Todos fueron culpables
Lilian Olivares de la Barra


Una niña boliviana llega con su familia a la ciudad de Copiapó en busca del sueño de la abundancia por el auge minero. Los ojos de la pequeña recorren esa zona nortina asomados desde la manta en la espalda su madre aymara. Su mirada no alcanza a observar la región pujante, de oportunidades y de cambios. Por el contrario, la niña comienza a experimentar todas las formas de abuso que puede sufrir una pequeña inmigrante. Hay señales del peligro que corre y, aún así­, el mundo adulto y las instituciones parecen ignorarlo. Hasta que ocurre la tragedia.Esta es una historia real, reporteada en el lugar donde ocurrieron los hechos y con sus testigos. Es también un viaje hacia el alma de Paola, enfrentada a un sistema que intentó protegerla y que terminó robándole la vida. Este libro destapa el drama de hoy: la escasa capacidad de las instituciones para proteger y defender a los niños, niñas y adolescentes víctimas de abusos y maltrato.

















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Todos fueron culpables.

La historia de una niña inmigrante violada y asesinada en Carrizal Bajo.

Lilian Olivares De la Barra

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Noviembre 2014

ISBN Edición impresa Nº 978-956-14-1484-6

ISBN Edición digital Nº 978-956-14-2616-0

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CIP-Pontificia Universidad Católica de Chile

Olivares, Lilian.

Todos fueron culpables / [Lilian Olivares de la Barra].

237 p. : il.

Incluye bibliografía.

1. Abuso sexual infantil - Chile.

2. Derechos del niño - Chile.

3. Inmigrantes - Chile - Condiciones sociales.

I. t.

2014 362.760983+DDC23 RCAA2


ÍNDICE

Prólogo (#ub6e722b3-3945-512b-8d7d-9f44fcdd176b)

Capítulo 1 · Tambo Quemado  (#u66e0c228-4e66-5133-8341-649f562ef7c2)

Capítulo 2 · Cama de espinas  (#u0f8b50f3-5366-5876-9c15-9d6a9b7d5e97)

Capítulo 3 · La Cenicienta  (#u0a8d3664-6907-5d15-92da-9e705c377f3d)

Capítulo 4 · El miedo  (#u50510fc0-8892-5244-8f6b-4af16007292e)

Capítulo 5 · Incendio en Carrizal  (#ubb83556a-b603-5300-9ffc-d7d35a3161ae)

Capítulo 6 · La gran sospecha  (#u400e2286-127c-502e-8c79-c4f42b479d10)

Capítulo 7 · Atrapado  (#u72510283-32ab-5693-bc55-1d57bc20e3cb)

Capítulo 8 · Pruebas del crimen  (#ud47393f2-a468-5982-961d-ab3eb288b1bd)

Capítulo 9 · Juicio oral  (#ue6f64732-6861-5d70-8abc-11a72710496a)

Capítulo 10 · Justicia humana  (#u398858d9-4153-5115-9d4a-0d39f2613197)

Capítulo 11 · El humano testimonio de una jueza  (#u8cb12d80-6770-5a85-82d3-b72b79313705)

Epílogo  (#u369a0082-db59-5367-8bad-2ea22fa4977d)

La historia en imágenes (#uf39dc9d4-b420-5f2b-af83-fe6dcc42a87f)

Cronología en la historia de los Pacajes Canqui  (#u42f3a974-c931-5771-8206-0682280eca6b)


PRÓLOGO

Hubo una vez en el norte de Chile una niña boliviana llamada Paola. Digo boliviana porque es posible que, si no hubiera tenido esa nacionalidad, si no hubiera sido inmigrante, no le hubiera ocurrido lo que le sucedió.

Paola Pacajes Canqui.

La primera vez que el abogado Ramón Suárez me habló de ella, me dijo que era una cenicienta a la que nunca le calzó el zapato. Y esa frase que me siguió rondando se hizo carne cuando, a pedido de la Fundación Amparo y Justicia, me dediqué a averiguar su vida desde el día en que su madre, la entrañable Mery Canqui, cruzó la frontera vestida como las típicas mujeres aimaras en busca de mejores horizontes en el norte y formó familia con Simón Pacajes, boliviano como ella.

Fundación Amparo y Justicia, que dirige Ramón Suárez, supo de la existencia de Paola cuando la Unidad Regional de Atención a Víctimas y Testigos (URAVIT) de Copiapó recurrió a esa entidad en busca de ayuda. Fue a mediados del año 2011.

En julio de 2013, la institución me invitó a escribir un libro sobre esta historia. Los numerosos casos de abusos sexuales a menores de edad que se conocían a través de la prensa habían sensibilizado a la opinión pública y puesto el tema en la agenda-país. Pero ninguno de ellos revelaba el rostro más oscuro de la infancia negada, esa que intenta amparar la Fundación, como el que me tocó conocer a través de este encargo.

Se trata de un fenómeno que está surgiendo especialmente en las zonas mineras, donde llegan centenares de extranjeros humildes en busca de plata rápida. Son gente joven, que tiene hijos y que, por satisfacer la necesidad vital de alimentarlos, se ven obligados a dejarlos al cuidado de extraños y finalmente terminan en la vagancia. Esos niños hijos de inmigrantes están palpando los peligros de la calle y el abuso por su condición de afuerinos.

Le pasó a Paola y aún peor.

Este libro cuenta la historia de una niña abusada no sólo por la vida de calle, sino por las propias instituciones destinadas a brindarle protección a la infancia. Por momentos se puede leer como una novela. En algunos pasajes puede parecer un cuento policial donde se busca al culpable. Pero, finalmente, termina siendo un reportaje-denuncia contra los servicios dependientes de SENAME, los tribunales de familia, incluyendo a los jueces, curadores ad litem y sus consejeros técnicos, las autoridades y todos quienes permitieron que sucediera lo que le ocurrió a Paola.

Recorrí Copiapó, Carrizal Bajo, Vallenar, La Serena y Santiago en busca de los hilos de esta trama. Compartí momentos familiares inolvidables con los Pacajes Canqui, de alegrías y de penas insondables.

Me estremecí con el relato de una asistente social que logró levantar el velo de algunos de los secretos de Paola y que siente la impotencia de no haber hecho más. Quedé admirada con la honestidad profesional de una jueza que hizo un descarnado mea culpa, dejando en evidencia no sólo sus errores, sino que también las increíbles negligencias que se cometen en un sistema judicial de familia que urge rectificar.

Y conocí al asesino. Y a la cuidadora de Paola. Y a la anciana que compartía con ella la habitación cuando en Carrizal Bajo ocurrió la tragedia.

Lo que hay en este escrito no hubiera sido posible sin la generosa colaboración del equipo de profesionales y asistentes de Amparo y Justicia, que puso a mi disposición todos sus conocimientos, tiempo, archivos y apoyo logístico para que tomara forma la historia de Paola.

Agradezco a la Fundación la oportunidad que me dio de escribir para revelar lo que nunca se atrevió a decir la niña boliviana.



LILIAN OLIVARES DE LA BARRA


CAPÍTULO 1

TAMBO QUEMADO

Todo terminó en Carrizal Bajo.

Mery Canqui no estuvo ahí. No conoció hasta entonces esa caleta de pescadores ubicada a tres horas de Copiapó, donde las aguas calmas y cristalinas no se condicen con el extraño letrero que alguien colocó al llegar al lugar donde suelen ir los vallenarinos de veraneo: “Cuidado con el cuco”.

Paola, su hija, pasó dos veranos en Carrizal Bajo. Todavía la recuerdan el dueño de la botillería de la esquina, donde compraba fósforos, el del almacén de la vuelta, donde iba a buscar el pan, y la alcaldesa de Mar, encargada de velar por el cumplimiento de la normativa marítima.

Apenas alcanzaba, empinada, el mesón del almacén.

La veían, también, en la improvisada tienda que instalaba cada verano doña Leo, su cuidadora, en la esquina de las calles Errázuriz con Freire, frente a la cancha de fútbol. Ahí ayudaba a doña Leo a vender su mercadería, ropa que traía de la ciudad, verdura y papas fritas. Y en la casa del lado, la pintada de amarillo, estaba la abuela. Paola dormía en la pieza de la abuela, la madre de doña Leo, separadas sus camas por un pequeño velador.

Si uno caminaba en dirección al Pacífico, por Freire, llegaba a la caleta. No eran más de cuatro cuadras. Pero nunca nadie vio a Paola jugando en la playa. La niña boliviana, de ocho años, tenía otras ocupaciones.

Mery Canqui nunca estuvo ahí. Aunque después que pasó aquello que dio origen a esta historia, una tarde de angustia como tantas que siguieron después de los hechos, Mery vio a su hija en la playa de Carrizal Bajo.

No había pasado más de una semana. Estaba esa tarde en la cocina de su casa en Copiapó, terminando de lavar unos platos, cuando pensaba y volvía a pensar que las cosas no podían haber sido como le dijeron. De repente, se sintió traspuesta y entró en una especie de sopor. Se escuchó diciendo:

—Paola, Paolita, hija, dime qué te pasó.

Y entonces la vio en la playa, en Carrizal Bajo, desnuda a la orilla del mar. Tenía sangre en el cuerpo. Su niña, su pequeña Paolita.

—¡Dime quién fue!

Volvió a escucharse a sí misma.

Al día siguiente, en la feria, casi se estrelló con un hombre y supo que era él.

* * *

Tres horas y 22 minutos separan a Arica de Tambo Quemado. En esa localidad boliviana, fronteriza con Chile, nació Mery Canqui Atahuichi el 18 de abril de 1973.

Su padre se llamaba Gerónimo, como el legendario jefe apache de Norteamérica. Y por apellido llevaba Canqui, que, en su lengua materna, significa “el que supera a todos, el vencedor”.

A Gerónimo, el apache que nació en la frontera entre Estados Unidos y México, le asesinaron a su mujer, a sus tres hijos y a su madre en 1859.

