Los números del amor
Bernardo Álamos


Son los inicios del siglo XXII, pero a Giuseppe lo que le pesa es una historia familiar que se inició mucho tiempo atrás, a mediados de la década de 1950. Por ello, decide averiguar los detalles de lo acontecido a sus antepasados, utilizando los recursos que le ofrece la nueva tecnología, aunque dañe el prestigio de los Salas Rossi. Los números del amor es un relato apasionante sobre una estirpe nacida en la traición, el engaño y la ambición ilimitada. Una intriga sobre el dolor que provocan las relaciones de control, pero también sobre el poder del amor para redimir y sanar heridas. En esta, su segunda novela, Bernardo Álamos cautiva al lector desde la primera página, con una narración trepidante sobre la hipocresía y los secretos que tuercen el destino de las personas.



















Los números del amor

Bernardo Álamos

Iº edición - Santiago: Editorial Celada, mayo 2019

ISBN edición impresa: 978-956-398-831-4

ISBN edición digital: 978-956-9946-48-6

© Bernardo Álamos, 2019

© Pehóe Ediciones

Diseño: Ian Campbell

Diagramación digital: ebooks Patagonia

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A mi lector desconocido.








Dios hizo los números enteros,

el resto es obra del hombre.

LEOPOLD KRONECKER


Índice

Primeros años del siglo XXII (#u1e7d6da0-9e4d-5229-807e-4a6fe1ac9dd9)

I. La beca (#u667c79a6-0d7f-5482-a8bf-55401f8d7ec6)

II. Carmen (#ub610aa49-573f-5c1a-bc7d-5392f4d3dc09)

III. Boston, Estados Unidos (#ua71a2619-84d8-58f9-8947-823abbe911f9)

IV. Eduardo (#udac396d4-30b7-5fe4-a944-1f10f75061ac)

V. Sergio (#u5bae2b27-544e-5243-a003-88997b20a02f)

VI. La premiación (#u7963bab1-4ce4-5470-b489-3d4e39b82939)

VII. Ignacio (#uafeb3a5b-bdf4-5295-9b65-72bedc292f7a)

VIII. La búsqueda (#u891d95a8-3c13-5825-885f-1ff14d4bc37f)

IX. Carlos  (#uc2f501d1-16f2-5a46-bda8-b957f6bc78f0)

X. Zafar (#u699c33ad-6c51-5d91-b1ff-bb4e4036b6bc)

XI. El persecutor  (#u0165cf1a-7141-516e-882a-00d0db961001)

XII. Francisca  (#u7b0239cd-28c1-5aa4-9880-5b6e2ff6cc33)

XIII. William Rutherford (#u579a108d-7c41-55f0-9473-575110a1b182)

XIV. El código  (#uea229174-0fb4-5c5b-9533-7f7fe1d2a18e)

XV. Volver a nacer  (#ua712f3b5-8de8-581c-81bd-a576b7bda259)

XVI. Febrero de 2025 (#uec32de57-3614-5d45-a6d6-b9a23e7033ff)


Primeros años del siglo XXII

Giuseppe había recibido los resultados de la investigación. Era la historia desconocida de los orígenes familiares, la verdad de sus antepasados, y por eso para él era una obligación darla a conocer aunque afectara el prestigio y el poder que gozaba la familia. La vida de Eduardo y Carmen; de Sergio y Francisca; de Cristóbal y Antonella, y de otros que fueron parte de sus andares. Giuseppe se sentó, se puso el intercomunicador y la máquina comenzó a escribir lo que Giuseppe quería decirle, sin mediar sonidos ni expresiones. Al final la máquina anunció:

—No está definido en tu cerebro el nombre de esta historia.

Giuseppe pensó y la máquina tituló Los números del amor.

Cuando el documento estuvo listo, Giuseppe lo quiso revisar con el propósito de chequear si lo escrito reflejaba a cabalidad lo que él conocía y el resultado de la investigación. Por lo general, los habitantes de la tierra no tenían ese tipo de conducta, ya que preferían escuchar lo que las máquinas les decían. Sin embargo, Guiseppe disfrutaba leer y se sentía agobiado de convivir con tanta máquina. Se sirvió un trago por sí mismo, se acomodó y comenzó su lectura.

Todo se inicia a mediados del siglo XX en un país llamado Chile. En aquellos años, Chile era una república independiente. Hoy su territorio forma parte de la Unión de los Estados del Pacífico. En 1950, Chile era una nación pobre y en vías de desarrollo, mientras que el mundo vivía una crisis permanente, conocida como la Guerra Fría; un choque global entre dos corrientes, una de corte estatal y otra liberal. La cultura chilena estaba marcada por el machismo, pero curiosamente, sin convivir en contradicción, operaba un fuerte matriarcado. La conducta de los miembros de la familia Salas no fue la excepción. Esta es su historia, la historia no revelada de los Salas.


I.

La beca

(Santiago, finales de la década de los cincuenta)

Estando Eduardo en sus últimos años en la escuela de ingeniería de la Universidad de Chile, le impactó la historia de Izquierdoz, un estudiante tan calificado como él, que se había vuelto loco, según creían sus profesores, por una obsesión compulsiva por los números que terminó con su humanidad en un hospital siquiátrico. Eduardo pensaba que tenía que haber algo más que una mera obsesión numérica.

Un día al salir de clases, vio que se juntaba un grupo de compañeros de curso para ir a visitar a Izquierdoz al siquiátrico. Ellos tenían la autorización del hospital y, sin pensarlo dos veces, se unió al grupo. La visita le chocó profundamente. Se encontraron con Alicia, la mamá de Izquierdoz: una mujer de no tanta edad, lindas facciones y ojos verde esmeralda. Sin embargo, su rostro reflejaba pronunciadas arrugas. Ella había perdido a su marido y tuvo que hacerse cargo sola de sus dos hijos, Álvaro y Fernando.

Uno del grupo hizo la introducción.

—Hola, señora, nosotros somos compañeros de Álvaro de la U y queríamos saber de su salud.

—Buenos días —contestó ella—, muchas gracias por la visita.

—No, de nada —respondieron a coro los muchachos.

—Aquí estamos, chiquillos —dijo la señora—. Alvarito tiene días buenos y malos. Los doctores dicen que se requiere mucho tiempo para darlo de alta. Por el momento lo están tratando con medicamentos muy fuertes que lo hacen dormir.

—Señora, ¿qué es lo que realmente tiene? —preguntó Eduardo.

—Mi hijo tiene una ausencia de la realidad. No tiene conciencia del tiempo, anda perdido, escribe en la pizarra números incongruentes y dice que va a encontrar la solución, que todo va a volver a ser como antes, solo necesita encontrar a mi Fernandito.

—Pero, señora —dijo uno de los muchachos—, ¿por qué lo busca de esa forma?

—Ese es uno de los problemas, cree que si soluciona la ecuación sabrá dónde está su hermano. No tiene conciencia...

