pasa el tiempo, Dios mío!

Caminó velozmente hacia la puerta, oyó, cogió su sombrero y comenzó a descender la escalera con mucha cautela, con paso felino, silencioso... Todavía le faltaba robar el hacha de la cocina, que era la operación más importante. Había elegido el hacha como instrumento hacía ya algún tiempo. Él tenía algo parecido a una podadera, pero no le inspiraba confianza este utensilio, y de sus fuerzas todavía desconfiaba más. Por eso, definitivamente, había elegido el hacha.

Hemos de observar un hecho asombroso en referencia a estas decisiones: le parecían más monstruosas y absurdas a medida que se afirmaban. Raskolnikof, pese a la lucha aterradora que se estaba librando en su alma, no podía aceptar en forma alguna que sus planes llegaran a llevarse a cabo.

Es más, si de repente todo hubiese quedado resuelto, si se hubiesen esfumado todas las dudas y todos los problemas se hubiesen solucionado, él, probablemente, habría renunciado de inmediato a su plan por considerarlo irracional, monstruoso. Pero todavía quedaban un sinnúmero de puntos por esclarecer, una cantidad de inconvenientes por solucionar. Era un detalle intrascendente procurarse el hacha y no lo intranquilizaba en lo más mínimo, ¡Si todo fuera tan sencillo! Al atardecer, Nastasia jamás se encontraba en casa: o iba a la de algún vecino o iba a las tiendas. Y dejaba siempre la puerta abierta. Estas ausencias eran el motivo de las permanentes reprimendas que recibía de su patrona. De esa manera, bastaría entrar de forma silenciosa en la cocina y coger el hacha; y después, una hora más tarde, cuando todo hubiera finalizado, dejarla nuevamente en su lugar. Pero, quizá, esto último fuera un poco difícil. Podía suceder que cuando él regresara y fuese a dejar el hacha en su lugar, ya Nastasia se encontrara en la casa. Lógicamente, en este caso, él tendría que subir a su cuarto y aguardar una nueva oportunidad. Pero ¿y si ella, mientras tanto, se daba cuenta de la desaparición del hacha y primero la buscaba y después comenzaba a gritar? Es así cómo surgen las sospechas o, cuando menos, cómo pueden surgir.

No obstante, esto no eran sino mínimos detalles en los que no deseaba pensar. Por otro lado, no tenía tiempo. Solamente pensaba en la esencia de la cuestión: los elementos secundarios los dejaba para el instante en que se dispusiera a actuar. Sin embargo, le parecía totalmente imposible esto último. No concebía que pudiera dar por finalizadas sus meditaciones, ponerse de pie e ir a aquella casa. Incluso en su reciente “ensayo” (o sea, la visita que hizo a la anciana para llevar a cabo un reconocimiento definitivo en el sitio de la acción) distó mucho de creer que actuaba seriamente. Se dijo: “Veamos. Realicemos un ensayo, en lugar de limitarnos a dejar que corra la imaginación”. Pero, hasta el último instante, no había logrado desempeñar su papel: se había enojado consigo mismo. Sin embargo, daba la impresión de que desde el punto de vista moral se podía dar por solucionada la cuestión. Cortante como una navaja de afeitar, su casuística había segado todas las objeciones. Pero cuando ya no logró hallarlas dentro de él, en su alma, comenzó a buscarlas en el exterior, con la terquedad propia de su esclavitud mental, queriendo encontrar un garfio que lo inmovilizara.

Lo dominaban de una manera poco menos que automático los imprevistos y decisivos sucesos del día anterior. Era como si alguien lo condujera de la mano y le arrastrara con una fuerza ciega, irresistible, sobrehumana; como si un trozo de sus ropas hubiera quedado enganchado en un engranaje y él sintiera que su cuerpo sería atrapado por las ruedas dentadas.

Inicialmente —de esto hacía ya mucho tiempo—, lo que más le angustiaba era la razón de que todos los crímenes se descubrieran con facilidad, de que la pista del culpable se encontrara sin ningún inconveniente. Raskolnikof llegó a numerosas y curiosas conclusiones. Según su opinión, el motivo de todo ello, más que en la imposibilidad material de esconder el crimen, se encontraba en la personalidad del criminal.

En el instante de llevar a cabo el crimen, el delincuente se encontraba afectado de una pérdida de raciocinio y de voluntad, a los que reemplazaba una especie de falta de conciencia infantil, realmente monstruosa, justamente en el instante en que la sensatez y la prudencia le eran más necesarias. Este eclipse del juicio y esta pérdida de la voluntad los atribuía a una enfermedad que evolucionaba poco a poco, llegaba a su máxima intensidad poco antes de la consumación del crimen, permanecía en un estado estacionario durante su realización y hasta después de un tiempo (el plazo dependía de la persona), y finalizaba como finalizan todas las enfermedades.

Raskolnikof se preguntaba si esta enfermedad era la que originaba el crimen o si, por su misma naturaleza, el crimen llevaba consigo fenómenos que se podrían confundir con los síntomas patológicos. Sin embargo, no era capaz de solucionar este problema.

Después de razonar de esta manera, se dijo que él se encontraba protegido de semejantes perturbaciones morbosas y que mantendría toda su inteligencia y toda su voluntad durante la realización del proyecto, por la simple razón de que este proyecto no era un crimen. No mostraremos las diversas reflexiones que lo condujeron a esta conclusión. Solamente comentaremos que los problemas puramente materiales, la parte práctica de la cuestión, le angustiaba muy poco.

“Sería suficiente —pensaba— con que mantenga toda mi lucidez y toda mi fuerza de voluntad en el instante de ejecutar la empresa. Entonces es cuando se tendrá que analizar incluso los detalles más mínimos”.

Pero este instante no llegaba jamás, por la simple razón de que Raskolnikof se sentía incapaz de tomar una decisión definitiva. De esa forma, cuando sonó la hora de actuar, todo le pareció asombroso, inesperado como un producto del azar, de la casualidad.

Antes de que finalizara de descender la escalera, ya un detalle intrascendente lo había desconcertado. Cuando llegó al rellano donde se encontraba la cocina de la dueña de la casa, cuya puerta estaba abierta como de costumbre, vio furtivamente al interior y se preguntó si, aunque Nastasia no estuviera allí, la patrona no se encontraría en la cocina. Y aunque no se encontrara en la cocina, sino en su cuarto, ¿la puerta la tendría bien cerrada? Si no era así, podría verlo en el instante en que él cogiera el hacha.

Después de estas suposiciones se quedó inmóvil cuando vio que Nastasia se encontraba en la cocina y, además, trabajando. Estaba sacando ropa de un cesto y la tendía en una cuerda. Cuando apareció Raskolnikof, la criada se volvió y lo siguió con la mirada hasta que desapareció. Él pasó simulando no haber notado nada. No había ninguna duda: se quedó sin hacha. Lo afligió hondamente este contratiempo.

“¿De dónde me saqué yo —se preguntaba al tiempo que descendía los últimos escalones— que era seguro que a esta hora Nastasia se habría ido?”. Estaba desanimado; incluso sentía mucha humillación. Su furia lo llevaba a mofarse de sí mismo. En él hervía una rabia sorda, salvaje.

Cuando llegó a la entrada se detuvo muy indeciso. No lo seducía la idea de ir a caminar sin rumbo, y todavía menos la de regresar a su cuarto. “¡Haber perdido una oportunidad tan maravillosa!”, susurró, aun paralizado y vacilante, ante la sombría garita del portero, cuya puerta se encontraba abierta. De repente sintió un estremecimiento. A dos pasos de él, en el interior de la garita, debajo de un banco que estaba a la izquierda, un objeto resplandecía... Raskolnikof miró alrededor de él. Nadie. Se aproximó a la puerta caminando de puntillas, bajó los dos escalones del umbral y, con voz débil y muy baja, llamó al portero.

“No se encuentra. Pero no debe estar muy lejos, ya que dejó abierta la puerta”.

Se abalanzó sobre el hacha (ya que el objeto resplandeciente era un hacha), la extrajo de debajo del banco, donde se encontraba entre dos leños. De inmediato la colgó en el nudo corredizo, metió las manos en los bolsillos del sobretodo y abandonó la garita. Nadie lo vio.

“Quien me ayuda no es mi inteligencia, sino el demonio”, pensó con una rara sonrisa.

Esta dichosa casualidad lo animó sorpresivamente. Cuando se encontró en la calle, comenzó a caminar tranquilamente, sin apuros, con la finalidad de no levantar sospechas. Veía apenas a los transeúntes y, por supuesto, en ninguno fijaba su mirada; quería pasar lo más inadvertido posible.

De repente recordó que su sombrero atraía las miradas de la personas.

“¡Pero qué imbécil he sido! Tenía dinero anteayer: me pude comprar una gorra”.

Y agregó una maldición que le brotó de lo más profundo.

Casualmente, su mirada se dirigió al interior de una tienda y miró un reloj que indicaba las siete y diez minutos. No podía perder tiempo. No obstante, tenía que dar un rodeo, ya que deseaba entrar por la parte posterior de la casa.

Cuando recientemente pensaba en la circunstancia en que se encontraba en ese instante, se imaginaba que se sentiría aterrorizado. Pero en este momento veía que no era de esa manera: no sentía temor alguno. Por su cabeza desfilaban ideas, breves, fugitivas, que no tenían nada que ver con su plan. Al pasar frente a los jardines Iusupof pensó que en sus plazas debían construirse fuentes monumentales para refrescar el ambiente, e inmediatamente comenzó a suponer que si el Jardín de Verano se prolongara hasta el Campo de Marte, e incluso se uniera al parque Miguel, con ello la ciudad ganaría mucho. Después se hizo una pregunta muy interesante: ¿por qué las personas que viven en las grandes poblaciones tienen la predisposición, incluso cuando no las obliga la necesidad, a habitar en los barrios que no poseen jardines y fuentes, sucios, llenos de basuras y en consecuencia, pestilentes? Entonces vinieron a su memoria sus paseos por la plaza del Mercado y regresó a la realidad momentáneamente.

“¡A uno se le ocurren unas cosas tan absurdas! Es preferible no pensar en nada”.

No obstante, inmediatamente, como en un rayo de lucidez, se dijo:

“Sin duda, así les sucede a los condenados a morir: cuando los conducen al sitio de la ejecución, a todo lo que miran en su camino se aferran mentalmente”.

Sin embargo, rechazó este pensamiento de inmediato.

Ya se encontraba muy cerca. Ya podía ver la casa. Allí se encontraba su gran puerta cochera...

Un reloj dio una campanada en ese momento.

“No es posible. ¿Ya son las siete y media? Va adelantado ese reloj.

Pero en esta ocasión también tuvo mucha suerte. Como si el asunto fuera premeditado, en el instante en que él llegó frente a la casa por la gran puerta iba entrando un carro lleno de heno. Raskolnikof se aproximó a su lado derecho y logró entrar sin que lo viera nadie. Al otro lado del coche estaban unas personas que peleaban: escuchó sus voces. Sin embargo, él no vio a nadie ni nadie lo vio. Se encontraban abiertas varias de las ventanas que daban al gran patio, pero él no alzó la mirada: no se arriesgó... A la derecha de la puerta estaba la escalera que llevaba a casa de Aleña Ivanovna. Raskolnikof caminó hacia ella y se paró, con la mano en el corazón, como si deseara detener sus latidos. En el nudo corredizo aseguró el hacha, afinó el oído y comenzó a ascender, lentamente, de manera sigilosa. No se encontraba nadie allí. Estaban cerradas las puertas. Pero cuando llegó al segundo piso se dio cuenta de que una estaba completamente abierta. Pertenecía a un apartamento deshabitado, en el que unos pintores estaban trabajando. Ellos ni siquiera miraron a Raskolnikof. Pero él se detuvo un instante y pensó: “Aunque sobre este hay dos pisos, habría sido mejor que esos individuos no estuvieran aquí”.

Continuó subiendo y finalmente llegó al cuarto piso. Allí estaba la puerta de los cuartos de la vieja prestamista. A juzgar por las apariencias, el apartamento de enfrente continuaba desocupado y el que se encontraba inmediatamente debajo del de la anciana, en el tercero, también estaba vacío, debido a que había desaparecido de su puerta la tarjeta que Raskolnikof vio cuando fue anteriormente. Indudablemente, los inquilinos se mudaron.

Raskolnikof estaba jadeando. Durante un instante estuvo dudando. “¿No será mejor que me marche?”. Pero ni siquiera respondió a esta pregunta. Colocó el oído a la puerta y no escuchó nada: reinaba un silencio sepulcral en el departamento de Aleña Ivanovna. Entonces, su atención se desvió hacia la escalera: se mantuvo un instante paralizado, atento al más mínimo ruido que pudiera proceder de abajo...

Después miró hacia todas partes y comprobó que el hacha se encontraba en su lugar. Inmediatamente se preguntó: “¿No estaré excesivamente pálido..., excesivamente perturbado? ¡Esa anciana es tan desconfiada! Quizá me convendría aguardar hasta serenarme un poco”. Pero lejos de normalizarse, los latidos de su corazón cada vez eran más fuertes... Ya no pudo controlarse: extendió la mano lentamente hacia el cordón de la campanilla lentamente y tiró de él. Luego de un instante insistió con fuerza.

Nadie respondió, pero no llamó de nuevo: además de no llevar a nada, habría sido una actitud muy torpe. Era indudable que la anciana se encontraba en casa, pero era desconfiada y seguro estaba sola. Comenzaba a conocer sus hábitos...

Nuevamente colocó el oído en la puerta y... ¿Sería que en esos instantes sus sentidos se habían agudizado (algo improbable) o el ruido que escuchó fue totalmente perceptible? De lo que estuvo seguro es de que sintió que una mano se apoyaba en el pestillo, al tiempo que rozaba la puerta el borde de un vestido. Era notorio que al otro lado de la puerta, una persona hacía lo mismo que él estaba haciendo por el lado externo. Raskolnikof movió los pies y rezongó unas frases para no dar la impresión de que deseaba ocultarse. Después, por tercera ocasión, tiró del cordón de la campanilla, sin furia alguna, discretamente, con la finalidad de no dejar evidenciar la más mínima impaciencia. En él este instante dejaría un recuerdo que nunca podría borrar. Y cuando, más adelante, acudía a su mente con perfecta claridad, no entendía cómo pudo desarrollar tanta astucia en ese instante en que su inteligencia parecía apagarse y su cuerpo inmovilizarse... Después de un momento escuchó que alguien estaba descorriendo el pasador.


