Milton Friedman: la vigencia de sus contribuciones
Rolf Lüders

Francisco Rosende


La doctrina económica de Milton Friedman (1912-2006), al mismo tiempo criticada y defendida, sigue plenamente vigente. Considerado uno de los más grandes economistas de su época y representante señero de la llamada Escuela de Chicago, recibió multitud de honores, incluido el Premio Nobel de Economía (1976). Su idea de mercados competitivos y libres de la intervención del Estado fue la base de las políticas neoliberales que se establecieron en algunos países en la década de 1980, incluido Chile.Este libro reúne un conjunto de trabajos que revisan el impacto de los aportes de Friedman en distintos ámbitos, desde la metodología de estudio en Economía hasta el vínculo entre la institucionalidad política y el sistema económico. Sus autores, todos connotados y reconocidos especialistas en el área, entregan importantes elementos para los debates de política económica y diseño institucional que enfrentan hoy la mayoría de los países. No tengo ninguna duda de que es lejos el mejor economista del siglo XX…… En la batalla de las ideas, las suyas en pro de la libertad y de la competencia de los mercados se han impuesto en gran parte del mundo, y desde luego en los países que han logrado progresos notables. Sergio De Castro en el Prólogo del libro.







Rolf Lüders es ingeniero comercial de la Pontificia Universidad Católica de Chile, MBA y PhD en Economía de la Universidad de Chicago. Es Profesor Titular del Instituto de Economía de la Universidad Católica, investigador asociado de su programa EH Clio Lab y profesor en el Bing Overseas International Program de Santiago de la Universidad de Stanford. Fue decano de la Facultad de Ciencias Económicas y Administrativas de la UC entre 1968 y 1971 y profesor visitante en varias universidades de Estados Unidos, como Cornell, UCLA y Johns Hopkins, además de otras nacionales.

Entre 1982 y 1983 fue ministro de Hacienda y de Economía y es autor de varios libros y numerosos artículos publicados en revistas especializadas.

Francisco Rosende es ingeniero comercial de la Universidad de Chile y Master en Economía de la Universidad de Chicago. Actualmente es Profesor Titular del Instituto de Economía de la Pontificia Universidad Católica de Chile y entre 1995 y 2013 fue decano de la Facultad de Ciencias Económicas y Administrativas de la misma universidad. Su área de especialidad es la teoría monetaria y macroeconomía. Fue Gerente de Estudios del Banco Central de Chile (1986-1990), miembro de la Comisión Resolutiva Antimonopolio (1999-2001) y Presidente de la Comisión Presidencial de Defensa de la Libre Competencia (2011). Ha escrito numerosos artículos en revistas académicas y es autor-editor de varios libros, como La Escuela de Chicago y Teoría Macroeconómica: Crecimiento, Ciclos y expectativas, ambos publicados por Ediciones UC.








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Milton Friedman

La vigencia de sus contribuciones. Metodología, Teoría y Política Económica

Rolf Lüders Sch., Francisco Rosende R.

Editores

© Inscripción Nº 248.652

Derechos reservados

Enero 2015

ISBN edición impresa N 978-956-14-1490-7

ISBN edición digital N 978-956-14-2544-6

Primera Edición

Diseño:

M. Francisco de la Maza

versión | producciones gráficas ltda.

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CIP-Pontificia Universidad Católica de Chile

Milton Friedman: la vigencia de sus contribuciones: metodología, teoría y política económica

/ Rolf Lüders Sch., Francisco Rosende R. editores.

1. Friedman, Milton,1912-2006

2. Economistas-Estados Unidos

3. Escuela de Economía de Chicago

I. Lüders Schwarzenberg, Rolf J., ed.

II. Rosende R., Francisco, ed.

2014 330.092 + DDC23 RCAA2


CONTENIDO

Prólogo (#u318874ac-867f-5642-8687-661f8b4d81b4)

Sergio de Castro (#u318874ac-867f-5642-8687-661f8b4d81b4)

Introducción (#u81cd1097-83d9-5def-bf22-1b620fd7cb7b)

Rolf Lüders y Francisco Rosende (#u81cd1097-83d9-5def-bf22-1b620fd7cb7b)

Milton Friedman: Un reconocimiento (#ucd142549-6405-5e22-820f-1cfa00a63402)

Arnold Harberger (#ucd142549-6405-5e22-820f-1cfa00a63402)

Economía, Economistas y Valores (#u1de8ec8f-91be-51a6-84aa-4e0e1a45fcca)

Gert Wagner (#u1de8ec8f-91be-51a6-84aa-4e0e1a45fcca)

Milton Friedman y la Gran Depresión: Análisis y Lecciones (#u03c7ea04-e994-58b4-8ac0-2a2423051dba)

Rolf Lüders (#u03c7ea04-e994-58b4-8ac0-2a2423051dba)

Vigencia de las contribuciones de Milton Friedman en Teoría y Política Monetaria (#u7f7dc8bc-f663-5443-baff-4645ef204585)

Francisco Rosende (#u7f7dc8bc-f663-5443-baff-4645ef204585)

Friedman y la Política Cambiaria (#ufbb79898-e31b-5d9a-a649-220b1eae1285)

Sebastián Claro (#ufbb79898-e31b-5d9a-a649-220b1eae1285)

Milton Friedman y la Política Fiscal (#u8f29251b-9ff5-5a34-ad8f-1ea7a88d5297)

Matías Tapia (#u8f29251b-9ff5-5a34-ad8f-1ea7a88d5297)

¿Quién protege al consumidor? (#u2ef52293-0241-5afb-ae06-1fd52446ec22)

Juan Andrés Fontaine (#u2ef52293-0241-5afb-ae06-1fd52446ec22)

Friedman: Educación, Política Social y Libertad (#u6f245235-63ca-5ec6-8d13-04698349e623)

Claudio Sapelli (#u6f245235-63ca-5ec6-8d13-04698349e623)

Friedman, la solución de los problemas de externalidades y el control de la contaminación (#u64aee452-738d-5b6c-a6ad-9b0df2795872)

José Miguel Sánchez (#u64aee452-738d-5b6c-a6ad-9b0df2795872)

Libertad económica y conscripción (#ub8adc0dc-064b-5a08-84ab-5580f9e0668c)

Jorge Selume (#ub8adc0dc-064b-5a08-84ab-5580f9e0668c)

Milton Friedman: Su Pensamiento e Influencia a 100 años de su existencia (#u98588d9b-921b-53ad-b1bf-b13140a25ba3)

Carlos Cáceres (#u98588d9b-921b-53ad-b1bf-b13140a25ba3)

Gasto Público y Tributación (#ua476eb5d-d73a-5245-ae6c-4b51c301803d)

Álvaro Donoso (#ua476eb5d-d73a-5245-ae6c-4b51c301803d)


Prólogo

Sergio de Castro S.

No tuve la suerte de asistir a su curso de Teoría Monetaria, o a sus seminarios sobre dicha materia, pero leí todas sus publicaciones y las disfruté intensamente. Por sus amigos creo haber llegado a conocerlo y apreciarlo. No cabe duda de que era un científico ciento por ciento, dedicado a revelar la verdad sobre los problemas económicos más importantes que deben enfrentar los países en general. Era un fanático de la comprobación de las teorías, pues analizaba si las predicciones hechas sobre la base de aquellas coincidían o no con la realidad.

Contrariamente a las acusaciones de sus detractores, Friedman no adscribía a ninguna ideología en particular. Su relación con Ronald Reagan, de sincera amistad, se prestó para tacharlo de conservador. Pero por amigo que fuera Friedman de Reagan, no habría aceptado asesorarlo si hubiera pensado que no estaba dispuesto a hacer reformas que permitieran una aplicación más profunda de los principios de una economía de libre mercado, que dinamizara el desarrollo económico de Estados Unidos, y eso fue lo que hizo, con gran éxito.

Milton Friedman era un hombre sencillo, cálido y que comunicaba su alegría de vivir. No tengo ninguna duda de que es lejos el mejor economista del siglo XX. Cuando Keynes ganó aceptación general predicando que la política fiscal era necesaria para evitar las crisis económicas, Friedman postuló y luego demostró que la gran crisis financiera de 1929 se debió a la errada política de la Reserva Federal, que redujo la cantidad de dinero. También criticó la exagerada intervención del Estado en el funcionamiento de la economía, por las ineficiencias que introducía. En la batalla de las ideas, las suyas en pro de la libertad y de la competencia de los mercados se han impuesto en gran parte del mundo, y desde luego en los países que han logrado progresos notables.

El caso más espectacular es sin duda China. El fracaso del “Gran salto adelante” de Mao, que lo indujo el año 1966 a decretar la “Revolución Cultural”, duró una década y generalizó el caos social y económico.

En 1976 fallece Mao y asciende al poder Deng Xiaoping. Este descubre que no es importante el color del gato, sino que cace ratones, e inicia reformas económicas promercado. A inicios de los 80, Friedman es invitado a China, donde expone sobre las ventajas de que sean los mercados libres y competitivos los que determinen el óptimo en la distribución de los recursos productivos en un país. El episodio de Tiananmen, en 1989, interrumpe el progreso en la apertura económica a los incentivos de mercado, pero este se reanuda en 1992, con Deng decidido a profundizar el uso de los mercados en la agricultura y la industria, con resultados sorprendentes.

Este es el punto de inflexión para el espectacular desarrollo económico de China, desplazando el año 2010 a Japón del segundo lugar en el PIB mundial. Varios cientos de millones de chinos han dejado la pobreza y la seguirán dejando.

Se cumple así lo que pronosticaba Friedman. Falta ver si se cumplirá lo que podríamos llamar el corolario de Friedman, de que una economía libre exitosa llevará a un régimen político democrático.


Introducción

Rolf Lüders Sch. | Francisco Rosende R.

El 31 de julio de 2012 se cumplieron 100 años del nacimiento de Milton Friedman. Ese aniversario dio lugar a una serie de artículos de prensa y seminarios en los que se recordó lo que fue su notable carrera académica. Una de estas actividades fue un seminario –relativamente pequeño en cuanto al número de invitados– que organizó en Santiago la Fundación Populi, donde intervino un grupo de economistas que, desde sus respectivas áreas de especialidad, destacaron algunas de las contribuciones realizadas por Milton Friedman.

El interés que se apreció en dicho evento tanto por participar del análisis de las ideas de Friedman como en examinar la vigencia de estas en el mundo actual nos motivó a preparar este volumen, el que incorpora a quienes intervinieron en el mencionado encuentro y también a otros economistas que abordan temas que no fueron cubiertos en este. En cada caso se trata de trabajos donde el autor plantea una perspectiva personal acerca de un área o tema de interés dentro de las contribuciones de Friedman. Esta exposición se ha realizado buscando cubrir los aspectos e implicancias esenciales del tema en análisis, evitando caer en tecnicismos.

Este volumen incluye dos referencias personales a Milton Friedman, con las que se inicia el libro. Estas corresponden a un breve pero preciso comentario de Sergio de Castro, al que le sigue la reflexión de Arnold Harberger acerca de su relación personal con Friedman tanto en su calidad de alumno como posteriormente de colega. Un aspecto central del artículo de Harberger dice relación con las características y consecuencias de la visita que realizó junto a Friedman a Chile el año 1975.

Un elemento que atraviesa las diferentes contribuciones que realizó Friedman –en diferentes planos– a lo largo de su carrera se refiere a la estrategia metodológica que formuló en su clásico artículo del año 1953. No obstante los matices que pudieran existir, dicha estrategia se ha mantenido y consolidado a lo largo del tiempo en la profesión. En el trabajo de Gert Wagner se expone lo que se conoce como la metodología de la Economía Positiva impulsada por Friedman, con un análisis de las controversias y reacciones que originó.

Al revisar la lista de temas que han dominado el debate económico de la última década, fue relativamente simple seleccionar las contribuciones de Friedman que debían ser parte de este libro. Así, parece incuestionable que la profunda crisis financiera que afectó a la economía norteamericana entre los años 2007 y 2009 puso nuevamente en escena el estudio de la Gran Depresión y las lecciones que emergieron de esta. En particular, el análisis de dicho episodio tiene como antecedente esencial el estudio que realizó Milton Friedman junto con Anna J. Schwartz sobre los ciclos económicos norteamericanos entre 1867 y 1962. No hay dudas a estas alturas que la interpretación que ellos realizaron de la Gran Depresión fue un antecedente esencial para el diseño de una estrategia de contención a la reciente crisis financiera, al igual que en el caso de diversos episodios en los que en alguna medida se configuró una amenaza importante para el funcionamiento de la cadena de pagos de la economía. No obstante, es pertinente advertir que la denominada “crisis subprime” ha reabierto –en algún grado– el debate de la efectividad relativa de la política monetaria respecto de la fiscal en episodios de crisis y/o recesión.

La interpretación monetaria de la Gran Depresión en Chile se realiza en el trabajo de Rolf Lüders, mientras que la visión de Friedman de la política fiscal y la monetaria está en los respectivos trabajos de Matías Tapia y Francisco Rosende.

Otro episodio que ha suscitado el interés y preocupación de los analistas es la profunda contracción en la actividad y el empleo que ha experimentado la Eurozona en los últimos años. Todo ello en el contexto de severos problemas de endeudamiento e inestabilidad financiera de algunas de las economías partícipes de este arreglo monetario. Ya sea que se visualice esta crisis de la Eurozona como una consecuencia de los altibajos de la economía norteamericana, problemas propios de la regulación financiera o derivados de la configuración de un área monetaria que resultó no ser “óptima”, parece evidente que la existencia de una moneda única fue un ingrediente clave dentro del proceso de gestación de la crisis, como también de las características que adoptó el posterior proceso de ajuste. En el trabajo de Sebastián Claro se examina la posición de Friedman en materia de política cambiaria, con especial referencia a los planteamientos que formuló respecto del proyecto que llevó a la creación del euro.

Un aspecto que en diferentes economías ha adquirido importancia en los últimos años –particularmente en Chile– dice relación con la forma en que debe protegerse a los consumidores de las prácticas que atentan contra la competencia. Este tema es examinado en el artículo de Juan Andrés Fontaine, cuyo título –“¿Quién defiende al consumidor?”– replica el utilizado por el propio Friedman en su libro Free to Choose


 para analizar el tema de la defensa del consumidor. Tras efectuar una revisión conceptual de las estrategias seguidas en la literatura, Fontaine analiza los mecanismos de defensa de los consumidores prevalecientes en Chile en los últimos años.

La búsqueda de mecanismos que permitan el acceso a una educación de calidad de los grupos relativamente más pobres de la sociedad reviste un interés prioritario en diferentes países, incluyendo a Chile. Por ello tiene relevancia observar las propuestas que realizó Friedman a favor del establecimiento de subsidios a la demanda –vouchers– que permitan asegurar el acceso de los grupos más necesitados a servicios de alta importancia social, como la educación y la salud. Esta visión de Friedman, con referencia al tema de la educación, es examinada en el trabajo de Claudio Sapelli.

Si bien no existen trabajos académicos específicos de Friedman acerca de la forma en que deben resolverse los problemas de externalidades, particularmente los medioambientales, se conoce de las controversias que al respecto sostuvo con el también legendario profesor de la Escuela de Leyes de la Universidad de Chicago Ronald Coase. Ello además de artículos que escribió sobre el tema en revistas no especializadas como Newsweek. En el trabajo de José Miguel Sánchez se realiza una aplicación de las investigaciones y planteamientos de Friedman al análisis de los problemas medioambientales.

Álvaro Donoso analiza algunos elementos de la reciente discusión tributaria en Chile a la luz de los planteamientos realizados por Friedman sobre la economía política de las finanzas públicas. Por su parte Jorge Selume revisa una de las batallas más interesantes que dio Friedman en la búsqueda de una sociedad libre y eficiente, cual fue su defensa del Servicio Militar Voluntario.

Para Friedman, la libertad económica y la libertad política debían avanzar unidas. Conocidas son sus reflexiones relativas a diferentes experiencias –incluyendo la de Chile a mediados de los 70–, en las que advierte de la necesidad de acompañar una agenda de liberalización económica con otras que garanticen el pleno funcionamiento de un sistema democrático. En su artículo, Carlos Cáceres reflexiona detenidamente acerca de los procesos de transformación económica y política ocurridos en Chile en las últimas décadas, tomando como marco de referencia de su análisis los planteamientos que formuló Friedman respecto de los requisitos necesarios para construir una sociedad libre.