A Mery, la aimara hija del boliviano Gerónimo Canqui, que nació en la frontera de Bolivia con Chile, le violaron, quemaron y asesinaron a su hija Paola en 2011.

Mery Canqui creció corriendo detrás de las ovejas. Aprendió que con sólo decir ¡shhhhh! los animales daban vuelta y regresaban. Pero eso no lo lograba cualquiera. Había que tener experiencia. Ella la tuvo desde los cuatro años. Es que a esa edad le comenzaron a dar unos ataques de epilepsia y los padres decidieron no mandarla al colegio y dejarla pastoreando. La cuarta de los ocho hermanos Canqui Atahuichi tenía otro destino que cumplir.

Fue la única a quien su madre dio a luz en Tambo Quemado, porque se embarazó en Arica y cuando pensó que llegaba la hora partió en bus a El Turco, la localidad donde vivía la familia boliviana, pero no alcanzó a llegar.

En el altiplano, Mery creció imbuida en la cultura de sus ancestros, los aimaras, habitando un mundo mágico en que se mezcla lo humano con la naturaleza, donde actúan espíritus que hacen que las cosas sean como son. Cada 20 de junio se ponía pollera nueva larga, la tradicional manta que caía apenas sobre los hombros, atada al centro del cuello, y celebraba el comienzo de un nuevo ciclo en el año, con bailes folklóricos y un ritual que apenas entendía. Eran los agradecimientos a la pachamama, la madre tierra, y los ruegos para que la etapa que comenzaba, el invierno, les trajera prosperidad.

La familia tuvo casa en el pueblo, donde a diario pasaban los camiones de Bolivia a Chile y de Chile a Bolivia. Temprano en la mañana, la mamá la levantaba y la mandaba al ganado. Mery sacaba las ovejas al cerro, las hacía comer pasto, después les decía su mágico ¡shhhhh! y las regresaba.

Vivir en un paso fronterizo, a 4.680 metros sobre el nivel del mar, no es trivial. En los años 90, cuando Mery se empinaba en la juventud, no había más de 20 casas en Tambo Quemado. En 2007, la población era de 338 habitantes; 179 hombres y 159 mujeres.

Mery veía a diario pasar camiones cargados de mercadería entre Arica y La Paz, y también sabía que mucha gente de ahí del pueblo se dedicaba a cruzar la frontera en buses, para comercializar productos, como lo hacían sus propios padres.

Pero Mery rara vez salía. Cuando no estaba en tareas de pastoreo, se quedaba en ese pueblo donde el frío le golpeaba las mejillas. Por eso andaba como las otras bolivianas de la zona, aimaras como ella, vestida con gruesas y anchas polleras largas, y peinada con trenza.

A los 20 años se puso a trabajar como ayudante de cocina. Aprendió a hacer asado a la olla, para los tantos viajeros que cruzaban desde Chile rumbo a La Paz.

En 1996, recién cumplidos los 23 años, llegó a Arica. Venía con ganado, y traía ropa de Bolivia. También, maíz pululo (ese que se consume inflado, como golosina), quínoa y fideos para vender en el lado chileno. Entregaba estos productos a distintos almacenes.

Tiempo después se topó con un niño.

—Tengo celulares —le dijo el chico.

Ella los miró, le pareció que ante sus ojos tenía un buen negocio, que le permitiría juntar plata para comprar más mercadería y, en una de esas, su destino podía cambiar.

Le compró 40 celulares. Por un momento alcanzó a imaginarse en una tienda probándose un lindo vestido. Hacía mucho calor en Arica, y ese atuendo que traía de Tambo Quemado, que todas las mujeres de su tierra vestían, le hacía sentir que esta ciudad chilena era un horno.

Empezó por lo más práctico. Llamaría a su casa en Tambo Quemado y aprovecharía de probar la mercancía recién adquirida.

Desempaquetó uno de los aparatos y justo en ese momento la Paola, la pequeña de dos años que llevaba a sus espaldas, protegida en su manto, se puso a llorar… como si hubiera presentido algo, reflexionó Mery con el tiempo. Es que Paola siempre fue una niña diferente. Fruto de una relación efímera, nació, igual que Mery, en Tambo Quemado. No fue en una maternidad, sino en la misma casa, en un parto natural, donde la asistieron una prima y una enfermera.

Lloraba Paola, mientras Mery acababa de advertir: la habían estafado.

El niño-estafador nunca regresó.

Mery se fue a sentar en uno de los bancos de la Plaza de Armas de Arica. Ahí estuvo como tres horas, pensando qué iba a hacer mientras, acurrucada en su espalda, su hija dormía con el estómago vacío.

EL DÍA EN QUE MERY CONOCIÓ A SIMÓN

Mery no iba a esperar que llegara la noche en la plaza. De eso sí estaba segura. Partió a alojar donde una prima. Al día siguiente compró fruta para ir a vender a Bolivia: manzanas y uva. También llevó unos yogures a Tambo Quemado. No le alcanzaba para más.

Siguió yendo y viniendo, hasta que en una ocasión, como tantas otras, fue al terminal de buses de Arica y se le cruzó en la vida un hombre llamado Simón.

Esa tarde en el terminal ella andaba con una amiga que había sido compañera de escuela de Simón. Hizo las presentaciones y Mery lo observó de reojo. Era flaco el Simón. Miraba distinto, como con dulzura, y cuando sonreía tenía una sonrisa de pena, pensó Mery. Era de Curahuara de Caranga, donde la iglesia tiene techo de totora, una localidad que está a no más de 15 kilómetros de Tambo y allá nunca se vieron.

Se pusieron casi juntos en la fila. En eso estaban cuando alguien advirtió que ya no había pasajes. Quiso el destino que ninguno pudiera viajar. Se quedaron conversando. Él le contó de un desengaño amoroso; ella le habló de la vez que la estafaron.

Simón la vio grande y segura. Se fijó en que no tenía la tez oscura de sus coterráneas, sino un poco más clara, quizás dorada, en su tono moreno por el frío contra el sol. Tampoco su pelo largo era negro como la noche. Había alguna luz especial en ella. Si le preguntan qué le llamó la atención, dirá que la encontró franca. Decía las cosas como son. “Tengo mis hijos”, le advirtió el primer día con su voz algo ronca y su maciza presencia. Y luego, a la semana siguiente era el “18 chico” y él la invitó a bailar y ella le aceptó y al tiro le planteó: “Si quiere que vivamos juntos, será con mis hijos”.

A los pocos días ya estaban viviendo juntos, con Paola. Sus otros dos hijos mayores, Carlos y Mariela, permanecían en Bolivia.

Ambos fueron fruto de otra relación de Mery; su primer amor. Tenía 17 años cuando conoció a Julián. Pololearon casi 12 meses. Vivieron juntos durante tres años. Primero nació Carlos. Luego se quedó esperando a Mariela.

—Cuando cumplí 22, él se fue con otra. Me dejó cuando la Mariela estaba en la guata.

Mariela nació en 1995, cuando su hermano Carlos tenía tres años. Mery cargó con su destino. Se quedó cuidando a los hijos, mientras su madre le decía: “¿Cómo vas a trabajar, si tienes que criar?”.

En 1996 empezó a viajar a Arica para dedicarse al comercio. Cuando Mery conoció a Simón, Mariela tenía ocho y Carlos, 11. Paola había cumplido dos años y seguía protegida en su manta.

Paola…

¿Quién fue el padre biológico de Paola? Durante mucho tiempo, los hijos de Mery pensaron que era Simón Santos Pacajes Quispe, el boliviano que Mery conoció en el terminal de buses en Arica, como si estuviera predestinado. Pero no. Al enamorarse de Mery, Simón se hizo cargo de Paola. Simón, el del pueblo de la iglesia con techo de totora, el que lleva Santos por segundo nombre. El que tiene apellido de linaje.

Los “Pacajes” tenían el reino aimara que dominó el territorio situado al sureste del lago Titicaca posterior a la caída de la cultura de Tiahuanaco.

Simón Pacajes, como Mery, también tuvo una pareja anterior, de la que nació su hija Karen. Con ellas llegó a vivir a Arica cuando la niña tenía un año y medio. Simón conocía bien la ciudad. Desde chiquillo iba y venía. A los 15 años partía a pastar corderos al interior de Arica y al mes ganaba 30 mil pesos, salario que jamás conseguiría en su tierra.

Cuando terminó cuarto medio, hizo el servicio militar. Por esa época conoció a una joven con quien se fue a vivir a La Paz. Allá no había mucho trabajo, así fue como llegaron a establecerse en Arica.

Las cosas no se le dieron bien a la pareja. Ella lo empezó a engañar y, después de varias peleas y el orgullo herido de Simón, se separaron. Dos meses después de que su mujer y su hija lo dejaran, Simón partió al terminal de buses a comprar un pasaje para Bolivia y se encontró con Mery.

Su niña tenía la misma edad de Paola cuando él la conoció junto a su madre. Por eso Simón la quiso apenas la vio. Se apegó a ella y pronto le dio su apellido.

Mery ni se había dado cuenta cuando quedó esperando a Paola. Recuerda que un 20 de junio fue a buscar una pollera larga que había mandado a hacer para la celebración del ritual de inicio del invierno, cuando sintió que se le daba vuelta el estómago. Ella creyó que era por el mal rato que pasó cuando la costurera le dijo que no le tenía listo el traje. Le salió hasta espuma por la boca y todos pensaron que le había revivido la epilepsia. Pero había algo más en su estado: una nueva vida que llegaba a la historia de Mery. Paola nació el 15 de enero de 2001. La amamantó como a sus otros dos hijos, hasta pasado el año. Y cargó con ella a sus espaldas hasta que la niña pudo caminar sin que la atropellaran los adultos.

Su historia con Simón marcaba el inicio de una nueva vida.

—En Bolivia yo no era feliz. No me gustaba. Había frío, y no había plata. Yo quería vestirme bien. Como era joven…

Empezaron a vivir en la casa de un primo de Simón. Cuando Mery le dijo que quería ir a buscar a sus otros dos hijos, él le contestó que primero trabajaran un tiempo, para juntar plata. Él se empleaba como jornalero, sacando brócolis, tomates y choclos en el Valle de Azapa. Ella siguió viajando a Tambo Quemado y cuando lo hacía, él se ponía celoso; la regañaba.