Capítulo VII

Raskolnikof, igual que cuando estuvo allí anteriormente, se dio cuenta de que se entreabría la puerta y que en la angosta rendija aparecían dos ojos penetrantes que, desde la oscuridad, lo veían desconfiadamente.

El muchacho en este instante, perdió la sangre fría y cometió una imprudencia que casi echó todo por la borda.

Sintiendo temor de que la anciana, aterrorizada ante la idea de encontrarse a solas con un individuo cuya apariencia no tenía nada de tranquilizadora, tratara de cerrar la puerta mediante un fuerte tirón, Raskolnikof lo impidió. La usurera quedó inmóvil, sin embargo, no soltó el pestillo, pese a que faltó muy poco para que se cayera. Luego, dándose cuenta de que la anciana se mantenía tercamente en el umbral para no dejarlo pasar, él se fue directo a ella. Aterrada, Aleña Ivanovna dio un brinco atrás y trató de decir algo. Pero no logró pronunciar una sola palabra y, con los ojos muy abiertos, se quedó mirando al muchacho.

—Aleña Ivanovna, muy buenas tardes —comenzó a decir en el tono más indiferente posible. Pero fueron inútiles todos sus esfuerzos: las manos le temblaban, hablaba con voz entrecortada—. Aquí le traigo..., le traigo... algo para empeñar... Pero vamos a entrar: deseo que la mire a la luz.

Y, sin esperar a que la anciana lo invitara, entró en el apartamento. Ella, soltando la lengua, corrió detrás de él.

—¡Escuche! ¿Usted quién es? ¿Qué quiere?

—Usted ya me conoce, Aleña Ivanovna. Yo soy Raskolnikof... Tome, aquí tiene eso de lo que le hablé el otro día cuando vine a verla.

Le daba el pequeño paquete. Ella lo miró, como dispuesta a cogerlo, pero cambió de opinión de inmediato. Alzó los ojos y los fijó en el intruso. Lo miró penetrantemente, con un gesto de recelo y enojo. Transcurrió un minuto. Raskolnikof incluso pensó adivinar un rayo de burla en esos pequeños ojos, como si la anciana lo hubiese descubierto todo.

Se dio cuenta de que estaba perdiendo la serenidad, que tenía temor, tanto, que habría escapado si se hubiese prolongado medio minuto más ese mudo escrutinio.

—¿Por qué me mira de esa manera, como si no me conociera? —dijo Raskolnikof de repente, enojado también—. Si este objeto le conviene, lo toma; si no, iré a otro lugar. No voy a perder el tiempo.

Esto lo dijo sin lograr dominarse, muy a pesar suyo, pero su actitud decidida pareció espantar la desconfianza de Aleña Ivanovna.

—¡Es que lo presentaste de una forma!

Y, viendo el pequeño paquete, preguntó:

—¿Qué me traes aquí?

—Es una pitillera de plata. La última vez que estuve aquí le hablé de ella.

Aleña Ivanovna extendió la mano.

—Pero, ¿qué te sucede? Las manos te tiemblan, estás lívido. ¿Estas enfermo?

—Sí, tengo algo de fiebre —contestó Raskolnikof con voz agitada. Y agregó, con un notorio esfuerzo—: ¿Cómo no voy a estar lívido si no he comido?

Lo abandonaban nuevamente las fuerzas, pero su respuesta pareció franca. La vieja le quitó el pequeño paquete de las manos.

—Pero ¿y esto qué es? —preguntó de nuevo, tanteándolo y dirigiendo otra vez una prolongada y penetrante mirada a Raskolnikof.

—Es una pitillera... de plata... Mírela.

—Pero esto no parece que sea de plata... ¡La has atado muy bien!

Se aproximó a la lámpara (pese al calor agobiante, todas las ventanas se encontraban cerradas) y comenzó a luchar por desanudar el envoltorio, dando la espalda a Raskolnikof y olvidándose de él por el momento.

El joven se desabrochó el sobretodo y extrajo el hacha del nudo corredizo, pero, empuñándola con la mano derecha, la dejó debajo del abrigo. Sentía una enorme debilidad y un entumecimiento progresivo en ambas manos. Estaba temiendo que se le cayera el hacha. De repente, la cabeza comenzó a darle vueltas.

—Pero ¿cómo diablos ataste esto? ¡Vaya un auténtico enredo! —dijo la anciana, volteando un poco la cabeza hacia el muchacho.

No podía perder ni un segundo. Extrajo el hacha de debajo del sobretodo, la alzó con ambas manos y, con un movimiento casi automático, sin violencia, dejó que cayera sobre la cabeza de la anciana.

Raskolnikof pensó que las fuerzas lo abandonaron para siempre, pero se dio cuenta de que las recobraba después de haber dado el hachazo.

Como era habitual, la anciana no llevaba nada en la cabeza. Grises, ralos, empapados en aceite, sus cabellos se unían en una pequeña trenza que hacía pensar en la cola de una rata, y que se mantenía fija en la nuca gracias a un pedazo de peine de asta. El hacha la alcanzó en la parte anterior de la cabeza, porque era de baja estatura. La anciana gritó débilmente y perdió el equilibrio. Solamente tuvo tiempo para sujetarse la cabeza con las manos. Todavía en una de ellas tenía el pequeño paquete. Con todas sus fuerzas, Raskolnikof le dio dos nuevos hachazos en el mismo lugar y la sangre brotó a borbotones, como de una vasija que se hubiera roto. El cuerpo de la vieja se desplomó totalmente. El joven retrocedió para dejar que cayera. Después se inclinó sobre el rostro de la víctima. Ya no respiraba. Sus ojos se encontraban tan abiertos que parecían a punto de abandonar las órbitas. Por las convulsiones de la agonía, su frente y toda su cara estaban desfiguradas y rígidas.

El joven dejó el hacha en el suelo, al lado del cadáver, y comenzó a registrar, tratando de no mancharse de sangre, el bolsillo derecho, ese bolsillo de donde él vio en su visita anterior que la anciana extraía las llaves. Mantenía plena lucidez; no estaba perturbado; no sentía mareos. Después recordó que en esos instantes había procedido con mucha atención y sensatez, que incluso, en evitar mancharse de sangre, fue capaz de poner sus cinco sentidos... Rápido halló las llaves, agrupadas en ese llavero de acero que ya él había visto.

Con las llaves en la mano corrió a la habitación. Era un cuarto de medianas dimensiones. A un lado estaba una enorme vitrina llena de imágenes de santos; al otro, una inmensa cama, totalmente limpia y protegida por una cubierta acolchada hecha con pedazos de seda de color y tamaño distintos. Había una cómoda adosada a otra pared. Al aproximarse a ella le sucedió algo raro: apenas comenzó a probar las llaves para tratar de abrir los cajones sintió un estremecimiento. Lo asaltó de repente la tentación de abandonarlo todo e irse. Pero estas dudas solamente duraron unos breves momentos. Para retroceder ya era muy tarde. Y cuando esbozaba una sonrisa, extrañado de haber tenido esa ocurrencia, otra idea, un pensamiento verdaderamente perturbador, se posesionó de su mente. Se dijo que tal vez la anciana no hubiese fallecido, que quizá volviera en sí... Corrió hacia el cuerpo tendido dejando las llaves y la cómoda. Cogió el hacha, la alzó..., pero no la dejó caer: no había dudas de que la anciana había fallecido.

Para examinarlo de cerca, se inclinó sobre el cuerpo sin vida y miró que el cráneo lo tenía abierto. Lo iba a tocar con el dedo, pero cambió de opinión: era innecesaria esta prueba.

Se había formado un charco de sangre sobre el entarimado. Raskolnikof, en ese instante, vio que en el cuello de la anciana había un cordón y comenzó a tirar de él; pero era muy resistente y no se rompía. Estaba además muy resbaladizo, lleno de sangre... Trató de sacarlo por la cabeza de la vieja; tampoco lo logró: en alguna parte se enganchaba. Pensó, impacientándose, usar el hacha: rompería el cordón descargando un hachazo sobre el cuerpo. Pero no se atrevió a cometer esta brutalidad. Finalmente, después de dos minutos de tanteos, pudo romperlo, manchándose de sangre las manos, pero sin tocar el cadáver. Después de un momento, tenía en sus manos el cordón.

Lo que colgaba del cuello de la vieja era una bolsita, como lo había imaginado. También del cordón pendían una pequeña medalla esmaltada y dos cruces, una de cobre y otra de madera de ciprés. La bolsita era de piel de camello; goteaba grasa y estaba llena de dinero. Sin abrirla, Raskolnikof la escondió en el bolsillo. Lanzó las cruces sobre el cuerpo de la anciana y, en esta ocasión tomando el hacha, regresó rápidamente a la habitación.

Lo impulsaba una impaciencia febril. Cogió las llaves y reanudó el trabajo. Pero sus intentos de abrir los cajones fueron inútiles, no tanto por el temblor de sus manos como por los incesantes errores que cometía. Por ejemplo, veía que una llave no se ajustaba a una cerradura, y se empeñaba en meterla. De repente pensó que esa enorme llave dentada que se encontraba con las otras pequeñas en el llavero a lo mejor no era de la cómoda (recordaba de que en su visita anterior ya lo había pensado), sino de algún pequeño cofre, donde quizá la anciana escondía todos sus tesoros.

Se alejó, entonces, de la cómoda y se lanzó en el suelo para ver debajo de la cama, ya que sabía que allí era donde las ancianas acostumbraban esconder sus riquezas. Efectivamente, vio un arca muy grande —de más de un metro de largo—, forrada de piel roja. La llave dentada se adaptaba a la perfección a la cerradura.

Cuando abrió el arca, vio un paño blanco que cubría todo el contenido. Una pelliza de piel de liebre con forro rojo estaba debajo del paño. Un vestido de seda estaba bajo la piel y un chal debajo del vestido. Más abajo solamente había, aparentemente, pedazos de tela.

En el forro se limpió la sangre de las manos.

“Sobre el rojo la sangre se verá menos, porque es roja”.

De repente cambió de expresión y pensó, aterrorizado:

“¡Dios, qué insensatez! ¿Terminaré enloqueciendo?”.

Pero cuando comenzó a revolver los pedazos de tela salió un reloj de oro debajo de la piel. No dejó entonces nada por mirar. Aparecieron, entre los retazos del fondo, joyas, objetos empeñados, indudablemente, que todavía no habían sido retirados: alfileres de corbata, pendientes, pulseras, cadenas... Varias de estas joyas se encontraban en sus estuches; otras, envueltas con mucho cuidado en papel de periódico en doble, y bien atado el envoltorio. No dudó ni un segundo: metió la mano y, sin abrir los estuches ni los paquetes, comenzó a llenar los bolsillos de su pantalón y de su sobretodo.

Pero de repente tuvo que suspender la tarea. Le parecía haber escuchado un ruido de pasos en el cuarto contiguo. Se quedó paralizado, frío de terror... No, todo se encontraba tranquilo; sin duda, le había engañado su oído. Pero de repente escuchó un grito débil o, mejor dicho, un sordo quejido, entrecortado, que se extinguió de inmediato. Nuevamente, y durante un minuto, reinó un silencio mortal. En cuclillas ante el arca, Raskolnikof aguardó, apenas respirando. De repente se puso de pie, empuñó el hacha y corrió al cuarto de al lado. Lisbeth se encontraba en este cuarto. En las manos tenía un gran envoltorio y miraba estupefacta el cuerpo sin vida de su hermana. Estaba lívida como una muerta y daba la impresión de que no tenía fuerzas para gritar. Cuando vio aparecer a Raskolnikof comenzó a temblar como una hoja y su cara se contrajo de forma convulsiva. Intentó alzar los brazos y no lo logró; abrió la boca, pero no salió ningún sonido de ella. Poco a poco fue retrocediendo hacia un rincón, sin dejar de mirar a Raskolnikof en silencio, ese silencio que no podía romper, porque no tenía fuerzas. Con el hacha en la mano, él se abalanzó sobre ella. Los labios de la desdichada se torcieron con uno de esos gestos que vemos habitualmente en los niños pequeños cuando miran algo que les atemoriza y comienzan a gritar sin dejar de mirar lo que les produce terror.

La infeliz Lisbeth era tan cándida y estaba tan perturbada por el terror que ni siquiera se movió instintivamente alzando las manos para resguardar su cabeza: solamente dirigió el brazo izquierdo hacia el asesino, como si deseara alejarlo. El hacha cayó plenamente sobre la cabeza, fracturó la parte de arriba del hueso frontal y estuvo a punto de llegar al occipucio. Lisbeth se derrumbó. Raskolnikof perdió totalmente la cabeza, cogió el envoltorio, después lo dejó caer y corrió al vestíbulo rápidamente.

Se iba incrementando su pánico, sobre todo después de ese segundo asesinato que no había planeado, y solamente pensaba en escapar. Si en ese instante hubiese sido capaz de mirar todo con más nitidez, de advertir los inconvenientes, el espanto y lo ilógico de su situación; si hubiese sido capaz de prever las dificultades que tenía que sortear y los asesinatos que todavía habría podido llevar a cabo para abandonar aquella casa y regresar a la suya, quizá habría renunciado a la pelea y se habría entregado, pero no por falta de valentía, sino por el terror y el espanto que sus crímenes le inspiraban. Por instantes esta sensación de pánico se incrementaba. Por nada de esta Tierra habría regresado junto al arca, y ni siquiera a los dos cuartos internos.

No obstante, lentamente iban llegando a su mente otros pensamientos. Incluso cayó en algo parecido a un delirio. En ocasiones fijaba su atención en los detalles más superfluos y no recordaba las cosas esenciales. Pero, como miró hacia la cocina y se dio cuenta de que debajo de un banco había un cubo con agua, se le ocurrió limpiar el hacha y lavarse las manos, que estaban pegajosas, manchadas de sangre. En el cubo introdujo el hacha; después cogió un pedazo de jabón, que estaba en un plato agrietado sobre el alféizar de la ventana, y se lavó las manos.

