Poder blando y diplomacia cultural
Mauricio Jaramillo Jassir


Textos de Ciencia Política y Gobierno y de Relaciones Internacionales
&quot;Esta obra no tiene una ambición distinta a la de estimular una reflexión sobre el alcance de la cultura en la política exterior de los Estados. Se sabe que la diplomacia y la política exterior constituyen un campo de estudio de las relaciones internacionales en constante expansión e imposible de agotar en un solo sentido o un una sola lectura. En consecuencia, este libro pretende constituir un insumo en la comprensión de una temática delimitada y particular. El lector que opte por adentrase en el fascinante tema de la cultura y de la gestión de la política exterior, encontrará preguntas y algunas respuestas que le permitirán entender en su real dimensión la forma como los atributos que definen a las potencias y a los actores influyentes del sistema internacional han venido transformándose con el paso de los años. Se trata de un cambio que no debe pasar inadvertido para aquellos interesados en la cultura y en la política exterior. Este texto es el resultado del proyecto de investigación sobre el poder blando y la diplomacia cultural de Turquía y sus lecciones para Colombia financiado por el Fondo de Investigaciones de la Universidad del Rosario (FIUR) entre 2013 y 2014". [Extracto del prólogo]





Mauricio Jaramillo Jassir











PODER BLANDO Y DIPLOMACIA CULTURAL

ELEMENTOS CLAVE DE POLÍTICAS EXTERIORES EN TRANSFORMACIONES




Poder blando y diplomacia cultural. Elementos clave de políticas exteriores en transformaciones / Mauricio Jaramillo Jassir (editor académico) – Ricardo Alberto Baquero Hernández y otros autores. – Bogotá : Editorial Universidad del Rosario, Facultades de Ciencia Política y Gobierno, y de Relaciones Internacionales, 2015.

xiv, 141 páginas. – (Colección Textos de Ciencia Política y Gobierno, y de Relaciones Internacionales)

Incluye referencias bibliográficas.

ISBN: 978-958-738-696-7 (impreso)

ISBN: 978-958-738-697-4 (digital)

Relaciones internacionales y cultura / Diplomacia / Países del BRIC – Relaciones culturales / I. Jaramillo Jassir, Mauricio / II. Universidad del Rosario. Facultad de Ciencia Política y Gobierno / III. Universidad del Rosario. Facultad de Relaciones Internacionales / IV. Título

327.2 SCDD 20

Catalogación en la fuente – Universidad del Rosario. Biblioteca

jda Septiembre 7 de 2015



Hecho el depósito legal que marca el Decreto 460 de 1995


PODER BLANDO Y DIPLOMACIA CULTURAL

ELEMENTOS CLAVE DE POLÍTICAS EXTERIORES EN TRANSFORMACIONES

Mauricio Jaramillo Jassir

–Editor académico—









Facultades de Ciencia Política y Gobierno, y de Relaciones Internacionales



© Editorial Universidad del Rosario

© Universidad del Rosario, Facultades de Ciencias Políticas y Gobierno y de Relaciones Internacionales

© Varios autores









Editorial Universidad del Rosario

Carrera 7 No. 12B-41, of. 501 • Tel: 2970200 Ext. 7724

editorial.urosario.edu.co

Primera edición: Bogotá, D.C., noviembre de 2015





ISBN: 978-958-738-697-4 (digital)



Coordinación editorial: Editorial Universidad del Rosario

Corrección de estilo: Sebastián Montero Vallejo

Producción de ePub v2.0: Martha Echeverry

Montaje de cubierta: Kelly Narváez









Fecha de evaluación: 28 de octubre de 2014

Fecha de aceptación: 1º de junio de 2015



Todos los derechos reservados. Esta obra no puede ser reproducida sin el permiso previo escrito de la Editorial Universidad del Rosario


Contenido

Prólogo

Poder blando y diplomacia cultural, una dinámica reemergente en las relaciones internacionales

Mauricio Jaramillo Jassir

Introducción

La irrupción de la cultura en las relaciones internacionales

La respuesta al choque: el diálogo de civilizaciones

La diplomacia cultural: ¿una forma de diálogo entre civilizaciones?

Referencias



Encuentros y desencuentros de los estados BRIC y el empleo del poder blando

Juan Nicolás Garzón Acosta

Introducción

Los BRIC: la unión y la heterogeneidad

Del crecimiento económico a la redefinición del orden mundial

Conclusiones

Referencias

Bases de datos



Migraciones internacionales y poder blando: posibles aportes de la comunidad colombo-árabe

Massimo Di Ricco

Introducción

Poder blando, migraciones, marca país y diplomacia de nicho

La comunidad colombo-árabe y la región Caribe de Colombia: el proceso de integración árabe en la sociedad costeña

La diplomacia cultural colombiana y las relaciones entre Colombia y el mundo árabe

Chile y Brasil: las comunidades árabes y la relación con los países de origen

Colombia, la región Caribe y la comunidad colombo-árabe: poder blando y diplomacia de nicho

Conclusión

Referencias



La política exterior de Turquía en el siglo XXI: la diplomacia cultural y el poder blando

Mehmet Ozkan

Introducción

¿Cómo analizar a Turquía en el siglo XXI?

La diplomacia cultural en la política exterior turca

Instituciones clave en la diplomacia cultural de Turquía

Becas del Gobierno turco y YTB

Sociedad civil: IHH y Tuskon

Otros elementos

Conclusión

Referencias



Poder blando en China y Japón: entre una estrategia multidimensional y una aproximación cultural-empresarial

Ricardo Alberto Baquero Hernández

China y su aplicación del poder blando

Los institutos Confucio: la punta de lanza

El poder de los medios de la información

El magnetismo de las figuras y los eventos públicos

La inversión china como herramienta de poder blando

Problemas y críticas al poder blando chino

Japón y su aplicación del poder blando

Cooperación internacional japonesa como herramienta de poder blando

El poder blando de las marcas

El papel doble de los productos de contenido cultural

Frenos al poder blando y al efecto de los productos culturales de Japón

Conclusiones

Referencias



Volver al pasado: geopolítica popular y medios masivos del entretenimiento en los Estados Unidos pos 9/11

Mario Iván Urueña Sánchez

Introducción

Marco analítico: la geopolítica crítica

La geopolítica popular estadounidense del pos 11 de septiembre

Conclusión

Referencias

Capítulos de libro



La Hélade entre el ayer y el hoy

Georgia Kaltsidou

Referencias



Brasil es parte del caribe cultural. La literatura del nordeste y la tropicología de Gilberto Freyre

Alessandro Candeas

Referencia



Los autores




Prólogo


¿De qué forma se puede evaluar el poder de los actores más influyentes del sistema internacional en plena globalización y cuando la unipolaridad y el militarismo extremos parecen haber quedado atrás? Se trata de una de las preguntas más relevantes de las últimas décadas para la comprensión de la disciplina de las relaciones internacionales.

En el pasado, el sistema internacional estaba condicionado por la bipolaridad, es decir, por una distribución de poder que favorecía la coexistencia competitiva entre dos grandes potencias, la Unión Soviética y Estados Unidos. Sin embargo, con la disolución de la primera, se allanó el camino para que nuevos poderes emergieran, y nuevos recursos disociables de lo militar se hicieron más evidentes.

Con la globalización ganó vigencia el poder blando como recurso de incidencia efectiva, desafiando la tenencia de recursos de poder militar como principal insumo para una reputación en el ambiente global. De esta forma, se empezó a generar una consciencia sobre la necesidad de ejercer influencia por las posibilidades de atracción de las que un Estado o una nación puedan disponer, y no tanto por la capacidad de imponerse sobre otro.

Este cambio sobre la forma de percibir el poder fue el resultado de errores crasos cometidos tanto por Estados Unidos como por la Unión Soviética. La paranoia absurda del conflicto bipolar los llevó a intervenciones militares que hicieron mella en su imagen y pusieron en tela de juicio la viabilidad del liberalismo y del capitalismo. En la versión más radical de cada uno de esos sistemas se negaban rasgos culturales que debían ser removidos en pro del funcionamiento de un sistema valores con aspiraciones universales.

En contraste, el entorno de la globalización ha abierto las puertas para que surjan temas como los derechos humanos, el ambiente, las migraciones, las cuestiones de género, y un campo inabarcable que refleja el interés de este libro: la cultura. Esta se ha convertido en los últimos años en un insumo de política exterior de los Estados, y es difícil encontrar un régimen que no trate de aprovechar algunos de sus rasgos culturales con el fin de promover sus intereses nacionales.

Ahora bien, uno de los propósitos de este libro consiste también en complejizar el tema, evitando las percepciones simplistas de nociones como poder blando, smart power o diplomacia cultural. Por ende, se parte de la base de que su puesta en práctica no es fácil y que, por el contrario, su aplicación no está exenta de múltiples dificultades y que acarrea debates éticos.

El propio Joseph Nye Jr. (quien acuñó el término poder blando) reconoce al menos dos dificultades protuberantes para incluir el concepto en una estrategia de política exterior. Primero, los resultados de un plan de este tipo solo se observan en el largo plazo, pues la imagen de una nación difícilmente puede ser cambiada en un periodo de tiempo corto.

Segundo, los recursos e instrumentos del poder blando no dependen de los gobiernos, y en ocasiones quienes terminan manejando este tipo de mecanismos no son actores gubernamentales, sino privados cuyos intereses no siempre coinciden con aquellos de los Estados. Además, cuando un Gobierno intenta hacer uso de las tecnologías de la información en pro de su imagen, esto se puede interpretar como una forma de manipulación o, en otros escenarios, de limitación de las libertades de los medios de comunicación, como ocurre a menudo con gobiernos autoritarios que los usan para favorecer su popularidad.

A estas dificultades se debe añadir un dilema ético sobre la cultura y la política exterior. Como es de suponer existe un complejo debate sobre la instrumentalización de la cultura en aras de una política estatal o gubernamental. ¿Es legítimo asumir la cultura como un medio de política exterior? ¿Significa un retroceso que la cultura no sea un fin que se deba defender, mantener y promocionar, sino que se convierta en medio? ¿Qué tanto puede cambiar la cultura desde la política? ¿La diplomacia cultural apoya, promueve y favorece el exotismo?

