Anagramas
Lorrie Moore


Benna Carpenter es cantante en un club nocturno y rehúye de su vecino Gerard, que la ama con locura. Benna Carpenter es profesora de aerobics para ancianos, le detectan un bulto en un pecho, escribe errados anagramas y está enamorada de Gerard, un músico que le rompe el corazón reiteradamente. Benna Carpenter es profesora universitaria, tiene una hija imaginaria y un amigo íntimo, Gerard, de quien descubre un poderoso secreto cuando ya es demasiado tarde. En Anagramas, su primera novela, Lorrie Moore despliega un agudo sentido del humor y un delicado manejo del lenguaje que serán característicos de toda su obra, y construye una suerte de laberinto de espejos que reflejan otras vidas posibles en una solapada estrategia para combatir la soledad y el abandono. Como si la vida no fuese otra cosa que intentar todas las combinaciones posibles con las letras que a cada uno le tocaron en gracia.












Anagramas

LORRIE MOORE

Básicamente, me di cuenta, estaba viviendo en esa espantosa etapa de la vida que va desde los veintiséis a los treinta y siete años conocida como estupidez. Es cuando no sabes nada, sabes incluso menos de lo que sabías cuando eras más joven, y ni siquiera tienes una filosofía sobre las cosas que no sabes, algo que sí tenías a los veinte y que volverás a tener a los treinta y ocho. Aunque intentaste ciertas cosas.

Benna Carpenter es cantante en un club nocturno y rehúye de su vecino Gerard, que la ama con locura. Benna Carpenter es profesora de aerobics para ancianos, le detectan un bulto en un pecho, escribe errados anagramas y está enamorada de Gerard, un músico que le rompe el corazón reiteradamente. Benna Carpenter es profesora universitaria, tiene una hija imaginaria y un amigo íntimo, Gerard, de quien descubre un poderoso secreto cuando ya es demasiado tarde.

En Anagramas, su primera novela, Lorrie Moore despliega un agudo sentido del humor y un delicado manejo del lenguaje que serán característicos de toda su obra, y construye una suerte de laberinto de espejos que reflejan otras vidas posibles en una solapada estrategia para combatir la soledad y el abandono. Como si la vida no fuese otra cosa que intentar todas las combinaciones posibles con las letras que a cada uno le tocaron en gracia.

Hilarante, chispeante y muy tierno, Anagramas es el trabajo de un talento sobresaliente.

The Independent


Anagramas

LORRIE MOORE

Traducción de Cecilia Pavón









Índice




Cubierta (#u009429b4-d662-5f21-87fd-caac8e36c06a)

Sobre este libro (#ue0561888-43bf-5f12-9980-05c99d2a8eed)

Portada (#u0de20463-d351-5aec-a08f-76a2b00120e1)

Agradecimientos (#u2bbd76dc-51cb-5af3-b4ef-10fbef78953c)

Epígrafes (#u4b684c60-d81b-5895-984c-6d702c4bfc26)

1. Escape de la invasión de los asesinos del amor (#u356c4e79-ae7d-5797-a786-00546a5ff7d4)

2. Cuerdas demasiado cortas para ser usadas (#u8edcec19-1f57-54e1-bdf2-c74ffcd28572)

3. Venta de garaje (#ufde81c78-9b2b-5de2-acb9-d80e99b3efb0)

4. Agua (#litres_trial_promo)

5. La novicia da (#litres_trial_promo)

Sobre la autora (#litres_trial_promo)

Página de legales (#litres_trial_promo)

Créditos (#litres_trial_promo)





AGRADECIMIENTOS


Por su ayuda y su apoyo, agradezco a las siguientes personas: Victoria Wilson, Melanie Jackson, Joe Bellamy, Alison Lurie, Richard Estell, Margaret Moore, Mike Sangria, Sheila Schwartz, Gary Mailman, Kelly Cherry (y su máquina de escribir), Ron Wallace y mis padres. Mi agradecimiento también para Yaddo, donde escribí parte de este libro.


La palabra mamut deriva del término tártaro mamma que significa “la Tierra”… Por esta razón, algunos creyeron que la gran bestia vivía debajo de la tierra y cavaba madrigueras como un gran topo. Y estaban seguros de que moría cuando salía a la superficie y respiraba aire fresco.

ROY CHAPMAN ANDREWS,

All About Strange Beasts of the Past

Diré esto con un suspiro…

ROBERT FROST,

“El camino no tomado”

No creo que haya nada para mí en el bolso negro.

JUDY GARLAND, El Mago de Oz




1. ESCAPE DE LA INVASIÓN DE LOS ASESINOS DEL AMOR


Gerard Maines vivía en el mismo piso que una mujer llamada Benna, quien luego de pasar cuatro minutos en cualquier conversación, siempre lograba decir la palabra pene. Él no era un mojigato, pero de todas formas sentía vergüenza al escucharla. Trabajaba todo el día con niños, les enseñaba un tipo de aerobics, y el lenguaje más extremo que solía escuchar le parecía estar en código, hecho de acrónimos o quizás, incluso, en alemán –bu bu, funky, pinik–, palabras cuyo significado era difícil de descifrar incluso en contexto, y que por esa razón no presentaban ningún peligro para él. Sospechaba que esto no era algo distinto a esos conocidos suyos que odiaban las traducciones de las óperas. “Créeme”, solían explicar, “realmente no quieres saber qué están diciendo”.

Hoy, Gerard y Benna estaban hablando sobre las familias.

–Los padres y los hijos –dijo ella– son como los gobiernos: siempre están usando sus penes como espadas.

–En serio –dijo Gerard, sentado en la mesa de la cocina de ella, y sorbió un poco de cerveza sin alcohol como desayuno. Se tocó la barba como un hombre tratando de decidir.

–Pero yo qué sé –Benna sonrió y se encogió de hombros–. Crecí en un tráiler. No es como una verdadera familia con una casa. –Esa era su excusa para todo, su propio estribillo de autocrítica; había crecido en un tráiler en el estado de Nueva York y por eso no estaba calificada para opinar sobre ninguno de los temas sobre los que se seguía pronunciando.

Gerard tenía su propia línea de autojustificación:

–Yo hice de retardado en la obra de mi padre.

–¿Fuiste un retardado en la obra de tu padre?

–Sí –dijo, y se dio cuenta de que cuando uno se enfrentaba con las grandes preguntas de la vida y no encontraba grandes respuestas, debía conformarse con respuestas pequeñas, improvisadas, de la misma forma en que en un día cualquiera una persona tiene que comer al menos algo, aunque no sea maravilloso y grande–. Escribía obras de teatro en nuestro pueblo. Él también elegía el elenco y realizaba la dirección. Fue más difícil vivir el resto de la vida después de eso.

–Debe haber sido horrible para ti –dijo Benna mientras servía más cerveza sin alcohol en los dos vasos.

–Sí –dijo. Él la amaba mucho.



Benna cantaba en clubes nocturnos. Cuatro noches por semana, se ponía un vestido corto negro y lo que ella cansinamente llamaba sus zapatos “Joan-Crawford-atrápame-poséeme”, y salía a cantar por los diferentes bares de Fitchville. A veces, Gerard iba a verla y a beber demasiado. En el escenario, bajo el reflector, ella le parecía irremediablemente bella, una estrella; sus alhajas de vidrio le lanzaban quásares al público, su risa retumbaba en el micrófono. Había visto a otros hombres enamorarse de ella; conocía la mirada jactanciosa, los tragos gratis enviados entre canciones: él mismo lo había hecho. A veces, se quedaba durante los tres sets y le compraba una hamburguesa al final, o la llevaba a casa. Otras veces, cuando había mucha gente, se la dejaba a los fans –los hombres de negocios con corbatas flojas, las adolescentes del pueblo que la idolatraban, los músicos que contrataba para tocar con ella–, y volvía a casa y se sentaba en la bañera vacía, con la ropa puesta, y esperaba. Sus departamentos tenían una disposición que les hacía compartir la pared del baño, y Gerard podía quedarse allí, en su bañera, esperando a que ella volviera a las dos de la mañana para escucharla hacer pis, escuchar el ruido del papel higiénico desenrollarse, el resorte metálico lanzando la descarga en el inodoro, el deslizarse de la puerta de la ducha, el chorro, la lluvia, el sisear del agua. A veces, la llamaba a través de los azulejos. Ella cerraba la ducha y le gritaba:

–Gerard, ¿me estás hablando a mí?

–Sí, te estoy hablando a ti. No, le estoy hablando a Zero Mostel.

–Escucha, estoy cansada. Me voy a acostar.

Una vez, volvió a casa a las tres de la mañana, completamente borracha, y le tocó la puerta. Cuando él le abrió, estaba apoyada contra el marco, con los ojos cerrados y los zapatos en la mano.

–Gerard –dijo arrastrando las palabras–, ¿harías el amor conmigo? –y entonces se deslizó hasta el piso y se desmayó.

Todas las mañanas, se bajaba un pack de seis cervezas sin alcohol.

–Es que soy viuda –decía, y luego hablaba rápidamente sobre un marido, un abogado que había muerto en un accidente de auto.

–Eres tan joven –murmuraba Gerard–, debe haber sido devastador.

–No –exhalaba, y después cantaba mientras pelaba una naranja–: Oh, qué hermosa mañana –solo esa línea–. No lo sé –decía, y se encogía de hombros.



Cerca de su edificio de departamentos había un gran campo de béisbol que raramente se usaba. Desde su living, Gerard podía ver el viejo marcador del campo, podrido, erosionado como una madera arrastrada por el agua y con la pintura descascarada, pero que todavía mostraba su escritura discernible y prolija: LOCAL y VISITANTE. Cuando se mudó al departamento, esas palabras parecían burlarse de él –puntuando y enfatizando su propio desplazamiento y soledad– hasta el punto de tener que cerrar las persianas para no verlas.

Sin embargo, ahora, cada tanto, tarde por la noche, solía caminar hasta el campo de béisbol y cuando era verano y hacía calor, se acostaba boca arriba sobre el pasto, a la izquierda del montículo del lanzador, y contemplaba el cielo. Era importante marearse con las estrellas, pensaba. Con demasiada frecuencia uno hasta se olvidaba de que existían. Podía observar una estrella, una estrella brillante y nerviosa, durante tanto tiempo que todas sus entrañas parecían de repente salir disparadas hacia el cielo para encontrarse con ella. Era como lo que sentía de niño cuando jugaba al béisbol; se concentraba tanto en la bola lanzada que, en el momento crucial, el bate parecía saltársele de las manos con un sonido seco para encontrarse con la bola en el medio del aire.

De adulto, rara vez tenía esos momentos de conexión, aunque los que había tenido últimamente habían sido en gran parte con los niños a los que les daba clase. Les había estado mostrando cómo estirarse y luego tocarse la punta de los pies –como árboles, les decía–, y cuando finalmente puso música y les pidió que lo hicieran, los ojos de ellos gritaron: “¡Mírame, lo estoy haciendo!”. El vínculo repentino que se creaba entre ellos tenía la misma magia que un home run. Cada vez se convencía más de que era solo a través de los niños que uno podía volver a conectarse con algo, que en esta vida era solo a través de los niños que uno podía llegar a casa, volverse un hogar, dejar de ser un visitante.

–Muchacho, sí que eres sentimental –le dijo Benna–. Siento que estoy en una película de Shirley Temple.

Benna era una mujer que sabía que estaba ovulando porque soñaba que corría por pasillos para tomar trenes; también era una mujer que decía que no deseaba tener hijos. “Vi a mi amiga Eleanor dar a luz”, decía. “Cuando ves a un niño nacer te das cuenta de que un bebé no es más que un sándwich de jamón y queso reconstituido. Solo un pequeño anagrama de ti y de lo que has estado comiendo durante nueve meses”.

“Pero mira las estrellas”, quería decirle él. “¿Cómo hace uno para llegar allí?”. Pero luego la recordaba cantando en el bar del Ramada Inn, sus diamantes falsos brillando en la oscuridad del lugar, y pensaba que de alguna forma ella ya estaba allí.

–Dime por qué no quieres tener hijos –le preguntó Gerard. Hacía poco, se había permitido fantasear durante una semana completa con la idea de tener una familia con Benna, aunque ella no había demostrado ningún interés real en él después de aquella noche en su puerta, y en general salía con otros hombres. A veces, él los escuchaba subir y bajar las escaleras con un ruido sordo.

–Ya me conoces –dijo–, crecí en un tráiler. Tu propio padre te hizo un retardado. Tú dime por qué quieres tener hijos.

Gerard pensó en el pequeño niño sordo de su clase, un chico llamado Barney que hoy había dicho en voz alta, con su lenguaje embrollado y falto de consonantes: “Por favor, Mr. Maines, cuando esté parado detrás de mí, ¿puede zapatear más fuerte?”. La única forma en que Barney podía escuchar la música y el ritmo era a través de las vibraciones en el piso. Gerard sonrió con bondad y dijo: “Por supuesto, jovencito”, y algo corrió y después se aquietó en su corazón.

–A veces pienso que sin niños somos bestias o polvo. Que somos como algo perdido en el mar.

Benna lo miró y parpadeó, tenía los ojos hinchados como por una alergia. Tomó un gran sorbo de cerveza sin alcohol, lo tragó y se encogió de hombros:

–¿Sí? –dijo–. Creo que estoy exhausta de tanto trabajar.

