Tiempos felices
Felipe Corrochano Figueira


Esta historia comienza en la finca de los del Río y Villescas, una de las familias más influyentes del país, y más concretamente después de que su cabeza de familia, Jimena del Río y Villescas, octogenaria y, en opinión de sus hijos, al borde de la demencia, decidiera contraer matrimonio con su enfermero. Será en ese momento cuando Horacio, director de un periódico, y Sigfrido, político del partido conservador, verán peligrar la herencia e intentarán por todos los medios encauzar la situación.Tiempos felices es una obra que refleja la constante lucha por la supervivencia de unos personajes que, como cualquiera de nosotros, tratarán de abrirse paso a través de la espesura salvaje de una sociedad que nos pone a prueba a cada instante, aunque para lograrlo haya que aferrarse a los instintos más primitivos o incluso perder la cordura en el difícil y tortuoso camino. Sálvese quien pueda.







TIEMPOS FELICES







FELIPE C. FIGUEIRA

TIEMPOS FELICES

EXLIBRIC

ANTEQUERA 2020


TIEMPOS FELICES

© Felipe C. Figueira

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Iª edición



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FELIPE C. FIGUEIRA

TIEMPOS FELICES


«Todos nacemos locos.

Algunos continúan así siempre».

Samuel Beckett




1


Si un historiador hubiese tenido que explicar a sus alumnos el árbol genealógico de la familia Del Río y Villescas, muy probablemente habría tenido que emplear el mismo proceso narrativo en cada una de sus generaciones. Y es que toda la línea descendiente de la familia había seguido un mismo proceso de asentamiento, realización y expansión de sus bienes. El mayor mérito recaía en Hugo del Río y Villescas, que cinco siglos atrás tuvo el espíritu emprendedor necesario para levantar los cimientos de la que en poco tiempo se convertiría en una de las familias más influyentes del antiguo reino de Castilla. Hugo fue un gran hombre de negocios que supo sacar provecho del contexto histórico en el que vivía. El hecho de que los Reyes Católicos, Fernando e Isabel, hubiesen sido partidarios de hacer un uso responsable del comercio de esclavos fue para el joven Hugo una oportunidad que no podía dejar escapar. Porque el oportunismo formaba parte de los genes familiares. Él lo había heredado de su padre, Federico del Río y Villescas, del que, según cuenta la leyenda, logró adquirir los terrenos en los que más tarde se asentaría el dominio familiar tras haber llegado a un oportuno acuerdo con el dueño de una pequeña parcela manchega en mitad de la nada. Dicho acuerdo había consistido en una intersección de caminos, una navaja de afeitar bien afilada y una discreción previamente planeada. Es sabido que en aquella época la facilidad para falsificar documentos ayudaba a que hubiese un intercambio de bienes y a gestionar la burocracia de una manera mucho más dinámica. Federico del Río y Villescas supo gestionar el papeleo con un par de cuchilladas en el costado y esta capacidad innata de hacer negocios pasó a formar parte de la naturaleza empresarial de su hijo. Hugo aprendió de su padre todo cuanto había que saber para generar riqueza con relativa facilidad, empleando objetos parecidos en intersecciones igualmente solitarias. Así fue como el hijo de un humilde ganadero se convirtió en don Hugo del Río y Villescas, quien logró su objetivo de hacerse con una flota naval para surcar los mares del Nuevo Mundo durante gran parte de su vida, gracias a la cual pudo cerrar varios acuerdos con las diferentes poblaciones de tribus indígenas para la exportación de oro y esclavos a cambio de una generosa cuantía de cañonazos. Para don Hugo del Río y Villescas supuso un gran desgaste estar alejado tanto tiempo de su hogar y se cuenta que solo volvió a su alcoba para morir en la cama, aquejado de alguna de las decenas de enfermedades contagiosas que asolaron los territorios conquistados por los españoles. El intercambio de fluidos corporales fue sin duda el arma más letal del imperio español y, aunque muchas veces se le atribuye el mérito de la expansión del reino de Castilla a las genialidades estratégicas de los conquistadores, lo cierto es que las epidemias contribuyeron de forma crucial a mermar el número de indígenas hasta el punto de reducir su población en millones en tan solo un par de décadas.

En cualquier caso, dejando a un lado el impacto que supuso para la economía global y los intereses empresariales la drástica reducción de la mano de obra, lo cierto es que, fruto de las negociaciones amorosas con las que los hombres convencían a las mujeres en discretas intersecciones, don Hugo del Río y Villescas dejó tras su muerte una descendencia aproximada de veinticuatro bastardos y tan solo un hijo legítimo reconocido, que fue el que nació de su unión con una de sus criadas, que moriría después de haber dado a luz al pequeño Ambrosio del Río y Villescas. Poco o nada se sabe del resto de sus hermanos, pero a Ambrosio le reconocen el mérito de haber seguido los pasos de su padre en su particular pasión por las mujeres indígenas. La suerte del hijo de don Hugo estuvo ligada siempre a su obsesión por el sexo femenino, que fue al mismo tiempo la causa de su muerte con tan solo veintiocho años, cuando se rompió el cuello al caer de un caballo sobre el que perseguía a una indígena que se había empeñado en no llegar a ninguna clase de acuerdo con él. Sin embargo, a pesar de haber muerto a tan temprana edad, Ambrosio del Río y Villescas tuvo tiempo de, al menos, dejar dos descendientes: Manuel y Castora. El primero murió a los cinco años a manos de su hermana mientras esta practicaba con la ballesta, lo que le llevó a ser conocido como Manuel el Breve. Castora tuvo un destino mucho más afortunado. Fue la primera y única mujer en la familia durante varias generaciones. Se dice que fue el propio Carlos V quien le concedió los permisos necesarios para que pudiera alargar la longitud de sus terrenos a cambio de alargar otro tipo de asuntos en los aposentos privados de palacio.

Sea como fuere, el caso es que la dinastía Del Río y Villescas supo adaptarse de una u otra forma y usando todo tipo de armas e intersecciones a los tiempos históricos que le tocaba vivir, bien apoyando a los Habsburgo, a los napoleónicos o a los Borbones. Sin embargo, la era moderna trajo consigo algunas variaciones significativas. España había cambiado mucho y lo iba a continuar haciendo, lo que obligó a la familia a tener que redefinir su ideología política y social varias veces en muy poco tiempo, algo que provocó la confusión en alguno de sus integrantes hasta el punto de ver en las filas de un ejército a familiares combatiendo contra aquellos a los que en un principio debían defender. Un malentendido ideológico que acabó con Santiago del Río y Villescas frente al pelotón de fusilamiento del bando nacional. La historia familiar ha tratado siempre de mantener en silencio este desagradable episodio, que llevó a Santiago a gritar: «Viva España, viva el caudillo» y que dejó asombrados a los soldados que debían abrir fuego contra él, quienes acabaron por descargar sus fusiles contra aquel lunático, convencidos de que estaban ante un traidor que renegaba de sus creencias comunistas en el último momento, tal y como recogía un documento de la época.

La confusión política de aquellos tiempos era evidente y habría arrojado a la familia al abismo económico de no ser por la oportuna aparición de Ricardo del Río y Villescas, hermano de Santiago y firme defensor del orden militar por ser, según él mismo reconoció, el sistema de gobierno más eficaz para dirigir una nación. Gran parte del éxito nobiliario de Ricardo, más conocido como el Mariscal, residió en su facilidad para granjearse las simpatías de varios altos cargos estrechamente ligados al círculo más próximo del general Francisco Franco y, sobre todo, por haber sido el inventor de diversos métodos de tortura con los que obtuvo unos notables resultados para que los traidores a la patria confesaran todas y cada una de sus fechorías. Tal debía de ser la eficacia de dichos métodos que el tránsito de camiones militares cargados de presos entrando y saliendo de la finca generó más de un embotellamiento en la entrada y no pocos comentarios de los vecinos de la zona, quienes jamás se atrevieron a averiguar qué podía estar sucediendo en su interior, suponiendo que el hecho de ver unos camiones vacíos abandonando el lugar aclaraba gran parte de sus dudas.

La aportación personal de Ricardo del Río y Villescas a la consolidación del nuevo régimen le otorgó un prestigio que situaría el apellido familiar en lo más alto de la jerarquía aristocrática, de la que no se movería hasta el presente. Solo la muerte del general Francisco Franco y el posterior golpe de Estado trajeron alguna incertidumbre a la flexibilidad ideológica de Ricardo, quien tras la llegada del nuevo sistema democrático no supo si seguir siendo un ferviente protector de la anterior dictadura o pasar a ser un reconocido defensor de la nueva monarquía reformista que apoyaba, como no podía ser de otra forma, a los nuevos partidos políticos emergentes. Cuando cayó el intento de golpe de Estado, Ricardo se convenció a sí mismo de que, siendo ya un hombre de avanzada edad, aunque aún con la suficiente agilidad mental como para afrontar una nueva transmutación ideológica, debía abrazar la nueva situación política del país y adaptarse nuevamente a los tiempos si no quería poner en peligro los logros conseguidos. Así fue como Ricardo se convirtió en uno de los firmantes de la Constitución española, poniendo un especial empeño en cerrar viejas heridas e insistiendo particularmente en que no tenía ningún sentido hurgar en el pasado, en que era necesario mirar hacia adelante y en que había que educar a las nuevas generaciones de españoles en la creencia de que mirar hacia atrás llevaría a la nación a caer en los mismos errores que tanto daño habían causado ya al país. Este oportuno talante pacífico le llevó a ocupar altos cargos de gobierno durante un par de años, hasta que un inesperado ataque al corazón las malas lenguas culparon al excesivo ardor amoroso de una de las prostitutas a las que solía acudir con frecuencia le llevó a ocupar el panteón familiar de una manera permanente.

Tuvo que ser su hermana pequeña, Jimena del Río y Villescas, quien se vio obligada a ocupar el hueco dejado por su primogénito muy a su pesar, pues ella había preferido siempre situarse en un segundo plano. Jimena se convirtió de esa forma en la segunda mujer de la familia encargada de dirigir sus designios y su llegada no trajo cambios significativos en las expectativas de un linaje que para entonces ya gozaba de una solidez pétrea. Lo que sí hizo fue mantener, consolidar y fomentar la afición que sus ascendientes habían demostrado tener, desde los primeros Del Río y Villescas, por el intercambio de fluidos corporales con personas del sexo opuesto. Esta sospecha hereditaria recayó sobre Jimena al poco tiempo de saberse que su marido había quedado tetrapléjico para el resto de su vida después de que una maceta se desprendiera del balcón y cayera sobre su cabeza justo cuando él se disponía a entrar en su casa. Un accidente fortuito y que, además, causó en Jimena una profunda desolación al admitir que ella había sido testigo del fatal desenlace por encontrarse tomando el sol en el balcón contiguo. Teniendo en cuenta que este hecho tuvo lugar una semana después de haberse casado con él y que supuso que a partir de ese momento el infeliz de su marido contara con una invalidez del ochenta por ciento de su cuerpo, lo que le impedía mantener cualquier tipo de relación sexual con su esposa, comenzó a extenderse el rumor sobre ciertos aspectos de la vida personal de Jimena que pudieran explicar sus dos milagrosos embarazos. En ambas ocasiones ella aseguró que su marido aún contaba con la hombría necesaria y que todo lo demás eran habladurías a las que no había que hacer demasiado caso. Sin embargo, eso no explicaba por qué el segundo embarazo se produjo tras el fallecimiento de su esposo, el cual sufrió un nuevo accidente al despeñarse por un barranco cuando paseaba junto a Jimena. En este caso la policía no supo explicar qué pudo haber impulsado la silla de ruedas para que alcanzara los cincuenta kilómetros por hora en una pendiente que terminaba justo donde comenzaba un precipicio de más de cien metros de altura.

Para los hijos de Jimena del Río y Villescas siempre había resultado complicado tener que enfrentarse a la cuestión de su paternidad. Quizá no tanto para Horacio, el hermano mayor, pero sí para Sigfrido, el segundo en nacer y quien tuvo que aceptar el curioso paralelismo entre el ADN de su padre y el de alguno de la docena de hombres que habían estado trabajando para él entre médicos, enfermeros y masajistas. Profesionales que, naturalmente, fueron contratados por Jimena para que su marido recibiera todos los cuidados necesarios. El delicado asunto de la paternidad siguió siempre presente, si bien ninguno de sus hijos se atrevió nunca a preguntarle directamente a ella y las dudas acabaron desplomándose dentro del pozo de los temas familiares que no debían ser tratados. Desde el punto de vista afectivo, esto generó en el ánimo de Sigfrido cierto desasosiego paternal, lo que le llevó a aceptar finalmente la opción del embarazo milagroso antes que otras posibilidades mucho más traumáticas.

De modo que en la finca de los Del Río y Villescas las cosas estaban relativamente ordenadas. Horacio dirigía un importante periódico de tirada nacional que llevaba el mismo nombre, El Nacional. Sigfrido, por su parte, se había licenciado en Economía, era ambicioso y además pertenecía a una de las familias más influyentes del país, situándolo como uno de los personajes más destacados en las filas del partido con-servador y a su vez en la política española, sobre todo tras conseguir un sillón en el Congreso de los Diputados.

Para Jimena del Río y Villescas, en cambio, las cosas eran bien distintas. Era una mujer pragmática y su única preocupación consistía en sacar el mejor provecho posible del mucho tiempo libre del que disponía. El tiempo era precisamente su mayor obsesión. Mantenía una batalla abierta contra él y su lucha consistía en tratar de evitar a toda costa que su aspecto físico se deteriorara. Ya se había sometido a varias operaciones de cirugía a lo largo de su vida, según pensaba ella para conservar su belleza primigenia. Una belleza que siempre había impresionado a los hombres, muchos de los cuales se mostraban intimidados cuando se encontraban a solas frente a ella. Era la misma impresión que causaba a su cirujano cada vez que acudía a su consulta y que le había llevado en diversas ocasiones a tener que replantearse el sentido de todos los años de carrera y a valorar seriamente su prematura jubilación. Y es que Jimena, a sus ochenta y dos años, a primera vista podía aparentar ser mucho más joven, pero debía ser una primera vista lejana porque cuando alguien se acercaba a ella a menos de dos metros de distancia descubría con cierto horror contenido un rostro desigual, cuyas variaciones faciales habían sido tan constantes que resultaba difícil distinguir cuál de los rasgos no había sido corregido o modificado por las manos del cirujano. Pero Jimena no solo necesitaba mejorar los aspectos faciales; también quiso cambiar algunas partes de su cuerpo, el cual sufrió una extraña transformación que la convirtió en una especie de barbie octogenaria. Y este término era el más adecuado para definir el aspecto externo que acabaría teniendo Jimena. De hecho, el doctor Pertierra, el cirujano encargado de ensalzar y aumentar el volumen de sus pechos, había sufrido tras la operación un impacto emocional de tal envergadura que se vio obligado a regresar a la medicina forense antes que volver a realizar una nueva cirugía a Jimena del Río y Villescas.

En cualquier caso, Jimena tenía una opinión bien distinta de sí misma y siempre interpretó el rechazo masculino hacia ella como una lógica muestra de respeto, directamente relacionada con la importancia de la familia a la que representaba, y no como la lógica reacción de quienes pensaban que mantener algún tipo de relación carnal con una momia era más propio de personas cuyas perversiones sexuales debían de situarse al borde de la demencia. Por eso para Jimena el poder no era una ventaja en ese sentido, sino un lastre, una dificultad añadida a la hora de intimar con los hombres. Esta dificultad la llevó a tener que ingeniar métodos más sofisticados que el de la seducción física para poder seguir alimentando su voraz apetito. Y, puesto que sus encantos físicos estaban siempre solapados por su posición social, opinión que el sexo masculino no compartía, Jimena había ideado una técnica muy eficaz, que consistía en mezclar pequeñas dosis de tranquilizantes con estimuladores sexuales, creando una sustancia líquida de lo más original que, oportunamente administrada en las bebidas o en casos muy excepcionales de forma intravenosa, conseguía debilitar la resistencia de los objetos de deseo mientras ella daba rienda suelta a sus múltiples fantasías. Era consciente de que el tiempo jugaba en su contra y de que ya no podía andarse con los típicos rodeos de la juventud, cuando había que respetar unas normas de cortesía antes de llegar al éxtasis amoroso.

Y es que de la misma manera que sus antepasados habían hecho de la famosa frase «el fin justifica los medios» un uso cotidiano, Jimena del Río y Villescas estaba convencida de continuar con idéntica línea de comportamiento para defender los intereses familiares en la misma proporción que sus intereses más vitales, los cuales, muy a pesar de algunos hombres, no solían terminar de satisfacerse casi nunca. Sin embargo, esta afición por aprovechar las posibilidades que le ofrecía su particular modus operandi había encontrado un punto de reflexión en un joven veinteañero que la acompañaba en todo momento y que era, de hecho, su enfermero. Porque no solo su difunto esposo había sufrido un desafortunado accidente que lo encadenó a su silla de ruedas hasta el último día. También Jimena había sufrido una desgracia no menos dramática al desmayarse cuando bajaba la escalera de su casa y que le dejó secuelas irremediables, que la obligaban a tener que contar con ayuda externa para poder realizar las labores cotidianas. Al menos eso aseguraba ella, aunque lo cierto era que el tiempo que su marido había estado recibiendo los cuidados de tantos hombres apuestos le dio alguna idea sobre lo que podía hacer para asegurarse de estar siempre bien acompañada y, además, hacerlo de un modo lo suficientemente creíble, que le garantizara guardar las apariencias. Fingir necesitar ir en silla de ruedas tenía sus ventajas. Una de ellas consistía en poder cambiar de enfermero cada cierto tiempo, cuando Jimena decidía que era el momento de probar nuevas experiencias. Y así fue hasta que Orlando apareció en su vida para demostrarle que el amor no entiende de distancias generacionales por mucho que entre ella y su ferviente amado hubiese más de cinco décadas de diferencia. Su nuevo enfermero era también su masajista y, aunque sus dos hijos se habían mostrado en contra de aprobar el enlace matrimonial que Jimena tenía decidido llevar a cabo, se convertiría, les gustase o no, en su nuevo esposo pasadas unas cuantas semanas. Orlando simbolizaba todo cuando necesitaba para ser feliz y la mayor demostración de amor verdadero que había tenido hacia ella era el hecho de que no necesitaba narcotizarlo para conseguir su hombría. Y qué hombría, pensaba Jimena del Río y Villescas cada vez que lo veía a solas y se maravillaba al ver que todo surgía de una manera natural y espontánea, razón por la cual no se preguntaba qué podría haber visto un joven de veinticinco años en una anciana de ochenta y dos primaveras ni si él podía sentir algún tipo de atracción hacia la práctica de la necrofilia, tal y como algunos, maliciosamente, se atrevían a sugerir.




2


Horacio del Río y Villescas era uno de los que se hacían esa clase de preguntas. Porque si su madre había decidido casarse con alguien tan joven como para que pudiera ser su nieto no era tanto problema de ella como del lunático que había aceptado la propuesta de matrimonio. Nadie en su sano juicio podía hacer algo así, a menos que hubiese un motivo social y económico de fondo. Solo así se explicaba que Orlando, en apariencia un hombre inteligente, se mostrara tan decidido a casarse con una mujer cuyo futuro más inmediato se dirigía con paso firme al panteón familiar. Solo un malnacido podría tener una mente tan retorcida. Solo alguien sin escrúpulos y cuyos valores estuvieran seriamente deteriorados era capaz de perpetrar un crimen tan aberrante como el que ese cretino que iba junto a él estaba a punto de consumar.

Mientras se acercaba al borde del terraplén, Horacio pensaba en una manera de disuadirle. Debía de haber alguna forma de convencerle. Tal vez fuese suficiente con ofrecerle una generosa cantidad de dinero con la que alejarle para siempre de su madre y del peligro que suponía para él, como hijo mayor, el hecho de que en unos días aquel crío se convirtiera no solo en su padrastro, sino en el legítimo heredero de los innumerables bienes familiares. Y tal cosa no podía suceder bajo ningún concepto.

Cuando levantó la vista encontró los ojos de Anselmo clavados en él. Anselmo era su ayudante y el encargado de realizar casi todas las labores importantes en la finca, pero sobre todo lo consideraba su hombre de mayor confianza. Salvando algunos detalles genéticos, podía considerársele como de la familia. Los tres estaban agazapados tras unos matorrales. El silencio era casi absoluto y solo lo interrumpía la agitación de Orlando, quien no dejaba de moverse y de hacer ruido con sus botas. Ir acompañado de alguien que no tenía la menor idea de lo que debía hacer en esas situaciones no facilitaba nada las cosas. Por lo demás, el día era perfecto para ir de caza. Sin viento y con el cielo despejado, solo había que esperar el momento adecuado. Tarde o temprano aparecería un conejo, una liebre o incluso una codorniz, aunque cada vez las veía menos en aquel terreno. Anselmo prefería estas últimas. Ya llevaba algunas atadas al cinturón. En cambio, a Horacio le gustaban más los conejos y las liebres. Y si podía dispararles en movimiento, mucho mejor, ya que era la única manera de saber diferenciar a un buen tirador de uno mediocre. Por eso nunca disparaba a sus presas cuando estaban paradas.

Orlando contemplaba el paisaje con aire soñador mientras Horacio le lanzaba miradas cargadas de reproche cada vez que movía uno de sus pies. Si no había silencio, no había caza. Era una máxima que todo buen cinegético conocía y que aquel idiota ignoraba. Aunque en realidad el concepto que Horacio tenía del enfermero de su madre era bien distinto. El papel de la idiotez recaía más bien en ella. Respetaba a su madre, desde luego. O al menos lo había hecho siempre hasta que ocurrió lo del accidente. Desde entonces las dudas sobre su estado mental, y en concreto sobre su capacidad para tomar decisiones que no estuvieran siendo influenciadas directa o indirectamente por los múltiples medicamentos que estaba obligada a tomar, eran igual de serias que innumerables. La solución para que la boda finalmente no se produjera pasaba, por tanto, por convencer a Orlando, de nacionalidad dominicana, usando argumentos como el precario estado de salud en el que se hallaba su madre para que comprendiera las consecuencias que se derivarían de una decisión como esa no solo para una familia tan socialmente respetada como lo era la suya, sino también para él mismo, quien obtendría una fama inmerecida en caso de que el matrimonio acabara concretándose, tras lo que sería acusado de ser un oportunista que solo pretendía aprovecharse de la invalidez de una anciana. Tras explicárselo de esta forma, Orlando lo miró un instante en silencio.