Se trata de cuestionamientos fundamentales, cuya respuesta excede las posibilidades reales de este libro. El presente documento pretende tan solo introducir el tema con algunos ejemplos concretos, obtenidos de casos de política exterior en los que han sido observables tanto el poder blando como la diplomacia cultural.

Esto supone dejar en libertad al lector para que emita un juicio acerca de la inquietante pregunta sobre la viabilidad ética de percibir a la cultura como medio de política exterior. Los casos que aquí se presentan reflejan una diversidad de aplicaciones tanto del poder blando como de la diplomacia cultural, en distintas zonas del mundo y con alcances dispares.

Entre los autores también se aprecia una diversidad de testimonios sobre la cultura y la política exterior. Mauricio Jaramillo introduce el tema desde dos ángulos, el histórico y el conceptual, con ejemplos que ilustran la irrupción de la cultura como tema de peso en la agenda internacional, en contraste con el papel secundario que llegó a representar. Se trata de un capítulo introductorio que ubica al lector en el contexto, para luego ver los casos específicos que son abordados por el resto de autores.

Juan Nicolás Garzón Acosta presenta un estudio revelador sobre las proyecciones de los BRIC, que configuran un actor que en el último tiempo se ha convertido en agente de multipolaridad. El caso revela con precisión la manera como la economía y los intercambios constituyen un poderoso instrumento de persuasión que ha permitido al mencionado bloque condicionar temas vitales de la agenda global.

Massimo Di Ricco, por su parte, nos presenta los resultados de un proyecto de investigación que muestra con un nivel apreciable de concreción el sincretismo cultural que ha venido teniendo lugar en Colombia. Para ello recrea el escenario particular de la comunidad colombo-árabe, uno de los ejemplos más representativos del diálogo de culturas en América Latina.

Mehmet Özkan pone en evidencia el alcance y las posibilidades del poder blando y de la diplomacia cultural en Turquía. Se trata de un caso apasionante, pues es una de las naciones con mayor proyección en el último tiempo. Los datos y el análisis de Özkan facilitan una comprensión cabal de la política exterior turca en las últimas décadas, desde una óptica poco tratada en estas latitudes.

Ricardo Baquero introduce el tema asiático con un análisis de China y Japón, y muestra con un volumen significativo de evidencia empírica uno de los casos más paradigmáticos en cuanto a poder blando se refiere. El trabajo de campo y el conocimiento que por años el autor ha acumulado son notables.

Mario Urueña Sánchez contribuye original y pertinentemente al explicar el uso de la cultura a partir de la geopolítica. Su capítulo invita a una reflexión genuina acerca de las posibilidades de la geopolítica popular para explicar el tema del poder blando.

El texto cierra con dos contribuciones escritas en un tono más ligado a la cultura que a las relaciones internacionales o a la ciencia política. Es, en últimas, un tributo —distanciado sanamente de ambas disciplinas— a la cultura caribeña y a la contribución de Gilberto Freyre, y a la cultura griega desde la Hélade. Alessandro Candeas y Georgia Kaltsidou muestran la riqueza indiscutible de la cultura, más allá de su legítima o ilegítima instrumentalización para la política exterior.

El libro no tiene una ambición distinta a la de estimular una reflexión sobre el alcance de la cultura en la política exterior de los Estados. Se sabe que la diplomacia y la política exterior constituyen un campo de estudio de las relaciones internacionales en constante expansión e imposible de agotar en un solo sentido o un una sola lectura. En consecuencia, el libro pretende constituir un insumo en la comprensión de una temática delimitada y particular. El lector que opte por adentrase en el fascinante tema de la cultura y de la gestión de la política exterior, encontrará preguntas y algunas respuestas que le permitirán entender en su real dimensión la forma como los atributos que definen a las potencias y a los actores influyentes del sistema internacional han venido transformándose con el paso de los años. Se trata de un cambio que no debe pasar inadvertido para aquellos interesados en la cultura y en la política exterior.

Finalmente, vale la pena subrayar el interés del Centro de Estudios Políticos e Internacionales (CEPI) de la Universidad del Rosario por participar activamente de reflexiones sobre dinámicas que afecten el curso de las relaciones internacionales y de la política exterior colombiana. El libro es el resultado del proyecto de investigación sobre el poder blando y la diplomacia cultural de Turquía y sus lecciones para Colombia, financiado por el Fondo de Investigaciones de la Universidad del Rosario (FIUR) entre 2013 y 2014. Para su ejecución no solo se contó con los recursos importantes de ese fondo, sino con el apoyo logístico del CEPI, que con este documento corrobora una vocación investigativa y de difusión de resultados.




Poder blando y diplomacia cultural, una dinámica reemergente en las relaciones internacionales




Mauricio Jaramillo Jassir[1 - Profesor de las Facultades de Ciencia Política y Gobierno, y de Relaciones Internacionales de la Universidad del Rosario.]






Introducción


El propósito central de este texto consiste en analizar desde varios planos la manera como la cultura se ha venido convirtiendo en un tema central en la agenda exterior de los Estados. Desde hace varias décadas, la evolución de los atributos de poder en la vida internacional constituye una tendencia difícilmente refutable, y con la aparición de conceptos como poder blando y diplomacia cultural ha quedado en evidencia la fuerza que han adquirido los recursos intangibles en la proyección de los Estados.

Es tal la propagación de la cultura a través de nuevas formas de comunicación que sobrepasan los canales diplomáticos de las naciones, que dichos vínculos salen del control del Estado y pueden ser un medio de mayor alcance que la propia diplomacia.

La globalización ha acelerado este proceso, y ha favorecido a la cultura como insumo de la política exterior, desatando con ello un debate sobre su instrumentalización en favor de los intereses de un Estado. A pesar de que se insista en que la cultura sirve para unir a las naciones, es evidente que el mundo aún está lejos de haber alcanzado semejante nivel de entendimiento.

Más allá del alcance real de la cultura, este texto aspira a presentar de manera reseñada la forma como el tema no solo se insertó en las dinámicas de las relaciones internacionales en el contexto de la posguerra Fría y de la globalización, sino los debates y dilemas que la utilización de la cultura ha suscitado.

Para ello, el documento está dividido en tres secciones. En la primera se observa la manera en que la cultura como asunto fue incorporada a la agenda global en medio del debate sobre el polémico y rebatido trabajo de Samuel Huntington sobre el choque de civilizaciones y el también controvertido artículo de Francis Fukuyama sobre el fin de la historia con la desaparición de la Unión Soviética. En la crítica a ambos documentos, reposan las bases de quienes reivindican una comunidad internacional multicultural donde no prevalezca Occidente como un sistema de valores superior. En la segunda sección, se introduce la idea de diálogo de civilizaciones como respuesta a la tesis de Huntington y se describen de manera sucinta las bases del debate sobre universalismo, cosmopolitismo y uniformidad. En esta parte se combinan las alusiones al estoicismo como principio del cosmopolitismo y al idealismo kantiano como sustento de este, con la evidencia histórica que muestra la dificultad de establecer valores de aplicación universal. En esa discusión también se apela a François Jullien, quien explora el debate e introduce elementos de análisis. Finalmente, se aborda la diplomacia cultural desde un ángulo crítico, insistiendo en la polémica que su aplicación genera al someter los valores culturales a los intereses políticos. Con casos concretos se busca introducir al lector en la complejidad que entraña la diplomacia cultural pero que no es visible en el discurso oficial que manejan los Estados cuando acuden a ella como insumo de su política exterior.




La irrupción de la cultura en las relaciones internacionales


En las relaciones internacionales contemporáneas los conceptos de poder blando y diplomacia cultural han venido ganando terreno. Con el fin de la Guerra Fría se dio una época de optimismo global que para algunos analistas debía redundar en la pacificación del mundo. De todos los autores que veían tal posibilidad, tal vez quien más ha sobresalido ha sido Francis Fukuyama, quien en su polémico ensayo sobre el fin de la historia, sugiere la expansión global de valores liberales que debían redundar en una época de paz y armonía a escala mundial.

El triunfo de Occidente, de la “idea” occidental, es evidente, en primer lugar, en el total agotamiento de sistemáticas alternativas viables al liberalismo occidental. En la década pasada ha habido cambios inequívocos en el clima intelectual de los dos países comunistas más grandes del mundo, y en ambos se han iniciado significativos movimientos reformistas. Pero este fenómeno se extiende más allá de la alta política, y puede observársele también en la propagación inevitable de la cultura de consumo occidental en contextos tan diversos como los mercados campesinos y los televisores en colores, ahora omnipresentes en toda China; en los restaurantes cooperativos y las tiendas de vestuario que se abrieron el año pasado en Moscú; en la música de Beethoven que se transmite de fondo en las tiendas japonesas, y en la música rock que se disfruta igual en Praga, Rangún y Teherán. Lo que podríamos estar presenciando no solo es el fin de la Guerra Fría, o la culminación de un periodo específico de la historia de la posguerra, sino el fin de la historia como tal: esto es, el punto final de la evolución ideológica de la humanidad y la universalización de la democracia liberal occidental como la forma final de gobierno humano (Fukuyama, 1988).

Inmediatamente la idea de Fukuyama fue refutada, no solo por escépticos que veían poco probable la profusión de la democracia, sino por el propio curso de la historia, en el sur de Europa y en el África de los Grandes Lagos. Ambas regiones fueron escenario de conflictos cuya envergadura, y especialmente el costo humanitario, testimoniaban hasta qué punto el mundo estaba lejos de una pacificación global.

Una vez colapsada la Unión Soviética, en los Balcanes occidentales surgieron las tensiones entre Serbia, de un lado, y Eslovenia, Croacia y Bosnia Herzegovina, por otro, quienes perseguían el ideal de la autonomía y luego de la independencia. Aquello derivó en una guerra civil que tuvo como paroxismo el genocidio de Srebrenica en 1995, donde murieron más de 8000 refugiados bosnios a manos de paramilitares serbios (Traynor, 2010).

