Cartas de Gabriel
Rosa María Soriano Reus


La protagonista, una joven de 20 años, decide pasar otro verano con su abuela materna en la Masía, un paraje apartado en Inca (Mallorca) en los años 80, en plena transición democrática. A través de unas cartas de su abuelo Gabriel que encuentra fortuitamente en el desván, descubrirá poco a poco su arrolladora personalidad.Comienza un viaje de investigación minuciosa por los lugares que recorrió su abuelo en la Batalla del Ebro, durante la Guerra Civil Española.Terra alta y su geografía particular tiene un protagonismo fundamental en toda la novela. El río Ebro y sus aguas fangosas son testigo crucial de uno de los acontecimientos más sangrientos de la historia de España. La protagonista descubre el otro rostro del ejército acabada la guerra en un fascinante discurrir de dispares personajes en su trayecto.Teresa se adentra en una aventura trepidante por los entresijos de la guerra, la pasión, el amor, el dolor y el perdón. Descubre que la historia apasionada de amor de sus abuelos tiene cierta semejanza con la que está viviendo con Ramón y en el fondo teme que le ocurra lo mismo.La novela desgrana la historia familiar de María Ripoll, una mujer adelantada a su tiempo, fuerte y luchadora. Una mujer enérgica y valiente que no duda arriesgarse por amor.Un libro fantástico.







Rosa María Soriano Reus



Cartas de Gabriel









Primera edición: junio de 2020



© Grupo Editorial Insólitas

© Rosa María Soriano Reus



ISBN: 978-84-17300-66-1

ISBN Digital: 978-84-17300-67-8



Ediciones Lacre

Ramiro II, 6

28003 Madrid

info@edicioneslacre.com

www.edicioneslacre.com (http://www.edicioneslacre.com)


La Masía (#ulink_01ead29c-894f-5e3b-8035-0b256d5c6f12)

La visita (#ulink_78a0dfc2-6861-509e-8baa-0aa657ab8abc)

La verbena (#ulink_a4a4567e-ead8-5f27-b14a-378b53d86f17)

La llamada (#ulink_083f6df6-d3ac-55cf-91f0-975fe17fb148)

El sueño (#ulink_521d1994-e134-5a74-9d36-d5fe48782555)

La espera (#ulink_f7386ecc-2c2c-5bdc-8f1a-29429fa91383)

Éxtasis (#ulink_3309771c-b039-5c3a-90c8-91c13e53c569)

La merienda (#ulink_e3cfda95-7af6-566c-a5f5-fa3c840298bd)

La despedida (#ulink_83c33e4d-0d74-560c-8ffc-7d417867db61)

      El viaje 

      El reencuentro 

      La aventura 

      Final del viaje 

      Regreso a Tortosa 

      La noticia 

      Viaje a Inca 

      Final del Trayecto 

      El duelo 

      Emprender el futuro 


La Masía

El tórrido mes de agosto se mitigaba en La Masía, un caserón antiguo construido a principios del siglo XIX a las afueras de Inca. Rodeada de árboles frondosos y espesa vegetación, se divisaba la gran casa, majestuosa y blanca, presidiendo aquel lugar impenetrable. Era un paraje idílico que deleitaba los sentidos y atrapaba al visitante para sucumbir en la curiosidad de lo enigmático. El acceso a la entrada presentaba cierta dificultad, como si de una fortaleza se tratase, debiendo superar algunos obstáculos que aparecían en el camino, una valla medio derribada, matorrales salvajes y un montículo de tierra que había que sortear con pericia y habilidad.

Se podía decir que La Masía, llamada así por su dueña Dª María Ripoll March, mallorquina de pura cepa, había sido una casa de labranza donde se criaban animales (puercos, gallinas, conejos, etc.) y se hacía la matanza. El corral, ahora cerrado, aún tenía impregnado el olor y el calor de los mismos. La Masía era como un museo donde se podía encontrar de todo (muebles antiguos, objetos inservibles, cuadros de gran valor, alfombras de la India, cerámica de Teruel, pintura rupestre, etc.). Sus cimientos, sólidos y fuertes, y su construcción austera, le imprimían un sello especial en una época dura, ya que había salido indemne y victoriosa de los bombardeos sufridos durante la guerra civil.

Dª María gozaba de gran respeto. Su carácter fuerte y enérgico le otorgaba una distinción particular que no poseía el resto. Era valiente, decidida y no tenía miedo a nada. Estaba acostumbrada a vivir sola en un piso céntrico de Palma y cuando acechaba el calor del verano, se refugiaba en el monte con el sosiego de la naturaleza. Su vitalidad y energía arrolladora eran inusuales en una octogenaria que había llevado una vida marcada por acontecimientos traumáticos como la pérdida de su primer marido y de su hermano a consecuencia de la guerra. El tiempo era su aliado más fiel, permaneciendo impertérrito en su rostro. Su mirada penetrante y viva resurgía cada día con nuevo brío. El interés por su imagen y por el cuidado externo de su cuerpo era una constante y una prioridad. Sabía disfrutar la vida al máximo, exprimiendo cada instante y saboreando bien su jugo hasta la última gota. El mundo estaba a nuestro servicio y había que aprovecharse. Le gustaba ser la primera en todas partes y por las buenas o por las malas lo conseguía. No había que mirar hacia atrás, siempre la mirada al frente, la cabeza bien alta y los pasos firmes.

Su lema era: si otro lo podía conseguir, tú también. Siempre dispuesta para el ocio y el placer. Le gustaba viajar y comer bien, su apetito no tenía límites, era capaz de comerse dos kilos de naranjas casi sin pestañear o repetir el postre dos o tres veces si sentía esa necesidad. La comida era un placer más y, como tal, requería regodearse en el manjar y saborearlo bien. La vista jugaba un papel importante en este oficio, mucho más que el apetito; el estómago saciado no era un obstáculo para seguir engullendo si el deseo lo exigía. El sacrificio y la contención tendrían lugar cuando el cuerpo ensanchase demasiado y distorsionase su figura.

María Ripoll tenía un sentido práctico de la vida. No se preocupaba por los problemas ajenos, decía que cada uno ya tenía bastante con los suyos como para tener que solucionar los de los demás.

Tanto tiempo viviendo sola, no podía soportar la idea de compartir su vivienda con nadie, ni siquiera por unos días, excepto con Teresa, su única nieta a la que quería con locura. Teresa admiraba a su abuela y en parte deseaba ser como ella. Comerse el mundo y disfrutar la vida intensamente.

Teresa era una joven extrovertida y espontánea que conseguía de su abuela lo que nadie había logrado. Todos los veranos pasaba los meses de julio y agosto en la Masía. La compenetración entre abuela y nieta era casi perfecta. Resultaba curioso que caracteres tan distintos pudiesen congeniar hasta el punto de fundirse en una sola persona.

El verano en La Masía era monótono y tranquilo. Para cualquier joven de su edad pasar el verano en aquel lugar tan alejado de la civilización hubiese sido un suplicio. Sin embargo, para ella, era relajante, porque salía de la rutina de Palma, se adentraba en el monte infranqueable y en la apasionante vida de su abuela.

Le encantaba escuchar historias intrépidas donde siempre la protagonista resultaba victoriosa, prototipo de mujer independiente y luchadora, que no se rendía ante la adversidad, fuerte y segura de sí misma, con una vitalidad inusual que derrochaba sin límites. Como la protagonista de la película de aventuras que tanto le gustaba, su abuela encarnaba el mito de la mujer audaz y moderna que no se regía por normas preconcebidas ni convencionalismos. Preconizaba la libertad y la felicidad en este mundo. Vivía intensamente y dejaba vivir. El placer era un lujo al alcance de quien lo supiese aprovechar y ella estaba siempre dispuesta a disfrutarlo.

Teresa era valiente, sin ser arriesgada, y pensaba mucho las consecuencias de sus actos. Aquel verano presentía que iba a ser especial. Su corazón palpitaba con fuerza al imaginar las noches frescas y apacibles que pasaría en La Masía. En Palma, el calor era muy agobiante en el mes de agosto. Acababa de cumplir veinte años, una cifra redonda y mágica. Se sentía como una niña a la que se le concede un deseo, pasar otro verano con su abuela, la persona que más quería en este mundo, su mejor regalo de aniversario. No se planteaba nada extraordinario, solo quería estar con su abuela y conocerla mejor.

—¿Qué haces, Teresa? ¿Dónde te escondes? ¿Ya estás en el desván? Mira que te gusta curiosear, no sé qué buscas, todo es viejo.

—No te preocupes, ya voy —el chirrido de la mecedora retumbaba como un disco rayado en la cabeza de Teresa.

—Abuela, ¿no te apetece pasear?

—Estoy esperando a mi amiga Catalina para ir a jugar al parchís a su casa. ¿Qué vas a hacer tú?

—Yo quiero hacer unas fotografías. Iré a dar una vuelta y veré si me gusta algo.

—Entonces nos vemos a la hora de cenar, ya sabes, a las nueve —musitó en un tono contundente.

Teresa conocía bien a su abuela e intentaba cumplir sus normas. Al escuchar el portazo de la puerta, se colocó la máquina de fotos al cuello y cogió un bolso grande por si en el camino encontraba algo interesante que le pudiera servir. La tarde invitaba a la melancolía. El cielo plomizo presagiaba la típica tormenta de verano donde la lluvia escampa pronto. El aire azotaba con fuerza los árboles y barría la arenilla de un lugar a otro, sin rumbo fijo. Nada permanecía en su sitio, todo cambiaba y la naturaleza de pronto se transformaba y se volvía loca.

¿Qué leyes regían tanto movimiento? ¿Quería mostrar su poder?

Teresa, detrás de la ventana, miraba con ojos expectantes semejante espectáculo. Al final decidió salir, aunque la tarde pedía permanecer en casa. El monte desierto la sedujo. Sentía la necesidad de estar en contacto con la naturaleza, sola y desarmada, tan solo con su vieja cámara para plasmar todo lo que le llamara la atención, o quizá lo imperceptible, e impregnarlo para siempre en la retina. El viento la arrastraba por el sendero viejo y ella, como hipnotizada, seguía el camino casi a ciegas sin oponerse. Sin embargo, rugía cada vez con más intensidad y el cielo rojizo resplandecía su figura, que se movía sin rumbo fijo entre las fuerzas de la naturaleza. Al llegar a una bifurcación, se dirigió a la derecha donde se estrechaba el camino y se hacía más abrupto. Por un momento pensó que se iba a caer al tropezar con un arbusto, para recobrar inmediatamente el equilibrio. Apenas podía divisar el paisaje. Los párpados se le cerraban para protegerse de la ventisca y el cabello se le enredaba en la cara como un manto negro sobre su tez pálida. En el horizonte un cartel señalaba el término de una propiedad y unos pasos hacia delante se veía la entrada de una especie de cueva medio derruida. Teresa sintió curiosidad por aquel lugar y no dudó en refugiarse, extenuada por el esfuerzo de la subida. El acceso a la misma resultaba difícil, sin embargo, la furia del viento la empujó con fuerza haciendo que se adentrase súbitamente en el interior. Asustada y exhausta permaneció un buen rato inmóvil hasta que recobró las fuerzas suficientes para pensar y tranquilizarse. Estaba todo oscuro y apenas podía moverse en un espacio tan reducido. Cerró los ojos mientras que la tormenta arreciaba. Sintió que su cuerpo se estremecía de frío por la humedad. A los pocos segundos un sol radiante se empezaba a vislumbrar por el resquicio de la entrada. «Las tormentas de verano son pasajeras y remiten pronto», murmuraba en su interior.

Cuando llegó a casa se encontraba mareada y sin fuerzas para realizar ninguna tarea, solo le apetecía subir al desván para curiosear en el baúl y entre los recuerdos de su abuela; quizás pudiera conocerla mejor a través de sus objetos más personales. Se sentó en una silla vieja y desvencijada. Todos los muebles se encontraban en muy mal estado debido al paso de los años. En aquel desván todo permanecía igual, como si el tiempo se hubiese parado en un momento determinado: los recuerdos dormitaban, pendientes de ser rescatados, los enseres envejecían sin que nadie retirase el polvo ni que un rayo de luz iluminase de vez en cuando la estancia. Las cortinas sucias y descoloridas eran un buen refugio para las telarañas. La mecedora, de madera de roble, era pasto de la carcoma. Sin embargo, aquella habitación era el lugar preferido de Teresa. El silencio, la oscuridad, lo enigmático, lo oculto y prohibido. Sentía que allí era libre. Su abuela no veía con buenos ojos que pasase tanto tiempo en aquel cuchitril, por eso aprovechaba sus salidas para poder disfrutar de unos momentos de intimidad.

El baúl era de madera maciza, que provenía de África, forrado de terciopelo, regalo de un comerciante que viajó por aquellas tierras en época del padre de su abuela, marinero que murió en alta mar en uno de sus viajes por tierras gallegas en el peligroso cabo de la muerte. En su interior se podía encontrar de todo: lámparas, velas, cuerdas y todo tipo de objetos que parecían inservibles a simple vista. Estaba intrigada por encontrar algo que le fuese útil para conocer mejor la vida de su abuela y, de pronto, un sobre amarillento y medio roto se vislumbró en el fondo del baúl. La curiosidad la invadió y la corroyó hasta el punto de estremecerla, una corazonada le decía que dentro iba a encontrar la respuesta que estaba buscando desde hacía tanto tiempo. En el sobre con letras mayúsculas se podía leer: CARTAS DE GABRIEL. Era evidente que su abuela guardaba celosamente aquellas cartas de su amado esposo y que en ese lugar tan recóndito de la casa nadie las iba a encontrar. En ese instante, cuando se disponía a abrir el sobre para ver lo que contenía, escuchó la voz grave de su abuela y bajó deprisa las escaleras dejando el sobre en su sitio.

—¿Dónde estás?

—En la cocina, preparando la cena —musitó Teresa con voz entrecortada.