—Mire, escúcheme —dijo al cabo de unos segundos, empleando ese acento latino tan característico, con el que suelen arrastrar las palabras como si estuvieran tumbados en la hamaca de alguna playa lejana—. Yo me voy a hacer una prueba. Verá. Me ha llamado el maldito médico para darme fila. Tengo que hacerme unos análisis, pruebas de anestesia y toda la vaina. Cuando me haga esas vainas me dirá los resultados. Quiero demostrar que estoy bien de salud y que no voy a contagiale nada a su querida madre. Apalte de eso, usté sabe que la quiero mucho. Su linda madre es una bellísima persona. Tiene sus cosas, claro. Pero para eso estoy yo, para cuidala. Y que la prensa diga lo que quiera. Son unos mamahuevos. Y no lo digo por usté, que es periodista. Lo digo por los diablos que se meten en la vida de los demá. Lo que digan de mí me suelta en banda, polque el amol debe plevalecer, ya tú sabe. Así que usté no debe preocuparse por nada, que a mí no me impolta lo que digan.



Tras escucharle, Horacio cruzó una mirada de extrañeza con Anselmo. Luego miró al horizonte. Si tenía alguna duda de que su madre no debía casarse con un imbécil, quedó reducida a cenizas en aquel momento. El muy gilipollas ni siquiera sabía hablar correctamente. No solo le parecía espantoso que alguien así pudiera entrar a formar parte de la familia, sino también ridículo. El mismo ridículo que harían cuando el mundo se enterara de semejante unión. Y, puesto que no había ya manera de convencerle, Horacio acababa de tomar una conclusión salomónica. Para eso había querido que lo acompañara, porque si, pese a todos los intentos por disuadirle, aún continuaba con la intención de casarse con su madre, el plan debía seguir su curso de igual forma que un río desemboca en el mar.



—A que no eres capaz de acertar con esa liebre de allí —retó de pronto a Orlando, quien jamás en su vida había disparado un arma. A continuación le prestó su escopeta y le ayudó a colocarla adecuadamente—. Culata bien pegada al hombro y firmeza en la sujeción. Esa es la clave, muchacho.

—Pero es que yo no he disparado nunca, mire usté. Y no me gusta ir por ahí disparando a animalitos.

—Vamos, vamos —insistió Horacio—. Ahora que vas a ser parte de la familia debes ir aprendiendo a manejarte en una de nuestras costumbres más frecuentes. Los Del Río y Villescas tenemos fama de ser buenos tiradores.

—Pues vale, pero es que yo… —Orlando se interrumpió a sí mismo tras disparar el arma por error. La bala impactó contra el suelo muchos metros más allá y levantó una pequeña nube de polvo.

—No está nada mal —mintió Horacio—. Creo que le has dado de lleno. ¿Puedes ir a comprobarlo?



Orlando le devolvió la escopeta a regañadientes y fue a hacer lo que le había pedido. No era partidario de la caza. Eso de matar animales por placer le daba pena. Mientras bajaba por el terraplén y caminaba hasta el lugar del impacto no dejó de quejarse y expresar su contrariedad hacia unas costumbres tan crueles. Detrás de él, Horacio cargaba su arma al mismo tiempo que defendía la existencia de la cinegética.



—Es muy útil, amigo mío. Sobre todo en estos casos —decía al mismo tiempo que sujetaba la escopeta y afinaba la puntería.

—Pues no lo entiendo, mire usté. Esto es un juidero. Y además aquí no hay nada. Al final me voy a quillar con esta vaina y…



Pero Orlando no pudo terminar la frase. Horacio había vuelto a acertar con un objetivo en movimiento, aunque este caminara sobre dos patas.



—Buen disparo, señor —dijo Anselmo, observando el cuerpo abatido.

—Gracias. Tenía que hacerlo. No soportaba eso de la jodida vaina.

—Yo tampoco, señor —se sinceró su ayudante.



Tras un rato de silencio, ambos vieron que Orlando se estaba arrastrando pesadamente por el suelo. Horacio hizo una mueca de desagrado antes de volver a apuntar y a disparar por segunda vez.



—A mi hermano le habría bastado con un solo disparo —dijo lamentándose—. Y probablemente a mi hija también.

—Es posible, señor —se limitó a decir Anselmo en un tono relajado.

—¿Tienes hora? —le preguntó Horacio.

—Doce y cuarto, señor.

—Bien, encárgate del vainas ese. Yo iré a ver a mi madre.

—¿Le hago desaparecer por completo? —quiso saber Anselmo.

—Por completo, desde luego —le pidió Horacio. Denunciaré su desaparición antes de que alguien lo eche de menos, aunque lo dudo.

—Excelente idea, señor.

—Gracias, Anselmo. No sé qué haría yo sin ti.



Y acto seguido Horacio, fiel al particular estilo que su familia había tenido siempre para solucionar los problemas, dio media vuelta y marchó en dirección a la mansión de los Del Río y Villescas con el alivio que suponía haber resuelto una dificultad como aquella de forma exitosa.




3


El inspector Serranillos había pasado una mala noche. Otra más. Y el hecho de haber tenido que madrugar tanto para emprender un largo viaje no mejoraba las cosas. Era un fastidio, sin duda. Tal vez fuese ese el motivo de que al llegar a su destino se sintiera tan sorprendido. Había esperado encontrarse con un par de personas nada más, pero allí había decenas, tal vez más de un centenar. Y eso que era la antesala. Cuando entró a la sala principal comprobó que el número sobrepasaba con creces cualquier expectativa. ¿Cómo era posible? ¿De dónde había salido tanta gente? Sin poder salir de su asombro, el inspector avanzó discretamente, esquivando a hombres y mujeres de edades muy dispares. También se topó con algún que otro niño despistado que trataba de encontrar a sus padres entre aquel bosque de piernas. Cuando logró atravesar la sala y se situó frente al ojo de buey, contempló durante unos segundos aquella imagen fantasmagórica. Antes de que los recuerdos comenzaran a fluir en su cabeza, notó que alguien le tocaba el hombro. Un hombre se había situado a su lado. Después, sin poder contener las lágrimas, se echó a sus brazos y prorrumpió en un sonoro sollozo, lo que atrajo la atención de los demás. El inspector se vio rodeado de pronto de gente que no conocía de nada, pero, contra todo pronóstico, ellos sí parecían conocerle a él, a juzgar por los abrazos y la sinceridad que mostraban al estrecharle la mano para darle el pésame. Durante unos minutos se encontró a sí mismo prestando sus hombros a varias personas al mismo tiempo, intentando consolarlas de la mejor manera posible pese a que no era capaz de reconocer a nadie. Para el inspector fue todo un descubrimiento recibir tanto apoyo inesperado. Se sentía algo abrumado. Hasta ese día el único abrazo que había recibido, sin contar los puramente formales que tenían que ver con las felicitaciones por su ascenso en el Cuerpo Nacional de Policía, solía ser el que cada noche le daba a su almohada. Por eso, ante la falta de práctica, se limitó a dar pequeños golpecitos en la espalda de quienes se acercaban hasta él para presentarle sus respetos. Era, de hecho, lo mismo que le hacía a su almohada antes de irse a dormir.

Tras lograr un respiro en el asedio al que estaba siendo sometido, el inspector Serranillos aprovechó para sentarse frente al ojo de buey y echar un rápido vistazo a su entorno. La profunda tristeza en la que estaba sumida la mayor parte de los asistentes era notable. Luego volvió la vista hacia el cristal y arqueó una ceja. No podía creer que aquel cabronazo hubiese dejado tantos corazones rotos. Su padre podía ser cualquier cosa, y a él no se le ocurría decir ninguna buena, pero lo conocía lo suficiente como para saber que la única huella que era capaz de dejar en los demás se debía a las generosas propinas con las que solía premiar a los camareros de los restaurantes que visitaba. No recordaba un nivel de generosidad en su padre que superara ese. En cualquier caso, hacía ya muchos años que no sabía nada de él. Alrededor de diez, si la memoria no le fallaba. Durante todo ese tiempo podría haber cambiado lo suficiente como para que en el día de su adiós se hubiesen congregado alrededor de su lecho de muerte tal cantidad de personas. Era una posibilidad remota. Si bien el inspector, volviendo a repasar aquellos rostros apesadumbrados, seguía sin reconocer a nadie. Allí no había ni un pariente cercano, lejano o mediano. Por si eso fuera poco, sus dos únicos tíos habían muerto hace tiempo y dudaba de que alguien proveniente de esa parte de la familia pudiera estar presente, salvo para asegurarse de que, en efecto, había acompañado a sus dos hermanos en su viaje al más allá. Tenían cuentas pendientes y nunca mejor dicho, pues su padre se había llevado la mejor parte de la herencia familiar tras el fallecimiento de sus abuelos y siempre circuló la sospecha de que hubo algún tipo de manipulación en los papeles notariales.

Por otra parte, ¿qué cojones hacía allí una tuna? El inspector Serranillos acababa de ver a unos cuantos hombres vestidos de tal guisa unos metros más allá. ¿Acaso su padre, al borde de la locura, había dedicado el último tramo de su vida a ser tunero o como coño se llamasen? Aquello sí que le dejó desconcertado. Primero porque su padre nunca fue capaz de manejar otro instrumento que no fuera la pandereta y segundo porque, al menos hasta donde llegaba su conocimiento, mantuvo siempre una particular obsesión por no aparecer en público más de lo estrictamente necesario. La tuna no encajaba en absoluto con la forma de ser de su padre. De hecho, no encajaba con nadie, ni siquiera con su único hijo. Aunque, viendo tal cantidad de gente, el inspector llegó a pensar que el viejo cabrón había estado llevando una doble vida a espaldas de su difunta esposa. Esa podía ser una teoría. Sin embargo, la descartó de inmediato. Su padre no tenía tantas luces. Y no es que engañar o llevar una segunda vida en paralelo fuese solo cosa de personas inteligentes, pero es que su padre tampoco era habilidoso y para mentir había que tener al menos cierta picardía. Él lo sabía mejor que nadie. Llevaba ejerciendo de inspector policial desde hacía más de una década. Lo suficiente como para saber algo del oficio y para detectar los perfiles psicológicos que eran más propensos a caer en ese tipo de comportamientos duales. No, su padre había sido siempre un tipo de lo más ordinario. Y ahora que lo observaba allí, amortajado, no parecía ni siquiera eso. Estaba blanco como la cera, como uno de tantos cadáveres a los que se había acostumbrado a ver en su día a día.

El inspector Serranillos se sentía triste por no sentir tristeza. Rodeado de tanta gente, tanta lágrima y tanto pañuelo pegado a la nariz, tenía la incómoda sensación de que era precisamente él, su propio hijo, el que menos dolor demostraba ante la pérdida. Y en cambio no dejaba de preguntarse a qué venía aquel escenario tan dramático. Al fin y al cabo, su padre jamás había movido un dedo por nadie. Si hubiese sabido en qué consistía eso de la empatía es muy probable que la hubiese usado como bolsa de basura. Dar cariño no fue nunca su cualidad más destacable. Su madre podía dar un testimonio fidedigno al respecto. De ella siempre pensó que había muerto de pena. Aunque el informe médico indicaba un prematuro ataque al corazón, el inspector sospechaba que el aburrimiento había sido la principal causa de su muerte. Estaba convencido de que su padre había perpetrado el crimen perfecto. Un asesinato indirecto y sin usar otra arma que no fuera la anodina vida en la que su madre se sumergió tras haberse casado con él. Recordaba aquella vez en que, al preguntarle a su madre sobre qué podía haber visto de interesante en un hombre tan feo, barrigón y torpe como ese, recibió una respuesta igual de desapasionada que el matrimonio que habían compartido durante más de treinta años. «Nada, hijo. Absolutamente nada», le dijo mientras hacía una tortilla francesa con ánimo desganado. Y el secreto de ese «nada», si es que había algún secreto —y era evidente que, cuando menos, debía de existir un pequeño enigma, aunque solo fuera del tamaño de un guisante—, se lo llevó con ella a la tumba, dentro de la cual el inspector estaba convencido de que llevaría una existencia mucho más activa y dinámica de la que había llevado en vida. Y fue justo ese mismo día, el del entierro de su madre, cuando también pasó sus últimas horas junto a su padre. El destino tenía esas paradojas, pensaba el inspector, sentado frente al ataúd que acompañaría al cementerio poco después. Porque, a pesar de ser un ateo convencido, el inspector también era un firme defensor de concederle a la divinidad una duda razonable, lo que podría definirse como ser un ateo lo suficientemente precavido.

Al pensar en esto y en lo feo que había sido su padre en vida, en contraste con el atractivo que mostraba una vez muerto, el inspector Serranillos no pudo contener una sonrisa ahogada. Un trabajo de maquillaje post mortem excepcional, desde luego. Y volvió a soltar otra sonrisita ahogada, consiguiendo atraer la atención de una mujer que lloraba a su lado. ¿Qué podía hacer si le estaba dando la risa frente al arrebatador cadáver de su padre? Él tenía más derecho que nadie a reírse cuanto quisiera de un cabronazo con mayúsculas como aquel. No porque hubiese muerto dejaba de ser menos cabronazo. Al pan, pan, y al vino, vino. Era así de sencillo. Además, a lo mal padre que había sido (siempre recordándole lo torpe que era en los estudios, lo torpe que era en las actividades deportivas, lo torpe que demostraba ser en los juegos de mesa —hasta los quince años siguió pensando que el número uno de las cartas en la baraja española indicaba que era la menos importante—, insistiendo una y otra vez en que nunca sería alguien importante debido a su natural torpeza, tratando de despojarle de cualquier atisbo de autoestima; sumiéndole, en definitiva, en una constante depresión que le acompañó durante gran parte de su compleja adolescencia) había que sumarle el hecho de que el muy hijo de puta se fuera al otro barrio dejándole a deber más de cincuenta mil euros, que tuvo a bien invertir en un piso de mierda de un barrio de mierda, situado en una mierda de calle de Madrid y que, por supuesto, había tenido el detalle de dejarle en herencia para que su hijo tuviera que seguir pagando la jodida hipoteca. Este tipo de detalles eran los que desconocía toda aquella buena gente. Y le habría encantado poner un cartel en la entrada del velatorio que contase sus lindezas por si a alguien le quedaba alguna duda de que el hombre al que lloraban y que yacía al otro lado del cristal era en realidad y sin la menor vacilación un auténtico cabronazo. Aunque tal vez estuviera a tiempo de que lo añadieran al epitafio de su tumba. Sí, y adornarlo de paso con luces de colores para que se viera más claramente desde la distancia.

El inspector tuvo que hacer un alto en sus agitados pensamientos y respiró hondo. Empezaba a notar cómo la sangre hervía por sus venas. Debía relajarse. Luego volvió a observar a las personas que le rodeaban. Allí seguían todos, incluidos los de la puñetera tuna. ¿Y si les pedía que se animaran a tocar una canción? Una de las suyas, quizá un «canta y no llores», por ejemplo. Venía que ni pintada para esa ocasión. Entonces el inspector se animó con otra risita ahogada. Tenía que admitir que había algo de teatralidad cómica en aquella sala, no solo por los tunos. También por los cuchicheos, por la patética imagen que daban todos yendo a un velatorio tan emperifollados, algunos incluso orgullosos de haber acudido con traje de etiqueta. Y más allá, en el rincón opuesto, un grupo de jóvenes daban la nota pintoresca habiéndose presentado con un par de minis que sujetaban despreocupadamente en sus manos, ignorando que el lugar era el menos indicado para realizar un botellón. Llegó a preguntarse de qué zoo se habrían escapado y, lo más inquietante, en qué línea de parentesco familiar estarían respecto a él. También vio a dos mujeres de aspecto siniestro deambulando por la sala, arrastrando sus maletas mientras saludaban a la gente. Al parecer se llamaban tía Marta y tía Luisa, según pudo escuchar el inspector, y acababan de llegar desde Santander en un viaje realizado en autobús, cuyos asientos, en opinión de la primera, no eran todo lo cómodos que deberían ser teniendo en cuenta el precio de los billetes.

En su conjunto estaba claro que había razones de sobra para echarse a reír y hasta le extrañaba que nadie lo estuviera haciendo ya. Tal vez por eso el inspector Serranillos se levantó de su asiento e hizo un amago de retirada. Si no salía de allí cuanto antes le daría un ataque de risa. Pero justo en ese momento alguien lo cogió del brazo y lo frenó en seco. Cuando giró la cabeza y se encontró con una mujer de avanzada edad que no le llegaba ni a la altura del pecho —y eso que él no era demasiado alto— tuvo que agachar la cabeza para escuchar lo que la señora estaba murmurando.



—Perdón, ¿cómo dice? —preguntó el inspector.

—Digo que si es usted amigo de mi marido.



Entonces el inspector lanzó una mirada al cadáver y después volvió a mirar a la señora. ¿Amigo? ¿Marido? Eran dos palabras que unidas en una misma frase generaban cierto desconcierto si eran dirigidas a él en aquella situación. No tenían sentido. Tal vez fuese una chalada, pensó. Una de tantas que le rodeaban. A no ser que… El inspector levantó la ceja una vez más, miró de forma alternativa a la señora y al cadáver y, de pronto, una idea atravesó su mente a toda prisa, situándose al borde del abismo de la lógica más evidente. Durante unos segundos contempló a los invitados con un renovado punto de vista. Bien, no cabía duda. Ahora sí encajaba todo. Ahora sí podía tener sentido aquel río de lágrimas y el número tan elevado de personas congregadas dentro y fuera de la sala. Al inspector no le quedó más remedio que admitir que se había equivocado de velatorio.



—Amigo, solo amigo —le dijo a la señora antes de expresarle sus indoloras condolencias, fingiendo estar emocionado, gracias a lo cual pudo justificar su rápida despedida.



En su particular huida por escapar de aquel terrible malentendido tuvo que abrirse paso entre los tunos, quienes le asediaron a abrazos, insistiéndole en que se quedara hasta que terminara el homenaje que le estaban haciendo al que había sido su compañero más veterano.

Tras lograr zafarse de todos los invitados y llegar al recibidor, echó un vistazo al cartel donde se anunciaba el nombre del difunto y confirmó lo que ya se temía. Por si acaso, siguió disimulando sentirse muy abatido hasta llegar a la sala contigua. Miró el pequeño cartelito y leyó, esta vez sí, el nombre de su padre. Después giró sobre sus talones, titubeó un momento y, cuando estuvo seguro de que nadie se fijaba en él, apoyó la espalda en la puerta del velatorio que le correspondía y la empujó. Una vez en su interior, comprobó que estaba solo, lo que le sirvió para darse cuenta de que aquel silencio era mucho más apropiado. Allí no había nadie, salvo él y el cadáver que yacía al final de la estancia. El inspector Serranillos avanzó con paso inseguro hasta situarse frente al cristal y observó un instante el rostro blanquecino de su padre. Nadie se había preocupado de adornar el pequeño habitáculo con una corona de flores. De hecho, ni siquiera veía flores de plástico. La imagen explicaba por sí sola la clase de vida que había querido llevar siempre. Tacaño, egocéntrico, estricto en sus propias costumbres y en cómo debían ser las de los demás y sin preocuparse nunca de otra cosa que no fueran sus latas de cerveza, su sillón y su partido de fútbol. Su padre vivió de forma simple y murió con la misma simpleza. Al menos había que concederle el honor de haber tenido cierta coherencia hasta el final.



—Viejo cabrón —murmuró el inspector, situado de pie frente a aquel semblante que nunca tuvo mayor expresividad de la que ahora tenía dentro del cajón mortuorio.



Casi al mismo tiempo vio aparecer a cuatro hombres que no parecían haberse percatado de su presencia y fueron directamente a retirar el ataúd. Cuando se dieron cuenta de que aún había alguien en la sala velando por el alma del fallecido se quedaron paralizados y algo sonrojados.



—Lo siento, señor —trató de disculparse uno de ellos—. Pensábamos que no había nadie.



El inspector los miró con rostro serio. Después les hizo un gesto para restar importancia al asunto y les dijo que continuaran con su tarea. Segundos más tarde, ya sin el cadáver de su padre delante, miró absorto el hueco dejado por el ataúd, agachó la cabeza y la ocultó entre sus manos. Cualquiera que hubiese entrado en la sala justo en ese momento se habría encontrado con la figura de un hombre que debía estar llorando la pérdida de un ser querido, pero en cuanto se hubiese acercado unos pasos habría llegado a una conclusión muy diferente. Porque el inspector Serranillos estaba llorando, sí, aunque no de tristeza. Acababa de darle un ataque de risa.




4


En una estación del metro de Madrid había alguien que no tenía ningún motivo para echarse a reír en aquel momento. Más bien estaba empezando a perder la paciencia mientras hablaba por teléfono.



—Pero ¿qué me estás contando? —decía, tratando de no levantar demasiado la voz—. ¿Cómo que yo…? ¿Y tú qué sabrás…? Además… ¿Qué? Venga ya, tú no estás bien. Claro que no… Joder, pues porque no… Ah, ¿y yo sí? Yo tengo que adivinar las cosas y tú… Vaya, no me digas… Pues ahora me entero… ¿De qué? ¿Qué quieres decir con que…? El que está harto soy yo, bonita… ¿Tiempo? ¿Que necesitas tiempo para aclararte? Pero si lo que me estás diciendo ya suena muy claro… Sí, lo que pasa es que… Lo que pasa… ¿Me dejas hablar? Lo que pasa… Lo que… ¿En serio? ¿Lo dices en serio? ¡Pues a tomar por culo!