No fue capaz de terminar, y todos permanecieron callados hasta que Ximena, la única mujer del curso, la abrazó con ternura y esperó que pasara esa tormenta interior. Demoró un tiempo y por ello, cuando Alicia empezó nuevamente a hablar, solo quedaban ella, Ximena y Eduardo.

—Bueno, señora —dijo Ximena—, tenga mucho ánimo, nosotros vamos a venir más seguido a acompañarla.

—Muchas gracias —contestó Alicia—. Y discúlpenme, la verdad es que estoy sufriendo mucho.

—No se preocupe —dijo Eduardo.

Fue así como se entabló una relación entre Alicia y Eduardo.

Alicia se había casado jovencita con el amor de su vida y al poco andar vino al mundo Álvaro y, varios años después, Fernando. Eran una familia feliz. La desgracia se presentó como un ladrón de noche y sin aviso, cuando le descubrieron cáncer gástrico al marido. Fueron años de lucha y dolor hasta que el hombre falleció. Sin embargo, Alicia no se dejó arrastrar por la desgracia y luchó con toda su fuerza para sacar adelante a sus hijos.

Fernando estaba esperando que su hermano Álvaro retornara de la universidad. Álvaro cursaba el último año de ingeniería y también trabajaba los fines de semana para ayudar con las finanzas familiares. A pesar de los diez años de diferencia, ambos hermanos eran uña y mugre.

—Te estaba esperando, Álvaro —dijo Fernando.

—Ah sí, hermanito, y ¿para qué sería? Ya me imagino que quieres que te lleve a la panadería para comernos un berlín con una coca cola.

—No está mal, no lo había pensado. El plan…

—¿Cuál plan? —preguntó Álvaro.

—¿Te acuerdas de que en la última carrera me ganaste?

—Te gané por lejos —contestó Álvaro.

—¿Cómo no me íbai a ganar? —contestó Fernando—, si me diste muy poca ventaja. La cuestión es que ahora lo tengo todo calculado y, si en vez de 30 pasos me dai 50, te ganaré. El plan es que corramos ahora mismo hasta la panadería y mi premio como ganador será el berlín y la coca.

—¡No! Estoy súper cansado y ya te dije que tengo mucho que estudiar.

—¡No te atreví!, ¡no te atreví! ¡Mi hermano es una gallina, mi hermano es una gallina! —gritaba Fernando.

Álvaro encontró simpática la situación, además, nunca le negaba nada a su hermano, pues lo quería demasiado, y pensó ¿Qué importa media hora, si hago feliz a este pendejo?

—Está bien —contestó Álvaro—, acepto el desafío. Era una tarde primaveral, faltaba una hora para que el sol entregara la posta a la luna. Los hermanos salieron de la casa y Fernando tomó su ventaja y caminó 50 pasos para alejarse de Álvaro. A la orden de 1, 2, 3, ambos empezaron a correr en dirección a la panadería que estaba a unos 400 metros de distancia. Al principio el niño se sentía cómodo, pues no escuchaba los pasos de su hermano, sin embargo, pronto los empezó a sentir y apuró el tranco lo más que pudo. Álvaro se le acercaba, pero esta vez no le podía ganar, faltaban unos pocos metros y si lograba cruzar la calle en punta, sería el ganador. No lo vio venir, ni tampoco escuchó el grito de angustia de Álvaro, y con la sonrisa de victoria en los labios, lo alcanzó la muerte. Un camión lo aplastó. Infructuosos fueron los pedidos de auxilio de Álvaro y el intento de resucitarlo que practicó un transeúnte.

Después del accidente, Álvaro se encerró en sí mismo. Pensaba que todo sería como antes si lograba representar la muerte de su hermano en una ecuación, y que al resolverla volvería del más allá. Él les comentaba a los doctores que confiaba en su capacidad matemática, pero el problema era que su hermanito tenía que conocer el resultado de la ecuación y la cuestión era cómo le hacía llegar los papeles, de lo contrario no podría viajar de vuelta al mundo. Tenía dos problemas: resolver la ecuación y entregar la solución.

En una de las visitas que realizaba al hospital, Eduardo pudo ver y hablar con Álvaro. Lo encontró en un estado físico deplorable y ensimismado, con una tiza en la mano, escribiendo en una pizarra una cantidad de números, hipótesis, ecuaciones, derivadas e influencias sin sentido. Álvaro notó la presencia de un extraño en la pieza.

—¡Qué bien! —dijo Álvaro—, tú debes ser la persona que estaba esperando. ¿Eres tú o no?

—Sí —contestó Eduardo llevándole la corriente.

—Entonces, no perdamos más el tiempo. Toma los apuntes y los entregas donde tú ya sabes.

—¿Dónde? —preguntó Eduardo.

—¡En las iglesias, pues! Y en todas las iglesias.

—¿Para qué? —dijo Eduardo.

—¿Cómo que para qué? —respondió Álvaro—. Para entregársela a los sacerdotes y los pastores, ellos la ofrecerán a Dios en sacrificios y Él se la dirá a mi hermano. Ahora bien, a cuantas más personas les hagas llegar la solución del problema, más probabilidades tenemos pues, por cierto. Dios tomará una sola ofrenda, ya que la mayoría de los que la presentan son impostores, agentes del demonio y por tanto Dios no podrá estar seguro de la solución. ¿Me comprendes?

—Ya —contestó Eduardo—. Y ¿cómo vamos a saber quién es la persona indicada?

—Nosotros no lo sabemos, por eso te dije que se lo entregues a la mayor cantidad de curas. Ahora toma los documentos, hazles copia, entrégalos con prudencia y cuidado, ya que tenemos mucha prisa —expresó Álvaro.

—Muy bien —contestó Eduardo—, ¿algo más?

—Sí, algo muy importante. Hay iglesias que no van a recibir los apuntes y en ese caso, tienes que actuar —ordenó Álvaro.

—¿Actuar? —preguntó Eduardo.

—Eso dije. Las iglesias que no te reciban la solución deben ser marcadas.

—¿Marcadas? ¿De qué manera? —interrogó Eduardo.

—Toma un perro de la calle, llévalo a tu casa y al atardecer lo inmolas. Con la sangre del perro, marca las iglesias. Esa marca le servirá de señal al ángel vengador para que las destruya, en castigo por no haber colaborado conmigo.

Eduardo lo miró, intentó no reírse y antes de que dijera una palabra, Álvaro le gritó:

—¡Ey, aquí hay muchos locos que hacen maldades de todo tipo! Cuando los vayan a juzgar, tendrá que ser un juez que esté loco, de lo contrario su sentencia será nula, ya que el dictamen sería injusto, una locura. A los locos los deben juzgar los jueces locos, pues una persona cuerda no puede entender la razón del actuar del loco. Ahora lo difícil es saber quién está loco y quién está cuerdo.

A Eduardo le pareció que a pesar de que su compañero estaba insano, mantenía una cierta lógica. ¡Qué compleja era la mente humana! El hombre necesitaría siglos de estudio y posiblemente nunca llegaría a entender su dimensión.

Semanas después:

—Mire, mi amigo —le dijo Álvaro—, usted se ha demorado bastante en hacer entrega del trabajo a las iglesias.