—He ganado la partida, como siempre. Tendré que buscar otra compañera de juego para que me resulte más gratificante jugar. Si tú quisieras jugar conmigo... Ya sé que no te gusta el parchís, con lo divertido que es.

—A mí no me lo parece. Lo encuentro aburrido y poco estimulante.

—Los jóvenes no sabéis valorar las cosas de los mayores —dijo con tono molesto.

—Bueno, abuela, no nos vamos a enfadar por una tontería.

—¿Qué tal te ha ido a ti el paseo? —preguntó distraídamente.

—He pasado un poco de apuro por el viento y me he refugiado en una cueva.

—No tenías que ir tan lejos, esta zona tiene muchos lugares que aún no conoces.

—No te preocupes, aunque no soy tan valiente como tú, sé cuidarme. Me gustaría que me hablases del abuelo Gabriel y de las cosas que hay en el baúl — dijo, mientras servía a su abuela la cena.

—En este momento estamos cenando y estoy cansada para remover los recuerdos —dijo con gesto desairado—. Seguro que en mi ausencia has estado inspeccionando todo como si fueses una detective.

—Me intereso por tu vida, pienso que como nieta es lógico que quiera conocer la historia de mi familia. Puede ser que no sea el momento más adecuado, pero he sentido la necesidad de expresarlo ahora.

—Lo siento, tienes todo el derecho a conocer la historia de tus abuelos.

—Está bien, cenemos tranquilas —dijo Teresa, intentando que su abuela se sintiese cómoda.

María Ripoll tenía unas costumbres muy estrictas y rígidas. No convenía contradecirla para que reinase la armonía en la casa, por eso Teresa decidió cambiar de tema y hablar de las cosas que le gustaban a su abuela. Era necesario encontrar el momento adecuado para los recuerdos y tener paciencia.

La vida en La Masía transcurría tranquila y los acontecimientos externos no preocupaban a sus ocupantes, abuela y nieta intentaban llevar una vida relajada.

Al día siguiente, su abuela se despertó muy temprano, algo poco habitual en ella. Estaba muy nerviosa y hablaba con rapidez sin apenas pensar lo que decía. Daba la impresión de que estaba pensando en voz alta y no podía parar de hablar. A los pocos minutos se escuchó el teléfono y su abuela contestó con voz resuelta: «A las nueve en el paseo del Borne». De repente, se escuchó el ruido de la puerta y los pasos firmes de su abuela que se alejaban de La Masía.

Teresa se levantó súbitamente de la cama y se acercó a la ventana para ver a lo lejos su sombra.

¿Qué pasaba? ¿Por qué su abuela había salido de casa tan pronto y sin decir nada? ¿Qué ocultaba?

Todas sus preguntas vagaban por su mente sin rumbo fijo y no sabía qué pensar. La curiosidad la corroía por dentro y el corazón le latía con fuerza.

Decidió acudir al trastero para poder leer con tranquilidad el contenido del sobre que había encontrado el día anterior. Se encontraba nerviosa y un poco asustada, nadie antes había irrumpido en aquella habitación y arrebatado el sosiego de aquellos recuerdos que, aletargados, reposaban durante tantos años. Sabía que su abuela no aprobaba esos encuentros furtivos al desván, pero era algo más fuerte que ella. Necesitaba saber más cosas sobre sus antepasados para comprender en el fondo quién era y por qué era tan rebelde y le gustaba tanto la libertad. La herencia es tan caprichosa que a veces coquetea con parientes lejanos a los que apenas podemos conocer. Era tanta la curiosidad por indagar en la vida de sus abuelos que se cegó en el empeño de descubrir hasta el más insignificante de los detalles. Para ella, era todo un reto y una aventura aquel verano de 1986. Empezó por abrir aquel sobre para averiguar su contenido. El papel descolorido, amarillento y manchado indicaba que las cartas que se encontraban en el interior del sobre se habían escrito hacía mucho tiempo y que al principio la letra era más clara y recta para finalizar más inclinada y con el pulso menos firme. Era evidente que durante la ocupación de Palma de Mallorca en plena guerra civil, su abuelo escribió esas cartas desde el frente y su abuela las guardaba como su más preciado tesoro. Al contemplar por primera vez la letra de su abuelo, la invadió un escalofrío que la estremeció y tuvo la sensación de que alguien la estaba observando, los fantasmas del pasado se habían despertado para ver la luz. Pudo intuir que su abuelo era muy sensible y que había sufrido mucho en la guerra. La impresionó la historia de amor tan apasionada y desgarradora, pensó que era muy difícil encontrar un amor así. ¡Qué romántico! ¡Es una pena que finalizase tan pronto! ¡Eran tan jóvenes cuando estalló la guerra! ¡Tenían tantos sueños y proyectos!

El destino puede llegar a ser tan cruel y arrebatarte de golpe la felicidad cuando te encuentras en el momento de mayor esplendor. Aquellas cartas contenían una gran revelación, la personalidad de un hombre con grandes ideales y que amaba profundamente a su mujer hasta el punto de arriesgar su vida por volver junto a ella. Eran la prueba que había dejado su abuelo de su gran carisma, de su nobleza de espíritu y de su entusiasmo por vivir.

Aquellas cartas le produjeron auténtico dolor y estremecimiento, hablaban de sufrimiento y de desgarro, de horror; en definitiva, describían con todo detalle la guerra desde primera línea de fuego y con gran objetividad. Poco a poco pudo vislumbrar alguna muestra del carácter de su abuelo, cuando al finalizar reconocía que no servía para atender a los heridos y que era muy escrupuloso.

Se encontraba inmersa en esos pensamientos cuando la alertó el sonido de la puerta y la voz de su abuela, e intentó reponerse emocionalmente para no mostrar sus verdaderos sentimientos. Le apetecía estar sola para reflexionar sobre aquellas cartas, sin embargo, el regreso de su abuela interrumpió sus propósitos y debía bajar al salón para ver cómo se encontraba e intentar clarificar dónde había ido y qué ocultaba.

Bajó deprisa las escaleras para salir a su encuentro y descubrió que su rostro manifestaba gran preocupación y desconsuelo. Parecía una autómata y se movía muy deprisa por la casa sin argüir ninguna palabra. No era habitual esta actitud, su abuela siempre le contaba las cosas y no había secretos entre ellas.

Le preguntó si le ocurría algo, sin embargo, su abuela se encontraba como ausente y apenas articuló una palabra. Decidió comportarse de forma natural y no darle demasiada importancia. De ella había aprendido que no había que magnificar los problemas y que no hay nada tan relevante como para que te quite el sueño y te haga sucumbir en la tristeza. Aquella máxima era una filosofía para ella e intentaba practicarla siempre que podía.

El verano despertaba y el sol irrumpía por la ventana al alba, se adueñaba de la habitación e invitaba a embriagarse de todo su esplendor. Le encantaba poder disfrutar de aquella brisa fresca, del olor a campo, del paisaje verde y del silencio de La Masía. Era todo un espectáculo para los sentidos y una inyección de vitalidad que la hacía sentirse unida con la naturaleza.

Le gustaba pasear cada día por el campo y apreciar de cerca la belleza de aquel entorno único y salvaje. Acompañada por su vieja cámara de fotos y una pequeña mochila, recorría senderos nuevos y exploraba aquel terreno que poseía su abuela desde hacía tantos años. El tiempo pasaba raudo, hipnotizada por plasmar las imágenes y retenerlas en instantes mágicos, el clic de la cámara se disparaba de un rincón a otro como poseída por la belleza de aquel paraíso de luz y color. Ensimismada en su tarea no se percató de la presencia de un forastero que la observaba hacía un buen rato desde arriba de un árbol.

—¡Cuidado con el arbusto!

—¿Quién anda ahí?

—Perdona, soy Ramón —de forma estrepitosa se precipitó junto a ella con una gran sonrisa.

—Yo soy Teresa —Musitó con voz entrecortada.

—Te he visto hacer fotos a todo bicho viviente y parece que disfrutas mucho.

—¿Llevas en el árbol mucho tiempo? —preguntó con tono molesto.

—Lo suficiente para observarte minuciosamente.

—Lo siento, se me ha hecho muy tarde y me tengo que ir.

—Puede ser que nos veamos otro día, ya que yo estoy residiendo con mi abuelo en…

—Encantada y adiós.

—Hasta pronto

Teresa se marchó corriendo del lugar y apenas se despidió del joven al que acaba de conocer de una manera tan insólita. No le gustaba que la observasen y se sentía asustada e intimidada por aquel extraño. En ese momento sintió rabia y malhumor por no haberse dado cuenta antes de que alguien la observaba en el bosque.

Llegó a La Masía empapada en sudor y agotada por la carrera, pero resuelta a olvidar pronto aquel incidente. No deseaba preocupar a su abuela y menos por una tontería, sin embargo, estaba intrigada por saber quién era el joven del árbol y qué hacía en el bosque.

Cuando llegó su abuela, se apresuró por ayudarla en sus menesteres y aprovechar para indagar sobre los vecinos más cercanos. A pesar de ser muy despistada y no interesarse mucho por las habladurías de la gente, en esa ocasión se encontraba ávida de información.

—¿Qué tal te ha ido, abuela?

—Muy bien, he estado en el pueblo visitando a mi prima Antonia.

—Me parece que el otro día llamó por teléfono para hablar contigo.

—No me lo habías comentado —dijo con nerviosismo.

—Solo quería hablar contigo, aunque añadió que era muy urgente. Lo siento, se me olvidó.

—Espero que sea la última vez que no me avisas de un recado — dijo con tono alterado.

—No volverá a ocurrir.

—¿Qué has hecho hoy?

—He salido a pasear. Por cierto, me podías hablar de los vecinos más próximos a La Masía.

—Veo que muestras mucho interés de repente.

—Sí abuela, hay que ser sociable y necesito estar informada de nuestros vecinos.

—Me parece muy bien. El vecino más próximo es el Sr. Antonio, un cascarrabias octogenario que se vanagloria de ser republicano y ateo.

—No lo he visto nunca.

—No sale mucho y este verano ha recibido la visita de su nieto Ramón que parece que va a pasar todo el verano con él. El nieto estudia botánica y le interesa realizar una investigación en plena naturaleza.

—Parece interesante, la verdad no sabía nada.

—Siempre dices que no te interesa la vida de los demás y te aburren los chismes.

—Pero esto es distinto, hay que ser amables con los vecinos.

—Tienes razón, y por eso te propongo que aceptemos la invitación de su abuelo.

—¿Qué quieres decir? —preguntó con ademán de sorpresa.

—Que nos han invitado a merendar mañana en su casa.

—¿Con qué motivo?

—Por cortesía y para contarnos su batalla en la guerra civil.

—Cómo eres abuela... — dijo en tono cariñoso.

—¿Te apetece ir?

—Está bien, te acompañaré.

Parecía que todo en La Masía volvía a ser como antes y que su abuela se había tranquilizado, aunque, en el fondo, algo le decía que estaba preocupada y que no le quería decir lo que pasaba.

Intentó olvidarse de ese asunto y centrarse en lo que importaba. Se había propuesto adentrarse en la vida de su abuelo para descubrir aquel romance que la tenía fascinada. En el fondo era una romántica, aunque no lo quería reconocer y se envolvía de aquella máscara de frialdad e indiferencia. Era evidente que no le gustaba que invadiesen su espacio y que tenía muy acusado el sentimiento de libertad y el derecho a su intimidad.

El sol intenso invitaba a permanecer dentro de La Masía. En aquel mes de agosto el calor se imponía con fuerza y los grillos cantaban sin descanso como un sonsonete continuo que resonaba en el silencio de aquel paraje perdido y solitario.

La poca brisa que soplaba mitigaba en parte el sol abrasador e insuflaba la fuerza para poder emprender una nueva jornada. Aquel verano todo era diferente y Teresa sentía que su vida iba a cambiar a raíz de su estancia en La Masía, aquel lugar era especial y mágico.

Era más madura y reflexiva y ya no le apetecían las mismas cosas que antes, se daba cuenta de que se estaba haciendo mayor y tenía otras motivaciones, ya no la podían engañar como cuando era niña. Su interés se centraba en la investigación de su familia y de aquellas cartas misteriosas que, de repente, habían aparecido como por arte de magia.

¿Qué ocultaba su abuela? ¿Por qué no quería hablar del pasado? Teresa estaba muy intrigada y confusa, necesitaba saber más de aquella historia familiar y se había propuesto indagar sobre el tema.

Sentía que poco a poco recibía señales que la dirigían hacía el camino correcto y sabía que su instinto luchador le haría obtener la información para ahondar en la personalidad de su abuelo.

Estaba tranquila y centrada en su misión y no quería que nadie ni nada la importunase, necesitaba sosiego y lucidez para pensar con claridad sobre todo lo que considerara relevante para escribir un diario.

La Masía era el lugar idóneo para poder tener tranquilidad y tan solo necesitaba tiempo para conocer bien todos los recovecos de la casa y a través de sus objetos descubrir a sus habitantes. Aquel lugar era la clave de todo, sin embargo, su abuela no se lo iba a poner fácil y tendría que ser astuta y hábil para poder sortear sus preguntas y al mismo tiempo no importunarla. Su abuela sentía debilidad por ella y no le podía negar casi nada.

María Ripoll era muy organizada y puntual, le gustaba llegar muy pronto a los sitios y acicalarse con sus mejores joyas. Era muy presumida y estaba muy orgullosa de llevar collares y pulseras de oro o diamantes de gran tamaño para que luciesen bien y no pasar desapercibida a los ojos de los demás.


La visita

Se estaba preparando para la visita propuesta por su abuela y así conocer mejor a los vecinos más cercanos, cuando la invadió de pronto un sentimiento de inquietud y desasosiego, no sabía qué atuendo seleccionar y sentía que esto le producía malestar e inseguridad. En el fondo, tenía miedo de aquel encuentro inesperado y no sabía cómo comportarse. Su abuela le comentó que si no se daba prisa iban a llegar tarde.