Milton Friedman, un reconocimiento

Arnold C. Harberger

Este libro es un triple homenaje a la vida y obra de Milton Friedman. En primer lugar, varios de los autores de los artículos que le dan forma fueron sus alumnos en la Universidad de Chicago. En segundo lugar, es un hecho reconocido el que muchas de las reformas que dieron cuerpo a la transformación de la economía chilena a partir de mediados de los 70 fueron fruto del tipo de estructura analítica que propugnaba y enseñaba, y del tipo de visión del mundo que promovía. Por último, no debemos olvidar la cruz que cargó durante las últimas tres décadas de su vida. Muchas veces fue falsa e injustificablemente ligado a la represión de libertad y violaciones de derechos humanos que ocurrieron bajo el gobierno militar. La honorable y distinguida manera en que llevó esta carga merece sin duda el respeto y la gratitud que este volumen representa.

Mi relación con Milton Friedman comenzó en el otoño de 1947 y en el invierno de 1948. Fue entonces cuando asistí a su curso de posgrado de Teoría de Precios. Esta asignatura tuvo una profunda influencia en mi formación como economista. Esta era la tercera vez que estudiaba Teoría de Precios. La primera fue el curso básico, a menudo llamado Economía 1, que la mayoría de jóvenes toma. La segunda es lo que ahora se denomina Microeconomía Intermedia. Se podría esperar que esta tercera experiencia se enfocara en giros esotéricos y adornos de fantasía, como los elegantes arpegios de un concierto de piano. Pero no. Friedman, en cambio, nos llevó a través de los principios básicos una vez más. Primero Oferta, luego Demanda, a continuación Equilibrio de Mercado, la remuneración a los factores productivos y finalmente Teoría del Capital. Aprendí mucho de ese curso.

Una lección muy importante fue que el proceso de aprendizaje no tenía fin, pues uno regresaba a los principios básicos una y otra vez. Esta lección por sí sola guiaría prácticamente casi todo mi futuro trabajo en el ámbito de la economía. En el análisis de costo-beneficio, en los costos de eficiencia de la política fiscal, en economía del bienestar aplicada, y también –en buena medida– en la macroeconomía de economía abierta y el estudio del tipo de cambio real. En todos estos campos, mi trabajo comenzó desde los principios básicos en lugar del último grito de la literatura más reciente de los journals. Y hasta donde puedo decir, la inspiración y ejemplo para esta forma de hacer las cosas provino de las clases de Friedman.

Diferente, pero relacionado con lo anterior, es la imagen que desarrollé a partir del curso de Teoría de Precios, pero que se prolongó por varias décadas, respecto de cómo funcionaba la mente de Friedman en lo que se refiere a la Economía. Mi percepción era que Milton tenía toda una enciclopedia en su cabeza. Pero esta no consistía en un estudio de piezas separadas, organizado desde la A hasta la Z. Era más bien como un círculo, o mejor aún, como una esfera, en la que cada uno de los puntos puede ser vinculado a todos y a cada uno de los otros puntos. Una vez más, las ideas contenidas en esta esfera fueron todas construidas sobre los principios más básicos. Y fue esto, en mi opinión, lo que constituía la capacidad de reacción casi instantánea de Friedman a cualquier observación o afirmación que tuviera algo que ver con la economía.

En mi visión, la esfera de Friedman contenía no solo todos los trozos de teoría económica básica y sus interrelaciones, sino también muchos de los hechos o evidencia esencial para sustentar la estructura y sus diversas partes.

Friedman creía profundamente en el método científico y enfatizaba una y otra vez en que ninguna declaración científica –afirmación sobre la manera en la que el mundo o naturaleza funciona– puede considerarse como verdad absoluta. Todos estos planteamientos pueden ser cuestionados por los datos. En este sentido, solía decir que la matemática, cuyas propuestas son de hecho irrefutables, debía ser considerada una rama de la Filosofía y no de la Ciencia. Por supuesto, Milton reconoció en la matemática una gloriosa y a menudo vital servidora de la ciencia.

La enciclopedia interconectada que Friedman cargaba en su cabeza, junto con su increíble agilidad mental, ayuda a explicar la rapidez con que reaccionó a todo tipo de afirmaciones económicas. No importaba si era en respuesta a los estudiantes en el aula, a los asistentes a una de sus conferencias, o a un co-panelista en algún programa. En todos esos casos, solía responder con algo como: “No puede ser en serio lo que usted acaba de decir”, para posteriormente respaldar su declaración con una elegante demostración de su validez.

Durante mi permanencia en Chicago circulaba la historia de un profesor, de otra universidad, que había trabajado la mayor parte de un año desarrollando un argumento en contra de una de las propuestas principales de Friedman. De acuerdo con esta historia, él aguardaba con interés el momento para enfrentarse a Friedman con su demostración en la próxima reunión anual de la American Economic Association. Cuando llegó esa fecha, rápidamente buscó la manera de encontrarse con él, y alegremente explicó su argumento mientras Milton lo escuchaba. Esto puede haber tomado entre diez y quince minutos. Pero cuando llegó el turno de Milton, no le tomó más de dos o tres minutos demostrarle a su contrincante que “¡no puede ser en serio lo que acababa de decir!”. Así, el rechazado profesor se retiró del encuentro, prometiendo hacerlo mejor la próxima vez. Esto dio lugar a otro año de trabajo, desarrollando un “nuevo y mejorado” argumento para demostrar la equivocación de Milton. Todo esto llevó a un nuevo encuentro el año siguiente en la reunión de la AEA, pero, una vez más, Friedman tardó solo dos o tres minutos en mostrar las deficiencias en la nueva línea de ataque del profesor.

Esta historia, quizás apócrifa, me suena muy verdadera, y por eso me siento obligado a contarla aquí. Pero, a la vez, me deja intranquilo porque da la impresión de que Friedman se glorificaba al “dar de baja” a los que le confrontaron. Esto no calza con las muchas décadas de contacto que tuve con él. Vuelvo a Friedman diciendo: “no puede decirlo en serio”. Él nunca dijo “qué estúpido es” o su equivalente. Su respuesta era la de un maestro y amigo, suavemente tratando de llevar a su interlocutor a ver las cosas con una nueva perspectiva, en lugar de despacharlo perentoriamente de su consideración. Su objetivo, siempre y como siempre le vi, no era censurar, sino persuadir.

Otra importante impresión de mis años en Chicago tenía relación con la forma en que Friedman creó un sólido muro de separación entre su actividad académica y su papel como líder de su generación en economía de mercado. En los dos cursos de Teoría de Precios que realicé, nunca tuvimos ni un atisbo del tono polémico de, digamos, su libro Libertad de elegir. Lo que tuvimos fue oferta y demanda y funcionamiento de los mercados. Economía del bienestar aplicada estaba ahí, ciertamente, pero solo en pequeñas dosis, y se explicaba en términos de oferta y demanda, más que en principios filosóficos. Los controles de precios eran analizados como controles de precios, no como invasión contra la libertad. El impuesto a la renta se mostraba como mejor que el establecimiento de impuestos al consumo, por cuanto permitía a los consumidores alcanzar una mayor curva de indiferencia.

Por otro lado, el Capital era un agregado cuya producción global se elevaría al máximo a través de la operación de las fuerzas del mercado. Hacía más sentido verlo como un agregado que como una colección de activos físicos, porque lo que preocupaba a la gente no era el activo en sí mismo, sino la capacidad del activo de entregar un retorno igual o superior al del mercado.

Si aquellos de nosotros que estábamos en las clases de Friedman salíamos más convencidos de las virtudes del mercado que cuando entrábamos, no era porque nos habían predicado, sino porque nos habían llevado cuidadosamente a un conocimiento más profundo de las fuerzas de la oferta y la demanda, y del sistema de mercado como un todo. Más adelante, cuando leíamos las columnas de Milton en Newsweek y veíamos las series de televisión Libertad de elegir, observábamos un lado diferente de la personalidad del que conocíamos de sus clases, pero no existía contradicción entre las partes. La parte analítica de Milton Friedman era el lado que veíamos en el aula. El Milton Friedman retórico, el que veíamos en los medios de comunicación públicos, estaba simplemente aplicando el análisis del aula a toda una serie de problemas de política del mundo real.

La historia de mis relaciones personales con Milton Friedman nunca podría estar completa si se omite una seria discusión sobre la visita de Milton a Chile en 1975 y sus largas consecuencias. El proceso preparatorio para esta historia se remonta a los años 1955 y 1956, cuando el Departamento de Economía de la Universidad de Chicago firmó un acuerdo bilateral con la Facultad de Economía de la Universidad Católica de Chile. Este acuerdo –que fue patrocinado por lo que posteriormente se convirtió en la Agencia para el Desarrollo Internacional (USAID)– tuvo su origen en un encuentro casual entre quien era entonces director del Departamento de Economía de la Universidad de Chicago, Theodore W. Schultz, con Albion Patterson, entonces director de la misión de la agencia en Chile. Patterson quedó tan impresionado por el análisis de Schultz sobre la situación económica de Chile y otros países de América Latina, que él, sin informar al profesorado de la Universidad de Chicago, escudriñó el interés de las dos principales universidades chilenas en ingresar a un acuerdo de este tipo. La facultad de economía de la “otra” universidad líder en este país –la Universidad de Chile– estaba sumida en ese momento en una batalla para determinar quién sería su nuevo decano; por lo tanto, la consulta de Patterson no recibió respuesta. En contraste, la respuesta de la Universidad Católica fue inmediata y entusiasta. El resultado fue un contrato de cinco años de colaboración entre las dos, el que fue seguido por una renovación de tres años más. Como consecuencia de este acuerdo, alrededor de treinta chilenos llegaron a la Universidad de Chicago como estudiantes de posgrado, siendo aproximadamente dos tercios de ellos de la Universidad Católica y el resto de la Universidad de Chile.

Este acuerdo llevó al desarrollo de vínculos personales entre los estudiantes chilenos y sus profesores de la Universidad de Chicago. En algunos casos, incluyendo el mío, estos vínculos fueron muy cercanos y produjeron amistades de toda una vida. En otros casos, como el de Friedman, se reprodujeron las relaciones normales entre estudiantes de posgrado y sus profesores. Esto es, el alumno típico salió mayormente impactado por unos dos o tres profesores, y el profesor típico quedaba especialmente impresionado por solo una cierta cantidad de sus alumnos.

Los contratos de la USAID duraron un total de ocho años, pero la relación entre el Departamentos de Economía de Chicago y Chile continuó casi sin interrupción, con un flujo constante de estudiantes chilenos a Chicago, con el apoyo directo de becas de la misma USAID, del Programa Fulbright, de las Fundaciones Ford y Rockefeller, del Banco Central de Chile y, más tarde, del Ministerio de Planificación de Chile. Al mismo tiempo, importantes grupos de estudiantes de posgrado comenzaron a llegar procedentes de México, Centroamérica, Colombia, Brasil, Argentina y Uruguay. Más aun, la Universidad de Chicago suscribió un contrato con la Universidad Nacional de Cuyo en Mendoza, Argentina, patrocinado por USAID, el cual se mantuvo desde 1962 a 1967. Sin embargo, para 1967 podía decirse que los vínculos del Departamento de Chicago con América Latina venían no vía nuevos convenios, sino a través de muchos estudiantes de diversos países, y por aquellos profesores del Departamento con interés en dicha región –incluyéndome a mí– que tenían vínculos con estudiantes, académicos y autoridades en un número considerable de países. Larry Sjaastad y yo fuimos los dos profesores de Chicago que mantuvimos las relaciones más cercanas con América Latina. Mis propios vínculos fueron más estrechos con México, Panamá, Argentina, Brasil, Uruguay y, el más importante, Chile. Había conocido a mi esposa chilena (Anita) en una fiesta en Chicago, armada por cinco estudiantes universitarios chilenos. Mis primeras visitas a Chile (1955-1964) estaban casi todas relacionadas con el acuerdo Chicago-Católica. Cuando eso terminó, se encontraron nuevas oportunidades para ir a Chile. El proveedor principal durante la siguiente década o algo así fue la misma USAID. Trabajé muy de cerca con esa agencia mientras daba asistencia al gobierno de Eduardo Frei Montalva, para controlar la inflación del país durante 1964-1967. Después, traté de ayudar en la lucha contra el aumento de la inflación y el rápido deterioro que sufría la economía.

La elección de 1970 marcó un hito en la historia del país. La votación estaba dividida entre el socialista Salvador Allende, Radomiro Tomic –del Partido Demócrata Cristiano– y el candidato conservador, Jorge Alessandri. La división del voto entre estos tres llevó a Allende a ser el vencedor con algo más del 36% de los votos totales. Aunque ganó con solo una minoría de apoyo, él no se comportó como un presidente minoritario. En cambio, movió al país bruscamente hacia la izquierda. La agricultura fue fraccionada por la confiscación legal de muchos de los grandes fundos, y también por la ocupación ilegal –de facto– impulsada por algunos grupos. En la industria, algunas empresas fueron nacionalizadas por ley, pero en la mayoría de los casos el control estatal se alcanzó por medio de la facultad legal de la “intervención”, de acuerdo con la cual los dueños originales mantenían la propiedad legal, mientras que la empresa era en realidad manejada por un “interventor” nombrado por el gobierno. El sector bancario fue directamente “nacionalizado”, al tiempo que se imponía el control de precios a más de tres mil productos, dando así origen a “mercados negros” de enorme magnitud. Solo una pequeña fracción de los consumidores tenía la fortuna de obtener acceso a los bienes y servicios a precio controlado, mientras que la mayoría tenía que pagar en el mercado negro un precio que a menudo era cinco o más veces mayor que el oficial. Ese elevado múltiplo fue en parte una consecuencia de la creciente tasa de inflación, que alcanzó más de 500% por año y tanto como 1.000% por año medida en períodos más cortos. El tipo de cambio paralelo frente al dólar se elevó (pesos por dólar) a alturas sin precedentes, en términos reales, mientras los chilenos, a todo nivel, intentaban canalizar sus ahorros de tal forma de no perder algo así como un cuarto de su valor por mes.

Espero que lo anterior dé a los lectores no familiarizados con la historia chilena de ese período una apreciación adecuada del grado de agitación que prevaleció en la economía hacia el año 1972 y especialmente en 1973. Los chilenos de todos los niveles socioeconómicos se vieron afectados y el descontento fue generalizado. Tanto la Corte Suprema de Chile como sus organismos legislativos emitieron declaraciones indicando que el gobierno de Allende se había excedido en sus facultades constitucionales y hubo manifestaciones en contra de este por la presencia de asesores extranjeros, en particular cubanos.

No hay ninguna duda de la existencia de un verdadero caos económico en Chile al momento del golpe militar (11 de septiembre de 1973) y estoy totalmente convencido de que el golpe no habría ocurrido si las políticas económicas del gobierno de Allende no hubiesen sido tan desastrosas.

Las políticas económicas de Chile no habían sido más que mediocres la mayor parte del tiempo desde la década de los 30 y dentro de ese rango no se había desarrollado un nivel de descontento comparable al observado a comienzos de los 70. En mi opinión y en la de muchos observadores serios de la escena chilena, el caos económico predominante fue el único elemento lo suficientemente fuerte y omnipresente como para dar lugar al golpe de Estado de 1973.

En estas condiciones, es fácil entender que muchos economistas chilenos apoyaran el golpe militar cuando ocurrió y que estuvieran dispuestos a ayudar en la reconstrucción y reforma económica que siguió. Cabe señalar que los principales líderes del Partido Demócrata Cristiano se aliaron, ciertamente en forma tácita, con los militares en septiembre de 1973, y lo hicieron hasta aproximadamente un año después. (Se convirtieron en la oposición cuando se hizo evidente que los militares no estaban dispuestos a cederles un papel preponderante dentro del Gobierno Chileno).

Las políticas económicas que surgieron tras septiembre de 1973 fueron principalmente el producto de los llamados “Chicago Boys”. El núcleo de este grupo trabajó para ofrecer una plataforma de reformas económicas a la campaña presidencial de Jorge Alessandri en 1970. Ellos se mantuvieron en contacto durante los años de Allende, reuniéndose cada semana, revisando y actualizando sus sugerencias de campaña de tal modo de mantener una agenda viable de políticas para sacar a Chile del caos económico que prevalecía entonces. Fruto de esas reuniones fue “El Ladrillo”, un manuscrito que se preparó para el gobierno que viniera después del Allende y que fue entregado al almirante José Toribio Merino, el responsable de los asuntos económicos en la Junta de Gobierno que asumió el poder en septiembre de 1973.

Por lo tanto, cuando se produjo el golpe militar, los “Chicago Boys” (la mayoría de Chicago, otros procedentes de otras universidades) fueron aprovechados para ayudar a diseñar e implementar, ahora en la práctica, una serie de programas de ajuste y reformas. Lo hicieron por alrededor de un año y medio, trabajando en puestos como subsecretarios en los principales ministerios y en la vicepresidencia del Banco Central, mientras que los militares ocuparon los cargos altos. Importantes reformas se realizaron en este período.