—Así es —contestó Eduardo—, lo que pasa es que me das puros papeles con números que tengo que copiar, y como los sacerdotes no los entienden, no pueden ofrecerlos en sacrificio a Dios.

—¿Y qué quieres que haga? ¡Cómo no lo ven!, si ahí está todo muy claro.

—No te lo discuto, Álvaro, pero ellos no son matemáticos. Si me dijeses en palabras sencillas su significado, se los podría explicar.

Fue así como Álvaro inició su explicación:

Al principio, Dios creó al hombre y los números enteros. El hombre los enumeró del 1 al 7 y para su incremento le agregó la repetición del mismo número, así pudo contar, dar valores superiores e inferiores, hacer comercio, construir, crear las monedas con su equivalencia, etc.

A lo largo de los siglos, por el sistema numérico, el hombre fue desarrollando su cultura hasta que llegaron los colegios y las universidades. El proceso de desarrollo obligó a diferenciar a los estudiantes por su nivel de conocimientos, y nació la calificación con la escala ascendente y notas del uno al siete.

El progreso hubiese sido mucho más lento si los números no hubiesen tenido su propia guerra.

El 7, el mayor de la escala, era un tipo engreído, se sabía el mejor y miraba con aire de suficiencia a su más cercano contendor, el 6. Solían tener discusiones profundas donde el 7 le decía al 6: “Mira, la diferencia entre tú y yo es más que una unidad”. El 6 refutaba que solo una unidad los separaba y que no había más distancia entre ellos que la que tenía él con el 5.

Entonces el 7 le explicó el proceso de subir:

—Seis, ¿ves ese cerro? —le preguntó.

—Claro que lo veo —contestó el 6—, ¿a qué viene una pregunta tan obvia?

—No seas impaciente, te voy a explicar. Como tú eres bueno, aunque no tanto como yo, parte ese cerro en trozos iguales.

—Gracias por lo de bueno, y no es necesario que me digas que eres mejor. Siempre repites lo mismo y todos los números lo saben.

—Perdona, mi viejo, no quise ofenderte —contestó el 7 con una mirada de suficiencia—. Ahora, ¿puedes dividir numéricamente el cerro?, por favor.

Al 6 le cayó como patada de mula el cometario del siete, pero con disimulo le contestó.

—El cerro tiene siete partes iguales.

—Muy bien —dijo el siete—, ¿y me puedes decir su inclinación?

—Claro, al principio es suave, y la última parte muy pronunciada, casi vertical.

—Ese es el punto; si pones a un hombre a subir ese cerro, andará rápido al principio y se moverá del 1 al 2 sin dificultad, del 2 al 3 un poco más difícil, del 3 al 4 un poco más, al igual que del 4 al 5 y del 5 al 6. Ahora bien, del 6 al 7 le llevará mucho tiempo, ingenio y sacrificio. Como ves, esa es nuestra diferencia, ya que el que obtiene el 7 es alguien muy superior.

Al 6 le habían dado una lección como tantas otras veces, pero esta última superó su nivel de tolerancia. Por eso el 6 era un sujeto envidioso, que odiaba al 7 con todo su ser.

El 5 era un chupa medias, y siempre andaba con el 7 como si fuera su escudero.

El 4 era un conformista, no ambicionaba más, ya que su número era la nota mínima que los hombres habían puesto para aprobar una asignatura.

Un día estaba el 6 en un bar tomando para olvidar su rencor con el 7 y pensaba “ese maldito farsante algún día va a caer y yo voy a estar ahí para presenciarlo”. Un poco más allá, sentados en una mesa, estaban bebiendo el 1 con el 2. El 1 tomaba porque le daba lo mismo emborracharse, ya que su vida nunca cambiaría estando sobrio o borracho; siempre sería un 1. El 2 lo hacía porque se sentía a gusto compartir una mesa con alguien inferior. Al fondo del bar se encontraba el 3, mascullando su baja animosidad, pensando lo poco que le faltaba para alcanzar al 4 y tener dignidad, pues solo un poco de ella le cambiaría la vida. El 3 prefería no emborracharse, tenía motivos para no hacerlo, “sobrio mejor —se decía— me falta poco para llegar al 4”.

Así se fue la tarde y el 3 pidió la cuenta; al levantar la vista divisó al 6, que parecía como ido, y un poco más allá vio al 1 con la típica borrachera del indolente, el 2 solo se reía y expresaba:

—Soy el rey de la mesa, miren a este infeliz del 1, no sabe dónde está, es un bueno para nada, cómo me divierto con este sujeto.

El 2 decía todo esto, ya que le producía una inmensa felicidad comprobar que era mejor que alguien, aun cuando él mismo fuese poca cosa.

El 3 encontró jocosa la escena y sin pensarlo mucho se acercó al 6.

—¿Qué pasa, amigo? —le preguntó.

—Y a ti, ¿qué te importa? —contestó el 6.

—Um, estamos de mal humor...

—Sí ¿y qué? Ándate y déjame tomar tranquilo.

—Está bien, me voy, pero yo sé por qué tomas —replicó el 3.

—A ver cabrito, ¿por qué?

El 3 guardó silencio y permaneció impávido a su lado, nada le decía, solo miraba cómo el 6 sorbía trago tras trago. En un inicio, y puesto que aún no había perdido la razón, el 6 pensó: “tranquilo, no vale la pena pelearme con este tipejo, no me voy a rebajar, pues hay una distancia enorme entre ambos”. A pesar de que el 6 odiaba al 7 por su arrogancia, llevaba en su corazón igual sentimiento y es que todos los números eran de la misma naturaleza, pecadores viciosos, solo los hacía diferentes el valor que le daban los humanos para controlar las cosas. De tanto tomar, el 6 perdió la razón y viendo al 3 con una cara de huevón que daba ira incluso a los más huevones, no aguantó más y le lanzó un vaso, partiéndole la curva superior. El 3 dio un grito de dolor y cayó al suelo provocando un fuerte estruendo. El 2, que era el más sobrio, contemplaba la escena, y aunque no le simpatizaba el 3, no aceptaría que uno de su clase fuese agredido. Ellos eran los rojos, el 1, 2 y 3; debían su apelativo a la clasificación de los hombres, y un azul, grupo al que pertenecían desde el 4 al 7, había agredido a su compañero que compartía la misma suerte. La rabia se apoderó del 2; se abalanzó sobre el 6 y con un golpe certero le rompió su curva inferior. Se inició una gresca de aquellas. El 1 se paró como pudo y fue directo hacia el 6, no alcanzó a llegar cuando recibió un puñetazo que le voló de cuajo su primer palo ascendente. Con el 3 y el 1 fuera de combate, la pelea se centró en el 2 y el 6 que lanzaban piñas, esquivaban las que podían, aguantaban las que recibían, hasta que alguien llamó a la autoridad y llegaron dos tipos de verde: “x” e “y”. Ambos restauraron el orden.

El control de daños arrojó como consecuencia la pérdida del trazo corto ascendente que sostenía el trazo largo descendente del 1, serios daños en la curva superior del 3 y menores en la curva inferior del 6.