—Lo siento, no sé qué vestido elegir —dijo mirándose al espejo y con cierta inquietud en el rostro.

—Tan solo es una merienda en una casa, no hace falta ir de etiqueta.

—Tienes razón, voy a ir sencilla, aunque no tengo ni idea de qué ponerme.

—El vestido verde te sienta muy bien.

—Estoy pensando que sí, me voy a decidir ya —dijo con seguridad.

—Si estás preparada, podemos irnos ya, ¿no te parece?

—Claro que sí, no hagamos esperar a los ilustres anfitriones —dijo Teresa con un tono irónico.

La tarde llamaba a pasear y el cielo claro predecía buen tiempo. Teresa se encontraba nerviosa e inquieta por tener que acudir a una cita donde se encontraría, casi con seguridad, al joven del día anterior.

Su abuela caminaba con rapidez y su paso firme y seguro la tranquilizaba, su presencia, su voz, sus gestos resolutos le conferían una autoridad moral que pocos poseían.

—Te noto algo inquieta.

—Ya sabes que las sorpresas no me gustan.

—Si ya conoces al nieto del Coronel Solivellas y son gente muy respetuosa y distinguida.

—Eso no me reconforta —dijo Teresa con cierta irritación. —No soy amiga de codearme con ricos y menos con militares —espetó molesta y aligeró el paso.

—¡Qué genio tienes! ¡Hay que ver cómo te pareces a mí!

—Lo siento abuela, pero no lo puedo evitar, ¡es más fuerte que yo!

A pocos metros se encontraba la morada del Coronel, un caserón antiguo y grande, que más bien parecía una fortaleza, rodeada de pinos y árboles frutales. A lo lejos, se divisaba una torre que sobresalía. Según la abuela, la casa había pertenecido a una familia de la nobleza, los cuales habían construido un pequeño castillo en aquel lugar para protegerse durante las guerras de los agresores.

Daba la impresión de haber retrocedido a la Edad Media o estar soñando, ya que el edificio era propio de un libro de caballerías. No era fácil encontrar la entrada que, enmascarada, se situaba en un lateral de la fortaleza para despistar a los enemigos.

Su abuela, que ya conocía la casa, se dirigió presta para llamar al timbre. Se podía comprobar que era algo novedoso y que antes se llamaba mediante un pasamanos.

Al rato abrió la puerta un señor octogenario, con aire distinguido y un gran bigote bien recortado. Con tono imperativo comentó: «Pasad, os esperábamos con impaciencia, mi nieto está en su habitación practicando el piano».

—Lo siento, Sr. Antonio, pero ya conoce a los jóvenes, nunca tienen prisa.

—Me lo va a decir a mí, mi nieto siempre llega tarde a cenar, yo no sé qué hace siempre en el monte.

—Lo mismo que mi nieta — dijo Dª María con impaciencia por sentarse y merendar.

—Pero pasen ustedes y tomen asiento, que hemos preparado una limonada muy fresquita con unas ensaimadas rellenas de nata. Espero que les guste —dijo el señor con gesto elegante.

—Bueno y ¿qué me cuentan? ¿Se lo están pasando bien este verano? Hace mucho calor en Inca.

—La verdad es que en La Masía con los techos altos y las paredes gruesas apenas se nota el calor.

—Aquí dentro tampoco hace demasiado calor, esta casa se mantiene fresca.

—¿Y qué me dice del incendio del mes pasado en Palma?

—No puedo entender que no detengan a los responsables.

—En este país ya no hay justicia ni nada. Cuando yo estaba en el ejército esto no pasaba, había orden y más educación, ahora... Bueno, no quiero aburrirles con mi discurso. Voy a llamar a Ramón.

Teresa, con las manos en los bolsillos del vestido y las piernas cruzadas, miraba asombrada a su alrededor. No había visitado antes una casa tan ilustre y con muebles tan recargados, daba la impresión de encontrarse en un museo: cuadros, cerámica, estatuas, tapices, vitrinas. La conversación transcurría y ella se había evadido hasta que una voz dulce y conocida le susurró al oído

—¿Te aburres mucho?

—Oh, lo siento, pensaba en otras cosas.

—Te he pillado, es mejor que te enseñe la casa y dejemos hablar a los mayores de sus cosas.

—¿Estás seguro? A ver si se enfada tu abuelo.

— No creo, ya está acostumbrado a mis desplantes.

—O sea, que eres un poco caradura.

—Mejor no digas nada y sígueme.

La casa era enorme y tenía muchas salas, despachos, biblioteca, sala de armas, capilla. Le resultaba asombroso que en esa época viviera alguien en un lugar así.

—¿No es muy grande esta casa para tu abuelo?

—Eso le digo yo constantemente —dijo Ramón fijando la mirada en el rostro de Teresa—. Sin embargo, dice que le gusta vivir aquí, ya que tiene sus recuerdos y su pasado es toda su vida.

—En parte lo entiendo, aunque mi abuela solo vive aquí en verano.

—Mi abuelo tiene una señora que lo cuida en invierno para no estar solo.

—Esta casa es impresionante y da un poco de miedo —dijo Teresa estremeciéndose y girando la cara hacia otro lado—. Es evidente que tu abuelo está acostumbrado y le resulta familiar —dijo, rectificando su tono serio.

—Parece que solo quieres hablar de mi abuelo y de la casa —dijo, indicando la escalera de caracol que subía a la torre.

—Apenas te conozco y no sé de qué hablar contigo —respondió Teresa con cierto desdén.

—Te estoy asustando y no es mi intención, si quieres podemos volver al salón para merendar —comentó Ramón con tono amable.

—Muy bien.

—Te voy a complacer por ser la primera vez, pero la próxima tienes que hablar un poco más de ti.

—No te prometo nada —respondió irritada por su atrevimiento.

En el salón, se escuchaba hablar al Coronel de la guerra civil y de su heroico período en el frente. Daba la impresión que no tenía abuela y se vanagloriaba de sus hazañas a cada minuto. Quería ser el centro de atención, sin embargo, Dª María era de armas tomar y cuando veía que la cosa iba a mayores era ella la que tomaba la palabra.

—¡Qué años aquellos en el frente! Me sentía tan indispensable al cargo de tantos muchachos jóvenes e inexpertos. ¡Viva la república!

—¡Se ha vuelto usted loco! No comprende que la guerra ha finalizado hace mucho tiempo y no se puede vivir en el pasado. No le sienta bien estar recluido en esta fortaleza tanto tiempo, es evidente que se ha trastornado.

—Usted siempre tan clara y sin pelos en la lengua. En el fondo tiene razón, aunque no puedo cambiar ya a mi edad.

—Será porque no se lo propone, ya que nunca es tarde.

—Bueno, si le parece mejor dejamos el tema y merendamos que ya tendrán hambre.

—En eso le doy la razón —dijo Dª María con manifiesto entusiasmo.

—Sé que a usted le gusta mucho el dulce y supongo que a su nieta también.

—La verdad es que ella prefiere lo salado —respondió con indiferencia.

—Si quiere le puedo sacar torta de verduras recién hecha.

—No se preocupe que el dulce también le gusta.

Resultaba curioso observar a aquel anciano que había sido un ilustre militar, temido y adorado al mismo tiempo, viviendo solo en aquella fortaleza olvidado del mundo. Aquella guerra tan sangrienta que separó a tantos hombres y dejó tantas mujeres desamparadas. Todo era un sin sentido, enfrentarse españoles contra españoles.

Dª María se encontraba nerviosa, no le gustaba aquel entorno, le recordaba el pasado, la guerra, su marido, todos sus sueños truncados...

—Hemos de irnos. Gracias por la merienda —dijo en tono serio.

—¿Tan pronto? Si apenas llevan una hora.

—Tenemos muchas obligaciones y no podemos permanecer aquí tanto tiempo.

—Bueno, hasta la próxima y que sea pronto.

—Ya veremos —dijo Dª María con cierta frialdad.

La salida del salón fue rápida y tanto el abuelo como el nieto no tuvieron mucho tiempo para despedidas ni cumplidos.

Por el camino tortuoso y solitario, Teresa recordaba las frases de Ramón, su nuevo y enigmático amigo. El paso ligero y raudo de su abuela no dejaba lugar a dudas, aquella visita no le había agradado, más bien le había producido inquietud y desaliento.

Al llegar a La Masía, Teresa observó a su abuela fatigada y apesadumbrada. Comentó que el Coronel era muy aburrido y que siempre contaba lo mismo.

—Es mejor mantener las distancias y dar largas a estas invitaciones, ¿no te parece?

—Lo que tú digas.

—¿Te ha resultado divertido?

—Más bien curioso.

—Sí, tienes razón, es un hombre muy particular, aunque su nieto parece bastante normal.

—Abuela, no empieces —dijo con cierto tono desairado.

—Supongo que ya eres mayor para decidir por ti misma.

—No sé a qué viene eso.

—Ya lo sabrás con el tiempo.

La siesta era sagrada para su abuela y el momento idóneo para escudriñar en los rincones menos frecuentados de la casa. El silencio no se rompía hasta las seis de la tarde o a veces más y eso era un bálsamo de salvación en su conciencia. Nadie le pedía explicaciones de lo que hacía ni lo que veía y el único miramiento era ser sigilosa y no hacer ruido.

Le urgía la necesidad de releer otra vez las cartas de Gabriel y comprender bien lo que contenían. Era evidente que hablaban de la famosa batalla y los días de infierno que allí se vivieron. Subió al desván para encontrarse de nuevo con las vivencias de sus antepasados y descubrir poco a poco algo nuevo y fascinante para ella, se trataba de descifrar lo que hubiese oculto en las palabras e imaginar los pensamientos y reflexiones de su abuelo en circunstancias límites, cuando la vida no tiene valor y nada tiene sentido. Al entrar, sintió un escalofrío y un ligero mareo la hizo tambalear unos segundos hasta que se percató de que todos aquellos objetos aparentemente inservibles le sugerían la trama coherente de una historia real. En ese mismo instante su miedo desapareció para dar paso a una insaciable curiosidad por saber el significado de todo lo que allí se encontraba, la función que había tenido cada objeto, a quién pertenecía, por qué se había arrinconado como algo viejo y no se había tirado, lo que significaba que para alguien era valioso y no quería desprenderse de su recuerdo, un sinfín de preguntas que quedaban sin respuesta para que el más suspicaz de los investigadores pudiera exprimir el jugo de la esencia de una historia heroica y apasionante. Al leer la primera frase, «Más que una carta, va a ser un relato de todo lo que he pasado desde que salí de Mallorca el día 14 del pasado julio», ya le conmueve el sentido de la misma, lo que llevan implícitas las primeras palabras de sufrimiento y de impotencia, refiriéndose a toda esa pesadilla que se iba a alargar en el tiempo y que necesitaría muchos folios para poder expresar bien todo lo que le iba a suceder día tras día.

Resultaba extraño, pensar que por un momento el tiempo se había quedado aletargado a la espera de que alguien con la misma sensibilidad de Gabriel pudiera descifrar aquel enigma.

«¡Qué ardua tarea!», pensaba Teresa, mientras releía una y otra vez las cartas amarillentas.

Tenía poco tiempo, pronto su abuela se despertaría de la siesta y reclamaría su atención, por lo que intentó dar un último vistazo a todo lo que allí se encontraba para impregnarlo en su retina y poder hallar nexos de unión para empezar sus pesquisas. Era muy consciente de que su abuela no quería hurgar en el pasado y que solo podía contar con la intuición y el buen olfato para conducirse por el camino certero.

De pronto escuchó el insistente sonido del teléfono que no paraba de sonar e intentó avisar a su abuela, con gritos que más bien parecían alaridos, por lo que se levantó refunfuñando y medio dormida para llegar a tiempo y a lo lejos retumbó la palabra «estafa».

—¡Qué se han creído! ¡Conmigo no se juega! ¡Hasta aquí podíamos llegar!

Asustada, Teresa bajó deprisa las escaleras para ver qué pasaba, no comprendía el enfado de su abuela, aquella llamada había perturbado la tranquilidad de la casa.

—¿Qué pasa?

—No te preocupes, son temas económicos —dijo con tono molesto.

—¿Por qué no me cuentas lo que te han dicho? Ya no soy una niña —espetó Teresa con cierto malhumor.

—Es mejor que no lo sepas por ahora y que te relajes.

—No estoy de acuerdo, pienso que no confías en mí.

—Me voy a dar una vuelta con Catalina —dijo dirigiéndose hacia su habitación.

—Yo también voy a salir y quizás llegue un poco tarde, he quedado con Juana para ir a una verbena a Sa Pobla.

—No me gusta que salgas hasta la madrugada, la gente bebe demasiado.

—Sí, ya sé que no te gusta, pero tengo veinte años y no le puedo decir a mi única amiga aquí que no voy a salir un sábado por la noche.

—Está bien, no quiero enfadarme, pero ten mucho cuidado.

—A la vuelta, su hermano me traerá en coche hasta la puerta de casa para que te quedes tranquila.

—No pienses que eso me tranquiliza, quizás me pone aún más nerviosa sabiendo que es un cabeza loca.

—No hablamos del mismo chico, ¿verdad?

—Que yo sepa solo tiene un hermano aquí, ya que el otro está en Barcelona.

—Jaume ha vuelto a Inca y se va a quedar un tiempo.

—No lo sabía, pensé que nunca volvería a Inca al encontrar un buen trabajo fuera.

—Al parecer tenía muchas ganas de ver a la familia y ha decidido volver a Palma.

—Sí que es una buena noticia, siempre me ha gustado ese chico para ti, es tan formal y tan apuesto.

—La verdad es que aún no he tenido la oportunidad de conocerlo, quizás esta noche en la verbena.

—Me alegro de su vuelta y a ver si te gusta su compañía —dijo con una enorme sonrisa maliciosa.

—No fantasees que te conozco y no estoy de humor para nada.

Le parecía curioso que su abuela ejerciese de celestina y mostrase tanto interés por un chico tan desconocido para ella.