Rápidamente, el número de mercancías bajo el régimen de control de precios se redujo desde alrededor de 3.000 a menos de diez, mientras que el sistema de tipo de cambio múltiple fue sustituido por una sola tasa flotante. Con el tiempo, hubo importantes reformas a los sistemas impositivo y arancelario, además de la eliminación de otras restricciones a la importación. Además se realizaron importantes esfuerzos para modificar los trastornos que habían ocurrido en la tenencia de tierras en el sector agrícola.

Pero parecía extraño a muchos observadores que, a pesar del cambio de gobierno y de las numerosas reformas políticas, la tasa de inflación se mantenía en un rango solo algo menor al 400% por año (casi 20% mensual). La causa subyacente de esto –el enorme déficit fiscal y las pérdidas de negocios nacionalizados e intervenidos, todo ello financiado por la rápida expansión de dinero y créditos bancarios– había quedado sin resolver por el gobierno militar.

Esto me lleva a la visita de Milton Friedman a Chile en marzo de 1975. Fue organizada por una fundación patrocinada por el Banco Hipotecario de Chile, un banco privado de uno de los dos grandes conglomerados que surgieron en los años siguientes al golpe de Estado. Carlos Langoni –un brasileño doctorado en Chicago, quien más tarde se convirtió en presidente del Banco Central de ese país– y yo también fuimos invitados y realizamos numerosas presentaciones. También acompañábamos a Friedman en muchas de sus reuniones. Cada uno de nosotros había estudiado la información económica reciente de Chile, e individualmente y por separado llegamos a la conclusión de que sería imposible domar la inflación del momento sin controlar el enorme déficit fiscal.

Hay que subrayar que esta conclusión también había sido alcanzada anteriormente por los “Chicago Boys” en el gobierno, así como por académicos y no académicos observadores, tanto en Chile como en el extranjero. Por lo tanto, el asesoramiento que Friedman entregó representaba una visión que concitaba un amplio consenso entre economistas. Esto nos deja con un cierto rompecabezas, para el cual la historia puede que nunca dé una respuesta definitiva. ¿Fue la visita de Friedman el factor crítico para motivar el remezón del gabinete y la reforma fiscal que comenzó unos dos meses después de su visita? Mi opinión es que estos cambios probablemente habrían sucedido de todos modos, pero la visita de Friedman puede haber provocado que emergieran más rápido. Además, creo que terminó por fortalecer la posición de los “Chicago Boys” en la lucha interna que ocurrió dentro del Gobierno de Chile. Sus propuestas eran a menudo contrarias a las de una u otra facción militar, y sin duda la visita de Friedman dio más peso a sus opiniones.

Estos hechos, sin embargo, solo aportan antecedentes a las experiencias posteriores de Friedman. Su visita a Chile de 1975 duró menos de una semana, e incluyó muchas reuniones con sectores universitarios y otras audiencias del sector privado. Sin embargo, la reunión más crítica fue con Augusto Pinochet, Jefe de la Junta Militar Chilena. Langoni y yo acompañamos a Friedman a esta reunión, a pesar de que fue Milton el que principalmente tuvo la palabra. La reunión, así como la carta posterior de Friedman resumiendo su recomendación, se concentró en las medidas necesarias para frenar la inflación galopante de Chile. Se focalizó en dos puntos: en primer lugar, una reforma fiscal para cerrar el déficit fiscal y reducir el endeudamiento del gobierno chileno con el sistema bancario y, en segundo lugar, una política de restricción monetaria para reducir drásticamente la tasa de crecimiento de la oferta de dinero. Otros consejos se refirieron a la conveniencia de expandir la aplicación de las políticas promercado a otros ámbitos, y a la importancia de un esfuerzo especial para ofrecer un alivio “a las dificultades y la angustia grave entre las clases más pobres”.

El desenlace de la visita de Friedman a Chile en 1975 fue una gran sorpresa para nosotros y nuestros colegas. Hubo manifestaciones en contra de los dos en Chicago y cartas al New York Times y otros periódicos. Por otra parte, este tipo de protestas, en lugar de desvanecerse, continuaron durante los años siguientes. Me enfrenté a encuentros con grupos de izquierda en media docena o más de universidades de los Estados Unidos, que se extendían incluso hasta 1980. Pero mis experiencias son menores en número, intensidad y tiempo, comparadas con las de Friedman. Los juicios a Friedman llegaron a su cenit en el momento de su recepción del Premio Nobel. Había mucho ruido en los círculos de izquierda, tanto en Europa como en Estados Unidos, lo que culminó en disturbios durante la ceremonia donde recibió el Premio Nobel. Tal vez la mejor manera para mí de transmitir el sabor de ese episodio es a través de una carta que escribí en su momento a Stig Ramel, presidente de la Fundación Nobel y que anexo a este escrito.

Ninguno de nosotros ha encontrado una buena explicación para la intensidad y extensión de las protestas en contra de Friedman (y hacia mi persona, aunque en menor grado), tras la visita realizada a Chile ese marzo de 1975. Lo curioso es que ninguno de nosotros ha experimentado una reacción de este tipo durante visitas similares a otros países con regímenes autoritarios. Milton estuvo varias veces en China y en una ocasión (septiembre de 1988) tuvo una reunión (que duró dos veces más que la que sostuvo con Pinochet) con Zhao Ziyang, el secretario general del partido comunista y jefe efectivo del gobierno de China de la época. Algunos años más tarde tuvo dos reuniones breves con el sucesor de Zhao, Jiang Zemin. Yo había realizado visitas regulares bajo los auspicios de USAID a Uruguay (1974-1981), mientras ese país se encontraba bajo un gobierno militar, y más tarde a Indonesia (nuevamente por USAID), durante el período de Suharto. El hecho de que ninguna de estas experiencias desencadenara ni el más mínimo atisbo de protesta es una de las fuentes del rompecabezas.

Una segunda fuente nos proporciona los casos de los muchos otros profesores que trabajaron con los gobiernos militares de Egipto, Indonesia, Malasia, Pakistán, Corea del Sur, entre otros países. Por lo que sabemos, ninguno de ellos corrió la misma suerte, a pesar de su directa y duradera participación en esos gobiernos, durante largos períodos, a diferencia de la reunión única de Milton con Pinochet, en el curso de su visita de seis días.

Uno solo puede maravillarse ante el hecho de que en la actualidad (2014), ocho años después de la muerte de Milton, puede encontrar todos los días menciones del nombre de Friedman en la prensa, en debates políticos, en la radio y la televisión, y por supuesto también en las aulas. Ningún otro economista, ni siquiera Adam Smith o John Maynard Keynes, se acercan a estas dimensiones, y uno solo puede especular sobre la razón. Un amigo cercano de Friedman, George Stigler, menospreciaba la eficacia de “El Economista como Predicador”, pero creo que sus argumentos son desmentidos por la herencia dejada por Milton. Su amplio impacto llegó a través de sus columnas en la revista Newsweek (1966-1983), sus publicaciones “misioneras” como Capitalismo y Libertad y Libertad de elegir, su serie de televisión bajo el título de este último y sus otras apariciones en los medios públicos. Fue de esta manera que su nombre se hizo conocido por millones de lectores y oyentes, y que sus mensajes se convirtieron en parte de la cultura popular para los amigos y detractores por igual.

A través de los años he visto cómo uno tras otro de mis colegas mayores han desaparecido de la escena, afligiéndome la rapidez con que su memoria se ha desdibujado. Ni siquiera los grandes contribuyentes, ganadores del premio Nobel, miembros de la Academia Nacional y los presidentes de nuestras asociaciones profesionales, parecen ser capaces de escapar de ser eclipsados a la vista. Friedman se encuentra solo entre las generaciones recientes de economistas, desafiando este destino casi universal. Por mi parte, creo que este especial lugar es enteramente merecido, y es un memorial apropiado no solo por su poderoso intelecto, sino también por el celo misionero que él aplicó en sus campañas a favor de la libertad.

Por último, no encuentro mejores palabras para cerrar este memorial, que el homenaje que leí en un servicio fúnebre realizado para Milton en la capilla Rockefeller de la Universidad de Chicago a principios de 2007.

“Sin lujos, sin mezquindad, sin miedos”

Un homenaje a Milton Friedman

Arnold C. Harberger

‘(Presentado en una ceremonia de homenaje, Capilla Rockefeller, Universidad de Chicago, 29 de enero de 2007).

Fue mi gran fortuna ser miembro de la primera generación de la Universidad de Chicago que tuvo Teoría de los Precios con Milton Friedman. La fortuna más tarde nos juntó como colegas en Chicago por 53 años si se cuenta la condición de Profesor Emérito, y por unos 30 si solo cuentan los años de servicio activo. Y para demostrar que la fortuna no siempre nos sonríe, ella también nos llevó a compartir lo que Milton llamó “nuestras pruebas y tribulaciones”, las que se derivan principalmente de una breve visita que Milton realizó a Chile en marzo de 1975.

Estas experiencias me permitieron desarrollar una abundante comunicación con Milton, en tiempos tanto buenos como malos, lo que me llevó a tener –lo que creo– es un conocimiento cercano de Milton Friedman, la persona. Es evidente que esta persona era siempre e inexorablemente un economista, pero hay otros rasgos vitales que trascienden los asuntos profesionales.

Son estos otros rasgos los que me llevaron a elegir mi tema de hoy: “Sin lujos, sin mezquindad, sin miedos”.

Estoy totalmente seguro de que estos elementos –sin lujos, sin mezquindad, sin miedos– serían sus rasgos perdurables, independientemente de la profesión que hubiese escogido. Lo más importante es que son los aspectos que admiro profundamente y espero haber aprendido junto con todo lo que he ganado de sus enseñanzas y sus escritos.

“Sin lujos”. Aquí tengo que comenzar con el maravilloso o incluso, mejor dicho, hermoso curso de dos trimestres sobre Teoría de Precios que tomé con Milton. Por suerte, la esencia de ese curso se consagró en el texto que lleva el mismo nombre del curso, Teoría de Precios de Milton, por lo que está disponible para todos y cada uno para explorar y apreciar. Para mí, ese curso era como el proverbial taburete de tres patas. Cada parte era esencial. Nada podría ser desechado sin perturbar la integridad del conjunto. Nada en él era pomposo, nada pretencioso, nada sofisticado.

En su libro Dos personas con suerte


, Friedman se maravilla con la calidad estética de la teoría de precios diciendo que siempre le recordaba a Keats con su famoso “La belleza es verdad, la verdad es belleza. Eso es todo lo que sabéis en la tierra, y todo lo que necesitáis saber”. Eso ciertamente resuena con todo lo que obtuve de mi exposición a Milton en esa secuencia de Teoría de Precios. Era como si él no quisiera que uno aprendiera la teoría de precios, sino que se empapara de ella, para que fuera parte de uno mismo. Ese curso, más que cualquier otro, formó mi visión de la economía como una disciplina, de mi propio papel dentro de ella, y de cómo y qué debo enseñar a mis estudiantes. Me veo a mí mismo como una especie de carpintero a la antigua, o el chico multioficios, vagando por ahí con un kit simple pero altamente confiable de herramientas, listo para asumir casi cualquier problema que se presente, confiado en que la mayor parte del tiempo es necesario resolver problemas que nos resultan familiares, en tanto se repiten una y otra vez, pero sintiéndose realmente desafiado cuando aparece algo realmente inesperado, y totalmente eufórico cuando descubro una forma en que el antiguo kit de herramientas se supera a sí mismo en la resolución de estos problemas más complejos.

Creo que este espíritu, esta actitud, esta visión del mundo es la característica distintiva más clara de toda una generación de economistas de Chicago que salieron a hacer su camino en el “mundo real”. Creo que esta es en gran parte la razón por la que muchos de ellos llegaron a la cima, trataron con éxito tantos problemas y, al final, probablemente influyeron en el curso de la historia. Y no creo que esté exagerando cuando digo que las semillas de este espíritu y actitud se encuentran en el curso de Teoría de Precios de Milton.

“Sin mezquindad”. Me aturde cada vez que me doy cuenta de que mis contactos con Milton Friedman se remontan, por ahora, a unos sesenta años. Pero lo que es aun más sorprendente es que en todo ese tiempo, en todos nuestros contactos, incluso en todas mis lecturas de sus escritos y de ver sus videos, nunca he estado consciente de que haya hecho uso de algún argumento ad hominem, o de alguna batalla intelectual utilizando las armas de la insinuación o incluso decirle a otros que compartan su línea de razonamiento solo porque Adam Smith o Alfred Marshall o algún otro gran hombre también sostuvo este punto de vista. Es como si una voluntad de hierro estuvo conduciéndolo para hablar sobre los méritos del caso, y solo sobre los méritos del caso, todo el tiempo.

Francamente, no creo que Milton siquiera haya sentido la tentación de utilizar el comentario sarcástico o el chiste frívolo para acabar con un adversario. Es como si hubiese limpiado completamente su mente de estos pensamientos.

Antes de abandonar el tema de “sin mezquindad”, tengo que detenerme y referirme brevemente a nuestras “pruebas y tribulaciones”. La breve visita que Milton y Rose realizaron a Chile en el año 1975 vino por la invitación de una fundación privada afiliada a un importante banco chileno, en que entonces Rolf Lüders (un ex alumno de Chicago) tenía una posición ejecutiva. Yo era el intermediario clave para el logro de la visita.

Con todos los problemas que estallaron después, con toda la crítica injusta e infundada a la que Milton estuvo sujeto, con todas las relaciones y amistades pasadas que se agitaban como resultado de esa visita, se podría pensar que sería natural que Milton tuviera un cierto resentimiento, sino un rencor o peor en contra de Rolf Lüders y hacia mí. ¡Nada de eso! Nunca en toda la infeliz y prolongada secuela de esa visita a Chile sentí la más mínima grieta en los lazos que nos unían. Muy por el contrario, parecía que con cada nuevo asalto, esos lazos crecían más firmes y más fuertes.

Lo que nos decepcionó tanto a Milton como a mí fueron los que, impulsados por las pasiones del momento, tomaron posiciones antagónicas hacia nosotros y lo que (supuestamente) habíamos hecho sin que tuvieran alguna idea de lo que realmente ocurrió, lo que realmente se dijo, o en qué espíritu lo dijimos. También nos quedamos perplejos acerca de cómo las muchas decenas de economistas establecidos que habían sido efectivamente contratados por largos períodos por parte de regímenes autoritarios en Brasil, Corea, Nicaragua, Pakistán, Filipinas, Taiwán y Yugoslavia, entre otros, de alguna manera escaparon al mismo oprobio.

Estaba consternado, también, por la forma en que Milton fue señalado en adelante, especialmente en vista del hecho de que, en los apenas seis días que pasó en Chile, dio una serie de conferencias que ensalzan la libertad política y económica, y expresando su fe en que un gobierno autoritario no puede sobrevivir por mucho tiempo una vez que la libertad económica prevalece.

“Sin miedos”. De los tres rasgos de mi título, este es el que incluso observadores lejanos deben ver y apreciar. Parecía haber alguna fuerza interior en Milton conduciéndolo a decir la verdad como él la veía, pasara lo que pasara. Esto es lo que hizo en sus conferencias y seminarios en Chile. Después de haber dicho la verdad como él la veía, nunca podría ceder a sus atacantes. Ceder en estas cuestiones no sería, para él, simplemente un cambio de punto de vista. Sería nada menos que la negación de su verdadero yo. Él estaba expresando una parte esencial de su naturaleza mientras se mantuvo firme y aceptó todo lo que ocurrió durante sus “pruebas y tribulaciones”.

Pero Milton actuó sin temor a expresar sus puntos de vista desde mucho antes del referido episodio. Las sociedades tienen a veces maneras sutiles y otras no tan sutiles de forzar la conformidad, y esto es cierto no solo en la España Católica, la Inglaterra Victoriana, y los sectores evangélicos de los Estados Unidos. Tiende a ser cierto para las “opiniones establecidas” no importa dónde. Tal vez lo políticamente correcto es su manifestación actual en las universidades americanas.

Bueno, también tenemos olas de lo “económicamente correcto” en nuestra profesión. Durante mi vida, ninguna fue más fuerte que la ola keynesiana que se extendió por la profesión en los años 1940 y 1950. De seguro había muchos disidentes a esta ola. Había un montón quejándose y discutiendo en tranquilos cónclaves. Pero hubo pocos que marchaban al frente, convirtiéndose a sí mismos en objetivos públicos, mientras expusieron sus puntos de vista discrepantes. Y de estos, Milton fue, sin duda, el primero y el más importante.