Paralelamente, en Ruanda el genocidio en contra de la población tutsi luego de la muerte del presidente Juvénal Habyarimana puso al descubierto las tensiones entre varios Estados de la zona que habían estallado como consecuencia de la caída del dictador Mobutu Sese Seko y que estaban dormidas en la lógica de la Guerra Fría.

Con estas tragedias humanitarias, quedó poco espacio para el optimismo y, en contraste, la polémica y rebatida idea de “un choque de civilizaciones” tal como lo planteó Samuel Huntington se vigorizó. La idea del norteamericano era simple y esquemática. Así como en el pasado, el móvil de las guerras había sido lo ideológico, como en Afganistán, Biafra, Corea y Vietnam, en adelante el motivo de los conflictos armados sería otro:

It is my hypothesis that the fundamental source of conflict in this new world will not be primarily ideological or primarily economic. The great divisions among humankind and the dominating source of conflict will be cultural. Nation states will remain the most powerful actors in world affairs, but the principal conflicts of global politics will occur between nations and groups of different civilizations. The clash of civilizations will dominate global politics. The fault lines between civilizations will be the battle lines of the future (Huntington, 1993, p. 22).

Paradójicamente, y aunque lo expuesto por Huntington es bastante refutable, como se verá, aquello mostraba en detalle la importancia que la cultura iba a tener durante la década de los noventa y en lo transcurrido del siglo XXI.

Vale decir, que el esquema propuesto por el autor estadounidense fue atractivo, pues parecía dar cuenta de lo que ocurría en el mundo, especialmente por lo ocurrido en los Balcanes y en África. Es más, se podría decir por la envergadura de lo sucedido que aquello parecía otorgarle razón a los argumentos de Huntington.

Si esto resulta cierto, ¿por qué lo expuesto por el autor de “Choque de civilizaciones” recibió críticas tan duras? El argumento al que más se alude para fustigar ese texto consiste en las generalizaciones sobre las civilizaciones y las culturas. Ciertamente, se podría llegar a la conclusión de que la lluvia de críticas y de contraargumentos al artículo aparecido en Foreign Affairs en septiembre de 1993 testimonia una apropiación de la cultura por parte de académicos de varias disciplinas, que veían en la posición de Huntington un simplismo inexcusable para quien pretendía entender el devenir global en la posguerra Fría. La denuncia de este vicio presente en la tesis de Huntington sugería la forma como los estudiosos de las relaciones internacionales carecían de conocimientos básicos sobre el tema cultural.

He aquí uno de los apartes más controvertidos del célebre artículo de Foreign Affairs:

Civilization identity will be increasingly important in the future, and the world will be shaped in large measure by the interactions among seven or eight major civilizations. These include Western, Confucian, Japanese, Islamic, Hindu, Slavic-Orthodox, Latin American and possibly African civilization. The most important conflicts of the future will occur along the cultural fault lines separating these civilizations from one another (Huntington, 1993, p. 25).

En este apartado, se puede ver con claridad que Huntington aglomera a segmentos del mundo que aunque culturalmente parecen homogéneos distan de tal uniformidad. Tal vez el caso más visible sea el del mundo musulmán, cuya división entre chiitas y sunnitas ha provocado conflictos y guerras en la región del Medio Oriente. A su vez, asumir el universo ortodoxo como una generalidad también denota una imprecisión inmensa para quien pretende entender el funcionamiento del mundo a partir de la idiosincrasia de las naciones.

A pesar de ello, el texto de Huntington tiene un valor para las relaciones internacionales, porque suscitó un interés vivo por comprender algunas de las culturas de Oriente que en el pasado se veían con los simplismos a los que aludió el autor. Por ejemplo, las aseveraciones de autores como Fukuyama y Huntington provocaron que la obra de Edward Said, que proclamaba ideas antagónicas a las ellos, se difundiera.

Said era uno de los intelectuales palestinos más connotados en la academia estadounidense (Columbia, Harvard, Stanford). En 1978, había publicado Orientalismo, un ensayo muy crítico sobre la forma en que algunas naciones de Occidente habían creado a través de una narrativa el simplismo de Oriente.

[…] puede decirse que Occidente, durante los siglos XIX y XX, asumió que Oriente —y todo lo que en él había—, si bien no era manifiestamente inferior a Occidente, sí necesitaba ser estudiado y rectificado por él. Oriente se examinaba enmarcado en un aula, un tribunal, una prisión o un manual ilustrado, y el orientalismo era, por tanto, una ciencia sobre Oriente que situaba los asuntos orientales en una clase, un tribunal, una prisión o un manual para analizarlos, estudiarlos, juzgarlos, corregirlos y gobernarlos (Said, 1990, p. 64).

Este tipo de críticas promovió un enfoque más objetivo y menos sesgado a la hora de abordar la cultura, e hizo que se empezara a sobrepasar la idea de un sistema de valores occidental superior al de otras culturas. Ahora bien, no se puede desconocer que el debate sigue vigente y por la conducta de algunos Estados, la idea de una superioridad occidental en materia de valores sigue guardando vigencia en algunos contextos.




La respuesta al choque: el diálogo de civilizaciones


En este siglo, de manera particular, tiene sentido demandarse acerca de la supuesta superioridad occidental, y especialmente sobre las bases del discurso universalista que en la última década ha entrado en crisis, cediendo terreno a quienes promueven la idea según la cual el particularismo niega tal universalidad y reivindica las atipicidades de cada cultura.

Los cimientos del universalismo que para muchos obstruyen el diálogo de culturas pueden tener dos orígenes. El primero se podría rastrear a partir de los estoicos y la idea de cosmopolitismo introducida por estos y que trae consigo un plano universal. Y el segundo origen de esta tendencia se podría encontrar con el idealismo kantiano, que supone una de las bases más consolidadas de la universalización. En uno de los textos que aborda el estudio de lo universal en contraste con lo común el autor francés François Jullien describe el conjunto de ideas kantianas a este respecto:

Kant tenía al menos el mérito […] de no dejar espacio para la ambigüedad: la exigencia de una universalidad —universalidad en sentido estricto: de derecho— válido efectivamente tanto para la moral como para el conocimiento. Bajo esta premisa única, no hay margen para la diversidad de culturas —Kant […] no se cuestiona sobre aquello, o más bien siquiera lo sospecha. Para él, un yo (sujeto) cultural no existe, ya que toda conducta humana está sometida por principio a la misma ley, concebida esta a partir de la universalidad propia de las leyes de la naturaleza que han servido para que la ciencia haya descubierto la necesidad lógica; en consecuencia este imperativo, siendo universal, solo puede ser único (Jullien, 2008, p. 22).

Al mismo tiempo, Jullien advierte algo esencial para la lógica de lo expuesto: así como existe una tradición universalista, es posible rastrear una contracorriente que disiente y se opone a esa uniformización, reivindicando la singularidad. Aunque parezca un debate superado, el mundo apenas presencia su iniciación (Jullien, 2008, pp. 28-29). El momento es ideal, no solo porque el contexto más sobresaliente sea el de la globalización, sino por algunos cambios en la política internacional que han derivado en un protagonismo de la cultura.

Siguiendo esta idea, es posible identificar al menos tres momentos que hacen de la cultura, un tema de la mayor relevancia en las relaciones internacionales, y justifican el tan nombrado de debate entre el diálogo o choque de civilizaciones.

En primer lugar, el triunfo de la revolución iraní en 1979, que sentó las bases para una tensión constante entre una parte del mundo musulmán y algunos Estados de Occidente, que hablando en nombre de su civilización decidieron aislar a ese régimen teocrático. Este es un momento clave para el debate sobre las culturas, porque traduce uno de los errores más crasos cometidos por algunas naciones de Occidente.

Se trató en su momento de asumir que el islam chií, al ser más ortodoxo que el sunní, era por lo tanto hostil a los valores liberales proclamados por Occidente, con el talante rebatiblemente universal del que se ha venido hablando. Desde ese entonces, Irán se ha convertido en uno de los referentes de anti-occidentalismo, aunque dependiendo del Gobierno de turno, ese discurso se ha flexibilizado o endurecido. Vale la pena recordar el mandato de Mohammad Jatamí y la elección reciente de Hassan Rohani. Se trata en ambos casos de políticos que han apostado por un acercamiento con Occidente, y han simpatizado por la idea de un diálogo entre culturas.

Otro momento fue el triunfo de la revolución maoísta en China, que no ha dejado de provocar un vivo debate acerca de la universalidad de los derechos humanos. Esta discusión no solo se ha presentado por el carácter universal de esas garantías, sino por la posibilidad de que un Estado privilegie una generación de derechos por encima de otra, como ocurre con los sistemas socialistas, en los que el colectivo prima sobre el individuo. El caso de la Republica Popular es llamativo por lo siguiente: el autoritarismo es innegable y se manifiesta en una represión constante contra los disidentes, y en las limitaciones al ejercicio de algunos derechos de primera generación. Pero, al mismo tiempo, el régimen tiene en su haber conquistas sociales de resaltable envergadura: desde hace 30 años, alrededor de 600 millones de personas han superado la pobreza (Shih, 2013).

Y el tercer episodio es la guerra de Biafra en Nigeria, y que constituye un caso fundamental en el debate sobre la universalidad de principios. Cuando un grupo de provincias declaró la independencia de Nigeria, estalló la guerra civil, que terminó en una tragedia humanitaria y en la muerte de miles de nigerianos por la situación de hambruna provocada por el desabastecimiento utilizado como arma de guerra, por las fuerzas nigerianas que luchaban contra la secesión biafreña. Este conflicto inauguró el debate sobre la posibilidad de intervenir en territorios donde los límites de la guerra fuesen rebasados y se diera la muerte de civiles protegidos.