Al alejarse de su vista, Teresa pensó en Ramón, en el encuentro en el bosque y, sin querer, en su rostro se vislumbró una sonrisa. «¡Qué chico tan curioso! ¡Qué ojos tan profundos de color miel! ¡Qué cabello tan ondulado y rebelde!», pensó.

Se percató de sus pensamientos y se ruborizó, no podía ilusionarse de un modo tan infantil, lo más probable es que estuviese comprometido y un amor de verano fugaz solo podía crear problemas.

Cuando pensaba en él se estremecía como una colegiala y el corazón le latía con tanta fuerza que no podía apenas respirar. ¿Qué le estaba pasando? Se encontraba como poseída por una fuerza muy poderosa que le quitaba el sueño por las noches y le robaba los pensamientos por el día, para visualizar a toda hora la cara de aquel muchacho intrépido y desvergonzado que le plantaba cara y la retaba de una forma tan decidida y firme.

Se le ocurrió que podía ser buena idea llevar un vestido rojo muy ceñido a la cintura para resaltar su esbelta figura, sin embargo, lo descartó por si era demasiado atrevido para la ocasión y se decantó por una blusa azul cielo y una falda de tubo color crema que también le marcaba el talle sin ser tan llamativo.

Le podía pedir opinión a su amiga Juana para afianzar su decisión, aunque pensó que no tenía tanta importancia el atuendo, más bien su actitud para divertirse y conocer gente interesante de la zona.

Después de mucho dudar, acabó con un vestido verde mar de raso con escote en pico y cinturilla estrecha que le daba un aire distinguido y elegante. Los zapatos de color crema de tacón alto y el collar y pendientes de esmeraldas daban el broche final a una auténtica musa de un cuento de hadas.

El cielo oscurecía y su abuela no regresaba del paseo, nerviosa se refugió en su habitación y comprobó su aspecto radiante con aquel traje de fiesta, se sentía algo rara sin sus vaqueros y su blusa ancha y apenas se reconocía, se parecía físicamente a su madre con la melena ondulada de color castaño oscuro y los ojos negros y grandes, con la boca pequeña y sensual, con la frente pequeña, con las cejas anchas y espesas, con esa blancura y dulzura que la hacía inconfundible a los ojos de los demás.

Se acercaba la hora de su marcha, Juana había quedado en pasar a recogerla a las diez de la noche, después de cenar y su preocupación se hacía más patente. ¿Dónde se encontraba su abuela? ¿Qué le ocultaba? Ella nunca llegaba tarde, le gustaba cenar pronto. De repente sonó el timbre y al otro lado de la puerta se encontró con los ojos profundos Ramón.

—Hola, he pensado si te apetecía acudir a la verbena conmigo esta noche.

—No puedo porque voy a acudir con una amiga y su hermano. Estoy esperando que pasen a por mí, pero mi abuela aún no ha regresado de su paseo y estoy preocupada.

—Acabo de ver a tu abuela hablando con mi abuelo en casa —dijo Ramón en un tono desenfadado.

—No puede ser, si me ha comentado que iba a pasear con Catalina y regresaría pronto.

—Te prometo que no estoy ciego y que los he dejado hablando de sus cosas —comentó con una sonrisa envolvente.

—No me malinterpretes, es que no entiendo qué le pasa, últimamente se comporta de forma poco habitual.

—Pienso que no deberías darle tanta importancia, tu abuela sabe muy bien lo que hace, es una persona muy fuerte e independiente —dijo con seguridad.

—Y tú, ¿cómo conoces tanto a mi abuela? —preguntó Teresa refunfuñando.

—Solo sé lo que se rumorea y lo que me cuenta mi abuelo.

—Mejor que no te dediques a husmear en la vida de los demás.

—Pero, ¿por qué te enfadas conmigo? Deberías agradecerme la información que te he dado.

—Perdona, tienes razón, estoy muy alterada. Mi abuela me oculta algo.

—Si me entero por mi abuelo, te lo contaré, a ver que están tramando estos dos.

—No es ninguna broma, mi abuela está muy rara.

—Bueno, entonces nos vemos luego en la verbena y a ver si puedes bailar conmigo un baile por lo menos.

—Está bien.

—Por cierto, estás muy guapa con ese vestido y esa trenza, la verdad es que pareces otra, la princesa de un cuento o una mujer de la alta sociedad.

—No te burles de mí, ya sabes que no me gustan las ironías.

—Lo digo en serio, estás muy atractiva.

—Tengo prisa —dijo Teresa con cierto rubor.

—Está bien, me voy ya. Nos vemos en el baile.

Tras la marcha de Ramón, se quedó muy inquieta y preocupada por su abuela. No lograba entender su comportamiento ni la visita furtiva al Coronel. Por primera vez pensó que debía tratarse de algo grave y muy importante que tenía a su abuela en vilo.

Al momento sonó el timbre de la puerta y al abrir se encontró a su abuela desencajada y titubeante.

—Menos mal que aún estas en casa, se me han olvidado las llaves y temía no poder entrar —dijo Dª María, con un tono de preocupación—. He estado dando vueltas por la calle y para hacer tiempo he ido a casa del Coronel.

—No te preocupes, estoy esperando a Juana que, por cierto, se está retrasando —dijo Teresa con tono de enfado—. ¿Qué está pasando? Sé que me ocultas algo y no entiendo por qué —dijo gesticulando las manos.

—No insistas y disfruta del baile. Todo se solucionará.

—No puedo estar tranquila cuando me ocultas lo que te pasa. Te conozco, abuela y sé que no me lo vas a decir y que me tendré que enterar de otro modo. Me duele que no confíes en mí, aunque supongo tendrás tus motivos.

—De verdad te digo que no es para tanto y que me encuentro bien —respondió Dª María con tono de resignación.

Se escuchó la bocina de un coche, y, ante su insistencia, Teresa tras la ventana pudo observar a Jaume y a su hermana Juana.

—Ya están aquí, me tengo que ir y no te preocupes, voy bien acompañada —se giró para besar a su abuela.

—¡Que te diviertas mucho!

—Lo intentaré —con ímpetu cogió la chaqueta y cerró la puerta.


La verbena

El manto de la noche tibia y serena embriagaba los sentidos. La luna llena, con su resplandor, iluminaba a su paso todo el camino, compañera fiel de la oscuridad no dejaba de irradiar como una luciérnaga para poder apreciar mejor todo el encanto del paisaje.

La carretera solitaria invitaba a correr, en un atrevido juego por el riesgo, la osadía, la adrenalina a flor de piel, sin embargo, Jaume no quiso caer en esa trampa y moderó la velocidad para sentirse seguro de sí mismo. Era responsable de dos pasajeras muy queridas y no podía arriesgarse a que ocurriese cualquier incidente desagradable.

Teresa intentaba sentir en su piel el aire tibio que la envolvía y la inhibía de todos los pensamientos negativos que le rondaban por su cabeza. Quería vivir el momento y soñar con aquel verano maravilloso que podía ser uno de los más importantes de su vida. Quizás conociese por primera vez el amor, la ternura, la desazón que producía su efecto, la magia de querer a alguien y la incertidumbre que genera.

Presentía que le iban a suceder cosas muy importantes que iban a marcar su vida y que su abuela y La Masía formaban parte de ellas.

El viaje a Sa Pobla transcurría tranquilo y los hermanos refirieron los recuerdos de su infancia en Inca haciendo alusión a todas las aventuras vividas, anécdotas varias, entre risas y recuerdos, Teresa se acordó de su primer verano allí, con tan solo ocho años.

Para ella, La Masía había sido un regalo para poder descubrir la naturaleza y vivir experiencias nuevas.

Al principio, aquel entorno le resultó extraño y salvaje, era muy pequeña para digerir un cambio tan brusco, sin embargo, nunca se encontró perdida.

En aquel momento, se acordó de un niño de cabello rizado y mirada viva que iba de la mano de su padre todos los domingos a la iglesia de Inca. El recuerdo vago de aquella imagen perturbó su mente. Aquel niño delgado y descarado podría ser Ramón, ya que según su abuela, los padres de Ramón pasaban los veranos allí con su hijo pequeño desde hacía mucho tiempo.

Absorta en sus pensamientos se evadió por completo de la conversación de los hermanos y apenas se percató de la llegada al pueblo.

—Hemos llegado y hay que buscar sitio —comentó con entusiasmo Juana.

—Qué bien, por fin podemos estirar las piernas y lucir el palmito —en tono irónico comentó Teresa.

—A ver si alguien se apiada de nosotras y nos pide un baile —con una mueca en los labios murmuró Juana.

—No sufras, que seguro que tenemos la lista completa —apuntó Teresa, con cierta sonrisa maliciosa.

—Tú sabes mucho, seguro que a mi hermano alguien lo puede retener aquí más tiempo.

—Yo no quiero atarme tan pronto, me gusta ser libre de momento —dijo ella con un gesto resuelto.

—Pues sí que tienes las cosas claras —comentó Juana.

—La verdad es que lo que no quiero lo tengo muy claro —respondió con una media sonrisa.

El bullicio llenaba la plaza de ambiente festivo y la gente se agolpaba al lado de las mesas y sillas para poder sentarse y participar de la comida y bebida típica. El pan con tomate, las olivas con hinojo, el queso, el jamón serrano, las empanadas, acompañadas de buen vino, cerveza y zumos eran la delicia de los visitantes.

Teresa se encontraba como una niña que estrena vestido y acontecimiento social. No sabía bien hacia dónde ir, todo le parecía fascinante y se dejaba llevar por su amiga. Jaume pendiente en todo momento de ella, le brindaba su amabilidad y le susurraba al oído si le apetecía algo de beber o comer. Teresa agasajada por los hermanos, se sentía en una nube y quería volar para poder coincidir con Ramón.

Jaume le solicitó el primer baile y ella se sintió emocionada por ser la primera a la que invitaban a bailar. Sintió que todos los ojos la observaban y que era admirada por las demás jóvenes que veían en Jaume el mejor partido. Su corazón latía con fuerza y sintió deseos de no parar de bailar, sabía que era muy afortunada y que no podía pedir más, sin embargo, esperaba que algo especial sucediese y que el destino la sorprendiera.

Necesitaba descansar un poco y se dirigió a los servicios para retocarse el peinado y pintarse los labios. De repente, a su lado apareció Ramón como por arte de magia y la retuvo unos segundos.

—Te estoy buscando desde hace un buen rato —dijo poniendo la mano en su brazo.

—Estoy con unos amigos en las mesas del fondo —respondió Teresa sorprendida.

—Me gustaría bailar contigo el próximo baile, si te parece bien —dijo Ramón con seguridad.

—Vale.

—¿Estás segura de que deseas bailar conmigo? —preguntó acariciando su pelo.

—Sí, aunque estoy con unos amigos —respondió ruborizada.

—Pienso que eso no importa tanto, ya que me los puedes presentar.

—Tienes razón, nos vemos en cinco minutos en la columna principal —dijo retocándose el vestido.

—Hasta ahora princesa —se despidió con tono dulce.

Notaba que le temblaban las piernas y que apenas podía caminar derecha, era una sensación desconocida para ella. Una vez en el servicio, necesitaba respirar con fuerza y mojarse la frente para recobrar el color natural de la piel. Se encontraba tan acalorada y roja que temía que sus amigos se percatasen de lo que le estaba pasando. El amor llamaba a su puerta y ella no se podía resistir.

Apoyado en la columna, Ramón la esperaba con una gran sonrisa y un aplomo inusual. Al ver llegar a Teresa, se acercó unos pasos y la envolvió con sus brazos, la cogió de la mano y la invitó a bailar. Ella se dejó llevar por aquel joven enjuto y alto, de rostro vivo y ojos expresivos que la seducía por su espontaneidad y su simpatía.

Se encontraba tan bien que los demás no existían en ese momento, la música no paraba de sonar y sus pies no dejaban de bailar. Ramón la sujetaba con dulzura y le susurraba al oído palabras tiernas y agradables. Le dijo que era una musa rebelde y con gran personalidad, pero que a él le gustaban las chicas así, que no fuesen sumisas, que les gustase rebatir y que tuviesen opinión propia. La mujer debía ser una compañera más y era bueno que tuviese personalidad para que nadie la dominase.

Sus palabras eran tan distintas de las de los otros chicos que se quedó impresionada y pensó que era el hombre de su vida. El destino era tan sorprendente que en ocasiones los sueños se hacían realidad y todo lo que uno deseaba se podía llegar a cumplir. De repente, Jaume y Juana la hicieron volver a la realidad, al escuchar su nombre, Teresa se estremeció y le dijo a Ramón que tenía que volver con sus amigos. Antes de que apareciesen, Teresa salió corriendo y se separó bruscamente de Ramón. Su comportamiento, inesperado y extraño, la inquietaba y la hacía titubear, nunca antes le había ocurrido nada parecido y tenía miedo de estas sensaciones, en el fondo se resistía a sentir algo tan especial por alguien que solo iba a ver durante un verano. No quería ilusionarse y luego tener que decepcionarse, no se sentía preparada, era demasiado joven.

Cuando regresó con sus amigos, intentó olvidar lo ocurrido con Ramón pero no pudo. Se encontraba desconcertada y empezaba a beber y a comer de forma compulsiva. Jaume y Juana la observaban preocupados.

—¿Te ocurre algo? Estás muy rara —comentó Juana.

—No te preocupes, estoy bien, pero un poco cansada.

—¿Te apetece bailar? —preguntó Jaume con tono cariñoso.

—No, prefiero irme a casa, no me encuentro bien y me duele mucho la cabeza. Me sabe muy mal fastidiaros la fiesta, puedo llamar a un taxi y os podéis quedar más tiempo.

—No te preocupes por nosotros, no te vamos a dejar sola —comentó Juana.

—Muchas gracias y lo siento de verdad.

—Pues al coche, que regresamos a casa —dijo Jaume con gran sentido del humor.