Fueron tiempos duros, porque el dinero no les alcanzaba. Además, los dos tenían documentos temporales y no lograban conseguir contrato para sacar la residencia definitiva en Chile.

EN BUSCA DE SUS OTROS HIJOS

Llevaban dos años juntos con Simón cuando nació Mirza. Un nombre poco común, del cual sólo se sabe que lo llevó una princesa rusa. La llamaron así en recuerdo de una detective nortina que ayudó a Simón cuando lo perseguía la policía porque él quería quedarse con su hija Karen, pero la madre de la niña, la misma que lo había engañado, lo denunció. La señorita Mirza, como le dice hasta hoy Simón, lo ayudó a hacer los trámites necesarios para que él pudiera ver a la chica cuando la madre se la llevó. Y a ella recurrió Simón cuando los carabineros quisieron detener a Mery un día que estaba vendiendo fruta en la calle, en un carretón. La señorita Mirza pidió que la dejaran libre, aduciendo que Mery tenía una hija reconocida en Chile —la Paola— y que, además, esperaba otra que sería chilena, por tanto, tenía que trabajar para alimentarlas.

Hacía calor en Arica ese 5 de marzo de 2005, cuando Mirza Pacajes Canqui llegó al mundo. Dos años después partió Mery a recuperar a sus hijos Mariela y Carlos, que vivían con la abuela en la localidad de El Turco, a 15 kilómetros de Tambo.

Se los trajo escondidos.

—Como yo vivía en la frontera, conocía a los choferes de bus. Saludé a uno, que me dijo: “Hola Mery, ¿cómo estai?” Le contesté: Oye, ¿sabís?, quiero llevar a mis hijos conmigo. “¿Un chileno te pescó?”, me dijo.

Sí, era cierto. Simón la había pescado para siempre. Ya era hora de juntar a todos e iniciar, al fin, una vida unidos.

“Estai cambiada”, le comentó el boliviano. También era cierto. Mery ya no se peinaba con trenzas ni vestía polleras ni chamantos; andaba de pantalón y polera.

Había pasado mucho tiempo. Mery tenía 34 años. Su hija Mariela ya había cumplido los 12 y no quería venirse de Bolivia. Estaba feliz con su abuela y con sus primas: “Todos me dicen que era mala mi abuelita, pero no con los niños. Nos regaloneaba harto. Lavábamos ropa ajena y cuando nos pagaban, nos comprábamos pan y bebidas”, recuerda ahora la joven, y alega que su madre la trajo “con engaño”.

Dulce engaño el de Mery, que debió persuadir a Mariela que su vida sería mejor junto a ella. La niña ya estaba acostumbrada a su cotidianidad. Los fines de semana se iba a quedar con sus primas a la casa de su tío Boris, que les llevaba películas nuevas de la ciudad.

—Mi mamá me dijo: “Tengo tele, tengo DVD”. Como yo vivía en el campo, tenía ropa viejita y mi mamá me compró todo nuevo y zapatillas; yo usaba unas chalas de goma. Me vine feliz.

Mery convenció a su amigo del bus que la llevara con la niña sin la autorización escrita del padre, porque no lo pudo ubicar. Y así fue como se cambió de un bus manejado por un boliviano a otro conducido por un chileno y se trajo a Mariela.

Ya en Arica, tomaron un auto para llegar a la casa de una tía donde las aguardaban las otras hijas de Mery. Mariela recuerda aquel momento:

—Me bajé del colectivo a abrazar a mi hermana. Le dije: “¡Paola!” No, me contestó, yo no soy la Paola, soy la Mirza. Mi mamá le dijo: “Ella es tu hermana mayor”. Después apareció la Paola. La vi y estaba tan grande…

Fue el primer impacto de Mariela, al descubrir que su hermanita Paola ya no era la pequeña que ella había conocido. Luego la llevaron al Valle de Azapa, donde vivían con Simón. No le gustó el lugar. Lo encontró muy alejado de la ciudad. De a poco se fue acostumbrando.

Faltaba Carlos, que ya tenía 15 años. El adolescente se había arrancado de la casa de la abuela cuando llegó Mery. Se había ido a trabajar de albañil en una localidad cercana. Dos meses después, su madre repitió la misma operación que hizo para traer a Mariela, y cruzó la frontera con Carlos pasando de un bus boliviano a otro chileno sin que las autoridades aduaneras lo supieran.

Carlos tenía un cierto retraso intelectual. No se llevaba mal con nadie, salvo cuando le venían los arrebatos y se ponía contestador. Mariela y Paola, en cambio, comenzaron a tener conflictos. No era fácil para la hermana mayor tratar a Paola, a quien había tenido en los brazos y ahora veía como adulta, cuidando Mirza, la más chica. “La Paola era como una niña grande, ¡pero tenía apenas seis años! Me quería mandar a mí. Nos empezamos a llevar mal. Éramos peleadoras. Nunca parábamos de discutir. Yo, además, tenía miedo de que Simón me tratara mal, porque hay padrastros que te odian. Pero mi tío Simón nos compraba cosas por igual a las tres”.

Mantener a ese crecido familión puso más difícil la situación económica de los Pacajes Canqui. Entonces Simón decidió dejar el Valle de Azapa e ir a buscar nuevos rumbos a Copiapó, atraído por el auge de las mineras.

EN LA TIERRA DE LAS RICAS MINAS

En Arica hay trabajo, pero no es tan bien pagado como en Copiapó, donde las calles se ven copadas por vehículos del año. Simón no pretendía tener auto; ni se lo soñaba. Sólo buscaba una cierta tranquilidad con su familia.

Dejó a Mery con los cuatro hijos en Arica y viajó 1.270 kilómetros a la ciudad minera de la III Región. “Teníamos que hacernos de nuevo”, cuenta, recordando esos 15 primeros días que pasó solo en la tierra donde muchos buscan hacerse ricos.

Lo primero que tuvo a la vista fue encontrar un lugar donde pudiera llegar su familia.

—Me pesqué un terrenito arriba, por los cerros. Había unos basurales cerca, fui a buscar los palos y con eso me hice la casa. Y con madera terciada para el techo.

No tenía agua. A una cuadra del terreno que se tomó había un pozo. Allá partía con un balde a buscarla. Como sus otros vecinos, se colgó de un poste para tener luz.

A los 15 días llegó Mery con la hija menor, Mirza. Después, cuando ya habían conseguido cobijas para que durmieran, lo hicieron Paola, Mariela y Carlos.

Era el año 2007. Por primera vez, Mery sintió el peso de la discriminación. Había entrado a un curso de pastelería cuando un día escuchó que una compañera le comentaba a otra: “Esta es peruana, una quitahombre”.

Mery habla con frases cortadas y, a veces, en forma confusa, especialmente cuando está nerviosa. De modo que no era difícil confundir su acento con el de una peruana. Y es posible que sienta que su condición de boliviana la pone en un pie superior al de una vecina del Perú.

—Me sentí muy mal, porque la mujer me miraba feo. La persona que estaba adelante le dijo: “No puedes hablar así, no puedes discriminar a las otras”. Me miraban para abajo. Te comparan…

No le fue fácil adaptarse, ni encontrar trabajo. Para peor, pasaron los meses y a Simón se le acabó su contrato.

—Tuve que volver a trabajar a Arica, en la construcción, en agosto.

Mery se quedó con los niños en Copiapó. Simón le mandaba plata. Ella a veces trabajaba en la agricultura, como temporera. También se preocupó de buscarles escuela a los hijos, pero tuvo un gran traspié que a la larga resultó fatal: en el colegio le pidieron los documentos de Mariela y Carlos.

Entonces, decidió partir en busca de los papeles. Y ahí comenzó el principio de su peor pesadilla…


CAPÍTULO 2

CAMA DE ESPINAS

El comidillo del barrio dijo que Mery partió a Arica detrás de su hombre, Simón. Pero en Arica, en esta ocasión, escasamente se vieron. Ella andaba detrás de los papeles de identidad de sus hijos. Él, buscando cómo ganarse la vida.

Cuando un extranjero se instala en otro país en busca de mejores oportunidades, puede ser capaz de ir a los lugares más ignotos. Al menos, eso hizo Simón y por lo mismo terminó en una “cama de espinas”.

Ese es el significado de Chapiquiña: “cama de espinas”, el nombre aimara que recibe la pequeña localidad ubicada en la comuna de Putre, a más de 100 kilómetros de Arica, hacia el interior. Allí estuvo Simón casi un año construyendo canales de regadío.

Durante ese tiempo su familia se dispersó.

Mery partió al norte a conseguir los pasaportes de sus hijos mayores, Mariela y Carlos, a quienes había ingresado al país en forma clandestina. Los llevó consigo y también a Mirza, la menor. Dejó a Paola, con ocho años, encargada en la casa de un primo de Simón, que vivía en la Población Juan Pablo II, a dos viviendas de la suya.

Había matriculado a Paola en abril de 2009 en el colegio, para que hiciera primero básico, y a la niña le iba bien. No quería que perdiera clases.

—Y agarré a la Mariela, a la Mirza y al Carlos y me fui a Oruro.

En Oruro, Bolivia, estuvo durante un mes intentando encontrar al padre de sus dos hijos mayores para que les diera el permiso para residir en Chile. Allá, dice, tenía un abogado para demandar por pensión alimenticia a Julián, pero el profesional no había dado con su paradero… o al menos esa explicación le dio a Mery.

Debe haber sido su segunda semana en Oruro cuando se encontró con un amigo policía en la plaza. “Oye, estai más joven”, le dijo él. Y también le contó que se había encontrado con su anterior pareja, quien le aseguró que le mandaba 200 dólares mensuales de pensión. “No, mentira, él no me pasa ni un centavo”, le aclaró Mery, y aprovechó de contarle sobre su nueva vida y su urgencia por conseguir los documentos de sus hijos. El amigo policía se ofreció para ser testigo y así conseguir un permiso notarial para sacar legalmente a los niños del país.

