La jodida intensidad de vivir
Esteban Beltrán Verdes


Estebán Beltrán Verdes, director de Amnistía Internacional España, se adentra en este poemario en una historia de

amor ciego y extraordinario. ¿Se puede desear a quien no quiere vivir? ¿Se puede uno guiar por la presencia obsesiva de la esperanza y, a la vez, afirmar que la vida no es más que un curso avanzado de escepticismo? ¿Cómo esconderse de alguien cuando ocupa toda tu vida? ¿Cómo no esperar nada si te educaste en la verdad incuestionable de intercambio de golpes y recompensas? Este poemario se adentra, a través de un lenguaje descarnado repleto de exabruptos medidos, en la historia de un amor ciego y extraordinario, la agonía consciente, la muerte inesperada, la amenaza de suicidio y la locura del psiquiátrico. Ésta es la jodida intensidad de vivir.







Primera edición: marzo, 2018

© Esteban Beltrán Verdes, 2018

© Vaso Roto Ediciones, 2018

ESPAÑA

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28009 Madrid

MÉXICO

Humberto Lobo 512 L 301

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Grabado de cubierta: Víctor Ramírez

Queda rigurosamente prohibida, sin la

autorización de los titulares del copyright, bajo las sanciones establecidas por las leyes, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento.

eISBN: 978-84-12191-08-0

IBIC: DCF



Esteban Beltrán Verdes




La jodida intensidad de vivir










Índice


LO EXTRAORDINARIO, OTRA VEZ (#uace9b531-853a-5301-82c2-155767c02be1)

Poema único para leer luego (#u97575eac-4d95-5875-96f9-31a13cd70b5f)

Testamento de un instante (#u8e18f86b-38c5-5a3a-8aa1-7038960e6cd5)

El poema más despreciablemente feliz (#ub0a7228a-a5f7-55b1-b0d5-71882d988faa)

Un casi poema de amor (#u2a04c838-fefd-557a-8439-3a9b9a6fbed6)

El recuerdo más insensato (#ubb263552-0f6d-57cc-baa2-9ff423ac391e)

LO ORDINARIO, COMO NUNCA (#u682a9c6d-53bf-581c-a0cf-c1a3b64cc60b)

Cuaderno desvergonzado número 1 INTRODUCCIÓN Y EPÍLOGO (#uc6b59e7f-5a84-5a3f-be78-d59e36df3865)

¿Serán estos los minutos de la basura? (#u891d27df-5932-5fdc-8c3f-0f76e6b3ff58)

Reflexiones de un boxeador sonado (#ua3e0e2ee-1b0a-57e5-8558-f0c69e6d3c6c)

La tibia sala de la nostalgia (inventario sencillo) (#litres_trial_promo)

La engañosamente tibia sala de la esperanza (inventario semicomplejo) (#litres_trial_promo)

Catorce madrugadas (#litres_trial_promo)

Asesinar la esperanza (#litres_trial_promo)

La necesidad del monstruo (#litres_trial_promo)

Exhausto (#litres_trial_promo)

Cuaderno desvergonzado número 2 ENTONCES PARECIERA SER HOY (#litres_trial_promo)

La segunda muerte (#litres_trial_promo)

El lugar del olvido (#litres_trial_promo)

No quiet please (#litres_trial_promo)

La dictadura de lo extraordinario (#litres_trial_promo)

Crónica de un segundo (#litres_trial_promo)

Tu lugar exacto (#litres_trial_promo)

El descubrimiento rutinario de tu vida (#litres_trial_promo)

La compañía del polvo (#litres_trial_promo)

Happy birthday (#litres_trial_promo)

Inventario de un tiempo extraño (#litres_trial_promo)

La muerte de la imaginación (#litres_trial_promo)

Lo último antes del silencio (#litres_trial_promo)

UNIDAD DE CUIDADOS INTENSIVOS (#litres_trial_promo)

Cuaderno desvergonzado número 3 LOS MESES EN QUE MI VIDA SE VACIÓ (#litres_trial_promo)

La tentación de Polonia (#litres_trial_promo)

Tu muerte no te pertenece (#litres_trial_promo)

Descarnado (#litres_trial_promo)

El segundo que nunca debió ser poema (#litres_trial_promo)

POEMAS DEL PSIQUIÁTRICO (#litres_trial_promo)

I (#litres_trial_promo)

II (#litres_trial_promo)