Y tras decir esto lanzó el móvil con fuerza a las vías del tren, dejando perplejos a los muchos testigos que esperaban en ambos andenes. Casi sin pensárselo, y dándose cuenta de lo que acababa de hacer, decidió que debía recuperar lo que quedara del teléfono. Por eso se lanzó a las vías entre gritos de asombro y sorpresa justo en el momento en que un tren estaba llegando a la estación. Al menos había logrado salvar la tarjeta donde se guardaban los números antes de cruzar las líneas de ferrocarril y alcanzar el otro extremo para ponerse a salvo. Esto no le evitó tener que recibir la reprimenda de algunos viajeros y, sobre todo, de los miembros de seguridad, que lo escoltaron hasta la salida.

Pero a Sebastian Gifterberg no le importaban las broncas que pudiera recibir. Su pensamiento estaba en la tarjeta que guardaba en su puño. Para él resultaba vital no haber perdido los contactos porque entre ellos no solo se encontraba el número de quien había sido su novia hasta hacía unos minutos, sino también el de otras futuribles novias. Aunque de nada servía tener otras opciones si todas ellas eran iguales o peores a la que acababa de terminar. El dilema de Gifterberg consistía en dar con la mujer adecuada. Y estaba claro que la adecuada no existía más que en su idealizada imaginación. Fuera de ella solo había pequeños fragmentos de un puzle cuyas piezas no encajarían nunca. Y allí, sentado en el banco de un parque, empezó a cavilar acerca de las vicisitudes amorosas y sobre sus infinitas complejidades. Para Gif —diminutivo al que se había acostumbrado debido a las dificultades que tenían los españoles a la hora de pronunciar su apellido—, el amor era una especie de ideal caballeresco que estaba condenado a desaparecer en aquellos tiempos modernos donde, según su particular punto de vista, una y otra vez solía ser confundido con toda clase de sentimientos contradictorios que poco o nada tenían que ver con él. Su experiencia amorosa había sido siempre un choque frontal entre su realidad y la realidad imperante o, más concretamente, la de las mujeres. Porque todas las que habían pasado por su vida, y debía reconocer que el número total no era reducido, parecían haberse puesto de acuerdo en ese punto. Por regla general, sus relaciones no lograban extenderse en el tiempo más de lo que Gif tardaba en convencerse de que la soltería era el mejor modo de vida, algo que, curiosamente, anticipaba el comienzo de una nueva relación amorosa. Dichas uniones mantenían una misma estructura sentimental y un mismo proceso evolutivo. El campo de batalla era la cama, raras veces en un coche y casi nunca en público, a no ser que la urgencia le condujera irremediablemente hasta ese extremo. Luego aparecía el frenesí; después, la voluptuosidad de las caricias, las cuales despojaban de toda vergüenza los deseos más ocultos y donde los besos eran las palabras desbocadas que alcanzaban un límite incierto en cuanto a su descontrolada elocuencia. Cuando la batalla tocaba a su fin surgía el amanecer acompañado de una taza de café y los perezosos bostezos. Ese era el momento en que Gif, recordando el ardor nocturno con una sonrisa, saludaba al amor de su vida mientras ella le devolvía la sonrisa al amor de una noche. Solo entonces se daba cuenta de que el déjà vu había vuelto a repetirse. «Ella aparecerá cuando menos lo esperes», solían decirle sus agradecidas amantes para consolarlo mientras se lo quitaban de encima. Porque a pesar de las incontables decepciones y de que sus expectativas de comenzar un nuevo noviazgo no duraban más que un par de horas, Gif no se rendía. Solo una vez se le ocurrió cambiar su actitud romántica con las mujeres. Pero aquello había resultado ser un experimento desastroso. Y se dio cuenta de ello mientras iba camino de la comisaría tras haber provocado una sonora discusión en plena madrugada, cuando decidió entrar en el juego del hombre despiadado y reprochó a su joven amante el haber fingido un orgasmo, ignorando los arañazos en su propia espalda, que le impedirían tumbarse boca arriba durante varios días.

En cualquier caso, la sensación de que era él quien sufría los abusos por parte de las mujeres le acosaba constantemente y hacía que se sintiera utilizado de un modo permanente. De hecho, tenía la desagradable impresión de que la vida le había castigado para que experimentara en sí mismo el clásico estereotipo femenino de ser las sufridoras e ingratas amantes que debían soportar con firme estoicismo el trato egoísta de los hombres.

«Ella aparecerá cuando menos los esperes». Aquella frase lo perseguía como una maldición. Y continuaba haciéndolo cuando llegó a casa, mientras llenaba su mochila de todo cuanto pudiera serle de utilidad. Llevaba tiempo planeando una escapada de ese estilo y la escena en el metro lo había persuadido de que aquel era el momento adecuado. Necesitaba alejarse de la dictadura que los sentimientos amorosos ejercían sobre él, huir de un ambiente asfixiante que lo estaba estrangulando lentamente y descubrir nuevos lugares, vivir experiencias que consiguieran devolverle el entusiasmo por las cosas pequeñas, por las medianas y por todo en general. Además, tampoco tenía trabajo y nada indicaba que sus esfuerzos por encontrarlo fuesen a atraer un premio inmediato. Cuanto más lo pensaba, más razones veía para desaparecer durante un tiempo. Y si encima resultaba que la mayor parte de las mujeres aparecían en su vida cuando menos lo esperaba, es que algo macabro debía de ocultarse en el destino, algo que surgía de improviso para mostrarle lo que ya conocía de sobra, como era el desagradable sabor del fracaso.

Gif llegó a la conclusión de que había estado haciendo mal las cosas y de que esas cosas, fueran cuales fuesen, tendrían que cambiar. El problema al que se enfrentaba era el de averiguar qué había hecho con su inteligencia emocional ahora que parecía estar tan de moda. De las emociones sí tenía constancia, pero de la inteligencia, si es que en el amor existía semejante concepto, no había recibido nunca ninguna noticia. Desde luego, aún le quedaba mucho por aprender.




5


—Señorías, creo que también hablo en nombre de mi grupo cuando digo que lamento profundamente que esta ley haya salido adelante sin la aprobación de la mayoría de la cámara. Y hay dos razones fundamentales para mostrar mi decepción. La primera es que el derecho al aborto no puede ser generalizado a todas las circunstancias. Y la segunda es que al generalizar dicho derecho estamos entregando a la sociedad la posibilidad objetiva de crear una generación irresponsable, donde las relaciones esporádicas traigan consigo desgracias mucho mayores que las que pretendemos evitar. La libertad puede ser entregada solo a quienes son capaces de utilizarla adecuadamente. Y espero que no deban arrepentirse de esta decisión, porque una cosa es adaptarse a los tiempos, señorías, y otra muy diferente es sucumbir a ellos. Muchas gracias.



Con este breve discurso, Sigfrido del Río y Villescas acababa de realizar una intervención que fue muy aplaudida por el sector conservador del Congreso. Sin embargo, para Katy Etxegarai, presidenta de la ACCAL (Asociación Católica Contra el Aborto Libre), el discurso de su marido no llegaba siquiera a la línea de la mediocridad. En su opinión había sido demasiado blando, como de costumbre. Siempre lo era con las cosas que no le interesaban.

Después de apagar el televisor, Katy refunfuñó entre dientes. Luego descolgó el teléfono y pidió a su secretaria que no le pasara ninguna llamada. No tenía ganas de hablar con nadie ni de que nadie la molestara para pedirle explicaciones. La noticia de que el nuevo Gobierno progresista hubiese conseguido aprobar la reforma de la dichosa ley del aborto le había quitado hasta el apetito. Y ahora sería cuando se le echarían encima como hienas. De nada habían servido las múltiples manifestaciones promovidas por su asociación para mostrar el rechazo a la reforma ni sus apariciones en los medios de comunicación intentando ejercer algún tipo de presión social. Aquellos cabrones se habían salido con la suya, pensaba Katy mientras soltaba un bufido. Estaba furiosa. Tenía la sensación de que todo su esfuerzo se iba por la taza del váter y de que su propio marido había sido uno de los que habían tirado de la cadena. Pero antes de encargarse de Sigfrido debía preocuparse de redactar una nota pública que al menos le sirviera para mantener alejados durante un tiempo a todos los que estarían esperándola con el hacha en la mano. Probablemente no era el mejor momento para hacerlo, pero necesitaba expresar «la total repulsa, asco y desprecio» que su asociación mostraba contra la reforma de una ley que «sin lugar a dudas llevaría a todas las guarras del país a follar como conejas en época de apareamiento». Escribir estas líneas le había proporcionado cierto alivio, aunque hubiese sido un alivio pasajero. Al repasar las palabras se dio cuenta de que no podía publicar algo tan sincero. De modo que rompió la hoja y la tiró a la papelera.



—Pero qué hijos de puta —maldijo en voz alta al reclinarse contra el respaldo de la silla. Una maldición en la que también incluía a su marido, así como al resto de diputados que habían contribuido directa o indirectamente, bien con su voto a favor o su abstención, a que aquella ley fuese a salir adelante. Claro que a Sigfrido debía reprocharle no haber sido mucho más contundente y no haber puesto mayor empeño a la hora de usar su enorme influencia para movilizar a una masa social lo suficientemente poderosa, que, apoyada además por una campaña publicitaria en cuyos anuncios se hablara acerca de la maravillosa experiencia que era ser madre, con fotos a todo color que mostraran a bebés sonrientes en los carteles de las carreteras, los transportes y… Pero no, nada de eso había sucedido. Y pensar en ello la enfadaba aún más.



Katy Etxegarai respiró hondo y volvió a coger una hoja. «Porque nuestras hijas —escribió, aporreando con vehemencia el teclado de su portátil—, nuestras adoradas niñas, son ahora mucho más vulnerables con esta reforma. Los hombres ya no las verán como personas libres y responsables, dueñas de sus cuerpos…». Aquí se detuvo, pensativa. No, eso ya estaba ocurriendo. De hecho, había sucedido siempre. Así que borró la última frase y probó con otro argumento menos recurrente. «Son más vulnerables porque…». Y volvió a detenerse. No se sentía inspirada, aunque tampoco pretendía ganar el Premio Nobel de Literatura. Frunció el ceño y apretó los labios. «Porque muchas de ellas —prosiguió— son aún demasiado pequeñas y carecen de la capacidad mental necesaria para discernir lo que les conviene y lo que resulta un crimen contra los designios del Señor». Bueno, aquí parecía haber exagerado un poco. Primero porque un crimen ya de por sí era contrario a la vida y segundo porque los designios del Señor le importaban más bien poco a una sociedad cada vez más atea. No es que fuese una frase muy inteligente, pero serviría como guiño a los miembros más extremistas de la asociación. Katy cerró los ojos, abatida. El mundo se iba a pique. «Bienvenidos a la era de la fornicación masiva —se animó a escribir sin importarle si acababa siendo una nota pública o no—, una era donde nuestras niñas llevarán el ombligo al aire, mascarán chicle, mirarán de forma lasciva a los hombres y en la cual ellos corresponderán a la provocación, sabiendo que ya no tendrán ninguna responsabilidad paterna, ya que habrá una ley colgada de los cojones del nuevo Gobierno progresista que les animará a dar alegría a sus penes». Y tras plasmar este pensamiento cogió un bolígrafo, lo lanzó contra la pared, pegó un manotazo al teclado y dejó escapar un grito ahogado, cargado de frustración. Frustración y rabia. Katy tenía el temperamento propio de quien es capaz de partir nueces con la mirada. Y, desde luego, en aquel momento habría partido un par de cabezas como si fuesen frutos secos, que después habría disecado para clavarlas en una pica y llevarlas al Congreso con el instructivo objetivo de que sus señorías recordaran que la libertad de las mujeres no consistía en malcriarlas con la idea de que vivían en una sociedad tolerante, en igualdad de condiciones, y que solo por ese motivo podían introducirles la cultura patriarcal en forma de falo, ignorando el hecho de que eran ellas y no los hombres las que se quedaban premiadas. Ese y no otro sería el mensaje que se lanzaría al populacho.

La mujer de Sigfrido se estaba desesperando por momentos. Presa de la ira, pegó un puntapié a la papelera y la mandó al otro lado del despacho. Pensaba decirle un par de cosas al inútil de su marido en cuanto lo viera. Pero antes tenía que desahogarse de alguna forma. Necesitaba soltar adrenalina y escribir no servía de nada. Por eso se levantó de un brinco, cogió el bolso, las llaves de su coche y, hecha un basilisco, atravesó la oficina sin hacer caso de quienes pretendían hablar con ella. Luego llegó hasta su coche, un poderoso Cadillac Escalade negro recién comprado, cerró la puerta con un estrépito que hizo retumbar el interior del vehículo y se dirigió al único lugar donde podía descargar toda su furia, el centro social para mayores.




6


Horacio no tenía más remedio que contarle a su madre aquella versión de los hechos. No es que fuese muy creíble, pero al menos era la menos fantasiosa. Que Orlando hubiese decidido volver a su país al no verse con la fuerza necesaria para poder soportar la presión social a la que estaría sometido tras la boda, junto con el terror que sentía cuando pensaba en lo poco que iba a poder disfrutar en compañía de su amada octogenaria, si es que el curso de la naturaleza no variaba, no parecía ser una historia demasiado ficticia o exagerada. Al menos su madre daba la impresión de haber picado el anzuelo. Al principio le había costado un poco aceptar que no volvería a ver a su joven prometido, pero al final no tuvo más remedio que admitir que uno de sus temores acababa de hacerse realidad. Esperaba que un muchacho de veinticinco años de edad se echara atrás en el último momento. Era, de hecho, lo más lógico. Horacio pensaba de la misma manera y su madre se limitaba a asentir mientras él le hablaba.



—Le ofreciste tu corazón y él prefirió aceptar una oferta para regresar a su país. Fue muy ingrato por su parte, mamá.



Y Jimena del Río y Villescas seguía asintiendo. Pensaba en lo mucho que echaría de menos aquellos momentos de recalcitrante romanticismo, en sus deliciosos masajes y en ese acento latino que tanto la fascinaba. Por otra parte, habría que empezar a buscar un nuevo enfermero y esa idea la excitaba. La novedad de tener otro amante —aunque muy probablemente tendría que volver a ser un amante narcotizado— siempre resultaba estimulante. Pese a que solo Orlando había sido capaz de contribuir de una manera consciente a sus expectativas amorosas, el hecho de no estar comprometida, aunque esto nunca fue un impedimento para Jimena, volvía a darle la posibilidad de sondear el mercado masculino en busca de excitantes novedades. Mientras tanto, debía conformarse con los cuidados de Mildrec, su asistenta, la cual podría ser muy habilidosa en cualquier tarea doméstica, pero jamás lograría satisfacer ciertos aspectos básicos de su vida. Algo que sí lograba el equipo de seguridad contratado para proteger la mansión y que estaba formado por tres corpulentos y atractivos hombres. Era el momento de retomar algunas de las viejas costumbres, se dijo mientras contemplaba a su hijo.

Tras unos minutos de silencio, en los que Horacio empezó a preocuparse al ver que su madre no dejaba de asentir con la cabeza, decidió que tal vez lo mejor era dejarla a solas con sus reflexiones. De modo que caminó sigilosamente hasta la puerta y, antes de abandonar el salón, le comentó que si necesitaba algo estaría en su despacho realizando algunas gestiones.



—Horas —dijo de pronto Jimena. Horacio se giró y la miró un instante.

—¿Sí?

—Supongo que denunciarás la desaparición.



Su hijo no supo qué contestar. A continuación bajó la mirada e hizo una mueca con la boca. Estaba claro que no había conseguido engañarla. Al parecer, su madre seguía conservando cierta lucidez, lo que le llevó a tener que imitarla en el gesto de asentimiento. Eso fue suficiente para Jimena, quien miró a través del cristal de la ventana sin mover una pestaña en cuanto Horacio cerró la puerta y se quedó sola. El estilo familiar no era el de preguntar antes de tomar decisiones y, por mucho que a ella le pesara, su hijo había hecho precisamente lo mismo que cualquier Del Río y Villescas habría llevado a cabo en su lugar, defender su territorio frente a lo que consideraba una amenaza para sus propios intereses. No podía reprocharle nada.




7


Después del entretenido entierro de su padre, donde había estado acompañado del albañil encargado de tapiar el nicho, con el cual había mantenido una conversación muy interesante acerca del cemento blanco y su capacidad para endurecerse en unos pocos minutos, el inspector Serranillos regresó a su despacho para tratar de echarse una siesta. Sin casi haber podido pegar ojo en toda la noche y con un viaje de ida y vuelta tan largo, su capacidad de atención era ligeramente inferior a la normal, y eso que el inspector no se caracterizaba por tener una inteligencia fuera de lo común. Sin embargo, al llegar al despacho su secretaria le esperaba para decirle que acababa de recibir una llamada de alguien importante.



—¿Cómo de importante? —quiso saber el inspector para valorar si podía devolver la llamada más tarde.

—Muy importante —dijo Juliana, poniendo especial énfasis en la primera palabra.

—De acuerdo, luego le llamo.

—Creo que debería hacerlo ya.

—De acuerdo, luego le llamo —repitió el inspector, para quien la importancia de las cosas era en ese momento bastante relativa. Luego entró en el despacho y se meció en la silla durante unos minutos, el tiempo que tardó en darse cuenta de que no podría dormirse mientras aquella llamada urgente estuviera pululando en su mente. ¿Quién podía ser ese tal Horacio del Río y Villescas y para qué necesitaba hablar con él? Aquel nombre le sonaba de algo. Bueno, pues quien quiera que fuese tendría que esperar. Solo necesitaba relajarse unos minutos. Y para ello sacó una pelota de goma de uno de los cajones del escritorio y se puso a jugar con ella al frontón. Era una costumbre a la que recurría cada vez que buscaba despejarse un poco.

Llamada importante por la línea uno, jefe —dijo de pronto su secretaria, entrando en el despacho sin llamar y provocando que el inspector perdiera el control de la pelota y esta acabara chocando contra la lámpara de su mesa.

—¿Cuántas veces tengo que repetirle que no me llame jefe? Y, por cierto, debería ir adquiriendo la costumbre de llamar a la puerta antes de entrar, ¿no le parece?



Después de coger la lámpara del suelo, descolgó el auricular del teléfono e hizo un gesto a Juliana para que le dejara solo. Siempre le había parecido una mujer poco discreta.



—Inspector Serranillos al habla —dijo en un tono pausado para darse mayor importancia—. ¿En qué puedo ayudarle? ¿Hola? ¿Hay alguien ahí?



Pero al otro lado de la línea no se oía nada. De hecho, se dio cuenta de que en vez de pulsar el botón de la línea uno había pulsado el de finalizar llamada. El inspector bufó, contrariado. Aún no dominaba lo de las tecnologías y aquel aparato que acababan de instalarle tenía tantas teclas que más que un teléfono parecía el jodido teclado de un ordenador.



Juliana, ¿puede devolver la llamada al último número? ¿Juliana? ¿Oiga?

El nombre que busca no está en su agenda. Pruebe a…



El inspector soltó una maldición. En vez de hablar con su secretaria lo estaba haciendo con la opción de marcación por voz. Con lo sencillo que era en sus tiempos llamar a alguien, cuando solo contabas con las teclas de los diez dígitos y una libreta.



—¿Juliana? —dijo, no muy convencido, al pulsar el botón que se suponía que era el correcto.

—¿Jefe?

—¿Puede devolver la llamada al último número antes de que tire este aparato por la ventana? ¡Y no me llame jefe!

—Pero si es mi je…

—Los cojones.



E interrumpió la conversación colgando bruscamente el auricular. A los pocos segundos una llamada se repetía por la línea uno. El inspector observó el teclado un instante. Esta vez no iba a arriesgarse. Tras convencerse de que lo mejor era no tocar nada y limitarse a descolgar el teléfono, se puso el auricular en la oreja y esperó a que alguien hablara.



—¿Inspector Tempranillos? —Escuchó decir a una voz al otro lado.

—Serranillos, si no le importa —quiso corregirle el inspector—. Sí, soy yo. ¿En qué puedo ayudarle?

—Me llamo Horacio del Río y Villescas.



Durante unos segundos el silencio envolvió la conversación y el inspector interpretó dicho vacío como una forma que su interlocutor tenía de hacerse notar. Al parecer, esperaba que él supiera valorar la dimensión del personaje y hasta el posible motivo de la llamada. Y todo ello al mismo tiempo. Ya le había sucedido otras veces con anterioridad, pero en aquella ocasión no le apetecía hacer un ejercicio de memoria. Villescas, Villescas, repitió mentalmente. El caso es que aquel apellido le resultaba familiar. Illescas sí. Era un pueblo o algo por el estilo. Pero ese Villescas…



—Encantado —dijo con naturalidad. Lo mejor en esos casos era mostrar una actitud prudente y, sobre todo, no dejarse impresionar—. Yo me llamo…

—Sí, ya sé cómo se llama —le interrumpió Horacio.



El inspector respiró profundamente. Si había algo que odiaba era ser interrumpido cuando tenía la palabra.



—Tengo algo importante que contarle —prosiguió Horacio—. Algo que no puedo hacer por aquí. ¿Tiene idea de un sitio discreto donde podamos hablar?

—Verá, comprendo su preocupación y, aunque desconozco la gravedad del asunto, debo recordarle que el procedimiento habitual es…

—Ya sé cuál es el procedimiento habitual, por el amor de Dios —volvió a interrumpirle Horacio, esta vez empleando mayor vehemencia en el tono—. Pero este asunto, como usted lo llama, es muy delicado. Nadie debe saber nada. Nadie, salvo usted, por supuesto.



Dejando a un lado el hecho de que aquel capullo había cogido la costumbre de dejarle con la palabra en la boca y que si insistía en hacerlo acabaría por mandarlo a hacer puñetas, lo cierto era que tanto misterio no le gustaba nada. El inspector Serranillos guardó silencio unos segundos mientras apretaba el botón de presión retráctil de su bolígrafo.



—¿Cómo ha dicho que se llama? —preguntó en un intento por saber algo más de la persona que requería sus servicios con tanta emergencia y que se atrevía a dirigirse a él como si fuese su superior.

