El tesoro de los piratas de Guayacán Ricardo Latcham En 1578, Francis Drake, corsario al servicio de Inglaterra, llegó a la bahía de Cicop, hoy conocida como La Herradura, en la región de Coquimbo. Ante las inclemencias climáticas recaló su navío Golden Hind en una bahía protegida de los vientos del sur, a la que nombraría como El Refugio. El mito popular sostiene que el mismo Drake enterró ahí un valioso tesoro, pero los expertos difieren y aseguran que Subatol Deul, pirata hebreo, habría realizado el entierro. Otros afirman que fue lord Anson, quien 200 años después escondió el botín.
Esta reedición del libro que en 1935 publicó el ingeniero y arqueólogo Ricardo Latcham, narra y recopila en detalle todas las aristas de esta historia que sigue vigente, encendiendo la imaginación, el deseo y la esperanza de encontrar la riqueza oculta. El interés de Latcham en el presunto tesoro lo llevó a realizar en 1930 una exhaustiva investigación financiada por el Estado chileno, empresa que le permitió conocer al único testigo de la llegada de un barco supuestamente holandés a comienzos del siglo pasado, un personaje que a su vez dedicó su vida a escarbar en la zona y a interpretar los vestigios encontrados.
El tesoro de los piratas de Guayacán no solo recopila antecedentes, documentos y otras pruebas que dan pie para creer en la existencia de este misterioso tesoro, sino que también invita al lector a sacar conclusiones propias, entregando nuevos antecedentes y puntos de vista sobre esta fascinante –y de algún modo inagotable– historia. ricardo e. latcham El tesoro de los piratas de Guayacán El tesoro de los piratas de Guayacán Ricardo E. Latcham © Editorial Hueders © Ricardo E. Latcham Primera edición: abril de 2018 ISBN 9789563651775 Todos los derechos reservados. Ninguna parte de esta publicación puede ser reproducida sin la autorización de los editores. Investigador: info: alephcicop@gmail.com Diseño de portada: Ana Ramírez Diseño ebook: Constanza Diez Proyecto financiado por el Fondo Nacional de Fomento del Libro y la Lectura, Convocatoria 2017 www.hueders.cl | contacto@hueders.cl santiago de chile ricardo e. latcham El tesoro de los piratas de Guayacán Prólogo a la presente edición Hugo Zepeda Coll i La obra de Ricardo Latcham ha contribuido de forma notoria a confirmar y rectificar aspectos propios de la vieja leyenda acerca de la existencia del llamado “Tesoro de los Piratas de Guayacán”. El autor, un estudioso y destacado científico tanto en Europa, su tierra natal, como en los ambientes intelectuales y académicos chilenos, realizó sin discusión alguna un acabado estudio sobre los antecedentes, documentos y otras pruebas que dan luces de cierta verosimilitud relativos a la existencia de dicho “tesoro”. Latcham no era un extraño para la zona de La Serena y Coquimbo, pues vivió en esos lugares por espacio de nueve años, donde contrajo matrimonio y nacieron sus hijos. Especial mención se debe hacer de un hijo que llevó su mismo nombre, Ricardo Latcham Alfaro, crítico literario, poeta, diputado (entre 1937 y 1941) y, durante el gobierno de Jorge Alessandri, se desempeñó como embajador en Uruguay. Latcham, el autor, permaneció al comienzo de la década del 30 del siglo pasado algunos meses trabajando, por encargo de la Dirección de Archivos y Museos, en lugares donde encontraría indicios del tesoro. Centró sus actividades en la Pampilla, Coquimbo, en el límite con la bahía de La Herradura, por el sur de la península llamada, antiguamente, Cicop. En el inicio de sus labores contó con la colaboración de Manuel Castro (nombre que Latcham inventó para el libro, con el fin de proteger la identidad del verdadero buscador, Maximiliano Cortés), un antiguo baqueano del lugar, conocido de la zona y que desde hacía varios años buscaba el tesoro y una mina de oro que habían explotado los españoles durante la Colonia. Castro informó a Latcham que él había sido testigo de las labores que en La Herradura efectuó un misterioso buque extranjero en l926, en los parajes donde se supone que estaría ubicado el tesoro. Castro había sido contratado para proveer agua, leña y víveres a los visitantes del barco mientras este permaneció anclado. Él afirmó que observó sus actividades, escondido entre las rocas, y presenció que los tripulantes del barco bajaban y subían bultos que parecían sacos, pero no pudo constatar cuál era su contenido. Asimismo, observó que hacían muchas excavaciones en el lugar y también horadaban y removían rocas y piedras. Castro, que era analfabeto pero que poseía una prodigiosa memoria, narró a Latcham en forma detallada todo lo que observó en las actitudes de aquellos misteriosos visitantes. Finalmente le dijo que en forma abrupta, con el mismo misterio con que llegó el buque, se fue sin dar ningún aviso ni a la autoridad marítima de Coquimbo ni tampoco a él. También reconoció que él continuó con los trabajos a partir de las huellas dejadas por los visitantes del buque. Sin embargo, jamás pudo precisar la nacionalidad del buque; creía que su capitán (con el único que habló) era inglés y afirmaba que le parecía que el resto de la tripulación estaba constituida por holandeses y franceses. El baqueano le confesó a Latcham que como había gastado mucho dinero, quedó en muy mala situación económica y se vio obligado a establecer una sociedad con un caballero de Coquimbo, cuyo nombre jamás aparece revelado en el libro, quien lo ayudó económicamente bajo la condición de repartirse eventuales utilidades, en el caso de que el tesoro se encontrara, y guardara absoluto silencio de los trabajos que realizara y sobre los documentos y piezas halladas. Latcham recibió de Manuel Castro una serie de documentos encontrados en la búsqueda del tesoro, los cuales en parte fueron descifrados por un especialista de Buenos Aires. Claro que el perito, más que una traducción de los documentos, elaboraba resúmenes. Latcham conoció solo algunos documentos originales; los otros eran copias a mano o versiones fotográficas. Él, que por formación académica conocía varias lenguas antiguas, cayó en la cuenta de que en los documentos y placas que tenía a su vista se encontraban diversos signos, palabras, letras, e incluso jeroglíficos pertenecientes a varias culturas antiguas (griega, egipcia, mesopotámica, hebrea). También palabras en latín y números romanos. Todo