La noticia de la pelea llegó al resto de los números y como consecuencia de semejante vergüenza se produjo un abismo de distancia entre los rojos y los azules. El 7, la máxima expresión de los azules, humilló aún más al 6 calificándolo de inmaduro por iniciar la pelea con un tipo como el 3 que no le ha ganado a nadie. Fue así como el 6 acumuló gran cantidad de odio y ganas de revancha.

Una mañana, al salir de su casa vio que el 1 apenas se sostenía en pie ya que le faltaba una parte de su cuerpo, y fue esa observación la que le dio la idea. “Claro —se dijo a sí mismo— si al 7 le quitan el palo vertical superior, queda como un 1; qué tonto, cómo no se me ocurrió antes.”

Durante mucho tiempo el 6 pensó en la manera de llevar a cabo su plan y tenderle una trampa al 7 para cortarle la línea vertical superior. Sin embargo, el 7 era muy astuto y nunca cayó en la trampa del 6.

Pasaron muchos años y el 6 abandonó su macabro plan, no por propio deseo sino por el peso del fracaso de tantos intentos. El 6 aceptó su realidad, y teniendo conciencia de que no podía mejorar, se dedicaba a burlarse de los números azules, de manera que se enemistó con el 4 y el 5. Ciertamente había aprendido la lección y nunca más se mezcló con los números rojos. Sin embargo, se fue quedando solo y se hizo adicto a la bebida.

Una noche sin luna y sin estrellas, al salir del bar, se encontró de sopetón con el 3, de manera que el diálogo fue inevitable.

—Fíjate por donde caminas —le dijo el 3—. No te bastó con romper parte de mi cuerpo.

—¿Y? —preguntó el 6.

—¿Y qué?, huevón... —le dijo el 3—. Ahora ando con el 1 y el 2, y están sobrios así es que te sacaremos cresta y media.

El 6 vio el peligro y sintió miedo, y como pudo intentó escapar, pero los números rojos le cerraron el paso, por tanto no le quedaba otra que negociar o pedir disculpas.

—Miren muchachos… —dijo el 6.

—Cierra el pico —contestó el 2, que parecía el más agresivo.

—Calma —intervino el 1—, dejémoslo hablar.

—Gracias, la verdad es que mi vida no es nada fácil, estoy solo, los azules no me pueden ver y con ustedes los rojos no me llevo.

Habló rápidamente, ya que debía calmar los ánimos pronto si quería evitar que le dieran una paliza. Los puso al tanto de su relación con el 7 y por qué el 4 y el 5 no lo querían.

El 3 sintió lastima y comprobó que también las dificultades golpeaban a otros que parecían tenerlo todo. El 3 no era tonto, solo le costaba concentrarse, pero razonaba bien y dijo:

—Mira, eso del tema del cerro, en cuanto a que el último tramo, como dijo el 7, demora más tiempo en recorrerlo, es lo más antidemocrático que he escuchado en mi vida.

—¿Antidemocrático? —preguntaron todos a coro—, explícate.

—Cómo no lo ven, todos estamos separados por la distancia de una unidad y es igual, de manera que la diferencia entre cada uno de nosotros es la misma. El 7 te engañó con una artimaña propia de los que tienen el poder.

Por primera vez en su vida el 6 se sintió comprendido y fue así como nació una amistad entre un azul y un rojo ¿Acaso no eran todos números? ¿No estaban construidos todos con trazos? Y si tenían rivalidades era por culpa de los hombres que les asignaban diferentes valores.

Fue un proceso paulatino y de a poco el 6 fue aceptando que lo mejor era entablar una guerra contra los azules para restaurar un nuevo orden. En nombre de la democracia y con la bandera de lucha de la unidad, no podía haber más diferencias entre ellos que la unidad. El 1 era el más entusiasta, pues no tenía nada que perder: si perdía seguiría siendo el 1, y el 2 y el 3 arriesgaban poco. El 6 estaba jugándoselo todo, pues si era derrotado, lo harían desaparecer por traidor y lo reemplazarían por “tres dos” o por “dos tres” o por “seis unos”.

Ahí estaban los dos ejércitos, unos en frente de los otros. El 6 montado en su caballo se dirigió a los rojos en estos términos:

—Compañeros, ha llegado el día esperado por tantas generaciones de sus antepasados. Si es necesario, lucharemos hasta morir. Solo la victoria nos hará libres. Por siglos han sido esclavos de los azules, ya que ellos viven y gozan de su prestigio porque ustedes existen; sin los rojos, no serían nada, pues ¿con quién se compararían? Nosotros los superamos en número, ya que los poderosos siempre son pocos, si no, no serían tales. Ellos son más astutos, pero yo conozco su astucia, claro. Nací como azul pero al ver la desgracia e injusticia con ustedes, me he rebelado, y aunque no soy rojo de sangre, sí lo soy de corazón.

Al otro lado del campo de batalla se escucharon los vítores de los rojos, lo que produjo cierto temor en las filas de los azules. Entonces, vestido con elegancia y muy bien montado, salió al frente el 7 acompañado de sus escuderos, los 5.

—Señores, tengan calman —dijo el 7—. Es cierto, ellos son más, pero nosotros por siglos los hemos dominado, son limitados y flojos.

Entonces el 4 intervino y gritó:

—Pero tienen al 6 y ese sabe.

—Ese es un traidor —gritaron los azules—. ¡Muerte al traidor! ¡Muerte al traidor!...

—Calma —dijo el 7—, usemos la energía en la batalla. Serenidad es la consigna. Yo conozco muy bien a ese sujeto y claro que es el peor de los traidores. Vamos a ganar esta batalla y el 6 dejará de existir; a futuro lo reemplazaremos por la combinación de los números menores. En cuanto al 1, el 2 y el 3 serán nuestros esclavos por los siglos de los siglos.

—Escúchenme bien —ordenó el 7—, ellos van a atacar primero, déjenlos venir y que los 4 abran un flanco en nuestras líneas, para que crean que rompieron la defensa, y una vez que entren en la trampa, los 5 se cerrarán y será su final.

Se escucharon fuertes aplausos coordinados y los azules se agruparon en formación de combate.

En el sector de los rojos, el 6 nuevamente arengó a sus tropas.

—Este es nuestro día, de ahora en adelante construiremos un nuevo mundo, donde nunca más habrá distinciones entre nosotros, seremos iguales, ya no existirán más calificaciones ni cantidades y así nos libraremos de los hombres, pues tendrán que inventar un nuevo sistema de mediciones. Seremos libres y viviremos en paz. Esta misma tarde, antes de que se ponga el sol, se acabará el reinado de la competencia y el querer ser más. La crueldad de esos conceptos ha traído la desgracia al mundo numérico y llegó el momento de poner fin a tanta injusticia.

—Los azules —añadió el 6— esperan que carguemos con todas nuestras fuerzas y así lo haremos, pero en cuanto le llegue al turno a los 2, se van a retiran del campo haciendo creer al enemigo que huyen y cuando su abanico se cierre sobre los 3 y 1; entonces los 2 cargarán por la espalda y no podrán pelear por el frente y por atrás.