Milton se mantuvo firme durante toda su larga y solitaria vigilia como el principal profeta del monetarismo en un mundo keynesiano. Si ese papel hubiese sido fácil de jugar, la lista de los profetas sería mucho más larga. Pero no fue nada fácil. Eso significaba aislarse en gran parte de la profesión económica. Eso significaba ser pensado, o referido y, a menudo, tratado como un bicho raro o un chiflado. Sinceramente, creo que esta es la forma en que todo habría terminado si Milton, además de ser valiente, no hubiese estado tan acertado y fuera tan francamente convincente al presentar su evidencia y su caso. Creo que es justo decir que este calvario en particular había sido superado en el momento en que Milton recibió su Premio Nobel en 1976.

Pero como cualquier lector de las columnas de Milton en la revista Newsweek, o de Capitalismo y Libertad o Libertad de elegir, suyo y de Rose, sabe, se puede construir fácilmente una extensa lista de temas en los que él, o que él y Rose, “se hicieron vulnerables”. De estos, la legalización de las drogas fue tal vez el más atrevido; y el servicio militar voluntario el que produjo la victoria más rápida y resonante.

Pero quiero detenerme un momento en el sistema de bonos educativos, porque revela un aspecto poco publicitado y poco apreciado del pensar de los Friedman. Permítanme simplemente citar de “Dos personas con suerte”:

La tendencia a que nuestra sociedad sea cada vez más estratificada.... para simplificar, los calificados y altamente educados frente a los no calificados y con poca educación, amenaza la estabilidad social de nuestra sociedad. La mejora radical en la calidad de la educación es la única fuerza importante que parece actualmente disponible para contrarrestar la [esta] tendencia. (p. 349)

Cuanto más hemos aprendido acerca de nuestro sistema educativo, más crece nuestra confianza en que un sistema de bonos sin restricciones llevaría a una enorme mejora en la educación a disposición de nuestros niños, especialmente los de las familias más desfavorecidas. (p. 348)

Desde mi perspectiva, Milton y Rose están aquí tratando de resolver uno de los problemas más profundos de toda la sociedad proporcionando esperanza y motivación para aquellos en los estratos socioeconómicos más bajos. La verdad que ellos abrazan –de lo que puedo dar fe, basado en más de medio siglo de trabajo y observación en los países en desarrollo– es que verdaderas oportunidades para los hijos es una forma de pegamento maravillosa para mantener unida a la sociedad, y una potente vacuna contra el descontento y malestar social. La economía de mercado, la genuina oportunidad y el avance basado en el mérito en un entorno competitivo se refuerzan mutuamente. Juntos nos dan la mejor receta para el futuro de una economía libre en una sociedad libre.

Estamos muy agradecidos por todo lo que nos has dado, Milton. El mundo, y muy especialmente nuestro mundo aquí en la Universidad de Chicago, simplemente no van a ser lo mismo sin ti.

ANEXO

Pongamos las cosas en claro sobre Chile

La siguiente es una carta de Arnold C. Harberger, director del Departamento de Economía de la Universidad de Chicago, a Stig Ramel, presidente de la Fundación Nobel, con respecto a los cuestionamientos que algunos sectores levantaron con motivo del otorgamiento del Premio Nobel de Economía a Milton Friedman. La carta fue publicada en el Wall Street Journal del 10 de diciembre de 1976, junto con un editorial sobre el mismo tema que apareció en otro lugar del mismo diario.

La publicidad generada por el Premio Nobel de Economía de este año contiene frecuente referencia a una supuesta “asociación” de Milton Friedman con el actual gobierno de Chile. Debo señalar al respecto que el Sr. Friedman fue a Chile en gran medida debido a mi insistencia. Yo estuve con él durante los seis días que duró esta, realizada en marzo de 1975, siendo la única visita que él ha realizado a Chile


. Además, mi nombre ha sido vinculado con el suyo en muchas de las declaraciones e inexactitudes derivadas de esa visita. Por consiguiente, me gustaría tratar de aclarar las cosas.

Fuimos a Chile bajo el auspicio de una fundación privada de ese país, para dictar conferencias públicas sobre nuestra evaluación de la crítica situación económica entonces prevaleciente. No estábamos allí como consultores del gobierno y ninguno de nosotros ha tenido jamás alguna conexión oficial con el actual gobierno de Chile.

Nuestra visita a Chile no hizo, no representa ningún tipo de aprobación del actual gobierno chileno y, mucho menos, de la represión a la libertad individual y al establecimiento de restricciones al debate público.

El Sr. Friedman dejó su posición muy clara en su momento al rechazar dos ofertas de títulos honoríficos de universidades chilenas, precisamente porque sentía que la aceptación de tales honores de estas universidades, que reciben fondos del gobierno, podría interpretarse en el sentido de aprobación política.

El Sr. Friedman dejó de manifiesto su inquietud por el contexto político al dictar una conferencia sobre “La fragilidad de la libertad”, tanto en la Universidad Católica de Chile como en la Universidad de Chile. Él describió al actual Gobierno de Chile como uno que fue negando y restringiendo la libertad en muchos e importantes aspectos, y expresó la esperanza de que en un futuro próximo los chilenos una vez más puedan disfrutar de la plenitud de la libertad política e intelectual.

En resumen, el Sr. Friedman, un viejo libertario, se comportó de una manera plenamente coherente con sus ideales declarados y su filosofía, tanto en sus acciones y pronunciamientos formulados en Chile como en sus posteriores declaraciones sobre el tema. Si bien mi vinculación con el actual gobierno chileno ha recibido menos atención, no es ningún secreto mi negativa a trabajar como consultor para este, lo que sí había hecho libre y voluntariamente en anteriores períodos (1959, 1965 a 1969) para otros gobiernos chilenos.

Como muchos otros, el Sr. Friedman y yo estamos profundamente perturbados por la ruptura de la larga tradición de democracia y libertad en Chile. Nos oponemos profundamente a regímenes autoritarios, ya sean de derecha o de izquierda. Es por eso que hemos mantenido siempre una distancia entre nosotros y el gobierno de Chile, al tiempo que hemos condenado en repetidas ocasiones, en público y en privado, sus medidas represivas.

Al mismo tiempo, no sentimos que debamos disculparnos por nuestras actividades en Chile. Creemos que ahora, como lo hicimos cuando visitamos Chile, el restablecimiento de la libertad política es imposible sin una recuperación de la salud económica. Como dijimos en nuestras conferencias públicas, no hay camino fácil hacia ese resultado, pero existen caminos mejores y peores, y el análisis económico científico tiene mucho que aportar a una sabia elección.

Nuestra relación con Chile deriva de un contrato entre la Universidad de Chicago y la Universidad Católica de Chile para los años 1956-1964, financiado por la USAID, bajo el cual muchos estudiantes chilenos estudiaron en Chicago y profesores de esta institución visitaron Chile. Da la casualidad que el Sr. Friedman no formó parte activa en ese programa, aunque, por supuesto, los estudiantes chilenos, al igual que el resto de nuestros estudiantes, tomaron sus cursos. La complejidad del tema chileno se refleja en las diferentes formas en que nuestros ex alumnos han reaccionado a los acontecimientos de los últimos años. Algunos –entre ellos algunos que también habían servido a gobiernos chilenos anteriores– aceptaron cargos de responsabilidad en el gobierno actual. Otros, incluyendo también algunos funcionarios de gobiernos anteriores, no han estado dispuestos a hacerlo. Algunos de estos están de acuerdo, algunos se oponen al actual régimen. Uno de ellos, que era un alto funcionario del gobierno de Allende, se encuentra en exilio político; otros simplemente optan por permanecer fuera de Chile, sin atribuir ninguna motivación política para su decisión.

Estas diferentes reacciones son parte de una trágica cadena de acontecimientos que han dividido y polarizado la sociedad chilena y que han roto la larga tradición democrática de ese país. Como tantas veces ha ocurrido en condiciones similares en otros países, el proceso ha llegado a tocar a las vidas personales, produciendo muchas amistades quebradas, lazos familiares rotos, y muchas otras manifestaciones de la pasión y convicción con la que diferentes personas sostienen puntos de vista totalmente contradictorios. Cada individuo ha enfrentado, y no solo una vez, sino en muchas oportunidades y de muchas formas, necesidades de elección desagradables.

El Sr. Friedman y yo, mientras mantenemos firmemente nuestra posición con respecto al gobierno chileno, sentimos una gran simpatía por nuestros antiguos alumnos. Sabemos que son personas honorables y compasivas. Respetamos sus decisiones y juicios individuales aun cuando difieran de las nuestras. No estamos dispuestos a darles la espalda. Por el contrario, vamos a seguir haciendo todo lo posible para ayudarles a superar los problemas y dilemas que enfrentan en estos tiempos difíciles y problemáticos, independientemente de sus convicciones individuales y puntos de vista.


Economía, economistas y valores

Gert Wagner H.

Al término “economía” le corresponden múltiples significados, plasticidad que constituye todo un desafío para la comunicación. La expresión no solo alude al método, a los instrumentos analíticos y al resultado de su empleo; otro significado, por lo demás de uso frecuente, apunta al quehacer humano orientado a hacerse de bienes, lo que alguna vez se denominara los “negocios ordinarios de la vida”


, ámbito que en el mundo especializado de hoy se asocia a todo lo concerniente al mundo comercial, del trabajo y de la producción; al funcionamiento estatal y fiscal, a innovaciones de política que incidan en estos asuntos y otros similares. También se emplea para referirse a situaciones y contextos especiales. Por ejemplo, “la economía portuguesa está saliendo de un mal momento”, diagnóstico que posiblemente incluya alusiones a la evolución de indicadores tales como PIB, empleo, incertidumbre en la industria financiera, expectativas de inversión, reservas internacionales. De modo que “mal momento de la economía” sería una expresión sintética utilizada en la comunicación masiva que intenta resumir todo esto, incluido el ambiente de confusión, incertidumbre, temor y desencanto que suele caracterizar estas situaciones. Asimismo, el término economía en ocasiones se emplea con un significado más tradicional, como sinónimo de situaciones de limitación o reducción de consumo, necesidad de rebajar costo, justificación para fundamentar despidos de trabajadores y rescindir todo tipo de contratos.

Para el individuo, por otra parte, el término podrá revestir un interés especial, primero por el nexo con su bienestar personal y, segundo, por ser un campo donde las personas, además de sus intereses más directos, podrán tener valores normativos, o sea, ideas de cómo debiera ser el mundo. Además podrán querer abogar por una u otra ideología, algo que pasa a tener un significado especial al momento de diseñar el camino a transitar por parte de la sociedad para que esta alcance una determinada meta.

Lo que preocupa en las páginas que siguen es la economía entendida exclusivamente como método de exploración del comportamiento humano, individual y social, es decir, la economía como ciencia. Se busca no solo discutir lo que ella es, sino también explorar la eventual relación entre esta economía y los valores normativos; en particular, desentrañar si determinados valores están implícitos en el método de análisis. Para dar estos pasos y por razones que se aclaran más adelante, se distinguirá entre economía, valores y, por otra parte, economistas, o sea, las personas que emplean este método para explorar situaciones y problemas y que con sus instrumentos realizan predicciones. Ahora bien, el rasgo distintivo de estas páginas, lo que de alguna manera podrá distinguir la discusión que se propone, es observar estos elementos, o sea, economía, economistas y valores, desde un observatorio que a nuestro entender ofrece la posibilidad de miradas incisivas y potentes: el famoso capítulo sobre metodología de Milton Friedman publicado en 1953, el que es identificado en este ensayo como F/53


.

Economía es uno de los tantos campos donde la fructífera trayectoria de Milton Friedman ha dejado un nítido sendero. El autor es una personalidad ampliamente conocida como Premio Nobel, por sus aportes al desarrollo de esta ciencia social; intelectual público, promotor de nuevas miradas organizacionales a funciones sociales del Estado, versátil comunicador, convincente y temible polemista, un economista extraordinario del siglo veinte, una rara combinación


. En economía, sus aportes y preocupaciones son muchos y variados, y sin pretender un listado completo, van desde una teoría de precios simple y práctica hasta una monetaria esencial y con gran atención a detalles y circunstancias, pasando por temas como riesgo, distribución, consumo agregado, más otros que sería largo de enumerar.

Las ideas sobre construcción de economía que F/53 propone y el énfasis en las etapas, formas y características de esta construcción facilitan una perspectiva fructífera para apreciar tanto el potencial como los límites de la disciplina, permitiendo también el ordenamiento y las interacciones entre los diversos actores: la disciplina, la persona que produce conocimiento con la ayuda de esta –el o la economista– y los valores normativos.

El nombre y la vasta producción intelectual de nuestro autor difícilmente pasan inadvertidos; sus lectores rara vez son indiferentes a sus planteamientos y la literatura registra un torrente de comentarios, reflexiones, críticas, alusiones y citas que de un modo u otro son testigos de esta situación, donde F/53 no constituye una excepción. Mäki (2009, p. 47) sintetiza: “No cabe duda que este breve escrito de cuarenta páginas llegó a ser el más citado, el más influyente y controversial ensayo sobre metodología de la economía del siglo veinte, siendo evidente tanto el vigor como la diversidad de su impacto y recepción. Para muchos economistas el ensayo ha ayudado a moldear las concepciones sobre cómo hacer y defender lo que consideran buena economía. También ha llevado a que muchos otros manifiesten su desacuerdo con los planteamientos del ensayo, señalando que la concepción científica sugerida por F/53 es profundamente errónea, incluso peligrosa para las aspiraciones cognitivas y la responsabilidad social de la economía. Tales desacuerdos no han disminuido con los años desde su publicación y en general una referencia a expresiones tales como: la visión metodológica de Friedman, el instrumentalismo de Friedman, o bien, la metodología del como si de Friedman, típicamente revelan que la expresión se emplea de manera aprobatoria o bien desaprobatoria y ello a menudo con marcada intransigencia” (traducido especialmente para esta nota; cursivas en original).

Una voluminosa literatura ha florecido a lo largo de este más de medio siglo en torno a F/53, algo que aquí no se intenta sintetizar ni comentar. El punto que aquí se subraya y aprovecha es más práctico o empírico: es la llamativa asociación que se observa entre el modo en que se genera la producción de conocimiento económico en el mundo de hoy y las ideas y proposiciones sobre construcción de economía del escrito de Friedman. Correlación, como se sabe, no es sinónimo de causalidad; la primera, la praxis en la economía, tal vez ayude a comprender el interés suscitado por el artículo, o, tal vez, la causalidad fluya en sentido contrario, con F/53 incidiendo en la metodología con que se genera la disciplina. Tampoco corresponde rechazar la posibilidad de un tercer aspecto que figure tras los canales anteriores, eventualmente la difusión de la cultura de la ciencia, o, simplemente, que la interrogante aún no cuente con explicación satisfactoria. Pero lo que cabe afirmar es que en la práctica de la producción de economía se observa –recurriendo a una conocida expresión del artículo– que muchos economistas actúan y siguen procedimientos “como si hubiesen leído F/53.”




Digamos también que se trata de un ensayo con significado y utilidad para todo economista, más allá de que comulguen o detesten las ideas más generales sobre organización social de este autor


. F/53 es un artículo visionario: expresa en pocas páginas, escritas hace sesenta años, una manera de hacer economía que, contando con raíces profundas en el pasado, básicamente se continúa practicando en el presente. El mérito de nuestro autor es reflexionar con lucidez sobre esta práctica, logrando revelar el criterio completo de validación implícito en lo que la profesión estaba haciendo a mediados del siglo veinte, un camino por el cual continúa hoy día.

Su artículo desmenuza y sintetiza los rasgos esenciales de las etapas en que subdivide la construcción de la economía, fundamenta sus elementos críticos y, de paso, identifica el carácter general de este método de análisis social, con lo cual facilita también el conocimiento de sus límites. Subraya que la economía es método, una disciplina que emplea un conjunto de instrumentos y herramientas para lograr imprimir un orden analítico en la comprensión de la siempre confusa evolución del desarrollo social. El mérito del autor está en haber captado la esencia subyacente a esta práctica, logrando una síntesis que ha contado con la aprobación, muchas veces implícita, de la profesión.

Tal como lo indica su título, el ensayo trata de “metodología”, un término que en este contexto tiene un significado bastante acotado. Así, Blaug (1980) señala: “La expresión la metodología de…suele aparecer rodeada de funesta ambigüedad. Se considera a veces que con el término metodología designamos los procedimientos técnicos de una disciplina y que se trata simplemente de un sinónimo algo rimbombante de la palabra método. Con frecuencia, sin embargo, se utiliza esta palabra para designar la investigación de los conceptos, teorías y principios básicos de razonamiento utilizados en una determinada parcela del saber y es precisamente a este sentido más amplio del término al que nos referiremos en el presente libro. Para evitar malentendidos, he añadido el subtítulo Cómo explican los economistas sugiriendo que la metodología de la Economía debe entenderse simplemente como la aplicación a la economía de la filosofía de la ciencia en general” (p. 11. Traducción de Alianza Editorial, 1985).