en absoluto desorden, una mezcla a la que le era imposible darle algún sentido. Se puede citar la palabra hebrea antigua “ebanin”, que quiere decir “roca o peñasco”; esta palabra se repite varias veces en algunos documentos, parece que para indicar derroteros basados en posiciones rocosas o de conjunto de piedras. Por supuesto que las coordenadas establecidas por Latcham eran tan amplias, que resultó imposible determinar un lugar más o menos preciso donde continuar las excavaciones realizadas de acuerdo a los indicios obtenidos de los documentos. Hay, eso sí, un descubrimiento que cobra importancia para experiencias posteriores de otras personas interesadas en la leyenda del tesoro. Se trata del descubrimiento de un túnel o caverna. Manuel Castro, mientras observaba, agazapado, los trabajos efectuados por los tripulantes del barco, logró ver que dichos tripulantes penetraban en una caverna cercana al mar abierto, casi al llegar a la punta de la entrada de la bahía de La Herradura, un poco al interior de la llamada Playa Blanca, donde actualmente se sitúa una empresa pesquera. Castro le contó a Latcham que él había entrado en dicha caverna después de que el buque abandonó la zona, y notó que se podía caminar de pie y que tenía un ancho en el cual se podía maniobrar sin mayor dificultad. Informó además que halló calaveras humanas en el trayecto a través del túnel, y que este terminaba en una explanada rocosa junto al mar. Latcham, guiado por Castro, visitó y estudió el túnel y comprobó personalmente lo dicho. Hizo varias excavaciones, en lo que era posible debido al terreno rocoso, y descubrió que los esqueletos no tenían cabeza. Por ello, estimó que se trataría de indios lugareños cuyo trabajo era utilizado por piratas y para mantener el secreto fueron decapitados. Tiempo después, Latcham regresó a Santiago y se relacionó con Castro por medio de correspondencia escrita por su hermana Rita, pues Castro, recordemos, era analfabeto. Le hacía notar que cada día estaba más pobre, que incluso había perdido algunas propiedades que hipotecó para perseverar en sus labores de búsqueda del tesoro y de la mina de oro. Por su lado, Latcham consiguió fondos de parte del gobierno para continuar sus estudios, pero al llegar a Coquimbo se enteró de que Manuel Castro desapareció del puerto. Según su hermana Rita, se marchó al norte, a trabajar, y lo concreto es que nunca más se supo de él. Sin su auxilio y tampoco con la colaboración del antiguo socio de Castro, Latcham continuó en sus trabajos de acuerdo a los pocos documentos que quedaron en su poder, casi todos copias fotográficas. Al final desistió y retornó a Santiago. Antes de finalizar el libro, Latcham no se atreve a aventurar un juicio definitivo acerca de lo que se relata en la documentación. Es cierto que se encontraron objetos de oro y plata, aunque no se sabe dónde están ni quién los tiene. Y es cierto que los documentos han sido celosamente guardados por algunas personas, quienes por lo demás jamás han expresado la intención de venderlos. Al mismo tiempo, Latcham reconoce anomalías, contradicciones e incongruencias en estos documentos, si bien estima que una parte considerable de los escritos no habían sido traducidos y que en caso de efectuarse dichas traducciones, pudiera existir una explicación para estos acontecimientos que continuaban en penumbras. Asimismo, advierte que no desea explicar sus dudas y deja al lector que revise cuidadosamente los documentos para comprender los motivos de su escepticismo respecto de esta historia. También le desea al lector la tarea de revelar el misterio de este “entierro” con mejor suerte que la que a él le tocó en su búsqueda. ii Desde mi infancia he oído hablar de la leyenda del Tesoro de Guayacán; nunca de la mina de oro. Mi padre, Hugo ­Zepeda Barrios, a lo largo de mucho tiempo y hasta su muerte, a los 90 años, se preocupó en determinar la posible ubicación de este “entierro”. Invirtió bastante dinero en seguir derroteros correspondientes a su búsqueda. Él siempre consideró la posibilidad de que hubiese sido encontrado por el misterioso buque que visitó la bahía de La Herradura en 1926, pero eso no fue obstáculo para abrigar un sueño y creer que el tesoro seguía sin ser encontrado. Lo anterior se vio abonado con el casual encuentro del túnel o caverna a la que se refiere Latcham, donde estuvo junto a Manuel Castro. A comienzos de 1936, mi padre visitó los lugares donde podía estar el “entierro”. Lo acompañaron mi madre, que estaba embarazada de mí, y el cura párroco de la iglesia de San Pedro de Coquimbo, Juan Sastre. Iban también los dos perros de la casa, Old Boy y Rintintin. Al poco rato, ­Rintintin desapareció. Lo buscaron por casi una hora, hasta que de repente vieron que el perro salía de lo que parecía una hendidura entre dos rocas cercanas al mar. Se acercaron al lugar, y encontraron el túnel o la caverna entre las rocas. Mi padre aún no había leído el libro de Latcham, por lo tanto, nada sabía sobre ese descubrimiento. Mis padres y el señor Sastre entraron a esa caverna, observaron que en algunas partes se podía estar de pie y en otras era necesario agacharse para continuar avanzando. Al poco andar, notaron que necesitaban luz para continuar con la exploración. Salieron y fueron al automóvil –que estaba estacionado bastante lejos– para traer una linterna y ayudarse a ver mejor en el túnel. Cuando volvieron, mi madre solo avanzó algunos metros y se devolvió. Continuaron mi padre y el padre, y notaron que en la parte de arriba y en sectores de las paredes había un color negro, como si hubiese sido producido por el fuego de unas antorchas. También hallaron algunos huesos humanos desparramados. Caminaron alrededor de 25 metros y divisaron la salida de la caverna en un roquerío cercano al mar donde se escuchaba el ruido del golpe de las olas contra las rocas. Solo entraban algunos rayos de sol en algunos sectores entre las rocas, el resto era semioscuro y no podían apreciar con claridad el camino, que por lo demás no presentaba dificultad para el paso. No continuaron y se devolvieron. A la salida acordaron volver al día siguiente, premunidos de lámparas mineras y otros utensilios. Fueron colocando algunas piedras para reconocer la entrada en su próxima visita. Retornaron al día siguiente, y otras veces más, pero nunca volvieron a dar