En su cabeza se agolpaban los recuerdos de aquella noche especial, de su primer baile con Ramón, de aquel encuentro furtivo, de sus palabras envolventes, no podía pensar en otra cosa y de repente una carcajada de Juana la volvió a la realidad. Sus risas retumbaban en la noche silenciosa como un cántico de amor. Jaume le preguntó si se encontraba mejor y si le apetecía ir de excursión al día siguiente. Teresa, ensimismada, sonrió. Mañana sería otro día.

Al llegar a casa tan pronto, su abuela aún se encontraba levantada y al escuchar la puerta se inclinó bruscamente del sillón para dirigir la mirada en esa dirección.

—Soy yo, abuela —masculló Teresa.

—¿Qué ha pasado? —preguntó en un tono de extrañeza.

—Me encontraba cansada y he decidido regresar pronto a casa —respondió con semblante pálido.

—¿Ha pasado algo que desees contarme? Sabes que puedes confiar en mí —le preguntó con tono preocupado.

—Tú también puedes confiar en mí, sé que me ocultas algo que no me quieres contar —respondió Teresa con una mueca de reproche.

—No te das por vencida con facilidad y eres muy cabezota —dijo su abuela gesticulando las manos y moviendo la cabeza—. Me voy a la cama y espero que mañana te despiertes mejor. Por cierto, mañana he de ir a visitar al Coronel y puede que me retrase un poco, ya sabes cómo le gusta explayarse.

—Muy bien abuela, buenas noches.

Al día siguiente, Teresa se levantó tarde y no vio a su abuela en casa. Supuso que se encontraba con el Coronel como le había mencionado la noche anterior. Teresa no sabía si creer a su abuela ya que últimamente se comportaba de una forma extraña y prefería esperar que los acontecimientos le marcasen lo que estaba pasando. No quería pensar que su abuela le ocultaba algo, pero al mismo tiempo tenía una sensación de zozobra y su mente se hacía muchas preguntas que no podía contestar.


La llamada

Aquella mañana, Teresa intentó refugiarse en el desván aprovechando la ausencia de su abuela y su estado de ánimo melancólico. Al entrar, tuvo que sortear una tupida tela de araña que le indicaba que el lugar seguía sin ser frecuentado y que era la única persona en mucho tiempo que lo visitaba. Todo seguía igual, era como si el tiempo permaneciese inmóvil en aquel espacio y todos los objetos quedasen inmortalizados.

¿Qué estaba buscando? ¿Qué quería encontrar en aquel cementerio de fósiles?

Remover el pasado y resucitar los fantasmas escondidos en La Masía durante su época gloriosa no era tarea fácil y suponía enfrentarse a su abuela y hurgar en la herida de su vida.

Se encontraba allí, dubitativa, dando rienda suelta a sus ideas, cuando de repente sonó de forma insistente el teléfono. Bajó las escaleras lo más pronto posible y al descolgar el teléfono, escuchó una voz grave que arguyó: «Señora María, el Coronel ya está de acuerdo, solo falta que usted se decida. El precio es el convenido y ha de tener en cuenta que la casa es vieja y no está reformada».

—Yo soy su nieta, en este momento no se encuentra en casa.

—Perdón, si puede le da el recado.

—¿Quiere decir que mi abuela va a vender La Masía?

—Así es, y puede estar contenta ya que el Coronel le va a pagar al contado. Bueno, dígale que he llamado y que se decida pronto. Me llamo Juan, de la inmobiliaria Forteza.

—Descuide, ya se lo comunico —dijo Teresa, apenas sin poder articular las palabras.

Al colgar el teléfono, se sentó en la butaca de su abuela y con la cara desencajada intentó encontrar sentido a la información que había recibido. No podía entender nada y entonces recordó el día en que su abuela salió de forma precipitada de La Masía para acudir a una cita en el paseo del Borne, allí empezó todo, o quizás antes.

¿Por qué su abuela quería vender aquella casa tan querida y con tantos recuerdos?

¿Tenía problemas económicos y se veía obligada a ello?

¿Los recuerdos la abrumaban y quería desprenderse de la huella de su pasado?

¿Cuál era el verdadero motivo?

Teresa se encontraba confusa y decepcionada, sus ilusiones se disipaban como pompas de jabón. Si la compra se efectuaba pronto, quizás tuviese que regresar a Palma antes de lo previsto. Aquel verano se presentaba lleno de incógnitas que tenía que resolver a medida que se sucedían los acontecimientos. El tiempo jugaba en su contra, como si de un maleficio se tratase para obstaculizar sus propósitos y no poder conseguir desliar la madeja para llegar al principio. Necesitaba saber más de su familia y La Masía era la clave, la madeja para poder tirar del hilo y hallar respuestas a todas sus preguntas.

Sumida en sus pensamientos, de pronto escuchó una voz tarareando una canción, era la voz de Ramón que canturreaba una melodía de la verbena. Se emocionó y se levantó súbitamente para acercarse al espejo de la puerta, su rostro pálido y su melena despeinada la horrorizaban, en ese momento no se encontraba con ánimo para hablar con él, se sentía engañada, traicionada por su abuela, por el Coronel y por su nieto. A pesar de su insistencia, la puerta permaneció cerrada, sin embargo, Ramón, no se rindió con facilidad y lo intentó por la ventana. El golpeo de los cantos sonaba incesante y retumbaba en la casa como un eco. Teresa sabía que al final tendría que ceder. Al abrir la puerta, Ramón se coló por ella como una lagartija buscando la tan ansiada morada y, con una sonrisa maliciosa al conseguir su objetivo, resopló de satisfacción.

—¿Qué tal estás? No sé nada de ti desde el baile y estaba preocupado.

—Déjame que lo dude, ya que tu abuelo y tú estáis muy ocupados en otros menesteres.

—No sé a qué viene ese comentario, parece que hablas en clave —respondió Ramón con el torso bien erguido.

—Claro que lo sabes y muy bien, me refiero a la compra de esta casa —dijo Teresa con un tono muy enfadado.

—¡Ah! Me he enterado esta mañana y no me lo podía creer. Al parecer tu abuela vende La Masía y mi abuelo está interesado en comprarla.

—La verdad es que no sé si creerte, ya que todo el mundo me oculta información.

—¿Quieres decir que tu abuela no te había dicho nada del tema? —preguntó con cierto asombro.

—Así es. He recibido una llamada de la inmobiliaria hace media hora y ha sido muy desagradable enterarme de esta forma.

—Lo siento mucho, pero yo no tengo nada que ver en esto.

—Puede ser, pero no estoy de humor para hablar con nadie.

—Muy bien, pues me voy, pero me tienes que prometer que mañana acudirás a la entrada del bosque, te tengo que enseñar algo importante. Por favor, acude a la caída del sol y descubrirás algo inédito y sorprendente. Te espero y no me falles, querida Teresa.

Al despedirse lanzó un beso al aire y luego susurró la canción de la verbena.

Teresa no sabía qué pensar de Ramón. Siempre aparecía en los momentos más inesperados y su presencia en parte la reconfortaba.

¡El amor era un misterio!

¿Qué le pasaba cuando escuchaba su voz?

Sin embargo, al mismo tiempo la alteraba y prefería no verlo para no hacerse ilusiones y que nada la pudiese distraer de su objetivo. Ahora, abuelo y nieto, serían dueños de una morada que había pertenecido a su familia y esto no le gustaba, por lo tanto prefería distanciarse de Ramón y que cada uno siguiese su camino.

Al día siguiente, el aire cálido del atardecer le pedía salir a la calle y refugiarse en la frondosa vegetación de aquel idílico paraje. El viento susurraba la canción de la verbena en la cabeza de Teresa, sin embargo, ella no deseaba acudir al encuentro y decidió quedar con Juana en el pueblo para tomar un refresco. Se encontraba algo intranquila y no podía olvidar aquella llamada de teléfono, absorta en sus pensamientos escuchó la voz dulce de Ramón.

—Teníamos una cita a la caída del sol —dijo con cierto tono molesto.

—No he podido acudir —respondió con resolución.

—¿No has podido o no has querido? Era algo importante para tu investigación.

—¿Qué investigación? —preguntó con extrañeza.

—La que tienes en mente sobre tu familia.

—Yo no te he dicho nada —espetó Teresa con un tono de sorpresa.

—Lo he deducido de tus comentarios, te he estado observando.

Juana no entendía nada y se encontraba en medio de aquel diálogo que más bien parecía una pelea de enamorados.

Se levantaron y en la calle siguieron discutiendo, sin percatarse de Juana, que intentaba comunicar a Teresa que se tiene que ir.

—Lo siento Juana, pero no te he presentado a Ramón, nieto del Coronel Solivellas que conoce a mi abuela.

—Encantada.

—Creo que tiene prisa —con ironía comentó Teresa.

—Pues no, ya que he perdido la tarde por una persona que no tiene palabra, ahora tendrá que resarcirme de algún modo. Pienso que ha sido una pena perderse algo tan interesante por un simple enfado infantil.

—Bueno, yo me tengo que ir —arguyó Juana—. Hasta pronto y tanto gusto.

—Eres odioso y un maleducado —dijo enfadada y malhumorada.

—¿Me vas a decir por qué me has dado plantón?

—No me apetecía verte y punto.

—No me convence tu respuesta.

—No te puedo dar otra. Lo siento, pero tengo prisa.

—Muy bien, pero al final tendrás que recurrir a mí.

—Muy seguro estás de lo que dices —dijo con desconfianza.

—Estoy seguro —respondió Ramón con resolución.

Teresa no quería continuar la conversación e hizo ademán de irse, cuando de repente Ramón la estrechó entre sus brazos y le susurró la canción de la verbena. Ella permaneció un rato inmóvil sin aducir palabra hasta que el sonido de las campanas de la iglesia retumbó en sus oídos para hacerla volver a la realidad y despertar de aquel instante dulce y fugaz, una quimera que no se podía permitir.

Al alejarse de Ramón, sus facciones seguían vivas en su recuerdo, congelado en aquel breve momento de felicidad y sus pasos lentos traicionaban su razón. Cada encuentro con Ramón era una gran lucha interior y el destino inevitablemente la avocaba al reencuentro.

Al llegar a La Masía y no ver a su abuela, pudo deducir que se había enterado de la llamada por la nota que encontró en el recibidor y que estaba en casa del Coronel. Era evidente que su abuela se veía en la necesidad de vender La Masía lo antes posible y por eso tanta urgencia y misterio.

En aquel momento se sintió sola y apesadumbrada pensando que nadie era capaz de confiar en ella y que aún la consideraban una niña que no tenía capacidad de entender los problemas de los adultos. Esto le producía cierta tristeza y no entendía el comportamiento de su abuela ni del Coronel. Se sentía traicionada por todos y solo deseaba hablar con su abuela y que se sincerase sobre los verdaderos motivos de la venta de la emblemática Masía.

La noche cubría con su negro manto el hermoso paisaje de frondosa vegetación y las estrellas iluminaban como luciérnagas el camino angosto y salvaje. La tardanza de Dª María inquietaba a Teresa, que no sabía qué pensar y se distraía ordenando su habitación y escuchando música.

Al sonar el teléfono Teresa se estremeció y, rauda, acudió a la mesita donde se encontraba situado justo a la entrada de la casa. Se trataba del Coronel Solivellas que quería informarle que a su abuela le había dado un mareo y de momento se tenía que quedar un rato más en su casa. Teresa, sin mediar palabra, colgó el teléfono y se preparó para salir hacia la morada del Coronel. El camino abrupto y solitario le daba cierto reparo entrada la noche, sin embargo, resuelta, siguió hacia adelante hasta que se encontró con una bifurcación y la invadió la duda, tan solo había estado una vez en casa del Coronel y acompañada de su abuela a plena luz del día. Se encontraba perdida en medio del monte y no sabía por dónde tirar. A lo lejos, le pareció escuchar un susurro pegadizo, y, cansada, se sentó en una piedra para reponer fuerzas. En ese instante vislumbró una sombra y, asustada, comenzó a gritar, sin embargo, una voz suave y dulce le tapó la boca. Era Ramón, que acudía en su auxilio al escuchar a su abuelo hablar por teléfono con Teresa e imaginarse que ella acudiría a casa del Coronel. En un arrebato la cogió en brazos y como un peso ligero la llevó hasta un sitio seguro donde el camino resultaba más transitable y menos peligroso. Teresa, apabullada y desconcertada, no opuso resistencia, arropada por los brazos fuertes y enérgicos de Ramón que la condujeron sin peligro al lugar donde se encontraba su abuela.

—Muchas gracias —dijo esta avergonzada por su comportamiento anterior —. He de reconocer que siempre apareces cuando necesito ayuda.

— Soy afortunado de poderte ayudar —comentó él con una gran sonrisa en los labios.

—¿Qué ha pasado? —preguntó con tono preocupado.

—Parece que tu abuela se ha fatigado bastante y se encuentra muy alterada por el tema de la venta de la casa —explicó con las manos en los bolsillos y un tono desenfadado.

—Yo tampoco se lo pongo fácil —dijo mirándole a los ojos y con voz dulce.

—Es normal, tú necesitas respuestas que de momento tu abuela no te da —dijo con ademán de seguridad.

—Es curioso que sepas tanto de la psicología humana y, sin embargo, no me conozcas nada.

—Eso es lo que piensas, que no te conozco, pues estas equivocada ya que puedo adivinar tus pensamientos y deseos más fervientes.

—Mejor vamos a dejar el tema que estamos llegando.

—Muy bien, pero necesito saber por qué me rehúyes cuando sé a ciencia cierta que te agrada mi compañía.

—Es mejor que no nos veamos más —dijo Teresa con nostalgia.

—No estoy de acuerdo y pienso insistir.