En el análisis de cualquier fenómeno, indica F/53, siempre surgirá una gama de explicaciones posibles, siendo el desafío de toda ciencia encontrar aquella que resulte más adecuada. De modo que el procedimiento y el test con que se determina la validez de una hipótesis explicativa jugarán un rol crítico, y la explicación carecerá de credibilidad en tanto no logre sustentarse en la convicción de que el instrumento que se utiliza para explorar el fenómeno constituye una herramienta válida. Entonces, la metodología de la economía son los criterios y procedimientos que guían al investigador en la generación de teorías y en la selección de hipótesis específicas, como también en el desafío de separar y distinguir las hipótesis que no aporten al conocimiento de aquellas otras que se podrían considerar aceptables.

Entonces, ¿cómo se llega a determinar que “sabemos” algo en economía? Razonamientos y deducciones, ¿podrán responder la inquietud? En tanto la lógica proceda sin error, la deducción será válida en su propia ley, y este razonamiento es una poderosa e insustituible herramienta que configura una estricta y controlada organización de los elementos relevantes y facilita la obtención de proposiciones específicas para desarrollar predicciones en relación con el fenómeno que interesa entender y predecir.

Sin embargo, por sí solo este razonamiento no es suficiente para hablar de ciencia


, y es aquí donde F/53 (p. 7)


 plantea que el rol de la economía es más que un mero razonamiento lógico a partir de premisas establecidas. Es, dice, desarrollar teorías e hipótesis con capacidad de proveer predicciones válidas y significativas respecto de fenómenos aún no observados, predicciones que luego serán confrontadas con nueva evidencia, o sea, validadas o rechazadas por medio de observaciones relevantes.

La metodología de la economía es un campo amplio y a la vez un tema que ocupa a la disciplina desde sus inicios. Es también un campo donde la filosofía, la filosofía de las ciencias, ha seguido mostrando interés, precisamente por cuanto involucra cuestiones fundamentales referentes a la naturaleza del conocimiento, interrogante que trasciende a la economía. Sin embargo, estas páginas no intentan entrar en el ámbito de la metodología en la perspectiva de la filosofía de la ciencia (una introducción para economistas es el ya citado libro de Blaug).

Entonces, ¿qué podrá hallar el lector en estas páginas? Su objetivo general, como ya se decía, es reflexionar sobre economía y economistas en un mundo –el actual– en que las personas tienen intereses diversos, incluyendo el eventual logro de valores éticos, y para ello se adopta la perspectiva que otorgan las ideas fundamentales sobre construcción de economía contenidas en F/53. Por tanto, no se trata de una evaluación de dicho capítulo, un asunto sobre el cual ya se ha escrito mucho, como ilustra Mäki; tampoco interesará discutir la presencia o ausencia de correlación entre este ensayo de Friedman y la práctica metodológica en trabajos propiamente económicos de este autor. Se trata, más bien, de encontrar apoyo en los planteamientos fundamentales de F/53 y con esta perspectiva explorar el tema ya señalado. Es decir, F/53 no es el objeto del análisis; su papel aquí es más importante: es la plataforma desde la cual se ilumina y examina el tema de interés.

La sección siguiente identifica las ideas fundamentales y permanentes de F/53, síntesis que deja a un lado toda referencia a sus múltiples ejemplos, el razonamiento “como si” del observador del jugador de billar, el realismo del supuesto en la caída de cuerpos en el espacio, la selección evolutiva y varios más. Dichos ejemplos, en particular los propiamente económicos y la manera como el autor los enfrenta, tendrán un interés especial en el plano de la evolución del pensamiento económico, pero la sección se centra solo en los siguientes aspectos de F/53: la cuestión de la selección de la hipótesis más apropiada y, por otra parte, el doble rol que este autor le asigna a la evidencia, lo que incluye también el carácter de los supuestos. Por ende, y aunque no ofrece un resumen y tampoco una discusión equilibrada de todas sus facetas, es la sección más cercana a F/53 propiamente tal.

La sección dos, por otra parte, se centra directamente en la disciplina, en la naturaleza y carácter de su instrumental y en la manera como el método es empleado. Finaliza evaluando si la economía es una sola o si se trata de varias disciplinas, y finalmente provee una breve explicación de la economía del bienestar, preparando de este modo la discusión del rol de los valores, el tema de la sección tres, que comienza con la economía normativa, para luego pasar al rol de los valores y a la importancia de distinguir entre la disciplina y los economistas.

Construcción de la economía: metodología

Teorizar y validar:

la selección de la hipótesis más apropiada

Para explicar un mismo fenómeno puede haber muchas hipótesis, y el desafío de la ciencia consiste en identificar aquella que resulte más apropiada


. La energía e interés puestos en esta confrontación reside en individuos, en su perseverancia, imaginación y curiosidad. Esta competencia no termina necesariamente en una primera ronda, puesto que la explicación seleccionada por un investigador, tarde o temprano, será puesta a prueba en segundas, terceras y enésimas vueltas, incluso sin descartar el eventual renacimiento de alguna hipótesis eliminada en primera instancia. Asimismo, la ganadora en una de las primeras vueltas tampoco gozará de demasiados privilegios en las siguientes, sin perjuicio de que estos puedan crecer con el tiempo y con el desempeño de la explicación.

Se trata de una competencia permanente donde, en un momento dado, podrá haber una hipótesis que sea aceptada como “la” explicación válida; sin embargo, ello no le garantizará inmunidad para el futuro. Pero no exageremos; al observar la trayectoria de la disciplina en la senda de su evolución, se encuentra mucha acumulación constructiva, y el potencial analítico de la economía es significativamente mayor en el presente que hace sesenta años, época en que, a su vez, excedía con creces a la síntesis de mediados del siglo XIX. Por lo demás, de no ser este el caso, no se estaría hablando de economía hoy día; una disciplina que constantemente se reinventa y destruye todo el conocimiento que regía “ayer” tendería a ser una ciencia embrionaria.


 Por otra parte, una componente muy significativa del desarrollo de la disciplina consiste no tanto en destruir definitivamente explicaciones que alguna vez se consideraron respetables, sino en refinamientos, precisiones y ampliaciones que llevan a una mayor generalidad del instrumento, por ende identificando las condiciones particulares bajo las cuales el conocimiento previo sigue siendo válido, generalizaciones en que la explicación inicial podrá pasar a constituir un caso particular de algo más general


. Pero el relato se ha adelantado y es necesario volver al inicio.

El objetivo fundamental de una ciencia (F/53, II, un párrafo muy parecido) es desarrollar teorías con capacidad de generar predicciones que finalmente resulten válidas y significativas. Tal teoría, continúa, constará de un lenguaje que facilite el razonamiento organizado y sistemático y, por otra parte, de una hipótesis sustantiva, donde esta proposición estará revestida de potencial para abstraer rasgos esenciales de la realidad, permitiendo de este modo una organización coherente del material empírico. La aplicación de la lógica formal y de sus preceptos revelará si el lenguaje es completo y coherente; por ende, si la proposición resultante es correcta en este plano puramente lógico. Pero únicamente su confrontación con la evidencia real ilustrará si las categorías de dicho lenguaje podrán asociarse a expresiones empíricas relevantes, y si ellas efectivamente facilitan examinar la clase particular de problemas para los cuales se desarrolló la hipótesis.

La validación de la teoría es necesaria, ya que solo así se podrá saber si la hipótesis específica es un instrumento útil para entender el fenómeno examinado. Antes de continuar con el argumento conviene detenerse brevemente en el término “saber”. La hipótesis específica, por una parte, se insertará en un cuerpo teórico más amplio, donde partes importantes ya han sido corroboradas por evidencia factual, de modo que, y al menos en este sentido indirecto, se “sabe” que la señalada hipótesis específica se caracteriza por una mínima armonía con la teoría más establecida. Por otra parte, aunque este es un asunto que se aborda más adelante, la hipótesis específica no surge solo de lo que podría llamarse trabajo de escritorio; insiste F/53 en que debe también encontrar sustento en lo que denomina evidencia disponible, o sea, en el conocimiento del contexto en que se desarrolla el fenómeno que interesa estudiar. Se trata de un paso insustituible para poder confiar en que la mencionada hipótesis resulta apropiada para entender el fenómeno bajo estudio. La tercera observación respecto del término “saber” tiene relación con la naturaleza de los supuestos, su carácter abstracto y, en este sentido, no realista. Esto implica que la hipótesis específica, hija del razonamiento deductivo, tendrá un punto de partida que necesariamente será solo una abstracción, de modo que el saber que incorpora será limitado y circunscrito, un tema que se verá más adelante.

La metodología, entonces, trata de los procedimientos y requisitos a que se atiene la disciplina para llegar a “saber”, esto es, validar o rechazar hipótesis por medio de evidencia factual. Sin embargo, insiste F/53, aunque la teoría deberá ser juzgada por su potencial para predecir el fenómeno que se intenta explicar y solo la concordancia entre pronóstico y evidencia factual podrá informar sobre su validez, la mera compatibilidad de predicción y evidencia no constituirá antecedente suficiente para la explicación del fenómeno, por cuanto siempre habrá otras hipótesis que podrán competirle a la primera. De modo que para identificar la teoría más apropiada, propone dos criterios adicionales: simplicidad y productividad.

Tal como lo explica el artículo, la simplicidad depende del conocimiento previo requerido para la aplicación de la hipótesis: a menor exigencia en esta materia, más sencilla la teoría, aunque evitando la simpleza tautológica


. Por otra parte, señala que la teoría será más fructífera, tanto más precisa la predicción resultante y tanto mayor el ámbito en el cual la hipótesis ofrece capacidad de generar predicciones. Por ende el potencial productivo de la hipótesis, el grado en que es fructífera, dependerá tanto de la precisión como de la generalidad del instrumento, donde una dimensión adicional de esta productividad es su potencial para generar nuevas interrogantes. Sin embargo, agrega, estas condiciones complementarias para la validación de una hipótesis no eximen a esta de cumplir con la exigencia de coherencia en el lenguaje y de mostrar una lógica completa, aspectos esenciales para poder asegurar que “la hipótesis diga lo que intenta decir y lo diga a todo usuario” (expresión esta última frecuente en F/53).

La simpleza, es pertinente agregar, constituye una condición necesaria para aspirar a un grado razonable de generalidad de la hipótesis. A la inversa, en tanto la teoría se haga cargo de excesivo detalle dejará de ser un instrumento general, para así acercarse a la descripción de un caso único, perdiéndose de este modo una dimensión fundamental de la perspectiva científica de mirar el mundo. La descripción exhaustiva de un fenómeno tiene valor y provee antecedentes útiles, pero aquí el objetivo es otro: establecer una hipótesis que permita generar predicciones en relación con lo que se busca entender; o sea, la idea es construir herramientas que tengan más de un uso.

Al complejizar la hipótesis, también se podrá ver comprometida la comprensión económica básica de la proposición, un mecanismo de control. La idea es que se llega a comprender el sentido económico de la hipótesis una vez que se logra captar el resultado del razonamiento y del pronóstico en términos de los insumos del proceso deductivo, o sea, la hipótesis se nos torna plausible una vez que se llega a visualizar el puente imaginario que comunica las causas con sus consecuencias.


 Este proceso en ocasiones se identifica como “intuición” o también “intuición económica”, precisamente por cuanto requiere un mínimo de deducción económica.

Por cierto, esta intuición educada no sustituye el razonamiento deductivo formal, proceso clave al elaborar la hipótesis y, por ende, el pronóstico preciso. El rol de la intuición económica es otro: constituye un mecanismo de alerta, un indicador que informa al economista si la hipótesis específica y el pronóstico elaborados riman o no con este conocimiento básico. Su función no es la de reemplazar el razonamiento deductivo y el pronóstico; una desarmonía intuitiva no es más que una señal para revisar diagnóstico y razonamiento, esto con dos objetivos: lograr la necesaria seguridad de que ellos no merecen objeciones y, segundo, entender el origen de la desarmonía. De este modo, se continúa educando la intuición, o bien se termina, al menos transitoriamente, con un puzzle.

En el otro extremo, crónicas, historias, relatos de observadores agudos y con buena memoria, estadísticas, etc., podrán proporcionar antecedentes valiosos para identificar con precisión lo que se busca entender y explicar. Sin embargo, la descripción acuciosa termina por proponer un mundo que fácilmente se torna único y distinto a todo lo demás. Tal descripción tendrá un indudable valor histórico, pero para encarar una nueva situación, tan solo proporciona ayuda al llamar la atención a aspectos y dimensiones que de otro modo tal vez pasen desapercibidos.

La ciencia parte de otra premisa. Considera útil contar con una buena descripción para así poder seleccionar y adaptar la teoría más apropiada para examinar el caso, pero postula que es más conveniente, y finalmente más productivo, concentrarse en rasgos fundamentales y generales, para así llegar a conocer al menos un aspecto importante de la realidad en cuestión. Entonces, ¿cómo distinguir lo que es importante de lo que es secundario? En este punto entra a operar la teoría, es decir, el método y el punto de vista de la disciplina, sus considerandos más básicos respecto del accionar humano. En este sentido el economista partirá por explorar el asunto con la “mirada económica”, o sea, con su método de indagación. Así, por ejemplo, podrá considerar que una variación del precio se manifestará en un cambio de comportamiento. Estará abierto a explorar si la innovación en el comportamiento que busca entender y pronosticar, podrá ser consecuencia de elementos seleccionados a priori, tales como cambios de ingreso, de la riqueza o de alguna variación de precio que parezca relevante. La clave del éxito parte por la selección de los incentivos relevantes, esto sin perjuicio de que aquí se trate de una apuesta, algo que más adelante debiera someterse al escrutinio empírico.

La simplicidad requiere que la hipótesis específica se concentre en “aspectos fundamentales”, de modo que otros elementos cuyas variaciones también pudiesen afectar el resultado figurarán en calidad de “constantes” en el razonamiento teórico. En el proceso de elaboración de la hipótesis, y en más de una ocasión, se enfrentará el dilema entre el beneficio de incorporar algún elemento adicional y por otra parte comparar esto con el oscurecimiento de la visión integral que podrá generar el mayor número de elementos en el análisis


. Segundo, una vez identificada la teoría más apropiada, la tarea de determinar su utilidad-validez se traslada al terreno de la validación empírica, contexto en que corresponde dar cabida al potencial efecto que se derive de cambios en variables que, pudiendo incidir en el resultado que se observe, corresponden a variaciones tácitamente reconocidas por la teoría, pero que esta trata como constantes.

El desafío empírico consistirá en encontrar y aplicar los procedimientos que permitan aislar el efecto de eventuales variaciones de aquellos aspectos que explícitamente figuran como constantes en la hipótesis, como también de aquellos fenómenos que ella simplemente no menciona, seguramente por tratarse de situaciones muy particulares. Entonces, y como se trata de obtener los cambios de la variable pronosticada que se originen exclusivamente en variaciones de la o las variables explícitamente consideradas como tales en la teoría, el ejercicio empírico incorporará “controles” para las categorías mudas, elementos que se encargarán de recoger la incidencia de tales variaciones en el resultado observado. Por ejemplo, podrá haber amplio acuerdo en cuanto a que una variación del ingreso se asocie o repercuta sobre la variable pronosticada, pero si la hipótesis específica y para preservar una simpleza razonable fuese muda al respecto, entonces el ejercicio de validación empírica incluirá un control para hacerse cargo de la incidencia de sus variaciones. Algo similar ocurrirá con un terremoto o una crisis financiera global, ejemplos de fenómenos revestidos de un carácter más inesperado.

Esto vale para toda ciencia, pero la intensidad del desafío es potente en economía y otras disciplinas sociales, seguramente más que en otras ciencias capaces de desarrollar experimentos más controlados para validar sus hipótesis. La tarea empírica en la economía descansa principalmente en hechos que simplemente acontecen, los así denominados “experimentos naturales”, en los cuales, y en comparación con el experimento de laboratorio, suele ser más restringido el grado de control del investigador sobre aspectos que, sin jugar un rol activo en la hipótesis específica, constituyen factores con capacidad potencial para incidir en el resultado.




En las ciencias sociales el experimento controlado es posible en principio; sin embargo, su costo bien puede resultar prohibitivo


, sin perjuicio de que algo parecido pueda ocurrir con otras disciplinas, caso que F/53 ejemplifica con la astronomía. Además y esto es casi textual, el control en un experimento es, en la práctica, una cuestión de grado; a menudo la aislación total no se logra y ningún experimento suele ser completamente controlado, mientras que cada experimento natural lo es, aunque solo parcialmente.