con el lugar donde se hallaba la boca del túnel. Siendo yo un niño, acompañé a mi padre para reanudar la búsqueda; nunca la encontramos. Sobre este punto es necesario aclarar que el paisaje y el relieve de la colina superior en que desemboca La Pampilla, que da hacia la bahía de La Herradura, es en extremo intrincado, asemejándose a un paisaje lunar, lleno de piedras y rocas que constituyen variantes que siempre deparan sorpresas para los visitantes. Hasta el día de hoy, a las personas que visitan esos lugares les cuesta ubicarse. Lo que aquí acabo de narrar se ve reforzado por experiencias de otras personas coquimbanas. Me consta un caso: una señora de apellidos Olivares Arnao, que residía en la calle Pinto de Coquimbo, detrás de la Iglesia San Pedro, me contó que como a los 12 o 13 años, en un paseo realizado con su familia a comienzos del siglo xx, vivieron una experiencia similar. Por casualidad descubrieron dicho túnel y me lo describió igual como mis padres me lo habían contado. Otro asunto de interés es el de la placa que señala “que a 90 medidas de aquí se encuentra el tesoro”. Hay una leyenda que dice que los judíos, cada vez que eran expulsados de algún lugar, enterraban tesoros, especialmente monedas, joyas o lingotes de oro y plata, y para que no fueran descubiertos, daban pistas falsas o confusas acerca de su ubicación. De acuerdo con lo consignado en la placa encontrada, para los buscadores del tesoro es prácticamente imposible determinar el sitio del entierro. En aquella época, siglos xvi, xvii y xviii, no se usaba el sistema métrico decimal para indicar distancias, sino uno más antiguo. Las medidas usadas en ese tiempo eran de una línea a una legua. Supongamos que el derrotero se señalara en leguas, 90 leguas son aproximadamente 180 kilómetros, por lo que la distancia del hallazgo oscilaría más o menos entre Carrizal Bajo por el norte y el puerto de Los Vilos por el sur. Como se puede apreciar, dar con su paradero es tarea prácticamente imposible si se siguiera el derrotero de la placa. Claro que hay algo que aclara un poco las cosas, si es que se pudiera determinar cuáles piratas o corsarios eran judíos. Muchos, empezando por mi padre, estimaban que se trataba de los hermanos holandeses Simón y Baltazar ­Cordes, que eran de origen hebreo. Fundados en esta creencia y en el hecho de que muchos barcos de la hermandad de la Bandera Negra eran tripulados por holandeses, mi padre pensó que podrían haber sido ellos los que escondieron un tesoro. Entre los que buscaban este “entierro” hay que destacar el barco que visitó Guayacán en 1926, que se relacionó con el baqueano Manuel Castro, quien no distinguió con claridad las lenguas que hablaban sus tripulantes. Pero se ha dicho siempre que los tripulantes de ese barco eran holandeses. También, se cree que a mediados del siglo xviii fueron desembarcados 50 piratas holandeses que padecían la peste. Los habitantes de La Serena (o Coquimbo, como se llamaba a La Serena en el período colonial, pues el actual puerto de Coquimbo se pobló recién a comienzos del siglo xix, como consta en varios mapas de la época), por razones humanitarias, los acogieron y destinaron a un lazareto especialmente construido para ellos en la punta de la península del actual Coquimbo, entre el fuerte y el faro. Los piratas permanecieron allí más de un año, alimentados y socorridos por los habitantes de La Serena y por indios changos que habitaban a la entrada de Coquimbo, en una colonia cercana al estero El Culebrón. Después de permanecer internados más de un año, fueron expulsados por ser luteranos y herejes. Con estos datos, mi padre invitó a Coquimbo al abogado de la Contraloría, Jaime Galté, quien además era profesor de la Escuela de Derecho de la Universidad de Chile. Galté, conocido por sus extraordinarias condiciones de médium, cuando entraba en trance establecía contacto con un médico suizo-alemán del siglo xix. Fueron asombrosas sus curaciones a enfermos terminales cuando desplegaba sus dotes curativas. Existen libros y artículos en revistas que narran su historia. Pues bien, este profesor llegó a Coquimbo y se alojó en la casa de su amigo Eduardo Moukarzel. Me acuerdo que ambos fueron a comer a la casa de mis padres y después de la comida se le pidió a don Jaime que entrara en trance para averiguar algún dato sobre el tesoro. Acordamos, por los antecedentes que poseíamos, que debía ser uno de los hermanos Cordes. El señor Galté entró en trance y mi padre llamó a Simón Cordes, luego de un rato Galté tomó una pluma y escribió una frase en lengua flamenca (holandesa). Hay que hacer notar que no hablaba cuando estaba en trance, sino que escribía. Cuando volvió del trance, ni él ni ninguno de los presentes entendió lo escrito. Al día siguiente, por encargo de mi padre, me trasladé a la parroquia de San Luis de Coquimbo, atendida por sacerdotes holandeses de la Congregación de la Sagrada Familia. Me entrevisté con uno de los padres y le pedí que tradujera el escrito. El padre lo leyó y me dijo que no entendía el contexto de lo escrito, pero agregó que se trataba solo de una frase que decía “ese dato pregúntenselo a mi hermano Baltazar”. Le manifesté al padre que esto era muy importante y en otra ocasión le explicaría por qué. Regresé a casa muy contento, imaginando que estábamos a punto de encontrar el tesoro. Como un dato anecdótico, mi padre siempre en broma les prometía a sus parientes y amigos que cuando descubriera el tesoro los invitaría a todos ellos a un viaje alrededor del mundo, y para que fueran tranquilos, les pagaría todas sus deudas. Esa misma noche volvieron Galté y Moukarzel a comer a nuestra casa. Además estaba mi abuela paterna, Cristina Barrios, que también era una gran médium, mis hermanos Patricio y María Isabel, y mis papás. Terminada la comida, se decidió llamar a Baltazar Cordes. Galté entró en trance; ocurrió algo inusitado. También cayeron en trance el señor Moukarzel y mi abuela Cristina. En seguida comenzó a estremecerse la mesa alrededor de la cual se encontraban ellos, cayeron platos, copas y botellas que había sobre la mesa, era como un temblor que afectaba solo el comedor. Los que estábamos en vigilia le pedimos a mi padre que los hiciera volver en sí, que pusiera fin al trance. Después de esta escena, don Jaime Galté le manifestó a mi padre que él podía curar