Al llegar a la morada del Coronel, la noche cerrada, agazapada en las sombras de los árboles, imponía su ley, su silencio era sagrado y tan solo el murmullo del viento al rugir soliviantaba su sueño. Aquella casa parecía un castillo fortificado y amurallado al que solo podían acceder algunos privilegiados. Su abuela era una invitada especial y su presencia allí no era fortuita, el Coronel sentía algo especial por ella desde hacía mucho tiempo y ella lo sabía. El Coronel era hombre de honor y no quería insistir más en avivar la llama de atracción por aquella mujer al notar que solo podía aspirar a una mera amistad. Dª María seguía enamorada de su marido y único amor, nadie podía sustituir a Gabriel por muy sola que se sintiese a veces, y por muchas dificultades que le sobrevinieran. Su amor y fidelidad estaban por encima de todo y su recuerdo la hacían fuerte.

Teresa se encontraba desfallecida y exhausta, por lo que no tenía ganas de hablar mucho, se quería limitar a ver a su abuela y reconfortarla. Sin embargo, el Coronel insistió en que Teresa cenase con ellos y que con un tiempo tan adverso lo mejor era que pernoctaran esa noche allí. Al escuchar las palabras del Coronel, Teresa empezó a encontrarse mucho peor y sus mejillas palidecieron aún más. Se encontraba en un callejón sin salida y lo peor era que solo podía resignarse, dada la situación. Su abuela, tumbada en el sofá del salón, apenas tenía fuerzas para levantarse. El destino burlón la había colocado en una situación violenta a la que se resistía cada vez más y a la que se encontraba avocada.

Su abuela poco a poco se iba reanimando y, entonces, una sirvienta entró en el salón para indicarles que la cena estaba lista.

El comedor, inmenso y majestuoso, parecía un museo con todo tipo de cuadros, retablos y esculturas que acompañaban a los comensales y agradaban su vista.

Todo resultaba enigmático y al mismo tiempo irreal, de otra época, como si de repente Teresa, por un hechizo, se hubiese transportado a los años 50.

¿Era realidad o ficción? ¿Realmente se encontraba allí o estaba soñando?

Era difícil responder cuando todo lo que la rodeaba le indicaba que se encontraba en un lugar ancestral.

El Coronel no cesaba de hablar y agasajar a sus invitadas y Ramón observaba a Teresa sin mediar palabra. Sus ojos hablaban por si solos y le decían que estaba muy contento al poder disfrutar de su compañía y velar sus sueños por una noche respirando bajo el mismo techo. Ella, desconcertada, retiraba su mirada y se centraba en la comida y en la actitud de su abuela que parecía triste y desolada por la decisión que había tenido que adoptar de vender La Masía.

Al pasar al salón, su abuela comentó que prefería retirarse a descansar al tener costumbre de acostarse muy pronto. El Coronel no insistió, a pesar de su afán por gozar un poco más de su compañía, por lo que decidió ausentarse pronto a su habitación.

Teresa y Ramón se encontraron solos en aquel salón grande y sombrío. La noche cerrada y tormentosa rugía con alaridos y el resplandor de los relámpagos iluminaba sus rostros que exhalaban pasión y, poco a poco, sus labios se juntaron y se besaron. Ramón la abrazó con fuerza y le susurró al oído que no se podía huir de un sentimiento tan fuerte y profundo, que no se resistiera y se dejara llevar. Era su noche. Teresa al final sucumbió a sus brazos y sus cuerpos se fundieron en uno, tumbados los dos en la alfombra al lado de la chimenea.

Ramón, entrada la noche, la acompañó a la habitación de invitados y desapareció sellando un beso en sus labios.

La mañana amaneció nublada y húmeda. El paisaje otoñal evocaba el preludio del invierno, sin embargo, se trataba del final de agosto, y, por tanto, las tormentas en ese periodo duraban poco. La habitación, grande y austera, había pertenecido a una hermana del Coronel, una mujer recia y solitaria dada a la contemplación y a la vida mística. Nunca se casó y vivió en aquella casa hasta su muerte. Le gustaba leer libros de vidas de santos y poesía de los grandes escritores místicos como San Juan de la Cruz y Santa Teresa de Jesús. Refugiada casi siempre en aquella habitación, como una monja de clausura, rezaba por la paz en el mundo y por su hermano durante la contienda bélica de la guerra civil. En ella había dejado su impronta y su legado a modo de cartas, retablos, rosarios, cruces. Santificada y bendecida con una estampa del Papa Juan XXIII en la cabecera de la cama.

Una vez preparada, Teresa bajó al salón para ver si su abuela estaba despierta. Por la escalera se tropezó con el Coronel que le preguntó si había dormido bien y le comentó que su abuela se encontraba en el salón mucho más recuperada. Teresa asintió con una sonrisa y aligeró el paso para encontrarse con su abuela. Al verla con buen tono de cara y sonriendo con Ramón, se encontró esperanzada y con fuerzas para afrontar lo que el destino les deparara. Se unió a ellos para participar de su buen humor y descubrió que Ramón estaba radiante de felicidad y le brillaban los ojos de una manera especial al igual que a ella. Su abuela se percató de que entre los dos había algo más que una mera amistad y se alegró mucho por su nieta a la que quería con locura a pesar de haberse distanciado últimamente de ella y dar una impresión equivocada. Todo era tan absurdo y la vida la había puesto en la cuerda floja en el final de su camino cuando más necesitaba revivir sus recuerdos y aferrarse al pasado. Su fortaleza y su energía se debilitaban poco a poco y su nieta era partícipe de todo esto. Sus días en La Masía llegaban a su fin y ella no podía hacer nada para evitarlo. Su nieta era testigo de su declive y era la que más sufría su pérdida.

Aquella sensación de derrota en una mujer tan valiente y luchadora la carcomía por dentro y suponía un malestar que se reflejaba en su rostro alicaído y en su hablar pausado. Teresa era el único motivo de esperanza y por ella se esforzaba en aparentar estar serena y alegre.

Al abandonar la casa del Coronel, una parte de Teresa sintió tristeza y desaliento. Ramón la había cautivado con sus besos y abrazos y aquella mirada tan tierna la derretía por dentro y por fuera sin poder hacer nada para evitarlo.

Su abuela la observaba en silencio y comprendía que el amor había llamado a su puerta de forma inesperada y que el destino los había unido para siempre. Ya no podría separarse de él ni de su recuerdo y máxime siendo el heredero de La Masía, la casa que había cautivado a Teresa desde bien pequeña y que actualmente había centrado sus aspiraciones y proyectos.


El sueño

Al día siguiente, Teresa se despertó con mucha energía. Dª María, sin embargo, se encontraba triste y desolada por la situación que estaba viviendo y máxime cuando sabía que tenía que dar las explicaciones pertinentes a su nieta y que no podía rehuir más la verdad.

En muchas ocasiones había utilizado la mentira como parte de su proceder para dar largas y evadir los problemas, pero ahora había sido descubierta y no podía seguir por ese camino.

Sentada en el salón y dispuesta a enfrentarse a sus propios fantasmas, con una pose solemne y una mirada firme, llamó a Teresa para pedirle que se sentase, ya que tenía que comentarle algo. Teresa acudió presta a la llamada de su abuela con los ojos bien abiertos y un nudo en la garganta. Necesitaba escuchar la verdad y que su abuela se sincerase con ella.

—Es una historia larga —dijo con un tono severo y sin apenas inmutarse —. A veces las cosas no son fáciles y tenemos que tomar decisiones que no queremos pero que son necesarias, como vender La Masía. Todo empezó hace cinco años cuando tuve que desembolsar una gran cifra de dinero para que no me embargaran el piso de Palma, entonces descubrí que el propietario del piso era mi cuñado Rafael y que se lo había cedido a Gabriel al destinarlo fuera. Al fallecer los dos, a consecuencia de la guerra, yo seguí viviendo en el piso pensando que era de mi marido hasta que recibí una notificación que me comunicaba que, al no ser propietaria, si deseaba permanecer en la vivienda me daban la opción de comprarla a plazos y así regularizar la situación. »Desde ese momento, mi economía se ha ido resintiendo cada vez más, hasta que me vi obligada a consumir todos mis ahorros, todas las ganancias de la Granja March, todo el dinero a plazo fijo. En ese momento no se me ocurrió nada más que esperar, hasta que la situación empeoró tanto que me vi obligada a tomar la decisión de vender La Masía. Al final todo se ha precipitado y el banco me ha reclamado adelantar mucho más dinero dada mi edad, para acabar de pagar el piso este verano y el resto de la historia ya la conoces.

—¿Lo has mantenido en silencio todos estos años para no preocuparnos? —preguntó Teresa con un ademán de asombro.

—Estoy acostumbrada a pasar por situaciones difíciles y siempre he salido airosa de todo, aunque reconozco que ahora en la vejez esto me está resultando muy duro. Sé que has pensado que no he confiado en ti pero no es cierto, he pensado que era mejor retrasarte este sufrimiento y más este verano cuando habías depositado tantas ilusiones y esperanzas al cumplir veinte primaveras. Lo siento.

—No sé qué decir, no me podía imaginar que la situación fuese tan grave a nivel económico y que las cosas pudiesen cambiar tanto.

—La vida te puede cambiar de un día para otro y a veces no podemos hacer nada para evitarlo —dijo Dª María con un tono de resignación —. Tengo que aceptar cuanto antes esta nueva situación y tú también, ya que necesito que me ayudes en esta nueva etapa.

—Primero tendré que asimilar todo lo que me has contado y para ello necesito hacerte más preguntas sobre Gabriel y sus cartas.

—Pienso que quizás ha llegado el momento de que conozcas la historia de tu abuelo y, en la medida de lo posible, yo te la voy a facilitar —dijo con una media sonrisa en los labios—. Esas cartas son el único legado escrito de Gabriel que poseo ya que, como sabes, la guerra me lo arrebató muy joven y nuestras vidas quedaron truncadas para siempre. »Era un hombre justo, honrado, emprendedor, sensible, con ideas muy avanzadas para su tiempo. No se conformaba con la vida que sus padres le ofrecían y emprendió pronto el vuelo rumbo a Barcelona para descubrir la fórmula secreta del yogur y poder crear un gran negocio propio, una granja con helados, yogures, batidos, todo elaborado de manera artesanal, a la manera tradicional pero con la innovación de los nuevos productos que se utilizaban en la Ciudad Condal.

—He leído las cartas varias veces al encontrarlas en el desván de casualidad y me he emocionado mucho. He podido descubrir muchas cosas del carácter de Gabriel y profundizar en el horror de la guerra —dijo Teresa con ademán de fruncir las cejas.

—La guerra, qué palabra tan horrible. Bueno, es mejor que te cuente desde el principio. Mi historia es una gran aventura donde existe un poco de todo como en un buen cocido: amor, pasión, sufrimiento, dolor, tristeza, guerra y paz. Conocí a tu abuelo en una verbena en Sa Pobla y luego, a los pocos días, acudió a la granja y me reconoció, comentando «eres la chica de la verbena», así empezó todo. Era un hombre apuesto y muy guapo, con ese cabello repleto de bucles y esos ojos grandes color miel; su sonrisa cálida, sincera, su voz envolvente me enamoró desde el principio. Yo siempre he sido muy intrépida y muy arriesgada y me empeñé en que ese hombre tenía que ser para mí. »Aprendí a fumar y así atraer aún más su atención. Siempre he conseguido todo lo que me he propuesto y nada se me ha resistido. Mi lema ha sido luchar con uñas y dientes por lo que he querido, sin miedo y con ahínco ya que para vencer hay que ser fuerte y tener las ideas muy claras. Gabriel se enamoró locamente de mí y lo puedo decir bien orgullosa demostrando cada día más su amor. Mi historia de amor es corta pero intensa y apasionada. Está repleta de momentos mágicos y románticos, un amor que puede con todo y que ningún obstáculo puede mermar. La luna de miel se desvanece con la noticia de la guerra y el alistamiento a filas de los hombres jóvenes en el bando nacional. Desde ese instante nuestro amor sufre la gran prueba de fuego, la separación física y el distanciamiento. Ambos éramos jóvenes y pensábamos que nadie nos podía separar, pero la realidad era otra y pronto nos vimos envueltos en las redes de la guerra, en su horror y en la desolación.

Su abuela estaba tan entusiasmada narrando su historia que Teresa no osaba interrumpir su relato. Todo era tan increíble y saciaba tanto su curiosidad que se quedó petrificada en la silla deseando conocer más detalles de aquella fascinante historia de amor.

Era la primera vez que su abuela se sinceraba con ella y desnudaba sus sentimientos más profundos. La veía vulnerable y frágil, con la sensibilidad a flor de piel, sin la máscara de dura y hermética. Esta faceta era nueva para ella, su abuela nunca se había mostrado al descubierto y por primera vez en su vida se despojaba de su fortaleza para mostrarse tal cual. Era testigo de un gran descubrimiento, de un legado familiar muy valioso, sus señas de identidad, sus orígenes, sus antepasados.

María Ripoll seguía narrando su historia y en algún momento al hablar de Gabriel los ojos se tornaban vidriosos y brillantes de la emoción. Gabriel era todo para ella, incluso parecía hablar de él como si estuviese presente en su vida aún.

—Con una mirada o un gesto nos lo decíamos todo, necesitábamos vernos cada día para poder seguir respirando, se puede decir que nuestro amor podía con todo. La pasión era muy fuerte y nos gustaba demostrarnos ese amor con caricias, abrazos y besos. Para él, yo era perfecta y él lo era para mí, a pesar de que ambos conocíamos muy bien las imperfecciones del otro, lo más importante era que juntos éramos una sola persona y que ni las balas, ni las metralletas, ni los tanques podrían separarnos nunca. Ahora pienso que he sido muy afortunada por haber conocido el amor verdadero. Nos gustaba bañarnos en los acantilados a la luz de la luna y hacer cosas distintas y arriesgadas que las parejas de esa época no se atrevían. No teníamos prisa por levantarnos y podíamos permanecer en la cama toda la mañana acurrucados y sin mediar palabra, con nuestros cuerpos fundidos como un ovillo. Esos encuentros furtivos a escondidas de nuestros padres y esos besos robados a la luz de la luna con el mar plateado de fondo y sus manos grandes y majestuosas rodeando mi cintura. Era algo mágico que nadie nos podrá quitar nunca. »El amor es algo tan grande, que es difícil expresarlo con palabras y tu abuelo era alguien muy especial que no se encuentra muy a menudo. Es el mayor regalo que existe en la tierra y que te viene sin buscarlo, es el destino de cada uno, nuestra historia está escrita por nosotros mismos, con nuestras decisiones y nuestros actos. Mi historia tiene más luces que sombras: amor, pasión, una hija, una nieta, ¿qué más puedo pedir? La Masía encierra muchos recuerdos y es parte de mi vida pero no quiero estar triste al final de mi existencia, necesito tener tranquilidad y paz.