Desde ese momento, se activó la idea del humanitarismo defendida por Bernard Kouchner y Mario Bettati (Bettati y Kouchner, 1987). Inspirada en el idealismo kantiano, se trata de defender los derechos de los individuos en algunas circunstancias concretas cuando estos son transgredidos y los Estados por acción u omisión son responsables de ello. Dicho de otro modo, el propósito es reivindicar lo humano por encima de lo estatal.

Estos tres momentos resumen tensiones y revelan las limitaciones del universalismo. A su vez, dejan entrever la forma como la defensa a ultranza del particularismo es utilizada para justificar las infracciones a los derechos humanos. En los últimos años, con la expansión de algunos grupos que promueven el islam radical en el norte de África y en Medio Oriente, el debate se ha complejizado. No obstante, una de las respuestas más contundentes a este dilema reside en el diálogo entre las culturas. Esto implica que haya una mayor comprensión sobre las diferencias entre las naciones, y que a través de la promoción de estas diferencias se entienda que las supuestas incompatibilidades entre los sistemas de valores y de pensamiento son más bien el producto del desconocimiento de otras culturas y no tanto de una hostilidad entre ellas.




La diplomacia cultural: ¿una forma de diálogo entre civilizaciones?


Ante el debate entre choque o diálogo entre culturas, un esquema de cooperación se puede desprender desde la interdependencia que marca la vida de las naciones en la globalización. A pesar de las diferencias entre los Estados, es innegable que la dependencia mutua es cada vez mayor, no solo por el comercio, sino por la visibilidad que han adquirido las culturas, gracias a las nuevas tecnologías y las posibilidades de comunicaciones que estas suponen.

Desde las relaciones internacionales, quienes más han enfatizado en los vínculos transnacionales entre Estados son los autores Robert Keohane y Joseph Nye, fundadores de la teoría bautizada como la interdependencia compleja (Keohane y Nye, 2001). Esta sugiere que la cooperación entre Estados no solo es un ideal, sino que desde lo práctico se pude conseguir y es viable.

Los autores hablan de tres características que marcan las relaciones entre los Estados y que son fundamentales para entender el papel de la cultura como elemento constitutivo de la diplomacia en el siglo XXI.

La primera de ellas sugiere la existencia de múltiples canales (Keohane y Nye, 2001, p. 21) que vinculan a los Estados y que sobrepasan el plano diplomático. Esto quiere decir que actores subnacionales pueden participar de la proyección de un Estado hacia el exterior. En el caso cultural la importancia de estos actores es incontestable, porque en varios casos de diplomacia cultural, son las comunidades las que protagonizan la política exterior.

La segunda característica está estrechamente ligada a la cultura. Keohane y Nye consideran que no existe un orden jerárquico para los asuntos internacionales (Keohane Nye, 2001, p. 21). Esto implica que en el contexto de la globalización, los temas militares y de seguridad, que tendían a ser observados como los más relevantes, han cedido terreno frente a otros como los derechos humanos, el medio ambiente, las migraciones, el desarrollo sostenible, y, por supuesto, la cultura. En la Guerra Fría, cuando primaba la bipolaridad y había tal inquietud por la posibilidad de destrucción mutua entre los dos grandes bloques, era normal que la seguridad fuese la principal área temática. No obstante, el fin de esa bipolaridad ha allanado el camino para que otros temas sobresalgan y tengan el valor que no se les daba durante la Guerra Fría.

Y por último, el papel del uso de la fuerza militar ha sido revaluado. Esto implica que habida cuenta de la interdependencia entre Estados, la cooperación en el plano de la seguridad y de la defensa es posible. Con ello, en varios casos donde la cooperación regional militar es un hecho comprobable, se puede afirmar que se ha superado el dilema de seguridad.[2 - El dilema de la seguridad consiste en la sensación de vulnerabilidad de un Estado cuando otro aumenta sus capacidades militares.]

En esta lógica de apertura y de cooperación el tema cultural tiende a sobresalir, y constituye una forma efectiva de lograr el acercamiento entre Estados. Bajo este esquema se entiende que algunas naciones hayan apelado a la diplomacia cultural como una forma de proyectar sus intereses en el campo internacional.

Se puede entender la diplomacia cultural como la utilización de patrones, rasgos y matices que caracterizan a una nación en función de su política exterior y rebasando en ello los canales formales diplomáticos. Aunque parezca contradictorio, la diplomacia cultural ha rebasado a la diplomacia, por esto último.

Se trata de una idea revolucionaria, porque constantemente se pensaba que los recursos de poder más efectivos eran los tangibles, pero con la irrupción de la cultura y del poder blando una profusión de instrumentos que contrastan con los que prevalecieron en la primera mitad del siglo XX tuvo lugar. Esta vez, se trata de recursos intangibles, que distan de la coacción que marcó la proyección de algunas potencias, especialmente de los dos grandes poderes durante la Guerra Fría.

Pero así como lo plantea Édgar Montiel, los atributos de poder cambian y con ello surgen nuevas formas de proyección:

Países como China e India, de fuerte crecimiento económico, han comprendido que una presencia internacional basada solo en criterios económicos o militares no es suficiente. Poseedores de una tradición cultural acumulada durante siglos, que abarca diversos ámbitos —las ciencias, la arquitectura, la filosofía, la medicina o el arte culinario—, han reforzado considerablemente sus políticas culturales y su participación en la industria de bienes culturales. No es sorprendente el incremento de la presencia de películas realizadas en India (en Bollywood), no solo en salas europeas o norteamericanas, sino también en Kabul, en Santiago o en alguna ciudad de África. O el fuerte crecimiento de la industria china de bienes culturales, que pasó de 0,2 % en 1985, a la sorprendente cifra de 8,9 % de participación mundial en 1984. Una presencia en el mundo cuyo corolario quizás sean los Juegos Olímpicos de 2008 que se desarrollarán en Beijín. Tampoco debe admirarnos que dos recientes premios Nobel de literatura fueran concedidos a un novelista chino, Gao Xingjian, (2000) y —tan solo un año después— a un miembro de la diáspora hindú en el Caribe, V. S. Naipaul (Oficina de la Unesco para Bolivia, Colombia, Ecuador y Venezuela en representación ante el Gobierno de Ecuador, 2008, p. 25).

Édgar Montiel ha sido uno de los que más ha profundizado en materia de diplomacia cultural y en el uso de recursos no tangibles como instrumentos de política exterior. Del extracto anterior se puede concluir que las posibilidades de proyección de los Estados a partir de esta nueva dimensión son innumerables.

Claro está, esta utilización de la cultura ha despertado un debate acerca de la manera en que esta puede ser un medio para fines políticos, lo que genera polémica. No siempre esta diplomacia despierta consensos, porque la cultura como medio o instrumento encuentra disidencias. Esta idea, fuertemente arraigada en algunos círculos, no es nueva. Ello se puede percibir en algunos ejemplos de la historia y otros casos más recientes en los que el papel de la cultura ha sido fuertemente rebatido, cuando se ha puesto al servicio de un Estado o de alguna institución.

Uno de los casos más polémicos del siglo XX ocurrió cuando el entonces escritor soviético Boris Pasternak fue galardonado con el Premio Nobel de Literatura. En ese momento, se pensó que la selección de Pasternak constituía un apoyo a la disidencia soviética. Años atrás se sospechaba que el escritor era crítico del sistema y su amistad y correspondencia con Albert Camus era considerada por muchos como una muestra de rebeldía. Sin embargo, en 1958 terminó renunciando al galardón, evitando así la tortura y la persecución. Este caso puso de manifiesto los riesgos que comportaba la politización de la cultura. Tanto por parte del régimen soviético que aspiraba a que toda la creación artística promoviera el comunismo, como por parte de quienes hubiesen podido galardonar a Pasternak como señal política a la disidencia contra el comunismo soviético.

Otro episodio de este corte ocurrió en 1964, y tuvo como protagonista al filósofo y literato francés Jean-Paul Sartre, quien también rechazó el Nobel de Literatura. La respuesta dada por el autor se ha convertido en un manifiesto para criticar el papel de las instituciones en la cultura. Un rol que se entiende desde esta perspectiva como una injerencia, lo que en últimas trató de reivindicar Sartre con el polémico rechazo.

He aquí su justificación para declinar semejante reconocimiento:

J’ai refusé le Prix Nobel de littérature parce que je refusais que l’on consacre Sartre avant sa mort. Aucun artiste, aucun écrivain, aucun homme ne mérite d’être consacré de son vivant, parce qu’il a le pouvoir et la liberté de tout changer. Le Prix Nobel m’aurait élevé sur un piédestal alors que je n’avais pas fini d’accomplir des choses, de prendre ma liberté et d’agir, de m’engager. Tout acte aurait été futile après, puisque déjà reconnu de façon rétrospective. Imaginez: un écrivain pourrait recevoir ce prix et se laisser aller à la déchéance, tandis qu’un autre pourrait devenir encore meilleur. Lequel des deux méritait son prix? Celui qui était au sommet et qui a redescendu la pente ou celui qui fut consacré avant d’atteindre le sommet? J’aurais pu être l’un des deux, et jamais personne n’aurait pu prédire ce que je ferais. On est ce que l’on fait. Je ne serai jamais récipiendaire du Prix Nobel, tant et aussi longtemps que je pourrai encore agir en le refusant (Sartre, 2005 p.4).

La postura de Sartre muestra en detalle las razones por las cuales la utilización de la cultura por parte de las instituciones genera críticas, y por qué se piensa que en ello hay una deshumanización de la misma, al servicio de la burocracia del Estado.

No obstante ello no ha impedido que el concepto se haya profundizado y se aluda cada vez más a él. Los casos más recientes en los que se habla de diplomacia cultural exitosa son Brasil, China, Francia, Japón y México, entre otros.