A continuación extrajo el hacha del cubo, limpió el hierro y por lo menos permaneció durante tres minutos frotando el mango que estaba salpicado de sangre. Todo lo secó con un trapo que se estaba secando en una cuerda tendida a través de la cocina, y después, junto a la ventana, examinó con detenimiento el hacha. Se habían esfumado las huellas acusadoras, pero todavía estaba húmedo el mango.

Tras colgar debajo de su sobretodo el hacha del nudo corredizo, observó con mucho cuidado su americana, sus pantalones, sus botas, de manera tan minuciosa como lo dejó la poca luz que había en la cocina.

Su ropa, a simple vista, no presentaba ningún vestigio sospechoso. Solo las botas tenían manchas de sangre. Cogió un trapo, lo mojó y las lavó. Pero sabía que no estaba viendo bien y que quizá no podía ver manchas totalmente visibles.

Después, en mitad de la cocina, quedó indeciso, presa de una idea preocupante: pensaba que quizá había enloquecido, que no se encontraba en disposición de razonar ni de protegerse, que solamente podía ocuparse en cosas que lo llevaban a la ruina.

“¡Dios mío! Es necesario escapar, escapar...”. Y salió corriendo al vestíbulo. Sintió entonces el pánico más hondo que había sentido en toda su existencia. Durante un instante se mantuvo paralizado, como si no pudiera creer lo que veían sus ojos: la puerta del apartamento, la que daba a la escalera, esa a la que había llamado hacía unos instantes, la puerta por la cual había entrado, se encontraba entreabierta y de esa manera había permanecido durante toda su estancia en el apartamento... Sí, estuvo abierta. La anciana no recordó cerrarla o quizá fue precaución y no olvido... Lo que lo molestaba era que él vio a Lisbeth dentro del apartamento... ¿Cómo no se le ocurrió pensar que la puerta tenía que estar abierta, porque ella entró sin llamar? ¡Era imposible que entrara filtrándose por la pared!

Se lanzó sobre la puerta y echó el pasador.

“He hecho otra estupidez. Hay que escapar, hay que escapar...”.

Descorrió el pasador, abrió la puerta y afinó el oído. De esa forma estuvo un largo rato. A la distancia se escuchaban gritos. Llegaban, indudablemente, del portal. Dos voces muy fuertes intercambiaban insultos.

“¿Esas personas qué hará ahí?”.

Aguardó. Finalmente las voces dejaron de escucharse, de repente cesaron. Seguramente los que discutían se habían ido.

Ya se preparaba para salir, cuando se abrió ruidosamente la puerta del piso inferior y canturreando, alguien comenzó a descender la escalera.

Y pensó: “Pero ¿por qué hacen tanto ruido?”.

Nuevamente cerró la puerta, y otra vez esperó. Finalmente, todo quedó sumergido en un hondo silencio. Ni el rumor más ligero se escuchaba. Pero sintió unos pasos cuando ya iba a bajar. El ruido provenía de lejos, probablemente del principio de la escalera. Cuando pasó el tiempo, Raskolnikof recordó a la perfección que, apenas escuchó estos pasos, presintió que finalizarían en el cuarto piso, de que ese hombre iba a casa de la anciana. ¿Este presentimiento de dónde surgió? ¿Quizás el sonido de esos pasos tenía alguna característica significativa? Eran regulares, lentos, pesados...

Hasta el primer piso llegaron los pasos. Continuaron ascendiendo. Cada vez eran más perceptibles. Incluso se escuchó un jadeo asmático por un instante... Ya se encontraba en el tercer piso... “¡Aquí viene, aquí viene!...”. Raskolnikof quedó inmóvil. Le daba la impresión de que estaba viviendo una de esas pesadillas en que nos persiguen enemigos despiadados que casi nos alcanzan y nos asesinan, al tiempo que nosotros estamos como clavados en el suelo sin poder movernos para protegernos.

En el tramo que finalizaba en el cuarto piso ya se escuchaban las pisadas. De repente, Raskolnikof salió de esa enajenación que lo tenía paralizado. Con paso rápido y seguro, regresó al interior del apartamento, cerró la puerta y echó el pasador, todo tratando de hacer el menor ruido posible.

Lo guiaba el instinto. Cuando cerró bien la puerta, se quedó al lado de ella, encogido, aguantando la respiración.

En el rellano ya estaba el desconocido. Estaba frente a Raskolnikof, en el mismo lugar desde donde, hacía un rato, el muchacho había intentado escuchar los ruidos del interior cuando solamente la puerta lo separaba de la anciana.

El extraño respiró hondamente en varias ocasiones.

“Debe ser un individuo grueso y alto”, pensó Raskolnikof tocando el mango del hacha con la mano. Ciertamente, todo eso parecía una pesadilla. El visitante tiró del cordón de la campanilla con violencia.

Al vibrar el sonido metálico, al desconocido le pareció escuchar que algo se movía dentro del apartamento y escuchó con atención durante unos segundos. Llamó nuevamente, oyó otra vez y, de repente, sin poder dominar su impaciencia comenzó a sacudir la puerta agarrando el tirador con firmeza.

Raskolnikof veía espantado el cerrojo que se estaba agitando dentro de la hembrilla, pareciendo que iba a brincar de un instante a otro. De él se apoderó un siniestro pánico.

Los temores de Raskolnikof eran comprensibles por lo agresivo de las sacudidas. Concibió, por un momento, la idea de agarrar el cerrojo, y con él la puerta, pero renunció a hacerlo, porque entendió que el otro se podía dar cuenta. Perdió totalmente la calma; nuevamente le daba vueltas la cabeza. “Me caeré”, pensó. Pero en ese instante escuchó que el visitante comenzaba a hablar, y esto le devolvió la serenidad.

—¿Estarán dormidas o las habrán asfixiado? —susurró— ¡Que se las lleve el demonio! A ambas: a Aleña Ivanovna, la anciana bruja, y a Lisbeth Ivanovna, la hermosura imbécil... ¡Mujerzuelas, abran de una vez!... No tengo dudas, están durmiendo.

Tiró del cordón por lo menos diez veces más y tan fuerte como pudo. Se encontraba desesperado. Se notaba claramente que era un individuo enérgico y que conocía muy bien la casa.

Se escucharon en este instante, ya muy próximos, unos pasos rápidos y suaves. Obviamente, otra persona iba al cuarto piso. Raskolnikof no escuchó al nuevo visitante hasta que llegó al descansillo.

—Es imposible que no haya nadie —dijo, con voz alegre y sonora, el recién llegado hablándole al primer visitante, que continuaba haciendo sonar la campanilla—. Koch, buenas tardes.

De inmediato, Raskolnikof se dijo: “A juzgar por su voz es un hombre joven”.

—No entiendo qué diablos sucede —contestó Koch—. Hace un instante casi echo la puerta abajo... ¿Y usted me conoce?

—¡Qué pésima memoria tiene! Anteayer, en el Gambrinus, le gané, una tras otra, tres partidas de billar.

—¡Ah, por supuesto!

—¿Y usted dice que no se encuentran allí? ¡Qué extraño! Hasta me parece que no es posible. ¿Esa anciana adónde puede haber ido? Debo hablar con ella.

—Amigo mío, yo también debo hablarle.

—¡Qué le vamos a hacer! —dijo el muchacho—. Debemos irnos por donde vinimos. ¡Y yo que pensaba que de aquí saldría con dinero!

—¡Por supuesto que nos tendremos que ir! Pero ¿por qué me dijo que viniera? La misma vieja me dijo que viniera a esta hora. ¡Con lo que he caminado para venir de mi casa aquí! ¿Dónde demonios estará? No lo entiendo. Esta vieja bruja jamás se mueve de casa, porque apenas puede caminar. ¡Y, de repente, se le ocurre irse a pasear!

—¿Y si le preguntamos al portero?

—¿Pero para qué?

—Para saber si se encuentra en casa o cuándo regresará.

—¡Preguntar, preguntar!... ¡Pero jamás sale!

Sacudió nuevamente la puerta.

—¡Es en vano! ¡No tenemos más remedio que irnos!

—¡Escuche! —dijo de repente el muchacho—. ¡Mire bien! Cuando se tira, la puerta cede un poco.

—Bien, ¿y qué?

—Esto evidencia que no se encuentra cerrada con llave, sino con pasador. ¿Cuando se mueve la puerta lo escucha resonar?

—Ajá, ¿y qué?

—Pero ¿no entiende? Esto demuestra que una de ellas se encuentra en la casa. Si ambas hubieran salido, habrían cerrado por fuera con llave; de ninguna manera habrían podido echar el pasador por dentro... ¿Lo escucha, lo escucha? Para poder echar el pasador hay que estar en casa, ¿no entiende? En fin, que están y no desean abrir la puerta.

—¡Sí! ¡Por supuesto! ¡No hay dudas! —dijo Koch, sorprendido—. Pero ¿qué diablos estarán haciendo?

Y comenzó a sacudir la puerta con furia.

—Es inútil. ¡Déjelo! —dijo el muchacho—. En todo esto hay algo extraño. Usted ha llamado muchas veces, ha sacudido la puerta con violencia y no abren. Esto puede significar que ambas están desmayadas o...

—¿O qué?

—Es preferible que avisemos al portero para que vea lo que sucede.

—Excelente idea.

Ambos se dispusieron a bajar.

—No —dijo el muchacho—; usted quédese aquí. Yo buscaré al portero.

—¿Por qué me tengo que quedar?

—Jamás se sabe lo que puede suceder.

—Está bien, me quedaré.

—Escúcheme: estudio para juez de instrucción. Hay algo aquí que no está muy claro; esto es notorio..., ¡notorio!

Después de decir esto en un tono vehemente, el muchacho comenzó a descender, a grandes zancadas, la escalera.

Koch, cuando se quedó solo, llamó otra vez discretamente y después, pensativo, comenzó a sacudir la puerta para asegurarse de que el pasador estaba echado. Posteriormente, jadeante, se inclinó, y colocó el ojo en la cerradura. Pero no logró ver nada, debido a que la llave estaba puesta por dentro.

Raskolnikof, de pie frente a la puerta, sujetaba con mucha fuerza el mango del hacha. Era presa de una especie de delirio. Se encontraba dispuesto a luchar con esos hombres si lograban entrar en el apartamento. Al escuchar sus golpes y sus comentarios, en más de una ocasión casi le puso fin a la situación hablándoles a través de la puerta. Por momentos lo dominaba el impulso de insultarlos, de burlarse de ellos, e incluso quería que entraran en el apartamento. “¡Qué terminen de una vez!”, se decía.

—Pero ¿ese hombre dónde se habrá metido? —susurró el que estaba fuera.

Ya habían transcurridos varios minutos y nadie subía. Koch comenzaba a perder la serenidad.

—Pero ¿dónde se metió ese hombre? —rezongó.

Finalmente, agotada su paciencia, se fue escaleras abajo con su paso pesado, lento, ruidoso.

“Señor, ¿qué hacer?”.

Raskolnikof descorrió el pasador y entreabrió la puerta. No se escuchaba el menor ruido. Sin más indecisiones, salió, cerró la puerta lo mejor que pudo y comenzó a descender. De inmediato —solamente había bajado tres escalones— escuchó gran algarabía más abajo. ¿Qué podía hacer? No había ningún lugar donde ocultarse... Subió de nuevo rápidamente.

—¡Eh, tú! ¡Aguarda!

El que gritaba acababa de salir de uno de los apartamentos inferiores y corría escaleras abajo, en tromba, no ya al galope.

—¡Mitri, Mitri, Miiitri! —gritaba hasta desgañitarse—. ¿Te volviste loco? ¡Así llegues al infierno!

Se extinguieron los gritos; los últimos provenían de la entrada. Todo quedó de nuevo en silencio. Pero, pasados apenas unos segundos, algunos hombres que charlaban a grandes voces comenzaron a subir de manera tumultuosa la escalera. Eran tres o cuatro. Raskolnikof reconoció la voz sonora del muchacho de antes.

Entendiendo que no los podía esquivar, se fue a su encuentro decididamente.

“¡Qué sea lo que Dios quiera! Si me detienen, estoy perdido, y si dejan que pase, también, ya que después me recordarán”.

Parecía inevitable el encuentro. Ya solamente los separaba un piso. Pero, de repente..., ¡la salvación! Vio un departamento, vacío y abierto, unos escalones más abajo, a su derecha. Era el apartamento del segundo, donde trabajaban los pintores. Se acababan de ir, como si lo hubiesen hecho a propósito. Probablemente fueron ellos los que bajaron la escalera corriendo y perturbando. Estaban recién pintados los techos. En medio de uno de los cuartos todavía había un bote de pintura, un pincel y una cubeta. Raskolnikof se metió furtivamente en el apartamento y se ocultó en un rincón. Tuvo el tiempo preciso. Los hombres ya se encontraban en el descansillo. No se pararon: continuaron ascendiendo hacia el cuarto sin dejar de hablar en voz alta. Raskolnikof aguardó un instante. Luego salió de puntillas y, rápidamente, se lanzó escaleras abajo.

No había nadie en la escalera; nadie en el portal. Velozmente salió y dobló a la izquierda.

Perfectamente sabía que esos hombres ya estarían en el apartamento de la anciana, que les habría asombrado hallar abierta la puerta que hacía unos instantes se encontraba cerrada; que estarían observando detenidamente los cadáveres; que de inmediato habrían deducido que el asesino se encontraba en el apartamento cuando ellos llamaron y que acababa de escapar. Y quizás incluso sospechaban que, cuando ellos subían, se había escondido en el departamento deshabitado.

No obstante, Raskolnikof no se arriesgaba a acelerar el paso; no se arriesgaba pese a que tendría que recorrer todavía un centenar de metros para alcanzar la primera esquina.

“Si entrara en un portal —pensaba— y me ocultara en la escalera... No, sería un error. ¿Debo tirar el hacha? ¿Y si tomo un coche? ¡No, tampoco, tampoco!”.

En la mente las ideas se le enredaban. Finalmente vio una callejuela y entró en ella más muerto que vivo. Era claro que casi se había salvado. Corría allí menos peligro de levantar sospechas. Además, él era como un grano de arena entre los transeúntes que llenaban la angosta calle.

Sin embargo, de tal forma lo había debilitado la tensión emocional que apenas podía caminar. Por su rostro resbalaban gruesas gotas de sudor; su cuello estaba mojado.