III (#litres_trial_promo)

IV (#litres_trial_promo)

V (#litres_trial_promo)

VI (#litres_trial_promo)

Ensayo sobre el tiempo disponible (#litres_trial_promo)

La vida esencial (#litres_trial_promo)

Lo que ya no se nombra ni se mira (#litres_trial_promo)

El momento exacto de la muerte segura (#litres_trial_promo)

DIARIO DE AYER (DOS DÍAS SIN VERTE) (#litres_trial_promo)

I (#litres_trial_promo)

II (#litres_trial_promo)

III (#litres_trial_promo)

La muerte bajo la luz (#litres_trial_promo)

Unidad de Cuidados Intensivos, segundo día (#litres_trial_promo)

La presunta inconsciencia del moribundo (#litres_trial_promo)

La muerte de un inmortal (#litres_trial_promo)

Un día excepcional de agosto (#litres_trial_promo)

Reivindicación de los fantasmas (#litres_trial_promo)

Lo que me queda de ti (#litres_trial_promo)

Cuaderno desvergonzado número 4 LOS DÍAS CONMIGO EN EL BALNEARIO (#litres_trial_promo)

POEMAS VAGOS DE LA MUERTE (#litres_trial_promo)

I (#litres_trial_promo)

II (#litres_trial_promo)

III (#litres_trial_promo)

IV (#litres_trial_promo)

V (#litres_trial_promo)

Encuentro inesperado (#litres_trial_promo)

Cuaderno desvergonzado número 5 LO ÚLTIMO QUE NUNCA FUE EL FINAL (#litres_trial_promo)

Chau inmóvil (#litres_trial_promo)



LO EXTRAORDINARIO, OTRA VEZ




Poema único para leer luego


No me desahogo hoy (aunque resulte increíble en esta mi historia de poeta de exabruptos),

no frecuento el desagüe ni la guarida ni me asomo al taller de reparación de tiempos vencidos,

no escribo para recordarme el olvido imprescindible o planificar la venganza más hermosa,

no me leo para escupir ni vomitar ni rehuir el pegajoso olor de los abandonados sin remedio,

no me regodeo en la conspiración como alivio, en la emboscada más nocturna y devastadora,

no me abro en canal (no llamo ni a urgencias ni al forense ni al carnicero de confianza)

no invoco a Dios, no reniego, no me niego ni me ignoro,

no busco remakes ni me suicido ante el pelotón de palabras brutales y definitivas,

no me mato, no me intoxico, no me pierdo, no me bajoneo ni me humillo,

no me rasgo, no me duelo, no me suplico, no me insulto, no me dejo ir, no me someto,

no me compadezco hoy, no me animo ni me hundo, ni siquiera me pienso más de lo razonable,

no me tengo en cuenta, no me desgasto, no envejezco, no me rozo, no me idolatro, no me castigo,

simplemente escribo para recordarme que una vez

(cuando sea de nuevo necesario contar los muertos)

me merecí la esperanza de creer contra toda experiencia.




Testamento de un instante


Un atardecer, Lucía, te descubrirás más última que nunca al salir del cementerio o del mar

(todavía no he decido si enterrarme o hacerme lumbre y aventarme después)

inevitablemente más única que un segundo antes de mi última boqueada de pez

huérfana de mí, sometida a la soledad sin alivio ni salida que deja la muerte.

Y te aviso ya que el dolor de ausencia para siempre no llega de pronto y de una vez,

no, no es un tsunami ni un golpe devastador ni ocupará toda tu vida en un instante,

será más bien un acto lento de invasión de la conciencia al rebuscar entre mis cosas,

o sometida al ocio de los días, o al meterte en la cama, o al abrir un libro de Tintín,

y este dolor será todo tuyo y te penetrará para rendirte de volver a vivir,

y te querrá cobarde, incapaz de todo futuro, inmóvil ante los recuerdos,

arrepentida por haber llegado tarde a mí, y creer, contra toda lógica, que tu padre era inmortal.

Y no creo que vaya a morirme ya, no soy un anciano ni un viejo prematuro,

no padezco enfermedad incurable alguna y tampoco pensé, con la seriedad que se merece, en el suicidio;

tengo cincuenta años y tú eres adolescente,

pero, por primera vez, siento el apremio de contarte algo antes de nunca,

antes de goodbye, antes de imposible, antes de después, y no te escribo porque sí,

o porque me sienta deprimido (de hecho podría decir que soy un tipo dichoso)

sino impulsado por el fuerte olor a nada que dejó ayer la muerte al acercarse:

no podría asegurar si fue azar, pericia, casualidad o insomnio de Dios

pero es indudable que se valió de un piloto de British para salvarme la vida

al controlar ese mastodonte un segundo antes de que el tiempo fuera irreversible.