—Horacio del Río y Villescas. Soy el director de El Nacional e hijo de Jimena del Río y Villescas, dueña de la famosa ganadería los Pesadumbres. Mi hermano es el diputado Sigfrido…

—Del Río y Villescas. Sí, lo he captado —interrumpió esta vez el inspector, cansado de la obsesión que mostraba ese hombre por mencionar su apellido—. De acuerdo, ya me hago una idea —dijo, tratando de ganar tiempo para entender algo—. Sin embargo, no sé para qué quiere usted verme en otro sitio que no sea, por ejemplo, mi despacho. Le aseguro que es un sitio muy discreto, siempre que no le dé por gritar, claro.

—Le agradezco el ofrecimiento —comentó Horacio, bajando el tono autoritario—, pero, créame, usted es inspector y yo periodista, aparte de ser más o menos conocido a nivel social. Ya sabe lo que son las habladurías. Por eso insisto en poder verle en un terreno, digamos, neutral.



¿Neutral?, se preguntó el inspector, que por un momento pensó en la posibilidad de que le estuviera ofreciendo firmar la paz de algún país de Oriente Medio. El asunto parecía complicarse según avanzaba la conversación, pero a pesar de no estar convencido del todo acabó aceptando negociar un encuentro privado.



—Está bien. ¿Qué sugiere?

—¿Qué le parece el cementerio de Belmonte?

—El cemen…

—Sí, lo sé. No es el lugar más adecuado para tener una reunión. Sin embargo, dadas las circunstancias…



Mientras Horacio le hablaba, el inspector analizaba el ofrecimiento. Desde luego, tenía que reconocer que el sitio resultaba de lo más discreto y silencioso. Era prácticamente imposible que alguien se fijara en ellos. Después concretaron la hora. Sería a las tres de la tarde.



—Quisiera que comenzara la investigación cuanto antes —añadió Horacio.

—¿La investigación? —repitió el inspector, incrédulo. Podía soportar que le interrumpiera cuando hablaba, pero decirle cuándo debía comenzar una investigación policial era ir demasiado lejos—. ¿No cree que eso debo decidirlo yo?

—Naturalmente, inspector —admitió Horacio—. Pero cuando escuche lo que tengo que contarle usted mismo querrá empezar a trabajar en ello. Créame.



Era la segunda vez que el inspector Serranillos escuchaba esa última palabra. Y viniendo de alguien que quería verle en un cementerio no parecía ser la manera más apropiada de ganarse su confianza. Aun así, volvió a ceder y aceptó la propuesta.



—Pero le aviso de que iré acompañado —dijo como única condición.

—Muy prudente por su parte —comentó Horacio, mostrando ahora una actitud mucho más comprensiva—. De hecho, lo prefiero. Siempre que sea de su entera confianza, por supuesto.



El inspector pensó que, aparte de su aparente incapacidad para hacerse respetar, también debía consentir que un desconocido pusiera en duda su habilidad a la hora de escoger a sus hombres de confianza. Genial. Estuvo a punto de decirle que se presentaría en el cementerio con un equipo completo de periodistas y que pediría que levantaran un escenario sobre la tumba de algún antepasado que llevara su ilustre apellido.



—Desde luego. No se preocupe —acabó diciendo antes de despedirse y colgar el teléfono.



Su mente se quedó en blanco durante unos minutos. Si un personaje importante como el director de un periódico quería verle a solas es que habría descubierto algún asunto turbio, probablemente un escándalo de corrupción o algo similar, que le había obligado a tener que recurrir a la policía para que esta actuara sobre el terreno.

Luego llamó a su secretaria, se levantó de la silla y buscó la pelota de goma para continuar jugando al frontón. Debía distraerse y evitar precipitarse en las conclusiones. Cuando Juliana entró en el despacho, el inspector le pidió que localizara al agente Miranda y que se presentara ante él lo antes posible. El agente Miranda era el hombre adecuado para acompañarle.




8


Horacio se sentía satisfecho en cuanto acabó la conversación con el inspector. El muy idiota había aceptado entrar en su juego y eso iba a facilitarle mucho las cosas. A algunos policías les gustaba percibir el inconfundible aroma del chivatazo. Hacía que se sintieran importantes ante la posibilidad de poder conseguir un ascenso gracias a sus contactos o a la información privilegiada. Por eso los periodistas solían tener amistades en la policía y, de la misma manera, estos trataban de llevarse bien con ellos. De modo que, una vez que el pez había atrapado el anzuelo, el siguiente paso consistía en hablar con Anselmo para que le hiciera un nuevo favor. Debía coger el cadáver de Orlando, el cual había estado a punto de convertirse en cenizas de no haberle avisado antes, y llevarlo hasta la habitación de su hija. Ahora que su madre sabía lo que había sucedido con su joven prometido, daría una vuelta de tuerca a su muerte y trataría de que no hubiese ninguna investigación, que era lo que sucedería si denunciaba su presunta desaparición.

Aún tenía tiempo de sobra para atar algunos flecos. Primero hablaría con su hija e intentaría convencerla de que necesitaba su ayuda para resolver una complicación que afectaba a toda la familia en su conjunto. Supuso que no sería difícil. Clarisa, la niña de sus ojos, pese a que la niña ya contaba con veinte años, era sin duda lo más importante de su vida. Su muñequita de algodón, como le gustaba llamarla, aunque fuese en público. Daba igual lo mayor que se hiciera; para Horacio siempre seguiría siendo su pequeño ángel celestial, además de ser la única hija que había tenido en sus más de veinte años de tedioso matrimonio. Quizá por eso la idolatrara hasta el punto de verla como una especie de querubín caído del cielo para enamorar al mundo con su resplandeciente sonrisa y esa mirada tierna que le otorgaba un aire de santidad, propiciada por una bendición celestial que solo estaba al alcance de los elegidos.

Este pensamiento casi místico respecto a la visión que Horacio tenía de su hija solía servirle también de consuelo para mitigar de alguna manera sus preocupaciones. Por mucho que tuviese todo planificado, nada le garantizaba que las cosas fuesen a salir tal y como él pretendía. En cualquier caso, Horacio dio el último trago a su vaso de ginebra y dejó de contemplar el paisaje a través del cristal de la ventana. Tenía que hablar con su hija, así que salió de su despacho y encaminó sus pasos hacia la habitación de Clarisa, en la segunda planta de la mansión. Probablemente interrumpiría lo que quiera que estuviera estudiando, porque otra de las innumerables virtudes de su hija era la de que podía llegar a pasarse horas encerrada en su cuarto, tratando de labrarse su futuro a base de una concienzuda y casi obsesiva capacidad de aprendizaje.

Mientras subía por la escalera y atravesaba el pasillo, Horacio celebraba el haber acabado con el problema que la presencia de Orlando suponía para la estabilidad familiar. Ya no tendría que imaginar nunca más a su madre en el altar acompañada de aquel cretino. Una imagen que, por otra parte, no le había permitido descansar bien desde hacía semanas. Afortunadamente, se dijo Horacio plantado frente a la puerta de la habitación de su hija con la mano en la manilla, podría volver a dormir como un bebé sin que aquella escena siguiera perturbándole.



—¿Cómo está mi pequeña muñequita de…? —Horacio tuvo que interrumpirse a sí mismo cuando vio a su hija, lo que le llevó a dar media vuelta y a cerrar la puerta sin quitar la mano de la manilla. Sí, estaba claro que había visto a Clarisa, pero de lo que no estaba tan seguro era de haber visto también a un negro situado detrás de ella, azotándole alegremente el trasero. En el celebro de Horacio se produjo de pronto un repentino cortocircuito que le dejó con la mente en blanco. Y es que a veces situar la mente en un estado vaporoso, donde la realidad se confunde con la ficción, era el único modo de no volverse loco. Todo tiene una explicación, se dijo para sí, y seguramente beber ginebra había contribuido a jugarle esa mala pasada. Era así de sencillo.

Cuando Horacio cogió aire y volvió a abrir la puerta se encontró a un negro poniéndose el pantalón con bastante nerviosismo. A su derecha pudo ver a Clarisa abriendo una ventana. Horacio volvió a retroceder y a cerrar la puerta. Luego analizó con cuidado la última visión, una visión que tampoco coincidía con la que él había esperado encontrarse. Porque los procesos de alucinaciones no solían seguir una línea continua y, desde luego, aquella alucinación estaba siguiendo una lógica aplastante. Ya le había pasado en otras ocasiones con su hija. No era la primera vez que su mente lo engañaba hasta el punto de conseguir que viera a Clarisa acompañada de otros hombres en situaciones y posturas parecidas. Pero esa era más clara y nítida que todas las veces anteriores.

Ignorando que su ojo izquierdo comenzó a temblar compulsivamente, Horacio trató desesperadamente de encontrar una explicación. Sin duda, era todo un arte el crear una realidad paralela provocada por un trauma que no era posible aceptar. Su hija estaba estudiando y su madre ya no se casaría con Orlando. Y dentro de estos dos extremos debía situarse la realidad del mundo. Todo lo que se saliese de ambos márgenes no existía. Ni siquiera la presencia del negro azotando el trasero de su pequeña muñequita de algodón. Ahí es donde el papel de la ginebra cobraba una importancia vital. Los estragos que el alcohol ejercía sobre la naturaleza del hombre eran bien conocidos. Cuántas pobres almas, pensó, habían sido conducidas al borde de la locura por culpa de aquel mal que para Horacio ahora era más necesario que nunca.

Fue solo entonces cuando, convencido de que todo formaba parte de una terrible alucinación, volvió a girar la manilla de la puerta y entró con absoluta naturalidad. Entonces vio a su hija sentada en el alféizar de la ventana. Después echó un rápido y cauteloso vistazo al resto de la habitación y, para alivio de su equilibrio mental, no vio rastro del negro por ninguna parte. Horacio suspiró tranquilo. Aunque al acercarse a su hija le pareció ver a alguien corriendo por entre los matorrales, eso no significaba que tuviese que ser el negro que segundos antes había protagonizado su alucinación.

Se juró a sí mismo no volver a probar una gota más de esa dichosa ginebra.




9


—Oh, cariño —decía Katy Etxegarai mientras se vestía—, me has hecho disfrutar como nunca. Hoy he descubierto que soy multiorgásmica.

—Me alegro, bomboncito —dijo Lucy con ese tono afeminado que a Katy le parecía tan adorable—. Aunque lamento que no lo hayas descubierto antes. En realidad, creo que todas las mujeres sois multiorgásmicas. El problema es que los hombres suelen ser multitorpes.



Al decir esto las dos se echaron a reír. Antes de despedirse, Katy quiso apuntar el número de teléfono de aquella profesional. En el centro social para mayores había de todo y aquel día le apetecía probar las habilidades de la nueva contratación, una experiencia que sin duda volvería a repetir.

Cuando salió del centro con el ánimo renovado y se dirigió hasta su coche, vio algo que le llamó la atención. Era un Audi de color gris con los cristales traseros tintados, un coche muy parecido al que conducía su marido. Estaba aparcado al otro lado del parking y caminó hasta él con cierta curiosidad. Sabía que Sigfrido solía engañarla con otras mujeres, pero coincidir con él en el mismo lugar donde ella lo engañaba con otros hombres era una casualidad de lo más sorprendente. Y era evidente que aquel vehículo tenía toda la pinta de ser el suyo. Llevaba la misma banderita nacional anudada al retrovisor interior, los mismos asientos de cuero y creía recordar que hasta la misma matrícula. Katy miró a su alrededor. Así que el muy granuja se dedicaba a pasar parte de su tiempo como diputado frecuentando aquellos espacios de ocio en vez de hacer todo lo posible por no permitir que la reforma de la ley saliera adelante. Vaya, esa sí que era buena, pensó Katy mientras entraba en ebullición. Luego se apoyó en el coche y analizó la situación.

Al cabo de unos minutos una idea pasó por su cabeza. Sacó el móvil de su bolsillo y buscó el nombre de Lucy, decidida a contratar sus servicios para realizar otro trabajito especial.



—Soy yo, querida —dijo en un tono cordial—. ¿Estás ocupada? ¿De veras? Genial. Quisiera pedirte un favor. Un gran favor. Y te aseguro que te pagaré muy bien. ¿Puedo verte ahora? Sí, ya sé que te acabo de ver, pero se me ha ocurrido algo que creo que nos va a divertir mucho más… ¿En la sala cinco? De acuerdo. Voy para allá y te explico.



Katy volvió a entrar en el centro social para mayores y preguntó por la sala en la que se encontraba Sigfrido del Río y Villescas. Al principio la recepcionista se mostró un poco reacia a dar ese tipo de información confidencial, pero teniendo en cuenta que la clienta era la mujer de la persona por la que preguntaba, que ambos eran a su vez clientes habituales del centro y que, al parecer, pretendía darle una sorpresa para satisfacer alguna extraña perversión sexual de pareja, optó por decirle dónde se encontraba. Por lo visto, Sigfrido acababa de llegar y estaba esperando el servicio contratado en la sala dos.



—¿Puede pedirle a la chica que tiene asignada que le ate a la cama y abandone la habitación durante un par de minutos? —preguntó Katy a la recepcionista.

—Veré qué puedo hacer —dijo esta antes de hacer una llamada.



Segundos después Katy entraba por la puerta secreta de la capilla y se dirigía con paso decidido hasta la sala en la que estaba Lucy. Si para Sigfrido todo eso del aborto libre siempre había sido cosa de feministas aburridas o de mujeres obsesionadas con defender la vida de un feto cualquiera, desde aquel día trataría de demostrarle que debía tomarse ese asunto como algo prioritario. Aún recordaba la conversación mantenida con Sigfrido semanas atrás mientras desayunaban.



—No tengo ni la más remota idea de lo que Dios piensa al respecto de los fetos —decía con aire distraído, como si el tema no le importase lo más mínimo—, pero por lo que a mí respecta esa es una cuestión puramente religiosa, psicológica y teológica. Y yo solo soy un político, de modo que no entro a valorar ese tipo de cuestiones.

—Es decir, que eres un cobarde —le espetó Katy—. Sí, tu actitud es una actitud cobarde. Siempre lo he pensado.

—Puedes pensar lo que quieras —se defendió él—, pero creo que te equivocas. Mi actitud no es cobarde, es adaptativa. Y en mi familia es lo que mejor sabemos hacer, adaptarnos a las circunstancias. Si los tiempos cambian, o te adaptas a ellos o te llevan por delante.

—¿Eso quiere decir que no harás nada para evitar que esa maldita ley salga adelante?



Y entonces su marido la miró por encima del periódico que estaba leyendo y clavó en ella sus ojos claros.



—Votar en contra. ¿Te parece poco?

—Pues sí, muy poco —respondió Katy, cuyo enfado iba en aumento—. Deberías echarte encima de esa horda de comunistas antes de que revienten nuestra sociedad.

—Ahora se llaman socialdemócratas, querida —comentó Sigfrido antes de volver la mirada al periódico—. Igual que los franquistas se llaman liberales reformistas de centro. ¿Ves? Todo tiende a una sencilla adaptación de conceptos. Además, sería poco inteligente echarse encima de ellos como tú pretendes. Si la sociedad pide cambios hay que dárselos, siempre y cuando no vayan contra nuestros propios intereses, por supuesto. Nosotros solo podemos limitarnos a oponernos, pero no debemos emprender ninguna cruzada. De ese modo, tanto nuestros votantes más afines a las creencias de la Iglesia católica, apostólica y demás como los que no tienen su voto definido no podrán vernos de una manera antipática. En algunos casos, en política hay que hacer equilibrios sobre un cable para contentar al mayor número de personas posible. Es, digamos, un populismo aristocrático. Y esa es la posición que ha tomado el partido, te guste o no.

Pues bien, si para su marido era tan importante saber adaptarse a las circunstancias, tendría que adaptarse también a la que se le venía encima si conseguía llevar a cabo su idea. Si Sigfrido poseía algún genio de tipo político, y Katy debía reconocer que su marido era un político habilidoso cuando algo le interesaba, aquel sería el momento de averiguarlo.



—Pero niña, ¿qué haces aún vestida? —le dijo a Lucy en cuanto entró en la sala cinco—. Vamos, ve quitándote todo eso y ponte algo arrebatador. Vas a salir a escena.




10


Cuando el inspector Serranillos llegó al cementerio de Belmonte en un coche de la policía secreta, acompañado del agente Miranda, no vio ningún otro vehículo aparcado en la zona, lo cual le produjo cierto malestar, pues, aunque sabía que la puntualidad estaba lejos de ser una cualidad entre los españoles y que era más bien un margen orientativo, eso de tener que esperar a un desconocido que había puesto tanto interés en querer verle a solas no le hacía ninguna gracia, y menos aún si por su culpa no había podido dar siquiera una cabezadita.



—Si no aparece en cinco minutos, nos vamos —dijo el inspector tras observar que su reloj marcaba las tres y diez.



Estaba sentado en el asiento del copiloto. El agente Miranda era quien conducía y se limitaba a mirar en todas direcciones para ver si se aproximaba algún vehículo. No hablaba demasiado y esa era una de las razones por las que el inspector solía escoger su compañía cada vez que debía ir acompañado para realizar labores de incógnito. Pero aparte de saber guardar silencio, el agente Miranda poseía la extraña virtud de ser tremendamente eficaz a la hora de obedecer las órdenes de sus superiores, una virtud que podía ser contraproducente si las órdenes que se le daban no eran las adecuadas. Por este motivo el inspector estaba convencido de que el agente nunca conseguiría un ascenso. El razonamiento era muy simple. A los que mandaban les encantaba contar con hombres de ese estilo para que hicieran todo lo que ellos eran incapaces de hacer. Algo parecido sucedía con el servicio militar. Los más obedientes y eficaces con las órdenes que recibían a menudo no pasaban de ser simples soldados rasos, así como los primeros en caer en el campo de batalla. El que tomaba las decisiones siempre se situaba en segunda línea de fuego, cuando no en la tercera o la cuarta si era necesario, pero jamás se le ocurría poner su vida en peligro. Esa labor iba destinada a los obedientes, los hombres y mujeres como el agente Miranda. En cambio, los que se situaban en las jerarquías más altas, que eran los poco habilidosos en casi todo y los más torpes en lo demás, solían conseguir ascensos con relativa facilidad. El criterio escogido era un misterio para el inspector, aunque suponía que debía de ser una mezcla entre la suerte y el contar con un buen enchufe.

En cualquier caso, era evidente, al menos a juzgar por sus muchos años de experiencia, que los peores preparados para ocupar cargos importantes eran precisamente los que ocupaban dichos cargos. Y siguiendo esa lógica tan particular llegaba siempre a la conclusión de que la jerarquía social era en realidad como un reloj de arena, solo que ese reloj nunca daba la vuelta. Los que más tenían eran al mismo tiempo los más canallas y aunque esta matemática no se cumplía en todos los casos, sí se daba con bastante frecuencia. Por eso el agente Miranda estaba condenado a seguir siendo un policía normal, cuya habilidad sería valorada en su justa medida para que no pasara de ser alguien que ejecutaba órdenes, pero nunca para darlas.



—Arranque, agente. Nos vamos —le ordenó el inspector Serranillos, cansado de seguir esperando.



Sin embargo, cuando el coche ya había avanzado unos metros vieron aparecer un vehículo que tomaba la desviación hacia el cementerio y se detuvo junto a ellos.



—¿Inspector? —preguntó uno de los ocupantes, dirigiéndose a ellos tras bajar la ventanilla.

—Usted debe de ser… —intentó decir el inspector Serranillos antes de que el desconocido se llevara la mano a la boca para que no terminara la frase—. Pues empezamos bien.

—Lamento el retraso, pero surgieron algunos contratiempos —trató de disculparse Horacio.



Minutos más tarde, después de dejar aparcados los coches y de hacer las pertinentes presentaciones, Horacio del Río y Villescas entraba en el cementerio junto al inspector Serranillos, quienes a su vez eran seguidos por el agente Miranda, situado a cierta distancia. El agente llevaba un ramo de flores con el que no parecía sentirse demasiado cómodo, pero con el que pretendía disimular su presencia.



—Hace una temperatura inusual para esta época de año, ¿no cree, inspector? —comentó Horacio en cuanto ambos tomaron la senda central y pasaron cerca de las primeras lápidas.

—Eso parece —se limitó a decir el inspector Serranillos de manera diplomática. En realidad, el tiempo que hacía no le interesaba lo más mínimo.

—Afortunadamente, pronto llegará la temporada de caza —continuó diciendo Horacio, quien daba la impresión de querer ir preparando el terreno—. ¿Le gusta cazar, inspector?

—De vez en cuando. Aunque no soy un gran aficionado.

—¿De veras? ¿Y qué piezas son sus preferidas?



El inspector no supo qué decir y lo primero que se le pasó por la cabeza fue comentar que sus piezas favoritas eran los asesinos y, en la misma medida, las personas que solían interrumpirle cuando hablaba.



—Cervatillos —optó por decir finalmente, sin meditarlo demasiado.

—¿Cervatillos? —preguntó Horacio, sorprendido—. ¿No cree que las crías deben permanecer al margen de la caza?



El inspector volvió a quedarse sin saber qué decir. Advirtió cierta incoherencia en su planteamiento, pero era mejor precipitarse a dicho vacío antes que reconocer que no tenía la menor idea de cinegética.



—Sí, cervatillos —repitió, decidido a emprender una carrera a galope tendido a través de su pradera mental—. Los cervatillos son rápidos, más rápidos que los adultos, como bien sabe usted. Yo lo prefiero por eso mismo. De ese modo entreno mejor la puntería. No tiene demasiado mérito disparar a algo que está inmóvil. El reto está en ser lo suficientemente ágil como para acertarle a un objetivo que se mueve con la rapidez de un cervatillo. Eso aumenta mi excitación.



Nada más pronunciar estas palabras el inspector lamentó el no haber podido frenar antes. Era consciente de que acababa de comerse un semáforo en rojo, el stop y un paso de cebra al mismo tiempo. Afortunadamente, Horacio ignoró la última parte de su comentario y coincidió con él en la parte de los objetivos en movimiento.