Cuando desembocaba en el canal, una voz le gritó:

—¡Amigo, vaya merluza!

Perdió la cabeza completamente; cuanto más caminaba, más perturbado se sentía.

Cuando llegó al malecón y lo vio casi vacío, el temor de llamar la atención lo horrorizó, y regresó a la callejuela. Pese a que casi caía desfallecido, para llegar a su casa dio un rodeo.

Cuando atravesó la puerta todavía no había recuperado la presencia de ánimo. Se acordó del hacha cuando ya estaba en la escalera. Todavía tenía que hacer algo muy importante: dejar, sin llamar la atención, el hacha en su lugar.

Raskolnikof no estaba en condición de entender que en lugar de dejar el hacha en el sitio de donde la había cogido era mejor deshacerse de ella lanzándola, por ejemplo, al patio de cualquier vivienda.

No obstante, todo salió perfectamente. Estaba cerrada la puerta de la garita, pero no con llave. Esto, aparentemente, indicaba que el portero se encontraba allí. Pero Raskolnikof había perdido la capacidad de razonamiento hasta tal punto que caminó hacia la garita y abrió la puerta.

Si en ese instante hubiese aparecido el portero y le hubiera preguntado: “¿Qué quiere?”, él, probablemente, con el gesto más natural le habría devuelto el hacha.

Sin embargo, la garita se encontraba vacía como antes y Raskolnikof pudo colocar el hacha debajo del banco, entre los leños, igual como la halló.

De inmediato subió a su cuarto, sin toparse con nadie en la escalera. Estaba cerrada la puerta del apartamento de la patrona.

Una vez en su cuarto, se acostó con ropa en el diván y se sumergió en un tipo de inconsciencia que no era igual a la del sueño. Si entonces hubiese entrado alguien en la habitación, el joven, indudablemente, se habría asustado y habría gritado. Su mente era un hervidero de retazos de pensamientos, pero, por mucho que se empeñaba en ello, él era incapaz de captar ninguno.


Parte 2

Capítulo I

Por mucho tiempo, Raskolnikof estuvo acostado. En ocasiones, abandonaba a medias su letargo y se daba cuenta de que ya era muy de noche, pero no pensaba en ponerse de pie. Cuando amaneció, él continuaba acostado de bruces en el sofá, sin haber podido sacudirse ese adormecimiento que se había apoderado completamente de él.

Llegaron de la calle a su oído aullidos estridentes y gritos ensordecedores. Estaba habituado a escucharlos bajo su ventana todas las noches casi a las dos. En esta ocasión lo despertó el escándalo. Pensó: “Ya salen los borrachos de las cantinas. Ya deben ser más de las dos”.

Y dio tal brinco que daba la impresión de que lo habían arrancado del sofá.

“¿Ya son las dos? ¿Es posible?”.

Se sentó y, de repente, vino a su memoria todo lo sucedido.

Creyó volverse loco en los primeros instantes. Sentía un frío gélido, pero esta sensación era producto de la fiebre que se apoderó de él mientras dormía. Era tan intenso su temblor, que en el cuarto sonaba el castañeteo de sus dientes. Lo invadió un vértigo espantoso. Abrió la puerta y estuvo escuchando un instante. En la casa todos dormían. Miró con asombro sobre sí mismo y a su alrededor. Había algo que no entendía. ¿Cómo era posible que no recordara pasar el pestillo de la puerta? Además, se acostó con ropa e incluso con el sombrero, que se le había caído y allí estaba, en el suelo, junto a su almohada.

“Si entrara alguien pensaría que estoy ebrio, pero...”.

Corrió a la ventana. Había mucha claridad. Con mucho cuidado se inspeccionó de pies a cabeza. Miró y volvió a mirar sus ropas. ¿No había huella? No, de esa manera no podía verse. Se desvistió, aunque continuaba temblando a causa de la fiebre, e inspeccionó nuevamente sus ropas muy atentamente. Miraba por el derecho y por el revés pieza por pieza, con miedo de que algo se le hubiera pasado por alto. Examinó tres veces todas las prendas, hasta la más insignificante.

Solamente vio en los desflecados bordes de los bajos del pantalón unas gotas de sangre coagulada. Cortó estos flecos con un cortaplumas.

Pensó que ya no tenía nada más que hacer. Pero de repente recordó que todavía estaban en sus bolsillos la bolsita y todos los objetos que la tarde anterior había cogido del arca de la anciana. Todavía no había pensado en sacarlos para ocultarlos; cuando examinó las ropas ni siquiera se le había ocurrido.

En fin, a actuar. Vació los bolsillos sobre la mesa en un abrir y cerrar de ojos y después los volvió del revés para asegurarse de que en ellos no había quedado nada. Posteriormente, se lo llevó todo a un rincón de la habitación, donde se encontraba roto el papel y despegado de la pared a trechos. Introdujo el montón de pequeños paquetes en una de las bolsas que formaba el papel. “Todo listo”, se dijo con alegría. Y se quedó mirando con gesto imbécil la abertura del papel, que se había abierto aun más.

Se estremeció de repente de pies a cabeza.

—¡Dios mío! —susurró, con mucha desesperación—. ¿Qué hice? ¿Qué me sucede? ¿Es eso un escondrijo? ¿Es de esa manera como se esconden las cosas?

No obstante, se debe tener en cuenta que Raskolnikof no había pensado para nada en esas joyas. Pensaba que solamente tomaría el dinero, y esto explica que no tuviera listo ningún escondite. “¿Pero por qué me alegré? —se preguntó—. ¿Ocultar las cosas de esa forma no es un desatino? Es indudable que me estoy volviendo loco”.

Se sentó en el sofá sintiéndose en el límite de sus fuerzas. De nuevo los escalofríos de la fiebre recorrieron su cuerpo. Instintivamente se apoderó de su despedazado abrigo de estudiante, que tenía en una silla, al alcance de la mano, y se lo puso. Rápidamente cayó en un sueño que tenía un poco de delirio.

Perdió totalmente la noción de las cosas, pero después de cinco minutos se despertó, se puso de pie de un brinco y se lanzó sobre sus ropas con un gesto de angustia.

“¿Cómo me pude dormir sin haber hecho nada? Todavía el nudo corredizo está en el lugar en que lo cosí. ¡No haber recordado una prueba tan evidente, un detalle tan significativo!”. Arrancó el cordón, lo desbarató y debajo de su almohada, entre su ropa interior, metió las tiras de tela.

“Creo que esos pedazos de tela no pueden hacer sospechar a nadie. Por lo menos pienso que es así”, se dijo de pie en mitad del cuarto.

Luego, con una atención tan tensa que le producía dolor, comenzó a mirar hacia todos lados para estar seguro de que nada se le había olvidado. Ya se sentía atormentado por la convicción de que todo lo abandonaba, desde la memoria a la más simple capacidad de razonamiento.

“¿Esto es el inicio del martirio? Sí, lo es, definitivamente”.

Todavía estaban en el suelo, en medio de la habitación, expuestos a los ojos del primero que llegara, los flecos que había cortado de los bajos del pantalón.

—Pero ¿qué me sucede? —dijo, presa de mucha confusión.

Le asaltó una rara idea en este instante: pensó que quizá sus ropas estaban manchadas de sangre y que, debido a la disminución de sus capacidades, él no podía verlas. De repente recordó que la bolsita también estaba manchada. “Debe haber sangre hasta en mi bolsillo, ya que cuando me la guardé estaba húmeda”. De inmediato giró el bolsillo y se dio cuenta de que efectivamente, en el forro había varias manchas. De lo más profundo de su pecho salió un suspiro de alivio y pensó, victorioso: “No me ha abandonado completamente la razón: no he perdido la capacidad de reflexionar ni la memoria, ya que caí en este detalle. Ha sido solamente un instante de fragilidad mental producto de la fiebre”. Y todo el forro del bolsillo izquierdo del pantalón lo arrancó.

En ese instante, su bota izquierda fue iluminada por un rayo de sol y Raskolnikof, a través de un hueco del calzado, descubrió en el calcetín una mancha acusadora. Se quitó la bota y se dio cuenta de que, efectivamente, se trataba de una mancha de sangre: esta manchada toda la punta del calcetín... “Pero ¿qué debía hacer? ¿Dónde tirar el bolsillo, los flecos, los calcetines?...”.

Y se preguntaba, parado en medio del cuarto, con esas piezas delatoras en las manos:

“¿Lo echo todo en la estufa? Hay que recordar que por las estufas siempre comienzan las investigaciones. ¿Y si los quemara aquí?... Pero ¿cómo lo haría, si no tengo cerillas? Es preferible que me los lleve y los tire en cualquier sitio. Sí, en cualquier sitio y en este momento”. Y al tiempo que hacía esta afirmación en su mente, tomó asiento nuevamente en el sofá. Después, en lugar de poner en práctica sus planes, tumbó la cabeza en la almohada. Sentía escalofríos nuevamente. Sentía mucho frío. Se puso otra vez su abrigo de estudiante.

Estuvo tendido en el sofá durante varias horas. Pensaba, de vez en cuando: “Sí, hay que ir a tirar todo esto en cualquier sitio y así no pensaré más en ello. Tengo que ir de inmediato”. Y en más de una oportunidad se sacudió en el sofá con la intención de ponerse de pie, pero le fue imposible. Finalmente, lo sacó de su inercia un golpe violento que dieron en la puerta.

—¡Abre la puerta si no has fallecido! —gritó Nastasia golpeando incesantemente la puerta con el puño—. Siempre está acostado. Pasa todo el día durmiendo como un perro. ¡Sí, exactamente como lo que es! ¡Abre! ¡Ya son más de las diez de la mañana!

—Quizá no esté —dijo una voz masculina.

“Es la voz del portero —pensó en seguida Raskolnikof—. ¿Qué querrá?”.

De un salto se levantó y permaneció sentado en el sofá. El corazón le latía tan fuertemente que le hacía daño.

—Y echado el pasador —señaló Nastasia—. Por lo visto tiene temor de que se lo lleven... ¿Quieres ponerte de pie y abrir de una vez por todas?

“¿Qué buscarán? ¿El portero qué hace aquí? ¡No cabe duda, ya se descubrió todo! ¿Debo hacerme el sordo o abrir la puerta? ¡Así agarren la peste!”.

A medias se levantó, extendió el brazo y tiró del pasador. El cuarto era tan angosto que sin dejar el sofá podía abrir la puerta.

No estaba errado: eran el portero y Nastasia.

La criada lo miró de una forma muy rara. Con desesperada osadía, Raskolnikof miraba al portero. Este le mostraba al muchacho un papel doblado, burdamente lacrado y de color gris.

—Han traído esto de la comisaría.

—¿De qué comisaría?

—¿De qué comisaría ha de ser? De la comisaría de policía, por supuesto.

—Pero ¿la policía qué quiere de mí?

—¿Y yo qué sé? Es una citación y debe ir.

Miró fijamente a Raskolnikof, miró todo el cuarto y se dispuso a irse.

—Pareces enfermo —dijo Nastasia, que no dejaba de ver a Raskolnikof. Cuando escuchó estas palabras, el portero giró la cabeza y la criada le comentó—: Desde ayer tiene fiebre.

Raskolnikof no respondió. Todavía tenía en la mano el papel, sin abrirlo.

—Permanece acostado —dijo Nastasia, compadecida cuando el muchacho se disponía a ponerse de pie—. No vayas si estás enfermo. No hay prisa.

Después de una breve pausa preguntó:

—¿Y qué tienes en la mano?

El joven siguió la mirada de la criada y miró el bolsillo, los flecos del pantalón y los calcetines en su mano derecha. Así había dormido así. Después se acordó que apretaba con la mano todo eso con mucha fuerza en las leves vigilias que interrumpían su sueño febril y que, sin abrirla, se dormía nuevamente.

—¡Recoges unos harapos y, como si fueran un tesoro, duermes con ellos!

Y se rio histéricamente. Raskolnikof se apresuró a ocultar debajo del sobretodo el triple cuerpo del delito y vio retadoramente a la criada.

Pese a que en esos instantes no era capaz de analizar con lucidez, notó que estaba recibiendo un trato muy diferente al que se da a alguien a quien van a apresar.

Pero... ¿la policía por qué lo citaba?

—Trata de tomar algo de té. Te lo traeré. Sobró un poco.

—No, no deseo té —susurró—. Veré qué quiere la policía. Me presentaré ahora mismo.

—¡Pero si ni podrás descender la escalera!

—Dije que voy.

—Bueno allá tú.

El joven salió después del portero. De inmediato, Raskolnikof se aproximó a la ventana y observó los calcetines y los flecos a la luz del día.

“Aquí están las manchas, pero se ven muy poco: las han esfumado el barro y el roce de la bota. El que no lo sepa, no las podrá ver. Por lo tanto, y por suerte, Nastasia no las vio: estaba muy distante”.

Con manos temblorosas abrió entonces el pliego. Para entender lo que decía tuvo que leerlo y releerlo en varias oportunidades. Se trataba de una citación redactada en la forma normal y corriente, en la que se le señalaba que debía presentarse en la comisaría del distrito, ese mismo día, a las nueve y media de la mañana.

“¡Qué cosa más extraña —pensó al tiempo que se apoderaba de él una angustia muy dolorosa—. Nada tengo que ver con la policía, y justamente hoy me cita. ¡Que finalice esto cuanto antes, mi Dios!”.

Se iba a poner de rodillas para rezar, pero en lugar de hacerlo, se rio. Se reía de sí mismo, no de las plegarias. Comenzó a ponerse la ropa velozmente.

“Si voy a fallecer, ¿qué podemos hacer?”.

Y de inmediato se dijo:

“Me pondré los calcetines. A las manchas las cubrirá el polvo de las calles”.

Cuando apenas se puso el calcetín ensangrentado, se lo arrancó con un gesto de intranquilidad y de espanto. Pero de inmediato recordó que no tenía más calcetines y se lo puso nuevamente, y se echó a reír otra vez.

“¡Bah! Estos son solamente prejuicios. En esta vida todo es relativo: las apariencias, las costumbres..., en fin, todo”.

No obstante, estaba temblando de pies a cabeza.

“Ya está; ya me lo puse y muy bien puesto”.

Rápidamente pasó de la hilaridad a la desesperación y la angustia.