enfermos, pero no servía para encontrar tesoros. Curiosamente, durante mucho tiempo decíamos en broma que si la noche anterior hubiésemos invocado a Baltazar a cambio de Simón, tal vez se habría descubierto el tesoro. Al final de su vida, mi padre me dijo que creía haberse equivocado de lugar y que el tesoro debía estar en otra entrada de La Herradura. Por último, más adelante comprobamos otro error. Los hermanos Cordes jamás estuvieron en la zona, aunque pertenecían como muchos otros piratas a la hermandad de la Bandera Negra. Sus correrías, sin embargo, fueron en otras latitudes. Lo que sí es verdad, es que el autor de documentos distractivos fue otro pirata hebreo que fue varias veces a La Herradura. Si lo hubiésemos sabido, lo habríamos “llamado”. Este pirata fue Deul, que junto a su compañero Dayo visitaron varias veces el sector de Guayacán y la península de Cicop, como llamaban en aquel entonces a Coquimbo. Ricardo Latcham dice, y lo mismo contaba Manuel Castro –el baqueano que lo asistía–, que en algunas rocas había inscripciones hechas por humanos. Eso jamás lo pude constatar. Con los años he logrado convencerme de que si ha existido el tesoro, los mismos que lo enterraron probablemente también lo rescataron. Además, pienso que es muy raro que los piratas hubiesen enterrado un tesoro tan valioso a 15 kilómetros de La Serena, con todos los riesgos de ser descubierto o que no los dejaran entrar después, como muchas veces aconteció. Ahora bien, si lo hubiesen sepultado, pudieron haberlo hecho tal vez hacia el norte: la costa hasta Arica tiene varios centenares de kilómetros y muchas ensenadas y bahías tranquilas totalmente despobladas. Pero las dudas que se han manifestado acerca de la existencia del tesoro de Guayacán se contrarrestan con los sueños y anhelos de aventura de parte de muchos que mantienen viva esta leyenda, de muchos que abrigan todavía la ilusión de su encuentro. Santiago, 24 de agosto de 2017 (Día de San Bartolomé, Patrono de La Serena) Cicop: un enigma no revelado Fernando Santander Fernández Investigador Histórico Quiero relatar los alcances de mi investigación sobre el llamado “Tesoro de Guayacán”. Ya sea por algo circunstancial o por algo más que desconozco, mi vida entera ha estado envuelta en este tema que va más allá de los objetivos materiales. Muchos acontecimientos me han sucedido, casualidades o, mejor dicho, “causalidades” sorprendentes, que me siguen motivando a entrar en el estudio de materias de los antiguos ocultistas sefardíes, la cábala hebrea y numerología divina, entre otras disciplinas. Esta historia ha sido tema de una profunda meditación y acciones que he seguido para develar este misterioso enigma. He estado investigando por casi 35 años la tradición de un antiguo tesoro enterrado por navegantes en el siglo xvii en las costas de la Región de Coquimbo en Chile. He descubierto pasajes desconocidos de nuestra historia acerca de una cofradía de piratas y navegantes de distintas nacionalidades, posiblemente judíos-hebreos, árabes y turcos. Sabemos la importancia del corsario Francis Drake en determinar este derrotero como un lugar muy apto para la carena y bastimento, aparte de ofrecer un refugio a los fuertes vientos del suroeste, reinantes en la mayoría de las costas de nuestro país. La primera investigación realizada sobre el tema fue publicada por el ingeniero y antropólogo Ricardo E. Latcham, quien la diera a conocer en su libro El tesoro de los piratas de Guayacán: relación verídica, publicado por Editorial Nascimento en 1935 y rescatado ahora en esta edición. El relato de Latcham se construye a partir de varios documentos hallados en la península de Coquimbo (Playa Blanca), nombrada también Cicop (o Cyppo en la bitácora del capellán Fletcher) por los piratas. Estos textos fueron escritos en cueros de nutria, conservados en ánforas de arcilla llenas de algún aceite orgánico, las que a su vez fueron enterradas en piedras ahuecadas, las que denominaron ebanines. En dichos documentos se habla de un grupo de antiguos individuos que formaron una hermandad en el siglo xvii, empleando la bahía de La Herradura, inmediatamente al sur del puerto de Coquimbo, como un refugio y centro de reunión permanente para sus correrías. Se dice que esta hermandad fue consagrada a la Rosa de Francia, la cual fue traída a Cicop por un pirata egipcio llamado Madel Saden. Se trataría de una joya formidable, una rosa milagrosa, “algo” que podría vincularse al principio mismo del cristianismo, tal vez una figura con forma femenina o un documento que habla sobre ella, sea lo que sea, esa “rosa” fue venerada por todos los piratas con tanta devoción, que fue guardada cuidadosamente en una cámara anexa al tesoro material de barras de oro, encontrándose junto a un subterráneo en el subsuelo o bien un acantilado cercano a la costa de Coquimbo y que, además, serviría de polvorín para repeler el ataque de los españoles... ¡Que mejor estrategia! Una multiplicidad de signos referidos a varias etnias, culturas y religiones, caracteres hebreos, egipcio hierático, copto, fenicio, incorporando también caracteres de español antiguo, el sefardita (judeo-español)... toda esa mezcla fue la base con la que escribieron la mayoría de los pergaminos. Empecé mi investigación corroborando los datos entregados por Latcham en su libro. Para ello decidí recorrer el lugar de los descubrimientos. La ubicación de los ebanines me la dio mi primer y gran maestro sobre el tema, Juan Budinic Taborga, en 1981, fallecido trágicamente a mediados de 1986. Las investigaciones llevadas a cabo por Budinic fueron a principios del siglo pasado y él, a su vez, siguió las que había comenzado su padre, Marco Budinic Taborga, junto al ex presidente de Chile Gabriel González Videla y otro importante político, quien fuera amigo de Ricardo Latcham, el señor Hugo Zepeda Barrios, además de otros importantes vecinos de la época de Coquimbo. En ese entonces fue importantísima la intervención de un particular abogado y conocedor de las “ciencias ocultas”, el señor Jaime Galté Carré, destacado miembro de la Gran Logia de Chile, quien entregó importante información a los señores vinculados a la política y los negocios, hombres que le daban una amplia cobertura a la búsqueda. En dichas sesiones, realizadas en noches de luna, participó Juan Budinic y Hugo Zepeda