—Vaya, en eso coincido con usted. Aunque yo prefiero las grandes cornamentas.

—Cuestión de gustos, ya sabe —dijo el inspector mientras leía distraídamente el nombre inscrito en una lápida—. Pero supongo que no hemos venido hasta aquí para hablar de cinegé… nige… gene…

—Cinegética —quiso aportar Horacio.

—Sí, eso mismo.

—Tiene usted toda la razón, inspector. Y la verdad es que no sé por dónde empezar.

—Pruebe a hacerlo desde el principio —sugirió el inspector Serranillos—. Tal vez eso ayude a simplificar las cosas.



Horacio guardó silencio un instante. Tenía una opinión algo ambigua sobre el hombre que lo acompañaba. Por una parte, no daba la sensación de ser demasiado inteligente, pero algo le decía que no debía precipitarse en llegar a esa conclusión. A lo largo de su vida había conocido personas cuya inteligencia estaba oculta bajo varias capas de aparente displicencia, como si un aire despistado envolviese en realidad una mente ágil y brillante. Además, no podía tenerlas todas consigo. Quien estaba a su lado no dejaba de ser un policía y cualquier paso en falso en su narración de los hechos podría hacer estallar en su cara todo el campo de minas. Por un momento sintió una ligera presión en el pecho. Sabía que él mismo era su única amenaza y que no debía caer en la trampa de confiarse.



—He matado a dos hombres —dijo de pronto Horacio, deteniéndose frente a una lápida—. Pero ha sido en defensa propia. Intentaron violar a mi hija.



Al escuchar aquella declaración el inspector no pareció inmutarse, aunque para asegurarse de que no estaba solo echó una mirada disimulada hacia la fantasmagórica figura del agente Miranda, que continuaba buscando entre los nichos a su imaginario ser querido fallecido.



—En tal caso, ¿no cree que hubiese sido más apropiado reunirse en el lugar de los hechos en vez de aquí? —preguntó pensando en la importancia crucial de acudir lo antes posible a los lugares donde se producían los crímenes.

—Los muertos pueden esperar, inspector —repuso Horacio, convencido de haber hecho lo correcto al haber ido al grano—. He preferido informarle antes de que se presente allí para pedirle que sea usted personalmente quien lleve la investigación. Aunque haya poco que investigar. No quiero que este asunto se convierta en un circo mediático.

—No sé si este asunto, como usted dice, debe ser o no un circo mediático o si hay mucho o poco que investigar —comentó el inspector, para quien matar a dos personas que habían intentado violar a una chica no era precisamente sinónimo de convertirse en una investigación sencilla—. No obstante, le puedo garantizar que actuaremos con la más absoluta discreción, aunque debe permitirme visitar el lugar donde se ha producido este hecho. Creo que es…

—Y usted debe asegurarme que no atosigará a mi hija con preguntas —le interrumpió Horacio como de costumbre.

—Yo no pretendo atosigar a nadie, solo tratar de esclarecer los…

—Lo sé. Sé que es un buen profesional y por eso he acudido a usted. Pero necesito que me dé su palabra de que no someterá a mi hija a más presión de la que ya está soportando.

—No puedo prometerle nada porque solo conozco su versión y, como usted comprenderá, no puedo basar una investigación en alguien que asegura haber matado a dos personas, por muy en defensa propia que haya sido. Intento ser razonable, porque si no lo fuera le aseguro que aquel hombre que está allí con las jodidas flores en la mano ya lo habría esposado.

—Inspector —dijo Horacio mirándole fijamente—, sé que es usted un hombre inteligente y sabe lo que le conviene.



Al escuchar aquellas palabras, que sin duda contenían una amenaza velada, el inspector Serranillos cerró los ojos, apretó los labios y cogió aire. Los peces gordos siempre tenían la manía de pretender controlarlo todo.



—Señor, con el debido respeto —dijo intentando no perder la calma—, pero si usted me ha llamado para que yo realice la investigación que usted prefiere, me temo que se ha equivocado de persona.

—No, solo le estoy pidiendo que haga bien su trabajo.

—No creo que nadie deba ponerlo en duda.

—Nadie lo hace.

—¿En serio? Pues nadie lo diría escuchándole hablar.

—Entienda que protejo a mi hija.

—Lo entiendo. Y usted entienda que para hacer bien mi trabajo, entre otras cosas, es importante que no le dé mi palabra a alguien que acaba de decirme que ha asesinado a dos personas. Y ahora, si no le importa, me gustaría que me dijera dónde están esos dos cuerpos.

—En mi casa —dijo Horacio con una naturalidad que al inspector le pareció grotesca—. Bueno, en realidad en la casa de mi madre.

—¿Y su hija dónde se encuentra?

—En el mismo lugar.

—¿Me está usted diciendo que ha dejado sola a su hija en el lugar exacto donde asegura haber matado a sus dos supuestos agresores?

—No hay suposición que valga, inspector. Intentaron vio…

—Sí, ya sé lo que intentaron —lo interrumpió el inspector Serranillos—. Pero no creo que dejar sola a su hija en estas circunstancias sea la mejor manera de ayudarle.

—Puede que tenga razón —admitió Horacio, consciente de que discutir con aquel hombre no favorecía en nada sus intereses—, pero he intentado evitar que se presentaran en mi casa docenas de coches patrulla. Ya sabe cómo son algunos de sus compañeros. Les gusta llamar la atención y eso es precisamente lo que yo quiero evitar que suceda.



El inspector sentía que estaba perdiendo un tiempo precioso intercambiando pareceres con un tipo que reconocía tener dos fiambres en su propia casa.



—Además, mi hija no está sola —añadió Horacio con expresión de suficiencia—. Está acompañada del juez de guardia.



El inspector lo miró unos segundos sin pestañear. ¿Primero le decía que había matado a dos personas y ahora que un juez de guardia había ido al lugar de los hechos sin la presencia de ningún policía? O el hombre que tenía delante se había vuelto completamente chiflado, y era algo que no debía descartar, o los tentáculos de aquella familia iban más allá de lo que él podía imaginar.



—¿Y puede explicarme cómo ha conseguido que un juez de guardia vaya a su casa antes que nosotros? —quiso saber el inspector.

—Eso es lo de menos. Lo importante es que colaborará con usted para llegar a la única conclusión posible.

—¿La única conclusión posible?

—Defensa propia, inspector, defensa propia. Sígame.



Mientras Horacio del Río y Villescas se alejaba del inspector Serranillos, este dudaba de si lo que acababa de escuchar era cierto. En parte podía entender las prisas de aquel hombre por que la investigación se cerrara cuanto antes, pero, obviamente, si era verdad que habían muerto dos personas el asunto adquiría una dimensión más compleja de resolver que con un simple informe ocular de los hechos. En cualquier caso, esperaba que Horacio lo condujera al lugar del crimen y de esa forma poder evaluar la situación de una manera más completa. A fin de cuentas, tampoco podía estar seguro de que no hubiese conocido a alguien capaz de inventarse una historia como esa por algún extraño y no menos desconcertante motivo.



—¿Piensa ir con ese ramo a todas partes, agente? —preguntó el inspector, dirigiéndose al agente Miranda, antes de salir del cementerio. Este dudó durante un instante y después dejó el ramo de flores sobre una tumba cualquiera sin molestarse siquiera en leer su epitafio, el cual decía: «Nadie se acordó de él en vida».




11


Un sentimiento parecido era el que estaba sintiendo Sigfrido del Río y Villescas. Estar tumbado en una cama completamente desnudo, con los brazos y las piernas atados, formando una equis simétrica al estilo Hombre de Vitruvio de Leonardo da Vinci mientras miraba hacia el techo lo situaba en un contexto un tanto contradictorio. De vez en cuando fijaba su atención en la puerta de la habitación donde se encontraba. El juego de «adivina quién viene a cenar» solía excitarle, pero al paso que iba la cena se enfriaría y hasta se echaría a perder. Se preguntó por qué estaba tardando tanto. Para ponerse un puñetero disfraz de lo que fuese no era necesario emplear todo el día. Aunque la última vez, con Catwoman y su látigo domesticador, había tenido que esperar más de la cuenta hasta que alguien se acordó de que él se encontraba en la sala cuatro y no en la sala dos, donde otro hombre pedía ayuda para que sacaran de su habitación a aquella loca que trataba de arrancarle la piel a tiras. Y es que no todo el mundo estaba preparado para esa clase de emociones. Sigfrido, en cambio, sí disfrutaba con algún que otro latigazo de vez en cuando. De hecho, tras probar una de esas sesiones había tenido la sensación de que la circulación sanguínea era mucho más fluida, lo que le llevó a pensar que la medicina debía emplear el método del látigo como un remedio eficaz para luchar contra el colesterol.

En cualquier caso, Sigfrido solo quería pasar una hora de terapia reconstituyente. Le gustaba emplear esa palabra porque tenía relación con la política. Y es que la vida como diputado no era nada sencilla y muchas veces era necesario recurrir al ocio más extremo para mitigar las tensiones laborales. Cuando hablaban de la erótica del poder, probablemente se referían a eso mismo.



—Hola, nenito —dijo de pronto una voz que le resultaba particularmente familiar.



Al bajar la mirada y fijarse en la persona que acababa de entrar en la habitación estuvo a punto de lanzar un grito desesperado. Frente a él había una mujer, o al menos supuso que debía de serlo a juzgar por sus prominentes pechos y sus anchas caderas. Iba embutida, y este término era el más adecuado, en un traje de cuero color rojo chillón, tan chillón que no solo afectaba a los ojos, sino también a los oídos. Aquel rojo era tan brillante como los faros traseros de un coche. Y por si aquella horrible visión no fuese razón suficiente para lanzarse al vacío desde un octavo piso, la mujer ocultaba su rostro tras una máscara de goma, cuya pequeña abertura en la boca dejaba al descubierto una sonrisa maliciosa que le pareció inquietante.



—¿Ya me has reconocido, viciosillo? —dijo la mujer mientras se acercaba a él con una porra de plástico de aproximadamente un metro de longitud.



Sigfrido cerró los ojos mientras luchaba en vano por zafarse de las cuerdas que lo mantenían inmovilizado. No podía creer lo que estaba viendo.



—No sé qué estarás tramando, maldita zorra —dijo tras haber reconocido la voz de su mujer—, pero ya puedes ir olvidándote de…

—Vamos, vamos, nenito —le interrumpió Katy, apuntándole con la porra—. Yo solo pretendía darte una sorpresita, cariño. Además —decía mientras blandía el arma muy cerca de la nariz de Sigfrido—, te aconsejo que cuides ese vocabulario. No creo que estés en condiciones de provocar la ira de Satánica.

—¡Pero qué Satánica ni qué hostias! —exclamó Sigfrido con los ojos inyectados en sangre—. Suéltame o te juro que le diré a todo el mundo que eres una zorra depravada.

—¿De veras? —dijo Katy, tratando de colocar su móvil sobre una mesita cercana.

—¿Y ahora qué cojones haces? —preguntó Sigfrido, espantado ante lo que estaba suponiendo—. No se te ocurra grabarme, hija de puta. Te juro que…

—¿No crees que ya has jurado suficiente, cariñito? —volvió a interrumpirle su mujer mientras ponía en funcionamiento el contador de la cámara de fotos—. ¿Lo tuyo no es más de prometer? Al menos yo te oí prometer tu cargo como diputado. Ah, espera. A lo mejor resulta que lo has olvidado.

—¿Cómo voy a olvidar que lo soy? ¿Es que te has vuelto loca? ¡Ni se te ocurra subirte encima!

—Ya sé que no lo has olvidado, pimpollo —dijo Katy, ya subida sobre Sigfrido y preparada para el flashazo—. Esta la quiero para el recuerdo. Sonríe, mi amor.



Y tras decir esto, una luz brillante iluminó fugazmente la habitación.



—¿Qué pretendes con todo esto? —quiso saber Sigfrido, sintiendo un sudor frío en su frente y siendo incapaz de controlar su agitada respiración. La perspectiva de que su propia esposa podía estar planeando un chantaje le dejaba sin aliento—. Puedes hundir mi reputación, pero te aseguro que tú caerás conmigo.

—No, nenito. Creo que no estás viendo este asunto desde el ángulo adecuado. Lo que estoy haciendo es relanzar tu carrera. Solo voy a darte un pequeño empujoncito.

—¿Empujoncito para que caiga en la tumba?

—Relájate, anda, que ahora viene lo mejor.



Sigfrido se estremeció. ¿Cómo que ahora venía lo mejor? ¿Acaso iba a haber fuegos artificiales? Tal vez se le hubiese ocurrido llamar a los periodistas para dar una rueda de prensa en aquel mismo lugar. Ya que su mujer parecía haber perdido la cabeza, cualquier cosa podía ser posible.

Cuando Katy se bajó de la cama y la vio coger su móvil pensó en el plan que podría estar tramando. Desde luego, si pretendía relanzar su carrera en la política aquella no era ni mucho menos la mejor forma. Más bien tendría que desaparecer del país como aquella foto saliera a la luz. Sigfrido empezó a sentir un profundo odio hacia ella. Siempre lo había hecho, para qué engañarse. Sobre todo después de haber descubierto años atrás que era lesbiana. Y no es que ella lo hubiese confesado o que la hubiese descubierto en la cama con otro marimacho, pero resultaba evidente que debía de serlo. Su experiencia como marido era razón suficiente para haber llegado a esa conclusión. El hecho de que nunca quisiera hacer el amor con él, ni siquiera llevar a cabo algún tipo de juego sexual superfluo, era de por sí bastante significativo. Porque Sigfrido tenía un alto concepto de sí mismo y admitía que no podía gustar a todas las mujeres, pero sí a la mayoría. Por eso su mujer tenía que ser bollera, lo cual, contemplándola con aquel horrible traje de cuero, agradecía más que nunca.

Si alguna vez había sentido por ella algún tipo de atracción sexual, y no recordaba si tal cosa había sucedido en algún momento de su vida, el vendaval que provocaba la visión traumática de un tonel rojo gigante moviéndose libremente por la habitación fue suficiente motivo para arrepentirse de haberla conocido y hasta de tener que plantearse el proponer en el Parlamento una ley que prohibiera el uso de cualquier prenda de cuero con fines erótico-festivos.

Además, ¿cómo había descubierto aquella morsa bípeda su lugar favorito de ocio? Cuando se lo preguntó, Katy se disponía a abandonar la habitación, pero se detuvo y dio media vuelta.



—Creo que yo lo conocía antes que tú, nenito —le dijo tras quitarse la máscara de goma de la cabeza. Luego le guiñó un ojo y le aconsejó que se fuera relajando—. Creo que lo que viene a continuación nunca lo has probado, viciosillo.



Entonces Sigfrido se vio obligado a tener que hacer un esfuerzo para pensar en las cosas que aún no había practicado y, a decir verdad, eran muy pocas. Hasta tuvo el valor de haber visitado la sala de cirugía, conocida así entre los clientes por tener fama de crearles la novedosa sensación de haber transformado su naturaleza sexual durante la desconcertante experiencia.

No obstante, ¿qué sabía ella de sus particulares pasatiempos como para afirmar que nunca lo había probado? Vieja estúpida loca, pensó Sigfrido con cierta amargura. Lo cierto era que la muy zorra se la había jugado. Iba a saber lo que era vengarse en cuanto se liberara de aquellas cuerdas.



—Hola, guapo. —Oyó decir a una voz cuyo tono, acento y forma no entraban dentro de su catálogo de voces femeninas. Después miró hacia la puerta y vio de nuevo a su mujer, acompañada de otra persona. Tras echar un rápido vistazo a su indumentaria se dio cuenta de que era necesario emplear otro calificativo para describir el conjunto de su visión. De hecho, el conjunto lo llevaba puesto, porque el hombre, o lo que quiera que fuese, lucía un sujetador que hacía juego con el tanga y este a su vez no desentonaba con las medias y el picardías. A ello había que añadirle unos tacones de aguja, razón por la cual aquel hombre parecía medir más de dos metros. Su musculatura indicaba que era un asiduo de los gimnasios y que, en líneas generales, podía ser considerado como la versión latina de Silvester Stallone en sus buenos tiempos.

Sigfrido cerró los ojos y estuvo a punto de perder el sentido. Su mujer no podía ser capaz de hacerle algo así, se repetía a sí mismo mientras deseaba con todas sus fuerzas que al volver a abrir los ojos pudiera descubrir que en realidad todo había formado parte de una horrible pesadilla.



—Muy bien, cielo. Así me gusta. —Escuchó la voz de Katy, borrando de un plumazo toda esperanza—. Cierra los ojos y déjate llevar. Lucy hará el resto.

—Como a ese cabrón se le ocurra ponerme una mano encima…

—Claro que te la pondrá, amor —le interrumpió su mujer, volviendo a activar el contador de la cámara de fotos de su teléfono—. De hecho, te pondrá las dos y además te pondrá el pirulo tan brillante como un inocente querubín. ¿Qué te parece? Vamos, sonríe. Repite conmigo: pi-ru-lo.



Y a continuación otro relámpago iluminó la habitación y cegó unos segundos los incrédulos ojos de Sigfrido, desesperado ante lo que, sin lugar a dudas, era una nueva experiencia para él en cualquiera de sus apartados. Por su parte, Katy se divertía al revisar las fotos obscenas que estaba consiguiendo desde todos los ángulos posibles. Lucy arriba, Lucy abajo, Lucy de lado y Lucy agarrando el pirulo y haciendo, en definitiva, lo que mejor sabía hacer.

Mientras tanto, las lágrimas de Sigfrido demostraban la emoción que estaba sintiendo. Porque, más allá de los detalles, resultaba evidente que era una emoción. Permaneció todo el tiempo con los ojos cerrados, haciendo un esfuerzo titánico por imaginar que quien se encontraba agachada entre sus piernas era una mujer espectacular y no un Rambo de labios carmesí y sujetador de copa.



—Esto te ayudará a tomarte las cosas más en serio, cariñito —decía su mujer, abandonando la sala sin poder ocultar su satisfacción. Con aquel material en su poder, estaba convencida de que a partir de ese día su marido haría todo cuanto ella le pidiese, incluso hacer lo imposible por derogar la maldita ley del aborto.




12


Ajeno a lo que estaba sucediendo en el centro social para mayores, Sebastian Gifterberg había emprendido su huida hacia ninguna parte comprando en la estación un billete en el primer tren que saliera, bajándose después en la primera estación que considerara lo suficientemente alejada de la ciudad como para perderse por el primer sendero que encontrara. Solo llevaba una mochila con lo más básico y, puesto que preveía acabar en mitad del campo, de camino a la estación había comprado una tienda de campaña y un móvil de segunda mano por si acaso debía utilizarlo en caso de emergencia.

Caminó durante varios kilómetros a través de un sendero abierto, cuyo paisaje resultaba demasiado monótono. Apenas unos cuantos setos y un par de árboles suavizaban algo el agreste terreno. Esa circunstancia facilitaba el hecho de que Gif avanzara con paso lento, sumergido en sus pensamientos y sin llevar un rumbo fijo. No importaba ni el dónde ni el cómo; lo único que quería era alejarse. Y cuanto más se alejaba, menos sentido le daba a su vida. De hecho, había llegado a preguntarse por qué narices estaba en aquel lugar con una mochila a la espalda y caminando por el campo para tratar de calmar su agitado espíritu. Podía ser muy romántico, pero también poco inteligente. Su espíritu podía encontrar el sosiego anhelado en una montaña, cerca de un riachuelo o contemplando un atardecer desde la cima de alguna colina, pero cuando volviera a su casa —o, mejor dicho, a su piso compartido con un admirador de Kurt Cobain y un jodido cazador de pokémones— probablemente su espíritu, o lo que quedara de él, volvería a gritar histérico y a querer estrangular a medio mundo.

No, las expectativas de futuro no eran muy buenas, como tampoco lo eran las expectativas más cercanas en el tiempo. Con una carrera de Periodismo recién terminada y la remota posibilidad de que pudiera encontrar trabajo en algún medio de comunicación en el que dedicarse a vivir de lo que realmente le apasionaba, sus esperanzas laborales pasaban por una especie de túnel oscuro, en cuyo final le aguardaba una realidad tan difusa como desalentadora. Se veía a sí mismo trabajando doce horas en distintos empleos para conseguir reunir un salario global medianamente digno. E imaginarse en una situación en la cual solo pudiera gozar de una o dos horas libres al día le agobiaba hasta el extremo de tener que hacer un alto en su caminata para coger aire.

Pero si el aspecto laboral no era nada halagüeño, el familiar lo era aún menos. Y no digamos ya el amoroso. De su familia no podía esperar grandes noticias. Tenían tantas deudas que primero su padre y después su madre habían decidido tratar de combatirlas juntos, dándose chapuzones en el alcohol.



—Ya sé que las penas siempre flotan, hijo —le dijo un día su padre cuando lo descubrió con una botella de whisky escocés en la mano—, pero eso mismo decían del Titanic y mira dónde acabó. Por lo menos así flotamos junto a ellas.



No fue el mejor modo de justificarse, pero a tenor de su propia experiencia debía reconocer que no le faltaba razón. Dicha lógica también podía ser aplicable a la felicidad. Nada flotaba eternamente, ni las desgracias ni las alegrías. Gif trató de animarse con este pensamiento; sin embargo, de pronto apareció el rostro de su reciente exnovia y todo volvió a oscurecerse. ¿Qué era aquello que le había dicho horas antes? Algo sobre su escasa valentía para enfrentarse a la vida, algo sobre… Ah, sí, sobre su habilidad para culpar al mundo de todos sus males. Bien, ¿y qué había de malo en echarle la culpa a una sociedad que le estaba haciendo la vida imposible? ¿O es que acaso tenía él la culpa de no encontrar un trabajo donde pudiera tener un sueldo decente? Claro, para ella era muy fácil hablar siendo una de esas niñas consentidas a quienes sus papis les compraban todos sus caprichitos. Por eso quería un novio que cubriera sus frívolas necesidades.