La batalla fue una carnicería y se desarrolló tal cual como lo había planeado el 6. A los 7 les desmembraron el palo superior, los 5 perdieron su guata, los 3 su curva inferior y los 4 quedaron en tan malas condiciones que no se sabía bien lo que eran. Los pocos números azules que permanecieron con vida se rindieron a los rojos.

El hombre observó todo esto a la distancia y al contemplar el desastre lloró amargamente, pues no quedaban suficientes números para tanta humanidad. De ahora en adelante se iniciarían guerras entre ellos para tener números. Uno de los humanos, llamado Pedro, cayó desolado al suelo y levantando los ojos al cielo, con desesperación rogó por ayuda al creador. Entonces Dios sintió lástima y envió su espíritu para que iluminara al hombre, quien con los restos de los miembros numéricos dio vida al 0. De la nada, Dios lo hizo porque era nada. Dios además dejó a los números mudos, para que nunca más pudiesen hablar entre ellos. Sin habla no se podrían comunicar y sin comunicación no se podrían organizar y sin organización no podrían luchar y sin lucha no podrían guerrear.

Fue así que la humanidad dio un salto al desarrollo, ya que con la ayuda del 0 los números pasaron a otra dimensión.

Esta historia de Álvaro no le fue indiferente a Eduardo. Claro, se trataba de un cuento de un insano mental, pero reflejaba la lucha de clases tan común en aquellos años. Por otra parte, había algo en esta historia que le inquietaba. Al profundizar sus estudios de algoritmos, lo comprendió todo: los números eran números, pero se transformaban y con ello se podían establecer códigos para ocultar la información, y entonces se dijo “Eduardo, tienes que estudiar sobre esto”. Pero su universidad estaba en pañales en esta materia. ¿Adónde podría ir? ¿De quién aprendería?

Fue por un profesor que supo de un posgrado en Harvard. Intentó por todos los medios continuar sus estudios en dicha universidad, pero su gran problema fue la falta de recursos económicos y la única manera era postular a una beca. En general cumplía con los requisitos: tenía muy buenas calificaciones, había hecho ayudantías en varios ramos y contaba con muy buenas recomendaciones de profesores y de la universidad. Sin embargo, la cosa se puso cuesta arriba, ya que uno de los requerimientos era tener alguna publicación y él no tenía ninguna. Izquierdoz volvió a su mente y pensó en editar la explicación que le había dado su compañero en un cuento sobre los números, transformándolos en seres vivos, algo no muy propio de las matemáticas pero, debido a lo poco ortodoxo de la materia, se lo tuvieron en cuenta. Lo podían acusar de plagio, pero probablemente Izquierdoz no se acordaría de nada y, además, quién le iba a creer a uno que estuvo loco. La ambición de Eduardo pudo más. Publicó el libro que finalmente lo catapultó a Harvard.


II.

Carmen

Carmen era la menor de tres hermanos y la única mujer. Se había criado en un ambiente de amor, concordia y unión familiar. Fue una amiga de una amiga quien los presentó. Aunque él le llevaba cinco años, igual se las arregló para cortejarla. Un año después, Eduardo obtuvo la beca y le propuso matrimonio. Carmen aceptó de inmediato, pero requería la autorización de sus padres, pues era menor de edad. Se armó de valor y le pidió formalmente una reunión a don Juan, el padre de Carmen. Creía tener alguna ventaja, pues se había ganado el corazón de doña Pilar.

El día de la cita, Eduardo era un nudo de nervios, se probó varias corbatas y se puso mucha colonia que había tomado prestada de su papá. Al llegar a la casa, respiró profundo y tocó el timbre. Saludó con la mejor de sus sonrisas a la señora Pilar y le dio un beso nervioso a su futura novia.

—Pasa, de inmediato llamo a Juan —dijo Pilar.

En el salón sentía que las paredes se le venían encima y que el trinche con la porcelana caería sobre él y aplastaría su humanidad entera.

—Tranquilo —le dijo Carmen—, ya hablé con mi mamá y nos apoya, todo va a salir bien. Mi papá es un hombre un tanto chapado a la antigua, pero de buen corazón.

Tan pronto vio entrar a don Juan, sintió que las piernas le flaqueaban, y como pudo se paró y le extendió la mano.

—Aquí estamos, dígame joven a qué se debe tanto misterio —dijo Juan.

—Lo que pasa señor...

—¿Si? —lo interrumpió Juan.

—Lo que pasa es que yo venía a…

—Vamos, hombre —lo alentó Juan—, hable con confianza.

—Gracias, es que yo, es que yo… venía a pedirle la mano de Carmencita. La verdad es que nos queremos mucho y tenemos planes de casarnos en unos dos meses más.

—¿Qué está diciendo?, ¿no sabe que la niña es menor de edad? y, además, ustedes llevan muy poco tiempo en su relación.

—Sí, lo sé, señor, pero como me gané la beca...

—Ah —dijo Juan—, sí, la beca. Ya nos había contado nuestra hija. Felicitaciones, parece que es muy importante.

—Gracias —dijo Eduardo.

—Yo creo que lo mejor sería que usted vaya a Estados Unidos a realizar sus estudios y, a su vuelta, se pueden casar. Por lo demás, no será la primera ni la última pareja que continúe su noviazgo a la distancia.

—Pero, papá —dijo Carmen—, nosotros nos queremos y estoy segura de que con Eduardo seré inmensamente feliz.

—Niña —contestó Juan mirándola con dulzura—, aún eres muy joven para entenderlo. Casarse es un asunto muy serio y yo pienso que este tiempo que estarán separados les va a servir a los dos para reafirmar su compromiso. En verdad te digo que esto lo hago por tu bien. Yo solo quiero que sean felices y que no se precipiten. El tiempo pasa rápido y entre escribir las cartas que le enviarás a tu prometido y leer sus respuestas, sin darte cuenta llegará el día del matrimonio.

Al oír a su papá, la cara de Carmen cambió por completo, las facciones que mostraban ilusión, ahora reflejaban angustia. Quería muchísimo a su padre, pero no entendía la negativa, así es que se paró y tomando las manos de su progenitor, con voz suplicante le rogó que diera su sí. A Juan casi se le partió el corazón y, como pudo, reiteró la negativa. La joven miró a su madre y Pilar comprendió que era el momento de intervenir.

—Juan —dijo Pilar—, tal vez debiéramos conversar un poco más y darle otra vuelta al asunto.

—Pero, mijita, ¿para qué les da esperanza? Usted ya me conoce. Cuando digo no, es no.

—Está bien, pero están enamorados. Yo conozco a mi hija, tal vez sea muy joven, sin embargo, es una mujer muy madura, ya verás que el tiempo me dará la razón.

Eduardo, que había estado callado, intervino.

—Don Juan, se lo prometo, puede confiar en mí, no lo voy a defraudar.

—No se trata de eso, joven, solo les pido un poco de prudencia.