Barrios. Llegaron a mis manos los grabados realizados por Galté, tal vez indescifrables para ellos en su momento, y un elemento radiestésico utilizado en esas sesiones de trance. Aleph Cicop es el nombre con que bauticé a un grupo multidisciplinario de amigos interesados en el tema, con el objetivo de corroborar la veracidad de los relatos, de los protagonistas, de la existencia de una virgen de oro y de otros elementos encontrados. Otra parte del trabajo consistió en la traducción de la documentación con expertos en lenguas antiguas, quienes a su vez tenían experiencia en cofradías que utilizaban elementos secretos para encriptar los mensajes. A principios de los años 80, junto a dos de mis mejores amigos, trazamos el terreno con las coordenadas definidas por Latcham: la forma era la estrella de David, solo que cada vértice estaba vinculado, por una parte, a elementos del terreno y, por otra, a elementos astronómicos. Luego de determinar con precisión las rocas que guardaban tan celoso secreto, conseguimos un permiso para investigar, ya que era un lugar privado. Llegamos hasta donde se encontraban los ebanines. Tras largas horas tamizando y revisando la tierra del interior de estas piedras, encontramos fragmentos de cerámicas de constitución y grosor diferentes a las usadas por los indios locales, es decir, probablemente de origen extranjero (mediterráneo). Y otro detalle importante: una de las muestras tenía “algo orgánico”, pegado solo en una de sus caras, probablemente el aceite que contuvo los documentos. Esto podría certificar que los descubrimientos narrados por Latcham serían verdaderos. Para cotejar las cerámicas nos asesoró un querido amigo nuestro, buzo emblemático tanto en Chile como en el extranjero, ya fallecido, el doctor Alfredo Cea, que junto a muestras de cerámicas que trajo de los mares del Medio Oriente, comprobamos que su elaboración y densidad eran similares. Fragmentos encontrados en los ebanines, sector Playa Blanca El libro de Latcham dice: “Al día siguiente, excavamos debajo del gran peñasco, donde fueron encontrados los documentos y la plancha de cobre. Hallamos revuelta toda la tierra hasta una considerable profundidad y entre ella encontramos numerosos fragmentos de grandes tinajas de greda, de tosca fabricación y de 15 mm de espesor, muchas de ellas ennegrecidas y viscosas en la parte interior. Esto vino a comprobar lo que me había dicho Castro, que los cacharros rotos que habían contenido la plancha y los documentos, los había vuelto a enterrar en el mismo hoyo” (pág. 82). Luego y desde allí mismo, tomamos las medidas y direcciones usando la llamada “brújula turca”, que se logra sobreponiendo la estrella de David dentro de una brújula convencional, calculando otras medidas de grados y otros azimut, recordando que una estrella similar de plomo fue encontrada también en estos peñascos. Trabajos al interior de un Ebanín, tomando las direcciones indicadas Mucho se ha dicho, escrito y hecho acerca de la búsqueda del llamado Tesoro de Guayacán, especialmente acá en Coquimbo, lo cual no es para menos si se considera que se trata de descubrir el sitio en el cual están ocultas 1.200 barras de oro, 600 zurrones de oro en polvo, 20 ollas de greda llenas de oro, 680 barras de plata y 10 tinajas de joyas diversas. Varios libros, artículos de prensa y publicaciones han contribuido a acrecentar el nacimiento y desarrollo de esta “leyenda”, la cual ha cautivado a varias generaciones de buscadores. Los pergaminos hablan de una Rosa de Francia, de la cual se han especulado distintas definiciones, que es un gran diamante de color rosado traído desde África o una joya de gran tamaño bendecida por el Papa o en realidad, un escrito apócrifo del antiguo texto bíblico que estaba guardado celosamente en la antigua biblioteca de Alejandría, sacado de Jerusalén por la contingencia de haber sido tomada por los otomanos durante el mes de Ramadán, posteriormente llevado a Francia (probablemente a la bahía de Marsella) y de allí robado por los piratas y traído finalmente a las Américas, cruzando el paso Drake, pasando por alto las fortalezas españolas del sur, llegando finalmente hasta el llamado “Refugio” en Coquimbo. Los que nos atrevemos a plantear una hipótesis arriesgada y osada, decimos que se trataría del mismo cáliz sagrado de las escrituras, celoso tesoro robado a los templarios donde se habría depositado la sangre de Cristo. El tiempo corría en contra y debíamos avanzar lo máximo posible; los terrenos donde investigábamos estaban pasando a manos de otra empresa y no sabíamos si tendríamos las mismas facilidades para llevar a cabo las investigaciones. Decidimos inspeccionar con nuestros equipos de prospección de gran potencia, demarcando un radio de 200 metros, aproximadamente. El resultado fueron dos monedas reales muy poco legibles de entre los años 1580 a 1700. Con los años se han encontrado, en diferentes puntos de interés, algunos elementos de navegación, una cantidad importante de botones y monedas acuñadas en lugares distantes de las colonias españolas entre 1596 y 1820. Asimismo, en la época descrita por Latcham, descubrieron una estrella de David de metal, instrumentos de navegación y una plancha de cobre escrita con una representación de la rosa y otros dibujos. Entre los documentos hay también mapas de la zona, con trazados y dibujos, y otros documentos de más difícil interpretación, elementos que al parecer serían partes de una bitácora, con derroteros de lugares y épocas. Mapa que contiene los contornos de Guayacán y la probable “entrada” al subterráneo. Tras largos años de estudios al respecto, creo poder aportar nuevos datos a los publicados por Latcham en su libro. Se supone que la mayoría de estos navegantes llegados a Coquimbo eran judíos holandeses, posiblemente conversos (árabes, moros y egipcios), lo cual confirmaría por qué escribieron sus textos con caracteres hebreos, pero empleando en su mayoría el idioma español, el sefardí y también otras escrituras, como el copto. Consideremos que desde fines del siglo xvi y comienzos del xvii los judíos habían entrado de lleno en la práctica de la cábala, lo cual llevaba a usar en sus escritos números, palabras en clave, frases al revés, transposiciones de letras y símbolos característicos como el triángulo y la estrella de seis puntas. Interpretar estos