Con esa autorización, Mery pudo tramitar el pasaporte de Mariela, pero no le alcanzó el dinero para pedir el de Carlos. Al mes y dos semanas de estar en Oruro le dieron el documento, y volvió con los chicos a Arica a seguir con los trámites, para obtener la residencia. Debía legalizar unos certificados en el consulado chileno, lo que la detuvo en esa ciudad. Entonces decidió enviar a Mariela de vuelta a Copiapó, para que fuera a acompañar a su hermana Paola.

Los informes de extranjería indican que Mery cruzó la frontera con Bolivia el 11 de abril de 2009, por Tambo Quemado. Volvió a Arica el 19 del mismo mes, luego salió el 31 de octubre y volvió el 5 de noviembre. Las fechas no calzan con los recuerdos de Mery, ni tampoco con los de Simón, pero Mery conocía gente y le era factible cruzar la frontera saltándose las formalidades de inmigración. Sin embargo, lo que quedó registrado permite confirmar que entre abril y noviembre de 2009 ella transitó entre Chile y Bolivia, y que hizo los trámites de documentación.

En Arica, Mery vendía fruta en la calle, y juntaba plata para volver a Oruro. No se veían con Simón; apenas hablaban por celular cuando él bajaba los fines de semana de Chapiquiña a Putre. Y a veces se contactaba con el primo de Copiapó para preguntarle cómo estaban Paola y Mariela.

No alcanzó a advertir que sus niñitas, la Paola y la Mariela, comenzaban a entrar a un túnel de oscuridad que terminaría en el horror.

MARIELA, DESPUÉS DE LA INOCENCIA

Mariela tenía 13 años y estaba cansada de ese ir y venir de su madre. Regresó feliz a Copiapó en octubre.

—Yo quería venir porque tenía que estudiar. Después, cuando volví, no me recibieron en el colegio porque sólo me habían autorizado a ausentarme tres semanas y falté más tiempo.

En la casa del primo de Simón, donde se había quedado su hermana Paola, Mariela no se sentía en familia. Quizás influía el hecho de que ella no era hija legal de Simón, como lo era Paola. Su hermanita trataba de “tío” al dueño de casa, y lo mismo hacía con la conviviente. A los hijos de los parientes los llamaba “primos”. Para ella, en cambio, todos eran extraños.

Con esos desconocidos, que en un comienzo parecían una pareja normal, compartía el cuarto.

—Al principio dormíamos en la misma pieza, en el suelo porque no tenían más camas. Después nos pasaron a una pieza chica donde dormíamos mi hermanita y yo en una cama. Ahí empezamos a cambiar con mi hermana, ya no peleábamos tanto. La mayoría del tiempo ella pasaba en el colegio. Ella era muy solidaria y se hacía al tiro amiga de todas las personas. Yo no…

La mujer del primo de Simón le ofreció pagarle para que cuidara a su hijo, una guagua de dos años. “Me dijo que me iba a pagar como 50 mil pesos, pero me pagaba mucho menos. Se lo cuidaba cuando ella iba supuestamente a buscar trabajo, pero ella nunca encontraba. Cuando yo recibía la plata, me compraba calcetas. Un día era el 18 de septiembre y me compré jeans”.

A veces, el primo de Simón, el “tío Elvis”, como lo llamaba Paola, no iba a trabajar y se quedaba en la casa. A veces, Mariela temblaba…

La primera vez se le metió en la cama y le tironeó el pantalón del buzo con que ella dormía. La guagua, que estaba a su lado, empezó a llorar y él dejó de molestarla.

En otra ocasión la salió persiguiendo, ella cerró la puerta y puso palos para bloquear la entrada, pero él logró romper la barrera y abusó de ella.

Mariela no le contó a su hermana. “Nosotras no nos contábamos nuestras cosas, no nos decíamos nada”. Pero no eran necesarias las palabras. Paola, que sólo tenía ocho años, veía cosas… las relató más tarde, cuando ya el daño estaba instalado.

Mariela apenas hablaba con Giovana, nombre por el que conocía a la señora del “tío Elvis”, que en realidad se llamaba Dionisia Calle, como los personajes de Gabriel García Márquez.

Un día la mujer le dijo a Mariela: “Oye, vi a mi pareja tratando de manosearte”, pero no le advirtió que se cuidara, ni tampoco, al parecer, le llamó a él la atención.

Mariela empezó a sentir miedo. Un temor que se te mete en el cuerpo y no te deja en paz sino hasta que logras, a duras penas, conciliar el sueño.

Una mañana, temprano, cuando todos habían salido de la casa, el “tío Elvis” la tomó por sorpresa.

—Él se echó encima de mí, me tapó la boca y me gritó: “Vai a hacer lo que yo diga”. Me dijo que no dijera nada, menos a la Yovana. Aparte que no tenía a quién quejarme… en esa población todos eran sus parientes.

Mariela quería escapar, pero no podía dejar a su hermana.

Ese noviembre horrible, Paola comenzó a frecuentar junto a su “tía”, la mujer del “tío Elvis”, la feria del fin de semana.

Volvían a la casa cargadas con bolsas llenas de verduras.

—Yo las veía llegar y me llamaba la atención tantas cosas que compraban. Le preguntaba a mi hermanita y me respondía: “No, si las pedimos”. Después la señora (la mujer de Elvis) me quería llevar a mí a pedir, pero yo no quise porque no me gustaba andar en la calle.

Por esos días, Paola conoció en la feria a doña Leo, como la llamaban los otros feriantes. Y un día le dijo a Mariela:

—Me voy a ir a vivir a una casa linda, voy a ir a cuidar a un niñito…

UN POLLO PARA LA NAVIDAD

Las calles de Copiapó estaban llenas de adornos navideños cuando regresó Mery.

Faltaban ocho días para la Nochebuena del año 2009. Eran las ocho de la noche del jueves 17 de diciembre cuando entró con su hija menor, Mirza, a su casa de la Población Juan Pablo II.

Mariela tuvo un pálpito. Apenas se atrevía a salir a la calle, pero cruzó las dos casas que la separaban de su hogar, segura de que iría a reencontrarse con su madre.

Estaba alegre y triste pero, más que todo, rara. Esa rareza no pasó inadvertida a los ojos de Mery Canqui.

—¿Qué te pasa? —le preguntó.

—No, no me pasa nada —respondió la niña con la vista baja.

—¡Habla, Mariela! ¿Qué te pasa?

Entonces Mariela no aguantó más, venció el miedo y, llorando, le contó lo que había padecido con ese señor al que su hermanita Paola llamaba “tío Elvis”.

“¡Quiero verlo preso esta misma noche!” Fue la sentencia de Mery, siempre de escasas palabras. Era pasada la medianoche cuando llamó al 133 de Carabineros.

Al rato llegó la policía. Partieron a la casa de Elvis Bilpa Quispe, pero no encontraron a sus moradores. Llevaron luego a la niña con su madre a constatar lesiones al Hospital Regional. Ahí pidieron un peritaje médico legal.

Casi no durmieron esa noche.

Al día siguiente, Mery tenía otra misión que cumplir. Mientras se encontraba en Arica, había recibido el llamado de Paola a su celular, contándole que estaba viviendo en una casa muy linda, con una señora muy buena que se llamaba Leo. Mery Canqui tenía que conocer esa casa y saber cómo estaba su hija.

Partió con Mariela y Mirza.

—Estoy bien, me dijo la Paola. En ese momento, la señora Leonor fue amable.

Le abrió su casa grande que, ante los ojos de Mery Canqui, era un verdadero palacio comparado con la mediagua que ella habitaba. Una vivienda de población, de clase media baja, bien protegida por una reja de fierro. Entrando, a mano izquierda, estaban los dormitorios y a la derecha, el living. Más adentro se llegaba a un comedor amplio conectado a una cocina sin puerta. Desde ahí se divisaba el patio, donde estaba el lavadero y, justo al frente, una bodega. En la mesa había huevos revueltos y pan fresco para tomar el té… un lujo, apreció Mery Canqui.

Leonor le habló maravillas de lo bien que estaba la niña allí. Mery le contó que se iría a trabajar a los parronales, y “la señora” le ofreció que le dejara a las niñas.

Las menores volvieron esa misma noche a casa de su madre, pero Paola prefirió quedarse con doña Leo. Era diciembre y Mery partió a empacar uvas.

—Yo llegaba a la una o dos de la noche, porque estaba en el empaque de fruta.

El 22 llegó su hijo Carlos desde Arica.

En vísperas de Nochebuena a Mery sólo le pagaron 20 mil pesos. Esa era su preocupación, mientras el mismo día dos mujeres extrañas llegaban a su casa. Ese miércoles 23 de diciembre había ingresado a la OPD de Copiapó una denuncia del director del colegio al que acudían los hijos de Mery. La Oficina de Protección de la Infancia, el programa del SENAME destinado a proteger los derechos de los niños, tomó nota: el director del colegio aseveraba que los alumnos Pacajes Canqui (Paola y Mirza) y Ayaviri Canqui (Mariela y Carlos) no habían terminado el año escolar por las reiteradas inasistencias e incumplimiento de tareas. Agregaba el informe que Mariela se encontraba parentalizada, porque debía asumir la responsabilidad de cuidar a sus hermanos debido a las largas ausencias de la madre, que viajaba a Bolivia dejándolos solos.

Esa era la razón por la cual la psicóloga Beatriz Rojas Pérez y la trabajadora social Shirley Balcázar, funcionarias de la OPD, se apersonaron en su vivienda. Les habían encomendado investigar si efectivamente estaban siendo vulnerados los derechos de los chicos de Mery. Carlos, que se encontraba solo en ese momento, les dijo que sus hermanas andaban donde una tía (se presume que donde doña Leo) y que su madre llegaba como a las 10 de la noche porque estaba trabajando.