—¿Por qué no me lo has contado antes? —preguntó con un tono melancólico.

—Pensaba que era lo mejor y que no había llegado el momento. Todo se ha desarrollado muy deprisa y se han precipitado los acontecimientos. Me hubiera gustado que las cosas hubiesen ocurrido de otra manera pero al final no he podido salvar La Masía.

—Yo he tenido un sueño maravilloso esta noche, veía como al final y como por arte de magia todo se solucionaba —dijo Teresa con una gran sonrisa.

—No creo que tu sueño se cumpla, aunque de verdad en esta ocasión me gustaría creer en lo imposible.

Teresa, en el fondo de su corazón, sabía que era difícil encontrar una solución favorable pero tenía la esperanza de que en el último momento las cosas pudiesen cambiar para mejor.

—¿Qué te parece, abuela, si vamos a dar un paseo para despejarnos? —dijo con un tono jocoso.

—Pienso que es una buena idea y que a mal tiempo buena cara, es preciso ser valientes y afrontar esto juntas y de la mejor manera posible.

Aquel día transcurrió lento, con un sabor extraño, como si de repente Teresa y su abuela se hubiesen desnudado por primera vez y se hubiesen quitado toda la envoltura para quedarse solo con la piel desnuda y frágil. Era una sensación diferente, pero Teresa se sentía bien al comprobar que su abuela era vulnerable y sensible a pesar de la imagen que mostraba a los demás de dura, recta y severa.

Detrás de todo ese caparazón residía una mujer con sentimientos muy fuertes, que amaba profundamente a sus seres queridos y sufría por dentro. Por primera vez estaba conociendo a su abuela en su verdadero ser y no le disgustaba. Al corazón no se le puede engañar y detrás de esa apariencia de mujer fuerte, rebelde, temible, se encontraba otra muy distinta que nadie conocía.

Estaba descubriendo que las personas tenemos muchos recovecos recónditos e infranqueables y que tan solo en situaciones límites podemos mostrar nuestros verdaderos sentimientos, al no poder evitar el control al que normalmente nos sometemos.

Era extraordinaria su historia y se alegraba de ser testigo principal de todo lo que narraba. Sentía que el tiempo se paraba ante el descubrimiento que llevaba tanto mucho tiempo intentando desvelar, era tal su emoción que no quería que finalizase aquel día.


La espera

A raíz de los acontecimientos sucedidos, su abuela había cambiado mucho y parecía no mostrar interés por nada. Teresa se encontraba inmersa en recorrer todos los lugares de aquella casa y adentrarse más en todos los objetos y recuerdos que encerraba. El tiempo jugaba en su contra y, una vez pasado el mes de agosto, ya nunca podría regresar y pronto aquella casa sería una quimera en su memoria.

En el pueblo, los días pasaban apaciblemente y las noticias corrían como la pólvora, sobre todo las muy significativas como el nombre del próximo dueño de La Masía. El Coronel estaba en boca de todos y su nieto también. Todas las miradas se centraban en su heredero, el joven y apuesto Ramón, y en la gran fortuna que su abuelo le iba a legar.

Aquel verano era muy especial en muchos sentidos, los cambios sucedían demasiado rápido y Teresa apenas tenía tiempo para asimilarlos. No podía permitir que su estancia en aquel lugar pasase sin pena ni gloria, necesitaba encontrar una respuesta a todas sus preguntas, desentrañar la vida de aquellos objetos, su valor sentimental y la relación que tenían con su familia. La verdad es que se encontraba muy perdida y necesitaba encontrar una salida.

Teresa se refugiaba en el desván, aquel lugar era sagrado para ella y allí pasaba las horas entre sus amigas las telarañas, los recortes de periódicos amarillentos, con algunas páginas que apenas se podían descifrar y los inservibles muebles petrificados esperando que alguien los rescatase del olvido. Se encontraba absorta en sus pensamientos intentando descifrar la vida de todos aquellos viejos enseres y la imaginación campaba libremente y a su aire para trasladarla a otra época, en plena contienda bélica, su abuelo, un muchacho joven y apuesto con un rostro de facciones tiernas y dulces con un montón de sueños en la mochila y toda la vida por delante, enamorado y apasionado, se encuentra en una guerra absurda en la que no tiene nada que ver. Su imagen en bicicleta escapándose por la noche para ver a su amada, iluminando su trayecto la luna llena, y con el corazón palpitando de alegría, demostraban el amor que profesaba a su abuela y los riesgos que era capaz de asumir por una noche de pasión desenfrenada, unos besos furtivos, unas caricias robadas y el calor de la persona amada, sentir su cuerpo y fundirse en él para sentirse seguro y fuerte ante toda adversidad, necesitaba hacer ese acto heroico para demostrarse a sí mismo que la guerra no iba a poder con él y que el amor no se lo podría arrebatar nadie.

Esa imagen quedó grabada en su memoria hasta bien entrada la tarde e incluso sintió un escalofrío que le recorrió todo el cuerpo, como si ella se encontrase en el lugar de su abuela y de repente le apareció la cara de Ramón, que tenía gran parecido físico con su abuelo, según una foto que encontró junto con las cartas y que lo avalaba. Tenía tanto miedo de enamorarse de una forma tan apasionada y, por otra parte, lo deseaba tanto que prefería recluirse en sus pensamientos y así no pensar en él y en sus tiernas palabras, caricias y besos.

Su abuela parecía otra y no quería hablar del tema, se había resignado a la situación de perder La Masía y vivir siempre en Palma sin que esto la pudiese afligir. Era una mujer muy fuerte y práctica que nunca miraba hacia atrás. Sin embargo, Teresa, ahora conocía su otra faceta y sabía que en su interior esto la carcomía por dentro. La espera se hacía interminable, máxime cuando el final estaba tan cerca y la agonía cada día era mayor. El Coronel intentaba animarla y le decía que podía acudir allí siempre que lo deseara y que incluso podía permanecer un mes con su nieta. Su abuela era muy suya y no quería depender de nadie ni de nada, para ella era muy importante mantener su dignidad y su amor propio. No iba a vivir de la caridad de nadie y menos del Coronel y de su sobrino.

—Me gustaría que mañana me acompañases al abogado para firmar el contrato y toda la documentación referente a La Masía —pidió Dª María con un gesto resuelto.

—Me alegra que cuentes conmigo ya que ahora debemos estar más unidas que nunca y ser una piña —con una gran sonrisa.

—El Coronel y su nieto estarán también presentes y puede ser un poco violento ya que nos une la amistad —dijo con el ceño fruncido.

—No te preocupes por mí, yo soy fuerte como tú y juntas lo superaremos.

—Me sabe muy mal todo esto y con la ilusión que tú tenías este verano por permanecer tranquila en La Masía, de verdad, lo siento.

—Las cosas suceden sin buscarlas y por eso no nos podemos hacer planes en la vida y hay que aceptar lo que nos venga de la mejor manera posible y ser positivas.

—Te doy las gracias por ser tan comprensiva y me resulta admirable tu madurez y paciencia, ya que solo tienes veinte años.


Éxtasis

La brisa de la tarde golpeaba en las mejillas de Teresa y su rostro sonrojado mostraba serenidad y bienestar, sin embargo, su ánimo se vio perturbado por la presencia de un visitante inoportuno en aquel paseo por el frondoso bosque donde le gustaba perderse casi todas las tardes a la caída del sol. La abeja la rondaba todo el rato como si la vigilara muy de cerca y aprovechara el momento más oportuno para atacar. Teresa pensó que era mejor no hacer nada y aceptar la presencia de su compañera de camino hasta que se cansase y buscase otra ocupación. Ensimismada y absorta en el paisaje, no se percató de la presencia de Ramón, que se encontraba subido a un árbol observando todo bicho viviente y, al ver a Teresa, quiso pasar desapercibido para poder admirar su gran belleza y sus movimientos sin que la joven se comportase de manera diferente. En ese instante pudo comprobar que sentía gran interés por conocerla en profundidad y que le unía algo muy especial a ella. Era consciente de que todo lo que estaba pasando los estaba distanciando y que ella se debatía entre el amor y el orgullo herido. Su deseo de estar con ella era tan fuerte que no pudo resistir más y de un salto se abalanzó a su lado. Teresa dio un grito desgarrador y empezó a chillar hasta que vio el rostro de Ramón y sintió su mano en su boca.

—¿Qué haces aquí?

—¿Me estás siguiendo?

—No, por supuesto que no —dijo en un tono molesto —. Estoy trabajando, te recuerdo que mi profesión consiste en observar animales.

—Parece que me persigues.

—Son imaginaciones tuyas, ya que pienso que me culpas de todo lo que está pasando y por eso te incomoda mi presencia.

—La verdad es que no me siento muy bien y es verdad que tú, sin querer, eres parte implicada en lo que me está ocurriendo —dijo Teresa.

—Es una pena que no podamos ser amigos y comportarnos de forma natural ya que tenemos mucha afinidad —dijo con una sonrisa envolvente.

—Tienes razón, sin embargo, somos muy distintos y pienso que entre nosotros no solo existe amistad.

—Eres una chica excepcional y nunca me había sentido así antes, solo pienso en ti y si no te tengo cerca nada me interesa.

—Todo eso es muy bonito pero no es real, ya que venimos de mundos distintos y es muy difícil que funcione.

—No estoy de acuerdo contigo, lo que pasa es que no confías en mí y crees que mis sentimientos no son sinceros.

—En este momento no puedo dejarme llevar por lo que siento. Además, soy demasiado joven para sufrir por amor.

En ese instante, Teresa dio un tropiezo y casi se cayó, pero la mano rauda de Ramón la sujetó y pronto mantuvo el equilibrio.

Teresa insistió en que lo mejor era que cada uno siguiera su camino y que no se volviesen a encontrar, aunque le deseaba mucha suerte y al despedirse le dio un beso en la mejilla. Ramón, en un arrebato, la cogió por la cintura con sus majestuosas manos y la atrajo fuertemente hacía él, le dio un beso en la boca para sellar su amor.

En aquel instante Teresa se dio cuenta de que el amor que sentía por él era muy grande y que el destino los había unido, existiendo cierta similitud con la historia de su abuela. Ahora podía entender mejor ese amor loco y apasionado de sus abuelos, el éxtasis en grado sumo como un bebedizo de placer y felicidad que solo se alcanza al lado de la persona amada. Sentía una debilidad en todo el cuerpo, producto de ese amor inconmensurable que se estaba manifestando como una enfermedad que no se puede curar si no se está cerca del amado. El fuego la quemaba por dentro y por fuera y se derretía como la mantequilla cuando Ramón ponía sus manos en su cuerpo, era tal la sensación de placer que se olvidaba de todo para sumergirse en sus caricias, abrazos, besos...

El verano se agotaba y ella quería aprovechar hasta el último momento para estar con él, había decidido dejarse llevar por ese elixir nuevo y desconocido para ella. Ramón era una buena persona, educado, de buena familia y además el heredero de una gran fortuna. Para Teresa lo que menos le importaba era el dinero, sin embargo, a nadie le amargaba un dulce y máxime cuando te viene dado y de forma honrada y legal.

Sus encuentros furtivos empezaron a preocupar a Dª María que veía que su nieta siempre estaba fuera por cualquier motivo. Teresa pensaba que de momento era mejor no decirle la verdad, por lo sensible que estaba con la venta de la casa, el Coronel y su nieto.

La comunicación entre abuela y nieta era más fluida y los momentos que podían hablar, su abuela le contaba muchas cosas sobre su vida y vicisitudes. Teresa, poco a poco, iba conociendo más la vida de su abuela y de Gabriel.

—Cuando regresó Gabriel de Barcelona, después de visitar muchas granjas y lugares destinados a meriendas y aprender técnicas nuevas, fórmulas y recetas, decidió abrir en Palma una granja a la que puso de nombre Reus, era un sitio increíble en pleno centro y muy bien situado. Había de todo para merendar: helados de todos los sabores artesanales, nata, mantequilla, yogur... Era un lugar para recrear el paladar más exquisito y así saborear el placer de los sentidos y el éxtasis. Tu abuelo era una persona muy emprendedora y no se conformaba con lo primero que veía, era muy exigente, perfeccionista y le gustaba innovar.

—Me comentaste hace tiempo que se fue solo a Barcelona sin conocer a nadie —añadió Teresa para enfatizar la valentía de su abuelo.

—Sí, era muy valiente, y no tenía miedo a su padre, por eso se vio obligado a sustraerle dinero para poder viajar y realizar su proyecto. Decía que no le quedó más remedio que demostrarle que no quería seguir sus pasos y que tenía ideas propias. Todo lo que se proponía lo conseguía, con esa sonrisa envolvente y cautivadora que persuadía a cualquiera.

—¿Lo querías mucho, verdad?

—Ni te lo imaginas, eres demasiado joven para entender un amor así.

—Pienso que debe ser muy difícil encontrarlo y que si se encuentra no hay que dejarlo escapar.