Pero más allá de estas precisiones, el aspecto que cabe subrayar, algo en que F/53 insiste mucho, es: el control parcial en los experimentos naturales impone la necesidad de estudiar “todos” los aspectos del fenómeno que se está examinando. En primer lugar porque de este modo se identifica el fenómeno preciso que se busca entender. Segundo, para la validación de la hipótesis es preciso controlar la incidencia de eventuales variaciones de elementos secundarios e implícitos que el diseño de la hipótesis específica supone constantes, lo que exige identificar e incorporar estos elementos en la estimación empírica (ver también sección a continuación).

En ausencia de tales controles, el proceso de validación permanecerá en un estado no definitorio, comprometiendo tanto la eventual aceptación de la hipótesis como su rechazo. Es una razón más para que el proceso de validación se torne lento y engorroso, acumulándose así hipótesis que no pasan el test de validación, pero sin quedar descartadas de manera convincente. La probabilidad de que una hipótesis permanezca vegetando, es decir, que no logre reconocimiento como un instrumento útil, pero que tampoco llegue a integrar la lista de las difuntas, es mayor en economía que en ciencias más establecidas, inhibiendo de este modo consensos en la disciplina y facilitando también que terceros tengan una percepción borrosa de ella.

El doble rol de la evidencia empírica

La relación entre supuestos y resultados, uno de los aspectos más citados y en ocasiones criticado de F/53, forma parte del proceso de validación de hipótesis y constituye un eslabón crítico para entender la construcción de la economía y, a la vez, el doble rol de la evidencia empírica en este proceso. Esta última, por una parte, condiciona la validación de la hipótesis específica y, por otra, aunque basada en evidencia distinta, “la evidencia previa”, nutre la generación de esta hipótesis. Esta doble dependencia es clave para apreciar debidamente el significado del debate referente al realismo de los supuestos. Además, su discusión ilustra bien la importancia que Friedman le asigna al trabajo empírico amplio en la construcción de economía.

Doble rol de la evidencia empírica

y el carácter de los supuestos

Alcanzar una visión comprehensiva del fenómeno a estudiar permite, por un lado, elaborar la hipótesis específica que corresponda a la interrogante específica, además de ser una ayuda al momento de establecer los controles adecuados en el proceso de medición y validación. Tal visión consistirá en impresiones que se forman contestando preguntas como las siguientes: “¿De qué manera funcionan las cosas en este ámbito?”; “¿a qué arreglos, contratos y organizaciones recurren personas, empresas y gobiernos?” Adicionalmente, una visión de este tipo no podrá ser independiente del conocimiento económico existente y respetará la experiencia ya corroborada. La idea de fondo es que el conocimiento en un sentido amplio y el económico en particular tienen carácter acumulativo y que cualquier pronóstico en el área debiera estar condicionado, de uno u otro modo, por este capital acumulado, o bien señalar el motivo por el cual dejar de lado aspectos particulares de este.

Una vez elaborada la hipótesis, corresponde el segundo rol de la evidencia, esto es, como antecedente clave para la validación de las predicciones que con ella se obtengan, donde estas últimas son confrontadas con hechos susceptibles de ser observados, pero que no han sido empleados anteriormente. Por otra parte, para que el test empírico tenga relevancia, las predicciones deducidas deben quedar suficientemente identificadas como para que la nueva evidencia pueda servir para corroborar o bien rechazar la hipótesis.




Entrando a la parte tal vez más conocida y debatida de F/53, el artículo señala que la validación de una hipótesis que se haga cargo de los hechos que se busca explicar constituye un desafío que en las ciencias sociales ocasionalmente lleva a algunos a sostener que la hipótesis no solo tendría “implicaciones”, sino también “supuestos”. Hasta aquí el problema es menor, pero es el paso siguiente el que, con buenas razones, es abiertamente denunciado por F/53, esto es, que la conformidad de estos supuestos con la realidad constituya un test con capacidad para validar o rechazar la explicación. Esta difundida lectura, dice, no solo es errónea, sino que también confunde el significado que pueda tener la evidencia empírica para la teoría económica. La pregunta relevante en relación con los “supuestos” de una teoría no es si ellos son descriptivamente “realistas” –nunca lo son–, sino si ellos constituyen aproximaciones suficientemente razonables como para poder dar vida a una hipótesis con capacidad para explicar lo que se intenta pronosticar. Únicamente evaluando si la teoría funciona, lo que significa que es capaz de generar predicciones suficientemente precisas como para lograr ser corroboradas por nueva evidencia, podrá hablarse propiamente de validación (o rechazo), y solo en ese caso.

Señala: “Full and comprehensive evidence on the phenomena to be generalized or explained by a hypothesis, besides its obvious value in suggesting new hypothesis, is needed to assure that a hypothesis explains what it sets out to explain- that its implications for such phenomena are not contradicted in advance by experience that has already been observed. Given that the hypothesis is consistent with the evidence at hand its further testing involves deducing from it new facts capable of being observed but not previously known and checking these deduced facts against additional empirical evidence. For this test to be relevant the deduced facts must be about the class of phenomena the hypothesis is designed to explain; and they must be well enough defined so that observation can show them to be wrong”. (pp. 12, 13). (Para mantener el poder persuasivo del párrafo se ha preferido no traducir.)

Más adelante amplía y sintetiza la idea (p. 24), señalando que resulta posible visualizar una hipótesis en términos de dos componentes: un mundo conceptual o modelo abstracto más simple que el mundo real, que sintetiza las fuerzas que la hipótesis considera importantes. Segundo, un conjunto de reglas que identifican la clase de fenómenos para los cuales el modelo puede ser tomado como una adecuada representación de ese mundo real que interesa examinar, reglas que especifican la correspondencia entre los aspectos (variables) del modelo y, por otra parte, los fenómenos observables.

El modelo es abstracto y completo, mostrando coherencia en su estructura, todas características que permiten emplearlo para deducir proposiciones teóricas, es decir, pronósticos. Tal proceso deductivo no es necesariamente unidireccional, de modo que partiendo de las implicancias se podrán alcanzar las premisas o supuestos implícitos, una característica que proporciona gran plasticidad al modelo.

Por otra parte, las reglas para hacer uso del modelo suelen ser más bien incompletas, de modo que en la práctica la etapa tiene algo idiosincrásico, interviniendo tanto el conocimiento como el criterio del investigador. Se introduce así la posibilidad de diferencias entre investigadores, quienes además podrán diferir en lo que concierne a la calidad de su trabajo. Es también en esta etapa donde eventualmente ocurren innovaciones al surgir nuevos antecedentes, donde estos muchas veces se derivan de otras investigaciones: sea por su aporte empírico o por el aprovechamiento de trabajo teórico que ilumine mejor las circunstancias circundantes.

Conocimiento previo, hipótesis específica y supuestos

La construcción de conocimiento económico suele ocurrir en contextos en que es escasa la información fácilmente disponible, pero, y como señala F/53, antecedentes completos y comprehensivos son claves en el proceso de selección de la hipótesis específica. Ello, entonces, por un lado aconseja no desdeñar antecedentes que con un esfuerzo “razonable” puedan ser reunidos y empleados en la descripción más precisa del fenómeno a estudiar –siempre un primer paso en la selección de hipótesis y por ende de supuestos– y, por otro, obliga a reconocer que contar con “todos” los antecedentes pertinentes para realizar la selección ideal estará fuera del alcance del investigador en más de algún caso.

Solo con el fin de ilustrar este punto, imagínese una situación en la cual la construcción de la hipótesis requiera identificar el tipo de organización o grado de competencia del mercado, pudiendo, y para simplificar, tratarse tanto de una situación competitiva como de un monopolio. En la medida en que los antecedentes que se haya logrado reunir no despejen el punto, el investigador, para desarrollar su hipótesis específica, elegirá uno u otro supuesto, basado seguramente en una gama de consideraciones, desde su impresión a priori alimentada por la “intuición educada”, hasta una en que se guíe por indicadores más objetivos pero parciales, todo esto sin dejar de lado consideraciones de costo asociadas a la complejidad de la hipótesis resultante. Con esta perspectiva en mente se aprecia también que el supuesto finalmente seleccionado difícilmente podrá ser clasificado en el contexto de la dicotomía: real-no real.

Pero la cuestión va más allá del costo y de la disponibilidad de información. Aunque evidente, en este momento es oportuno recordar que el lenguaje de la economía opera con conceptos que son construcciones, o sea, abstracciones. Entonces, y a modo de ejemplo, tanto “competencia” como “monopolio” en el lenguaje económico son meras abstracciones y son ellas las que se han de confrontar con los retazos de evidencia que el investigador haya logrado reunir para así conocer en detalle el asunto que interesa examinar. De modo que llegar a establecer el realismo o no realismo de un supuesto tampoco podrá ser independiente del potencial de adecuación del concepto respectivo para traducir y sintetizar la descripción de la situación base, supuestamente la mejor que se pudo obtener. Entonces la discusión referente al realismo de los supuestos no debiera perder de vista ni el costo de la información ni la misma maleabilidad del concepto teórico para recoger y expresar rasgos relevantes de la realidad. Pero hay otro ángulo a considerar. El fenómeno bajo estudio, así como el conocimiento que se logre tener del ambiente y contexto en que este se presenta no solo condicionarán la selección de la teoría y de los supuestos, sino que también podrán llegar a repercutir en el planteamiento más preciso de la predicción.

Continuando con la situación señalada, la incertidumbre implícita en el diagnóstico –mercado competitivo o monopólico– podrá proyectarse a la hipótesis específica y así a la predicción teórica. Supóngase para ello que la industria x será objeto de un tributo específico y que la pregunta de interés se refiera a la incidencia de este en el precio del bien. Una predicción podrá señalar, por ejemplo, que dicho precio aumentará en el monto del impuesto, mientras que otra se contentará con proponer que a causa del tributo el precio de x se incrementará, sin precisar la magnitud. En el terreno teórico es fácil mostrar que el tributo implicará un costo y que este se trasladará íntegramente a precio en el caso competitivo, pero que en el caso monopólico esto además dependerá de la respectiva elasticidad del precio de la demanda, otro dato que eventualmente no ha sido observado. Entonces, si el analista quisiera poner a prueba la segunda predicción –el precio aumenta (a secas)–, en tal evento no incidirá mayormente si el modelo supone competencia o si se inclina por la presencia de poder monopólico. Pero, y en tanto la predicción fuese la de un traslado íntegro del tributo, se podrá sospechar que el analista ha elegido esta hipótesis específica, por cuanto, al estudiar el contexto en que se plantea el problema, de uno u otro modo ha alcanzado cierto convencimiento de que x se acerca bastante al concepto de industria competitiva. Por último, lo que no cabe ignorar es que las predicciones se refieren al largo plazo económico y este precio no coincidirá necesariamente con su trayectoria antes de alcanzar este equilibrio.

A modo de síntesis, digamos que se han mencionado tres razones que de acuerdo con F/53 debieran aconsejar prudencia en cuanto al realismo de los supuestos y a su importancia. Primero, si la información base es limitada –casi siempre lo será–, la discusión resulta un tanto inútil, ya que no hay cómo zanjarla. En segundo lugar está la misma capacidad de los conceptos para sintetizar la situación base. Tercero, también cabe preguntarse sobre la diferencia práctica de adherir a uno u otro supuesto, lo cual, a su vez, se combina con la selección de la hipótesis específica. Todos estos puntos son cuidadosamente discutidos en el artículo con el estilo franco y simple tan característico de un autor que no se anda con rodeos. Su síntesis breve y punzante es: los supuestos no son ni reales ni irreales, la cuestión importante es si ellos son conducentes a sustentar la hipótesis y, en particular, la predicción específica (no corresponde a sus palabras exactas).

1.2.3 Construcción de Economía. Extendiendo el ejemplo

A mayor conocimiento referente a una determinada situación, más precisa y específica podrá ser la hipótesis que en definitiva se someta a confirmación, asunto que F/53 ilustra con la incidencia de un tributo específico, ejemplo que ya fue mencionado en la sección previa, pero que aquí se extiende. La incidencia del tributo, en el terreno estrictamente conceptual, dependerá de la correspondiente elasticidad de la oferta. En tanto elástica, esto es, los productores actuales o potenciales proveen el bien a un precio que será independiente de la cantidad que se demande, la situación lleva a predecir una determinada incidencia. Por otra parte y en tanto el tributo sea absorbido solo parcialmente por consumidores, entonces la variación del precio podrá ser menor (oferta en algún grado inelástica).

Como se decía, un aspecto crítico es la evidencia previa, antecedente que jugará un rol, entre otros, a la hora de determinar la hipótesis específica. Supóngase dos caracterizaciones (parciales) de la evidencia previa: en un caso el investigador “infiere y por ende sabe” que la industria gravada está caracterizada por una oferta totalmente elástica, mientras que en el otro este solo dispone de antecedentes más generales, llegando a conjeturar que dicha elasticidad podrá ser positiva, pero sin conocer si ella es infinita o, tal vez, igual a uno o a dos.

El modelo abstracto es único, un esquema de oferta y demanda, pero las reglas de uso diferirán en ambos casos, generando así dos hipótesis específicas. Con la primera, sustentada en el conocimiento de que la oferta es elástica, podrá pronosticar y luego poner a prueba que el aumento de precio a causa del tributo será igual a la magnitud del impuesto, mientras que para la segunda –solo logra formarse la idea de que dicha elasticidad será positiva– la pregunta tal vez llegue a ser ¿en qué proporción aumentará el precio? Es decir, difiere la clase de fenómenos a que se refieren estas hipótesis, pues sus predicciones son distintas, tal como la evidencia adicional que el investigador deberá reunir para su corroboración o rechazo.

Volviendo ahora a la cuestión del realismo de los supuestos, supóngase que en el primer caso el investigador finalmente encuentra que el precio se ha incrementado en 20%, y que esto resulte ser menor que el monto del impuesto (para simplificar se trata de un tributo específico expresado como monto por unidad de producto). En tal evento la predicción de la hipótesis –precio sube en la misma magnitud del tributo– no calzaría con la evidencia con que se pretendía validarla. Sin embargo, de tal observación no sería posible deducir que sea falso el supuesto de una elasticidad de la oferta igual infinito. Alternativamente se podrá decir que el modelo general combinado con el supuesto de elasticidad infinita no se ha visto desautorizado. Entonces ¿qué podrá hacer nuestro economista?

Tal vez comience por revisar nuevamente la evidencia previa, pero, y para fines de esta ilustración, encuentra que no ve motivos para cambiar su diagnóstico inicial. Entonces, y pensando que la hipótesis lo siga convenciendo, podrá prestar más atención a las condiciones que dicha hipótesis mantiene constantes de manera implícita. Con el fin de seguir ilustrando el asunto, podría plantearse la siguiente posibilidad: la deducción de la hipótesis específica tal vez considere que tanto la oferta como la demanda no se alteran simultáneamente con la implantación del tributo específico, un considerando razonable para mantenerla simple. Sin embargo, imagínese que cambios coincidentes en precios de insumos, tecnología y/o demanda pudieran haber alterado la oferta, incluso, tal vez, manteniéndose su elasticidad. Eventualmente y en tanto el investigador hubiese explorado la evidencia previa con mayor detención, se habría percatado de que junto con implantarse el tributo se registraba un cambio en el precio de algún insumo relevante. Se ilustra así la importancia de conocer realmente el fenómeno que se está examinando y cómo ello llega a condicionar la hipótesis específica.

De modo que, y continuando con el ejemplo, imaginemos que el ejercicio de validación de la hipótesis específica llega a controlar estos aspectos, encontrándose que al explicitar la posibilidad de una variación en el precio de insumos y ponderando esta por la respectiva importancia en la estructura de costo, en dicho contexto el aumento del precio del bien coincide con la magnitud del tributo.

En tales circunstancias, ¿cabría inferir que es realista el supuesto de una elasticidad oferta igual a infinito? Por de pronto con este resultado –interpretación– el investigador tendrá mayor confianza en el conocimiento previo que ha logrado reunir, pero de ahí al realismo hay un trecho. La elasticidad en cuestión sigue siendo una construcción, un instrumento que ayuda en el análisis y, como tal, no tiene una contrapartida real propiamente tal.

Como se decía, el ejemplo subraya la importancia del conocimiento y del estudio previo que preceden a la hipótesis específica, pero ello no constituye antecedente para, retroactivamente, validar o rechazar el supuesto referente a la elasticidad. Otra sería la situación si previamente se hubiese estudiado la oferta de la industria en cuestión y que la medición hubiese arrojado este guarismo. El ejemplo también ilustra que la investigación empírica –aplicación, dirán algunos– no es lo mismo que el modelo abstracto, la cadena deductiva cerrada y completa. La economía de tiza y pizarrón, el libro de texto ponen toda su atención en el modelo abstracto, y eso está muy bien, es el instrumento imprescindible. F/53, sin embargo, no está hablando de la enseñanza de modelos; se dirige al lector que está en la etapa siguiente, una en que este ha elaborado o cuenta con el modelo general y está concentrado en los desafíos que de ahí en adelante se le plantean, ahora como investigador y usuario de la economía.