—Tú lo que eres es un soplapollas. —Había sido una de sus últimas frases, con un argumento poco desarrollado, por otra parte. Sin embargo, él tenía una imagen bien distinta de sí mismo, algo más cercana a la del ingenuo soñador o al soñador medio idiota. Ambas opciones eran posibles y hasta resultaban compatibles.



Gif le dio una patada a una piedra, intentando sacar la rabia acumulada. Luego echó un vistazo al GPS de su móvil para saber dónde se encontraba. En ninguna parte, cerca de nada y alejado de todo. No era un lugar propiamente dicho, pero al menos ya estaba situado donde quería. Desde ahí podía llegar a cualquier sitio, de eso no cabía duda.

Antes de reanudar la marcha sintió curiosidad por saber qué andaban diciendo sus amigos en las redes sociales. Tal vez su repentina desaparición fuese el tema principal de las conversaciones.



—Muy interesante —dijo Gif hablando consigo mismo al ver que nadie lo mencionaba—. Pues que os den por el culo.



Después se guardó el móvil en el bolsillo y prosiguió su lento avance, abrumado por el peso de sus innumerables tribulaciones.




13


En la segunda planta de la mansión, Clarisa del Río y Villescas también reflexionaba. Estaba sentada en el alféizar de la ventana de su dormitorio y acababa de liarse un canuto. Entre calada y calada contemplaba el paisaje sin fijarse en nada en concreto. No hacía más que repasar las palabras de su padre y esa absurda versión que debía contar a la policía cuando llegaran. El hombre que iba a casarse con su abuela y un amigo suyo habían intentado violarla y dicho intento había supuesto que su padre les pegase un tiro a ambos. El primero yacía en su habitación, un cadáver colocado allí por Anselmo ante su indiferente mirada. El otro, un chaval de nacionalidad nigeriana al que había conocido la noche anterior yendo de copas con sus amigas, tirado en el suelo cerca del invernadero con un disparo en la cabeza. Solo un idiota podría creer esa historia. Y Clarisa estaba convencida de que nadie lo haría, aunque sí se limitarían a aceptarla como buenos perros obedientes. Su familia era poderosa, asquerosamente poderosa. Y quien era lo suficientemente inteligente para saber lo que tenía que hacer con tal de no meterse en líos y ganarse la amistad de los Del Río y Villescas entendía que cualquier versión de los hechos que no fuera mantener la imagen familiar impoluta en el mejor de los casos significaba tener demasiados enemigos en su contra.

El juez de guardia era uno de ellos, un tipo capaz de demostrar que el Sol giraba alrededor de la Tierra si alguien de la familia se lo pedía. Desde la ventana le veía examinando el cadáver del pobre Emmanuel. Ya le había hecho a ella algunas preguntas y su conclusión no contenía ningún error, quitando el hecho de que no había sido agredida sexualmente y que, en efecto, estaba con el ánimo por los suelos. Pero este detalle no le importaba a nadie y menos aún a su familia, demasiado centrada en proteger el honor del apellido, si es que aún quedaba algo de honor en alguno de ellos. Que ella se hubiese quedado sin su amante porque a su padre no le gustaba nada que su hija conociera a chicos era lo de menos. Y ya era el quinto que perdía. A veces se preguntaba si no sería mejor coger los hábitos y encerrarse en un monasterio. Aunque vivir en aquel lugar a veces era como estar encerrada en una celda o, peor aún, en una cárcel.

En cualquier caso, debía reconocer que parte de la culpa era suya por no saber frenar ese ímpetu pasional que la arrastraba incontrolablemente a tener que desahogarse en momentos en los que, tal vez, debía ser más precavida. Por más que trataba de que su padre no se diera cuenta de que su pequeña muñequita de algodón se había convertido en una depredadora insaciable —rasgo que quizá hubiese heredado de su abuela—, siempre acababa descubriéndola en plenas actividades socioculturales. El primero de sus amantes recibió un tiro en la cabeza cuando estaban disfrutando de las vistas a un lado de la carretera, cerca de la mansión. El segundo, meses después, recibía una bala entre ceja y ceja justo cuando ella trataba de gestionar algunos flecos en la negociación que estaba manteniendo entre sus piernas. Se quedó sin el tercer amante debido a la extraordinaria puntería de su tío Sigfrido, quien había salido a cazar gamos y decidió afinar la puntería con la cabeza de quien la tenía presionada contra el capó de su coche a una distancia de unos novecientos metros. Con el cuarto apenas tuvo tiempo de quitarse el sujetador antes de que su padre, nuevamente, surgiera de pronto y descerrajara cuatro tiros sobre el desdichado.



—Tápate, que vas a coger frío —le dijo antes de subir la ventanilla de su coche y continuar su camino.



Para Clarisa, el problema de tener un padre tan excesivamente protector era que nunca podía estar segura de cuándo aparecería para fastidiarle la fiesta. Lo curioso es que de sus víctimas nunca volvía a saberse nada. Eran oficialmente personas desaparecidas, como si se hubiesen evaporado de pronto hasta el punto de parecer que ni siquiera habían nacido.

Sí, con su familia nadie podía descuidarse. Sus tentáculos abarcaban espacios muy extensos. Por fuera daban la impresión de ser un verdadero clan, pero por dentro era solo una maldita familia como otra cualquiera. A sus veinte años, Clarisa había visto ya tanta sangre derramada sobre ella y por ella que prácticamente se había hecho inmune a su visión. La primera vez pudo sentir horror; la segunda, pánico; la tercera, cierto enfado; la cuarta, malestar, y con Emmanuel, indiferencia. Era uno más. Si Clarisa estaba desanimada no se debía a la muerte de su último amante, sino a que estaba harta de que sus encuentros amorosos fuesen siempre esporádicos. Sin darse cuenta de ello, su padre no dejaba que sus relaciones sentimentales pasaran de un par de semanas. Era aún más celoso con ella de lo que había sido nunca con su mujer. Aunque de eso hacía ya mucho tiempo. Seguía recordando, como si fuesen instantáneas fotográficas de los primeros años de su vida, la manera violenta que tenía de tratar a su difunta madre. Aunque en realidad se maltrataban mutuamente del mismo modo. Discutían mucho, tanto que hasta se daban los buenos días entre insultos. Más que por el amor, estaban unidos por el odio. En una de las cenas navideñas recordaba a su madre dirigiéndose a ella mientras le contaba lo bien que vivirían las dos juntas una vez que su padre se hubiese ido al infierno y añadía que era allí donde lo mandaría en cuanto se descuidase. Pero fue su madre la primera en bajar la guardia y en visitar el infierno, donde, según su padre, el propio Lucifer intentaría echarla de allí a patadas. Aunque en la misa por su alma tuvo la delicadeza de dedicarle unas palabras de cariño, que casi nadie supo cómo interpretar cuando dijo que habían luchado juntos en vida, que fue una gran rival hasta el final, pero que tarde o temprano solo podía quedar uno.

La muerte de su madre no supuso un trauma para Clarisa y, contrariamente a lo que cabía suponer, tampoco le creó ningún trastorno afectivo. El apego sentimental siempre fue para ella algo ajeno a su naturaleza como miembro de la familia. Ser un Del Río y Villescas podía tener muchos inconvenientes, pero te otorgaba nada más nacer la posibilidad de ser inmune a los sofisticados mecanismos amorosos con los que la gente común se volvía débil y deprimente. Por eso le daba la risa cada vez que Clarisa oía a una de sus amigas hablar sobre lo independiente que era justo antes de llamar a su novio para decirle lo triste que se sentía sin él. Ella podía sentir tristeza, pero era un desánimo puntual debido a la obsesión enfermiza que su padre tenía por protegerla. Lo conocía de sobra y sabía que era capaz de cargarse a todo el puñetero equipo de seguridad de la finca con tal de no ver a su pequeña muñequita de algodón acompañada de otro hombre. Solía pensar que era su padre quien tenía algún tipo de trastorno afectivo, un complejo de Edipo provocado por la ausencia paterna y por la pérdida de su esposa que se manifestaba de una manera retorcida —por no decir criminal— en idealizar a Clarisa. Para él, ella era como una diosa, tal vez incluso un amor platónico que necesariamente debía ser ocultado.

Sea como fuere, el caso es que nada de lo que hiciera parecía menguar un ápice la particular forma que tenía su padre de verla. Había creado un mundo paralelo en torno a su hija y solo él tenía acceso a dicho mundo, el cual era capaz de cambiar, manipular o transformar a su antojo si la realidad que veía chocaba con la suya propia. Los Del Río y Villescas eran poderosos, pero su padre dirigía ese poder y el poder compraba silencios, favores e incluso construía puentes en el aire que nunca se venían abajo. El cielo y las cloacas podían tener el mismo dueño.

Clarisa dio la última calada, expulsó el humo y se acercó al cadáver de Orlando. Era solo un cuerpo sin vida, un pobre idiota que se había cruzado en el camino de su padre. Se quedó unos segundos observándolo sin pestañear. En el fondo le daba pena porque iba a ser una víctima más. Manipularían su historia, como la de Emmanuel, y los convertirían en culpables de unos delitos que jamás habían cometido. Y ella, además, tenía que formar parte de la farsa.

Quizá fuese ese el motivo de que, con cierta sorpresa, se viese a sí misma limpiándose una lágrima que se deslizaba suavemente por su mejilla. En el fondo no podía ser feliz y sabía que, si las cosas seguían así, nunca lo sería.




14


—¿Está usted seguro de que es por aquí? —preguntó por tercera vez el inspector Serranillos al agente Miranda.

—El coche de Horacio ha tenido que seguir este camino, no queda otra. ¿Lo ve?



Pero por mucho que el inspector miraba el mapa que el agente había desplegado y que ocupaba más de la mitad del salpicadero no lograba orientarse. Habían seguido al vehículo de Horacio del Río y Villescas casi todo el tiempo, pero lo perdieron de vista al llegar a una rotonda muy transitada.



—Creo que lo mejor es que preguntemos a alguien —comentó el agente con el coche aparcado a un lado del arcén en mitad de un valle donde ni siquiera pasaban otros vehículos.

—Buena idea. Escoja a alguien al azar —dijo el inspector, mirando cansinamente en dirección a una plantación de girasoles.



Después de pasar por el mismo camino tres veces llegaron hasta un pequeño pueblo llamado Fresnedillas del Álamo. Allí el agente Miranda decidió preguntar a un peatón que paseaba a su perro.



—¿La finca de los Del Río y Villescas? —repitió el hombre mientras miraba en todas las direcciones hasta que pareció darse cuenta de dónde se encontraba—. Pues debe seguir todo recto. Al llegar a aquella curva que hay allí, justo al lado de aquel árbol grande, donde está la casa de Venancio, tuerzan a la derecha y dos calles más allá, pasado el taller mecánico, giran otra vez a la derecha y salen a una carretera que les conducirá directos a la finca, a unos seis kilómetros. Antes de llegar verán un bar que se llama El Topo, en letras grandes. Y después está el desvío. Hay que ser muy tonto para perderse.



Siguieron sus indicaciones hasta pasar las dos calles donde supuestamente debían encontrar el taller mecánico. En cambio, aparecieron en una urbanización en la que no había salida, por lo que tuvieron que echar marcha atrás y acabaron regresando al árbol grande, junto a la casa del tal Venancio. Después tomaron una calle que les condujo hasta la plaza del ayuntamiento, donde una amable señora que acababa de comprar una barra de pan les dijo que estaban yendo por la dirección equivocada. Tras corregir dos veces el recorrido volvieron a pasar por la plaza del ayuntamiento una segunda vez y solo cuando el agente y el inspector hubieron memorizado casi la totalidad de las calles del pueblo lograron dar con la carretera adecuada sin necesitar la ayuda de ningún otro vecino.

Condujeron hasta llegar al bar El Topo. Un poco más allá encontraron, en efecto, el desvío hacia la mansión. Tras dirigirse hacia allí y detenerse frente a la puerta de acceso a la finca, el hombre que estaba dentro de la cabina los observó un instante.



—¿Quién va? —dijo con cierta displicencia, sin sacarse el palillo de entre los dientes.

—¿Cómo que quién va? —preguntó el inspector Serranillos, cuyo intenso día, junto con el último paseo turístico por el anterior pueblo, había situado su paciencia sobre una bicicleta sin sillín.

—Sí, ¿quién va? —repitió el hombre del palillo—. Se supone que ahora ustedes deberían responder la otra parte de la contraseña.



El inspector levantó una ceja y después miró al agente Miranda, quien tampoco parecía entender nada. Por lo visto, ese día todo el mundo se había puesto de acuerdo para complicarle la vida.



—No sé de qué contraseña me habla —dijo— ni tampoco sé quién le ha dado esa idea tan absurda. Soy inspector de policía y este es el agente Miranda. Y le aconsejo que abra esa puerta si no quiere que le acuse de obstrucción a la justi… ¿Puedo saber de qué se ríe?



El inspector Serranillos acababa de ver como a aquel tipo se le escapaba una risita ahogada sin venir a cuento.



—No me río de nada, señor. Es solo que… —titubeó el guardia.

—¿Sí?

—Es solo que su apellido es gracioso. Me recuerda a un amigo que tuve. Se apellidaba igual que usted y le apodábamos el Serrucho porque tenía unos incisivos muy…

—No dudo de que su historia sea apasionante —le interrumpió el inspector, al que le traían sin cuidado los apodos que pudieran tener sus amigos—, pero ahora no tengo tiempo. Así que, si no le importa, me gustaría que abriese esa puerta. Insisto, está usted obstruyendo a la justicia y le recuerdo que, según artículo 508.1 del Código Penal, eso es considerado como un delito grave.



El guardia se quedó pensativo un momento. Ignoraba que existiera ese artículo en el Código Penal; de hecho, desconocía todos los demás. Pero se le daba bastante bien no dejar pasar a un recinto privado a nadie que no dijera correctamente la contraseña. Horacio del Río y Villescas había sido muy claro al respecto minutos antes.



—Yo no obstaculizo ninguna justicia, señor —dijo cuando reunió la confianza adecuada—. Solo me limito a cumplir órdenes. El dueño de la finca me ha dicho que…

—Precisamente, el dueño de la finca nos ha llamado para que viniésemos —comentó el inspector, cada vez más tenso.

—¿En serio? —preguntó el guardia mientras se rascaba la cabeza—. ¿Tendrían la amabilidad de enseñarme su identificación?



El inspector Serranillos hizo un gesto de fastidio. A continuación buscó entre los pliegues de su abrigo, sacó la cartera y le mostró la placa al guardia. Este la observó unos segundos. Estaba claro que era una placa de policía. Aun así, no estaba convencido del todo. Sabía que existían buenas falsificaciones. Y si era verdad que Horacio del Río y Villescas les había llamado, les habría dado también la contraseña. Además, aquellos dos tipos tenían más pinta de ser periodistas que cualquier otra cosa y no era la primera vez que los de su gremio habían tratado de pegársela.

Por si acaso, decidió quitarse el palillo de la boca.



—¿Y puedo saber cuál es el motivo de la visita?

—Pues mire, sí. Venimos a una rifa —dijo el inspector.

—¿Una rifa?

—Sí, al parecer se están rifando un par de hostias por la zona.

—¿Cómo dice? —dijo el guardia, un tanto confuso.

—El inspector quiere decir que venimos a investigar un caso de asesinato —intervino el agente Miranda, tratando de mostrarse más conciliador.

—¿Asesinato?

—Dos, para ser exactos —añadió el inspector mirando el reloj y lamentando el tiempo que estaban perdiendo en lo que se suponía que debía ser un mero trámite.



Por su parte, el guardia los miró en silencio. Tenía que reconocer que lo del asesinato encajaba con el hecho de haber permitido el paso al juez de guardia horas antes. Mientras tanto, el agente Miranda se bajó del coche, se acercó hasta la cabina y le mostró su placa.



—Fíjate bien en ella. Es metal auténtico y tiene incluidos todos los dibujitos. Toca, toca. ¿Lo ves? No te miento. Así que no nos hagas perder más el tiempo y ábrenos, ¿de acuerdo?

—Está bien, les dejaré pasar —pareció ceder por fin el guardia—, pero antes quisiera anotar sus números de placa.

—Por Dios bendito —intervino el inspector, al borde de perder la paciencia—. ¿Quiere hacer el favor de levantar la jodida puerta y decirme por qué es necesaria una contraseña si ya hay un individuo en la entrada capaz de convencer a un maldito terrorista de que se inmole aquí mismo?



Al escuchar la palabra «terrorista», el guardia contuvo la respiración.



—Lo que mi jefe quiere decir es que lo mejor que puedes hacer es dejarnos pasar para que podamos realizar nuestro trabajo. Tú abres, nosotros entramos; tú cierras, nosotros trabajamos y todo en orden. ¿OK?

—Claro —asintió el inspector al salir del coche—. Y ya que al parecer no hablo el mismo idioma que ese capullo, dígale que yo personalmente me encargaré de que el apellido Serranillos sea recordado durante varias generaciones por toda su descendencia. Tradúzcalo tal cual para que no se le olvide.



El agente Miranda vaciló. Pensaba que no hacía falta traducir nada porque ya se había entendido suficientemente bien. A veces le costaba distinguir cuándo el inspector hablaba en forma figurada y cuándo no. En aquel momento se decidió por lo segundo.



—El inspector dice que…

—Agente, déjese de gilipolleces y levante la puta barrera —le interrumpió el inspector, señalando hacia el interior de la cabina. Luego volvió a sacar su cartera del bolsillo y le mostró una vez más su distintivo, el cual situó a un palmo de las narices del guardia—. ¿La ve bien así o le traigo una lupa? ¿Puede leer mi nombre? ¿Sí? Genial. Al menos es capaz de leer. Y ahora que nos estamos haciendo amigos, supongo que me dirá cuál es la dichosa contraseña, ¿verdad?



El guardia llevaba ya un tiempo dudando sobre lo que debía hacer, y más viendo al tipo que decía ser agente accionando el botón de apertura. Además, ¿qué otra cosa podía hacer? Si realmente aquellos dos hombres eran policías, haría el ridículo llamándoles a ellos mismos. Y hacerles frente tampoco iba a mejorar su situación, debido sobre todo a que no le estaba permitido portar armas de fuego en caso de que tuviera que defenderse. Analizando bien las opciones en su conjunto, resultaba obvio que la decisión más acertada pasaba por quitarse de encima aquel marronazo cuanto antes.



—Barbie y Ken —dijo el guardia entre dientes.

—¿Perdón? —dijo el inspector, al que había pillado algo distraído.

—¿Quién va?

—¿Cómo dice, agente?

—«¿Quién va?» es la pregunta en clave, señor —explicó el agente Miranda.

—¿Y la respuesta es Barbie y Ken?

—Eso parece, señor.



El inspector miró al guardia.



—Bien, en ese caso hágame la pregunta.

—¿Cuál?

—¿Quién va?

—Pero eso tengo que preguntarlo yo —quiso aclarar el guardia.



Entonces los tres hicieron un alto en la conversación para intentar ordenar algunas ideas.



—Pues pregunte —dijo el inspector, dando la impresión de haber llegado antes a la salida de la cueva.

—¿Quién va?

—¿Barbie y Ken?

—¿Me está preguntando?

—Afirmo.

—Entonces, ¿quién va?

—Barbie y Ken. ¿Contento?



El guardia asintió y los tres respiraron aliviados. A continuación el inspector y el agente montaron en el coche y se dirigieron, por fin, a la mansión.

La carretera principal no era demasiado ancha y además estaba custodiaba a ambos lados por una barrera de piedras amontonadas con cemento que la protegía del paso del ganado. En su improvisado viaje a un cada vez más inhóspito territorio, el inspector Serranillos contempló colinas, abruptas laderas y planicies gigantescas en las que pudo distinguir vacas y ovejas pastando libremente en un espacio tan amplio que ni siquiera era capaz de abarcarlo con la vista. También pudo ver patos flotando en pequeños estanques formados por las lluvias caídas en los últimos días y algún que otro cervatillo escabulléndose entre la maleza al escuchar el ruido que producían las ruedas del coche deslizándose sobre la gravilla del camino.

Aquella finca era mucho más grande de lo que había imaginado, circunstancia por la cual el inspector pensaba que resultaba el lugar perfecto para cometer crímenes. Siendo un terreno privado y con unas dimensiones como las que tenía la finca de los Del Río y Villescas, lo extraño habría sido que nunca hubiese sucedido un hecho luctuoso.

Sea como fuere, el caso es que era bueno realizar una salida al campo de vez en cuando. Respirar aire puro oxigenaba los pulmones y aclaraba la mente. Y si era verdad que se habían cometido dos crímenes en aquel lugar, el inspector necesitaría mostrarse más lúcido que nunca, así que bajó la ventanilla y cogió todo el aire que pudo. El olor a hierba mojada mezclado con el suave aroma de los eucaliptos hizo que se sintiera mucho más liviano. Luego fue otro olor el que se antepuso a todos los demás, el propio del estiércol en pleno proceso de sembrado, cuyo particular aroma se pegó al paladar del inspector y durante un momento estuvo cerca de hacerle vomitar.



—¿Se encuentra bien, señor? —preguntó el agente Miranda al ver que cerraba precipitadamente la ventanilla del coche sin parar de toser.

—Joder, pero qué pestazo —dijo el inspector Serranillos—. Como este sea el perfume general, aquí no aguanto ni diez minutos.



Un poco más adelante llegaron hasta una bifurcación donde un pequeño cartel indicaba la división de la carretera. Había dos alternativas: la granja o la mansión. Sin embargo, cuando el agente Miranda torció para tomar el camino que conducía a la residencia de la familia se produjo un extraño ruido en la parte trasera del vehículo.



—¿Y ahora qué sucede? —quiso saber el inspector.

—Creo que hemos pinchado, señor —comentó el agente Miranda, deteniendo el coche y apeándose de él.



Al escuchar aquellas palabras, el inspector Serranillos se llevó una mano a la cara y maldijo entre dientes. Parecía imposible que algo saliese bien ese día.