mensajes cifrados podría acercarnos, en parte, a resolver el enigma. En algunos documentos también aparecen signos egipcios hieráticos y la representación de un dios egipcio con cabeza de ciervo, que suponemos representaría a Anubis, protector de los muertos y guardián de los tesoros contra quienes intenten usurpar el lugar sagrado. Después de revisar la documentación, con mi grupo Aleph Cicop determinamos que existe una serie de puntos de referencia que circunscriben el supuesto lugar del tesoro: una batea de piedra, una piedra de dos ojos, un cerro de tres puntas, una antigua fundición indígena al interior de la región y algunos signos en las piedras. Con estos puntos ya conocidos, lo esencial sería encontrar una “áncora” o ancla grabada en una roca. Durante muchos años nos abocamos a la tarea de encontrar esa ancla en la costa, o hacia el interior, desde la III Región, hasta la desembocadura del río Limarí por el sur, y en una de esas excursiones, en el momento de estar literalmente barriendo las piedras en un hermoso atardecer, casi en el ocaso del día, logré mi objetivo: ¡El Ancla! Sí, perdida entre unas piedras, semienterrada, se mostró ante mí después de casi cuatro siglos. Este es uno de los puntos clave como referencia para encontrar la bóveda. Además, coincidía con Orión parado desde ese punto y mirando hacia el noreste, constelación que representa a Osiris en el antiguo Egipto, dios de la eternidad. Fui un mudo espectador de tal acontecimiento. Ancla grabada en la roca (este-oeste) Lo más extraordinario de este grabado es que está orientado de este a oeste, el mismo sentido del paso de las constelaciones y también la dirección que indica la punta del ancla. Siguiendo esta teoría hemos determinado coordenadas de trabajo que con nuestros equipos y materiales (gps, detectores de metales en modalidades vlf-tr, fotografías satelitales y aéreas), sumado a nuestro esfuerzo personal, han rendido frutos después de exhaustivas inspecciones, como el hallazgo de objetos que perfectamente pudieron pertenecer a estos piratas y que prontamente podrían ser derivados a la misma Universidad Smithsoniana para su certificación. La tarea final consiste en ubicar el polvorín o subterráneo que fue construido por aquellos piratas, como he mencionado, si bien es posible que hayan utilizado alguna antigua construcción subterránea indígena o alguna formación geológica natural para llevar a cabo tal tarea, tapando y ocultando la entrada, no sin antes dejar anotada su posición aproximada (o exacta). La teoría dice que de una u otra manera, sabiendo interpretar los documentos, se puede llegar al lugar que estos antiguos personajes determinaron como la “entrada” a uno de los subterráneos, utilizando para ello vectores astronómicos y estudiando, al mismo tiempo, las características naturales del terreno (piedras, cerros, etc.). A su vez, en algunos documentos aparecen representaciones de Sagitario, Capricornio y pez austral como posibles “fechas” en las cuales sería visible el lugar. No me referiré en detalle al siguiente documento; es complejo en su forma y definición. Solo decir que es un trabajo de años y es posible que la entrada sea el lugar marcado con la letra “E”. Lineamientos astronómicos (secuencia). “Quizás la entrada se encuentre en una quebrada y el subterráneo tenga la forma de las antiguas minas inglesas: excavaciones que dejan grandes pilares entre ellas y una profundidad cercana a los 10 metros o más, considerando la sedimentación acumulada por los años de lluvia y otros ele- mentos. La constitución geológica de la costa de esta región también apoya esta teoría, pues muestra que entre cinco y 12 metros de profundidad existen varias losas cementadas compuestas por moluscos fósiles (cal o piedra caliza), in- tercalada con arena o conchilla de fácil remoción. De ser así, bastaría excavar la arena bajo aquellas lozas para construir algún pasadizo o subterráneo secreto”.[*] (#u96641a3f-60d8-54bd-b021-76c1e1734762) La otra opción es la utilización de pequeños escondrijos en los acantilados cercanos al mar, con la entrada a alguna rompiente de relativa calma, para internarse en una pequeña embarcación. Luego de ello, producir de manera intencional un derrumbe para que dicha entrada quedase oculta. La historia de Chile no considera este relato de los antiguos navegantes. Con mi grupo de exploradores e investigadores del Aleph Cicop hemos descubierto numerosas evidencias que dan testimonio de todo esto, aunque hoy en solitario y con más años de experiencia, sigo en esos trazos. Sin duda, todavía falta mucho trabajo por realizar, llevar a cabo prospecciones con tecnología de punta, obtener los permisos correspondientes y las facilidades para acceder a distintos lugares dentro de Chile que se enlazan con este tesoro, como por ejemplo, la isla Juan Fernández y el propio Coquimbo. Falta también obtener recursos y vincular a diferentes actores del quehacer cultural, social y patrimonial de Chile y del extranjero en esta aventura. Cicop aún tiene muchas respuestas que entregar sobre este asunto, no solo al medio local sino también al mundo entero. Tal vez la clave del tesoro esté más allá de nuestra lógica y entendimiento y requiera el uso de otras “zonas” de nuestro cerebro. Este enigma debe ser transmitido a las nuevas generaciones, ello perpetuará la posibilidad de encontrar una de las claves que den finalmente con este maravilloso tesoro, que trasciende lo puramente material. Coquimbo, abril de 2018 Fernando Santander, en Playa Blanca Nota del editor Tevo Díaz Fue en una repisa llena de libros, en una pieza seguramente para visitas, donde por primera vez vi el ejemplar El tesoro de los piratas de Guayacán, de Ricardo Latcham. Tenía nueve años y me impresionó sobremanera el título. Estaba en la casa de mi tío abuelo, Hugo Zepeda Barrios, en la playa La Herradura, en la Región de Coquimbo. Lo visitábamos prácticamente todos los años. Mi madre era su sobrina y oriunda de la zona y mi padre era oficial de la Marina de Guerra de Chile, institución que tenía cabañas de veraneo justamente en esa misma playa. Desde el diminuto ventanuco del estrecho segundo piso de las casas en forma de A, veía el tranquilo mar coronado por el agreste paisaje de la Pampilla, lugar donde supuestamente estaría el tesoro, a la espera de ser descubierto. A la casa de mi