Valga anotar que estas naciones no han sido ajenas al debate sobre la uniformidad en la cultura o su instrumentalización. Francia, que tanto ha insistido en la promoción de la cultura a través de la Francofonía, se enfrenta a duras críticas de quienes ven en la promoción de sus valores culturales una nueva forma de colonialismo, sobre todo en regiones donde París tiene buenas relaciones con gobiernos abiertamente autoritarios, como ha ocurrido con Argelia y Túnez. A la diplomacia francesa le ha costado mucho explicar cómo siendo la democracia un valor tan arraigado en su política, se insiste en respetar a líderes como Bel Ali, en su momento dictador tunecino, o a Abdelaziz Bouteflika, actual presidente argelino y receptor constante de críticas por autoritarismo.

A pesar de ello, se debe reconocer que toda la proyección cultural francesa no pasa por la vía diplomática, y que la universalidad de sus valores no es una imposición del Quai d’Orsay en algunas de sus excolonias. Valga decir que la literatura francesa se ha abierto un camino con escritores como Honoré de Balzac, Charles Baudelaire, André Gide, Jean Gionno, Claude Simon, o André Malraux, entre otros.

Los otros casos revisten los mismos debates que son suficientemente complejos. Lo que sí está claro es que difícilmente la cultura se abandonará como un insumo de política exterior. México no podrá hacer abstracción de su protagonismo en el boom latinoamericano ni Brasil dejará de promover su desempeño deportivo como elemento de atracción. Los retos que comportan el Mundial de Fútbol de 2014 y los Juegos Olímpicos de 2016 de Río de Janeiro así lo testimonian.

En el caso de Japón y China el tema de la cultura es aún más complejo. Aunque ha habido una proyección de estas naciones apalancada en este concepto, también es cierto que la cultura se ha tratado de instrumentalizar en favor del nacionalismo. Basta revisar el boicot a autores japoneses promovido por Beijing cada vez que sube la tensión con su vecino. El reconocimiento a Mo Yan como Premio Nobel de Literatura en 2012 demostró que autores afines al régimen comunista podían ser admirados en Occidente.

Todo ello revela pues una complejidad que hace de la diplomacia cultural un tema del mayor interés para las Relaciones Internacionales. Su estudio aparece como una tarea inaplazable.




Referencias


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Fukuyama, F. (1988) “El fin de la historia?”. Estudios Públicos, 5-31.

Huntington, S. (1993). “The Crash of Civilizations?”. Foreign Affairs, 22-49.

Jullien, F. (2008). De L’universel, de l’uniforme, du commun et du dialogue entre les cultures. Normandie: Fayard.

Keohane, R., y Nye, J. (2001). Power and Interdependence. Nueva York: Adisson Wesley Longman.

Oficina de la Unesco para Bolivia, Colombia, Ecuador y Venezuela en representación ante el Gobierno de Ecuador (2008). “Encuentro Andino sobre Diplomacia Cultural”. En É. Montiel, La cultura recurso estratégico de la política internacional. Introducción al concepto. Bogotá: Ministerio de Relaciones Exteriores de Colombia, 15-43.

Said, E. W. (1990). Orientalismo. Madrid: Libertarias.

Sartre, J.-P. (s.f.) Fabrique de Sens. Obtenido de signataire du Manifeste des 121. Disponible en: http://www.fabriquedesens.net/Jean-Paul-Sartre-signataire-du (http://www.fabriquedesens.net/Jean-Paul-Sartre-signataire-du)

Shih, T. H. (29 de marzo de 2013). South China Morning Post. Disponible en: http://www.scmp.com/news/china/article/1202142/chinas-formula-reduce-poverty-could-help-developing-nations (http://www.scmp.com/news/china/article/1202142/chinas-formula-reduce-poverty-could-help-developing-nations)

Traynor, I. (10 de junio de 2010). “Srebrenica genocide: worst massacre in Europe since the Nazis”. The Guardian.














Encuentros y desencuentros de los estados BRIC y el empleo del poder blando




Juan Nicolás Garzón Acosta[3 - Catedrático de las Facultades de Ciencia Política y Gobierno, y de Relaciones Internacionales de la Universidad del Rosario. Profesor titular de los cursos de Análisis Político de los Modelos Económicos y Crítica Política de la Economía.]






Introducción


Algunas categorías, como países en subdesarrollo o del tercer mundo, son consideradas en la actualidad como anacrónicas en tanto desconocen las realidades propias de la globalización y, por el contrario, optan por generalizaciones arbitrarias que impiden comprender un mundo colmado de particularidades nacionales. Paralelamente al desprestigio que padecen ciertas formas de encasillar a los países, han surgido acrónimos como BRIC, MINT o Civets, que han servido para designar a un conjunto de Estados que gozan de una atención creciente en virtud de su rol o de su potencial —económico, político o cultural— en el contexto de las relaciones internacionales contemporáneas.

A pesar de lo llamativas que puedan llegar a ser varias de las economías emergentes, es probable que el grupo de países sobre el cual más se ha discutido y escrito corresponda a los BRIC, grupo conformado por Brasil, Rusia, India, China y, más recientemente, Sudáfrica.[4 - A partir del 2010, a los Estados BRIC se les unió Sudáfrica, quien se ha integrado al resto de países y ha participado en los diversos encuentros de alto nivel, organizando incluso el Quinto Encuentro de los BRICS en Durbán en marzo de 2013, no obstante, el presente capítulo excluye intencionalmente esta última incorporación, concentrándose en los países que originalmente conformaron el grupo.] Actualmente los países BRIC han logrado aumentar su influencia mundial, en buena medida gracias al respaldo que les genera un desempeño económico que en términos generales es consistente a pesar de las grandes turbulencias que ha experimentado el capitalismo en los últimos años.

Los BRIC han avanzado en términos de alcanzar cierto grado de formalización de su organización de Estados. A partir de un número importante de reuniones de jefes de Estado, ministros y altos representantes, han ido fortaleciendo la institucionalidad del grupo, alcanzando algunos acuerdos. No obstante, la posibilidad de que estos países logren encontrar la articulación necesaria para actuar de forma más coordinada en los escenarios económico y político mundiales resulta aún difusa. La importancia e influencia de estas naciones en los próximos años puede depender de la manera en la que proyecten su poder y logren hacerlo de una forma relativamente armónica que sirva a los propósitos de su posicionamiento regional y global.

Precisamente, en materia de influencia la disciplina de las relaciones internacionales ha tratado de dar luces que permitan avanzar en la comprensión del carácter y dinámica del poder en el mundo globalizado, y en ese sentido la perspectiva de Joseph Nye acerca de la existencia de un poder blando, alternativo a las formas tradicionales de concebir la potencia fundadas en la coerción o la amenaza del uso de la fuerza (poder duro), se constituye en una herramienta de análisis muy conveniente para abordar algunas cuestiones sobre el uso de esta forma de poder por parte de los Estados BRIC.

Este capítulo busca analizar algunos elementos relacionados con el origen y características de los países BRIC, entendiendo que la economía es el factor clave de su convergencia y sobre esa base examinar el empleo del poder blando como un instrumento para proyectar su influencia en el sistema internacional. Para ser más preciso, se abordarán algunos aspectos acerca del origen económico del grupo con el fin de analizar, en primera instancia, cómo los proyectos económicos de cada una de las naciones involucradas experimentan similitudes y diferencias, asumiendo que estas últimas pueden dificultar el posicionamiento del grupo como un actor relativamente coherente en el escenario internacional. En una segunda parte se examinará cómo a partir de los propósitos comunes en materia económica, algunos materializados, otros no, los países BRIC han tratado de emplear el poder blando para alcanzar metas más ambiciosas, como por ejemplo ser los protagonistas de la construcción de un orden mundial alternativo.




Los BRIC: la unión y la heterogeneidad


En noviembre de 2001 el economista jefe de la banca de inversión Goldman Sachs, Jim O’Neil, publicaba en nombre de la firma el Global Economic Paper número 66, el cual llevaba por título “Building Better Global Economic BRIC’s”. En este documento O’Neil llamaba la atención sobre el increíble crecimiento de las economías emergentes de Brasil, Rusia, India y China, acuñando por primera vez el término BRIC y pronosticando el papel preponderante que tendrían estos mercados, en especial China, en los siguientes diez años. A partir de ese momento, el acrónimo del economista británico empezó a ser materia de interés en todo el mundo y sus pronósticos comenzaron a ser cada vez mejor valorados. Pero O’Neil no se conformó con su éxito inicial y dos años más tarde sostuvo en un nuevo documento de Goldman Sachs, titulado “Dreaming with BRIC’s: the path to 2050”, que los países del grupo “podrían convertirse en las más grandes fuerzas de la economía mundial” para el año 2050 (O’Neil, 2003, p. 1), esto significaba que los pilares sobre los cuales se erigiría la arquitectura económica global del siglo XXI se hallaban en buena medida en los Estados BRIC.

Los pronósticos de largo plazo acerca de la prevalencia de las economías emergentes no estuvieron exentos de críticas, algunos analistas consideraron que una proyección de 50 años resultaba exagerada, basada en conclusiones producto de un crecimiento muy lineal e incluso afirmaron que el peso de China era tan significativo, en relación con los demás países, que su importancia acabaría por eclipsar al resto (Tett, 2010, párr. 15). No obstante, las predicciones de Goldman Sachs no se ajustaron a un escenario más conservador y por el contrario optaron por concluir que la economía China igualará a la de Estados Unidos en el 2027 y que el grupo de los BRIC llegará a la cúspide de la economía mundial en el año 2032, mucho antes de lo inicialmente vaticinado (Tett, 2010, párr. 18).

El impacto que tuvo el término BRIC fue tan significativo que acabó por alentar a los líderes de cada uno de los países que lo conforman a establecer una serie de reuniones formales, primero entre los ministros de exteriores y posteriormente entre los jefes de Estado, lo que se tradujo en una reunión inicial en junio de 2009 en Ekaterimburgo, Rusia. La primera cumbre de los jefes de Estado del grupo concluía con una declaración conjunta en la que se demandaba una “mayor voz y representación en la instituciones financieras internacionales, y sus cabezas directivas deben ser nombradas a través de un proceso de selección abierto, transparente y basado en el mérito” (Joint Statement of the BRIC Countries’ Leaders, 2009).