Y desde entonces me ronda la idea de guiarte a través de la vida que tuve,

para cuando se vaya amortiguando la onda expansiva de mi muerte

y el acoso de los recuerdos deje paso a la ternura y a la curiosidad,

y, como yo hice con la vida que no conocí de mi abuelo y de mi padre,

te me adentres por mis días con el machete bien afilado de los pioneros.

Creo que no descubrirás nada que pueda avergonzarte,

(no me he podrido hasta el punto de no reconocerme)

y estoy casi seguro de que el padre que recuerdas

se parecerá mucho al padre que encuentres,

pero si te escribo hoy con torpeza es para desvelarte

algo intangible que no serás capaz de averiguar

con lo que te quede de mí, y yo ya sea inalcanzable y no exista.

Siempre he sentido pudor de contarte la historia de mis amores

cuando no eran historia y me sobresaltaban en directo la existencia,

pero tengo tal asombro hoy que, no sé, me dan ganas de exhibirme.

Ocurrió aquello de amar hace un mes, y te lo relato por si termina ya,

o por si acaso mañana ella decide no venirse conmigo al resto de mi vida

o por si en un viaje de éstos a cualquier parte me muero de una vez.

Y aunque ahora todo te sonará exagerado y solemne,

(y me avergüenzo del tono épico aunque no sea fingido),

un día me gustaría regresar a este testamento prematuro,

y leerlo como si nada, o, al menos, sin dolor, y descubrir

que algo de lo que tengo hoy todavía sigue vivo entre las manos.




El poema más despreciablemente feliz


Éste es el poema más despreciable que haya escrito nunca,

(dudo incluso que vaya a terminarlo)

es casi un insulto, una provocación

sobre una tierra fértil para los escombros

y sobre un tiempo cercado por la seguridad del sin futuro.

Ni siquiera siento la necesidad de escribirlo, ni sale fácil,

(en parte limitado en mis facultades por esta gripe de mierda)

y no contiene la habitual palabrería que utilizo para desahogar

aguas fecales o conjurar el miedo o preparar la ausencia.

Este poema es un ejercicio de exhibicionismo, no merece lectores ni análisis,

sólo busca describir las consecuencias evidentes de cinco días de antropofagia

(no exagero, el cuello y la espalda guardan restos de la metralla más primitiva)

donde nada existió salvo la fijación de comer y descubrir dónde volver a morder.

Este poema no consuela, no acompaña, no conmueve, no busca cómplices,

y lo sé, la delación de la felicidad es un acto insufrible, imperial, intolerable,

aunque, también, constata la posibilidad de la emboscada de lo extraordinario,

ese momento, quizá único, que te asalta y te lleva lejos de las ruinas de tu vida.

No sé qué pasará cuando llegue inevitablemente la ambición (muy humana)

de ir más allá del instante y pretender que eso que ocurrió se incorpore a tus días;

quizá no sea perfecto, ni como soñabas que fuera, a lo peor ni siquiera es posible,

pero una vez que conoces se instala en ti la esperanza, y la curiosidad inagotable,

y las manos regresan al juego y tu historia no te enseña y el miedo no te somete,

y no huyes ya y deja de ser cómodo el vacío que hace un mes cobijaba toda tu vida.




Un casi poema de amor


Me posee un yo tan descomunal que no me recuerdo escribiendo sin mí,

y me cuesta (llevo una eternidad de quince minutos sin segundo verso)

no intuirme, no rastrearme, abstraído ni siquiera olerme,

y me supero y te describo por placer, sin más, por voyeurismo, porque sí,

sin riesgo, sin medida, animal, desatada como una sorpresa, desnuda,

piernas largas y manos grandes, cerca pero extrañamente inofensiva.

Esto, si me descuido, puede llegar a ser un poema de amor de los de antes,

alguno de los que escribí sin haber conocido todavía el miedo o el fado,

en aquellos días donde vivir significaba guiarse por un fogonazo de luz,

y me avergüenza y me conmueve el regreso de esta insensatez al cuadrado,

la capacidad de no temer, no ocultar, no protegerme ni poner condiciones,

el desvarío de no pensar en la rendición, ni en el exilio, ni en la muerte,

ni en tu asesinato, ni en la legítima defensa, ni en mí colgado de tu historia.