–Sí, bueno –dijo Gerard, intentando expresar algo más ligero–. Supongo que por eso le dicen trabajo. Supongo que por eso no le dicen ping pong.



–¿Qué miras? –Gerard había golpeado a su puerta y había entrado. Benna estaba acurrucada en el sofá debajo de una manta mirando televisión. Gerard intentó sonreír, lo había estado practicando, debía sentir el aire en sus dientes, las mejillas tenían que inflárseles y entrar en su campo de visión, sus orejas, elevarse levemente a los costados de su cabeza.

–Algo de ciencia ficción –dijo ella–. Escape de algo. O quizás sea invasión de algo. No recuerdo.

–¿Quiénes son esos personajes con bordes de neón? –preguntó mientras se sentaba junto a ella.

–Esos son los asesinos del amor. Te aman y después te matan. Son de otro planeta. Supuestamente.

Gerard miró el rostro de Benna. Estaba pálida, sin maquillaje, y los ángulos de sus pómulos parecían huesos exquisitos. Su cabello, atado con una banda elástica, brillaba rojizo con la luz de la lámpara. Así como estaba, envuelta en una manta que tenía signos elocuentes de pelo de perro y manchas de café, Gerard sintió más que nunca ganas de abrazarla. Y en una especie de impulso fuera de sí, se inclinó sobre ella y la besó en la boca.

–Gerard –dijo ella, mientras se alejaba levemente de él–. Me gustas mucho, pero no me estoy sintiendo muy sexual últimamente.

Gerard pudo sentir la sequedad de los labios de ella sobre los de él, que seguían ahí, como un fantasma de diez segundos.

–Pero sales con hombres –insistió, y al instante odió el tono de su propia voz–. Los escucho.

–Mira. Ahora estoy atravesando la vida sola –dijo Benna–. No puedo pensar en hombres, ni en penes, ni en matrimonio, ni en hijos. Trabajo demasiado. Ni siquiera me masturbo.

Gerard se hundió en el sofá con ganas de decir algo desagradable, algo de lo que mañana tendría que disculparse. Lo que dijo fue:

–¿Acaso necesitas un público para todo? –Y sin esperar una respuesta, se paró y volvió a su departamento, donde el cartel de LOCAL y VISITANTE, como un juego amañado y milenario, se burlaría de él incluso con las persianas bajas. Se puso de pie y cruzó el pasillo en dirección a su casa.




2. CUERDAS DEMASIADO CORTAS PARA SER USADAS


A pesar de que estaba entre dos trabajos y temía quedar atrapada en las grietas y las pausas de dos seguros de salud diferentes, me sentí contenta cuando me dijeron que tenía un bulto en un pecho. Yo lo había descubierto por mi cuenta durante una revisación casera, había contado hasta veinte y había vuelto a palparlo, y a pesar de que Gerard no paraba de decir “¿Dónde? ¿Ahí? ¿Es eso a lo que te refieres? Parece algo muscular”, yo se los mostré.

–Sí –dijo la enfermera–. Sí, hay un bulto en su pecho.

–Sí, es así –dijo el cirujano parado junto a ella como un padrino de boda.

–Gracias –dije–. Muchas gracias. –Me incorporé y me vestí. El cirujano tenía fotos de su esposa e hijos en la pared. Todos los miembros de la familia parecían alumnos de escuela secundaria, bellos y jóvenes. Miré las fotos y pensé: ¿Y? Me puse los zapatos y me subí el cierre, intentando no sentirme un poco como una prostituta.

Esta es la razón por la que me alegré: el bulto no era simplemente un punto para centrarme en mi autoconmiseración; era también una batería que me propulsaba, que me fortalecía: exactamente mi propia cita con la muerte. Era algo que me anclaba y me volvía más profunda, como un secreto. Empecé a sentirlo cuando caminaba, saliendo justo de mi axila: evidencia dura y dolorosa de que yo era realmente una santa llena de ampollas, un ángel sangrante. Al menos se había confirmado: mi vida era tan complicada como yo siempre lo había sospechado.

–Es verdad, está ahí –le dije a Gerard cuando volví a casa.

–¿Quién está ahí? –murmuró preocupado y ausente como un portero. Iba a cantar la parte de Eneas en una producción local de su propia ópera rock, y estaba yendo al centro a comprar sandalias “de esas que trepan por la pierna”.

–No es un chiste de preguntas y respuestas, Gerard. El bulto. El bulto está ahí. Y ahora es un bulto certificado.

–Oh –dijo lentamente, con suavidad y desconcierto–. Oh, cariño.

Compré grandes sostenes elastizados: un talle único que se acomoda a todos los tamaños, atrapa todo, agarra todo y lo presiona contra ti. Empecé a verme a mí misma como algo más que un mero organismo: un sistema simbiótico, como un rinoceronte y un picabuey o un queso gorgonzola.



Gerard y yo vivíamos en departamentos separados solo por un pasillo. Juntos, poseíamos la totalidad del piso superior de una pequeña casa roja sobre la calle Marini. Podíamos trabar las puertas abiertas con ladrillos e ir y venir entre los dos departamentos, y a pesar de que la mayor parte del tiempo estábamos de acuerdo en decir que vivíamos juntos, había momentos en los que yo sabía que no era lo mismo. Cuando Gerard se mudó a la calle Marini, yo ya llevaba tres años viviendo ahí. Fue su manera de aplacar mi deseo de discutir nuestro futuro. En ese momento, habíamos sido amantes por diecinueve meses. Un año antes, él había decidido irse a vivir a la otra punta de la ciudad en un “gran departamento en el bosque”. (A mi casa le decía “la cabaña en la ciudad”). Era un lugar demasiado caro, pero Gerard, con total autocomplacencia decía “lo suficientemente lejos como para ser encantador”. Aunque nunca supe qué era exactamente lo que le parecía encantador a la distancia: si él mismo, el departamento o yo. Quizás era la vista. A Gerard, el mundo le gustaba más a cierta distancia, como una fotografía o un recuerdo, y eso me asustaba. Le gustaba besarme y frotar su nariz contra la mía cuando yo acababa de despertarme y casi no tenía conciencia… o cuando era como un cadáver con gripe o estaba atontada por la fatiga. Le gustaba tener que eliminar algún obstáculo para llegar a mí.

–Es un cerdo sexista –dijo Eleanor.

–Quizás solo sea un necrófilo latente –dije, y de inmediato me di cuenta de que era probable que las dos cosas fueran lo mismo.

–Pasión por el polvo –dijo Eleanor y se encogió de hombros–. Que sea con frialdad después del trabajo.

Entonces, nunca tuvimos el ritual del debate, la toma de decisión y la búsqueda de departamento. Lo que sucedió es que la pareja de indios del departamento frente al mío se fue y Gerard, una noche, mientras mirábamos el monólogo de Carson en la televisión, dijo: “Ey, quizás me mude allí. Tal vez sea más barato que el bosque”. Teníamos alquileres separados, cocinas separadas, números de teléfono separados, baños separados con inodoros apoyados sobre la misma pared. A veces, golpeaba la pared para preguntarme cómo estaba a través de las cañerías. “Bien, Gerard. Todo bien”. “Qué bueno escucharlo”, decía. Y luego apretábamos el botón de descarga al unísono.

–Raro –dijo Eleanor.

–Son como universos paralelos –dije yo–. Es como vivir en camas individuales.

–Es como Delmar, Maryland, que es la misma ciudad que Delmar, Delaware.

–Es como vivir en camas individuales –volví a decir.

–Es como el cinturón de Borscht –dijo Eleanor–. Primero haces la prueba en un resort de las montañas Catskill antes de ir a un lugar realmente importante.

–Es como luchar contra el rechazo por medio de las descargas del inodoro.

–Es tan típico de Gerard –dijo Eleanor–. Ese hombre vive del otro lado del pasillo de su propio y jodido corazón.

–Es músico –dije con tono de duda. Con demasiada frecuencia, me encontraba creando este tipo de excusas, como una Rumpelstiltskin del amor, estoicamente hilando la paja para convertirla en oro.

–Por favor –advirtió Eleanor señalándose el estómago–, acabo de comer un sándwich con tocino, lechuga y tomate.



Estas son las palabras que utilizaron: aspirar, mamografía, cirugía, bloqueo, esperar. Primero querían esperar y ver si solo era un bloqueo temporario de los conductos de leche.

–¿Productos de leche? –exclamó Gerard.

–¡Conductos! –grité–. ¡Conductos de leche!

Si el bulto no desaparecía en un mes, dirían más cosas y usarían las otras tres palabras. Aspirar sonaba aireado y esperanzador, yo siempre había tenido aspiraciones; y una mamografía sonaba como un apodo simpático que uno le daba a su abuela preferida. Pero las otras palabras no me gustaban.

–¿Esperar? –pregunté, tensa como una luz amarilla–. ¿Esperar y ver si se va? Eso podría haberlo hecho yo sola. –La enfermera sonrió. Me caía bien. Ella no le atribuía todo al “estrés” o a mi “vida personal”, una redundancia a la que nunca fui muy afecta.

–Quizás –dijo–. Pero quizás no. –Después el doctor me pasó una tarjeta con el nuevo turno y una receta de sedantes.

De los sedantes había que decir lo siguiente: te ayudaban a adaptarte mejor a la muerte. Cambiar de lugar era difícil sin el equipamiento psicológico necesario, ni hablar de pasar de la vida a la muerte. Me di cuenta de que esa era la razón por la que la gente en situaciones complicadas e infelices tenía problemas para zafar: su fuerza menguaba; al mismo tiempo envejecían y sufrían regresiones; no tenían sedantes. No sabían quiénes eran, aunque sospechaban que eran la hamburguesa recalentada y siempre de oferta del universo paralelo. Temerosos de sus propios dedos de los pies, necesitaban la valentía de los sedantes. Que podría hacerlos reflexionar generosamente sobre los escuálidos restos de sus vidas y considerarlos buenos, asegurándose así una muerte más calma. Después de todo, era más fácil dejar algo que amabas verdaderamente y con serenidad que algo que en realidad amabas frenéticamente pero no amabas tanto. Una buena muerte tenía que ver con mostrar la actitud correcta. Una muerte sana, como cualquier otra cosa –un ascenso en el trabajo o verse más joven–, era simplemente una cuestión de “sentirse bien con uno mismo”. Y aquí es donde entraban los sedantes. Sedada como una menta, una mujer podría colocar su mano feliz sobre el hombro de la muerte y decir con voz ronca: “¿Qué dices, amiga, quieres bailar?”.

También podrías ocuparte de los quehaceres domésticos.

Podrías hacer las compras.

Podrías lavar la ropa y doblarla.



Dido y Eneas de Gerard era una versión rock de la ópera de Purcell. Yo nunca la había visto. Él no quería que yo fuera a los ensayos. Decía que quería presentarme todo el espectáculo completo y perfecto, al final, como un regalo. A veces, pensaba que quizás estuviera enamorándose de Dido, su actriz principal, cuyo nombre real era Susan Fitzbaum.

–Diviértete en Túnez –solía decirle cuando partía hacia los ensayos. Me gustaba decir Túnez. Sonaba obsceno, como una parte del cuerpo vista solo en raras ocasiones.

–Cartago, Benna. Cartago. Un lindo lugar para visitar.

–Aunque tú, por supuesto, prefieres Italia.

–¿Por la historia? ¿Por echar raíces? Obviamente. ¿Has visto mis llaves?

–¡Ja! El día en que tú eches raíces… –dije, pero luego no se me ocurrió cómo terminar la frase–. Ese será el día que eches raíces –la concluí.

–¿Por qué, querida, piensas que la llamaron Roma? –Sonrió. Le pasé las llaves. Estaban debajo de la revista Opera News que yo había estado usando para espantar moscas.

–Gracias por las llaves –sonrió, y luego desapareció mientras bajaba las escaleras, como un manchón posmoderno de campera de cuero maltrecha, bolso de tela puesto con descuido sobre los hombros y la parte inferior de los pantalones mal planchada y formando cintas de Moebius.



Durante las pausas de los ensayos me llamaba y preguntaba:

–¿Dónde quieres dormir esta noche, tu casa o la mía?

–La mía –decía yo.

Seguramente no estaba enamorado de Susan Fitzbaum. Seguramente ella no estaba enamorada de él.



Por esa época, Eleanor y yo fundamos la escuela de comedia Deja de Llamarme Shirley. Consistía en nosotras dos encontrándonos en el centro para beber tragos y hacer pronunciamientos desesperados sobre la vida y el amor que siempre empezaban “Sin duda alguna…”. También incluía lo que Eleanor llamaba “El gran llanto blanco”: gente blanca blanda juntándose a beber vino blanco y a llorar.

–Nuestra vida sexual está desapareciendo –decía yo–. Gerard va al baño y a eso yo lo llamo “darse la mano con el desocupado”. Los hombres llegan a los treinta, lo juro, y solo quieren hacer el amor dos veces por año, como las focas.

–Nosotros tenemos tres años más de pico sexual –dice Eleanor mientras cierra los ojos y hace el gesto de estrangularse a sí misma–. ¿Cuándo fue la última vez que hicieron el amor? –Eleanor intentó parecer indiferente. Yo canté:

–Enero, febrero, junio o julio –pero la camarera se acercó para tomar las órdenes y nos miró con hostilidad. Nos gustaba hacerla sentir culpable dejándole grandes propinas.