tío iba caminando por la orilla de la playa, bordeando una estela de algas con un fuerte olor a mar, que los lugareños recolectaban y dejaban ordenadamente secando al sol. Estaba prohibido pisarlas, decían que eran muy costosas y que los japoneses las utilizaban para fabricar finísimas cremas para la piel. También había conchas de diferentes tamaños, colores y tipos, que los artesanos recogían para hacer collares e ingeniosos adornos que vendían en el mercado La Recova, de La Serena. El tío Hugo, que en ese entonces se acercaba a los 80 años, me contaba, mirando con nostalgia la bahía, su experiencia en la búsqueda del tesoro, los métodos que utilizó, desde trabajos con pala y picota hasta excavadoras mecánicas y explosiones con dinamita, desde lecturas de varias fuentes históricas hasta sesiones de espiritismo con su madre, la bisabuela Picha, médium reconocida en la sociedad coquimbana de esos años. Entornando los ojos, tratando en vano de dar con el lugar exacto del entierro, me contó que entró en una caverna junto a su esposa, la tía Ana Coll, dejando una marca con un pañuelo para volver y que nunca más encontró. Debo decir que el recuerdo de la tía Anita es imborrable, era muy cariñosa y llevaba siempre una dulce sonrisa que iluminaba su paso. Recuerdo que otro tío, Eduardo, hermano menor de mi madre, me contó que cuando era niño, el tío Hugo lo invitó a la Pampilla a buscar el tesoro, junto a sus hijos y un grupo de primos chicos. Lo acompañaba un amigo, el ex presidente de Chile Gabriel González Videla. Cuando llegaron al lugar, Gabriel González les indicó dónde excavar. Todos los niños con palas de juguete empezaron a hacer hoyos y de pronto mi tío Eduardo sintió algo sólido bajo la tierra suelta. Con sus pequeñas manos sacó unos frágiles terrones y su sorpresa fue enorme. La tapa de madera de un cofre apareció a su vista. El tío Eduardo, luchando contra los otros niños que querían arrebatarle la caja, captó algo raro. El cofre tenía una aldaba metálica con un alambre que no coincidía con la época de los piratas. Aún así siguió adelante y, a duras penas, logró tomarlo y salir corriendo. ¡¡¡Era Ricooo!!! ¡¡¡Era ricooo!!! El resto de los primos corría detrás gritándole: ¡¡¡Recuerda que somos parientes!!! Al llegar a un lugar solitario, abrió el preciado botín y encontró muchas monedas de oro, pero de chocolate. Mi tío volvió al grupo cabizbajo, mientras Hugo y Gabriel González Videla se reían a carcajadas. Ya veinteañero seguí visitando al tío Hugo e hice algunas caminatas a la Pampilla siguiendo algunas indicaciones dadas por él, siempre con la esperanza de encontrar una pista. Quise leer nuevamente el libro de Latcham, con otros ojos, pero no estaba en el estante donde lo vi siempre de niño. Fui a varios lugares de libros usados en Valparaíso y Santiago, pero no lo encontré. No recuerdo cuántos años pasaron, pero el tío Hugo ya estaba enterrado en el pequeño cementerio de Guayacán cuando, en una visita a la casa de mi hermano mayor, Rodrigo, que vivía en la Avenida del Mar en La Serena, se asomaba entre unas voluminosas ediciones antiguas de Vicuña Mackena sobre la Guerra del Pacífico un pequeño ejemplar del libro de Latcham. ¡Qué sincronismo! Comencé a leerlo ahí mismo, con ese mismo mar de fondo, mirando el lado norte de la famosa península de Cicop-Coquimbo. La relectura fue un viaje infinito de vuelta a mi infancia, la sonrisa de la tía Anita, el reflejo de la bahía en los cansados ojos del tío Hugo, el brillo de las algas agar-agar, los cangrejos diminutos en la roca del Bucanero, los asados de cabrito en la desaparecida Las Rojas en el valle de Elqui, que ahora yace bajo el agua en el embalse Puclaro, el suave pelaje de los chivos y el olor a queso de cabra que mi madre disfrutaba, los primitivos árboles de papayas y su sabor único, los ostiones gigantes, los camarones de Limarí, el olor a pescado en las mañanas y el agua cristalina del calmo mar de Guayacán. Al terminar la lectura del libro, no me queda más que proyectar una nueva edición del mismo, siendo fiel al ejemplar de 1935 de la desaparecida editorial Nascimento. Acudí a mi tío Hugo Zepeda Coll, quien gentilmente escribió un nuevo prólogo y en uno de mis viajes a la Isla Robinson Crusoe, siempre con la misión de recolectar más información sobre el tema, conocí al buscador de tesoros holandés-­estadounidense Bernard Keiser, que por casi dos décadas, con la esperanza fresca, busca otro gran tesoro en aquella mítica isla, que se supone que contiene una de las fortunas más grandes jamás imaginadas. Keiser me dio información valiosa sobre el tesoro de Guayacán, especialmente la de un investigador histórico de Coquimbo, Fernando Santander, quien amablemente me recibió en su casa y me mostró resumidamente muchos años de investigación sobre esta maravillosa historia. Dejo a disposición este fascinante relato a quien quiera disfrutarlo como una aventura del conocimiento y también a unos pocos, más decididos a iniciar una búsqueda material en el mundo exterior. Aquí entrego los detalles fundamentales para empezar. Isla Rey Jorge, Antártica, 10 de marzo de 2018 Nota sobre el autor Ricardo E. Latcham nació en Bristol, Inglaterra, en marzo de 1869, y falleció en Chile en 1943. Muy dedicado a las matemáticas, se tituló como ingeniero civil y de minas, pero su afición por la lectura lo llevó a estudiar en profundidad los problemas de la raza humana, especialmente de los autóctonos chilenos. Era este un hombre de gran sobriedad en el comer y en el vestir. Mantuvo su agilidad física hasta los 70 años. Introdujo, con otros ingleses, el fútbol en Santiago, cuando era profesor en el Colegio Inglés. Aventurero y soñador, residió cinco años entre los indios de la frontera araucana y aprendió el mapuche. Después se instaló en La Serena, donde se casó y nacieron cuatro de sus hijos. Antes de viajar a nuestro país, Ricardo E. Latcham era ya considerado como una eminencia por sabios de la época tales como Rivet, Joyce y Nordenskiold, entre otros. Durante su estadía en La Serena fue profesor de inglés en el Liceo. Más tarde se trasladó a Santiago, dio conferencias y escribió numerosos estudios y ensayos, especialmente antropológicos. Además, recorrió varios países y gran parte de la zona norte de Chile. Sus publicaciones fueron muy apreciadas por los hombres de ciencia, y el gobierno