Luego de inspeccionar la modesta vivienda y escuchar al chico, la psicóloga y la trabajadora social hicieron un informe demoledor sobre la precaria situación habitacional de los Pacajes Canqui. Entre otras cosas, aseguraron que habían constatado que en la cocina había comida descompuesta en una olla de la cual, presumían, se había alimentado Carlos.

Al día siguiente, 24 de diciembre, Simón le mandó $100.000 por Turbus a Mery. Era su aporte para la Navidad de la familia. Pero, como era feriado, la empresa tenía su oficina cerrada cuando llegó Mery a retirar el envío.

La despensa estaba vacía. No había qué comer. ¿Qué haría con esos 20 mil pesos?

—Esa tarde salimos a comprar un pollito y lo comimos como a las siete. La Paola se quedó donde la señora Leonor.

Así pasaron la Navidad del año 2009, sin árbol de Pascua ni pesebre. Al otro día llegó Paola. Estuvo dos días con su familia y regresó donde Leonor.

—Allá tenía los regalos. La señora —como le dice Mery Canqui a Leonor, la feriante— le había comprado una mochila y un estuche completo. También le regaló una muñeca. Le dijo: “Si estás el mes conmigo, te quedas con eso”. Me sentí… engañada, porque yo no tenía plata para comprarle esos regalos.

SE ABRE UNA INVESTIGACIÓN

¿Hay algo más allá de la miseria?

Se acababa el año y la familia Pacajes Canqui no alcanzaba a dimensionar que, más allá de una triste Navidad, podía existir algo aún peor.

Ni se enteraron de que la Oficina de Protección de la Infancia había abierto una investigación que tendría insospechadas consecuencias.

El 28 de diciembre, la sicóloga y la trabajadora social de la OPD volvieron a la casa de Mery Canqui. Esta vez encontraron a Mariela, que acababa de cumplir 14 años, al cuidado de su hermanastra Mirza, de cuatro. “La niña estaba desaseada y sin almorzar”, describieron. Y Mariela les contó que había sido abusada por un vecino a cuyo cargo habían quedado con Paola mientras su madre andaba en Bolivia, a raíz de lo cual ya había una causa abierta luego de la denuncia hecha por Mery a los carabineros. En esa ocasión también supieron que Paola estaba viviendo en la casa de la feriante Leonor Villalobos Alday.

Las funcionarias de la OPD hicieron un informe lapidario, concluyendo que la madre de los chicos había sido negligente. Pidieron una medida de protección para todos los hijos de Mery y, como medida cautelar, que los ingresaran al centro Manantial “por el tiempo que sea estrictamente indispensable”.

Ese Año Nuevo está borrado en la memoria de los Pacajes Canqui. ¿Se abrazaron? ¿Brindaron? No lo recuerdan. Es posible que haya sido una noche como cualquier otra en sus vidas.

El 4 de enero de 2010, cuando Mery volvió del trabajo, se encontró con que se habían llevado a sus hijos.

Llamó, desesperada, a Simón. No comprendía lo que estaba pasando. ¿Por qué le arrebataban lo suyo, y justo ahora que había conseguido algunos de los papeles para legalizar su situación en Chile?

Quedó un poco más tranquila cuando supo que sus hijos estaban en una residencia de niños y pudo verlos. Mariela le contó que allí la trataban bien:

—Al principio tenía miedo, no quería compartir con nadie. Todos me decían: “no tienes que tener miedo”. Después les conté a ellas lo que me había pasado y me apoyaron. Ya no me sentía vieja, como grande. Empecé a ser niña, a jugar como niña, lo que nunca había hecho. Las tías nos lavaban la ropa, nosotras lo único que teníamos que hacer era nuestra cama. Me sentí feliz. Las tías me daban pastillas y a mí se me olvidó todo.

Mirza y Carlos se veían igualmente tranquilos.

Pero, ¿qué pasaba con la Paolita? ¿Por qué no la dejaron con sus hermanos?

Ese mismo 4 de enero en que se llevaron a tres de los cuatro hijos de Mery, la sicóloga Beatriz Rojas Pérez y la trabajadora social Shirley Balcázar, las mismas de la OPD, continuaron su investigación. Esta vez se dirigieron a la casa de Leonor Villalobos Alday, para cerciorarse de la situación de Paola.

A las enviadas de la OPD les cayó bien doña Leo. En el informe que hicieron de esa visita plantearon que se trataba de una mujer separada, madre de cinco hijos, nacida el 29 de julio de 1953, feriante. Expusieron que vivía en una casa cómoda con Vanessa, la menor de sus hijos, de 20 años, y su nieto de tan solo 29 días. No mencionaron que ahí también residían el conviviente de Leonor, otro hijo de Vanessa y que cada cierto tiempo llegaba Arturo, el hijo regalón de doña Leo, que en ese momento se encontraba internado en Santiago para impedirle que siguiera drogándose.

Doña Leo les contó que había conocido a Paola porque la veía frecuentemente en las ferias libres pidiendo dinero y comida, en compañía de una adulta también boliviana, y que siempre le regalaba algo de lo que ella vendía. Les relató que le daba tanta rabia, que un día decidió encarar a la mujer que iba con ella: le preguntó cómo era posible que usara a la menor para andar mendigando en la feria. Ella le contestó que la niña no era suya, sino que de una vecina que se la había dejado encargada por unos días mientras iba a Bolivia, y que no regresaba, y que ella no tenía medios para alimentarla; por eso salían a mendigar. Después de enterarse de este drama decidió cuidar a Paola y llevársela a vivir a su casa, les dijo a las profesionales de la OPD.

Y les dio detalles de cómo fue adaptándose la menor en su casa. El primer día que llegó a vivir donde Leonor “comía sin parar, mientras que lo demás se lo guardaba en la ropa. Luego, al momento de dormir, la niña se sentía muy preocupada porque la habitación que iba a utilizar mantenía los enseres adecuados para su desarrollo, cama, sábanas, televisor, ropa, zapatos, situación a la que ella no estaba acostumbrada”, precisa el informe de las profesionales.

El escrito termina señalando que Leonor Villalobos fue a matricular a Paola al colegio y que habló con el director, quien “se enteró del abandono en que los padres tenían a la niña”.

Ese documento fue pieza clave en la audiencia cautelar que se efectuó al día siguiente en Copiapó.

LA NIÑA PARA LA GUARDADORA

Una mujer humilde, de escasas palabras, con dificultad para expresarse, y más encima sola y desesperada fue la que llegó el 5 de enero a la audiencia en el tribunal de familia de Copiapó, donde esperaba recuperar a sus hijos.

Cuando le correspondió hablar, Mery Canqui sólo dijo que se oponía a la medida cautelar, y que quería que sus niños siguieran con ella. Mucha más fuerza tuvo para la jueza María José Hernández Soto el informe de las funcionarias de la Oficina de Protección de la Infancia.

En la audiencia se señaló que la madre había permanecido todo el año anterior fuera de la ciudad y que no estaba claro a cargo de quién se quedaron los niños. También se mencionó que habría una situación de abuso sexual de una de las hijas de Mery.

La curadora ad litem designada por el tribunal opinó que los niños debían permanecer en el Centro Manantial, y así se acordó. En cuanto a Paola, se dispuso que se mantuviera a cargo de Leonor Villalobos porque con ella la niña se encontraba “en adecuadas condiciones morales, sociales e higiénicas”.

A Mery, esa frase le quedó dando vueltas. Que su hija Paola pudiera estar mejor con “la señora” que con ella, que tuviera “adecuadas condiciones morales, sociales e higiénicas…” Bueno, si era así. Pero le producía desconfianza esa mujer. Había algo en ella que se le atravesó desde el primer día. Algo en sus gestos, ¿o quizás en su mirada? Lo único que quería era que Simón llegara luego y le ayudara a recuperar a sus hijos.

Doña Leo también estaba en la audiencia. A diferencia de Mery, la feriante tenía el don de la palabra, y una notable capacidad de persuasión. Ella estaba acostumbrada a mandar; Mery, a servir. Pero esas eran disquisiciones intrascendentes en la sala.

El tribunal definió que, dentro del marco de una medida cautelar, Paola quedara bajo el cuidado de Leonor Villalobos, y ordenó que la Oficina de Protección de la Infancia enviara a profesionales a hacer visitas periódicas a su casa, para constatar que la niña estuviera bien, “debiendo informar inmediatamente en caso de cualquier tipo de vulneración o amenazas para la niña”.

Una derrotada Mery Canqui abandonó ese día el tribunal de familia de Copiapó.

—¡Simón, vente pronto!

Así le dijo a su pareja no más saliendo de ese juzgado, cuando lo llamó por su celular… lo único que le quedaba.

LA CASA LINDA DE LA “MAMITA LEO”

Tres días después, el 8 de enero, la sicóloga y la trabajadora social de la Oficina de Protección de la Infancia fueron a visitar a Paola a la casa de doña Leo, en la población Balmaceda Norte. Es un sector antiguo de la zona que se ubica pasado el cordón de la Circunvalación que encierra el centro de la ciudad. Ahí viven, en su mayoría, comerciantes o trabajadores independientes que han podido adquirir casa con subsidio a la que, con los años, le han hecho ampliaciones, jardín y levantado reja.

Ahí, en la vivienda de doña Leo, las funcionarias de la OPD vieron un grupo familiar cohesionado, con buenas relaciones entre ellos. Ese día de enero llegó la hermana de doña Leonor e ingresó al dormitorio que ellas identificaron como el de Paola. Al encontrarse con la niña, “se mostró muy afectuosa y Paola se puso contenta”, describieron las visitadoras en su informe.

Doña Leo les contó que ella había tenido que hacerse cargo de las actividades diarias y propias de la niña, y que la había matriculado en el colegio. No cesaba de hablarles: que le estaba entregando nuevos hábitos de higiene, alimentación, tiempo de estudio, de la misma forma como lo hizo con sus hijas ya independientes y adultas. (Seguramente no se refería a su hija Vanessa, que vivía de allegada en su casa). Y que la chica había acatado esas normas en forma muy responsable y respetuosa.