En lo que corresponde al desempeño reciente de las economías que componen el grupo, según los datos consignados en los Indicadores de Desarrollo Mundial del Banco Mundial, para el año 2013 la economía brasilera creció 2,5 %; la rusa, 1,3 %; la china, 7,7 %, y la india, 5,0 %. En la figura 1, se detallan las variaciones recientes del PIB de cada uno de estos países y se evidencia la preponderancia económica de China en comparación con los otros miembros del grupo. No cabe duda que la capacidad productiva y exportadora de China termina por abrumar al resto de naciones del cuarteto, lo cual revela una disparidad flagrante en relación con el potencial productivo y competitivo que cada uno de estos países posee en los mercados mundiales.










De otra parte, según los datos de la Organización Mundial del Comercio (OMC), China es el primer gran exportador mundial y ocupa el segundo puesto en términos de importaciones; eso significa que el valor de las exportaciones chinas para 2012 fue superior a los 2,04 billones de dólares, de los cuales el 94 % corresponde a bienes manufacturados (WTO, 2013). En cuanto a los demás BRIC, es posible constatar un crecimiento en su participación en los mercados mundiales, sin embargo, la asimetría frente a la economía china sigue siendo evidente.

Así mismo, si se evalúa el intercambio entre los países que conforman el cuarteto BRIC, a partir de la información consignada en la base de datos estadística de la OMC, se evidencian tres fenómenos: (i) hay un alto grado de intercambio comercial de carácter bilateral entre la primera economía del grupo y los miembros restantes del BRIC: China es el segundo destino de las exportaciones de Brasil, el cuarto de la India y el segundo de Rusia; (ii) al analizar tanto el origen de las importaciones como el destino de las exportaciones chinas, se observa que Brasil, India y Rusia no figuran dentro de los primeros cinco lugares, y (iii) con excepción de China, entre los miembros del grupo no hay un grado significativo de intercambio: en ninguno caso un país del grupo tiene como uno de sus cinco principales socios comerciales a otro país BRIC. La tabla 1 muestra los principales destinos de las exportaciones y los principales países de origen de las importaciones correspondientes a los miembros del grupo.




Tabla 1. Principales destinos de las exportaciones y principales países origen de las importaciones de los países BRIC




Fuente: elaboración propia a partir de la información consignada en la base de datos estadísticos de la Organización Mundial del Comercio.



En lo que tiene que ver con los patrones de comercio, el desempeño económico de los países BRIC revela otra particularidad que puede acentuar las diferencias en el interior del cuarteto, ya que China e India siguen concentrando sus esfuerzos económicos en la producción de bienes manufacturados y servicios, particularmente software, en el caso indio, mientras que Brasil y Rusia, a pesar de algunos intentos por diversificar, continúan por la senda de la producción de materias primas, de las cuales son sustancialmente dependientes; por ejemplo en Rusia la dependencia de los combustibles fósiles es de tal magnitud que, según datos recogidos por el think tank American Enterprise Institute, el petróleo representa más de la mitad de los ingresos por exportaciones, ha determinado la mitad del crecimiento desde el año 2000 y tiene un peso en el PIB del orden del 30 %. Además, durante el 2012 los hidrocarburos constituyeron al menos la mitad de los ingresos presupuestarios del Estado (Aron, 2013, párr. 10).

Adicionalmente, del lado chino existen otras razones de orden económico que dificultan la cohesión del grupo de cara al futuro y sobre las cuales algunos analistas consideran que Beijing debería tomar acciones. Entre los temas a resolver se cuentan: (i) la sobre-dependencia del país con respecto al sector externo: de hecho China no parece estar totalmente cómodo frente a la posibilidad de continuar un modelo económico definido en función de la demanda de otros países y ha tratado, con dificultades, de potenciar su mercado interno; (ii) la falta de consolidación de un proceso que conduzca al país hacia una inserción plena en la economía de mercado, debido, entre otros factores, a una presencia excesiva por parte del Gobierno en las actividades productivas; (iii) la corrupción y los problemas generados por la falta de regulaciones legales en ciertas áreas económicas, ambos factores que minan la confianza de los países e inversionistas con quienes mantiene relaciones, y (iv) los problema derivados del control que posee el Estado sobre el sistema bancario, canalizando el capital únicamente hacia los sectores que considera claves para el desarrollo económico;[5 - Los puntos mencionados en este aparte hacen parte del informe del Think Tank del Congreso de los Estados Unidos denominado como Congressional Research Service, para más información sobre estos asuntos ver Morrison (2014).] recientemente el Banco Popular Chino sometió a los mercados financieros a una importante restricción de liquidez, lo que provocó fuertes subidas de los tipos de interés como consecuencia del temor que despierta en el Gobierno el estallido de una burbuja inmobiliaria (González, 2013).

Capítulo aparte merece el tema monetario, ya que la estrategia cambiaria de China ha radicado en mantener artificialmente depreciada su moneda en relación con el dólar estadounidense, situación que ha conducido a tensiones con Washington en tanto ha facilitado las exportaciones asiáticas y paralelamente reduce la competitividad de los productos americanos, sin embargo, Estados Unidos ha respondido recíprocamente implementando una fuerte política expansiva, que desde la perspectiva del Gobierno brasileño ha conducido al mundo a un “tsunami monetario” que ha afectado, como es lógico, el crecimiento de los países emergentes (Talev y Colitt, 2012). Si bien el Gobierno brasileño ha puesto en el centro de la polémica a la administración Obama por considerarla responsable de la situación, desde 2010 no ha dejado de ver con preocupación cómo la “guerra monetaria” (The Economist, 2013), de la cual su socio chino es indudable protagonista, lesiona gravemente sus intereses económicos.

En marzo de 2013 la quinta cumbre de los países BRICS, dentro de los cuales ya se encuentra Sudáfrica, concluyó con un cúmulo de declaraciones llenas de propósitos y buenas intenciones, algunas de ella materializadas a partir de la creación de un banco de desarrollo, pero sin llegar a concretar algunos temas sustanciales sobre su funcionamiento. En palabras del editorial del diario El País de España del 29 de marzo de 2013 a propósito de la quinta cumbre, “Los BRICS plantean pasos importantes para la modernización de la gobernanza económica mundial. Pero aún les queda un largo camino para consolidarse como bloque estratégico”.

No obstante, algunas de estas dudas intentaron ser disipadas en la Sexta Cumbre de los BRICS celebrada a mediados de 2014 en Brasil, en esa oportunidad los miembros del grupo acordaron la creación del nuevo banco de desarrollo llamado “Banco de los BRICS”, con una aporte por miembro de 10 000 millones de dólares, con el fin de construir un fondo que alcance los 100 000 millones de dólares. Estos recursos tienen como propósito fundamental ser una fuente a disposición de los Estados que requieran rescates de orden financiero y, por esa vía, constituirse en una alternativa real frente una arquitectura financiera creada hace más de 70 años en el marco de los acuerdos de Bretton Woods, los cuales supusieron la creación del Fondo Monetario Internacional (FMI), entre otras instituciones.

En general esta iniciativa supone un primer intento por desafiar el orden financiero internacional liderado por los Estados Unidos y, en ese sentido, de ser conducida con habilidad, podría constituirse en una fuente importante de desarrollo para muchos países. Sin embargo, la creación del nuevo banco de desarrollo está lejos de ser la respuesta a los múltiples interrogantes que han surgido acerca de la funcionalidad del grupo en el largo plazo.

Una nueva plataforma de crédito construida sobre una base de 100 000 millones de dólares parece insuficiente para competir con las capacidades de instituciones como el FMI, cuyos recursos disponibles son superiores a los 560 000 millones de dólares y con la posibilidad de extenderse a otros 556 000 millones en virtud de nuevos mecanismos para el acceso a préstamos de la institución (FMI, 2014, párr. 9, 10). Así mismo, la cada vez mayor ventaja que económicamente le toma China al resto de sus socios genera incertidumbre sobre el futuro del grupo, debido a que es muy probable que las reglas del juego sobre la toma de decisiones o los mecanismos para el acceso a los créditos empiecen a cambiar una vez la contribución financiera de China exceda sustancialmente a la de países como Sudáfrica.

Por otra parte, a pesar de las notables diferencias entre las economías de Brasil, Rusia, India y China, el grupo se la ha jugado por una fórmula que apunta a que las disparidades se conviertan en fortaleza y sobre esa base se consolide un camino hacia la complementariedad, que podría llegar a ser el motor de la proyección del grupo. Mientras que China e India continúan apostando a un modelo productivo basado en los servicios y en especial en la manufactura, Brasil y Rusia disponen de la capacidad para ofrecer los commodities necesarios para respaldar tanto su crecimiento como el de eventuales aliados.

El futuro de los BRIC pasa fundamentalmente por determinar unos mecanismos sostenibles que les permitan actuar en la configuración de un sistema internacional en el que ellos sean protagonistas de primer orden, eso significa, por ejemplo, redefinir la manera en la que tradicionalmente han participado en las instituciones internacionales que han dominado la agenda política y económica mundial desde el fin de la Segunda Guerra Mundial. En lo concerniente a este punto vale la pena llamar la atención sobre el interés indio y brasileño por ocupar una silla permanente en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas como parte de una reconfiguración del modelo de toma de decisiones en el seno de esa organización. Adicionalmente, los Estados BRIC tienen el desafío de instaurar un esquema de cooperación consistente encaminado a consolidar un reconocimiento regional y global de su liderazgo.

Para la definición de la estructura sobre la cual se levante un nuevo orden mundial, en el que las economías emergentes asuman nuevas responsabilidades, resulta indispensable evitar incurrir en prácticas que estén orientadas a replicar modelos de dominación fundados en el poderío político, militar o económico. A disposición de los Estados se encuentran fuentes de poder alternas, que combinadas con las tradicionales permiten maximizar la actuación de los Estados; entre estas fuentes se encuentra por supuesto el poder blando, el cual ha llamado la atención de cada uno de los Estados BRIC por separado. Estos países han reconocido el potencial que tiene para sus propósitos esta forma de poder, aunque el grado de coordinación sobre su empleo entre los miembros del cuarteto sea muy reducido y parezca difícil de construirse hacia el futuro.