“¡Esto está muy por encima de mis fuerzas!”.

Le temblaban las piernas.

—¿De temor? —murmuró.

Le daba vueltas todo; a consecuencia de la fiebre le dolía mucho la cabeza.

“¡Esto es una emboscada! Quieren cogerme desprevenido, atraerme —pensó al tiempo que caminaba hacia la escalera—. Lo más grave es que estoy muy aturdido, que quizá diga lo que no debo decir”.

Recordó ya en la escalera que las joyas que había robado todavía estaban donde las había colocado, detrás del papel roto y despegado de la pared del cuarto.

“Quizá, aprovechando mi ausencia, registren el cuarto”.

Se detuvo un instante, pero era tal la angustia que lo sometía, era su desesperación tan atrevida, tan honda, que hizo un gesto de impotencia y prosiguió caminando.

“¡Con tal de que todo finalice rápidamente…!”.

Como en los días anteriores, el calor era inaguantable. Ya hacía mucho tiempo que no había llovido. Siempre ese polvo y esos cúmulos de ladrillos y cal que obstruían las calles. Y la fetidez de las tiendas cubiertas de suciedad, y de las cantinas, y aquel hervidero de coches de alquiler, buhoneros, borrachos...

Le cegó el intenso sol y le provocó mareos. Le dolía tanto los ojos que no podía abrirlos. (Así les sucede a todos los que tienen fiebre en los días de sol).

Cuando llegó a la esquina de la calle que tomó el día antes miró furtiva y angustiosamente a la casa... y, de inmediato, giró los ojos.

“Si me llegan a interrogar quizá confiese”, pensaba mientras se acercaba a la comisaría.

Al cuarto piso de una casa nueva, situada a unos trescientos metros de su hospedaje, se había trasladado la comisaría. En una ocasión Raskolnikof había ido al anterior local de la policía, pero de esto ya había pasado mucho tiempo.

Cuando atravesó la puerta miró a la derecha una escalera por la que descendía un mujik con un cuaderno en la mano.

“Seguro es un ordenanza. Entonces, esa escalera lleva a la comisaría”.

Y comenzó a subir, aunque no estaba seguro de ello. No deseaba preguntarle a ninguna persona.

“Entraré allí, me arrodillaré y lo confesaré absolutamente todo”, pensaba al mismo tiempo que se iba aproximando al cuarto piso.

Empinada y dura, la escalera destilaba suciedad. Las cocinas de los cuatro apartamentos daban a ella y sus puertas se encontraban completamente abiertas todo el día. El calor era sofocante. Se veían ordenanzas subir y bajar con sus carpetas debajo del brazo, agentes y todo tipo de personas de ambos sexos que tenían alguna cuestión en la comisaría. Estaba abierta la puerta de las oficinas. Raskolnikof entró y se paró en la antesala, donde estaban algunos mujiks. Allí el calor era tan inaguantable como en la escalera. El local, además, estaba recién pintado y de él se desprendía un olor que provocaba náuseas.

Después de haber aguardado un instante, el muchacho pasó a la habitación adyacente. Todas las piezas eran pequeñas y de techo bajo. La intranquilidad le impedía continuar esperando y lo inducía a avanzar. Nadie le prestaba la más mínima atención. Varios escribientes, que no estaban mucho mejor vestidos que él, trabajaban en la segunda dependencia. Todos tenían una apariencia rara. Raskolnikof habló con uno de ellos.

—¿Qué deseas?

El muchacho le enseñó la citación.

—¿Usted es estudiante? —preguntó otro después de haber mirado el papel.

—Sí, estudiaba.

Sin ningún interés, el escribiente lo miró. Era un individuo de mirada vaga y cabellos enmarañados. Daba la impresión de que estaba dominado por una idea fija.

“Por este hombre no sabré nada. Le es indiferente todo”, pensó Raskolnikof.

—Diríjase usted al secretario —dijo el escribiente indicando con el dedo la oficina del fondo.

Raskolnikof caminó hacia ella. Esta cuarta pieza era excesivamente reducida y estaba repleta de personas, que estaban un poco mejor vestidas que las que el muchacho acababa de ver. Había dos mujeres entre ellas. Una vestía pobremente y estaba de luto. Se encontraba sentada frente al secretario y escribía lo que él le estaba dictando. La otra era de silueta gruesa y rostro colorado. Vestía opulentamente y en el pecho tenía un broche muy grande. Estaba alejada y daba la impresión de que estaba esperando algo. El muchacho le mostró el papel al secretario. Este le echó un vistazo y dijo:

—¡Espere!

Luego continuó dictando a la mujer de luto.

El muchacho suspiró. “No me llamaron por lo que yo pensaba”, se dijo. Y se fue recuperando lentamente”.

Después pensó: “Me puede perder la más mínima torpeza, la menor imprudencia... Es una pena que aquí no circule más aire. Uno se sofoca. Me da vueltas la cabeza más que nunca y no soy capaz de reflexionar”.

Estaba sintiendo un hondo malestar y temía no poder dominarlo. Intentaba fijar su mente en asuntos distintos, pero no lo lograba. No obstante, el secretario le interesaba poderosamente. Se dedicó a analizar su rostro. Era un muchacho de unos veintidós años, pero su cara, sombría y llena de movilidad, hacía que pareciera menos joven. Estaba vestido a la última moda. Sus cabellos, brillantes de cosmético, estaban divididos en dos por una raya que era una auténtica obra de arte. Perfectamente cuidados y blancos, sus dedos estaban llenos de sortijas. Varias cadenas de oro colgaban de su chaleco. Con un extranjero que se encontraba cerca de él intercambió, con mucha desenvoltura, unas palabras en francés.

—Luisa Ivanovna, tome asiento —dijo después a la colorada, gruesa y ricamente ataviada dama, que permanecía de pie como si no se atreviera a tomar asiento, a pesar de que tenía una silla junto a ella.

—Ich danke —contestó, en voz baja, Luisa Ivanovna.

Tomó asiento con un frufrú de sedas. En torno de ella se infló como un globo su vestido azul pálido, provisto de blancos encajes, y llenó casi la mitad de la habitación, al mismo tiempo que se esparcía por toda la estancia un exquisito perfume. Pero daba la impresión de que ella estaba abochornada de ocupar tanto lugar y oler tan bien. Con una expresión de temor y timidez, sonreía y daba muestras de impaciencia.

Finalmente, la mujer enlutada se puso de pie, terminando el asunto que la llevó allí.

En este instante entró estrepitosamente un oficial, con aire decidido y, a cada paso, moviendo los hombros. Sobre la mesa echó su gorra, engalanada con una escarapela, y tomó asiento en un sillón. Apenas lo vio, la señora lujosamente vestida se levantó rápidamente y con un ardor asombroso, comenzó a saludarlo y aunque él no le prestó la más mínima atención, ella no se atrevió a sentarse nuevamente en su presencia. Este hombre era el ayudante del comisario de policía. Exhibía unos enormes bigotes rojizos que horizontalmente sobresalían por ambos lados de su rostro. Excesivamente finas, sus facciones solamente expresaban cierta desfachatez.

Sesgadamente vio a Raskolnikof e incluso con una especie de rabia. Por demás su apariencia era miserable, pero no tenía nada de humilde ni modesta su actitud.

Raskolnikof, imprudentemente, sostuvo aquella mirada con mucho atrevimiento, por lo que el funcionario se ofendió.

—¿Tú qué estás haciendo aquí? —exclamó este, sorprendido indudablemente de que semejante andrajoso no bajara la mirada frente a sus brillantes ojos.

—Vine porque me llamaron —contestó Raskolnikof—. Recibí una citación.

—Él es ese estudiante al que se le solicita la cancelación de una deuda —dijo rápidamente el secretario alzando la cabeza de sus papeles—. Aquí lo tengo —y mostró un cuaderno a Raskolnikof, indicándole lo que tenía que leer.

“¿Una deuda?... ¿Pero qué deuda? —pensó Raskolnikof—. El caso es que ya sé que no me llamaron por... aquello, estoy completamente seguro”.

Tembló de alegría. De repente sintió un gran alivio, indecible, un felicidad indescriptible.

—Pero ¿a qué hora le dijeron que viniera? —le gritó el ayudante, cuyo mal humor había ido creciendo—. Ya son más de las once y lo citaron a las nueve y media.

—Hace un cuarto de hora fue que me entregaron la citación —contestó Raskolnikof en voz también alta. De él se había apoderado una furia repentina y con cierto placer se entregaba a ella—. ¡Demasiado he hecho con venir con fiebre y enfermo!

—¡Ya no grite, no grite!

—Yo no estoy gritando; hablo como debo hacerlo. El que está gritando es usted. Soy estudiante y no tengo por qué soportar que me hablen en ese tono.

Al oficial esta respuesta lo irritó de tal forma que no pudo responder de inmediato: de sus contraídos labios solamente salieron sonidos inarticulados. Luego brincó de su silla.

—¡Cállese! ¡Usted está en la comisaría! Aquí no se permiten insolencias.

—¡Usted también está en la comisaría! —contestó Raskolnikof—, y no contento con gritar, está fumando, lo que es, hacia todos nosotros, una total falta de respeto.

Sentía un placer indescriptible al pronunciar estas palabras.

Con una sonrisa, el secretario presenciaba la escena. El apasionado ayudante pareció dudar un instante.

—¡Eso no le concierne a usted! —contestó finalmente con gritos afectados—. Lo que debe hacer es prestar la declaración que se le solicita. Alejandro Grigorevitch, muéstrele el documento. Contra usted se presentó una denuncia. ¡Usted no cancela sus deudas! ¡Está hecho un buen pájaro!

Pero Raskolnikof ya no lo oía: se apoderó ansiosamente del papel e intentaba, con visible desasosiego, encontrar la clave del misterio. Leyó el documento varias veces sin lograr comprender ni una sola palabra.

—Pero ¿esto qué es? —preguntó al secretario.

—Es un efecto comercial cuya cancelación se le solicita. Usted tiene que pagar el valor de la deuda, además de la multa, de las costas, etcétera, o hacer una declaración por escrito donde diga en qué fecha lo podrá hacer. Se tendrá que comprometer, al mismo tiempo, a no abandonar la ciudad y también, hasta que haya cancelado su deuda, a no vender ni empeñar nada de lo que tiene. En cambio su acreedor tiene completa libertad para vender los bienes de usted y pedir que la ley sea aplicada.

—¡Pero si yo no le debo nada a ninguna persona!

—No es de nuestra incumbencia ese punto. Se nos ha remitido a nosotros un efecto protestado de ciento quince rublos que usted firmó hace nueve meses en favor de la señora Zarnitzine, viuda de un asesor escolar, efecto que esta dama mandó al consejero Tchebarof para pagar una cuenta. Nosotros, debido a ello, le citamos a usted para que declarara.

—¡Pero si ella es mi patrona!

—¡Y eso qué interesa!

El secretario lo miraba con una sonrisa de prepotencia y condescendencia, como a un principiante que comienza a aprender gracias a él lo que quiere decir ser deudor. Era como si le dijera: “¿Eh? ¿Qué te parece?”.

Pero ¿en ese instante qué importaban a Raskolnikof las demandas de su patrona? ¿Valía la pena que se angustiara por semejante cuestión y ni siquiera que le prestara la más mínima atención? Allí estaba leyendo, oyendo, contestando, incluso preguntando, pero todo lo hacía instintivamente. Su ser estaba lleno de la felicidad de sentirse a salvo, de librarse del miedo que lo estremecía hacía unos instantes. Había desterrado de su mente, por el momento, el análisis de su situación, todas las preocupaciones y suposiciones temerosas. Fue un instante de felicidad absoluta, salvaje.

Pero, de repente, en el despacho se desencadenó una tempestad. Todavía bajo los efectos de la ofensa que acababa de sufrir y con ganas de resarcirse, el ayudante del comisario comenzó de pronto a insultar a la señora del lujoso vestido, quien desde que lo vio entrar no dejaba de verlo con una sonrisa estúpida.

—Y tú, bribona —le gritó fuertemente después de comprobar que la dama de luto se había ido ya—, ¿esta noche qué ha sucedido en tu casa? Contéstame: ¿qué ha ocurrido? Con los gritos, las risas y las borracheras han despertado a todos los vecinos. Parece que te has empeñado en ir a la prisión. Por lo menos en diez ocasiones te lo he advertido. Te lo diré de otra manera la próxima vez. ¡Es que no haces caso! ¡Eres una ramera incorregible!

Raskolnikof se quedó tan atónito cuando vio tratar de esa manera a la elegante señora que el papel que tenía en la mano se le cayó. No obstante, no tardó en entender el porqué de todo eso, y el asunto le pareció muy entretenido. A partir de ese instante oyó con mucho interés y haciendo esfuerzos por dominar la risa. Su tensión nerviosa era asombrosa.

—Bueno, bueno, Ilia Petrovitch... —comenzó a decir el secretario, pero de inmediato se dio cuenta de que sería infructuosa su intervención: por experiencia sabía que cuando el impulsivo oficial se disparaba, no existía medio humano de detenerlo.

Con respecto a la hermosa dama, la tormenta que se desencadenó sobre ella comenzó por hacerla estremecer, pero —cosa rara— a medida que los ataques llovían sobre ella su rostro se iba mostrando más amable, y más fascinante la sonrisa que le brindaba al oficial. Aumentaba el número de las reverencias y aguardaba con impaciencia el instante en que su censor permitiera que ella hablara.