15


Esa posibilidad la estaba barajando también Sigfrido del Río y Villescas, cuyo mayor deseo en aquel momento era que alguien le ayudara a liberarse de las cuerdas que lo mantenían atado a la cama. No sabía cuánto tiempo había transcurrido ya desde que su mujer hubiese huido con las fotos en su poder. Maldita zorra psicópata, pensó Sigfrido con rabia al ver que su propia esposa acababa de chantajearlo. Desde luego que pagaría por ello. Si creía que se iba a quedar de brazos cruzados viendo cómo ponía en riesgo su credibilidad, estaba muy equivocada. Antes estaba decidido a acabar con ella y, sobre todo, con su horrible traje de cuero. En cuanto a Lucy… En el fondo él… ella no tenía culpa. Solo había intentado cumplir con su trabajo. Y muy bien, por cierto. Debía reconocer que no tenía motivos para quejarse, por mucho que Sigfrido no hubiese contratado sus servicios. Pero no había necesidad de entrar en detalles. Unos detalles que si llegaban a hacerse públicos situarían su rostro en las portadas de las revistas más vendidas y no precisamente por haber hecho un gran discurso en el Congreso.



—¿Pero todavía hay alguien aquí? —Escuchó la voz de una mujer que entraba en la habitación en ese momento. Tiraba de un pequeño carro con utensilios de limpieza e hizo un gesto de desaprobación al encontrarse con un hombre atado de pies y manos en la cama—. Hay que ver lo que es el vicio. Algunos nunca tienen suficiente. Qué barbaridad —dijo mientras daba media vuelta y desaparecía por la puerta, dejando nuevamente solo a Sigfrido.



En realidad, era lo mejor que podía haber hecho. Sigfrido no tenía ganas de ver a nadie y mucho menos de que lo vieran a él. Aún estaba tratando de asumir la novedosa experiencia, una experiencia que además había sido retratada con todo detalle. Y lo peor es que su mujer lo había amenazado con hacerlo público si no cumplía con su parte del trato. ¿Qué era eso que había dicho sobre hacer un discurso en contra de la nueva reforma de la ley del aborto? No serviría de nada. Y presionar a algunos diputados tampoco. La muy imbécil no tenía ni idea de cómo funcionaban las cosas en la política.

En cualquier caso, aquel no era el mejor momento para aclarar las ideas. Seguía recordando algunas imágenes y todas ellas situaban a Lucy en primer plano. Lucy aquí, Lucy allá y tal vez la peor de todas, la de la cabeza de Lucy entre sus piernas. Y así continuó durante varios minutos hasta que otra persona entró en la habitación. Era la recepcionista, quien le sonrió nada más verle. Casi al mismo tiempo vio entrar al director del centro social para mayores, que también le mostró una sonrisa. Parecían estar acostumbrados a ver a gente atada a las camas.



—La mujer de la limpieza nos ha comentado que aún quedaba alguien en las habitaciones —dijo el director con absoluta naturalidad—. Menos mal que nos ha avisado. Podría haberse quedado usted atado todo el día.



Cuando la recepcionista y el director consiguieron liberarlo de las ataduras y lo dejaron solo hasta que pudiera recuperar la movilidad para vestirse, Sigfrido se levantó de la cama y fue tambaleándose hasta el cuarto de baño, donde encontró su ropa. Antes de ponerse el traje se contempló a sí mismo frente al espejo y se preguntó qué era aquello que había cambiado en su interior. Porque estaba convencido de que desde ese día no iba a ser el mismo. Luego se lavó la cara y especialmente cierta parte de su cuerpo. Después salió de la habitación y caminó muy despacio, pues sentía sus músculos entumecidos, hasta que llegó con alguna que otra dificultad a la salida del centro, donde de nuevo se encontró con la recepcionista y el director.



—Espero que haya disfrutado, señor —dijo este sin dejar de sonreír—. Al menos su mujer ha salido muy satisfecha. Y permítame que les felicite. Es la primera vez que un matrimonio nos visita decidido a compartir juntos la experiencia. Normalmente, lo hacen por separado y sin que ninguno de los dos sepa que su pareja disfruta de nuestros servicios en una habitación contigua. Hay que estar muy unidos para hacer algo así. Por cierto, me dijo su esposa que usted se hacía cargo de los gastos. Aquí tiene el total.



Aunque Sigfrido pensaba que podía decir muchas cosas y que ninguna de ellas iba a ser buena, prefirió mirarlo un instante sin decir nada. Luego cogió la nota que el director le había extendido y la observó por un momento. Era mucho más de lo que se gastaba cuando acudía él solo. Por lo visto, el precio se disparaba si acudías con tu pareja.



—¿En efectivo o con tarjeta? —preguntó la recepcionista, cuya sonrisa empezaba a ponerle nervioso.

—En efectivo —respondió Sigfrido, deseando salir de allí cuanto antes.




16


La visión que Katy Etxegarai tenía del asunto era bien distinta. Aunque el día había empezado mal para ella con el anuncio de la aprobación para reformar la ley que más le preocupaba, lo cierto era que las cosas estaban empezando a cambiar favorablemente. Su marido no tendría más remedio que ponerse las pilas si no quería verse en medio de un escándalo a nivel nacional. Él era la pieza fundamental para comenzar un contraataque. Porque Katy estaba convencida de que tarde o temprano lograría derribar la reforma de esa ley. La batalla no había hecho más que empezar.

Lo primero que hizo cuando llegó a su despacho, aparte de tener que ignorar el intento de algún periodista para conseguir una declaración, fue copiar las fotos de su móvil y pasarlas al ordenador. Sabía que su marido era capaz de hacer cualquier cosa con tal de que nada ni nadie pusieran en peligro su escaño parlamentario, incluida la opción de llegar a contratar a un sicario para intentar recuperar las fotos. Sin embargo, aunque se podía esperar cualquier cosa de Sigfrido, era probable que no llegara hasta ese extremo, pues significaba atraer demasiados focos hacia su vida privada y tal cosa nunca era buena para un político, sobre todo si se trataba de alguien que empezaba a sonar para ocupar un alto cargo dentro de su propio partido.

No, su marido no se jugaría tanto a cambio de hacerle daño a ella. De hecho, la garantía para sentirse más o menos a salvo era precisamente la importancia que Sigfrido del Río y Villescas tenía dentro del mundo de la política. Aunque tampoco había que exagerar. Si su marido recapacitaba y lograba ver las cosas con algo de perspectiva, se daría cuenta de que en el fondo solo trataba de ayudarle, de aportar mayor ambición a sus expectativas generales. Porque las fotos en sí no equivalían a hacerle un chantaje, dado que no tenía ninguna intención de pedirle una fortuna a cambio. Afortunadamente, Katy no dependía de él para poder vivir de una manera desahogada. Tenía un buen sueldo como directora de la asociación y, al igual que Sigfrido, ella solo estaba luchando para conservar su sillón. Del mismo modo que el éxito de la asociación era también el suyo, el fracaso la señalaba a ella directamente. Por eso, más allá del trasfondo ideológico tras su defensa a ultranza contra el aborto, no era menos cierto que el hecho de que la reforma hubiese salido adelante perjudicaba sus intereses personales de una forma notable. Conseguir mayor implicación en Sigfrido era el primer paso, así que, tras copiar las fotos en el ordenador y hacer de paso otra copia más en un pendrive, avisó a su secretaria de que estaría ausente unos días para reflexionar sobre su continuidad en el cargo. Era lo mejor que podía hacer en aquel momento para ganar tiempo. Dejar caer su dimisión obligaría a los que sin duda habían empezado a señalarla a tener que esperar para abalanzarse sobre ella. Si su plan salía bien, sería Katy Etxegarai quien conseguiría dar un golpe de efecto.




17


Horacio estaba de buen humor. La idea que había tenido para que el guardia de la finca no dejara entrar a nadie, a menos que diera la respuesta adecuada a la contraseña, era de lo más tonta, pero al mismo tiempo le daba la posibilidad de ultimar algunos detalles con Timoteo, el juez de guardia, como la forma en la que había muerto el negro que intentó violar a su pequeña muñequita de algodón. Porque últimamente Horacio se pasaba el tiempo teniendo que hacer algunas adaptaciones personales para evitar que hubiese un choque forzado entre lo que él pensaba de la vida y lo que esta se empeñaba en querer que fuese. Su familia siempre había tenido que pasar por esa prueba, pero prefería aquellos ajustes en los que sus antepasados solo debían emplear algo de lógica social, acompañada de un elevado sentido del pragmatismo y el oportunismo político, en vez de verse obligado a acomodar una transformación psicológica que afectaba directamente a la base sobre la que se asentaban una serie de criterios vitales que se vendrían abajo en caso de no poder controlarlos, lo que traería consigo la inevitable descomposición del mundo lineal en el que tan cómodamente había vivido. Y estaba claro que tal cosa no iba a suceder. El mundo exterior bien podría saltar en pedazos mientras el suyo permaneciera inmóvil. El problema era que este intento por adaptar la realidad a su mundo no solo dependía de él. Si otras personas no hacían bien su trabajo, entonces su equilibrio emocional se enfrentaría a la tesitura de tener que escoger entre una locura fingida, y eso ya de por sí sugería una locura natural, o una reconstrucción ideológica de la propia existencia en su conjunto, lo cual requería de un esfuerzo casi inhumano.



—Ezte cuerpo eztá aún caliente —dijo Timoteo, agachado junto al cadáver de Emmanuel—. Y tiene un orificio de entrada por la ezpalda. De modo que encaja con zu teztimonio, zeñor. Uzted ha dicho que le dizparó mientraz ezcapaba, ¿verdad?

—Correcto —afirmó Horacio—. Y no fue nada fácil. Corría como un puñetero gamo.

—Ya veo, ya veo —asintió convencido el juez de guardia.



Pero Emmanuel no corría cuando Horacio le disparó. De hecho, había conseguido evitar que cogiera el coche y abandonara la finca al convencerle de que solo quería hablar un momento con él, aunque dicha conversación no hubiese pasado de un disparo a bocajarro en el centro del pecho, realizado con una escopeta de cañón recortado que Horacio había llevado oculta a la espalda. Mover el cuerpo sin vida fue tarea de Anselmo, que cargó con él varios metros más allá de la verja que protegía la mansión hasta dejarlo en el lugar que Horacio le había indicado.

Fue también Horacio quien salió al encuentro del inspector Serranillos y el agente Miranda cuando oyó llegar su coche. Ambos estaban visiblemente cansados.



—Han tardado más de lo que yo preveía, caballeros —dijo Horacio tras estrecharles la mano—. ¿Les ha costado encontrar el camino? Recuerdo haberles perdido de vista en una rotonda.

—Si le soy sincero, habríamos tardado menos en atravesar las estepas gallegas —comentó el inspector con ironía, mirando de reojo al agente Miranda, quien no tenía ganas de saber a qué estepas gallegas se refería su superior y ni siquiera si Galicia era un territorio estepario. Su preocupación se centraba en su espalda, la cual hizo crujir en cuanto se apeó del coche. Había pasado demasiado tiempo al volante y encima tuvo que hacer un esfuerzo extra para cambiar la dichosa rueda del coche.



Luego siguieron a Horacio hasta el lugar donde les esperaba el juez de guardia, que no dejaba de tomar notas. Tras los saludos de presentación, el inspector examinó el cadáver tendido en el suelo mientras Horacio narraba su versión de los hechos. Al cabo de unos minutos estudiando el terreno y calculando visualmente el conjunto de la situación hasta hacerse una idea aproximada de lo sucedido, el inspector puso los brazos en jarra y tuvo que admitir que lo que veía no encajaba con nada de lo que estaba escuchando.



—Si usted dice que nada más dispararle cayó desplomado al suelo, ¿cómo explica que este hombre se haya arrastrado unos veinticinco metros hasta llegar aquí? —preguntó torciendo el gesto.

—Y además sin apoyar el cuerpo —apuntó el agente Miranda—. Tan solo con las puntas de los pies, como si hubiese avanzado sujetándose a un parapente.



Horacio se limitó a guardar silencio y a mirar a Timoteo, que continuaba tomando notas.

—Por cierto, ¿hacia qué dirección dice que da la habitación de su hija? —quiso saber el inspector.

—Ezo ez lo de menoz —intervino el juez de guardia sin despegar sus ojos del cuaderno.

—¿Lo de menos? —dijo el inspector Serranillos con una ceja levantada—. ¿No cree que sea importante saber cómo es posible que el disparo se haya producido desde ese sitio y la trayectoria de la bala haya girado en el aire noventa grados para impactar en el pecho de este desgraciado, cuando se supone que debía de correr en dirección contraria?



En ese momento, Timoteo dejó de escribir y levantó la mirada.



—Buena obzervación, inzpector —dijo asintiendo con la cabeza—. Zin embargo, paza uzted por alto un pequeño detalle.

—¿Que la bala es inteligente? ¿Quizá que soplaba un viento huracanado que cambió la trayectoria?

—Nada de ezo, dezde luego. Pero eztá claro que algo tuvo que pazar.

—¿Que le dispararon a alguien? —volvió a ironizar el inspector, que empezaba a sospechar hacia dónde se dirigía el asunto.

—Ezo ez un hecho inconteztable —opinó el juez—. Rezulta obvio que le han dizparado por la ezpalda.

—Lo siento, pero debo discrepar —le interrumpió el inspector—. ¿Dónde ve usted un orificio de entrada en la espalda? Aunque primero prefiero que me responda a la anterior cuestión.

—La primera cueztión ha quedado rezuelta, que yo zepa.

—¿De veras? Pues he debido de quedarme dormido —el inspector miró al agente Miranda, situado a su lado con los brazos cruzados—. ¿Usted me ha visto dormir en los últimos cinco minutos?

—Puedo asegurarle que no, señor.

—Ahí lo tiene. Y no será por ganas, desde luego. En todo caso, ¿podría repetirme cómo es posible que la bala haya girado en el aire para…?

—La explicación ez muy zencilla, inzpector —dijo el juez de guardia, convencido—. Horacio tiene experiencia en la práctica de tiro y ha conzeguido darle un efecto azombrozo, al alcance de muy pocoz tiradorez.



El inspector Serranillos y el agente Miranda intercambiaron una mirada de desconcierto.



—¿Quiere decir que semejante disparo se debe exclusivamente a la habilidad de quien lo ha efectuado?

—Por zupuezto —respondió Timoteo antes de regresar a sus anotaciones—. ¿Qué otra coza puede zer zi no?



El inspector volvió a mirar al agente. En aquel momento parecía ser el único apoyo para continuar aferrándose a la realidad. Después se meció sobre sus pies, pensativo, y cuanto más lo pensaba menos sentido veía en la versión de Horacio del Río y Villescas. Lo del juez de guardia era un tema aparte. O estaba loco o pretendía volverles locos a ellos. Aunque la opción más lógica le llevaba a suponer que sabía muy bien lo que hacía, siempre y cuando favoreciera los intereses del señor que los observaba en silencio a su lado, el cual parecía tranquilo y nada afectado por lo sucedido.



—¿Puede decirme qué arma usó y dónde la guarda? —continuó preguntando el inspector.

—Una escopeta recortada —contestó Horacio con parsimonia—. La guardo en mi despacho.

—Entiendo. ¿Quién no guarda un arma como esa en su despacho? ¿Verdad, agente? —El agente Miranda no supo adivinar el sentido de la frase y prefirió no decir nada—. ¿Y cuál es la longitud del cañón?

—Diez pulgadas —dijo Horacio mientras echaba un vistazo a su móvil.

—¿No sabe que ese tipo de armas están prohibidas para uso civil?

—No zi zon para coleccioniztaz —intervino Timoteo—. Y eztamoz hablando de una lupara, como ze la conoce entre laz mafiaz zicilianaz. Toda una reliquia para los amantez de laz armaz, dezde luego.

—¿Considera usted que una escopeta recortada de diez pulgadas, por muy lupara que se llame, que ha reventado además a este negro, es un arma de coleccionista y, por tanto, incapacitada para poder usarse?



El juez de guardia dudó.



—Dicho de eze modo no, naturalmente. Pero eze tipo de detallez no hace falta ponerloz en el informe.

—Vaya, por fin empezamos a hablar claro —dijo el inspector Serranillos, satisfecho de que al menos no tratara de tomarlos por idiotas—. Así que todo se reduce a eso, a poner lo que conviene.

—Es usted muy perspicaz, inspector —comentó Horacio.

—En ese caso, supongo que cambiará la escopeta de cañón recortado por un oportuno ataque al corazón, dado que el disparo le dio en el centro del pecho.

—Una zugerencia interezante —dijo Timoteo—, aunque me temo que demaziado poco convincente, dadaz las circunztanciaz.



El inspector se rascó la cabeza. Era la primera vez que se enfrentaba a un caso en el que las pruebas, los hechos y hasta los testimonios estaban siendo manipulados en la propia escena del crimen. Recordaba algo parecido con el caso Tortosa, donde el informe policial hablaba de la violación y posterior asesinato de un camionero de metro noventa y ciento diez kilos a manos de un individuo de metro cincuenta y sesenta kilos, que había conseguido reducirlo por la espalda sin emplear ningún tipo de arma o sustancia química para, después de llevar a cabo el delito, golpearle en la cabeza y arrastrar su cuerpo durante kilómetro y medio hasta dejarlo abandonado en el interior de una propiedad privada, al otro lado de una tapia de más de dos metros de altura. La incongruencia de la narración no levantó ninguna sospecha, como tampoco lo hizo el modo empleado para lograr que el acusado confesase. Cinco días retenido en un calabozo, incomunicado e interrogado las veinticuatro horas del día, repartidas en varios turnos, solo podían conducir a semejante confesión. Pero el inspector Serranillos no quería recordar aquella experiencia. Por entonces él solo era un joven policía sin experiencia que debía limitarse a obedecer órdenes. Y las órdenes eran arrestar al primer sospechoso para cerrar el caso cuanto antes y acallar la presión social.

Lo que no podía imaginar es que muchos años después se iba a encontrar con un caso aún peor. Y esta vez era él quien estaba al mando. En cierta forma, se veía reflejado en el agente Miranda y pensó que tal vez se había precipitado al juzgarle como un simple policía que acataría órdenes durante todo el tiempo que durase su carrera profesional. Quizá la diferencia entre quienes ascendían y los que no consistía en saber obedecer en momentos en los que había que oponerse. El inspector dudaba sobre cuál de los dos ejemplos debía darle.



—¿Y el otro cadáver se encuentra en la habitación de su hija? —preguntó antes de decidirse.

—Así es —respondió Horacio—. Permítame que se lo enseñe. Creo que todo esto está empezando a alargarse más de lo necesario. Venga usted también, Timoteo, y así podremos agilizar el proceso.



Por la forma en la que aquel hombre estaba hablando, el inspector creyó por un momento que le iba a mostrar su casa para ponerla en venta. No era, ni mucho menos, la actitud propia de alguien que horas antes había tenido que asesinar a dos hombres, supuestamente para defender a su hija. Horacio del Río y Villescas no mostraba ningún tipo de consternación por ello, por lo que el inspector tenía cada vez más claro que ambas muertes se habrían producido por razones bien distintas, sobre todo cuando entraron en la mansión. El recorrido desde la entrada hasta la habitación de Clarisa, situada en la segunda planta, mostraba un curioso reguero de sangre que hasta consiguió llamar la atención del agente Miranda.



—Señor, ¿cómo es posible que en su huida haya recibido un disparo y se haya arrastrado en dirección contraria hasta llegar precisamente a la habitación de la que pretendía escapar? Se ha molestado incluso en subir las escaleras herido de muerte.



El inspector era de la misma opinión y, mientras observaba las manchas rojizas extendidas sobre la moqueta, se atrevió a realizar una conjetura.



—Puede que fuese el negro —dijo en tono serio—. Recibió el tiro, se arrastró por todo el pasillo tratando de escapar, bajó las escaleras, salió al exterior, continuó su particular huida saltando la verja y se quedó sin fuerzas donde lo hemos visto. Los negros tienen mucha resistencia. Quizá si el disparo no le hubiese destrozado el pecho habría conseguido llegar hasta la entrada de la finca, a varios kilómetros de aquí. Una teoría estúpida, ¿verdad? Pues me juego un brazo a que ese cretino ha puesto algo parecido en el informe.



El agente Miranda lo miró algo sorprendido. La ironía que a veces empleaba el inspector conseguía descolocarlo fácilmente.



—Por aquí, caballeros. Síganme, por favor.



Horacio había vuelto sobre sus pasos al ver que los dos policías se habían quedado atrás. No le gustaba que se entretuvieran en menudencias como el rastro dejado por el cuerpo de Orlando cuando Anselmo lo arrastró hasta la habitación de su hija. En cuanto se hubiesen marchado le pediría a la asistenta que eliminara ese incordio de la moqueta.

Segundos más tarde los cuatro hombres se situaron en torno al cuerpo de Orlando, tendido de espaldas sobre el suelo, cerca de la cama. El inspector observó que tenía dos orificios, uno en la espalda y un segundo en la base del cráneo. Resultaba obvio que había sido necesario dispararle dos veces para rematarlo.



—Le disparó en el exterior, ¿verdad? —presupuso al fijarse en las botas manchadas de barro.

—No, fue justo en ese lugar —dijo Horacio al ver que el juez de guardia no decía nada.

—Y como falló el primer disparo —prosiguió el inspector, ignorando su comentario— tuvo que apuntar mejor la segunda vez. Luego arrastró el cadáver. Usted solo o con la ayuda de alguien más. Decidió ponerlo aquí para utilizar a su hija como coartada. De ese modo podía decir que lo había hecho en defensa propia.

—La hija de ezte zeñor ze encontraba en la habitación eztudiando, como de coztumbre —intervino Timoteo como si estuviera compitiendo con el inspector en lanzar hipótesis—. El negro… Quiero decir… Emmanuel lo zabía, puez trabajaba para la familia dezde hacía varioz mezez. Avizó a zu amigo, ez decir, ezte otro hombre, y aprovechando la coyuntura trataron de llevar a cabo zu terrible idea. Afortunadamente, Horacio ze encontraba en eze momento en caza y, al ezcuchar loz gritoz de zu hija, cogió la primera arma que encontró y tuvo que enfrentarze a loz delincuentez, con el final que todoz conocemoz.