En ese momento el rostro de Carmen reflejaba rabia e impotencia.

—¡No le digas joven, se llama Eduardo! —aulló.

La situación comenzó a salirse de control, hablaban todos a la vez y nadie se escuchaba, todos querían imponer su punto de vista, hasta que de pronto Juan dio un golpe con la mano abierta sobre la mesa de centro y gritó:

—¡Basta! La discusión ha terminado, se harán las cosas como ya dije.

—¡Nada de nada! —gritó Carmen.

Juan y Pilar no lo podían creer. Era la primera vez que veían a su hija dirigirse de esa manera hacia ellos. Carmen le imploró a su papá que reconsiderara su decisión y, al no conseguirlo, se retiró llorando a mares para encerrarse en su dormitorio.

Los días que vinieron fueron de mucha preocupación. Carmen no volvió a salir de su pieza, apenas se dejaba ver por su madre y un poco más por Mirta, la nana que la había criado. Comía poco, dormía menos y por las noches se escuchaba en la casa un lamento que enfermaba a cuantos lo oían. Para Juan las cosas se pusieron aún más difíciles. Creía que hacía lo correcto, pero flaqueaba frente al dolor de su hija y la indiferencia de Pilar y Mirta.

En su desesperación, Carmen le escribió una carta a su amado, la que envió por medio de Mirta.

Eduardo de mi corazón:



Aquí estoy, amado mío. Amándote en silencio, besándote, acariciándote, susurrando en tu oído tantas cosas que brotan de mi mente. Ya no puedo más, me quiero morir y me angustio de solo pensar en lo que tú estás sufriendo, ya que nada me importa de mí. Tú y nadie más que tú son el motivo de mi existencia. Perdona por no haberte recibido estos últimos días y es que no quiero que me veas así. Creo que me estoy volviendo loca y no soportaré el tiempo de tu ausencia en mi vida. Conozco muy bien a mi papá y él no va a cambiar, de manera que debemos terminar.

He pensado mucho antes de escribir estas líneas, y creo que por tu bien, tengo que romper la relación, aunque esta decisión termine por romper mi corazón.

No insistas más. El futuro es tuyo y siento que encontrarás allá una gringa que te hará muy feliz.

Tengo que dejarte, tengo que dejarte.

Por siempre tuya,



Carmen

Tan pronto leyó la carta, Eduardo voló hacia la casa de Carmen. Al llegar al lugar, golpeó sin cesar la puerta, y apenas se topó con Pilar, le lanzó la carta y entró corriendo al dormitorio de Carmen, derribó la puerta, encontrándola plácidamente dormida. Se acercó a ella, le tomó la mano y al remecerla con desesperación, la despertó. Carmen, como si volviera de un sueño, lo besó en los labios con exquisita dulzura.

Eduardo no entendía nada. Fue ahí cuando llegó Pilar y de inmediato puso las cosas en orden.

—¡Mirta, niña! Llama al doctor García ahora ya. Hace tiempo que lo deberíamos haber hecho.

Apenas el doctor terminó de examinar a Carmen, y casi al cerrar la puerta de la habitación, Pilar lo enfrentó.

—¿Y, doctor? —dijo.

—La joven está perfectamente. Dele un caldo de pollo y se recuperará. Solo tiene una pena de amor y pienso que está solucionado; es cosa de verla, pues el joven que la acompaña no deja de acariciarla, es el remedio indicado. L’ amour —balbuceó.

Pilar dejó a Mirta al cuidado de los novios y ráudamente se dirigió al centro, lugar donde trabajaba Juan, quien se sorprendió al verla llegar, pues no era una actitud propia de ella. Lo que conversaron duró segundos. Si bien Juan era duro, Pilar era categórica.

Al fin de ese día, y sentados en la mesa, Juan dio formalmente su consentimiento. Habría boda en pocas semanas. Todos tenían mucho por hacer. Pero Juan nunca diría la razón de su negativa: desconfiaba de Eduardo.


III.

Boston, Estados Unidos

(Primeros días de 1962)

Eduardo arribó a la cuidad junto a su señora, Carmen. En su equipaje se podían enumerar las prendas que llevaban, no así sus ilusiones, que no cabían en ninguna maleta. En cuanto a Carmen, su objetivo era hacer feliz a Eduardo y formar una familia. Su única preocupación era Eduardo, se ocuparía de hacerlo feliz y de vivir para él.

Boston los recibió con un frío invernal del cual no tenían idea que pudiera existir. Ambos pensaban en lo distinto que era de su Chile natal y se maravillaban con todo, en especial con la conducta de las personas que no escupían sobre las veredas. ¡Qué diferencia había con la patria!, donde sus compatriotas lanzaban grandes gargajos, haciendo además ruidos preparatorios sin ninguna vergüenza y como si fuese lo más natural del mundo, además de botar papeles, envases de cajetillas de cigarro y otra clase de envoltorios en las calles; en Boston, los tiraban invariablemente en los tarros de basura.

Aunque las clases del posgrado comenzarían en varios meses más, la beca contemplaba un tiempo previo para que Eduardo alcanzara un nivel adecuado de inglés. Aprovecharon esos meses al máximo, logrando adecuarse a su nuevo estilo de vida.

Vibraron cuando en febrero del 62 el astronauta John Glenn orbitó en el espacio. Siguieron la noticia por los reportes radiales durante la travesía de casi cinco horas. Se aficionaron a la música norteamericana, en especial a la de un cantante que hacía sus primeras incursiones, Bob Dylan, y juntos cantaban sus canciones como si hubiesen sido compuestas solo para ellos. Siguieron, como toda la ciudad, la campaña de los Boston Celtic, que definieron su paso a la final en el último partido jugado en casa, venciendo a los Warriors de Philadelphia por solo dos puntos de diferencia. La misma situación y de igual manera se produjo con la obtención del campeonato, solo que esa vez los Lakers de Los Ángeles fueron los derrotados. Ese 5 de abril, y en plena celebración callejera, se lo toparon. Lo escucharon hablando con otros en un inglés muy rudimentario y con un acento típico de los argentinos porteños. Sin temor a equivocarse, Eduardo le habló en español.

—Eh, amigo, ¿qué tal?

El argentino se hizo el desentendido y no le respondió. Eduardo volvió a insistir varias veces, exasperando a su mujer, quien lo indujo a guardar silencio. La escena no pasó inadvertida para el de Buenos Aires y, dado que Carmen era una mujer atractiva, contestó:

—Decime.

—¿Eres argentino? —preguntó Eduardo.

—Se me nota —contestó el Che.

—Bueno, sí, un poco.

—Y vos, ¿chilenito, no?

—Sí, claro, parece que también se me nota. Eduardo Salas y mi esposa, Carmen. Mucho gusto.