–Me siento premenstrual –dijo Eleanor–. Estuve forzada a escribir propuestas para becas durante todo el día. He decidido que odio a todas las personas bajas, a todas las personas ricas, a todos los funcionarios del Estado, a los poetas y a los homosexuales.

–No te olvides de los gitanos –dije.

–¡Los gitanos! –gritó–. ¡Desprecio a los gitanos! –Bebía chablis de una forma que era mezcla de terror y alegría. Siempre a toda velocidad–. ¿Puedes ver que estoy tratando de ser feliz? –dijo.

Eleanor era parte de un grupo de poetas-actores local financiado por becas que hacía lecturas dramáticas y a veces hermosas de poemas escritos por personas famosas muertas. Mis favoritos eran los soliloquios de Romeo de Eleanor, aunque también le salía muy bien “Alto en el bosque en una noche de invierno”. Yo era una bailarina con mala suerte y sin disciplina que despreciaba todas las formas de ejercicio físico relacionadas con la danza e iba de un trabajo de profesora de aerobics a otro, intentando convencer a los estudiantes de que me encantaba. (“¡La vida, la actuación tienen lugar en presencia del oxígeno!” explicaba yo con una euforia preparada. Al menos no decía cosas como “¡Aprieten las nalgas para intensificar el estiramiento!”, o “¡Vamos, chicas, a mover esos cuerpos!”). Acababa de dejar un trabajo en un gimnasio y había sido contratada en la escuela municipal de artes de Fitchville para dar una clase a adultos mayores. Aerobics de geriátrico.

–¿No sientes eso respecto a la danza? –preguntó Eleanor–. Me refiero a que me encantaría escribir y leer algo mío, pero para qué molestarse. Terminé de darme cuenta de eso el verano pasado leyendo a Hart Crane mientras flotaba en el medio del lago en la cámara de una rueda. Ese sí es un poeta.

–Un poeta que podría haber usado la cámara de una rueda. No seas tan dura contigo misma. –Eleanor era inteligente, tenía más de treinta años, sobrepeso, y nunca había tenido un novio serio. Era hija de un médico que todavía le enviaba dinero. Se tomaba nuestra mediocridad mutua con más seriedad que yo–. No deberías permitirte el sentirte tan miserable –intenté.

–Yo no tengo esas píldoras –dijo Eleanor–. ¿Dónde se consiguen?

–Creo que lo que tú haces en la comunidad es absolutamente genial. Haces feliz a la gente.

–Gracias, señorita Hallmark Hall de la Oscuridad.

–Perdón –dije.

–¿Sabes de qué se trata la poesía? –dijo Eleanor–. De la imposibilidad del amor sexual. Los poetas, finalmente, no desean genitales, ni propios ni ajenos. Un poeta quiere metáforas, patrones, alguna física del amor sucedánea. Para un poeta, amar es no tener ningún amante. Y vivir –alzó la copa y no pudo reprimir una sonrisa– es no tener hígado.



Básicamente, me di cuenta, estaba viviendo en esa espantosa etapa de la vida que va desde los veintiséis a los treinta y siete años conocida como estupidez. Es cuando no sabes nada, sabes incluso menos de lo que sabías cuando eras más joven, y ni siquiera tienes una filosofía sobre las cosas que no sabes, algo que sí tenías a los veinte y que volverás a tener a los treinta y ocho. Aunque intentaste ciertas cosas.

–El amor es el programa de intercambio cultural entre la futilidad y el erotismo –afirmé. Y Eleanor respondió:

–Oh, cuánto cinismo –lo que en realidad quería decir que no había estado siquiera cerca de ser lo suficientemente cínica. Lo había formulado de manera espantosa pero de alguna forma justa, como un campamento infantil donde debes dormir lejos de casa.

–Estar enamorada de Gerard es como dormir en el medio de la autopista –intenté.

–Esa es mi muchacha –dijo Eleanor–. Mucho mejor.



En el formulario de postulación para el trabajo de la escuela municipal, donde preguntaba “¿Está usted casada?” (se trataba de información opcional), yo había consignado un enfático “No” y, a continuación, donde preguntaban “¿Con quién?”, había escrito: “Un tipo llamado Gerard”. De alguna forma mi clase de adultos mayores se enteró del contenido del formulario y una vez que las clases adquirieron ritmo y ganamos confianza, solían sonreír y bromear conmigo:

–Una chica con tan buen humor como el tuyo –solía ser el estribillo retrógrado–, ¡y sin marido!

Las clases tenían lugar por la noche, en el tercer piso de la escuela de arte, que era una enorme casa de estilo victoriano casi donde terminaba el centro. El estudio de danza era decrépito y los espejos eran de pesadilla, como hojas de aluminio extendidas sobre las paredes. Yo hacía lo que podía.

–Abajo, arriba, flexión, otra vez. Abajo, arriba, flexión, estocada.

Tenía diez mujeres de alrededor de sesenta años y un hombre llamado Barney que tenía setenta y tres. Solía gritarle:

–Ahora apúrate –aunque por lo general no me refería al ritmo: Barney tenía un audífono que siempre se le caía al piso en el medio de la rutina. Después de la clase, se quedaba dando vueltas e intentaba conversar: se disculpaba por lo del audífono o me contaba historias sobre su hermana Zenia, que tenía ochenta y un años y, aparentemente, era ágil como un insecto.

–¿Entonces usted y su hermana se ven seguido? –le pregunté una vez mientras guardaba los casetes.

–¡¿Seguido?! –Soltó una carcajada y luego sacó su billetera y me mostró una foto de Zenia en Mallorca con un traje de baño amarillo. Me contó que su hermana nunca se había casado.

Las mujeres me trataban como a una hija. Se ubicaban a mi alrededor después de la clase y me sugerían distintas cosas que tenía que hacer para conseguir un marido. La más popular era que me aclarara el cabello.

–¿No crees, Lodeme, que Benna debería aclararse el cabello?

Lodeme era algo así como la líder, tenía la malla más sofisticada (de color lavanda con rayas azul marino), estaba perfectamente en forma, podía permanecer en la posición de v corta por minutos, y hacía sin cesar el intento de exhibir una sabiduría dura y llorona:

–Primero el cabello, luego el corazón –bramó Lodeme–. Aclara tu corazón, y luego estarás bien. Nadie se enamora de un hombre de buen corazón, ¿verdad, Barn? –después le apretaba el brazo y a él se le caía el audífono. Al finalizar la clase yo tomaba un sedante.



Hubo un período en el que intentaba hacer anagramas con palabras que no eran anagramas: menopausia y menudencia; agallas y toallas; enamorados y entramados. Me encontraba con Eleanor para beber algo, o en nuestra escuela de Shirley, o para desayunar en Hank’s Grill, y si yo llegaba primero, garabateaba las palabras una y otra vez en una servilleta, buscando formar los anagramas como un niño que intenta dividir tres en dos sin poder encontrar el resultado.

–Buenas –le decía a Eleanor cuando llegaba, y daba vuelta la servilleta. Tenía las palabras enamorados y camaradas escritas con letras grandes.

–Estás enloqueciendo, Benna. Debe ser tu vida romántica. –Eleanor se acercaba y escribía enamorados y manoseador; siempre había sido la más lista–. Pide el jugo de tomate –decía–. Esa es la forma en que te deshaces del olor a zorrino.



Gerard era un hombre alto y de ojos verdes que olía a talco de bebé y estaba muy preocupado por la gran música. Yo podía estar acostada en la cama explicando algo terrible y personal y él me interrumpía diciendo:

–Eso es Brahms. Eres como Brahms.

Y yo contestaba:

–¿A qué te refieres, a que soy gorda, vieja y tengo barba?

Y Gerard sonreía y contestaba:

–Exactamente.

Una vez, cuando le conté diversas humillaciones que viví en la adolescencia, dijo:

–Eso es un poco como Stravinski.

Y yo dije, fastidiada:

–¿En segundo año Stravinski todavía no había tenido el período? Me consuela saber que todo lo que me ha pasado le ha pasado también a un compositor famoso.

–Al final, no te gusta la música, ¿no? –dijo Gerard.

En realidad, la música me encantaba. A veces, pienso que esa es la razón por la que me enamoré de Gerard en primer lugar. Tal vez no tuviera nada que ver con el olor de su piel o el largo de sus piernas o el ritmo particular de sus palabras (un ritmo de reggae de pradera decía él), sino solo con el hecho de que pudiera tocar cualquier instrumento de cuerdas –piano, banjo, cello–, compusiera óperas rock y poemas tonales, y cantara lieder y canciones pop. Yo vivía rodeada de música. Cuando me ponía a leer el diario, él escuchaba Mozart. Si miraba las noticias, ponía Madame Butterfly diciendo que se trataba de lo mismo que se veía en el televisor: estadounidenses de juerga en países ajenos. Solo tenía que cruzar la fosa del pasillo para aprender algo: Vivaldi fue un sacerdote pelirrojo; Schumann se lisió la mano con un expansor; Brahms nunca se casó, esa era la gran historia, la que a Gerard más le gustaba contarme. “Está bien, está bien”, le decía yo, o a veces, simplemente “¿Y?”.

Antes de conocer a Gerard, todo lo que sabía de música clásica lo había sacado del disco de la banda sonora de Momento de decisión. Ahora, podía tararear el vals de Musetta al menos durante tres compases. Ahora, poseía todos los conciertos de piano de Beethoven. Ahora, sabía que Percy Grainger se había casado en el Hollywood Bowl. “Pero Brahms –decía Gerard–, Brahms nunca se casó”.

No es que quisiera estar casada. Lo que yo quería era algo equivalente al matrimonio, aunque nunca había sabido exactamente qué podía ser eso y sospechaba que quizás no existiera nada de esa naturaleza. A pesar de todo, estaba convencida de que tenía que haber algo mejor que esa farsa solitaria de vivir del otro lado de la ciudad o del pasillo. Algo que pudiera surgir en muy poco tiempo.

Y eso me hacía sentir culpable y burguesa. Entonces me consolaba con los defectos de Gerard: era infantil; siempre perdía las llaves; era de Nebraska, como un horrible presentador de talk shows; había crecido cerca de una de las áreas de descanso más antiguas de las autopista I-80; contaba chistes que incluían las palabras salchicha y pedo; una vez se refirió al sexo con la expresión “esconder el salame”. También tenía el hábito de perseguir a pequeños animales para asustarlos. La primera vez que lo hizo fue con un pájaro en un parque y yo me reí pensando que era gracioso. Más adelante, me di cuenta de que era raro: Gerard tenía treinta y un años y la emprendía contra pequeños mamíferos que buscaban refugio en arbustos, en árboles, sobre muebles. Después de asustarlos, se daba vuelta y sonreía, como un maníaco poseído, un Puck con un título de maestría. También le gustaba mojarles la cara y el cuello a gatos y perros para pasarles después la mano como un peluquero y decir que los hacía lucir como Judy Garland. Me daba cuenta de que la vida era demasiado corta como para ser capaz de superar ciertas cosas de forma absoluta y sincera, pero estaba claro que algunas personas estaban esforzándose más que otras.

Cuando tenía poco más de veinte, me fastidiaban las mujeres que se quejaban de que los hombres eran superficiales e incapaces de comprometerse. “Los hombres, las mujeres, todos somos iguales”, decía yo. “Algunas mujeres son capaces de comprometerse, otras no. Algunos hombres son capaces de comprometerse, otros no. No es una cuestión de género”. Después conocí a Gerard y empecé a creer que los hombres eran superficiales e incapaces de comprometerse.

–No es que los hombres le teman a la intimidad –le dije a Eleanor–. Es que son hipocondríacos de la intimidad: siempre piensan que la tienen cuando no es así. Gerard piensa que estamos cerca pero la mitad del tiempo me habla como si nos hubiésemos conocido hace cuarenta y cinco minutos, me cuenta cosas de él que conozco hace años y me hace preguntas sobre mí cuyas respuestas ya debería conocer. Anoche me preguntó cuál era mi segundo nombre. Dios, no puedo ni hablar del tema.

Eleanor me miró fijo:

–¿Y cuál es tu segundo nombre?

Yo la miré fijo a ella:

–Ruth –dije–. Ruth. –El de ella era Elizabeth, yo lo sabía.

Eleanor asintió con la cabeza y corrió la mirada.

–Cuando estaba en la escuela católica –dijo–, me encantaba la historia de Santa Clara y San Francisco. Francisco fue canonizado a causa de su devoción por ideas vagas y generales como Dios y la cristiandad, mientras que a Clara la canonizaron a causa de su devoción por Francisco. ¿Lo ves? Eso lo resume perfectamente: incluso cuando un hombre es un santo, incluso cuando es bueno y devoto, no es bueno y devoto con nadie en particular. –Eleanor encendió un Viceroy–. Y de todas formas, ¿por qué se espera que estemos con hombres? Siento que alguna vez lo supe.

–Los necesitamos por sus destornilladores con punta Phillips –dije. Eleanor elevó las cejas.

–Es cierto –dijo–. Siempre me olvido que solo sales con hombres circuncidados.



El cortejo mío y de Gerard había consistido en música de cámara dominical, conciertos de rock y excursiones a los campos de maíz en las afueras de Fitchville para cantar “I Loves You, Porgy”, a todo volumen y con errores mirando al cielo. Después, íbamos a mi departamento, nos desvestíamos y nos metíamos la lengua en el oído mutuamente. Por la mañana, íbamos a un café. “Espero que no seas checoslovaca”, decía Gerard, siempre el mismo chiste, y apuntaba al cartel sobre la caja registradora que rezaba: NO SE ACEPTAN CHEQUES.