F/53 le habla al economista interesado en explorar el funcionamiento del mundo, dejando entrever que el aprendizaje de este arte se adquiere “por experiencia”, o sea, investigando directamente u observando cómo lo están haciendo terceros con sus aciertos y errores. Nótese, aunque F/53 no lo exprese explícitamente, que este aprendizaje es igualmente pertinente, mutatis mutandis, para el investigador científico, digamos el académico, como para el economista profesional que tiene interés directo en la evolución, tal vez de una empresa o de un estado, para así mencionar a un economista que seguramente no estará preocupado de la aceptación de su trabajo en alguna revista, sino que su interés primordial es resolver con éxito un desafío práctico.

El criterio de F/53 es drástico: los supuestos no son reales o falsos y tampoco, como se insiste más adelante, obedecen a criterio valórico alguno; son instrumentos para poder avanzar en la generación de una hipótesis productiva, sin perjuicio de que la confianza en el supuesto no será independiente de su rol y desempeño en investigaciones previas. El supuesto en esta perspectiva es un instrumento, parte de la caja de herramientas de que dispone el economista.

Economía: ¿cómo entender la disciplina?

La economía es un método de análisis, “una máquina para pensar” como solían decir autores del XIX, o sea, un conjunto de herramientas que permite organizar, comprender y finalmente “ver” el confuso cuadro que emerge al contemplar la realidad social, el mundo “de lo que es”. Esta economía, entonces, corresponde a lo que Keynes (1891) denomina economía positiva, una terminología a la que también adhiere F/53. Aunque mucho ha cambiado en el ínterin, sigue en pie la idea de que se trata de un método, siendo el objetivo de la presente sección, precisamente, delinear esta perspectiva.

Motor para pensar, ordenar y explorar

Mientras y como señala la sección previa, la metodología sea los conceptos, teorías y principios básicos de razonamiento, es decir, las ideas y procedimientos que permiten jerarquizar hipótesis diversas para explicar un mismo fenómeno, entonces, ¿qué se podrá entender por método? La respuesta breve es que el término apunta a una manera de aproximarse al examen de fenómenos específicos, de modo que el método se expresa por medio de los instrumentos de la disciplina, incluyendo los conceptos, axiomas básicos, teorías y reglas de procedimiento que se emplean en la construcción de conocimiento económico. O sea, economía es método, mientras que la metodología de la disciplina corresponde a los criterios con que esta evalúa la validez de las explicaciones que ofrece al explorar fenómenos específicos.

Si bien la distinción entre método y metodología es fundamental en la presente discusión, en ocasiones, tal vez con el fin de simplificar la comunicación, se podrá optar por una sola expresión para referirse a ambas. Entonces, por ejemplo, al decir que la economía es método se estaría subentendiendo que la disciplina es instrumentos, técnicas, procedimientos, etc. y, a la vez, metodología, o sea, criterios para evaluar explicaciones. Lo importante es no perder de vista estos dos aspectos, de modo que en esta nota y al hacer referencia al término “economía” o “disciplina” lo que finalmente se tiene en mente abarca ambas dimensiones.

Se podrá decir también que se trata de un método para explorar problemas económicos; sin embargo, en tal evento correspondería reconocer que la descripción de método que así se obtiene no es enteramente independiente, ya que el fenómeno específico, o sea, el problema económico no es estrictamente exógeno. Al señalar que una determinada situación plantea un problema económico, el mismo método ha cooperado para otorgarle al problema su contenido esencial. Se trata de un asunto que podrá parecer confuso a primera vista, posiblemente por la costumbre de visualizar al mundo que nos rodea como algo dado y totalmente exógeno, un enfoque plausible en muchas ocasiones


. Sin embargo, el problema económico constituirá un “problema”, un puzzle, desafío o irregularidad, que surge al observar una determinada realidad a través del lente de la teoría y/o de la experiencia económica. En tal caso se tiene un observador inspirado en un punto de vista, por ende con una identificación del problema, que será dependiente de la economía, o sea, del mismo conjunto de instrumentos con que se podrá explorar el asunto. Entonces, llegar a visualizar un problema económico representa más bien una primera y muy valiosa etapa del análisis, más que una manera convincente de definir o describir la disciplina.

Otra fórmula para identificar la disciplina podrá consistir en solicitar una descripción de su quehacer a los respectivos practicantes. Frente a la pregunta concisa ¿qué hace un, una economista?, y aunque en principio cabe una gama amplia de respuestas, no sería tan extraño obtener como respuesta un simple y seco: “economía”


. Emerge así un cuadro en que tanto el planteamiento de problemas como el método de indagación empleado y los resultados generados, su evaluación y validez, en breve la producción económica del individuo, deberán mostrar características compatibles con los cánones fundamentales imperantes en el gremio, evaluación que seguramente requerirá de otro iniciado.

Lo que distingue al trabajo de el o la economista es el hecho de emplear el método económico para identificar, describir, examinar y concluir respecto de algún tema de su interés, donde, y siempre que corresponda, se incluye también la etapa de confrontación de las predicciones con evidencia pertinente. Además, en cualquier evaluación de esta naturaleza también pesará el empleo apropiado del método y de los demás procedimientos, de modo que en este sentido podrá haber buena y mala economía, donde la segunda posiblemente ni siquiera califique de tal.

Lo anterior no implica que tal reconocimiento llegue en forma instantánea, o que todos sus practicantes acojan una determinada innovación sin mayor oposición. La historia del pensamiento suele tener una preferencia marcada por seguir la pista de los casos exitosos, de aquellas innovaciones que llegan a tener un impacto duradero en la disciplina, pero ellas seguramente representan solo una fracción del total inicial. Por lo demás, el período para la incorporación más definitiva de una innovación a la disciplina podrá demorar más o menos tiempo, en ocasiones más de una generación. En este proceso habrá ganadores y perdedores; además del innovador propiamente tal, habrá quienes adhieran y defiendan tempranamente la nueva idea y otros que se opongan a ella. Se trata de un proceso de iniciativas descentralizadas, y en este sentido amplio, de una competencia o torneo, un proceso que, al menos en principio, registraría ganadores y perdedores, pero donde, curiosamente, ambos cumplen un rol. Gracias a los esfuerzos de todos estos actores la innovación inicial podrá ser pulida, su argumentación refinada, clarificada su relación con el stock de conocimiento existente, simplemente eliminada, etc. En rigor, se trata de un proceso que no tiene un término establecido, sin perjuicio que de facto exista en cada momento mucha teoría y conocimiento que, y para casi todos los fines prácticos, constituirá el conocimiento establecido.




Método económico: Hipótesis general y una ilustración

El método económico, y aunque esto tenga mucho de simplificación, se asocia a una hipótesis de trabajo de carácter general presente en el trasfondo de teorías e hipótesis específicas; a menudo figura cerca de la superficie y en otras ocasiones está más escondida. Se trata de un instrumento diseñado para explorar y así entender comportamientos, donde estos se visualizan como el resultado de un proceso de decisión. Para visualizar el contexto y el desafío que enfrenta la hipótesis general, se recurre a la caricatura que sigue.

Una persona va caminando por una larga calle y el observador que sigue su comportamiento desde la distancia percibe que al llegar a cierto punto ella se detiene, un contexto que aquel sintetiza en dos situaciones posibles: en cualquier momento del tiempo la persona en cuestión (i) camina, o (ii) se detiene, situaciones que el mencionado observador asocia a otras tantas interrogantes: en el primer caso ¿por qué continúa caminando?, y en el segundo, ¿por qué se detuvo? El observador es imaginativo y podrá producir una infinidad de respuestas, aunque y dada su actual posición, no ve cómo distinguir una de otra. Así, por ejemplo, se le podrá ocurrir que el caminante llegó a una esquina y que la luz roja lo detuvo (aunque no vea ni esquina ni luz). O bien, el caminante, al percatarse de la presencia de nubes amenazadoras (que no distingue el observador) se detiene para evaluar si resulta prudente volver a casa, o, quizás, para tener mejor vista de una dama que venía en dirección contraria. El punto es que tempranamente la economía comenzó a mirar el mundo en estos términos; por ejemplo, comprar un abrigo, por un lado, no comprarlo por el otro; invertir parte del ingreso en construir una casa o no hacerlo; por otra parte, enviar al hijo al colegio básico u optar por mantenerlo en casa, etc.

La disciplina también llegó a establecer que la negativa a innovar, esto es, seguir caminando por la calle, no comprar el abrigo, no enviar el niño a básica, puede apreciarse más que en términos de una negación, como una expresión a favor de algo más bien positivo: poder observar a la dama en el caso del caminante que se detiene, eventualmente comprar zapatos en vez del abrigo, poner a trabajar al niño en casa en vez de llevarlo al colegio. El enfoque económico, entonces, observa comportamientos para luego proponer que ellos responden a una elección, es decir, a una decisión.

Paralelamente comienza a tomar forma la idea de que tales decisiones podían ser conceptualizadas en términos de un proceso de búsqueda de algo que le interesa a todo el mundo, una ventaja personal: la del ente que decide. Entonces, y considerando que más es preferible a menos, podrá haber surgido la noción de maximizar dicha ventaja, o sea, y siguiendo con los ejemplos, el caminante se detuvo para observar a la dama por cuanto esto le genera más beneficio que, digamos, llegar a tiempo a su trabajo (no detenerse). Después de todo, un nuevo par de zapatos, podrá pensar el agente, me reporta más que el abrigo, o tener al niño en casa significaría más beneficio que teniéndolo en el colegio. En esta última circunstancia nótese que el mayor beneficio puede ser tanto el trabajo que el niño realizará en casa, por ejemplo, cuidando ovejas, las que el padre después venderá para gastarse el producto en la taberna, como también aquel en que los padres optan por no enviarlo al colegio para así educarlo en casa “como es debido”, incluso incurriendo en un sacrificio, por ejemplo reduciendo su propia jornada de trabajo, digamos en una empresa, y por ende su ingreso comercial. En este último caso, los padres valoran, o sea, derivan un beneficio personal de la educación del hijo, el que para ellos es suficientemente grande como para compensar la parte de ingreso comercial a la cual se ven obligados a renunciar por no contar con la capacidad de estar simultáneamente en casa dedicados a la educación y en la empresa dedicados a resolver temas propios de esta (ingreso comercial).

Para incorporar al escenario el ingrediente siguiente se supone que la disciplina comienza a tomar forma solo en los últimos siglos, una ficción, por cuanto todo lo humano tiene raíces en situaciones previas. Pero el truco es útil para transmitir la idea central, esto es, que en la selección entre explicaciones competitivas para los comportamientos observados, la economía tuvo una ventaja importante, esto respecto del observador del caminante de la caricatura inicial. La sabiduría acumulada por milenios indicaba que variaciones de precio podían ser entendidas como señales de un eventual cambio de comportamiento y que tal vez una mala cosecha –caída en el ingreso– podría hacer otro tanto. Suerte, dirán algunos; ingenio para aprovechar el conocimiento acumulado, argumentarán otros, pero la cuestión es que la economía, al poder reducir el espectro de explicaciones, pudo efectivamente desarrollar teorías que “funcionaron” tempranamente, es decir, permitieron argumentar a favor de explicaciones que daban lugar a pronósticos que no resultaba demasiado difícil confirmar con nueva evidencia, una ventaja que otras ciencias sociales no tuvieron en su fase más temprana.

El término moderno que la disciplina emplea para referirse a esta herramienta de análisis es “decisión racional”, donde el comportamiento es entendido en términos de procesos de decisión, balanceando pros y contras, esto es, costos y beneficios, haciendo esto teniendo en mente maximizar la ventaja personal, o sea, la utilidad del individuo que decide, donde esta utilidad considera el valor hedónico asociado a la decisión. En ocasiones, este instrumento analítico se conoce también como maximización de utilidad sujeto a restricciones. La manera específica de plantear el asunto dependerá del tema, del tipo de situaciones, donde comportamientos de consumo, de inversión, de producción, empleo, etc., se podrán traducir en hipótesis específicas distintas, aunque todas en su base más profunda construyen sobre la noción de decisión racional.

A continuación se ilustra esto con un ejemplo imaginario del ámbito del empleo, pero se mencionan antes algunos aspectos relacionados o derivados de este enfoque.

a) La disciplina, ¿cómo llega a este enfoque y no a otro? Es una interrogante para los historiadores del pensamiento, un asunto que aquí se deja de lado. En el mundo abundan las personas que claman que los individuos no son racionales, mientras otros insisten en que no es saludable ni conveniente “ser racional”. En realidad, la disciplina no postula que las personas reales son racionales; hace algo distinto: cuenta con instrumentos que se basan en esta noción y los utiliza para tratar de entender y luego predecir “lo que es”, o sea, el comportamiento de personas. En la sección 1 se discute el tema del realismo de los supuestos, y así también de la teoría, argumentando a favor de la noción de que se trata de instrumentos con los cuales se intenta ordenar impresiones y predecir. En tanto funcionen, en buena hora, algo seguramente útil se ha logrado; de no funcionar, no queda más que seguir indagando (el ejemplo de más abajo ilustra este punto). Pero funcione o no funcione el instrumento, ello no prueba la realidad o irrealidad del racionalismo en cuestión, ni si las personas son efectivamente, o no son, racionales en algún sentido.

b) Tal vez el mayor desafío del instrumento de la decisión racional se encuentre en la configuración de la función de utilidad. Proponer que la gente maximiza su utilidad tal vez parezca una idea operacional razonable, pero en el mundo empírico esto solo adquiere sentido si el economista es capaz de identificar las cuestiones que proporcionan bienestar y aquellas que lo disminuyen (lo que nuevamente subraya la importancia de estar al tanto de la evidencia previa; ver sección 1). Enfoques más nuevos en campos como economía experimental, de análisis de cuestionarios y de enfoques que incorporan modelaciones derivadas de la psicología tienen en común en algún grado el que intentan avanzar en cuanto al contenido relevante de la función de utilidad. Si se muestran exitosos y satisfacen los requisitos ya señalados –generalidad, productividad y posibilidad de falsificar las teorías– podrá resultar que la disciplina reemplace el instrumento de la “decisión racional” o, tal vez, que lo adapte a nuevos conocimientos que surjan en el camino; por ahora solo se puede decir que eventualmente el futuro podrá aclarar esto.

c) Esta última reflexión resulta relevante al pensar en la manera como trasciende el saber económico al ámbito de no economistas en la sociedad. Se decía más arriba que la economía tuvo una ventaja respecto de otras ciencias sociales al contar con conocimiento acumulado disponible, permitiéndole a la disciplina concentrarse tempranamente en un conjunto de restricciones con buena respuesta empírica en los pronósticos, abriendo camino de este modo a desarrollos teóricos productivos


. El otro lado de la moneda es que estas observaciones provenían mayoritariamente del mundo comercial, con lo cual no es sorprendente que no economistas terminen asociando la disciplina con algo estrictamente comercial, restándole así su carácter de método general de indagación. En realidad es solo a partir de mediados del siglo pasado que la economía muestra innovaciones sistemáticas y significativas en cuanto a ampliar sus explicaciones incorporando agentes humanos más completos, los que también pueden odiar y discriminar, entre otros atributos que proporcionen algún valor hedónico, sea este positivo o negativo.

Se pasa a continuación al ejemplo ilustrativo ya anunciado: la disyuntiva entre trabajar o permanecer desempleado, un caso de las casi infinitas situaciones humanas que se podrán explorar adoptando esta perspectiva de decisión. Es un ejemplo que facilita el contraste con otras miradas, como lo sería una en que la desocupación resulte del hecho de que la persona no encuentra trabajo, o que el desempleo se atribuya a la flojera del individuo. Entonces, ¿por qué apartarse de diagnósticos simples como lo son “no encuentra” o “persona floja”, los que, además, no son necesariamente falsos? La idea subyacente es que de este modo crecen las posibilidades de indagación y exploración provechosa, es decir, la idea es incrementar las posibilidades de elaborar hipótesis explicativas, realizar predicciones relevantes y que, a su vez, podrán ser validadas o rechazadas. Por último y en una perspectiva más práctica y utilitarista, el conocimiento que de este modo se pueda alcanzar enriquecerá la comprensión del comportamiento y por ende podrá incrementar las posibilidades de empleo.