La sicóloga entrevistó a la niña y obtuvo un dramático relato de cómo había sido testigo de la violación a su hermana.

—El Elvis jugaba mucho con mi hermana, la molestaba mucho, yo me escondía y los veía.

Cuando le preguntó a qué jugaban, ella contestó:

—A esas cosas.

No pudo especificar la acción en sí, no obstante, según describió la sicóloga, la niña (a días de cumplir los nueve años) cambió su ánimo, decayendo notablemente y denotando sentimientos de tristeza, “en donde contiene de sobremanera su emoción, logrando finalmente desborde emocional por los hechos sucedidos. Al preguntar si el indicado jugaba con ella de esa forma, la niña responde que no, puesto que cuando quiso molestarla, le enterró un lápiz muy fuerte y filudo, según su relato”.

De esa visita, la sicóloga y la trabajadora social dejaron un detallado informe, más amplio que el anterior e igualmente positivo para la cuidadora.

En esta ocasión, no obstante, aparecieron nuevos habitantes en la casa: “Doña Leonor vive junto a su pareja Miguel Rojas, 77 años, hace diez años. Él es pensionado por retiro programado en AFP Provida. Vive ahí también su hija Vanessa Cortés, su marido y dos hijos de ella”. Es decir, Vanessa ahora tiene dos hijos y no uno, y habita ahí junto a su marido, además de ambos niños.

La descripción que hacen de la vivienda es minuciosa: “La casa habitación cuenta con cuatro dormitorios, sólo ocupan tres de ellos, uno por doña Leonor y su pareja, otra por Vanessa y su grupo familiar y Paola utiliza otro. Se encuentra en buen estado de habitabilidad, presenta techo, cielo, paredes forradas, piso de tabla y cemento, cuenta con mobiliario adecuado para cubrir las necesidades de abrigo y de desarrollo normal de los integrantes del grupo familiar. Los enseres son suficientes, en regular estado de conservación. En cuanto a la cocina, se encuentra sólo con techo, paredes sin forro y piso de cemento”.

El detalle que hacen sobre el dormitorio que ocupa Paola es relevante: “Cuenta con implementos adecuados para la estadía, descanso, entretención, como también se visualiza orden, higiene y ornato”.

Es decir, la cuidadora le había otorgado a la niña una habitación exclusiva, donde tenía todo lo que necesitaba. Era el retrato de “la casa linda”.

Pero hay más en el documento elaborado por las funcionarias que supervisaban la situación de Paola.

A doña Leo la describen como “una mujer muy protectora, en donde entrega la seguridad que necesita la niña, además de constituir una figura significativa y con estrechez en el vínculo afectivo”.

Tan buena es esta señora, a ojos de las visitadoras Beatriz Rojas y Shirley Balcázar, que Paola la llama “mamita Leo” como una forma de cariño.

Y concluyen que Leonor Villalobos Alday, además de poseer los recursos materiales, “cuenta con herramientas parentales que la ayudan a mantener un estilo de crianza seguro, con límites y normas claras, entregando valores y hábitos apropiados para un desarrollo psicosocial óptimo en la niña”.

¿Podría Paola, con sus ocho años, haber caído en mejores manos?

Mery Canqui no se lo creyó. En medio de su desesperación, intuía que algo extraño había en esa “señora” a la que su hija llamaba “mamita Leo”. Pero no fue a través de sus ojos que volvió a emitir su dictamen el tribunal el 14 de enero de 2010, sino a la vista del informe que rindieron las visitadoras, y teniendo en cuenta el discurso seguro que hizo Leonor Villalobos en la sala.

Fue así que el juez Andrés Ramos determinó: “Teniendo especialmente presente que la guardadora de la niña Paola Pacajes Canqui, en su intervención ha dado suficientes garantías que a la niña se la ha resguardado debidamente en sus derechos, no existiendo ningún otro adulto responsable que pudiese hacerse cargo de los otros tres hermanos, considerando también el tiempo que la niña Paola ha permanecido al cuidado de doña Leonor Villalobos, no habiéndose hecho valer por la parte requerida nuevos antecedentes para la modificación de las medidas cautelares decretadas en la audiencia de fecha 5 de enero de 2010, compartiendo el tribunal la opinión del Consejo técnico, se resuelve: Que se mantienen en todas sus partes y en los términos consignados en la resolución del 5 de enero las medidas cautelares decretadas a favor de los niños Mirza, de 4 años; Paola, de 8 años; Mariela, de 13 (ya había cumplido los 14) y Carlos de 17”.

Mery se aferró a su celular. Sintiéndose perdida, pidió al juez que si los niños iban a quedar en un hogar especial, fuera en uno de Arica porque pretendía viajar allá en busca de trabajo. Ni siquiera eso consiguió.

Su hija Paola cumplió nueve años junto a doña Leo. Por esos días regresó Simón para seguir en su intento de recuperar a la chica. Pero Leonor Villalobos consiguió autorización para llevársela a Carrizal Bajo entre el 1 y el 28 de febrero, “de vacaciones”.

A Mery Canqui la complicaba la distancia. No quería dejar de ver a su hija, pero era difícil para ella recorrer los casi 160 kilómetros que separan Copiapó de Carrizal, en un viaje de más de tres horas por una zona que le era desconocida. Intentó explicar esto en el tribunal, y la jueza Pamela de la Peña le respondió: “Si se ha podido trasladar a Bolivia, bien puede hacerlo a Carrizal”.

Mery nunca entendió esa respuesta. ¿Cómo podía comparar sus viajes a Bolivia, la tierra donde nació, con lo que para ella significaba moverse por una ruta inimaginable a un lugar con un extraño nombre que por primera vez escuchaba?

Algo en su piel le hacía sentir que ese no era un buen destino para su hija. Experimentaba la misma sensación incómoda que le producía pensar en “la señora”, la guardadora.


CAPÍTULO 3

LA CENICIENTA

En la feria que se instala los fines de semana en Copiapó, en el límite del centro de la ciudad con el sector de las poblaciones periféricas, nadie sabe quién es Leonor Villalobos Alday. Pero si uno pregunta por “doña Leo”, no hay quién la desconozca. Es antigua en el negocio y se impone en el ambiente feriano con su lengua suelta y su vozarrón. Los sábados se instala con sus verduras casi a la entrada de la calle Lastarria, y los domingos en la avenida Circunvalación.

¿Qué habrá visto en ella la pequeña Paola?

“Doña Leo” le ofreció una vida diferente, su “casa linda”, seguridad. Y una muñeca, a ella que no tenía muñecas, sino que una hermanita menor a quien cuidar, y un papá y una mamá con largas ausencias, y un tío Elvis que hacía unos juegos tan extraños con Mariela.

¿Qué vio Leonor Villalobos en Paola?

Se vio a sí misma reflejada en la pequeña boliviana. Eso, al menos, fue lo que dijo cuando intentó obtener la tutela definitiva de la niña. Pero los hechos que ocurrieron más tarde, mostraron algo muy distinto.

Cincuenta y seis años tenía la mujer cuando se convirtió en “cuidadora” de Paola. Al relatar su infancia, contó que nació en la localidad de Domeyko, en Vallenar. Y que, por problemas económicos, sus padres la entregaron a la abuela.

Nunca le perdonó eso a su madre.

La abuela la golpeaba y la castigaba —contó Leonor—, dejándola sin comida. Le exigía robar y pedir alimentos en la calle.

A los 10 años se arrancó a la ciudad de Vallenar. Allí la acogió una señora de nombre Mercedes, que le entregó valores, afecto, alimentación y un hogar1.

A los 18 años se casó con Carlos Araya, con quien tuvo cinco hijos: Ninoska (quien murió a los 14 años, de meningitis), Carla, María, Arturo y Mauricio. Carlos Araya la golpeaba y la maltrataba cuando estaba ebrio. Un día lo abandonó y partió con sus hijos a Copiapó.

En esta ciudad, no tenía a dónde ir y fue entonces cuando conoció a Guillermo Cortés. El hombre le ofreció su hogar y con él inició una relación que duró cuatro años. Fruto de ese vínculo nació Vanessa, la hija que vive con ella. Nuevamente se repitió el cuadro de violencia intrafamiliar y alcoholismo, según Leonor, por lo cual se separaron.

En su relato a la sicóloga de la OPD, Leonor cuenta que en 1985 consiguió su casa propia y que comenzó a trabajar en la feria libre de forma independiente. Así estaba su vida, consolidada, cuando al terminar el año 2009 comenzó a ver con frecuencia a Paola en la feria, una niñita tan chica, con acento extranjero, pidiendo y sacando del suelo alimentos, aseguró.

Y dice que al observar a la pequeña recordó su propia infancia. Entonces le pidió a la mujer que la acompañaba (Yovana, la conviviente de Elvis), que le entregara a la niña. Quería darle a Paolita lo mismo que ella recibió de una extraña, la señora Mercedes, cuando se sintió abandonada: “Valores, afecto, alimentación y un hogar”.

Cinco meses llevaba Paola viviendo con la guardadora, cuando el mundo de fantasía comenzó a mostrar su lado terrenal.

LA “MAMITA LEO” TAMBIÉN SE ENOJABA

Mery Canqui y Simón Pacajes tenían entre ceja y ceja a “la señora”. Doña Leonor no les permitía ver a la niña. Habían ido a la feria a pedírselo, a suplicarle. Y ella terminaba mandándolos a cambiar.

Una vez vio Simón a su hija en el tribunal. Ella tendió a ser cariñosa, como antes, pero apenas apareció “la señora” cambió su actitud.

Después de la miseria sigue el desamparo. Así se sentían Simón y Mery: desamparados. ¿Quién podría ayudarlos a recuperar a su hija? Si al menos tuvieran la certeza de que la niña estaba bien…

La primera voz de humanidad la escucharon de Aurora Barrios, la directora del Centro Manantial, donde estaban sus otros hijos. En marzo de 2010, la funcionaria mandó el primer informe positivo de los padres, al tribunal. Dijo que habían entregado 40 mil pesos para el vestuario escolar de los niños, y que se habían hecho cargo de la compra de sus útiles. Contó que Mariela, Carlos y Mirza —los hermanos de Paola— habían mantenido el apego con los padres, “observándose durante todas las visitas la alta vinculación que los niños tienen con sus progenitores”.