–Se vería genial sin piernas y ubicado sobre un carrito –dijo Eleanor.

En realidad Eleanor era muy agradable en presencia de Gerard. Incluso se mostraba seductora. A veces ella y Gerard hablaban por teléfono: él le hacía preguntas sobre la Eneida. A mí me gustaba que se llevaran bien. Después, en un rapto de originalidad, Gerard solía decirme: “Eleanor sería hermosa si bajara de peso”.



–Está en el costado de tu pecho –dijo el cirujano.

No sabía que los pechos tenían costados, y ahora tenía allí algo esperando.

–Oh –contesté.

–Supongamos por ahora que es un quiste –dijo el cirujano–. No desfiguremos inmediatamente el pecho.

–Sí –dije–. No lo hagamos.

Y luego, la enfermera me dijo que tener un hijo podía fortalecer un poco toda mi maquinaria interna. Ayudarme a prevenir las “enfermedades de las mujeres de carrera”. Los bultos suelen desaparecer durante el embarazo.

–¿Puedo extender mi prescripción de sedantes? –pregunté.

Con cada ciclo menstrual, procedió a explicarme, el cuerpo es como un boxeador golpeado que va tambaleando de su rincón al ring, y a medida que pasan los años, al cuerpo le cuesta más hacerlo. Su voluntad se quiebra. Se equivoca. El cuerpo de una mujer está tan ocupado preparándose para hacer bebés que cada año que pasa sin haber hecho uno es otro año de rechazo del que cada vez es más difícil recuperarse. Tarde o temprano, puede enloquecer por completo.

Tuve la sospecha de que fueron discursos como este que hicieron que las mujeres abandonaran las fábricas y comenzaran de inmediato con el baby boom.

–Gracias –dije–. Lo pensaré.



Un problema de enseñar aerobics era que no me gustaba Jane Fonda. Me parecía que era una persona inconstante y descomprometida, demasiado segura de sí misma, que sabía posar frente a la cámara y se había hecho rica y famosa aprovechándose comercialmente de la crisis espiritual de Estados Unidos. Y con qué aplomo lo había hecho.

–Lo que tú quieres es que la gente esté más insegura sobre sí misma –dijo Gerard.

–Sí –dije–. Pienso que algunas incertidumbres bien pensadas y prominentemente exhibidas siempre están bien. –Y la incertidumbre y la confusión eran por cierto mis espejos en aquel entonces.

Barney adoraba a Jane Fonda.

–Esa mujer –solía decirme Barney después de la clase–. Sabes, solo era una de esas reinas del sexo. Y ahora está ayudando a Estados Unidos.

–Querrás decir ayudándose a sí misma gracias a Estados Unidos. –Curiosamente, Jane Fonda era una de las pocas cosas en el mundo sobre las que me sentía segura, y ella me volvía propensa a las declaraciones rotundas, tan poco características en mí. Debería tener cuidado con esa asertividad, pensé. Debería pensar con evasivas, con vaguedad, como el resto de mi vida.

–Oh, no me vengas con eso –dijo Barney y luego me puso al tanto de las últimas novedades sobre Zenia, que había sido elegida directora de un comité de mujeres votantes contra el abuso infantil.

Guardé mi casetera, me tomé un sedante en el bebedero con forma de urinario en el pasillo y fatigosamente bajé las escaleras y caminé a casa. Entré al departamento de Gerard y me despatarré sobre su cama para esperar que volviera del trabajo. Contemplé una impresión en blanco y negro que tenía colgada en la pared frente a la cama. De cerca era un paisaje, un lago plasmado de forma onírica, un árbol y una montaña, pero de lejos era una cara macabra, vacía y hueca como una máscara de tragedia. Y desde donde yo estaba, ni lejos ni cerca, podía ver tanto el lago como la cara, los dos fusionándose y separándose una y otra vez, compitiendo por mi percepción, hasta que finalmente entorné los ojos, lo suficiente como para ver colores.



Me di cuenta de que amar a Gerard era como tener un gato macho sin castrar o un hijo adolescente. Salía cinco noches por semana y durante el día tenía sueño y hambre y se sentía deprimido y comía muchos cereales fríos y dejaba los bowls por todos lados. Los ensayos de Dido y Eneas se estaban volviendo cada vez más frecuentes, y las otras noches tocaba como solista en conciertos de jazz en la ciudad, casi siempre en bares de categoría (uno se llamaba El Helecho de Humo) con ventiladores de techo de cuatro aspas aletargados como insectos de invierno y helechos frescos y delgados que decoraban cada rincón. Gerard tocaba la guitarra en un escenario al frente, y siempre había un grupo de mujeres a un costado que soltaban risitas, aplaudían con adoración y le compraban tragos. Cuando iba a verlo a sus conciertos, me sentaba sola en una mesa lo más atrás posible. Me sentía como una fan descarriada, una vecina devota. En las pausas, venía a hablar conmigo, pero en realidad hablaba con todos los presentes. Todo el mundo recibía la misma cantidad de tiempo y atención. Era un personaje público. Dejaba de ser mío. Yo me sentía tonta y fóbica. Me sentía espermicida. Bebía y fumaba demasiado. Empecé a quedarme en casa. Hacía cosas como mirar programas especiales sobre ciencia o películas sobre la Biblia: Stacy Keach en el papel de Barrabás, Rod Steiger como Poncio Pilatos, James Farentino como Simón Pedro. Mi propio cuerpo se me volvió cada vez más extraño. Me volví muy consciente de sus bordes al espiarlo desde afuera, mis hombros, manos, mechones de cabello, invadían los límites de mi visión como ramas que están preparadas para proyectarse en una toma y de esa forma decorar y volver la imagen sentimental. La necesidad de las tortugas marinas de dejar sus huevos en la tierra, dijo el televisor, las hace vulnerables.

Solo en una ocasión, y muy tarde por la noche, corrí escaleras abajo y salí a la calle en pijama, jadeando y lagrimeando, esperando que algo (¿un auto?, ¿un ángel?) viniera a rescatarme o a matarme, pero no había nada, solo farolas y un gato.



En la escuela de Shirley nos hicimos preguntas sobre los machos cazadores y las hembras que hacen nidos.

–¿Crees que después de todo sí hay algo real en eso del macho como nómade? –le pregunté a Eleanor.

Ella se mandó todo un discurso. Dijo que podía comprar todo el diagrama social de la mujer como la constructora del nido (grande, redondo, ver ovum) y el hombre como nómade, invasor, desplazándose en bandas (ver spermatozoa), pero que si ella era la que tenía que cuidar el fuerte, quería algunos huéspedes, una caballería sonriente y a la carga. Su vida estaba mal alineada, dijo. La caballería la pasaba completamente por alto, como si los mapas viales estuvieran mal hechos, y ella se veía forzada a gritar detrás de ellos “¡Ey!, ¿a dónde van?”. O un par de desertores pasaban de casualidad por su puerta, pero solamente se sentaban en el cordón a hablar sobre lo difícil que era ahorrar dinero en estos tiempos. El ADN de ella estaba en riesgo de extinguirse. Los amantes que había tenido siempre la habían deprimido. Prefería estar con amigos.

–El sexo solía consolarme –dije–. Era mi coma anticoma.

Eleanor se encogió de hombros. Bebió un trago de vermut. Le gustaba gritarles desde la ventanilla de su auto a las parejas que se tomaban de la mano por la calle: “¡Córtenla, por favor, córtenla!”.

–¿Cómo está Gerard? –dijo.

–Creo que ya no me ama –me mordí el puño para fingir melodrama.

–Dale a ese hombre un bigote que torcer y una chica que atar a las vías del tren. Mira, vas a estar bien. Vas a terminar con Perry. –Perry era el hombre que ella había inventado para mi futuro. Había estudiado en Harvard, amaba a los niños y creía en los sucedáneos del matrimonio. El único problema era que padecía de epilepsia y había tenido ataques en dos cenas consecutivas–. Yo –dijo Eleanor– seguramente termine con un tipo llamado Opie que coleccionará material relacionado con Pinocho y dirá cosas como “¡Oh, caramba!”. Querrá que me vista en trajes de marinera.



En la clase de adultos mayores era difícil concentrarse. Una de las mujeres, Pat, se había teñido las piernas con loción autobronceadora o algo así. Barney seguía teniendo problemas con su audífono. Lodeme pasó mucho tiempo en la parte trasera de la sala tomándole el pulso a todo el mundo de la forma en que yo les había enseñado: con dos dedos ubicados al costado del cuello.

–¡Jesús santo! –gritó–. ¡Debes estar hibernando!

Ese era mi miedo: que alguien tuviera un ataque en el medio de mi clase y muriera.

–Okey –dije–. Comencemos con la rutina “locura de la danza”. Recuerden: es importante no tener miedo de parecer un idiota. –Ese era mi lema en la vida. Inserté el casete y empecé con algunas estocadas livianas, flexiones de tobillo y un Charleston lento.

–¿Estamos sanos ya? –gritó Pat por sobre la música, sus piernas eran como atardeceres sepia, su cara era como la cara de un búho: una manzana partida en dos–. ¿Estamos sanos ya?



–Déjame tocarte el pecho otra vez –dijo Gerard–. ¿Este es el bulto?

–Sí –dije–. Ten cuidado.

–¿No es muscular? –sus dedos presionaron el costado exterior de mi pecho.

–No, Gerard, no es muscular. Está flotando como un pedazo de fruta en gelatina. ¿Recuerdas la gelatina con frutas? No hay músculos en la gelatina.

Aunque, en realidad, sí los había. Me lo había enseñado hacía mucho una amiga en la secundaria que me había dicho que la gelatina estaba hecha de pezuñas de caballos y otros huesos y músculos disecados. Ella también me había dicho que las tetas eran solamente nalgas mal ubicadas.

Gerard retiró la mano de debajo de mi sostén. Volvió a reclinarse sobre el sofá. Estábamos escuchando a Fauré.

–Escucha las cuerdas –murmuró Gerard y su rostro adquirió una expresión de beatitud. El mundo, toda la materia, yo lo sabía, estaba hecho de cuerdas. Lo había escuchado en la televisión. Los físicos siempre habían creído que el universo estaba hecho de partículas. Pero hacía poco habían descubierto que habían estado equivocados: el mundo, sorpresivamente, estaba hecho de cuerdas delgadísimas.

–Sí –dije–. Son maravillosas.



Las mujeres de la clase me sugirieron que me exfoliara el cutis. Había tenido acné en la adolescencia, mi cara había parecido un trozo de pizza, y eso me había dejado cicatrices. Una vez, Gerard me dijo que le encantaba mi piel, que no lucía picada y vieja sino que las marcas le daban cierta sensualidad, una forma dura de ser sexy.

Coloqué todo el peso de mi cuerpo sobre una cadera y miré a Betty, a Pat y a Lodeme mientras pestañeaba.

–¡Caramba, pensé que mi cara tenía un aspecto más o menos rudimentario!

–Luces como un hombre de las cavernas –dijo Lodeme con una voz que sonaba mitad a grava, mitad a un mazazo–. Tienes que hacerte exfoliar el cutis.



En la cama, intenté ser simple y directa.

–Gerard, necesito saber lo siguiente: ¿me amas?

–Amo estar contigo –dijo, como si estar conmigo fuera aún mejor que amarme.

–Oh –dije. Y entonces él me tomó la mano debajo de las frazadas, levantó su cabeza hacia la mía y me besó; sus labios fuera de los míos, luego dentro, como pólipos. La palma de su mano se deslizó por el costado de mi cuerpo, debajo de mi camisón y me colocó, panza arriba, sobre él. Su pene se sentía suave sobre mi culo y me rodeó la cintura firmemente con las manos. No entendí qué se suponía que debía hacer, entregada al cielorraso como estaba. Entonces, simplemente me quedé acostada y dejé que Gerard se las ingeniara. Él se quedó muy quieto debajo de mí. Finalmente, murmuré:

–¿Qué se supone que estamos haciendo, Gerard?

–No me entiendes –suspiró–. No me entiendes en absoluto.



La clase de adultos mayores duraba solo ocho semanas, pero la sexta semana, el número reducido de personas de la clase y la intimidad provisional que había surgido allí se me volvieron repentinamente opresivos. Quizás estuviera volviéndome como Gerard. Deseé el anonimato enorme y con aspecto de dona de una clase grande donde los alumnos no tenían nombres, ni caras, ni problemas. En seis semanas, con Susan, Lodeme, Betty, Valerie, Ellen, Frances, Pat, Marie, Bridget y Barney, tuve la impresión de que habíamos llegado a conocernos demasiado o, más bien, habíamos llegado a los tercos límites de nuestra capacidad de conocernos; nos habíamos quedado con los abruptos raspones de nuestras diferencias, nuestra incapacidad de conocernos permanecía reluciente y despojada. Desarrollé una metáfora maderera: “Giros frente al pino”, le dije a Eleanor. Dar una clase de aerobics delante de un bosque requería de menos coraje que darla ante un par de árboles individualizados. Un bosque te dejaría solo, pero los árboles vendrían hacia ti. Eran testigos de cosas. Cuando tú podías verlos, ellos te podían ver a ti. Podían ver que tenías algunos problemas. No eras una persona seria. No eras una bailarina seria. Yo no quería que mi vida se viera. Estaba segura de que desde lejos eso no podía pasar.