El Che fue la primera persona con la cual entablaron una relación más cercana. Carmen pensaba que era un caballero galante y encantador. Eduardo solo lo tragaba, pues le molestaba su carácter, ya que el tipo se expresaba como si todo lo supiese. Lo que sabía lo decía con mucha propiedad y lo que desconocía lo inventaba. Carmen no entendía mucho por qué lo seguían viendo, hasta que Eduardo le aclaró que el Che tenía conexiones para escuchar los partidos del mundial de fútbol que se jugaba en Chile ese año. Eduardo disfrutó las felicitaciones del argentino frente a cada triunfo chileno. Cuando terminó el mundial lo dejaron de ver y la relación se esfumó tan rápido como se había iniciado.

A poco de entrar a la universidad, Eduardo se destacó frente a sus profesores y sus compañeros, quienes se dieron cuenta de que el chileno era un matemático neto, que le daba vida a la disciplina. En sus hipótesis y ecuaciones demostrativas, las conclusiones y sus números eran verdaderas poesías de cálculo ilustrativo.

Sus compañeros de clases lo veían como un tipo muy simpático. En un principio, algunos a su espalda lo llamaban el eslabón perdido, pues no se convencían de que existiese una persona así, proveniente de un país del cual poco sabían y que rara vez hacía noticia. El diferente de la clase, Bill Rutherford, tuvo curiosidad por su popularidad y se propuso conocerlo. En poco tiempo entablaron una amistad que se acrecentó cuando Bill conoció a Carmen. Bill escondía celosamente su secreto. No estaba seguro de revelarse, meditó bastante hasta que al final decidió invitar a los chilenos a cenar a su casa. El departamento de Rutherford era el típico de un joven universitario.

—Bill, esto te tiene que haber costado una fortuna. Langosta de Maine, champagne francés… —dijo Eduardo sorprendido.

—Era lo menos que podía hacer. Ustedes son mis amigos —dijo Bill.

—No hay duda de eso, pero te gastaste un dineral —afirmó Eduardo.

—Esto lo hice a propósito ya que tengo que contarles algo…

Carmen, que había adquirido un buen nivel de inglés, lo interrogó.

—Whaaat? I am very curious.

—La curiosidad mató al gato, como dice mi padre.

—Ya, pues —dijo Eduardo—, yo no soy ningún gato.

—A este paso, no se van a enterar nunca —replicó Bill—. Si no me interrumpen más les cuento. Yo no soy el que ustedes creen. Desde muy chico me enseñaron que el interés por el poder y el dinero de los seres humanos, podía hacerme de falsas amistades. Hace ya varios meses que nos conocemos y siento que nuestra relación es sincera, profunda y no depende de lo que yo sea. Uso el apellido de mi madre, pero en realidad mi familia paterna es...

Bill había revelado su identidad diciéndola tan rápido, como deseando no decirla. Eduardo lo precisó y al comprobar que quien estaba al frente suyo era el heredero de uno de los hombres más ricos del mundo, quedó atónito. Carmen, menos versada en estos temas, requirió una mayor aclaración. Después de unos minutos, Bill continuó:

—Se dan cuenta de que si han reaccionado así siendo mis amigos, no podría imaginar cómo me habrían tratado si hubiesen conocido antes mi identidad. Jamás hubiera estado seguro de su amistad.

—¿Pero qué viste en nosotros? —preguntó Eduardo.

—En ti, Eduardo, un tipo simpático, muy entretenido, un buen conversador, culto y un genio de las matemáticas. En cuanto a Carmencita, bondad pura, belleza y una sencillez que solo he visto en una persona, mi madre. No hay duda de que tienes mucha suerte de tenerla a tu lado, Eduardo.

Eduardo esbozó una sonrisa y Carmen se ruborizó.

Bill se alegró porque desde ahora ya no tenía nada que esconderles. Abrió una botella de un fino licor, les sirvió y levantó su copa.

—Un brindis por nuestra amistad, y que se mantenga a lo largo de nuestras vidas —dijo.

—Cheers! —dijeron todos.

Lo que vino después fue un tiempo de mucha alegría para los esposos chilenos. Disfrutaron algunos fines de semana visitando la casa de los padres de Rutherford.

Eduardo, además, se hizo amigo de otro de sus compañeros, Patrick Head. Su sueño era fundar un banco orientado a la administración financiera de clientes con altos patrimonios. Carmen y Bill no lo soportaban, en cambio, a Eduardo le fascinaba escucharlo. Eran compañeros en la clase de matemáticas financieras. La clase había finalizado. Se dictaba los martes y ese día almorzaban juntos.

—¿Por qué un banco de inversiones? —preguntó Eduardo.

—El banco es un negocio que te rinde los 365 días del año y las 24 horas del día. Mientras te vas a dormir, el taxímetro de los intereses por los préstamos no se detiene. El dinero no reconoce la luz del día o la oscuridad de la noche, solo se multiplica en un proceso continuo. Sin embargo, el dinero es asustadizo y cuando soplan vientos tormentosos hay que proporcionarle un refugio. Todo tiene un ciclo y a lo largo de la historia se suelen repetir. Si los estudias, trabajas duro y observas e interpretas con prolijidad las señales que da el mercado, es muy probable que un banco de inversiones sea exitoso.

—Pero un banco requiere de mucho capital —dijo Eduardo.

—Ese es otro punto a favor. Mi banco de inversiones no otorgará préstamos, solo va a administrar el dinero que pongan los clientes. El mundo está cambiando, algunas personas se están haciendo cada vez más ricas y tendrán que rentabilizar su dinero, y es ahí donde entra el banco ofreciéndoles alternativas de inversión. Como ves, el capital lo pondrán los clientes.

—Comisión, capital —dijo Eduardo—. Probablemente los clientes van a reclamar cuando les quites un pedazo de su inversión. Ahora, si pierden, ni hablar. Y en cuanto al capital, vas a necesitarlo para infraestructura, gastos de operación y el que te requiera la autoridad para operar.

—Tienes razón en cuanto al capital, pero su monto es infinitamente inferior al de un banco tradicional. La comisión no será importante si los clientes obtienen una buena ganancia, la pagarán felices —explicó Patrick.

—¿Y cómo sabrás aconsejar a los clientes? —preguntó Eduardo.

—Estudiando y leyendo mucho, como ya te dije, y con información.

—¿Información? ¿Qué tipo de información? —preguntó nuevamente Eduardo.

—La que se conoce antes que los demás. Hay maneras de obtenerla “elegantemente” —afirmó Patrick—. Bueno, te dejo. Mi clase empieza en treinta minutos.

Eduardo se quedó pensativo. No tenía dudas de que su amigo era inescrupuloso. Sin embargo, le encantaba conversar con él. Una parte de su ser se identificaba con Patrick y la otra con Bill. Tenía claro que los dos le aportaban, pero jamás los juntaría.

El tiempo transcurrió, la beca llegó a su fin y Carmen estaba embarazada. Atrás quedaba una etapa emocionante de sus vidas, tantas cosas inolvidables en todo sentido: alegrías, satisfacciones, momentos felices y otros de miedo, como ese otoño del 62 con la crisis de los misiles, que tuvo al mundo al borde de una hecatombe nuclear.