Y agregó un dato importante: “Todos los niños han manifestado, en forma espontánea y reiterativa, querer ver a su hermana Paola Pacajes Canqui”.

La directora del Centro Manantial recomendó al tribunal establecer a la brevedad posible un régimen de visitas programadas al interior de este centro con Paola. Para ello, sugirió que se llevara a la niña los días sábado y domingo a las nueve de la mañana y que la retiraran a la una de la tarde. Así, podría mantenerse ligada a sus hermanos y compartir libremente con ellos.

Mery y Simón llegaron a la audiencia del 28 de abril de 2010 algo más tranquilos. Un rayo de esperanza se había abierto para ellos.

No contaban con que en esa misma audiencia se consideraría otro informe, esta vez del asistente social Marcelo Flores Olave. Este nuevo funcionario del Sename creyó en Leonor Villalobos y aseguró que la mujer se había mostrado “como un factor protector preponderante”.

Una hora duró la sesión. Al término de ella, la jueza Macarena Navarrete dictaminó que a la fecha los padres no contaban con las condiciones psicológicas, sociales y económicas para asumir los cuidados integrales de todos sus hijos. Ante ello, propuso que Mirza, Mariela y Carlos permanecieran en el Centro Manantial y que Paola siguiera bajo la responsabilidad de Leonor Villalobos Alday, “haciéndose cargo de su cuidado personal, debiendo ejercer de forma adecuada y efectiva control sobre la niña”. La medida tendría un plazo de un año, que podría ser renovado si no se modificaban las condiciones de los padres.

Asimismo, dispuso que todo el grupo familiar y Leonor Villalobos, ingresaran a un programa de diagnóstico e intervención en el Programa de Intervención Breve (PIB) Horizonte, a objeto de que ahí efectuaran una evaluación en profundidad de todos los involucrados en la causa.

La jueza pidió que el PIB Horizonte trabajara con la familia “para modificar la situación actual de abandono de los niños y que se refuerce la situación tanto escolar y vinculación con la madre y padre y evitar comisión de conductas relacionadas con la vagancia u otras parecidas… debiendo supervisar que el niño Carlos Ayaviri Canqui permanezca bajo el tratamiento en Coanil y asimismo su asistencia a la escuela especial atendida su psicomotricidad”.

Al menos, el tribunal tuvo en cuenta la sugerencia de la directora del Centro Manantial y dispuso que los sábados y domingos de cada semana, Mery y Simón deberían ir a buscar a Paola a la feria donde trabaja Leonor, a las nueve de la mañana, para llevarla a Manantial junto a sus hermanos. Leonor Villalobos debía retirarla de ahí a las seis de la tarde.

Esta vez, la altiva Leonor salió enojada. Ella quería ser guardadora de Paola, pero que no la obligaran a ir a sesiones especiales, ni llevar a la niña para que se encontrara con sus parientes. Ya bastante tenía con los problemas en su propia familia, pensó.

Es posible imaginar a Paola esperando inquieta en la casa de su guardadora. Siempre les pedía a sus padres que no pelearan con Leonor, porque después andaba enojada. Seguramente sabía que si la “mamita Leo” quedaba disconforme, llegaría rabiosa y eso les afectaría a todos en la casa. Y “todos” eran muchos. Muchos más de los que habían censado los visitadores del SENAME. Bien lo sabía ella, que muchas veces debía ayudar a lavar los platos. Si es que no tenía otras tareas que hacer, como cuidar a Benjamín, la guagua de cinco meses de Vanessa. Cuando se fue a vivir con doña Leonor, a Mariela le dijo que iría a cuidar a un niñito enfermo.

En efecto, Benjamín nació con cardiopatía e hidrocefalia. Requería de cuidados especiales permanentes.

¿Qué vio Leonor Villalobos en Paola, cuando en la feria de la calle Lastarria le dijo a la boliviana que la acompañaba que se la entregara? ¿Habrá sacado cuentas y calculado que la niña podría cuidar a su nieto enfermo, y así Vanessa al fin saldría a buscar trabajo y no se pasaría todo el día en la casa?

La vida le había enseñado a Paola a ser una niña agradable para los demás. A no dar problemas. Era cariñosa, atenta, de buen carácter. Sabía cuándo debía pasar inadvertida, y cuándo hacerse notar. Y eso que acababa de cumplir nueve años. Se los celebraron donde la “mamita Leo”, cuestión que no ocurría en su familia. Y hasta le hicieron regalos.

Pero Paola puede haber percibido, en forma casi inconsciente, que nada era gratis. Y que si quería seguir siendo aceptada donde doña Leonor, tenía que llevarse bien con toda la gente que entraba y salía en esa casa. Porque estaban el señor Miguel, conviviente de la mami Leo; los tíos Carlos y Guillermo, ex parejas de Leonor, que a veces aparecían; Vanessa y su compañero, que también se llamaba Miguel; los dos hijos de Vanessa; el vecino que trabajaba con Leonor, al que le decían Enry y que era como parte de esa familia; y Arturo, el hijo de la “mami Leo” que de repente llegaba de Santiago y se quedaba por tanto tiempo…

La mamita Leo la tenía advertida: nada de ir con cuentos donde sus papás, porque Diosito la iba a abandonar, y ella también, y tendría que volver a estar sola porque sus papás se iban a ir y la dejarían de nuevo, les confidenciaba a las asistentes sociales.

A veces, Paola se divertía. Jugaba con Damaris, la hija de Vanessa que tenía cinco años y a quien también debía cuidar. Damaris tenía un cuarto lindo. ¿Le advirtió, acaso, la mamita Leo que cuando fueran las visitadoras del SENAME tenía que decir que ésa era su pieza?

LA ÚLTIMA VISITA DE LA SEÑORITA SHIRLEY

Cada cierto tiempo llegaba la asistente social Shirley Balcázar, de la Oficina de Protección de la Infancia, al hogar de Leonor Villalobos. La dueña de casa era atenta con ella. Siempre tenía historias que contarle. Le hablaba de los avances de Paola en sus estudios, y de cómo la niña ya se había incorporado totalmente como una más de su familia.

—Ven, Paola, ven. Cuéntale a la señorita Shirley cómo estás.

Y la chica, que sabía cómo agradar a la mamita Leo, le comentaba a la asistente lo bien que la trataban en esa casa.

La señorita Shirley escribió en su informe del 26 de julio de 2010 que doña Leonor Villalobos ejercía el cuidado responsable de la niña. Que cumplía un rol educador, de protección y de mantención económica.

De lo último, a nadie le podía caber dudas. Es que Leonor Villalobos era el sostén de todos los que vivían bajo ese techo y para ello tenía que trabajar duro. Por eso, cuando llegaba a su casa los demás debían servirla. La mujer se instalaba en la mesa del comedor. Pedía los fósforos y el cenicero y, mientras le preparaban el té, se ponía a fumar y a sacar cuentas.

Otras veces gritaba. Había que poner orden en esa casa donde todos dependían de ella.

De acuerdo a los relatos de las asistentes sociales, a veces Paola se colgaba de su cintura, como haciendo un trencito, y la seguía por la casa. La niña buscaba su cariño y es posible que en algún momento Leonor se enterneciera ante la inocencia. Capaz que hasta fuera cierto que de alguna manera viera reflejada su infancia en la de Paola. Pero, si era así, ¿por qué la hacía trabajar tanto, siendo tan niña? ¿Por qué si Benjamín se caía, la culpaban a ella? ¿Si la Damaris estaba mañosa, la tía Vanessa se enojaba con ella? Paola prefería encargarse de los chicos para que no hubiera tanta pelea en la casa. Eso sí que la asustaba.

—Ven, Paola, muéstrale tus notas a la señorita Shirley.

La asistente social apuntó en su reporte: Tres anotaciones positivas. Por cooperadora, por esforzada, por ser responsable con sus materiales de estudio y por sus esmeros en la realización de actividades escolares.

La niña estaba cursando segundo básico y, según el informe, presentaba buen rendimiento escolar, excepto en Lenguaje y Matemática, con promedio 4,4 y 4,6.

Sin embargo, es curioso que la asistente social no haya advertido que el año anterior la chica terminó el primero básico con un 6,6 de promedio, muy superior a la media de su curso. Y ahora, en cambio, sus notas habían bajado.

Pero Shirley especifica, en su informe del 26 de julio de 2010, que en la familia de doña Leonor le entregaban el apoyo y hábitos de estudio para mejorar la situación2.

Por ese tiempo, Paola había comenzado a frecuentar a su familia los sábados y domingos en el centro Manantial, donde estaban internos sus hermanos.

Un día Leonor se quejó con la asistente social: le dijo que los padres de Paola no cumplían los horarios establecidos, y que en dos ocasiones no llegaron a buscarla. Y que por eso ella no envió a la semana siguiente a la niña a encontrarse con sus padres y hermanos.

Fue toda una declaración de guerra entre los Villalobos y los Pacajes Canqui.

Simón partió a la feria a enfrentar a Leonor:

—¡Usted, iñora, me tiene que pasar a la Paola!

Quién sabe qué más le dijo y qué le respondió doña Leo, a quien nadie le levantaba la voz.

Leonor Villalobos no se quedaría de brazos cruzados. Cuando le contó este incidente a la visitadora social, le dijo que después de estos hechos la niña presentó problemas de salud y que por eso dejó de enviarla a los encuentros con su familia.

La directora del Centro Manantial no le creyó. Le pidió un certificado médico para corroborar la inasistencia de la hija de los Pacajes Canqui.

—Paola, cuéntale a la señorita Shirley los problemas que tienes el fin de semana, cuando vas donde tus papás.

Shirley Balcázar informó que la niña le había manifestado que no podía hacer sus tareas los fines de semana, y que sus papás hablaban mal de la “mamita Leo”.