Además, era difícil estar cerca de estas mujeres que tenían exactamente lo que yo quería: nietos, estabilidad, una gracia posmenopáusica, una tregua con los hombres, misteriosa y conseguida con esfuerzo. Tenían, finalmente, la única cosa que todo el mundo quiere en la vida: alguien que te tome de la mano cuando mueras.

Entonces, la tristeza empezó a rebotar a mi alrededor y a golpearme justo en el corazón, justo en el medio del casete de Michael Jackson. Yo no estaba a gusto conmigo misma, y lo sabía. Quería parar. Quería caerme muerta como una hoja. E intenté transformar ese sentimiento en un movimiento durante el resto de la clase: “Uno, dos, tres y me desplomo, uno, dos, tres y me desplomo”.

Una vez, en la clase de danza moderna en la universidad, durante una tarde soleada de septiembre, nos pidieron que fuéramos hojas dando vueltas por el patio del departamento de artes. Yo supe cómo poner en práctica la consigna de una forma que evitara la vergüenza y la indignidad: una se volvía una hoja muerta, una hoja de cemento. Una yacía sobre el pasto marchito del patio del departamento de artes y se negaba a flotar y girar. Una se desplomaba y nada más. Una no era una tonta. Una no escuchaba a la profesora. Una no quería ser vista aleteando por el campus, como los otros que eran claramente psicóticos. Una no quería estar en esta universidad. Una solo quería enamorarse y conseguir un sucedáneo del matrimonio. Una simplemente se acostaba y se quedaba quieta.

Alcé la vista y miré el espejo. Detrás de mí, Lodeme, Bridget, Pat, Barney, todos estaban rígidos pero se desplomaban obedientemente. De alguna forma, los amaba pero no los quería, sus caras llenas de manchas como pezones, sus consejos de belleza, sus voces viejas, bajas y rasposas. Deseaba que todos desaparecieran en alguna especie de borrón sin vida. No quería escuchar hablar más de Zenia o sobre cómo yo podía usar un buen par de caderas. No quería ser responsable de sus corazones.

Volvimos a ponernos en puntas de pie.

–¡Bien, bien! Golpeen el aire, tres, cuatro. Golpeen el aire. –En el espejo lucíamos como si nos hubiésemos derretido: charcos que resplandecían y se meneaban.

Después, Barney se acercó y me contó más cosas sobre Zenia. Intenté prestar el mínimo de atención mientras guardaba mis casetes y despedía a las mujeres que se retiraban. La voz de Barney parecía tener una nueva especie de graznido y de ronquido.

–Vi un programa sobre abuso infantil –dijo–, y ahora me doy cuenta de que yo fui un niño abusado.

Lo miré y él sonrió y negó con la cabeza. Yo no quería escuchar su historia. Cristo, pensé.

–Mi hermana Zenia tenía catorce años y yo seis y se metió en mi cama una vez, y nosotros no sabíamos que eso estaba mal. Pero técnicamente eso es abuso. Y lo gracioso es que… –Se moría de ganas de contarle esto a alguien. Me siguió por la sala mientras yo apagaba las luces y cerraba las ventanas– yo jamás habría visto ese programa si no hubiera sido por el comité que ella preside. Ella es mi hermana, tengo que quererla, pero…

–No, no tienes que quererla –le grité al anciano. El mundo era un carnaval de demonios y Zenia estaba ahí con todos los demás–. Buenas noches, Barney –dije. Cerré con llave la puerta de la sala y lo dejé en el comienzo de la escalera.

–Buenas noches –farfulló inmóvil.

Bajé los tres pisos a toda velocidad, los casetes repiqueteaban en mi bolso, y salí hacia la bebida fresca de la noche. ¡Si esta fuera otra ciudad, seguiría intentando conocer nuevos lugares! ¡Si este fuera un lugar nuevo en el mundo!, ¡si es que hubiera un lugar así!



En una sola semana pasaron cuatro cosas: Barney dejó de venir a clase; Gerard anunció que estaba pensando en pasar un año en Europa con una beca especial (“Suena como una buena oportunidad”, dije tratando de que mi voz no se interpusiera en su camino, como una madre); recibí una carta de una amiga en la que me preguntaba si quería ir a Nueva York para trabajar en un club de salud que ella y su esposo tenían juntos; y me hice un test casero de embarazo que resultó positivo. Intenté recordar cuándo había sido la última vez que Gerard y yo habíamos siquiera hecho el amor. Volví a revisar el test. Releí las instrucciones. Esperé, sin fe alguna, como había hecho a los doce años, que me viniera el período como por arte de magia.

–Nueva York, ¿eh? –dijo Eleanor.

–Sería para enseñarles a yuppies –me quejé. A pesar de las varias similitudes que teníamos con los yuppies (Eleanor era una esnob del vino, y yo poseía demasiadas zapatillas), los odiábamos. Odiábamos la palabra yuppie aunque la usábamos. Eleanor solía caminar por la calle mirando a la gente que pasaba cerca y decidiendo si calificaban o no para esa ignominia. “Yup, yup, nop”, decía en voz alta, como si estuviera jugando al “pato, pato, ganso”. Los yuppies, sabíamos, eran codiciosos, superficiales y egoístas. Hacían su propia pasta. Preferían jugar al ráquetbol antes que leer Middlemarch. “Ve a casa y lee Middlemarch”, le gritó una vez Eleanor a un corredor vestido de color pastel que miró hacia el costado para vernos a Eleanor y a mí pasar rápido en el auto de ella. Volvimos a bautizar a los siete enanitos: Pretencioso, Pedorro, Maniático, Ordinario, Bruto, Falso y Yuppie.

–Bueno –dijo Eleanor–, si estás en Nueva York, son yuppies o mimos. Eso es todo lo que Nueva York tiene, yuppies o mimos.



Dido y Eneas me encantó. Tenía guitarras eléctricas, pianos eléctricos, Eneas vestido de cuero y Dido con lentejuelas azules, sexy y metálica como una reina del disco. Toda la obra tenía un aire a MTV, repleta de solos de guitarra. Eneas se ponía la guitarra en el hombro e improvisaba y lloriqueaba detrás de Dido durante todo el show: “¿No ves por qué tengo que ir a Europa?/ Debo ignorar el sentimiento que tú alimentas”. En realidad me pareció horrible. De todas formas lloré cuando ella se suicidó y cuando le cantaba a Eneas: “¡Entonces ve! ¡Vete si debes hacerlo!/ Mi corazón sin dudas se convertirá en polvo”. Eneas efectivamente partía y yo, en mi asiento, pensaba: “Qué imbécil eres, Eneas, no tienes que ser tan literal”. Eleanor, sentada junto a mí, me dio un codazo y susurró:

–Shirley va a convertir su corazón en polvo.

–Dudo que sea Shirley –dije.

Gerard, como Eneas y como director, recibió un aplauso de pie y una rosa de tallo largo. En mi mente, le arrojé a Dido un puñado de lirios atigrados y un buqué de gárgolas florales.

Cuando terminó el show, Eleanor se fue a casa a ocuparse de su dolor de cabeza, entonces fui detrás de escena y saludé a Susan Fitzbaum. Se había quitado la corona y los brillos. Llevaba una falda a cuadros y mocasines. Tenía una cabeza grande.

–Encantada de conocerte –dijo con voz grave y cansada.

Besé a Gerard. Daba la impresión de que estaba ansioso por irse.

–Necesito una cerveza –dijo–. La fiesta del elenco es recién a medianoche. Vamos a tomar algo y regresamos luego.

En el auto me dijo:

–Entonces, ¿qué es lo que de verdad te pareció?

Yo le dije que el show era maravilloso, pero que Eneas no estaba obligado a dejar a alguien porque le habían dicho que lo hiciera, y él sonrió y dijo gracias, me besó en la sien y yo le dije que estaba embarazada y le pregunté qué pensaba que debíamos hacer.

Estuvimos sentados un largo tiempo en un bar cercano dibujando cuadrados y diagonales en la escarcha de nuestros vasos de cerveza.

–Voy a volver a la fiesta del elenco –dijo Gerard finalmente–. No tienes que venir si no quieres. –Se puso de pie y dejó dinero sobre la mesa para pagar la mitad de la cuenta.

–No, iré –dije–. Si tú quieres que vaya.

–Lo que yo quiera o no quiera no importa, es tu decisión.

–Bueno, sería lindo si tú quisieras que fuera. Es decir, no quiero ir si tú no quieres que vaya.

–Es tu decisión –dijo. Tenía los ojos saltones como nudillos.

–Tengo la sensación de que no quieres que vaya.

–¡Es tu decisión! Mira, si crees que tendrás algo que decir en una fiesta llena de gente amante de la música, bien. Quiero decir, yo soy músico e incluso a veces me cuesta.

–No quieres que vaya. Okey, no iré.

–Benna, no es eso. Ven si…

–No te preocupes –dije–. No te preocupes, Gerard. –Lo llevé en el auto hasta la fiesta y luego fui a casa, donde me puse el pijama en mi propio departamento y escuché la banda sonora de Momento de decisión, un álbum, me di cuenta, que siempre había amado.



Había una razón principal por la que no le había dicho a Eleanor que estaba embarazada, aunque una vez, cuando las dos habíamos ido juntas al baño de mujeres, una necesidad de descarga sincronizada que no era de rara ocurrencia y que nos permitía cuchichear de cubículo a cubículo, casi se lo digo.

–Sabes, creo que estoy embarazada.

No hubo respuesta, entonces cuando terminé, salí del cubículo, me lavé las manos lentamente, y mirando los pies de Eleanor que todavía no salía, le dije:

–Bueno, te veo de nuevo en el mundo real.

Me miré al espejo, la precisión de la imagen me dejó perpleja. Me vi con esa vieja mirada: esa mirada en la que luces… vieja. Cuando volví a nuestra mesa, Eleanor ya estaba sentada y encendía uno de mis Winstons.

–Demoraste mucho –dijo.

–Oh, Dios –me reí–. Acabo de contarle toda mi vida a alguien con botas negras.

–Yo nunca usaría botas negras –dijo Eleanor.

Negarse a usar botas negras era algo que le había quedado de la escuela católica, dijo. Y esa es también la razón por la que nunca le conté nada del embarazo: seguía teniendo extrañas e irresueltas ataduras con el catolicismo. Se ponía sentimental. Una vez me contó sobre una frugal tía católica no practicante que cuando murió dejó dos misteriosas cajas en el ático: una llena de artilugios maritales y anticonceptivos y otra rotulada “Cuerdas demasiado cortas para ser usadas” que contenía una enorme colección de pequeños trozos de cuerdas de distintos colores, enrollados en grandes bobinas y nidos. Me di cuenta de que precisamente esa era la relación tanto de Eleanor como de su tía con el catolicismo: cuerdas demasiado cortas para atar nada y por eso almacenadas en una caja secreta y enorme. Pero a Eleanor claramente le gustaba arrastrar su caja por ahí, exhibir sus cuerdas como un mercader ambulante.

–Realmente no puedes ser una protestante en desgracia –dijo–. ¿Cómo es posible que siquiera exista la culpa?

–Puede haber culpa –dije–. Es mi devoción, puedo llorar si quiero.

–¡Pero ser una católica caída… es como hacer paracaidismo! Ser una protestante caída es como robarle la cartera a una anciana, tan fácil que no vale la pena molestarse.

–Sí, pero piensa qué mal te sentirías después de robarle a una anciana.

Eleanor se encogió de hombros. Le gustaban los católicos no practicantes. Creo que la única razón por la que lograba que Gerard le cayera bien era que había sido católico. A veces cuando Gerard se ponía al teléfono para preguntarle cosas sobre Virgilio terminaban hablando de Dante y después de monjas que habían conocido en la escuela católica. Los dos habían ido a escuelas parroquiales llamadas La Asunción, donde, decían, habían aprendido a asumir muchas cosas. Más de una vez, me senté en la mesa de la cocina de Gerard y lo escuché hablar por teléfono con Eleanor, exaltado y divertidísimo mientras intercambiaban chistes sobre sacerdotes. Yo nunca había conocido a un sacerdote. Pero era extraño y encantador observar a Gerard tan compenetrado con su propia infancia, tan cercano a Eleanor gracias a las anécdotas, tan contento con su propia huida a una adultez que le permitió estos chistes de sobreviviente; me sentaba ahí y flotaba subyugada como una luna, y me reía a la par de él, de ellos, aunque no supiera con precisión de lo que estaban hablando.



–Pedí un turno –le dije a Gerard.

Estábamos en mi departamento. Había venido a buscar sus llaves que pensaba estaban allí.

–Dios, Benna –dijo–. Me miras fijo con esos ojos de vaca que tienes… ¿Qué esperas que diga? En media hora tengo que salir para un show y dices “Pedí un turno”. Es igual a lo que hiciste la noche de la fiesta del elenco: ojos de vaca y luego “Creo que estoy embarazada”.

–Pensé que querrías saber –no dejaba de pensar en ese espantoso dicho de las madres respecto a tener la vaca atada.

–Me haces sentir como si estuviera en una tienda diminuta y solo quisiera relajarme, mirar y disfrutar, pero como soy el único cliente potencial, no paras de acercarte y presionarme.

–No te presiono –dije. Tengo un bulto en el pecho, es lo que quería decir pero no dije. Quizás me muera.