La voluntariedad implícita en el enfoque de decisión y, por otra parte, la mirada de la persona que siente que su destino es involuntario, esto es, que quisiera trabajar pero que no encuentra lo que está buscando, parecen diagnósticos que no corresponden a una misma realidad. Sin embargo, ambos podrán tener algún sentido, aunque cada uno dentro para un individuo: por trabajar en una empresa le ofrecen una recomde su contexto. Para ilustrar el punto, supóngase el siguiente escenario pensa- remuneración de 1.000. Considerando sus preferencias, riqueza y la evaluación de sus alternativas de empleo para el tiempo propio de cada día, lo que al personaje en cuestión le resulta más conveniente es, imagínese, rechazar el empleo ofrecido. En tal caso esta persona podrá pensar y decir que está involuntariamente desempleada, que no ha encontrado aún la oportunidad de trabajo que considera está dentro del rango de sus posibilidades.

La lectura del economista no discute directamente el autodiagnóstico del afectado; más bien presumirá que bajo el manto de la no voluntariedad podrán ocultarse antecedentes e información relevante, los que, una vez conocidos, pudieran permitir avanzar en la identificación de la causa más básica tras este desempleo. Así y pensando en el enfoque de decisión, el economista en cuestión propone, por ejemplo, el siguiente escenario: el personaje estaría considerando que al rechazar la opción ofrecida, esto es, trabajar por 1.000, implícitamente renuncia a una opción de remuneración mayor, digamos 1.400, para así acortar el argumento. En esta lectura económica del comportamiento, implícitamente el individuo considera o tal vez solo sospecha, o simplemente conjetura, de que existe tal disposición a pagar. Con esta perspectiva en mente su decisión sería enteramente racional, esto sin perjuicio de su explicación sintética para terceros: soy desempleado involuntario.

¿Qué ha logrado el economista con esta manera de plantear el asunto? Como se decía, visualiza el comportamiento observado como resultado de una decisión, por cuanto espera que de este modo se abran puertas y perspectivas para seguir explorando el fenómeno. Lo distintivo del enfoque son las preguntas y conjeturas que así surjan, aumentando de este modo las posibilidades de comprender “lo que es”. Para ilustrar el punto, el economista podrá, entonces, preguntarse por el origen de la creencia en la opción de los 1.400, para luego ir avanzando en su indagación. En fin, la ilustración podrá continuar, pero el mensaje central ya quedó estampado: el enfoque económico tiene un objetivo analítico. La economía es “una máquina de pensar”, se solía decir, y podría agregarse o enfatizar que no solo ayuda a razonar estableciendo nexos entre causas y consecuencias, también es una luz que permite seguir buscando causas “no tan próximas”, sobre todo cuando las primeras apuestas terminan por ser poco productivas.

En lo que va de la sección se ha insistido en ejemplos y situaciones que apuntan a individuos, pero la economía no habría llegado a ser lo que es si no fuera por su capacidad analítica de pasar del nivel del individuo al contexto social y viceversa. La idea de la economía es proveer escenarios en que resulta posible representar y entender interacciones entre individuos y de este modo conceptualizar mercados, jerarquías, organizaciones, contratos, movimientos de precios, difusión de innovaciones, decisiones públicas y privadas, etc. La noción de que los incentivos importan ha permitido avanzar en la conceptualización de situaciones en que simultáneamente existe una rivalidad, pero donde un mínimo de cooperación entre las partes podrá resultar beneficioso para todos, algo que Smith (1776) visualiza con claridad al plantear que el intercambio crea riqueza para la sociedad. Continuando por esta línea se abre una perspectiva prometedora para entender y evaluar tanto el rol de instituciones como de regulaciones, impuestos y subsidios, contratos y de organizaciones alternativas, etc., donde el desafío principal es determinar el rol específico que ellas son capaces de cumplir, lo que incluye identificar costos y beneficios asociados.

Un segundo aspecto de la dimensión social de la economía es su capacidad para concebir las restricciones globales que rijan en cada momento del tiempo, más allá de la percepción de empresas individuales, de personas y de países. En el mismo sentido, la economía conceptualiza sistemas de información social que transmiten a todos sus agentes o partícipes –aunque no necesariamente a todos por igual– la intensidad de tales restricciones, amén de su eventual evolución en el futuro. El funcionamiento de este sistema de señales y comunicaciones es visualizado a través de precios, tasas de cambio que forman parte de los incentivos y restricciones que enfrentan los individuos y organizaciones. Tales precios podrán resultar de mercados reales, en el sentido comercial corriente del término, o bien, de una construcción, finalmente un instrumento, que emplea la disciplina para entender y examinar incentivos y tasas de cambio que surjan de otras instituciones que emplee la sociedad para asignar los escasos recursos a fines múltiples y alternativos, como, por ejemplo, procesos políticos, decisiones de la autoridad ejecutiva cuando dicta resoluciones y establece regulaciones e impuestos, reglamentos internos de empresas, etc.; su efecto e incidencia podrá ser conceptualizado en términos de un mercado analítico. Un caso frecuente que sirve de ejemplo concierne a decisiones en el presente, cuyas consecuencias tan solo se apreciarán en el futuro, entre ellas las decisiones de acumulación de capital.

Siempre en este mismo sentido corresponde mencionar una de las innovaciones potentes en el método durante el último medio siglo o algo así. Se trata de instrumental que facilita este tipo de análisis con mercados analíticos en el caso de situaciones en que los actores son pocos, posiblemente solo dos, y donde parte importante del desafío es precisamente la tarea de conceptualizar la reacción de la contraparte con el fin de optimizar la propia decisión.

Entendida de esta manera, la disciplina ha evolucionado constantemente. Solo considerando a partir de los años 1920 en adelante, ella ha seguido expandiendo su equipamiento teórico y afinando el potencial de conceptos para distinguir entre situaciones en apariencia similares, enriquecimiento que le ha permitido incrementar el detalle con que se formulan los interrogantes, ganándose de este modo tanto en capacidad de identificación de problemas como en la configuración de la hipótesis específica para explorar un determinado fenómeno. La acelerada incorporación de la matemática al lenguaje de la disciplina otorga precisión, amplitud, plasticidad y versatilidad al razonamiento deductivo, facilitando de este modo el enriquecimiento, la precisión y la condicionalidad explícita de las proposiciones teóricas, además de rebajar el costo de comunicación entre iniciados (aunque aumentándolo con el resto del mundo).


 La matemática desempeña, además, una potente función de intérprete, traductor y ordenador cuando se trata de enfrentar números, una expresión de la realidad a la que la profesión termina por asignarle un gran peso y esto precisamente por el carácter empírico de la disciplina. Por otra parte, en las últimas tres o cuatro décadas el desarrollo de la tecnología para extraer información a partir de antecedentes empíricos experimenta un inusitado crecimiento tanto en la capacidad de manejo de datos como en el instrumental analítico-cuantitativo para explorar estos antecedentes y extraer información oculta y valiosa.

Estos desarrollos se traducen también en nuevos y posiblemente crecientes desafíos en materia de comunicación social, encareciendo en particular aquella con la audiencia menos especializada, un fenómeno que no es exclusivo de la economía, pero que esta disciplina llega a experimentar en un período más reciente. Tal dificultad es real, y una manera de apreciarlo es observando el surgimiento de nuevas industrias que proveen información especializada. Aun así, cuesta más que antes poder estar al tanto de los desarrollos en todos los frentes para tener una visión amplia, y en este sentido se ha tornado más engorroso llegar a ser y luego mantenerse como economista integral.

La economía se ha desarrollado y extendido en su aplicación. Como método de análisis no posee un campo propio, monopolizado por ventajas garantizadas a priori, en que, similar a gremios medievales, constituya la única disciplina con capacidad para realizar determinados estudios, interpretaciones o pronósticos. De este modo, no hay garantía de que el día de mañana esta disciplina no se vea desplazada, o al menos restringida por un imperialismo sustentado en algún otro método. A modo de ejemplo y sin intención de apostar, en algún futuro la disciplina podrá verse desafiada, eventualmente por la biología, la psicología u otra. Pero el resultado puede también ser el contrario y la economía podría incorporar elementos que surjan en otros ámbitos. Tal vez algunos desarrollos de la psicología podrán terminar integrados a la primera, tal como en el pasado la economía absorbió el desarrollo del subjetivismo y que dio forma a lo que hoy conocemos como teoría de demanda. Podría adelantarse, al menos como conjetura, que los términos en que dicha competencia se irá resolviendo serán precisamente aquellos planteados por F/53, o sea, confrontando predicciones teóricas con evidencia empírica, sobreviviendo aquel enfoque que logre las interpretaciones y predicciones más ajustadas, simples y fructíferas.

Economía, ¿una o varias?

Aunque un tanto implícito, en las secciones previas está presente la idea de que existe una economía, punto de vista que al lector le podrá merecer dudas; al menos es un aspecto que requiere mayor explicación, el objetivo de la presente sección. De partida y como en casi todo ordenamiento, corresponde reconocer que es materia opinable y que es posible imaginar clasificaciones en que coexistan múltiples disciplinas, en el extremo tantas como individuos se autoidentifiquen como economistas. En esta nota, sin embargo, se intenta argumentar a favor de la noción de que pensar en una disciplina única es, a la larga más provechoso, tanto para entender la evolución de la economía como también sus proyecciones.

A favor de la noción de disciplina única se podrá citar testigos como, a similitud de los contenidos de programas de estudio conducentes al grado de doctor en las principales universidades del mundo, la convergencia en libros de texto y en la orientación y contenido de sus revistas científicas principales. Aunque tal evidencia refleje la presencia de gran heterogeneidad en temas, enfoques y técnicas, también muestra la aceptación implícita o explícita de una raíz común: la adscripción en sus rasgos esenciales a un método común. Sin embargo, es necesario agregar que para evaluar estos elementos en un contexto dado, es también preciso tomar en cuenta que el núcleo de la economía es específico al tiempo y que los estándares mínimos exigidos van variando a lo largo de las décadas, aunque sin perjuicio de una continuidad básica. De modo que un aspecto a considerar es que las comparaciones debieran ser tiempo-específicas, donde, y en ocasiones, la ventana correspondiente podrá ser amplia.

En el polo opuesto también se encuentran múltiples rasgos que pudieran llevar a más de alguien, sobre todo a no economistas, a pensar en disciplinas de diverso tipo. Así, una podrá ser ortodoxa y otra heterodoxa, una o tal vez varias responder a la variante neoclásica, mientras otras podrán clasificarse como clásicos, posiblemente marxistas. Mucho se insiste en diferencias, reales o imaginarias, de keynesianos y monetaristas, de walrasianos y marshallianos, etc., etc. Todo esto sin perjuicio de austríacos, ambientalistas, economistas históricos, además de una gama de variantes, algunas de carácter más local. Así, por ejemplo, en Latinoamérica a mediados del siglo XX, el llamado estructuralismo se postulaba como la economía apropiada para la región, negando validez a la economía a secas, lo que algunos, siguiendo la moda de la época, denominaban como enfoque neoclásico (ver Hachette, 2011). Otros insisten en diferenciar lo que denominan economía neoliberal de otra que le otorgaría al Estado un rol más definitorio. En fin, estos ejemplos solo constituyen un botón de muestra.

Un caso ilustrativo lo constituye Historia Económica, campo en que tradicionalmente se exploran temas del pasado con el método de la historia, método que insiste en una profunda y exhaustiva exploración de todas las fuentes relevantes, llegando de este modo a configurar una interpretación del fenómeno bajo estudio. Hace poco más de medio siglo, sin embargo, surge la así llamada Nueva Historia Económica, también denominada Cliometría, un enfoque que incorpora explícitamente el método económico en la exploración de fenómenos del pasado. En los departamentos de economía más conocidos se observa hoy día un desplazamiento de lo que arriba se denomina enfoque tradicional, pero ello conjuntamente con la presencia de una vigorosa exploración de temas históricos con el método económico, recurriendo para ello a instrumental de última generación y produciendo trabajos interesantes y novedosos, incluyendo algunos que se canalizan a través de revistas disciplinarias y de primer nivel. El caso, precisamente, subraya el rol del método en la organización de la producción de ciencia.

Sin embargo, no se trata aquí de una sustitución de métodos para la generación de un mismo producto. Lo que se encuentra en este caso es un producto nuevo, “historia” producida con método económico (historia entre comillas, por cuanto es por construcción algo distinto al producto de la historia tradicional). El resultado, entonces, es una situación en que ambos productos están disponibles, tanto Nueva Historia Económica como también aquella producida con el método histórico. Sin embargo, mientras la primera tiende a generarse en departamentos de economía, la variante que aquí se denomina como más tradicional tiende a desaparecer de tales organizaciones. El caso se trae a colación precisamente por cuanto ilustra el rol del método como elemento unificador, lo que va dando forma a la disciplina. Pero conviene insistir en lo señalado arriba. En este caso el ejemplo no ilustra la sustitución de un producto antiguo por otro nuevo y más potente; todo lo contrario, la historia económica desarrollada con su método de antaño sigue gozando de buena salud, sin perjuicio de que temporalmente su adscripción académica sea menos nítida que en el pasado reciente.

Cabe pensar que esta innovación, a la larga, inducirá al historiador interesado a contar con el mínimo de conocimiento para aprovechar debidamente los resultados que alcance el análisis del pasado con el instrumental de la economía, donde estos antecedentes pasarán a constituir otra fuente más que tal historia consultará. A la inversa, el economista interesado en explorar un problema o asunto histórico y con el fin de ir reuniendo la evidencia previa de la que habla F/53, para así elegir la hipótesis más apropiada, tiene y tendrá en la historia una fuente importante para llegar a conocer del tema.

El desarrollo de la incorporación intensiva del método económico al examen de asuntos que se asocian con el pasado tiende a su vez a acotar la presencia de cursos de historia económica en la docencia de programas avanzados de economía. La hipótesis subyacente es que la persona que cuente con conocimiento de economía, es decir, tenga la habilidad para manejar el método y las técnicas respectivas, podrá aventurarse a producir tanto en este como en otros campos.




Volviendo al tema central –¿es la economía una sola?, ¿son varias las disciplinas?–, cabe señalar que efectivamente se utilizan categorías como las mencionadas arriba: economía neoliberal, marxista, verde, etc., lo cual, por lo demás, se potencia con una práctica difundida: el deporte de clasificar y colocar “cartelitos”, respondiendo así a la propensión de clasificar y ordenar. Pero también debiera subrayarse que a menudo tales ordenamientos y clasificaciones se refieren más bien a economistas, o sea, a personas, y no necesariamente a disciplinas diferentes. En cada momento habrá diferencias entre economistas, finalmente seres humanos equipados con conocimientos diversos e interesados en el destino de su respectivo capital humano y proyecto de vida. La competencia y la confrontación entre economistas son y serán algo normal y, como casi todas las relaciones humanas, podrán ser complejas y en ocasiones extenderse a lo largo del ciclo de vida completo. Sin embargo y como se veía anteriormente, tales confrontaciones al interior del gremio también forman parte del mismo desarrollo de la disciplina.




Muchos de estos ordenamientos, por ejemplo keynesiano y monetarista, marshalliano y walrasiano y otras clasificaciones por el estilo, son empleados por los mismos economistas para referirse a la selección de instrumentos y teorías en circunstancias caracterizadas por información parcial. Así, por ejemplo, en los enfoques coyunturales agregados, habrá algunos, digamos los monetaristas, que asignen más peso a variables como las variaciones en la cantidad de dinero con que opera el sistema económico-social, mientras que otros, más dubitativos respecto de un impacto significativo de las variaciones del dinero en el gasto, se podrán sentir más keynesianos, esto es, confían más en la efectividad de la manipulación directa del gasto. Pero el punto relevante para la presente discusión es llegar a establecer si estas y otras clasificaciones de este tipo obedecen a diferencias de método o resultan de “conocimiento incompleto”. La expresión figura entre comillas, puesto que aquí alude a la disciplina y al conocimiento de la realidad y en particular no se refiere al conocimiento de un determinado economista que por algún motivo tenga un conocimiento que no alcance la frontera de la disciplina en el momento.

Mientras el proceso de validación de hipótesis no haya decantado y tal vez dos o más hipótesis sigan compitiendo por explicar un mismo fenómeno, el conocimiento será incompleto en el sentido de que la economía aún no está lo suficientemente desarrollada como para enfrentar y resolver la disyuntiva. Por otra parte el conocimiento parcial también se podrá referir al funcionamiento detallado de los canales de comunicación que representen el nexo funcional entre las variables relevantes, en el ejemplo el sistema financiero, por una parte, y el gasto del fisco, por otra. El punto, entonces, es que frente a un caso determinado, el analista deberá recurrir a presunciones, conjeturas y experiencia para rellenar estos vacíos. Podrá pensar que, por ejemplo, una u otra hipótesis resulta más apropiada para el caso, precisamente por cuanto una de estas cadenas de transmisión le resulta más plausible que la alternativa, una materia en que podrá diferir con otros colegas.















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