(No tengo remedio, me regreso una y otra vez, intentaré seguir, lo mereces).

Creo en la ceguera de tus dientes, en la desvergüenza de tu dedo índice,

en lo húmedo de tu sexo, en la ternura de tus golpes, en el aullido de animal,

pero hoy (no puedo engañarte), a miles de kilómetros del hambre y lo feroz,

regresó el miedo más antiguo, el temor como carcoma, un horizonte de ausencia,

y quiero pensar que sólo son distracciones de solitario o enredos de la distancia,

o más sencillo aún: hay paro de ómnibus en Montevideo y llegas tarde a casa.




El recuerdo más insensato


Algunas tardes el recuerdo no llega después de un tiempo extraordinario pero vencido,

a veces recordar no es la prueba de que hubo compañía, muerte y abandono,

en días iluminados y únicos los detectives de la memoria no recogen pruebas,

no reconstruyen el retrato robot del asesino ni tampoco buscan motivo ni cómplices,

a veces no hay sangre ni herida ni desaparición ni entierro ni cenizas ni velatorio,

casi diría que en instantes así, raros y eufóricos, la ausencia no te maltrata ni te humilla.

En contadas ocasiones, como hoy, recordar te instala en una sala de espera confortable

situada entre los días irrepetibles que fueron y los días únicos que vienen, y crees,

como un vidente, como un fanático, como un jugador de lotería, como un suicida converso,

en la posibilidad de una vida milagro en la que no pesan los muertos ni toneladas de soledad.

Y sabes, sobreviviente y escéptico por existencia, con el estómago tatuado de emociones perdidas,

que esto que hoy vives y te vive debe ser lo que los psiquiatras llaman un paréntesis vital afortunado,

un espejismo de las horas, acogedor hasta la inconsciencia pero excepcional en el tiempo de vivir

y que acabará desvaneciéndose por miedo, inseguridad y miserias antiguas e infranqueables.

Pero nada evidente y racional importa hoy con la casa de Madrid todavía en llamas,

descubres que recordar, recordarla, sin temor explícito, con la certeza insólita de su regreso,

no te lleva al asesinato premeditado, ni a la venganza ni a la práctica samurái de cuchillo y sierra,

sino que se transforma, siquiera por una vez en tu vida, en un ejercicio masturbatorio dulce

que salpica los objetos, los minutos y el espacio de los fantasmas más hermosos.



LO ORDINARIO, COMO NUNCA




Cuaderno desvergonzado número 1

INTRODUCCIÓN Y EPÍLOGO


Estos meses que me han tenido agarrado el pulso por los huevos tienen responsable: Polonia, y hoy, antes de que llegue la escritura de urgencia y de venganza, antes de que los escasos lectores de este libro reconozcan el rencor en sus páginas, antes de entrar en el velatorio de los amores inolvidables, en la llantina por los sueños pulverizados, antes de que uno y cada uno de ustedes –si mantienen entre las tripas un espejo no trucado que les devuelva su vida sin deformaciones nostálgicas– perciba los restos de su propio naufragio –años pervertidos por momentos que creyeron únicos, promesas que desafiaban la ley de la temporalidad–, y, asomado a alguno de estos poemas, arda todavía la rabia, o se apague el ánimo con luz de tristeza de bajo consumo, antes de que se acerque a la única poesía posible, la pesimista, quisiera que conozcan a Polonia cuando aún la euforia de vivir no se ha evaporado y, con altibajos, y con distancia, y a pesar de mi torpeza infinita, y de su comportamiento, más propio de un ejecutor que de una enamorada, avanzamos, que ya es mucho decir, aunque, no sé, con certeza, hacia dónde.

Y hacia dónde fue, de repente, o así lo percibí yo, hacia ninguna parte y este texto que empezó con euforia matizada debe continuar, un día después, camino del exilio forzoso y hacia la frontera de los próximos días, donde aguardan, según recuerdo de mi primera muerte amorosa, horas de angustia y de alivio; como si ser apartado de su vida, tuviera en realidad, al mismo tiempo, castigo y recompensa. Y esta dualidad también se manifestó con claridad en ese hotel montevideano con nombre de todo incluido marbellí –Regency Golf– adonde fui a parar tras mi despedida. A pesar del abatimiento, lógico en el primer día después de todo, esa noche dormí apaciblemente, quizá porque ya no era necesario prepararse para interpretar, en clave de pareja, las arrugas madrugadoras sobre sus ojos, o su silencio impertinente en el desayuno, o los sueños agitados en ese cerebro de aluvión.