–Sí lo haces. Eres como esas mujeres que no paran de acercarse para preguntar “¿Puedo ayudarlo?”.

Miré su barbilla cuadrada, su imposiblemente hermosa barbilla sin afeitar y después miré la lámina de Mary Cassatt sobre la pared, madre bañando a niño, por qué poseía yo una cosa como esa, y fue en ese momento que realmente entendí que Gerard estaba enamorado de Susan Fitzbaum.

Las cosas, sin embargo, raras veces sucedían de la forma en que las entendías. La mayor parte de las veces, tan solo emergían paralelamente a lo que pensabas que estaba pasando y luego se hundían azarosamente en alguna otra dirección.

Gerard no paraba de repetirse.

–Eres como una de esas mujeres que no paran de acercarse: “¿Puedo ayudarlo?, esto es lindo, avíseme si lo quiere”. Una y otra y otra vez. No me dejarás nunca en paz.

Pensé sobre lo que me había dicho. Finalmente, dije en voz muy baja:

–Pero estás dentro de la tienda, Gerard. Si no te gusta, sal de la maldita tienda.

Gerard tomó una revista y la arrojó hacia el otro lado de la habitación, luego, sin buscar sus llaves, partió antes de lo necesario hacia su show en El Helecho de Humo.

Yo no era lo suficientemente grande para Gerard. Yo era pequeña, burda, estaba llena de preocupaciones, había colapsado. No me quería a mí, quería una tienda del tamaño de Macy’s; como Eneas o Ulises, él quería el anonimato y la libertad de vagar de isla en isla sin comprar nada. Yo era demasiado poco mundo para él. Ninguna mujer podía ser mundo suficiente, pensé, aunque eso fuera lo que un hombre deseaba de una mujer, aunque ella moviera frenéticamente sus brazos intentándolo.

Eleanor había dicho que se iba a quedar en casa mirando La novicia rebelde, entonces yo también me quedé en casa y leí el capítulo sobre aborto en mi libro de salud femenina. En la televisión, miré un documental sobre la naturaleza. Era sobre especies animales que, debido a un cambio en el paisaje, comienzan a producir huevos inviables o son perseguidas y se refugian en los cerros.

Caminé hasta el departamento de Gerard y recogí algunas cosas mías que habían quedado allí: zapatos, platos, revistas, cubiertos. Era como un principio de la física: las cosas iban y venían de forma natural entre los dos departamentos hasta que se alcanzaba el máximo nivel de caos. Yo tenía su abrelatas y él tenía mis cubeteras. Era como si nuestras posesiones estuvieran embarcadas en algún intercambio osmótico, conyugal, un gigante beso de efectos personales, que de algún modo nos había dejado atrás a nosotros.



El lunes me encontré con Eleanor para desayunar en Hank’s. Quería hablar de cosas esperanzadoras: el trabajo en Nueva York, cómo se sentiría ella acompañándome. Tal vez podría empezar un grupo de lectura allí. Le prometería no morirme de la enfermedad de Globner.




–Deberíamos dejar de fumar cigarrillos. ¿Quieres dejar de fumar cigarrillos? –dijo Eleanor apenas me senté.

A pesar de mi salud en proceso de degeneración, los disfrutaba demasiado. Eran parte de nuestra relación sorora.

–Pero nos hermanan en los quistes –dije y me levanté un pecho con la mano. Ninguna idiotez era demasiado indigna para mí. También podría haberme sentado en un rincón y aplicar Winstons a mis nódulos linfáticos mientras me reía y contaba chistes malísimos.

La boca de Eleanor formó una sonrisa pequeña y fragmentaria.

–Tengo algo que decirte, Benna.

–¿Algo relacionado con lo sororal y quístico? –dije–. ¿Qué?

–Benna, le pedí a Gerard que se acostara conmigo.

Yo seguía sonriendo inapropiadamente y mi pecho todavía estaba un poco levantado.

–¿Cuándo fue? –dije, volví a acomodarme el pecho, enderecé el torso. Algo entre nosotras se había vuelto de repente pálido y gris, como un pequeño trozo de carne que no se saca de entre los dientes horas después de comer. Encendí un cigarrillo.

–El sábado por la noche. –La cara de Eleanor parecía organizada por la ansiedad, la misma cara que usaba cuando leía el discurso de Romeo a Paris, a quien acaba de matar: ¡Dame la mano tú que, como yo, has sido inscripto en el libro funesto de la desgracia! Lucía rosada y suplicante, aunque esencialmente se veía igual, como lo hacen todas las personas a pesar del hecho de que han comenzado a convertirse en monstruos y están por decirte algo que necesitaría que además tuvieran cuernos y colmillos o cejas abovedadas, pero nunca los tienen.

–Pensé que habías dicho que te ibas a quedar en casa mirando La novicia rebelde –dije con la misma voz que usaba siempre para arrojar humo de cigarrillos por mis fosas nasales.

–Yo, eh, finalmente no hice eso. Fui a ver a Gerard tocar. Me dijo que ustedes habían tenido una pelea, Benna.

Y de repente supe que esa era solo una parte de la verdad. De repente supe que había más cosas. Que siempre las había habido.

–Benna, al principio pensé que solo estábamos bromeando –continuó. No paraba de repetir mi nombre–. Me senté junto a él y le dije: “Ey, arruinemos una linda amistad…”.

–Pero ustedes se odiaban –insistí.

–...y él dijo: “Seguro, ¿por qué no?”. Y, Benna, estoy convencida de que él al principio pensaba que estaba bromeando…

¿Bromeando? ¿Cómo se le puede llamar bromeando a eso? Broma era mi lámina de Mary Cassatt. Mujer con niños.

–Benna, estoy segura de que no…

La piel de Eleanor era suave y sin poros. Tenía el cabello con reflejos dorados, como una madera costosa. Quería que dejara de decir mi nombre.

–Pero no se acostaron, ¿no? –pregunté, aunque sonó patético, como un personaje diminuto de Hans Christian Andersen.

Eleanor me miró fijo. Sus ojos empezaron a llenarse de agua. Se sentía mal por mí. Se sentía mal por ella misma. Pude sentir cómo mi corazón se marchitaba como una flor. Pude sentir cómo el bulto en mi pecho subía hasta mi garganta, donde tal vez hubiera estado al principio.

–Oh, Benna, él es una mierda. –Ellos sí se odiaban mutuamente. Es por eso que ella me estaba contando esto: todos nos odiábamos mutuamente–. Lo siento, Benna. Él es una mierda. Sabía que jamás te lo contaría.

Eleanor era gorda. No sabía nada de música. Era una niña. Seguía recibiendo dinero de sus padres desde el país de los médicos. Ningún animal es tan problemático en cautiverio como el elefante, pensé con maldad, como una profesora de aerobics que mira demasiada televisión pública. Todos los años, al menos un cuidador de zoológico es asesinado en algún lugar del mundo.

Algo en Eleanor empezó entonces a desmoronarse y morder.

–¿Cuánto tiempo crees que yo podría haber seguido siendo una caja de resonancia de ustedes dos, Benna?

Esto era espantoso. Era la clase de cosas que lees en las columnas de consejos de las revistas. ¡Dame la mano tú que, como yo, has sido inscripto en el libro funesto de la gracia! 

–…yo merecía un romance, y en lugar de eso estaba pasando todo mi tiempo envidiándote. Y tú nunca me notabas. Nunca notaste siquiera que había bajado de peso. –Ella no sabía nada de música. No conocía ninguno de los temas de Momento de decisión.

–No te das cuenta de que la hermandad entre mujeres tiene que ser redefinida –dijo–. Hay demasiados pocos hombres en el mundo. ¡Hay una escasez de heterosexualidad allá afuera!

Lo que finalmente logré decir mientras miraba un póster que explicaba la maniobra de Heimlich fue:

–¿Entonces, esto es lo que se llama sociobiología?

Eleanor sonrió débilmente, con esperanza, y yo me largué a reír, y después las dos estábamos riéndonos con los ojos llenos de lágrimas y hundiendo la cabeza entre nuestros brazos apoyados sobre la mesa. Y fue en ese momento que tomé la botella de ketchup y se la partí sobre la cabeza. Y después me paré y salí tambaleando, mi alma entumecida como una pierna cruzada, y Hank me gritó algo en griego y dejó su puesto detrás de la barra para ir a socorrer a Eleanor que lloraba en voz alta y seguramente iba a necesitar puntos.



Durante nueve días, Gerard y yo no nos hablamos. A través de las paredes, yo podía escucharlo entrar y salir de su departamento, y seguramente él podía escucharme a mí, pero no hablamos. Desde el principio yo me negué a responderle cuando me golpeó la puerta.

Por la noche, salía a ver todas las películas malas en Fitchville y me quedaba sentada en el cine. A veces, llevaba un libro y una linterna.

Lo extrañaba. Me di cuenta de que el amor era algo que la columna vertebral recordaba. No había nada que se pudiera hacer al respecto.

Desde el otro lado del pasillo, podía escuchar cómo sonaba el teléfono de Gerard, entonces prestaba atención y esperaba que él respondiera. Las palabras siempre se escuchaban apagadas. A veces, lo oía reírse como si ya estuviera listo para volver a ser feliz. Un par de veces, en que no volvió en toda la noche, su teléfono sonó hasta las tres de la mañana.



Dejé de tomar sedantes. Los días eran todos falsos, de un color gris cálido. Días de monóxido. Alfombra de baño sucia. Suela de zapato. Cuando iba al centro, los colores de todas las tiendas se derretían ante mis ojos como revistas húmedas. Había un ruido en el aire que cambiaba con el viento y que podría haber sido música, o rugidos, o voces de niños. Las personas miraban hacia arriba buscando algo en los árboles y yo también alcé la vista y vi lo que era: no lejos de la calle Marini, miles de pájaros oscuros habían aterrizado, habían descendido de sus nidos; geometría resuelta en la confusión del vecindario, esparcían sus graznidos complicados entre los árboles y sobre los techos, en busca de la mancha negra e iridiscente de un derrame de petróleo. Yo sabía que había científicos que estudiaban eventos como este, que afirmaban poder discernir patrones en este tipo de caos. Pero esto requería distancia y un estudio que no tenía en cuenta ninguna de las partículas individuales en el desorden. Las partículas no tenían valor. La mirada de cerca no tenía ningún uso particular.

A cuatro cuadras, pude ver que la bandada tenía una especie de vida grupal, una inteligencia reconocible, era indudable que había patrones en su aleteo azaroso, pero solo, cualquiera de esos pájaros negros no hubiera tenido idea de lo que estaba pasando. Solos, como vive la gente, se habrían roto la cabeza contra las paredes.

Me alejé lentamente de la calle Marini, y comprendí este pequeño fragmento: entre lo grande y lo pequeño, entre lo cercano y lo lejano, no había sabiduría ni tregua posible. Estar cerca significaba estar ciego, ser uno entre tantos equivalía a no poseer forma ni voz.

“¡Debe haber cosas que puedan salvarnos!”, quería gritar, “pero no están aquí”.



Me hice un aborto. Después sufrí de una breve depresión heterosexual y tuve problemas para dar mi clase: sin darme cuenta, me salteaba el número tres al contar y gritaba: “Al frente, dos, cuatro, cinco; costado, dos, cuatro, cinco”. En realidad, eso pasó solo una vez, pero más adelante, cuando estaba viviendo en Nueva York, se volvió una historia divertida para contar. (“Benna”, dijo Gerard el día que me fui, “mi amor, lo siento mucho”).

Gracias al embarazo, el bulto en mi pecho desapareció, se retrajo, fue absorbido y nunca volvió a aparecer.

–Una flor nocturna para nada seria –le dije a la enfermera. Ella sonrió. Cuando me palpó el pecho, me dieron ganas de invitarla a cenar. Hubo una semana en mi vida en que ella fue la única persona que realmente me gustó.

Pero yo creía en recomenzar. Sabía que, finalmente, solo había rupturas e insatisfacción y dolor entre las personas, pero, Shirley, la mejor venganza era la de transformar tu vida en un pequeño conjunto de milagros.

Si no podía ser estable y profunda, trataría, al menos, de ser amable.

Entonces, antes de partir, llamé por teléfono a Barney y lo invité a tomar un trago.

–Eres una chica dulce –dijo, hablando con el volumen de un comentador deportivo–. Siempre lo he pensado.




 Enfermedad imaginaria inventada por el grupo de teatro experimental The Firesign Theatre durante la década de 1960. [N. de la T.]




3. VENTA DE GARAJE


He notado que hay personas en el mundo que nacen vendedores. Saben cómo realizar transacciones, cómo disponer. Saben cómo abrirse paso de forma fascinante y cautivadora hacia un acuerdo, un descuento. Luego se suben a su auto y conducen a toda velocidad.

–Cada vez que me mudo a un lugar nuevo –dice Eleanor–, me compro un estante para la ducha. Me da la sensación de estar empezando de nuevo. –Esboza una gran sonrisa mordaz.

–Sé de lo que hablas –dice Gerard, sentado en una silla de jardín, mientras se agacha para atarse los cordones. Estamos en el patio de la casa, liquidando nuestros afectos, intercambiando nuestras vidas por efectivo: hemos organizado una venta de garaje. Gerard se endereza. El cabello le cae sobre la cara, lo hace lucir demasiado joven, luego demasiado apuesto cuando se lo corre hacia atrás. El corazón me duele, se expande y se pliega sobre sí mismo como un omelette.