Del crecimiento económico a la redefinición del orden mundial


Desde principios de la década de los noventa, cuando Joseph Nye acuñó el término “poder blando”, son varias las controversias que se han suscitado en los círculos académicos entorno a la naturaleza y los alcances que el concepto efectivamente posee. No obstante, con el paso de los años la idea acerca de la existencia de una forma alternativa de entender el poder empezó a desbordar la academia y pasó rápidamente a ser empleada por los gobiernos y líderes mundiales.

El planteamiento de Nye gira entorno a la existencia de un recurso intangible que permite influir en los demás, de manera tal que se puedan obtener los resultados que se pretenden a partir de incidir sobre lo que los otros desean, sin que necesariamente medie el empleo de recursos tradicionales, como la coerción. Esta forma de poder va a descansar en tres recursos, a saber, “su cultura (en los lugares en los que es atractivo para los demás), sus valores políticos (cuando se hace honor a ellos en casa y en el exterior), y su política exterior (cuando los demás los ven como una actor legítimo y que goza de autoridad moral)” (Nye, 2011, p. 84). Bajo esa lógica el atractivo que pueda alcanzar un país depende en buena medida de aspectos concernientes a sus valores o su cultura y, en ese sentido, pueden encontrar en la política exterior un canal mediante el cual manifestarse (Nye, 2004).

La efectividad de una estrategia definida en función de la promoción de los valores de una nación puede resultar ciertamente más efectiva, en términos de atracción, conforme dichos valores sean compartidos por otras sociedades, especialmente si sobre ellas se busca influir. Un ejemplo de esta situación se presentó en el contexto posterior a la Segunda Guerra Mundial, cuando la cultura y lo valores estadounidenses lograron superponerse a los europeos, de tal manera que hubo una suerte de comunión transatlántica en temas como la promoción de la democracia o el respeto a los derechos humanos (Nye, 2004). Esto permitió que el ejercicio norteamericano del poder blando no resultara particularmente traumático en muchas de las sociedades europeas que salían de la guerra, las cuales optaron igualmente por emplear su cultura, sus valores, su política exterior y el progresivo éxito de su proceso de integración como soportes del desarrollo de su poder blando.

En el caso de los Estados BRIC no se puede desconocer la existencia de valores compartidos, sin embargo estos países han decidido emplear el poder blando de una forma desagregada y muy poco coordinada, lo cual es comprensible, en la medida en que cada uno cuenta con un acervo cultural propio y unos intereses nacionales que pueden llegar a ser esencialmente distintos, además, el potencial que poseen para aprovechar su éxito económico como factor de poder blando encuentra varias dificultades. Aunque por definición el poder económico no es sinónimo de poder blando, el éxito económico sí se constituye en una fuente de atracción valiosa dependiendo de cómo sea empleado, por ejemplo, los países europeos que emprendieron el camino de la integración política y económica han logrado convertir los aspectos exitosos de su proceso en un factor que ha generado simpatía por parte de otros Estados y sociedades (Nye, 2006).

En el caso de los BRIC, cuando se analiza el potencial que poseen estos Estados para emplear el poder blando, se detectan varias contradicciones. En primera medida, estos países aspiran a consolidarse como los representantes de un nuevo orden mundial definido desde la pluralidad y han encontrado en la economía el punto de convergencia sobre el cual se definen como grupo, sin embargo, como ya se ha enunciado en este capítulo, enfrentan serias dificultades para su cohesión por cuenta de factores como: la excesiva preponderancia de China en el interior del grupo, el bajo grado de dinámica comercial que existe entre los países miembros, la dependencia que poseen de ciertos sectores productivos y el reducido número de acuerdos sustanciales que han alcanzado. En suma, la imagen de prosperidad que proyectan como colectivo corresponde fundamentalmente a su desempeño económico individual y no a una forma más o menos complementaria de construir riqueza.

En segunda instancia, la redefinición colectiva del orden global que aspiran a construir los países BRIC mediante el empleo del poder blando choca con los intereses particulares que cada uno de los Estados posee en lo relativo a la proyección de su influencia. Si se mira en detalle se hace manifiesto el hecho de que cada miembro privilegia intereses que normalmente son de orden regional y en consecuencia procuran definir una agenda que les garantice la consecución de sus propios objetivos. Brasil aspira a reafirmar su liderazgo en América Latina en contraposición a la histórica presencia norteamericana en la zona; India intenta reafirmarse en un entorno hostil como el que le plantea Pakistán; Rusia ambiciona tener la preponderancia que mantuvo durante años, en particular cuando hizo parte de la Unión Soviética a lo largo de la Guerra Fría y pretende mantener altas dosis de injerencia en sus vecinos del sur; y China juega a definir las grandes cuestiones mundiales, tratando de anticiparse a un escenario en el que se consolide como la economía más poderosa del planeta.

En tercer lugar, es importante tener en cuenta que el hecho de que cada Estado BRIC tenga un proyecto particular para el ejercicio de su poder blando no significa que las estrategias que han puesto en marcha se traduzcan en un aumento real de su atractivo. En todos los casos, la incorporación del poder blando como parte de un propósito de proyección nacional se enfrenta a restricciones de carácter interno que no garantizan el engrandecimiento de su poderío, en ese sentido, los países del cuarteto no necesariamente son conscientes de que “El poder blando es menos riesgoso que el poder económico y militar, pero a menudo es más difícil de usar, más fácil de perder y más costoso para restablecer” (Nye, 2011, p. 83).

Con cierta regularidad los esfuerzos de algunos Estados BRIC en lo relativo al poder blando están orientados a encontrar un camino mediante el cual puedan forjarse una imagen atractiva en el mundo, no obstante, en el fondo lo que verdaderamente deberían ponderar los Estados es cómo ser atractivos en sí mismos y no cómo crear estrategias que los presenten de una manera más favorable; existe una suerte obsesión errada por crear una imagen positiva de ellos a partir, por ejemplo, de la inversión de grandes sumas en campañas mediáticas, en palabras del propio Nye: “the best propaganda its not propaganda”.

Factores como la pobreza, la inequidad, la corrupción, la falta de compromiso para frenar el cambio climático y en general los daños al medio ambiente, la pena de muerte, el poder desmedido de las mafias, las restricciones al ejercicio pleno de las libertades, las limitadas garantías al respeto de la propiedad intelectual, el escaso control sobre el tráfico de armas, la injerencia indebida en los asuntos internos de otros Estados y el uso unilateral de la fuerza son solo algunos ejemplos de elementos que no necesariamente contribuyen a presentar a los BRIC como un paradigma muy atrayente. No obstante, es necesario precisar que no todos los miembros del cuarteto comparten estos mismos problemas y en algunos casos han tratado, con algún éxito, de atacar sus manifestaciones.

Pese a los obstáculos que se presentan en el ejercicio del poder blando por parte de los Estados BRIC, cada uno ha logrado explotar algunos factores que han despertado simpatía e interés en otras sociedades. En el caso indio, se destacan el pluralismo religioso, el yoga y Bollywood (Blarel, s.f.), mientras que Brasil resulta irresistible por atractivos como la diversidad cultural, el fútbol, la lusofonía y la riqueza amazónica. Por su parte China ha tratado de promocionarse a través de los institutos Confucio alrededor del mundo y ha hecho un gran esfuerzo por promocionar la internacionalización de sus medios de comunicación, particularmente la Radio Internacional China (CCTV), sin embargo, China se adjudicó lo que podría considerarse uno de los mayores éxitos recientes en el ejercicio del soft power, una vez logró atraer la atención mundial gracias a la imponencia con la que llevó a cabo los Juegos Olímpicos en Beijing en 2008, al tiempo que Rusia aprovechaba la atención mundial en el Lejano Oriente y paradójicamente reivindicaba su influencia en el Cáucaso a través del ejercicio del hard power, librando una cruenta guerra con Georgia.

Nye admite que algunas veces los recursos militares también pueden contribuir al poder blando debido a que considera que la fuerza puede ser percibida como atractiva. Empero, un empleo equivocado de los recursos asociados a la coerción puede terminar por socavar el poder blando, en especial si el uso de la fuerza implica violaciones a principios del derecho internacional humanitario (DIH), los derechos humanos o algunos principios rectores del derecho internacional, como la no intervención o la no injerencia. Sobre este asunto llaman la atención particularmente los casos ruso y chino. En el primero, a pesar de que Putin ha mencionado a los BRIC como “un elemento clave en el mundo multipolar en formación” y ha afirmado que: “Nuestros países no aceptan la política de poder o violación de la soberanía de otros países” (Russia Today, 2013, párr. 5), su participación en el conflicto de Osetia del Sur, que lo llevó a librar la anteriormente mencionada guerra contra Georgia, y más recientemente su activa participación en la inestabilidad política ucraniana no se constituyen en factores que precisamente contribuyan a su imagen favorable. En lo que corresponde a China, el manejo de casos como el Tíbet y la Región Autónoma Uigur de Xīnjiāng, en los cuales ha reclamado de manera férrea su soberanía, ha proyectado una imagen autoritaria que se agrava en la medida que se le acusa de graves actos de represión en esas zonas.

Finalmente, es importante considerar que los países BRIC, a pesar de sus notables diferencias, han tratado de coordinar esfuerzos para jugar un rol cada vez más relevante en las grandes cuestiones de la política internacional; una reciente manifestación de esta intención se dio cuando en la quinta reunión del grupo se pronunciaron con respecto al desarrollo del programa nuclear iraní y el régimen de sanciones que pesa sobre ese país. Con respecto a este tema expresaron lo siguiente: “Estamos preocupados por las amenazas de intervención militar, así como de sanciones unilaterales” (Sterman, 2013). Este pronunciamiento puede ser interpretado como la expresión de un interés por desempeñar un papel colectivo más relevante en asuntos de alta política internacional. Sin embargo, surgen dudas con respecto a la posibilidad de crear consensos en el interior del grupo sobre un tema tan particularmente sensible, máxime cuando tres de los cuatro miembros tradicionales poseen arsenales nucleares y uno de ellos se encuentra al margen del tratado de no proliferación (Uyanaev, s.f.).