Una noche de agosto, nada más conocernos, la bauticé así, Polonia, por el nombre de la playa (según dice ella) más hermosa de Uruguay. En el curso de la velada, y al enseñarme en un pen drive las fotos de su archivo personal, por error, y sin que yo no fuera nada más entonces que un visitante agradecido, apareció ante mí, hippie y desnuda de espalda y culo, apoyada sobre una puerta de un rancho y con un horizonte de dunas desplegado ante sus ojos, según alcancé a vislumbrar antes de que, entre avergonzada y divertida y morbosa, me retirase de golpe el ordenador de las manos. En ese mismo momento, o un segundo antes, o unos días antes, cuando la conocí en el Mercado del Puerto entre montañas de tripas y chicharrones, ya la amaba y ahora, cuando la amo y la pierdo, me pregunto qué me hizo amarla en un instante. No fue sólo el impacto visual inesperado de parte de su anatomía lo que me acercó a ella, sino esa mirada única, de exhibicionista y tímida, que te come y te niega, una mirada sin aspavientos pero constante, como una invitación no explícita pero clara a dar el siguiente paso en la relación, o así lo interpreté yo.

Entre sus rasgos más llamativos destaca hablar de ella misma como si se explorase sin terminar de conocerse; ella es su historiadora, su intérprete, su forense y su psiquiatra. Y no deja de asombrarme, quizá por mi incapacidad o mi cobardía o mi desprecio o mi descreer del conocimiento propio, la precisión científica al describir sus sentimientos o sus emociones; todos surgen por algo concreto, se desarrollan de forma previsible y tienen un final lógico y, por lo tanto, inevitable. Ese afán por comprender cada gesto, cada sueño, cada intuición, no la hace amarse, deslumbrada por sí misma, al contrario, se detesta más y más cada día, como si conocerse la llevara a la parálisis y al desprecio. Y ser su experta no la hace tampoco más sabia; conoce sus miedos pero no los maneja, sabe qué gritan sus tripas pero no es capaz de acallarlas, y eleva a categoría de dogma y guía de su vida la interpretación de ese ruido permanente que la posee. Yo diría que es capaz de identificar todos sus enemigos interiores aunque no estoy seguro si sabe vencerlos.

Polonia es también una persona de dos vidas diarias: la primera, común a toda la humanidad, va desde el amanecer hasta bien entrada la noche. La segunda transcurre con los ojos cerrados. Sueña con una mezcla de placidez corporal y tumulto en la frente, como si en el cuello un interruptor, cada noche, cerrase el movimiento por un lado y lo desbocara por otro. He llegado a la conclusión de que es la añoranza por su vida nocturna la que hace que, al levantarse, Polonia pueda ser la persona más odiosa del mundo: le cuesta una eternidad empezar a vivir y, cuando lo hace, todo a su alrededor, incluido ella misma, estorba o se vuelve insignificante ante la aventura de soñar e interpretar lo soñado.

De madrugada, sin embargo, resplandece, y justo en el instante anterior al sueño todo se vuelve único, extraordinario. De mañana la he visto con la cara desfigurada por arrugas y ese mismo día, de noche, era otra persona, con la piel morena lisa y tostada por un sol inexistente, como si a la hora natural del cansancio se volviese ligera, casi sin peso vital, un ser libre sin historia de la que arrepentirse, alegre, conmovedora en su inocencia. Es ahí, en ese preciso momento del amanecer o de la noche, donde tantas veces me convencí, alternativamente, del naufragio o de la fortaleza de nuestra relación amorosa.

Esta dualidad, que convierte en apetecible horizonte lo que a muchos adocena la vida –la estabilidad emocional– instala tus días en un carrusel averiado de feria de pueblo que, a ritmo vertiginoso, y sin que tengas nunca a mano la palanca del freno, te lleva en volandas de la certeza a la incertidumbre, de la soledad más cruda a la más deliciosa compañía, del temor a ser abandonado a la seguridad del futuro, y de la imposibilidad de todo roce físico a la voracidad de los caníbales.