—Señor capitán, en mi casa no hay escándalos ni riñas —dijo tan rápidamente como pudo (hablaba el ruso con facilidad, pero con evidente acento alemán)—. Ni el más mínimo escándalo —ella pronunciaba “echkándalo”—. Lo que sucedió fue que un hombre llegó a mi casa borracho... Señor capitán, se lo contaré todo. Yo no fui la culpable. Mi casa, señor capitán, es una casa tan seria como yo. Yo no quería “echkándalos”... Él llegó como una cuba y pidió tres botellas —la alemana decía «potellas»—. Luego alzó las piernas y comenzó a tocar el piano con los pies, algo que está fuera de lugar en una casa tan seria como la mía. Y terminó por destruir el piano, lo cual no me parece nada bien. Y así se lo dije, y él agarró la botella y comenzó a repartir botellazos hacia todos lados. Llamé entonces al portero, y cuando llegó Karl, él caminó hacia Karl y le dio un puñetazo en un ojo. Enriqueta también recibió un golpe. Y a mí me dio cinco bofetadas. Señor capitán, en vista de esta manera de comportarse, tan inadecuada de una casa seria, yo comencé a protestar a gritos, y él abrió la ventana que da al canal y comenzó a gruñir como un cerdo. ¿Entiende, señor capitán? ¡En la ventana se puso a hacer el cerdo! Entonces, para alejarlo de la ventana, Karl comenzó a tirarle de los faldones del frac y..., se lo confieso, señor capitán..., en las manos se le quedó un faldón. Entonces comenzó a gritar diciendo que tenía que pagarle quince rublos de indemnización, y yo, señor capitán, le pagué cinco rublos por seis Rock. No es un cliente deseable, como usted puede ver. Señor capitán, le doy mi palabra de que él armó todo el escándalo. Y me amenazó, además, con relatar toda la historia de mi vida en los periódicos.

—Ah, entonces, ¿es escritor?

—Sí, señor, y un cliente sin escrúpulos que, incluso sabiendo que está en una casa digna, se permite...

—Bueno, bueno; toma asiento. Ya te dije en mil ocasiones...

—Ilia Petrovitch... —repitió, con acento significativo, el secretario.

El ayudante del comisario lo miró rápidamente y vio que sacudía levemente la cabeza.

—Mi respetable Luisa Ivanovna, en fin —siguió el oficial—, en lo que a ti respecta, he aquí mi última palabra. Como en tu digna casa se vuelva a producir un nuevo escándalo haré que te enchiqueren, como suelen decir los de tu noble nivel social. ¿Comprendiste?... ¿De manera que el escritor, el literato, aceptó en tu digna casa cinco rublos por su faldón? ¡Muy bien por los escritores! —miró despectivamente a Raskolnikof—. Un señor literato, hace dos días, comió en una cantina e intentó no pagar. Dijo al cantinero que, hablando de él en su próxima sátira, lo compensaría. Y en un barco de recreo hace poco también otro escritor ofendió de manera grosera a la distinguida familia, madre a hija, de un consejero de Estado. Y a otro lo echaron de una pastelería a patadas. Todos esos escritores son así, esos charlatanes, esos estudiantes... En fin, Luisa Ivanovna, ya te puedes ir. Pero ten mucho cuidado, porque no te quitaré la vista de encima. ¿Comprendes?

Calurosamente, Luisa Ivanovna comenzó a saludar a derecha e izquierda y así, realizando reverencias, retrocedió hasta la puerta. Allí tropezó con un gentil oficial, de rostro sincero y simpático, encuadrada por dos patillas soberbias, rubias y espesas. Era Nikodim Fomitch: el comisario. Luisa Ivanovna, cuando lo vio, se inclinó rápidamente por última vez y casi tocó el suelo y, con paso corto y saltarín, abandonó el despacho.

—Eres el relámpago, el trueno, el rayo, el huracán, la tromba —dijo el comisario hablando de manera amistosa con su ayudante—. Te pusieron nervioso y te dejaste llevar de los nervios. Lo he escuchado desde la escalera.

—Pero no es para menos —contestó indiferentemente Ilia Petrovitch llevándose a otra mesa sus papeles, con su peculiar balanceo de hombros—. Juzgue usted mismo. Ese caballero escritor, mejor dicho, estudiante, es decir, antiguo estudiante, no cancela sus deudas, firma pagarés y no quiere dejar el cuarto que tiene alquilado. Se le denuncia por todo ello, y he aquí que este caballero se enoja porque enciendo un cigarrillo en su presencia, ¡Él, que solamente comete vilezas! Ahí lo tiene usted. Mire qué apariencia tan respetable tiene.

—Mi buen amigo, la pobreza no es un vicio —contestó el comisario—. Eres inflamable como la pólvora, todos lo sabemos. Te habrá ofendido algo en su forma de ser y no has podido controlarte. Y usted tampoco —agregó dirigiéndose con mucha amabilidad a Raskolnikof—. Pero usted no lo conoce. Es un caballero excelente, créame, aunque, como la pólvora, es muy explosivo. Sí, una auténtica pólvora: se enciende, se inflama, arde y todo pasa: entonces solamente queda un corazón de oro. Lo llamaban en el regimiento el “teniente Pólvora”.

—¡Ah, qué regimiento ese! —dijo Ilia Petrovitch conmovido por los elogios de su jefe, aunque continuaba enfadado.

De repente, Raskolnikof sintió el deseo de decir algo desagradable a todos.

—Óigame, capitán —dijo con mucha desenvoltura dirigiéndose al comisario—. Por favor, póngase en mi lugar. Si en algo lo ofendí, estoy dispuesto a presentarle mis disculpas, pero comprenda: soy un estudiante pobre y enfermo, agobiado por la miseria —así lo dijo: “agobiado”—. Tuve que abandonar la universidad porque no podía cubrir mis necesidades. Pero recibiré dinero: mi madre y mi hermana, que residen en el distrito de ***, me lo enviarán. Entonces cancelaré mi deuda. Mi patrona es una excelente mujer, pero está tan enojada al ver que perdí los alumnos que tenía y que desde hace cuatro meses no le pago, que no me da ni siquiera mi ración de comida. Con respecto a su reclamo, no lo entiendo. Me exige que le pague de inmediato. ¿Lo puedo hacer acaso? Ustedes mismos lo pueden juzgar.

—Nada de eso nos incumbe —dijo nuevamente el secretario.

—Permítame, permítame. Estoy totalmente de acuerdo con usted, pero permítame que les explique algunas cosas.

Raskolnikof continuaba dirigiéndose al comisario y no al secretario. Intentaba también atraerse la atención de Ilia Petrovitch que, adoptando una actitud arrogante y despectiva, trataba de demostrarle que no lo oía, sino que estaba abstraído examinando sus papeles.

—Déjeme explicarle que desde que llegué de mi provincia hace tres años soy huésped de esa señora y que inicialmente..., no tengo por qué esconderlo..., inicialmente le prometí que contraería matrimonio con su hija. Simplemente fue una promesa verbal. Yo no me sentía enamorado, pero la joven no me desagradaba... En ese momento yo era muy joven... Mi patrona me abrió un extenso crédito, y comencé a vivir de una manera... No tenía bien puesta la cabeza.

—Señor, nadie le dijo que hable de esos detalles íntimos —le interrumpió con sequedad Ilia Petrovitch y con una complacencia mal disimulada—. No tenemos tiempo para oírlos, además.

Para Raskolnikof fue muy difícil seguir hablando, pero lo hizo vehemente.

—Déjeme, déjeme explicar, solamente a grandes rasgos, cómo ha sucedido todo esto, pese a que no esté de acuerdo con usted con respecto a que son inútiles mis palabras... La joven murió hace un año del tifus y yo continué alojándome en la vivienda de la señora Zarnitzine. Y cuando mi patrona se fue a la casa donde ahora vive, me dijo de manera amistosa que confiaba plenamente en mí, pero que quería que le firmara un pagaré de ciento quince rublos, suma que le debía, según mis cálculos... Déjeme decirle... Ella me dio la seguridad de que, una vez que tuviera el documento, continuaría dándome un crédito ilimitado y que nunca, nunca..., repito sus palabras..., colocaría en circulación el pagaré. Y me exige que le cancele la deuda ahora que no tengo dinero ni lecciones para comer... Esto no tiene explicación.

—Señor, esos patéticos pormenores no nos importan —dijo con ruda sinceridad Ilia Petrovitch—. Usted debe limitarse a declarar y a firmar el compromiso escrito que se le está exigiendo. No nos conciernen en absoluto el relato de sus amores y todos esos lugares comunes y tragedias.

—Pero no hay que ser tan duro y severo —susurró el comisario, caminando hacia la mesa para sentarse y comenzando a firmar papeles. Daba la impresión de que estaba algo avergonzado.

—Vamos, escriba —dijo el secretario a Raskolnikof.

—¿Qué debo escribir? —preguntó el denunciado con aspereza.

—Exactamente lo que yo le dicte.

Raskolnikof creyó notar que el joven secretario era más despectivo con él después de su confesión; pero, cosa rara, a él las opiniones ajenas sobre su persona ya no le interesaban lo más mínimo. En Raskolnikof este cambio de actitud se había producido repentinamente, en un abrir y cerrar de ojos. Si hubiese analizado, aunque solamente hubiera sido un minuto, se habría sorprendido, indudablemente, de haber hablado como lo hizo con esos funcionarios, a los que incluso forzó a oír sus confidencias. Su reciente y súbito estado de ánimo, ¿a qué se debería? Si en ese instante apareciera la oficina llena no de empleados de la policía, sino de sus amigos más cercanos, no sabría qué decirles, no habría hallado una sola palabra franca y amistosa en el enorme vacío que se hizo en su alma. Una lúgubre impresión de infinito y aterrador aislamiento le había invadido. Lo que había provocado semejante revolución en su ánimo no era la vergüenza de haberse entregado a tan cordiales confidencias ante Ilia Petrovitch ni la actitud presuntuosa y victoriosa del oficial. ¡Su bajeza qué le importaba ya! ¡Qué le interesaban las jactancias, las alemanas, los oficiales, las diligencias, las comisarías!... No se habría inmutado aunque le hubiesen condenado a morir quemado en la hoguera. Es más: difícilmente habría oído la sentencia. En su interior se había producido algo nuevo, nunca sentido y que no sabía definir. Entendía, sentía con toda su alma que ya no podría charlar francamente con nadie, hacer ninguna confidencia, no solamente a los trabajadores de la comisaría, sino ni siquiera a sus familiares más cercanos: a su madre, a su hermana... Jamás había experimentado una sensación tan rara ni tan cruel, y el hecho de que él notara que no era un sentimiento razonado, sino una sensación, la más aterradora y martirizadora que había tenido en su existencia, incrementaba su tortura.

Comenzó el secretario de la comisaría a dictarle la fórmula de declaración usada en esos casos. “Siéndome imposible cancelar la deuda en este momento, prometo pagar en... (tal fecha). Asimismo, me comprometo a no abandonar la capital, a no regalar mis bienes, a no venderlos...”.

—¿Qué le sucede que apenas escribe? Se le cae la pluma de las manos —dijo el secretario mirando con atención a Raskolnikof—. ¿Se encuentra enfermo?

—Sí... Me dio un vértigo... Siga.

—Listo. Ya puede firmar.

El secretario cogió la hoja de manos de Raskolnikof y se giró hacia los que estaban esperando.

Raskolnikof le dio la pluma, pero, en lugar de ponerse de pie, colocó los codos en la mesa y, entre las manos, hundió la cabeza. Sentía como si le estaban perforando el cerebro. De repente lo asaltó una idea incomprensible: ponerse de pie, aproximarse al comisario y relatarle detalladamente el suceso de la anciana; después conducirlo a su cuarto y enseñarle las joyas ocultas detrás del papel de la pared. Este impulso fue tan fuerte que se puso de pie dispuesto a llevar a cabo el plan, pero repentinamente pensó: “¿No será preferible que, aunque sea durante un minuto, lo piense un poco?... No, es preferible no pensarlo y cuanto antes, quitarse esta pesada carga de encima.

Pero se paró en seco y quedó clavado en el lugar. Acaloradamente, el comisario hablaba con Ilia Petrovitch. Raskolnikof lo escuchó comentar:

—Es ilógico. Tendremos que liberarlos a ambos. Absolutamente todo contradice esa acusación. ¿Con qué finalidad habrían buscado al portero si hubiesen cometido el asesinato? ¿Para descubrirse a sí mismos? ¿Para despistar? No, es una treta muy arriesgada. A Pestriakof, el estudiante, lo vieron, además, una tendera y los dos porteros frente a la puerta en el instante en que llegó. Estaba en compañía de tres amigos que lo dejaron, pero en cuya presencia preguntó al portero en qué piso habitaba la anciana. Si hubiera ido a la casa con la intención que se le atribuye, ¿habría preguntado esto? Con respecto a Koch, estuvo durante media hora en la orfebrería de la planta baja antes de subir al apartamento de la anciana. Cuando subió eran exactamente las ocho menos cuarto. Analicemos...

—Permítame. A la contradicción en la que incurrieron, ¿qué explicación se le puede dar? Aseguran que llamaron a la puerta y que estaba cerrada. No obstante, después de tres minutos, cuando suben otra vez con el portero, encontraron abierta la puerta.

—Ese es el asunto principal. Indudablemente, el criminal se encontraba en el apartamento y había echado el pasador. Si Koch no hubiese cometido la estupidez de dejar la guardia para bajar en busca de su amigo, no cabe duda de que lo habrían atrapado. El criminal aprovechó ese instante para bajar por la escalera y escapar frente a sus propias narices. Koch está aterrorizado; no deja de santiguarse y de decir que si se hubiese quedado al lado de la puerta del apartamento, el criminal se habría abalanzado sobre él y, de un hachazo, le habría destrozado la cabeza. Hará cantar un Tedeum...

—¿Y nadie vio al criminal?

—¿Pero cómo quiere usted que lo vieran? —dijo el secretario, que desde su sitio estaba muy atento a la charla—. Un arca de Noé, eso es esa casa.

—Todo no puede estar más claro —dijo en un tono de convicción el comisario.

—Nada de eso, por el contrario, está muy oscuro —contestó Ilia Petrovitch.

Tomando su sombrero, Raskolnikof caminó hacia la puerta. Pero no logró llegar a ella...

Se vio sentado en una silla cuando volvió en sí. Un hombre lo estaba sosteniendo por el lado derecho. Otro, a su izquierda, le entregaba un vaso amarillento con un líquido de igual color. Nikodim Fomitch, el comisario, de pie frente a él, lo miraba fijamente. Raskolnikof se puso de pie.

—¿Está enfermo? ¿Qué le ha sucedido? —le preguntó el comisario con sequedad.

—Hace un momento, cuando estaba escribiendo su declaración, apenas podía sostener la pluma —comentó el secretario, sentándose nuevamente y comenzando a hojear papeles otra vez.

—¿Está usted enfermo hace mucho tiempo? —gritó desde su mesa Ilia Petrovitch, donde también se encontraba hojeando papeles. Como todos los demás se había aproximado a Raskolnikof y, durante su desmayo, lo había examinado. Se apresuró a volver a su puesto cuando vio que volvía en sí.