Son dos contra uno aquí.

Eleanor está tratando de vender su antiguo estante de ducha por veinticinco centavos a pesar de que los restos de un horrible jabón se han secado y han formado una cera verde sobre toda la superficie del accesorio. Eleanor es una buena amiga y ha venido a nuestra venta de garaje este fin de semana con todos los artículos desagradables que no pudo vender en su propia venta de garaje la semana pasada. La invité para poner su propio puesto, pero ahora me pregunto si no estará profanando nuestro jardín. Gerard y yo estamos vendiendo cosas lindas: una bicicleta de diez velocidades, un decantador de vino de vidrio tallado, algunos discos de jazz raros, plantas saludables que necesitan un hogar saludable, suéteres de buena lana, dos sillas antiguas con el respaldo alto. Eleanor ha traído basura: ruleros de goma con pelos todavía enredados en ellos, un body de encaje color lavanda con una antiestética mancha, dos bolsas de placas de aislamiento de fibra de vidrio, tres vasos viejos y grasientos de jugo que venían gratis con el cóctel de camarones y que Eleanor quiere vender ahora por setenta y cinco centavos. También trajo una caja entera de tops sin mangas y una antigua banda sonora de la película Millie, una chica moderna. Extendió la mayor parte de estos objetos en una de las mesas bajas que Gerard y yo habíamos armado con ladrillos y dos puertas viejas traídas desde el cobertizo. Magdalena, nuestra perra, tiene una etiqueta de precio púrpura pegada en la parte trasera (“parece popó”, dice el eternamente joven Gerard). Olfatea los vasos de cóctel de camarones y tira uno. Gerard le alisa con la mano el pelaje negro, le acaricia el lomo, le dice que se calme. Una vez, Eleanor describió a Magdalena como un perro que se veía exactamente igual que el dibujo de un perro de un niño de primer grado. Ahora, sin embargo, con su parte trasera ornamentada, Magdalena parece un poco incorrecta: disfrazada, gitana, como un bebé con las orejas perforadas. Su trasero dice “43 centavos”. Magdalena tiene el porte de una duquesa, siempre lo pensé.

Eleanor ubica algunas prendas de vestir en las ramas de los abedules junto a nosotros: algunas faldas, una chaqueta raída, el body de encaje herido. Ahora somos realmente un tugurio.

–Eso es adorable, Eleanor –dice Gerard señalando los abedules. Magdalena se ha acercado y se ha puesto a ladrarle a la ropa de Eleanor.

–Oh, desaparece y sé una cachorrita yuppie –le dice Eleanor a la perra. A veces, como en un terrorífico acto de ventriloquía, Eleanor supone que estoy enojada, e incluso exagera en su suposición. Gerard es un pianista de cafetería cansado que partirá en dos días hacia California para empezar la carrera de derecho. Se lleva con él a Magdalena, a mí no. Dice que necesita hacer una publicación de leyes para conseguir un trabajo maravilloso en alguna parte. A Eleanor le gusta definir a los yuppies como personas que compran la mostaza cara y el ketchup barato, mientras que el resto del mundo lo hace al revés.

–Gerard, eres demasiado viejo para transformarte en un yuppie –dice, aunque se equivoca. Gerard es un año más joven que Eleanor y casi dos años más joven que yo.

Eleanor se acerca con una bolsa de papel y se sienta.

–¡Un punto de inflexión! –anuncia y saca de la bolsa una caja abierta de tintura aclarante para morochas y la ubica en la mesa junto a mi hermosa aglaonema y mi decantador de vino, que fue un regalo de mi hermano. Me es más fácil de lo que pensaba deshacerme de las cosas.

–Todo mi pasado aquí y solo pido diez centavos –dice Eleanor con una sonrisa socarrona. Hace poco se ha teñido el pelo de rojo. Ella y su esposo, Kip, se mudan en diez días a Fort Queen Anne, Nueva York, donde Kip encontró un mejor trabajo y Eleanor quiere comenzar desde cero–. Esta es una ciudad muerta –dice–, pero no puedes ganar el dinero solo con críticas.

Clavo la vista sobre la caja de tintura. Las letras están en proceso de borrarse y tiene marcas de tazas de café, como los anillos de la insignia olímpica, en el frente.

–Eleanor –digo lentamente. Pasan algunas personas que miran la ropa colgada en los árboles, sonríen y siguen caminando. Estoy a punto de decirle que su concepto del comercio no es el mismo que el nuestro pero, en lugar de eso, saco diez centavos de mi taza con monedas y se los doy.

–¿Me quedará bien? –Sonrío y sostengo la caja de tintura frente a mi cara como en una publicidad. Soy la única de nosotros que no se muda, aunque pronto me iré de vacaciones a Cape Cod por dos semanas para pensar en mi vida.

–Serás la sensación de Truro –dice–. Deslumbrarás. Gerard llorará de arrepentimiento.

Son dos contra uno aquí.

Gerard se vuelve a sentar a mi lado. Eleanor, que sospecha que él la escuchó, se acerca y le da un golpecito en el muslo. Vuelve a hablarnos de la mostaza y el ketchup.

Gerard no sonríe. Mira los árboles. Magdalena se ha echado a sus pies.

–Da la impresión de que alguien hubiera sido asesinado con eso puesto, Eleanor –dice Gerard y señala el body de encaje.

Me estiro hacia un costado, debajo de la mesa, y le aprieto la mano a Gerard para advertirle, para rescatarlo. Son dos contra uno aquí; simplemente seguimos turnándonos.



–No, no vamos a casarnos. Él se va a California y yo me quedo aquí –le dije a mi madre por teléfono cuando preguntó. Normalmente nunca llama. Normalmente hace cosas como enviarme notas con garabatos histriónicos que dicen “Bueno, sabes, yo no los puedo usar”, y junto con la nota, en el sobre, hay cupones de descuento de tampones y analgésicos para los dolores menstruales.

–Bueno –dijo mi madre–. El consejo que escucho de mis amigas últimamente es no te cases hasta los treinta. Tómate tu tiempo. Diviértete conociendo gente mientras seas joven. No te quedes con las ganas de nada.

Conocer gente es una frase que mi madre ama.

–Mamá –dije lentamente, alzando la voz–. Tengo treinta y tres. ¿Con las ganas de qué crees que no debería quedarme?

Esto pareció dejarla boquiabierta.

–Sabes, Benna –dijo finalmente–, no todas las mujeres piensan como tú y yo. Algunas simplemente quieren establecerse. –Esta alianza entre madre e hija era algo que mi madre había empezado a hacer tarde: de forma arbitraria, sin prestar atención–. Definitivamente, tú y yo somos excepcionales en ese sentido.

–Madre, él me dijo que pensaba que iba a ser un infierno vivir conmigo mientras estuviera estudiando derecho. Dijo que ya era una especie de infierno. Eso es lo que me dijo.

–Yo era como tú –dijo mi madre–. Estaba decidida a estar soltera y divertirme y salir con muchos hombres. No me importaba lo que pensaran los demás.



La gente no para de preguntar por Magdalena. “¿El perro está a la venta?”, dicen, o: “¿Cuánto piden por el perro”, como si fuera un chiste especial y divertido. Luego se ríen y se ponen a revisar nuestras pertenencias.

Lo primero que se va es mi bicicleta de diez velocidades. Está casi nueva, pero es incómoda y nunca la usé.

–¿Cuánto? –pregunta un hombre vestido con un rompevientos rojo que se enteró de nuestra venta por los avisos clasificados.

Miro a Gerard para que me ayude.

–¿Cuarenta y cinco? –digo. El hombre asiente con la cabeza, se monta a la bicicleta y da unas vueltas por la vereda.

–La próxima vez –me susurra Gerard– pide sesenta y cinco. –Pero no hay próxima vez. El hombre vuelve con la bicicleta. “Me la llevo”, dice, y me pasa dos billetes de veinte y uno de cinco. Gerard se encoge de hombros. Yo miro el dinero. Me siento mal. No lo quiero.

–No soy buena para estas cosas –le digo a Gerard. El hombre de rojo carga la bicicleta en su camioneta Dodge, se sube al vehículo y arranca.

–Era una buena bicicleta, pero no te sentías cómoda con ella. El tipo hizo un buen negocio –dice Gerard. La camioneta se aleja y desaparece de nuestra vista. Ahora ya no poseo una bicicleta.

–No te preocupes –dice Eleanor. Me rodea el hombro con el brazo y me conduce hacia los abedules–. Es como la vida –y señala con el pulgar hacia atrás, donde está Gerard–. Vende al joven y elegante, y consíguete un viejo achacoso y te sentirás mucho más feliz. El viejo achacoso es cómodo y nunca te lo robarán. Mira a Kip. Al viejo achacoso lo tienes de por vida.

–Cuarenta y cinco dólares –digo y sostengo el dinero frente a mi cara, como si fuera un abanico.

–Ya aprenderás –dice Eleanor. Ahora, una pequeña multitud está congregada alrededor de los tops de Eleanor, los discos de Gerard, mis plantas. Las plantas no, me digo. No estoy segura de que deba venderlas. Son cosas vivas, mucho más que los tops de Eleanor.

Eleanor es toda una vendedora junto a los abedules. Señala la falda negra.

–Esta es marca Liz Claiborne –le dice a una mujer cuyo interés en la prenda no es seguro–. ¿Sabes quién es?

–No –dice la mujer, fastidiada, y se pone a mirar los discos de jazz.

–Queremos las plantas –dice una adolescente con su novio–. ¿Cuánto?

Hay un ficus pequeño y una aglaonema.

–Ocho dólares –digo, improvisando un número. El sentimiento de incomodidad me invade nuevamente. La aglaonema me mira sin poder creerlo, traicionada. La parejita junta los ocho dólares, me los dan, y luego toman las plantas en sus brazos, como si fueran los bondadosos salvadores de unos niños.

–Gracias –dicen.

Las ramas del ficus me dicen adiós, pero la aglaonema chilla: “¡No eres apta para ser la madre de una planta!”, o algo así, mientras es conducida hacia el auto de la pareja. Pongo los ocho dólares en mi taza. Me pregunto cuán lejos se podría llegar en una de estas ventas de garaje. “Por supuesto”, podrías decirle a un desconocido total, “llévate a la perra, llévate a mi novio; las madres y los dedos tienen una oferta especial: dos por uno”. Si lo único que quisieras fuera llenar tu taza de efectivo podrías dejarte llevar. Un resto de uña o un bebé, las dos cosas bien podrían tener un precio escrito sobre cinta adhesiva. El ímpetu de vender podría apoderarse de ti, como el alcoholismo o la religión.

–Estoy mal –le digo a Gerard, que acaba de vender algunos discos y pone alegre el dinero en su taza.

–¿Qué sucede? –Otra vez, he vuelto amarga su felicidad, me he interpuesto en su camino, da la impresión de que eso es lo que hago.

–Vendí mis plantas. Me siento mal.

Me rodea la cintura con un brazo.

–Es dinero, podrías usarlo para algo.

–Gerard –digo–, huyamos a New Hampshire y solo usemos bolsas de dormir como ropa. Seremos principiantes durmiendo en tiendas.

–Ben-na –dice separando mi nombre con tono de advertencia. Saca su brazo de mi cintura.

–Tuvimos una buena vida aquí, ¿verdad? Comimos mucho arroz y muchos porotos. Toma tus ocho dólares, Benna. Cómprate un bistec.

–Ya sé –digo–. ¡Podríamos abrir un puesto de limonada!

La aglaonema sigue chillando a la distancia, como un pájaro. Entre los abedules, la mancha en el body de Eleanor es una suerte de spin art orgánico, una flor o un blanco; un ojo menstrual aplastándome.



Sé lo que pasará: él me prometerá escribirme día por medio, pero cuando resulte ser una vez por semana, me prometerá escribirme una vez por semana y cuando resulte ser una vez por mes y aunque solo sea una postal, llamará por teléfono, dirá: “Benna, te lo prometo, una vez por mes te escribiré”. Empezará a decir cosas falsas con tono de abogado, cosas como: “Sabes, estoy extremadamente ocupado” y “hago mi máximo esfuerzo”. Será el primero en sacar el tema del costo de las llamadas de larga distancia. De repente, palabras como res ipsa loquitur y no nos beneficia aparecerán en su lengua como forúnculos. Hablará sobre lo que “otras personas dijeron” y lo que él “y otras personas hicieron”, y cuando nunca mencione específicamente a ninguna mujer será como las agencias de noticias soviéticas que nunca publican nada que contenga los nombres de las ciudades donde están las nuevas bombas.



–No hay problema, puedo aceptar un cheque –dice Eleanor–. ¿Por qué no lo aceptaría? –Milagrosamente, alguien está comprando Millie, una chica moderna. Un hombre con una gran barriga y con chequera pero sin camisa. El pelo en su pecho es parecido al de Gerard: un territorio muy diferente al de su cara, algo exótico y prestado, como un disfraz de Halloween. El hombre toma el decantador de vino. Es un objeto feo, un regalo caro y equívoco de mi hermano solitario y con sobrepeso.

–Puedes llevártelo por un dólar –digo. Una vez, encontré un libro de poesía bastante bueno en una tienda de libros usados, y en la portada alguien había escrito: “Para Sandra, la única mujer que amé”. Me sonrojé. Me sonrojé por la perra de Sandra. Las traiciones, incluso las que tú misma llevas a cabo, pueden tomarte por sorpresa. Te das cuenta de que eres capaz de ciertas cosas.