Quiero pensar que este vértigo de vivir no era más que una rutina más y que el secreto de amarla y ser amado consistía en tener un buen reloj de cuarzo y lograr identificar el momento exacto de cada mutación y, en ese instante, entrar o salir temporalmente de su vida. No me ha dado tiempo a validar esta teoría: la intuí tarde, he sido expulsado pronto y creo que para siempre, aunque con esta dualidad suya y este fuego todavía no extinguido nunca se sabe…

Aquí la clave para no morirte, amorosamente hablando, era el conocimiento del medio –Polonia– y apartar de mí esta tendencia natural y suicida a reclamar la rendición completa y la entrega absoluta. Descubrí tarde que Polonia es un ser apagado, temporal y discontinuo y estas condiciones de vida contrastaban con mi lenguaje, que se volvió casi mesiánico, y al usar los adverbios de tiempo más definitivos la arrastré, por pura insistencia, hacia las promesas más solemnes y, por tanto, a las palabras más inútiles.

Hoy sé, reconozco, que Polonia se sintió intimidada por este empuje avasallador aunque, a menudo, mi actitud ilusionada, más que convicción, era una línea de defensa, un contrapeso ante el escepticismo y las dudas y confusiones que hacían miedosa a Polonia y la alejaban de mí.

En estos meses la he negado algunas veces, especialmente al amanecer: ha sido insufrible, inaguantable, inamable, y me he arrepentido de seguir y empecinarme en la relación algunas veces más, especialmente cuando me recuperaba de la ceguera. Pero soy yo el único culpable de mi asesinato. La pretendida seguridad de amar a toda costa, casi con masoquismo, y la falta del contrapeso de la duda, contribuyeron a mi muerte y a su asfixia. Fui inhumano en la más humana de las relaciones.

Escribí una vez que Polonia y yo vivimos un amor asimétrico, y es verdad, pero quiero creer que un día éste tuvo aliento y ambición de futuro. Empezó a desvanecerse cuando perdimos la alegría de vivir y ganó espacio entre nosotros el peso de la vida: ella abatida por sí misma, y yo reconvertido en un ser de mínimos que aspiraba a mantenerla a mi lado sólo hasta el día siguiente, sin rastro de la eternidad que un día pretendí. Polonia, con el paso de los meses y la presencia creciente de las dudas, era cada vez más ella, y yo acabé siendo un buscador de fuego entre las cenizas ya apagadas.

El final fue inminente, obvio, incluso para mí, cuando Polonia se convirtió en un ser asexuado. Alguien capaz de los orgasmos más continuados, generosos, explosivos y ensordecedores, de repente adquirió, hacia mí, la condición de bicho bola. Ese momento no podía interpretarse más que de una manera: la certeza del dolor y la derrota. Regresaron los fantasmas de la adolescencia –fui desvirgado entre comentarios jocosos sobre el tamaño de mi tripa– y ella dejó de ser, sencillamente, ella, o quizá comenzó finalmente a ser ella misma, ya lejos.

Este amor fugaz, eterno, hermoso, retorcido, tropical y desértico, se ha desplegado sobre el océano Atlántico, a doce mil kilómetros de distancia uno del otro y a través de la magia gratuita de Skype y los encuentros en Madrid, Montevideo o Buenos Aires. Esta lejanía mutua fue una bendición del destino, aunque parezca contradictorio con lo que se espera de un amor a tumba abierta (nunca mejor dicho) como el que me ocupaba la vida hace exactamente veintidós horas y quince minutos.

Evidentemente, al principio, la distancia fue percibida como una maldición; me veo lloroso sobre los ventanales del aeropuerto de Carrasco el primer día que abandoné Uruguay dejando a Polonia detrás. Y ese llanto infantil, entrecortado, de rabieta, me deformaba los ojos de una manera parecida a la de los boxeadores que veía en la televisión en blanco y negro tras un combate de quince asaltos. Entonces yo percibía la separación como una amenaza pero pronto iba a descubrir sus ventajas indudables: tranquilidad unas horas al día sin el peso o la ansiedad de interpretar los tumultos interiores de Polonia y, además, la distancia me hacía sortear con facilidad su tiempo más desconcertante –el amanecer– para frecuentar –de una tacada ciento treinta y cinco noches seguidas– sus momentos más luminosos. Yo adaptaba mis días a las circunstancias que nos habían tocado en suerte vivir.