—Estoy enfermo desde anteayer —murmuró Raskolnikof.

—¿Usted salió ayer?

—Sí.

—¿Incluso sintiéndose enfermo?

—Sí.

—¿Y a qué hora?

—De siete a ocho.

—Déjeme preguntarle dónde estuvo.

—En la calle.

—He aquí una respuesta breve y clara.

Con voz entrecortada y dura, Raskolnikof dio estas respuestas. Estaba lívido y blanco igual que un lienzo. Frente a la mirada de Ilia Petrovitch no se hundían sus enormes ojos, negros y ardientes.

—Apenas puede mantenerse de pie, y tú todavía... —comenzó a decir el comisario.

—Pero no se preocupe —contestó Ilia Petrovitch con tono misterioso.

Nikodim Fomitch tenía la intención de comentar algo más, pero sus ojos se encontraron casualmente con los del secretario que estaban fijos en él, y esto bastó para que se quedara callado. Se hizo un silencio colectivo, raro y súbito.

—Muy bien, ya no lo necesitamos —dijo finalmente Ilia Petrovitch—. Usted se puede ir.

Raskolnikof se marchó. Apenas salió, entre los policías se reanudó con gran vivacidad la charla. Se escuchaba más la voz del comisario que las de sus compañeros. Daba la impresión de que hacía preguntas.

Raskolnikof recuperó la serenidad cuando se encontró en la calle.

“Indudablemente harán un registro, y de inmediato —pensaba mientras caminaba hacia su hospedaje—. Están sospechando de mí. ¡Los muy canallas!”.

Y se apoderó de él otra vez el pánico que lo dominó anteriormente.


Capítulo II

“Pero, ¿y si registraron ya la habitación? Podría suceder también que me tropezara en casa con la policía”.

Sin embargo, todo estaba completamente en orden en su cuarto y nadie se encontraba allí. Nastasia no tocó nada de la habitación.

“Dios, ¿cómo pude dejar allí las joyas?”.

Echó a correr al rincón, metió la mano detrás del papel, retiró todas las cosas y las fue echando en sus bolsillos. Eran ocho piezas en total: dos pequeñas cajas que tenían dentro pendientes o algo similar (no se detuvo a verlo); cuatro estuchitos de tafilete; una cadena de reloj envuelta en un pedazo de periódico y otro paquete similar que contenía, al parecer, una condecoración. Todo esto Raskolnikof lo repartió por sus bolsillos, tratando de que no abultara excesivamente, tomó también la bolsita y abandonó el cuarto dejando abierta de par en par la puerta.

Caminaba firme y rápidamente. Estaba agotado, pero mantenía su mente muy lúcida. Sentía temor de que la policía ya estuviera tomando medidas contra él; que después de media hora, o quizá solamente de un cuarto, hubiera decidido seguirlo. Había, por lo tanto, que darse prisa en desaparecer esos objetos delatores. Mientras tuviera el menor residuo de fuerzas y de sangre fría no debía retroceder en este plan... ¿Pero adónde iría?... Ya este punto estaba decidido. “Lanzaré al canal los objetos y el agua se los tragará, de manera que no quedará ni huella de esta cuestión”. De esa manera lo había decidido la noche anterior, en mitad de su delirio, e incluso había tratado en varias ocasiones de ponerse de pie para, cuanto antes, ejecutar el plan.

No obstante, la realización de este propósito presentaba grandes inconvenientes. Se limitó a deambular por el malecón del canal durante más de media hora, examinando todas las escaleras que llevaban al agua. No podía llevar a la práctica su plan en ninguna de ellas. Aquí estaban varias barcas amarradas a la orilla, allí un lavadero lleno de lavanderas. El malecón, además, estaba repleto de transeúntes. Desde todas partes se le podía ver y a quien lo viera le parecería extraño que un hombre descendiera las escaleras solamente para lanzar algo al agua. Los estuches, por añadidura, podían quedar flotando y entonces los miraban todas las personas. Lo peor era que quienes se cruzaban en su camino lo veían de una forma particular, como si lo único que les importara fuera él. Pensaba: “¿Por qué me miran de esa manera? ¿O todo será producto de mi imaginación?”.

Finalmente pensó que quizá sería mejor que fuera al Neva. Había menos gente en sus malecones. En ese sitio llamaría menos la atención, le sería más sencillo lanzar las joyas y —detalle muy importante— estaría más distante de su barrio.

Sorprendido, de repente se preguntó por qué habría estado deambulando durante media hora lleno de angustia por sitios peligrosos cuando se le presentaba una solución tan evidente. Intentando ejecutar un plan absurdo e insensato, concebido en un instante de desatino, perdió media hora completa. En cada ocasión tenía más tendencia a distraerse, su memoria dudaba y él lo notaba. Debía darse prisa.

Por la avenida V*** se dirigió al Neva. Pero tuvo otra idea por el camino. ¿Por qué dirigirse al Neva? ¿Por qué lanzar al agua las joyas? ¿No era mejor ir a cualquier sitio distante, por ejemplo a las islas, buscar un lugar desierto en lo profundo de un bosque y, al pie de un árbol, enterrar las joyas, anotando con mucho cuidado el sitio donde se encontraba el escondrijo? Pese a que sabía que en ese instante no era capaz de razonar con lógica, le pareció muy práctica la idea.

Pero no había de llegar a las islas, eso estaba escrito. Cuando desembocó en la plaza que se encuentra al final de la avenida V***, a su izquierda vio la entrada de un enorme patio resguardado por muros muy altos. Había una pared a la derecha que daba la impresión de que no había estado pintada jamás y que era parte de una casa de mucha altura. Paralela a esta pared, a la izquierda, corría una valla de madera que entraba derechamente en el patio unos veinte pasos y después se desviaba hacia la izquierda. Un terreno solitario y cubierto de materiales estaba limitado por esta empalizada. Estaba un cobertizo al fondo del patio, cuyo techo rebasaba la altura de la valla. Este cobertizo debía ser un taller de guarnicionería, de carpintería o algo parecido. Cubierto de un negro polvillo de carbón estaba todo el suelo del patio.

“Este es un buen lugar para lanzar las joyas —se dijo—. Luego me voy, y asunto finalizado”.

Entró en el patio asegurándose de que no había nadie. Frente a la empalizada, cerca de la puerta, había uno de esos canalillos que se ven frecuentemente en los edificios donde hay talleres. Sobre el canal, en la valla alguien escribió con tiza y con las faltas de costumbre: “Acer aguas menores está proivido”. Por supuesto, Raskolnikof no pensaba llamar la atención parándose en ese sitio. Pensó: “Podría lanzarlo todo aquí, en cualquier sitio, e irme.

De nuevo miró hacia todas partes y se colocó la mano en el bolsillo. Pero en ese instante vio al lado del muro exterior, entre la puerta y el pequeño canal, una inmensa roca sin labrar que debía pesar más de treinta kilos. De la calle, del otro lado del muro, llegaba el rumor de las personas, siempre abundantes en ese sitio. A menos que se asomara al patio, nadie podía verlo desde fuera. No obstante, esto podía ocurrir, por lo tanto había que actuar con mucha rapidez.

Se inclinó sobre la roca, la sujetó con las dos manos por la parte de arriba y logró girarla reuniendo todas sus fuerzas. Apareció una cavidad en el suelo. En ella, Raskolnikof vació todo lo que tenía en los bolsillos. Lo último que colocó allí fue la bolsita. Solamente quedó ocupado el fondo de la cavidad. Rodó nuevamente la roca y esta quedó en el lugar donde estaba antes. Ahora estaba un poco más sobresaliente, pero Raskolnikof hasta ella arrastró con el pie algo de tierra y todo quedó como si nunca se hubiera tocado.

Salió y caminó hacia la plaza. De nuevo se apoderó de él momentáneamente una enorme alegría que casi no podía soportar. Ni huella había quedado. “¿Quién pensará en esa roca? ¿Buscar debajo de ella a quién se le podrá ocurrir? Probablemente, desde que construyeron la casa está ahí y Dios sabe el tiempo que todavía estará en ese lugar. Además, ¿quién pensaría en mí aunque se hallaran las joyas? Todo ha finalizado. Hasta la última prueba se ha esfumado”. Se rio. Sí, después recordó que se rio con una risita muda, constante, nerviosa. Cuando atravesó la plaza todavía se reía. Sin embargo, su hilaridad cesó de repente al llegar al bulevar donde, días atrás, había encontrado a la muchacha borracha.

A su mente acudieron otros pensamientos. Le aterrorizaba la idea de pasar frente al banco donde se había sentado a meditar cuando se fue la jovencita. Sentía el mismo miedo ante un probable nuevo encuentro con el policía bigotudo al que le dio veinte kopeks. “¡Que se lo lleve el demonio!”.

Continuó su camino, lanzando miradas coléricas y distraídas en todas direcciones. Alrededor de un solo tema, cuya importancia reconocía, giraban todos sus pensamientos. Se daba perfecta cuenta de que se enfrentaba solo y de forma abierta con la cuestión, por primera vez desde hacía dos meses.

“¡Qué todo se vaya al demonio! —se dijo de repente, en un arrebato de furia—. Está escanciado el vino y hay que beberlo. El diablo se lleve a la anciana y a la nueva vida... Dios, ¡qué estúpido es todo esto! ¡Hoy he dicho tantas mentiras! ¡Y he cometido tantas bajezas! ¡Para recibir la benevolencia del abominable Ilia Petrovitch en qué miserables vulgaridades he incurrido! Pero, ¡bah!, qué me interesa. Me río de todas esas personas y de las ineptitudes que yo haya cometido. Ahora no es esto lo que debo pensar...”.

De repente se detuvo; una nueva dificultad se le acaba de plantear, tan inesperada como sencilla, que lo dejó estupefacto. “Si, como piensas, has actuado en todo este tema como un ser inteligente y no como un estúpido, si perseguías un objetivo claramente establecido, ¿cómo se puede explicar que no hayas ni siquiera mirado fugazmente el interior de la bolsita, que no te hayas preocupado de indagar lo que ha provocado ese acto por el que tuviste que enfrentar todo tipo de horrores y riesgos? Estabas dispuesto hace un instante a lanzar al agua esa bolsa, esas joyas que ni siquiera has visto... ¿Cómo puedes explicar esto?”.

Un sólido cimiento tenían todas estas preguntas. Desde antes de hacérselas lo sabía. La noche en que había decidido arrojarlo todo al agua había tomado esta resolución sin dudar, como si no hubiese sido posible actuar de otra manera. Sí, todo esto lo sabía y podía recordar hasta los más mínimos detalles. Sabía que todo había de suceder como estaba sucediendo; lo sabía desde el mismo instante en que sacó los estuches del arca sobre la que estaba inclinado... Sí, lo sabía a la perfección.

“El origen de todo es que me encuentro muy enfermo —se dijo finalmente sombríamente—. Me atormento y me hiero a mí mismo. No soy capaz de dirigir mis acciones. Solamente me he martirizado ayer, anteayer y todos estos días... Ya no me torturaré cuando esté curado. Pero ¿y si jamás me curo? ¡Dios mío, de toda esta historia estoy tan cansado!...”.

Continuaba su camino mientras reflexionaba de esta manera. De estas preocupaciones deseaba librarse, pero no sabía cómo podría lograrlo. De él, con una fuerza irresistible, se apoderó una sensación nueva y por momentos, su intensidad se incrementaba. Era un enfado casi físico, un enojo obstinado, vengativo, por todo lo que hallaba en su camino, por todas las cosas y todas las personas que estaban alrededor. Los transeúntes le repugnaban, sus rostros, su manera de andar, sus más pequeños movimientos. Tenía ganas de escupirles a la cara, a cualquiera que le hablara estaba dispuesto a morderlo.

Cuando llegó al malecón del Pequeño Neva, en Vasilievski Ostrof, cerca del puente se paró en seco.

“En esa casa vive May —pensó—. Pero ¿esto qué significado tiene? Instintivamente, mis pies me trajeron a la vivienda de Rasumikhine. El otro día me sucedió lo mismo. Esto es realmente chocante. ¿Vine expresamente o estoy aquí por obra de la casualidad? Pero esto poco interesa. El hecho es que dije que vendría “al día siguiente” a casa de Rasumikhine. Pues bien, ya vine. ¿Que lo visite tiene algo de particular acaso?”.

Ascendió al quinto piso. Rasumikhine vivía en él.

Este se encontraba escribiendo en su cuarto. Él mismo le abrió. Desde hacía cuatro meses no se habían visto. Tenía puesta una bata vieja, casi hecha andrajos. Solamente unas pantuflas protegían sus pies. El cabello lo tenía revuelto. No se había lavado ni afeitado. Cuando vio a Raskolnikof se mostró sorprendido.

—¿Pero de dónde sales? —dijo viendo, de pies a cabeza, a su amigo. Luego silbó—. ¿Las cosas te van tan mal? Hermano, obviamente, en elegancia nos aventajas a todos —agregó contemplando los harapos de su compañero—. Pareces agotado; toma asiento.

Rasumikhine notó que su amigo parecía no estar bien cuando Raskolnikof se sentó en el sofá turco, tapizado de una tela desgastada y vieja (un sofá, entre paréntesis, en peor estado que el suyo).

—Tú te encuentras enfermo, muy enfermo. ¿Lo has notado?

Trató de tomarle el pulso, pero Raskolnikof retiró rápidamente la mano.

—¡Bah! ¿Para qué? —dijo—. Vine porque... me quedé sin lecciones..., y yo desearía... No, no, las lecciones no me hacen falta para nada.

Con mucha atención, Rasumikhine lo miraba.

—Amigo, ¿sabes algo? Estás desvariando.

—No, nada de eso; yo no desvarío —contestó Raskolnikof poniéndose de pie.

Cuando subió a casa de Rasumikhine no tuvo en cuenta que se vería frente a frente con su amigo y, en esos instantes, una entrevista, con quienquiera que fuese le parecía lo más antipático del mundo. Sintió una furia ciega contra Rasumikhine apenas traspasó la puerta del apartamento.

—¡Adiós! —dijo caminando hacia a la puerta.