—A no ser que el destino te lo arrebate y te quedes sola muy joven —dijo Dª María con sentimiento de tristeza—La vida te pone pruebas que a veces son muy duras de superar y hay que ser muy fuerte y luchar a contracorriente. También me gustaría hablarte de mi hermano Miguel, mi otro gran amor. Lo admiraba tanto que siempre lo estaba imitando. Cuando éramos pequeños yo le seguía a escondidas cuando se iba con sus amigos, era muy travieso. Nuestra madre se enfadaba mucho con nosotros, siempre llagábamos con algún rasguño y con la ropa arañada. »Era mi ídolo y yo quería ser como él, tan valiente y decidido, siempre luchando por sus ideales sin importarle nada más. Trabajó en el ferrocarril mucho tiempo y fue sindicalista para luchar por los intereses de los trabajadores, sin embargo, cuando la guerra comenzó lo encarcelaron en el castillo de Bellver y eso fue su muerte. Mi madre sufrió mucho, pensando que su hijo moriría entre aquellas paredes solo y sin el cariño de sus seres queridos. Según contaba, cada noche acudían a por un preso para matarlo y eso era terrible e insoportable a pesar de su gran fortaleza. Como ves, la vida me arrebató a mis dos grandes amores y por el mismo tiempo, los dos eran muy jóvenes y llenos de vida. Para mí fue un trago muy amargo que tuve que beber y digerir.

—Nunca me habías contado lo de tu hermano, la verdad es que el destino no te lo puso nada fácil —dijo Teresa frunciendo el ceño con un gesto de sorpresa.

—Mi vida ha sido muy intensa, repleta de acontecimientos que se han sucedido sin apenas poderlos asimilar.


La merienda

—Por cierto, te quiero comentar que esta tarde nos ha invitado el Coronel a su casa para celebrar su aniversario, cumple 85 años. Me parece que no podemos rechazar la invitación, dada la situación —dijo Dª María a su nieta.

—No me apetece nada ir, y menos ahora que seremos la comidilla de Inca por la venta de la Masía.

—Sí, es verdad, pero no queda otra opción, el Coronel se ha portado muy bien conmigo siempre y no podemos negarnos —dijo con gesto de resignación —. Te informo que irá la élite de Inca y de Palma, el Coronel tiene amistades muy ilustres y de todos los signos políticos. Las hermanas Emilia y Esperanza son hijas del Coronel Rotger, fascista y muy estricto en sus ideas y moral. La menor de las hijas, Emilia, fue jefa de la falange y adoctrinó a muchas chicas en la moral cristiana y en la doctrina de la falange. La mayor, Esperanza, era muy sobria y callada, se dedicaba a coser, bordar y cocinar para su padre. Las dos permanecieron solteras como ejemplo de honestidad y buena moral cristiana. Cuando el Coronel falleció, ellas siguieron codeándose con la élite de Palma y sobre todo con las familias de los militares.

—Nos vamos a divertir en una reunión de militares y altos mandos de los dos bandos, los vencedores y los vencidos. Puede ser algo explosivo y a la vez inquietante e interesante —respondió Teresa en tono sarcástico.

—Supongo que será la última vez que lo visitemos antes de irnos definitivamente de La Masía, ya que la semana próxima todo habrá finalizado. Será el último esfuerzo que tendremos que realizar en Inca. Al final será una experiencia más en nuestras vidas y pasará al olvido. No te lo tomes así y disfruta del momento, quizás se te presente la oportunidad de conocer a personas interesantes y que te puedan dar más información de Gabriel.

Teresa no se podía creer que su abuela se encontrase tan receptiva, cuando estaba a punto de perder lo que más quería, todos sus recuerdos se hallaban en aquella casa. Al mismo tiempo se mostraba colaboradora y comprensiva con ella en la búsqueda de más información sobre la vida de su abuelo.

La tarde plomiza y gris auguraba mal tiempo como si presagiara que el ambiente iba a ser tormentoso.

Era la tercera vez que iba a visitar el castillo del Coronel, como así lo llamaba. No sabía qué vestido ponerse y qué actitud mostrar, tendría que utilizar una máscara de buena educación y hacer teatro para comportarse correctamente y no salirse del guion. Esto no iba a resultar fácil en un ambiente tan constreñido y al mismo tiempo reencontrarse de nuevo con Ramón después de algunos días sin verlo por decisión propia.

Llegado el momento, Teresa decidió optar por una falda y blusa sencillas, para no llamar la atención y pasar desapercibida, pero, al mismo tiempo, eligió colores vivos que bien combinados le daban un toque de elegancia y sofisticación. Su abuela eligió un vestido con mucho estilo y se engalanó bien con todas sus joyas, le gustaba mucho llevar pulseras, collares y anillos para realzar sus encantos. Había que reconocer que era una mujer de presencia y poderío que saltaba a la vista, y a ella le gustaba llamar la atención y ser el centro del acontecimiento.

Al llegar, el Coronel les abrió la puerta personalmente, dado que era aún muy temprano y se encontraba en el comedor casualmente, por estar el servicio muy ajetreado con todos los preparativos de la merienda. Les agasajó con su galantería y les indicó que se acomodaran donde quisieran. Les comentó que se alegraba mucho de verlas y que le gustaría que la adquisición de La Masía no empañase su amistad, con un tono sincero y al mismo tiempo alegre.

—Hoy es un día muy especial para mí y por ello he reunido a antiguos colegas de profesión para revivir momentos gloriosos de nuestro país, y quiero que se sientan a gusto en mi casa que siempre será la suya.

Su discurso no extrañó a las invitadas que conocían de sobra la labia del Coronel y sabían que le gustaba quedar bien con todo el mundo.

Teresa se mostró cordial y simpática para no levantar ningún tipo de interés en el Coronel y observar tranquila aquella reunión enmascarada de militares que aprovechaban cualquier acontecimiento para rememorar sus glorias. Era de sobra conocida la afición del Coronel por aquellas tertulias hasta altas horas de la noche, donde se recreaban escenas vividas, acompañadas de alcohol y filmaciones de la guerra civil y de la batalla del Ebro.

Poco a poco, los invitados fueron llegando con rostros muy variopintos y semblantes alegres. El servicio, muy preparado para estas ocasiones, iba colocando a cada invitado en un lado de la mesa del comedor, dejando el centro para los más allegados. Teresa y su abuela se quedaron en el centro de la mesa por ser personas muy apreciadas para el Coronel y, cuando faltaba poco tiempo para comenzar la merienda, se presentó su nieto Ramón con un aire desenfadado e informal.

—Buenas tardes a todos los invitados y disculpen la tardanza, pero estaba en el bosque realizando un estudio sobre los pájaros utilizando ajonje y me he perdido por un camino agreste.

El Coronel intentó disculpar a su nieto con un comentario sobre los jóvenes y su ensimismamiento propio de la edad que la mayoría entendieron perfectamente.

Teresa estaba inquieta y sin saber cómo comportarse en un ambiente tan encorsetado y anacrónico. Se encontraba expectante como un centinela de guardia para observar cada gesto y movimiento de aquellos ilustres invitados.

La mesa la presidía el Coronel y su íntimo amigo el teniente Juan Cerdá, republicano que sirvió en su regimiento durante la guerra civil. De aspecto robusto y prominente andorga, calvo y con una frondosa barba, era el prototipo de un sirviente de labranza, campechano y afable. Resultaba curioso que, tal personaje, hubiese sido un teniente reconocido y que hubiese empuñado un arma, cuando daba la impresión de ser una persona incapaz de matar a nadie.

A su lado, un par de militares de semblante pálido y enjutos, se reían de manera estrepitosa acerca del famoso anuncio de la coca cola, donde se divisaba una playa desierta y de pronto por arte de magia aparecía una botella de esa bebida mágica para dar energía y así poder encontrar la solución mejor para regresar a la civilización. Era una escena más bien sacada de un film de Buñuel con elementos cómicos e histriónicos. Los personajes se movían muy deprisa pasando de una secuencia a otra sin apenas dar por concluido ningún tema. Sus risas llegaban a ser tan estridentes que acaparaban las miradas de los asistentes con cierta admiración y júbilo.

El Coronel estaba pletórico y se sentía orgulloso de haber reunido a un grupo tan selecto bajo su techo. Aquel día sería memorable y pasaría a la posteridad. Hacía mucho tiempo que no se reencontraba con muchos de los allí presentes y para él, era un honor que hubiesen acudido después de tantos años.

La mayoría de ellos eran octogenarios y el paso de los años no había sido muy clemente; sus rostros marcados por las arrugas y su pelo blanco eran el signo visible del envejecimiento. Sus miradas inquisidoras y expectantes revelaban el don de mando que habían tenido y su constante desconfianza.

La élite la formaban una quincena de generales, tenientes y coroneles de la brigada republicana que eran de diversas regiones de España. Las únicas invitadas femeninas eran las hijas del Coronel Rotger, que se mantenían al margen de la conversación de los varones, estaban más preocupadas por engullir todo lo que había en la mesa que por atender a las normas de cortesía y decoro. Se quedaron en un extremo de la mesa siempre juntas y atentas a las exquisiteces culinarias y a la decoración de la casa; su mundo se reducía a unas cuantas invitaciones y a atender la casa como buenas cristianas. Todo estaba muy bien organizado como si de una batalla se tratase y el error no era probable. Los allí presentes estaban acostumbrados a unas normas estrictas, eran personas educadas con ideales que habían superado la derrota de la guerra y ahora vivían de los recuerdos y de su experiencia.

El Coronel había bebido bastantes copas de vino y sus ojos brillaban de forma especial. Entonces, empezó a hablar sobre la famosa batalla del Ebro, comentando que el mejor estratega del ejército republicano fue el general Vicente Rojo, héroe como Miaja de la defensa de Madrid y quien ideó un plan para salvar la situación, es decir, volver a pasar el río Ebro y atraer a las tropas que acosaban Levante. Todos le aplaudieron con gran entusiasmo reconociendo que en la contraofensiva contra el ejército franquista fallaron los apoyos y por eso el fatal desenlace.

En ese momento Ramón levantó su copa para proponer un brindis por su abuelo para que el próximo año se pudieran reunir otra vez para celebrar un cumpleaños más.

La conversación derivó en el tiempo tan variable que estaba haciendo en Palma ese verano y que apenas llovía. La tertulia fue decayendo hasta finalizar con la basura televisiva y los pocos valores que se inculcaban en los medios de comunicación.

—A veces pienso que hemos retrocedido en vez de avanzar y que la sociedad es más inculta y retrógrada —añadió el Coronel.

Ramón se levantó y pidió a Teresa si lo acompañaba a dar un paseo por la casa, que le quería enseñar algo. Teresa sorprendida y taciturna, observada por todos los presentes, salió de la mesa para seguir a Ramón hacía la habitación contigua.

—No te preocupes, ya estamos solos —dijo Ramón con una sonrisa pícara.

—Me has dejado en evidencia delante de todos —respondió muy alterada.

—Te he salvado de una tertulia tediosa. Eres una desagradecida.

—Tú no tienes derecho a decidir por mí —dijo con el ceño fruncido.

—Cuando te enfadas estas más guapa y me gustas más —dijo cogiéndola por el hombro.

—Necesito hablar contigo a solas antes de que te vayas, quiero enseñarte algo importante.

—Siempre me convences para que te escuche, supongo que merecerá la pena lo que me vas a contar —dijo Teresa con gran interés.

—He encontrado por casualidad una carta que tenía guardada mi abuelo en un cofre y habla de tu abuelo Gabriel.

—No puede ser, no sabía que tu abuelo lo conociese —respondió con cara extrañada.

—Parece ser que Gabriel, en el frente, conoció a un chico llamado Enrique con el que tuvo gran amistad, los dos eran muy humanos y sensibles. Enrique era sobrino del Coronel y, al igual que Gabriel, no era de ninguna ideología política y se acababa de casar hacía poco tiempo cuando estalló la guerra. Cuando murió, el Coronel encontró en casa de su hermana las cartas de Enrique y se las quedó como recuerdo de su sobrino. En las cartas menciona a su amigo Gabriel y su gran lealtad y honradez. Comenta que, cuando pasaron por un río, bebieron agua y, después, se enteraron de que en ese río habían permanecido muertos varios días un regimiento de soldados y que el agua estaba sucia y olía mal. Gabriel, al enterarse, no paró de vomitar y permaneció varios días sin comer ni beber nada.

—Gracias por contarme todo esto, pero necesito ir con mi abuela —respondió Teresa con semblante pálido.

—No sé lo que te pasa, pero estás muy arisca conmigo.

—Lo siento, tengo que acudir al salón.

Teresa estaba perpleja por la información que acababa de recibir y no salía de su asombro. El Coronel tenía cartas que hablaban de Gabriel. Cada día recibía novedades que le costaba asimilar.

Al regresar al salón, su abuela le dijo que la merienda estaba acabando y que solo faltaba la torta de cumpleaños pero que quería irse cuanto antes. Con su mirada pudo adivinar que en su ausencia se había sentido muy sola y que nadie había hablado con ella, las hermanas se encontraban en el otro extremo y el Coronel demasiado ocupado en distraer a sus amigos. Aquella casa era fría y poco acogedora, se notaba que solo habitaban hombres y que apenas recibían visitas femeninas.

El Coronel no tenía ninguna sensibilidad ni delicadeza para tratar a las mujeres y pensaba que la mujer estaba hecha para obedecer y someterse al hombre. Su abuela no podía soportar el autoritarismo de aquel hombre, ella que siempre había sido libre y fuerte.

En el camino de regreso, las dos permanecieron en silencio cada una con sus pensamientos y sus sombras, apenas se distinguían en la inmensidad de la noche, andaban como por inercia y su mente libre se alejaba de su cuerpo para evadirse de la realidad.

¿Qué les estaba ocurriendo? ¿Cómo podían evitar todo lo sucedido? ¿Eran esclavas de su destino?

El camino se les hizo eterno y tortuoso hasta llegar a La Masía y no podían parar de pensar en todo lo que había acontecido en casa del Coronel. Era como una pesadilla tener que relacionarse con aquellos militares atraídos por el afán de protagonismo y las ganas de sobresalir, escuchar sus carcajadas, sus gritos y sus miradas altaneras. Sin embargo, las invitadas supieron estar a la altura de la ocasión y comportarse correctamente.




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