Conclusiones


El origen y carácter de los BRIC es primordialmente económico, gracias a que los factores a partir de los cuales se articularon como colectivo han estado vinculados a su notable desempeño y gran capacidad de crecimiento, no obstante, el carácter económico del grupo es simultáneamente un factor de convergencia y de diferencia entre sus miembros. Las diferencias pueden llegar a ser problemáticas debido a factores como el gran peso de la economía china o el bajo grado de integración económica que existe entre los Estados miembros. En ese orden de ideas, conforme las asimetrías persistan o se agudicen, las posibilidades de construir concesos quizá se reduzcan.

China no solo le ha apostado a una nueva estructura financiera a través de mecanismos de acción concentrados en los BRIC, también ha optado por una política que apunta a diversificar sus plataformas crediticias como vía para aumentar su influencia financiera global. La prueba más fehaciente de ello es la reciente creación del Banco Asiático de Inversión en Infraestructura (AIIB, por su sigla en inglés), a través del cual busca financiar proyectos de infraestructura a gran escala. Esta iniciativa representa la apuesta china por jugar un rol protagónico en la economía mundial distinto al que pueden aspirar sus socios de las economías emergentes, en especial en un contexto en el cual Brasil ha frenado considerablemente su crecimiento y las monedas rusa e india han experimentado significativos reveses durante varios meses.

La reputación siempre ha sido importante en la política internacional pero en el contexto de la globalización ha adquirido unas connotaciones especiales, aunque, como dice Nye, no se debe exagerar la importancia o el impacto que pueda tener el poder blando. En el caso de los Estados BRIC, es claro que cada miembro ha trazado estrategias de uso de poder blando desde su realidad, necesidades y limitaciones. Estas últimas obedecen a una combinación de factores internos y actuación externa —normalmente materializada en la política exterior— que dificultan su proyección como fuentes de atracción para otros actores internacionales.

A lo largo de la obra de Joseph Nye se nota una gran persistencia por reafirmar la idea de que el poder blando es ante todo descriptivo y, contrario a lo que se podría pensar, no tiene pretensiones normativas, lo que significa que para el autor su concepto designa una forma más de poder, distinta a las tradicionales e incluso en ocasiones más difícil de ejercer. El punto está en distinguir la forma en la que ese poder blando puede llegar a ser eficaz y en cómo es posible combinarlo con los recursos de poder clásicos, como la fuerza y la economía —smart power—; en consecuencia, del balance entre las formas de poder que puedan hallar los Estados BRIC podría depender el éxito de su posicionamiento como regentes de un nuevo orden mundial.

Este tipo de reflexiones acerca del papel que desempeñan las economías emergentes a través de la acción colectiva se puede complementar a partir de marcos de análisis contemporáneos de las relaciones internacionales, tales como el constructivismo. Alexander Wendt, figura emblemática de esta corriente, ha sugerido que los comportamientos de los individuos, los Estados y los grupos organizados están moldeados por creencias compartidas y normas construidas socialmente; en ese sentido el núcleo del interés constructivista ha versado sobre cómo las identidades y los intereses de los actores efectivamente se encuentran socialmente construidos.

La aparición de los BRIC puede explicarse entonces a partir de entenderlos como el resultado de la acción conjunta de unos agentes que individualmente consideraron y creyeron que tenían la capacidad de definirse como grupo y sobre esa base conformaron una alianza en la que la percepción que poseen de sí mismos y del otro les permitió construir lo que en términos de Wendt se denomina una identificación positiva, y por esa vía extender lazos de amistad que se tienden a traducir en el establecimiento de mecanismos de cooperación efectiva (Wendt, 1992). Sin embargo, en el caso específico de los BRIC es importante anotar que el proceso de construcción y de identificación colectiva aún se encuentra inacabado.

A pesar de los grandes desafíos que los BRIC deben superar, el grupo posee un gran potencial para expandir su influencia hacia otros Estados e incluso robustecerse a partir del aumento del número de sus miembros. La incorporación de Sudáfrica fue la primera manifestación del interés que despierta el colectivo en otros Estados y puede ser el primer paso para que economías emergentes, como México y Corea del Sur, terminen por adherirse a esta iniciativa. De todas formas, se amplíe el número de países miembros o no, las dudas acerca de la verdadera cohesión del grupo no se van a disipar fácilmente.




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Migraciones internacionales y poder blando: posibles aportes de la comunidad colombo-árabe




Massimo Di Ricco[6 - Profesor del Departamento de Historia y Ciencias Sociales de la Universidad del Norte, Barranquilla.]






Introducción


Los primeros migrantes de origen árabe llegaron a la costa de Colombia entre el final del siglo XIX y a lo largo de todo el siglo siguiente, como parte de una primera oleada de migraciones internacionales que se dieron en una época que se definió como una fase incipiente del proceso de globalización, caracterizado por el movimiento de personas a escala global. Los levantinos, o sea aquellos árabes que provenían de la región del Imperio Otomano que incluye en la actualidad los países de Líbano, Siria y Palestina, fueron los que en particular modo emprendieron el viaje hacia las Américas para buscar nuevas oportunidades y una vida más estable, lejos de los conflictos que sacudían aquella región. Llegaron a América Latina con un sólido bagaje cultural, pero al mismo tiempo demostraron una inusual actitud receptiva hacia la cultura del país de acogida; se establecieron en diferentes regiones del país, pero donde más consiguieron compenetrar la idiosincrasia local con su cultura de origen fue en la región Caribe, zona donde hoy reside una considerable población de sus descendientes. Allí, así como en el resto del país, consiguieron acceder en las déca-das siguientes a importantes puestos de poder en la sociedad, tanto por su rol como emprendedores como por su participación en el ámbito político, ejemplificando de esta forma un exitoso proceso de integración.

Este artículo contiene una reflexión sobre las teorías del poder blando y la diplomacia cultural, y en específico quiere acercarse a un tema todavía al margen de esta rama de estudios, o sea el análisis del rol de las migraciones globales como herramientas para el intercambio en el ámbito de las relaciones internacionales. En específico, se toma en consideración el caso de la comunidad colombo-árabe, la región del Caribe colombiano y las relaciones entre esta región, Colombia y los países del mundo árabe.

Si se considera que el poder blando supone utilizar la cultura y los valores de un Estado o una región para atraer interés en el ámbito internacional, ¿pueden los procesos migratorios considerarse como una herramienta de diplomacia cultural o soft power? ¿Cuál es el potencial de las migraciones internacionales en el marco de esta teoría de las relaciones internacionales? ¿Cómo diferenciar entre los posibles aportes de las comunidades que llegaron en las más recientes fases de globalización y los de las comunidades migrantes de épocas anteriores? Este artículo quiere intentar dar una respuesta a estas preguntas y al mismo tiempo abrir algunos interrogantes sobre la relación entre las migraciones internacionales, el poder blando y las relaciones internacionales entre Estados o regiones.

En el marco del análisis de las relaciones internacionales entre Colombia, la región Caribe y el mundo árabe, se quiere reflexionar sobre el papel que puede jugar la comunidad colombo-árabe en reforzar esta relación y generar un clima de confianza entre los países involucrados. Este artículo tiene un carácter exploratorio, por acercarse a un tema no muy tratado hasta el momento en la literatura concerniente la teoría del poder blando. El análisis del rol de las comunidades árabes en Chile y Brasil en el desarrollo de estas relaciones internacionales permite adelantar aquí la hipótesis de que los descendientes de unas antiguas comunidades de migrantes y su cultura pueden favorecer al país de acogida en su promoción hacia el exterior y así atraer en particular modo las inversiones extranjeras y el turismo. Por otro lado, se sugiere que esta relación puede permitir consolidar la confianza de estos países hacia Colombia y reconocerlo como posible intermediario en asuntos diplomáticos y negociaciones de conflictos que conciernen a los diferentes países de esta región de Medio Oriente. Finalmente, y de forma general, se pretenden abrir unos interrogantes sobre el significado y el uso controvertido de la cultura para alcanzar objetivos de poder en el ámbito de las relaciones internacionales o con finalidades meramente económicas.




Poder blando, migraciones, marca país y diplomacia de nicho


El poder blando se entiende aquí como una herramienta de política exterior que tiene el objetivo de atraer e influenciar a otros actores en las relaciones internacionales a través de la promoción de la cultura de un país o una región en específico (Nye, 1990). De modo particular se utiliza la cultura para promover intereses específicos y determinados con el fin de alcanzar objetivos concretos y tangibles, y que pueden estar relacionados con ambiciones diplomáticas, de inversiones y negocios en el país o con la promoción de turismo, entre otras cosas.




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notes


Notas





1


Profesor de las Facultades de Ciencia Política y Gobierno, y de Relaciones Internacionales de la Universidad del Rosario.




2


El dilema de la seguridad consiste en la sensación de vulnerabilidad de un Estado cuando otro aumenta sus capacidades militares.




3


Catedrático de las Facultades de Ciencia Política y Gobierno, y de Relaciones Internacionales de la Universidad del Rosario. Profesor titular de los cursos de Análisis Político de los Modelos Económicos y Crítica Política de la Economía.




4


A partir del 2010, a los Estados BRIC se les unió Sudáfrica, quien se ha integrado al resto de países y ha participado en los diversos encuentros de alto nivel, organizando incluso el Quinto Encuentro de los BRICS en Durbán en marzo de 2013, no obstante, el presente capítulo excluye intencionalmente esta última incorporación, concentrándose en los países que originalmente conformaron el grupo.




5


Los puntos mencionados en este aparte hacen parte del informe del Think Tank del Congreso de los Estados Unidos denominado como Congressional Research Service, para más información sobre estos asuntos ver Morrison (2014).




6


Profesor del Departamento de Historia y Ciencias Sociales de la Universidad del Norte, Barranquilla.