Eduardo dejaba a dos grandes amigos, Bill Rutherford y Patrick Head. Esperaba que ambos fueran parte de su futuro, pero cada uno por separado. Era el estilo de Eduardo.


IV.

Eduardo

(Chile, 1963)

Eduardo llegó muy impresionado. Al principio le costó mucho reinsertase en su país, ya que le acomodaba la forma de vida de los gringos, pero estaba obligado a hacerlo, pues las condiciones de la beca lo exigían. Volvía a ver comportamientos irracionales; los escupitajos, a la gente que botaba basura en la calle, la falta de respeto en las filas y tantas otras conductas que demostraban la falta de educación general. Estas situaciones lo deprimieron un poco y por eso rumiaba su desdicha. Venía de un mundo desarrollado y Chile estaba a años luz de tal condición.

Para Carmen, en cambio, todo era felicidad. Se encontró con su familia, traía un nuevo integrante en su vientre y había tanto que contar de su vida en Boston, los amigos que habían hecho, la cultura, etc.

El nacimiento de Sergio alegró especialmente a Juan y llenó de orgullo a Eduardo, que volvía a ser feliz. Fue el mejor periodo en la relación entre el suegro y el yerno. No cabía duda de que por el solo hecho de existir, Sergio había cambiado la atmósfera. Era una guagua saludable, que no perdonaba ninguna ocasión para amamantar. Pilar quiso poner orden en la alimentación de la criatura, ya que Carmen le daba leche sin ningún control.

—¡Suelte a ese niño que se la va a comer! —reclamaba Pilar.

—Es que lo quiero tanto, pobrecito, mi niño —contestaba Carmen, haciendo caso omiso a la advertencia de la matriarca.

Al final, Pilar impuso su criterio, pues Carmen perdió mucho fierro y el doctor le ordenó regular las horas de amamantar.

—Desde ahora al niño se le dará la papa en estos horarios.

En cuanto a Eduardo, como estaba estipulado en la beca, trabajaría para la universidad como profesor e investigador a tiempo completo los siguientes dos años. Tenía una forma de enseñar muy diferente y ello le trajo detractores y admiradores. Con todo, las clases que dictaba eran muy populares.

—Jóvenes, sabemos que la materia no desaparece, sino que se transforma. ¿Qué relación hay entre el alma, la materia y el pecado? —preguntó.

Ningún estudiante contestó, el profesor los había descolocado.

—No hay respuesta —dijo Eduardo.

La clase estaba en silencio, pero al mismo tiempo expectante.

—Los voy a ayudar un poco —dijo—. Para los que profesan la religión cristiana, los seres humanos tienen un alma que al morir se va al cielo querido o al temido infierno. Para que eso ocurra, el alma tiene que ser materia.

Un estudiante se atrevió y levantó su mano.

—¿Si?

—Profesor, como usted dice, el alma sería materia para los creyentes y nada para los no creyentes.

—Has contestado bien, y ¿qué hay del pecado? Porque, de acuerdo a la doctrina, la Iglesia católica afirma que el alma de un individuo se salva o condena si este muere sin pecado o con pecado, respectivamente. Por lo tanto, el pecado es materia, pues cambia la condición del alma.

—¿Qué piensa usted acerca de esta afirmación? —interrogó Eduardo al estudiante.

No hubo respuesta y Eduardo continuó.

—Si no sabe, se lo diré. Mi mujer es católica y cercana a un monje llamado Lucas. El monje le dijo el otro día que era primordial confesarse con un sacerdote, y que lo que hacía el cura era tomar los pecados del confesado y ofrecerlos a Dios, Él los perdonaba transformando esa inmundicia en flores perfumadas que sanaban el alma del que se estaba confesando. En conclusión, el cura no perdonaba nada, Dios lo hacía y sanaba el alma de la persona. ¿Qué piensan ustedes de eso?

Cinco muchachos levantaron la mano; ese era el propósito de las clases de Eduardo, hacerlas participativas y polémicas.

—Depende de lo que usted crea, profesor, esto es una cuestión de fe y la fe se tiene o no se tiene. Yo al menos la tengo —dijo el alumno.

—¿Cuál es su nombre?

—Arancibia —contestó el joven.

—Sr. Arancibia, tiene un punto de bonificación —sentenció Eduardo—. Ese es el punto, nunca pierdan la fe, no tengan miedo al fracaso, por más que parezca deschavetado su objetivo. Nuestro país necesita jóvenes que se atrevan a desarrollar sus proyectos. Esa es una diferencia entre Chile y Estados Unidos, por ejemplo. Allá, en el país del norte, los que tienen sueños no cesan en su empeño hasta verlos logrados. Buenas tardes. Es todo por hoy.

Al salir, Eduardo se giró y vio a sus estudiantes conversar acaloradamente. La semana siguiente nadie faltó a su clase.

—Señores —inició Eduardo—, ¿alguien me puede decir la hora?

—Cuatro y media, profesor —contestaron varios.

—Y usted, señor ¿me puede decir la hora? —volvió a preguntar.

—Las cuatro y media —afirmó un estudiante sorprendido.

—Y ustedes, los de atrás, la hora por favor.

—Unos segundos más de la que le dijeron por última vez —respondió uno de ellos.

—¿Nombre? —inquirió Eduardo.

—Depende, profesor, ¿me va a dar una bonificación?

—Digamos que media, que es el promedio.

El comentario produjo una risotada general.

—La hora marca nuestro tiempo, pero no de la misma manera. Por ejemplo, para una persona que está enferma o en la cárcel la hora y el tiempo son diferentes. Ella dirá un día menos para recuperarme o un día menos para mi libertad. Para el que está de vacaciones, una hora para tomarme el pisco sour, o dos horas para la puesta de sol, o tres horas para llegar al destino. Como ven, es relativo. La clase de hoy hablaremos sobre la teoría de la relatividad. El tiempo no se mide igual en el espacio…

Esta vez la clase fue un poco más densa, pero Eduardo sabía cómo conquistar a los alumnos y dejarlos motivados.

—Einstein triunfó, en parte, porque fue distinto a los demás, pensó y observó. Ustedes piensen siempre y no dejen nunca de hacerlo. Si a una persona se le cae una argolla de oro o una perla en un lavatorio de manos, lo que haría la mayoría es seguirla con la vista y tratar de atraparla. Algunas veces lo lograrán y otras no. ¿Qué es lo acertado? Ir directo al agujero y taparlo con la mano. La argolla o la perla llegará después y la persona la recuperará. Sean pacientes y adelántese a la jugada, ya que al final ustedes estarán esperando el tren y no al revés, corriendo detrás de este para alcanzarlo —les dijo Eduardo al terminar.

Lanzó un trozo de tiza que se quebró al impactar la pizarra.

—Masa, tiempo, energía, velocidad, no lo olviden —exclamó.

Esta vez no se giró. Escuchaba sus murmullos.

El prestigio de Eduardo se acrecentó, pues demostró ser un investigador muy acucioso y certero. No fue extraño que al terminar lo que le exigía la beca, la universidad le ofreciera extender su contrato, con condiciones más ventajosas; pero él tenía otros planes.

















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