El hombre nos hace cheques a Eleanor y a mí.

–¿El perro está a la venta? –dice riéndose entre dientes, pero ninguno de nosotros le responde–. Mi mujer ama con locura a Julie Andrews –dice, sosteniendo el disco en alto–. De niña, quería crecer para ser niñera y cantar las canciones de Julie. “Doe a deer” y todo eso.

–¡Ja, yo también! –digo, una niñera ridícula, una Julie Andrews con un sapo en la garganta. El hombre hace el gesto de brindar con el decantador de vino, después se aleja por la vereda.

–El gusto de un abrelatas –murmura Eleanor.



Y en el teléfono, en California, en un último y acorralado estallido de sentimiento erótico, susurrará: “Buenas noches, Benna. Guarda tus senos para mí”, pero la conexión de la línea no será muy buena y sonará como: “Guarda tus sueños para mí”, y yo diré “Estás loco, mi amorcito”, y cortaré golpeando el teléfono.



Se produce un momento de calma en nuestra venta de garaje. Voy adentro y busco cervezas, y vierto una en un plato para Magdalena.

–Bueno –dice Gerard reclinándose en su silla de jardín–. Nadie ha preguntado por el body color lavanda aún, Eleanor. Quizás piensen que está manchado.

–Bueno, sabes, no es una mancha completa –explica Eleanor–. Es solo el contorno de una mancha… en el medio ya no se ve. Los moretones también se borran así. Después de algunos lavados habrá desaparecido del todo.

Gerard parpadea con gesto serio en señal de burla. Yo trago mi cerveza como una mujer en pánico. Gerard y Eleanor cuentan su dinero, enrollan y desenrollan los billetes y hacen torres plateadas con las monedas. Son dos contra uno. La gente pasa caminando, algunos se paran y miran, otros siguen. Otros dicen que volverán.

–No paran de decir que van a volver pero nunca lo hacen –digo. Tanto Eleanor como Gerard alzan rápidamente la vista desde sus tazas de dinero y me miran, como si de alguna forma los hubiera acusado a ellos, una contra dos–. Solo un comentario –digo, y ellos regresan a su dinero.

Una bella mujer de pelo negro con un jumper de jean pasa caminando y al ver nuestra venta se detiene a curiosear y reordenar la mercadería. Está bronceada y sus ojos grises llaman la atención y todas esas cosas que son obviamente encantadoras quedan opacadas por su falta de sutileza.

–Oh, ¿el perro está a la venta? –dice y se ríe más bien estridentemente mientras mira a Magdalena, y Gerard le contesta con una risa igual de estridente (para ser amable, explicará después), aunque Eleanor y yo no nos reímos; la mujer está más cerca de la edad de Gerard que de la nuestra.

–No, la perra no está a la venta –dice Eleanor y descruza y vuelve a cruzar las piernas–, pero, sabes, eres realmente la primera persona que hace esa pregunta.

–¿Sí? –dice la bella mujer. El problema con una mujer linda es que hace sentir a todos a su alrededor desesperadamente masculinos, lo que no presenta ningún problema particular si para empezar eres hombre. Pero si eres cualquier otra cosa, tu identidad sexual completa es arrastrada hasta la oficina del director, donde te dicen: “¿Qué es eso que escuché de que has estado pavoneándote por ahí, haciéndote pasar por mujer?”. Tú no sabes qué decir. Estás sentada sobre tus manos. Rezas para que tus pechos crezcan, para que tu cabello tenga más volumen.

–Un viejo achacoso –susurra Eleanor, mirando a Gerard–. Consíguete un viejo achacoso.



Seguramente miraré muchos especiales de televisión: Sammy Davis cantando “For Once in My Life”, Tony Bennett cantando “For Once in My Life”, todos cantando “For Once in My Life”.



–¿Puedo mostrarte algo de Liz Claiborne? –dice Eleanor y baja la falda negra del árbol–. No sé mucho de ropa de diseñadores pero supuestamente Liz Claiborne es una buena marca.

La bella mujer de cabello negro azabache con un jumper de jean sonríe levemente.

–Está bien salvo por las pelusas –dice y levanta cautelosamente el dobladillo de la falda y luego lo vuelve a soltar. Eleanor se encoge de hombros y pone de vuelta la falda en el árbol.

–Ya nadie sabe nada sobre tener personalidad –suspira y vuelve dando saltitos a las mesas donde se pone a apilar revistas gratuitas de aerolíneas y números viejos de People y Canadian Skater.

–Entonces llevo solo esto, supongo –dice la mujer y le pasa un dólar por un disco a Gerard. Miro rápidamente y noto que es un álbum de Louis Armstrong que le regalé la última Navidad. Cuando la mujer se ha ido, digo:

–¿Así que ahora vendes los regalos? ¿Te di ese disco para Navidad y ahora está en nuestra venta de garaje?

Gerard se sonroja. Lo hice sentir mal y no estoy segura de haber tenido esa intención. Después de todo, yo misma vendí el decantador de vino que me regaló mi hermano el año pasado. Cuando me lo dio sacudía los pies y llevaba la totalidad de su vida imposible impresa en su cara como una moneda.

–Lo tengo en casete –dice Gerard–. Tengo a Louis Armstrong en casete.

Miro a Eleanor.

–Los casetes de Gerard –digo.

Ella asiente con la cabeza. Está revisando unas revistas People viejas que quiere vender a diez centavos cada una.

–Así que Billy Joel se casa con una modelo –dice mientras hojea las revistas–. Qué puedes esperar de un tipo que escribe “No quiero una conversación inteligente” y llama a eso una canción de amor. –Muy poco después, Eleanor se pone a cantar el tema que acaba de citar–: “No quiero una conversación inteligente. Solo quiero unas tetazas enormes”. Kip ama a Billy Joel –agrega–. El hombre tiene el gusto de un abrelatas.

Esto es un sálvese quien pueda.



Me mudaré a un nuevo departamento en la ciudad. Lo llenaré con nuevos olores: el vinilo de la cortina del baño, el percal maloliente de las nuevas sábanas, el aroma enérgico de los pesticidas del conserje. Tomaré demasiados baños calientes: un sustituto del sexo y del alcohol y un intento de reorientarme.

En el trabajo, de repente, nadie entenderá cuando esté bromeando.



En realidad, nos está yendo bastante bien en la venta de garaje, a pesar de que los suéteres no son un gran hit dado que hace calor.

–Perdón por lo del disco –dice Gerard mientras pone su mano en mi muslo en la parte donde termina el short.

–No hay problema –digo y voy a la casa y traigo un montón de regalitos baratos que me ha dado en los últimos dos años: carpetas tejidas al crochet, jabones marca Crabtree and Evelyn, una bolsita para perfumar cajones que dice “Soy pino para ti y a veces soy bálsamo”. Todos provienen de otras ventas de garaje. Estuvieron guardados durante años en los cajones de otras personas, y luego en sus garajes, y ahora me voy a deshacer de ellos. Supongo que me estoy vengando, pero en realidad esos regalos nunca me gustaron. Son para una solterona o para una abuela, y esta es mi oportunidad de tirarlos a la basura. Tal vez soy una persona poco generosa. A veces pienso que debo querer más a Magdalena que a Gerard, porque cuando los dos partan hacia California quiero que Magdalena esté contenta y quiero que Gerard se deprima y pierda el cabello en su plato de agua. No quiero que sea feliz. Quiero que me extrañe. Eso no es realmente amor, supongo. Eso lo entiendo. Tal vez sea como la pequeña niña que por un instante perplejo y desencantado nota que la muñeca de plástico rígido no es un bebé real, pero pronto retoma la simulación. Quizás sea como un jugador de fútbol que, vano y superfluo, se coloca sobre la pila de jugadores incluso cuando sabe que el tackle ha terminado, incluso después de saber que el juego ha sido completado y que eso no tuvo nada que ver con él; simplemente salta allí de todas formas.

–Oh, Dios mío –grita Eleanor mientras levanta la bolsita para perfumar cajones–, he visto esto al menos en dos ventas de garaje.

–La compré en Oak Street –dice Gerard–. ¿La viste ahí?

–Creo que no –la toma con dos dedos y la inspecciona con sospecha.



Por un tiempo me encontraré hablando sola y me daré cuenta de que eso es algo que siempre he hecho; lo que pasa es que cuando vives con alguien más piensas que hablas con esa persona. Solo porque están en el mismo cuarto supones que te escuchan. Y luego, cuando empiezas a vivir sola, te das cuenta de que has desarrollado el hábito perturbador de hablar en voz alta cuando no hay nadie.

Como medicación, miraré mucho HBO y comeré manzanas asadas con crema ácida. La parte blanca de mis ojos se resquebrajará con líneas de color escarlata. Solamente una o dos veces correré hacia la calle en el medio de la noche con el pijama puesto.



Cerca de las tres y treinta y cinco, la venta realmente aminora. Yo ya he vendido mis sillas de respaldo alto y mis chalecos escoceses. Ni siquiera estoy segura de por qué he vendido todas esas cosas; quizás solamente para no ser dejada afuera de este gran insulto a la propia vida que es una venta de garaje, este grandioso proyecto de deshacerse rápido de algo. Lo que en realidad debería haber sacado es la comida que Gerard y yo todavía tenemos: papas que ya se están echando a perder, intestinos de vaca que se ponen cada vez más oscuros, perejil y lechuga llenándose de moho en bolsas de plástico, especias derramándose por el costado de sus contenedores en el estante de la cocina. O quizás debería haber bajado todos los espejos: el que está en el baño, el que está sobre la cómoda. Estoy cansada de mirarme en ellos y ponerme tanto maquillaje y verme como una prostituta. Estoy cansada de decirme a mí misma: “Solía ser capaz de lucir mejor. Sé que solía ser capaz de lucir mejor que esto”.

Todo me da dolor de estómago.

–Ahí va mi dote –digo cuando una niña de diez años compra mi “Soy pino para ti” por veinticinco centavos. Siento preocupación por ella. Tiene el cabello duro como alambre y es tímida, con la voz casi inaudible susurra: “Gracias”. Camina dando pasos diminutos y sostiene la bolsita contra su pecho.

Observo el cielo y deseo que llueva.

–Esto se vuelve aburrido después de un tiempo, ¿verdad? –digo–. Me gustaría cerrar, pero anunciamos que estaríamos abiertos hasta las cinco. –Pasan muy pocos autos por la calle Marini; algunos bajan la velocidad, nos inspeccionan y luego vuelven a acelerar y se van. Eleanor agita un top y grita:

–Lo mismo para ti, amigo.

–Si cerráramos –continúo–, ¿alguien podría demandarnos por publicidad engañosa? ¿Por perpetuar un fraude público?

–Por arrojar basura en la vía pública –dice Gerard y señala el body color lavanda.

–Por Dios –dice Eleanor indiferente–, odio cuando alguien viene y revisa una caja con ropa que tú considerabas bastante linda, y ellos simplemente mueven las prendas y las huelen y luego siguen. Es decir, yo ni siquiera estaba segura de deshacerme de la falda Liz Claiborne, pero ahora que ha sido manoseada, olvídalo. No hay manera de que regrese a mi clóset.

Entro a la casa y Magdalena me sigue, se queda conmigo y se echa en el linóleo del piso de la cocina donde está fresco. Tomo el paquete de seis latas de cerveza que queda en la heladera y lo llevo al patio. El ruido de las latas de cerveza abriéndose me reconforta, la amargura almidonada burbujeando debajo de mi lengua. Gerard pasea por el patio con su lata de cerveza. Finge ser un cliente. Camina pavoneándose delante de las mesas, delante de los abedules, gira y, con un acento de chico malo de Brooklyn que sacó de las películas, dice:

–Oye, ¿cuánto me pagarías tú a mí para que me lleve estas cosas? –Nos reímos, molestas con su carisma y su belleza. Bebo la cerveza demasiado rápido y la efervescencia me quema y me corta la garganta.

Eleanor decide que ahora le toca a ella. Toma el aislante de fibra de vidrio y lo modela como si fuera un chal. Va y viene por la pasarela silbando y meneándose como una modelo drogada.

–Querrriduuu, no te preocupes por unas astillitas –dice–, ¿cuál es el problema con unas astillitas?

Gerard y yo aplaudimos.



Es posible que mi nuevo departamento esté en un lugar donde haya muchos niños. Quizás se junten cerca de mi puerta a jugar, y cuando salga a hacer las compras me dirán: “Hola, ¿tienes hijos?”, y después: “¿Por qué no?, ¿no te gustan los niños?”.

“Sí me gustan”, explicaré, “me gustan mucho”. Y cuando esté a punto de atropellarlos con mi auto en la entrada del garaje, sentiré muchas cosas distintas.



–Tu turno, Benna –dicen Eleanor y Gerard–. Sé alguien –dicen–. Actúa algún personaje. Alguna historia de venta de garaje. Estamos aburridos. No viene nadie.

El cielo tiene ese aspecto de alfombra de baño vieja de cuando está por llover.

–¿Algún personaje entrañable? –La verdad no me siento con ganas.

–Tres personajes en un garaje –dice Gerard sonriendo y Eleanor gruñe y le golpea el brazo con una revista People.

Pongo mi lata de cerveza sobre el suelo cuidadosamente. Me paro.




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