Por supuesto, la distancia también me hacía temer a la indiferencia sobrevenida; terminar sin ser siquiera despedido, olvidado sin la mínima bronca, desvanecerse sin molestar y sin ser molestado. Y este miedo a la insignificancia me hacía pelear por mantener vivo este espacio único; abandoné las salidas nocturnas, las cenas laborales, dejé de llevarme trabajo a casa y acostaba temprano a mi hija, todo encaminado a hacer de las tres horas de madrugada un lugar a salvo del ruido del mundo y dónde contarse la vida cotidiana y los avatares del corazón hasta que llegara el futuro compartido.

Termino esta introducción, que mudó a epílogo, de madrugada, cuando nos amábamos. Comienzo a contar los muertos a la única hora común de nuestras vidas. Lo que empezó con euforia de vivir termina con tristeza inevitable. Antes de adentrarme más en lo irracional un último gesto de ternura para mi vida y para no olvidarme: me amó lo suficiente, me recuerdo feliz.




¿Serán estos los minutos de la basura?


Creo que el mar que nos separa se llevará lejos lo que un día imaginamos,

y creo también que la distancia hará de nosotros seres míticos y deformes,

sin contradicción, cada hora más engrandecidos y cada vez más invisibles,

lobos solitarios que comparten sin ansia recuerdos y minutos de la basura;

creo que será difícil mantenernos vivos en este rincón virtual de la tierra.

Hoy, y es triste decirlo, reniego de mi condición de insensato y de creyente

y dejo que me creza dentro el táctico y el estratega, el enemigo de mí mismo,

el contable que ordena los miedos por no sucumbir a la derrota y el pavor

y adecenta el resultado para instalarse en la nostalgia y, con tiempo, en el olvido.

Hoy es la madrugada de la rabia y la espuma en los dientes, la hora del pirómano,

éste es el poema del asesino en serie, del jefe de pelotón que no hace prisioneros,

éste es el Londres del destripador, la noche de las palabras más sucias,

el día del bufido, del desahogo, de la cloaca, del desagüe, de la alimaña,

la hora de la intuición del naufragio, diría más, de la evidencia de lo irremediable.

Y sin embargo, si me aumento sobre los escombros, si me abstraigo de la obviedad,

si me pienso con la fuerza de los primeros días, si logro no mentirme ni camuflarme,

podría afirmar sin vergüenza que la amo, y que me añoro ciego y extraordinario,

y que no me resigno (todavía) a un horizonte claustrofóbico e inútil de recuento de cenizas.




Reflexiones de un boxeador sonado


Polonia, éste es un amor difícil de vivir y fácil de matar,

basta con poner en fila las circunstancias y el miedo y el ruido

para entender sin esfuerzo que nos encaminamos

hacia un futuro a la intemperie de nosotros mismos.

Yo, por ejemplo, como parte de la liturgia del fuego cuando no consume,

he ido almacenando sobre tus oídos y tu corazón, sobre tu vida sin mí,

toda la palabrería ciega del amor, como un exorcismo, como agua limpia,

como si la repetición me acercara al absurdo del tiempo sin tiempo.

Tú, sin embargo, has sido más prudente, casi muda, casi autista:

posees la ventaja indiscutible de conocer

el fondo de basura que se almacena en tus tripas,

y quizá ese poder, que también es una condena,

te ha dado, desde el principio de nuestros días,

ese plus de escepticismo necesario para no dejarte sorprender

por las sucesivas emboscadas de la intensidad y de la insensatez.

Polonia, me escribo en el momento justo en el que nada es irreparable

y, si miro dentro (no existe atrás, todavía), amortigua el nudo corredizo del desánimo

la existencia mínima, absurda, delirante, innombrable, proscrita, negada,

utópica, castrada, oculta pero visible e intermitente, del teleférico sobre el abismo,

la oportunidad insólita de amar y escribir sin la inspiración de la despedida,

la posibilidad (para mí todo un reto) de vivir sin terapias de escritor

ni juegos de solitario ni viajes introspectivos y estériles por mí mismo

en busca del por qué de la frecuente huida de lo extraordinario de mi vida.

Polonia, eres un rastro que no olfateaba desde los tiempos de mi primera muerte

y por eso, como un niño, como un sitiado, me ato a la esperanza del regreso circular.




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