chileno, en 1927, lo designó director del Museo Nacional, donde, a la vez, continuó sus investigaciones y trabajos. En 1929, Ricardo E. Latcham encontró en el valle de Chacabuco el esqueleto petrificado de un mastodonte, al que clasificó dentro de la variedad chilensis, lo cual fue considerado como acertado y científico por los naturalistas consultados sobre el hallazgo. También, mientras ejercía la dirección del Museo, realizó las investigaciones en la bahía de Guayacán que relata en la presente obra. Entre sus publicaciones se cuentan las siguientes: “El comercio precolombino en Chile y otros países de América” (1909); “¿Quiénes eran los changos?” (1910); Los changos de las costas de Chile (1910); Arqueología chilena (1910); La capacidad guerrera de los araucanos (1915); “Una estación paleolítica en Taltal” (1915); Conferencias sobre antropología, etnología y arqueología (1915); Costumbres mortuorias de los indios de Chile y de otras partes de América (1915); Los animales domésticos de la América Precolombina (1922); La organización social y las creencias religiosas de los antiguos araucanos (1924); “Las creencias religiosas de los antiguos peruanos” (1928); “Los incas, sus orígenes y sus ayllus” (1930); El tesoro de los piratas de Guayacán (1935); La agricultura precolombina en Chile y los países vecinos (1936); Arqueología de la región atacameña (1938); “Los primitivos habitantes de Chile” (1939). Ricardo Eduardo Latcham Cartwright Primera parte Descubrimiento de los documentos La bahía de Guayacán se encuentra a las espaldas y al sur de la de Coquimbo, de la cual se separa por una península e istmo que forman un baluarte rocoso entre ambas. La península presenta un aspecto agreste y salvaje. Levantándose unos 100 metros sobre el nivel del mar, forma en su parte alta una especie de meseta que baja gradualmente hacia el istmo, por donde se une a la llanura o pampa de Guayacán. Está rodeada por todos lados de altos farellones, precipicios y peñascos que bajan abruptamente al mar. La bahía de Guayacán, llamada a menudo la bahía de la Herradura, porque asume esta forma, tiene una entrada relativamente angosta, ensanchándose hacia el interior. Constituye una de las más abrigadas y seguras radas de las costas de Chile, y durante largos años, invernaba en ella la escuadra nacional. En el fondo de la bahía se encuentran, por el lado norte, el pueblito de Guayacán, con su muelle y gran horno de fundición de cobre, ya desmantelado y, por el sur, el balneario de La Herradura, morada de una escasa población de pescadores. Pero lo que nos interesa es el rincón noroeste de la bahía, zona que fue el asiento en que ocurrieron muchos de los acontecimientos que tendremos que relatar. Este rincón forma una especie de anfiteatro de unos 600 metros de largo por unos 400 de fondo. Cerrado por el norte y al oriente por grandes farellones verticales, que forman el borde de la meseta mencionada, por los otros dos lados da al mar, en cuyas orillas se amontonan rocas y peñascos en inextricable confusión. Solamente en un trecho de unos 70 u 80 metros se rompe este cinto rocoso, para dar lugar a una pequeña playa que se ve blanca por la gran cantidad de conchas trituradas que se hallan entre la arena. Por el oeste, donde las olas del Pacífico rompen con monótona regularidad contra la barrera pétrea, se levantan enhiestos unos altos picachos de las más extrañas formas, que terminan generalmente en puntas agudas. La rinconada termina en esta parte en un largo promontorio, cubierto de grandes peñascos, que se interna en el mar hacia el sur, para formar un lado de la entrada de la bahía. El recinto encerrado de este modo es más o menos plano, con una pequeña inclinación hacia el pie de la escarpa. El pequeño llano se interrumpe a cada paso por grandes bloques de piedra, caídos de los farellones y que son especialmente numerosos por la parte oriental, donde muchos de ellos tienen las dimensiones de una casa. Hay solamente dos entradas a este recinto oculto, una por tierra y la otra por mar. Bajando de la meseta, por el lado norte, hay una pequeña quebrada escarpada y accidentada que cae a la llanura de abajo, formando un pequeño cauce, donde escurren las aguas en tiempo de lluvias, secándose nuevamente cuando estas terminan. Una senda poco traficada da acceso al recinto. Dicho rincón, aunque se halla a corta distancia de Coquimbo y de Guayacán, se ve desierto, abandonado y aun ignorado por la mayor parte de los habitantes de aquellos lugares. Solamente en el verano suelen llegar allí, los días domingos, algunas familias en paseo campestre, pero casi siempre se encuentra en completa soledad. Es difícil imaginar un lugar más salvaje, más agreste o más tétrico y en especial durante los días nublados o brumosos. Sin árboles, casi sin arbustos y durante una gran parte del año sin pasto, sembrado de rocas y peñascos, impresiona como una escena del Infierno, de Dante. He sido algo prolijo en la descripción de esta rinconada, porque fue el punto céntrico en el desarrollo de una serie de sucesos extraordinarios que constituyen la base de la presente narración. La bahía de Guayacán, desde su descubrimiento por el corsario inglés Sir Francis Drake, en 1578, pasó a ser un punto de refugio y de reunión de todos los corsarios, filibusteros y piratas que navegaban en el Pacífico. Recalaron allí, además de Drake, Bartolomé Sharpe, en 1680; Eduardo Davis, en 1693; el buque francés Saint Louis, en 1721; Jorge Anson, en 1744, para citar únicamente los más conocidos. Respecto del descubrimiento de este refugio por Drake, en 1578, Fletcher, el capellán del Golden Hind,[1] (#u9dcc3f36-4898-5827-8733-4be373dc0359) en su relación del viaje, escribe lo siguiente: “El 19 de diciembre penetramos en una bahía, a los 29°30’, que no estaba muy al sur de la ciudad de Cyppo”.[2] (#u05f2fcdd-b081-5d74-b214-b8fefef5a03c) Aquí fueron atacados por 100 españoles a caballo y 200 indios de a pie, y tuvieron que volver a sus buques más que de prisa. Al día siguiente, al amanecer, levaron anclas y siguieron su viaje al norte. Конец ознакомительного фрагмента. Текст предоставлен ООО «ЛитРес». Прочитайте эту книгу целиком, купив полную легальную версию (https://www.litres.ru/ricardo-latcham/el-tesoro-de-los-piratas-de-guayacan/) на ЛитРес. 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