Por su parte, el inspector esperó a que terminara su narración para continuar explicando su particular hipótesis.



—Admito que desconozco los motivos que pudieron llevarle a matar a estos dos tipos; sin embargo, no creo que ninguno de ellos intentara violentar a su hija. He escuchado decir al señor juez que el negro… que Emmanuel trabajaba para la familia. ¿Es eso cierto? —Horacio asintió, aunque no muy convencido—. ¿Y puede decirme algo sobre este desdichado?

—Era el enfermero de mi madre. Necesita cuidados.



El inspector lo miró un instante y después torció el gesto.



—¿Qué tipo de cuidados?

—Es minusválida de cintura para abajo y la cabeza no le funciona ya como antes —dijo Horacio, cruzado de brazos y mirando de vez en cuando el reloj.

—Entiendo —asintió el inspector, intentando encontrar un motivo por el que un enfermero contratado por una familia opulenta se viese en la necesidad de atacar sexualmente a la hija de quien le pagaba un sueldo muy por encima de la media—. ¿Cree que está en condiciones de poder responder a unas cuantas preguntas?

—Desde luego que no, inspector —dijo Horacio de un modo tajante—. Podría causarle una angustia innecesaria y eso agravaría su delicada salud. Compréndalo.

—Lo suponía. Y sospecho que su hija también tendría algún tipo de agravamiento en caso de que pudiera hacerle algunas preguntas, ¿verdad? —Horacio se limitó a asentir con la cabeza—. Señor, con el debido respeto, no me ha traído hasta aquí para que investigue este caso, ¿verdad?

—Naturalmente que no, inspector. Lo he hecho para que firme el informe que este caballero está redactando y al mismo tiempo me asegure que la investigación concluye aquí y ahora y que nunca más volverá a hablarse del asunto.



Al escuchar aquellas palabras el inspector no hizo ningún gesto. Paseó su mirada por la habitación, observó brevemente el cadáver y, por último, acabó meciéndose sobre sus talones mientras coincidía con los ojos del agente Miranda, cuya presencia allí parecía ser testimonial.



—¿Sabe que si hacemos tal cosa estaremos infringiendo gravemente la ley? —dijo, fijando su atención en el juez de guardia.

—Oh, por mí no ze preocupe, inzpector. No ez la primera vez que lo hago —comentó Timoteo tras desplegar una espléndida sonrisa de oreja a oreja.

—Es colaborador habitual de la familia —añadió Horacio con total naturalidad.

—¿Colaborador habitual?

—Bueno, no es la primera vez que suceden este tipo de cosas, inspector. Por desgracia, hay muchas personas que envidian nuestra posición y tratan de hacernos daño. Solo intentamos defendernos.



La explicación no acabó de convencer al inspector Serranillos, que se preguntaba cuál sería el número de veces que el juez de guardia habría intervenido para cerrar asuntos turbios en la finca de la familia. Tendría que investigar al respecto en otro momento. Por lo pronto, y dado que la alternativa de negarse a firmar equivalía a poner punto y final a su carrera policial —pues estaba claro que oponerse a la idea de manipular un informe para proteger los intereses de una familia poderosa equivalía a enfrentarse a ella—, solo le quedaba hacer su pequeña aportación en el intento de ajustar un poco más las pruebas con los hechos que debían de haberse producido. En cuanto al agente Miranda, las opciones eran parecidas a las suyas, con la diferencia de que, en caso de que decidiera conducir por el arcén y optara por salirse del guion, se encontraría al final del camino sin carrera, sin profesión, sin prestigio y, probablemente, sin ganas de contarle a nadie lo que había sucedido aquel día en la finca de los Del Río y Villescas. No, el agente Miranda no sería tan estúpido. Podía ser algo idiota, pero era capaz de distinguir entre lo que le convenía y lo que le convertiría, como mínimo y casi con total seguridad, en un simple policía de tráfico el resto de su vida.



—¿Qué piensa de todo esto, agente? —le preguntó para ponerlo a prueba.

—No me pagan para pensar, señor —dijo convencido.

—Interesante —comentó el inspector, quien trató de dejar a un lado el hecho de que en el fondo a él tampoco le pagaban para hacer tal cosa.



Luego, movido por la certeza de que el agente Miranda había optado por la decisión más lógica, dadas las circunstancias, le ordenó bajar hasta donde se encontraba el cuerpo de Emmanuel con la intención de que moviera el cadáver hasta un ángulo desde el cual pudiera verse desde la ventana de la habitación de Clarisa.



—Un poco más atrás, agente —decía el inspector mientras observaba cómo arrastraba el cuerpo—. Bien, siga, siga. Pasado el seto. Así es. No le queda nada. Ya casi lo tiene, agente. Ahí, perfecto. No se mueva. Acérquese, señor juez. Y usted también, Horacio. ¿Se ve bien?



Ambos asintieron en silencio. Aquel detalle supondría una leve corrección en el informe, así que Timoteo tachó donde ponía «la bala dio un giro de noventa grados en el aire» y lo cambió por un «disparo seco de media distancia que evitó la huida del agresor» mucho más apropiado. Después Horacio le dio las gracias, se estrecharon las manos y el inspector firmó en el informe que el juez de guardia había extendido sobre el escritorio de Clarisa, a un metro del cadáver de Orlando.



—Puede eztar tranquilo, zeñor. El cazo eztá zobrezeído —dijo Timoteo, satisfecho—. Avizaré para que ze pazen a recogerloz.



Pero el inspector, que había cogido gusto a eso de alterar las pruebas de un delito, no dejaba de mirar el cuerpo sin vida tendido a sus pies. Y entonces le pidió al juez de guardia que le ayudara a arrastrar a Orlando hasta situarlo sobre la cama de Clarisa.



—Así parecerá que no hubo tiempo de reacción entre el atacante y el momento en que usted apretó el gatillo —dijo, haciendo gala de una notable sobreactuación.



Con la cabeza de Orlando tocando el suelo al otro lado de la cama, Horacio se preguntó si no estaría llevando demasiado lejos el tema de manipular la escena del crimen.



—¿Cree que es necesario adornarse tanto? —preguntó como si estuviera haciendo un esfuerzo al pronunciar las palabras.

—De ninguna manera —repuso el inspector Serranillos, empleando su habitual ironía—. De hecho, debería descerrajar sobre él un par de balazos más para reforzar la creencia de la rabia que debió de haber sentido al ver lo que pretendían hacer con su hija. Yo en su lugar habría descargado sobre este hijo de puta toda la munición que llevara encima.



Aunque Horacio y Timoteo pensaron que se estaba excediendo en el rigor empleado a la hora de colaborar con ellos, en realidad lo que había sucedido era que el inspector acababa de sufrir una catarsis en toda regla. En su interior bullía la incómoda sensación de estar haciendo las cosas mal, muy mal. Allí había dos muertos e independientemente de que uno fuese latinoamericano —y no es que tuviese algo en contra de los latinoamericanos, pero no le gustaban nada— y otro fuese de algún lugar de África —y no es que tuviese nada contra la raza negra, pero tampoco sentía simpatía hacia ellos—, eran dos hombres cuyas vidas habían llegado a su fin sin que las causas estuvieran bien aclaradas. El inspector Serranillos tenía lo que viene siendo un cargo de conciencia, acentuado además por el hecho de que todos los que se encontraban en la habitación de Clarisa no parecían haber dudado ni un segundo en colaborar con aquella farsa, incluidos él y el agente Miranda.

Cuando ambos se despidieron de Horacio y entraron en el coche policial se quedaron unos segundos en silencio, contemplando la entrada de la mansión. En la vida podía haber muchas cosas que alteraran la honestidad de una persona y la conveniencia de hacer lo que más beneficiara tus propios intereses era, probablemente, la peor de todas. El inspector y el agente acababan de darse cuenta de ello. Tal vez no fuese demasiado tarde para volver a la senda correcta.




18


A Gif, en cambio, le era indiferente la senda que pudiera estar llevando. Había dejado atrás un río y se había cruzado con un pastor que tuvo la amabilidad de saludarle desde la distancia, bastón en mano, y a quien Gif no correspondió por creer que estaba llamando a alguna de sus ovejas. Luego se encontró con una mujer que iba montada en bici y a la que preguntó por un restaurante cercano. Aunque no tenía hambre, era costumbre de las personas comer a esa hora y, a pesar de todo, él seguía sintiéndose una persona. Así que continuó andando casi sin levantar la mirada del suelo, sumido siempre en sus repetitivas reflexiones. El restaurante apareció ante Gif casi sin que este se hubiese dado cuenta. A primera vista, el lugar carecía de entusiasmo, como el Camarero que le atendió, quien parecía tan poco ilusionado con su trabajo como él por la vida. Minutos después la comida que le habían servido carecía también de entusiasmo y, en general, a ojos de Gif todo tenía el mismo entusiasmo que un día lluvioso.

Tras comer con desgana volvió a emprender una caminata aburrida, donde los caminos se alargaban interminablemente por paisajes que no tenían ningún interés visual. Eso de que caminar suavizaba el desánimo era, según su particular experiencia, una completa tontería. De hecho, cada vez que hacía un alto para descansar y pegar un trago de agua su mente recorría una distancia mucho mayor de la que habían recorrido sus piernas, lo cual acababa cansándole aún más. Si bien, al contrario de lo que sucedía con el terreno que dejaba atrás, su cabeza siempre regresaba al mismo sitio, un sitio cuyo escenario era gris, mortecino y carente de cualquier atisbo de esperanza.

Gif se sentía cada vez más triste, cada vez más desanimado e incomprensiblemente atascado en un pensamiento rígido que no lograba ablandar. Sabía que no debía pasar tanto tiempo sumido en esos oscuros pensamientos, pero también sabía que eso era muy fácil decirlo. Mientras sacudía una de sus botas para librarse de alguna piedrecita molesta, allí, sentado sobre unos troncos recién talados y amontonados al borde del camino, volvió a preguntarse una vez más qué podía hacer con su vida. Se suponía que el futuro era eso hacia lo que la gente se dirigía desde la solidez de un presente que no extendía sus tentáculos de forma amenazante. Para Gif dicho presente podía ser representado por un trapecista suspendido a quince metros de altura y que atravesaba un cable metálico sin que ninguna red le protegiera de una posible caída. Un movimiento en falso, cualquier gesto no calculado y se precipitaría al vacío sin remisión.

El rostro de Gif hizo una mueca de desagrado al imaginarse al trapecista aplastado en el suelo rodeado de un charco de sangre. Después trató de borrar esa imagen de su mente, echándole un vistazo al mapa que llevaba en la mochila. Intentó localizar el punto exacto donde debería de encontrarse. Levantó la vista y se fijó en una colina que había a su derecha, la cual usó como referencia. Después observó el resto del entorno para hacerse una idea de la distancia que había recorrido desde el restaurante. Fue entonces cuando recordó el menú que había pedido y se preguntó en qué narices estaba pensando para probar aquella sopa insulsa de primero, aquel filete más pasado que la suela de sus botas, acompañado de unas patatas asadas tan crudas como las rebanadas de pan que, afortunadamente, no había querido probar ante el temor de que se le quedaran incrustadas en la garganta y, para rematar una más que probable indigestión, la especialidad de la casa como postre, una tarta de la abuela que lo convenció de que dicha abuela debía de llevar mucho tiempo muerta, tal vez enterrada junto a su propia receta.

En cualquier caso, Gif tenía la certeza de estar siguiendo la ruta indicada. A su izquierda, un terraplén imposibilitaba cualquier tentativa de avance. El camino solo podía continuar en línea recta, siguiendo el curso que había llevado hasta el momento. El problema era que unos cuantos kilómetros más allá aquel camino parecía dividirse en dos para bordear una finca privada, cuyas dimensiones se antojaban demasiado amplias para recorrerlas antes de que acabara el día, lo que le obligaría a tener que pasar la noche a la intemperie. No sería un problema. Llevaba el equipamiento necesario y sabía levantar una tienda de campaña con relativa facilidad. Sin embargo, se sentía sucio. Había sudado lo suficiente como para que llegara a molestarle su propio olor, así que prefería encontrar un lugar para poder ducharse y cambiarse de ropa, aunque fuese una pensión de mala muerte. Si quería llegar al pueblo más cercano antes del anochecer, debía aligerar el paso. De modo que metió el mapa en la mochila, se la echó a la espalda y se calzó las botas. De todas formas, Gif pensó en que, si llegaba apurado de tiempo, al llegar a la intersección del camino siempre podía optar por atravesar la finca privada, a no ser que viera algún cartel que anunciara la presencia de un coto de caza en el terreno o que el terreno no fuese propicio para hacerlo andando.

Ya improvisaría algo llegado a ese punto.




19


Sigfrido del Río y Villescas no estaba para improvisar grandes cosas. Más bien estaba planeando concienzudamente el modo de recuperar la sesión de fotos realizada por su mujer aunque para ello tuviera que recurrir a tomar medidas extremas. Y era precisamente lo que pensaba hacer cuando entró en el bar El Topo, muy próximo a la finca de su familia. Llevaba un humor de perros y preguntó de mala manera por el Camarero al chaval que se encontraba tras la barra.



—¿El Camarero, señor? —dijo este mientras hacía un gesto en dirección a los dos hombres que había sentados en una mesa cercana.



Sigfrido comprendió de inmediato y bajó el tono de su voz.



—Sí, el Camarero. Quiero que tome nota de lo que quiero.

—Entendido, señor —asintió el muchacho antes de interrumpir su tarea de secar un par de vasos—. Espere un momento. Iré a avisar en cocina.



Mientras desaparecía de su vista por la puerta, Sigfrido tuvo que esperar con impaciencia, asegurándose de que aquellos dos hombres no lo reconocieran. Les dio la espalda y suspiró. Eso de esperar no le gustaba nada, y menos aún después de su última experiencia.

Pasados unos interminables segundos, el chaval regresó acompañado de un hombre mucho más fuerte y alto que él. A continuación le hizo un gesto con la mano y le señaló en dirección al comedor, el cual estaba vacío en aquel momento. Una vez a salvo de miradas extrañas, Sigfrido tomó asiento en una de las mesas y cruzó sus manos, pensativo.



—¿Qué va a ser? ¿Pollo o pescado? —preguntó el Camarero, de pie frente a él.

—¿Cómo? —dijo Sigfrido, desacostumbrado a aquellos dobles sentidos. Hacía tiempo que no iba por allí.



El Camarero buscó otra forma de decirlo.



—¿Pollito o pescadito?



Pero Sigfrido no estaba precisamente por la labor se seguir jugando al juego de palabras y de los mensajes cifrados. Ese día no, desde luego.



—No, no, no. Nada de eso —dijo, negando con la cabeza—. Hoy quiero un menú distinto.



El Camarero hizo oscilar el bolígrafo que llevaba en la mano y miró su libreta. No había mucho más que ofrecer.



—Pues usted dirá —comentó, torciendo el gesto—. Supongo que prefiere el plato especial.

—Sí, eso mismo —asintió Sigfrido—. El completo, además.



El Camarero volvió a mirarlo en silencio unos segundos.



—¿El completo dice, señor?

—Sí, eso he dicho. ¿Hay algún problema?



Sigfrido empezó a pensar que aquel tipo era un tanto idiota.



—En absoluto, señor. Es solo que el menú completo le costará una pasta.

—No se preocupe por el dinero —dijo Sigfrido haciendo un aspaviento con la mano.

—Bien, en ese caso dígame qué le apetece —repuso el Camarero, agitando nerviosamente el bolígrafo. Por desgracia, eran pocos los clientes que se atrevían con el menú completo y a él siempre le había parecido una lástima.

—Salami —dijo Sigfrido tras meditarlo un instante.

—¿Salami? —preguntó el Camarero, en cuyo diccionario gastronómico personal no aparecía aquella palabra.

—Quiero decir fuagrás, carne picada o alguna de sus múltiples variantes. ¿Me explico?

—Perfectamente, señor. ¿Y cuándo quiere que empecemos a cocinar?



Sigfrido miró al Camarero. Era un detalle en el que no había pensado. Saber la hora resultaba determinante.



—Deme un minuto —dijo mientras sacaba su móvil del bolsillo—. Hola, ¿es el centro social para mayores? —El Camarero anotó algo en la libreta después de que Sigfrido se lo indicara—. Simplemente quisiera saber si mañana podría visitar a Lucy. —Y una nueva anotación llevó a la siguiente—. ¿De veras? Perfecto. ¿Entre las seis y las doce? Pongamos en torno a las once. Sí, ya sé que mi abuelita se alegrará de verme. —Al escuchar la palabra «abuelita», el Camarero arqueó las cejas y torció el gesto. No le entusiasmaba demasiado tener que hacer un menú completo con una anciana—. ¿Que cuál es mi nombre? Jeremías. Je-re-mí-as. Todo junto. Gracias a usted.



Cuando terminó la llamada, Sigfrido suspiró aliviado. Lo bueno de aquel lugar era la discreción, una discreción que te permitía no tener que aportar datos verdaderos para proteger la intimidad de los clientes. Un método similar al que se empleaba a veces en los negocios de la política. Luego se aseguró de que el Camarero lo hubiese anotado todo correctamente y se levantó de la silla, satisfecho.



—Ah, se me olvidaba —dijo Sigfrido, volviendo sobre sus pasos y sacando de uno de sus bolsillos un fajo de billetes—. Tres mil euros por adelantado. Recibirá el resto cuando sepa que ha cumplido con el encargo.



Antes de que el Camarero cogiera el dinero, no pudo evitar hacer una última pregunta.



—¿Está usted seguro de que quiere que hagamos un menú completo con su abuela?



Sigfrido fue a girarse, pero se detuvo en seco.



—¿Mi abuela? Créame, Lucy es cualquier cosa menos una abuela. Nunca se fíe de las apariencias.




20


El inspector Serranillos pensaba exactamente lo mismo tras haber salido de la finca de los Del Río y Villescas. Sentado frente al agente Miranda en la mesa de la primera cafetería que habían encontrado, analizaba lo sucedido desde el punto de vista de un hombre que sentía haberse traicionado a sí mismo. Ya no podías confiar en nadie, ni siquiera en un juez. En el momento menos insospechado te encontrabas colaborando con uno de ellos, tratando de encubrir un delito y además modificando de un modo crucial las pruebas.

Así continuó durante varios minutos, en silencio y contemplando el paisaje a través de la ventana, preguntándose si todos los casos similares a ese, y en particular los que tenían que ver con personajes de cierta influencia social, se cerraban de la misma manera. Era obvio que para el inspector las cosas habían cambiado desde aquel día. Y en el fondo no se sentía nada cómodo con dicho cambio. Su conciencia le estaba ganando claramente la partida a su diplomática y condicionada capacidad para quitarse un marronazo de encima.



—Ese tío me suena de algo —dijo de pronto el agente Miranda, interrumpiendo sus reflexiones.

—¿Podría ser algo más discreto? —contestó el inspector sin girar la cabeza hacia donde miraba el agente, quien cogió la taza de café para beber un sorbo y disimular.

—Disculpe, señor, pero es que se ha dado la vuelta en cuanto ha visto que lo miraba y he tenido la impresión de haberle visto antes en alguna parte.

—Suele suceder cuando alguien nota que lo observan descaradamente —comentó el inspector, mirando de soslayo al hombre que había de pie junto a la barra.

—Ese tío tiene pinta de ser un famoso —continuó el agente Miranda.

—Agente.

—¿Sí, señor?

—Debo recordarle que no lleva puesto el uniforme.

—Lo sé, señor.

—En ese caso, deje de exponernos con esa clase de miradas.



El agente Miranda no dijo nada. Tan solo se encogió de hombros y volvió a coger la taza mientras hacía un esfuerzo mental tratando de recordar dónde había visto antes a aquel señor, que en ese momento era acompañado por el Camarero hasta el comedor. Por su parte, el inspector continuaba haciendo conjeturas acerca de las consecuencias que tendrían para su conciencia los asesinatos en la finca de los Del Río y Villescas.

Cuando ambos se levantaron para pagar el café se fijó en los dos cuadros que había colgados en la pared, detrás de la barra. Ambos tenían que ver con el mundo de la tauromaquia. El inspector no entendía demasiado de toros, pero preguntó al Camarero si acaso alguno de ellos estaba relacionado con la familia, puesto que su ganadería debía de ser muy conocida en la zona.



—Naturalmente que sí, señor —dijo con orgullo el muchacho que le atendía—. De hecho, los toros que ve formaron parte de su ganadería. Los míticos Pesadumbres, ya sabe.



Pero el inspector no sabía, aunque hizo un gesto de asentimiento. Prefería aparentar que sus limitados conocimientos sobre todo en general eran mucho más amplios de lo que en realidad su inteligencia le permitía. Además, para el inspector Serranillos el tema de la tauromaquia pertenecía a un aspecto puramente artificioso de la cultura nacional. Él siempre lo había relacionado con una manera como otra cualquiera de hacer negocio. Vincularlo al arte era contradictorio, pero al mismo tiempo necesario para asegurarse que dicha industria lograra recibir subvenciones del Estado. Era algo retorcido, aunque indiscutiblemente eficaz.

Minutos más tarde, ya en el coche camino de la comisaría, el inspector utilizó el ejemplo de esa tradición para imaginarse a sí mismo situado frente a un toro, representado por la familia Del Río y Villescas. De alguna manera, con su firma había aceptado un chantaje y desde ese momento estaría obligado a arrodillarse cada vez que surgiera un problema dentro de la finca, algo que sucedería más tarde o más temprano. La idea de enmendar ese error no dejaba de dar vueltas en su cabeza y cuanto más tiempo pasara sería peor. Si tenía que hacer algo, debía hacerlo ya. Tal vez lo mejor era abrir una investigación extraoficial y escoger a alguno de sus hombres para encargarle un trabajito de espionaje. Establecería un dispositivo policial con el que tratar de conocer mejor a la familia y, a ser posible, obtener pruebas de sus más que probables oscuros asuntos al margen de la ley. Si el juez de guardia había colaborado con ellos en otras ocasiones, estaba claro que antes o después daría con el hueso que le llevaría hasta el perro. Ponerle el collar y atarlo sería otra historia.




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