—¡Espera, hombre, espera! ¿Estás loco? ¿Qué te sucede?

—¡Déjame! —dijo Raskolnikof quitando con brusquedad la mano que su amigo le había tomado.

—Entonces, ¿a qué demonios viniste? Perdiste la cordura. Para mí esto es un insulto. No permitiré que te marches de esta manera.

—Bien, oye. Vine a tu casa porque no conozco a ninguna persona más que a ti para que me ayude a comenzar nuevamente. Tú eres más comprensivo, más inteligente, es decir, mejor que todos los demás... Pero ahora me doy cuenta de que no necesito nada, ¿comprendes?, absolutamente nada... Ni los servicios ni la simpatía de los otros me hacen falta... Me encuentro solo y me basto a mí mismo... No hay nada más. Déjame tranquilo.

—¡Pero escucha un instante, atolondrado! ¿Es que te volviste loco? Puedes hacer lo que desees, pero yo tampoco tengo lecciones y de eso me río. Estoy en conversación con el librero Kheruvimof, que en su género es una maravillosa lección. Por cinco lecciones en familias de comerciantes yo no lo cambiaría. Ese caballero publica pequeños libros sobre ciencias naturales, ya que esto se vende como el pan. Es suficiente con buscar buenos títulos. En más de una ocasión me has llamado imbécil, pero estoy convencido de que existen otros más estúpidos que yo. Mi editor, que es casi analfabeto, desea seguir la tendencia de la moda, y yo, lógicamente, lo aliento...

Mira, hay aquí dos pliegos y medio de un texto alemán. En mi opinión, pura charlatanería. Dicho en dos frases, el asunto que estudia el autor es el de si es un ser humano la mujer. Lógicamente, él piensa que sí y su labor es demostrarlo convincentemente. Kheruvimof cree que, estos instantes en que el feminismo está de moda, este folleto es de actualidad y yo tengo la tarea de traducirlo. Los dos pliegos y medio de texto alemán los podrá transformar en seis. Le colocaremos un título pomposo que llene media página y el ejemplar se venderá a cincuenta kopeks. Será un excelente negocio. La traducción me la pagan a seis rublos el pliego, es decir, por todo el trabajo, quince rublos. Ya cobré, por adelantado, seis. Al finalizar este folleto, traduciremos un libro que habla sobre las ballenas y para después ya elegimos algunos chismes de Les Confessions. Esos los traduciremos también. Alguien le dijo a Kheruvimof que Rousseau es una especie de Radiscev. Lógicamente, yo no he discutido. ¡Qué se vayan al demonio!... Entonces, ¿deseas hacer la traducción del segundo pliego del folleto Es un ser humano la mujer? Si deseas, toma de inmediato plumas, papel, el pliego (a cargo del editor van todos estos gastos) y aquí te doy tres rublos: a ti te corresponden tres, porque yo recibí seis adelantados por toda la traducción. Recibirás otros tres cuando hayas hecho la traducción del pliego. Pero no tienes nada que agradecerme, que te conste. Por el contrario, pensé en que me ayudaras apenas te vi entrar. Primeramente, yo en ortografía no estoy muy fuerte y segundo, son muy deficientes mis conocimientos del alemán. Por eso, frecuentemente me veo forzado a inventar, aunque me conforto pensando que con ello la obra ganará. Es probable que esté en un error... Entonces, ¿aceptas?

En silencio, Raskolnikof tomó el pliego de texto alemán y los tres rublos y se fue sin decir ni una palabra. Con una mirada de sorpresa, Rasumikhine lo siguió. Raskolnikof, cuando llegó a la primera esquina, regresó de repente sobre sus pasos y subió nuevamente al albergue de su amigo. Ya en el cuarto, dejó en la mesa el pliego y los tres rublos y, sin mover los labios, se fue nuevamente.

Finalmente, Rasumikhine perdió la paciencia.

—¡Evidentemente te volviste loco! —gritó—. ¿Esta comedia qué significa? ¿Me quieres volver la cabeza del revés? ¿Para qué diablos viniste?

—No quiero ni necesito traducciones —susurró Raskolnikof sin dejar de descender la escalera.

—Entonces, ¿qué demonios necesitas? —le gritó desde el rellano Rasumikhine.

Raskolnikof continuó descendiendo muy callado.

—Escucha, ¿dónde estás viviendo?

No recibió respuesta.

—¡Márchate al mismísimo demonio!

Pero Raskolnikof ya se encontraba en la calle. Cuando iba por el puente de Nicolás, un suceso muy desagradable hizo que momentáneamente volviera en sí. Los caballos de un carruaje casi lo arrollaron, y el cochero le dio un latigazo muy fuerte en la espalda después de haberle dicho a gritos, en tres o cuatro ocasiones, que se apartara. En él este latigazo despertó una furia ciega. Brincó hacia el pretil (solamente Dios sabe por qué hasta ese momento iba por la mitad de la calzada) rechinando los dientes. Todas las personas que se encontraban cerca se rieron.

—¡Muy bien hecho!

—¡Estos bribones!

—Yo conozco a estos granujas. Se hacen el ebrio, se lanzan bajo las ruedas y después uno tiene que pagar perjuicios y lesiones.

—Sí, unos viven de eso.

Todavía se encontraba apoyado en el pretil, frotándose la espalda, encendido de rabia, siguiendo con la vista el carruaje que se iba alejando, cuando se dio cuenta de que alguien le colocaba en la mano una moneda. Giró la cabeza y miró a una anciana que llevaba un gorro y estaba calzada con botas de piel de cabra, en compañía de una muchacha —su hija, indudablemente— que tenía un sombrero y llevaba una sombrilla verde.

—Hermano, toma esto, en nombre de Dios.

Él tomó la moneda y ellas siguieron su camino. Era una moneda de veinte kopeks. Se entendía que pensaran que era un pordiosero cuando vieron su apariencia y su vestimenta. Sin duda, la generosa entrega de los veinte kopeks se debía a que el latigazo despertó la piedad de las dos mujeres.

Dio, apretando la moneda con la mano, una veintena de pasos más y se paró de cara al río y al Palacio de Invierno. No había ni una nube en el firmamento y el agua del Neva —algo asombroso— era casi azul. La cúpula de la catedral de San Isaac (ese era justamente el punto de la ciudad desde donde se veía mejor) emitía vivos reflejos. Hasta los menores detalles de la decoración de la fachada se podían ver en el transparente aire.

Ya estaba desapareciendo el dolor del latigazo, y Raskolnikof, se olvidaba de la humillación sufrida. Lo dominaba un pensamiento vago pero inquietante. Se mantenía paralizado, con los ojos fijos en la distancia. Ese lugar le era conocido. Tenía la costumbre de detenerse allí cuando iba a la universidad, sobre todo al volver (más de cien veces lo hizo), para observar el magnífico paisaje. En esos instantes experimentaba una sensación confusa que no podía precisar y que le llenaba de sorpresa. Ese cuadro resplandeciente se le mostraba frío, algo así como sordo y ciego a la agitación de la existencia... Lo desconcertaba esta triste y enigmática impresión que recibía invariablemente, pero no se detenía a analizarla: la tarea de buscarle una explicación siempre la dejaba para más adelante...

Ahora recordaba esas incertidumbres, esas vagas emociones y este recuerdo, en su opinión, no era meramente casual. El simple hecho de haberse parado en el mismo lugar que antes, como si hubiese pensado que podía tener las mismas ideas e interesarse por los mismos entretenimientos que entonces, e incluso que hacía poco, le parecía ilógico, raro y hasta algo cómico, a pesar de que su corazón estaba oprimido por la amargura. Tenía la sensación de que todo este pasado, sus pensamientos y propósitos de antes, los objetivos que había perseguido, la grandiosidad de aquel panorama que tan bien conocía, se hundió hasta esfumarse en un abismo abierto a sus pies... Le parecía que había echado a volar y miró desde el espacio como todo aquello desaparecía.

Se dio cuenta cuando hizo un movimiento instintivo de que todavía tenía en su mano cerrada la pieza de veinte kopeks. Abrió la mano, estuvo un instante mirando fijamente la moneda y después alzó el brazo y la lanzó al río.

En seguida comenzó el regreso a su casa. Tenía la impresión de que, como con unas tijeras, había cortado tan limpiamente todos los lazos que lo unían a la existencia, a la humanidad...

Cuando llegó a su cuarto ya caía la noche. Había estado, por lo tanto, deambulando por más de seis horas. No obstante, ni siquiera podía recordar por qué calles había transitado. Se sentía tan cansado como un caballo después de una carrera. Se quitó la ropa, se acostó en el sofá, se arropó con su viejo sobretodo y, de inmediato, se durmió.

Ya era completa la oscuridad cuando un grito aterrador lo despertó. ¡Dios, qué grito!... Y después... Raskolnikof nunca había escuchado aullidos, gemidos, llantos, golpes, rechinar de dientes, como los que escuchó en ese momento. Jamás habría podido imaginarse un arrebato tan feroz.

Aterrado, se puso de pie y se sentó en el sofá, perturbado por el pánico y el terror. Pero los lamentos, los golpes, los insultos cada vez eran más violentos. De repente, con profunda sorpresa, reconoció la voz de la dueña de la casa. La viuda lanzaba ayes y chillidos. Palabras jadeantes salían de su boca; debía rogar que no la golpearan más, ya que continuaban pegándole cruelmente. Esto ocurría en la escalera. Era un ronquido furioso la voz del verdugo; hablaba con igual rapidez, y también eran ininteligibles sus palabras, ahogadas y presurosas.

De repente, Raskolnikof comenzó a estremecerse como una hoja. Ya había reconocido esa voz. Era la de Ilia Petrovitch, quien estaba allí golpeando a la patrona. Le pegaba con los pies, y su cabeza daba contra los escalones; esto se podía deducir con claridad por el ruido de los golpes y por los gritos de la mujer.

Todas las personas actuaban de una manera extraña. Acudían a la escalera atraídas por el escándalo y allí se agrupaban. De todos los cuartos salían vecinos. Se escuchaban portazos, maldiciones, ruidos de pasos que subían o bajaban, insultos...

“¿Pero por qué la golpea de esa manera? ¿Y por qué los que lo ven lo permiten?”, se preguntó Raskolnikof, pensando que se había vuelto loco.

Pero no, no se había vuelto loco, ya que podía distinguir los diferentes ruidos...

Consecuentemente, pronto subirían a su cuarto. “Porque, probablemente, todo esto es por lo de ayer... ¡Dios, Dios!...”.

Trató de pasar el pestillo de la puerta, pero le faltaron fuerzas para alzar el brazo. Por otro lado, ¿para qué? El pánico congelaba su alma, la inmovilizaba... Finalmente, ese escándalo, que había durado diez largos minutos lentamente se apagó. Débilmente, la patrona gemía. Ilia Petrovitch continuaba maldiciendo y amenazando. Luego, él también se calló y ya no se escuchó nuevamente.

“¡Dios! ¿Se habrá ido? No, ahora se marcha. Y también la patrona hecha un mar de lágrimas, llorando...”.

Se escuchó un portazo. Los inquilinos vuelven a sus cuartos. Primero exclaman, discuten, se reclaman a gritos; después solamente intercambian murmullos. Seguro eran muchos; todos los que vivían en la casa debieron acudir.

Señor, ¿todo esto qué significa? ¿Para qué, en nombre de Dios, vino este hombre aquí?”.

Extenuado, Raskolnikof se acostó nuevamente en el diván. Pero no logró conciliar el sueño. Cuando habría transcurrido una media hora, y era presa de un pánico que nunca había sentido, de repente se abrió la puerta y una luz iluminó el cuarto. Apareció Nastasia llevando en las manos una vela y un plato de sopa. La criada lo miró con atención y, una vez segura de que no se encontraba dormido, colocó la vela sobre la mesa y después fue poniendo todo lo demás: el plato, la cuchara, el pan, la sal.

—Lo más seguro es que desde ayer no has comido. Aunque estabas ardiendo de fiebre te has pasado el día en la calle.

—Escucha, Nastasia: ¿por qué han golpeado a la patrona?

Ella lo miró fijamente.

—¿Quién la golpeó?

—Fue en la escalera, hace poco..., cosa de una media hora... El ayudante del comisario de policía, Ilia Petrovitch, le pegó. ¿Por qué? ¿A qué vino?...

Nastasia frunció el ceño y lo miró largamente en silencio. A Raskolnikof lo turbó su mirada inquisitiva e incluso llegó a causarle temor.

—Nastasia, ¿por qué no me respondes? —preguntó con tono tímido y voz débil.

—Esto es la sangre —susurró finalmente la criada, como conversando consigo misma.

—¿La sangre? ¿Pero qué sangre? —murmuró él retrocediendo hacia la pared y poniéndose pálido.

Nastasia continuaba viéndolo.

—Nadie golpeó a la patrona —dijo con voz severa y firme.

Casi sin respirar, él se quedó mirándola.

—Lo escuché perfectamente —susurró con mayor timidez todavía—. No me encontraba dormido; estaba sentado aquí mismo, en el sofá... durante un buen rato lo estuve escuchando... Vino el ayudante del comisario... Todos los vecinos salieron a la escalera...

—Nadie vino para acá. Lo que te trastornó fue la sangre. Uno tiene delirios cuando la sangre no circula bien y se cuaja en el hígado... Entonces, ¿comerás o no?

Raskolnikof no respondió. Inclinada sobre él, Nastasia continuaba mirándolo con atención y no se iba.

—Nastasiuchka, dame agua.

Ella se marchó y, después de dos minutos, volvió con una botija. Pero los pensamientos de Raskolnikof se interrumpieron en este instante. Un tiempo después solamente recordó que había bebido un sorbo de agua fresca y que después había derramado sobre su pecho un poco. Perdió el conocimiento en seguida.




Конец ознакомительного фрагмента.


Текст предоставлен ООО «ЛитРес».

Прочитайте эту книгу целиком, купив полную легальную версию (https://www.litres.ru/fiodor-dostoyevski/crimen-y-castigo/) на ЛитРес.

Безопасно оплатить книгу можно банковской картой Visa, MasterCard, Maestro, со счета мобильного телефона, с платежного терминала, в салоне МТС или Связной, через PayPal, WebMoney, Яндекс.Деньги, QIWI Кошелек, бонусными картами или другим удобным Вам способом.