También le dijo que en varias salidas la habían llevado a la casa de la población Juan Pablo II, cuestión que, según la visitadora, a Leonor Villalobos la tenía sumamente preocupada porque sabía que el hombre que había abusado de la hermanastra de Paola vivía casi al lado.

A raíz de ello, la asistente social fue a visitar la vivienda de los Pacajes Canqui. Cuando llegó, encontró a Simón con su hija menor, Mirza, que había sido autorizada por la directora del centro Manantial para estar con su padre ese fin de semana. Mery, le dijo Simón, andaba en Arica realizando trámites. Fue lo que informó de esa visita la asistente social.

También detalló en su reporte que tomaron contacto con Germán Valderrama, el director de la escuela a la que asistía Paola, y que el hombre les contó que los padres habían llegado al colegio a ver a la niña, pero que él no los autorizó. Por ese tiempo, la apoderada era Leonor Villalobos.

Pero, ¿qué movía a Leonor Villalobos? ¿Qué pasaba en su psiquis?

Cuando la sicóloga Carla Zepeda, del Programa de Diagnóstico DAM Copiapó, la entrevistó al comienzo del proceso legal, reparó en que Leonor frenaba sus emociones e impulsos. Su interpretación fue que la mujer mostraba este rasgo “debido al impacto afectivo que le resulta muy intenso, reprimiendo los afectos con el fin de recibir adecuadamente las demandas emocionales del medio”. Concluyó que necesitaba controlarlas con el fin de reaccionar de forma asertiva hacia su medio, “lo cual la lleva a mantener un excesivo control y falta de espontaneidad”.

Al evaluar el lenguaje de la guardadora, la profesional sentenció: “Discurso reflexivo y un lenguaje claro y fluido, evidenciando coherencia durante todo el proceso de evaluación. Muestra afectación emocional al referirse a las situaciones que presentaba Paola, proyectándola a su niñez”.

Paola era una niña inteligente, de acuerdo a los informes que hicieron las sicólogas y según advirtió su madre, Mery. Seguramente se daba cuenta de que la “mamita Leo” se comportaba en forma distinta cuando estaba la sicóloga. Pero si lo pensó, fue un secreto que se llevaría a su tumba. Al menos, la mamita Leo le daba techo y comida… y a veces hasta le compraba regalos.

Cuando tenía pena, quizás, pensaba en su madre, que la había cargado a sus espaldas hasta después que aprendió a caminar. Y tal vez recordaba la risa de su papá Simón. ¿Por qué la habían dejado sola? Eso la confundía y así lo manifestó en sus reuniones terapéuticas.

También echaba de menos a sus hermanos. Pero cuando los iba a visitar al hogar donde estaban viviendo, peleaban, según contaron sus hermanas Mirza y Mariela. “Es que no le gustaba que le hicieran preguntas”, cuenta Mariela. No quería contarles cómo transcurría su vida en la casa de Leonor. Además, se veían tan unidos, y ella se sentía como aparte.

No, la Paola no quería estar sola. Necesitaba arrimarse a alguien que viera fuerte, la guardadora, esa mujer que, a ojos de la señorita Shirley, “contaba con recursos personales y emocionales para satisfacer las necesidades de Paola Pacajes, y que se presentaba como un referente de protección”.

Pero la sicóloga Carla Zepeda alcanzó a advertir un hecho inquietante cuando evaluó a Leonor Villalobos: “En el proceso evolutivo se consigna la obstaculización que presenta la señora Leonor para que la niña mantenga una correcta vinculación con sus hermanos, y su falta de interés porque esta situación mejore”.

Otro dato que le llamó la atención fue que Leonor dijera desconocer información relevante, como el nombre de la madre de Paola, teniendo en cuenta que en su relato dijo comunicarse en varias ocasiones con ella. “(Es) Importante señalar que la evaluada dé una solución al impedimento que presenta para que Paola interactúe con sus hermanos, siendo esto esencial para la mantención de los vínculos familiares de la niña, necesarios de reforzar”3.

El mes de julio fue el último en que la señorita Shirley visitó la casa de Leonor.

Ya comenzaban a asomarse aspectos inquietantes de la situación de Paola con su guardadora, que quedaron al descubierto cuando, a partir de agosto, el PIB Horizonte de Copiapó se hizo cargo de apoyar sicológicamente a la familia Pacajes Canqui, con atenciones personales y visitas domiciliarias.

En agosto, Simón Pacajes volvió a quedar sin trabajo a raíz de un hecho que estremeció al mundo.

CUANDO SE CERRÓ LA MINA SAN JOSÉ

Simón estaba poniendo todo su empeño para recuperar a sus hijos. Juntaba dinero para arreglar su casa, para que cambiara ese aspecto de mediagua que habían cuestionado las funcionarias de la Oficina de Protección de la Infancia, y para darle un mejor vivir a su familia. Tenía un empleo como transportista en la mina San José, a 45 kilómetros de la ciudad de Copiapó, cuando el 5 de agosto de 2010 se produjo el derrumbe que dejó atrapados a 33 mineros, 700 metros bajo tierra.

Inmediatamente se detuvieron las faenas de la mina y durante dos meses y ocho días Copiapó pareció paralizarse en torno a la tragedia. Un drama que golpeó directamente a Simón Pacajes no sólo porque ocurrió en la mina donde trabajaba, sino porque Carlos Mamani, uno de los 33 atrapados, era primo suyo.

Los únicos que ganaron fueron los comerciantes que se instalaron a proveer a la multitud de periodistas que desde todas partes del mundo llegaron a reportear la noticia, incluyendo la cadena de televisión árabe Al Jazeera.

Copiapó se había convertido en el epicentro donde todos miraban, especialmente el Presidente de la República, Sebastián Piñera, que no cesó en buscar todas las ayudas y los apoyos necesarios para salvar a los mineros sepultados en vida.

La madrugada del 13 de octubre de 2010 se produjo el más grande y más exitoso rescate de la historia de la minería a nivel mundial. El momento lo vieron más de mil millones de telespectadores y se convirtió en el evento con mayor cobertura mediática, sólo superado por el funeral de Michael Jackson en 2009 y por la misión del Apolo XI en 1969.

Mery y Simón estaban aún más contentos que casi todos en Chile, porque se había salvado su primo. Pero ese mismo día supieron que la compañía San Esteban, dueña de la ahora famosa mina de oro y cobre, no volvería a funcionar. Nuevamente, el padre de Paola quedaba cesante.

La noche se les vino encima. Los niños seguirían bajo las medidas de protección dispuestas por el tribunal, mientras la situación económica de los padres no repuntara. Mery Canqui partió a Arica a buscar trabajo con la intención de no volver hasta conseguir el dinero suficiente para recuperar a sus hijos. La relación no andaba bien con Simón: ambos se culpaban por la dispersión de la familia.

La audiencia de revisión de la medida quedó fijada para el 10 de noviembre de 2010. Un mes antes, el PIB Horizonte informó al tribunal que habían tomado contacto con Mery en Arica, y que se le sugirió regresar a Copiapó. También entrevistaron a Simón, quien se mostró dispuesto a hacer todo por recuperar a los niños. Por lo mismo, decidió participar en el PIB Horizonte, donde debía asistir a terapia y a sesiones de orientación.

Mery escuchó los consejos del Programa Horizonte y volvió para seguir luchando por sus hijos.

Durante una larga sesión con la asistente social Gladys Ariela Hube, Simón le contó que añoraba ver a su hija, pero que cada vez se le hacía más difícil porque la guardadora de la niña no lo dejaba acercarse.

Precisamente esa tarde, Gladys Hube iría a visitar a Paola. Simón le pidió acompañarla. Le dijo que sólo quería saber cómo estaba su hija, que no quería molestar. A lo mejor podría saludarla.

Cuando llegaron donde Leonor, la mujer los recibió de forma poco gentil.

—¿Está la niña? —preguntó la asistente social.

—Él —respondió Leonor mirando a Simón— no tiene nada que hacer aquí. Y usted no tiene autorización para hacer visitas a mi casa, ni controlarnos.

—Mire, no queremos molestarla, usted está en su casa, pero sí debo ver a la niña.

Gladys Hube debió imponerse. Le pidió a Simón Pacajes que esperara afuera y entró a la casa de Leonor.

—¿Y el resto de la familia? —consultó la asistente social. Cuestión que de inmediato frenó en seco Leonor Villalobos:

—Usted no tiene por qué meterse, su deber es sólo ver a la Paola así que limítese a eso.

Eran las 18:40 horas de ese día de visita, en agosto. Llegó al patio de la casa y vio a Paola con las manos en una batea lavando ropa. La niña llevaba una polera de manga corta y la asistente social recuerda que el atardecer estaba helado. Pero lo que más la inquietó fue que Paola tenía la ropa y los zapatos mojados.

Gladys Hube enfrentó a la cuidadora:

—¿Por qué la niña está lavando ropa? Esa no es una tarea para una menor. Usted tiene que preocuparse de cuidar y proteger a Paola, no pedirle que haga trabajos de adulto.

—Yo le estoy enseñando a hacer tareas de mujeres —rebatió Leonor, abiertamente ofuscada.

La asistente social le preguntó, por qué la niña había faltado a las visitas con su familia en el centro Manantial y a sus actividades en el PIB Horizonte. Leonor Villalobos le contestó que Paola había estado resfriada.

BROTES DE PRIMAVERA

La primavera sacó a flote, ese año 2010, los sentimientos guardados en el alma de Paola. En una conversación con la psicóloga Carolina León, del PIB Horizonte, la niña le confesó que se sentía abandonada por sus padres y que no quería volver con ellos hasta que estuvieran bien.

—¿Qué significa que estén bien, Paola?

—Que tengan una casa segura para nosotros, para que podamos estar con mis hermanos… Mis hermanos no me quieren, pelean conmigo. Mi papá me reta porque me echa la culpa cuando peleo con la Mirza.

—¿No quieres vivir nunca más con tus padres, Paola?

—Sí, pero que no me vuelvan a abandonar…
















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